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Restaurante Lhardy

15 junio, 2018 por Akelarre 17 comentarios

Restaurante Lhardy

Restaurante Lhardy

El famoso restaurante Lhardy entra en su tercer siglo de existencia en la misma casa de la Carrera de San Jerónimo donde abriera sus puertas en 1839.

Gran parte de la historia de España se ha tramado entre la elegancia de estas paredes, bajo sus lámparas que evocan la etiqueta y solemnidad del romanticismo, y en torno a sus manteles que continúan subrayando los más delicados refinamientos gastronómicos.

En este ambiente inalterable, con el estímulo de manjares y amores, se han decidido derrocamientos, repúblicas, restauraciones, regencias y dictaduras.

El tiempo que pasa y vuelve, retorna siempre a los comedores de Lhardy, a la intimidad del salón blanco y a la fantasía oriental, ensueños coloniales del comedor japonés, para seguir tejiendo la historia secreta de España pero, sobre todo, pasado y porvenir se funden en la luz indecisa del famoso espejo, donde nuestras imágenes conviven con las sombras de personajes que allí se reflejaron.

Trabajo nocturno

Cristina Vázquez

La vida de un botones

Malena Teigeiro

Despedida

Liliana Delucchi

A lo dicho, hecho

Marieta Alonso

Trabajo nocturno

Cristina Vázquez

No podía olvidar las primeras palabras de la señora, le rebotaban en la cabeza y en el corazón, tanto que creyó que iba a reventar los brillantes botones de su uniforme. Se veía elegante con su levita cruzada azul marino, la corbata de plastrón y unos botines acharolados que había heredado del portero anterior, pero que aún estaban en buen estado y él, Severiano, los cuidaba con esmero de orfebre.

Por las noches muy tarde, casi en la madrugada, antes de echarse a dormir después de haber cerrado la puerta al último cliente o haber llamado un coche de punto, refugiado en su buhardilla, cepillaba el uniforme y con un paño mojado en leche limpiaba los botines. Volvía a recordar con emoción el momento en que la señora se dirigió a él con picardía.

Era un orgullo ir bien aseado, pues al fin y al cabo, había conseguido un puesto de relumbrón: portero de Lhardy. Casi nada. Gracias a la recomendación del anterior, paisano del mismo pueblo de Galicia y que le había sacado de ir con el chuzo y el farol abriendo puertas. Y las propinas no eran comparables a las irregulares del vecindario del barrio de Pozas.

—Con lo bien plantao que eres, harás carrera —le reconoció al despedirse.

 A él se le quedaron grabadas esas palabras como diamantes la noche que le alertaron de que iba a llegar una visita muy importante. Tenía que estar atento porque la señora no iba a utilizar la entrada principal, sino que subiría por la escalerita que daba a la puerta pequeña.

Apareció un discreto coche tirado por dos preciosos caballos negros, con una coronita pequeña en la puerta. Se bajó una mujer en la treintena, rubia, clara de piel y con unos ojos azules grandes y algo saltones. Le recordó, más entrada en carnes y con más años, a la Virtudes, la moza que le robaba el corazón y esperaba poder traérsela a Madrid en cuanto tuviera un poco de ahorros y seguridad. El mismo color, se decía, mirándola con disimulo.

—Anda, no mires tanto al suelo y dame el brazo —su voz sonó grave y melodiosa.

Él, erguido como un húsar, le ofreció su brazo y la acompañó a la entrada que le habían indicado. Al traspasar el umbral la señora que le llegaba al hombro, le miró con detenimiento alzando la cara, pues Severiano era de buena estatura y complexión fornida. Y sintió como su mirada le recorría sin prisa el frondoso bigote rubio y la boca de religiosa perfección. A Severiano le empezó a temblar el alma. ¡No podía ser que fuera ella! La había reconocido de los cuadros y los billetes y sin venir a cuento, se quitó la chistera y se dobló de tal manera que casi empuja a la regia dama.

—Déjate de reverencias y ayúdame a subir las escaleras —dijo socarrona.

Como eran muy estrechas él se colocó de espaldas a las mismas sujetándole las manos. Renqueaba con cierta dificultad por lo abultado de las faldas y de ella misma. En una vuelta casi se queda encajada.

—Si sigo comiendo los cocidos de este sitio van a tener que ensanchar la escalera —rio con franqueza.

Le pidió que la alzara del suelo para acceder el otro tramo. Así lo hizo, y mientras la sostenía con dificultad, su perfume de nardos le inundó y se trastornó al tener tan cerca una mujer tan fina. Ella se reía con desparpajo, animándole, vamos, que ya casi lo conseguían. Y al llegar arriba la esperaban maîtres y camareros doblados. Con disimulo se quitó una pulsera y se la dio.

—Con lo guapo que eres seguro que tendrás una enamorada —-se le hicieron dos hoyuelos en la redonda cara y le apretó la mano —. Regálasela, pero no te vayas lejos.

A partir de ese día le subieron el sueldo y le compraron unos botines nuevos. Esperaba con impaciencia la llegada del discreto coche negro, pues siempre le caían unos doblones o alguna joyita. Al fin y al cabo, como era un buen empleado, concienzudo y serio, cumplir con el deber en el comedor interior forrado de cordobán, no podía decirse que fuera un trabajo muy duro.

Él pensaba en su Virtudiñas, ya le enseñaría lo que era ser un señor de los pies a la cabeza.

© Cristina Vázquez

La vida de un botones

Malena Teigeiro

Antes de llegar aquí, fui botones de Lhardy. Cuando entré a trabajar al restaurante tenía diez años. Mi uniforme me gustaba. Era rojo con multitud de botones dorados, un bonete sujeto a la mandíbula por una estrecha correa de piel, guantes blancos y negros botines. El trabajo lo había conseguido porque mi madre planchaba la ropa para la esposa de un señor importante, de los que en aquel tiempo mandaban y que tuvo a bien recomendarme. Desde el primer día me sentí importante, aunque mis funciones solo consistieran en ir de allá para acá, atendiendo los deseos de los clientes. A Lhardy iban personas de lo más principal, incluso llegaban a comer o cenar grupos de mujeres sin hombres. Y no crea, no se veía mal, no. El anciano se detuvo y suspiró. Pues como le decía, mi trabajo consistía en ir a por los periódicos, comprar cigarros, llevar tarjetas y sobres a los domicilios, y cualquier otra cosa que se pudiera necesitar. Y fue en aquellos días cuando la vi. Era pequeña, regordeta y con un triste brillo en sus alegres ojos, como la del que lo tiene todo pero que le falta lo que desea. Sólo iba al comedor blanco, aunque a mí el que más me gustaba era el japonés, al que acostumbraba a ir el amigo de la señora. En mis primeros tiempos, cuando ella entraba allí, no me dejaban pasar ni por el pasillo y tenía que dar la vuelta por la escalera.

Ella solía venir muy a menudo, a veces sola, otras con amigos, y casi siempre la esperaba el hombre alto, de cabello blanco, delgado y con el labio inferior bastante grueso. Mi jefe, don Emilio, el dueño, y que al ser francés era muy elegante, hablaba con una media lengua castellana sin pronunciar bien las erres, un día me ordenó que cuando la señora entrara en el comedor me colocara detrás de la puerta y que estuviera bien presto a realizar cualquier servicio. Todavía lo recuerdo: No te muevas de ahí, ¿me entiendes?, masculló agarrándome por la oreja. Él llegaba siempre embozado, ella subía riendo, saludaba a don Emilio, que le correspondía con una inclinación con la que casi tocaba con la frente el suelo, y entraba con sus orondas caderas y su regordete rostro.

Una noche hubo una gran discusión. De pronto escuché ruidos de espadas. Ella, bastante tranquila, salió del comedor. Se colocó un dedo delante de los labios y yo comprendí. Venga por aquí, le susurré. Y me siguió hasta la puerta de atrás.

Días después llegó a la corrala en donde vivíamos, un alabardero de palacio. Llevaba una carta y siguiendo las instrucciones de aquel recado, vestido con mi uniforme rojo de botones dorados y sin soltar la mano de mi madre, bajé por la calle Arenal. Luego de cruzar la plaza de Oriente, entramos en el inmenso edificio guiados por un criado, que nos entregaba a otro, y así hasta llegar a una sala en donde una señora me ordenó que la siguiera. A mi madre le dijo que se sentara y que no se moviera de allí hasta que regresáramos. ¡Era no conocerla! Seguimos cruzando salones hasta llegar a un pequeño despacho en donde la señora estaba escribiendo. Se levantó y me abrazó. Olía muy bien. Y aunque era bajita y regordeta, como yo era muy chiquitajo, me hundió entre sus senos. ¡Qué bien olía! Cómo la mejor flor del parterre. Y mi madre, que como no podía ser de otra manera nos había seguido, se emocionó al verla. Y lo sé porque la escuché hipar. A ver si se enfada, recuerdo que pensé. Cuando ella la vio, le dio las gracias por la buena educación que me había dado, y por el buen corazón que tiene su hijo, señora. Y mi madre con la emoción del momento, le hizo una reverencia tan grande que se cayó de rodillas.

Y así cambié la puerta del comedor del restaurante por la de su despacho. Hasta que se fue a San Sebastián de veraneo y después a París. Y como nadie me dijo nada, yo continué allí haciendo guardia mientras esperaba su regreso.

Seis años más tarde, ocupó el despacho su hijo, que también era muy agradable. Dijo que quería que yo continuara detrás de la puerta de su despacho, igual que había hecho con su madre. Y así lo hice. Los primeros tiempos fueron muy alegres. Se casó con una señorita andaluza de bien, risueña, graciosa y dicharachera. ¡Ay!, la pobre se fue para el otro mundo en un sentir. A todos nos dio mucha pena. ¡Era tan joven y guapa! Luego se volvió a casar. Pero la nueva ya no fue lo mismo. Era bastante seria, y tiesa, aunque lo cierto fue que nadie pudo nunca decir que no fuera educada y amable. Y desde luego era bella, pero sin la guapura esa que tienen nuestras mujeres. Cuando me veía le gustaba preguntarme por mi familia —entre tanto me casé y tuve tres hijos, que se me colocaron de granaderos—, pero como yo estaba acostumbrado a ese deje del sur en el acento, como ella lo tenía que parecía que en vez de saliva llevara chorros de hierro en la boca, pues no me resultaba agradable del todo.

Y ahora, ya ve, aquí sigo, detrás de la misma puerta y del mismo despacho, echando de menos a aquella que me trajo desde el restaurante Lhardy. Eso sí, hace ya tiempo que me han puesto una silla.

© Malena Teigeiro

Despedida

Liliana Delucchi

El bastón suena acompasando los pasos que lo siguen sobre la acera de la Carrera de San Jerónimo. Erguida, como si los años no hubieran pasado por ella, doña Concepción mira sin reconocer los escaparates a lo largo de la calle hasta llegar a una puerta acristalada que le abre un señor bien vestido.

—He vuelto, querido, y todo sigue igual —murmura mientras la acomodan.

—Cocido completo —ordena al maître— …y una botella de Vega Sicilia.

Sentada a la mesa de entonces, la que está frente al espejo, mira con nostalgia el reloj que sigue en el mismo sitio y oye lejana la voz del camarero:

—¿Espera a alguien más, la señora?

Concepción levanta los ojos ante ese hombre atildado y con una sonrisa responde: «No».

Suspira profundamente. Solos como entonces, querido, pero esta vez el resto de los comensales son desconocidos. ¿Recuerdas cuando señalando una mesa con la mirada me informabas ese es el ministro tal o a tu derecha está sentado el secretario cual con su nueva amante? Se estira la falda antes de extender la servilleta. Nos reíamos inventando las historias que imaginábamos sobre todos ellos y tú me contabas esos secretos de estado que nunca debían salir de tu boca. Éramos intocables. Hasta que llegó la verdad, hasta que un día, sentados a esta misma mesa, me dijiste que te habían defenestrado. Te enviaban como embajador lejos, muy lejos.

La mujer aspira el aroma del caldo y piensa en el doctor Fernández. Valiente cretino. Decirme que cuide la dieta, a mi edad y en mi estado. «Ni carnes ni grasas, señora, y olvídese del alcohol» Me dijo durante la última visita. ¡Como si fuera a hacerle caso!

No hubo despedidas, aquella fue la última vez que nos vimos. Partiste con tu familia y no volví a saber de ti. Bueno, algo sí. A través de conocidos supe que esperabas un cambio de gobierno para volver, pero si bien los gobiernos cambiaron, nunca volviste. No lloré. Ni una lágrima. Por eso estoy aquí, para saldar esa cuenta conmigo misma, para poder alejarme como es debido, para decirte adiós en este lugar en el que compartimos tantas cosas bonitas.

No puede terminar el plato de cocido, deja la mitad, pero apura unas copas de vino. No es por hacerle caso al médico, es porque mi estómago ya no puede con tanto. El tiempo se ha llevado hasta mi apetito.

Cuando el camarero se acerca para ofrecerle algún postre le dice que no, solo una copa de Peinado.

—Y en media hora me pide un taxi, por favor –agrega con esa sonrisa que sí ha conservado.

Levantando la copa de brandy, antes de beber el primer sorbo, murmura: Hasta pronto, querido.

Ya en el taxi, siente la pesadez provocada por la comida y el alcohol. Mira a través de la ventanilla esa tarde de invierno que cae sobre Madrid, los magníficos edificios que empiezan a iluminarse. Baja el cristal para aspirar el aire helado y escuchar el ruido del tráfico. Vuelve a levantarlo, apoya la cabeza contra el respaldo y siente unas gotas saladas que descienden por su rostro para perderse en los labios entreabiertos.

—¿Se encuentra bien, señora? —Le pregunta el conductor, un joven con el pelo muy corto y un pendiente en el lóbulo derecho.

—Estupendamente, hijo. Y le voy a dar un consejo: llore de vez en cuando, no sabe cuánto alivia el alma.

© Liliana Delucchi

A lo dicho, hecho

Marieta Alonso

La otra noche perdió la serenidad. Presa de la angustia no pudo dormir. Y se sorprendió al sentir tristeza y celos. Ella era así, cualquier secreto, por nimio que fuese, lo consideraba alta traición.

No pretendía que todo el mundo la amara. Con que unos cuantos lo hicieran era suficiente, pero el respeto era fundamental, pensaba mientras se colocaba con nerviosismo los finos guantes.

Aún era temprano. Se acicalaba para tomar las riendas de su vida a pesar de la borrasca que caía sobre Madrid, y que desde la víspera no había dado respiro. Luego al salir a la calle la abofeteó ese olor que acompaña a la primera lluvia tras un largo período de sequía —los ingleses lo llaman petricor—. Insoportable ese vaho para ella. Lograba que sus sentidos comenzaran a desperezarse, y eso era lo que menos le apetecía.

Decir que estaba enojada con su marido era una valoración optimista. Aquel hombre era todo barriga y astucia. No podía consentir que hubiera llevado al Ritz a una baronesa teniendo en casa a una duquesa, ¡nada menos! Según rumores fidedignos la llevaba a comer a Lhardy en compañía del embajador ruso.

Con ella prefería la intimidad del hogar porque eran malos tiempos para permitirse el lujo de gastar tanto, sostenía; y se ufanaba de ser duque, aunque el título era de ella. Para colmo, esa noche, después de que ella cuestionara su fidelidad, dobló el periódico por la mitad mirándola con cariño, la invitó a sentarse a su lado comentando que abordaría, con su permiso, los problemas de uno en uno. Pero luego mirando el reloj añadió que, al día siguiente sin falta, hablarían. Y aseveró que tenía una reunión importante.

—Si sales por esa puerta a tu regreso la encontrarás cerrada —señaló con furia contenida y tono arrabalero.

—Mujer, no es digna de ti esta escena.

Y acariciándole la mejilla con indiferencia, tomó su bastón, su sombrero y se marchó.

Suerte que ella era una mujer de recursos. Así que llamó a un detective y a un abogado especializado en divorcios.

Y allí estaba, ahora, en Lhardy, bebiendo consomé hecho en el lujoso samovar de plata, a la espera de conversar acerca de su separación.

El detective llegó con fotos que no dejaban lugar a dudas, no quiso pensar cómo las consiguió. El abogado se presentó con un cartapacio bajo el brazo y ella gozó al pensar en la cara que pondría su querido marido al constatar que la amenaza de aquella noche no fueron meras palabras.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El vino

15 mayo, 2018 por Akelarre 20 comentarios

cuentos sobre vino y viñedos

Viñedos de España

Algunos arqueólogos creen que las uvas fueron cultivadas por primera vez en España cuatro mil años antes de Cristo. Lo que sí se conoce es que durante el dominio romano el vino español fue comercializado y exportado por todo el Imperio. Años después, Hispania fue invadida por hordas germánicas que destruyeron muchas plantaciones. Durante la dominación árabe, el cultivo de la vid permaneció, e incluso mejoró, continuándose con el cultivo de los viñedos y la elaboración del vino, principalmente en los monasterios. En tiempos de la Reconquista, se volvió a exportar vino español al resto de Europa.

Con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, al mismo tiempo que se abría un nuevo mercado para el vino producido en España, los misioneros y conquistadores llevaron las vides españolas, vides que todavía dan sus frutos en toda Hispanoamérica.

Hoy día, con los nuevos métodos de transformación de la uva, las bodegas españolas producen unos caldos reconocidos como los mejores en todo el mundo.

Tiempos dulces

Cristina Vázquez

Doña Matilde y Don Alarico

Malena Teigeiro

El sabor de la tierra

Liliana Delucchi

Mancebía en el viñedo

Marieta Alonso

Tiempos dulces

Cristina Vázquez

Fueron tiempos dulces, tiempos de esperanza en los que las luces de septiembre se dilataban en atardeceres rojizos. Saboreábamos las horas sin prisa, mirando la plenitud de las viñas como un reflejo de nuestros sentimientos. Sólo presentíamos futuros luminosos.

¿Quién nos lo iba a decir?, querido mío, que casi medio siglo después estaría sentada en la misma veranda con otras sillas más confortables y feas, acordándome de ti con igual emoción y una nueva nostalgia.

Te escribo a sabiendas de que esta carta probablemente no llegará nunca a su destino, pues ni siquiera sé si aún vives. Pero necesito recordar, compartir contigo la plenitud, el brillo de esos días para descargarlos del horror del que luego se llenaron.

Mi recuerdo empieza en esos veranos de niña solitaria en casa de mi abuelo, solos los dos con la mujer que me cuidaba. Fue un tiempo único con sus luces y sombras, imborrables para mí. Mi madre me llevaba en tren hasta la estación anterior al pueblo donde él vivía, ella nunca iba pues su padre le había prohibido volver. Jamás me dijo el porqué.

—Manías del abuelo, ya sabes cómo es —me confesaba con risueño pesar.

En esa pequeña estación me esperaba Isidro, antiguo militar que era el chofer y acompañante de mi abuelo y me llevaba, entre bromas repetidas, a la casona señorial que dominaba el valle de los viñedos. Se llamaba el Dominio de Adaraja —luego supe que esa palabra significa grieta—, y en el pueblo, en voz baja, lo llamaban el del viejo cabrón. Y ése era mi abuelo, un adusto campesino enriquecido en las Américas que se hizo con los mejores viñedos de la zona, caserón incluido, que pertenecieron a la familia de la Torre, antiguos señores arruinados por malbaratar durante años su fortuna. Hoy, él podía pisotearlos después de haber sufrido sus desaires.

—Los que malgastan que lo paguen —repetía a quién quisiera oírle con los ojos encendidos de autosatisfacción y desprecio—. Malditos inútiles los de esa familia, no sirven para nada. Que se mueran.

Como única nieta, era con la sola persona que pareció enternecerse. Recuerdo con cariño la blandura que demostraba conmigo. Que la niña haga lo que quiera, que disfrute, para eso había trabajado él. Y me llevaba subida en su caballo a recorrer caminos señalándome sus posesiones con un amor verdadero.

—Todo será para ti. Tú serás la reina de este lugar.

Al ir creciendo los veranos se me eternizaban en esa soledad y a veces, después de algún gesto mío le sorprendía una mirada angustiada. Me reprendía con brusquedad, que no hiciera eso, que no lo repitiera.

El único momento en que cobraba vida ese campo era al comienzo de la vendimia. La finca se llenaba de gente, de risas, de movimiento y desde bien chica yo participaba. Ese año de mis dieciséis, cuando te vi llegar comprendí que eras el hombre mejor plantado del contorno, fuerte, amable y con una sonrisa que iluminaba con picardía tu cara bruñida. Venías a vendimiar un poco por diversión, un poco por necesidad y porque esas cepas las había plantado tu familia. Lo contabas con gracia, sin un ápice de amargura. Y bajo esas uvas, entre risas y carreras nos confesamos amor. Fueron nuestros primeros besos y creímos que podía ser por siempre y para siempre.

La tarde que le dije al abuelo que quería presentarle a mi novio, se quedó conmovido, casi lloriqueando al pensar lo mayor que era y cómo se había escapado el tiempo entre verano y verano. Cuando se enteró de nuestras pretensiones, y de quién eras, no comprendí el arrebato de sus ojos, la indignación, los gritos y cómo juró ante la imagen de la Virgen Negra, que trasladaba con él allá dónde fuera, que quemaría todo antes de que tú o cualquiera de los tuyos pusiera un pie en sus tierras.

Al día siguiente, pese a mis lloros y protestas, me subieron al coche y sin siquiera despedirme me mandó a casa con la expresa orden de que cursara el siguiente año en el extranjero. Y así fue, me mandaron a Francia tres años, sin volver en verano. Por más que intenté saber de ti, te esfumaste. Luego me enteré de que también tu familia, previo pago de una sustanciosa cantidad, y bajo la amenaza de que quemaría lo poco que les quedaba si volvía el chico, te mandó lejos, muy lejos.

Mi abuelo murió sin que le volviera a ver, sin perdonarle su desproporcionada e incomprensible reacción. Mi amor. Me arrebató el primer amor con crueldad, pero al cabo de los años y tras la muerte de mi madre, comprendí el horror de ese hombre de que yo pudiera enamorarme de ti, pues un alma caritativa me contó el pecado, el escándalo de mi madre cuando se quedó embarazada de quien fue tu padre. Pobre hombre, qué espanto debió sentir. Hoy, vieja yo como él, reina de este lugar como era su deseo, contemplo estos viñedos que me despiertan la dulzura olvidada de esos días. Una cierta congoja se apodera de mí al recordar, pero justifico esta soledad en la que he vivido casi con alegría.

© Cristina Vázquez

Doña Matilde y Don Alarico

Malena Teigeiro

La nube a la que el espíritu de doña Matilde se asomaba, le permitía divisar al completo el esplendor de aquellas que fueron sus tierras, plantadas de viejas y cuidadas cepas.

—Mira Alarico. Mira cómo tiene el chico las viñas. Nunca han estado así, secas, sin espurgar, llenas de sarmientos —le decía a su adorado esposo quien sesteaba en una nube cercana.

Sintió doña Matilde que se le encogía el corazón. Nunca, desde que los romanos se las habían entregado a su familia, habían estado tan abandonadas. Y ella tenía conocimiento cierto de todo lo referente a sus vides, porque, desde que había memoria escrita en los archivos del pueblo, aquellas viñas habían pertenecieron a sus ancestros. En los nuevos tiempos, ya utilizando las ventajas de la civilización, su abuelo, su padre y luego ella, las trabajaron y mimaron con el mismo celo con que cuidaron a sus descendientes. Y su hijo ––¿por dónde andará ahora?––, aunque no tan bien como ellos, también lo hizo. Sin embargo, al cumplir los sesenta y cinco años al chico ––para ella siempre sería su pequeño––como un remusguillo, le había entrado un enorme deseo de viajar, de divertirse, de gozar de la vida. Como consecuencia de ello, le legó la bodega y las vides a su hijo, a la sazón nieto de doña Matilde. Y ahora Alariquito, el nieto… Ése era otro cantar.

––A mí, lo que de verdad me priva es la noche ––repetía el joven acariciándose las flacas y amarillas mejillas.

 Y esas pálidas, ojerosas y verdilunas mejillas, eran la muestra de que en cuanto llegaba la oscuridad Alariquito, iría de un lado para otro, y no siempre con un buen fin. Sin embargo, doña Matilde creía, y siempre de buena fe, que la culpa no era suya sino de aquella, la madre del chico, que desde que entrara en la familia solo se preocupó por los lujos y las fiestas

––Menos mal que tuvo a bien morirse pronto, sino… ––rumiaba siempre que tenía ocasión.

Y ahora, cuando con las obligaciones de la finca estaba un poco más reposado, el joven descubrió internet, con lo que se pasaba el tiempo conectado. Una noche Alariquito se dio de bruces con un casino virtual. Al abrir la página, el sonido, tan real, de las máquinas, el verde color de los tapetes, le atrajeron más que cualquier cosa de las que había disfrutado hasta el momento. Trasegando con el ratón, y sin saber cómo ni por qué, vio que le ofrecían gratis doscientos euros. Sin pensarlo dos veces, decidió probar y gastárselos en unas manitas de póker. Y a pesar de que lo único que conocía sobre este arte era a través de las películas de vaqueros, tuvo suerte y dobló la cantidad en poco tiempo. Entendiendo que aquello era sencillo y que a él se le daba bien, decidió comprar otros doscientos euros en fichas. Volvió a ganar. Puso otros doscientos, y otros, y sin que se diera cuenta comenzó a entrarle el gusanillo y ahora, allí se encontraba, sentado delante del notario, marcadas todavía más las ojeras, entregándole las viñas a su compañero de cartas. ¡Ay, Señor! Si se enteraran sus abuelos allá en el cielo, pensaba para sí compungido mientras estampaba la firma.

Y fueron pasando los días hasta que doña Matilde, que como siempre que había un cielo claro no dejaba con preocupación y tristeza de contemplar sus abandonadas fincas, de pronto pegó un respingo.

––¿Quiénes eran aquellos que andaban entre sus viñedos?

Vuelta hacia su esposo, quien a aquellas horas se encontraba ya acostado entre nubes de blanco algodón tal y como había hecho en vida, gritó: Alarico, mira, ven. Él, como si no la oyera, intentó seguir descansando. Que vengas, ¡hombre! Y don Alarico conociendo a su señora, calmoso, casi sin abrir los ojos, se incorporó y remando su nube, se colocó a su lado.

—Pero ¿qué hacen esos tractores entre las hiladas de vides arrancando las ramas con sus pinzas de metal?

Sintió la dama en su espíritu el dolor, el daño que aquellos hierros les causaban a sus retorcidas y hermosas cepas. De pronto vio que allá, a lo lejos, otro tractor iba arrancando los viejos y añosos troncos. ¿Pero qué sucedía? Aun siendo difunto, el rostro de su esposo, palideció. Ella, transida, cruzó las manos. Decidieron que, por la noche, único momento en que los espíritus pueden entablar conversaciones con los humanos, visitarían a su nieto. Intranquilos esperaron. Y al llegar esa hora en la que ya casi iba a amanecer bajaron hasta su viejo caserón, hogar de sus ancestros. Cuando entraron en la habitación de su nieto, lo encontraron plácidamente dormido con un arrugado documento entre las manos. ¿Qué será? Sin despertarlo, con mucho cuidado se lo quitaron y lo leyeron. Compungidos, volvieron a su lugar en la Eternidad.

Y como pasearse entre sus viñas había sido el goce mayor que doña Matilde había tenido en su larga y próspera vida, su esposo que preocupado veía cómo se agostaba su relamido espíritu, la animó a volver a hacerlo. Y ella, al principio con desgana, luego ya contenta, colgada del brazo de su amado Alarico, se paseaba entre los restos del viñedo hasta esa hora de la madrugada en la que la luz del sol amenaza con apagar la luna.

Y dicen quienes han visto sus incorpóreos cuerpos garbeando entre las hiladas de cepas, que al cruzarse con ellos, los ancianos al igual que siempre habían hecho en vida, saludan amablemente a unos, preguntan por sus familias a otros y se interesan por los hechos del lugar si se da la casualidad de que son el cura o el alcalde.

Y también se habla de que el nuevo dueño llora su precipitación al arrancar las antiguas cepas, pues el vino que sale de esas entre las que doña Matilde y don Alarico pasean, tiene un duende especial, al decir de los entendidos, único en el mercado, mientras que de las nuevas apenas son capaces de obtener un mal vinagre.

© Malena Teigeiro

El sabor de la tierra

Liliana Delucchi

Cuando inició su andar por el camino entre las vides dijo que no volvería. Se equivocó.

Años de vendimia bajo el sol que a veces continuaba inclemente en septiembre, con un mendrugo a la sombra de cualquier mediodía y un trago del vino que quedara de la cosecha anterior. Siempre mirando hacia la casa, aquel porche donde ella se sentaba junto a los suyos, mordisqueando un racimo que hubiese caído de la cesta, con unos ojos que parecían los del retrato del salón, aquella abuela (o bisabuela) que pintara algún artista de renombre. Oscuros, con un marco de pestañas que caía a veces como si cerrara una persiana, escapando de tanta luz.

Parece infinito el camino de pedruscos, seco y polvoriento, como si no hubiera final, como si la tierra se redondeara más para que él no pudiese ver su última etapa. ¿Cuál es? Se pregunta mientras descansa bajo una mísera sombra. Con las piernas estiradas y la cabeza contra un tronco deja el macuto a un lado y rasca la tierra, la araña, coge un poco y lo lleva a la boca. El sabor de la tierra que lo vio nacer, a la que no volverá. «El sabor de tu pelo, el de tu piel o el de tus manos. Ese que nunca probé».

Largo fue el trayecto hasta la ciudad y más aún hasta el puerto. No sabía que los barcos fueran tan grandes ni que hubiera tantos desesperados por partir. Durante las jornadas atravesando el océano el olor del mar inundaba sus pulmones y cada vez que echaban el ancla pensaba en quedarse allí. Pero no. Cuanto más lejos, mejor. Habría algún lugar más allá del horizonte con uvas esperando una vendimia. Y lo encontró.

—No te asustés por el frío ni por las montañas, gallego, el vino de acá es muy bueno. Lo vendemos en todo el país y el tano (*) está pensando en exportar. Don Giuseppe también es un inmigrante, como vos, —le dijo Remigio, uno de los capataces de aquella vasta extensión de cepas.

La comida era abundante, como la bebida y al final de la jornada, mientras el resto de los peones se reunía en torno a una fogata entonando chacareras, él intentaba escribir una carta a aquella joven de ojos oscuros y pestañas abundantes que estaría sentada en el porche de su casa. Nunca pasó del “Querida Alicia”. ¿Cómo contarle con su escaso vocabulario lo que estaba viviendo ni lo que echaba de menos contemplarla a lo lejos?

Con los años pudo comprarle al tano un trozo de tierra y tiempo después asociarse con él. Fue el mismo don Giuseppe quien con la cara demacrada y un periódico en la mano le dio la noticia. “Tu país está en guerra. Civil, unos contra otros. Porca miseria. ¿Es que nunca vamos a aprender los europeos a controlar nuestra ira? Ese viaje que pensabas hacer tendrá que esperar.”

Y esperó. Tres largos años de conflicto y uno más para dejar sus cosas en orden.

—Andá tranquilo que yo me ocupo de todo. Pero prométeme que vas a volver. Con tu mujer o sin ella; este país es ahora tan tuyo, como mío. —Le dijo su socio— Te lo has ganado porque la tierra no regala nada. —Y chocaron las copas de vino antes de abrazarse y partir Guillermo hacia la capital.

El viaje en barco fue más cómodo que el de ida, ahora viajaba en primera. Pero llegar hasta la finca tomó tiempo… que su mente llenaba con lo que le diría al encontrarla.

Todo había cambiado.

Los estragos de la guerra muestran miseria y desesperación. El hambre se ha hecho dueña de las personas y las construcciones descubren las heridas de las batallas. Sin embargo, la casa de Alicia sigue en pie. Como ella, con uniforme de enfermera y una enorme barriga que le ha dejado su marido antes de caer en combate.

—El edificio fue convertido en hospital para la convalecencia de oficiales –dice ella al reconocerlo— y yo trabajo aquí. Es una forma de quedarme.

Guillermo entra en el salón donde el cuadro de la abuela (o bisabuela) continúa, no se sabe si dando la bienvenida o mostrando su desacuerdo con los nuevos ocupantes y llama a gritos a un médico cuando se da cuenta de que la joven ya está de parto.

—Un niño precioso. Sano y fuerte —dice el doctor mientras se lo entrega a su madre.

—Os llevaré conmigo —murmura Guillermo contemplando la cara del bebé. Al besar el pequeño pie que asoma bajo la manta, no puede evitar sentir el sabor de la tierra.

(*)Tano: forma coloquial de llamar a los italianos en Argentina.

© Liliana Delucchi

Mancebía en el viñedo

Marieta Alonso

Era un pequeño pueblo similar a tantos otros salvo por aquel encanto especial que parecía único a los que habían nacido en él. Tenía una calle real que comenzaba con una hermosa iglesia y terminaba en una ermita acogedora. Y pare usted de contar si busca otra calle asfaltada, lo demás eran senderos que hacían soñar y pecar. Adentrándose por uno de ellos se llegaba a la casa escondida, de la que poco se hablaba en público y mucho en secreto.

La regentaba una mujer muy bella a pesar de sus años, famosa por su bondad y por ser la mejor empresaria de todo el condado. Era el alma del lupanar. Amiga íntima de los prohombres más ancianos, de los imberbes estudiantes y de los labradores de todas las edades.

Fue ella quien dio la idea a los viticultores de poner a sus vinos una denominación de origen. Al panadero le propuso concursar en la capital y por ello se ganó el premio al mejor de aquel año. Enseñó al boticario a preparar unos mejunjes que quitaban los dolores lumbares, a un jovencito que hacía novillos con tal de estar con sus chicas, le introdujo en el mundo de la confitería y comprendió que había nacido para ello. Y así con todos.

Lástima que entre sus amistades brillaran por su ausencia las llamadas mujeres serias, que ni siquiera se dignaban a pronunciar su nombre. En cambio, sus cinco empleadas que eran alegres y de risa fácil, la adoraban. Además de haber sido la mejor en su profesión, no se guardaba sus conocimientos, al contrario, les daba consejos teóricos para que los pusieran en práctica y se habían licenciado con matrículas de honor.

Como era tan activa y al comprobar tan buenos resultados entre sus chicas, pensó que debía poner una academia. Si hasta Platón había tenido una, comentaba para darse ánimos. Claro que esta obviaría lo filosófico y se adentraría más en lo humano, para que la vida tuviese sentido, que no solo de pan y trabajo vive el hombre.

Por otra parte, los conocimientos se revitalizaban al compartirlos. Era vergonzoso que esas mujeres jóvenes, guapas y serias, no supieran mantener a los maridos en casa.

Aunque parezca una insensatez teniendo el negocio que tenía, la idea prosperó y las clases clandestinas comenzaron primero con unas pocas y luego con exceso de reservas. Las chicas se convirtieron en profesoras. Los resultados fueron asombrosos. Su popularidad creció tanto, tanto, que aquella casa de ensueño escondida entre las vides fue degenerando en una cafetería de postín donde las señoras que nunca se dignaron saludarla, ahora eran sus mejores amigas. Todas las tardes venían a merendar junto a sus maridos que estaban la mar de satisfechos.

Si es que las personas tienen la obligación de reinventarse, comentaban en las tertulias bebiendo el exquisito vino y degustando unos pasteles que hacían las delicias de todos.

© Marieta Alonso

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Agua

15 abril, 2018 por Akelarre 12 comentarios

gotas de agua

El Agua

El agua, definida en el diccionario de la Real Academia como "cuerpo formado por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, líquido, inodoro, insípido en pequeña cantidad…” Es elemento indispensable para la vida de todos los seres vivos. No solo es fuente de vida, sino que también, y a lo largo de los siglos, ha sido fuente de inspiración para poetas, dichos y refranes. Ya está presente en el Génesis y dijo Dios:

“¡Que haya un firmamento

que separe las aguas en dos partes!”

Así que Dios creó el firmamento

y separó las aguas;

unas quedaron arriba del firmamento

y otras debajo.

Dios llamó al firmamento cielo.

Llegó la tarde y después la mañana.

Ese fue el segundo día.

Y vio Dios que era bueno.

Poetas.

Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos/que dan a la mar/que es el morir;

Gustavo Adolfo Bécquer: ¡Olas gigantes que os rompéis bramando!

Antonio Machado: La vida hoy tiene el ritmo de los ríos, la risa de las aguas.

Y tantos otros…

O en refranes, dichos agudos y sentenciosos de uso común:

Bendita sea el agua, por sana y por barata.

El agua, ni empobrece ni envejece.

Dios te dé salud y gozo, y una casa con corral y pozo.

Agua de manantial no hay otra igual.

Agua corriente no daña el diente.

Después del silencio

Cristina Vázquez

El agua clara

Malena Teigeiro

Bendita lluvia

Liliana Delucchi

¡A trabajar!

Marieta Alonso

Después del silencio

Cristina Vázquez

Ahora todo era silencio. Un silencio espeso, contundente, que le resultaba extraño como si todo a su alrededor hubiera desaparecido en una realidad opaca.

Intentó parpadear pero no podía. Los ojos le quemaban y una venda le impedía moverlos. Gritó con todas sus fuerzas preguntando dónde estaba, qué sucedía y no hubo respuesta. Unas manos frescas le dieron golpes tranquilizadores y notó el frío de un líquido que entraba por su brazo. Tuvo la sensación de un tiempo largo e indefinido repartido entre sueños intermitentes y cuidados continuos, hasta que por fin oyó un ruido metálico que le pareció una bendición. Algo del mundo algodonoso que la rodeaba se rompía y empezó a agitarse gritando.

—¿Dónde estoy?

Poco a poco recuperó el oído y pudo entender que estaba en un hospital víctima de un atentado y había perdido por un tiempo el oído debido a la terrible explosión. Era una magnífica noticia que ya pudiera oír.

—Sé fuerte, Andrea —le susurraron voces expertas—. Has sido muy afortunada al sobrevivir.

Y empezó su nueva rutina. Ir moviéndose, hacer ejercicios cada vez más difíciles, caminar por el pasillo sostenida por muletas y amables palabras de admiración y ánimo. Es la niña del atentado oía que susurraban al pasar. Los ojos le seguían quemando y todos los días le curaban con delicadeza, pero no conseguía abrirlos del dolor que aún tenía. Cada vez que preguntaba si volvería a ver un ominoso silencio junto a palabras de exagerado ánimo la dejaban desconsolada.

Pidió a su madre que le describiera todo lo que veía. Ella le contaba cómo al árbol frente a la ventana le empezaban a nacer unos diminutos brotes, y aunque fuera febrero ya se veía despuntar flores rosas en los ciruelos del paseo. Que cada mañana los cristales aún se llenaban de vaho y ella le pedía que escribiera su nombre en ellos, Andrea. También le definía cómo se le iban oscureciendo las manchas de color castaño al cachorro.

—Te está esperando en casa.

Y así pasaban el tiempo y las semanas, describiendo todo lo que había visto. La cara del médico, el color del cuarto, el verde tierno de las hojas del árbol, cómo la luz era más intensa y las tardes se prolongaban en tonos rosas y morados.

— ¿Y cuándo volveré a ver?

Le quitaron la venda de los ojos y al abrirlos, insegura, empezó a gritar con desconsuelo y volvió a cerrarlos en un ataque de nervios.

—No quiero. No puedo ver —gritaba histérica.

Los médicos dijeron que felizmente no había quedado ninguna lesión que le impidiera recuperar la vista, pero ella se negaba a abrirlos y cada vez que lo intentaban su llanto y desesperación lo impedía.

Volvieron a su casa y aprendió a subir las escaleras, a encontrar el baño, manejarse en la cocina, todo con los ojos cerrados. Cuando le suplicaba la madre que intentara abrirlos volvía a ponerse descontrolada. Seguía pidiéndole que le contara lo que veía y así siguieron un tiempo, hasta que una preciosa mañana de principios del verano, la madre la llevó al jardín y le rogó que sintiera la humedad del césped en los pies, que oliera las rosas, que escuchara cómo cantaban los pájaros y para agradecer el estar viva que abriera los ojos de una vez.

—Por favor, si no es como si tú también hubieras muerto un poco.

La abrazó con ternura y le dijo que le esperaba un regalo, pero tenía que espabilar, si no desaparecería. La niña lloraba desconsolada agarrada a la madre.

—Es que solo veo sangre.

—La sangre se ha ido, te lo prometo.

Temblorosa empezó a parpadear y por fin los abrió. Delante había una brizna de hierba de un verde brillante, de la que colgaban gotas de rocío como un arco festivo que le daban la bienvenida a la luz.

© Cristina Vázquez

El agua clara

Malena Teigeiro

Su madre le dijo que los que se lavaban continuamente las manos era porque su conciencia estaba sucia. Pero ella nunca la creyó. ¿Qué placer era mayor que el de las gotas de agua, tibia a veces, fría otras, discurriendo entre los dedos? Y aunque ella lo hace continuamente, nunca sintió que fuera por tener la conciencia sucia o por albergar malos pensamientos, sino al revés. Cada vez que dejaba gotear el agua clara por su piel, sentía que tras ella se iba todo lo malo y que la tranquilidad, la placidez, se instalaba en su conciencia. Era una suerte tener aquel lavabo al lado de su cama para poder hacerlo incluso por la noche. Así, bien caliente, mis dedos tibios, igual que los suyos, mascullaba mientras levanta la mano para reflejarla en el espejo. Y esa mañana lo hizo con más mimo y cuidado que nunca. No quiso que le quedara ni el más leve olor. Ni una sensación de polvo en sus yemas. Por eso usaba lejía. Para dejarlas lisas, limpias, brillantes. Lo cierto era que luego ha de ponerse crema, y a veces mucha, pero no le importaba. A veces se las impregna en aceite, que casi se las dejaba mejor.

Se conocieron de niños. Él era casi siete años mayor. Y ella, admirada de que aquel chico le hablase, lo seguía como perrito faldero. Así, el agua bien caliente, y más jabón de sosa, mascullaba frotando entre las rojas palmas la verde pastilla de jabón.

Enseguida él quiso hacer cosas de las que al decir de sus padres no se debían hacer. Él le advirtió que eso eran paparruchadas de personas que no tenían con quien gozar. Al principio a ella no le gustaba. Hasta que perdió el miedo, la vergüenza, y comenzó a disfrutar. Se sintió tan bien que comprendió que él estaba en lo cierto. Que algo con lo que gozaban tanto no podía ser malo. Y ahora agua caliente. Tengo que quitarme bien la espuma, y se pasaba los índices a modo de rasquetas por encima. Entonces, él se fue a la Universidad. Y aunque muy triste, ella lo esperaba paciente. Al volver para pasar las vacaciones, era igual que antes, cariñoso, atento. Siempre le llevaba regalos. Luego, al atardecer, hiciera frío o calor, se iban al campo buscando sus oscuros placeres.

Fueron pasando los años y cuando ya terminó su flamante carrera y tuvo trabajo la llamó, y sin pensarlo dos veces se fue con él. En su casa le llamaron loca por marcharse así, sin casarse. Le dijeron que estaba destrozando su vida. Que cuando se cansara la iba a abandonar. ¡Qué bien huele el agua al mezclarse con la espuma del jabón! Cavilaba moviendo las manos debajo del chorro de agua. Ellos qué sabrán. Lo cierto fue que los dos eran uno y nunca supieron vivir separados.

Luego vino la guerra. Y un país extraño los invadió.

Una noche, al volver de la fábrica le dijo que se iba a luchar por ella y por su país. Por mí no lo hagas, no vaya a ser que te ocurra algo, le respondió con candidez. Por ti y por nuestro país, le contestó sonriente. Me gusta separar los dedos para que el agua entre por todos los caminos de mi piel, sonreía al moverlos como varillas de abanico. Y él se fue. Apenas tuvieron tiempo de despedirse. Le prometió que iba a volver. Fue la única vez que le mintió. No volvió nunca más.

Aquellos señores vestidos de militar que aparecieron en su casa le llevaron una bandera. Fue un valiente, le dijo el mayor de los dos sentado frente a ella en la sala. Habían asesinado a todo el escuadrón. Tan solo su esposo y yo pudimos huir. Y fue porque en ese momento estábamos inspeccionando el campo, farfullaba con la cabeza baja, pálido, desencajado. No pudimos ni enterrarlos. Me gusta verla correr hacia el desagüe, envuelta en la espuma del jabón. Corrieron a esconderse. Luego se separaron. Así tendrían más oportunidad de escapar. A él lo cogieron dos días después, le dijo con lágrimas en la mirada. Lo mataron a traición.

Y desde entonces, odiaba a todos los de aquel país.

Por fin acabó la lucha. Ella recogió su casa y se fue al país asesino. Quiso pisar la tierra en donde él dejó de respirar. Como equipaje llevaba una maleta pequeña y una caja con su bandera. Y allí, trabajando como limpiadora, fue envenenando a los señores para los que laboraba, uno a uno. Al ver llorar a la viuda, a la madre, a los hijos, ella los acariciaba satisfecha. Y la misma noche del día que se celebraba el entierro, estiraba la bandera sobre su cama y dormía plácida, tranquila. Luego, se iba a otra ciudad de aquel maldito país. Así, dejando caer el agua, ahora caliente, luego fría, jugaba a romper el chorro. Y cuando envenenó a doce, los mismos que los del escuadrón, volvió al pueblo. Volaba hacia su tierra, hacia él. Al llegar a su pequeña ciudad fue directa al cementerio. Se acostó sobre su tumba y cubierta con su bandera se durmió.

Y ahora al despertar por las mañanas en aquella casa grande, con barrotes en las ventanas, en la que los que mandaban iban vestidos de blanco, mirando al cielo piensa: Misión cumplida.

© Malena Teigeiro

Bendita lluvia

Liliana Delucchi

Tumbado boca arriba, Felipe contempla esas gotas de agua en las que se reflejan las margaritas que siembran todo el campo, como si el universo se hubiese detenido en los restos de la lluvia. Da igual lo húmedo del suelo, siente a través de la camisa un calor atemporal que atraviesa su espalda.

Toda la región había esperado el aguacero. Semanas que se transformaron en meses de sequía, de tierra abrasada, cuarteada por el sol inclemente y el calor. Lo vio descender del autobús mientras tomaba un helado en la cafetería del pueblo, un local de los pocos con aire acondicionado.

Pantalón azul y camisa a rayas, como los estudiantes ricos que iban cada tanto a pasar las vacaciones, y un mechón rubio que casi le llegaba al ojo izquierdo. Cuando el joven bajó del vehículo se sentó en un banco a la sombra de una higuera. No tardó mucho en pasar a buscarlo uno de esos coches largos y brillantes que conducían los turistas. Una señora, sentada al volante, lo recibió con un beso y partieron con ruido de motores. Felipe  no había vuelto a verlo hasta que se cruzaron en el cementerio un jueves, el día que iba a visitar la tumba de su padre. Lo encontró frente a la verja del panteón de la familia Robles, con la mirada fija en el ángel que custodia la puerta.

—¿Crees que nos escuchan? —preguntó el joven sin darse la vuelta.

Sorprendido, Felipe miró a su alrededor y al encontrarse solo, supo que las palabras iban dirigidas a él.

—Espero que sí. Son muchas las cosas que no nos dijimos en vida.

—¿Por miedo? —el joven se giró para mirar a Felipe directamente a los ojos. — Soy un maleducado, me llamo Alberto.

Felipe dio unos pasos hacia el muchacho y extendió su mano al tiempo que pronunciaba su nombre, después caminaron despacio bajo la sombra de la alameda.

Con voz baja, Alberto fue desgranando la historia que lo había llevado hasta el cementerio. Un antiguo amigo de su padre dormía su sueño eterno allí. «Fue mucho más que eso. Alguien con quien podía compartir vivencias tan alejadas de mis conocidos como de mi familia. Yo lo admiraba, amé sus conocimientos y su falta de prejuicios, su decisión para caminar por una vida que le era adversa nada más que por ser diferente».

—Yo vine a ver a mi padre, lo hago todos los jueves porque era el día que teníamos reservado para nosotros: salir al campo, una partida de naipes o compartir el silencio.

—¡Qué bonito! Compartir el silencio con tu padre… Aunque yo también compartí silencios con el mío, solo que esa ausencia de palabras se debía a que no teníamos nada que decirnos. —Alberto se sacude unas piedrecitas que se le han metido dentro del zapato y levanta los ojos azules hasta su compañero ocasional.

—¿Tampoco hablabais sobre su amigo, el que descansa aquí?

—Tema tabú. Todo lo que yo admiraba en Pedro mi padre lo despreciaba. Hasta dejó de venir aquí de vacaciones para no encontrárselo. Yo venía con mi madre, que es pintora como lo era él.  —Con suavidad Alberto se retira el mechón de pelo rubio que le cae sobre la frente.

El camino los ha llevado a la salida y se despiden con un «hasta pronto». A partir de ese momento, y sin haberlo programado, se veían todos los jueves. Y entonces, ocurrió: uno de esos días el cielo empezó a cubrirse de nubarrones oscuros y los truenos sonaban a lo lejos.

—¡Ya llega! Por fin, la lluvia —y corrieron hasta la iglesia para guarecerse.

Se sentaron en el último banco, el frescor de las piedras de la capilla les devolvió el aliento. Se miraron y, arrodillados, rezaron.

—Salgamos a mojarnos —dijo Alberto al tiempo que le cogía la mano a su amigo. Fuera, bajo ese chaparrón bendecido por todo el pueblo, se besaron. Los ojos azules de Alberto se hundieron en los oscuros del otro. Frente a frente y cogidos de las manos comenzaron a reír bajo la lluvia.

Corre Felipe hacia su casa, es casi la hora de comer. Cuando atraviesa la portezuela del jardín encuentra al señor cura despidiéndose de su madre.

—Estás empapado, hijo, ve a secarte —ordena el sacerdote mientras se acomoda el sombrero de paja.

En vez de eso, Felipe se sienta en el porche y mira el césped del jardín que brilla bajo las últimas gotas, eleva los ojos al cielo, todavía encapotado, y da gracias por el verano, por la lluvia y por el beso. Sonríe a su madre cuando aparece con un vaso de té helado y se sienta en la hamaca de enfrente.

—Ha estado a visitarme don Mario —dice a su hijo al tiempo que le extiende la bebida.

—Lo he visto, acabo de cruzármelo.

La señora estira su falda, se pasa la mano por el pelo y respira profundo antes de decir:

—Por lo visto tienes encuentros en el cementerio con una persona no grata.

—No grata ¿para quién?

—Para todos, por supuesto. Con una madre artista y un amigo como el finado Pedro Robles, no es un amigo deseable para un chico decente. Ya he llamado a tu tío para que venga a buscarte. —Dice su madre— Una temporada en el norte te hará bien y podrás conocer gente apropiada.

Felipe se levanta, camina unos pasos y se tiende sobre la hierba del jardín, en medio de esas margaritas que, agradecidas al agua, han abierto sus pétalos. No siente la espalda aún mojada por la lluvia. Le quema, como le quema la garganta y el aire que entra a sus pulmones.

© Liliana Delucchi

¡A trabajar!

Marieta Alonso

Sentado en su sitio de pensar, a la orilla del río, aguardó a que salieran esas grandes ranas llamadas «rana-toro» y que esta mañana no se dejaban sentir. Sus ancas eran muy apreciadas en el restaurante de lujo que había a la salida del pueblo. A él también le gustaban, pero no las comía por placer sino por necesidad.

Levantó la vista y contempló algo insólito, una rama a punto de caer cargada de gotas de rocío. Parecían ser las lágrimas que nunca había derramado, y se estremeció al ver reflejadas tantas margaritas que desde la tierra coqueteaban con ese espejo que era el agua.

Una gota y otra gota, una fila de gotas que le miraban directamente a los ojos, le pedían que tomara una decisión, que así no podía continuar. Debía salir en busca de un porvenir antes de que en el pueblo comenzaran las murmuraciones. Los vecinos no se andaban con miramientos.

Como siga así voy a dar en loco, pensó. Y se entretuvo haciendo cabrillas, ese pasatiempo sobre el que hasta Homero escribió.

La cabeza le echaba humo de tanto pensar. ¡Qué hacer! Si no tenía oficio ni beneficio. Le gustaba escalar montañas, pescar, leer. Quizás podría pedir trabajo en el restaurante de lujo, era amigo del jefe de compras, pero ¿para qué? Para fregar. No. Era preferible seguir cazando patos, ranas, lagartos…

Al ser hijo de un matrimonio distante que no llegaron al divorcio por no tomarse la molestia de solicitarlo, y que se largaron a vivir su vida sin comentarlo con nadie, quedó solo en su cuna. Su llanto alertó a la vecina, una solterona de vientre retumbante y hermosos sentimientos que, echando peste de sus padres, se hizo cargo del crío.

Al cumplir dieciocho años, a punto de entrar en la Universidad, murió quién siempre le animaba a instruirse, a trabajar… y le aconsejaba que fuera un hombre de bien. Pero tras el entierro, dejó los estudios y se escondió en aquella choza que le había dejado en herencia. De eso pasaron cinco años.

Ayer escuchó a una moza del pueblo decirle a otra: Me gusta mucho. Es ancho de espaldas, resuelto, firme de andares, de buena talla y si se da la vuelta es guapo a rabiar, hasta sueño con él, pero dice mi madre que mucho se teme que sea un vago redomado.

Que pensara eso de él la chica más bonita de toda la comarca, le hizo vibrar, pero que la madre, con lo que influyen en las hijas dijera eso, no lo podía consentir. Tendría que ponerle remedio.

© Marieta Alonso

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Princesa Jacinta

15 marzo, 2018 por Akelarre 8 comentarios

Princess Hyacintha Alphonse Mucha
Alphonse Mucha. 1911 Litografía a color de 125,5 x 83,5 cm

Princess Hyacintha. Alphonse Mucha

Pintor y artista decorativo checo de Art Nouveau. En 1879 se trasladó a Viena para trabajar en una importante empresa de diseño teatral. El conde Karl Khuen de Mikulov lo contrató para decorar el Hrušovany Emmahof Castle con murales. Quedó tan impresionado que aceptó patrocinar la formación de Mucha en la Academia de Bellas Artes de Munich.

Su estilo fue conocido internacionalmente a través de la decoración en el Pabellón de Bosnia y Herzegovina de la Exposición Universal de 1900 en París. Intentó desvincularse a lo largo de su vida del estilo Art Nouveau. Insistía en que, en lugar de mantener cualquier forma estilística de moda, sus pinturas eran totalmente un producto de sí mismo y del arte checo.

El cartel que hemos elegido para inspirar nuestros cuentos se realizó para la pantomima de ballet de Oskar Nedbal, Princess Hyacinth que se estrenó en 1911 en el National Theatre de Praga, con libreto de Ladislav Novák. En él aparece el retrato de la actriz Andula SedláÄ ková, que protagonizó el papel principal.

Romanticismo

Cristina Vázquez

Don Armando Mateo Casas Itubarrire, caballero

Malena Teigeiro

La verdad

Liliana Delucchi

La magia de las palabras

Marieta Alonso

Romanticismo

Cristina Vázquez

Vocación, lo que se dice vocación no tenía más que por leer novelitas románticas en las que se embebía identificándose con la protagonista. La opulencia de su vida, una enseñanza básica, modales impecables y una adorable frivolidad fueron forjando su carácter. Se entiende que no tenía necesidad de aprender profesión alguna, pues su padre viudo no esperaba de su belleza rubia y refinadas maneras, más que un conveniente matrimonio que diera lustre al apellido, y que el especial equilibrio de Jacintha, entre fragilidad y caprichosa tozudez no significara un obstáculo.

—Tú puedes aspirar hasta a un príncipe, mi niña —le concedía amoroso el padre, acariciándole con su tosca mano la mejilla.

El buen hombre no daba crédito a que la vida le hubiera premiado con esa belleza de hija, siendo él tan rechoncho y vulgar, que ni el excelente sastre ni las abotonaduras de brillantes o los guantes de finísima piel, conseguían rebajar ni un ápice su rusticidad.

El interés de la joven por actos culturales, ópera, teatro, exposiciones, era escaso sino se inspiraban en leyendas románticas de amor sincero. Había decidido que la única verdad que merecía ser vivida era aquella que contuviera esta hermosa sustancia. La preocupación del padre es que perdiera vista y hubiera que ponerle gafas, o que la brillantez de su azulada mirada se apagara de tanto leer, pues era una fruta en sazón para ser colocada al mejor postor. Ella, en la que la imaginación se imponía con creces a la inteligencia se dejaba llevar, exigiendo con determinación que fuera un hombre amable y romántico para alcanzar en la realidad algo de lo que se escondía en los libros.

—Es mi única demanda —repetía con un tono impostado de heroína frustrada.

Y al final apareció el anhelado protagonista. Un desterrado aristócrata húngaro, exiliado de su país por motivos políticos, en esos años de soterrada convulsión de Europa anteriores a la Gran Guerra y que pocos parecían percibir.

El húngaro de nombre Andrei representaba a la perfección la estampa de cualquier héroe de sus novelas. Alto, delgado, se retiraba el frondoso pelo negro de la frente con una mano delicada y firme a la vez, en la que lucía el anillo familiar con desenvoltura. Su paso era elástico y aunque tuviera algún puño desgastado o los zapatos con arrugas ya marcadas, el impecable corte de sus trajes y la gracia de sus gestos, fascinaron no solo a Jacintha sino al padre, que veía realizado en el joven su sueño de elegancia.

Comenzó su larga luna de miel en tren con un lento recorrido desde Viena hasta París, parando en todas las grandes ciudades y en los recónditos pueblos que Andrei descubría, sin olvidar nunca los lugares con Casino dónde él jugaba apasionado, mientras ella seguía impaciente el nervioso movimiento de sus dedos golpeando las fichas con el anillo.

—Otra vez hemos perdido —le confesaba con ojos abrumados— pero la próxima será la definitiva, mi amor.

El dinero llegaba a cada lugar enviado por el enternecido padre que, dejando atrás pensamientos vulgares de inversiones y huelgas de sus minas, pretendía, señalando en un mapa los lugares del viaje, participar en la romántica historia que estaría viviendo su preciosa, única y adorada hija.

Y así fue hasta que al llegar a París empezaron a cortarse las comunicaciones. La mina se cerró por orden gubernamental y al anciano le requisaron su palacio. Su única preocupación era reunirse con su hija y poder informarla de dónde quedaba dinero y llevarle las joyas que rescató de la madre. Tras una larga y peligrosa peregrinación consiguió localizar el modesto piso dónde vivía Jachinta. Al llamar le abrió la puerta el yerno y encontró la casa atestada de gente, risas y humo, instalados alrededor de una mesa de juego. Andrei le apartó un poco exigiéndole que le tratara de príncipe, pues ése era el nuevo título que ostentaban en la ciudad.

—Y mi hija, ¿dónde está? —preguntó desolado.

Su aspecto ahora sí le encajaba a la perfección con su ropa arrugada, sin corbata y un tembloroso sombrero entre las manos. El aún elegante yerno le dio con prisas un papel con un nombre de un local y unas señas.

—Ahí la encontrarás, no me puedo entretener —sin mirarle le empujó hacía la puerta—Ha sido ella la que ha querido, ya sabes lo cabezota que es —y le sacudió las ajadas solapas.

 El local deslumbraba de luces chillonas en una calle céntrica. El gentío embrutecido, tras previo pago, entraba entre risotadas. Al fondo, sobre el pequeño escenario con telón estrellado una mujer envuelta en una túnica y con corona brillante, también de estrellas, sostenía un aro con corazones en una inmovilidad cansina. Encima de ella parpadeaba un arco en el que se leía; Princesa Jachinta. Le costó reconocer a su hija en esa estática figura llena de brillos. Creyó que se iba a desmayar, el pulso acelerado, los ojos turbios y un ahogo insoportable le forzaron a salir y entre las risotadas, un hombre parecido a él, rechoncho y vulgar, confesaba con grosería a otro.

—A ver si esta noche hay suerte y la princesa se desnuda.

© Cristina Vázquez

Don Armando Mateo Casas Itubarrire, caballero

Malena Teigeiro

Había llegado al hermoso y vetusto edificio de piedra con el cordón umbilical aún sin cortar. Y cuando años más tarde salió de él, llevaba consigo la hermosura de la juventud, el desarraigo de haber crecido en un orfanato, y la astucia de tener que contar mentiras desde su nacimiento. También arrastraba Marcela las habilidades de ser buena cocinera y planchadora, así como las de bruñir la plata y encerar los muebles mejor que nadie. Y como a decir de sus celadores era muy inteligente, le habían enseñado a leer y escribir.

Al cerrar el portón del hospicio, Marcela levantó la mirada. Sonrió. Este sol tiene que darme suerte, pensó para sí alegre. Se colgó del hombro el bolso en donde llevaba la carta con los informes y la dirección de la casa en donde entraría a trabajar. Era una buena familia, y la tratarían bien, le aseveró la directora pellizcándole la mejilla justo antes de darle su bendición. Apretando el asa de la maleta de cartón que le habían entregado con dos mudas de recios y oscuros paños, saltó las escaleras de dos en dos y comenzó a caminar por su nueva vida.

Cuando llegó al número 27 de la calle Gurtubay, un portero uniformado con librea de pulidos botones, que impertinentes le devolvían su rostro, la contempló de arriba abajo. Luego de clavar los ojos en la maleta, sin decir palabra, levantando el brazo le mostró la puerta de servicio. Y ella, a quien esa mirada además de no gustarle nada la humilla, se fue de allí. Callejeó sin rumbo hasta que al pasar por delante de un escaparate vio su imagen reflejada en el cristal. Su aspecto y el del heredado traje no le parecieron mal. ¡Pero la maleta! Giró la cabeza y con el desprecio del que deja a un marido que no le es fiel, se fue dejándola abandonada...

Don Armando Mateo R. Casas Itubarrire, anciano caballero desde hacía ya unos años, habitaba solo en la calle Duque de Alba, número 15 —único resto de las grandezas heredadas—.De la venta de algún cuadro o porcelana, porque las joyas, ésas, primero una, luego otra, hacía tiempo que habían desaparecido, iba subsistiendo. Y como su soledad le molestaba, entendió el anciano que lo mejor para consolarla era salir a pasear, cosa que hace al atardecer, eso sí, sin meterse en ningún espectáculo ni café a no ser que fueran gratuitos.

… Siguió Marcela deambulando calle arriba, calle abajo, hasta que se hizo de noche. Cansada y aburrida, quizá algo temerosa, caminando siempre arrimada a las paredes, chocó con un hombre que con una gran llave de hierro entre sus viejos dedos intentaba abrir el portal. Él, entrecerrando los ojos, la contempló. Y ella, cariñosa y solícita recogió la llave del suelo. Al entregársela, el hombre admiró los grandes y dulces ojos azules que le sonreían en el hambriento rostro. Introdujo de nuevo la llave en la cerradura. Dio una vuelta, dos, y cuando Marcela vio su débil y escuálida mano sobre la pesada puerta de forja y cristal, adelantándose, la empujó. Entró detrás de él y, rápida, encendió la luz. El anciano, rebuscando en los bolsillos, encontró una moneda que le colocó en la palma de la mano. Con los ojos brillantes, Marcela se la devolvió.

––Gracias. Pero si de verdad me lo quiere agradecer, permítame pasar la noche en algún lugar del edificio.

 Dubitativo, el hombre entrecerró los párpados.

 ––Señor, por favor, solo quiero pasar la noche bajo techo. No soy ninguna ladrona. Se lo juro ––juntó las manos––. Mire.

Al mostrarle la carta, de una funda de cuero muy gastado, don Armando extrajo unas gafas de metal a las que les faltaba una patilla. Se las colocó con calma y leyó el escrito.

—¿Y por qué no está usted en la casa a la que la enviaron?

Con el rostro rojo y el desparpajo de la necesidad, Marcela le relató la vergüenza, la indignación que le produjo el desprecio de aquel portero. Por lo menos se creía capitán general, soltó arrebolada. Sonriente, don Armando le indicó que lo siguiera. Y juntos subieron hasta el principal. Al entrar en el piso a Marcela se le abrieron mucho los ojos. Nunca había visto tantas alfombras, ni tan grandes y pesadas cortinas, ni tal profusión de adornos de plata y porcelana. ¡Ni tanto polvo! Sin murmurar palabra, atravesaron un pasillo hasta llegar a la habitación del servicio en donde la joven se recogió.

Por la mañana al levantarse, el anciano se encontró con que, aunque un poco parco, su desayuno estaba preparado.

––Sin duda ha abierto usted los armarios —expuso encogiéndose de hombros.

Ella, tímida, sonriente, con el cabello recogido sobre la nuca, inclinó la cabeza. Arrimó una silla y se sentó frente a él. Solícita se levantaba cada vez que era menester para acercarle el pan, un cubierto o el azúcar. Y mientras don Armando bañado por el sol mañanero bebía tranquilamente su café, la muchacha le fue desgranando su vida, la situación en la que se encontraba, y sus muchas habilidades como ama de casa. Atentamente la escuchaba el anciano sin dejar de llevarse a la boca el pan con aceite. Cuando al fin guardó silencio, durante unos segundos que a Marcela le parecieron siglos, don Armando la observó con las manos desmayadas sobre el mantel.

––Quiero que sepa que no tengo dinero para pagar una criada ni para darle de comer. Aunque si quiere, y hasta que resuelva su situación, puede quedarse.

Con lo que a Marcela le pareció una tímida sonrisa de simpatía, el hombre le susurró que en cualquier caso, tampoco creía que durara mucho como criada. Es usted demasiado bonita, dijo señalándola con el dedo.

Desde aquella mañana don Armando vivía satisfecho, sin apreturas. Su comida era de buena calidad y estaba bien condimentada. Se volvió a acostar entre sábanas limpias. Volvieron a aparecer flores en los jarrones, a brillar la plata y a oler en el baño a lejía y jabón. Y si bien era verdad que nunca tuvo el menor interés por conocer de dónde provenía el dinero, lo cierto era que todo ello sucedía sin tener que vender sus recuerdos.

Y así fueron pasando los días, él con la alegría de saberse cuidado y ella manteniendo la casa limpia, la ropa planchada, los alimentos a punto, y el periódico sobre el velador del desayuno.

No habían pasado muchos meses cuando la joven se le acercó zalamera. Le preguntó si la podría ayudar a resolver un problema.

––Verá don Armando, llamándome Marcela y habiendo salido de un hospicio, nada puede salirme bien.

El anciano luego de doblar el periódico, se quitó las gafas y expandió una media sonrisa en su ajada boca.

––Por favor, señorita, tráigame usted una hoja en blanco. De esas que tienen impreso mi nombre y mi escudo de armas.

Con los pliegos sobre la mesa, se caló de nuevo las gafas, eran unas de pasta imitando carey, regalo de la joven del día de Reyes, y escribió:

A quien pueda interesar:

Yo, Armando Mateo R. Casas Itubarrire, marqués de Casas Solariegas, comunico que la portadora de esta carta, pupila bajo mi protección, responde a los siguientes datos:

Nombre: Hyacinth Novak.

Hija de András y Anasztázia Novák, condes de Harsányi.

Lugar y país de nacimiento: Buda, Hungría.

Familia, inexistente. Toda ella fue asesinada en la guerra…

Y siguió el anciano garabateando palabras sobre el papel hasta completar una hermosa y rutilante vida. Luego de firmar y rubricar el pliego, poniéndose como primo lejano de su abuela, se la entregó. Ella la leyó con cuidado. Al terminar, lo contempló risueña.

––Don Armando, por el mismo esfuerzo, ¿no podría ser princesa?

Y don Armando, más sonriente todavía, repitió el documento.

Rápido se habituó la joven a su nuevo nombre. Rápido tornó sus bastas maneras por movimientos elegantes, y su peinado por uno a la moda. Del mismo modo, apareció de pronto en su acento un ligero y encantador sonido germánico. Y más rápido aún, abrió los armarios de la difunta esposa de don Armando para confeccionarse trajes con aquellas maravillosas telas. Halló también en ellos los adornos de la difunta, que se puso sin ningún pudor, incluso adornó su cabello en la cena de Navidad con una pequeña diadema de brillantes. Y don Armando, sorprendido de que tan solo un bello nombre produjera tan radical cambio, la admiraba feliz de haber sido el artífice de tal transformación. Y así siguieron hasta que una noche Jacinta le mostró su contrato para trabajar como vedet.

––Justo en el teatro que está aquí al lado, don Armando, en La Latina.

Y como su trabajo era por las noches, continuó cadenciosa, y deseaba seguir ocupándose de él, le rogaba su permiso para aceptarlo, pues no pensaba en abandonar la casa en donde era tan feliz.

––Lo cierto es que no me gusta la idea de volver a quedarme solo –sentenció casi con llanto el anciano.

Y sin levantar la mirada de su humeante tazón, continuó el hombre leyendo el periódico.

Pasados varios meses, la ahora triunfadora y rutilante princesa Jacinta, le expuso a don Armando que sus muchos compromisos le impedían atenderlo con el cariño y la complacencia que ella deseaba. Siguió diciendo que a una compañera del coro le gustaba la idea de vivir con ellos. Y que si no tenía inconveniente, le dejaba su habitación en la zona de servicio y ella se mudaba a una de las de la zona noble.

––O si no, mejor, a la que está al lado de la suya. Así podré atenderlo por las noches ––le susurró zalamera.

Encogiéndose de hombros, don Armando serio, circunspecto le contestó que bien, pero que ella era la responsable. Y de esa manera entró en la casa Terele, una morenita pequeña y regordeta, viciosa de los naipes. Y don Armando, al que la joven le recordaba a su difunta madre, comenzó a echar con ella la partidita. Enseguida se animó Jacinta que rauda cogió mañas con los naipes.

––Don Armando, una partida de cartas de tres, no es partida ni es nada. Necesitamos la cuarta.

Y añadió que una compañera del teatro, nacida en Valladolid ––ya sabe usted lo bien educados que son los castellanos––, aún andaba sin habitación y como bien conocía él, con lo poco que ellas ganaban… Él de nuevo alzó los hombros. Y así, entró en la casa Anita, pizpireta de grandes y relucientes ojos negros rodeados de abundantes pestañas. Sin saberse el porqué, detrás de Anita, volvieron las visitas de los ancianos amigos de don Armando. Todos ellos solían llegar con presentes para las chicas, no en vano, tarde tras tarde, eran cubiertos de atenciones por las jóvenes, y más de una noche, invitados de honor en las funciones del teatro.

Desde hacía muchos años don Armando no era tan feliz. Las cuatro muchachas se desvivían por él. Solo queremos a nuestro papi, le decían. Y él comenzó a soñar con la hija que no tuvo. Y así, sin problemas, siguieron otra temporadita.

—Con su permiso, don Armando ––sentada a su lado Jacinta colocó su ya enjoyada mano arropando la del anciano.

Le expuso que ahora que gracias a él todas trabajaban tanto, era necesario que en la casa hubiera alguien que supiera planchar y almidonar. Como usted se merece, don Armando. A ninguna nos gusta verle con las pecheras arrugadas. Mimosa, le besó en la frente, cosa que, desde tiempo atrás, la joven repetía con encantadora regularidad. Don Armando abrió los ojos asustado. Que no se preocupara, que solo deseaban que estuviera lo mejor cuidado posible. Y como ellas por las noches tenían tantas obligaciones… Y mientras le rascaba la oreja, Jacinta le manifestó que había pensado en una de las del coro, que además de estar un poco gruesa valía poco para enseñar las piernas. Y entró en la casa Angelita, a quien Jacinta uniforma de negro al atardecer, y de rayas rosas por las mañanas.

Aquella día, todas vestidas de luto, lloraban alrededor del cuerpo de don Armando que ataviado con su mejor traje yacía en su cama esperando comenzar su último viaje. Cuando llegaron los uniformados hombres de la funeraria, Jacinta le dio un último beso en la frente. Mi papaíto, pronunció emocionada mientras pensaba en cómo hacer para explicarles a las chicas que o pagaban por las habitaciones o se iban. Ella no iba a ser tan generosa como aquel que una vez convenientemente convencido de que ella era su hija, en secreto la había adoptado para hacerla heredera de su título y de sus escasos bienes.

© Malena Teigeiro

La verdad

Liliana Delucchi

Había lanzado las palabras velozmente y sin reflexión, dejándose llevar por sus impulsos, como un paciente febril que se arranca el vendaje de una herida. Porque eso era, una herida escondida durante muchos años, una llaga oculta a los ojos de todos, hasta de ella misma. Al ver la cara de su madre, Jacinta se arrepintió. No quería hacerle daño, simplemente saber la verdad.

—¿Saber la verdad te parece algo simple? —respondió la señora mientras se quitaba el velo del sombrero.

El funeral había sido largo y tedioso, con dos oficiantes, el católico y el ortodoxo y largos discursos sobre las muchas virtudes de la abuela: bondadosa, de inmensa piedad, gran filántropa... Y excéntrica. Lo que me gustaba de ella, pensó Jacinta.

—Huir de Praga fue una odisea, solo posible gracias a las relaciones de tu bisabuela con los ocupantes —confesó la madre—. Partimos las tres, los hombres se quedaron.
Ludmila se acercó a la chimenea sobre la cual encontró una fotografía enmarcada en la que se veía a dos mujeres y una niña. Jacinta siguió a su madre y se detuvo ante el retrato.

—Tu abuela era muy guapa, mamá.

—Demasiado.

—¿Qué quieres decir? —inquirió la joven

—Su belleza le abrió muchas puertas, sobre todo las del teatro. No es que fuera buena bailarina, pero sabía cómo llegar a los hombres. Tuvo muchos amantes, y mi abuelo miraba para otro lado, centrado en su trabajo (era profesor universitario) y en sus actividades políticas.

Con los ojos bajos, Ludmila mira sus manos enguantadas, en busca de las palabras para continuar con su relato. Jacinta se sienta junto a su madre y le pasa la mano por el pelo, a la espera de escuchar el resto de la historia.

—¿La querías?

—Es difícil decirlo —respondió. No era una abuela al uso. Cuando no se miraba en el espejo me ponía frente a él para decirme de qué manera parpadear, mover la cabeza cuando sonreía, aunque no tuviese ganas de hacerlo. En realidad, me estaba educando para ser lo que entonces se llamaba cortesana. Creo que lo de bailar era un subterfugio, que su trabajo (digámoslo de una forma cortés) era otro.

La mujer, pensativa, se alisa la falda y Jacinta puede comprobar que no hay arrugas en la tela. Ludmila se pone de pie y recorre la estancia con pasos lentos, mirándose los zapatos que empiezan a hacerle daño.

—Obligó a mi madre a separarse de su amado, mi padre, y cuando llegamos aquí le buscó un comerciante griego con dinero.

El peso de los recuerdos hace mella en Ludmila que acerca una silla a la mesa sobre la que hay una caja con fotos y recortes de periódicos. Coge una fotografía amarillenta y se la tiende a su hija.
—Aquí estamos todas, tú eres el bebé. Cualquiera diría al vernos que éramos una familia feliz, pero las corrientes de rencor circulaban entre nosotras. Tu bisabuela me minó lo que hoy llamáis autoestima. Por eso no quise que tuvieras mucha relación con ella.

Se sienta y se quita los zapatos. Con delicadeza estira la punta de la media y mueve los dedos de los pies.

—¡Cómo me duelen! Éste es el último regalo de mi madre. Quería un funeral que recordáramos para siempre —suspira mientras se masajea los empeines.

—¿Por qué me pusiste Jacinta? Hubiese preferido un nombre más actual. Cuando me llamaban en el colegio sentía que era la rara.

—Fue la condición de tu bisabuela para que pudiera darte a luz. Quería perpetuarse, aunque su verdadero nombre no era ése, sino Andula. Princess Hyacinth era el personaje de un ballet que ella interpretó en 1911 en el National Theatre de Praga y el apodo que ella adoptó profesionalmente.

—Ven aquí —llama a su gato. El felino salta al regazo de la mujer que acaricia al animal mientras ronronea.

La tarde cae de a poco a través de la ventana, con una niebla densa atrapada entre los árboles, dibujando rostros que atraviesan los cristales para instalarse en el salón en semipenumbra. Ludmila sacude la mano delante de sus ojos, los cierra, los aprieta.

—Querías la verdad —le dice a su hija— pero te advierto que no siempre es bueno saberla. La mayoría de las veces es preferible una historia adornada, como tiene gran cantidad de gente y que con el paso del tiempo se recrea con más y más detalles que nunca existieron.

La mujer va hacia la mesa y se sirve una taza de té, acercándole otra a Jacinta y con la mirada perdida en algún lugar que solo ella ve, continúa:

—Los dejamos allí, tu bisabuela solo pidió visados para nosotras, dejando a su marido y a su yerno, mi padre, en manos de los ocupantes. Son unos revolucionarios, decía, no tenemos por qué cargar con ellos donde vayamos y esbozó un sonrisa diabólica que nunca olvidaré. Por fin seremos libres, afirmó. Pero ¿sabes una cosa? Nunca lo fuimos. Mi madre se trajo el odio y yo crecí entre silencios y medias verdades, hasta que quise, al igual que tú, saber la realidad. Craso error.

La taza de té se ha enfriado en manos de Jacinta. La devuelve a la mesa y se acerca a la ventana. La niebla, al igual que sus pensamientos, se ha hecho más densa. Vuelve junto a su madre, que sigue descalza, le masajea los pies y le pregunta:

—¿Quieres que ponga una película de amor y lujo?

© Liliana Delucchi

La magia de las palabras

Marieta Alonso

En aquellas tardes, siendo niña, cuando la bruma ocultaba el cielo, la lluvia caía a borbotones, y estallaban los relámpagos iluminando la habitación, cuando era imposible salir a pasear por el parque, ni escuchar la trepidante melodía de las hojas de los árboles, ni la confusa conversación de las hormigas… Me echaba a temblar.

Pero ella, mi cálida niñera, ahuyentaba el miedo acurrucándome en sus brazos. Era más alta de lo normal, fuerte como un ogro, sin carne en los huesos, desgarbada, con el pelo pajizo y un ojo a la virulé, pero con tanta imaginación que conseguía que me viese como una altiva princesa, una despiadada pirata, una bella mendiga.

Iba apagando luces y encendiendo velas por aquí y por allá, las sombras acudían a mi alcoba, y atrapándome en sus brazos como una muñeca de trapo me acomodaba en la silla de ruedas, y enredaba mis cabellos elaborando extraños peinados mientras en voz muy baja comenzaba: Érase una vez...

Y todo peligro desaparecía al vislumbrar en el espejo a una joven bonita, elegante, famosa, sentada indolentemente y con una corona de estrellas. Era tan vívida la imagen que ni siquiera advertía las luces de los rayos.

Tras el relato, el susurro de una canción popular y mi cabeza entonces principiaba a oscilar de arriba a abajo. Momentos después era por la mañana, y amanecía en mi cama bien arropadita, el sol dando en mi ventana y sin rastro de tormenta. Ella a mi lado tapando mi cara con la almohada y llamándome perezosa pretendía que espabilara. Todo era un juego: la hora del baño, vestir el uniforme, el trayecto hasta la escuela…

La pre-adolescencia trajo nuevos aires y aquel carácter alegre y sumiso se tornó en enojo contra el mundo, y fue cuando por vez primera se puso seria mi tata, y prohibió tajantemente que me dejase llevar por la ira. Mi respuesta fue un amago de bofetada, pero como no se andaba por las ramas, me asió de los brazos con fuerza y amenazó con tal voz salida de las cavernas, que por un momento me quedé más paralizada, si cabe.

No iba a permitir que acarrease con esa amargura, por el simple hecho de ser diferente, me dejaría sin dientes del trompón que me iba a dar, aseveró. Y era capaz de hacerlo. El miedo a las tormentas no fue nada ante esta amenaza.

Hoy, siendo una mujer adulta, la he acompañado a enterrar, y sentí que volvía a ser aquella pequeña princesa que era ante sus ojos, y me encontré agradeciéndole haberme enseñado que son los sentimientos y no el físico, los que nos hacen crecer en bondad, estatura y saber.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

El Tren

15 febrero, 2018 por Akelarre 4 comentarios

tren de vapor en la Estación del Norte de Madrid

El tren de la Estación del Norte

El transporte por vía férrea tiene esa pizca de romanticismo donde el ferrocarril, la literatura y el cine crean un triángulo amoroso irresistible. Todo puede suceder viajando por los carriles de hierro.

A finales del siglo XIX desde la antigua Estación del Norte iban y venían los trenes haciendo el recorrido de Madrid a Irún. Durante la Guerra Civil Española recibió numerosos impactos de artillería y la quiebra de la Empresa «Caminos de Hierro del Norte» provocó que el Estado tuviera que rescatar la red ferroviaria surgiendo un ente público y estatal, RENFE.

Ya no existe la Estación del Norte. En 1993 dejó de funcionar ––como tal–– para convertirse en la de Príncipe Pío, en la que confluyen trenes de cercanías, autobuses urbanos e interurbanos, metro de Madrid, además de un centro comercial y de ocio.

Este mes nos hacemos eco de historias que pudieron haber sucedido en esos vagones…

Secreto de Vapor

Cristina Vázquez

Niebla de Vapor

Malena Teigeiro

La fotografía

Liliana Delucchi

El Tren de las Diez de la Noche

Marieta Alonso

Secreto de Vapor

Cristina Vázquez

La familia se sentaba alrededor de la mesa con ceremonia; el abuelo en una cabecera y su cuñada la tía Juana a la derecha, cuchicheando los dos en voz baja. A la izquierda su nuera Ignacia, una joven frágil y silenciosa, recién casada y que aún no conocía los hábitos de esa importante familia. La otra cabecera la presidía el hijo mayor, el marido de Ignacia, un hombre jovial de rasgos un poco achinados y brillante pelo oscuro, heredados de la madre filipina, muerta hacía años, junto a una sustanciosa fortuna que su padre, con gran habilidad, había multiplicado en inversiones textiles. El resto de la mesa se iba llenando aleatoriamente de hermanos, parientes y amigos, que también aleatoriamente vivían o pernoctaban allí.

Sorprendida, Ignacia no acertaba a comprender el aparente caos de esa mansión en la que ella no tenía ningún cometido, ni el trato correspondiente a la señora de la casa. Las disposiciones las tomaban entre la tía Juana, de sonrisa enigmática tras sus estrechos ojos, pocas palabras, pero dichas con autoridad de hielo y una recua de mujeres de servicio instaladas ahí desde antes de que muriera “la señora”, la auténtica, que hacían y deshacían a su antojo.

La casona, enorme, insolente, despuntaba en un cerro algo alejado del pueblo, pero cerca de las fábricas textiles donde acudía a trabajar toda la parentela presidida por el abuelo. Sola en la casa, iba descubriendo con curiosidad habitaciones, el desván, el sótano, pero siempre surgía alguna de las mujeres de servicio o la tía, que con el gesto torcido le recriminaban que esas habitaciones no se abrían. Si necesitaba algo que no dudara en pedirlo. Se fue recluyendo en su cuarto de estar lleno de cretonas y comodidades, pero en el que cambiar un mueble de sitio o un almohadón era un auténtico desafío al sistema establecido. Cuando se lo contaba a su marido, adorable, sonriente, le pedía extrañado, hasta incómodo que no le diera importancia, ella era su diosa y también de la casa. Desde que murió su madre siempre fue así y todo tenía su orden, que no se empeñara en hacer cambios, afirmaba contrariado.

— Cuando lleguen los hijos, la felicidad será completa, mi amor — le susurraba tras unos sinceros besos.

Para regular su día empezó a asomarse puntualmente a ver desde su balcón la llegada del tren. El imponente sonido del pitido y la nube de vapor que cada tarde surgía al entrar en la estación le seducían. A la hora en punto estaba atenta para verlo y empezó a pensar que le gustaría subirse, ir de viaje. El ruido de la locomotora al alejarse le producía un gran desconsuelo y le pidió a su amable marido que se fueran lejos, solos.

— ¿Para qué?, si acabamos de volver —le decía amoroso—. Y si el niño ya está en camino, no debería moverse.

El niño nació y unas experimentadas manos enseguida lo tomaron bajo su cuidado. Si ella había criado al padre cómo no iba a ocuparse del pequeño, rezongaba Aurelia, con manos firmes y oscura sonrisa desdentada.

— Usted a descansar, que no tiene experiencia.

En cuanto se repuso decidió bajar a la estación a una hora en que la casa dormía la siesta para presenciar de cerca la llegada del tren. El vapor la inundó de un olor intenso a carbonilla y pensó que el momento tenía la magia de hacer desaparecer los contornos en una densa nube. Sentada en uno de los bancos observaba a la gente con bultos, maletas, gallinas en cajas, niños, y volvió a su casa animada de ver un mundo diferente al que se encerraba en su preciosa mansión. Cada tarde se iba, nadie parecía echarla de menos. Empezó a estar más contenta participando en las conversaciones, a decir si algo no le gustaba de la comida y un día decidió sentarse en la cabecera frente al abuelo.

— ¿No soy la señora de la casa? Pues el sitio que me corresponde es este —afirmó severa bajo la mirada de fuego de la tía Juana.

La sorpresa del abuelo y de su marido, que le cedió graciosamente la silla, les dejó sin palabras.

…Después de que se deshiciera la nube de vapor y las personas emergieran igual que apariciones, se acercaba a charlar con ellos por si tenían necesidad de alguna indicación o ayuda con los niños. Al cabo de un tiempo reconoció a una mujer que venía todas las semanas y la miraba con cierto desafío y una inclinación de cabeza, hasta que una tarde acercándosele le preguntó en un tono adusto si la china, esa mala mujer, seguía en la casa, y le hizo una confesión que la dejó envarada. No volvió nunca a verla.

Una tarde, el jefe de estación estaba hablando con su suegro en el despacho, y una vez que se hubo marchado el hombre la llamó con toda la severidad institucional que le definía.

—Tú eres la señora de esta casa, la más importante y rica de la comarca—afirmó con una terrible expresión en las cejas—. No puedes ir y menos hablar con desconocidos en la estación —tras un prolongado silencio continuó con tono enfático—. Te debes al nombre de tu marido y a la dignidad de esta familia.

Con una voz muy suave le confesó que ella no era nadie allí, y se iba a la estación porque era el único lugar dónde había vida. Le extendió una cartita escrita con su letra aguda de colegio de monjas, en la que exponía sus condiciones y un escabroso secreto de la falsa filiación de su “cuñada” Juana y de la muerte de su mujer.

—Si no, querido suegro, no bajaré más a ver cómo llegan los trenes —suspiró con melancolía—. Me iré con mi hijo en el primero que salga.

Y torciendo un poco su adorable cara, éste no sería un buen ambiente para su nieto y heredero, aseguró.

A la mañana siguiente desfilaron entre lamentos y caras agrías, la tía Juana, la recua de mujeres e Ignacia abrió ventanas y cuartos, despachando a parientes gorrones y con tranquilidad esperaba ver crecer a sus hijos siendo la diosa, la señora de la casa, como le prometía su sonriente, amable e inútil marido.

© Cristina Vázquez

Niebla de Vapor

Malena Teigeiro

Lo vio marcharse de espaldas. Recorrer, ligero, el largo andén de la estación con la pesada maleta de cuero alargándole el brazo, la gabardina colgada del hombro y el sombrero calado hasta las cejas. Ella siempre creyó que le quedaba grande, pero no. Me gusta calármelo bien. Como si fuera una boina, le dijo una mañana mientras la acariciaba jovial, sonriente. Y no es que tuviera extraños caprichos, guiñó un ojo provocativo, es que en su tierra el aire es tan fuerte, que o bien te colocas una mano encima de la copa o te lo metes hasta las cejas. De lo contrario, a tu sombrero se lo lleva el viento. Divertido, juntó los dedos frotándose las yemas con fuerza. Y su dinero no era para tirarlo al aire.

Al escuchar el renqueante sonido de los ejes, detuvo la mirada sobre el cemento del frío y sucio andén. Sorprendida, ve el polvo ensuciando la piel de sus brillantes zapatos de tacón. Pestañea. Con el índice se limpia una ligera humedad en los ojos. Se me ha debido meter algo de carbonilla, se dice a sabiendas de que sus lágrimas nada tienen que ver con el humo de la achacosa caldera. Y levanta la cabeza en el instante en que el tren, envuelto en una espesa niebla de vapor y humo, entra bajo el sol. Acariciándose la frente, se cubrió los ojos.

Con un abrazo traicionero se despidió. Que no llorara, que no estropeara esas pestañas tan bellas, le susurraba acariciándole la mejilla. Y sin haberla siquiera besado, quizá algo pálido y nervioso, se dio la vuelta. Al subir el segundo escalón de los tres que tiene la escalerilla, se detuvo. Volviéndose hacia ella, levantó el brazo. Luego, bajó la cabeza esfumándose dentro del vagón. Ella, en ese instante, cierra los párpados y se lo imagina, con la sonrisa del que está cumpliendo un sueño, recorriendo el pasillo. Al llegar a la puerta de su compartimento, se detiene unos segundos y, luego, la abrirá. Y antes de subir la maleta a la rejilla, lo ve saludando con dos dedos en el ala del sombrero. Comprobará otra vez el billete. Y una vez sentado en su butaca, displicente, comenzar a leer el periódico.

Ya nada queda del tren cuando de nuevo contempla los carriles de hierro que en la lejanía se cruzan y descruzan unos con otros. Lo mismo que me sucede a mí, murmura sin dejar de observar el horizonte. Se acerca una mano a la cara y suspira. Apenas le queda nada de su perfume, del calor que le dieron sus brazos, del frescor de sus besos.

Lo había conocido en un guateque. Al acercarse a saludarla, ahora lo recuerda, le pareció percibir un ligero olor a alcohol.

––Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca ––la examinaba turbio, taimado––. ¿Bailas?

Sujeta por el codo y sin esperar respuesta, muy juntos se dirigieron a la habitación en donde la aguja del tocadiscos arañaba un bolero. Mientras la aprieta algo más de lo recomendable, él no deja de susurrarle lo bonita que es. Y ella, con la cabeza levantada, él era mucho más alto, mareada entre sus cálidos dedos, siente que se enamora.

Comenzaron a salir por las tardes. Durante sus paseos, entre arrumacos y caricias, le habla de sus sueños, de su deseo de irse, de emigrar, de hacer mucho dinero antes de volver. Cuando se lo presenta a sus padres, ellos torcieron el gesto. Sobre todo su madre. Es demasiado simpático. Es demasiado guapo. Es demasiado soñador, le dijeron una y otra vez. Cuando les anunció que se iba con él a Alemania, una gris sombra, como si fuera el humo del despiadado tren que la deja olvidada en aquella heladora y ventosas estación, les cubrió el rostro. Y ella, hija única, temerosa, comienza a darle largas. Y él, apretándola contra sí, le suplica una y otra vez que acceda, que tienen que irse juntos, que quiere formar una familia en aquel país en donde era tanta la riqueza que los árboles manaban leche y miel. Y así sigue una tarde tras otra, hasta que, poco a poco, ahora se da cuenta, él ya no le habla del nuevo lugar de sus sueños. Sin embargo, la amaba, la seguía queriendo de la misma manera de siempre. Al menos, eso creía.

¿Cuándo comenzaron a separarse? Quizá, cuando al pedirle que esperara un poco, le razona la necesidad de tener más tiempo para convencer a sus padres, o luego, cuando le dijo que comprendiera que no podía dejar a medias sus estudios, o quizá fue aquella tarde que entre besos y abrazos le dijo que no se iba con él. En aquel momento la contempló muy despacio. Luego, sujetándole con una mano las mejillas. Le hincó los dedos hasta hacerle daño. Después, inclinándose, la abrazó hundiéndole el rostro en el cuello.

Todavía tiembla al recordar su gemido mientras la abrazaba besándola con desespero, una y otra vez. Le pareció ver lágrimas en su mirada o quizá eran el reflejo de las suyas. Y entonces, ahora lo sabe, en contra de lo que había esperado, él continúa su noviazgo como si su negativa le hubiera quitado un peso de encima. Aquella tarde cuando se despidieron, ahora está segura, ya no era suyo.

Desde aquel día, como si nada se hubieran dicho, siguieron saliendo, ella cada vez más triste y él cada vez más contento. Llegó a pensar que quizá lo hacía para que no sufriera. ¡Qué ingenua! Poco a poco le fue ayudando a preparar el largo viaje. ¡Hasta sus padres le llenaron de regalos! El ya nunca le volvió a pedir que se vaya con él.

Exhalando un profundo suspiro, comienza a caminar hasta salir de la estación. ¿Cómo era posible que la tarde que la abandonaba para siempre pensara con tanta ternura en él? Sobre todo, sabiendo que, en ese instante, alegre, quizá un poco nervioso, está sentado junto a la otra que le sigue en sus sueños.

© Malena Teigeiro

La Fotografía

Liliana Delucchi

Esta tarde no tiene que planchar, así que enciende la radio y, acompañando a la voz que sale del aparato, estira las sábanas. Sin haber acudido nunca a clases de idiomas, es capaz de seguir las canciones en inglés o italiano y en algunos casos hasta conocer su significado.

––En cinco minutos llegan las noticias, a ver qué dicen.

Es entonces cuando el locutor anuncia que a las diecinueve horas llegará a la Estación del Norte el cantante Vittorio Storaro. El corazón de Margarita se paraliza, la taza de té se le cae al suelo y ella corre en busca de los vinilos. Se sienta junto al tocadiscos, estira la falda y cruza las manos sobre su regazo. Un aria tras otra, la cabeza de la mujer descansa sobre su mano derecha y una media sonrisa no se atreve a extenderse. Sus ojos buscan una foto enmarcada que permanece en la repisa desde que ella tenía diecisiete años. Él veintisiete. La sacó de una revista la primera vez que el artista visitó España y ella fue a su concierto.

––Pienso en ti más que nunca. Hoy está lloviendo. Los domingos de lluvia me siento confusa. Si llueve no puedo lavar la ropa y, en consecuencia, no puedo planchar. Tampoco puedo pasear, ni tumbarme en la terraza, lo único que puedo hacer es mirarte y escucharte, ––dice al hombre del retrato.

Pasó la adolescencia buscándolo entre los chicos de su edad, pero ninguno estaba a su nivel. Nadie con su acento y su dulzura. La juventud tampoco trajo ningún regalo masculino. En la administración de loterías le entregaban los boletos a través de la ventanilla y se iban, felices o amargados, pero sin retorno. Y ella, de vuelta a ese piso heredado de sus padres, donde nació y probablemente morirá sin más proyectos que hacer la comida o quizás recoger del colegio a los hijos de su inquilina, una amiga que intenta sin éxito presentarle caballeros a su altura.

Estira las piernas. Son las cinco de la tarde, tengo tiempo. Busca en su armario el traje que se puso para la comunión de la vecinita, se lava la cabeza y recoge el pelo en un moño. Se pone el collar de perlas de su madre y los zapatos de tacón.

Lo más importante: buscar en el álbum su foto, aquella de cuando tenía diecisiete años, cuando se enamoró de él. De un cajón coge un sobre color azul.

––A la Estación del Norte ––dice al taxista.

Hay un mundo de gente, entre periodistas y curiosos, pero Margarita logra acercarse al andén. Llegan las palpitaciones cuando el vagón se acerca y se desbocan cuando lo ve descender. A codazos y empujones logra llegar hasta su amado. Saca el sobre de su bolso, marca en él un beso con su boca pintada de granate y se lo da.

El hombre mira a esa mujer con ojos de lluvia, le sonríe, recoge la carta y la guarda en el interior de su chaqueta.

––Ya estamos en paz ––le grita ella por encima del vocerío ––. Tú también tienes mi foto.

© Liliana Delucchi

El Tren de las Diez de la Noche

Marieta Alonso

Era tan impaciente, tan nervioso, que no fue capaz de esperar a su día de nacimiento y un mes antes de lo previsto vino a este mundo al ritmo del chacachá del tren, en una noche tenebrosa.

Su madre, tras varias horas de viaje, se quedó dormida con un libro sobre su voluminoso vientre. Iba sola, y de vuelta a casa de sus padres se preguntaba cómo reaccionarían al verla. Era incapaz de hablar sobre aquella noche que, regresando del trabajo, cinco jóvenes le salieron al encuentro.

Al sentir unas pequeñas molestias, comenzó a desperezarse y vio a través de la ventanilla un grupo de nubes desplazándose hacia una gran luna de sangre, que se iba levantando tras las montañas. La temperatura había descendido y se arrebujó en una manta. Pensó viendo correr el paisaje que la soledad no tenía fronteras.

No se esperaba esa primera contracción, y cuando rompió aguas decidió hablar con el revisor. Gervasio, así se llamaba, cerró los ojos y se quedó breves instantes pensando qué hacer. El hombre jamás se había encontrado en tales circunstancias, y fue por todos los vagones preguntando por un médico. Halló a uno en el último coche y lo puso al corriente de lo que estaba por pasar. Entre los dos acomodaron lo mejor que supieron a la joven. Hasta dentro de tres horas no habría ninguna estación donde pudiesen parar, le dijeron.

Mientras el doctor la asistía, Gervasio fue a comentar con Agustín, el maquinista, y Anselmo, el ayudante, lo que estaba pasando y entre chistes subidos de tono le desearon que disfrutara con su nuevo empleo. Los tres eran del mismo pueblo, los tres solteros y cuarentones, los tres vivían bajo el mismo techo.

Con evidente enfado por esas bromas pesadas, regresó tomando con cariño la mano de la joven. Entre dolores, risas y llantos, habló la chica por vez primera de lo sucedido, de sus miedos, de cuál era su nombre, el de sus padres, de cómo querría llamar a su bebé… Tan solo olvidó mencionar el pueblo donde vivían los abuelos.

Por un cuarto de hora, no dio tiempo a arribar a aquella estación perdida, con tres casas desperdigadas. Lo que tenía que llegar, llegó: Un niño precioso que llorando despidió a su madre.

¿Y ahora? Se preguntaron Agustín y Anselmo cuando llegó Gervasio con el crío en brazos y la angustia reflejada en sus ojos. Los tres se quedaron sin saber qué decir. Al ver la carita del chiquillo se dio por zanjada cualquier duda.

A partir de entonces, en cada trayecto del tren fueron desgastando sus vidas, en cada pueblo, en cada ciudad, preguntaban por aquellos abuelos de los que solo sabían el nombre.

El niño fue creciendo con el ruido de la locomotora, con el fluido de los vapores, jugando al escondite entre los furgones y embelesado al creer ver a los indios a través de las ventanas…

Tan diligente que tenía tiempo para todo, tan cariñoso que les abrazaba sin motivo aparente y cuando decidió hacerse ferroviario no tuvo que explicar el porqué.

Y un buen día, bebiendo cerveza en el bar de una estación, justo cuando se echaba a la boca un cacho de torrezno, les pidió:

––No busquéis más a mis abuelos. Soy feliz yendo y viniendo, rodando por los caminos de hierro… ¡No necesito a nadie más que a vosotros!

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

El Olivo

15 enero, 2018 por Akelarre 5 comentarios

El olivo Carlos Franco Rubio
Papel pintado con tinta china de barra rematado el verde con acrílico en Roquissart, Mallorca. Año 2012.

El Olivo - Carlos Franco Rubio

Papel pintado con tinta china de barra rematado el verde con acrílico en Roquissart, Mallorca. Año 2012.

Nacido en Madrid en 1951 es una figura emblemática de la Nueva Generación Madrileña, movimiento que irrumpe en los años 70 regresando a la expresión figurativa. La inquietud creativa de este gran autodidacta rompe con las barreras convencionales.

Su pintura desprende voluptuosidad y gran gusto por los mitos, la magia, el inconsciente, así como referencias clásicas a maestros decimonónicos libremente interpretados.

Autor de una de las obras más singulares de arte en Madrid, las pinturas murales de la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor concurso que ganó en 1989.

Está presente en todas las grandes ferias de Arte del mundo, Basilea, Arco, Colonia… En 2015 un rotundo éxito en Pekín, así como en el año 2004 en una exposición itinerante en Panamá, Colombia, Brasil, Costa Rica y otros países de Latinoamérica, le definen como un autor consagrado en el panorama artístico internacional.

Viaje a París

Cristina Vázquez

Madera de olivo

Malena Teigeiro

Desdicha

Liliana Delucchi

Mi casa es...

Marieta Alonso

Viaje a París

Cristina Vázquez

Para mi querido amigo y fiel lector José Pedro

La lluvia fina y persistente me decidió a entrar en una galería de arte. Mi viaje a París fue precipitado, pues a mi marido le surgió un inesperado tema de trabajo y nos fuimos. Esa ciudad tenía para mí una resonancia especial, al haber estudiado unos años allí después de acabar el bachillerato. Fue un tiempo de descubrimientos, sorpresas y amor, como no puede ser de otra manera cuando eres joven. Lejos de tu casa, el mundo se abre con la esperanza cuajada de proyectos inasequibles a la realidad, y con un rumor de felicidad que acompaña cualquier momento vivido y por vivir.

Volver. A la primera oportunidad me escapaba, aunque cada vez me sentía más extraña a mí y a la ciudad, y de repente, al ver mi reflejo en un escaparate, me sorprendía la mujer que me miraba. Una mujer aún de buen ver, ordenada y con la apariencia de una vida conseguida en vez de la joven apretando unos libros contra el pecho, con una melena desbocada o una imperiosa cola de caballo. Y esa tarde, en la que me perdí a propósito por unas callejuelas del barrio latino, sin afán de búsqueda ni memoria, sino con el ansia de poder escribir en mi mente un plano nuevo de la ciudad, la lluvia fina y persistente me hizo buscar con cierto malhumor refugio. Y lo que más me atrajo fue esa galería de arte.
Me di una vuelta sacudiéndome el agua como un perrillo mojado y en una sala más pequeña encontré un cuadro en el que reconozco unos trazos. Pero no. Era imposible. Con las gafas puestas veo en la cartela que el autor es quien creía y la fecha de ejecución reciente.

––Señorita, ¿este autor no ha muerto? ––le pregunté a la joven galerista.

––¿Muerto? ––se rio con toda la amplitud de su perfecta dentadura––. Si la oyera, la mataría. Es mi padre.

Me quedé con las gafas colgadas de la punta de la nariz y con el aire más profesional que conseguí, le aseguré que había seguido su carrera artística durante muchos años y alguien me había informado de su muerte.

––Lo sentí mucho. Durante un tiempo fuimos buenos amigos.

Ella puso una expresión divertida. ¿Cuál era mi nombre, por si le sonaba? Y yo le di uno falso.

––No, no lo recuerdo ––contestó con cara de rebuscar en su memoria.

Siempre tan teatrero con sus amores, afirmaba entre risas. Y girándose hacia el cuadro, éste lo pintó a la memoria de una española y del viaje que hicieron por el sur perdidos entre olivares.

––Siempre decía que fue el amor de su vida ––remató con incrédula expresión.

––¿Podrías darle recuerdos de una vieja amiga de paso por París y entregarle esto? ––le pregunté con un nerviosismo cada vez más apremiante, al tiempo que le ofrecía el pequeño, diminuto colgante, guardado en el bolso como un querido amuleto.

––Si quiere, déselo usted misma ––y me señaló un café enfrente––. Es ése que está ahí sentado, aunque hace tiempo que no reconoce a nadie. Pero si quiere intentarlo…

En medio de la calle, sin importarme la lluvia, lo observé largamente por el cristal. Aún pervivía en él algo de su intensa mirada, de su ceño concentrado. Dudé si entrar. Me temblaban las manos. Con los pies mojados y una emoción olvidada me acerqué a su mesa. Lo llamé suavemente por su nombre y le puse en las manos el pequeño, diminuto colgante. Él me contempló fijamente, como si hiciera un enorme esfuerzo por recordar y sonrió. Luego se puso a canturrear en voz bajita la vie en rose, nuestra canción, y a mirar por la ventana.
En ese momento tuve la certeza de que nunca volvería a esa ciudad y de que compraría el cuadro del olivo que hoy cuelga en mi cuarto de estar.

© Cristina Vázquez

Madera de olivo

Malena Teigeiro

Negras y jugosas brillan en el plato de la ensalada las aceitunas. Una a una, separándolas de los dulces y carnosos trozos de tomate, la mujer las coge con la cuchara de madera para llevárselas a la boca. Cierra los ojos. Luego, lentamente, como el que se deleita con un palote de caramelo, revolotea con la lengua las olivas.

La familia de Acacia vive en la capital. Y todos los años, en el mes de junio, en cuanto terminan el colegio, al igual que hacen las aves en primavera, viajan al sur. Allí, en el cortijo de sus abuelos, entre olivos, acebuches y sabinas, pasan el verano. Y como todos los años, cuando ya casi han finalizado las vacaciones, ella y sus hermanos asisten al vareo de la aceituna.

Aquel mes de septiembre, por primera vez, y como siempre al lado de su madre y de su tía, Acacia tuvo entre sus manos una vara grande, larga, como la de los mayores. Sujetaba el palo, como si de una caña de pescar se tratara, intentando así llegar con su golpe a las ramas. Más veces se perdió la vara en al aire que entre los tentáculos del añoso olivo. Ilusionada, airosa, tenaz, sin cejar en su trabajo ni atender a las risas que resonaban a su alrededor, sus bracitos sudorosos y flexibles, seguían agitando la pica.

Y fue entonces, cuando sintió que unas manos la sujetaban por la cintura, levantándola del suelo.

––Agárrala fuerte. Pero por el medio ––dijo la voz de las manos.

La niña giró la cabeza y vio un rostro moreno, de ojos negros y dientes muy blancos que reían. Vareó así, entre aquellos brazos que le apretaban tanto las costillas y las caderas que casi no le permitían respirar. Soltó la vara y aferrada a los dedos del joven vio los suyos, frágiles, más blancos que nunca sobre las morenas garras que como hierros candentes la sostenían. Él, despacio, muy despacio, la fue bajando apretada contra su pecho, y besándola en la nuca, la dejó en el suelo. La niña sintió que sus alpargatas se hundían en la tierra y que el olivo daba vueltas y más vueltas a su alrededor. Con los ojos redondos y los bracitos en cruz, miró al cielo. Vio caer la niebla y entornó los párpados. Y fue entonces cuando sintió que entre aquella niebla blanca, las añosas y retorcidas ramas del olivo la envolvían como a una crisálida.

A partir de ese momento lo busca. Cuando lo encuentra lo sigue. Si lo ve trasegar en el campo, se esconde detrás del olivo más cercano. Y allí permanece, quieta, como si fuera un nudo más en el viejo tronco, sin dejar de contemplarlo. Da igual lo cerca o lejos que el joven moreno esté. Da igual que sea por la mañana o al atardecer. Da igual que se rían de ella los olivareros. La niña sintiendo en la cintura aquellas manos grandes y morenas que la incendiaron, no deja de contemplarlo. Él, ajeno a su sufrimiento, en cuanto la ve la saluda con una sonrisa. Entonces, y solo entonces, Acacia corre a los brazos del joven que en cuclillas la espera. Y que después de prestarle su vara, le coloca las manos en la cintura, fuertes, recias, con las que la mantiene elevada mientras ella sacude las ramas cargadas de aceitunas negras. Ahora es Acacia la que cuando la va a bajar al suelo, se cuelga de su cuello para, trémula, besarlo. Instantes después, pizpireta, con la mano levantada, le dice adiós y corre a esconderse debajo de las mesas para el almuerzo. Allí se queda, agazapada entre los largos manteles, hasta que al verlo sentado en el banco de madera, se encarama a su lado. Él, aparentando siempre una sorpresa, la abraza. Luego con sus romas y duras uñas, le revuelve el pelo para enseguida separar con su cuchara de madera de olivo las negras aceitunas de la ensalada. Entre risas y aspavientos, se las da una a una, y ella, como si fuera la más dulce de las golosinas, temerosa de romperlas, las deja pegadas al cielo de la boca.

La noche que escuchó su risa, hacía mucho calor y Acacia tenía la ventana abierta. ¿A dónde iría? La pequeña se levantó y se asomó a la ventana. Cubiertos por retazos de luna, lo vio caminar hacia el olivar. Él iba agarrado a la cintura de su tía, con el rostro pegado al cuello de la mujer. Los siguió con la mirada hasta que los viejos árboles los cubrieron con sus ramas. Apoyada en el marco de la ventana, como Wendy esperando a Peter Pan, Acacia se mantuvo levantada hasta que cuajado ya el amanecer entraron en casa. Luego se volvió a acostar. Y sintiendo que su pecho era muy pequeño, se durmió entre lágrimas y sueños.

Aquel 20 de diciembre, como todos los años por Navidad, un automóvil salió del cortijo para no regresar.

A la mañana siguiente, su divertida tía no ocupó su sitio en la mesa del desayuno. Ya nunca la volvió a ver. Más tarde se enteró de que poco después de fallecer sus abuelos en aquel trágico accidente, la hermana de su madre contrajo matrimonio. Y que ella cuando supo con quién lo había hecho, otra vez sintió hundirse el suelo y girar el olivo a su alrededor. Y de nuevo, cubierta por la cegadora niebla blanca, las añosas y retorcidas ramas la envolvieron.

Nunca volvió a veranear en el cortijo del sur ni a ver a aquel joven de rostro moreno, ojos negros y dientes muy blancos que siempre reían, ni tampoco pudo curar la desazón que le dejaron en su piel aquellas manos, grandes, morenas, de dedos fuertes, cuando la elevaba para varear.

Tampoco encontró Acacia otros dedos, que acariciándole las inexistentes quemaduras, le sirvieran de bálsamo, de sosiego, o que colmaran de placer su zozobra.

© Malena Teigeiro

Desdicha

Liliana Delucchi

No había podido llorarlos. Ahora se encontraba frente a ese olivo siniestro pensando en ellos y sin derramar una lágrima. Debí haberlo barruntado, se dijo con la mirada sobre las piedras donde ellos pasaron sus últimos momentos.

Felisa y él tuvieron una buena vida, sin estridencias, ni grandes momentos de bienestar o dolor. Un tiempo tranquilo de días que se sucedían entre el trabajo, algún paseo, una comida con los vecinos... Hasta que ella quiso un hijo. Un vástago que no llegaba, una espera que hacía a la mujer enterrar su desesperanza entre los rosales.

Les gustaba el teatro, no solo asistían a las obras, también iban a librerías en busca de los clásicos; los griegos eran sus favoritos: Eurípides, Esquilo y Sófocles. Solos en casa, representaban alguna escena distribuyendo las sillas como si fueran el coro. Diseñaban máscaras y vestuario. Si la nieve caía detrás de la ventana o los rayos iluminaban el salón, les daba igual, estaban absortos en los personajes que creaban con sus voces y gestos.

El atardecer en que entraron en la tienda de libros, la cajera estaba con la cara hinchada por el llanto y las manos temblando.

––Me ha dejado embarazada y no quiere hacerse responsable. Me enteré de que el muy cretino está casado.

Felisa pasó por detrás del mostrador en busca de un poco de agua, mientras él intentaba consolar a la joven.

––Sé que ustedes no pueden tener hijos. ¿No quieren el mío? Yo no puedo ir a mi casa con él, mi padre me matará.

Ambos se miraron y, sin más, fingieron el embarazo de Felisa. Cuando llegó la hora del nacimiento se trasladaron los tres a un pueblo lejano donde tuvo lugar el parto. El de verdad y el fingido. Y volvieron a casa con un niño sano y hermoso.

––¿Te das cuenta? Como en las obras griegas, ha funcionado el deus ex machina. Un Dios ha bajado a nuestro escenario y ha resuelto todo. ––dijo el marido mientras preparaba un biberón.

––Si la vida fuera un teatro, ahora la gente aplaudiría porque la obra ha finalizado. ––contestó ella.

Jugaba Felisa con su hijo debajo del olivo la primera vez que la vio aparecer. Sintió temblar el alma, el silencio era tal que creyó oír respirar a la tierra, pero la voz de la visitante lo rompió.

––Necesito dinero. Si no me lo das, me llevo al niño y les cuento a todos que eres una farsante.

Al día siguiente la pareja fue al banco y le dio la cantidad solicitada. Hubo una segunda visita, y una tercera. En la última, la antigua cajera se acercó al niño que trasteaba con las piedras debajo del olivo.

––Es muy guapo, se parece a su padre, pero sin la cicatriz en la cara. Podríamos hacerle una. ––y soltó una risa que a Felisa de dio escalofríos.

Muda y temblando, cogió a su hijo y lo llevó dentro. El trayecto parecía extenderse kilómetros, la puerta estaba cada vez más lejos y los brazos le dolían, sacudidos por el llanto.

––No sirve que lo escondas, volveré y quizás me lo lleve.

Una semana después, cumplió con su promesa. Los encontró en el jardín, la mujer podando los rosales y el niño en su hamaca. Lloraba el pequeño cuando unas garras lo arrancaron del balancín, los gritos de la madre se enredaron en las nubes de la tarde mientras la intrusa corría en dirección al olivo, con el bebé bajo el brazo izquierdo y un cuchillo en la mano derecha.

Cuando el marido regresó, al no encontrar a su familia en casa la buscó en el invernadero, en el parque, por el cenador, hasta que divisó a lo lejos unas figuras bajo el olivo. Allí, bajo aquel árbol centenario encontró a Felisa desangrada y al niño con un corte en la cara, inerte en brazos de la mujer que lo había dado a luz y acunaba con voz entrecortada.

––¡Desgraciada! ––Profirió el hombre a la vez que levantaba una de las grandes piedras que dejó caer sobre la cabeza de aquella que una vez le vendiera libros… y hasta un hijo.

Alzó la vista hacia las ramas y sintió que dibujaban un telón final sobre ese baile de muerte. Murmuró: «deus ex machina».

© Liliana Delucchi

Mi casa es...

Marieta Alonso

Hace ya muchos, muchos años, cerca de sesenta, mi hogar era la cama de mis padres, me colaba en medio y era el niño más feliz acurrucándome entre ellos. Me dormía tras recibir un apretado beso de mi madre y un tirón de orejas de mi padre. Más tarde fueron los brazos de mi mujer, hasta que ella me apartó con desdén y se fue con otro. Yo no era fértil y ella anhelaba ser madre, comentó. Entonces me solacé con la almohada pensando que gracias a mi trabajo tenía un techo donde guarecerme… Hasta que la crisis me lo quitó.

Un buen amigo, dueño de un taxi amarillo, me dio una oportunidad y desde hace quince días deambulo por calles y carreteras durante el día y justo en el momento en que la luna me hace un guiño, sé que es la hora de ir a dormir, por lo que tomo dirección a la Plaza Mayor de un escondido pueblo. Aparco junto al olivo milenario -que no acebuche-, el que está frente a la fuente del ciervo, y a los pies del árbol, entre sus raíces, extiendo mi saco de dormir, me introduzco en él, coloco a mi vera el osito de peluche que un niño se dejó en el taxi y me abandono.

Alguna que otra vez una aceituna cae y hace que hunda mis pensamientos en esa fuente de riqueza y alimento, de sabiduría y paz. Me distraigo en la búsqueda de sus orígenes y pienso en los fenicios, judíos, griegos, romanos, y tantos otros… ¿Quién plantaría la sombra que ahora me da albergue?

De madrugada para que nadie me vea, me acerco a la fuente, miro a derecha e izquierda, y haga frío o calor, me quito la ropa, me aseo y hago la colada, luego me visto con ropa limpia.

Soy el primer cliente del único café de la plaza. La dueña me permite que tienda mi ropa en la cuerda de su patio, y por un módico precio me la plancha. Bien doblada, la guardo en una canasta pequeña de mimbre que llevo en el maletero.

Regreso y allí, en una mesa cuadrada, cubierta con mantel de papel, al arrullo de la voz de la amable mesonera, desayuno opíparamente, por si se tuerce el día. Como y ceno en cualquier fonda si ha lugar.

A fin de mes guardo las propinas y las sobras del salario en la caja de ahorros que está en esta misma plaza, y recostado en el olivo, sueño con un cuarto y una cama donde quepan todos mis recuerdos. Así transcurre mi vida. De momento.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El Armario

15 diciembre, 2017 por Akelarre 9 comentarios

Armario antiguo nuevo akelarre literario

Armario centroeuropeo del siglo XIX. En los cuadrantes de sus puertas aparecen representadas las cuatro estaciones.

Aunque muchísimos historiadores ubican los orígenes de la pintura popular en Europa durante los años del Renacimiento, de hecho, nace con las primeras civilizaciones, cuando el hombre prehistórico al intentar marcar el terreno, señalar sus pertenencias o simplemente dar forma a una expresión personal e interior, deja una marca propia en las paredes de las cavernas en las que habitaba, en sus herramientas y utensilios.

Junto al desarrollo del ser humano, la pintura decorativa fue perfeccionándose. Cada país, cada territorio y cada cultura desplegó a través del tiempo estilos diferentes. La necesidad del hombre de diferenciarse lo lleva a personalizar sus objetos, aun los cotidianos, y dar a su entorno un ambiente individual, único, transformándose la pintura decorativa en algo más que un simple accesorio para embellecer el hogar.

La bolsa de rayas

Cristina Vázquez

Cuatro clavos del 1/8

Malena Teigeiro

El buzón secreto

Liliana Delucchi

Sombras del ayer

Marieta Alonso

La bolsa de rayas

Cristina Vázquez

Menuda, así es como se quedó con el paso de los años. O eso decía ella.

—Me he resumido —y se miraba las manos, un poco deformadas por la artritis, con verdadera sorpresa.

Esa manía del resumen de su cuerpo la acompañó junto con otra que repetía con insistencia. Era imposible que eso se hubiera perdido. Mientras no lo encontrara se quedaría cada vez más empequeñecida, aseguraba con seriedad. Por más que le preguntáramos qué era lo que se había perdido, su contestación siempre era: No es de vuestra incumbencia.

—Pero es imposible. ¿Dónde estará? —murmuraba perpleja.

Y una expresión desolada inundaba sus ojos azules, ya un poco velados por la edad, para al rato rejuvenecerse en una dulzura inapropiada y enternecedora en esa cara arrugada. ¿En qué pensaría?

Mantuvo siempre un resto de acento alemán arrastrando las erres y al contar unos chistes que no nos hacían gracia, ella indefectiblemente, con una risa contenida terminaba.

—Muy Grasioso, ¿ja?

Todos sonreíamos, incluso el abuelo. Se conocieron en Francia, ella había huido de la persecución nazi por sus orígenes judíos y vivía modestamente con lo que pudo rescatar, trabajando como traductora para una editorial. Era alta, de un rubio casi albino con unos preciosos ojos azules y una mezcla de distinción y abandono que la acompañó siempre. Una energía ordenada tanto para la organización doméstica como para sus manifestaciones de cariño, era su característica. Aunque éstas fueran amables, incluso cálidas, nunca irradiaban auténtica felicidad y una vaga tristeza la encogía durante días.

Por más que la preguntaras nunca quiso hablar de su pasado y guardaba sus recuerdos en un cofrecillo de piel. Una bola de cristal, un pañuelo bordado con unas iniciales, llaves, dos fotos y una ramita con hojas secas. Pocas veces la vi contemplando esas menudencias.

Mi abuelo, en cambio, era un rubicundo afable, se desbordaba en lágrimas, abrazos y enfados con igual vehemencia, para luego volver al estado anterior a la misma velocidad. La alegría, el que no le dieran la lata y la diversión, eran las normas de su vida y esa medida la aplicaba a los demás, pero siempre que siguieran sus principios y no se le llevara la contraria. Observaba a su mujer con una amorosa perplejidad, como si no pudiera alcanzarla, pese a haberle dado una vida fácil, adinerada y mimarla a su manera. Con mucha frecuencia, cara compungida y falsa modestia, aseveraba cómo la había salvado de una situación difícil.

—Mi querida Helga, qué fortuna fue encontrarnos. Quién sabe lo que hubiera sido de ti. Mi pobre ángel —y la contemplaba con una posesión tranquila.

Ella le miraba directamente a los ojos con una indescifrable expresión y luego bajando la cabeza para concentrarse en la labor o la manualidad que estuviera haciendo, pues nunca paraban esas manos, le respondía indefectiblemente.

—Sí, fue una gran fortuna.

Una vez les oí discutir. Nunca la había visto enfadada. Sus reproches eran silenciosos, dejaba de hablar al que hubiera cometido algo inconveniente para ella. Pero esa tarde la oí exigirle que no le mintiera más, era imposible que algo tan grande se hubiera perdido. Resultaba muy cruel por su parte que no tuviera interés por encontrar lo único que le quedaba de su vida. El abuelo trató de calmarla, asegurando con violenta determinación que él había hecho lo imposible, pero todo sin resultado. Y un sonoro portazo me hizo correr escaleras abajo.

Que la abuela se iba reduciendo era un hecho, pero parecía no importarle, igual que si encontrara un placer en ir abandonando medidas y espacios. Murió tranquilamente una tarde, sentada en su sillón con el cofrecito en las manos. Lo cogí sin que nadie se percatara y lo guardé en una suerte de homenaje a su memoria secreta.

Pasaron unos años y cuando desmontamos la casa, apareció un recibo amarillento a nombre de ella, que el abuelo guardaba en su buró. Seguí la pista del mismo y resultó ser de un guardamuebles al que me acerqué llena de dudas y curiosidad. Solo había un precioso armario azul, solitario en medio de ese espacio, pintado con unos paisajes minuciosos, procedente sin duda de centro Europa y con remite de haber sido enviado desde Francia, hacía más de cincuenta años. Lo trasladé a mi casa con la esperanza de que una de esas llaves guardadas en el cofre sirviera para abrirlo. Y así fue. Esperaba que la carcoma lo hubiera estropeado y que el olor a humedad invadiera el cuarto, pero un aroma dulce a flores salió misteriosamente de él y encontré una bolsa de rayas colgada de un clavo. Dentro sólo había cartas amarilleadas por el tiempo, escritas todas con la misma letra, cartas de amor que pude entender con mi escaso alemán, y una foto. En un paisaje montañoso se destaca una pareja enlazada por la cintura. La abuela muy joven, espigada, con la cara luminosa, los ojos sonrientes y un militar alto y distinguido vestido con el uniforme nazi.

© Cristina Vázquez

Cuatro clavos del 1/8

Malena Teigeiro

Mi mamá se murió. Yo tenía siete años. Estábamos las dos en la cocina. Eran las doce de un día de las vacaciones de verano cuando el cuenco en el que preparaba la tarta del domingo se rompió, y como si fuera un perverso y malvado vómito amarillo, la crema se extendió por el suelo. Desde entonces, al volver del colegio me voy a la ferretería de mi padre en donde hago los deberes y a veces le ayudo.

—Mati, tráeme la caja de los del 10.d —me llama con esa voz que se le quedó desde que ella se fue al cielo.

Y yo, salto de la silla y corro al armario lleno de cajoncitos con plaquitas en donde aparecen los números de los tamaños de los clavos, tuercas y tornillos que se guardan en su interior. Busco lo que me ha pedido y se lo llevo. ¿Ha visto mi nueva ayudante?, le guiña un ojo al cliente que espera. ¡Pobre papá! Cree que no me doy cuenta. A mí me gusta echarle una mano, como él dice, por muchas razones, pero sobre todo porque me atraen los armarios. Y el que más, el que mi madre decoró con paisajes, flores, y divertidos personajes de altos sombreros de copa. Ése que está colocado en el pasillo de nuestra casa y que papá acaricia cada vez que pasa por su lado. En él ella guardaba las fotos en un antiguo cabás de cartón pintado con flores amarillas. Tengo que comprar un álbum y colocarlas. ¿Me ayudarás?, decía pellizcándome la mejilla. También, en otras cajas de lata y madera, guardaba hilos, cintas de colores y restos de telas de seda.

A veces jugábamos a ordenarlo, cosa que nunca conseguíamos. Recuerdo cómo reía cuando después de estar toda la mañana enrollando cintas y lanas, las volvía a guardar, así, de cualquier manera, en el mismo sitio en el que las había encontrado. Y cuando empujando, lograba cerrar las puertas, le hablaba mientras da vueltas a la llave.

—¡Ay! Si este armario fuera un poquito más grande —abría las manos agotada—. ¿Por qué no creces un poco todos los años, como hace Mati?

Y se quedaba mirando la puerta como si pretendiera que le contestara. A mí me daba mucha risa verla.

Ahora tengo ocho años. Y estoy preocupada. Cada vez recuerdo menos su sonrisa y sus gestos. Cuando pienso en ella me vienen a la mente las fotografías que están en la caja de flores amarillas en las que ella, siempre alegre, aparece abrazando a mi padre, a mí o con el Miki, un perrito que desde que se fue duerme conmigo. También hay algunas en los que estamos los tres, pero de los cuatro, no. De esas no aparece ninguna.

Desde hace unos días viene a verme por las noches. Sí. Por la noche viene a mi habitación y se sienta en la cama, me besa y me revuelve el pelo. Y no sé cómo lo hace, pero sabe convertir las noches en días. Me coge de la mano y juntas volamos al parque, a la piscina. También me lleva al colegio. Aunque cuando me despierto y la busco por la habitación, ya no está. Últimamente, si en nuestro paseo fuimos al parque busco los zapatos. Están limpios, guardados en el armario. Si fue la noche que hicimos tartas, miro el delantal y sigue ahí, donde ella lo dejó hace un año, doblado en el cajón. Siempre fue muy ordenada. Lo cierto es que desde que se fue no hay mucho orden en la casa. Hace ya unas cuantas noches que quiere arreglar el armario del pasillo. Ven, dice. Y yo me levanto e intento ayudarla. Pero como nunca nos da tiempo, mi padre por las mañanas tiene que recoger las fotos, las cintas y las sedas de colores desparramadas por los suelos.

Mi padre me ha llevado a dormir con él, quizá quiere ayudarnos a ordenar el armario. Y también me ha llevado al médico. El doctor nos ha dicho que las visitas de mi mamá son estampas que nos envía para que no la olvidemos.

—Doctor, no lo entiendo.

Él me miró, y quitándose las gafas, me pidió que intentara explicarle lo que no entendía. Pensé un poco encogiendo mucho los ojos, la nariz y la boca, que es cuando mejor lo hago. Verá, dije. Cuando mamá venía a mi habitación, las dos estábamos muy contentas y nos abrazábamos, a veces hasta cantábamos. Don Mateo, que aunque no encogió la cara, sí frunció mucho las cejas, después de pensar un poco me contó que las visitas de mi mamá eran como cromos que en vez de estar pegados en el álbum, los llevaba pegados en mi cabeza, y que no me preocupara, que no se me borrarían nunca.

—No pueden ser cromos, porque son muy grandes.

Él me miró. Se colocó las gafas y me contestó que en mi caso, como yo la quería tanto, serían posters.

Aunque no lo entendí muy bien, pero por si tenía razón, esta mañana mientras tomábamos el desayuno, le pedí a mi padre volver a dormir en mi cama. Y esta tarde en la ferretería cogí un martillo pequeño y cuatro clavos del 1/8, de esos que se llaman invisibles. Los he guardado, uno a uno, bien separados, en el cajón de la mesilla con el martillo al lado. No quiero tener problemas cuando los necesite. Tengo decidido que esta noche, antes de que desaparezca el póster de mi mamá, lo voy a clavar en la pared.

© Malena Teigeiro

El buzón secreto

Liliana Delucchi

—Me lo regaló su padre, señorita, para que guarde mis cosas.

Incluso ahora, tantos años después, recuerdo aquellos árboles en sus pequeños detalles. Adalberto llegó al campo siendo muy joven, pidió trabajo y lo emplearon como mozo de cuadras. Con el tiempo fue escalando y de peón ascendió a capataz. Mi padre decía que de haber tenido conocimientos contables, hubiese sido el mejor administrador de la estancia. Cuando fue demasiado mayor como para seguir con los trabajos de la finca, hacía recados para la cocinera o lustraba la plata, pero su pasión era el dibujo. Durante las noches, junto al fuego, con libros de arte de la biblioteca de la casa, pasaba horas entre trazos y colores.

Nunca se casó y si tuvo alguna relación fue tan secreta que nadie lo supo.

—¿Para qué otra familia, señorita, si los tengo a ustedes? —Me dijo mojando un pincel— Y ahora que el señor me dio esta habitación y este armario, no necesito nada más.

El armario en cuestión se había rescatado de la buhardilla para el cuarto de Adalberto y él lo decoraba con paisajes.

Era una tarde de invierno tan aburrida como mi adolescencia y tan cabreante como un fin de semana en el campo. El único que soportaba mis cambios de humor era ese anciano de voz suave y paciencia infinita.

—¿Ve cómo lo hago? Primero pinto el fondo y luego pintaré cuatro paisajes diferentes en las puertas. —Dijo mientras bebía un trago de ginebra—. Esto es bueno para el gaznate y además me inspira.

Me ofrecí para ayudarlo con las mezclas de colores. Era mucho más agradable pasar las horas con don Adalberto que en el salón con esa familia que se había negado a dejarme sola en la ciudad.

—¿Puedo preguntarle qué va a guardar en el armario?

—Mi vida, señorita. No es que sea muy interesante, pero es la que Dios me dio y se la agradezco.

Se besó la mano y lanzó el beso hacia el cielorraso.

Cuando terminé con las mezclas, cogí un papel del bolsillo de mi chaqueta y me puse a leer.

—¿Es una carta? —preguntó el anciano sonriéndome.

—De un compañero de clase. Me gusta.

—Yo nunca recibí una carta.

Sentí pena por él y me puse a escribir unas cuartillas en las que mostraba mis impresiones sobre su pintura. Esperé a que saliera y las dejé dentro del armario.

Así empezó una larga correspondencia. No hablábamos de ella, el armario era nuestro buzón y siempre recogíamos la respuesta en ausencia del otro. Yo escribía sobre los desencuentros con mis padres, las buenas o malas notas, la última película y si mi corazón estaba roto o exultante. Él, sobre el tiempo, la cosecha o si había nacido algún potro; sus avances en la pintura o algún cotilleo de la cocina.

Cuando un par de años después recibí la llamada del administrador para comunicarme que Adalberto estaba muy enfermo, dejé la ciudad y fui a verlo. Desde sus ojos acuosos y con voz trémula me pidió que fuera al armario y rescatase las cartas. Allí estaban, atadas con un cordón de esparto y entre ellas, un retrato que me había hecho a lápiz. Volví junto a él y al cogerle la mano sentí que nos estábamos despidiendo.

—Guárdelas, señorita, es nuestro secreto.

© Liliana Delucchi

Sombras del ayer

Marieta Alonso

Por puro azar —quiero creer— tropecé en el mercado con el que fuera mi primer y único novio, el Antonio, dos años mayor que yo, por lo que ahora tiene setenta. No le reconocí a bote pronto. Ha pasado mucho tiempo desde que le había visto dándome la espalda al final de la calle del Pósito.

Su presencia después de tantos inviernos me golpeó al recordar con amargura el motivo de aquella despedida. Dejó embarazada a mi mejor amiga. Vino a decirme que le obligaban a casarse y que se marchaban del pueblo. Nunca más volví a verlo. Hasta ahora.

Tras la sorpresa —no sé si agradable o no— me invitó a tomar un café en la plaza. Accedí pensando que no era propio de una mujer adulta, como yo, asestarle una bofetada en plena calle. Es lo que me hubiera aconsejado mi difunta madre, que en gloria esté, pero no tengo su carácter. Y aquí estoy, muy bien sentada después de alisar mi falda, a la espera de lo que tenga que decir.

El muy hipócrita comenzó con que me veía igual que siempre. Sí, con cincuenta años y treinta kilos más, le respondí. No le afectó la sorna. Recordó el cocido castellano que hacía mi abuela —que en gloria también esté— con su relleno esponjoso y la sabrosa coliflor en su punto. Y me miraba como si fuera uno de aquellos ingredientes que le hacían suspirar. Me emocioné.

Yo seguía sentada muy recta en la silla oyendo el runrún de sus palabras y observando a un gorrión con un trozo de pan más grande que él, que a un ligero movimiento de mis piernas, asustado, salió volando sin soltar su presa. Puse atención. Ahora, aquel arrugado viejo que de joven fue mi novio, me contaba que hacía seis meses había enviudado, que no tuvieron hijos, que aquel embarazo fue una falsa alarma.

¡Qué lista la madre de mi mejor amiga! Y la vi en el baile animando al Emeterio, el tonto del pueblo, a que me sacara a bailar, lo que hice por lo bueno que era conmigo, a la vez que invitaba a mi novio a bailar con su hija. Años más tarde me tocó cerrarle los ojos y me pidió perdón. No supe en aquel entonces a qué se refería.

Cuando mi boda se fue al garete, mi madre, que en paz descanse, sin emitir sonido —cosa de agradecer— tomó mi ajuar y al «sobrao». Todo lo fue colocando con detalle en el armario de la abuela, el pintado de verde claro, y lo cerró con llave. Nunca averigüé el escondite…

—¡Eh, Antonia! ¿Es que no me oyes?

—Disculpa, se me fue el santo al cielo.

—Te decía que…

Si mi tío Alberto apareciera sobre su taimada yegua, de la que no se bajaba, así lloviese, nevase o apedrease, y me viera sola, prestando oídos a lo que hablaba aquel «huevón», como siempre le llamó, me tomaría del brazo y con un enérgico impulso me subiría a la grupa. Pero nadie de mi familia está entre los vivos para ponerlo en su sitio.

¡Cómo recuerdo aquél primer beso! Y el segundo, y el tercero… Todos perduran a través del tiempo. Nunca olvidé las misas dominicales en la parroquia de San Pedro —ya no existe— cuando su pierna rozaba la mía. Miré con disimulo y lo encontré apoyado en su bastón, filosofando…

—Ahora, Antonia, estamos en la tercera edad.

—Sí. Así llamamos a la vejez de antes. —Y parpadeé como cuando era joven y quería gastarle una cuchufleta.

—¿Sabes? La artrosis es una de mis tantas peplas —comenta como si quisiera inspirar lástima.

Veo venir a lo lejos una figura conocida. Es el Emeterio que silencioso y tardo, camina poniendo un pie delante del otro sin perder el equilibrio. Los años no parecen pasar por él. Al llegar me mira asombrado, desliza su torva mirada hacia el Antonio, escupe y declara con parsimonia:

—Vengo de desyerbar en la huerta, y te traigo de regalo unos tomates —echándole un vistazo al paisano de la cabeza a los pies, exclamó—. ¡Hay que ver lo promiscua que es la vegetación!

Se coloca a mi vera, me tiende su brazo, que tomé agradecida, y argumentando como si de un gran sabio se tratase, soltó: «La vida rueda con serenidad por estos lares y todo intruso se me hace hostil.»

© Marieta Alonso

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La Alhambra de Granada

15 noviembre, 2017 por Akelarre 9 comentarios

La Alhambra de Granada, luna llena

La Alhambra

Encumbrada en lo más alto del cerro de La Sabika, y ocupándolo en su mayor parte, se yergue soberana y monumental sobre Granada, la Alhambra.

Ciudad palatina andalusí, fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, junto al Generalife, por el comité de la UNESCO, el 2 de noviembre de 1984 y más tarde ha sido propuesta para ser nombrada una de las Siete Maravillas del Mundo, pero quedó a las puertas. Sin embargo, por su extraordinaria belleza y su estado de conservación, bien pudiera crearse para ella la categoría de Octava Maravilla.

Tan reconocida es su fama a nivel mundial, tantos viajeros la visitan al año, y tanto se ha hablado y escrito ya sobre ella, sus estancias, rincones y jardines, que hasta sus leyendas contribuyen a su grandeza. Por eso este mes hemos querido unirnos a aquellos que la han distinguido con palabras a través de los cuatro relatos que ofrecemos a nuestros lectores.

Promesa cumplida

Cristina Vázquez

La danza gitana

Malena Teigeiro

La luna y los espejos

Liliana Delucchi

La colina enamorada

Marieta Alonso

Promesa cumplida

Cristina Vázquez

Para mi amiga X. que me pide, al menos, un F.F.

 

—Rob say good morning to the class —repetía cada mañana la señorita Stella al entrar en el aula.

Y a pesar de ser una clase de inglés para adultos, todos contestaban al unísono.

—Good morning Rob.

El susodicho era un perrillo pequeño, de pelo tieso color canela y morro afilado, que la seguía pegado a sus talones. Se subía a la silla y con agilidad daba un salto hasta tumbarse en la mesa de su ama. La señorita esperaba a que su perro se instalara contemplándolo con admirada sonrisa, sonrisa encantadora de dientes sanos que José Manuel los asociaba al gesto saludable de morder una manzana, pues todo en ella rezumaba juventud y lozanía. De pelo rubio, corto y rizado, Stella caminaba con un armonioso meneo de caderas prometedoras de dulzuras contundentes.

La academia de idiomas en donde se realizaba este pequeño ritual canino, que J.M. estaba convencido se lo permitían para hacerse los british, ¡oh el amor a los perros!, o porque la profesora ostentaba unos privilegios que él desconocía. El edificio en el que se ubicaba presumía de antiguo prestigio. Fue el primer centro de idiomas que se había instalado en ese pueblo del sur de Inglaterra, y más que el prestigio lo que le quedaba era la antigüedad. A las paredes, un tanto mugrientas, bien les hubiera venido una manita de pintura y al personal administrativo una renovación, pues la secretaría la llevaba una ancianita modelo Miss Marple, regordeta, con gafas y un moño imposible que cada poco se le torcía.

J.M. estaba arrepentido de haber hecho caso al amigo que le recomendó el sitio, con promesas de aprender inglés rápido y poder practicar con los lugareños, ya que al ser un sitio bastante remoto, aún no estaba asaltado por estudiantes españoles, y es conocido el poco interés que tienen los nativos ingleses en hablar otro idioma. J.M. quería un sitio discreto donde pudiera ir gente de una cierta edad, la treintena, sin resultar ridículo en medio de jovencitos. Esas condiciones las reunía sin duda, y los alumnos de distintas nacionalidades eran gente madura. Pero el pueblo se le venía encima con esa luz grisácea, todas las casitas iguales, la humedad y el aire de aburrimiento aceptado, incluso en la taberna donde los hombres se sentaban solitarios frente a unas cervezas calientes. Y el recuerdo de Granada le dolía como si hubiera dejado una madre deshecha en llanto.

Lo único que le resultó estimulante fue la señorita Stella, como un rayo de claridad y esperanza en medio de esa mediocridad y cayó fulminado por ella. Adoraba oírla reír y hablar en inglés sin entender nada. Verla mover los labios en esa martingala de palabras le estimulaba, y la hora de clase, con perro incluido, aunque a él le pareciera un chucho con pretensiones, se transformaba en un momento de revelación, de éxtasis, y se puso a estudiar para, con diccionario en mano, atreverse a pedirle que saliera a cenar con él. La primera cita, que ella aceptó encantada con saludable naturalidad fue un pequeño chasco, porque no supo aclararse bien por más gestos y entusiasmo que le pusiera. Aunque ella se reía tanto que llegó a pensar si se reiría de él o si era un poco lerda y le daban igual tres que trescientos, pero no le importó. Estar cerca de ella con su olor a polvos de talco, un olor dulce y rosado, le enloquecía.

Las siguientes citas fueron cada vez mejor y más apasionadas, y se convenció de que había encontrado al amor de su vida. Ella se reía, oh yes, yes, my love y él se perdía en la boca mordedora de manzanas, en su piel tan blanca como nunca había visto y cuando llegó la hora de volver le suplicó que se fuera con él. La señorita Stella le dijo:

—Esto merece un pensamiento profundo.

Y su cándida expresión a J.M. le resultó adorable. El cambio era enorme dijo al fin, con la cabeza ladeada, como si el peso del pensamiento le desequilibrara un poco.

—¿Y cómo se adaptará Rob? ¿No haría mucho calor para él? y sin hablar español —y miró al perrito con una ternura acuosa.

Terminó su pequeño y sentido discurso, del que J.M. entendió muy poco, con una dulce duda atravesada en la saludable boca.

—No preocuparse, no worry, guapa. For you, descolgaba yo la moon, my love.

Y además podían montar una réplica moderna de la academia que se llenaría de alumnos, porque con una profesora como ella toda Granada querría aprender inglés. Tampoco supo nunca si ella entendió bien lo que él le chapurreaba.

Stella miró a su alrededor; el pequeño salón con un sofá de cretona floreada, la chimenea con su falso fuego que oscilaba con eléctrica y eterna falsedad, la lluvia permanente, el concurso de tartas el primer domingo de cada mes y pensó ¿Por qué no? Lo observó detenidamente y comprendió que un hombre como éste no volvería a pasar por ese maldito pueblo. Y con determinación dijo que iría. J.M. besó con tal convicción y entusiasmo todas y cada una de las partes de su cuerpo, que la arrebatada señorita solo quería hacer el equipaje. Él, con total seriedad, conteniendo su emoción consultó una agenda y le exigió que fuera el día que él le indicara. Ella, sorprendida aunque llena de entusiasmo, aceptó y en la fecha prevista, la señorita Stella apareció en Granada en una cálida mañana de verano, deslumbrada de luz e incertidumbre, con unas enormes gafas de sol y su perrito en una caja de viaje.

El abrazo enamorado de J.M. recompuso su incertidumbre. Al anochecer, con la suave brisa de la montaña, J.M. la llevó al carmen de unos amigos en la Alhambra y después de abrazarla le pidió que dejara taparle los ojos. Ella, maravillada del olor a boj y a jazmín, y viendo que Rob husmeaba encantado, no podía creer que tanta belleza se conservara y pudiera tenerla al alcance de su vista y sus sentidos. Expectante, se dejó cubrir los ojos y al quitarle la venda, vio que una luna esplendorosa se colgaba del cielo como si de un decorado se tratara.

—Oh my God.

Y ella sonrió con una infinita dulzura salpicada de luz de luna.

—Ya te dije, my love, que yo descolgaba la moon para ti.

 

PD: F.F. Final feliz

© Cristina Vázquez

La danza de la gitana

Malena Teigeiro

Sé, decía, que desde detrás de la negrura de estas celosías, sombras de ojos negros, acerados, brillantes como la piedra del carbón, me persiguen. ¿Sombras negras? Reía yo. Dejé mi guitarra en el suelo y sentándome a su lado, le señalé la belleza del Sacromonte que se divisaba a través del balcón en donde ella estaba sentada. Todo allí era luz, sol y color.

—Ya sé. Desde aquí, sí. Pero todas las ventanas de este palacio se convierten en oscuras y perversas sombras si las miras desde fuera. Tienen la misma negrura de mis ojos. Mira. ¿Ves? —adelantó el rostro y colocó un dedo debajo del párpado.

Y esa negrura, profunda como un pozo, sonrió cruzando las manos debajo de la barbilla, la había heredado de su abuela, susurró. Una gitana, a la que raptó el sultán enamorado de su danza, de su enigmática mirada y de la frescura de su piel, apenas cubierta por colorido percal. Y continuó diciendo que, por eso, cuando ella visitaba los palacios de la Alhambra, cubiertas por negros crespones, la seguían los fantasmas de las sultanas, quienes según contaban los mayores de la familia, celosas de su arte y belleza, habían asesinado a su abuela.

—Son las almas de aquellas envidiosas mujeres que temiendo su vuelta, vigilantes, vagan por los corredores.

 Vivaracha, lo miró ladeando la cabeza. Se parecía tanto a su antepasada, dijo cándida, mentirosa, que aquellos espectros creían que ella era la reencarnación de la mujer a la que habían hecho desaparecer.

—Y ellas me persiguen.

Se detuvo sonriente. Pizpireta, juntó las palmas de las manos como si fuera a orar, y continuó. Temían que su ánima volviera para quedarse, para alegrar las tardes y las noches del fantasma del sultán que todavía lloraba la muerte de su cíngara.

—Ya sabes, me han visto bailar y envidian mi danza —pícara, abrió los abrazos rumorosa.

Le hubiera gustado morar allí, entre aquellos muros. Le hubiera gustado vivir en aquel tiempo en el que una simple gitana podía enamorar a un rey. Todo esto lo decía sentada en el mirador de la Reina del que de pronto se levantó y triscando los dedos, dio unos pasos de baile acompañada por una melodía que solo ella escuchaba. Se detuvo. Tenía la frente brillante y las mejillas arreboladas.

—¿Quieres guiarme con tu guitarra? —ansiosa, me agarró por los brazos.

Iba a bailar para ese sultán al que pensaba cautivar con su danza. Quizá así podrían llegar a ser ricos. Divertido con su fantasía, la cogí por la cintura y la saqué al patio.

—Mira. Ni hay sombras, ni sultanas.

Él giró el brazo señalando el cielo azul. Ella, triste, miró alrededor. Solo vio a los turistas —ante los que habíamos actuado no hacía muchos minutos— que con sus máquinas colgadas al cuello hacían una fotografía tras otra.

Ya era finales de septiembre cuando sentados en la hierba del monte San Miguel Alto, esperábamos para ver salir por detrás de la torre de la Veleta la luna llena de Los Labradores. Ella entretenía la espera recogiendo flores pequeñas, de color amarillo y azul, mientras me recordaba la historia que se contaba en su familia. Aunque no lo creyera, ladeó la cabeza, era cierta.

—Sí, sí. Sus sombras me siguen desde las ventanas —decía agachada mientras formaba un ramillete de diminutas y coloridas flores.

Yo la oía como el niño que escucha el cuento de su madre antes de dormirse. Su voz, cuando hablaba de esas cosas sonaba diferente, alegre y cantarina, parecida al cantar del agua en las fuentes de los palacios. Poco a poco, la redonda luna fue apareciendo; al principio, como si le diera vergüenza, de potente color naranja; después, dorada.

—Aquí está otra vez esa luna de oro de Las Cosechas —le dije pasándole un brazo por encima de los hombros

—¿De Las Cosechas? —se volvió arrugando la nariz.

—Sí, en el campo de mis padres se la conoce como la Luna de las Cosechas o de los Labradores, porque su luz es tanta y tan fuerte que permite alargar el día para seguir recolectando.

Sentí cómo alzaba los hombros y la atraje hacia mí. Ella movió la cabeza de un lado a otro. No. No es ésta. No era de oro como yo decía, no era tan lujosa. Y no la había hecho el Señor para asistir a los labradores, exclamó levantando el dedo.

—Ésta es la Luna de Miel.

Sus ojos negros, profundos como minas, me contemplaron de tal forma que me estremecí como debía hacer el sultán cuando tenía a su abuela, la gitana, entre los brazos. Lenta, deslizó los dedos por mi mejilla. Era la luna de las bodas. Su voz sonaba cálida, arrulladora. Era la de los matrimonios; la de las noches dulces y brillantes de los enamorados. Se llevó algunos tallos de las flores a la boca y los mordisqueó. Y cuando ya brillaba en todo su esplendor sobre los muros de la Alhambra, ella alzó los brazos hacia el dorado satélite, cerró los ojos y comenzó a girar sobre sí misma y, al hacerlo, sus faldas de colores se le izaban sobre las piernas como si fuera las aspas del molinillo de viento de un niño. Y siguió girando hasta que aquella luz la envolvió. Y al ver teñida su tez de dorado caramelo, como aquel sultán ante la gitana, de la que ella tantas y tantas veces me hablaba, sentí el inmenso deseo de beber la dulzura de la miel que la luna extendía sobre ella. Se detuvo, entrecerrando los ojos abrió los brazos y, anhelante, se tumbó en la hierba.

© Malena Teigeiro

La luna y los espejos

Liliana Delucchi

Consentidora de mil prodigios, la luna siempre ha estado presente a lo largo de mi vida. Su carácter femenino y, por tanto ambivalente, nos ha permitido desarrollarnos en un universo de marcada condición masculina. Ellos veneran al sol, porque bajo sus rayos todo está claro, no hay lugar para dobleces. Nosotras nos movemos en las turbias sombras de la noche. De ahí nuestra complejidad.

Nunca había entendido el axioma de viajar para encontrarse, pero eso fue lo que sucedió.

Pasé la niñez en Saint Tropez, donde el traje de baño era un cuerpo desnudo y la desinhibición fluía en mil juegos con un mar que conformó mi personalidad. Nunca olvidaré mi primer día en el apartamento que compartía en la universidad de Lyon con Michelle, una rubia de Turena, y Charlotte, la mejor sonrisa de Lemosín, cuando al salir del baño sin ropa noté que casi se escandalizaban. Mi educación mediterránea poco tenía que ver con el interior recatado de Francia. Ésta y otras diferencias marcaron nuestra relación de una forma positiva. Sobre todo con Michelle, quien solía quedarse horas conversando, contándome cosas de su vida, como para que yo las juzgara y emitiera algún veredicto. De alguna forma, necesitaba de mi aprobación. Jamás quise ir tan lejos, con lo cual, mi renuencia a aprobar o desaprobar sus historias hizo que se volcara más en mí.

No tuve problemas para relacionarme con chicos, como los atraía, los dejaba acercarse.

—Tienes la mirada ausente —dijo uno de ellos durante un concierto de jazz, mientras intentaba acariciarme.

—Estoy escuchando, son magníficos.

Volví a casa con la música en mi mente y sin recordar el color de los ojos de mi acompañante.

Michelle, Charlotte y yo fuimos buenas amigas compartiendo aquel tiempo, aunque la relación no sobrevivió al final de nuestras carreras. Las tres tuvimos suerte en conseguir trabajo de inmediato en las ciudades más opuestas de Francia, lo que simplificó que nunca tuvimos que justificar la despedida.

El estudio del Derecho me apasionó y no tuve un suspenso en toda la carrera que, de forma meteórica, finalicé. Pero, el ejercicio de la abogacía me hartó, lo sentía tristísimo, un expediente eterno e infinito, donde solo cambiaban nombres y hechos. La realidad más chata me oprimía hasta que, por Internet, encontré posibilidad de escapar como funcionaria de la Comunidad Europea con una plaza en el Patrimonio Histórico en Granada.

Y al igual que cuando dejé la universidad, apenas tuve tiempo de despedirme de mis amigos-amantes, de hecho, solo me llevé en la mente a un tierno médico que me curó de una caída en bicicleta y al cual le supe devolver su trato afectuoso. También viajaba conmigo un sentimiento de soledad, era como si los hombres que había conocido no tuviesen lugar en mis maletas.

Granada me encantó por sus días de estudio y sus noches de juergas en bares y apartamentos más o menos discretos.

Caminé atardeceres saboreando aromas y colores en la búsqueda de que alguna de esas sonrisas que descubría fuera dirigida a mí. Las conversaciones que escuchaba me despertaron un deseo intenso, casi doloroso, de un susurro de amor.

Como dije, nunca había entendido el axioma de viajar para encontrarse, hasta que, una noche mientras cabalgaba sobre un americano, me vi en un espejo junto a la luna que entraba por la ventana. Ese reflejo, que al principio me deleitó al ver cómo me retorcía de placer, se volvió borroso, pensé que eran los gin-tonics. De a poco, pude focalizar la imagen y unos versos vinieron a mi mente:

«Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.»

Por suerte, el americano se vistió y se fue.

¿Dónde está mi corazón?

Acerqué una silla a la ventana y, desnuda como esa luna, empecé a llorar. Entonces supe que mi larga soledad era mi constante compañera de viaje.

© Liliana Delucchi

La colina enamorada

Marieta Alonso

Me llamo Sabika y aunque algunos solo me ven como una loma, un cerro de las últimas estribaciones de Sierra Nevada, tengo un corazón que nunca entregué ni se amilanó ante los romanos cuando vinieron a fundar sus poblados y me pisotearon. Tampoco crean que me dejé avasallar por las riquezas de la corte del reino Nazarí de Granada, aunque debo confesar que tengo un punto de orgullo por tener a mis pies la única ciudad palatina que atesora lo más hermoso del arte musulmán. Ese castillo rojo que tantas visitas recibe, esa fuente de los Leones simbolizando las doce tribus de Israel, esas torres…

Mas mi corazón galopó detrás de un cristiano que me conquistó para después marchar en busca de un mundo desconocido. Me prometió regresar y en esa espera estoy desde entonces. Algo le habrá tenido que ocurrir, pues era hombre de palabra.

Extenuado, a la caída de la tarde, me hacía reír pensando que yo era pasiva y femenina al igual que la tierra y el agua, en cambio, él era activo y masculino como el aire y el fuego. Y yo le sugería que no se durmiera en los laureles, que la tierra y el agua pueden llegar a ser brutales cuando dan rienda suelta a su poderío.

Acostado sobre mí reconocía que su mayor anhelo era que se restableciera la paz, que pertenecer a las huestes castellanas podría ser un orgullo, pero que el ansia por volver a su pueblo y fecundar la tierra de sus mayores -que era lo más bello- se le hacía irresistible.

Añoraba aquella su niñez, cuando un azote en el culo era muestra de cariño, cuando cualquiera del pueblo tenía derecho a echarle una buena regañina. Y al llegar a casa recibía el castigo de su madre porque ya le habían ido con el cuento de sus travesuras.

Una vez, junto a sus amigos tuvo una feliz idea: hacer de barberos en los rosales de la rica del pueblo, aquella mujer que tenía una vaca, un gorrino y tres gallinas más que los demás y para que no la vieran trabajar salía de madrugada a darles de comer, limpiar su casa, hacer la comida, y luego, desde su oscuro sillón de caoba al pie de la ventana, tejía visillos, mantas… Nada que ocurriera en la calle podía sortear su mirada de águila. Aquella mujer no quiso enseñarle a su única amiga el punto a ganchillo de una colcha, que hizo para su cama de matrimonio ni aquella receta de arroz con leche de su abuela. Más tarde lamentaba haber perdido su amistad y la otra arremetía con esta queja: ¿Qué puedo esperar de alguien tan poco generoso que nunca me brindó un vaso de agua? ¿Pensaría que la iban a echar en la tumba su dinero para seguir siendo la más rica del pueblo? Y reía al recordar mientras jugueteaba conmigo.

Interrogo a la torre de la Vela, a los Arrayanes si le ven venir y me pregunto si allá donde fue encontró lo que buscaba o si en el intento quedaron enterrados sus sueños.

© Marieta Alonso

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Madras rouge – Henri Matisse

15 octubre, 2017 por Akelarre 6 comentarios

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Madras Rouge - Henri Matisse

Henri Matisse, junto a Pablo Picasso, es reconocido como uno de los grandes artistas del siglo XX. Nació en Francia, destacando por su simplicidad, su fuerza, su energía y, sin duda alguna, su gran expresividad en el lenguaje del color y del dibujo que no dejan indiferente al espectador. Una frase suya nos muestra su sentir:

«… no se puede hacer arte sin pasión.»

El pintor tuvo la suerte de ser valorado en vida, llegando a recibir la Legión de Honor en el año 1925, además de otros numerosos premios.

Lo importante para Matisse no era el motivo en sí, sino la manera de pintar; el fondo como el retrato forma un conjunto indivisible del que resulta toda la obra. El parecido físico le resultaba intrascendente.

Estando vivo nunca soñó que cuatro escritoras le fueran a rendir este homenaje con sus letras, este canto a la belleza que surge de papel, plumas y pinceles, ante el cuadro de «Madras Rouge», de 1907, cuya modelo fue su esposa Amélie Noellie Parayre Matisse.

Desde donde estés, Henri, esperamos que sonrías y disfrutes con nuestros cuentos.

Alfonsina

Cristina Vázquez

Lavandas y alhelíes

Malena Teigeiro

Monólogo para dos

Liliana Delucchi

Semblanza de mujer

Marieta Alonso

Alfonsina

Cristina Vázquez

Este cuadro está frente a mi cama y lo miro con detenimiento cada mañana y cada noche. Es mi madre, Alfonsina, una mujer singular. Y recordaba con agradecimiento y sorpresa cómo había llegado a mis manos.

El viejo pintor, del que todos decían que le dominaba un genio impredecible, a mis nueve años me inspiraba terror. La primera vez que le vi me admiró lo menudo que era, pues yo pensaba que un hombre de su fama tenía que ser imponente, grandioso. Iba envuelto en un batín con dibujos de cachemir y un sombrero oriental rojo intenso que le daba un aspecto extraño. Gruñía, hablaba solo, enfadado, como un oso diminuto y rabioso después de hibernar. Tenía una manera destemplada de pedir la comida o los pinceles y a veces tiraba todo al suelo, paleta, frascos y hasta fui testigo de cómo destruía una tela a patadas. Mi madre, con las manos entrecruzadas igual que una abadesa y mucha dulzura, se estaba quedando sordo le disculpaba, y los dedos le dolían por la artrosis y eso, al pobre hombre le malhumora. Y con un mohín de disgusto y la voz más baja, peor aún, había perdido la inspiración remataba en tono confesional, pero en el fondo era un buen hombre y que tuviera paciencia.

Cuando iba a recogerla después de salir de la escuela, le espiaba por los ventanales desde un lugar en el que no podía verme, y a veces lo observé delante de un lienzo en blanco, sostenerse la cabeza con un gesto de desesperanza.

Desde hacía dos años, cuando murió mi padre, ella se ocupaba de limpiarle el estudio, hacerle la compra y de que se mantuviera un cierto orden en la casa, en la que aparecían de forma intempestiva mujeres, artistas jóvenes buscando el consejo del gran hombre, modelos y amigos que acababan con las reservas de bodega y despensa.

Al día siguiente, el viejo, de peor humor y con quejas de dolores por todo el cuerpo, se lamentaba de ya no aguantar nada, ni el vino, ni el cotorreo, ni a las mujeres.

—Me queda poco tiempo y menos inspiración, y la poca que me queda me la arrebatan estos gorrones —le espetaba a mi madre.

Sin inmutarse, ella recogía el desbarajuste dejado y alguna prenda femenina de lasciva huella, que iba metiendo en una bolsa de recuerdos, le aseguraba al maestro con una picardía correosa, y poco a poco se reinstalaba el buen hacer y el orden.

Nos fuimos a vivir a su casa, las noches eran muy tristes sin su Alfonsina, la única que le había comprendido gimoteaba el artista, y con una expresión angustiada, que el chico estuviera solo y ella yendo y viniendo, no era prudente. Mi madre, desde su robustez morena y pacifica, le observaba con tal intensidad que él, con la cabeza gacha como un niño desvalido, le pedía dócilmente que le diera masaje en los dedos con el aceite de árnica, o en la espalda. Sus manos eran benéficas, susurraba con dulzura. Ella, paciente, en una silla frente a él, apoyada en las rodillas entreabiertas, un dedo tras otro, despacito, conseguía que el viejo en vez de gruñir gorjeara como un pajarillo feliz.

No volvieron amigos ni modelos.

Un día que llegué antes de lo previsto, me asomé sin hacer ruido por el ventanal y sorprendí a mi madre tumbada sobre el diván en una perfecta desnudez, plácida, sonriente. El maestro la pintaba extasiado, en un silencio en el que solo se oía el ruido de los pinceles. Eché a correr. Al volver por la noche mi madre, sombría, me dijo que eso era solo arte y que de ese arte viviríamos los dos. Así que: ¡chico, a callar!

Y se le oía llamarla de lejos.

—No puedo vivir sin ti, Alfonsina, eres mi inspiración, mi luz.

Igual que un niño que ha encontrado un tesoro escondido, no paraba de repetir que el arte había vuelto a su sangre solo por ella, y la miraba con adoración agradecida. Él dejó de gruñir y pintaba sin descanso a mi madre con trajes orientales, como una diosa, una libélula, y al tenue calor del brasero del estudio el maestro resucitaba y se encogía a la vez, como una pavesa en su último esplendor. Otra tarde, la última, me la encontré disfrazada con un turbante rojo, un traje ribeteado de armiño, apoyada en el respaldo de una silla y una mirada serena y lejana. Al oírme entrar el artista se giró, lo que sentía de morirse, era no haber conocido antes a una mujer como ella y no tener un hijo fuerte y moreno como yo, me aseguró con feroz intensidad.

—Sí, como tú —y su mirada brillaba con resignada y sabia entrega.

Esa noche, mientras mi madre le ponía los polvos calmantes que le daba a diario para sus dolores de artrosis en la leche caliente, le quedaba muy poquita vida me confesó con expresión tranquila. Nos miramos apenados. Luego con paso firme y voz arrulladora le llevó la bebida a la cama, donde se quedaba con él hasta que se dormía.

Cuando murió, nos quedamos a vivir en su casa y heredamos sus obras. En el cuadro del turbante que pintó esa última tarde, y que yo tengo frente a mi cama, al darle la vuelta pude leer escrito por él con trazo firme. “No me importa que me estés matando porque también me has dado la vida”

© Cristina Vázquez

Lavandas y alhelíes

Malena Teigeiro

Desde pequeñita lo admiraba. Acompañado por sus esposas —fueron tres y con ninguna tuvo descendencia—, lo veía entrar en la Iglesia del brazo de aquellas damas elegantes, hieráticas, siempre envueltas en sedas, encajes y plumas de colores.

—¿Cómo han pasado la semana la pequeña Cécile y su vestidito rojo? —guiñaba un ojo divertido.

Ella casi no se atrevía a mirarlo. ¡Era tan señor el señor! A los seis meses de haber fallecido su última esposa comenzó a percibir que no la saludaba de la misma manera, ahora lo hacía entornando los ojos, igual que ojeaba su padre a los terneros en la feria. Una noche al volver de encerrar las vacas, la muchacha lo encontró en casa. Se levantó al verla, recogió el capote, y llevándose la mano al sombrero, se fue. Al pasar por su lado, como siempre, le guiñó un ojo.

—Hasta pronto, Cécile.

Su padre y su madre estaban revolucionados. Su abuela no tanto. Valía para más, murmuraba sentada en su rincón la aún bella anciana. Le dijeron que fue a verlos para pedirla en matrimonio, aunque tenía que saber que él les había dicho y recalcado que lo haría siempre y cuando ella no tuviera inconveniente. La joven divisó en la mirada de su padre la misma luz que cuando obtenía en el mercado un buen precio por una vaca. Y aunque su abuela movía casi imperceptiblemente la cabeza, sus padres, sabedores de la fortuna que aquel matrimonio podía traerles, estaban decididos a entregarla. Comprendió la pequeña Cécile que no tenía otra opción. ¡A dónde vas a ir que mejor estés! Decía su arrebolada madre pellizcándole la mejilla.

Después de tres días la vino a buscar en un cabriolé pintado de negro. Ella lo esperaba en la puerta con su vestido más lujoso, el rojo, el mismo que se ponía para ir a las fiestas, el mismo que lucía los días de precepto para ir a Misa. La llevó a los bosques de su casona de piedra, que a Cècile le pareció un castillo, y sentados sobre la hierba fresca de un claro, arrullados por el rumor de las hojas de los árboles, abrazándola, la besó, llegando en sus caricias a levantarle las faldas. Aquellas manos de dedos largos, blancos, sin cayos ni rozaduras, le gustaron. ¡Era tan elegante y cariñoso el señor! Y además a la niña le gustaban aquellos amorosos escarceos sobre su piel, que hacían que le subiera un calor al pecho que la excitaba. Y así siguieron una tarde tras otra hasta que terminó el luto por la última esposa y pudieron contraer matrimonio. La boda fue tranquila. Solo asistieron sus padres, su abuela y algunos familiares que de él llegaron de París y que la miraban con descaro.

La misma tarde que contrajeron matrimonio, cuando después de despedirse de los invitados ella trémula lo esperaba, su esposo le acarició con el pulgar la mejilla, y como si se tratara de un padre aleccionando a su adorada niña, le manifestó que ahora tenía que aprender a comportarse como la perfecta esposa de un caballero, y que su pariente Adèle se había ofrecido a instruirla. Después, cálido, la besó en la oreja, le sujetó el rostro entre las manos y le rogó que se esforzara y que aprendiera rápido. Y sin más, sin permitirle recoger ni una sola prenda de su ajuar, como el que devuelve una mercancía defectuosa, la envió con su prima a la capital.

—Te espero anhelante —le susurró al oído antes de cerrar la puerta del coche.

Ya en la ciudad, madame Adèle, que estaba soltera y encogía la nariz cada vez que se equivocaba de cubierto, la llevó al atelier y la vistió de sedas, encajes y lazos. Le compró medias de seda fina y sombreros adornados con flores, frutas y hermosas plumas de colores. Le enseñó a perfumarse. Así, le decía vaporizando el aire con una nube de la delicada fragancia, que luego, como gotas de lluvia fina, le caía encima. A ella eso le parecía un despilfarro, y además dejaba poco aroma en la piel, pero si era así, así lo haría. Le enseñó a comer todo tipo de manjares con unos cubiertos raros. Habituarse a eso, le había costado un poco más, sobre todo porque muchas veces la comida no le gustaba. ¡De dónde se iban a comparar aquellos elaborados platos con las rebanadas del pan recién hecho por su madre, untadas con queso fresco o foie! Y le enseñó a escribir y a leer con soltura. Hasta que un día, altiva, colocándole una mano sobre el hombro, le espetó: «Ya no puedo sacar más de ti.» Y en un coche que llegó a buscarla desde la casa de su esposo, cargada de baúles y maletas, la devolvieron a la aldea.

Cuando entró en su hogar de piedra que seguía pareciéndole un castillo, con impostada elegancia, se desprendió el alfiler del sombrero y se quitó los guantes. Él la miraba admirado. Ella inclinó la cabeza y le ofreció una blanca y perfumada mejilla que él besó. Estarás cansada, dijo, poniéndole la mano en la cabeza. Se volvió hacia uno de los criados, y le ordenó que la acompañara a su habitación. Siguiendo las indicaciones de Adèle, se vistió para cenar y cuando iba a salir de su cuarto, escuchó que unos nudillos golpeaban la puerta. Ha venido a buscarme, pensó inquieta pellizcándose las mejillas. Pase, pronunció con un tono de voz impersonal, tal y como le enseñó la prima de París. Entró el criado llevando una bandeja que dejó sobre un velador al lado de la ventana. En ella, además de unos apetitosos alimentos, al lado de una botellita de vino tinto, había una tarjeta doblada por la mitad. Que descanses querida, decían los rasgos de aquella elaborada escritura, y debajo de las tres palabras, aparecía el nombre de su esposo. La leyó una y otra vez sintiéndose como si fuera una invitada. Ya anochecido, se cambió sus ropas por un bonito camisón y lo esperó hasta que el sueño terminó venciéndola.

A partir de aquella noche almorzaban y cenaban juntos, aunque apenas hablaban. Él la miraba y con la más triste de las sonrisas, movía la cabeza. Luego, después de besarla en la mano o en la frente, se iba cabizbajo. No volvieron a pasear, ni la volvió a abrazar como antes hacía debajo de los árboles del parque, ni volvió a encontrar en sus pupilas la tunante luz de los días en que la cortejaba, ni tampoco le volvió a levantar la falda aquella mano cálida y suave, que tanto extrañaba y que su solo recuerdo le encogía el pecho.

Por las tardes, Cècile solía ir de visita a la casa de sus padres. Al menos entre aquellas pobres y humildes paredes se sentía querida. Y mientras se bebía un tazón de leche recién ordeñada y mordisqueaba rebanadas de pan todavía caliente, mentía al contarles lo bien que estaba y lo feliz que era. Y ellos le hablaban de la buena boda que había hecho, y de la suerte que tuvo cuando se fijó en ella el terrateniente más rico de la aldea y sus alrededores, quien además de ser hombre bueno y educado, la quería tanto. Y contemplándola arrobados le contaban que sus amigas envidiaban sus criados, sus lujosos vestidos, y que tomara los alimentos con cubiertos de plata y en mantelería fina. Y, luego, cuando se despedían, su madre, aduladora, le susurraba al oído poniendo los ojos en blanco: «Un hijo. Ahora tienes que darle un hijo. Si no, vendrán los de la capital y...»

Una tarde en que al encontrarse sus padres en el campo se hallaba a solas con su abuela, Cècile bajó la cabeza y rompió a llorar. La anciana frunció el entrecejo. Y sin esperar que la mujer le hiciera pregunta alguna, comenzó a hablar.

—Abuela, desde que me casé, mi hombre no me toca. Ni tan siquiera yació conmigo antes de enviarme a la capital. Nunca ocurrió nada de eso que usted me dijo que iba a pasar —clamó entre sollozos—. Intento ser como ellos quieren, y casi nunca me equivoco al usar los cubiertos. Abuela, hasta leo todas las noches a su lado.

Alisando la falda de seda lila, bajó la mirada. Sacó de su coqueto bolso un pañuelo de batista y encaje y ayudada por el pulido dedito, se limpió las lágrimas. Con voz ronca continuó diciendo que la prima Adele le enseñó a ser discreta, amable, a no levantar demasiado la vista delante de los hombres, no fuera a ser que la tomaran por lo que no era, y que ella…

—Ven —la interrumpió la anciana pidiéndole que la ayudara a levantarse.

Juntas, fueron hasta el dormitorio en donde la anciana abrió un cajón de la cómoda de pino pintada de negro, y sacó dos fotos, amarillas ya por los muchos años transcurridos sobre ellas. Incrédula, Cècile miraba una, luego otra. Y volvía hacerlo una y otra vez. Después de un rato, tumbadas en la cama las mujeres mantuvieron una larga conversación.

Era ya de noche cuando llevando un atado en la mano, volvió a la casona de piedra. Fue directamente a su habitación y se encerró con llave. Desnuda, se frota con hojas de lavanda los hombros, las piernas y el cuello, y luego de untarse el sexo con aceite árabe, de pintarse los ojos con kohl, y las mejillas con carmín, se viste con su traje rojo, aquel que se ponía para ir a la iglesia y pasear con él por los bosques. Así arreglada, baja al zaguán y cómodamente recostada en una silla lo espera. Lo ve entrar, y maliciosa, desvergonzada, le sonríe. Y cuando el hombre serio, solemne, trémulo, ya está junto a ella, Cècile, envuelta en una nube de fragancia, se levanta y le recoge el sombrero y el capote. Después, gatuna, le acaricia la mejilla tan cerca, que le hizo sentir su aliento refrescado con menta. Sin soltarlo, apoya la cabeza en su hombro regalona, y se cuelga de su brazo.

—Hueles a prado y a vacas —turbado, le acaricia la mejilla.

Y ella, abrazándolo, le roza la nuca, le echa los brazos al cuello y después de besarlo ardorosa, lo empuja hasta el dormitorio.

Tenía que volver a hablar con su abuela, pensaba contemplando las pinturas de ángeles y nubes del techo. Había puesto en práctica sus enseñanzas y lo había conseguido, pero ahora quería saber más. Ahora era a ella a la que no le bastaban los placeres de los que había disfrutado aquella noche. Tenía que haber más, se repetía. Y quién si no su astuta y pícara abuela podía enseñarle cómo divertirse. Quizá si hubiera nacido en la ciudad sabría tanto como ella, y quizá también, sería bailarina en un cabaret de París. Volvió la cabeza y contempló el rostro del hombre que sonriente, plácido, dormía a su lado. Entrecerrando los ojos, levantó los desnudos brazos por encima de la cabeza y se recostó en la almohada. Suspiró profundo recordando a su abuela. Cómo se apreciaba su arte cuando le mostró cómo comportarse para hacer a su hombre feliz. Y mientras le revelaba el arte de la utilización de las manos, de la composición de las posturas, con qué dulzura le hablaba sobre el placer, que… Abrió los ojos de golpe. ¿A qué se referiría cuando le dijo que tenía la obligación ser feliz «dentro o fuera de tu casa»? Sí. Tenía que volver a hablar con ella.

© Malena Teigeiro

Monólogo para dos

Liliana Delucchi

Hubiera querido decirle que no me interesaba, que su discurso ya lo había escuchado muchas veces, de sus labios y de otros. Pero ser educada es una desventaja y allí estaba yo, sentada de lado en una silla incómoda y cambiando de posición cuando ella no me veía.

Sé que puedo mirar de frente y engañar a mi interlocutor que creerá que, con la mirada fija en su rostro, estoy pendiente de cada una de sus palabras, pero no es así. Mis ojos están viendo otros paisajes y otras personas, y con un «¿de verdad?» cada tanto, ella cree que sigo su relato. Es un truco que aprendí de pequeña, cuando me obligaban a asistir a las interminables tertulias de mi madre o cuando me regañaban porque en vez de hacer los deberes estaba leyendo.

Lo que está ocurriendo, en realidad, es culpa mía. Llamé a Clarisa porque el terapeuta me recomendó que hable, que desahogue la angustia que me produce la alopecia que se hizo dueña de mi cabeza a causa del estrés. Parece ser que las tres razones que más lo causan son un divorcio, una mudanza o la pérdida de un empleo y, lamentablemente, cumplo con las tres premisas.

—La soledad no es buena compañía —afirmaba mi psicoanalista repantigado en su sillón de cuero desde donde cree que va a curarme.

Marqué el teléfono de mi amiga y la invité a tomar café.

—Bonito turbante. Muy acorde con las esculturas —dijo Clarisa recorriendo con la mirada mi pequeño salón que unas horas antes yo había decorado.

Traté de relatarle lo que me pasaba, pero el diseño del pañuelo que llevo puesto le recordó sus viajes por África y, por enésima vez desde que la conozco, empezó a hablar de ellos. Claro que como tiene mala memoria, cada acontecimiento iba aderezado con nuevas aventuras donde ella era la protagonista.

Serví el café y su olor le recordó un bar brasileño y la conversación que mantuvo con su hermana cuando degustaban una taza.

—Estás un poco pálida —susurró mientras cogía una pasta con mermelada.

Era mi momento y le dije que estaba visitando a un psicólogo.

—Genial, mi sobrina lleva a los niños porque tienen una conducta que en el colegio consideran inapropiada.

A partir de allí me contó cómo es el sistema educativo actual del que estoy alejada desde que mis hijos terminaron la universidad.

Me disculpé para ir al baño y ante el espejo le pregunté a esa mujer que me devolvía, cómo puedo elegir tan mal a la gente. Si hiciera una lista de mis equivocaciones, ocuparía páginas y páginas, pero me había propuesto pedir ayuda, algo que me resulta muy difícil, e iba a intentar conseguirla.

Cuando regresé al salón, mi invitada estaba hojeando una revista de moda y eso le dio pie a un nuevo discurso sobre los colores de la temporada.

Tres horas después, sin que yo hubiera tenido oportunidad de llevar a cabo mi misión, se fue. Hilario la esperaba para ir a recoger no sé qué cosas. «Y ya sabes lo furioso que se pone si llego tarde». Desde el ascensor, después de recomendarme un maquillaje para mi palidez, me lanzó un beso con los dedos y partió.

Creo que el lunes no voy a ir a terapia.

© Liliana Delucchi

Semblanza de mujer

Marieta Alonso

Hoy, como todos los miércoles, he ido de visita a un museo. Llevo horas sentada ante este cuadro, embrujada por esa mirada inescrutable. Sonrío. Sus ojos hablan de una mujer romántica pero los labios denotan fortaleza. Lo mismo que yo, que me cuesta actuar pero si me hacen daño no me dejo poner un pie encima.

Un hombre bien plantado se sienta a mi lado y se pregunta en voz alta qué secretos guardará esa imagen. Sonrío.

—Todos tenemos algo que ocultar —afirmo en un murmullo.

—Por supuesto —responde el desconocido.

No tengo por qué contarle mi vida a nadie, ¿qué podría decirle?, pero y ¿si me desahogo achacándole a esta mujer lo que a nadie se me ocurriría contar? ¿Por qué no ahora?

—Mire usted sus ojos —señalo— no es tristeza lo que reflejan. Es determinación. La imagen de su marido la persigue en sueños, cada noche se esconde entre las sombras, sin hablar, con su mirada fija en ella, esperando. Cada mañana despierta como si estuviera acompañada. Cada tarde oye los sones de aquella canción que bailaron muy apretados el día en que se conocieron. Tenía quince años. La embaucó con su lisonja, su presencia, susurrándole amor al oído. Tonta de ella que le creyó.

—La edad —razonó el hombre— propicia locuras.

—Pues sí —asentí.

—Continúe, por favor.

—Le hizo dos hijos y sin venir a cuento, una noche estrellada regresando de una fiesta, le comentó con pelos y señales que tenía relaciones con una docena de mujeres. No se lo podía creer. Vanagloriándose apretó el pedal y aceleró para darle mayor ímpetu a sus palabras, que no fueron otras que ofrecerle… Sintió que la sangre se le iba a los pies. Como si fuera un chiste: podía marcharse con los niños —soltó con su mejor sonrisa— o trabajar de lavandera, o ser complaciente con los amigos que él podría traer cada noche.

Pedazo de cerdo, pensó. Miró hacia la carretera, los árboles pasaban vertiginosamente. Tan violento fue el volantazo, que el automóvil —ese con el que tanto presumía—, derrapó primero para volcar después. Ella tuvo tiempo de salvarse al saltar con la agilidad de su juventud. Se le daba bien medir los tiempos.

Tras el féretro lo práctico se impuso. De acuerdo con las otras amantes, ahora se dedica a regentar el negocio tan bien montado por su marido.

Que aparezca cada noche en sus sueños, debe ser que está impaciente por vengarse de ella. ¡Infeliz! Tiene para rato.

—Y usted ¿Cómo lo sabe?

—Intuición, caballero, intuición.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

La Aurora

15 septiembre, 2017 por Akelarre 2 comentarios

la pesca de atún en Ayamonte Sorolla

La Aurora de Rodin

François Auguste René Rodin (París, 1840 – Meudon, 1917) conocido como Auguste Rodin, está considerado como el padre de la escultura moderna. Tras sus inicios en la "Pequeña Escuela", trabaja en el taller del ornamentista Albert-Ernest Carrier-Belleuse, en París, y posteriormente en Bruselas, donde demuestra una gran habilidad para los temas decorativos de espíritu dieciochesco. El descubrimiento de Miguel Ángel, durante un viaje a Italia en 1875-1876, fue determinante para su trabajo posterior. Rodin abre paso al arte del siglo XX mediante la introducción en su obra de procesos técnicos y opciones que se encuentran en el centro de su estética.

La obra que inspira los relatos de este mes, titulada La Aurora, fue realizada entre 1895 y 1897 y es un buen ejemplo de cómo trabajaba el maestro, dando una dimensión alegórica a los retratos de sus allegados. En este caso utiliza los rasgos de Camille Claudel, también escultora, que fue su alumna, musa y amante. Cuando se conocieron en la escuela de arte, ella tenía diecinueve años y él cuarenta y tres.

El rostro, con una expresión algo lejana, es liso y pulido, mientras el bloque de mármol que lo rodea, marcado por las huellas de las herramientas, se ha dejado voluntariamente en bruto. Este contraste, que no deja de recordar el trabajo de Buonarroti, permite intensificar el brillo del rostro, evocando solo con su título, el sol que emerge al alba.

Este año, centenario de la muerte del artista, el museo Rodin de París ha organizado una exposición para recordarlo.

¿Qué ocultas?

Cristina Vázquez

Sisarga Grande

Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Un relieve con alma

Marieta Alonso

¿Qué ocultas?

Cristina Vázquez

La maldita mujer me había abandonado. Una mañana encontré un pequeño bloque de piedra y una carta. Supe que era de ella, pues su papel, de un inimitable y algo cursi tono rosado resultaba inconfundible. Lo abrí tembloroso. Joven y confiado en ese momento de la vida en el que me encontraba, todo lo que provenía de ella me inundaba de una inquieta emoción.

La cuartilla rosada y con borde ondulado, simplemente decía. “Dentro está el secreto y ahí me encontrarás”. Mi asombro y rabia corrieron parejos, valiente estupidez se le ocurría a esa mujer.
Traté de localizarla, pero todo fue inútil. En el hotel dónde estuvo viviendo no dejó ninguna seña y la amiga común que nos presentó me dijo burlona.

—¿Otro incauto incapaz de retenerla?

Aunque pateé los lugares dónde íbamos, tratando de encontrar algún rastro; nada resultó. Se había volatilizado como una sombra, un sueño pensaba yo entonces lleno de romántica desesperación.

Nuestra historia de amor fue breve e intensa. Se llamaba Magda, unos años mayor que yo y de origen húngaro, afirmaba ella sin mucho convencimiento, con un acento arrastrado y una pícara expresión violeta en los ojos. Nadie pudo aclararme de dónde venía ni a qué se dedicaba, pero estar a su lado me resultaba electrizante, como si de ella emanara algo magnético que me envolvía. Mis palabras cobraban un sentido nuevo; mis ideas de creación, una amplitud y una posibilidad de ser reales, que parecían estar ya acabadas. Quería ser artista, aunque mi carrera de ingeniería y mi tradición familiar parecían estar ya trazadas. Pero Magda, sentada frente a mí, me miraba con esos ojos profundos, inquietantes, igual que un bosque al anochecer o el destello malva de la aurora sobre el hielo y el mundo se volvía ancho, profundo, abarcable y yo era el centro, el capaz. Y ahora me veía con ese papelito y una piedra sin labrar como única respuesta y recuerdo de esa mujer.

Han pasado muchos años, mis aspiraciones artísticas se quedaron en eso, aspiraciones, conformadas por una vida amable, burguesa, hasta interesante diría yo, pues al menos con mi ingeniería fui capaz de inventar unas poleas y unos martillos neumáticos que se pudieron aplicar no sólo a finalidades mecánicas, sino que tuvieron mucho éxito entre escultores para poder mover los bloques de mármol y tallarlos con más facilidad.

Y sí, el pequeño bloque de piedra me acompañó toda mi vida. Exigía que estuviera cerca de mí como una suerte de talismán y de recuerdo de felicidad, pese a las quejas familiares primero de padres, de mi mujer después, y hasta de mis hijos que lo consideraban manías caprichosas. Cuántas veces me pregunté qué quiso decirme Magda con esa críptica cartita “Dentro está el secreto y ahí me encontrarás”.

Mi invento de las poleas me hizo contactar otra vez con el mundo del arte e iba a comprobar como funcionaban en algún taller. Una mañana de diciembre, angustiosa por la bruma y el malestar que el frío ya me producía en los huesos, me empeñé en ir caminando a un taller de las afueras. El viento se colaba por los cristales mal emplomados y una única estufa calentaba el lugar, pero el escultor, un hombre joven, barbudo y sonriente, en la plenitud de la vida, lleno de entusiasmo, con poderosas manos y un ceño vibrante de inteligencia que le salía a raudales por los ojos, ¡Oh Dios mío!, casi me tienen que sostener. Eran malvas, maravillosamente malvas como un bosque al anochecer o el destello malva…

—Señor, ¿se encuentra bien?

Algo en mí se rompió sin control y tuve que esforzarme por no lloriquear en su presencia, pues sentí como si con su punzón de escultor hubiera levantado en mí una losa que sepultaba mis mejores sentimientos. Cuando me recuperé, temblequeando junto a la estufa, acabé una copa que amablemente me ofreció y en ese momento tuve la certeza de que era la persona que debía tallar mi piedra que, ahora comprendí, había sido un peso de desencanto arrastrado a lo largo de mi vida.

Me entró una excitación incontrolable y le supliqué que se instalara a trabajar en mi casa, le pagaría lo que quisiera, pero necesitaba que tallara, que diera vida a ese bloque. Y así fue. Vino conmigo y empezó a trabajar sin descanso. Me puse enfermo. El frío se había apoderado de mis huesos, mis pulmones, mi aliento, y sólo el entusiasmo por ver terminada la obra me obligaba a mantenerme absorto frente a las manos del artista, igual que si fueran las mías. Lo que veía surgir me llenaba de emoción incrédula.

Cuando estuvo terminado, acaricié la cara con delicadeza, con todo el amor que aún podían trasmitir mis helados dedos y en una suerte de adoración, le besé los fríos labios.

—Magda.

El joven me cogió en sus brazos, pues yo desfallecía, y me llevaron a la cama. No pudo explicar qué me había sucedido, le oí decir asustado, él solo intentaba reproducir la cara de su madre. Y sí, su nombre era Magda.

Fue lo último. Un sueño gris, una poderosa nube se apoderó de mí.

© Cristina Vázquez

Sisarga Grande

Malena Teigeiro

Como todas las mañanas, Marta corre por la playa. El humo y el ruido de la sala de bingo en donde durante toda la semana trabaja le queman los pulmones, y al igual que otras personas se toman píldoras de vitaminas, ella había decidido levantarse una hora antes y correr por el borde del mar, inundándose de humedad y olor a sal. Le gusta llevar la mirada fija en el horizonte, y solo la dirige al suelo cuando sus pies descalzos tropiezan con algún objeto que la dañan. Suelen ser conchas de ordinarios mariscos, viejas y podridas maderas o trozos de cristal pulidos por las olas, que la hacen soñar con mensajes lanzados en botellas por antiguos marinos o en restos de copas arrojadas por la borda en amorosos brindis. Siempre acaba guardándoselos en los bolsillos, de hecho, tiene varias lámparas cuyos pies están formados por peceras llenas de estos cristales de colores.

Aquella mañana tropieza con una especie de huevo blanco. ¿Qué hace aquí un huevo de avestruz?, musita con la respiración entrecortada. Agachándose a recogerlo, recuerda una película en la cual unos niños encuentran un huevo, que una vez incubado por los chiquillos, resultó ser algo así como el dinosaurio del lago Ness. Después de desenterrarlo, le parece que es un trozo de mármol. Con la pesada piedra en las manos, se acerca a la orilla, la introduce en el agua y la limpia con cuidado. Poco a poco, tallado en la piedra, fue apareciendo el serio rostro de una mujer, que le pareció que la contemplaba. Sacó la piedra del agua y rozándola con arena, intenta limpiarle las algas. Pero por más que frota, no lo consigue. Volvió a introducirla en el mar. Los sargazos que rodeaban el rostro comenzaron a mecerse como el cabello de la más hermosa de las medusas, enredándose entre sus dedos. Separándolos, acarició la perfecta nariz, la boca y la lisa frente. Siente que la piedra comienza a calentarse, tanto que parece quemarle los dedos. Asustada la soltó, y aunque era un pesado mármol, ve cómo se hunde lentamente. Y ve que el antes hierático y serio rostro de mujer, ahora parece sonreírle. ¿Quieres volver al fondo del mar? ¿Eso es?, murmuró viendo cómo las algas la envolvían, hasta que aferrándose a su rostro con la suavidad de hilo de una crisálida, la hacen desaparecer.

Cuando vuelve del trabajo aquella tarde, a pesar de que casi era de noche, Marta regresa a la playa acompañada por su novio, Antonio, dueño de una motora amarilla, con asientos de madera forrados de plástico negro, no muy nueva. ¿Dónde está ese tesoro de piedra viviente?, le pregunta apoyándole una mano encima del hombro. Ella, extendiendo el brazo, le señala el lugar en donde la dejó por la mañana. Se introdujeron en el mar hasta que la encontró, ahora envuelta en luminosas algas de extraño color violeta. Él sostuvo la cabeza de piedra entre las manos contemplando el hermoso rostro. ¿Y vas a devolver esto al mar? ¿Serás capaz? Ella inclina la cabeza, y Antonio se encoge de hombros. Juntos, se subieron a la barca amarilla y navegaron más allá del centro de la ría, hasta donde se juntan las aguas del Atlántico con las de los ríos que bajan de la montaña, y guiados por la luz de la luna, continuaron navegando no muy lejos de la costa. Sigue, sigue, le decía cada vez que él le indica que tienen que volver. Ya está bien, mujer, escuchó Marta su voz alta, fuerte, través del ruido del motor. Todavía no, le contesta Marta. Y al acercarse a la isla Sisarga Grande, donde estuvo la ermita de Santa Mariña, la que arrasaron los normandos, aquella tan milagrosa y de la que nadie encontró piedra o reliquia alguna, el motor de la barca se paró, quedándose quieta, apenas mecida por el vaivén de la mar. Entre los dos cogieron la piedra, y con cuidado la depositaron sobre la superficie del profundo y negro mar. Agarrados a la borda, la vieron hundirse con el sonriente rostro que parecía mirarles agradecida. Bajaba lenta, regia, rodeada de peces de colores que como si de guardias de corps se tratara, la acompañaban hasta hacerla desaparecer entre la negrura de las aguas del profundo mar.

Y dicen que desde entonces, y no se sabe por qué, los marineros que navegan cerca de aquellas costas, sienten que una suave fuerza abate a los barcos hacia una nueva derrota.

© Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Por fin había vuelto a ese lugar. La tarde era cálida y dejó a los niños bañarse en río. Sus voces le llegaban junto con el canto de los pájaros y el rumor de las hojas al compás de alguna música en su mente.

A ella le gustaba el lugar, por eso eligieron la casa cuando estaba embarazada de Jacobo, y aquel verano Aurora hundía sus pies hinchados en un codo que hace el torrente antes de bajar hacia las huertas. La recuerda con su vestido de flores en tonos azulados que le levanta la brisa y se transparenta sobre las mimosas, dándole un tono dorado a la cara sonriente de la mujer. Risueña, lo llama para que se acerque mientras chapotea lanzando gotas al aire que, al caer, le humedecen un poco el pelo. La maternidad le sienta bien. Ella espera este segundo hijo con ilusión y la expectativa de que sea una niña. Le pondrá su nombre que significa amanecer. ¿Qué es una nueva vida si no?
Su marido la ayuda a levantarse y juntos caminan hacia las rocas, allí corre un aire que refresca la bochornosa tarde. «Parece que hubieran diseñado este lugar para nosotros; es un verdadero salón, en el que podemos sentarnos a contemplar el paisaje», afirma ella, y ríe como suele hacerlo, mostrando los dientes y achicando los ojos que la hacen parecer una chinita.

Nació un niño en un parto complicado que se llevó a la madre. La desolación del médico, enfermeras y partera ante una circunstancia que no se da en estos tiempos, no era comparable a la del marido, que cogió a su hijo en los brazos y, sin saber por qué, lo llamó Jacobo.

Pasaron algunos años sin volver a la casa de las afueras. No fue fácil llevar su bufete, ser padre y ocupar el lugar de Aurora frente a dos hijos con preguntas que seguramente ella hubiera respondido más directamente. El mayor, que recordaba los alrededores y a los amigos de la casa del pueblo, le pidió que fueran a aquel refugio y él entendió que ya era hora.

Temía abrir la puerta y encontrar, como encontró, que todo estaba exactamente igual, hasta el jardín con sus magnolios y las flores en los jarrones esparcidos por todos los ambientes. Los guardeses eran los mismos de entonces.

Caminaron hasta la orilla y los niños se cambiaron para entrar en el río. Él se sentó al amparo de un sauce con sus pinturas. ¡Tanto tiempo sin dibujar! Fue entonces cuando vio que en aquellas rocallas que su mujer describiera como un salón, algo había cambiado. Se puso de pie con dificultad, sin dejar de mirar una de las piedras, parpadeando ante lo imposible, pero allí estaba: En el borde de lo que ella llamara su sofá, aparecía tallado en el brazo de piedra la forma de un rostro de mujer. La acarició una y otra vez antes de susurrar: «Ya estamos todos juntos».

© Liliana Delucchi

Un relieve con alma

Marieta Alonso

Me gustaba la idea de mi cara incrustada en una piedra, me gustaba que los parisinos vinieran a verme, que alabaran mi belleza. ¡Hay mejor forma de pasar a la posteridad! Lo que nunca se me ocurrió pensar fue que mi mente se quedara atrapada dentro de ese magnífico mármol, sin fisura, por donde poder salir. Reconozco que se está calentito aquí dentro pero no soy libre y de vez en cuando anhelo huir.

Desde niña mi padre —agricultor— comentaba que yo era muy dada a desviarme del surco recto, que no tenía cordura, muy dulce sí, en apariencia, pero algo extravagante.

—¿Para qué necesita ser normal? Con lo bonita que es se puede dar el lujo de ser diferente —respondía mi madre secándose las manos en el delantal.

Y yo me miraba al espejo para comprobar que en verdad era guapa. Lo que no veía en mí eran las palabras de mi padre. Mi espalda estaba derecha como una vela, era sociable, hasta le daba besos a los perros que veía en la calle, distorsionaba mi cara para asustar a los niños —me hacían reír al verles correr despavoridos— y si ahorqué al gato en la viga del desván fue porque me arañó.

Mi manera de ser no era tan disparatada como afirmaban los vecinos. Mi padre se equivocó al pensar que le había amenazado con una faca. Se asustó. Yo solo quería comprobar si estaba afilada cortando el bolsillo de su camisa.

En este edificio blanco donde me han encerrado quieren hacer triunfar la razón por medio de la violencia. Soy más inteligente que ellos, ahora estoy a salvo dentro de esta escultura. Cuando vienen a verme les guiño un ojo. Algunos amantes del arte quedan aterrorizados, pero a otros les divierto.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

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