El mantón de Manila
El mantón de Manila, aunque símbolo del folclore español y andaluz, tiene su origen en China (probablemente en la zona de Cantón), destacando por sus bordados en seda. Su nombre proviene de la escala comercial en Manila, desde donde el "Galeón de Manila" transportaba estas telas a Acapulco y luego a Sevilla durante el siglo XVI y posteriores, popularizándose en España en el siglo XIX.
Tradicionalmente eran bordados a mano con motivos orientales como dragones, pagodas y aves. En el siglo XIX, el diseño evolucionó en España, cambiando estos motivos por flores, colores más vivos y añadiendo flecos, influenciados por la cultura andaluza y la moda de la época.
Este complemento pasa a ser un personaje en los cuatro relatos que este mes traemos al Akelarre Literario, con todos los colores que merece la primavera.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Amor oscuro
Cristina Vázquez
Apareció en la portería una bolsa a su nombre, dentro de la cual se hallaba otra de algodón azul cerrada con una cinta. Pesaba bastante. A Carmela le creó un doble sentimiento de inquietud y curiosidad. ¿Qué podría haber en esa bolsa de tela vulgar y quién lo habría traído? La portera le dijo que se la encontró, pero que no pudo ver a nadie. Como comprenderá, ella no era de piedra, tenía sus necesidades corporales y domésticas, refunfuñó sin que le reclamara ninguna explicación.
Soltó abrigo y bolso y se puso cómoda para inspeccionarla. Al abrirla surgió una flor roja, inmensa, bordada con una delicadeza increíble. Tiró del pesado y magnifico mantón de Manila. Al desplegarlo sobre el respaldo del sofá para verlo en todo su esplendor, pues venía hecho un gurruño, se cayó un sobre azul.
Mañanita de misterios, se dijo con cierta sorna. ¿De dónde salía esa antigualla, maravillosa pero inservible? ¿Qué iba a hacer con ese mantón trasnochado?
Abrió el sobre y envueltas en la cuartilla escrita con letra de pata de mosca, surgieron tres fotos. La carta la firmaba Mari Nieves. ¡Vaya nombrecito! En ella contaba que era la sobrina de Juanita, la lencera, y al hacer orden en el taller de su tía, como sabrá recientemente fallecida, encontró esa bolsa con el mantón y las fotos. Llevaba prendido el nombre de la propietaria que resultó ser usted.
Tras la sorpresa inicial, Carmela recordó que Juanita era casi un personaje de leyenda de la que oía hablar en casa de su querida tía y madrina, que vivió en el piso de abajo. Era una mujer distinta a las de la época: libre, independiente, moderna, con muchos amigos y amigas. Algunas tardes, cuando volvía del colegio e iba a merendar a su casa, se la encontraba sin arreglar, con la voz ronca y una sonrisa agría, pero la mayoría era alegre, hablaba mucho por teléfono y había momentos que la dejaba sola. Me voy un momento, le decía, tengo que hacer un recado, pero vuelvo enseguida.
—No digas nada en tu casa —le hacía prometer con fingida seriedad—. Es un secreto de chicas.
Cuando murió fue ella la que tuvo que recoger sus pertenencias, y aparecieron cajas llenas de camisones y combinaciones de seda con encajes, batas, peinadores… Se quedó pasmada al ver todo lo que guardaba y nunca usó. Estaban envueltos en papel de seda y sin estrenar. No le ponía cara y ojos a la tal Juanita. Alguna vez, al estar en casa de su madrina, veía una sombra diminuta que salía precipitada por la puerta de servicio. ¿Quién era?, preguntaba curiosa. Nadie, Juanita la lencera, le aclaraba Angustias, la vieja criada, de manera desvaída. Siempre tuvo la impresión de que huía al oírla llegar, que era una persona que se fugaba antes de que pudiera verla.
Las fotos representaban a una misma mujer mostrando tres mantones de Manila diferentes, uno en cada foto. Los lucía desplegados sobre su espalda con las manos extendidas, para que se pudiera apreciar mejor el dibujo. A ella no se le ve la cara, salvo en una que gira un poco la cabeza. Parecía una mujer hermosa, morena, con el pelo recogido en un pesado moño. Uno de los mantones que exhibía era igual al que tenía en sus manos. Todo resultaba muy extraño y además, la tal Mari Nieves, mandó la carta sin remite.
Se acordó que quizás en las cajas que guardaba con algunas cosas de su madrina, podría encontrar la agenda y a lo mejor ahí estaba el teléfono o la dirección de la lencera. Le resultó desagradable empezar a rebuscar entre las pocas pertenencias que había guardado después de su muerte. Efectivamente apareció la agenda de cuero rojo con los cantos de un desgastado oro. Encontró un teléfono y al llamar lo cogió una voz aniñada.
—¿Está Mari Nieves?, por favor —dijo expectante.
—Sí, es mi madre. Ahora le aviso —hizo una pausa—. ¿De parte de quién?
Dio su nombre y esperó un buen rato hasta que oyó un “diga” de una voz desconfiada. Le dijo que no entendía por qué le había enviado el mantón y las fotos. Después de otro prolongado silencio, la mujer sugirió que se vieran personalmente. Quedaron al día siguiente en una cafetería. Carmela no tardó en reconocerla. Sentada cerca del ventanal daba vueltas a un vaso y cada poco echaba una ojeada hacia la puerta. Se miraron e hicieron ambas un gesto afirmativo de reconocimiento.
—¿Mari Nieves? —dijo acercándose a la mesa.
—Carmela.
Se sentó, pidió una bebida. Vio que era una mujer que podría resultar guapa, si no fuera por la dureza de su gesto de labios apretados. Comenzó a hablar sin preámbulos. Cuánto antes acabaran, mejor, soltó con apresuramiento. Su madrina, dijo, fue una buena persona, dispuesta siempre a ayudar.
—Pero mi tía Juanita la engañó —observó a Carmela con una mezcla de reto y desolación—. Le habrá chocado la de camisones y batas que tenía, ¿verdad?
—Así es. Nunca se las vi puestas —afirmó Carmela.
Siempre andaba llorándole a su madrina, que tenía necesidad, un hermano enfermo en el hospital, una multa de hacienda, una operación… Y así durante años le daba dinero y encargaba cosas.
—Mi tía, Dios la tenga lejos, era una sinvergüenza. Lo que entregaba como hecho por ella se lo encargaba a unas monjas a las que pagaba una miseria. Si hasta le decía que eran modelos de París.
Después de dar un sorbo a su bebida, continuó. Su tía tenía una buena colección de mantones que no usaba, pero a los que tenía aprecio y Juanita le prometió restaurarlos. Suspiró hondo, no sabía lo que hizo con ellos, probablemente venderlos a una coleccionista americana y decir que se habían quemado.
—Eso es lo que yo tengo más o menos oído, pero entonces era muy pequeña y no vivía con ella para saber con exactitud lo que pasó.
Lo que no entendía, aseguró Carmela con voz irritada es por qué Juanita tenía ese poder sobre mi madrina. Mari Nieves alzó los hombros, ella tampoco lo entendía. Se calló un momento, y con una expresión menos adusta, añadió.
—Yo creo, no lo puedo asegurar, que la respuesta está en la mujer de las fotos.
Ésa era la que manejaba a Juanita y parece que con su tía tuvo algo. Bueno, dio vueltas al vaso, ya sabe cómo eran las cosas entonces. La miró de frente: todo prohibido y no dar que hablar.
El novio de Jacinta
Malena Teigeiro
Mi querida abuela Jacinta, en honor a ella yo también me llamo así, falleció. Entre nietos y sobrinos nietos somos veintitrés y ella, siempre tan cumplidora, a cada uno nos dejó un regalo. Todos venían guardados en cajas de cartón forradas con seda unas y otras con terciopelo. ¡Dios mío!, lo que debió trabajar preparando todos aquellos recuerdos. En las cajas de los chicos, había gemelos y plumas estilográficas, pertenecientes a mi abuelo. Bueno, todo en todas no. En la que le correspondía al hijo de su hermano Antonio había un alfiler de corbata y una navaja con cachas de nácar y filigranas de plata, que habían pertenecido a Daniel, su novio. El tal Daniel, del que nunca hablaba, había fallecido días antes de casarse. Las pocas veces que alguien le recordaba a mi abuela aquel joven, la palidez cubría su rostro y la mirada se le entristecía. Pobrecilla, pensábamos todos. Penaba por fallecido su amor de juventud.
Las cajas de las chicas contenían broches, abanicos, alguna sortija… En una palabra, cosas que ella utilizó, y que, según la nota que acompañaba a los regalos, los había lucido en sus momentos más felices. A mi hermana Josita le tocó una caja bellísima. Estaba forrada con terciopelo verde y adornada con cintas doradas. Dentro apareció un vestido bordado con abalorios de azabache confeccionado con la misma tela con la que había forrado la caja. El vestido venía acompañado por un bolsito y una especie de cinta con una pluma de avestruz para colocar sobre la frente.
Cuando abrí mi caja me encontré con un precioso mantón de Manila de color azul muy claro. Estaba bordado con pájaros de colores, rosas que parecían acabar de brotar, mariposas y arabescos de todo tipo. Sus flecos, de seda blanca, bailaban al menor movimiento. Me enamoré de él en el primer instante. Como si fuera una manola, lo abrí y al intentar colocarlo sobre mis hombres vi que tenía una gran mancha en uno de los lados. Esa mancha es de sangre, exclamó mi prima Ana. ¿A ver?, inquirió mi madre. Lo cogió y comenzó a estirarlo. Que más da esa mancha. Nunca he visto nada tan bello.
***
Aquella tarde Jacinta lucía con gracia un mantón de Manila que le había regalado su padre. Tiene el mismo color azul que tus ojos, murmuró al oído mientras la besaba. Ella, del brazo de su prometido y en compañía de sus hermanos, caminaba hacia la ermita de San Antonio de la Florida. Era un trece de junio y esa noche en Madrid se celebraba la verbena en honor al Santo. Daniel, su prometido, taciturno, decía que no le agradaban aquellos saraos. Sin embargo, en cuanto llegaron a la pradera que rodeaba la ermita pareció que el malhumor se le calmaba. Incluso le entró un nerviosismo casi febril que alimentaba con vino y risas. Anochecido, Daniel, dándole un cariñoso beso, le dijo que volvía en un momento. ¿Pero te encuentras bien?, preguntó preocupada su prometida. Él, muy pálido, le pellizcó la mejilla.
Apenas media hora después, inquieta por la tardanza, Jacinta se echó el mantón sobre los hombros y se levantó a buscarlo. Sin que se diera cuenta, su hermano Antonio la seguía. Envuelta en aquel mar de seda, caminaba mirando de un lado a otro. Por ninguna parte veía a aquel con el que se iba a casar. De pronto vio que su hermano le hacía señales desde detrás de la ermita. Rápida se le acercó. Con un dedo sobre los labios, Antonio la cogió de la mano y la llevó hasta uno de los kioscos, ya casi junto al rio, que desde hacía tiempo estaba cerrado. Justo al dar la vuelta a la caseta de madera lo vio. Estaba abrazado a la cintura de una mujer. En el suelo había dos maletas. Una de ellas era la misma que juntos habían comprado con el fin de estrenarla en el viaje de novios. Sin pensarlo dos veces, Jacinta se les acercó. Lo siento, murmuró Daniel con la cabeza baja y los ojos fijos en sus zapatos. Me voy con ella.
Ahora comprendía su nerviosismo, pensó arrebujada en el mantón sin separar la mirada de la maleta. Ahora entendía el porqué de aquel beber malsano de los últimos días. Sintió las manos de su hermano sobre sus hombros. ¿Y mi hermana?, inquirió Antonio. ¿Quién te crees que eres para dejarla plantada en vísperas de su boda? Lo siento, repitió Daniel encogiéndose de hombros. ¿Que lo sientes? Antonio la soltó y lo agarró por la solapa. Daniel, separándose, se agachó a recoger la maleta. Él no podía entenderlo, pero desde que Jacinta le presentó a su amiga Sara, se enamoraron. Volviéndose hacia Jacinta continuó: Ésta es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
De pronto, en la mano de Antonio apareció una navaja con las cachas de nácar adornadas con filigranas de plata.
Instantes después yacían en el suelo Daniel y Sara, la mujer con la que iba a huir. Los hermanos se miraron. Nadie los había visto. Nadie estaba a su alrededor. Con rapidez echaron al rio el cadáver de la mujer. Luego fueron a por el de Daniel. Al agacharse Jacinta para levantarlo por los pies, una parte del mantón, como si fuera un sudario, resbaló sobre el cadáver.
Apenas habían pasado veinte minutos cuando volvieron a sentarse a la mesa con todos los demás.
Días después, cuando los cuerpos aparecieron rio abajo, nadie entendió aquellas muertes. Nadie no, comentó el sargento al cabo que lo acompañaba. Los jóvenes leen muchas tonterías y este es un suicidio de amor. Seguro que antes del hecho bebieron más de la cuenta. Cierto, cierto, aseveró el cabo. ¡Si es que estas fiestas nunca acaban bien, mi sargento!
***
¡Qué mancha más rara!, exclamó mi prima. Mas bien yo diría qué pena, pronunció mi madre examinando la mancha. Un mantón tan bonito echado a perder por no haberlo limpiado a tiempo comentó pensativa. Si lo doblas bien, siempre podrás usarlo, añadió una de mis hermanas. Total, esa mancha solo está en uno de los cuartos, dijo otra mientras acariciaba la pulsera que a ella le había tocado. Además, no sé por qué habéis dicho que es de sangre. Esa mancha puede ser de chocolate, de café o de cualquier otra bebida. En cualquier caso, Jacinta, déjamelo a mí, que lo llevaré al tinte a ver si pueden limpiarlo.
Desde entonces, el mantón que me dejó en herencia mi abuela, lo luzco limpio, sin mancha alguna, siempre que tengo ocasión.
Todo arreglado
Liliana Delucchi
—Mariana Álvarez del Valle, ¿quieres por esposo a…?
—¿Usted qué cree? —interrumpió la joven al sacerdote a la vez que soltaba el broche de sujeción del mantón de Manila que cubría su vestido de novia.
En la iglesia, el tiempo se detuvo en un silencio duro, pesado, seguido de murmullos de sorpresa.
Pero esta historia comenzó años atrás, cuando tres adolescentes pasaban los veranos juntos. Dos chicos y una chica. Fueron inseparables hasta que llegó el momento de ir a la universidad. Dos de ellos, Mariana e Ignacio, coincidieron en la elección de facultad y…, se enamoraron. Antonio quedó fuera de la ecuación y el rencor que pudo haberse diluido con los años, se acrecentó. Rencor hacia Ignacio, amor obsesivo por Mariana. El resentimiento crea telas de araña en las mentes de los desdichados y quienes no pueden escapar a veces urden situaciones descabelladas.
Cuando Ignacio decidió ingresar en el Servicio Diplomático, Antonio hizo otro tanto, al punto de lograr que les dieran el mismo destino: Filipinas. Para entonces, Mariana e Ignacio se habían prometido y para la ocasión el novio le regaló a su enamorada un mantón de Manila.
Ella regresó a Madrid para organizar la boda y allí se enteró de que las cosas entre los que fueran amigos no iban demasiado bien. Decir que no iban demasiado bien es quedarse corto: del despacho de Ignacio desaparecían documentos confidenciales que de alguna manera apuntaban a haber sido sustraídos por la gente de su ami-enemigo. De pronto, en esa legación diplomática donde rara vez ocurría algún suceso digno de mención, se filtraban secretos de estado, desaparecían fondos y hasta la residencia del embajador fue objeto de vandalismo.
Mariana escuchó por teléfono la voz desesperada del amor de su vida relatándole los acontecimientos que lo ponían a él en el punto de mira. Tan atribulado lo encontró, que no fue capaz de decirle que estaba embarazada, por si la noticia le suponía más preocupación que alegría.
Esa fue la última conversación que tuvieron. Lo siguiente que supo la joven fue que su futuro marido había sido detenido y estaba rumbo España para ser encarcelado por divulgación de secretos de estado. Ignacio no soportó semejante ignominia: su nombre, su reputación…, no es que estuvieran en entredicho, sino por los suelos. La versión oficial fue que, víctima de una depresión, se ahorcó en la cárcel. Mariana no creyó nada de todo eso: ni sobre las revelaciones ni el suicidio.
Supo, no sólo por intuición e inteligencia, sino por la secretaria del desaparecido, quién estaba detrás de todo aquello: el mismo que se ofreció a casarse con ella para salvarla de la vergüenza de ser una madre soltera.
—Nadie lo sabrá, querida. Tu hijo será mi hijo —dijo Antonio cogiéndole las manos—. Además, tú sabrás diseñarte un vestido de novia para que nadie note tu incipiente embarazo.
—Gracias, eres el mejor y sé que serás un buen padre —la voz de Mariana denotaba su gratitud—, aunque tendremos que esperar un poco. Y no te preocupes por mi vientre —agregó—. Sabré disimularlo. Nadie olvidará jamás esta boda. Me ocuparé personalmente de ello.
Y lo hizo.
Antonio no podía creer la felicidad que le deparaba el destino.
Cuando se abrieron las puertas de la iglesia, los asistentes vieron una novia que cubría la parte superior de su traje blanco con un mantón de Manila sujeto por un broche en el hombro izquierdo.
El rumor que recorrió el templo ante dicha visión no fue nada comparado con el que siguió a la respuesta de Mariana al sacerdote cuando le preguntó si aceptaba a Antonio como esposo:
—¿Usted qué cree? —soltó el broche que sujetaba el mantón dejando al descubierto sus pechos así como su quinto mes de embarazo─. Por cierto, mi hijo, que es un varón, se llamará Ignacio, como su padre.
¿Dónde vas con mantón?
Marieta Alonso
La bisabuela tenía unos primos que vivían en Manila y, en su viaje de vuelta a España tras la independencia, le trajeron un mantón de regalo. Desde entonces, fue un tesoro para la familia. Tiene bordados de flores y pájaros de distintos colores y unos preciosos flecos.
Se dice que ese lienzo cuadrado de seda es de origen chino, a pesar del nombre. La Señá Candelas, así llamaban a mi bisa, una vez al mes, lo sacaba de la caja donde lo tenía guardado, lo aireaba y lo dejaba caer sin doblar. Nunca tuvo ocasión y cuando surgió la oportunidad no se atrevió a lucir tan lujosa prenda.
Solo tuvo hijos, nada de nietas, pero al fin, llegó la niña en la cuarta generación y hay que ver, esa bisnieta, el aire que le da al mantón. Que si en una boda, que si bailando flamenco, que si anudado a la altura de las caderas para ir a la verbena de la Virgen de la Paloma.
La chica sigue la tradición guardándolo con sumo cuidado. La última vez que lo usó, su padre pesaroso, manifestó:
—¡Qué lástima, que no te vea mi abuela!
Le dio un beso emocionado y entonces se oyó una voz nacida de no se sabe dónde:
«Que no la veo, eso es lo que tú te crees».
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