La Universidad de Alcalá de Henares
La Universidad de Alcalá, existe en la localidad española de Alcalá de Henares desde su fundación por el cardenal Cisneros en 1499. Durante los siglos XVI y XVII se convirtió en el gran centro de excelencia académica. En 1777, al separarse del Colegio Mayor de San Ildefonso, se la denomina Real Universidad de Alcalá. En 1836 el gobierno decretó su traslado a Madrid, con lo que sufre otro cambio de nombre: Universidad Central de Madrid, en la actualidad, universidad Complutense de Madrid.
En sus aulas enseñaron y estudiaron grandes maestros, y hombres ilustres, como Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Fray Luis de León o María Isidra de Guzmán y de la Cerda, quien, con autorización del rey Carlos III, el 6 de junio de 1785, fue la primera mujer que recibió un doctorado en una universidad española.
Sin la grandeza de estos insignes personajes, también enseñan y estudian otros, a quienes la imaginación de nuestras cuentistas sitúa en dicho lugar para entretenimiento de sus queridos lectores. Esperamos que os hagan pasar un buen rato.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Planchar
Cristina Vázquez
El día que se puso la toga y se sentó en los estrados del claustro, Tomás pensó que las piernas se le habían vuelto de trapo. Será la emoción, se dijo. Pero también notó que le subía por el esternón un fuego amargo que podía terminar en vómito y su visión se nubló.
El estrépito de la cabeza contra la pulida mesa y el viscoso líquido que empapó su impecable vestimenta, hizo que el solemne acto se detuviera entre suspiros, gritos y demandas de auxilio. En cuanto un compañero se acercaba a socorrerle, se apartaba con demandas de ayuda más contundentes, pues a todos les provocaba un asco irreprimible el charco en el que el nuevo miembro se ahogaba. El presidente, don Fuencislo, no se movió. Dentro de él se despertó la ira que llevaba tiempo dominando. No le hizo gracia tener que firmar el ascenso de Tomás a magister del claustro. Al fin y al cabo, aunque reconociera su enorme mérito, había sido el portero, un portero eficaz, pero servil. Don Fuencislo por aquí, don Fuencislo le llevo la cartera, siempre a su servicio, Señoría.
Desde hacía ya bastante tiempo se atrevía a llamarle Fuen o Fuencis, lo que le sacaba de quicio por la familiaridad que implicaba. Aunque se hubiera convertido en su yerno, gracias a un tardío matrimonio con Carmelita, su poco agraciada y algo faltosa hija, nadie en su familia osaba esas confianzas, tan de mal gusto por otro lado. Arrastrar ese nombre no le había resultado fácil a lo largo de su vida, pero su madre era devota de la Virgen de la Fuencisla, que, según ella, le había concedido innumerables favores, el más importante su nacimiento. Casi mejor ese nombre que no Milagro, pues su madre le confesó que dudó mucho cuál elegir.
En medio de estas disquisiciones que se hacía para no afrontar la desagradable situación que había creado el inoportuno Tomás, se oyó por fin el ulular de la ambulancia que lo recogió sin haberse recuperado. Al desaparecer la camilla, limpiar el bedel el amargo rastro, hacer algunos comentarios bienintencionados en su mejoría y el mal rato pasado, siguieron con el acto previsto.
Se celebraba la llegada del premio que otorgaba la universidad de Oxford al trabajo más relevante hecho por los doctos profesores de la Alcalaína. Era un momento lleno de pompa y circunstancia, ya que provenía de Inglaterra, y ambas universidades estaban hermanadas por antiguos lazos.
El ujier, con uniforme de gala, entró altivo con una antigua bandeja de plata en las manos donde lucía el sobre lacrado. Se lo entregó a don Fuencislo, presidente del claustro. Este rompió el lacre con ademanes teatrales, ahuecó la voz para leer el texto haciendo gala de su acento británico, y al ir a pronunciar el nombre del premiado su voz se debilitó casi en un susurro.
—El premio es para don Tomás Pitón.
En ese momento comenzaron unos tímidos aplausos y otros más apasionados de los alumnos que estaban en la parte superior, pues era un querido maestro. Don Fuencislo empalideció y se tomó con disimulo una cafinitrina, ante el temor de otro episodio cardíaco.
—Enhorabuena al premiado, aunque no pueda estar entre nosotros.
Sonó un tanto fúnebre, ese “entre nosotros” y pensó que a lo mejor había suerte y el Tomás de los cojones se moría del arrechucho. Si así fuera, su hija sería la viuda de Pitón, que también tenía su aquel ese recuerdo herpetológico, es decir, vulgarmente de serpiente. El antiguo portero era de la teoría que las circunstancias negativas como llamarse Pitón o Fuencislo, había que enfrentarlas con gallardía y guasa.
Tomás se recuperó y hubo que repetir el acto para entregarle su premio y que pudiera dar el discurso de agradecimiento. Así lo hizo. Cuando estaba a punto de terminar, se oyó un ruido seco. Don Fuencislo se había desplomado e igualmente tuvo un terrible vómito. Menuda coincidencia, comentaron todos. El revuelo fue enorme, la ambulancia apareció más rápidamente que la otra vez, pero el caos se apoderó del aula.
También sobrevivió, pero los médicos dijeron que habían encontrado en los dos, restos de veneno en la sangre. Una terrible sombra de sospecha cayó sobre la casa. La hija y esposa, de ambos, Carmelita, confesó que eran muy pesados y que con eso de llamarse Pitón, pues eso…, se le ocurrió la idea.
—Pero no había pasado nada, señor juez. Ahí están tan contentos —les señaló sonriente—. No sabe su Señoría lo que se tarda en planchar una toga, pues imagínese dos.
El estudiantes de leyes
Malena Teigeiro
Corría el año 1800 cuando don Pedro Castro navegaba hacia España. Él, que con solo catorce años se había ido a hacer las Américas, nunca deseó volver a vivir en la aldeíta del norte de Galicia, de la que huyera cincuenta años atrás. Es más. Aún no había desembarcado en Coruña y ya soñaba con volver a su isla caribeña. Quería sentir el cálido frescor de su casa de columnas blancas. En principio, había pensado pasar unos días en Cariño, su preciosa aldea, y visitar lo que quedaba de su familia, algún sobrino lejano y poco más. Sin embargo, al bajar la pasarela acompañado por Hilario, sí, le había puesto a su hijo el nombre de su padre, la lluvia tan tonta que lo empapaba, los vientos que parecían querer tumbarlo le hicieron recordar las brumas, los temporales de esa parte de España, donde, decían, daba la vuelta el aire. No bien hubo pisado el andén don Pedro ya había decidido que no, que no volvería a su aldea, y que cuanto antes instalara a su hijo en la Universidad de Alcalá, antes podría volver a su isla. En el mismo puerto alquiló un coche, con tiro de cuatro caballos, y pidió que los condujera hasta la antigua ciudad castellana de Alcalá de Henares
Nadie en su isla había entendido por qué llevaba a su hijo a una universidad tan lejana. Había otras muy buenas, la de Lima, por ejemplo, le dijo su consuegro, otro indiano que también había hecho fortuna. Era un peligro para Hilarito quedarse solo en un sitio donde nadie lo conocía. ¿Quién lo iba a atender?, lloriqueaba Lola, su mujer. A él, que la quería, sobre todo por lo que le había ayudado el dinero de su dote, le dio lástima su dulce mujer. Y, además, le había dado cuatro hijos. Aunque también era cierto que de los cuatro tan solo uno había sido chico. Por no escucharla, y entendiendo que su seguridad era primordial, don Pedro contrató a un tutor para que acompañara a Hilarito en España el tiempo que duraran sus estudios. El hombre, medio pariente y algo amigo del alcalde de su ciudad, era un doctor en leyes al que, a pesar de sus estudios, su afición al vino hizo que no le fuera muy bien en la vida. Durante todo el viaje don Mateo Zucusquella, que así se llamaba el tutor, se portó correctamente. Incluso le dio unas clases al chico, cosa que era de agradecer.
En el coche alquilado, los tres recorrieron los largos y tortuosos caminos que los llevaron hasta la ciudad de Alcalá de Henares, de cuya universidad había sido profesor el mismo San Ignacio de Loyola. Durante el camino, al pasar cerca de la ciudad de Salamanca, don Pedro se encontraba tan cansado que por un momento tuvo la idea de dejar allí a su hijo. A fin de cuentas, decían que aquella era la universidad más antigua del mundo. Pronto se sacó de la cabeza tal idea. Aquella era muy populosa, y eso no era lo que más le convenía a su hijo.
Ya en Alcalá de Henares, junto con don Mateo, su hijo aquel día no los acompañó, visitaron a las personas que les indicaron eran las que mandaban en el centro. En cuanto se sentó delante del rector, sacó de su cartera un pagaré que colocó encima de la mesa. Luego puso la mano encima de tal manera que solo dejaba ver la sustanciosa cantidad de dinero que el pagaré aportaba. Don Pedro contó de dónde venían, y la intención que tenía de matricular en la ilustre universidad de Alcalá a su hijo en la disciplina de derecho. El chico era un joven de finas luces y con altas calificaciones en el colegio de la isla. Con presteza, sacó de su cartera una serie de cartas que entregó al Rector. Tan inteligente era Hilarito, tanta vocación tenía, que él, su padre, don Pedro Castro, aquí presente, no había dudado ni un momento en poner una gran parte de su fortuna en la educación y formación de su heredero. Asimismo, manifestó su intención ser mecenas de la universidad, a la que a él tanto le hubiera gustado poder asistir. Pero ¡qué les iba a contar! Eran otros tiempos. Y arrastrando el pagaré que tenía debajo de la mano sobre la mesa, susurró con aparente humildad: Este es mi primer donativo,
Cuatro años más tarde, Hilarito y don Mateo volvieron a la isla. Uno, Hilarito, además del de letrado, también traía diplomas en Humanidades y Filosofía, y algún otro curso de cuentas. El otro, don Mateo, llegaba con el deseo de retirarse. Los ahorros que su trabajo le había proporcionado le permitirían comprar una finquita y hasta casarse.
La misma noche que ambos desembarcaron, don Pedro Castro y su esposa doña Lola, celebraron por todo lo alto la culminación con honores de los estudios de su chico. Y ya, casi al alba, cuando todos se habían retirado a sus casas y habitaciones, don Pedro después de yacer alegremente con su mujer, de rodillas delante del altar de Nuestra Señora del Cobre agradecía las luces con las que La Señora le había dotado al nacer. Gracias, Virgencita, repetía feliz el hombre. Ahora que su hijo había llegado de finalizar sus estudios en una de las mejores universidades de España, ¡qué de España!, ¡del mundo!, nadie en la isla volvería a hablar de lo torpe y burro que era Hilarito Castro. Incluso ¡hasta podría casar bien! Luego se levantó y se dirigió a su alcoba. Por el camino se detuvo. Podría, no. Tenía que casar con Marisol, la hija del Virrey. Esa era la única manera de amortizar la fortuna que gastó para que su hijo dejara de ser el tonto de la isla. ¡Ay, Señor!, con la inteligencia que Le has dado a mis hijas, bien podrías haber puesto un poco de empeño en Hilarito. Menos mal que Vuestra Madre me iluminó y lo llevé para España. Allí, con un poco de dinero por aquí, y algún sustancioso presente por allá, todo es mucho más fácil.
Una situación embarazosa
Liliana Delucchi
Hoy es el gran día. Sofía contempla su imagen en el espejo, de frente y de perfil. Ha escogido un traje de pantalón azul claro. Conforme llega el final del verano, considera que es el color apropiado. Un pañuelo de seda de colores y ya. Elegante pero discreta. No es cuestión de destacar demasiado, eso ya lo hace su extenso currículum y se niega a ser considerada la local-foránea con pretensiones.
La semana pasada tuvieron la reunión de profesores y pudo conocer a sus colegas de las distintas asignaturas. Todos fueron muy amables y la bombardearon a preguntas sobre su experiencia en el extranjero, algunos con admiración, otros con un deje de envidia y quizás encontró alguna mirada con retintín. A eso ya está acostumbrada, lo experimentó en Harvard, en circunstancias parecidas. «Pero ahora estoy en casa, juego de local.»
El trayecto a pie desde su nuevo y reducido apartamento al edificio de la universidad lo hizo despacio, disfrutando de esas calles empedradas, con bares que soltaban olor a café y a churros y madres que tiraban de sus hijos renuentes a iniciar el curso. ¿Ese perfume es de los magnolios? ¿Los magnolios huelen? Ya no lo recuerda. Esta noche se lo preguntaré a mamá.
Caminó por los largos pasillos, fascinada por su arquitectura y los años de sabiduría que rezumaban esas paredes. ¿Cuántos genios estudiaron o enseñaron aquí? Incontables. El aula que le asignaron era grande y luminosa y se sintió feliz por la cantidad de alumnos que habían elegido su disciplina.
Se presentó a ellos. Con voz clara y el tono adecuado, desgranó los temas que estudiarían durante ese semestre. Un respetuoso silencio se mantuvo durante toda la clase. Entonces lo vio. Tercera fila, segundo asiento a partir del pasillo. ¡No es posible!
Sofía dio unos pasos atrás, hacia el escritorio, y con disimulo se aferró a la madera del antiguo mueble. Sintió un leve mareo. «Son imaginaciones mías.»
Al finalizar la clase, todos los alumnos abandonaron el recinto. Todos menos él. Sofía, a pesar de ser consciente de ello, recogió sus papeles, su bolso y se retiró.
A toda velocidad recorrió los pasillos hasta la sala de profesores que a esa hora estaba vacía. Se desplomó sobre uno de los sillones tratando de controlar la respiración. Dios mío, que no me dé un ataque de ansiedad. Sólo faltaría eso en mi primer día. Logró calmarse y esperó hasta la hora de comer para salir a hurtadillas del edificio. Dio unas cuantas vueltas por la ciudad antes de regresar a su casa. «Por si me sigue. No es una casualidad, no puede estar en Alcalá de Henares por un azar del destino, y encima en mi clase.»
Ya en el apartamento, se sirvió una copa de vino antes de derrumbarse en el sillón. No recordaría cuánto tiempo estuvo mirando el vacío. Las imágenes del pasado se sucedieron unas a otras, desde el día en que lo conoció. También en clase, también ella siendo su profesora, también él en la tercera fila, segundo asiento a partir del pasillo.
A pesar de la diferencia de edad, a pesar de la situación comprometida, iniciaron un romance. No era delito, ya que él era mayor de edad, pero sí una situación complicada a ojos de la sociedad y de la posición de Sofía en Harvard.
No estaba bien, no era de recibo una relación profesora-alumno. Quizás fue la soledad, tal vez la necesidad de un abrazo, puede que tanto tiempo sin una relación. Excusas. No debía, no podía, pero se dejó arrastrar por un remolino de emociones, como si fuera una chiquilla y no una mujer que había pasado los treinta. Luchó como pudo contra sus deseos, pero éstos la vencieron y sucumbió a una dependencia que fue una montaña rusa de desasosiego y sexo. Cuando se dio cuenta de su situación, ésta ya se le había ido de las manos, entonces hizo lo que mejor se le daba: huir. Presentó su dimisión en la universidad y cogió un vuelo en dirección a casa. Ahora había conseguido una plaza en Alcalá de Henares, su familia estaba cerca, como sus amigos y, por primera vez en mucho tiempo, sintió la seguridad que ellos le daban…, hasta hoy.
Durante la clase siguiente, ocurrió más de lo mismo. Él en el mismo sitio, con sus ojos fijos y tomando apuntes de cuanto ella decía y manteniéndose en el asiento cuando todos ya se habían marchado. Sofía volvió a recoger sus cosas y dejar el aula sin mirar atrás.
Esto no puede seguir así. ¿Lo denuncio por acoso? ¿Con qué pruebas? Tendré que relatar lo ocurrido en Estados Unidos. No. Ésa no es una opción.
Pasaron las semanas y la angustia de Sofía iba en aumento. En un herbolario le dieron algunas mezclas para la ansiedad. No le hicieron efecto. No puedo recurrir al alcohol, me convertiré en una adicta.
Una mañana en la que el otoño ya se había enseñoreado en la ciudad y los árboles enrojecían con los colores de la estación, decidió abordarlo.
Al finalizar la clase, el alumno de la tercera fila, segundo asiento a partir del pasillo, se mantuvo inmóvil mientras el resto abandonaba el recinto. Se acercó con paso decidido.
A medida que sus tacones resonaban en el parqué, cada vez más cerca del joven, pudo distinguir que su pelo no era rubio como lo recordaba, sino oscuro y ensortijado. Esos ojos, otrora azules, eran oscuros como una noche de invierno. ¿Se habrá puesto lentillas?
A cada paso descubría más y más diferencias. ¡Imposible!
—¿Tienes alguna duda sobre mi exposición de hoy? —preguntó al joven intentando que su voz fuese lo más firme posible.
—No, señora —respondió el joven con acento castellano.
—¿A qué se debe, entonces, que permanezcas en tu sitio?
—Es que tengo una pierna escayolada y he de esperar a que salgan todos porque camino más lento que los demás.
Aluvión de sueños
Marieta Alonso
Tengo dieciocho años y mi desayuno preferido desde niño es: arroz blanco, huevos fritos y plátano maduro, pasado por la misma freidora y el mismo aceite, hasta que se torne dorado.
Esta mañana, entre cuchicheos, oía el crepitante sonido de la sartén donde se freían esos dos huevos, que en vez de amarillos eran rojizos, debido a que las gallinas de mi madre comían las cerezas que caían en el patio.
Hoy no es un día cualquiera. Es mi primer día de clase en la universidad de Alcalá de Henares. Voy a ser Arquitecto Técnico, mi madre lo llama Aparejador. Le he prometido hacerle un gallinero en condiciones: de madera, bajo un árbol frondoso para evitar el sol y las temperaturas altas del verano, con buena ventilación, perchas, nidos, cama de virutas, comederos…
Me he enterado de que cien gallinas ponedoras, las Leghorn blanca, originarias de Livorno, en Italia, pueden poner hasta ochenta y tres huevos. Se dice que esta ponedora es el resultado del cruce entre la gallina italiana con las andaluzas.
Figúrate, mamá, han perdido totalmente su instinto maternal y nunca se ponen cluecas. Viven entre seis u ocho años.
También le he dicho que tiene que establecer una rutina de limpieza, es importante que las gallinas estén a gusto y con higiene.
De pronto, he pensado: si hago un gallinero para las Leghorn, debería hacer otro para las Brown, que son muy populares para el consumo. Se adaptan tanto a sistemas de jaula como al suelo.
Me estoy dando un buen atracón para desayunar. Mi madre es partidaria de alimentar bien el cuerpo para que funcione mejor la mente. Voy a ser el primero en la familia en ir a una Universidad. La veo secar una lágrima clandestina con la punta del delantal y, estoica como siempre, dice que si eso de ser Aparejador fuera mucho para mí, que no sufra, ya que podría trabajar en esa granja avícola que les pienso montar.
Muy diferentes, ingeniosas y bien escritas. Estupenda la idea de difundir la historia de la Universidad.
Gracias Borja, como los temas que tratamos son tan diferentes, me alegra que este te haya parecido interesante.
Besos
Gracias Cristina y cuentistas,
Muy distinto e interesante!,,,,,,
Elena