El coche
La historia de la automoción, en sentido estricto, comienza en el siglo xvii. La palabra deriva del griego αὐτός autós, «a sí mismo», y del latín mobilis, «que se mueve», sobre todo para distinguir entre los vehículos a motor y los de tracción animal.
Los primeros prototipos se crearon a finales del xix pero no fue hasta la primera década del xx en que el público empezó a mirarlos como algo útil.
Aunque el primero con motor de combustión interna se atribuye a Karl Friedrich Benz en 1886, no fue hasta 1908 cuando Henry Ford, aprovechando el empuje de la Revolución Industrial, comenzó a producir en serie el Ford modelo T, lo cual le permitió alcanzar cifras de fabricación hasta entonces impensables.
Esta maravilla de la ingeniería ha dado lugar a los cuentos de este mes: relatos de amor, desamor, soledad y curiosidad adolescente.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Sorpresa en el coche
Cristina Vázquez
Para Carlos, experto conductor.
Después de la clase de matemáticas del viernes, Darío y Elena, al salir del Instituto, se iban en direcciones opuestas para luego reencontrarse en un lugar cercano y discreto del bosque. No querían que su incipiente romance fuera comentado por sus compañeros, que les tomarían el pelo haciendo más difícil ese amor tan exclusivo y único para ellos. El primer amor: Siempre es único y exclusivo.
Elena llegó unos minutos más tarde. Darío no estaba sentado bajo el castaño, el lugar preferido para besarse y acariciarse. Habían grabado sus nombres en la corteza. Este será siempre nuestro árbol, Elenita, le prometió él mientras se esforzaba con la navaja en eternizar las letras. Se sintió decepcionada, ¿qué le habría pasado si salió antes que ella? Esperó un rato hasta que oyó un silbido de admiración que se colaba entre los árboles. Se dirigió hacia el lugar de dónde venía y al llegar al claro del bosque, vio un fantástico deportivo rojo y a Darío que lo acariciaba con una ternura y cuidado que no recordaba hubiese tenido con ella.
—¿Has visto esta maravilla? —apenas la miró—. Esto es una joya de los años cincuenta. Acércate y disfruta.
Pasaba la mano con amoroso cuidado por las puertas, el dedo por los retrovisores, intentaba subir la capota mientras emitía gruñiditos de admiración. La estaba esperando para entrar juntos, como si se fueran de viaje y abrió ceremonioso la puerta del pasajero. Él, instalado en el lado del conductor se puso a buscar las llaves abrió la guantera y rebuscó por debajo de asientos y alfombrillas. Nada, no aparecieron.
—¡Qué pena! Me gustaría tanto oír el ruido del motor —dijo entristecido.
Y empezó una retahíla de sabiduría mecánica, cilindros en línea, carburadores dobles, diferencial autoblocante. Miraba a Elena que sonreía con expresión ausente.
—Deberíamos bajarnos —apretó la carpeta contra su pecho—. El dueño estará cerca y menudo lío vamos a tener.
Solo un momentito más, suplicaba Darío, era un regalo inesperado haberlo encontrado ahí. No podía imaginarse lo difícil que era ver un coche de estos y tener la oportunidad de tocarlo, de subirse a él. Una maravilla, sí, una preciosidad. Así pasaron un rato en el que él, agarrado al volante, hacía giros y ruidos de velocidad y cambios de marcha, incluso de doble marcha, hasta que Elena se bajó.
—Ya basta. Me voy.
A regañadientes se bajó él. Se fueron de vuelta a sus casas porque estaba anocheciendo. Darío iba taciturno. Al pasar por delante del castaño, Elena le sugirió que podía grabar el nombre del coche debajo del suyo. Que no fuera tan suspicaz, refunfuñó, si la adoraba, pero es que…, si pudiera probarlo. Y una vaga ilusión le cruzó el rostro.
Al día siguiente, Darío fue reclamado al despacho del director donde un detective quería hablar con él. No le llegaba la camisa al cuerpo y mentalmente empezó a hacer una lista de posibles infracciones. No encontraba ninguna.
—Darío Castro ¿verdad? —su voz le sonó a doblaje de Humphrey Bogart en el Halcón Maltés.
—Sí, el mismo —alcanzó a responder.
La mirada oscura del detective le traspasaba. Pues bien, jovencito, ayer le vieron rondando ese coche abandonado en un claro del bosque. Darío tragó saliva, la tarde anterior lo había visto y tocado, afirmó. Sí, también se subió a él, porque era una preciosidad y a él los coches , elevó los ojos, era lo que más le gustaba. Eso estaba muy bien, susurró el hombre, pero ahora le tenía que acompañar a comisaría para tomar sus huellas dactilares. Al chico se le doblaron las rodillas.
—Yo, ¿por qué?
Daba la casualidad, el supuesto Bogart hizo crujir los dedos, que en el maletero habían encontrado un cadáver.
—Y si las huellas coinciden…, de momento, eres el único sospechoso.
Un Morgan en el garaje
Malena Teigeiro
Cuando Helen anunció que se casaba con un veterinario, su abuela como regalo de boda le entregó las escrituras de propiedad de una antigua casa en el campo. La residencia había pertenecido a su tía Amanda, de la que tantas historias habrás escuchado contar, dijo la anciana. Enseguida Helen y Bill, su prometido, se dispusieron a conocer el que sin duda iba a ser su hogar.
Un hermoso y abandonado jardín rodeaba el edificio de piedra por el que trepaban viejos rosales. Al entrar, y aunque una espesa capa de polvo gris cubriera los muebles, la calidez del ambiente, la disposición y arreglo de los enseres, les hizo pensar que alguien lo había habitado hasta el día anterior. Emocionados por la suerte que tenían, recorrieron una y otra habitación abriendo las ventanas para que el aire y el sol penetraran en las estancias. Al llegar a la cochera se sorprendieron al ver que una funda de tela gris cubría un coche. Era un antiguo y maravilloso descapotable de dos plazas.
—¿También nos lo regalan? —exclamó Bill al tiempo que de un salto se sentaba detrás del volante.
—Sí. Y además tiene una preciosa historia de amor —repicó Helen acariciando el morro del coche mientras pensaba en cómo serían sus tíos ahora. Sintió un ligero escalofrío y con los torpes dedos de una mano se abrochó el botón del cuello. Seguro que ahora serían igual que aquel coche: antiguos, pero no viejos, se dijo.
El Morgan verde regalo de boda de sus padres, limpio, cuidado, era el reflejo de Amanda, quien se peinaba, maquillaba y vestía con esmero para encontrarse con Walter, un piloto de la RAF. Walter lo estrenó durante el viaje de novios y pocas veces más lo utilizó. Un año después de la boda estalló la Guerra. Una tarde, como siempre, Walter enfiló su avión hacia el cielo. Volaba sobre el Atlántico.
No volvió.
—Ni siquiera recuperaron su cuerpo —aseveró con los ojos brillantes Helen. Unos segundos después, continuó.
Ella que lo esperaba en la casa de campo, en cuanto recibió aquel telegrama amarillo se fue al garaje y retiró la funda gris que cubría el Morgan verde. Dentro de su cabeza resonaba la voz de Walter gritándole desde la ventanilla del tren ya en marcha: No dejes que nadie lo toque, por favor.
—¡Menuda historia! —exclamó Bill acariciando el coche.
Dicen que al llegar de vuelta de despedirlo en la estación, Amanda se sentó en el asiento del conductor, y abrió la guantera. Allí, tirados de cualquier manera, estaban los guantes de dedos recortados de su marido. Se los acercó a la nariz. Le gustaba el aroma de la piel de su esposo y los guantes todavía lo guardaban. Era un olor joven, a sol, a lluvia. Se los puso con calma. Agarró el volante y acarició la tira de cuero que cubría el volante. A partir de entonces, un día tras otro, Amanda pasó las tardes sentadas en el asiento del conductor del Morgan Verde.
Fueron pasando los años hasta que, una tarde, agarró con tanta ira el volante que si no hubiera llevado los guantes habría visto que sus nudillos se volvieron blancos. Amanda levantó la cabeza. A través de las lágrimas vio que en el jardín las ramas de los árboles se movían con la tranquilidad del incipiente verano. Le gustaba la placidez de aquella hora. Giró la llave y el runrún del motor le erizó el vello. Suspiró profundo. Con los ojos brillantes enfiló la salida del garaje. Se dirigió hacia la carretera de la costa. Era un poco tarde y quería llegar a tiempo para ver desde los acantilados, desde el mismo lugar donde él la llevaba, la bola del sol hundiéndose en el mar. Sonreía. Algo como una extraña placidez la inundó.
La mujer circuló alegre por la estrecha y mal asfaltada carretera. Dirigió la vista al cielo. Las nubes blancas, redondas y tiesas como almidonadas faldas, recorrían el firmamento empujadas por la brisa. Ya llegaba. El camino, ahora solamente de tierra, terminaba en un prado. No se detuvo. Con la vista en el firmamento pisó con fuerza el acelerador.
El Morgan verde enfiló el camino hacia la carretera que partía desde el borde del acantilado hasta el cielo. Walter allí, entre las nubes, la esperaba. A ella y a su adorado deportivo. Y como hacía siempre cuando lo veía entrar en casa, Amanda soltando el volante, levantó el brazo y lo saludó alegre.
Cuando al día siguiente los encontraron, milagrosamente, el Morgan verde, como si alguien con sumo cuidado lo hubiera depositado allí, en la arena de la playa, descansaba intacto sobre las cuatro ruedas. Y ella, exánime, sonriente, sin soltar el volante miraba al cielo.
El cumpleaños
Liliana Delucchi
Fue el día en que papá cumplía cuarenta. Mamá, la abuela y sus dos hijos, lo estábamos esperando sentados a la mesa del jardín para celebrarlo, cuando escuchamos el rugido de un motor que avanzaba por el camino del parque. Ante la puerta se detuvo un magnífico coche con mi padre al volante.
—No falla —murmuró la abuela— en cuanto llegan a esta edad, se compran un bólido y una amante.
Mi madre miró a la suya con temor. Las sentencias de la señora solían ir bien encaminadas; a pesar de ello, se puso de pie, estiró la falda y con el grácil andar que la caracterizaba, se acercó a saludar a su marido.
Él estaba eufórico, dando vueltas alrededor del auto, acariciándolo como a una frágil porcelana. Ignoró a su familia y hasta la tarta que, junto con las tazas de té, lo esperaban para festejar su onomástica. Sonó su teléfono. Después de una breve conversación entre murmullos, subió al coche y nos gritó que no lo esperásemos a cenar.
Nunca supe a qué hora volvió porque a los niños nos enviaron a dormir temprano. Tampoco estuvo con nosotros durante el desayuno, que transcurrió en un silencio poco habitual. Si bien estaba concentrado en untar mis tostadas con mantequilla, me di cuenta de que el color de las flores del vestido de mi madre acentuaba su palidez, pero supo mantener la compostura, a pesar del abatimiento que mostraban sus ojos enrojecidos.
Más tarde, y como siempre antes de la comida, dábamos un paseo por el parque dejándonos arrullar por el suave canto que produce el movimiento de las ramas. En unos instantes, esa apacible melodía fue rota por el estruendo de un motor que se acercaba. Sentí que la mano de mi madre apretaba la mía y pude ver que su pecho subía y bajaba como si le costara respirar. La abuela la cogió del codo y le susurró que recordara las palabras de Aristóteles: «El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.»
No sé muy bien qué aconteció durante las semanas siguientes; a instancias de la matriarca nos enviaron a mi hermano y a mí a la casa de nuestro tío, junto al lago, con la excusa de que se avecinaban grandes calores. Tampoco recuerdo cuánto tiempo pasamos allí, solo que cuando regresamos, las hojas de los árboles empezaban a cambiar de color, así como la fachada de la casa, cuyo tradicional blanco unos pintores estaban dejando rosa. También dentro se habían producido modificaciones: el despacho de papá ya no existía, ese espacio se había incorporado al salón, y faltaban algunos retratos. Sin embargo, en un rincón de la biblioteca se instaló un escritorio con su correspondiente silla giratoria. La ocupaba casi a diario un individuo con traje oscuro que despachaba con las señoras de la casa. Era el señor Tellez, un hombre adusto, muy serio, pero amable.
Cuando preguntamos por nuestro progenitor, nos respondieron que si bien estuvo de viaje durante todo el verano, nos había enviado postales de lugares tan remotos como bellísimos. Ninguna foto de él.
El sábado que escuchamos el rugir del descapotable y vimos descender a papá, casi se podía oler el otoño. Bronceado y con muchos regalos, nos levantó por los aires y llenó de besos. «¡Os he echado tanto de menos, mis queridos muchachos!»
Apenas hubo bajado el equipaje, el viajero fue conducido a la biblioteca, donde lo esperaban mi madre y su suegra, junto al señor Tellez. No sé qué aconteció en esa estancia, solo que mi padre salió de ella demudado.
—¿También el coche? —preguntó mientras se ponía el abrigo.
—Por supuesto, forma parte de los honorarios del gentil abogado que te ha dejado en la ruina —le aclaró la abuela con una sonrisa.
Cuestión de gusto
Marieta Alonso
Toda la vida he sido muy reflexiva. Y no es que lo piense, es que es la verdad. Si dedico una tarde a meditar, sé lo importante que es la lluvia, en lo generosa que son las nubes al dejar caer esas gotas de agua sin hacer distinciones, en lo delicioso que para algunos resulta bailar bajo una fría llovizna, pero… No me gusta mojarme, no me gustan los chaparrones y no me explico por qué tiene que llover de día cuando lo puede hacer por la noche, a esas horas en que la mayoría de los seres humanos duerme. Odio los paraguas, los odio.
Lo que, en verdad, adoro son los coches. Y si es un modelo antiguo mejor. ¡Ay, si tuviera dinero! ¡Qué colección tendría! ¡Qué bonito es andar sobre cuatro ruedas! Si llueve no te mojas, si cae granizo no te golpea la cabeza y si tienes prisa llegas antes. Cada vez que veo un clásico aparcado, me acerco con disimulo y me hago un selfie, un autorretrato como lo llama mi madre.
Se me van los ojos hacia el Benz Patent-Motorwagen, que aseguran fue el primer automóvil de la historia; hacia el Ford Modelo T que se popularizó entre la clase media; hacia el Rolls-Royce Silver Ghost que se consideró como el de mayor calidad. A todos los amo con locura. Si los coches fueran hombres, no me hubiese importado haber sido la amante de todos ellos. Pero, el único coche que hubo en mi familia fue un Seat 600, de segunda mano, al que llamaban Pelotilla.
Pasaron los años y no dejé de anhelar un hermoso automóvil. La falta de novios sin dinero para comprarlos fue la causa principal de mi sempiterna soltería. Cuando mi madre, a sus noventa años, me ve con la vista perdida detrás de uno de ellos, me pellizca y me hace ver lo desagradecida que soy. Dice que no he madurado, que no valoro la suerte que tengo. Y añade que, desde hace muchísimo tiempo, por ilusa, novelera, romanticona, mi familia decidió, sin consultarme, ser mi paraguas…, a falta de un coche.
Cristina,gracias y abrazos a las cuatro.
Coches!,,,,, que cuentos!,, un español ha ganado Le Mans!,,,,,
Elena.
El coche siempre sugiere viajes, carreras, amores! De todo.
Gracias como siempre por leernos.
Feliz verano y muchos besos