El acantilado
Un acantilado es un accidente geográfico que consiste en una pendiente o una vertical abrupta. Solemos llamar así a los de la costa, pero también pueden considerarse como tales los que están en montañas, fallas y orillas de los ríos. Se forman, en general, al estar compuestos por rocas resistentes a la erosión y al desgaste de la acción atmosférica.
Tienen ese punto majestuoso e inquietante que ha despertado la imaginación de nuestras autoras en la extraña desaparición de un amigo; el temor que originan en una niña; un encuentro tan mágico como inoportuno y la búsqueda de un ser amado en el arcoíris.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Noche incierta
Cristina Vázquez
Pasear por el acantilado era uno de los planes de verano preferidos, entre otros motivos por ser un lugar prohibido para los niños. Roger regresaba de nuevo a pasar el descanso estival, después de un largo periodo en el que se había negado a volver.
Muy en contra de su deseo, las súplicas de sus hijos por reabrir la casa familiar le decidieron a hacerlo. Aunque exigió que cumplieran a raja tabla la prohibición oficial de acercarse al borde del acantilado, bajo pena de multa cuantiosa y control con cámaras de los lugares de peligro.
Instalarse después de tantos años, resultaba incómodo al tener que airear, reponer y restaurar lo que había permanecido abandonado. El recuerdo de su marcha, casi una huida, le trajo al presente la cantidad de cosas que permanecían igual que las dejó, como si el tiempo se hubiera paralizado.
El entusiasmo de sus hijos y la paciencia de su mujer, fue lo único que lo animó a seguir adelante y, poco a poco, tranquilizó su espíritu y se sintió satisfecho de haber sido capaz, como se decía tantas veces, de haberse enfrentado a esa realidad. Sabía que dándoles cara era la única manera de solucionar los problemas. Y ahora, por fin, lo estaba haciendo. Reconoció que contemplar la grandiosidad de este litoral volvía a enardecer sus sentidos y a elevarle al agradecimiento por la belleza otorgada. Sintió una emoción largo tiempo adormecida por la parte de sufrimiento que implicaba. Ahora todo era diferente y pudo rescatar, tras largo tiempo, los momentos felices que pasó en ese lugar.
La primera noche que pudieron cenar en la casa, tras pasar unos días en el hotelito del cercano pueblo, advirtió severo a sus hijos.
—Podéis hacer lo que os guste, pero… —levantó un dedo patriarcal—, la única prohibición es la que, por fin, marca la ley, y es no acercarse a los lugares de peligro que están indicados.
Su mujer le miró extrañada.
—Caramba, Roger, pareces un policía de teleserie —exageró su tono—. Así que, cumplid el mandato paterno y el de la ley.
Se echó a reír hasta que la severa mirada de su marido la detuvo en seco. Exactamente es eso lo que tenían que hacer, si no se iban en ese mismo momento y no volverían nunca más. Dio un palmetazo sobre la mesa y se levantó con brusquedad. Salió y el ruido al cerrar la puerta atronó el silencio que se había producido. La mujer y los dos chicos se miraron con extrañeza. Roger era un hombre que siempre mantenía la calma y aunque sus exigencias hubiera que cumplirlas, en general, eran razonables y aplicaba más un castigo justo que una regañina a destiempo.
Esperaron un rato mientras acababan de cenar, pero Roger no aparecía. Pasadas un par de horas, Susan, inquieta mandó a los hijos a la cama y se sentó a esperar con una novela de misterio que no le implicaba gran atención. La primera llamada que hizo al móvil sonó en el dormitorio. Inútil. Se quedó medio dormida hasta que la espabiló el ruido de la puerta. Ahí estaba Roger, al fin. Se levantó precipitada y se abrazó a él. ¿Qué había pasado?, ¿por qué se marchó?, no tenía derecho a hacerle eso. Y mientras entremezclaba sus críticas y preguntas se percató de que Roger, impasible, olía a alcohol. Se fue tambaleando a la cama y susurró
—Mañana. Te lo contaré mañana.
Al día siguiente amaneció con jaqueca, ojos irritados y una expresión cansina. Los niños estaban en una clase de tenis y Susan en la cocina con un café bien cargado.
—Espero tu explicación —soltó con tono irritado.
Él se sentó pesadamente a su lado y le puso una mano sobre la suya. Lo primero era disculparse, se había comportado como un imbécil. Se frotó la cara. Se levantó de la mesa y frente a la ventana, dando la espalda a su mujer, empezó.
—No he querido volver porque aquí se mató, creo —se giró un poco—, Mat, mi mejor amigo.
Susan puso cara de extrañeza. Roger volvió a mirar de frente. Jugábamos de niños a pasear por ahí a escondidas de nuestros padres. Éramos cuatro amigos inseparables, Mick, Edward, Mat y yo. Esa noche, siendo ya todos universitarios, nos fuimos a beber a la taberna del pueblo y a celebrar nuestro reencuentro estival. Volvió a la mesa y siguió mirando por la ventana. Decidimos ir al acantilado como hacíamos de pequeños. Mat no quería, dijo que era una noche desapacible y que ya tendríamos tiempo de ir.
—Todos insistimos —bajó la cabeza—. Yo el que más.
Le llamé cobardica, nenaza. Aunque había sido el más débil de los cuatro, nos superaba a todos en ingenio y brillantez. Al final accedió y hacia ya fuimos entre bromas, empujones y gritos de borrachillos. Empezamos a correr por el borde. Gallina el que no se acerque más. Mat, siempre prudente y al que el plan le parecía estúpido, permanecía retrasado. Tanto lo abucheamos que al final dio una carrera hasta el borde, abrió los brazos y saltó. Se tapó la cara con las manos.
—Desapareció. Oímos un terrible grito.
Los tres nos asomamos, pero no veíamos nada. Pensamos que era inútil acercarnos a la policía. Era imposible sobrevivir, nos dijimos. Al día siguiente nos fuimos, huimos. Esta casa ya era solo mía pues mis padres se fueron a vivir a Francia por esa época. Nunca más nos volvimos a ver ninguno de los tres.
—Lo que me descompone es que tampoco vi una esquela de Mat, ni nadie comentó su desaparición.
Pidió a su mujer que le diera un vaso de agua. El otro día, continuó con voz ronca, vio en el metro a alguien que hubiera podido ser él de adulto. Me miraba fijamente.
A lo mejor aparecía por aquí.
La familia Barrientos
Malena Teigeiro
Nunca me gustó la caleta que recogía la mole del acantilado. Era como estar en una prisión. Sin embargo, a mi familia le encantaba. Según mi madre era el sitio ideal para pasar el día. Allí, decía, sin desatender a mi padre ni a mi abuelo, podía vigilar a sus hijos. Éramos siete. Yo, simplemente, era la cuarta. Era esa clase de hija que uno nunca sabe qué hacer con ella. En el caso de que a la familia le interesase tener hijos mayores, ahí me encontraba yo. Pero si se trataba de ahorrar en ropa o de cualquier cosa por el estilo, era de los pequeños. ¡Siempre aprovechando los vestidos de mis hermanas mayores!
Pero continuemos con el acantilado. Aquella mole de piedra rubia no me gustó nunca, me agobiaba. Y por si fuera poco esa angustia, la orientación de aquellas paredes de piedra no le permitían al sol calentar la arena más allá de un par de horas. Y eso, susurraba mi madre, era una suerte. Así, decía con las cejas elevadas, aunque pasásemos un poco de frío, ninguno de sus hijos tendría cáncer de piel. Ella se sentía orgullosa de su sapiencia. Y continuaba señalándonos con un dedo: Además, como hay bastantes olas, vosotros los varones mayores, aprenderéis a surfear.
Todos aquellos razonamientos no me convencían, por lo que siempre estaba mirando hacia arriba. Si aquella pared se derrumbaba y caía sobre nosotros ni siquiera se iban a molestar en buscarnos, barruntaba mi mente infantil. Aún más. Aunque alguien supiera que estábamos allí abajo, sería imposible retirar la cantidad de piedras que se habrían desprendido, sobre todo porque el alcalde de ese pueblo era muy tacaño. Estaba segura de que no se iba a gastar el dinero en una familia como la mía, sin importancia. ¡Qué triste!, razonaba derramando litros de lágrimas mientras llenaba mi cubo con arena para hacer un castillo. Y veía aquella caleta cubierta por los pedruscos de un acantilado que, aburrido de tanta soledad, había decidido desaparecer convirtiéndose en la tumba de una familia completa. Y era tal mi tristeza al pensar que nunca nadie sacaría de allí abajo el cuerpo de una niña, el mío, entre otras cosas porque nadie tendría conocimiento de ello, que decidí dejar unas señales. Así, si nos pasaba algo, alguien podría llegar a encontrarnos. Y quizá alguno de nosotros todavía estuviera con vida. Por ejemplo, yo. A partir de entonces cada vez que íbamos a pasar el día a la caleta, iba atando lazos de colores en las plantas, justo hasta que comenzaba el caminito de bajada.
Como era lógico nunca se desplomó el acantilado sobre la familia de Juan y Lucía Barrientos. Pero lo que sí sucedió fue que una tarde que mis hermanos, mamá, papá y el abuelo dormían la siesta, como la dormían ellos siempre, con un sueño que más parecía el de la muerte, llegó una gran ola. Una de esas que, sin que nadie supiera por qué, aparecían todos los veranos. Y yo, siguiendo mi costumbre de vigilar la muralla de piedra, era la única que se encontraba despierta. Jugaba en la orilla con mi cubo cuando, sin que nadie lo percibiera, fui envuelta por aquella manta de agua.
Tardé varios días en aparecer, y cuando lo hice casi me enterraron directamente. Estaban agotados después de una búsqueda tan larga, escuché que decían. Ellos nunca lo sabrán, pero a mi esa actitud me molestó bastante. Me hubiera gustado ver llorar alrededor de mi féretro a mis profesores, escuchar decir a mis padres lo buena hija que era, y a mis compañeros de clase que era una amiga generosa y simpática. ¡Hasta me hubiera hecho feliz sentir llorar a aquellos a los que nunca caí bien!
A partir de entonces, mi familia dejó de ir a la caleta que estaba debajo del acantilado. Les traía malos recuerdos. Ahora van a otra playa. A una de esas que no protege ningún acantilado, de las que tienen casas muy altas a un lado de la arena y al otro el mar, de esas que están tan llenas de gente en las que hasta hay un señor en una torrecita vigilando que ninguna ola se lleve a un niño.
Y aunque veo que mi madre se ríe, y mi padre y mi abuelo también, noto en ellos como una cierta tristeza. Posiblemente sea porque no me despidieron como debían.
Aunque quizá sea porque me echan de menos, pienso mientras los vigilo.
Encuentros inesperados
Liliana Delucchi
Olivia levantó la vista del teclado y miró por encima de la pantalla. A través del ventanal, el cielo brillaba azul y nubes algodonosas jugaban con el viento. Más lejos, el mar. Fijó la vista en un grupo de personas con palas y herramientas excavando dentro de un cercado. ¿Qué estarán buscando?
Había alquilado esa confortable casa a un par de kilómetros del acantilado con el único objetivo de terminar su novela, sin más compañía que su perro y el móvil, aunque afortunadamente este último sonaba poco. Sólo las llamadas crepusculares de Samanta, su mejor amiga.
Se quitó las gafas de cerca para enfocar mejor lo que estaba ocurriendo en el barranco. Ya lo averiguaría por la tarde, durante el obligado paseo con Rex. Era una mujer de cuarenta años, estatura media y complexión esbelta. Sus ojos eran inquietos y brillantes, de un tono pardo, casi del mismo color que su pelo. Tenía un modo peculiar de fijarlos sobre un objeto y sostenerlos allí, como si estuviera perdida en un laberinto interior de contemplación o pensamiento. En ese instante estaban detenidos en una cuadrilla de trabajadores que, de pronto, habían cambiado la fisonomía del paisaje. Sintió que la intriga podía más que el desarrollo del escrito y llamó a su perro.
—Vamos, cariño. Hoy adelantaremos nuestra excursión.
Con una gabardina sobre el gastado jersey, botas de goma por encima de los vaqueros y un pañuelo cubriéndole la abundante cabellera, bajaron la escalinata y fueron paseando en dirección a los nuevos vecinos. Cuando llegó, permaneció de pie, fisgoneando los trabajos que realizaban en ese cuadrilátero cercado por vallas y cuerdas. Se le acercó un hombre con un enorme y tosco sombrero. Era alto, bien parecido, rondaría los treinta años. Se presentó como Robert Murray, arqueólogo jefe de la excavación.
—Soy Olivia, vivo en el cottage de arriba. ¿Qué hacen?
—Sabemos por el dron y su sistema LiDAR que debajo de la superficie hay unas construcciones de perímetro circular —dijo mientras con sus manos y brazos trataba de abarcar toda la extensión.
—¿Construcciones romanas?
—No, evidentemente son prerromanas. Lo romanos construían edificios con ángulos rectos. Para explicarme mejor, éstas se parecen más a chozas subsaharianas. En síntesis, aparentan tener origen celta o anterior.
—Interesante. Lo dejo seguir trabajando. Buenos días.
Satisfecha su curiosidad, la mujer continuó su paseo.
Esa tarde, durante la diaria conversación telefónica con Samanta, le relató el encuentro.
—¿Un arqueólogo y una escritora? —Casi chilló su amiga— ¡Es la historia de Agatha Christie y Max Mallowan!
—Es verdad y no sólo por la diferencia de edad, sino porque a ella también su primer marido la dejó por otra —respondió después de un suspiro—. Pero recuerda que si me he alejado de la civilización es para escribir.
La conversación se extendió durante casi una hora, tras la cual Olivia volvió a su ordenador.
A la mañana siguiente, estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta de que Rex había escapado por la puerta que dejara entreabierta. El can regresó con algo entre los dientes.
—¡Vaya! Me has traído un regalo.
«¡Dios mío! No es una rama, sino un hueso humano. Lo habrá sacado de la excavación.»
Asumiendo la culpa de su perro, se puso un abrigo y caminó de prisa hasta el grupo de trabajadores. Robert Murray se acercó con una sonrisa que se congeló al ver lo que la vecina llevaba en la mano.
—¿De dónde lo ha sacado?
—Ni idea. Rex lo trajo hace unos minutos.
—Gracias —exclamó sorprendido. Sin más, se dio la vuelta para dirigirse a su equipo— ¡John, Christopher! Hay que enviar a Londres un importante hallazgo para ser examinado en el laboratorio.
Esa misma tarde el arqueólogo se acercó a casa de la escritora para pedirle que no llevara al perro suelto durante sus paseos. Será prepotente, pensó ella, ¿no ha dicho que mi peludo encontró un «importante hallazgo»? Y decidió que sus caminatas se limitarían a las vespertinas, cuando ya no hubiese forasteros.
Unos días después, el sol se escondía entre las ramas del bosquecillo cercano cuando escuchó ladridos. ¿Qué habrá descubierto ahora? Siguió las huellas del can en el suelo húmedo, llamándolo sin resultado. De pronto, le pareció ver una silueta detrás de un tronco. Imposible. Por aquí no viene nadie. Continuó por el sendero que llevaba hasta un grupo de pinos. Otra vez una forma humana. Entre la bruma que levantaba la cercanía del mar, divisó un perfil de mujer. A pesar del desasosiego, continuó andando.
Una joven, casi adolescente, vestida con una larga túnica rústica y largos cabellos rubios, sonreía, extendiendo el brazo. Olivia sintió la llamada de aquello que estaba más cerca de un fantasma que de una persona. La chica extendió la mano, la mujer la suya y ambas se encontraron, palma contra palma en un contacto mágico. El encuentro sólo duró un instante. Olivia sintió como si una fuerza sobrenatural recorriera su cuerpo. Cerró los ojos. Al abrirlos, la visión había desaparecido.
Cuando regresó a casa, se sirvió una copa de vino y llamó a Samanta, prefirió obviar el encuentro misterioso en el bosque. «Ya sabe que estoy un poco loca, no es necesario corroborarlo». A pesar de la ironía, su pensamiento volvía una y otra vez a la frondosidad de los árboles, a los ojos azules de la jovencita y la unión de sus manos. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, el sol empezaba a despuntar detrás del acantilado.
Un cielo aborregado se arremolinaba con el viento y las olas batían contra las rocas la mañana siguiente en que fue en busca de Robert Murray.
—¿Han recibido las pruebas del laboratorio sobre el hueso que descubrió mi perro?
—Sí, ayer por la tarde.
—¿Pueden saber por el ADN si era hombre o mujer?
—Por supuesto.
Olivia esperó unos minutos a que el parco arqueólogo ampliara la información. Éste no lo hizo, pero se excusó por sus rudos modales cuando la visitó para recomendarle que atara al perro.
—Disculpas aceptadas —dijo ella con una sonrisa—. Me gustaría saber, si no es información confidencial, a quién encontró Rex.
—El hueso perteneció a una mujer, con una edad entre los catorce y los dieciséis años.
—¿Delgada, rubia y con los ojos azules? —Preguntó la mujer con ansiedad.
—¿Cómo lo sabe?
—Soy escritora —respondió con una jovial carcajada—. Tengo mucha imaginación.
Más allá de los ojos
Marieta Alonso
A los árboles, como a mí, nos gusta acercarnos a ese mar increíblemente azul o verde, aunque a veces tiene el color de mi estado de ánimo, casi negro. Lo miro y, como por arte de magia, se alejan mis penas. Me atrae el perfume yodado, sus profundidades, los atardeceres. A pesar de ser sus aguas indiferentes a las desgracias de los hombres, las amo.
Cuando llega la primavera, mi pueblo pierde su aspecto deprimente. El suave aroma de las rosas, el zumbido de las abejas que alertan de su presencia y el aleteo de las mariposas con sus vivos colores llenan los jardines, pero yo… No pierdo tiempo. Me voy corriendo a mi acantilado.
La abuela lo sabía. De niña me contaba historias que nunca me aclaraba si eran verdad o mentira. Debía averiguarlo por mí misma, decía sonriendo y añadía que no hay nada más hermoso que contemplar un arcoíris desde nuestro precipicio. Cada vez que veo uno me acuerdo de ella y gozo al contar desde el rojo en la parte exterior hasta el violeta, esos siete colores que me hacen soñar.
Una tarde mientras paseábamos por ese despeñadero surgió el arcoíris. Emocionada, la abuela me prometió que cuando ella muriera haría todo lo posible para que la viese en algún punto del color malva, el que está en la parte interior. De regreso a casa me dio a leer el Antiguo Testamento, y aprendí que el arcoíris fue creado por Dios tras el Diluvio Universal para recordar a los hombres que jamás volvería a destruir la tierra.
Desde entonces han pasado muchos años. Ahora no corro, voy a paso lento hasta mi lugar preferido y busco a la abuela en la franja violeta. Y allí está.