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Las gafas

15 enero, 2025 por Akelarre 1 comentario

gafas de sol

Gafas de sol

La historia de las gafas de sol (ese accesorio que todos amamos y que sirve para complementar nuestros outfits y proteger nuestros ojos) es muy interesante y curioso.

Su origen se sitúa en las regiones árticas de América del Norte y parte de Siberia, donde los esquimales crearon este utensilio para protegerse. Posteriormente, en China, desarrollaron una tecnología para ahumar los cristales y así oscurecerlos. A mediados del siglo XVIII se utilizaron lentes tintadas para tratar problemas de visión, pero no sería hasta el XX cuando se popularizó su uso gracias a los actores y actrices de cine.

Este complemento es el punto de partida de cuatro historias ocultas entre secretos y caminos andados. Los personajes pretenden esconder su mirada, aunque a veces no lo logran… ¿o sí?

La vuelta

Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Yo he llevado gafas desde pequeña. Las odio. Nunca se me olvidará la carcajada de la clase cuando me las puse. Entonces no había lenguajes correctos de visión deficiente, complemento visual o cualquier otro término que alejara la realidad de lo que en verdad era: cegata, biroja, cuatro ojos. Entonces te lo decían sin paños calientes que lo dulcificaran.

Mi hermano Alejandro, en cambio, suspiraba porque se las pusieran y yo por llevar aparato para los dientes, que él tenía. Un artefacto estrepitoso que le sacaba unos hierros más allá de los labios y le hacía hablar con un ceceo.

Cuando llegábamos a casa, después del baño y los deberes, teníamos un rato libre en el que él se ponía mis gafas y yo su aparato. Nos agarrábamos del brazo como una pareja formal y paseábamos pasillo arriba y abajo, él con mala visión conducido por mí y yo parloteando sin que me entendiera y haciéndome llagas en la boca. Era un momento feliz, solo nos faltaba cumplir el deseo de tener algo escayolado, a poder ser un brazo para llenarlo de firmas, pero eso presentaba mayor complicación.

Pasaron los años. Yo me quité, por fin, las gafas, pues resultó que solo las necesitaba para leer o ver cine. Mi hermano acabó con una dentadura ordenada y una vida, en cambio, a salto de mata. No terminó la carrera, las broncas con mi padre se oían en el vecindario y muchas noches no aparecía por casa.

Recuerdo una mañana, al volver de la facultad, a mi madre sentada hierática en el salón, acompañada de un hombrecillo vestido con un traje mal cortado y un sombrerito en la mano. Su cara estaba demudada, pálida, con una expresión de Virgen Dolorosa que me impresionó. Al verme en el umbral con cara de extrañeza me dijo con serenidad.

—Este señor —le señaló con la barbilla—, está aquí por una deuda de tu hermano.

El hombrecillo se giró cauteloso y pude observar su cara cetrina, de ojos hundidos y un bigotillo que le daba un aire de anticuado funcionario. Lo sentía mucho, acertó a decir, pero él solo cumplía la Ley y tenía que embargar bienes por el valor de la deuda.

—Es el juzgado el que me envía.

Si no le daban el dinero, tenía que incautar objetos por ese valor. La cantidad era elevada, aclaró, y él era un mero instrumento de la justicia. Mi madre se desprendió de una pulsera de oro que llevaba siempre y se la entregó. Estaba segura de que su valor era suficiente para cubrir la cantidad. El hombrecillo extendió un recibo y con un aire entre confuso y acelerado guardó la pulsera en una bolsita. Le acompañé hasta la puerta, sin entender muy bien lo que sucedía y el hombre, con el sombrero en la mano, se despidió entre disculpas apresuradas. Lo sentía, se daba cuenta del disgusto que estaba dando a la señora, pero…

Cuando volví al salón mi madre permanecía en la misma postura hierática, quizás con algo más de color.

—No digas nada a tu padre —dijo con voz grave—. Júramelo.

Y me cogió la muñeca, por favor, me suplicaba. Me senté a su lado y permanecimos en silencio con las manos entrelazadas. Esto le mataría, alcanzó a susurrar.

—Tu hermano es un desastre.

Sacó un pañuelo de la manga y se sonó conteniendo las lágrimas. No sabía en qué estaba metido, pero temía cómo iba a acabar si no cambiaba de vida. No cambió.

Se fue a vivir a Sudamérica y perdimos el contacto con él. Fue una mezcla de temor, tristeza y liberación. ¡Ojos que no ven! Pero una especie de amenaza invisible se instaló en la familia. Pasaron unos años. Mis padres envejecían a ojos vista, como si una culpa los fuera achicando y una incomprensión les dejara paralizados. A veces se producían extrañas llamadas preguntando por él. Algún amigo me contó que le pareció verlo en el aeropuerto de Buenos Aires o de Chile. Todo era difuso, inconcreto.

Un día que celebrábamos San Alejandro, mi padre y hermano se llamaban igual, sonó inesperadamente la puerta. Nos sobresaltamos. Nunca perdimos esa sensación de expectativa de que en cualquier momento podíamos tener una noticia de él, probablemente terrible. Era lo más parecido a esperar el final de una película que no llegaba.

Abrí la puerta y encontré a una mujer delgada, morena, con el pelo recogido en una coleta y unas facciones finas y cansadas. De la mano llevaba a un niño con gafas y aparato.

—Me llamo Ale —balbuceó con dificultad por los hierros.

Le abracé y les hice pasar. Después vinieron las explicaciones.

© Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Delante del espejo, algo empañado por el calor del agua de la ducha, Belén se miraba la barbilla. Desde que Paco falleció, ella se había abandonado. Y aunque era cierto que necesitaba una depilación la imagen que reflejaba el espejo no la encontró tan mal. Sin embargo, tenía que reconocer que su compañera de colegio, Merce, iba a tener razón. “Dos años llorando y pasando necesidades, ya es bastante como para que la gente sepa lo que querías a tu maridito, chica.” La última palabra la decía de un modo tan despreciativo que llegaba a dolerle. Recogió las gafas de sol grandes de cristales color caramelo. Unas gafas regalo de Paco allá por los ochenta. Cerró la maleta y salió a la calle. Al aeropuerto de Barajas, dijo arrellanándose en el asiento de un taxi que olía a fresa.

Aunque no la hubiera visto nunca, a Belén le hizo mucha ilusión la carta de la nueva directora de su colegio. Se quedó enajenada al leer que su curso iba a celebrar las bodas de plata del fin de bachillerato. En el fondo, le hacía ilusión ver qué había pasado con sus compañeras. Con alguna había coincidido en la facultad, ella se especializó Historia Antigua. ¿Qué habría sido de las otras? Recordó a la bellísima Micaela, sus ojos de un verde tan especial que a veces hasta soltaban chispitas doradas, su melena brillante, negrísima, con destellos azules. Se decía que su madre se lo lavaba con coceduras de nueces. Podía ser. El padre de Micaela trabajaba con un asentador de pescado. Y su hija odiaba su olor. Lo mismo le sucedía con su madre. Odiaba sus mandiles y los restos de escamas entre las uñas. Sobre todo, odiaba el puesto del mercado, aunque fuera de su propiedad. Recordó la tarde en la que mientras tomaban la merienda en el patio del colegio, Micaela colocándose unas gafas de pasta blanca, iguales a las de Marilyn Monroe, elevó la cara al cielo y dijo: “Tengo escrito un guion para mi vida.” Luego de un profundo suspiro, añadió que, si lo seguía al pie de la letra, conseguiría jubilarse a los cuarenta años siendo millonaria. Aunque pronto Belén olvidó sus palabras, nunca consiguió dejar atrás la envidia que le produjo verla sacar un cigarrillo, darle vueltas entre los dedos y colocárselo en la boca como si estuviera fumando.

Al llegar al hotel de Florencia todas estaban cansadas. Aun así, decidieron tomar unas copas antes de acostarse. El primer comentario fue sobre Alicia, quien se había hecho monja y se encontraba en un país de África como misionera. Nelita tampoco estaba. Junto con Paquito, su novio, había fallecido en accidente de coche. Ambos iban ya en tercero de Medicina. También faltaba Antonia. Fue Dorita, sin duda la más simpática del grupo, quien contó la razón de su ausencia. En cuanto terminó el Bachillerato, la habían casado con un amigo de su padre, un multimillonario recién llegado de Méjico. Tenía dos o tres hijos y al parecer siempre se encontraba de viaje o enferma. De Micaela nadie sabía nada. Escribió para que se contara con ella, pero no había aparecido. Y ya, cuando estaban a punto de ir a dormir, como si fuera un vendaval, la vieron entrar en el hotel.

—Chicas, chicas —gritó después de ordenar al botones que llevara el equipaje a su habitación.

Se quedaron mirando su colección de maletas color mantequilla con herrajes dorados.

—Tenéis que perdonarme por no haber volado desde Madrid con vosotras.  Cuando recibí la carta estaba en Florida —como si fuera una actriz, dejó caer el abrigo, blanco, de pelo muy largo, sobre el sofá. Luego se quitó las maravillosas gafas con brillantitos en forma de gaviotas, y alegre gritó: “Pero…, ¡aquí estoy!”

A pesar de la hora, Micaela se volvió hacia el botones y le pidió un güisqui. Sin hielo, por favor. Luego, dejando la estela de su carísimo perfume, se sentó al lado de la dulce Pilita, madre de cinco hijos y tranquilamente casada, que la miraba sin disimulo.

—Fíjate, Belén, fíjate. Cómo viste, qué maravilloso cutis tiene—susurró Marta, sentada a mi lado—.  Yo, trabajando como una negra, no gano ni para vivir, y ésta, según dicen vendiendo su cuerpo, ¡mira cómo le va!

—¡Qué dices! ¿Vendiendo su cuerpo? —escuchó la voz de alguna, no sabía quién.  Y fue entonces cuando templada, hasta risueña, Micaela, sin duda reconociendo a aquella que había hablado, replicó:

—Marta, cariño. No debe preocuparte si vendo o no mi cuerpo, porque eso de vender lo hacemos todas. Si puedes, contéstame a esta pregunta: ¿acaso no te vendes tú al entregar los conocimientos que tú padre pagó, trabajando ocho horas o más, por un mísero sueldo de funcionaria y con el que ni siquiera conseguirás tener una buena jubilación?

Micaela se detuvo un instante. Nos miró una por una y al percibir que nadie tenía intención de contestarle, continuó:

—¡Ah!, ya sé que esa venta está bien vista. La mía, a mi juicio bastante más inteligente, es que sean otros los que trabajen para que, con su dinero, me regalen casas, joyas, coches, y viajes como éste. En fin… Yo sí conseguiré tener ahorros para pasar una buena vejez. Pero hay algo que también os voy a decir para que no os preocupe mi vida. Ya no trabajo. Ahora solo me divierto con mis rumbosos amigos. Aunque claro, para llegar esto hay que ser más que inteligente, lista.

Seria, Micaela giró la cabeza volviéndonos a mirar. Luego se levantó. Recogió el vaso de güisqui que el asombrado botones mantenía en una bandeja, y como si hasta entonces nada hubieran hablado, gritó:

—¡Chicas! dejemos estas cosas tan prosaicas, y vamos a divertirnos, que es a lo que hemos venido. Contadme, ¿cómo os ha ido en la vida?

Sacó un cigarrillo del bolso y comenzó a buscar el mechero. Entre nosotras, nadie fumaba. Aun hombre al que nadie conocía, alto, delgado, de mediana edad, se le acercó. Rápidamente le ofreció fuego.

—Gracias —susurró Micaela aleteando las pestañas.

© Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Una llovizna inclemente me acompaña durante todo el viaje al tanatorio. Triste y gris como la despedida a la que voy a enfrentarme. Encima, el aparcamiento está abarrotado. Dejo el coche y, cómo no, meto el pie en un charco. Nada puede salir bien en una tarde como ésta. Al entrar al recinto, me rodea una nube de gente compungida o fingiendo estarlo. Camino despacio, como si mi lentitud pudiera retrasar el momento de verla en el ataúd. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! ¡Cuántas confidencias quedaron en el aire!

La primera vez que la vi después de varios años fue en un centro comercial, ella entraba en una óptica. Me quedé mirando el escaparate, sin atreverme a cruzar esa puerta acristalada. Tenía mis motivos: apenas dos meses atrás había dado a luz a mi segundo hijo y mi aspecto no era el adecuado para encontrarme con una antigua compañera del bachillerato. Yo estaba usando una talla L y, como iba camino de la peluquería, mi pelo parecía más una escoba vieja que la melena que pretendía lucir a la salida del centro de estética. Además, las ojeras del mal dormir a causa de los llantos nocturnos de mi vástago, ocultas bajo las gafas de sol, me hacían sentir en inferioridad de condiciones.

Ella estaba radiante: esbelta, con un andar elegante para mí desconocido y unos modales de princesa que yo escudriñaba a través de los cristales. Escapé.

En el colegio, yo era de las populares, aunque con notas no muy sobresalientes, mientras ella huía de nosotras y durante los recreos mordisqueaba una manzana leyendo quién sabe qué. Cuando nos graduamos, desapareció de nuestra vida. Las chicas guay seguimos reuniéndonos para cotillear. Con el tiempo, a raíz de las nuevas tecnologías, formamos el grupo de WhatsApp de los antiguos alumnos. No la incluimos.

La segunda vez que pude verla fue de lejos. Yo acompañaba a mi marido al juicio que le habían incoado por malversación y estafa. ¡El muy imbécil no valía ni para eso! Ella era la fiscal. Tampoco esta vez me acerqué, seguro que fue consciente de quién era la mujer del detenido.

Tiempo después, cuando yo salía de una de mis visitas a la cárcel, iba tan furiosa por la situación en que nos dejara a mis hijos y a mí el incompetente, que me llevé por delante a una mujer. Era ella. Lloraba. Pude reconocerla porque, con mi empujón, se le cayeron las gafas de sol. Estaba tan compungida que ni se dio cuenta de su pérdida ni de mi presencia. Las recogí del suelo y las guardé. Eran de diseño, de una marca que yo en esos momentos no podía permitirme.

Por un tiempo no pude dejar de pensar en ella. ¿Qué le pasaría a esa mujer elegante y exitosa para salir de la prisión en ese estado? Transcurrieron las semanas y dejé de preocuparme por el tema, aunque usaba sus anteojos a diario, ansiosa por recuperar mi antiguo estilo, convencida de que si fingimos ser alguien durante un tiempo, nos convertimos en ello.

El verano siguiente mis padres nos invitaron a mis hijos y a mí a la playa. Fue allí donde ocurrió el encuentro. Mientras me entretenía con los niños en la arena, vi a una mujer leyendo debajo de una sombrilla. Yo estaba fabulosa. Esa vez sí me acerqué.

—Son tuyas —le extendí las gafas—, se te cayeron hace un tiempo. Y le relaté nuestro encontronazo.

—Quédatelas —cerró el libro y se incorporó—. Siento lo ocurrido. Entiéndelo, era mi trabajo.

—No es tu culpa —esbocé algo parecido a una sonrisa—. No era muy listo, pero tan guapo…

Entonces fue ella quien sonrió antes de decir:

—Sí, en el colegio todas estábamos enamoradas de él.

—¿Tú también?

—Claro. Era empollona, no ciega.

Reímos la dos. Después hablamos de muchas cosas y durante ese verano nos reconciliamos de una separación iniciada muchos años atrás. Nos descubrimos: ella no era la triunfadora que parecía ser, o al menos no se sentía como tal, ni yo la perdedora que mucha gente creía. Nos hicimos inseparables, tan diferentes y tan cercanas a la vez.

Despacio, como si me pesaran los pies,  me acerco a la sala donde yace desde que, esta mañana, un imbécil se saltó un semáforo y estampó su coche contra una columna. Murió en el acto.

Serena, rodeada de flores y del bisbiseo de los presentes, es la imagen de la Bella Durmiente a punto de ser despertada por el príncipe. Me acerco, abro el bolso, busco aquellas gafas que me regaló y las pongo sobre su cuerpo: «Por si allá arriba hace mucho sol. Ya me las devolverás cuando nos veamos.»

© Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

Es uno de esos días de invierno en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Como cada vez que es el cumpleaños del abuelo, ya tiene noventa y ocho, y repite: «Esta será la última fiesta familiar a la que podré asistir». Nunca sé qué contestar, bien pudiera ser verdad. La abuela lo manda a callar y pregunta: ¿Dónde están tus gafas? Siempre están perdidas.

Es uno de esos días de primavera en que la Villa de Madrid está especialmente bella... La familia al completo va de paseo para disfrutar de la floración, el despertar de los animales, el regreso de las aves migratorias. Es la renovación de la vida. En esos días la música calma los ánimos. Me encanta Vivaldi y aunque mi marido prefiera a Tristán e Isolda, no lo puedo evitar, Wagner me espanta. A mis suegros les gusta Mozart y Strauss. Los niños se pelean por el Reguetón.

Es uno de esos días de verano en que la Villa de Madrid está especialmente bella… Sin tanto tráfico, con mucho calor, los días más largos y las noches más cortas. Solo echo en falta el mar y unas gafas de sol. Para darme ánimo, mi marido me da un beso. Yo me siento violenta si lo hace delante de los niños. El pequeño corre a abrazarnos, quiere también un beso, pero la niña que está en plena adolescencia mira hacia otro lado como avergonzada de esa ridiculez a nuestra edad.

Es uno de esos días de otoño en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Las hojas de color verde cambian a tonos amarillos, rojos, ocres. Luego se secan y caen ayudadas por el viento. Hoy regreso pronto del trabajo. Cuando llega mi marido con los niños del colegio nos vamos al oftalmólogo. De allí a la óptica. Al llegar a casa nos hacemos una foto. Ya está. Todos con gafas, menos yo, que uso lentillas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Comentarios

  1. Elena dice

    17 enero, 2025 a las 16:56

    Cristina,ciertos los cuatro cuentos.
    Sol madrileño difícil sin gafas!
    Gracias autoras ,preciosas historias.
    Elena

    Responder

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