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La carroza real

15 mayo, 2026 por Akelarre 4 comentarios

Carroza real

La carroza real

Las carrozas, entendidas como carruajes lujosos y decorados para el transporte de personas o en desfiles, tienen orígenes que se remontan a la antigüedad, evolucionando desde vehículos funcionales hasta símbolos de estatus social y celebración. Su origen etimológico proviene del italiano carrozza, derivado del latín carruca.

En muchos países europeos se conservan colecciones reales muy importantes.

Estos carruajes encierran historias y misterios que rara vez salen a la luz. Sin embargo, no está en nosotras buscar verdades, sino historias que nos entretengan, emocionen o despierten sentimientos escondidos en algún lugar de nuestra memoria.

Desilusión

Cristina Vázquez

El landó real

Malena Teigeiro

Otra cenicienta

Liliana Delucchi

La vida es cuento

Marieta Alonso

Desilusión

Cristina Vázquez

El viaje a Londres era un plan deseado, muy deseado. Antonio había pasado una temporada larga en esa ciudad haciendo unas prácticas después de su licenciatura.

Cuando le conocí, cuatro meses atrás, enseguida me empezó a contar lo revelador que resultó su estancia ahí. Cierto es que ya habían pasado bastantes años y que la diferencia entre ambos países ya no existía. Nuestra querida España ya no era la sociedad cerrada que chocaba en cuanto se salía al extranjero. No paraba de contar anécdotas, de lo que ligó, aunque tenía novia, de la libertad de costumbres, de la nata espesa de la botella de leche, de las fiestas… En fin, parecía que las inglesas se le entregaban con solo mirar su condición de morenazo latin lover.

Soltaba algunas frasecitas en inglés en las que percibía un acento bastante duro, muy a la española, con las aspiraciones suaves de las haches convertidas en jotas. Pero me estaba enamorando sin remedio, o eso creía. Era encantador, vivo, amable y quizás hablador en exceso, pero entonces todo era motivo de acrecentar mi amor y admiración por él.

Por fin íbamos a ir a Londres

—¿Tú has estado alguna vez? — me preguntó de pasada una mañana que compartíamos una taza de té.

—Sí, algún verano —mentí.

En verdad, pasé un curso entero en un colegio en Northumberland, de ingrato recuerdo, y varios veranos en Inglaterra, incluyendo Londres, pero en cuanto hacía alguna referencia a esos años, él inmediatamente sacaba otra anécdota de su famosa estancia. Yo pensaba que debió transcurrir al menos un año para recopilar tanta aventura y conocimiento de lugares, tiendas y restaurantes a visitar.

Al llegar al aeropuerto inglés, había que volver a pasar el control de policía por el Brexit; comprobé que tardaba bastante y pensé que podía tener algún problema. Al ir a recoger las maletas le pregunté por lo sucedido.

—Nada, que cada vez hay más paquis hasta en la policía y tienen un acento horrible —contestó despectivo—. No hay quién los entienda.

En el hotel, hubo un par de preguntas que se hizo repetir por el recepcionista. Empecé a sentir cierta extrañeza. Aunque el idioma aprendido se olvida y el primer choque con él te descoloca un poco, yo no tuve ningún contratiempo, quizás un poco de lentitud al responder hasta lanzarme a hablarlo. Esta situación se repitió varias veces: en el restaurante, ¿lubina era?, preguntó en el Esquire la primera noche. Sea bass, le aclaré con timidez. Se acordaba como se decía lenguado y bacalao, pero la lubina le había hecho dudar.

Él llevaba un plan elaborado de sitios a los que ir, muy en función de sus recuerdos. No encontramos la casa que había compartido con su amigo Charles, el despacho donde trabajó estaba fusionado con otro y perdido su nombre, por lo que tampoco pudimos reconocerlo. Noté que los tropiezos con la lengua eran constantes y era yo la que tenía que acabar traduciendo y contestando. Había pasado tanto tiempo, se quejaba, que resultaba imposible reconocer nada. Esta ciudad no es lo que era ni de lejos, seguía, estaba perdiendo su auténtico sabor británico, desvirtuándose con la cantidad de extranjeros que la asolaban.

El deseado viaje a Londres estaba transformándose en una conjunción desesperante de tropiezos y lamentos. Propuse que fuéramos a ver las carrozas de la Casa Real, que recordaba como un plan entretenido y libre de recuerdos de Antonio. No había estado nunca, le parecía demasiado turístico, pero accedió. Yo empezaba a tener ganas de volver a España. Mi admiración por él se iba deshaciendo como un azucarillo en agua. Me crispaban sus comentarios racistas, cómo estaba de gente oscura la ciudad, no podía más de no entender el mal acento que gastaban, el cambio de ambiente…

Cuando estábamos frente a una carroza, noté un golpecito en el hombro. Me giré.

—¿Lola? —una gran sonrisa sostenía la pregunta.

—James —nos abrazamos con auténtica alegría.

—No era posible, ¿cómo me habías reconocido? —le pregunté emocionada.

—Eres inolvidable —me guiñó un ojo—. Te hubiera reconocido en cualquier parte del mundo. Tan buenos recuerdos…

Me sostuvo a la distancia de sus brazos. It´s just a miracle. Oír sus palabras con ese perfecto acento y simpatía me llevaron a recordar un tiempo encantador. Cuando fui a presentarle a Antonio, este había desaparecido.

Luego me enteré por un amigo común que su famosa estancia en Londres había sido de tres escasos meses. La mía duró varios años, hasta que ya jubilados James y yo nos vinimos a España.

Happy end.

© Cristina Vázquez

El landó real

Malena Teigeiro

La casa que mi padre heredó en la calle de La Magdalena se había convertido en una auténtica ruina. Era grande, llena de habitaciones. Las que daban a los patios de luces, eran muy oscuras. En las otras, en las que el sol entraba por unos balcones altos y estrechos, los techos aparecían cubiertos de escayolas ricamente decoradas. En la parte baja y en el patio, estuvo el taller donde se construían las carrozas reales.

 Al fallecer mis padres, y a pesar de lo divertida que había sido nuestra infancia corriendo por los largos pasillos, la casa se cerró y durante años permaneció abandonada. Ninguno de mis hermanos ni yo hablaba de ella, más bien se silenciaba su existencia. Un día nos llamaron del Ayuntamiento. Teníamos que hacernos cargo de una serie de reparaciones, pues el edificio corría riesgo de venirse abajo. Incluso nos informaron de que, si no las realizábamos, lo harían los empleados municipales. Luego, nos pasaría la factura. Esto sí que nos asustó. Nadie tenía dinero para volver a poner en pie aquel vetusto y precioso edificio, por lo que decidimos venderlo. Rápidamente apareció un comprador: la quería para convertirla en hotel. Y también, dijo, los muebles que no quisiéramos por un precio módico se los quedaría. A todos nos pareció bien. ¿Dónde íbamos a colocar nosotros aquellos muebles tan suntuosos e inmensos?

A partir de esa decisión, los hermanos sentimos un pellizco en el pecho. Deshacernos de aquello era lo mismo que olvidar a nuestros ancestros. Pero no nos quedó otro remedio. Decididos, comenzamos a repartirnos los cuadros, las porcelanas. Unos prefirieron las vajillas y otros las alfombras. Y al vaciar uno de los cajones del vetusto escritorio de nuestro abuelo, encontramos una caja forrada de un terciopelo que parecía haber sido verde. Encima de una mesa, la abrimos con mucho cuidado. Sorprendidos, vimos aparecer la maqueta de una carroza. Todo en aquella miniatura se encontraba impecable, salvo el techo, que aparecía hundido. Daba la impresión de que le habían dado un golpe. Tan solo en la piel de los caballos, todos ellos blancos, se advertía el paso del tiempo. Abrimos las puertas del pequeño carruaje. Dentro caídos uno sobre el otro, había unos muñecos de porcelana que parecían imitar a una pareja de jóvenes. Ella vestida de blanco y él con uniforme de general, pisaban una moneda de oro de veinticinco pesetas. Tenía el retrato de Alfonso XIII.

Mi bisabuelo, Julián González, el primero que habitó la casa de la calle de La Magdalena, tuvo el encargo de construir la carroza en la que irían los reyes a la iglesia el día de su boda. Todo un honor, decía a quien quisiera escucharlo. Hizo dibujos y más dibujos. Era muy costosa, decían unos, demasiado lujosa, murmuraban otros al verlos. Nadie se encontraba a gusto con los planos y dibujos que presentaba. Después de mucho pensar, entendió que, si en vez de planos, se la mostraba físicamente, sin duda el Rey se quedaría satisfecho. Con especial cuidado construyó la pequeña maqueta. Y tal como mi bisabuelo pensaba, en cuanto Su Majestad la vio, le hizo el encargo.

Durante cuatro años construyó una carroza ligera, fuerte, adornada con cantidad de oro que demostraría al que a viera la importancia de sus pasajeros.

Años más tarde, todo Madrid estaba en fiestas. El templo de los Jerónimos y las calles se llenaron de flores. Aquel era el día de la boda real. Los invitados, muchos llegados de países lejanos, aparecieron en el templo cubiertos de joyas y ricos vestidos. Y en el comedor y salones de palacio las paredes aparecían cubiertas con tapices y reposteros. Las flores, el lujo y la elegancia se esparcía por doquier. Todo estaba preparado para celebrar la fiesta después del enlace.

Al terminar la ceremonia de la iglesia, los novios, seguidos por su comitiva, partieron en su carroza hacia el Palacio Real. La alegría reinaba entre las gentes que esperaban verlos. Al pasar por la calle Mayor camino del palacio un joven les tiró un ramo de flores, como tantos otros. Pero ése llevaba una bomba.

Y la carroza, un landó de caoba, era tan fuerte, y estaba tan bien construida, contaba el abuelo, que resistió la explosión impidiendo que algo le pasara a la pareja real. Apenas sufrió unos daños en el techo, murmuraba satisfecho. Él, orgulloso, decía haber ayudado a su padre a restaurarla.

© Malena Teigeiro

Otra cenicienta

Liliana Delucchi

El despacho del señor Guzmán, notario de mis abuelos, me abrumó por sus inmensos muebles oscuros. Las cortinas tan verdes y viejas me recordaron a aquellas con las que Scarlett O’Hara se hacía un vestido en Lo que el viento se llevó. Por contrapartida a esos techos tan altos, el escribano era tan bajito como delgado, con unas gafitas que parecían precipitarse por una nariz que se sonaba permanentemente. Sin embargo, he de decir que era un señor muy agradable y solventó mis dudas sobre el patrimonio que a partir de ese momento me correspondía por expresa voluntad de los difuntos.

─Aunque algunas cuestiones ─me dijo─ deberá aclararlas con su familia.

Y fue lo que hice nada más salir de ese vetusto edificio. Llevé a mi madre a comer y, después de brindar por la vida eterna de sus padres y el inmenso amor que nos dispensaron mientras vivían, le solté:

─No tenía idea de que la famosa marca internacional de calzado Guido Brunelleschi era de los abuelos ─bajé la voz y casi en un susurro (por si alguien nos escuchaba), añadí─ el nombre de tu padre era Ramón García y el de su mujer Carmen Ortiz. ¿Me puedes explicar de dónde salió esa italianada?

─Querida: en aquellos años la mejor zapatería venía de Italia. Si querían ser alguien en el mercado internacional, tenían que cambiarse el nombre ─sonrió y su mirada se perdió por la ventana del restaurante─. Papá era un excelente zapatero, pero las ideas de comercializar los productos y llevar a cabo lo que hoy se llama marketing, eran de ella.

En ese momento, fui yo quien sonrió al recordar a aquella mujer y la historia de amor y negocios que me contó mi abuela:

«Yo tenía veintidós años y trabajaba de guarda en un museo que ya no existe, en el que cada tanto tiempo cambiaban los temas de las exposiciones. Ese otoño a alguien se le ocurrió traer carrozas, ya sabes, como las de la Reina de Inglaterra, aunque a mí, que era una romanticona, me hacían pensar en la de La Cenicienta.

»Si bien no era un trabajo agotador, era muy cansado. Te pasabas muchas horas de pie, pero yo tenía la suerte de que Pedro, mi jefe y amigo, me dejara sentar cada tanto en un taburete que había detrás de una cortina.

»Fue justamente Pedro, quien llamó mi atención sobre un asiduo visitante ─la abuela me guiñó un ojo─. Expusiéramos lo que expusiésemos, el zapatero de dos calles más abajo del museo, venía. Creo que viene por ti, dijo mi amigo. Pues vale, respondí.

»Pero, picada por la curiosidad, unos días después pasé por el local que regentaba el susodicho. Era una zapatería de barrio sin muchas pretensiones.

»No sé cuánto tiempo pasó desde mi trabajo de espía hasta la tarde en que todo cambió para mí. En realidad para nosotros. Había llovido desde la mañana y casi nadie acudía al museo. Yo tenía los zapatos húmedos y estaba agotada. Entonces, Pedro me sugirió que me sentara en una de las carrozas que estaba al fondo para descansar un poco. Él se ocuparía de que ningún visitante se acercara.

»Eso hice. Me instalé en una cómoda carroza, me quité los zapatos y me quedé dormida. Cuando desperté, junto a mis pies había un par de tacones de color azul celeste, con una nota que decía «Creo que los de La Cenicienta eran así».

»Me sentí una princesa de cuento, así que, me puse mis viejos zapatos y con los nuevos en la mano corrí hasta el local de mi príncipe. Si fuera un cuento de hadas, terminaría aquí, pero la vida tiene vericuetos que hay que saber saltar.

»En vez de sentarnos a comer perdices, nos pusimos a trabajar. Lo primero era cambiar el nombre de la firma (sí, ya la llamábamos la firma), nada de Ramón García. Había que ponerle un nombre italiano porque en ese país, que casualmente tiene forma de bota, se hacía el mejor calzado. Ramón dijo que le gustaba el nombre Guido (como un gato que tuvo de pequeño) y yo lo apellidé Brunelleschi, como el arquitecto que diseñó la cúpula de la catedral de Florencia. Ya no se harían remiendos. A partir de entonces se diseñarían y elaborarían tacones como los que me dejó en la carroza.

»Cuando nació tu madre, instalamos una cuna en el local y cuando tocaba viajar, ella venía con nosotros. Debe ser por eso que le gusta tanto subirse a los aviones. El resto, lo conoces.»

Claro que conozco el resto: una vida de trabajo con tanta ilusión como sonrisas, una familia unida, con alegrías y sinsabores, aunque siempre recuerdo más las primeras que las segundas, hasta que el abuelo sucumbió a una enfermedad que se lo llevó. Ella lo siguió al año. Supongo que estén donde estén, continuarán tejiendo cuentos de hadas para aquellos con quienes comparten su tiempo.

© Liliana Delucchi

La vida es cuento

Marieta Alonso

De niña me encantaban las carrozas, mi abuela las llamaba berlinas. Desde que mi madre, sentada en mi cama, me leyó, por primera vez, el cuento de Cenicienta no tuve otro objetivo en la vida: Cada calabaza que encontraba era un carruaje, cada ratón un caballo y mi perro Pluto dejó de ser un canino para convertirse en un cochero con lujosa librea.

Mi hada madrina fue el vecino de casa, quien, un día, con una varita mágica, sacó del pajar un carro lleno de excrementos, pero cuando las mujeres de mi familia lo limpiaron, pintaron y adornaron, fue lo más bonito que he visto en mi vida.

No tengo hermanos. Lo que tengo son cuatro tías, una madre y una abuela. En mi casa lo femenino está en alza. Las cinco hijas de mi abuela salieron muy diferentes, lo que sí tenían en común era un gran amor entre ellas. Lo demostraban discutiendo a todas horas.

La que mangoneaba, la sabidilla, era mi madre, la pequeña. Pero, lo que es la vida: las cuatro mayores, siendo guapas, simpáticas y trabajadoras, se quedaron para vestir santos. Por el contrario, mi madre, que de esas tres virtudes andaba bastante escasa, se casó cinco veces. Pienso que se enamoraban de ella por ese olor a melocotón en almíbar que destilaba.

Gracias a Dios enviudó de todos ellos sin tener hijos. Y una tarde lluviosa decidió que no podía esperar, que el arroz se le pasaba y salió a la calle en busca de un príncipe. No olvidó llevar sus zapatos de cristal. A los nueve meses nacía yo, su única hija. El heredero al reino no volvió a aparecer.

Crecí y con los años aquellas fantasías desmedidas fueron perdiendo importancia, hasta que las dejé de percibir. Fue gracias a mi abuela que no paraba de aconsejarme:

—Haz el favor, no imites a tu madre. ¡Abre los ojos! ¡Y déjate de cuentos!

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Comentarios

  1. Ines Pieres dice

    15 mayo, 2026 a las 19:05

    Gracias, hoy mi espera en la peluquería fue un placer, ya que leí todos los cuentos! Que increíble como de un mismo tema surgen tan variadas historias.
    Gracias,
    Ine

    Responder
  2. Cristina Vazquez dice

    16 mayo, 2026 a las 18:45

    Qué bien, Inés, que te ayudara en la espera.
    Gracias

    Responder
  3. Elena dice

    17 mayo, 2026 a las 11:42

    Thanks a las cuatro,he pasado finde entretenido leyendo varias
    Veces vuesrtras historias,,,,,,thanks a lot,
    Elena

    Responder
  4. Maria dice

    17 mayo, 2026 a las 22:53

    Qué buena iniciativa!!! Me encantan vuestras historias… Habéis logrado una vez más una magnífica comitiva, está vez de carruajes repletos de ingenio…
    Es un proyecto precioso: micro universos literarios que sabéis hacer conectar…
    Imagino que además de la creatividad compartís una magnífica relación de amistad…
    La literatura es vida plena y la buena literatura más plena aún y más noble. En este mundo virtual cada vez más vacío de contenido y calidad, se agradece poder encontrar proyectos así.

    Responder

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