El Rastro de Madrid
El Rastro es un mercado al aire libre que se celebra los domingos y festivos en el popular barrio de La Latina de Madrid. Con más de 400 años de historia, en el mismo se pueden encontrar tanto objetos cotidianos como curiosos artilugios antiguos, todo ello envuelto en un ambiente de lo más animado.
Se sitúa en torno a la Ribera de Curtidores, una cuesta pronunciada a lo largo de la cual se extienden cientos de puestos.
La zona que ocupa es el antiguo lugar donde se encontraban las curtidurías, muy próximas al matadero. Su denominación proviene del hecho de que durante el traslado de las reses se dejaba un rastro de sangre que fue el que dio origen a su nombre.
En este escenario se sitúan la historia de una mujer obsesionada con la búsqueda de un objeto en particular; la de una viuda que encuentra en este mercado su forma de vida; una joven que descubre un secreto familiar y otra que tiene un encuentro inesperado.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
El chamarilero cauteloso
Cristina Vázquez
Sacaba la lengua para lamer los cristales de sus gafas. Luego las limpiaba con esmero y se las ponía antes de hacer las cuentas. Protestaba por lo bajo y repetía la operación si la claridad conseguida no era la deseada.
—Y ahora a sumar —finalizaba Edelmiro—. Para eso se necesita buena vista.
Cuando era pequeña su hija observaba fascinada la operación de limpieza, y aunque le recordara a un camaleón, le parecía que era una acción importante, un momento casi sagrado. El padre la miraba sonriente por encima de los cristales con una expresión desvaída, perezosa. La buena administración ha de ser diaria, aseguraba con seriedad, si no, el negocio se va de las manos. Vivían justo encima del local y allí se iba con su madre una vez que se cerraba la tienda. En ese momento, el padre recibía a gente importante y no había que molestarle, le amonestaba la madre si trataba de oír la conversación.
—Son cosas de negocios…, de hombres —un cierto orgullo brillaba en sus ojos oscuros y vivarachos.
Cuando fueron pasando los años, Rosaura, la hija, ya no le miraba en el momento de las cuentas, porque además de parecerle una pantomima, el dinero que había que sumar era escaso. Lo que sí veía con claridad es que esa chamarilería a la que su padre dedicó su vida, como habían hecho su abuelo y su bisabuelo, resultaba cutre, mugrienta, de poco interés. Ni siquiera los domingos bullangeros se llenaba de gente.
Se dedicó a estudiar arte y decoración por las tardes. Si el negocio iba a ser para ella, argumentó al padre, tenía derecho a renovarlo y darle un aire actual.
—Allá tú —le contestó esa tarde de mayo en que los árboles ofrecían verdor y sombra en la calle principal de El Rastro—. Haz lo que quieras con esto y con tu vida.
Al decírselo, una expresión entre pícara y desganada se instaló en la cara de Edelmiro. Allá tú, pero aunque no lo creas, esto, señaló a su alrededor abarcando el abarrotado lugar, siempre fue un buen negocio.
Mientras estudiaba, Rosaura pasó un tiempo mohína y malhumorada. Había conocido gente de otra categoría, afirmaba al llegar, gente que vivía por el barrio de Salamanca y Argüelles, gente a la que no se atrevería a confesarles dónde estaba su casa y cuál era el negocio de la familia. El padre la miraba con desconsuelo, sentía mucho no haberle podido ofrecer otra cosa, Rosaurita, pero que no se preocupara por nada. Ella que aprendiera todo lo que tenía que aprender y luego, ya se lo había repetido, con su vida que hiciera lo que quisiera. No le iba a faltar dinero ni apoyo.
—Esto, cariño —le dijo una noche en que la chica estaba apenada—. Esto es un buen negocio.
La hija le miró con desesperación y la nueva altanería que estaba adquiriendo. Si él no había visto mundo, ni salido de esa chamarilería y de ese barrio, qué iba a saber de negocios. Edelmiro bajó los labios con cierta amargura.
—Si tú lo dices, así será.
Antes de terminar sus estudios el padre murió repentinamente mientras dormía la siesta en su sillón. Murió como había vivido, sin hacer ruido, sin molestar a nadie. La mujer se dio cuenta porque era más tarde de la hora en la que se solía despertar y por un abandono en las manos que la sobresaltó.
Pasados los días de duelo, apareció un señor bien trajeado, con un leve acento extranjero y una pequeña cicatriz en la mejilla, preguntando por la señorita Rosaura. Tras la sorpresa le hizo pasar al pequeño espacio al que su padre denominaba despacho, donde se reunía con los señores que acudían después de cerrar la tienda.
—Esto es para usted —le alargó un sobre-.
—¿Qué es?—preguntó la chica sin entender lo que esos documentos significaban.
El hombre se inclinó un poco hacia delante, eran las cuentas que su padre le había dejado en Suiza a su nombre, confesó con ese suave acento que le hacía arrastrar las palabras.
—Era un hombre muy rico, don Edelmiro —declaró con respeto —y el mejor traficante de arte.
Ante su cara de estupor, el señor le dio unos breves golpecitos en la muñeca. Comprendía su sorpresa. Él estaba a su disposición para lo que necesitase.
—¿Querría seguir con el negocio? —se puso muy serio—. Su padre era un hombre muy respetado en este mundo y las puertas estarían abiertas para usted.
Rosaura era incapaz de reaccionar. No tenía que contestar inmediatamente, prosiguió con dulzura. En estas circunstancias necesitaba un tiempo de reflexión, lo comprendía. Dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Espero su llamada. Sería una pena perder esta oportunidad.
Tornillos de todas clases
Malena Teigeiro
Llevo meses visitando El Rastro. De arriba abajo y de abajo arriba recorro la cuesta de La Ribera de Curtidores sin cansarme. Nunca compro otra cosa que no sean tornillos. Los tengo largos, cortos, anchos, antiguos y modernos. De acero, hierro y metal dorado. ¡En fin!, de todas clases. Busco tan solo eso: Un tornillo. Al llegar a casa los pruebo. Pero hasta ahora no he tenido suerte. Todavía no he encontrado el que me valga.
Cada domingo vengo a El Rastro sola. Antes solía acompañarme Juan, sin embargo, últimamente dice que prefiere quedarse en casa, metidito en la cama. Siempre le gustó la cama, pero lo de ahora ya es comparable a la vagancia. Ni tan siquiera se levanta para comer. Ni para lavarse. Y he de decir que olor en la habitación es bastante molesto. Pero yo…, como si nada, porque no quiero ofenderlo. Sé muy bien el genio tan rápido que tiene. Con un pañuelito mojado en colonia que de vez en cuando me llevo a la nariz como si estuviese acatarrada, me siento en una silla para hacerle compañía. A él parece que le gusta verme allí, a su lado. De vez en cuando me pregunta alguna cosa, y suele sonreír si lo que le cuento es gracioso. Al menos eso me parece a mí. Aunque es posible que sea tanto mi deseo de tenerlo contento que hasta lo imagine.
Nadie entiende mi relación con él. Ni tan siquiera los vecinos. Y no es que yo sea una persona de las que piensa que todo el mundo las persigue. No es eso. Lo que sucede es que cuando me cruzo con Maruja, la del quinto o con Antonia, la del cuarto derecha, bajan la cabeza al pasar por mi lado. Incluso hay alguna que rumia cosas muy desagradables con la intención de que las escuche. Pero van de lado si piensan que me van a ofender. Cada uno vive como quiere. Cierto, me pareció escuchar a Juan cuando se lo conté.
Ayer han venido unos que parecían enfermeros y se han llevado a Juan. Al parecer, un vecino se ha quejado del olor. Me despedí de él diciéndole que ya se lo había advertido, que no se puede estar sin comer y sin asearse tanto tiempo. Pero claro, como siempre, no me hizo caso. Pues, Juan, mira ahora. Ya ves. Ha ocurrido que, vete a saber quién, se ha quejado en el Ayuntamiento y te han llevado tapadito en una camilla. Lo cierto es que los vecinos tenían razón. No se podía aguantar ni un solo día más ese olor tan nauseabundo.
Maruja, que en el fondo es una buena vecina, me ha acompañado mientras se lo llevaban. Me susurró que ahora debía pensar en mí. Que no podía vivir de esa manera. Cuando cerramos la puerta, me volví hacia ella. Tienes toda la razón, le dije. Ni un día más así. Lo primero que hicimos, ella no me dejó hasta que acabamos, fue abrir las ventanas. Lavamos las sábanas y fregamos los suelos. Cuando íbamos por la mitad de la limpieza, bajó también Antonia y otra vecina, una más jovencita que ni siquiera sé cómo se llama. ¡Mira que le gusta a la gente meterse en casa ajena! Pero como venía a ayudar, pues no dije nada. Cuando terminamos también la invité a un café. El piso quedó precioso y oliendo, según Antonia, a brisa marina. Lo que no me extrañó. Ella fue la que trajo de su casa la botella de detergente con una ola azul pintada en la etiqueta. Creo recordar que incluso lavamos con ese detergente las cortinas.
Y desde aquel día, y ahora que él ya no me necesita, ando La Ribera de Curtidores para arriba, La Ribera de Curtidores para abajo, buscando ese tornillo que Juan siempre me dijo que me falta en la cabeza. ¡Qué hartura de hombre! Un día tanto y tanto lo repitió que la ira me llevó a golpearlo hasta dejarlo tumbado en el suelo. Pero fui buena y lo metí en la cama, y él, quizá para vengarse, allí se quedó sin querer volver a hablarme.
Sin embargo, he de reconocer que en lo del tornillo algo de razón lleva, y que, de una vez por todas, he de colocar uno en el hueco que, según él, dejó el que me falta. Lo que sucede es que no encuentro uno que encaje ni el hueco en donde debo meterlo.
El camino de regreso
Liliana Delucchi
Cuando el empleado de la empresa de mudanzas le dijo a Micaela que estaba todo descargado, firmó el albarán de entrega y cerró la puerta. A su alrededor todo eran cajas, burros con ropa colgada, algunos muebles y mucho espacio libre. Era lo que ansiaba desde tiempo atrás: espacio, mucho espacio y mucha luz.
Le había costado convencer al propietario que sería la mejor inquilina; muchas personas ansiaban ese loft en un barrio tan arbolado de Madrid que alguna vez estuvo descascarado y en la actualidad brillaba con escaparates, mesas en las calles y tiendas de diseño.
Se sentó en la única butaca que trajo de su antigua vivienda y aspiró casi todo el aire de la habitación. En alguna de las cajas estaría la cafetera, pero ¿en cuál? Estaba segura de haber etiquetado una en la que ponía «cocina», sin embargo, no tuvo fuerzas ni ganas de buscarla.
Estoy en una de las zonas más animadas de la ciudad, así que más vale que la aproveche y salga en busca de alguna cafetería mona. Desde la banqueta en la que se instaló, frente a una taza humeante y un cruasán crocante, se dispuso a observar al resto de los parroquianos. Un mundo de colores, donde jóvenes y mayores, atildados o vestidos con ropa deportiva, componían grupos de voces en distintos tonos y diferentes idiomas. Se dio cuenta de que estaba sonriendo.
Recorrió el barrio y en algunas tiendas se entretuvo inspeccionando lo que podría necesitar (o no) e hizo algunas compras. Cuando las plantas de los pies le anunciaron que ya era hora de regresar y poner las piernas en alto, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ni idea de cómo volver. Siempre tuve un pésimo sentido de la orientación. Bendito Google Maps.
Ya en casa, encontró sábanas y una manta con las que pudo estrenar su cama y descansar hasta que el ruido del estómago y la escasez de luz le hicieron tomar conciencia de que era hora de pedir una cena a domicilio. Aunque no muy grande, la mesilla de noche le sirvió para instalar la comida y una copa de vino. A partir del lunes, con los muebles nuevos, estaré aún más cómoda. Y cuando se dio cuenta de que, a pesar de la buena película que daban en la tele, se le cerraban los ojos, volvió al austero lecho que le parecía el de una princesa de cuentos.
La escasa luz de las farolas que se colaba a través de las ventanas, dibujaba sombras sobre el joven cuerpo de Micaela que se revolvía entre embozos arrugados y almohadas. Unos tímidos lamentos escapaban de su garganta cuando, de pronto, se incorporó, secándose el sudor de la frente. Otra vez el mismo sueño: entre guijarros y rodeada de viviendas desconchadas, caminaba descalza. Perdida, desconocía el lugar y era incapaz de encontrar el camino a casa. No había persona alguna a quien preguntar. Intentaba pedir auxilio, gritar, pero era como si no tuviera cuerdas vocales. Nadie. Silencio, oscuridad y niebla.
Después de unos cuantos vasos de agua, volvió a acostarse. Cuando el sol de la mañana la despertó, ya era domingo. Un paseo por El Rastro me vendrá bien y podré encontrar algún adorno.
Caminó entre el gentío que por momentos la agobiaba hasta que se detuvo ante un puesto regentado por un anciano. Sobre la mesa, cantidad de objetos que jamás había visto, ni siquiera en sus viajes a países remotos. Sin embargo, algo en ellos le despertó cierta inquietud. El hombre le sonrió desde su mirada acuosa.
—¿Te has perdido, querida?
—Creo que sí.
Él le hizo un gesto, invitándola a sentarse a su lado. Permanecieron un largo rato en silencio, un silencio que lo abarcaba todo, ni siquiera se oían las voces de los que abarrotaban la calle.
A poco rato, como en un susurro, Micaela le relató su mudanza, la felicidad por su nuevo apartamento y el sueño que cada tanto la atormentaba.
—¿Por qué tanta angustia, querida? ¿De verdad crees que ansías regresar a ese lugar que te es tan esquivo? —El hombre puso una mano sobre la suya, antes de continuar con sus preguntas.
—¿Quién o quiénes están en ese lugar al que no puedes llegar?
—No lo sé.
Apoyándose en un bastón, el anciano se puso de pie y rebuscó debajo de una manta de colores. Volvió con una piedra blanca del tamaño de un puño y la puso en la mano de la joven.
—Te ayudará a llegar a ese lugar al que, creo, no quieres ir y no volverás a tener ese sueño.
Micaela acarició la piedra y cuando hizo ademán de buscar su cartera, el tendero levantó la mano: «Es un regalo. Te estaba esperando.»
Ella se puso de pie, acarició los dedos callosos del anciano y le dio las gracias.
—Por cierto, me llamo Miguel.
—¿Como el Arcángel?
—Como el Arcángel— sonrió el anciano.
Cuando regresó al loft, Micaela puso la piedra sobre la mesita de luz. Antes de dormirse, la acarició.
Otra vez caminando descalza entre guijarros, otra vez pidiendo auxilio para llegar. Pero esa noche logró alcanzar una construcción algo derruida, con ramas secas lloviendo del techo y luces en el interior. Dentro, alrededor de la mesa, en posición de firmes, estaban su madrastra, la tía Rosa que nunca la quiso, la prima envidiosa y el noviecito del instituto que se burlaba de su acné. El lejano temblor que sintiera ante ellos cuando deseaba imperiosamente su aprobación, apareció en su boca, junto con un sabor agrio que subía desde el estómago. Buscando una salida a tanto desasosiego, dirigió la mirada hacia la única ventana de aquel siniestro lugar. Detrás de un cristal nebuloso estaba él, el anciano del mercado, con una sonrisa de amor de la que los otros carecían. Miró a su pasado con displicencia. ¡Cuánto tiempo perdido buscando vuestro cariño, un gesto de aceptación, una caricia! Salió y cerró con un portazo. «Ahí os quedáis».
Cuando despertó se dio cuenta de que estaba sonriendo. Acarició el amuleto y volvió a dormirse.
El domingo siguiente regresó al Rastro. Lo buscó por todos los puestos, preguntó a todos los expositores y de cada uno recibió la misma respuesta: «Aquí nunca hubo un viejo trapero llamado Miguel».
Al aire libre
Marieta Alonso
Amalia apretó el paso. Ya estaba cerca de La Ribera de Curtidores y, como siempre, solo con oír el bullicio se le pasaron todos los males. Era para ella una cuestión vital no faltar ni un solo domingo al Rastro. El trapicheo de ropa, zapatos, quincalla y cualquier objeto de segunda mano era su debilidad y, en cierto modo, su medio de vida.
A media calle divisó a Fermín que daba los últimos toques al tinglado, justo enfrente al monumento de Eloy Gonzalo. Allí estaba con la espalda encorvada, el pelo cano, y sus dedos artríticos. Ya no eran unos chavales. Él, trece días exactos mayor que ella, le bastaba para que se creyera con derecho a protegerla. Discutían cada dos por tres, pero como todo entre ellos se desenredaba con palabras, siempre terminaban riendo.
De niños iban juntos al colegio, cada uno se casó con el mejor amigo del otro, incluso enviudaron con un mes de diferencia. Y cuando un día él se enteró de su precaria situación, la animó a que le ayudara en el puesto. Lo único que tenía que hacer era vender, vender hasta su alma si fuera preciso. Resultó ser una gran idea para ambas partes.
Desde la calle Juanelo vio venir a dos de sus clientas habituales. Se sacudió el cansancio y se dio prisa para llegar antes que ellas. La mañana comenzaba bien. Estaba segura de que la sábana encimera y la funda que para su ajuar bordó su madre hacía cincuenta años, les iba a gustar y no pensaba rebajar ni un céntimo.
No es fácil ser viuda y pobre.
Me han encantado vuestros relatos de este mes.
Millón de gracias!!!
Muchas gracias!!!
Gracias Cristina,me han encantado vuestros cuentos!,,,
Gracias mil a las cuatro ,sin rastro de maldad!,,,,,
Elena.
No se puede de una manera más creativa y genial…. escribir esos relatos donde contáis la realidad misma…. Con tanta fantasía…. A eso se le llama ….»arte de escribir»….
Muchas gracias
Aljabara