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Terrazas de verano

15 julio, 2026 por Akelarre 2 comentarios

Terrazas de verano

Las terrazas son para el verano

En pleno verano nos apetece acercarnos a una terraza para disfrutar del buen tiempo.  El duro invierno nos mantuvo más encerrados de lo que hubiésemos querido, por eso ahora nos falta tiempo para coger el teléfono y quedar con amigos.

Sin embargo, hay un momento de perplejidad. Éste ocurre cuando la persona a la que esperamos se retrasa y entonces, cotillas como escritoras que somos, nos dedicamos a mirar a nuestro alrededor e intentar vislumbrar las vidas de aquellos que nos rodean. Si la terraza está llena de gente, tendremos más oportunidades, si no…, a imaginar, que de esos sabemos mucho.

Puede que nos encontremos con un payaso, la señora que tiene un encuentro no tan casual, conspiradores, y alguien con una evidente pena de amor… Entonces, no queda  más remedio: cuaderno y bolígrafo y a escribir, que nuestros lectores nos están esperando.

Disfrutad de lo que dio de sí nuestra imaginación en esta calurosa tarde.

Sorpresa envenenada

Cristina Vázquez

Una canción y una cerveza

Malena Teigeiro

Tarde de otoño

Liliana Delucchi

Un café parisino

Marieta Alonso

Sorpresa envenenada

Cristina Vázquez

Le encantaba pasar las tardes de primavera en la elegante terraza del hotel Imperial. Como su nombre era Mauricio, le hubiera gustado más estar en el Meurice de Paris, por el nombre, por la ciudad y porque ahí vivió su breve e intenso matrimonio con esa francesa tan chic, con un exmarido muy rico, pero tan alocada. ¿era Cleo o Cloe? Era un hombre en el principio de la cincuentena, alto, elegante, vestido con trajes de buen corte, aunque un poco pasados de moda, y una desenvoltura y simpatía que le hacía no pasar desapercibido en ningún sitio. Aunque le dolía que el alboroto femenino que producía su llegada, al que se había acostumbrado, ya no fuera tan evidente. Adoraba ese intenso silencio prendido de miradas admirativas.

—Don Mauricio, ¿lo de siempre? —la cara de aburrimiento del camarero le desanimó.

Le encontró más gordo y un poco despeinada la incipiente calva. Este también va envejeciendo, se dijo, mientras echaba una ojeada de consumado cazador que acecha la presa adecuada.

Su especialidad habían sido las maduras recién divorciadas o viudas, a las que, según su criterio, les daba confianza en sí mismas e ilusión. Que un hombre tan estupendo como él, con mundo, idiomas y un apellido conocido, se ocupara de ellas, era un privilegio y una felicidad. El único detalle que les dejaba claro, con persuasión y buenas maneras, era que la parte económica dependía exclusivamente de ellas. Y hasta ahora le había funcionado.

—Mauricio, has nacido para esto — se repetía cada mañana frente al espejo.

Aunque últimamente, las bolsas en los ojos después de una mala noche, o el clareo del pelo en la coronilla, menos mal que tenía que coger un espejo para vérsela, o el dolor en la rodilla de tanto jugar al tenis, le producían un punto angustioso en la boca del estómago.

Sus amigos de toda la vida estaban casados, aburridos, con hijos dando la lata y él ya no encajaba en esas cenas de fin de semana tan convencionales y repetitivas. Además, notaba que no les hacía gracia la atención de sus mujeres, pues siempre tenía historias divertidas, anécdotas picantes o viajes extraordinarios.

Así que empezó a notar una pequeña mordedura de soledad. Se le quitaban las ganas de salir todas las noches, su estómago no aguantaba la bebida como antes y la muerte de su madre le había despojado del último refugio bajo su acogedora mirada.

—Mauricin, el chico más guapo de todo Madrid —le decía como un sonsonete cada vez que iba a verla.

Lo de Mauricin no le gustaba, pero no iba a quitarle la ilusión a la buena señora después de tantos años y tan buenos billetes que siempre le daba. Pero todo eso había desparecido: la madre, los billetes, la comida deliciosa… En fín, un contratiempo muy triste que le hacía replantearse su encantadora vida. Menos mal que la casa le había quedado y de momento pensaba quedarse en ella para luego alquilarla y tener así un dinero fijo. Además, podía ir vendiendo algunas de las obras de arte que adornaban el piso materno. Menos mal que era hijo único. Empezó a pensar en un matrimonio conveniente y más estable que el que tuvo. No, ahora necesitaba una buena chica española, formal y encantada de entroncar con su noble familia. Por eso iba al hotel Imperial que se había puesto de moda entre las mujeres desocupadas.

Vio que una chica de veintipocos, en la que no se había fijado todavía, iba también todas las tardes. Parecía esperar a alguien que nunca llegaba. Se pedía una taza de té, y al cabo de un rato, mirando fijamente hacia la puerta, un coctel.

Después de varias tardes, decidió acercarse a ella. Le gustaría presentarse e invitarla a una copa, ya que, como él, pasaban en esa terraza un rato todos los días.

—Encantada —le alargó la mano.

 Sonrió con una sonrisa corta que disimulaba un colmillo montado. Empezó a contarle una larga historia. Esperaba a que apareciera su novio, con el que había quedado hacía seis meses en reencontrase aquí, pero empezaba a desconfiar. Mauricio comprendió que era un objetivo equivocado, demasiado joven y con una historia de amor. No. Al cabo de un rato se fue. Le sorprendió cruzarse con ella a la mañana siguiente. Qué gracia, le dijo, ella también vivía cerca y al alejarse observó con agrado que tenía una buena figura.

—Hasta la tarde —se giró con gracia mientras él pensaba que había algo en ella que le sonaba.

—Hasta la tarde.

Pensó en no ir, pero no tenía otra cosa que hacer y le empezaba a divertir esa chica. En cuanto ella apareció se fue directa a su mesa y le confesó que había recibido una carta de su novio, diciéndole que no podía volver. Por una confusión estaba retenido en ese país lejano, no se acordaba ni del nombre. Hizo un puchero y luego se empezó a reír. Menudo tonto, después de tanto tiempo ya casi ni se acordaba de él.

Mauricio se quedó sorprendido y divertido a la vez. Esta chica era muy graciosa y peculiar. Como él llevaba una temporada bastante aburrida, se dejó llevar por los planes un poco alocados que ella le proponía. Se empezó a acostumbrar a estar con Inés, así se llamaba, y le contó que sus padres habían muerto, que había heredado una pequeña fortuna.

Muchas tardes, en vez de ir al Imperial iban a casa de Mauricio. Inés era experta en arte, le confesó, había trabajado en un Galería en Paris y en Londres, y se mostraba muy interesada en todas las maravillas que tenía.

—Parece un museo —sonrió con ojos centelleantes.

Mauricio se divertía con ella, pero no se atrevió a hacer ninguna aproximación amorosa. Demasiado joven y no quería perder la divertida relación que tenían. Además, algo en ella, la risa, ese colmillo montado le resultaban familiares, no sabía por qué.

Ella le pidió al cabo de un par de meses de conocerse, que le hiciera un gran favor. Ir a Ginebra, allí tenía un dinero y una persona que sin problema le podía dar cierta cantidad que necesitaba

—Por favor, Mauri, solo me fio de ti —le suplicó.

Él se animó. Su madre también tenía un dinero ahí, no sabía cuánto, pero algo quedaría y así mataba dos pájaros de un tiro.

El hombre con el que estaba citado le esperaba en un magnifico hotel cerca del lago. Era joven, de buena pinta, le recordó a él cuando tenía su edad. Le dijo que el dinero para Inés se lo tenía que dar en la habitación que tenía reservada.

—Cada vez vigilan más en esta ciudad —sonrió al ver que Mauricio torcía el gesto.

Al llegar a la habitación, el joven le tiró sobre la cama y con una hábil maniobra le inmovilizó.

—Dame el número de la cuenta, ya se cuál es el banco, y si no llamo a la policía española.

Le apretaba una rodilla contra los riñones. Tenía sus contactos, así que cuanto antes mejor. Mauricio le dio el número y el chico le dejó maniatado a una butaca, con la boca tapada.

—No se te ocurra llamar a nadie o …—hizo un desagradable gesto pasándose la mano por el cuello.

Pasó el día y el otro no apareció. Después de haber mojado la butaca, intentó arrastrándola, alcanzar la puerta y empezar a patear, hasta que ya oscurecido le abrieron. Cuando pudo reponerse y acabar los trámites con la policía suiza, tuvo que pagar el hotel que estaba reservado a su nombre y cuya cuenta ascendía a una importante cantidad, pues habían cargado comidas y compras hechas en las lujosas tiendas del hotel.

Por fin, desalentado y dolido, llego a su casa y la encontró vacía. Un enorme cartel pintado en letras rojas colgaba de la lámpara.

Papi, me llevo lo que es mío.

Me ha encantado conocerte. Au revoir.

© Cristina Vázquez

Una canción y una cerveza

Malena Teigeiro

Rápida, Carolina se recogió la melena lisa y bruñida en un moño italiano. Percibía que a él no le gustaba verla con el cabello recogido y por eso lo hizo. Ya maquillada se roció de perfume. Satisfecha se contempló en el espejo del baño. Mejor no. Esa no era la tarde para que se enfadara más de lo normal. Se llevó la mano a la cabeza y, una a una, retiró todas las horquillas dejando caer el cabello sobre los hombros. Así mejor. Se puso la chaqueta, recogió las llaves y las guardó en el bolso. Abrió un cajón, pequeño, uno de esos rincones secretos que tenían las cómodas antiguas. Tan solo había en él unos seis o siete paquetitos envueltos con papel seda blanca. Luego de coger uno, rebuscó hasta encontrar otro envuelto en celofán. Lo miró al trasluz. Sí. Como los otros, éste también contenía unos polvitos blancos. Los guardó en uno de los bolsillos con cremallera del bolso.

Bajó en el ascensor hasta el garaje y se metió en su coche. En su pequeño Mazda de color naranja llegó con rapidez hasta a la Plaza de Santa Ana. Se dirigió hacia la terraza de la Cervecería Alemana en la que, a aquella hora, apenas había nadie. Juan, sí. Él y su cara de Can Cerbero ya estaban sentados esperándola, seguramente desde media hora antes de la cita. En cuanto se sentó Carolina suspiró profundo y con un gesto de prisa, apartó la melena del rostro. Él la miraba con esa despiadada media sonrisa que la hacía sentir chiquitita, chiquitita.

 —Si supieras lo que me molesta la falta de puntualidad, te esforzarías un poco. Total, solo debes tener la precaución de salir unos minutos antes.

Su voz, cansina, con un deje de hartazgo, la terminó de convencer de que aquella tarde ella iba por el buen camino. Y como conocía que le molestaba que se disculpara no dijo nada. Segundos después, levantó la mano y llamó al camarero. Una cerveza tostada, sin alcohol, por favor, que tengo que conducir después. Y para él una Mahou Alhambra.

—Es que no ves que tengo una delante —le espetó.

—Sí, pero después de tan larga espera estará caliente.

Juan se bebió lo que quedaba. Y sin que entre ellos mediara palabra alguna, esperaron a que el camarero volviera. El hombre, bastante joven y bien dispuesto, descorchó la suya, y se la sirvió. Luego hizo lo propio con la de él.

—A esta te invito yo. Así a lo mejor me perdonas —susurró la mujer sonriente.

Despectivo, torciendo el gesto, se levantó para ir al baño. No pensaba perdonarla, y quería hacérselo notar. En cuanto desapareció en el interior de la cervecería, despacio, Carolina acercó la cerveza de él a su boca. Tomó un trago. Luego, volcó una de las bolsitas de polvos blancos, la envuelta en celofán, en el líquido amarillo. Apenas el polvo tocó el líquido, desapareció. Sin dejar de contemplar el transparente y espumoso líquido, Carolina dejó el vaso delante de la silla vacía de Juan. La otra bolsita la volcó en la suya. Tenía que animarse.

Recostándose en el asiento, lo vio volver. En ese instante, Carolina tarareó para sí la canción de Massiel:

Yo tuve tres maridos
y a los tres envenené
con unas cuantas gotas
de cianuro en el café.
Pero seguramente
no me guardan rencor
pues derechos marcharon
hacia un mundo mejor.

© Malena Teigeiro

Tarde de otoño

Liliana Delucchi

La terraza está llena de gente, espero que Juliette se haya adelantado a nuestra cita y conseguido una mesa. ¡Qué maravilla! Ver París nuevamente viva, con toda una muchedumbre en los bares, en la calle, la vuelta a la sonrisa después de tantos años de horror. Cuatro años, dos meses y diez días. Fue lo que duró nuestro cautiverio. Aunque saliéramos de casa, aunque nos acercáramos a tomar un café o una copa de vino, apenas podíamos hablar si no era del clima, del abrigo que llevábamos puesto…, y creo que de nada más.

Atrás habían quedado los tiempos en que nos reuníamos a discutir sobre arte, actualidad y sobre todo, política. Éramos un grupo variopinto que se enzarzaba en polemizar: desde el nuevo color de la pared del bar hasta si eran convenientes éstas o aquellas flores o las declaraciones de nuestros políticos. Nos acalorábamos por todo, no sólo éramos jóvenes, somos franceses y nuestra fama de generar discusión allá donde vamos no es baladí.

Ya veo a Juliette y no puedo creer que haya conseguido nuestra mesa de siempre. Claro, está el viejo Georges, el camarero símbolo del bar. Por supuesto, era mayor para ser reclutado y sin talento alguno como para llamar la atención de los nazis. Quizás hubiera sido mejor para muchos, ser como Georges, pasar inadvertido, no levantar la voz y, sobre todo, no ser joven en aquellos tiempos.

Le doy dos besos a mi amiga que está más delgada y arrugada que hace…, no recuerdo cuándo fue la última vez que nos vimos. Fue Michel quien me avisó: «Vete de París. Estamos en una lista de les boches. Tenemos que largarnos». Y nos fuimos. No todos. Siempre están los valientes, aunque me enfade con ellos porque su arrojo terminó privándonos de su presencia. Los necesitábamos para terminar con aquel infierno. A ellos y al resto de aliados, claro.

Juliette y yo hablamos tanto que se nos enfría el café. Tenemos ansias por comunicarnos, decir, decir cosas, decir algo.

─¿Dónde fuiste?─ me pregunta, mientras se repantiga en la silla.

─A Normandía. Mi familia tiene una casa allí ─bebo un largo trago que me sabe a gloria.

─¿Te quedaste durante todo el conflicto? ─sus ojos se vuelven turbios.

─Sí, entre las vacas y las gallinas que nos dejaron ─intento sonreír pero no lo logro─. No debo quejarme, otros lo pasaron peor.

─Y otros ni llegaron a pasarlo ─la mirada de Juliette busca el vacío.

Se hace un silencio que no nos atrevemos a romper. Me miro las manos. Yo también estoy más flaca y arrugada. Mucho más de lo que se espera de una mujer de treinta años. No fue fácil. Nunca lo es.

─A Louis le encantaba bailar. ¿Te acuerdas? ─la miro por encima del vaso de agua que no llego a beber.

─Claro, fui a verlo al cabaret varias veces antes de la invasión.

─Iba a huir conmigo. Lo estuve esperando en la estación para escondernos en la casa de mi familia ─ahora sí bebo el agua─. Quizás si hubiese esperado al siguiente tren o si hubiese ido al teatro a buscarlo…

─No le des más vueltas con si hubiera pasado esto o aquello. Vas a tener mil pasados y ningún futuro.

─¿Es que tenemos un futuro? ─la miro desafiante.

─Por supuesto. Se empezó a escribir un veintiocho de junio de 1944, el día de la Liberación de París.

© Liliana Delucchi

Un café parisino

Marieta Alonso

Aquella mañana del mes de agosto salí de casa. Me ahogaba. Después de dos horas andando por la ciudad, extenuada, me senté en la terraza de la cafetería que estaba a los pies del río.

Me percaté de que muy cerca, sentado en el suelo, se encontraba un estrafalario anciano. Vestía unos pantalones con una pata de cuadros verdes y la otra de rojos. La casaca era de rayas azules y blancas. En la nariz llevaba una cáscara de huevo pintada de rojo y a su lado un sombrero hongo le servía de limosnero.

De niña nunca me gustaron esos personajes que lloran para hacer reír. Para una buena llantina me bastaba con dar repaso a mi vida. Ya sé, ya sé, que existe la tristeza y la alegría, el odio y el amor, los traidores y los aliados. Todo tiene su complemento, aunque a veces lo malo, viene junto. Como cuando la lavadora se rompe y a las pocas horas se descompone el frigorífico y, no contento con ello, la lámpara del salón, esa que parece hecha de lágrimas, se cae sobre la mesa de cristal y las dos se hacen añicos. Mi abuela, en esos días aciagos, repetía: «Bien vienes mal si vienes solo.»

Intentaba entretenerme con los transeúntes o con los que se sentaban en otras mesas, pero mi vista siempre se iba a aquel anciano con pinta de haber trabajado en un circo.

El camarero se acercó y pedí un refresco de limón y un sándwich mixto. Me sonrió al tiempo que cantaba: Marchando la comanda. Tenía unos ojos azules tan bonitos como aquel actor de cine, cuyo nombre no recuerdo y que tanto me gustaba.

Cuando regresó traía dos refrescos de limón y dos sándwiches. Lo mío lo dejó en mi mesa y el duplicado se lo llevó al anciano de la nariz con la cáscara de huevo. Gracias, le oí susurrar al recibir unas palmaditas en el hombro. Tenía los mismos ojos azules del camarero.

Quizás lo mío era mucho menos grave, que lo de aquel payaso y lo del camarero… Inhalé fuerte y solté despacio. Mejor no saber sus historias. Y obedecí a lo dicho por aquel estadista inglés: «Si pasas por una tormenta, sigue caminando.»

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Comentarios

  1. Elena dice

    17 julio, 2026 a las 19:05

    Yo os estaba esperando,!
    Con este calor!,A leer vuestras historias en casa !,
    Gracias mil!,,

    Responder
  2. María dice

    24 julio, 2026 a las 17:09

    Estupendas las historias!!!Muchas gracias

    Responder

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