Estudios de cine
Los orígenes de los estudios de cine se remontan a finales del siglo XIX con la invención del cinematógrafo por los hermanos Lumière, quienes realizaron la primera proyección pública en 1895.
Sin embargo, los incipientes estudios de producción se establecieron poco después, como el Black Maria, de Thomas Alva Edison, considerado el primero del mundo.
Inicialmente, el cine era visto como una curiosidad o un espectáculo de feria, pero su potencial como industria creció con la expansión de las producciones y la evolución del lenguaje cinematográfico.
Este mes hemos querido beber de su magia para incorporarla a los cuatro relatos que esperamos estén a la altura de quienes nos regalaron tantos buenos momentos.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Al otro lado
Cristina Vázquez
Tomasa la payasa. Ahí viene la cómica de la legua. Haz una gracia, Tomasa.
La pelirroja de nariz prominente y gafas de culo de botella no se llamaba Tomasa, ni era cómica, simplemente se había convertido en la graciosa de la clase. El bufón dispuesto a recibir las burlas. Realmente se llamaba María Isabel, como su madre y su abuela, la cual hacía mucho hincapié en mantener el María y no dejar el nombre con un simple Isabel.
—Por supuesto, así me llama todo el mundo —afirmaba la niña con cara inocente—. Y tampoco olvido que es nombre de reina y hay que llevarlo con dignidad, abuela.
La anciana sonreía aprobando lo bien que la nieta entendía la importancia del modo, de las formas para conseguir el respeto en la sociedad. Menos mal, comentaba con desaliento, que la niña parece lista, por lo menos espabilada, porque fea lo era un rato largo. Y miraba a su hija, la desafortunada madre que había traído al mundo, de aquella manera tan poco respetable, a esa criatura rojiza y rara.
—Claro, que si no pensaba revelar quién era el padre, difícil sería saber los antecedentes de la niña.
Y así fue. Nunca confesó el desafortunado accidente, como se lo recriminaba a sí misma, que tuvo con ese actor de telecomedia. Era un hombre simpático, atrevido y pelirrojo. Si salía en la televisión o en alguna película, la mujer sentía una lejana emoción y lo miraba con perversa fijeza, por la curiosidad y temor de cómo podría evolucionar su hija.
La hija evolucionó a su manera, transformándose en una joven largirucha, interesante, simpática y con vocación artística, cosa que inquietaba a la madre, que la obligó a estudiar Derecho para ganarse la vida con dignidad. Ella, por su cuenta y a escondidas estudió en la escuela de cine, guion, interpretación y dirección.
Empezó interpretar algunos papelitos, sobre todo cómicos, que le dieron su pequeña cuota de fama. Se acordaba con rabia de cuando la llamaban Tomasa la payasa y de todo lo que aguantó para ser aceptada. Fea y sin padre, pobre Tomasita la payasita. Pero ella quería estar al otro lado, detrás de la cámara, como Maria Isabel o Isabel a secas, y así compensar sus deficiencias de antaño. Ser igual que un pequeño demiurgo que trenza y destrenza la vida de los personajes. ¡Corten!
Al hacer el casting de la película que había escrito e iba a dirigir, apareció un tipo largirucho, con una nariz prominente y pelirrojo. Parecía estar muy cansado, transmitía la sensación de que ya era muy mayor para seguir exponiéndose a ser escogido o rechazado. Pulgar arriba o abajo. Ese aire de fatigoso desencanto la atrajo. Algo en él la conmovió. Al terminar de decir el texto de la prueba, se paró ante ella.
—A mí, donde me hubiera gustado estar es en ese lado, en esa silla —alzó los hombros—, pero nunca lo conseguí.
Esa confesión tan sincera hizo que sintiera simpatía por ese hombre. No era fácil encontrar a alguien que confesara su derrota con tanta afabilidad, sin un ápice de autocompasión. Simplemente describía un hecho.
—Pues ayúdeme a dirigirla. Seguro que tiene mucha experiencia.
Soñar no cuesta dinero
Malena Teigeiro
Tengo sesenta años, y todavía espero con ilusión el papel de protagonista en una película. No un papel cualquiera. No. Espero que me llamen para hacer una interpretación por la que se me recuerde durante toda la eternidad. Algo así como el de Rita Hayworth en Gilda. Más de una vez interpreté en el espejo de mi habitación la escena del guante. Aunque he de reconocer que por más que lo intento nunca consigo igualar su escorzo, ni su mirada, ni su divina picardía. Quizá ése no sea mi estilo. También imito a Ingrid Bergmann en Casablanca. ¡Qué dulzura! ¡Qué sensual amor desparrama la mirada de esa mujer al despedir a su amado en aquel pequeño aeropuerto! Tampoco nunca conseguí sacar a mis pupilas esa luz dulce, tranquila de fiel enamorada de Katharine Hepburm, esa que trasluce en cada escena de sus películas por aquel que, según cuentan, tanto la amaba. Claro que yo nunca estuve enamorada.
Sin embargo, a fuer de ser sincera, he de reconocer que a la que más me gusta imitar es a Ava Gardner. ¡Qué ojos! En eso creo que me parezco un poquito a ella. ¡Qué desparpajo! En eso no me parezco nada. ¡Qué bondad la suya! Ahí ya no sé qué decir.
En fin, le contaré que mi deseo por ser artista comenzó sin que yo lo supiera. Fue la mañana que llegué de la mano de mi madre a Hollywood hace ya más de cincuenta años. Ella creía que yo era más guapa, más lista, y mucho más graciosa que Elizabeth Taylor, por aquel entonces la niña de moda. Ninguna de las dos entendimos nunca por qué los productores no me supieran ver. He de decir que mi convencimiento no era propio, es decir, venía de las palabras de aliento de mi querida progenitora. No te importe, me dijo un día después de una prueba que ni tan siquiera me dejaron terminar, falta un día menos para que se den cuenta de lo que vales.
Decidida a tener paciencia durante lo que durara la espera hasta ese día en que me iban a descubrir, trabajé en algún que otro papel. Por ejemplo, soy la que barre el andén en Con faldas y a lo loco, o la cajera de… ¡Ya ni me acuerdo! También hice de mono en Tarzán, papel por el que me felicitaron, y de campesina china en un campo de arroz en 55 días en Pekín.
Hace ya unos años me contrataron en este estudio para que ayudara a vestirse y desvestirse, a las actrices. Este trabajo siempre fue muy importante para mí. En algún momento encontraré el hueco para decir: Ese papel podría hacerlo yo. Y esa ocasión ocurrió el día en que la actriz principal, ya muy mayor, había sufrido un mareo que le impidió seguir rodando. El director, desesperado por lo que él consideraba una trágica ausencia, caminaba de uno a otro lado del estudio sin encontrar la manera de terminar la película. La ruina, decía. Esto me llevará a la ruina, gritaba atusándose el pelo. Rápidamente, me coloqué delante de él. Yo podía ayudarlo, dije muy dispuesta. Tengo más o menos su edad, soy igual de alta que ella y las dos gastamos la misma talla de ropa. Me miró de arriba abajo. Se quitó las gafas, limpió los cristales con contenida calma y después de algo parecido a un bufido gritó: Que la vistan y caractericen.
No tuvieron que repetir ni una vez las dos escenas que faltaban por rodar. Me sabía el papel de memoria y no fallé.
No sé por qué, pero se olvidaron de invitarme al estreno. Lo comprendí. Lo que no entendí es que cuando fui a ver la película, solo aparecía de espaldas. Sí. Ni una sola vez se me vio la cara. Y lo más curioso fue que, la actriz principal, ésa que se puso enferma al final del rodaje, había doblado mi voz.
Nada de esto me importó. Sigo aquí. Al menos ahora el director y otros empleados me saludan. Estoy segura de que de un momento a otro llegará mi papel.
¿No creen?
Voces
Liliana Delucchi
Hay más cosas en el cielo y en la tierra…
Hamlet – acto I, escena 5.
Eran las cinco y media de una soleada y calurosa mañana en Los Ángeles, cuando la alarma del teléfono despertó a Gladys. Después de un café y una ducha se vistió con ropa cómoda y enfiló su coche en dirección a los estudios.
─Están cerrados, señorita, hoy es cuatro de julio.
─Lo sé, Juan, pero necesito ensayar a solas y, si usted es tan amable, me gustaría pasar ─le mostró la mejor de sus sonrisas.
─Adelante, encenderé las luces.
A pesar de la cálida temperatura exterior, dentro de la sala hacía fresco, lo cual, unido a la soledad del lugar, le produjo un escalofrío.
Gladys se maldijo por no haber llevado un termo con café, ese día no trabajaban los del catering y tendría que arreglarse con unas botellas de agua.
Se situó en una posición cómoda frente a las luces y comenzó sus ejercicios de dicción. Poco a poco fue desgranando el texto que, si bien había memorizado, llevaba impreso en el cuaderno entregado por el director.
─No se te oye ni en la tercera fila. Si en vez de una película fuera un teatro, te echarían a patadas ─dijo una voz femenina algo aguardentosa.
Sorprendida, Gladys miró hacia todos lados. El recinto estaba vacío, ¿quizá alguien se había colado la noche anterior? Recorrió el estudio en busca de la dueña de esa alocución tan agresiva como inesperada.
Nadie. Se frotó los ojos y, recogiéndose el pelo en una coleta, se armó de valor:
─¿Hay alguien ahí?
─Sí, querida, pero no puedes verme, sólo oírme ─contestó la voz con acento británico.
─¿Te conozco?
Una carcajada precedió a la respuesta:
─Claro, tú y miles de personas más. No sé cuál fue mi última película que viste.
Un temblor volvió a recorrer el cuerpo de Gladys. Miraba hacia todos los rincones tratando de descubrir de dónde salía la voz. Nada. «Algún gracioso me la está jugando», pensó para seguir con unos ejercicios de respiración, tratando de controlar su miedo. Con un tono que intentaba mostrar seguridad, casi gritó:
─Me he levantado temprano un cuatro de julio para estar sola y poder ensayar. Por favor, seas quien seas, déjame en paz.
Su voz retumbó en el espacio vacío y al cabo de unos minutos, comenzó a recitar su parlamento. Corrigió la modulación un par de veces hasta que consideró que era la apropiada. Ahora tocaba incorporar los movimientos. Recurrió al guión para respetar cada uno de ellos de acuerdo con las instrucciones que recordaba del director.
Una y otra vez, una y otra vez, hasta que sintió que podía presentarse al día siguiente con lo logrado. En cierto sentido estaba complacida con el resultado.
Para cuando abandonó el estudio, el guardia ya se había marchado. Debe ser bastante tarde. El ruido de su estómago corroboró su pensamiento. Pensaba ir a nadar un rato, pero mejor comía algo y descansaba. Más tarde retomaría los ensayos en casa.
Durante todo el trayecto hasta su apartamento, no dejaba de recordar esa voz de mujer. La había oído en otro lugar…, pero ¿dónde? Puso música. Sin embargo, contrariamente a lo habitual ─cantar mientras conducía─ se mantuvo en silencio. Una y otra vez sonaban en su mente las palabras oídas en el estudio.
Más tarde desdeñó las invitaciones para ir a celebrar una fiesta en la playa. Mejor me quedo viendo una peli. Si ella dijo que la conozco, quizás deba buscar en los canales clásicos. Una a una fue pasando las carteleras con el sonido de fondo de las voces de los actores. Y entonces…, la encontró.
─Ahora te entiendo, Vivien. Soy solo una hormiguita si me comparo contigo.
─De eso nada. No seas llorona ─contestó la voz que parecía salir de un armario─. ¿Acaso crees que a mí me resultó fácil? Años y años de repeticiones y llantos a escondidas ─se hizo un silencio. Segundos después, continuó con un tono más suave─, Díselo, Larry, tú estabas ahí.
─Estaba allí para consolarte y que tú me consolaras ─contestó una voz masculina─. Y ahora, querida niña, aquí estamos para consolarte a ti. Y, si nos lo permites, para guiarte.
Gladys se sirvió un vaso de whisky y lo bebió de un trago.
─Eso también lo hacíamos, a veces ensayábamos tan borrachos que al día siguiente no recordábamos lo que habíamos hecho ─dijo él─. Pero vayamos poco a poco.
─Larry, ¿por qué no ensayas con ella esa escena que se le resiste?
─Encantado. ¿Te parece bien, querida?
─Si esto es un sueño, no quiero despertar ─respondió Gladys─ ¡Yo, ensayando con el gran Lawrence Olivier!
La mañana siguiente, en un estudio repleto de actores, técnicos, y todos los trabajadores que hacían posible la magia del cine, el director de la película dio por buena la primera toma que hizo Gladys.
─Perfecto, jovencita ─dijo a su primera actriz─ veo que has estudiado todas las posibilidades. Por un momento me has recordado a Vivien Leigh.
La ilusión de mi vida
Marieta Alonso
De niño me enamoré del cine. Y hasta hoy. Soñaba con ser director de películas, que suena bonito, hasta que aprendí otra palabra: cineasta. Eso, eso es lo que quería ser cuando fuera mayor. Me veía como Alfred Hitchcock, dirigiendo, decidiendo, supervisando y a los cincuenta años lo conseguí. No logré su talento, pero sí, lo contundente de su cuerpo, el mentón, la mirada... Cuando me pongo traje me confunden con él. He visto todas sus películas. No tienen desperdicio. El suspense y el thriller psicológico, me llevan al éxtasis.
También quise ser como Federico Fellini y el cuerpo también me acompañó. Tenía un cierto aire. «La dolce vita» quedó grabada en mí para siempre. Tomé una de sus frases y la repetí a lo largo de mi vida: «Soy un artesano que no tiene nada que decir, pero sabe cómo decirlo.»
Otro de mis héroes fue Steven Spielberg, aunque nunca conseguí parecérmele en el físico. Aún recuerdo los nervios al ver «Tiburón», la llantina con «E.T., el extraterrestre» cuando dijo: «mi casa», y las aventuras que corrí con todas las pelis de «Indiana Jones».
Nunca visité un estudio, pero si quieren que les hable del mundo del celuloide me puedo remontar hasta el cine mudo. Jamás fui cineasta ni guionista y mucho menos productor. A lo más alto que llegué fue a acomodador del cine de mi pueblo.
Creo que nadie ha sido tan feliz como yo viendo una película.
Cristina y amigas !!!!!!
Dos palabras,nadie tan feliz como yo leyendo estas historias!,,
Gracias mil
Me encantaron todos los relatos, gracias.