San Antonio, Texas. Siglo XVIII. Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 2015.
Misión de Nuestra Señora de la Purísima Concepción
Fundadas por sacerdotes católicos de la orden franciscana, las misiones de la Alta California se construyeron sobre concesiones de tierras hechas por la Corona Española con el propósito de asimilar totalmente las poblaciones indígenas a la cultura europea y a la religión católica, según la doctrina establecida en 1531, basada en el derecho del Estado español sobre la tierra y las personas de las Indias.
Para facilitar los viajes por tierra, los asentamientos misioneros estaban situados a unos 48 kilómetros de distancia unos de otros, aproximadamente un día de viaje a caballo o tres días a pie. La tradición dice que los frailes plantaron granos de mostaza a lo largo del camino para marcarlo con brillantes flores amarillas.
En estas antiguas construcciones se sitúan los cuatros relatos que traemos este mes, en una especie de homenaje a quienes dejaron su impronta en la Historia.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
¿Qué pasa con los sueños?
Cristina Vázquez
Ya vieja, se sentaba con las manos apoyadas en las rodillas entreabiertas y contemplaba la plazuela de la Misión, igual que lo hacía en la de su pueblo cuando era joven. Recordó cómo se colocaba a los pies de la estatua del conquistador, del gran hombre que se fue a las Américas e hizo proezas. Un hombre valiente cuya gallardía y arrojo estaban plasmadas en el hierro de su estatua. Rosario se mantenía erguida, prieta, a la espera de no sabía qué, pero con la seguridad de que ella no había nacido para quedarse a trabajar la tierra, cocer potajes y parir hijos de algún patán que la rondara.
—Te crees una princesa —le retaban sus amigas.
No se creía nada, simplemente al mirarlas, vulgares y ansiosas de cerrar una boda malquerida, se sentía ajena. Esto sucedía durante las infinitas tardes de domingo en las que daban vueltas, engalanadas con sus mejores prendas y lanzando miradas pícaras a cualquier labriego. Ellos se ponían alrededor de la plaza y cuando pasaban las jóvenes hacían comentarios subidos de tono.
¿No quedará ninguno como él?, se preguntaba Rosario a la sombra del gran hombre.
Decidió que ahí no iba a aparecer nadie y sería ella quien marcharía de ese insidioso pueblo, en el que un día era igual al siguiente. No. Su vida no se iba a desperdiciar así. Se confesó con don Marcelino, el cura que la había bautizado y dado la comunión.
—Don Marcelino, como esto es confesión, no puede decir ni una palabra.
El jadeo del sacerdote —estaba gordo y respiraba mal— se hizo más fuerte. Hija, por Dios, alcanzó a decir, qué barbaridad se le habría ocurrido ahora.
—Me voy al Nuevo Mundo, a las Misiones.
El bueno de don Marcelino casi tira el confesionario del rebote que dio.
—Siempre has estado un poco chiflada, Rosarito, pero esto ya es demasiado.
Salió del confesionario haciendo crujir las maderas y le cogió de un brazo. Ya no estaban en confesión, así que iba a ir con ella a su casa a decírselo a su madre. Y así fue. Agarró a la chica como una pluma y por más que se revolviera, en tres patadas llegaron.
Se sorprendieron ambos de lo iluminado que estaba el patio y la casa. Oían carreras y voces de alegría. Los hachones temblaban en la entrada y al pasar vieron que hasta la lámpara del zaguán estaba con las velas prendidas. Parecía como si se estuviera celebrando algo, y así era. Don Marcelino apareció en la puerta con la chica sujeta como un corderito y surgió su hermano invitándolos a entrar.
—Una sorpresa, Rosario. Acaba de llegar de ultramar el primo Diego —su cara de entusiasmo era conmovedora.
El cura soltó a la chiquilla que se atusó el alborotado pelo. Las velas chisporroteaban. Al entrar en el salón estaba toda la familia, con copas de vino y dulces en una alegre celebración y en medio, el primo Diego, del que ella ni se acordaba.
En ese momento pensó que era una señal. Su deseo de irse a las Misiones y este enviado de allá. El destino. El susodicho pariente se mantenía erguido, aunque un poco desaliñado. El pelo largo, las botas embarradas, la batista del cuello y los puños un tanto amarillenta y cierto temblor en las manos. Unas manos curtidas. Pese al aspecto abandonado, probablemente por el viaje, Rosarito lo encontró apuesto, sobre todo por venir de correr aventuras en el Nuevo Mundo. Su entusiasmo quedó rematado al descubrir la cicatriz bajo el pómulo, un poco más rosada que el resto de su atezada cara.
La saludó con respeto y una mirada intensa que la dejó embelesada.
—Mi querida prima —agachó la cabeza—. No esperaba encontrar tanta guapura en tan apartado lugar.
Se volvió hacia su madre.
—Nunca hubiera reconocido a esta belleza. La recuerdo como una mocosa flacucha.
La cara de la madre, que era viuda, mantenía una expresión de esfinge, mientras el primo contaba aventuras, alegrías y desdichas sin fin. Las manos le temblaban por unas fiebres, la cicatriz de la cara a punto estuvo de dejarle birojo, y eso que no mostraba, por decoro, las otras que le atravesaban el cuerpo. Pese a la cara de entusiasmo de la chica y su hermano, la madre iba perdiendo el ánimo con que lo habían recibido. Luego diría que empezó a desconfiar de él al hablar tanto, pero era difícil reconocer al mozo taciturno que se había ido hacía al menos quince años, en este hombre desenvuelto y parlanchín.
—Lo que más, casi lo único que fue maravilloso para mí —afirmó con la mano en el corazón y mirando al techo—, fueron las Misiones.
Y se largó un largo párrafo sobre sus construcciones, su régimen comunitario, su respeto. A él le salvaron la vida cuando llegó con una herida que casi le atravesó el vientre. Rosario miró a don Marcelino como buscando su confirmación.
Al día siguiente, cuando fueron a avisarle para el desayuno, Diego había desaparecido, junto a unos candelabros de plata y Rosarito.
De cómo llegó Rosarito al Otro Mundo es otra historia muy larga.
Las últimas horas de Mrs. Emily
Malena Teigeiro
Como era natural en el mes de junio a las once de la mañana el sol calentaba fuerte. Sin embargo, la habitación de Mrs. Emily estaba completamente a oscuras.
Un fuerte olor a medicina, a sudor y muerte azotó a Margaret al abrir la puerta del cuarto de su abuela. Tapándose la nariz, sorteando los muebles negros, inmensos, que llenaban la habitación, la joven se acercó a uno de los balcones. Lo abrió de par en par. Desde la cama, Mrs. Emily giró hacia ella su descarnada cabeza. Parecía sonreír. Su nieta se dirigió al otro balcón e hizo lo mismo. Luego se acercó al lecho de la anciana. Se sentó en el borde y la besó.
—Abuela, acabo de llegar de la Misión. Don Francisco, tal como le pediste, ha rogado en misa por ti. Se había corrido la voz de que iba a rezar por tu recuperación y la iglesia estaba llena. Hasta los indios bajaron de su aldea. Qué pena que no pudieras verlos. Todos rogaban. Todos pedían. Algunos hasta lloraban.
Los labios sin color de la anciana parecieron estirarse en lo que Margaret creyó una sonrisa. Luego, mientras decía algo que ella no entendió, su madre entró en la habitación. Llevaba una bandeja con una taza de humante café y un trozo de bizcocho.
—Buenos días, mamá. La misa ha sido todo un éxito. Estaba la iglesia llena a rebosar. Incluso bajaron de la montaña los pajalates. Si los rezos valen para algo, no hay duda de que estarás en la primera fila del cielo —rezongó.
La anciana agitó la cabeza. Algo decía que ni la madre ni la hija entendían. Intentaron darle un poco de café que la anciana escupió. Cada vez más nerviosa susurraba voces, pequeños gritos, sin que ellas la comprendieran.
—Tranquila, abuela, que todo está bien —la muchacha se acercó a besarle la frente—. Madre, parece que dice algo así como cuachi.
—¡Ah!, sí. También estaba el indio Cuahtli, apuntó su madre. Lo vi en un rincón. Con la cabeza baja rezaba más que nadie.
Unas lágrimas corrieron por el rostro de Mrs. Emily. Él no podía estar rezando por su salvación. No. Le volvió a la mente la noche en que su marido y ella entraron en el poblado de los pajalates. Esa noche mataron a Nochipa, la hija del indio Cuahtli. Siempre pensó que aquello fue un poco duro. Seguro que a nada que se hubieran esforzado habrían encontrado otro medio de separar a la chica de su hijo. Pero Alfred, su marido, aquel violento y elegante hombre, no dudó ni un segundo en lo que debía hacer. Todavía le resonaban en el cerebro sus palabras cuando se enteró de que los muchachos pretendían casarse. Dónde se había visto cosa igual. Un inglés casado con una india. ¡Ni que ellos fueran españoles!
Encuentro
Liliana Delucchi
El trayecto desde la Sierra de Guadarrama hasta el Puerto de Sevilla había sido largo y tortuoso. Vientos, nevadas, por momentos el hambre, fueron los compañeros de Fernando durante la travesía de tantos kilómetros. Sin embargo, la promesa de una nueva vida en los territorios de más allá del océano, lo hacía despertar cada mañana con fuerzas que no era consciente de poseer. Lo acompañaban sus mulas, ésas que fueran su medio de vida durante más tiempo del que recordaba. Las iba vendiendo o comprando otras, según la ocasión, a medida que se acercaba a su destino. El negocio daba para mantenerse durante el viaje y tener un remanente para cuando llegara a las Américas.
—Aquí pone Fernando Díaz —la voz ronca y aguardentosa del alguacil de reclutamiento le sonó a presagio de las que encontraría en adelante—. ¿Segundo apellido?
—Mulero.
Sin padres, nunca supo el origen de su primer y único apellido y escogió su profesión para el segundo. Deseaba que esas nobles bestias que lo habían acompañado durante toda la vida formaran parte de su identidad.
En el Nuevo Mundo, su primer destino se lo encomendó Alonso de León, quien le ordenó formar parte de la escolta a varios misioneros hasta el este de Texas, donde establecerían la primera misión española. Dentro de las actividades de los entonces conquistadores, aquel trabajo le pareció fácil, pero no fue así. Ante la oposición de los nativos, tuvieron que retornar a México sin poder volver hasta veinte años después. Así se sumergió en el mundo de la conquista, donde pocos placeres y algunos disgustos le sucederían en dicho lapso.
—¿Lo llevas todo?
—Sí, mamá. Además de la ropa que, dado el clima de mi destino no me hace falta mucha, material de trabajo y algún libro para soportar el viaje, no necesito más.
Adelaida daba vueltas alrededor de la cama de su hija intentando doblar las prendas que la joven descartaba.
—¿Sabes cuánto tiempo estarás fuera?
—Supongo que alrededor de un mes —contestó Jane mientras comprobaba la carga de su ordenador y del teléfono—. Me encargaron un reportaje sobre las misiones desde San Diego hasta Texas. Adoro este trabajo.
Desde que empezara a colaborar con National Geographic experimentaba una sensación de libertad, entretenimiento y trascendencia.
Había dejado de nevar, sin embargo, los árboles de Central Park aún mostraban sus vestidos blancos. Jane adoraba Nueva York, la ciudad que la había visto nacer, pero disfrutaba tanto viajar, recorrer su país y reconocer las huellas de la historia… Una que la unía más a esas tierras de lo que hubiese podido pensar. Cerró la maleta, se colgó el bolso con el equipo del hombro y dio un beso a su madre.
De mulero a constructor, se dijo Fernando mientras apilaba piedras. Vio a lo lejos al padre Francisco que le traía un poco de agua. En breve, darían buena cuenta de unas gachas como todo pago por el trabajo. Claro está que el verdadero vendría con los años y en el otro mundo, pues ayudar en la construcción de una misión tendría su relevancia, o al menos así lo pensaba.
—Con este calor la vas a necesitar —dijo el sacerdote sentándose a su lado—. Os agradecemos vuestra ayuda, sin ella no podríamos levantar estos muros.
—Creo, padre, que es lo más importante que he hecho en mi vida. No sólo por vuestra labor —dio un trago al botijo—, sino porque estas paredes seguirán aquí cuando usted y yo hayamos muerto. De alguna manera este trabajo nos ofrece una perspectiva de eternidad.
Ya en la habitación del hotel Coronado, Jane buscó en Google el trayecto que emprendería la mañana siguiente. Los puntos rojos marcaban las misiones que habría de visitar. Sonrió. Después de llamar a su madre y a su amiga Teresa, se estiró cuan larga era en la cama y cerró los ojos.
Una construcción apareció en su sueño: de piedra, rodeada por un denso bosque que algunos hombres intentaban limpiar. El sol inclemente hacía brillar el sudor en sus espaldas; hablaban, pero Jane no lograba entender lo que decían. Un individuo en particular la miraba, movía los labios, pero las palabras no llegaban.
El viaje fue tan largo como interesante, desde la costa californiana se internó hacia Texas. Un cartel indicaba «Misión de San Antonio». Giró el coche en esa dirección y mientras se acercaba a su destino, sintió un leve temblor.
Caminó despacio hasta encontrarse con dos torres de piedra, con palmeras a su alrededor y algo parecido a un baptisterio al fondo.
¡Era el edificio que apareció en su sueño mientras estaba en San Diego!
El frío que reinaba dentro del recinto le subió por la espalda. Cogió su cámara de fotos como si fuera un talismán y empezó a transitar por la nave. Era la más hermosa de las que había visto. De pronto, se detuvo ante unas parcas tumbas de piedra. Las recorrió, una a una, fotografiándolas. Una de ellas llamó su atención, era de las más antiguas. Grabado en el granito, pudo leer: Fernando Díaz Mulero, constructor. Acarició cada una de las letras mientras lágrimas de alegría se deslizaban por sus mejillas. «Así que era verdad» se dijo sin dejar de disparar la cámara.
Agotada, después de tantas emociones, regresó al hotel. Un amable joven, rubicundo y sonriente, le pidió su pasaporte para comprobar la reserva.
—Jane Díaz-Mulero —leyó el empleado en voz alta— ¿Es usted mejicana?
—Thomas Ryan —, respondió leyendo la acreditación del conserje—, soy más estadounidense que tú.
Un pariente de valía
Marieta Alonso
El abuelo de mi abuelo, Agustín, mi tatarabuelo según mi madre, un día con quince años se levantó temprano, desayunó y se despidió con estas palabras: Me voy de misionero jesuita.
—Qué dices, zoquete —y recibió un coscorrón de su padre.
Pero se fue.
Nunca llegó a vestir sotana. Para eso había que estudiar y él no estaba para perder tiempo. Según decía, con saber leer, escribir y las cuatro reglas era suficiente. Entró como lego en la Misión y comenzó limpiando el recinto, sembrando la huerta, de pinche de cocina… Una vez a la semana llevaba los productos al mercado y traía del pueblo lo que hiciera falta en la comunidad. Enseguida se convirtió en alguien imprescindible.
Iba y volvía en una carreta con tres mulas —las acémilas tampoco vestían sotana—, dos iban delante y otra detrás, de repuesto. Si se le hacía muy tarde vendiendo y comprando, dormía debajo del carro en el punto del camino en que le entrara sueño. Las bestias de carga lo custodiaban y cuando a las pobres les salían mataduras por culpa del aparejo, se las limpiaba y les hablaba con cariño especial.
Lo mismo hacía con niños, ancianos, con todo bicho viviente. Tenía tal maña para curar enfermedades físicas y emocionales, que pronto se convirtió en curandero. La sapiencia no le bajó del cielo en forma de chaparrón, no, es que otro misionero, éste sí jesuita, tuvo el gran talento de confiar en él. De vez en cuando le prestaba un códice precolombino y otros libros de la biblioteca. Aquello al tatarabuelo Agustín le abrió las puertas del Paraíso.
Venían de lejos a consultarle, decía mi madre. Siempre estuvo dispuesto a ayudar. Imposible impedir que fuera un hombre bueno. Sería lo mismo que tratar de contener la impetuosa corriente del río en primavera.
Gracias por tan bonitas historias. Saludos!!!