El desfile
Los desfiles de moda se originaron en París a mediados del siglo XIX con el diseñador Charles Frederick Worth, modisto de la emperatriz Eugenia de Montijo, quien comenzó a presentar sus colecciones usando modelos vivos en lugar de maniquíes. Inicialmente, estos eventos se realizaban en los talleres de los diseñadores para un grupo selecto de clientes. Con el tiempo, la práctica evolucionó hacia desfiles más teatrales, los cuales se abrieron a la prensa y al público, convirtiéndose en eventos sociales para mostrar y vender las nuevas tendencias.
Este mes, bolígrafo en mano, nuestras cuentistas se han sentado en el front row de algunos desfiles, para contarnos cuatro historias que tienen lugar en la pasarela o entre bastidores. Esperamos que los disfrutéis.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Un porte diferente
Cristina Vázquez
Cada vez que se sentaba, una especie de ardor surgía en sus orondas posaderas. No porque le sucediera nada ni tuviera ninguna enfermedad o malformación. Simplemente tenía unas potentes caderas que sabía despertaban admiración en algunos hombres de edad madura, y envidia en alguna amiga delgaducha. Se sobreentendía que en esa sociedad atrasada en la que vivían era un buen argumento para encontrar marido.
Sin ningún fundamento, se asociaban esas hechuras a ser una buena paridora de prolífica descendencia, pero a Nadine todo eso le daba igual. Ella quería salir de ese país oriental, en el que siempre estaba rodeada de familia, primos, tíos, abuelos y cada cual iba a la casa de los demás sin avisar. Todos vivían en el mismo edificio y en el piso de los abuelos, el más grande, se comía y cenaba bajo la atenta y dominante mirada de la obesa dueña de la casa, que pasaba toda la mañana en la cocina dando instrucciones y gritos. Las tardes, si hacía bueno, la dejaban salir con las primas a dar una vuelta acompañadas de una institutriz francesa o alemana.
Eran muy ricos y muy brutos. El dinero les había llegado en forma de pozo de petróleo y aunque buscaban profesores y señoritas europeas, muchos no aguantaban por el desorden y falta de educación. Podían quedarse hasta la madrugada jugando a las cartas o al backgamon discutiendo a gritos entre distintos parientes.
Pero por fin llegó la revolución y se quedaron muy pelados. Un halo de tragedia envolvió a la familia: el padre en la cárcel, el tío cosiéndose joyas en el fondo de los bolsillos para irse al extranjero, una prima desaparecida... Todo un lío que Nadine miraba con una mezcla de pánico y expectativa, atisbando la posibilidad de poder salir de esa vida. Y salió, a trancas y barrancas. Pasando miedo y atravesando Europa llegó al soñado París que tantas veces le había relatado su profesora francesa.
—¡Oh, la,la! —soltó al entrar en el destartalado piso de Harum, una prima que la acogió.
No tenía palabras para demostrar la decepción, el cansancio y el terror que la invadía pensando en su futuro.
—Nadine, querida, te ayudaré un tiempo hasta que encuentres trabajo.
La abrazó y después le mostró el recodo del pasillo donde le había preparado un camastro. Era todo lo que le podía ofrecer. Le puso ambas manos sobre los hombros. Su mejor consejo era que olvidara las ayudas prometidas, las maravillosas tardes de verano junto al lago, los dulces, el tener todo servido y cada deseo otorgado al segundo.
—Hay que trabajar para vivir y no sabemos hacer nada útil.
Pero, levantó un dedo, hablaban bien francés e inglés, tenían un físico exótico, eran finas y educadas, si no se rascaba mucho, y ese era su único bagaje. La miró de arriba abajo. En cuanto adelgazara un poco, lo cual iba a ser fácil porque no comían mucho, sacarían partido de su físico. Ella se iba a ocupar, y le dio un cariñoso azote en el trasero.
En un par de días encontró trabajo en un restaurante. Recibía a la gente, la acomodaba en la mesa y ayudaba sirviendo agua y vino. Le pusieron un traje negro con un cinturón que marcaba su fina cintura y sus hermosas ancas, como aseveró el dueño, un rubio gordote y aficionado al burdeos. Nadine pensó que daba igual el lugar que estuvieras en el mundo, siempre había una mirada salaz para sus hechuras. ¡Bienvenidas sean! Se dijo la primera noche al caer reventada en su diminuto catre. Así, seguro que adelgazaré. Tantas horas de pie sin parar me saldrán varices. Hizo un intento de apartar de su cabeza los dulces que repartía la abuela y las meriendas en el café Lyon, donde se reunían las institutrices francesas de otras familias, las joyas que les regalaban en los cumpleaños, el olor de los cedros…¡Bah!
Muchos días iba a comer al restaurante un discreto señor vestido de negro, a veces con una mujer que parecía su hermana, otras solo y otras con un joven. Era un hombre tímido absorto en sus pensamientos ensombrecidos por cierta melancólica expresión. La miraba de una manera diferente, como quien calibra unas medidas o una obra de arte. Nadine le sonreía y él devolvía la sonrisa y bajaba la cabeza como avergonzado.
Un día que iba acompañado por la que luego confirmó era su hermana, él se fue. Ella, al ir a pagar, le dijo quién era y que le agradecería se pasara el día que le indicaba por la Maison Dior.
—A mi hermano le ha interesado su porte y le gustaría hacerle una prueba.
Se atropelló en la contestación. Por supuesto, iría encantada. Mil gracias. Se sentía feliz. La acompañó hasta la puerta y vio que en la calle la estaba esperando, apoyado levemente en la pared, el señor Dior.
Llegó tan nerviosa a la cita que se tenía que sujetar una mano con otra para que no se le notara el temblor. La noche anterior se había pintado con esmero la puntera de sus desgastados zapatos. La hicieron pasar a un salón vacío con una pasarela larga en medio. Una voz educada, pero contundente, que no veía de quién era, le pidió que se descalzara y avanzara con naturalidad por la pasarela.
—Dese la vuelta y pase otra vez, por favor.
Luego apareció una mujer de mediana edad, de labios finos pintados de rojo, vestida con un elegante uniforme negro que le dio un vestido, zapatos de tacón, guantes largos y un sombrero.
—Si es tan amable, póngaselo.
Así lo hizo, y frente a Nadine surgió en el espejo alguien con quien le costaba identificarse. ¡Qué elegancia!
La llevaron otra vez a la pasarela y la misma voz de antes le pidió que se pusiera una mano en la cintura.
—Por favor, camine tranquila con la vista puesta hacia el final, como si allí la esperara un tesoro.
La contrataran como modelo. Tuvo un tiempo duro de aprendizaje y luego de trabajo, pero lo recordaría como la época más feliz de su vida y como anécdota, le contaba a su sorprendida parentela exiliada, en torno a un plato típico de su país que hacían los domingos:
—Que sepáis que estas caderas que tanto me han hecho sufrir, han sido mi talismán para que me contrataran.
Su especial figura, le dijo con el tiempo la persona que le hizo el contrato, tan alta y con esas caderas tan bien marcadas, han fascinado al señor Dior.
La loca
Malena Teigeiro
Desde pequeña Carmiña quería ser modista, pero de las buenas, decía. De esas que hay en la capital. Para ello tenía que coser muy bien, le comentaba a su madre mientras daba puntadas y más puntadas a uno y otro vestido. Poco ganará si sigue cosiendo la ropa a mano, comentaron sus padres muy satisfechos del dinero que ganaba la niña. Habrá que comprarle una máquina de coser.
Una mañana madre e hija tomaron un autobús que las llevó a Coruña. Al bajarse en la estación, se dirigieron directamente a la calle de San Andrés. Según les habían contado, allí se encontraban casi todas las mercerías y muchas tiendas de telas. En cualquiera de aquellos comercios seguro que venderían máquinas de coser. Deteniéndose en uno y otro escaparate, pasearon por la calle sin decidir entrar en ninguna tienda hasta que llegaron a Almacenes Losada. Carmiña se paseó entre sus dos largos, estrechos y altísimos escaparates, en los que las telas, de todo tipo y colores, caían desde el techo hasta el suelo como si fueran colas de pavo real. Entre ellas, Carmiña descubrió una seda roja. Sin que su madre entendiera su capricho, compró metros y metros de aquel maravilloso y tieso tafetán. Allí también les indicaron dónde vendían las máquinas de coser Singer.
De vuelta a la aldea, madre e hija la instalaron.
Poco a poco, su fama de buena costurera salió de la aldea e inundó la comarca. Y fueron algunas de las señoras que llegaban de la capital y de otras aldeas las que le llevaron revistas de moda. Y ahí, en una de ellas, encontró la foto de una modelo luciendo un traje de seda rojo. Arrastrando la cola, la bellísima y arrogante mujer, con una mano en la cintura, caminaba por la estrecha pasarela situada entre las sillas del salón de un palacete. El comentario que había debajo de la foto decía que el vestido había sido confeccionado en el atelier de un joven modisto español, que se había ido a vivir en París.
Buscó en los estantes hasta que encontró el envoltorio con la seda roja comprada hacía ya tiempo. Cortó un trocito y la colocó al lado de la fotografía. Era la misma. A partir de entonces, en sus ratos libres, fue confeccionando un vestido igual al de la bella modelo, y mientras daba una y otra puntada, soñaba con encontrar una ocasión para lucirlo.
Una mañana una de sus clientas le dijo que había un desfile de moda en Coruña, y que, si lo deseaba, ella podía conseguirle una invitación. El desfile se iba a realizar en la Casa de la Cultura, y si hacía bueno, las modelos pasearían entre los parterres de los jardines colgantes de San Carlos. Pocos días después, con el traje de seda rojo en la maleta y la invitación en el bolso, la joven subió al autobús que la llevaría a la ciudad.
Con la liviana maleta colgada de la mano, Carmiña atravesó los Cantones y la calle Real hasta la Ciudad Vieja. Le preocupaba que el sol y la ligera brisa que llegaba del mar pudieran estropearle el peinado, igual al de la modelo de la foto. Al llegar a la Casa de la Cultura, entró en el baño de invitados. Sacó su vestido de la maleta y se lo puso. A la hora en que comenzaba el desfile, salió arrastrando la cola de su traje de tafetán rojo. Con la cabeza alta, los hombros echados hacia atrás, y la mano en la cintura, se dirigió hacia una de las salas por la que pululaban las modelos. Se colocó entre ellas y esperó su turno. Al ir a entrar en el jardín una mano la agarró por el brazo. ¿A dónde crees que vas?, inquirió malhumorada una sudorosa mujer. ¿Yo?, pues como ellas, a desfilar. Sin soltarla, la mujer llamó al guarda. Oye, llévate a ésta que no sé quién se cree que es. No se preocupe, señor. Mire, tengo una invitación. Angustiada, mostró la cartulina a su nombre. Señorita, esta invitación es para que se pueda sentar entre esas señoras y ver el desfile, pero no le permite desfilar. El hombre la sujetó por un brazo. Venga conmigo, Dígame, por favor, ¿dónde tiene su ropa de calle?
Lentamente, la dirigió al baño. Allí, en un rincón, continuaba su maleta. La recogió y sin cambiarse, salió del edificio con el rostro ardiendo y los ojos llenos de una niebla que le impedía ver.
Nunca supo nadie cómo consiguió llegar hasta la aldea, ni quién la ayudó, si es que hubo alguien que lo hiciera, pero lo cierto es que, desde que se bajó del autobús, Carmiña, a quien en la aldea conocen como la loca, vive abaneándose en una mecedora abrazada a un montón de seda roja, su vestido, justo al lado de su máquina de coser.
Primera fila
Liliana Delucchi
Para Agnes era, otra vez, su último día. El último desfile. A partir de mañana empezaría una nueva vida en su casita del campo. Cultivar el jardín, paseos a caballo, hacer tartas de manzana y sobre todo… ¡Comer! Comer lo que le daba la gana. Mientras se embutía en ese vestido maravilloso que Thomas había diseñado especialmente para ella, trataba de imaginar cómo sería levantarse a cualquier hora y hacer la tabla de gimnasia sólo si le apetecía. Fueron muchos años dedicados a ese trabajo que le permitió recorrer el mundo, disfrutar de una vida que otros apenas pueden vislumbrar en el cine o las revistas y, sobre todo, ser admirada y deseada.
«Las chicas y yo haremos una foto para el recuerdo, el de la última pasarela. Tengo que decírselo para que la hagamos antes de empezar. La guardaré junto a mis grandes tesoros.»
Sin embargo, no era ésta la primera vez que se anunciaba su final como maniquí.
Fue en el último desfile de Georges Deauville durante la semana de París de hace veinte años. Todavía desfilaba para ese gran hombre y diseñador que, lamentablemente, pasó a mejor vida.
Entonces, un día de otoño, anunció su retirada. Lo publicaron todos los medios del sector: la gran Agnes Ardenne abandona la pasarela, pero no la moda, ya que, junto con su amiga, la italiana Laura Damiani, se dedicará en exclusiva al mundo de los guantes, complemento que ya han incorporado las grandes marcas.
Salió en todas las portadas. Sus guantes se vendieron a base de una campaña de publicidad en la que gastó todos sus ahorros. Hipotecó su casa y la de sus padres, invirtió el fondo de pensiones y hasta sus joyas. Todo.
El proyecto lo valía. También el amor por Laura. Su amante se había ocupado de las gestiones, desde los créditos, las cuentas bancarias, el alquiler del local y todo aquello que para Agnes era tan áspero como desconocido. Yo me ocupo, tú no te preocupes, dedícate al diseño que es lo que se te da bien. Cada una a lo que sabe. Todavía resonaban en su mente las palabras de la mujer que amaba y a la que después odió más que a nadie.
Cuando terminó su último desfile, cuando se hubo despedido de sus amigas de toda la vida y llorado en brazos de Georges, cogió un taxi en dirección al maravilloso local que habían comprado para su nueva tienda. Vacío. Ni guantes, ni mobiliario…, ni Laura.
La buscó por todo París, su piso estaba desocupado, la portera le dijo que un señor la había recogido por la tarde y que se despidió de ella con un «Buena suerte, madame Claude». Desapareció de su vida, desapareció de Francia, desapareció del mundo de la moda.
Y ahora Laura estaba allí, el día de su segunda despedida, sentada en primera fila. Esbelta, elegante, con su mirada perdida y a la vez profunda, capaz de encandilar a cualquiera y con el broche de esmeraldas de la abuela de Agnes prendido de la chaqueta. Temblando de odio, Agnes la contemplaba desde detrás de la cortina.
─¡Qué cara dura! ─sonó la voz de Claudine a sus espaldas─, ¿cómo se atreve a venir después de lo que te hizo? ¿Sabes que mañana le harán una entrevista en Vogue?
─Eso si llega a mañana. Venga, vamos a hacernos la foto de despedida.
Al día siguiente, la prensa especializada se hacía eco de la luctuosa noticia: «Asesinato en el Front Row: durante el último desfile de Thomas Pryce de esta semana de la moda, cuando los guardias de seguridad fueron a cerrar el recinto, encontraron el cuerpo sin vida de la italiana Laura Damiani.»
Desde el tren que la lleva camino a su nueva vida, Agnes contempla el paisaje mientras aprieta en su mano el broche que fuera de su abuela.
Todo cambia en un segundo
Marieta Alonso
Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he comprado nada, pero allí estoy.
Aquel día amaneció a cero grados, caía agua nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me quedé curioseando, como siempre.
En mala hora.
Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la vejez había dejado un río de sangre.
La pasarela, muda y solitaria, despertó y se oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba. Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.
Era la policía.
Me explicaron que aquella señora, una maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto de mi imaginación.
Lloré por aquella mujer que no conocí en vida. Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre, mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a la compra, a los desfiles, a los entierros.
Bienvenidas !!! Mil gracias