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Estación de Chamberí

15 octubre, 2019 por Akelarre 6 comentarios

Antigua estación de metro de Chamberí

La estación de Chamberí

Entre los vagones, railes y líneas de metro que recorren la ciudad de Madrid se encuentra una estación semi abandonada: Chamberí, situada en el distrito que le da nombre. Es ese espacio, lleno de historias, leyendas y fantasmas, el que hemos elegido este mes para el desarrollo de los cuatro cuentos a los que esperamos haber sabido trasladar su magia.

Inaugurada el 17 de octubre de 1919 e inspirada en las estaciones parisinas de la época, era una de las ocho de la red del metro de la capital española. Su arquitecto fue Antonio Palacios.
Estuvo en funcionamiento 47 años. En la década de los 60, y debido al aumento de demanda del suburbano, decidieron introducir metros con vagones de mayor capacidad. La de Chamberí fue imposible de ampliar, por ello se cerró finalmente en 1966.
A partir de entonces los trenes que circulaban entre Bilbao e Iglesia la atravesaban pero sin detenerse, razón por la cual se la comenzó a llamar “la estación fantasma“.

En 2008 se abrió al público en forma de museo. Se han restaurado integralmente los muros, alicatado, bóvedas y carteles publicitarios, así como el mobiliario y los andenes originales. Es quizás un espacio que poca gente conoce, sin embargo, es uno de los lugares de Madrid que nos retrotraen a principios del siglo XX.

La rayuela

Cristina Vázquez

La taquillera del Metro

Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Fantasmas en la estación de Chamberí

Marieta Alonso

La rayuela

Cristina Vázquez

La primavera reventaba en cada esquina con la ligereza del don otorgado. ¿No era fantástico que volvieran a brotar los almendros? O lo que fuera, porque Laura siempre calificaba de almendro a cualquier árbol que se cubriera de flores blancas o rosadas.

Sí, era maravilloso, se decía mientras avanzaba hacia su casa esa tarde de tibio abril, aunque el zapato, por más media suela que le hubiera puesto, se empeñara en volverse frágil obligándole a contactar con la dureza y el frío del suelo más allá de su deseo. Pero no estaba dispuesta a que esa futilidad, el picor del resto de sabañones del invierno y la cara macilenta de su madre, le quitaran la alegría renovada de esa primavera.

El invierno había sido duro en Madrid. Un invierno frío en el que cada vez escaseaban más alimentos y elementos. Las sopas de cáscara de patata, el pan agusanado y el desánimo iban cercando las ojeras y las conversaciones de los mayores. Las tardes oscurecidas alrededor de un brasero oyendo las noticias en la radio. ¿Sería verdad? Imposible. Y la esperanza se debatía en un vaivén desesperado. Lo peor eran los gestos secos, resignados, cuando llegaba la certeza de algún desastre o muerte de un ser cercano, en el que esa esperanza se reducía a cenizas.

La madre de Laura era una mujer de una vez. Nadie la movía de sus convicciones ni de su sillón. Había decidido que muerto su hermano Pepe Ramón en el frente y perdida su escasa pero bien aireada fortuna por un requisamiento del gobierno, y por la mala gestión de su familia, realidad que nunca reconoció, se quedaba sentada en su poltrona y no había rojos ni nacionales que la movieran de ahí.

A Laura le resultaba francamente incómodo tenerle que solventar todas las necesidades y caprichos, que no contenta con haberse arruinado exigía en el estraperlo jabones y polvos de talco ingleses.
—Tengo la piel muy fina —afirmaba desolada—. Pero mi hija, que es un ángel, me consigue todo.

Una sonrisa, que a Laura le parecía ignominiosa, iluminaba su cara. No sabía de los riesgos y los tratos peligrosos que tenía que hacer. Ella permanecía igual que un ídolo indiferente asumiendo como un inevitable destino las desgracias que les rodeaban, sin perder ni su sentido del humor ni su altanería.

Laura se había hartado de suplicarle que bajara al refugio del metro de Chamberí, la estación más próxima a su casa y la que les habían asignado. Todos los vecinos al sonar las alarmas bajaban en tropel, unas veces en pijama, con mantas, llantos, bigudies y solidaridad, mientras la buena señora apagaba las luces y se quedaba inmóvil en su sillón o en la cama según la hora.

Por favor mamá, por favor, suplicaba la hija desesperada al dejarla, pero viendo su inconmovible actitud salía pitando al refugio. No podía evitar la claustrofobia al ver esas empinadas escaleras que marcaban la dirección a Vallecas y siempre temía que se precipitaran todos por ellas. Pero nunca sucedió. Se fueron acostumbrando mal que bien a acomodarse en la estación y ya casi tenían asignados los sitios dónde se colocaban. Hasta hicieron amistades.

Laura se sentaba al lado de Eduardo, un joven del 32 de la misma calle, que no estaba en el frente por tener un ojo vago. Nunca antes se habían visto y desde el Averno, como decía él que estudiaba letras, trabaron una buena amistad. Para mitigar la ansiedad que sentían, sobre todo ella por saber qué habría pasado con su madre al volver a casa, idearon una especie de juego de tres en raya dónde ponían palitroques de muerte o vida. Aunque resultara macabro les permitía sobreponerse al ruido de los aviones y de los bombardeos y cogerse las manos en los momentos de máxima intensidad.

Y esa primavera tibia con los almendros o lo que sea florecidos, a Laura no le dio tiempo a llegar a su casa, pues empezaron a sonar las alarmas y tuvo que meterse a toda velocidad en la estación de metro sin Eduardo ni vecinos que conociera. Esperó acurrucada en el mismo sitio de siempre y miraba su juego de rayuelas en los baldosines con temor. Esa vez no se atrevió a pintar ni una raya.

Volvió a su casa.

Después de muchos años, lejos ya de ese barrio y de esos recuerdos, regresó a la estación de metro que estaban a punto de cerrar. Buscó en la pared si quedaba algún resto de los trazos que hacía con su amigo en un enigmático, perverso y alentador juego de vida y muerte. Y recordó la alegría de esa tarde cuando al volver a su casa comprobó que había ganado la vida.

© Cristina Vázquez

La taquillera del Metro

Malena Teigeiro

Del más gallardo, vago y maleante de los jóvenes de su aldea, se enamoró Nana. Tan loca estaba por él que aunque su padre, después de enumerarle la serie de desgracias que le tocarían vivir, de que la amenazara con que nunca la dejaría volver a entrar en casa, ella siguió haciendo su maleta.

El primer día de su convivencia comenzaron sus pesares. Juan antes de llevarla a pensión en donde vivía, la mostró como un trofeo a sus amigos. Luego, ya en la habitación la hizo la más feliz de las muchachas. Apenas habían descansado unas horas cuando le ordenó que fuera a por dinero.

––No creas que voy a dejar que te quedes a mi lado si no traes con qué mantenernos.

Y Nana acudió a su abuela. Le contó la pretensión de Juan y le pidió ayuda. Por qué no lo dejaba, masculló la anciana después de escucharla atentamente. Nana sacudió la cabeza. No podía, bajó la vista avergonzada. Cuando estaba a su lado, siete mil rayos la recorrían. Se le escapaba el aire y se sentía gravitar a su alrededor como si fuera su luna.

La anciana se levantó y salió de la habitación. Instantes después volvió llevando una caja de lata roja y unos billetes entre los dedos. Quería habérsela dado el día de su boda, tal y como a ella se la dio su abuela. Y la dejó sobre la mesa como el que coloca a un niño dormido en la cuna. Luego la abrió. La luz arrancó lujuriosos destellos a un montón de monedas de oro. La anciana cerró con mimo la tapa y empujó la caja hacia su nieta. Le pidió que no usara esas monedas a no ser que fuera absolutamente necesario. Luego, a un lado de la caja dejó un puñado de billetes. ¿De dónde las has sacado?, preguntó Nana con los ojos muy abiertos. La abuela se pasó la mano por la frente avivando sus recuerdos. Alguna de sus antecesoras había sido vidente, y gracias a ello, había conocido las necesidades que un día tendría una de sus descendientes. Entonces se le ocurrió llenar de monedas la caja roja, que luego se fue pasando de generación en generación. Había que conservarlas hasta que llegara a aquella que tanto la iba a necesitar.

––Te convendrá guardarlas, porque ese tipo te va a dejar en cualquier momento: Preñada y en la calle ––añadió con voz ronca.

Era casi de noche cuando Nana volvió a la pensión. Él no estaba y Nana aprovechó para esconder la caja. Después se sentó a esperarlo. Cuando lo vio entrar, le mostró los billetes. Juan la besó y abrazó, mientras que con el dinero en la mano, le susurraba lo que la adoraba. Durante un tiempo Nana fue feliz, aunque, temerosa, nunca le habló de la caja roja. Cuando casi se había acabado el dinero, el talante del hombre cambió. Intentando remediar su penuria, Nana se puso a trabajar como taquillera en la estación de Metro de Chamberí.

Y mientras estaba expendiendo billetes, había una cosa que de verdad la asustaba: Que él, que cada vez la trataba peor, encontrara la caja de lata roja. Tengo que esconderla en otro sitio, se dijo. Después de decidirlo, cambió su turno de mañana al último de la tarde. Desde la primera tarde, comenzó a estudiar el cierre de la estación. Aviso a los pasajeros, avisos a los empleados, los vigilantes… Podría hacerlo, decidió.

Una noche se quedó escondida dentro de su cabina, y cuando ya no quedaba nadie en los andenes, con mucho cuidado levantó uno de los ladrillos de debajo de las patas de su silla de hierro. Luego, lo volvió a dejar en su sitio. Y así siguió noche tras noche hasta hacer un hueco lo bastante profundo para esconder su caja. Al día siguiente, y mientras Juan dormía, recogió la caja de lata roja y la guardó en el bolso. ¡Ya solo me queda un paso para vivir completamente tranquila!, rumiaba una y otra vez mientras despachaba los billetes, sonriente, amable. Cuando al finalizar su jornada el Metro cerró las puertas y estuvo segura de que no quedaba nadie en los andenes, levantó el ladrillo e introdujo la caja en el hueco.

La madrugada de la primera noche que Nana se había quedado a dormir en su taquilla, Juan, borracho como una cuba, se tiró sobre el vacío colchón. A mediodía, con Nana a su lado se despertó. Aunque no recordaba que la noche anterior ella no estaba, percibió una expresión diferente en Nana y comenzó a recelar. Luego de sentir varias veces lo mismo, creyendo que lo engañaba, decidió seguirla hasta el Metro. Entró detrás de ella y se confundió entre la gente. Quería ver con quién hablaba y con quién se iba al terminar la jornada. Cuando vio que no aparecía nadie a buscarla y que ella sin que él se diera cuenta había desaparecido, se acercó a la taquilla. Miró a través del cristal y la vio de rodillas colocando un ladrillo sobre una caja roja. Aporreó el vidrio. Asustada, Nana levantó la cabeza. Luego, pálida, desencajada, abrió la puerta. Él la agarró por el pelo y la arrastró por el andén hasta casi la escalera. Nana consiguió sujetarse a una de sus piernas. Perdido el equilibrio, Juan cayó rodando por los escalones. El cartel de azulejos parecía indicarle el camino: Bilbao, Tribunal, José Antonio, Sol… La risa de la joven retumbó entre los vacíos túneles. Si en el infierno había fuego, en el sol mucho más. Ojalá ardas en él, gritó al verlo inánime en el suelo. Nana volvió a su taquilla, recogió del agujero la caja roja y se tumbó en el suelo para pasar la noche. Nunca más volvió a su trabajo de taquillera en el Metro.

Y dicen que cuando el tren pasa sin detenerse por la fantasmal estación de Chamberí, algunos pasajeros perciben el espíritu de Juan vagando por los andenes. Quizá espera que Nana vuelva a expender billetes en su taquilla.

© Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

De camino a la visita semanal a su madre, Fernando estaba un poco adormilado en la butaca del metro cuando el vagón pasó de largo por la estación de Chamberí. Cada vez que la atravesaba detenía sus ojos en los viejos carteles y las cerámicas. Sin embargo, esta vez vio algo que llamó su atención: Una mujer de pie, junto al anuncio del Trust Joyero, con indumentaria de principios del siglo XX. Sonrió al recordar que se organizaban visitas guiadas a la estación. Era probable que hubiesen contratado a una extra para dar más realismo. O quizás fuera alguna figura como las de Madame Tussauds que ponen los británicos en sus castillos.

Cuando llegó a casa de su progenitora la encontró en su sillón favorito con una caja sobre la falda, fotos y recortes desparramados a su alrededor. Desde la muerte de su marido, doña Eulalia pasaba las tardes en la organización de armarios o la búsqueda de recuerdos que la llevaran a los tiempos que había compartido con él. Cuando llegó su hijo a merendar, como todos los miércoles, levantó la vista.

Fernando, sentado a su lado, le cogió la mano antes de decirle que traía su pastel de manzana preferido.

––¿Quién es? ––preguntó el joven recogiendo un retrato del suelo.

En color sepia, se veía a una muchacha junto a una mesa con flores, abanico sobre la falda y la cara ladeada, como evitando la cámara. Media sonrisa iluminaba el rostro cercado por rizos castaños recogidos en un moño debajo del sombrero.

––Tu tía abuela, Milagros.

––No llegué a conocerla.

––Claro que no ––respondió la señora ––. Murió de amor antes de que tú nacieras.

––La gente no muere de amor, mamá. Muere de enfermedades, de vejez o hasta se suicida. El amor no ha matado a nadie, más bien da la vida.

Cualquiera que fuese la respuesta de su madre, estaba dispuesto a escucharla.

––Lo que tú digas, pero la pobrecilla acompañó a su novio hasta la estación de metro, volvió y se sentó en una butaca mirando la puerta por la que él volvería y allí quedó, hasta que la parca vino por ella.

La señora acarició la foto con dulzura y le dio un beso antes de continuar.

––Eran tiempos difíciles aquí, en España. El prometido de mi tía perdió su trabajo y aunque estuvo buscando otro durante mucho tiempo no lo consiguió. Un primo suyo había emigrado a México y le escribió que allí había oportunidades para la gente trabajadora, así que el pobre metió sus pocas pertenencias en una maleta decidido a partir.

Doña Eulalia rebuscó dentro de la caja que tenía a la derecha hasta encontrar un abanico. Era el que llevaba la joven de la foto. Lo abrió y volvió a cerrarlo antes de devolverlo a su sitio y continuar con su relato.

––Milagros lo acompañó hasta la estación de Chamberí donde él cogería el metro, luego un tren y seguramente un barco. La pobrecita volvió a casa con la cara hinchada por el llanto. Después se sentó en una butaca a esperar las cartas de su amado.

––Que nunca llegaron ––la interrumpió Fernando.

––¡Oh sí! Al principio con mucha regularidad. Recuerdo sentarme junto a ella para que me las leyera. Le encantaba hacerlo una y otra vez. Decía que era como escuchar su voz. Con el tiempo se espaciaron. Fue entonces cuando Milagros empezó a visitar la estación de Chamberí, para sorprenderlo, esperándolo cuando volviera.

La señora bebe un poco de su taza de chocolate antes de seguir.

––Luego dejaron de llegar las cartas. Aunque mi tía tuvo algún que otro pretendiente, nunca aceptó a ninguno. Esperaba a su hombre. Alguien dijo que el muy cerdo se había casado en América, pero ella no lo quiso creer. Son habladurías, musitaba, gente envidiosa.

Anochece cuando Fernando deja la casa materna y coge el metro de regreso. Como esta vez va del lado contrario, no puede ver si la figurante sigue en su sitio.

Prepara algo de cenar y se sienta con una bandeja frente al televisor. A ver si hay algo que me entretenga, dice para sí. Pero el aburrimiento de las consabidas series y las malas noticias del telediario lo adormilan. Está en un barco, las olas lo mueven de un lado a otro. Tiene sed y la boca pastosa. Alguien grita hombre al agua. Despierta en su sillón, frente a una pantalla llena de policías y maleantes. La apaga.

Ya en la cama no logra conciliar el sueño. ¿Por qué este desasosiego?, se pregunta y vuelve al salón a buscar consuelo en un vaso de whiskey.

Está en la estación del metro, con un abrigo raído y una maleta atada con cordeles en el suelo. Milagros lo tiene cogido de las manos, mueve los labios pero él no alcanza a entender qué es lo que dice. Un largo abrazo y el vagón que parte. El hombre la saluda desde detrás del cristal de la ventanilla. Ella le tira un beso con su mano enguantada. Fernando da vueltas en la cama, acomoda la almohada e intenta reconciliar el sueño.

El miércoles siguiente, cuando atraviesa Chamberí, vuelve a ver a la mujer bajo el mismo cartel en que estaba la semana anterior. Reconoce el sombrero, los rizos castaños y los guantes. Traga saliva, se seca la transpiración de las manos en los pantalones, intenta controlar sus piernas que no dejan de temblar.

––No vas a creer lo que vi de camino a tu casa ––dice a su madre mientras le sirve una taza de chocolate ––. Cuando venía para aquí, al pasar por la estación abandonada vi a tu tía bajo el cartel del Trust Joyero.

––Claro –responde la señora mientras estira la manga de su rebeca –. Lo está esperando. Ya te conté la historia la semana pasada.

––Mamá, los fantasmas no existen.

––Lo que tú digas ––contesta la anciana a la vez que se sirve un trozo de pastel.

Resuelto a hablar con la mujer cuya visión lo atormenta, Fernando decide hacer una visita a la estación abandonada.

––¿Desde cuándo contratan figurantes? ––pregunta al guía. El hombre se detiene y lo mira antes de contestar que la gente que está allí es personal de la estación, no emplean actores.

Fernando se encamina hacia el anuncio del Trust Joyero. El resto de los visitantes se sorprende al ver a un hombre que estira la mano hacia un espacio vacío delante de las cerámicas de la publicidad. Parece como si acariciara el aire y, con el gesto de quitarse el sombrero que no lleva, le oyen decir: “Aquí estoy.” Los turistas no pueden escuchar la respuesta que suena en los oídos de Fernando: “Te estaba esperando.”

© Liliana Delucchi

Fantasmas en la estación de Chamberí

Marieta Alonso

Cuando aquel luminoso 21 de mayo de 1966, las puertas se cerraron con un ruido ensordecedor, mi novio y yo estábamos dándonos un apasionado beso en uno de sus rincones. Ni cuenta nos dimos. Me había pedido que nos casáramos y con la emoción nos quedamos dentro.

Ya nadie volvió a subir ni a bajar de ningún vagón, los trenes no paraban. Recorríamos todo el andén con los brazos en alto haciendo señales, pero los pasajeros no nos veían. Iban tan ensimismados en sus pensamientos, leyendo o hablando que nadie se percató de nuestros gritos. Subíamos los peldaños de las escaleras y dábamos golpes en las puertas de entrada y salida. Nada. Todo era silencio.

Mi hombre, con aquellos ojos color de avellana llenos de vida, perdió la esperanza. Me tomó de la mano y nos sentamos a aguardar un milagro. Soñábamos con las mantecadas de aquel convento cerca de mi casa, con la fuente de agua cristalina de nuestro barrio, pensábamos en la angustia que tendrían sus padres y los míos por nuestra desaparición. Nos arrebujábamos en el suelo de la taquilla con mi abrigo azul marino y su chaqueta de pana marrón. Esperando, siempre esperando. Llorar hacía que nos sintiéramos mejor.

Muchos años pasaron y un día se abrieron las puertas y comenzó un ir y venir de gentes, albañiles, carpinteros, pintores, hombres con cascos dando órdenes… Nuestra antigua estación de Chamberí, nuestro hogar, se iba a convertir en museo. Nos presentamos ante ellos, pero lo mismo que los pasajeros de los trenes, no nos hicieron caso. Poco importa ya.

Ahora nos entretenemos recorriendo el museo, viendo fotografías, logotipos, carteles, el silbato con el que el jefe de la estación daba la señal de apertura y cierre de puertas… Y aunque hacemos ruidos extraños, algún que otro empujoncito a los visitantes, pasamos a través de las parejas de enamorados, y jugamos con los niños, pocos son los que se estremecen.

El olvido duele.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El caballo

15 abril, 2019 por Akelarre 5 comentarios

El caballo - cuentos

EL CABALLO

A pesar de ser un animal pacífico, el hombre lo metió en cientos de batallas. Subido a su grupa conquistó territorios y gobernó imperios. Las órdenes de caballería cambiaron la manera de luchar. La literatura no sería la misma sin Rocinante, ni la pintura y la escultura serían iguales sin sus personajes a lomos de un caballo. Con él revolucionó el transporte, la agricultura y la guerra.

Es de destacar el caballo de Pura Raza Española. Se tiene conocimiento de su existencia ya en la época prerrománica en lo que hoy se conoce como España. Autores como Plutarco, Plinio el Viejo y Séneca nos hablan del caballo de Hispania como un ejemplar bello, dócil, arrogante y valiente, ideal para la guerra y para los juegos que se desarrollaban en los circos de la época.

Hoy en día su utilización se remite casi en exclusiva a las prácticas deportivas, aunque, irónicamente, las prestaciones de los motores siguen midiéndose en caballos de potencia.

La cita

Cristina Vázquez

Rufina

Malena Teigeiro

La competición

Liliana Delucchi

Mi caballo preferido

Marieta Alonso

La cita

Cristina Vázquez

Su hermana le había traído la foto. Estaba haciendo limpieza de carpetas, le dijo, cuando la encontró con su nombre por detrás.

—Qué sitio es —le preguntó incisiva—, parece una postal.

Allegra levantó los hombros.

—Ni idea —contestó rotunda.

Al quedarse sola la miró con detenimiento. Recordaba perfectamente donde era y el momento. Volvió a sentir el frío de esa mañana, el respirar humeante de Centella, la neblina que daba misterio a ese momento.

Había ido en las vacaciones de invierno a un campamento de equitación. Fue a regañadientes, pues, aunque adoraba montar a caballo, a sus dieciséis años le divertía más hacer otros planes. Pero sus padres, recién divorciados, se pusieron por una vez de acuerdo en que le vendría muy bien alejarse un poco de casa y hacer ejercicio. Su hermana estaba en otro curso de esquí. El deporte era muy saludable, le gustaba aseverar a su padre, deportista compulsivo, mientras su madre decía convencida que el mejor deporte era el sillónball. Pero en esta ocasión hubo acuerdo.

—Cambiar de panorama y de amigos —le explicaban pacientes—, te vendrá muy bien.

Notaba en sus caras la culpabilidad teñida de urgencia. Seguro que ellos tendrían sus planes y estaban encantados de librarse unos días de las hijas. Ninguno cedió frente a sus protestas.

El campamento de equitación estaba situado en un precioso lugar en medio de la sierra, en el que se veía caballos libres paciendo en escarchadas praderas. La vivienda era una acogedora casa de madera que semejaba una cabaña suiza, con humo saliendo por la chimenea, telas escocesas y edredones de suave pluma en las camas. Le gustó, y los cinco chicos y las tres chicas que formaban el grupo, algunos extranjeros, le resultaron amables y acogedores, sin que nadie se extrañara al decir su nombre: Allegra. Siempre había algún chistoso que hacía la inevitable gracia: Qué es lo que alegras o es que cuentas chistes. En fin.

A la mañana siguiente empezaron los entrenamientos en un picadero magnífico, bien acondicionado. Todos tenían un nivel alto y una sana competencia entre ellos. Al final, lo mismo sus padres tenían razón. Mil veces mejor estar aquí que oyendo los portazos, los llantos de su madre, las intempestivas quejas de su atlético progenitor y toda la porquería que se lanzaban el uno al otro. Eso no era amor, ni matrimonio, ni.

—Allegra, ten cuidado que te estás despistando.

Quién se lo decía era un entrenador al que no había visto el día anterior cuando al llegar le presentaron a todo el equipo que iba a ocuparse de ellos. Hablaba con un acento de erres profusas y eses arrastradas que más parecían ces suaves. Lo miró y vio que era un hombre joven, muy moreno de piel, con el pelo oscuro y rizado, más largo del estilo exigido en el lugar. Fibroso, de complexión atlética, a Allegra le pareció un centauro de lo pegado que se quedaba en el caballo.

A la hora de la cena tampoco estaba con el resto de entrenadores y jóvenes. Allegra, sin darle importancia, preguntó por qué. Una sonrisa atravesó la cara de Willy, que llevaba varios años yendo ahí y confesó que era una novedad.

—Todos los años nos sorprenden con alguien, pero este tan raro… –Alzó las cejas con expresión sorprendida—. Creo que es húngaro.

Después del entrenamiento del siguiente día, el húngaro quitó la silla al caballo y les preguntó si querían ver algo. Sacó del establo a un semental pinto, muy brioso, que aún estaba sin domar. El animal echaba espumarajos por la boca y hacía cabriolas mientras el joven le susurraba palabras en un suave lenguaje desconocido para todos. Lo fue calmando hasta subirse en él y a pelo empezar a galopar en el picadero dando vueltas igual que una turbadora peonza. Lanzaba gritos breves que animaban al caballo. Luego se puso de pie y dio una voltereta en el aire sobre el corcel sin trastabillar ni un momento. Todos aplaudían exaltados por el espectáculo.

Al salir Allegra, se le cruzó el entrenador, que no llegaría a los treinta y con su acento arrastrado le dijo mirándola con una oscura fijeza que la hizo temblar.

—No estés triste. Con ese nombre la vida te ha de sonreír –se apretó el labio inferior con el dedo pulgar—. Yo puedo hacerte feliz.

Se echó a reír y guiñó un ojo. La chica salió corriendo con el corazón desbocado. Nunca había sentido nada tan perturbador y esa noche le costó conciliar el sueño, pensando en la mirada, la proximidad, el olor mezclado del caballo con el del hombre y tembló.

Cada día, de una u otra manera, se encontraba con él que le susurraba, como al brioso animal, ternezas que no entendía mientras recogían los arreos o lo llevaba a beber. Esa tarde, mientras cepillaba las ancas del caballo, él apoyado en el fondo de la cuadra la miraba paralizándola.

—Allegra, la joven, Allegra la bella.

Se le cayó el cepillo del temblor y pensó que ese era el momento más feliz e intenso de su vida. Lejos de su casa, lejos de discusiones. Ser el objeto de deseo de un hombre diferente y hermoso, la primera vez que sentía poder despertar eso, envuelta por el calor y la suavidad del animal. Nicolai, así se llamaba, se acercó a recogerlo y apretándola contra él, la besó y la acarició con dulzura y experiencia. Ella pensó que no quería separarse más de él ni moverse de esa cuadra en la que todo le resultaba cálido, prometedor y se echó a llorar de felicidad.

—No llores, Allegra. Yo te haré feliz —le dijo—. Espérame mañana después de la comida bajo el pino del cerro del Berique.

Pensó que todos notarían lo que había pasado. Se sentía diferente, ingrávida, transformada. En la hora de la cena se produjo un gran revuelo, pues una de las chicas, la rubia y adorable Anna no había aparecido. Buscaron por todos lados hasta que se percataron de que había recogido sus cosas. Llamaron a la policía, la angustia se propagó por la encantadora casita de madera. Los jóvenes, temerosos, subían y bajaban tratando de encontrar pistas. Al cabo de un rato apareció uno de los entrenadores y dijo que Nicolai había desaparecido también y que la caja fuerte estaba saltada, incluso el caballo pinto se había esfumado, concluyó.

Tras la sorpresa, en vez de trajín y carreras se instaló un ominoso silencio. Bajó una de las personas que trabajaba en la casa y seguía rebuscando por los dormitorios algún indicio, y entregó una carta al responsable del equipo. “No me busquéis. He huido con Nicolai. Anna” El estupor invadió las caras y Allegra comprobó que las otras dos chicas contenían las mismas lágrimas y decepción que ella.

Acudió a la hora fijada al lugar de la cita sabiendo que no habría nadie, a reconfortarse de lo que podía haber sucedido. Se abrazó a su caballo y pensó que ya quedaba menos para volver a casa.

© Cristina Vázquez

Rufina

Malena Teigeiro

Recién levantada, Leticia se asoma a la ventana. La humedad y la niebla envuelven los árboles del encinar. Aspira profundo y decide cabalgar unas horas. Atenta me espera, piensa. Ella y la yegua tienen ya quince años. Eran casi gemelas. Sonríe. Su madre estaba de parto en el hospital y su padre en las cuadras atendiendo a Rufina, su yegua adorada. Quizá esa fue la causa de su última desavenencia. Nunca le perdonó que hubiera preferido ver parir a Rufina antes que acompañar a su esposa en el nacimiento de su hija. En el fondo, Leticia comprende a su madre, aunque también reconoce que el parto de la mejor yegua, no era ninguna tontería. Se viste, recoge unas zanahorias, y antes de salir hacia las cuadras, bebe un café.

Según le contó Gerardo ––su padre nunca hablaba de ello––, pocos días después de su nacimiento, su madre lo abandonó. Y él, ella y los caballos se quedaron solos en la finca. Lo cierto fue que durante mucho tiempo no supo que había madres. Ni casi mujeres. Tampoco las echaba en falta, la verdad. Su padre desde que ella se fue jamás permitió que mujer alguna trabajara en la casa. Tampoco permitió que Leticia tuviera vestidos. Con la ayuda del mayoral y de Gerardo, el rechoncho cocinero que llegó de la casa de sus abuelos, la crio con el mismo mimo que a sus potrillos, con el mismo cuidado que a Atenta. Casi era un bebé cuando colgada dentro de un pañolón, la llevaba a lomos de la yegua por primera vez. Más tarde, bien sujeta por la cintura, cabalgaba sentada delante de él. Tiempo después, aunque sus piernecitas apenas le llegan a los estribos, ya iba sola, agarrada al cuerno, mientras la yegua era conducida por algún palafrenero. Y Atenta, como si supiera que lo que tiene sobre el lomo es el tesoro de su amo, la paseaba con ternura.

Al entrar en la cuadra, cual anemómetros, las orejas de su compañera la buscan. La joven le da una zanahoria. Con la silla entre las manos, se detiene un instante. Es fiesta y la yegua también tiene derecho a descansar, se dijo para sí. Luego de dejar la silla en su gancho, echa una manta de rayas por encima del animal. Llevándola a su lado, salieron al campo y comenzaron a pasear.

No estaban pasando un buen momento, piensa para sí la niña. Rufina, la vieja yegua de raza española, está muy enferma. Y su padre languidece junto a su querido animal en la cuadra. Anoche lo oyó llorar. Leticia siente las lágrimas en sus mejillas. Con el envés del guante se las limpia. Serán de frío, decide intentando respirar tranquila.

Desde que supo que su madre vivía, cada vez que a través de su padre intentaba preguntar algo sobre ella, él le daba la espalda refunfuñando: Ni lo sé ni me importa. Y fue Gerardo el que, ante su insistencia, le contó que su madre era muy joven cuando ella nació. Y estos montes no eran de su mundo, señalaba a través de la pared el horizonte. Era una mujer a la que le gustaba la ciudad, los amigos, y levantaba los hombros como si no lo entendiera y se volvía hacia sus fogones susurrando: Él no ha vuelto a ser el mismo desde que se fue. Siempre terminaba su perorata rumiando que en su defensa había que reconocer que la señorita se había casado muy enamorada de don Jaime.

Durante un tiempo Leticia buscó alguna foto de su madre en los cajones del despacho. Solo encontró un lote de cartas. La primera fechada dos años después de su tercer cumpleaños. Luego de ordenarlas, las leyó una por una. En todas, ella le rogaba que le permitiera volver. Que la perdonara. Mi marcha fue el arrebato de una mujer que no sabe lo que hace, escribía con temblorosa letra. Que al menos le enviara una foto de su hija.

Antes de dejar las cartas en su sitio, Leticia repitió una y otra vez su nombre. Lo mismo hizo con la dirección del remite hasta aprendérsela de memoria. Ya en su habitación, buscándola en Internet, la encuentra en Facebook. Era ligera, delicada, femenina. A veces aparecía en fiestas con diferentes hombres a su lado. Sin dejar de contemplarla, la niña pasaba con dulzura los dedos por el rostro que le mostraba la pantalla. Un día, ayudada por la dirección, localizó su teléfono grabándolo en el móvil.

Aquella mañana mientras paseaba rodeada de nieve y niebla, Leticia introdujo la mano en el bolsillo acariciando el teléfono. Como si supiera lo que quería hacer, Atenta detuvo su marcha junto a un pino. La niña tuvo unos instantes de duda. Con los dedos helados sacó el móvil y buscó el número.

––Papá y Rufina se están muriendo ––escribió en el WhatsApp.

© Malena Teigeiro

La competición

Liliana Delucchi

De negro absoluto, las gemelas están sentadas una junto a otra ante el féretro de su padre recibiendo las condolencias de vecinos y parientes.

—Hemos pensado que, una vez celebradas las exequias y quizás transcurrido un tiempo prudencial, organizar una carrera de caballos a la que le pondríamos el nombre de su padre, dado el amor que sentía don Prudencio por estos animales —les dice el administrador en voz baja.

Las hermanas asienten con un movimiento de cabeza y un «gracias» apenas audible.

De regreso a su casa se instalan en el salón, cada una en su sofá, en su mundo, frente a frente y en silencio. Lo rompe Mercedes preguntando a su hermana si cree que deberían participar.

—Desde luego que sí, cada una con su caballo —responde Teresa sin levantar la vista de una foto—. La carrera lleva el nombre de papá.

Las niñas, huérfanas de madre a muy temprana edad, habían sido el centro de la vida de don Prudencio y, a pesar del tiempo que le insumían la finca y sus negocios, siempre estaba atento a las necesidades de sus hijas. Con el tiempo pudo comprobar que existía una competencia soterrada, y a veces explícita, entre ellas por reclamar su atención. Tenían piques sobre quién sacaba las mejores notas, cuál hacía el mejor ramo de flores o la tarta más sabrosa. Consternado, llegó a pensar si no sería necesario volver a casarse, pero desechó la idea. Era probable que otra mujer acrecentara el problema en vez de solucionarlo.

El día que Teresa le pidió un caballo se sintió halagado, pero enseguida maduró que sería mejor comprar uno para cada una. Pero me dejaréis que yo les ponga los nombres, les dijo. Y eligió Rocinante para Mercedes y Babieca para su hermana.

Lo que el padre intuyó que serían agradables paseos se transformaron en carreras entre las niñas, trampas incluidas, solo que ninguna era responsable de los engaños sino que culpaba a la otra. La adolescencia incrementó los recelos y los posibles novios el antagonismo. La madurez no logró acercarlas.

Cuando a don Prudencio le diagnosticaron la enfermedad que acabaría con su vida, llamó a sus hijas y con la dulzura que lo caracterizaba, les dijo:

—Estoy a punto de marcharme y no querría hacerlo sin una promesa por vuestra parte. Dejad de lado vuestras diferencias, eso solo os traerá desasosiego. Sin mí solo os tenéis la una a la otra. Por favor, quereos como os he querido.

Llegó el día de la carrera. Todo está dispuesto, vecinos y aparceros participan de esta conmemoración a quien durante años fuera una persona querida en la comarca.

Las gemelas están montadas cada una en su caballo. Se miran, se estudian. Se escucha un disparo y baja la bandera que da inicio a la competición. Los animales salen al galope, menos Rocinante y Babieca, que se mantienen en su sitio. Las hermanas se miran y, sonrientes, avanzan al paso en dirección al estanque en el que celebraron la última merienda con su padre.

© Liliana Delucchi

Mi caballo preferido

Marieta Alonso

«Había una vez un rey que tenía una hija casadera y decidió que solo la entregaría en matrimonio al hombre que montara un hermoso corcel y diera un salto que llegara a la terraza del palacio, y así lo fue anunciando por todas las sitierías».

Comenzó a contar la abuela a su nieta, como cada día, aquella vieja leyenda cubana.

«Cerca de palacio vivía en un minúsculo terreno, sembrado de maíz, un padre con tres hijos. El pequeño era su orgullo, pero los otros dos… El anciano tenía que velar cada noche para que los caballos jíbaros no se comieran lo sembrado, en cambio sus dos hijos mayores se iban al pueblo a emborracharse. Un día trajeron la noticia de lo propuesto por el rey.

La noche en que iban a saltar los jinetes, el hijo menor dijo:

—Papá, yo velaré el maíz. Usted ya está muy viejito y muy cansado.

El padre temía que se fuera a dormir. Pero el muchacho le tranquilizó:

—No se preocupe. Me llevaré un güiro con ají picante y cuando me entre sueño me paso el ají por los ojos y así no me dormiré —y también cogió un lazo de pita por si podía atrapar uno de esos malvados caballos que se comían el maíz.

Por la madrugada llegaron los animales, puntuales como siempre, y con mucha maestría pudo enlazar al más grande y más lindo de todos ellos. Comenzó a jalar la bestia, pero él cobraba soga y le atrincó en el tronco de un árbol, hasta que el cuadrúpedo se cansó.

Temeroso, Bandolero le explicaba que era el caballo del Diablo y que no podía ver los claros del día. Que lo soltara, que podía prometerle que ningún otro vendría nunca más a comer del maizal.

Pero el hijo menor no aflojaba.

—Suéltame, que cada vez que toques tres veces el tronco de este árbol y digas: «Ven, Bandolero, caballo mío». Yo vendré corriendo para lo que te pueda servir.

Entonces, mirándole a los ojos confió en él, e hicieron un juramento. El caballo del Diablo salió casi volando.

El muchacho con la amanecida se fue para su casa y halló a sus hermanos haciendo el cuento de los équidos que saltaron y que no pudieron llegar a la terraza del palacio. Cuando el padre fue a ver el maizal lo halló intacto, prueba irrefutable de que su hijo menor no se había dormido. Al acabar el día:

—Me voy a velar el maíz, papá.

En cuanto llegó al árbol lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío,

En medio de un gran resplandor apareció el caballo iluminando el monte. El hijo menor se montó en él y en cuanto estuvo encima se le cayeron los guiñapos de ropa y se vio con un vestuario de príncipe. Fueron al pueblo y al llegar a palacio, Bandolero dio un salto y cayó en medio de la terraza donde estaba la princesa sentada en su trono. El rey quiso cumplir lo prometido pero el muchacho dijo:

—No señor, tengo que venir dos veces más y después me casaré con su hija.

Se retiró y al llegar al árbol Bandolero desapareció y los harapos volvieron. Al llegar al bohío halló a sus dos hermanos haciendo los cuentos de lo que había pasado.

—Yo era el príncipe que saltó a la terraza del palacio del rey —confesó con humildad.

Y los hermanos se burlaron de él:

—Cállate y no hables, basura. ¿Habrase visto mayor mentiroso? Y le abofetearon hasta que el padre intervino.

A la noche siguiente el hijo menor se fue al árbol y lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío.

Y apareció atravesando el monte a toda carrera iluminado por la luna llena. Volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior, llegó, saltó a la terraza, y le dijo al rey:

—Mañana volveré otra vez a saltar y entonces me casaré con la princesa.

Repitió a sus hermanos que él era el príncipe. Y le volvieron a golpear por embustero. El padre tuvo que defenderle otra vez.

A la tercera noche, llegó al árbol y lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío.

Caballo y muchacho llegaron al palacio, saltaron y cayeron en medio de la terraza. Allí estaba el rey, la princesa y el juez que les casó. Y dijo al rey:

—Quiero que usted mande a buscar a mi papá y a mis hermanos.

El monarca envió su carruaje con una escolta de soldados y cuando el padre lo vio venir a lo lejos, espantado balbuceaba:

—Por algo vendrán. Seguro que ustedes han hecho algo malo en el pueblo y nos vienen a prender.

—No, papá, nosotros no hemos hecho nada, solo hemos estado bebiendo y divirtiéndonos.

Arribó la calesa y se llevó a los tres. Temblaban creyendo que, igual que se corta con un afilado machete, la maleza y la caña de azúcar, a ellos les iban a chapear la vida. Al llegar a palacio, les hicieron subir hasta el trono y allí estaba el hijo menor como todo un príncipe, que cuando vio a su padre corrió a abrazarlo. Y dirigiéndose a sus hermanos, dijo:

—Vagos, pendencieros, y borrachines, ahora van a trabajar como mulos en los establos.

Luego, se dirigió a su padre con gran cariño:

—Usted, papá, tiene el palacio para ir a donde le plazca. No volverá a trabajar, ni a pasar hambre, pero a estos dos hay que darles un buen escarmiento. ¿No cree?

Y colorín, colorado…».

—Cuéntamelo otra vez, abuelita.

—Allá voy.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La boda

15 septiembre, 2018 por Akelarre Deja un comentario

Relatos sobre bodas

La boda

Una boda es una ceremonia religiosa o civil. Es un rito que formaliza la unión entre dos personas ante una autoridad externa que regula y reglamenta el procedimiento, el cual genera compromisos contractuales u obligaciones legales entre las partes o contrayentes. Se concibió como una poderosa razón para crear una familia, mejorar condiciones de vida con reparto de tareas y útil para la cooperación entre comunidades.

Esta actitud de interés compartido se mantiene hasta el siglo XVIII en el que se empieza a pensar en el enamoramiento como razón para el matrimonio.

¿Pero qué hay verdaderamente detrás de cada casamiento? Los más románticos dicen que amor, sin embargo, encontramos intereses, soledad, amistad y hasta deseos de venganza. ¿Quién no ha temblado ante la tragedia de Bodas de Sangre? ¿Quién no se ha emocionado ante el amor de Romeo y Julieta o desesperado frente al de Cyrano de Bergerac?

A partir de una foto antigua, nuestras brujas han creado cuatro historias diferentes en las que nada es lo que parece y si lo parece no lo es.

Esperamos que os gusten.

Bendición

Cristina Vázquez

Kristen, una mujer con principios

Malena Teigeiro

Regalo de boda

Liliana Delucchi

Ménage à six

Marieta Alonso

Bendición

Cristina Vázquez

Me molestaba que los tres ramos de rosas fueran casi exactos de tamaño, el mío sólo un poco más frondoso, pero la ocasión lo merecía. Aunque le hubieran quitado las espinas, me pinchaba un poco, pero no me importaba, era una señal más de la realidad a la que emergía y que nunca soñé iba a poder alcanzar: Por fin era la novia.

Mi cara expresa una alegría pícara. Sí, picara, o así lo veo yo ahora que la contemplo con detenimiento. O quizás de satisfacción de haber llegado hasta ese pretencioso estudio, y posar con mi elegante traje, el tremendo ramo y unas parejas de familiares de mi marido. Una de las chicas se la ve fastidiada, pues soñaba en casarse con él.

Cuando me encontró vagando por esa acequia, le dije a mi hoy marido que había tenido un accidente de coche y que por eso estaba en ese lamentable estado: desarreglada, con alguna mancha de sangre y un desgarrón en la blusa que dejaba al descubierto mi combinación y algo más. Él es bueno en el sentido más simple de la palabra, o eso pensaba yo entonces. No se le ocurría la maldad porque le supondría un esfuerzo mental. Me miró acongojado, dispuesto a prestarme ayuda, atención, y yo en ese momento logré un oportuno desmayo.

Me desperté en el asiento de su coche en el que me llevaba al hospital, pero le aseguré que ya estaba bien y que me dejara en cualquier sitio. Paró el vehículo. A quién podía llamar para auxiliarme, preguntó, tenía familia. Y con cara de gatita asustada le susurré que estaba sola en el mundo y que me había quedado un poco desmemoriada.

Me dejó en un hotelito discreto a las afueras del pueblo a la espera de que me recuperase y que no me preocupara por el dinero, él se haría cargo de todo hasta poder contactar con alguien. Alguien que nunca apareció, pues yo tardaba en recuperar la memoria entre miradas intensas, llantos imprevistos apoyada en su joven pecho y una mano descuidada en su muslo de chico sano y valiente.

Él, Jonás, así se llama, me miraba con toda la sorpresa de su inocencia y de su vida solitaria. Huérfano de madre, necesitado de cariño y cobijo lejos de un padre justiciero y dominante. En cambio yo, lo que necesitaba era esconderme y encontrar algo a lo que agarrarme, así que a los pocos meses me pidió que me casara con él. Estaba locamente enamorado repetía con ternura, y además, cada poco, le amenazaba con recuperar la memoria y tener que irme.

Cuando me presentó a su padre, un hombre fornido, de pobladas cejas y formidable estatura, me miró de arriba abajo. Ya conocía yo esas miradas, y con sonrisa burlona le preguntó a su hijo.

––¿Estás seguro del paso que vas a dar?

Y con tembloroso estremecimiento afirmó que sí, que por fin había encontrado amor y comprensión. El padre brindó de mala gana y cuando nos despedimos me retuvo un momento para enseñarme una pistola antigua. Como hiciera daño a su hijo me las vería con él me advirtió mientras acariciaba la pistola con obscenidad. Al despedirme me alcé en las puntas, le di un beso muy cerca de la boca y le susurré.

––No quiero morir y he encontrado mi refugio.

Me dio un cachete en el trasero.

Han pasado muchos años y el otro día descubrí en el fondo de una caja dónde Jonás guardaba sus recuerdos, el recorte de mi foto en el periódico, ya amarillenta. Entonces comprendí lo que era de verdad la bondad.

© Cristina Vázquez

Kristen, una mujer con principios

Malena Teigeiro

Pasando el dedo por encima de su zapato de raso, Kristen contemplaba la fotografía. Sus padres, que habían temido con auténtico desasosiego que se quedara soltera, posaban con evidente orgullo en la foto de la boda. Y si bien era cierto que se había hecho esperar, ahora presumían del esposo de su adorada hija. Según ellos, reunía todas las cualidades que se pudieran desear.

El recuerdo la hizo sonreír divertida y en su arrugado rostro, aunque ya no tímidos, aparecieron sus simpáticos hoyuelos. Había sido la última de sus amigas en abrazar el matrimonio y si lo hizo, fue porque no le había quedado más remedio si quería culminar sus pretensiones. Suspiró satisfecha. Difícil había sido su vida, aunque divertida también. Guardó el retrato y marcó el número de sus abogados. Después de una breve conversación, se dispuso a esperar.
Su marido era hijo de Mister Marcus B. Senior, industrial del acero y del petróleo del que se decía que si llegaba algún día a arruinarse, con él se hundiría el país. Era pícaro, bien plantado, y por si fuera poco, gastaba una voz dulce y aterciopelada que al igual que los ojos de una serpiente, adormilaba y convencía a todo el que la oyera. Su suegra, Isobel, ya era otra cosa. Mujer altiva, presuntuosa y con poco cerebro, había heredado de su padre unos terrenos de los cuales brotó el petróleo que Mister Marcus B. Senior supo manejar. Y su hijo, el que se convirtió en su esposo, había salido a ella. Porque a su juventud se le podía achacar el que fuera completamente inexperto en las artes amatorias, también la timidez, así como su tierna ingenuidad, pero no el ser lelo y bastante papanatas. Kristen recogió de nuevo la foto. Acarició la risueña boca de la bella novia, luego hizo lo mismo con la del novio. Y recordó los pegajosos besuqueos de Marcus B. Junior, sus manos incapaces de acariciar, su brusquedad al intentar poseerla. ¡Cómo le repelían esos instantes! Suspiró profundo. Y si había soportado con aparente alegría y mimo el sacrificio de fingir ante el amor de su joven esposo, a cambio se había llevado al heredero de todo el imperio.

Se habían casado en la catedral, y después celebraron el banquete de bodas en la mansión de sus suegros en Long Island. Y ahora que veía la vieja foto, se daba cuenta. Ella y él, fueron los únicos felices ese día. A su madre, eclipsada por la elegancia de Mrs. Isobel no se la veía muy contenta, a su padre sí.

Con gran habilidad, Kristen se convirtió en la amiga indispensable de su suegra, por quien se dejó guiar y reeducar, creía la buena mujer, y a quien acompañaba a cualquier acto. Pronto se quedó embarazada, y nació Marcus B. Tercero. En la fiesta del bautizo hubo hasta fuegos artificiales traídos especialmente de China para la ocasión. Su marido llevaba al bebé en brazos de un lado para otro mostrándolo con verdadero orgullo. Es igual que yo, ¿verdad?, preguntaba a todo el que se acercaba. Y desde entonces, poniendo como motivo que tenía que vigilar a su hijo, nunca más volvió al despacho de la Torre B., en la Quinta Avenida, despacho que a instancias de su suegra, hábilmente inducida por su nuera, no tardó en ocupar Kristen. La joven se descubrió tan diligente y trabajadora, que pronto se convirtió en una figura indispensable en la empresa. Y las muchas horas que allí pasaba, la llevaron a ocupar una habitación en la Torre B. Decía que se quedaba allí a dormir para no despertar a su esposo y a su hijo cuando llegaba tarde. Y así, en completa armonía, teniendo un hijo tras otro, hasta cinco, fueron pasando los años.

Falleció primero su suegra, cuatro años después, su suegro. Kristen se quedó a cargo de todos los negocios, que supo dirigir y acrecentar, rodeándose, eso sí, tal y como le había enseñado su suegro, por los mejores directivos. En cuanto su hijo mayor, joven bien parecido, divertido y serio a la vez, terminó sus estudios, lo sentó a su lado y lo inició en el manejo de la fortuna familiar. Así continuó su vida hasta esa tarde en la que llamó a sus abogados. Y no muchos meses después, Kristen tuvo a bien irse al otro mundo.

Y ahora, sentados en el despacho de Hutton & Hutton, abogados, se encontraban los cinco hijos dispuestos a escuchar la lectura del testamento. Antes de comenzar, Mister Hutton les entregó un sobre cerrado con lacre. Para ser abierto después de mi muerte y previo a la lectura del testamento, decía una elegante letra azul marino. Abrió la carta el hijo mayor y se en el mas riguroso silencio, se la fueron pasando unos a otros. Al terminar la hija pequeña de leerla, con un gran suspiro y la mayor de las sonrisas, se la devolvió al notario. Y fue justo en ese instante cuando todos escucharon la voz de Marcus B. Tercero.

––A fin de cuentas, todo queda como antes. ¿No creéis?––se frotó las manos.

Después de arrellanarse en la butaca, recorrió uno por uno los rostros de sus hermanos. Si como les contaba su madre, continuó, desde que había visto por primera vez a su abuelo se habían enamorado locamente, y sabiendo que su abuela era la dueña de casi todo el patrimonio familiar, y que si su abuelo le pedía el divorcio los dejaría en la calle, y que, por consiguiente, la única forma que tuvieron de culminar su amor fue el matrimonio de nuestra madre con nuestro supuesto padre, resopló irónico, lo habían sabido hacer bien.

––Papá fue el hombre más feliz del mundo ––elevó las cejas y sonrió.

––Y no digamos el abuelo ––levantó un dedo el menor de los hermanos.

––La situación es de lo más divertida y pintoresca ––apuntilló el segundo conteniendo la risa––. ¡Y pensar que según la abuela éramos el ejemplo moral de las familias de Nueva York!

La joven Marcelita soltó una sonora carcajada que fue seguida por sus cuatro hermanos.

––Continúe usted, Mister Hutton ––remató Marcus B. Tercero.

© Malena Teigeiro

Regalo de boda

Liliana Delucchi

En el amplio camarote de primera clase, recostadas sobre una cama, tres jóvenes contemplan una foto. A su alrededor, sobre las sillas y tirados por el suelo los vestidos y tules de luto que acaban de quitarse.

––Estabas guapísima, Sara, con el vestido de novia tan criticado en esa mini ciudad de paletos ––dice Esther, la hermana del medio, mientras se quita la media negra y estira los dedos de los pies.

––Cuando nos vio con nuestros trajes, que dejaban al descubierto mucho más que los tobillos, a tu suegra casi le da un espasmo ––interviene Raquel, la menor.

El enlace había sido arreglado por la abuela de las tres cuando, después de la muerte de sus padres en un accidente de tráfico, comprobó que la única herencia que les habían dejado fueron largos viajes alrededor del mundo, conocimiento y una sofisticación que no cuadraba demasiado con aquella zona de La Mancha.

––Al menos sois guapas y tenéis clase, dos cualidades muy apreciadas por cierta gente que si bien tiene el dinero que necesitamos, carece de lo que vosotras atesoráis -les dijo la abuela una vez finalizado el funeral.

No tardó en iniciar las negociaciones con los Sánchez, una familia con tres vástagos en edad de casarse y con una renta considerable como para mantener el nivel de vida de sus nietas.

––Teobaldo, el mayor, será para Sara ––informó la señora a su regreso de la visita a los vecinos––. Sus padres están de acuerdo. Ignacito, el segundo, para Esther y el menor para ti, Raquelita.

––¿Y cómo se llama el menor, abuela? ––preguntó Raquel con sorna.

––Jeromín. Eso creo. He hablado tanto y escuchado más de lo que mi viejo cerebro puede digerir que ya no me acuerdo, ––contestó la señora mientras pedía a la criada una copa de licor––. De todos modos los conoceréis el próximo sábado. Vendrán a merendar.

Si las jóvenes esperaban a los tres mosqueteros, se llevaron una desilusión. Bastos y sin los modales a los que estaban acostumbradas, los hombres se sentaron uno junto al otro en un sofá de la biblioteca y solo abrieron la boca para degustar los pastelitos.

La primera boda se celebró un soleado día de mayo. Sara estaba preciosa con el vestido que su madre había tenido la previsión de comprar en París antes del accidente, y las hermanas oficiaron de damas de honor con igual elegancia y excentricidad.

El pobre Teobaldo murió durante la noche de bodas, incapaz de soportar los embates de su primer orgasmo. Con lo buen jinete que era, murmuraba la abuela de las chicas, y no pudo montar a su mujer.
El periodo de luto por ese fallecimiento retrasó la boda de Esther con Ignacito, que tuvo lugar un año después, aunque con menor boato. Esta vez, el novio superó la prueba del sexo y, a pesar de que su esposa lo conminaba un día sí y el otro también para ver si tenía la misma suerte que su hermana mayor, el hombre superaba las proezas. Este es un verdadero cabalgador, cuchicheaba la abuela. Así que la joven no tuvo más remedio que acudir a los consejos de una octogenaria conocida por sus brebajes.

––Toma, hija ––le dijo la anciana mientras le daba un frasco de cristal ––es belladona. Unas gotas todos los días, de a poco, y verás cómo dentro de un tiempo estará con su hermano mayor.

Y así fue. Una madrugada apareció muerto en la cuadra, junto a su yegua favorita.

De más está decir que Jeromín no quiso saber nada de casarse con Raquel. Esas hermanas traían la parca bajo el brazo, pensaba no sin razón el muchacho.

Con la teatralidad de los trajes de luto y pañuelos de batista bajo las narices, las tres viajaron a Inglaterra para embarcarse en un vapor que las llevara a Nueva York. Allí habría señores que desconocieran sus historias y sería fácil encontrar algún candidato para la menor, ya que esta aún no había heredado fortuna alguna de un marido.

Ahora están las tres en ese camarote, mirando la foto de la primera boda y soñando con la tercera.

––Ponte el vestido rojo ––indica Esther a su hermana pequeña–– realza el color de tu piel y dejarás pasmado a ese banquero neoyorquino. Esta noche tienes que estar deslumbrante ––continúa mientras se cepilla el pelo––. Por cierto ¿qué querrás de regalo de boda?

––Un frasco de belladona ––responde Raquel colocando una gardenia en su escote.

© Liliana Delucchi

Ménage à six

Marieta Alonso

No quería vestir de blanco, trataba de ser honesta consigo misma, pero nadie en su sano juicio se atrevería a sugerir semejante insensatez delante de un padre como el de Gertrudis. ¡Eran otros tiempos!

Fue él quien le impuso ese novio que ahí ven con cara de buena persona, siempre serio, y al que intentó oponerse sin éxito. Todo estaba hablado al milímetro entre los progenitores, eran amigos de toda la vida, de la misma posición social y las tierras lindaban unas con otras. El futuro nieto unificaría las dos grandes fortunas. Cada uno aportó, de momento, una sólida dote.

La gente que conocía al prometido lo estimaba, pero en la novia esos sentimientos se encontraban a un nivel muy bajo, es más, la sacaba de quicio, por lo que tenía tales remordimientos, que la obligaban a respetarle, un poquito, no mucho.

En esa foto que presidía el dormitorio está la historia de sus vidas. Mirad las caras femeninas, deteneos en sus ojos, hay determinación, luego las masculinas, socarronas. Tal parece que les envuelve una atmósfera enrarecida como si cada uno creyera llevar las riendas de su vida.

De derecha a izquierda vemos el hombre al que Gertrudis amaba, casado con su mejor amiga, que a la vez estaba enamorada de aquel que juró ese mismo día, amar y ser fiel. Sufría por su desamor, no le hacía ni pizca de caso por lo que se entretenía con el último de la izquierda, el que tiene levantados la punta de los relucientes zapatos, al que su mujer engañaba con el que hoy celebraba su matrimonio. Eran tres parejas muy bien avenidas. No hay que pensar en futuras tragedias.

La madre de Gertrudis, a la que no se le escapaba nada, un día le susurró: Haz que dure esta perturbadora paz. Los sentimientos pueden ser cambiantes pero el patrimonio es inamovible. Y con un pañuelo bordado de hilo se retocó la mejilla.

Esa bonanza perduró toda la vida. En la juventud demostraron, como buenas amigas, que compartir podía ser algo hermoso y excitante. Ya de mayores siendo viudas se reunían ‒como siempre habían hecho‒ una vez a la semana para criticar a quienes pasaban cerca de ellas, recordar esos momentos que dejan huella, comentar las últimas novedades, reír… Llorar, estaba prohibido. El surco que dejan las lágrimas no hay crema que lo disimule.

© Marieta Alonso

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Restaurante Lhardy

15 junio, 2018 por Akelarre 17 comentarios

Restaurante Lhardy

Restaurante Lhardy

El famoso restaurante Lhardy entra en su tercer siglo de existencia en la misma casa de la Carrera de San Jerónimo donde abriera sus puertas en 1839.

Gran parte de la historia de España se ha tramado entre la elegancia de estas paredes, bajo sus lámparas que evocan la etiqueta y solemnidad del romanticismo, y en torno a sus manteles que continúan subrayando los más delicados refinamientos gastronómicos.

En este ambiente inalterable, con el estímulo de manjares y amores, se han decidido derrocamientos, repúblicas, restauraciones, regencias y dictaduras.

El tiempo que pasa y vuelve, retorna siempre a los comedores de Lhardy, a la intimidad del salón blanco y a la fantasía oriental, ensueños coloniales del comedor japonés, para seguir tejiendo la historia secreta de España pero, sobre todo, pasado y porvenir se funden en la luz indecisa del famoso espejo, donde nuestras imágenes conviven con las sombras de personajes que allí se reflejaron.

Trabajo nocturno

Cristina Vázquez

La vida de un botones

Malena Teigeiro

Despedida

Liliana Delucchi

A lo dicho, hecho

Marieta Alonso

Trabajo nocturno

Cristina Vázquez

No podía olvidar las primeras palabras de la señora, le rebotaban en la cabeza y en el corazón, tanto que creyó que iba a reventar los brillantes botones de su uniforme. Se veía elegante con su levita cruzada azul marino, la corbata de plastrón y unos botines acharolados que había heredado del portero anterior, pero que aún estaban en buen estado y él, Severiano, los cuidaba con esmero de orfebre.

Por las noches muy tarde, casi en la madrugada, antes de echarse a dormir después de haber cerrado la puerta al último cliente o haber llamado un coche de punto, refugiado en su buhardilla, cepillaba el uniforme y con un paño mojado en leche limpiaba los botines. Volvía a recordar con emoción el momento en que la señora se dirigió a él con picardía.

Era un orgullo ir bien aseado, pues al fin y al cabo, había conseguido un puesto de relumbrón: portero de Lhardy. Casi nada. Gracias a la recomendación del anterior, paisano del mismo pueblo de Galicia y que le había sacado de ir con el chuzo y el farol abriendo puertas. Y las propinas no eran comparables a las irregulares del vecindario del barrio de Pozas.

—Con lo bien plantao que eres, harás carrera —le reconoció al despedirse.

 A él se le quedaron grabadas esas palabras como diamantes la noche que le alertaron de que iba a llegar una visita muy importante. Tenía que estar atento porque la señora no iba a utilizar la entrada principal, sino que subiría por la escalerita que daba a la puerta pequeña.

Apareció un discreto coche tirado por dos preciosos caballos negros, con una coronita pequeña en la puerta. Se bajó una mujer en la treintena, rubia, clara de piel y con unos ojos azules grandes y algo saltones. Le recordó, más entrada en carnes y con más años, a la Virtudes, la moza que le robaba el corazón y esperaba poder traérsela a Madrid en cuanto tuviera un poco de ahorros y seguridad. El mismo color, se decía, mirándola con disimulo.

—Anda, no mires tanto al suelo y dame el brazo —su voz sonó grave y melodiosa.

Él, erguido como un húsar, le ofreció su brazo y la acompañó a la entrada que le habían indicado. Al traspasar el umbral la señora que le llegaba al hombro, le miró con detenimiento alzando la cara, pues Severiano era de buena estatura y complexión fornida. Y sintió como su mirada le recorría sin prisa el frondoso bigote rubio y la boca de religiosa perfección. A Severiano le empezó a temblar el alma. ¡No podía ser que fuera ella! La había reconocido de los cuadros y los billetes y sin venir a cuento, se quitó la chistera y se dobló de tal manera que casi empuja a la regia dama.

—Déjate de reverencias y ayúdame a subir las escaleras —dijo socarrona.

Como eran muy estrechas él se colocó de espaldas a las mismas sujetándole las manos. Renqueaba con cierta dificultad por lo abultado de las faldas y de ella misma. En una vuelta casi se queda encajada.

—Si sigo comiendo los cocidos de este sitio van a tener que ensanchar la escalera —rio con franqueza.

Le pidió que la alzara del suelo para acceder el otro tramo. Así lo hizo, y mientras la sostenía con dificultad, su perfume de nardos le inundó y se trastornó al tener tan cerca una mujer tan fina. Ella se reía con desparpajo, animándole, vamos, que ya casi lo conseguían. Y al llegar arriba la esperaban maîtres y camareros doblados. Con disimulo se quitó una pulsera y se la dio.

—Con lo guapo que eres seguro que tendrás una enamorada —-se le hicieron dos hoyuelos en la redonda cara y le apretó la mano —. Regálasela, pero no te vayas lejos.

A partir de ese día le subieron el sueldo y le compraron unos botines nuevos. Esperaba con impaciencia la llegada del discreto coche negro, pues siempre le caían unos doblones o alguna joyita. Al fin y al cabo, como era un buen empleado, concienzudo y serio, cumplir con el deber en el comedor interior forrado de cordobán, no podía decirse que fuera un trabajo muy duro.

Él pensaba en su Virtudiñas, ya le enseñaría lo que era ser un señor de los pies a la cabeza.

© Cristina Vázquez

La vida de un botones

Malena Teigeiro

Antes de llegar aquí, fui botones de Lhardy. Cuando entré a trabajar al restaurante tenía diez años. Mi uniforme me gustaba. Era rojo con multitud de botones dorados, un bonete sujeto a la mandíbula por una estrecha correa de piel, guantes blancos y negros botines. El trabajo lo había conseguido porque mi madre planchaba la ropa para la esposa de un señor importante, de los que en aquel tiempo mandaban y que tuvo a bien recomendarme. Desde el primer día me sentí importante, aunque mis funciones solo consistieran en ir de allá para acá, atendiendo los deseos de los clientes. A Lhardy iban personas de lo más principal, incluso llegaban a comer o cenar grupos de mujeres sin hombres. Y no crea, no se veía mal, no. El anciano se detuvo y suspiró. Pues como le decía, mi trabajo consistía en ir a por los periódicos, comprar cigarros, llevar tarjetas y sobres a los domicilios, y cualquier otra cosa que se pudiera necesitar. Y fue en aquellos días cuando la vi. Era pequeña, regordeta y con un triste brillo en sus alegres ojos, como la del que lo tiene todo pero que le falta lo que desea. Sólo iba al comedor blanco, aunque a mí el que más me gustaba era el japonés, al que acostumbraba a ir el amigo de la señora. En mis primeros tiempos, cuando ella entraba allí, no me dejaban pasar ni por el pasillo y tenía que dar la vuelta por la escalera.

Ella solía venir muy a menudo, a veces sola, otras con amigos, y casi siempre la esperaba el hombre alto, de cabello blanco, delgado y con el labio inferior bastante grueso. Mi jefe, don Emilio, el dueño, y que al ser francés era muy elegante, hablaba con una media lengua castellana sin pronunciar bien las erres, un día me ordenó que cuando la señora entrara en el comedor me colocara detrás de la puerta y que estuviera bien presto a realizar cualquier servicio. Todavía lo recuerdo: No te muevas de ahí, ¿me entiendes?, masculló agarrándome por la oreja. Él llegaba siempre embozado, ella subía riendo, saludaba a don Emilio, que le correspondía con una inclinación con la que casi tocaba con la frente el suelo, y entraba con sus orondas caderas y su regordete rostro.

Una noche hubo una gran discusión. De pronto escuché ruidos de espadas. Ella, bastante tranquila, salió del comedor. Se colocó un dedo delante de los labios y yo comprendí. Venga por aquí, le susurré. Y me siguió hasta la puerta de atrás.

Días después llegó a la corrala en donde vivíamos, un alabardero de palacio. Llevaba una carta y siguiendo las instrucciones de aquel recado, vestido con mi uniforme rojo de botones dorados y sin soltar la mano de mi madre, bajé por la calle Arenal. Luego de cruzar la plaza de Oriente, entramos en el inmenso edificio guiados por un criado, que nos entregaba a otro, y así hasta llegar a una sala en donde una señora me ordenó que la siguiera. A mi madre le dijo que se sentara y que no se moviera de allí hasta que regresáramos. ¡Era no conocerla! Seguimos cruzando salones hasta llegar a un pequeño despacho en donde la señora estaba escribiendo. Se levantó y me abrazó. Olía muy bien. Y aunque era bajita y regordeta, como yo era muy chiquitajo, me hundió entre sus senos. ¡Qué bien olía! Cómo la mejor flor del parterre. Y mi madre, que como no podía ser de otra manera nos había seguido, se emocionó al verla. Y lo sé porque la escuché hipar. A ver si se enfada, recuerdo que pensé. Cuando ella la vio, le dio las gracias por la buena educación que me había dado, y por el buen corazón que tiene su hijo, señora. Y mi madre con la emoción del momento, le hizo una reverencia tan grande que se cayó de rodillas.

Y así cambié la puerta del comedor del restaurante por la de su despacho. Hasta que se fue a San Sebastián de veraneo y después a París. Y como nadie me dijo nada, yo continué allí haciendo guardia mientras esperaba su regreso.

Seis años más tarde, ocupó el despacho su hijo, que también era muy agradable. Dijo que quería que yo continuara detrás de la puerta de su despacho, igual que había hecho con su madre. Y así lo hice. Los primeros tiempos fueron muy alegres. Se casó con una señorita andaluza de bien, risueña, graciosa y dicharachera. ¡Ay!, la pobre se fue para el otro mundo en un sentir. A todos nos dio mucha pena. ¡Era tan joven y guapa! Luego se volvió a casar. Pero la nueva ya no fue lo mismo. Era bastante seria, y tiesa, aunque lo cierto fue que nadie pudo nunca decir que no fuera educada y amable. Y desde luego era bella, pero sin la guapura esa que tienen nuestras mujeres. Cuando me veía le gustaba preguntarme por mi familia —entre tanto me casé y tuve tres hijos, que se me colocaron de granaderos—, pero como yo estaba acostumbrado a ese deje del sur en el acento, como ella lo tenía que parecía que en vez de saliva llevara chorros de hierro en la boca, pues no me resultaba agradable del todo.

Y ahora, ya ve, aquí sigo, detrás de la misma puerta y del mismo despacho, echando de menos a aquella que me trajo desde el restaurante Lhardy. Eso sí, hace ya tiempo que me han puesto una silla.

© Malena Teigeiro

Despedida

Liliana Delucchi

El bastón suena acompasando los pasos que lo siguen sobre la acera de la Carrera de San Jerónimo. Erguida, como si los años no hubieran pasado por ella, doña Concepción mira sin reconocer los escaparates a lo largo de la calle hasta llegar a una puerta acristalada que le abre un señor bien vestido.

—He vuelto, querido, y todo sigue igual —murmura mientras la acomodan.

—Cocido completo —ordena al maître— …y una botella de Vega Sicilia.

Sentada a la mesa de entonces, la que está frente al espejo, mira con nostalgia el reloj que sigue en el mismo sitio y oye lejana la voz del camarero:

—¿Espera a alguien más, la señora?

Concepción levanta los ojos ante ese hombre atildado y con una sonrisa responde: «No».

Suspira profundamente. Solos como entonces, querido, pero esta vez el resto de los comensales son desconocidos. ¿Recuerdas cuando señalando una mesa con la mirada me informabas ese es el ministro tal o a tu derecha está sentado el secretario cual con su nueva amante? Se estira la falda antes de extender la servilleta. Nos reíamos inventando las historias que imaginábamos sobre todos ellos y tú me contabas esos secretos de estado que nunca debían salir de tu boca. Éramos intocables. Hasta que llegó la verdad, hasta que un día, sentados a esta misma mesa, me dijiste que te habían defenestrado. Te enviaban como embajador lejos, muy lejos.

La mujer aspira el aroma del caldo y piensa en el doctor Fernández. Valiente cretino. Decirme que cuide la dieta, a mi edad y en mi estado. «Ni carnes ni grasas, señora, y olvídese del alcohol» Me dijo durante la última visita. ¡Como si fuera a hacerle caso!

No hubo despedidas, aquella fue la última vez que nos vimos. Partiste con tu familia y no volví a saber de ti. Bueno, algo sí. A través de conocidos supe que esperabas un cambio de gobierno para volver, pero si bien los gobiernos cambiaron, nunca volviste. No lloré. Ni una lágrima. Por eso estoy aquí, para saldar esa cuenta conmigo misma, para poder alejarme como es debido, para decirte adiós en este lugar en el que compartimos tantas cosas bonitas.

No puede terminar el plato de cocido, deja la mitad, pero apura unas copas de vino. No es por hacerle caso al médico, es porque mi estómago ya no puede con tanto. El tiempo se ha llevado hasta mi apetito.

Cuando el camarero se acerca para ofrecerle algún postre le dice que no, solo una copa de Peinado.

—Y en media hora me pide un taxi, por favor –agrega con esa sonrisa que sí ha conservado.

Levantando la copa de brandy, antes de beber el primer sorbo, murmura: Hasta pronto, querido.

Ya en el taxi, siente la pesadez provocada por la comida y el alcohol. Mira a través de la ventanilla esa tarde de invierno que cae sobre Madrid, los magníficos edificios que empiezan a iluminarse. Baja el cristal para aspirar el aire helado y escuchar el ruido del tráfico. Vuelve a levantarlo, apoya la cabeza contra el respaldo y siente unas gotas saladas que descienden por su rostro para perderse en los labios entreabiertos.

—¿Se encuentra bien, señora? —Le pregunta el conductor, un joven con el pelo muy corto y un pendiente en el lóbulo derecho.

—Estupendamente, hijo. Y le voy a dar un consejo: llore de vez en cuando, no sabe cuánto alivia el alma.

© Liliana Delucchi

A lo dicho, hecho

Marieta Alonso

La otra noche perdió la serenidad. Presa de la angustia no pudo dormir. Y se sorprendió al sentir tristeza y celos. Ella era así, cualquier secreto, por nimio que fuese, lo consideraba alta traición.

No pretendía que todo el mundo la amara. Con que unos cuantos lo hicieran era suficiente, pero el respeto era fundamental, pensaba mientras se colocaba con nerviosismo los finos guantes.

Aún era temprano. Se acicalaba para tomar las riendas de su vida a pesar de la borrasca que caía sobre Madrid, y que desde la víspera no había dado respiro. Luego al salir a la calle la abofeteó ese olor que acompaña a la primera lluvia tras un largo período de sequía —los ingleses lo llaman petricor—. Insoportable ese vaho para ella. Lograba que sus sentidos comenzaran a desperezarse, y eso era lo que menos le apetecía.

Decir que estaba enojada con su marido era una valoración optimista. Aquel hombre era todo barriga y astucia. No podía consentir que hubiera llevado al Ritz a una baronesa teniendo en casa a una duquesa, ¡nada menos! Según rumores fidedignos la llevaba a comer a Lhardy en compañía del embajador ruso.

Con ella prefería la intimidad del hogar porque eran malos tiempos para permitirse el lujo de gastar tanto, sostenía; y se ufanaba de ser duque, aunque el título era de ella. Para colmo, esa noche, después de que ella cuestionara su fidelidad, dobló el periódico por la mitad mirándola con cariño, la invitó a sentarse a su lado comentando que abordaría, con su permiso, los problemas de uno en uno. Pero luego mirando el reloj añadió que, al día siguiente sin falta, hablarían. Y aseveró que tenía una reunión importante.

—Si sales por esa puerta a tu regreso la encontrarás cerrada —señaló con furia contenida y tono arrabalero.

—Mujer, no es digna de ti esta escena.

Y acariciándole la mejilla con indiferencia, tomó su bastón, su sombrero y se marchó.

Suerte que ella era una mujer de recursos. Así que llamó a un detective y a un abogado especializado en divorcios.

Y allí estaba, ahora, en Lhardy, bebiendo consomé hecho en el lujoso samovar de plata, a la espera de conversar acerca de su separación.

El detective llegó con fotos que no dejaban lugar a dudas, no quiso pensar cómo las consiguió. El abogado se presentó con un cartapacio bajo el brazo y ella gozó al pensar en la cara que pondría su querido marido al constatar que la amenaza de aquella noche no fueron meras palabras.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Armario

15 diciembre, 2017 por Akelarre 9 comentarios

Armario antiguo nuevo akelarre literario

Armario centroeuropeo del siglo XIX. En los cuadrantes de sus puertas aparecen representadas las cuatro estaciones.

Aunque muchísimos historiadores ubican los orígenes de la pintura popular en Europa durante los años del Renacimiento, de hecho, nace con las primeras civilizaciones, cuando el hombre prehistórico al intentar marcar el terreno, señalar sus pertenencias o simplemente dar forma a una expresión personal e interior, deja una marca propia en las paredes de las cavernas en las que habitaba, en sus herramientas y utensilios.

Junto al desarrollo del ser humano, la pintura decorativa fue perfeccionándose. Cada país, cada territorio y cada cultura desplegó a través del tiempo estilos diferentes. La necesidad del hombre de diferenciarse lo lleva a personalizar sus objetos, aun los cotidianos, y dar a su entorno un ambiente individual, único, transformándose la pintura decorativa en algo más que un simple accesorio para embellecer el hogar.

La bolsa de rayas

Cristina Vázquez

Cuatro clavos del 1/8

Malena Teigeiro

El buzón secreto

Liliana Delucchi

Sombras del ayer

Marieta Alonso

La bolsa de rayas

Cristina Vázquez

Menuda, así es como se quedó con el paso de los años. O eso decía ella.

—Me he resumido —y se miraba las manos, un poco deformadas por la artritis, con verdadera sorpresa.

Esa manía del resumen de su cuerpo la acompañó junto con otra que repetía con insistencia. Era imposible que eso se hubiera perdido. Mientras no lo encontrara se quedaría cada vez más empequeñecida, aseguraba con seriedad. Por más que le preguntáramos qué era lo que se había perdido, su contestación siempre era: No es de vuestra incumbencia.

—Pero es imposible. ¿Dónde estará? —murmuraba perpleja.

Y una expresión desolada inundaba sus ojos azules, ya un poco velados por la edad, para al rato rejuvenecerse en una dulzura inapropiada y enternecedora en esa cara arrugada. ¿En qué pensaría?

Mantuvo siempre un resto de acento alemán arrastrando las erres y al contar unos chistes que no nos hacían gracia, ella indefectiblemente, con una risa contenida terminaba.

—Muy Grasioso, ¿ja?

Todos sonreíamos, incluso el abuelo. Se conocieron en Francia, ella había huido de la persecución nazi por sus orígenes judíos y vivía modestamente con lo que pudo rescatar, trabajando como traductora para una editorial. Era alta, de un rubio casi albino con unos preciosos ojos azules y una mezcla de distinción y abandono que la acompañó siempre. Una energía ordenada tanto para la organización doméstica como para sus manifestaciones de cariño, era su característica. Aunque éstas fueran amables, incluso cálidas, nunca irradiaban auténtica felicidad y una vaga tristeza la encogía durante días.

Por más que la preguntaras nunca quiso hablar de su pasado y guardaba sus recuerdos en un cofrecillo de piel. Una bola de cristal, un pañuelo bordado con unas iniciales, llaves, dos fotos y una ramita con hojas secas. Pocas veces la vi contemplando esas menudencias.

Mi abuelo, en cambio, era un rubicundo afable, se desbordaba en lágrimas, abrazos y enfados con igual vehemencia, para luego volver al estado anterior a la misma velocidad. La alegría, el que no le dieran la lata y la diversión, eran las normas de su vida y esa medida la aplicaba a los demás, pero siempre que siguieran sus principios y no se le llevara la contraria. Observaba a su mujer con una amorosa perplejidad, como si no pudiera alcanzarla, pese a haberle dado una vida fácil, adinerada y mimarla a su manera. Con mucha frecuencia, cara compungida y falsa modestia, aseveraba cómo la había salvado de una situación difícil.

—Mi querida Helga, qué fortuna fue encontrarnos. Quién sabe lo que hubiera sido de ti. Mi pobre ángel —y la contemplaba con una posesión tranquila.

Ella le miraba directamente a los ojos con una indescifrable expresión y luego bajando la cabeza para concentrarse en la labor o la manualidad que estuviera haciendo, pues nunca paraban esas manos, le respondía indefectiblemente.

—Sí, fue una gran fortuna.

Una vez les oí discutir. Nunca la había visto enfadada. Sus reproches eran silenciosos, dejaba de hablar al que hubiera cometido algo inconveniente para ella. Pero esa tarde la oí exigirle que no le mintiera más, era imposible que algo tan grande se hubiera perdido. Resultaba muy cruel por su parte que no tuviera interés por encontrar lo único que le quedaba de su vida. El abuelo trató de calmarla, asegurando con violenta determinación que él había hecho lo imposible, pero todo sin resultado. Y un sonoro portazo me hizo correr escaleras abajo.

Que la abuela se iba reduciendo era un hecho, pero parecía no importarle, igual que si encontrara un placer en ir abandonando medidas y espacios. Murió tranquilamente una tarde, sentada en su sillón con el cofrecito en las manos. Lo cogí sin que nadie se percatara y lo guardé en una suerte de homenaje a su memoria secreta.

Pasaron unos años y cuando desmontamos la casa, apareció un recibo amarillento a nombre de ella, que el abuelo guardaba en su buró. Seguí la pista del mismo y resultó ser de un guardamuebles al que me acerqué llena de dudas y curiosidad. Solo había un precioso armario azul, solitario en medio de ese espacio, pintado con unos paisajes minuciosos, procedente sin duda de centro Europa y con remite de haber sido enviado desde Francia, hacía más de cincuenta años. Lo trasladé a mi casa con la esperanza de que una de esas llaves guardadas en el cofre sirviera para abrirlo. Y así fue. Esperaba que la carcoma lo hubiera estropeado y que el olor a humedad invadiera el cuarto, pero un aroma dulce a flores salió misteriosamente de él y encontré una bolsa de rayas colgada de un clavo. Dentro sólo había cartas amarilleadas por el tiempo, escritas todas con la misma letra, cartas de amor que pude entender con mi escaso alemán, y una foto. En un paisaje montañoso se destaca una pareja enlazada por la cintura. La abuela muy joven, espigada, con la cara luminosa, los ojos sonrientes y un militar alto y distinguido vestido con el uniforme nazi.

© Cristina Vázquez

Cuatro clavos del 1/8

Malena Teigeiro

Mi mamá se murió. Yo tenía siete años. Estábamos las dos en la cocina. Eran las doce de un día de las vacaciones de verano cuando el cuenco en el que preparaba la tarta del domingo se rompió, y como si fuera un perverso y malvado vómito amarillo, la crema se extendió por el suelo. Desde entonces, al volver del colegio me voy a la ferretería de mi padre en donde hago los deberes y a veces le ayudo.

—Mati, tráeme la caja de los del 10.d —me llama con esa voz que se le quedó desde que ella se fue al cielo.

Y yo, salto de la silla y corro al armario lleno de cajoncitos con plaquitas en donde aparecen los números de los tamaños de los clavos, tuercas y tornillos que se guardan en su interior. Busco lo que me ha pedido y se lo llevo. ¿Ha visto mi nueva ayudante?, le guiña un ojo al cliente que espera. ¡Pobre papá! Cree que no me doy cuenta. A mí me gusta echarle una mano, como él dice, por muchas razones, pero sobre todo porque me atraen los armarios. Y el que más, el que mi madre decoró con paisajes, flores, y divertidos personajes de altos sombreros de copa. Ése que está colocado en el pasillo de nuestra casa y que papá acaricia cada vez que pasa por su lado. En él ella guardaba las fotos en un antiguo cabás de cartón pintado con flores amarillas. Tengo que comprar un álbum y colocarlas. ¿Me ayudarás?, decía pellizcándome la mejilla. También, en otras cajas de lata y madera, guardaba hilos, cintas de colores y restos de telas de seda.

A veces jugábamos a ordenarlo, cosa que nunca conseguíamos. Recuerdo cómo reía cuando después de estar toda la mañana enrollando cintas y lanas, las volvía a guardar, así, de cualquier manera, en el mismo sitio en el que las había encontrado. Y cuando empujando, lograba cerrar las puertas, le hablaba mientras da vueltas a la llave.

—¡Ay! Si este armario fuera un poquito más grande —abría las manos agotada—. ¿Por qué no creces un poco todos los años, como hace Mati?

Y se quedaba mirando la puerta como si pretendiera que le contestara. A mí me daba mucha risa verla.

Ahora tengo ocho años. Y estoy preocupada. Cada vez recuerdo menos su sonrisa y sus gestos. Cuando pienso en ella me vienen a la mente las fotografías que están en la caja de flores amarillas en las que ella, siempre alegre, aparece abrazando a mi padre, a mí o con el Miki, un perrito que desde que se fue duerme conmigo. También hay algunas en los que estamos los tres, pero de los cuatro, no. De esas no aparece ninguna.

Desde hace unos días viene a verme por las noches. Sí. Por la noche viene a mi habitación y se sienta en la cama, me besa y me revuelve el pelo. Y no sé cómo lo hace, pero sabe convertir las noches en días. Me coge de la mano y juntas volamos al parque, a la piscina. También me lleva al colegio. Aunque cuando me despierto y la busco por la habitación, ya no está. Últimamente, si en nuestro paseo fuimos al parque busco los zapatos. Están limpios, guardados en el armario. Si fue la noche que hicimos tartas, miro el delantal y sigue ahí, donde ella lo dejó hace un año, doblado en el cajón. Siempre fue muy ordenada. Lo cierto es que desde que se fue no hay mucho orden en la casa. Hace ya unas cuantas noches que quiere arreglar el armario del pasillo. Ven, dice. Y yo me levanto e intento ayudarla. Pero como nunca nos da tiempo, mi padre por las mañanas tiene que recoger las fotos, las cintas y las sedas de colores desparramadas por los suelos.

Mi padre me ha llevado a dormir con él, quizá quiere ayudarnos a ordenar el armario. Y también me ha llevado al médico. El doctor nos ha dicho que las visitas de mi mamá son estampas que nos envía para que no la olvidemos.

—Doctor, no lo entiendo.

Él me miró, y quitándose las gafas, me pidió que intentara explicarle lo que no entendía. Pensé un poco encogiendo mucho los ojos, la nariz y la boca, que es cuando mejor lo hago. Verá, dije. Cuando mamá venía a mi habitación, las dos estábamos muy contentas y nos abrazábamos, a veces hasta cantábamos. Don Mateo, que aunque no encogió la cara, sí frunció mucho las cejas, después de pensar un poco me contó que las visitas de mi mamá eran como cromos que en vez de estar pegados en el álbum, los llevaba pegados en mi cabeza, y que no me preocupara, que no se me borrarían nunca.

—No pueden ser cromos, porque son muy grandes.

Él me miró. Se colocó las gafas y me contestó que en mi caso, como yo la quería tanto, serían posters.

Aunque no lo entendí muy bien, pero por si tenía razón, esta mañana mientras tomábamos el desayuno, le pedí a mi padre volver a dormir en mi cama. Y esta tarde en la ferretería cogí un martillo pequeño y cuatro clavos del 1/8, de esos que se llaman invisibles. Los he guardado, uno a uno, bien separados, en el cajón de la mesilla con el martillo al lado. No quiero tener problemas cuando los necesite. Tengo decidido que esta noche, antes de que desaparezca el póster de mi mamá, lo voy a clavar en la pared.

© Malena Teigeiro

El buzón secreto

Liliana Delucchi

—Me lo regaló su padre, señorita, para que guarde mis cosas.

Incluso ahora, tantos años después, recuerdo aquellos árboles en sus pequeños detalles. Adalberto llegó al campo siendo muy joven, pidió trabajo y lo emplearon como mozo de cuadras. Con el tiempo fue escalando y de peón ascendió a capataz. Mi padre decía que de haber tenido conocimientos contables, hubiese sido el mejor administrador de la estancia. Cuando fue demasiado mayor como para seguir con los trabajos de la finca, hacía recados para la cocinera o lustraba la plata, pero su pasión era el dibujo. Durante las noches, junto al fuego, con libros de arte de la biblioteca de la casa, pasaba horas entre trazos y colores.

Nunca se casó y si tuvo alguna relación fue tan secreta que nadie lo supo.

—¿Para qué otra familia, señorita, si los tengo a ustedes? —Me dijo mojando un pincel— Y ahora que el señor me dio esta habitación y este armario, no necesito nada más.

El armario en cuestión se había rescatado de la buhardilla para el cuarto de Adalberto y él lo decoraba con paisajes.

Era una tarde de invierno tan aburrida como mi adolescencia y tan cabreante como un fin de semana en el campo. El único que soportaba mis cambios de humor era ese anciano de voz suave y paciencia infinita.

—¿Ve cómo lo hago? Primero pinto el fondo y luego pintaré cuatro paisajes diferentes en las puertas. —Dijo mientras bebía un trago de ginebra—. Esto es bueno para el gaznate y además me inspira.

Me ofrecí para ayudarlo con las mezclas de colores. Era mucho más agradable pasar las horas con don Adalberto que en el salón con esa familia que se había negado a dejarme sola en la ciudad.

—¿Puedo preguntarle qué va a guardar en el armario?

—Mi vida, señorita. No es que sea muy interesante, pero es la que Dios me dio y se la agradezco.

Se besó la mano y lanzó el beso hacia el cielorraso.

Cuando terminé con las mezclas, cogí un papel del bolsillo de mi chaqueta y me puse a leer.

—¿Es una carta? —preguntó el anciano sonriéndome.

—De un compañero de clase. Me gusta.

—Yo nunca recibí una carta.

Sentí pena por él y me puse a escribir unas cuartillas en las que mostraba mis impresiones sobre su pintura. Esperé a que saliera y las dejé dentro del armario.

Así empezó una larga correspondencia. No hablábamos de ella, el armario era nuestro buzón y siempre recogíamos la respuesta en ausencia del otro. Yo escribía sobre los desencuentros con mis padres, las buenas o malas notas, la última película y si mi corazón estaba roto o exultante. Él, sobre el tiempo, la cosecha o si había nacido algún potro; sus avances en la pintura o algún cotilleo de la cocina.

Cuando un par de años después recibí la llamada del administrador para comunicarme que Adalberto estaba muy enfermo, dejé la ciudad y fui a verlo. Desde sus ojos acuosos y con voz trémula me pidió que fuera al armario y rescatase las cartas. Allí estaban, atadas con un cordón de esparto y entre ellas, un retrato que me había hecho a lápiz. Volví junto a él y al cogerle la mano sentí que nos estábamos despidiendo.

—Guárdelas, señorita, es nuestro secreto.

© Liliana Delucchi

Sombras del ayer

Marieta Alonso

Por puro azar —quiero creer— tropecé en el mercado con el que fuera mi primer y único novio, el Antonio, dos años mayor que yo, por lo que ahora tiene setenta. No le reconocí a bote pronto. Ha pasado mucho tiempo desde que le había visto dándome la espalda al final de la calle del Pósito.

Su presencia después de tantos inviernos me golpeó al recordar con amargura el motivo de aquella despedida. Dejó embarazada a mi mejor amiga. Vino a decirme que le obligaban a casarse y que se marchaban del pueblo. Nunca más volví a verlo. Hasta ahora.

Tras la sorpresa —no sé si agradable o no— me invitó a tomar un café en la plaza. Accedí pensando que no era propio de una mujer adulta, como yo, asestarle una bofetada en plena calle. Es lo que me hubiera aconsejado mi difunta madre, que en gloria esté, pero no tengo su carácter. Y aquí estoy, muy bien sentada después de alisar mi falda, a la espera de lo que tenga que decir.

El muy hipócrita comenzó con que me veía igual que siempre. Sí, con cincuenta años y treinta kilos más, le respondí. No le afectó la sorna. Recordó el cocido castellano que hacía mi abuela —que en gloria también esté— con su relleno esponjoso y la sabrosa coliflor en su punto. Y me miraba como si fuera uno de aquellos ingredientes que le hacían suspirar. Me emocioné.

Yo seguía sentada muy recta en la silla oyendo el runrún de sus palabras y observando a un gorrión con un trozo de pan más grande que él, que a un ligero movimiento de mis piernas, asustado, salió volando sin soltar su presa. Puse atención. Ahora, aquel arrugado viejo que de joven fue mi novio, me contaba que hacía seis meses había enviudado, que no tuvieron hijos, que aquel embarazo fue una falsa alarma.

¡Qué lista la madre de mi mejor amiga! Y la vi en el baile animando al Emeterio, el tonto del pueblo, a que me sacara a bailar, lo que hice por lo bueno que era conmigo, a la vez que invitaba a mi novio a bailar con su hija. Años más tarde me tocó cerrarle los ojos y me pidió perdón. No supe en aquel entonces a qué se refería.

Cuando mi boda se fue al garete, mi madre, que en paz descanse, sin emitir sonido —cosa de agradecer— tomó mi ajuar y al «sobrao». Todo lo fue colocando con detalle en el armario de la abuela, el pintado de verde claro, y lo cerró con llave. Nunca averigüé el escondite…

—¡Eh, Antonia! ¿Es que no me oyes?

—Disculpa, se me fue el santo al cielo.

—Te decía que…

Si mi tío Alberto apareciera sobre su taimada yegua, de la que no se bajaba, así lloviese, nevase o apedrease, y me viera sola, prestando oídos a lo que hablaba aquel «huevón», como siempre le llamó, me tomaría del brazo y con un enérgico impulso me subiría a la grupa. Pero nadie de mi familia está entre los vivos para ponerlo en su sitio.

¡Cómo recuerdo aquél primer beso! Y el segundo, y el tercero… Todos perduran a través del tiempo. Nunca olvidé las misas dominicales en la parroquia de San Pedro —ya no existe— cuando su pierna rozaba la mía. Miré con disimulo y lo encontré apoyado en su bastón, filosofando…

—Ahora, Antonia, estamos en la tercera edad.

—Sí. Así llamamos a la vejez de antes. —Y parpadeé como cuando era joven y quería gastarle una cuchufleta.

—¿Sabes? La artrosis es una de mis tantas peplas —comenta como si quisiera inspirar lástima.

Veo venir a lo lejos una figura conocida. Es el Emeterio que silencioso y tardo, camina poniendo un pie delante del otro sin perder el equilibrio. Los años no parecen pasar por él. Al llegar me mira asombrado, desliza su torva mirada hacia el Antonio, escupe y declara con parsimonia:

—Vengo de desyerbar en la huerta, y te traigo de regalo unos tomates —echándole un vistazo al paisano de la cabeza a los pies, exclamó—. ¡Hay que ver lo promiscua que es la vegetación!

Se coloca a mi vera, me tiende su brazo, que tomé agradecida, y argumentando como si de un gran sabio se tratase, soltó: «La vida rueda con serenidad por estos lares y todo intruso se me hace hostil.»

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La Alhambra de Granada

15 noviembre, 2017 por Akelarre 9 comentarios

La Alhambra de Granada, luna llena

La Alhambra

Encumbrada en lo más alto del cerro de La Sabika, y ocupándolo en su mayor parte, se yergue soberana y monumental sobre Granada, la Alhambra.

Ciudad palatina andalusí, fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, junto al Generalife, por el comité de la UNESCO, el 2 de noviembre de 1984 y más tarde ha sido propuesta para ser nombrada una de las Siete Maravillas del Mundo, pero quedó a las puertas. Sin embargo, por su extraordinaria belleza y su estado de conservación, bien pudiera crearse para ella la categoría de Octava Maravilla.

Tan reconocida es su fama a nivel mundial, tantos viajeros la visitan al año, y tanto se ha hablado y escrito ya sobre ella, sus estancias, rincones y jardines, que hasta sus leyendas contribuyen a su grandeza. Por eso este mes hemos querido unirnos a aquellos que la han distinguido con palabras a través de los cuatro relatos que ofrecemos a nuestros lectores.

Promesa cumplida

Cristina Vázquez

La danza gitana

Malena Teigeiro

La luna y los espejos

Liliana Delucchi

La colina enamorada

Marieta Alonso

Promesa cumplida

Cristina Vázquez

Para mi amiga X. que me pide, al menos, un F.F.

 

—Rob say good morning to the class —repetía cada mañana la señorita Stella al entrar en el aula.

Y a pesar de ser una clase de inglés para adultos, todos contestaban al unísono.

—Good morning Rob.

El susodicho era un perrillo pequeño, de pelo tieso color canela y morro afilado, que la seguía pegado a sus talones. Se subía a la silla y con agilidad daba un salto hasta tumbarse en la mesa de su ama. La señorita esperaba a que su perro se instalara contemplándolo con admirada sonrisa, sonrisa encantadora de dientes sanos que José Manuel los asociaba al gesto saludable de morder una manzana, pues todo en ella rezumaba juventud y lozanía. De pelo rubio, corto y rizado, Stella caminaba con un armonioso meneo de caderas prometedoras de dulzuras contundentes.

La academia de idiomas en donde se realizaba este pequeño ritual canino, que J.M. estaba convencido se lo permitían para hacerse los british, ¡oh el amor a los perros!, o porque la profesora ostentaba unos privilegios que él desconocía. El edificio en el que se ubicaba presumía de antiguo prestigio. Fue el primer centro de idiomas que se había instalado en ese pueblo del sur de Inglaterra, y más que el prestigio lo que le quedaba era la antigüedad. A las paredes, un tanto mugrientas, bien les hubiera venido una manita de pintura y al personal administrativo una renovación, pues la secretaría la llevaba una ancianita modelo Miss Marple, regordeta, con gafas y un moño imposible que cada poco se le torcía.

J.M. estaba arrepentido de haber hecho caso al amigo que le recomendó el sitio, con promesas de aprender inglés rápido y poder practicar con los lugareños, ya que al ser un sitio bastante remoto, aún no estaba asaltado por estudiantes españoles, y es conocido el poco interés que tienen los nativos ingleses en hablar otro idioma. J.M. quería un sitio discreto donde pudiera ir gente de una cierta edad, la treintena, sin resultar ridículo en medio de jovencitos. Esas condiciones las reunía sin duda, y los alumnos de distintas nacionalidades eran gente madura. Pero el pueblo se le venía encima con esa luz grisácea, todas las casitas iguales, la humedad y el aire de aburrimiento aceptado, incluso en la taberna donde los hombres se sentaban solitarios frente a unas cervezas calientes. Y el recuerdo de Granada le dolía como si hubiera dejado una madre deshecha en llanto.

Lo único que le resultó estimulante fue la señorita Stella, como un rayo de claridad y esperanza en medio de esa mediocridad y cayó fulminado por ella. Adoraba oírla reír y hablar en inglés sin entender nada. Verla mover los labios en esa martingala de palabras le estimulaba, y la hora de clase, con perro incluido, aunque a él le pareciera un chucho con pretensiones, se transformaba en un momento de revelación, de éxtasis, y se puso a estudiar para, con diccionario en mano, atreverse a pedirle que saliera a cenar con él. La primera cita, que ella aceptó encantada con saludable naturalidad fue un pequeño chasco, porque no supo aclararse bien por más gestos y entusiasmo que le pusiera. Aunque ella se reía tanto que llegó a pensar si se reiría de él o si era un poco lerda y le daban igual tres que trescientos, pero no le importó. Estar cerca de ella con su olor a polvos de talco, un olor dulce y rosado, le enloquecía.

Las siguientes citas fueron cada vez mejor y más apasionadas, y se convenció de que había encontrado al amor de su vida. Ella se reía, oh yes, yes, my love y él se perdía en la boca mordedora de manzanas, en su piel tan blanca como nunca había visto y cuando llegó la hora de volver le suplicó que se fuera con él. La señorita Stella le dijo:

—Esto merece un pensamiento profundo.

Y su cándida expresión a J.M. le resultó adorable. El cambio era enorme dijo al fin, con la cabeza ladeada, como si el peso del pensamiento le desequilibrara un poco.

—¿Y cómo se adaptará Rob? ¿No haría mucho calor para él? y sin hablar español —y miró al perrito con una ternura acuosa.

Terminó su pequeño y sentido discurso, del que J.M. entendió muy poco, con una dulce duda atravesada en la saludable boca.

—No preocuparse, no worry, guapa. For you, descolgaba yo la moon, my love.

Y además podían montar una réplica moderna de la academia que se llenaría de alumnos, porque con una profesora como ella toda Granada querría aprender inglés. Tampoco supo nunca si ella entendió bien lo que él le chapurreaba.

Stella miró a su alrededor; el pequeño salón con un sofá de cretona floreada, la chimenea con su falso fuego que oscilaba con eléctrica y eterna falsedad, la lluvia permanente, el concurso de tartas el primer domingo de cada mes y pensó ¿Por qué no? Lo observó detenidamente y comprendió que un hombre como éste no volvería a pasar por ese maldito pueblo. Y con determinación dijo que iría. J.M. besó con tal convicción y entusiasmo todas y cada una de las partes de su cuerpo, que la arrebatada señorita solo quería hacer el equipaje. Él, con total seriedad, conteniendo su emoción consultó una agenda y le exigió que fuera el día que él le indicara. Ella, sorprendida aunque llena de entusiasmo, aceptó y en la fecha prevista, la señorita Stella apareció en Granada en una cálida mañana de verano, deslumbrada de luz e incertidumbre, con unas enormes gafas de sol y su perrito en una caja de viaje.

El abrazo enamorado de J.M. recompuso su incertidumbre. Al anochecer, con la suave brisa de la montaña, J.M. la llevó al carmen de unos amigos en la Alhambra y después de abrazarla le pidió que dejara taparle los ojos. Ella, maravillada del olor a boj y a jazmín, y viendo que Rob husmeaba encantado, no podía creer que tanta belleza se conservara y pudiera tenerla al alcance de su vista y sus sentidos. Expectante, se dejó cubrir los ojos y al quitarle la venda, vio que una luna esplendorosa se colgaba del cielo como si de un decorado se tratara.

—Oh my God.

Y ella sonrió con una infinita dulzura salpicada de luz de luna.

—Ya te dije, my love, que yo descolgaba la moon para ti.

 

PD: F.F. Final feliz

© Cristina Vázquez

La danza de la gitana

Malena Teigeiro

Sé, decía, que desde detrás de la negrura de estas celosías, sombras de ojos negros, acerados, brillantes como la piedra del carbón, me persiguen. ¿Sombras negras? Reía yo. Dejé mi guitarra en el suelo y sentándome a su lado, le señalé la belleza del Sacromonte que se divisaba a través del balcón en donde ella estaba sentada. Todo allí era luz, sol y color.

—Ya sé. Desde aquí, sí. Pero todas las ventanas de este palacio se convierten en oscuras y perversas sombras si las miras desde fuera. Tienen la misma negrura de mis ojos. Mira. ¿Ves? —adelantó el rostro y colocó un dedo debajo del párpado.

Y esa negrura, profunda como un pozo, sonrió cruzando las manos debajo de la barbilla, la había heredado de su abuela, susurró. Una gitana, a la que raptó el sultán enamorado de su danza, de su enigmática mirada y de la frescura de su piel, apenas cubierta por colorido percal. Y continuó diciendo que, por eso, cuando ella visitaba los palacios de la Alhambra, cubiertas por negros crespones, la seguían los fantasmas de las sultanas, quienes según contaban los mayores de la familia, celosas de su arte y belleza, habían asesinado a su abuela.

—Son las almas de aquellas envidiosas mujeres que temiendo su vuelta, vigilantes, vagan por los corredores.

 Vivaracha, lo miró ladeando la cabeza. Se parecía tanto a su antepasada, dijo cándida, mentirosa, que aquellos espectros creían que ella era la reencarnación de la mujer a la que habían hecho desaparecer.

—Y ellas me persiguen.

Se detuvo sonriente. Pizpireta, juntó las palmas de las manos como si fuera a orar, y continuó. Temían que su ánima volviera para quedarse, para alegrar las tardes y las noches del fantasma del sultán que todavía lloraba la muerte de su cíngara.

—Ya sabes, me han visto bailar y envidian mi danza —pícara, abrió los abrazos rumorosa.

Le hubiera gustado morar allí, entre aquellos muros. Le hubiera gustado vivir en aquel tiempo en el que una simple gitana podía enamorar a un rey. Todo esto lo decía sentada en el mirador de la Reina del que de pronto se levantó y triscando los dedos, dio unos pasos de baile acompañada por una melodía que solo ella escuchaba. Se detuvo. Tenía la frente brillante y las mejillas arreboladas.

—¿Quieres guiarme con tu guitarra? —ansiosa, me agarró por los brazos.

Iba a bailar para ese sultán al que pensaba cautivar con su danza. Quizá así podrían llegar a ser ricos. Divertido con su fantasía, la cogí por la cintura y la saqué al patio.

—Mira. Ni hay sombras, ni sultanas.

Él giró el brazo señalando el cielo azul. Ella, triste, miró alrededor. Solo vio a los turistas —ante los que habíamos actuado no hacía muchos minutos— que con sus máquinas colgadas al cuello hacían una fotografía tras otra.

Ya era finales de septiembre cuando sentados en la hierba del monte San Miguel Alto, esperábamos para ver salir por detrás de la torre de la Veleta la luna llena de Los Labradores. Ella entretenía la espera recogiendo flores pequeñas, de color amarillo y azul, mientras me recordaba la historia que se contaba en su familia. Aunque no lo creyera, ladeó la cabeza, era cierta.

—Sí, sí. Sus sombras me siguen desde las ventanas —decía agachada mientras formaba un ramillete de diminutas y coloridas flores.

Yo la oía como el niño que escucha el cuento de su madre antes de dormirse. Su voz, cuando hablaba de esas cosas sonaba diferente, alegre y cantarina, parecida al cantar del agua en las fuentes de los palacios. Poco a poco, la redonda luna fue apareciendo; al principio, como si le diera vergüenza, de potente color naranja; después, dorada.

—Aquí está otra vez esa luna de oro de Las Cosechas —le dije pasándole un brazo por encima de los hombros

—¿De Las Cosechas? —se volvió arrugando la nariz.

—Sí, en el campo de mis padres se la conoce como la Luna de las Cosechas o de los Labradores, porque su luz es tanta y tan fuerte que permite alargar el día para seguir recolectando.

Sentí cómo alzaba los hombros y la atraje hacia mí. Ella movió la cabeza de un lado a otro. No. No es ésta. No era de oro como yo decía, no era tan lujosa. Y no la había hecho el Señor para asistir a los labradores, exclamó levantando el dedo.

—Ésta es la Luna de Miel.

Sus ojos negros, profundos como minas, me contemplaron de tal forma que me estremecí como debía hacer el sultán cuando tenía a su abuela, la gitana, entre los brazos. Lenta, deslizó los dedos por mi mejilla. Era la luna de las bodas. Su voz sonaba cálida, arrulladora. Era la de los matrimonios; la de las noches dulces y brillantes de los enamorados. Se llevó algunos tallos de las flores a la boca y los mordisqueó. Y cuando ya brillaba en todo su esplendor sobre los muros de la Alhambra, ella alzó los brazos hacia el dorado satélite, cerró los ojos y comenzó a girar sobre sí misma y, al hacerlo, sus faldas de colores se le izaban sobre las piernas como si fuera las aspas del molinillo de viento de un niño. Y siguió girando hasta que aquella luz la envolvió. Y al ver teñida su tez de dorado caramelo, como aquel sultán ante la gitana, de la que ella tantas y tantas veces me hablaba, sentí el inmenso deseo de beber la dulzura de la miel que la luna extendía sobre ella. Se detuvo, entrecerrando los ojos abrió los brazos y, anhelante, se tumbó en la hierba.

© Malena Teigeiro

La luna y los espejos

Liliana Delucchi

Consentidora de mil prodigios, la luna siempre ha estado presente a lo largo de mi vida. Su carácter femenino y, por tanto ambivalente, nos ha permitido desarrollarnos en un universo de marcada condición masculina. Ellos veneran al sol, porque bajo sus rayos todo está claro, no hay lugar para dobleces. Nosotras nos movemos en las turbias sombras de la noche. De ahí nuestra complejidad.

Nunca había entendido el axioma de viajar para encontrarse, pero eso fue lo que sucedió.

Pasé la niñez en Saint Tropez, donde el traje de baño era un cuerpo desnudo y la desinhibición fluía en mil juegos con un mar que conformó mi personalidad. Nunca olvidaré mi primer día en el apartamento que compartía en la universidad de Lyon con Michelle, una rubia de Turena, y Charlotte, la mejor sonrisa de Lemosín, cuando al salir del baño sin ropa noté que casi se escandalizaban. Mi educación mediterránea poco tenía que ver con el interior recatado de Francia. Ésta y otras diferencias marcaron nuestra relación de una forma positiva. Sobre todo con Michelle, quien solía quedarse horas conversando, contándome cosas de su vida, como para que yo las juzgara y emitiera algún veredicto. De alguna forma, necesitaba de mi aprobación. Jamás quise ir tan lejos, con lo cual, mi renuencia a aprobar o desaprobar sus historias hizo que se volcara más en mí.

No tuve problemas para relacionarme con chicos, como los atraía, los dejaba acercarse.

—Tienes la mirada ausente —dijo uno de ellos durante un concierto de jazz, mientras intentaba acariciarme.

—Estoy escuchando, son magníficos.

Volví a casa con la música en mi mente y sin recordar el color de los ojos de mi acompañante.

Michelle, Charlotte y yo fuimos buenas amigas compartiendo aquel tiempo, aunque la relación no sobrevivió al final de nuestras carreras. Las tres tuvimos suerte en conseguir trabajo de inmediato en las ciudades más opuestas de Francia, lo que simplificó que nunca tuvimos que justificar la despedida.

El estudio del Derecho me apasionó y no tuve un suspenso en toda la carrera que, de forma meteórica, finalicé. Pero, el ejercicio de la abogacía me hartó, lo sentía tristísimo, un expediente eterno e infinito, donde solo cambiaban nombres y hechos. La realidad más chata me oprimía hasta que, por Internet, encontré posibilidad de escapar como funcionaria de la Comunidad Europea con una plaza en el Patrimonio Histórico en Granada.

Y al igual que cuando dejé la universidad, apenas tuve tiempo de despedirme de mis amigos-amantes, de hecho, solo me llevé en la mente a un tierno médico que me curó de una caída en bicicleta y al cual le supe devolver su trato afectuoso. También viajaba conmigo un sentimiento de soledad, era como si los hombres que había conocido no tuviesen lugar en mis maletas.

Granada me encantó por sus días de estudio y sus noches de juergas en bares y apartamentos más o menos discretos.

Caminé atardeceres saboreando aromas y colores en la búsqueda de que alguna de esas sonrisas que descubría fuera dirigida a mí. Las conversaciones que escuchaba me despertaron un deseo intenso, casi doloroso, de un susurro de amor.

Como dije, nunca había entendido el axioma de viajar para encontrarse, hasta que, una noche mientras cabalgaba sobre un americano, me vi en un espejo junto a la luna que entraba por la ventana. Ese reflejo, que al principio me deleitó al ver cómo me retorcía de placer, se volvió borroso, pensé que eran los gin-tonics. De a poco, pude focalizar la imagen y unos versos vinieron a mi mente:

«Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.»

Por suerte, el americano se vistió y se fue.

¿Dónde está mi corazón?

Acerqué una silla a la ventana y, desnuda como esa luna, empecé a llorar. Entonces supe que mi larga soledad era mi constante compañera de viaje.

© Liliana Delucchi

La colina enamorada

Marieta Alonso

Me llamo Sabika y aunque algunos solo me ven como una loma, un cerro de las últimas estribaciones de Sierra Nevada, tengo un corazón que nunca entregué ni se amilanó ante los romanos cuando vinieron a fundar sus poblados y me pisotearon. Tampoco crean que me dejé avasallar por las riquezas de la corte del reino Nazarí de Granada, aunque debo confesar que tengo un punto de orgullo por tener a mis pies la única ciudad palatina que atesora lo más hermoso del arte musulmán. Ese castillo rojo que tantas visitas recibe, esa fuente de los Leones simbolizando las doce tribus de Israel, esas torres…

Mas mi corazón galopó detrás de un cristiano que me conquistó para después marchar en busca de un mundo desconocido. Me prometió regresar y en esa espera estoy desde entonces. Algo le habrá tenido que ocurrir, pues era hombre de palabra.

Extenuado, a la caída de la tarde, me hacía reír pensando que yo era pasiva y femenina al igual que la tierra y el agua, en cambio, él era activo y masculino como el aire y el fuego. Y yo le sugería que no se durmiera en los laureles, que la tierra y el agua pueden llegar a ser brutales cuando dan rienda suelta a su poderío.

Acostado sobre mí reconocía que su mayor anhelo era que se restableciera la paz, que pertenecer a las huestes castellanas podría ser un orgullo, pero que el ansia por volver a su pueblo y fecundar la tierra de sus mayores -que era lo más bello- se le hacía irresistible.

Añoraba aquella su niñez, cuando un azote en el culo era muestra de cariño, cuando cualquiera del pueblo tenía derecho a echarle una buena regañina. Y al llegar a casa recibía el castigo de su madre porque ya le habían ido con el cuento de sus travesuras.

Una vez, junto a sus amigos tuvo una feliz idea: hacer de barberos en los rosales de la rica del pueblo, aquella mujer que tenía una vaca, un gorrino y tres gallinas más que los demás y para que no la vieran trabajar salía de madrugada a darles de comer, limpiar su casa, hacer la comida, y luego, desde su oscuro sillón de caoba al pie de la ventana, tejía visillos, mantas… Nada que ocurriera en la calle podía sortear su mirada de águila. Aquella mujer no quiso enseñarle a su única amiga el punto a ganchillo de una colcha, que hizo para su cama de matrimonio ni aquella receta de arroz con leche de su abuela. Más tarde lamentaba haber perdido su amistad y la otra arremetía con esta queja: ¿Qué puedo esperar de alguien tan poco generoso que nunca me brindó un vaso de agua? ¿Pensaría que la iban a echar en la tumba su dinero para seguir siendo la más rica del pueblo? Y reía al recordar mientras jugueteaba conmigo.

Interrogo a la torre de la Vela, a los Arrayanes si le ven venir y me pregunto si allá donde fue encontró lo que buscaba o si en el intento quedaron enterrados sus sueños.

© Marieta Alonso

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El niño

15 julio, 2017 por Akelarre 8 comentarios

niño en la playa felicidad vacaciones

El niño

Los cuentos de este mes se inspiran en la foto de un pequeño personaje. Un niño cualquiera que juega al borde del mar. ¿De qué mar? Da igual el que sea. Hay agua, la playa, luz intensa y alguien inocente viviendo la plenitud del momento.

No es más que la representación de la infancia en la libertad del juego sin tiempo ni espacio.

Grandes autores han reflexionado sobre este importante momento de la vida.

"Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro."

Graham Greene

"Muy lejos de nosotros, el niño tiene íntegra la fe creadora y no tiene aún la semilla de la razón destructora. Es inocente y por tanto sabio."

Federico García Lorca

"La vida es la infancia de nuestra inmortalidad."

Johan W. Goethe

Los nuevos tiempos

Cristina Vázquez

La caja de galletas

Malena Teigeiro

Magia potagia

Liliana Delucchi

Su playa

Marieta Alonso

Los nuevos tiempos

Cristina Vázquez

Para Pablo, mi querido nieto

Lo primero que hizo al sentarse en el avión fue abrir su bolso y sacar una pastilla rosa de trankimax y una petaca de plata, recuerdo de Gerardo, con el gin tonic caliente. Ese era el fallo, tendría que hacerse con una térmica, pero con lo odiosos que eran ahora en los aeropuertos, imposible. Se tomaba sorbitos pequeños de la bebida, como si de una medicina se tratase, pues había leído en la biografía de Luis Buñuel, un señor listísimo, que la ginebra era lo mejor para vencer el miedo a volar y que él también se preparaba su petaca, porque cuando te servían algo, ya era tarde y estabas deshecha de nervios. Se apretó el cinturón, aunque qué más da, si se estrellaban el cinturón le quedaría de pendiente.

Empezó a repasar mentalmente su equipaje, esperaba llevar todo lo necesario para este viaje inaugural de su viudedad. Dio otro sorbito para animarse, vida nueva, tiempos nuevos y una lágrima intentó escaparse, pero sería terrible un churrete de rimel antes de despegar, e hizo un esfuerzo por no recordar las innumerables veces que Gerardo le cogía la mano en estos momentos. El orondo, feliz y mandón Gerardo que tan buen marido fue. La cuidó como un padre, no en vano le llevaba veinte años. Su querida Lulú, le susurraba, mi nenita bonita, y ella sonreía igual que una postal de colores brillantes. ¡Era tan feliz al verla contenta! Eso sí, también como un padre le indicaba continuamente el camino a seguir, qué ponerse, los sitios de veraneo y los amigos, en su mayoría de él, y ella, resignada, representaba el papel de la nena bonita. Era tan fácil. Al principio le pareció reconfortante que le dedicara tanta atención, que trazara con mano firme las decisiones, y cuando atisbaba que ella se iba diluyendo en una figura borrosa, y se entristecía o quería replicar, él le regalaba joyas, muchas joyas. No podía no estar enamorada de un hombre con esa bondadosa entrega y generosidad.

Nunca quiso que se separara de él ni un minuto. Y ahora iba y se moría y la dejaba sola. Sí, completamente sola. Así que se apuntó a un viaje en grupo para exorcizar su tristeza y su soledad y quién sabe, la vida siempre, siempre, continúa. Aunque la decepción en el aeropuerto al ver a sus compañeros con atuendos inesperados, zapatillas deportivas, pantalones llenos de bolsillos, mochilas, gorras y muchas risas, como si ya se conocieran todos, la decepcionó. Ella que iba con un tacón y un maquillaje discreto. Antes se tenía toilette de viaje, pero ahora como cualquiera viajaba. ¡Los nuevos tiempos!

El efecto del alcohol y la pastilla la fueron relajando y deseó poder volar sola, sin sufrir, sin necesitar un golpecito en la mano, ni una mirada de reconocimiento o aprobación. Volar, volar en ese perfecto azul infinito que veía por la ventanilla, sin peso ni equipaje, ni palabras, ni joyas. Libre. Cerró los ojos y echó una cabezada.

El resort lleno de palmeras con bienvenida de zumos exóticos, sombreros de paja, tarjetas para ponerte en el pecho y poder llamar enseguida por su nombre a cualquiera ¿Lulú? No, Lucila, le produjo una sensación de pérdida. ¿Qué hacía ahí? ¿Sería capaz?, y se fue a su cuarto con rigidez en la espalda por el cansancio del viaje y la sorpresa de tener que arrastrar su maleta. ¡Los nuevos y solitarios tiempos!

Hizo varios intentos de integración, de bebidas con sombrillitas de colores, de apuntarse a excursiones y hasta a un concurso, pero se instalaba en ella la certeza de no tener las condiciones necesarias para pertenecer a la manada.

Una mañana transparente, tumbada a la espera de no sabía qué, de pronto se fijó en un niño que corría al borde del mar con los brazos abiertos en aspa. Iba y venía como si agarrara el aire con sus manos, concentrado en su juego. Se mojaba los pies alejándose de la ola y reía. Creaba su propio espacio, feliz, sin necesidad de los demás. Y se vio de niña saltando en el borde del mar con ese mismo ímpetu y plenitud, con esa misma irreverencia hacia el tiempo, con la perfecta dejadez de la infancia en la que todo se abre a cualquier posibilidad. Eso dormía dentro de ella, cuando todo era también azul, con la luz brillante reflejándose en el mar, como si cada mañana de verano se estrenara la vida. Por primera vez en mucho tiempo sintió paz y sonrió. Lo suyo no era los viajes en grupo, pero el mundo y su belleza estaban ahí esperándola. Se acercó a la orilla y al pasar, le acarició la cabeza. Él niño la miró sorprendido y siguió indiferente en su juego. Tuvo la certeza de que ya empezaban los nuevos tiempos.

© Cristina Vázquez

La caja de galletas

Malena Teigeiro

Todo a su alrededor había cambiado de color. Quiso correr y correr, quiso huir, pero sentía las piernas cansadas, como las de un anciano, y se sentó en las rocas.

Fue justo después de comer, cuando su profesora, pálida, nerviosa, le ayuda a recoger sus cosas, y después, con la mano en la nuca, lo acompaña hasta la puerta del colegio. Ella tan dulce y sonriente, estaba pálida y tenía los dedos fríos. Allí lo esperaban su tía y el director. Dándole un beso, el hombre, siempre tieso y adusto, le sonrió, y palmeándole la mejilla, le dijo que no se preocupara, que ya resolverían todos los deberes el próximo año, que procurara divertirse. Gracias, dijo su tía, con los ojos brillantes. No se ha pintado los labios, ni los ojos, piensa. De la mano de su tía, sube al coche, en donde sentadas en sus sillitas, los esperan sus hermanas. Eran pequeñas y todavía no iban al colegio. Y los cuatro, casi sin equipaje, emprendieron el viaje.

Por el camino se queda dormido y no se despierta hasta que al detenerse el automóvil delante de la verja de la casa, el olor a sal, a mar, le da en la cara. Al entrar en el jardín de la casa, cerrada, sin luces, con las hierbas altas, y el seto despeluchado, aspira la adorada brisa fresca y húmeda. Tampoco los espera en al puerta Matilde. Echa de menos su risa, sus grasientas rosquillas de anís encima de la mesa de la cocina, la bolsa de pegajosos caramelos que saca del enorme bolsillo del delantal de cuadros grises, siempre torcido. Su tía enciende el cuadro de luces, cosa que también antes hubiera hecho Matilde, y les dice que se sienten a la mesa de la cocina. De una bolsa de papel saca unos bocadillos. Los lleva sin envolver, mezclados con alguna fruta, de cualquier manera. Al abrir el grifo, el agua salía naranja, como todos los años. Después de un rato, ya brotaba clara, fresca, y pudieron beber.

Al despertarse, buscó una camiseta de su padre, y se la puso, como siempre su olor le hizo sentirse hombre. Escuchó a Matilde trajinar por la cocina. Corriendo, salta las escaleras de dos en dos, hasta llegar a abrazarla hundiéndose en aquel pecho grande y en el vientre orondo. Aquí tienes, chocolate y churros calentitos, dijo colocando la taza encima de la mesa recién fregada con legía. Después de desayunar, con el cubo y la caña de pescar, se fue a buscar a su amigo. Era lo primero que hacía todos los años. Se sorprendió al ver la cerrada. Vuelve comprobando que todas las demás también tienen las persianas bajas y los porches llenos de hojas. Se fue por la arena hasta las rocas, y luego de poner el cebo echó el sedal. Después de mucho tiempo, saca con la mano dos cangrejos de una charca entre las rocas. Nunca pescaré nada, se dijo colocando los bichos en el agua salada del cubo. Tengo que salir a pescar con caña por la noche, cuando hay luna. Pero su madre no le deja. Sueña con poder ver balancearse al pececito colgando del sedal. Quizá la tía sí se lo permita. Siente hambre, y balanceando el cubo, se va de vuelta a casa. Al entrar en la cocina la tía y Matilde están abrazadas llorando.

—¿Qué ha ocurrido?

Limpiándose las lágrimas con la mano, sentada a la mesa, su tía golpea el tablero con el puño, enfrente de ella se acomoda Matilde. Y él, arrastrando despacio la silla, lo hizo entre las dos.

Le dijo que papá y mamá habían muerto. ¿Cómo? Fue un accidente, musita Matilde acariciándole la mejilla.

Se levanta de golpe, arrojando la silla al suelo. Corre por el borde del agua hasta llegar a las peñas, y sentado en ellas se queda quieto mirando el horizonte. Le parece extraño no sentir nada. Quiere recordar sus caras y no es capaz. Se pasa la mano por la mejilla y la encuentra seca, sin restos de lágrimas. Siente que unos ásperos dedos le revuelven el pelo. Levanta los ojos y ve a Juan, el marido de Matilde. Él también es pescador, pero de los que van al mar con una barquita. Sentado a su lado, enciende un cigarrillo y se lo pasa. Él, como experto fumador a escondidas, le da una calada. Con la vista fija en el horizonte, Juan sigue fumando. De vez en cuando le acerca el cigarro, y él vuelve a aspirar. Después de un rato, le pasa un brazo por los hombros y le hace apoyar la cabeza en su pecho. Despacio, con los dedos gruesos, ásperos, de recio marinero, le acaricia la espalda, y así siguen hasta anochecer.

—Y ahora te tienes que comportar como el hombre que eres. Vamos a casa a tranquilizar a tu tía y tus hermanas.

Después del verano vuelven a la ciudad y desde entonces viven en la casa de sus abuelos. Nunca más vuelven a la de sus padres.

Años más tarde, la abuela falleció, y sus hermanas y él, que ya, hacía tiempo, vivían cada uno por su lado, se juntaron para vaciar la casa de sus abuelos y venderla. En el armario de la ropa blanca, debajo de las sábanas encontraron una antigua caja de galletas Fontaneda, en la tapa de lata aparecían pintadas tres rosas, una de cada color, y sobre la blanca, una mariposa de colores. ¡Qué raro!, exclamó Celia con la caja abierta entre las manos.

—Mirad, está llena de recortes de periódico.

Y fue entonces cuando los tres supieron que aquella tarde que lo habían ido a buscar al colegio tan precipitadamente, antes de acabar la mañana, su padre, en un ataque de celos, había matado a su madre y que después de hacerlo, se había suicidado.

Recordó de pronto los golpes, los gritos, recordó su cara, la de su madre llena de moratones, y, por primera vez, rompió a llorar.

© Malena Teigeiro

Magia potagia

Liliana Delucchi

Entradas agotadas, reza una banda que atraviesa el cartel que anuncia la actuación del Mago Clemente. Satisfecho, el manager entra en el camerino de un joven que se está poniendo la pajarita, y que de reojo lo mira, lo estudia. Son aliados, pero no amigos…, cosas que nos da la vida sin pedirlas, pero que ahí están, tan intangibles como el polvo que nos rodea y que solo vemos a través de ese rayo de sol que entra por la ventana.

—Éxito total— dice el hombre mayor, mientras saca del bolsillo de su frac un reloj de oro —lo has logrado, nos haremos ricos.

Lo sabía desde el momento en que lo descubrió, con ese ojo que sabe ver lo que otros no vislumbran.

—Hazme caso, muchacho, y la vida te dará todo lo que le pidas.

El otro mantiene un silencio apenas roto por las gárgaras para hidratarse la garganta; un ligero temblor en las manos y el parpadeo de sus pestañas inducen al agente a abandonar el lugar, no sin antes recomendarle que se dé prisa, que solo faltan cinco minutos y que atrapará por completo al público con el número final de las estrellas que salen de la manta.

No es un truco, piensa Clemente, es magia de verdad.

Se lo había enseñado su abuela Tina, en la playa, hace ya muchos años, cuando él era un niño y corría por la orilla levantando el agua. Como estrellas, decía la anciana.

Sentada en una silla de mimbre, la mujer hunde los pies en la arena tibia. Un par de viejos vestidos floreados de algún algodón barato son su uniforme. Vive parcamente, como suelen hacer aquellos que ya no se han de quedar mucho tiempo. Solo es pródiga con los niños, sus niños. Ellos son su puente, el nexo de unión que aún la retiene.

A lo lejos, el mar devoraba la luz del atardecer mientras tímidas olas lamían la orilla. Es la hora de los juegos y ellos corren arrastrando gotas que parecen perseguirlos. El mar era consentidor de aquellas diversiones y apenas interrumpía con el rumor de olas, sus risas y gritos. Ella estira la mano y, a pesar de la distancia, parece acariciarlos. En eso se ha convertido su vida: en algo lejano, donde apenas caben algunas satisfacciones que los años espacian a voluntad.

Quedan pocos días, piensa, pronto volverán a sus casas, al colegio y tendré que esperar al próximo verano para disfrutar de su inocencia. Y, ¿tendré ese tiempo necesario para volver a verlos? Pero, la sola visión de sus nietos corriendo por la playa, disipa las nubes en su mente. “Ellos son, yo ya fui y así debe ser” repite a modo de salmodia.

Un picnic de despedida. Es lo que va a organizar, un picnic de despedida en la playa. Contará con la ayuda de su asistenta, esa mujer gruñona que, aunque se queja de que los nietos de su ama le dan mucho trabajo, también los echará de menos.

—Nos quedamos tan solas durante el invierno, Señora. —Como siempre las palabras eran pocas, pero las miradas…, las miradas lo decían todo. Eran ese vínculo silencioso, omnisciente, que por momentos las unía y en otros… Mucha vida había transcurrido entre ellas, habían sufrido pérdidas y alegrías, habían vivido.

Las cestas han quedado vacías. Estos niños lo devoran todo. Claro, con la energía que gastan. Tina no deja de mirarlos. Sus imágenes atraviesan los párpados entreabiertos y los cierra con fuerza, para retenerlas, para que no se vayan cuando los deje en la estación con las recomendaciones de siempre: “Estudiad, sed buenos y obedientes y no olvidéis rezar todas las noches.”

Clemente vuelve hacia donde está la anciana y se sienta en el suelo.

—¿Sabes, abuela? Yo seré mago y cuando sea famoso vendré a buscarte y recorremos mundo, como hacías con el abuelo. Iremos a París y a Egipto y a los mares del Sur. Ya lo verás, de verdad. Y así tendremos historias que contar a mis hermanos, sobre todo a Pedro, que es tan aburrido.

Ella recuerda los trucos que su difunto marido les enseñaba durante las noches, antes de mandarlos a la cama con un libro. Monedas que aparecían detrás de las orejas, globos que salían de los floreros, copas que caminaban sobre el mantel de hilo.

—Anda, déjate de tonterías y ayúdame a recoger. Pon los cubiertos y las servilletas dentro de las cestas y luego, tú desde una punta y yo desde la otra, sacudiremos la manta.

Era de algodón, y las rayas azules y moradas parecieron saltar al cielo cuando entre los dos la levantaron. Arriba y abajo, arriba y abajo y, de pronto, un montón de estrellas diminutas quedaron suspendidas en el aire, en una cúpula que daba brillo a sus caras.

Paralizado, el niño extiende el brazo para coger un puñado de ese polvo brillante. Mira a la anciana, que sonríe.

— Éste es mi verdadero regalo de despedida. Y no es un truco, pequeño aspirante a mago. Llévate la manta y, cuando me eches de menos, despliégala y cúbrete de estrellas.

El tiempo transcurrió sin prisas. Los días se convirtieron en meses y estos en años. ¿Quedaba algo de aquel niño que corría por la playa? El público, de pie, aplaude a Clemente. Sus cabezas giran mirando el techo del teatro, donde miles de luciérnagas vuelan como en una noche de verano. Entre la gente, el joven cree ver una cara redonda y blanca, de generosa sonrisa y orgullo en el pecho. Sus ojos quedan fijos en la imagen y susurra: “Es todo tuyo, Tina”. Le lanza un beso, hace una reverencia y desaparece entre bambalinas.

© Liliana Delucchi

Su playa

Marieta Alonso

No era de arena y grava, era zona baja y cenagosa, puro fango lo que pisaban sus pies adolescentes. Era alegría contagiosa cuando para entrar en el agua había que tirarse desde un desvencijado muelle de madera. Era correr con los brazos en cruz en aquella ensenada en forma de herradura. Era cerrar los ojos y sentir la presencia de corsarios y piratas. Era…

Que ya habían pasado ochenta años de aquella época en la que en su casa no comía pescado y en la playa —en casa ajena nunca en la propia— se atiborraba de biajaibas, langostas y cangrejos. Los veía vivitos, boqueando, y de pronto aparecían en una enorme sartén. Un corro de amigos se lanzaban a ver quién era el que más comía, y al quedar la última pieza de aquellas delicias en el plato, la rifaban sin presumir que pudiera haber alguna trampa, aunque fuera siempre el mismo glotón el que más suerte tenía, que no era otro que aquél que iba a ser mago de mayor.

Eran sus camaradas de las vacaciones de verano, en el invierno se quedaba solo con su padre faenando en la mar. Pasaron los años y mientras sus amigos se desperdigaban por esos mundos de Dios, estudiaron, se casaban, tenían hijos, envejecieron, y algunos se fueron yendo. Aún quedaban otros que le seguían escribiendo. Él continuó en su playa, la vida hizo de él un buen pescador.

Hoy rebuscando entre los recuerdos —mañana le llevan a una residencia— ha visto esta foto que le ha llevado en volandas a aquella época, y le ha hecho sentir con un tenso escalofrío en la espalda, que a pesar de su humilde casa de madera y guano, de las aguas turbias de sus ríos en temporada lluviosa, de los patabanes, del inmenso manglar… Su playa era la mejor, no tenía desperfectos.

© Marieta Alonso

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Primera Guerra Mundial

15 abril, 2017 por Akelarre 12 comentarios

Primera Guerra Mundial

Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial fue un acontecimiento bélico internacional que, iniciado en Europa en agosto de 1914, no sólo llegó a convertirse en una “guerra total”, sino que trascendió al ámbito mundial cuando intervinieron en ese conflicto naciones situadas en otros continentes. Por primera vez en la historia de la humanidad, una lucha armada incluía países muy alejados geográficamente. Además, su evolución y desenlace dejaron una secuela de cambios trascendentales que afectaron al mundo entero.

Sin embargo, hasta antes de 1945 este fenómeno histórico fue conocido como la “Gran Guerra”, y no sería hasta después de ocurrida la Segunda Guerra Mundial cuando se hizo necesaria la distinción entre ambos conflictos. Por su magnitud y consecuencias, la Primera Guerra Mundial constituye una profunda brecha que separa el siglo XX de todo lo que le precedió.

Confusión

Cristina Vázquez

El caballo

Malena Teigeiro

Olor a cocina

Liliana Delucchi

Tiempos difíciles

Marieta Alonso

Confusión

Cristina Vázquez

¿Cuándo acabaría? Cada noche Guillermina se lo preguntaba al acostarse, rota de cansancio. Todo el día trabajando en el campo, atendiendo el corral y las vacas. No las vacas ya no, las habían requisado. Pero en el recuento de sus tareas, siempre se olvidaba que ya no tenía esos animales cálidos y mansos. Su marido había traído la ternera castaña justo antes de marcharse. ¿Cuántos años ya? Perdía la cuenta, pues salvo dos veces que vino de permiso y alguna carta, ya no sabía dónde estaba.

Algunas tardes, cuando el tiempo era bueno, se reunían las mujeres a hacer labor en una casa. ¡Tanta mujer sola! Terminaban por mentirse entre ellas. Guillermina lo sabía, pero necesitaban llenar con cuentos el vacío en el que las habían dejado. A veces faltaba una o llegaba con la carta que le había leído el señor cura, estrujada y húmeda entre sus manos. Y todas se miraban con una mezcla de desolación y alivio. ¡Esta vez no ha sido el mío!

Una tarde se escapó al pueblo de al lado con una amiga. No podían más de lutos y trabajo; siempre vigilada por la mirada acuosa y cada vez más desconcertada de su suegra, que entre suspiros y oraciones iba perdiendo la cabeza. Al llegar oyeron voces y cierta animación, aunque hubiera barricadas y casas medio derruidas. Se dieron cuenta de que las voces salían de la fonda y antes de entrar a tomar algo, espiaron por la ventana y vieron a unos oficiales prusianos. Se echaron instintivamente hacia atrás, y cuando se iban salió uno de ellos y, con aire de mando, les invitó a pasar. Atemorizadas, entraron. Todos los oficiales se levantaron y dando un taconazo, las ofrecieron sentarse. Su amiga y ella estaban asustadas y sorprendidas de que no tuvieran cuernos, ni echaran espumarajos por la boca, como les juraron que hacían los enemigos. Temblaban, hasta que les dieron un té con un poco de ron que le sirvió un joven alto, rubio y nervioso que en francés les susurró.

—Estén tranquilas, señoritas, es un honor tenerlas aquí. Están a salvo.

El joven se apartó, pero no le quitaba la mirada a Guillermina, que empezó a notar por efecto del té con ron y la dulzura de los ojos que la recorrían sonrientes, amistosos y llenos de un deseo tranquilo, una alegría que no recordaba desde tanto tiempo atrás. ¿O no la había sentido nunca?

Al volver a su pueblo, se sentían confusas y culpables. Se lo habían pasado muy bien, comieron hasta reventar, pasteles, queso, y los hombres fueron amables y las acompañaron a la carretera. Cuando ya estaban lejos de su mirada empezaron a correr, jurándose mantener en secreto su escapada.

A la noche siguiente, al hacer rota de cansancio, el recuento de las tareas y se repetía la pregunta de cuándo acabaría, oyó un ruido leve en la contraventana. La abrió con temor y se encontró al soldado prusiano, rubio, sonriente y ridículo con su casco de penacho. No supo qué hacer. Él le suplicó que le abriera. La suegra dormía en el cuarto de arriba, se oían sus ronquidos y jadeos y Guillermina, sintiendo que su pulso emprendía un ritmo irregular y se congelaba con solo el camisón, le atrajo hacia dentro y le hizo sentarse.

—Quería verla otra vez. Mi corazón ha caído prisionero de usted —dijo el prusiano en un francés delicado, con un ligero acento que a ella la mareaba.

Nunca su Pierre le había dicho nada ni parecido, con ese tono y suavidad envolvente, ni tampoco la había mirado con esa fijeza, y los dedos largos, delicados… A lo mejor era poeta.

Él le cogió ambas manos. ¡Pobres manos!, afirmó mientras se las llenaba de besos. En ese momento se oyó un estrépito por la escalera y apareció la suegra, aturdida y desgreñada. Los dos se quedaron petrificados y el oficial iba a echar mano del sable, cuando la anciana se le acerca y cogiéndole la cara entre las manos, empieza a besarle.

—Pierre, mi niño, por fin has vuelto.

Y dirigiéndose a Guillermina la urge a que le de de comer y prepare la cama.

—Ya se ha acabado todo, —exclamaba la anciana, mirándole con amorosa atención. ¡Qué cambiado estaba! ¡La guerra hacía unas cosas!, pero era su hijo y volvía a besarle. —Hasta más rubio ha vuelto. ¿No crees?

Y miraba a la otra que se afanaba en cortar un poco de salchichón, y así pasaron un tiempo hasta que se fueron a la cama. A la mañana siguiente la pobre mujer no se consolaba, al pensar que su hijo se había vuelto a ir, sin despedirse y desde ese día con la hogaza de pan entre las manos, se lanzaba a recorrer los alrededores y siempre que veía un soldado con penacho, le daba una rebanada por si acaso era Pierre. Estaba tan guapo con ese casco.

—Porque era casco lo que llevaba ¿verdad?

© Cristina Vázquez

El caballo

Malena Teigeiro

La guerra se había llevado a los hombres, los de ella y los de todas las mujeres de la aldea. Muchas, asustadas, se marcharon a la ciudad en busca de sus lejanas familias. Las pocas que eligieron quedarse, conocían que vivía sola, bueno, sola, no. Se quedó a la guarda de los nietos, de esos niños que poco a poco iban creciendo, alguno prometía ser un buen mozo.

La primera vez que la había visto, fue una mañana durante su odioso paseo a caballo en busca de los huidos que intentaban volver a sus casas. Ella cultivaba la tierra cuando apareció de espaldas al sol. Se incorporó y temerosa, con la mano a modo de visera, fijó sus ojos en la cabeza chata del bruto. Le dijo que era un Warmblood. ¡Cómo si a ella le importara a la raza! Él no sabía que solo buscaba la compasión de su mirada. ¡Era tan hermoso el animal!

Acababa de sacar la crujiente hogaza del horno cuando lo vio. El sol le arrancaba rayos al casco, al peto de acero, pulido como la plata, que lucía sobre la casaca. Se creía un dios. Sin ninguna consideración cabalgaba sobre su descuidado huerto sin importarle lo que arrasaba con las pezuñas de su bestia, sin importarle destrozar las pocas verduras que le iban a servir de alimento. Suspiró. La mujer se pasó la mano sobre las sienes y se sujetó los cabellos sueltos. Hipócrita, dibuja alrededor de los acerados ojos una sonrisa y con la hogaza bajo el brazo, como casi todas las mañanas, fue a su encuentro.

¡Qué poca suerte tuvo el día en que se fijó en ella ese hombre viejo! Si le quitaba el casco, no quedaba nada de su prestancia, rumia la mujer andando con cuidado, sonriente, entre los surcos de su tierra. ¡Mi hombre sí que es buen mozo! Al cerrar los ojos lo veía andando por el camino de tierra diciendo adiós con la mano. ¿Por dónde estaría ahora? ¿Viviría?

Mal rayo le partiera la vida, la de él y la de todos los que arrasaban sus tierras, decía su dura mirada mientras que, con el pan bajo el brazo, se acercaba complaciente. Corta una rebanada, y procurando no aproximarse mucho, se la entrega.

Aquel primer día le agarró la mano y la arrastró hasta subirla a la grupa. ¡Mala bestia! No le importó usar el caballo de litera para deshonrar su pecho, para toquetear su vientre, sus muslos. Y ella, muda, sin rebelarse, aguantaba el asedio, hasta que, sin enfadarlo, consiguió arrojarse al suelo. Él se llevó la mano a la visera del casco. Hasta mañana, le dijo despidiéndose seco, con voz metálica. Pasaría por allí todas las mañanas que pudiera. Y añadió, que siempre le tuviera preparado un poco de ese pan que perfumaba los campos. Ella, coqueta, ladeó la cabeza sonriente, con los dedos a la espalda cruzados en una maldición. ¡Ojalá te rajen el vientre y la sangre tiña tus desalmadas vergüenzas!

Y así siguieron hasta que un día descabalgó la bestia, y sobre sus verduras, las que luego, con las lágrimas contenidas, cortaba para que no se perdieran, la viola. Aunque lo cierto era que ella había consentido, y hasta intentó contentarlo. Cualquier cosa antes de que se acercara a la casa en donde escondía a sus dos hijos.

¡Maldita guerra!

© Malena Teigeiro

Olor a cocina

Liliana Delucchi

Esto es una serpiente de barro y miseria. Aquí estamos, querida madre, todos aquellos que vinimos a luchar por la patria. Me dijiste que no estaba preparado. Tu insistencia a que esperara a que me llamaran a filas, no fue escuchada por este hijo, que pensaba que en poco tiempo seríamos capaces de vencer a los alemanes, y me presenté voluntario. Y aquí estoy, entre miembros rotos, gritos y ruidos de artillería que llegan del otro lado. Hoy hice un nuevo amigo, es un británico llamado William, que ya vivió el infierno de El Somme. Habla muy bien francés y me enseña algo de su idioma, que pienso me servirá cuando todo esto termine. Él consigue té y yo me las arreglo para obtener un poco de leche. Me cuenta cómo era su vida en Inglaterra y yo le describo nuestras praderas.

Ayer llegaron provisiones, me lancé sobre un trozo de pan que me hizo recordar el olor de tu cocina, nuestros desayunos con mantequilla antes de que el averno se extendiera por Europa.

Creo que me van a destinar como ayuda del Capitán Médico, al menos estaré más a cubierto que aquí, en la trinchera, aunque los cuartuchos donde se cura a los enfermos, cuando se los cura, son una pestilente mezcla de sangre y sudor. Los medicamentos no alcanzan y los hombres parecen lobos por sus aullidos de dolor. Cuando la desazón nos apresa, repetimos las palabras de nuestro comandante, mi tocayo, Robert Nivelle: “No pasarán” y para darnos ánimos cantamos La Marsellesa. Por la noche, siempre hay alguien que silba alguna canción que escuchó en los bares de París y todos la tarareamos. París… ¡Qué lejos me parece!

No sufras por mí, madre, esto acabará y volveré a casa. Prometo encargarme de tu huerto y ayudar a padre en la carpintería. ¿Cómo están mis hermanos? Me escribió Marie, para contarme que su prometido fue reclutado y que han tenido que postergar la boda. Pero no supe nada más. ¿Sabes dónde fue destinado? Me gustaría tener a alguien de la familia cerca… Aunque Jacques no sea todavía mi cuñado, sé que ama a su novia y que me darán hermosos sobrinos.

Bueno, madre, tengo que dejarte porque me llaman. Acabó mi momento de descanso. A combatir.

Tu hijo que te quiere,

Robert

Verdún, 12 de marzo de 1916.

Los dobleces del papel han arrugado la carta que Stephanie guarda en el bolsillo de su delantal. La lleva desde que la recibió. Fue la última. La siguiente comunicación le llegó del ministerio de la Guerra en la que le anunciaban la muerte de su hijo. Jacques regresó, aunque con una pierna menos.

Los cascos de un caballo la sacan de sus pensamientos, mira por la ventana y ve a un soldado al paso entre sus coles. Es de los nuestros, piensa, y se dirige a la cocina en busca de un pan recién horneado. Le extiende un trozo al hombre que se lo agradece, lo huele y antes de comerlo le dice: “Me recuerda el olor a cocina de mi madre”.

© Liliana Delucchi

Tiempos difíciles

Marieta Alonso

Lo que más le gustaba en su niñez era subir al desván con su abuelo, tomados de la mano, a registrar los baúles llenos de tesoros. Las horas volaban. Un día aparecieron dos sobres amarillentos, enlazados con una cinta descolorida que pudo haber sido negra. El anciano se quedó muy pensativo y cuando le preguntó si estaba triste, le acarició con la mirada perdida. Algo muy gordo tendría que estar leyendo, pues dejando caer el pliego sobre sus rodillas, se echó a llorar. Sin saber qué hacer, el niño le abrazó por la cintura, mientras el anciano comenzaba a contar…

Mi abuelo fue taxista en París y le tocó, a sus muchos años, llevar a su propio hijo y a mí, su nieto, al frente. Y con voz entrecortada continuó que entre el cinco y el doce de septiembre de 1914, se había librado una gran batalla. Mi padre nunca regresó. Yo sí.

Tomó el papel con mano temblorosa. Esta carta es de su puño y letra y escribió que todo saldría bien; que con un poco de suerte pararíamos el avance del ejército alemán; que las noches eran frías, pero que él tenía los pies calientes gracias a los tres pares de calcetines hechos por su mujer. Esperaba que yo estuviera sano y salvo, pues no había vuelto a verme ya que nos habían enviado a diferentes compañías.

La otra carta es del ministerio de la Guerra notificando su muerte y el valor demostrado.

—Abuelo ¿No fue mi padre el que murió en la guerra? -preguntó el niño mientras recostaba la cabeza en su hombro.

El anciano miró al vacío evocando, esta vez, a su hijo.

—Eso fue en la II Guerra, pequeño. En la segunda.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Emigrantes

15 noviembre, 2016 por Akelarre 8 comentarios

Emigrantes

Emigrantes

A finales del siglo XIX, miles de españoles iniciaron la emigración hacia el Dorado, hacia los nuevos países de Ultramar. A mediados de los años cincuenta, los nietos de aquéllos, volvieron a hacer las maletas. Ahora ya no acudían a los puertos. En las estaciones de tren, en los aeropuertos tomaban billetes para Alemania, Francia, Suiza… Tanto en aquella ocasión, como en ésta, para muchos, fue un viaje sin retorno. Ahora, nuestros jóvenes y no tan jóvenes, van indistintamente a Latinoamérica, a Centro Europa, llegando incluso hasta China y Australia. Buscan, como sus mayores, un futuro mejor.

Rosalind

Cristina Vázquez

El columpio

Malena Teigeiro

Un hada gigante

Liliana Delucchi

Ida y vuelta

Marieta Alonso

Rosalind

Cristina Vázquez

 Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
(Poeta en Nueva York. Federico García Lorca)

¿Quién es esta niña? Vaya cara de cateta tiene.

Rosalind le arranca la foto de las manos y sin mirarla apenas, le contesta que la había comprado en una tienda de viejo y que la niña le pareció muy mona.

Las luces intensas de neón iluminan con frialdad el despacho dónde están las dos amigas. Rosalind es la redactora jefe de una revista de moda de gran tirada en Estados Unidos y la otra la estilista. Se conocen hace años, colaboran sin demasiadas tensiones, con la dosis adecuada de competitividad y exigencia que les permite mantenerse en sus puestos.

Cuando entró a trabajar con una beca, hacía ya veinte años, le pareció que el piso dieciocho de directivos no lo alcanzaría nunca. En casa la llamaban Rosaurina y había conocido el largo, larguísimo trayecto hasta llegar a Manhattan y llamarse Rosalind. Frío helador en invierno, horas de metro con gente adormilada y absurda, carreras, codazos, hasta aprender a poner ella el pie encima, a perfeccionar su inglés con un tono británico, pues se había educado en Inglaterra, mentía. Se estudió con detenimiento el mapa de Gran Bretaña, la lista de colegios buenos y los barrios de Londres, para que no la pillaran. Sí, de España conocía sobre todo el Sur, a veces iba de vacaciones con su familia. ¡Tan diferente y simpática la gente! Era un sitio adorable y aún exótico en sus costumbres.

Cuando volvía a su piso, diminuto pero bien situado, lanzando los tacones al aire y con una copa de vino en la mano, llamaba a su madre que vivía en el Bronx. Después de escuchar un rato sus quejas, sus dolores, y con la promesa de ir el domingo, colgaba con irritación.

Llegar a casa de la madre le suponía otro trayecto largo y fatigoso. Su único día de descanso se emborronaba en olores picantes, griterío de niños por la escalera pintarrajeada, y un profundo desánimo al verla cada vez más vieja, más triste y más alejada de ella. Sus puntos de convergencia se fueron separando tenue pero firmemente, hasta llegar a un lenguaje inconexo entre ellas.

No soportaba verla en zapatillas con una bata acolchada en invierno o de dibujitos chillones en verano, hablando cada vez más de su pueblo, de sus hermanos, de lo difícil que le resultó marcharse, de lo duro que fue vivir y educarla en este país tan diferente. ¡Siempre lo mismo! Con unas lágrimas indecisas, un pelo mal teñido de color anaranjado y unas manos callosas. Ella se mira su perfecta manicura rojo Byzancio.

Que volviera de una vez a su pueblo, le decía con impaciencia, pues la madre era la representación del mundo que quería olvidar, el mundo al que odiaba pertenecer, el mundo que con su esfuerzo había conseguido superar. Ella, en cambio, era la respuesta a un fracaso de vida, a la emigración ramplona, a la extranjería permanente.

La madre con los hombros levantados, la mirada húmeda de una nostalgia acuosa, se quejaba que ni de aquí ni de allí, y que la vez que volvió no conocía a nadie. El pueblo estaba tan cambiado que tenía que mirar las fotos para poder ubicar las casas, el bar, la tienda de ultramarinos, la huerta. Ya tenía apartados los ahorros para que cuando muriese, la mandara para allá, pero con los ojos cerrados y se los frotaba con un pañuelo arrugado. El acento de su infancia le salía con una cadencia tan marcada que Rosalind no lo soportaba.

¡Mamá por favor, no empieces!

Fue distanciando las visitas, no tenía tiempo. Volvió un domingo que no estaba previsto, pues no pudo hablar con ella en toda la semana. Las vecinas le dijeron que se la llevaron al hospital. Había tenido un derrame cerebral y seguramente no sobreviviría. Se sentó a su lado y de repente reapareció un rasgo de juventud en su cara, una dulzura olvidada en el rostro forzadamente relajado. El único ruido era el respirador artificial, suave y continuo. Abrió el cajón de la mesilla. Estaban las gafas, su carnet, el rosario y una foto. La miró con atención. Vio una niña sentada sobre unas maletas y en su carita se resumía la desolación y el miedo. Detrás, la fecha, el nombre de su madre y el puerto desde el que salió.

Y supo con desolación que ya era tarde.

© Cristina Vázquez

El columpio

Malena Teigeiro

Espera aquí y no te muevas, dijo mamá sentándome encima de la maleta. Creo que me puso allí para distinguirla. ¡Casi todas eran iguales! Cerca de mí, también sentado, pero sobre un baúl, había un niño. Estaba igual de aburrido que yo. Comencé a fijarme en el trabajo de los marineros. Cargaban los equipajes en unas redes, la grúa las levantaba, luego, despacito, las dejaba sobre el muelle.

—¿Crees que se acordarán de que estamos aquí? —gritó impaciente el niño.

Me encogí de hombros. Mi madre sí que se iba a acordar. ¡Le guardaba su maletón! Continué mirando las redes. Pensé que era apetecible bajar como uno de aquellos bultos, balanceándome igual que lo hacía en el columpio de la higuera. El niño movía los pies dando patadas a su asiento. Me gustaban sus zapatos marrones de piel muy brillante. Miré los míos. Estaban sucios de barro, aunque fuera de tierra de la aldea. Levanté un pie y toqué una punta. Me llevé los dedos a la nariz. Ya no olían a prado, ni a establo. Ahora sólo estaban sucios. Los suyos quizá eran nuevos.

—¿Qué haces? —me chilló otra vez. Inclinando la cabeza, levanté un hombro—. ¿Crees que se habrán olvidado de nosotros?

Estaba asustado. ¡Ojalá se hubieran olvidado! Con un poco de suerte me devolvían a la aldea con mis abuelos. ¡Pobres!, cómo me abrazaban antes de subir al autobús que nos llevó hasta el puerto de La Coruña. Cuánta gente. Me daba un poco de asco tanta lágrima, tantos mocos entre los besos. El abuelo me miraba sonriente, con sus tristes y desteñidos ojos azules. Quizá se los habían lavado con lejía, como hizo mamá con el delantal del colegio. Aunque él me dijo que era porque les había dado mucho el sol. No sé. Llorando, le pedí que no tirara el columpio, que iba a volver pronto. Lo abracé y me costó separarme de su calor, de su olor a humo, a hierba.

—Tengo hambre. ¿Tú no? —gruñó lloriqueando.

Lo miré. Se había tumbado sobre el baúl. Temblaba. Miedica, pensé. Metí la mano en el bolsillo y le enseñé un trozo de pan con queso. No te lo tomes todo, había dicho mamá al dejarme sobre el equipaje. No sé cuándo podremos volver a comer. Él se bajó y vino a sentarse conmigo. Casi no cabíamos. Le iban a robar sus bultos, pero a mí me daba igual. Le estaría bien empleado. Era bobo. Comenzó a morderlo. Masticaba muy deprisa y se le iba a acabar pronto. ¡Qué torpe! Olía bien. No como mi abrigo que todavía tenía el olor del hollín de la cocina y de las vacas.

—¿Tienes más? —moví la cabeza—. ¿Por qué no hablas? ¿No tienes lengua?

Me giré hacia él despreciativa. Abrí la boca y se la enseñé. También le daba patadas a nuestra maleta. Si mamá lo veía, se iba a enterar.

—Vas a pasar mucho calor con ese abrigo.

Lo miré despacio. Él vestía traje marrón, como el de los tíos cuando iban al baile de la feria. La abuela decía que le gustaba verlos cuando vestían de lujo. A mí mamá siempre me hacía un vestido nuevo para ir a la misa de la feria. El último era blanco. Había roto una sábana y la abuela se enfadó.

—Yo vivo aquí. Bueno, en una ciudad más pequeña, que no tiene mar, aunque muy cerca hay una playa. Está muy bueno —dijo señalando el bocadillo.

Lo miré. ¿Es que era tonto? Pues claro que estaba bueno. Era del queso que hacía el abuelo. ¡Qué pena que ya se hubiera acabado!

—Hemos ido a ver a los padres de mis papás. Llevábamos quince años sin verlos. Les hemos llevado muchos regalos, ¿sabes?

Mentiroso, pensé. ¡Apenas era mayor que yo! A mí que me importaban sus regalos. Seguí mirando el trajinar de las redes.

—En la aldea de mi mamá en vez de dulce de guayaba, tenían uno de membrillo, que no me gustaba.

¿Dulce de guayaba? Qué será eso, pensé alzando los hombros hasta casi las orejas. Lo vi limpiarse las manos en el pantalón que se le llenó de migas.

—Y mi tía se viene con nosotros para cuidarme, porque nos hemos comprado un almacén y mis papás tienen que trabajar todo el día. ¿Tú no te quedas con tus abuelos?

Es idiota. ¿No ve que estoy aquí? Y además no paraba de hablar. Seguía con su tontuna de golpear el equipaje con sus zapatos marrones. Eran más bonitos que los míos, pero él era tonto. Por fin llegó mamá a buscarme. Le hizo bajarse de nuestra maleta y lo dejó allí plantado. No le dije adiós.

No quince, sino veinte años más tarde, volví a la aldea. Apenas quedaba nadie viviendo en ella. Solo algunos viejos acompañados por las abandonadas casas, por los campos sin cultivar y las cuadras vacías. Después de visitar el cementerio y limpiar la tumba familiar, me dirigí a la casa de los abuelos. El tejado estaba hundido y el suelo de la habitación se había caído sobre la cocina, arrastrando mi cama de hierro, antes pintada de azul añil. Paseando por la huerta llegué hasta la higuera. Las carcomidas cuerdas del columpio, ya sin tabla, seguían colgadas de la rama, aunque solo sirvieran para mecer el transcurrir del tiempo.

© Malena Teigeiro

Un hada gigante

Liliana Delucchi

Falta poco. Por eso he venido a sentarme sobre nuestra maleta. Son todas muy parecidas y no quiero que se confundan. En ella llevo mi cuento y mi muñeca. El libro es el de Mamá Cabra y los Siete Cabritos, que la abuela me leía todas las noches. Es mi preferido y también el único que me regalaron. Aunque ella sabe muchas historias, ésa es la que más me gusta. Se quedó en el pueblo, dice que ya está muy vieja, y que con lo que le costó hablar castellano, no está para aprender otro idioma que suena tan raro. Aquí, en el barco, hay mucha gente que habla raro, pero he jugado con otros niños y aunque a veces no los entienda, me divertía igual. Ellos no saben de mis amigas las hadas, que veces se escondían entre las coles, mientras hubo coles, pero después vinieron esos hombres que se llevaron las hortalizas que cultivábamos. Mi padre ocultó algunas en el granero, y por suerte no las encontraron, así pudimos comer hasta que marchamos para el puerto. Nunca había visto tanta gente junta; se empujaban y mostraban papeles para subir al barco. “No te despegues de mí”, me había dicho papá. Y no me separé ni un momento. Ni de él ni de nuestra maleta, porque dentro llevo mi muñeca que es un hada. Me daba mucha pena la pobrecilla, allí encerrada, pero como es invisible, seguro que en algún momento se escapó para pasear por la cubierta.

Cuando nos separamos de los primos, lloré. Mamá me dijo que no lo hiciera, que ellos también emigrarían pronto. No sé qué quiere decir esa palabra, debe ser algo malo, porque hacía pucheros, pero yo le apreté la mano para que no tuviese miedo. Vamos a un país donde no te despiertan los aviones y donde la gente no corre para esconderse. Además, allí está el tío Julián, que le consiguió un trabajo a mi padre y que dice que podremos comer todos los días y varias veces al día.

Suena la sirena, estamos llegando y toda la gente se va para adelante. Yo no, no quiero separarme de mi maleta, además, si el hada que nos espera en el mar es tan grande como dicen, seguro que la veré desde aquí. Mamá me dijo que tiene una isla para ella sola, que me llevará a verla y que levanta una antorcha que es capaz de iluminar hasta la aldea. Entonces… quizás pueda ver a la abuela.

© Liliana Delucchi

Ida y vuelta

Marieta Alonso

Era invierno. El frío se colaba por las rendijas hiriéndome la cara, las manos y el trocito de pierna que se quedaba al aire entre los calcetines y el pantalón. Estaba aburrida y cansada de tanto esperar. No sé qué hacía allí, encaramada en nuestra única maleta. Mi mamá me aconsejó no tocar nada. Nos vamos a otro país en busca de una buena vida, eso lo dijo papá y mamá contestó que era lo mejor que se podía hacer si queríamos salvar el pellejo. Estoy triste. No tengo con quién jugar. No hay ningún niño a la vista. Y como mis padres están nerviosos, es mejor que me aleje de ellos no sea que reciba una regañina. Al no tener nada que hacer, me tumbé en el suelo, y me dormí.

Recuerdo ese día como si fuera ayer ¡Y ya han pasado setenta años! Aquella niña hoy habla, sueña y piensa en francés. Con mis padres fue distinto. Ellos no llegaron a aprender bien el nuevo idioma, lo chapurreaban, con terminar las palabras en “e” pensaban que les entendían. Lo que sí hicimos siempre fue comer en español: cocido, tortilla de patatas, paella.

Con ellos hablaba nuestra lengua materna y con los demás en mi idioma de adopción. Cuando teníamos que hacer alguna gestión en la escuela o ir al médico, les servía de intérprete desde bien chiquita. En el mercado, al principio, mi madre se hacía entender por señas, pero luego aprendió las palabras necesarias para comprar.

Trabajó en una fábrica de cerveza y regresaba a casa agotada, mi padre como era un gran mecánico, entró en Peugeot, y a la noche se desplomaba estrepitosamente en su sillón preferido.

—Da gracias a Dios que no tienes que estar en la construcción—, le reconvenía mi madre.

Los años fueron pasando y mis padres no dejaban de mirar hacia España. Yo, en cambio, con la vista puesta en París me fui a estudiar a la Sorbona. Me casé con un chico francés, a pesar de que mis padres pusieran el grito en el cielo.

—Ahora sí que nunca regresaremos a nuestra tierra. Entre Franco que no se muere y la niña que se casa, ¡apañados vamos!— rezongaba mi madre.

En mi nuevo hogar pasar de una lengua a otra era lo habitual, así mis hijos tuvieron dos idiomas sin grandes esfuerzos y pudieron comunicarse con los abuelos, que les enseñaban a cantar villancicos, coplas, a bailar la jota y a comer como es debido.

Hoy regreso a España con uno de mis hijos, el soltero, que a sus muchos años no quiere dejar de cumplir lo que prometió siendo niño a los abuelos: volver en su nombre.

Y me siento extraña.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La ventana

15 septiembre, 2016 por Akelarre 6 comentarios

Ventana casa abandonada

La ventana

Única superviviente de lo que fuera una casa, esta ventana permanece como testimonio de la vida que hubo detrás de sus persianas. Acompañada por la maleza y los trinos de los pájaros en verano y por la nieve y el silencio en invierno, se mantiene abierta para que puedan entrar y salir los relatos que nuestras cuatro brujas han creado.

Amor, miedo, soledad, amistad y todo aquello que forma parte del ser humano se entrecruzan, como las hierbas que tejen sus historias alrededor de los viejos ladrillos.

Recordar

Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

Melodía ausente

Liliana Delucchi

El color de la esperanza

Marieta Alonso

Recordar

Cristina Vázquez

Nunca olvidé el olor de la higuera. Cada vez que recordaba ese verano venía a mí con una pujanza que borraba todo lo demás. A veces me llenaba de bienestar, otras removía el dolor y la vergüenza que tanto me ha costado olvidar o adormecer. Mi teoría, hoy que soy vieja, es que hay que pedir a los dioses que no hieran con crudeza a los jóvenes, pues la marca queda indeleble en su carne perfecta, inmaculada.

Me he atrevido a acercarme a las ruinas de la casita. Es una especie de viaje de memoria y despedida a la vez, pues creo, aunque no estoy segura, que ya puedo recordar y ver todo este paisaje con la tranquilidad y lejanía de los años. He ido sola y casi no la reconozco pues las distancias en el recuerdo se confunden, se solapan con los latidos del corazón desbocado. En su día el recorrido para ir al encuentro resultaba breve, ligero y el de despedida largo, como si los metros se multiplicaran por la pesadumbre que me agarrotaba.

No consigo imaginar, ni quiero, cómo serías si hubieras vivido. La única ventaja ha sido poder guardar tu imagen preciosa, con todo el esplendor de tu juventud. El pelo revuelto sobre la frente altiva, la boca resplandeciente de blancura y risa, tu cuerpo nervudo y terso, moreno con los soles de la esperanza y del engaño. ¿Cómo pudimos soñar que fuera posible? Cuántos planes para huir, trazados con precisión, creíamos que hasta con disimulo y apoyo.

Un tiro, un solo tiro brutal de mis hermanos en tu tersa, palpitante sien y tu perfil se quedó quieto, como el de una moneda antigua de bronce, chorreando sobre la almohada de arpillera. Parecías un dios clásico, un héroe amado. A mí me arrastraron como a una loca, eso sí con el honor vengado, y después de unos días entre sábanas, manos silenciosas y susurros piadosos de mujeres de mi familia, me mandaron fuera, lejos. El olvido, solo cabía el olvido. Como es joven olvidará, decían.

Nunca olvidé y eso me ha salvado de volverme un ser estéril, muerto antes de vivir. Tus manos fueron siempre las manos del otro, del marido conveniente y amable, y en el hijo buscaba ciega algún rastro tuyo. Y alguno encontré. Tu frente altiva pervive.

— Abuela, ¿qué haces aquí sola? Es peligroso.

Me giré y me vi corriendo con la misma ligereza, el mismo afán y sonreí, porque he visto que una hoja de la higuera que tantas veces nos cobijó, ha florecido en un arbolillo, que parece custodiar la ventana por la cual nos asomábamos a una esperanza y a una vida que no llegó.

© Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

Poco a poco, abrumadas por las raíces, las zarzas y los árboles salvajes que como pensamientos trastornados crecían entre las piedras, las paredes se fueron deshaciendo. De lo que había sido la casa, apenas quedaba un trozo de muro del que colgaba una ventana. Los cristales, limpios, fuertes, protegidos por las venecianas verdes, siempre abiertas, dejaban entrever unos ligeros visillos muy blancos. Nadie en la aldea entendía por qué no las cerraba el viento, ni tampoco por qué, a veces, como si danzaran, se movían los blancos y livianos velos. Tampoco comprendían que aquellas piedras fueran las únicas que se sostuvieran apiladas para soportar la ventana.

Mis padres dormían en la casa de al lado la noche en la que se quedó vacía. Dicen que no escucharon nada. Pero, desde entonces, cada día al salir a la calle veían que las zarzas y enredaderas, envolvían los fuertes muros de piedra, como si de una crisálida se tratara.

Era rubia, ligera como el aire, con los ojos azules, transparentes, iluminados por un cielo sin nubes, y desde que se habían muerto sus padres, vivía sola. Se llamaba Amalia. Él, alto, de piel turrada, fuerte, casi salvaje, había aparecido un verano, no se sabía desde dónde. Quizá, decían, había venido para la recolección del trigo o para la recogida de la fruta; quizá era uno de esos que llegaban a las ferias con sus columpios y puestos de rifas. Lo cierto es que era un hombre extraño. Cada vez que se cruzaba con un vecino, bajaba la cabeza y lanzaba una especie de quejido a modo de saludo. Nadie le había escuchado decir palabra. Solo hablaba en la taberna para pedir el vino. ¿Cómo se habían conocido? ¿Dónde? Nadie lo supo nunca, pero él entró en la casa de Amalia como en morada propia. Y se acostó en su cama deshaciéndola en amores. Y poco después trajo a su madre, una mujer con los ojos nimbados por oscuras sombras, y ropas viejas, pesadas, que nunca se cambiaba. Con ella llegaron tres niños, silenciosos, de mirada torva como él, que salían a jugar en la acera. Y también dijeron que su madre no era su madre, sino su mujer. Lo cierto es que a ciencia cierta, nadie sabía nada.

A partir de entonces, no se volvió a saber de Amalia. Hasta que un día desaparecieron todos y la casa, con la puerta bien atrancada, apareció cerrada. Solo se quedaron abiertas las verdes venecianas, con los cristales inexplicablemente limpios, y los visillos blancos.

Pasaba el tiempo y ningún vecino se atrevía a pisar las piedras de la casa de la puerta atrancada que, poco a poco, se deshacía.

Y empezaron los rumores.

Se dijo que Amalia no quiso ir con ellos y que vio cómo se alejaban a través de los cristales de esa ventana. Decían que estaban encantados porque apoyó en ellos la frente. También se habló de que alguien la oyó llorar, y aquellas lágrimas, como si de agua bendita se tratara, regaron los suelos y por eso crecían con fuerza la maleza y las enredaderas. Corrían rumores de que Antonio, el panadero, había visto una madrugada a Amalia limpiándolos y por eso se movían los visillos.

Lo cierto es que nadie la ha visto nunca.

El día en que la autoridad se abrió paso entre las zarzas, se supo que no habían sido sus lágrimas las causantes de tanta maleza sino que la sangre que brotó de su garganta regó y fertilizó la tierra.

Y desde entonces, algunos vecinos susurran en las tabernas y alrededor de las chimeneas, que el espíritu de Amalia lo espera, porque, al verlo, podrán revivir ella y el no nato, que duerme en su podrido vientre.

© Malena Teigeiro

Melodía ausente

Liliana Delucchi

Fuera por simple despiste o de forma intencionada, el caso es que Clotilde había olvidado cerrar la ventana.

Camina despacio, aspirando el olor de los lilos de la casa de enfrente, es una construcción sólida, de ladrillos y con grandes ventanales cubiertos de rejas. Los visillos, siempre echados, se mecen con el aire como queriendo escapar entre los barrotes. Y la música que sale del piano huye entre las flores hasta llegar a la joven en un baile de notas. Clotilde desconoce la melodía, pero siente que la eleva hasta las nubes.

Tengo que apresurarme, van a cerrar la tienda y no tengo nada para la cena, piensa. Se quejará, como siempre, y yo haré como que no lo escucho. Encenderá el televisor y se peleará con el árbitro del partido.

Por la ventana abierta le llega la música. Es un ángel. Un ángel que viene para llevársela entre sus brazos a un mundo de sonidos, en el que reina la suavidad, el consuelo y una siempre dulce seriedad, muy alejado de la vulgaridad cotidiana, imagina.

Una mañana cuando salía de la casa de ladrillos, la vio de lejos. Alta, delgada y tan blanca como el marfil, con el pelo rojo oscuro recogido en un moño. Caminaba como toca el piano, como si no pisara el suelo.

Otra tarde la descubrió mirando sus rosales y abrió la portezuela del escaso jardín.

—¿Le gustan mis rosas? — le preguntó con timidez. A mí me encanta su música.

Le sonrió y aceptó la flor que le regalaba, así como su invitación a tomar café. Se hicieron amigas.

Después de comer, casi todos los días Clotilde cruza la calle para adentrarse en el mundo mágico de su vecina, cierra los ojos y se sumerge en las imágenes de las revistas de ese salón tan bien amueblado, y que huele a las freesias, que hay por todos los rincones.

Era viernes por la noche cuando escuchó las sirenas y a su marido maldiciendo porque no lo dejaban oír el partido. Se asomó a la ventana y pudo ver una ambulancia detenida frente a la casa de ladrillos con grandes ventanales. Un mechón de su pelo rojo oscuro asomaba debajo de la sábana de la camilla.

— Sus pulmones están muy enfermos. No creo que resista mucho más- le dijo la madre de su amiga cuando fue a verla al hospital con un ramo de freesias.

Después del funeral, el silencio se apoderó del barrio. Por la ventana abierta de Clotilde solo entraba el rumor de la lluvia. Intentó convencer a su esposo de que se mudasen, pero ésa había sido la casa de sus padres, rezongaba el marido.

Tienes la cabeza llena de pájaros y la culpa es de la que murió. En ese momento la mujer siente un calor que le sube desde el estómago hasta las sienes y quiere estar muy lejos.

Ahora sus paseos están rodeados de un silencio apenas roto por los buenos días con una vecina, o los comentarios de otra. Cuando regresa a su casa, se queda mirando por la ventana siempre abierta, a la espera de una melodía que ya no atraviesa la calle, que ya no la acompaña.

Las luces de la ambulancia frente a su casa y las llamas que los bomberos intentaban apagar, sorprendieron al hombre cuando volvía de su partida en el bar. Era noche cerrada.

© Liliana Delucchi

El color de la esperanza

Marieta Alonso

De entre las nubes surgió un brillante rayo de sol que iluminó la casa abandonada. La ventana verde abierta le recordó su niñez. Se vio asomada al tragaluz de su buhardilla, aquél por el que sin grandes esfuerzos, saltaba para colgarse de su rama preferida y balanceándose, llegar hasta el tronco por el que descendía sin que sus padres se percataran de su ausencia. Sonrió. La comisura de sus labios lanzó un quejido, tanto tiempo sin sonreír, justo un año desde que la tragedia se presentó sin avisar.

Volvió a escuchar el ruido seco del tren de aterrizaje al chocar contra la pista. Era como la voz del trueno, por eso se tapaba los oídos, cuando las tormentas irrumpían su silencio. Sí, ese fue el ruido que escuchó por la televisión en el momento en que daban la noticia y mostraban aquellas horribles imágenes. Su marido e hijo volvían en aquel avión.

¡Qué hacía desde entonces! Caminar, caminar, caminar sin rumbo. De lunes a viernes tenía todas sus horas ocupadas…, pero los fines de semana se le hacían interminables. ¡Maldito ocio!

Una bandada de mariposas comenzó a revolotear por encima de su cabeza llamando su atención y la fueron guiando por aquel sendero hasta la misma ventana. Se introdujeron por ella, pero como no las siguió regresaron, la rodearon y entraron de nuevo, así hasta tres veces. Petrificada se quedó. ¿Qué le querrían decir?

Volvió a la senda. Y detrás suyo la nube de mariposas ¡Qué pesadas! Persistentes la fueron llevando hacia un lateral de la casa donde había una puerta entreabierta y repitieron lo de entrar, salir, rodearla y volver a entrar. Intrigada empujó el portón, le extrañó que no chirriara, era como si estuviera en uso.

Un bebé envuelto en una manta verde de rayitas blancas, dentro de un canasto posado sobre la única mesa, dormitaba. Y a su lado un papel, escrito con letras mayúsculas y faltas de ortografía, rogaba a quien lo encontrase que no lo abandonara, que le diera, por favor, un poco de cariño y la oportunidad de vivir. Buscó a las mariposas. Habían desaparecido.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

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