Nuevo Akelarre Literario

Síguenos

  • Facebook
  • Inicio
  • Autoras
    • Marieta Alonso
    • Liliana Delucchi
    • Malena Teigeiro
    • Cristina Vázquez
  • Relatos
  • Autores invitados

La pesca del atún en Ayamonte

15 agosto, 2017 por Akelarre Deja un comentario

la pesca de atún en Ayamonte Sorolla

La pesca del atún en Ayamonte - Joaquín Sorolla

La pesca del atún, cuadro que inspira este mes nuestros cuentos, fue realizado en el año 1919 por el pintor español Joaquín Sorolla Bastida (1863–1923).

Esta pintura de grandes dimensiones, forma parte de la serie Visión de España, compuesta por catorce grandes paneles para la Hispanic Society of America de Nueva York, fruto del encargo hecho por el hispanista Archer Milton Huntington (1870-1955) por el cual Sorolla se comprometía a realizar una serie de lienzos de gran tamaño con destino a decorar la biblioteca de la sede de la fundación. Huntington, con el que el pintor trabó una gran amistad, fundó esta institución para divulgar la cultura española en los Estados Unidos.

La pesca del Atún, uno de los cuadros más conocidos del pintor valenciano, muestra la tradición pesquera de la almadraba, arte que ya fue utilizado por fenicios, griegos y cartagineses en las costas españolas, cuando en la primavera, época de celo, los atunes nadan desde el Círculo Polar Ártico hasta el mar Mediterráneo, buscando sus aguas calientes para el desove.

Hasta septiembre de 2017 se pueden ver en el museo de El Prado de Madrid, las pinturas cedidas por la Hispanic Society of America.

Cada verano

Cristina Vázquez

El atún de aleta azul

Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

Luz del amanecer

Marieta Alonso

Cada verano

Cristina Vázquez

La brusca sacudida del autobús despertó a Paloma. Tuvo que cerrar los ojos pues creyó que no podría soportar el resplandor de tan deslumbrante luz. La había ido a recoger al pueblo su tía Casilda, una mujer viuda hermana de su madre, para que pasara una temporada larga en un clima más benigno y fortalecer su salud. Dejó con desasosiego y toses la casona de piedra, rodeada de verdes montañas y días de bruma. Al despedirse, desde la parte de atrás del autocar de línea, creyó que el corazón se le iba a partir.

El viaje largo con incómodas paradas, la mano huesuda y desconocida de su tía como único soporte, la llevaron a refugiarse en un duermevela que se transformó en sueño del que despertó con la sacudida de la llegada. La casa encalada daba al puerto. El olor intenso del mar, el reflejo como un cuchillo plateado del sol sobre el agua y el azul del cielo, la hicieron sentir un estallido de vida y fuerzas que enseguida le dieron ganas de jugar y reír. Una mañana encontró a un chico sentado en el mirador de casa de la tía mojando un bizcocho.

—Este niño es el hijo de mi vecina y se llama Martín.

Rubio, con un flequillo de estopa, no levantó la cara de su tazón hasta que lo acabó y sin más preámbulo, dijo.

—Anda niña, vamos a la calle.

Un ritual que se repetía todos los años en que siguió yendo a pasar el verano, era ir a ver con Martín cómo sacaban los atunes. De niños miraban fascinados con un punto de repugnancia y excitación a los hombres que arrastraban los animales plateados, alguno aún coleando en medio de la sangre y los gritos. Eran como monstruos que los habían limado con piedra pómez, por eso no tenían escamas, aseguraba Martín con una sabiduría que a ella le pareció innegable. Pero nunca los arrastraría, juraba, ese olor le revolvía el estómago, y con un gesto despectivo remataba que eso era trabajo de gente pobre. También le enseñó a coger higos chumbos sin clavarse las espinas, a hacer cabañas al lado del río, a robar sandías y a correr sin parar por una playa blanca, infinita.

—El que cuente más lomos gana.

Al pasar los atunes a veces se les veía brillar en el agua. Y el que ganara, premio. Siempre triunfaba él y las recompensas pasaron de pedirle que le buscara conchas negras, o le trajera chicles a que le diera un beso y luego una caricia. Cuando crecieron, los chicos que antes miraban sacarlos de las barcas, con apuestas de cual se atrevería a tocar el ojo o la aleta que tenía poderes, eran los que se esforzaban en tirar de los peces. Y entre ellos Martín.

La noche antes de volver Paloma a su pueblo de brumas y obligaciones, Martín, recién duchado, aunque con cara de asco, no conseguía quitarse el rastro de olor a pescado, protestaba rabioso. Nunca más volvería a oler así, porfiaba al abrazarla en las dunas con la impaciencia de la despedida.

—Yo me marcho, Paloma, no aguanto más este pueblo y esos peces.

Y con desesperación le pedía que se fuera con él. En cuanto encontrara un trabajo le escribiría y podrían estar juntos. La luna colgaba del cielo con desvergüenza naranja, y el rumor del mar y los cañaverales cercanos fue una música que a ella la acompañó su vida entera.

Las cartas no llegaron y no supo nada de él durante muchos veranos. El esplendor de la luz se marchitaba igual que ella. Dejó de ir al pueblo y los atunes le resultaron horrendos y malolientes, el olor que él odiaba. Cuando murió la tía fue a recoger la casa y se acercó al puerto a despedirse de su juventud, de su tiempo dorado, y vio unos marineros apoyados entre los peces en actitud despectiva, como si estar ahí sin ayudar ni mirar a los hombres que faenaban les diera una categoría superior. Y en la figura que estaba de espaldas creyó reconocer a Martín, que charlaba descuidado con los otros hombres. Se acercó a él y cuando se dio la vuelta casi no le reconoce de lo estropeado que estaba del mar, el sol, del aire. Su pelo rubio estaba ralo, y sus manos, recuerdo de dulzuras insondables, llenas de callos que le rasparon al estrechársela en un saludo convencional, sin emoción. Él tardó en reconocerla, la sobrina de Doña Casilda, quién lo diría.

—Una amiga de la infancia—la presentó a los otros.

Y en su voz no encontró el eco deseado, ni en su mirada un destello. Y el recuerdo atesorado con reverencia de los cañaverales moviendo la noche, el mar en las dunas, sus ardientes abrazos, se diluyó como el rastro rojizo de la sangre de los peces en el suelo.

—Hasta otro rato Paloma.

Y se giró para seguir con su charla.

© Cristina Vázquez

El atún de aleta azul

Malena Teigeiro

Sabe bien que esa forma de pescar ya la hacía su abuelo y el abuelo de su abuelo, pero a él, ahora que es mayor y la conoce bien, no le gusta el arte de la almadraba. Todo ocurrió el día que los vio atravesar el Estrecho, buscando el agua caliente. Eran listos los condenados. Nadaban agrupados por tamaños, por especies, como las camisas en los estantes de la mercería de la Lola. Iban en inmensos cardúmenes, sin comer, sin dormir, solo arrastrados por el río de agua que los empujaba, con la mente fija en llegar pronto a unas aguas más calientes que las del océano que dejaban atrás. Los vio caer en la trampa de la almadraba y le dieron lástima aquellos hermosos peces con barrigas de plata, tiesos como jureles gigantes, golpeándose unos a otros en el vano intento de escapar de las redes que los cercaban. ¡Inocentes! Pero lo que ya no pudo soportar era aquella figura del Antonio, ése sí que hacía bien aquel trabajo maldito, joven, fuerte, con las mangas de la blanca camisa, ahora manchada de sangre, remangadas sobre los codos. Todavía se despertaba viendo cómo, con una puntería mortal, los enganchaba en el ojo y ellos, arrasados de dolor, daban tal salto que subían solos al barco. Movió ligeramente la cabeza, había que ser joven y fuerte, y él ya no lo era.

Y desde el día en que tomó la decisión de no volver a echar la almadraba, cuando aún alumbra la luna, Paco sale solo en su barca, en la Rocío, a pescar los atunes. Lo que haces es peligroso, le decían en la aldea, cualquier día de estos te arrastrarán hasta el fondo del mar. Pero él, al que esos comentarios le dan lo mismo, rellena con calma su cachaba, luego con ella entre los dientes, coloca los cebos en la línea, y espera. A veces, hasta se queda dormido, pero cuando comienza a sentir el calor del sol, y un tirón de la línea lo despierta, entonces coloca los pies, todavía fuertes, apoyados en la borda, se echa hacia atrás, y le da caña, y como si fuera un matador en el coso, siente que mide su fuerza con la del animal. ¡A ver quién de los dos gana!

Esa mañana lo despertaron los fuertes tirones de su caña. Vio salir la cabeza del agua, sus ojos grandes, redondos, como los de una joven Manga japonesa, lo miraron amenazadores. Nunca había visto un atún tan grande. El pez, intentando desprenderse del anzuelo que llevaba en la boca, a veces da saltos que levantan las aguas formando olas grandes como las de las tormentas; otras, tira de la línea hacia el fondo y al ver capotar a su débil barca, Paco siente en su alma el deseo de seguirlo para descansar entre las algas del fondo del mar. Otras, lo ve correr hacia el infinito arrastrando su barquita como si en vez de un pez fuera una mula. Era tan bravo y tan grande que temió que aquel fuera su último día, pero su Rocío, sin miedo, alegre, convencida de salir airosa, lo seguía dando botes en el agua, y aunque le crujieran las maderas, igual que le sonaban a él lo huesos, aguantó las embestidas. Cuando ya agotado el pez se rindió, y comenzó a subirlo enganchado en la pequeña grúa, tan grande y pesado era que la barca se escoró, se escoró tanto que hasta llegó a entrarle agua. Virgencita del Carmen, había rezado, ayúdame a conservar el pan para el invierno. Y el pez, quizá porque lo cegó el sol, quizá porque no entendía lo que le pasaba, quizá porque la Señora había atendido a su ruego, se quedó quieto, momento que aprovechó para bajarlo y cubrirlo con la lona. Miedo le daba que saltara otra vez a la mar. Entró en la cabina y sacándose la gorra, acarició la imagen de la estampa de la Señora con los dedos. Gracias, farfulló santiguándose. Se volvió a calar su visera azul, arrancó el motor y puso rumbo de vuelta al puerto con la barca casi hundida por el peso del grandísimo atún, que de vez en cuando todavía coleaba. Sudoroso, lo miraba con tristeza, y no porque el pez, todavía vivo, hubiera fijado sus orgullosos y retadores ojos en él, sino porque el hermoso animal de aleta azul le dijo que se había hecho viejo. Aunque se pasó la mano por la frente en el intento de olvidar sus últimas horas, sabía que lo había arrastrado durante varias millas sin que él pudiera hacer nada y lo había hecho con tanta fuerza, que casi lo tira al mar, pero él, pescador viejo y avezado, aguantó el envite y le dio caña hasta que su hermoso enemigo no pudo más. Hasta que se cansó. El atún, como si reconociera sus pensamientos, cimbreó el lomo y golpeó con fuerza el suelo de la barca. Con la pipa ya sin fuego en una mano, no dejaba de contemplarlo. Le daba lástima, él solo había abandonado los océanos para ansioso, anhelante, ir en busca de una novia sobre la que desovar, igual que hacía él cuando ponía rumbo al puerto desde que, hacía ya muchos años, se llevó a su casa a la más bonita moza de la aldea, a la Rocío.

© Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

Promediaba mayo cuando, una vez más y siguiendo la tradición que me impuse desde que mi padre partió, fui al puerto a ver los barcos que regresan con los atunes. Don Gervasio suele prestarme su barca para ver la almadraba con pescadores y rederos, envueltos en sus labores entre enormes peces vencidos. Sus trabajos y ajetreos me permiten imaginar a otro personaje entre ellos, aquel que un día embarcó con rumbo desconocido en busca de otros mares y del que solo recibo cartas cada tanto. Sé que está en el norte, en un país donde se habla otro idioma y que la gente es alta y rubia.

Ayer llegó una esquela más corta de lo habitual. Dice que nos echa de menos, a nosotros y al clima, y que mira el horizonte en busca de la desembocadura del Guadiana, pero no encuentra la calidez del hogar. Uno de los marineros hace señas para que me aleje y retire mi barca, ése no es lugar para niños, vocifera. Le grito, desde donde estoy, que mi padre también es pescador y lleva años lejos. Se quita la gorra y la agita para que abandone el lugar. No importa, volveré a casa para ver en el Atlas, regalo de mi tío, dónde está papá.

En casa no hay nadie. Madre debe haber ido a la compra y mis hermanas al lavadero. La habitación está en penumbras, con el olor del mar colándose por las persianas entreabiertas, donde el sol intenta entrar formando rayas en la butaca que usaba él. Me siento en ella para descansar y cierro los ojos tratando de recordar sus facciones. Tenía bigote y era negro como su pelo; la piel de las manos parecía papel de lija. «Me haces daño», le decía, y él contestaba: «Son las manos de un pescador y tú eres demasiado delicado». Miro su foto enmarcada sobre una repisa, ¿seguirá así de guapo? El otro día, Serena, la mayor de mis hermanas, la escupió. Le pregunté por qué lo hacía y respondió que yo no me enteraba de nada, como los demás. La menor, le sonrió con un «al menos manda dinero», mientras limpiaba el cristal y le daba un beso antes de depositarlo de nuevo en su sitio.

Mis libros están en una estantería que hizo mi tío. Son pocos, pero los cuido mucho. Como todavía no tengo la estatura suficiente para alcanzar lo que busco, abro un cajón, solo a medias, para usarlo de escalera. Es entonces cuando todo se desmorona. Con un ruido infernal, el cajón se cae, desparramando todo su contenido. Recojo una a una las cosas que madre guarda en él: dedales, hilos de coser, bordados a medio terminar y cartas, muchas cartas. Son las de él, las que ella me lee cuando llegan y muestra a las vecinas. Quito todo para volver a acomodarlo y no me regañe y entonces lo veo. Es un sobre amarillento, dentro hay un papel ajado y una foto. En ella se puede ver a una familia compuesta por una mujer alta y rubia, dos niños y un hombre. ¡Es mi padre! La nota dice: «Esta es mi nueva familia. No me olvidaré de vosotros. Os enviaré dinero.»

Pero no es la letra de las cartas que mamá me muestra cada tanto.

© Liliana Delucchi

Luz del amanecer

Marieta Alonso

El brillo de la aurora viste de plata los lomos de los atunes. Luz blanca y azul en las aguas, dorada en la toldilla. Intuyo que lo sabe. Hoy la pesca ha sido abundante. Desde niños trabajamos codo con codo en la captura del atún. La almadraba, al igual que antaño para los romanos, no tiene secreto para nosotros. Los pescadores más experimentados los seleccionan, uno de ellos pesa doscientos kilos. Ríen los rostros.

Tras el despiece hablaré con él. Dominamos el ronqueo, que así se le llama por el ruido que el machete produce al entrar en contacto con la espina dorsal. Con el bichero en alto me mira fijamente. Bajo los ojos. Alguien le ha ido con el cuento.

Se dice que de éste nómada pez, al igual que del cerdo, se aprovecha todo: el cogote, el tarantelo, la cola blanca, las huevas de grano, las de leche, los lomos, y el corazón. Sobre el banco mi amigo coloca el mormo, el contramormo, situado justo entre la cabeza y la aleta. Junto a ellos el morrillo, sabemos los dos lo rico que los prepara su mujer. Me vuelve a mirar y afila el puñal. No hay nadie entre nosotros. Tira con rabia a un contenedor la piel y las espinas.

¿Cómo hacerle comprender que desde niños amamos a la misma mujer, la suya, que quise poner tierra por medio y él mismo me disuadió? Fue anoche la única vez. Lo juro y lo siento, pero no puedo engañarlo. Nunca fui tan feliz como esas horas junto a ella. ¿Cómo decirle que no volverá a suceder? Que me marcho para siempre. Que fue un momento de debilidad.

No me da lugar. Con la misma furia que tiró los restos al contenedor deja el cuchillo, toma el gancho, me pincha y me arroja a ese mar que hoy parecía sereno.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El niño

15 julio, 2017 por Akelarre 8 comentarios

niño en la playa felicidad vacaciones

El niño

Los cuentos de este mes se inspiran en la foto de un pequeño personaje. Un niño cualquiera que juega al borde del mar. ¿De qué mar? Da igual el que sea. Hay agua, la playa, luz intensa y alguien inocente viviendo la plenitud del momento.

No es más que la representación de la infancia en la libertad del juego sin tiempo ni espacio.

Grandes autores han reflexionado sobre este importante momento de la vida.

"Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro."

Graham Greene

"Muy lejos de nosotros, el niño tiene íntegra la fe creadora y no tiene aún la semilla de la razón destructora. Es inocente y por tanto sabio."

Federico García Lorca

"La vida es la infancia de nuestra inmortalidad."

Johan W. Goethe

Los nuevos tiempos

Cristina Vázquez

La caja de galletas

Malena Teigeiro

Magia potagia

Liliana Delucchi

Su playa

Marieta Alonso

Los nuevos tiempos

Cristina Vázquez

Para Pablo, mi querido nieto

Lo primero que hizo al sentarse en el avión fue abrir su bolso y sacar una pastilla rosa de trankimax y una petaca de plata, recuerdo de Gerardo, con el gin tonic caliente. Ese era el fallo, tendría que hacerse con una térmica, pero con lo odiosos que eran ahora en los aeropuertos, imposible. Se tomaba sorbitos pequeños de la bebida, como si de una medicina se tratase, pues había leído en la biografía de Luis Buñuel, un señor listísimo, que la ginebra era lo mejor para vencer el miedo a volar y que él también se preparaba su petaca, porque cuando te servían algo, ya era tarde y estabas deshecha de nervios. Se apretó el cinturón, aunque qué más da, si se estrellaban el cinturón le quedaría de pendiente.

Empezó a repasar mentalmente su equipaje, esperaba llevar todo lo necesario para este viaje inaugural de su viudedad. Dio otro sorbito para animarse, vida nueva, tiempos nuevos y una lágrima intentó escaparse, pero sería terrible un churrete de rimel antes de despegar, e hizo un esfuerzo por no recordar las innumerables veces que Gerardo le cogía la mano en estos momentos. El orondo, feliz y mandón Gerardo que tan buen marido fue. La cuidó como un padre, no en vano le llevaba veinte años. Su querida Lulú, le susurraba, mi nenita bonita, y ella sonreía igual que una postal de colores brillantes. ¡Era tan feliz al verla contenta! Eso sí, también como un padre le indicaba continuamente el camino a seguir, qué ponerse, los sitios de veraneo y los amigos, en su mayoría de él, y ella, resignada, representaba el papel de la nena bonita. Era tan fácil. Al principio le pareció reconfortante que le dedicara tanta atención, que trazara con mano firme las decisiones, y cuando atisbaba que ella se iba diluyendo en una figura borrosa, y se entristecía o quería replicar, él le regalaba joyas, muchas joyas. No podía no estar enamorada de un hombre con esa bondadosa entrega y generosidad.

Nunca quiso que se separara de él ni un minuto. Y ahora iba y se moría y la dejaba sola. Sí, completamente sola. Así que se apuntó a un viaje en grupo para exorcizar su tristeza y su soledad y quién sabe, la vida siempre, siempre, continúa. Aunque la decepción en el aeropuerto al ver a sus compañeros con atuendos inesperados, zapatillas deportivas, pantalones llenos de bolsillos, mochilas, gorras y muchas risas, como si ya se conocieran todos, la decepcionó. Ella que iba con un tacón y un maquillaje discreto. Antes se tenía toilette de viaje, pero ahora como cualquiera viajaba. ¡Los nuevos tiempos!

El efecto del alcohol y la pastilla la fueron relajando y deseó poder volar sola, sin sufrir, sin necesitar un golpecito en la mano, ni una mirada de reconocimiento o aprobación. Volar, volar en ese perfecto azul infinito que veía por la ventanilla, sin peso ni equipaje, ni palabras, ni joyas. Libre. Cerró los ojos y echó una cabezada.

El resort lleno de palmeras con bienvenida de zumos exóticos, sombreros de paja, tarjetas para ponerte en el pecho y poder llamar enseguida por su nombre a cualquiera ¿Lulú? No, Lucila, le produjo una sensación de pérdida. ¿Qué hacía ahí? ¿Sería capaz?, y se fue a su cuarto con rigidez en la espalda por el cansancio del viaje y la sorpresa de tener que arrastrar su maleta. ¡Los nuevos y solitarios tiempos!

Hizo varios intentos de integración, de bebidas con sombrillitas de colores, de apuntarse a excursiones y hasta a un concurso, pero se instalaba en ella la certeza de no tener las condiciones necesarias para pertenecer a la manada.

Una mañana transparente, tumbada a la espera de no sabía qué, de pronto se fijó en un niño que corría al borde del mar con los brazos abiertos en aspa. Iba y venía como si agarrara el aire con sus manos, concentrado en su juego. Se mojaba los pies alejándose de la ola y reía. Creaba su propio espacio, feliz, sin necesidad de los demás. Y se vio de niña saltando en el borde del mar con ese mismo ímpetu y plenitud, con esa misma irreverencia hacia el tiempo, con la perfecta dejadez de la infancia en la que todo se abre a cualquier posibilidad. Eso dormía dentro de ella, cuando todo era también azul, con la luz brillante reflejándose en el mar, como si cada mañana de verano se estrenara la vida. Por primera vez en mucho tiempo sintió paz y sonrió. Lo suyo no era los viajes en grupo, pero el mundo y su belleza estaban ahí esperándola. Se acercó a la orilla y al pasar, le acarició la cabeza. Él niño la miró sorprendido y siguió indiferente en su juego. Tuvo la certeza de que ya empezaban los nuevos tiempos.

© Cristina Vázquez

La caja de galletas

Malena Teigeiro

Todo a su alrededor había cambiado de color. Quiso correr y correr, quiso huir, pero sentía las piernas cansadas, como las de un anciano, y se sentó en las rocas.

Fue justo después de comer, cuando su profesora, pálida, nerviosa, le ayuda a recoger sus cosas, y después, con la mano en la nuca, lo acompaña hasta la puerta del colegio. Ella tan dulce y sonriente, estaba pálida y tenía los dedos fríos. Allí lo esperaban su tía y el director. Dándole un beso, el hombre, siempre tieso y adusto, le sonrió, y palmeándole la mejilla, le dijo que no se preocupara, que ya resolverían todos los deberes el próximo año, que procurara divertirse. Gracias, dijo su tía, con los ojos brillantes. No se ha pintado los labios, ni los ojos, piensa. De la mano de su tía, sube al coche, en donde sentadas en sus sillitas, los esperan sus hermanas. Eran pequeñas y todavía no iban al colegio. Y los cuatro, casi sin equipaje, emprendieron el viaje.

Por el camino se queda dormido y no se despierta hasta que al detenerse el automóvil delante de la verja de la casa, el olor a sal, a mar, le da en la cara. Al entrar en el jardín de la casa, cerrada, sin luces, con las hierbas altas, y el seto despeluchado, aspira la adorada brisa fresca y húmeda. Tampoco los espera en al puerta Matilde. Echa de menos su risa, sus grasientas rosquillas de anís encima de la mesa de la cocina, la bolsa de pegajosos caramelos que saca del enorme bolsillo del delantal de cuadros grises, siempre torcido. Su tía enciende el cuadro de luces, cosa que también antes hubiera hecho Matilde, y les dice que se sienten a la mesa de la cocina. De una bolsa de papel saca unos bocadillos. Los lleva sin envolver, mezclados con alguna fruta, de cualquier manera. Al abrir el grifo, el agua salía naranja, como todos los años. Después de un rato, ya brotaba clara, fresca, y pudieron beber.

Al despertarse, buscó una camiseta de su padre, y se la puso, como siempre su olor le hizo sentirse hombre. Escuchó a Matilde trajinar por la cocina. Corriendo, salta las escaleras de dos en dos, hasta llegar a abrazarla hundiéndose en aquel pecho grande y en el vientre orondo. Aquí tienes, chocolate y churros calentitos, dijo colocando la taza encima de la mesa recién fregada con legía. Después de desayunar, con el cubo y la caña de pescar, se fue a buscar a su amigo. Era lo primero que hacía todos los años. Se sorprendió al ver la cerrada. Vuelve comprobando que todas las demás también tienen las persianas bajas y los porches llenos de hojas. Se fue por la arena hasta las rocas, y luego de poner el cebo echó el sedal. Después de mucho tiempo, saca con la mano dos cangrejos de una charca entre las rocas. Nunca pescaré nada, se dijo colocando los bichos en el agua salada del cubo. Tengo que salir a pescar con caña por la noche, cuando hay luna. Pero su madre no le deja. Sueña con poder ver balancearse al pececito colgando del sedal. Quizá la tía sí se lo permita. Siente hambre, y balanceando el cubo, se va de vuelta a casa. Al entrar en la cocina la tía y Matilde están abrazadas llorando.

—¿Qué ha ocurrido?

Limpiándose las lágrimas con la mano, sentada a la mesa, su tía golpea el tablero con el puño, enfrente de ella se acomoda Matilde. Y él, arrastrando despacio la silla, lo hizo entre las dos.

Le dijo que papá y mamá habían muerto. ¿Cómo? Fue un accidente, musita Matilde acariciándole la mejilla.

Se levanta de golpe, arrojando la silla al suelo. Corre por el borde del agua hasta llegar a las peñas, y sentado en ellas se queda quieto mirando el horizonte. Le parece extraño no sentir nada. Quiere recordar sus caras y no es capaz. Se pasa la mano por la mejilla y la encuentra seca, sin restos de lágrimas. Siente que unos ásperos dedos le revuelven el pelo. Levanta los ojos y ve a Juan, el marido de Matilde. Él también es pescador, pero de los que van al mar con una barquita. Sentado a su lado, enciende un cigarrillo y se lo pasa. Él, como experto fumador a escondidas, le da una calada. Con la vista fija en el horizonte, Juan sigue fumando. De vez en cuando le acerca el cigarro, y él vuelve a aspirar. Después de un rato, le pasa un brazo por los hombros y le hace apoyar la cabeza en su pecho. Despacio, con los dedos gruesos, ásperos, de recio marinero, le acaricia la espalda, y así siguen hasta anochecer.

—Y ahora te tienes que comportar como el hombre que eres. Vamos a casa a tranquilizar a tu tía y tus hermanas.

Después del verano vuelven a la ciudad y desde entonces viven en la casa de sus abuelos. Nunca más vuelven a la de sus padres.

Años más tarde, la abuela falleció, y sus hermanas y él, que ya, hacía tiempo, vivían cada uno por su lado, se juntaron para vaciar la casa de sus abuelos y venderla. En el armario de la ropa blanca, debajo de las sábanas encontraron una antigua caja de galletas Fontaneda, en la tapa de lata aparecían pintadas tres rosas, una de cada color, y sobre la blanca, una mariposa de colores. ¡Qué raro!, exclamó Celia con la caja abierta entre las manos.

—Mirad, está llena de recortes de periódico.

Y fue entonces cuando los tres supieron que aquella tarde que lo habían ido a buscar al colegio tan precipitadamente, antes de acabar la mañana, su padre, en un ataque de celos, había matado a su madre y que después de hacerlo, se había suicidado.

Recordó de pronto los golpes, los gritos, recordó su cara, la de su madre llena de moratones, y, por primera vez, rompió a llorar.

© Malena Teigeiro

Magia potagia

Liliana Delucchi

Entradas agotadas, reza una banda que atraviesa el cartel que anuncia la actuación del Mago Clemente. Satisfecho, el manager entra en el camerino de un joven que se está poniendo la pajarita, y que de reojo lo mira, lo estudia. Son aliados, pero no amigos…, cosas que nos da la vida sin pedirlas, pero que ahí están, tan intangibles como el polvo que nos rodea y que solo vemos a través de ese rayo de sol que entra por la ventana.

—Éxito total— dice el hombre mayor, mientras saca del bolsillo de su frac un reloj de oro —lo has logrado, nos haremos ricos.

Lo sabía desde el momento en que lo descubrió, con ese ojo que sabe ver lo que otros no vislumbran.

—Hazme caso, muchacho, y la vida te dará todo lo que le pidas.

El otro mantiene un silencio apenas roto por las gárgaras para hidratarse la garganta; un ligero temblor en las manos y el parpadeo de sus pestañas inducen al agente a abandonar el lugar, no sin antes recomendarle que se dé prisa, que solo faltan cinco minutos y que atrapará por completo al público con el número final de las estrellas que salen de la manta.

No es un truco, piensa Clemente, es magia de verdad.

Se lo había enseñado su abuela Tina, en la playa, hace ya muchos años, cuando él era un niño y corría por la orilla levantando el agua. Como estrellas, decía la anciana.

Sentada en una silla de mimbre, la mujer hunde los pies en la arena tibia. Un par de viejos vestidos floreados de algún algodón barato son su uniforme. Vive parcamente, como suelen hacer aquellos que ya no se han de quedar mucho tiempo. Solo es pródiga con los niños, sus niños. Ellos son su puente, el nexo de unión que aún la retiene.

A lo lejos, el mar devoraba la luz del atardecer mientras tímidas olas lamían la orilla. Es la hora de los juegos y ellos corren arrastrando gotas que parecen perseguirlos. El mar era consentidor de aquellas diversiones y apenas interrumpía con el rumor de olas, sus risas y gritos. Ella estira la mano y, a pesar de la distancia, parece acariciarlos. En eso se ha convertido su vida: en algo lejano, donde apenas caben algunas satisfacciones que los años espacian a voluntad.

Quedan pocos días, piensa, pronto volverán a sus casas, al colegio y tendré que esperar al próximo verano para disfrutar de su inocencia. Y, ¿tendré ese tiempo necesario para volver a verlos? Pero, la sola visión de sus nietos corriendo por la playa, disipa las nubes en su mente. “Ellos son, yo ya fui y así debe ser” repite a modo de salmodia.

Un picnic de despedida. Es lo que va a organizar, un picnic de despedida en la playa. Contará con la ayuda de su asistenta, esa mujer gruñona que, aunque se queja de que los nietos de su ama le dan mucho trabajo, también los echará de menos.

—Nos quedamos tan solas durante el invierno, Señora. —Como siempre las palabras eran pocas, pero las miradas…, las miradas lo decían todo. Eran ese vínculo silencioso, omnisciente, que por momentos las unía y en otros… Mucha vida había transcurrido entre ellas, habían sufrido pérdidas y alegrías, habían vivido.

Las cestas han quedado vacías. Estos niños lo devoran todo. Claro, con la energía que gastan. Tina no deja de mirarlos. Sus imágenes atraviesan los párpados entreabiertos y los cierra con fuerza, para retenerlas, para que no se vayan cuando los deje en la estación con las recomendaciones de siempre: “Estudiad, sed buenos y obedientes y no olvidéis rezar todas las noches.”

Clemente vuelve hacia donde está la anciana y se sienta en el suelo.

—¿Sabes, abuela? Yo seré mago y cuando sea famoso vendré a buscarte y recorremos mundo, como hacías con el abuelo. Iremos a París y a Egipto y a los mares del Sur. Ya lo verás, de verdad. Y así tendremos historias que contar a mis hermanos, sobre todo a Pedro, que es tan aburrido.

Ella recuerda los trucos que su difunto marido les enseñaba durante las noches, antes de mandarlos a la cama con un libro. Monedas que aparecían detrás de las orejas, globos que salían de los floreros, copas que caminaban sobre el mantel de hilo.

—Anda, déjate de tonterías y ayúdame a recoger. Pon los cubiertos y las servilletas dentro de las cestas y luego, tú desde una punta y yo desde la otra, sacudiremos la manta.

Era de algodón, y las rayas azules y moradas parecieron saltar al cielo cuando entre los dos la levantaron. Arriba y abajo, arriba y abajo y, de pronto, un montón de estrellas diminutas quedaron suspendidas en el aire, en una cúpula que daba brillo a sus caras.

Paralizado, el niño extiende el brazo para coger un puñado de ese polvo brillante. Mira a la anciana, que sonríe.

— Éste es mi verdadero regalo de despedida. Y no es un truco, pequeño aspirante a mago. Llévate la manta y, cuando me eches de menos, despliégala y cúbrete de estrellas.

El tiempo transcurrió sin prisas. Los días se convirtieron en meses y estos en años. ¿Quedaba algo de aquel niño que corría por la playa? El público, de pie, aplaude a Clemente. Sus cabezas giran mirando el techo del teatro, donde miles de luciérnagas vuelan como en una noche de verano. Entre la gente, el joven cree ver una cara redonda y blanca, de generosa sonrisa y orgullo en el pecho. Sus ojos quedan fijos en la imagen y susurra: “Es todo tuyo, Tina”. Le lanza un beso, hace una reverencia y desaparece entre bambalinas.

© Liliana Delucchi

Su playa

Marieta Alonso

No era de arena y grava, era zona baja y cenagosa, puro fango lo que pisaban sus pies adolescentes. Era alegría contagiosa cuando para entrar en el agua había que tirarse desde un desvencijado muelle de madera. Era correr con los brazos en cruz en aquella ensenada en forma de herradura. Era cerrar los ojos y sentir la presencia de corsarios y piratas. Era…

Que ya habían pasado ochenta años de aquella época en la que en su casa no comía pescado y en la playa —en casa ajena nunca en la propia— se atiborraba de biajaibas, langostas y cangrejos. Los veía vivitos, boqueando, y de pronto aparecían en una enorme sartén. Un corro de amigos se lanzaban a ver quién era el que más comía, y al quedar la última pieza de aquellas delicias en el plato, la rifaban sin presumir que pudiera haber alguna trampa, aunque fuera siempre el mismo glotón el que más suerte tenía, que no era otro que aquél que iba a ser mago de mayor.

Eran sus camaradas de las vacaciones de verano, en el invierno se quedaba solo con su padre faenando en la mar. Pasaron los años y mientras sus amigos se desperdigaban por esos mundos de Dios, estudiaron, se casaban, tenían hijos, envejecieron, y algunos se fueron yendo. Aún quedaban otros que le seguían escribiendo. Él continuó en su playa, la vida hizo de él un buen pescador.

Hoy rebuscando entre los recuerdos —mañana le llevan a una residencia— ha visto esta foto que le ha llevado en volandas a aquella época, y le ha hecho sentir con un tenso escalofrío en la espalda, que a pesar de su humilde casa de madera y guano, de las aguas turbias de sus ríos en temporada lluviosa, de los patabanes, del inmenso manglar… Su playa era la mejor, no tenía desperfectos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Madame Bovary

15 junio, 2017 por Akelarre 9 comentarios

Madame Bovary Gustave Flaubert

Madame Bovary

Madame Bovary escrita por Gustave Flaubert es una de las mejores novelas de todos los tiempos. Narra la oscura tragedia de Emma, infelizmente casada con el Doctor Charles Bovary, que, aunque la ama, es incapaz de comprenderla, y sus amores y sueños chocaran cruelmente con la realidad.

Se publicó por entregas en la Revue de Paris de Octubre a Diciembre de 1856 y al año siguiente apareció como libro. Constituye uno de los puntos de referencia del movimiento realista, además de tener elementos del llamado romanticismo tardío y ser una crítica a la burguesía francesa del siglo XIX. Su publicación provocó tal escándalo que su autor fue llevado a juicio en el que afirmó “Je suis Madame Bovary.”

Puré de verduras

Cristina Vázquez

La niebla

Malena Teigeiro

La exasperante cotidianidad

Liliana Delucchi

A discusión diaria

Marieta Alonso

Puré de Verduras

Cristina Vázquez

Selecciona con titubeo qué frascos dejar y cuáles llevarse. Los que contuvieran más cantidad de crema o perfume, hay que ser práctica, se dice a sí misma y se mira en el espejo con recelo, como si no quisiera verse. Los hombres no entienden la importancia de esas necesidades, enseguida les parecen frivolidades y quería coger lo imprescindible. La tarde anterior dejó una maleta en la consigna, y en tres horas tenía que estar en la estación. Ése era el plan.

Da un tirón al embozo de su cama para dejarlo recogido, es la costumbre, y los ojos se le nublan. ¿Qué más necesitaría? La incertidumbre, siempre la incertidumbre, pero ahora era el momento de la decisión. ¿Qué abrigo?, ¿las botas negras o marrones? Se sube en una silla para bajar del altillo la caja con los camisones y batas que su madre le encargó para la boda. Quizás ahora fuese el momento de rescatar alguno. Todos prácticamente nuevos, con unos encajes imposibles de planchar y hasta con plumas. ¿En qué estaría pensando su madre? No olvidaba esa noche que quiso sorprender a Edouard, su marido, con la bata turquesa con borde de marabú, maquillada, expectante, y él la miró perplejo. ¿A dónde se creía que iba así? Afable, le aseguró que hacía frío para ir disfrazada, y le puso con mimo una chaqueta de punto suya sobre los hombros. Una chaqueta enorme y rasposa.

— No te vayas a enfriar —le aseveró con aire paternal—. Guárdalo para verano o carnaval —y rió sin malicia.

La guardó, pero para siempre. No se le olvidaba cómo él, a continuación, se calentó el puré de la cena; todas las noches su puré de verduras. Era tan saludable, comentaba invariablemente dándose golpecitos en el estómago, y empezó a tomarlo con la lentitud habitual. Esa noche, callada frente a él, fue consciente de lo lento que comía. Cada cucharada era una ceremonia absorta y desesperante y la chaqueta de lana le picaba en los hombros.

Mira con nostalgia su maletín de aseo. De piel marrón con asas, sus iniciales pequeñitas grabadas en oro desgastado, que la lleva a recordar sus escasos viajes. ¡Tantos sueños al empezarlos! En cada ciudad suspiraba por compartirla con un amor, una presencia romántica. ¿Cómo sentarse en una terraza en Roma sin la mirada abrasadora de un amante, o mirar el Sena en soledad? La vida así perdía mucho sentido y esperaba con terca ilusión que un día se cumpliera su deseo. Al cabo de un tiempo desesperante apareció Edouard, amable, tranquilo, loco por ella y con dinero suficiente para una vida sin sobresaltos, pero en esos viajes soñados se fatigaba viendo monumentos. Que siguiera sola, él se iba a echar un sueñecito al hotel. Le soltaba unos billetes para sus caprichos, pero que no se lo gastara todo le decía sonriéndole con aire de propietario satisfecho.

Frota la piel del maletín con ahínco, chupa la punta de la gamuza y un regusto amargo se le instala en el paladar. ¿Le parecería correcto el maletín a él que era tan distinguido? A lo mejor encontraba que las maletas estaban gastadas, pero eso era elegante, le aseguró una vez cuando ella escondía con disimulo una rozadura en unos zapatos de campo. Lo que sí tenía claro es que se llevaría la bata turquesa con marabú, si no se iba despeluchar, aunque mientras la dobla teme su miradita de sorna. A veces le decía que hablaba muy alto, que se moderara. Le molestaba, pero aprendía mucho de su refinamiento, sus maneras delicadas, su clase, tan diferente de la vulgaridad de Edouard.

En ciertos momentos temía no estar a la altura, pero todas sus dudas desaparecían al pensar en sus manos suaves, sus estertores de amor, sus promesas endulzadas con vinos fríos y el futuro, abierto, ancho como su risa, y la hermosa avenida con álamos de la casita donde se refugiaban. Y ahora, por fin, le llegaba el mundo, el amor eterno, los viajes compartidos para ellos dos, las promesas cumplidas. Solo faltaban tres horas para partir.

Un olor lejano a cocina la revuelve y cierra el maletín. Termina de guardar la ropa y se toma un trago del licor rojo, el del dibujito de una flor en la etiqueta con el que Edouard se premiaba los fines de semana. Arrastra la maleta y sale precipitada.

Ya en la estación, las manecillas del inmenso reloj discurren agónicas, imparables por la esfera brillante, mientras espera verle aparecer por la puerta, que se abrió veinticinco veces, las contó, dejando entrar un aire helador. Él no apareció.

Al volver a casa, con el maletín sobre su regazo como un objeto inapropiado, ya recogería al día siguiente las maletas en la consigna, la lluvia azota los cristales del taxi con furia. Pasa el dedo por la pintura desigual del portal y el ascensor dio el pequeño crujido de siempre al arrancar. Tarda en dar la luz del descansillo de su piso y al abrir la puerta el olor del puré de verduras inundaba la casa. El sonido de la radio y una luz mortecina indican el camino de la cocina, dónde se oye trastear a su marido.

Estaba preocupado, dijo Edouard con una expresión dolida. Se levanta animoso para ayudarla a quitarse el abrigo mojado, enseguida le calentaba un poquito de puré afirma, la reconfortaría en esa noche tan desapacible. Ella se sostiene agarrada al borde de la mesa, inmóvil, sin decir una palabra. Se sienta y mientras toma la primera cucharada, le parece que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.

© Cristina Vázquez

La niebla

Malena Teigeiro

Con la maleta en la mano, baja las escaleras saltando los escalones de dos en dos hasta llegar al zaguán. Cierra la casa y comienza a correr hacia la cochera. El rojo automóvil seguía allí con las llaves tiradas sobre el salpicadero. Al abrir la puerta del deportivo su aroma la turba, y grita sacudiendo la cabeza como si quisiera arrancar de ella su presencia. Separándose las lágrimas de un manotazo, conduce despacio por el camino de tierra bordeado de cipreses. Al llegar a la verja se detiene, y antes de bajarse, se pone los guantes. Abre las grandes hojas de hierro. Después de sacar el coche, coloca la cadena, el candado, y agarrada a los barrotes, hunde la cara entre ellos. Dos años hace ya llegué feliz, con la ilusión de sentirme adorada, piensa con la vista clavada en el cortijo difuminado entre la niebla, que ahora ve gris, vulgar, sin ningún encanto.

Desde que lo conoció le llena las manos de regalos, y los oídos de lisonjeras palabras. Te quiero, le repetía una y otra vez mientras la besaba, y le promete que en cuanto se separe de su mujer formarán una familia, y ella, entonces casi una niña, lo escucha con la emoción del amor aterciopelándole las pupilas. Cuando ya solo sabe vivir entre sus brazos, sumisa, rendida, subyugada por su presencia, la invita a pasar unos días en el campo, y ella acepta ilusionada. Sin embargo, cuando recorren el camino de dorado albero que los llevaba hasta lo que le pareció un romántico edificio, las sombras de los cipreses que lo enfilan, grises, turbias, como un mal presagio, iban cayendo sobre ella como si fueran los barrotes de la cárcel.

Después de unos días, le pidió que se quedara a vivir allí, en aquel cortijo abandonado, sin que nadie sepa dónde están, le decía, así su esposa no podría estropear su felicidad, y la convence susurrándole palabras de amor, hablándole del poco tiempo que falta para contraer matrimonio, para llenar la casa de niños. Y se quedó. De eso hacía ya dos años.

Al principio solo la acaricia con la yema de los dedos, y ella estremeciéndose de placer, no entiende por qué la desea de esa manera. Luego, le deja el cuerpo lleno de marcas que trémula, con mimo, palpa, una a una, para después esconderlas. Más tarde, comenzó a mostrarle fotografías de otras mujeres, obligándola a imitarlas mientras él, lascivo, la mira y se manosea. Siguió obligándola a realizar juegos en los que ahora se sentía humillada. Luego, sin decir nada, una noche no apareció. Cuando después de unos días escucha las ruedas del coche sobre la tierra, asustada corre a sus brazos, y él, como el que juega con el plumaje de una paloma, le sonríe pasándole un dedo por la mejilla. Y así fue espaciando sus noches y sus días, hasta que casi desapareció de su lado, y aunque aquel angustioso abandono muchas veces le hizo desear la muerte, seguía esperándolo en aquella destartalada casona a donde nunca iba nadie.

Una noche volvió con otra. Los escuchó reírse a carcajadas. Venimos hambrientos, masculló, que, rápido, muy rápido, les preparara algo para cenar y que luego se fuera, que no quería verla. Y ella, ya completamente sometida, le dejó una bandeja encima de la mesa de la cocina. Iba apareciendo el sol entre los retazos de niebla, cuando por una rendija de las contraventanas de su dormitorio, los vio marcharse.

Al día siguiente vuelve solo. Entra, y como si fuera su criada, le ordena altanero qué le dé de cenar. Se sienta a la mesa y ella, enfrente, lo ve comer en silencio. Le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento. De pronto levantando la cabeza la mira con odio. ¿Es que no se da cuenta de que no quiere volver a verla? ¿Es que no tiene dignidad? ¿Qué es lo que tiene que hacer para que lo entienda? La mujer dobló la nuca. El hombre se levanta y clavándole las uñas en los hombros, le ordena que se largue por la mañana. Después, arrollando las sillas que encuentra a su paso, sale del comedor. Y ella, como una muñeca autómata, se queda recogiendo los platos.

Por la noche la despiertan sus gritos llamándola. Cuando entra en la habitación en la que tantas veces durmieron juntos, lo ve de pie al lado de la ventana. Tambaleante se le acerca. Percibe sus ojos vidriosos y el olor a alcohol. Quiere huir. Da un paso hacia atrás y tropieza con una mesita. Escucha el ruido del jarrón que se rompe al caer al suelo. Torpe. Mira lo que has hecho, le grita cruzándole la cara con la palma de una mano que le parece de piedra. Sus dedos ceñidos a la nuca, la arrastran hasta la cama.

Cuando lo vio dormido a su lado, por primera vez lo odió.

Se queda mirando manar la sangre de su cuello hasta que aquella piel que tanto había adorado, se vuelve azul. Le asombra que sus dedos, que aún sostienen un trozo del grueso cristal azul del jarrón, no tiemblen. Tengo que irme. Tengo que huir. Rebusca en los bolsillos de su chaqueta, de los pantalones tirados en el suelo, coge de la cartera todo el dinero que encuentra. Luego las joyas, los regalos y minuciosa, cuidando de no dejar nada suyo, hace la maleta. Con la rapidez del que pierde el tren hacia un soñado viaje, limpia el baño, lava las sábanas y vuelve a hacer la cama. Después, como si fuera un trabajo de orfebrería, pasa minuciosamente un paño por todos los muebles que había tocado, revisa los estantes, los cajones... Nunca nadie podría decir que estuvo allí. Cerró la puerta y salió de la silenciosa casa.

Agarrada a los fríos barrotes comienza a gritar golpeando la frente contra ellos. Ya serena, levanta la vista y observa el camino de tierra, los cipreses, y allá, al final, el cortijo, que ahora no le parece el mismo edificio pintado de resplandeciente blanco que admirara la tarde que llegó, ahora lo ve siniestro, lóbrego, umbrío. Suspira profundo, y dándose la vuelta, vuelve a subir al coche.

Conduce limpiándose las lágrimas con la mano. Olvidando el dolor de los golpes, comienza a reírse y sus risas se van mezclando con las lágrimas hasta que las carcajadas retumban como truenos en el techo del vehículo. Baja la ventanilla y grita al viento que no hacía falta que él hiciera nada. Solo tenía que decirle que de fuera.

© Malena Teigeiro

La exasperante cotidianidad

Liliana Delucchi

—Volveremos antes de haber salido —dice Esteban desde la puerta. Lleva un niño de cada mano y está exultante ante la proximidad de la jornada de caza. Mirándolos con displicencia, Raquel piensa que son tan feos como su padre. Patizambos, con los dientes torcidos y ese pelo que parecen cepillos viejos. Como si me importara. Ojalá no volvieran. Su marido pide un beso de despedida, ella tose y dice que no quiere contagiarlos.

—Tómate el jarabe que le receté a Florián la semana pasada, está sobre la repisa de la cocina.

La mujer no contesta, agita la mano y se va camino de su dormitorio. Tiene todo el día para leer, dar un paseo e intentar una conversación con alguna vecina. Hablar, pero ¿De qué? Los discursos de la gente del pueblo la aburren, siempre alrededor de los niños, los huertos y los animales.

Él le había dicho que buscara una actividad, un curso de enfermería, por ejemplo, ya que el invierno estaba siendo duro y los niños vuelven con catarros un día sí y el otro también.

—Aunque tienes la suerte de que haya un médico en casa, me vendría bien cierta ayuda. —Repetía con suficiencia.

¿Estaba loco? No, es que nunca se había detenido en pensar en las necesidades de su esposa. Ella odia los mocos, las varicelas y las fiebres. Le contestó que lo hiciera la criada, que para eso le pagaban.

—Es que si se diploma como enfermera, buscará un trabajo como tal y la perderemos. Y ¿hay algo más desagradable que instruir al personal doméstico?

Ella bajó la vista hacia su labor y no le contestó.

Ya en el vestidor, busca algo que ponerse, el traje nuevo que compró ayer en la ciudad. Toca la tela, tan suave como su piel, se la pasa por la mejilla y observa su imagen en el espejo. Necesito un cambio de peinado. En realidad, lo que necesito es un cambio de vida. Pone los frascos de perfume en fila, los olfatea y elige uno. Huele a jazmines, ese olor de la casa de su madre. Entonces, recuerda lo que le dijo cuando se resistía a casarse con Esteban: «Es un buen hombre, y los hombres buenos no son como los autobuses, no pasa uno cada veinte minutos.» Y ella aceptó la boda.

En la calle la gente endomingada pasea con aire de satisfacción. Raquel camina despacio, dándoles tiempo a que la observen, a que la admiren. ¡Son tan vulgares! Se detiene unos instantes a hablar con la mujer del boticario y regresa a su casa, a salvo de la mediocridad. Se sienta ante la chimenea, aun con el abrigo puesto y con las manos enguantadas sobre el regazo. La mirada se pierde en el fuego, recordando aquel breve romance que endulzó su vida por un tiempo.

Temeraria, no tuvo necesidad de vencer obstáculos morales. Se merecía una historia de amor, el destino estaba en deuda con ella al haberla condenado a esa aburrida cotidianeidad. Lo suyo no era adulterio.

Recibió la carta de despedida de su amante poco antes de la cena. También era domingo y al igual que hoy, su marido e hijos habían salido de caza y cuando regresaron y la instaron a que cenara con ellos, se sentó a la mesa. Le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.

Llaman a la puerta. Es Teobaldo, el librero, que le trae el ejemplar que había encargado. Con la sonrisa que oculta un bostezo de hastío, lo hace pasar. Al cruzarse con ella, su olor a hombre y a tabaco la excitan. Cierra la puerta sin dejar de contemplarle la espalda. No está mal, piensa, es joven, lee, y como ha viajado quizás pueda ser un amante entretenido y, sin más, lo invita a tomar el té.

© Liliana Delucchi

A discusión diaria

Marieta Alonso

No soporto a mi madre, no soporto a mi suegra, no soporto al bobalicón de mi marido. ¡Y todos vivimos juntos en la misma casa! Somos hijos únicos por ambas partes, y a las dos madres se les ocurrió quedarse viudas a la vez.

Si le digo a mi marido: Ayúdame a recoger la mesa, mi suegra se levanta como un rayo sentenciando: Quédate sentado hijo, ya lo hago yo. A mi madre ni se le ocurre manifestar lo mismo a su hija, que soy yo, ella sigue con su labor de punto. ¿Y qué puedo esperar de mi Carlos, si besa a su madre enormemente agradecido y se pasa los fines de semana frente al televisor viendo el fútbol? Juro que ese deporte le tiene atrofiado el cerebro. Ni siquiera es forofo de un club, a él lo que le entusiasma es que el balón traspase la portería.

A veces pienso que no tuve buen ojo al elegirle, claro que lo que tenía en la aldea era para echarles de comer aparte. Mi madre siempre ha sido una mujer callada y dicen que lo único que se le escuchó comentar cuando nací fue: Es tan bonita que nos traerá problemas.

Hoy las dos han comido antes, decidieron ir a ver juntas una película en la sesión de tarde. Aprovecho que estamos los dos solos ante la mesa para hablar seriamente con mi marido.

 —Estoy harta de trabajar. No me siento querida —le confío con voz entrecortada.

Me pone esa cara de buena persona que me altera hasta el infinito.

—¿Qué te pasa? —replicó levantando las cejas, confundido, algo molesto.

Por la ventana se escuchaba la voz de un hombre anuncio, vociferando, mientras le aclaraba:

—Me pasa que tu madre lo vuelve todo oscuro.

Y al levantar el vaso un destello de luz creó un reflejo en el cristal.

—Y ¿qué me dices de la tuya?

No sé qué cara le pondría pero la voz me salió bastante suave para lo que estaba sintiendo.

—Querido, reconoce que vivimos en la casa de mi madre y la tuya ha declarado que no piensa dejarnos ningún recuerdo.

Se aleja la voz del hombre anuncio dejando un silencio agotador.

Haciendo gala de una gran lucidez, Carlos comentó con voz pausada:

—Querida, ¿merece la pena ésta conversación? Creo que mientras nuestras madres continúen respirando, discutiremos.

Le dio un beso para calmarla, cosa que no consiguió porque a ella, le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.

© Marieta Alonso

Publicado en: Literatura

Balenciaga

15 mayo, 2017 por Akelarre Deja un comentario

Traje rojo largo de Balenciaga con lazo atrás

El traje rojo de Balenciaga

Cristóbal Balenciaga nació en Guetaria, quinto hijo de un pescador y una costurera de la que aprendió el oficio. Pese a sus humildes orígenes a los 22 años ya era el diseñador de la aristocracia española y vestía a la realeza.

Este año hace un siglo que Cristóbal Balenciaga inauguraba una pequeña tienda en la calle Vergara en San Sebastián. En 1937 desembarcó en París estableciéndose en la Avenida Georges V y marcó un nuevo rumbo en la moda. Las dos efemérides han servido de “excusa” para inaugurar en París en el Museo Bourdelle una exposición en la que se reúnen, diseños, croquis, maquetas, trajes, sombreros y tejidos.

Coco Chanel decía que era “El único auténtico couturier, capaz de diseñar, cortar, montar y coser un vestido de principio a fin.” Christian Dior afirmó que “La alta costura es como una orquesta cuyo director es Balenciaga: los modistos somos los músicos que seguimos las indicaciones que él nos da”. Se ha dicho que era “el arquitecto de la moda” creador de un fenómeno cultural.

Venganza

Cristina Vázquez

Mister Townsend

Malena Teigeiro

Baile nocturno

Liliana Delucchi

La modista

Marieta Alonso

Venganza

Cristina Vázquez

Aunque sabía que no volvería a verla en su silla, sentada de espaldas a la ventana, al volver del hospital a casa de mi madre, tuve la certeza descarnada de su presencia. Me preparé algo de beber para quitarme el sabor amargo en la boca, la mano me temblaba y una estrechez en la garganta me impidió tragar.

Se acabó. Ya está. Todo esto va a desaparecer y cuánto antes mejor. En ese momento, mientras me lo repetía, esperando a que llegase mi hermana para empezar a recoger la casa, me eché a llorar con un antiguo desconsuelo.

Empecé a recorrer el dormitorio que fue de mis padres, mamá dormía en otro más pequeño desde que murió papá, y abrí los armarios del vestidor. Los trajes cubiertos con fundas, bolsitas de lavanda, plásticos protectores, toda una vida resumida en vestidos, chaquetas, jerseys que no usaba, y en medio de este recorrido moroso, melancólico, apareció el traje rojo.

¿Cuánto hacía, treinta, veintitantos años? Iba a ser el baile de mi consagración, decía mi madre ilusionada, insistente, mientras yo pensaba en lo ridículo de ese empeño adolescente que no le correspondía. En esa época odiaba las fiestas, esa estupidez social a la que me obligaban mis padres, y lo aborrecía doblemente porque tenía la convicción de que pretendía vivir a través de mí lo que ella no pudo.

Además, el temor a que esos tan elegantes con los que me codeaba entonces, se dieran cuenta de que era una impostora entre ellos, que yo no tenía apellidos ni familia a la que referirme, y menos mi madre, me volvían suspicaz y defensiva. La fortuna de mi padre y mi belleza facilitaban mucho las cosas, aunque las preguntas intencionadas o inocentes, referidas a personas y lugares para mí desconocidos, y aún más para mi familia, me colocaban en situaciones incómodas en las que sólo una oportuna risotada me permitía disimular. Me van a descubrir, me van a descubrir, era mi angustioso y estúpido pensamiento adolescente.

— Podías esforzarte un poco, hija —me suplicaba recelosa— ¡Con lo que le ha costado a tu padre llegar hasta aquí!

Y señalaba un punto indefinido que abarcaba todo el cuarto, la casa, los salones, la plata, la vida.

—Yo no he pedido estar en ningún sitio —e imitando su gesto señalaba el mismo punto indefinido.

Su cara de desolada preocupación, se me viene ahora con tristeza. ¡Qué inútil manera de herir!

Tras largas discusiones por el baile dichoso, intervino mi padre: no quería ni una palabra más, iba a ir a ese baile y punto.

— Basta ya de tonterías —remató indignado.

Mi madre encargó el traje a Balenciaga, modisto al que empezó a frecuentar. Recuerdo las pruebas en un riguroso silencio, impecables las oficialas con una bata blanca y yo veía armarse ese maravilloso traje sobre mi cuerpo y aunque iba como cordero degollado, la perfección de lo que iba surgiendo, el hechizo del tejido que se transformaba, el ruido del forro al ponérmelo, el roce de la tela en mis hombros, me iba despertando una voluptuosidad sorprendida. Un día, esperando en el probador a que me trajeran el vestido, oí decir a unas señoras que no sabían de mi presencia, qué se creía la parvenue esa, gruñó una de ellas, de la que nunca olvidé su nombre ni su cara, y soltó el nombre de mi madre como si le quemara en la boca. Aunque tuviera mucho dinero cómo osaba vestirse en Balenciaga, y bajando la voz dijo.

—Nadie sabe de dónde ha salido.

Creí que me iba a derretir de vergüenza.

Y en medio de estos recuerdos, levanté el plástico que lo envolvía. El lazo de la espalda seguía firme como una llamarada de juventud y los pliegues de la cola me recordaron unos ríos de lava inocente. Al acariciar la tela, reviví como si fuese el mismo día del baile, la tensión que se mascaba en casa. Mi madre, un revuelo de nerviosismo y emoción, trotaba a mi alrededor con pasitos cortos, enfebrecidos, y contemplaba con lágrimas contenidas cómo me iba transformando. ¡Qué preciosa estás! Al llegar el momento de salir, con fingida aceptación, tropecé inocentemente con un jarrón previamente colocado en un lugar estratégico y me lo tiré sobre el traje. La cara de desolación de mi madre era una máscara rígida y yo di un grito desesperado, afirmando que no podría ir al baile.

Mi padre, que me miraba salir con cara embobada, se acercó y cogiéndome del brazo me acercó a la puerta y dijo con gran suavidad y determinación, que era una pena lo sucedido, pero que iría al baile mojada o seca. Yo intenté soltarme y él agarrándome con más fuerza, avanzó hacia la puerta y subió conmigo al coche que me esperaba.

— Tu madre no se merece esto —y la tristeza de su expresión me conmovió hasta las lágrimas.

— Ahora no toca llorar, aprende a valorar el esfuerzo de los demás —y acarició la tela empapada— mucha gente ha trabajado en esta maravilla. No desprecies lo que la vida te otorga.

Al llegar a la entrada del baile, me despidió con un beso riguroso y breve en la frente, mirándome con seriedad me pidió que dejara en buen lugar el nombre de la familia, me empujó con suave determinación para que bajara y mandó arrancar el coche.

Suena el timbre y aliviada voy a abrir a mi hermana.

© Cristina Vázquez

Mister Townsend

Malena Teigeiro

—Señora, no se pueden tocar los vestidos —los dedos de la celadora le golpeaban el hombro cuando acariciaba el rojo tafetán. Ella, con los ojos brillantes, le sonreía. Echó una mirada al reloj. Qué tarde se le había hecho contemplando aquel maniquí. Se dio la vuelta y salió del museo. Se fue directamente a su hotel, y sentada sobre el borde de la cama, marca el número de Berta. Le dijo que estaba cansada y que para cenar, pediría algo en la habitación.

—¿Estás bien abuela?

—Sí, sí. Tú diviértete y no te preocupes.

Era una joven encantadora, musitó. Después de pedir un sándwich, se acomoda delante de la ventana, e igual que entonces, descorre la brocada tela de las cortinas y contempla los tejados de París.

En la merienda familiar del día de su ochenta cumpleaños, su nieta le dijo que había leído en el periódico que iban a celebrar el centenario de la tienda de la calle Vergara, número 2, y que como homenaje a su trabajo le hacían al señor Balenciaga una exposición en París.

—Estarás contenta —le acariciaba la mejilla—. Si quieres te llevo. Es más, te invito.

—De acuerdo. Te tomo la palabra, pero yo corro con los gastos del hotel. Porque no pienso ir a uno de esos a los que vais vosotros.

Aquella noche abre la gaveta de su cómoda y rebuscando entre sus recuerdos, encuentra el pañuelo con sus iniciales, la rosa, ya seca, que estruja hasta hacerla polvo, luego revuelve entre las fotografías y cartas hasta que sus dedos la reconocen. Seguía allí, tal y como la había recibido, en su antiguo sobre, envuelta entre las dobleces del fino pliego de papel. Con la carta entre los dedos, recuesta la cabeza en el respaldo de su butaca y cierra los ojos.

Lo conoció un atardecer en el que desfilaban para un matrimonio americano, más tarde supo que se llamaban Mr. y Mrs. Townsend. Al separar con la enguantada mano la liviana y transparente cortina, esbelta, hierática, desciende los dos escalones que la separaban del salón. Nada más verla aparecer envuelta en la seda roja, él alza el cuerpo y turbado abre los ojos. Su mujer, lo contempla de reojo y tacha el número de la tarjeta que ella sostenía entre los dedos. ¿Por qué desconfiará de él?, recuerda que caviló entonces.

A la mañana siguiente un botones del Hotel de Londres y de la Inglaterra, llega a la tienda con un sobre. En su interior había un cheque firmado por Mr. Townsend, por el importe del traje de seda rojo y una nota diciendo que a la vuelta de su viaje les avisaría para que se lo enviaran.

No entendía por qué, le había dicho, meses después, la encargada alzando mucho las cejas, pero tenía que desfilar de nuevo con el traje adquirido por un cliente. Sí, el de fiesta, el que estaba guardado en el almacén. Cuando bajaba los escalones, lo volvió a ver. Esta vez, solo. Él, sentado en la liviana silla dorada, con la pierna cruzada, le insinúa que se acerque. Ladeando la cabeza, y sin dejar de mirarla, acaricia la suave tela de la falda. El calor de la cuadrada palma de la mano en la cadera, la hizo palidecer.

Le ordenaron que entregara el vestido en el Hotel de Londres y de la Inglaterra, y aunque no era ése su trabajo, acompañada por un botones que llevaba el primoroso estuche de madera colgado del hombro, llama a la puerta de la suite.

—Pase, y espere un momento.

Después de abrir, el botones deja la caja encima del sofá y se va cerrando la puerta. Acercándose al balcón, ella separa el visillo. Contemplaba el mar, la hermosa playa de La Concha cubierta de niebla cuando reconoce el calor de la mano que se detiene sobre su hombro.

—¿Le apetece una copa? —en su rostro serio, sonreían los ojos grises.

Aquella misma tarde se marcharon juntos a París. Pasean por parques y bulevares, almuerzan en coquetas brasseries, y cenan casi todas las noches en Maxim´s, y con el traje de seda rojo, lo acompaña a la ópera para ver Madame Butterfly. La anciana entreabre los ojos y después de un profundo suspiro, se pasa la mano por la frente, como intentando retener un sueño. Siempre supo que aquellos habían sido los días más felices de su vida.

Volvió sola a San Sebastián y tal y como le había prometido, recibe su pasaje. Y días después, inquieta, anhelante, enamorada, en un lujoso buque atraviesa el mar hasta llegar a Nueva York, en donde el secretario de Mr. Townsend la instala en un apartamento cerca de la empresa en donde él trabajaba. Así se facilitan mis visitas, le había dicho cuando la abrazaba por la noche. Hasta que, una mañana, apenas sin equipaje, ella desembarca de nuevo en San Sebastián, con su preciosa hija en brazos y el recuerdo de un juicio interminable. Apenas unos días después de su llegada, vuelve a trabajar en la tienda, pero esta vez como encargada.

Años más tarde, recibió una carta. Al mirar el remite de aquel sobre amarillo, grande, de basto papel, reconoce el nombre del entonces joven secretario, el que la había ido a ver con un billete y los datos de la cuenta en donde le ingresarían el dinero, el que le ordena, de parte de Mr. Townsend, que no vuelva a verlo y que regresara con la niña a España. Cumpliendo su deseo se embarca apenas sin equipaje, incluso deja el vestido rojo en el armario y con la angustia en el pecho, apoyada en la baranda, vio alejarse la ciudad entre la niebla. ¡Qué sería de él!

Dentro del sobre amarillo había uno más pequeño y un pliego escrito a máquina. En él, le informaba del fallecimiento de Mr. Townsend, de que su hija era la heredera, y de todas las cuestiones legales para afectaban a la niña. Le decía también que al recoger sus efectos personales, había encontrado la carta que le adjuntaba, y como iba dirigida a ella, se la enviaba por si fuera de su interés.

Con un profundo suspiro había rasgado el pequeño sobre blanco con su nombre escrito a máquina y al desenvolver la hoja de papel, reconoció la letra de Mr. Townsend, quizá nerviosa. Le decía cuánto la amaba y que estaba preparando todo para poder vivir, por fin, juntos. Se irían a un país lejano en donde serían felices sin que nadie supiera quienes eran. Seguía hablándole del orgullo que sentía cada vez que la tenía entre sus brazos… La fecha, era de unas semanas antes de que lo hubieran venido a buscar. ¿Por qué nunca se la había entregado? Recordó de pronto aquel impetuoso viaje que hizo de la noche a la mañana. La terrible tragedia. Después de leerla una y otra vez, ya casi estaba sin luz cuando la dobla y la vuelve a guardar. Luego observa la fotografía que acompaña al escrito. Estaban, muy juntos, sentados en uno de aquellos bancos de tablitas de maderas de la barca que los llevaba por el río Hudson. Se les veía sonrientes, él con el pelo levantado, revuelto, y ella cubierta con un pañuelo de colores sin que se le notara el embarazo.

Nada le hacía presagiar el día que se hicieron aquella foto lo que más tarde sucedería. Se incorpora. ¿Nada? ¿Por qué no quiso ver que estaba inquieto, a veces excitado, a veces excesivamente fogoso? Secándose las lágrimas con la yema de los dedos, se vuelve a recostar.

Estaban cenando cuando llamaron a la puerta de su apartamento. Él se levantó de la mesa y después de darle un beso, con los ojos brillantes, le ruega que no se preocupe, que todo se arreglaría. Y se fue sin protestar con aquellos dos señores que lo llevaron detenido. Parecía haberlos estado esperando. Ella asistió al juicio día tras día, tratando de encontrar su mirada para darle ánimo, pero su luz, aquella luz feliz que la había enamorado, iba hundiéndose día a día, hasta borrarse del todo la mañana que el presidente del jurado pronunció la palabra: «Culpable». En ese instante él, perdido, se vuelve a mirarla y quizá buscando su tranquilidad, intenta una sonrisa.

Nunca pudo olvidar la triste mirada de aquellos ojos dulces, llenos de amor, que todavía la despertaban por las noches. Dobla el papel y suspira profundo. Sí al menos hubiera podido besarlo, abrazarlo durante aquellos años.

De nuevo escucha su voz, quizá más grave, en la sala de visitas, la única vez que le permitió visitarlo: Solo así podía irme contigo. Fue entonces, solo entonces, cuando ella se convenció de que él había sido el asesino de Mrs. Townsend.

© Malena Teigeiro

Baile nocturno

Liliana Delucchi

—No, no y no —dijo doña Adelaida, con su atemperado avinagramiento, característico de ciertas ocasiones en que se le objetaba alguna opinión. El rojo no le parecía bien para una joven de la edad de su nieta, y menos para una presentación en sociedad. Ese color, y subrayó el término, no era propio de un miembro de su familia, ni moral ni políticamente.

Repantigada sobre el sofá situado frente al espejo de la habitación de su hija, la anciana esperaba sin inquietud una respuesta a su negativa, pues su paciencia era tan grande como la seguridad en sí misma. El notable incremento de carnes que la arrollara en la edad madura la había convertido, de una mujer fuerte y activa, en algo vasto como un fenómeno natural, y aceptaba esta circunstancia tan filosóficamente como todas las restantes pruebas de la vida, incluida la mala relación con su heredera. Sin embargo, estaba feliz con que su nieta fuera presentada, ya que abría paso a un compromiso organizado desde hacía tiempo por la familia.

Si se había tenido en cuenta su opinión para elegir al futuro consorte y sus argucias para convencer a su nieta, no era éste el momento en que se dejaran de lado sus consideraciones sobre moda.

Esther no miraba a su abuela, sus ojos se perdían en las imágenes que se repetían en los espejos, cuidadosamente colocados uno frente al otro, para que se pudiera apreciar la parte delantera y trasera del vestido que llevaba puesto.

Tímida por naturaleza y bastante desgarbada, la joven era lo opuesto a la mole de carne que no se cansaba de susurrarle “camina derecha”, “no escondas los pechos” y ahora, que había conseguido que su madre accediera a que se probara el traje soñado, doña Adelaida les hacía una visita para trastocarlo todo.

Lo vio por primera vez cuando fue con su tía a un desfile de Balenciaga, quedó extasiada ante esa modelo tan alta y que tan bien llevaba la ropa. Los pliegues que caían a partir de la cintura y que daban la sensación de una cascada de seda, le hizo desear que pronto desapareciera el resto de su acné y retraimiento. Estaban en primera fila. Privilegios de ser una clienta VIP, susurró la hermana de su madre, y al otro lado de la pasarela encontró un par de ojos negros que la miraban con descaro. Su nombre era Mauricio Vargas, pariente de una conocida de alguien. Esa noche soñó con él, y las siguientes, mientras se imaginaba en sus brazos arrastrando la cola escarlata.

—Siento decirlo, querida, pero la abuela tiene razón. Puedes quedarte con el vestido, pero no te lo vas a poner para la presentación. Ya encontraremos algo más apropiado.

La modista, mientras le alcanza a Esther un pañuelo para que se seque las lágrimas, la ayuda a desvestirse y le presenta otro traje en un tono rosa. Todas están de acuerdo en que es el adecuado. Todas menos ella.

La anciana murmura algo relacionado con la palidez de su nieta y el color del traje y, una vez apurada su copa de licor, pide ayuda para ponerse de pie y marcharse.

La ceremonia y fiesta posterior a la presentación en sociedad fue todo un éxito, eso dijeron los invitados, incluido el futuro prometido, tan tímido y desgarbado como la desangelada novia. Un éxito para todos menos para Esther, que cuando regresó a su habitación, se quitó el atuendo y se puso el vestido rojo. Bailó con Mauricio Vargas hasta el amanecer en la soledad de su cuarto. Su imagen, repetida en los espejos, le devolvía a una joven feliz, sonriendo a un hombre de ojos oscuros muy diferente al que la familia le eligiera.

© Liliana Delucchi

La modista

Marieta Alonso

La mañana en que Carmen se bajó de aquel tembloroso tranvía, se dio de bruces con un buen chaparrón: «Estoy en San Sebastián» y sintió un temblor en las rodillas. Era la primera vez que a sus catorce años viajaba tan lejos del caserío. En el pecho guardaba una carta de recomendación con la dirección de una casa. Su madre, Miren, llevaba años trabajando de cocinera durante el verano para una marquesa, que un día se fijó en la cofia y el delantal que usaba y preguntó de dónde los había sacado. Me los ha hecho mi hija, fue la respuesta. ¿Me permite? Solicitó la marquesa alargando el brazo.

Sin saber si aquello era bueno o malo se despojó despacio de las dos prendas que fueron examinadas con gran detenimiento. ¡Vaya, vaya! ¿Quién ha enseñado a su hija? Nadie, señora, le sale de muy dentro coser así. Paño que cae en sus manos se convierte en algo útil.

—Qué venga a verme— ordenó la marquesa.

«Camina, hija, hacia tu futuro» le había dicho su madre cuando le entregó una faltriquera con los pocos ahorros familiares.

Subió despacio los escalones y tocó a la puerta. Una joven preciosa, con cuerpo escultural, le franqueó la entrada. Con voz inaudible dijo que quería ver al señor Cristóbal. ¿Para qué? No sé. Traigo una carta de la marquesa y ahuecando el escote del vestido la sacó y se la entregó. Con ella en la mano, pidió que la siguiera a una sala y la instó a que se sentara y esperase.

Ante ella, una muñeca de su tamaño la miraba fijamente. Regresó la joven y comenzó a vestir aquella figura que tenía unas ruedas o tornillos, no alcazaba a ver bien, que estaban medio hundidos en los laterales. Al verla con ojos de asombro, la joven la miró de reojo: «Esto es un maniquí, que sirve para hacer vestidos con la talla exacta de las clientas. Si engordan o adelgazan, aunque solo sea cincuenta gramos, pues con darle una vuelta de tuerca, ya está».

Carmen apretó el hatillo sobre sus muslos. Intentó decir algo pero había perdido el habla.

La joven trasteaba entre unas telas a las que llamó retor. ¿Sabes qué es? Con la cabeza asintió. «Es un buen algodón, mi madre la llama lienzo moreno o glasilla», se la oyó balbucear sin que su voluntad hubiese querido hablar.

—¡Vaya, sabes de tejidos!

Y declamó como si fuera una actriz, que dicha tela se usaba para la confección de enaguas, para los trajes regionales, para tapizar las partes que no están a la vista en los sofás, para forrar cortinas…

—También como trapo de limpieza— esa era Carmen interrumpiendo.

—Pues sí…— y la joven se dignó a mirarla de arriba abajo. El silencio se volvía engorroso.

—¿Eres la nueva chica de la limpieza?

—No sé… Me dijeron que viniese.

—Pues, estás en un taller de costura. En francés es «atelier».

—¡Ah!

En ese momento entró un hombre con su carta en la mano. La miró con minuciosidad.

—¿Qué sabes hacer?

—Nada.

Con esa simple respuesta sintió que él la miraba con sorpresa y simpatía.

—Tengo entendido que sabes coser.

—Eso sí.

—A ver, aquí tienes un maniquí, esta tela y este diseño. Enséñame lo que haces.

—Yo nunca he cosido sobre una muñeca, yo a la Bernarda le coloco la tela encima y con el metro al cuello, dando un poquito de aquí y otro de allá, voy cortando.

El hombre hizo un gesto a la joven para que se quedara estática ante Carmen y pudiera trabajar sobre ella.

Con la tijera en mano, los alfileres en la boca, aguja, y hebra engarzadas, se sintió en su ambiente, se olvidó de todo y demostró su saber. Con los años aprendió a enriquecer con bordados a mano, lentejuelas y pedrerías, los vestidos que debía confeccionar. Viajó a Madrid, Barcelona, París. Conoció una larga lista de mujeres de la alta sociedad y de la nobleza, siempre a la sombra de aquél, que en una mañana lluviosa, se quedó con la boca abierta al verla trabajar.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Primera Guerra Mundial

15 abril, 2017 por Akelarre 12 comentarios

Primera Guerra Mundial

Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial fue un acontecimiento bélico internacional que, iniciado en Europa en agosto de 1914, no sólo llegó a convertirse en una “guerra total”, sino que trascendió al ámbito mundial cuando intervinieron en ese conflicto naciones situadas en otros continentes. Por primera vez en la historia de la humanidad, una lucha armada incluía países muy alejados geográficamente. Además, su evolución y desenlace dejaron una secuela de cambios trascendentales que afectaron al mundo entero.

Sin embargo, hasta antes de 1945 este fenómeno histórico fue conocido como la “Gran Guerra”, y no sería hasta después de ocurrida la Segunda Guerra Mundial cuando se hizo necesaria la distinción entre ambos conflictos. Por su magnitud y consecuencias, la Primera Guerra Mundial constituye una profunda brecha que separa el siglo XX de todo lo que le precedió.

Confusión

Cristina Vázquez

El caballo

Malena Teigeiro

Olor a cocina

Liliana Delucchi

Tiempos difíciles

Marieta Alonso

Confusión

Cristina Vázquez

¿Cuándo acabaría? Cada noche Guillermina se lo preguntaba al acostarse, rota de cansancio. Todo el día trabajando en el campo, atendiendo el corral y las vacas. No las vacas ya no, las habían requisado. Pero en el recuento de sus tareas, siempre se olvidaba que ya no tenía esos animales cálidos y mansos. Su marido había traído la ternera castaña justo antes de marcharse. ¿Cuántos años ya? Perdía la cuenta, pues salvo dos veces que vino de permiso y alguna carta, ya no sabía dónde estaba.

Algunas tardes, cuando el tiempo era bueno, se reunían las mujeres a hacer labor en una casa. ¡Tanta mujer sola! Terminaban por mentirse entre ellas. Guillermina lo sabía, pero necesitaban llenar con cuentos el vacío en el que las habían dejado. A veces faltaba una o llegaba con la carta que le había leído el señor cura, estrujada y húmeda entre sus manos. Y todas se miraban con una mezcla de desolación y alivio. ¡Esta vez no ha sido el mío!

Una tarde se escapó al pueblo de al lado con una amiga. No podían más de lutos y trabajo; siempre vigilada por la mirada acuosa y cada vez más desconcertada de su suegra, que entre suspiros y oraciones iba perdiendo la cabeza. Al llegar oyeron voces y cierta animación, aunque hubiera barricadas y casas medio derruidas. Se dieron cuenta de que las voces salían de la fonda y antes de entrar a tomar algo, espiaron por la ventana y vieron a unos oficiales prusianos. Se echaron instintivamente hacia atrás, y cuando se iban salió uno de ellos y, con aire de mando, les invitó a pasar. Atemorizadas, entraron. Todos los oficiales se levantaron y dando un taconazo, las ofrecieron sentarse. Su amiga y ella estaban asustadas y sorprendidas de que no tuvieran cuernos, ni echaran espumarajos por la boca, como les juraron que hacían los enemigos. Temblaban, hasta que les dieron un té con un poco de ron que le sirvió un joven alto, rubio y nervioso que en francés les susurró.

—Estén tranquilas, señoritas, es un honor tenerlas aquí. Están a salvo.

El joven se apartó, pero no le quitaba la mirada a Guillermina, que empezó a notar por efecto del té con ron y la dulzura de los ojos que la recorrían sonrientes, amistosos y llenos de un deseo tranquilo, una alegría que no recordaba desde tanto tiempo atrás. ¿O no la había sentido nunca?

Al volver a su pueblo, se sentían confusas y culpables. Se lo habían pasado muy bien, comieron hasta reventar, pasteles, queso, y los hombres fueron amables y las acompañaron a la carretera. Cuando ya estaban lejos de su mirada empezaron a correr, jurándose mantener en secreto su escapada.

A la noche siguiente, al hacer rota de cansancio, el recuento de las tareas y se repetía la pregunta de cuándo acabaría, oyó un ruido leve en la contraventana. La abrió con temor y se encontró al soldado prusiano, rubio, sonriente y ridículo con su casco de penacho. No supo qué hacer. Él le suplicó que le abriera. La suegra dormía en el cuarto de arriba, se oían sus ronquidos y jadeos y Guillermina, sintiendo que su pulso emprendía un ritmo irregular y se congelaba con solo el camisón, le atrajo hacia dentro y le hizo sentarse.

—Quería verla otra vez. Mi corazón ha caído prisionero de usted —dijo el prusiano en un francés delicado, con un ligero acento que a ella la mareaba.

Nunca su Pierre le había dicho nada ni parecido, con ese tono y suavidad envolvente, ni tampoco la había mirado con esa fijeza, y los dedos largos, delicados… A lo mejor era poeta.

Él le cogió ambas manos. ¡Pobres manos!, afirmó mientras se las llenaba de besos. En ese momento se oyó un estrépito por la escalera y apareció la suegra, aturdida y desgreñada. Los dos se quedaron petrificados y el oficial iba a echar mano del sable, cuando la anciana se le acerca y cogiéndole la cara entre las manos, empieza a besarle.

—Pierre, mi niño, por fin has vuelto.

Y dirigiéndose a Guillermina la urge a que le de de comer y prepare la cama.

—Ya se ha acabado todo, —exclamaba la anciana, mirándole con amorosa atención. ¡Qué cambiado estaba! ¡La guerra hacía unas cosas!, pero era su hijo y volvía a besarle. —Hasta más rubio ha vuelto. ¿No crees?

Y miraba a la otra que se afanaba en cortar un poco de salchichón, y así pasaron un tiempo hasta que se fueron a la cama. A la mañana siguiente la pobre mujer no se consolaba, al pensar que su hijo se había vuelto a ir, sin despedirse y desde ese día con la hogaza de pan entre las manos, se lanzaba a recorrer los alrededores y siempre que veía un soldado con penacho, le daba una rebanada por si acaso era Pierre. Estaba tan guapo con ese casco.

—Porque era casco lo que llevaba ¿verdad?

© Cristina Vázquez

El caballo

Malena Teigeiro

La guerra se había llevado a los hombres, los de ella y los de todas las mujeres de la aldea. Muchas, asustadas, se marcharon a la ciudad en busca de sus lejanas familias. Las pocas que eligieron quedarse, conocían que vivía sola, bueno, sola, no. Se quedó a la guarda de los nietos, de esos niños que poco a poco iban creciendo, alguno prometía ser un buen mozo.

La primera vez que la había visto, fue una mañana durante su odioso paseo a caballo en busca de los huidos que intentaban volver a sus casas. Ella cultivaba la tierra cuando apareció de espaldas al sol. Se incorporó y temerosa, con la mano a modo de visera, fijó sus ojos en la cabeza chata del bruto. Le dijo que era un Warmblood. ¡Cómo si a ella le importara a la raza! Él no sabía que solo buscaba la compasión de su mirada. ¡Era tan hermoso el animal!

Acababa de sacar la crujiente hogaza del horno cuando lo vio. El sol le arrancaba rayos al casco, al peto de acero, pulido como la plata, que lucía sobre la casaca. Se creía un dios. Sin ninguna consideración cabalgaba sobre su descuidado huerto sin importarle lo que arrasaba con las pezuñas de su bestia, sin importarle destrozar las pocas verduras que le iban a servir de alimento. Suspiró. La mujer se pasó la mano sobre las sienes y se sujetó los cabellos sueltos. Hipócrita, dibuja alrededor de los acerados ojos una sonrisa y con la hogaza bajo el brazo, como casi todas las mañanas, fue a su encuentro.

¡Qué poca suerte tuvo el día en que se fijó en ella ese hombre viejo! Si le quitaba el casco, no quedaba nada de su prestancia, rumia la mujer andando con cuidado, sonriente, entre los surcos de su tierra. ¡Mi hombre sí que es buen mozo! Al cerrar los ojos lo veía andando por el camino de tierra diciendo adiós con la mano. ¿Por dónde estaría ahora? ¿Viviría?

Mal rayo le partiera la vida, la de él y la de todos los que arrasaban sus tierras, decía su dura mirada mientras que, con el pan bajo el brazo, se acercaba complaciente. Corta una rebanada, y procurando no aproximarse mucho, se la entrega.

Aquel primer día le agarró la mano y la arrastró hasta subirla a la grupa. ¡Mala bestia! No le importó usar el caballo de litera para deshonrar su pecho, para toquetear su vientre, sus muslos. Y ella, muda, sin rebelarse, aguantaba el asedio, hasta que, sin enfadarlo, consiguió arrojarse al suelo. Él se llevó la mano a la visera del casco. Hasta mañana, le dijo despidiéndose seco, con voz metálica. Pasaría por allí todas las mañanas que pudiera. Y añadió, que siempre le tuviera preparado un poco de ese pan que perfumaba los campos. Ella, coqueta, ladeó la cabeza sonriente, con los dedos a la espalda cruzados en una maldición. ¡Ojalá te rajen el vientre y la sangre tiña tus desalmadas vergüenzas!

Y así siguieron hasta que un día descabalgó la bestia, y sobre sus verduras, las que luego, con las lágrimas contenidas, cortaba para que no se perdieran, la viola. Aunque lo cierto era que ella había consentido, y hasta intentó contentarlo. Cualquier cosa antes de que se acercara a la casa en donde escondía a sus dos hijos.

¡Maldita guerra!

© Malena Teigeiro

Olor a cocina

Liliana Delucchi

Esto es una serpiente de barro y miseria. Aquí estamos, querida madre, todos aquellos que vinimos a luchar por la patria. Me dijiste que no estaba preparado. Tu insistencia a que esperara a que me llamaran a filas, no fue escuchada por este hijo, que pensaba que en poco tiempo seríamos capaces de vencer a los alemanes, y me presenté voluntario. Y aquí estoy, entre miembros rotos, gritos y ruidos de artillería que llegan del otro lado. Hoy hice un nuevo amigo, es un británico llamado William, que ya vivió el infierno de El Somme. Habla muy bien francés y me enseña algo de su idioma, que pienso me servirá cuando todo esto termine. Él consigue té y yo me las arreglo para obtener un poco de leche. Me cuenta cómo era su vida en Inglaterra y yo le describo nuestras praderas.

Ayer llegaron provisiones, me lancé sobre un trozo de pan que me hizo recordar el olor de tu cocina, nuestros desayunos con mantequilla antes de que el averno se extendiera por Europa.

Creo que me van a destinar como ayuda del Capitán Médico, al menos estaré más a cubierto que aquí, en la trinchera, aunque los cuartuchos donde se cura a los enfermos, cuando se los cura, son una pestilente mezcla de sangre y sudor. Los medicamentos no alcanzan y los hombres parecen lobos por sus aullidos de dolor. Cuando la desazón nos apresa, repetimos las palabras de nuestro comandante, mi tocayo, Robert Nivelle: “No pasarán” y para darnos ánimos cantamos La Marsellesa. Por la noche, siempre hay alguien que silba alguna canción que escuchó en los bares de París y todos la tarareamos. París… ¡Qué lejos me parece!

No sufras por mí, madre, esto acabará y volveré a casa. Prometo encargarme de tu huerto y ayudar a padre en la carpintería. ¿Cómo están mis hermanos? Me escribió Marie, para contarme que su prometido fue reclutado y que han tenido que postergar la boda. Pero no supe nada más. ¿Sabes dónde fue destinado? Me gustaría tener a alguien de la familia cerca… Aunque Jacques no sea todavía mi cuñado, sé que ama a su novia y que me darán hermosos sobrinos.

Bueno, madre, tengo que dejarte porque me llaman. Acabó mi momento de descanso. A combatir.

Tu hijo que te quiere,

Robert

Verdún, 12 de marzo de 1916.

Los dobleces del papel han arrugado la carta que Stephanie guarda en el bolsillo de su delantal. La lleva desde que la recibió. Fue la última. La siguiente comunicación le llegó del ministerio de la Guerra en la que le anunciaban la muerte de su hijo. Jacques regresó, aunque con una pierna menos.

Los cascos de un caballo la sacan de sus pensamientos, mira por la ventana y ve a un soldado al paso entre sus coles. Es de los nuestros, piensa, y se dirige a la cocina en busca de un pan recién horneado. Le extiende un trozo al hombre que se lo agradece, lo huele y antes de comerlo le dice: “Me recuerda el olor a cocina de mi madre”.

© Liliana Delucchi

Tiempos difíciles

Marieta Alonso

Lo que más le gustaba en su niñez era subir al desván con su abuelo, tomados de la mano, a registrar los baúles llenos de tesoros. Las horas volaban. Un día aparecieron dos sobres amarillentos, enlazados con una cinta descolorida que pudo haber sido negra. El anciano se quedó muy pensativo y cuando le preguntó si estaba triste, le acarició con la mirada perdida. Algo muy gordo tendría que estar leyendo, pues dejando caer el pliego sobre sus rodillas, se echó a llorar. Sin saber qué hacer, el niño le abrazó por la cintura, mientras el anciano comenzaba a contar…

Mi abuelo fue taxista en París y le tocó, a sus muchos años, llevar a su propio hijo y a mí, su nieto, al frente. Y con voz entrecortada continuó que entre el cinco y el doce de septiembre de 1914, se había librado una gran batalla. Mi padre nunca regresó. Yo sí.

Tomó el papel con mano temblorosa. Esta carta es de su puño y letra y escribió que todo saldría bien; que con un poco de suerte pararíamos el avance del ejército alemán; que las noches eran frías, pero que él tenía los pies calientes gracias a los tres pares de calcetines hechos por su mujer. Esperaba que yo estuviera sano y salvo, pues no había vuelto a verme ya que nos habían enviado a diferentes compañías.

La otra carta es del ministerio de la Guerra notificando su muerte y el valor demostrado.

—Abuelo ¿No fue mi padre el que murió en la guerra? -preguntó el niño mientras recostaba la cabeza en su hombro.

El anciano miró al vacío evocando, esta vez, a su hijo.

—Eso fue en la II Guerra, pequeño. En la segunda.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La Playa de Almería

15 marzo, 2017 por Akelarre 11 comentarios

Playa de Almería Darío Regoyos y Valdés
La playa de Almería. Óleo sobre lienzo, 90x120, pintado el año 1882.

La Playa de Almería - Darío Regoyos y Valdés

El pintor español Darío de Regoyos y Valdés, nació en Ribadesella, Asturias, el 1 de noviembre de 1857. Se trasladó en su juventud a vivir a Madrid, donde entró en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo alumno del belga Carlos Haes.

Invitado por sus amigos Enrique Fernández Arbós e Isaac Albéniz y siguiendo el consejo de su profesor, visitó Bruselas en 1879, en donde se matriculó en la École Royale des Beaux-Arts. Allí, recibirá clases del que se convierte en su verdadero maestro, el pintor belga Joseph Quinaux.

Compaginó sus viajes por Bélgica y los Países Bajos con sus visitas a España, en donde, en el año 1884, se instaló de nuevo. De estos viajes, se destaca su creciente relación con artistas vascos de formación francesa, como Ignacio Zuloaga, Paco Durrio y Pablo Uranga.

Su pintura evolucionó del naturalismo al pre-simbolismo, y finalmente, ya en su madurez, se mueve en un estilo próximo al impresionismo y al puntillismo, siendo, en cierta manera, más atrevida que Zuloaga y Joaquín Sorolla.

Su dibujo, un tanto primario, casi se puede decir que naif, contrasta con un colorido vivo de gusto internacional, que entonces era mayoritariamente denostado en España. En su pintura lo primordial es la luz y el color, advirtiéndose también un creciente simbolismo, pudiendo entenderse en ocasiones como íntima.

Pío Baroja dijo de él "que la espiritualidad estaba por encima de la técnica, como ocurre con los buenos pintores impresionistas, en contraste con otros paisajistas de su tiempo, que resultaban vulgares y fotográficos". Y Gustavo Cochet que "Regoyos es el poeta sensible y su pintura, exenta de toda literatura, es la expresión pura de la verdadera alma en su íntima y profunda realidad".

Sirena

Cristina Vázquez

El farero

Malena Teigeiro

Amigos

Liliana Delucchi

La ausencia

Marieta Alonso

Sirena

Cristina Vázquez

El rastro de la luna, cada vez más lejano, Magdalena lo seguía atenta porque significaba que la noche se iba desgastando sin que hubiera vuelto Juan. Desde su cabaña veía con la precisión de los ojos y de la memoria cada destello sobre el agua, el del faro, el de la luna y las luces de colores de los barquitos de pesca al volver. Pero esa noche no había ninguna y le dolían los huesos, y el dolor era el aviso de algo y Juan no estaba.

Desde muy pequeña, cuando el mar la echó en la playa como única superviviente de un naufragio, le empezaron a doler los huesos cada vez que iba a suceder algo. La encontraron medio muerta sobre las rocas, con las piernas entumecidas por el dolor. Apiadados, la llevaban a la orilla pues ahí parecía revivir, y poco a poco empezó a caminar y a nadar. Al ir haciéndose mayor, las noches de luna se bañaba en el mar persiguiendo su rastro en el agua y los hombres la llamaban la sirena, unos con desprecio, muchos con deseo y otros por costumbre.

El único que la seguía con su barquita por el camino de luz donde ella se sumergía, solitaria y desnuda, hasta perderse en las profundidades, era Juan. Decían que era bruja y que nadie la vio nunca entrar ni salir del agua. Incluso cuando tardaba en aparecer por el pueblo, murmuraban que esta vez sí se había ahogado y que merecido se lo tenía, pero a los pocos días aparecía reluciente y extraña.

Hablaba poco y con dulzura, pero si algún hombre la ofendía, un cuchillo afilado despuntaba gotas de sangre en cualquier cuello. Les daba miedo esa hermosa mujer y nunca se dejó tocar ni amar por nadie. Desde la primera vez que la conoció, Juan la quiso, y un amor de sabor salado, de frescura de algas le inundaba al verla. Una noche en que él estaba en su barca mar adentro siguiéndola, apareció inesperadamente en la proa y le invitó a tirarse con ella al mar. Fue la primera vez que se amaron en el agua profunda y fría, y lo hicieron otras lunas y muchas más.

Al volver Juan de pescar llamaba a la puerta de su cabaña.

— Ya estoy, sirenita, ya he vuelto.

Unas veces abría y otras le mandaba una señal con su lámpara de petróleo que significaba, márchate.

Y así pasaron los años. Ahora la llamaban la vieja sirena, pues aunque su cuerpo aún fuera espigado y los ojos mantuvieran ese insondable color, su aire reluciente se había apagado. Ya no perseguía el rastro de la luna en el agua.

Esa noche que tanto le dolían los huesos, los barcos no habían vuelto, ni Juan llamado a su puerta. Una angustia que nunca antes había sentido la decidió a coger un farol para buscarlo y si no, dejarse mecer en las olas hasta desaparecer.

Al salir tropezó con un bulto.

— ¿A dónde vas?, ¿no ves que soy yo? —le espetó una voz soñolienta.

— ¿Por qué no has llamado? Creí que mis huesos me hablaban y que algo te había sucedido —le respondió con voz alterada.

Él se levantó con pesadez y pasándole una mano por los hombros le dijo con seriedad.

— No he llamado porque nunca más voy a hacerlo —le sonrió—. Déjate de huesos y vamos para dentro que ya estamos mayores para estos juegos.

Ella le miró con el último reflejo de la luna y de su farol. Y por primera vez supo a qué sabían sus lágrimas. No creí que fueran tan saladas le confesó sorprendida.

— Será por tanto mar que llevas dentro —le susurró él mientras cerraba la puerta.

© Cristina Vázquez

El farero

Malena Teigeiro

Cuando le escuchó que la culpa era de la luna llena, alarmada, le dijo que esa noche no había. Él, inquieto, perturbado, moviéndose de un lado a otro, murmura que si no sabe que la niebla que la cubre trae mala suerte, que hay que bañarse en el agua del mar para huir de sus oscuras sombras. Sin mirarla, se viste exaltado. Confunde los botones al abrocharse la camisa, quedándosele una punta más larga que la otra, pero no le importa. “Tengo que hacerlo.” Le susurra al oído mientras la besa. Quería huir de las malas almas. De la parca. De los lobos que aúllan reclamando a la luna su sombra. Se despidió con un leve movimiento de la mano. Impaciente, cerró la puerta. Ella se llevó los dedos a los labios en el vano intento de retener el beso. Se acercó a la ventana, pequeña, verde, con seis cristales. Lo vio bajar, saltando sobre las rocas cubiertas de algas, que como palmas marchitas lo agarraban. Iba alegre. Iba a bañarse en la playa, a purificarse en el agua del mar teñido por la cola de plata. Al principio corría tras él, pero ahora no. Y dejó de hacerlo porque le asustaba la música que derramaba el mar al batir en la arena. Era turbia, extraña. Al menos ella nunca la había escuchado antes. Cerró la ventana llorando.

Era un hombre simpático. Y buen mozo. Alto, moreno, fatuo; de pelo ondulado largo y brillante que velaba sus ojos negros y acariciadores, a veces de mirar torcido. Nada más conocerlo se enamoró y desde entonces vivían juntos en la casita blanca del faro, justo al borde de las rocas que bajan hasta el mar. Cuando le preguntó por qué no se casaban, le contestó que más valía vivir en pecado que dejar pistas de la felicidad a las malas almas. Y la abrazó sin más.

Pasado el tiempo se sentía yerma, triste, y decidió volver a trabajar, pero su suegra, hierática, insolente, le indicó que no podía hacerlo, que a su hijo no le sentaba bien que lo dejaran solo. Que no se preocupara, que nunca le iba a faltar el dinero. “Nietos, eso es lo único que te pido. Nietos”, repetía con el dedo amenazante. Con la misma mirada torcida, abrió el bolso y le puso en la mano un puñado de billetes.

Y aquella noche, como siempre desde que dejó de seguirlo hasta el mar cuando la niebla velaba la luna, subió hasta la linterna del faro. Asomada al balcón de hierro, anhelante, vigila la playa. Lo vio arrancarse la ropa y caminar desnudo por la arena hacia el agua helada, negra. Lo vio dejarse llevar por la corriente, nadar entre las ondas de blanca cresta. Él cree que cuando la ola del mar bate sobre la arena derramando su espuma, es que quiere perderse en el vientre de las conchas. Y que él, al meterse entre las olas, se enardecerá de pasión y podrá volver a derramar su amor en ella.

Entró en el faro y dejó fija la linterna, para que, al dejar caer su haz de luz sobre sobre el negro mar, le mostrara otra vez el camino de vuelta.

© Malena Teigeiro

Amigos

Liliana Delucchi

Para Marcello

La curiosidad mantuvo despierto a Miguel hasta más allá de las once. Con la casa en silencio, únicamente el ruido de las olas atravesaba los postigos abiertos de esa noche de verano. Se calzó las zapatillas y, evitando los escalones más viejos, descendió hasta la cocina y luego a la playa.

Sus compañeros de juego ya habían partido. Con los libros a cuesta y la eternidad del curso en mente, se despidieron del “niño de las piedras”, como llamaban a Miguel por su obsesión de coleccionar desde cantos rodados a caracolas. Ninguno de ellos fue capaz de penetrar en su secreto, no es que lo escondiera por hacerse el misterioso, le parecía tan simple su afición que le daba vergüenza confesarla. ¡Las recogía para hacer dibujos sobre la arena húmeda cuando la marea bajaba!

“Ya estamos solos”, le dijo a la luna mientras empezaba a quitarse el pijama y cavar un foso. Desnudo, se introdujo en su cama amarilla y se quedó mirando las olas. En cuanto empiece a dormirme, vendrá. A él también le gusta la noche, es cuando ve mejor. A pesar de sus esfuerzos, el sueño no llegaba y sus piernas se iban enfriando. Un ruido de ramas lo puso alerta y a los pocos minutos sintió la presencia de un cuerpo caliente a su lado y casi al instante el ronroneo que cada noche era su canción de cuna.

Lo había descubierto en los médanos unos días atrás, pequeño y peludo, con unas rayas grises y negras alrededor del pecho blanco, emitía un maullido casi imperceptible. En casa no lo quisieron, ya tenían bastante con dos perros como para adoptar un gato. Pero Miguel no podía dejarlo, robaba comida y leche de la cocina y le construyó una cuna a partir de un cesto que habían olvidado en el trastero. El cojín lo sacó de su propia habitación, no lo echarían en falta.

Nunca había tenido una mascota, ni a nadie a quien cuidar. Último vástago de una familia numerosa con hermanos que le llevaban más de diez años, había recorrido la infancia sin más amigos que los que iban a pasar las vacaciones a esa aldea de pescadores y que, a pesar de sus promesas de escribirle, nunca lo hacían.

Desde septiembre hasta junio las piedras eran sus únicas compañeras y cuando empezaba el buen tiempo, cada noche de luna se acercaba a la playa para formar con ellas dibujos a los que ponía nombres de constelaciones. Hasta ahora, que esa bola de pelo lo acompaña donde sea y se sienta junto a él para mirar cómo forma estrellas con los guijarros. Una madrugada lo acompañó hasta su casa, el niño lo hizo pasar y juntos se metieron en la habitación. ¡Maldita Virtudes! En su afán de limpiar encontró al gatito y dio la voz de alerta. El resultado fue que tuvo que devolverlo a los médanos. Y así, durante un tiempo siguieron los encuentros secretos con la luna, las piedras y el felino, hasta que el arrullo del mar los dormía.

Pero el invierno no perdona y una mañana despertó con tanta fiebre que no pudo ir al colegio, ni ese día ni el siguiente. En sus delirios llamaba a su compañero peludo y lloraba la soledad de los dos. Cuando despertó al tercer día, su madre, sentada en una silla junto a la cama, sonrió y le entregó una bolsa con piedras, entonces el niño estiró la mano y encontró el cojín que había llevado a los médanos y allí, ronroneando, un ser lanudo que le daba calor.

— Te traje a tus amigos. Ya no tendrás que bajar a la playa.

© Liliana Delucchi

La ausencia

Marieta Alonso

¡Querido hijo!

Hace seis meses que me hablaron de una balsa que no llegó a su destino. Hace seis meses que en mi locura me arrojé ante un camión. Y desde entonces me senté a esperar tu llamada, tal como me dijiste que harías al llegar. Hoy cumplirías treinta años. Parece que fue ayer cuando te asomaste entre mis piernas.

Esta mañana me detuve largo rato ante tu foto. Tenías cinco años. La alcancía cayó desde lo alto del aparador de la cocina y no nos quedó más remedio que hacernos un regalo. Para ti compré una ambulancia blanca con una cruz roja. ¿La recuerdas? Tenía una sirena tan estridente que hasta en el parque resultaba molesta. Para mí, una máquina de fotos con su peculiar click. Aún la conservo.

La vecina viene todas las mañanas, ha colocado un cordel desde mi cama pasando por la terraza hasta su casa. Cuando la necesito tiro de él y a ella le suena una campanilla. Claro que podría llamarla a gritos, pero así tiene mayor encanto, me explicó. Tu tía llega del trabajo al caer la tarde. Ha venido a vivir conmigo. Cada día que pasa me voy defendiendo mejor con esta silla que se ha convertido en mis piernas.

Por las noches oigo las olas que se deslizan a través de las grietas de aquellas rocas quebradas de la bahía, que tanto te gustaba alcanzar nadando. Su rumor me recuerda a ti. ¡Añoro tantas cosas! De pequeño sentado en mi regazo, con el vaivén de la mecedora te quedabas adormilado. Ahora estoy, como toda una señora, con una manta y un vacío sobre las rodillas.

He pensado que tú y yo deberíamos tener un secreto. Escribiré dos cartas, dos veces por semana. Una por la mañana que irá dirigida a ti y otra al atardecer que será para mí.

En la tuya iré contando lo que ocurre en el barrio, cómo les va a tus amigos y te haré miles de preguntas. En la otra vendrán las respuestas. No te preocupes por el qué dirán, pues nadie se va a enterar. Este es el plan: escribo, pego los sellos, abro la que viene a mi nombre y luego junto las dos y las rasgo en cachitos muy pequeños.

Te echo tanto de menos, hijo mío. Entre una carta y otra, piensa en mí con fuerza y sentirás los besos que te envío.

Mamá.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Cocodrilos de Cartier

15 febrero, 2017 por Akelarre 5 comentarios

cocodrilos cartier

Los cocodrilos de Cartier

Esta joya, encargada a Cartier en 1975 por la actriz mexicana María Félix, está realizada con 1.023 diamantes amarillos de talla brillante, con un peso de 60 quilates y 1.060 esmeraldas con un peso de 66,86 quilates. Los ojos de los cocodrilos son dos cabujones de esmeralda talla navette y dos de rubí.

Están completamente articulados y puede llevarse indistintamente como broches individuales o como collar, en cuyo caso, y para no lastimar el cuello, las patas del lado interno han de ser reemplazadas por motivos que las figuran dobladas.

Cuenta la leyenda que María Félix (1914-2002), actriz y cantante mejicana, entró a la casa Cartier en 1975 y quitándose el abrigo de visón los sorprendió diciendo: “Quiero que me hagan un collar igual que esta belleza”. Como si fuese una estola, llevaba una cría de cocodrilo alrededor del cuello. El encargado, acostumbrado a las excentricidades de la actriz, y siguiendo el lema de la casa de que nada es imposible, aceptó el reto. Al despedirse, ella dijo: “Dense prisa. Crecerá pronto.”

Demasiado tarde

Cristina Vázquez

El amante

Malena Teigeiro

El legado

Liliana Delucchi

Momentos escabrosos

Marieta Alonso

Demasiado tarde

Cristina Vázquez

La caja de madera con las dos iniciales entrelazadas en el centro, le dieron un vuelco al corazón. La había traído un muchacho esa misma tarde al dar las cuatro en la campana de la iglesia. Cuando se recompuso de la impresión, sentado en una butaca la abrió y leyó el papel amarillento. Se vistió de riguroso luto, se caló el sombrero hongo que guardaba en el altillo y que tanta gracia le hacía a ella. Pareces un falso inglesito con ese sombrero ridículo, le soltaba entre burlas y desprecios consabidos. Él bajaba la cabeza y le ofrecía el ala del sombrerete de marras, para que ella con un certero golpe del dedo se lo lanzara hacia atrás.

—Pero con tu aspecto tan morucho, ¿a qué disfrazarte de lo que no eres? —le repetía, y se alejaba dejando tras ella una estela de perfume y decepción.

Iba desgranando medio siglo de recuerdos en esa tarde negruzca y cálida, mientras se dirigía, con pasito corto de hombre apocado, a la casa, hoy venida a menos y en su día espléndida, de la única mujer a la que había amado. Pese a sus siete hijos, cuarenta nietos y una viudedad larga y tan descolorida como fue su matrimonio, su corazón seguía latiendo con solo oír pronunciar su nombre, Analisa.

Cuando la conoció, arrebatada entre las luces de unos fuegos artificiales que su marido, respetado y maduro general de fabulosas patillas y héroe de la guerra de la Independencia, ofrecía a la ciudad de Ocampo, en la que él, Edelmiro, representaba a la rica burguesía, que tanto ayudó al triunfo de las tropas, Analisa le pareció de una belleza extraña. Alta, morena y huesuda, con un moño estirado en lo alto de la cabeza, unos gestos de amazona impertinente y unos brazos y dedos cuajados de joyas. Un ídolo al que había que adorar. Él se quedó embobado, no solo por su imponente presencia, sino porque cuando cesaron los fuegos pudo comprobar que tenía los ojos de diferente color. Uno verde como un lago inesperado y el otro rojizo. Con el tiempo supo que se debía a un accidente jugando con su hermano, pero ella contaba diferentes versiones: una espina que se le clavó al tener que huir al galope de unos atracadores, un padre perverso que la amenazó con un carbón al rojo, y la chispa que se desprendió, le tiznó el ojo del color de la brasa. Pero al mirarla de frente, Edelmiro sufrió una insoportable combustión de todo su ser, que nunca le abandonó.

La siguió por los paseos, dio recepciones para que acudiera a su casa, organizó festejos para que ella fuera la reina y Analisa, apoyada en el brazo y la consideración de su respetado esposo, el héroe, deambulaba por su corazón y los salones con igual soltura y desfachatez.

Un día sus desiguales ojos le prometían el cielo, con tal intensidad, que Edelmiro estaba dispuesto a abandonar esposa y siete hijos y ofrecerle el mundo y el mar solo para ella. Otras, recorría un lugar sin apenas percatarse de su presencia, o parecía no reconocerle cuando le hablaba.

La gente empezó a murmurar de ella, loca, caprichosa, de dudoso origen y arrebatada por las joyas con las que se recubría, dándole un aire vulgar, según las señoras entendidas y apoltronadas en sus prestigiosos apellidos. Pero nada desanimaba al atento y lejano amante, pues ella nunca aceptó ninguna declaración de él. Siempre le respondía con una broma, como la del sombrero hongo, o de otro estilo aún más mordaz.

Pero el tiempo fue pasando. Se quedó viuda del héroe, la gente dejó de llamarla y la otrora espléndida Analisa se fue ajando como el recuerdo del imponente marido.

Pese a seguir cubierta de joyas, Edelmiro supo que el esplendor de las mismas era falso, pues tuvo que vender y empeñar muchas de ellas para seguir subsistiendo, pero nunca hubo una queja, ni una cara de apocamiento. Y una tarde, traspasado como siempre su corazón de inevitable aunque irresoluto amor, se presentó en su casa y le ofreció una joya que había encargado en Paris para ella, hacía mucho tiempo y nunca se atrevió a dársela. Se la entregó en la penumbra de una tarde como la de hoy, negruzca y bochornosa, en la que se podía oír el caer de una hoja y el trino mortecino de algún pájaro.

Cuando ella abrió la caja de madera con sus iniciales grabadas, se quedó sorprendida al ver esos dos animales entrelazados, dos cocodrilos unidos y amenazantes a la vez. Uno con los ojos de rubí y el otro de esmeralda.

— ¿Así me ves? Como un animal peligroso.

— No, así son tus ojos. Uno de pasión, otro de esperanza, y así te amo yo.

Ella guardó la caja y le besó prolongadamente. Edelmiro temblaba y fue tanta la emoción que perdió el sentido. Se despertó entre almohadones, abanicado por Analisa que se reía.

— Mi pobre morucho, eres demasiado sensible.

Le devolvió su sombrero hongo. Él avergonzado bajó la cabeza para que ella se lo empujara con el dedo, pero esta vez se lo caló con las dos manos y volvió a besarle. Que no jugara a lo que no era, ni inglés, ni amante fogoso, le aseguró sonriente.

La frase que acababa de leer en el papel amarillento de la caja, incrustado entre las bocas de los cocodrilos, “A mi manera morucho, yo también te quiero”, le golpeaba de tal manera el corazón, que no pudo llegar a la casa de ella a darle el último adiós.

© Cristina Vázquez

El amante

Malena Teigeiro

Esperaba fuera del umbral, apoyada en la encalada pared, el cigarro entre los labios pintados de rojo y la cara levantada, como un lagarto al sol. De vez en cuando se llevaba la mano a la sien. Quizá buscaba una caricia o intentaba tapar algún golpe. Luego la bajaba hacia la nuca, libre del cabello recogido en un moño debajo del sombrero. Arrogante, mostraba el cuello blanco, largo y esbelto como una columna griega. Hacía años que no llevaba el collar de los cocodrilos. Pero aquella mañana, con la altanería que nunca había perdido, olvidados sus miedos, quería que todos la vieran con las joyas puestas.

Sólo tenía dieciocho años cuando contrajeron matrimonio, ella ya encinta. Después tuvieron otros dos. Los tres fueron para él el medio de asegurar los beneficios esperados. Siempre pensó no los quería, que tuvo los hijos igual que el que compra terneros en la feria para dejarlos engordar en los pastos y venderlos bien.

Cuando lo conoció era alto, moreno, con el pelo negro en suaves ondas y los ojos verdes como las olivas. La esperaba a la salida de la iglesia, primero, después galopaba por los campos hasta encontrarla. Y ella, una calurosa tarde de verano, debajo de los carrascales, se le entregó. A partir de entonces solo deseaba ser la única que recibiera sus besos. Y él, que enseguida lo supo, llevado por el deseo de hacerse dueño de su patrimonio, sabiéndola loca de deseo, enamorada, la besaba, y poseía una y otra vez hasta que colocó la hacienda a sus pies, sin escuchar la voz de su ama, que le avisaba de sus manejos.

Poco a poco fue perdiendo las formas y sin importarle la humillación a la que la sometía, llenó la casa de jóvenes, de sus asistentes, los llamaba, y que, antes o después, igual que llegaron sin saber nadie de dónde, se fueron. Ella callaba, finge que no se entera hasta que una noche al entrar en el dormitorio, se encontró con que el último estaba acostado en su cama, entre los lienzos de su ajuar. Cerró la puerta y no volvió a entrar.

Llegó invitado, pero no se supo nunca por quién, a una velada. Era delgado, de tez clara y pelo castaño, con ojos azules de parpadeo lánguido. Él, en cuanto lo vio, enloqueció de amor. Lo vestía con terciopelos y encajes, como una mujer, sin importarle que los trabajadores de la finca lo vieran. Y lo llenó de joyas, de esas joyas en forma de reptiles que a él tanto le gustaban. Hasta puso encima de la mesilla de noche su fotografía con el collar de cocodrilos que le había regalado a ella en su compromiso. Cuando lo sentó a la mesa, se levantó y no volvió a hablarle.

Y ahora ninguno de los dos estaba. Uno había huido por el terror al contagio del VIH. Y a al otro se lo acababa de llevar la misma miserable enfermedad durante la noche.

Cuando el nuevo administrador la despertó para decirle que había fallecido, ella le dio las gracias y se dio media vuelta. El ama, ya vieja y renqueante, abrió las ventanas y la luz de la lasciva luna cayó sobre las sábanas que la cubrían, como lo hacía su esposo antes de abandonarla. Niña, vélalo, le rogó la anciana, aunque solo sea para que te vean. Pero se negó a hacerlo. Se puso la bata y mientras tomaba un café, le pidió que le dijera al administrador que en media hora lo esperaba en el despacho. Sentada en el sillón de su padre, se reclinó con la mirada fija en la puerta. Al verlo entrar, altanera, sin siquiera saludarlo, se levantó y acercándose, le pidió la llave de la caja fuerte. El hombre la miró. Untuoso, se retorcía las manos. María, hay que esperar a abrir el testamento, dijo. Ella, bastante más alta que él, le colocó la mano en el hombro. Se la entregaba o salía despedido en aquel mismo instante. Levantó la cabeza y la miró como ratón temeroso. Si quería seguir manteniendo a su familia del mismo modo que hasta ese momento, más le valía recordar que ella era y siempre fue la dueña de todo. Y que el testamento habría que abrirlo cuando ella falleciera. Él, chaparro, muy moreno, de nariz aguileña, dobló la nuca, introdujo la mano en el pantalón y sacó un manojo de llaves colgado de una cadena. De la argolla dorada, comenzó a desenroscar una grande, larga.

—¿Te la abro?

Entrecerrando los ojos, lo contempló de arriba abajo. Agarró con fuerza la llave que le entregaba. Él dobló todavía más la nuca. Le vio la raya del pelo. En aquel instante se convirtió en el más servil de los empleados. Lentamente, se sentó a la mesa del despacho. Él continuó de pie, con las manos cruzadas como niño pidiendo perdón. Se acabaron las risas de vino y sexo en la casa, le dijo. Los ninguneos a su persona, las sisas y las cuentas mal hechas, los regalos y las visitas a la ciudad, bien sabía ella a dónde. Él se dio la vuelta.

—Espere. Todavía no le he dicho que se fuera —el hombre trémulo escuchó sus palabras. Era la primera vez que lo trataban de usted—. Cuando salgan los restos de mi esposo por la puerta, quiero que antes se haya ido todo el que vive en esta casa a mi costa. Y que como se hacía antiguamente con los criados, revise usted las maletas y recoja cualquier cosa que no hubieran traído el día que mi esposo les permitió la entrada en esta casa.

—¿También los regalos? —levantó la cabeza asustado.

—Aquí no hubo regalos, hubo finezas, cortesías en metálico y en especie, por lo que me consta, bien cuantiosas. Le recuerdo que todos fueron pagados con mi dinero sin mi permiso. Por tanto, lo que de ellos quede, pertenece a esta casa —el rabioso y amargado puño de María golpeaba la mesa haciendo temblar todo lo que había encima.

—Lo que ordene, doña.

Con un ligero gesto de mano, le indicó que se marchara. Después de cerrarse la puerta, se volvió hacia la caja fuerte. Al abrirla, lo primero que vio fueron los cocodrilos. Los sacó, y también la serpiente que se enroscaba en la muñeca formando una pulsera. Recogió las joyas. Las contemplaba con un leve y triste movimiento de cabeza. Detrás de ellas salieron otras. Recordó la finca del canto, la del prado alto... Cerró la caja con fuerza y con los cocodrilos y la serpiente en la mano, volvió a la habitación en la que dormía. Entró en el baño y frotó con agua y jabón las joyas. Se vistió con una blusa roja, la falda pantalón negra, el chaleco de clavos y el negro sombrero de fieltro de ala ancha, el mismo que llevaba aquella tarde en los carrascales. Después, se puso el collar de cocodrilos y la serpiente en la muñeca. Escuchó que llamaban a la puerta. Entre, dijo imperiosa. Ya se lo llevan, doña María. ¿Y ellos? Ya no queda nadie. Todo lo que era de la casa, como usted me ordenó, lo he dejado en el despacho. Dicen que la van a demandar. Ella se encogió de hombros.

Era la una del mediodía cuando abrió la puerta del zaguán. El sol caía como oro derretido sobre los empleados de la finca que, respetuosos, con los sombreros en la mano, esperaban. Salió. Se apoyó en la pared, encendió un cigarro, y esperó. Oía los cuchicheos. Sentía recorrer sobre los cocodrilos las miradas. Pasó los dedos por encima de la joya en una retadora caricia. Cuando el túmulo desfiló por delante de ella, le dio una calada al cigarro y dirigió la vista al cielo.

Ya no escuchaba las pisadas sobre la tierra, ya no oía el rezar del cura. Entró en la casa y cerró las puertas.

Irrumpió en el dormitorio, en el que había sido de sus padres, en el que ella tanto le amó. Todavía rodeaban el lecho los cuatro cirios, los restos marchitos de las flores. Con un grito, que dicen se escuchó más allá de las montañas, arrancó las sabanas. Abrió la ventana y las arrojó al viento.

Allá a lo lejos, en el pequeño cementerio, creyeron ver palomas blancas revoloteando en cielo.

© Malena Teigeiro

El legado

Liliana Delucchi

Con expresión de aburrimiento, la familia está reunida en el apenas iluminado salón del despacho del Notario Fonseca. El anciano, que lleva los negocios de la familia desde hace años, entra arrastrando los pies y sujetándose los quevedos sobre su arrugada nariz.

Han sido convocados para la lectura del testamento de doña Rebeca Mora, fallecida hace poco tiempo. De luto riguroso, su hija y nietas se sientan en semicírculo en la estancia que huele a humedad y a flores pasadas.

Elena recuerda la última vez que vio a su abuela, antes de partir al extranjero donde permaneció más tiempo del que hubiera querido. Era la fiesta de compromiso de su hermana mayor, Jacinta, y la cabeza de familia quiso agasajar a su nieta con una fiesta por todo lo alto. Con un vestido de seda azul, adornado únicamente por los dos cocodrilos como broches, uno a cada lado del escote, la dama hizo su entrada en el salón. Todos estaban relativamente sosos y aburridos; incluso cuando hubieron bebido mucho champaña y empezado a cortar el aire con ese singular y áspero sonido de voces cultas que suelen alzarse en los torneos de conversación, ni una sola vez se traicionaban con frases que pudiesen alterar la fastidiosa trivialidad con que revestían temas serios, o la  mortal pesadez con que discutían lo trivial. Los huesudos hombros de Jacinta temblaban de gozo por el éxito que todo ello significaba.

Elena se dirigió a los ventanales a tomar un poco de aire. La anciana, viéndola sola se acercó, preguntándole qué podía haber en Francia para que tuviera que marcharse.

-Cosas bonitas, abuela, como esos broches que llevas.

-Aunque podría usarlos como collar, si uniera los cocodrilos, temo que se confabulen contra mí y terminen ahogándome. Recuérdalo cuando sea tuyo.

Y los ojos de la nieta se perdieron en el brillo de los diamantes y las esmeraldas.

Nunca se habían llevado bien las dos hermanas y ni siquiera la separación, que a veces suele suavizar las desavenencias, hizo lo que se esperaba. Mientras Elena acumulaba masters y títulos en Francia que la llevaron a ser una profesional de éxito, Jacinta permaneció en casa ocupando, poco a poco, el espacio que su madre por propia voluntad dejaba en la dirección familiar y acercándose cada vez más a la matriarca. Por eso a la “extranjera” no le llamó la atención escuchar de la voz cascada del Notario Fonseca que los famosos cocodrilos diseñados por Cartier fueran para la mayor.

-Recuerda que la abuela nunca los usaba como collar, por si la asfixiaban –dijo Elena. Con los ojos llenos de triunfo, Jacinta pensó que quien seguramente se había quedado sin respiración era ella, pero de envidia.

La orquesta de Viena, con su habitual Concierto de Año Nuevo, sonaba en el televisor de Elena cuando el timbre del teléfono la sobresaltó. Era su madre, quien entre sollozos le contó que Jacinta había muerto la noche anterior. Cansada de la fiesta de Fin de Año a la que había asistido, se acostó sin quitarse el collar de los cocodrilos y no se sabe cómo ni por qué, a la mañana siguiente su marido la encontró sin vida y con una mano aferrada a la cabeza de los reptiles.

© Liliana Delucchi

Momentos escabrosos

Marieta Alonso

Al abrir el armario un cadáver le cayó encima. El peso la tumbó sobre la cama. Intentó espantarlo como se hace con las gallinas. No fue tan fácil.

Era un joven bien parecido, de cabellos negros y unos ojos grises que la miraban como si ella tuviera la culpa de todo. Sin saber cómo reaccionar, la boca se le quedó igual que pez encerrado en acuario. ¡Qué calamidad! ¡Para una vez que tenía a un hombre encima, estaba helado!

El teléfono comenzó a sonar y ella sin poder moverse. Repiqueteaba el timbre una y otra vez y aquel hombre la aplastaba como una losa de mármol, impidiéndole cualquier movimiento. Iraida, su asistenta de tantos años, al oír las llamadas sin respuesta, levantó el auricular. A continuación, un ligero toque con los nudillos en la puerta de su dormitorio, mientras giraba el pomo.

—¿Se puede pasar?

—¡Ayúdame, por favor!

—¡Señora!

Se turbó como nunca. ¡Qué humillación! Tan bien ordenada tenía su vida de soltera, tanta moral destilaban sus poros que, a sus setenta años, sentía vergüenza de que la viesen en aquella postura con un extraño. Con la vista baja y las mejillas ardiendo explicó lo sucedido.

—Llamaré a la policía, señora.

—¡Por Dios, quítamelo de encima!

—No, no. Es la escena de un crimen y no debo tocar nada.

Ya estaban allí la pareja de policías, el médico forense, el de las huellas dactilares. Solo faltaba el juez. Por fin, cuando la libraron del aquel peso, se alisó el vestido y con la mayor dignidad salió del brazo de Iraida, que la consolaba de haberse visto en aquella bochornosa circunstancia.

El forense dictaminó un fulminante ataque al corazón. Tras un registro exhaustivo del cadáver, la policía halló los bolsillos llenos de alhajas. Las huellas confirmaron que era un ladrón de prestigio y el juez llegó a la conclusión que había sido un robo con final macabro, sin haber mediado sexo.

Le correspondió identificar sus joyas. Cada una tenía su historia, como el collar de cocodrilos, regalo de un pretendiente en sus años mozos, que fascinado con su parecido con María Félix, quiso que luciera en su cuello tan extravagante diseño.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

El Ángel Caído

15 enero, 2017 por Akelarre 10 comentarios

Monumento al Ángel Caído Parque del Retiro Madrid

Monumento al Ángel Caído - Parque del Retiro de Madrid

“Por su orgullo cae arrojado del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes para no volver jamás a él”

El Paraíso Perdido. John Milton

Se encuentra en el parque del Retiro de Madrid, en la glorieta del Ángel Caído sobre el solar que ocupaba La fábrica de Porcelana de la China, fundada por Carlos III en 1760 y destruida en 1813 durante la guerra de la Independencia.

Su autor es Ricardo Bellver (1845-1924) que ganó con esta obra en 1878 la Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes, celebrada en Madrid, la cual se envió ese mismo año a París con motivo de la Exposición Universal que se realizaba en dicha ciudad.

El pedestal sobre el que se apoya la estatua es octogonal, con caretas de diablos en cada uno de sus lados, fue encargado al arquitecto Francisco Jareño en 1880.

Amado mío

Cristina Vázquez

Un nuevo puesto de trabajo

Malena Teigeiro

Treinta años

Liliana Delucchi

Tormenta interior

Marieta Alonso

Amado mío

Cristina Vázquez

Ya había pasado más de media hora y Alastar no llegaba. Su empeño, su desbordado afán por ese hombre parecía reducirse a cenizas amargas, oscuras como la inefable línea de sus cejas.

Lo había conocido muy joven cuando su vida era una pelea entre una apremiante, aunque honrada soledad pobretona, y un decoroso retiro de señorita de compañía de un hombre especial, que Alastar le aseguró resolvería su vida. Con esta promesa de riqueza y bienestar y de compartir en el futuro un amor eterno, ella aceptó, con la voluntad perdida frente a él. Cuando se lo propuso, la sostenía entre sus brazos, susurrándole las condiciones del trato como un áspero secreto. Angélica, desfallecida de deseo por ese hombre de oscuras cejas, mirada de pedernal y tersura de estatua, que la enviaba a otro hombre sin temblarle la voz, supo que siempre haría lo que él le propusiera.

— Alastar, amado mío.

 La acompañó hasta la casa del hombre especial, y los dos se miraron con un tácito acuerdo sobre la asustada cabeza de la chica, que lo vio alejarse con paso vivo, abandonándola en la enorme y desamparada mansión. El hombre especial era un enfermo, taciturno y malhumorado, que le dejó en herencia parte de su dinero y de su enfermedad.

— Alastar, amado mío.

Pasó un tiempo sin verle, años en los que vivía instalada en su modesta riqueza heredada y tratando de disimular las pústulas, también heredadas. Una tarde en la que paseaba por El Retiro, apareció él como salido de la tierra y poniéndole una mano en la espalda, le murmuró el apremio que tenía de ella. Angélica se quedó sobresaltada y sin darse la vuelta, le preguntaba por qué no había venido antes. Él se apretó contra ella, aunque no la viera, la llevaba en su pensamiento, le aseguró. Era su favorita, nunca podría olvidarla. Y sentía su aliento en el cuello igual que una brisa heladora que la paralizaba.

— Nunca, nunca —repetía él.

Y la giró con suavidad hasta tenerla de frente. La expresión de sus ojos bajo las oscuras cejas, mostraban la más perfecta repugnancia, mientras sonreía con una dulzura almibarada.

—Mi pobre niña. ¿Qué ha pasado con tu preciosa cara?

No pudo responder. Le ardían las mejillas y los ojos, y se sintió una vez más perdida, sin voluntad frente a la magnificencia, la perfección de ese hombre que la hacía sentirse una cosa despreciable, repugnante, pero lo único que deseaba era volver a estar con él, ser suya. Sólo fue capaz de pronunciar su nombre.

— ¡Oh! Alastar, amado mío.

Él la llevó, como un atento y endomingado novio, a pasear por la alameda de magnolios hasta una alejada escultura, en la que un ángel se retorcía sobre una columna, de la que salían unas bocas de león manando agua. Le aseguró que ese agua era milagrosa y que se diera en la cara.

— Recuperarás tu belleza.

Y le prometió que aunque tenía que irse, se verían en un mes en ese mismo lugar. La amaba, que no pensara nunca que la iba a abandonar. Le llenaba de orgullo tenerla y que confiara en él.

Al verle alejarse respiró una especial sequedad en el aire que le inundó la boca y los pulmones. Un olor pestilente trataba de abrirse paso en medio de la fragancia de las plantas. Cuando Angélica fue a beber agua de las bocas de los leones, para refrescar ese ardor que la iba poseyendo y lavarse la cara por la promesa de la curación, no pudo, pues el agua eran chorros de sangre y creyó oír unos lamentos cuando salpicaba en el fondo.

No volvió a la fuente más que un par de veces. Una, por si había desaparecido la impresión de la sangre en el agua, pero le pareció que aún era más densa y oscura y que los lamentos eran más suplicantes y agudos. La segunda, fue la de la fecha fijada, para volver a verse pero él no vino. En cambio, había una joven esperando. Al mirarla tuvo un terrible sobresalto. Era una réplica de ella con menos años; la cara tersa, perfecta, sin rastro de pústulas y pensó que era un hechizo. La otra se echó a reír y le espetó que era una necia si esperaba que él viniera. A la que quería era a ella y le había encontrado un trabajo con un hombre especial que la haría rica y luego vivirían su amor juntos.

En ese momento miró hacia arriba de la estatua y vio que la cara del ser que se retorcía era la de su amado. Cayó de rodillas y gritó su nombre con tal fuerza que las copas de los árboles temblaron.

© Cristina Vázquez

Un nuevo puesto de trabajo

Malena Teigeiro

¿Qué cómo prefiero estar aquí a trabajar por la calle? ¡Oh! señor, yo no soy ingeniero, como usted, ni médico, como su amigo. Y ya se sabe, que sin estudios, ni arriba ni abajo, se tienen muchas posibilidades de éxito. En cualquier caso, como ahora tenemos un momentito de descanso, se lo cuento.

La culpa de todo la tuvieron los celos. Desde que él se encaró con el Jefe, Éste, llenito de razón, que no niego que la tuviera, nos puso a todos los protestones en la calle. Fue entonces cuando montamos esta cooperativa, que he de reconocer que a pesar de las crisis, no nos ha ido nunca mal. Pero, ¡en fin! A lo que iba. Le diré que todavía hoy no entiendo por qué me marché. A mí siempre me gustó el estilo de nuestro antiguo Jefe, su temple, su corrección. Y no sé por qué en aquel momento, como hacen tantos otros, sobre todo los que como yo no tenemos estudios, ni formación, ni criterio y por tanto, estamos siempre con el que más alborota, seguí al que más chillaba, o sea, al que rige todo esto. Ahí, en ese instante, comenzó mi desventura.

Verá. Mi nuevo jefe lo tiene claro, él es el único que manda. Además, como es guapo, con buen tipo, cuando sale en busca de clientes, no le va mal. Para ser justos le diré que le va de perlas. Yo siempre intenté emular su estilo, pero, claro, ni soy alto, ni tengo sus ojos color carbón, ni el pelo negro brillante de ese aceite que se pone y cuya marca mantiene en secreto. Por no decir nada del perfume extraño, varonil, que deja estela a macho ahí por donde pasa. Como podrá comprender, cada vez que intentaba ligarme a una muchachita de esas de tez nacarada, elegante, rubia, o a un muchachito esbelto, de piel bronceada, y abdomen de estatua griega, que ahora también los hay muy lanzados, ellos se reían de mí.

Y no crea, que andaba ya muy preocupado cuando el jefe me mandó llamar. Me dijo que me iba a despachar a calderas si no era capaz de encontrar algún cliente. Que ya llevaba muchos años en fundido a negro, que no sé qué quiere decir, ¿usted sí? Tampoco. Da igual. Pues me dijo que si aún no había podido aprender el oficio, sintiéndolo mucho, estaba dispuesto darle mi puesto a otro. Al parecer, han llegado últimamente unos becarios de lo más espabilados, empujando de lo lindo. Además, no crea que yo no me doy cuenta de que todos estos muchachitos de ahora tienen una facha que da gloria, claro, cómo han sido bien alimentados y casi siempre tienen estudios, pues, ¡ya se sabe!

Sigo con lo mío. Una tarde decidí cambiar de plaza de trabajo y me fui a Madrid, una ciudad de alegres y divertidas noches. No andaba aún muy bien ubicado, cuando me tropecé con El Retiro, un parque muy bonito en donde, aún no lo comprendo, me dijeron que le habían colocado una estatua a mi jefe, y decidí acercarme a verla. Más que nada para tener algo que comentar con él cuando lo viera. Siempre está bien poder alabarlo un poco.

Circulaba por los paseos intentando encontrarla, cuando vi venir hacia mí una jovencita, luego me percaté de que no era tan joven. Era muy guapa, delgada, y de aspecto algo triste. Para mi sorpresa, aquella belleza cojeaba. Ésta es la mía, pensé, porque con ese defecto, a lo mejor era una joven sin pretensiones.

Me acerqué a ella y me tiré al suelo fingiendo una torcedura de tobillo. Fue una de mis mejores interpretaciones. La muchacha, con sus inmensos ojos azules espantados, me ayudó a levantarme.

Que si me había hecho daño, me preguntó. Nunca podrá hacerme daño un ángel, contesté con un leve aleteo de pestañas. Eché de menos las del jefe, largas rizadas, espesas, pero parece ser que las que mis ojos lucen, aunque pobres, hicieron su papel, y en el estado emocional de aquella mujer al verme por los suelos, causaron el efecto deseado.

¿Me puede acompañar a tomar un café?, le pregunté. No sé si puedo andar solo. Creo que me he torcido un tobillo. Ella, tiesa, sin mirarme ni contestar, frunció la nariz. ¿Qué le pasa?, pensé yo. Siguió frunciendo la nariz olisqueando el aire, como si fuera un cerdito en busca de su adorada trufa. De pronto sacó del bolso un precioso pañuelito de batista con muchas puntillas. ¡Qué seductor perfume dejó en el aire aquella blanca telita! Con él se tapó la nariz.

¡Lávese!, dijo, mirándome a la cara. ¿No le da vergüenza a un joven tan agraciado como usted ir oliendo a porquería, a azufre? ¡Lávese! Repitió levantando un dedo. Creí que iba a pegarme. Y, renqueante, se fue como alma que lleva el diablo.

Ante mi fracaso, suspiré profundo. Me encogí de hombros ¡Otra vez será! Y me dispuse a contemplar la estatua. Levanté la cara. Mi mirada se quedó clavada en aquel cuerpo de piedra. Nunca podré compararme con el apolíneo joven que luchaba contra las serpientes, pensé. Levanté los brazos y, en barrena, me introduje por la tierra hasta llegar a las oficinas. Abrí la puerta del despacho del jefe y le dije que quería cambiar de puesto.

Y desde entonces, este es mi lugar de trabajo. Y no crea, aquí en calderas, aunque haga un poco de calor, se está mucho más tranquilo que andando por los tugurios en busca de algún alma que arrastrar a los infiernos.

© Malena Teigeiro

Treinta años

Liliana Delucchi

Hasta algún tiempo después, Alejandra no recordaría haber recibido la carta con un remite de Boston. La asistenta la dejó junto a facturas y extractos bancarios y allí quedó hasta que se decidiera a poner en orden los papeles para entregar a la gestoría. No habría vuelto a pensar en ello si no fuese por esa llamada telefónica que la dejó trastornada. Una voz lejana y conocida la citaba en el Parque del Retiro, junto a la fuente del Ángel Caído.

El próximo viernes, a las cuatro de la tarde. Fue todo lo que dijo. Entonces ella pensó que su memoria reconocía la letra de ese sobre, pero no lo abrió.

Se conocieron en la universidad, ante la puerta de un aula destartalada en la que el profesor ya había iniciado la clase. Ninguno de los dos entró y tras mirarse un rato sin saber muy bien qué decir, fueron a la cafetería. Él llevaba un ejemplar de Historia Universal de la Infamia y ella le dijo que no era su obra favorita de Borges. Ésa fue la primera discrepancia que tuvieron. Llegaron otras, cada vez más oscuras, por llamarlas de alguna manera.

Él le rogó que no lo dejara, que era consciente de que su autoritarismo y hoscas actitudes la estaban marchitando. Le prometió que cambiaría. Pero para entonces ella había recuperado su sonrisa y se fue caminando por una acera llena de jacarandás bajo el aire tibio de noviembre.

A lo largo de los años siguientes, solo se enteró de él a través de otras personas, de su matrimonio, una hija, una carrera profesional floreciente y, finalmente, una plaza de profesor en Estados Unidos.

Nunca supo Alejandra cómo él consiguió su dirección de Madrid. Empezaron a llegarle cartas con referencias a una juventud que ella no ansiaba recordar. Nunca le contestó y la correspondencia se fue espaciando hasta desaparecer.

Entonces comenzaron a llegar personas, una compañera del gimnasio que en un determinado momento hizo referencia a un hombre, por la descripción no le cupo dudas y lo peor, quería un encuentro. Alejandra se negó. Como se negó también a otras visitas circunstanciales que aparecían de pronto y por casualidad. Todas con el mismo mensaje y a todas arrancó de su vida.

Esta vez, sin intermediarios, la citaba en El Retiro. No sabía si fue la curiosidad o el deseo de poner fin a una persecución de más de treinta años, el caso es que ese viernes se encaminó a El Retiro. Dio una vuelta a la fuente del Ángel Caído sin encontrar más que pájaros picoteando las migas que alguna anciana les hubiera arrojado. Cuando estaba a punto de regresar a su casa vio un paquete envuelto en papel de estraza, donde se leía: Para Alejandra. Supo quién lo había dejado y lo abrió. Era un ejemplar de la Historia Universal de la Infamia, con una nota que decía: “No has querido volver a verme en este mundo, te espero en el otro”.

A la mujer no le temblaron las manos cuando lo dejó en una papelera, junto con botes vacíos de Coca-Cola y restos de bocadillos.

© Liliana Delucchi

Tormenta interior

Marieta Alonso

Las nubes oscuras en vez de correr se quedaron petrificadas. Desde su altura, Lucifer me observaba con sorna. Imposible. Su cabeza está hacia arriba. Volví a atisbar. Pues sí. Me cambié de lugar. Me siguió con la mirada. Solo a mí. No hacía caso al grupo de la tercera edad que escuchábamos con atención lo que contaba nuestra guía. Una estatua no puede tomarla con uno… ¿Verdad? Ahora sonríe. La examiné de arriba abajo con desprecio y descargó un chaparrón del que fui la única víctima. El resto se había alejado para contemplar el monumento desde otra perspectiva, y no se mojaron.

Carla, la guía, una chica joven y guapa, cariñosa con los vejestorios, en ese momento comentaba que era de bronce y que su autor era un tal Ricardo no sé cuántos. Volví a mirar al ángel caído, ahora estaba con la boca abierta. No podía apartar los ojos de él y me puse a dar vueltas alrededor de la fuente. No vi un clavo en su bordillo y caí de bruces. Los del grupo me ayudaron a levantar. Ningún hueso roto. El bastón había atenuado el golpe. Fue una suerte.

Mejor no fisgo a ese ángel perturbador. Así que pongo atención a lo que la guía nos explica. En ese momento, hablaba del pedestal que fue hecho por un arquitecto del que no pillé el nombre. ¡Qué aburrimiento! Hago estas visitas para no quedarme solo en casa. Casi me dormía de pie cuando la oí comentar que el dichoso clavo, con el que había tropezado, marca en ese punto la altura sobre el nivel del mar: 666. ¡El número de la bestia!

Espabilé. Estaba con la barbilla pegada al pecho y las manos en mi bastón. Debo estar algo teniente del oído porque alguien mencionó los gremlins, esos monstruos, a los pies del pedestal.

Una mano invisible hizo que levantara los ojos hacia el ángel. ¡Santo Dios! Si tiene la cara de mi abuelo, el que llegó hasta los ciento tres años dando guerra, el que día a día me exhibía por la calle de Alfonso XII. Su profesión fue la de ceramista y trabajó en la China, no el país, no, eso queda muy lejos, sino en lo que fue la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, aquí en Madrid. Carla acaba de ilustrarnos que este terreno fue ocupado por la antigua Fábrica.

Abuelo, ¿Qué haces allá arriba? ¿Eres amigo de éste? Haz el favor de no juntarte con gente de mal vivir.

La cara del ángel tiene un gesto que mejor no describo y susurra algo. Las serpientes han comenzado a moverse.

El rostro de mi querido abuelo se hace visible. Me aconseja que vuelva a casa, me acueste en la cama, me tape con la manta de la cabeza a los pies. La tormenta me ha trastornado. Y con voz cascada me advierte:

A Lucifer, bello y sabio a quien la soberbia hizo caer, es mejor no irritarle. ¡Anda vete!

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Carta de Santa Claus – Mark Twain

15 diciembre, 2016 por Akelarre 7 comentarios

Biblioteca Mark Twain

Carta de Santa Claus - Mark Twain

Mark Twain, cuyo nombre real era Samuel Clemens, nació en 1835, año en el que el Cometa Halley pasó cerca de la Tierra. En 1870 se casó con Olivia Langdon. Tuvo un hijo, Langdon, y tres hijas: Susy, Clara y Jane. Mark Twain hacía que las Navidades en su casa se celebraran de forma especial. Una de ellas, le escribió a su hija Susy, una niña de apenas 3 años, una carta haciéndose pasar por Papá Noel, misiva llena de encanto, que quizá fue escrita en la biblioteca que hoy sirve de inspiración a nuestros cuentos. Murió en 1910.
Sus obras más conocidas son El príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn.


Palacio de Santa Claus - En la Luna.

Mañana de Navidad

Mi querida Susie Clemens:

He recibido y leído todas las cartas que tú y tu hermana pequeña me habéis escrito de mano de tu madre y de tus niñeras; también he leído aquellas que vosotras pequeñas personitas habéis escrito con vuestras propias manos –incluso aunque no uséis los caracteres que aparecen en los alfabetos de los adultos, usáis los caracteres que todos los niños en todas partes del mundo y en las estrellas brillantes usan, y como todos mis súbditos en la Luna son niños y no usan caracteres sino eso, entenderás rápidamente lo fácil que es para mí leer tus fantásticas marcas y las de tu hermana sin problema. Pero he tenido problemas con aquellas que le dictabais a tu madre y niñeras, porque soy extranjero y no puedo leer el inglés escrito muy bien. Verás que no he cometido errores en las cosas que tú y tu hermana pequeña pedíais en vuestras propias cartas–, he bajado por vuestra chimenea a medianoche cuando estabais dormidas y las he entregado yo mismo, y os he dado un beso a cada una, también, porque sois buenas niñas, bien educadas, con buenos modales y las más obedientes pequeñas que he visto jamás. Pero en la cartas que dictaste había algunas palabras que no pude entender con certeza y uno o dos pedidos no los he podido cumplir por falta de stock. Nuestro último lote de muebles de cocina para muñecas se acaba justo de ir para una niña pequeña muy pobre en la Estrella Polar, en el frío país más allá de la Osa Mayor. Tu mamá te puede enseñar qué estrella es y podrás decirle: “Pequeño Copo de Nieve (ese el nombre de la niña), estoy encantada con que tengas esos muebles, porque lo necesitas más que yo”. Eso es, debes escribir eso, de tu puño y letra, y Pequeño Copo de Nieve te escribirá una respuesta. Si solo se lo dices no podrá oírte. Haz tu letra clara y pequeña, porque la distancia es grande y el franqueo muy caro.

Había una palabra o dos en la carta de tu mamá que no pude entender. Pasó con “un camión lleno de ropa de muñecas”. ¿Qué es eso? Llamé a la puerta de tu cocina hoy a las nueve en punto de la mañana para preguntar. Pero no vi a nadie y no podía hablar con nadie sino era contigo. Cuando suena el timbre de la cocina, George debe ser cegado y enviado a abrir la puerta. Luego debe volver al comedor o al armario de la vajilla y llevarse a la cocinera con él. Debes decirle a George que debe andar de puntillas y no hablar, sino morirá algún día. Entonces tienes que ir a la habitación de los niños y quedarte en la silla de la cama de la niñera y poner tu oído en el tubo para hablar que lleva a la cocina y cuando te silbe por ahí debes hablar por el tubo y decir “¡bienvenido, Santa Claus!”. Entonces te preguntaré si es o no un camión lo que pediste. Si me dices que sí, te preguntaré de qué color quieres que sea el camión. Tu mamá te ayudará a escoger un bonito color y luego me dirás todas las cosas en detalle que quieres que tenga tu camión. Luego cuando te diga “adiós y Feliz Navidad a mi pequeña Susie Clemens”, tú dirás “adiós, buen viejo Santa Claus, te lo agradeceré mucho y por favor di a esa Pequeño Copo de Nieve que la visitaré en su estrella esta noche y que debe mirar hacia aquí abajo. Estaré justo en la ventana de la bahía este y cada noche despejada miraré a su estrella y diré ‘conozco a alguien ahí arriba y me gusta ella, también”. Después tienes que ir a la biblioteca y hacer que George cierre todas las puertas que dan al recibidor principal y todo el mundo tiene que guardar silencio durante un poco de tiempo. Iré a la luna y cogeré esas cosas y volveré por la chimenea del recibidor – si es que quieres un camión – porque no podría meter una cosa como un camión por la chimenea de la habitación de los niños, sabes.

La gente podrá hablar si quiere, hasta que oigan mis pisadas en el recibidor. Entonces diles que se callen un poco hasta que vuelva a la chimenea. Quizás no oigas mis pisadas en absoluto –así que puedes ir de vez en cuando y espiar desde las puertas del comedor, y poco a poco irás viendo que hay una cosa que quieres, justo debajo del piano en la salita porque ahí lo pondré. Si dejo alguna nieve en el recibidor, tendrás que decirle a George que la barra hacia la chimenea, porque yo no tengo tiempo para hacer esas cosas. George no debe usar una escoba, sino un trapo – si no morirá algún día. Debes vigilar a George y no dejar que corra ningún peligro. Si mi bota deja una huella en el mármol, George no debe rascarla hasta que desaparezca. Dejadla ahí siempre en recuerdo de mi visita, y siempre que la mires o se la enseñes a cualquiera debes recordar que tienes que ser una niña Buena. Siempre que seas traviesa y alguien te muestre la marca que la bota de tu viejo buen Santa Claus dejó en el mármol, ¿qué les dirás, pequeño encanto?

Adiós por unos pocos minutos, hasta que vuelva a bajar al mundo y llame a la puerta de la cocina.

Tu querido, Santa Claus

Laberinto entre las flores

Cristina Vázquez

La biblioteca de la abuela Olivia

Malena Teigeiro

A través de la letra

Liliana Delucchi

El mudo

Marieta Alonso

Laberinto entre las flores

Cristina Vázquez

Para Carmen y Maria, apolíneas jardineras

Adoro estas tardes de finales de verano, le iba diciendo Hortensia a su perrita Gipsy. Saltaba con precaución de anciana cualquier dificultad del terreno, aunque fuera por un camino de arena fina bordeado de arbustos. Tocaba las flores frotando entre los dedos algunas hojas, y trataba de recordar sus nombres latinos: onoclea sensibilis, lavandula angustifolia. Hum… Asaltada por la duda la invadía una triste inseguridad, laurus nobilis. Ves Gipsy, aún recuerdo y seguía alegremente su paseo hasta llegar a su imponente casa.

Sin darse cuenta, Hortensia había envejecido con su aire de niña permanente. Resultaba sorprendente que se le fueran descolgando las mejillas y que su frente perdiera la tersura de alabastro que tanto habían admirado los poetas que rodeaban a su marido, el gran escritor, el indiscutible hombre de letras, que les abandonó para subir al altar de la inmortalidad hacía seis meses.

Ella se quedó tan sorprendida por su muerte como de verse ajada y tener que reforzar sus tirabuzones naturales con alguno postizo, y ponerse el abanico delante de la boca al sonreír, para disimular el color amarillento de su vacilante dentadura. No podía comprender cómo su amado marido le había hecho la faena de irse así, sin más. Él que siempre fue tan atento, tan considerado... La protegió de cualquier problema, tratándola como a una pequeña musa, un querido bibelot, y mimándola con la condescendencia de la hija que no tuvieron. Ella concentró su no muy despejada aunque activa inteligencia, en aprenderse los nombres de las plantas en latín por orden alfabético, como él le suplicó, y algunas noches en las reuniones de adoradores de su esposo, repetía como un monito amaestrado los interminables latinajos con la letra que decidían al azar. Parahebe catarractae, parthenocissus henryana, pasiflora caerulea…

Él la miraba con orgullo paternal y ella se recogía satisfecha, aunque un poco contrariada a veces. Algunos nombres eran difíciles de retener y se los inventaba. Ninguno de los genios que aplaudían a su marido se daba cuenta, ni se hubiera atrevido a corregirla en el caso de que lo notara. Otra de sus aficiones fue decorar la preciosa casa con esmero de bordadora.

Al entrar en el salón biblioteca, donde habitualmente se hacían estas reuniones y en el que ahora pesaba un silencio reverencial, se sorprendió de encontrar a una mujer sentada en una de las butacas. Joven, vestida con modestia, elegante en los movimientos, con una determinación en sus mandíbulas firmes y en el perfil altivo que no le resultaron extrañas.

En cuanto la vio aparecer, la chica se levantó con prontitud, disculpándose en un tono moderado y conciso por haber irrumpido sin previo aviso en su casa, pero la importancia del asunto la había impulsado a hacerlo, afirmó. Su nombre era Iris. Ella la miraba con la boca abierta y el corazón acelerado, mientras la querida Gipsy gruñía, protegida en las faldas de su ama, tan amenazante como daba de sí su diminuta garganta.

—Usted dirá —contestó en el tono más controlado que pudo, ofreciéndole que se sentara.

Así lo hizo la joven y puso sobre sus rodillas un voluminoso tomo.

—Este manuscrito me lo dio mi padre antes de morir y dijo que aquí se guardaba mi futuro.

La perrita mordisqueaba el borde de la alfombra interpretando el nerviosismo que sentía la dulce Hortensia.

—¿Y? ¿En qué me atañe a mí?

Su voz sonaba artificialmente severa y firme.

—Pues —titubeó Iris—, que su marido era mi padre.

El grito espeluznante que dio hizo huir a Gipsy y cayendo como un peso muerto sobre el respaldo, empezó a llamarla ladrona, embustera, sinvergüenza. Un par de bucles se desprendieron con inusitada violencia de su cofia. Iris se mantenía serena con las dos manos extendidas sobre los papeles donde reposaba su futuro, otra obra inmortal cuyos derechos de autor serían para ella, además de la casa cuando Hortensia tuviera a bien acompañar a su esposo en la gloria, le susurró con un soniquete de canción de cuna o de oración benéfica. Mientras Hortensia se reponía respirando trabajosamente, Iris señaló las plantas que se veían en la veranda al fondo del salón, y en una dulce melopea empezó a recitar fasthedera lizei, onoclea sensibilis, polystichum setiferum…

La pobre mujer se iba derrumbando como un pelele y un hipo incontenible la mantenía en una patética vulnerabilidad, sin poder responder nada.

El libro se llama “El laberinto de amor entre las flores”.

© Cristina Vázquez

La biblioteca de la abuela Olivia

Malena Teigeiro

La casa en la que nuestra abuela Olivia vivía, acompañada por una absurda y antipática ama, estaba en el campo. La heredó de sus padres, que a su vez lo habían hecho de sus abuelos y éstos de los suyos. Era grande, de madera marrón con muchas ventanas, tan cálida y acogedora, que el que entraba en ella no deseaba irse nunca. Estaba llena de habitaciones, salones y recovecos por los que nos permitía jugar al escondite, pero lo que más nos gustaba a todos sus nietos era que nos invitara a merendar. Nos recibía siempre en la biblioteca, tumbada en una otomana sobre almohadas y cojines iluminados con estampas de extraños paisajes, al lado de un balcón con tantas plantas, que más que una galería parecía un invernadero.

Decían que entre aquellas paredes sucedieron, antes y ahora, hechos extraños. Sin embargo, al verla tan pequeñita, como si fuera una antigua muñeca de porcelana, con su dulce rostro redondo del color del pan, nadie podría pensar que la anciana abuela Olivia fuera partícipe en ellos.

Ya éramos mayores, aunque no mucho, cuando unas Navidades la abuela invitó a toda la familia a cenar. Los niños llegamos temprano y después de jugar por la casa, nos dispusimos a tomar la merienda en la luminosa habitación llena de libros. Detrás de nosotros, arrastrando un carrito con los bollos y el chocolate, entró el ama Brígida, una mujer regordeta como la abuela, todavía más bajita, pero con la piel amarillenta, nariz afilada y un pequeño moño gris cubierto por una blanquísima cofia. Acercó el carrito a la ventana llena de plantas, se volvió y dijo:

—Señora, ya han venido.

Mis primos y yo nos miramos con esa sonrisa tonta y cómplice de los pequeños. ¿Es que no nos veía? Con sus elegantes dedos, frunciendo las cejas, la abuela le indicó que se marchara. ¿Quién ha venido? Le pregunté a Brígida cuando pasaba por delante de mí. La curiosidad no es buena, me espetó mirándome con sus ojos saltones.

—Brígida —apuntilló la abuela después de beber un sorbo de chocolate—, los que vienen no siempre son buena compañía, y, además, ya sabe, sus padres me tienen prohibido que los juntemos.

¿Pero quién viene? ¿Dónde están? Queremos conocerlos, gritábamos muertos de curiosidad y risa. Y ante nuestras protestas, el ama se dio la vuelta y atravesando la biblioteca se sentó a los pies de la otomana.

—¿Se los va a presentar? —preguntó la abuela sin mirarla, calentándose los dedos con su humeante jícara de porcelana azul.

—Ellos saben muy bien quiénes son los que están aquí y a éstos —dijo señalándonos— les da lo mismo.

Continuó diciendo que no era bueno estropearles la tarde a los otros, porque, al fin y al cabo, ellos eran los que definitivamente moraban en la casa.

La abuela se encogió de hombros y Brígida se levantó, nos miró de soslayo y acercándose a las ventanas, corrió los pesados cortinajes de terciopelo verde, casi negro. La biblioteca se quedó con la sola luz de la lámpara del techo, cuyas candelas comenzaron a titilar hasta que casi se apagaron. En aquella penumbra en la que apenas nos veíamos, despacio, mis primos y yo nos fuimos acercando hasta formar una piña. El ama volvió a sentarse en el mismo sitio.

Nos encontrábamos a la espera, en el más absoluto de los silencios, cuando comenzamos a escuchar un quejido que salía de la boca abierta, oscura como un pozo, de Brígida, que agitaba la cabeza con fuertes movimientos. La abuela Olivia, con la más inocente de las expresiones, daba besos al aire moviendo las manos, blancas, cálidas, como alas de paloma, acariciando algo que solo ella lograba ver. La habitación se inundó de risas, de imperceptibles voces y del frufrú de sedas. Una corriente de aire helado, quizá producido por los movimientos de aquellos que no veíamos, nos hizo temblar. Más temblábamos aún, cuando los libros comenzaron a salir de los estantes, y llevados por invisibles dedos, se desplazaban por la habitación. Como si estuviera sostenido por alguien, uno de ellos se colocó sobre la butaquita tapizada en capitoné. Los otros se quedaron quietos, parecían descansar sobre ausentes regazos aposentados por el suelo. Y ese alguien, una vez acomodado, emitió un leve carraspeo. Después, la voz dulce, amistosa, de un invisible joven, comenzó a leer en alto las páginas del libro que sostenía entre las etéreas manos.

Aterrados y sudorosos, pegados unos a otros, mis primos y yo escuchamos el relato de aquella voz que desgranaba las vicisitudes de un indio, cuyo triste final fue la muerte en una cueva, abrazando su tesoro, un cofre lleno de joyas.

Cuando los invisibles dedos pasaron la última hoja, escuchamos el ruido de las tapas de cartón al cerrarse. Lentamente, los libros en el más profundo de los silencios, volvieron a flotar a través de la biblioteca para colocarse cada uno en su sitio.

Y como si nada hubiera ocurrido, Brígida se levantó y abrió las cortinas. Nos miró con los turbios ojos entrecerrados y torció el gesto en algo que parecía una sonrisa. Volviéndose hacia la abuela dijo que iba a encender las luces del jardín, señora. Se estaba haciendo tarde y en cualquier momento vendrían nuestros padres a celebrar la Nochebuena.

© Malena Teigeiro

A través de la letra

Liliana Delucchi

Con sumo cuidado Daisy ingresa en la biblioteca, esta mañana tiene que quitar el polvo de los libros. ¡Hay tantos y están tan bien cuidados! Es un día soleado y la luz entra por las ventanas, se detiene en los cojines, avanza por los tapices e ilumina las plantas.

La joven se desliza por la alfombra como si no la pisara, con la respiración contenida. El señor ama esa estancia, es donde pasa la mayor parte del tiempo, lee, escribe o dormita en el sofá con algún texto entre las manos. Ella estira el mantel que hay sobre la mesa, con cuidado de dejar los volúmenes tal como estaban, el tintero, las flores. Pasea su mirada por los cuadros y se detiene ante uno en el que se ve a un hombre maduro junto a un niño, le parece que el pequeño la mira con sorna. Las voces que vienen del pasillo le recuerdan para qué ha entrado y se dirige a una de las estanterías para empezar su tarea. Un libro le llama la atención, está descolocado y eso la abruma, al señor no le gustaría. No puede contenerse y lo coge.

En la primera página ve el dibujo de un joven sentado junto a un río con unos pantalones a cuadros, chaqueta raída y está descalzo. Lleva en la mano algo que parece una rama o quizás una caña de pescar. La mira con la misma sonrisa sarcástica que el del cuadro. De pie, junto al ventanal que da al jardín, empieza a leer. De pronto, las letras parecen moverse, estirarse, como abriendo pasillos entre ellas. Se detiene ante una palabra, en realidad un nombre: Tom. Espanta una mosca que se ha posado en esa palabra de tres letras, exactamente en la mitad. No sabe si por el efecto de un rayo de sol que atraviesa el cristal o si es por las pocas horas de sueño que le ha dispensado la noche anterior, pero Daisy ve que esa “o” se agranda, se extiende a lo ancho y alto de la página y la cubre por completo. El agujero se amplifica hasta llegar al sillón, a la cristalera… Ella lo atraviesa y de pronto está a orillas de un río, junto a un árbol donde ve a un niño pescando.

—¿Tom?

Al no obtener respuesta, la joven empieza a caminar a lo largo de la ribera. Hace calor y una nube de insectos revolotea entre las ramas de los árboles; un arroyo se encamina hacia el interior y Daisy lo sigue. Termina en una charca profunda y, descalza, sumerge los pies. Es refrescante. Recostada a la sombra, se queda dormida. La despierta una sapillo sobre su empeine y venciendo el asco que le produce el animal, se desviste y se mete en el agua. Su cuerpo reacciona al contacto con el frío. De pronto, una corriente la arrastra hacia el centro y luego hacia abajo. Daisy no sabe nadar. Una masa oscura la cubre. Es el final, morir aquí, en un lugar desconocido, sin despedirme de nadie. Miedo. Silencio.

El libro se le cae de las manos, la biblioteca sigue tan luminosa como cuando entró esta mañana. Se toca el vestido, está seco, como su pelo y sus pies. ¿Tuve un sueño? Termina rápido sus tareas y cuando cierra la puerta de la casa para dirigirse a la suya, ve un niño sentado en los escalones de la entrada. Viste un pantalón a cuadros, una chaqueta raída y está descalzo. En la mano una rama o una caña de pescar. Levanta los ojos hacia la joven.

—¿Daisy?

© Liliana Delucchi

El mudo

Marieta Alonso

A mis años recuerdo haber sido feliz por un instante. Hubo un chico dentro de mi cabeza al que parecía que yo le gustaba. Nunca lo supe a ciencia cierta. Miraditas, leves rozamientos, préstamos de libros, siempre a mi vera, pero palabras de amor o algo relacionado con ese verbo, ni por asomo. En cambio, yo lo amaba. Sé que parece cursi, pero es la verdad.

Una tarde de primavera, era víspera de exámenes, nos encontrábamos el grupo de clase sentados en la hierba, cuando alguien preguntó si sabíamos lo que se prometían uno al otro en la ceremonia matrimonial. Yo sí, yo también, dijimos al unísono los dos panolis. Y mirándonos a los ojos repetimos aquello de: Yo fulanita, yo menganito me entrego a ti…, para amarte y honrarte hasta que la muerte nos separe.

La emoción que nos embargó fue de tal calibre que nuestras miradas se eternizaron por dos minutos. Cerré los ojos y me vi ante el altar, vestida de blanco y recibiendo el beso tras “Os declaro marido y mujer”.

Pasaron los años y terminamos los estudios. Se marchó a otro país. Yo seguí soltera. Nunca encontré a nadie, ni juez ni párroco, que me eximiera de aquella promesa que no fue refrendada por una firma.

Ayer, al cabo de cincuenta años, nos encontramos en la misma biblioteca, entre los paneles de marquetería. Se me cayeron los libros. El bibliotecario vino en mi ayuda, ninguno de los dos estábamos para agacharnos. Él me miraba con unos ojos desgastados por el tiempo sin musitar palabra. Sonreímos. Y fue como si nuestra promesa de amor se renovara.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Emigrantes

15 noviembre, 2016 por Akelarre 8 comentarios

Emigrantes

Emigrantes

A finales del siglo XIX, miles de españoles iniciaron la emigración hacia el Dorado, hacia los nuevos países de Ultramar. A mediados de los años cincuenta, los nietos de aquéllos, volvieron a hacer las maletas. Ahora ya no acudían a los puertos. En las estaciones de tren, en los aeropuertos tomaban billetes para Alemania, Francia, Suiza… Tanto en aquella ocasión, como en ésta, para muchos, fue un viaje sin retorno. Ahora, nuestros jóvenes y no tan jóvenes, van indistintamente a Latinoamérica, a Centro Europa, llegando incluso hasta China y Australia. Buscan, como sus mayores, un futuro mejor.

Rosalind

Cristina Vázquez

El columpio

Malena Teigeiro

Un hada gigante

Liliana Delucchi

Ida y vuelta

Marieta Alonso

Rosalind

Cristina Vázquez

 Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
(Poeta en Nueva York. Federico García Lorca)

¿Quién es esta niña? Vaya cara de cateta tiene.

Rosalind le arranca la foto de las manos y sin mirarla apenas, le contesta que la había comprado en una tienda de viejo y que la niña le pareció muy mona.

Las luces intensas de neón iluminan con frialdad el despacho dónde están las dos amigas. Rosalind es la redactora jefe de una revista de moda de gran tirada en Estados Unidos y la otra la estilista. Se conocen hace años, colaboran sin demasiadas tensiones, con la dosis adecuada de competitividad y exigencia que les permite mantenerse en sus puestos.

Cuando entró a trabajar con una beca, hacía ya veinte años, le pareció que el piso dieciocho de directivos no lo alcanzaría nunca. En casa la llamaban Rosaurina y había conocido el largo, larguísimo trayecto hasta llegar a Manhattan y llamarse Rosalind. Frío helador en invierno, horas de metro con gente adormilada y absurda, carreras, codazos, hasta aprender a poner ella el pie encima, a perfeccionar su inglés con un tono británico, pues se había educado en Inglaterra, mentía. Se estudió con detenimiento el mapa de Gran Bretaña, la lista de colegios buenos y los barrios de Londres, para que no la pillaran. Sí, de España conocía sobre todo el Sur, a veces iba de vacaciones con su familia. ¡Tan diferente y simpática la gente! Era un sitio adorable y aún exótico en sus costumbres.

Cuando volvía a su piso, diminuto pero bien situado, lanzando los tacones al aire y con una copa de vino en la mano, llamaba a su madre que vivía en el Bronx. Después de escuchar un rato sus quejas, sus dolores, y con la promesa de ir el domingo, colgaba con irritación.

Llegar a casa de la madre le suponía otro trayecto largo y fatigoso. Su único día de descanso se emborronaba en olores picantes, griterío de niños por la escalera pintarrajeada, y un profundo desánimo al verla cada vez más vieja, más triste y más alejada de ella. Sus puntos de convergencia se fueron separando tenue pero firmemente, hasta llegar a un lenguaje inconexo entre ellas.

No soportaba verla en zapatillas con una bata acolchada en invierno o de dibujitos chillones en verano, hablando cada vez más de su pueblo, de sus hermanos, de lo difícil que le resultó marcharse, de lo duro que fue vivir y educarla en este país tan diferente. ¡Siempre lo mismo! Con unas lágrimas indecisas, un pelo mal teñido de color anaranjado y unas manos callosas. Ella se mira su perfecta manicura rojo Byzancio.

Que volviera de una vez a su pueblo, le decía con impaciencia, pues la madre era la representación del mundo que quería olvidar, el mundo al que odiaba pertenecer, el mundo que con su esfuerzo había conseguido superar. Ella, en cambio, era la respuesta a un fracaso de vida, a la emigración ramplona, a la extranjería permanente.

La madre con los hombros levantados, la mirada húmeda de una nostalgia acuosa, se quejaba que ni de aquí ni de allí, y que la vez que volvió no conocía a nadie. El pueblo estaba tan cambiado que tenía que mirar las fotos para poder ubicar las casas, el bar, la tienda de ultramarinos, la huerta. Ya tenía apartados los ahorros para que cuando muriese, la mandara para allá, pero con los ojos cerrados y se los frotaba con un pañuelo arrugado. El acento de su infancia le salía con una cadencia tan marcada que Rosalind no lo soportaba.

¡Mamá por favor, no empieces!

Fue distanciando las visitas, no tenía tiempo. Volvió un domingo que no estaba previsto, pues no pudo hablar con ella en toda la semana. Las vecinas le dijeron que se la llevaron al hospital. Había tenido un derrame cerebral y seguramente no sobreviviría. Se sentó a su lado y de repente reapareció un rasgo de juventud en su cara, una dulzura olvidada en el rostro forzadamente relajado. El único ruido era el respirador artificial, suave y continuo. Abrió el cajón de la mesilla. Estaban las gafas, su carnet, el rosario y una foto. La miró con atención. Vio una niña sentada sobre unas maletas y en su carita se resumía la desolación y el miedo. Detrás, la fecha, el nombre de su madre y el puerto desde el que salió.

Y supo con desolación que ya era tarde.

© Cristina Vázquez

El columpio

Malena Teigeiro

Espera aquí y no te muevas, dijo mamá sentándome encima de la maleta. Creo que me puso allí para distinguirla. ¡Casi todas eran iguales! Cerca de mí, también sentado, pero sobre un baúl, había un niño. Estaba igual de aburrido que yo. Comencé a fijarme en el trabajo de los marineros. Cargaban los equipajes en unas redes, la grúa las levantaba, luego, despacito, las dejaba sobre el muelle.

—¿Crees que se acordarán de que estamos aquí? —gritó impaciente el niño.

Me encogí de hombros. Mi madre sí que se iba a acordar. ¡Le guardaba su maletón! Continué mirando las redes. Pensé que era apetecible bajar como uno de aquellos bultos, balanceándome igual que lo hacía en el columpio de la higuera. El niño movía los pies dando patadas a su asiento. Me gustaban sus zapatos marrones de piel muy brillante. Miré los míos. Estaban sucios de barro, aunque fuera de tierra de la aldea. Levanté un pie y toqué una punta. Me llevé los dedos a la nariz. Ya no olían a prado, ni a establo. Ahora sólo estaban sucios. Los suyos quizá eran nuevos.

—¿Qué haces? —me chilló otra vez. Inclinando la cabeza, levanté un hombro—. ¿Crees que se habrán olvidado de nosotros?

Estaba asustado. ¡Ojalá se hubieran olvidado! Con un poco de suerte me devolvían a la aldea con mis abuelos. ¡Pobres!, cómo me abrazaban antes de subir al autobús que nos llevó hasta el puerto de La Coruña. Cuánta gente. Me daba un poco de asco tanta lágrima, tantos mocos entre los besos. El abuelo me miraba sonriente, con sus tristes y desteñidos ojos azules. Quizá se los habían lavado con lejía, como hizo mamá con el delantal del colegio. Aunque él me dijo que era porque les había dado mucho el sol. No sé. Llorando, le pedí que no tirara el columpio, que iba a volver pronto. Lo abracé y me costó separarme de su calor, de su olor a humo, a hierba.

—Tengo hambre. ¿Tú no? —gruñó lloriqueando.

Lo miré. Se había tumbado sobre el baúl. Temblaba. Miedica, pensé. Metí la mano en el bolsillo y le enseñé un trozo de pan con queso. No te lo tomes todo, había dicho mamá al dejarme sobre el equipaje. No sé cuándo podremos volver a comer. Él se bajó y vino a sentarse conmigo. Casi no cabíamos. Le iban a robar sus bultos, pero a mí me daba igual. Le estaría bien empleado. Era bobo. Comenzó a morderlo. Masticaba muy deprisa y se le iba a acabar pronto. ¡Qué torpe! Olía bien. No como mi abrigo que todavía tenía el olor del hollín de la cocina y de las vacas.

—¿Tienes más? —moví la cabeza—. ¿Por qué no hablas? ¿No tienes lengua?

Me giré hacia él despreciativa. Abrí la boca y se la enseñé. También le daba patadas a nuestra maleta. Si mamá lo veía, se iba a enterar.

—Vas a pasar mucho calor con ese abrigo.

Lo miré despacio. Él vestía traje marrón, como el de los tíos cuando iban al baile de la feria. La abuela decía que le gustaba verlos cuando vestían de lujo. A mí mamá siempre me hacía un vestido nuevo para ir a la misa de la feria. El último era blanco. Había roto una sábana y la abuela se enfadó.

—Yo vivo aquí. Bueno, en una ciudad más pequeña, que no tiene mar, aunque muy cerca hay una playa. Está muy bueno —dijo señalando el bocadillo.

Lo miré. ¿Es que era tonto? Pues claro que estaba bueno. Era del queso que hacía el abuelo. ¡Qué pena que ya se hubiera acabado!

—Hemos ido a ver a los padres de mis papás. Llevábamos quince años sin verlos. Les hemos llevado muchos regalos, ¿sabes?

Mentiroso, pensé. ¡Apenas era mayor que yo! A mí que me importaban sus regalos. Seguí mirando el trajinar de las redes.

—En la aldea de mi mamá en vez de dulce de guayaba, tenían uno de membrillo, que no me gustaba.

¿Dulce de guayaba? Qué será eso, pensé alzando los hombros hasta casi las orejas. Lo vi limpiarse las manos en el pantalón que se le llenó de migas.

—Y mi tía se viene con nosotros para cuidarme, porque nos hemos comprado un almacén y mis papás tienen que trabajar todo el día. ¿Tú no te quedas con tus abuelos?

Es idiota. ¿No ve que estoy aquí? Y además no paraba de hablar. Seguía con su tontuna de golpear el equipaje con sus zapatos marrones. Eran más bonitos que los míos, pero él era tonto. Por fin llegó mamá a buscarme. Le hizo bajarse de nuestra maleta y lo dejó allí plantado. No le dije adiós.

No quince, sino veinte años más tarde, volví a la aldea. Apenas quedaba nadie viviendo en ella. Solo algunos viejos acompañados por las abandonadas casas, por los campos sin cultivar y las cuadras vacías. Después de visitar el cementerio y limpiar la tumba familiar, me dirigí a la casa de los abuelos. El tejado estaba hundido y el suelo de la habitación se había caído sobre la cocina, arrastrando mi cama de hierro, antes pintada de azul añil. Paseando por la huerta llegué hasta la higuera. Las carcomidas cuerdas del columpio, ya sin tabla, seguían colgadas de la rama, aunque solo sirvieran para mecer el transcurrir del tiempo.

© Malena Teigeiro

Un hada gigante

Liliana Delucchi

Falta poco. Por eso he venido a sentarme sobre nuestra maleta. Son todas muy parecidas y no quiero que se confundan. En ella llevo mi cuento y mi muñeca. El libro es el de Mamá Cabra y los Siete Cabritos, que la abuela me leía todas las noches. Es mi preferido y también el único que me regalaron. Aunque ella sabe muchas historias, ésa es la que más me gusta. Se quedó en el pueblo, dice que ya está muy vieja, y que con lo que le costó hablar castellano, no está para aprender otro idioma que suena tan raro. Aquí, en el barco, hay mucha gente que habla raro, pero he jugado con otros niños y aunque a veces no los entienda, me divertía igual. Ellos no saben de mis amigas las hadas, que veces se escondían entre las coles, mientras hubo coles, pero después vinieron esos hombres que se llevaron las hortalizas que cultivábamos. Mi padre ocultó algunas en el granero, y por suerte no las encontraron, así pudimos comer hasta que marchamos para el puerto. Nunca había visto tanta gente junta; se empujaban y mostraban papeles para subir al barco. “No te despegues de mí”, me había dicho papá. Y no me separé ni un momento. Ni de él ni de nuestra maleta, porque dentro llevo mi muñeca que es un hada. Me daba mucha pena la pobrecilla, allí encerrada, pero como es invisible, seguro que en algún momento se escapó para pasear por la cubierta.

Cuando nos separamos de los primos, lloré. Mamá me dijo que no lo hiciera, que ellos también emigrarían pronto. No sé qué quiere decir esa palabra, debe ser algo malo, porque hacía pucheros, pero yo le apreté la mano para que no tuviese miedo. Vamos a un país donde no te despiertan los aviones y donde la gente no corre para esconderse. Además, allí está el tío Julián, que le consiguió un trabajo a mi padre y que dice que podremos comer todos los días y varias veces al día.

Suena la sirena, estamos llegando y toda la gente se va para adelante. Yo no, no quiero separarme de mi maleta, además, si el hada que nos espera en el mar es tan grande como dicen, seguro que la veré desde aquí. Mamá me dijo que tiene una isla para ella sola, que me llevará a verla y que levanta una antorcha que es capaz de iluminar hasta la aldea. Entonces… quizás pueda ver a la abuela.

© Liliana Delucchi

Ida y vuelta

Marieta Alonso

Era invierno. El frío se colaba por las rendijas hiriéndome la cara, las manos y el trocito de pierna que se quedaba al aire entre los calcetines y el pantalón. Estaba aburrida y cansada de tanto esperar. No sé qué hacía allí, encaramada en nuestra única maleta. Mi mamá me aconsejó no tocar nada. Nos vamos a otro país en busca de una buena vida, eso lo dijo papá y mamá contestó que era lo mejor que se podía hacer si queríamos salvar el pellejo. Estoy triste. No tengo con quién jugar. No hay ningún niño a la vista. Y como mis padres están nerviosos, es mejor que me aleje de ellos no sea que reciba una regañina. Al no tener nada que hacer, me tumbé en el suelo, y me dormí.

Recuerdo ese día como si fuera ayer ¡Y ya han pasado setenta años! Aquella niña hoy habla, sueña y piensa en francés. Con mis padres fue distinto. Ellos no llegaron a aprender bien el nuevo idioma, lo chapurreaban, con terminar las palabras en “e” pensaban que les entendían. Lo que sí hicimos siempre fue comer en español: cocido, tortilla de patatas, paella.

Con ellos hablaba nuestra lengua materna y con los demás en mi idioma de adopción. Cuando teníamos que hacer alguna gestión en la escuela o ir al médico, les servía de intérprete desde bien chiquita. En el mercado, al principio, mi madre se hacía entender por señas, pero luego aprendió las palabras necesarias para comprar.

Trabajó en una fábrica de cerveza y regresaba a casa agotada, mi padre como era un gran mecánico, entró en Peugeot, y a la noche se desplomaba estrepitosamente en su sillón preferido.

—Da gracias a Dios que no tienes que estar en la construcción—, le reconvenía mi madre.

Los años fueron pasando y mis padres no dejaban de mirar hacia España. Yo, en cambio, con la vista puesta en París me fui a estudiar a la Sorbona. Me casé con un chico francés, a pesar de que mis padres pusieran el grito en el cielo.

—Ahora sí que nunca regresaremos a nuestra tierra. Entre Franco que no se muere y la niña que se casa, ¡apañados vamos!— rezongaba mi madre.

En mi nuevo hogar pasar de una lengua a otra era lo habitual, así mis hijos tuvieron dos idiomas sin grandes esfuerzos y pudieron comunicarse con los abuelos, que les enseñaban a cantar villancicos, coplas, a bailar la jota y a comer como es debido.

Hoy regreso a España con uno de mis hijos, el soltero, que a sus muchos años no quiere dejar de cumplir lo que prometió siendo niño a los abuelos: volver en su nombre.

Y me siento extraña.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 10
  • 11
  • 12
  • 13
  • 14
  • Página siguiente »

Copyright © 2026 · Agency Pro Theme On Genesis Framework · WordPress · Acceder