Un laberinto mágico
El laberinto es un espacio para ser recorrido que se encuentra en el límite entre el paisaje y la arquitectura. Se caracteriza por permitir experimentar una cierta iniciación o prueba a través de sus diferentes rutas, mientras se busca el centro o la escapatoria de este. Quizás el más recordado sea el de Creta, con el mito del Minotauro.
Sevilla tiene a gala ser poseedora del más antiguo de España y es el que ilustra la entrega de este mes. Escondido dentro de un lugar tan emblemático como el Real Alcázar, lo mandó plantar el Rey Carlos V, si bien el actual emplazamiento data de 1910, con setos de mirto, tuya y cipreses.
En este lugar mágico nuestras escritoras sitúan diferentes historias: la de una joven indecisa; una mujer que ha de tomar una resolución; alguien que inicia una nueva carrera y un niño que intenta emular a un héroe.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Leyenda
Cristina Vázquez
Si quería ascender en su carrera, y quería, a Elena no le quedó más remedio que aceptar el puesto de trabajo que le ofrecían en esa ciudad. Aunque más que un ofrecimiento, lo interpretó como una obligación. Muchas veces dudaba de que su elección profesional fuera la correcta. Inspectora de policía. En la duda se mezclaba si había sido por la influencia paterna o por haberse tragado tantos telefilms de misterio, en los que cada vez abundaban más investigadoras, en general raritas o piradas. Esto, obviamente era una bobada, ya que desde pequeña sintió el pálpito detectivesco como propio, pero en ciertos momentos perdía el impulso, la ilusión. Era muy duro el mundo que acechaba ahí fuera. Su padre fue policía investigador, bueno en su profesión, pero nunca ascendió. Algún malentendido en el cuerpo, independencia de criterio, falta de sumisión o por haber sido testigo de algún trapicheo, se quejaba. Su sueño era ver a su hija de inspectora jefe, tan lista, con tan buenas dotes de mando y perspicaz. Muy perspicaz y eso era herencia suya, sin duda. Al decirlo un gesto de orgullo inundaba su cara.
—A mí me hubiera hecho feliz tener un jefe como tú —repetía incansablemente.
Otra de sus frases favoritas era que cada caso se trataba de un laberinto que había que aprender a recorrer con ingenio y cabeza.
La ciudad era de tamaño mediano, lo que hizo pensar a Elena que no sería tan complicada. A esta idea de tranquilidad ayudaba su diseño medieval del centro, bien conservado, y un ritmo parsimonioso de la gente, sin ruidos ni estridencias. Al poco tiempo de estar instalada e ir conociendo a sus colaboradores, Aurelio, el investigador más antiguo, ya cercano a la jubilación, fue quien le iba informando de todo, hasta de la sorpresa que había producido en el personal su juventud y, con todo respeto, lo guapa que era.
—Que conste que, con todo respeto, Elena —insistía—, usted podría ser mi hija.
Le pareció inoportuno, pero no podía evitar hacer una comparación con su padre. Quizás él también tuviera esas torpezas o amabilidades innecesarias. No lo creía. En cualquier caso, aceptó ese aire de paternidad subrogada y de guía de los pormenores de la ciudad, los restaurantes donde se podía o no ir. En fin, una especie de folleto con patas, amable y servicial. A lo que más la animó fue a ir a visitar el laberinto que estaba en las afueras. Por eso también era famosa esta ciudad.
—Es el más hermoso y mejor cuidado del país —afirmó con sincero orgullo provinciano —. Y además tiene su leyenda.
—Con su permiso, como estamos al aire libre, voy a encender un pitillo.
No pareció fijarse en la cara de asco de ella. Le sorprendió el tabaco tan raro que fumaba, unos cigarritos finos de colores diferentes y filtro dorado. ¡Qué sofisticado!, pensó mientras él seguía con su narración. Hace muchos siglos, una pareja se amaba como siempre sucede ahora y entonces, aclaró, al estilo Romeo y Julieta, los padres no querían y los chicos por encima de todo.
—Ya sabe —y tiró la colilla lanzándola con el dedo índice contra el pulgar con enorme puntería.
La noche de su huida quedaron en el laberinto, sitio complicado para encontrarse, aseveró Aurelio haciendo un gesto despectivo con la mano. La Juventud… Subió una ceja, ya se sabe lo tontos que pueden llegar a ser. Empezaron a dar vueltas por aquí y por allá, se llamaban, se perdían una y otra vez volviendo sobre sus pasos.
—En fin, un desastre —Elena no terminaba de entender por qué no le cortaba la historia.
Al final, el chico consiguió llegar al centro y ahí, encima de una especie de altar se encontró a su amada muerta. Un silencio se fraguó entre ellos.
—Si va al museo verá cuadros de los torpes amantes —la miró de frente—. Ella recuerda mucho a usted.
A Elena un escalofrío le recorrió la espalda, y dijo que ya estaba bien de cháchara, que entraran.
—Esto no es cháchara, esto es verdad. Le dejaré en su mesa los expedientes sin resolver que hay —una medio sonrisa se instaló en su cara—. Cada cinco años aparece una mujer muerta en el mismo lugar.
Elena se quedó parada al pie de la escalera que subía a su despacho. ¿Qué estaba diciendo? La verdad, respondió con gesto amargo. Dicen que es la venganza del amante.
—Me gustaría resolver los crímenes antes de jubilarme —apostilló alejándose—. La única pista son unas colillas de un extraño tabaco.
Y se alejó con aire entre resignado y torpe. Antes de desaparecer por la puerta se giró.
—A ver si con usted se consigue llegar a buen fin.
Elena se acordó de lo que su padre siempre le decía. “Cada caso es un laberinto” y ahora tenía uno auténtico ante ella.
Indecisión
Malena Teigeiro
Un laberinto es algo que va y viene, girando sobre sí sin que sepas hacia dónde va. Y cuando, por casualidad, encuentras un hueco, llegas al centro. Pues mi vida es eso: un auténtico laberinto que va de un hombre a otro.
Desde niña tuve dos enamorados. Ambos me adoran, me miman y me quieren con locura. Tanto uno como el otro son “el marido perfecto para mi hija”, diría de ellos cualquier madre. Pero…, porque claro, hay un pero, y éste es que a mí no me gusta ninguno.
Tito, diminutivo de Alberto, como amigo era pasable, pero cuando imaginaba mi vida a su lado… ¡Dios mío! No. Como marido era imposible. Incluso diría que hace honor a su nombre. Él, como un monito, repite una y otra vez cualquiera de mis palabras. Es que, a Julita, esa soy yo, le gusta esto o lo otro. Soy su motivo en la vida y tan solo piensa en hacer lo que a mí me gusta, aunque sea lo mismo durante días y días.
El otro, Sebastián, sí que es perfecto. Es tan perfecto que nadie puede estar a su lado sin ser corregido más de una vez. Y da lo mismo lo que le diga, porque como yo no suelo callarme, aguanta impertérrito cualquier tipo de banderilla que le clave. Además, sabe de todo. Y lo malo es que es cierto. Lo que más me molesta de él, es verlo torcer su morrito desdeñoso cuando a su juicio no voy a la moda. Recuerdo una vez que le pedí a mi peluquera que me pusiera mechas. Estaba monísima. Sin embargo, en cuanto me vio, acariciándome la melena, dijo que, a su juicio, nada era mejor que la naturalidad, sobre todo cuando se tiene un cabello tan bonito como el tuyo. Pero lo peor es estar con él en un restaurante. Cuando yo pido huevos fritos con patatas —lo hago porque sé que le molesta, y mucho— dice que elegir eso es tirar el dinero. Ese tipo de platos hay que hacerlos en las casas. En cuanto calla le noto un enfado silencioso. De esos que en cualquier pareja hacen saltar truenos y rayos. Pero no es nuestro caso, porque después de soltarme la soflama sobre las bondades de una buena lubina o de un chuletón de Ávila, da cuenta de su plato con la misma calma que debe tener un forense al hacer las autopsias: diseccionando la comida. Sí. Sí. Mientras toma lo que haya pedido, te lo comenta. Te cuenta qué tipo de especias lleva, la forma en que ha sido cocinado, si la lubina o la merluza son de granja o están pescadas con pincho o arrastre. Vamos, cada comida ¡un latazo! En fin. A no ser que se encuentre delante del cuadro de Las Meninas, nada está bien.
Y luego está Andrés. Al que a nadie gusta ni tan siquiera valora. No tiene dinero, ni pertenece a una familia de esas de las de toda la vida, ni es uno de los que, según mi madre, “por su modo de ser llegará a algo importante”. Y es cierto. Todo lo que ella dice es totalmente cierto. Pero yo estoy enamorada y él me corresponde.
Así que, cuando decidí que me iría con él en cuanto terminara mis estudios, mi vida se convirtió en un laberinto. Salgo con Tito. A los pocos días me voy con Sebastián. Es que no acabo de decidirme, le explico con auténtica hipocresía a mi madre. Cuando estoy con Tito creo que es él quien más me gusta, pero cuando voy con Sebastián me siento tan segura, que no sé, no sé, repito una y otra vez poniendo los ojos en blanco. Pues decídete de una vez niña, me dice ella, que te vas a quedar sin ninguno. Lo sé, lo sé, digo frotándome las manos con auténtica desesperación.
Y luego, mintiendo como una bellaca, salgo con Andrés. Una vez dije que me iba a Valencia invitada por una amiga. Y si decía Valencia era porque en mi casa no conocen a nadie por aquellos lugares. Otra, que, si mi curso se iba a visitar las ruinas de Mérida —yo estudiaba arqueología—. Otra, que si hacía el Camino… Total que siempre andaba de aquí para allá, cuando la verdad era que me quedaba en un apartamentito que Andrés había heredado de su abuela en la calle Huertas.
Así voy haciendo tiempo hasta acabar la carrera, que ya me queda poco. He de decir que ahora ando un poco asustada. No sé por qué, pero me parece que tanto Tito, como Sebastián, al igual que mis padres, sospechan algo. Quizá alguien les ha dicho que me ha visto por uno de los garitos del Barrio de Las Letras.
No sé qué es lo que sospecharán, lo que sí sé es que este laberintico ir y venir de uno a otro, me hace vivir muy incómoda.
De mitos y leyendas
Liliana Delucchi
Hasta aquel Domingo de Ramos, Sebastián no había querido adentrarse en el laberinto. Pero esa mañana de sol, la casa estaba abarrotada por la familia de su padre y el niño no tenía la menor intención de jugar con sus primos. A su juicio eran unos gandules gritones y brutos que se burlaban de su voz porque, si bien destacaba en el coro de la iglesia, era incapaz de soltar improperios. Escapó de la parentela nada más terminar la misa y cuando se dio cuenta, después de haber sorteado la muchedumbre que abarrotaba Sevilla por Semana Santa, estaba frente al Real Alcázar.
Siguiendo los pasos de una señora de mediana edad, con un vestido color burdeos, un misal y una mantilla en la mano, poco a poco se adentró en los jardines. El movimiento de los cipreses, impelidos por el aire de esa temprana primavera, le producía una cierta inquietud. Aun así, siguió adelante y cuando se dio cuenta, estaba pisando la grava del laberinto.
Se movía despacio entre la madeja de reflejos y sombras de los mirtos, intentando registrar en su memoria cada uno de los recovecos por los que se desplazaba, empujado por una mezcla de temor y arrojo, con la esperanza de culminar el recorrido.
Al llegar a una de las esquinas, dudó por un instante si girar a derecha o a izquierda, fue entonces cuando divisó la espalda de la mujer que había visto a la entrada. Decidió seguirla, posiblemente ella conocería el camino. Aunque ¿era hacer trampa? Probablemente sí. ¿Acaso Teseo no se valió del hilo de oro para encontrar la salida después de matar al Minotauro?
Resolvió que, si bien no era tan valiente como el héroe griego, deseaba enfrentarse a lo insondable del misterio, pero manteniéndose conectado con el exterior.
El sol ya estaba alto y emanaba el calor propio del mediodía. ¡Tenía que estar en casa para el almuerzo! A esa hora la familia estaría preocupada por su ausencia. «Lo lograré» dijo para sí, cuando se dio cuenta de que estaba dando vueltas en círculos. Secó el sudor de su frente y apuró el paso. Otra vez en el centro del dédalo. No lograba acercarse a la periferia.
Sentado en el suelo para quitarse una china del zapato, recibió una ráfaga de aire que trajo volando una pieza de encaje. ¡La mantilla de la señora! Aspiró el denso perfume que desprendía el trozo de tela mirando en derredor. ¡Por allí! Giró en redondo y pudo divisar la silueta de la mujer entre ramas confusas, enredadas, abstrusas. La siguió un buen trecho, medio escondido entre las pocas sombras que a esa hora dibujaban los setos. Todo el cuerpo le temblaba por la emoción: se sentía como un detective de película persiguiendo a un sospechoso. Llegó a la conclusión de que hasta entonces su vida había sido gris, por temperamento más que por circunstancias, y ahora tenía la oportunidad de vivir una gran aventura.
Lo distrajeron unos niños que pasaron corriendo, lanzando chillidos y…, volvió a perderla. Aunque pretendía encontrarla por el rastro de perfume que pudiera dejar, la silueta color burdeos había desaparecido. Regresó sobre sus pasos, olisqueando como un chucho en busca de un trozo de comida y casi se dio de bruces contra el suelo al tropezar con algo. ¡El misal de la dama! Lo recogió y envolvió en la mantilla. Continuó andando con paso inseguro, miró hacia el cielo y calculó la hora. Sintió vergüenza al pensar en su familia enviando un equipo de rescate…, un final poco airoso.
Respiró hondo. Adujo que también Teseo habría pasado miedo. Entonces, una sensación de coraje acudió en su ayuda. Al recordar todo el trayecto, desde que lo iniciara hasta ese momento, dejó que su memoria lo condujera hasta el principio, que quizás fuera el final.
En una de las curvas volvió a ver a la señora y esta vez no permitió que nada lo distrajera. La siguió hasta el final del trayecto. La dama estaba a punto de cruzar la calle cuando la llamó.
—Esto es suyo, se le cayeron dentro del laberinto —dijo extendiéndole la mantilla y el misal.
—Gracias, querido. ¿Cómo te llamas?
—Sebastián. ¿Y usted?
—Ariadna.
Mi vida: un laberinto
Marieta Alonso
No sé por dónde salir. Quiero a mi marido, aunque cueste creerlo. El mundo sabe que es un cantamañanas. No necesita fingir, se le nota, pero lo quiero, aunque hace una semana le fui infiel y no siento ningún remordimiento. Tampoco ansío repetir la faena. Lo único que recuerdo de ese desconocido es que tenía el pelo gris haciendo juego con su bigote. Como soy discreta, no contaré lo ocurrido, solo se lo comenté a la tía Maite.
Ella había dejado al novio a la puerta de la iglesia por un tipo veinte años mayor: calvo, aburrido e impertinente. Lo mejor que tenía el elegido era su abultado monedero producto de sus sustanciosas cuentas de ahorro. Aunque hay que reconocerle que tuvo una cosa verdaderamente buena, morirse a tiempo, dejando a su viuda todos sus bienes. Cosa que ella agradeció.
La tía Maite ayudó a toda la familia, a sus padres les compró un piso, a la abuela una tumba, a sus hermanos la entrada para montar un negocio y a todos los sobrinos bicicletas y patines. Hasta el exnovio salió beneficiado, le compró un billete de avión para que se fuera a Australia, lo más lejos posible para no caer en tentaciones.
Anoche, sin venir a cuento, tía Maite murió dejándome heredera. En una nota escrita con letra de molde, me instaba a viajar a Creta, sin marido, a que caminara por el circuito de los siete meandros.
«Utiliza la cabeza para salir de tu laberinto, espabila y toma buenas decisiones, que la vida es corta.»
Hola Cristina ,
Gracias a las cuatro y que buscando y buscando…..encontréis un buen verano!!!.
Gracias Elena, espero que lo encontremos y tú también.
Abrazos fresquitos.
Cristina