La cápsula interestelar de Yuri Gagarin
El 12 de abril de 1961, el ruso Yuri Gagarin realizó el primer vuelo espacial tripulado, un evento histórico que abrió el camino a la exploración del espacio. Su vehículo, el Vostok 1, orbitó la Tierra a una velocidad de 27.400 kilómetros por hora, con una duración de 108 minutos.
Esa es la razón por la que la Asamblea General de la ONU, a través de su resolución A/RES/65/271, aprobase el 12 de abril como Día Internacional de los Vuelos Espaciales Tripulados.
Este mes, nuestras cuentistas se han metido en diferentes cápsulas, interestelares o no, en un vuelo de imaginación, con personajes que si bien no han explorado el espacio exterior, sí lo han hecho en el interior.
Esperamos que disfrutéis del viaje.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
La cartita
Cristina Vázquez
La vida entonces era en blanco y negro, y más aún en las Navidades que nos reuníamos en la casona familiar en un valle del norte. Llovía, la luz era floja, como sin ganas de brillar. Mi primo Ernesto decía que esa luz no se veía desde el universo, que le habían dicho que se borraba difuminada como una acuarela sin gracia.
—Eso lo ha dicho un ruso que ha volado por la atmósfera —afirmaba riguroso.
En la solana, acodados a la barandilla los que alcanzábamos la altura, mirábamos al infinito con la certeza de que también quedaríamos difuminados en ese incierto universo.
Nos vigilaba la profesora de ruso de nuestro primo, madame Natacha, que hacía las veces de cuidadora en las épocas de vacaciones, pues no tenía familia ni dónde ir.
—Es una rusa blanca —confesaba sottovoce Ernesto.
Nosotros la mirábamos tratando de encontrar esa blancura y aunque fuera rubia, nada nos llevaba a descubrir cuál sería el níveo secreto que debería esconder. Había tenido que huir porque unos revolucionarios mataron a su familia, continuaba nuestro primo pasándose el dedo por el cuello. Como era el mayor, a sus catorce años nos parecía que tenía unos conocimientos increíbles de la historia rusa, gracias a madame Natacha, y de la vida en general. Además de chapurrear el idioma, sabía escribir algo en cirílico, lo que le volvía a nuestros ojos un personaje casi de leyenda.
La tal madame Natacha arrastraba un cierto aire melancólico. Era una viuda en la cuarentena de un médico español y casi toda su vida adulta la había pasado en España y un poco en Francia. Esto le daba un cierto aire exótico que ella promovía cantando algunas baladas en su incomprensible idioma, rematadas con unas frasecillas en francés que la obligaban a fruncir la boca. Yo veía que mi tío Andrés, el padre de Ernesto, hacía el mismo gesto de fruncir los labios a la vez y se le ponían unos ojillos abesugados igual que si fuera a llorar, pero de emoción, no de pena. Mi tía Luisa se quedaba mirándolos igual que una severa profesora y hacía algún ruido con los cubiertos o carraspeaba para que se deshiciera el hechizo.
Decidió que sería mejor que esa rusa comiera aparte con los niños. Para nosotros fue más relajado y divertido, pues la apenada profesora tenía la mirada un tanto perdida y nos dejaba en paz, sin continuas correcciones. Durante una de esas comidas nos propuso que escribiéramos una carta al héroe ruso, Yuri Gagarin, el primer hombre que había subido en un Sputnik a atravesar el espacio.
—Yo estoy feliz porque el héroe es ruso —nos decía acongojada— y triste porque sea comunista.
A lo mejor hasta le habían obligado al pobre hombre, se lamentaba, aunque demostraba esa valentía característica de su pueblo. En esas comidas le pedíamos que nos contara historias de cuando vivía allí, lo más truculentas que pudiera. Ella empezaba siempre en un tono lastimero al que no le faltaba más que un fondo de balalaika y luego entraba en detalles terroríficos que nos fascinaban.
Un día, durante la tarde lluviosa que nos impedía dar el paseo diario, nos obligó a que escribiéramos una felicitación a don Yuri. El tío Andrés, que iba a ir a París en breve, se la podía llevar con él y hacérsela llegar desde Francia.
Nos pareció una idea excelente, menos a Ernesto que opinó era ridículo mandar una estúpida cartita a un señor que no veríamos nunca y, además, su padre no se iba a Francia. ¡Si no viajaba nunca! Sus palabras iban cargadas de un inhabitual enojo.
Pese a todo, escribimos la felicitación y en el breve tiempo de tres días desapareció la cartita, madame Natacha y el tío Andrés.
Nunca recibimos ninguna respuesta de don Yuri, que así quedó etiquetado el ruso vuelaespacio, ni noticias de madame. Sí se recibió, en cambio, aunque a los niños no nos dejaron leerla, una carta del tío Andrés despidiéndose amablemente de su familia y diciendo que ya hablaría con Ernesto cuando fuera un poco mayor.
Au revoir, puso al final haciéndose ya el francés.
El crucero
Malena Teigeiro
Discutí con él. Él es mi novio. Luego lo hice con mi madre, con mi padre y con alguno de mis hermanos. Estos últimos fueron los peores. Y todo porque no estaba dispuesta a hacer lo que «me correspondía». Es decir, tenía que vestir y arreglarme como la señorita que era.
Esa fue la primera vez que tuve un lío con mi madre. Y todo por su culpa. Sí, por su culpa. El día que cumplí los diecisiete años, me dijo que ya tenía edad para ir a comprarme sola la ropa que necesitara para el verano. Con aquel dinero, y luego de mirar en las redes lo que estaba de moda, me compré lo que me gustaba. A continuación, cargando bolsas y paquetes, fui a la peluquería y me corté la larga melena de la que mi madre se sentía tan orgullosa. Y me lo teñí de rosa. Y me pinté las uñas de negro. Y le pedí a la peluquera que me enseñara a maquillarme. ¡Qué lindos ojos me dejó! Al aletear las largas y nuevas pestañas me sentía como la heroína de cualquier película.
Volví feliz a casa.
Esa felicidad se acabó en cuanto me vieron. Mi primera discusión fue con él, como ya he dicho, con Ernesto, mi novio. No le gusté nada y acabamos como el rosario de la aurora, a velazos. Luego vino lo de mi casa. Al verme nadie habló, pero nada de nada. Eso sí, abrían mucho la boca y me señalaban con el dedo. De dónde vienes, qué te has hecho, fue lo primero que dijeron. Después… Eso ya estuvo peor. ¿Qué Por qué? Verás. Querían obligarme a que devolviera todo lo comprado. El pelo le crecerá, y lo otro, tampoco tenía tanta importancia, decía mi abuela que era la única a la que, al parecer, le había hecho gracia mi nuevo look. Ahora mismo vas y devuelves todos esos trapos, gritaba mi madre. Lo cierto es que ella no gritaba, nunca lo hizo. Lo que sucedía era que el tono de su voz se volvía metálico, tan metálico, que cualquiera que lo escuchara tenía ganas de desaparecer.
Me negué. Ese día, como si me hubiera metido en una cápsula que no permitiera que me llegaran sus voces, me negué. Y lo hice con una contundencia que ni yo misma conocía. No iba a devolver nada ni tampoco iba a ir a la peluquería para que teñirme el pelo de mi color. Nunca volvería a tenerlo del mismo tono que el de las ratas, susurré muy seria. Vi palidecer a mi madre. Era cierto. Había conseguido hacer lo que nadie hizo nunca, ni tan siquiera mi padre: plantarle cara. Y cuando, orgullosa de mi valor, la miraba, ella se levantó. Me cogió por el brazo y, saliendo al pasillo, me mostró la puerta de mi habitación. De ahí no sales hasta que decidas cambiar, me dijo. No reconocí su voz.
Y desde aquel día, aquí estoy. Encapsulada en mi dormitorio al que solo accede mi abuela, que parece estar de lo más divertida. Ayer me invitó a un viaje. Tan solo tienes que ir a la peluquería, porque de todo lo que te compraste, no queda nada. Después de mucho pensar me pedí por Amazon un tinte para el pelo. Desde luego no de mi color. Un rubio un poco apagado.
Ya satisfecha, mi madre consintió en que fuera con mi abuela, su suegra, a las islas griegas. ¡Qué suerte tenía!, me dijo. Iba a ir en un crucero de Silversea. Quizá la compañía con los barcos más lujosos del momento. Allí podría hacer buenas amistades. Ella, muy satisfecha de sí misma, me ayudó a hacer la maleta. Pantalones de hilo, ni un solo vaquero, camisas de batista, nada de camisetas de las que enseñan el ombligo, vestidos para las cenas, trajes de baño enteros… Todo un lujo de aburrido y perfecto vestuario. Mi madre añadió a mi neceser una barra de labios rosa clarito, un lápiz de ojos parduzco y un esmalte de uñas rosa pálido, a juego con el pintalabios. Así lucirás divina. Como una perfecta señorita, decía mientras me maquillaba.
Abandoné mi cápsula y junto con mi abuela, quien como las señoras de toda la vida iba cargada de maletas, entré, ¡al fin!, en mi camarote.
Comencé a colgar mis prendas. Las lágrimas me rodaban por las mejillas con más dolor que si se hubiera muerto mi perro favorito. La abuela me miraba hacer. No hay duda de que tu madre te ha dotado de un equipaje que haría feliz a cualquier princesita. Me giré hacia ella. Entonces ya incluso me caían los mocos. Sin hablar más, me cogió por el codo y me llevó a la tienda del barco
—Deme todo lo necesario para que mi nieta no parezca salida de una cápsula del tiempo —le ordenó a la dependienta mientras revolvía un perchero tras otro.
Noche de estrellas
Liliana Delucchi
─¿Ya está en casa? ─Preguntó Raquel mientras trajinaba con las bolsas de la compra.
─Sí ─contestó su hermana─, deja todo sobre la mesa que ya lo organizaré dentro de la nevera─. Gracias por traerlo. Es su primera noche de las estrellas desde que Perico no está. Quiero que la disfrute como entonces ─Dolores intentaba parecer tranquila, aunque su rostro demostrara lo contrario.
─Es un niño inteligente, pero a su edad es difícil procesar la muerte de un padre. Esperemos que el nuestro lo ayude a transitar por el duelo. ¡Mierda! ─Soltó al ver que se le había caído el frasco de la pimienta─, no te preocupes yo lo recojo.
─No pasa nada. Están en el garaje, hace un rato los oí reír y hacer mucho ruido con cosas de metal ─respondió Dolores mientras empuñaba una escoba y un recogedor.
─¡Bien! Podríamos preparar un picnic y subir al cerro ─la mayor se ató un delantal sobre el vestido─, allí hay menos contaminación lumínica y se verán mejor.
─Buena idea, ¿preparas tú la tortilla? Se te da mejor que a mí.
─Por supuesto, querida ─la abrazó por la espalda, susurrándole al oído─. No tienes más que pedir.
Dos pisos más abajo, un anciano y un niño intentaban destapar un gran aparato.
─Esta lona es muy pesada, abuelo, ¿no tenías otra más ligera?
─Así se hacían las cosas antes, ahora todo es liviano, portátil y fácilmente transportable ─el hombre emitió un carraspeo─, cuando construí esta nave, todo era así. Necesitaremos ayuda para sacarla al jardín.
─Oí que mamá y la tía Raquel quieren que subamos al cerro, dicen que las Perseidas se ven mejor desde allí.
─Cambiarán de idea cuando vean este mamotreto.
El chico dio varias vueltas alrededor del gran bulto, tirando de la tela que lo tapaba y estornudando cada tanto a causa del polvo acumulado. De pronto lanzó un grito:
─¡Qué pasada! ¿De verdad lo construiste tú?
─Con ayuda de mi padre, era lo que hoy llamaríais un manitas.
─Cuéntame la historia.
El anciano se acomodó sobre un banco, se sonó la nariz con un antiguo pañuelo de algodón y miró hacia el techo, buscando inspiración para su relato:
─Una mañana de 1961, cuando yo contaba doce años, encontré a mi padre fascinado con lo que estaba leyendo en el periódico. «Mira, Miguelito, esto sí que es una noticia, un ruso viajó por el espacio ─se ajustó las gafas y continuó─, su nave espacial orbitó la Tierra a una velocidad de 27.400 kilómetros por hora, con una duración de ciento ocho minutos».
Don Miguel se miró los zapatos sucios de polvo y los restregó contra la parte posterior de sus pantalones, levantó la vista hacia su nieto, de pie junto a un remedo de cohete interestelar.
»Tu bisabuelo era un hombre inquieto, de los más curiosos que he conocido, le gustaba inventar cosas, bueno, en este caso fue copiar ─una sonrisa se instaló en la cara del relator y cerró los ojos, como buscando retazos de lo vivido tantos años atrás.
»Al día siguiente nos acercamos al diario para pedirles una foto de la nave. Para un trabajo del colegio del niño, explicó a los redactores. Él sabía convencer, tenía tanto don de gentes que le hubieran bajado la luna si la hubiese pedido.
»Nos llevó casi un año terminar el proyecto, lo pasamos fenomenal, aunque con algún que otro moratón a causa de un martillo o una pieza demasiado pesada que caía sobre nuestros pies, pero…, ¡lo que nos divertimos!
─¿Lograsteis hacerlo volar?
─No, pero esta vez, tú y yo lo haremos. Estamos en el siglo XXI, la era de la tecnología. Antes no teníamos estos recursos ─el viejo cogió una herramienta y la limpió antes de alcanzársela a su nieto.
─¿Todo bien por aquí? ─la pregunta de Raquel desde la puerta hizo un paréntesis sobre el discurso del anciano.
─Todo bien, querida. ¿A qué hora comemos?
─En diez minutos, si os parece bien.
La comida transcurrió con la lentitud y parsimonia de un mediodía de verano. La conversación giró en torno al gran invento que los hombres de la casa estaban perpetrando en el garaje. Después de recoger los platos, el pequeño anunció que aprovecharía la hora de la siesta para escribir una carta.
─¡Vaya, por Dios! ─Exclamó Raquel─, creí que tu generación sólo se comunicaba por mensajes o WhatsApp.
─Así es, tía, pero no sé si mi padre tendrá teléfono, allá en el cielo.
Los tres mayores se miraron en silencio, a la espera de que el niño continuara:
─Le contaré que he tenido buenas notas, que no se preocupe y que mis amigos son muy amables conmigo ─esbozó una sonrisa antes de continuar─. También que hay una chica que me gusta mucho, aunque seguro que él lo sabe.
Por la tarde, abuelo y nieto continuaron con la puesta a punto de la nave que, con ayuda de las mujeres de la casa, lograron sacar al jardín.
El despegue del nuevo Vostok fue un éxito, aunque cayó a unos cientos de metros, dentro de la propiedad de la familia.
─Menos mal ─susurró Raquel─ sólo nos faltaba que aterrizara en el jardín de los vecinos.
En un rincón y a oscuras, un niño estaba sentado sobre el césped, con la cabeza hundida entre las rodillas.
─Mi carta a papá estaba dentro de la cápsula ─lloriqueó─, no ha alcanzado altura suficiente para recibirla.
El resto de la familia quedó desolada ante la confesión del joven.
Arrastrando sus pies cansados por tanto tiempo de pie, el abuelo se sentó a su lado, susurrando a su oído:
─Cuando comiencen Las Lágrimas de San Lorenzo, busca la estrella más brillante y lees la carta. Él será esa estrella y la escuchará.
Pionero
Marieta Alonso
El 12 de abril de 1961 fue importante para mí, también para Yuri Gagarin al convertirse en el primer hombre en viajar al espacio exterior y completar una órbita de la Tierra.
Lo mío no tuvo la repercusión de aquel, pero fui el niño más feliz de la Creación cuando, por mi quinto cumpleaños, recibí de regalo un velocípedo, ese predecesor de la bicicleta. Tenía tres ruedas. Me pasé todo el día pedaleando hasta que caí por el barranco que da al río. Tuvieron que venir los Servicios de Emergencia a rescatarme. Me escayolaron el brazo y la pierna izquierda.
Un mes de reposo viendo la televisión. Y supe que Gagarin en ruso significa algo así como «pato salvaje», que su primer y único vuelo espacial fue el Vostok 1 y que el vuelo duró 108 minutos. A Gagarin, las autoridades soviéticas le prohibieron realizar más vuelos espaciales. A mí, la autoridad paterna, materna y la de los yayos me vetaron volver a montarme en un triciclo. Algo tonto, porque el mejor regalo de mi vida se lo había llevado el río y dicen que iría a parar al mar Caribe. A lo mejor un tiburón ahora disfruta de lo que era mío.
Pasaron siete años y el pobre Gagarin tuvo peor suerte que yo. El 27 de marzo de 1968, en un vuelo de entrenamiento, su caza de combate se estrelló y murió. Yo, ese día, al salir del Instituto, saboreé el primer beso de la chica de mis sueños.
Cristina,he disfrutado muchísimo de los cuatro viajes.
Elena