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Cometas

15 octubre, 2022 por Akelarre 6 comentarios

Relatos cortos cometas

Cometas en el aire

Una cometa es una máquina voladora formada por una estructura plana o tridimensional construida de un material muy ligero y recubierta de una tela o papel. El conjunto se amarra a uno o a varios hilos y, al ser soltada, se mantiene en el aire por la acción del viento.

Aunque su origen es incierto, se supone que la inventaron en la antigua china y que alrededor del año 1200 a.C. se utilizaban como dispositivo de señalización militar.

La foto que ha inspirado los cuentos de este mes, corresponde a la celebración que se lleva a cabo en la playa de La Concha, en la isla de Fuerteventura. Son relatos que van desde el cambio que producen las cometas en la imaginación de un niño, un hombre que reencuentra su infancia, una mujer que se reconcilia con su pasado o alguien con ansias de volar.

El perdón

Cristina Vázquez

La cometa de seda china

Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

Cuando sea mayor

Marieta Alonso

El perdón

Cristina Vázquez

Vituperar, esa fue la palabra que salió de la boca de su madre. Una palabra que había oído a su tía hacía tiempo y que ese sábado, a Elena, mientras miraba la cometa, le revoloteó en su cabeza igual que una paloma malherida.

Al hablar del concurso de cometas, solo tenía el recuerdo infantil que se acomodaba en un verano lejano. El único que fue con su madre al pueblo. Lo que rememoraba con claridad era la cara desencajada de esta cuando la agarró casi con violencia de una mano.

—Esta misma noche tú y yo nos largamos de este pueblo de miseria —soltó enrabietada.

La niña sintió una sacudida electrizante en el brazo que la asustó.

—Nunca debí volver —oyó sollozar a su madre esa noche insomne.

Vivían en una ciudad pequeña del sur de Francia con su padre, un notario respetable y corpulento. Hablaban entre ellos mezclando el español y el francés con la soltura de un idioma común, casi secreto. En agosto se llenaba de veraneantes para en invierno quedarse un tanto vacía, pero a Elena no le importaba retomar el ritmo apacible, protegerse de la lluvia bajo los soportales al volver de la escuela y ver desde la ventana de su cuarto las luces de los pesqueros en el puerto.

—Eres igual de tranquila que tu padre.

Esta frase la repetía su madre después de que él se hubiera ausentado de la mesa. Al hacerlo recordaba la pesadez de un animal prehistórico un poco adormilado, pero en su cara mofletuda y amable siempre despuntaba una sonrisa. Elena sentía que su padre levantaba a su alrededor una especie de aire protector hacia ella que la llenaba de seguridad y de una ternura cabal. Al pasar a su lado siempre le acariciaba la cabeza y susurraba ma belle petite.

Notaba hiriente la mirada de la madre y un gesto de inquietud se insinuaba en su cara, muy leve, casi imperceptible, pero Elena lo reconocía y dudaba detrás del tazón de chocolate si iba dirigido a ella o a su padre. Sabía que su madre se tuvo que ir a Francia porque en el pueblo no quería ni podía quedarse, le contó una vez la tía Paula que vino de visita.

—Fue muy lista y valiente, pero es que…—le contestó al tratar de saber por qué se había marchado de España.

—¿Por qué? —insistió la niña.

Por qué, por qué. Era demasiado curiosa, le dio un toque con el dedo en la mejilla, pero ya tenía edad para saberlo. Las cosas se complicaron en el pueblo y ese hombre, maldito sea, era demasiado poderoso. Se echó hacia atrás en el sillón en el que estaba sentada. Y malvado también. Casi mata a su madre porque no se quiso ir con él y encima, la vituperaron los charlatanes. Y ella se vino a trabajar aquí, continuó satisfecha, conoció a mesié Segú o Seguí o como se diga y se quedó tan contenta y hecha una señorona.

—Él es una bella persona —terminó señalando a un indefinido lugar.

Los pasos contundentes que se oían al acercarse su padre siempre ponían a la madre en una situación de alerta, como si temiera algo. Con el tiempo comprendió que era una especie de temor a sí misma, igual que si creyera que la presencia pacífica y silenciosa de ese hombre pudiera evaporarse y surgir otra realidad que solo ella sabía.

Los sábados por la mañana el padre la llevaba a la playa o a un campo cercano a volar cometas, muchas de ellas fabricadas por él mismo en la buhardilla de su casa donde había montado un taller de oficios, como él lo llamaba. A ella le gustaba mirarle cuando encolaba telas o papeles sobre estructuras ligeras de madera y, poco a poco, fue aprendiendo también a hacerlas. La madre subía a veces y recordaba en rudo francés que en su pueblo hacían un concurso de cometas en verano.

—¡Como a veces hacía tanto viento! —aseguraba soñadora y una dulzura inusual bañaba su rostro.

Parecía más joven, más hermosa, cuando hablaba de esas cometas. Algún año el cielo casi desaparecía con los colores. Era la cosa más bonita que había visto nunca.

—¿Por qué no vamos? —preguntó Elena.

Era la mañana de un lluvioso sábado en que los tres se encontraban alrededor de la cometa en forma de paloma que el padre estaba acabando. Se miraron por encima de ella y, en un tono de forzada broma, él aseguró que sería muy buena idea que la pudiera hacer volar el verano siguiente en el pueblo de su madre. La mujer se puso tensa.

—No tiene ninguna gracia —aseguró—. No pienso volver.

—No era una gracia, es una oportunidad de perdón. ¿No crees que ya va siendo tiempo? —remató con dulzura mientras clavaba una grapa en el bastidor.

—Pero me volverán a vituperar —aclaró en español, casi con lágrimas en los ojos.

—Mais non, Elena la hará volar más alta que ninguna. ¿Verdad ma petite?

© Cristina Vázquez

La cometa de seda china

Malena Teigeiro

Después de llegar de un largo viaje a China, el padre de Pedro sacó de la maleta despacio, casi como un prestidigitador, uno a uno, los regalos comprados en el lejano país. Eran un mantón bordado que le regaló a su madre, una caja de pinturas de geisha para Lola, su hermana, y una cometa para él. Su regalo venía dentro de una larga y estrecha caja de madera lacada en negro recamada con incrustaciones de nácar. Le dijo que la adquirió en un anticuario chino. Al tiempo que se la entregaba, le contó que al hombre le colgaba sobre la espalda una raquítica trenza. Mientras él admiraba el estuche de la cometa, el chino le dijo que la había recogido entre los escombros de un antiguo palacio de Pekín. Y que después de haberla estudiado mucho, llegó a la conclusión de que había pertenecido a un sobrino de la poderosa emperatriz Cixí. La cometa tenía forma de mariposa. A modo de timón entre las alas de seda de colores, arrastraba una larga cola de lacitos azules. A él le sorprendió que el cordel de la bobina fuera hecho con hilo de oro. Al menos a él así se lo pareció. Le dijo también que los adornos que lucía en las alas eran láminas de pan de oro, y que tuviera cuidado de no volarla muy alto, ni a las horas de mucho sol, porque aquellas finísimas laminitas se podrían fundir.

Nervioso, Pedro, que quería verla en todo su esplendor, extendió la cometa sobre la mesa. Y fue entonces cuando su madre, siempre tan práctica, quiso hacer con ella una lámpara. Él se negó.

Al día siguiente bajó a la playa al atardecer. Iba con su padre y juntos la hicieron volar. Se sorprendieron de lo rápido que se elevó. Parecía una mariposa con vida propia y con deseos de escapar. A partir de esa tarde, y mientras duró el veraneo, padre e hijo bajaban a volarla con la brisa del ocaso, a esa hora en que el sol, ya más frío, no podía hacer daño a los adornos de oro.

Desde la primera tarde, se les acercó Beatriz, la hija del director del banco de la ciudad. Ella y su familia vivían todo el año en la playa, en una casa vecina a la suya. Era una niña morena, de trencitas delgadas y pestañas negras y largas que daban sombra a sus achinados ojos azules. Corría detrás de Pedro y su cometa y su risa se unía a la del chico. A veces incluso lo hacían cogidos de la mano. Una tarde su padre colocó la bobina de hilo entre los dedos de Beatriz. La niña corrió por la arena y ellos lo hicieron detrás. Iban asustados, pues parecía que de un momento a otro la cría fuera a elevar el vuelo detrás de aquella enorme mariposa de seda de colores.

Poco a poco pasó el verano y cuando una mañana ventosa iban a salir hacia la ciudad, Pedro decidió dejar la cometa guardada en la casa de Beatriz. En Madrid no tenía un espacio donde volarla y era posible que su madre no pudiera soportar la tentación de hacer la famosa lámpara de la que no dejaba de hablar. La niña, con los ojos brillantes y las mejillas rojas, apretó la caja contra su pecho como si fuera su más preciado muñeco.

—Yo te la cuidaré siempre —su voz parecía que fuera a caer en un emocionado llanto.

Sin embargo, en aquel viaje de vuelta no todo sucedió como se esperaba. Casi llegando a Madrid, un autobús se echó encima del pequeño coche. Fallecieron los padres. Pedro y su hermana se quedaron a vivir con sus abuelos, que lo primero que hicieron fue vender la casa de la playa. Nunca, decía su llorosa abuela, nunca volvería a circular por esa carretera.

Pasaron los años sin que Pedro olvidara su cometa de seda. Y cuando tiempo después volvió a aquella playa y se acercó a la casa de Beatriz, se encontró que en ella vivía otra familia. A don Jorge, hacía años que lo trasladaron de plaza, le comunicó el nuevo director del banco.

Desde que se independizó, Pedro todos los años volvía a pasar algunos días en aquella playa. Y todos los atardeceres, paseaba por la arena con la mirada fija en el cielo. Era un mero acto de romanticismo, le confesó una tarde a Marcela, su coqueta y presumida novia. Tenía el presentimiento de que iba a recuperar su cometa, le susurraba muy seguro de lo que decía. Y ella, que deseaba veranear en alguna playa de moda, poco tardó en dejarlo, cosa que a él pareció no importarle demasiado.

Una de esas vacaciones, paseando al atardecer por la arena la vio. A lo lejos una joven sostenía el hilo de oro de la mariposa de seda. Cerró los ojos y como cuando era niño, revivió las tardes en las que, junto con su padre, corría detrás de la cometa. Es la tuya, le decía inquieto su corazón que palpitaba con tanta fuerza que creyó que iba a salírsele del pecho. Si esa era su cometa, Beatriz tenía que estar allí.

Cuando llegó a su lado, la joven alargó la mano para entregarle la bobina de hilo de oro. Con ella entre los dedos, sintió que un rayo le recorría la espalda. Miró al cielo. Detrás de las alas de colores le sonreía su padre. Cerró los ojos y se desplomó sobre la arena.

© Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

El día que encontré a Anastasio en la playa tumbado boca arriba, el aire estaba limpio y corría la brisa de principios de septiembre. Levanté la mirada y pude ver algunas cometas bajo las nubes. Como a él le habría gustado.

La noche anterior hizo mucho calor. Pese a la oscuridad, se intuía un cielo amenazador y el bochorno presagiaba la tormenta que no tardó en descargar una lluvia torrencial. Alrededor de medianoche, cuando estaba leyendo, oí unos ladridos que venían de la terraza. ¡Imbécil de mí! Tom se había quedado fuera.

Abrí el ventanal para que entrara, pero no lo hizo. En vez de eso, se dirigió hacia la baranda, bajó los escalones hasta el jardín y me condujo a los pies de la higuera. Yo estaba empapado y mi perro también, pero aún más mi vecino.

—¡Por el amor de Dios, Anastasio! ¿Qué haces aquí?

Por toda respuesta, el hombre se escondió entre las matas que rodeaban el árbol.

Al acercarme intenté moverlo para ver si estaba herido. Pensé llamar a emergencias, pero había dejado mi móvil en el salón y mi fiel can no era de especial ayuda. Lamía la cara del hombre mientras escarbaba la tierra de su alrededor.

No tengo una constitución fuerte, más bien soy canijo, pero me he dado cuenta de que ante situaciones difíciles el ser humano saca fuerzas de donde no las tiene. Todavía me veo cargando los casi noventa kilos de Anastasio a través del jardín hasta depositarlo sobre la tumbona de la terraza. Lo examiné para determinar si estaba herido. No. Solo roñoso y mojado. Limpié su cuerpo lo mejor que pude con una toalla húmeda y le cambié la ropa. Mi hermano, quien tiene más o menos su misma talla, había dejado un chándal de deporte con el que yo intentaba vestir a mi vecino.

—¡Ayúdame un poco, hombre! —decía mientras forcejeaba para ponerle los pantalones.

Me hizo caso y levantó una pierna. En ese momento vi una triste sonrisa en su rostro y pude escuchar un leve «gracias».

—Esta mañana vi cometas en la playa —dijo.

Yo no era capaz de comprender el significado de esas palabras, pero no era momento de insistir. Ya hablaría si ése era su deseo.

—Necesitas algo fuerte. Vuelvo ahora mismo.

Me dirigí a la cocina a preparar un poco de café, aunque pensándolo mejor, lo cambié por un whisky. Lo bebió de un trago.

Para ese momento, Tom había subido a la tumbona y restregaba sus pelos mojados contra el chándal seco. Mi cachorro no me ayudaba. Pensé ordenarle que bajase, pero al ver a mi vecino acariciándolo, no lo hice.

No recuerdo cuánto tiempo permanecimos a resguardo de esa tormenta. En silencio. Anastasio y el can en la tumbona, yo en una silla, mirándolos, a la espera de una explicación.

—Me hubiera gustado volar con ellas. Con las cometas —dijo incorporándose y extendiéndome el vaso. Lo rellené con un poco más de whisky.

—Siempre me gustó volar —continuó mientras hundía sus dedos en la pelambre del perro—. A Lucía también le gustaba. Tanto —rió sarcástico— que me dejó por un piloto.

—¿Lucía se ha marchado?

—Esta tarde.

—Lo siento.

—No tanto como yo —volvió a reír. Pero esta vez sin sarcasmo, aunque su voz tenía el eco del alcohol.

—En casa no tomamos, así que no hay bebidas. ¿Me puedo llevar esta botella?

—Me parece imprudente, sobre todo si no estás acostumbrado.

—Sé que no lo dices por tacañería, pero una buena borrachera ayuda a dormir. Y yo lo necesito esta noche.

Mientras lo acompañaba hasta su casa, pensé que no me había dicho qué hacía en mi jardín, pero no era momento de preguntárselo. Lo haría al día siguiente, cuando fuera a ver cómo estaba.

Y lo vi. Pero no en su casa porque no estaba, sino en la playa. Tumbado en la arena boca arriba, con un frasco de barbitúricos en la mano y los ojos abiertos. Parecía contemplar las cometas.

Buen viaje, querido amigo.

© Liliana Delucchi

Cuando sea mayor

Marieta Alonso

A la hora de comer mi padre dijo:

—Si queréis podemos ir a…

No le dejé terminar la frase. Fui corriendo a buscar mis cometas.

Mi madre pensó en quedarse. Después de recoger la mesa y fregar se pondría a leer. A descansar de nosotros. Pero su afán de enseñarnos pudo con ella.

Se supone que la cometa nació en China hace más de dos mil quinientos años, dijo como si fuera una confesión. Y solo con eso mi padre buscó esparadrapo, cortó unos cachitos, nos los colocó en las comisuras de los ojos y de repente éramos una familia de ojos rasgados.

¿Y cuál fue su origen?, habló la que manda en casa. El que no gobierna me dio un codazo para que le sacara del apuro y comencé a inventarme un cuento:

Érase una vez un campesino chino que trabajaba en los campos de arroz de sol a sol cuando de pronto vio con horror que el viento se llevaba su sombrero de bambú hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba. Hasta que en vez de un sombrero parecía la vela de un navío o un pájaro que emigraba en busca de una vida mejor, como nosotros, o tal vez una serpiente voladora. 

—¡Venga! ¡Iros a la playa! ¡Se hace tarde! —aconsejaron los abuelos.

Como mi papá sabe hacer de todo, tengo cometas de dos, tres y hasta de cuatro hilos, también hizo un carrete para manejarlos. Los tengo de muchas formas y colores. Aquí, en mi colegio de Torrevieja, las llaman cometas, pero en Cuba eran papalotes. Hoy, mi héroe, me ha hecho una pequeña con papel doblado y me ha dicho que a estas en cubano las llaman chiringas. Me gustó ese nombre.

También sé por mi mamá que los romanos las emplearon como estandartes y servía a los arqueros para conocer la dirección del viento. A Benjamín Franklin les gustaba como a mí, jugar con ellas, y jugando inventó el pararrayos. Lástima que ya estén inventados el paracaídas y el parapente, que tienen influencia de este juego. Podía haberlos hecho yo si no hubiese nacido demasiado tarde. Hasta Goya, un pintor español muy famoso, tiene un cuadro llamado «La cometa».

La abuela ha prometido comprarme un libro de Julio Verne, uno titulado: «Dos años de vacaciones». Este escritor hace volar a uno de sus personajes agarrado a un papalote para explorar una isla. El abuelo me cuenta en secreto que en realidad es la isla Hanover en Chile, aunque el autor la llamó de otra manera para darle mayor misterio.

Hasta ayer quise ser un famoso científico o un arriesgado bombero, pero a partir de hoy, como me gustan tanto las palabras, de aquí y de allá, puede que emule a ese francés escribiendo sobre el vuelo de mis cometas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La playa

15 agosto, 2022 por Akelarre 5 comentarios

relatos sobre playas

La playa

Playa es un concepto que proviene del latín tardío plagia y que hace referencia a la ribera del mar, de un río o de otro curso de agua de importantes dimensiones. El término se utiliza, por extensión, para nombrar a las ciudades balnearias, generalmente en un contexto relacionado con las vacaciones. La foto pertenece a una de las extraordinarias playas del Caribe, en Samaná, al norte de República Dominicana.

Este mes de verano, inspiradas por el deseo de trasladarnos a alguna de ellas, nuestras escritoras sitúan allí sus historias.

En una de ellas un niño descubre su valentía; en otra un muchacho pierde la ilusión de su vida; una mujer tiene una revelación a través de una fotografía y en otra, dos mujeres intercambian favores.

Revelación

Cristina Vázquez

El barco negrero

Malena Teigeiro

Quid pro quo

Liliana Delucchi

Osadía

Marieta Alonso

Revelación

Cristina Vázquez

A mi querida amiga María que me envió esta alentadora foto un mes de diciembre.

La reunión de chicas empezaba a darme mucha pereza. Se había intentado añadir al grupito tradicional de las que mensualmente cenábamos o salíamos de copas, una amiga de Celia, Elisa.

Se producía entre nosotras esa exclusividad que se da en grupos cerrados, en los que cualquier novedad parece incomodar o crear suspicacias. Y eso que nuestras salidas comenzaban a ser cada vez más repetitivas. Ya nos lo habíamos contado casi todo. Aunque sintiéramos el privilegio de mantener nuestra amistad de una forma duradera con palabras y bromas que solo nosotras reconocíamos. Algunas veces el silencio se imponía.

Por fin cedimos a que se sumara a nuestro siguiente encuentro la nueva amiga de Celia, que estaba empeñada en que conociéramos y ella en conocernos. Era genial, ya lo veríamos, un poco más joven que nosotras, pero nos daba vuelta y media en experiencia de la vida. Tenemos que renovarnos, abrirnos al mundo, a las novedades, insistía para convencernos.

—Nos estamos haciendo viejas, cada vez aguanto menos el alcohol y los malditos tacones me matan —remató esta con una mezcla de resignación y malhumor.

Habíamos quedado en el restaurante El Salvaje, recomendado por Elisa, la nueva, que conocía al dueño y estaba super de moda. El lugar resultó ruidoso con esa música de fondo que impide mantener una conversación confidencial. Lleno de exóticas plantas, tratando de remedar una exigua selva, con guacamayos de vivos colores en jaulas y los camareros, de impoluto blanco, llevaban fajines imitando pieles de animales.

Ya sentadas las cinco de siempre esperábamos la aparición de Elisa que se demoró casi veinte minutos. Llegó tranquila y apenas se disculpó por su tardanza. Se quedó parada tras su asiento e hizo una mirada circular de reconocimiento igual que un ojeador valorando piezas.

—Gracias por recibirme en este grupo —se sentó sin besar a ninguna—. Creo que debo considerarlo un privilegio.

Y nos ofreció su blanca y encantadora sonrisa. Pidió un coctel, para mi desconocido, con soltura de parroquiana. Las cinco la mirábamos entre atónitas y curiosas y fue señalándonos para ver si encajaba nuestros nombres con la descripción hecha por Celia. Acertó dos, el mío uno de ellos.

Lucía una melena de abundantes rizos peinada con estudiado desaliño, las manos de perfecta manicura y los labios pintados de oscuro carmín, seguro pinchados, pensé al mirarla con envidiosa critica. Había en su ajustado traje, bien soportado por un rotundo cuerpo de gimnasio, en el exceso de rímel y el abundante pecho, el encanto de lo femenino y lo vulgar por partes iguales. Pensé que debía volver locos a un tipo de hombre. Algo en ella me resultaba familiar.

Nos preguntó, le preguntamos y, poco a poco, por efecto del vino y la indudable soltura y simpatía facilona que mostraba, nos relajamos. Reconozco que me cayó bien. Quizás hablaba demasiado, pero la novedad que implicaba parece que nos animó a todas mientras Celia nos lanzaba miradas de ya os lo dije. Lo que no llegaba a comprender era el interés que había mostrado en conocernos. No éramos ni ricas ni especialmente interesantes. Unas mujeres de cincuenta con vidas más o menos encajadas o en crisis como en ese momento era mi caso.

Mi marido se había largado hacía más de un año, después de veinticinco de matrimonio y dos hijos encantadores que ya tenían su vida. Mi trabajo de abogada en un bufete conocido me permitía no tener problemas económicos y mi desencanto con él se iba suavizando, aunque una amarga espinita se me travesaba cada poco.

—La verdad es que es un hombre encantador —sus palabras arrulladas me sacaron de mis pensamientos—. He tenido mucha suerte. Es un poco mayor para mí, pero estaba harta de niñatos sin cabeza ni cartera.

Se ahuecó la melena con altivez y me sonrió, pensé que especialmente a mí. Mis amigas, animadas por estas confesiones que parecían hacerles reverdecer recuerdos de tiempos pasados y quizás de pasiones no sentidas, se removieron en sus asientos e indagaron en el excitante romance que ella iba dosificando en sus confesiones. Intimidades que me parecieron inoportunas. Algo en esa desenvoltura innecesaria, en esas risas y detalles empezó a molestarme. Yo no era así. Creo que la intimidad queda precisamente para eso, para la intimidad.

Me desentendí un poco de la ruidosa y para mí inapropiada conversación para fijarme en el lugar que iba creciendo en dinamismo y ruido. Los papagayos repetían frasecitas, la gente se reía, la música marcaba un ritmo machacón y me acordé, quizás por el exotismo de las plantas, de mi viaje en solitario a la playa paradisiaca del Caribe. Fue el primero que hice sola y fui bastante feliz, una vez que vencí el concepto de abandono y el recuerdo de que ese había sido el lugar al que había invitado a mi marido, quizás para restañar un tiempo perdido, quizás para soñar un reencuentro olvidado.

Volví a la realidad que me rodeaba. El tono de voz de mis amigas mientras se pasaban una foto subía con comentarios de qué envidia, qué paraíso, quién pudiera. Al llegar a mis manos saqué las gafas para apreciarla bien. Reconocí la maravillosa playa donde había estado e invitado a mi marido al que enseñé innumerables fotos del lugar, tratando de convencerlo. Noté la mirada de Elisa fija en mí, igual que una atolondrada serpiente.

—Ha sido el viaje más ideal que he hecho en mi vida —sonreía entre pícara y consentida—. Increíble el sitio y la compañía.

Guardé mis gafas con calma, esbocé una sonrisa y les dije que al día siguiente tenía que madrugar.

—Me voy chicas, ha sido una noche inolvidable.

Me acerqué a Elisa que recogía las fotos llena de satisfacción y le susurré.

—Te deseo la misma suerte con tu pareja que he tenido yo.

© Cristina Vázquez

El barco negrero

Malena Teigeiro

Cuando escuchó los golpes en la puerta de su casa, Justine se asustó. No eran horas, se dijo dándose la vuelta en la cama. El golpeteo insistía, ahora tan fuerte que temió que la tiraran abajo. ¡Voy! ¡Voy!, gritó malhumorada desde su habitación. La luna era brillante, tanto que Justine no encendió la luz. En cuanto giró el pomo un empujón casi la tira al suelo. Era Brian, el hijo treintañero de su hija Ethel. Se hizo a un lado y su nieto, con una desgarrada y sangrante corte en el brazo, dando tumbos, se dirigió hasta el sofá donde se dejó caer. Le vio apoyar la cabeza en los almohadones. Tenía la piel del rostro casi tan plateada como la luz de la luna. Justine se dirigió hacia él. Iba descalza. Estremecida, sentía bajo las plantas de los pies los pegajosos cuajarones de la sangre de su nieto. Movió la cabeza e interrumpió el camino. Ahora vuelvo. Su voz sonaba cansada, casi harta. Ya en la cocina recogió vendas y desinfectante.

—¿Otra vez? —preguntó inclinada sobre el muchacho mientras le cortaba la manga de la camisa. Él esbozó una sonrisa.

—Otra vez —le respondió desmayadamente.

Aun en contra de la voluntad de sus padres, el amor de Brian por Catalina nació mientras jugaban en la arena de la playa las noches de luna. Ella era una niña morena, casi negra como su madre. Tenía los ojos verdes y profundos como los pulidos trozos de cristal de botellas que devolvían las olas a la playa. Desde bien pequeña, decía Catalina, ella con cada ola recibía las caricias de los espíritus de aquellos que nunca llegaron a desembarcar del barco negrero. Porque, y apretaba la boca en el intento de hacer fuertes sus palabras, era aquí. En nuestra playa, en donde los desembarcaban. Y daba con su piececito golpes en la arena. Y era allí, y señalaba con el dedo la cercana aldea, donde los vendían.

Envolviéndose en las brumas de sus antepasados, Catalina comenzó a ser conocida por la muchacha que hablaba con los espíritus, por la que tenía poderes para deshacer un mal de ojo, y por ser capaz de retornar los amores extraviados.

Fue Brian el que al comenzar a percibir luces de roja locura en sus profundas pupilas, la delgadez extrema de su cuerpo, sus noches de insomnio constante, quien le rogó que olvidara a todos aquellos espíritus que decía la rodeaban, que volviera con él a bañarse en el mar hasta que los cubrieran las luces del amanecer. Que volviera a ser feliz como cuando eran niños y que se casara con él. Ella, cohibida, y con la cabeza baja, lo escuchaba. Luego, agarrada a su cintura iba con él a bañarse las noches de luna llena.

Todo comenzó una noche. Ya estaban los dos jugando en el agua, cuando ellas, las ánimas, convertidas en voraces peces, saltaban ente las olas atacándole. Ellas, le decía Catalina besándole las heridas, no querían que las abandonase por aquel hombre blanco descendiente de los que las habían tirado al mar. Y así ocurrió una vez, y otra, y otra.

Cuando Justine terminó su cura, lo besó en la frente. Sorprendida vio las lágrimas mojándole el rostro. En silencio, el muchacho la miró.

—Nunca volveré a esa playa, abuela. Esta noche, como tantas veces, yo intentaba sacarla, mientras ellos me mordían. Pero Catalina, como si fuera una medusa, con su largo cabello meciéndose en el agua, me sonreía mientras se hundía en el mar. Cuando la vi decirme adiós levantando una mano, supe que no quería volver.

© Malena Teigeiro

Quid pro quo

Liliana Delucchi

«Me han seleccionado para los premios MTV. Gracias.»

Marisa sonríe al leer el texto en su móvil. Te lo mereces, querida. Ya estamos en paz.

Mientras conduce para recoger a su niña de la clase de ballet y a Carlitos de la de esgrima, sortea el tráfico y casi se salta un semáforo en rojo. Calma, tranquilízate. Todo está bien, ahora sí que todo está bien.

Su mente regresa a esa playa por la que paseaba aquel atardecer unos años atrás. Si eligieron el Caribe para las vacaciones, era para que sus hijos, aún muy pequeños, pudieran disfrutar de la calidez del lugar y sus gentes, como Carlos y ella lo hicieran durante el viaje de novios, cuando soñaban con una familia y se prometieron volver a ella.

La conocieron la primera noche. Con los niños en la cama, la pareja fue al espectáculo del resort. Una mujer fuerte, mulata y con los ojos más brillantes que vieran en su vida, desgranaba una canción de amor con la cadencia de su acento y la voluptuosidad de una voz que hacía temblar las copas. Y ¡cómo no!, la crisis de los cuarenta hizo que su marido se enamorara de la cantante, aunque la mujer no lo descubrió hasta más tarde.

Durante el día los niños jugaban en la playa. En los pequeños botes del complejo recorrían mares ignotos que su imaginación cubría de piratas y navegantes mercenarios. Ellos se tumbaban al sol o buceaban, competían en juegos organizados o intentaban aprender a moverse como solo puede hacerlo quien haya nacido allí. Y por la noche, a escuchar a Esmeralda. Al volver a la habitación, Carlos le hacía el amor de una manera que no había hecho antes, con una pasión desatada y juegos eróticos que a ella le hacían agradecer, una y otra vez, el clima del Caribe.

Transcurrida una semana, su marido empezó a ausentarse. Según dijo, se había apuntado a un torneo de golf y a otro de tiro con carabina. Ella lo hizo a una clase de buceo. Sin embargo, la pasión de las primeras noches se transformó en «estoy cansado», «me duelen las piernas de tanto caminar» o «tienes la espalda tan roja por el sol que me da miedo tocarte». Y la sensualidad de la primera semana desapareció.

Una noche en que bebió de más, la sed despertó a Marisa. Se dio cuenta de que estaba sola en la cama… Sola en la habitación. No encontró a Carlos en la terraza ni en la playa al pie de la misma. Se puso un vestido y salió en su busca. Lo encontró. Los encontró. Ellos, demasiado ocupados, no la vieron.

Durante los días siguientes, la imagen de los amantes retornaba una y otra vez a su mente, sin conseguir dilucidar qué debía hacer.

Un atardecer, mientras sus pies se hundían en la playa desierta, sintió que ese paisaje idílico iba desapareciendo. Ya no pisaba la arena, sino el suelo duro de un carrusel que avanzaba cada vez más rápido. Fuera, los personajes que habían formado parte de su vida la miraban desconcertados: sus padres, maestros, amigos… Todos aquellos que participaron en los sucesos predecibles de una existencia plácida le devolvían una mirada turbadora, como si no entendieran la situación.

Se sintió mareada, aturdida y confusa por esas imágenes. Entonces la vio. Vio a Esmeralda llorando bajo una palmera. La cantante levantó los ojos ante la sombra que proyectaba sobre la arena otra mujer hundida.

—No es importante. Ni para mí ni para él. Solo un rollo de verano—. Aclaró Esmeralda.

Marisa se sentó a su lado en silencio, con los ojos bajos.

—Para mí sí es importante. No sé qué hacer con este dolor.

—Guardarlo, querida. Como has guardado otros infortunios, de esos que solo aparecen en las pesadillas. No te preocupes, partiré esta noche después del espectáculo.

—Entonces, es importante para ti.

—Lo importante es no causar dolor ni ser la responsable de la destrucción de una familia. Y no creas que lo hago solo por vosotros, es por el karma. No quiero empezar mal—. Esmeralda se secó las lágrimas y sonó la nariz antes de continuar.

—Tengo proyectos, ¿sabes? Quiero ser una intérprete de verdad, no la que entretiene a turistas. Quiero empezar una vida nueva, una decidida por mí, no por las circunstancias de mi lugar de nacimiento, del color de mi piel o los deseos de mi familia. Por eso me iré.

—¿A dónde?

—A Estados Unidos, supongo. Allí hay certámenes y, si logro superarlos, conseguiré mi objetivo.

—Te ayudaré. Tengo un primo que es representante de artistas en Los Ángeles. Hablaré con él.

—¿Un quid pro quo?

—Algo así.

Sin embargo, Esmeralda partió antes del espectáculo, no sin dejar una nota con sus señas y recordándole su promesa. Y la joven esposa cumplió. El resultado estaba en ese correo electrónico.

Ya estamos en paz, se repitió Marisa.

© Liliana Delucchi

Osadía

Marieta Alonso

Me gusta el mar y a la vez me da miedo. ¡Es tan grande! Me gusta sentarme algo alejado de la orilla, saborear el agua salada y que las olas bañen mis pies. Me gusta que mi padre me siente sobre sus hombros y se adentre un poquito, no mucho, en el mar grande. Siento pavor ver cómo el agua tapa sus pies y luego llega a su cintura. En ese momento abrazo su cabeza y me pongo a chillar.

Mis papás quisieron que fuera a un curso de natación. No dije nada, solo miré a la princesa que enseñaba a nadar y se me cayeron dos lagrimones. Me secó las lágrimas, me dio un abracito, y como por arte de magia puso ante mis ojos unos trozos de papel… Sentado en una hamaca hice barquitos para echarlos al agua y se llevaran muy lejos mis lágrimas. No sé qué diría a mis padres, pero cuando vinieron en mi busca habían decidido que ya aprendería cuando fuera mayor.

Soy un cobarde. Lo sé. A veces siento que ser tan asustadizo me impide hacer cosas. Querría ser valiente y enfrentarme a esos compañeros de clase que me llaman cuatro ojos. No puedo.

Ahora estoy de vacaciones. Me siento feliz jugando con la arena, hago muchas cosas que llaman la atención: castillos, puentes, cocodrilos, peces. Mi mamá afirma que cuando sea mayor seré un gran arquitecto, o ingeniero de caminos, o…

Acabo de conocer a un niño. Es un poco mayor que yo. Preguntó mi nombre y me dijo el suyo, Rodrigo, sin esperar a oír el mío. Luego tomó mi mano y me llevó al mar pequeño, a ese que se forma tras las rocas cuando las olas llegan hasta allí. Muy decidido entró hasta la mitad y me animó a seguirle. El agua le cubría los tobillos y pensé que con tan poca no me ahogaría. Dijo que íbamos a jugar a la guerra y comenzó a salpicarme, y yo a él, y de nuevo él a mí, y no tuve miedo. Pero cuando una ola saltó las rocas y me empapó de la cabeza a los pies, quedé petrificado.

Muy serio, Rodrigo opinó que había que demostrarle al mar grande que éramos unos valientes. No me tenía que preocupar si me acobardaba un poquito al primer intento, era lo normal y también aseguró que al miedo se le vencía no haciéndole caso. Eso se lo había garantizado su abuelo. Era un sabio.

Mientras hablaba, sentí un ardor en el estómago, un temblor en las rodillas, y el pestañeo anunciador de llanto. Mi madre, al ver mi expresión, le dio un toque a mi padre para que se acercara.

En ese mismo momento mi amigo me levantaba el brazo instándome a imitar a mi héroe favorito, porque había que arriesgar siempre, afirmó. La cara de Rodrigo me recordó a Spiderman. Creo que esto fue lo que me impulsó a mirar hacia las nubes, al horizonte, a las olas y a gritar:

¡Vayamos al mar grande!

© Marieta Alonso

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Casetas de playa

15 julio, 2022 por Akelarre 6 comentarios

Casetas de playa

Casetas de playa

Hay diversas versiones sobre el origen de estas populares casetas que se construyeron a mediados del siglo XIX. Se usaban de trastero para que los pescadores guardaran sus utensilios de pesca o bien como refugio para los bañistas que huían del sol o querían intimidad.

Santander fue la primera ciudad que anunció en los periódicos los baños de mar, también llamados entonces baños de ola o de oleaje. La reina Isabel II inició la costumbre de estos baños aconsejada por los médicos, quienes veían muchos beneficios terapéuticos en el agua de mar.

En la actualidad, y debido a la masificación del turismo, son pocas las playas que conservan esas casetas. Sin embargo, su magia ha despertado la fantasía de nuestras escritoras, situando en una de ellas el origen de una historia de amor; las actividades detectivescas de dos jóvenes amigos; la de una joven esposa que, harta de la lluvia, regresa al sol, o la renuncia a una gran pasión en pos de lo correcto.

Renuncia

Cristina Vázquez

Un rayo de sol

Malena Teigeiro

Los detectives

Liliana Delucchi

Agua salada

Marieta Alonso

Renuncia

Cristina Vázquez

Las tardes se iban acortando y el olor a humedad del aire presentía el otoño ya cercano. A Emma siempre le entristecía el final del verano, pero aquel año no era tristeza lo que la embargaba, sino más bien la conciencia de una plenitud vivida y enterrada para siempre.

Habían pasado treinta años y volvía otra vez al mismo lugar. Le resultó difícil ubicar lo que veía con el trazado que preservaba en su cabeza, casi como un lugar sagrado, el santuario de su memoria, se decía con cierta pretensión. Su recuerdo era el de una playa solitaria cercada de dunas que se transformaban de un año a otro por efecto de los vientos invernales, y un pueblo pequeño. Pueblo tranquilo que se reanimaba en verano con apatía, sin voluntad de que la llegada de los veraneantes alterara su ritmo cotidiano. Siempre pensaba que en invierno debía resultar abrumador, con la luz tamizada por nubes grises, vientos feroces y el mar, espejo de ese cielo, embravecido y oscuro. Por eso la proximidad del otoño la entristecía como presagio de lo que iba a venir.

Había vuelto por circunstancias ajenas a ella, y aunque al principio se resistió no le quedó más remedio que aceptar ir, necesitaban su firma para la venta de la casa de la playa. Decidió recorrer el paseo que solía hacer por el camino que aún hoy no se había borrado y llevaba hasta lejanas dunas que fueron su refugio muchas veces. Al ir avanzando en una especie de remembranza enterrada durante treinta años, distinguió a lo lejos, en la playa, las casetas de baño que seguían erguidas con sus alegres colores, y algo en ella se fue derritiendo en una mezcla de felicidad y melancolía.

Ese verano, que para ella terminó siendo el verano en el que su vida se decidió, estaba asociado a las dunas y a esas humildes casetas de baño que se convirtieron en asideros de su felicidad. El olor del mar mezclado con la madera, la intimidad que prometían, la oscuridad velada al entrar en ellas, todo eso permanecía inalterable en su recuerdo.

La aparición de Karl, el amigo de su marido que acababa de volver del extranjero y ella no conocía, fue inesperada y algo confusa. La sorpresa de Ema al ver a ese hombre alto, vestido con inapropiado traje oscuro para el lugar y el pelo abundante y rubio despeinado por el aire, esperando a la entrada de su casa, le hizo pensar en alguien confundido.

—¿Vive aquí el doctor Bauer? —más que preguntar parecía disculparse—. Soy Karl Alder.

Tardó un momento en asimilar ese nombre con el del querido amigo tantas veces nombrado. Tras un momento de silencio, Ema le hizo pasar a la casa. Llevaba de la mano a su hijo que se acercó al desconocido con inusual familiaridad. Le introdujo en el pequeño salón en el que se abría un ventanal sobre la playa. Parecía que el mar tuviera voluntad de entrar en él. No olvidaría nunca ese momento. Al sentarse para cumplir con las formalidades de la hospitalidad, un inesperado silencio se apoderó de ellos. Se miraron con pareja inquietud, igual que si una descarga los hubiera inmovilizado. Tardó en salir de esa especie de trance en el que se habían sumergido.

—Mi marido tardará unos días en volver —dijo al fin con voz titubeante—. Ha tenido que marcharse de forma inesperada por una urgencia en el hospital.

Él cabeceó asintiendo y se disculpó. Eran tan difíciles las comunicaciones que no había podido concretar la fecha exacta de su visita, pero le extrañaba que André no le hubiera avisado de su posible llegada, concluyó azorado e hizo un gesto de marcharse. Ella le aseguró que era bien venido y que estaba segura de que su marido no tardaría mucho en regresar. Le recomendó un hotel.

—Por favor, vuelva a cenar —invitó animosa—. Es un pequeño contratiempo que no esté André, pero mi hijo y yo le esperaremos encantados.

Al cerrar la puerta, Ema intuyó una suerte de epifanía con la certeza de que su vida no sería nunca igual. Volvió para la cena. Iluminados por las lámparas de gas, aún no había llegado la electricidad a ese remoto lugar, hablaron, rieron y la felicidad brillaba en los verdosos ojos de Ema y en la sonrisa de él. Sin necesidad de decirse nada, comprendieron la devastación que esta atracción podía significar. Al despedirse, Karl preguntó si se marchaba o quería que se quedara. Ella le pidió que no se fuera, por favor, quédate conmigo.

Esa semana, hasta que volvió André, pasearon entre las dunas, se bañaron en el austero mar y se besaron. Sabían que el amor que de esa manera arrolladora les había envuelto, se quedaría circunscrito a ese tiempo. No querían traicionar el matrimonio ni la amistad. Y así fue. Pensaron que, pese al dolor de su separación, habían sido unos privilegiados.

Cuando llegó André su alegría por reencontrar al amigo se sumaba a la bendición de su familia, así lo aseguró. Pese a su insistencia para que Karl prolongara su estancia, él adujo que le resultaba imposible permanecer más tiempo. Sí, volvía al extranjero, había desechado regresar a su país.

Tardó un tiempo en recuperarse de la partida de Karl, tiempo que dedicó a su hijo, a dar largos paseos por los mismos lugares que había recorrido con él, y a refugiarse en la caseta cuando el mundo a su alrededor se volvía irrespirable.

Y ahora, treinta años después, volvía al mismo lugar y una dulzura largo tiempo olvidada, se apoderó de ella. Se sentó en la arena húmeda, apoyada en la pared de una de las casetas y aspiró el olor del mar. Fue muy feliz. Golpeó con los nudillos la pared de madera y en un susurro dijo. Gracias.

Nunca más supo de Karl. En su corazón permanecía joven, amado y con el pelo revuelto por el viento.

© Cristina Vázquez

Un rayo de sol

Malena Teigeiro

Desde que contrajeron matrimonio, Manuela vivía con Berty en Devon. Se habían conocido en la playa de Isla Canela, en Huelva, justo al lado de la frontera portuguesa. Sobre la dorada arena y con alegría contagiosa, Berty le hablaba de su hermosa playa inglesa, Bantham, decía que se llamaba. Y dejando escurrir entre los dedos la dorada arena, añadía que la de él era finísima y muy blanca, y que estaba rodeada de dunas en las que crecían verdes juncos. Concluía contando que en ella había tres casetas de madera pintadas de blanco y azul y que en una servían el té.

Nunca supo Manuela si su amor por el joven Berty surgió por lo romántico que le parecía tomar el té en una mesita de hierro delante de la caseta de la playa, o quizá fuera su cabello rubio y su hablar zarrapastroso, lo que la atrajo con locura. Durante su noviazgo de largos paseos por la playa de Isla Canela, entre risas y besos, Manuela le oía hablar de su país, con brumas que te envolvían como suaves sedas, acantilados blancos, y verdes e inmensos praderas. Te gustará, le decía soñador acariciándole la mejilla. Aunque tenía que reconocer que nunca le habló del color del mar ni del sol al atardecer.

También le recitó una y otra historia sobre su muy antigua familia, por cierto, de apellido impronunciable, a la que ella ansiaba conocer. De su hermana, casada y con tres rubios y adorables hijos, de su padre, siempre con la nariz entre viejos papeles familiares y libros de cuentas de la administración de la finca. De su madre nunca le habló, cosa que le extrañaba, aunque no mucho. Ella también se llevaba mal con la suya. Y todavía la aborrecía más desde que pretendía impedirle que saliera con aquel que había llegado «de no se sabía dónde», decía con rostro avinagrado,

Así, cada día más enamorada, aunque solo habían pasado los tres meses de verano desde que lo vio por primera vez, decidió contraer matrimonio con Berty antes de que él regresara a Inglaterra. De viaje de novios volarían al aeropuerto de Exeter. Hubiera preferido pasar unos días en Londres, pero él tenía prisa por volver a su casa para que sus padres pudieran conocerla. Y se conformó. Ya lo visitaría, se decía para sí soñadora. Tenían whoooole life para hacerlo, le susurraba al oído arrastrando las oes. En el fondo le hacía ilusión que aquellos ancianitos, padres de su marido, tuvieran tanta ansia por conocerla. Sin duda su edad había sido el motivo por el que no asistieron a la boda. A Manuela no se le pasaba por la cabeza que pudiera haber otra causa, y recordaba el rostro feliz de sus padres bailando por soleares en la fiesta del cortijo.

¡Qué romántico es todo por aquí!, le escribió días más tarde de su llegada a su hermana con las manos metidas en unos gruesos guantes de lana. Continuó contándole que uno de los ayudantes de la familia de su marido les había dejado el coche de Berty en el parking del aeropuerto. Era un divino Morgan verde, con tapicería de cuero beige. Entrar en él no le resultó fácil, y como puedes suponer, le relataba con su perfecta letra de colegio de monjas, el equipaje no cabía en el exiguo maletero, por lo que tuvieron que dejarlo en consigna hasta que alguien de la casa lo fuera a recoger.

Al llegar a la mansión de la familia, en las afueras de Bantham, un pueblecito con apenas unas casas y alguna nave industrial, se sorprendió. Sin duda aquella casa y su familia debieron haber sido muy importantes, pero ahora a Manuela le dio la sensación de que las piedras de aquella mansión iban a irse al suelo de un momento a otro. Tampoco tenían calefacción, y como continuaba sin llegar el equipaje, tuvo que seguir vistiendo los mismos vaqueros, y algunos viejos cárdigans de su marido. ¿Imaginas lo que diría mamá si supiera que llevo todos estos días sin cambiarme de ropa y lavándome como los gatos?

A pesar de todo, su ansia por conocer aquello de lo que tanto le había hablado Berty no disminuyó. Y juntos fueron a la playa. Tenía verdadero deseo de tomar una taza de té con aquel bollo tan típico. Al acercarse a las casetas descubrió que no solo no podría tomar su taza de té, sino que de aquellas románticas casetas pintadas de azul y blanco de sus sueños, apenas quedaba la estructura.

Pasaron quince días sin que nadie fuera al aeropuerto a recoger su equipaje, por lo que decidió ir ella. En un cuatro por cuatro, igual de antiguo que todo lo que la rodeaba, llegó al aeropuerto. Recogió sus maletas de la consigna y justo cuando de nuevo se encontraba abriendo la puerta del viejo coche, vio salir un avión. Estaba pintado de plata y un rayo de sol, el único que había visto desde que llegara a aquella isla, lo hacía brillar como una joya. Se detuvo un instante. Con una alegría que casi le rompía el pecho, se dio la vuelta. Entró en la terminal y se dirigió a los mostradores. Compró un billete para Sevilla, el aeropuerto más cercano a su querida Huelva, y volvió a facturar su equipaje.

Antes de embarcar, se sentó a escribir:

Mi amado Berty:

Quizá no sepas que la bruma que nos envuelve como la seda, está hecha girones. La blanca y fina arena se encuentra sucia y llena de charcos. El delicioso té que servían en las casetas sin duda se lo han debido beber las gaviotas. La lluvia no me permite pasear por los verdes prados, y la casa nos va a enterrar a todos de un momento a otro. Y por si fuera poco, tu padre, bastante más joven que el mío, tan solo me sonríe. Muy amable, eso sí. Tu madre ni me saluda, y los criados tampoco me dicen nada, quizá porque no hablo inglés. ¡Ah!, se me olvidaba. Comprendo perfectamente que tu hermana no quiera volver a pisar esa agradable y hermosa mansión.

Mi amor, te espero bajo el dorado sol de mi hermosa playa de Isla Canela, donde tan felices fuimos. Y si lo que no te gusta es vivir en España, con tal de hacerte feliz no me importaría que nos trasladáramos a un país extranjero. Por ejemplo, a El Algarve Portugués.

I love you,

Manuela

© Malena Teigeiro

Los detectives

Liliana Delucchi

No se esperaba semejante tormenta, inusual en aquella época del año. Aunque casi todos los visitantes habían abandonado el lugar, los padres de Lucille y los míos apuraban las vacaciones hasta principios de otoño. Durante ese tiempo disfrutábamos con largos paseos por la playa y algún que otro baño ocasional cuando los mayores no nos veían.

Mi amiga nunca quiso decirme cómo consiguió la llave de la caseta de la administración. La cuestión era que la tenía y nos refugiábamos en ella en medio de colchonetas apiladas, sillas y algún traje de baño roto.

Sentados detrás de la ventana de la taquilla, limpiábamos con el aliento y los puños de los jerséis, los cristales para ver qué acontecía más allá de nuestro escondite. Poníamos nombres a los perros que hurgaban en la arena, a los ciclistas que se atrevían a desafiar al viento del norte o a las señoras con los tobillos sumergidos en el mar. A todos ellos les inventábamos una historia que más tarde tratábamos de corroborar en el pueblo, como verdaderos Sherlock Holmes. Lo que nunca imaginamos fue que nuestra actividad detectivesca nos llevaría tan lejos.

Esa tarde entramos en la caseta más para resguardarnos de la lluvia que para dar rienda suelta a nuestra imaginación, sin embargo, los acontecimientos superaron las quimeras.

A pesar de que el agua caía como en el Diluvio Universal, vimos a la señora Dupuis, con impermeable y gorro amarillos, caminando por la orilla del mar en dirección sur. Lucille pensó en avisarle que podía refugiarse con nosotros, pero cuando iba a abrir la puerta de la caseta, vimos a un hombre desconocido envuelto en una capa negra quien, cogiéndola por detrás, la abrazaba. Ella se resistía, empujándolo con fuerza. Corrió, pero el individuo la alcanzó llevándola hasta las rocas.

La secuencia nos dejó petrificados y sin habla. Al intentar recrearla nos dimos cuenta de que no pudimos verle el rostro. Ni el pelo. ¿Cómo diríamos a la policía si era rubio o moreno, si tenía alguna cicatriz en la frente o era cojo? Bueno, cojo no era. Todo ocurrió tan rápido que no nos dio tiempo a nada. ¡Menudos investigadores!

Nos quedamos un rato más dentro del escondrijo, escuchando los lamentos del viento colarse por las rendijas y esquivando los goterones que caían por el techo agrietado, a la espera de algún suceso para ponernos en marcha y averiguar lo acontecido. Mi mente recreaba escenas que había visto en una peli de terror… No me animé a contársela, por aquello de que los hombres debemos… Somos más fuertes.

Ateridos de frío y bastante mojados, dejamos el lugar y, sorteando charcos, volvimos a casa, no sin antes prometer que nada diríamos a nuestras familias sobre el inicio de esa historia de misterio en la que nos vimos envueltos. Y no lo hicimos.

Al día siguiente nos encontramos después del desayuno para iniciar nuestra pesquisa en casa de la señora Dupuis. Llamamos a la puerta con golpes cada vez más fuertes y rodeamos la vivienda por ambos lados. A pesar de colarnos en la caseta de herramientas y peinar cada brizna del jardín, ni ella ni su familia dieron señales de vida. Ha desaparecido, dijeron nuestras miradas. Quizás esté muerta.

—Vamos a la morgue —no era una sugerencia, sino una orden impartida por la investigadora Lucille.

—No. Antes al hospital.

La empleada de ingresos no nos hizo caso. Después de preguntarnos hasta por nuestro ADN, solo nos dijo que allí no había llegado ninguna persona herida. La puerta de la morgue estaba cerrada con llave y el doctor Mathieu, el forense, deleitándose con sus croissants en el café de enfrente.

Decidimos ir a las rocas. Si había muerto era probable encontrar su cadáver allí o flotando en el mar. Bueno, flotando en el mar después de veinticuatro horas no era posible.

Los rasguños en las piernas llamaron la atención de nuestros padres, a quienes dimos una explicación que seguramente no creyeron. Debíamos volver, pero ¿a dónde?

A la caseta. Montaremos allí nuestro cuartel general. Hemos de llevar provisiones para pasar la tarde y quizás alguna manta por si hace frío. No en vano yo era un asiduo del cine negro y de aventuras.

Antes del anochecer abandonamos nuestro refugio y volvimos a las rocas. Deshicimos el camino por la orilla, pero la marea había borrado cualquier tipo de huella de la señora Dupuis y el supuesto asesino.

Cuando Lucille sugirió que fuésemos a la policía, le respondí «De ninguna manera, el caso es nuestro». Los dos días siguientes los pasamos recorriendo el pueblo, las casas y casetas de la playa, orillas del río y merenderos cercanos. Nada.

Leíamos los periódicos, anuncios, letreros y todo aquello que pudiera darnos un indicio del paradero de lo que ya estábamos seguros sería un cadáver. Uno reticente al parecer.

La respuesta llegó cuando acompañé a mi amiga a la estación de autobuses a esperar a su abuela que llegaba de París. La primera persona en descender del vehículo fue la señora Dupuis, seguida de un señor muy alto. Nos lo presentó como su hermano, quien la había salvado de la granizada de aquella tarde de tormenta, empujándola hasta la cueva de las rocas donde se refugiaban de niños.

A pesar de nuestro primer fracaso, Lucille y yo no cejamos en nuestro empeño. Hoy ella es una reconocida escritora de novelas de misterio y yo inspector jefe de homicidios.

© Liliana Delucchi

Agua salada

Marieta Alonso

Era un atardecer de otoño tan hermoso que hacía soñar y se dejó caer en aquella alfombra de arena. Con ojos desorbitados vio aparecer en la orilla a un delfín moribundo, justo en el momento que llegaban los cuatro amigos. No perdieron tiempo. Dos de ellos se fueron en busca de los vigilantes que de inmediato tomaron las medidas necesarias para salvar a ese mamífero con tanta fama de inteligente.

Llegó la calma y, aunque el aire afilado les cortaba la cara, se metieron en el agua. Así un día y otro también, aunque lloviese, tronara o cayeran relámpagos. Solo una vez dejaron de hacerlo, un ciclón se lo impidió. No eran de mucho hablar y se despedían con una palmada de amistad. Los sábados se ponían de acuerdo en reencontrarse a la hora de la siesta para jugar al dominó, luego a nadar, y los domingos por la mañana se divertían en el frontón y por la tarde al baile después de la zambullida.

De una de esas casetas que había en la playa vio salir a la chica de sus sueños. Trabajo le costó conquistarla, aunque al fin lo logró. Tuvo una gran suerte. A ella también le gustaba nadar a diario, se unió sin poner pegas al grupo de amigos. Pasó el tiempo de noviazgo, llegó la boda y a los hijos que vinieron uno detrás de otro les inculcaron la pasión por el mar.

Era de esos hombres, comentaba su mujer, que «razonaban con el corazón». Siempre con su familia, con sus amigos, con su rutina. La economía familiar no era muy saneada, por lo que practicaban el método del sobre: uno para el alquiler, otro para la luz, otro para el gas…, los céntimos que encontraba en el bolsillo se los daba al primer mendigo que encontraba en la calle. Era su buena acción al comienzo del día.

Hoy faltó a su cita de la playa. Se fue sin decir adiós a las olas, a las rocas, a las casetas, sin dar lugar a un abrazo de «hasta luego».

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La bicicleta

15 junio, 2022 por Akelarre 3 comentarios

Bicicleta en un desván

Bicicletas en un desván

Esta foto fue sacada de una casa en Normandía. No creo que se pueda decir nada en concreto de ella, solo significa la representación de esas dependencias que se quedan como trasteros.

Son lugares donde el tiempo se refugia manifestado en objetos diversos y crea en los propietarios una cierta culpa, un cierto desaire por ir dejando que se pueblen de cosas que no sabemos qué hacer con ellas y, a la vez, tampoco somos capaces de desprendernos.

Revolver estos sitios atrae recuerdos felices, sorpresas, curiosidad y también desata la imaginación de posibles situaciones asociadas a ellas, como en este caso a nuestras autoras que han contado historias de un artista que desea recuperar algo de su pasado; los recuerdos que despierta un cumpleaños; el anhelo por vivir en la casa soñada o los mágicos secretos guardados en un desván.

¡Qué bello recuerdo!

Cristina Vázquez

La casa de los ceibos rojos

Malena Teigeiro

Secretos mágicos

Liliana Delucchi

Aquellos tiempos

Marieta Alonso

¡Qué bello recuerdo!

Cristina Vázquez

El último visitante que se demoró después de la hora de cierre de la galería preguntó por el cuadro de las bicicletas. Era una mujer de estatura mediana que, sin llegar a gorda, tenía una constitución fuerte. El pelo rubio, algo descuidado, le daba un aire bohemio que contrastaba con la elegancia desgastada de su ropa. Mabel que gestionaba la venta de cuadros de la exposición le preguntó, como exigía Frank, si podría reconocer el lugar que representaba el lienzo.

—Nunca pensé que había que jugar a las adivinanzas para comprar un cuadro—su tono sonó impertinente.

—Lo siento —sonrió amable la vendedora—, pero es una exigencia del autor.

La mujer se dirigió a la salida con paso lento. A lo mejor hubiera estado dispuesta a pagar el doble, afirmó dándose media vuelta, pero le disgustaba el reto infantil de obligar a reconocer el lugar. En su tono brillaba una mezcla de sorna y desaliento. Se detuvo.

—Claro que sé dónde es.

Se subió el cuello de la gabardina y cerró la puerta de la galería con cierta violencia. Mabel vio cómo desaparecía pegada a la pared en la lluviosa tarde. ¡Qué persona tan desagradable!, ojalá no volviera. Mientras terminaba de recoger se le venía a la cabeza la intensidad de la clienta al observar el cuadro, e intuyó que podía ser a quien durante tanto tiempo Frank había esperado encontrar. Aunque le resultara extraña y antipática, con suerte, podía ser de una puñetera vez la persona esperada. Era una pesadez decir una y mil veces que ese cuadro solo se vendía bajo esas circunstancias y el autor se empeñara en colgarlo en todas las exposiciones.

Antes de irse, Mabel le llamó para darle cuenta de cómo había ido el día, los cuadros vendidos y la aparición de esa mujer que estaba interesada.

—Descríbemela —fue la reacción de Frank, alarmado.

Así lo hizo y él no paraba de recabar detalles. ¿No había podido enterarse del nombre, ni la dirección? ¿Se fijó si tenía una cicatriz en la frente? Tras un silencio empezó a hacerle algunas preguntas más que la chica fue incapaz de contestar. A partir de ese día, Frank decidió que pasaría todo el tiempo posible en la galería con la esperanza de que volviera. Era la primera vez, después de muchos años, que confió en que por fin fuera ella.

Esa noche, inquieto, volvió a pronunciar su nombre. Amina. Con una mezcla de esperanza y temor empezó a pensar que había sido un infantilismo, una romántica estupidez el dejar ese cuadro en todas las exposiciones como un juego de pistas, pero era una especie de homenaje a ella, a sus recuerdos.

Ese cuadro en realidad era una ilusión, la foto fija de unos años de su vida, los veranos de Normandía en la casa familiar. Representaba el cuarto de una dependencia alejada de la casa principal, donde se terminaron guardando cachivaches, bicicletas y herramientas en desuso. Fue el lugar mágico de la infancia y de su primer amor. Amina.

Ella iba a pasar el verano en la propiedad cercana de sus tíos. Era una niña que se mostraba solitaria y altiva, pero desde pequeños se enlazaron en una amistad que desembocó en un amor adolescente, lleno de promesas y planes de futuro.

Le sobresaltó la precipitada entrada de Mabel en el despacho de la galería.

—La señora ha vuelto y quiere verle.

—Hágala pasar.

Se apoderó de él un nerviosismo que le llenó de vitalidad. Cuánto tiempo hacía que no se sorprendía por ninguna emoción, y se dejó llevar para disfrutar su pulso acelerado y el temblor en las manos. Amina. No quiso pensar ni por un momento en la posibilidad de una decepción.

Al abrirse la puerta apareció una mujer robusta, de edad incierta, que caminaba con pesadez.

—¿Amina? ¿Eres Amina? —su voz titubeante delataba su incredulidad.

Ella levantó la cabeza y sus ojos traslucían inexpresividad. Sí, claro, si no ¿cómo iba a reconocer el cuadro? Se sentó frente a él con la mesa entre ambos.

—Menuda tontería de pregunta — su tono era despectivo.

Frank se acercó para darle un beso, expresarle la espera, la ilusión que había significado en su vida poder volver a verla. Ella permanecía con las manos en los bolsillos y la mirada fija en un punto sin interés. Al aproximarse pudo apreciar la pequeña y enrojecida cicatriz de la frente y que desprendía un ligero olor a comida, quizás a cebolla. Lo pensó mientras trataba de reconstruir la imagen de la altiva, frágil belleza de pelo ondulado con esta mujer sólida e indiferente. Intentó preguntarle por recuerdos comunes, por momentos y promesas a los que ella contestaba con un simple cabeceo.

Todo era muy bonito entonces, respondió levantándose, pero ya casi se le había olvidado y quería comprar el cuadro para guardarlo.

—Mi marido es un hombre bueno, pero un poco bruto —Frank se fijó que unas manchas oscuras salpicaban el dorso de sus manos gruesas—. Y no quiero que sigas con esta tontería y se vaya a enterar.

Iba a pedirle a la señorita que se lo envolviera para llevárselo. Sentía que no se hubiera casado ni tuviera hijos, continuó igual que si soltara un repertorio conocido o la lista de la compra. Esperaba que no fuera por culpa de ella. Algo parecido a una sonrisa atravesó su cara, pero pintaba muy bien. Observó que le faltaba un colmillo, por eso quizás no sonreía más, concluyó Frank.

—Nunca creí que triunfaras —Amina le miró con cierta expresión aborregada—. Entre otras causas, por eso me marché. ¡Dabas una lata con eso del arte!

© Cristina Vázquez

La casa de los ceibos rojos

Malena Teigeiro

La aldea en que Cibrán y Marina habían nacido se encontraba en lo alto de una montaña de Lugo. Y al igual que todas las de la comarca, las casas eran de piedra, con tejados de brillante pizarra que llegaban casi hasta el suelo. Lo único que la diferenciaba de las otras del concejo era que tenía correos, médico y farmacia.

Por las calles de barro y piedra de su aldea, Cibrán y Marina jugaron desde pequeños, por esas mismas calles se hicieron novios, y en ellas también forjaron un sueño: Contraer matrimonio y quedarse a vivir en la aldea para siempre.

Una tarde en que Cibrán, aquejado por un catarro, se acercó a la farmacia, comenzó a charlar con el dueño. El farmacéutico era un hombre mayor con deseos de jubilarse, pero que no lo hacía por no dejar a todos los vecinos de la comarca sin nadie que los atendiera, le comentó envolviendo un frasco de pastillas. A la mañana siguiente, el joven volvió con la idea de conversar con el farmacéutico. Como fuera, tenían que llegar a un acuerdo que fuera bueno para los dos, se repetía una y otra vez por el camino.

Sí. Tenía que conseguir que don Honorio lo esperara. Total solo eran dos años más de lo que le correspondía para jubilarse. Eso sí, mientras tanto, le prometería que durante sus vacaciones de verano, ellos se quedarían en la aldea atendiendo la botica.

Concertado el acuerdo, los jóvenes volvieron a Santiago y finalizaron sus carreras en Fonseca. Y juntos, cada verano, regresaban a su aldea para suplir la ausencia de don Honorio. Durante aquellos meses veraniegos, juntos también, paseaban por los alrededores de la aldea. Así fue como descubrieron la abandonada finca del indiano.

Casi sin esfuerzo, pudieron abrir la verja de flechas de hierro ya oxidado. Separaron zarzas, saltaron sobre ramas caídas, y pasearon por el completamente abandonado parque hasta encontrar el camino de entrada que en sus tiempos debió de ser de tierra. Plantados a ambos lados, entre matas, enredaderas y helechos, se erguía una hermosa palmera real y seis frondosos ceibos rojos. Sobre estos últimos, luego supieron que habían llegado desde Buenos Aires. Al fin llegaron al pie de los escalones de la puerta de entrada principal de la abandonada casa, un chaparro edificio de tres plantas, con una esbelta torre en el costado derecho. La puerta de entrada de aquella torre era casi más importante que la de la propia casa.

Cuando por la noche les hablaron a los padres de ella del interés de ambos por aquel edificio, se enteraron que lo había construido don José Lizán, un vecino del lugar, que había hecho fortuna en la Argentina. Sí, ése al que representaba el busto de piedra del jardincillo que estaba delante de la iglesia, comentó la madre de Marina. Al parecer, nunca se había casado ni tenido hijos. También les contaron que al parecer  el hombre había convivido con una india. Y bajando el tono de voz hasta casi un susurro, añadieron que se decía que aquella india era bruja. Según hablaban algunos, la mujer, a sabiendas de que cuando él volviera a su querida tierra ya nunca regresaría a Buenos Aires, le había dado una pócima que lo hizo dormir a su lado hasta que falleció. Así pues, la casa nunca estuvo habitada, y jamás se abrió, exclamó el padre de Marina dando una palmada en la mesa.

Con la firme decisión de que fuera su hogar, los muchachos comenzaron a indagar, casi como auténticos policías, hasta que se enteraron de que ahora pertenecía a unas monjitas, herederas de don José Lizán, quienes ni tan siquiera conocían su existencia. Sin mucho esfuerzo, ni mucho precio, y de nuevo con la ayuda de sus familiares, la compraron.

Al volver del notario, con la inmensa llave de hierro entre los dedos, Cibrán y Marina se dirigieron a su recién adquirida casa. Protegidos por la sombra de los ceibos rojos llegaron hasta los cinco escalones de la entrada. Abrieron la puerta y sin soltarse de la mano recorrieron el edificio. Descubrieron que la casa se encontraba en perfecto estado, casi como si esperara la llegada de su dueño de un momento a otro. Recorrieron las estancias descubriendo los muebles cubiertos por paños llenos de polvo, retiraron algunas alfombras roídas por ratas, y sacudieron las lámparas con los cristales enredados en telarañas. En cambio, al abrir la puerta que daba a la escalera de caracol de la torre vieron que se encontraba limpia, como si alguien subiera y bajara por ella con asiduidad. Marina, siguiendo a Cibrán, subió por ella. Ya en la parte alta, en lo que debía haber sido la biblioteca, apenas quedaba un trozo de suelo cubierto por la antigua tarima y unas cuantas vigas soportando el techo. Debajo de la ventana, desde la que se veía el rio, los montes y los prados que rodeaban la finca, había una bicicleta.

Aunque no se pudieran imaginar cómo esa bicicleta llegó a subir por las estrechas y empinadas escaleras del torreón, lo que más les sorprendió fue que la cadena estaba perfectamente engrasada y el cuero del sillín limpio y brillante, lo que demostraba que su uso era habitual.

Al día siguiente, una cuadrilla de albañiles tapió la puerta de entrada al torreón desde el interior de la casa, y otra de jardineros limpió con exquisito celo el camino enfilado por los mágicos ceibos rojos.

Ellos desde el mismo instante en que abandonaron la torre, habían decidido que el ánima de don José Lizán, el indiano que tanto había soñado con vivir en la casa que con tanto mimo y desde tan lejos se había construido, continuara disfrutando de la torre en donde sin duda vivía desde su fallecimiento.

© Malena Teigeiro

Secretos mágicos

Liliana Delucchi

María no era como las demás. De todos los amigos que mis hermanos invitaban a nuestra casa de verano, ella era diferente y no lo digo solo por ser la única entre los mayores que me hacía caso. Su andar era ligero, como si sus pies apenas rozaran el suelo, el movimiento de sus brazos, similar al de las bailarinas que vuelan por el escenario y su sonrisa… Cálida, amable y perenne.

Llegó una tarde de junio, con apenas una maleta, sus telas y pinceles. Yo estaba sentada en el porche, lejos del corro integrado por mi familia y las visitas, tratando de dilucidar si la luz que se colaba entre las ramas del nogal formaba la cara de un felino, de un ratón o de esa chica ñoña cuyo nombre no recuerdo, con la voz aflautada y palabras sin sentido. María se unió al grupo y, después de una taza de té, se acercó a mí. Compartimos el atardecer en silencio, como si el aire que nos envolvía fuera otro integrante del dúo que formábamos.

Después de cenar, dimos un paseo por el parque y la vimos por primera vez. Fue María quien señaló un grupo de magnolios.

—¿La has visto?

—Sí. ¿Tú también?

Me cogió de la mano y susurró que era nuestro secreto. Lo fue. El primero.

La mañana siguiente, cuando volvía de mi paseo con Jaime, el único niño de mi edad que había por los alrededores, la encontré en el parque, frente al atril, con su sombrero de paja, bosquejando los magnolios.

—No sabía que pintaras.

—Desde siempre. Deberías probarlo, es difícil atrapar un sueño.

—No fue un sueño. Yo la vi y tú también.

Me senté a su lado a contemplar cómo su mano daba forma a ese ser transparente que volaba entre las hojas. Después del almuerzo, cogimos las bicicletas y recorrimos los bosques aledaños, concentradas en el paisaje y los movimientos de los animales. Cuando le dije que me había parecido ver un duende, cambió de dirección y nos dirigimos hacia el lugar que le indiqué. No lo encontramos, sin embargo, al regresar a casa me sugirió que lo pintara. Sonrió ante mi mirada de sorpresa.

Instalamos nuestro taller de dibujo en la planta alta, donde hoy están las bicicletas que nos condujeron por los parajes mágicos en los cuales solo nosotras encontrábamos lo que nadie veía. Ahora, en medio de trastos y herramientas, tres de nuestros primeros bosquejos siguen pegados a una pared. Me acerco, los acaricio y me parece ver su eterna sonrisa a través de los cristales de la ventana.

María se fue cuando empezaron a caer las hojas. No llegó a ver el bosque amarillo y morado, ni sintió el viento que azotaba las ramas contra los cristales de este lugar que compartimos. El mismo que años más tarde fue testigo de mis escarceos amorosos. Encuentros y desencuentros con hombres cuyos nombres no recuerdo y cuya partida dejaba un regusto a melancolía y un vacío de desierto. Hasta que una siesta quiso poner una niña a mi soledad.

Mi bebé y yo partimos a la ciudad en busca de María. No había dejado de escribirme y fue fácil encontrar la tienda donde ilustraba los cuentos infantiles que ella misma escribía. A pesar del tiempo transcurrido, sus ojos, ya detrás de unas pequeñas gafas, mantenían el brillo de siempre y su abrazo nos rodeó con la calidez que necesitábamos. Me ofreció un té y preguntó por el nombre de mi pequeña.

—Hada —respondí con un guiño.

—Por supuesto. ¿Puedo ser su madrina?

© Liliana Delucchi

Aquellos tiempos

Marieta Alonso

Hoy me quedé pensando en la belleza escondida de las casas abandonadas y recordé el desván de mis abuelos, donde en un rincón aún está envuelta, con la lona verde de lo que fue una tienda de campaña, mi primera bicicleta. La que me trajeron los Reyes Magos cuando tenía siete años. Recuerdo aquella mañana en la que pedaleaba tan contento porque mi hermano mayor sujetaba el sillín para que no me fuera a caer. Las nubes lloraban a ratos, ni cuenta me daba. Que no tuviera miedo, me decía.

Hoy me quedé pensando en los huesos de fray Escoba, en las tetas de novicia ¡qué ricas!, llevaban anís, en las pelotas de frailes, en los mantecados hojaldrados de aquel convento de monjas al que mi madre llevó huevos para que no lloviese el día de mi boda. Los dulces los subían por el torno. Más de una vez, además del dinero, yo les dejaba gorriones, y eso que en aquel entonces no sabía que a estos pájaros curiosos y vivarachos, Galdós los comparaba con el jolgorio de los niños.

Hoy me quedé pensando que acabo de cumplir cien años. 100 años. Mi bisnieta ha puesto esos números que sirven de velas en la tarta que me ha hecho, que no es comprada, especificó. Y me quedé prendado de esos dos ceros, como si fueran dos ojos que me vigilaran para que no repitiera las travesuras cometidas a los siete.

Lamenté no tener la bicicleta a mano para frenar contra la tapia del castillo, o tal vez irme hasta el río a tirarle piedrecillas a los salmones que venían a desovar, o mejor aún, repetir la proeza de lanzar tan fuerte la pelota en aquel partido de fútbol que dio de lleno en la cabeza del alcalde. Lo dejó inconsciente durante unos breves minutos.

Suspiré.

Cuando no hay vuelta atrás de poco sirve el lamento.

© Marieta Alonso

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Perritos

15 enero, 2022 por Akelarre 5 comentarios

Perros English Springer Spaniel mirando por una ventana

Perros English Springer Spaniel

Este mes tenemos en la foto una preciosa pareja de perros English Springer Spaniel que se asoman curiosos a una puerta ¿Qué puede haber detrás? Un amor desmedido por estos animalitos que acompañan y reviven a quien los ama; el cariño de un perro que va más allá de la vida de su amo. En otro se cuenta la redención de un borrachín gracias a un esforzado chucho, y dos cachorros de guante blanco que trabajan por una buena causa remata los relatos que han inspirado a nuestras cuentistas estos simpáticos animales.

Su origen, como los demás Spaniels, se supone que es España, como su nombre indica. Es apreciado como excelente perro de caza en levantar y cobrar presas. De tamaño mediano, resulta fácil de entrenar y tiene un carácter alegre, inteligente y activo que lo hace un compañero cariñoso y cercano.

Amor perruno

Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

El tesoro escondido

Liliana Delucchi

El arte de ladrar

Marieta Alonso

Amor perruno

Cristina Vázquez

A Tania L. con cariño

Mi madre utilizaba el término PERRO para cuantificar y calificar muchas comparaciones: entre un viaje o un perro, entre un regalo o un perro, entre un niño o un perro… Siempre salía triunfante en la elección el perro. Daba igual que le fueras subiendo la oferta, un viaje a las islas del Caribe, un collar de brillantes, u otro niño como su adorado hijo Salva. Y solo en esa ocasión prefería otro niño.

También comentaba que lo único que no le perdonó nunca a su querida prima Verónica, fue que cuando tuvo que ir a vivir con ella por circunstancias familiares, no la dejó llevarse a su perrita. Y eso lo tenía clavado como una espingarda en su corazón. Lo único que la hacía desconfiar de ella, era que no quisiera a los perros.

Aunque a mi padre tampoco le gustaban, consiguió tener siempre uno o dos y una vez hasta trece, pues nos dejaba traer perros a casa y recogía a todo aquel que veía abandonado. Cuando enviudó tenía dos cachorros Springer Spaniel que le habían regalado, fuertes y briosos. Cuando iba a visitarla la encontraba en su taller de encuadernación con un perro a cada lado sentado en una silla. Antes de entrar oía el parloteo al que ya estaba acostumbrada. Siempre hablaba con ellos.

—Vamos niños, saludar a Laura, que hace mucho que no viene.

Después de mirarme por encima de las gafas y del humo de su pitillo, se alegraba tanto de verme, que exigía a los perros que fueran buenos y me dieran un beso. Luego, pedía a Romina, la señora que la cuidaba, algo de beber. Era para la señorita Laura, y mirando a los dos perros, añadía que yo era su hija, pero que no se preocuparan, tampoco iba a estar tanto tiempo.

Yo me sentaba conteniendo la irritación que me producía el pequeño dardo que siempre me lanzaba y la mayoría de las veces, como una suerte de venganza le preguntaba si sabía algo de mi hermano Salva.

—Está muy bien, me llama todos los días —mentía con desparpajo.

Claro, estaba tan ocupado con el alquiler de barcos si era temporada de verano, o con las clases de esquí en invierno. En primavera el trabajo era versátil de capitán de yate por unas islas o… Y ahí se abría una interminable exposición de ocupaciones diversas. Yo notaba su apuro, el esfuerzo por rellenar la inutilidad de la vida de mi hermano, el único ser al que al parecer no hubiera cambiado por un perro.

Al poco rato de estar mi madre enhebrando las fantásticas historias sobre Salva, los perros —llegué a pensar si los tenía amaestrados para desviar la conversación— pedían salir al jardín.

—Por favor, ábreles la puerta. Ahora que no estoy sola, ellos aprovechan para darse una carrera.

En cuanto pasaban unos minutos empezaba a preguntarme si los veía.

—Sí, mamá. De aquí no se pueden escapar.

Pero si venía alguien, entregaban un paquete o un despiste de Romina, entonces ¿qué? ¿Se podían o no escapar?

—Si no te importa levántate a ver si están y hazles pasar —este ritual se repetía con desesperante exactitud.

Al irme, no podía evitar echar una última mirada compasiva por esa mujer mayor sentada con un perro a cada lado, a los que empezaba a desgranar su dulce parloteo. Una dulzura que solo le había visto con ellos y con Salva.

Una madrugada recibí la apresurada llamada de Romina. Acababa de ingresar a mi madre en el hospital cercano, Santa Lucía, que fuera cuánto antes. Le había dado un ictus y estaba en la UVI. La vi desde la cristalera como si fuera un pez boqueando. Llamé a mi hermano al que tardé varias horas en localizar.

—Imposible, Laurita. Al menos tardaría un par de días en llegar —admitió contrariado.

Por favor que le informara con puntualidad de cómo iba evolucionando y si recuperaba la consciencia. En ese caso, su voz sonó aparatosa, haría lo que fuera por llegar. Las horas y los días fueron pasando, la llevaron a una habitación y el tiempo pareció detenerse con su inmovilidad.

La última noche de febrero, soborné con buenas palabras y conveniente cantidad al vigilante de guardia. Cogí a los dos perros y me colé sigilosamente con ellos al cuarto de mi madre. Los animalitos gimieron quedo y empezaron a lamerle las manos. Ella se removió y algo así como una sonrisa apareció en su cara. A la mañana siguiente despertó. Yo estaba a su lado, me acarició la mejilla y me dio unas gracias torpemente pronunciadas, pero llenas del amor que tanto tiempo me había negado. ¿Por qué? me pregunté con una mezcla de desolación y esperanza.

Cuando volvimos a casa los perrillos nos esperaban de pie en la puerta de cristal para darle la bienvenida.

© Cristina Vázquez

La espera

Malena Teigeiro

El día en que acompañado por sus padres, Tomás fue a la perrera y los recogió, los dos tuvieron la certeza de su mucha suerte. Aunque su madre protestara, desde la primera noche los tres durmieron en la misma habitación. Durante el día, el niño jugaba con ellos en el jardín. Incluso cuando estudiaba sentado a su mesa, les tiraba una y otra vez una pelota que ellos recogían y dejaban de nuevo encima del tablero. A los canes les gustaba su rutinaria vida: Sonaba el despertador, se levantaban los tres, él corría a abrirles la puerta del jardín… Y siempre, siempre, antes de que el autobús del colegio se detuviera delante de la casa, tenía unos minutos para jugar con ellos. Luego, lo miraban irse. Ellos moviendo el rabo y él agitando la mano desde detrás de la ventanilla. A partir de entonces, los dos andaban por la casa dormitando sobre los cojines o sobre las mantas que la madre de Tomás colocaba al pie de los sofás. Y así, hasta que se acercaba la hora en que el niño iba a llegar. Entonces era cuando de nuevo, lo esperaban detrás de os cristales, allí, en el mismo sitio en que lo despidieron. Y luego, al entrar en la habitación, mientras se quitaba los zapatos, a veces divertido, otras enfadado, casi siempre sin darle ninguna importancia, les contaba lo sucedido durante el día.

Así fueron pasando aquellos años en los que todos en la casa parecían ser felices, hasta que llegó el día en que Tomás terminó el colegio y con sus rizos de niño, entró en la universidad. Fue entonces cuando su padre se marchó. Ellos que percibieron su disgusto, intentaban distraerlo con sus juegos. Lo cierto fue que pocas veces lo consiguieron. Sin embargo, y a pesar del abandono de su padre, hubo algo que nunca cambió: Tomás seguía contándoles sus cuitas, sus deseos y avatares.

Tiempo después, los dos, pensando en cuando comenzó todo, llegaron a la conclusión de que un par de años antes de que dejara de ir a la universidad, algo había cambiado en su amigo. Como siempre, él seguía atravesando cada tarde el jardín, sin embargo, dejó de llamarlos para jugar. A Tomás, Tomi, como le llamaba la chica con la que salía, ahora también le gustaba la noche. Y poco a poco, su olor a infancia, a cacao y mantequilla, cambió y lo mismo que su amiga, comenzó a oler a tabaco y alcohol. Lo cierto era que ambos arrastraban un perfume a vino, a algo espeso que nunca lograron descifrar. Preocupados percibieron que su mirada carecía ya de su infantil alegría, y su rostro de joven deportista se había afilado, incluso había perdido el lustroso moreno de andar siempre al aire libre. Sin embargo, ellos seguían esperándolo desde detrás de los cristales. Pero ya no volvía al atardecer. No. Ahora lo hacía de noche, muchas veces con las luces de la mañana. Inquietos, desde su puesto de vigías lo veían atravesar el jardín dando tumbos. Y aunque ya no les arrojaba la pelota ni los acariciaba, al escuchar el ruido de la puerta al abrirse, ellos seguían corriendo a su lado.

Sin embargo, ya no lo despertaban lamiéndole la cara como siempre hicieron, porque su baba era amarga, y el agrio sudor les repelía.

Aquella mañana los despertaron los sollozos de la madre de Tomás. Poco después escucharon a su padre, al que hacía tiempo no habían visto. El hombre entró en la casa enfurecido. También aparecieron sus primos, que con el rostro alelado, esperaban sentados en el sofá del salón debajo del cual ellos solían esconderse. Uno, creían que fue el que llamaban Jorge, los descubrió y comenzó a acariciarlos entre las orejas. Y también llegaron muchos amigos, y muchas flores.

Luego, desaparecieron todos.

Y ahora que el olor a flores se ha desvanecido, y la casa vuelve a estar en calma, como siempre a media tarde vuelven a esperarlo desde detrás de los cristales. Y seguirán haciéndolo. Confían en que al menos su sombra volverá a atravesar el jardín.

© Malena Teigeiro

El tesoro escondido

Liliana Delucchi

La puerta del salón se abre dejando entrar una corriente de aire.

—Aquí estáis, mis chiquitines —la voz de Carlota hace que los cachorros abandonen la ventana y se acerquen a la joven—. ¿Qué estabais escudriñando a través del cristal? ¿No os gusta el nuevo jardinero?

Carlota se sienta en un sillón y da unos golpes a los almohadones llamando a los mellizos, que de un salto se arrebujan junto a ella en espera de sus caricias.

—Os he traído golosinas. A ver, Guido, esta para ti. No tragues tan rápido que te hará mal. Muy bien, Natasha, así me gusta. Despacio, despacio.

El sonido de unos pasos sobre la madera hace que los cachorros salten del sillón. Ya están en su cesta cuando la voz ronca de doña Matilde irrumpe en la atemperada habitación.

—Te estaba buscando.

—He venido por un libro que me he dejado, tía.

—Y a malcriar a tus perros.

Sin responder al comentario de la señora mayor, Carlota se acerca a la biblioteca y coge un ejemplar para dar veracidad a sus palabras, mientras doña Matilde recorre el salón pasando el dedo por los muebles en busca de alguno que no fuera limpiado a conciencia.

—¿Crees que tu hermano nos honrará con su presencia estas navidades?

—No lo sé, tía. Dependerá de sus exámenes. Posiblemente venga para Reyes.

—A buscar su paga, seguramente.

Carlota aprieta los labios para no responder. ¿Cuánto tiempo más tendrá que permanecer en esa casa? Álvaro le prometió que el año que viene ya no estaría allí, que está ahorrando dinero con sus trabajos temporales fuera de la universidad, que la rescatará. Pero, ¿será suficiente con lo que tiene y el capital del fideicomiso que les dejó su padre? Este último no es demasiado.

—Comeremos en una hora. Asegúrate de que esos chuchos permanezcan aquí, no quiero verlos soltando sus pelos por toda la casa—. Gruñe Doña Matilde antes de abandonar la habitación.

La joven se acerca a la cesta donde están sus cachorros, se tumba en el suelo junto a ellos y siente la respiración cálida de los animalitos en su cuello. Gracias, queridos, susurra, si no fuera por vosotros me moriría en este mausoleo oscuro y frío.

Cuando se marcha al comedor, no es consciente de que no es la única que abandona el salón. Los mellizos se escabullen y parten al jardín.

—A nuestro rincón no irá el nuevo jardinero, solo se ocupa de las flores, la zona que elegimos es de matorrales —comenta Guido.

—He conseguido un poco más —dice Natasha— Son las vueltas de la compra que la cocinera ha dejado sobre la mesa.

—Y yo abrí el bolso de «la Matilde» y le quité unos billetes. Pero, escarba, escarba. Hemos de guardar antes de que se den cuenta de que hemos salido.

—¿Tendrán suficiente para marcharse? Si Álvaro viene para Reyes, todavía están las navidades para conseguir más— respira agitado mientras sus patas se hunden en la tierra— Seguro que las visitas traerán joyas y alguna otra cosa que podamos coger.

—Esperemos. Y ahora, al salón, a nuestra cesta.

Antes de que oscurezca, Carlota, como todos los días, sale al parque con sus cachorros. Es el mejor momento de la jornada, cuando a solas con ellos siente en sus pulmones el aire fresco del invierno. Respira profundamente antes de correr detrás de los animalitos. Los ve dirigirse a una zona de matojos donde aún no se ha derretido la escarcha de la mañana.

 —¿Dónde vais? Esperadme.

Cuando llega a una zona cubierta de retamas desnudas, descubre a Guido escarbando la tierra; Natasha la llama con suaves ladridos y la joven, curiosa, se acerca para ver qué están tramando.

Las patas de los cachorros han dejado al descubierto un agujero que contiene una caja que la joven reconoce como la de las galletas de los perros. ¿Cómo la han traído hasta aquí? ¿Quién los ha ayudado? Cuando levanta la tapa descubre una considerable cantidad de dinero. La cierra y vuelve a cubrirla con tierra; su mirada interroga a los mellizos que, sentados a sus pies, menean la cola.

—¡Vámonos! Ya volveremos más tarde.

Durante la cena la tía Matilde le pregunta a qué se debe su prolongado silencio, ella pretexta dolor de garganta y se excusa para dejar la mesa sin tomar el café. Cuando Carlota oye los pasos del personal retirarse a sus habitaciones, decide ponerse el abrigo sobre el pijama y resolver el misterio de esa tarde.

No llega sonido alguno de la casa dormida, y en la profunda oscuridad del jardín oye, de vez en cuando, un secreto susurro de ramas, como si un pájaro nocturno las rozara. En un momento dado le parece escuchar unos pasos procedentes de la calle y retrocede contra el rincón donde se halla; pero los pasos mueren (o eso cree) en la distancia y dejan un silencio más profundo.

Es entonces cuando los faros de un coche iluminan la reja de entrada. ¡Es Álvaro! Corre a abrirle con el dedo sobre la boca pidiendo silencio. Su hermano desciende del coche y como dos fantasmas se acercan al tesoro escondido.

—Ve a buscar a los cachorros. Yo me ocupo de coger la caja y dar la vuelta al coche.

Carlota corre hacia la casa. Al acercarse ve a sus mascotas mirando desde detrás del cristal. Con sigilo abre la puerta del salón, coge la cesta con sus juguetes y les indica que la sigan. Envueltos en la clandestinidad de la noche vuelan más que caminan los tres hasta el coche. Álvaro ya tiene el motor encendido y parten los cuatro para no volver.

© Liliana Delucchi

El arte de ladrar

Marieta Alonso

Era de esas personas que no pensaba demasiado y cada tarde, aun sabiendo que le era perjudicial, los pies lo llevaban a la taberna de Artemio, quien unas veces le ponía vino y otras, cerveza.

Aquella estrellada noche de verano alcanzó tales alturas el entusiasmo de su borrachera que comenzó a imitar el ladrido del perrillo, feo, sarnoso y sin pedigrí, que lo miraba desde un rincón.

—No me gustan los perros —dijo con voz pastosa.

A saber lo que entendería el chucho que al oírlo saltó a sus brazos y le puso la cabeza en el hombro. Así se fue tambaleando hasta casa, en la que amaneció al día siguiente abrazado a otro ser vivo.

Cuando su madre le vino a despertar, que espabilara, que no tenían nada para comer, se encontró con aquel cuadro que destilaba ternura.

—¡Arriba, haragán!

Con tal de no escuchar la diaria cantinela se vistió, desayunó, puso la escopeta al hombro y se fue con la intención de seguir durmiendo recostado contra el tronco de un álamo. No llevaba mucho tiempo roncando cuando sintió aullar a aquel retaco de cánido, que con el hocico le estaba acercando la escopeta. Unos tiros se oían en la lejanía. Para que el perro tuviera una buena opinión de él, no fuera a pensar que era un tanto cobarde, o peor aún, un mal cazador, se puso la mira en el ojo y disparó. El animalito salió como una flecha y al cabo del rato regresó con una liebre en el hocico.

Se rascó la cabeza. Por culpa de esas manos que les había dado por temblar, llevaba años sin acertar a nada que se moviese. Aguzó el oído por si alguien venía a reclamar su presa. Silencio. Recordó que estaban a mediados de mes y ya se había gastado la mísera pensión de madre, y tenían que comer. Sintió un ruido y volvió a disparar. Esta vez vino con una perdiz.

¡Sí que era de ley el perrucho! Habría que ponerle un nombre, y le llamó Zascandil —así era como le tildaba su madre siendo niño—. Y entre disparos y carreras volvió a su casa con un total de diez palomas, cuatro liebres y dos perdices.

Ese día su madre preparó un estofado de liebre que, de tan bueno, hizo que se chupara los dedos. Mejor prevenir, dijo la mujer guardando lo que sobró en la despensa. Con la barriga llena se echó a dormir una buena siesta. Falta le hacía. Estaba agotado.

Ella, tras fregar los platos, llevó el resto de la caza al carnicero, quien descontó lo que le debían. Como no se fiaba de su hijo se llegó a la taberna, y pagó la mitad de la deuda al Artemio. A primeros de mes saldaría el total de la cuenta y, por favor, que no la endeudara más, que le cerrara la puerta en las narices a su hijo.

—No me pida eso. No puedo negarle la entrada. Átelo usted, si puede.

Al llegar a casa tuvo una seria conversación con Zascandil que con las orejas gachas parecía estar de acuerdo con lo que le pedía aquella mujer, aunque pareciera un despropósito.

A partir de ese bendito día el borrachín, azuzado por su perro, comenzó a levantarse de madrugada para salir a cazar. Ya no tenía tiempo de ir al bar. Y hasta llegó a sembrar pimientos, tomates y no sé cuántas cosas más en el huerto. Su chaqueta olía a rancio sudor y no a alcohol.

Si antes en el pueblo hablaban de él, ahora la que estaba en boca de todos era la madre, que tal parecía querer más al perro que al hijo.

© Marieta Alonso

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Mercadillos de Navidad

15 diciembre, 2020 por Akelarre 10 comentarios

Mercadillos de Navidad

Los mercadillos navideños

La historia de los mercados de navidad se remonta a la Edad Media. Fue en 1434 en la ciudad alemana de Dresde, donde se llevó a cabo el primero del que se tiene constancia. En los años siguientes surgieron otros a lo largo del país germano, extendiéndose al resto de Centro Europa y más tarde a todo el continente.

En estos mercadillos se puede encontrar comida, bebida, productos típicos navideños y belenes. El ambiente se vive con música de villancicos y bailes. Es a esa fiesta de tradición y colores que anticipa la llegada de la Navidad, a la que hemos querido rendir homenaje este mes de diciembre con cuatro relatos que, al igual que la Nochebuena, reúnen a familias, amigos, vecinos y recuerdos que forman parte de nuestra identidad.

¡Feliz Navidad!

Otra Navidad

Cristina Vázquez

Los camellos de Delia

Malena Teigeiro

Todo irá bien

Liliana Delucchi

El pesebre

Marieta Alonso

Otra Navidad

Cristina Vázquez

Otra navidad. Sí, otra. A Katerina nunca le había divertido esta época. Bueno, cuando era pequeña en casa de los abuelos y luego con sus hijos y los primos y el ruido y la música. Pero ahora estaban solos Franz y ella. Todos estos pensamientos se los iba diciendo mientras miraba los escaparates de la calle peatonal, adornados con guirnaldas, luces, un reno que subía y bajaba la cabeza de manera obsesiva, muchas flores de pascua y un fondo de villancicos en los altavoces. Resultaba alegre. Le gustaba el apresuramiento de la gente cargada de bolsas, las risas, los cuchicheos, el vaho que salía de sus bocas…

Hacía muchos años que no habían vuelto a esta ciudad, la suya, donde habían pasado la infancia y parte de su ajetreada juventud. Desde que se casaron fueron casi nómadas por el mundo debido al trabajo de Franz. Habían vivido en Australia, en Francia, en México, en Portugal. ¡Dios mío!, casi no podía enumerar los países. Ahora se sentían un poco extranjeros en su propia ciudad. No habían podido constatar cómo se había ido transformando y, aunque de vez en cuando regresaban, la sorpresa de los cambios era tan breve que no les daba tiempo a asimilarlos.

La casa de sus padres se había convertido en un hotel acogedor y sofisticado. Su instituto en sala de conciertos y los pequeños comercios donde compraban, prácticamente no existían. Este no poder acoplar la realidad de lo que veía con sus recuerdos, le produjo una sensación de pérdida, casi de abandono y desde luego de vejez. Ellos no pertenecían a este mundo.

Siguió caminando embutida en su abrigo de piel y las botas gruesas hacia el hotel donde se alojaban. Les estaba costando encontrar un apartamento en el que instalarse. Uno, caro, el otro, demasiado pequeño, el último que visitaron a Franz no le gustó la orientación, y en este momento, con las fiestas tan próximas, no era buena época para proseguir. Así descansarían porque esa búsqueda se les hacía cuesta arriba. Pensar en una casa nueva les daba una inmensa pereza y ya se habían acostumbrado a climas más suaves. Quizás es que no veían claro su proyecto de vida de jubilados, pero querían tener un sitio donde pudieran venir sus hijos, sus dos hijos. Uno se había quedado en Australia y el otro vivía en Paris. Y esta Navidad no iba a venir ninguno. No tenían casa, e ir a un hotel les parecía poco navideño, poco acogedor. Este fue el argumento de ambos. Estaba segura de que se pusieron de acuerdo para justificar su ausencia.

—Tienen su vida, querida, hay que respetársela —la consoló Franz cuando vio pesadumbre en su cara—. No seas tan gallina clueca.

Ella sabía que él estaba igual de apenado. Siguió caminando hacia la catedral. Quería ponerle una vela a santa Apolonia, protectora de los niños y se dio casi de bruces con el mercadillo navideño que desplegaban delante. ¿Cómo lo había olvidado? Si era uno de sus momentos favoritos ir a comprar adornos con su madre o con su hermana, más tarde con amigos. Katerina dio un suspiro y se zambulló en medio de los puestos. Adquirió dos candelabros con forma de Santa Claus, una guirnalda de abeto con luces entremezcladas y un spray de olor a pino. Entró en la catedral y puso la vela a Santa Apolonia. Volvió al hotel.

Al entrar en la pequeña y anodina suite encontró a Franz dormitando frente al televisor encendido. Tenía la cabeza colgada sobre el pecho y el pelo se le había descolocado dándole un aire de pollo desplumado. Se le veía el cuello delgado. Al cerrar la puerta él se espabiló, se alisó los mechones y dijo que había reservado una mesa para cenar.

Katerina sacó la guirnalda que colocó en la chimenea, llamó al servicio de habitaciones y preguntó si les podían servir la cena en su cuarto. Sí, ese champagne estaba muy bien, pero que estuviera bien frío, por favor. Se volvió hacia él que la miraba entre asombrado y divertido, le pasó ambas manos por la cara y le besó en la frente.

—He pensado que la vida y la Navidad son un regalo que hay que celebrar. Aunque ellos no estén, estamos tú y yo —en un tono casi doctoral apostilló—. Te das cuenta que la palabra vida está dentro de la palabra Navidad.

Franz afirmó sonriente, siempre había sido una chica muy perspicaz. Y si no estaba contenta en esta ciudad, podían irse a vivir donde quisiera. Ella se puso de rodillas frente a él y reposó la cabeza en su huesudo regazo. Él le pasó la mano por el pelo aún húmedo de la calle.

—Y tú, querida mía, eres el mejor regalo de la vida y de la Navidad.

© Cristina Vázquez

Los camellos de Delia

Malena Teigeiro

No le gustaba salir de día. Según ella la luz ilumina en las personas la fealdad, la inquina, el odio. También la pena y la desdicha. En cambio, añade, desvanece la belleza, la alegría. Por eso cada año Delia va al Mercadillo de Navidad por la noche.

Vivía sola. Hacía muchos años que unos y otros iban falleciendo a su alrededor. Pero le daba igual. Al contrario, la gente le molestaba. Según ella, ahora ya no existían las personas, esos seres individuales con los que se conversa, se admira la belleza de los paisajes y edificios durante los paseos, o se presta y se comenta un libro. Ahora todo era gente. Grupos que, como borregos, acudían en manada a cualquier parte.

Sin embargo el mercado de Navidad era diferente. A esos puestos, año tras año, volvían las familias con los mismos sueños e ilusiones. Por eso Delia lo recorría cada noche. Luego, se sentaba en algún puesto en donde le vendieran una taza de chocolate con la que calentarse las manos. Así, sorbiendo poco apoco el espeso líquido, admiraba a aquellos pequeños que con sus dedos forrados de lana retenían las figuritas de barro. A ella siempre le gustaron los belenes. Tiene uno napolitano heredado de su madrina, que en cuanto llega diciembre coloca en su saloncito. Con cuidado, pone por las montañas de corcho las hogueras rodeadas de pastores y ovejas, las piaras de cerdos en las cuadras de las casitas de cartón y las gallinas y polluelos alrededor del pajar.

Ese año Delia no se detuvo en el puesto para beber su chocolate. Andaba buscando camellos. Entre otras escenas, su belén tenía una de un oasis en un pequeño desierto. Y ese diciembre al abrir las cajas descubrió con sorpresa que le faltaban los camellos y los pajes con sus turbantes de colores. Solo encontró las palmeras y el espejo del pequeño lago. ¿Dónde los habría guardado?, se preguntaba una y otra vez mientras abría altillos, cajones y armarios. Por eso ese día al anochecer, abrigada con la bufanda roja, se dirigió al Mercadillo de Navidad que estaba en la Plaza Mayor, alrededor de la catedral. Buscó en uno y otro puesto. Encontró figuras parecidas a las suyas, pero las quería iguales. La víspera de Noche Buena comprendió que no las encontraría a tiempo. Triste, entró en la Catedral. La luz de las velas iluminaba un gran belén. Era bonito. Paseó su mirada por encima de aquellas montañas, por las casas y caminos. Sonrió. Había también un laguito con camellos y pastores. Los suyos eran mucho más bonitos. Salió del templo y se dirigió hacia su casa. Por el camino recordó que el año anterior su vecino, un hombre de su edad, bastante turbio y flaco, había llamado a su puerta con el ánimo de felicitarle las Fiestas. Hasta sonreía cuando le entregó una caja de mantecados. ¿Sería él quien se los había robado?

Al llegar a casa colocó una servilletita sobre un plato y sobre ella unos dulces navideños. Luego se peinó y perfumó con esmero. Con el platito en la mano, tocó el timbre de su vecino. Tenía que ver si en su belén estaban sus figuritas. El hombre pareció sonreír al verla. Cuando le mostró los dulces, él recogió el platito con las dos manos, con el mismo cuidado con que hubiera recogido la porcelana más fina.

—Pase, pase, vecina. Tengo un vinito dulce con el que me gustaría invitarla.

Entró en la casa. Recorrieron el oscuro pasillo y pasaron al salón. En una de las esquinas Benito, que así se llamaba el hombre, había colocado un pequeño belén. Delia se acercó. Sus figuras de barro apenas tenían ya colores y muchas estaban rotas y pegadas.

Un espejito redondo formaba un lago en donde se reflejaban unas despeluchadas palmeras. Sentado a lo que debía ser la orilla, un pastor parecía dormir junto a dos camellos.

—Quizá debiera tirarlo a la basura.

Después de poner en su sitio la cabeza, el hombre colocó de pie al pastorcillo que aparecía caído sobre el camino de serrín. Como bien podía ver estaba viejo y roto, pero era el mismo que les ponía su madre en el cuarto de estar. Ella, comprensiva, le sonrió. ¿Cómo había podido pensar mal de un vecino tan educado, sensible y amable?

Después de beber el vino y tomar los dulces, quedaron para cenar juntos al día siguiente. Era Noche Buena y ninguno de los dos tenía familia. Como si vivieran en calles diferentes, Benito la acompañó por el descansillo y esperó a que abriera la puerta y encendiera la luz. Al entrar en su casa, dos chapas rojas de felicidad brillaban debajo de los ojos de la mujer. Aquella noche, suspirando como si de nuevo hubiera encontrado el aire, se durmió. Por la mañana, al igual que hacía cuando era niña, al acercar al portal a los Reyes Magos, vio que sus pastores napolitanos dormitaban mientras media docena de camellos bebían en el lago de su belén.

© Malena Teigeiro

Todo irá bien

Liliana Delucchi

Seguí los consejos de una amiga y fui a ver a un médico. Después de varias preguntas, además de tomarme la tensión, le puso una etiqueta a mi dolor y me recomendó fármacos. No llegué a comprarlos. Estrujé la nota para tirarla en la primera papelera ya que no estaba dispuesta a ingerir antidepresivos. Caminaba por la acera cubierta de hojas de otoño cuando vi a tres empleados municipales colocando luces en los árboles. Navidad. Dios mío, ¿cómo iba a soportarlo? El panorama que se planteaba era la consabida reunión familiar en torno a una mesa con las exquisiteces de mi madre y las miradas de lástima de mis hermanas y cuñadas. De ninguna manera.

Sergio levantó su mirada por encima de las gafas cuando entré en el salón y le dije que pasaríamos las fiestas lejos de casa.

—Me parece una buena idea —se puso de pie y nos abrazamos—. ¿Dónde quieres ir?

—No lo sé -fue mi respuesta—. Busquemos en internet algún lugar lo suficientemente lejos y lo bastante diferente a pasarlas en casa.

Estuvo de acuerdo y mientras me servía una copa de vino, agregó: «La Navidad es una noche para victorias nuevas, no para peleas antiguas.»

—Tendremos nuestra victoria —susurró acariciándome el pelo— y será antes de lo esperado.

Sin embargo, lloramos.

Mamá fue la única en apoyar nuestra decisión. Mi suegra y el resto insistían en que hubiéramos debido quedarnos para pasar las veladas todos juntos, aunque seguramente nuestra ausencia les daría un tema de conversación más allá de las consabidas pullas para demostrar quién es la más guapa o el más exitoso.

La pequeña ciudad elegida cumplía con los requisitos que nos habíamos planteado y el hotel era tan cálido y coqueto como imaginamos. Entre paseos por los alrededores y caminatas por esas calles salpicadas de nieve y adornos, sentíamos abrirse el apetito y por primera vez en semanas sonreímos.

Fue una tarde de esas en que la noche cae tan deprisa que no da tiempo a ver el sol esconderse detrás de la montaña, cuando nos encontramos con un mercadillo navideño. Nos deteníamos en los puestos buscando regalos para que la familia perdonara nuestra huida, cuando descubrimos uno que nos hizo acelerar el corazón. Vendían abalorios para colgar en las cunas. Si bien no estábamos seguros si detenernos o no, nuestros pies decidieron por nosotros y, con mis labios temblando, tal vez por el frío, nos acercamos

Una señora mayor detrás del mostrador con una expresión muy agradable nos invitó a elegir alguno de sus productos. A su lado había una niña de no más de cinco años sentada en una sillita de enea que se puso de pie cuando nos vio.

—Mi nieta —nos la presentó la anciana.

—Chiara —dijo la niña extendiendo la mano como hacemos los mayores- y mi abuela se llama Ludovina.

Fue esa chiquilla quien eligió por nosotros; casi sin mirar lo que habían puesto en la bolsa, la introdujimos en la mochila y nos alejamos no sin antes desearles Feliz Navidad en un torpe alemán.

La cena de Nochebuena transcurrió en el hotel, bien servida y con una música tan apacible como el trato del personal. Estábamos a punto de brindar cuando escuchamos campanadas. Es la llamada a la Misa de Gallo, nos informó una atenta camarera. Leí un ¿vamos? en la mirada de Sergio a la que asentí y nos dimos prisa en ponernos los abrigos y caminar hacia la iglesia bajo los primeros copos.

Nunca habíamos podido presenciar esa celebración, ya que la fiesta que se lleva a cabo en las casas de nuestras familias suelen traspasar la medianoche. Este año todo iba a ser diferente.

El templo era grandioso, con magníficas obras de arte y una iluminación que invitaba al rezo y a la reflexión; los lugareños iban llenando el recinto y poco a poco el ambiente comenzó a caldearse. De pronto, cuando los sacerdotes entraron acompañados por un órgano con una sinfonía celestial, nunca mejor dicho, sentí que algo apretaba mi mano a través del guante. Miré hacia abajo y vi el rostro sonrosado de Chiara. Nos mantuvimos cogidas durante la ceremonia y cuando llegó el momento de darnos La Paz, ella me susurró al oído «esta vez todo irá bien». La estreché contra mi pecho dándoles las gracias. A ella y a quien fuera que nos hubiera hecho elegir aquella ciudad y ese momento.

Un mes después visité a mi ginecólogo que repitió las palabras de aquella niña a la que solo había visto dos veces. Cuando cumplido el plazo del embarazo tuvimos a nuestra hija, ni Sergio ni yo dudamos en cuál sería su nombre.

© Liliana Delucchi

El pesebre

Marieta Alonso

Siempre he sido adicta a los mercadillos. No es culpa mía el que los tenderetes sean mi adoración, a mi madre también le encantaban. Así que desde que estaba dentro de ella, arropada en su barriguita, disfrutaba con ellos. Y conste que no soy de las que compro por comprar. Me detengo en todos y revuelvo entre las gangas, me paro a escuchar los reclamos y los precios en todos los idiomas imaginables, y a veces regreso a casa con las manos vacías. He de confesar humildemente que para mí los mercadillos de Navidad son el súmmum de la alegría, del bienestar.

Y aquí estoy de pie, mirando sin ver, con la mente en el pasado. Los sucesos que evoco con intensa claridad ocurrieron hará unos cincuenta años. Aquella mañana contemplaba una figura de San José entre mis manos, cuando conocí al que unos meses después iba a ser mi marido. Un joven alto al que no le llegaba al pecho, con la cara del mismo color de la azúcar de caña, refinada, claro; y los ojos verdes como aceitunas, herencia de mi suegra. Vestía con decencia al decir de mi abuela. Con una sonrisa preciosa me ofreció la figura de la Virgen en una mano y la del Niño en la otra. Debía comprar el misterio al completo.

—¿Qué precio tiene todo? —hablé sin desviar mis ojos de los suyos.

—Es mi regalo de Navidad.

Creía que era el tendero y resultó ser otro adicto a los mercadillos. Como yo.

Nos casamos y nos fuimos de alquiler a una casa lo suficientemente amplia para que pusiéramos en el sótano un Belén gigante y perenne. Cada diciembre íbamos en busca de figuras, que si el buey, que si la burra, que si un pozo, que si unas ovejas, que si los Reyes, los pastores... ¡Todo un mundo sin faltar detalle! Y en el lugar más destacado, el pesebre con las tres figuras motivo de nuestra unión.

Ahora recuerdo las cosas que de verdad tienen importancia, como aquella rama que se rompió con la brisa, la porción de palabras entrecortadas que me pedían un sí, para siempre. Era mi novio moviendo la cabeza como si le apretara el cuello de la camisa. El muy tonto pensaba que me iba a negar. Y lo que hice fue estamparle un beso bien sonoro para que no se fuera a arrepentir. Luego nacieron mis cinco hijos, uno detrás del otro. También rememoro aquella pizca de conversación con mi primogénito de cuatro años que me contaba en secreto que tenía novia; y el llanto coral que ofrecían al obligarles a tomar sopa de fideos cuando lo único que querían comer era macarrones con tomate. Una ráfaga de imágenes me muestra un hospital, un cementerio y una viuda vestida de negro.

Vuelvo a la realidad. Lo que son las cosas, pensé, ahora no me acuerdo de nada. Un día quise abrir la puerta de mi casa y resultó ser la del vecino. Otro puse un melón en el armario a enfriar; y un sábado el monedero apareció en el congelador junto al pescado. Así empezó todo.

Sigo paseando de puesto en puesto y sonrío a quienes me rodean. De pronto, alguien dice: ¡Mamá! Es mi marido tan joven como siempre, con su pelo encrespado. Le oigo lanzar un suspiro de alivio. Detrás de él esa mujer y esos tres hombres que dicen ser mis hijos. Por lo visto buscaban a una anciana que se había extraviado, y en vez de llamar a la policía, que es lo que se hace en esos casos, se acercaron al mercadillo de Navidad.

Tomo la mano de mi Pepe, y lo convenzo para comprar la figura de un herrero. Regresamos tan contentos a casa, seguidos por esos que dicen ser mis hijos y que más bien parecen mis guardaespaldas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El gato y el león

15 septiembre, 2020 por Akelarre 5 comentarios

Gato reflejado como león en espejo - cuentos

El gato frente al espejo

Amado por unos, denostado por otros, la historia del gato se basa sobre todo en la percepción que el hombre tiene del pequeño felino. Esta apreciación difiere totalmente de una época a otra. Mientras que en la antigüedad lo veneraban, en la Edad Media los quemaban en las hogueras pensando que era un animal diabólico.

Sin embargo, la foto que ilustra esta entrega de Nuevo Akelarre Literario pretende ir un poco más allá de la visión que puede tener un minino de sí mismo. Es también la forma que tiene un humano de verse al otro lado de la realidad la imagen que le devuelve el espejo es tal vez la que siente… Y todo es válido, porque en estas páginas hablamos de ficción.

Las cuatro historias que publicamos tienen a esa bola de pelo suave de protagonista, en algunas como primer actor y en otras de secundario, pero en todas ellas se desliza con delicadeza para solventar un dolor o hacer uso de su fiereza.

Aficiones peligrosas

Cristina Vázquez

El hijo de Dulce

Malena Teigeiro

La otra realidad

Liliana Delucchi

La búsqueda

Marieta Alonso

Aficiones peligrosas

Cristina Vázquez

Cuando Adelaida distinguió en la sala de espera del odontólogo a ese hombre menudo, de hombros estrechos y mirada un tanto huidiza, sintió un arrebato de ternura inesperado.

Le observó con disimulada insistencia. Iba poco a poco descubriendo que los rasgos de su cara eran muy correctos y si no fuera por esa actitud vencida o temerosa podría resultar un hombre guapo. Francamente guapo, se dijo mientras terminaba de ojear una revista atrasada de la que no se había enterado de nada.

—Don Leoncio, pase ya por favor —la voz de la enfermera la sacó de sus pensamientos.

Al levantarse pudo comprobar que era más alto de lo que parecía. Concluyó que era la postura encogida que mantenía en el sillón lo que le quitaba empaque. Un poco estrecho, sí era, reconoció, pero…

 Adelaida había estado dudando en sus años más jóvenes, aunque ahora solo acabara de cumplir cuarenta, si ser enfermera o antropóloga. Finalmente se hizo secretaria por diversas circunstancias que no venían al caso y su soltería era debida al amor frustrado por el marido de su hermana. Esas dos aficiones, la antropología y la enfermería, se quedaron siempre grabadas en ella. Era muy consciente de que sus aproximaciones al sexo opuesto terminaban en un análisis físico en el que ponía en práctica sus escasos conocimientos antropológicos. Estos eran los que estaba aplicando a Leoncio: antecedentes indoeuropeos mezclados con berberiscos. No, demasiado claro. Seguro que tendría un toque celta o vikingo. Le había visto muy poco para sacar conclusiones definitivas. Oía el ruido del torno que la desquiciaba y empezó a aplicar su otra afición: la enfermería. Pensaba que le encantaría poder coger la mano al paciente y susurrarle tranquilizadoras palabras mientras le agujereaban la muela.

Al terminar ella su consulta con el dentista pidió a la recepcionista si le podía dar el teléfono o las señas de don Leoncio, pues tenía que devolverle un documento que se había olvidado. Tras unos segundos de titubeo la chica se lo entregó.

A partir de ese momento, Adelaida en cada rato libre iba a la dirección indicada para intentar hacerse la encontradiza. Por fin consiguió su objetivo y con habilidad y gracejo, que lo tenía, concertó otras citas. A medida que intimaban se asentó su primera impresión. Iba encogido, menguado, sin seguridad en sí mismo. Esto le hizo pensar a Adelaida en un antecedente judío de madre sobreprotectora, motivo por el que el hombre no expandía todas sus posibilidades. Seguro.

Como era una mujer con recursos ideó la manera de que su amado, porque ya había entrado en la categoría de amado, pudiera quitarse esa debilidad y reforzarse en una imagen que correspondiera a su verdadero ser. Más potente, más seguro. Encargó a un amigo, mueblista ingenioso y paciente, que le hiciera un espejo de aumento. Lo que en el fondo deseaba, le confesó mimosa, era que ese espejo fuera casi mágico.

—Sí, claro que tú puedes —le aseguró Adelaida con su sonrisa más convincente—. Eres el único que sabe hacer estos espejos trucados.

El hombre cabeceaba haciéndose rogar, pero ella tenía la seguridad de que deseaba hacerlo. Los desafíos estimulaban a su amigo y él sabía que estaba en deuda con ella. ¿Verdad cariño? Finalmente, el mueblista cedió. ¿Qué imagen quería que se viera en el espejo?, le preguntó.

—Pues un león —contestó la mujer sin titubear—. Un hermoso león con melena.

Y así fue. Al cabo de una semana le hizo entrega del deseado espejo que ella empaquetó con esmero. Invitó a Leoncio, con el que ya estaba haciendo los preparativos de boda, a cenar. Cuando descubrió el regalo le pidió que se mirara en él. Iba a ser para su uso exclusivo.

Nunca olvidaría, contaba después de muchos años a sus sobrinos, la cara que puso su novio. Cómo se fue transformando en otro ser espléndido. Hinchó el pecho, les relataba imitando el gesto. Con la cabeza erguida empezó a sacudirla como si agitara una melena. Movía las manos igual que si tuviera zarpas y empezó a gruñir. En ese momento tuvo miedo y comenzó a preocuparse pues veía que no recuperaba a su Leoncio anterior, estrecho, canijo y bondadoso. Pero cuando se puso a cuatro patas y se acercó a ella con expresión salvaje después de arañar los sillones dando bufidos, tuvo el tiempo justo de encerrarse en el cuarto de baño y llamar a la policía.

En ese momento de la historia los sobrinos sabían que la tía Adelaida se sacaba un pañuelo para limpiarse las lágrimas, y esperaba un rato a que los chicos le hicieran la pregunta esperada.

—Y entonces tía, ¿qué pasó? —coreaban los sobrinos.

En el manicomio, contestaba. En el manicomio y sin solución. Creía que había destrozado varias sábanas y que a un enfermero casi le degüella. La culpa, remataba, fue toda de ella por no haber percibido sus antecedentes eslavos. Doblaba el pañuelo húmedo con precisión, decían que eran los europeos más salvajes. Y él era tan rubito…

 

 

 

© Cristina Vázquez

El hijo de Dulce

Malena Teigeiro

Leone, nunca supo quién fue su padre. Su madre, Dulce, era una preciosa y elegante gata blanca de angora, con una extraña mirada en sus rasgados ojos negros. Vivía en una casa de Madrid con una señora tan vieja como elegante, que siempre llevaba los dedos llenos de sortijas y a la que le gustaba tenerla en el regazo, en donde la gata, al sentir las caricias sobre la barriga, plácidamente, se quedaba dormida. Dulce era muy amorosa y simpática. Su ama la bañaba y cepillaba todas las semanas y ella, ya limpia y perfumada, como niña perversa y consentida olvidaba su posición, y se lanzaba por las noches a la calle en busca de gatos vagabundos. En los últimos tiempos se había juntado con unos a los que les gustaba corretear por la Casa de Campo y el zoo. De todas estas correrías, solía volver a su casa sucia, cansada y, casi siempre, preñada.

Una camada tras otra, Dulce iba teniendo hijos con su mismo largo y sedoso pelo, por lo que a la señora no le costaba mucho conseguir familias que los adoptaran. Hasta que al fin llegó él: Leone. Según los que estuvieron en el momento parto, Dulce pareció emocionarse al verlo. Sin duda recordaba a aquel macho grande, fuerte, que vivía en una jaula, su amor de una noche en el zoo. Sus mismos ojos rasgados. Su mismo pelo corto y suave como el terciopelo y los mismos ojos color de miel. La mandíbula, fuerte y cuadrada, ya desde que nació, lucía unos hermosos colmillos. Rápidamente se puso de pie lo que hizo que los que allí estaban vieran sus pezuñas fuertes y grandes. Desde que nació tuvo el carácter de su madre, amoroso y amigable, pero sus rasgados ojos tenían un mirar frío, al decir de algunos, maléfico, por lo que nadie quiso adoptarlo. Leone desde el primer momento sintió el rechazo de todos, lo que, pasado algún tiempo, lo hizo caer en una depresión. Dorita, la cocinera de la casa, una señora mayor, con la barriga tan gorda que ni tan siquiera el pequeño gatito podía sentarse en su regazo, intentó paliar sus penares dándole natillas y sardinas frescas, por lo que Leone decidió quedarse a vivir en la cocina.

Aquella mañana amaneció soleada, y aunque el viento todavía era frío, decidió salir al balcón. Sentía la necesidad de tomar un poco el aire y se movió inquieto delante de Dorita que enseguida lo entendió. A ver si así se te templan un poco esos nervios, rumio mientras abría la falleba del balcón. Al tumbarse en el balcón percibió que en el de la casa de al lado dormía al sol, bien estirada, una gatita. Era preciosa. El animalito entreabrió los ojos y le sonrió. Leone no lo entendía. Era la primera vez que, exceptuando a Dorita, alguien era amable al verlo aparecer.

Incrédulo, entró en la casa y se dirigió al espejo que tenía su protectora en el dormitorio. Sin abrir los ojos se colocó delante. Estiró las patas, el cuello y después de un sonoro bufido los abrió. Con sorpresa vio que se había convertido en el gato grande que prometía. El pelo de su cuerpo corto y brillante le encantó, lo mismo que la densa y exuberante melena que le había crecido alrededor del rostro. Se quedó quieto, bien estirado, sin moverse de delante del espejo. Tan solo balanceaba la cola que sorprendentemente estaba rematada con una preciosa borla negra. Después de unos momentos, volvió a la terraza y vio que la gatita seguía allí, pero ahora no fingía dormir. Sin levantar la cabeza le pareció que le sonreía moviendo su rabo, voluptuosa, sensual.

Un profundo rugido acompañó su salto hasta el mirador de su vecina.

Cuando los dueños de la casa abrieron el balcón, Leone, con una garra apoyada sobre una de las patas de la gata, masticaba con fruición los restos del animal.

© Malena Teigeiro

La otra realidad

Liliana Delucchi

Supongo que los abandonos son así. Al principio, y sin darte cuenta, deja de tener importancia lo que el otro piensa. Sus discursos te suenan repetitivos y rancios y terminas solo compartiendo el café de la mañana. Hasta que llega el día en que se reparten los bienes y ese espacio solitario formado por paredes y muebles, termina habitado por el silencio y alguna canción que escuchas para que al menos haya una voz en la casa. Aunque estoy siendo injusto, sí que hay otra voz que vive conmigo: Hace miau y se tumba a mi lado en el sillón mientras veo series interminables en la televisión.

Cuando Natalia se fue me lo dejó, ya que su nueva pareja tenía alergia al pelo de gato. Tuvo el detalle de pegar una nota en la nevera con la dirección del veterinario y la fecha en que debía llevarlo para renovar su vacunación. Entonces lo supe. Cuando le di el nombre, al que llamo el pediatra de mi felino, por mucho que lo buscó no lo encontró en su base de datos. Yo insistí: Giorgio, Jorge en italiano. Nada. Entonces me pidió mi nombre para ver si lo había registrado por los datos del dueño. Nada. Se encendió una luz en mi cerebro y le di los datos de mi ex. Pues… Sí. No se conformó con quedarse con el chalet y el coche, también había puesto en su parte del inventario a nuestro gatito. Al escucharme jurar en arameo, el pobre hombre me dijo que no me preocupara y le cambió el apellido al minino. Así de simple, sin ir al Registro Civil.

Como mi compañero peludo se portó muy bien le adquirí todas las golosinas que me ofrecieron en la clínica, más un trasportín, platos para su comida y un baño nuevo. Vamos, para que se olvidara de quien lo abandonó por un hombre más joven y más rico que su actual amo. Compré su voluntad. Esa misma noche, mientras me perdía dentro de una novela, sentí un movimiento en la cama. Giorgio había decidido dormir conmigo. Se pegó a mi costado y al poco rato escuché su ronroneo que, por cierto, es más suave y delicado que los resuellos de mi ex.

Esa madrugada tuve un sueño peculiar: Me encontraba en el cuarto de baño, a punto de afeitarme, y quedé anonadado al ver que el espejo no reflejaba a un cincuentón con las arrugas correspondientes alrededor de los ojos y la comisura de la boca. No. Una especie de Brad Pitt mediterráneo me sonreía como si fuera a comerse el mundo y repetía exactamente mis movimientos. Hasta cuando a causa de los nervios me corté la mejilla, vi que la suya también sangraba.

Desperté de buen humor, confiado en que mi inconsciente no veía un perdedor, sino a un exitoso varón. Silbando me dirigí a la cocina a preparar el desayuno cuando al pasar frente a un espejo que hay en el pasillo, vi nuevamente al hombre guapo reflejarse en el mismo. Pero eso no fue todo. Subido a la consola que estaba debajo, Giorgio también se miraba en esa luna. Yo no sabía si él estaba viendo lo mismo que yo. Mi gatito era un león. Sí lo vio, porque de pronto lo escuché rugir.

 

 

© Liliana Delucchi

La búsqueda

Marieta Alonso

Mi marido acababa de dar portazo a quince años de matrimonio. Me quiso convencer de que sentía dudas, necesitaba espacio, todo era culpa mía. Lo que experimenté en aquel momento es difícil de describir. Comencé a recorrer toda la casa y entre vuelta y vuelta me acerqué al ventanal para verle por última vez. Vi a una rubia platino consolándole a base de besos. Luego se fueron en un coche. Maldito macho cabrío.

No podía apartarme de la cristalera, ni dejar de mirar la calle desierta. La única nota de color la daba un cartel con un gato de espaldas y el mar de frente. Emanaba soledad. Reconocí el lugar.

He de superar esto, me decía, pero solo era capaz de pensar que la venganza era hermosa. Debería morirse. Era la frase que me rondaba la cabeza. No eres agresiva, tranquilízate, verbalizaba mi otro yo.

Volví a mirar el cartel y decidí marchar hacia aquel barrio de pescadores, aquel suburbio que hacía gala de su carácter arrabalero en busca de aquel gato.

La tarde la pasé dando un paso detrás de otro por la fría arena envuelta en mis lúgubres pensamientos. Vive y deja vivir, decía mi madre. Pero ella nunca se vio en mi circunstancia. A ratos recordaba a lo que había ido allí y miraba alrededor. Nada. Y volvía el dolor. ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Me acerqué a un viejo pescador, remendaba su red recostado a una barca que oscilaba bocabajo sobre una piedra. A su lado un cubo de agua encerraba los peces capturados.

—¿Qué tal se ha dado el día?

—Mejor que ayer —y siguió faenando.

—He visto un cartel…

Sin decir palabra empujó hacia la arena la popa para que la proa se alzase y allí estaba el más hermoso gato, el del anuncio. Me miró, le sonreí, y ronroneando saltó a mis brazos.

—No tiene dueño. Viene a mí para que le dé de comer. Lléveselo si quiere.

Le miré a los ojos buscando su aprobación y reflejado en ellos estaba Simba, mi rey león que muy tenue me cantaba Hakuna Matata.

Y en aquel instante supe que no debía preocuparme ante las adversidades de la vida.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La Plaza de España de Sevilla

15 abril, 2020 por Akelarre 4 comentarios

Cuentos sobre la Plaza de España de Sevilla

La Plaza de España

A pesar de la pandemia que asola el mundo y que ha roto muchos hogares y corazones, queremos permanecer fiel a nuestra cita mensual para haceros llegar un momento de distracción y entretenimiento, tan necesario en circunstancias como esta. Queremos también enviar nuestro apoyo a todos los afectados, a sus familias y amigos, así como nuestro agradecimiento a las personas que están trabajando de forma tan dura por nuestra salud y bienestar.

Para ello nos trasladamos a la Plaza de España de Sevilla, un lugar mágico en el que se han dado escenarios militares, de amor, de desdicha… Y este mes nuestras cuentistas han querido honrarla situando en ella cuatro relatos que realzan la magia de su belleza y el calor de su historia.

El conjunto arquitectónico está enclavado en el parque de María Luisa. Fue realizado por el arquitecto Aníbal González, siendo el más grande de los que se levantaron en la ciudad durante todo el siglo XX. Se construyó entre 1914 y 1929 como edificio principal y el de mayor envergadura de la Exposición Iberoamericana de 1929.

La plaza mira al Guadalquivir como camino hacia América y simboliza el abrazo de España a sus antiguas provincias de ultramar.

Los medallones con caras de españoles ilustres, las columnas marmóreas y los artesonados dan al conjunto un ambiente renacentista.

La Plaza de España ha sido utilizada como escenario en múltiples y variadas películas. En este sentido, la Academia de Cine Europeo la ha elegido como Tesoro de la Cultura Cinematográfica Europea, distinción que otorga a espacios y localizaciones de naturaleza simbólica de gran valor histórico para el cine. Entre las producciones más destacadas rodadas se encuentran: Lawrence de Arabia (1962); El viento y el león (1975); Star Wars Episodio II: El Ataque de los Clones (2002); El dictador (2012). Además, se han rodado otras cintas menos conocidas, como la película española Manuel y Clemente (1986) y la producción de Bollywood Akhil (2015).

Inesperado cortejo

Cristina Vázquez

La buenaventura

Malena Teigeiro

Igualito que papá

Liliana Delucchi

Plaza de mis amores

Marieta Alonso

Inesperado cortejo

Cristina Vázquez

Qué pesadas las madres con su empeño de que conocieran España, comentaban unas a otras en el autobús que llevaba a las adolescentes a conocer Sevilla. Pero la excitación por cambiar de rutina, abandonar unos días el uniforme, la familia…, las llenaba de una expectativa de sabor a chicle y ginebra prohibida, que las llevaba a esperar eso que solo se intuye a una edad muy temprana y que luego se diluye en la realidad.

El colegio había organizado una excursión para que se les quitara un poco el pelo de la dehesa que lucían, peroraba la señorita Castillo agarrada al micrófono, con el mismo entusiasmo de una concursante televisiva que acabara de ganar un premio. Les iba explicando la historia y bellezas que encontrarían en la ciudad, los almorávides y los almohades, La Giralda y El Giraldillo, La Plaza de España, el parque de María Luisa… Las chicas intentaban mirar el paisaje o ponerse con disimulo un pinganillo para no oírla.

—Esta cuando se anima da miedo —le bromeaba Ana a Casilda—. Si tiene novio lo debe dejar al pobre disfuncional.

—¡Ya quisiera! Si está más seca que la mojama.

La señorita Castillo era de edad incierta. Madura, bien proporcionada y si se arreglara con un poco de gracia y se quitara las gafas, afirmaba la sinuosa Reyes, considerada por sus compañeras la profesional de la estética y el estilo. Un coro de incredulidad y hasta de burla respondía a las ilusorias afirmaciones de esta.

—Ni pasando por el quirófano, hija.

Los comentarios frívolos, inoportunos, hirientes y burlones entretenían la charla de las adolescentes, pese a la reiterada petición de silencio de la señorita Castillo.

El primer día fueron a visitar la ya mencionada y descrita con minuciosa precisión Plaza de España. A la señorita le costaba mantener el orden y el silencio en ese enjambre excitado y excitable, no solo para que la atendieran sino por los moscones que aparecían cada poco a bromear a las jóvenes, a los que estas respondían a veces con descaro, otras con altanería y a la pobre señorita se le iba soltando el moño en su sofocado intento de mantener el orden. Le faltaba autoridad y voz, le faltaba energía. Su dulzura y saber se iban diluyendo entre las fuentes y los espléndidos azulejos.

Un hombre enjuto, moreno de verde luna, como diría el poeta, las seguía a una inquietante distancia. Silencioso, una elegante sombra que sin hacerse molesta no se apartaba del grupito, igual que si fuese un secreto vigilante. La señorita Castillo le observaba de reojo con un parpadeo acelerado.

Las chicas reían y le miraban haciendo algún comentario subido de tono o provocativo, pese a que la profesora les chistara y les pidiera un poco de seriedad, dijo en un arrebatado momento. El joven no se inmutaba. A lo sumo una sonrisa un poco lobuna le cruzaba la cara.

—Basta ya —las apremió en un tono bajo—. Parecéis unas cualquiera. Os tenía que haber dejado con el uniforme.

El hombre no se apartó del grupo. A una prudente distancia las seguía, desapareciendo unas veces para volver a verlo al rato cruzándose con ellas.

Esa noche las cuatro más amigas, Ana, Casilda, Reyes y Belén se reunieron en una de las habitaciones y se dedicaron a vaciar el minibar, no solo del lugar de reunión sino todas las tentadoras botellitas que cada una trajo de su cuarto. Casilda empezó a vomitar y a ponerse pálida y verdosa. Parecía que le estaba entrando fiebre y una tiritona la sacudía. Reyes y Belén decidieron llamar al cuarto de la señorita Castillo que no respondió.

Después de dar muchos golpes en la puerta sin obtener respuesta, ya a punto de bajar a conserjería, esta se abrió lentamente y apareció el moreno de verde luna como Dios lo trajo al mundo. Con esa sonrisa lobuna cruzada en la cara, les espetó.

—Largaos niñatas. Arreglar vuestros problemas. La señorita Castillo ni va a ir ni va a volver.

Y cerró la puerta con mucha suavidad. Belén dijo que le pareció ver un rastro rojizo en la mano del hombre, pero Reyes afirmó a la policía que oyó reírse, al fondo de la habitación, a la señorita Castillo.

© Cristina Vázquez

La buenaventura

Malena Teigeiro

Desde el escalón del puente de La Plaza de España en donde se sentaba, Saray contempla las barcas. Como si fuera la ofrenda de rosas a una santa, un cesto de paja lleno de tallos de romero permanecía apoyado a sus pies. El romero lo cortaba todos los días de una de las macetas del patio de su abuela. Esa mañana lo encontró florecido de minúsculas y humildes hojas violeta. Su perfume era fuerte, agradable. A Saray le gustaba tener el canasto bien lleno de tallos frescos, porque alejan los malos espíritus, decía.  Sin que ella supiera quien, alguien le había echado un mal de ojo. Estaba segura de que ese aojamiento era el culpable de su penar. Se limpió una lágrima con el dorso. Eran por culpa del reflejo del sol, decidió, y no por sus penas.

Aquella mañana no se encontraba bien, y como además hacía viento y frío, tampoco había muchos clientes a los que leerle la palma de la mano. Saray decidió volver a su casa. Empujada por el viento iba inquieta, aunque no sabía por qué. Al abrir la puerta de la habitación los vio. Parecían dos brillantes estatuas de bronce descansando juntas en su cama. Le produjo una arcada el olor a sexo. Sin despertarlos, cerró la puerta y salió de la casa.

Era cierto que la Pastora era la mujer más bella de la Cava de los Gitanos, y podría aseverar que de toda Triana. Pero no era buena. Tenía esa gracia malsana que idiotizaba a muchos hombres, y el suyo fue uno de los que cayeron en su tontuna. Y como Pastora tenía dominado a su Manuel, pues a ella le tocaba hacer como si no los hubiera visto acostados entre sus sábanas. Desde aquella mañana las cambiaba todos los días.

Levantó la cabeza y con su acuosa mirada contempló a la gente que paseaba. A ella le gustaba estar allí, sentada al sol. Aquellos rayos le calentaban el pecho, la espalda. Envuelta en su negro mantón Saray guardaba su penar mientras esperaba algún cliente al que echarle la buenaventura, porque no le agrada echársela a cualquiera. No. Solo lo hacía cuando la persona que se acercaba era joven, bella, esas a las que la vida les sonríe y no hay por qué contarles desgracias.

Enseguida le llamaron la atención. Eran dos muchachitas acompañadas por una señora de mediana edad. Por cómo iban vestidas, dedujo que eran gente rica. Se levantó de la escalinata, recogió el cesto y salió corriendo hacia ellas.

––Mire al cielo, señorita, y muéstreme su mano derecha que le voy a decir su futuro ––las chiquillas rieron. Y después de regatear el precio, doña Antonia, permitió que la gitana sujetara la mano a la más joven de las dos––. ¿Cómo se llama la señorita? ––inquirió Saray zalamera.

Y la chiquilla, con un leve seseo, contestó que Mercedes. La gitana con sus dedos morenos sujetaba la palma de la joven que la miraba con una sonrisa nerviosa. Se veía que la niña era de alta cuna, pensó al sentir la suavidad de la piel rosada. Paseó su dedo largo por encima de la raya.

––Un joven bien plantao, de negros ojos, se va a enamorar de esta niña de aquí a pocos días ––leyó con calma––. Veo una corona real sobre tu cabeza. Algún día, y pronto, tú serás mi reina. Y el rey, por la gracia de tus bondades, enamorado, se postrará a tus pies.

De pronto guardó silencio. Se inclinó y recogió la otra mano de la joven. Despacio colocó una al lado de la otra, de tal manera que las rayas de sus palmas se juntaban formando líneas continuas. Levantando la cabeza, fundió sus asustadas pupilas con las todavía inocentes de la joven. Luego, muy despacio, paseó su mirada por encima de la hermana y de la señora de compañía. Sin dejar de contemplarlas, se santiguó una, dos y tres veces, recitando oraciones que sus clientas no entendían. Saray le cerró con fuerza los dedos y soltó los puños. Sin siquiera pedir las monedas que le habían prometido, recogió el cesto de romero del suelo y se fue, rápida, santiguándose una y otra vez.

Sentada en su mecedora de mimbre, las lágrimas de Saray le mojaban las mejillas. Mal rayo partiera a los amores. Ella vivía penando por su hombre, al que su madre maldecía y tantas penas le auguraba, y aquella tierna criatura apenas iba a poder disfrutar del amor que pronto le iba a llegar de muy lejos. Escuchó el ruido de la puerta. Sus risas. Manuel entró agarrado a la cintura de Pastora besándola en la boca. Ellos no sabían que había vuelto. Saray siguió meciéndose sin dejar de contemplarlos. Manuel se detuvo y Pastora se colocó sus negros rizos por detrás de las orejas. ¿Cuánto hacía que su Manuel la engañaba? ¿Años? Se encogió de hombros. Daba igual. Su boca se curvó en una sonrisa. Jamás pensó que se alegraría al ver el cuerpo de bronce de Pastora, que ella tanto había envidiado. Ahora, la figura de aquella mujer, como si fuera la flor roja de un clavel cortada hacía días, se había marchitado.

© Malena Teigeiro

Igualito que papá

Liliana Delucchi

La misma luz y el mismo olor a azahares que llena la ciudad. Aquí estamos… Otra vez. Aunque ahora es diferente, ya no venimos en busca de experiencias que entonces no sabíamos definir, sino que hoy estamos aquí porque nuestro niño celebrará que le han dado su primera Estrella Michelin.

Todo empezó hace años, cuando decidimos hacer un viaje por Andalucía. Dos amigas jóvenes y con tantas ganas de vivir. Esta plaza nos llenó los pulmones de un aire hasta entonces desconocido. Te curó el asma, ¿te acuerdas? Y decidimos darnos un homenaje de pescaítos en ese bar con una terraza al sol que estaba justo detrás. Allí lo conocimos. Un morenazo con el pelo repeinado, un andar que se comía las baldosas de la acera y la sonrisa más blanca y amplia que habíamos visto jamás. Se acercó a nuestra mesa para preguntarnos qué queríamos beber.

Estábamos mirando la carta cuando nos preguntó de dónde éramos y cuando se lo dijimos nos espetó: “¿Es que en vuestro país a las feas no las dejan salir?” Y en ese momento nos enamoramos de él. Las dos.

Desde niñas lo habíamos compartido todo, así que un amante no suponía gran diferencia. En los días siguientes mientras nosotras hacíamos turismo él trabajaba y lo recogíamos cuando terminaba su turno. Entre manzanillas y risas descubrimos cada esquina; los soportales de la plaza escondían en sus sombras nocturnas a tres figuras que, abrazadas, se entregaban a disfrutar lo que la juventud y el amor les entregaba.

Ni siquiera la partida fue triste. A pesar de que teníamos que volver a casa y enfrentarnos a la realidad, estábamos llenas de aquello que nuestra estancia nos había dado. Fue entonces cuando Paco nos contó que casi tenía el dinero para comprar el bar en el que trabajaba como camarero. Nosotras le dimos el resto.

Cuando volvimos al año siguiente, aquella pequeña tasca se había convertido en un establecimiento al que acudía media Sevilla. Y nuestro querido amor era su orgulloso propietario. Retomamos la relación donde la habíamos dejado, a pesar de que nos confesó que estaba a punto de casarse con su novia de toda la vida. Por supuesto que acudimos a la boda. Como éramos primas lejanas de allende los mares nos sentamos a la mesa de la familia y bailamos de la forma que solo se baila en una boda andaluza. Cuando nos enteramos de que Carmen, su esposa, estaba encinta, enviamos todo lo que un bebé necesita, viajamos para el bautizo y, cómo no, fuimos las madrinas.

Hoy aquella criatura, que se hizo cargo de la taberna de su padre y la transformó en un restaurante de lujo, celebra que le han dado su primera Estrella Michelin. Y nosotras estamos esperándolo en la plaza para ir con él a la fiesta.

Alto, fuerte y guapo como su padre, se nos acerca con una rubia despampanante colgada de cada brazo. Nos las presenta como unas primas lejanas de Suecia.

Igualito que Papá.

© Liliana Delucchi

Plaza de mis amores

Marieta Alonso

Me llamo María Luisa y llevo cuarenta años ejerciendo mi profesión: kiosquera. Conozco a todos los vecinos del barrio. Y al turista que se atreve a preguntarme una dirección lo convierto en amigo, tanto que recibo tarjetas de todos los rincones del mundo. Mi oficio lo heredé de mi padre, así como la garita desde donde observo todo lo que pasa a mi alrededor. Temo la llegada de la jubilación. ¿Qué será de mí?

Hoy he tenido una genial idea para cuando llegue ese momento: Iré todos los días a la plaza y me sentaré en el banco al lado del kiosco, enfrente de Eutiquio. Todos los días viene con una telera de pan dentro de una bolsa y da de comer a sus queridas palomas. Y discute con Casilda para que se vaya a otro banco, que no moleste, que a quién se le ocurre llevar una escudilla con leche para los gatos. ¿Es que no ve que espantan a las palomas?

Saludaré a don Eusebio que cada día me compra el periódico y no se deja línea por leer. Y a Manuela, mi querida barrendera, a ver si por fin toma la decisión de abandonar al borracho de su marido.

¡Maldita mosca que no para de posarse en mi nariz! Lástima de no tener un matamoscas a mano. Se iba a enterar.

También estaré atenta a los imprevistos. Como la vez aquella, una tarde realmente calurosa de agosto, ––el termómetro de la parada de autobuses marcaba 50ºC a la sombra––, en que una pareja de sordos ––debían serlo por lo alto que hablaban–– se declaraban su amor. Cuando se pusieron de acuerdo en que cada uno quería más que el otro, a él se le ocurrió pedirle un beso y ella que no. Él que sí. Ella con la cabeza reiteraba su negativa y él afirmaba con la suya. Todos mirábamos atentos a ver qué iba a pasar y cuando ¡por fin!, se dieron un beso, que casi se desmayan por la falta de aire, y ella le dejó que tocara por aquí y por allá, la plaza entera aplaudió.

––María Luisa, ¿de qué se ríe? Si solo le he pedido una botella de agua.

Era el pequeño de la señora Rocío que lo único que ha hecho en su vida ha sido criar hijos y ahora nietos.

––Perdona, quillo. Estaba soñando despierta.

© Marieta Alonso

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Mesa de Navidad

15 marzo, 2020 por Akelarre 7 comentarios

Cuentos alrededor de una mesa de Navidad

La mesa de Navidad

En Egipto, durante el Imperio Antiguo, existían algunas mesas en forma de pedestal, cuya función era la de separar la comida del suelo, y en la antigüedad greco-romana también tenían una función litúrgica. Poco a poco van derivando hasta llegar a la de comedor que, como tal, aparece en las casas de campo inglesas. Pero no es hasta el siglo XVIII cuando se consagra el mismo como habitación independiente cuya función más agradable es la que ocupa en nuestras fiestas.

Si tuviéramos un agujero en la pared de una de estas estancias, descubriríamos debajo de la mesa un inoportuno pie tratando de acariciar la pierna indebida, una patada de advertencia para acallar palabras imprudentes, dedos acariciantes… Y sobre el tablero, y a veces al mismo tiempo, divisaríamos manos que después de reptar entre cubiertos y copas, se acarician; ojos que sonríen enamorados en un silencioso brindis o también la tristeza de una ausencia o de un lugar vacío para siempre.

Os deseamos que vuestra mesa del comedor sirva como vínculo de unión, que alrededor de ella solo encontréis momentos de alegría y que disfrutéis de los relatos que este mes os contamos en torno a ella.

¡Anda y que les den!

Cristina Vázquez

Secretos de una mesa de aniversario

Malena Teigeiro

La invitada inoportuna

Liliana Delucchi

Ventanas indiscretas

Marieta Alonso

¡Anda y que les den!

Cristina Vázquez

Tenía la mesa puesta desde las cinco de la tarde para celebrar esa noche su cumpleaños. ¿Cuántos? No tantos, se dice mientras se quita unas horquillas del pelo. Se mira en el espejo como si no quisiera verse. Asoma algo en el brillo de sus pupilas que a ella misma siempre le asustaba.

—Qué le voy a hacer si así me han hecho.

Y se da un tirón fuerte del pelo para desenredárselo. Se apoya con las manos sobre el mármol de la encimera, aprieta los labios y en voz baja, igual que si alguien la escuchara afirma.

—Solo he defendido mis derechos.

Mira el reloj. Los había citado a las ocho para tomar una copa de champagne antes de cenar. Un champagne francés excelente. No quiere fallar en nada. Esperaba que todo resultara cuidado y bueno, que ellos comprendieran que sabía valorar y darle buen uso a lo que le había tocado. Porque las cosas de la suerte son así. Y no dijeron más que mentiras contra ella. Al fin y al cabo, eran su familia, sus seres queridos, más bien los de él, pero le debía eso a Juan, que seguro hubiera aprobado todas y cada una de sus acciones.

También lo hizo por su hija. Ella ahora… ¡Uff! Cómo le apretaban los zapatos de charol que se acababa de comprar. Ahora, Marga, su querida hija no quería nada. Nada le importa, todo eran antiguallas graznaba, y además, se había largado a vivir a otra casa.

—Hasta que me pueda ir a Tombuctú o a Sebastopol —le soltó al irse de muy malas formas.

Por más que le había querido hacer ver claro que las cosas, los bienes, hay que preservarlos y cuidarlos, la niña, como era tan moderna venga a afearle que les quitara a sus tías lo que había sido de su madre, de su familia.

—¿Es que yo no soy familia, tú no eres nieta, tu padre no era hijo? ¿O qué?

Al recordarlo ahora, mientras se intenta apretar un tramo más el cinturón, le parece que su hija estuvo muy dura con ella. Claro estos jóvenes que lo han tenido todo tan fácil no saben lo que cuesta ganar dinero, tener respetabilidad, hacerse un hueco. Y eso que nunca le había contado cómo fueron sus primeros años con esa empingorotada familia. Cuando su Juan la presentó la miraron igual que si fuera un muñeco de feria robado por ahí, en cualquier puesto. Nunca se le olvidará la primera comida. Se suelta el cinturón, lo único que conseguía era marcar más las chichas de la cintura. Qué lástima envejecer.

Lo hicieron aposta. La suegra era una víbora, siempre con el gesto de asco como si todo le oliera mal y más fría que un bidet. Nada le alteraba excepto el tema político o un mal matrimonio o salida de pata de banco, como le gustaba repetir, de algún conocido de su misma estirpe o clase. Otra de sus frases preferidas era: Los jóvenes se creen que por casarse mal van a ser más felices. Y le dedicaba una miradita de hielo. Sí, de hielo, porque la vieja parecía que solo hubiera mirado el desierto ártico o antártico, nunca supo cuál estaba al norte o al sur. Ya da igual.

Busca unos pendientes, los de aro con turquesa o los de perla. Se prueba uno en cada oreja para ver cuál le favorece más. Recuerda cuando se los regaló Juan. Bueno sí era, pero tonto también. Se deleitaba tomando el té con su mamá y a ella que le dieran. Al salir, resumía con exactitud notarial las correcciones, que no levantara el dedo, que antes la leche que él té, o el té que la lecha, no se acuerda, que no mojara la tostada…

¡Anda y que les den!

Cómo se pusieron. De todo. La llamaron de todo, entrometida, ladrona… En fin, prefería no recordarlo porque había sido muy desagradable y no se cortaron un pelo en tirar al suelo la última pieza, la preciosa sopera de la famille verte que le tocó.

Por fin las perlas, los aros con turquesa eran un poco llamativos y esta noche, quiere que todo sea discreto, con chic, como le gusta decir a la cursi de Fuencisla, la cuñada mayor, la que se cree la sacerdotisa de los recuerdos familiares. Vaya cara se le puso cuando embaló las vajillas. Los ojos se le salían como dos serpientes enfurecidas.

Mira el reloj. Las siete y media. Se va a la cocina a meter el champagne en el congelador la última media hora. Juan lo hacía siempre. Tonto era, pero en estas cosas no le ganaba nadie. Y ella hoy, en la cena de reconciliación, eso había puesto en el tarjetón para invitarles, quería que no pudieran echarle en cara no saber apreciar lo bueno y poner una mesa ad hoc. Eso también lo decían Fuencisla y Juan. Las dos vajillas mejores y una mesa elegante que había copiado exactamente de una revista francesa. Vuelve a mirar el reloj. Ya son las ocho y se inquieta.

A las diez y medía casi se ha terminado ella sola la botella. No van a venir, ni siquiera su hija. Mira la mesa con ojo apreciativo. Mañana recogerá y volverá a guardarlas hasta el año próximo. A ver si vienen. Después de siete años ya podían haber olvidado.

¡Anda y que les den!

© Cristina Vázquez

Secretos de una mesa de aniversario

Malena Teigeiro

Cuando Mariola extendió con fuerza el mantel, la tela formó una gran pompa sobre la mesa. Todavía con las puntas de la tela en la mano, se quedó mirando cómo, poco a poco, discusiones, tiranteces, perfumes y sinsabores iban saliendo a través de los agujeros que formaban los ya muy lavados hilos.

Ella era la pequeña y seguía viviendo en la casa de sus padres. Cada novio o pretendiente que les había presentado, doña Marcita, su madre, torcía el gesto. Al principio decía que era demasiado joven y no sabía darse cuenta del mal aspecto de su pretendiente. Luego, que tuviera cuidado, que debía elegir bien y que los hombres tan guapos, siempre, siempre, y levantaba amenazadoramente el dedo, hacían infelices a sus esposas. Otro no le pareció oportuno porque, según ella, su familia no era de las de toda la vida. Y por último, una mañana que no hacía mucho sol, le gritó que si lo que quería era agarrarse a cualquier par de pantalones que pasearan por delante de su puerta, pues, adelante. ¿Pero es que no se daba cuenta de que iban por el dinero que algún día heredaría? Llevándose la mano a la frente, la contempló con lástima. ¡Ay, Señor!, exclamó. Y poniendo buen cuidado de caer correctamente, se derrumbó sobre el sofá.

Cuando ya el mantel se posó sobre la mesa de caoba, Mariola lo estiró con las manos. Sintió bajo la piel los latidos de todas las voces que aquel hilo había escuchado. Lo contempló durante unos segundos y tembló. Parecía un blanco sudario. Estremecida ante sus negros pensamientos, se dio la vuelta y se dirigió al armario. Tenía que sacar la vajilla, cristalería, jarrones, cuberterías... Siempre igual. Desde que ella tenía recuerdos, así celebraban el aniversario de boda sus padres.

Se calzó los guantes de algodón blanco y comenzó a sacar uno a uno los platos. A la derecha de la cabecera principal, colocó con cuidado el servicio de Andrés, su hermano mayor. Estaba últimamente demasiado grueso y procuró dejarle más espacio. A su lado, el correspondiente a la dulce Ana, su pobre mujer, siempre pálida y con el rostro ansioso por agradar a tan displicente marido. Enfrente, el de Alfredo, tan agradable y trabajador. Cada vez que la abraza le susurra que cuando decidiera irse de aquella casa, contara con él, que la ayudaría. A su lado, Pepa, su altiva mujer, con su lengua ácida, a la que todos temen y que ella adora. Tenía carácter y no se dejaba vencer por el hermano mayor de su marido. Al fin y al cabo, ya fuera por su manera de ser o por la dote aportada, el caso era que excepto su marido, que siempre andaba guiñándole un ojo, todos la temían. Y cosa curiosa, ella también la animaba a dejar aquella casa. Luego colocó el servicio para el tímido y dulce Pablito. A su lado, el de su amigo Juan, que había sido su compañero de la residencia de estudiantes, y que una vez terminados los estudios se fueron a vivir juntos en un piso alquilado. Para compartir gastos, decía su madre ante la discreta sonrisa de sus otros vástagos. Enfrente de ellos, su hermano Marcos y su esposa Adela. Ambos trajeados como si fueran carmelitanos y ella luciendo su sempiterna tez bien lavada. Eran adorables. Siempre alegres, cariñosos. Recogió más platos, y los colocó en el sitio en donde acostumbraba a sentarse el divertido Jaime. Cada año llevaba a la cena del aniversario a una joven culta, bella, elegante, a la que después nunca volvían a ver. Un día le confesó que jamás se casaría, que no quería que las termitas royeran sus huesos. Y que si llevaba a esas celebraciones a una impecable mujer, era para que sus padres lo dejaran tranquilo. Ella y él se parecían mucho. Los dos tragaban sus secretos. ¿Qué sucedería si se supiera que ella tenía una pareja? Su madre le llamaría amante. Mariola se encogió de hombros. Ahora colocó el servicio de Jacinto que, aunque no era su hermano, siempre había estado en las celebraciones. Don Eustaquio lo miraba con mucho cariño. Decía que era el hijo de un íntimo amigo suyo, fallecido hacía tiempo y al que, según contaba, le había prometido que se encargaría de su formación. Pero ella había escuchado llorar a su madre. Y sabía algunas cosas que los demás no conocían. Algún día Jacinto, reservado, torvo, guapo a rabiar, les daría un disgusto. Estaba segura. Y suspirando profundamente colocó un servicio para ella a la derecha de su madre, como hacía en cada almuerzo. Ya casi había terminado. Solo le quedaba colocar en la cabecera el de su padre. Desde allí, el hombre contemplaba orgulloso a su correcta, formal y educada familia.

Contempló el aspecto y se decidió a situar las velas, las jardineras llenas de flores rojas, esta vez bien altas, a lo mejor si no se veían las caras, no discutirían unos con otros.

Ya todos estaban dispuestos a sentarse a la mesa cuando escucharon unos timbrazos en la puerta. Eran fuertes, generosos, hasta parecían alegres. ¿Quién sería a aquella hora?, preguntó su padre. Mariola se levantó tranquila. Cuando volvió a entrar en el salón iba colgada del brazo de un hombre. Madre, dijo mientras el joven se inclinaba para besar la mano a la dama. Le presentaba a Dionisio, el último pantalón soltero que pasó por su puerta y con el que convivía desde hacía dos años. Doña Marcita, llevándose la mano al pecho se dejó caer en el sofá. Tal parecía que le fuera a dar un infarto. Que se templara un poco, escuchó la voz risueña de su cuñada Pepa. No era momento para defunciones. Pálida, desasosegada, Mariola esbozó una sonrisa de alivio. Pepa se volvió hacia toda la familia. Y como si estuviera contemplando un divertido espectáculo, continuó. Si desde hacía años sentaban a la mesa al hijo de la amante de su suegro, ¿por qué no iba a poder hacer lo mismo el amante de Mariola?

© Malena Teigeiro

La invitada inoportuna

Liliana Delucchi

—¿Cómo se te ha ocurrido?

—No podía hacer otra cosa —Eustaquio se pasa la mano por la cabeza con un gesto de no tener más explicaciones ante la pregunta de su esposa —me la encontré en la floristería cuando fui a pagar la cuenta mensual.

—¿Y…, hablando de gardenias terminaste invitándola a la cena?

Miranda da la espalda a su marido para ocultar ese gesto inadecuado que le surge cuando está enfadada.

—No sé cómo se enteró —responde apesadumbrado—. Alguno de los asistentes se habrá ido de la lengua.

—Bueno, ya está hecho. Veremos dónde la sentamos.

 La mujer se encamina hacia su escritorio sobre el que tiene un diagrama con los asientos asignados a la mesa. Lo mira con desencanto.

El bueno de Rupert partirá en un viaje alrededor del mundo y ella quería ofrecerle una fiesta de despedida. Solo los amigos más cercanos y alguno que otro no tan asiduo a sus reuniones, pero que daría color a la velada. Mas la marquesa… Eso no estaba en sus planes. Ni en los suyos ni, cree, en los de ninguno de los asistentes. ¿Cuántos años tendrá? Setenta y cinco ya no los cumple.

La conocieron hace tiempo, en la casa de subastas donde la reciente viuda intentaba liquidar algunos de los bienes que le había dejado su egregio consorte. Miranda compró un par de antigüedades, que ahora está pensando dónde esconder, y esa mole de carne y maquillaje se le acercó para comentarle las bondades de su reciente adquisición.

—Soy la marquesa del Ojo Sinsonrando —se presentó abanicando sus pestañas postizas— y esas esculturas que se lleva han pertenecido a la familia de mi fallecido esposo durante generaciones. Son una verdadera maravilla.

Miranda le extendió la mano y con una media sonrisa que regalaba a quienes quería mantener a distancia, intentó despedirse sin preguntarle por el origen de ese título tan raro. No hizo falta. La misma aristócrata se lo relató en medio de sonoras carcajadas.

—Un antepasado de mi marido era el valido de un rey cuyo nombre no recuerdo. Al final de una cacería, al ver que su empleado no regresaba de sus habitaciones, el monarca se dirigió a ellas y allí lo encontró. En ropa interior y de pie sobre una bacinilla. Al preguntarle qué estaba haciendo, aquel le respondió “la prueba del ojo sinsonrando”. Fue tal el ataque de risa del soberano que le concedió el marquesado que lleva su nombre. ¿A que es divertido? —Y en medio del tintineo de sus pulseras de oro se alejó en busca de otra víctima de sus ocurrencias.

A la señora volvieron a verla en algunas reuniones de beneficencia donde la mayoría de los asistentes huía de ella. Una catarata de palabras de su voz chillona arrinconaba a quien encontrara por su camino haciendo que la gente la evitara. Pero ella no se daba por vencida, consideraba su presencia como una pátina de alegría ante personajes tan aburridos, esos entre los cuales necesitaba encontrar un nuevo marido ya que, según el chismorreo general, su fortuna era cada día más exigua.

—Deja ya de darle vueltas —le dice Eustaquio al ver a su mujer dando los últimos retoques a la mesa —y siéntala junto a Rafael, como el pobre está bastante sordo, puede que hasta se lo pase bien.

Los asistentes están ya reunidos en el salón cuando, con el retraso de rigor, hace su entrada la marquesa. Cubierta de joyas, todas las que le quedan según las malas lenguas, no tuvo reparo en mezclar esmeraldas con rubíes y brillantes. La seda de su vestido, un poco pasado de moda, desfila entre los sillones hasta acercarse a Rupert.

—Me han dicho que es usted el homenajeado. Enhorabuena por el pretencioso viaje que está a punto de emprender.

—No creo que pretencioso sea el adjetivo que me gustaría darle —contesta el discreto Rupert —. Solo es algo que quería hacer desde hace tiempo y que finalmente llevaré a cabo.

Mientras enreda su índice derecho en uno de los rizos de la peluca, ella le aconseja que no haga la travesía solo, es siempre mejor tener con quien compartir las nuevas experiencias.

El hombre mira a su alrededor en busca de ayuda y es el dueño de casa quien se acerca a rescatarlo con el objeto de entablar conversación con esa señora de quien todos huyen. No sabe qué decirle y no se le ocurre nada mejor que preguntarle si ha pensado en volver a contraer matrimonio.

—Desde luego —responde la marquesa— pero no con cualquiera.

—Es lógico, la cultura debe ser parte integrante —masculla el anfitrión.

—Por supuesto…, y el dinero no debe faltar —añade la marquesa con un guiño.

—¿A quién? —interroga Rupert.

© Liliana Delucchi

Ventanas indiscretas

Marieta Alonso

La prima Inés tenía un temperamento inquieto, una figura tipo columna y el pelo negro, rizado y provocador que ataba con una cinta roja. Le gustaba su casa impecable, y todo el trabajo lo hacía por las mañanas para tener las tardes libres.

A las cuatro en punto llegaba su vecina y amiga de la niñez, la señora Bárbara. Las dos se sentaban en arcaicas mecedoras ante un velador, y con la labor en las manos, se dedicaban a mirar por el gran ventanal y a conversar, mientras bordaban manteles, obra cumbre de sus manualidades. Unos eran a punto de cruz, otros a festón, otros deshilachados, ellas los llamaban de lagartera, otros pintados con motivos navideños. Por la destreza de tantos años no necesitaban quedarse hipnotizadas con el ir y venir de la aguja y según la sazón de la historia de quien pasara por la calle, aceleraban o interrumpían el ritmo del trabajo.

Ya atesoraban en los arcones más de doscientos juegos completos de mantelerías con sus doce servilletas, que pensaban dejar en herencia a sus hijas. A las nueras se lo estaban pensando.

La señora Bárbara, de pronto, hizo un gesto como pidiendo tiempo.

Por la acera de enfrente el viento agitaba unos cabellos que no eran rubios ni cobrizos, tenían el color de las zanahorias. Enmarcaban una cara joven con grandes ojos de deseo, con labios imprudentes invitando al beso, que andaba muy rápido, con movimientos sinuosos, como si la calzada no estuviera desierta a esas horas.

—Habla, Bárbara, no te dejes nada dentro.

Y despacio, con la vista baja, confesó que su hijo Javier había caído preso de otros brazos tras veinte años de matrimonio, cuando ya debería tener el cuerpo un poco más apaciguado.

—De momento, mi nuera está en la inopia o se hace la tonta.

Si se atrevía a decírselo era por estar segura de su discreción.

—Ya lo sabía —contestó la prima Inés— y he hecho indagaciones. Por una amiga se hace de todo. Vayamos a la habitación de al lado que tenemos otra ventana.

—¿Para qué?

—Confía en mí.

Y vieron a la mujer bajo el dintel de una casa abandonada haciendo cosas con un hombre que no se hacen con un amigo.

—Ahora mismo voy y le digo…

La mandó callar. Marcó un número en la rueda del teléfono y con espantada voz, dijo:

—Javier, a tu madre le ha dado un síncope y la tengo en el suelo. Ven de inmediato. Y colgó.

Se miraron en silencio. La prima Inés impertérrita. Bárbara asustada.

—Ya sabes lo que debemos hacer, si es que Javier viendo lo visto se acuerda a qué ha venido. Y otra cosa este mantel tan bonito que estás terminando, regálaselo a tu nuera, que aguantar a tu hijo tiene mérito.

© Marieta Alonso

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El pájaro

15 noviembre, 2019 por Akelarre 14 comentarios

pájaro en la nieve

El pájaro

Este pájaro descansa en una valla de su alto vuelo por las cumbres andinas. ¿Un pájaro meditará? Quizás. Lo que sí ha hecho es hacer volar la imaginación de nuestras cuentistas hacia muy diferentes lugares. Acompáñanos en este viaje.

PHALCOBOENUS MEGALOPTERUS. Es el termino científico de este pájaro que tiene muy diferentes nombres populares: Carancho cordillerano, Tuque cordillerano, Matamico blanco, Caracará andino… Es un ave falconiforme que habita el altiplano andino de Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

Sus plumas de color blanco y negro eran utilizadas en indumentarias de jerarcas incas y en la corona del emperador.

Se relaciona con el dios-sol de la cultura inca ya que era su compañero alado con el nombre de Inti, mago conocedor del presente y futuro.

El largo vuelo

Cristina Vázquez

La urraca

Malena Teigeiro

En la terraza

Liliana Delucchi

El futuro incierto

Marieta Alonso

El largo vuelo

Cristina Vázquez

Después de catorce horas en autobús llegó a una polvorienta estación en la que no vio ninguna cara conocida. Ni la deseada, ni cualquier otra que le fuera familiar. Nadie le estaba esperando y hacía tres días que había avisado de su llegada.

En ese momento empezaron a sonar en el móvil pitidos con mensajes, pues no había cobertura entre los altos y nevados picos que habían atravesado. Uno de los mensajes le dejó paralizado

Mientras pedía un café y un bollo de aspecto mohoso para reponerse del cansancio pensó que si las casualidades existían esta era una de ellas. ¿Sería verdad? ¿Por qué habían esperado tanto para avisarle?

En vez de salir corriendo a coger un taxi que le llevara a la dirección de su destino, se apoltronó paralizado en el asiento corrido de eskay de esa cantina. Tras palpar su bolsillo se quedó traspuesto.

Diego, Dieguito, le decía una voz cálida llena de resonancias amables. ¿O eran turbias? En el sueño resultaban amables, tiernas, llenas de una sincera conmiseración. Un toque en el hombro le despertó. Se limpió la baba que le caía por la comisura de la boca abierta y se enderezó.

—Señor, se tiene que marchar —le soltó con acritud el camarero—. Vamos a cerrar.

Al salir de la estación le sorprendió la noche amplia, despejada bajo una luna de inmutable blancura y unas estrellas que parecían hacer guiños desde lo alto. Sí, guiños, se dijo, igual que el mensaje que recibió en el teléfono. “Urgente. Ven. La Casilda se muere” No dudó en hacer el petate y acudir en ese trasnochado y ruidoso autobús para darle el último adiós a La Casilda, su casi madre, su casi diabla. Pero ella fue la mujer que lo recogió de un basural en el que mendigaba y lo hizo chico de recados de las mujerzuelas a las que explotaba.

Él engordó, creció como pudo entre ese desorden, gritos y arrumacos de las pupilas. La mujer siempre le protegió y prohibió que al chico le tocara ni hiciera nadie daño. Y aunque le miraba con ojos aventados, a veces rojos de ira o de espanto, otras, una ternura líquida y azulada los impregnaba.

—Diego, Dieguito, tú serás mi poeta —le decía con una seguridad abrumadora—, por eso te voy a mandar al colegio y escribirás mi gloria.

El niño no sabía lo que era un colegio ni una gloria. Una buena mañana le subió La Casilda a un autobús, parecido a aquel del cual se había bajado y le dijo que ese autobús le llevaría al conocimiento y a una nueva vida.

—En vacaciones volverás —le iba consolando mientras lo acomodaba con su exiguo equipaje—. Tesoro mío, escríbeme en cuanto aprendas.

Ese primer viaje no lo olvidaría nunca. La blancura de la nieve, el cielo azul como de porcelana intensa y la angustia de lo desconocido impregnada en su mirada huidiza. Lo último que vio fue la mano de La Casilda moviéndose en el aire. Y fue en ese primer viaje en el que todo resultaba terrible, esperanzador y novedoso. Cuando paró el autobús para un descanso vio un pájaro negro parecido a una urraca posado en una valla del mirador más alto de Los Andes. El animal no se movió, es más, a Diego le pareció que se acercaba a él como esperando algo. Se dejó tocar y el suave contacto del plumón le llenó de confianza, aunque se le arrasaron los ojos. El pájaro echó a volar y ejecutó una especie de danza frente a él.

Buscó, bajo esa amplia noche, un taxi que le llevara a casa de La Casilda. En el bolsillo manoseaba el primer ejemplar de su libro de poesías que había ganado el premio al mejor poeta novel “El largo vuelo” que quería entregarle. Y pensó que ese librito con el que le habían premiado era la mejor manera de cantar la gloria de esa mujer.

© Cristina Vázquez

La urraca

Malena Teigeiro

Marta iba a un colegio de monjas al que solo acudían chicas. En la acera de enfrente había otro de frailes en el que estudiábamos los chicos. A este último íbamos su hermano y yo. Al tener la misma edad, coincidimos en la misma clase y nos hicimos amigos. Al igual que nosotros, poco a poco nuestras madres se fueron conociendo, y por eso, el primer día que Marta fue al colegio de enfrente, la vi. Era pequeñita, tal vez tenía solo tres años, algo gruesa y con unos ojos grandes en los que parecía que le hubieran vaciado un par de paladas de carbón. Recuerdo aquella mañana con toda claridad. Iba de la mano de su madre, con el negro cabello peinado muy tirante en dos coletas rematadas en sendos lazos azul marino. La raya, que le llegaba hasta la nuca, parecía que se la hubieran hecho con un tiralíneas. Al verme, me miró sonriente y me dejó ver sus pequeñísimos dientes. Aunque yo era cinco años mayor, creo que en ese instante decidí que me casaría con ella.

Apenas había cumplido quince, cuando comenzamos a salir solos. A partir de ese día empecé a descubrirla. Era curiosa. Quería conocer y probarlo todo. Le interesaba el funcionamiento de cualquier invento, y sin que ella lo supiera, Marta era una gran deportista. Sobre todo, era muy buena en los deportes de nieve. Volaba a mi lado por las pistas de Formigal con la elegancia de una paloma, y su risa se confundía con el rasgar de sus esquíes.

El día que la vimos habíamos estado esquiando toda la mañana. Cansados, subimos a la cafetería y el entrar en la terraza ella se encontraba apoyada en la barandilla de madera que se abría sobre el barranco. Marta se le acercó y silabeando dulces palabras, le acarició las plumas. Al verla, temblé. Recordé a mi abuela. Era gallega y su vida y espíritu estaban llenos de supersticiones. Si ves a una urraca sola, tendrás malas noticias: Anuncia la muerte. Sin que Marta se diera cuenta, me coloqué detrás de ella y comencé a agitar los brazos. La urraca volvió la cabeza y, altiva, pareció mirarme como si me estuviera maldiciendo por haber impedido su momento. De pronto, abrió las alas y elevó el vuelo.

–¡Qué preciosidad! ¿No crees?

Era tan triste la mirada de Marta que me sentí peor que si me hubiera llamado ruin por haberla privado de ese momento.

A partir de entonces su carácter cambió. Aquella manera de ser suya, alegre y confiada, poco a poco fue desapareciendo igual que lo había hecho su infancia. Nunca volvió a ser la misma niña que confiaba en mí como si fuera el ser más importante de su vida. Incluso a veces me parecía sentir que le molestaba mi presencia.

––Desde que se ha hecho mayor, Marta no es la misma –me confesó mi madre una noche.

Y añadió que debía pensar mejor si era el tipo de mujer que me convenía. Me quedé mirándola sin decir una palabra y me fui a la cama sin cenar. ¡Cómo se atrevía!

Durante las vacaciones de verano, me dijo que quería estudiar ingeniería y que lo iba hacer en Madrid. Añadió, con la cabeza muy alta y el rostro muy serio, como dándome a entender que no había vuelta atrás, que creía que teníamos que olvidar lo nuestro. Se detuvo y levantando la mano, agregó que comprendiera, que nuestros juegos de niños se habían terminado. Ahora ella iba a conocer otra vida y no quería tener ataduras.

Aunque desde esa tarde no volvimos a salir, cuando me enteré por su hermano que se iba, fui a la estación a despedirla. La última imagen que tengo de ella es apoyada en la ventanilla, sonriente y agitando la mano igual que aquel medio día la urraca agitó las alas.

A partir de entonces comencé a escribirle. Mis cartas eran largas, las de ella, cuando me contestaba, apenas unas notas. Pero pronto dejó de hacerlo. Luego, sin entenderlo, comenzaron a llegar mis cartas de vuelta.

Las primeras vacaciones que volvió a la ciudad, estaba diferente. Muy delgada, pálida y los carbones de sus ojos parecían arder. Sin siquiera haberlas terminado volvió a Madrid. A partir de entonces las noticias que me llegaban prefería no escucharlas. Nunca más apareció por el pueblo hasta que la trajeron. Según contaban, sus ansias por conocer y probar todo habían acabado con ella.

Esta noche ha caído una gran nevada y las montañas están blancas. He vuelto a esquiar y la urraca está otra vez en el mismo sitio. Sobre la barandilla de madera. Me mira con desprecio. Y al igual que hizo la otra vez, levantó el vuelo. La miré fundirse con el cielo. Después de unos instantes de no verla, dudé si abrir mis alas y a saltar. Quizás, como ella, llegaría hasta el cielo y podríamos reunirnos otra vez. Aunque temo que no quiera verme.

© Malena Teigeiro

En la terraza

Liliana Delucchi

Con la mantilla gris, porque ya llevaba medio luto, y yo con una blanca, dado que entonces tendría siete u ocho años, iba con mi nonna camino de misa aquel domingo de finales de verano. Salíamos desde casa con la cabeza cubierta, me imagino que era para que los vecinos supieran de nuestra devoción y el destino de nuestros pasos.

Al cruzar una bocacalle lo vimos: Un pájaro dando sus últimos aleteos. Era gris, pequeño, y lanzaba un sonido que hizo que se me levantara el vello de los brazos. Nunca hasta entonces había contemplado un ser agonizante y esa imagen quedó grabada en mi retina. La verdad es que no sé si fue aquella visión, pero cada vez que veía un gorrión o una golondrina volar en mi dirección me tapaba la cabeza con el brazo. Mi aversión se extendió a todos los seres volantes, como solía llamarlos, y a pesar de temblar de asco y de miedo viendo la película de Hitchcock para ver si lo superaba, nunca lo conseguí.

Cuando años más tarde hice terapia, mi psicoanalista estaba más interesada en mis desarreglos emocionales que en la fobia a las aves, así que no insistimos en el tema. Y ahora estoy sentada en esta terraza, contemplando un pájaro inmóvil sobre la veranda del hotel y tengo una sensación de quietud que me resulta desconocida. Me arrebujo en la manta que me cubre y me sueno la nariz. El aire está frío a esta altura y hasta me lloran los ojos. Pero no me muevo. La inmensidad de Los Andes me sobrecoge y creo que a él también, aunque esté acostumbrado y este sea su hábitat.

Gira la cabeza, me mira con esos ojos profundos que me inquietan y no soy capaz ni de mover los pies que siento helados. Debí hacer caso y ponerme los calcetines de lana gruesa que me ofrecieron comprar a la entrada del pueblo. Los de ciudad creemos que por haber viajado sabemos más que los lugareños… La prepotencia del ignorante.

El pajarraco sigue quieto. Yo también. De pronto, voltea su testa hacia la derecha en dirección a unas nubes que avanzan rápidas. Puede que en un rato el cielo se cubra y tengamos que dejar la terraza los dos. Pero cada uno en su dirección. ¡Por favor, que no se me acerque! Si lo hace le tiraré la manta encima y llamaré a algún camarero. Cojo mi libro, pero sigo mirándolo de reojo. No me puedo concentrar en la lectura. ¡Maldito pájaro!

De pronto en un aleteo rápido se baja de la veranda y, caminando con esas patas que heredaron de los dinosaurios, se dirige hacia mi sillón. Dejo el libro sobre la falda y comienzo a hacer ruido con las manos, pero el muy cretino debe creer que estoy aplaudiendo su actuación porque sigue avanzando hacia mí. Así como en la facultad nos gustaba imaginarnos a los profesores en el retrete para darles una pátina humana, intento visualizarlo rodeado de patatas en la fuente del horno. No surte efecto. Quiero gritar pero no puedo. Es como si un carozo del fruto más grande del mundo se hubiera hecho un sitio en mi garganta. El bicho sigue su andar y ya llega hasta el borde de la manta que me cubre las piernas. Me la quito y se la tiro encima. Hay movimientos debajo de esos cuadros escoceses. Le arrojo el libro, pero no le doy. Un pico negro seguido de una cabeza del mismo color se asoma por un extremo de la frazada. Los sigue el resto del cuerpo. Cierro los ojos con fuerza para que no me los picotee. Silencio. Quietud. Cuando vuelvo a abrirlos, solo un poquito, lo veo a pocos pasos de mi pie derecho. Con el izquierdo me quito el botín y estiro la pierna derecha hasta tocarlo con el dedo gordo. Acerca el pico a mi media y el carozo que tenía en la garganta parece que ha desaparecido, porque alcanzo a decirle: “Hola, querido.”

© Liliana Delucchi

El futuro incierto

Marieta Alonso

Aquí estoy. Sin saber hacia dónde tirar. Dejé el nido tras una seria conversación con mi madre que me dijo que había llegado el momento de levantar el vuelo. Con lo cómodo que estaba no me apetecía nada, pero las cosas son así, no todo es para siempre.

Cansado tras el largo viaje, comer, dormir…, era cuanto necesitaba. Me acerqué a una bandada de pájaros, allí tendría que haber comida y así fue. Sacié mi hambre, y siendo previsor llevé algo de pitanza a un lugar solitario al pie de una cerca.

Los días iban siendo más largos y recordé las palabras de mi madre cuando dijo que no me preocupara, que el instinto me diría lo que tendría que hacer en cada momento, pero en aquel instante lo que sentía era nostalgia de mi hogar.

Una leve llamada me despertó, al principio imperceptible, después se fue haciendo más fuerte. Miraba a un lado y a otro, pero estaba solo. Era como si naciera desde mi interior. Era la señal de mi primer ciclo de reproducción. No lo sabía y me turbaba esa ansiedad, ese nerviosismo como si estuviera en peligro.

La llegada de ella fue como si mi infancia terminara, como si la hubiera estado esperando toda la vida. Un minuto antes picoteaba la comida solo y dormitaba más solo todavía. Un segundo después, una preciosa hembra estaba allí, a poco menos de un metro de distancia, emitiendo un armonioso canto y balanceándose. Por un instante nos miramos, me sonrió y me sentí capaz de volar miles y miles de millas. El viento nos acariciaba, el color ocre de la tierra, el verde de los cereales, el rojo de los frutos colgando de los árboles, era como si emitieran una dulce melodía.

Nunca había experimentado ese impulso nupcial y, de repente, se desencadenaba. No sabía qué hacer, por lo que volé hacia mi escondite gastronómico y tomé un pequeño insecto con el pico. Dudé un instante, pero algo hizo que me contoneara yendo hacia ella y con mucha timidez se lo ofrecí. Inclinó su cabeza como si fuera un pichón mendigando un bocado y nuestros picos se unieron.

Con ese simple acto me ofrecí como compañero de vida y ella me aceptó. Comenzó nuestro idilio. Al caer la tarde alcé el vuelo trazando círculos en torno a mi pareja, silbando muy suave. Ella voló conmigo, unos pocos centímetros detrás, como siguiendo mi huella y nos dirigimos hacia una ladera cubierta de pasto.

Esa noche dormimos muy juntos, apretaditos uno contra el otro, cuello contra cuello. La luz del día nos iluminó y nos pusimos a trabajar en nuestro primer nido de amor. Debía estar listo para esa época de crianza que se avecinaba.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

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