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Una ventana abierta

15 mayo, 2025 por Akelarre 1 comentario

La ventana de Akelarre

Una ventana abierta

En pleno mes de mayo, es hora de abrir las ventanas y dejar que la primavera entre en nuestras casas.

Abrir una ventana no es sólo permitir que la morada se ventile, sino que recuerda la necesidad de ir más allá, a un espacio para el recuerdo y la ausencia. Sirve como símbolo de la curiosidad, quizás de indiscreción, una manera de asomarnos a otras vidas que en principio no nos importan, pero a través de las cuales finalmente vivimos nuestras propias existencias.

Abrir una ventana es también abrir la mente, la imaginación y quizás la perspicacia.

Es lo que hemos hecho este mes, al colarnos en las historias de personajes quienes, con tan sólo asomarse al otro lado, han cambiado sus vidas o descubierto aquello que hasta entonces había permanecido oculto.

¡Revelación!

Cristina Vázquez

Tarta de limón

Malena Teigeiro

La risa

Liliana Delucchi

La musa enamorada

Marieta Alonso

¡Revelación!

Cristina Vázquez

A mí los pueblos con su aura de tranquilidad nunca me gustaron. Y el paisaje verde tan defendido y valorado lo encuentro, como decía mi madre, apropiado para que se lo coman los burros. Debo ser muy bruta, pero no he conseguido extasiarme con las puestas de sol tras una colina, ni con los arcoíris, ni con los riachuelos regando floridos pastos. A mí me emociona el reflejo del sol en un edificio de acero, ver las terrazas llenas de gente con su cerveza e ir al cine. Incluso algún ruido lejano de claxon.

Pero la vida es muy traicionera. Mi marido, que empezaba a diseñar una jubilación de manual, le entró la neura por una casita en las afueras de un pueblo, cerca de Madrid. Le miraba con extrañeza, como si un ser nuevo estuviera surgiendo en él. Algún fin de semana íbamos a casa de amigos, pues ya pasado el primer tirón de juventud, asentaban cabeza y familia en esas adorables segundas viviendas. Siempre volvíamos haciendo el mismo comentario.

—Será muy bonito, pero menudo tostón —decía él indefectiblemente.

—Además no paran de poner lavavajillas y cocinar —remataba yo.

Es un hombre estupendo, pero cabezota como una mula. Si se le mete algo entre ceja y ceja, sálvese quien pueda, porque es mejor la rendición. Así que terminó comprando la casita en el adorable pueblito, aburriéndome con argumentos de lo buena que había sido la compra y lo felices que íbamos a ser.

Llegó la pandemia y el argumentario se multiplicó por mil.

—Menos mal que tenemos esta casa —afirmaba cada poco.

Sí, menos mal, replicaba yo comprendiendo que era una ventaja tener ese refugio. Él empezó entusiasmado a hacer bricolaje, a colgar cuadros y también a quejarse de que el wifi no era bueno: no podía ver bien la televisión, internet se le cortaba cada poco. Nadie venía a repararlo.

Yo, en cambio, descubrí que me entretenía hacer un semillero y ver cómo iban brotando unas plantas que ponía en macetas, regarlas y pasarme horas leyendo. Empecé a probar nuevas recetas, engordé un poco y me dejé el pelo blanco, pues cuando intenté un tinte casero, eso fue una invasión de toallas y churretes para acabar de un color zanahoria francamente inapropiado.

Mi marido bufaba, yo veía que aún sin reconocerlo, echaba de menos a los hijos, su aperitivo, ir al despacho, mientras que yo descubrí una dulce pasividad que me llenaba de gozo. Decidió que nos volvíamos a Madrid, que era insoportable tanto silencio y los pájaros manchaban todo y los del pueblo desconfiaban y que eso había sido un error. Le dije que se fuera, si quería, yo me quedaba ahí. Y me quedé.

Tenía una ventana en la cocina que daba al patio. Cuando llegué había un macetón con un esqueleto de árbol que, además, pinchaba. Me enteré que era un limonero y que estaba a punto de morirse. Para mí fue como una revelación. ¿Habría sido mi vida así y no me había dado cuenta?

No echaba de menos a nadie, ni el ajetreo de la ciudad, los cines ni los bares. Descubrí que adoraba el silencio y la soledad. Es más, le pedí a mi marido que no volviera en un tiempo y le agradecí la oportunidad que me había dado de este tardío descubrimiento.

—No es por nada en concreto—le aseguré cuando pasó de la recriminación al angustioso silencio—. Por nada.

 Necesitaba espacio y tranquilidad y estaba harta de ir de acá para allá, según sus deseos. Sí, le quería mucho. Sí, pero que me dejaran un rato en paz, TODOS, ahí pespunteé la palabra y elevé el tono. Su cara me conmovió, aunque cuando oí el coche alejarse suspiré aliviada.

Me concentré en ese arbolillo maltrecho como un símbolo. Si era capaz de sacarlo adelante significaría que mi vida había tenido algún sentido. El árbol floreció y dio frutos. Lo miraba mientras desayunaba con amorosa tranquilidad y todo volvió a ser como antes, aunque no exactamente. Adelgacé, me teñí el pelo y volví a Madrid, sin embargo, todo en mi vida adquirió un matiz diferente.

Me negué a que se vendiera la casita y reservé unos días al mes para ir yo sola, sin hijos, marido ni nietos.

Siempre le doy las gracias al limonero.

© Cristina Vázquez

Tarta de limón

Malena Teigeiro

Lo único que María cocinaba era la tarta de limón. Y también era lo único que atraía de su casa a toda su familia.

Ella y Marco tan solo habían tenido dos hijos. Un niño y una niña. Le hubiera gustado tener más, pero Marco dijo no. Y cuando Marco decía no, era eso: No. En todo lo demás…, su marido era un bendito.

Con su hijo mayor no tuvo mucha suerte, la verdad. Un muchacho espléndido. Listo, guapo, simpático. Lo tenía todo. Pero un día se presentó voluntario a una de esas guerras de hoy día. Una de esas que no era de las de verdad, de las que defiendes a los tuyos. Una de esas que se inventan en países extraños y que los gobiernos, para quedar bien, envían a los jóvenes. “Total, solo estarás allí unos meses, además vosotros vais a sitios seguros”, le dijeron. Al parecer nadie había pensado que pudiera caer una bomba en el pabellón donde dormían los soldados.

Al abrir la ventana vio que el limonero ya estaba cuajado de frutos amarillos, grandes. Estaban en el momento justo para hacer su tarta.  Recogió unos cuantos, todavía calientes por el sol y los acercó a la nariz. Nada olía tan bien como aquellos frutos.

Se dirigió a la cocina. A su hija Mariana le gustaba más que a nadie su tarta de limón.

No quería recordar el día que le devolvieron a su hijo. Qué tristeza de entierro. Ella y su marido iban al cementerio a visitarlo todos los meses. Suponía que era quien estaba allí. ¡Ni tan siquiera pudo ver su cuerpo! En el fondo, qué más daba. Si no era él, ella continuaría llorando al hijo de otra madre que lo haría por el suyo.

Ya en la cocina, exprimió el zumo de tres limones, ralló la cáscara amarilla de otros dos, cien gramos de azúcar y junto a cuatro yemas, lo echó en una olla al baño María.  Revolvió despacio hasta conseguir una traslúcida crema.

Mariana, la niña, que se llamaba como su abuela, tampoco tuvo mucha suerte. Se casó joven. Y tuvo tres hijos. Dos niñas y un niño. Eran esos nietos preciosos que cuando les anunciaba que iba a hacer una tarta de limón la visitaban. Al nacer el último, algo que llamaron fiebres puerperales se la llevó junto a su hermano. Su marido, claro, se volvió a casar. No es que le importara, más bien lo comprendía, pero se ve a que a él le daba vergüenza venir a visitarla con su mujer, una jovencita adorable que quería mucho a sus nietos.

La crema comenzaba a aparecer transparente. María la probó. Estaba un poquitín ácida, pero al mezclarla con el merengue se desharía en la boca, algo así como la nieve con el sol. Apagó el fuego y le añadió cincuenta gramos de mantequilla. Así, bien incorporado, pensaba mientras revolvía la crema todavía caliente. Era el momento de hacer el almíbar. Y continuó con la receta.

En ese instante entró en la cocina Micaelita, su linda y pizpireta nieta. Era igual que su madre, un torbellino de rizos negros y sedosos, con los ojos verdes casi como las aceitunas. Llegaba con su marido y los gemelos. Unos trastos.

—Deja abuela, que ya bato yo. Tu ve haciendo la base.

—Recuerda, que no puedes añadirles el almíbar hasta que las claras estén duras, blancas y brillantes —despacio le acercó el cazo con el almíbar.

De una caja de lata, María sacó un puñado de galletas hojaldradas. Al verter sobre ellas la crema de limón, miró a su nieta que en ese instante añadía el almíbar sin dejar de batir. Sus ojos se humedecieron. Era igual a su madre.

—Ya está —Micaelita chupaba divertida el batidor.

Con cuidado, María colocó el merengue encima de la crema de limón. Encendió la parte alta del horno. Ahora, tan solo quedaba dorar un poco el merengue. Apenas unos minutos después, la sacó del horno.

Llevando la bandeja en la mano, ella y Micaelita se dirigieron al jardín. Allí, debajo del limonero, sus hermanos y sus hijos que ya habían puesto la mesa aplaudieron su entrada. Detrás de aquellos jóvenes, sentados debajo la sombra del viejo limonero, las ánimas de los ausentes también la saludaban.

© Malena Teigeiro

La risa

Liliana Delucchi

Era una tradición. Desde que tengo recuerdos, cada mes de mayo, el día veintiuno, los abuelos celebraban su aniversario de boda. Nos reuníamos todos: hijos, nietos, sobrinos y cualquier amigo que estuviera cerca. La disposición de la mesa era siempre la misma, el patriarca a la cabecera, su esposa a la derecha y los vástagos, de mayor a menor, a los lados. Era la única ocasión en que a los niños nos permitían participar, sin relegarnos al comedor de diario.

Estaban terminantemente prohibidas las discusiones, parecíamos una de esas familias de las películas de Doris Day, en las que todos estaban guapos, felices y encantadores los unos con los otros. Cada uno guardaba para sí celos, rencores y cualquier otro sentimiento malsano. Hasta los cuñados sonreían y se pasaban la panera sin que se la pidieran.

Otra de las características de esos encuentros era que la ventana estaba siempre abierta. «Para que entre la primavera, y aquellos que se fueron hace tiempo», decía la abuela.

A mí eso de los que se habían ido me daba un poco de yuyu. ¿Se refería a fantasmas? ¿Qué tipo de ánimas eran si necesitaban que dejara la ventana abierta? En las películas que veía a escondidas, los espectros atraviesan las paredes…

A pesar de estar concentrado en los manjares que nos iban sirviendo, y de parecer atento a la parte de la conversación en la que podía participar, yo no dejaba de mirar la ventana, aunque sólo veía las hojas de los árboles iluminadas por el sol.

Nunca me atreví a preguntar a mi hermano mayor ni a los primos si sentían lo mismo, era de los más pequeños y no quería ser objeto de burlas. Podría haberlo hecho con un tío, pero me daba no sé qué.

Lo que más recuerdo de aquellas celebraciones, además de la susodicha ventana, era la risa de los abuelos. No sé si se contaban chistes el uno a la otra y viceversa, pero mantenían una complicidad en la que no había sitio para nadie más. Era como si, a pesar de estar en medio de un montón de gente, ellos mantuvieran un secreto.

Lo descubrí años después, cuando les pregunté cómo se habían conocido.

—Fue durante una fiesta aburridísima a la que ambos fuimos invitados —dijo ella—. Vi a un joven muy bien parecido frente a una pintura que parecía sacada de una sala de los horrores. Le pregunté si sabía quién era el retratado.

—No —me respondió—. Supongo que un antepasado de los dueños de la casa. Si quieres, dado lo soporífera de esta reunión, podemos buscar a sus descendientes.

—Eso hicimos. Desde distintos escondites íbamos rescatando uno a uno los rasgos característicos de los presentes que se parecieran al del cuadro —la abuela miró hacia la ventana abierta y con una amplia sonrisa, continuó:

—Con una verruga por aquí, un bocio por allá y unos ojos vacíos por acullá reconstruimos al hombre del cuadro. Nos escondíamos detrás de las cortinas para reírnos de nuestra hazaña —se arregló el pañuelo que llevaba al cuello, y me confesó:

—Fueron nuestras primeras risas. Creo que nos enamoramos de tanto reírnos —me acarició la mejilla—. Te doy un consejo, querido Carlitos, nunca renuncies a una buena carcajada, son la sal de la vida.

Los años pasaron y el abuelo se fue a ese sitio del que no se vuelve. Ella, daba igual que hiciera frío o calor, dejaba siempre una ventana un poco abierta y todas las noches encendía una vela. «Para que encuentre el camino a casa», decía. Nunca dejamos de celebrar su aniversario de casados, y esa mujer extraordinaria acariciaba la servilleta del sitio vacío en la  mesa como si la mano de su amado permaneciera allí. Fue un veintiuno de mayo, en que estábamos todos reunidos, cuando una ráfaga de aire movió las hojas del árbol que veíamos a través de la ventana.

—¡Has venido a buscarme! —Dijo la anciana con su voz cantarina. Vimos una sonrisa en su rostro y expiró.

© Liliana Delucchi

La musa enamorada

Marieta Alonso

A veces, en primavera, cuando la luz de la tarde se filtra por la ventana, se le escapaban suspiros.

Un olor a pimienta y canela hizo que levantara la cabeza y husmeara el aire. Se preguntó atónita si no sería cierto aquello de que el dueño del cortijo y la lavandera hablaban de amores. Pero, eso a ella… ¿Qué le importaba? Su pensamiento voló muy lejos.

Sus padres tenían una cabaña de troncos al pie de la sierra del Rosario, en Cuba. En ella nunca Robert Redford le lavó el pelo. Lástima. Un paisaje tropical como aquél era un recreo para la vista, y a lo mejor, ese hombre que levantaba pasiones se hubiese olvidado de que ella no era Meryl Streep. Por ese detalle insignificante, su querido actor nunca podría oír el murmullo del riachuelo, ni el canto del sinsonte, ni el ulular del viento entre los árboles.

Regresó del ensueño y posó sus pies en su nueva tierra. No se podía ser tan soñadora. ¡Era tan dada a mecerse entre las nubes! De pronto, percibió un leve olor a gasolina. Oyó el ruido de un motor. Giró la cabeza, un Land Rover aparcaba enfrente de su ventana. Se bajó un hombre. Más feo, imposible.

Pero no fue hacia su casa, sino a la que lindaba con la de ella que siempre había estado cerrada. ¡Si hasta las telarañas se habían adueñado de aquella preciosa vivienda! Oyó el ruido de una puerta al cerrarse. Luego, el silencio. Al rato el sonido de las teclas de un piano inundó la plaza.

Despacio se levantó, siguiendo las notas musicales. Subió a un árbol a fisgonear y vio unas manos deslizándose por el teclado. Unas manos de dedos largos, finos, ágiles… Unos dedos capaces de crear no solo sonidos, también profundos sentimientos. Y quizás, incluso, podrían lavarle el pelo…

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Las gafas

15 enero, 2025 por Akelarre 1 comentario

gafas de sol

Gafas de sol

La historia de las gafas de sol (ese accesorio que todos amamos y que sirve para complementar nuestros outfits y proteger nuestros ojos) es muy interesante y curioso.

Su origen se sitúa en las regiones árticas de América del Norte y parte de Siberia, donde los esquimales crearon este utensilio para protegerse. Posteriormente, en China, desarrollaron una tecnología para ahumar los cristales y así oscurecerlos. A mediados del siglo XVIII se utilizaron lentes tintadas para tratar problemas de visión, pero no sería hasta el XX cuando se popularizó su uso gracias a los actores y actrices de cine.

Este complemento es el punto de partida de cuatro historias ocultas entre secretos y caminos andados. Los personajes pretenden esconder su mirada, aunque a veces no lo logran… ¿o sí?

La vuelta

Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Yo he llevado gafas desde pequeña. Las odio. Nunca se me olvidará la carcajada de la clase cuando me las puse. Entonces no había lenguajes correctos de visión deficiente, complemento visual o cualquier otro término que alejara la realidad de lo que en verdad era: cegata, biroja, cuatro ojos. Entonces te lo decían sin paños calientes que lo dulcificaran.

Mi hermano Alejandro, en cambio, suspiraba porque se las pusieran y yo por llevar aparato para los dientes, que él tenía. Un artefacto estrepitoso que le sacaba unos hierros más allá de los labios y le hacía hablar con un ceceo.

Cuando llegábamos a casa, después del baño y los deberes, teníamos un rato libre en el que él se ponía mis gafas y yo su aparato. Nos agarrábamos del brazo como una pareja formal y paseábamos pasillo arriba y abajo, él con mala visión conducido por mí y yo parloteando sin que me entendiera y haciéndome llagas en la boca. Era un momento feliz, solo nos faltaba cumplir el deseo de tener algo escayolado, a poder ser un brazo para llenarlo de firmas, pero eso presentaba mayor complicación.

Pasaron los años. Yo me quité, por fin, las gafas, pues resultó que solo las necesitaba para leer o ver cine. Mi hermano acabó con una dentadura ordenada y una vida, en cambio, a salto de mata. No terminó la carrera, las broncas con mi padre se oían en el vecindario y muchas noches no aparecía por casa.

Recuerdo una mañana, al volver de la facultad, a mi madre sentada hierática en el salón, acompañada de un hombrecillo vestido con un traje mal cortado y un sombrerito en la mano. Su cara estaba demudada, pálida, con una expresión de Virgen Dolorosa que me impresionó. Al verme en el umbral con cara de extrañeza me dijo con serenidad.

—Este señor —le señaló con la barbilla—, está aquí por una deuda de tu hermano.

El hombrecillo se giró cauteloso y pude observar su cara cetrina, de ojos hundidos y un bigotillo que le daba un aire de anticuado funcionario. Lo sentía mucho, acertó a decir, pero él solo cumplía la Ley y tenía que embargar bienes por el valor de la deuda.

—Es el juzgado el que me envía.

Si no le daban el dinero, tenía que incautar objetos por ese valor. La cantidad era elevada, aclaró, y él era un mero instrumento de la justicia. Mi madre se desprendió de una pulsera de oro que llevaba siempre y se la entregó. Estaba segura de que su valor era suficiente para cubrir la cantidad. El hombrecillo extendió un recibo y con un aire entre confuso y acelerado guardó la pulsera en una bolsita. Le acompañé hasta la puerta, sin entender muy bien lo que sucedía y el hombre, con el sombrero en la mano, se despidió entre disculpas apresuradas. Lo sentía, se daba cuenta del disgusto que estaba dando a la señora, pero…

Cuando volví al salón mi madre permanecía en la misma postura hierática, quizás con algo más de color.

—No digas nada a tu padre —dijo con voz grave—. Júramelo.

Y me cogió la muñeca, por favor, me suplicaba. Me senté a su lado y permanecimos en silencio con las manos entrelazadas. Esto le mataría, alcanzó a susurrar.

—Tu hermano es un desastre.

Sacó un pañuelo de la manga y se sonó conteniendo las lágrimas. No sabía en qué estaba metido, pero temía cómo iba a acabar si no cambiaba de vida. No cambió.

Se fue a vivir a Sudamérica y perdimos el contacto con él. Fue una mezcla de temor, tristeza y liberación. ¡Ojos que no ven! Pero una especie de amenaza invisible se instaló en la familia. Pasaron unos años. Mis padres envejecían a ojos vista, como si una culpa los fuera achicando y una incomprensión les dejara paralizados. A veces se producían extrañas llamadas preguntando por él. Algún amigo me contó que le pareció verlo en el aeropuerto de Buenos Aires o de Chile. Todo era difuso, inconcreto.

Un día que celebrábamos San Alejandro, mi padre y hermano se llamaban igual, sonó inesperadamente la puerta. Nos sobresaltamos. Nunca perdimos esa sensación de expectativa de que en cualquier momento podíamos tener una noticia de él, probablemente terrible. Era lo más parecido a esperar el final de una película que no llegaba.

Abrí la puerta y encontré a una mujer delgada, morena, con el pelo recogido en una coleta y unas facciones finas y cansadas. De la mano llevaba a un niño con gafas y aparato.

—Me llamo Ale —balbuceó con dificultad por los hierros.

Le abracé y les hice pasar. Después vinieron las explicaciones.

© Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Delante del espejo, algo empañado por el calor del agua de la ducha, Belén se miraba la barbilla. Desde que Paco falleció, ella se había abandonado. Y aunque era cierto que necesitaba una depilación la imagen que reflejaba el espejo no la encontró tan mal. Sin embargo, tenía que reconocer que su compañera de colegio, Merce, iba a tener razón. “Dos años llorando y pasando necesidades, ya es bastante como para que la gente sepa lo que querías a tu maridito, chica.” La última palabra la decía de un modo tan despreciativo que llegaba a dolerle. Recogió las gafas de sol grandes de cristales color caramelo. Unas gafas regalo de Paco allá por los ochenta. Cerró la maleta y salió a la calle. Al aeropuerto de Barajas, dijo arrellanándose en el asiento de un taxi que olía a fresa.

Aunque no la hubiera visto nunca, a Belén le hizo mucha ilusión la carta de la nueva directora de su colegio. Se quedó enajenada al leer que su curso iba a celebrar las bodas de plata del fin de bachillerato. En el fondo, le hacía ilusión ver qué había pasado con sus compañeras. Con alguna había coincidido en la facultad, ella se especializó Historia Antigua. ¿Qué habría sido de las otras? Recordó a la bellísima Micaela, sus ojos de un verde tan especial que a veces hasta soltaban chispitas doradas, su melena brillante, negrísima, con destellos azules. Se decía que su madre se lo lavaba con coceduras de nueces. Podía ser. El padre de Micaela trabajaba con un asentador de pescado. Y su hija odiaba su olor. Lo mismo le sucedía con su madre. Odiaba sus mandiles y los restos de escamas entre las uñas. Sobre todo, odiaba el puesto del mercado, aunque fuera de su propiedad. Recordó la tarde en la que mientras tomaban la merienda en el patio del colegio, Micaela colocándose unas gafas de pasta blanca, iguales a las de Marilyn Monroe, elevó la cara al cielo y dijo: “Tengo escrito un guion para mi vida.” Luego de un profundo suspiro, añadió que, si lo seguía al pie de la letra, conseguiría jubilarse a los cuarenta años siendo millonaria. Aunque pronto Belén olvidó sus palabras, nunca consiguió dejar atrás la envidia que le produjo verla sacar un cigarrillo, darle vueltas entre los dedos y colocárselo en la boca como si estuviera fumando.

Al llegar al hotel de Florencia todas estaban cansadas. Aun así, decidieron tomar unas copas antes de acostarse. El primer comentario fue sobre Alicia, quien se había hecho monja y se encontraba en un país de África como misionera. Nelita tampoco estaba. Junto con Paquito, su novio, había fallecido en accidente de coche. Ambos iban ya en tercero de Medicina. También faltaba Antonia. Fue Dorita, sin duda la más simpática del grupo, quien contó la razón de su ausencia. En cuanto terminó el Bachillerato, la habían casado con un amigo de su padre, un multimillonario recién llegado de Méjico. Tenía dos o tres hijos y al parecer siempre se encontraba de viaje o enferma. De Micaela nadie sabía nada. Escribió para que se contara con ella, pero no había aparecido. Y ya, cuando estaban a punto de ir a dormir, como si fuera un vendaval, la vieron entrar en el hotel.

—Chicas, chicas —gritó después de ordenar al botones que llevara el equipaje a su habitación.

Se quedaron mirando su colección de maletas color mantequilla con herrajes dorados.

—Tenéis que perdonarme por no haber volado desde Madrid con vosotras.  Cuando recibí la carta estaba en Florida —como si fuera una actriz, dejó caer el abrigo, blanco, de pelo muy largo, sobre el sofá. Luego se quitó las maravillosas gafas con brillantitos en forma de gaviotas, y alegre gritó: “Pero…, ¡aquí estoy!”

A pesar de la hora, Micaela se volvió hacia el botones y le pidió un güisqui. Sin hielo, por favor. Luego, dejando la estela de su carísimo perfume, se sentó al lado de la dulce Pilita, madre de cinco hijos y tranquilamente casada, que la miraba sin disimulo.

—Fíjate, Belén, fíjate. Cómo viste, qué maravilloso cutis tiene—susurró Marta, sentada a mi lado—.  Yo, trabajando como una negra, no gano ni para vivir, y ésta, según dicen vendiendo su cuerpo, ¡mira cómo le va!

—¡Qué dices! ¿Vendiendo su cuerpo? —escuchó la voz de alguna, no sabía quién.  Y fue entonces cuando templada, hasta risueña, Micaela, sin duda reconociendo a aquella que había hablado, replicó:

—Marta, cariño. No debe preocuparte si vendo o no mi cuerpo, porque eso de vender lo hacemos todas. Si puedes, contéstame a esta pregunta: ¿acaso no te vendes tú al entregar los conocimientos que tú padre pagó, trabajando ocho horas o más, por un mísero sueldo de funcionaria y con el que ni siquiera conseguirás tener una buena jubilación?

Micaela se detuvo un instante. Nos miró una por una y al percibir que nadie tenía intención de contestarle, continuó:

—¡Ah!, ya sé que esa venta está bien vista. La mía, a mi juicio bastante más inteligente, es que sean otros los que trabajen para que, con su dinero, me regalen casas, joyas, coches, y viajes como éste. En fin… Yo sí conseguiré tener ahorros para pasar una buena vejez. Pero hay algo que también os voy a decir para que no os preocupe mi vida. Ya no trabajo. Ahora solo me divierto con mis rumbosos amigos. Aunque claro, para llegar esto hay que ser más que inteligente, lista.

Seria, Micaela giró la cabeza volviéndonos a mirar. Luego se levantó. Recogió el vaso de güisqui que el asombrado botones mantenía en una bandeja, y como si hasta entonces nada hubieran hablado, gritó:

—¡Chicas! dejemos estas cosas tan prosaicas, y vamos a divertirnos, que es a lo que hemos venido. Contadme, ¿cómo os ha ido en la vida?

Sacó un cigarrillo del bolso y comenzó a buscar el mechero. Entre nosotras, nadie fumaba. Aun hombre al que nadie conocía, alto, delgado, de mediana edad, se le acercó. Rápidamente le ofreció fuego.

—Gracias —susurró Micaela aleteando las pestañas.

© Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Una llovizna inclemente me acompaña durante todo el viaje al tanatorio. Triste y gris como la despedida a la que voy a enfrentarme. Encima, el aparcamiento está abarrotado. Dejo el coche y, cómo no, meto el pie en un charco. Nada puede salir bien en una tarde como ésta. Al entrar al recinto, me rodea una nube de gente compungida o fingiendo estarlo. Camino despacio, como si mi lentitud pudiera retrasar el momento de verla en el ataúd. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! ¡Cuántas confidencias quedaron en el aire!

La primera vez que la vi después de varios años fue en un centro comercial, ella entraba en una óptica. Me quedé mirando el escaparate, sin atreverme a cruzar esa puerta acristalada. Tenía mis motivos: apenas dos meses atrás había dado a luz a mi segundo hijo y mi aspecto no era el adecuado para encontrarme con una antigua compañera del bachillerato. Yo estaba usando una talla L y, como iba camino de la peluquería, mi pelo parecía más una escoba vieja que la melena que pretendía lucir a la salida del centro de estética. Además, las ojeras del mal dormir a causa de los llantos nocturnos de mi vástago, ocultas bajo las gafas de sol, me hacían sentir en inferioridad de condiciones.

Ella estaba radiante: esbelta, con un andar elegante para mí desconocido y unos modales de princesa que yo escudriñaba a través de los cristales. Escapé.

En el colegio, yo era de las populares, aunque con notas no muy sobresalientes, mientras ella huía de nosotras y durante los recreos mordisqueaba una manzana leyendo quién sabe qué. Cuando nos graduamos, desapareció de nuestra vida. Las chicas guay seguimos reuniéndonos para cotillear. Con el tiempo, a raíz de las nuevas tecnologías, formamos el grupo de WhatsApp de los antiguos alumnos. No la incluimos.

La segunda vez que pude verla fue de lejos. Yo acompañaba a mi marido al juicio que le habían incoado por malversación y estafa. ¡El muy imbécil no valía ni para eso! Ella era la fiscal. Tampoco esta vez me acerqué, seguro que fue consciente de quién era la mujer del detenido.

Tiempo después, cuando yo salía de una de mis visitas a la cárcel, iba tan furiosa por la situación en que nos dejara a mis hijos y a mí el incompetente, que me llevé por delante a una mujer. Era ella. Lloraba. Pude reconocerla porque, con mi empujón, se le cayeron las gafas de sol. Estaba tan compungida que ni se dio cuenta de su pérdida ni de mi presencia. Las recogí del suelo y las guardé. Eran de diseño, de una marca que yo en esos momentos no podía permitirme.

Por un tiempo no pude dejar de pensar en ella. ¿Qué le pasaría a esa mujer elegante y exitosa para salir de la prisión en ese estado? Transcurrieron las semanas y dejé de preocuparme por el tema, aunque usaba sus anteojos a diario, ansiosa por recuperar mi antiguo estilo, convencida de que si fingimos ser alguien durante un tiempo, nos convertimos en ello.

El verano siguiente mis padres nos invitaron a mis hijos y a mí a la playa. Fue allí donde ocurrió el encuentro. Mientras me entretenía con los niños en la arena, vi a una mujer leyendo debajo de una sombrilla. Yo estaba fabulosa. Esa vez sí me acerqué.

—Son tuyas —le extendí las gafas—, se te cayeron hace un tiempo. Y le relaté nuestro encontronazo.

—Quédatelas —cerró el libro y se incorporó—. Siento lo ocurrido. Entiéndelo, era mi trabajo.

—No es tu culpa —esbocé algo parecido a una sonrisa—. No era muy listo, pero tan guapo…

Entonces fue ella quien sonrió antes de decir:

—Sí, en el colegio todas estábamos enamoradas de él.

—¿Tú también?

—Claro. Era empollona, no ciega.

Reímos la dos. Después hablamos de muchas cosas y durante ese verano nos reconciliamos de una separación iniciada muchos años atrás. Nos descubrimos: ella no era la triunfadora que parecía ser, o al menos no se sentía como tal, ni yo la perdedora que mucha gente creía. Nos hicimos inseparables, tan diferentes y tan cercanas a la vez.

Despacio, como si me pesaran los pies,  me acerco a la sala donde yace desde que, esta mañana, un imbécil se saltó un semáforo y estampó su coche contra una columna. Murió en el acto.

Serena, rodeada de flores y del bisbiseo de los presentes, es la imagen de la Bella Durmiente a punto de ser despertada por el príncipe. Me acerco, abro el bolso, busco aquellas gafas que me regaló y las pongo sobre su cuerpo: «Por si allá arriba hace mucho sol. Ya me las devolverás cuando nos veamos.»

© Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

Es uno de esos días de invierno en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Como cada vez que es el cumpleaños del abuelo, ya tiene noventa y ocho, y repite: «Esta será la última fiesta familiar a la que podré asistir». Nunca sé qué contestar, bien pudiera ser verdad. La abuela lo manda a callar y pregunta: ¿Dónde están tus gafas? Siempre están perdidas.

Es uno de esos días de primavera en que la Villa de Madrid está especialmente bella... La familia al completo va de paseo para disfrutar de la floración, el despertar de los animales, el regreso de las aves migratorias. Es la renovación de la vida. En esos días la música calma los ánimos. Me encanta Vivaldi y aunque mi marido prefiera a Tristán e Isolda, no lo puedo evitar, Wagner me espanta. A mis suegros les gusta Mozart y Strauss. Los niños se pelean por el Reguetón.

Es uno de esos días de verano en que la Villa de Madrid está especialmente bella… Sin tanto tráfico, con mucho calor, los días más largos y las noches más cortas. Solo echo en falta el mar y unas gafas de sol. Para darme ánimo, mi marido me da un beso. Yo me siento violenta si lo hace delante de los niños. El pequeño corre a abrazarnos, quiere también un beso, pero la niña que está en plena adolescencia mira hacia otro lado como avergonzada de esa ridiculez a nuestra edad.

Es uno de esos días de otoño en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Las hojas de color verde cambian a tonos amarillos, rojos, ocres. Luego se secan y caen ayudadas por el viento. Hoy regreso pronto del trabajo. Cuando llega mi marido con los niños del colegio nos vamos al oftalmólogo. De allí a la óptica. Al llegar a casa nos hacemos una foto. Ya está. Todos con gafas, menos yo, que uso lentillas.

© Marieta Alonso

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El cochecito de bebé

15 noviembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

el cochecito de bebé

El cochecito de bebé

El primer cochecito fue fabricado en 1733 por el arquitecto inglés William Kent, quien recibió el encargo del duque de Devonshire para sus hijos. El invento consistía en ponerle ruedas a una cesta de mimbre, pensada para ser tirada por un pequeño animal.

A partir de entonces empiezan a surgir artesanos para el mismo empeño, aunque es a la familia estadounidense Crandall a la que se le atribuye la idea, que data de 1830. Y sería Jesse Crandall, el nieto del fundador de la empresa, quien introdujo una serie de patentes de mejoras, como el sistema de freno, la capota, la sombrilla e incluso el primer modelo que se conseguía plegar.

Este singular transporte ha inspirado a nuestras escritoras historias de amor y desamor, de vida y muerte, aunque todas ellas con un brillo de tesón y esperanza.

La dulce campiña inglesa

Cristina Vázquez

El bebé de Martha y James

Malena Teigeiro

Maternidad

Liliana Delucchi

El baúl de los secreto

Marieta Alonso

La dulce campiña inglesa

Cristina Vázquez

A mi querida tía Isabel le gustaba repetir que ella había vivido al borde de la felicidad, más bien al filo. Cuando ya era una vieja dama, afirmaba que siempre había estado ahí, unas veces a un lado, en el filo hiriente y otras… Dejaba que un silencio prometedor nos mantuviera en vilo, después del cual o narraba alguna historia o sonreía igual que si no fuera apropiado contarlo.  Nunca olvidaré su pícara expresión, recuerdos perdidos entre finas arrugas que la hacían soñar por un buen rato.

—Si yo hablara, os caeríais al suelo, niños.

Una de las historias que nunca olvidaré fue la de su estancia en Inglaterra durante tres meses. Se alojó en una casa recomendada por la profesora de inglés del colegio. Era una mansión, aseguraba poniendo unos ojos como canicas revueltas tras sus gafas.

 En la casa vivía una niña de su misma edad, así practicaría el inglés, le aconsejaron. Ella nos insistía en que su inglés ya entonces era perfecto. Sospechó que la habían mandado allí porque era un momento difícil en su familia. Su madre iba a tener un bebé y posiblemente, según el médico, podían surgir complicaciones. Como ya era época de vacaciones y no podían ir a su lugar habitual a pasar el verano, decidieron que era mejor mandar a la niña fuera.

Contaba, poniendo una cara desolada, que el cambio para ella fue tremendo. Acostumbrada a meses de playa, tiempo libre, helados y risas, aparecer en ese caserón en medio de la campiña en Hampshire, le pareció terrorífico.

—El paisaje bonito sí era, pero la casa daba escalofríos —sostenía arrebujándose en la prenda que llevara.

Era casi un palacio, narraba con indisimulado orgullo, aunque más de la mitad estaba cerrada, no lo vivían. El olor a moho era intenso. Los padres eran unos señores amables, circunspectos y por mucho caserón que tuvieran, comían y cenaban en la cocina. Tampoco nadie iba a ayudar en los quehaceres domésticos, por lo que la higiene resultaba ser más que dudosa. Había un cuarto de estar grande, único lugar donde transcurría la vida, y los dormitorios se hallaban en el primer piso.

La niña, Patricia, era una gordezuela de una blancura tal que las venas se le transparentaban. Aunque tuviera dieciséis años, igual que ella, cuando descubrió ese mapa venoso, pensó en una mujer mayor, asentía con seriedad nuestra tía señalándose las venas de su mano.

—Sí, ya sé que os cuesta creer que yo haya tenido dieciséis años alguna vez —rezongaba mimosa—. Pero los tuve y bien bonitos.

Se hicieron buenas amigas. Era parlanchina, atolondrada y juerguista. Exhibía una especie de necesidad de cariño, a veces de pegajosa proximidad, que la llevaban a extremos que, aunque a ella le parecían exageradamente sensibleros, denotaban una falta de afecto o atención.

En el ambiente de la casa y en las miradas de los padres que repentinamente se cruzaban alarmadas, sobrevolaba algo indescifrable que resultaba incómodo. No salían nunca juntos, siempre permanecía uno en casa. Hay que hacer la guardia, bromeaban.

Patricia y ella iban al pub del pueblo cercano a escondidas de los padres, los cuales consideraban low class ir a aquel antro y mezclarse con esa gente. Les daba igual, aunque supusiera alguna regañina lo pasaban bien, incluso muy bien. Normalmente en ese momento ponía una de esas expresiones picaronas indicadoras de que un silencio se imponía para no dañar nuestros castos oídos.

Pese a estas inocentes, recalcaba inocentes, diversiones, el ambiente en la mansión se iba volviendo cada vez más incómodo, y diría que hasta alarmante. Los padres estaban inquietos. A veces oía unos cuchicheos entre ellos que tapaban ásperas conversaciones y empezó a tener la sensación de que su presencia no era deseada.

Una noche oyó unos crujidos en el piso de arriba.  Parecía que algo se deslizara sobre unas ruedas mal engrasadas. Chirriaban. Se sentó de golpe en la cama. A su lado, en la otra, su amiga dormía con la misma despreocupación que vivía. Se quedó un rato despierta y al cabo de un momento el ruido se alejó para terminar desapareciendo. Al día siguiente preguntó a su amiga Patricia por los ruidos,  y esta aseguró que no había oído nada.

Transcurrido un tiempo volvió a suceder lo mismo, y además oyó en la lejanía una voz de mujer cantando una dulce canción. Su amiga volvió a negar que hubiera ningún ruido. Cuando sucedió de nuevo la obligó a oír los sonidos que se producían sobre sus cabezas.

—Qué pesada eres —dijo malhumorada.

Y le hizo jurar mantener el secreto, sino sus padres se enfurecerían y se acabó el ir a España con ella.

—Yo lo juré solemnemente—nos aseguró muy sería.

Y mientras oían el chirriante ruido y la cancioncita que se iban alejando, le relató que arriba vivía la dueña de la casa. Era una especie de tía abuela de su padre que, a cambio de que no la metieran en un manicomio, les dejaba en herencia la propiedad. Se estiró tan tranquila. Ellos pensaban hacer un hotel y a la vieja apenas la veían. Patricia siguió contándole que había perdido a su hijo en una reyerta, aunque ella decía que en la guerra. Desde entonces, para consolarse, la anciana paseaba el cochecito de cuando era niño.

Hizo sobre la sien el gesto de que estaba loca.

—¿Quieres que subamos un día? —preguntó con absoluta naturalidad—. Aunque verla da un poco de yuyu, la verdad.

Se dio media vuelta y volvió a dormirse tan tranquila. Mi tía, añadía con voz trémula, se negó. Tuvo un mal presentimiento pensando que podía haberle sucedido algo a su madre o al hermano que esperaba y pidió una conferencia con España. Entonces ni móviles ni gaitas, demoras y mucho grito por el teléfono. El niño había nacido ya y estaban muy bien los dos, le dijo su padre feliz, la iban a llamar hoy mismo para decírselo. Se puso a llorar de la emoción y del miedo que tenía. Le pidió a su padre que necesitaba volver.

Esa misma tarde la recogieron para ir al aeropuerto. Mientras se despedía, observó las caras de satisfacción al verla desaparecer. Miró por el cristal de atrás del coche y vio en una ventana una sombra agarrada a un cochecito de bebé.

Good bye.

© Cristina Vázquez

El bebé de Martha y James

Malena Teigeiro

A pesar de estar ya al final de su embarazo, se había ido de casa. Apenas llevaba una maleta cargada con la ropa para el bebé que en pocas semanas nacería. De momento tenía que pensar dónde iba a vivir. A aquella casa no pensaba volver. James, su marido, no la entendía. Su suegra tampoco, por lo que no era plan quedarse a vivir con ellos. Sus padres hacía años que habían fallecido, y su hermana Mery… De esa mejor ni hablar.

Al mismo tiempo que ella, llegó un autobús a la parada. Se subió sin importarle el destino. Iba casi vacío. Colocó la pequeña maleta a su lado. Lo primero era decidir dónde ir, se dijo mientras contemplaba las calles que iba recorriendo. En aquel momento el bus pasaba por el barrio de Knightsbridge. ¡Qué casualidad! Seguro que era una señal Divina. Recogió la maleta y se bajó en Brompton Road, justo enfrente de Harrods. Sin soltar su exiguo equipaje, entró en los almacenes.

—¿Tienen alguna consigna donde poder dejar esto? —preguntó al portero levantando apenas la maleta.

El uniformado la miró de arriba abajo y se volvió dándole la espalda. Martha movió la cabeza molesta. ¿Pero quién se había creído ese hombre que era ella?

Decidida y sin mirar atrás, se dirigió directamente a las cabinas de los servicios. Entró en una de ellas, dejó la maleta encima del retrete y salió, no sin antes dejar la puerta cerrada por dentro. Rápida se dirigió a la planta de niños. Con un poco de suerte todavía estaría allí. Cruzó la planta hasta el lugar donde se hallaban los coches para pasear a los recién nacidos. El que había elegido era el Silver Cross azul marino.

Al entrar en el departamento de bebés, la jovencita que la había atendido la otra tarde se encontraba al fondo, doblando ropita. Como si la estuviera esperando, giró la cabeza y le sonrió. ¡Qué suerte! La había reconocido, pensó Martha satisfecha. La joven le acercó una silla.  Se sentó despacio, pensando que hasta entonces no había percibido lo cansada que estaba. ¿Ya lo ha enviado?, preguntó colocando la otra mano sobre el hinchado vientre. No, contestó la joven. ¿No recordaba que le había pedido que esperara unas semanas? Era cierto, replicó moviendo la cabeza. No se podía imaginar la alegría que le proporcionaba haber tomado esa precaución. Así lo recogía ella en ese momento. La joven frunció las cejas. ¿Usted? ¿Ahora? Los labios de Martha se expandieron en una alegre sonrisa. Bien. Pero tiene que esperar un rato, porque lo tenemos que montar. No le importaba. Allí estaba muy cómoda, replicó volviendo a poner la mano sobre el vientre. Inquieta se dio cuenta de que desde hacía un rato sentía regulares las contracciones. Recorrió con la mirada la exposición de cochecitos. El que ella había elegido sin duda era el más bonito. Lo peor de todo era que todavía no conocía dónde iba a ir en cuanto lo recogiera. Ya lo pensaría en cuanto estuviera en la calle, se dijo retirándose el cabello del rostro.

Una media hora más tarde vio aparecer a la simpática morenita. Si pusiera una tienda la contrataba, pensó Martha al verla empujando su cochecito con una mano. En la otra llevaba un paquete.

—¡Aquí está! —exclamó deteniéndose delante de ella—. Dentro le dejo este paquete. Es un regalo que le hace el almacén. Son colonias, talco y las cosas más necesarias para el aseo de su bebé. ¿Se encuentra bien? Está usted un poco pálida.

Ella se levantó con esfuerzo. Se apoyó en el manillar al tiempo que decía que quizá estaba un poco cansada. Pero que no se preocupara. Gracias. Luego firmó el recibo y empujando el cochecito se dirigió a los servicios. Después de pedir ayuda para que le abrieran la puerta, recogió la maleta que colocó también dentro del coche azul marino, de ruedas grandes y blancas. Lo empujaba feliz, aunque el tacaño de su marido se hubiera negado a que lo comprara.  ¿Tú quién crees que eres?, gritó cuando le dijo que quería aquel coche. Ella siempre lo tuvo claro: aunque le costara el matrimonio, su hijo iría en uno igual al de los nietos de la reina.

Un tibio sol la recibió al salir a la calle. De nuevo sentía una contracción. Miró hacia el cielo. Iba a nacer en un día precioso. Pero, ¿dónde? Recordó que su hospital no estaba lejos. Lo mejor sería dirigirse directamente allí. Y en cuanto llegara llamaría a… ¿A quién?

Intentaba caminar deprisa. De vez en cuando se detenía y jadeaba. Allí estaba, se dijo en cuanto vio al final de la calle el gran edificio de ladrillos rojos. ¿Se encuentra mal, señora? ¿Necesita ayuda? Ella, con los ojos medio cerrados, todavía tuvo ánimo para una sonrisa. No gracias. ¿Va al hospital? Sí, contestó titubeante. Jamás una palabra tan corta se le había hecho tan larga. Deje, que yo le llevo el cochecito. No. No. El cochecito, no, susurró sin soltarlo. La señora se colocó a su lado y la cogió por el codo. Déjeme que la ayude. Ya casi estaban en urgencias cuando escuchó a la señora gritar: Una silla, un médico. Esta mujer está dando a luz.

No sabía después de cuánto tiempo se despertó en una habitación pintada de color verde clarito. No vio el cochecito ni la maleta con la ropita del bebé. Tampoco el camisón que llevaba era suyo. Giró la cabeza. ¿Dónde estaba la cuna? Escuchó un quejido, se incorporó.

Sentado entre la penumbra de una esquina, James lloraba.

© Malena Teigeiro

Maternidad

Liliana Delucchi

Siempre quise tener hijos, pero mi primer marido era impotente. Por suerte tuvo el buen gusto de morir después de aburrirme durante varios años con su colección de sellos. El segundo, se asustó tanto cuando le dije que quería ser madre que salió para jugar cartas con sus amigos y nunca volvió. Quise adoptar, pero dado mi estado civil y edad, me denegaron la petición. Afortunadamente, el estéril me dejó una considerable cantidad de dinero, por lo que no tuve que trabajar, hasta que un día, leyendo el periódico, vi un anuncio que solicitaba niñera.

Como he dicho, no necesitaba un empleo, sin embargo, la posibilidad de cuidar de unos mellizos de poco menos de un año, me hizo llamar al timbre de los señores Casale, el embajador de Italia y su esposa.

Esos angelotes rubios suplieron durante años mis ansias maternales. Sobre todo me gustaba llevarlos al parque. Mientras eran pequeños montaba a los dos en un cochecito de bebé rojo, recorríamos los senderos arbolados a los que yo ponía música con canciones de cuna hasta que se quedaban dormidos. Cuando fueron un poco más grandes jugábamos, yo les enseñaba español y ellos a mí italiano.

La señora estaba poco tiempo en casa; entre sus obligaciones diplomáticas y recaudar fondos para enviar a su país de origen que había quedado devastado por la guerra, la pobre no tenía tiempo para dedicar a «mis» niños. Fue la época más feliz de mi vida: por fin era mamá, aunque nunca me llamaron así.

Cuando pasado el tiempo el gobierno le dio otro destino al Signore Maurizio, sentí que el mundo se venía abajo. Nos despedimos con lágrimas, aunque con la promesa de escribirnos, así pude enterarme de que mis angelitos se transformaron en hombres y hasta se casaron. El día de nuestra despedida, la Signora Livia me hizo un regalo que conservo: el cochecito rojo con el que paseaba a los niños. Lo situé junto a la cristalera del balcón, a la sombra de los árboles de la calle. El pobre estuvo vacío hasta hace unos días.

Justo debajo de mi piso vive una joven encantadora con la que nos intercambiamos no solo amables saludos sino también algunos recados; nos regamos las plantas mutuamente cuando una de las dos se va de vacaciones y también cuido de su gata, que no sabemos cuándo se ha quedado preñada. Tuvo cuatro pequeños felinos, todos rubios, dos de los cuales fueron para la hermana de mi vecina.

—No puedo con los otros, junto con la madre serían tres —me dijo Julieta.

—De acuerdo, yo me quedo con los mellizos —respondí.

Los bauticé Giorgio y Luciano, como mis pequeños Casale, y desde entonces duermen en el cochecito  rojo.

© Liliana Delucchi

El baúl de los secreto

Marieta Alonso

Al pie de la cama estaba el enorme baúl de caoba de la abuela.  Levantó la tapa y del interior se escapó un tenue olor a naftalina. Un papel de seda envolvía una canastilla completa y debajo de todo cubierto por una manta marrón un cochecito antiguo de bebé. En la esquina derecha, casi oculto, un diario de tapa dura.

Lo tomó entre sus manos y sentada lo hojeó con cuidado, curiosa. Lo escrito no abarcaba muchas hojas. La abuela tenía una letra muy clara, frases cortas en las que se podían leer entre líneas la alegría de una espera y el dolor de dos pérdidas.

1941

¿Cuándo planeas tener familia? Eran mi madre, mis tías, las amigas, quienes no dejaban de hacer esa pregunta tan habitual desde el día en que me casé, hace ya de ello dos años. Y yo deseaba que una semillita echara raíces en mí, que creciera y poder gritar al viento: ¡estoy embarazada!

Pero el destino tenía otros planes. Los japoneses bombardearon Pearl Harbor y esa guerra absurda entró de lleno en mi familia. Tom fue llamado a filas. A los quince días de su marcha, me di cuenta de que una nueva vida iba creciendo en mí. Ni siquiera tuve antojos. Cada siete días, los miércoles, escribía a Tom contándole los cambios que ocurrían en mi cuerpo de una semana a otra.

Pasaron los meses y recuerdo tal y como si fuera hoy aquel día en el jardín. ¡Cómo olía el viento esa soleada mañana! Evoco la sensación de hierba mojada bajo mis pies desnudos… Mi mirada se pierde a través de la ventana.

De un jeep se bajaron dos oficiales del ejército. Caminaron hacia mí con las gorras bajo el brazo. Me entregaron un papel que decía: Muerto en combate. Perdí el conocimiento.

Tengo un recuerdo vago de todo lo que pasó, como un ruido de sirenas. Al abrir los ojos vi ante mí el rostro del médico y oí sus palabras amables, luego el de una enfermera que tenía mis manos entre las suyas, y por último el abrazo de mi madre cuando la dejaron entrar en la habitación. Por ella me enteré que fue demasiado tarde cuando se dieron cuenta de que nunca tendría la dilatación suficiente. Hicieron un corte, pero ya mi niño estaba muerto.

En ocasiones logro alejar de mi mente los pensamientos sobre el bebé y me concentro en algo que debo hacer. Estar ocupada es lo mejor para mí.

Hoy, por vez primera, no sentí la necesidad de llorar. Estuve todo el día lijando y barnizando la puerta de la calle. Una vecina me preguntó si mi padre era ebanista, si me había enseñado, porque estaba quedando muy bien. Le dije que no, en todo caso, mi padre siempre hablaba de tener la casa y los muebles en perfecto estado. Su filosofía era: nada roto en el hogar. Daba sensación de pobreza.

A mi amiga Bette le gusta cotillear de los demás y siempre tiene una opinión, un chisme, una anécdota, algo para entretener y hacerme reír, aunque termine llorando. Viene todos los días. Según ella es una persona comprometida con la vida y yo debería hacer lo mismo. Dice que va a tirar el diario un día de estos al cubo de la basura.

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Para Alice encontrar aquellas palabras escritas fueron una verdadera sorpresa. La abuela nunca habló de ese primer matrimonio ni de haber perdido a su único hijo varón.

Ahora, en su honor, la nieta tiene esas hojas unidas y protegidas en un lugar destacado de la librería y como el más preciado de sus muebles en una esquina del cuarto de estar se encuentra, repleto de flores, el antiguo cochecito de bebé.

A todos llama la atención esos ramilletes que cada dos o tres días cambia en honor de aquella mujer fuerte, de sonrisa triste y abrazos alegres que aprendió a vivir con su cruz a cuestas.

© Marieta Alonso

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El laberinto

15 julio, 2024 por Akelarre 2 comentarios

Laberinto

Un laberinto mágico

El laberinto es un espacio para ser recorrido que se encuentra en el límite entre el paisaje y la arquitectura. Se caracteriza por permitir experimentar una cierta iniciación o prueba a través de sus diferentes rutas, mientras se busca el centro o la escapatoria de este. Quizás el más recordado sea el de Creta, con el mito del Minotauro.

Sevilla tiene a gala ser poseedora del más antiguo de España y es el que ilustra la entrega de este mes. Escondido dentro de un lugar tan emblemático como el Real Alcázar, lo mandó plantar el Rey Carlos V, si bien el actual emplazamiento data de 1910, con setos de mirto, tuya y cipreses.

En este lugar mágico nuestras escritoras sitúan diferentes historias: la de una joven indecisa; una mujer que ha de tomar una resolución; alguien que inicia una nueva carrera y un niño que intenta emular a un héroe.

Leyenda

Cristina Vázquez

Indecisión

Malena Teigeiro

De mitos y leyendas

Liliana Delucchi

Mi vida: un laberinto

Marieta Alonso

Leyenda

Cristina Vázquez

Si quería ascender en su carrera, y quería, a Elena no le quedó más remedio que aceptar el puesto de trabajo que le ofrecían en esa ciudad. Aunque más que un ofrecimiento, lo interpretó como una obligación. Muchas veces dudaba de que su elección profesional fuera la correcta. Inspectora de policía. En la duda se mezclaba si había sido por la influencia paterna o por haberse tragado tantos telefilms de misterio, en los que cada vez abundaban más investigadoras, en general raritas o piradas. Esto, obviamente era una bobada, ya que desde pequeña sintió el pálpito detectivesco como propio, pero en ciertos momentos perdía el impulso, la ilusión. Era muy duro el mundo que acechaba ahí fuera. Su padre fue policía investigador, bueno en su profesión, pero nunca ascendió. Algún malentendido en el cuerpo, independencia de criterio, falta de sumisión o por haber sido testigo de algún trapicheo, se quejaba. Su sueño era ver a su hija de inspectora jefe, tan lista, con tan buenas dotes de mando y perspicaz. Muy perspicaz y eso era herencia suya, sin duda. Al decirlo un gesto de orgullo inundaba su cara.

—A mí me hubiera hecho feliz tener un jefe como tú —repetía incansablemente.

Otra de sus frases favoritas era que cada caso se trataba de un laberinto que había que aprender a recorrer con ingenio y cabeza.

La ciudad era de tamaño mediano, lo que hizo pensar a Elena que no sería tan complicada. A esta idea de tranquilidad ayudaba su diseño medieval del centro, bien conservado, y un ritmo parsimonioso de la gente, sin ruidos ni estridencias. Al poco tiempo de estar instalada e ir conociendo a sus colaboradores, Aurelio, el investigador más antiguo, ya cercano a la jubilación, fue quien le iba informando de todo, hasta de la sorpresa que había producido en el personal su juventud y, con todo respeto, lo guapa que era.

—Que conste que, con todo respeto, Elena —insistía—, usted podría ser mi hija.

Le pareció inoportuno, pero no podía evitar hacer una comparación con su padre. Quizás él también tuviera esas torpezas o amabilidades innecesarias. No lo creía. En cualquier caso, aceptó ese aire de paternidad subrogada y de guía de los pormenores de la ciudad, los restaurantes donde se podía o no ir. En fin, una especie de folleto con patas, amable y servicial.  A lo que más la animó fue a ir a visitar el laberinto que estaba en las afueras. Por eso también era famosa esta ciudad.

—Es el más hermoso y mejor cuidado del país —afirmó con sincero orgullo provinciano —. Y además tiene su leyenda.

—Con su permiso, como estamos al aire libre, voy a encender un pitillo.

No pareció fijarse en la cara de asco de ella. Le sorprendió el tabaco tan raro que fumaba, unos cigarritos finos de colores diferentes y filtro dorado. ¡Qué sofisticado!, pensó mientras él seguía con su narración. Hace muchos siglos, una pareja se amaba como siempre sucede ahora y entonces, aclaró, al estilo Romeo y Julieta, los padres no querían y los chicos por encima de todo.

—Ya sabe —y tiró la colilla lanzándola con el dedo  índice contra el pulgar con enorme puntería.

La noche de su huida quedaron en el laberinto, sitio complicado para encontrarse, aseveró Aurelio haciendo un gesto despectivo con la mano. La Juventud… Subió una ceja, ya se sabe lo tontos que pueden llegar a ser. Empezaron a dar vueltas por aquí y por allá, se llamaban, se perdían una y otra vez volviendo sobre sus pasos.

—En fin, un desastre —Elena no terminaba de entender por qué no le cortaba la historia.

Al final, el chico consiguió llegar al centro y ahí, encima de una especie de altar se encontró a su amada muerta. Un silencio se fraguó entre ellos.

—Si va al museo verá cuadros de los torpes amantes —la miró de frente—. Ella recuerda mucho a usted.

A Elena un escalofrío le recorrió la espalda, y dijo que ya estaba bien de cháchara, que entraran.

—Esto no es cháchara, esto es verdad. Le dejaré en su mesa los expedientes sin resolver que hay —una medio sonrisa se instaló en su cara—. Cada cinco años aparece una mujer muerta en el mismo lugar.

Elena se quedó parada al pie de la escalera que subía a su despacho. ¿Qué estaba diciendo? La verdad, respondió con gesto amargo. Dicen que es la venganza del amante.

—Me gustaría resolver los crímenes antes de jubilarme —apostilló alejándose—. La única pista son unas colillas de un extraño tabaco.

Y se alejó con aire entre resignado y torpe. Antes de desaparecer por la puerta se giró.

—A ver si con usted se consigue llegar a buen fin.

Elena se acordó de lo que su padre siempre le decía. “Cada caso es un laberinto” y ahora tenía uno auténtico ante ella.

© Cristina Vázquez

Indecisión

Malena Teigeiro

Un laberinto es algo que va y viene, girando sobre sí sin que sepas hacia dónde va. Y cuando, por casualidad, encuentras un hueco, llegas al centro. Pues mi vida es eso: un auténtico laberinto que va de un hombre a otro.

Desde niña tuve dos enamorados. Ambos me adoran, me miman y me quieren con locura. Tanto uno como el otro son “el marido perfecto para mi hija”, diría de ellos cualquier madre. Pero…, porque claro, hay un pero, y éste es que a mí no me gusta ninguno.

Tito, diminutivo de Alberto, como amigo era pasable, pero cuando imaginaba mi vida a su lado… ¡Dios mío! No. Como marido era imposible. Incluso diría que hace honor a su nombre. Él, como un monito, repite una y otra vez cualquiera de mis palabras. Es que, a Julita, esa soy yo, le gusta esto o lo otro. Soy su motivo en la vida y tan solo piensa en hacer lo que a mí me gusta, aunque sea lo mismo durante días y días.

El otro, Sebastián, sí que es perfecto. Es tan perfecto que nadie puede estar a su lado sin ser corregido más de una vez. Y da lo mismo lo que le diga, porque como yo no suelo callarme, aguanta impertérrito cualquier tipo de banderilla que le clave. Además, sabe de todo. Y lo malo es que es cierto. Lo que más me molesta de él, es verlo torcer su morrito desdeñoso cuando a su juicio no voy a la moda. Recuerdo una vez que le pedí a mi peluquera que me pusiera mechas. Estaba monísima. Sin embargo, en cuanto me vio, acariciándome la melena, dijo que, a su juicio, nada era mejor que la naturalidad, sobre todo cuando se tiene un cabello tan bonito como el tuyo. Pero lo peor es estar con él en un restaurante. Cuando yo pido huevos fritos con patatas —lo hago porque sé que le molesta, y mucho— dice que elegir eso es tirar el dinero. Ese tipo de platos hay que hacerlos en las casas. En cuanto calla le noto un enfado silencioso. De esos que en cualquier pareja hacen saltar truenos y rayos. Pero no es nuestro caso, porque después de soltarme la soflama sobre las bondades de una buena lubina o de un chuletón de Ávila, da cuenta de su plato con la misma calma que debe tener un forense al hacer las autopsias: diseccionando la comida. Sí. Sí. Mientras toma lo que haya pedido, te lo comenta. Te cuenta qué tipo de especias lleva, la forma en que ha sido cocinado, si la lubina o la merluza son de granja o están pescadas con pincho o arrastre. Vamos, cada comida ¡un latazo! En fin. A no ser que se encuentre delante del cuadro de Las Meninas, nada está bien.

Y luego está Andrés. Al que a nadie gusta ni tan siquiera valora. No tiene dinero, ni pertenece a una familia de esas de las de toda la vida, ni es uno de los que, según mi madre, “por su modo de ser llegará a algo importante”. Y es cierto. Todo lo que ella dice es totalmente cierto. Pero yo estoy enamorada y él me corresponde.

Así que, cuando decidí que me iría con él en cuanto terminara mis estudios, mi vida se convirtió en un laberinto. Salgo con Tito. A los pocos días me voy con Sebastián. Es que no acabo de decidirme, le explico con auténtica hipocresía a mi madre. Cuando estoy con Tito creo que es él quien más me gusta, pero cuando voy con Sebastián me siento tan segura, que no sé, no sé, repito una y otra vez poniendo los ojos en blanco. Pues decídete de una vez niña, me dice ella, que te vas a quedar sin ninguno. Lo sé, lo sé, digo frotándome las manos con auténtica desesperación.

Y luego, mintiendo como una bellaca, salgo con Andrés. Una vez dije que me iba a Valencia invitada por una amiga. Y si decía Valencia era porque en mi casa no conocen a nadie por aquellos lugares. Otra, que, si mi curso se iba a visitar las ruinas de Mérida —yo estudiaba arqueología—. Otra, que si hacía el Camino… Total que siempre andaba de aquí para allá, cuando la verdad era que me quedaba en un apartamentito que Andrés había heredado de su abuela en la calle Huertas.

Así voy haciendo tiempo hasta acabar la carrera, que ya me queda poco. He de decir que ahora ando un poco asustada. No sé por qué, pero me parece que tanto Tito, como Sebastián, al igual que mis padres, sospechan algo. Quizá alguien les ha dicho que me ha visto por uno de los garitos del Barrio de Las Letras.

No sé qué es lo que sospecharán, lo que sí sé es que este laberintico ir y venir de uno a otro, me hace vivir muy incómoda.

© Malena Teigeiro

De mitos y leyendas

Liliana Delucchi

Hasta aquel Domingo de Ramos, Sebastián no había querido adentrarse en el laberinto. Pero esa mañana de sol, la casa estaba abarrotada por la familia de su padre y el niño no tenía la menor intención de jugar con sus primos. A su juicio eran unos gandules gritones y brutos que se burlaban de su voz porque, si bien destacaba en el coro de la iglesia, era incapaz de soltar improperios. Escapó de la parentela nada más terminar la misa y cuando se dio cuenta, después de haber sorteado la muchedumbre que abarrotaba Sevilla por Semana Santa, estaba frente al Real Alcázar.

Siguiendo los pasos de una señora de mediana edad, con un vestido color burdeos, un misal y una mantilla en la mano, poco a poco se adentró en los jardines. El movimiento de los cipreses, impelidos por el aire de esa temprana primavera, le producía una cierta inquietud. Aun así, siguió adelante y cuando se dio cuenta, estaba pisando la grava del laberinto.

Se movía despacio entre la madeja de reflejos y sombras de los mirtos, intentando registrar en su memoria cada uno de los recovecos por los que se desplazaba, empujado por una mezcla de temor y arrojo, con la esperanza de culminar el recorrido.

Al llegar a una de las esquinas, dudó por un instante si girar a derecha o a izquierda, fue entonces cuando divisó la espalda de la mujer que había visto a la entrada. Decidió seguirla, posiblemente ella conocería el camino. Aunque ¿era hacer trampa? Probablemente sí. ¿Acaso Teseo no se valió del hilo de oro para encontrar la salida después de matar al Minotauro?

Resolvió que, si bien no era tan valiente como el héroe griego, deseaba enfrentarse a lo insondable del misterio, pero manteniéndose conectado con el exterior.

El sol ya estaba alto y emanaba el calor propio del mediodía. ¡Tenía que estar en casa para el almuerzo! A esa hora la familia estaría preocupada por su ausencia. «Lo lograré» dijo para sí, cuando se dio cuenta de que  estaba dando vueltas en círculos. Secó el sudor de su frente y apuró el paso. Otra vez en el centro del dédalo. No lograba acercarse a la periferia.

Sentado en el suelo para quitarse una china del zapato, recibió una ráfaga de aire que trajo volando una pieza de encaje. ¡La mantilla de la señora! Aspiró el denso perfume que desprendía el trozo de tela mirando en derredor. ¡Por allí! Giró en redondo y pudo divisar la silueta de la mujer entre ramas confusas, enredadas, abstrusas. La siguió un buen trecho, medio escondido entre las pocas sombras que a esa hora dibujaban los setos. Todo el cuerpo le temblaba por la emoción: se sentía como un detective de película persiguiendo a un sospechoso. Llegó a la conclusión de que hasta entonces su vida había sido gris, por temperamento más que por circunstancias, y ahora tenía la oportunidad de vivir una gran aventura.

Lo distrajeron unos niños que pasaron corriendo, lanzando chillidos y…, volvió a perderla. Aunque pretendía encontrarla por el rastro de perfume que pudiera dejar, la silueta color burdeos había desaparecido. Regresó sobre sus pasos, olisqueando como un chucho en busca de un trozo de comida y casi se dio de bruces contra el suelo al tropezar con algo. ¡El misal de la dama! Lo recogió y envolvió en la mantilla. Continuó andando con paso inseguro, miró hacia el cielo y calculó la hora. Sintió  vergüenza al pensar en su familia enviando un equipo de rescate…, un final poco airoso.

Respiró hondo. Adujo que también Teseo habría pasado miedo. Entonces, una sensación de coraje acudió en su ayuda. Al recordar todo el trayecto, desde que lo iniciara hasta ese momento, dejó que su memoria lo condujera hasta el principio, que quizás fuera el final.

En una de las curvas volvió a ver a la señora y esta vez no permitió que nada lo distrajera. La siguió hasta el final del trayecto. La dama estaba a punto de cruzar la calle cuando la llamó.

—Esto es suyo, se le cayeron dentro del laberinto —dijo extendiéndole la mantilla y el misal.

—Gracias, querido. ¿Cómo te llamas?

—Sebastián. ¿Y usted?

—Ariadna.

© Liliana Delucchi

Mi vida: un laberinto

Marieta Alonso

No sé por dónde salir. Quiero a mi marido, aunque cueste creerlo. El mundo sabe que es un cantamañanas. No necesita fingir, se le nota, pero lo quiero, aunque hace una semana le fui infiel y no siento ningún remordimiento. Tampoco ansío repetir la faena. Lo único que recuerdo de ese desconocido es que tenía el pelo gris haciendo juego con su bigote. Como soy discreta, no contaré lo ocurrido, solo se lo comenté a la tía Maite.

Ella había dejado al novio a la puerta de la iglesia por un tipo veinte años mayor: calvo, aburrido e impertinente. Lo mejor que tenía el elegido era su abultado monedero producto de sus sustanciosas cuentas de ahorro. Aunque hay que reconocerle que tuvo una cosa verdaderamente buena, morirse a tiempo, dejando a su viuda todos sus bienes. Cosa que ella agradeció.

La tía Maite ayudó a toda la familia, a sus padres les compró un piso, a la abuela una tumba, a sus hermanos la entrada para montar un negocio y a todos los sobrinos bicicletas y patines. Hasta el exnovio salió beneficiado, le compró un billete de avión para que se fuera a Australia, lo más lejos posible para no caer en tentaciones.

Anoche, sin venir a cuento, tía Maite murió dejándome heredera. En una nota escrita con letra de molde, me instaba a viajar a Creta, sin marido, a que caminara por el circuito de los siete meandros.

«Utiliza la cabeza para salir de tu laberinto, espabila y toma buenas decisiones, que la vida es corta.»

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Coche

15 junio, 2024 por Akelarre 2 comentarios

Relatos sobre coches

El coche

La historia de la automoción, en sentido estricto, comienza en el siglo xvii. La palabra deriva del griego αὐτός autós, «a sí mismo», y del latín mobilis, «que se mueve», sobre todo para distinguir entre los vehículos a motor y los de tracción animal.

Los primeros prototipos se crearon a finales del xix pero no fue hasta la primera década del xx en que el público empezó a mirarlos como algo útil.

Aunque el primero con motor de combustión interna se atribuye a Karl Friedrich Benz en 1886, no fue hasta 1908 cuando Henry Ford, aprovechando el empuje de la Revolución Industrial, comenzó a producir en serie el Ford modelo T, lo cual le permitió alcanzar cifras de fabricación hasta entonces impensables.

Esta maravilla de la ingeniería ha dado lugar a los cuentos de este mes: relatos de amor, desamor, soledad y curiosidad adolescente.

Sorpresa en el coche

Cristina Vázquez

Un Morgan en el garaje

Malena Teigeiro

El cumpleaños

Liliana Delucchi

Cuestión de gusto

Marieta Alonso

Sorpresa en el coche

Cristina Vázquez

Para Carlos, experto conductor.

Después de la clase de matemáticas del viernes, Darío y Elena, al salir del Instituto, se iban en direcciones opuestas para luego reencontrarse en un lugar cercano y discreto del bosque. No querían que su incipiente romance fuera comentado por sus compañeros, que les tomarían el pelo haciendo más difícil ese amor tan exclusivo y único para ellos. El primer amor: Siempre es único y exclusivo.

Elena llegó unos minutos más tarde. Darío no estaba sentado bajo el castaño, el lugar preferido para besarse y acariciarse. Habían grabado sus nombres en la corteza. Este será siempre nuestro árbol, Elenita, le prometió él mientras se esforzaba con la navaja en eternizar las letras. Se sintió decepcionada, ¿qué le habría pasado si salió antes que ella? Esperó un rato hasta que oyó un silbido de admiración que se colaba entre los árboles. Se dirigió hacia el lugar de dónde venía y al llegar al claro del bosque, vio un fantástico deportivo rojo y a Darío que lo acariciaba con una ternura y cuidado que no recordaba hubiese tenido con ella.

—¿Has visto esta maravilla? —apenas la miró—. Esto es una joya de los años cincuenta. Acércate y disfruta.

Pasaba la mano con amoroso cuidado por las puertas, el dedo por los retrovisores, intentaba subir la capota mientras emitía gruñiditos de admiración. La estaba esperando para entrar juntos, como si se fueran de viaje y abrió ceremonioso la puerta del pasajero. Él, instalado en el lado del conductor se puso a buscar las llaves abrió la guantera  y rebuscó por debajo de asientos y alfombrillas. Nada, no aparecieron.

—¡Qué pena! Me gustaría tanto oír el ruido del motor —dijo entristecido.

Y empezó una retahíla de sabiduría mecánica, cilindros en línea, carburadores dobles, diferencial autoblocante. Miraba a Elena que sonreía con expresión ausente.

—Deberíamos bajarnos —apretó la carpeta contra su pecho—. El dueño estará cerca y menudo lío vamos a tener.

Solo un momentito más, suplicaba Darío, era un regalo inesperado haberlo encontrado ahí. No podía imaginarse lo difícil que era ver un coche de estos y tener la oportunidad de tocarlo, de subirse a él. Una maravilla, sí, una preciosidad. Así pasaron un rato en el que él, agarrado al volante, hacía giros y ruidos de velocidad y cambios de marcha, incluso de doble marcha, hasta que Elena se bajó.

—Ya basta. Me voy.

A regañadientes se bajó él. Se fueron de vuelta a sus casas porque estaba anocheciendo. Darío iba taciturno. Al pasar por delante del castaño, Elena le sugirió que podía grabar el nombre del coche debajo del suyo. Que no fuera tan suspicaz, refunfuñó, si la adoraba, pero es que…, si pudiera probarlo. Y una vaga ilusión le cruzó el rostro.

Al día siguiente, Darío fue reclamado al despacho del director donde un detective quería hablar con él. No le llegaba la camisa al cuerpo y mentalmente empezó a hacer una lista de posibles infracciones. No encontraba ninguna.

—Darío Castro ¿verdad? —su voz le sonó a doblaje de Humphrey Bogart en el Halcón Maltés.

—Sí, el mismo —alcanzó a responder.

La mirada oscura del detective le traspasaba. Pues bien, jovencito, ayer le vieron rondando ese coche abandonado en un claro del bosque. Darío tragó saliva, la tarde anterior lo había visto y tocado, afirmó. Sí, también se subió a él, porque era una preciosidad y a él los coches , elevó los ojos, era lo que más le gustaba. Eso estaba muy bien, susurró el hombre, pero ahora le tenía que acompañar a comisaría para tomar sus huellas dactilares. Al chico se le doblaron las rodillas.

—Yo, ¿por qué?

Daba la casualidad, el supuesto Bogart hizo crujir los dedos, que en el maletero habían encontrado un cadáver.

—Y si las huellas coinciden…, de momento, eres el único sospechoso.

© Cristina Vázquez

Un Morgan en el garaje

Malena Teigeiro

Cuando Helen anunció que se casaba con un veterinario, su abuela como regalo de boda le entregó las escrituras de propiedad de una antigua casa en el campo. La residencia había pertenecido a su tía Amanda, de la que tantas historias habrás escuchado contar, dijo la anciana. Enseguida Helen y Bill, su prometido, se dispusieron a conocer el que sin duda iba a ser su hogar.

Un hermoso y abandonado jardín rodeaba el edificio de piedra por el que trepaban viejos rosales. Al entrar, y aunque una espesa capa de polvo gris cubriera los muebles, la calidez del ambiente, la disposición y arreglo de los enseres, les hizo pensar que alguien lo había habitado hasta el día anterior. Emocionados por la suerte que tenían, recorrieron una y otra habitación abriendo las ventanas para que el aire y el sol penetraran en las estancias. Al llegar a la cochera se sorprendieron al ver que una funda de tela gris cubría un coche. Era un antiguo y maravilloso descapotable de dos plazas.

—¿También nos lo regalan? —exclamó Bill al tiempo que de un salto se sentaba detrás del volante.

—Sí. Y además tiene una preciosa historia de amor —repicó Helen acariciando el morro del coche mientras pensaba en cómo serían sus tíos ahora. Sintió un ligero escalofrío y con los torpes dedos de una mano se abrochó el botón del cuello. Seguro que ahora serían igual que aquel coche: antiguos, pero no viejos, se dijo.

El Morgan verde regalo de boda de sus padres, limpio, cuidado, era el reflejo de Amanda, quien se peinaba, maquillaba y vestía con esmero para encontrarse con Walter, un piloto de la RAF. Walter lo estrenó durante el viaje de novios y pocas veces más lo utilizó. Un año después de la boda estalló la Guerra. Una tarde, como siempre, Walter enfiló su avión hacia el cielo. Volaba sobre el Atlántico.

No volvió.

—Ni siquiera recuperaron su cuerpo —aseveró con los ojos brillantes Helen. Unos segundos después, continuó.

Ella que lo esperaba en la casa de campo, en cuanto recibió aquel telegrama amarillo se fue al garaje y retiró la funda gris que cubría el Morgan verde. Dentro de su cabeza resonaba la voz de Walter gritándole desde la ventanilla del tren ya en marcha: No dejes que nadie lo toque, por favor.

—¡Menuda historia! —exclamó Bill acariciando el coche.

Dicen que al llegar de vuelta de despedirlo en la estación, Amanda se sentó en el asiento del conductor, y abrió la guantera. Allí, tirados de cualquier manera, estaban los guantes de dedos recortados de su marido. Se los acercó a la nariz. Le gustaba el aroma de la piel de su esposo y los guantes todavía lo guardaban. Era un olor joven, a sol, a lluvia. Se los puso con calma. Agarró el volante y acarició la tira de cuero que cubría el volante. A partir de entonces, un día tras otro, Amanda pasó las tardes sentadas en el asiento del conductor del Morgan Verde.

Fueron pasando los años hasta que, una tarde, agarró con tanta ira el volante que si no hubiera llevado los guantes habría visto que sus nudillos se volvieron blancos. Amanda levantó la cabeza. A través de las lágrimas vio que en el jardín las ramas de los árboles se movían con la tranquilidad del incipiente verano. Le gustaba la placidez de aquella hora. Giró la llave y el runrún del motor le erizó el vello. Suspiró profundo. Con los ojos brillantes enfiló la salida del garaje. Se dirigió hacia la carretera de la costa. Era un poco tarde y quería llegar a tiempo para ver desde los acantilados, desde el mismo lugar donde él la llevaba, la bola del sol hundiéndose en el mar. Sonreía. Algo como una extraña placidez la inundó.

La mujer circuló alegre por la estrecha y mal asfaltada carretera. Dirigió la vista al cielo. Las nubes blancas, redondas y tiesas como almidonadas faldas, recorrían el firmamento empujadas por la brisa. Ya llegaba. El camino, ahora solamente de tierra, terminaba en un prado. No se detuvo. Con la vista en el firmamento pisó con fuerza el acelerador.

El Morgan verde enfiló el camino hacia la carretera que partía desde el borde del acantilado hasta el cielo. Walter allí, entre las nubes, la esperaba. A ella y a su adorado deportivo. Y como hacía siempre cuando lo veía entrar en casa, Amanda soltando el volante, levantó el brazo y lo saludó alegre.

Cuando al día siguiente los encontraron, milagrosamente, el Morgan verde, como si alguien con sumo cuidado lo hubiera depositado allí, en la arena de la playa, descansaba intacto sobre las cuatro ruedas. Y ella, exánime, sonriente, sin soltar el volante miraba al cielo.

© Malena Teigeiro

El cumpleaños

Liliana Delucchi

Fue el día en que papá cumplía cuarenta. Mamá, la abuela y sus dos hijos, lo estábamos esperando sentados a la mesa del jardín para celebrarlo, cuando escuchamos el rugido de un motor que avanzaba por el camino del parque. Ante la puerta se detuvo un magnífico coche con mi padre al volante.

—No falla —murmuró la abuela— en cuanto llegan a esta edad, se compran un bólido y una amante.

Mi madre miró a la suya con temor. Las sentencias de la señora solían ir bien encaminadas; a pesar de ello, se puso de pie, estiró la falda y con el grácil andar que la caracterizaba, se acercó a saludar a su marido.

Él estaba eufórico, dando vueltas alrededor del auto, acariciándolo como a una frágil porcelana. Ignoró a su familia y hasta la tarta que, junto con las tazas de té, lo esperaban para festejar su onomástica. Sonó su teléfono. Después de una breve conversación entre murmullos, subió al coche y nos gritó que no lo esperásemos a cenar.

Nunca supe a qué hora volvió porque a los niños nos enviaron a dormir temprano. Tampoco estuvo con nosotros durante el desayuno, que transcurrió en un silencio poco habitual. Si bien estaba concentrado en untar mis tostadas con mantequilla, me di cuenta de que el color de las flores del vestido de mi madre acentuaba su palidez, pero supo mantener la compostura, a pesar del abatimiento que mostraban sus ojos enrojecidos.

Más tarde, y como siempre antes de la comida, dábamos un paseo por el parque dejándonos arrullar por el suave canto que produce el movimiento de las ramas. En unos instantes, esa apacible melodía fue rota por el estruendo de un motor que se acercaba. Sentí que la mano de mi madre apretaba la mía y pude ver que su pecho subía y bajaba como si le costara respirar. La abuela la cogió del codo y le susurró que recordara las palabras de Aristóteles: «El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.»

No sé muy bien qué aconteció durante las semanas siguientes; a instancias de la matriarca nos enviaron a mi hermano y a mí a la casa de nuestro tío, junto al lago, con la excusa de que se avecinaban grandes calores. Tampoco recuerdo cuánto tiempo pasamos allí, solo que cuando regresamos, las hojas de los árboles empezaban a cambiar de color, así como la fachada de la casa, cuyo tradicional blanco unos pintores estaban dejando rosa. También dentro se habían producido modificaciones: el despacho de papá ya no existía, ese espacio se había incorporado al salón, y faltaban algunos retratos. Sin embargo, en un rincón de la biblioteca se instaló un escritorio con su correspondiente silla giratoria. La ocupaba casi a diario un individuo con traje oscuro que despachaba con las señoras de la casa. Era el señor Tellez, un hombre adusto, muy serio, pero amable.

Cuando preguntamos por nuestro progenitor, nos respondieron que si bien estuvo de viaje durante todo el verano, nos había enviado postales de lugares tan remotos como bellísimos. Ninguna foto de él.

El sábado que escuchamos el rugir del descapotable y vimos descender a papá, casi se podía oler el otoño. Bronceado y con muchos regalos, nos levantó por los aires y llenó de besos. «¡Os he echado tanto de menos, mis queridos muchachos!»

Apenas hubo bajado el equipaje, el viajero fue conducido a la biblioteca, donde lo esperaban mi madre y su suegra, junto al señor Tellez. No sé qué aconteció en esa estancia, solo que mi padre salió de ella demudado.

—¿También el coche? —preguntó mientras se ponía el abrigo.

—Por supuesto, forma parte de los honorarios del gentil abogado que te ha dejado en la ruina —le aclaró la abuela con una sonrisa.

© Liliana Delucchi

Cuestión de gusto

Marieta Alonso

Toda la vida he sido muy reflexiva. Y no es que lo piense, es que es la verdad. Si dedico una tarde a meditar, sé lo importante que es la lluvia, en lo generosa que son las nubes al dejar caer esas gotas de agua sin hacer distinciones, en lo delicioso que para algunos resulta bailar bajo una fría llovizna, pero… No me gusta mojarme, no me gustan los chaparrones y no me explico por qué tiene que llover de día cuando lo puede hacer por la noche, a esas horas en que la mayoría de los seres humanos duerme. Odio los paraguas, los odio.

Lo que, en verdad, adoro son los coches. Y si es un modelo antiguo mejor. ¡Ay, si tuviera dinero! ¡Qué colección tendría! ¡Qué bonito es andar sobre cuatro ruedas! Si llueve no te mojas, si cae granizo no te golpea la cabeza y si tienes prisa llegas antes. Cada vez que veo un clásico aparcado, me acerco con disimulo y me hago un selfie, un autorretrato como lo llama mi madre.

Se me van los ojos hacia el Benz Patent-Motorwagen, que aseguran fue el primer automóvil de la historia; hacia el Ford Modelo T que se popularizó entre la clase media; hacia el Rolls-Royce Silver Ghost que se consideró como el de mayor calidad. A todos los amo con locura. Si los coches fueran hombres, no me hubiese importado haber sido la amante de todos ellos. Pero, el único coche que hubo en mi familia fue un Seat 600, de segunda mano, al que llamaban Pelotilla.

Pasaron los años y no dejé de anhelar un hermoso automóvil. La falta de novios sin dinero para comprarlos fue la causa principal de mi sempiterna soltería. Cuando mi madre, a sus noventa años, me ve con la vista perdida detrás de uno de ellos, me pellizca y me hace ver lo desagradecida que soy. Dice que no he madurado, que no valoro la suerte que tengo. Y añade que, desde hace muchísimo tiempo, por ilusa, novelera, romanticona, mi familia decidió, sin consultarme, ser mi paraguas…, a falta de un coche.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Rastro

15 mayo, 2024 por Akelarre 4 comentarios

El rastro de Madrid

El Rastro de Madrid

El Rastro es un mercado al aire libre que se celebra los domingos y festivos en el popular barrio de La Latina de Madrid.  Con más de 400 años de historia, en el mismo se pueden encontrar tanto objetos cotidianos como curiosos artilugios antiguos, todo ello envuelto en un ambiente de lo más animado.

Se sitúa en torno a la Ribera de Curtidores, una cuesta pronunciada a lo largo de la cual se extienden cientos de puestos.

La zona que ocupa es el antiguo lugar donde se encontraban las curtidurías, muy próximas al matadero. Su denominación proviene del hecho de que durante el traslado de las reses se dejaba un rastro de sangre que fue el que dio origen a su nombre.

En este escenario se sitúan la historia de una mujer obsesionada con la búsqueda de un objeto en particular; la de una viuda que encuentra en este mercado su forma de vida; una joven que descubre un secreto familiar y otra que tiene un encuentro inesperado.

El chamarilero cauteloso

Cristina Vázquez

Tornillos de todas clases

Malena Teigeiro

El camino de regreso

Liliana Delucchi

Al aire libre

Marieta Alonso

El chamarilero cauteloso

Cristina Vázquez

Sacaba la lengua para lamer los cristales de sus gafas. Luego las limpiaba con esmero y se las ponía antes de hacer las cuentas. Protestaba por lo bajo y repetía la operación si la claridad conseguida no era la deseada.

—Y ahora a sumar —finalizaba Edelmiro—. Para eso se necesita buena vista.

Cuando era pequeña su hija observaba fascinada la operación de limpieza, y aunque le recordara a un camaleón, le parecía que era una acción importante, un momento casi sagrado. El padre la miraba sonriente por encima de los cristales con una expresión desvaída, perezosa. La buena administración ha de ser diaria, aseguraba con seriedad, si no, el negocio se va de las manos. Vivían justo encima del local y allí se iba con su madre una vez que se cerraba la tienda. En ese momento, el padre recibía a gente importante y no había que molestarle, le amonestaba la madre si trataba de oír la conversación.

—Son cosas de negocios…, de hombres —un cierto orgullo brillaba en sus ojos oscuros y vivarachos.

Cuando fueron pasando los años, Rosaura, la hija, ya no le miraba en el momento de las cuentas, porque además de parecerle una pantomima, el dinero que había que sumar era escaso. Lo que sí veía con claridad es que esa chamarilería a la que su padre dedicó su vida, como habían hecho su abuelo y su bisabuelo, resultaba cutre, mugrienta, de poco interés. Ni siquiera los domingos bullangeros se llenaba de gente.

Se dedicó a estudiar arte y decoración por las tardes. Si el negocio iba a ser para ella, argumentó al padre, tenía derecho a renovarlo y darle un aire actual.

—Allá tú —le contestó esa tarde de mayo en que los árboles ofrecían verdor y sombra en la calle principal de El Rastro—. Haz lo que quieras con esto y con tu vida.

Al decírselo, una expresión entre pícara y desganada se instaló en la cara de Edelmiro. Allá tú, pero aunque no lo creas, esto, señaló a su alrededor abarcando el abarrotado lugar, siempre fue un buen negocio.

Mientras estudiaba, Rosaura pasó un tiempo mohína y malhumorada. Había conocido gente de otra categoría, afirmaba al llegar, gente que vivía por el barrio de Salamanca y Argüelles, gente a la que no se atrevería a confesarles dónde estaba su casa y cuál era el negocio de la familia. El padre la miraba con desconsuelo, sentía mucho no haberle podido ofrecer otra cosa, Rosaurita, pero que no se preocupara por nada. Ella que aprendiera todo lo que tenía que aprender y luego, ya se lo había repetido, con su vida que hiciera lo que quisiera. No le iba a faltar dinero ni apoyo.

—Esto, cariño —le dijo una noche en que la chica estaba apenada—. Esto es un buen negocio.

La hija le miró con desesperación y la nueva altanería que estaba adquiriendo. Si él no había visto mundo, ni salido de esa chamarilería y de ese barrio, qué iba a saber de negocios. Edelmiro bajó los labios con cierta amargura.

—Si tú lo dices, así será.

Antes de terminar sus estudios el padre murió repentinamente mientras dormía la siesta en su sillón. Murió como había vivido, sin hacer ruido, sin molestar a nadie. La mujer se dio cuenta porque era más tarde de la hora en la que se solía despertar y por un abandono en las manos que la sobresaltó.

Pasados los días de duelo, apareció un señor bien trajeado, con un leve acento extranjero y una pequeña cicatriz en la mejilla, preguntando por la señorita Rosaura. Tras la sorpresa le hizo pasar al pequeño espacio al que su padre denominaba despacho, donde se reunía con los señores que acudían después de cerrar la tienda.

—Esto es para usted —le alargó un sobre-.

—¿Qué es?—preguntó la chica sin entender lo que esos documentos significaban.

El hombre se inclinó un poco hacia delante, eran las cuentas que su padre le había dejado en Suiza a su nombre, confesó con ese suave acento que le hacía arrastrar las palabras.

—Era un hombre muy rico, don Edelmiro —declaró con respeto —y el mejor traficante de arte.

Ante su cara de estupor, el señor le dio unos breves golpecitos en la muñeca. Comprendía su sorpresa. Él estaba a su disposición para lo que necesitase.

—¿Querría seguir con el negocio? —se puso muy serio—. Su padre era un hombre muy respetado en este mundo y las puertas estarían abiertas para usted.

Rosaura era incapaz de reaccionar. No tenía que contestar inmediatamente, prosiguió con dulzura. En estas circunstancias necesitaba un tiempo de reflexión, lo comprendía. Dejó una tarjeta sobre la mesa.

—Espero su llamada. Sería una pena perder esta oportunidad.

© Cristina Vázquez

Tornillos de todas clases

Malena Teigeiro

Llevo meses visitando El Rastro. De arriba abajo y de abajo arriba recorro la cuesta de La Ribera de Curtidores sin cansarme. Nunca compro otra cosa que no sean tornillos. Los tengo largos, cortos, anchos, antiguos y modernos. De acero, hierro y metal dorado. ¡En fin!, de todas clases. Busco tan solo eso: Un tornillo. Al llegar a casa los pruebo. Pero hasta ahora no he tenido suerte. Todavía no he encontrado el que me valga.

Cada domingo vengo a El Rastro sola. Antes solía acompañarme Juan, sin embargo, últimamente dice que prefiere quedarse en casa, metidito en la cama. Siempre le gustó la cama, pero lo de ahora ya es comparable a la vagancia. Ni tan siquiera se levanta para comer. Ni para lavarse. Y he de decir que olor en la habitación es bastante molesto. Pero yo…, como si nada, porque no quiero ofenderlo. Sé muy bien el genio tan rápido que tiene. Con un pañuelito mojado en colonia que de vez en cuando me llevo a la nariz como si estuviese acatarrada, me siento en una silla para hacerle compañía. A él parece que le gusta verme allí, a su lado. De vez en cuando me pregunta alguna cosa, y suele sonreír si lo que le cuento es gracioso. Al menos eso me parece a mí. Aunque es posible que sea tanto mi deseo de tenerlo contento que hasta lo imagine.

Nadie entiende mi relación con él. Ni tan siquiera los vecinos. Y no es que yo sea una persona de las que piensa que todo el mundo las persigue. No es eso. Lo que sucede es que cuando me cruzo con Maruja, la del quinto o con Antonia, la del cuarto derecha, bajan la cabeza al pasar por mi lado. Incluso hay alguna que rumia cosas muy desagradables con la intención de que las escuche. Pero van de lado si piensan que me van a ofender. Cada uno vive como quiere. Cierto, me pareció escuchar a Juan cuando se lo conté.

Ayer han venido unos que parecían enfermeros y se han llevado a Juan. Al parecer, un vecino se ha quejado del olor. Me despedí de él diciéndole que ya se lo había advertido, que no se puede estar sin comer y sin asearse tanto tiempo. Pero claro, como siempre, no me hizo caso. Pues, Juan, mira ahora. Ya ves. Ha ocurrido que, vete a saber quién, se ha quejado en el Ayuntamiento y te han llevado tapadito en una camilla.  Lo cierto es que los vecinos tenían razón. No se podía aguantar ni un solo día más ese olor tan nauseabundo.

Maruja, que en el fondo es una buena vecina, me ha acompañado mientras se lo llevaban. Me susurró que ahora debía pensar en mí. Que no podía vivir de esa manera. Cuando cerramos la puerta, me volví hacia ella. Tienes toda la razón, le dije. Ni un día más así. Lo primero que hicimos, ella no me dejó hasta que acabamos, fue abrir las ventanas. Lavamos las sábanas y fregamos los suelos. Cuando íbamos por la mitad de la limpieza, bajó también Antonia y otra vecina, una más jovencita que ni siquiera sé cómo se llama. ¡Mira que le gusta a la gente meterse en casa ajena! Pero como venía a ayudar, pues no dije nada. Cuando terminamos también la invité a un café. El piso quedó precioso y oliendo, según Antonia, a brisa marina. Lo que no me extrañó. Ella fue la que trajo de su casa la botella de detergente con una ola azul pintada en la etiqueta. Creo recordar que incluso lavamos con ese detergente las cortinas.

Y desde aquel día, y ahora que él ya no me necesita, ando La Ribera de Curtidores para arriba, La Ribera de Curtidores para abajo, buscando ese tornillo que Juan siempre me dijo que me falta en la cabeza. ¡Qué hartura de hombre! Un día tanto y tanto lo repitió que la ira me llevó a golpearlo hasta dejarlo tumbado en el suelo. Pero fui buena y lo metí en la cama, y él, quizá para vengarse, allí se quedó sin querer volver a hablarme.

Sin embargo, he de reconocer que en lo del tornillo algo de razón lleva, y que, de una vez por todas, he de colocar uno en el hueco que, según él, dejó el que me falta. Lo que sucede es que no encuentro uno que encaje ni el hueco en donde debo meterlo.

© Malena Teigeiro

El camino de regreso

Liliana Delucchi

Cuando el empleado de la empresa de mudanzas le dijo a Micaela que estaba todo descargado, firmó el albarán de entrega y cerró la puerta. A su alrededor todo eran cajas, burros con ropa colgada, algunos muebles y mucho espacio libre. Era lo que ansiaba desde tiempo atrás: espacio, mucho espacio y mucha luz.

Le había costado convencer al propietario que sería la mejor inquilina; muchas personas ansiaban ese loft en un barrio tan arbolado de Madrid que alguna vez estuvo descascarado y en la actualidad brillaba con escaparates, mesas en las calles y tiendas de diseño.

Se sentó en la única butaca que trajo de su antigua vivienda y aspiró casi todo el aire de la habitación. En alguna de las cajas estaría la cafetera, pero ¿en cuál? Estaba segura de haber etiquetado una en la que ponía «cocina», sin embargo, no tuvo fuerzas ni ganas de buscarla.

Estoy en una de las zonas más animadas de la ciudad, así que más vale que la aproveche y salga en busca de alguna cafetería mona. Desde la banqueta en la que se instaló, frente a una taza humeante y un cruasán crocante, se dispuso a observar al resto de los parroquianos. Un mundo de colores, donde jóvenes y  mayores, atildados o vestidos con ropa deportiva, componían grupos de voces en distintos tonos y diferentes idiomas. Se dio cuenta de que estaba sonriendo.

Recorrió el barrio y en algunas tiendas se entretuvo inspeccionando lo que podría necesitar (o no) e hizo algunas compras. Cuando las plantas de los pies le anunciaron que ya era hora de regresar y poner las piernas en alto, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ni idea de cómo volver. Siempre tuve un pésimo sentido de la orientación. Bendito Google Maps.

Ya en casa, encontró sábanas y una manta con las que pudo estrenar su cama y descansar hasta que el ruido del estómago y la escasez de luz le hicieron tomar conciencia de que era hora de pedir una cena a domicilio. Aunque no muy grande, la mesilla de noche le sirvió para instalar la comida y una copa de vino. A partir del lunes, con los muebles nuevos, estaré aún más cómoda. Y cuando se dio cuenta de que, a pesar de la buena película que daban en la tele, se le cerraban los ojos, volvió al austero lecho que le parecía el de una princesa de cuentos.

La escasa luz de las farolas que se colaba a través de las ventanas, dibujaba sombras sobre el joven cuerpo de Micaela que se revolvía entre embozos arrugados y almohadas. Unos tímidos lamentos escapaban de su garganta cuando, de pronto, se incorporó, secándose el sudor de la frente. Otra vez el mismo sueño: entre guijarros y rodeada de viviendas desconchadas, caminaba descalza. Perdida, desconocía el lugar y era incapaz de encontrar el camino a casa. No había persona alguna a quien preguntar. Intentaba pedir auxilio, gritar, pero era como si no tuviera cuerdas vocales. Nadie. Silencio, oscuridad y niebla.

Después de unos cuantos vasos de agua, volvió a acostarse. Cuando el sol de la mañana la despertó, ya era domingo. Un paseo por El Rastro me vendrá bien y podré encontrar algún adorno.

Caminó entre el gentío que por momentos la agobiaba hasta que se detuvo ante un puesto regentado por un anciano. Sobre la mesa, cantidad de objetos que jamás había visto, ni siquiera en sus viajes a países remotos. Sin embargo, algo en ellos le despertó cierta inquietud. El hombre le sonrió desde su mirada acuosa.

—¿Te has perdido, querida?

—Creo que sí.

Él le hizo un gesto, invitándola a sentarse a su lado. Permanecieron un largo rato en silencio, un silencio que lo abarcaba todo, ni siquiera se oían las voces de los que abarrotaban la calle.

A poco rato, como en un susurro, Micaela le relató su mudanza, la felicidad por su nuevo apartamento y el sueño que cada tanto la atormentaba.

—¿Por qué tanta angustia, querida? ¿De verdad crees que ansías regresar a ese lugar que te es tan esquivo? —El hombre puso una mano sobre la suya, antes de continuar con sus preguntas.

—¿Quién o quiénes están en ese lugar al que no puedes llegar?

—No lo sé.

Apoyándose en un bastón, el anciano se puso de pie y rebuscó debajo de una manta de colores. Volvió con una piedra blanca del tamaño de un puño y la puso en la mano de la joven.

—Te ayudará a llegar a ese lugar al que, creo, no quieres ir y no volverás a tener ese sueño.

Micaela acarició la piedra y cuando hizo ademán de buscar su cartera, el tendero levantó la mano: «Es un regalo. Te estaba esperando.»

Ella se puso de pie, acarició los dedos callosos del anciano y le dio las gracias.

—Por cierto, me llamo Miguel.

—¿Como el Arcángel?

—Como el Arcángel— sonrió el anciano.

Cuando regresó al loft, Micaela puso la piedra sobre la mesita de luz. Antes de dormirse, la acarició.

Otra vez caminando descalza entre guijarros, otra vez pidiendo auxilio para llegar. Pero esa noche logró alcanzar una construcción algo derruida, con ramas secas lloviendo del techo y luces en el interior. Dentro, alrededor de la mesa, en posición de firmes, estaban su madrastra, la tía Rosa que nunca la quiso, la prima envidiosa y el noviecito del instituto que se burlaba de su acné. El lejano temblor que sintiera ante ellos cuando deseaba imperiosamente su aprobación, apareció en su boca, junto con un sabor agrio que subía desde el estómago. Buscando una salida a tanto desasosiego, dirigió la mirada hacia la única ventana de aquel siniestro lugar. Detrás de un cristal nebuloso estaba él, el anciano del mercado, con una sonrisa de amor de la que los otros carecían. Miró a su pasado con displicencia. ¡Cuánto tiempo perdido buscando vuestro cariño, un gesto de aceptación, una caricia! Salió y cerró con un portazo. «Ahí os quedáis».

Cuando despertó se dio cuenta de que estaba sonriendo. Acarició el amuleto y volvió a dormirse.

El domingo siguiente regresó al Rastro. Lo buscó por todos los puestos, preguntó a todos los expositores y de cada uno recibió la misma respuesta: «Aquí nunca hubo un viejo trapero llamado Miguel».

© Liliana Delucchi

Al aire libre

Marieta Alonso

Amalia apretó el paso. Ya estaba cerca de La Ribera de Curtidores y, como siempre, solo con oír el bullicio se le pasaron todos los males. Era para ella una cuestión vital no faltar ni un solo domingo al Rastro. El trapicheo de ropa, zapatos, quincalla y cualquier objeto de segunda mano era su debilidad y, en cierto modo, su medio de vida.

A media calle divisó a Fermín que daba los últimos toques al tinglado, justo enfrente al monumento de Eloy Gonzalo. Allí estaba con la espalda encorvada, el pelo cano, y sus dedos artríticos. Ya no eran unos chavales. Él, trece días exactos mayor que ella, le bastaba para que se creyera con derecho a protegerla. Discutían cada dos por tres, pero como todo entre ellos se desenredaba con palabras, siempre terminaban riendo.

De niños iban juntos al colegio, cada uno se casó con el mejor amigo del otro, incluso enviudaron con un mes de diferencia. Y cuando un día él se enteró de su precaria situación, la animó a que le ayudara en el puesto. Lo único que tenía que hacer era vender, vender hasta su alma si fuera preciso. Resultó ser una gran idea para ambas partes.

Desde la calle Juanelo vio venir a dos de sus clientas habituales. Se sacudió el cansancio y se dio prisa para llegar antes que ellas. La mañana comenzaba bien. Estaba segura de que la sábana encimera y la funda que para su ajuar bordó su madre hacía cincuenta años, les iba a gustar y no pensaba rebajar ni un céntimo.

No es fácil ser viuda y pobre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Matices infinitos

15 abril, 2023 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos cortos sobre telas

Matices infinitos

Entrar en una tienda de telas es ingresar a un universo de colores y posibilidades. Cada trozo de ese material abre el paso a vestidos, sillones, cojines y un sinfín de objetos que nuestra mente crea y recrea con diseños posibles, muchos de los cuales solo van a permanecer en nuestra imaginación.

Es un momento de gozosa duda en que el tacto, la vista y la fantasía se mezclan en proyectos realizables o no. Su destino es tan variopinto como el de las personas y depende del clima, estados de ánimo o sendas a recorrer.

Este mes, esas piezas de tela han inspirado a nuestras escritoras sus cuentos: desde una disputa entre diosas; la asistencia a una cena en el Palacio de Oriente; el cambio de rumbo de la vida de una mujer cuando ve a un hombre que le hace palpitar el corazón, o el vestido soñado por una joven.

Esperamos que os gusten.

Hasta el mes que viene.

Verde es la esperanza

Cristina Vázquez

Un vestido de seda Condesa

Malena Teigeiro

El vestido azul

Liliana Delucchi

Adicta a las telas

Marieta Alonso

Verde es la esperanza

Cristina Vázquez

Cada medio día Julita se asomaba al balcón para ver pasar a ese pedazo de hombre. No sabía su nombre ni quién era, pero el andar elástico, garboso, el pelo rizado bruñido de tonos caoba y el impecable corte de su traje, le hacían palpitar: el corazón, las sienes y hasta los pulsos, se decía poniéndose dos dedos en la muñeca.

No es que en su vida hubiera nada malo o perjudicial. Todo lo contrario. A los treinta y pocos años su devenir se había desenvuelto con precisa pulcritud: padres ordenados, vulgarmente encantadores, con la frase adecuada y celebraciones de santos y cumpleaños llenos de alegría, globos y, si era necesario, como en Fin de Año, gorritos y matasuegras.

Ella había ido al colegio de monjas cercano a su casa en el centro de Madrid y sus amistades escolares pervivieron por años. La mayoría eran del barrio, hasta que se fueron diluyendo porque se casaban o se iban a vivir otras vidas. Ella, en cambio, después de estudiar perito mercantil se quedó en la tienda de los padres, una papelería con un rinconcito para libros, básicamente de temas religiosos. Llevaba la contabilidad y ayudaba en la venta, sobre todo cuando empezaba el curso escolar y después de darle a su madre un ictus que le inmovilizó medio lado.

El padre le dejó toda la responsabilidad. Se iba haciendo viejo y quería cuidar a su mujercita del alma yéndose a vivir a la costa levantina, decía con cara de doliente perro pachón.

—Por supuesto, papá, la salud es lo primero —afrontaba ella su nueva situación con esa consigna como norma.

Nunca se imaginó que la papelería le diera tanto trabajo, pero poder disponer y elegir lo que le gustaba y modernizar la obsoleta tienda, la llenó de ardor comercial. Consiguió aumentar ventas e ir sustituyendo los libros religiosos por escritores picantes, sin llegar a ser de mal gusto. Pícaros, simplemente eso. Un poquito alegres, se justificaba con sus amigas.

No había conocido varón, tema que la llenaba de inquietud. El tiempo iba pasando y el novio que tantos años la llenó de promesas, se había estrellado en un estúpido accidente y la dejó de viuda blanca.

—Hija, qué desperdicio de hombre —la consolaba su madre—. Tanto tardó en decidirse que se lo llevó la Parca. ¡Hay que fastidiarse!

Pero, continuaba con su hablar confuso —parece que el ictus la había desinhibido—, tampoco al chico se le veía decisión ni empaque. Que aprovechara, aún era joven, si no luego… y miraba con nuevo resentimiento a su marido y su mano inútil.

Así que la aparición de ese mocetón, que tan puntualmente pasaba por delante de su casa, la llevó a fantasear con la posibilidad de haber encontrado el amor, o lo que fuera. Preguntó por el barrio, pero nadie le conocía, hasta que una tarde se acercó a la tienda de tejidos que acababan de abrir en una antigua fábrica de encurtidos. Quería hacerse un traje nuevo. Y ahí estaba él. Bien ajustada la chaqueta, con un chaleco de espiguilla y unos pantalones anchos de franela, como si él mismo fuera el anuncio viviente de la calidad y variedad de las telas. Su corazón se puso a brincar descontrolado.

—¿Qué se le ofrece?, señorita —preguntó obsequioso.

Las enormes tijeras en la mano y la sonrisa blanca, aunque un poco mellada, fue lo que terminó de emocionarla. ¿Qué haría ese hombre con esas tijeras? ¡Qué miedo!

—Una tela para un traje de vestir —balbuceó coqueta—. Quiero que sea verde, color esperanza.

Consideró que había sido genial e inspiradora su contestación. Mientras el gentil Tomás, llevaba el nombre en una chapita en la solapa, desplegaba con soltura de mercader veneciano distintos tejidos, desde el pálido aguamarina hasta el verde bosque oscuro. Julita le miraba a los ojos, importándole un bledo las telas.

—El que le parezca que tenga más esperanza —afirmó después de tocarlos con desgana.

En ese momento, Tomás fijó por fin la mirada en ella, quizás un poco ribeteada de oscuro, y le señaló una tela que sostuvo con la mano, mano que Julita tomó con decisión por debajo. Si podía, le esperaba en su papelería cuando cerraran, y señaló su tienda con orgullo, para decidir con las muestras cuál se quedaba.

—Ahí estaré —remató Julita moviendo los trozos de tela que el buen mozo le había dado.

 A los pocos meses la papelería se había transformado en una boutique de moda que utilizaba las telas de la otra tienda. Él era fiel a su antiguo oficio. Habían dejado el rinconcito de lecturas picantes en el que habían puesto una mesa y dos butacas. Tomás diseñaba modelos primorosos y ella, feliz. Por fin conoció hombre, no mucho, porque a él le gustaba más el diseño, pero suficiente para ser señora de, embarazarse y mandar los papeles, lápices y cuadernos al cubo de la basura.

Le dijeron que cuando su madre se enteró del cambio de la tienda y de la vida de su hija, se le cuajó una única lágrima en el lado sano, igual que un diamante de varios quilates. El padre concluyó que fue de disgusto, pero Julita estaba segura de que era de incontenible alegría.

© Cristina Vázquez

Un vestido de seda Condesa

Malena Teigeiro

A doña Justinita le emocionaba todo, absolutamente todo, en la tienda de Telas, Encajes y Novedades. Incluso el olor parecía emborracharla. Por no hablar de los rollos de tela, que colocados unos al lado de los otros le recordaban a las flores del campo. Una pieza de seda rosa sobre otra de raso verde, a su lado una de batista amarilla, los algodones estampados, terciopelos y encajes, y los tules para los velos de novia, esos, bien apartados, no fuera ser que se ensuciaran.

Como siempre que era invitada a una cena de gala, dos o tres semanas antes, doña Justinita entraba en la tienda de telas. Esa vez se preparaba para la que daban en el Palacio de Oriente al rey de... —¡Vaya a saber usted de dónde!—, que andaba de visita en España. Su esposo, general de la Guardia Real, era uno de los invitados. Y como siempre, don Manuel, uno de los dueños de la tienda de telas, en cuanto la vio entrar, salió del despacho para atenderla personalmente.

La señora comenzó a contarle la necesidad que tenía de un nuevo traje de noche. Como él ya podía suponer, decía con un leve movimiento de cejas, a su esposo lo habían invitado a la cena en palacio. Y allí estaba ella otra vez, ya sabía él para qué. Y revoloteó la mano haciendo sonar unas pulseras. Tendrá que ser largo, y moderno, sin llegar a ser muy llamativo. Don Manuel sacó de uno de los cajones del mostrador el último figurín de moda. Ojeó con rapidez las hojas, hasta llegar a un vestido, bastante vaporoso, con manga francesa y un poquito de cola. Doña Justinita, pasó el dedo por encima de la fotografía, como queriendo acariciar la vaporosa muselina, mientras le comentaba que no le gustaba repetir vestidos, y como mujer de militar, tampoco podía gastar demasiado por lo que, por favor, buscara entre las sedas, rasos y muselinas, la que mejor le fuera tanto a su cartera como a su persona. Con coquetería, ladeó la cabeza y lo miró soñadora.

—Recuerde, don Manuel, que el que llevé la última vez era de organza azul pastel.

El hombre recortaba una muestra de todas las que creía que le podían valer, para que la señora pudiera elegir libremente en su casa. Medio escondido, descubrió un rollo de raso Condesa color violeta, casi morado.

—Mire, doña Justinita, éste es el color que a usted mejor le va, el violeta. Sin duda es el que más realza el verde de sus ojos. Y también tiene una buena caída para el modelo que hemos elegido —el hombre, sin dejar de alabar la tela, cortó una muestra de casi dos metros—. Mírelo en casa con la luz artificial, que es la que va a tener cuando se lo ponga —añadió mientras arrancaba la hoja de la revista.

Con cuidado, empaquetó las muestras, y en un sobre separado puso la de seda violeta y el dibujo del vestido. Sin dejar de charlar de lo pesadas que eran esas cenas, don Manuel la acompañó hasta la puerta. En cuanto hubiera decidido con cuál se quedaba, que lo llamara, y que no se preocupara, le mandaría la tela con el botones. Tras una pequeña inclinación, cerró la puerta.

Don Manuel entró de nuevo en su despacho, se sentó a la mesa y continuó repasando el libro de cuentas. A su lado, su hermano Antonio, el otro propietario de Telas, Encajes y Novedades, movía la cabeza sin levantar la mirada del libro de pedidos.

—La falda que lleva esta vez está estaba confeccionada con la última muestra que le diste, ¿no? —susurró con disgusto.

Embebido en sus cuentas, don Manuel continuó su trabajo sin contestar. De pronto dejó el lápiz en alto sobre la hoja. ¡Su adorada Justinita! Cerró los ojos y la vio, años atrás, paseando por la acera de La Gran Vía del brazo del flamante uniforme de Carlos, entonces todavía teniente de la Guardia Real. ¿Qué hubiera pasado si en vez de pegarse un tiro con su arma reglamentaria cuando hizo el desfalco, se hubiera divorciado de ella? Quizá la pobre nunca hubiera enloquecido. Y entonces él...

Suspiró profundo, bajó el lápiz y continuó repasando su columna de números.

© Malena Teigeiro

El vestido azul

Liliana Delucchi

Entregué las llaves a los nuevos propietarios y les di la mano después de desearles felicidad en su nueva casa. No sentí congoja, aunque sí un poco de nostalgia al recorrer con la vista el jardín de la adolescencia; las risas junto a mis padres, las cenas de Navidad y los cumpleaños; los desafíos con mi hermano para ver quién se columpiaba más alto… Un pasado que quizás no fue tan maravilloso como a veces recordamos, pero que sin embargo queda en la mente con tintes amables.

Tras el fallecimiento de nuestros padres, Felipe y yo decidimos mantener la propiedad con la idea de dejarla a nuestros hijos y nietos…, esa idea de inmortalidad que los humanos trasladamos a los inmuebles, pero que a veces el destino trunca solo porque no es real.

La vida no nos bendijo con hijos, ni a él ni a mí, por tanto decidimos que lo mejor era venderla para llevar a cabo otros proyectos.

Decidí dar un paseo por el barrio, despedirme de esa zona de la ciudad a la que quizás no volviera. Fue al dar la vuelta a una esquina cuando la vi. La tienda de telas. Conservaba el mismo olor a madera antigua, las mismas estanterías y, casi diría, el mismo tipo de empleados, amables y formales, que guardaba en la memoria.

Sentí una especie de mareo al regresar a la mañana en que entré con tía Rosa. Ella iba a confeccionarme el vestido para la fiesta de los quince años y buscábamos la tela. Me dirigí directamente a una pieza azul, demasiado eléctrico para mi tía, ideal para mí. Ganó ella y nos llevamos una color marfil.

Como cualquier adolescente, yo estaba muy ilusionada con ser la reina del festejo. Vinieron todas mis compañeras de colegio, las amigas del barrio y los chicos que nos gustaban, aunque mis ojos se habían posado desde tiempo atrás en Roberto, el gran amigo de Felipe.

Si bien tenía unos cuantos años más que yo, me hizo el honor de bailar conmigo casi toda la noche y la felicidad se alargó mucho más allá de la fiesta, ya que casi no pude dormir de tan henchida de satisfacción como estaba.

Pendiente de cada visita de Roberto, esperaba una palabra o más bien declaración de amor. Creo que las hormonas y la fantasía que pusieron en mí las novelas, me llevaban a recrear una y otra vez el abrazo de aquellos boleros en los que la cadencia de las voces de “El trío Los Panchos” hicieron que sintiera el cuerpo de ese hombre que ansiaba mío para siempre.

El vestido blanco marfil giraba entre sus brazos y yo pedía a Dios que la noche no terminara nunca. Pero terminó, y la magia se fue disolviendo en saludos escuetos antes de encerrarse en la habitación de mi hermano donde yo tenía prohibido entrar, salvo invitación oficial que nunca se producía.

No quería escuchar a la tía cuando me susurraba al oído una y otra vez «ese hombre no es para ti». ¿Por qué no?, ¿para quién iba a ser si yo era la hermana de su mejor amigo, si bailó conmigo toda la noche y nos habíamos acercado tanto en esos cheek to cheek?

Un par de años más tarde, Felipe y Roberto alquilaron un piso para estar más cerca de la facultad. Eso fue lo que dijeron. Venían juntos a la comida del domingo y estaban muy unidos, aunque estudiaban carreras diferentes. A pesar de insistir, nunca logré que me invitaran a su apartamento y empezaron a tratarme como a una chiquilla caprichosa. ¿Dónde estaba mi querido hermano? ¿A qué mundo lo había trasladado la universidad?

Sin respuestas a esas preguntas, decidí buscar otras relaciones y mi vida se pobló de nuevas amistades y novios.

Aunque Felipe y Roberto terminaron sus respectivas carreras, siguieron viviendo juntos, si bien en un piso más grande y glamuroso. Sus respectivos trabajos se los permitía. Hasta que el segundo se casó con una prima lejana que su madre había elegido para él.

Felipe vendió el piso y consiguió un trabajo de investigación en el extranjero, donde estuvo casi diez años. Fue en una de mis visitas a su nuevo país, cuando me confesó lo que yo no entendí en las palabras de nuestra tía al decirme «ese hombre no es para ti».

—Eran otros tiempos —dijo—, y Roberto no supo o no quiso hacer frente a nuestra realidad. Quería ser como los demás, y para ello lo mejor era casarse y tener hijos.

No había amargura en sus palabras, solo resignación y un halo de dolor superado, de esos que dejan grietas que ni uno mismo es capaz de entrever.

Cuando Felipe volvió a nuestro país, pasamos mucho tiempo juntos, con ese tipo de relación de dos solterones que comparten aficiones y una historia profunda y cercana.

Al volver a esa tienda de telas, mis ojos, como aquella vez, fueron directamente a una pieza azul. Aquella que tía Rosa describió como “demasiado eléctrico”.

—Estás preciosa. Elegante y glamurosa, —dijo Felipe al recogerme para ir a la ópera— azul Klein.

© Liliana Delucchi

Adicta a las telas

Marieta Alonso

No lo puedo evitar. Me gustan. Todo comenzó en el neolítico cuando empezaron a hilar el lino para el verano y la lana para el invierno, hasta inventaron el huso y el telar y eso que yo no estaba allí para incentivarlos. Tampoco es culpa mía que en la antigua China, alrededor del año 3000 a.C., ya fabricaran tejidos de seda, si ni siquiera tengo los ojos rasgados. Y con México, qué tengo que ver con México y sus algodones y fibras sacadas del maguey. Pero mi madre pone en tela de juicio todo lo que digo.

No es culpa mía este amor por las telas. Lo es de quienes me bautizaron con el nombre de Atenea, esa diosa tan diestra con las manualidades. Estoy orgullosa de llamarme así, pero mi madre que no tiene pelos en la lengua, dice que debió ponerme Aracne, porque soy tan alocada como ella. Por lo visto, Aracne se creía la mejor trabajando con el telar y por boca-chancla dijo que era incluso más hábil que Atenea. Para zanjar la cuestión recurrieron a una competición de telares, que en aras de la verdad ganó Aracne. Su trabajo era precioso. Los malditos celos hicieron que Atenea la convirtiera en una araña para que se pasara todo el tiempo tejiendo, tejiendo sin parar.

Me dio un escalofrío escucharla. Una cosa es que me gusten las telas y otra muy distinta que me conviertan en araña. Cierto es que tengo un armario repleto de piezas de casi todos los tejidos. Pero cada cual colecciona lo que quiere, ¿no? Unos recopilan sellos, otros zapatos y yo rollos de telas.

Al pasar mi mano por los distintos tejidos siento el trabajo de todas aquellas tejedoras que se vieron en la necesidad humana de protegerse del frío, de la lluvia, o también ¿por qué no?, por el simple placer de lucir esos bonitos paños, y me pregunto qué hablarían o si habría rencillas entre ellas, si soñaban con desfilar sobre una alfombra roja como hacen las modelos de hoy en día, o si competirían como lo hicieron Aracne y Atenea.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Anochecer

15 febrero, 2023 por Akelarre 4 comentarios

Cuentos sobre un paisaje de viñedos

Anochecer

Este paisaje que hoy os traemos pertenece a la zona de viñedos de Chile.

La contemplación de la Naturaleza despierta en el ser humano una emoción con distintos matices. Pueden llenarnos de alegría, esperanza, tristeza, placidez… Pero cuando se produce ese momento de unión con lo que nos rodea, de sentirnos parte de ello, probablemente es uno de los más intensos y felices.

Este bonito anochecer ha permitido animar a nuestras cuentistas a relatarnos diferentes situaciones, mentiras amorosas desveladas, traiciones castigadas, animal y persona en un reto de supervivencia y recuerdos de infancia.

Puesta de sol

Cristina Vázquez

El color rojo del atardecer

Malena Teigeiro

Detrás de la valla

Liliana Delucchi

Toma de decisiones

Marieta Alonso

Puesta de sol

Cristina Vázquez

El plan se había truncado. Me gusta este término: truncado. Me suena a muchas cosas, truco, tronco, caído… Todas esas tonterías me las imaginaba al despertarme en ese hotel de carretera a una hora muy temprana. Las cortinas eran unos visillos de desconfiada blancura y la persiana no bajaba, así que la luz inundó temprano el cuarto. Y yo soy muy pesada para las luces, tengo lo que se llama un dormir ligero, histérico, según Miguel que roncaba plácido a mi lado. Además, la cama era muy estrecha, de matrimonio cariñoso, se atrevió a decirme la noche anterior la recepcionista después de hacerme un tímido guiño. No te fastidia, matrimonio cariñoso y quien le ha dicho a esta pava que es un matrimonio y, además, cariñoso.

Nuestro plan era habernos ido a la playa, pero ya en la carretera avisaron del hotel que habían tenido un incendio y que estaba inutilizado. Lo sentían, pero pasarían meses hasta que pudieran volver a abrir. La playa a la que íbamos, nunca cambiamos de destino, era adusta y las montañas casi se caían sobre el mar y los vientos, terriblemente caprichosos, ponían y quitaban aires destemplados cada poco, pero nos gustaba, sobre todo a Miguel. Siempre hemos sido felices en ese pueblito costero en el que descubrimos un hotel discreto, pequeño, volcado al oscuro mar y con unos cócteles estupendos que nos atizábamos contemplando el anochecer.

—Es nuestro momento mágico —repetía él casi como un mantra, después de que brindáramos.

Era un pequeño ritual que quizás empezaba a tener un punto reiterativo. Si alguna vez cometí el error de dar un sorbo sin brindar —él siempre se quedaba con su copa ostensiblemente en el aire hasta el momento de hacer chinchín—, me reprendía en tono doctrinal:

—Los rituales son importantes, querida —un rictus de seriedad dominaba su cara.

Yo me disculpaba. Su voz y su mirada suspicaz me hacían sentir en falta, aunque Miguel intentara sonreír de una manera forzada. Todo estaba previsto, el hotel Isla Verde, el paseo matutino y vespertino por la playa, la comida en uno de los dos chiringuitos, la copa en la terraza del hotel durante la puesta de sol, aunque estuviera nublado, y hacer el amor un día sí y otro no. Cuando le dije en tono de broma que parecía un contable escrupuloso y algo maniático, no le hizo gracia.

—Amor mío, además de cuánto te quiero —afirmó doctrinal—, poder mantener el orden en estos días, me hace doblemente feliz.

Y esa tarde, lo recuerdo porque fue un día sí, un viernes después de hacer el amor, me confesó que la locura de su mujer le estaba destrozando. No podía hacer nada, la había llevado a todos los psiquiatras conocidos, tratamientos diversos y aunque, sin duda, estaba mejor, era una persona frágil, inestable. Lo abracé compasiva, sus ojos me miraron acuosos y volvió a repetirme que, si no fuera por el trastorno de su mujer, hacía tiempo que ya estaríamos casados.

Todos estos recuerdos se me agolpaban en este desconocido hotel de carretera que no tenía vistas al mar, ni terraza, ni cócteles. Solo un espacio verde, rematado por unos árboles frondosos, al que daban las habitaciones. En la parte delantera estaba la piscina pequeña con pocas tumbonas y unos niños activamente acuáticos.

Notaba que Miguel se sentía desorientado, sin saber qué hacer, igual que si se encontrara aprisionado en un traje demasiado estrecho. Se quejaba de todo, proponía planes distintos que no llevábamos a cabo y yo sentí una incipiente rabia que me negué a que se apoderara de mí.

—Haz lo que quieras —le propuse con una sonrisa contenida—. Yo voy a ir a la piscina y mañana nos volvemos.

Él gruñó, con los puños apretados afirmó que iba a dar una vuelta a ver si encontraba un sitio decente para comer.

El tiempo pasó y no aparecía. Llegó la hora de la comida, le llamé, pero su teléfono daba comunicando o sin cobertura. Después de la inicial preocupación me quedé con la idea de que, si no hay noticias, son buenas noticias. Almorcé sola a la sombra de una jacaranda, la comida estaba deliciosa y la camarera resultó ser una mujer encantadora, dueña del hotel con la que tomé un café. Empezaba a estar preocupada, volví a la habitación para cambiarme y tomar alguna decisión y me di cuenta de que el armario estaba vacío. ¡Qué sobresalto! No entendía lo que estaba pasando y al entrar en el cuarto de baño vi que había una nota pegada en el espejo.

“Adiós querida, me he dado cuenta de que fuera del hotel Isla Verde y de la playa no sé qué hacer contigo”

Sentada en la cama intenté recuperarme de la impresión, pero por más que quería sentirme devastada después de ese abandono, hasta traición aullé en voz alta, me tumbé en la cama que ahora resultaba amplia y sentí una especie de liberación que me llevó a reír sin parar. Alquilé un coche para el día siguiente y esa tarde en mi terraza pequeña, que daba a la zona verde perfilada por los frondosos árboles, preparé una copa en el minibar y disfruté del esplendor de esa maravillosa puesta de sol, sin tener que brindar ni sonreír.

Luego supe por una amiga que lo de la mujer loca se lo contaba a todas.

© Cristina Vázquez

El color rojo del atardecer

Malena Teigeiro

Aunque fuera invierno, la tarde estaba tranquila, sin viento. Se detuvo un instante. Pasándose la mano por la sudorosa frente aspiró la suave y perfumada brisa. Recordó sus correrías de niña por el camino que ahora con rapidez desandaba. Miró hacia atrás. Las mismas luces violetas, naranjas y rojas del atardecer.

Su único amigo Juan, era hijo del farmacéutico de la aldea, un hombre viudo y dado a la bebida, que montado en su vieja bicicleta casi todos los días se acercaba a la casona en donde vivía Manuela. Corre Manuela, era el grito preferido del chico mientras pedaleaba por el camino de tierra. Y aunque Manuela intentaba seguirle, él siempre llegaba antes al bosque que rodeaba la casona del indiano. Luego, entre bromas y risas, descansaban tumbados debajo de una de las palmeras que su bisabuela trajo de las Indias. Con gran pesar de su madre, aquellos juegos hacían que Manuela siempre anduviera las rodillas llenas de golpes y arañazos. Las de él no. Las de él, que tanto admiraba la niña, eran redondas, siempre sanas y jugosas como la fruta.

Tras años de risas y carreras, y algunos castos besos en el palmeral, él se fue a la universidad. Iba a ser farmacéutico, como su padre. Manuela quiso acompañarlo. En cuanto lo expuso, su madre, jugueteando con uno de sus rizos, dijo que ella no necesitaba estudiar. Era débil para hacer algo tan profundo, añadió su padre. Nosotros te dejaremos lo suficiente para que vivas tú, tus hijos y tus nietos, expusieron casi al unísono. Y aunque nunca entendió que fuera una niña débil, consintió.

Aquella misma tarde le explicó ella no iría a la universidad. Decían que era débil y que esto no le permitía realizar estudios tan duros. Era cierto, dijo comprensivo Juan acariciándole una mejilla. Parecía una muñequita de porcelana, continuó secándole las lágrimas que, sin que pudiera evitarlo, le bajaban por las mejillas silenciosas como ríos sin piedras.

—No te preocupes, voy a volver todas las vacaciones y en cuando termine, enseguida nos casaremos —le susurraba acariciándole la nuca mientras la besaba—. Después nos iremos a vivir a la ciudad, lejos de esta aldea. Y tú me ayudarás a llevar la farmacia.

Levantando la cabeza, Manuela, tímida, preguntó si no pensaba volver a la aldea cuando se hubieran casado terminado. A él se le agrió la mirada. Quizá lo hicieran en el verano, rumio.

El primer año el muchacho volvió en Navidad, en Semana Santa y en el mes de julio. A partir del segundo curso ya solo lo hizo por Navidad. Según le relató en una triste carta, su padre no podía pagarle la carrera y si deseaba seguir estudiando no lo quedaba más remedio que trabajar. Ella lo comprendió. Y, animosa, continuó escribiéndole un día tras otro.

Cuando en alguna de las visitas a su padre, Juan aparecía por la casona del indiano, Manuela percibió que ya no era el alegre joven con el que jugaba de niña. Ahora, adelantando la barbilla con fiero orgullo, hacía malignas bromas sobre los hijos de los ricos. Manuela, sin comprender esos desplantes, intentaba animarlo. Cuando pusieran su farmacia, sería la más bonita y la mejor surtida de todas. Él que la miraba con astucia, la besaba debajo de las palmeras, aunque ya no con dulzura de entonces. ¿Que le pasaba a Juan?, le inquirió una mañana su madre. Le daba la impresión de que últimamente andaba con el ánimo rabioso. Manuela salió corriendo como si no la hubiera escuchado.

En cuanto terminó sus estudios, contrajeron matrimonio, y tal como predijo, se instalaron en la ciudad. Con el dinero que le regaló su padre a Manuela, instalaron la farmacia en una importante y céntrica calle.

Un año más tarde, tuvieron una niña. Según todos, era el vivo retrato de la madre de Juan, quien había desaparecido cuando él apenas andaba. Quizá por eso él no la soportaba, pensaba Manuela acariciando a su bebé. Dos años más tarde, llegó el ansiado hijo varón. Era el que iba a perpetuar su nombre, le dijo altanero con el niño en los brazos en la verdosa habitación del hospital. A Manuela, que por entonces ya había heredado todos los bienes de sus recién fallecidos padres, le vino a la mente la imagen del cirrótico anciano boticario, abandonado por su hijo en una residencia no mucho tiempo después.

El primer verano que volvieron a la finca como propietarios, Juan la llenó de invitados a los que ella atendió. Lo que más le gustaba de esa casa, le dijo, era que se encontraba en medio del bosque y los campos, lejos de la aldea y de sus miserias. El palacete estaba anticuado y tenían que modernizarlo, aseguró con la mano todavía en alto despidiendo a los últimos amigos. Ella, que en principio se negó, fue cediendo hasta que un arquitecto conocido de su marido la remodeló con acero y cristal, cosa que a Manuela entristeció. Sin embargo, a Juan le gustaba cada vez más aquella casa, y comenzó a ir solo. Alguien tenía que ocuparse de las tierras, comentó dándole un fuerte tirón de oreja que hizo que se le saltaran las lágrimas. No querría que fuese como su padre, a quien todos sus empleados tomaron el pelo.

Pronto Manuela supo a través de su administrador, que en aquellas visitas no iba solo. Solían acompañarlo uno o dos matrimonios. Y no tardó en enterarse de que la mujer del arquitecto tenía una especial sintonía con su esposo y de que solían pasar algunas noches en la casona. Prefirió cerrar los ojos. Sin duda, más bien antes que después, la abandonaría, igual que hizo con las otras. Sin embargo, esta vez no fue así. Una noche mientras cenaban él le confesó que se iba a divorciar.

—Estaba enamorado de otra. Por primera vez sentía por una mujer el delirio, el ardor de la pasión.

Manuela bajó los ojos. El ardor de la pasión. Aquellas palabras la humillaban. Levantó la mirada y vio a Juan paladeando unos sorbos de vino. Después de unos minutos continuó. También quería que supiera que ella además de torpe y fría, era bastante inútil. Dejó el tenedor sobre el plato y altanero adelantó la barbilla. Tampoco tenía formación para llevar la finca, por lo que en el reparto de bienes se la a iba a quedar. Del resto, ya hablarían. Manuela levantó la cabeza. Lo miró de frente.

—¿Qué bienes? Que ella supiera su suegro nunca aportó ni una botella de coñac. Y recuerda, que hasta el local de la farmacia es mío —él se levantó tirando la silla al suelo. Ya en la puerta, se volvió amenazante

—Por ahí, no Manuela. Por ahí no.

Esa noche Juan no durmió en la casa y por la mañana no fue a la farmacia. Manuela llamó al administrador. Sí. Tal como pensaba, don Juan estaba en la finca con la otra.

Al día siguiente, sin apenas dormir, Manuela se levantó decidida. Después de dejar a los niños en el colegio, se fue a visitar a su suegro a la residencia, tal y como solía hacer casi todas las semanas desde que Juan abandonó a su padre en ella.

—Hace una mañana tan linda que me lo llevo de paseo —cariñosa acarició el hombro a la monjita—. Ya lo traeré de vuelta para el almuerzo.

Con él en el coche se dirigió hacia la finca. Y aunque los ojos sin vida del hombre sentado a su lado, parecían fijarse en todo lo que iban dejando atrás, sus oídos escuchaban sin entender la monótona voz de Manuela: Su madre siempre le decía que esa casa sería suya. También le contaba que la construyeron sus bisabuelos. No era una casa cualquiera, añadía siempre poniendo los ojos en blanco. Era la casa del indiano, un palacete que habían construido con el dinero que trajeron de Cuba.

Apenas dos horas después entraron en la finca. Manuela dirigió al coche hacia el bosque. Luego dejó a su suegro a la sombra de una palmera. Presurosa, y sin dejar de escuchar la voz de su madre: La casa será tuya. La construyó tu bisabuelo..., se dirigió hacia la parte de atrás de la casa. Entró por el garaje al cuarto de calderas y abrió la espita del gas. Luego, sigilosa, subió a la cocina en donde abrió todas las llaves de la cocina. Los escuchó jadear en su dormitorio, el mismo en el que tantas noches durmiera con Juan.

—El pendejo —rio al escuchar la palabra cubana que tantas veces repetía su abuelo—, no ha tenido ni siquiera la delicadeza de ocupar otra cama más que la nuestra.

Como si quisiera borrar las noches de dicha en aquella habitación sacudió con fuerza la cabeza. Luego, dejó una vela encendida en el suelo del pasillo, justo delante de la puerta de la cocina. Después de cerrar el garaje sin hacer ruido, corrió a recoger a su suegro. Empujaba la silla hacia el bosque cuando la explosión la hizo detenerse. Qué más daba esa casa u otra cualquiera, se preguntó admirando el cielo que aquel atardecer era igual al de la tarde que Juan le dio su primer beso. Sonriente, advirtió que junto a los rosados y violetas que recordaba, ahora se mezclaban los rojos y naranjas del fuego que dejaba atrás. Qué suerte que la aldea estuviera tan lejos, susurró. Al menos en eso tenías razón, Juan. Porque hasta que sea de noche, allí no advertirán que el rojo del cielo no es un color del amanecer.

Al subir al anciano al vehículo, le vio en los abotargados y perdidos ojos una extraña luz. Parecía como si quisiera hablarle, cosa imposible, pues hacía más de dos años que había perdido ese don.

—Don Juan, solo quiero que sienta todavía más ardor que el que las caricias de esa mujer le puedan proporcionar. Y por usted no se preocupe, en cuanto los entierre, se vendrá a vivir conmigo y con los niños. Ahora, corramos a la residencia, que no quiero que hoy, precisamente, lleguemos tarde.

Y Manuela, después de secarle al anciano una lagrimita, le dio una cariñosa palmada en la mejilla y sin más, con la tranquilidad del justo, arrancó el automóvil.

© Malena Teigeiro

Detrás de la valla

Liliana Delucchi

Aunque me gustaba el colegio, el comienzo de las vacaciones de verano era lo más esperado en mi agenda infantil. Se debía a que los meses siguientes los iba a pasar en casa de mis tíos. Desde que tío Alberto se retiró de los negocios, con la abundante fortuna que logró gracias a su  sabiduría, la familia decidió trasladarse al campo, a un palacete estilo francés con escalera de doble entrada que daba al jardín. Me maravillaba todo aquello: el parque, piscina, cancha de tenis, caballerizas y mis dos primos, Alejandro y Tomás. Tía Julia nos llamaba los tres mosqueteros. Una mujer extraordinaria, no recuerdo haberla visto enojada ni una sola vez. Lo primero que surgía en la cocina, donde desayunábamos, era su sonrisa. Siempre estaba tarareando, y cuando nos veía aparecer, todavía en pijama, nos abrazaba y bailábamos al son de lo que estuviera cantando. Además de ser una magnífica cocinera, jamás repetíamos bollería ni almuerzos… Su luz lo inundaba todo, hasta los días de tormenta parecían brillar ante esa mirada.

Mi madre estaba un poco celosa a causa de mi devoción por ella. Decía que a tía Julia le sobraban motivos para ser feliz. Claro, no trabajaba; no tenía que pasarse ocho horas en una oficina, luego llevarme a actividades extraescolares y de regreso a casa preparar la cena, para después recogerlo todo. Seguramente tenía razón, pero yo ansiaba pasar tiempo en esa casa tan grande y cómoda en vez de en nuestro piso de la ciudad, donde se oía toser al vecino.

Lo que más encendía mi entusiasmo en aquella mansión era el bosque que se extendía al otro lado de la valla. Allí, Athos, Porthos y Aramis llevábamos a cabo nuestras más atrevidas aventuras. No nos faltaba D’Artagnan, que fue como bautizamos al jardinero que se ocupaba de mantener ese monte de pinos y abedules limpio y cuidado. Un hombre que entonces me parecía mayor. Delgado, enjuto y con muchas arrugas, nos relataba historias donde los personajes, tanto los buenos como los malvados, curiosamente, llevaban los nombres de los habitantes del pueblo cercano.

D’Artagnan tenía una hija que por entonces era un poco más pequeña que nosotros. Huérfana de madre, se convirtió en la protegida de tía Julia y de tanto estar juntas, la niña adoptó el temple y hasta la forma de caminar de quien llamaba madrina. Y aunque por aquel entonces yo no tendría más de doce años, me enamoré. Su nombre: Eva, como la primera mujer…, mi primera mujer.

Si bien teníamos prohibido entrar en la habitación donde tío Alberto guardaba su colección de espadas antiguas, hacíamos caso omiso y nos llevábamos algunas al bosque, donde las armas se cruzaban de acuerdo con lo que habíamos leído en alguna novela o visto en ciertas películas.

Después de limpiarlas, las devolvíamos a su sitio.

Las vacaciones en esa casona se vieron reducidas el verano del 83. Mis padres habían alquilado una residencia en la playa y partí con ellos. Fue la última vez que estuve allí.

Cuando regresamos a la ciudad, mi padre recibió una llamada de su hermano. La conversación duró bastante. Desde la mesa en la que yo estaba jugando con unos recortables, pude ver que la expresión de ese hombre tranquilo se iba transformando. No dio explicaciones, al menos a mí, solo comentó que mi tío lo necesitaba como abogado y partiría esa misma noche. Desde el otro lado de la puerta de la habitación, le escuché decir que cómo se le ocurría a Alberto dejar la sala de las armas sin llave. Tardó dos semanas en regresar.

Nunca supe exactamente qué pasó.

Mis tíos vinieron a la capital, camino de Suiza, donde fijarían su residencia y mis primos irían a un internado. Los acompañaba Eva, vestida de luto y de la mano de la que llamaba su madrina.

Cuando años más tarde, camino del sur, me acerqué a la que fuera mi casa de vacaciones de la infancia, la encontré abandonada. La escalera que daba al jardín estaba cubierta de musgo y le había crecido un arbusto; la maleza derribó la valla que separaba la parcela del bosque. Quise adentrarme, pero descubrí en el suelo un trozo viejo y roto de cinta amarilla donde pude leer: «No pasar, escena del crimen».

© Liliana Delucchi

Toma de decisiones

Marieta Alonso

El ciervo, porque era un ciervo por su tamaño y cornamenta, levantó la cabeza y se movió intranquilo al presentir el peligro.

Desde lo más alto del risco donde se encontraba podía ver una figura muy abajo, a lo lejos, que de vez en cuando se detenía y miraba hacia arriba, como si buscara algo. Lo había visto varias veces en los últimos días y su instinto le advirtió que se mantuviera alejado de aquel animal que iba caminando sobre dos patas y que en ese momento se paraba para atender una llamada de la naturaleza.

Estaba solo y con hambre. Debía bajar al valle de grandes bosques verde oscuro. Necesitaba comer durante el invierno y acumular reservas para la época de reproducción, pues si no estaba fuerte podría morir ante un buen adversario o de puro agotamiento.

Lo único que debía conseguir era huir de lobos, linces, zorros, águilas… Y de aquel que llevaba un fusil al hombro.

La caza no está bien vista, pensaba aquel hombre mirando a lo más alto del risco, aunque para él era un medio de subsistencia, como para otros lo era la agricultura o la ganadería.

Huía de la guerra, de la sinrazón. Estaba solo, sin familia y con hambre. Era un desertor. Ni pensar en volver atrás. ¡Basta de matar hombres! Tendría que esconderse de día y caminar de noche. Necesitaba comer, matar al ciervo, acumular reservas para llegar a su destino. Encontró unas raíces y se sentó a comerlas, era una pequeña tregua para aquel animal que no tenía la culpa de sus desventuras.

Tarde o temprano, lo sabía, no le quedaba otro remedio que obtener comida o poner proa hacia las estrellas.

Un conejo saltó de entre la espesura con su cuerpo robusto, uñas resistentes y orejas largas Se movió en estado de alerta al ver al hombre. No le dio tiempo a más.

El ciervo levantó la cabeza, respiró profundo y desapareció.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Cometas

15 octubre, 2022 por Akelarre 6 comentarios

Relatos cortos cometas

Cometas en el aire

Una cometa es una máquina voladora formada por una estructura plana o tridimensional construida de un material muy ligero y recubierta de una tela o papel. El conjunto se amarra a uno o a varios hilos y, al ser soltada, se mantiene en el aire por la acción del viento.

Aunque su origen es incierto, se supone que la inventaron en la antigua china y que alrededor del año 1200 a.C. se utilizaban como dispositivo de señalización militar.

La foto que ha inspirado los cuentos de este mes, corresponde a la celebración que se lleva a cabo en la playa de La Concha, en la isla de Fuerteventura. Son relatos que van desde el cambio que producen las cometas en la imaginación de un niño, un hombre que reencuentra su infancia, una mujer que se reconcilia con su pasado o alguien con ansias de volar.

El perdón

Cristina Vázquez

La cometa de seda china

Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

Cuando sea mayor

Marieta Alonso

El perdón

Cristina Vázquez

Vituperar, esa fue la palabra que salió de la boca de su madre. Una palabra que había oído a su tía hacía tiempo y que ese sábado, a Elena, mientras miraba la cometa, le revoloteó en su cabeza igual que una paloma malherida.

Al hablar del concurso de cometas, solo tenía el recuerdo infantil que se acomodaba en un verano lejano. El único que fue con su madre al pueblo. Lo que rememoraba con claridad era la cara desencajada de esta cuando la agarró casi con violencia de una mano.

—Esta misma noche tú y yo nos largamos de este pueblo de miseria —soltó enrabietada.

La niña sintió una sacudida electrizante en el brazo que la asustó.

—Nunca debí volver —oyó sollozar a su madre esa noche insomne.

Vivían en una ciudad pequeña del sur de Francia con su padre, un notario respetable y corpulento. Hablaban entre ellos mezclando el español y el francés con la soltura de un idioma común, casi secreto. En agosto se llenaba de veraneantes para en invierno quedarse un tanto vacía, pero a Elena no le importaba retomar el ritmo apacible, protegerse de la lluvia bajo los soportales al volver de la escuela y ver desde la ventana de su cuarto las luces de los pesqueros en el puerto.

—Eres igual de tranquila que tu padre.

Esta frase la repetía su madre después de que él se hubiera ausentado de la mesa. Al hacerlo recordaba la pesadez de un animal prehistórico un poco adormilado, pero en su cara mofletuda y amable siempre despuntaba una sonrisa. Elena sentía que su padre levantaba a su alrededor una especie de aire protector hacia ella que la llenaba de seguridad y de una ternura cabal. Al pasar a su lado siempre le acariciaba la cabeza y susurraba ma belle petite.

Notaba hiriente la mirada de la madre y un gesto de inquietud se insinuaba en su cara, muy leve, casi imperceptible, pero Elena lo reconocía y dudaba detrás del tazón de chocolate si iba dirigido a ella o a su padre. Sabía que su madre se tuvo que ir a Francia porque en el pueblo no quería ni podía quedarse, le contó una vez la tía Paula que vino de visita.

—Fue muy lista y valiente, pero es que…—le contestó al tratar de saber por qué se había marchado de España.

—¿Por qué? —insistió la niña.

Por qué, por qué. Era demasiado curiosa, le dio un toque con el dedo en la mejilla, pero ya tenía edad para saberlo. Las cosas se complicaron en el pueblo y ese hombre, maldito sea, era demasiado poderoso. Se echó hacia atrás en el sillón en el que estaba sentada. Y malvado también. Casi mata a su madre porque no se quiso ir con él y encima, la vituperaron los charlatanes. Y ella se vino a trabajar aquí, continuó satisfecha, conoció a mesié Segú o Seguí o como se diga y se quedó tan contenta y hecha una señorona.

—Él es una bella persona —terminó señalando a un indefinido lugar.

Los pasos contundentes que se oían al acercarse su padre siempre ponían a la madre en una situación de alerta, como si temiera algo. Con el tiempo comprendió que era una especie de temor a sí misma, igual que si creyera que la presencia pacífica y silenciosa de ese hombre pudiera evaporarse y surgir otra realidad que solo ella sabía.

Los sábados por la mañana el padre la llevaba a la playa o a un campo cercano a volar cometas, muchas de ellas fabricadas por él mismo en la buhardilla de su casa donde había montado un taller de oficios, como él lo llamaba. A ella le gustaba mirarle cuando encolaba telas o papeles sobre estructuras ligeras de madera y, poco a poco, fue aprendiendo también a hacerlas. La madre subía a veces y recordaba en rudo francés que en su pueblo hacían un concurso de cometas en verano.

—¡Como a veces hacía tanto viento! —aseguraba soñadora y una dulzura inusual bañaba su rostro.

Parecía más joven, más hermosa, cuando hablaba de esas cometas. Algún año el cielo casi desaparecía con los colores. Era la cosa más bonita que había visto nunca.

—¿Por qué no vamos? —preguntó Elena.

Era la mañana de un lluvioso sábado en que los tres se encontraban alrededor de la cometa en forma de paloma que el padre estaba acabando. Se miraron por encima de ella y, en un tono de forzada broma, él aseguró que sería muy buena idea que la pudiera hacer volar el verano siguiente en el pueblo de su madre. La mujer se puso tensa.

—No tiene ninguna gracia —aseguró—. No pienso volver.

—No era una gracia, es una oportunidad de perdón. ¿No crees que ya va siendo tiempo? —remató con dulzura mientras clavaba una grapa en el bastidor.

—Pero me volverán a vituperar —aclaró en español, casi con lágrimas en los ojos.

—Mais non, Elena la hará volar más alta que ninguna. ¿Verdad ma petite?

© Cristina Vázquez

La cometa de seda china

Malena Teigeiro

Después de llegar de un largo viaje a China, el padre de Pedro sacó de la maleta despacio, casi como un prestidigitador, uno a uno, los regalos comprados en el lejano país. Eran un mantón bordado que le regaló a su madre, una caja de pinturas de geisha para Lola, su hermana, y una cometa para él. Su regalo venía dentro de una larga y estrecha caja de madera lacada en negro recamada con incrustaciones de nácar. Le dijo que la adquirió en un anticuario chino. Al tiempo que se la entregaba, le contó que al hombre le colgaba sobre la espalda una raquítica trenza. Mientras él admiraba el estuche de la cometa, el chino le dijo que la había recogido entre los escombros de un antiguo palacio de Pekín. Y que después de haberla estudiado mucho, llegó a la conclusión de que había pertenecido a un sobrino de la poderosa emperatriz Cixí. La cometa tenía forma de mariposa. A modo de timón entre las alas de seda de colores, arrastraba una larga cola de lacitos azules. A él le sorprendió que el cordel de la bobina fuera hecho con hilo de oro. Al menos a él así se lo pareció. Le dijo también que los adornos que lucía en las alas eran láminas de pan de oro, y que tuviera cuidado de no volarla muy alto, ni a las horas de mucho sol, porque aquellas finísimas laminitas se podrían fundir.

Nervioso, Pedro, que quería verla en todo su esplendor, extendió la cometa sobre la mesa. Y fue entonces cuando su madre, siempre tan práctica, quiso hacer con ella una lámpara. Él se negó.

Al día siguiente bajó a la playa al atardecer. Iba con su padre y juntos la hicieron volar. Se sorprendieron de lo rápido que se elevó. Parecía una mariposa con vida propia y con deseos de escapar. A partir de esa tarde, y mientras duró el veraneo, padre e hijo bajaban a volarla con la brisa del ocaso, a esa hora en que el sol, ya más frío, no podía hacer daño a los adornos de oro.

Desde la primera tarde, se les acercó Beatriz, la hija del director del banco de la ciudad. Ella y su familia vivían todo el año en la playa, en una casa vecina a la suya. Era una niña morena, de trencitas delgadas y pestañas negras y largas que daban sombra a sus achinados ojos azules. Corría detrás de Pedro y su cometa y su risa se unía a la del chico. A veces incluso lo hacían cogidos de la mano. Una tarde su padre colocó la bobina de hilo entre los dedos de Beatriz. La niña corrió por la arena y ellos lo hicieron detrás. Iban asustados, pues parecía que de un momento a otro la cría fuera a elevar el vuelo detrás de aquella enorme mariposa de seda de colores.

Poco a poco pasó el verano y cuando una mañana ventosa iban a salir hacia la ciudad, Pedro decidió dejar la cometa guardada en la casa de Beatriz. En Madrid no tenía un espacio donde volarla y era posible que su madre no pudiera soportar la tentación de hacer la famosa lámpara de la que no dejaba de hablar. La niña, con los ojos brillantes y las mejillas rojas, apretó la caja contra su pecho como si fuera su más preciado muñeco.

—Yo te la cuidaré siempre —su voz parecía que fuera a caer en un emocionado llanto.

Sin embargo, en aquel viaje de vuelta no todo sucedió como se esperaba. Casi llegando a Madrid, un autobús se echó encima del pequeño coche. Fallecieron los padres. Pedro y su hermana se quedaron a vivir con sus abuelos, que lo primero que hicieron fue vender la casa de la playa. Nunca, decía su llorosa abuela, nunca volvería a circular por esa carretera.

Pasaron los años sin que Pedro olvidara su cometa de seda. Y cuando tiempo después volvió a aquella playa y se acercó a la casa de Beatriz, se encontró que en ella vivía otra familia. A don Jorge, hacía años que lo trasladaron de plaza, le comunicó el nuevo director del banco.

Desde que se independizó, Pedro todos los años volvía a pasar algunos días en aquella playa. Y todos los atardeceres, paseaba por la arena con la mirada fija en el cielo. Era un mero acto de romanticismo, le confesó una tarde a Marcela, su coqueta y presumida novia. Tenía el presentimiento de que iba a recuperar su cometa, le susurraba muy seguro de lo que decía. Y ella, que deseaba veranear en alguna playa de moda, poco tardó en dejarlo, cosa que a él pareció no importarle demasiado.

Una de esas vacaciones, paseando al atardecer por la arena la vio. A lo lejos una joven sostenía el hilo de oro de la mariposa de seda. Cerró los ojos y como cuando era niño, revivió las tardes en las que, junto con su padre, corría detrás de la cometa. Es la tuya, le decía inquieto su corazón que palpitaba con tanta fuerza que creyó que iba a salírsele del pecho. Si esa era su cometa, Beatriz tenía que estar allí.

Cuando llegó a su lado, la joven alargó la mano para entregarle la bobina de hilo de oro. Con ella entre los dedos, sintió que un rayo le recorría la espalda. Miró al cielo. Detrás de las alas de colores le sonreía su padre. Cerró los ojos y se desplomó sobre la arena.

© Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

El día que encontré a Anastasio en la playa tumbado boca arriba, el aire estaba limpio y corría la brisa de principios de septiembre. Levanté la mirada y pude ver algunas cometas bajo las nubes. Como a él le habría gustado.

La noche anterior hizo mucho calor. Pese a la oscuridad, se intuía un cielo amenazador y el bochorno presagiaba la tormenta que no tardó en descargar una lluvia torrencial. Alrededor de medianoche, cuando estaba leyendo, oí unos ladridos que venían de la terraza. ¡Imbécil de mí! Tom se había quedado fuera.

Abrí el ventanal para que entrara, pero no lo hizo. En vez de eso, se dirigió hacia la baranda, bajó los escalones hasta el jardín y me condujo a los pies de la higuera. Yo estaba empapado y mi perro también, pero aún más mi vecino.

—¡Por el amor de Dios, Anastasio! ¿Qué haces aquí?

Por toda respuesta, el hombre se escondió entre las matas que rodeaban el árbol.

Al acercarme intenté moverlo para ver si estaba herido. Pensé llamar a emergencias, pero había dejado mi móvil en el salón y mi fiel can no era de especial ayuda. Lamía la cara del hombre mientras escarbaba la tierra de su alrededor.

No tengo una constitución fuerte, más bien soy canijo, pero me he dado cuenta de que ante situaciones difíciles el ser humano saca fuerzas de donde no las tiene. Todavía me veo cargando los casi noventa kilos de Anastasio a través del jardín hasta depositarlo sobre la tumbona de la terraza. Lo examiné para determinar si estaba herido. No. Solo roñoso y mojado. Limpié su cuerpo lo mejor que pude con una toalla húmeda y le cambié la ropa. Mi hermano, quien tiene más o menos su misma talla, había dejado un chándal de deporte con el que yo intentaba vestir a mi vecino.

—¡Ayúdame un poco, hombre! —decía mientras forcejeaba para ponerle los pantalones.

Me hizo caso y levantó una pierna. En ese momento vi una triste sonrisa en su rostro y pude escuchar un leve «gracias».

—Esta mañana vi cometas en la playa —dijo.

Yo no era capaz de comprender el significado de esas palabras, pero no era momento de insistir. Ya hablaría si ése era su deseo.

—Necesitas algo fuerte. Vuelvo ahora mismo.

Me dirigí a la cocina a preparar un poco de café, aunque pensándolo mejor, lo cambié por un whisky. Lo bebió de un trago.

Para ese momento, Tom había subido a la tumbona y restregaba sus pelos mojados contra el chándal seco. Mi cachorro no me ayudaba. Pensé ordenarle que bajase, pero al ver a mi vecino acariciándolo, no lo hice.

No recuerdo cuánto tiempo permanecimos a resguardo de esa tormenta. En silencio. Anastasio y el can en la tumbona, yo en una silla, mirándolos, a la espera de una explicación.

—Me hubiera gustado volar con ellas. Con las cometas —dijo incorporándose y extendiéndome el vaso. Lo rellené con un poco más de whisky.

—Siempre me gustó volar —continuó mientras hundía sus dedos en la pelambre del perro—. A Lucía también le gustaba. Tanto —rió sarcástico— que me dejó por un piloto.

—¿Lucía se ha marchado?

—Esta tarde.

—Lo siento.

—No tanto como yo —volvió a reír. Pero esta vez sin sarcasmo, aunque su voz tenía el eco del alcohol.

—En casa no tomamos, así que no hay bebidas. ¿Me puedo llevar esta botella?

—Me parece imprudente, sobre todo si no estás acostumbrado.

—Sé que no lo dices por tacañería, pero una buena borrachera ayuda a dormir. Y yo lo necesito esta noche.

Mientras lo acompañaba hasta su casa, pensé que no me había dicho qué hacía en mi jardín, pero no era momento de preguntárselo. Lo haría al día siguiente, cuando fuera a ver cómo estaba.

Y lo vi. Pero no en su casa porque no estaba, sino en la playa. Tumbado en la arena boca arriba, con un frasco de barbitúricos en la mano y los ojos abiertos. Parecía contemplar las cometas.

Buen viaje, querido amigo.

© Liliana Delucchi

Cuando sea mayor

Marieta Alonso

A la hora de comer mi padre dijo:

—Si queréis podemos ir a…

No le dejé terminar la frase. Fui corriendo a buscar mis cometas.

Mi madre pensó en quedarse. Después de recoger la mesa y fregar se pondría a leer. A descansar de nosotros. Pero su afán de enseñarnos pudo con ella.

Se supone que la cometa nació en China hace más de dos mil quinientos años, dijo como si fuera una confesión. Y solo con eso mi padre buscó esparadrapo, cortó unos cachitos, nos los colocó en las comisuras de los ojos y de repente éramos una familia de ojos rasgados.

¿Y cuál fue su origen?, habló la que manda en casa. El que no gobierna me dio un codazo para que le sacara del apuro y comencé a inventarme un cuento:

Érase una vez un campesino chino que trabajaba en los campos de arroz de sol a sol cuando de pronto vio con horror que el viento se llevaba su sombrero de bambú hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba. Hasta que en vez de un sombrero parecía la vela de un navío o un pájaro que emigraba en busca de una vida mejor, como nosotros, o tal vez una serpiente voladora. 

—¡Venga! ¡Iros a la playa! ¡Se hace tarde! —aconsejaron los abuelos.

Como mi papá sabe hacer de todo, tengo cometas de dos, tres y hasta de cuatro hilos, también hizo un carrete para manejarlos. Los tengo de muchas formas y colores. Aquí, en mi colegio de Torrevieja, las llaman cometas, pero en Cuba eran papalotes. Hoy, mi héroe, me ha hecho una pequeña con papel doblado y me ha dicho que a estas en cubano las llaman chiringas. Me gustó ese nombre.

También sé por mi mamá que los romanos las emplearon como estandartes y servía a los arqueros para conocer la dirección del viento. A Benjamín Franklin les gustaba como a mí, jugar con ellas, y jugando inventó el pararrayos. Lástima que ya estén inventados el paracaídas y el parapente, que tienen influencia de este juego. Podía haberlos hecho yo si no hubiese nacido demasiado tarde. Hasta Goya, un pintor español muy famoso, tiene un cuadro llamado «La cometa».

La abuela ha prometido comprarme un libro de Julio Verne, uno titulado: «Dos años de vacaciones». Este escritor hace volar a uno de sus personajes agarrado a un papalote para explorar una isla. El abuelo me cuenta en secreto que en realidad es la isla Hanover en Chile, aunque el autor la llamó de otra manera para darle mayor misterio.

Hasta ayer quise ser un famoso científico o un arriesgado bombero, pero a partir de hoy, como me gustan tanto las palabras, de aquí y de allá, puede que emule a ese francés escribiendo sobre el vuelo de mis cometas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La playa

15 agosto, 2022 por Akelarre 5 comentarios

relatos sobre playas

La playa

Playa es un concepto que proviene del latín tardío plagia y que hace referencia a la ribera del mar, de un río o de otro curso de agua de importantes dimensiones. El término se utiliza, por extensión, para nombrar a las ciudades balnearias, generalmente en un contexto relacionado con las vacaciones. La foto pertenece a una de las extraordinarias playas del Caribe, en Samaná, al norte de República Dominicana.

Este mes de verano, inspiradas por el deseo de trasladarnos a alguna de ellas, nuestras escritoras sitúan allí sus historias.

En una de ellas un niño descubre su valentía; en otra un muchacho pierde la ilusión de su vida; una mujer tiene una revelación a través de una fotografía y en otra, dos mujeres intercambian favores.

Revelación

Cristina Vázquez

El barco negrero

Malena Teigeiro

Quid pro quo

Liliana Delucchi

Osadía

Marieta Alonso

Revelación

Cristina Vázquez

A mi querida amiga María que me envió esta alentadora foto un mes de diciembre.

La reunión de chicas empezaba a darme mucha pereza. Se había intentado añadir al grupito tradicional de las que mensualmente cenábamos o salíamos de copas, una amiga de Celia, Elisa.

Se producía entre nosotras esa exclusividad que se da en grupos cerrados, en los que cualquier novedad parece incomodar o crear suspicacias. Y eso que nuestras salidas comenzaban a ser cada vez más repetitivas. Ya nos lo habíamos contado casi todo. Aunque sintiéramos el privilegio de mantener nuestra amistad de una forma duradera con palabras y bromas que solo nosotras reconocíamos. Algunas veces el silencio se imponía.

Por fin cedimos a que se sumara a nuestro siguiente encuentro la nueva amiga de Celia, que estaba empeñada en que conociéramos y ella en conocernos. Era genial, ya lo veríamos, un poco más joven que nosotras, pero nos daba vuelta y media en experiencia de la vida. Tenemos que renovarnos, abrirnos al mundo, a las novedades, insistía para convencernos.

—Nos estamos haciendo viejas, cada vez aguanto menos el alcohol y los malditos tacones me matan —remató esta con una mezcla de resignación y malhumor.

Habíamos quedado en el restaurante El Salvaje, recomendado por Elisa, la nueva, que conocía al dueño y estaba super de moda. El lugar resultó ruidoso con esa música de fondo que impide mantener una conversación confidencial. Lleno de exóticas plantas, tratando de remedar una exigua selva, con guacamayos de vivos colores en jaulas y los camareros, de impoluto blanco, llevaban fajines imitando pieles de animales.

Ya sentadas las cinco de siempre esperábamos la aparición de Elisa que se demoró casi veinte minutos. Llegó tranquila y apenas se disculpó por su tardanza. Se quedó parada tras su asiento e hizo una mirada circular de reconocimiento igual que un ojeador valorando piezas.

—Gracias por recibirme en este grupo —se sentó sin besar a ninguna—. Creo que debo considerarlo un privilegio.

Y nos ofreció su blanca y encantadora sonrisa. Pidió un coctel, para mi desconocido, con soltura de parroquiana. Las cinco la mirábamos entre atónitas y curiosas y fue señalándonos para ver si encajaba nuestros nombres con la descripción hecha por Celia. Acertó dos, el mío uno de ellos.

Lucía una melena de abundantes rizos peinada con estudiado desaliño, las manos de perfecta manicura y los labios pintados de oscuro carmín, seguro pinchados, pensé al mirarla con envidiosa critica. Había en su ajustado traje, bien soportado por un rotundo cuerpo de gimnasio, en el exceso de rímel y el abundante pecho, el encanto de lo femenino y lo vulgar por partes iguales. Pensé que debía volver locos a un tipo de hombre. Algo en ella me resultaba familiar.

Nos preguntó, le preguntamos y, poco a poco, por efecto del vino y la indudable soltura y simpatía facilona que mostraba, nos relajamos. Reconozco que me cayó bien. Quizás hablaba demasiado, pero la novedad que implicaba parece que nos animó a todas mientras Celia nos lanzaba miradas de ya os lo dije. Lo que no llegaba a comprender era el interés que había mostrado en conocernos. No éramos ni ricas ni especialmente interesantes. Unas mujeres de cincuenta con vidas más o menos encajadas o en crisis como en ese momento era mi caso.

Mi marido se había largado hacía más de un año, después de veinticinco de matrimonio y dos hijos encantadores que ya tenían su vida. Mi trabajo de abogada en un bufete conocido me permitía no tener problemas económicos y mi desencanto con él se iba suavizando, aunque una amarga espinita se me travesaba cada poco.

—La verdad es que es un hombre encantador —sus palabras arrulladas me sacaron de mis pensamientos—. He tenido mucha suerte. Es un poco mayor para mí, pero estaba harta de niñatos sin cabeza ni cartera.

Se ahuecó la melena con altivez y me sonrió, pensé que especialmente a mí. Mis amigas, animadas por estas confesiones que parecían hacerles reverdecer recuerdos de tiempos pasados y quizás de pasiones no sentidas, se removieron en sus asientos e indagaron en el excitante romance que ella iba dosificando en sus confesiones. Intimidades que me parecieron inoportunas. Algo en esa desenvoltura innecesaria, en esas risas y detalles empezó a molestarme. Yo no era así. Creo que la intimidad queda precisamente para eso, para la intimidad.

Me desentendí un poco de la ruidosa y para mí inapropiada conversación para fijarme en el lugar que iba creciendo en dinamismo y ruido. Los papagayos repetían frasecitas, la gente se reía, la música marcaba un ritmo machacón y me acordé, quizás por el exotismo de las plantas, de mi viaje en solitario a la playa paradisiaca del Caribe. Fue el primero que hice sola y fui bastante feliz, una vez que vencí el concepto de abandono y el recuerdo de que ese había sido el lugar al que había invitado a mi marido, quizás para restañar un tiempo perdido, quizás para soñar un reencuentro olvidado.

Volví a la realidad que me rodeaba. El tono de voz de mis amigas mientras se pasaban una foto subía con comentarios de qué envidia, qué paraíso, quién pudiera. Al llegar a mis manos saqué las gafas para apreciarla bien. Reconocí la maravillosa playa donde había estado e invitado a mi marido al que enseñé innumerables fotos del lugar, tratando de convencerlo. Noté la mirada de Elisa fija en mí, igual que una atolondrada serpiente.

—Ha sido el viaje más ideal que he hecho en mi vida —sonreía entre pícara y consentida—. Increíble el sitio y la compañía.

Guardé mis gafas con calma, esbocé una sonrisa y les dije que al día siguiente tenía que madrugar.

—Me voy chicas, ha sido una noche inolvidable.

Me acerqué a Elisa que recogía las fotos llena de satisfacción y le susurré.

—Te deseo la misma suerte con tu pareja que he tenido yo.

© Cristina Vázquez

El barco negrero

Malena Teigeiro

Cuando escuchó los golpes en la puerta de su casa, Justine se asustó. No eran horas, se dijo dándose la vuelta en la cama. El golpeteo insistía, ahora tan fuerte que temió que la tiraran abajo. ¡Voy! ¡Voy!, gritó malhumorada desde su habitación. La luna era brillante, tanto que Justine no encendió la luz. En cuanto giró el pomo un empujón casi la tira al suelo. Era Brian, el hijo treintañero de su hija Ethel. Se hizo a un lado y su nieto, con una desgarrada y sangrante corte en el brazo, dando tumbos, se dirigió hasta el sofá donde se dejó caer. Le vio apoyar la cabeza en los almohadones. Tenía la piel del rostro casi tan plateada como la luz de la luna. Justine se dirigió hacia él. Iba descalza. Estremecida, sentía bajo las plantas de los pies los pegajosos cuajarones de la sangre de su nieto. Movió la cabeza e interrumpió el camino. Ahora vuelvo. Su voz sonaba cansada, casi harta. Ya en la cocina recogió vendas y desinfectante.

—¿Otra vez? —preguntó inclinada sobre el muchacho mientras le cortaba la manga de la camisa. Él esbozó una sonrisa.

—Otra vez —le respondió desmayadamente.

Aun en contra de la voluntad de sus padres, el amor de Brian por Catalina nació mientras jugaban en la arena de la playa las noches de luna. Ella era una niña morena, casi negra como su madre. Tenía los ojos verdes y profundos como los pulidos trozos de cristal de botellas que devolvían las olas a la playa. Desde bien pequeña, decía Catalina, ella con cada ola recibía las caricias de los espíritus de aquellos que nunca llegaron a desembarcar del barco negrero. Porque, y apretaba la boca en el intento de hacer fuertes sus palabras, era aquí. En nuestra playa, en donde los desembarcaban. Y daba con su piececito golpes en la arena. Y era allí, y señalaba con el dedo la cercana aldea, donde los vendían.

Envolviéndose en las brumas de sus antepasados, Catalina comenzó a ser conocida por la muchacha que hablaba con los espíritus, por la que tenía poderes para deshacer un mal de ojo, y por ser capaz de retornar los amores extraviados.

Fue Brian el que al comenzar a percibir luces de roja locura en sus profundas pupilas, la delgadez extrema de su cuerpo, sus noches de insomnio constante, quien le rogó que olvidara a todos aquellos espíritus que decía la rodeaban, que volviera con él a bañarse en el mar hasta que los cubrieran las luces del amanecer. Que volviera a ser feliz como cuando eran niños y que se casara con él. Ella, cohibida, y con la cabeza baja, lo escuchaba. Luego, agarrada a su cintura iba con él a bañarse las noches de luna llena.

Todo comenzó una noche. Ya estaban los dos jugando en el agua, cuando ellas, las ánimas, convertidas en voraces peces, saltaban ente las olas atacándole. Ellas, le decía Catalina besándole las heridas, no querían que las abandonase por aquel hombre blanco descendiente de los que las habían tirado al mar. Y así ocurrió una vez, y otra, y otra.

Cuando Justine terminó su cura, lo besó en la frente. Sorprendida vio las lágrimas mojándole el rostro. En silencio, el muchacho la miró.

—Nunca volveré a esa playa, abuela. Esta noche, como tantas veces, yo intentaba sacarla, mientras ellos me mordían. Pero Catalina, como si fuera una medusa, con su largo cabello meciéndose en el agua, me sonreía mientras se hundía en el mar. Cuando la vi decirme adiós levantando una mano, supe que no quería volver.

© Malena Teigeiro

Quid pro quo

Liliana Delucchi

«Me han seleccionado para los premios MTV. Gracias.»

Marisa sonríe al leer el texto en su móvil. Te lo mereces, querida. Ya estamos en paz.

Mientras conduce para recoger a su niña de la clase de ballet y a Carlitos de la de esgrima, sortea el tráfico y casi se salta un semáforo en rojo. Calma, tranquilízate. Todo está bien, ahora sí que todo está bien.

Su mente regresa a esa playa por la que paseaba aquel atardecer unos años atrás. Si eligieron el Caribe para las vacaciones, era para que sus hijos, aún muy pequeños, pudieran disfrutar de la calidez del lugar y sus gentes, como Carlos y ella lo hicieran durante el viaje de novios, cuando soñaban con una familia y se prometieron volver a ella.

La conocieron la primera noche. Con los niños en la cama, la pareja fue al espectáculo del resort. Una mujer fuerte, mulata y con los ojos más brillantes que vieran en su vida, desgranaba una canción de amor con la cadencia de su acento y la voluptuosidad de una voz que hacía temblar las copas. Y ¡cómo no!, la crisis de los cuarenta hizo que su marido se enamorara de la cantante, aunque la mujer no lo descubrió hasta más tarde.

Durante el día los niños jugaban en la playa. En los pequeños botes del complejo recorrían mares ignotos que su imaginación cubría de piratas y navegantes mercenarios. Ellos se tumbaban al sol o buceaban, competían en juegos organizados o intentaban aprender a moverse como solo puede hacerlo quien haya nacido allí. Y por la noche, a escuchar a Esmeralda. Al volver a la habitación, Carlos le hacía el amor de una manera que no había hecho antes, con una pasión desatada y juegos eróticos que a ella le hacían agradecer, una y otra vez, el clima del Caribe.

Transcurrida una semana, su marido empezó a ausentarse. Según dijo, se había apuntado a un torneo de golf y a otro de tiro con carabina. Ella lo hizo a una clase de buceo. Sin embargo, la pasión de las primeras noches se transformó en «estoy cansado», «me duelen las piernas de tanto caminar» o «tienes la espalda tan roja por el sol que me da miedo tocarte». Y la sensualidad de la primera semana desapareció.

Una noche en que bebió de más, la sed despertó a Marisa. Se dio cuenta de que estaba sola en la cama… Sola en la habitación. No encontró a Carlos en la terraza ni en la playa al pie de la misma. Se puso un vestido y salió en su busca. Lo encontró. Los encontró. Ellos, demasiado ocupados, no la vieron.

Durante los días siguientes, la imagen de los amantes retornaba una y otra vez a su mente, sin conseguir dilucidar qué debía hacer.

Un atardecer, mientras sus pies se hundían en la playa desierta, sintió que ese paisaje idílico iba desapareciendo. Ya no pisaba la arena, sino el suelo duro de un carrusel que avanzaba cada vez más rápido. Fuera, los personajes que habían formado parte de su vida la miraban desconcertados: sus padres, maestros, amigos… Todos aquellos que participaron en los sucesos predecibles de una existencia plácida le devolvían una mirada turbadora, como si no entendieran la situación.

Se sintió mareada, aturdida y confusa por esas imágenes. Entonces la vio. Vio a Esmeralda llorando bajo una palmera. La cantante levantó los ojos ante la sombra que proyectaba sobre la arena otra mujer hundida.

—No es importante. Ni para mí ni para él. Solo un rollo de verano—. Aclaró Esmeralda.

Marisa se sentó a su lado en silencio, con los ojos bajos.

—Para mí sí es importante. No sé qué hacer con este dolor.

—Guardarlo, querida. Como has guardado otros infortunios, de esos que solo aparecen en las pesadillas. No te preocupes, partiré esta noche después del espectáculo.

—Entonces, es importante para ti.

—Lo importante es no causar dolor ni ser la responsable de la destrucción de una familia. Y no creas que lo hago solo por vosotros, es por el karma. No quiero empezar mal—. Esmeralda se secó las lágrimas y sonó la nariz antes de continuar.

—Tengo proyectos, ¿sabes? Quiero ser una intérprete de verdad, no la que entretiene a turistas. Quiero empezar una vida nueva, una decidida por mí, no por las circunstancias de mi lugar de nacimiento, del color de mi piel o los deseos de mi familia. Por eso me iré.

—¿A dónde?

—A Estados Unidos, supongo. Allí hay certámenes y, si logro superarlos, conseguiré mi objetivo.

—Te ayudaré. Tengo un primo que es representante de artistas en Los Ángeles. Hablaré con él.

—¿Un quid pro quo?

—Algo así.

Sin embargo, Esmeralda partió antes del espectáculo, no sin dejar una nota con sus señas y recordándole su promesa. Y la joven esposa cumplió. El resultado estaba en ese correo electrónico.

Ya estamos en paz, se repitió Marisa.

© Liliana Delucchi

Osadía

Marieta Alonso

Me gusta el mar y a la vez me da miedo. ¡Es tan grande! Me gusta sentarme algo alejado de la orilla, saborear el agua salada y que las olas bañen mis pies. Me gusta que mi padre me siente sobre sus hombros y se adentre un poquito, no mucho, en el mar grande. Siento pavor ver cómo el agua tapa sus pies y luego llega a su cintura. En ese momento abrazo su cabeza y me pongo a chillar.

Mis papás quisieron que fuera a un curso de natación. No dije nada, solo miré a la princesa que enseñaba a nadar y se me cayeron dos lagrimones. Me secó las lágrimas, me dio un abracito, y como por arte de magia puso ante mis ojos unos trozos de papel… Sentado en una hamaca hice barquitos para echarlos al agua y se llevaran muy lejos mis lágrimas. No sé qué diría a mis padres, pero cuando vinieron en mi busca habían decidido que ya aprendería cuando fuera mayor.

Soy un cobarde. Lo sé. A veces siento que ser tan asustadizo me impide hacer cosas. Querría ser valiente y enfrentarme a esos compañeros de clase que me llaman cuatro ojos. No puedo.

Ahora estoy de vacaciones. Me siento feliz jugando con la arena, hago muchas cosas que llaman la atención: castillos, puentes, cocodrilos, peces. Mi mamá afirma que cuando sea mayor seré un gran arquitecto, o ingeniero de caminos, o…

Acabo de conocer a un niño. Es un poco mayor que yo. Preguntó mi nombre y me dijo el suyo, Rodrigo, sin esperar a oír el mío. Luego tomó mi mano y me llevó al mar pequeño, a ese que se forma tras las rocas cuando las olas llegan hasta allí. Muy decidido entró hasta la mitad y me animó a seguirle. El agua le cubría los tobillos y pensé que con tan poca no me ahogaría. Dijo que íbamos a jugar a la guerra y comenzó a salpicarme, y yo a él, y de nuevo él a mí, y no tuve miedo. Pero cuando una ola saltó las rocas y me empapó de la cabeza a los pies, quedé petrificado.

Muy serio, Rodrigo opinó que había que demostrarle al mar grande que éramos unos valientes. No me tenía que preocupar si me acobardaba un poquito al primer intento, era lo normal y también aseguró que al miedo se le vencía no haciéndole caso. Eso se lo había garantizado su abuelo. Era un sabio.

Mientras hablaba, sentí un ardor en el estómago, un temblor en las rodillas, y el pestañeo anunciador de llanto. Mi madre, al ver mi expresión, le dio un toque a mi padre para que se acercara.

En ese mismo momento mi amigo me levantaba el brazo instándome a imitar a mi héroe favorito, porque había que arriesgar siempre, afirmó. La cara de Rodrigo me recordó a Spiderman. Creo que esto fue lo que me impulsó a mirar hacia las nubes, al horizonte, a las olas y a gritar:

¡Vayamos al mar grande!

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

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