Una ventana abierta
En pleno mes de mayo, es hora de abrir las ventanas y dejar que la primavera entre en nuestras casas.
Abrir una ventana no es sólo permitir que la morada se ventile, sino que recuerda la necesidad de ir más allá, a un espacio para el recuerdo y la ausencia. Sirve como símbolo de la curiosidad, quizás de indiscreción, una manera de asomarnos a otras vidas que en principio no nos importan, pero a través de las cuales finalmente vivimos nuestras propias existencias.
Abrir una ventana es también abrir la mente, la imaginación y quizás la perspicacia.
Es lo que hemos hecho este mes, al colarnos en las historias de personajes quienes, con tan sólo asomarse al otro lado, han cambiado sus vidas o descubierto aquello que hasta entonces había permanecido oculto.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
¡Revelación!
Cristina Vázquez
A mí los pueblos con su aura de tranquilidad nunca me gustaron. Y el paisaje verde tan defendido y valorado lo encuentro, como decía mi madre, apropiado para que se lo coman los burros. Debo ser muy bruta, pero no he conseguido extasiarme con las puestas de sol tras una colina, ni con los arcoíris, ni con los riachuelos regando floridos pastos. A mí me emociona el reflejo del sol en un edificio de acero, ver las terrazas llenas de gente con su cerveza e ir al cine. Incluso algún ruido lejano de claxon.
Pero la vida es muy traicionera. Mi marido, que empezaba a diseñar una jubilación de manual, le entró la neura por una casita en las afueras de un pueblo, cerca de Madrid. Le miraba con extrañeza, como si un ser nuevo estuviera surgiendo en él. Algún fin de semana íbamos a casa de amigos, pues ya pasado el primer tirón de juventud, asentaban cabeza y familia en esas adorables segundas viviendas. Siempre volvíamos haciendo el mismo comentario.
—Será muy bonito, pero menudo tostón —decía él indefectiblemente.
—Además no paran de poner lavavajillas y cocinar —remataba yo.
Es un hombre estupendo, pero cabezota como una mula. Si se le mete algo entre ceja y ceja, sálvese quien pueda, porque es mejor la rendición. Así que terminó comprando la casita en el adorable pueblito, aburriéndome con argumentos de lo buena que había sido la compra y lo felices que íbamos a ser.
Llegó la pandemia y el argumentario se multiplicó por mil.
—Menos mal que tenemos esta casa —afirmaba cada poco.
Sí, menos mal, replicaba yo comprendiendo que era una ventaja tener ese refugio. Él empezó entusiasmado a hacer bricolaje, a colgar cuadros y también a quejarse de que el wifi no era bueno: no podía ver bien la televisión, internet se le cortaba cada poco. Nadie venía a repararlo.
Yo, en cambio, descubrí que me entretenía hacer un semillero y ver cómo iban brotando unas plantas que ponía en macetas, regarlas y pasarme horas leyendo. Empecé a probar nuevas recetas, engordé un poco y me dejé el pelo blanco, pues cuando intenté un tinte casero, eso fue una invasión de toallas y churretes para acabar de un color zanahoria francamente inapropiado.
Mi marido bufaba, yo veía que aún sin reconocerlo, echaba de menos a los hijos, su aperitivo, ir al despacho, mientras que yo descubrí una dulce pasividad que me llenaba de gozo. Decidió que nos volvíamos a Madrid, que era insoportable tanto silencio y los pájaros manchaban todo y los del pueblo desconfiaban y que eso había sido un error. Le dije que se fuera, si quería, yo me quedaba ahí. Y me quedé.
Tenía una ventana en la cocina que daba al patio. Cuando llegué había un macetón con un esqueleto de árbol que, además, pinchaba. Me enteré que era un limonero y que estaba a punto de morirse. Para mí fue como una revelación. ¿Habría sido mi vida así y no me había dado cuenta?
No echaba de menos a nadie, ni el ajetreo de la ciudad, los cines ni los bares. Descubrí que adoraba el silencio y la soledad. Es más, le pedí a mi marido que no volviera en un tiempo y le agradecí la oportunidad que me había dado de este tardío descubrimiento.
—No es por nada en concreto—le aseguré cuando pasó de la recriminación al angustioso silencio—. Por nada.
Necesitaba espacio y tranquilidad y estaba harta de ir de acá para allá, según sus deseos. Sí, le quería mucho. Sí, pero que me dejaran un rato en paz, TODOS, ahí pespunteé la palabra y elevé el tono. Su cara me conmovió, aunque cuando oí el coche alejarse suspiré aliviada.
Me concentré en ese arbolillo maltrecho como un símbolo. Si era capaz de sacarlo adelante significaría que mi vida había tenido algún sentido. El árbol floreció y dio frutos. Lo miraba mientras desayunaba con amorosa tranquilidad y todo volvió a ser como antes, aunque no exactamente. Adelgacé, me teñí el pelo y volví a Madrid, sin embargo, todo en mi vida adquirió un matiz diferente.
Me negué a que se vendiera la casita y reservé unos días al mes para ir yo sola, sin hijos, marido ni nietos.
Siempre le doy las gracias al limonero.
Tarta de limón
Malena Teigeiro
Lo único que María cocinaba era la tarta de limón. Y también era lo único que atraía de su casa a toda su familia.
Ella y Marco tan solo habían tenido dos hijos. Un niño y una niña. Le hubiera gustado tener más, pero Marco dijo no. Y cuando Marco decía no, era eso: No. En todo lo demás…, su marido era un bendito.
Con su hijo mayor no tuvo mucha suerte, la verdad. Un muchacho espléndido. Listo, guapo, simpático. Lo tenía todo. Pero un día se presentó voluntario a una de esas guerras de hoy día. Una de esas que no era de las de verdad, de las que defiendes a los tuyos. Una de esas que se inventan en países extraños y que los gobiernos, para quedar bien, envían a los jóvenes. “Total, solo estarás allí unos meses, además vosotros vais a sitios seguros”, le dijeron. Al parecer nadie había pensado que pudiera caer una bomba en el pabellón donde dormían los soldados.
Al abrir la ventana vio que el limonero ya estaba cuajado de frutos amarillos, grandes. Estaban en el momento justo para hacer su tarta. Recogió unos cuantos, todavía calientes por el sol y los acercó a la nariz. Nada olía tan bien como aquellos frutos.
Se dirigió a la cocina. A su hija Mariana le gustaba más que a nadie su tarta de limón.
No quería recordar el día que le devolvieron a su hijo. Qué tristeza de entierro. Ella y su marido iban al cementerio a visitarlo todos los meses. Suponía que era quien estaba allí. ¡Ni tan siquiera pudo ver su cuerpo! En el fondo, qué más daba. Si no era él, ella continuaría llorando al hijo de otra madre que lo haría por el suyo.
Ya en la cocina, exprimió el zumo de tres limones, ralló la cáscara amarilla de otros dos, cien gramos de azúcar y junto a cuatro yemas, lo echó en una olla al baño María. Revolvió despacio hasta conseguir una traslúcida crema.
Mariana, la niña, que se llamaba como su abuela, tampoco tuvo mucha suerte. Se casó joven. Y tuvo tres hijos. Dos niñas y un niño. Eran esos nietos preciosos que cuando les anunciaba que iba a hacer una tarta de limón la visitaban. Al nacer el último, algo que llamaron fiebres puerperales se la llevó junto a su hermano. Su marido, claro, se volvió a casar. No es que le importara, más bien lo comprendía, pero se ve a que a él le daba vergüenza venir a visitarla con su mujer, una jovencita adorable que quería mucho a sus nietos.
La crema comenzaba a aparecer transparente. María la probó. Estaba un poquitín ácida, pero al mezclarla con el merengue se desharía en la boca, algo así como la nieve con el sol. Apagó el fuego y le añadió cincuenta gramos de mantequilla. Así, bien incorporado, pensaba mientras revolvía la crema todavía caliente. Era el momento de hacer el almíbar. Y continuó con la receta.
En ese instante entró en la cocina Micaelita, su linda y pizpireta nieta. Era igual que su madre, un torbellino de rizos negros y sedosos, con los ojos verdes casi como las aceitunas. Llegaba con su marido y los gemelos. Unos trastos.
—Deja abuela, que ya bato yo. Tu ve haciendo la base.
—Recuerda, que no puedes añadirles el almíbar hasta que las claras estén duras, blancas y brillantes —despacio le acercó el cazo con el almíbar.
De una caja de lata, María sacó un puñado de galletas hojaldradas. Al verter sobre ellas la crema de limón, miró a su nieta que en ese instante añadía el almíbar sin dejar de batir. Sus ojos se humedecieron. Era igual a su madre.
—Ya está —Micaelita chupaba divertida el batidor.
Con cuidado, María colocó el merengue encima de la crema de limón. Encendió la parte alta del horno. Ahora, tan solo quedaba dorar un poco el merengue. Apenas unos minutos después, la sacó del horno.
Llevando la bandeja en la mano, ella y Micaelita se dirigieron al jardín. Allí, debajo del limonero, sus hermanos y sus hijos que ya habían puesto la mesa aplaudieron su entrada. Detrás de aquellos jóvenes, sentados debajo la sombra del viejo limonero, las ánimas de los ausentes también la saludaban.
La risa
Liliana Delucchi
Era una tradición. Desde que tengo recuerdos, cada mes de mayo, el día veintiuno, los abuelos celebraban su aniversario de boda. Nos reuníamos todos: hijos, nietos, sobrinos y cualquier amigo que estuviera cerca. La disposición de la mesa era siempre la misma, el patriarca a la cabecera, su esposa a la derecha y los vástagos, de mayor a menor, a los lados. Era la única ocasión en que a los niños nos permitían participar, sin relegarnos al comedor de diario.
Estaban terminantemente prohibidas las discusiones, parecíamos una de esas familias de las películas de Doris Day, en las que todos estaban guapos, felices y encantadores los unos con los otros. Cada uno guardaba para sí celos, rencores y cualquier otro sentimiento malsano. Hasta los cuñados sonreían y se pasaban la panera sin que se la pidieran.
Otra de las características de esos encuentros era que la ventana estaba siempre abierta. «Para que entre la primavera, y aquellos que se fueron hace tiempo», decía la abuela.
A mí eso de los que se habían ido me daba un poco de yuyu. ¿Se refería a fantasmas? ¿Qué tipo de ánimas eran si necesitaban que dejara la ventana abierta? En las películas que veía a escondidas, los espectros atraviesan las paredes…
A pesar de estar concentrado en los manjares que nos iban sirviendo, y de parecer atento a la parte de la conversación en la que podía participar, yo no dejaba de mirar la ventana, aunque sólo veía las hojas de los árboles iluminadas por el sol.
Nunca me atreví a preguntar a mi hermano mayor ni a los primos si sentían lo mismo, era de los más pequeños y no quería ser objeto de burlas. Podría haberlo hecho con un tío, pero me daba no sé qué.
Lo que más recuerdo de aquellas celebraciones, además de la susodicha ventana, era la risa de los abuelos. No sé si se contaban chistes el uno a la otra y viceversa, pero mantenían una complicidad en la que no había sitio para nadie más. Era como si, a pesar de estar en medio de un montón de gente, ellos mantuvieran un secreto.
Lo descubrí años después, cuando les pregunté cómo se habían conocido.
—Fue durante una fiesta aburridísima a la que ambos fuimos invitados —dijo ella—. Vi a un joven muy bien parecido frente a una pintura que parecía sacada de una sala de los horrores. Le pregunté si sabía quién era el retratado.
—No —me respondió—. Supongo que un antepasado de los dueños de la casa. Si quieres, dado lo soporífera de esta reunión, podemos buscar a sus descendientes.
—Eso hicimos. Desde distintos escondites íbamos rescatando uno a uno los rasgos característicos de los presentes que se parecieran al del cuadro —la abuela miró hacia la ventana abierta y con una amplia sonrisa, continuó:
—Con una verruga por aquí, un bocio por allá y unos ojos vacíos por acullá reconstruimos al hombre del cuadro. Nos escondíamos detrás de las cortinas para reírnos de nuestra hazaña —se arregló el pañuelo que llevaba al cuello, y me confesó:
—Fueron nuestras primeras risas. Creo que nos enamoramos de tanto reírnos —me acarició la mejilla—. Te doy un consejo, querido Carlitos, nunca renuncies a una buena carcajada, son la sal de la vida.
Los años pasaron y el abuelo se fue a ese sitio del que no se vuelve. Ella, daba igual que hiciera frío o calor, dejaba siempre una ventana un poco abierta y todas las noches encendía una vela. «Para que encuentre el camino a casa», decía. Nunca dejamos de celebrar su aniversario de casados, y esa mujer extraordinaria acariciaba la servilleta del sitio vacío en la mesa como si la mano de su amado permaneciera allí. Fue un veintiuno de mayo, en que estábamos todos reunidos, cuando una ráfaga de aire movió las hojas del árbol que veíamos a través de la ventana.
—¡Has venido a buscarme! —Dijo la anciana con su voz cantarina. Vimos una sonrisa en su rostro y expiró.
La musa enamorada
Marieta Alonso
A veces, en primavera, cuando la luz de la tarde se filtra por la ventana, se le escapaban suspiros.
Un olor a pimienta y canela hizo que levantara la cabeza y husmeara el aire. Se preguntó atónita si no sería cierto aquello de que el dueño del cortijo y la lavandera hablaban de amores. Pero, eso a ella… ¿Qué le importaba? Su pensamiento voló muy lejos.
Sus padres tenían una cabaña de troncos al pie de la sierra del Rosario, en Cuba. En ella nunca Robert Redford le lavó el pelo. Lástima. Un paisaje tropical como aquél era un recreo para la vista, y a lo mejor, ese hombre que levantaba pasiones se hubiese olvidado de que ella no era Meryl Streep. Por ese detalle insignificante, su querido actor nunca podría oír el murmullo del riachuelo, ni el canto del sinsonte, ni el ulular del viento entre los árboles.
Regresó del ensueño y posó sus pies en su nueva tierra. No se podía ser tan soñadora. ¡Era tan dada a mecerse entre las nubes! De pronto, percibió un leve olor a gasolina. Oyó el ruido de un motor. Giró la cabeza, un Land Rover aparcaba enfrente de su ventana. Se bajó un hombre. Más feo, imposible.
Pero no fue hacia su casa, sino a la que lindaba con la de ella que siempre había estado cerrada. ¡Si hasta las telarañas se habían adueñado de aquella preciosa vivienda! Oyó el ruido de una puerta al cerrarse. Luego, el silencio. Al rato el sonido de las teclas de un piano inundó la plaza.
Despacio se levantó, siguiendo las notas musicales. Subió a un árbol a fisgonear y vio unas manos deslizándose por el teclado. Unas manos de dedos largos, finos, ágiles… Unos dedos capaces de crear no solo sonidos, también profundos sentimientos. Y quizás, incluso, podrían lavarle el pelo…