Nuevo Akelarre Literario

Síguenos

  • Facebook
  • Inicio
  • Autoras
    • Marieta Alonso
    • Liliana Delucchi
    • Malena Teigeiro
    • Cristina Vázquez
  • Relatos
  • Autores invitados

Alcázar Palacio de Portocarrero

15 junio, 2026 por Akelarre Deja un comentario

alcázar palacio de Portocarrero

Alcázar Palacio de Portocarrero

En el año 105 el procónsul romano Aulo Cornelio Palma, fijó aquí su residencia, pero su estructura actual de defensa proviene del alcázar construido en el siglo XI durante la dominación árabe. Hasta la actualidad, conserva las murallas de tapial con torres almenadas, así como la estructura del Jardín de las Hespérides, un huerto hispano-mudéjar con naranjos centenarios.

Tras la Reconquista, en 1342 pasó a manos del almirante Egidio Bocanegra. En 1505, Luis Portocarrero Bocanegra finalizó la construcción del palacio, el cual fue testigo de grandes eventos históricos, entre ellos la boda del Gran Capitán.

Abandonado durante años y tras los daños producidos por la Guerra Civil Española, la familia Moreno de la Cova, propietaria del Palacio desde 1868, emprendió en 1989 una profunda reconstrucción liderada por doña Cristina Ybarra Sainz de la Maza.

Últimamente, el palacio ha sido escenario de varias películas. Entre ellas El Reino de los Cielos, de Ridley Scott, y también ha servido de inspiración para los cuatro cuentos que Nuevo Akelarre Literario publica este mes.

¡Cuidado con los sueños!

Cristina Vázquez

El purgatorio

Malena Teigeiro

Perfume de azahares

Liliana Delucchi

Malandra por obligación

Marieta Alonso

¡Cuidado con los sueños!

Cristina Vázquez

A Felipe B. apasionado jardinero.

Mucho cuidado. Esa era la continua advertencia de su madre. Luci, cuando era niña, la miraba con la incomprensión propia de la infancia frente a afirmaciones tan categóricas. Además, se decía, eso era imposible, los sueños llegaban y se iban a su antojo. Nadie podía controlarlos. Pero la madre se refería a otros, no a los que se desvanecen con la mañana.

Cuando fue creciendo, entendió a cuáles se refería. Le encantaba dar ejemplos prácticos. Su tía Marisol soñó con ser bailarina y, cataclás, se calló por las escaleras una noche y se partió no uno, sino los dos maléolos.

—Claro que llevaba una buena curda —remataba.

 Entonces la miraba retadora mientras se abrochaba un delantal de diseño propio, o calándose un sombrero también ideado por ella, o se cubría con una mantita de croché que había confeccionado en ratos perdidos.

Se clavaba las puntas de los dedos en su escurrido pecho. Ella, aunque no lo creyera, podía haber sido una diseñadora de éxito, porque ideas no le faltaban, pero la realidad —en ese momento solía elevar los ojos al cielo—, se impuso con toda su crudeza. Marido, hijos, la mecanografía para ayudar en los gastos. En fin, la vida misma.

Hasta las narices. Luci, ya ni oía el sonsonete continuo de cuidado con los sueños. Y se decidió a soñar, como revancha y compensación de una vida, la de su madre, a la que le gustaría ofrecer una realidad diferente, una amistosa demostración de que alguno se cumple.

Decidió estudiar diseño de jardines, pese a las protestas familiares de que con eso no se comía, a no ser que fueras vegana, y aún así, o cosecharas tu propia huerta. No podían hacerse cargo de un capricho como ese, tenía que estudiar algo de provecho. Consiguió un trabajo para pagarse sus estudios y pensó que ese era su auténtica vocación ¿su sueño?

Siempre había tenido buena mano para las plantas, deditos verdes, la llamaba su tutor, un conocedor apasionado de los jardines. Un hombre mayor, al que le empezaban a temblar un poco las manos, pero no el entusiasmo amoroso que ponía en la enseñanza y cuidado de las plantas.

—Son maravillosos seres vivos que dependen de nosotros unas veces y otras, sobreviven pese a nosostros.

Luci pensaba que era igual que un maestro oriental, aunque había nacido en un arrabal madrileño. Era reconocido, hasta famoso, se reía él, y sabía por qué, le preguntó una mañana mientras trasplantaba una flor herida, sí, herida, repitió con cierta irritación al ver la dudosa expresión de Luci.

—Porque he seguido mi sueño.

Había viajado por todo el mundo, conocía a los maestros europeos, le apasionaba la delicadeza de la naturaleza y el diseño japonés. Admiraba a los persas, siempre los llamaba así, y su nostalgia por los jardines de Babilonia le llevaba a afirmar que daría años de su vida por haberlos conocido. Le llamaban de todo el mundo, daba conferencias y la cuidaba con el mimo de un maestro que trasmite su saber a alguien más joven.

—Tú también eres una flor herida y hay que cuidarte. Serás mi sucesora y espero que no me decepciones.

Su última pasión era un jardín andaluz en un antiguo castillo que estaban reconstruyendo sus dueños con tesón y apasionamiento. Le llamaron para que hiciera el diseño del mismo. La única condición que puso es que le acompañara y se encargara su alumna. Él supervisaría todo, pero ella iba a ser la diseñadora y cuidadora.

—Estoy viejo, querida, tú serás mis futuras manos.

Y ahí estaba Luci, respirando el aroma de los naranjos y los jazmines y mareándose con los colores de las buganvilias. Cuando estuvo acabado, invitó a su madre a la inauguración, la cual se puso un traje de gasa no solo diseñado sino también confeccionado por sus habilidosas manos y voló como una torpe mariposa sobre el sueño de su hija.

—Y pensar que siempre he estado equivocada —afirmó sin tristeza.

© Cristina Vázquez

El purgatorio

Malena Teigeiro

Escondida entre los naranjos, Amalia intentaba que la luz de la luna no la descubriera. Estaba próximo el amanecer, ese momento en que los naranjos arrojan a diestro y siniestro el perfume de azahar. Sentada sobre su pequeña maleta aquella fragancia le producía una especie de mareo. No le importaba, él le había dicho que lo esperara allí, y ella lo esperaría. Llegaría de un momento a otro. Escuchó un ruido y se levantó risueña. ¡Uf!, era el resoplar de una mujer. ¿De dónde había salido?  ¿Por dónde llegó?, se preguntó Amalia. La sombra de la noche casi le impedía verla. Aun así, vio que la joven vestía una especie de túnica blanca y que un ligero manto azul le cubría la cabeza.

―¿Estás esperando a alguien? Lo digo por la maleta ―preguntó muy dispuesta la muchacha sin dejar de sacudirse la tierra pegada a su ropa.

Ella se encogió de hombros. ¿Quién iba a estar allí, a esas horas, con una maleta si no era porque se quería escapar?, pensó antes de que, muy nerviosa, le preguntara quién era ella

―Por mí no te preocupes. Yo vengo del Más Allá. No existo.

―¡Venga ya!, soy mayorcita para tragarme esos cuentos ―rio Amalia.

La mujer, muy joven, ahora lo percibía, y de rostro muy pálido levantó los hombros. Quizá deberían sentarse y ya cómodamente, si le parecía bien, le contaba por qué vivía en el Más Allá.

―Será estupendo ―replicó Amalia al tiempo que se preguntaba quién sería aquella loca.

Ambas se dirigieron hacia un banco de hierro pintado de verde, a cuyos lados en grandes macetas de barro rojo crecían dos pequeños naranjos. A pesar de que la luz de la luna podía descubrirla y del frio de la noche, Amalia se dejó caer sudorosa. La muchacha se acomodó a su lado. Arrancó una naranja del árbol, y mientras la pelaba le contó que vivió en aquel palacio hacía muchos, muchos años, es decir, varios siglos. Era la hija del Capitán General del Rey, dueño de este castillo. Por aquel entonces los jardines no tenían naranjos y las murallas estaban perfectas.

―Y ahora ¿dónde te alojas? ―la interrumpió Amalia sin creer lo que contaba.

―Pues, transito por los jardines que, aunque no te lo creas, por las noches están llenos de ánimas que pertenecieron a gente como yo. Mira hacia allí. ¿Ves aquella sombra afilada? Es Malika, una morita que trajeron desde Túnez. Y claro, como no es católica, no tiene sitio dónde reposar. Aquella otra es de Antonio, que asesinó a su mujer porque la encontró con otro. Pero ¡en fin! para que le iba a contar tristezas.

Como decía, continuó, uno de los capitanes de su padre se enamoró de ella, al menos eso le dijo, y ella se lo creyó. Le enviaba misivas, dejaba caer flores a su paso, y al acercarse le susurraba palabras amorosas.

―Y yo, por qué no decirlo, me volví loca por aquel capitán, tan guapo y con el cabello negro, rizado y brillante de aceite ―la joven suspiró tan profundo que Amalia dudó que aquel amoroso suspiro pudiera salir de un alma en pena.

Luego de unos segundos, la muchacha reanudó su historia. Su padre se enfadó mucho con ese amorío, tanto que la encerró en una de las torres. Según le dijo antes de echar la llave a la puerta, el capitán no era bueno para ella ni para nadie. Y, por si fuera poco, desde su nacimiento, la había comprometido con un sobrino del Rey.

Pasaron los días y las noches sin que pudiera salir de la torre. Hasta que una tarde su aya entró en la cámara. La seguían dos damas cargadas con hermosos ropajes. Venían a vestirla y a acicalarla. Esa noche bajaría a cenar con el sobrino del Rey, su prometido, con quien se desposaría a la mañana siguiente.

Lo que nadie conocía era que el tiempo que la mantuvieron encerrada, su capitán, ayudado por uno de los soldados que guardaban la puerta, le enviaba dulces y emotivas notas en las que le juraba amor eterno. Y que ella cada vez lo amaba más.

Aquella noche durante la cena lo vio. Estaba borracho como una cuba. Creyó que era por la desesperación que le causaba su matrimonio. Y lo cierto era que sí, pero no porque la mujer que amaba se fuera a casar con otro, sino porque la vida que se había prometido al desposar con ella se había ido a un pozo. Y por si fuera poca aquella desgracia, El Rey, a instancia de su padre, lo había destinado a luchar en las Cruzadas. Ella, desesperada, y desconocedora de todo aquel trajín entre su padre y el hombre del que estaba enamorada, ya de nuevo en su habitación de la torre se decía que si no casaba con su adorado Capitán no lo haría con nadie. Loca de amor, ya casi era de madrugada, más o menos a esta misma hora, dijo metiéndose otro gajo de la dulce y deliciosa naranja en la boca, se arrojó desde la torre. Y morí.

―Y ahora, el Buen Señor de los cielos, como esto de suicidarse es un pecado muy grande, tiene mi alma en este purgatorio: Desde esta torre lo veo todas las noches divirtiéndose y engañando a unas y otras. Veo cómo cada vez que fallece se encarna en otro igual de bello, que enloquece a las mujeres, las posee y después las abandona. Y así sigue mi castigo hasta que consiga que una mujer no caiga en sus brazos.

Amalia contempló a aquella bellísima muchacha que con la tranquilidad del que no le importa esperar, continuaba saboreando, uno a uno, los gajos de la naranja. Se levantó y recogió su maleta. Protegida por las sombras de las murallas, presurosa, caminó entre los naranjos hacia su casa. Todavía no se habrían dado cuenta de su ausencia. Antes de entrar en el Palacio se volvió. Nadie ocupaba el banco.

Ya en su habitación se acercó a la ventana. La abrió. En el cielo, allá a lo lejos, entre los primeros rayos de luz del amanecer le pareció divisar a la joven del banco sobre una nube. Tenía una mano levantada. Imaginando que era una despedida, ¿o quizá era agradecimiento?, ella también levantó la suya. Luego, suspiró profundo.

Un dulce olor a azahar invadió toda la estancia.

© Malena Teigeiro

Perfume de azahares

Liliana Delucchi

Esta vez no se me hace tan larga la espera. No sé qué es lo que me pasa, aunque se dice que con los años nos hacemos impacientes, hoy siento una paz especial, y no me angustia la idea de que me dé un plantón.

Como cada vez que nos encontramos en estos jardines, paseo entre los macetones, me acerco a los cítricos, los huelo, los acaricio y sigo mi andar esperando, esperando, esperando…

Me siento en un cómodo sillón de mimbre y una gentil señorita, quizás compadecida por mi edad y mi cansancio me trae un vaso de agua. Está fresca y tiene un fondo de limón. ¡Cómo no! ¡Qué delicia! Estoy pensando en aflojarme las tiras de las sandalias, pero temo que se me hinchen los pies y luego me cueste caminar.

¡Qué bien se está en este rincón!

¡Ahí viene! No. No es él. Rebusco en mi bolso su última carta. Mi dirección está escrita y re-escrita en el sobre, como si no la recordara y necesitara marcarla una y otra vez. Es imposible que con todas las veces que vino a mi casa, no la recuerde. ¡Ah, no! Qué memoria tengo, a esta casa no vino nunca, cuando me mudé le envié una misiva con mi nuevo domicilio, me la contestó, pero nunca vino a visitarme.

Está tardando mucho. ¿Le habrá pasado algo? Es cierto que hace tiempo que no nos vemos, pero recuerdo cada onda de su pelo, cada una de las arrugas que últimamente le están saliendo (y que no se las menciono porque es muy coqueto) y cada gesto que repite desde que éramos pequeños. Es el hermano que no tuve. Yo soy para él la que hubiese querido tener porque la que su madre le dio es mejor perderla que encontrarla.

¡Qué delicia!

Se ha levantado un poco de aire y me llega el olor de los azahares. Quisiera retener este momento para cuando llegue. No puede ser que se retrase tanto, siempre ha sido tan puntual.

Dudo si ponerme de pie y dar otra vuelta para ver si anda entretenido entre los naranjos. No, mejor me quedo porque puede que ocurra como en esas películas en las que los personajes se buscan cada uno por un lado diferente. Además, aquí se está tan bien.

Siempre cuidó de mí, y yo de él, todo hay que decirlo, aunque al ser la menor me tocaba ser la mimada.

Nos distanciamos un poco cuando él se casó con aquella bruja. Yo intuí que algo no iba bien, pero como es tan orgulloso no quiso decirme que se había equivocado y cuando se atrevió, decidí tomar cartas en el asunto. La Belladona no deja rastro o al menos el forense no lo encontró. Para celebrar su nuevo estado civil fuimos a Italia a gastar parte de la herencia de los abuelos, el resto lo dilapidamos en el Carnaval de Río cuando el que creía el amor de mi vida  me dejó por otra más joven.

Y ahora me tiene aquí esperando, esperando, esperando…

Sabe que odio la impuntualidad. Este este viaje que voy a emprender es muy importante, quizás el más importante y necesito cogerme de su mano. ¿Dónde se habrá  metido?

¡Ah! Ya está aquí. Me coge de la mano, como cuando era pequeña y me daba miedo la oscuridad. Vamos, querido, ya estoy lista.

Una voz de mujer joven me pregunta si estoy bien. ¡Claro que sí! La chica pide un médico, una ambulancia. Me toman el pulso. Nada.

Adiós, señores, disfruten de esta tarde magnífica.

© Liliana Delucchi

Malandra por obligación

Marieta Alonso

La tía Julia, que no tenía responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la Eternidad sin comentárselo siquiera.

Ella, que tanta fama tenía de trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces. Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con astucia, fue algo realmente imprescindible.

Tanta picardía y maña se dio que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Copyright © 2026 · Agency Pro Theme On Genesis Framework · WordPress · Acceder