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Casetas de playa

15 julio, 2022 por Akelarre 6 comentarios

Casetas de playa

Casetas de playa

Hay diversas versiones sobre el origen de estas populares casetas que se construyeron a mediados del siglo XIX. Se usaban de trastero para que los pescadores guardaran sus utensilios de pesca o bien como refugio para los bañistas que huían del sol o querían intimidad.

Santander fue la primera ciudad que anunció en los periódicos los baños de mar, también llamados entonces baños de ola o de oleaje. La reina Isabel II inició la costumbre de estos baños aconsejada por los médicos, quienes veían muchos beneficios terapéuticos en el agua de mar.

En la actualidad, y debido a la masificación del turismo, son pocas las playas que conservan esas casetas. Sin embargo, su magia ha despertado la fantasía de nuestras escritoras, situando en una de ellas el origen de una historia de amor; las actividades detectivescas de dos jóvenes amigos; la de una joven esposa que, harta de la lluvia, regresa al sol, o la renuncia a una gran pasión en pos de lo correcto.

Renuncia

Cristina Vázquez

Un rayo de sol

Malena Teigeiro

Los detectives

Liliana Delucchi

Agua salada

Marieta Alonso

Renuncia

Cristina Vázquez

Las tardes se iban acortando y el olor a humedad del aire presentía el otoño ya cercano. A Emma siempre le entristecía el final del verano, pero aquel año no era tristeza lo que la embargaba, sino más bien la conciencia de una plenitud vivida y enterrada para siempre.

Habían pasado treinta años y volvía otra vez al mismo lugar. Le resultó difícil ubicar lo que veía con el trazado que preservaba en su cabeza, casi como un lugar sagrado, el santuario de su memoria, se decía con cierta pretensión. Su recuerdo era el de una playa solitaria cercada de dunas que se transformaban de un año a otro por efecto de los vientos invernales, y un pueblo pequeño. Pueblo tranquilo que se reanimaba en verano con apatía, sin voluntad de que la llegada de los veraneantes alterara su ritmo cotidiano. Siempre pensaba que en invierno debía resultar abrumador, con la luz tamizada por nubes grises, vientos feroces y el mar, espejo de ese cielo, embravecido y oscuro. Por eso la proximidad del otoño la entristecía como presagio de lo que iba a venir.

Había vuelto por circunstancias ajenas a ella, y aunque al principio se resistió no le quedó más remedio que aceptar ir, necesitaban su firma para la venta de la casa de la playa. Decidió recorrer el paseo que solía hacer por el camino que aún hoy no se había borrado y llevaba hasta lejanas dunas que fueron su refugio muchas veces. Al ir avanzando en una especie de remembranza enterrada durante treinta años, distinguió a lo lejos, en la playa, las casetas de baño que seguían erguidas con sus alegres colores, y algo en ella se fue derritiendo en una mezcla de felicidad y melancolía.

Ese verano, que para ella terminó siendo el verano en el que su vida se decidió, estaba asociado a las dunas y a esas humildes casetas de baño que se convirtieron en asideros de su felicidad. El olor del mar mezclado con la madera, la intimidad que prometían, la oscuridad velada al entrar en ellas, todo eso permanecía inalterable en su recuerdo.

La aparición de Karl, el amigo de su marido que acababa de volver del extranjero y ella no conocía, fue inesperada y algo confusa. La sorpresa de Ema al ver a ese hombre alto, vestido con inapropiado traje oscuro para el lugar y el pelo abundante y rubio despeinado por el aire, esperando a la entrada de su casa, le hizo pensar en alguien confundido.

—¿Vive aquí el doctor Bauer? —más que preguntar parecía disculparse—. Soy Karl Alder.

Tardó un momento en asimilar ese nombre con el del querido amigo tantas veces nombrado. Tras un momento de silencio, Ema le hizo pasar a la casa. Llevaba de la mano a su hijo que se acercó al desconocido con inusual familiaridad. Le introdujo en el pequeño salón en el que se abría un ventanal sobre la playa. Parecía que el mar tuviera voluntad de entrar en él. No olvidaría nunca ese momento. Al sentarse para cumplir con las formalidades de la hospitalidad, un inesperado silencio se apoderó de ellos. Se miraron con pareja inquietud, igual que si una descarga los hubiera inmovilizado. Tardó en salir de esa especie de trance en el que se habían sumergido.

—Mi marido tardará unos días en volver —dijo al fin con voz titubeante—. Ha tenido que marcharse de forma inesperada por una urgencia en el hospital.

Él cabeceó asintiendo y se disculpó. Eran tan difíciles las comunicaciones que no había podido concretar la fecha exacta de su visita, pero le extrañaba que André no le hubiera avisado de su posible llegada, concluyó azorado e hizo un gesto de marcharse. Ella le aseguró que era bien venido y que estaba segura de que su marido no tardaría mucho en regresar. Le recomendó un hotel.

—Por favor, vuelva a cenar —invitó animosa—. Es un pequeño contratiempo que no esté André, pero mi hijo y yo le esperaremos encantados.

Al cerrar la puerta, Ema intuyó una suerte de epifanía con la certeza de que su vida no sería nunca igual. Volvió para la cena. Iluminados por las lámparas de gas, aún no había llegado la electricidad a ese remoto lugar, hablaron, rieron y la felicidad brillaba en los verdosos ojos de Ema y en la sonrisa de él. Sin necesidad de decirse nada, comprendieron la devastación que esta atracción podía significar. Al despedirse, Karl preguntó si se marchaba o quería que se quedara. Ella le pidió que no se fuera, por favor, quédate conmigo.

Esa semana, hasta que volvió André, pasearon entre las dunas, se bañaron en el austero mar y se besaron. Sabían que el amor que de esa manera arrolladora les había envuelto, se quedaría circunscrito a ese tiempo. No querían traicionar el matrimonio ni la amistad. Y así fue. Pensaron que, pese al dolor de su separación, habían sido unos privilegiados.

Cuando llegó André su alegría por reencontrar al amigo se sumaba a la bendición de su familia, así lo aseguró. Pese a su insistencia para que Karl prolongara su estancia, él adujo que le resultaba imposible permanecer más tiempo. Sí, volvía al extranjero, había desechado regresar a su país.

Tardó un tiempo en recuperarse de la partida de Karl, tiempo que dedicó a su hijo, a dar largos paseos por los mismos lugares que había recorrido con él, y a refugiarse en la caseta cuando el mundo a su alrededor se volvía irrespirable.

Y ahora, treinta años después, volvía al mismo lugar y una dulzura largo tiempo olvidada, se apoderó de ella. Se sentó en la arena húmeda, apoyada en la pared de una de las casetas y aspiró el olor del mar. Fue muy feliz. Golpeó con los nudillos la pared de madera y en un susurro dijo. Gracias.

Nunca más supo de Karl. En su corazón permanecía joven, amado y con el pelo revuelto por el viento.

© Cristina Vázquez

Un rayo de sol

Malena Teigeiro

Desde que contrajeron matrimonio, Manuela vivía con Berty en Devon. Se habían conocido en la playa de Isla Canela, en Huelva, justo al lado de la frontera portuguesa. Sobre la dorada arena y con alegría contagiosa, Berty le hablaba de su hermosa playa inglesa, Bantham, decía que se llamaba. Y dejando escurrir entre los dedos la dorada arena, añadía que la de él era finísima y muy blanca, y que estaba rodeada de dunas en las que crecían verdes juncos. Concluía contando que en ella había tres casetas de madera pintadas de blanco y azul y que en una servían el té.

Nunca supo Manuela si su amor por el joven Berty surgió por lo romántico que le parecía tomar el té en una mesita de hierro delante de la caseta de la playa, o quizá fuera su cabello rubio y su hablar zarrapastroso, lo que la atrajo con locura. Durante su noviazgo de largos paseos por la playa de Isla Canela, entre risas y besos, Manuela le oía hablar de su país, con brumas que te envolvían como suaves sedas, acantilados blancos, y verdes e inmensos praderas. Te gustará, le decía soñador acariciándole la mejilla. Aunque tenía que reconocer que nunca le habló del color del mar ni del sol al atardecer.

También le recitó una y otra historia sobre su muy antigua familia, por cierto, de apellido impronunciable, a la que ella ansiaba conocer. De su hermana, casada y con tres rubios y adorables hijos, de su padre, siempre con la nariz entre viejos papeles familiares y libros de cuentas de la administración de la finca. De su madre nunca le habló, cosa que le extrañaba, aunque no mucho. Ella también se llevaba mal con la suya. Y todavía la aborrecía más desde que pretendía impedirle que saliera con aquel que había llegado «de no se sabía dónde», decía con rostro avinagrado,

Así, cada día más enamorada, aunque solo habían pasado los tres meses de verano desde que lo vio por primera vez, decidió contraer matrimonio con Berty antes de que él regresara a Inglaterra. De viaje de novios volarían al aeropuerto de Exeter. Hubiera preferido pasar unos días en Londres, pero él tenía prisa por volver a su casa para que sus padres pudieran conocerla. Y se conformó. Ya lo visitaría, se decía para sí soñadora. Tenían whoooole life para hacerlo, le susurraba al oído arrastrando las oes. En el fondo le hacía ilusión que aquellos ancianitos, padres de su marido, tuvieran tanta ansia por conocerla. Sin duda su edad había sido el motivo por el que no asistieron a la boda. A Manuela no se le pasaba por la cabeza que pudiera haber otra causa, y recordaba el rostro feliz de sus padres bailando por soleares en la fiesta del cortijo.

¡Qué romántico es todo por aquí!, le escribió días más tarde de su llegada a su hermana con las manos metidas en unos gruesos guantes de lana. Continuó contándole que uno de los ayudantes de la familia de su marido les había dejado el coche de Berty en el parking del aeropuerto. Era un divino Morgan verde, con tapicería de cuero beige. Entrar en él no le resultó fácil, y como puedes suponer, le relataba con su perfecta letra de colegio de monjas, el equipaje no cabía en el exiguo maletero, por lo que tuvieron que dejarlo en consigna hasta que alguien de la casa lo fuera a recoger.

Al llegar a la mansión de la familia, en las afueras de Bantham, un pueblecito con apenas unas casas y alguna nave industrial, se sorprendió. Sin duda aquella casa y su familia debieron haber sido muy importantes, pero ahora a Manuela le dio la sensación de que las piedras de aquella mansión iban a irse al suelo de un momento a otro. Tampoco tenían calefacción, y como continuaba sin llegar el equipaje, tuvo que seguir vistiendo los mismos vaqueros, y algunos viejos cárdigans de su marido. ¿Imaginas lo que diría mamá si supiera que llevo todos estos días sin cambiarme de ropa y lavándome como los gatos?

A pesar de todo, su ansia por conocer aquello de lo que tanto le había hablado Berty no disminuyó. Y juntos fueron a la playa. Tenía verdadero deseo de tomar una taza de té con aquel bollo tan típico. Al acercarse a las casetas descubrió que no solo no podría tomar su taza de té, sino que de aquellas románticas casetas pintadas de azul y blanco de sus sueños, apenas quedaba la estructura.

Pasaron quince días sin que nadie fuera al aeropuerto a recoger su equipaje, por lo que decidió ir ella. En un cuatro por cuatro, igual de antiguo que todo lo que la rodeaba, llegó al aeropuerto. Recogió sus maletas de la consigna y justo cuando de nuevo se encontraba abriendo la puerta del viejo coche, vio salir un avión. Estaba pintado de plata y un rayo de sol, el único que había visto desde que llegara a aquella isla, lo hacía brillar como una joya. Se detuvo un instante. Con una alegría que casi le rompía el pecho, se dio la vuelta. Entró en la terminal y se dirigió a los mostradores. Compró un billete para Sevilla, el aeropuerto más cercano a su querida Huelva, y volvió a facturar su equipaje.

Antes de embarcar, se sentó a escribir:

Mi amado Berty:

Quizá no sepas que la bruma que nos envuelve como la seda, está hecha girones. La blanca y fina arena se encuentra sucia y llena de charcos. El delicioso té que servían en las casetas sin duda se lo han debido beber las gaviotas. La lluvia no me permite pasear por los verdes prados, y la casa nos va a enterrar a todos de un momento a otro. Y por si fuera poco, tu padre, bastante más joven que el mío, tan solo me sonríe. Muy amable, eso sí. Tu madre ni me saluda, y los criados tampoco me dicen nada, quizá porque no hablo inglés. ¡Ah!, se me olvidaba. Comprendo perfectamente que tu hermana no quiera volver a pisar esa agradable y hermosa mansión.

Mi amor, te espero bajo el dorado sol de mi hermosa playa de Isla Canela, donde tan felices fuimos. Y si lo que no te gusta es vivir en España, con tal de hacerte feliz no me importaría que nos trasladáramos a un país extranjero. Por ejemplo, a El Algarve Portugués.

I love you,

Manuela

© Malena Teigeiro

Los detectives

Liliana Delucchi

No se esperaba semejante tormenta, inusual en aquella época del año. Aunque casi todos los visitantes habían abandonado el lugar, los padres de Lucille y los míos apuraban las vacaciones hasta principios de otoño. Durante ese tiempo disfrutábamos con largos paseos por la playa y algún que otro baño ocasional cuando los mayores no nos veían.

Mi amiga nunca quiso decirme cómo consiguió la llave de la caseta de la administración. La cuestión era que la tenía y nos refugiábamos en ella en medio de colchonetas apiladas, sillas y algún traje de baño roto.

Sentados detrás de la ventana de la taquilla, limpiábamos con el aliento y los puños de los jerséis, los cristales para ver qué acontecía más allá de nuestro escondite. Poníamos nombres a los perros que hurgaban en la arena, a los ciclistas que se atrevían a desafiar al viento del norte o a las señoras con los tobillos sumergidos en el mar. A todos ellos les inventábamos una historia que más tarde tratábamos de corroborar en el pueblo, como verdaderos Sherlock Holmes. Lo que nunca imaginamos fue que nuestra actividad detectivesca nos llevaría tan lejos.

Esa tarde entramos en la caseta más para resguardarnos de la lluvia que para dar rienda suelta a nuestra imaginación, sin embargo, los acontecimientos superaron las quimeras.

A pesar de que el agua caía como en el Diluvio Universal, vimos a la señora Dupuis, con impermeable y gorro amarillos, caminando por la orilla del mar en dirección sur. Lucille pensó en avisarle que podía refugiarse con nosotros, pero cuando iba a abrir la puerta de la caseta, vimos a un hombre desconocido envuelto en una capa negra quien, cogiéndola por detrás, la abrazaba. Ella se resistía, empujándolo con fuerza. Corrió, pero el individuo la alcanzó llevándola hasta las rocas.

La secuencia nos dejó petrificados y sin habla. Al intentar recrearla nos dimos cuenta de que no pudimos verle el rostro. Ni el pelo. ¿Cómo diríamos a la policía si era rubio o moreno, si tenía alguna cicatriz en la frente o era cojo? Bueno, cojo no era. Todo ocurrió tan rápido que no nos dio tiempo a nada. ¡Menudos investigadores!

Nos quedamos un rato más dentro del escondrijo, escuchando los lamentos del viento colarse por las rendijas y esquivando los goterones que caían por el techo agrietado, a la espera de algún suceso para ponernos en marcha y averiguar lo acontecido. Mi mente recreaba escenas que había visto en una peli de terror… No me animé a contársela, por aquello de que los hombres debemos… Somos más fuertes.

Ateridos de frío y bastante mojados, dejamos el lugar y, sorteando charcos, volvimos a casa, no sin antes prometer que nada diríamos a nuestras familias sobre el inicio de esa historia de misterio en la que nos vimos envueltos. Y no lo hicimos.

Al día siguiente nos encontramos después del desayuno para iniciar nuestra pesquisa en casa de la señora Dupuis. Llamamos a la puerta con golpes cada vez más fuertes y rodeamos la vivienda por ambos lados. A pesar de colarnos en la caseta de herramientas y peinar cada brizna del jardín, ni ella ni su familia dieron señales de vida. Ha desaparecido, dijeron nuestras miradas. Quizás esté muerta.

—Vamos a la morgue —no era una sugerencia, sino una orden impartida por la investigadora Lucille.

—No. Antes al hospital.

La empleada de ingresos no nos hizo caso. Después de preguntarnos hasta por nuestro ADN, solo nos dijo que allí no había llegado ninguna persona herida. La puerta de la morgue estaba cerrada con llave y el doctor Mathieu, el forense, deleitándose con sus croissants en el café de enfrente.

Decidimos ir a las rocas. Si había muerto era probable encontrar su cadáver allí o flotando en el mar. Bueno, flotando en el mar después de veinticuatro horas no era posible.

Los rasguños en las piernas llamaron la atención de nuestros padres, a quienes dimos una explicación que seguramente no creyeron. Debíamos volver, pero ¿a dónde?

A la caseta. Montaremos allí nuestro cuartel general. Hemos de llevar provisiones para pasar la tarde y quizás alguna manta por si hace frío. No en vano yo era un asiduo del cine negro y de aventuras.

Antes del anochecer abandonamos nuestro refugio y volvimos a las rocas. Deshicimos el camino por la orilla, pero la marea había borrado cualquier tipo de huella de la señora Dupuis y el supuesto asesino.

Cuando Lucille sugirió que fuésemos a la policía, le respondí «De ninguna manera, el caso es nuestro». Los dos días siguientes los pasamos recorriendo el pueblo, las casas y casetas de la playa, orillas del río y merenderos cercanos. Nada.

Leíamos los periódicos, anuncios, letreros y todo aquello que pudiera darnos un indicio del paradero de lo que ya estábamos seguros sería un cadáver. Uno reticente al parecer.

La respuesta llegó cuando acompañé a mi amiga a la estación de autobuses a esperar a su abuela que llegaba de París. La primera persona en descender del vehículo fue la señora Dupuis, seguida de un señor muy alto. Nos lo presentó como su hermano, quien la había salvado de la granizada de aquella tarde de tormenta, empujándola hasta la cueva de las rocas donde se refugiaban de niños.

A pesar de nuestro primer fracaso, Lucille y yo no cejamos en nuestro empeño. Hoy ella es una reconocida escritora de novelas de misterio y yo inspector jefe de homicidios.

© Liliana Delucchi

Agua salada

Marieta Alonso

Era un atardecer de otoño tan hermoso que hacía soñar y se dejó caer en aquella alfombra de arena. Con ojos desorbitados vio aparecer en la orilla a un delfín moribundo, justo en el momento que llegaban los cuatro amigos. No perdieron tiempo. Dos de ellos se fueron en busca de los vigilantes que de inmediato tomaron las medidas necesarias para salvar a ese mamífero con tanta fama de inteligente.

Llegó la calma y, aunque el aire afilado les cortaba la cara, se metieron en el agua. Así un día y otro también, aunque lloviese, tronara o cayeran relámpagos. Solo una vez dejaron de hacerlo, un ciclón se lo impidió. No eran de mucho hablar y se despedían con una palmada de amistad. Los sábados se ponían de acuerdo en reencontrarse a la hora de la siesta para jugar al dominó, luego a nadar, y los domingos por la mañana se divertían en el frontón y por la tarde al baile después de la zambullida.

De una de esas casetas que había en la playa vio salir a la chica de sus sueños. Trabajo le costó conquistarla, aunque al fin lo logró. Tuvo una gran suerte. A ella también le gustaba nadar a diario, se unió sin poner pegas al grupo de amigos. Pasó el tiempo de noviazgo, llegó la boda y a los hijos que vinieron uno detrás de otro les inculcaron la pasión por el mar.

Era de esos hombres, comentaba su mujer, que «razonaban con el corazón». Siempre con su familia, con sus amigos, con su rutina. La economía familiar no era muy saneada, por lo que practicaban el método del sobre: uno para el alquiler, otro para la luz, otro para el gas…, los céntimos que encontraba en el bolsillo se los daba al primer mendigo que encontraba en la calle. Era su buena acción al comienzo del día.

Hoy faltó a su cita de la playa. Se fue sin decir adiós a las olas, a las rocas, a las casetas, sin dar lugar a un abrazo de «hasta luego».

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La bicicleta

15 junio, 2022 por Akelarre 3 comentarios

Bicicleta en un desván

Bicicletas en un desván

Esta foto fue sacada de una casa en Normandía. No creo que se pueda decir nada en concreto de ella, solo significa la representación de esas dependencias que se quedan como trasteros.

Son lugares donde el tiempo se refugia manifestado en objetos diversos y crea en los propietarios una cierta culpa, un cierto desaire por ir dejando que se pueblen de cosas que no sabemos qué hacer con ellas y, a la vez, tampoco somos capaces de desprendernos.

Revolver estos sitios atrae recuerdos felices, sorpresas, curiosidad y también desata la imaginación de posibles situaciones asociadas a ellas, como en este caso a nuestras autoras que han contado historias de un artista que desea recuperar algo de su pasado; los recuerdos que despierta un cumpleaños; el anhelo por vivir en la casa soñada o los mágicos secretos guardados en un desván.

¡Qué bello recuerdo!

Cristina Vázquez

La casa de los ceibos rojos

Malena Teigeiro

Secretos mágicos

Liliana Delucchi

Aquellos tiempos

Marieta Alonso

¡Qué bello recuerdo!

Cristina Vázquez

El último visitante que se demoró después de la hora de cierre de la galería preguntó por el cuadro de las bicicletas. Era una mujer de estatura mediana que, sin llegar a gorda, tenía una constitución fuerte. El pelo rubio, algo descuidado, le daba un aire bohemio que contrastaba con la elegancia desgastada de su ropa. Mabel que gestionaba la venta de cuadros de la exposición le preguntó, como exigía Frank, si podría reconocer el lugar que representaba el lienzo.

—Nunca pensé que había que jugar a las adivinanzas para comprar un cuadro—su tono sonó impertinente.

—Lo siento —sonrió amable la vendedora—, pero es una exigencia del autor.

La mujer se dirigió a la salida con paso lento. A lo mejor hubiera estado dispuesta a pagar el doble, afirmó dándose media vuelta, pero le disgustaba el reto infantil de obligar a reconocer el lugar. En su tono brillaba una mezcla de sorna y desaliento. Se detuvo.

—Claro que sé dónde es.

Se subió el cuello de la gabardina y cerró la puerta de la galería con cierta violencia. Mabel vio cómo desaparecía pegada a la pared en la lluviosa tarde. ¡Qué persona tan desagradable!, ojalá no volviera. Mientras terminaba de recoger se le venía a la cabeza la intensidad de la clienta al observar el cuadro, e intuyó que podía ser a quien durante tanto tiempo Frank había esperado encontrar. Aunque le resultara extraña y antipática, con suerte, podía ser de una puñetera vez la persona esperada. Era una pesadez decir una y mil veces que ese cuadro solo se vendía bajo esas circunstancias y el autor se empeñara en colgarlo en todas las exposiciones.

Antes de irse, Mabel le llamó para darle cuenta de cómo había ido el día, los cuadros vendidos y la aparición de esa mujer que estaba interesada.

—Descríbemela —fue la reacción de Frank, alarmado.

Así lo hizo y él no paraba de recabar detalles. ¿No había podido enterarse del nombre, ni la dirección? ¿Se fijó si tenía una cicatriz en la frente? Tras un silencio empezó a hacerle algunas preguntas más que la chica fue incapaz de contestar. A partir de ese día, Frank decidió que pasaría todo el tiempo posible en la galería con la esperanza de que volviera. Era la primera vez, después de muchos años, que confió en que por fin fuera ella.

Esa noche, inquieto, volvió a pronunciar su nombre. Amina. Con una mezcla de esperanza y temor empezó a pensar que había sido un infantilismo, una romántica estupidez el dejar ese cuadro en todas las exposiciones como un juego de pistas, pero era una especie de homenaje a ella, a sus recuerdos.

Ese cuadro en realidad era una ilusión, la foto fija de unos años de su vida, los veranos de Normandía en la casa familiar. Representaba el cuarto de una dependencia alejada de la casa principal, donde se terminaron guardando cachivaches, bicicletas y herramientas en desuso. Fue el lugar mágico de la infancia y de su primer amor. Amina.

Ella iba a pasar el verano en la propiedad cercana de sus tíos. Era una niña que se mostraba solitaria y altiva, pero desde pequeños se enlazaron en una amistad que desembocó en un amor adolescente, lleno de promesas y planes de futuro.

Le sobresaltó la precipitada entrada de Mabel en el despacho de la galería.

—La señora ha vuelto y quiere verle.

—Hágala pasar.

Se apoderó de él un nerviosismo que le llenó de vitalidad. Cuánto tiempo hacía que no se sorprendía por ninguna emoción, y se dejó llevar para disfrutar su pulso acelerado y el temblor en las manos. Amina. No quiso pensar ni por un momento en la posibilidad de una decepción.

Al abrirse la puerta apareció una mujer robusta, de edad incierta, que caminaba con pesadez.

—¿Amina? ¿Eres Amina? —su voz titubeante delataba su incredulidad.

Ella levantó la cabeza y sus ojos traslucían inexpresividad. Sí, claro, si no ¿cómo iba a reconocer el cuadro? Se sentó frente a él con la mesa entre ambos.

—Menuda tontería de pregunta — su tono era despectivo.

Frank se acercó para darle un beso, expresarle la espera, la ilusión que había significado en su vida poder volver a verla. Ella permanecía con las manos en los bolsillos y la mirada fija en un punto sin interés. Al aproximarse pudo apreciar la pequeña y enrojecida cicatriz de la frente y que desprendía un ligero olor a comida, quizás a cebolla. Lo pensó mientras trataba de reconstruir la imagen de la altiva, frágil belleza de pelo ondulado con esta mujer sólida e indiferente. Intentó preguntarle por recuerdos comunes, por momentos y promesas a los que ella contestaba con un simple cabeceo.

Todo era muy bonito entonces, respondió levantándose, pero ya casi se le había olvidado y quería comprar el cuadro para guardarlo.

—Mi marido es un hombre bueno, pero un poco bruto —Frank se fijó que unas manchas oscuras salpicaban el dorso de sus manos gruesas—. Y no quiero que sigas con esta tontería y se vaya a enterar.

Iba a pedirle a la señorita que se lo envolviera para llevárselo. Sentía que no se hubiera casado ni tuviera hijos, continuó igual que si soltara un repertorio conocido o la lista de la compra. Esperaba que no fuera por culpa de ella. Algo parecido a una sonrisa atravesó su cara, pero pintaba muy bien. Observó que le faltaba un colmillo, por eso quizás no sonreía más, concluyó Frank.

—Nunca creí que triunfaras —Amina le miró con cierta expresión aborregada—. Entre otras causas, por eso me marché. ¡Dabas una lata con eso del arte!

© Cristina Vázquez

La casa de los ceibos rojos

Malena Teigeiro

La aldea en que Cibrán y Marina habían nacido se encontraba en lo alto de una montaña de Lugo. Y al igual que todas las de la comarca, las casas eran de piedra, con tejados de brillante pizarra que llegaban casi hasta el suelo. Lo único que la diferenciaba de las otras del concejo era que tenía correos, médico y farmacia.

Por las calles de barro y piedra de su aldea, Cibrán y Marina jugaron desde pequeños, por esas mismas calles se hicieron novios, y en ellas también forjaron un sueño: Contraer matrimonio y quedarse a vivir en la aldea para siempre.

Una tarde en que Cibrán, aquejado por un catarro, se acercó a la farmacia, comenzó a charlar con el dueño. El farmacéutico era un hombre mayor con deseos de jubilarse, pero que no lo hacía por no dejar a todos los vecinos de la comarca sin nadie que los atendiera, le comentó envolviendo un frasco de pastillas. A la mañana siguiente, el joven volvió con la idea de conversar con el farmacéutico. Como fuera, tenían que llegar a un acuerdo que fuera bueno para los dos, se repetía una y otra vez por el camino.

Sí. Tenía que conseguir que don Honorio lo esperara. Total solo eran dos años más de lo que le correspondía para jubilarse. Eso sí, mientras tanto, le prometería que durante sus vacaciones de verano, ellos se quedarían en la aldea atendiendo la botica.

Concertado el acuerdo, los jóvenes volvieron a Santiago y finalizaron sus carreras en Fonseca. Y juntos, cada verano, regresaban a su aldea para suplir la ausencia de don Honorio. Durante aquellos meses veraniegos, juntos también, paseaban por los alrededores de la aldea. Así fue como descubrieron la abandonada finca del indiano.

Casi sin esfuerzo, pudieron abrir la verja de flechas de hierro ya oxidado. Separaron zarzas, saltaron sobre ramas caídas, y pasearon por el completamente abandonado parque hasta encontrar el camino de entrada que en sus tiempos debió de ser de tierra. Plantados a ambos lados, entre matas, enredaderas y helechos, se erguía una hermosa palmera real y seis frondosos ceibos rojos. Sobre estos últimos, luego supieron que habían llegado desde Buenos Aires. Al fin llegaron al pie de los escalones de la puerta de entrada principal de la abandonada casa, un chaparro edificio de tres plantas, con una esbelta torre en el costado derecho. La puerta de entrada de aquella torre era casi más importante que la de la propia casa.

Cuando por la noche les hablaron a los padres de ella del interés de ambos por aquel edificio, se enteraron que lo había construido don José Lizán, un vecino del lugar, que había hecho fortuna en la Argentina. Sí, ése al que representaba el busto de piedra del jardincillo que estaba delante de la iglesia, comentó la madre de Marina. Al parecer, nunca se había casado ni tenido hijos. También les contaron que al parecer  el hombre había convivido con una india. Y bajando el tono de voz hasta casi un susurro, añadieron que se decía que aquella india era bruja. Según hablaban algunos, la mujer, a sabiendas de que cuando él volviera a su querida tierra ya nunca regresaría a Buenos Aires, le había dado una pócima que lo hizo dormir a su lado hasta que falleció. Así pues, la casa nunca estuvo habitada, y jamás se abrió, exclamó el padre de Marina dando una palmada en la mesa.

Con la firme decisión de que fuera su hogar, los muchachos comenzaron a indagar, casi como auténticos policías, hasta que se enteraron de que ahora pertenecía a unas monjitas, herederas de don José Lizán, quienes ni tan siquiera conocían su existencia. Sin mucho esfuerzo, ni mucho precio, y de nuevo con la ayuda de sus familiares, la compraron.

Al volver del notario, con la inmensa llave de hierro entre los dedos, Cibrán y Marina se dirigieron a su recién adquirida casa. Protegidos por la sombra de los ceibos rojos llegaron hasta los cinco escalones de la entrada. Abrieron la puerta y sin soltarse de la mano recorrieron el edificio. Descubrieron que la casa se encontraba en perfecto estado, casi como si esperara la llegada de su dueño de un momento a otro. Recorrieron las estancias descubriendo los muebles cubiertos por paños llenos de polvo, retiraron algunas alfombras roídas por ratas, y sacudieron las lámparas con los cristales enredados en telarañas. En cambio, al abrir la puerta que daba a la escalera de caracol de la torre vieron que se encontraba limpia, como si alguien subiera y bajara por ella con asiduidad. Marina, siguiendo a Cibrán, subió por ella. Ya en la parte alta, en lo que debía haber sido la biblioteca, apenas quedaba un trozo de suelo cubierto por la antigua tarima y unas cuantas vigas soportando el techo. Debajo de la ventana, desde la que se veía el rio, los montes y los prados que rodeaban la finca, había una bicicleta.

Aunque no se pudieran imaginar cómo esa bicicleta llegó a subir por las estrechas y empinadas escaleras del torreón, lo que más les sorprendió fue que la cadena estaba perfectamente engrasada y el cuero del sillín limpio y brillante, lo que demostraba que su uso era habitual.

Al día siguiente, una cuadrilla de albañiles tapió la puerta de entrada al torreón desde el interior de la casa, y otra de jardineros limpió con exquisito celo el camino enfilado por los mágicos ceibos rojos.

Ellos desde el mismo instante en que abandonaron la torre, habían decidido que el ánima de don José Lizán, el indiano que tanto había soñado con vivir en la casa que con tanto mimo y desde tan lejos se había construido, continuara disfrutando de la torre en donde sin duda vivía desde su fallecimiento.

© Malena Teigeiro

Secretos mágicos

Liliana Delucchi

María no era como las demás. De todos los amigos que mis hermanos invitaban a nuestra casa de verano, ella era diferente y no lo digo solo por ser la única entre los mayores que me hacía caso. Su andar era ligero, como si sus pies apenas rozaran el suelo, el movimiento de sus brazos, similar al de las bailarinas que vuelan por el escenario y su sonrisa… Cálida, amable y perenne.

Llegó una tarde de junio, con apenas una maleta, sus telas y pinceles. Yo estaba sentada en el porche, lejos del corro integrado por mi familia y las visitas, tratando de dilucidar si la luz que se colaba entre las ramas del nogal formaba la cara de un felino, de un ratón o de esa chica ñoña cuyo nombre no recuerdo, con la voz aflautada y palabras sin sentido. María se unió al grupo y, después de una taza de té, se acercó a mí. Compartimos el atardecer en silencio, como si el aire que nos envolvía fuera otro integrante del dúo que formábamos.

Después de cenar, dimos un paseo por el parque y la vimos por primera vez. Fue María quien señaló un grupo de magnolios.

—¿La has visto?

—Sí. ¿Tú también?

Me cogió de la mano y susurró que era nuestro secreto. Lo fue. El primero.

La mañana siguiente, cuando volvía de mi paseo con Jaime, el único niño de mi edad que había por los alrededores, la encontré en el parque, frente al atril, con su sombrero de paja, bosquejando los magnolios.

—No sabía que pintaras.

—Desde siempre. Deberías probarlo, es difícil atrapar un sueño.

—No fue un sueño. Yo la vi y tú también.

Me senté a su lado a contemplar cómo su mano daba forma a ese ser transparente que volaba entre las hojas. Después del almuerzo, cogimos las bicicletas y recorrimos los bosques aledaños, concentradas en el paisaje y los movimientos de los animales. Cuando le dije que me había parecido ver un duende, cambió de dirección y nos dirigimos hacia el lugar que le indiqué. No lo encontramos, sin embargo, al regresar a casa me sugirió que lo pintara. Sonrió ante mi mirada de sorpresa.

Instalamos nuestro taller de dibujo en la planta alta, donde hoy están las bicicletas que nos condujeron por los parajes mágicos en los cuales solo nosotras encontrábamos lo que nadie veía. Ahora, en medio de trastos y herramientas, tres de nuestros primeros bosquejos siguen pegados a una pared. Me acerco, los acaricio y me parece ver su eterna sonrisa a través de los cristales de la ventana.

María se fue cuando empezaron a caer las hojas. No llegó a ver el bosque amarillo y morado, ni sintió el viento que azotaba las ramas contra los cristales de este lugar que compartimos. El mismo que años más tarde fue testigo de mis escarceos amorosos. Encuentros y desencuentros con hombres cuyos nombres no recuerdo y cuya partida dejaba un regusto a melancolía y un vacío de desierto. Hasta que una siesta quiso poner una niña a mi soledad.

Mi bebé y yo partimos a la ciudad en busca de María. No había dejado de escribirme y fue fácil encontrar la tienda donde ilustraba los cuentos infantiles que ella misma escribía. A pesar del tiempo transcurrido, sus ojos, ya detrás de unas pequeñas gafas, mantenían el brillo de siempre y su abrazo nos rodeó con la calidez que necesitábamos. Me ofreció un té y preguntó por el nombre de mi pequeña.

—Hada —respondí con un guiño.

—Por supuesto. ¿Puedo ser su madrina?

© Liliana Delucchi

Aquellos tiempos

Marieta Alonso

Hoy me quedé pensando en la belleza escondida de las casas abandonadas y recordé el desván de mis abuelos, donde en un rincón aún está envuelta, con la lona verde de lo que fue una tienda de campaña, mi primera bicicleta. La que me trajeron los Reyes Magos cuando tenía siete años. Recuerdo aquella mañana en la que pedaleaba tan contento porque mi hermano mayor sujetaba el sillín para que no me fuera a caer. Las nubes lloraban a ratos, ni cuenta me daba. Que no tuviera miedo, me decía.

Hoy me quedé pensando en los huesos de fray Escoba, en las tetas de novicia ¡qué ricas!, llevaban anís, en las pelotas de frailes, en los mantecados hojaldrados de aquel convento de monjas al que mi madre llevó huevos para que no lloviese el día de mi boda. Los dulces los subían por el torno. Más de una vez, además del dinero, yo les dejaba gorriones, y eso que en aquel entonces no sabía que a estos pájaros curiosos y vivarachos, Galdós los comparaba con el jolgorio de los niños.

Hoy me quedé pensando que acabo de cumplir cien años. 100 años. Mi bisnieta ha puesto esos números que sirven de velas en la tarta que me ha hecho, que no es comprada, especificó. Y me quedé prendado de esos dos ceros, como si fueran dos ojos que me vigilaran para que no repitiera las travesuras cometidas a los siete.

Lamenté no tener la bicicleta a mano para frenar contra la tapia del castillo, o tal vez irme hasta el río a tirarle piedrecillas a los salmones que venían a desovar, o mejor aún, repetir la proeza de lanzar tan fuerte la pelota en aquel partido de fútbol que dio de lleno en la cabeza del alcalde. Lo dejó inconsciente durante unos breves minutos.

Suspiré.

Cuando no hay vuelta atrás de poco sirve el lamento.

© Marieta Alonso

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Perritos

15 enero, 2022 por Akelarre 5 comentarios

Perros English Springer Spaniel mirando por una ventana

Perros English Springer Spaniel

Este mes tenemos en la foto una preciosa pareja de perros English Springer Spaniel que se asoman curiosos a una puerta ¿Qué puede haber detrás? Un amor desmedido por estos animalitos que acompañan y reviven a quien los ama; el cariño de un perro que va más allá de la vida de su amo. En otro se cuenta la redención de un borrachín gracias a un esforzado chucho, y dos cachorros de guante blanco que trabajan por una buena causa remata los relatos que han inspirado a nuestras cuentistas estos simpáticos animales.

Su origen, como los demás Spaniels, se supone que es España, como su nombre indica. Es apreciado como excelente perro de caza en levantar y cobrar presas. De tamaño mediano, resulta fácil de entrenar y tiene un carácter alegre, inteligente y activo que lo hace un compañero cariñoso y cercano.

Amor perruno

Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

El tesoro escondido

Liliana Delucchi

El arte de ladrar

Marieta Alonso

Amor perruno

Cristina Vázquez

A Tania L. con cariño

Mi madre utilizaba el término PERRO para cuantificar y calificar muchas comparaciones: entre un viaje o un perro, entre un regalo o un perro, entre un niño o un perro… Siempre salía triunfante en la elección el perro. Daba igual que le fueras subiendo la oferta, un viaje a las islas del Caribe, un collar de brillantes, u otro niño como su adorado hijo Salva. Y solo en esa ocasión prefería otro niño.

También comentaba que lo único que no le perdonó nunca a su querida prima Verónica, fue que cuando tuvo que ir a vivir con ella por circunstancias familiares, no la dejó llevarse a su perrita. Y eso lo tenía clavado como una espingarda en su corazón. Lo único que la hacía desconfiar de ella, era que no quisiera a los perros.

Aunque a mi padre tampoco le gustaban, consiguió tener siempre uno o dos y una vez hasta trece, pues nos dejaba traer perros a casa y recogía a todo aquel que veía abandonado. Cuando enviudó tenía dos cachorros Springer Spaniel que le habían regalado, fuertes y briosos. Cuando iba a visitarla la encontraba en su taller de encuadernación con un perro a cada lado sentado en una silla. Antes de entrar oía el parloteo al que ya estaba acostumbrada. Siempre hablaba con ellos.

—Vamos niños, saludar a Laura, que hace mucho que no viene.

Después de mirarme por encima de las gafas y del humo de su pitillo, se alegraba tanto de verme, que exigía a los perros que fueran buenos y me dieran un beso. Luego, pedía a Romina, la señora que la cuidaba, algo de beber. Era para la señorita Laura, y mirando a los dos perros, añadía que yo era su hija, pero que no se preocuparan, tampoco iba a estar tanto tiempo.

Yo me sentaba conteniendo la irritación que me producía el pequeño dardo que siempre me lanzaba y la mayoría de las veces, como una suerte de venganza le preguntaba si sabía algo de mi hermano Salva.

—Está muy bien, me llama todos los días —mentía con desparpajo.

Claro, estaba tan ocupado con el alquiler de barcos si era temporada de verano, o con las clases de esquí en invierno. En primavera el trabajo era versátil de capitán de yate por unas islas o… Y ahí se abría una interminable exposición de ocupaciones diversas. Yo notaba su apuro, el esfuerzo por rellenar la inutilidad de la vida de mi hermano, el único ser al que al parecer no hubiera cambiado por un perro.

Al poco rato de estar mi madre enhebrando las fantásticas historias sobre Salva, los perros —llegué a pensar si los tenía amaestrados para desviar la conversación— pedían salir al jardín.

—Por favor, ábreles la puerta. Ahora que no estoy sola, ellos aprovechan para darse una carrera.

En cuanto pasaban unos minutos empezaba a preguntarme si los veía.

—Sí, mamá. De aquí no se pueden escapar.

Pero si venía alguien, entregaban un paquete o un despiste de Romina, entonces ¿qué? ¿Se podían o no escapar?

—Si no te importa levántate a ver si están y hazles pasar —este ritual se repetía con desesperante exactitud.

Al irme, no podía evitar echar una última mirada compasiva por esa mujer mayor sentada con un perro a cada lado, a los que empezaba a desgranar su dulce parloteo. Una dulzura que solo le había visto con ellos y con Salva.

Una madrugada recibí la apresurada llamada de Romina. Acababa de ingresar a mi madre en el hospital cercano, Santa Lucía, que fuera cuánto antes. Le había dado un ictus y estaba en la UVI. La vi desde la cristalera como si fuera un pez boqueando. Llamé a mi hermano al que tardé varias horas en localizar.

—Imposible, Laurita. Al menos tardaría un par de días en llegar —admitió contrariado.

Por favor que le informara con puntualidad de cómo iba evolucionando y si recuperaba la consciencia. En ese caso, su voz sonó aparatosa, haría lo que fuera por llegar. Las horas y los días fueron pasando, la llevaron a una habitación y el tiempo pareció detenerse con su inmovilidad.

La última noche de febrero, soborné con buenas palabras y conveniente cantidad al vigilante de guardia. Cogí a los dos perros y me colé sigilosamente con ellos al cuarto de mi madre. Los animalitos gimieron quedo y empezaron a lamerle las manos. Ella se removió y algo así como una sonrisa apareció en su cara. A la mañana siguiente despertó. Yo estaba a su lado, me acarició la mejilla y me dio unas gracias torpemente pronunciadas, pero llenas del amor que tanto tiempo me había negado. ¿Por qué? me pregunté con una mezcla de desolación y esperanza.

Cuando volvimos a casa los perrillos nos esperaban de pie en la puerta de cristal para darle la bienvenida.

© Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

El día en que acompañado por sus padres, Tomás fue a la perrera y los recogió, los dos tuvieron la certeza de su mucha suerte. Aunque su madre protestara, desde la primera noche los tres durmieron en la misma habitación. Durante el día, el niño jugaba con ellos en el jardín. Incluso cuando estudiaba sentado a su mesa, les tiraba una y otra vez una pelota que ellos recogían y dejaban de nuevo encima del tablero. A los canes les gustaba su rutinaria vida: Sonaba el despertador, se levantaban los tres, él corría a abrirles la puerta del jardín… Y siempre, siempre, antes de que el autobús del colegio se detuviera delante de la casa, tenía unos minutos para jugar con ellos. Luego, lo miraban irse. Ellos moviendo el rabo y él agitando la mano desde detrás de la ventanilla. A partir de entonces, los dos andaban por la casa dormitando sobre los cojines o sobre las mantas que la madre de Tomás colocaba al pie de los sofás. Y así, hasta que se acercaba la hora en que el niño iba a llegar. Entonces era cuando de nuevo, lo esperaban detrás de os cristales, allí, en el mismo sitio en que lo despidieron. Y luego, al entrar en la habitación, mientras se quitaba los zapatos, a veces divertido, otras enfadado, casi siempre sin darle ninguna importancia, les contaba lo sucedido durante el día.

Así fueron pasando aquellos años en los que todos en la casa parecían ser felices, hasta que llegó el día en que Tomás terminó el colegio y con sus rizos de niño, entró en la universidad. Fue entonces cuando su padre se marchó. Ellos que percibieron su disgusto, intentaban distraerlo con sus juegos. Lo cierto fue que pocas veces lo consiguieron. Sin embargo, y a pesar del abandono de su padre, hubo algo que nunca cambió: Tomás seguía contándoles sus cuitas, sus deseos y avatares.

Tiempo después, los dos, pensando en cuando comenzó todo, llegaron a la conclusión de que un par de años antes de que dejara de ir a la universidad, algo había cambiado en su amigo. Como siempre, él seguía atravesando cada tarde el jardín, sin embargo, dejó de llamarlos para jugar. A Tomás, Tomi, como le llamaba la chica con la que salía, ahora también le gustaba la noche. Y poco a poco, su olor a infancia, a cacao y mantequilla, cambió y lo mismo que su amiga, comenzó a oler a tabaco y alcohol. Lo cierto era que ambos arrastraban un perfume a vino, a algo espeso que nunca lograron descifrar. Preocupados percibieron que su mirada carecía ya de su infantil alegría, y su rostro de joven deportista se había afilado, incluso había perdido el lustroso moreno de andar siempre al aire libre. Sin embargo, ellos seguían esperándolo desde detrás de los cristales. Pero ya no volvía al atardecer. No. Ahora lo hacía de noche, muchas veces con las luces de la mañana. Inquietos, desde su puesto de vigías lo veían atravesar el jardín dando tumbos. Y aunque ya no les arrojaba la pelota ni los acariciaba, al escuchar el ruido de la puerta al abrirse, ellos seguían corriendo a su lado.

Sin embargo, ya no lo despertaban lamiéndole la cara como siempre hicieron, porque su baba era amarga, y el agrio sudor les repelía.

Aquella mañana los despertaron los sollozos de la madre de Tomás. Poco después escucharon a su padre, al que hacía tiempo no habían visto. El hombre entró en la casa enfurecido. También aparecieron sus primos, que con el rostro alelado, esperaban sentados en el sofá del salón debajo del cual ellos solían esconderse. Uno, creían que fue el que llamaban Jorge, los descubrió y comenzó a acariciarlos entre las orejas. Y también llegaron muchos amigos, y muchas flores.

Luego, desaparecieron todos.

Y ahora que el olor a flores se ha desvanecido, y la casa vuelve a estar en calma, como siempre a media tarde vuelven a esperarlo desde detrás de los cristales. Y seguirán haciéndolo. Confían en que al menos su sombra volverá a atravesar el jardín.

© Malena Teigeiro

El tesoro escondido

Liliana Delucchi

La puerta del salón se abre dejando entrar una corriente de aire.

—Aquí estáis, mis chiquitines —la voz de Carlota hace que los cachorros abandonen la ventana y se acerquen a la joven—. ¿Qué estabais escudriñando a través del cristal? ¿No os gusta el nuevo jardinero?

Carlota se sienta en un sillón y da unos golpes a los almohadones llamando a los mellizos, que de un salto se arrebujan junto a ella en espera de sus caricias.

—Os he traído golosinas. A ver, Guido, esta para ti. No tragues tan rápido que te hará mal. Muy bien, Natasha, así me gusta. Despacio, despacio.

El sonido de unos pasos sobre la madera hace que los cachorros salten del sillón. Ya están en su cesta cuando la voz ronca de doña Matilde irrumpe en la atemperada habitación.

—Te estaba buscando.

—He venido por un libro que me he dejado, tía.

—Y a malcriar a tus perros.

Sin responder al comentario de la señora mayor, Carlota se acerca a la biblioteca y coge un ejemplar para dar veracidad a sus palabras, mientras doña Matilde recorre el salón pasando el dedo por los muebles en busca de alguno que no fuera limpiado a conciencia.

—¿Crees que tu hermano nos honrará con su presencia estas navidades?

—No lo sé, tía. Dependerá de sus exámenes. Posiblemente venga para Reyes.

—A buscar su paga, seguramente.

Carlota aprieta los labios para no responder. ¿Cuánto tiempo más tendrá que permanecer en esa casa? Álvaro le prometió que el año que viene ya no estaría allí, que está ahorrando dinero con sus trabajos temporales fuera de la universidad, que la rescatará. Pero, ¿será suficiente con lo que tiene y el capital del fideicomiso que les dejó su padre? Este último no es demasiado.

—Comeremos en una hora. Asegúrate de que esos chuchos permanezcan aquí, no quiero verlos soltando sus pelos por toda la casa—. Gruñe Doña Matilde antes de abandonar la habitación.

La joven se acerca a la cesta donde están sus cachorros, se tumba en el suelo junto a ellos y siente la respiración cálida de los animalitos en su cuello. Gracias, queridos, susurra, si no fuera por vosotros me moriría en este mausoleo oscuro y frío.

Cuando se marcha al comedor, no es consciente de que no es la única que abandona el salón. Los mellizos se escabullen y parten al jardín.

—A nuestro rincón no irá el nuevo jardinero, solo se ocupa de las flores, la zona que elegimos es de matorrales —comenta Guido.

—He conseguido un poco más —dice Natasha— Son las vueltas de la compra que la cocinera ha dejado sobre la mesa.

—Y yo abrí el bolso de «la Matilde» y le quité unos billetes. Pero, escarba, escarba. Hemos de guardar antes de que se den cuenta de que hemos salido.

—¿Tendrán suficiente para marcharse? Si Álvaro viene para Reyes, todavía están las navidades para conseguir más— respira agitado mientras sus patas se hunden en la tierra— Seguro que las visitas traerán joyas y alguna otra cosa que podamos coger.

—Esperemos. Y ahora, al salón, a nuestra cesta.

Antes de que oscurezca, Carlota, como todos los días, sale al parque con sus cachorros. Es el mejor momento de la jornada, cuando a solas con ellos siente en sus pulmones el aire fresco del invierno. Respira profundamente antes de correr detrás de los animalitos. Los ve dirigirse a una zona de matojos donde aún no se ha derretido la escarcha de la mañana.

 —¿Dónde vais? Esperadme.

Cuando llega a una zona cubierta de retamas desnudas, descubre a Guido escarbando la tierra; Natasha la llama con suaves ladridos y la joven, curiosa, se acerca para ver qué están tramando.

Las patas de los cachorros han dejado al descubierto un agujero que contiene una caja que la joven reconoce como la de las galletas de los perros. ¿Cómo la han traído hasta aquí? ¿Quién los ha ayudado? Cuando levanta la tapa descubre una considerable cantidad de dinero. La cierra y vuelve a cubrirla con tierra; su mirada interroga a los mellizos que, sentados a sus pies, menean la cola.

—¡Vámonos! Ya volveremos más tarde.

Durante la cena la tía Matilde le pregunta a qué se debe su prolongado silencio, ella pretexta dolor de garganta y se excusa para dejar la mesa sin tomar el café. Cuando Carlota oye los pasos del personal retirarse a sus habitaciones, decide ponerse el abrigo sobre el pijama y resolver el misterio de esa tarde.

No llega sonido alguno de la casa dormida, y en la profunda oscuridad del jardín oye, de vez en cuando, un secreto susurro de ramas, como si un pájaro nocturno las rozara. En un momento dado le parece escuchar unos pasos procedentes de la calle y retrocede contra el rincón donde se halla; pero los pasos mueren (o eso cree) en la distancia y dejan un silencio más profundo.

Es entonces cuando los faros de un coche iluminan la reja de entrada. ¡Es Álvaro! Corre a abrirle con el dedo sobre la boca pidiendo silencio. Su hermano desciende del coche y como dos fantasmas se acercan al tesoro escondido.

—Ve a buscar a los cachorros. Yo me ocupo de coger la caja y dar la vuelta al coche.

Carlota corre hacia la casa. Al acercarse ve a sus mascotas mirando desde detrás del cristal. Con sigilo abre la puerta del salón, coge la cesta con sus juguetes y les indica que la sigan. Envueltos en la clandestinidad de la noche vuelan más que caminan los tres hasta el coche. Álvaro ya tiene el motor encendido y parten los cuatro para no volver.

© Liliana Delucchi

El arte de ladrar

Marieta Alonso

Era de esas personas que no pensaba demasiado y cada tarde, aun sabiendo que le era perjudicial, los pies lo llevaban a la taberna de Artemio, quien unas veces le ponía vino y otras, cerveza.

Aquella estrellada noche de verano alcanzó tales alturas el entusiasmo de su borrachera que comenzó a imitar el ladrido del perrillo, feo, sarnoso y sin pedigrí, que lo miraba desde un rincón.

—No me gustan los perros —dijo con voz pastosa.

A saber lo que entendería el chucho que al oírlo saltó a sus brazos y le puso la cabeza en el hombro. Así se fue tambaleando hasta casa, en la que amaneció al día siguiente abrazado a otro ser vivo.

Cuando su madre le vino a despertar, que espabilara, que no tenían nada para comer, se encontró con aquel cuadro que destilaba ternura.

—¡Arriba, haragán!

Con tal de no escuchar la diaria cantinela se vistió, desayunó, puso la escopeta al hombro y se fue con la intención de seguir durmiendo recostado contra el tronco de un álamo. No llevaba mucho tiempo roncando cuando sintió aullar a aquel retaco de cánido, que con el hocico le estaba acercando la escopeta. Unos tiros se oían en la lejanía. Para que el perro tuviera una buena opinión de él, no fuera a pensar que era un tanto cobarde, o peor aún, un mal cazador, se puso la mira en el ojo y disparó. El animalito salió como una flecha y al cabo del rato regresó con una liebre en el hocico.

Se rascó la cabeza. Por culpa de esas manos que les había dado por temblar, llevaba años sin acertar a nada que se moviese. Aguzó el oído por si alguien venía a reclamar su presa. Silencio. Recordó que estaban a mediados de mes y ya se había gastado la mísera pensión de madre, y tenían que comer. Sintió un ruido y volvió a disparar. Esta vez vino con una perdiz.

¡Sí que era de ley el perrucho! Habría que ponerle un nombre, y le llamó Zascandil —así era como le tildaba su madre siendo niño—. Y entre disparos y carreras volvió a su casa con un total de diez palomas, cuatro liebres y dos perdices.

Ese día su madre preparó un estofado de liebre que, de tan bueno, hizo que se chupara los dedos. Mejor prevenir, dijo la mujer guardando lo que sobró en la despensa. Con la barriga llena se echó a dormir una buena siesta. Falta le hacía. Estaba agotado.

Ella, tras fregar los platos, llevó el resto de la caza al carnicero, quien descontó lo que le debían. Como no se fiaba de su hijo se llegó a la taberna, y pagó la mitad de la deuda al Artemio. A primeros de mes saldaría el total de la cuenta y, por favor, que no la endeudara más, que le cerrara la puerta en las narices a su hijo.

—No me pida eso. No puedo negarle la entrada. Átelo usted, si puede.

Al llegar a casa tuvo una seria conversación con Zascandil que con las orejas gachas parecía estar de acuerdo con lo que le pedía aquella mujer, aunque pareciera un despropósito.

A partir de ese bendito día el borrachín, azuzado por su perro, comenzó a levantarse de madrugada para salir a cazar. Ya no tenía tiempo de ir al bar. Y hasta llegó a sembrar pimientos, tomates y no sé cuántas cosas más en el huerto. Su chaqueta olía a rancio sudor y no a alcohol.

Si antes en el pueblo hablaban de él, ahora la que estaba en boca de todos era la madre, que tal parecía querer más al perro que al hijo.

© Marieta Alonso

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Mercadillos de Navidad

15 diciembre, 2020 por Akelarre 10 comentarios

Mercadillos de Navidad

Los mercadillos navideños

La historia de los mercados de navidad se remonta a la Edad Media. Fue en 1434 en la ciudad alemana de Dresde, donde se llevó a cabo el primero del que se tiene constancia. En los años siguientes surgieron otros a lo largo del país germano, extendiéndose al resto de Centro Europa y más tarde a todo el continente.

En estos mercadillos se puede encontrar comida, bebida, productos típicos navideños y belenes. El ambiente se vive con música de villancicos y bailes. Es a esa fiesta de tradición y colores que anticipa la llegada de la Navidad, a la que hemos querido rendir homenaje este mes de diciembre con cuatro relatos que, al igual que la Nochebuena, reúnen a familias, amigos, vecinos y recuerdos que forman parte de nuestra identidad.

¡Feliz Navidad!

Otra Navidad

Cristina Vázquez

Los camellos de Delia

Malena Teigeiro

Todo irá bien

Liliana Delucchi

El pesebre

Marieta Alonso

Otra Navidad

Cristina Vázquez

Otra navidad. Sí, otra. A Katerina nunca le había divertido esta época. Bueno, cuando era pequeña en casa de los abuelos y luego con sus hijos y los primos y el ruido y la música. Pero ahora estaban solos Franz y ella. Todos estos pensamientos se los iba diciendo mientras miraba los escaparates de la calle peatonal, adornados con guirnaldas, luces, un reno que subía y bajaba la cabeza de manera obsesiva, muchas flores de pascua y un fondo de villancicos en los altavoces. Resultaba alegre. Le gustaba el apresuramiento de la gente cargada de bolsas, las risas, los cuchicheos, el vaho que salía de sus bocas…

Hacía muchos años que no habían vuelto a esta ciudad, la suya, donde habían pasado la infancia y parte de su ajetreada juventud. Desde que se casaron fueron casi nómadas por el mundo debido al trabajo de Franz. Habían vivido en Australia, en Francia, en México, en Portugal. ¡Dios mío!, casi no podía enumerar los países. Ahora se sentían un poco extranjeros en su propia ciudad. No habían podido constatar cómo se había ido transformando y, aunque de vez en cuando regresaban, la sorpresa de los cambios era tan breve que no les daba tiempo a asimilarlos.

La casa de sus padres se había convertido en un hotel acogedor y sofisticado. Su instituto en sala de conciertos y los pequeños comercios donde compraban, prácticamente no existían. Este no poder acoplar la realidad de lo que veía con sus recuerdos, le produjo una sensación de pérdida, casi de abandono y desde luego de vejez. Ellos no pertenecían a este mundo.

Siguió caminando embutida en su abrigo de piel y las botas gruesas hacia el hotel donde se alojaban. Les estaba costando encontrar un apartamento en el que instalarse. Uno, caro, el otro, demasiado pequeño, el último que visitaron a Franz no le gustó la orientación, y en este momento, con las fiestas tan próximas, no era buena época para proseguir. Así descansarían porque esa búsqueda se les hacía cuesta arriba. Pensar en una casa nueva les daba una inmensa pereza y ya se habían acostumbrado a climas más suaves. Quizás es que no veían claro su proyecto de vida de jubilados, pero querían tener un sitio donde pudieran venir sus hijos, sus dos hijos. Uno se había quedado en Australia y el otro vivía en Paris. Y esta Navidad no iba a venir ninguno. No tenían casa, e ir a un hotel les parecía poco navideño, poco acogedor. Este fue el argumento de ambos. Estaba segura de que se pusieron de acuerdo para justificar su ausencia.

—Tienen su vida, querida, hay que respetársela —la consoló Franz cuando vio pesadumbre en su cara—. No seas tan gallina clueca.

Ella sabía que él estaba igual de apenado. Siguió caminando hacia la catedral. Quería ponerle una vela a santa Apolonia, protectora de los niños y se dio casi de bruces con el mercadillo navideño que desplegaban delante. ¿Cómo lo había olvidado? Si era uno de sus momentos favoritos ir a comprar adornos con su madre o con su hermana, más tarde con amigos. Katerina dio un suspiro y se zambulló en medio de los puestos. Adquirió dos candelabros con forma de Santa Claus, una guirnalda de abeto con luces entremezcladas y un spray de olor a pino. Entró en la catedral y puso la vela a Santa Apolonia. Volvió al hotel.

Al entrar en la pequeña y anodina suite encontró a Franz dormitando frente al televisor encendido. Tenía la cabeza colgada sobre el pecho y el pelo se le había descolocado dándole un aire de pollo desplumado. Se le veía el cuello delgado. Al cerrar la puerta él se espabiló, se alisó los mechones y dijo que había reservado una mesa para cenar.

Katerina sacó la guirnalda que colocó en la chimenea, llamó al servicio de habitaciones y preguntó si les podían servir la cena en su cuarto. Sí, ese champagne estaba muy bien, pero que estuviera bien frío, por favor. Se volvió hacia él que la miraba entre asombrado y divertido, le pasó ambas manos por la cara y le besó en la frente.

—He pensado que la vida y la Navidad son un regalo que hay que celebrar. Aunque ellos no estén, estamos tú y yo —en un tono casi doctoral apostilló—. Te das cuenta que la palabra vida está dentro de la palabra Navidad.

Franz afirmó sonriente, siempre había sido una chica muy perspicaz. Y si no estaba contenta en esta ciudad, podían irse a vivir donde quisiera. Ella se puso de rodillas frente a él y reposó la cabeza en su huesudo regazo. Él le pasó la mano por el pelo aún húmedo de la calle.

—Y tú, querida mía, eres el mejor regalo de la vida y de la Navidad.

© Cristina Vázquez

Los camellos de Delia

Malena Teigeiro

No le gustaba salir de día. Según ella la luz ilumina en las personas la fealdad, la inquina, el odio. También la pena y la desdicha. En cambio, añade, desvanece la belleza, la alegría. Por eso cada año Delia va al Mercadillo de Navidad por la noche.

Vivía sola. Hacía muchos años que unos y otros iban falleciendo a su alrededor. Pero le daba igual. Al contrario, la gente le molestaba. Según ella, ahora ya no existían las personas, esos seres individuales con los que se conversa, se admira la belleza de los paisajes y edificios durante los paseos, o se presta y se comenta un libro. Ahora todo era gente. Grupos que, como borregos, acudían en manada a cualquier parte.

Sin embargo el mercado de Navidad era diferente. A esos puestos, año tras año, volvían las familias con los mismos sueños e ilusiones. Por eso Delia lo recorría cada noche. Luego, se sentaba en algún puesto en donde le vendieran una taza de chocolate con la que calentarse las manos. Así, sorbiendo poco apoco el espeso líquido, admiraba a aquellos pequeños que con sus dedos forrados de lana retenían las figuritas de barro. A ella siempre le gustaron los belenes. Tiene uno napolitano heredado de su madrina, que en cuanto llega diciembre coloca en su saloncito. Con cuidado, pone por las montañas de corcho las hogueras rodeadas de pastores y ovejas, las piaras de cerdos en las cuadras de las casitas de cartón y las gallinas y polluelos alrededor del pajar.

Ese año Delia no se detuvo en el puesto para beber su chocolate. Andaba buscando camellos. Entre otras escenas, su belén tenía una de un oasis en un pequeño desierto. Y ese diciembre al abrir las cajas descubrió con sorpresa que le faltaban los camellos y los pajes con sus turbantes de colores. Solo encontró las palmeras y el espejo del pequeño lago. ¿Dónde los habría guardado?, se preguntaba una y otra vez mientras abría altillos, cajones y armarios. Por eso ese día al anochecer, abrigada con la bufanda roja, se dirigió al Mercadillo de Navidad que estaba en la Plaza Mayor, alrededor de la catedral. Buscó en uno y otro puesto. Encontró figuras parecidas a las suyas, pero las quería iguales. La víspera de Noche Buena comprendió que no las encontraría a tiempo. Triste, entró en la Catedral. La luz de las velas iluminaba un gran belén. Era bonito. Paseó su mirada por encima de aquellas montañas, por las casas y caminos. Sonrió. Había también un laguito con camellos y pastores. Los suyos eran mucho más bonitos. Salió del templo y se dirigió hacia su casa. Por el camino recordó que el año anterior su vecino, un hombre de su edad, bastante turbio y flaco, había llamado a su puerta con el ánimo de felicitarle las Fiestas. Hasta sonreía cuando le entregó una caja de mantecados. ¿Sería él quien se los había robado?

Al llegar a casa colocó una servilletita sobre un plato y sobre ella unos dulces navideños. Luego se peinó y perfumó con esmero. Con el platito en la mano, tocó el timbre de su vecino. Tenía que ver si en su belén estaban sus figuritas. El hombre pareció sonreír al verla. Cuando le mostró los dulces, él recogió el platito con las dos manos, con el mismo cuidado con que hubiera recogido la porcelana más fina.

—Pase, pase, vecina. Tengo un vinito dulce con el que me gustaría invitarla.

Entró en la casa. Recorrieron el oscuro pasillo y pasaron al salón. En una de las esquinas Benito, que así se llamaba el hombre, había colocado un pequeño belén. Delia se acercó. Sus figuras de barro apenas tenían ya colores y muchas estaban rotas y pegadas.

Un espejito redondo formaba un lago en donde se reflejaban unas despeluchadas palmeras. Sentado a lo que debía ser la orilla, un pastor parecía dormir junto a dos camellos.

—Quizá debiera tirarlo a la basura.

Después de poner en su sitio la cabeza, el hombre colocó de pie al pastorcillo que aparecía caído sobre el camino de serrín. Como bien podía ver estaba viejo y roto, pero era el mismo que les ponía su madre en el cuarto de estar. Ella, comprensiva, le sonrió. ¿Cómo había podido pensar mal de un vecino tan educado, sensible y amable?

Después de beber el vino y tomar los dulces, quedaron para cenar juntos al día siguiente. Era Noche Buena y ninguno de los dos tenía familia. Como si vivieran en calles diferentes, Benito la acompañó por el descansillo y esperó a que abriera la puerta y encendiera la luz. Al entrar en su casa, dos chapas rojas de felicidad brillaban debajo de los ojos de la mujer. Aquella noche, suspirando como si de nuevo hubiera encontrado el aire, se durmió. Por la mañana, al igual que hacía cuando era niña, al acercar al portal a los Reyes Magos, vio que sus pastores napolitanos dormitaban mientras media docena de camellos bebían en el lago de su belén.

© Malena Teigeiro

Todo irá bien

Liliana Delucchi

Seguí los consejos de una amiga y fui a ver a un médico. Después de varias preguntas, además de tomarme la tensión, le puso una etiqueta a mi dolor y me recomendó fármacos. No llegué a comprarlos. Estrujé la nota para tirarla en la primera papelera ya que no estaba dispuesta a ingerir antidepresivos. Caminaba por la acera cubierta de hojas de otoño cuando vi a tres empleados municipales colocando luces en los árboles. Navidad. Dios mío, ¿cómo iba a soportarlo? El panorama que se planteaba era la consabida reunión familiar en torno a una mesa con las exquisiteces de mi madre y las miradas de lástima de mis hermanas y cuñadas. De ninguna manera.

Sergio levantó su mirada por encima de las gafas cuando entré en el salón y le dije que pasaríamos las fiestas lejos de casa.

—Me parece una buena idea —se puso de pie y nos abrazamos—. ¿Dónde quieres ir?

—No lo sé -fue mi respuesta—. Busquemos en internet algún lugar lo suficientemente lejos y lo bastante diferente a pasarlas en casa.

Estuvo de acuerdo y mientras me servía una copa de vino, agregó: «La Navidad es una noche para victorias nuevas, no para peleas antiguas.»

—Tendremos nuestra victoria —susurró acariciándome el pelo— y será antes de lo esperado.

Sin embargo, lloramos.

Mamá fue la única en apoyar nuestra decisión. Mi suegra y el resto insistían en que hubiéramos debido quedarnos para pasar las veladas todos juntos, aunque seguramente nuestra ausencia les daría un tema de conversación más allá de las consabidas pullas para demostrar quién es la más guapa o el más exitoso.

La pequeña ciudad elegida cumplía con los requisitos que nos habíamos planteado y el hotel era tan cálido y coqueto como imaginamos. Entre paseos por los alrededores y caminatas por esas calles salpicadas de nieve y adornos, sentíamos abrirse el apetito y por primera vez en semanas sonreímos.

Fue una tarde de esas en que la noche cae tan deprisa que no da tiempo a ver el sol esconderse detrás de la montaña, cuando nos encontramos con un mercadillo navideño. Nos deteníamos en los puestos buscando regalos para que la familia perdonara nuestra huida, cuando descubrimos uno que nos hizo acelerar el corazón. Vendían abalorios para colgar en las cunas. Si bien no estábamos seguros si detenernos o no, nuestros pies decidieron por nosotros y, con mis labios temblando, tal vez por el frío, nos acercamos

Una señora mayor detrás del mostrador con una expresión muy agradable nos invitó a elegir alguno de sus productos. A su lado había una niña de no más de cinco años sentada en una sillita de enea que se puso de pie cuando nos vio.

—Mi nieta —nos la presentó la anciana.

—Chiara —dijo la niña extendiendo la mano como hacemos los mayores- y mi abuela se llama Ludovina.

Fue esa chiquilla quien eligió por nosotros; casi sin mirar lo que habían puesto en la bolsa, la introdujimos en la mochila y nos alejamos no sin antes desearles Feliz Navidad en un torpe alemán.

La cena de Nochebuena transcurrió en el hotel, bien servida y con una música tan apacible como el trato del personal. Estábamos a punto de brindar cuando escuchamos campanadas. Es la llamada a la Misa de Gallo, nos informó una atenta camarera. Leí un ¿vamos? en la mirada de Sergio a la que asentí y nos dimos prisa en ponernos los abrigos y caminar hacia la iglesia bajo los primeros copos.

Nunca habíamos podido presenciar esa celebración, ya que la fiesta que se lleva a cabo en las casas de nuestras familias suelen traspasar la medianoche. Este año todo iba a ser diferente.

El templo era grandioso, con magníficas obras de arte y una iluminación que invitaba al rezo y a la reflexión; los lugareños iban llenando el recinto y poco a poco el ambiente comenzó a caldearse. De pronto, cuando los sacerdotes entraron acompañados por un órgano con una sinfonía celestial, nunca mejor dicho, sentí que algo apretaba mi mano a través del guante. Miré hacia abajo y vi el rostro sonrosado de Chiara. Nos mantuvimos cogidas durante la ceremonia y cuando llegó el momento de darnos La Paz, ella me susurró al oído «esta vez todo irá bien». La estreché contra mi pecho dándoles las gracias. A ella y a quien fuera que nos hubiera hecho elegir aquella ciudad y ese momento.

Un mes después visité a mi ginecólogo que repitió las palabras de aquella niña a la que solo había visto dos veces. Cuando cumplido el plazo del embarazo tuvimos a nuestra hija, ni Sergio ni yo dudamos en cuál sería su nombre.

© Liliana Delucchi

El pesebre

Marieta Alonso

Siempre he sido adicta a los mercadillos. No es culpa mía el que los tenderetes sean mi adoración, a mi madre también le encantaban. Así que desde que estaba dentro de ella, arropada en su barriguita, disfrutaba con ellos. Y conste que no soy de las que compro por comprar. Me detengo en todos y revuelvo entre las gangas, me paro a escuchar los reclamos y los precios en todos los idiomas imaginables, y a veces regreso a casa con las manos vacías. He de confesar humildemente que para mí los mercadillos de Navidad son el súmmum de la alegría, del bienestar.

Y aquí estoy de pie, mirando sin ver, con la mente en el pasado. Los sucesos que evoco con intensa claridad ocurrieron hará unos cincuenta años. Aquella mañana contemplaba una figura de San José entre mis manos, cuando conocí al que unos meses después iba a ser mi marido. Un joven alto al que no le llegaba al pecho, con la cara del mismo color de la azúcar de caña, refinada, claro; y los ojos verdes como aceitunas, herencia de mi suegra. Vestía con decencia al decir de mi abuela. Con una sonrisa preciosa me ofreció la figura de la Virgen en una mano y la del Niño en la otra. Debía comprar el misterio al completo.

—¿Qué precio tiene todo? —hablé sin desviar mis ojos de los suyos.

—Es mi regalo de Navidad.

Creía que era el tendero y resultó ser otro adicto a los mercadillos. Como yo.

Nos casamos y nos fuimos de alquiler a una casa lo suficientemente amplia para que pusiéramos en el sótano un Belén gigante y perenne. Cada diciembre íbamos en busca de figuras, que si el buey, que si la burra, que si un pozo, que si unas ovejas, que si los Reyes, los pastores... ¡Todo un mundo sin faltar detalle! Y en el lugar más destacado, el pesebre con las tres figuras motivo de nuestra unión.

Ahora recuerdo las cosas que de verdad tienen importancia, como aquella rama que se rompió con la brisa, la porción de palabras entrecortadas que me pedían un sí, para siempre. Era mi novio moviendo la cabeza como si le apretara el cuello de la camisa. El muy tonto pensaba que me iba a negar. Y lo que hice fue estamparle un beso bien sonoro para que no se fuera a arrepentir. Luego nacieron mis cinco hijos, uno detrás del otro. También rememoro aquella pizca de conversación con mi primogénito de cuatro años que me contaba en secreto que tenía novia; y el llanto coral que ofrecían al obligarles a tomar sopa de fideos cuando lo único que querían comer era macarrones con tomate. Una ráfaga de imágenes me muestra un hospital, un cementerio y una viuda vestida de negro.

Vuelvo a la realidad. Lo que son las cosas, pensé, ahora no me acuerdo de nada. Un día quise abrir la puerta de mi casa y resultó ser la del vecino. Otro puse un melón en el armario a enfriar; y un sábado el monedero apareció en el congelador junto al pescado. Así empezó todo.

Sigo paseando de puesto en puesto y sonrío a quienes me rodean. De pronto, alguien dice: ¡Mamá! Es mi marido tan joven como siempre, con su pelo encrespado. Le oigo lanzar un suspiro de alivio. Detrás de él esa mujer y esos tres hombres que dicen ser mis hijos. Por lo visto buscaban a una anciana que se había extraviado, y en vez de llamar a la policía, que es lo que se hace en esos casos, se acercaron al mercadillo de Navidad.

Tomo la mano de mi Pepe, y lo convenzo para comprar la figura de un herrero. Regresamos tan contentos a casa, seguidos por esos que dicen ser mis hijos y que más bien parecen mis guardaespaldas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El gato y el león

15 septiembre, 2020 por Akelarre 5 comentarios

Gato reflejado como león en espejo - cuentos

El gato frente al espejo

Amado por unos, denostado por otros, la historia del gato se basa sobre todo en la percepción que el hombre tiene del pequeño felino. Esta apreciación difiere totalmente de una época a otra. Mientras que en la antigüedad lo veneraban, en la Edad Media los quemaban en las hogueras pensando que era un animal diabólico.

Sin embargo, la foto que ilustra esta entrega de Nuevo Akelarre Literario pretende ir un poco más allá de la visión que puede tener un minino de sí mismo. Es también la forma que tiene un humano de verse al otro lado de la realidad la imagen que le devuelve el espejo es tal vez la que siente… Y todo es válido, porque en estas páginas hablamos de ficción.

Las cuatro historias que publicamos tienen a esa bola de pelo suave de protagonista, en algunas como primer actor y en otras de secundario, pero en todas ellas se desliza con delicadeza para solventar un dolor o hacer uso de su fiereza.

Aficiones peligrosas

Cristina Vázquez

El hijo de Dulce

Malena Teigeiro

La otra realidad

Liliana Delucchi

La búsqueda

Marieta Alonso

Aficiones peligrosas

Cristina Vázquez

Cuando Adelaida distinguió en la sala de espera del odontólogo a ese hombre menudo, de hombros estrechos y mirada un tanto huidiza, sintió un arrebato de ternura inesperado.

Le observó con disimulada insistencia. Iba poco a poco descubriendo que los rasgos de su cara eran muy correctos y si no fuera por esa actitud vencida o temerosa podría resultar un hombre guapo. Francamente guapo, se dijo mientras terminaba de ojear una revista atrasada de la que no se había enterado de nada.

—Don Leoncio, pase ya por favor —la voz de la enfermera la sacó de sus pensamientos.

Al levantarse pudo comprobar que era más alto de lo que parecía. Concluyó que era la postura encogida que mantenía en el sillón lo que le quitaba empaque. Un poco estrecho, sí era, reconoció, pero…

 Adelaida había estado dudando en sus años más jóvenes, aunque ahora solo acabara de cumplir cuarenta, si ser enfermera o antropóloga. Finalmente se hizo secretaria por diversas circunstancias que no venían al caso y su soltería era debida al amor frustrado por el marido de su hermana. Esas dos aficiones, la antropología y la enfermería, se quedaron siempre grabadas en ella. Era muy consciente de que sus aproximaciones al sexo opuesto terminaban en un análisis físico en el que ponía en práctica sus escasos conocimientos antropológicos. Estos eran los que estaba aplicando a Leoncio: antecedentes indoeuropeos mezclados con berberiscos. No, demasiado claro. Seguro que tendría un toque celta o vikingo. Le había visto muy poco para sacar conclusiones definitivas. Oía el ruido del torno que la desquiciaba y empezó a aplicar su otra afición: la enfermería. Pensaba que le encantaría poder coger la mano al paciente y susurrarle tranquilizadoras palabras mientras le agujereaban la muela.

Al terminar ella su consulta con el dentista pidió a la recepcionista si le podía dar el teléfono o las señas de don Leoncio, pues tenía que devolverle un documento que se había olvidado. Tras unos segundos de titubeo la chica se lo entregó.

A partir de ese momento, Adelaida en cada rato libre iba a la dirección indicada para intentar hacerse la encontradiza. Por fin consiguió su objetivo y con habilidad y gracejo, que lo tenía, concertó otras citas. A medida que intimaban se asentó su primera impresión. Iba encogido, menguado, sin seguridad en sí mismo. Esto le hizo pensar a Adelaida en un antecedente judío de madre sobreprotectora, motivo por el que el hombre no expandía todas sus posibilidades. Seguro.

Como era una mujer con recursos ideó la manera de que su amado, porque ya había entrado en la categoría de amado, pudiera quitarse esa debilidad y reforzarse en una imagen que correspondiera a su verdadero ser. Más potente, más seguro. Encargó a un amigo, mueblista ingenioso y paciente, que le hiciera un espejo de aumento. Lo que en el fondo deseaba, le confesó mimosa, era que ese espejo fuera casi mágico.

—Sí, claro que tú puedes —le aseguró Adelaida con su sonrisa más convincente—. Eres el único que sabe hacer estos espejos trucados.

El hombre cabeceaba haciéndose rogar, pero ella tenía la seguridad de que deseaba hacerlo. Los desafíos estimulaban a su amigo y él sabía que estaba en deuda con ella. ¿Verdad cariño? Finalmente, el mueblista cedió. ¿Qué imagen quería que se viera en el espejo?, le preguntó.

—Pues un león —contestó la mujer sin titubear—. Un hermoso león con melena.

Y así fue. Al cabo de una semana le hizo entrega del deseado espejo que ella empaquetó con esmero. Invitó a Leoncio, con el que ya estaba haciendo los preparativos de boda, a cenar. Cuando descubrió el regalo le pidió que se mirara en él. Iba a ser para su uso exclusivo.

Nunca olvidaría, contaba después de muchos años a sus sobrinos, la cara que puso su novio. Cómo se fue transformando en otro ser espléndido. Hinchó el pecho, les relataba imitando el gesto. Con la cabeza erguida empezó a sacudirla como si agitara una melena. Movía las manos igual que si tuviera zarpas y empezó a gruñir. En ese momento tuvo miedo y comenzó a preocuparse pues veía que no recuperaba a su Leoncio anterior, estrecho, canijo y bondadoso. Pero cuando se puso a cuatro patas y se acercó a ella con expresión salvaje después de arañar los sillones dando bufidos, tuvo el tiempo justo de encerrarse en el cuarto de baño y llamar a la policía.

En ese momento de la historia los sobrinos sabían que la tía Adelaida se sacaba un pañuelo para limpiarse las lágrimas, y esperaba un rato a que los chicos le hicieran la pregunta esperada.

—Y entonces tía, ¿qué pasó? —coreaban los sobrinos.

En el manicomio, contestaba. En el manicomio y sin solución. Creía que había destrozado varias sábanas y que a un enfermero casi le degüella. La culpa, remataba, fue toda de ella por no haber percibido sus antecedentes eslavos. Doblaba el pañuelo húmedo con precisión, decían que eran los europeos más salvajes. Y él era tan rubito…

 

 

 

© Cristina Vázquez

El hijo de Dulce

Malena Teigeiro

Leone, nunca supo quién fue su padre. Su madre, Dulce, era una preciosa y elegante gata blanca de angora, con una extraña mirada en sus rasgados ojos negros. Vivía en una casa de Madrid con una señora tan vieja como elegante, que siempre llevaba los dedos llenos de sortijas y a la que le gustaba tenerla en el regazo, en donde la gata, al sentir las caricias sobre la barriga, plácidamente, se quedaba dormida. Dulce era muy amorosa y simpática. Su ama la bañaba y cepillaba todas las semanas y ella, ya limpia y perfumada, como niña perversa y consentida olvidaba su posición, y se lanzaba por las noches a la calle en busca de gatos vagabundos. En los últimos tiempos se había juntado con unos a los que les gustaba corretear por la Casa de Campo y el zoo. De todas estas correrías, solía volver a su casa sucia, cansada y, casi siempre, preñada.

Una camada tras otra, Dulce iba teniendo hijos con su mismo largo y sedoso pelo, por lo que a la señora no le costaba mucho conseguir familias que los adoptaran. Hasta que al fin llegó él: Leone. Según los que estuvieron en el momento parto, Dulce pareció emocionarse al verlo. Sin duda recordaba a aquel macho grande, fuerte, que vivía en una jaula, su amor de una noche en el zoo. Sus mismos ojos rasgados. Su mismo pelo corto y suave como el terciopelo y los mismos ojos color de miel. La mandíbula, fuerte y cuadrada, ya desde que nació, lucía unos hermosos colmillos. Rápidamente se puso de pie lo que hizo que los que allí estaban vieran sus pezuñas fuertes y grandes. Desde que nació tuvo el carácter de su madre, amoroso y amigable, pero sus rasgados ojos tenían un mirar frío, al decir de algunos, maléfico, por lo que nadie quiso adoptarlo. Leone desde el primer momento sintió el rechazo de todos, lo que, pasado algún tiempo, lo hizo caer en una depresión. Dorita, la cocinera de la casa, una señora mayor, con la barriga tan gorda que ni tan siquiera el pequeño gatito podía sentarse en su regazo, intentó paliar sus penares dándole natillas y sardinas frescas, por lo que Leone decidió quedarse a vivir en la cocina.

Aquella mañana amaneció soleada, y aunque el viento todavía era frío, decidió salir al balcón. Sentía la necesidad de tomar un poco el aire y se movió inquieto delante de Dorita que enseguida lo entendió. A ver si así se te templan un poco esos nervios, rumio mientras abría la falleba del balcón. Al tumbarse en el balcón percibió que en el de la casa de al lado dormía al sol, bien estirada, una gatita. Era preciosa. El animalito entreabrió los ojos y le sonrió. Leone no lo entendía. Era la primera vez que, exceptuando a Dorita, alguien era amable al verlo aparecer.

Incrédulo, entró en la casa y se dirigió al espejo que tenía su protectora en el dormitorio. Sin abrir los ojos se colocó delante. Estiró las patas, el cuello y después de un sonoro bufido los abrió. Con sorpresa vio que se había convertido en el gato grande que prometía. El pelo de su cuerpo corto y brillante le encantó, lo mismo que la densa y exuberante melena que le había crecido alrededor del rostro. Se quedó quieto, bien estirado, sin moverse de delante del espejo. Tan solo balanceaba la cola que sorprendentemente estaba rematada con una preciosa borla negra. Después de unos momentos, volvió a la terraza y vio que la gatita seguía allí, pero ahora no fingía dormir. Sin levantar la cabeza le pareció que le sonreía moviendo su rabo, voluptuosa, sensual.

Un profundo rugido acompañó su salto hasta el mirador de su vecina.

Cuando los dueños de la casa abrieron el balcón, Leone, con una garra apoyada sobre una de las patas de la gata, masticaba con fruición los restos del animal.

© Malena Teigeiro

La otra realidad

Liliana Delucchi

Supongo que los abandonos son así. Al principio, y sin darte cuenta, deja de tener importancia lo que el otro piensa. Sus discursos te suenan repetitivos y rancios y terminas solo compartiendo el café de la mañana. Hasta que llega el día en que se reparten los bienes y ese espacio solitario formado por paredes y muebles, termina habitado por el silencio y alguna canción que escuchas para que al menos haya una voz en la casa. Aunque estoy siendo injusto, sí que hay otra voz que vive conmigo: Hace miau y se tumba a mi lado en el sillón mientras veo series interminables en la televisión.

Cuando Natalia se fue me lo dejó, ya que su nueva pareja tenía alergia al pelo de gato. Tuvo el detalle de pegar una nota en la nevera con la dirección del veterinario y la fecha en que debía llevarlo para renovar su vacunación. Entonces lo supe. Cuando le di el nombre, al que llamo el pediatra de mi felino, por mucho que lo buscó no lo encontró en su base de datos. Yo insistí: Giorgio, Jorge en italiano. Nada. Entonces me pidió mi nombre para ver si lo había registrado por los datos del dueño. Nada. Se encendió una luz en mi cerebro y le di los datos de mi ex. Pues… Sí. No se conformó con quedarse con el chalet y el coche, también había puesto en su parte del inventario a nuestro gatito. Al escucharme jurar en arameo, el pobre hombre me dijo que no me preocupara y le cambió el apellido al minino. Así de simple, sin ir al Registro Civil.

Como mi compañero peludo se portó muy bien le adquirí todas las golosinas que me ofrecieron en la clínica, más un trasportín, platos para su comida y un baño nuevo. Vamos, para que se olvidara de quien lo abandonó por un hombre más joven y más rico que su actual amo. Compré su voluntad. Esa misma noche, mientras me perdía dentro de una novela, sentí un movimiento en la cama. Giorgio había decidido dormir conmigo. Se pegó a mi costado y al poco rato escuché su ronroneo que, por cierto, es más suave y delicado que los resuellos de mi ex.

Esa madrugada tuve un sueño peculiar: Me encontraba en el cuarto de baño, a punto de afeitarme, y quedé anonadado al ver que el espejo no reflejaba a un cincuentón con las arrugas correspondientes alrededor de los ojos y la comisura de la boca. No. Una especie de Brad Pitt mediterráneo me sonreía como si fuera a comerse el mundo y repetía exactamente mis movimientos. Hasta cuando a causa de los nervios me corté la mejilla, vi que la suya también sangraba.

Desperté de buen humor, confiado en que mi inconsciente no veía un perdedor, sino a un exitoso varón. Silbando me dirigí a la cocina a preparar el desayuno cuando al pasar frente a un espejo que hay en el pasillo, vi nuevamente al hombre guapo reflejarse en el mismo. Pero eso no fue todo. Subido a la consola que estaba debajo, Giorgio también se miraba en esa luna. Yo no sabía si él estaba viendo lo mismo que yo. Mi gatito era un león. Sí lo vio, porque de pronto lo escuché rugir.

 

 

© Liliana Delucchi

La búsqueda

Marieta Alonso

Mi marido acababa de dar portazo a quince años de matrimonio. Me quiso convencer de que sentía dudas, necesitaba espacio, todo era culpa mía. Lo que experimenté en aquel momento es difícil de describir. Comencé a recorrer toda la casa y entre vuelta y vuelta me acerqué al ventanal para verle por última vez. Vi a una rubia platino consolándole a base de besos. Luego se fueron en un coche. Maldito macho cabrío.

No podía apartarme de la cristalera, ni dejar de mirar la calle desierta. La única nota de color la daba un cartel con un gato de espaldas y el mar de frente. Emanaba soledad. Reconocí el lugar.

He de superar esto, me decía, pero solo era capaz de pensar que la venganza era hermosa. Debería morirse. Era la frase que me rondaba la cabeza. No eres agresiva, tranquilízate, verbalizaba mi otro yo.

Volví a mirar el cartel y decidí marchar hacia aquel barrio de pescadores, aquel suburbio que hacía gala de su carácter arrabalero en busca de aquel gato.

La tarde la pasé dando un paso detrás de otro por la fría arena envuelta en mis lúgubres pensamientos. Vive y deja vivir, decía mi madre. Pero ella nunca se vio en mi circunstancia. A ratos recordaba a lo que había ido allí y miraba alrededor. Nada. Y volvía el dolor. ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Me acerqué a un viejo pescador, remendaba su red recostado a una barca que oscilaba bocabajo sobre una piedra. A su lado un cubo de agua encerraba los peces capturados.

—¿Qué tal se ha dado el día?

—Mejor que ayer —y siguió faenando.

—He visto un cartel…

Sin decir palabra empujó hacia la arena la popa para que la proa se alzase y allí estaba el más hermoso gato, el del anuncio. Me miró, le sonreí, y ronroneando saltó a mis brazos.

—No tiene dueño. Viene a mí para que le dé de comer. Lléveselo si quiere.

Le miré a los ojos buscando su aprobación y reflejado en ellos estaba Simba, mi rey león que muy tenue me cantaba Hakuna Matata.

Y en aquel instante supe que no debía preocuparme ante las adversidades de la vida.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La Plaza de España de Sevilla

15 abril, 2020 por Akelarre 4 comentarios

Cuentos sobre la Plaza de España de Sevilla

La Plaza de España

A pesar de la pandemia que asola el mundo y que ha roto muchos hogares y corazones, queremos permanecer fiel a nuestra cita mensual para haceros llegar un momento de distracción y entretenimiento, tan necesario en circunstancias como esta. Queremos también enviar nuestro apoyo a todos los afectados, a sus familias y amigos, así como nuestro agradecimiento a las personas que están trabajando de forma tan dura por nuestra salud y bienestar.

Para ello nos trasladamos a la Plaza de España de Sevilla, un lugar mágico en el que se han dado escenarios militares, de amor, de desdicha… Y este mes nuestras cuentistas han querido honrarla situando en ella cuatro relatos que realzan la magia de su belleza y el calor de su historia.

El conjunto arquitectónico está enclavado en el parque de María Luisa. Fue realizado por el arquitecto Aníbal González, siendo el más grande de los que se levantaron en la ciudad durante todo el siglo XX. Se construyó entre 1914 y 1929 como edificio principal y el de mayor envergadura de la Exposición Iberoamericana de 1929.

La plaza mira al Guadalquivir como camino hacia América y simboliza el abrazo de España a sus antiguas provincias de ultramar.

Los medallones con caras de españoles ilustres, las columnas marmóreas y los artesonados dan al conjunto un ambiente renacentista.

La Plaza de España ha sido utilizada como escenario en múltiples y variadas películas. En este sentido, la Academia de Cine Europeo la ha elegido como Tesoro de la Cultura Cinematográfica Europea, distinción que otorga a espacios y localizaciones de naturaleza simbólica de gran valor histórico para el cine. Entre las producciones más destacadas rodadas se encuentran: Lawrence de Arabia (1962); El viento y el león (1975); Star Wars Episodio II: El Ataque de los Clones (2002); El dictador (2012). Además, se han rodado otras cintas menos conocidas, como la película española Manuel y Clemente (1986) y la producción de Bollywood Akhil (2015).

Inesperado cortejo

Cristina Vázquez

La buenaventura

Malena Teigeiro

Igualito que papá

Liliana Delucchi

Plaza de mis amores

Marieta Alonso

Inesperado cortejo

Cristina Vázquez

Qué pesadas las madres con su empeño de que conocieran España, comentaban unas a otras en el autobús que llevaba a las adolescentes a conocer Sevilla. Pero la excitación por cambiar de rutina, abandonar unos días el uniforme, la familia…, las llenaba de una expectativa de sabor a chicle y ginebra prohibida, que las llevaba a esperar eso que solo se intuye a una edad muy temprana y que luego se diluye en la realidad.

El colegio había organizado una excursión para que se les quitara un poco el pelo de la dehesa que lucían, peroraba la señorita Castillo agarrada al micrófono, con el mismo entusiasmo de una concursante televisiva que acabara de ganar un premio. Les iba explicando la historia y bellezas que encontrarían en la ciudad, los almorávides y los almohades, La Giralda y El Giraldillo, La Plaza de España, el parque de María Luisa… Las chicas intentaban mirar el paisaje o ponerse con disimulo un pinganillo para no oírla.

—Esta cuando se anima da miedo —le bromeaba Ana a Casilda—. Si tiene novio lo debe dejar al pobre disfuncional.

—¡Ya quisiera! Si está más seca que la mojama.

La señorita Castillo era de edad incierta. Madura, bien proporcionada y si se arreglara con un poco de gracia y se quitara las gafas, afirmaba la sinuosa Reyes, considerada por sus compañeras la profesional de la estética y el estilo. Un coro de incredulidad y hasta de burla respondía a las ilusorias afirmaciones de esta.

—Ni pasando por el quirófano, hija.

Los comentarios frívolos, inoportunos, hirientes y burlones entretenían la charla de las adolescentes, pese a la reiterada petición de silencio de la señorita Castillo.

El primer día fueron a visitar la ya mencionada y descrita con minuciosa precisión Plaza de España. A la señorita le costaba mantener el orden y el silencio en ese enjambre excitado y excitable, no solo para que la atendieran sino por los moscones que aparecían cada poco a bromear a las jóvenes, a los que estas respondían a veces con descaro, otras con altanería y a la pobre señorita se le iba soltando el moño en su sofocado intento de mantener el orden. Le faltaba autoridad y voz, le faltaba energía. Su dulzura y saber se iban diluyendo entre las fuentes y los espléndidos azulejos.

Un hombre enjuto, moreno de verde luna, como diría el poeta, las seguía a una inquietante distancia. Silencioso, una elegante sombra que sin hacerse molesta no se apartaba del grupito, igual que si fuese un secreto vigilante. La señorita Castillo le observaba de reojo con un parpadeo acelerado.

Las chicas reían y le miraban haciendo algún comentario subido de tono o provocativo, pese a que la profesora les chistara y les pidiera un poco de seriedad, dijo en un arrebatado momento. El joven no se inmutaba. A lo sumo una sonrisa un poco lobuna le cruzaba la cara.

—Basta ya —las apremió en un tono bajo—. Parecéis unas cualquiera. Os tenía que haber dejado con el uniforme.

El hombre no se apartó del grupo. A una prudente distancia las seguía, desapareciendo unas veces para volver a verlo al rato cruzándose con ellas.

Esa noche las cuatro más amigas, Ana, Casilda, Reyes y Belén se reunieron en una de las habitaciones y se dedicaron a vaciar el minibar, no solo del lugar de reunión sino todas las tentadoras botellitas que cada una trajo de su cuarto. Casilda empezó a vomitar y a ponerse pálida y verdosa. Parecía que le estaba entrando fiebre y una tiritona la sacudía. Reyes y Belén decidieron llamar al cuarto de la señorita Castillo que no respondió.

Después de dar muchos golpes en la puerta sin obtener respuesta, ya a punto de bajar a conserjería, esta se abrió lentamente y apareció el moreno de verde luna como Dios lo trajo al mundo. Con esa sonrisa lobuna cruzada en la cara, les espetó.

—Largaos niñatas. Arreglar vuestros problemas. La señorita Castillo ni va a ir ni va a volver.

Y cerró la puerta con mucha suavidad. Belén dijo que le pareció ver un rastro rojizo en la mano del hombre, pero Reyes afirmó a la policía que oyó reírse, al fondo de la habitación, a la señorita Castillo.

© Cristina Vázquez

La buenaventura

Malena Teigeiro

Desde el escalón del puente de La Plaza de España en donde se sentaba, Saray contempla las barcas. Como si fuera la ofrenda de rosas a una santa, un cesto de paja lleno de tallos de romero permanecía apoyado a sus pies. El romero lo cortaba todos los días de una de las macetas del patio de su abuela. Esa mañana lo encontró florecido de minúsculas y humildes hojas violeta. Su perfume era fuerte, agradable. A Saray le gustaba tener el canasto bien lleno de tallos frescos, porque alejan los malos espíritus, decía.  Sin que ella supiera quien, alguien le había echado un mal de ojo. Estaba segura de que ese aojamiento era el culpable de su penar. Se limpió una lágrima con el dorso. Eran por culpa del reflejo del sol, decidió, y no por sus penas.

Aquella mañana no se encontraba bien, y como además hacía viento y frío, tampoco había muchos clientes a los que leerle la palma de la mano. Saray decidió volver a su casa. Empujada por el viento iba inquieta, aunque no sabía por qué. Al abrir la puerta de la habitación los vio. Parecían dos brillantes estatuas de bronce descansando juntas en su cama. Le produjo una arcada el olor a sexo. Sin despertarlos, cerró la puerta y salió de la casa.

Era cierto que la Pastora era la mujer más bella de la Cava de los Gitanos, y podría aseverar que de toda Triana. Pero no era buena. Tenía esa gracia malsana que idiotizaba a muchos hombres, y el suyo fue uno de los que cayeron en su tontuna. Y como Pastora tenía dominado a su Manuel, pues a ella le tocaba hacer como si no los hubiera visto acostados entre sus sábanas. Desde aquella mañana las cambiaba todos los días.

Levantó la cabeza y con su acuosa mirada contempló a la gente que paseaba. A ella le gustaba estar allí, sentada al sol. Aquellos rayos le calentaban el pecho, la espalda. Envuelta en su negro mantón Saray guardaba su penar mientras esperaba algún cliente al que echarle la buenaventura, porque no le agrada echársela a cualquiera. No. Solo lo hacía cuando la persona que se acercaba era joven, bella, esas a las que la vida les sonríe y no hay por qué contarles desgracias.

Enseguida le llamaron la atención. Eran dos muchachitas acompañadas por una señora de mediana edad. Por cómo iban vestidas, dedujo que eran gente rica. Se levantó de la escalinata, recogió el cesto y salió corriendo hacia ellas.

––Mire al cielo, señorita, y muéstreme su mano derecha que le voy a decir su futuro ––las chiquillas rieron. Y después de regatear el precio, doña Antonia, permitió que la gitana sujetara la mano a la más joven de las dos––. ¿Cómo se llama la señorita? ––inquirió Saray zalamera.

Y la chiquilla, con un leve seseo, contestó que Mercedes. La gitana con sus dedos morenos sujetaba la palma de la joven que la miraba con una sonrisa nerviosa. Se veía que la niña era de alta cuna, pensó al sentir la suavidad de la piel rosada. Paseó su dedo largo por encima de la raya.

––Un joven bien plantao, de negros ojos, se va a enamorar de esta niña de aquí a pocos días ––leyó con calma––. Veo una corona real sobre tu cabeza. Algún día, y pronto, tú serás mi reina. Y el rey, por la gracia de tus bondades, enamorado, se postrará a tus pies.

De pronto guardó silencio. Se inclinó y recogió la otra mano de la joven. Despacio colocó una al lado de la otra, de tal manera que las rayas de sus palmas se juntaban formando líneas continuas. Levantando la cabeza, fundió sus asustadas pupilas con las todavía inocentes de la joven. Luego, muy despacio, paseó su mirada por encima de la hermana y de la señora de compañía. Sin dejar de contemplarlas, se santiguó una, dos y tres veces, recitando oraciones que sus clientas no entendían. Saray le cerró con fuerza los dedos y soltó los puños. Sin siquiera pedir las monedas que le habían prometido, recogió el cesto de romero del suelo y se fue, rápida, santiguándose una y otra vez.

Sentada en su mecedora de mimbre, las lágrimas de Saray le mojaban las mejillas. Mal rayo partiera a los amores. Ella vivía penando por su hombre, al que su madre maldecía y tantas penas le auguraba, y aquella tierna criatura apenas iba a poder disfrutar del amor que pronto le iba a llegar de muy lejos. Escuchó el ruido de la puerta. Sus risas. Manuel entró agarrado a la cintura de Pastora besándola en la boca. Ellos no sabían que había vuelto. Saray siguió meciéndose sin dejar de contemplarlos. Manuel se detuvo y Pastora se colocó sus negros rizos por detrás de las orejas. ¿Cuánto hacía que su Manuel la engañaba? ¿Años? Se encogió de hombros. Daba igual. Su boca se curvó en una sonrisa. Jamás pensó que se alegraría al ver el cuerpo de bronce de Pastora, que ella tanto había envidiado. Ahora, la figura de aquella mujer, como si fuera la flor roja de un clavel cortada hacía días, se había marchitado.

© Malena Teigeiro

Igualito que papá

Liliana Delucchi

La misma luz y el mismo olor a azahares que llena la ciudad. Aquí estamos… Otra vez. Aunque ahora es diferente, ya no venimos en busca de experiencias que entonces no sabíamos definir, sino que hoy estamos aquí porque nuestro niño celebrará que le han dado su primera Estrella Michelin.

Todo empezó hace años, cuando decidimos hacer un viaje por Andalucía. Dos amigas jóvenes y con tantas ganas de vivir. Esta plaza nos llenó los pulmones de un aire hasta entonces desconocido. Te curó el asma, ¿te acuerdas? Y decidimos darnos un homenaje de pescaítos en ese bar con una terraza al sol que estaba justo detrás. Allí lo conocimos. Un morenazo con el pelo repeinado, un andar que se comía las baldosas de la acera y la sonrisa más blanca y amplia que habíamos visto jamás. Se acercó a nuestra mesa para preguntarnos qué queríamos beber.

Estábamos mirando la carta cuando nos preguntó de dónde éramos y cuando se lo dijimos nos espetó: “¿Es que en vuestro país a las feas no las dejan salir?” Y en ese momento nos enamoramos de él. Las dos.

Desde niñas lo habíamos compartido todo, así que un amante no suponía gran diferencia. En los días siguientes mientras nosotras hacíamos turismo él trabajaba y lo recogíamos cuando terminaba su turno. Entre manzanillas y risas descubrimos cada esquina; los soportales de la plaza escondían en sus sombras nocturnas a tres figuras que, abrazadas, se entregaban a disfrutar lo que la juventud y el amor les entregaba.

Ni siquiera la partida fue triste. A pesar de que teníamos que volver a casa y enfrentarnos a la realidad, estábamos llenas de aquello que nuestra estancia nos había dado. Fue entonces cuando Paco nos contó que casi tenía el dinero para comprar el bar en el que trabajaba como camarero. Nosotras le dimos el resto.

Cuando volvimos al año siguiente, aquella pequeña tasca se había convertido en un establecimiento al que acudía media Sevilla. Y nuestro querido amor era su orgulloso propietario. Retomamos la relación donde la habíamos dejado, a pesar de que nos confesó que estaba a punto de casarse con su novia de toda la vida. Por supuesto que acudimos a la boda. Como éramos primas lejanas de allende los mares nos sentamos a la mesa de la familia y bailamos de la forma que solo se baila en una boda andaluza. Cuando nos enteramos de que Carmen, su esposa, estaba encinta, enviamos todo lo que un bebé necesita, viajamos para el bautizo y, cómo no, fuimos las madrinas.

Hoy aquella criatura, que se hizo cargo de la taberna de su padre y la transformó en un restaurante de lujo, celebra que le han dado su primera Estrella Michelin. Y nosotras estamos esperándolo en la plaza para ir con él a la fiesta.

Alto, fuerte y guapo como su padre, se nos acerca con una rubia despampanante colgada de cada brazo. Nos las presenta como unas primas lejanas de Suecia.

Igualito que Papá.

© Liliana Delucchi

Plaza de mis amores

Marieta Alonso

Me llamo María Luisa y llevo cuarenta años ejerciendo mi profesión: kiosquera. Conozco a todos los vecinos del barrio. Y al turista que se atreve a preguntarme una dirección lo convierto en amigo, tanto que recibo tarjetas de todos los rincones del mundo. Mi oficio lo heredé de mi padre, así como la garita desde donde observo todo lo que pasa a mi alrededor. Temo la llegada de la jubilación. ¿Qué será de mí?

Hoy he tenido una genial idea para cuando llegue ese momento: Iré todos los días a la plaza y me sentaré en el banco al lado del kiosco, enfrente de Eutiquio. Todos los días viene con una telera de pan dentro de una bolsa y da de comer a sus queridas palomas. Y discute con Casilda para que se vaya a otro banco, que no moleste, que a quién se le ocurre llevar una escudilla con leche para los gatos. ¿Es que no ve que espantan a las palomas?

Saludaré a don Eusebio que cada día me compra el periódico y no se deja línea por leer. Y a Manuela, mi querida barrendera, a ver si por fin toma la decisión de abandonar al borracho de su marido.

¡Maldita mosca que no para de posarse en mi nariz! Lástima de no tener un matamoscas a mano. Se iba a enterar.

También estaré atenta a los imprevistos. Como la vez aquella, una tarde realmente calurosa de agosto, ––el termómetro de la parada de autobuses marcaba 50ºC a la sombra––, en que una pareja de sordos ––debían serlo por lo alto que hablaban–– se declaraban su amor. Cuando se pusieron de acuerdo en que cada uno quería más que el otro, a él se le ocurrió pedirle un beso y ella que no. Él que sí. Ella con la cabeza reiteraba su negativa y él afirmaba con la suya. Todos mirábamos atentos a ver qué iba a pasar y cuando ¡por fin!, se dieron un beso, que casi se desmayan por la falta de aire, y ella le dejó que tocara por aquí y por allá, la plaza entera aplaudió.

––María Luisa, ¿de qué se ríe? Si solo le he pedido una botella de agua.

Era el pequeño de la señora Rocío que lo único que ha hecho en su vida ha sido criar hijos y ahora nietos.

––Perdona, quillo. Estaba soñando despierta.

© Marieta Alonso

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Mesa de Navidad

15 marzo, 2020 por Akelarre 7 comentarios

Cuentos alrededor de una mesa de Navidad

La mesa de Navidad

En Egipto, durante el Imperio Antiguo, existían algunas mesas en forma de pedestal, cuya función era la de separar la comida del suelo, y en la antigüedad greco-romana también tenían una función litúrgica. Poco a poco van derivando hasta llegar a la de comedor que, como tal, aparece en las casas de campo inglesas. Pero no es hasta el siglo XVIII cuando se consagra el mismo como habitación independiente cuya función más agradable es la que ocupa en nuestras fiestas.

Si tuviéramos un agujero en la pared de una de estas estancias, descubriríamos debajo de la mesa un inoportuno pie tratando de acariciar la pierna indebida, una patada de advertencia para acallar palabras imprudentes, dedos acariciantes… Y sobre el tablero, y a veces al mismo tiempo, divisaríamos manos que después de reptar entre cubiertos y copas, se acarician; ojos que sonríen enamorados en un silencioso brindis o también la tristeza de una ausencia o de un lugar vacío para siempre.

Os deseamos que vuestra mesa del comedor sirva como vínculo de unión, que alrededor de ella solo encontréis momentos de alegría y que disfrutéis de los relatos que este mes os contamos en torno a ella.

¡Anda y que les den!

Cristina Vázquez

Secretos de una mesa de aniversario

Malena Teigeiro

La invitada inoportuna

Liliana Delucchi

Ventanas indiscretas

Marieta Alonso

¡Anda y que les den!

Cristina Vázquez

Tenía la mesa puesta desde las cinco de la tarde para celebrar esa noche su cumpleaños. ¿Cuántos? No tantos, se dice mientras se quita unas horquillas del pelo. Se mira en el espejo como si no quisiera verse. Asoma algo en el brillo de sus pupilas que a ella misma siempre le asustaba.

—Qué le voy a hacer si así me han hecho.

Y se da un tirón fuerte del pelo para desenredárselo. Se apoya con las manos sobre el mármol de la encimera, aprieta los labios y en voz baja, igual que si alguien la escuchara afirma.

—Solo he defendido mis derechos.

Mira el reloj. Los había citado a las ocho para tomar una copa de champagne antes de cenar. Un champagne francés excelente. No quiere fallar en nada. Esperaba que todo resultara cuidado y bueno, que ellos comprendieran que sabía valorar y darle buen uso a lo que le había tocado. Porque las cosas de la suerte son así. Y no dijeron más que mentiras contra ella. Al fin y al cabo, eran su familia, sus seres queridos, más bien los de él, pero le debía eso a Juan, que seguro hubiera aprobado todas y cada una de sus acciones.

También lo hizo por su hija. Ella ahora… ¡Uff! Cómo le apretaban los zapatos de charol que se acababa de comprar. Ahora, Marga, su querida hija no quería nada. Nada le importa, todo eran antiguallas graznaba, y además, se había largado a vivir a otra casa.

—Hasta que me pueda ir a Tombuctú o a Sebastopol —le soltó al irse de muy malas formas.

Por más que le había querido hacer ver claro que las cosas, los bienes, hay que preservarlos y cuidarlos, la niña, como era tan moderna venga a afearle que les quitara a sus tías lo que había sido de su madre, de su familia.

—¿Es que yo no soy familia, tú no eres nieta, tu padre no era hijo? ¿O qué?

Al recordarlo ahora, mientras se intenta apretar un tramo más el cinturón, le parece que su hija estuvo muy dura con ella. Claro estos jóvenes que lo han tenido todo tan fácil no saben lo que cuesta ganar dinero, tener respetabilidad, hacerse un hueco. Y eso que nunca le había contado cómo fueron sus primeros años con esa empingorotada familia. Cuando su Juan la presentó la miraron igual que si fuera un muñeco de feria robado por ahí, en cualquier puesto. Nunca se le olvidará la primera comida. Se suelta el cinturón, lo único que conseguía era marcar más las chichas de la cintura. Qué lástima envejecer.

Lo hicieron aposta. La suegra era una víbora, siempre con el gesto de asco como si todo le oliera mal y más fría que un bidet. Nada le alteraba excepto el tema político o un mal matrimonio o salida de pata de banco, como le gustaba repetir, de algún conocido de su misma estirpe o clase. Otra de sus frases preferidas era: Los jóvenes se creen que por casarse mal van a ser más felices. Y le dedicaba una miradita de hielo. Sí, de hielo, porque la vieja parecía que solo hubiera mirado el desierto ártico o antártico, nunca supo cuál estaba al norte o al sur. Ya da igual.

Busca unos pendientes, los de aro con turquesa o los de perla. Se prueba uno en cada oreja para ver cuál le favorece más. Recuerda cuando se los regaló Juan. Bueno sí era, pero tonto también. Se deleitaba tomando el té con su mamá y a ella que le dieran. Al salir, resumía con exactitud notarial las correcciones, que no levantara el dedo, que antes la leche que él té, o el té que la lecha, no se acuerda, que no mojara la tostada…

¡Anda y que les den!

Cómo se pusieron. De todo. La llamaron de todo, entrometida, ladrona… En fin, prefería no recordarlo porque había sido muy desagradable y no se cortaron un pelo en tirar al suelo la última pieza, la preciosa sopera de la famille verte que le tocó.

Por fin las perlas, los aros con turquesa eran un poco llamativos y esta noche, quiere que todo sea discreto, con chic, como le gusta decir a la cursi de Fuencisla, la cuñada mayor, la que se cree la sacerdotisa de los recuerdos familiares. Vaya cara se le puso cuando embaló las vajillas. Los ojos se le salían como dos serpientes enfurecidas.

Mira el reloj. Las siete y media. Se va a la cocina a meter el champagne en el congelador la última media hora. Juan lo hacía siempre. Tonto era, pero en estas cosas no le ganaba nadie. Y ella hoy, en la cena de reconciliación, eso había puesto en el tarjetón para invitarles, quería que no pudieran echarle en cara no saber apreciar lo bueno y poner una mesa ad hoc. Eso también lo decían Fuencisla y Juan. Las dos vajillas mejores y una mesa elegante que había copiado exactamente de una revista francesa. Vuelve a mirar el reloj. Ya son las ocho y se inquieta.

A las diez y medía casi se ha terminado ella sola la botella. No van a venir, ni siquiera su hija. Mira la mesa con ojo apreciativo. Mañana recogerá y volverá a guardarlas hasta el año próximo. A ver si vienen. Después de siete años ya podían haber olvidado.

¡Anda y que les den!

© Cristina Vázquez

Secretos de una mesa de aniversario

Malena Teigeiro

Cuando Mariola extendió con fuerza el mantel, la tela formó una gran pompa sobre la mesa. Todavía con las puntas de la tela en la mano, se quedó mirando cómo, poco a poco, discusiones, tiranteces, perfumes y sinsabores iban saliendo a través de los agujeros que formaban los ya muy lavados hilos.

Ella era la pequeña y seguía viviendo en la casa de sus padres. Cada novio o pretendiente que les había presentado, doña Marcita, su madre, torcía el gesto. Al principio decía que era demasiado joven y no sabía darse cuenta del mal aspecto de su pretendiente. Luego, que tuviera cuidado, que debía elegir bien y que los hombres tan guapos, siempre, siempre, y levantaba amenazadoramente el dedo, hacían infelices a sus esposas. Otro no le pareció oportuno porque, según ella, su familia no era de las de toda la vida. Y por último, una mañana que no hacía mucho sol, le gritó que si lo que quería era agarrarse a cualquier par de pantalones que pasearan por delante de su puerta, pues, adelante. ¿Pero es que no se daba cuenta de que iban por el dinero que algún día heredaría? Llevándose la mano a la frente, la contempló con lástima. ¡Ay, Señor!, exclamó. Y poniendo buen cuidado de caer correctamente, se derrumbó sobre el sofá.

Cuando ya el mantel se posó sobre la mesa de caoba, Mariola lo estiró con las manos. Sintió bajo la piel los latidos de todas las voces que aquel hilo había escuchado. Lo contempló durante unos segundos y tembló. Parecía un blanco sudario. Estremecida ante sus negros pensamientos, se dio la vuelta y se dirigió al armario. Tenía que sacar la vajilla, cristalería, jarrones, cuberterías... Siempre igual. Desde que ella tenía recuerdos, así celebraban el aniversario de boda sus padres.

Se calzó los guantes de algodón blanco y comenzó a sacar uno a uno los platos. A la derecha de la cabecera principal, colocó con cuidado el servicio de Andrés, su hermano mayor. Estaba últimamente demasiado grueso y procuró dejarle más espacio. A su lado, el correspondiente a la dulce Ana, su pobre mujer, siempre pálida y con el rostro ansioso por agradar a tan displicente marido. Enfrente, el de Alfredo, tan agradable y trabajador. Cada vez que la abraza le susurra que cuando decidiera irse de aquella casa, contara con él, que la ayudaría. A su lado, Pepa, su altiva mujer, con su lengua ácida, a la que todos temen y que ella adora. Tenía carácter y no se dejaba vencer por el hermano mayor de su marido. Al fin y al cabo, ya fuera por su manera de ser o por la dote aportada, el caso era que excepto su marido, que siempre andaba guiñándole un ojo, todos la temían. Y cosa curiosa, ella también la animaba a dejar aquella casa. Luego colocó el servicio para el tímido y dulce Pablito. A su lado, el de su amigo Juan, que había sido su compañero de la residencia de estudiantes, y que una vez terminados los estudios se fueron a vivir juntos en un piso alquilado. Para compartir gastos, decía su madre ante la discreta sonrisa de sus otros vástagos. Enfrente de ellos, su hermano Marcos y su esposa Adela. Ambos trajeados como si fueran carmelitanos y ella luciendo su sempiterna tez bien lavada. Eran adorables. Siempre alegres, cariñosos. Recogió más platos, y los colocó en el sitio en donde acostumbraba a sentarse el divertido Jaime. Cada año llevaba a la cena del aniversario a una joven culta, bella, elegante, a la que después nunca volvían a ver. Un día le confesó que jamás se casaría, que no quería que las termitas royeran sus huesos. Y que si llevaba a esas celebraciones a una impecable mujer, era para que sus padres lo dejaran tranquilo. Ella y él se parecían mucho. Los dos tragaban sus secretos. ¿Qué sucedería si se supiera que ella tenía una pareja? Su madre le llamaría amante. Mariola se encogió de hombros. Ahora colocó el servicio de Jacinto que, aunque no era su hermano, siempre había estado en las celebraciones. Don Eustaquio lo miraba con mucho cariño. Decía que era el hijo de un íntimo amigo suyo, fallecido hacía tiempo y al que, según contaba, le había prometido que se encargaría de su formación. Pero ella había escuchado llorar a su madre. Y sabía algunas cosas que los demás no conocían. Algún día Jacinto, reservado, torvo, guapo a rabiar, les daría un disgusto. Estaba segura. Y suspirando profundamente colocó un servicio para ella a la derecha de su madre, como hacía en cada almuerzo. Ya casi había terminado. Solo le quedaba colocar en la cabecera el de su padre. Desde allí, el hombre contemplaba orgulloso a su correcta, formal y educada familia.

Contempló el aspecto y se decidió a situar las velas, las jardineras llenas de flores rojas, esta vez bien altas, a lo mejor si no se veían las caras, no discutirían unos con otros.

Ya todos estaban dispuestos a sentarse a la mesa cuando escucharon unos timbrazos en la puerta. Eran fuertes, generosos, hasta parecían alegres. ¿Quién sería a aquella hora?, preguntó su padre. Mariola se levantó tranquila. Cuando volvió a entrar en el salón iba colgada del brazo de un hombre. Madre, dijo mientras el joven se inclinaba para besar la mano a la dama. Le presentaba a Dionisio, el último pantalón soltero que pasó por su puerta y con el que convivía desde hacía dos años. Doña Marcita, llevándose la mano al pecho se dejó caer en el sofá. Tal parecía que le fuera a dar un infarto. Que se templara un poco, escuchó la voz risueña de su cuñada Pepa. No era momento para defunciones. Pálida, desasosegada, Mariola esbozó una sonrisa de alivio. Pepa se volvió hacia toda la familia. Y como si estuviera contemplando un divertido espectáculo, continuó. Si desde hacía años sentaban a la mesa al hijo de la amante de su suegro, ¿por qué no iba a poder hacer lo mismo el amante de Mariola?

© Malena Teigeiro

La invitada inoportuna

Liliana Delucchi

—¿Cómo se te ha ocurrido?

—No podía hacer otra cosa —Eustaquio se pasa la mano por la cabeza con un gesto de no tener más explicaciones ante la pregunta de su esposa —me la encontré en la floristería cuando fui a pagar la cuenta mensual.

—¿Y…, hablando de gardenias terminaste invitándola a la cena?

Miranda da la espalda a su marido para ocultar ese gesto inadecuado que le surge cuando está enfadada.

—No sé cómo se enteró —responde apesadumbrado—. Alguno de los asistentes se habrá ido de la lengua.

—Bueno, ya está hecho. Veremos dónde la sentamos.

 La mujer se encamina hacia su escritorio sobre el que tiene un diagrama con los asientos asignados a la mesa. Lo mira con desencanto.

El bueno de Rupert partirá en un viaje alrededor del mundo y ella quería ofrecerle una fiesta de despedida. Solo los amigos más cercanos y alguno que otro no tan asiduo a sus reuniones, pero que daría color a la velada. Mas la marquesa… Eso no estaba en sus planes. Ni en los suyos ni, cree, en los de ninguno de los asistentes. ¿Cuántos años tendrá? Setenta y cinco ya no los cumple.

La conocieron hace tiempo, en la casa de subastas donde la reciente viuda intentaba liquidar algunos de los bienes que le había dejado su egregio consorte. Miranda compró un par de antigüedades, que ahora está pensando dónde esconder, y esa mole de carne y maquillaje se le acercó para comentarle las bondades de su reciente adquisición.

—Soy la marquesa del Ojo Sinsonrando —se presentó abanicando sus pestañas postizas— y esas esculturas que se lleva han pertenecido a la familia de mi fallecido esposo durante generaciones. Son una verdadera maravilla.

Miranda le extendió la mano y con una media sonrisa que regalaba a quienes quería mantener a distancia, intentó despedirse sin preguntarle por el origen de ese título tan raro. No hizo falta. La misma aristócrata se lo relató en medio de sonoras carcajadas.

—Un antepasado de mi marido era el valido de un rey cuyo nombre no recuerdo. Al final de una cacería, al ver que su empleado no regresaba de sus habitaciones, el monarca se dirigió a ellas y allí lo encontró. En ropa interior y de pie sobre una bacinilla. Al preguntarle qué estaba haciendo, aquel le respondió “la prueba del ojo sinsonrando”. Fue tal el ataque de risa del soberano que le concedió el marquesado que lleva su nombre. ¿A que es divertido? —Y en medio del tintineo de sus pulseras de oro se alejó en busca de otra víctima de sus ocurrencias.

A la señora volvieron a verla en algunas reuniones de beneficencia donde la mayoría de los asistentes huía de ella. Una catarata de palabras de su voz chillona arrinconaba a quien encontrara por su camino haciendo que la gente la evitara. Pero ella no se daba por vencida, consideraba su presencia como una pátina de alegría ante personajes tan aburridos, esos entre los cuales necesitaba encontrar un nuevo marido ya que, según el chismorreo general, su fortuna era cada día más exigua.

—Deja ya de darle vueltas —le dice Eustaquio al ver a su mujer dando los últimos retoques a la mesa —y siéntala junto a Rafael, como el pobre está bastante sordo, puede que hasta se lo pase bien.

Los asistentes están ya reunidos en el salón cuando, con el retraso de rigor, hace su entrada la marquesa. Cubierta de joyas, todas las que le quedan según las malas lenguas, no tuvo reparo en mezclar esmeraldas con rubíes y brillantes. La seda de su vestido, un poco pasado de moda, desfila entre los sillones hasta acercarse a Rupert.

—Me han dicho que es usted el homenajeado. Enhorabuena por el pretencioso viaje que está a punto de emprender.

—No creo que pretencioso sea el adjetivo que me gustaría darle —contesta el discreto Rupert —. Solo es algo que quería hacer desde hace tiempo y que finalmente llevaré a cabo.

Mientras enreda su índice derecho en uno de los rizos de la peluca, ella le aconseja que no haga la travesía solo, es siempre mejor tener con quien compartir las nuevas experiencias.

El hombre mira a su alrededor en busca de ayuda y es el dueño de casa quien se acerca a rescatarlo con el objeto de entablar conversación con esa señora de quien todos huyen. No sabe qué decirle y no se le ocurre nada mejor que preguntarle si ha pensado en volver a contraer matrimonio.

—Desde luego —responde la marquesa— pero no con cualquiera.

—Es lógico, la cultura debe ser parte integrante —masculla el anfitrión.

—Por supuesto…, y el dinero no debe faltar —añade la marquesa con un guiño.

—¿A quién? —interroga Rupert.

© Liliana Delucchi

Ventanas indiscretas

Marieta Alonso

La prima Inés tenía un temperamento inquieto, una figura tipo columna y el pelo negro, rizado y provocador que ataba con una cinta roja. Le gustaba su casa impecable, y todo el trabajo lo hacía por las mañanas para tener las tardes libres.

A las cuatro en punto llegaba su vecina y amiga de la niñez, la señora Bárbara. Las dos se sentaban en arcaicas mecedoras ante un velador, y con la labor en las manos, se dedicaban a mirar por el gran ventanal y a conversar, mientras bordaban manteles, obra cumbre de sus manualidades. Unos eran a punto de cruz, otros a festón, otros deshilachados, ellas los llamaban de lagartera, otros pintados con motivos navideños. Por la destreza de tantos años no necesitaban quedarse hipnotizadas con el ir y venir de la aguja y según la sazón de la historia de quien pasara por la calle, aceleraban o interrumpían el ritmo del trabajo.

Ya atesoraban en los arcones más de doscientos juegos completos de mantelerías con sus doce servilletas, que pensaban dejar en herencia a sus hijas. A las nueras se lo estaban pensando.

La señora Bárbara, de pronto, hizo un gesto como pidiendo tiempo.

Por la acera de enfrente el viento agitaba unos cabellos que no eran rubios ni cobrizos, tenían el color de las zanahorias. Enmarcaban una cara joven con grandes ojos de deseo, con labios imprudentes invitando al beso, que andaba muy rápido, con movimientos sinuosos, como si la calzada no estuviera desierta a esas horas.

—Habla, Bárbara, no te dejes nada dentro.

Y despacio, con la vista baja, confesó que su hijo Javier había caído preso de otros brazos tras veinte años de matrimonio, cuando ya debería tener el cuerpo un poco más apaciguado.

—De momento, mi nuera está en la inopia o se hace la tonta.

Si se atrevía a decírselo era por estar segura de su discreción.

—Ya lo sabía —contestó la prima Inés— y he hecho indagaciones. Por una amiga se hace de todo. Vayamos a la habitación de al lado que tenemos otra ventana.

—¿Para qué?

—Confía en mí.

Y vieron a la mujer bajo el dintel de una casa abandonada haciendo cosas con un hombre que no se hacen con un amigo.

—Ahora mismo voy y le digo…

La mandó callar. Marcó un número en la rueda del teléfono y con espantada voz, dijo:

—Javier, a tu madre le ha dado un síncope y la tengo en el suelo. Ven de inmediato. Y colgó.

Se miraron en silencio. La prima Inés impertérrita. Bárbara asustada.

—Ya sabes lo que debemos hacer, si es que Javier viendo lo visto se acuerda a qué ha venido. Y otra cosa este mantel tan bonito que estás terminando, regálaselo a tu nuera, que aguantar a tu hijo tiene mérito.

© Marieta Alonso

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El pájaro

15 noviembre, 2019 por Akelarre 14 comentarios

pájaro en la nieve

El pájaro

Este pájaro descansa en una valla de su alto vuelo por las cumbres andinas. ¿Un pájaro meditará? Quizás. Lo que sí ha hecho es hacer volar la imaginación de nuestras cuentistas hacia muy diferentes lugares. Acompáñanos en este viaje.

PHALCOBOENUS MEGALOPTERUS. Es el termino científico de este pájaro que tiene muy diferentes nombres populares: Carancho cordillerano, Tuque cordillerano, Matamico blanco, Caracará andino… Es un ave falconiforme que habita el altiplano andino de Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

Sus plumas de color blanco y negro eran utilizadas en indumentarias de jerarcas incas y en la corona del emperador.

Se relaciona con el dios-sol de la cultura inca ya que era su compañero alado con el nombre de Inti, mago conocedor del presente y futuro.

El largo vuelo

Cristina Vázquez

La urraca

Malena Teigeiro

En la terraza

Liliana Delucchi

El futuro incierto

Marieta Alonso

El largo vuelo

Cristina Vázquez

Después de catorce horas en autobús llegó a una polvorienta estación en la que no vio ninguna cara conocida. Ni la deseada, ni cualquier otra que le fuera familiar. Nadie le estaba esperando y hacía tres días que había avisado de su llegada.

En ese momento empezaron a sonar en el móvil pitidos con mensajes, pues no había cobertura entre los altos y nevados picos que habían atravesado. Uno de los mensajes le dejó paralizado

Mientras pedía un café y un bollo de aspecto mohoso para reponerse del cansancio pensó que si las casualidades existían esta era una de ellas. ¿Sería verdad? ¿Por qué habían esperado tanto para avisarle?

En vez de salir corriendo a coger un taxi que le llevara a la dirección de su destino, se apoltronó paralizado en el asiento corrido de eskay de esa cantina. Tras palpar su bolsillo se quedó traspuesto.

Diego, Dieguito, le decía una voz cálida llena de resonancias amables. ¿O eran turbias? En el sueño resultaban amables, tiernas, llenas de una sincera conmiseración. Un toque en el hombro le despertó. Se limpió la baba que le caía por la comisura de la boca abierta y se enderezó.

—Señor, se tiene que marchar —le soltó con acritud el camarero—. Vamos a cerrar.

Al salir de la estación le sorprendió la noche amplia, despejada bajo una luna de inmutable blancura y unas estrellas que parecían hacer guiños desde lo alto. Sí, guiños, se dijo, igual que el mensaje que recibió en el teléfono. “Urgente. Ven. La Casilda se muere” No dudó en hacer el petate y acudir en ese trasnochado y ruidoso autobús para darle el último adiós a La Casilda, su casi madre, su casi diabla. Pero ella fue la mujer que lo recogió de un basural en el que mendigaba y lo hizo chico de recados de las mujerzuelas a las que explotaba.

Él engordó, creció como pudo entre ese desorden, gritos y arrumacos de las pupilas. La mujer siempre le protegió y prohibió que al chico le tocara ni hiciera nadie daño. Y aunque le miraba con ojos aventados, a veces rojos de ira o de espanto, otras, una ternura líquida y azulada los impregnaba.

—Diego, Dieguito, tú serás mi poeta —le decía con una seguridad abrumadora—, por eso te voy a mandar al colegio y escribirás mi gloria.

El niño no sabía lo que era un colegio ni una gloria. Una buena mañana le subió La Casilda a un autobús, parecido a aquel del cual se había bajado y le dijo que ese autobús le llevaría al conocimiento y a una nueva vida.

—En vacaciones volverás —le iba consolando mientras lo acomodaba con su exiguo equipaje—. Tesoro mío, escríbeme en cuanto aprendas.

Ese primer viaje no lo olvidaría nunca. La blancura de la nieve, el cielo azul como de porcelana intensa y la angustia de lo desconocido impregnada en su mirada huidiza. Lo último que vio fue la mano de La Casilda moviéndose en el aire. Y fue en ese primer viaje en el que todo resultaba terrible, esperanzador y novedoso. Cuando paró el autobús para un descanso vio un pájaro negro parecido a una urraca posado en una valla del mirador más alto de Los Andes. El animal no se movió, es más, a Diego le pareció que se acercaba a él como esperando algo. Se dejó tocar y el suave contacto del plumón le llenó de confianza, aunque se le arrasaron los ojos. El pájaro echó a volar y ejecutó una especie de danza frente a él.

Buscó, bajo esa amplia noche, un taxi que le llevara a casa de La Casilda. En el bolsillo manoseaba el primer ejemplar de su libro de poesías que había ganado el premio al mejor poeta novel “El largo vuelo” que quería entregarle. Y pensó que ese librito con el que le habían premiado era la mejor manera de cantar la gloria de esa mujer.

© Cristina Vázquez

La urraca

Malena Teigeiro

Marta iba a un colegio de monjas al que solo acudían chicas. En la acera de enfrente había otro de frailes en el que estudiábamos los chicos. A este último íbamos su hermano y yo. Al tener la misma edad, coincidimos en la misma clase y nos hicimos amigos. Al igual que nosotros, poco a poco nuestras madres se fueron conociendo, y por eso, el primer día que Marta fue al colegio de enfrente, la vi. Era pequeñita, tal vez tenía solo tres años, algo gruesa y con unos ojos grandes en los que parecía que le hubieran vaciado un par de paladas de carbón. Recuerdo aquella mañana con toda claridad. Iba de la mano de su madre, con el negro cabello peinado muy tirante en dos coletas rematadas en sendos lazos azul marino. La raya, que le llegaba hasta la nuca, parecía que se la hubieran hecho con un tiralíneas. Al verme, me miró sonriente y me dejó ver sus pequeñísimos dientes. Aunque yo era cinco años mayor, creo que en ese instante decidí que me casaría con ella.

Apenas había cumplido quince, cuando comenzamos a salir solos. A partir de ese día empecé a descubrirla. Era curiosa. Quería conocer y probarlo todo. Le interesaba el funcionamiento de cualquier invento, y sin que ella lo supiera, Marta era una gran deportista. Sobre todo, era muy buena en los deportes de nieve. Volaba a mi lado por las pistas de Formigal con la elegancia de una paloma, y su risa se confundía con el rasgar de sus esquíes.

El día que la vimos habíamos estado esquiando toda la mañana. Cansados, subimos a la cafetería y el entrar en la terraza ella se encontraba apoyada en la barandilla de madera que se abría sobre el barranco. Marta se le acercó y silabeando dulces palabras, le acarició las plumas. Al verla, temblé. Recordé a mi abuela. Era gallega y su vida y espíritu estaban llenos de supersticiones. Si ves a una urraca sola, tendrás malas noticias: Anuncia la muerte. Sin que Marta se diera cuenta, me coloqué detrás de ella y comencé a agitar los brazos. La urraca volvió la cabeza y, altiva, pareció mirarme como si me estuviera maldiciendo por haber impedido su momento. De pronto, abrió las alas y elevó el vuelo.

–¡Qué preciosidad! ¿No crees?

Era tan triste la mirada de Marta que me sentí peor que si me hubiera llamado ruin por haberla privado de ese momento.

A partir de entonces su carácter cambió. Aquella manera de ser suya, alegre y confiada, poco a poco fue desapareciendo igual que lo había hecho su infancia. Nunca volvió a ser la misma niña que confiaba en mí como si fuera el ser más importante de su vida. Incluso a veces me parecía sentir que le molestaba mi presencia.

––Desde que se ha hecho mayor, Marta no es la misma –me confesó mi madre una noche.

Y añadió que debía pensar mejor si era el tipo de mujer que me convenía. Me quedé mirándola sin decir una palabra y me fui a la cama sin cenar. ¡Cómo se atrevía!

Durante las vacaciones de verano, me dijo que quería estudiar ingeniería y que lo iba hacer en Madrid. Añadió, con la cabeza muy alta y el rostro muy serio, como dándome a entender que no había vuelta atrás, que creía que teníamos que olvidar lo nuestro. Se detuvo y levantando la mano, agregó que comprendiera, que nuestros juegos de niños se habían terminado. Ahora ella iba a conocer otra vida y no quería tener ataduras.

Aunque desde esa tarde no volvimos a salir, cuando me enteré por su hermano que se iba, fui a la estación a despedirla. La última imagen que tengo de ella es apoyada en la ventanilla, sonriente y agitando la mano igual que aquel medio día la urraca agitó las alas.

A partir de entonces comencé a escribirle. Mis cartas eran largas, las de ella, cuando me contestaba, apenas unas notas. Pero pronto dejó de hacerlo. Luego, sin entenderlo, comenzaron a llegar mis cartas de vuelta.

Las primeras vacaciones que volvió a la ciudad, estaba diferente. Muy delgada, pálida y los carbones de sus ojos parecían arder. Sin siquiera haberlas terminado volvió a Madrid. A partir de entonces las noticias que me llegaban prefería no escucharlas. Nunca más apareció por el pueblo hasta que la trajeron. Según contaban, sus ansias por conocer y probar todo habían acabado con ella.

Esta noche ha caído una gran nevada y las montañas están blancas. He vuelto a esquiar y la urraca está otra vez en el mismo sitio. Sobre la barandilla de madera. Me mira con desprecio. Y al igual que hizo la otra vez, levantó el vuelo. La miré fundirse con el cielo. Después de unos instantes de no verla, dudé si abrir mis alas y a saltar. Quizás, como ella, llegaría hasta el cielo y podríamos reunirnos otra vez. Aunque temo que no quiera verme.

© Malena Teigeiro

En la terraza

Liliana Delucchi

Con la mantilla gris, porque ya llevaba medio luto, y yo con una blanca, dado que entonces tendría siete u ocho años, iba con mi nonna camino de misa aquel domingo de finales de verano. Salíamos desde casa con la cabeza cubierta, me imagino que era para que los vecinos supieran de nuestra devoción y el destino de nuestros pasos.

Al cruzar una bocacalle lo vimos: Un pájaro dando sus últimos aleteos. Era gris, pequeño, y lanzaba un sonido que hizo que se me levantara el vello de los brazos. Nunca hasta entonces había contemplado un ser agonizante y esa imagen quedó grabada en mi retina. La verdad es que no sé si fue aquella visión, pero cada vez que veía un gorrión o una golondrina volar en mi dirección me tapaba la cabeza con el brazo. Mi aversión se extendió a todos los seres volantes, como solía llamarlos, y a pesar de temblar de asco y de miedo viendo la película de Hitchcock para ver si lo superaba, nunca lo conseguí.

Cuando años más tarde hice terapia, mi psicoanalista estaba más interesada en mis desarreglos emocionales que en la fobia a las aves, así que no insistimos en el tema. Y ahora estoy sentada en esta terraza, contemplando un pájaro inmóvil sobre la veranda del hotel y tengo una sensación de quietud que me resulta desconocida. Me arrebujo en la manta que me cubre y me sueno la nariz. El aire está frío a esta altura y hasta me lloran los ojos. Pero no me muevo. La inmensidad de Los Andes me sobrecoge y creo que a él también, aunque esté acostumbrado y este sea su hábitat.

Gira la cabeza, me mira con esos ojos profundos que me inquietan y no soy capaz ni de mover los pies que siento helados. Debí hacer caso y ponerme los calcetines de lana gruesa que me ofrecieron comprar a la entrada del pueblo. Los de ciudad creemos que por haber viajado sabemos más que los lugareños… La prepotencia del ignorante.

El pajarraco sigue quieto. Yo también. De pronto, voltea su testa hacia la derecha en dirección a unas nubes que avanzan rápidas. Puede que en un rato el cielo se cubra y tengamos que dejar la terraza los dos. Pero cada uno en su dirección. ¡Por favor, que no se me acerque! Si lo hace le tiraré la manta encima y llamaré a algún camarero. Cojo mi libro, pero sigo mirándolo de reojo. No me puedo concentrar en la lectura. ¡Maldito pájaro!

De pronto en un aleteo rápido se baja de la veranda y, caminando con esas patas que heredaron de los dinosaurios, se dirige hacia mi sillón. Dejo el libro sobre la falda y comienzo a hacer ruido con las manos, pero el muy cretino debe creer que estoy aplaudiendo su actuación porque sigue avanzando hacia mí. Así como en la facultad nos gustaba imaginarnos a los profesores en el retrete para darles una pátina humana, intento visualizarlo rodeado de patatas en la fuente del horno. No surte efecto. Quiero gritar pero no puedo. Es como si un carozo del fruto más grande del mundo se hubiera hecho un sitio en mi garganta. El bicho sigue su andar y ya llega hasta el borde de la manta que me cubre las piernas. Me la quito y se la tiro encima. Hay movimientos debajo de esos cuadros escoceses. Le arrojo el libro, pero no le doy. Un pico negro seguido de una cabeza del mismo color se asoma por un extremo de la frazada. Los sigue el resto del cuerpo. Cierro los ojos con fuerza para que no me los picotee. Silencio. Quietud. Cuando vuelvo a abrirlos, solo un poquito, lo veo a pocos pasos de mi pie derecho. Con el izquierdo me quito el botín y estiro la pierna derecha hasta tocarlo con el dedo gordo. Acerca el pico a mi media y el carozo que tenía en la garganta parece que ha desaparecido, porque alcanzo a decirle: “Hola, querido.”

© Liliana Delucchi

El futuro incierto

Marieta Alonso

Aquí estoy. Sin saber hacia dónde tirar. Dejé el nido tras una seria conversación con mi madre que me dijo que había llegado el momento de levantar el vuelo. Con lo cómodo que estaba no me apetecía nada, pero las cosas son así, no todo es para siempre.

Cansado tras el largo viaje, comer, dormir…, era cuanto necesitaba. Me acerqué a una bandada de pájaros, allí tendría que haber comida y así fue. Sacié mi hambre, y siendo previsor llevé algo de pitanza a un lugar solitario al pie de una cerca.

Los días iban siendo más largos y recordé las palabras de mi madre cuando dijo que no me preocupara, que el instinto me diría lo que tendría que hacer en cada momento, pero en aquel instante lo que sentía era nostalgia de mi hogar.

Una leve llamada me despertó, al principio imperceptible, después se fue haciendo más fuerte. Miraba a un lado y a otro, pero estaba solo. Era como si naciera desde mi interior. Era la señal de mi primer ciclo de reproducción. No lo sabía y me turbaba esa ansiedad, ese nerviosismo como si estuviera en peligro.

La llegada de ella fue como si mi infancia terminara, como si la hubiera estado esperando toda la vida. Un minuto antes picoteaba la comida solo y dormitaba más solo todavía. Un segundo después, una preciosa hembra estaba allí, a poco menos de un metro de distancia, emitiendo un armonioso canto y balanceándose. Por un instante nos miramos, me sonrió y me sentí capaz de volar miles y miles de millas. El viento nos acariciaba, el color ocre de la tierra, el verde de los cereales, el rojo de los frutos colgando de los árboles, era como si emitieran una dulce melodía.

Nunca había experimentado ese impulso nupcial y, de repente, se desencadenaba. No sabía qué hacer, por lo que volé hacia mi escondite gastronómico y tomé un pequeño insecto con el pico. Dudé un instante, pero algo hizo que me contoneara yendo hacia ella y con mucha timidez se lo ofrecí. Inclinó su cabeza como si fuera un pichón mendigando un bocado y nuestros picos se unieron.

Con ese simple acto me ofrecí como compañero de vida y ella me aceptó. Comenzó nuestro idilio. Al caer la tarde alcé el vuelo trazando círculos en torno a mi pareja, silbando muy suave. Ella voló conmigo, unos pocos centímetros detrás, como siguiendo mi huella y nos dirigimos hacia una ladera cubierta de pasto.

Esa noche dormimos muy juntos, apretaditos uno contra el otro, cuello contra cuello. La luz del día nos iluminó y nos pusimos a trabajar en nuestro primer nido de amor. Debía estar listo para esa época de crianza que se avecinaba.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Estación de Chamberí

15 octubre, 2019 por Akelarre 6 comentarios

Antigua estación de metro de Chamberí

La estación de Chamberí

Entre los vagones, railes y líneas de metro que recorren la ciudad de Madrid se encuentra una estación semi abandonada: Chamberí, situada en el distrito que le da nombre. Es ese espacio, lleno de historias, leyendas y fantasmas, el que hemos elegido este mes para el desarrollo de los cuatro cuentos a los que esperamos haber sabido trasladar su magia.

Inaugurada el 17 de octubre de 1919 e inspirada en las estaciones parisinas de la época, era una de las ocho de la red del metro de la capital española. Su arquitecto fue Antonio Palacios.
Estuvo en funcionamiento 47 años. En la década de los 60, y debido al aumento de demanda del suburbano, decidieron introducir metros con vagones de mayor capacidad. La de Chamberí fue imposible de ampliar, por ello se cerró finalmente en 1966.
A partir de entonces los trenes que circulaban entre Bilbao e Iglesia la atravesaban pero sin detenerse, razón por la cual se la comenzó a llamar “la estación fantasma“.

En 2008 se abrió al público en forma de museo. Se han restaurado integralmente los muros, alicatado, bóvedas y carteles publicitarios, así como el mobiliario y los andenes originales. Es quizás un espacio que poca gente conoce, sin embargo, es uno de los lugares de Madrid que nos retrotraen a principios del siglo XX.

La rayuela

Cristina Vázquez

La taquillera del Metro

Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Fantasmas en la estación de Chamberí

Marieta Alonso

La rayuela

Cristina Vázquez

La primavera reventaba en cada esquina con la ligereza del don otorgado. ¿No era fantástico que volvieran a brotar los almendros? O lo que fuera, porque Laura siempre calificaba de almendro a cualquier árbol que se cubriera de flores blancas o rosadas.

Sí, era maravilloso, se decía mientras avanzaba hacia su casa esa tarde de tibio abril, aunque el zapato, por más media suela que le hubiera puesto, se empeñara en volverse frágil obligándole a contactar con la dureza y el frío del suelo más allá de su deseo. Pero no estaba dispuesta a que esa futilidad, el picor del resto de sabañones del invierno y la cara macilenta de su madre, le quitaran la alegría renovada de esa primavera.

El invierno había sido duro en Madrid. Un invierno frío en el que cada vez escaseaban más alimentos y elementos. Las sopas de cáscara de patata, el pan agusanado y el desánimo iban cercando las ojeras y las conversaciones de los mayores. Las tardes oscurecidas alrededor de un brasero oyendo las noticias en la radio. ¿Sería verdad? Imposible. Y la esperanza se debatía en un vaivén desesperado. Lo peor eran los gestos secos, resignados, cuando llegaba la certeza de algún desastre o muerte de un ser cercano, en el que esa esperanza se reducía a cenizas.

La madre de Laura era una mujer de una vez. Nadie la movía de sus convicciones ni de su sillón. Había decidido que muerto su hermano Pepe Ramón en el frente y perdida su escasa pero bien aireada fortuna por un requisamiento del gobierno, y por la mala gestión de su familia, realidad que nunca reconoció, se quedaba sentada en su poltrona y no había rojos ni nacionales que la movieran de ahí.

A Laura le resultaba francamente incómodo tenerle que solventar todas las necesidades y caprichos, que no contenta con haberse arruinado exigía en el estraperlo jabones y polvos de talco ingleses.
—Tengo la piel muy fina —afirmaba desolada—. Pero mi hija, que es un ángel, me consigue todo.

Una sonrisa, que a Laura le parecía ignominiosa, iluminaba su cara. No sabía de los riesgos y los tratos peligrosos que tenía que hacer. Ella permanecía igual que un ídolo indiferente asumiendo como un inevitable destino las desgracias que les rodeaban, sin perder ni su sentido del humor ni su altanería.

Laura se había hartado de suplicarle que bajara al refugio del metro de Chamberí, la estación más próxima a su casa y la que les habían asignado. Todos los vecinos al sonar las alarmas bajaban en tropel, unas veces en pijama, con mantas, llantos, bigudies y solidaridad, mientras la buena señora apagaba las luces y se quedaba inmóvil en su sillón o en la cama según la hora.

Por favor mamá, por favor, suplicaba la hija desesperada al dejarla, pero viendo su inconmovible actitud salía pitando al refugio. No podía evitar la claustrofobia al ver esas empinadas escaleras que marcaban la dirección a Vallecas y siempre temía que se precipitaran todos por ellas. Pero nunca sucedió. Se fueron acostumbrando mal que bien a acomodarse en la estación y ya casi tenían asignados los sitios dónde se colocaban. Hasta hicieron amistades.

Laura se sentaba al lado de Eduardo, un joven del 32 de la misma calle, que no estaba en el frente por tener un ojo vago. Nunca antes se habían visto y desde el Averno, como decía él que estudiaba letras, trabaron una buena amistad. Para mitigar la ansiedad que sentían, sobre todo ella por saber qué habría pasado con su madre al volver a casa, idearon una especie de juego de tres en raya dónde ponían palitroques de muerte o vida. Aunque resultara macabro les permitía sobreponerse al ruido de los aviones y de los bombardeos y cogerse las manos en los momentos de máxima intensidad.

Y esa primavera tibia con los almendros o lo que sea florecidos, a Laura no le dio tiempo a llegar a su casa, pues empezaron a sonar las alarmas y tuvo que meterse a toda velocidad en la estación de metro sin Eduardo ni vecinos que conociera. Esperó acurrucada en el mismo sitio de siempre y miraba su juego de rayuelas en los baldosines con temor. Esa vez no se atrevió a pintar ni una raya.

Volvió a su casa.

Después de muchos años, lejos ya de ese barrio y de esos recuerdos, regresó a la estación de metro que estaban a punto de cerrar. Buscó en la pared si quedaba algún resto de los trazos que hacía con su amigo en un enigmático, perverso y alentador juego de vida y muerte. Y recordó la alegría de esa tarde cuando al volver a su casa comprobó que había ganado la vida.

© Cristina Vázquez

La taquillera del Metro

Malena Teigeiro

Del más gallardo, vago y maleante de los jóvenes de su aldea, se enamoró Nana. Tan loca estaba por él que aunque su padre, después de enumerarle la serie de desgracias que le tocarían vivir, de que la amenazara con que nunca la dejaría volver a entrar en casa, ella siguió haciendo su maleta.

El primer día de su convivencia comenzaron sus pesares. Juan antes de llevarla a pensión en donde vivía, la mostró como un trofeo a sus amigos. Luego, ya en la habitación la hizo la más feliz de las muchachas. Apenas habían descansado unas horas cuando le ordenó que fuera a por dinero.

––No creas que voy a dejar que te quedes a mi lado si no traes con qué mantenernos.

Y Nana acudió a su abuela. Le contó la pretensión de Juan y le pidió ayuda. Por qué no lo dejaba, masculló la anciana después de escucharla atentamente. Nana sacudió la cabeza. No podía, bajó la vista avergonzada. Cuando estaba a su lado, siete mil rayos la recorrían. Se le escapaba el aire y se sentía gravitar a su alrededor como si fuera su luna.

La anciana se levantó y salió de la habitación. Instantes después volvió llevando una caja de lata roja y unos billetes entre los dedos. Quería habérsela dado el día de su boda, tal y como a ella se la dio su abuela. Y la dejó sobre la mesa como el que coloca a un niño dormido en la cuna. Luego la abrió. La luz arrancó lujuriosos destellos a un montón de monedas de oro. La anciana cerró con mimo la tapa y empujó la caja hacia su nieta. Le pidió que no usara esas monedas a no ser que fuera absolutamente necesario. Luego, a un lado de la caja dejó un puñado de billetes. ¿De dónde las has sacado?, preguntó Nana con los ojos muy abiertos. La abuela se pasó la mano por la frente avivando sus recuerdos. Alguna de sus antecesoras había sido vidente, y gracias a ello, había conocido las necesidades que un día tendría una de sus descendientes. Entonces se le ocurrió llenar de monedas la caja roja, que luego se fue pasando de generación en generación. Había que conservarlas hasta que llegara a aquella que tanto la iba a necesitar.

––Te convendrá guardarlas, porque ese tipo te va a dejar en cualquier momento: Preñada y en la calle ––añadió con voz ronca.

Era casi de noche cuando Nana volvió a la pensión. Él no estaba y Nana aprovechó para esconder la caja. Después se sentó a esperarlo. Cuando lo vio entrar, le mostró los billetes. Juan la besó y abrazó, mientras que con el dinero en la mano, le susurraba lo que la adoraba. Durante un tiempo Nana fue feliz, aunque, temerosa, nunca le habló de la caja roja. Cuando casi se había acabado el dinero, el talante del hombre cambió. Intentando remediar su penuria, Nana se puso a trabajar como taquillera en la estación de Metro de Chamberí.

Y mientras estaba expendiendo billetes, había una cosa que de verdad la asustaba: Que él, que cada vez la trataba peor, encontrara la caja de lata roja. Tengo que esconderla en otro sitio, se dijo. Después de decidirlo, cambió su turno de mañana al último de la tarde. Desde la primera tarde, comenzó a estudiar el cierre de la estación. Aviso a los pasajeros, avisos a los empleados, los vigilantes… Podría hacerlo, decidió.

Una noche se quedó escondida dentro de su cabina, y cuando ya no quedaba nadie en los andenes, con mucho cuidado levantó uno de los ladrillos de debajo de las patas de su silla de hierro. Luego, lo volvió a dejar en su sitio. Y así siguió noche tras noche hasta hacer un hueco lo bastante profundo para esconder su caja. Al día siguiente, y mientras Juan dormía, recogió la caja de lata roja y la guardó en el bolso. ¡Ya solo me queda un paso para vivir completamente tranquila!, rumiaba una y otra vez mientras despachaba los billetes, sonriente, amable. Cuando al finalizar su jornada el Metro cerró las puertas y estuvo segura de que no quedaba nadie en los andenes, levantó el ladrillo e introdujo la caja en el hueco.

La madrugada de la primera noche que Nana se había quedado a dormir en su taquilla, Juan, borracho como una cuba, se tiró sobre el vacío colchón. A mediodía, con Nana a su lado se despertó. Aunque no recordaba que la noche anterior ella no estaba, percibió una expresión diferente en Nana y comenzó a recelar. Luego de sentir varias veces lo mismo, creyendo que lo engañaba, decidió seguirla hasta el Metro. Entró detrás de ella y se confundió entre la gente. Quería ver con quién hablaba y con quién se iba al terminar la jornada. Cuando vio que no aparecía nadie a buscarla y que ella sin que él se diera cuenta había desaparecido, se acercó a la taquilla. Miró a través del cristal y la vio de rodillas colocando un ladrillo sobre una caja roja. Aporreó el vidrio. Asustada, Nana levantó la cabeza. Luego, pálida, desencajada, abrió la puerta. Él la agarró por el pelo y la arrastró por el andén hasta casi la escalera. Nana consiguió sujetarse a una de sus piernas. Perdido el equilibrio, Juan cayó rodando por los escalones. El cartel de azulejos parecía indicarle el camino: Bilbao, Tribunal, José Antonio, Sol… La risa de la joven retumbó entre los vacíos túneles. Si en el infierno había fuego, en el sol mucho más. Ojalá ardas en él, gritó al verlo inánime en el suelo. Nana volvió a su taquilla, recogió del agujero la caja roja y se tumbó en el suelo para pasar la noche. Nunca más volvió a su trabajo de taquillera en el Metro.

Y dicen que cuando el tren pasa sin detenerse por la fantasmal estación de Chamberí, algunos pasajeros perciben el espíritu de Juan vagando por los andenes. Quizá espera que Nana vuelva a expender billetes en su taquilla.

© Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

De camino a la visita semanal a su madre, Fernando estaba un poco adormilado en la butaca del metro cuando el vagón pasó de largo por la estación de Chamberí. Cada vez que la atravesaba detenía sus ojos en los viejos carteles y las cerámicas. Sin embargo, esta vez vio algo que llamó su atención: Una mujer de pie, junto al anuncio del Trust Joyero, con indumentaria de principios del siglo XX. Sonrió al recordar que se organizaban visitas guiadas a la estación. Era probable que hubiesen contratado a una extra para dar más realismo. O quizás fuera alguna figura como las de Madame Tussauds que ponen los británicos en sus castillos.

Cuando llegó a casa de su progenitora la encontró en su sillón favorito con una caja sobre la falda, fotos y recortes desparramados a su alrededor. Desde la muerte de su marido, doña Eulalia pasaba las tardes en la organización de armarios o la búsqueda de recuerdos que la llevaran a los tiempos que había compartido con él. Cuando llegó su hijo a merendar, como todos los miércoles, levantó la vista.

Fernando, sentado a su lado, le cogió la mano antes de decirle que traía su pastel de manzana preferido.

––¿Quién es? ––preguntó el joven recogiendo un retrato del suelo.

En color sepia, se veía a una muchacha junto a una mesa con flores, abanico sobre la falda y la cara ladeada, como evitando la cámara. Media sonrisa iluminaba el rostro cercado por rizos castaños recogidos en un moño debajo del sombrero.

––Tu tía abuela, Milagros.

––No llegué a conocerla.

––Claro que no ––respondió la señora ––. Murió de amor antes de que tú nacieras.

––La gente no muere de amor, mamá. Muere de enfermedades, de vejez o hasta se suicida. El amor no ha matado a nadie, más bien da la vida.

Cualquiera que fuese la respuesta de su madre, estaba dispuesto a escucharla.

––Lo que tú digas, pero la pobrecilla acompañó a su novio hasta la estación de metro, volvió y se sentó en una butaca mirando la puerta por la que él volvería y allí quedó, hasta que la parca vino por ella.

La señora acarició la foto con dulzura y le dio un beso antes de continuar.

––Eran tiempos difíciles aquí, en España. El prometido de mi tía perdió su trabajo y aunque estuvo buscando otro durante mucho tiempo no lo consiguió. Un primo suyo había emigrado a México y le escribió que allí había oportunidades para la gente trabajadora, así que el pobre metió sus pocas pertenencias en una maleta decidido a partir.

Doña Eulalia rebuscó dentro de la caja que tenía a la derecha hasta encontrar un abanico. Era el que llevaba la joven de la foto. Lo abrió y volvió a cerrarlo antes de devolverlo a su sitio y continuar con su relato.

––Milagros lo acompañó hasta la estación de Chamberí donde él cogería el metro, luego un tren y seguramente un barco. La pobrecita volvió a casa con la cara hinchada por el llanto. Después se sentó en una butaca a esperar las cartas de su amado.

––Que nunca llegaron ––la interrumpió Fernando.

––¡Oh sí! Al principio con mucha regularidad. Recuerdo sentarme junto a ella para que me las leyera. Le encantaba hacerlo una y otra vez. Decía que era como escuchar su voz. Con el tiempo se espaciaron. Fue entonces cuando Milagros empezó a visitar la estación de Chamberí, para sorprenderlo, esperándolo cuando volviera.

La señora bebe un poco de su taza de chocolate antes de seguir.

––Luego dejaron de llegar las cartas. Aunque mi tía tuvo algún que otro pretendiente, nunca aceptó a ninguno. Esperaba a su hombre. Alguien dijo que el muy cerdo se había casado en América, pero ella no lo quiso creer. Son habladurías, musitaba, gente envidiosa.

Anochece cuando Fernando deja la casa materna y coge el metro de regreso. Como esta vez va del lado contrario, no puede ver si la figurante sigue en su sitio.

Prepara algo de cenar y se sienta con una bandeja frente al televisor. A ver si hay algo que me entretenga, dice para sí. Pero el aburrimiento de las consabidas series y las malas noticias del telediario lo adormilan. Está en un barco, las olas lo mueven de un lado a otro. Tiene sed y la boca pastosa. Alguien grita hombre al agua. Despierta en su sillón, frente a una pantalla llena de policías y maleantes. La apaga.

Ya en la cama no logra conciliar el sueño. ¿Por qué este desasosiego?, se pregunta y vuelve al salón a buscar consuelo en un vaso de whiskey.

Está en la estación del metro, con un abrigo raído y una maleta atada con cordeles en el suelo. Milagros lo tiene cogido de las manos, mueve los labios pero él no alcanza a entender qué es lo que dice. Un largo abrazo y el vagón que parte. El hombre la saluda desde detrás del cristal de la ventanilla. Ella le tira un beso con su mano enguantada. Fernando da vueltas en la cama, acomoda la almohada e intenta reconciliar el sueño.

El miércoles siguiente, cuando atraviesa Chamberí, vuelve a ver a la mujer bajo el mismo cartel en que estaba la semana anterior. Reconoce el sombrero, los rizos castaños y los guantes. Traga saliva, se seca la transpiración de las manos en los pantalones, intenta controlar sus piernas que no dejan de temblar.

––No vas a creer lo que vi de camino a tu casa ––dice a su madre mientras le sirve una taza de chocolate ––. Cuando venía para aquí, al pasar por la estación abandonada vi a tu tía bajo el cartel del Trust Joyero.

––Claro –responde la señora mientras estira la manga de su rebeca –. Lo está esperando. Ya te conté la historia la semana pasada.

––Mamá, los fantasmas no existen.

––Lo que tú digas ––contesta la anciana a la vez que se sirve un trozo de pastel.

Resuelto a hablar con la mujer cuya visión lo atormenta, Fernando decide hacer una visita a la estación abandonada.

––¿Desde cuándo contratan figurantes? ––pregunta al guía. El hombre se detiene y lo mira antes de contestar que la gente que está allí es personal de la estación, no emplean actores.

Fernando se encamina hacia el anuncio del Trust Joyero. El resto de los visitantes se sorprende al ver a un hombre que estira la mano hacia un espacio vacío delante de las cerámicas de la publicidad. Parece como si acariciara el aire y, con el gesto de quitarse el sombrero que no lleva, le oyen decir: “Aquí estoy.” Los turistas no pueden escuchar la respuesta que suena en los oídos de Fernando: “Te estaba esperando.”

© Liliana Delucchi

Fantasmas en la estación de Chamberí

Marieta Alonso

Cuando aquel luminoso 21 de mayo de 1966, las puertas se cerraron con un ruido ensordecedor, mi novio y yo estábamos dándonos un apasionado beso en uno de sus rincones. Ni cuenta nos dimos. Me había pedido que nos casáramos y con la emoción nos quedamos dentro.

Ya nadie volvió a subir ni a bajar de ningún vagón, los trenes no paraban. Recorríamos todo el andén con los brazos en alto haciendo señales, pero los pasajeros no nos veían. Iban tan ensimismados en sus pensamientos, leyendo o hablando que nadie se percató de nuestros gritos. Subíamos los peldaños de las escaleras y dábamos golpes en las puertas de entrada y salida. Nada. Todo era silencio.

Mi hombre, con aquellos ojos color de avellana llenos de vida, perdió la esperanza. Me tomó de la mano y nos sentamos a aguardar un milagro. Soñábamos con las mantecadas de aquel convento cerca de mi casa, con la fuente de agua cristalina de nuestro barrio, pensábamos en la angustia que tendrían sus padres y los míos por nuestra desaparición. Nos arrebujábamos en el suelo de la taquilla con mi abrigo azul marino y su chaqueta de pana marrón. Esperando, siempre esperando. Llorar hacía que nos sintiéramos mejor.

Muchos años pasaron y un día se abrieron las puertas y comenzó un ir y venir de gentes, albañiles, carpinteros, pintores, hombres con cascos dando órdenes… Nuestra antigua estación de Chamberí, nuestro hogar, se iba a convertir en museo. Nos presentamos ante ellos, pero lo mismo que los pasajeros de los trenes, no nos hicieron caso. Poco importa ya.

Ahora nos entretenemos recorriendo el museo, viendo fotografías, logotipos, carteles, el silbato con el que el jefe de la estación daba la señal de apertura y cierre de puertas… Y aunque hacemos ruidos extraños, algún que otro empujoncito a los visitantes, pasamos a través de las parejas de enamorados, y jugamos con los niños, pocos son los que se estremecen.

El olvido duele.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El caballo

15 abril, 2019 por Akelarre 5 comentarios

El caballo - cuentos

EL CABALLO

A pesar de ser un animal pacífico, el hombre lo metió en cientos de batallas. Subido a su grupa conquistó territorios y gobernó imperios. Las órdenes de caballería cambiaron la manera de luchar. La literatura no sería la misma sin Rocinante, ni la pintura y la escultura serían iguales sin sus personajes a lomos de un caballo. Con él revolucionó el transporte, la agricultura y la guerra.

Es de destacar el caballo de Pura Raza Española. Se tiene conocimiento de su existencia ya en la época prerrománica en lo que hoy se conoce como España. Autores como Plutarco, Plinio el Viejo y Séneca nos hablan del caballo de Hispania como un ejemplar bello, dócil, arrogante y valiente, ideal para la guerra y para los juegos que se desarrollaban en los circos de la época.

Hoy en día su utilización se remite casi en exclusiva a las prácticas deportivas, aunque, irónicamente, las prestaciones de los motores siguen midiéndose en caballos de potencia.

La cita

Cristina Vázquez

Rufina

Malena Teigeiro

La competición

Liliana Delucchi

Mi caballo preferido

Marieta Alonso

La cita

Cristina Vázquez

Su hermana le había traído la foto. Estaba haciendo limpieza de carpetas, le dijo, cuando la encontró con su nombre por detrás.

—Qué sitio es —le preguntó incisiva—, parece una postal.

Allegra levantó los hombros.

—Ni idea —contestó rotunda.

Al quedarse sola la miró con detenimiento. Recordaba perfectamente donde era y el momento. Volvió a sentir el frío de esa mañana, el respirar humeante de Centella, la neblina que daba misterio a ese momento.

Había ido en las vacaciones de invierno a un campamento de equitación. Fue a regañadientes, pues, aunque adoraba montar a caballo, a sus dieciséis años le divertía más hacer otros planes. Pero sus padres, recién divorciados, se pusieron por una vez de acuerdo en que le vendría muy bien alejarse un poco de casa y hacer ejercicio. Su hermana estaba en otro curso de esquí. El deporte era muy saludable, le gustaba aseverar a su padre, deportista compulsivo, mientras su madre decía convencida que el mejor deporte era el sillónball. Pero en esta ocasión hubo acuerdo.

—Cambiar de panorama y de amigos —le explicaban pacientes—, te vendrá muy bien.

Notaba en sus caras la culpabilidad teñida de urgencia. Seguro que ellos tendrían sus planes y estaban encantados de librarse unos días de las hijas. Ninguno cedió frente a sus protestas.

El campamento de equitación estaba situado en un precioso lugar en medio de la sierra, en el que se veía caballos libres paciendo en escarchadas praderas. La vivienda era una acogedora casa de madera que semejaba una cabaña suiza, con humo saliendo por la chimenea, telas escocesas y edredones de suave pluma en las camas. Le gustó, y los cinco chicos y las tres chicas que formaban el grupo, algunos extranjeros, le resultaron amables y acogedores, sin que nadie se extrañara al decir su nombre: Allegra. Siempre había algún chistoso que hacía la inevitable gracia: Qué es lo que alegras o es que cuentas chistes. En fin.

A la mañana siguiente empezaron los entrenamientos en un picadero magnífico, bien acondicionado. Todos tenían un nivel alto y una sana competencia entre ellos. Al final, lo mismo sus padres tenían razón. Mil veces mejor estar aquí que oyendo los portazos, los llantos de su madre, las intempestivas quejas de su atlético progenitor y toda la porquería que se lanzaban el uno al otro. Eso no era amor, ni matrimonio, ni.

—Allegra, ten cuidado que te estás despistando.

Quién se lo decía era un entrenador al que no había visto el día anterior cuando al llegar le presentaron a todo el equipo que iba a ocuparse de ellos. Hablaba con un acento de erres profusas y eses arrastradas que más parecían ces suaves. Lo miró y vio que era un hombre joven, muy moreno de piel, con el pelo oscuro y rizado, más largo del estilo exigido en el lugar. Fibroso, de complexión atlética, a Allegra le pareció un centauro de lo pegado que se quedaba en el caballo.

A la hora de la cena tampoco estaba con el resto de entrenadores y jóvenes. Allegra, sin darle importancia, preguntó por qué. Una sonrisa atravesó la cara de Willy, que llevaba varios años yendo ahí y confesó que era una novedad.

—Todos los años nos sorprenden con alguien, pero este tan raro… –Alzó las cejas con expresión sorprendida—. Creo que es húngaro.

Después del entrenamiento del siguiente día, el húngaro quitó la silla al caballo y les preguntó si querían ver algo. Sacó del establo a un semental pinto, muy brioso, que aún estaba sin domar. El animal echaba espumarajos por la boca y hacía cabriolas mientras el joven le susurraba palabras en un suave lenguaje desconocido para todos. Lo fue calmando hasta subirse en él y a pelo empezar a galopar en el picadero dando vueltas igual que una turbadora peonza. Lanzaba gritos breves que animaban al caballo. Luego se puso de pie y dio una voltereta en el aire sobre el corcel sin trastabillar ni un momento. Todos aplaudían exaltados por el espectáculo.

Al salir Allegra, se le cruzó el entrenador, que no llegaría a los treinta y con su acento arrastrado le dijo mirándola con una oscura fijeza que la hizo temblar.

—No estés triste. Con ese nombre la vida te ha de sonreír –se apretó el labio inferior con el dedo pulgar—. Yo puedo hacerte feliz.

Se echó a reír y guiñó un ojo. La chica salió corriendo con el corazón desbocado. Nunca había sentido nada tan perturbador y esa noche le costó conciliar el sueño, pensando en la mirada, la proximidad, el olor mezclado del caballo con el del hombre y tembló.

Cada día, de una u otra manera, se encontraba con él que le susurraba, como al brioso animal, ternezas que no entendía mientras recogían los arreos o lo llevaba a beber. Esa tarde, mientras cepillaba las ancas del caballo, él apoyado en el fondo de la cuadra la miraba paralizándola.

—Allegra, la joven, Allegra la bella.

Se le cayó el cepillo del temblor y pensó que ese era el momento más feliz e intenso de su vida. Lejos de su casa, lejos de discusiones. Ser el objeto de deseo de un hombre diferente y hermoso, la primera vez que sentía poder despertar eso, envuelta por el calor y la suavidad del animal. Nicolai, así se llamaba, se acercó a recogerlo y apretándola contra él, la besó y la acarició con dulzura y experiencia. Ella pensó que no quería separarse más de él ni moverse de esa cuadra en la que todo le resultaba cálido, prometedor y se echó a llorar de felicidad.

—No llores, Allegra. Yo te haré feliz —le dijo—. Espérame mañana después de la comida bajo el pino del cerro del Berique.

Pensó que todos notarían lo que había pasado. Se sentía diferente, ingrávida, transformada. En la hora de la cena se produjo un gran revuelo, pues una de las chicas, la rubia y adorable Anna no había aparecido. Buscaron por todos lados hasta que se percataron de que había recogido sus cosas. Llamaron a la policía, la angustia se propagó por la encantadora casita de madera. Los jóvenes, temerosos, subían y bajaban tratando de encontrar pistas. Al cabo de un rato apareció uno de los entrenadores y dijo que Nicolai había desaparecido también y que la caja fuerte estaba saltada, incluso el caballo pinto se había esfumado, concluyó.

Tras la sorpresa, en vez de trajín y carreras se instaló un ominoso silencio. Bajó una de las personas que trabajaba en la casa y seguía rebuscando por los dormitorios algún indicio, y entregó una carta al responsable del equipo. “No me busquéis. He huido con Nicolai. Anna” El estupor invadió las caras y Allegra comprobó que las otras dos chicas contenían las mismas lágrimas y decepción que ella.

Acudió a la hora fijada al lugar de la cita sabiendo que no habría nadie, a reconfortarse de lo que podía haber sucedido. Se abrazó a su caballo y pensó que ya quedaba menos para volver a casa.

© Cristina Vázquez

Rufina

Malena Teigeiro

Recién levantada, Leticia se asoma a la ventana. La humedad y la niebla envuelven los árboles del encinar. Aspira profundo y decide cabalgar unas horas. Atenta me espera, piensa. Ella y la yegua tienen ya quince años. Eran casi gemelas. Sonríe. Su madre estaba de parto en el hospital y su padre en las cuadras atendiendo a Rufina, su yegua adorada. Quizá esa fue la causa de su última desavenencia. Nunca le perdonó que hubiera preferido ver parir a Rufina antes que acompañar a su esposa en el nacimiento de su hija. En el fondo, Leticia comprende a su madre, aunque también reconoce que el parto de la mejor yegua, no era ninguna tontería. Se viste, recoge unas zanahorias, y antes de salir hacia las cuadras, bebe un café.

Según le contó Gerardo ––su padre nunca hablaba de ello––, pocos días después de su nacimiento, su madre lo abandonó. Y él, ella y los caballos se quedaron solos en la finca. Lo cierto fue que durante mucho tiempo no supo que había madres. Ni casi mujeres. Tampoco las echaba en falta, la verdad. Su padre desde que ella se fue jamás permitió que mujer alguna trabajara en la casa. Tampoco permitió que Leticia tuviera vestidos. Con la ayuda del mayoral y de Gerardo, el rechoncho cocinero que llegó de la casa de sus abuelos, la crio con el mismo mimo que a sus potrillos, con el mismo cuidado que a Atenta. Casi era un bebé cuando colgada dentro de un pañolón, la llevaba a lomos de la yegua por primera vez. Más tarde, bien sujeta por la cintura, cabalgaba sentada delante de él. Tiempo después, aunque sus piernecitas apenas le llegan a los estribos, ya iba sola, agarrada al cuerno, mientras la yegua era conducida por algún palafrenero. Y Atenta, como si supiera que lo que tiene sobre el lomo es el tesoro de su amo, la paseaba con ternura.

Al entrar en la cuadra, cual anemómetros, las orejas de su compañera la buscan. La joven le da una zanahoria. Con la silla entre las manos, se detiene un instante. Es fiesta y la yegua también tiene derecho a descansar, se dijo para sí. Luego de dejar la silla en su gancho, echa una manta de rayas por encima del animal. Llevándola a su lado, salieron al campo y comenzaron a pasear.

No estaban pasando un buen momento, piensa para sí la niña. Rufina, la vieja yegua de raza española, está muy enferma. Y su padre languidece junto a su querido animal en la cuadra. Anoche lo oyó llorar. Leticia siente las lágrimas en sus mejillas. Con el envés del guante se las limpia. Serán de frío, decide intentando respirar tranquila.

Desde que supo que su madre vivía, cada vez que a través de su padre intentaba preguntar algo sobre ella, él le daba la espalda refunfuñando: Ni lo sé ni me importa. Y fue Gerardo el que, ante su insistencia, le contó que su madre era muy joven cuando ella nació. Y estos montes no eran de su mundo, señalaba a través de la pared el horizonte. Era una mujer a la que le gustaba la ciudad, los amigos, y levantaba los hombros como si no lo entendiera y se volvía hacia sus fogones susurrando: Él no ha vuelto a ser el mismo desde que se fue. Siempre terminaba su perorata rumiando que en su defensa había que reconocer que la señorita se había casado muy enamorada de don Jaime.

Durante un tiempo Leticia buscó alguna foto de su madre en los cajones del despacho. Solo encontró un lote de cartas. La primera fechada dos años después de su tercer cumpleaños. Luego de ordenarlas, las leyó una por una. En todas, ella le rogaba que le permitiera volver. Que la perdonara. Mi marcha fue el arrebato de una mujer que no sabe lo que hace, escribía con temblorosa letra. Que al menos le enviara una foto de su hija.

Antes de dejar las cartas en su sitio, Leticia repitió una y otra vez su nombre. Lo mismo hizo con la dirección del remite hasta aprendérsela de memoria. Ya en su habitación, buscándola en Internet, la encuentra en Facebook. Era ligera, delicada, femenina. A veces aparecía en fiestas con diferentes hombres a su lado. Sin dejar de contemplarla, la niña pasaba con dulzura los dedos por el rostro que le mostraba la pantalla. Un día, ayudada por la dirección, localizó su teléfono grabándolo en el móvil.

Aquella mañana mientras paseaba rodeada de nieve y niebla, Leticia introdujo la mano en el bolsillo acariciando el teléfono. Como si supiera lo que quería hacer, Atenta detuvo su marcha junto a un pino. La niña tuvo unos instantes de duda. Con los dedos helados sacó el móvil y buscó el número.

––Papá y Rufina se están muriendo ––escribió en el WhatsApp.

© Malena Teigeiro

La competición

Liliana Delucchi

De negro absoluto, las gemelas están sentadas una junto a otra ante el féretro de su padre recibiendo las condolencias de vecinos y parientes.

—Hemos pensado que, una vez celebradas las exequias y quizás transcurrido un tiempo prudencial, organizar una carrera de caballos a la que le pondríamos el nombre de su padre, dado el amor que sentía don Prudencio por estos animales —les dice el administrador en voz baja.

Las hermanas asienten con un movimiento de cabeza y un «gracias» apenas audible.

De regreso a su casa se instalan en el salón, cada una en su sofá, en su mundo, frente a frente y en silencio. Lo rompe Mercedes preguntando a su hermana si cree que deberían participar.

—Desde luego que sí, cada una con su caballo —responde Teresa sin levantar la vista de una foto—. La carrera lleva el nombre de papá.

Las niñas, huérfanas de madre a muy temprana edad, habían sido el centro de la vida de don Prudencio y, a pesar del tiempo que le insumían la finca y sus negocios, siempre estaba atento a las necesidades de sus hijas. Con el tiempo pudo comprobar que existía una competencia soterrada, y a veces explícita, entre ellas por reclamar su atención. Tenían piques sobre quién sacaba las mejores notas, cuál hacía el mejor ramo de flores o la tarta más sabrosa. Consternado, llegó a pensar si no sería necesario volver a casarse, pero desechó la idea. Era probable que otra mujer acrecentara el problema en vez de solucionarlo.

El día que Teresa le pidió un caballo se sintió halagado, pero enseguida maduró que sería mejor comprar uno para cada una. Pero me dejaréis que yo les ponga los nombres, les dijo. Y eligió Rocinante para Mercedes y Babieca para su hermana.

Lo que el padre intuyó que serían agradables paseos se transformaron en carreras entre las niñas, trampas incluidas, solo que ninguna era responsable de los engaños sino que culpaba a la otra. La adolescencia incrementó los recelos y los posibles novios el antagonismo. La madurez no logró acercarlas.

Cuando a don Prudencio le diagnosticaron la enfermedad que acabaría con su vida, llamó a sus hijas y con la dulzura que lo caracterizaba, les dijo:

—Estoy a punto de marcharme y no querría hacerlo sin una promesa por vuestra parte. Dejad de lado vuestras diferencias, eso solo os traerá desasosiego. Sin mí solo os tenéis la una a la otra. Por favor, quereos como os he querido.

Llegó el día de la carrera. Todo está dispuesto, vecinos y aparceros participan de esta conmemoración a quien durante años fuera una persona querida en la comarca.

Las gemelas están montadas cada una en su caballo. Se miran, se estudian. Se escucha un disparo y baja la bandera que da inicio a la competición. Los animales salen al galope, menos Rocinante y Babieca, que se mantienen en su sitio. Las hermanas se miran y, sonrientes, avanzan al paso en dirección al estanque en el que celebraron la última merienda con su padre.

© Liliana Delucchi

Mi caballo preferido

Marieta Alonso

«Había una vez un rey que tenía una hija casadera y decidió que solo la entregaría en matrimonio al hombre que montara un hermoso corcel y diera un salto que llegara a la terraza del palacio, y así lo fue anunciando por todas las sitierías».

Comenzó a contar la abuela a su nieta, como cada día, aquella vieja leyenda cubana.

«Cerca de palacio vivía en un minúsculo terreno, sembrado de maíz, un padre con tres hijos. El pequeño era su orgullo, pero los otros dos… El anciano tenía que velar cada noche para que los caballos jíbaros no se comieran lo sembrado, en cambio sus dos hijos mayores se iban al pueblo a emborracharse. Un día trajeron la noticia de lo propuesto por el rey.

La noche en que iban a saltar los jinetes, el hijo menor dijo:

—Papá, yo velaré el maíz. Usted ya está muy viejito y muy cansado.

El padre temía que se fuera a dormir. Pero el muchacho le tranquilizó:

—No se preocupe. Me llevaré un güiro con ají picante y cuando me entre sueño me paso el ají por los ojos y así no me dormiré —y también cogió un lazo de pita por si podía atrapar uno de esos malvados caballos que se comían el maíz.

Por la madrugada llegaron los animales, puntuales como siempre, y con mucha maestría pudo enlazar al más grande y más lindo de todos ellos. Comenzó a jalar la bestia, pero él cobraba soga y le atrincó en el tronco de un árbol, hasta que el cuadrúpedo se cansó.

Temeroso, Bandolero le explicaba que era el caballo del Diablo y que no podía ver los claros del día. Que lo soltara, que podía prometerle que ningún otro vendría nunca más a comer del maizal.

Pero el hijo menor no aflojaba.

—Suéltame, que cada vez que toques tres veces el tronco de este árbol y digas: «Ven, Bandolero, caballo mío». Yo vendré corriendo para lo que te pueda servir.

Entonces, mirándole a los ojos confió en él, e hicieron un juramento. El caballo del Diablo salió casi volando.

El muchacho con la amanecida se fue para su casa y halló a sus hermanos haciendo el cuento de los équidos que saltaron y que no pudieron llegar a la terraza del palacio. Cuando el padre fue a ver el maizal lo halló intacto, prueba irrefutable de que su hijo menor no se había dormido. Al acabar el día:

—Me voy a velar el maíz, papá.

En cuanto llegó al árbol lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío,

En medio de un gran resplandor apareció el caballo iluminando el monte. El hijo menor se montó en él y en cuanto estuvo encima se le cayeron los guiñapos de ropa y se vio con un vestuario de príncipe. Fueron al pueblo y al llegar a palacio, Bandolero dio un salto y cayó en medio de la terraza donde estaba la princesa sentada en su trono. El rey quiso cumplir lo prometido pero el muchacho dijo:

—No señor, tengo que venir dos veces más y después me casaré con su hija.

Se retiró y al llegar al árbol Bandolero desapareció y los harapos volvieron. Al llegar al bohío halló a sus dos hermanos haciendo los cuentos de lo que había pasado.

—Yo era el príncipe que saltó a la terraza del palacio del rey —confesó con humildad.

Y los hermanos se burlaron de él:

—Cállate y no hables, basura. ¿Habrase visto mayor mentiroso? Y le abofetearon hasta que el padre intervino.

A la noche siguiente el hijo menor se fue al árbol y lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío.

Y apareció atravesando el monte a toda carrera iluminado por la luna llena. Volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior, llegó, saltó a la terraza, y le dijo al rey:

—Mañana volveré otra vez a saltar y entonces me casaré con la princesa.

Repitió a sus hermanos que él era el príncipe. Y le volvieron a golpear por embustero. El padre tuvo que defenderle otra vez.

A la tercera noche, llegó al árbol y lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío.

Caballo y muchacho llegaron al palacio, saltaron y cayeron en medio de la terraza. Allí estaba el rey, la princesa y el juez que les casó. Y dijo al rey:

—Quiero que usted mande a buscar a mi papá y a mis hermanos.

El monarca envió su carruaje con una escolta de soldados y cuando el padre lo vio venir a lo lejos, espantado balbuceaba:

—Por algo vendrán. Seguro que ustedes han hecho algo malo en el pueblo y nos vienen a prender.

—No, papá, nosotros no hemos hecho nada, solo hemos estado bebiendo y divirtiéndonos.

Arribó la calesa y se llevó a los tres. Temblaban creyendo que, igual que se corta con un afilado machete, la maleza y la caña de azúcar, a ellos les iban a chapear la vida. Al llegar a palacio, les hicieron subir hasta el trono y allí estaba el hijo menor como todo un príncipe, que cuando vio a su padre corrió a abrazarlo. Y dirigiéndose a sus hermanos, dijo:

—Vagos, pendencieros, y borrachines, ahora van a trabajar como mulos en los establos.

Luego, se dirigió a su padre con gran cariño:

—Usted, papá, tiene el palacio para ir a donde le plazca. No volverá a trabajar, ni a pasar hambre, pero a estos dos hay que darles un buen escarmiento. ¿No cree?

Y colorín, colorado…».

—Cuéntamelo otra vez, abuelita.

—Allá voy.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

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