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El acantilado

15 agosto, 2024 por Akelarre 2 comentarios

acantilado

El acantilado

Un acantilado es un accidente geográfico que consiste en una pendiente o una vertical abrupta. Solemos llamar así a los de la costa, pero también pueden considerarse como tales los que están en montañas, fallas y orillas de los ríos. Se forman, en general, al estar compuestos por rocas resistentes a la erosión y al desgaste de la acción atmosférica.

Tienen ese punto majestuoso e inquietante que ha despertado la imaginación de nuestras autoras en la extraña desaparición de un amigo; el temor que originan en una niña; un encuentro tan mágico como inoportuno y la búsqueda de un ser amado en el arcoíris.

Noche incierta

Cristina Vázquez

La familia Barrientos

Malena Teigeiro

Encuentros inesperados

Liliana Delucchi

Más allá de los ojos

Marieta Alonso

Noche incierta

Cristina Vázquez

Pasear por el acantilado era uno de los planes de verano preferidos, entre otros motivos por ser un lugar prohibido para los niños. Roger regresaba de nuevo a pasar el descanso estival, después de un largo periodo en el que se había negado a volver.

Muy en contra de su deseo, las súplicas de sus hijos por reabrir la casa familiar le decidieron a hacerlo. Aunque exigió que cumplieran a raja tabla la prohibición oficial de acercarse al borde del acantilado, bajo pena de multa cuantiosa y control con cámaras de los lugares de peligro.

Instalarse después de tantos años, resultaba incómodo al tener que airear, reponer y restaurar lo que había permanecido abandonado. El recuerdo de su marcha, casi una huida, le trajo al presente la cantidad de cosas que permanecían igual que las dejó, como si el tiempo se hubiera paralizado.

El entusiasmo de sus hijos y la paciencia de su mujer, fue lo único que lo animó a seguir adelante y, poco a poco, tranquilizó su espíritu y se sintió satisfecho de haber sido capaz, como se decía tantas veces, de haberse enfrentado a esa realidad. Sabía que dándoles cara era la única manera de solucionar los problemas. Y ahora, por fin, lo estaba haciendo. Reconoció que contemplar la grandiosidad de este litoral volvía a enardecer sus sentidos y a elevarle al agradecimiento por la belleza otorgada. Sintió una emoción largo tiempo adormecida por la parte de sufrimiento que implicaba. Ahora todo era diferente y pudo rescatar, tras largo tiempo, los momentos felices que pasó en ese lugar.

La primera noche que pudieron cenar en la casa, tras pasar unos días en el hotelito del cercano pueblo, advirtió severo a sus hijos.

—Podéis hacer lo que os guste, pero… —levantó un dedo patriarcal—, la única prohibición es la que, por fin, marca la ley, y es no acercarse a los lugares de peligro que están indicados.

Su mujer le miró extrañada.

—Caramba, Roger, pareces un policía de teleserie —exageró su tono—. Así que, cumplid el mandato paterno y el de la ley.

Se echó a reír hasta que la severa mirada de su marido la detuvo en seco. Exactamente es eso lo que tenían que hacer, si no se iban en ese mismo momento y no volverían nunca más. Dio un palmetazo sobre la mesa y se levantó con brusquedad. Salió y el ruido al cerrar la puerta atronó el silencio que se había producido. La mujer y los dos chicos se miraron con extrañeza. Roger era un hombre que siempre mantenía la calma y aunque sus exigencias hubiera que cumplirlas, en general, eran razonables y aplicaba más un castigo justo que una regañina a destiempo.

Esperaron un rato mientras acababan de cenar, pero Roger no aparecía. Pasadas un par de horas, Susan, inquieta mandó a los hijos a la cama y se sentó a esperar con una novela de misterio que no le implicaba gran atención. La primera llamada que hizo al móvil sonó en el dormitorio. Inútil. Se quedó medio dormida hasta que la espabiló el ruido de la puerta. Ahí estaba Roger, al fin. Se levantó precipitada y se abrazó a él. ¿Qué había pasado?, ¿por qué se marchó?, no tenía derecho a hacerle eso. Y mientras entremezclaba sus críticas y preguntas se percató de que Roger, impasible, olía a alcohol. Se fue tambaleando a la cama y susurró

—Mañana. Te lo contaré mañana.

Al día siguiente amaneció con jaqueca, ojos irritados y una expresión cansina. Los niños estaban en una clase de tenis y Susan en la cocina con un café bien cargado.

—Espero tu explicación —soltó con tono irritado.

Él se sentó pesadamente a su lado y le puso una mano sobre la suya. Lo primero era disculparse, se había comportado como un imbécil. Se frotó la cara.  Se levantó de la mesa y frente a la ventana, dando la espalda a su mujer, empezó.

—No he querido volver porque aquí se mató, creo —se giró un poco—, Mat, mi mejor amigo.

Susan puso cara de extrañeza. Roger volvió a mirar de frente. Jugábamos de niños a pasear por ahí a escondidas de nuestros padres. Éramos cuatro amigos inseparables, Mick, Edward, Mat y yo. Esa noche, siendo ya todos universitarios, nos fuimos a beber a la taberna del pueblo y a celebrar nuestro reencuentro estival. Volvió a la mesa y siguió mirando por la ventana. Decidimos ir al acantilado como hacíamos de pequeños. Mat no quería, dijo que era una noche desapacible y que ya tendríamos tiempo de ir.

—Todos insistimos —bajó la cabeza—. Yo el que más.

Le llamé cobardica, nenaza. Aunque había sido el más débil de los cuatro, nos superaba a todos en ingenio y brillantez. Al final accedió y hacia ya fuimos entre bromas, empujones y gritos de borrachillos. Empezamos a correr por el borde. Gallina el que no se acerque más. Mat, siempre prudente y al que el plan le parecía estúpido, permanecía retrasado. Tanto lo abucheamos que al final dio una carrera hasta el borde, abrió los brazos y saltó. Se tapó la cara con las manos.

—Desapareció. Oímos un terrible grito.

Los tres nos asomamos, pero no veíamos nada. Pensamos que era inútil acercarnos a la policía. Era imposible sobrevivir, nos dijimos. Al día siguiente nos fuimos, huimos. Esta casa ya era solo mía pues mis padres se fueron a vivir a Francia por esa época. Nunca más nos volvimos a ver ninguno de los tres.

—Lo que me descompone es que tampoco vi una esquela de Mat, ni nadie comentó su desaparición.

Pidió a su mujer que le diera un vaso de agua. El otro día, continuó con voz ronca, vio en el metro a alguien que hubiera podido ser él de adulto. Me miraba fijamente.

A lo mejor aparecía por aquí.

© Cristina Vázquez

La familia Barrientos

Malena Teigeiro

Nunca me gustó la caleta que recogía la mole del acantilado. Era como estar en una prisión. Sin embargo, a mi familia le encantaba. Según mi madre era el sitio ideal para pasar el día. Allí, decía, sin desatender a mi padre ni a mi abuelo, podía vigilar a sus hijos. Éramos siete. Yo, simplemente, era la cuarta. Era esa clase de hija que uno nunca sabe qué hacer con ella. En el caso de que a la familia le interesase tener hijos mayores, ahí me encontraba yo. Pero si se trataba de ahorrar en ropa o de cualquier cosa por el estilo, era de los pequeños. ¡Siempre aprovechando los vestidos de mis hermanas mayores!

Pero continuemos con el acantilado. Aquella mole de piedra rubia no me gustó nunca, me agobiaba. Y por si fuera poco esa angustia, la orientación de aquellas paredes de piedra no le permitían al sol calentar la arena más allá de un par de horas. Y eso, susurraba mi madre, era una suerte. Así, decía con las cejas elevadas, aunque pasásemos un poco de frío, ninguno de sus hijos tendría cáncer de piel. Ella se sentía orgullosa de su sapiencia. Y continuaba señalándonos con un dedo: Además, como hay bastantes olas, vosotros los varones mayores, aprenderéis a surfear.

Todos aquellos razonamientos no me convencían, por lo que siempre estaba mirando hacia arriba. Si aquella pared se derrumbaba y caía sobre nosotros ni siquiera se iban a molestar en buscarnos, barruntaba mi mente infantil. Aún más. Aunque alguien supiera que estábamos allí abajo, sería imposible retirar la cantidad de piedras que se habrían desprendido, sobre todo porque el alcalde de ese pueblo era muy tacaño. Estaba segura de que no se iba a gastar el dinero en una familia como la mía, sin importancia. ¡Qué triste!, razonaba derramando litros de lágrimas mientras llenaba mi cubo con arena para hacer un castillo. Y veía aquella caleta cubierta por los pedruscos de un acantilado que, aburrido de tanta soledad, había decidido desaparecer convirtiéndose en la tumba de una familia completa. Y era tal mi tristeza al pensar que nunca nadie sacaría de allí abajo el cuerpo de una niña, el mío, entre otras cosas porque nadie tendría conocimiento de ello, que decidí dejar unas señales. Así, si nos pasaba algo, alguien podría llegar a encontrarnos. Y quizá alguno de nosotros todavía estuviera con vida. Por ejemplo, yo. A partir de entonces cada vez que íbamos a pasar el día a la caleta, iba atando lazos de colores en las plantas, justo hasta que comenzaba el caminito de bajada.

Como era lógico nunca se desplomó el acantilado sobre la familia de Juan y Lucía Barrientos. Pero lo que sí sucedió fue que una tarde que mis hermanos, mamá, papá y el abuelo dormían la siesta, como la dormían ellos siempre, con un sueño que más parecía el de la muerte, llegó una gran ola. Una de esas que, sin que nadie supiera por qué, aparecían todos los veranos. Y yo, siguiendo mi costumbre de vigilar la muralla de piedra, era la única que se encontraba despierta. Jugaba en la orilla con mi cubo cuando, sin que nadie lo percibiera, fui envuelta por aquella manta de agua.

Tardé varios días en aparecer, y cuando lo hice casi me enterraron directamente. Estaban agotados después de una búsqueda tan larga, escuché que decían. Ellos nunca lo sabrán, pero a mi esa actitud me molestó bastante. Me hubiera gustado ver llorar alrededor de mi féretro a mis profesores, escuchar decir a mis padres lo buena hija que era, y a mis compañeros de clase que era una amiga generosa y simpática. ¡Hasta me hubiera hecho feliz sentir llorar a aquellos a los que nunca caí bien!

A partir de entonces, mi familia dejó de ir a la caleta que estaba debajo del acantilado. Les traía malos recuerdos. Ahora van a otra playa. A una de esas que no protege ningún acantilado, de las que tienen casas muy altas a un lado de la arena y al otro el mar, de esas que están tan llenas de gente en las que hasta hay un señor en una torrecita vigilando que ninguna ola se lleve a un niño.

Y aunque veo que mi madre se ríe, y mi padre y mi abuelo también, noto en ellos como una cierta tristeza. Posiblemente sea porque no me despidieron como debían.

Aunque quizá sea porque me echan de menos, pienso mientras los vigilo.

© Malena Teigeiro

Encuentros inesperados

Liliana Delucchi

Olivia levantó la vista del teclado y miró por encima de la pantalla. A través del ventanal, el cielo brillaba azul y nubes algodonosas jugaban con el viento. Más lejos, el mar. Fijó la vista en un grupo de personas con palas y herramientas excavando dentro de un cercado. ¿Qué estarán buscando?

Había alquilado esa confortable casa a un par de kilómetros del acantilado con el único objetivo de terminar su novela, sin más compañía que su perro y el móvil, aunque afortunadamente este último sonaba poco.  Sólo las llamadas crepusculares de Samanta, su mejor amiga.

Se quitó las gafas de cerca para enfocar mejor lo que estaba ocurriendo en el barranco. Ya lo averiguaría por la tarde, durante el obligado paseo con Rex. Era una mujer de cuarenta años, estatura media y complexión esbelta. Sus ojos eran inquietos y brillantes, de un tono pardo, casi del mismo color que su pelo. Tenía un modo peculiar de fijarlos sobre un objeto y sostenerlos allí, como si estuviera perdida en un laberinto interior de contemplación o pensamiento. En ese instante estaban detenidos en una cuadrilla de trabajadores que, de pronto, habían cambiado la fisonomía del paisaje. Sintió que la intriga podía más que el desarrollo del escrito y llamó a su perro.

—Vamos, cariño. Hoy adelantaremos nuestra excursión.

Con una gabardina sobre el gastado jersey, botas de goma por encima de los vaqueros y un pañuelo cubriéndole la abundante cabellera, bajaron la escalinata y fueron paseando en dirección a los nuevos vecinos. Cuando llegó, permaneció de pie, fisgoneando los trabajos que realizaban en ese cuadrilátero cercado por vallas y cuerdas. Se le acercó un hombre con un enorme y tosco sombrero. Era alto, bien parecido, rondaría los treinta años. Se presentó como Robert Murray, arqueólogo jefe de la excavación.

—Soy Olivia, vivo en el cottage de arriba. ¿Qué hacen?

—Sabemos por el dron y su sistema LiDAR que debajo de la superficie hay unas construcciones de perímetro circular —dijo mientras con sus manos y brazos trataba de abarcar toda la extensión.

—¿Construcciones romanas?

—No, evidentemente son prerromanas. Lo romanos construían edificios con ángulos rectos. Para explicarme mejor, éstas se parecen más a chozas subsaharianas. En síntesis, aparentan tener origen celta o anterior.

—Interesante. Lo dejo seguir trabajando. Buenos días.

Satisfecha su curiosidad, la mujer continuó su paseo.

Esa tarde, durante la diaria conversación telefónica con Samanta, le relató el encuentro.

—¿Un arqueólogo y una escritora? —Casi chilló su amiga— ¡Es la historia de Agatha Christie y Max Mallowan!

—Es verdad y no sólo por la diferencia de edad, sino porque a ella también su primer marido la dejó por otra —respondió después de un suspiro—. Pero recuerda que si me he alejado de la civilización es para escribir.

La conversación se extendió durante casi una hora, tras la cual Olivia volvió a su ordenador.

A la mañana siguiente, estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta de que Rex había escapado por la puerta que dejara entreabierta. El can regresó con algo entre los dientes.

—¡Vaya! Me has traído un regalo.

«¡Dios mío! No es una rama, sino un hueso humano. Lo habrá sacado de la excavación.»

Asumiendo la culpa de su perro, se puso un abrigo y caminó de prisa hasta el grupo de trabajadores. Robert Murray se acercó con una sonrisa que se congeló al ver lo que la vecina llevaba en la mano.

—¿De dónde lo ha sacado?

—Ni idea. Rex lo trajo hace unos minutos.

—Gracias —exclamó sorprendido. Sin más, se dio la vuelta para dirigirse a su equipo— ¡John, Christopher! Hay que enviar a Londres un importante hallazgo para ser examinado en el laboratorio.

Esa misma tarde el arqueólogo se acercó a casa de la escritora para pedirle que no llevara al perro suelto durante sus paseos. Será prepotente, pensó ella, ¿no ha dicho que mi peludo encontró un «importante hallazgo»?  Y decidió que sus caminatas se limitarían a las vespertinas, cuando ya no hubiese forasteros.

Unos días después, el sol se escondía entre las ramas del bosquecillo cercano cuando escuchó ladridos. ¿Qué habrá descubierto ahora? Siguió las huellas del can en el suelo húmedo, llamándolo sin resultado. De pronto, le pareció ver una silueta detrás de un tronco. Imposible. Por aquí no viene nadie. Continuó por el sendero que llevaba hasta un grupo de pinos. Otra vez una forma humana. Entre la bruma que levantaba la cercanía del mar, divisó un perfil de mujer. A pesar del desasosiego, continuó andando.

Una joven, casi adolescente, vestida con una larga túnica rústica y largos cabellos rubios, sonreía, extendiendo el brazo. Olivia sintió la llamada de aquello que estaba más cerca de un fantasma que de una persona. La chica extendió la mano, la mujer la suya y ambas se encontraron, palma contra palma en un contacto mágico. El encuentro sólo duró un instante. Olivia sintió como si una fuerza sobrenatural recorriera su cuerpo. Cerró los ojos.  Al abrirlos, la visión había desaparecido.

Cuando regresó a casa, se sirvió una copa de vino y llamó a Samanta, prefirió obviar el encuentro misterioso en el bosque. «Ya sabe que estoy un poco loca, no es necesario corroborarlo». A pesar de la ironía, su pensamiento volvía una y otra vez a la frondosidad de los árboles, a los ojos azules de la jovencita y la unión de sus manos. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, el sol empezaba a despuntar detrás del acantilado.

Un cielo aborregado se arremolinaba con el viento y las olas batían contra las rocas la mañana siguiente en que fue en busca de Robert Murray.

—¿Han recibido las pruebas del laboratorio sobre el hueso que descubrió mi perro?

—Sí, ayer por la tarde.

—¿Pueden saber por el ADN si era hombre o mujer?

—Por supuesto.

Olivia esperó unos minutos a que el parco arqueólogo ampliara la información. Éste no lo hizo, pero se excusó por sus rudos modales cuando la visitó para recomendarle que atara al perro.

—Disculpas aceptadas —dijo ella con una sonrisa—. Me gustaría saber, si no es información confidencial, a quién encontró Rex.

—El hueso perteneció a una mujer, con una edad entre los catorce y los dieciséis años.

—¿Delgada, rubia y con los ojos azules? —Preguntó la mujer con ansiedad.

—¿Cómo lo sabe?

—Soy escritora —respondió con una jovial carcajada—. Tengo mucha imaginación.

© Liliana Delucchi

Más allá de los ojos

Marieta Alonso

A los árboles, como a mí, nos gusta acercarnos a ese mar increíblemente azul o verde, aunque a veces tiene el color de mi estado de ánimo, casi negro. Lo miro y, como por arte de magia, se alejan mis penas. Me atrae el perfume yodado, sus profundidades, los atardeceres. A pesar de ser sus aguas indiferentes a las desgracias de los hombres, las amo.

Cuando llega la primavera, mi pueblo pierde su aspecto deprimente. El suave aroma de las rosas, el zumbido de las abejas que alertan de su presencia y el aleteo de las mariposas con sus vivos colores llenan los jardines, pero yo… No pierdo tiempo. Me voy corriendo a mi acantilado.

La abuela lo sabía. De niña me contaba historias que nunca me aclaraba si eran verdad o mentira. Debía averiguarlo por mí misma, decía sonriendo y añadía que no hay nada más hermoso que contemplar un arcoíris desde nuestro precipicio. Cada vez que veo uno me acuerdo de ella y gozo al contar desde el rojo en la parte exterior hasta el violeta, esos siete colores que me hacen soñar.

Una tarde mientras paseábamos por ese despeñadero surgió el arcoíris. Emocionada, la abuela me prometió que cuando ella muriera haría todo lo posible para que la viese en algún punto del color malva, el que está en la parte interior. De regreso a casa me dio a leer el Antiguo Testamento, y aprendí que el arcoíris fue creado por Dios tras el Diluvio Universal para recordar a los hombres que jamás volvería a destruir la tierra.

Desde entonces han pasado muchos años. Ahora no corro, voy a paso lento hasta mi lugar preferido y busco a la abuela en la franja violeta. Y allí está.

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

El puente

15 febrero, 2019 por Akelarre 3 comentarios

Puente

El puente

La necesidad humana de cruzar pequeños arroyos y ríos fue el comienzo de la historia de los puentes.

Hasta el día de hoy la técnica ha pasado desde una simple losa o un mero tronco hasta grandes estructuras colgantes que miden varios kilómetros y cruzan bahías.

Tienen su origen en la prehistoria y posiblemente el primero fue un árbol que se usó para conectar dos orillas. Pero, independientemente de su estructura, el concepto de puente significa acercamiento, conexión entre distintas ideas, puntos de vista filosóficos o diferencias de opiniones.

También los sentimientos se han valido de este significado para crear grandes historias y dotar al arte de magníficas obras.

Querido amigo

Cristina Vázquez

Los puentes de la Bella Nina

Malena Teigeiro

Cuenta saldada

Liliana Delucchi

Un puente amigo

Marieta Alonso

Querido amigo

Cristina Vázquez

La luz mortecina obligaba a encender las lámparas desde por la mañana durante los meses de invierno. Con gesto desabrido, Eusebio se asomaba a mirar por la ventana el descuidado jardín al que daba su despacho. A ver si terminaban de una puñetera vez el nuevo edificio y ya podría instalarse en el lugar que le correspondía y no en este oscuro cuartucho.

La tímida llamada en la puerta de su secretaria, recién llegada, de buenas hechuras y dudosa eficacia, le sacó de sus pensamientos.

––Don Eusebio, el correo ––avanzó con docilidad hasta su mesa.

––Que no muerdo, gacelita, que no muerdo. Quita esa cara de susto ––le recriminó con sorna.

Torció el gesto al ver el sobre y lo abrió.

“Debo confesar que el otro día me costó reconocerte en la rueda de hombres que giraban, igual que un tiovivo desengrasado, en ese patio. Al pararte frente a mí, tras los cristales emplomados, pude reconocer en tu turbia mirada al hombre, al muchacho que fuiste. El resto: tu paso cansino, los hombros abatidos y la incipiente barriga, me alejaban del recuerdo que tenía de ti.

Quiero decirte que hago gestiones para que salgas. Ya falta menos, a lo mejor menos aún de lo que crees. Comprendo que hablarte de tiempos puede resultar cruel, pues supongo que la vivencia del mismo ha debido distorsionarse después de tantos años.

Si vuelves a la ciudad y no temes que la avalancha de recuerdos te sepulte, cuentas conmigo. No encontrarás nada igual a lo que recuerdas. Han quitado las barandillas del puente e impedido el paso. La maleza se apodera de todo y casi tapa los carteles de prohibido que se van despintando con las lluvias y el paso de los días.

Ya no es posible reconocer el sitio dónde vivimos los buenos momentos de la niñez y juventud. Hacíamos equilibrio sobre la barandilla, sudando de miedo animados por los otros. Allí fumamos los primeros pitillos y otras cosas, y llevábamos a las chicas con el intento de cumplir nuestros ardorosos deseos bajo la humilde arcada. ¿Te acuerdas? Nunca nos creímos que fuera un puente romano como afirmaba la abnegada doña Reme, que desperdició su conocimiento con nosotros.

Sé que en tu juicio no te ayudó mi declaración. Confundí algunos hechos y los horarios. Estábamos muy fumados y no pude justificar que estuvieras en mi casa a esa hora. Mi padre solo pudo jurarlo por mí. Ya sabes cómo era de autoritario, siempre pendiente del buen nombre y la reputación de la familia. Pero ahora desde mi puesto en la Consejería de Interior voy a remover tu caso. Han encontrado bajo el puente una chica desaparecida con las manos atadas sobre la cabeza y un zigzag de sangre en la frente. Yo impulsé la búsqueda dando orientaciones que los llevaran hasta ahí. Este nuevo crimen te exculpa.

Pudimos ser cualquiera de nosotros y todos a la vez. Éramos un solo elemento con diversas cabezas que se movía como una masa informe, llevada por impulsos y desafíos y a ti te tocó pagar por todos. Lo siento.

A los otros no los he vuelto a ver, José murió en un accidente, Perico y Jonás se largaron al extranjero y de los hermanos Ortúa no se sabe nada. Aunque te parezca horrible lo que te voy a decir, tú, al menos, tendrás la conciencia tranquila. Ya has purgado. Yo solo puedo dormir con somníferos, pues a medida que van pasando los años, se me aparece con más nitidez el momento. Los gritos de la chica, su pataleo, el ruido al caer desde la barandilla y cómo tuvimos la frialdad, pese a lo drogados que estábamos de atarla y hacerle el zigzag en la frente. Eso fue idea de Jonás.

Esta carta te llega sin censura, para eso estoy en este puesto, sino, no te podría contar todo esto y espero que entiendas el valor de la aparición de este nuevo crimen que te permitirá respirar libre otra vez.

Con afecto.

Eusebio.”

En el sobre sin abrir que le fue devuelto, escrito en tinta roja ponía:

Preso trasladado a psiquiátrico.

© Cristina Vázquez

Los puentes de la Bella Nina

Malena Teigeiro

Habían pasado los años, más de treinta, cuando Balbina volvió su aldea. Aquella tarde paseó hasta el puente de piedra, que el tiempo el  había envuelto en tojos, zarzas y silvas. Asomada al pretil miraba correr su vida como si de un regato de agua se tratara. Recordó la noche que escuchó que su primo Toñón se iba a la Argentina. Ya en la cama, Balbina lloró y su llanto la hizo temblar como a las hojas el viento. Y en su vigilia, justo antes de que clareara el alba, tomó la decisión de que también se iría de la aldea. Durante varias noches pergeñó su plan. Esperó a que finalizaran las Fiestas en honor del Santo Patrón y escondida entre los cestos de ropa y tramoya de los carros de los feriantes, huyó. Al escuchar el crujir de las ruedas sobre las piedras del viejo puente no sintió pena ni miedo. Cuando el carro se detuvo, Balbina salió de su escondite y sin que nadie le preguntara nada, le dieron una taza de chocolate y la enviaron al río a lavar unas prendas. Su rubio cabello y sus azules ojos no constituyeron ninguna dificultad para integrarse con aquellos gitanos que decidió convertir en su familia. Alentada por ellos, aprendió a bailar y a cantar, sorprendiendo a unos y a otros por su sentimiento y bonita voz.

El mismo día que Balbina cumplía dieciséis años falleció el patriarca, hombre al que la joven adoraba. Decidió entonces que poco la unía al resto de la caravana, y que había llegado el momento de cruzar un nuevo puente. Se vistió con su mejor traje, y luego de despedirse de los que sentía como su familia, esta vez sin llorar, se trasladó a Madrid. Visitó un tablao tras otro hasta que consiguió que la recibiera el señor Mariscal, dueño del de Los Puentes de Sevilla. El hombre enseguida vio en ella algo que lo conquistó. Le hizo un primer contrato como palmera. Sin embargo, su cabello rizado y su piel de porcelana china, comenzaron a producir tantos cuentos y leyendas que pronto el señor Mariscal la nombró segunda bailarina. Y no mucho después, mientras el hombre contaba los billetes que Balbina le iba reportando, pensaba en hacer un nuevo cartel para su primera bailaora, la ahora Bella Nina.

Cada vez eran más los que llegaban para verla bailar y cantar. Lo que le hizo pensar en que aquella fama le tenía que valer para algo más que para producirle dinero al señor Mariscal. Después de darle vueltas a su inquietud, decidió que lo que más deseaba era entrar a formar parte de la vida de la alta sociedad.

––Ya es hora de cruzar otro puente ––se dijo.

Lo primero que hizo fue alquilar una hermosa vivienda en la calle Mayor. Y entendiendo que sus modales dejaban bastante que desear, contrató como doncella a una viuda francesa, madame Fleur, que le enseñó maneras de dama. La mujer, luego de pasearse por la casa y dar algunas órdenes, se dirigió a Balbina.

––Madame, si desea ser una señora no puede tener amantes viviendo en su casa ––susurró con voz atiplada. Y ella, siguiendo sus sabios consejos, los ocultó.

Comenzó a celebrar reuniones en su domicilio, ahora alhajado con hermosos muebles, sedas y porcelanas, en las que recibía a sus nuevos amigos, solo hombres, que la llenaban de joyas, la invitaban al teatro y a cenar en los mejores restaurantes. Sin embargo, no conseguía ser recibida en los actos sociales de la capital. ¡Ya no sé qué hacer!, le dijo a la francesa retorciéndose las manos.

––Madame, aquí todos saben de su humilde procedencia. Si de verdad quiere ser otra cosa, debe irse a París ––le aconsejó la mujer.

En su despedida se abrazó al señor Mariscal, hombre que tan bien la había tratado, llorando. Él, secándole las lágrimas con un gran pañuelo blanco, dijo:

––Haces bien, Balbina. Tú eres digna del Folies Bergère ––abrió el cajón de su mesa y le entregó una serie de cartas para sus amigos franceses.

Señora y doncella se alojaron en un céntrico y reconocido hotelito de París. Al abrir la ventana de su habitación vio las aguas del Sena pasando por debajo de los puentes, lo que le pareció un buen augurio. Su doncella deshizo el equipaje, y la ayudó a ponerse el vestido malva, llamativo pero elegante. Ya compuestas, ambas se dirigieron a cenar a un restaurante cercano al Folies. Sonriendo a modo de Gioconda, Balbina se sentó a la mesa, tiesa, altiva, mostrando su escote de porcelana china, no sin que antes la francesa, previas abundantes gratificaciones, comunicara a camareros y cigarreras que aquella dama era la Gran Nina, una bailarina española cuya fama traspasaba los mares hasta las Américas.

Entretenida con los manjares de su cena, Balbina fingía no darse cuenta de las miradas que se posaban en ella. Pronto una botella de Moët & Chandon apareció sobre su mesa junto con una esquela en la que le solicitaban acompañarla. Altiva, miró a su alrededor y al ver a un caballero, bien parecido y no muy joven, que sonriente se ponía de pie con la intención de acercarse, levantó el dedo moviéndolo con elegancia. Nunca en público, escribió en el revés de la esquela que envió de vuelta. Un par de días después, lo recibía en su piso. Fue su primer amante francés. Y así siguieron hasta que comenzó a ser saludada por mesas y pasillos. Y fue entonces cuando por el botones del hotel, le remitió Balbina al director de Folies las cartas de presentación. Y después de una dura tramitación, fue contratada como primera bailarina para la siguiente temporada. Con el oropel de ser bailarina del Folies, se mudó a un piso en los Campos Elíseos. Ante el horror de madame Fleur, al abonar la primera renta, Balbina, ahora definitivamente madame Nina, se quedó sin un solo franco. Con tacto y elegancia, consiguió que su amigo le prestara algún dinero, y aprovechando los meses de espera, Nina reanudó en su piso la vida social. Contrató como secretario y administrador al joven Pierre, lo que le permitía gozar de él sin escándalos. El joven, de ondulado pelo negro, ojos de largas pestañas, y sin un solo franco en el bolsillo, estaba lleno de buenas ideas, una de las cuales fue montar en uno de los salones mesas de juego en donde la ruleta fuera la pieza central. El pequeño casino producía sustanciosos beneficios, que una vez recogidos, Pierre, de forma relativamente alícuota, repartía

Cuando llegó la nueva temporada y retornó al escenario, los aplausos volvieron a acariciarla cada noche. Sin embargo, no se le borraba el deseo de participar en la vida social parisina. Después de mucho pensar, y esta vez aconsejada por su secretario, decidió que para cruzar ese nuevo puente, tenía que ganarse el beneplácito de las mujeres. Cargada de regalos, visitó guarderías y asilos, dejando allí por donde pasaba la imagen de una mujer generosa, simpática y muy decente. Jamás permitiría que en su casino hubiera grandes pérdidas, le dijo con el dedo levantado a la superiora del asilo de ancianos después de haber bailado a petición de estos. Y así, la que se dio en llamar la Gran Nina, ocultando sus amoríos, juntando regalos, cuidando de no arruinar a ningún padre de familia, comenzó a ser invitada a cenas y actos benéficos.

Sintiendo la humedad de la tarde, Balbina suspiró profundo. Ya no le quedaban puentes para cruzar.  Volvamos a la aldea, dijo. Y colgada del brazo del ya maduro Pierre, caminó despacio hacia la que había sido la casa de sus padres. Había vuelto para pasar los últimos días de su enfermedad entre aquellos muros en donde esperaba encontrar la paz y el perdón para la díscola Balbina, porque lo que era la Bella Nina, esa no se arrepentía de nada, susurró mirando al cielo.

© Malena Teigeiro

Cuenta saldada

Liliana Delucchi

Lo mira de lejos mientras avanza entre la maleza. «Cuánto ha crecido, es normal, hemos tenido una primavera muy lluviosa». Con el bastón va abriéndose camino pero no se atreve a bajar. «Mis piernas no son las de entonces.»

Recuerda cuando se escapaba para refugiarse debajo del puente, con un libro o solo sus fantasías que la llevaban a mundos que estaban más allá de aquellos parajes.

Tendría seis años, no más, y se sentaba debajo de las arcadas, a salvo de todos.

––Quédate del lado derecho, en el izquierdo hay monstruos ––le decía su abuela.

Pero ella sabía que no eran monstruos. Eran los García. Como Montescos y Capuletos, su familia y las del otro lado llevaban años enemistados. Habían olvidado el origen de la disputa, pero la mantenían, como los escupitajos al suelo que echaban unos a otros cuando se encontraban en el pueblo.

Fue un día de verano cuando lo vio. Escondida entre las flores, casi se le cayó el libro cuando la figura de un niño, que apenas tendría unos años más que ella, estaba en medio del río, pescando. Genoveva se mantenía dentro de los límites de su propiedad, sin embargo él había traspasado el suyo. Distraído con sus peces no la vio acercarse y cuando lo hizo le espetó «no puedes estar aquí.» Ella dijo que sí, que estaba dentro de sus lindes y que quien había sobrepasado los suyos era él. Sin embargo, el chico no se fue. Y la niña se acercó.

––No te tengo miedo ––le gritó desde su orilla, dejando el libro al resguardo de unas piedras. ––Sé que no vas a hacerme daño.

––No lo haré si te largas ––contestó él recogiendo el cordel de su caña.

––No sabes pescar, no es así como se hace. Si quieres te enseño ––y quitándose los zapatos, Genoveva se internó en el agua.

La anciana sonríe al recordar esa escena. Todas nuestras frases empezaban con un «no». Era lo que nos habían enseñado.

Daniel insistió en que se mojaría el vestido pero a la niña le daba igual, además, necesitaba un compañero o quizás solo romper las reglas.

Y…, se hicieron amigos. Unas tardes ella le contaba historias, otras se internaban en los bosques vedados para cualquiera de ellos, saboreando el entusiasmo de lo prohibido. Hasta que un día llegaron a una antigua construcción de piedra. Compuesta por un muro en el que el tiempo había hecho estragos, encontraron la entrada a una cueva húmeda, oscura, con una grieta al final por donde se colaba algo de luz. Pegados a la pared y casi tiritando, llegaron hasta el final. Tuvieron que apartar cascotes y arañar la tierra para, finalmente, salir a una pradera.

Del otro lado encontraron unas construcciones como las de los libros antiguos: Cabras sueltas, mujeres vestidas con túnicas y hombres con calzones de cuero. Un fuego central del que pendía una gran olla ennegrecida lanzaba humo en todas las direcciones. La gente hablaba en voz alta en una lengua que si bien entendían, era diferente al de sus palabras actuales.

Las chozas se alineaban en dos filas y niños flacuchos correteaban por doquier. De pronto escucharon un gran escándalo. Un grupo de mujeres arrastraba a otra. La llevaban maniatada y, entre golpes, la depositaron junto a un poste. Allí la ataron y empezaban a encender fuego a sus pies.

––¡Quemad a la bruja!

––La que van a quemar es idéntica a mi abuela ––musitó Genoveva.

––Y la que la empuja se parece a la mía ––se sorprendió Daniel.

Los niños salieron de su escondite en dirección al martirio. Los habitantes del poblado creyeron ver trasgos y caminaron hacia atrás, asustados y haciendo reverencias.

––Creen que somos espíritus ––susurró Daniel mientras desataba a la temida bruja.

Con una arenga de las que había aprendido en los libros, Genoveva convenció a los allí reunidos que no había encantamiento y que debían liberar a esa señora. La condenada besó los pies de la niña y en la frente le hizo la señal de la cruz.

Terciaba la tarde cuando los niños llegaron a la pradera que está junto al puente. Allí, reunidos en una fiesta de campo estaban las dos familias, compartiendo comida y vino.

© Liliana Delucchi

Un puente amigo

Marieta Alonso

La anciana y su gato, tumbado boca arriba, se mecían de forma rítmica llevando el compás de una música imaginaria. Ambos con sus pensamientos. No se escuchaba ni el croar de las ranas, ni el rumor de las hojas de los árboles mecidas por el viento. En el puente ––su puente–– que veía a través de la ventana del salón, no había moho, ni hierbas…, granito, solo granito. Era su guarida inexpugnable donde se escondía siendo joven a llorar sus penas. Un amigo fiel.

Un día borrascoso su marido lo cruzó y desapareció sin dejar rastro. Se preguntaba si habría muerto en alguna esquina, ¡ojalá!, o si se fue a vivir la vida. Cada día miraba esas piedras que le ayudaron a marchar, y le daba gracias a su santa preferida por haberla escuchado. Naturalmente, no amaba a su marido.

El silencio se hizo de pronto en aquella habitación cuando la mujer y el gato dejaron de mover pies y patas. Saltó el minino sin dar tiempo a que la anciana pudiera abrazarlo y se oyó un golpe seco.

––Abuela ¿qué sucede? Haz el favor de no tropezar, no vayas a perder el equilibrio.

––Como si yo pudiera evitar caerme.

––Pero, ¿qué ha sido ese ruido?

––Nada. El gato cazó un ratón.

Su nieta estudiaba en la habitación contigua. Era su única familia, sin contar al gato. El reloj de cuco dio una campanada, hora de hacer la comida. No me apetece levantarme, se dijo. Ya la haré dentro de un rato.

Y miró por la ventana el sol reflejándose en el río. La corriente que entraba por la puerta abierta hizo que la anciana se arrebujara en su chal. El gato con la panza llena saltó de nuevo a su regazo.

Lo importante es vivir sin pasar hambre ––adoctrinaba la madre–– no desperdicies tu belleza con ningún mindundi. Pero ella, en aquel entonces, necesitaba amar y ser correspondida. No tuvo elección. Fue arrojada a los brazos de un hombre que tenía el vicio de la violencia y la virtud de ser rico. En el momento en que se desvaneció en la niebla ella estaba de cinco meses. Lidió con madre e hija para salir adelante. Al principio, los suegros le daban algún dinerito, luego se les olvidó.

Pasó los años cose que te cose. Su época más feliz fue cuando la hija marchó y la madre murió. Y pudo vivir sin tapujos con Alfredo, su novio desde que tenía diez años, un don nadie, era verdad, un simple jornalero que le brindaba paga y ternura.

La paz y el amor le duró demasiado poco, cinco años escasos. Lástima. Alfredo la quería tanto que si le hubiese encargado la luna seguro que se la habría traído. No pudo llorar su duelo, a los quince días, la hija enferma se presentó con esa nieta sin cumplir el año y vuelta a empezar.

La música surgió de nuevo en su cabeza y retornó a llevar el compás con los pies, el gato la imitó, esta vez, con la cabeza. Si pudiera volver a nacer, con la experiencia de ahora… De lo que no se arrepintió nunca fue de haberse enfrentado a la falsa moral de su pueblo, a las habladurías.

Una figura encorvada, ayudándose con un bastón, atraviesa el puente. Tiene un aire familiar. No. Sí. Lo que le faltaba. Por favor santa Bárbara ¡espabila! Envíale truenos, rayos, piedras, y si me aceptaras una breve sugerencia, con un buen empujón, bastaría.

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

El Espolón

15 enero, 2019 por Akelarre Deja un comentario

Paseo del Espolón Burgos

Paseo del Espolón

Es el paseo ajardinado más popular de la española ciudad de Burgos con un importante arbolado. Fue creado a finales del siglo XVIII configurándose durante el XIX. Conecta el Arco de Santa María con el Teatro Principal y está considerado como el “salón” de la ciudad.

La palabra espolón se relaciona con el hecho de tratarse de unos terrenos inundables a orillas del rio Arlanzón, que fueron elevados en ese lugar mediante estribos y contrafuertes para protegerlo de las crecidas del rio.

Por el andén central, conocido antaño como paso de las Acacias, discurría la carretera que unía Madrid a Bayona y los burgaleses iban a pasear presenciando el paso de las diligencias.

Vuelta a casa

Cristina Vázquez

Húmedos amaneceres

Malena Teigeiro

El ausente

Liliana Delucchi

El encuentro

Marieta Alonso

Vuelta a casa

Cristina Vázquez

Nunca le gustaron los inviernos. Nunca.

Qué tozuda era la niña repetían con cierta desesperación, primero el padre, luego la profesora y finalmente los amigos. Tozuda, le parecía a Mariela, una palabra contundente, una palabra que cincelaba con acierto su incapacidad para moverse de una situación o un pensamiento cuando se apoderaba de ella con esa fuerza.

––Lo siento, pero no puedo cambiarlo.

Desde que fue muy pequeña notaba el recelo, la crispación y hasta la burla cuando respondía con esa determinación. Y entre sus rotundas afirmaciones estaba la de su rechazo a los inviernos. Y eso que vivía en una heladora ciudad, llena de historia y belleza, pero con unos inviernos de los que soñaba huir.

En cuanto pudo se fue a estudiar a un lugar soleado, en el que el frío sólo asomaba tímido bajo una puerta mal cerrada o un suelo de mármol que, al pisarlo con el pie desnudo, la devolvía a los paseos escarchados de su ciudad natal.

––Anda, vuelve a la cama. No te vayas a enfriar.

Le decía somnolienta y tibia la voz de Ricardo con una dulzura que nunca pudo sospechar en un hombre. Siempre asoció esos tiernos reclamos al clima cálido, a la bruma mañanera de olores intensos, a veces casi putrefactos, que llenaban su vida de una intensidad deslumbrante. Y una de esas mañanas, al mirarle en la desvelada madrugada, se dijo que nunca habría otro hombre en su vida.

––Nunca habrá otro hombre para mí.

Él la miró con el orgullo del macho satisfecho y le susurró que era muy joven para hacer esas afirmaciones tan dramáticas.

––La vida es muy larga ––murmuró esquivo mientras la mecía con experta dulzura -muy larga, muy larga…

Ahora, aunque seguía odiando los inviernos, la vida, la larga vida la había devuelto a su fría ciudad y se asomaba, como tantas veces hicieron las mujeres a los miradores a ver pasar la tarde, la gente, cuando ya se ha decidido que se es un espectador y no un actor de la misma.

El querido Ricardo de voz dulce, amaneceres tiernos, calurosas noches y promesas tibias dijo una mañana del mes de junio que tenía que irse. Ella le vio partir desde un balcón emplumado de oloroso jazmín. Miró alejarse su figura recta, airosa, de paso ligero, más ligero de lo necesario pensó. Su última mirada, tan breve, antes de doblar la esquina y el gesto apresurado de la mano para decir adiós como si se liberara de un peso, le dieron la certeza de que más que una despedida era una huida. Nunca habrá otro hombre en mi vida y con ese convencimiento cerró las puertas del balcón y se tumbó en la cama hasta que vinieron a buscarla.

Habían pasado muchos años y ya casi no podía recordar el ángulo de su clavícula, la suavidad de sus manos, la cintura exacta, pero su voz, sus palabras sonaban con dulce precisión en su recuerdo. Cada vez que pisaba un suelo frío volvía a oírle que volviera a la cama, no se fuera a enfriar.

Esa tarde lluviosa en que el paseo desaparecía en la noche de bruma vio una solitaria figura que se acercaba bajo los árboles desnudos, yertos.

Y supo que era él.

Se sentó en una butaca pues las piernas no la sostenían. El timbre empezó a sonar y a sonar, hasta que después de un tiempo dejó de hacerlo. Mariela no se movió. Pasó toda la noche en esa butaca y a la mañana siguiente la encontraron muerta con una suave sonrisa en la cara.

© Cristina Vázquez

Húmedos amaneceres

Malena Teigeiro

Siempre iba solo. Siempre a esa hora de la madrugada próxima al esplendor de la luz del día. En ese momento en que el resol hacía brillar la humedad del suelo convirtiéndola en un espejo. Entonces ya se habían retirado ellos. Pendencieros, bulliciosos, borrachos. Le habían amargado la vida y ahora ya solo le queda sentarse a esperar.

Aquel día, sorprendido, vio que habían cambiado los bancos. Ahora eran modernos, quizá más cómodos. Pero diferentes. Ellos no se sentarían, meditó. Pero él, sí. Sacó un pañuelo y limpió el relente. Se sentó colocando las puntas de la gabardina sobre las rodillas. Últimamente le dolían las piernas. Desde allí no veía el río. Lo cierto era que desde los otros bancos tampoco. Daba igual. Como todos los días él esperaría allí, sentado. Quizá ella apareciera.

La quiso desde el primer momento. Desde el instante en que la vio, bajita, delgada y con unos profundos ojos negros, tan grandes que parecía que se le iban a salir de la cara. También era simpática. Y alegre.

Sin embargo a sus amigos nunca les gustó. Le advirtieron sobre la joven. Envidia, sonreía su corazón mientras los oía aparentemente atento. Le dijeron que tuviera cuidado, que era díscola, inquieta, con amistades no muy recomendables. También que su padre, de profesión militar y viudo desde poco después de nacer ella, presumía de atarla corta, de que con él no podría. Si la conocieran bien, no dirían esas cosas, se dice para sí. También le hablaron de su madre. Le contaron varias historias que habían hecho sufrir a su esposo. Pero a él qué podía importarle lo que hubiera hecho o cómo hubiera vivido una suegra muerta hacía ya tantos años. Sin embargo, ellos le insistían en que Cecilia se parecía a ella.

Nada le importó y, después de un noviazgo muy corto, se desposaron en la catedral.

Al principio la veía contenta, feliz. Pero no tardó más de dos meses en volver a salir con ellos. Cuando se iba, si él ya había vuelto, lo abrazaba como si le costara mucho trabajo dejarlo solo. Que no se preocupara, decía besándolo mimosa. Que solo se iba un ratito con sus amigos de toda la vida. Para ella eran los hermanos que nunca tuvo. Después, comenzó a dejar de cenar en casa. A llegar de madrugada.

––Si solo lo hago los fines de semana ––sonreía con el ceño fruncido.

Ya por entonces comenzó a vestirse raro. Sí. Comenzó a vestir faldas largas de colores brillantes. Dejó de usar sus finos y elegantes zapatos por unas sandalias de tiras de cuero. Cuando llegó el invierno se calzó unas botas negras, grandes, viejas.

––Parece que te calces para conducir las ovejas ––le dijo sonriente.

Por la expresión de su rostro supo que no le gustó.

Una tarde su hermano pequeño entró en el despacho sin avisar. Sentado en una silla delante de él, sin sacar las manos en los bolsillos, le contó que le habían dicho que la vieron cantando con unos amigos en El Espolón. Y fue a comprobarlo y era cierto. Añadió que uno de los jóvenes, el que tenía los cabellos ralos, parecía ser algo más que su amigo. Tenía que ser alguien que se le parecía, le contestó sin levantar la mirada del papel que estaba escribiendo.

––No te mereces lo que te está pasando. Espabila y pon fin a esta… ––chiscó los dedos.

Salió del despacho sin despedirse. Aquella noche fue a ver. Había llovido y la luz de las farolas hacía brillar el suelo como un espejo. De pronto se detuvo. Dos jóvenes rasgueando sus guitaras acompañan su canto. Protegido por la oscuridad, la escuchó cantar. Nunca había percibido su voz tan dulce, tan desgarrada. Delante de ellos, un negro pañuelo extendido en el suelo recogía las monedas.

Sentado en el sofá la esperó. Cuando la oyó entrar encendió la luz del salón. Ella, con las cejas apretadas, las pupilas dilatadas, y una hombruna chaqueta varias tallas más grandes de lo que necesitaba sobre los hombros, se acercó a la puerta. Aspiró con desparpajo el canuto que llevaba entre los dedos. Luego, se le acercó musitando lo que supuso era la letra de una canción. Desencajado, levantó el dedo. Le exigió finalizar con ese tipo de vida.

––Pero, ¡ya! Si es necesario, pediré el traslado ––añadió con voz ronca, levantándose del sofá.

Y ella, brillándole las pupilas como si tuvieran fuego, le gritó que era peor que su padre. Salió de la habitación dando un portazo. Aquella noche durmieron separados.

Por la mañana no estaba. Se había ido sin siquiera dejar una nota. No recogió sus cosas, ni tocó el dinero.

Ya había pasado mucho tiempo cuando la volvió a ver cantando en El Espolón. Ahora solo uno de los jóvenes acompañaba con su guitarra su voz limpia, suave, como la piel que cubría sus esqueléticas mejillas. Se acercó y dejó caer todo el dinero que llevaba en la cartera sobre el negro y raído pañuelo. Que volviera a casa. Que él la cuidaría, le susurró mientras lo hacía. Ella bajó los párpados.

Y esa noche, como tantas desde aquel día en que la angustia por verla plegaba su anciano pecho, se fue al El Espolón. Se sentó en un banco cercano al lugar en donde la última vez la escuchó cantar. Esperó. Ya aparecía la luz del amanecer cuando se colocó las manos sobre las rodillas. Levantó su casi ciega mirada al cielo.

––Señor, deseo tanto verla y escuchar su voz, su risa ––susurró implorante.

El helado viento levantó una nube de hojas secas hacia el firmamento. El anciano sonrió al verlas volar. Luego, lentamente, apoyó la espalda en el banco y desmayó la cabeza sobre el pecho.

© Malena Teigeiro

El ausente

Liliana Delucchi

Quizás a usted le llame la atención lo que voy a contarle, señora, porque viene de la capital y le parecerá rara esta historia, pero sepa que en las ciudades de provincia nos conocemos todos, al menos los que vivimos en los barrios cercanos al río. Dígame si le tiro mucho, no estoy acostumbrada a tratar con cabellos tan dóciles como el suyo.

La Esmeralda trabajaba en una de las más antiguas librerías. Ella conocía las letras, ¿sabe?, una de las pocas de su generación que había aprendido a leer, por eso la emplearon, y según afirmaba había leído algunas novelas. Yo mucho no me lo creo, porque a la pobrecita le faltaba algún que otro tornillo, aunque guapa, sí que era. Muy guapa. Cuando iba por la calle parecía una princesa, tan alta y rubia, con unos ojos azules como los suyos, señora, cristalinos y profundos. La chica noviaba desde que era una adolescente con el Jacinto, un mozo bastante atractivo pero muy bruto. No tenía modales, señora, usted no lo hubiera empleado ni para limpiar el establo. Pero a ella le gustaba, no sé si por costumbre o porque se lo habían ordenado sus padres, porque los de él tenían una forja y ganaban bastante dinero.

La cuestión es que un día aparecieron un montón de máquinas junto al río, iban a hacer no sé qué obra y con los armatostes llegaron unos hombres de la capital. Ingenieros, decían. El jefe era apuesto, bien vestido, como todos ustedes, los de la capital, de los que se levantan el sombrero para saludar a una dama. Estábamos encantadas, nos hacía sentir importantes y todas las mujeres le sonreíamos o dábamos alguna manzana cuando volvíamos del mercado. Y claro, el hombre, culto como debía de ser, fue a la librería. Y conoció a la Esmeralda. Dicen que fue amor a primera vista.

––Me tira un poco aquí ––dijo la señora, y se acomodó un mechón. –– Y entonces, ¿qué pasó?

Disculpe. Que empezaron a verse. En El Espolón, a la vista de todos. La muchacha quería lucirse ante sus vecinos andando con ese señor elegante, pero Jacinto se enteró y aunque a él no le importaba, porque se decía que andaba con otra de un pueblo cercano, al padre de él sí. Le pareció una afrenta y una tarde fue donde estaban las máquinas y pidió hablar con el jefe. Dicen que lo amenazó, que le soltó un montón de improperios y que le gritó que dejaba a la chica o recibiría una paliza por parte de sus hombres. Parece que el herrero tenía un montón de operarios fortachones que le eran muy fieles, ¿sabe usted?

Pero el ingeniero no se acobardó. Le dijo que amaba a Esmeralda y que no renunciaría a ella. Y vino la paliza. Tres costillas rotas y un pie que parecía que lo había arrollado un tren. Intervino la policía y detuvieron a los maleantes, sin embargo, el padre del Jacinto quedó en libertad.

––¿Cómo que quedó en libertad? ¿El ingeniero no denunció las amenazas? ––pregunta la señora desde el espejo.

Eso no lo sé, señora, porque nosotros a la policía ni acercarnos. Lo que sé es que a la pobre Esmeralda la echaron de la librería. Parece que el Jacinto, o su padre, amenazaron al propietario y la chica se puso a servir, aunque no duró mucho. Ya sabe lo que son los hombres con las criadas bonitas…

––No. No lo sé.

Disculpe, señora, me imagino que entre la gente de su clase no sucede, pero aquí, se aprovechan de ellas. Bueno, pero sigo con mi historia, que aunque es un poco truculenta, tal vez la entretenga mientras le cepillo el pelo.

Una mañana, sería enero o febrero, no recuerdo, porque venteaba y había caído mucha lluvia, encontraron el cuerpo sin vida de la muchacha. Allí, en El Espolón, con la ropa sucia y rajada, sin abrigo y la cara inflada a golpes. Dicen que el ingeniero lloró sobre su cadáver y que días después la siguió al Más Allá. La policía no informó sobre cómo lo hizo, pero en los periódicos escribieron eso de «encontró la muerte por su propia mano». Aquí no se investiga mucho, señora, los caciques heredan el poder de unos a otros.

Lo único que sé es que los días de ventisca y lluvia nadie se acerca a El Espolón. Todos afirman haber visto a un hombre bien trajeado y con abrigo que lo recorre, de una punta a la otra y que se detiene a sollozar justo en el lugar donde encontraron el cuerpo sin vida de la Esmeralda. Luego se interna en la niebla del final del paseo.

© Liliana Delucchi

El encuentro

Marieta Alonso

Tras la jornada laboral entró corriendo en el supermercado y buscó en el bolsillo del abrigo la lista de cosas que tenía que comprar. Se detuvo un momento para tomar aire frente a las estanterías. Menos mal que era alta y no necesitaba pedir ayuda para alcanzar las latas de sardina en aceite.

En su niñez, nadie hubiese apostado por su estatura. Más canija imposible, pero su madre no le dejaba de dar yema de huevo con vino moscatel y al parecer se extralimitó.

Regresó a casa. Encontró una carta en el buzón y suspiró al leerla. Había escrito que estaba bien, con mucho trabajo y deseando volver.

Se puso a planchar unas piezas de ropa. Los trabajos domésticos restan romanticismo, pensó. Fuera caía la nieve. Colgó un pantalón en su percha. ¿Por dónde andará? Miró a su alrededor y comprobó que la estufa estaba encendida. La tarde iba cayendo cuando fue en busca de su jersey. Se lo acercó a la cara y sintió su olor, ese olor inevitable de él que invadía la casa. La lana le hizo cosquillas.

Hoy, que preferiría estar sola, apareció Martina, para acompañarla al hospital donde estaba ingresado su padre, si no, de qué iba a estar ella aquí. Se acercó a la ventana y vio huellas en la nieve que no eran las suyas.

––Será mejor dar luz a este invierno sombrío ––comentó Martina que se había puesto a leer una revista al notar el poco caso que le estaba haciendo.

No respondió.

––¡Anda, ponte el abrigo! Vámonos al hospital. Aquí, me marchito.

Yendo por El Espolón, la vista desde los cuatro reyes hacia el teatro principal, la anima. La de veces que lo ha recorrido a su lado.

Alguien se acerca a paso rápido, con una maleta.

––Me largo, no quiero ser un estorbo ––afirmó riendo Martina.

Es él. Y tras el fuerte abrazo le oyó susurrar al oído:

––No soporto estar lejos de ti. Auf Wiedersehen Deutschland. Me vengo a Burgos.

No le salen las palabras. Es tanta la emoción que lo que le viene a la mente es que lleva tacones, en cuanto lleguen a casa se pondrá zapatos planos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

La Cruz del Sur

15 mayo, 2016 por Akelarre 3 comentarios

Constelación la cruz del sur

La Cruz del Sur

Esta constelación, y su estrella más brillante, son un símbolo de las culturas indígenas de América del Sur, así como para la de los maoríes, indonesios y malayos.

Normalmente referida como la Cruz del Sur, es una de las más pequeñas y famosas constelaciones modernas. Está compuesta por dos travesaños cruzados, de 4.2 y 5.4 grados de largo.

Prolongando cuatro veces y media la línea recta del eje principal, partiendo de su estrella más brillante, Acrux, al pie de la Cruz, se llega al polo sur, punto alrededor del cual gira en forma aparente la bóveda celeste.  Sus otras estrellas reciben el nombre de Becrux, Gacrux y Decrux.

Niña Andina

Cristina Vázquez

El broche

Malena Teigeiro

Lucían las estrellas

Liliana Delucchi

Lenguaje meteorológico

Marieta Alonso

Niña Andina

Cristina Vázquez

A Julieta, mi nieta andina

 

Su madre le prometió a Alberta, mucho tiempo antes de coger el avión, que cuando se acordase de ella se tumbara en el jardín con  los pies hacía el sur, la cabeza al norte y los brazos abiertos. Que esperase a que la noche cayera y entonces reconocería unas estrellas muy brillantes que trazaban una cruz en el cielo. Después la llevó a su cuarto y ceremoniosamente le entregó  un paquetito  guardado en el cajón superior de la cómoda.

Lo abrió con cuidado y de una caja de madera oscura, sacó un instrumento redondo con una tapa de cristal y una aguja oscilante. Lo miró con detenimiento sin saber lo que era.

— ¿Esto para qué sirve?

Su madre se agachó a su altura y abrazándola casi con desesperación, eso lo supo más tarde, le aclaró que era una brújula que marcaba el norte. Así podría colocarse correctamente y siempre encontraría la constelación.

— Cuando mires las estrellas yo estaré pensando en ti.

Se tumbaron juntas en el césped como si fuera un juego, y tras saber dónde estaba el norte, con la brújula sobre el pecho igual que un ardiente corazón de hierro,  le enseñó  a reconocer las estrellas que la formaban. Se quedaron abrazadas mirándolas hasta que la humedad las hizo levantarse. Y cada vez que podía, Alberta siguió repitiendo el ritual: la brújula sobre el pecho y los pies en la dirección correcta, sabiendo que su madre, estuviera dónde estuviera,  volaría hacía esa esplendorosa luz para estar a su lado. Algunas noches el olor de los jazmines la embargaba.

Ella había nacido al pie de los Andes, en Santiago. Cuando reconocía el cálido viento invernal que sopla en las mañanas, recordaba el susurro de su madre, también como una brisa cálida: eres mi niña andina, mi preciosa niña.

— Soy una niña andina —repetía como un juego sin entender el significado.

 Ella había llegado del otro lado del mar, del otro lado de las montañas, de un país lejano le contaba la madre, en cambio su niña andina era hija de la cordillera. Y señalaba los altísimos picos nevados. Esos montes y la luz de las estrellas siempre la protegerían.

Cuando años más tarde fue a España a recoger las pertenecías de su madre y a firmar documentos en notarios y bancos, y besar a parientes desconocidos, amables pero duros al hablar, esperó a que por fin se hiciera de noche, una noche que tardaba horas en llegar, alargando el día innecesariamente. Tumbada en el jardín desconocido de la casa familiar, buscó el norte con la brújula, alineó sus pies al sur, puso los brazos abiertos y esperó a que brillaran las estrellas que siempre encontraba, las que una noche lejana, en su lejano país de ultramar le había enseñado la madre. Pero nunca aparecieron. En ese momento supo de la soledad y en ese momento lloró su ausencia bajo otro firmamento, bajo otras estrellas.  Solo oía su voz susurrando muy tenue, mi niña andina, mi preciosa niña.

© Cristina Vázquez

El broche

Malena Teigeiro

De edad próxima a considerarse una solterona, Marcia, piel aceitunada, delgada y no muy alta, regenta la joyería heredada de sus padres. Cuando lo vio entrar dejó al cliente que estaba atendiendo y se dirigió a él. Era alto, la edad parecida a la suya y negros ojos, brillantes como espejos. Con una delicada sonrisa, pidió que le mostrara el broche con el zafiro del escaparate, ése que representaba el Joyero de la Cruz del Sur. El hombre, con la joya entre los dedos, le daba vueltas sin decidirse. ¿Era joven o mayor la persona a quién iba a regalárselo? Él, entrecerrando los párpados, le sonreía. Es para mi madre. Coqueta, ladeó la cabeza. ¿De qué color son sus ojos? Verdes. Entonces le mostraré otro con esmeraldas.

—Prefiero éste que es el color de su mirada.

—Perdón. Le entendí que era verde.

—La de ella sí, la suya no —le acercó la joya a la mejilla.

Aquella fue la primera mentira. Tiempo después supo que su madre había fallecido al darle a luz, y que de la mujer con la que andaba, ni siquiera conocía el color de sus pupilas. Continuó envolviéndola con engaños, uno tras otro, hasta que conseguir vivir con ella. Meses después, le dijo que se iba, que seguir juntos le hastiaba. Que deseaba a otra. Metiéndose la mano en el bolsillo, sacó un estuche. Era el broche. Ante su asombro, le contó que había acudido a la joyería por una apuesta. ¿Una apuesta?

—Sí, conseguir vivir contigo durante seis meses. Y ya han pasado siete.

La miraba divertido. Sujetándole la mano,  le colocó el estuche en la palma. Toma, dijo, te lo has ganado. Abrió la puerta y se fue.

 

Desde que la ha abandonado, y sin que él se dé cuenta, lo vigila, lo sigue. Un anochecer lo ve entrar en el jardín de otra mujer. Agazapada entre los arbustos, atraviesa con rabia los cristales y contempla cómo se aman, hasta que, al amanecer, él se marcha. Detrás de él regresa la noche siguiente y la otra. Aquella madrugada escucha los llantos de la mujer. Al abrirse la puerta y lo ve aparecer. Se gira y le grita que no quiere verla nunca más. ¡Otra vez lo había hecho! Lo ve como, satisfecho, se sube el cuello del abrigo. La luz de la Cruz del Sur lo tiñe de plata, iluminándolo como si fuera el más potente de los faros. Mira al cielo mientras baja los escalones silbando. Camina por el jardín. Se detiene delante de su escondite para encender un cigarro sonriente. Ella, rabiosa se levanta y con una piedra le golpea la cabeza.

Huyó.

Por la mañana, una dependienta de la joyería le muestra una foto en el periódico. ¿No era el que había vivido con ella?, dice. En voz alta lee la noticia.

Un conocido industrial de la zona, sufrió anoche un trágico accidente. Los altos niveles de alcohol en sangre hacen suponer que había tropezado con la piedra con la que al caer se golpeó la cabeza.

Le estaba bien empleado por la forma en que la trató. La joven le acaricia la mejilla. Ella, angustiada, llora. ¿Tanto te duele aún? Baja la cabeza y le ruega que la acompañe a visitarlo. En el hospital les dijeron que el golpe le produjo un traumatismo cráneo encefálico, del que no se recuperaría y que no le permitía volver a hablar. Que tenía una lesión que le afectaba a la médula espinal y a la retransmisión de las órdenes al cerebro que le convertía en tetrapléjico. Ella les contó que se amaban, que pensaban contraer matrimonio. Que no le importaba su estado y que le permitieran cuidarlo. A partir de entonces, un atardecer tras otro lo visitaba, lo acariciaba, le susurraba amorosas palabras. Hasta que consiguió que la dejaran llevárselo a casa.

Una mañana la ambulancia atraviesa su jardín. Los enfermeros lo instalan en la habitación que le había preparado. Desde entonces, lo lava, le introduce la comida en la sonda, lo saca de paseo. Todos en la pequeña ciudad alaban su amor por él. Era feliz. Sin embargo, y no sabe por qué, cada vez que lo desnuda, cada vez que sostiene entre sus manos lo que en sus momentos felices él, lascivo, le mostraba susurrando que su joya estaba preparada para penetrar en su joyero, le parece ver en el fondo de sus pupilas una lucecita de odio. ¿La habrá visto golpearlo?

© Malena Teigeiro

Lucían las estrellas

Liliana Delucchi

He vuelto. El vidrio de la ventana refleja las luces de la ciudad, abro los cristales. Desde este piso once del hotel estoy más cerca del cielo, pero las estrellas desaparecen entre los focos de la civilización. Sin embargo ella está allí, y sé que me mira. Ni los brillos de esta gran urbe pueden apagar a Acrux, a ella la veo, sigo las líneas y ya la contemplo entera.

Entonces no la advertíamos como lo estoy haciendo ahora. Su presencia resplandecía en medio de un mar de luminarias diminutas. Después de la cena nos escapábamos para tumbarnos sobre el pasto del jardín y cantábamos “Sotto un manto d’estelle”. Nos encantaban las canzonettas napolitanas que aprendimos de la nonna. Por las mañanas, si había sol, coreábamos “O Sole mío” y nuestra abuela nos miraba desde la ventana de la cocina y sonreía. Éramos sus preferidos.

Cada verano, repetíamos el ritual. Sois un poco mayores para seguir con ese jueguecito, nos decían tu madre o la mía, pero nos daba igual. Algo había en ese cielo que nos unía, un lenguaje de infancia, un cosmos protector que auguraba tranquilidad, un silencio que solo rompíamos con nuestros cantos y nuestras risas.

Una noche tuviste la mala idea de enseñarme “Lucevan le stelle”. Es muy triste, dije, y además muy difícil. Me atrevo con las canzonettas, pero no con la ópera. No quiero, no la cantes. Es preciosa, es un canto a la vida, afirmabas. Sí, pero cuando va a morir.

La noticia del accidente me llegó un domingo por la mañana y maldije a Tosca, maldije a Puccini y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Después tomé un avión y nunca volví al campo.

Mañana vienen a buscarme para desandar el camino. Me dijeron que la casa sigue igual, pero los árboles deben haber crecido tanto que tendré que alejarme bastante para poder tumbarme en el suelo y buscarte en la Cruz del Sur.

© Liliana Delucchi

Lenguaje meteorológico

Marieta Alonso

Por las noches, en mis sueños, giro y giro igual que la hermosa Cruz del Sur. Amanezco desnuda, con la almohada y las sábanas por el suelo. No es un problema en el verano, pero en el invierno, gripe segura, decía mi abuela que gustaba de contarme cuentos de su tierra, de allá, de ese hemisferio sur tan lejano para mí y tan cercano para ella.

Mientras estuvo conmigo no recuerdo haber soñado, pero nada más morirse, esa misma noche la vi en el cielo envuelta en una constelación que contenía nada menos que una cruz, tirándome los brazos para que me rebujara en ellos. Unas ansias inmensas de recostarme en su hombro recorrió todo mi cuerpo. 

Trabajo me costó volver a dormir.

«Un ñandú macho, parecido al avestruz, pero no igual −recalcaba mi abuela sentada sobre una estrella−, encontrarás dentro de unos años en tu camino. Para saber si él te querrá tanto como yo, debes buscar un arco iris. Cuando lo localices te sientas en una piedra y cada color te interrogará. El rojo con voz aflautada te hará preguntas acerca de los entresijos de la historia; el naranja con voz de tenor te sondeará sobre gramática; el amarillo con voz de soprano averiguará lo que sabes de geografía; el verde con voz de barítono cuestionará tus conocimientos del medio ambiente; el cian con voz de mezzo-soprano querrá saber sobre tu forma de ser, tus sentimientos, no le mientas. El azul oscuro con voz de bajo estará interesado en cómo te comportas con amigos y extraños, y el violeta con voz de contralto hará un repaso de tu comportamiento con la familia. Tras ese exhaustivo examen, el arco iris te dejará subir por los peldaños que te conducirán hasta donde estoy esperándote. Al llegar a la mitad del camino, justo en ese momento, el ñandú gritará tu nombre para que bajes. Querrá decirte algo importante. No te muevas. Es él el que debe subir. Los ñandúes son incapaces de volar pero si se raja, si se echa para atrás en sus sentimientos hacia ti, se tirará al mar. En cambio, si te quiere, a pesar de las dificultades, llegará a tu lado».

La imagen y las palabras de mi querida abuela se diluyen y aparece un avestruz que va tomando la cara de Gonzalo, un compañero de sexto curso de primaria. ¡Guapo, guapo, como actor de cine! Es el novio de mis mejores amigas y a las que intento no envidiar. Me despierto sobresaltada con una gran sensación de vacío. ¡Ay abuela! ¡Qué difícil me lo has puesto! De los siete colores solo el violeta me dará el aprobado, si acaso.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

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