Las dunas
Las mejores dunas del mundo destacan por su magnitud, su belleza extrema y su singularidad geológica, desde el espectacular desierto de arena roja de Sossusvlei en Namibia, hasta las insólitas lagunas de arena blanca de Brasil y las imponentes crestas costeras de Europa.
El desierto es un destino imprescindible que ha atraído a viajeros y aventureros de todas las épocas. Las inmensas dunas con sus cambios de colores a medida que avanza el día, caravanas de camellos, paisajes lunares, espejismos…, son imágenes evocadoras imposibles de resistir a la pluma de estas cuatro escritoras que han querido rendirle su personal homenaje.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Sueños de arena
Cristina Vázquez
El Paciente Inglés se había transformado en su película favorita. No solo porque la historia entre el paciente (Ralph Fiennes) y la enfermera (Juliette Binoche) lo conmoviera profundamente por la capacidad de entrega de esa mujer. Una maravilla de chica. De alguna manera se identificaba con Ralph. Ya le hubiera gustado a él tener una como ésa cerca, quitando gasas y vendas. Y eso que se creyó que Gabriela, la enfermera de las tardes, sentía algo por él. Luego supo que ser cariñosa y dar ánimos era parte de la terapía. Él tampoco estaba en sus cabales entonces, aunque le ayudó mucho a espabilarse oír su voz y, cuando pudo ver algo, admirar el contoneo de sus caderas. Esas dos cosas le habían vuelto a la vida.
Pero aparte de la entrega de Juliette, le habían fascinado los paisajes del desierto que le llenaban de una mezcla de desasosiego y esplendor. Pensaba que atravesar esas dunas debía ser mejor que cualquier borrachera o cualquier acelerón en unas curvas peligrosas. Mejor aún sería sobrevolarlas como un pájaro solitario.
Todo el que había estado en un desierto contaba maravillas de la grandiosidad del espacio, del silencio y a la vez los ruidos inexplicables, la vida propia que ese inusitado vacío podía ofrecer. El problema era que él no tenía un euro y además el accidente de moto le dejó incapacitado de una extremidad, así ponía en el papelito de marras del hospital.
—Vamos, un puto cojo —se lamentaba con sus compañeros de bar.
—Ni para tanto, chaval —le animaba su amigo Fran, el quiosquero—. Arrastras un poco el remo, pero andas. Estuviste a punto de decirnos adiós. Así que…
Luego, despierto en la cama, sabía que su amigo estaba en lo cierto y no debía quejarse más. Además de cojo iba a ser un inaguantable Jeremías. La combinación no podía ser peor.
Llenó su cuarto de fotos ampliadas de dunas, de desiertos de todo el mundo a diferentes horas del día y de la noche. Lo dejó empapelado de arriba abajo, techo incluido, confesó a sus amigos del bar.
—Me ha quedado… ¡Puaj! No sé, no tengo palabras —se le llenaban los ojos de emoción al intentar explicarlo.
Desde el accidente se quedó con insomnio y hasta que las pastillas le hacían efecto se quedaba, con la luz de la mesilla encendida, mirando al techo o a las paredes. Por todas partes le envolvían las arenas del mundo. Se sentía mecido por esa infinitud de polvo dorado, ondulante y así entraba en un plácido letargo que le llenaba de tranquilidad.
Su trabajo había sido de repartidor, pero ahora, de momento, no podía conducir ni coger peso, por lo que estaba de baja y tampoco tenía muy claro si iba a poder reincorporarse o buscar otra ocupación. Todo el día en casa o el rato en el bar no era muy alentador. Algo tenía que hacer, no paraba de repetirle la madre, no era sano ni bueno tanto tiempo viendo esa película tan triste, porque vaya cómo se había quedado el chico, igual que una momia, venga a gemir y dar la lata a la pobre chica, para quedarse hecho una piltrafa y encima resultaba que ya había otra. Eso sí, muy fina y muy guapa (Christine Scott Thomas)
—En fin, cariño, te he traído ésta de desiertos para que cambies un poco de matraca — enseñó un CD de Lawrence de Arabia.
Se sentaron los dos a verla. No se quejaría de la cantidad de arena, pero era un poco más alegre, insistía la madre, y a ella el actor rubio vestido de árabe le gustaba mucho más que el cara quemada. Ernesto la miraba con forzada calma y agradecimiento, pero no podía ni compararse con la otra.
Compraba por internet cada vez más fotos y catálogos del desierto, e iba cambiando el decorado de su cuarto con la seguridad de que conocía todos los rincones del orbe donde hubiera un desierto.
Le llamaron de la oficina del paro para ofrecerle trabajos, pero nunca eran adecuados. No podía. Todavía no estaba bien ni para estar sentado. Por fin, la madre consiguió que el dieran un puesto en la ONCE, pues también había perdido visión de un ojo. Ella siempre compraba papeletas y prometía que cuando le tocara, porque le iba a tocar seguro, le invitaría a ir al desierto. Podría ir a camello o en un parapente de esos, cualquier cosa, le animaba la mujer.
Él guardaba la papeleta de la madre y veía si estaba o no premiada. Alguna vez le llevaba algo de dinero, un premio pequeño con el que se ponía como loca.
—Ya te he dicho que antes o después me va a tocar un gordo y tú te vas a poder ir.
Una vez acertó en tres números finales y el pellizco fue importante. Guardó el dinero y no le dijo nada. Pasados unas semanas se sintió culpable por el engaño y se lo dio con una condición.
—Haz con el dinero lo que quieras —le dijo sujetando el fajo de billetes con firmeza—. Pero ni se te ocurra pagarme un viaje al desierto. No quiero ir. Ya los conozco todos.
La boda de la princesa
Malena Teigeiro
Tenía que pasar, y yo lo conocía perfectamente. Mi madre siempre me habló de que un día llegaría a la casa un príncipe con el que su hija Damayanti, esa era yo, iba a contraer matrimonio. Llegaría en un caballo blanco, con las espaldas cubiertas con un manto de terciopelo granate para llevarme a su palacio. Yo soñaba con mis aposentos llenos de flores y vestidos de seda bordados en oro y plata, en los que viviría rodeada de doncellas que me bañaran con agua de azahar. Pero para que ello sucediera, tenía que ser buena, decía mi madre. Debía aprender a leer, porque él, a modo de Scheherezade, querría escuchar poesías y cuentos antes de acostarse para dormir. También me mostraron cómo tenía que servirle el vino cuando llegara cansado. Y yo, soñando con aquel príncipe, me esmeraba en aprender y cumplir con todo lo que se esperaba de mí.
Más tarde, aunque era todavía una niña, mi madre comenzó a mostrarme lo que debía hacer para que fuera feliz las noches que viniera a dormir conmigo o en el momento que me buscara para satisfacer sus deseos. Me enseñaron el arte del disimulo ante cualquier cosa que él hiciera y me desagradara. También aprendí a bailar, a cantar. Todo, todo en mi vida estaba dirigido a mí educación para ser la mejor esposa de aquel príncipe.
Así transcurrieron mis primeros quince años.
Un día sonaron las fanfarrias. Se escuchaban los cascos de los caballos contra las piedras. Todo en el palacio de mis padres eran prisas y nervios. Mi madre ordenó a mi doncella que me bañara, que me preparara el traje de seda blanco y azul bordado con flores, y me pintara los ojos con khol a fin de que parecieran más grandes. Estaba llegando el que iba a ser mi marido y tres días después se celebrarían nuestros esponsales.
Mis manos estaban heladas cuando me las pintaban, mis mejillas eran tan rojas que creyeron oportuno no colorearlas. En los párpados superiores me colocaron pequeñas y brillantes piedrecitas y de las orejas me colgaron grandes aros de oro y esmeraldas, que, junto con los collares y pulseras, eran el regalo de boda del que iba a ser mi esposo. Desde que había entrado en la casa apenas me permitieron comer. Tan solo me dejaban beber un agua que tenía un raro sabor. Decían que al estar en ayunas y animada por el líquido que bebía sería más frágil, lo que todavía le iba a gustar más a mí príncipe. Y mientras así me arreglaban, en la habitación se colaba la música y los cánticos que mis padres le ofrecían al visitante.
Cuando al fin, rodeada de mis doncellas bajé hasta las salas en donde se encontraban mi familia y los invitados, a través del velo vi por primera vez al que iba a ser mi esposo. Aquel no era mi príncipe. No. Ese hombre alto, grueso, de inmensa papada, ojos negros y pequeños, que sonreía entre sus labios morados no podía ser mi príncipe. Y aunque la debilidad apenas me permitía mantenerme derecha en el sitial en el que me llevaban, busqué a mi padre. Parecía feliz. Cerca de él estaba mi madre que en cuanto me vio bajó la cabeza.
En una de las entradas y salidas a las que me obligaba la ceremonia, me escabullí. Todavía no entiendo cómo en el estado de fragilidad en el que me encontraba con rapidez daba un paso tras otro. Ya fuera de mi casa cambié mis pulseras por un manto negro a una de las mujeres que pedían limosna delante del palacio. Cubierta con él corrí, corrí como loca hasta salir de la aldea, hasta llegar a las dunas, a aquellas dunas donde tanto había jugado de pequeña.
Mi cabeza doliente no me permite pensar, por lo que no sé los días que llevo escondida entre los matorrales de las dunas. Escucho sus gritos. Entre la niebla de mis ojos los veo pasar buscándome. Me da lo mismo. Nunca me casaré con el horrible hombre que me tienen destinado.
Los veo alejarse. Ahora me levantaré, llenaré mi mirada con la luz y el paisaje que me rodea y disfrutaré de la belleza de las dunas de arena dorada. Luego los volveré a cerrar. Olvidando la fealdad de la vida que mi padre me tenía preparada, disfrutaré con mis agradables recuerdos de niña los últimos segundos que me queden.
Los deseos concedidos
Liliana Delucchi
Un gentío apresurado casi arrastra a Amanda hacia la salida. ¿Por qué no leeré las críticas antes de elegir una película?, se pregunta mientras busca en su bolso un paquete de Kleenex que, por supuesto, no tiene.
La tarde está a punto de sorprenderla con una tormenta, algo que no le importa demasiado, para eso ha llevado la gabardina. ¿Y el pelo? Ya me lo secaré en casa, total, no pienso salir y para llorar otra peli, me da igual.
Recuerda el consejo de su madre: «cuidado con lo que deseas, que se te puede conceder». Y se lo concedieron. Un nuevo ataque de llanto la lleva a sentarse en un banco que hay junto a un kiosco de periódicos y chuches. ¡Vaya, todavía quedan algunos! Si no recuerdo mal, también vendían tabaco. No. Mejor no volver a empezar. Todos estos pensamientos se desgranan a la vez que lágrimas silenciosas recorren sus mejillas. Un señor se sienta a su lado, le extiende un paquete de pañuelos de papel, le sonríe con conmiseración, se levanta y se va.
Deseo concedido: Sola.
Se pone de pie y camina en dirección a la parada de taxi, pero sábado más amenaza de lluvia, hace que esos anhelados coches blancos con luz verde hayan desaparecido. Amanda tiene la sensación de que los pasajeros que han conseguido uno, la miran por la ventanilla y le sacan la lengua. Por fin aparece una sonrisa en la cara triste de esa mujer que camina arrastrando los pies en busca de un lugar en ninguna parte. Avanza lentamente, abandonándose a la melancolía de los atardeceres y de los regresos.
Las ventanas de los apartamentos empiezan a encenderse y Amanda aligera el paso. No quiere imaginar las vidas dichosas de quienes los habitan…, o quizás no tan dichosas, porque cuando ella tenía una que de fuera lo parecía, no estaba contenta, por eso anheló la soledad.
Fue en aquel viaje al desierto. Mario había sugerido otros lugares, pero ella insistió: quería sentir la profunda soledad de las dunas antes de decirle a su marido que iba a dejarlo. Quería saber qué sentiría ante la inmensidad (eso creía) de un mundo sin peticiones, sin reproches, sin «qué te pasa». Un mundo de silencio.
Ahora lo tiene. Ahora lo tiene y no sabe qué hacer con él.
Aquellos días, en las arenas, creía haber descubierto su esencia más profunda, la claridad de pensamientos que en la ciudad o en el campo se embarullaban llevándola a un total desconcierto. Se sentía como Jesús, cuando fue a meditar al mar de arena. Por supuesto que no se lo dijo a nadie, bastante tenía con que la consideraran la rara de la familia como para que supieran que por un instante, sólo por un instante, se comparó con Él.
El dorado de las dunas la había transportado. Por primera vez en su vida se sintió plena, feliz, Una con la Naturaleza. Con los pies hundidos en la arena levantaba nubes de ese polvo mágico que se le metía en el pelo y los ojos. No importaba. Se sentía satisfecha y deseó trasladar esa inmensidad a su ser. La única forma de hacerlo era estando sola. Lo deseó. Anheló profundamente la soledad para poder integrarse consigo misma.
Y el sueño le fue concedido.
¿Y si vuelvo a las dunas? ¿Y si pido deshacer el hechizo?
Mario no va a regresar, tiene otra pareja.
Mi hermana dijo que no volvería a dirigirme la palabra después de nuestra última pelea. Ella ahora vive en Nueva York. Podría ir. Disculparme. Aunque no sé: su marido no me soporta y ya tiene dos hijos yanquis a los que no conozco. Siempre me queda mamá…, la que me dijo que tuviera cuidado con lo que deseaba.
Al llegar a casa se encuentra, otra vez, con el cartel que indica que el ascensor no funciona. Siete pisos por la escalera. Cuando alcanza su puerta, se abre la de la vecina, una señora de mediana edad, regordeta y bastante vulgar. Nunca se cruzaron más que un buenos días o buenas tardes, ¡qué frío hace hoy! Pero parece simpática.
Amanda entra en su apartamento, coge una botella de vino blanco de la nevera y llama al timbre de la mujer con la que se acaba de cruzar. Le señala la botella:
─Es de una buena cosecha, ¿te apetece compartirla mientras vemos una película?
Cómplice
Marieta Alonso
No debo confesarlo en voz alta, tampoco en baja, pero de vez en cuando tengo instintos asesinos. Y es que atravieso una temporada de alegrías, pérdidas y silencios que sacan lo peor de mí.
Aunque no lo aparente, soy activa y desde hace unos pocos años estoy inmersa en un ruido constante, en estímulos que me agotan. Necesito recuperar mi espacio. Para mi marido esa frase resulta revolucionaria. Pero soy pacífica. Solo quiero observar el paisaje, leer sin prisas, cambiar la forma de observar el mundo. Los trillizos vienen y me abrazan las piernas. Me miran asustados. Menos mal que estamos de vacaciones y he bajado el ritmo.
Con la luz tan viva de agosto, el entorno del Parque de las Dunas en Torrevieja tiene un vago olor a yerba quemada, a alientos lejanos, a ráfagas que traen recuerdos de otras vivencias, a vientos que mueven la arena de los desiertos. Estoy tan centrada en las dunas que no oí llegar a mis pequeños, ni a mi Paco. Vienen del mar, chorreando agua por los cuatro costados.
Envueltos en toallas nos hemos puesto a escuchar el canto casi imperceptible que ofrecen estos montículos de arena. Paco me habla de las dunas que emiten un sonido en tono de do mayor, en sol menor, en fa mayor.
Mi marido no sabe fregar, ni planchar, ni pasar la aspiradora, pero te ríes con él. Y me siento culpable de haber soñado anoche que cometía el crimen perfecto. Lo enterraba en una de las dunas centrales de ese parque.
¡No debo ser así! ¡Si tengo la misma culpa que él! ¡Hemos traído a este mundo a tres niños a la vez!
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