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Las ruinas de Taormina

15 octubre, 2026 por Akelarre 1 comentario

cuentos sobre taormina

Taormina

Taormina es una localidad ubicada en lo alto de un monte, en la costa este de Sicilia. Se encuentra cerca del Etna, un volcán activo con senderos que conducen a la cima. El municipio es conocido por el Teatro Antico, un antiguo anfiteatro grecorromano que aún se utiliza. Cerca del mismo hay acantilados que forman calas con playas. Un estrecho tramo de arena conecta con Isola Bella, una isla diminuta y reserva natural.

Taormina da la bienvenida en cualquier época del año con su clima mediterráneo, su centro histórico rico de monumentos y su teatro helenístico, que ofrece un panorama espectacular del mar turquesa y una vista que se extiende hasta las costas de Calabria, la ciudad de Siracusa y la cumbre del Etna y ha servido de inspiración para los cuentos de este mes.

Promesa cumplida

Cristina Vázquez

Vistas al mar desde las gradas

Malena Teigeiro

Isola Bella

Liliana Delucchi

Ideas geniales

Marieta Alonso

Promesa cumplida

Cristina Vázquez

Cuando por fin llegó a la isla desde Dinamarca, pensó que el viaje había resultado fatigoso y largo. Y solo por cumplir una promesa. A Hans nunca le había gustado viajar y le horrorizaba el exceso de luz. Además, tener que atravesar ese mar, aparentemente pacífico, pero traidor como solo puede ser el Mediterráneo, fue muy desagradable.

Vivía tan tranquilo en un pueblecito de Jutlandia, donde era profesor de Arte en la escuela. Solo había viajado a Copenhague una vez por un tema administrativo y otra a Estocolmo por imposición de su mujer, Anita.

—Nunca nos movemos de aquí —se quejaba ella cada vez con más frecuencia.

—Si estamos bien, querida, para qué inventar nada —le solía contestar sosteniendo su pipa entre los dientes.

Cada vez notaba a su mujer más inquieta, como si estuviera acumulando un rencor antiguo que la volvía hosca y exigente. La verdad, Hans consideraba que Anita era demasiado fantasiosa y no tenía mucho que hacer. Si por lo menos tuviera un hijo, estaría más entretenida y se le quitaría tantos pájaros de la cabeza.

Por eso fueron a Estocolmo. Anita se empeñó que ahí estaba el mejor especialista para temas de fecundidad. Esa fue la imposición que los llevó a ese viaje. Tenía que reconocer que disfrutó de la preciosa ciudad, de sus islas, más de lo que esperaba. Ella volvió a ser la mujer alegre y encantadora del comienzo de su matrimonio, al menos hasta que el médico le dio el terrible diagnóstico.

—Lo siento enormemente, pero está muy enferma —le confesó en secreto a Hans.

Quizás en un futuro haya remedio para este mal, pero se temía que ellos no lo verían.

—Así que, cuídela. No sirve de nada que se entere de la gravedad.

Por eso, sus recuerdos de viajes no eran agradables. Copenhague por papeleo administrativo y Estocolmo…, se superpuso la mala noticia al esplendor de la ciudad.

Estos recuerdos le venían a la cabeza mientras se abanicaba con el sombrero de fieltro en un bar ruidoso del puerto de Palermo, al que por fin había arribado el barcucho que le había traído desde la península. La travesía fue dura, estuvo mareado y el supuesto capitán no paraba de hablar con los otros pasajeros en ese italiano incomprensible para él. Le preguntaban de dónde venía, si era inglés o alemán, logró entender, riéndose de su vestimenta oscura e invernal. Le miraban con extrañeza. Se veían pocos extranjeros en esa época y los pocos que iban resultaban como animales de feria, pensó angustiado. Recién llegado ya echaba de menos el orden del norte donde todo resultaba más previsible y tranquilo.

Viajó hasta Taormina por esos escarpados caminos en mula o carruaje, contemplando un paisaje seco y abrupto y sin comprender nada de lo que le decían. Se entendía por signos y consultaba su diccionario de italiano para poder pedir algo. Ellos hablaban siciliano, le decían con orgullo, pero claro que entendían.

Se compró ropa más clara y fresca y cambió su sombrero de fieltro negro por uno de paja de alas anchas, de campesino. La intensidad del sol y la luz le resultaba terrible. Notaba que se iba consumiendo por la incomodidad y por un último pensamiento de que era una estupidez cumplir una promesa hecha a alguien que ya no estaba ni podría comprobarlo nunca. Esas eran sus meditaciones en esos lentos caminos picado por las moscas.

Cada vez que preguntaba —eso lo había aprendido— cuánto quedaba, la contestación siempre era la misma: Un poco. Paciencia amigo. Y la despectiva mirada que recibía iba dejándole abatido. Por fin, una noche que paró en un albergue despojado de comodidad y limpieza, el guía que le había acompañado, sonrió.

—Signuri, dumani matina, Taormina —e hizo una especie de reverencia con su sudado sombrero.

Efectivamente, salieron al despuntar el sol y antes de que fuera mediodía avistaron la ciudad. Hans pensó que había cumplido su promesa, y que después de ir al anfiteatro, como le prometió a Anita antes de morir, descansaría y enseguida trataría de volver a su casa. Por supuesto, de una manera más cómoda y breve, si es que era posible en ese apartado lugar.

Después de descansar en el hotel, por la tarde, cuando el calor menguaba decidió ir a visitarlo. Al subir por la grada y contemplar el mar y la belleza que le envolvía, se echó a llorar sin poder contenerse. Su tristeza era inconsolable. Tanta belleza a la que él nunca quiso acceder y ahora se le ofrecía como un inesperado regalo del que nunca pudo participar su mujer. Le dio las gracias por haberle forzado a esta promesa que a él le pareció absurda.

Nunca volvió a su país.

© Cristina Vázquez

Vistas al mar desde las gradas

Malena Teigeiro

Lloré por la tarde, continué llorando toda la noche, y ya cuando amanecía me fui al teatro romano, al lugar donde te conocí. Subí a las gradas más altas. Aquellas desde las que se ve el mar. Y el recuerdo de nuestras conversaciones, de tus sueños de navegante, me hicieron volver a llorar. Desde lo alto del graderío, como aquella madrugada, vi hinchada la vela Mayor. Sí. Tu velero partía rompiendo el agua aparentemente en calma. Decías que la brisa del amanecer os favorecería la partida en ese precioso velero en el que tantas noches pasamos juntos, ese que te regaló tu abuelo, ese que navegaba como dama acicalada camino de un baile por encima de las olas. Estuve allí, de pie, hasta verlo desaparecer en el horizonte.

Esa visión tan solo fue un sueño. El mar estaba en calma, pero no había velero.

Desde el día que me dijiste que ibas a dar la vuelta al mundo navegando, aun conociendo los peligros a los que te iba a conducir aquella locura, te ayudé a preparar el viaje. Estabas tan contento, quizá algo nervioso, eso sí, y a don Vicenzo, tu abuelo, se le veía como siempre tan feliz con tu ocurrencia. Tan solo había que ver como auténticamente emocionado presumía con unos y otros de su nieto. A sus amigos les explicaba con todo lujo de detalles el viaje que iba a emprender su Enzo. Tan felices estaban abuelo y nieto que no me atreví a comunicarles mis miedos.

A don Vicenzo parecía no preocuparle nada. Desde que al fallecer tus padres te recogió de niño te consintió cualquier cosa que hicieras. Siempre me asombró ver cómo lo que desearas era puesto en tus manos con la inmediatez de un rayo. Y eso mismo hizo cuando le pediste el velero.

Ni él, ni tú, ni ninguno, parecía pensar en lo peligroso que era el viaje que ibas a iniciar.Nadie tuvo duda alguna de que todo iba a salir a la perfección, de que el capricho de aquel joven al que yo adoraba iba a salir según los deseos de todos. Me resultaba muy curioso que nadie temiera por lo que te pudiera suceder. Tan solo yo vivía horrorizada ante los peligros a los que te ibas a enfrentar.

―No seas agorera, niña ―me dijo don Vicenzo mirándome malhumorado una vez que intenté comentar con él mis temores―. El barco está provisto de todo lo necesario. Hasta de los aparatos más modernos. Cualquier cosa que ocurra la conoceremos en minutos. ¡Qué digo en minutos! En segundos.

Desde que te fuiste, Enzo, los días pasaban con mucha calma. Se nos hacían largos, tediosos hasta que atracabas en algún puerto y nos llamabas. Primero hablabas con tu abuelo, luego conmigo y, como siempre, me llenabas el espíritu con tu alegría, con las anécdotas de terror que tanto te hacían reír y que a mí tanta angustia causaban.

Cruzaste el Atlántico, y hasta que nos comunicaste que habías pasado el estrecho de Magallanes, creo que ni tu abuelo ni yo pudimos dormir. Alegre, nos llamaste desde Puerto Williams. Unos días después de descansar un poco, decías, comenzarías a cruzar el Pacífico. Tardaste unos días en enviar un mensaje por radio. Decías que ya volvías a navegar, y que la mar estaba bastante mala. Poco después desapareciste. Sí. Pasaron días, semanas, meses sin conocer lo que te había sucedido. Todos rezábamos a la Virgen del Carmen y encendíamos velas a los santos. Y yo, un día tras otro, comencé a subir hasta la grada del Teatro Romano con la esperanza de ver aparecer tu maravilloso velero. También visitaba a tu abuelo, cosa que él agradecía.

 Al fin todos nos convencimos de que te habías perdido en aquel lejano mar. Años después te dieron por desaparecido.

Me daba tanta lástima tu abuelo que no había día que no lo visitara. Siempre lo encontraba triste, lloroso, creo que hasta se culpaba de lo ocurrido. Si al menos pudiera rezar sobre su tumba, gemía. Él era mi única familia, me dijo un día. Mi mayor sorpresa fue cuando falleció haciéndome heredera de todos sus bienes. Dejó escrito que mis hijos hubieran podido ser sus biznietos y por eso los quería como si lo fueran. Porque yo, Enzo, pasados unos años me casé y tengo tres hijos a los que tu abuelo adoraba.

Y ahora, eso sí, sin llorar, sentada en la grada más alta con esta carta en la mano enviada por no sé qué abogado, me reclamas tu herencia. Pues verás. Aquí, en el mismo lugar del circo romano desde el que te vi partir hoy solo tengo un pensamiento. Ya han pasado más de diez años y no tienes ningún derecho a la herencia de tu abuelo. No sabes cuánto lo siento. Lo mío es mío y de nadie más.

Enzo ¿quién iba a pensar que te habías vuelto loco por una mujer de Adamstwon y que habías decidido crear con ella una familia olvidándote de tu abuelo, de mí y de todo lo que había sido tu vida hasta entonces?

 Por cierto, tuve que abrir Google para ver dónde caía ese sitio. Ahí me enteré de que era la capital de Pitcairn, la única isla habitada a cientos y cientos de millas de la costa más próxima a Chile, en donde, dicen, habitan las mujeres más preciosas. Pues que te vaya bien con las que hayas elegido.

© Malena Teigeiro

Isola Bella

Liliana Delucchi

Por suerte no me registraron el bolso del maquillaje. Con las ansias por llegar nunca recuerdo lo pesado que es el viaje desde Londres hasta aquí. Me estoy haciendo vieja y protestona. La verdad es que no resulta fastidioso: ferry, coche, ferry. Siempre rodeada de gente con ganas de divertirse.

Mi cometido, aunque esperado, no es del todo desagradable. Se lo debo. Tía Florence o zía Fiorenza, a gusto del consumidor, se lo merece. Además, lo prometido es deuda.

Todavía recuerdo cuando la conocí. Fue un día de verano, como éste, aunque no con tanto calor, seguramente a los siete años no lo sientes. Iba de la mano de mi padre, quien me la presentó como la mejor amiga de mamá, y la podía llamar auntie.

Mi progenitora había muerto unos meses atrás a causa de una gripe transformada en pulmonía. Era soprano y, según me contaron, su última ópera fue La Traviata. ¿Casualidad?

Papá repetía cada año su viaje a Italia como reminiscencia de aquel Grand Tour que formaba parte de la tradición de ciertas familias británicas, y ese año lo acompañé. Creo que sentía lástima por mi orfandad a tan temprana edad y ¿por qué no decirlo?, también por su viudez siendo tan joven. Viudez que más tarde supe por boca de la mismísima zía Fiorenza, ella amenizaba con su juventud y dulzura. Fueron amantes hasta que él murió, pero eso, aunque lo intuía, lo supe con seguridad el día que auntie decidió que era hora de que conociera toda la historia.

Mi madre no había muerto de gripe, tuberculosis, o cualquier enfermedad en los pulmones, sino en un accidente cuando, habiendo abandonado a su marido por el tenor que interpretaba a Alfredo, el coche que conducía el cantante se desbarrancó por un acantilado. Fue cerca de Sicilia, cerca de Taormina, las ruinas en las cuales auntie y yo tuvimos nuestro primer encuentro. A Papá le costó mucho superarlo y no sé si por respeto a la difunta o por puro masoquismo repetía el viaje cada verano.

Un día en que me dejaron durmiendo la siesta, Florence y él esperaron a que bajara la marea y fueron caminando hasta Isola Bella. Allí se dieron el primer beso y empezó la relación que duraría décadas. No sé muy bien cómo se arreglaban, porque ella vivía en Milán, como diseñadora de escenarios y él en Londres, dirigiendo la empresa familiar.

Mi relación con la zía comenzó por correspondencia (además de los encuentros veraniegos en Sicilia), siguió por mail y finalmente, gracias a la tecnología, por WhatsApp y zoom. Así fue cómo me enteré de que su salud no mejoraba a pesar de los tratamientos. Aquella hermosa mujer con pamela de paja, que había conocido en las ruinas de Taormina, estaba perdiendo el fulgor en las mejillas que un día colorearon el sol del Mediterráneo. Quiso regresar a Londres con su familia. No me separé de ella los últimos tiempos y le prometí que algunas de sus cenizas (las que pudiera transportar en mi bolsa de maquillaje) la tiraría en su adorado mar.

Estoy esperando que baje la marea para cruzar a Isola Bella, porque en un pequeño estuche que llevo en la funda de las gafas, también están las cenizas de papá.

© Liliana Delucchi

Ideas geniales

Marieta Alonso

Sabía tan bien, como que me llamo María, que hiciera lo que hiciese nunca conseguiría enamorarlo. En aquel lugar habitaban los fantasmas por los que estaba fascinado. Observaba las montañas recortadas en el cielo y los charcos brillantes de la reciente lluvia. Y me hablaba de casas enormes con patio y jardines, donde había mujeres lánguidas, altas, bellas, con trajes de colores suaves y grandes sombreros que olían como las flores de su jardín.

Quería hacerle ver que yo bien podría ser como ese árbol que había sobrevivido tantos años. La savia bullía dentro de mí y las lágrimas del suelo escalaban a través de mi tronco. La naturaleza se había volcado en mí, no en el físico, pero sí dándome un corazón inmenso que le entregaba en bandeja de plata. Además, lo podría ayudar en sus estudios arqueológicos.

Me sonreía como quien oye llover. Y yo, sufriendo. Pero, ¿qué culpa podría tener yo de no haber nacido en Grecia, ni en Roma, ni en aquella época? La cigüeña me llevó al Caribe y allí me soltó en una isla, como esta, pero sin ese yacimiento que lo tiene atontado.

Le hablé de Goethe, Nietzsche, Wagner…, ilustres visitantes de este maravilloso lugar. Nada. Eran las piedras lo que amaba. Entonces le hablé del valorado mármol de sus canteras y por vez primera, me miró de reojo.

Aproveché el momento para hablarle de Venus, romana ella, de Afrodita, la equivalente griega. Y allí entre las gradas, se me iluminó la mente y me desnudé para mostrarle las formas sinuosas y dinámicas de lo femenino, unas veces cubriéndome parcialmente, otras de pie, recostada…

¡Cómo no se me ocurrió antes! Un éxito.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Perfumes

15 septiembre, 2026 por Akelarre Deja un comentario

relatos sobre perfumes

La vitrina de perfumes

En sus inicios las fragancias consistían en resinas aromáticas y aceites vegetales que se quemaban para rituales religiosos. Hay varias etapas importantes en su evolución:

Los primeros datos de perfumes aparecen en Mesopotamia en el segundo milenio a.C., donde destacó Tapputi-Belatekallim como primera perfumista reconocida. Los egipcios perfeccionaron la maceración de flores en grasas.

Durante la Edad Media, en el Al—Ándalus, perfeccionaron las técnicas de destilación y en el Renacimiento, en Hungría, se creó el primer perfume moderno con base alcohólica: «Agua de Hungría».

En el siglo XVIII con el auge de las cortes europeas, la ciudad de Colonia dio nombre a la clásica «Agua de Colonia» y en Francia, la región de Grasse se consolidó como capital del perfume. En el siglo XIX y XX con los avances químicos se sintetizan las primeras gotas aromáticas artificiales, marcando el nacimiento de las grandes casas de lujo.

Estos frascos están en el zoco de Dubai, como una reminiscencia de antaño y cuyo bellísimo despliegue de colores inspira a nuestras autoras a historias que contienen diferentes aromas.

Traición

Cristina Vázquez

La aurora boreal

Malena Teigeiro

Los perfumistas

Liliana Delucchi

Ese olor tan querido

Marieta Alonso

Traición

Cristina Vázquez

Nunca le había gustado el trato con los árabes. Moros, los llamaba Arturo con desprecio.

—No hables así de nadie —le exigía iracundo su padre—. Y menos cuando no los conoces.

El hijo se callaba la respuesta que hervía dentro de él.

El padre, don Genaro, un hombre rechoncho, con un bigote de otra época, que se atusaba con precisión quirúrgica, emprendía cada jornada como un reto que el destino le deparaba. Al ir por la calle hacia su oficina, miraba en los escaparates su redondeada figura y gruñía por lo bajo, “yo gano con la proximidad”. Estirándose las puntas del bigote se animaba, guapo no, pero había creado un imperio y las mujeres se rendían ante su savoir faire y ¿por qué no reconocerlo?, ante su perfumada fortuna.

Todo había empezado muchos años atrás en el zoco de Tánger. Las peripecias de la vida de su padre, un militar díscolo y borrachín, había dejado varada a la familia en esa espléndida ciudad que don Genaro terminó amando. La madre, amargada por las continuas desapariciones y ruidosas vueltas del marido, decidió que a los dos hijos había que colocarlos para tener cierta estabilidad económica. Ella empezó también a trabajar de secretaria con un comerciante español de perfumes y Genaro entró en el puesto del zoco que este tenía y que regentaba su socio marroquí, Ahmed.

Al principio, Genaro era el chico para todo. Hacía los más variados encargos: recoger ropa, traer comida o tabaco, llevar dinero al banco… Poco a poco el señor Ahmed se acostumbró a la presencia de ese muchacho menudo y espabilado y le empezó a enseñar los secretos antiguos de los perfumistas. Cuando no había gente lo sentaba delante de esa pared llena de frascos de distintos colores, que le encantaba. Tenía que reconocer cada uno de los aromas que contenían. Si acertaba le daba una moneda o un dulce y si erraba, un pequeño, suave fustazo en los dedos. Cambiaba el color del frasco para que no se los aprendiera de memoria.

—He conseguido que tengas una nariz excelente —confesó un día con grave sonrisa—. Hoy, para celebrarlo, vendrás a comer a mi casa.

Comprendió el gran honor que le hacía y con nerviosismo y el pelo repeinado, se presentó con un ramo de flores para la señora de la casa. Ahmed se lo agradeció, pero no había señora, tan solo su hija Fátima.

Se quedó asombrado de la riqueza de la vivienda, en comparación al modesto puesto en el que trabajaba en el zoco.

—Te has quedado pasmado, chico —le golpeó en la espalda—. Cierra la boca. No es bueno mostrar lo que se tiene.

La hija, Fátima, apareció poco. Les sirvió el té después del almuerzo. Genaro oía su devenir y su voz riendo por el fondo del pasillo. Volvió varias veces y, durante las ausencias de Ahmed, conoció a Fátima en profundidad y se confesaron su amor.

—Imposible —le aseguraba siempre ella con una mueca de dolor—. Mi padre nos mataría.

No los mató, sino que aceptó su matrimonio convencido de que ese chico era un digno heredero de su empresa. Decidieron que había que expandirse con la ayuda del socio español. Genaro empezó a viajar a España y a hacer una magnífica labor agrandando el negocio. Pasado un tiempo exigió una importante participación o si no la desgajaría de le empresa madre, como así sucedió. Él se quedó en España y Fátima en Tánger donde se veían a escondidas cuando él volvía por algún asunto.

—Mi padre nunca te perdonará que le hayas traicionado —le confesó la última noche que estuvieron juntos, recordando sus primeros días de pasión.

Le avisaron a los nueve meses que Fátima había muerto al dar a luz un chico. Tenía que hacerse cargo de él. Ahmed no quería criar al hijo de un traidor. Genaro dejó al chico, al cual llamó Arturo, en casa de su madre para que lo criara, hasta que se casó con una española y se llevó al niño para que creciera como uno más en la nueva familia que iba a fundar. Y así fue.

Exigió que nunca se enterase quién había sido su verdadera madre. Aunque a través de medias palabras de antiguos empleados se enteró de rumores acerca de traiciones y líos con mujeres. Pero eso se lo callaba frente a su padre y por eso los odiaba. ¿Qué le habrían hecho a su padre? No entendía que él nunca le permitiera decir nada negativo de ellos, pero nadie le quitaba de la cabeza que todos los moros eran unos traidores.

© Cristina Vázquez

La aurora boreal

Malena Teigeiro

Tengo ya setenta años y desde que recuerdo llevo conmigo ese olor a perfume árabe días tras día. Me persigue. Mejor aún: Ese aroma dulce, a madera, a frutales, a flores, me envuelve como un sudario. Incluso tiene una fragancia a pimienta que me araña la nariz haciéndome estornudar.

Fui el hijo de un matrimonio noruego, él era pescador y ella una eficiente y bellísima ama de casa. Viví con ellos en Hammerfest, donde reinan y bailan las auroras boreales. Esas no tienen perfume alguno. Llegó un momento que decidí que tenía que conocer de dónde provenía aquel aroma que caminaba pegado a mí como la cola a la lagartija. Tenía que descubrir qué era aquello que no me dejaba ni un momento de tranquilidad. Y llevado por esa necesidad, me trasladé a Oslo. Allí, en la más prestigiosa universidad de mi país, estudié Química. Necesitaba conocer de primera mano qué era lo que producía los perfumes. Y de dónde provenía el olor que me envolvía como un sudario.

Durante esos años de estudio, introduciéndome algodones en la nariz, y a pesar de que también sentía que me penetraba por la boca, lo que no me molestaba demasiado, conseguí aislar el potente olor de mi mente.

Terminados mis estudios, me mudé a Columbia, en Estados Unidos. Allí me casé con una mejicana, y tuve tres hijos, más parecidos a ella que a mí. Mi mujer, por desgracia falleció muy joven. Ella olía a tequila, a sol y arena y su aroma era tan fuerte que casi llegaba a cubrir el otro, el mío. Y mis hijos, totalmente americanos, tristemente llevan encima el olor de la mostaza y del kétchup.

Lo mío era diferente. El perfume que me perseguía era otra cosa. Era el del espeso ámbar, del potente azafrán y el cardamomo. Algo que nunca pude entender, porque el país en donde nací huele a naturaleza, limpia y pura. A tierra mojada, a lluvia. Allí tan solo existe un perfume duro, uno que araña el alma: el de la humedad de las tormentas. Y también huele a los rayos de sol que penetran entre los árboles de los bosques. Y a la dulce y tranquila fragancia de la nieve.

Cuando me jubilé, ya viudo y con mis hijos casados, volví a mi casa de Hammerfest. La encontré en bastante mal estado, la verdad. Me entretuve arreglándola y en cuanto paraba de clavar maderas, colocar ladrillos o pintar paredes, me dedicaba a pasear. Con los ojos cerrados me detenía por los bosques, por las playas recogiendo los perfumes de mi niñez. Visité mi antiguo colegio tan solo con el ánimo de obtener el viejo olor de mis profesores, de mis amigos, de mi escuela, esa que siempre olía a lejía, a tiza, a limpio sudor infantil.

Hasta que una mañana paseando por el puerto me sorprendió una pequeña borrasca. Aquellos vientos removieron mis recuerdos. Entre todos ellos una figura se me aparecía una y otra vez. Era la de mí siempre alegre madre. La vi allí, en el mismo puerto, con su capucha rodeada de piel de zorro blanco, agitando el brazo. Se despedía de mi padre que entre el viento y el frio se alejaba en su barco de pesca.

Y como si de un capítulo de la serie más vulgar fuera, la vi caminar por el puerto hasta subir a un barco. La seguí. La puerta del camarote donde había entrado estaba semiabierta. Ella estaba en la cama entre los brazos de un hombre. Era moreno, de ojos castaños, casi verdes. Su piel olivácea, brillaba cubierta por un ligero sudor que, como si fuera una aurora boreal, bailaban por la habitación emanando ráfagas del intenso, dulce y picante perfume que me persiguió toda la vida.

© Malena Teigeiro

Los perfumistas

Liliana Delucchi

Al igual que cada mañana antes de la llamada a la oración, Usman levantó la frágil persiana que separaba su tienda del resto del mercado. Un día más, el calor prometía arreciar en el exterior, pero eso al pakistaní no le importaba. Estaba tan acostumbrado a temperaturas extremas que su cuerpo ya ni transpiraba. Además, dentro del recinto, las delicias de la civilización como el aire acondicionado, hacían la vida más fácil y los caracteres de la gente más afables.

Atrás quedaron los días en que su puesto estaba en las afueras de las calles de Islamabad. Natural de Karachi, años atrás, antes de que le salieran callos en las manos a fuerza de manipular pienso para los animales, decidió mudarse a la capital porque le habían dicho que allí se vivía mejor.

Sólo algunos, como siempre.

Entonces, un primo que años atrás había emigrado a Dubái, le escribió contándole sobre las maravillas de aquella modernidad y la escasez de mano de obra.

Atraído por su lujoso comercio, arquitectura ultramoderna y vida nocturna animada, Usman convenció a su hermano Bilal y con las rupias que lograron reunir gracias a la venta del destartalado coche y parte de la dote que les diera su cuñado por casarse con Amal, partieron hacia los Emiratos Árabes.

Los comienzos, como siempre para los inmigrantes, fueron duros. Pero los hermanos eran trabajadores y con su buen carácter se hicieron un lugar entre los comerciantes del zoco.

A Bilal, desde pequeño se lo conocía por su gran «nariz». No por la protuberancia que forma parte del sistema respiratorio en los vertebrados, sino por su gran olfato, que con el tiempo lo consolidó como perfumista. Entre esta aptitud del hermano pequeño y el talento del mayor para las relaciones públicas, formaron un tándem que con el tiempo se hizo lugar en el mercado.

Lo que nunca pudieron imaginar los paquistaníes era lo que el destino les había guardado en forma de princesa. Efectivamente lo era, un miembro de la familia real. Un hada vestida de seda y a la que sólo se le veía sus pies alados, resbaló a causa de sus novísimos tacones y cayó en brazos de Usman, quien se apresuró a evitar que terminara en el suelo y con la cabeza descubierta. Bilal, rápido en reflejos, se acercó a la dama con un frasco de sus perfumes, se lo puso debajo de la nariz, logrando que el breve desmayo quedara en un suspiro y una mirada de agradecimiento.

Si estáis esperando una historia de amor entre la princesa y el perfumista, eso no ocurrirá, dado que, a pesar de la corriente eléctrica que circuló entre los personajes, ella estaba prometida a uno de sus múltiples primos. Sin embargo, la fortuna sonrió a los hermanos. En agradecimiento por su pronta reacción, fueron nombrados perfumistas de la Casa Real.

© Liliana Delucchi

Ese olor tan querido

Marieta Alonso

Quiero creer que soy una persona razonable, con los pies en la tierra, tranquila. Pero, desde hace varias noches cuando regreso del trabajo alguien me sigue, más bien me persigue. No lo he visto, lo oigo.

Quizás sea un asesino, uno de esos a los que les gusta oír las súplicas, ver la cara de terror, oler la sangre de sus víctimas. O quizás podría asfixiarme con mi propia mochila para provocarme una parada respiratoria, sin dejar en mi cuerpo señales visibles de ahogamiento. O quizás…

Seguí caminando a la deriva, no quería que supiese donde estaba mi casa. No hay que dar pistas. En un momento dado, lo sentí cerca. Me dispuse a morir, pero antes, di la vuelta y allí estaba: ¡Un niño! ¡Harapiento y sucio! ¡Un chiquillo!

—¿Por qué me sigues? —grité zarandeándolo.

—No es a usted, señora. Es a su perfume. Es el mismo que usaba mi mamá.

Consciente de haber perdido un poco…, un mucho la compostura, lo llevé al kiosco de hamburguesas. Al verlo comer con esa ansia de llevar varios días sin probar bocado, se me partió el corazón. Pero, desconfiada como soy, antes lo machaqué a preguntas: ¿dónde vives?, ¿tus padres?, ¿tus hermanos?, ¿la escuela?, ¿es qué no tienes a nadie? A todo respondió que no.

Y desde entonces, salgo del trabajo, lo recojo del colegio y juntos vamos a casa a que se duche, cene y se acueste en una cama con edredón.

Hay que ver el frío que hace en la calle.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Terrazas de verano

15 julio, 2026 por Akelarre 2 comentarios

Terrazas de verano

Las terrazas son para el verano

En pleno verano nos apetece acercarnos a una terraza para disfrutar del buen tiempo.  El duro invierno nos mantuvo más encerrados de lo que hubiésemos querido, por eso ahora nos falta tiempo para coger el teléfono y quedar con amigos.

Sin embargo, hay un momento de perplejidad. Éste ocurre cuando la persona a la que esperamos se retrasa y entonces, cotillas como escritoras que somos, nos dedicamos a mirar a nuestro alrededor e intentar vislumbrar las vidas de aquellos que nos rodean. Si la terraza está llena de gente, tendremos más oportunidades, si no…, a imaginar, que de esos sabemos mucho.

Puede que nos encontremos con un payaso, la señora que tiene un encuentro no tan casual, conspiradores, y alguien con una evidente pena de amor… Entonces, no queda  más remedio: cuaderno y bolígrafo y a escribir, que nuestros lectores nos están esperando.

Disfrutad de lo que dio de sí nuestra imaginación en esta calurosa tarde.

Sorpresa envenenada

Cristina Vázquez

Una canción y una cerveza

Malena Teigeiro

Tarde de otoño

Liliana Delucchi

Un café parisino

Marieta Alonso

Sorpresa envenenada

Cristina Vázquez

Le encantaba pasar las tardes de primavera en la elegante terraza del hotel Imperial. Como su nombre era Mauricio, le hubiera gustado más estar en el Meurice de Paris, por el nombre, por la ciudad y porque ahí vivió su breve e intenso matrimonio con esa francesa tan chic, con un exmarido muy rico, pero tan alocada. ¿era Cleo o Cloe? Era un hombre en el principio de la cincuentena, alto, elegante, vestido con trajes de buen corte, aunque un poco pasados de moda, y una desenvoltura y simpatía que le hacía no pasar desapercibido en ningún sitio. Aunque le dolía que el alboroto femenino que producía su llegada, al que se había acostumbrado, ya no fuera tan evidente. Adoraba ese intenso silencio prendido de miradas admirativas.

—Don Mauricio, ¿lo de siempre? —la cara de aburrimiento del camarero le desanimó.

Le encontró más gordo y un poco despeinada la incipiente calva. Este también va envejeciendo, se dijo, mientras echaba una ojeada de consumado cazador que acecha la presa adecuada.

Su especialidad habían sido las maduras recién divorciadas o viudas, a las que, según su criterio, les daba confianza en sí mismas e ilusión. Que un hombre tan estupendo como él, con mundo, idiomas y un apellido conocido, se ocupara de ellas, era un privilegio y una felicidad. El único detalle que les dejaba claro, con persuasión y buenas maneras, era que la parte económica dependía exclusivamente de ellas. Y hasta ahora le había funcionado.

—Mauricio, has nacido para esto — se repetía cada mañana frente al espejo.

Aunque últimamente, las bolsas en los ojos después de una mala noche, o el clareo del pelo en la coronilla, menos mal que tenía que coger un espejo para vérsela, o el dolor en la rodilla de tanto jugar al tenis, le producían un punto angustioso en la boca del estómago.

Sus amigos de toda la vida estaban casados, aburridos, con hijos dando la lata y él ya no encajaba en esas cenas de fin de semana tan convencionales y repetitivas. Además, notaba que no les hacía gracia la atención de sus mujeres, pues siempre tenía historias divertidas, anécdotas picantes o viajes extraordinarios.

Así que empezó a notar una pequeña mordedura de soledad. Se le quitaban las ganas de salir todas las noches, su estómago no aguantaba la bebida como antes y la muerte de su madre le había despojado del último refugio bajo su acogedora mirada.

—Mauricin, el chico más guapo de todo Madrid —le decía como un sonsonete cada vez que iba a verla.

Lo de Mauricin no le gustaba, pero no iba a quitarle la ilusión a la buena señora después de tantos años y tan buenos billetes que siempre le daba. Pero todo eso había desparecido: la madre, los billetes, la comida deliciosa… En fín, un contratiempo muy triste que le hacía replantearse su encantadora vida. Menos mal que la casa le había quedado y de momento pensaba quedarse en ella para luego alquilarla y tener así un dinero fijo. Además, podía ir vendiendo algunas de las obras de arte que adornaban el piso materno. Menos mal que era hijo único. Empezó a pensar en un matrimonio conveniente y más estable que el que tuvo. No, ahora necesitaba una buena chica española, formal y encantada de entroncar con su noble familia. Por eso iba al hotel Imperial que se había puesto de moda entre las mujeres desocupadas.

Vio que una chica de veintipocos, en la que no se había fijado todavía, iba también todas las tardes. Parecía esperar a alguien que nunca llegaba. Se pedía una taza de té, y al cabo de un rato, mirando fijamente hacia la puerta, un coctel.

Después de varias tardes, decidió acercarse a ella. Le gustaría presentarse e invitarla a una copa, ya que, como él, pasaban en esa terraza un rato todos los días.

—Encantada —le alargó la mano.

 Sonrió con una sonrisa corta que disimulaba un colmillo montado. Empezó a contarle una larga historia. Esperaba a que apareciera su novio, con el que había quedado hacía seis meses en reencontrase aquí, pero empezaba a desconfiar. Mauricio comprendió que era un objetivo equivocado, demasiado joven y con una historia de amor. No. Al cabo de un rato se fue. Le sorprendió cruzarse con ella a la mañana siguiente. Qué gracia, le dijo, ella también vivía cerca y al alejarse observó con agrado que tenía una buena figura.

—Hasta la tarde —se giró con gracia mientras él pensaba que había algo en ella que le sonaba.

—Hasta la tarde.

Pensó en no ir, pero no tenía otra cosa que hacer y le empezaba a divertir esa chica. En cuanto ella apareció se fue directa a su mesa y le confesó que había recibido una carta de su novio, diciéndole que no podía volver. Por una confusión estaba retenido en ese país lejano, no se acordaba ni del nombre. Hizo un puchero y luego se empezó a reír. Menudo tonto, después de tanto tiempo ya casi ni se acordaba de él.

Mauricio se quedó sorprendido y divertido a la vez. Esta chica era muy graciosa y peculiar. Como él llevaba una temporada bastante aburrida, se dejó llevar por los planes un poco alocados que ella le proponía. Se empezó a acostumbrar a estar con Inés, así se llamaba, y le contó que sus padres habían muerto, que había heredado una pequeña fortuna.

Muchas tardes, en vez de ir al Imperial iban a casa de Mauricio. Inés era experta en arte, le confesó, había trabajado en un Galería en Paris y en Londres, y se mostraba muy interesada en todas las maravillas que tenía.

—Parece un museo —sonrió con ojos centelleantes.

Mauricio se divertía con ella, pero no se atrevió a hacer ninguna aproximación amorosa. Demasiado joven y no quería perder la divertida relación que tenían. Además, algo en ella, la risa, ese colmillo montado le resultaban familiares, no sabía por qué.

Ella le pidió al cabo de un par de meses de conocerse, que le hiciera un gran favor. Ir a Ginebra, allí tenía un dinero y una persona que sin problema le podía dar cierta cantidad que necesitaba

—Por favor, Mauri, solo me fio de ti —le suplicó.

Él se animó. Su madre también tenía un dinero ahí, no sabía cuánto, pero algo quedaría y así mataba dos pájaros de un tiro.

El hombre con el que estaba citado le esperaba en un magnifico hotel cerca del lago. Era joven, de buena pinta, le recordó a él cuando tenía su edad. Le dijo que el dinero para Inés se lo tenía que dar en la habitación que tenía reservada.

—Cada vez vigilan más en esta ciudad —sonrió al ver que Mauricio torcía el gesto.

Al llegar a la habitación, el joven le tiró sobre la cama y con una hábil maniobra le inmovilizó.

—Dame el número de la cuenta, ya se cuál es el banco, y si no llamo a la policía española.

Le apretaba una rodilla contra los riñones. Tenía sus contactos, así que cuanto antes mejor. Mauricio le dio el número y el chico le dejó maniatado a una butaca, con la boca tapada.

—No se te ocurra llamar a nadie o …—hizo un desagradable gesto pasándose la mano por el cuello.

Pasó el día y el otro no apareció. Después de haber mojado la butaca, intentó arrastrándola, alcanzar la puerta y empezar a patear, hasta que ya oscurecido le abrieron. Cuando pudo reponerse y acabar los trámites con la policía suiza, tuvo que pagar el hotel que estaba reservado a su nombre y cuya cuenta ascendía a una importante cantidad, pues habían cargado comidas y compras hechas en las lujosas tiendas del hotel.

Por fin, desalentado y dolido, llego a su casa y la encontró vacía. Un enorme cartel pintado en letras rojas colgaba de la lámpara.

Papi, me llevo lo que es mío.

Me ha encantado conocerte. Au revoir.

© Cristina Vázquez

Una canción y una cerveza

Malena Teigeiro

Rápida, Carolina se recogió la melena lisa y bruñida en un moño italiano. Percibía que a él no le gustaba verla con el cabello recogido y por eso lo hizo. Ya maquillada se roció de perfume. Satisfecha se contempló en el espejo del baño. Mejor no. Esa no era la tarde para que se enfadara más de lo normal. Se llevó la mano a la cabeza y, una a una, retiró todas las horquillas dejando caer el cabello sobre los hombros. Así mejor. Se puso la chaqueta, recogió las llaves y las guardó en el bolso. Abrió un cajón, pequeño, uno de esos rincones secretos que tenían las cómodas antiguas. Tan solo había en él unos seis o siete paquetitos envueltos con papel seda blanca. Luego de coger uno, rebuscó hasta encontrar otro envuelto en celofán. Lo miró al trasluz. Sí. Como los otros, éste también contenía unos polvitos blancos. Los guardó en uno de los bolsillos con cremallera del bolso.

Bajó en el ascensor hasta el garaje y se metió en su coche. En su pequeño Mazda de color naranja llegó con rapidez hasta a la Plaza de Santa Ana. Se dirigió hacia la terraza de la Cervecería Alemana en la que, a aquella hora, apenas había nadie. Juan, sí. Él y su cara de Can Cerbero ya estaban sentados esperándola, seguramente desde media hora antes de la cita. En cuanto se sentó Carolina suspiró profundo y con un gesto de prisa, apartó la melena del rostro. Él la miraba con esa despiadada media sonrisa que la hacía sentir chiquitita, chiquitita.

 —Si supieras lo que me molesta la falta de puntualidad, te esforzarías un poco. Total, solo debes tener la precaución de salir unos minutos antes.

Su voz, cansina, con un deje de hartazgo, la terminó de convencer de que aquella tarde ella iba por el buen camino. Y como conocía que le molestaba que se disculpara no dijo nada. Segundos después, levantó la mano y llamó al camarero. Una cerveza tostada, sin alcohol, por favor, que tengo que conducir después. Y para él una Mahou Alhambra.

—Es que no ves que tengo una delante —le espetó.

—Sí, pero después de tan larga espera estará caliente.

Juan se bebió lo que quedaba. Y sin que entre ellos mediara palabra alguna, esperaron a que el camarero volviera. El hombre, bastante joven y bien dispuesto, descorchó la suya, y se la sirvió. Luego hizo lo propio con la de él.

—A esta te invito yo. Así a lo mejor me perdonas —susurró la mujer sonriente.

Despectivo, torciendo el gesto, se levantó para ir al baño. No pensaba perdonarla, y quería hacérselo notar. En cuanto desapareció en el interior de la cervecería, despacio, Carolina acercó la cerveza de él a su boca. Tomó un trago. Luego, volcó una de las bolsitas de polvos blancos, la envuelta en celofán, en el líquido amarillo. Apenas el polvo tocó el líquido, desapareció. Sin dejar de contemplar el transparente y espumoso líquido, Carolina dejó el vaso delante de la silla vacía de Juan. La otra bolsita la volcó en la suya. Tenía que animarse.

Recostándose en el asiento, lo vio volver. En ese instante, Carolina tarareó para sí la canción de Massiel:

Yo tuve tres maridos
y a los tres envenené
con unas cuantas gotas
de cianuro en el café.
Pero seguramente
no me guardan rencor
pues derechos marcharon
hacia un mundo mejor.

© Malena Teigeiro

Tarde de otoño

Liliana Delucchi

La terraza está llena de gente, espero que Juliette se haya adelantado a nuestra cita y conseguido una mesa. ¡Qué maravilla! Ver París nuevamente viva, con toda una muchedumbre en los bares, en la calle, la vuelta a la sonrisa después de tantos años de horror. Cuatro años, dos meses y diez días. Fue lo que duró nuestro cautiverio. Aunque saliéramos de casa, aunque nos acercáramos a tomar un café o una copa de vino, apenas podíamos hablar si no era del clima, del abrigo que llevábamos puesto…, y creo que de nada más.

Atrás habían quedado los tiempos en que nos reuníamos a discutir sobre arte, actualidad y sobre todo, política. Éramos un grupo variopinto que se enzarzaba en polemizar: desde el nuevo color de la pared del bar hasta si eran convenientes éstas o aquellas flores o las declaraciones de nuestros políticos. Nos acalorábamos por todo, no sólo éramos jóvenes, somos franceses y nuestra fama de generar discusión allá donde vamos no es baladí.

Ya veo a Juliette y no puedo creer que haya conseguido nuestra mesa de siempre. Claro, está el viejo Georges, el camarero símbolo del bar. Por supuesto, era mayor para ser reclutado y sin talento alguno como para llamar la atención de los nazis. Quizás hubiera sido mejor para muchos, ser como Georges, pasar inadvertido, no levantar la voz y, sobre todo, no ser joven en aquellos tiempos.

Le doy dos besos a mi amiga que está más delgada y arrugada que hace…, no recuerdo cuándo fue la última vez que nos vimos. Fue Michel quien me avisó: «Vete de París. Estamos en una lista de les boches. Tenemos que largarnos». Y nos fuimos. No todos. Siempre están los valientes, aunque me enfade con ellos porque su arrojo terminó privándonos de su presencia. Los necesitábamos para terminar con aquel infierno. A ellos y al resto de aliados, claro.

Juliette y yo hablamos tanto que se nos enfría el café. Tenemos ansias por comunicarnos, decir, decir cosas, decir algo.

─¿Dónde fuiste?─ me pregunta, mientras se repantiga en la silla.

─A Normandía. Mi familia tiene una casa allí ─bebo un largo trago que me sabe a gloria.

─¿Te quedaste durante todo el conflicto? ─sus ojos se vuelven turbios.

─Sí, entre las vacas y las gallinas que nos dejaron ─intento sonreír pero no lo logro─. No debo quejarme, otros lo pasaron peor.

─Y otros ni llegaron a pasarlo ─la mirada de Juliette busca el vacío.

Se hace un silencio que no nos atrevemos a romper. Me miro las manos. Yo también estoy más flaca y arrugada. Mucho más de lo que se espera de una mujer de treinta años. No fue fácil. Nunca lo es.

─A Louis le encantaba bailar. ¿Te acuerdas? ─la miro por encima del vaso de agua que no llego a beber.

─Claro, fui a verlo al cabaret varias veces antes de la invasión.

─Iba a huir conmigo. Lo estuve esperando en la estación para escondernos en la casa de mi familia ─ahora sí bebo el agua─. Quizás si hubiese esperado al siguiente tren o si hubiese ido al teatro a buscarlo…

─No le des más vueltas con si hubiera pasado esto o aquello. Vas a tener mil pasados y ningún futuro.

─¿Es que tenemos un futuro? ─la miro desafiante.

─Por supuesto. Se empezó a escribir un veintiocho de junio de 1944, el día de la Liberación de París.

© Liliana Delucchi

Un café parisino

Marieta Alonso

Aquella mañana del mes de agosto salí de casa. Me ahogaba. Después de dos horas andando por la ciudad, extenuada, me senté en la terraza de la cafetería que estaba a los pies del río.

Me percaté de que muy cerca, sentado en el suelo, se encontraba un estrafalario anciano. Vestía unos pantalones con una pata de cuadros verdes y la otra de rojos. La casaca era de rayas azules y blancas. En la nariz llevaba una cáscara de huevo pintada de rojo y a su lado un sombrero hongo le servía de limosnero.

De niña nunca me gustaron esos personajes que lloran para hacer reír. Para una buena llantina me bastaba con dar repaso a mi vida. Ya sé, ya sé, que existe la tristeza y la alegría, el odio y el amor, los traidores y los aliados. Todo tiene su complemento, aunque a veces lo malo, viene junto. Como cuando la lavadora se rompe y a las pocas horas se descompone el frigorífico y, no contento con ello, la lámpara del salón, esa que parece hecha de lágrimas, se cae sobre la mesa de cristal y las dos se hacen añicos. Mi abuela, en esos días aciagos, repetía: «Bien vienes mal si vienes solo.»

Intentaba entretenerme con los transeúntes o con los que se sentaban en otras mesas, pero mi vista siempre se iba a aquel anciano con pinta de haber trabajado en un circo.

El camarero se acercó y pedí un refresco de limón y un sándwich mixto. Me sonrió al tiempo que cantaba: Marchando la comanda. Tenía unos ojos azules tan bonitos como aquel actor de cine, cuyo nombre no recuerdo y que tanto me gustaba.

Cuando regresó traía dos refrescos de limón y dos sándwiches. Lo mío lo dejó en mi mesa y el duplicado se lo llevó al anciano de la nariz con la cáscara de huevo. Gracias, le oí susurrar al recibir unas palmaditas en el hombro. Tenía los mismos ojos azules del camarero.

Quizás lo mío era mucho menos grave, que lo de aquel payaso y lo del camarero… Inhalé fuerte y solté despacio. Mejor no saber sus historias. Y obedecí a lo dicho por aquel estadista inglés: «Si pasas por una tormenta, sigue caminando.»

© Marieta Alonso

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Alcázar Palacio de Portocarrero

15 junio, 2026 por Akelarre Deja un comentario

alcázar palacio de Portocarrero

Alcázar Palacio de Portocarrero

En el año 105 el procónsul romano Aulo Cornelio Palma, fijó aquí su residencia, pero su estructura actual de defensa proviene del alcázar construido en el siglo XI durante la dominación árabe. Hasta la actualidad, conserva las murallas de tapial con torres almenadas, así como la estructura del Jardín de las Hespérides, un huerto hispano-mudéjar con naranjos centenarios.

Tras la Reconquista, en 1342 pasó a manos del almirante Egidio Bocanegra. En 1505, Luis Portocarrero Bocanegra finalizó la construcción del palacio, el cual fue testigo de grandes eventos históricos, entre ellos la boda del Gran Capitán.

Abandonado durante años y tras los daños producidos por la Guerra Civil Española, la familia Moreno de la Cova, propietaria del Palacio desde 1868, emprendió en 1989 una profunda reconstrucción liderada por doña Cristina Ybarra Sainz de la Maza.

Últimamente, el palacio ha sido escenario de varias películas. Entre ellas El Reino de los Cielos, de Ridley Scott, y también ha servido de inspiración para los cuatro cuentos que Nuevo Akelarre Literario publica este mes.

¡Cuidado con los sueños!

Cristina Vázquez

El purgatorio

Malena Teigeiro

Perfume de azahares

Liliana Delucchi

Malandra por obligación

Marieta Alonso

¡Cuidado con los sueños!

Cristina Vázquez

A Felipe B. apasionado jardinero.

Mucho cuidado. Esa era la continua advertencia de su madre. Luci, cuando era niña, la miraba con la incomprensión propia de la infancia frente a afirmaciones tan categóricas. Además, se decía, eso era imposible, los sueños llegaban y se iban a su antojo. Nadie podía controlarlos. Pero la madre se refería a otros, no a los que se desvanecen con la mañana.

Cuando fue creciendo, entendió a cuáles se refería. Le encantaba dar ejemplos prácticos. Su tía Marisol soñó con ser bailarina y, cataclás, se calló por las escaleras una noche y se partió no uno, sino los dos maléolos.

—Claro que llevaba una buena curda —remataba.

 Entonces la miraba retadora mientras se abrochaba un delantal de diseño propio, o calándose un sombrero también ideado por ella, o se cubría con una mantita de croché que había confeccionado en ratos perdidos.

Se clavaba las puntas de los dedos en su escurrido pecho. Ella, aunque no lo creyera, podía haber sido una diseñadora de éxito, porque ideas no le faltaban, pero la realidad —en ese momento solía elevar los ojos al cielo—, se impuso con toda su crudeza. Marido, hijos, la mecanografía para ayudar en los gastos. En fin, la vida misma.

Hasta las narices. Luci, ya ni oía el sonsonete continuo de cuidado con los sueños. Y se decidió a soñar, como revancha y compensación de una vida, la de su madre, a la que le gustaría ofrecer una realidad diferente, una amistosa demostración de que alguno se cumple.

Decidió estudiar diseño de jardines, pese a las protestas familiares de que con eso no se comía, a no ser que fueras vegana, y aún así, o cosecharas tu propia huerta. No podían hacerse cargo de un capricho como ese, tenía que estudiar algo de provecho. Consiguió un trabajo para pagarse sus estudios y pensó que ese era su auténtica vocación ¿su sueño?

Siempre había tenido buena mano para las plantas, deditos verdes, la llamaba su tutor, un conocedor apasionado de los jardines. Un hombre mayor, al que le empezaban a temblar un poco las manos, pero no el entusiasmo amoroso que ponía en la enseñanza y cuidado de las plantas.

—Son maravillosos seres vivos que dependen de nosotros unas veces y otras, sobreviven pese a nosostros.

Luci pensaba que era igual que un maestro oriental, aunque había nacido en un arrabal madrileño. Era reconocido, hasta famoso, se reía él, y sabía por qué, le preguntó una mañana mientras trasplantaba una flor herida, sí, herida, repitió con cierta irritación al ver la dudosa expresión de Luci.

—Porque he seguido mi sueño.

Había viajado por todo el mundo, conocía a los maestros europeos, le apasionaba la delicadeza de la naturaleza y el diseño japonés. Admiraba a los persas, siempre los llamaba así, y su nostalgia por los jardines de Babilonia le llevaba a afirmar que daría años de su vida por haberlos conocido. Le llamaban de todo el mundo, daba conferencias y la cuidaba con el mimo de un maestro que trasmite su saber a alguien más joven.

—Tú también eres una flor herida y hay que cuidarte. Serás mi sucesora y espero que no me decepciones.

Su última pasión era un jardín andaluz en un antiguo castillo que estaban reconstruyendo sus dueños con tesón y apasionamiento. Le llamaron para que hiciera el diseño del mismo. La única condición que puso es que le acompañara y se encargara su alumna. Él supervisaría todo, pero ella iba a ser la diseñadora y cuidadora.

—Estoy viejo, querida, tú serás mis futuras manos.

Y ahí estaba Luci, respirando el aroma de los naranjos y los jazmines y mareándose con los colores de las buganvilias. Cuando estuvo acabado, invitó a su madre a la inauguración, la cual se puso un traje de gasa no solo diseñado sino también confeccionado por sus habilidosas manos y voló como una torpe mariposa sobre el sueño de su hija.

—Y pensar que siempre he estado equivocada —afirmó sin tristeza.

© Cristina Vázquez

El purgatorio

Malena Teigeiro

Escondida entre los naranjos, Amalia intentaba que la luz de la luna no la descubriera. Estaba próximo el amanecer, ese momento en que los naranjos arrojan a diestro y siniestro el perfume de azahar. Sentada sobre su pequeña maleta aquella fragancia le producía una especie de mareo. No le importaba, él le había dicho que lo esperara allí, y ella lo esperaría. Llegaría de un momento a otro. Escuchó un ruido y se levantó risueña. ¡Uf!, era el resoplar de una mujer. ¿De dónde había salido?  ¿Por dónde llegó?, se preguntó Amalia. La sombra de la noche casi le impedía verla. Aun así, vio que la joven vestía una especie de túnica blanca y que un ligero manto azul le cubría la cabeza.

―¿Estás esperando a alguien? Lo digo por la maleta ―preguntó muy dispuesta la muchacha sin dejar de sacudirse la tierra pegada a su ropa.

Ella se encogió de hombros. ¿Quién iba a estar allí, a esas horas, con una maleta si no era porque se quería escapar?, pensó antes de que, muy nerviosa, le preguntara quién era ella

―Por mí no te preocupes. Yo vengo del Más Allá. No existo.

―¡Venga ya!, soy mayorcita para tragarme esos cuentos ―rio Amalia.

La mujer, muy joven, ahora lo percibía, y de rostro muy pálido levantó los hombros. Quizá deberían sentarse y ya cómodamente, si le parecía bien, le contaba por qué vivía en el Más Allá.

―Será estupendo ―replicó Amalia al tiempo que se preguntaba quién sería aquella loca.

Ambas se dirigieron hacia un banco de hierro pintado de verde, a cuyos lados en grandes macetas de barro rojo crecían dos pequeños naranjos. A pesar de que la luz de la luna podía descubrirla y del frio de la noche, Amalia se dejó caer sudorosa. La muchacha se acomodó a su lado. Arrancó una naranja del árbol, y mientras la pelaba le contó que vivió en aquel palacio hacía muchos, muchos años, es decir, varios siglos. Era la hija del Capitán General del Rey, dueño de este castillo. Por aquel entonces los jardines no tenían naranjos y las murallas estaban perfectas.

―Y ahora ¿dónde te alojas? ―la interrumpió Amalia sin creer lo que contaba.

―Pues, transito por los jardines que, aunque no te lo creas, por las noches están llenos de ánimas que pertenecieron a gente como yo. Mira hacia allí. ¿Ves aquella sombra afilada? Es Malika, una morita que trajeron desde Túnez. Y claro, como no es católica, no tiene sitio dónde reposar. Aquella otra es de Antonio, que asesinó a su mujer porque la encontró con otro. Pero ¡en fin! para que le iba a contar tristezas.

Como decía, continuó, uno de los capitanes de su padre se enamoró de ella, al menos eso le dijo, y ella se lo creyó. Le enviaba misivas, dejaba caer flores a su paso, y al acercarse le susurraba palabras amorosas.

―Y yo, por qué no decirlo, me volví loca por aquel capitán, tan guapo y con el cabello negro, rizado y brillante de aceite ―la joven suspiró tan profundo que Amalia dudó que aquel amoroso suspiro pudiera salir de un alma en pena.

Luego de unos segundos, la muchacha reanudó su historia. Su padre se enfadó mucho con ese amorío, tanto que la encerró en una de las torres. Según le dijo antes de echar la llave a la puerta, el capitán no era bueno para ella ni para nadie. Y, por si fuera poco, desde su nacimiento, la había comprometido con un sobrino del Rey.

Pasaron los días y las noches sin que pudiera salir de la torre. Hasta que una tarde su aya entró en la cámara. La seguían dos damas cargadas con hermosos ropajes. Venían a vestirla y a acicalarla. Esa noche bajaría a cenar con el sobrino del Rey, su prometido, con quien se desposaría a la mañana siguiente.

Lo que nadie conocía era que el tiempo que la mantuvieron encerrada, su capitán, ayudado por uno de los soldados que guardaban la puerta, le enviaba dulces y emotivas notas en las que le juraba amor eterno. Y que ella cada vez lo amaba más.

Aquella noche durante la cena lo vio. Estaba borracho como una cuba. Creyó que era por la desesperación que le causaba su matrimonio. Y lo cierto era que sí, pero no porque la mujer que amaba se fuera a casar con otro, sino porque la vida que se había prometido al desposar con ella se había ido a un pozo. Y por si fuera poca aquella desgracia, El Rey, a instancia de su padre, lo había destinado a luchar en las Cruzadas. Ella, desesperada, y desconocedora de todo aquel trajín entre su padre y el hombre del que estaba enamorada, ya de nuevo en su habitación de la torre se decía que si no casaba con su adorado Capitán no lo haría con nadie. Loca de amor, ya casi era de madrugada, más o menos a esta misma hora, dijo metiéndose otro gajo de la dulce y deliciosa naranja en la boca, se arrojó desde la torre. Y morí.

―Y ahora, el Buen Señor de los cielos, como esto de suicidarse es un pecado muy grande, tiene mi alma en este purgatorio: Desde esta torre lo veo todas las noches divirtiéndose y engañando a unas y otras. Veo cómo cada vez que fallece se encarna en otro igual de bello, que enloquece a las mujeres, las posee y después las abandona. Y así sigue mi castigo hasta que consiga que una mujer no caiga en sus brazos.

Amalia contempló a aquella bellísima muchacha que con la tranquilidad del que no le importa esperar, continuaba saboreando, uno a uno, los gajos de la naranja. Se levantó y recogió su maleta. Protegida por las sombras de las murallas, presurosa, caminó entre los naranjos hacia su casa. Todavía no se habrían dado cuenta de su ausencia. Antes de entrar en el Palacio se volvió. Nadie ocupaba el banco.

Ya en su habitación se acercó a la ventana. La abrió. En el cielo, allá a lo lejos, entre los primeros rayos de luz del amanecer le pareció divisar a la joven del banco sobre una nube. Tenía una mano levantada. Imaginando que era una despedida, ¿o quizá era agradecimiento?, ella también levantó la suya. Luego, suspiró profundo.

Un dulce olor a azahar invadió toda la estancia.

© Malena Teigeiro

Perfume de azahares

Liliana Delucchi

Esta vez no se me hace tan larga la espera. No sé qué es lo que me pasa, aunque se dice que con los años nos hacemos impacientes, hoy siento una paz especial, y no me angustia la idea de que me dé un plantón.

Como cada vez que nos encontramos en estos jardines, paseo entre los macetones, me acerco a los cítricos, los huelo, los acaricio y sigo mi andar esperando, esperando, esperando…

Me siento en un cómodo sillón de mimbre y una gentil señorita, quizás compadecida por mi edad y mi cansancio me trae un vaso de agua. Está fresca y tiene un fondo de limón. ¡Cómo no! ¡Qué delicia! Estoy pensando en aflojarme las tiras de las sandalias, pero temo que se me hinchen los pies y luego me cueste caminar.

¡Qué bien se está en este rincón!

¡Ahí viene! No. No es él. Rebusco en mi bolso su última carta. Mi dirección está escrita y re-escrita en el sobre, como si no la recordara y necesitara marcarla una y otra vez. Es imposible que con todas las veces que vino a mi casa, no la recuerde. ¡Ah, no! Qué memoria tengo, a esta casa no vino nunca, cuando me mudé le envié una misiva con mi nuevo domicilio, me la contestó, pero nunca vino a visitarme.

Está tardando mucho. ¿Le habrá pasado algo? Es cierto que hace tiempo que no nos vemos, pero recuerdo cada onda de su pelo, cada una de las arrugas que últimamente le están saliendo (y que no se las menciono porque es muy coqueto) y cada gesto que repite desde que éramos pequeños. Es el hermano que no tuve. Yo soy para él la que hubiese querido tener porque la que su madre le dio es mejor perderla que encontrarla.

¡Qué delicia!

Se ha levantado un poco de aire y me llega el olor de los azahares. Quisiera retener este momento para cuando llegue. No puede ser que se retrase tanto, siempre ha sido tan puntual.

Dudo si ponerme de pie y dar otra vuelta para ver si anda entretenido entre los naranjos. No, mejor me quedo porque puede que ocurra como en esas películas en las que los personajes se buscan cada uno por un lado diferente. Además, aquí se está tan bien.

Siempre cuidó de mí, y yo de él, todo hay que decirlo, aunque al ser la menor me tocaba ser la mimada.

Nos distanciamos un poco cuando él se casó con aquella bruja. Yo intuí que algo no iba bien, pero como es tan orgulloso no quiso decirme que se había equivocado y cuando se atrevió, decidí tomar cartas en el asunto. La Belladona no deja rastro o al menos el forense no lo encontró. Para celebrar su nuevo estado civil fuimos a Italia a gastar parte de la herencia de los abuelos, el resto lo dilapidamos en el Carnaval de Río cuando el que creía el amor de mi vida  me dejó por otra más joven.

Y ahora me tiene aquí esperando, esperando, esperando…

Sabe que odio la impuntualidad. Este este viaje que voy a emprender es muy importante, quizás el más importante y necesito cogerme de su mano. ¿Dónde se habrá  metido?

¡Ah! Ya está aquí. Me coge de la mano, como cuando era pequeña y me daba miedo la oscuridad. Vamos, querido, ya estoy lista.

Una voz de mujer joven me pregunta si estoy bien. ¡Claro que sí! La chica pide un médico, una ambulancia. Me toman el pulso. Nada.

Adiós, señores, disfruten de esta tarde magnífica.

© Liliana Delucchi

Malandra por obligación

Marieta Alonso

La tía Julia, que no tenía responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la Eternidad sin comentárselo siquiera.

Ella, que tanta fama tenía de trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces. Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con astucia, fue algo realmente imprescindible.

Tanta picardía y maña se dio que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La carroza real

15 mayo, 2026 por Akelarre 4 comentarios

Carroza real

La carroza real

Las carrozas, entendidas como carruajes lujosos y decorados para el transporte de personas o en desfiles, tienen orígenes que se remontan a la antigüedad, evolucionando desde vehículos funcionales hasta símbolos de estatus social y celebración. Su origen etimológico proviene del italiano carrozza, derivado del latín carruca.

En muchos países europeos se conservan colecciones reales muy importantes.

Estos carruajes encierran historias y misterios que rara vez salen a la luz. Sin embargo, no está en nosotras buscar verdades, sino historias que nos entretengan, emocionen o despierten sentimientos escondidos en algún lugar de nuestra memoria.

Desilusión

Cristina Vázquez

El landó real

Malena Teigeiro

Otra cenicienta

Liliana Delucchi

La vida es cuento

Marieta Alonso

Desilusión

Cristina Vázquez

El viaje a Londres era un plan deseado, muy deseado. Antonio había pasado una temporada larga en esa ciudad haciendo unas prácticas después de su licenciatura.

Cuando le conocí, cuatro meses atrás, enseguida me empezó a contar lo revelador que resultó su estancia ahí. Cierto es que ya habían pasado bastantes años y que la diferencia entre ambos países ya no existía. Nuestra querida España ya no era la sociedad cerrada que chocaba en cuanto se salía al extranjero. No paraba de contar anécdotas, de lo que ligó, aunque tenía novia, de la libertad de costumbres, de la nata espesa de la botella de leche, de las fiestas… En fin, parecía que las inglesas se le entregaban con solo mirar su condición de morenazo latin lover.

Soltaba algunas frasecitas en inglés en las que percibía un acento bastante duro, muy a la española, con las aspiraciones suaves de las haches convertidas en jotas. Pero me estaba enamorando sin remedio, o eso creía. Era encantador, vivo, amable y quizás hablador en exceso, pero entonces todo era motivo de acrecentar mi amor y admiración por él.

Por fin íbamos a ir a Londres

—¿Tú has estado alguna vez? — me preguntó de pasada una mañana que compartíamos una taza de té.

—Sí, algún verano —mentí.

En verdad, pasé un curso entero en un colegio en Northumberland, de ingrato recuerdo, y varios veranos en Inglaterra, incluyendo Londres, pero en cuanto hacía alguna referencia a esos años, él inmediatamente sacaba otra anécdota de su famosa estancia. Yo pensaba que debió transcurrir al menos un año para recopilar tanta aventura y conocimiento de lugares, tiendas y restaurantes a visitar.

Al llegar al aeropuerto inglés, había que volver a pasar el control de policía por el Brexit; comprobé que tardaba bastante y pensé que podía tener algún problema. Al ir a recoger las maletas le pregunté por lo sucedido.

—Nada, que cada vez hay más paquis hasta en la policía y tienen un acento horrible —contestó despectivo—. No hay quién los entienda.

En el hotel, hubo un par de preguntas que se hizo repetir por el recepcionista. Empecé a sentir cierta extrañeza. Aunque el idioma aprendido se olvida y el primer choque con él te descoloca un poco, yo no tuve ningún contratiempo, quizás un poco de lentitud al responder hasta lanzarme a hablarlo. Esta situación se repitió varias veces: en el restaurante, ¿lubina era?, preguntó en el Esquire la primera noche. Sea bass, le aclaré con timidez. Se acordaba como se decía lenguado y bacalao, pero la lubina le había hecho dudar.

Él llevaba un plan elaborado de sitios a los que ir, muy en función de sus recuerdos. No encontramos la casa que había compartido con su amigo Charles, el despacho donde trabajó estaba fusionado con otro y perdido su nombre, por lo que tampoco pudimos reconocerlo. Noté que los tropiezos con la lengua eran constantes y era yo la que tenía que acabar traduciendo y contestando. Había pasado tanto tiempo, se quejaba, que resultaba imposible reconocer nada. Esta ciudad no es lo que era ni de lejos, seguía, estaba perdiendo su auténtico sabor británico, desvirtuándose con la cantidad de extranjeros que la asolaban.

El deseado viaje a Londres estaba transformándose en una conjunción desesperante de tropiezos y lamentos. Propuse que fuéramos a ver las carrozas de la Casa Real, que recordaba como un plan entretenido y libre de recuerdos de Antonio. No había estado nunca, le parecía demasiado turístico, pero accedió. Yo empezaba a tener ganas de volver a España. Mi admiración por él se iba deshaciendo como un azucarillo en agua. Me crispaban sus comentarios racistas, cómo estaba de gente oscura la ciudad, no podía más de no entender el mal acento que gastaban, el cambio de ambiente…

Cuando estábamos frente a una carroza, noté un golpecito en el hombro. Me giré.

—¿Lola? —una gran sonrisa sostenía la pregunta.

—James —nos abrazamos con auténtica alegría.

—No era posible, ¿cómo me habías reconocido? —le pregunté emocionada.

—Eres inolvidable —me guiñó un ojo—. Te hubiera reconocido en cualquier parte del mundo. Tan buenos recuerdos…

Me sostuvo a la distancia de sus brazos. It´s just a miracle. Oír sus palabras con ese perfecto acento y simpatía me llevaron a recordar un tiempo encantador. Cuando fui a presentarle a Antonio, este había desaparecido.

Luego me enteré por un amigo común que su famosa estancia en Londres había sido de tres escasos meses. La mía duró varios años, hasta que ya jubilados James y yo nos vinimos a España.

Happy end.

© Cristina Vázquez

El landó real

Malena Teigeiro

La casa que mi padre heredó en la calle de La Magdalena se había convertido en una auténtica ruina. Era grande, llena de habitaciones. Las que daban a los patios de luces, eran muy oscuras. En las otras, en las que el sol entraba por unos balcones altos y estrechos, los techos aparecían cubiertos de escayolas ricamente decoradas. En la parte baja y en el patio, estuvo el taller donde se construían las carrozas reales.

 Al fallecer mis padres, y a pesar de lo divertida que había sido nuestra infancia corriendo por los largos pasillos, la casa se cerró y durante años permaneció abandonada. Ninguno de mis hermanos ni yo hablaba de ella, más bien se silenciaba su existencia. Un día nos llamaron del Ayuntamiento. Teníamos que hacernos cargo de una serie de reparaciones, pues el edificio corría riesgo de venirse abajo. Incluso nos informaron de que, si no las realizábamos, lo harían los empleados municipales. Luego, nos pasaría la factura. Esto sí que nos asustó. Nadie tenía dinero para volver a poner en pie aquel vetusto y precioso edificio, por lo que decidimos venderlo. Rápidamente apareció un comprador: la quería para convertirla en hotel. Y también, dijo, los muebles que no quisiéramos por un precio módico se los quedaría. A todos nos pareció bien. ¿Dónde íbamos a colocar nosotros aquellos muebles tan suntuosos e inmensos?

A partir de esa decisión, los hermanos sentimos un pellizco en el pecho. Deshacernos de aquello era lo mismo que olvidar a nuestros ancestros. Pero no nos quedó otro remedio. Decididos, comenzamos a repartirnos los cuadros, las porcelanas. Unos prefirieron las vajillas y otros las alfombras. Y al vaciar uno de los cajones del vetusto escritorio de nuestro abuelo, encontramos una caja forrada de un terciopelo que parecía haber sido verde. Encima de una mesa, la abrimos con mucho cuidado. Sorprendidos, vimos aparecer la maqueta de una carroza. Todo en aquella miniatura se encontraba impecable, salvo el techo, que aparecía hundido. Daba la impresión de que le habían dado un golpe. Tan solo en la piel de los caballos, todos ellos blancos, se advertía el paso del tiempo. Abrimos las puertas del pequeño carruaje. Dentro caídos uno sobre el otro, había unos muñecos de porcelana que parecían imitar a una pareja de jóvenes. Ella vestida de blanco y él con uniforme de general, pisaban una moneda de oro de veinticinco pesetas. Tenía el retrato de Alfonso XIII.

Mi bisabuelo, Julián González, el primero que habitó la casa de la calle de La Magdalena, tuvo el encargo de construir la carroza en la que irían los reyes a la iglesia el día de su boda. Todo un honor, decía a quien quisiera escucharlo. Hizo dibujos y más dibujos. Era muy costosa, decían unos, demasiado lujosa, murmuraban otros al verlos. Nadie se encontraba a gusto con los planos y dibujos que presentaba. Después de mucho pensar, entendió que, si en vez de planos, se la mostraba físicamente, sin duda el Rey se quedaría satisfecho. Con especial cuidado construyó la pequeña maqueta. Y tal como mi bisabuelo pensaba, en cuanto Su Majestad la vio, le hizo el encargo.

Durante cuatro años construyó una carroza ligera, fuerte, adornada con cantidad de oro que demostraría al que a viera la importancia de sus pasajeros.

Años más tarde, todo Madrid estaba en fiestas. El templo de los Jerónimos y las calles se llenaron de flores. Aquel era el día de la boda real. Los invitados, muchos llegados de países lejanos, aparecieron en el templo cubiertos de joyas y ricos vestidos. Y en el comedor y salones de palacio las paredes aparecían cubiertas con tapices y reposteros. Las flores, el lujo y la elegancia se esparcía por doquier. Todo estaba preparado para celebrar la fiesta después del enlace.

Al terminar la ceremonia de la iglesia, los novios, seguidos por su comitiva, partieron en su carroza hacia el Palacio Real. La alegría reinaba entre las gentes que esperaban verlos. Al pasar por la calle Mayor camino del palacio un joven les tiró un ramo de flores, como tantos otros. Pero ése llevaba una bomba.

Y la carroza, un landó de caoba, era tan fuerte, y estaba tan bien construida, contaba el abuelo, que resistió la explosión impidiendo que algo le pasara a la pareja real. Apenas sufrió unos daños en el techo, murmuraba satisfecho. Él, orgulloso, decía haber ayudado a su padre a restaurarla.

© Malena Teigeiro

Otra cenicienta

Liliana Delucchi

El despacho del señor Guzmán, notario de mis abuelos, me abrumó por sus inmensos muebles oscuros. Las cortinas tan verdes y viejas me recordaron a aquellas con las que Scarlett O’Hara se hacía un vestido en Lo que el viento se llevó. Por contrapartida a esos techos tan altos, el escribano era tan bajito como delgado, con unas gafitas que parecían precipitarse por una nariz que se sonaba permanentemente. Sin embargo, he de decir que era un señor muy agradable y solventó mis dudas sobre el patrimonio que a partir de ese momento me correspondía por expresa voluntad de los difuntos.

─Aunque algunas cuestiones ─me dijo─ deberá aclararlas con su familia.

Y fue lo que hice nada más salir de ese vetusto edificio. Llevé a mi madre a comer y, después de brindar por la vida eterna de sus padres y el inmenso amor que nos dispensaron mientras vivían, le solté:

─No tenía idea de que la famosa marca internacional de calzado Guido Brunelleschi era de los abuelos ─bajé la voz y casi en un susurro (por si alguien nos escuchaba), añadí─ el nombre de tu padre era Ramón García y el de su mujer Carmen Ortiz. ¿Me puedes explicar de dónde salió esa italianada?

─Querida: en aquellos años la mejor zapatería venía de Italia. Si querían ser alguien en el mercado internacional, tenían que cambiarse el nombre ─sonrió y su mirada se perdió por la ventana del restaurante─. Papá era un excelente zapatero, pero las ideas de comercializar los productos y llevar a cabo lo que hoy se llama marketing, eran de ella.

En ese momento, fui yo quien sonrió al recordar a aquella mujer y la historia de amor y negocios que me contó mi abuela:

«Yo tenía veintidós años y trabajaba de guarda en un museo que ya no existe, en el que cada tanto tiempo cambiaban los temas de las exposiciones. Ese otoño a alguien se le ocurrió traer carrozas, ya sabes, como las de la Reina de Inglaterra, aunque a mí, que era una romanticona, me hacían pensar en la de La Cenicienta.

»Si bien no era un trabajo agotador, era muy cansado. Te pasabas muchas horas de pie, pero yo tenía la suerte de que Pedro, mi jefe y amigo, me dejara sentar cada tanto en un taburete que había detrás de una cortina.

»Fue justamente Pedro, quien llamó mi atención sobre un asiduo visitante ─la abuela me guiñó un ojo─. Expusiéramos lo que expusiésemos, el zapatero de dos calles más abajo del museo, venía. Creo que viene por ti, dijo mi amigo. Pues vale, respondí.

»Pero, picada por la curiosidad, unos días después pasé por el local que regentaba el susodicho. Era una zapatería de barrio sin muchas pretensiones.

»No sé cuánto tiempo pasó desde mi trabajo de espía hasta la tarde en que todo cambió para mí. En realidad para nosotros. Había llovido desde la mañana y casi nadie acudía al museo. Yo tenía los zapatos húmedos y estaba agotada. Entonces, Pedro me sugirió que me sentara en una de las carrozas que estaba al fondo para descansar un poco. Él se ocuparía de que ningún visitante se acercara.

»Eso hice. Me instalé en una cómoda carroza, me quité los zapatos y me quedé dormida. Cuando desperté, junto a mis pies había un par de tacones de color azul celeste, con una nota que decía «Creo que los de La Cenicienta eran así».

»Me sentí una princesa de cuento, así que, me puse mis viejos zapatos y con los nuevos en la mano corrí hasta el local de mi príncipe. Si fuera un cuento de hadas, terminaría aquí, pero la vida tiene vericuetos que hay que saber saltar.

»En vez de sentarnos a comer perdices, nos pusimos a trabajar. Lo primero era cambiar el nombre de la firma (sí, ya la llamábamos la firma), nada de Ramón García. Había que ponerle un nombre italiano porque en ese país, que casualmente tiene forma de bota, se hacía el mejor calzado. Ramón dijo que le gustaba el nombre Guido (como un gato que tuvo de pequeño) y yo lo apellidé Brunelleschi, como el arquitecto que diseñó la cúpula de la catedral de Florencia. Ya no se harían remiendos. A partir de entonces se diseñarían y elaborarían tacones como los que me dejó en la carroza.

»Cuando nació tu madre, instalamos una cuna en el local y cuando tocaba viajar, ella venía con nosotros. Debe ser por eso que le gusta tanto subirse a los aviones. El resto, lo conoces.»

Claro que conozco el resto: una vida de trabajo con tanta ilusión como sonrisas, una familia unida, con alegrías y sinsabores, aunque siempre recuerdo más las primeras que las segundas, hasta que el abuelo sucumbió a una enfermedad que se lo llevó. Ella lo siguió al año. Supongo que estén donde estén, continuarán tejiendo cuentos de hadas para aquellos con quienes comparten su tiempo.

© Liliana Delucchi

La vida es cuento

Marieta Alonso

De niña me encantaban las carrozas, mi abuela las llamaba berlinas. Desde que mi madre, sentada en mi cama, me leyó, por primera vez, el cuento de Cenicienta no tuve otro objetivo en la vida: Cada calabaza que encontraba era un carruaje, cada ratón un caballo y mi perro Pluto dejó de ser un canino para convertirse en un cochero con lujosa librea.

Mi hada madrina fue el vecino de casa, quien, un día, con una varita mágica, sacó del pajar un carro lleno de excrementos, pero cuando las mujeres de mi familia lo limpiaron, pintaron y adornaron, fue lo más bonito que he visto en mi vida.

No tengo hermanos. Lo que tengo son cuatro tías, una madre y una abuela. En mi casa lo femenino está en alza. Las cinco hijas de mi abuela salieron muy diferentes, lo que sí tenían en común era un gran amor entre ellas. Lo demostraban discutiendo a todas horas.

La que mangoneaba, la sabidilla, era mi madre, la pequeña. Pero, lo que es la vida: las cuatro mayores, siendo guapas, simpáticas y trabajadoras, se quedaron para vestir santos. Por el contrario, mi madre, que de esas tres virtudes andaba bastante escasa, se casó cinco veces. Pienso que se enamoraban de ella por ese olor a melocotón en almíbar que destilaba.

Gracias a Dios enviudó de todos ellos sin tener hijos. Y una tarde lluviosa decidió que no podía esperar, que el arroz se le pasaba y salió a la calle en busca de un príncipe. No olvidó llevar sus zapatos de cristal. A los nueve meses nacía yo, su única hija. El heredero al reino no volvió a aparecer.

Crecí y con los años aquellas fantasías desmedidas fueron perdiendo importancia, hasta que las dejé de percibir. Fue gracias a mi abuela que no paraba de aconsejarme:

—Haz el favor, no imites a tu madre. ¡Abre los ojos! ¡Y déjate de cuentos!

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Mantón de Manila

15 abril, 2026 por Akelarre Deja un comentario

mantón de manila

El mantón de Manila

El mantón de Manila, aunque símbolo del folclore español y andaluz, tiene su origen en China (probablemente en la zona de Cantón), destacando por sus bordados en seda. Su nombre proviene de la escala comercial en Manila, desde donde el "Galeón de Manila" transportaba estas telas a Acapulco y luego a Sevilla durante el siglo XVI y posteriores, popularizándose en España en el siglo XIX.

Tradicionalmente eran bordados a mano con motivos orientales como dragones, pagodas y aves. En el siglo XIX, el diseño evolucionó en España, cambiando estos motivos por flores, colores más vivos y añadiendo flecos, influenciados por la cultura andaluza y la moda de la época.

Este complemento pasa a ser un personaje en los cuatro relatos que este mes traemos al Akelarre Literario, con todos los colores que merece la primavera.

Amor oscuro

Cristina Vázquez

El novio de Jacinta

Malena Teigeiro

Todo arreglado

Liliana Delucchi

¿Dónde vas con mantón?

Marieta Alonso

Amor oscuro

Cristina Vázquez

Apareció en la portería una bolsa a su nombre, dentro de la cual se hallaba otra de algodón azul cerrada con una cinta. Pesaba bastante. A Carmela le creó un doble sentimiento de inquietud y curiosidad. ¿Qué podría haber en esa bolsa de tela vulgar y quién lo habría traído? La portera le dijo que se la encontró, pero que no pudo ver a nadie. Como comprenderá, ella no era de piedra, tenía sus necesidades corporales y domésticas, refunfuñó sin que le reclamara ninguna explicación.

Soltó abrigo y bolso y se puso cómoda para inspeccionarla. Al abrirla surgió una flor roja, inmensa, bordada con una delicadeza increíble. Tiró del pesado y magnifico mantón de Manila. Al desplegarlo sobre el respaldo del sofá para verlo en todo su esplendor, pues venía hecho un gurruño, se cayó un sobre azul.

Mañanita de misterios, se dijo con cierta sorna. ¿De dónde salía esa antigualla, maravillosa pero inservible? ¿Qué iba a hacer con ese mantón trasnochado?

Abrió el sobre y envueltas en la cuartilla escrita con letra de pata de mosca,  surgieron tres fotos. La carta la firmaba Mari Nieves. ¡Vaya nombrecito! En ella contaba que era la sobrina de Juanita, la lencera, y al hacer orden en el taller de su tía, como sabrá recientemente fallecida, encontró esa bolsa con el mantón y las fotos. Llevaba prendido el nombre de la propietaria que resultó ser usted.

Tras la sorpresa inicial, Carmela recordó que Juanita era casi un personaje de leyenda de la que oía hablar en casa de su querida tía y madrina, que vivió en el piso de abajo. Era una mujer distinta a las de la época: libre, independiente, moderna, con muchos amigos y amigas. Algunas tardes, cuando volvía del colegio e iba a merendar a su casa, se la encontraba sin arreglar, con la voz ronca y una sonrisa agría, pero la mayoría era alegre, hablaba mucho por teléfono y había momentos que la dejaba sola. Me voy un momento, le decía, tengo que hacer un recado, pero vuelvo enseguida.

—No digas nada en tu casa —le hacía prometer con fingida seriedad—. Es un secreto de chicas.

 Cuando murió fue ella la que tuvo que recoger sus pertenencias, y aparecieron cajas llenas de camisones y combinaciones de seda con encajes, batas, peinadores… Se quedó pasmada al ver todo lo que guardaba y nunca usó. Estaban envueltos en papel de seda y sin estrenar. No le ponía cara y ojos a la tal Juanita. Alguna vez, al estar en casa de su madrina, veía una sombra diminuta que salía precipitada por la puerta de servicio. ¿Quién era?, preguntaba curiosa. Nadie, Juanita la lencera, le aclaraba Angustias, la vieja criada, de manera desvaída. Siempre tuvo la impresión de que huía al oírla llegar, que era una persona que se fugaba antes de que pudiera verla.

Las fotos representaban a una misma mujer mostrando tres mantones de Manila diferentes, uno en cada foto. Los lucía desplegados sobre su espalda con las manos extendidas, para que se pudiera apreciar mejor el dibujo. A ella no se le ve la cara, salvo en una que gira un poco la cabeza. Parecía una mujer hermosa, morena, con el pelo recogido en un pesado moño. Uno de los mantones que exhibía era igual al que tenía en sus manos. Todo resultaba muy extraño y además, la tal Mari Nieves, mandó la carta sin remite.

Se acordó que quizás en las cajas que guardaba con algunas cosas de su madrina, podría encontrar la agenda y a lo mejor ahí estaba el teléfono o la dirección de la lencera. Le resultó desagradable empezar a rebuscar entre las pocas pertenencias que había guardado después de su muerte. Efectivamente apareció la agenda de cuero rojo con los cantos de un desgastado oro. Encontró un teléfono y al llamar lo cogió una voz aniñada.

—¿Está Mari Nieves?, por favor —dijo expectante.

—Sí, es mi madre. Ahora le aviso —hizo una pausa—. ¿De parte de quién?

Dio su nombre y esperó un buen rato hasta que oyó un “diga” de una voz desconfiada. Le dijo que no entendía por qué le había enviado el mantón y las fotos. Después de otro prolongado silencio, la mujer sugirió que se vieran personalmente. Quedaron al día siguiente en una cafetería. Carmela no tardó en reconocerla. Sentada cerca del ventanal daba vueltas a un vaso y cada poco echaba una ojeada hacia la puerta. Se miraron e hicieron ambas un gesto afirmativo de reconocimiento.

—¿Mari Nieves? —dijo acercándose a la mesa.

—Carmela.

Se sentó, pidió una bebida. Vio que era una mujer que podría resultar guapa, si no fuera por la dureza de su gesto de labios apretados. Comenzó a hablar sin preámbulos. Cuánto antes acabaran, mejor, soltó con apresuramiento. Su madrina, dijo, fue una buena persona, dispuesta siempre a ayudar.

—Pero mi tía Juanita la engañó —observó a Carmela con una mezcla de reto y desolación—. Le habrá chocado la de camisones y batas que tenía, ¿verdad?

—Así es. Nunca se las vi puestas —afirmó Carmela.

Siempre andaba llorándole a su madrina, que tenía necesidad, un hermano enfermo en el hospital, una multa de hacienda, una operación… Y así durante años le daba dinero y encargaba cosas.

—Mi tía, Dios la tenga lejos, era una sinvergüenza. Lo que entregaba como hecho por ella se lo encargaba a unas monjas a las que pagaba una miseria. Si hasta le decía que eran modelos de París.

Después de dar un sorbo a su bebida, continuó. Su tía tenía una buena colección de mantones que no usaba, pero a los que tenía aprecio y Juanita le prometió restaurarlos. Suspiró hondo, no sabía lo que hizo con ellos, probablemente venderlos a una coleccionista americana y decir que se habían quemado.

—Eso es lo que yo tengo más o menos oído, pero entonces era muy pequeña y no vivía con ella para saber con exactitud lo que pasó.

Lo que no entendía, aseguró Carmela con voz irritada es por qué Juanita tenía ese poder sobre mi madrina. Mari Nieves alzó los hombros, ella tampoco lo entendía. Se calló un momento, y con una expresión menos adusta, añadió.

—Yo creo, no lo puedo asegurar, que la respuesta está en la mujer de las fotos.

Ésa era la que manejaba a Juanita y parece que con su tía tuvo algo. Bueno, dio vueltas al vaso, ya sabe cómo eran las cosas entonces. La miró de frente: todo prohibido y no dar que hablar.

© Cristina Vázquez

El novio de Jacinta

Malena Teigeiro

Mi querida abuela Jacinta, en honor a ella yo también me llamo así, falleció. Entre nietos y sobrinos nietos somos veintitrés y ella, siempre tan cumplidora, a cada uno nos dejó un regalo. Todos venían guardados en cajas de cartón forradas con seda unas y otras con terciopelo. ¡Dios mío!, lo que debió trabajar preparando todos aquellos recuerdos. En las cajas de los chicos, había gemelos y plumas estilográficas, pertenecientes a mi abuelo. Bueno, todo en todas no. En la que le correspondía al hijo de su hermano Antonio había un alfiler de corbata y una navaja con cachas de nácar y filigranas de plata, que habían pertenecido a Daniel, su novio. El tal Daniel, del que nunca hablaba, había fallecido días antes de casarse. Las pocas veces que alguien le recordaba a mi abuela aquel joven, la palidez cubría su rostro y la mirada se le entristecía. Pobrecilla, pensábamos todos. Penaba por fallecido su amor de juventud.

Las cajas de las chicas contenían broches, abanicos, alguna sortija… En una palabra, cosas que ella utilizó, y que, según la nota que acompañaba a los regalos, los había lucido en sus momentos más felices. A mi hermana Josita le tocó una caja bellísima. Estaba forrada con terciopelo verde y adornada con cintas doradas. Dentro apareció un vestido bordado con abalorios de azabache confeccionado con la misma tela con la que había forrado la caja. El vestido venía acompañado por un bolsito y una especie de cinta con una pluma de avestruz para colocar sobre la frente.

Cuando abrí mi caja me encontré con un precioso mantón de Manila de color azul muy claro. Estaba bordado con pájaros de colores, rosas que parecían acabar de brotar, mariposas y arabescos de todo tipo. Sus flecos, de seda blanca, bailaban al menor movimiento. Me enamoré de él en el primer instante. Como si fuera una manola, lo abrí y al intentar colocarlo sobre mis hombres vi que tenía una gran mancha en uno de los lados. Esa mancha es de sangre, exclamó mi prima Ana. ¿A ver?, inquirió mi madre. Lo cogió y comenzó a estirarlo. Que más da esa mancha. Nunca he visto nada tan bello.

***

Aquella tarde Jacinta lucía con gracia un mantón de Manila que le había regalado su padre. Tiene el mismo color azul que tus ojos, murmuró al oído mientras la besaba. Ella, del brazo de su prometido y en compañía de sus hermanos, caminaba hacia la ermita de San Antonio de la Florida. Era un trece de junio y esa noche en Madrid se celebraba la verbena en honor al Santo. Daniel, su prometido, taciturno, decía que no le agradaban aquellos saraos. Sin embargo, en cuanto llegaron a la pradera que rodeaba la ermita pareció que el malhumor se le calmaba. Incluso le entró un nerviosismo casi febril que alimentaba con vino y risas. Anochecido, Daniel, dándole un cariñoso beso, le dijo que volvía en un momento. ¿Pero te encuentras bien?, preguntó preocupada su prometida. Él, muy pálido, le pellizcó la mejilla.

Apenas media hora después, inquieta por la tardanza, Jacinta se echó el mantón sobre los hombros y se levantó a buscarlo. Sin que se diera cuenta, su hermano Antonio la seguía. Envuelta en aquel mar de seda, caminaba mirando de un lado a otro. Por ninguna parte veía a aquel con el que se iba a casar. De pronto vio que su hermano le hacía señales desde detrás de la ermita. Rápida se le acercó. Con un dedo sobre los labios, Antonio la cogió de la mano y la llevó hasta uno de los kioscos, ya casi junto al rio, que desde hacía tiempo estaba cerrado. Justo al dar la vuelta a la caseta de madera lo vio. Estaba abrazado a la cintura de una mujer. En el suelo había dos maletas. Una de ellas era la misma que juntos habían comprado con el fin de estrenarla en el viaje de novios. Sin pensarlo dos veces, Jacinta se les acercó. Lo siento, murmuró Daniel con la cabeza baja y los ojos fijos en sus zapatos. Me voy con ella.

Ahora comprendía su nerviosismo, pensó arrebujada en el mantón sin separar la mirada de la maleta. Ahora entendía el porqué de aquel beber malsano de los últimos días. Sintió las manos de su hermano sobre sus hombros. ¿Y mi hermana?, inquirió Antonio. ¿Quién te crees que eres para dejarla plantada en vísperas de su boda? Lo siento, repitió Daniel encogiéndose de hombros. ¿Que lo sientes? Antonio la soltó y lo agarró por la solapa. Daniel, separándose, se agachó a recoger la maleta. Él no podía entenderlo, pero desde que Jacinta le presentó a su amiga Sara, se enamoraron. Volviéndose hacia Jacinta continuó: Ésta es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.

De pronto, en la mano de Antonio apareció una navaja con las cachas de nácar adornadas con filigranas de plata.

Instantes después yacían en el suelo Daniel y Sara, la mujer con la que iba a huir. Los hermanos se miraron. Nadie los había visto. Nadie estaba a su alrededor. Con rapidez echaron al rio el cadáver de la mujer. Luego fueron a por el de Daniel. Al agacharse Jacinta para levantarlo por los pies, una parte del mantón, como si fuera un sudario, resbaló sobre el cadáver.

Apenas habían pasado veinte minutos cuando volvieron a sentarse a la mesa con todos los demás.

Días después, cuando los cuerpos aparecieron rio abajo, nadie entendió aquellas muertes. Nadie no, comentó el sargento al cabo que lo acompañaba. Los jóvenes leen muchas tonterías y este es un suicidio de amor. Seguro que antes del hecho bebieron más de la cuenta. Cierto, cierto, aseveró el cabo. ¡Si es que estas fiestas nunca acaban bien, mi sargento!

***

¡Qué mancha más rara!, exclamó mi prima. Mas bien yo diría qué pena, pronunció mi madre examinando la mancha. Un mantón tan bonito echado a perder por no haberlo limpiado a tiempo comentó pensativa. Si lo doblas bien, siempre podrás usarlo, añadió una de mis hermanas. Total, esa mancha solo está en uno de los cuartos, dijo otra mientras acariciaba la pulsera que a ella le había tocado. Además, no sé por qué habéis dicho que es de sangre. Esa mancha puede ser de chocolate, de café o de cualquier otra bebida. En cualquier caso, Jacinta, déjamelo a mí, que lo llevaré al tinte a ver si pueden limpiarlo.

Desde entonces, el mantón que me dejó en herencia mi abuela, lo luzco limpio, sin mancha alguna, siempre que tengo ocasión.

© Malena Teigeiro

Todo arreglado

Liliana Delucchi

—Mariana Álvarez del Valle, ¿quieres por esposo a…?

—¿Usted qué cree? —interrumpió la joven al sacerdote a la vez que soltaba el broche de sujeción del mantón de Manila que cubría su vestido de novia.

En la iglesia, el tiempo se detuvo en un silencio duro, pesado, seguido de murmullos de sorpresa.

Pero esta historia comenzó años atrás, cuando tres adolescentes pasaban los veranos juntos. Dos chicos y una chica. Fueron inseparables hasta que llegó el momento de ir a la universidad. Dos de ellos, Mariana e Ignacio, coincidieron en la elección de facultad y…, se enamoraron. Antonio quedó fuera de la ecuación y el rencor que pudo haberse diluido con los años, se acrecentó. Rencor hacia Ignacio, amor obsesivo por Mariana. El resentimiento crea telas de araña en las mentes de los desdichados y quienes no pueden escapar a veces urden situaciones descabelladas.

Cuando Ignacio decidió ingresar en el Servicio Diplomático, Antonio hizo otro tanto, al punto de lograr que les dieran el mismo destino: Filipinas. Para entonces, Mariana e Ignacio se habían prometido y para la ocasión el novio le regaló a su enamorada un mantón de Manila.

Ella regresó a Madrid para organizar la boda y allí se enteró de que las cosas entre los que fueran amigos no iban demasiado bien. Decir que no iban demasiado bien es quedarse corto: del despacho de Ignacio desaparecían documentos confidenciales que de alguna manera apuntaban a haber sido sustraídos por la gente de su ami-enemigo. De pronto, en esa legación diplomática donde rara vez ocurría algún suceso digno de mención, se filtraban secretos de estado, desaparecían fondos y hasta la residencia del embajador fue objeto de vandalismo.

Mariana escuchó por teléfono la voz desesperada del amor de su vida relatándole los acontecimientos que lo ponían a él en el punto de mira. Tan atribulado lo encontró, que no fue capaz de decirle que estaba embarazada, por si la noticia le suponía más preocupación que alegría.

Esa fue la última conversación que tuvieron. Lo siguiente que supo la joven fue que su futuro marido había sido detenido y estaba rumbo España para ser encarcelado por divulgación de secretos de estado. Ignacio no soportó semejante ignominia: su nombre, su reputación…, no es que estuvieran en entredicho, sino por los suelos. La versión oficial fue que, víctima de una depresión, se ahorcó en la cárcel. Mariana no creyó nada de todo eso: ni sobre las revelaciones ni el suicidio.

Supo, no sólo por intuición e inteligencia, sino por la secretaria del desaparecido, quién estaba detrás de todo aquello: el mismo que se ofreció a casarse con ella para salvarla de la vergüenza de ser una madre soltera.

—Nadie lo sabrá, querida. Tu hijo será mi hijo —dijo Antonio cogiéndole las manos—. Además, tú sabrás diseñarte un vestido de novia para que nadie note tu incipiente embarazo.

—Gracias, eres el mejor y sé que serás un buen padre —la voz de Mariana denotaba su gratitud—, aunque tendremos que esperar un poco. Y no te preocupes por mi vientre —agregó—. Sabré disimularlo. Nadie olvidará jamás esta boda.  Me ocuparé personalmente de ello.

Y lo hizo.

Antonio no podía creer la felicidad que le deparaba el destino.

Cuando se abrieron las puertas de la iglesia, los asistentes vieron una  novia que cubría la parte superior de su traje blanco con un mantón de Manila sujeto por un broche en el hombro izquierdo.

El rumor que recorrió el templo ante dicha visión no fue nada comparado con el que siguió  a la respuesta de Mariana al sacerdote cuando le preguntó si aceptaba a Antonio como esposo:

—¿Usted qué cree? —soltó el broche que sujetaba el mantón dejando al descubierto sus pechos así como su quinto mes de embarazo─. Por cierto, mi hijo, que es un varón, se llamará Ignacio, como su padre.

© Liliana Delucchi

¿Dónde vas con mantón?

Marieta Alonso

La bisabuela tenía unos primos que vivían en Manila y, en su viaje de vuelta a España tras la independencia, le trajeron un mantón de regalo. Desde entonces, fue un tesoro para la familia. Tiene bordados de flores y pájaros de distintos colores y unos preciosos flecos.

Se dice que ese lienzo cuadrado de seda es de origen chino, a pesar del nombre. La Señá Candelas, así llamaban a mi bisa, una vez al mes, lo sacaba de la caja donde lo tenía guardado, lo aireaba y lo dejaba caer sin doblar. Nunca tuvo ocasión y cuando surgió la oportunidad no se atrevió a lucir tan lujosa prenda.

Solo tuvo hijos, nada de nietas, pero al fin, llegó la niña en la cuarta generación y hay que ver, esa bisnieta, el aire que le da al mantón. Que si en una boda, que si bailando flamenco, que si anudado a la altura de las caderas para ir a la verbena de la Virgen de la Paloma.

La chica sigue la tradición guardándolo con sumo cuidado. La última vez que lo usó, su padre pesaroso, manifestó:

—¡Qué lástima, que no te vea mi abuela!

Le dio un beso emocionado y entonces se oyó una voz nacida de no se sabe dónde:

«Que no la veo, eso es lo que tú te crees».

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Desfile de moda

15 febrero, 2026 por Akelarre 1 comentario

Desfile 2

El desfile

Los desfiles de moda se originaron en París a mediados del siglo XIX con el diseñador Charles Frederick Worth, modisto de la emperatriz Eugenia de Montijo, quien comenzó a presentar sus colecciones usando modelos vivos en lugar de maniquíes. Inicialmente, estos eventos se realizaban en los talleres de los diseñadores para un grupo selecto de clientes. Con el tiempo, la práctica evolucionó hacia desfiles más teatrales, los cuales se abrieron a la prensa y al público, convirtiéndose en eventos sociales para mostrar y vender las nuevas tendencias.

Este mes, bolígrafo en mano, nuestras cuentistas se han sentado en el front row de algunos desfiles, para contarnos cuatro historias que tienen lugar en la pasarela o entre bastidores. Esperamos que los disfrutéis.

Un porte diferente

Cristina Vázquez

La loca

Malena Teigeiro

Primera fila

Liliana Delucchi

Todo cambia en un segundo

Marieta Alonso

Un porte diferente

Cristina Vázquez

Cada vez que se sentaba, una especie de ardor surgía en sus orondas posaderas. No porque le sucediera nada ni tuviera ninguna enfermedad o malformación. Simplemente tenía unas potentes caderas que sabía despertaban admiración en algunos hombres de edad madura, y envidia en alguna amiga delgaducha. Se sobreentendía que en esa sociedad atrasada en la que vivían era un buen argumento para encontrar marido.

Sin ningún fundamento, se asociaban esas hechuras a ser una buena paridora de prolífica descendencia, pero a Nadine todo eso le daba igual. Ella quería salir de ese país oriental, en el que siempre estaba rodeada de familia, primos, tíos, abuelos y cada cual iba a la casa de los demás sin avisar. Todos vivían en el mismo edificio y en el piso de los abuelos, el más grande, se comía y cenaba bajo la atenta y dominante mirada de la obesa dueña de la casa, que pasaba toda la mañana en la cocina dando instrucciones y gritos. Las tardes, si hacía bueno, la dejaban salir con las primas a dar una vuelta acompañadas de una institutriz francesa o alemana.

Eran muy ricos y muy brutos. El dinero les había llegado en forma de pozo de petróleo y aunque buscaban profesores y señoritas europeas, muchos no aguantaban por el desorden y falta de educación. Podían quedarse hasta la madrugada jugando a las cartas o al backgamon discutiendo a gritos entre distintos parientes.

Pero por fin llegó la revolución y se quedaron muy pelados. Un halo de tragedia envolvió a la familia: el padre en la cárcel, el tío cosiéndose joyas en el fondo de los bolsillos para irse al extranjero, una prima desaparecida... Todo un lío que Nadine miraba con una mezcla de pánico y expectativa, atisbando la posibilidad de poder salir de esa vida. Y salió, a trancas y barrancas. Pasando miedo y atravesando Europa llegó al soñado París que tantas veces le había relatado su profesora francesa.

—¡Oh, la,la! —soltó al entrar en el destartalado piso de Harum, una prima que la acogió.

No tenía palabras para demostrar la decepción, el cansancio y el terror que la invadía pensando en su futuro.

—Nadine, querida, te ayudaré un tiempo hasta que encuentres trabajo.

La abrazó y después le mostró el recodo del pasillo donde le había preparado un camastro. Era todo lo que le podía ofrecer. Le puso ambas manos sobre los hombros. Su mejor consejo era que olvidara las ayudas prometidas, las maravillosas tardes de verano junto al lago, los dulces, el tener todo servido y cada deseo otorgado al segundo.

—Hay que trabajar para vivir y no sabemos hacer nada útil.

Pero, levantó un dedo, hablaban bien francés e inglés, tenían un físico exótico, eran finas y educadas, si no se rascaba mucho, y ese era su único bagaje. La miró de arriba abajo. En cuanto adelgazara un poco, lo cual iba a ser fácil porque no comían mucho, sacarían partido de su físico. Ella se iba a ocupar, y le dio un cariñoso azote en el trasero.

En un par de días encontró trabajo en un restaurante. Recibía a la gente, la acomodaba en la mesa y ayudaba sirviendo agua y vino. Le pusieron un traje negro con un cinturón que marcaba su fina cintura y sus hermosas ancas, como aseveró el dueño, un rubio gordote y aficionado al burdeos. Nadine pensó que daba igual el lugar que estuvieras en el mundo, siempre había una mirada salaz para sus hechuras. ¡Bienvenidas sean! Se dijo la primera noche al caer reventada en su diminuto catre. Así, seguro que adelgazaré. Tantas horas de pie sin parar me saldrán varices. Hizo un intento de apartar de su cabeza los dulces que repartía la abuela y las meriendas en el café Lyon, donde se reunían las institutrices francesas de otras familias, las joyas que les regalaban en los cumpleaños, el olor de los cedros…¡Bah!

Muchos días iba a comer al restaurante un discreto señor vestido de negro, a veces con una mujer que parecía su hermana, otras solo y otras con un joven. Era un hombre tímido absorto en sus pensamientos ensombrecidos por cierta melancólica expresión. La miraba de una manera diferente, como quien calibra unas medidas o una obra de arte. Nadine le sonreía y él devolvía la sonrisa y bajaba la cabeza como avergonzado.

Un día que iba acompañado por la que luego confirmó era su hermana, él se fue. Ella, al ir a pagar, le dijo quién era y que le agradecería se pasara el día que le indicaba por la Maison Dior.

—A mi hermano le ha interesado su porte y le gustaría hacerle una prueba.

Se atropelló en la contestación. Por supuesto, iría encantada. Mil gracias. Se sentía feliz. La acompañó hasta la puerta y vio que en la calle la estaba esperando, apoyado levemente en la pared, el señor Dior.

Llegó tan nerviosa a la cita que se tenía que sujetar una mano con otra para que no se le notara el temblor. La noche anterior se había pintado con esmero la puntera de sus desgastados zapatos. La hicieron pasar a un salón vacío con una pasarela larga en medio. Una voz educada, pero contundente, que no veía de quién era, le pidió que se descalzara y avanzara con naturalidad por la pasarela.

—Dese la vuelta y pase otra vez, por favor.

Luego apareció una mujer de mediana edad, de labios finos pintados de rojo, vestida con un elegante uniforme negro que le dio un vestido, zapatos de tacón, guantes largos y un sombrero.

—Si es tan amable, póngaselo.

Así lo hizo, y frente a Nadine surgió en el espejo alguien con quien le costaba identificarse. ¡Qué elegancia!

La llevaron otra vez a la pasarela y la misma voz de antes le pidió que se pusiera una mano en la cintura.

—Por favor, camine tranquila con la vista puesta hacia el final, como si allí la esperara un tesoro.

La contrataran como modelo. Tuvo un tiempo duro de aprendizaje y luego de trabajo, pero lo recordaría como la época más feliz de su vida y como anécdota, le contaba a su sorprendida parentela exiliada, en torno a un plato típico de su país que hacían los domingos:

—Que sepáis que estas caderas que tanto me han hecho sufrir, han sido mi talismán para que me contrataran.

Su especial figura, le dijo con el tiempo la persona que le hizo el contrato, tan alta y con esas caderas tan bien marcadas, han fascinado al señor Dior.

© Cristina Vázquez

La loca

Malena Teigeiro

Desde pequeña Carmiña quería ser modista, pero de las buenas, decía. De esas que hay en la capital. Para ello tenía que coser muy bien, le comentaba a su madre mientras daba puntadas y más puntadas a uno y otro vestido. Poco ganará si sigue cosiendo la ropa a mano, comentaron sus padres muy satisfechos del dinero que ganaba la niña. Habrá que comprarle una máquina de coser.

Una mañana madre e hija tomaron un autobús que las llevó a Coruña. Al bajarse en la estación, se dirigieron directamente a la calle de San Andrés. Según les habían contado, allí se encontraban casi todas las mercerías y muchas tiendas de telas. En cualquiera de aquellos comercios seguro que venderían máquinas de coser. Deteniéndose en uno y otro escaparate, pasearon por la calle sin decidir entrar en ninguna tienda hasta que llegaron a Almacenes Losada. Carmiña se paseó entre sus dos largos, estrechos y altísimos escaparates, en los que las telas, de todo tipo y colores, caían desde el techo hasta el suelo como si fueran colas de pavo real. Entre ellas, Carmiña descubrió una seda roja. Sin que su madre entendiera su capricho, compró metros y metros de aquel maravilloso y tieso tafetán. Allí también les indicaron dónde vendían las máquinas de coser Singer.

De vuelta a la aldea, madre e hija la instalaron.

Poco a poco, su fama de buena costurera salió de la aldea e inundó la comarca. Y fueron algunas de las señoras que llegaban de la capital y de otras aldeas las que le llevaron revistas de moda. Y ahí, en una de ellas, encontró la foto de una modelo luciendo un traje de seda rojo. Arrastrando la cola, la bellísima y arrogante mujer, con una mano en la cintura, caminaba por la estrecha pasarela situada entre las sillas del salón de un palacete. El comentario que había debajo de la foto decía que el vestido había sido confeccionado en el atelier de un joven modisto español, que se había ido a vivir en París.

Buscó en los estantes hasta que encontró el envoltorio con la seda roja comprada hacía ya tiempo. Cortó un trocito y la colocó al lado de la fotografía. Era la misma. A partir de entonces, en sus ratos libres, fue confeccionando un vestido igual al de la bella modelo, y mientras daba una y otra puntada, soñaba con encontrar una ocasión para lucirlo.

Una mañana una de sus clientas le dijo que había un desfile de moda en Coruña, y que, si lo deseaba, ella podía conseguirle una invitación. El desfile se iba a realizar en la Casa de la Cultura, y si hacía bueno, las modelos pasearían entre los parterres de los jardines colgantes de San Carlos. Pocos días después, con el traje de seda rojo en la maleta y la invitación en el bolso, la joven subió al autobús que la llevaría a la ciudad.

Con la liviana maleta colgada de la mano, Carmiña atravesó los Cantones y la calle Real hasta la Ciudad Vieja. Le preocupaba que el sol y la ligera brisa que llegaba del mar pudieran estropearle el peinado, igual al de la modelo de la foto. Al llegar a la Casa de la Cultura, entró en el baño de invitados. Sacó su vestido de la maleta y se lo puso. A la hora en que comenzaba el desfile, salió arrastrando la cola de su traje de tafetán rojo. Con la cabeza alta, los hombros echados hacia atrás, y la mano en la cintura, se dirigió hacia una de las salas por la que pululaban las modelos. Se colocó entre ellas y esperó su turno. Al ir a entrar en el jardín una mano la agarró por el brazo. ¿A dónde crees que vas?, inquirió malhumorada una sudorosa mujer. ¿Yo?, pues como ellas, a desfilar. Sin soltarla, la mujer llamó al guarda. Oye, llévate a ésta que no sé quién se cree que es. No se preocupe, señor. Mire, tengo una invitación. Angustiada, mostró la cartulina a su nombre. Señorita, esta invitación es para que se pueda sentar entre esas señoras y ver el desfile, pero no le permite desfilar. El hombre la sujetó por un brazo. Venga conmigo, Dígame, por favor, ¿dónde tiene su ropa de calle?

Lentamente, la dirigió al baño. Allí, en un rincón, continuaba su maleta. La recogió y sin cambiarse, salió del edificio con el rostro ardiendo y los ojos llenos de una niebla que le impedía ver.

Nunca supo nadie cómo consiguió llegar hasta la aldea, ni quién la ayudó, si es que hubo alguien que lo hiciera, pero lo cierto es que, desde que se bajó del autobús, Carmiña, a quien en la aldea conocen como la loca, vive abaneándose en una mecedora abrazada a un montón de seda roja, su vestido, justo al lado de su máquina de coser.

© Malena Teigeiro

Primera fila

Liliana Delucchi

Para Agnes era, otra vez, su último día. El último desfile. A partir de mañana empezaría una nueva vida en su casita del campo. Cultivar el jardín, paseos a caballo, hacer tartas de manzana y sobre todo… ¡Comer! Comer lo que le daba la gana. Mientras se embutía en ese vestido maravilloso que Thomas había diseñado especialmente para ella, trataba de imaginar cómo sería levantarse a cualquier hora y hacer la tabla de gimnasia sólo si le apetecía. Fueron muchos años dedicados a ese trabajo que le permitió recorrer el mundo, disfrutar de una vida que otros apenas pueden vislumbrar en el cine o las revistas y, sobre todo, ser admirada y deseada.

«Las chicas y yo haremos una foto para el recuerdo, el de la última pasarela. Tengo que decírselo para que la hagamos antes de empezar. La guardaré junto a mis grandes tesoros.»

Sin embargo, no era ésta la primera vez que se anunciaba su final como maniquí.

Fue en el último desfile de Georges Deauville durante la semana de París de hace veinte años. Todavía desfilaba para ese gran hombre y diseñador que, lamentablemente, pasó a mejor vida.

Entonces, un día de otoño, anunció su retirada. Lo publicaron todos los medios del sector: la gran Agnes Ardenne abandona la pasarela, pero no la moda, ya que, junto con su amiga, la italiana Laura Damiani, se dedicará en exclusiva al mundo de los guantes, complemento que ya han incorporado las grandes marcas.

Salió en todas las portadas. Sus guantes se vendieron a base de una campaña de publicidad en la que gastó todos sus ahorros. Hipotecó su casa y la de sus padres, invirtió el fondo de pensiones y hasta sus joyas. Todo.

El proyecto lo valía. También el amor por Laura. Su amante se había ocupado de las gestiones, desde los créditos, las cuentas bancarias, el alquiler del local y todo aquello que para Agnes era tan áspero como desconocido. Yo me ocupo, tú no te preocupes, dedícate al diseño que es lo que se te da bien. Cada una a lo que sabe. Todavía resonaban en su mente las palabras de la mujer que amaba y a la que después odió más que a nadie.

Cuando terminó su último desfile, cuando se hubo despedido de sus amigas de toda la vida y llorado en brazos de Georges, cogió un taxi en dirección al maravilloso local que habían comprado para su nueva tienda. Vacío. Ni guantes, ni mobiliario…, ni Laura.

La buscó por todo París, su piso estaba desocupado, la portera le dijo que un señor la había recogido por la tarde y que se despidió de ella con un «Buena suerte, madame Claude». Desapareció de su vida, desapareció de Francia, desapareció del mundo de la moda.

Y ahora Laura estaba allí, el día de su segunda despedida, sentada en primera fila.  Esbelta, elegante, con su mirada perdida y a la vez profunda, capaz de encandilar a cualquiera y con el broche de esmeraldas de la abuela de Agnes prendido de la chaqueta. Temblando de odio, Agnes la contemplaba desde detrás de la cortina.

─¡Qué cara dura! ─sonó la voz de Claudine a sus espaldas─, ¿cómo se atreve a venir después de lo que te hizo? ¿Sabes que mañana le harán una entrevista en Vogue?

─Eso si llega a mañana. Venga, vamos a hacernos la foto de despedida.

Al día siguiente, la prensa especializada se hacía eco de la luctuosa noticia: «Asesinato en el Front Row: durante el último desfile de Thomas Pryce de esta semana de la moda, cuando los guardias de seguridad fueron a cerrar el recinto, encontraron el cuerpo sin vida de la italiana Laura Damiani.»

Desde el tren que la lleva camino a su nueva vida, Agnes contempla el paisaje mientras aprieta en su mano el broche que fuera de su abuela.

© Liliana Delucchi

Todo cambia en un segundo

Marieta Alonso

Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he comprado nada, pero allí estoy.

Aquel día amaneció a cero grados, caía agua nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me quedé curioseando, como siempre.

En mala hora.

Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la vejez había dejado un río de sangre.

La pasarela, muda y solitaria, despertó y se oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba. Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.

Era la policía.

Me explicaron que aquella señora, una maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto de mi imaginación.

Lloré por aquella mujer que no conocí en vida. Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre, mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a la compra, a los desfiles, a los entierros.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Los estudios de cine

15 enero, 2026 por Akelarre 2 comentarios

Estudios de cine

Estudios de cine

Los orígenes de los estudios de cine se remontan a finales del siglo XIX con la invención del cinematógrafo por los hermanos Lumière, quienes realizaron la primera proyección pública en 1895.

Sin embargo, los incipientes estudios de producción se establecieron poco después, como el Black Maria, de Thomas Alva Edison, considerado el primero del mundo.

Inicialmente, el cine era visto como una curiosidad o un espectáculo de feria, pero su potencial como industria creció con la expansión de las producciones y la evolución del lenguaje cinematográfico.

Este mes hemos querido beber de su magia para incorporarla a los cuatro relatos que esperamos estén a la altura de quienes nos regalaron tantos buenos momentos.

Al otro lado

Cristina Vázquez

Soñar no cuesta dinero

Malena Teigeiro

Voces

Liliana Delucchi

La ilusión de mi vida

Marieta Alonso

Al otro lado

Cristina Vázquez

Tomasa la payasa. Ahí viene la cómica de la legua. Haz una gracia, Tomasa.

La pelirroja de nariz prominente y gafas de culo de botella no se llamaba Tomasa, ni era cómica, simplemente se había convertido en la graciosa de la clase. El bufón dispuesto a recibir las burlas. Realmente se llamaba María Isabel, como su madre y su abuela, la cual hacía mucho hincapié en mantener el María y no dejar el nombre con un simple Isabel.

—Por supuesto, así me llama todo el mundo —afirmaba la niña con cara inocente—. Y tampoco olvido que es nombre de reina y hay que llevarlo con dignidad, abuela.

La anciana sonreía aprobando lo bien que la nieta entendía la importancia del modo, de las formas para conseguir el respeto en la sociedad. Menos mal, comentaba con desaliento, que la niña parece lista, por lo menos espabilada, porque fea lo era un rato largo. Y miraba a su hija, la desafortunada madre que había traído al mundo, de aquella manera tan poco respetable, a esa criatura rojiza y rara.

—Claro, que si no pensaba revelar quién era el padre, difícil sería saber los antecedentes de la niña.

Y así fue. Nunca confesó el desafortunado accidente, como se lo recriminaba a sí misma, que tuvo con ese actor de telecomedia. Era un hombre simpático, atrevido y pelirrojo. Si salía en la televisión o en alguna película, la mujer sentía una lejana emoción y lo miraba con perversa fijeza, por la curiosidad y temor de cómo podría evolucionar su hija.

La hija evolucionó a su manera, transformándose en una joven largirucha, interesante, simpática y con vocación artística, cosa que inquietaba a la madre, que la obligó a estudiar Derecho para ganarse la vida con dignidad. Ella, por su cuenta y a escondidas estudió en la escuela de cine, guion, interpretación y dirección.

Empezó interpretar algunos papelitos, sobre todo cómicos, que le dieron su pequeña cuota de fama. Se acordaba con rabia de cuando la llamaban Tomasa la payasa y de todo lo que aguantó para ser aceptada. Fea y sin padre, pobre Tomasita la payasita. Pero ella quería estar al otro lado, detrás de la cámara, como Maria Isabel o Isabel a secas, y así compensar sus deficiencias de antaño. Ser igual que un pequeño demiurgo que trenza y destrenza la vida de los personajes. ¡Corten!

Al hacer el casting de la película que había escrito e iba a dirigir, apareció un tipo largirucho, con una nariz prominente y pelirrojo. Parecía estar muy cansado, transmitía la sensación de que ya era muy mayor para seguir exponiéndose a ser escogido o rechazado. Pulgar arriba o abajo. Ese aire de fatigoso desencanto la atrajo. Algo en él la conmovió. Al terminar de decir el texto de la prueba, se paró ante ella.

—A mí, donde me hubiera gustado estar es en ese lado, en esa silla —alzó los hombros—, pero nunca lo conseguí.

Esa confesión tan sincera hizo que sintiera simpatía por ese hombre. No era fácil encontrar a alguien que confesara su derrota con tanta afabilidad, sin un ápice de autocompasión. Simplemente describía un hecho.

—Pues ayúdeme a dirigirla. Seguro que tiene mucha experiencia.

© Cristina Vázquez

Soñar no cuesta dinero

Malena Teigeiro

Tengo sesenta años, y todavía espero con ilusión el papel de protagonista en una película. No un papel cualquiera. No. Espero que me llamen para hacer una interpretación por la que se me recuerde durante toda la eternidad. Algo así como el de Rita Hayworth en Gilda. Más de una vez interpreté en el espejo de mi habitación la escena del guante. Aunque he de reconocer que por más que lo intento nunca consigo igualar su escorzo, ni su mirada, ni su divina picardía. Quizá ése no sea mi estilo. También imito a Ingrid Bergmann en Casablanca. ¡Qué dulzura! ¡Qué sensual amor desparrama la mirada de esa mujer al despedir a su amado en aquel pequeño aeropuerto! Tampoco nunca conseguí sacar a mis pupilas esa luz dulce, tranquila de fiel enamorada de Katharine Hepburm, esa que trasluce en cada escena de sus películas por aquel que, según cuentan, tanto la amaba. Claro que yo nunca estuve enamorada.

Sin embargo, a fuer de ser sincera, he de reconocer que a la que más me gusta imitar es a Ava Gardner. ¡Qué ojos! En eso creo que me parezco un poquito a ella. ¡Qué desparpajo! En eso no me parezco nada. ¡Qué bondad la suya! Ahí ya no sé qué decir.

En fin, le contaré que mi deseo por ser artista comenzó sin que yo lo supiera. Fue la mañana que llegué de la mano de mi madre a Hollywood hace ya más de cincuenta años. Ella creía que yo era más guapa, más lista, y mucho más graciosa que Elizabeth Taylor, por aquel entonces la niña de moda. Ninguna de las dos entendimos nunca por qué los productores no me supieran ver. He de decir que mi convencimiento no era propio, es decir, venía de las palabras de aliento de mi querida progenitora. No te importe, me dijo un día después de una prueba que ni tan siquiera me dejaron terminar, falta un día menos para que se den cuenta de lo que vales.

Decidida a tener paciencia durante lo que durara la espera hasta ese día en que me iban a descubrir, trabajé en algún que otro papel. Por ejemplo, soy la que barre el andén en Con faldas y a lo loco, o la cajera de… ¡Ya ni me acuerdo! También hice de mono en Tarzán, papel por el que me felicitaron, y de campesina china en un campo de arroz en 55 días en Pekín.

Hace ya unos años me contrataron en este estudio para que ayudara a vestirse y desvestirse, a las actrices. Este trabajo siempre fue muy importante para mí. En algún momento encontraré el hueco para decir: Ese papel podría hacerlo yo. Y esa ocasión ocurrió el día en que la actriz principal, ya muy mayor, había sufrido un mareo que le impidió seguir rodando. El director, desesperado por lo que él consideraba una trágica ausencia, caminaba de uno a otro lado del estudio sin encontrar la manera de terminar la película. La ruina, decía. Esto me llevará a la ruina, gritaba atusándose el pelo. Rápidamente, me coloqué delante de él. Yo podía ayudarlo, dije muy dispuesta. Tengo más o menos su edad, soy igual de alta que ella y las dos gastamos la misma talla de ropa. Me miró de arriba abajo. Se quitó las gafas, limpió los cristales con contenida calma y después de algo parecido a un bufido gritó: Que la vistan y caractericen.

No tuvieron que repetir ni una vez las dos escenas que faltaban por rodar. Me sabía el papel de memoria y no fallé.

No sé por qué, pero se olvidaron de invitarme al estreno. Lo comprendí. Lo que no entendí es que cuando fui a ver la película, solo aparecía de espaldas. Sí. Ni una sola vez se me vio la cara. Y lo más curioso fue que, la actriz principal, ésa que se puso enferma al final del rodaje, había doblado mi voz.

Nada de esto me importó. Sigo aquí. Al menos ahora el director y otros empleados me saludan. Estoy segura de que de un momento a otro llegará mi papel.

¿No creen?

© Malena Teigeiro

Voces

Liliana Delucchi

Hay más cosas en el cielo y en la tierra…
Hamlet – acto I, escena 5.

Eran las cinco y media de una soleada y calurosa mañana en Los Ángeles, cuando la alarma del teléfono despertó a Gladys. Después de un café y una ducha se vistió con ropa cómoda y enfiló su coche en dirección a los estudios.

─Están cerrados, señorita, hoy es cuatro de julio.

─Lo sé, Juan, pero necesito ensayar a solas y, si usted es tan amable, me gustaría pasar ─le mostró la mejor de sus sonrisas.

─Adelante, encenderé las luces.

A pesar de la cálida temperatura exterior, dentro de la sala hacía fresco, lo cual, unido a la soledad del lugar, le produjo un escalofrío.

Gladys se maldijo por no haber llevado un termo con café, ese día no trabajaban los del catering y tendría que arreglarse con unas botellas de agua.

Se situó en una posición cómoda frente a las luces y comenzó sus ejercicios de dicción. Poco a poco fue desgranando el texto que, si bien había memorizado, llevaba impreso en el cuaderno entregado por el director.

─No se te oye ni en la tercera fila. Si en vez de una película fuera un teatro, te echarían a patadas ─dijo una voz femenina algo aguardentosa.

Sorprendida, Gladys miró hacia todos lados. El recinto estaba vacío, ¿quizá alguien se había colado la noche anterior? Recorrió el estudio en busca de la dueña de esa alocución tan agresiva como inesperada.

Nadie. Se frotó los ojos y, recogiéndose el pelo en una coleta, se armó de valor:

─¿Hay alguien ahí?

─Sí, querida, pero no puedes verme, sólo oírme ─contestó la voz con acento británico.

─¿Te conozco?

Una carcajada precedió a la respuesta:

─Claro, tú y miles de personas más. No sé cuál fue mi última película que viste.

Un temblor volvió a recorrer el cuerpo de Gladys. Miraba hacia todos los rincones tratando de descubrir de dónde salía la voz. Nada. «Algún gracioso me la está jugando», pensó para seguir con unos ejercicios de respiración, tratando de controlar su miedo. Con un tono que intentaba mostrar seguridad, casi gritó:

─Me he levantado temprano un cuatro de julio para estar sola y poder ensayar. Por favor, seas quien seas, déjame en paz.

Su voz retumbó en el espacio vacío y al cabo de unos minutos, comenzó a recitar su parlamento. Corrigió la modulación un par de veces hasta que consideró que era la apropiada. Ahora tocaba incorporar los movimientos. Recurrió al guión para respetar cada uno de ellos de acuerdo con las instrucciones que recordaba del director.

Una y otra vez, una y otra vez, hasta que sintió que podía presentarse al día siguiente con lo logrado. En cierto sentido estaba complacida con el resultado.

Para cuando abandonó el estudio, el guardia ya se había marchado. Debe ser bastante tarde. El ruido de su estómago corroboró su pensamiento. Pensaba ir a nadar un rato, pero mejor comía algo y descansaba. Más tarde retomaría los ensayos en casa.

Durante todo el trayecto hasta su apartamento, no dejaba de recordar esa voz de mujer. La había oído en otro lugar…, pero ¿dónde? Puso música. Sin embargo, contrariamente a lo habitual ─cantar mientras conducía─ se mantuvo en silencio. Una y otra vez sonaban en su mente las palabras oídas en el estudio.

Más tarde desdeñó las invitaciones para ir a celebrar una fiesta en la playa. Mejor me quedo viendo una peli. Si ella dijo que la conozco, quizás deba buscar en los canales clásicos. Una a una fue pasando las carteleras con el sonido de fondo de las voces de los actores. Y entonces…, la encontró.

─Ahora te entiendo, Vivien. Soy solo una hormiguita si me comparo contigo.

─De eso nada. No seas llorona ─contestó la voz que parecía salir de un armario─. ¿Acaso crees que a mí me resultó fácil? Años y años de repeticiones y llantos a escondidas ─se hizo un silencio. Segundos después, continuó con un tono más suave─, Díselo, Larry, tú estabas ahí.

─Estaba allí para consolarte y que tú me consolaras ─contestó una voz masculina─. Y ahora, querida niña, aquí estamos para consolarte a ti. Y, si nos lo permites, para guiarte.

Gladys se sirvió un vaso de whisky y lo bebió de un trago.

─Eso también lo hacíamos, a veces ensayábamos tan borrachos que al día siguiente no recordábamos lo que habíamos hecho ─dijo él─. Pero vayamos poco a poco.

─Larry, ¿por qué no ensayas con ella esa escena que se le resiste?

─Encantado. ¿Te parece bien, querida?

─Si esto es un sueño, no quiero despertar ─respondió Gladys─ ¡Yo, ensayando con el gran Lawrence Olivier!

La mañana siguiente, en un estudio repleto de actores, técnicos, y todos los trabajadores que hacían posible la magia del cine, el director de la película dio por buena la primera toma que hizo Gladys.

─Perfecto, jovencita ─dijo a su primera actriz─ veo que has estudiado todas las posibilidades. Por un momento me has recordado a Vivien Leigh.

© Liliana Delucchi

La ilusión de mi vida

Marieta Alonso

De niño me enamoré del cine. Y hasta hoy. Soñaba con ser director de películas, que suena bonito, hasta que aprendí otra palabra: cineasta. Eso, eso es lo que quería ser cuando fuera mayor. Me veía como Alfred Hitchcock, dirigiendo, decidiendo, supervisando y a los cincuenta años lo conseguí. No logré su talento, pero sí, lo contundente de su cuerpo, el mentón, la mirada... Cuando me pongo traje me confunden con él. He visto todas sus películas. No tienen desperdicio. El suspense y el thriller psicológico, me llevan al éxtasis.

También quise ser como Federico Fellini y el cuerpo también me acompañó. Tenía un cierto aire. «La dolce vita» quedó grabada en mí para siempre. Tomé una de sus frases y la repetí a lo largo de mi vida: «Soy un artesano que no tiene nada que decir, pero sabe cómo decirlo.»

Otro de mis héroes fue Steven Spielberg, aunque nunca conseguí parecérmele en el físico. Aún recuerdo los nervios al ver «Tiburón», la llantina con «E.T., el extraterrestre» cuando dijo: «mi casa», y las aventuras que corrí con todas las pelis de «Indiana Jones».

Nunca visité un estudio, pero si quieren que les hable del mundo del celuloide me puedo remontar hasta el cine mudo. Jamás fui cineasta ni guionista y mucho menos productor. A lo más alto que llegué fue a acomodador del cine de mi pueblo.

Creo que nadie ha sido tan feliz como yo viendo una película.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Cápsula interestelar

15 noviembre, 2025 por Akelarre 1 comentario

Cápsula Vostok Yuri Gagarin

La cápsula interestelar de Yuri Gagarin

El 12 de abril de 1961, el ruso Yuri Gagarin realizó el primer vuelo espacial tripulado, un evento histórico que abrió el camino a la exploración del espacio. Su vehículo, el Vostok 1, orbitó la Tierra a una velocidad de 27.400 kilómetros por hora, con una duración de 108 minutos.

Esa es la razón por la que la Asamblea General de la ONU, a través de su resolución A/RES/65/271, aprobase el 12 de abril como Día Internacional de los Vuelos Espaciales Tripulados.

Este mes, nuestras cuentistas se han metido en diferentes cápsulas,  interestelares o no, en un vuelo de imaginación, con personajes que si bien no han explorado el espacio exterior, sí lo han hecho en el interior.

Esperamos que disfrutéis del viaje.

La cartita

Cristina Vázquez

El crucero

Malena Teigeiro

Noche de estrellas

Liliana Delucchi

Pionero

Marieta Alonso

La cartita

Cristina Vázquez

La vida entonces era en blanco y negro, y más aún en las Navidades que nos reuníamos en la casona familiar en un valle del norte. Llovía, la luz era floja, como sin ganas de brillar. Mi primo Ernesto decía que esa luz no se veía desde el universo, que le habían dicho que se borraba difuminada como una acuarela sin gracia.

—Eso lo ha dicho un ruso que ha volado por la atmósfera —afirmaba riguroso.

En la solana, acodados a la barandilla los que alcanzábamos la altura, mirábamos al infinito con la certeza de que también quedaríamos difuminados en ese incierto universo.

Nos vigilaba la profesora de ruso de nuestro primo, madame Natacha, que hacía las veces de cuidadora en las épocas de vacaciones, pues no tenía familia ni dónde ir.

—Es una rusa blanca —confesaba sottovoce Ernesto.

Nosotros la mirábamos tratando de encontrar esa blancura y aunque fuera rubia, nada nos llevaba a descubrir cuál sería el níveo secreto que debería esconder. Había tenido que huir porque unos revolucionarios mataron a su familia, continuaba nuestro primo pasándose el dedo por el cuello. Como era el mayor, a sus catorce años nos parecía que tenía unos conocimientos increíbles de la historia rusa, gracias a madame Natacha, y de la vida en general. Además de chapurrear el idioma, sabía escribir algo en cirílico, lo que le volvía a nuestros ojos un personaje casi de leyenda.

La tal madame Natacha arrastraba un cierto aire melancólico. Era una viuda en la cuarentena de un médico español y casi toda su vida adulta la había pasado en España y un poco en Francia. Esto le daba un cierto aire exótico que ella promovía cantando algunas baladas en su incomprensible idioma, rematadas con unas frasecillas en francés que la obligaban a fruncir la boca. Yo veía que mi tío Andrés, el padre de Ernesto, hacía el mismo gesto de fruncir los labios a la vez y se le ponían unos ojillos abesugados igual que si fuera a llorar, pero de emoción, no de pena. Mi tía Luisa se quedaba mirándolos igual que una severa profesora y hacía algún ruido con los cubiertos o carraspeaba para que se deshiciera el hechizo.

Decidió que sería mejor que esa rusa comiera aparte con los niños. Para nosotros fue más relajado y divertido, pues la apenada profesora tenía la mirada un tanto perdida y nos dejaba en paz, sin continuas correcciones. Durante una de esas comidas nos propuso que escribiéramos una carta al héroe ruso, Yuri Gagarin, el primer hombre que había subido en un Sputnik a atravesar el espacio.

—Yo estoy feliz porque el héroe es ruso —nos decía acongojada— y triste porque sea comunista.

A lo mejor hasta le habían obligado al pobre hombre, se lamentaba, aunque demostraba esa valentía característica de su pueblo. En esas comidas le pedíamos que nos contara historias de cuando vivía allí, lo más truculentas que pudiera. Ella empezaba siempre en un tono lastimero al que no le faltaba más que un fondo de balalaika y luego entraba en detalles terroríficos que nos fascinaban.

Un día, durante la tarde lluviosa que nos impedía dar el paseo diario, nos obligó a que escribiéramos una felicitación a don Yuri. El tío Andrés, que iba a ir a París en breve, se la podía llevar con él y hacérsela llegar desde Francia.

Nos pareció una idea excelente, menos a Ernesto que opinó era ridículo mandar una estúpida cartita a un señor que no veríamos nunca y, además, su padre no se iba a Francia. ¡Si no viajaba nunca! Sus palabras iban cargadas de un inhabitual enojo.

Pese a todo, escribimos la felicitación y en el breve tiempo de tres días desapareció la cartita, madame Natacha y el tío Andrés.

Nunca recibimos ninguna respuesta de don Yuri, que así quedó etiquetado el ruso vuelaespacio, ni noticias de madame. Sí se recibió, en cambio, aunque a los niños no nos dejaron leerla, una carta del tío Andrés despidiéndose amablemente de su familia y diciendo que ya hablaría con Ernesto cuando fuera un poco mayor.

Au revoir, puso al final haciéndose ya el francés.

© Cristina Vázquez

El crucero

Malena Teigeiro

Discutí con él. Él es mi novio. Luego lo hice con mi madre, con mi padre y con alguno de mis hermanos. Estos últimos fueron los peores. Y todo porque no estaba dispuesta a hacer lo que «me correspondía». Es decir, tenía que vestir y arreglarme como la señorita que era.

Esa fue la primera vez que tuve un lío con mi madre. Y todo por su culpa. Sí, por su culpa. El día que cumplí los diecisiete años, me dijo que ya tenía edad para ir a comprarme sola la ropa que necesitara para el verano. Con aquel dinero, y luego de mirar en las redes lo que estaba de moda, me compré lo que me gustaba. A continuación, cargando bolsas y paquetes, fui a la peluquería y me corté la larga melena de la que mi madre se sentía tan orgullosa. Y me lo teñí de rosa. Y me pinté las uñas de negro. Y le pedí a la peluquera que me enseñara a maquillarme. ¡Qué lindos ojos me dejó! Al aletear las largas y nuevas pestañas me sentía como la heroína de cualquier película.

Volví feliz a casa.

Esa felicidad se acabó en cuanto me vieron. Mi primera discusión fue con él, como ya he dicho, con Ernesto, mi novio. No le gusté nada y acabamos como el rosario de la aurora, a velazos. Luego vino lo de mi casa. Al verme nadie habló, pero nada de nada. Eso sí, abrían mucho la boca y me señalaban con el dedo. De dónde vienes, qué te has hecho, fue lo primero que dijeron. Después… Eso ya estuvo peor. ¿Qué Por qué? Verás. Querían obligarme a que devolviera todo lo comprado. El pelo le crecerá, y lo otro, tampoco tenía tanta importancia, decía mi abuela que era la única a la que, al parecer, le había hecho gracia mi nuevo look. Ahora mismo vas y devuelves todos esos trapos, gritaba mi madre. Lo cierto es que ella no gritaba, nunca lo hizo. Lo que sucedía era que el tono de su voz se volvía metálico, tan metálico, que cualquiera que lo escuchara tenía ganas de desaparecer.

Me negué. Ese día, como si me hubiera metido en una cápsula que no permitiera que me llegaran sus voces, me negué. Y lo hice con una contundencia que ni yo misma conocía. No iba a devolver nada ni tampoco iba a ir a la peluquería para que teñirme el pelo de mi color. Nunca volvería a tenerlo del mismo tono que el de las ratas, susurré muy seria. Vi palidecer a mi madre. Era cierto. Había conseguido hacer lo que nadie hizo nunca, ni tan siquiera mi padre: plantarle cara. Y cuando, orgullosa de mi valor, la miraba, ella se levantó. Me cogió por el brazo y, saliendo al pasillo, me mostró la puerta de mi habitación. De ahí no sales hasta que decidas cambiar, me dijo. No reconocí su voz.

Y desde aquel día, aquí estoy. Encapsulada en mi dormitorio al que solo accede mi abuela, que parece estar de lo más divertida. Ayer me invitó a un viaje. Tan solo tienes que ir a la peluquería, porque de todo lo que te compraste, no queda nada. Después de mucho pensar me pedí por Amazon un tinte para el pelo. Desde luego no de mi color. Un rubio un poco apagado.

Ya satisfecha, mi madre consintió en que fuera con mi abuela, su suegra, a las islas griegas. ¡Qué suerte tenía!, me dijo. Iba a ir en un crucero de Silversea. Quizá la compañía con los barcos más lujosos del momento. Allí podría hacer buenas amistades. Ella, muy satisfecha de sí misma, me ayudó a hacer la maleta. Pantalones de hilo, ni un solo vaquero, camisas de batista, nada de camisetas de las que enseñan el ombligo, vestidos para las cenas, trajes de baño enteros… Todo un lujo de aburrido y perfecto vestuario. Mi madre añadió a mi neceser una barra de labios rosa clarito, un lápiz de ojos parduzco y un esmalte de uñas rosa pálido, a juego con el pintalabios. Así lucirás divina. Como una perfecta señorita, decía mientras me maquillaba.

Abandoné mi cápsula y junto con mi abuela, quien como las señoras de toda la vida iba cargada de maletas, entré, ¡al fin!, en mi camarote.

Comencé a colgar mis prendas. Las lágrimas me rodaban por las mejillas con más dolor que si se hubiera muerto mi perro favorito. La abuela me miraba hacer. No hay duda de que tu madre te ha dotado de un equipaje que haría feliz a cualquier princesita. Me giré hacia ella. Entonces ya incluso me caían los mocos. Sin hablar más, me cogió por el codo y me llevó a la tienda del barco

—Deme todo lo necesario para que mi nieta no parezca salida de una cápsula del tiempo —le ordenó a la dependienta mientras revolvía un perchero tras otro.

© Malena Teigeiro

Noche de estrellas

Liliana Delucchi

─¿Ya está en casa? ─Preguntó Raquel mientras trajinaba con las bolsas de la compra.

─Sí ─contestó su hermana─, deja todo sobre la mesa que ya lo organizaré dentro de la nevera─. Gracias por traerlo. Es su primera noche de las estrellas desde que Perico no está. Quiero que la disfrute como entonces ─Dolores intentaba parecer tranquila, aunque su rostro demostrara lo contrario.

─Es un niño inteligente, pero a su edad es difícil procesar la muerte de un padre. Esperemos que el nuestro lo ayude a transitar por el duelo. ¡Mierda! ─Soltó al ver que se le había caído el frasco de la pimienta─, no te preocupes yo lo recojo.

─No pasa nada. Están en el garaje, hace un rato los oí reír y hacer mucho ruido con cosas de metal ─respondió Dolores mientras empuñaba una escoba y un recogedor.

─¡Bien! Podríamos preparar un picnic y subir al cerro ─la mayor se ató un delantal sobre el vestido─, allí hay menos contaminación lumínica y se verán mejor.

─Buena idea, ¿preparas tú la tortilla? Se te da mejor que a mí.

─Por supuesto, querida ─la abrazó por la espalda, susurrándole al oído─. No tienes más que pedir.

Dos pisos más abajo, un anciano y un niño intentaban destapar un gran aparato.

─Esta lona es muy pesada, abuelo, ¿no tenías otra más ligera?

─Así se hacían las cosas antes, ahora todo es liviano, portátil y fácilmente transportable ─el hombre emitió un carraspeo─, cuando construí esta nave, todo era así. Necesitaremos ayuda para sacarla al jardín.

─Oí que mamá y la tía Raquel quieren que subamos al cerro, dicen que las Perseidas se ven mejor desde allí.

─Cambiarán de idea cuando vean este mamotreto.

El chico dio varias vueltas alrededor del gran bulto, tirando de la tela que lo tapaba y estornudando cada tanto a causa del polvo acumulado. De pronto lanzó un grito:

─¡Qué pasada! ¿De verdad lo construiste tú?

─Con ayuda de mi padre, era lo que hoy llamaríais un manitas.

─Cuéntame la historia.

El anciano se acomodó sobre un banco, se sonó la nariz con un antiguo pañuelo de algodón y miró hacia el techo, buscando inspiración para su relato:

─Una mañana de 1961, cuando yo contaba doce años, encontré a mi padre fascinado con lo que estaba leyendo en el periódico. «Mira, Miguelito, esto sí que es una noticia, un ruso viajó por el espacio ─se ajustó las gafas y continuó─, su nave espacial orbitó la Tierra a una velocidad de 27.400 kilómetros por hora, con una duración de ciento ocho minutos».

Don Miguel se miró los zapatos sucios de polvo y los restregó contra la parte posterior de sus pantalones, levantó la vista hacia su nieto, de pie junto a un remedo de cohete interestelar.

»Tu bisabuelo era un hombre inquieto, de los más curiosos que he conocido, le gustaba inventar cosas, bueno, en este caso fue copiar ─una sonrisa se instaló en la cara del relator y cerró los ojos, como buscando retazos de lo vivido tantos años atrás.

»Al día siguiente nos acercamos al diario para pedirles una foto de la nave. Para un trabajo del colegio del niño, explicó a los redactores. Él sabía convencer, tenía tanto don de gentes que le hubieran bajado la luna si la hubiese pedido.

»Nos llevó casi un año terminar el proyecto, lo pasamos fenomenal, aunque con algún que otro moratón a causa de un martillo o una pieza demasiado pesada que caía sobre nuestros pies, pero…, ¡lo que nos divertimos!

─¿Lograsteis hacerlo volar?

─No, pero esta vez, tú y yo lo haremos. Estamos en el siglo XXI, la era de la tecnología. Antes no teníamos estos recursos ─el viejo cogió una herramienta y la limpió antes de alcanzársela a su nieto.

─¿Todo bien por aquí? ─la pregunta de Raquel desde la puerta hizo un paréntesis sobre el discurso del anciano.

─Todo bien, querida. ¿A qué hora comemos?

─En diez minutos, si os parece bien.

La comida transcurrió con la lentitud y parsimonia de un mediodía de verano. La conversación giró en torno al gran invento que los hombres de la casa estaban perpetrando en el garaje. Después de recoger los platos, el pequeño anunció que aprovecharía la hora de la siesta para escribir una carta.

─¡Vaya, por Dios! ─Exclamó Raquel─, creí que tu generación sólo se comunicaba por mensajes o WhatsApp.

─Así es, tía, pero no sé si mi padre tendrá teléfono, allá en el cielo.

Los tres mayores se miraron en silencio, a la espera de que el niño continuara:

─Le contaré que he tenido buenas notas, que no se preocupe y que mis amigos son muy amables conmigo ─esbozó una sonrisa antes de continuar─. También que hay una chica que me gusta mucho, aunque seguro que él lo sabe.

Por la tarde, abuelo y nieto continuaron con la puesta a punto de la nave que, con ayuda de las mujeres de la casa, lograron sacar al jardín.

El despegue del nuevo Vostok fue un éxito, aunque cayó a unos cientos de metros, dentro de la propiedad de la familia.

─Menos mal ─susurró Raquel─ sólo nos faltaba que aterrizara en el jardín de los vecinos.

En un rincón y a oscuras, un niño estaba sentado sobre el césped, con la cabeza hundida entre las rodillas.

─Mi carta a papá estaba dentro de la cápsula ─lloriqueó─, no ha alcanzado altura suficiente para recibirla.

El resto de la familia quedó desolada ante la confesión del joven.

Arrastrando sus pies cansados por tanto tiempo de pie, el abuelo se sentó a su lado, susurrando a su oído:

─Cuando comiencen Las Lágrimas de San Lorenzo, busca la estrella más brillante y lees la carta. Él será esa estrella y la escuchará.

© Liliana Delucchi

Pionero

Marieta Alonso

El 12 de abril de 1961 fue importante para mí, también para Yuri Gagarin al convertirse en el primer hombre en viajar al espacio exterior y completar una órbita de la Tierra.

Lo mío no tuvo la repercusión de aquel, pero fui el niño más feliz de la Creación cuando, por mi quinto cumpleaños, recibí de regalo un velocípedo, ese predecesor de la bicicleta. Tenía tres ruedas. Me pasé todo el día pedaleando hasta que caí por el barranco que da al río. Tuvieron que venir los Servicios de Emergencia a rescatarme. Me escayolaron el brazo y la pierna izquierda.

Un mes de reposo viendo la televisión. Y supe que Gagarin en ruso significa algo así como «pato salvaje», que su primer y único vuelo espacial fue el Vostok 1 y que el vuelo duró 108 minutos. A Gagarin, las autoridades soviéticas le prohibieron realizar más vuelos espaciales. A mí, la autoridad paterna, materna y la de los yayos me vetaron volver a montarme en un triciclo. Algo tonto, porque el mejor regalo de mi vida se lo había llevado el río y dicen que iría a parar al mar Caribe. A lo mejor un tiburón ahora disfruta de lo que era mío.

Pasaron siete años y el pobre Gagarin tuvo peor suerte que yo. El 27 de marzo de 1968, en un vuelo de entrenamiento, su caza de combate se estrelló y murió. Yo, ese día, al salir del Instituto, saboreé el primer beso de la chica de mis sueños.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Universidad de Alcalá

15 octubre, 2025 por Akelarre 3 comentarios

Universidad de Alcalá de Henares
Universidad de Alcalá (Comunidad de Madrid, España)

La Universidad de Alcalá de Henares

La Universidad de Alcalá, existe en la localidad española de Alcalá de Henares desde su fundación por el cardenal Cisneros en 1499. Durante los siglos XVI y XVII se convirtió en el gran centro de excelencia académica. En 1777, al separarse del Colegio Mayor de San Ildefonso, se la denomina Real Universidad de Alcalá. En 1836 el gobierno decretó su traslado a Madrid, con lo que sufre otro cambio de nombre: Universidad Central de Madrid, en la actualidad, universidad Complutense de Madrid.

En sus aulas enseñaron y estudiaron grandes maestros, y hombres ilustres, como Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Fray Luis de León o María Isidra de Guzmán y de la Cerda, quien, con autorización del rey Carlos III, el 6 de junio de 1785, fue la primera mujer que recibió un doctorado en una universidad española.

Sin la grandeza de estos insignes personajes, también enseñan y estudian otros, a quienes la imaginación de nuestras cuentistas sitúa en dicho lugar para entretenimiento de sus queridos lectores. Esperamos que os hagan pasar un buen rato.

Planchar

Cristina Vázquez

El estudiantes de leyes

Malena Teigeiro

Una situación embarazosa

Liliana Delucchi

Aluvión de sueños

Marieta Alonso

Planchar

Cristina Vázquez

El día que se puso la toga y se sentó en los estrados del claustro, Tomás pensó que las piernas se le habían vuelto de trapo. Será la emoción, se dijo. Pero también notó que le subía por el esternón un fuego amargo que podía terminar en vómito y su visión se nubló.

El estrépito de la cabeza contra la pulida mesa y el viscoso líquido que empapó su impecable vestimenta, hizo que el solemne acto se detuviera entre suspiros, gritos y demandas de auxilio. En cuanto un compañero se acercaba a socorrerle, se apartaba con demandas de ayuda más contundentes, pues a todos les provocaba un asco irreprimible el charco en el que el nuevo miembro se ahogaba. El presidente, don Fuencislo, no se movió. Dentro de él se despertó la ira que llevaba tiempo dominando. No le hizo gracia tener que firmar el ascenso de Tomás a magister del claustro. Al fin y al cabo, aunque reconociera su enorme mérito, había sido el portero, un portero eficaz, pero servil. Don Fuencislo por aquí, don Fuencislo le llevo la cartera, siempre a su servicio, Señoría.

Desde hacía ya bastante tiempo se atrevía a llamarle Fuen o Fuencis, lo que le sacaba de quicio por la familiaridad que implicaba. Aunque se hubiera convertido en su yerno, gracias a un tardío matrimonio con Carmelita, su poco agraciada y algo faltosa hija, nadie en su familia osaba esas confianzas, tan de mal gusto por otro lado. Arrastrar ese nombre no le había resultado fácil a lo largo de su vida, pero su madre era devota de la Virgen de la Fuencisla, que, según ella, le había concedido innumerables favores, el más importante su nacimiento. Casi mejor ese nombre que no Milagro, pues su madre le confesó que dudó mucho cuál elegir.

En medio de estas disquisiciones que se hacía para no afrontar la desagradable situación que había creado el inoportuno Tomás, se oyó por fin el ulular de la ambulancia que lo recogió sin haberse recuperado. Al desaparecer la camilla, limpiar el bedel el amargo rastro, hacer algunos comentarios bienintencionados en su mejoría y el mal rato pasado, siguieron con el acto previsto.

Se celebraba la llegada del premio que otorgaba la universidad de Oxford al trabajo más relevante hecho por los doctos profesores de la Alcalaína. Era un momento lleno de pompa y circunstancia, ya que provenía de Inglaterra, y ambas universidades estaban hermanadas por antiguos lazos.

El ujier, con uniforme de gala, entró altivo con una antigua bandeja de plata en las manos donde lucía el sobre lacrado. Se lo entregó a don Fuencislo, presidente del claustro. Este rompió el lacre con ademanes teatrales, ahuecó la voz para leer el texto haciendo gala de su acento británico, y al ir a pronunciar el nombre del premiado su voz se debilitó casi en un susurro.

—El premio es para don Tomás Pitón.

En ese momento comenzaron unos tímidos aplausos y otros más apasionados de los alumnos que estaban en la parte superior, pues era un querido maestro. Don Fuencislo empalideció y se tomó con disimulo una cafinitrina, ante el temor de otro episodio cardíaco.

—Enhorabuena al premiado, aunque no pueda estar entre nosotros.

Sonó un tanto fúnebre, ese “entre nosotros” y pensó que a lo mejor había suerte y el Tomás de los cojones se moría del arrechucho. Si así fuera, su hija sería la viuda de Pitón, que también tenía su aquel ese recuerdo herpetológico, es decir, vulgarmente de serpiente. El antiguo portero era de la teoría que las circunstancias negativas como llamarse Pitón o Fuencislo, había que enfrentarlas con gallardía y guasa.

Tomás se recuperó y hubo que repetir el acto para entregarle su premio y que pudiera dar el discurso de agradecimiento. Así lo hizo. Cuando estaba a punto de terminar, se oyó un ruido seco. Don Fuencislo se había desplomado e igualmente tuvo un terrible vómito. Menuda coincidencia, comentaron todos. El revuelo fue enorme, la ambulancia apareció más rápidamente que la otra vez, pero el caos se apoderó del aula.

También sobrevivió, pero los médicos dijeron que habían encontrado en los dos, restos de veneno en la sangre. Una terrible sombra de sospecha cayó sobre la casa. La hija y esposa, de ambos, Carmelita, confesó que eran muy pesados y que con eso de llamarse Pitón, pues eso…, se le ocurrió la idea.

—Pero no había pasado nada, señor juez. Ahí están tan contentos —les señaló sonriente—. No sabe su Señoría lo que se tarda en planchar una toga, pues imagínese dos.

© Cristina Vázquez

El estudiantes de leyes

Malena Teigeiro

Corría el año 1800 cuando don Pedro Castro navegaba hacia España. Él, que con solo catorce años se había ido a hacer las Américas, nunca deseó volver a vivir en la aldeíta del norte de Galicia, de la que huyera cincuenta años atrás. Es más. Aún no había desembarcado en Coruña y ya soñaba con volver a su isla caribeña. Quería sentir el cálido frescor de su casa de columnas blancas. En principio, había pensado pasar unos días en Cariño, su preciosa aldea, y visitar lo que quedaba de su familia, algún sobrino lejano y poco más. Sin embargo, al bajar la pasarela acompañado por Hilario, sí, le había puesto a su hijo el nombre de su padre, la lluvia tan tonta que lo empapaba, los vientos que parecían querer tumbarlo le hicieron recordar las brumas, los temporales de esa parte de España, donde, decían, daba la vuelta el aire. No bien hubo pisado el andén don Pedro ya había decidido que no, que no volvería a su aldea, y que cuanto antes instalara a su hijo en la Universidad de Alcalá, antes podría volver a su isla. En el mismo puerto alquiló un coche, con tiro de cuatro caballos, y pidió que los condujera hasta la antigua ciudad castellana de Alcalá de Henares

Nadie en su isla había entendido por qué llevaba a su hijo a una universidad tan lejana. Había otras muy buenas, la de Lima, por ejemplo, le dijo su consuegro, otro indiano que también había hecho fortuna. Era un peligro para Hilarito quedarse solo en un sitio donde nadie lo conocía. ¿Quién lo iba a atender?, lloriqueaba Lola, su mujer. A él, que la quería, sobre todo por lo que le había ayudado el dinero de su dote, le dio lástima su dulce mujer. Y, además, le había dado cuatro hijos. Aunque también era cierto que de los cuatro tan solo uno había sido chico. Por no escucharla, y entendiendo que su seguridad era primordial, don Pedro contrató a un tutor para que acompañara a Hilarito en España el tiempo que duraran sus estudios. El hombre, medio pariente y algo amigo del alcalde de su ciudad, era un doctor en leyes al que, a pesar de sus estudios, su afición al vino hizo que no le fuera muy bien en la vida. Durante todo el viaje don Mateo Zucusquella, que así se llamaba el tutor, se portó correctamente. Incluso le dio unas clases al chico, cosa que era de agradecer.

En el coche alquilado, los tres recorrieron los largos y tortuosos caminos que los llevaron hasta la ciudad de Alcalá de Henares, de cuya universidad había sido profesor el mismo San Ignacio de Loyola. Durante el camino, al pasar cerca de la ciudad de Salamanca, don Pedro se encontraba tan cansado que por un momento tuvo la idea de dejar allí a su hijo. A fin de cuentas, decían que aquella era la universidad más antigua del mundo. Pronto se sacó de la cabeza tal idea. Aquella era muy populosa, y eso no era lo que más le convenía a su hijo.

Ya en Alcalá de Henares, junto con don Mateo, su hijo aquel día no los acompañó, visitaron a las personas que les indicaron eran las que mandaban en el centro. En cuanto se sentó delante del rector, sacó de su cartera un pagaré que colocó encima de la mesa. Luego puso la mano encima de tal manera que solo dejaba ver la sustanciosa cantidad de dinero que el pagaré aportaba. Don Pedro contó de dónde venían, y la intención que tenía de matricular en la ilustre universidad de Alcalá a su hijo en la disciplina de derecho. El chico era un joven de finas luces y con altas calificaciones en el colegio de la isla. Con presteza, sacó de su cartera una serie de cartas que entregó al Rector. Tan inteligente era Hilarito, tanta vocación tenía, que él, su padre, don Pedro Castro, aquí presente, no había dudado ni un momento en poner una gran parte de su fortuna en la educación y formación de su heredero. Asimismo, manifestó su intención ser mecenas de la universidad, a la que a él tanto le hubiera gustado poder asistir. Pero ¡qué les iba a contar! Eran otros tiempos. Y arrastrando el pagaré que tenía debajo de la mano sobre la mesa, susurró con aparente humildad: Este es mi primer donativo,

Cuatro años más tarde, Hilarito y don Mateo volvieron a la isla. Uno, Hilarito, además del de letrado, también traía diplomas en Humanidades y Filosofía, y algún otro curso de cuentas. El otro, don Mateo, llegaba con el deseo de retirarse. Los ahorros que su trabajo le había proporcionado le permitirían comprar una finquita y hasta casarse.

La misma noche que ambos desembarcaron, don Pedro Castro y su esposa doña Lola, celebraron por todo lo alto la culminación con honores de los estudios de su chico. Y ya, casi al alba, cuando todos se habían retirado a sus casas y habitaciones, don Pedro después de yacer alegremente con su mujer, de rodillas delante del altar de Nuestra Señora del Cobre agradecía las luces con las que La Señora le había dotado al nacer. Gracias, Virgencita, repetía feliz el hombre. Ahora que su hijo había llegado de finalizar sus estudios en una de las mejores universidades de España, ¡qué de España!, ¡del mundo!, nadie en la isla volvería a hablar de lo torpe y burro que era Hilarito Castro. Incluso ¡hasta podría casar bien! Luego se levantó y se dirigió a su alcoba. Por el camino se detuvo. Podría, no. Tenía que casar con Marisol, la hija del Virrey. Esa era la única manera de amortizar la fortuna que gastó para que su hijo dejara de ser el tonto de la isla. ¡Ay, Señor!, con la inteligencia que Le has dado a mis hijas, bien podrías haber puesto un poco de empeño en Hilarito. Menos mal que Vuestra Madre me iluminó y lo llevé para España. Allí, con un poco de dinero por aquí, y algún sustancioso presente por allá, todo es mucho más fácil.

© Malena Teigeiro

Una situación embarazosa

Liliana Delucchi

Hoy es el gran día. Sofía contempla su imagen en el espejo, de frente y de perfil. Ha escogido un traje de pantalón azul claro. Conforme llega el final del verano, considera que es el color apropiado. Un pañuelo de seda de colores y ya. Elegante pero discreta. No es cuestión de destacar demasiado, eso ya lo hace su extenso currículum y se niega a ser considerada la local-foránea con pretensiones.

La semana pasada tuvieron la reunión de profesores y pudo conocer a sus colegas de las distintas asignaturas. Todos fueron muy amables y la bombardearon a preguntas sobre su experiencia en el extranjero, algunos con admiración, otros con un deje de envidia y quizás encontró alguna mirada con retintín. A eso ya está acostumbrada, lo experimentó en Harvard, en circunstancias parecidas. «Pero ahora estoy en casa, juego de local.»

El trayecto a pie desde su nuevo y reducido apartamento al edificio de la universidad lo hizo despacio, disfrutando de esas calles empedradas, con bares que soltaban olor a café y a churros y madres que tiraban de sus hijos renuentes a iniciar el curso. ¿Ese perfume es de los magnolios? ¿Los magnolios huelen? Ya no lo recuerda. Esta noche se lo preguntaré a mamá.

Caminó por los largos pasillos, fascinada por su arquitectura y los años de sabiduría que rezumaban esas paredes. ¿Cuántos genios estudiaron o enseñaron aquí? Incontables. El aula que le asignaron era grande y luminosa y se sintió feliz por la cantidad de alumnos que habían elegido su disciplina.

Se presentó a ellos. Con voz clara y el tono adecuado, desgranó los temas que estudiarían durante ese semestre. Un respetuoso silencio se mantuvo durante toda la clase. Entonces lo vio. Tercera fila, segundo asiento a partir del pasillo. ¡No es posible!

Sofía dio unos pasos atrás, hacia el escritorio, y con disimulo se aferró a la madera del antiguo mueble. Sintió un leve mareo. «Son imaginaciones mías.»

Al finalizar la clase, todos los alumnos abandonaron el recinto. Todos menos él. Sofía, a pesar de ser consciente de ello, recogió sus papeles, su bolso y se retiró.

A toda velocidad recorrió los pasillos hasta la sala de profesores que a esa hora estaba vacía. Se desplomó sobre uno de los sillones tratando de controlar la respiración. Dios mío, que no me dé un ataque de ansiedad. Sólo faltaría eso en mi primer día. Logró calmarse y esperó hasta la hora de comer para salir a hurtadillas del edificio. Dio unas cuantas vueltas por la ciudad antes de regresar a su casa. «Por si me sigue. No es una casualidad, no puede estar en Alcalá de Henares por un azar del destino, y encima en mi clase.»

Ya en el apartamento, se sirvió una copa de vino antes de derrumbarse en el sillón. No recordaría cuánto tiempo estuvo mirando el vacío. Las imágenes del pasado se sucedieron unas a otras, desde el día en que lo conoció. También en clase, también ella siendo su profesora, también él en la tercera fila, segundo asiento a partir del pasillo.

A pesar de la diferencia de edad, a pesar de la situación comprometida, iniciaron un romance. No era delito, ya que él era mayor de edad, pero sí una situación complicada a ojos de la sociedad y de la posición de Sofía en Harvard.

No estaba bien, no era de recibo una relación profesora-alumno. Quizás fue la soledad, tal vez la necesidad de un abrazo, puede que tanto tiempo sin una relación. Excusas. No debía, no podía, pero se dejó arrastrar por un remolino de emociones, como si fuera una chiquilla y no una mujer que había pasado los treinta. Luchó como pudo contra sus deseos, pero éstos la vencieron y sucumbió a una dependencia que fue una montaña rusa de desasosiego y sexo. Cuando se dio cuenta de su situación, ésta ya se le había ido de las manos, entonces hizo lo que mejor se le daba: huir. Presentó su dimisión en la universidad y cogió un vuelo en dirección a casa. Ahora había conseguido una plaza en Alcalá de Henares, su familia estaba cerca, como sus amigos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió la seguridad que ellos le daban…, hasta hoy.

Durante la clase siguiente, ocurrió más de lo mismo. Él en el mismo sitio, con sus ojos fijos y tomando apuntes de cuanto ella decía y manteniéndose en el asiento cuando todos ya se habían marchado. Sofía volvió a recoger sus cosas y dejar el aula sin mirar atrás.

Esto no puede seguir así. ¿Lo denuncio por acoso? ¿Con qué pruebas? Tendré que relatar lo ocurrido en Estados Unidos. No. Ésa no es una opción.

Pasaron las semanas y la angustia de Sofía iba en aumento. En un herbolario le dieron algunas mezclas para la ansiedad. No le hicieron efecto. No puedo recurrir al alcohol, me convertiré en una adicta.

Una mañana en la que el otoño ya se había enseñoreado en la ciudad y los árboles enrojecían con los colores de la estación, decidió abordarlo.

Al finalizar la clase, el alumno de la tercera fila, segundo asiento a partir del pasillo, se mantuvo inmóvil mientras el resto abandonaba el recinto. Se acercó con paso decidido.

A medida que sus tacones resonaban en el parqué, cada vez más cerca del joven, pudo distinguir que su pelo no era rubio como lo recordaba, sino oscuro y ensortijado. Esos ojos, otrora azules, eran oscuros como una noche de invierno. ¿Se habrá puesto lentillas?

A cada paso descubría más y más diferencias. ¡Imposible!

—¿Tienes alguna duda sobre mi exposición de hoy? —preguntó al joven intentando que su voz fuese lo más firme posible.

—No, señora —respondió el joven con acento castellano.

—¿A qué se debe, entonces, que permanezcas en tu sitio?

—Es que tengo una pierna escayolada y he de esperar a que salgan todos porque camino más lento que los demás.

© Liliana Delucchi

Aluvión de sueños

Marieta Alonso

Tengo dieciocho años y mi desayuno preferido desde niño es: arroz blanco, huevos fritos y plátano maduro, pasado por la misma freidora y el mismo aceite, hasta que se torne dorado.

Esta mañana, entre cuchicheos, oía el crepitante sonido de la sartén donde se freían esos dos huevos, que en vez de amarillos eran rojizos, debido a que las gallinas de mi madre comían las cerezas que caían en el patio.

Hoy no es un día cualquiera. Es mi primer día de clase en la universidad de Alcalá de Henares. Voy a ser Arquitecto Técnico, mi madre lo llama Aparejador. Le he prometido hacerle un gallinero en condiciones: de madera, bajo un árbol frondoso para evitar el sol y las temperaturas altas del verano, con buena ventilación, perchas, nidos, cama de virutas, comederos…

Me he enterado de que cien gallinas ponedoras, las Leghorn blanca, originarias de Livorno, en Italia, pueden poner hasta ochenta y tres huevos. Se dice que esta ponedora es el resultado del cruce entre la gallina italiana con las andaluzas.

Figúrate, mamá, han perdido totalmente su instinto maternal y nunca se ponen cluecas. Viven entre seis u ocho años.

También le he dicho que tiene que establecer una rutina de limpieza, es importante que las gallinas estén a gusto y con higiene.

De pronto, he pensado: si hago un gallinero para las Leghorn, debería hacer otro para las Brown, que son muy populares para el consumo. Se adaptan tanto a sistemas de jaula como al suelo.

Me estoy dando un buen atracón para desayunar. Mi madre es partidaria de alimentar bien el cuerpo para que funcione mejor la mente. Voy a ser el primero en la familia en ir a una Universidad. La veo secar una lágrima clandestina con la punta del delantal y, estoica como siempre, dice que si eso de ser Aparejador fuera mucho para mí, que no sufra, ya que podría trabajar en esa granja avícola que les pienso montar.

© Marieta Alonso

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