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Mensajes cifrados – Carla Guelfenbein

1 noviembre, 2016 por Akelarre 4 comentarios

Sobre la autora

Carla Guelfenbein

Carla Guelfenbein, nacida en Chile, estudió Biología en la Universidad de Essex, Inglaterra, especializándose en genética de población. Más tarde, estudió diseño en la prestigiosa escuela San Martín's School of Art en Londres. De vuelta a Chile fue directora de arte y editora de moda de la revista “Elle”. Es autora de la novela El revés del Alma, La mujer de mi vida, El resto es silencio, Nadar Desnudas y Contigo en la distancia que ganó por unanimidad el premio Alfaguara. Sus cuentos están publicados en antologías de España y Alemania. Han aparecido también en el diario El País y revistas literarias como Granta, Revista Arcadia de Colombia y Párrafo de la universidad de UCLA en EEUU. Su obra ha sido traducida a 16 idiomas por las editoriales más prestigiosas de Europa, recibiendo gran acogida del público y de la crítica nacional e internacional. Sin ir más lejos, el premio nobel de literatura, John Coetzee ha calificado su obra como "sutil, lúcida y compasiva".

Mensajes cifrados

Hace algunos días, después de varios meses sin darnos cita, volví a encontrarme con mi madre. Fue mientras leía un texto de Carmen Martín Gaite. Como la mía, su madre había muerto hacía ya un buen tiempo. Al mirar por los ventanales de su hotel hacia el East River en Nueva York, Carmen Martín Gaite tuvo la sensación de que sus ojos atravesaban el mar y se encontraban al otro lado del Atlántico con los de su madre, también detenidos en una ventana. Orificios en los muros que según sus palabras todas las mujeres del mundo, en algún momento de sus vidas, convierten en andén, en alfombra mágica, para fugarse.

Pero no eran las ventanas los puntos de embarque de mi madre, sino las palabras. Las páginas donde se sumergía y de donde a veces retornaba cargada de gestos que me eran extraños. Recuerdo tantas veces haberla observado en ese instante preciso en que alzaba la mirada de la página y haber visto sus ojos nublados por otros cielos. A veces traía música, como aquella que escuchaba en su tocadiscos la Maga de Rayuela, y entonces, yo podía oír el sonido de lugares lejanos colmados de humo, de palabras, de alientos secretos. En ocasiones ella me cogía de las manos y dábamos unas vueltas al son de una pieza de jazz, mientras el humo de su cigarrillo quedaba suspendido en su rostro como un velo. Yo la observaba moverse, con su pelo corto, sus zapatos planos, sus pantalones y suéter negros, y me daba la impresión de estar ante una de las heroínas existencialistas que ella tanto admiraba. Pero era cuando me sentaba a su lado a leer que algo fulguraba en mi interior, y entonces comprendía la verdadera dimensión de sus fugas. Recuerdo sus miradas subrepticias hacia mi rincón, sabiendo que me aprontaba a atravesar cierta escena, cierto párrafo, que para ella había significado algo, revelándome que, aun cuando siguiéramos las mismas rutas, no veríamos las mismas cosas. Una revelación que provocaba en mí sentimientos encontrados. Por un lado, frustración, ya que nunca podría saber dónde partía mi madre cuando se fugaba en su imaginación. Y por el otro, embeleso, puesto que era justamente en ese aspecto misterioso y único del viaje donde radicaba su magia.

De esas veladas surgieron también las palabras. A veces, seducida por su sonido, yo las atrapaba: desencantado, deshabitado, antítesis, geografía, catalejo, inconmensurable, haz... Y ahí permanecían dando vueltas en mi memoria hasta llegar al papel; entonces mi madre, como una costurera, me enseñaba a unirlas: “el secreto es tocarlas apenas”, me decía rozando la hoja como si estuviera en llamas. Y así, poco a poco, me fue mostrando el lugar oculto que yace entre frase y frase, entre letra y letra.

Fue en ese lugar donde nos dimos cita hace algunos días. Había olvidado contarle que ahora me gano la vida escribiendo, que no he perdido la aguja invisible, esa que une una palabra con otra y que, cuando en ocasiones se escapa de mis dedos, es su recuerdo el que me devuelve el aplomo para intentarlo nuevamente. La memoria de sus ojos viajeros, de su entusiasmo, de los mensajes cifrados que me enviaba desde algún sitio lejano, ya sea desde un bar llamado La Catedral en las entrañas de Lima, o desde las calles congeladas de Moscú, cuando, cautivada por la pasión trágica de Ana Karenina, seguía sus pasos con cientos de palabras revoloteando en su cabeza: desangelado, tren, hastial, misérrimo, andén, caldera, silbato, sueño... hija.

© Carla Guelfenbein

Más información sobre Carla Guelfenbein

OBRA PUBLICADA

  • El revés del alma, novela, Alfaguara, Santiago, 2002
  • La mujer de mi vida, novela, Alfaguara, Santiago, 2005
  • El resto es silencio, novela, Planeta, Santiago, 2008
  • Nadar desnudas, novela, Alfaguara, Santiago, 2012
  • Contigo en la distancia, novela, Alfaguara, Santiago, 2015 (Premio Alfaguara de novela)

Publicado en: Invitados

Feliz aniversario

15 octubre, 2016 por Akelarre 10 comentarios

Casi sin darnos cuenta, este mes de octubre hace un año que comenzamos esta andadura literaria, que ha sido posible gracias a vosotros fieles lectores que nos habéis seguido en esta aventura.

GRACIAS

Hemos tenido la fortuna de que nuestras letras, como las olas que navegan hasta ultramar, alcanzaran lectores alejados geográficamente, aunque próximos al compartir la lectura, darnos su opinión y participar en este proyecto. Si hemos conseguido divertiros, emocionaros, haceros pasar un buen rato, nuestro objetivo de modestos escritores está cumplido, pues sin LECTOR no existe escritor.

Sólo deseamos que todos y cada uno de nuestros lectores, y a los que esperamos lleguen a conocernos, sigan leyéndonos para poder cumplir más años juntos.

Como la ocasión lo merece, este mes os traemos cuentos inspirados en dos imágenes que te transportarán inmediatamente a las celebraciones de aniversario.

Pastelería Niza

Pastelería Niza

La centenaria pastelería Niza, con su portada galdosiana, y un espléndido mobiliario de mármol y madera de estilo rococó, ha endulzado con sus deliciosos hojaldres y pasteles rusos a los vecinos de la calle Argensola y Orellana, esquina en la que se encontraba situada. En el año 2011 reabrió sus puertas con el nombre de Sugar Factory.

La Campana - Norman Rockwell

Feliz cumpleaños Norman Rockwell

Norman Rockwell (Nueva York, 1894- Stockbridge, 1978 - EEUU). Ilustrador, fotógrafo y pintor célebre por sus imágenes llenas de ironía y humor, destreza técnica y frescura.
Su infancia fue feliz, viajando y pasando los veranos en Nueva Jersey junto a su familia.
Hizo publicidad para McDonald's, Coca-Cola, Goodyear, Campbell y otras muchas empresas.

¡Qué dulzura!

Cristina Vázquez

15 de octubre

Malena Teigeiro

Feliz cumpleaños

Liliana Delucchi

Toda una vida

Marieta Alonso

¡Qué dulzura!

Cristina Vázquez

Un hombre hermoso, así lo definía doña Amalia aposentada en sus carnes, su riqueza y su nombre, hermoso pero inútil. Y barría el aire con un abanico de una sutileza inadecuada a sus manos amorcilladas por sortijas. Su pequeña corte de amigas, provincianas y deslucidas, se reunían en torno a ella tres veces por semana en la pastelería de la calle Alta. Cuando hacía el inevitable comentario sobre el camarero, todas le miraban al unísono, mientras él, arrastrando los pies, servía delicados dulces en veladores de mármol.

Había sido la última novedad a comentar en la ciudad, que como una Vetusta de tono menor, daba cobijo a una población cansada de mirarse y sin voluntad de abrir sus ojos hacia otros rumbos.

Después de varias consultas con el párroco y extensas charlas sobre la necesidad de ayudar y mejorar al prójimo con sus amigas, doña Amalia tomó la decisión de hacer del camarero un hombre de provecho. Teniendo en cuenta que el nombre del susodicho era Deogracias y que venía de un país de Ultramar, cuyo nombre la Doña no conseguía retener, que le daba un hablar dulce, decidió en un acto de generosidad y arrojo comprar la pastelería, que iba decayendo con languidez y poner al frente al hermoso. Aunque siempre perorara sobre su inutilidad, en su cómputo podía más su belleza, su hablar pausado de lejanos ecos y esa sonrisa que parecía glaseada por una dulzura inalcanzable.

Su vida rutinaria empezó a tomar un aliciente en el arreglo del local y ahí descubrió las cualidades del hombre que, como si le hubiesen puesto un resorte, pintó, arregló y dispuso con gracia unos anaqueles, donde hacer combinaciones de dulces con diferentes colores, que cambiarían cada semana.

Doña Amalia bendecida por su buena obra y excelente resultado, parecía restallar en sus apretados vestidos, que de manera imperceptible escotaba y aligeraba cada vez más. Hasta perdió peso, y eso era difícil teniendo la tentación de las pastas y delicias tan cercanas todo el día. Descubrió que tenía alma de negociante y que el ruido de la caja registradora le resultaba una música celestial y más celestial aún sentarse, al echar el cierre, a hacer cuentas en la trastienda con su encargado, pues ya había pasado a categoría de encargado, el cual sugirió que contrataran a una chica para hacer frente al aumento de trabajo.

— Lo de la pastelería, doña Amalia, siempre tiene un toque más femenino, como el que usted le ha sabido dar.

Los suspiros de la Doña hacían volar polvo de azúcar que le blanqueaba el pelo al hombre, y ella se imaginaba cómo envejecería, y con ese dulce polvito en las sienes su diferencia de edad se acortaba. Esto la hacía sonreír con una blandura de merengue.

Deogracias le agradecía, como corresponde a su nombre, su bondad, e insistía en que otra mano que ayudara se estaba haciendo indispensable. La buena mujer se resistía, pues esa pequeña y dulce soledad compartida, ese decidir los colores de los pasteles al unísono, rosa y verde una semana, otra naranja y chocolate, otra azul cielo y blanco, le producía un cosquilleo desconocido para ella hasta entonces, y que estaba empezando a dar que hablar en la Vetusta tradicional.

Decidió que le haría su socio a cambio de que no entrara ninguna mano femenina más que la suya, pues aunque le llenaba el pelo de polvo de azúcar cada tarde en la trastienda y le acercara golosona a la boca una nueva creación, esperando a qué él le diera el visto bueno, el hermoso, ya para ella hermosísimo y utilísimo Deogracias, nunca respondió a ninguna insinuación de la Doña, hasta que le propuso no solo ser socio sino marido. Él aceptó con respeto y le besó la mano con una delectación que casi se desmaya de hipoglucemia.

Pasaron unos meses y el ya marido empezó a ganar peso, sentado detrás de la caja registradora, mientras doña Amalia subía y bajaba a coger pastas, tartas, daba órdenes en el obrador y soportaba con resignación a la nueva muchachita, de su mismo país de Ultramar, que había llegado por casualidad a la ciudad, y que él confió al generoso corazón de su mujer para que la acogiese.

Una mañana corrió la voz que Doña Amalia había sufrido una repentina parálisis y que estaba grave. Se cerró la pastelería y después de un mes volvieron a abrir. Esta vez el colorido era de chocolate negro intenso con unos pequeños, casi imperceptibles adornos de merengue. Apareció sentada en una mesa que daba a la calle, rígida, sin poder hablar y mirando con ojos asustados y torcidos su pastelería y la gente que entraba. Deogracias, enderezándola cada poco, le daba un pastelito en la boca y seguía sentado en la caja, mientras la nueva chica iba y venía con un andar cadencioso de potranca joven, que hacía desviar las miradas de los clientes.

Al cabo del mes, la pusieron en un sitio alejado de la ventana, pues asustaba un poco a los niños y a alguna clienta quisquillosa. A veces una amiga venía a hacerle compañía en su silencio forzado o en su medio hablar incomprensible. A los dos meses tocó la campana a muerto por toda la ciudad. Doña Amalia se había atragantado con un empiñonado. Una amiga susurraba que le había entendido decir que su marido no era Deogracias, sino su Desgracia. Pero nadie la creyó.

© Cristina Vázquez

15 de octubre

Malena Teigeiro

A todos los que,
a través de los últimos 12 meses,
dedicaron su preciado tiempo
a leer nuestros cuentos.

A Ángel García

Desde hace cincuenta y cuatro años José, después de almorzar, descansa un poco, y a eso de las siete se afeita, se pone una camisa blanca, nada de modernismos, y el traje azul marino.

—¿Te falta mucho, Mercedes?

Apaga la luz y se dirige al cuarto de estar. Busca un cigarro y se sienta en su ajado sillón. Esa noche, como todos los 15 de octubre, cenan en el hotel en el que celebraron sus esponsales. Bueno, todos no. Hubo uno en el que fueron a otro peor. Aquel año no iban las cosas bien y pensó en ahorrar. Nunca más lo hizo. Desde entonces guarda todas las monedas pequeñas que caen en sus manos, y la víspera las cambia en la caja de ahorros, en donde, como siempre, y sobre todo desde que hay ordenadores, lo espera el Director.

—Don José, pero, ¿ha pasado ya otro año? —él le sonríe—. ¡Me da usted una envidia!

Enciende el cigarro. Habían tenido cinco hijos, todas niñas. Desde la segunda sabía que eran muchas, pero quería un chico. ¡Qué emoción la espera en los partos! Ahora todo se sabía, pero entonces… Con qué guasa le interrogaba su amigo el jesuita, cuando iba al colegio a pedir plaza para el deseado hijo cada vez que ella se quedaba en cinta.

—José, ¿ya nació?

—No, aunque esta vez seguro que es un chico. Lo presiento. Y sé que no me equivoco.

Y se equivocaba. Hasta que un día Mercedes dijo que ya estaba bien y que ni una más. La comprendió, aunque le hubiera gustado tener un hijo, un varón. Charlar con él de hombre a hombre; ir juntos al fútbol. No se podía quejar, porque Anita siempre estuvo dispuesta. ¡Ay!, esa Anita, tan díscola. La de lágrimas que hizo llorar a su madre.

Algunos años fueron difíciles. Los colegios, las universidades, dinero para zapatos, comida. Siempre le asombró la manera en que Mercedes disfrazaba la carne. Merecería que la nombraran cocinero de intendencia, pensó.

—Mujer, vamos, si tú estás guapa de cualquier manera.

Ahora todo era distinto. Ella también. En sus ojos ya no brillaba aquel color azul casi transparente, ni su talle era ligero, esbelto. Estiró los brazos y con un gran suspiro la imaginó entre ellos. Todavía cuando la abrazaba, seguía sintiendo la misma angustia, el mismo placer. Quizá ya sin arrebatos, sin locuras, pero sin acabar de acostumbrarse a que fuera suya. Cuánto disfrutamos juntos, y nuestros enfados... Esos, invariablemente acababan siempre igual, ella riendo o llorando y él desnudándola.

Le dio una calada profunda al cigarro. Ya sólo se enfadaba cuando lo abandonaba por los nietos. ¿Era posible que fueran celos? No. Solo le gustaba tener tranquilidad. Dieciocho nietos eran muchos.

—Pero mujer, ¿no ves que nos esperan en el hotel? Se está haciendo muy tarde.

 No le contesta. Se levanta y se pone una copa. El que hiciera como que no le oía, era algo que no podía soportar. Aunque con los años se había ido acostumbrando. Cerró los ojos antes de dar un sorbo de coñac.

Desde la puerta Mercedes le sonríe. Al verlo levantar la cabeza, gira sobre los zapatos de gruesos y bajos tacones. La gasa de la falda se eleva mostrando la piel flácida y celulítica de sus muslos blancos.

—¿No voy un poco ridícula con este vestido tan juvenil? No sé por qué hago caso a las niñas —un mohín se dibuja en sus perfilada y hermosa boca.

El anciano se levanta y la coge por los codos. Acercándose, la besa.

—Estás más linda y más joven que hace cincuenta y cuatro años.

—Mentiroso. Anda, vamos —se le enrojecen las mejillas.

Lo coge del brazo y muy juntos cierran la puerta.

En el ascensor vuelve a besarla. Ella, coqueta, se mira en el espejo. Él cierra los ojos perturbado. La imagen de una joven de ojos azules vestida de blanco, asomándosele los rizos entre pliegues de tul, lo conmueve. El ascensor sube despacio. José vuelve a mirar al espejo y ve a la anciana que trémula, sonríe acariciando en el cristal su mejilla. La abraza. Él, como cincuenta y cuatro años atrás, siente que le invade el deseo.

© Malena Teigeiro

Feliz cumpleaños

Liliana Delucchi

Amodorrada, con la cabeza hundida aun en entre los almohadones, Clarisa escucha las campanas. El sonido llega suave y la niña busca a tientas a su muñeca en medio de las sábanas. Es temprano, la luz que se cuela a través de las persianas pinta rayas sobre el suelo, líneas que van creciendo hasta adueñarse de la cómoda y la estantería. Todavía no se oyen ruidos en el jardín, pero pronto empezarán los empleados que contrató mamá para adornar el parque y que todo esté listo al anochecer.

Serán muchos los invitados, la ocasión lo merece, es el aniversario del matrimonio.

Clarisa se levanta y se acerca al pequeño ropero donde guarda los vestidos de Amanda. Te pondré guapa, un vestido blanco como el mío, y podrás asistir a la fiesta. Te sentarás a mi lado y todos podrán ver lo importante que eres. Con un diminuto peine arregla los rizos de su muñeca y le pone un sombrero. Hoy hará calor y es bueno que te protejas, eso dice mamá, hay que cuidar la piel del sol.

Después de desayunar sale al jardín. Es un hervidero de gente. Unos señores están poniendo luces en los árboles, otros tienden farolillos de un extremo al otro del patio. Llegan personas con cajas muy grandes y casi se llevan por delante a la niña; su hermana mayor le ordena que vaya a su cuarto de juegos, pero Clarisa responde que prefiere ir a visitar a don Mateo, el campanero, aquel que la despierta todas las mañanas.

Cuando llega a la iglesia encuentra a don Mateo sentado a la sombra de un árbol, comiendo una manzana.

—¿Quieres un poco?

—Gracias, don Mateo, ya he desayunado.

—¿Y tu muñeca, no querrá?

—A ella no le gustan las manzanas, prefiere las ciruelas.

Clarisa se acomoda junto al anciano que le cuenta la historia del almendro que los cobija. Lo plantó su padre hace muchos años, y él siempre sabe cómo será la primavera de acuerdo con la cantidad de flores que llenen su copa.

—Esta noche celebramos el aniversario de boda de mis padres y han preferido que me marchara para no molestar. Pero se está cometiendo una injusticia. Verá, en mi casa se festejan todos los cumpleaños, pero nadie se acuerda del de Amanda.

—¿Y tú sabes cuándo es su aniversario?

—Sí, mañana. Desde que me la regalaron duerme conmigo, me abraza cuando tengo miedo y me cuenta historias. Amanda es una gran cuenta cuentos, seguro que de mayor será escritora.

Don Mateo sugiere que si es una injusticia debería remediarla y organizar una celebración, pero Clarisa cree que nadie iría, porque su familia siempre tiene prisa.

— Yo quiero algo más.

—¿Algo más? ¿Cómo qué?

—Que todo el mundo lo sepa, que el pueblo se entere.

—Déjalo de mi cuenta.

Después de una noche de fiesta en que permitieron a Clarisa quedarse hasta más tarde de lo habitual, la niña despierta con el tradicional sonido de las campañas, aunque esta vez es diferente, parece más fuerte y con una melodía distinta.

Se asoma a la ventana. Enganchada a la campana de la iglesia ve una pancarta con una leyenda que la emociona: Feliz cumpleaños, Amanda.

© Liliana Delucchi

Toda una vida

Marieta Alonso

Francisco, así se llamaba el campanero, cumplía sesenta y cinco años y cuando, como todos los días, fue a repicar para que los alumnos formaran fila en el patio del colegio, se encontró abrazada a la campana una cinta que le deseaba un feliz cumpleaños.

Estos chicos no tenían nada mejor que hacer, pensó. Quitarla le costó un gran esfuerzo. Y mientras lo intentaba, se vio con cinco años y a sus padres hablando de dinero, como siempre. Se vio entrando en aquel colegio público donde cursó los seis años de primaria. Se vio en cama pasando la poliomielitis, que le dejó una pierna más corta que otra, y otras dolencias de las que mejor no hablar. Se vio haciendo los cursos de secundaria básica, estudiando Pedagogía, pero lo cierto es que no llegó a graduarse. Todo se fue al garete el día en que el director del colegio entró en el aula y le llamó por su nombre y los dos apellidos y tembló al echar la paletada de tierra en la tumba de sus padres, a los que, literalmente, les partió un rayo.

Su vida se complicó. Había que comer. Había que trabajar. ¿En qué? El director dio con la solución. Sería el guardián del colegio. El río de la vida le fue arrastrando por la corriente de la enseñanza sin participar en ella. Aprendió a arreglar una puerta desvencijada, el tejado no volvió a tener goteras, los suelos de las aulas y de los pasillos servían de espejo. Y aquella campana que por haberse roto el badajo había dejado de funcionar cuando él no había nacido y que sustituyeron por un vulgar silbato, volvió a dejarse oír.

Es el típico solterón, comentaban los alumnos de más edad, pero se equivocaban. Se había casado una vez, con una chica encantadora que murió de parto.

Llegó la jubilación. Hubo un banquete de despedida, una mesa larga, muy larga, que formaba un cuadrilátero, se llenó de vasos, platos y cubiertos de plástico. Allí estaban reunidos el claustro de profesores, los alumnos de ese curso y los antiguos, que no se quisieron perder tan gran ocasión. Estaba a rebosar aquel patio que guardaba tantos recuerdos. Recibió regalos que no le cabían entre los brazos. Se pronunciaron discursos y el último fue el suyo.

Carraspeó y estrujándose las manos confesó, entre otras cosas, que nunca olvidaría sus rostros de niños, de adolescentes, que si Júpiter tuviera a bien devolverle los años pasados, volvería a ser lo que había sido. Terminó con una sorpresa. Traía un regalo para la Biblioteca. Un libro de cuentos escrito en sus horas de ocio. En él cada uno de los alumnos podría sentirse identificado con algún personaje.

Se sentó emocionado mientras una gran ovación rompía el silencio y se escuchó una voz:

 “Larga vida al escritor”.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La ventana

15 septiembre, 2016 por Akelarre 6 comentarios

Ventana casa abandonada

La ventana

Única superviviente de lo que fuera una casa, esta ventana permanece como testimonio de la vida que hubo detrás de sus persianas. Acompañada por la maleza y los trinos de los pájaros en verano y por la nieve y el silencio en invierno, se mantiene abierta para que puedan entrar y salir los relatos que nuestras cuatro brujas han creado.

Amor, miedo, soledad, amistad y todo aquello que forma parte del ser humano se entrecruzan, como las hierbas que tejen sus historias alrededor de los viejos ladrillos.

Recordar

Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

Melodía ausente

Liliana Delucchi

El color de la esperanza

Marieta Alonso

Recordar

Cristina Vázquez

Nunca olvidé el olor de la higuera. Cada vez que recordaba ese verano venía a mí con una pujanza que borraba todo lo demás. A veces me llenaba de bienestar, otras removía el dolor y la vergüenza que tanto me ha costado olvidar o adormecer. Mi teoría, hoy que soy vieja, es que hay que pedir a los dioses que no hieran con crudeza a los jóvenes, pues la marca queda indeleble en su carne perfecta, inmaculada.

Me he atrevido a acercarme a las ruinas de la casita. Es una especie de viaje de memoria y despedida a la vez, pues creo, aunque no estoy segura, que ya puedo recordar y ver todo este paisaje con la tranquilidad y lejanía de los años. He ido sola y casi no la reconozco pues las distancias en el recuerdo se confunden, se solapan con los latidos del corazón desbocado. En su día el recorrido para ir al encuentro resultaba breve, ligero y el de despedida largo, como si los metros se multiplicaran por la pesadumbre que me agarrotaba.

No consigo imaginar, ni quiero, cómo serías si hubieras vivido. La única ventaja ha sido poder guardar tu imagen preciosa, con todo el esplendor de tu juventud. El pelo revuelto sobre la frente altiva, la boca resplandeciente de blancura y risa, tu cuerpo nervudo y terso, moreno con los soles de la esperanza y del engaño. ¿Cómo pudimos soñar que fuera posible? Cuántos planes para huir, trazados con precisión, creíamos que hasta con disimulo y apoyo.

Un tiro, un solo tiro brutal de mis hermanos en tu tersa, palpitante sien y tu perfil se quedó quieto, como el de una moneda antigua de bronce, chorreando sobre la almohada de arpillera. Parecías un dios clásico, un héroe amado. A mí me arrastraron como a una loca, eso sí con el honor vengado, y después de unos días entre sábanas, manos silenciosas y susurros piadosos de mujeres de mi familia, me mandaron fuera, lejos. El olvido, solo cabía el olvido. Como es joven olvidará, decían.

Nunca olvidé y eso me ha salvado de volverme un ser estéril, muerto antes de vivir. Tus manos fueron siempre las manos del otro, del marido conveniente y amable, y en el hijo buscaba ciega algún rastro tuyo. Y alguno encontré. Tu frente altiva pervive.

— Abuela, ¿qué haces aquí sola? Es peligroso.

Me giré y me vi corriendo con la misma ligereza, el mismo afán y sonreí, porque he visto que una hoja de la higuera que tantas veces nos cobijó, ha florecido en un arbolillo, que parece custodiar la ventana por la cual nos asomábamos a una esperanza y a una vida que no llegó.

© Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

Poco a poco, abrumadas por las raíces, las zarzas y los árboles salvajes que como pensamientos trastornados crecían entre las piedras, las paredes se fueron deshaciendo. De lo que había sido la casa, apenas quedaba un trozo de muro del que colgaba una ventana. Los cristales, limpios, fuertes, protegidos por las venecianas verdes, siempre abiertas, dejaban entrever unos ligeros visillos muy blancos. Nadie en la aldea entendía por qué no las cerraba el viento, ni tampoco por qué, a veces, como si danzaran, se movían los blancos y livianos velos. Tampoco comprendían que aquellas piedras fueran las únicas que se sostuvieran apiladas para soportar la ventana.

Mis padres dormían en la casa de al lado la noche en la que se quedó vacía. Dicen que no escucharon nada. Pero, desde entonces, cada día al salir a la calle veían que las zarzas y enredaderas, envolvían los fuertes muros de piedra, como si de una crisálida se tratara.

Era rubia, ligera como el aire, con los ojos azules, transparentes, iluminados por un cielo sin nubes, y desde que se habían muerto sus padres, vivía sola. Se llamaba Amalia. Él, alto, de piel turrada, fuerte, casi salvaje, había aparecido un verano, no se sabía desde dónde. Quizá, decían, había venido para la recolección del trigo o para la recogida de la fruta; quizá era uno de esos que llegaban a las ferias con sus columpios y puestos de rifas. Lo cierto es que era un hombre extraño. Cada vez que se cruzaba con un vecino, bajaba la cabeza y lanzaba una especie de quejido a modo de saludo. Nadie le había escuchado decir palabra. Solo hablaba en la taberna para pedir el vino. ¿Cómo se habían conocido? ¿Dónde? Nadie lo supo nunca, pero él entró en la casa de Amalia como en morada propia. Y se acostó en su cama deshaciéndola en amores. Y poco después trajo a su madre, una mujer con los ojos nimbados por oscuras sombras, y ropas viejas, pesadas, que nunca se cambiaba. Con ella llegaron tres niños, silenciosos, de mirada torva como él, que salían a jugar en la acera. Y también dijeron que su madre no era su madre, sino su mujer. Lo cierto es que a ciencia cierta, nadie sabía nada.

A partir de entonces, no se volvió a saber de Amalia. Hasta que un día desaparecieron todos y la casa, con la puerta bien atrancada, apareció cerrada. Solo se quedaron abiertas las verdes venecianas, con los cristales inexplicablemente limpios, y los visillos blancos.

Pasaba el tiempo y ningún vecino se atrevía a pisar las piedras de la casa de la puerta atrancada que, poco a poco, se deshacía.

Y empezaron los rumores.

Se dijo que Amalia no quiso ir con ellos y que vio cómo se alejaban a través de los cristales de esa ventana. Decían que estaban encantados porque apoyó en ellos la frente. También se habló de que alguien la oyó llorar, y aquellas lágrimas, como si de agua bendita se tratara, regaron los suelos y por eso crecían con fuerza la maleza y las enredaderas. Corrían rumores de que Antonio, el panadero, había visto una madrugada a Amalia limpiándolos y por eso se movían los visillos.

Lo cierto es que nadie la ha visto nunca.

El día en que la autoridad se abrió paso entre las zarzas, se supo que no habían sido sus lágrimas las causantes de tanta maleza sino que la sangre que brotó de su garganta regó y fertilizó la tierra.

Y desde entonces, algunos vecinos susurran en las tabernas y alrededor de las chimeneas, que el espíritu de Amalia lo espera, porque, al verlo, podrán revivir ella y el no nato, que duerme en su podrido vientre.

© Malena Teigeiro

Melodía ausente

Liliana Delucchi

Fuera por simple despiste o de forma intencionada, el caso es que Clotilde había olvidado cerrar la ventana.

Camina despacio, aspirando el olor de los lilos de la casa de enfrente, es una construcción sólida, de ladrillos y con grandes ventanales cubiertos de rejas. Los visillos, siempre echados, se mecen con el aire como queriendo escapar entre los barrotes. Y la música que sale del piano huye entre las flores hasta llegar a la joven en un baile de notas. Clotilde desconoce la melodía, pero siente que la eleva hasta las nubes.

Tengo que apresurarme, van a cerrar la tienda y no tengo nada para la cena, piensa. Se quejará, como siempre, y yo haré como que no lo escucho. Encenderá el televisor y se peleará con el árbitro del partido.

Por la ventana abierta le llega la música. Es un ángel. Un ángel que viene para llevársela entre sus brazos a un mundo de sonidos, en el que reina la suavidad, el consuelo y una siempre dulce seriedad, muy alejado de la vulgaridad cotidiana, imagina.

Una mañana cuando salía de la casa de ladrillos, la vio de lejos. Alta, delgada y tan blanca como el marfil, con el pelo rojo oscuro recogido en un moño. Caminaba como toca el piano, como si no pisara el suelo.

Otra tarde la descubrió mirando sus rosales y abrió la portezuela del escaso jardín.

—¿Le gustan mis rosas? — le preguntó con timidez. A mí me encanta su música.

Le sonrió y aceptó la flor que le regalaba, así como su invitación a tomar café. Se hicieron amigas.

Después de comer, casi todos los días Clotilde cruza la calle para adentrarse en el mundo mágico de su vecina, cierra los ojos y se sumerge en las imágenes de las revistas de ese salón tan bien amueblado, y que huele a las freesias, que hay por todos los rincones.

Era viernes por la noche cuando escuchó las sirenas y a su marido maldiciendo porque no lo dejaban oír el partido. Se asomó a la ventana y pudo ver una ambulancia detenida frente a la casa de ladrillos con grandes ventanales. Un mechón de su pelo rojo oscuro asomaba debajo de la sábana de la camilla.

— Sus pulmones están muy enfermos. No creo que resista mucho más- le dijo la madre de su amiga cuando fue a verla al hospital con un ramo de freesias.

Después del funeral, el silencio se apoderó del barrio. Por la ventana abierta de Clotilde solo entraba el rumor de la lluvia. Intentó convencer a su esposo de que se mudasen, pero ésa había sido la casa de sus padres, rezongaba el marido.

Tienes la cabeza llena de pájaros y la culpa es de la que murió. En ese momento la mujer siente un calor que le sube desde el estómago hasta las sienes y quiere estar muy lejos.

Ahora sus paseos están rodeados de un silencio apenas roto por los buenos días con una vecina, o los comentarios de otra. Cuando regresa a su casa, se queda mirando por la ventana siempre abierta, a la espera de una melodía que ya no atraviesa la calle, que ya no la acompaña.

Las luces de la ambulancia frente a su casa y las llamas que los bomberos intentaban apagar, sorprendieron al hombre cuando volvía de su partida en el bar. Era noche cerrada.

© Liliana Delucchi

El color de la esperanza

Marieta Alonso

De entre las nubes surgió un brillante rayo de sol que iluminó la casa abandonada. La ventana verde abierta le recordó su niñez. Se vio asomada al tragaluz de su buhardilla, aquél por el que sin grandes esfuerzos, saltaba para colgarse de su rama preferida y balanceándose, llegar hasta el tronco por el que descendía sin que sus padres se percataran de su ausencia. Sonrió. La comisura de sus labios lanzó un quejido, tanto tiempo sin sonreír, justo un año desde que la tragedia se presentó sin avisar.

Volvió a escuchar el ruido seco del tren de aterrizaje al chocar contra la pista. Era como la voz del trueno, por eso se tapaba los oídos, cuando las tormentas irrumpían su silencio. Sí, ese fue el ruido que escuchó por la televisión en el momento en que daban la noticia y mostraban aquellas horribles imágenes. Su marido e hijo volvían en aquel avión.

¡Qué hacía desde entonces! Caminar, caminar, caminar sin rumbo. De lunes a viernes tenía todas sus horas ocupadas…, pero los fines de semana se le hacían interminables. ¡Maldito ocio!

Una bandada de mariposas comenzó a revolotear por encima de su cabeza llamando su atención y la fueron guiando por aquel sendero hasta la misma ventana. Se introdujeron por ella, pero como no las siguió regresaron, la rodearon y entraron de nuevo, así hasta tres veces. Petrificada se quedó. ¿Qué le querrían decir?

Volvió a la senda. Y detrás suyo la nube de mariposas ¡Qué pesadas! Persistentes la fueron llevando hacia un lateral de la casa donde había una puerta entreabierta y repitieron lo de entrar, salir, rodearla y volver a entrar. Intrigada empujó el portón, le extrañó que no chirriara, era como si estuviera en uso.

Un bebé envuelto en una manta verde de rayitas blancas, dentro de un canasto posado sobre la única mesa, dormitaba. Y a su lado un papel, escrito con letras mayúsculas y faltas de ortografía, rogaba a quien lo encontrase que no lo abandonara, que le diera, por favor, un poco de cariño y la oportunidad de vivir. Buscó a las mariposas. Habían desaparecido.

© Marieta Alonso

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La escalera de Bramante

15 agosto, 2016 por Akelarre 2 comentarios

Escalera de Bramante Giuseppe Momo

Escalera de Bramante

Escalera de Bramante de doble hélice que se encuentra en los Museos Vaticanos. Un dosel de cristal situado por encima proporciona la luz necesaria para iluminarla.

Fue construida por Giuseppe Momo, un arquitecto e ingeniero italiano que diseñó numerosos edificios en Turín y todo el Piamonte, pero sobre todo en Roma, donde, por encargo de Pío XI, cambió la Ciudad del Vaticano.

Esta escalera inspiró a Frank Lloyd Wright para el proyecto del Museo Guggenheim de Nueva York.

La silla de manos

Cristina Vázquez

El juego

Malena Teigeiro

Viaje a las nubes

Liliana Delucchi

Escalinatas de ensueño

Marieta Alonso

La silla de manos

Cristina Vázquez

— Deténganse.

Los cuatro hombres que llevaban la silla de manos, vestidos con unas antiguas libreas desgastadas y anacrónicas, se pararon. Los dos de atrás mantuvieron alzada la parte posterior para que no se quedara inclinada. Después de unos breves momentos, un golpecito dado desde dentro, era la señal para seguir subiendo por la enorme escalera del palacio, propiedad del Ayuntamiento. Menos mal que no tenía peldaños, se decía Julio, el más joven, que había sustituido a uno de los porteadores por enfermedad. El siguiente tramo es el último, le susurró su compañero, y siguieron el lento ascenso hasta llegar a la Galería superior, donde acababa la imponente escalera.

Al llegar se bajó de la silla de manos una señora menuda, elegante y desdeñosa, vestida con un anticuado traje de fiesta en tonos malvas, que le llegaba a los tobillos. Apoyada en un bastón de ébano con empuñadura de plata, representando la cabeza de un león, repartió entre los hombres cuatro bolsitas de terciopelo con unas monedas. Ella les agradeció su colaboración y se despidió con amable altivez.

— Hasta el mes que viene.

Se alejó erguida por la Galería, apoyándose levemente en su bastón. La luz de la tarde se colaba por los cristales emplomados, produciendo unos asombrosos juegos de luces sobre el mármol del suelo. Julio decidió quedarse escondido a observar dónde se iba la anciana y qué hacía a esas horas en el Ayuntamiento, cuando ya estaba cerrado.

La mujer se sentó en uno de los bancos debajo de una ventana. Un reflejo ambarino le producía un halo alrededor que a Julio le hizo pensar en una aparición, y se fijó que, pese a su edad, permanecían rastros de belleza en su cara. Con ambas manos descansando sobre la empuñadura, comenzó a hablar sola.

 — Monseñor, sería comprometido que nos vieran juntos —e hizo un coqueto gesto que resultaba ridículo, casi esperpéntico.

— Sí, Excelencia, usted sí puede llamarme Esmeralda. Será nuestro secreto —y parpadeó con exageración.

Sus ojos aún eran de un verde intenso.

— Oh, querido Presidente, cómo siento no poder atender a su súplica —elevó la vara de ébano como si reconviniera al inexistente personaje.

Después de acabar esta pantomima, se recostó contra la pared con un aire fatigado, mientras las sombras empezaban a avanzar por el solitario lugar. Julio no sabía qué hacer. Marcharse o preguntarle a la señora si necesitaba ayuda. Parecía una figura doliente, una Piedad con las manos vacías. De pronto, oyó el ruido de una puerta al cerrarse y unos pasos que se acercaban. Sobresaltado, vio avanzar a un hombre de mediana edad, con el pelo canoso, un andar cansino y el uniforme azul de los guías del Palacio. Todo en él desprendía un aire de vencimiento y resignación.

— Lo siento, madre, me he retrasado un poco.

La mujer se levantó con cierta dificultad y se apoyó en el brazo del hijo. Al pasar por delante, siguió con interés su conversación. Ella le decía que esperaba que esa noche no hubiera cocido coles otra vez para la cena.

— No soporto ese olor —graznó.

Y el hijo, en un tono monocorde le susurraba que no abusara con el numerito de la silla, y que dejara de coger monedas de la colección para dárselas a los hombres que la subían. Bastante suerte habían tenido, continuó abatido, con que les respetaran el pequeño apartamento del servicio para seguir viviendo ahí.

Ella se detuvo, le miró con reprobación y tras un largo suspiro dijo.

— Esa escalera resume mi vida  —y golpeando el suelo alzó la voz—. No olvides nunca que los dueños, durante siglos, hemos sido nosotros.

Y con una mueca de desprecio continuó sola su camino hasta perderse en las sombras.

© Cristina Vázquez

El juego

Malena Teigeiro

Éramos como hermanos, pero mejor. Porque si a mi hermano le contaba algún problema, se reía de mí o lo que era peor, se iba a contárselo a nuestros padres, y él no. Él me miraba atento, dulce, cariñoso, y ante cualquier pena, siempre me consoló.

Nuestras vidas fueron paralelas. Su casa era el número diez y la mía el nueve de la misma calle. Recorrimos juntos el camino del  jardín de infancia, después el del colegio, y luego el del instituto. Como la religión de nuestros padres nos impedía  estudiar en colegios mixtos, esperábamos ansiosos el momento de entrar en la Universidad. Entonces, al fin podríamos  vivir juntos: los dos queríamos ser periodistas. Sin yo saberlo, él siguiendo el consejo de su padre, optó para la facultad de medicina. Y lo admitieron. A mí también, pero en la de periodismo. Aun así, nos veíamos con bastante frecuencia. Cuando cursábamos el último año, me invitó a una fiesta en su facultad. Te tengo una sorpresa, dijo. Vino acompañado de una chica alta, morena, y con unos ojazos verdes que envidié desde el primer momento. Además de ser muy guapa, era simpática. ¡Hasta iba bien vestida! Sentí rabia. Lo vi claro. Iba a robármelo.

Después de darle muchas vueltas, tracé un plan. Les invité al museo Vaticano. Había descubierto unos papiros en donde se relataban las primeras operaciones de cerebro hechas por los egipcios, sonreí cándida.

Les expliqué que iríamos el lunes, pues aunque el museo ese día está cerrado, tenía unos pases para investigadores. Les pareció bien y quedamos para el lunes siguiente a las cuatro, delante de la escalera de los Museos Vaticanos. Mientras subimos nos divertiremos con un juego que me han enseñado unos compañeros de curso, mentí.

Entramos en el museo y al llegar al pie de la escalera, les mostré los dos brazos que, retorciéndose como serpientes, subían paralelas hasta llegar a la cúpula de cristal.

—Tú vete por éste —le indiqué a ella—, y nosotros iremos por el otro.

Comenzamos a subir.

—¿Qué tengo que hacer? — preguntó nervioso.

—Ponte detrás de mí —le dije zalamera.

Cuando lo hizo, le cogí las manos y se las sujeté alrededor de mi cintura.

—Sígueme sin dejar de mirarla —susurré—.  Cuando la veas justo enfrente, avísame.

Muy juntos, casi pegados, yo me giraba hacia él una y otra vez haciendo gestos y bromas que él reía. Íbamos despacio. Logré retrasarnos lo suficiente para que ella nos viera continuamente. Entonces, dándome la vuelta, le coloqué los brazos alrededor del cuello, lo sujeté para que no pudiera dejarme, y comencé a besarlo con furia. Él, sorprendido, devolvía mis besos. Ella se detuvo. Nos miraba. Bajando la cabeza, se dio la vuelta y rápida corrió hasta salir del museo. Al verla huir, él, de un empujón, me tiró al suelo.

—Estás loca —se limpió los labios con  el revés de la mano y escapó detrás de ella.

En aquel instante mi vida fue otra vez como las dos colas de la escalera del Vaticano que suben paralelas y nunca se encuentran. Varias veces lo divisé a lo lejos, pero nunca volvimos a estar juntos. Intenté encontrarlo para disculparme. Lo llamé una, dos, y mil veces. Nunca contestaba. Conoce mi número, pensé. Compré otro teléfono. Fue igual. En cuanto reconocía mi voz, colgaba.

Al terminar el curso, me salió un trabajo en el hotel Venecia de Las Vegas. Desde mi despacho, veo el gran hall atravesado por el canal, las góndolas, el arrullo de las parejas. Una mañana me decidí a escribirle una carta. Le pedí perdón. Esperé intranquila su respuesta. Una tarde del mes de julio me llegó un sobre escrito con su letra. Pero la carta era de ella.

No te vuelvas a preocupar por nosotros. Te hemos perdonado y te recordamos día a día, cada vez con más contento.

Además de ser guapa, y tener buen gusto para vestir, era maligna. No solo me humillaba con sus falsas e hipócritas letras, sino que, en el mismo sobre me envió una foto. Ella y él besándose en una góndola. Estaban en Venecia, disfrutando de su amor en el viaje de bodas.

© Malena Teigeiro

Viaje a las nubes

Liliana Delucchi

Que no era una buena idea, ya me habían advertido mi madre y mi tía. Pero este verano no tengo con quién ir de vacaciones y la abuela insiste en conocer Roma, así que cuando me aseguraban que era muy pesada, pensé que eran exageraciones. Debí hacerles caso.

—Si sabes que soy agnóstica no veo por qué tenemos que visitar el Museo Vaticano.

Cuando decía que ansiaba conocer la Ciudad Eterna se refería a la Fontana de Trevi, de la que el Bello Marcello rescatara a una gorda rubia, protesta mientras sube las escaleras.

—No entiendo qué ves de maravilloso en estos mármoles sin fin.

No contesto, ¿para qué? Quizás si me mantengo callada ella hará lo mismo. Pero no. Sigue con una diatriba que ya no escucho, porque estoy centrada en lo que me cuenta una señorita a través de esta radio que alquilé a la entrada.

—Bueno, ya que tengo que estar aquí, llévame a ver la Capilla Sixtina, quizás pueda presenciar una fumata.

—Abuela, la fumata solo se enciende cuando finaliza el cónclave con la elección de un nuevo Papa.—

—¿Es que no piensan elegir uno ahora?

—No abuela, el actual goza de buena salud.

Está cansada, así que la dejo en el Cortile della Pigna para que tome un poco de aire y sigo mi recorrido. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando regreso con los ojos y el alma llenos de Rafael, Leonardo y tantos otros, y la encuentro conversando con una señora de más o menos su misma edad. Me la presenta como la Signora Rossina Carpelle, que la está invitando a merendar en su casa esta tarde. En un español fluido comenta que vive a escasas calles del Vaticano.

Mi abuela está encantada, durante nuestro almuerzo no hace más que hablar de su nueva amiga que esta tarde le va a presentar a su hermano, el Cardenal.

—¿A qué viene tanto entusiasmo, abuela? Eres agnóstica. No se te ocurrirá emprender una discusión con el Cardenal, ¿verdad?

—¿Eres tonta o qué? Pienso seducirlo, después de todo es un Príncipe de la Iglesia.

¡No puedo creerlo! Pido una grappa.

—Abuela, tienes 84 años, no sé cuántos tendrá él, pero como tú dices, es un Príncipe de la Iglesia y ellos no van ligando por ahí como los simples mortales.

—Querida niña, Rodrigo Borgia era cardenal cuando se acostaba con una mujer con la que tuvo cuatro hijos a los que reconoció. Y terminó siendo Papa.

Necesito otra grappa.

© Liliana Delucchi

Escalinatas de ensueño

Marieta Alonso

Las amaba. Sentía tal frenesí ante cualquier escalera que le era imposible proseguir su camino. Por eso cada vez que se topaba con una, aunque no tuviera necesidad, las subía y las bajaba. Al ascender iba despacio; el esfuerzo y los jadeos la obligaban a sentarse al llegar arriba. Descansaba. Ya con el corazón a su ritmo se ponía en pie, acariciaba con el índice la barandilla, vertía besos al aire y con los ojos cerrados, descendía los peldaños con mesura, al compás de una música imaginaria. Esa cachaza que despilfarraba en cada grada, hacía que le llegasen historias de terror, cuentos amorosos, que la cubrían de los pies a la cabeza.

Estando en Ciudad del Vaticano, al final de su recorrido por el museo, se dispuso a bajar por la mal llamada escalera de Bramante. Ejecutó su ritual y la inundó una paz que fue truncada por dos voces varoniles enzarzadas en una pelea. Miguel Ángel y Julio II estaban de nuevo discutiendo: que si ya tenía que haber terminado, que si aún estoy esperando el pago, que si usted es víctima de su propio carácter, que si no le perdonaré jamás haberme golpeado con el bastón, que si vos no sois quién para contestar así a vuestro Pontífice…

Tan vívidas fueron las imágenes y las palabras, que quiso interceder. Abrió los ojos. Nadie a su alrededor. Las voces se fueron acallando. Eran solo murmullos que se filtraban por los poros del granito. Cerró los ojos.

Unos cuantos escalones más abajo, escuchó unos pasos quedos. Eran Bramante y Rafael que le pasaron por encima como si ella no existiera, y que, amparados en la oscuridad de la noche, iban a espiar el trabajo de la Capilla Sixtina.

Siguió bajando y observó cómo Miguel Ángel gesticulaba ante el Papa, acusando a Bramante de haberle robado las llaves. Se solucionó la crisis y el gran pintor volvió a su bóveda.

De pronto, un grupo de turistas irrumpió en su soledad y a empujones, la llevaron hasta al último estribo. Lástima de barahúnda.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

El tramposo con el as de tréboles – George de La Tour

15 julio, 2016 por Akelarre Deja un comentario

El tramposo del As de Tréboles George Latour
Tramposo con As de Trébol. Kimbell Art Museum. Fort Worth. Texas. Óleo sobre lienzo de 124 x 183.

El tramposo del as de tréboles - George Latour

George de la Tour. Nace el 13 de marzo de 1593 en Vic sur Seille, Lorena, y muere el 30 de enero de 1652.

Poco se sabe de su primera formación en Lorena, aunque posterior documentación lo muestra desabrido en lo personal y reconocido en lo profesional. Trabajó para el Duque de Lorena y fue nombrado pintor de Luis XIII. Fue un pintor olvidado y redescubierto a finales del siglo XIX.

Su influencia de Caravaggio hace pensar en un viaje a Italia y quizás también a los Países Bajos. Es el más famoso de los tenebristas franceses y su pintura sorprende por su lirismo, sobre todo en las escenas nocturnas.

El tema del cuadro que os presentamos este mes es el engaño, influenciado por dos obras de Caravaggio. La escena la componen un lechuguino, el tramposo y dos mujeres, una prostituta y su criada que tientan al joven con sus encantos, a la vez que lo emborrachan para que no se percate del engaño.

La última partida

Cristina Vázquez

El Gaviota

Malena Teigeiro

Trío de engaños

Liliana Delucchi

Gen de naipes

Marieta Alonso

La última partida

Cristina Vázquez

Para  Ximena, conocedora de arcanos.

Se había jurado y perjurado que nunca más caería en las manos de ningún tahúr, pero Giacomo… ¡Era tan exigente! Exigencia adecuada a su belleza, a su gracia, que la obligaba a derrochar dinero para que estuviera feliz, para que no se esfumara de su lado, para no perder la ilusión de su amor. Aunque había algo tenebroso en él que Apolonia no era capaz de explicar. Un misterio que parecía precederle y luego envolverlo, una oscuridad que perfilaba más su apostura y a ella la hacía tambalearse en una incertidumbre, que por fin la había despertado a la vida encadenándole a él.

Llevaba siete años viuda de un hombre mayor, quisquilloso y vulgar con el que la habían casado por su dinero, pero al morir, la herencia que dejó no fue tan abundante como soñaba su familia, y aunque tenía para vivir holgadamente, los pequeños caprichos a los que siempre estuvo acostumbrada, se le hacían más difíciles de conseguir. Su dama de compañía, otra viuda, en este caso ciertamente empobrecida, era una mujer entendida en engaños y placeres que tuvo que abandonar por reveses de la fortuna, la fue conduciendo a partidas de cartas que la permitieron ganancias inesperadas. Nunca sospechó que pudiera embargarla emoción tan fuerte, al tener entre sus dedos una buena jugada, al vivir el placer de lo prohibido y el delicioso secreto de los doblones escondidos. Tampoco imaginó el desasosiego por las pérdidas o por tener que empeñar joyas para pagar. Jamás antes había sentido pasión alguna. Siempre creyó que era una mujer que podía vivir en la indiferencia.

En una de las partidas de cartas apareció Giacomo, elegante, altivo. Jugaba con desdén sin importarle si ganaba o perdía y tras haber dejado sobre el tapete una gran cantidad de dinero que ella ganó, se acercó por detrás y le pasó el puño de su daga por la espalda, como una caricia heladora y llena de promesas.

— El ardor con que juegas será mío.

En ese momento descubrió algo que la aterró. Tuvo la certeza de que no sería dueña de sí misma nunca más. Se hicieron amantes. Él aparecía y desaparecía. Nunca consiguió saber a qué dedicaba el tiempo de su ausencia. A veces volvía con las manos llenas de oro, otras como un perro apaleado, y algunas, herido. Jamás dijo nada, ni quién era, ni de dónde venía y Apolonia fue encontrando en la dureza de sus abrazos y sus exigencias, una cadena irrompible que la iba hundiendo.

Cuando necesitaba dinero la obligaba a jugar y luego repartía con ella las ganancias, en el caso que las hubiera, y si no la abandonaba una temporada en señal de castigo. Mientras jugaba siempre se ponía tras ella con el puño de la daga acariciándole la espalda. Al sentir el zigzag que iba trazando entre sus omoplatos, un frío ardiente  la enloquecía

Llevaba Giacomo unos días fuera, porque la partida anterior había sido desastrosa, y pidió a su doncella que le organizara otra para resarcirse. La última, se prometía con desolación.

Y en esa última partida, con un tahúr de los que ocasionalmente frecuentaba, al abrir con temblor las cartas, los cuatro reyes se desplegaron seguidos en sus manos, enlazados en una suerte de danza. Y se percató súbitamente de que todas las figuras tenían dos manos, excepto el rey de corazones que tenía cuatro. Se sobresaltó al comprobar que dos de ellas descansaban sobre la deforme panza, y las otras dos surgían a su espalda con un puñal. Al rey de corazones lo estaban matando o el rey de corazones mataba.

Soltó las cartas ganadoras sobre la mesa y huyó despavorida.

© Cristina Vázquez

El Gaviota

Malena Teigeiro

A Marga Cancela

Cuando desapareció su esposo, Rosa tenía cuatro hijos. Un fuerte temporal se llevó la barquita en la que iba de marinero. Aún hoy lo llora y no sabe muy bien por qué.

—¡Era tan buen mozo!, pero he de reconocer que no me trató bien —pensaba pasándose la mano por la frente, como queriendo ahuyentar sus negros pensamientos,  apoyada en el mostrador del colmado abierto en el zaguán de su casa.

Ahora estaba muerto y era mejor olvidarse de sus otras mujeres. —No puedo, suspira.— La primera en amargarle la vida fue su suegra. Una mujer de las de mete mete. Cada vez que se compraba un trozo de tela para hacerse un vestido, la escuchaba: “Tú gastando y mi hijo dejándose la vida entre las olas.” Ahora que lo pensaba, ¿sería meiga la vieja? En fin, qué le importaba ya. Era ella la que tenía que sacar a sus hijos adelante sin saber cómo. El colmado apenas le daba para comer. Echó un vistazo al reloj. Era ya tarde. Salió de detrás del mostrador y cerró las puertas.

Se fue a arreglar preocupada. El domingo a la salida de la iglesia, don José se le acercó. Después de un leve galanteo, le dijo que el martes la iba a visitar al anochecer, pero con mucha discreción. Ella se imagina para lo que es. Le gustaban las mujeres, o al menos de eso hablaban los vecinos, y era lo suficientemente lista como para saber a lo que iba. Aunque no le gusta la idea de ser la querida de nadie, bastante sufrimiento tuvo con las de su marido, necesitaba el dinero. ¡Ay, Dioni, con lo que yo te quise siempre! Era tan guapo, tan apuesto, que ninguna mujer se le resistía. Cada vez que la veía llorar, su madre le decía que no se quejara, que mucha era su suerte, porque ella era la legítima, la de la Iglesia. ¡Qué buena y sacrificada ha sido siempre su madre! Cuando el domingo después de comer le cuenta que don José le pidió visitarla, la anima. “Dile que sí. Estás sola. Qué daño haces. Ni siquiera a su mujer, que ya ni se entera de nada.” Y el martes su madre se fue a recoger a los niños a la escuela para llevarlos a su casa a cenar y dormir.

—Si puede ser, al menos de momento, que los niños no vean al viejo— le había dicho sonriente.

Se puso el vestido con flores rojas, el que tanto le gustaba al Dioni, a ver si la ayudaba un poquito, y luego de soltarse la coleta, se cepilló la melena.

Cuando don José entra en su casa por la puerta de atrás, la que da al gallinero, le acaricia la cara. Rosa, dijo, cada día que pasa estás más buena. Sin soltar el puro, la abraza por la cintura y restriega su barrigudo cuerpo al suyo.

—Pase, pase. Que le tengo una copita preparada en el comedor —lo separa zalamera.

—No me ofrezcas copitas que hoy tengo que estar claro.

Entraron en el comedor y Rosa se sienta enfrente, al otro lado de la mesa. Él acerca su silla hasta pegarla a la suya. Las gruesas piernas abiertas. La bragueta abultada. Los ojos vidriosos. Le levanta la falda y coloca una mano sobre la rodilla.

—Rosa, Rosa —murmura dándole palmadas en el desnudo muslo—. Vamos a dejarlo, que me pierdes.

Vuelve a sentarse enfrente y, suspirando, con los dedos cortos, orondos, de uñas amarillentas, sacude el cigarro en el cenicero. Aquel redondo y grueso cigarro, la estremece.

—Desde la noche en que el mar se llevó al Gaviota, no he dejado de pensar en ti. ¿Te acuerdas de la terrible galerna? —la vio bajar la cabeza. Sus ojos la acarician—. Cómo no ibas a hacerlo si con él se fue tu Dioni. Y mira que era marinero el barquito. Qué lástima de hombres —con la vista fija en ella, frunce las cejas. Suspira y le da una calada al cigarro—. Pues vamos a lo que he venido. Tú Rosa, te has quedado muy mal de dinero, que ya me lo dijo tu madre. Y como en tu casa con eso del colmado hay un trasegar de gente, a nadie le puede extrañar que entre yo, o algún otro. ¿Verdad? —¡Anda que ahora mi madre ahora se mete a alcahueta!— ¿Qué te parecería recibir a tres o cuatro de nosotros algunas noches?

La mujer da un salto en su asiento. Se retuerce las manos nerviosa.

—Don José, yo… Tenga en cuenta que solo lo hice con un hombre y era mi marido.

Las lágrimas aparecieron en sus mejillas al tiempo que una sonora carcajada retumba entre los muros de la casita. El hombre saca un pañuelo y se suena ruidosamente.

—¿En qué estás pensando, mujer? Con el Gaviota, Rosa, además de tu marido, también se nos fue el Santi, el de la taberna. Y la Encarna, su madre, que ya anda mayor la pobre, como bien sabes, la cerró. Bueno, pues, al cerrarla, nos ha dejado sin casino. Si nos prestas tu comedor y guardas el secreto, te daríamos el diez por ciento del dinero que se mueva. Tan solo vendremos dos o tres tardes a la semana.

© Malena Teigeiro

Trío de engaños

Liliana Delucchi

Medio oculto tras la silueta de su doncella personal, la Sra. Dubois descubre la imagen de su marido en el espejo. Ya listo para salir, con los guantes en la mano, preguntó a su esposa qué planes tenía para esa noche. Jugar a las cartas, fue su escueta respuesta, y continuó dando instrucciones a su doncella sobre el recogido del su cabello y la colocación de las plumas en el tocado. Perlas en el cuello y las orejas, y un broche en el sombrero, completarían el atuendo. Su compañera de entretenimiento sería su hermana pequeña, a quien iba a escoltar un actor que conociera quién sabe dónde. No es que la señora tuviese demasiados remilgos a la hora de juzgar a los amigos de Natalie, sobre todo porque, independientemente de los orígenes de los mismos, la divertían. Pero le llamaba la atención  que, aún después de haberse negado a seguir financiando la forma de vida de su hermana Natalie la semana pasada, ésta volviera para jugar y, además, acompañada. Como no había conseguido otros jugadores, aceptó la oferta y los invitó a cenar. Suspiró tranquila. Apostar era una de las aficiones favoritas de la Sra. Dubois que, noche tras noche, arriesgaba unos cuantos luises.

La mesa para tres ya estaba preparada cuando entraron en el comedor. Después de una cena ligera, disfrutaron de un copioso postre acompañado por unos buenos espirituosos, compañeros ideales para una noche de juego.

La partida no pudo empezar mejor. La Sra. Dubois acumulaba monedas y copas. Decidió suspender estas últimas porque su vista había empezado a nublarse, aunque no tanto como para no ver que iba perdiendo.

Diestra en hacer trampas, despegó el naipe adherido debajo de la mesa para situaciones de emergencia y, tranquila, lo jugó.

—No quiero más bebida —indicó con voz grave y un ligero revoloteo de mano a su obsequiosa criada.

A pesar de su tono, la doncella insiste. Levanta los ojos hacia la joven, cuya mirada le señala al invitado.

El joven actor tiene la mano izquierda escondida tras su espalda, pero de momento no ha ganado ni una moneda. La señora se encogió de hombros y siguió jugando. Cerca de la madrugada había mermado tanto su dinero, que hasta tuvo que darle la sortija de rubíes al actor. Se despidió de ellos molesta.

Al recontar la criada los naipes, se encontró con tres ases, que rápida mostró a la señora Dubois. Ella, al verlos, frunciendo el ceño los arrojó al suelo. ¡Tramposa!, pensó, comprendiendo que su hermana pequeña se había servido de un cómico para llevarse el dinero que se había negado a darle para renovar su guardarropa.

© Liliana Delucchi

Gen de naipes

Marieta Alonso

Mi abuela era una empedernida jugadora. Con los adultos jugaba por las tarde al bridge, la canasta y el póker, pero conmigo todas las noches del año se entretenía con el Chúpate dos, el Julepe, las Siete y media, el Chinchón y un sinfín de juegos más. Me obligaba a sentarme en la mesa camilla al lado de la lumbre para que me distrajera un rato, me decía. Eso te calmará los nervios antes de ir a la cama. Así tendrás dulces sueños.

El caso es que tanta carta hizo que llegara a odiarlas. Y juré que de mayor nunca más tendría entre las manos las cuarenta y ocho de una baraja española, ni las cincuenta y dos de la inglesa.

Además de hacer juegos malabares con las cartas, mi abuela no paraba de darle a la sin hueso. Y cada noche se explayaba con que había que ver lo listos que eran los hijos de la Gran Bretaña, sus cartas tenían el origen en la baraja francesa, pero las inglesas eran las más conocidas. Claro que los alemanes se atribuían que sus naipes habían dado origen a la francesa, y lo decían con palabras tan contundentes que era mejor asentir no se fueran a enfadar. A la chita callando los chinos proclamaron que fueron ellos los creadores, hay que ver lo que son esos hombres de ojos rasgados, levantas una piedra, asoma uno y te sonríe. El caso fue que los ejemplares más antiguos aparecieron en Italia, pero no te equivoques, susurraba en mi oído, se puede apreciar perfectamente en ellas la influencia de las españolas. Mi abuela, como siempre, tirando de la sardina para su lata.

¡Ay abuela! Tantos disgustos que te di de niña no queriendo jugar contigo a las cartas, tantos juramentos estériles para que ahora esté en Las Vegas, viviendo a todo tren, gracias a los trucos que me enseñaste. Y esto pica y se extiende porque tu bisnieta, ha salido clavadita a ti. ¡Hay que ver la destreza que despliega barajando cartas!  

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El intercambiador de la Zona Cero

15 junio, 2016 por Akelarre 3 comentarios

Intercambiador de la zona cero Santiago Calatrava

El Intercambiador de la Zona Cero

El intercambiador de transportes de la Zona Cero de Nueva York, lleva la firma del arquitecto español Santiago Calatrava.

Luminoso recinto inspirado en la histórica estación de Grand Central, tiene una gran cúpula de blancas vigas de acero que asemejan las alas de un ave a punto de emprender el vuelo.

Representa el renacer de la Zona Cero tras los atentados de 2001.

Mademoiselle Rose

Cristina Vázquez

Medusa

Malena Teigeiro

Taconeo

Liliana Delucchi

Con la cabeza a cuestas

Marieta Alonso

Mademoiselle Rose

Cristina Vázquez

Para mi hija

Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle,
Assise auprés du feu, dévidant et filant,
Direz, chantant mes vers, en vous emerveillant:
“Ronsard me célébrait du temps que j´étais belle”
Sonnet a Hélène.

Pierre de Ronsard (1524-1585)

 

¡Tan blanco! Sentí que esa tarde todo menos yo, que iba vestida de negro, resultaba deslumbrantemente blanco, y el recuerdo de la nieve se deslizaba como una cascada fría por mi cabeza. Blancas eran también las sábanas de la cama del hospital y los zapatos. Sí, también los zapatos de la enfermera. No sé por qué me fijé en ese detalle, quizás porque siempre se me ocurren tonterías cuando las situaciones me conmueven.

La llamada que había recibido esa mañana me resultó inoportuna, extraña. Una voz nasal con un punto de trámite administrativo reclamaba mi presencia en un hospital.

— ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

Sin ningún tipo de inflexión, o cambio, o proximidad en el tono,  la voz nasal me aseguró que la señora Rose Hepburn, había dado mi número de teléfono. Era urgente.

— Es más, diría que muy urgente —y colgó el teléfono.

Miré el reloj, tenía una cita de trabajo en una hora, llamé para retrasarla, pues teniendo en cuenta que nevaba, el tráfico sería imposible  e hice un cálculo enrabietado de la pérdida de tiempo que implicaba. ¿Quién sería esa mujer? ¿Por qué a mí?

Los copos blancos ablandaban las duras esquinas de la ciudad, pero el viento, como agudo filo en las calles, hacía difícil avanzar para encontrar un taxi. Ráfagas amarillas y veloces, con la luz de ocupado, salpicaban el barrizal que se iba formando en la calzada. No se produjo ningún milagro. Tuve que ir a coger el tren que llevaba al hospital y meterme en el intercambiador de la Zona Cero, que todavía estaba en uso restringido, apenas lo transitaba nadie, y también era blanco, desoladamente blanco. Podía oír el repiqueteo de mis tacones en esa soledad que en poco tiempo se llenaría de gente, tiendas, vida.

Cuando subí a la planta que me indicaron, pregunté por la señora Rose Hepburn. Una enfermera gorda, de amabilidad intrascendente, me dijo que se alegraba de mi llegada, pensó que no vendría nadie.

—¿Venir?  ¿Para qué? —conseguí articular.

La seguí como un autómata, sin rebelarme, con una aprensión y desasosiego que notaba en el calor que me producía el sarpullido nervioso del que no me libro en momentos así. Sólo miraba los zapatos blancos que me precedían y el vaivén del uniforme que se balanceaba desde sus anchas caderas. Abrió la puerta de la habitación 312 y con un gesto altisonante me hizo pasar, a la vez que gritó.

—Rose, ha venido. ¿Ve cómo ha venido?

Una mujer menuda de pelo blanco, sentada en la butaca de skay, parecía un pajarillo a punto de emprender el vuelo, me miró con desolación.  Sobre sus rodillas exiguas sostenía un maletín de piel de los que ya no existen, como los de los médicos del Oeste. Vestida de blanco, con un pañuelo verde pálido en el cuello, se puso a mirar  hacía  la ventana.

—Adoro la nieve —y se giró con una sonrisa triste—. Gracias por venir. Temía que no pudiera.

Al cerrar la puerta la enfermera, le pregunté quién era y por qué me había hecho llamar.

Con parsimonia abrió su anticuado bolso, sacó una tarjeta ajada con su nombre y su ocupación. Profesora de idiomas.

Yo la miré sin entender el significado y en una voz muy suave empezó a recitar, quand vous serez bien vieille, au soir…. ¿Te acuerdas?

Y como un relámpago me vino a la memoria assise auprés du feu…

—¿Mademoiselle Rose?

Había sido la  profesora de francés de mi adolescencia.

—No tengo a nadie y si no, me mandan al asilo.

© Cristina Vázquez

Medusa

Malena Teigeiro

Desde que mirándola de frente, triste, se fue, Kate vive sola. Él había cerrado la puerta sin saber que una medusa con sus viscosos cabellos la atrapaba en el sofá, tapándole la boca, los ojos. Y ella, deseosa de pedirle que se quedara, despreciativa, le había devuelto la mirada como si no le importase su marcha. Maldito orgullo. Varias veces tuvo el teléfono entre las manos, pero no fue capaz de marcar el número. Se metió en la cama dispuesta a no levantarse nunca más. Al final se durmió. Y dormida y despierta, lloró. Lloró tanto que las lágrimas la rodeaban convirtiéndose en agua del mar y nadó entre ellas. Y así siguió hasta que al cabo de una semana, su madre la forzó a levantarse. Siempre fuiste tonta, y mira que eres inteligente, le decía obligándola a ducharse, a ponerse el abrigo, a salir de casa, a ir a trabajar. Desde entonces vive flotando en un líquido denso, gelatinoso, que no le permite enterarse de casi nada.

Esa mañana, como todas desde aquel día, entró en el intercambiador del metro. Se fundió entre los cientos de personas que corren para meterse en los trenes, siempre empujando. Caminaba por el largo pasillo, la cabeza baja, la mente en blanco, cuando escuchó sus pasos. Al levantar la vista vio diluirse a la gente entre el aire viciado, la vio derretirse como el hielo bajo el sol. Solo quedaba de ellas el hedor de haber pasado por ahí. De todas, menos de él. Su aroma siempre fue distinto, casi imperceptible.

—Él no usa perfume ni colonia. Está aquí.

Angustiada lo busca. Lo vio. Caminaba solo, lejos, casi a punto de doblar la esquina. Echó a correr. Los cabellos de Medusa la empujan, la envuelven. Cerró los ojos. O lo hago así o me convertirá en piedra, pensó. Sentía que se ahogaba. Escuchaba gritos. En su loca carrera logró llegar hasta él. Lo abrazó por la espalda. Él se volvió. La sujetaba por los hombros y la zarandeaba. ¿Por qué no me besa? ¿Por qué no me salva de este monstruo?

—Señorita, ¿se encuentra bien? —escuchó.

Su voz. Le sonó diferente, asustada. Ya no era la voz dulce de los “Te amo, Kate”. No quiso contestar, ni tan siquiera mirarlo. Primero que me bese. ¿Por qué me zarandea? Se sintió desvanecer. Los cientos de cabellos de Medusa la sujetaban, llevándola por el aire. Quiso separarlos, pero no pudo. A ella no la engañaba. Sabe que Medusa se ha enamorado de él y que quiere convertirla en piedra para tener el camino libre. Pero no abrirá los ojos.

A través de los párpados ve la blanca luz con la que la alumbra. Los cabellos de goma, como dedos malditos, intentan forzar aquellas pequeñas cortinas de piel. Le hacen daño. Quiere que abra los ojos y que la mire. Pero ella no lo va a hacer. Unas lágrimas le rozan la piel. “Kate, Kate.” ¿Quién la llama? Le parece escuchar la voz de su madre. ¡Maldita Medusa! Quiere engañarla, pero no, ella no caerá en esa burda trampa.

Después de sentir un pinchazo en el brazo, percibe que poco a poco se desvanece. Suspira profundo. Intenta huir por el inmenso pasillo del intercambiador. Tiene la certeza de que, al fondo, él la estará esperando.

© Malena Teigeiro

Taconeos

Liliana Delucchi

Serían las ocho menos cuarto de la mañana cuando el ruido de los tacones de Meredith sonaba con prisa por el vestíbulo. No era molesto. La soledad del recinto le hacía presentir una densa niebla más allá de la salida. Fuera deambulaban cientos de personas camino de sus trabajos, luchando contra sus reflexiones, a la espera de una jornada más. Un hombre la adelanta y le mira los pies. Ella sigue su andar ligero y contempla sus zapatos, orgullosa de sus Laboutin. Alta y segura, iba a enfrentarse a esa jauría más allá de la Quinta Avenida, a ese mundo del que ya formaba parte. El suelo, brillante como un espejo, le devuelve su sombra y, un poco más atrás, escucha un taconeo idéntico al suyo.

—Meredith, ya me parecía que eras tú.

La mujer se da la vuelta para encontrarse con Caroline, aquella gordita y sabihonda del instituto, la que con su cara llena de granos se hizo con la atención del profesor de música. No había vuelto a verla.

—Me han contado que eres CEO de Atlas Electronics y leí en el tren que estáis a punto de cerrar un acuerdo con los chinos que te elevará por las nubes. Apareces en todas las publicaciones financieras. ¡Meredith, cuánto me alegro!

—Sí, he trabajado mucho. Y a ti ¿cómo te han ido las cosas?

—¿Te acuerdas del señor Hobbes, el profesor de música? Nos hemos casado y tenemos una academia en la que enseñamos a tocar instrumentos de viento a niños autistas.

A Meredith se le transforma la sonrisa. El señor Hobbes fue parte de sus sueños de juventud. Se dormía pensando en él y estaba presente en sus desayunos.

—Caroline, tenemos que apurar el paso, o llegaré tarde a la reunión con los chinos.

—Por supuesto. ¡Vaya!, si llevamos los mismos zapatos.

Meredith mira hacia abajo y siente ganas de gritar. No lo hace. En cambio, coge su móvil y llama a su asistente.

—Sarah, retrasa por lo menos una hora la reunión.

—Imposible, ya están aquí.

—Búscate la vida y retrásala. —y en un susurro, agrega— tengo que pasar por una zapatería.

© Liliana Delucchi

Con la cabeza a cuestas

Marieta Alonso

Cada día lo mismo. Suena el despertador. En pie. Pongo la cafetera. Una ducha rápida, la tacita de café y a la calle a recorrer el largo pasillo del intercambiador que me lleva al tren y al trabajo.

A paso rápido, ni me doy cuenta de lo poco concurrido que está. En lo alto, dos personas parecen hablar por el celular, un niño se aleja, un hombre se acerca y otro vigila. Hoy me espera una mañana ajetreada, una tarde deplorable y una noche de espanto. Nathan y yo hemos vuelto a discutir. Reanudó las amenazas, rompió una lámpara y dando un portazo, se marchó. No hay solución. Al salir debí haber hablado con el encargado del edificio para que me cambiara la cerradura. Al no verle en la puerta ni me volví a acordar. No llevo una hora despierta y tengo la cabeza que echa humo de tanto pensar. Lo mejor sería un traslado laboral, un lugar lejano a miles de millas. No. Es preferible cambiar de empresa, si sigo en la misma me localizará con facilidad. ¡Oh Dios!, tendré que tirar por la borda tantos esfuerzos realizados para llegar donde estoy. Empezar de cero otra vez.

Oigo los pasos cada vez más cerca, aprieto el bolso contra el pecho, no es que lleve mucho dinero pero… es mío. Acelero el paso, miro de reojo y la sombra la tengo a mi izquierda, detrás de mí. Con sigilo saco el spray contra ladrones. Lo que me faltaba.

Menos mal que no tenemos hijos. Fue el destino, porque yo estaba dispuesta a darle todos los que quisiera. Estás totalmente ciega, quítatelo de encima, repetía mi madre. Ese hombre lo tiene todo: vicios, vagancia y violencia. Y siguiendo su costumbre de hablar con la “V”, continuaba:

—Viola tus derechos y vivirás en vilo.

La sombra está casi encima de mí. Con tanto pensar he dejado que ganara distancia. Echo a correr.

Tenía razón mi madre, soy una marioneta en sus manos. A solas tomo decisiones; junto a él, todo es confusión. Sin falta he de ir al banco, debo desautorizar su firma en mi cuenta. Ojalá que no sea demasiado tarde. En estos momentos no puedo quedarme con los bolsillos vueltos.

Siento una mano en el hombro. Sin mirar aprieto el spray. No atiné. Una nube me separa del agresor. Entre toses, escucho:

—¿Qué haces? ¡Estás loca!

Es mi compañero de trabajo que agarrándome, todo sofocado, me pregunta de quién estoy huyendo.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

La Cruz del Sur

15 mayo, 2016 por Akelarre 3 comentarios

Constelación la cruz del sur

La Cruz del Sur

Esta constelación, y su estrella más brillante, son un símbolo de las culturas indígenas de América del Sur, así como para la de los maoríes, indonesios y malayos.

Normalmente referida como la Cruz del Sur, es una de las más pequeñas y famosas constelaciones modernas. Está compuesta por dos travesaños cruzados, de 4.2 y 5.4 grados de largo.

Prolongando cuatro veces y media la línea recta del eje principal, partiendo de su estrella más brillante, Acrux, al pie de la Cruz, se llega al polo sur, punto alrededor del cual gira en forma aparente la bóveda celeste.  Sus otras estrellas reciben el nombre de Becrux, Gacrux y Decrux.

Niña Andina

Cristina Vázquez

El broche

Malena Teigeiro

Lucían las estrellas

Liliana Delucchi

Lenguaje meteorológico

Marieta Alonso

Niña Andina

Cristina Vázquez

A Julieta, mi nieta andina

 

Su madre le prometió a Alberta, mucho tiempo antes de coger el avión, que cuando se acordase de ella se tumbara en el jardín con  los pies hacía el sur, la cabeza al norte y los brazos abiertos. Que esperase a que la noche cayera y entonces reconocería unas estrellas muy brillantes que trazaban una cruz en el cielo. Después la llevó a su cuarto y ceremoniosamente le entregó  un paquetito  guardado en el cajón superior de la cómoda.

Lo abrió con cuidado y de una caja de madera oscura, sacó un instrumento redondo con una tapa de cristal y una aguja oscilante. Lo miró con detenimiento sin saber lo que era.

— ¿Esto para qué sirve?

Su madre se agachó a su altura y abrazándola casi con desesperación, eso lo supo más tarde, le aclaró que era una brújula que marcaba el norte. Así podría colocarse correctamente y siempre encontraría la constelación.

— Cuando mires las estrellas yo estaré pensando en ti.

Se tumbaron juntas en el césped como si fuera un juego, y tras saber dónde estaba el norte, con la brújula sobre el pecho igual que un ardiente corazón de hierro,  le enseñó  a reconocer las estrellas que la formaban. Se quedaron abrazadas mirándolas hasta que la humedad las hizo levantarse. Y cada vez que podía, Alberta siguió repitiendo el ritual: la brújula sobre el pecho y los pies en la dirección correcta, sabiendo que su madre, estuviera dónde estuviera,  volaría hacía esa esplendorosa luz para estar a su lado. Algunas noches el olor de los jazmines la embargaba.

Ella había nacido al pie de los Andes, en Santiago. Cuando reconocía el cálido viento invernal que sopla en las mañanas, recordaba el susurro de su madre, también como una brisa cálida: eres mi niña andina, mi preciosa niña.

— Soy una niña andina —repetía como un juego sin entender el significado.

 Ella había llegado del otro lado del mar, del otro lado de las montañas, de un país lejano le contaba la madre, en cambio su niña andina era hija de la cordillera. Y señalaba los altísimos picos nevados. Esos montes y la luz de las estrellas siempre la protegerían.

Cuando años más tarde fue a España a recoger las pertenecías de su madre y a firmar documentos en notarios y bancos, y besar a parientes desconocidos, amables pero duros al hablar, esperó a que por fin se hiciera de noche, una noche que tardaba horas en llegar, alargando el día innecesariamente. Tumbada en el jardín desconocido de la casa familiar, buscó el norte con la brújula, alineó sus pies al sur, puso los brazos abiertos y esperó a que brillaran las estrellas que siempre encontraba, las que una noche lejana, en su lejano país de ultramar le había enseñado la madre. Pero nunca aparecieron. En ese momento supo de la soledad y en ese momento lloró su ausencia bajo otro firmamento, bajo otras estrellas.  Solo oía su voz susurrando muy tenue, mi niña andina, mi preciosa niña.

© Cristina Vázquez

El broche

Malena Teigeiro

De edad próxima a considerarse una solterona, Marcia, piel aceitunada, delgada y no muy alta, regenta la joyería heredada de sus padres. Cuando lo vio entrar dejó al cliente que estaba atendiendo y se dirigió a él. Era alto, la edad parecida a la suya y negros ojos, brillantes como espejos. Con una delicada sonrisa, pidió que le mostrara el broche con el zafiro del escaparate, ése que representaba el Joyero de la Cruz del Sur. El hombre, con la joya entre los dedos, le daba vueltas sin decidirse. ¿Era joven o mayor la persona a quién iba a regalárselo? Él, entrecerrando los párpados, le sonreía. Es para mi madre. Coqueta, ladeó la cabeza. ¿De qué color son sus ojos? Verdes. Entonces le mostraré otro con esmeraldas.

—Prefiero éste que es el color de su mirada.

—Perdón. Le entendí que era verde.

—La de ella sí, la suya no —le acercó la joya a la mejilla.

Aquella fue la primera mentira. Tiempo después supo que su madre había fallecido al darle a luz, y que de la mujer con la que andaba, ni siquiera conocía el color de sus pupilas. Continuó envolviéndola con engaños, uno tras otro, hasta que conseguir vivir con ella. Meses después, le dijo que se iba, que seguir juntos le hastiaba. Que deseaba a otra. Metiéndose la mano en el bolsillo, sacó un estuche. Era el broche. Ante su asombro, le contó que había acudido a la joyería por una apuesta. ¿Una apuesta?

—Sí, conseguir vivir contigo durante seis meses. Y ya han pasado siete.

La miraba divertido. Sujetándole la mano,  le colocó el estuche en la palma. Toma, dijo, te lo has ganado. Abrió la puerta y se fue.

 

Desde que la ha abandonado, y sin que él se dé cuenta, lo vigila, lo sigue. Un anochecer lo ve entrar en el jardín de otra mujer. Agazapada entre los arbustos, atraviesa con rabia los cristales y contempla cómo se aman, hasta que, al amanecer, él se marcha. Detrás de él regresa la noche siguiente y la otra. Aquella madrugada escucha los llantos de la mujer. Al abrirse la puerta y lo ve aparecer. Se gira y le grita que no quiere verla nunca más. ¡Otra vez lo había hecho! Lo ve como, satisfecho, se sube el cuello del abrigo. La luz de la Cruz del Sur lo tiñe de plata, iluminándolo como si fuera el más potente de los faros. Mira al cielo mientras baja los escalones silbando. Camina por el jardín. Se detiene delante de su escondite para encender un cigarro sonriente. Ella, rabiosa se levanta y con una piedra le golpea la cabeza.

Huyó.

Por la mañana, una dependienta de la joyería le muestra una foto en el periódico. ¿No era el que había vivido con ella?, dice. En voz alta lee la noticia.

Un conocido industrial de la zona, sufrió anoche un trágico accidente. Los altos niveles de alcohol en sangre hacen suponer que había tropezado con la piedra con la que al caer se golpeó la cabeza.

Le estaba bien empleado por la forma en que la trató. La joven le acaricia la mejilla. Ella, angustiada, llora. ¿Tanto te duele aún? Baja la cabeza y le ruega que la acompañe a visitarlo. En el hospital les dijeron que el golpe le produjo un traumatismo cráneo encefálico, del que no se recuperaría y que no le permitía volver a hablar. Que tenía una lesión que le afectaba a la médula espinal y a la retransmisión de las órdenes al cerebro que le convertía en tetrapléjico. Ella les contó que se amaban, que pensaban contraer matrimonio. Que no le importaba su estado y que le permitieran cuidarlo. A partir de entonces, un atardecer tras otro lo visitaba, lo acariciaba, le susurraba amorosas palabras. Hasta que consiguió que la dejaran llevárselo a casa.

Una mañana la ambulancia atraviesa su jardín. Los enfermeros lo instalan en la habitación que le había preparado. Desde entonces, lo lava, le introduce la comida en la sonda, lo saca de paseo. Todos en la pequeña ciudad alaban su amor por él. Era feliz. Sin embargo, y no sabe por qué, cada vez que lo desnuda, cada vez que sostiene entre sus manos lo que en sus momentos felices él, lascivo, le mostraba susurrando que su joya estaba preparada para penetrar en su joyero, le parece ver en el fondo de sus pupilas una lucecita de odio. ¿La habrá visto golpearlo?

© Malena Teigeiro

Lucían las estrellas

Liliana Delucchi

He vuelto. El vidrio de la ventana refleja las luces de la ciudad, abro los cristales. Desde este piso once del hotel estoy más cerca del cielo, pero las estrellas desaparecen entre los focos de la civilización. Sin embargo ella está allí, y sé que me mira. Ni los brillos de esta gran urbe pueden apagar a Acrux, a ella la veo, sigo las líneas y ya la contemplo entera.

Entonces no la advertíamos como lo estoy haciendo ahora. Su presencia resplandecía en medio de un mar de luminarias diminutas. Después de la cena nos escapábamos para tumbarnos sobre el pasto del jardín y cantábamos “Sotto un manto d’estelle”. Nos encantaban las canzonettas napolitanas que aprendimos de la nonna. Por las mañanas, si había sol, coreábamos “O Sole mío” y nuestra abuela nos miraba desde la ventana de la cocina y sonreía. Éramos sus preferidos.

Cada verano, repetíamos el ritual. Sois un poco mayores para seguir con ese jueguecito, nos decían tu madre o la mía, pero nos daba igual. Algo había en ese cielo que nos unía, un lenguaje de infancia, un cosmos protector que auguraba tranquilidad, un silencio que solo rompíamos con nuestros cantos y nuestras risas.

Una noche tuviste la mala idea de enseñarme “Lucevan le stelle”. Es muy triste, dije, y además muy difícil. Me atrevo con las canzonettas, pero no con la ópera. No quiero, no la cantes. Es preciosa, es un canto a la vida, afirmabas. Sí, pero cuando va a morir.

La noticia del accidente me llegó un domingo por la mañana y maldije a Tosca, maldije a Puccini y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Después tomé un avión y nunca volví al campo.

Mañana vienen a buscarme para desandar el camino. Me dijeron que la casa sigue igual, pero los árboles deben haber crecido tanto que tendré que alejarme bastante para poder tumbarme en el suelo y buscarte en la Cruz del Sur.

© Liliana Delucchi

Lenguaje meteorológico

Marieta Alonso

Por las noches, en mis sueños, giro y giro igual que la hermosa Cruz del Sur. Amanezco desnuda, con la almohada y las sábanas por el suelo. No es un problema en el verano, pero en el invierno, gripe segura, decía mi abuela que gustaba de contarme cuentos de su tierra, de allá, de ese hemisferio sur tan lejano para mí y tan cercano para ella.

Mientras estuvo conmigo no recuerdo haber soñado, pero nada más morirse, esa misma noche la vi en el cielo envuelta en una constelación que contenía nada menos que una cruz, tirándome los brazos para que me rebujara en ellos. Unas ansias inmensas de recostarme en su hombro recorrió todo mi cuerpo. 

Trabajo me costó volver a dormir.

«Un ñandú macho, parecido al avestruz, pero no igual −recalcaba mi abuela sentada sobre una estrella−, encontrarás dentro de unos años en tu camino. Para saber si él te querrá tanto como yo, debes buscar un arco iris. Cuando lo localices te sientas en una piedra y cada color te interrogará. El rojo con voz aflautada te hará preguntas acerca de los entresijos de la historia; el naranja con voz de tenor te sondeará sobre gramática; el amarillo con voz de soprano averiguará lo que sabes de geografía; el verde con voz de barítono cuestionará tus conocimientos del medio ambiente; el cian con voz de mezzo-soprano querrá saber sobre tu forma de ser, tus sentimientos, no le mientas. El azul oscuro con voz de bajo estará interesado en cómo te comportas con amigos y extraños, y el violeta con voz de contralto hará un repaso de tu comportamiento con la familia. Tras ese exhaustivo examen, el arco iris te dejará subir por los peldaños que te conducirán hasta donde estoy esperándote. Al llegar a la mitad del camino, justo en ese momento, el ñandú gritará tu nombre para que bajes. Querrá decirte algo importante. No te muevas. Es él el que debe subir. Los ñandúes son incapaces de volar pero si se raja, si se echa para atrás en sus sentimientos hacia ti, se tirará al mar. En cambio, si te quiere, a pesar de las dificultades, llegará a tu lado».

La imagen y las palabras de mi querida abuela se diluyen y aparece un avestruz que va tomando la cara de Gonzalo, un compañero de sexto curso de primaria. ¡Guapo, guapo, como actor de cine! Es el novio de mis mejores amigas y a las que intento no envidiar. Me despierto sobresaltada con una gran sensación de vacío. ¡Ay abuela! ¡Qué difícil me lo has puesto! De los siete colores solo el violeta me dará el aprobado, si acaso.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

Lejanos – Jorge Eduardo Benavides

1 mayo, 2016 por Akelarre 1 comentario

Sobre el autor

Jorge Eduardo Benavides escritor peruano

Jorge Eduardo Benavides, afincado en España desde hace veinticinco años, nació en Arequipa, Perú, en 1964. Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Garcilaso de la Vega de Lima, trabajó dando cursos de escritura y como periodista radiofónico. Pertenece a la generación de narradores de fines del siglo XX y principios del XXI. Sus cuentos se mueven entre el realismo urbano e incursiones en lo fantástico, denotando la impronta de Cortázar, que él mismo reconoce, y la influencia del manejo técnico en las novelas del también peruano Vargas Llosa.

Es una de las voces más interesantes de la narrativa latinoamericana actual que conforman el panorama literario hispanoamericano del siglo XXI, como lo demuestra además de la amplia difusión de su obra, los premios recibidos como el Torrente Ballester 2013 de novela por “El enigma del convento” (Alfaguara), historia de época, perfectamente documentada, de principios del XIX con dos ejes en la narración: Perú y España.

Lejanos

Narrado en un perfecto estilo coloquial, Jorge Eduardo Benavides, nos relata la vida de dos niños, nacidos a ambos lados de Ultramar. Uno de ellos, Raúl, vive en Lima, es hijo de un obrero de la construcción sin trabajo, y de una mujer que emigra a España con el fin de ayudarles económicamente. El otro, Paco, hijo de una familia acomodada, vive en Madrid. Los niños durante las fiestas de navidad, se encuentran unidos por la madre de Raúl, que trabaja como empleada de hogar en el domicilio de los padres de Paco. La historia nos llega a través de unas cartas escritas por los pequeños, con faltas de ortografía. En todo caso, la ortografía de las cartas, así como el léxico que recuerda el país de los niños, son intencionados por parte del autor, que recomienda leer el cuento con atención para entenderlo.

         A Raúl le encanta la nieve, que es una cosa blanca y deliciosa con la que se podrían hacer sorbetes de limón y helados si pudiéramos comerlos siempre. Lamentablemente, Raúl nunca ha visto la nieve en directo, aunque le gustaría, sobre todo en esta época del año cuando cae en Europa y en algunas regiones de España. Durante el invierno la gente usa abrigo porque hace mucho, pero mucho frío, más que en Lima en todo caso, que es una ciudad gris y triste, especialmente desde que la mamá de Raúl viajó a España para trabajar y mandarles dinero a él y a su padre, que trabajaba en la construcción, aunque en los últimos tiempos se queda en casa, tirado en la cama, mirando al techo y sin construir nada. Raúl también trabaja: vende chicles y cigarrillos en los microbuses, que son como unos autobuses pero más pequeños, y aunque a veces los conductores se enfadan porque dicen que les da la lata a los pasajeros, él siempre se las apaña para subirse y vender algo, nunca mucho, pero lo suficiente como para llevarse a la boca un bocadillo y un zumo. A veces tiene suerte y puede comprarle algo de comer a su llama, porque en el Perú abundan las llamas, que es un animal un tanto estraño, a medias entre el caballo y el camello. Como se sabe, los peruanos descienden de los Incas, un gran pueblo conquistado por los españoles hace mucho tiempo. Mucho antes de que se muriera Franco, que era un señor que estaba todo el día inaugurando pantanos.

         Raúl no trabaja demasiado porque asiste a la escuela por las mañanas y luego tiene que hacer sus deberes, tal como se lo prometió a su madre el día en que ella se marchó para España y le pidió que por favor estudiara mucho y que no se volviera un olgazán como su padre. El padre de Raúl, al oír esto, se cabreó que no veas, pero ya era hora de que despegara el avión y todos se abrazaron y lloraron un poco, sobre todo la madre. De manera que los días en que Raúl no quiere estudiar o prefiere quedarse en la calle vendiendo cigarrillos y chicles, de pronto se acuerda de su madre y quiere darse de hostias por olgazán, y se va a casa para hacer los deberes. Raúl escribe en unos cuadernos viejos que le ha regalado la maestra. La maestra también se quiere ir a España, y Raúl siente algo parecido a la pena cuando la seño habla de aquel país, porque siempre parece que está a punto de irse, tal como hacen muchos hoy en día.

         Raúl estraña a su madre sobre todo por estas fechas, cuando se acerca la Navidad y camina por el centro de Lima, que es la capital del Perú, pegando la cara a los escaparates luminosos, donde hay una gran cantidad de juguetes que jamás podrá comprar. Ya ni siquiera se atreve a insinuárselo a su padre, porque este se cabrea siempre, y coge su llama y ¡hala!, se va a buscar trabajo en la construcción y vuelve por las noches más enfadado que nunca porque no tienen dinero. El padre de Raúl también se pone un poco triste en Navidad, y se sienta a la mesa durante horas, sin decir nada, mirando el halmanaque porque sabe que a fin de mes llegará el dinero que les envía la madre desde España. Con ese dinero pueden vivir, aunque nunca es mucho, claro. La madre de Raúl siempre le escribe y en la última Navidad le envió además un regalo, una camiseta de Ronaldo.

         A Raúl le gusta mucho recibir carta de su madre, le gusta olerla un poco antes de abrirla y luego la lee muchas veces, tumbado en su cama, hasta que casi se la aprende de memoria. En sus cartas, la Madre de Raúl siempre le cuenta cosas de España, donde ella trabaja como señora de la limpieza, en casa de unos señores. Él es abogado y ella es profesora. Al principio, la madre de Raúl lloraba mucho porque estrañaba a su hijo y también a su marido, aunque sea un poco olgazán. Ahora ya no llora tanto porque han pasado tres años y aunque siempre piensa en ellos dos, en las ganas que tiene de ir a verlos, sabe que es lo mejor para todos, que al menos así Raúl tiene para comer y para comprarse zapatos y darle de comer a su llama. La Madre de Raúl está ahorrando dinero para poder pagarle el pasaje de avión a Raúl y a su padre. Así todos estarán juntos, especialmente ahora que se acerca la Navidad. Ellos viven separados y esto es totalmente hinjusto.

         —Mamá: ¿injusto es con hache?

         —No, sin hache. 

         Paco mira por la ventana y suspira. Está cayendo la nieve a raudales y seguro que Curro y Manolo estarán jugando felices mientras que él tiene que terminar la tarea que le pidieron en clase y que no ha terminado aún por estar pensando en la Navidad. La Navidad es una época especialmente linda en España: las calles se engalanan con infinidad de luces y guirnaldas, la gente camina apresurada haciendo sus compras y todos reciben regalos ya que además de los tradicionales Reyes Magos en los últimos tiempos también tienen a Papá Noel, de manera que la Navidad se inunda de obsequios: carritos de juguete, soldaditos, nintendos, computadoras. Y nunca faltan los dulces ni la comida. Aquí nadie se muere de hambre y todos tienen abrigos para el frío y en verano se marchan a la playa en sus autos particulares. Allí juegan, toman vino y comen paella, que es un arroz especial y amarillo. También disfrutan del  jamón y la tortilla de papas, platos típicos muy sabrosos.

         En España todos tiene trabajo y viven felices, en casas propias y no importa que haga frío ni que caiga una lluvia tremenda, porque siempre tienen calefacción y comida caliente. España no es tan grande como el Perú, pero son muchos más habitantes y por eso pudieron conquistar toda América, menos Estados Unidos, que es más grande y la gente habla inglés, por eso no se les entiende. El asunto es que en España la Navidad es la mejor del mundo, y Paco, después de hacer su composición sobre esta fecha tan señalada, se irá al parque a jugar. Como vive en Madrid, le gusta sobre todo jugar a lanzarse bolas de nieve con sus amigos y luego irse a esquiar o a patinar. También va a jugar a la pelota y luego regresa a casa y come pasteles y turrones todo el tiempo.

         El papá de Paco es torero y la mamá es andalusa. Como tienen mucha plata pueden hacerse todos los regalos del mundo cuando llega la Navidad, y también se van de viaje cuando les provoca. A Paco le gusta ir al pueblo de sus abuelos, que son jubilados y tienen a la Seguridad Social para sus achaques, y cuando sus papás no pueden llevarlo, el agarra el metro y en diez minutos está en Barcelona, en Real Valladolid o en Sporting de Gijón, que son otras ciudades de España, muy limpias y cuidadas y cada una tiene su propio equipo de fútbol, aunque Paco es del Real Madrid, donde juega Ronaldo, Raúl y Sidane, que son unos jugadorasos que ya quisieran Alianza Lima o Universitario de Deportes.

         A Paco también le gustan mucho los toros, como a todos los españoles, y de grande quiere ser torero, igual que su padre. O futbolista, aunque en España hay más toreros que futbolistas, y por eso se llevan de Sudamerica a los buenos futbolistas.  Esta Navidad Paco va a pedirles a sus papás un traje de torero, y se va a ir a practicar al campo de toros que queda muy cerca del parque donde juega al fútbol con sus amigos. Pero los papás de Paco le harán otros muchos regalos y después viajarán por toda España divirtiéndose de lo lindo y lo pasarán súper bien. Como los padres de Paco son muy buenos, segurito se llevarán también a la señora peruana que les hace la limpiesa, la comida y todo lo que necesitan. A esta señora la tienen en casa desde hace tres años y ellos dicen que es una suerte y ella también dice que es una suerte porque podría haberle tocado otra gente, que no paga bien y explota a los inmigrantes y a veces hasta los matan. Pero ellos no son así. Ellos saben que esta señora es peruana y que tiene un hijo de la edad de Paco, un hijo al que extraña mucho, sobre todo ahora que se acerca la Navidad, que es una fecha en que la familia debe estar unida. A ellos, el que ésta señora viva tan lejos de los suyos, les parece algo totalmente hinjusto.

         —Papá, ¿injusto es con hache o sin hache?

         —Sin hache. Creo.

 

© Jorge Eduardo Benavides, noviembre 2002

Más información sobre Jorge Eduardo Benavides

OBRA PUBLICADA

Cuentario y otros relatos (Lima, 1989, Okura ed.).
Los años inútiles (Madrid, 2002, Alfaguara).
El año que rompí contigo (Madrid, 2003, Alfaguara).
La noche de Morgana (Madrid, 2005, Alfaguara).
Un millón de soles (Madrid, 2008, Alfaguara).
La paz de los vencidos (2009, Alfaguara). Consignas para escritores (Casa de Cartón, 2012).
Un asunto sentimental (Madrid, 2012, Alfaguara).
La paz de los vencidos (Nocturna, 2014).
El enigma del convento (Madrid, 2014, Alfaguara).

PREMIOS

I Premio de cuentos José María Arguedas de la Federación Perúana de escritores 1988.
Finalista de la bienal de cuentos COPE (Lima) 1989.
Finalista del concurso NH de relatos (edición 2000).
Premio Nuevo talento FNAC 2003.
Finalista del premio Tigre Juan de novela 2003.
Finalista del Premio Rómulo Gallegos 2003.
Premio de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro del Banco Central de Reserva del Perú 2009.
XXV Premio Torrente Ballester, 2013.

Publicado en: Invitados

Naipes del Tarot. La estrella

15 abril, 2016 por Akelarre 3 comentarios

La Carta de la Estrella del Tarot

Naipes del Tarot. La estrella

Tarot. Baraja de naipes que se utiliza para consultar hechos, sueños, o estados emocionales. Las cartas son interpretadas según el orden o disposición en que han sido seleccionadas o repartidas.

La estrella está relacionada con la esperanza y expresa, en  el plano espiritual, la inmortalidad, la vida eterna, la luz interior que alumbra el espíritu. Recuerda al consultante que debe tener el espíritu libre de resentimientos y dudas. Significa: ayuda inesperada, perspicacia y claridad de visión. Inspiración, flexibilidad, un gran amor será dado y recibido. Buena salud.

Si sale invertida: arrogancia, pesimismo, testarudez. Enfermedad, error de juicio, impotencia física, reestructuración, privación y abandono.

Interestelar

Cristina Vázquez

La portera

Malena Teigeiro

Luz interior

Liliana Delucchi

La estrella que me guía

Marieta Alonso

Interestelar

Cristina Vázquez

El ascensor se había parado otra vez entre piso y piso. O venían de una vez a repararlo o me largaba de ese apartamento tan mono y luminoso recién alquilado. No pude evitar empezar a recitar, una y otra vez, frases consabidas de mi madre: Las decisiones importantes hay que tomarlas con sosiego, no hacer mudanza en tiempos de cambio o algo parecido. Lo repetía para tranquilizarme, mientras apretaba compulsivamente la campanita amarilla para pedir auxilio. Ya se oía ruido, vendría el manitas del edificio o el cuerpo entero de bomberos, pero que viniera alguien, por favor. Y al fin se abrió la puerta como por ensalmo, con suavidad, sin intervención de ninguna llave inglesa, ni martillazo ni voces rudas de operarios. Apareció una mujer sonriente con gafas de pasta negra, un moño en lo alto de la cabeza y restos de antiguo acné, muy lejano por su edad, en las mejillas. Llevaba una especie de camisola azul irisada que le hacía parecer una libélula imponente.

— ¡Pobre!  Los hados se han revuelto sobre tu crisma.

Y alargó una mano para que subiera el pequeño escalón de diferencia con el suelo, en el que se había colgado mi ascensor. Agarré esa mano salvadora con agradecimiento y nerviosismo. Su tacto huesudo y fresco como una vara flexible. Cuando por fin estuve frente a ella, me fijé en sus labios pintados con un sorprendente rojo cochinilla.  Un olor a ámbar se esparcía a su alrededor. Agradecí su intervención tratando de que me explicara cómo había conseguido abrir, y caminando hacia  su apartamento la oía rezongar —ta, ta, ta, esas son bobadas, cuando se tiene que abrir, se abre—. Tras ella como un perro pequinés, digo pequinés porque soy chata, menuda y mi peinado, en ese momento, eran dos coletas que remedaban las orejas del animal, llegamos ante su puerta.

Se giró con majestuosidad invitándome a pasar, prepararía una infusión, nos vendrá bien a las dos dijo en tono convincente. Y con su sonrisa brillante y equina afirmó que necesitaba ayuda.  Aturdida entré a un espacio luminoso, de paredes cubiertas de tapices orientales y una mesa camilla en el centro. Con la  infusión humeante sobre la mesa nos sentamos, sacó un mazo de cartas del tarot y mientras las colocaba, me confesó que era farmacéutica, pero que le aburría mucho la botica y esto era una especie de ministerio curativo que ejercía con sus poderes. Y al decirlo,  miraba por encima de sus gafapasta con unos ojos oscuros cubiertos de sombra verde. Tuvo la revelación hacía mucho tiempo, continuó,  cuando se le vino encima un anaquel entero de la rebotica. Comprendió que era una señal, remató con dramatismo tamborileando los dedos sobre una carta. Yo estaba quieta, absorta en el baile de dedos y cartas, sorbiendo a poquitos el té aromático que había preparado.

— Tranquila, ya está localizado el problema. Es el signo de Acuario que no está en conexión contigo.

— Es que yo soy Acuario.

— Por eso, cariño, estáis desalineados.

Empezó a mover las cartas y con los ojos entreabiertos emitía  pequeños gruñidos, hasta que las recogió con parsimonia asegurándome que ya los había ordenado.  Estaban en línea y podía vivir tranquila, nada malo  me iba a suceder. Mi problema había sido el agua vertida por la Estrella. ¡Qué casualidad! si es mi nombre, salté yo con entusiasmo, como si todo coincidiera, el signo, el nombre. En fin, una conjunción interestelar preciosa, decía ella, extraordinaria la coincidencia, señal de que todo está ya resuelto. Nos despedimos, yo con efusión, ella con  magistral complacencia y su sonrisa de caballo amaestrado.

— Nos veremos, vete en paz. Namasté —y juntando las manos me hizo una graciosa reverencia.

Volví a casa decidida a encarar la nueva etapa de mi vida con entusiasmo y decisión. A las dos de la mañana llamaron a la puerta, esta vez sí era el Cuerpo de Bomberos. A un vecino  se le había roto una bajante y estaba inundando toda la casa. Había que evacuar. Cuando nos encontramos los inquilinos en el portal envueltos en las más extrañas ropas, vi a mi salvadora avergonzada en una esquina y al acercarme susurró descompuesta, los labios pálidos, el moño descabalgado de su montura y los ojos diminutos tras unas gafitas transparentes.

— Estoy acabada. Esto es otra señal. La bajante era mía.

© Cristina Vázquez

La portera

Malena Teigeiro

Todo me iba mal. Desde que mi diligente y adorada Fidelia me abandonó, repito, todo me iba mal. No tenía quien planchara mis trajes ni me cocinara, ni quien limpiara la casa, ni tampoco dinero para pagarlo. Y lo peor era ver mi cama, esa cama de tantas horas felices, ahora medio desocupada, arrugadas las sábanas y caídas las mantas. ¡Ay, Señor. Qué tristeza!

Aquella mañana cuando pasé por delante del chiscón, la portera una mujer guapa, morena, algo gordita pero deseable, muy deseable y bastante parecida a mi Fidelia, estaba jugando a las cartas. Y como es natural en mí ser cotilla, con la disculpa de que me recogiera un paquete que me iban a traer, me acerqué al ventanuco. Encima de la mesa vi unos cartones grandes, coloridos y de extrañas figuras.

—Buenos días, Rosa. ¿A qué juega? —me atreví a preguntar, después de darle mi falso recado.

—Buenas, don Eduardo —sonrió aleteando sus negrísimas y largas pestañas llenas de bolitas de rímel—. No es un juego, es una cosa bien seria. Me echo las cartas.

—¿Y para qué vale?

—Para saber cómo tengo que enfocar mi futuro sin equivocarme —su boca regalona me sonrió.

Dulce y coqueta, dos acariciadores dedos, separaron un lado de la blusa dejando al aire esa parte de los senos que muestran el canalillo.

—Hace calor ¿verdad? —dije presa mi mirada en aquellos sonrientes ojos verdes tan parecidos a los de mi Fidelia. ¿Podrán decirme cómo resolver mis dificultades? ¿Querrá usted ayudarme?

—Cómo no. Pero mejor entramos en mi casa. Hay que hacer ciertos preparativos para que todo salga prefecto.   

Descorrió armoniosa el pestillo y salió al portal. La seguí. Caminando detrás de sus redondas y cimbreantes caderas, llamé por teléfono a la oficina diciendo que me encontraba muy mal, que vomitaba una y otra vez, y que me era imposible ir a trabajar. Que si por la tarde estaba mejor, ya iría.

Después de bajar las escaleras, entramos en su apartamento. Era pequeño, oscuro y rodeado de colgaduras azul marino bordadas con estrellas y lunas de plata. Me indicó que me sentara a una mesa camilla. Antes de hacer ella lo mismo, arrastrando su intenso perfume, se movió por el cuartucho prendiendo las velas de penetrante aroma. Ya enfrente de mí, me observó un instante. Su acaramelada sonrisa mostraba unos dientes blanquísimos. Cálida, me sujetó una mano y muy despacio, la arrastró hasta colocarla encima del mazo de cartas. Al sentir el contacto de su piel, mi pecho se encogió a la vez que mi deseo se inflamaba. Pronunciando extrañas palabras, comenzó a extender los cartones sobre el mantel, también bordado, pero éste, en vez de lunas y estrellas, estaba recamado con soles.

—La estrella, don Eduardo. Le ha salido la estrella —mostraba alegre la imagen oprimiendo el cartón su una uña larga, roja.

—¿La estrella? —abrí los ojos sin comprender.

—Sí, sí. La estrella. Váyase a trabajar tranquilo. Siga su vida, que le ha salido la estrella y nada menos que a la derecha.

—Pero es que ya dije que no iba.

—Vaya. Su vida va a cambiar a partir de este momento y lo que no puede pasar es que cuando la suerte lo busque, no lo encuentre en su lugar habitual.

Me fui alegre. Al entrar en la oficina, recordé mis desgracias. La muerte de mi madre, el abandono de mi pareja, los pantalones llenos de manchas y arrugas, y la tristeza me invadió. Satisfecho, disimulé de ese modo mi inquebrantable salud. Por la noche al abrir la puerta, un fuerte olor a lejía me sorprendió. Sin comprender, caminé por el limpio y ordenado pasillo hasta el dormitorio.

En la cama, apenas cubierta por blancas sábanas, estaba ella. Su negrísimo cabello desparramado en la resplandeciente almohada. La boca entreabierta en una sugerente sonrisa. Los verdes ojos me miraban asustados. Sonriente, me desvestí sin dejar un momento de contemplarla. Al introducirme entre tiesas y perfumadas sábanas, se giró hacia mí. La abracé. Ella quiso comenzar a hablarme. Le puse un dedo en los labios y le rogué que no dijera nada. Y en un lacerante murmullo, hundido en bienestar, susurré:

—Te quiero, mi dulce y adorada Fidelia. No vuelvas a abandonarme.

© Malena Teigeiro

Luz interior

Liliana Delucchi

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable…
Jorge Luis Borges
Para una versión del “I King”

Era un sábado por la tarde del mes de mayo. Como de costumbre, Matilde sube  las escaleras que llevan al piso de su tía. Gertrudis aguarda a su sobrina como espera a la primavera, con la paciencia de quien sabe que todo acontece. La hija menor de su hermana la visitaba con la esperanza de encontrar en las cartas del tarot alguna respuesta a su desasosiego, que  no era fruto de un trabajo rutinario por conseguir dinero para viajes, compras y caprichos, ni la búsqueda del hombre soñado y que no existe. Era la desazón de cada mañana cuando bebía su taza de café, la mirada perdida, incapaz de detenerse en los rostros de los viandantes, sus conversaciones a las que no prestaba atención.

Matilde era consciente de que por las siempre abiertas ventanas de su casa no entraba la luz; pese a los miradores amplios, las risas de los niños no eran capaces de llegarle, solo el ruido del camión de la basura. Ni la televisión, los personajes de los libros, o las amigas imaginarias que creara en su niñez, respondían a sus inquietudes.

Gertrudis y su piso eran diferentes. No solo su voz pausada y las manos que se movían como mariposas, sino que en cierto momento de su vida algo se detuvo en ella y quedó allí, en un silencio musical, en una espera paciente.

Viuda desde joven, tenía una única pasión: el tarot. Se tuteaba con las cartas como lo hubiera podido hacer con una persona, y confiaba en ellas desde la última dieta para combatir el estreñimiento hasta si era la fase lunar idónea para ir a la manicura. Su sobrina esperaba encontrar las mismas respuestas, ésas que la dirigieran a un camino sin incertidumbre. Quizás en algún momento podría discernir el lenguaje de las figuras, que tras un corte mágico se presentarían ante ella con la ansiada solución.

—La estrella. Te  ha salido la estrella, pero está invertida.

Matilde se quedó mirando la carta, a esa mujer con un cántaro en cada mano. ¿Por qué para una vez que me sale una buena, sale invertida? Fue un impulso, con un gesto rápido y ante la desaprobación de su tía, Matilde dio vuelta a la imagen. Ya está, ¿ves? La dama me sonríe, no le gusta estar boca abajo.

Abundaban las risas de los jóvenes por la calle y un olor a gardenias la hizo detenerse ante un jardín. Los escaparates exhibían las tendencias para la temporada con los colores del verano y se compró un vestido.

Era noche cuando llegó a su casa. Había luz por debajo de la puerta contigua, llamó al timbre y ante la sorpresa de su vecina, Matilde estiró el brazo con una botella de vino en la mano. ¿Te apetece ver una película?

A la mañana siguiente, el sol entró por los ventanales y tuvo que meter la cabeza debajo de la almohada, porque los cantos de los pájaros no la dejaban dormir.

© Liliana Delucchi

La estrella que me guía

Marieta Alonso

Acabo de cumplir ochenta años sin darme cuenta. Sentado en un banco de madera espero en la puerta del colegio a mi nieto. Sale siempre corriendo y como temo que con ese ímpetu me haga caer, procuro no levantarme hasta que me abraza y me besa. ¡Vaya! Para llevarme la contraria, hoy viene despacio mirando un lagarto que trae en la mano. Con esa cara de pillo es igualito a mí cuando tenía su edad. No duda en lanzarme el saurio a los pies y tengo que agacharme para recogerlo. Él tenía que salir corriendo detrás de las palomas.  

Nos vamos a casa y le doy de merendar. Comienza hacer los deberes y yo me siento en mi sillón preferido a la espera de sus padres. Sin darme cuenta la cabeza se me va a sesenta años antes. Siendo un emigrante sin techo amanecí un día con tal hambre que me abracé a un bolso y salí corriendo. ¡Ay, de mí! Lo único que encontré fue una cartera con unos céntimos que no llegaban a la peseta, una foto con dos niños y unas cartas del Tarot con su libro de instrucciones. Por inercia, barajé los naipes. Saqué una. Resultó ser la de una muchacha desnuda, arrodillada frente a un riachuelo vertiendo agua de dos jarras. En el cielo hay ocho estrellas con ocho rayos cada una, la más grande podría ser la de los Magos, me dije. Busco el significado ¡Caray! El sol brilla en mi camino y yo sin enterarme. Si hasta la esperanza la tengo detrás de mí. Tantas estrellas de ocho puntas debe ser bueno. Pinto un ocho en horizontal en la esquina inferior derecha para que se convierta en el símbolo del infinito. ¿Será mi día de suerte?

Como todo es cuestión de actitud decido devolver el bolso a la propietaria. ¡Total para lo que hay! Solo me guardo esa carta en el bolsillo, junto al corazón. Regreso al parque, la anciana está relatando su pérdida a otros amantes del sol, va muy bien vestida y me recibe con llantos y abrazos. Su mayor tesoro era la foto. Me premia con quinientas pesetas que se sacó de una faltriquera muy bien disimulada. Para mí aquello era una fortuna, y de la alegría me ofrecí para cualquier trabajo, de cuidador, sin ir más lejos.

Se quedó pensativa y preguntó dónde podría hallarme. Su voz tan dulce me desmoronó. Miré a ambos lados, sentí vergüenza al contestar que dormía en una esquina de la Puerta de Alcalá, la más cercana a la calle Alfonso XII. ¡Vamos!, que allí tiene su casa, me pareció educado decirle. No tuve necesidad de seguir hablando. Aquella mujer me llevó al Banco del Comercio, que hoy ya no existe, y preguntó por su hijo. Le habló tan bien de mí que esa misma mañana comencé a trabajar como mozo de limpieza.

Busqué una pensión. Me puse a estudiar por las noches. Ascendí a otra categoría y a otra más. Me casé con la secretaria del director y formé una familia de la que el último vástago es mi nieto al que hoy, por si me muero mañana, le voy a entregar esta carta que tanta suerte me ha dado en la vida.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

François-Marius Granet, de Ingres

15 marzo, 2016 por Akelarre 10 comentarios

Francois Marius Granet - Jean-Auguste-Dominique Ingres
Año 1807 - Óleo sobre tela. Museo Granet. Aix-en-Provence-. Francia

François-Marius Granet, Jean-Auguste-Dominique Ingres

Francois Marius Granet, pintado en 1807 por Jean-Auguste-Dominique Ingres.
El retratado era también artista y amigo del pintor, y fue su modelo en una serie de pinturas de su época romana, lo que se evidencia en esta obra, que lo encontramos delante del Quirinal de Roma.
Después de haber pertenecido siempre al modelo, la tabla forma parte de las colecciones del Musée Granet

Vocación

Cristina Vázquez

Un pintor en París

Malena Teigeiro

Semper fidelis

Liliana Delucchi

Siempre te querré

Marieta Alonso

Vocación

Cristina Vázquez

La primera noche que durmió en el seminario, sintió una congoja que se materializaba en la humedad de la estrecha cama y en el recuerdo del olor de su madre al abrazarle entre lágrimas, mientras le convencía de que  lo hacía para que se formara, comiese y fuera un hombre de bien. Estudió, se formó y creció en sabiduría y belleza. A la altura de sus veinte años, cuando paseaba por la alameda de la ciudad, a paso ligero para aplacar el exceso de juventud, Norberto levantaba miradas de admiración en las jóvenes y no tan jóvenes con las que se cruzaba.

Destacó en gramática latina y recitaba versos con fluidez, modelados por una voz profunda y bien timbrada. Aunque no había tomado aún los hábitos, le encargaron en la misa dominical la lectura de salmos y algunos cánticos, que él realizaba con encendida pasión, levantando un cuchicheo emocionado entre las mujeres.

Una tarde apareció una dama preguntando al prior si ese joven seminarista podría dar clases de latín a su sobrina. Al proponerlo sonreía con la misma contundencia con la que sonaba su bolsa de doblones. Modesto óbolo para el seminario, padre prior, decía en un susurro mientras la deslizaba en sus cuidadas manos.

Así, una vez a la semana, el joven Norberto iba a dar sus lecciones y al atravesar la alameda,  se desviaba un poco por la ribera para escuchar el canto de los pájaros y apreciar el olor de los trigales. Una onda de satisfacción contenida parecía estallarle en el pecho y en las sienes. A veces se retrasaba un poco, pues perdía  la medida del tiempo oyendo el arrullo del agua. El esplendor de la Naturaleza parecía embargarle y ese algo indefinido y admirable se apoderaba de él.

La joven alumna era canija y renegrida, con unos dientes un tanto esquinados y una languidez difícil de animar. La tía, en cambio,  resultó ser una viuda cuarentona bien plantada, un poco entrada en carnes y con una disposición de ánimo y deseo de aprender, que conseguía que las clases de latín no se quebraran en una repetición monótona de declinaciones y se fueran transformando en momentos musicales, ella al piano, la sobrina en una sillita moviendo la cabeza al compás y el gentil Norberto cantando para embeleso de las damas y satisfacción suya.

— Su vocación querido hijo, ¿es decidida? ¿Siente la llamada como verdadera? —le preguntó una tarde la jovial tía mientras merendaban unos deliciosos pastelillos.

— No lo sé, señora —confesaba mesándose los cabellos.

Y continuó diciendo que cuando oía el canto de los pájaros, el arrullo del agua o tomaba esos pasteles y cantaba en tan grata compañía, en esos momentos, querida señora, dudo, y con teatralidad se tapó la cara con unas manos blancas y finas.

La tía escribió una carta al prior en la que le insinuaba si podría trasladarse el seminarista a su palacete, para administrar su dinero y ser tutor de la sobrina, a lo que el prior puso muy poca, pero onerosa objeción.

El día que llegó, la buena señora le enfundó en la capa de terciopelo que su difunto marido no pudo estrenar y le pidió al más prestigioso pintor de Montauban, que lo inmortalizara por lo que pudiera suceder.  La única condición que puso Norberto fue que pintaran al fondo del cuadro el seminario  que había abandonado, y así se hizo. Y durante los veinticinco años que vivió como marido de la sobrina y dueño del lugar, lo miraba desde la terraza de su palacete, dando sinceras gracias al Señor por haberle encaminado en la correcta vocación.

© Cristina Vázquez

Un pintor en París

Malena Teigeiro

François quería ser pintor. Busca por los campos tierra de colores que mezcla con aceite y manteca, y a pesar del hondo disgusto de su madre, fija de esa manera sus sueños en la tela de las blancas servilletas. Asombrado, se rasca la cabeza para mitigar el dolor de las collejas que la bendita mujer le propina al ver el estropicio causado. ¡Mujeres!, cavilaba mientras corría a laborar como mozo en el comedor de la fonda. Una noche, repartía un sopicaldo a los huéspedes, cuando vio que un cliente la dibujaba. No le extrañó, ella era rubia, joven, coqueta, y nunca había tenido esposo. Le gustó el aire del bosquejo, las regordetas manos apoyadas en la barra, el cuello estirado como las columnas de la iglesia. La imagen de las botellas de colores a su espalda, a su juicio, le daba aire de dama. Soltó la sopera sobre una mesa vacía y se plantó delante del comensal. Yo también soy pintor, dijo mostrándole su carpeta. Pues, a París, replicó el cliente sin levantar la cabeza. Aquí nunca podrás hacer nada. Las últimas cinco palabras rebotaron una y otra vez en su cerebro. Por la noche, tumbado en su camastro sin poder conciliar el sueño, tomó la más importante decisión de su vida. Ya tranquilo, se durmió.

De madrugada bajó a la taberna y después de forzar la caja, pedir perdón al Señor por el acto que iba a cometer, y jurar que devolvería ciento por una las monedas que se llevaba, guardó el dinero robado en el bolsillo, cogió la carpeta de las pinturas bajo el brazo,  y se fue a París.

Al bajar del tren, intuyó que vestido de aldeano, nada podía hacer. Buscó un sastre y cambió sus ropas de aldeano, por un bonito traje marrón y una capa con gran esclavina forrada de terciopelo, en la que envolvió sus ilusiones y pesares. De tal guisa, se fue en busca de ese París que según había oído, era la cuna de la pintura. Paseó por una y otra orilla del Sena, sin acercarse a la gente pobre y mal vestida, de la que nada bueno se podía esperar, según decía su progenitora, pero lo cierto era que la rica tampoco se relacionaba con  él.

Una mañana de sol, extinguida casi su robada fortuna, cansado de buscar y rebuscar, no sabía muy bien qué, se apoyó en la balaustrada del Sacre Coeur, y mientras contemplaba París y se despedía de él, no hacía más que meditar en la manera de no parecer derrotado al volver a la fonda de su madre. Un joven, con una capa como la suya, aunque vieja y raída, apenas a un metro de distancia, sentado el suelo comenzó a dibujar.

—¿Es usted pintor o solo dibujante? 

—No se mueva —le gritó el hombre sin levantar la cabeza.

Quieto, sonriente, bien erguido, François le veía trazar líneas y sombras sobre la hoja de papel. Cuando le mostró el dibujo, pensó que la fortuna le sonreía, que aquel hombre podía ser su amigo. No se le ocurrió mejor manera de trabar amistad que la de invitarlo a cenar. Para ello se gastó el dinero del billete de vuelta a casa.

En un pequeño restaurante de la Place du Tertre, los nuevos camaradas, engulleron los alimentos departiendo sobre sus ansias y anhelos. Después, se fueron a un café en donde se unieron a la tertulia formada por camaradas del pintor. Al mostrarles el reciente dibujo, François les escucha hablar sobre la expresión de sus ojos, el temple de su figura, el áurea que emitía. Se sintió feliz en medio de aquel grupo de divertidos bebedores y hombres amargados.

Aquella noche, llevó sus exiguas pertenencias a la casa de su nuevo amigo y comenzó a trabajar. Cuando ahorró la cantidad robada, escribió:

Querida Madre:

Le envío el dinero que de la caja saqué la noche que me fui. Aunque hoy no pueda hacerlo, tal como le prometí al Señor en el momento de cometer mi horrible pecado, le enviaré esta misma cantidad cien veces. Quizá así pueda paliar su disgusto.

Soy feliz, madre. Vivo, como siempre soñé, inmerso en el mundo de la pintura. Mis cuadros aparecen en casi todas las exposiciones, y se venden bien. Le diría que son los más vendidos.

Pintar, pintar, no pinto. Pero hago de modelo, que no deja de ser otro modo de hacer pintura. ¿No cree?

Su hijo,

            François

© Malena Teigeiro

Semper fidelis

Liliana Delucchi

Tras dejar la mesa en la que había estado almorzando, Marius emprendió camino hacia el otro lado de la ciudad. La tarde, aunque apacible, empezaba a cubrir el cielo de nubarrones y al joven se le antojó que su travesía no iba a ser lo rápida que imaginara.

En medio del puente le pareció escuchar unos pasos que se acercaban; giró la cabeza en busca del dueño, pero la densidad de peatones le hizo imposible detectar si lo seguían. Sostenía el libro con su mano temblorosa, mientras unas gotas de sudor le mojaban el cuello.

El monasterio parecía cada vez más lejano, su caminar más lento y el volumen más pesado. Un banco a orillas del parque lo invitó a calmarse. Una niñera con un carrito de bebé le hizo compañía, mientras él ojeaba los dibujos que cubrían, una a una, las páginas que con tanto celo acariciaba.

Charles Lauzun era su amigo. Habían crecido juntos en medio de las olas de pálido morado que cubrían las colinas de Aix-en-Provence; el olor a lavanda y a heno formaban parte de su infancia, junto con los sueños de llegar a ser grandes en la pintura.

Charles fue el primero en partir y su talento encontró el eco que esperaba entre los artistas. Le escribía largas cartas en las que relataba su vida entre novelistas y poetas; tertulias con sabor a vino y discusiones hasta el amanecer. Cada tanto le enviaba un dibujo nacido de su mano firme y su perspicacia para atrapar hasta lo más nimio. Deja el pueblo, le decía, tu lugar está aquí, con los nuestros. Pero, cuando finalmente se decidió, Marius pudo comprobar que el sitio no era tan grande como para albergarlos a todos. El camino hacia la gloria se estrechaba, solo unos pocos podían seguir por esa senda y comprendió que sus pasos no lo llevarían a compartir la cumbre con su antiguo compañero de infancia. 

Vivir en la gran ciudad era cada vez más caro y un anochecer que se encontraba apurando una copa de vino, un hombrecillo con un abrigo raído se le acercó. Solo tenía que conseguir el libro con los primeros bocetos de Lauzun y sus apuros financieros tocarían a su fin. Agotados los argumentos en pro de la fidelidad, decidió que la relación con su amigo se enfrentaba irremisiblemente a un erial de incomprensión. Y cedió.

Faltaban solo unos minutos para la cita: el monasterio seguía lejano y la respiración de Marius agitada. La niñera se puso de pie y se alejó empujando el carrito del bebé; un par de ancianos paseaban conversando, y una joven daba de comer a las palomas. Entonces, la muchacha se dio la vuelta y Marius pudo ver que llevaba un ramito de lavanda prendido en la chaqueta. Cuando el perfume de la Provenza llegó hasta él, acarició las tapas del libro que descansaba sobre sus rodillas, se levantó y emprendió el camino de regreso a su casa.

© Liliana Delucchi

Siempre te querré

Marieta Alonso

Su silencio era lo más triste de todo. Antes de cruzar el río y atravesar el puente, se dio la vuelta. El adiós de esa mirada me acuchilló. No podía apartarme de la ventana. Tarde o temprano tendría que suceder. Se marchó.  

Nació pintor con una capacidad rayana en la genialidad, según mi modesto entender, mas no fue famoso como otros. Solo yo, aquella niña a la cual ignoraba, que limpiaba el taller, que le preparaba los colores, los pinceles, la paleta, supe de su valía. Trabajó con los mejores de su tiempo. En su bondad compartía ideas y siempre eran otros los que mejor las captaban, los que sacaban más provecho de ellas. Se desanimaba. Vivir en la sombra cuando su único anhelo era ser luz, le causaba un dolor indescriptible. Quería dar pasos de gigante, pero siempre se encontraba por detrás, por debajo, nunca al lado ni mucho menos por delante de los otros. La impaciencia lo devoraba. No quería pensar que en la cima del éxito, el espacio es pequeño, que no hay cabida para tantos. 

Partió en busca de un porvenir y me dejó solo una mirada, sin imaginar ser el culpable de las tormentas que me agitaron, sin llegar a saber lo mucho que le amaba.

Se fueron deslizando los días, meses, años. Hoy contemplo extasiada su rostro, en ese retrato que ocupa un lugar privilegiado en el salón de mi casa.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

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