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El Entierro de la Sardina

15 febrero, 2020 por Akelarre 6 comentarios

El Entierro de la Sardina - Goya

El Entierro de la Sardina - Francisco de Goya

En carnaval parece que todo es posible. El disfraz nos lleva a poder adquirir otras personalidades y tener una cierta impunidad en nuestros actos. La máscara nos protege y esta libertad es la que lleva a imaginar a nuestras cuentistas situaciones que rompen la rutina.

El carnaval es una celebración pagana que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana. Tradicionalmente comienza un jueves, conocido como Jueves Lardero, y se acaba el martes siguiente, llamado Martes de Carnaval. En España el carnaval finaliza el Miércoles de Ceniza, con la celebración de El Entierro de la Sardina. Su origen está en las fiestas paganas romanas como las Saturnales, las Lupercales y las que se hacían en honor al dios del vino Baco. Según algunos historiadores su origen se remonta a Sumeria y al Antiguo Egipto hace más de cinco mil años. Su característica común es que se considera un periodo de permisividad y cierto descontrol.

Este cuadro es un óleo sobre tabla de 82,5 por 62 centímetros que se expone en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. En su origen tuvo un carácter subversivo con la religión católica, pues en el estandarte ponía la palabra Mortus, haciendo eco de lo que aparecía en los estandartes de Viernes Santo. Estas alusiones desaparecieron, en parte, al sustituirla por una máscara grotesca y muestra la alegría de la gente bailando y bebiendo a orillas del río Manzanares.

También expresaría una crítica y rechazo a la política absolutista de Fernando VI que prohibió el carnaval, pues coincide con la época de su ejecución entre 1815—1819.

Magdalena ¡amor mío!

Cristina Vázquez

Cotilleos en Carnaval

Malena Teigeiro

Baile de máscaras

Liliana Delucchi

Un imborrable disfraz

Marieta Alonso

Magdalena ¡amor mío!

Cristina Vázquez

Miraba y remiraba el escueto billete que le había entregado su doncella Josefa el día anterior con expresión pícara. El papelillo olía a su propio perfume de bergamota de tanto guardarlo y volver a sacárselo del pecho. No es que fuera un texto original: Era escueto y de inabarcable significado. “Amor mío, amor mío.” Más bien resultaba vulgar, pensó Magdalena, poco imaginativo, pero era el único estimulo o aliciente que le había surgido en los últimos años. Un billete de amor. ¿De quién será? La doncella levantaba los hombros enigmática cuando se lo preguntó. Se lo había dado un señor bien elegante y le pidió que fuera al día siguiente a un lugar que le había indicado. Mientras lo decía se balanceaba de un pie a otro sin mirarle a la cara. Como era carnaval nadie la reconocería, terminó Josefa convincente.

Vestida de luto, la blancura de la cara, cuello y manos de Magdalena resaltaba con ferocidad de luna llena. Se daba pellizcos con disimulo para hacer brotar alguna lágrima o algún apenado hipido y poder componer, de una vez, la imagen de la viuda doliente pero digna.

Mientras recibía los pésames y desconsolados saludos, piensa en el billetito: “Amor mío, amor mío” ¿Quién se lo podía haber mandado? De tanto en tanto lanzaba acuosas miradas al solemne catafalco de su importante, orondo y rijoso marido que Dios tuvo a bien llevárselo a los tres años de su matrimonio.

Esta había sido la repetida historia de salvar a una familia de la ruina y a una hermana de la deshonra, entregando a la otra como codiciada mercancía a un próspero y viejo esposo. Ruina debida a la estupidez paterna y al despilfarro materno. Y el deshonor, por la huida de su hermana con un capitán de dragones polaco de paso por Madrid. La muy tonta ahora escribía, desde guarniciones de difícil pronunciamiento, que la dejaran volver. Al menos, ella supo lo que era tener un hombre entre sus brazos y sus piernas. En cambio, su suerte había sido cargar con la panza de rana, las piernas cortas y la halitosis de don Onésimo Olastegui de las Frondas, primer marqués de las mismas Frondas.

Por fin. Por fin, él reposaba tranquilo. Pues se ponía muy inquieto e irritable cuando llevaba a su hermosa mujer del brazo. Los comentarios malintencionados y los cuchicheos envidiosos que levantaban a su paso, don Onésimo lo soportaba mal, muy mal. Envidiosos, decía por lo bajo. Malsanos envidiosos. Pero por la ciudad corría el chisme de que el orondo caballero no conseguía rematar faena con su hermosa mujer.

—Montar a la potra —confesaba irritado a su médico.

Un hombre de tan declarada sensibilidad al referirse a su esposa, reclamaba al galeno pócimas de ala de mosca española o cuerno de unicornio. En sus fallidos intentos optó por tapar los ojos a la hermosa Magdalena para no tener que aguantar la mirada burlona de ella, hasta que la mujer decidió no seguir soportando la torpeza marital. Le exigió que la dejara en paz o sería el escándalo de la ciudad, pues lo propagaría a los cuatro vientos.

Llegó el matrimonio a un conveniente acuerdo: él no lo intentaría más, solo le pedía acariciarla y su silencio. A cambio, le prometió que tendría las sedas más finas de oriente, los collares de chatones y las perlas de la Conchinchina prendidas de su talle. Cada uno cumplió su parte del trato con honestidad y hasta sentido del humor. Encontraron una complicidad equilibrada en sus mutuas demandas. Recordar esto le ayudaba a soltar alguna lágrima. Aunque pensaba vivir la viudedad con el esplendor y la pasión que le había sido negada.

Magdalena. Amor mío.

La batahola de risas y música del carnaval se colaba por las ventanas entreabiertas para aliviar el olor dulzón a podredumbre y flores. El ruido se sobreponía a veces al bisbiseo de los rezos y la brisa que entraba hacía temblequear la llamita de las velas. A Magdalena se le iban los pies y cada poco notaba la apremiante mirada de su doncella Josefa.

En un momento dado adujo un gran cansancio. Se iba a retirar para reponerse un poco. Cerró la puerta de su cuarto, se vistió con un disfraz de Colombina y salió con la máscara puesta acompañada de la doncella. Tenían cuarenta minutos para llegar al punto indicado por el misterioso caballero del billete y volver. Llegaron a paso vivo al lugar donde un grupo manteaba a un pelele con forma de mujer. Súbitamente tuvo la certeza de que la cara del pelele era una burda imitación de la suya. Se quedó paralizada. Cantaban una soez canción. Reían haciendo gestos obscenos y oyó estupefacta el ofensivo estribillo: “Magdalena, amor mío, nueva y sin catar estás para pecar.”

Las risotadas alcohólicas y los empujones de la gente le dificultaron la vuelta a su casa. Se arrancó el disfraz con vergüenza y repugnancia. Vio una satisfecha expresión de sorna en la cara de su doncella y entonces sí lloró con vehemencia a los pies del difunto.

© Cristina Vázquez

Cotilleos en Carnaval

Malena Teigeiro

Lo cierto era que su familia estaba en la más absoluta ruina. Que si en la ciudad se conocía el estado de sus finanzas, dejarían de tener la importancia que les correspondía. Y esto, entre otras muchas cosas, conllevaba que no volverían a ser los invitados de honor de ninguna fiesta. Algo que para algunos no tendría demasiada importancia, para la familia de Ernesto era primordial. ¿Con quién si no se podrían casar convenientemente a las que nacían mujeres?

Y sin encontrar solución a aquellos negros pensamientos, Ernesto permanecía tumbado entre los doseles de su cama el día que se celebraba el baile de carnaval. Echó un vistazo al reloj de oro, al que cada vez le quedaba menos tiempo para pasar a manos del usurero, y se levantó. Comenzó a ponerse el traje de caballero de la corte de Luis XIV. Por lo menos aquel baile le daba la oportunidad de afanar algunos billetes en los bolsos y carteras de las descuidadas damas, pensó. De pronto se le ocurrió una idea y cambió su disfraz de caballero por el de dama del mismo Rey. Divertida por la ocurrencia, su hermana Micaela lo maquilló y le colocó una alta y blanca peluca. Luego de pintarle un negro y redondo lunar cerca de la boca, los hermanos se fueron al baile.

Al entrar en el ya atiborrado salón, Ernesto buscó a Dorita, su fea, millonaria y adorada Dorita, a quien cortejaba como solución a sus problemas. Ella estaba sentada al lado de Jaime al que contemplaba con ojos de embobada cordera. A Ernesto le molestó la presencia de aquel apuesto joven, y todavía más le enrabietaba la estúpida y almibarada expresión de la que ya consideraba como su Dorita. Al girar la cabeza divisó a doña Dora, que, no lejos de su niña, permanecía sentada al lado de su entrañable amiga doña Angustias, mujer soltera y conocedora de cualquier hecho de la ciudad. Ernesto, después de pensar un momento, le pidió a Micaela que se acercara a la madre de su futura economía y la entretuviera, a lo que ella se prestó rauda

Y mientras Micaela charlaba con la madre de su futuro, él, como si fuera la más entrañable de sus amigas, se sentó al lado de doña Angustias. Acercándose mucho a ella, componiendo su voz en un compungido disgusto de dama de la alta sociedad, murmuró que Dora debía de tener cuidado ese tal Jaime a quien Dorita contemplaba en ese instante tan embobada. Levantó las decoradas cejas y frunció los maquillados labios. Percibiendo la expectación de la mujer, continuó. El pollo andaba por ahí vanagloriándose de que en cuanto tuviera a sus pies a la inocente niña, la dejaría plantada. ¡Ya ves las artes del caballerete! Ernesto contempló a doña Angustias con una cínica sonrisa y ella, que no acababa de saber a quién pertenecía la voz de la mujer que le contaba tan interesantes cuitas, asintió atribulada. Y para más INRI, la ahora sibilante y atiplada voz de Ernesto se acercó a la oreja de la dama, Jaime también decía que, a su juicio, además de fea era bastante tonta. Se detuvo un instante y levantó el dedo. Pero eso no era todo, también afirma que, en el caso de llegar a contraer matrimonio con Dorita, sería porque le habían dado una dote que le compensara el sacrificio.

Doña Angustias, con la vista fija en la inmensa araña de cristal que cubría gran parte del techo de la sala de baile, se abanicaba con nerviosismo. A ella tampoco le gustaba el joven, musitó dándose golpes en el pecho con el abanico a riesgo de romperlo. Entrecerró los ojos y después de un profundo y quejoso suspiro, la mujer prosiguió. Estos de arribada que últimamente pululan alrededor de las jóvenes de la ciudad, a su juicio, no eran de fiar. Y que no creyera, que ella ya había avisado a su querida Dora de los pormenores y andanzas de aquel atildado Jaime. Y encogió su opulento pecho en un profundo y largo lamento.

Al mismo tiempo que Ernesto le hablaba a la dama de todos aquellos males, sus dedos de jugador de cartas trajinaban las carteras de las señoras. Sorprendido vio que la de doña Dora, como la de cualquier nueva rica, estaba llena de billetes. Bendito dinero que le iba a dar la posibilidad de invitar a Dorita.

A partir de entonces, Ernesto se dedicó, con una sonrisa a veces, otras con despreciativas miradas, a encelar a la tímida niña. Al mismo tiempo, con el dinero que poco a poco iba afanando del bolso de la madre de su amada, Ernesto, con una esplendidez que rallaba el despilfarro, invitaba tanto a la madre como a la hija.

Rápidamente, toda la ciudad percibió que la relación de Dorita y Ernesto iba progresando ante la complacencia de doña Dora. Pero su esposo, el pujante constructor don Eustaquio, nunca se fio demasiado del joven. Al parecer, el hombre intentaba convencer a su hija para que finalizara tal relación. Búscate a otro que se sepa ganar la vida, decían que le gritaba con acritud.

Y cuentan que en una de aquellas discusiones entre padre e hija, la pequeña Dorita, tuvo un momento de lucidez. Llevando a su padre de la mano, lo colocó delante de un espejo.

––Mírame, padre. Pero hazlo de la misma manera que lo haría cualquier hombre que se cruzara conmigo por la calle ––colocó las manos en sus ruborosas mejillas––. ¡Si no fuera por mi dinero, que otro de su posición iba a cargar conmigo!

No había terminado el invierno cuando en una hermosa ceremonia en la iglesia principal de la antigua y noble ciudad, Dorita y Ernesto se disponían a jurarse amor eterno cuando, él, hombre serio y cabal con sus obligaciones, se detuvo. La miró como se mira un carísimo objeto y se juró a sí mismo que la llenaría de hijos, que le reiría sus tontas gracias, y que jamás se olvidaría de hacerle un buen regalo en su cumpleaños y Navidad. ¡Vamos! Que la haría feliz. Y después de su íntimo juramento, entornando los párpados, pronunció un trémulo Si quiero. Luego, y con aparente emoción, el elegante joven paseó lascivo su mirada por el cuerpo de la que ya era su esposa. Como alcancía de monedas y vientre para alojar al descendiente de su estirpe, no estaba tan mal, decidió. Su vida íntima, ya vería él cómo la arreglaba. Y recordando la alegre noche que había pasado con Martita Hontanares, inclinó la cabeza, y besó a Dorita con aparente emoción.

© Malena Teigeiro

Baile de máscaras

Liliana Delucchi

Con un nuevo color de pelo y el lifting que le muestra una piel tersa y joven, Gloria se mira al espejo que está en la salita de entrada. Se ve feliz. Ya no se me marcan las arrugas alrededor de la boca, puedo sonreír cuando quiera. Se acabó la tristeza. Deja el bolso sobre la mesa donde encuentra una considerable cantidad de correo. He estado en la clínica más de lo que había pensado, pero valió la pena.

Mientras espera que el café se enfríe un poco, empieza a abrir los sobres: cartas del banco, ofertas de viajes, reparaciones varias y…, una invitación.

Claro, si ya estamos a finales de enero, la fiesta de carnaval de Mayte. A ver cuál es la temática de este año. Personajes históricos. Muy bien, ya pensaré en mi disfraz.

Este año Gloria irá sin pareja, por primera vez en veinte años entrará sola en el salón y ya sabe que las miradas convergerán en ella, como antes les ocurrió a otras, cuando todavía estaba del otro lado. Se acerca a la ventana. Mientras mira las ramas de los árboles mojadas y sin hojas se pregunta cuántos de esos dúos a cuyo grupo pertenecía estaban en su misma situación. Cuántos llevaban tiempo hablando solo en reuniones sociales y evitando la soledad que se instala en cuanto se apaga el televisor. No lo sé, ni me importa. Suelta un taco y vuelve al espejo. A ver si recupero la felicidad con que entré a casa y esa maldita invitación me quitó.

Se pregunta si la llevará a ella. Claro que sí, semejante trofeo a su edad es para mostrarlo. Por qué no le habría hecho caso a su intuición, a la que a la primera mirada descubre que está ante una lagarta robamaridos. ¿De qué me hubiera servido? Se habría ido con ella de todos modos.

Gloria se sienta en el sofá y hunde sus pies descalzos en la alfombra. La compraron en uno de los viajes a Egipto y decidieron que quedaría estupenda ante la chimenea.

Sonríe ante el desfile de disfraces que pasan por su memoria, algunos más afortunados que otros, pero todos divertidos. Se reían probándose pelucas y ropas imposibles, ensayando maquillajes que nunca llegaron a lucir, haciendo reverencias que les cortaba la respiración. No sabe cuándo dejaron de reír. Da igual. Ahora tengo que pensar en mi atuendo. Primero definir el personaje. Enciende el televisor y busca películas históricas. Cabecita, cabecita, ilumina alguna idea.

¿De qué irá disfrazada ella? Deja de pensar en eso, pedazo de tonta, habías dicho que con cara nueva empezaba nueva vida.

Se le está durmiendo el pulgar derecho de tanto mover la tecla de avanzar del mando a distancia y cuando está a punto de pulsar el botón rojo e irse a la cama, aparece un título que llama su atención: Elizabeth.

Sí, señor. Isabel I de Inglaterra, el personaje ideal para llegar sin acompañante. Una mujer fuerte que supo vivir sin un hombre al lado. Además, el estilo de esa ropa me encanta.

Al día siguiente le pide a su hermana que la acompañe a Cornejo. Allí visten a actores y figurantes, seguro que tiene lo que busco.

—Se lo enviamos a su domicilio en dos días, señora, con los arreglos y cambios que ha pedido —le informa el empleado de la empresa, solícito, ante la suma que Gloria ha depositado sobre el mostrador sin pedir rebaja.

—No sabía qué personaje ibas a elegir —le dice él cuando en la fiesta se acerca con dos copas en la mano— aunque siempre sentiste admiración por la reina inglesa.

Sí —contesta Gloria mientras contempla a su ex vestido de Marco Antonio —me identifico con esa gobernante que mandó cortarle la cabeza a la que pretendía usurparle el trono.

© Liliana Delucchi

Un imborrable disfraz

Marieta Alonso

Cuando llegó la casa estaba silenciosa, y ahora reina un total alboroto.

—Mamá, hoy es carnaval. ¿Lo recuerdas?

He de reconocer que mi hija ha sacado los genes de la abuela. Sin siquiera darme un beso tiró el bolso en una butaca y corrió hacia el desván. Un agudo chirrido me confirma que está abriendo el viejo arcón familiar. Al poco rato sus pasos resuenan bajando de dos en dos los maltrechos escalones. Un día tendremos un disgusto.

—Todo resuelto —gritaste con los brazos abarrotados de ropa.

Cierro los ojos y me veo de niña vestida de dado, de china poblana, de pingüino, de oso polar… ¡Cosas de la abuela!, que con su habilidad para coser nada se le resistía. Era una mujer de pueblo, que cansaba solo con verla trabajar. Tenía un gran tacto para la convivencia, para la organización, para las fiestas… Los bailes de disfraces eran su especialidad. A veces bastaba solo con escuchar su voz para aligerar un ambiente tenso.

Sus antepasados fueron gente sencilla, del campo, que habían emigrado a la ciudad, y ella misma se preguntaba de quién había aprendido a sacar la belleza escondida en una solitaria amapola a punto de marchitarse.

Vuelvo a la realidad. Mi hija despliega sobre mi regazo la ropa elegida y explica emocionada:

—El vestido negro de boda de la abuela con el velo sobre la cara, y el traje del abuelo, con un crisantemo blanco en el ojal, nos lo pondremos para el entierro de la sardina y para el espectacular baile de Carnaval iremos caracterizados de Vilma y Pedro Picapiedra.

Se me agolparon los recuerdos, esa feroz tortura que a veces nos ataca por tener buena memoria.

El disfraz de Pedro era una corta túnica naranja terminada en picos que tapaba escasamente el trasero, con pequeños trozos de tela negra simulando la piel de algún animal prehistórico y como complemento una corbata azul.

Por aquel entonces salía con mi único novio, un chico del pueblo de al lado, muy tímido, al que no pude convencer para que se presentara en la plaza vestido de aquella guisa. Felipe se marchó sin despedirse.

El disfraz de Vilma, una vieja camiseta blanca de un solo tirante también terminada en picos y un collar de grandes perlas, que era reliquia de familia. Una peluca de un rojo chillón y los labios del mismo color hicieron que mi padre levantara la vista del periódico y observara: Muy guapa, sí señor, pero sin novio.

La abuela, a la que no se le ponía nada por delante, llamó a varias de sus amigas y consiguió que el hijo de una de ellas, sin siquiera conocerme, accediera a ir al baile así disfrazado. Ya no haría el ridículo yendo sola. Bailamos hasta el amanecer bajo la atenta mirada de Felipe que, con los brazos cruzados sobre el pecho, se mantuvo toda la noche recostado en una de las farolas de la plaza sin apartar los ojos de mi cara.

Vuelvo al presente. Parece que mi hija me ha estado contando algo. No me he enterado. Aprovecho para preguntarle si su pareja había visto el traje y si daba su consentimiento.

—Por supuesto, mamá —soltó una carcajada— no todo el mundo es tan tonto como mi padre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Cartas

15 enero, 2020 por Akelarre 8 comentarios

Correspondencia por carta

Las cartas

En los tiempos que vivimos en los que nos comunicamos por mensajes de texto, WhatsApps o nos deseamos Feliz Año con emoticonos y videos que circulan por Internet, hemos querido rescatar aquella maravillosa costumbre de la correspondencia.

Un paquete de cartas antiguas, atadas con un cordel, es la inspiración para los cuatro cuentos que traemos este mes. Misivas que dan origen a historias que nos llegan de un pasado a veces alegre, otras circunspecto y en ocasiones hasta mágico, que desvelan secretos que solo pudieron guardarse en el papel escrito, en el fondo de un cajón, olvidado en una estafeta de correos o en cualquier escondrijo en que lo dejaron sus autores. Y la curiosidad de quien las descubre y pretende investigar, como si de un detective se tratara, lo que escondían aquellos trazos sobre un papel, en muchas ocasiones amorosamente perfumado, escritos en firme o temblorosa tinta negra, a veces azul, en muchas ocasiones corrida por las lágrimas del que escribía.

Esperamos que disfrutéis de lo que ha dado nuestra imaginación y que esta nueva década que iniciamos se llene de fantasías y sueños cumplidos.

Acuse de recibo

Cristina Vázquez

La herencia

Malena Teigeiro

La obra escondida

Liliana Delucchi

Cartas de ayer

Marieta Alonso

Acuse de recibo

Cristina Vázquez

Recibí un acuse de recibo de Correos. Torcí el gesto pues odio hacer esas gestiones que yo llamo pierdetiempo. Al llegar a la oficina indicada te enteras de que hay que coger un número ya ha pasado un buen rato. Luego acertar con lo que te ofrece la máquina: reclamaciones, extranjero, devoluciones, giros, envíos…Yo quería que pusiera desesperación, aburrimiento, ira y cuando por fin te decides, observas a dos que te empujaban al entrar ya saliendo.

Cuando mi número parpadea me enfrento a ser recibido por un adusto funcionario, pero me encuentro a una joven nerviosa y sonriente.

—Es mi primer día —me confiesa con carita de ardilla espabilada.

Me conmueve. Soy un hombre maduro, digo maduro porque me parece literario, porque soy más bien viejo. Un sesentón solitario y gruñón, pero esta joven casi niña, me despierta una nostalgia de una posible paternidad que nunca fue.

Le entrego mi acuse de recibo con la sonrisa lo menos lobuna que alcanzo a componer. Sé que mis grandes y oscurecidos dientes a veces asustan. La joven ardilla parpadea con un temblor de mañana sin estrenar, tan tierna. Desaparece y vuelve con un paquete voluminoso que le   obligada a estirar el cuello para poder ver. Pobres vertebras, esos frágiles huesecillos.

—Pesa mucho —resopla a modo de disculpa.

El paquete, envuelto en un plástico que deja entrever un viejo envoltorio de papel de estraza, está ennegrecido. Paso un dedo por la superficie y dejo un rastro polvoriento. Diminuto baboseo de gusano. Oigo decir a la joven ardilla que estos eran paquetes perdidos en diferentes centros y que el servicio de Correos, en un esfuerzo de modernización, los ha recuperado para sus destinatarios o descendientes.

—Respira guapa, respira —le digo con mi sonrisa abierta, descuidada, y ella se pasma en una expresión asustada.

Me despacha con prontitud y un cierto nerviosismo en sus inseguras y rosadas manos que no puedo dejar de mirar, igual que delicadas rosas, tiernas, apetitosas… ¿saladas o dulces?

—Gracias señorita

¡Otra vez!, me digo para mis adentros y compongo un gesto neutro que me permita deslizarme entre la gente con disimulo. Sé que parezco un ladrón con un juguete robado bajo el brazo. Me acompaña la duda del sabor de sus infantiles manos.

En el piso interior, un poco oscuro, en el que vivo desde que mi madre tuvo a bien morirse me preparo una tajada de carne roja y un vaso de vino agrio bien repleto. Me gusta el vino agrío. Y abro el paquete.

Son cartas amarillentas atadas con una soga. Parece más una soga que una cuerda y una cuartilla estropeada escrita con mala letra. “Para aquel descendiente al que llegue, que sepa que no tiene culpa ni salvación. Lo escribo yo, Jacinto Gracián El Estrangulador del Ferrocarril, a instancias de mi compañero de celda Francisco El Piernas.”

Me río por lo bajo. Esto iba a ser mejor que cualquier película de terror de esas en blanco y negro o de las de ahora, que, aunque son más difíciles de entender, con los colores se ve todo más real.

Empiezo a leer las cartas que había escrito el pariente ese antes de que le colgaran, que ni sé quién es ni me importa, y que, arrepentido o no, quería contar sus crímenes. No tienen ningún interés y encima le pillaron. Valiente mamarracho.

No se me va de la cabeza las manitas rosadas, tan tiernas, apetitosas, de la ardillita lista de Correos. Mira el reloj y chasquea la lengua. Hoy ya se me ha hecho tarde.

© Cristina Vázquez

La herencia

Malena Teigeiro

Nada sabía Lucrecia del pueblo de su madre, y mucho menos de Antonia, su tía, hasta que un domingo por la mañana recibió la llamada de don Servando. Era para anunciarle el fallecimiento de su desconocida tía, y para comunicarle la hora y el día del funeral que se iba a celebrar. Así mismo, le dijo que ella era su única heredera.

En aquella iglesia, pequeña, lúgubre como una catacumba, además de don Servando, el párroco, que oficiaba el funeral, solo estaban ella y su esposo Carlos. Era ya noche cerrada cuando finalizada la ceremonia, se dirigieron a la fonda en donde se alojaron. Allí, y mientras cenaban, el hombre que les atendió, miraba a Lucrecia con bastante insistencia. De pronto le dijo que era igual a la fallecida doña Antonia. Con desparpajo, se sentó a la mesa del matrimonio y sin ningún pudor les contó que la señora había vivido sus últimos años en una residencia y que su casa, situada en la plaza Mayor, llevaba cerrada muchos años. También les dijo que su patrimonio había estado bien vigilado por don Servando, y que él era el que tenía la única llave de la casa.

A la mañana siguiente, el párroco se acercó a la fonda. Al entregarle la carta que le había dejado en custodia la difunta, le anunció que heredaba tierras, casas, bonos y dinero en corrientes. La joven la abrió sin esperar. En ella doña Antonia le ordenaba que fuera ella, y solo ella, quien levantara la casa, y que cuando se encontrara a solas en su dormitorio, abriera la puerta central del armario. Volvió a meter el pliego en el sobre sin mucho interés. Lo sentía, dijo, pero al día siguiente los dos tenían que trabajar. Que en cuanto terminaran el desayuno, volverían a su casa y que cuando tuvieran un fin de semana libre volverían. Don Servando, elevando las cejas, sacó un papel del pecho. En él estaban los datos de los albaceas de su tía abuela Antonia, dijo calándose la teja.

Pasaron casi seis meses cuando, a requerimiento del albacea, el matrimonio aparcaba delante del negro y tétrico portalón de la casona. Allí, paseando por delante del chaparro caserón de piedra y ladrillo viejo, sin apenas ventanas, les esperaban el abogado y don Servando. Él era el único que podía entrar en la casa, dijo mostrando la llave.

Entre risas nerviosas la joven introdujo la llave de hierro, más larga que su mano en el careado agujero. Al abrir la puerta, una nube de polvo y telarañas los recibieron. Sorprendidos, advirtieron que los escasos muebles que había, viejos, grandes, pintados casi todos de negro, no se correspondía con la riqueza de aquella mujer.

––Imagino que están pensando que han robado en esta casa –el párroco le colocó a la joven la mano encima del hombro.

––Si parece que un ladrón haya espulgado cada rincón, llevándose cualquier cosa que pudiera tener un poco de valor ––respondió Lucrecia.

––Pues no. Ella era así. Antes de irse a la residencia llenó cajones, baúles y maletas que están depositados en un guardamuebles. Aquí está la relación de bultos y los recibos.

––De eso en el despacho no se tiene conocimiento ––exclamó sorprendido el abogado.

El cura abrió una cartera y sacó un abultado sobre, que, rápido, Carlos recogió antes de que lo hiciera el albacea, y que frunciendo las cejas, entregó a su mujer. Siguieron recorriendo la casa hasta llegar a una puerta cerrada con llave. Era su habitación, musitó don Servando al tiempo que se persignaba. De ella nadie tiene llave, susurró. Carlos se volvió hacia él. Luego se giró, y de una patada, la abrió. Cuando después de descorrer las cortinas la luz entró en el cuarto, aparecieron ante ellos limpias tapicerías de floreadas cretonas y papeles infantilmente pintados. Entre los muebles lacados en blanco y dorado, una lujosa casa de muñecas se mostraba orgullosa encima de la estantería llena de cuentos. Lucrecia se acercó, y sonriente, se asomó a una de las ventanas. Pequeños muñecos de pálida y hierática porcelana, la miraron con fijeza. Se giró y siguió a Carlos que entraba en un gabinete en donde un lavabo de craquelada porcelana, mostraba en sus laterales unas toallas. La otra pared estaba cubierta por el armario. Todas sus puertas eran espejos al que los años habían marcado el azogue como si moscas y arañas se hubieran entretenido paseando por su lago. Lucrecia sintió que algo la empujaba hacia aquellos profundos espejos. En el sobre está la llave, escuchó la voz del párroco. Inquieta, lo apretó. A través de los papeles sentía la dureza del pequeño hierro. Con las manos sudorosas, giró la pequeña y dorada llave y abrió la puerta. Un fuerte perfume a jazmín invadió la estancia. Vestidos de seda y terciopelo de pálidos colores lo llenaban. La joven que los hubiera usado debió de haber asistido a muchas fiestas, murmuró a su esposo mientras acariciante, pasaba los dedos sobre aquellas telas. En el fondo del armario, perfectamente colocadas, cajas de sombreros y zapatos. Sobre una de ellas se encontraban unas sandalias doradas. A su lado, atadas con un cordel, había un lote de cartas, viejas, amarillas. Aquello era lo que su tía quería que viera, pensó.

Con el paquete en la mano se dirigió hacia una mesita redonda en donde sin duda había jugado algún niño. Sin limpiar la silla, se sentó. Colocó el paquete de cartas encima de la mesa, y desató la cinta, en otro tiempo roja. Una a una las fue separando. Algunas se deshicieron convirtiéndose en polvo que se mezclaba con el que iluminaba el sol. Otras, parecían estar regadas por lágrimas que casi habían borrado la tinta. Todas eran las cartas de un amante. La última, permanecía en un sobre sin abrir con la dirección escrita en tinta roja. Al cogerla, sintió como si una descarga eléctrica le recorriera la espalda. Con ella en las manos, pidió que todos salieran de la habitación. Cuando escuchó el sonido del resbalón, cerró los ojos. Cada vez era mayor el peso de aquella carta que no se atrevía a abrir. Unas turbias carcajadas invadieron sus oídos. Abrió los párpados y las risas se detuvieron. Había algo diferente en la habitación. Ya no entraba el sol y le pareció que ráfagas de noche recorrían las paredes. De pronto, las risas, más fuertes que antes, como un tornado, la empujaron hasta la cama. En un lado todavía se encontraba la liviana huella de un cuerpo, y en el otro un sonriente y bellísimo joven la animaba a tumbarse. Lucrecia sintió que casi no podía sostener el sobre que todavía llevaba entre las manos. Bajó la mirada hacia él. La tinta roja, como si fueran las gotas de sangre de una herida, resbalaba de los rasgos que en ese instante tenían escrito su nombre.

Pálida, desencajada, luchando contra la fuerza que la empujaba hacia la cama, la muchacha abrió la puerta. Aire, aire limpio. Necesito aire limpio y sol. Lucrecia como si fuera una marioneta a la que dejaran de tirar de los hilos, cayó al suelo. Carlos sacó de la casona el exangüe cuerpo de su esposa, mientras las risas y aullidos los perseguían. Empujado por don Servando, Carlos entró en la casa parroquial, en donde entre rezos y bendiciones, la acostaron en una cama de tiesas y frescas sábanas. Al pie de la cama, Carlos y don Servando la vigilaban. De pronto, como si solo hablara para sí, el párroco comenzó a hablar de las artes nigrománticas que doña Antonia había adquirido de un joven que llegó de la capital y que se había quedado a vivir con ella. “El diablo, hijo mío. Era el mismo diablo.” Aquella noche los dos se quedaron a dormir en la casa del párroco.

La luz de las llamas se mezclaba con la blanquecina del amanecer cuando los despertaron. Al llegar delante de la casona, se encontraron a los vecinos contemplado silenciosos el incendio. Nadie intentara sofocar las llamas. Apoyada en la pared de la iglesia, Lucrecia miraba cómo las llamas hacían explotar los cristales, mientras una larga y estrecha sombra se retorcía entre las nubes de humo.

Años más tarde Carlos le confesó que mientras ella descansaba en la rectoría, don Servando le había convencido para que le prendiera fuego al caserón. Solo así conseguirás que el maligno no se lleve a tu mujer, le dijo entre brumas de alcohol.

© Malena Teigeiro

© Malena Teigeiro

La obra escondida

Liliana Delucchi

—Este era el escritorio de su bisabuelo.

Sabrina se sienta ante la mesa de nogal y contempla en la pared de enfrente el retrato del fundador de la editorial. Cuatro generaciones de la misma familia al frente de una empresa que, al decir de su padre, se dedicaba a manchar papel. Aunque en realidad eso lo decía con la boca pequeña, bien orgulloso que estaba de una saga que había repartido cultura. Y recogido beneficios, apostillaba su hija con sorna. Y él le respondía que sí, que si no de qué otra forma se hubieran mantenido durante tanto tiempo.

Ahora es mi turno, piensa la joven mientras recorre con la mirada esa oficina que será su centro de operaciones. ¿Tengo miedo? Más bien vértigo, pero eso queda entre tú y yo, seguro que en algún momento te temblaron las piernas, por muy Don Eduardo que fueras. Le parece que la pintura que está en la pared de enfrente le sonríe y ella responde de la misma manera.

Se pone de pie y recorre las estanterías repleta de primeras ediciones. Acaricia los lomos de esos volúmenes a los que no podía acceder de pequeña cuando visitaba la estancia que entonces le parecía un santuario y que ahora puede recorrer con pocos pasos. El ventanal deja entrar el aire que viene de la plaza y se confunde con el olor del suelo y los muebles encerados. Vuelve al escritorio y enciende el ordenador en tanto huele el café recién hecho que le acaban de traer. Abre los cajones de la derecha: Dos pequeños superiores y uno más grande y profundo abajo. El último está duro… Tira de él y casi se cae. Es entonces cuando ve un cajetín al fondo, con llave. Está oxidada y no gira. Un destornillador, necesito un destornillador. Y sus ojos se iluminan como los de una niña a punto de descubrir un tesoro. A falta herramientas, con un abrecartas hace saltar la tapa de ese arcón de piratas. Contratos, escrituras y algún que otro manuscrito, todos ellos con ese color que da al papel el paso del tiempo y debajo…. ¡un manojo de cartas atado con un cordel!

“Querido Eduardo: he de agradecerle sinceramente los consejos que me dio durante nuestro paseo por el parque…”

¡Santo Cielo! La letra es ciertamente femenina, el tono también. ¡El bisabuelo tenía una amante! Cuando llaman a la puerta, Sabrina guarda el paquete de misivas dentro de su bolso. Este no es el lugar para leerlas. Más tarde, en casa. Se le acelera el corazón de solo pensar que esa noche, en su sillón y junto a una copa de vino, desentrañará un misterio familiar.

El salón está frío, Esperanza ha dejado la ventana abierta, no tiene conciencia de que ha llegado el otoño. Encenderé la chimenea un rato. Mientras pone unos troncos sus ojos miran el bolso que ha dejado sobre la alfombra… Allí están esas letras ordenadas y meticulosas que le contarán una historia. Pone el teléfono en silencio y apaga la televisión. Tú y yo solas, querida señora, quienquiera que seas. Cuéntame lo que ocurrió.

Se salta el texto de la primera carta en busca de la firma. Necesito ponerte nombre. Y la encuentra: Simona B. Ahora que nos hemos presentado, empezaré por el principio. Pero no hay principio. Lo que parece la primera esquela de esa línea de correspondencia por el orden cronológico no tiene sentido. Entre comentarios sobre el tiempo y la salud de sus hijos encuentra textos muy bien escritos que relatan un viaje que comienza en un vapor que parte de Southampton. Pero, ¿quiénes son estas personas a las que alude? Y ¿qué tienen que ver con Simona? La primera carta termina con un “salude de mi parte a su familia”.

La segunda se inicia con un viaje de la remitente a Extremadura, a visitar la finca y disfrutar de unos días en el campo. Dos párrafos más abajo continúa la historia del viaje, donde hay una disputa entre los marineros del barco y el asesinato del capitán. Los personajes se suceden a lo largo del texto entre cenas en primera clase y bailes en tercera. Al igual que la anterior, las últimas líneas corresponden a la despedida de una carta tradicional.

La alfombra del salón se cubre de cuartillas. Sentada entre esos papeles, Sabrina intenta poner orden no solo entre los escritos, sino en su mente. Todas las cartas empiezan y terminan de la misma manera, con frases amables de cortesía, pero a partir del segundo párrafo y antes del último se desarrolla la historia que empezó con la partida de un barco del puerto británico. Sabrina se pone de pie, se sirve una copa de vino y observa el movimiento de las llamas en la chimenea. Algo se le escapa, pero no sabe qué. Coge su bolso para buscar una pluma y se da cuenta que dentro queda un papel que no ha visto. Otra carta dirigida a su bisabuelo.

“Estimado D. Eduardo:

He recibido el volumen que me ha enviado y que le agradezco, no solo que lo haya editado sino su discreción al ocultar mi identidad. Me gustaría pensar que mis nietas y sus hijas no tengan que recurrir a estos subterfugios si deciden ser escritoras. Asimismo, me ha conmovido que haya mantenido mis iniciales en el nombre del autor. Algo es algo.

Atentamente, Simona B.”

Cuando a la mañana siguiente Sabrina baja al archivo de la editorial, encuentra una novela titulada Viaje al paraíso, de Samuel Bermúdez. Editada en 1862, la historia comienza con un buque que zarpa del puerto de Southampton.

© Liliana Delucchi

Cartas de ayer

Marieta Alonso

La fuerte brisa que habría recorrido miles de kilómetros hizo que la falda de Grizel se acampanara y luego se alzara enseñando más de lo debido. Miró a los lados, volvió la cabeza hacia atrás, y respiró tranquila. Aunque no habría podido hacer nada, tenía los brazos ocupados en sostener una ristra de cartas encontradas en el desván de la casa de los abuelos, en el fondo de un viejo baúl cubierto de polvo, le alegró que su diminuto tanga malva no fuera del dominio público.

Al llegar a su apartamento, desparramó las cartas sobre la mesa de la cocina, y se preparó un café con leche bien caliente. Poniéndose cómoda en su sillón favorito, se dispuso a transgredir una de las tantas leyes maternas: No leer cartas ni diarios ajenos.

Tomó una al azar. Miró las otras. Le llamó la atención que en todas hubieran estampado un sello con letras rojas: Devolver al remitente. Destinario desconocido.

¡Pero qué chambona eres, hija mía!, hubiese dicho su madre si viviera. Y fue colocando los sobres por fechas como si se lo hubiese ordenado. Luego con un estilete los abrió, cada uno contenía una sola hoja.

La primera, firmada por Gloria, una hermana de su abuela, iba dirigida a Rodrigo; la segunda, también, lo mismo la tercera. Así hasta llegar a una treintena. Todas con la misma letra y el mismo encabezamiento: Una apasionada declaración de amor.

Lo conoció con dieciocho años en las fiestas patronales y después del primer baile ya no hubo más hombre que él. Los festejos duraron tres días, tres maravillosos días.

Grizel se quedó patidifusa. No te aturdas sigue leyendo, se animó:

«No sé lo que ha podido suceder. Tus cartas me son devueltas. Me duele que no haya llegado a ti la maravillosa noticia que debo darte, que no es otra que llegando a la sazón del embarazo solo me quedará alumbrar a esa deliciosa criatura, fruto de nuestro amor.»

La releyó en voz alta y sin querer, al hacerlo se le trababa la lengua, porque ahora tenía plena conciencia de la razón de aquella triste historia que su madre le contaba: Siendo niña, la obligaron a posar un beso en la frente de su tía Gloria que le supo a hielo… Y fue cuando comprendió que estaba muerta, que ya no volverían a pasear por el parque tomada de su mano, ni irían a recoger moras para hacer mermelada, ni jugarían con las mariquitas que encontraban en el jardín.

Se quedó pensativa. Su madre nunca más se acercó a un ataúd. No era de extrañar. Y mirando hacia el cielo preguntó:

¿Hubo alguna otra razón, mamá?

Y Grizel volvió a colocar cada carta en su sobre.

© Marieta Alonso

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La mercería

15 diciembre, 2019 por Akelarre 6 comentarios

Relatos sobre una mercería

La mercería

Como tejedoras de relatos, este mes quisimos adentrarnos en esos locales llenos de historias para hilvanar nuestras palabras con hilos de colores. Desde un ayudante de boticario que mira la mercería de la calle de enfrente, a una aguja que tiene el honor de haber cosido el vestido de novia más bonito del mundo, pasando por una joven solitaria que encuentra el amor entre cajones que huelen a madera antigua o un trabajo de costura que se eterniza cotilleando al vecino de enfrente.

Son cuentos que podrían haber tenido lugar en esas alegres y vetustas mercerías a las que hemos recurrido nosotras, nuestras madres y abuelas.

La foto de portada es la fachada de la Mercería Comercial Amparo, un local de bordados y pasamanería abierto en 1916. Situada en la calle Pontejos, de Madrid, es una de las tiendas más bellas del centro. La fachada fue decorada por la Espejería Pereantón, y el mueblista Carrillo se ocupó del interior, presidido por una escalera monumental, y con unas bellas yeserías alhambristas en el piso superior.

Tras una etapa de creciente deterioro de su valioso mobiliario, el local ha cerrado sus puertas a comienzos de 2018.

Inocencia

Cristina Vázquez

Lazos, calcetines y etiquetas

Malena Teigeiro

Lilas

Liliana Delucchi

Una fiel aguja

Marieta Alonso

Inocencia

Cristina Vázquez

La ciudad le pareció a Hermenegildo San Juan una pequeña Vetusta con pretensiones. Al apearse del coche de línea le esperaba un primo segundo de su madre que le había conseguido el trabajo de ayudante de boticario.

—Hijo, siento que te marches, pero es un buen arreglo —le había despedido la madre viuda con sincera pena e inconfesada liberación.

El hijo había tenido muchos tropiezos se justificaba la mujer ante parientes y amigas. Huérfano desde pequeño, con mucha imaginación e inquietudes, y ella, declaraba solemne, no había podido sujetarlo mejor. Pobre muchacho, contestaba con falsa piedad la buena gente que la escuchaba, cada vez menos, pues la señora había dejado de tener importancia y fortuna, a causa de las inquietudes e imaginación de su vástago. Gracias a este primo y a un par de años que estudió química, había conseguido el trabajo de ayudante en la pequeña ciudad.

El chico era de buen parecer. Alto, bien vestido con prendas de calidad un poco raídas, pero con la desenvoltura del que ha viajado y conocido un buen vivir. La desolación que le entró a Hermenegildo al verse en la botica, eso sí la más principal y mejor situada, fue inconmensurable. El farmacéutico era un hombre gordinflón y soso, con unas lentes que permanentemente perdía, sordo y sin destreza en las fórmulas que preparaba. Quería un sustituto para largarse lo más temprano posible al casino.

El único panorama que tenía enfrente era la Mercería Amparo a la que entraban mujeres que le entretenían la vista. Muchas de ellas, luego iban a la farmacia para conocer y disfrutar del novedoso ayudante, lo que hizo que aumentara la clientela.

Una tarde pasó él a la mercería, pues veía abrir y cerrar los postigos a una hermosa mujer. Joven, bien entrada en carnes, un pelo rizado que sujetaba con gracia en un rebelde moño y un andar oscilante que le volvía loco. Al verla más de cerca comprobó que tenía unos ojos verdes rasgados y la boca carnosa que sonreía con facilidad, mostrando unos dientes blancos un poco mellado en una de las paletas que le daba una gracia especial. Pasó algunas veces más y se percató de que, además de la hermosura, aparecía por la trastienda una joven magra, con gafitas de maestra aplicada, sonrisilla tímida, pelo ralo y un delantal lleno de bolsillos. A Hermenegildo le pareció la representación humana, no muy favorecida, del cuento de La Ratita Presumida, o en este caso de la rata, pues hasta su voz aguda y desagradable encajaba con el personaje. Era como una sombra intermitente que aparecía y desaparecía. Cuando le preguntó a la belleza quién era, le dijo despectiva que era una ayudanta, una meritoria que se empeñaba la dueña, doña Amparo, en tener.

Al poco tiempo se hicieron confidencias cuando había algún momento de esparcimiento, incluso en el fondo del café El Ambigú que no estaba lejos de ahí. Instalados en los pretenciosos asientos de terciopelo desgastado, se veían en el espejo veneciano que presidía el saloncito, y sus imágenes reflejadas les confirmaban lo inapropiado que era para ellos ese ambiente provinciano. Ella también había vivido en grandes ciudades. Era la ahijada y futura heredera de doña Amparo, una vieja resabiada y desagradable que, aunque padeciera todo tipo de enfermedades, seguía recia y latosa. Amparín, que así se llamaba la belleza, se quejaba de por qué había que esperar tanto.

—La vida no ha sido justa conmigo, Herme, ni contigo —le susurraba con unas perfectas lágrimas que no terminaban de derramarse, pero daban un brillo irresistible a sus almendrados ojos.

Ella no merecía eso, después de la vida estupenda que había tenido y por mala, muy mala suerte, se encontraba ahí. Y un suspiro sentido le hacía subir su perfecto pecho, obligándola a desabrocharse con pudor los primeros botones de la ajamonada blusa.

—La vida nos ha puesto aquí por algo Amparín.

Le sostenía con decisión las manos. Él tampoco tenía que estar en esa botica con ese viejales, que por más contento que estuviera con su ayuda y por más juramentos de que la iba a heredar, no aguantaba el olor a potingues ni la vulgaridad del boticario.

—Menuda mierda de vida estamos llevando. Nosotros que conocemos el mundo… —remataba lleno de amargura con el asentimiento cálido y cada vez más cercano de ella.

Una mañana a primera hora cruzó Amparín a la farmacia en la que no había nadie. Le llevó a la rebotica y después de un apasionado beso, le confesó que estaba muy preocupada por su madrina. Cada vez respiraba peor, pasaba unas noches de sufrimiento que le partía el corazón, y le puso la mano a Hermenegildo en el lugar dónde palpitaba desbocado.

—No es justo prolongar su sufrimiento, ¿no crees? —lanzó una triste mirada a su alrededor.

 No habría algo que la aliviara esa agonía, algo que… Bueno él sabía más de esas cosas. Doña Amparo, la madrina, falleció de madrugada. Cerraron tres días la mercería por luto en los que Hermenegildo no la vio, pues daría que hablar que en esos días aparecieran juntos.

Pero la mercería tardó una semana en abrir y Hermenegildo no conseguía ver a Amparín. Lleno de culpa e inquietud, con las manos bien lavadas para que no apareciera ningún rastro, empezó a angustiarse. No le servía de consuelo las promesas de que se irían juntos al liquidar la mercería, ni recordar los lugares que iban a visitar: París, el lago di Como, Portofino, la Riviera y tantos otros.

Al octavo día vio el cierre de la tienda subido antes de llegar a la botica y cruzó veloz para verla, pero a quien se encontró fue a la ayudanta con sus rizos descoloridos y el aire ratonil.

—Buenos días Hermenegildo. Te esperaba —le dijo con su vocecita aguda y desagradable, aunque llena de decisión. La sorpresa de él iba pareja a su desencanto.

— ¿Y Amparín?

—Amparín soy yo —contestó resuelta—. La ahijada de doña Amparo. La mercería es mía. Voy a hacerme cargo de la tienda y a casarme.

El hombre se sentó en una silla que ella le acercó con presteza.

—No entiendo nada, pero la ahijada, la heredera —tartamudeó confuso—, no es la otra que también se llama Amparín.

La resuelta mujercilla se puso ante él y con suavidad le explicó que la otra, bueno, era una pelandusca a la que había pagado un buen dinero por ejecutar, así dijo, ejecutar la faena.

—Me he enamorado de ti desde el primer día —le confesó balanceándose con timidez—, y tenía que trazar un plan para poder conseguirte.

Y ahora, metió las manos en uno de los grandes bolsillos de su delantal. Él era un poquito su prisionero, porque ella había guardado una chispita, e hizo un gesto como si contuviera una pequeña cantidad entre el dedo índice y pulgar, del arsénico que le había facilitado a la otra.

Esperó un momento a que Hermenegildo se repusiera de la impresión y recuperara un poco el color.

—Pero no te preocupes. Fijamos una fecha para la boda —le puso, mimosa, las manos sobre los hombros —. Después, a lo mejor, también podemos quedarnos con la farmacia y tendríamos los mejores locales de la ciudad.

Le revolvió el pelo, se puso tras el mostrador y se estiró su primoroso delantal lleno de bolsillos. Mientras afilaba unas tijeras grandes para cortar telas, le miró arrobada.

—Piénsalo. Hay poco tiempo.

© Cristina Vázquez

Lazos, calcetines y etiquetas

Malena Teigeiro

Con sus pequeños y apurados pasitos, Rosa llega a la cafetería donde tiene costumbre de merendar con sus amigas. El regocijo de tener algo que contar, le alegran sus desvaídos ojos, antaño de un azul intenso. Carmen, Mercedes y Rita, aburridas, le muestran su asiento. Mi vecino ha regresado, dice dejándose caer en la silla. Carmen, Mercedes y Rita elevan las cejas. Se ve que él tenía que trabajar y ha dejado a su mujer y a sus cuatro hijos, verdaderos demonios, en la playa. ¡Pobres abuelos! Un café con leche y una tostada, pide al camarero desabrochándose los botones de la chaqueta de su traje. Sí. Sí, chicas. A mí me parece lo mismo. Según me cuchicheó el portero pasan las vacaciones en la casa familiar de los padres de ella. Aunque eso no lo sé a ciencia cierta y como el portero es tan cotilla, pues a lo mejor no es verdad. Dándole las gracias al camarero, recoge la tostada y le da un mordisquito. Nada me gusta más que el olor a mantequilla, rumia sin dejar de masticar. Pues veréis, y para haceros en cuento corto, como ya comienzan los peques el colegio, fui a la mercería de Pontejos a comprar cintas para los lazos del pelo de mis nietas, etiquetas para marcar la ropa, y calcetines. Eso fue el sábado. Pues el domingo, nada más levantarme, me senté en el balcón con mis cintas y mi costurero. ¡Ay!, cada día hacen peor el café. ¿No os parece? Yo creo que tendríamos que decir algo. Lo cierto es que tenías razón Rita, desde que todo lo hacen las máquinas, ya nada es lo mismo. Bueno, pues sigo, estaba formando las lazadas, cuando vi al vecino. Vive en la casa de al lado, en un primer piso con una terraza, bastante grande, la verdad. Debe pensar que en vez de una terraza tiene un jardín en el Caribe. Si no, no se entiende. Veréis. Además de un tresillo y un comedor, ha colocado en un macetón una palmera alta, grande. Es bonita. No hay por qué decir otra cosa. Luego en otras más pequeñas, a juego con la grande, ha plantado otras palmeras pequeñitas, que cuando le crezcan a ver dónde las coloca. ¿No os parece? Carmen, Mercedes y Rita, suspiran, cómo no van a entenderla. Pues animada por los gestos, Rosa continúa. También tiene tiestos con caléndulas, petunias, begonias, y hiedras. Salvo la palmera, las flores, como podían ver, eran normalitas. También ha colocado dos sombrillas, una chimenea abierta para poder charlar calentitos por las noches, y una fuente de varios caños, de esas que reciclan el agua y están siempre funcionando. ¡Ah!, y varios sofás. Lo cierto es que varias veces he estado tentada a denunciarlo al Ayuntamiento, porque como duermo bastante mal, el ruidito de los chorros me pone nerviosa. En fin, que solo le faltan los guacamayos.

Yo no quería entretenerme mirándolo, porque tenía que estar todo terminado para que las niñas fueran al colegio el lunes. Pero no me pude contener, y volví a mirar hacia la terraza del vecino.

De pronto lo vi aparecer. Iba en pijama, era de rayas rojas azules y blancas. ¡Vamos!, de los de toda la vida. Veréis: Llevaba el pelo revuelto, quizá un poco largo, y una taza de café en la mano, de esas que se usan ahora que nunca recuerdo como se llaman. Un mug, oye a Rita. Pues eso, un mug. Como decía, salió a su terraza y se la encontró como la encontraríamos cualquiera después de veinte días de estar cerrada. Todos los pájaros de los árboles de alrededor habían ido a beber a su fuente, y las hojas de la última tormenta del verano habían decidido que aquel era el más hermoso lugar para enterrarse. Él miró al suelo y algo dijo que no entendí. Pero por las maneras parecía que no estar muy contento. Entró en la casa y volvió a salir ya sin pijama y sin café en la mano. No mujer, no iba desnudo. Eso no. Las carcajadas de las amigas hicieron que algunos clientes volvieran la cabeza hacia su mesa. Ahora se había puesto un pantalón corto y una camiseta de algodón azul. Parecía un limpia piscinas de película americana. Porque él es guapo. Muy, muy guapo. Y ese moreno dorado tan bonito que se le pone a uno en la playa, le sienta genial. Aunque la camiseta que llevaba no era como las de los americanos, la de él tenía un poquito de manga. A mí estas me parecen bastante más elegantes. Me di cuenta de que si seguía mirando no iba a terminar los lazos a tiempo. Dejé el que tenía terminado en una cajita y corté otro trozo de cinta de grogren azul marino. De pronto escuché un ruido que me obligó a volver a mirar. El hombre comenzó a arrastrar muebles, macetas y sombrillas, colocándolas todas juntas a un lado. Luego sacó la manguera y regó las blancas losas. Después, de forma incomprensible, porque cualquiera de nosotras lo hubiera hecho al revés, comenzó a barrer, con lo que el polvo y la tierra mojados empezaron a dibujar hermosas líneas marrones. ¡Fue tal cual lo cuento! En fin, que cuando recogió todas las hojas y papeles que habían volado a su terraza, lo vi que miraba el suelo rascándose la cabeza. Al levantar el brazo se le marcaron todos los músculos. Sin darme cuenta me pinché. Dejé el lazo y mientras me chupaba el dedo, como no podía hacer otra cosa, volví a mirar. He de decir que el hombre tiene una buena figura. Y las piernas muy largas. Guiñó un ojo con picardía. Sí, muy largas. Él echó una mirada alrededor y volvió a entrar en casa.

Poco después apareció llevando un cubo y una fregona. Esta vez se había calzado unas sandalias de esas que llevan los alemanes. ¡Qué horror!, exclamó Carmen. Pues te digo que en sus pies no quedaban tan mal. Y comenzó a pasar la fregona. Con aire, no diré que no. Debe de haberlo hecho muchas veces. Nosotras nunca se lo hubiéramos consentido a nuestros maridos, pero se veía que a él sí, porque de vez en cuando cambiaba el agua del cubo. Pues como os decía, el hombre pasó con esmero la fregona. Y cuando entendió que había llegado al final, se quitó las sandalias, y con el cubo en la mano se iba de puntillas hasta la puerta de lo que debe ser la cocina. Por ahí veo yo muchas veces a una señorita con un uniforme blanco. ¡Ya nada es como antes! Antiguamente las cocineras llevaban otro tipo de batas, pero ahora con eso de los pantalones, nada es lo mismo. Pues como iba diciendo, se puso de puntillas y comenzó a atravesar la terraza, hasta que, como no podía ser de otra manera, resbaló y se cayó. El agua sucia se desparramó de nuevo por las blancas baldosas. El hombre, agarrándose la cadera se levantó. Echó una mirada al suelo y llevándose las manos a la cabeza, a esa cabeza que parece tallada por Miguel Ángel, gritó: JODER. Cualquiera de nosotras nunca hubiera dicho eso. Otra cosa como ¡Vaya por Dios! ¡Qué rabia! ¡Parezco tonta!, sí. Pero joder… Nunca. Y entonces, hizo algo que tampoco hubiera hecho ninguna mujer que se precie. Recogió la fregona, el cubo, se puso las sandalias, colocó todo lo que había arrumbado en su sitio y entró en la casa.

No había pasado ni media hora cuando volvió a salir. Se tumbó bajo la sombrilla e imagino, porque ya no le veía más que los pies. Se debió poner a leer o quedarse dormido. Eso no lo sé. Puede que hablara por teléfono. El caso es que el agua sucia se secó sobre las hermosas baldosas de su caribeña terraza.

Me molestó tanto esa dejadez, que cerré la ventana y seguí haciendo lazos. La verdad es que cuando me fui a almorzar, no me había cundido nada la mañana. Esto de hacer lazos es algo de lo más lento y delicado. Y todavía me quedaba por coser todas las etiquetas. No sé. Estoy últimamente demasiado lenta. Se ve que me he hecho mayor, porque antes, todo esto lo hacía yo en un periquete.

© Malena Teigeiro

Lilas

Liliana Delucchi

Se detenía en ese escaparate todos los días cuando regresaba de comprar el pan. Le fascinaban los colores, sobre todo los de los hilos, imaginando lo que haría con ellos. Sin embargo, los comentarios que había escuchado sobre la anciana, sentada en una silla de enea detrás de un mostrador, la mantenían delante de la puerta acristalada sin atreverse a entrar. Cotilleos de barrio, pero uno nunca sabe…

Cuando llegaba a su casa, antes de meter la llave en la puerta, pensaba que debería haber entrado. Si la señora era bruja quizás podría beneficiarla, pronosticarle un futuro con tonos primaverales, como los de los cordones de la vidriera. Entonces volvía a recorrer el camino hasta la tienda... Y vuelta a casa.

Era martes por la tarde cuando, de regreso de la consulta del médico para el chequeo anual, algo la impulsó a entrar. El olor a madera encerada mezclado con un perfume desconocido y la penumbra del local matizado con las luces del techo, le hicieron sentir que estaba en un lugar mágico. Entonces la vio. No era tan mayor como la pintaban los vecinos, quizás algo delgada, pero su pelo encanecido estaba bien peinado. Seguro que hoy fue a la peluquería. La señora levantó la vista de su bordado y le regaló una sonrisa de bienvenida que invitaba a acercarse.

—¿Puedo ayudarla? —su voz sonó cálida, tal vez un poco ronca y a la joven le recordó a una cantante mexicana que había muerto tiempo atrás.

—Hilos de colores —fue su respuesta.

La anciana, dejando su labor sobre el mostrador, abrió un cajón donde se desplegaban todos los matices del universo y extendió su mano sobre ellos en un gesto de invitación.

—Nunca he hecho un bordado —murmuró Clotilde y sin saber por qué sintió calor en sus mejillas.

La mujer le respondió que posiblemente era su momento de empezar y le extendió unas páginas con dibujos de ramos de flores, añadiendo que debería iniciarse por lo más fácil, quizás el punto de cruz.

Con una bolsa llena de hilos, cañamazo y un bastidor, Clotilde anduvo la calle que la separaba de su casa como si volara. Ya en el salón, se sentó en su sillón orejero, junto a la lámpara e intentó recordar las instrucciones de la ochentona Antonieta. No es difícil, la escuchó decir en medio del tintineo de las campanas de la puerta cuando dejaba el local. Eso será para ella, porque lo que es para mí…

Encendió la luz y miró el retrato que había sobre la mesa camilla. Su querida hermana le sonreía desde un paraje lejano y por un instante sintió no haberla acompañado. Nunca tuve su osadía. Donde ella veía grandes oportunidades y una vida nueva, yo solo imaginaba rostros desconocidos que hablaban en lenguas que nunca llegaría a aprender. Se la imaginó vagando por sitios ignotos junto a ese hombre al que la familia no aceptaba y al que la pequeña María siguió sin dudar. ¿Encontraré alguien igual? ¿Un mozo que me envíe flores por mi cumpleaños?

Son las cinco de la tarde, buena hora para la infusión con un trozo de tarta. Se levanta del sillón y con la parsimonia de quien quiere retrasar una tarea se dirige a la cocina a prepararse un té. Cualquier cosa con tal de demorar la faena de enhebrar la aguja.

Con ansiedad y un poco de vergüenza, el jueves volvió a la mercería.

—¿Ya? —la interrogó la mujer— Sí que te has dado prisa.

Clotilde buscó en su bolso y le mostró lo que había hecho hasta entonces: La base de un jarrón que esperaba ser completado con flores.

Antonieta le preguntó cuáles eran sus preferidas.

—Las lilas —contestó la joven—. Siempre he esperado que algún caballero me regalara un ramo, pero como eso no ha sucedido, me las regalo yo.

—Deberías saber que tejer o bordar no es solo un pasatiempo, es un arte. Más que eso, creo que si cada vez que enhebras una aguja puedes ver más allá del hilo quizás tu diseño adquiera la magia que pones en él.

Absorta como estaba con las palabras de la anciana, casi tropieza con un señor al salir de la mercería. El hombre se disculpa y Clotilde le dice que no, que ha sido ella y levanta la vista hacia unos ojos oscuros que le sonríen. Ella devuelve la sonrisa y vuela, más que camina, hacia su casa.

Le dieron las once de la noche entre puntadas. El estómago le recordó que no había cenado y tras prepararse algo rápido encendió la televisión.

A la semana siguiente, con el pan y unos bollos en la bolsa, volvió a la tienda a mostrar a la anciana sus progresos… Y allí estaba él, comprando botones.

—Lleva una semana viniendo por aquí —le susurró Antonieta señalando hacia donde estaba el caballero—. Hoy son botones, ayer una cremallera, el día anterior unos hilos. Creo que está intentando un encuentro.

Clotilde siente una presencia a su espalda y una voz grave que dice “¡Qué bonito!” Cuando ella le extiende su bordado, le oye mannifestar que también las lilas son sus flores preferidas.

© Liliana Delucchi

Una fiel aguja

Marieta Alonso

Mis sueños se desplomaron aquella fría mañana en que, de repente, averigüé, que en vez de ser una guapa estudiante de astrofísica era un simple filamento de metal. En un extremo afilado y en el otro, un agujerito para insertar un hilo que servía para coser. Y también para mirar el mundo a través de los finos trabajos que una dulce joven iba haciendo muy despacio.

La curiosidad innata en mí por las vidas ajenas y la certeza de que no estaba en mis manos convertirme en lo que no era, me ayudó durante muchos años a escuchar a Lucrecia, hoy anciana, que en cada puntada recordaba sus vivencias.

—Mi madre me enseñó todo lo que sé —decía justo en aquel momento en que la aldaba de bronce sacudió la puerta de madera.

Se puso en pie enderezándose poco a poco. Ya derechita, fue a abrir a quien al parecer tenía mucha prisa. Se encontró frente a una mujer muy elegante, que entró preguntando por la dueña del establecimiento. Esa señora que tiene fama de hacer maravillas con sus manos y una aguja.

Que me mencionara hizo que sintiera simpatía hacia ella. No todo el mundo se acuerda de alguien tan insignificante como yo, y oí a los hilos condolerse: De nosotros no ha hecho mención y también somos importantes. Los mandé a callar.

Explicó que la mayor de sus hijas iba a contraer matrimonio y quería un ajuar digno de una princesa. Las referencias que tenía sobre la dueña de aquella mercería le habían hecho recorrer muchos kilómetros. Sacó del bolso fotografías, dibujos y una lista astronómica de todo lo que quería. No iba a reparar en gastos.

−¿En qué fecha se efectuará el enlace?

−Dentro de diez meses.

Lucrecia tocó un timbre que estaba debajo del mostrador y apareció su sobrina Emilia a la que puso al tanto de todo y comenzó la búsqueda de telas apropiadas, mientras ella volvía a su mecedora conmigo, con el bastidor, el dedal y sus memorias.

«Me enamoré muy joven y los dos soñábamos con grandes y divertidas aventuras, pero llegó la guerra y lo destrozó todo».

La verdad era que yo estaba más atenta a lo que hablaban Emilia y la señora elegante que a Lucrecia con las repetitivas historias de su triste vida.

Como el invierno había llegado antes de lo previsto todo estaba en silencio, pero a pesar de la quietud, los caprichos de aquella clienta estaban poniendo nerviosa a Emilia. No daba pie con bola con lo que realmente quería.

—Tiene que ser —le explicaba como si fuera tonta— el traje de novia jamás soñado.

Pero ninguno de los diseños era el adecuado. Así que pinché con delicadeza el dedo de Lucrecia para que pusiera atención. Iba asintiendo con la cabeza cuando, de nuevo, se puso en pie enderezándose poco a poco y fue hacia la trastienda, a su dormitorio. Allí abrió el armario y desde lo más profundo sacó una caja larga, rectangular. Pidió ayuda a su sobrina que, solícita, llegó de inmediato. Que viniera también la señora, rogó. Cuando entraron en la habitación pidió a Emilia:

—Abre la caja, por favor y extiéndelo sobre la cama.

Fue en ese instante cuando reconocí aquel maravilloso vestido de novia que habíamos hecho Lucrecia y yo tantos años atrás. Con la boca abierta se quedó la clienta. No era para menos.

—Maravilloso —bisbiseaba con un brillo en la mirada y una lágrima a punto de caer—, es justo lo que buscaba para mi hija.

Y en aquel preciso instante me sentí orgullosa de ser lo que era. Pequeña, recta, afilada y con ese agujerito llamado hondón por el que a veces ya no logra, mi querida amiga Lucrecia, enhebrar los hilos.

© Marieta Alonso

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El pájaro

15 noviembre, 2019 por Akelarre 14 comentarios

pájaro en la nieve

El pájaro

Este pájaro descansa en una valla de su alto vuelo por las cumbres andinas. ¿Un pájaro meditará? Quizás. Lo que sí ha hecho es hacer volar la imaginación de nuestras cuentistas hacia muy diferentes lugares. Acompáñanos en este viaje.

PHALCOBOENUS MEGALOPTERUS. Es el termino científico de este pájaro que tiene muy diferentes nombres populares: Carancho cordillerano, Tuque cordillerano, Matamico blanco, Caracará andino… Es un ave falconiforme que habita el altiplano andino de Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

Sus plumas de color blanco y negro eran utilizadas en indumentarias de jerarcas incas y en la corona del emperador.

Se relaciona con el dios-sol de la cultura inca ya que era su compañero alado con el nombre de Inti, mago conocedor del presente y futuro.

El largo vuelo

Cristina Vázquez

La urraca

Malena Teigeiro

En la terraza

Liliana Delucchi

El futuro incierto

Marieta Alonso

El largo vuelo

Cristina Vázquez

Después de catorce horas en autobús llegó a una polvorienta estación en la que no vio ninguna cara conocida. Ni la deseada, ni cualquier otra que le fuera familiar. Nadie le estaba esperando y hacía tres días que había avisado de su llegada.

En ese momento empezaron a sonar en el móvil pitidos con mensajes, pues no había cobertura entre los altos y nevados picos que habían atravesado. Uno de los mensajes le dejó paralizado

Mientras pedía un café y un bollo de aspecto mohoso para reponerse del cansancio pensó que si las casualidades existían esta era una de ellas. ¿Sería verdad? ¿Por qué habían esperado tanto para avisarle?

En vez de salir corriendo a coger un taxi que le llevara a la dirección de su destino, se apoltronó paralizado en el asiento corrido de eskay de esa cantina. Tras palpar su bolsillo se quedó traspuesto.

Diego, Dieguito, le decía una voz cálida llena de resonancias amables. ¿O eran turbias? En el sueño resultaban amables, tiernas, llenas de una sincera conmiseración. Un toque en el hombro le despertó. Se limpió la baba que le caía por la comisura de la boca abierta y se enderezó.

—Señor, se tiene que marchar —le soltó con acritud el camarero—. Vamos a cerrar.

Al salir de la estación le sorprendió la noche amplia, despejada bajo una luna de inmutable blancura y unas estrellas que parecían hacer guiños desde lo alto. Sí, guiños, se dijo, igual que el mensaje que recibió en el teléfono. “Urgente. Ven. La Casilda se muere” No dudó en hacer el petate y acudir en ese trasnochado y ruidoso autobús para darle el último adiós a La Casilda, su casi madre, su casi diabla. Pero ella fue la mujer que lo recogió de un basural en el que mendigaba y lo hizo chico de recados de las mujerzuelas a las que explotaba.

Él engordó, creció como pudo entre ese desorden, gritos y arrumacos de las pupilas. La mujer siempre le protegió y prohibió que al chico le tocara ni hiciera nadie daño. Y aunque le miraba con ojos aventados, a veces rojos de ira o de espanto, otras, una ternura líquida y azulada los impregnaba.

—Diego, Dieguito, tú serás mi poeta —le decía con una seguridad abrumadora—, por eso te voy a mandar al colegio y escribirás mi gloria.

El niño no sabía lo que era un colegio ni una gloria. Una buena mañana le subió La Casilda a un autobús, parecido a aquel del cual se había bajado y le dijo que ese autobús le llevaría al conocimiento y a una nueva vida.

—En vacaciones volverás —le iba consolando mientras lo acomodaba con su exiguo equipaje—. Tesoro mío, escríbeme en cuanto aprendas.

Ese primer viaje no lo olvidaría nunca. La blancura de la nieve, el cielo azul como de porcelana intensa y la angustia de lo desconocido impregnada en su mirada huidiza. Lo último que vio fue la mano de La Casilda moviéndose en el aire. Y fue en ese primer viaje en el que todo resultaba terrible, esperanzador y novedoso. Cuando paró el autobús para un descanso vio un pájaro negro parecido a una urraca posado en una valla del mirador más alto de Los Andes. El animal no se movió, es más, a Diego le pareció que se acercaba a él como esperando algo. Se dejó tocar y el suave contacto del plumón le llenó de confianza, aunque se le arrasaron los ojos. El pájaro echó a volar y ejecutó una especie de danza frente a él.

Buscó, bajo esa amplia noche, un taxi que le llevara a casa de La Casilda. En el bolsillo manoseaba el primer ejemplar de su libro de poesías que había ganado el premio al mejor poeta novel “El largo vuelo” que quería entregarle. Y pensó que ese librito con el que le habían premiado era la mejor manera de cantar la gloria de esa mujer.

© Cristina Vázquez

La urraca

Malena Teigeiro

Marta iba a un colegio de monjas al que solo acudían chicas. En la acera de enfrente había otro de frailes en el que estudiábamos los chicos. A este último íbamos su hermano y yo. Al tener la misma edad, coincidimos en la misma clase y nos hicimos amigos. Al igual que nosotros, poco a poco nuestras madres se fueron conociendo, y por eso, el primer día que Marta fue al colegio de enfrente, la vi. Era pequeñita, tal vez tenía solo tres años, algo gruesa y con unos ojos grandes en los que parecía que le hubieran vaciado un par de paladas de carbón. Recuerdo aquella mañana con toda claridad. Iba de la mano de su madre, con el negro cabello peinado muy tirante en dos coletas rematadas en sendos lazos azul marino. La raya, que le llegaba hasta la nuca, parecía que se la hubieran hecho con un tiralíneas. Al verme, me miró sonriente y me dejó ver sus pequeñísimos dientes. Aunque yo era cinco años mayor, creo que en ese instante decidí que me casaría con ella.

Apenas había cumplido quince, cuando comenzamos a salir solos. A partir de ese día empecé a descubrirla. Era curiosa. Quería conocer y probarlo todo. Le interesaba el funcionamiento de cualquier invento, y sin que ella lo supiera, Marta era una gran deportista. Sobre todo, era muy buena en los deportes de nieve. Volaba a mi lado por las pistas de Formigal con la elegancia de una paloma, y su risa se confundía con el rasgar de sus esquíes.

El día que la vimos habíamos estado esquiando toda la mañana. Cansados, subimos a la cafetería y el entrar en la terraza ella se encontraba apoyada en la barandilla de madera que se abría sobre el barranco. Marta se le acercó y silabeando dulces palabras, le acarició las plumas. Al verla, temblé. Recordé a mi abuela. Era gallega y su vida y espíritu estaban llenos de supersticiones. Si ves a una urraca sola, tendrás malas noticias: Anuncia la muerte. Sin que Marta se diera cuenta, me coloqué detrás de ella y comencé a agitar los brazos. La urraca volvió la cabeza y, altiva, pareció mirarme como si me estuviera maldiciendo por haber impedido su momento. De pronto, abrió las alas y elevó el vuelo.

–¡Qué preciosidad! ¿No crees?

Era tan triste la mirada de Marta que me sentí peor que si me hubiera llamado ruin por haberla privado de ese momento.

A partir de entonces su carácter cambió. Aquella manera de ser suya, alegre y confiada, poco a poco fue desapareciendo igual que lo había hecho su infancia. Nunca volvió a ser la misma niña que confiaba en mí como si fuera el ser más importante de su vida. Incluso a veces me parecía sentir que le molestaba mi presencia.

––Desde que se ha hecho mayor, Marta no es la misma –me confesó mi madre una noche.

Y añadió que debía pensar mejor si era el tipo de mujer que me convenía. Me quedé mirándola sin decir una palabra y me fui a la cama sin cenar. ¡Cómo se atrevía!

Durante las vacaciones de verano, me dijo que quería estudiar ingeniería y que lo iba hacer en Madrid. Añadió, con la cabeza muy alta y el rostro muy serio, como dándome a entender que no había vuelta atrás, que creía que teníamos que olvidar lo nuestro. Se detuvo y levantando la mano, agregó que comprendiera, que nuestros juegos de niños se habían terminado. Ahora ella iba a conocer otra vida y no quería tener ataduras.

Aunque desde esa tarde no volvimos a salir, cuando me enteré por su hermano que se iba, fui a la estación a despedirla. La última imagen que tengo de ella es apoyada en la ventanilla, sonriente y agitando la mano igual que aquel medio día la urraca agitó las alas.

A partir de entonces comencé a escribirle. Mis cartas eran largas, las de ella, cuando me contestaba, apenas unas notas. Pero pronto dejó de hacerlo. Luego, sin entenderlo, comenzaron a llegar mis cartas de vuelta.

Las primeras vacaciones que volvió a la ciudad, estaba diferente. Muy delgada, pálida y los carbones de sus ojos parecían arder. Sin siquiera haberlas terminado volvió a Madrid. A partir de entonces las noticias que me llegaban prefería no escucharlas. Nunca más apareció por el pueblo hasta que la trajeron. Según contaban, sus ansias por conocer y probar todo habían acabado con ella.

Esta noche ha caído una gran nevada y las montañas están blancas. He vuelto a esquiar y la urraca está otra vez en el mismo sitio. Sobre la barandilla de madera. Me mira con desprecio. Y al igual que hizo la otra vez, levantó el vuelo. La miré fundirse con el cielo. Después de unos instantes de no verla, dudé si abrir mis alas y a saltar. Quizás, como ella, llegaría hasta el cielo y podríamos reunirnos otra vez. Aunque temo que no quiera verme.

© Malena Teigeiro

En la terraza

Liliana Delucchi

Con la mantilla gris, porque ya llevaba medio luto, y yo con una blanca, dado que entonces tendría siete u ocho años, iba con mi nonna camino de misa aquel domingo de finales de verano. Salíamos desde casa con la cabeza cubierta, me imagino que era para que los vecinos supieran de nuestra devoción y el destino de nuestros pasos.

Al cruzar una bocacalle lo vimos: Un pájaro dando sus últimos aleteos. Era gris, pequeño, y lanzaba un sonido que hizo que se me levantara el vello de los brazos. Nunca hasta entonces había contemplado un ser agonizante y esa imagen quedó grabada en mi retina. La verdad es que no sé si fue aquella visión, pero cada vez que veía un gorrión o una golondrina volar en mi dirección me tapaba la cabeza con el brazo. Mi aversión se extendió a todos los seres volantes, como solía llamarlos, y a pesar de temblar de asco y de miedo viendo la película de Hitchcock para ver si lo superaba, nunca lo conseguí.

Cuando años más tarde hice terapia, mi psicoanalista estaba más interesada en mis desarreglos emocionales que en la fobia a las aves, así que no insistimos en el tema. Y ahora estoy sentada en esta terraza, contemplando un pájaro inmóvil sobre la veranda del hotel y tengo una sensación de quietud que me resulta desconocida. Me arrebujo en la manta que me cubre y me sueno la nariz. El aire está frío a esta altura y hasta me lloran los ojos. Pero no me muevo. La inmensidad de Los Andes me sobrecoge y creo que a él también, aunque esté acostumbrado y este sea su hábitat.

Gira la cabeza, me mira con esos ojos profundos que me inquietan y no soy capaz ni de mover los pies que siento helados. Debí hacer caso y ponerme los calcetines de lana gruesa que me ofrecieron comprar a la entrada del pueblo. Los de ciudad creemos que por haber viajado sabemos más que los lugareños… La prepotencia del ignorante.

El pajarraco sigue quieto. Yo también. De pronto, voltea su testa hacia la derecha en dirección a unas nubes que avanzan rápidas. Puede que en un rato el cielo se cubra y tengamos que dejar la terraza los dos. Pero cada uno en su dirección. ¡Por favor, que no se me acerque! Si lo hace le tiraré la manta encima y llamaré a algún camarero. Cojo mi libro, pero sigo mirándolo de reojo. No me puedo concentrar en la lectura. ¡Maldito pájaro!

De pronto en un aleteo rápido se baja de la veranda y, caminando con esas patas que heredaron de los dinosaurios, se dirige hacia mi sillón. Dejo el libro sobre la falda y comienzo a hacer ruido con las manos, pero el muy cretino debe creer que estoy aplaudiendo su actuación porque sigue avanzando hacia mí. Así como en la facultad nos gustaba imaginarnos a los profesores en el retrete para darles una pátina humana, intento visualizarlo rodeado de patatas en la fuente del horno. No surte efecto. Quiero gritar pero no puedo. Es como si un carozo del fruto más grande del mundo se hubiera hecho un sitio en mi garganta. El bicho sigue su andar y ya llega hasta el borde de la manta que me cubre las piernas. Me la quito y se la tiro encima. Hay movimientos debajo de esos cuadros escoceses. Le arrojo el libro, pero no le doy. Un pico negro seguido de una cabeza del mismo color se asoma por un extremo de la frazada. Los sigue el resto del cuerpo. Cierro los ojos con fuerza para que no me los picotee. Silencio. Quietud. Cuando vuelvo a abrirlos, solo un poquito, lo veo a pocos pasos de mi pie derecho. Con el izquierdo me quito el botín y estiro la pierna derecha hasta tocarlo con el dedo gordo. Acerca el pico a mi media y el carozo que tenía en la garganta parece que ha desaparecido, porque alcanzo a decirle: “Hola, querido.”

© Liliana Delucchi

El futuro incierto

Marieta Alonso

Aquí estoy. Sin saber hacia dónde tirar. Dejé el nido tras una seria conversación con mi madre que me dijo que había llegado el momento de levantar el vuelo. Con lo cómodo que estaba no me apetecía nada, pero las cosas son así, no todo es para siempre.

Cansado tras el largo viaje, comer, dormir…, era cuanto necesitaba. Me acerqué a una bandada de pájaros, allí tendría que haber comida y así fue. Sacié mi hambre, y siendo previsor llevé algo de pitanza a un lugar solitario al pie de una cerca.

Los días iban siendo más largos y recordé las palabras de mi madre cuando dijo que no me preocupara, que el instinto me diría lo que tendría que hacer en cada momento, pero en aquel instante lo que sentía era nostalgia de mi hogar.

Una leve llamada me despertó, al principio imperceptible, después se fue haciendo más fuerte. Miraba a un lado y a otro, pero estaba solo. Era como si naciera desde mi interior. Era la señal de mi primer ciclo de reproducción. No lo sabía y me turbaba esa ansiedad, ese nerviosismo como si estuviera en peligro.

La llegada de ella fue como si mi infancia terminara, como si la hubiera estado esperando toda la vida. Un minuto antes picoteaba la comida solo y dormitaba más solo todavía. Un segundo después, una preciosa hembra estaba allí, a poco menos de un metro de distancia, emitiendo un armonioso canto y balanceándose. Por un instante nos miramos, me sonrió y me sentí capaz de volar miles y miles de millas. El viento nos acariciaba, el color ocre de la tierra, el verde de los cereales, el rojo de los frutos colgando de los árboles, era como si emitieran una dulce melodía.

Nunca había experimentado ese impulso nupcial y, de repente, se desencadenaba. No sabía qué hacer, por lo que volé hacia mi escondite gastronómico y tomé un pequeño insecto con el pico. Dudé un instante, pero algo hizo que me contoneara yendo hacia ella y con mucha timidez se lo ofrecí. Inclinó su cabeza como si fuera un pichón mendigando un bocado y nuestros picos se unieron.

Con ese simple acto me ofrecí como compañero de vida y ella me aceptó. Comenzó nuestro idilio. Al caer la tarde alcé el vuelo trazando círculos en torno a mi pareja, silbando muy suave. Ella voló conmigo, unos pocos centímetros detrás, como siguiendo mi huella y nos dirigimos hacia una ladera cubierta de pasto.

Esa noche dormimos muy juntos, apretaditos uno contra el otro, cuello contra cuello. La luz del día nos iluminó y nos pusimos a trabajar en nuestro primer nido de amor. Debía estar listo para esa época de crianza que se avecinaba.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Estación de Chamberí

15 octubre, 2019 por Akelarre 6 comentarios

Antigua estación de metro de Chamberí

La estación de Chamberí

Entre los vagones, railes y líneas de metro que recorren la ciudad de Madrid se encuentra una estación semi abandonada: Chamberí, situada en el distrito que le da nombre. Es ese espacio, lleno de historias, leyendas y fantasmas, el que hemos elegido este mes para el desarrollo de los cuatro cuentos a los que esperamos haber sabido trasladar su magia.

Inaugurada el 17 de octubre de 1919 e inspirada en las estaciones parisinas de la época, era una de las ocho de la red del metro de la capital española. Su arquitecto fue Antonio Palacios.
Estuvo en funcionamiento 47 años. En la década de los 60, y debido al aumento de demanda del suburbano, decidieron introducir metros con vagones de mayor capacidad. La de Chamberí fue imposible de ampliar, por ello se cerró finalmente en 1966.
A partir de entonces los trenes que circulaban entre Bilbao e Iglesia la atravesaban pero sin detenerse, razón por la cual se la comenzó a llamar “la estación fantasma“.

En 2008 se abrió al público en forma de museo. Se han restaurado integralmente los muros, alicatado, bóvedas y carteles publicitarios, así como el mobiliario y los andenes originales. Es quizás un espacio que poca gente conoce, sin embargo, es uno de los lugares de Madrid que nos retrotraen a principios del siglo XX.

La rayuela

Cristina Vázquez

La taquillera del Metro

Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Fantasmas en la estación de Chamberí

Marieta Alonso

La rayuela

Cristina Vázquez

La primavera reventaba en cada esquina con la ligereza del don otorgado. ¿No era fantástico que volvieran a brotar los almendros? O lo que fuera, porque Laura siempre calificaba de almendro a cualquier árbol que se cubriera de flores blancas o rosadas.

Sí, era maravilloso, se decía mientras avanzaba hacia su casa esa tarde de tibio abril, aunque el zapato, por más media suela que le hubiera puesto, se empeñara en volverse frágil obligándole a contactar con la dureza y el frío del suelo más allá de su deseo. Pero no estaba dispuesta a que esa futilidad, el picor del resto de sabañones del invierno y la cara macilenta de su madre, le quitaran la alegría renovada de esa primavera.

El invierno había sido duro en Madrid. Un invierno frío en el que cada vez escaseaban más alimentos y elementos. Las sopas de cáscara de patata, el pan agusanado y el desánimo iban cercando las ojeras y las conversaciones de los mayores. Las tardes oscurecidas alrededor de un brasero oyendo las noticias en la radio. ¿Sería verdad? Imposible. Y la esperanza se debatía en un vaivén desesperado. Lo peor eran los gestos secos, resignados, cuando llegaba la certeza de algún desastre o muerte de un ser cercano, en el que esa esperanza se reducía a cenizas.

La madre de Laura era una mujer de una vez. Nadie la movía de sus convicciones ni de su sillón. Había decidido que muerto su hermano Pepe Ramón en el frente y perdida su escasa pero bien aireada fortuna por un requisamiento del gobierno, y por la mala gestión de su familia, realidad que nunca reconoció, se quedaba sentada en su poltrona y no había rojos ni nacionales que la movieran de ahí.

A Laura le resultaba francamente incómodo tenerle que solventar todas las necesidades y caprichos, que no contenta con haberse arruinado exigía en el estraperlo jabones y polvos de talco ingleses.
—Tengo la piel muy fina —afirmaba desolada—. Pero mi hija, que es un ángel, me consigue todo.

Una sonrisa, que a Laura le parecía ignominiosa, iluminaba su cara. No sabía de los riesgos y los tratos peligrosos que tenía que hacer. Ella permanecía igual que un ídolo indiferente asumiendo como un inevitable destino las desgracias que les rodeaban, sin perder ni su sentido del humor ni su altanería.

Laura se había hartado de suplicarle que bajara al refugio del metro de Chamberí, la estación más próxima a su casa y la que les habían asignado. Todos los vecinos al sonar las alarmas bajaban en tropel, unas veces en pijama, con mantas, llantos, bigudies y solidaridad, mientras la buena señora apagaba las luces y se quedaba inmóvil en su sillón o en la cama según la hora.

Por favor mamá, por favor, suplicaba la hija desesperada al dejarla, pero viendo su inconmovible actitud salía pitando al refugio. No podía evitar la claustrofobia al ver esas empinadas escaleras que marcaban la dirección a Vallecas y siempre temía que se precipitaran todos por ellas. Pero nunca sucedió. Se fueron acostumbrando mal que bien a acomodarse en la estación y ya casi tenían asignados los sitios dónde se colocaban. Hasta hicieron amistades.

Laura se sentaba al lado de Eduardo, un joven del 32 de la misma calle, que no estaba en el frente por tener un ojo vago. Nunca antes se habían visto y desde el Averno, como decía él que estudiaba letras, trabaron una buena amistad. Para mitigar la ansiedad que sentían, sobre todo ella por saber qué habría pasado con su madre al volver a casa, idearon una especie de juego de tres en raya dónde ponían palitroques de muerte o vida. Aunque resultara macabro les permitía sobreponerse al ruido de los aviones y de los bombardeos y cogerse las manos en los momentos de máxima intensidad.

Y esa primavera tibia con los almendros o lo que sea florecidos, a Laura no le dio tiempo a llegar a su casa, pues empezaron a sonar las alarmas y tuvo que meterse a toda velocidad en la estación de metro sin Eduardo ni vecinos que conociera. Esperó acurrucada en el mismo sitio de siempre y miraba su juego de rayuelas en los baldosines con temor. Esa vez no se atrevió a pintar ni una raya.

Volvió a su casa.

Después de muchos años, lejos ya de ese barrio y de esos recuerdos, regresó a la estación de metro que estaban a punto de cerrar. Buscó en la pared si quedaba algún resto de los trazos que hacía con su amigo en un enigmático, perverso y alentador juego de vida y muerte. Y recordó la alegría de esa tarde cuando al volver a su casa comprobó que había ganado la vida.

© Cristina Vázquez

La taquillera del Metro

Malena Teigeiro

Del más gallardo, vago y maleante de los jóvenes de su aldea, se enamoró Nana. Tan loca estaba por él que aunque su padre, después de enumerarle la serie de desgracias que le tocarían vivir, de que la amenazara con que nunca la dejaría volver a entrar en casa, ella siguió haciendo su maleta.

El primer día de su convivencia comenzaron sus pesares. Juan antes de llevarla a pensión en donde vivía, la mostró como un trofeo a sus amigos. Luego, ya en la habitación la hizo la más feliz de las muchachas. Apenas habían descansado unas horas cuando le ordenó que fuera a por dinero.

––No creas que voy a dejar que te quedes a mi lado si no traes con qué mantenernos.

Y Nana acudió a su abuela. Le contó la pretensión de Juan y le pidió ayuda. Por qué no lo dejaba, masculló la anciana después de escucharla atentamente. Nana sacudió la cabeza. No podía, bajó la vista avergonzada. Cuando estaba a su lado, siete mil rayos la recorrían. Se le escapaba el aire y se sentía gravitar a su alrededor como si fuera su luna.

La anciana se levantó y salió de la habitación. Instantes después volvió llevando una caja de lata roja y unos billetes entre los dedos. Quería habérsela dado el día de su boda, tal y como a ella se la dio su abuela. Y la dejó sobre la mesa como el que coloca a un niño dormido en la cuna. Luego la abrió. La luz arrancó lujuriosos destellos a un montón de monedas de oro. La anciana cerró con mimo la tapa y empujó la caja hacia su nieta. Le pidió que no usara esas monedas a no ser que fuera absolutamente necesario. Luego, a un lado de la caja dejó un puñado de billetes. ¿De dónde las has sacado?, preguntó Nana con los ojos muy abiertos. La abuela se pasó la mano por la frente avivando sus recuerdos. Alguna de sus antecesoras había sido vidente, y gracias a ello, había conocido las necesidades que un día tendría una de sus descendientes. Entonces se le ocurrió llenar de monedas la caja roja, que luego se fue pasando de generación en generación. Había que conservarlas hasta que llegara a aquella que tanto la iba a necesitar.

––Te convendrá guardarlas, porque ese tipo te va a dejar en cualquier momento: Preñada y en la calle ––añadió con voz ronca.

Era casi de noche cuando Nana volvió a la pensión. Él no estaba y Nana aprovechó para esconder la caja. Después se sentó a esperarlo. Cuando lo vio entrar, le mostró los billetes. Juan la besó y abrazó, mientras que con el dinero en la mano, le susurraba lo que la adoraba. Durante un tiempo Nana fue feliz, aunque, temerosa, nunca le habló de la caja roja. Cuando casi se había acabado el dinero, el talante del hombre cambió. Intentando remediar su penuria, Nana se puso a trabajar como taquillera en la estación de Metro de Chamberí.

Y mientras estaba expendiendo billetes, había una cosa que de verdad la asustaba: Que él, que cada vez la trataba peor, encontrara la caja de lata roja. Tengo que esconderla en otro sitio, se dijo. Después de decidirlo, cambió su turno de mañana al último de la tarde. Desde la primera tarde, comenzó a estudiar el cierre de la estación. Aviso a los pasajeros, avisos a los empleados, los vigilantes… Podría hacerlo, decidió.

Una noche se quedó escondida dentro de su cabina, y cuando ya no quedaba nadie en los andenes, con mucho cuidado levantó uno de los ladrillos de debajo de las patas de su silla de hierro. Luego, lo volvió a dejar en su sitio. Y así siguió noche tras noche hasta hacer un hueco lo bastante profundo para esconder su caja. Al día siguiente, y mientras Juan dormía, recogió la caja de lata roja y la guardó en el bolso. ¡Ya solo me queda un paso para vivir completamente tranquila!, rumiaba una y otra vez mientras despachaba los billetes, sonriente, amable. Cuando al finalizar su jornada el Metro cerró las puertas y estuvo segura de que no quedaba nadie en los andenes, levantó el ladrillo e introdujo la caja en el hueco.

La madrugada de la primera noche que Nana se había quedado a dormir en su taquilla, Juan, borracho como una cuba, se tiró sobre el vacío colchón. A mediodía, con Nana a su lado se despertó. Aunque no recordaba que la noche anterior ella no estaba, percibió una expresión diferente en Nana y comenzó a recelar. Luego de sentir varias veces lo mismo, creyendo que lo engañaba, decidió seguirla hasta el Metro. Entró detrás de ella y se confundió entre la gente. Quería ver con quién hablaba y con quién se iba al terminar la jornada. Cuando vio que no aparecía nadie a buscarla y que ella sin que él se diera cuenta había desaparecido, se acercó a la taquilla. Miró a través del cristal y la vio de rodillas colocando un ladrillo sobre una caja roja. Aporreó el vidrio. Asustada, Nana levantó la cabeza. Luego, pálida, desencajada, abrió la puerta. Él la agarró por el pelo y la arrastró por el andén hasta casi la escalera. Nana consiguió sujetarse a una de sus piernas. Perdido el equilibrio, Juan cayó rodando por los escalones. El cartel de azulejos parecía indicarle el camino: Bilbao, Tribunal, José Antonio, Sol… La risa de la joven retumbó entre los vacíos túneles. Si en el infierno había fuego, en el sol mucho más. Ojalá ardas en él, gritó al verlo inánime en el suelo. Nana volvió a su taquilla, recogió del agujero la caja roja y se tumbó en el suelo para pasar la noche. Nunca más volvió a su trabajo de taquillera en el Metro.

Y dicen que cuando el tren pasa sin detenerse por la fantasmal estación de Chamberí, algunos pasajeros perciben el espíritu de Juan vagando por los andenes. Quizá espera que Nana vuelva a expender billetes en su taquilla.

© Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

De camino a la visita semanal a su madre, Fernando estaba un poco adormilado en la butaca del metro cuando el vagón pasó de largo por la estación de Chamberí. Cada vez que la atravesaba detenía sus ojos en los viejos carteles y las cerámicas. Sin embargo, esta vez vio algo que llamó su atención: Una mujer de pie, junto al anuncio del Trust Joyero, con indumentaria de principios del siglo XX. Sonrió al recordar que se organizaban visitas guiadas a la estación. Era probable que hubiesen contratado a una extra para dar más realismo. O quizás fuera alguna figura como las de Madame Tussauds que ponen los británicos en sus castillos.

Cuando llegó a casa de su progenitora la encontró en su sillón favorito con una caja sobre la falda, fotos y recortes desparramados a su alrededor. Desde la muerte de su marido, doña Eulalia pasaba las tardes en la organización de armarios o la búsqueda de recuerdos que la llevaran a los tiempos que había compartido con él. Cuando llegó su hijo a merendar, como todos los miércoles, levantó la vista.

Fernando, sentado a su lado, le cogió la mano antes de decirle que traía su pastel de manzana preferido.

––¿Quién es? ––preguntó el joven recogiendo un retrato del suelo.

En color sepia, se veía a una muchacha junto a una mesa con flores, abanico sobre la falda y la cara ladeada, como evitando la cámara. Media sonrisa iluminaba el rostro cercado por rizos castaños recogidos en un moño debajo del sombrero.

––Tu tía abuela, Milagros.

––No llegué a conocerla.

––Claro que no ––respondió la señora ––. Murió de amor antes de que tú nacieras.

––La gente no muere de amor, mamá. Muere de enfermedades, de vejez o hasta se suicida. El amor no ha matado a nadie, más bien da la vida.

Cualquiera que fuese la respuesta de su madre, estaba dispuesto a escucharla.

––Lo que tú digas, pero la pobrecilla acompañó a su novio hasta la estación de metro, volvió y se sentó en una butaca mirando la puerta por la que él volvería y allí quedó, hasta que la parca vino por ella.

La señora acarició la foto con dulzura y le dio un beso antes de continuar.

––Eran tiempos difíciles aquí, en España. El prometido de mi tía perdió su trabajo y aunque estuvo buscando otro durante mucho tiempo no lo consiguió. Un primo suyo había emigrado a México y le escribió que allí había oportunidades para la gente trabajadora, así que el pobre metió sus pocas pertenencias en una maleta decidido a partir.

Doña Eulalia rebuscó dentro de la caja que tenía a la derecha hasta encontrar un abanico. Era el que llevaba la joven de la foto. Lo abrió y volvió a cerrarlo antes de devolverlo a su sitio y continuar con su relato.

––Milagros lo acompañó hasta la estación de Chamberí donde él cogería el metro, luego un tren y seguramente un barco. La pobrecita volvió a casa con la cara hinchada por el llanto. Después se sentó en una butaca a esperar las cartas de su amado.

––Que nunca llegaron ––la interrumpió Fernando.

––¡Oh sí! Al principio con mucha regularidad. Recuerdo sentarme junto a ella para que me las leyera. Le encantaba hacerlo una y otra vez. Decía que era como escuchar su voz. Con el tiempo se espaciaron. Fue entonces cuando Milagros empezó a visitar la estación de Chamberí, para sorprenderlo, esperándolo cuando volviera.

La señora bebe un poco de su taza de chocolate antes de seguir.

––Luego dejaron de llegar las cartas. Aunque mi tía tuvo algún que otro pretendiente, nunca aceptó a ninguno. Esperaba a su hombre. Alguien dijo que el muy cerdo se había casado en América, pero ella no lo quiso creer. Son habladurías, musitaba, gente envidiosa.

Anochece cuando Fernando deja la casa materna y coge el metro de regreso. Como esta vez va del lado contrario, no puede ver si la figurante sigue en su sitio.

Prepara algo de cenar y se sienta con una bandeja frente al televisor. A ver si hay algo que me entretenga, dice para sí. Pero el aburrimiento de las consabidas series y las malas noticias del telediario lo adormilan. Está en un barco, las olas lo mueven de un lado a otro. Tiene sed y la boca pastosa. Alguien grita hombre al agua. Despierta en su sillón, frente a una pantalla llena de policías y maleantes. La apaga.

Ya en la cama no logra conciliar el sueño. ¿Por qué este desasosiego?, se pregunta y vuelve al salón a buscar consuelo en un vaso de whiskey.

Está en la estación del metro, con un abrigo raído y una maleta atada con cordeles en el suelo. Milagros lo tiene cogido de las manos, mueve los labios pero él no alcanza a entender qué es lo que dice. Un largo abrazo y el vagón que parte. El hombre la saluda desde detrás del cristal de la ventanilla. Ella le tira un beso con su mano enguantada. Fernando da vueltas en la cama, acomoda la almohada e intenta reconciliar el sueño.

El miércoles siguiente, cuando atraviesa Chamberí, vuelve a ver a la mujer bajo el mismo cartel en que estaba la semana anterior. Reconoce el sombrero, los rizos castaños y los guantes. Traga saliva, se seca la transpiración de las manos en los pantalones, intenta controlar sus piernas que no dejan de temblar.

––No vas a creer lo que vi de camino a tu casa ––dice a su madre mientras le sirve una taza de chocolate ––. Cuando venía para aquí, al pasar por la estación abandonada vi a tu tía bajo el cartel del Trust Joyero.

––Claro –responde la señora mientras estira la manga de su rebeca –. Lo está esperando. Ya te conté la historia la semana pasada.

––Mamá, los fantasmas no existen.

––Lo que tú digas ––contesta la anciana a la vez que se sirve un trozo de pastel.

Resuelto a hablar con la mujer cuya visión lo atormenta, Fernando decide hacer una visita a la estación abandonada.

––¿Desde cuándo contratan figurantes? ––pregunta al guía. El hombre se detiene y lo mira antes de contestar que la gente que está allí es personal de la estación, no emplean actores.

Fernando se encamina hacia el anuncio del Trust Joyero. El resto de los visitantes se sorprende al ver a un hombre que estira la mano hacia un espacio vacío delante de las cerámicas de la publicidad. Parece como si acariciara el aire y, con el gesto de quitarse el sombrero que no lleva, le oyen decir: “Aquí estoy.” Los turistas no pueden escuchar la respuesta que suena en los oídos de Fernando: “Te estaba esperando.”

© Liliana Delucchi

Fantasmas en la estación de Chamberí

Marieta Alonso

Cuando aquel luminoso 21 de mayo de 1966, las puertas se cerraron con un ruido ensordecedor, mi novio y yo estábamos dándonos un apasionado beso en uno de sus rincones. Ni cuenta nos dimos. Me había pedido que nos casáramos y con la emoción nos quedamos dentro.

Ya nadie volvió a subir ni a bajar de ningún vagón, los trenes no paraban. Recorríamos todo el andén con los brazos en alto haciendo señales, pero los pasajeros no nos veían. Iban tan ensimismados en sus pensamientos, leyendo o hablando que nadie se percató de nuestros gritos. Subíamos los peldaños de las escaleras y dábamos golpes en las puertas de entrada y salida. Nada. Todo era silencio.

Mi hombre, con aquellos ojos color de avellana llenos de vida, perdió la esperanza. Me tomó de la mano y nos sentamos a aguardar un milagro. Soñábamos con las mantecadas de aquel convento cerca de mi casa, con la fuente de agua cristalina de nuestro barrio, pensábamos en la angustia que tendrían sus padres y los míos por nuestra desaparición. Nos arrebujábamos en el suelo de la taquilla con mi abrigo azul marino y su chaqueta de pana marrón. Esperando, siempre esperando. Llorar hacía que nos sintiéramos mejor.

Muchos años pasaron y un día se abrieron las puertas y comenzó un ir y venir de gentes, albañiles, carpinteros, pintores, hombres con cascos dando órdenes… Nuestra antigua estación de Chamberí, nuestro hogar, se iba a convertir en museo. Nos presentamos ante ellos, pero lo mismo que los pasajeros de los trenes, no nos hicieron caso. Poco importa ya.

Ahora nos entretenemos recorriendo el museo, viendo fotografías, logotipos, carteles, el silbato con el que el jefe de la estación daba la señal de apertura y cierre de puertas… Y aunque hacemos ruidos extraños, algún que otro empujoncito a los visitantes, pasamos a través de las parejas de enamorados, y jugamos con los niños, pocos son los que se estremecen.

El olvido duele.

© Marieta Alonso

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La partitura

15 septiembre, 2019 por Akelarre 7 comentarios

Partitura musical cuentos

La partitura

Conscientes del lenguaje universal de la música y de lo que la misma incide en nuestras vidas, nos hemos inspirado en una partitura antigua para desgranar con palabras las notas que no sabemos interpretar en un pentagrama. De ese modo pretendemos hacer llegar a nuestros lectores las distintas melodías de la existencia de personajes que transitan por unos relatos que esperamos sean de vuestro agrado.

La palabra «partitura» proviene del término italiano partitura, que quiere decir literalmente insieme di parti (conjunto de piezas o partes).

Es un documento manuscrito o impreso que indica cómo debe interpretarse una composición musical. Mediante un lenguaje propio y el llamado sistema de notación, utilizado para representar gráficamente una pieza, permite que el intérprete la ejecute de la manera deseada por el compositor.

Durante muchos siglos el canto cristiano se conservó únicamente por tradición oral.

En torno al año 800 empieza la notación musical en el Imperio Carolingio.

La primera música impresa apareció alrededor de 1473, aproximadamente veinte años después de que Gutenberg presentase la imprenta. En 1501 Ottaviano Petrucci publicó Harmonice Musices Odhecaton, que contiene 96 piezas de música impresa.

En la actualidad se utiliza también el ordenador.

Genética musical

Cristina Vázquez

La sinfonía incompleta

Malena Teigeiro

Canción de cuna

Liliana Delucchi

Tómalo con calma

Marieta Alonso

Genética musical

Cristina Vázquez

No soportaba la falta de interés y cualidades que tenía el coro de la parroquia, formado por un grupo de zafios muchachotes que acudían a vociferar obligados por los curas del colegio adyacente. El padre Romualdez afirmaba presuntuoso que ese pequeño orfeón traería fama a l pueblo y fe a los parroquianos de la ciudad.

Habían contratado para dirigir el coro a Diego, el joven profesor de música del colegio, recién llegado de Austria de estudiar con una beca. Sus ilusiones de encontrar reconocimiento para sus composiciones y obtener fama y dinero se fueron desvaneciendo a la misma velocidad que sus escasos recursos. Aceptó el trabajo como mal menor para subsistir y tener tiempo para su arte. Se convencía a sí mismo mientras trataba de acabar el motete que se le había ocurrido y que cantaba para sus adentros, sin conseguir plasmarlos con la energía y el virtuosismo que él deseaba.

No en vano, era descendiente de un afamado músico cuyas composiciones se tocaban en teatros importantes y su nombre salía en la Historia de la Música. Sentía que la genética se apoderaba de él con voluntad propia y se propuso dar brillo al nombre y continuar la saga musical de la familia. Y ese era el empeño de su vida.

Su físico un poco desmañado, resultaba interesante por sus profundos ojos llenos de melancolía, sus andares elásticos y la dulzura de su voz. Él los potenciaba dándose un aire bohemio, un poco de opereta. Se dejaba crecer la melena, que sí tenía lustrosa con bucles envidiados por alguna osada profesora, como María de los Remedios, la de arte. Trataba de componer una expresión entre doliente y elevada para convencerse y convencer de su inevitable genio.

—Mi apellido me condiciona musicalmente —confesaba en cuanto tenía una oportunidad. Y muchas mujeres suspiraban.

Pero, aunque trabajaba con bastante ahínco, las clases de música, el tontear con la profesora de arte y para colmo los ensayos del coro, le alejaban de la tonalidad deseada del motete, y de otra melodía que podría desembocar en sinfonía y que se le iba metiendo en la cabeza.

Diego se casó con María de los Remedios, la esbelta profesora de arte que al poco tiempo comprendió que la obra soñada no avanzaba a la velocidad de los gastos, y que su recién estrenado marido necesitaba un poco de energía. Energía que a ella, mujer decidida y luchadora, le sobraba.

Así que le puso un plan de trabajo para que cumpliera y fuera orquestando lo que quisiera. Además, debería hacer la pelota al padre Romualdez y dar fuste al desmañado coro, le sugirió con autoridad.

Una vez que terminó el motete con entusiasmo, gracias a la vigilante y aprobatoria actitud de ella, y comenzó la sinfonía que se quedó en un adagio facilón y sensiblero, María de los Remedios recurrió a un buen amigo que conseguía envejecer obras de arte.

—No es falsificador, Diego, cariño —le confesaba mimosa—. Es otro artista, como tú, que necesita vivir.

Le llevó un par de partituras y consiguió echarle doscientos años encima y las presentó como un gran hallazgo del antepasado compositor. El entusiasmo del padre Romualdez fue enorme y lo mostraba como un descubrimiento único patrocinado por su orden. Obligó a que se cantara en el coro pagando una sustanciosa cantidad para quedarse con la partitura. Sus sueños empezaron a crecer: la expondría en la Catedral y se podría hacer una gira con ese coro o con otro, y quizás, con unos arreglos Diego conseguría hacer una música moderna y a lo mejor…

A lo mejor, le dijo su mujer al volver a casa después de cobrar el dinero. A lo mejor, mi amor, nos pillan, así que andando para otro sitio que quedan muchas partituras por descubrir.

© Cristina Vázquez

La sinfonía incompleta

Malena Teigeiro

En la vida de Ena todo funciona con el orden y la métrica de las notas escritas en un pentagrama, lo que le hacían sentir como si en vez de una mujer fuera una partitura. Así, en la casa de sus abuelos y padres, el almuerzo se sirve a las dos en punto, el té a las cinco y la cena a las ocho y media. Las comidas y desayunos son medidas en proteínas, grasas y vitaminas. Las visitas se hacen y reciben a las horas y días programados a primeros de mes. Y los vestidos, hiciera frío o calor, son acordes con las temporadas, de oscuras lanas en invierno y livianos algodones en verano. En aquella casa se cumple a raja tabla con el orden de las pulcras listas que, como si fuera una directora de orquesta, la madre de Ena elabora para dirigir la casa. Todo ha de hacerse con ritmo, sin que nada sea discordante, repite una y otra vez con una redonda boquita que a Ena se le asemeja a uno de los agujeros del corcho con el que, piensa, está hecho el cerebro de su madre.

Con respecto a la educación de sus hijos, para aquella familia lo más importante era el profundo conocimiento de la música en sus distintas vertientes. Como paso principal, y nada más nacer, se decide el instrumento de cuerda que cada uno debe tocar con perfección. La mujer era feliz sentada delante de sus retoños escuchando aquellas canciones que, con más arte que gracia, entonaban los dúos, tríos o cuartetos formados por su hijos.

Así, rodeados de orden, partituras y sonrisas, van pasando las semanas en aquella casa en la que todos sus habitantes parecen pertenecer a una Arcadia feliz. Todos menos Ena. A ella en el reparto de instrumentos, le correspondió el chelo. ¡Dios mío!, se dice una y otra vez a sí misma. ¡Cómo odio esta inmensa cosa entre mis piernas! La única música que le gusta es la que entra por las noches en su habitación a través de la ventana. La que una orquestina toca en el palco del kiosco. Sin que sus padres lo sepan, ella se asoma a la ventana. Envidia a aquellas felices jóvenes que giran aferradas a sus parejas. Y cuando divisa a alguna que se detiene para besarse, la cierra ruborizada.

Últimamente, Ena vive de forma díscola y desobediente. Entre otras cosas se despierta tarde. Ha descubierto la felicidad que produce quedarse un ratito más entre sus blancas sábanas. Pero lo que desde hace tiempo ya no soporta, es la voz de su madre, que impecablemente vestida, con su sempiterno broche en forma de piano cerrándole el cuello, le insiste: Ena, por prisa que lleves, los movimientos del cuerpo tienen que ir acordes, acompasados, unidos unos con otros, como si llevaran el compás de una feliz canción. Y mueve la mano marcando los tiempos de la clave de sol. Y su abuela, que las contempla emocionada, la acompaña golpeando rítmicamente con la patilla de las gafas encima de la mesa. Y ese toc, toc, de la madera producido por su madre, unido al tic, tic, de las monedas que le cuelgan de la pulsera a su abuela, la ponen frenética.

Aquella mañana, una vez más, se levanta tarde. Recogiéndose el cabello se dirige al comedor. Con los dedos en la manilla, decide que está cansada de tanta música, que no aguanta más a aquella familia que observa con sorna al que no sabe cómo pulsar a la perfección las cuerdas de un instrumento. Y como se considera inútil como violonchelista, sin pensárselo dos veces, no entra en el comedor.

Se fue de madrugada, no sin antes haber recogido las joyas de su madre y de su abuela. Lo que primero que hizo fue vender el broche con forma de piano. ¿No le da pena deshacerse de algo tan original?, le preguntó el prestamista. Ella movió la cabeza. Lo haría aunque no tuviera necesidad de lo que puedan darme por él, se dijo para sí. Cuando salió de la tienda con el dinero de las teclas de brillantes, comenzó a sentirse liberada del ritmo, de la perfección de las composiciones, y aunque no sentía ningún daño, sin saber por qué, con gusto comenzó a arrastrar una pierna. Le alegró comprobar que a causa de ello su cuerpo comenzó a moverse sin orden ni concierto camino de la estación del tren. De pronto, se detuvo delante del espejo de un escaparate. Sonriente, sin dejar de contemplarse, introdujo los dedos entre el cabello deshaciéndose el peinado. Luego se desabotonó el cuello de la blusa. Esta es la sinfonía incompleta, se dijo. Y rompiendo todas las enseñanzas, por primera vez corrió libre.

© Malena Teigeiro

Canción de cuna

Liliana Delucchi

Para Marcello

Aurora conocía la excepcional importancia de aquella partitura. Amarilla y ajada por el tiempo, la encontró en el fondo de una caja donde se guardaban los recuerdos de familia, desde fotos a entradas de teatro, billetes de tranvía de alguna ciudad o sellos de correo en desuso. Al igual que la porcelana, la caja pasaba de generación en generación en aquella familia dirigida por mujeres, incrementando su contenido con pertenencias o recuerdos de la nueva propietaria.

El piano era otra de las posesiones que heredaba la hija mayor, el piano y la obligación de tocarlo. Era impensable decir que no. Negarse a acariciar ese teclado, a sacarle su música era como afirmar que no se pertenecía a la estirpe. Y Aurora, como su madre y su abuela antes que ella, tocaba el instrumento. Lo disfrutaba, y lo disfrutaba mucho. De hecho, lo habían colocado en el salón más iluminado de la casa, el mejor decorado, el más cálido en invierno y fresco en verano. Compartía la estancia con Ángel, su marido, quien sumido en las páginas de los libros que leía o escribía, gozaba de las notas que su mujer lograba hacer subir por cortinas y estanterías, como si caminasen por los rincones.

Pero esta partitura era diferente. Era la canción de cuna con la que generaciones iban a dormir. Cuando sonaban esas notas los niños se ponían los pijamas, lavaban los dientes y besaban a su madre con un “hasta mañana”. Aurora y Ángel no tenían niños, por eso ella se negaba a acariciar las teclas para sacarles la melodía de la nana. Pero esa tarde de finales de verano era distinto, algo había en el aire y no era el perfume de las flores del jardín ni el rumor de las hojas. Las cortinas del salón se movieron y la mujer tuvo la sensación de que alguien o algo había entrado. Se equivocaba, la estancia estaba tan vacía como unos momentos antes. No tuvo miedo, su estremecimiento era curiosidad. En silencio, casi de puntillas, se coló por las cristaleras hasta el patio y en el cantero de las hortensias lo vio. Era gris, con rayas blancas y negras, el morro y las patas claras y saltaba atacando a una víbora.

—Te ayudaré —le dijo Aurora al gatito.

Fue en busca de una antigua espada india y entre los dos se hicieron con el reptil.

La mujer se quedó de pie, con el arma en la mano contemplando lo que habían hecho y el felino restregándose contra sus piernas. Fue entonces cuando ella lo invitó a pasar para premiarlo con un paté que tenía guardado y buscar la partitura en la antigua caja.

Ángel escuchó la melodía desde el coche y mientras caminaba hacia el salón, supo que su familia acababa de crecer.

© Liliana Delucchi

Tómalo con calma

Marieta Alonso

Con un portazo y un tajante exabrupto había puesto fin a muchos años de estresante vida familiar. Ocurrió el mismo día en que la empresa quebró y le pusieron de patitas en la calle.

—Las cosas se hacen bien o no se hacen —pensó cerrando los ojos con fuerza. Si quería comenzar una nueva vida debía cortar por lo sano. Era hora.

Al salir de su casa llevaba el documento nacional de identidad, cincuenta euros, un pentagrama y el abrigo. Su mujer había muerto veinte años atrás, dejándole cinco hijos pequeños que ahora, cumplidos los treinta y cuatro el mayor y veinticinco el más joven, debían aprender que la vida no era una juerga perenne. Algo había hecho mal. Aunque eran buenas personas se pasaban el día haraganeando en casa y viviendo a su costa. No quisieron estudiar por no ser genios, ni trabajar por no gustarles el capitalismo.

Decidió dejarles casa, coche y la nevera llena. Para empezar, iban a tener más que él. Por ellos había abandonado sus sueños de juventud. Y se marchó sin mirar atrás para no caer en la tentación de volver.

Todo esto lo piensa mientras se inclina para agradecer los aplausos que resuenan en aquel teatro de sus sueños juveniles, tras haber ejecutado como solista al piano, sonatas, mazurcas, nocturnos… Sonríe al recordar la cara de aquel agente de talentos, al que se presentó con una partitura de su creación. Estaba tan nervioso que cuando le pidió que se sentara al piano para verificar si lo que decía era cierto, sin pensarlo se quitó el abrigo revelando que lo único que llevaba puesto era un minúsculo slip. Aún no sabe si aquel hombre se quedó con la boca abierta por su ejecución o por su indumentaria.

Recorre con la vista las relucientes arañas de cristal de bohemia, los palcos, las butacas y se queda paralizado. Sus cinco hijos en primera fila, de pie aplaudiendo a rabiar, le lanzan besos al aire, gritando: Vuelve a casa papá. Te echamos de menos. La vida es muy dura sin ti.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Paisaje de Higinio Mallebrera

15 agosto, 2019 por Akelarre 4 comentarios

Paisaje de Higinio Mallebrera
Óleo sobre lienzo. 71 x 87 cm.

Paisaje

El estilo inocente de esta bella pintura da pie a los cuentos de este mes, relatos inquietantes, en donde la magia, las artes ocultas y el terror aparecen en medio de sus sencillos personajes.

Higinio Mallebrera, pintor de estilo naif, autodidacta y de vocación muy tardía, que trabajó en los oficios de jardinero y marmolista rotulador de lápidas, no expuso su obra pictórica hasta los 72 años. Es al final de su vida cuando obtendrá el reconocimiento de su valía.

Su sinceridad e ingenuidad encuentra en la pintura una manera de imitar lo sublime «por el amor que siento a esta divinidad de arte». Convencido de que su trabajo está por encima de Picasso o Miró, cuya pintura tacha de «birrias», llega a tener un concepto de su trabajo «superior a todo lo hecho de Goya a esta fecha. Según Vallejo Nájera «Los cuadros de Mallebrera son pintura, naif o lo que se quiera, pero siempre Pintura, con mayúscula.»

La vuelta

Cristina Vázquez

Tatá

Malena Teigeiro

Una casa en la montaña

Liliana Delucchi

Mi casa

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Se empeñó en volver a la aldea donde había nacido. Por más que los hijos, después de tantos años vividos en un pueblo al pie de los Alpes suizos, trataban de convencer a Edelmira de que no pintaba nada en ese apartado lugar del mundo. Ella, cabezota como era aseguró que vivir a lo mejor no pudo vivir donde quiso, ni con quien quiso, susurraba muy bajito, pero que morir iba a ser donde a ella le diera la real gana. Y con una brusca palmada terminaba la conversación.

Los tres hijos, hombres hechos y derechos, se miraban desolados conscientes de la voluntad imbatible de la madre. Desde que lo dijo se sentó en el pequeño mirador del apartamento que se había hecho en el hotel y afirmó que si no la devolvían rápido a su aldea se moriría. Miró a los tres con esos ojos incendiarios que tan bien conocían y tanto temían y con voz atronadora les amenazó.

—Si me muero sentada en esta silla mirando a ningún sitio, en vez de a mis queridas montañas —y les señaló uno a uno—, os perseguiré desde el otro mundo.

Acostumbrados a sus amenazas, que en general cumplía, el poder de Edelmira sobre sus hijos era enorme y se tomaron muy en serio sus deseos. Fue una mujer echada “pa lante”, como le gustaba repetir a ella, a la que en el pueblo pusieron el sobrenombre de faldas de acero.

Agarró a los tres mocosos y al tonto de su padre, al que ninguno se parecía, como también le gustaba repetir, y se vino a hacer de ellos unos hombres de bien y a buscar un sitio donde ganarse la vida. Y así fue. Le buscó al marido, el Juanón, un puesto de camarero en el restaurante del mejor hotel del pueblo y como el hombre era bien mandado enseguida se hizo con el trabajo, mientras ella consiguió estar en la recepción. Cómo convenció al dueño, un hombre soso y barrigón, nadie lo supo, pero a los tres meses de llegar a Suiza chapurreando el francés, Edelmira adornaba con su buena planta, sonrisa, decisión y bien hacer la administración del hotel. El dueño se iba a hacer montañismo en invierno y a pescar en verano. Ella amplió el negocio consiguiendo ponerlo de moda.

Algunas noches, cada vez más, se quedaba a dormir en el hotel y cuando el dueño murió pasó a sus manos. Al marido lo envió a España, pues no hacía más que anhelar su patria y ella no podía más de lamentos y suspiros.

Al cabo de quince días los hijos tenían organizado el viaje y habían hablado con unos parientes para que a la llegada les acogieran unos días en su casa. Al llegar todo le pareció raro a Edelmira. ¿Dónde estaba la herrería y por qué no estaba la casa del tío Eustaquio? ¡Que se había muerto Rosina! nadie se lo dijo. También habían tirado el mercado cubierto. Nada. Nada era igual, se lamentaba la anciana con gesto desabrido.

—Y ese edificio tan alto —preguntó en voz áspera—. Vaya mamarrachada aquí en medio.

—Ese edificio es un hotel parecido al nuestro —le aseguraron los hijos.

Y así estuvo rezongando unos cuantos días, obsesionada por esa construcción que ella no veía claro qué pintaba ahí. Los hijos se fueron despidiendo uno tras otro de ella.

—Madre no podemos dejar tanto tiempo el negocio sin ninguno de nosotros para controlar —le decían con gesto compungido—. Usted nos enseñó que el trabajo es lo primero.

Antes de marcharse el último, el pequeño, el que a ella más gracia le hacía, le sugirió que dieran un paseo de despedida y fueran a ver el edificio nuevo.

—Ese hotel que tanto te preocupa —le dijo con dulzura—. No te quedes con ganas de conocerlo.

Se acercaron en el coche del pariente, pese a las protestas de Edelmira, de que no hacía falta, si estaba muy cerca y ella aún tenía buenas piernas. Al llegar el hijo le conminó a que se fuera adelantando que él iba a aparcar. Entró y vio una recepción con unas mujeres uniformadas y sonrientes que enseguida quisieron llevarla a su habitación, pese las protestas de que ella solo estaba de visita.

—Mi hijo está aparcando. Enseguida vendrá y daremos una vuelta para conocer el lugar.

Después de dos horas sentada esperando. La amable joven uniformada, la cogió del brazo y se la llevó susurrando dulces palabras a un cuarto amplio que daba al rio.

—Aquí estará muy contenta doña Edelmira —le iba murmurando pasillo adelante.

© Cristina Vázquez

Tatá

Malena Teigeiro

La exposición del pintor paraguayo Zeus Ugarte estaba siendo muy aplaudida. Amalia, crítica de arte, acudió a verla. El director del periódico en el que trabajaba, la había enviado a la muestra para escribir una crítica sobre uno de los cuadros. Cualquiera, el que tú elijas, murmuró el hombre un poco cargado de hombros, empujando la montura de las gafas sobre su pequeña nariz. Amalia, a la que no acababan de gustarle los ramos de flores, las familias y niños felices del estilo naif de las pinturas, pasó por delante de ellas sin decidir sobre cuál iba a hacer la crítica. De aquella exposición lo único que le hacía gracia era el apellido del pintor. De pronto, se detuvo ante uno diferente. La pintura, una casona norteña con un río y un rebaño de vacas, la hizo detenerse. ¿De dónde habría sacado el pintor aquella imagen?

—¿Le interesa esta pintura? —escuchó detrás de ella una voz con dulce acento suramericano.

Con el rostro fruncido, Amalia se volvió hacia él. Los ojos negros del hombre, viva imagen de su tío Antonio, le quemaban la piel como si aquellas pupilas fueran brasas. Salió corriendo de la sala de exposiciones. Pálida, sudorosa, pronta a desmayarse, llegó a la casa de sus padres, donde recordaron de nuevo la historia del tío Antonio.

Al lado del riachuelo alguien había construido la casa de los abuelos. Era grande, no sabía si bonita, porque las diferentes generaciones que vivieron en ella le habían añadido nuevas estancias: Un despacho con biblioteca, una hermosa antecocina en donde descansaban los empleados, salón para poder recibir a los políticos que llegaban de la capital… Lo último fue el comedor. Construyeron aquel cubículo para colocar la gran mesa de cuatro metros importada de Inglaterra. Era oscura, brillante, nada bonita, pero sus dueños se sentían orgullosos, tanto que con el único motivo de demostrar que en aquella casa cabían todos sentados a la mesa, propiciaban tres cenas: La del santo del bisabuelo, la fiesta del Patrón y la de Navidad.

Antonio, el mayor de todos los hijos, fue el que heredó la casona. Y lo hizo poco antes de casarse. Como también heredó las fincas que tenían en Paraguay, fuente de la riqueza de la familia. En uno de los viajes se trajo a una mujer con la que había contraído matrimonio. Era una india bellísima. Con unos ojos negros que, según quienes la conocieron, ardían como carbones. Se llama Tatá, la presentó orgulloso. Su nombre en guaraní significa fuego.

A ella nunca le gustó aquella casa. Aseguraba que hacía frío, lo que era verdad, pues esas casonas tan antiguas eran difíciles de calentar. Que había humedad, lo que también era cierto, ya que sus paredes se levantaban al lado del rio. Que por ella vagaban espíritus que no la querían. Y ahí era en donde unos, muy serios, mostraban estar de acuerdo mientras que otros se reían de ella. La hermana de Antonio, Carmen, fue la única que le dijo a Tatá que una casa tan antigua en la que habían vivido decenas de personas durante tantas generaciones, tenía debajo de sus tejados muchas historias, alguna de las cuales, y ahí levantó los ojos al cielo, ella sabía que no terminaron bien. Y le contó la de una tía abuela, viuda blanca, que se dedicaba a hablar con el que había sido su esposo, fallecido durante el convite de boda.

Apenas cinco años después de que la bellísima Tatá llegara a la vieja casona, expresó con firmeza el deseo de volver a su tierra. Mas su esposo se lo prohibió. Entonces ella comenzó a pasearse por la casa susurrando lo que creyeron eran simples cánticos, cubierta con un mantón de lana negro que se ponía sobre la cabeza. Decía la cocinera, y puede que fuera cierto, que debajo escondía hierbas, extraños huesecillos y estampas al revés. Al mismo tiempo que eso ocurría, Antonio, comenzó a tener mal aspecto. Su carácter alegre y cariñoso se volvió taciturno, enrabietado. Hasta que un día echó a todos sus hermanos y sobrinos de la casona. A partir de entonces, según la cocinera, comenzaron a verse luces que, como si fueran llamas de fuego, se paseaban por los grandes salones y se acercaban a las ventanas de los dormitorios. Asustados, uno a uno, se fueron despidiendo todos los trabajadores, excepto el ama, Chelo, quien al considerar a Antonio como si fuera su hijo, se negó a separarse de él. Nadie de aquella familia volvió a la casona, excepto Carmen, que solía regresar a la aldea de vez en cuando. Y lo hizo hasta que un día Tatá la agarró por el brazo diciéndole que no quería volver a verla. Aquella noche, al quitarse el vestido, allí, en donde Tatá le había tocado, tenía cinco pequeñas quemaduras en la piel. Aquellas marcas, como si del Ave Fénix se tratara, renacían cada noche.

Y Carmen tampoco volvió a la casa.

Varios meses después de aquella última visita, la familia recibió la llamada de don Francisco, el capellán de la casa. Estaba preocupado porque hacía varias semanas que el ama Chelo no iba por la iglesia. Tampoco lo llamaban para que dijera misa en la capilla de la finca. Añadió que se había acercado a la casa y que no encontró ningún signo de vida. Que ni tan siquiera, el perro guardián, había salido a recibirle. Le había llamado la atención que la ventana del dormitorio principal estuviera abierta y el visillo, como si fuera una paloma, bailara movido por el aire.

Cuando Carmen y sus hermanos, acompañados por la Guardia Civil llamaron a la puerta de la cocina, esta se abrió sin que ningún cerrojo la protegiera. Dentro, sentada a la mesa, con un cuenco de guisantes sobre las rodillas, estaba al ama Chelo. El perro parecía dormir a sus pies. Sus cuerpos sin vida estaban tiesos como varas, como si un aire, dijeron, les hubiera arrebatado la vida. Al entrar en el comedor vieron que en las paredes, pintados con ceniza, había extraños signos. Los crucifijos de los dormitorios se encontraban, uno tras otro, apoyados de espaldas contra la pared y sobre la gran mesa de madera oscura, yacía alguien cubierto por unas blanquísimas sábanas bordadas. Al descubrir la cabeza, vieron que Antonio parecía dormir feliz, plácidamente. Sin embargo, al seguir destapándolo, descubrieron el almidonado cuello de su camisa pegado a un cuerpo completamente carbonizado.

De Tatá, la familia Ugarte nunca más volvió a saber.

© Malena Teigeiro

Una casa en la montaña

Liliana Delucchi

Con los pies hinchados y una llaga en el talón, Rosa por fin logra sentarse frente a un cuadro. El museo está casi vacío, apenas unas pocas personas deambulan por las salas; el aire es fresco y la joven se desabrocha los primeros botones de la blusa. Utilizando el folleto que le han dado a la entrada a modo de abanico, hace unas cuantas respiraciones para relajarse. Detiene su mirada en una pintura. Contempla las vacas, el prado, las casas y, al fondo, las montañas.

—Montañas no, por favor —se da cuenta que lo ha dicho en voz alta y recorre el ambiente con los ojos. Afortunadamente, nadie la ha escuchado.

Habían alquilado una casa en la serranía. Para descansar los fines de semana, había dicho él. Para alejarnos del bullicio de la ciudad y dedicarnos a leer, escuchar música y dar paseos. Si bien a ella le encantaba perderse por las callejuelas de la capital, ver gente y tratar de imaginarse sus vidas, aceptó la idea. No le vendría mal un cambio de ambiente, aunque los bares llenos le recordaran que todavía era joven.

La vivienda estaba un poco desvencijada, pero el alquiler era accesible y había posibilidades de arreglarla.

—¿No te gusta la idea de diseñar un jardín en medio de esta maleza? —le preguntó Jacinto cuando vio que ella sorteaba como podía los restos de cacas secas que había por doquier.

Rosa odiaba trabajar la tierra, ni siquiera con guantes, pero dijo que sí. Estaba enamorada. Después de mucho tiempo de soledad había encontrado al hombre perfecto.

Para el verano la casa estaba terminada y pasaron allí el mes de agosto. La verdad es que el clima era agradable y los libros ayudaron a la joven a superar el vacío que le inspiraba tanto campo. El otoño cubrió los árboles con unos colores maravillosos, pero cuando llegó el invierno empezó a poner excusas para quedarse en el centro. Que tenía trabajo, el cumpleaños de una amiga, una despedida de soltera o la visita a una galería de arte. Sin embargo, Jacinto continuaba yendo los fines de semana a la casa de la montaña.

Aunque no vayas, considero que debes poner el dinero de la mitad de la renta, dado que estuviste de acuerdo cuando decidimos alquilarla —le dijo su novio un sábado por la mañana antes de partir.

¡Vaya por Dios!, pensó Rosa. Con eso podría renovar su fondo de armario, de todos modos, le entregó lo que pedía. Cuando se dio cuenta de que pasaban demasiado tiempo separados, le dijo que le haría una visita el domingo siguiente, entonces descubrió una expresión en la cara de Jacinto que no supo si era de sorpresa o de disgusto. Sin embargo, fue y cuando encontró en el cuarto de baño un frasco de perfume que no era suyo, él dijo que se lo había comprado para ella, una nueva marca que anunciaban por televisión.

A la verdadera propietaria de la esencia la conoció el día que se le ocurrió ir a la casita sin avisar. La mujer se comportaba como la señora de la casa y Jacinto como un marido complaciente. Después de mirarla con burla, la intrusa arrojó a la cara de Rosa una considerable cantidad de improperios y la afirmación de que debía abandonar el lugar, entre otras cosas, porque se consideraba propietaria dado que pagaba la mitad del alquiler. La desalojada no quiso que la llevaran a la estación, volvió a pie para coger el primer tren que la devolviera a la capital. Y caminó hasta que sus piernas le dijeron que ya era suficiente. Por eso entró en el museo.

Mira el canal que hay en el cuadro y siente que se sumerge en él hasta las rodillas. Camina sin hacer caso al ganado ni a las flores de la pradera. Sigue adelante, solo puede ver la montaña, una casa reformada, una pareja preparando la comida del domingo, a Jacinto con un rastrillo, a la mujer del perfume que sale al jardín, coge una pala y la levanta por el aire para dejarla caer sobre la cabeza de Rosa. Un golpe, dos. ¡Qué horror! Piensa la agredida ¡Morir en este sitio!

En la penumbra del museo una voz anuncia que van a cerrar. Cuando el guardia de seguridad hace su ronda por las salas, descubre a una joven sentada frente a una pintura de Mallebrera con el cráneo partido.

© Liliana Delucchi

Mi casa

Marieta Alonso

No puedo dormir. Tengo pesadillas. Y todo por culpa de un préstamo. Me veo sin trabajo, mendigando por las calles en busca del dinero de la letra para que el banco no se quede con mi nueva casa. Lo de nueva es un decir, es de segunda mano.

Su búsqueda me ha llevado tres años de mi vida, pero en cuanto puse el pie en ella supe que sería mi hogar. Todo en ella es acogedor, la iluminación que da el ventanal, los arcos que separan los ambientes, la amplitud al no tener muebles.

—Usarás bastón cuando acabes de pagarla —repite mi padre a todas horas.

El primer día que accedí a mi casa, salí doce veces para volver a entrar y no perder esa sensación de fuerza que me daba cruzar el umbral de mi puerta. De día todo lo veo color de rosa a pesar de tener que cenar y dormir en el suelo por no tener cama, mesa, sillas… Pensé cerrar las contraventanas para evitar que los vecinos fisgonearan mi salida de la ducha tal como vine al mundo, pero ¿para qué? Estoy segura que se cansarán de mirar, si es que lo hacen, antes de poder comprar unas cortinas.

La noche es la que me conturba. Me la paso haciendo cuentas. He llegado a un acuerdo con mis padres, que sufren al no poder prestarme dinero. Me ayudan llenándome el pico con una comida contundente en su casa y con la cena que traigo en la fiambrera que me prepara mi madre. Así puedo pagar la luz y la calefacción.

A veces sueño que la policía me invita a salir de mi propia casa, porque es del banco —me explican— y me despierto con el corazón desbocado.

Llevo así seis meses. He tenido que ir al médico de cabecera, el que me ha atendido desde niña. La consulta estaba a rebosar. No había pedido cita por lo que me atendió la última. Me escuchó con mucha atención y con cara de cansancio me aconsejó:

—Mira hija. Déjate de tanta pejiguera, búscate un chico majo, trabajador y que te ayude a pagar el préstamo.

Y eso hice. Pero no vayan a pensar que me busqué un marido de conveniencia. No. Alquilé a unos compañeros de trabajo los dos dormitorios que tiene mi casa. Ellos se trajeron sus propias camas y yo me he ido a dormir a la despensa que es muy amplia y me cabe el colchón.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Teatro Colón de Buenos Aires

15 julio, 2019 por Akelarre 3 comentarios

Teatro Colón

El Teatro Colón

Este templo de la música ha sido elegido este mes para los relatos que ofrecemos. Historias que se desarrollan en el escenario, detrás de él o en el patio de butacas y que hablan de encuentros y desencuentros, amores perdidos y reencontrados, vida y muerte y hasta lo que imaginamos que hay después de ella…

El Colón es un teatro de ópera de la ciudad de Buenos Aires. Por su tamaño, acústica​ y trayectoria, está considerado uno de los mejores del mundo, comparable con las salas líricas más importantes, como la Scala de Milán, el Metropolitan Opera House de Nueva York, la Ópera Estatal de Viena, el Covent Garden de Londres y la Ópera de París. Es índice inequívoco de consagración para quienes se presentan en él y lugar ineludible para los amantes de la música.

La sala principal ––una de las mayores del mundo–– tiene siete niveles de estilo ecléctico, que combina el neorrenacentismo italiano y el barroco francés, con una rica decoración en dorado y escarlata.

El escenario tiene 35 metros de profundidad por 34 de ancho y la boca de escena es una de las más grandes en los teatros con forma de herradura a la italiana

¡Oh mi papá!

Cristina Vázquez

Entre bambalinas

Malena Teigeiro

El cisne negro

Liliana Delucchi

Una noche en el teatro

Marieta Alonso

¡Oh mi papá!

Cristina Vázquez

A mi amigo Juan Cambreleng. ¡Maestro!

—Otra vez. Repítelo —la voz atronadora de mi padre me paralizaba.

Con una fina fusta que tenía como preciosa herencia de los tiempos que arreaba ganado su abuelo, daba unos golpecitos nerviosos al atril de la partitura o al piano. Más brío, menos grito, más suavidad, menos falsete. Y otro fustazo a cualquier objeto.

Yo le miraba con el temor real de que un día fuera yo la depositaria de esos golpes, pero nunca fue así. Su imponente figura, gordo, alto, con unos ojos que se llenaban de biliosa ira y sus dedos gruesos, con un anillo en cada mano, que cruzaba sobre su orondo vientre cubierto con un chaleco de seda de colores brillantes, me persiguió hasta en sueños.

Atesoraba algún recuerdo plácido de ver a mi padre repantigado oyéndome cantar sin interrumpirme y marcando el ritmo con la fusta. Si recibía la felicitación de mis maestros o ganaba una audición, inmediatamente aparecía él como un ángel protector a recibir los parabienes. Yo lo veía como un ángel nocturno, casi maléfico.

Mis abuelos habían emigrado de Odessa y se sentían a duras penas integrados en la sociedad americana. Aunque su comercio de abarrotes les había proporcionado una suculenta fortuna, permanecían atados a sus tradiciones y lengua. Se casaban entre la comunidad rusa que había en Nueva York y miraron siempre con cierto desprecio a la nueva sociedad que les acogió.

Y nací yo, hija única del grueso Mijail y la dulce Irina con un don: mi voz. Mi madre vivió siempre con ojos de angustiada preocupación por cualquier pequeño contratiempo y por el grande de no haber dado más que una hija a su imponente marido.

Mis primeros recuerdos están asociados al solfeo, a un piano y al innegable esfuerzo de compaginar una infancia normal con la de futura cantante. Mi padre se erigió como conductor de esta vida sin dejar apenas espacio a mis deseos.

—Olga, Olgiushka querida, serás la reina de los escenarios y tendrás la fama que te mereces —al decirlo, una sonrisa de ávido propietario le deformaba el rostro.

Empecé a hacer giras y a intervenir en modestos papeles siempre acompañada por el hombre que, con la gabardina en la mano, igual que si fuera un manto real, me hacía deambular de un lugar a otro bajo un estricto control. Yo me sentía igual que una mercancía por la que obtenía un beneficio más suculento que por unas arrobas de legumbre.

No cojas frío, tápate la garganta, no bebas alcohol, no salgas de noche, no, no, no.

Acabé ingresada con una crisis nerviosa. Me quedé muda. No podía hablar ni cantar. El médico dio la recomendación de que mi padre no entrara a verme, pues notaba que mi afección y aflicción aumentaban. Mijail pareció adelgazar del disgusto y se volvió más suave, inundado de sincero pesar. Sentí una enorme liberación y estuve sin hablar más de dos meses comunicándome, y poco, a través de notitas escritas. En la última le pedí a mi madre que quería ir a Italia a estudiar con el maestro ciego Verruti que tenía fama de haber recuperado voces fatigadas y artistas en crisis.

Mi única condición era irme sola. Ya tenía veintidós años. Fue tal mi silencioso desafío que nadie se opuso y partí en un barco grande mirando la estela blanca, llena de recuerdos que esperaba se hundieran a la misma velocidad que avanzaba hacia el futuro. Al cabo de seis meses volví a cantar con un esplendor, una delicadeza de la que yo mismo y mi maestro estábamos sorprendidos. Sin duda, la férrea voluntad impuesta por mi progenitor me ayudó, pero descubrí una dimensión desconocida de mi propia capacidad al relacionarme con otros, a compartir la alegría de la música y a triunfar. Fue el típico, tópico caso de sustituir a la diva en la Norma y el teatro se vino abajo con mi interpretación.

Recibía continuas cartas de mi padre, iba a venir, no podía seguir sola, pero como encontré un representante recomendado por Verruti que empezó a gestionar mi agenda, nunca le comuniqué donde iba a estar. Solo a mi madre, bajo la promesa de no volver a verla si se lo decía a él. Y a ella le contaba de mi vida y mi felicidad.

Uno de los momentos más esperados fue el de ir a cantar al teatro Colón de Buenos Aires. Majestuoso, templo de los mejores artistas, lugar de cita mundial y yo Olga, la pequeña Olgiushka, la que esperaba recibir un fustazo al menor desliz, iba a interpretar Norma, la ópera que me había hecho saltar a la fama.

La noche del estreno me asomé nerviosa a ver el patio de butacas lleno de gente bien vestida. Un murmullo recorría los dorados palcos, el aroma de diferentes perfumes envolvía el ambiente único de los momentos anteriores a que suene la música, y me aparté para prepararme.

La ópera discurría a la perfección con el reconocimiento del público, efusivos aplausos, gritos de “Brava” y cuando empecé el segundo acto miré hacia un palco y vi la imponente, aunque más menguada figura de mi padre de pie, mirándome intensamente.

En ese momento perdí la voz y no pude seguir cantando. No recuerdo nada más, solo que al día siguiente los periódicos no hablaban de otra cosa.

© Cristina Vázquez

Entre bambalinas

Malena Teigeiro

Emma había acudido muy temprano al teatro. Su intención era maquillarse y vestirse antes de que comenzara la representación para luego, en lugar de esperar su llamada al escenario en el camerino, esconderse entre bambalinas. No quería perder ni un instante de lo que ocurriría en escena.

El abuelo de Emma había sido carpintero. Noble y antigua profesión la de los hombres que tallan la madera, decía el anciano cuando les hablaba de su trabajo. Luego, pillo, añadía: Y junto con la de las mujeres, una de las más antiguas del mundo. Invariablemente, después de estas palabras, profería un gran suspiro.

El recuerdo de su querido abuelo hizo iluminar en el rostro de Emma una ligera sonrisa. Con los enjoyados dedos se colocó la seda del escote de su vestido de Desdémona y se dispuso a salir del camerino. Con el pomo de la puerta entre los dedos, se detuvo. Recogió de encima de la mesa el programa y lo volvió a leer.

«El decorado de la ópera que se representa esta noche, considerado como una obra de arte, es propiedad del Teatro Colón. Construido por sus carpinteros en los talleres del teatro para la representación de Othello, fue cedido en diversas ocasiones por esta institución a teatros de Europa y otros países de América. Luego, como sucede a veces con las más bellas e importantes obras de arte, se quedó olvidado en uno de los almacenes, del que fue rescatado para la función que hoy se estrena.»

Representaban Othello. Los decorados eran los más hermosos que se habían hecho en sus talleres, decía su abuelo, Benedetto, que en aquel trabajo había puesto todo el amor de su querida y lejana Italia. Así, siempre con las mismas palabras, comenzaba a relatarle la trágica noche. Y luego de un instante de pausa que aprovechaba para limpiarse con un gran pañuelo el inexistente sudor de la frente, proseguía: El día del estreno se encontraban en el teatro los tramoyistas Enzo, un hombre mayor al que le gustaba demasiado el vino, y Antonio, joven inexperto que era la primera vez que atendía aquel menester. Nadie supo qué fue lo que le ocurrió a Enzo cuando al tirar de las cuerdas para cambiar el decorado de la calle por el de la sala del Consejo Veneciano de la tercera escena, se enrolló una soga al cuello ahorcándose con ella. Antonio, agarrado a sus cuerdas, al verlo subir tan rápido como el decorado, se quedó mirando estupefacto el balanceo del hombre. Nadie más vio ni escuchó nada. Luego se habló de que, confundido entre el sonido de la orquesta, el director escuchó un grito, que después de barrer con la mirada a sus músicos, continuó su trabajo tranquilo.

Cuando Benedetto se dio cuenta de que Enzo no se encontraba en su puesto, lo cubrió él mismo. Tenía que hablar muy seriamente con su compatriota, pensaba enfadado. Si volvía a verlo bebido nunca jamás trabajaría para el Colón. Menos mal que él, siempre al acecho, se había dado cuenta, barruntaba, si no… ¡No quería ni pensarlo! Y precisamente lo hacía aquella noche que entre los invitados a la representación, junto a sus esposas, estaba un mandatario europeo acompañado por el Presidente de Gobierno.

––Este pájaro va a ser el causante de que nos despidan a todos ––razonaba molesto el carpintero sin percibir que el cuerpo de Enzo, cada vez más azul, colgaba de una cuerda entre los peines.

En el escenario siguió desgranándose un acto tras otro hasta llegar al último. Y fue entonces, cuando Desdémona, una joven soprano que por primera vez cantaba en el teatro Colón, al comenzar a entonar su Ave María elevó la mirada al cielo y al ver colgando la gruesa lengua y la mirada de Enzo fija en ella, cayó al suelo. Hubo un revuelo entre los asistentes. Todos percibieron que la antes brillante y cálida voz de la soprano, apenas era audible. Othello acudió presto a recogerla. Llevándola entre sus brazos, y sin dejar de entonar su canto, la colocó encima del medieval lecho que cubierto de sedas y coloridos damascos, ocupaba gran parte del escenario. Othello continuó entonando sus palabras de celos y cuando arrebatado por la ira, sostenía entre sus dedos el cuello de Desdémona, percibió su cuerpo inánime.

Comienza el acto cuarto. Desdémona y su criada Emilia están preparadas en el escenario. Las manos de Emma están frías cuando comienza a cantar. En su cabeza resuenan una y otra vez las palabras de su abuelo:

––Y desde entonces, cada vez que se representa Othello con nuestros decorados, el alma de la joven soprano se pasea por el escenario del teatro –se persignaba a la vez que murmuraba una jaculatoria–. Quiere volver a cantar el Ave María, con fuerza, como lo hubiera hecho aquel día si no llega a ser por la mirada del ahorcado.

Luego añadía que, desde aquella noche, cada vez que las sopranos entonaban el Ave María, sufrían diversos tipos de desmayos y desvaríos.

Brillante, entona su parte del diálogo con su criada Emilia. Y cuando la orquesta ataca las primeras notas del Ave María, Emma de espaldas al público, camina hacia el fondo del escenario. Sin volverse, la dulcísima voz de la soprano desgrana con fuerza y emoción las notas del Ave María. Al finalizar, el público puesto en pie rompe en aplausos. Es entonces cuando Emma, todavía en el fondo del escenario, se gira hacia el auditorio. Inclina la rodilla, la cabeza, en una gran reverencia. Luego, ya en pie, en un gesto que nadie comprende, eleva las manos y con la mirada fija en el infinito, es ella la que aplaude.

© Malena Teigeiro

El cisne negro

Liliana Delucchi

A través de la ventanilla del coche, Clemencia contempla la calle Libertad húmeda por la llovizna que cae desde la tarde. Allí está, imponente, hermoso, el templo de la música al que no había vuelto desde hace tantos años. El culpable de sus desgracias.

La primera de ellas la descubrió una semana antes del estreno del ballet. Era su primera interpretación de Odile, la que iba a ser su consagración como bailarina.

––Ocurrió en la Plaza Lavalle, el día que fui a recoger las entradas para La Bohème. Él estaba en un banco mirando el edificio del teatro y yo me senté a su lado. ––Dijo Félix cuando su esposa lo interrogó sobre algo que todos sabían menos ella. ––Empezamos a hablar de ópera, luego de nuestras vidas. El resto ya lo sabes.

Su marido dejó el hogar esa misma noche. Se iba a la casa de la playa, le explicó, aunque ella más tarde supo que se había trasladado al apartamento de su amante.

El segundo de sus infortunios ocurrió el día del estreno de El Lago de los Cisnes, durante el tercer acto. Clemencia hizo su aparición como Odile, dispuesta a engañar al príncipe y en el segundo fouetté en tournant perdió el equilibrio y cayó en escena. Un tobillo roto. El final de su carrera.

A Manuel, el hoy marido de su ex esposo, lo conoció el día en que nació su nieta.

––Una niña preciosa ––le dijo intentando ser amable. –– Se parece a su abuela y seguramente será una excelente bailarina.

No se equivocó el roba maridos. Por eso hoy Clemencia ha vuelto al Colón. Aquel bebé que contemplaron en el hospital hace veinte años, esta noche debutará en el mismo papel que puso fin a la carrera de su abuela. La anciana tiembla con solo pensarlo. Abre la puerta del coche y se recoge el vestido para no mojar el bajo. El teatro brilla entre la bruma, los asistentes suben su elegancia por las escaleras de mármol bajo los paraguas. Ella intenta controlar su mandíbula que no deja de temblar. Va con una mano cogida del brazo de su yerno y con la otra aprieta el bolso de pedrería. El foyer está lleno de caras sonrientes que la saludan con una inclinación de cabeza. ¿Me reconocen? No, Clemencia, ha pasado demasiado tiempo.

La llevan hasta su asiento para descubrir que le han asignado uno junto a Félix y Manuel. ¿A quién se le habrá ocurrido?, murmura. A tu nieta, mamá, le contesta su hija, quiere a toda la familia junta.

Llega el tercer acto. Allí está su pequeña, su cisne negro, que hace una interpretación magnífica. La función es un éxito. De pie, en medio de los aplausos, la anciana abraza a los dos hombres y llora la felicidad que tanto tiempo tardó en llegarle.

© Liliana Delucchi

Una noche en el teatro

Marieta Alonso

Creo que estoy muerta. Lo último que recuerdo es el chisporroteo de las llamas, cortinas convertidas en ceniza, lámparas que caen al suelo estrepitosamente, esqueletos de butacas, gritos, gritos, y gritos.

Hasta hace unos instantes yo era joven, guapa, con una maravillosa voz de soprano, y sentía que la última nota se había ahogado en mi garganta, mientras en el piano continuaba sonando un do sostenido, hasta que, de pronto, cesó la música.

Ahora estoy tiznada y recelosa haciendo una fila frente a una mesa con un gran cartel en el que está escrito: «Reencarnaciones» en letra gótica y de color malva, mi color preferido. Veo salir a seis cucarachas. Pregunto a los de mi alrededor. No saben. No contestan.

Un grupo de pulgas aparecen por la puerta. Una docena de cigarras esperan la orden de salida. Me preocupa que Kafka esté al frente de este departamento. Me preocupa que me conviertan en una hormiga. Y no es que no me gusten, las tengo en gran estima por lo bien que programan su trabajo, por cómo se comunican entre ellas y por la gran capacidad de resolver problemas complejos, pero no… Me preocupa porque ser una hormiga conlleva grandes peligros, puedo quedar aplastada por el zapato de un desaprensivo, caer en la boca de un snob en un restaurante de lujo o ahogarme en una inundación.

No me seduce la idea de volver a morir tan pronto, quiero llegar a vieja, a estar rodeada de nietos. Ruego en voz alta: ¡Dadme el placer de una larga vida! ¡No es mucho pedir!, exclamo sin ninguna convicción de ser escuchada.

Al que estaba delante de mí le han convertido en una avispa con un formidable aguijón venenoso. Está feliz, cree que le ayudará a sobrevivir. No tengo tiempo de hablar con él. Me llaman, me toca el turno.

Sobre la mesa colocados de mayor a menor hay un escarabajo, una mariposa, una mosca, un mosquito, una chinche. Y lo único que se me ocurrió decirle con voz entrecortada, emoción contenida, y ojos llorosos a aquel ser lleno de bondad que me miraba complaciente, desde su asiento, era que me devolviese a la tierra tal como había sido: una mujer.

––¿Por qué, hija mía?

––Pues, mire usted, siempre he anhelado ser una empollona, una erudita, una especialista de… los insectos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La bañera

15 junio, 2019 por Akelarre 8 comentarios

Bañera que inspira relatos cortos

La bañera

La relativa abundancia de restos arqueológicos e iconografía artística, permiten especular que la bañera fue un objeto de uso tanto en el lejano y medio oriente como en la Grecia clásica. Así, aparecen restos en palacios micénicos que revelan estancias reconocibles como “cuartos de baño”.
En los palacios egipcios, hacia el año 1500 AC contaban con tuberías de cobre para agua fría y caliente, formando parte el baño de ceremonias religiosas.
Los judíos dieron aún más importancia al aspecto ritual del baño y entre los años 1000 al 930 AC, según normas de los reyes David y Salomón se construyeron complejas obras públicas de suministro de agua.
Fueron los romanos los que en el siglo II AC convirtieron el baño en un acto social, construyendo grandes baños públicos dotados de jardines, biblioteca gimnasios…
Tras la "noche medieval”, durante la cual lo opinión ortodoxa cristiana suponía que la exposición total del cuerpo en el baño era pecaminosa, hizo que se perdiera la tecnología del baño.
Aparecen en el Occidente del Siglo de las Luces modelos precursores de las bañeras modernas. No obstante, su uso no se extenderá hasta bien avanzado dicho siglo con la aparición del tub (bañera) a la inglesa y las primeras móviles de hierro denominadas como tales.

Olor a jazmín

Cristina Vázquez

Una bañera con patas

Malena Teigeiro

Entre la espuma

Liliana Delucchi

Una bañera

Marieta Alonso

Olor a jazmín

Cristina Vázquez

Inspirado en la leyenda del hada Melusina

La mirada aviesa de sor Melinda, pese a su dulce nombre, fue la primera impresión desagradable que recibió Atina al entrar en el colegio. Erguida en lo alto de la escalera de granito, bajo una marquesina herrumbrosa, miraba a las recién llegadas con el ojo frío del ganadero que evalúa las reses válidas o inútiles.

La toca almidonada avanzaba a los lados de su cara de monito avispado igual que unas alas desproporcionadas de un insecto lisérgico, lo cual producía un extraño contraste. La visión desagradable de la monja, la dejó desanimada, pues tenía por delante dos meses en esa institución para mejorar su francés y aprobar el suspenso de junio.

Una vez realizadas las despedidas más o menos llorosas o liberadoras de los familiares que entregaban a las docentes, una campana marcó el momento de subir a las habitaciones. En fila de dos se oyó el estrépito controlado de los pasos por las escaleras de las recién llegadas, cuyos nombres estaban marcados en cada puerta del dormitorio correspondiente. A Atina le tocó con Domenica, una milanesa deslumbrante y sabia para sus trece años, y con Julia, una alemana morena y expresiva que miraba con recelo a la desenvuelta italiana.

Había un baño en cada extremo del pasillo, con las habitaciones asignadas a cada uno de ellos. Le pareció correcto el que le tocó en suerte. Un poco antiguo pero limpio y sintió que no hubiera duchas en vez de esa gran bañera por la que tendrían que pasar muchas personas, lo que le producía cierto reparo. Pero todo le resultó adecuado: el dormitorio, la sala de estudios, el comedor, y en el ambiente flotaba un cierto aroma entre bizcocho y desinfectante que le daba confianza.

Empezaron las clases y sor Melinda se distinguía del resto de las monjas por su edad, rigor y por la extraña toca que encajaba su cara como un mosaico inamovible. El resto eran unas hermanas alegres, jóvenes, y con afán de enseñar y divertir a las alumnas. Aunque la sola presencia de la anciana monja producía una especie de corriente helada que paralizaba los juegos o las risas. Se susurraba que nadie conocía su edad y que era la última representante de un antiguo linaje francés, del que provenían reyes y santos. Desprendía un extraño olor indefinible y mohoso. La vieja, a veces, trataba de sonreír, pero su intento no era más que una escalofriante mueca amarillenta que parecía abrir una insondable y putrefacta fosa.

Las dos compañeras de cuarto, Julia y Domenica, entraron en franca rivalidad y como Atina era la única que entendía el italiano y algo de alemán, las noches en el dormitorio empezaron a ser la ONU a tres bandas. Cada una se quejaba de la otra en su propio idioma a sabiendas de que no la entendería y a ella la terminaban abrumando con sus pesadeces.

Una noche, harta de sus quejas, decidió darse un baño como lo hacía en su casa: con espuma, sin prisas y en silencio. Los horarios de los baños estaban pautados, al igual que los días en que se podían realizar. Dos a la semana y otro el domingo, lo que le resultaba incómodo acostumbrada como estaba a su ducha diaria. Se levantó sigilosamente y avanzó por el pasillo con su pequeña linterna. Mientras se desnudaba detrás del biombo que había en una esquina para dejar la ropa, una iluminación tenue surgió y entre las rendijas vio a sor Melinda. Las piernas le empezaron a temblar y se quedó petrificada al ver como la anciana echaba unas sales en la bañera y soltaba con sigilo el agua. Atina pensó que la expulsarían y querría tener alas para poder huir de esa trampa en la que se había metido.

Oyó como se quitaba los hábitos pues tenía los ojos cerrados con la falsa ilusión de que si no veía no la verían a ella, pero al fin los abrió y pudo atisbar a la vieja desnuda, con una carne pellejuda y fláccida y la toca puesta. Se miró absorta en el espejo para quitarse la cofia y apareció una cabeza calva, diminuta. Atina creyó que iba a vomitar, pero la monja sonreía frente al espejo y se metió con agilidad sorprendente en el baño.

Apoyó su espeluznante cabeza en un extremo de la bañera. Al momento siguiente un aroma envolvente de jazmín, rosas, nardos, empezó a inundar la habitación y una brisa suave abrió la ventana. La repugnante sor Melinda se iba convirtiendo en una hermosa mujer cuya melena rubia y abundante caía fuera del baño y unos susurros masculinos mezclados con los dulces y ahogados de la mujer inundaron el cuarto. Atina se puso en cuclillas pues comprendió que se iba a caer. Al cabo de un rato todo cesó. El aroma, los susurros, la brisa y salió del baño la mujer más hermosa que ella hubiera visto nunca. Se miró en el espejo con altanería y cerró los ojos. En breves minutos volvió a ser la vieja fláccida y calva, se envolvió con desgana en su hábito y arrastrando la toca desapareció.

Cuando pudo reaccionar volvió temblando a su cuarto donde sus dos compañeras seguían, ya en directo, insultándose cada una en su idioma y al verla entrar se callaron. La cara de Atina era de una palidez extrema y por más que le preguntaron fue incapaz de contar lo que había presenciado.

Al día siguiente sor Melinda dirigía con la misma mano firme y rugosa la institución y al pasar al lado de ella notó un lejano olor a jazmín, diferente del habitual que exhalaba y sintió su mirada de una manera especialmente intensa durante el estudio.

Llamó a su casa para que vinieran a recogerla. Estaba en peligro le aseguró a su madre.

© Cristina Vázquez

Una bañera con patas

Malena Teigeiro

Al salir del cine Imperial Paquita tenía una sensación particular. La película, La tentación vive arriba, era buena y divertida, pero los fotogramas que no olvidaba eran los de Marilyn Monroe, entre burbujas de blanca espuma, alzando las piernas en una hermosa y gran bañera.

La casa de su familia en el pueblo no tenía cuarto de baño ni ducha. Y eso que sitio para hacerlo había, porque aunque destartalada, era grande. Utilizaban para unos menesteres la cuadra y para el aseo los barreños que en el patio colocaba su madre. Luego se trasladaron a Madrid en donde, dijo su padre, vivirían mejor. Al principio se alojaron en dos habitaciones de una pensión en la calle Tribulete. El único cuarto de baño de la pensión se encontraba al final del pasillo. Y como era el único, por estricto turno que marcaba la patrona, se utilizaba por todos los inquilinos, excepto la sucia y desconchada bañera. La dueña prohibía tajantemente su uso. Frunciendo su ajada y pintada boca, casi siempre adornada con un repelente vello negro, decía que gastaba mucha agua y si querían bañarse en ella, y ahí juntaba los dedos de la mano frotando uno con otro, tendrían que pagar más. Por lo que sus inquilinos, entre en bidet y el lavabo, tenían que asearse como podían.

Después de dos años, ¡Al fin!, gritaba su madre con las manos juntas como dando gracias al cielo, lograron un piso de sesenta metros en una nueva barriada. El apartamento tenía dos habitaciones, cuarto de estar, cocina y un baño con polibán. Aquella especie de cubeta cuadrada con asiento a un lado y por la que su padre tuvo que pagar un suplemento, para la familia fue el mayor de los lujos. Pero para Paquita el polibán no era suficiente. Desde que cobró su primer sueldo, comenzó a ahorrar para pagar la entrada de un piso en donde instalaría una bañera grande, con patas, y azulejos verde clarito. Su sueño era levantar, brillantes de agua y jabón, las piernas en su bañera llena de blanca espuma. Porque aunque no fueran como las de Marilyn, a diferencia de las demás chicas de su pueblo, las suyas eran largas, delgadas y de tobillos finos. Quizá con los gemelos un poco provocados, pero bonitas.

Pasó el tiempo y Paquita contrajo matrimonio y tuvo hijos. Cada vez se le hacía más difícil comprar aquel piso en donde pudiera instalar la bañera de sus sueños. Pensó en ayudar a la suerte y comenzó a jugar a los ciegos. Su cupón fue premiado varias veces, pero era tan poca la cantidad que le tocaba que decidió pasarse a la primitiva. Siempre antes de adquirir el boleto rezaba y con él en la cartera seguía rezando. Y a pesar del tiempo transcurrido, ella sin cejar en su intento de llamar a la suerte, siguió comprando su boleto con inmensa fe. Y por fin llegó la mañana en la que, al comprobar los números de su papeleta, la máquina dijo que el boleto tenía que cobrarse a través de una oficina bancaria. ¡Por fin podría tener su bañera de patas!, suspiró con los puños cerrados debajo de la barbilla.

Después de adquirir un piso en el centro de la ciudad, en una calle habitada por personas elegantes, lo reformó de arriba abajo e hizo un cuarto de baño pegado a su dormitorio. Para mí sola, repetía con ilusión a quien quisiera escucharla.

Se sintió la mujer más feliz del mundo cuando el maestro de obras le entregó la llave de su recién reformada casa. Acariciando aquellas llaves, se dijo que sería divertido tomar un baño, sin que nadie la viera ni se pudieran reír de su capricho. Al día siguiente, antes de ir a su piso, compró unas suaves y grandes toallas. Alfombrilla y albornoz haciendo juego, cepillo para frotarse la espalda y el mejor gel de baño que había en el mercado, según dijo la señorita que se lo vendió. Polvos de talco y crema hidratante. Con todas sus compras en la bolsa que le colgaba del brazo, giró la llave de su nuevo domicilio. Al abrir la puerta del cuarto de baño se detuvo un momento para admirar la blanquecina claridad que traspasaba los cristales al ácido. Aquel capricho de los cristales había sido muy caro, pero era tan suave la luz que había merecido la pena el gasto, se dijo emocionada.

Con intensa ilusión, Paquita fue colgando la toalla de una percha y el albornoz de otra. Luego colocó la alfombrilla en el suelo. Y mientras iba dejando su ropa perfectamente doblada sobre la banqueta, miraba cómo cubierta por una gruesa capa de espuma blanca, la bañera, poco a poco, se llenaba de perfumada agua caliente. Cuando entendió que estaba suficientemente llena, se recogió el cabello y trémula, se dispuso a entrar.

Al salir de su nueva casa Paquita se fue directamente a una oficina de compra venta de pisos y puso el suyo a la venta. Ya había cumplido su deseo de tener una bañera de patas de hierro. Lo que ella no había previsto fue que sus casi noventa años no le iban a permitir levantar la delgada pierna lo suficiente como para poder introducirse entre aquella gloria de blancas burbujas.

© Malena Teigeiro

Entre la espuma

Liliana Delucchi

Lo que sucedía siempre volvió a suceder, como todas las noches: Las protestas de los chiquillos antes de irse a la cama, la insistencia de la niñera para que se lavasen los dientes y Clarisa en su sillón a la espera de la llamada telefónica de su marido que va a decirle que tampoco esta vez irá a cenar.

Se sirve una copa de vino y mira a su alrededor. Sus ojos se detienen ante el cuadro que acaba de colgar. No está muy segura de haber hecho una buena compra, pero esa tarde no tenía ganas de volver a su casa y el local de subastas era una buena opción. Tiene la sensación de que el martillero la miraba con insistencia. Era elegante, con una voz grave y tan clara como un actor de teatro. ¿De verdad retuvo su mano más de lo debido o eran solo imaginaciones suyas? Sonríe al silencio y se cubre las piernas con una manta. No es frío, piensa, solo necesidad de que alguien me arrebuje. El sonido del móvil la devuelve a su salón y la voz de Luis le confirma lo que ya sabía. Es hora de un buen baño.

El cuarto de baño es una de sus zonas preferidas de la casa. Lo diseñaron entre los dos, cuando todavía hacían cosas juntos, cuando se metían en esa bañera a susurrar lo felices que eran y lo que les quedaba por hacer. Ahora es territorio de Clarisa. Luis prefiere una ducha rápida por la mañana.

Mientras rellena la tina con agua caliente se queda mirando por la ventana las luces de la ciudad. ¿Qué ocurrirá en aquellas casas que están más allá de la colina? Se imagina familias felices, alguna anciana solitaria y la consabida joven fundida en su tablet. Ya entre la espuma, respira profundamente con la mirada fija en sus dedos del pie. Magnífica pedicura, Sabrina. ¿Qué estará haciendo el hombre de esta tarde? Tengo su tarjeta, puedo llamarlo o pasar por la casa de subastas. Pero ¿Qué estoy pensando? Eso lo haría Carmen, que es una lanzada, yo terminaría balbuceando incoherencias. Mejor me olvido.

Cierra los ojos y siente que la acarician por debajo del agua. Es el subastero que desliza su pie a lo largo del vientre de Clarisa. La mujer se estremece, coge el tobillo del hombre y empieza a masajearle la planta. Respira hondo antes de sumergirse y de pronto… Ya no está en su bañera. Es un mar color esmeralda, hay peces y alguien le hace señas para que se dirija a una cueva subterránea. Aprieta los párpados para recordar cada detalle de la cara de ese desconocido hasta hace solo unas horas, pero no lo logra. Se da cuenta de que es Luis quien la llama desde las rocas, quien le tira besos que se transforman en pompas. Sale a la superficie. Desde el cuarto de baño en penumbra ve que se enciende la luz del vestidor y por el pasillo a su marido que avanza desnudo hacia ella.
—Sabía que estabas aquí, por eso me di prisa —le dice antes de introducirse en medio de la espuma.

© Liliana Delucchi

Una bañera

Marieta Alonso

Hace muchos, muchos años, en una alejada aldea vivía un pobre loco. No era hablador. Todo lo contrario. Y por absurdo que pareciera se le veía dolorosamente feliz.

Cuando murieron sus padres vendió la pequeña casa de adobe y compró un terreno poblado de árboles. Dialogaba con ellos como si intentara que aprendieran a caminar y formaran una cerca marcando la linde de su parcela. No consiguió convencerles, por lo que fue pidiendo permiso uno a uno para que se dejaran talar y el viento trajo la autorización.

Marcó con su inicial una serie de ellos que comenzó a cortar a unas pulgadas de la base. Otro del poblado, que también tenía fama de faltarle un hervor, se acercó y sin decir palabra se puso a ayudarle, talando a ras de tierra a los que tenían una gruesa raya en rojo. Luego, entre los dos partieron los troncos, todos del mismo tamaño, y comenzaron a apilarlos a pocos pasos de los tocones que formaban un rectángulo.

Unos troncos se convirtieron en una espaciosa choza, con el tejado a dos aguas y muchos vanos para que entrara la luz y el aire, mas no la lluvia que para eso pusieron unas hojas abatibles que se abrían hacia el exterior. Otros se fueron transformando en una mesa alargada, en seis taburetes, tres bancos alrededor de las paredes, dos camas… Todo tallado con esmero y de gran belleza.

Cavaron un profundo hoyo en el patio algo alejado de la casa, que milagrosamente se convirtió en un pozo. Se rascaron la cabeza sin dejar de contemplar el borboteo del agua, y sin decir palabra se marcharon rumbo a la capital. Regresaron a la semana con una tina enorme y espectacular que, en vez de colocarla dentro de la casa, la pusieron al lado del pozo. Todo un día y toda una noche estuvieron sentados dentro del desmesurado recipiente pensando, pensando… Y al día siguiente se fueron a ver al herrero, que escuchó con atención lo que le pedían.

A la semana, aquel que tenía por oficio trabajar el hierro, seguido por los hombres del pueblo, colocó un artilugio que iba del pozo a la bañera y echaba agua al subir y bajar una palanca. Con agua cristalina la llenaron. Y sin percatarse de la multitud, los dos orates, uno primero y otro después se desnudaron y por turnos se dieron su primer baño. Al ver aquello los demás pensaron que estaban embriagados de alcohol, pero no. Era puro placer.

Con el calor del sol y tanta agua derramada por el desagüe comenzó a brotar la fina hierba. Se volvieron a rascar la cabeza y fueron sembrando a una distancia prudencial alrededor del baño, un haya para consagrarla a Júpiter, un ciprés para Cibeles, un laurel para Apolo, y una palmera para las Musas…

La muchedumbre venía cada día a ver el espectáculo del baño, pobres lunáticos pensaban al principio, hasta que pidieron hacer lo mismo que ellos, pero no se lo permitieron, salvo previo pago de una tarifa.

Y el negocio prosperó.

© Marieta Alonso

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La Torre de Hércules

15 mayo, 2019 por Akelarre 7 comentarios

Torre de Hércules La Coruña Galicia

La Torre de Hércules

La imagen austera y potente del faro impacta al que lo ve. Pero todavía impresiona más si pensamos que bajo sus fachadas se encuentra el original romano, el más antiguo del mundo y el único que se conserva en servicio, desde el que los romanos contemplaban el «Finis terrae».

Construida  en la segunda mitad del siglo I por un arquitecto de Coimbra, de nombre Gaio Sevio Lupo, su luz ha sido desde siempre un punto de referencia para los navegantes.

Una de sus leyendas cuenta que hubo un gigante llamado Gerión, rey de Brigantium, que obligaba a sus súbditos a entregarle la mitad de sus bienes, incluyendo sus hijos. Los súbditos decidieron pedir ayuda a Hércules, quien retó a Gerión. Después de derrotarlo, Hércules lo enterró y sobre su cabeza levantó un túmulo que coronó con una gran antorcha.

Hoy día el faro está reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

El buen dormir

Cristina Vázquez

La luz del faro

Malena Teigeiro

Eternidad

Liliana Delucchi

El faro

Marieta Alonso

El buen dormir

Cristina Vázquez

Siempre fue nerviosa. Ya lo decía su madre que desde niña siempre durmió mal.

A Matilde le alteraban el sueño la luz de las farolas, o el ruido de los transeúntes al pisar la alcantarilla, o los maullidos de Pandolfo, que la niña afirmaba doctoral eran almitas del purgatorio.

—Delicadezas de princesa tiene mi hija —afirmaba contundente la madre a sus compañeras de costura en el taller donde trabajaba.

Y sin duda, delicada resultó Matildita para el dormir. En cambio, aunque nunca perdió su aire doctoral, al crecer, este se fue suavizando en una cara de simpáticos hoyuelos, nariz respingona y una expresión de pícara inteligencia en los ojos. Además, fue una estudiante aplicada que le permitió licenciarse en Geografía y con tal motivo pretendía recorrer mundo para conocer los accidentes geográficos en su esencia, aseguraba pomposa.

Consiguió una beca para venir de su Chile natal a estudiar a la madre patria. Antes de empezar el curso se fue a vivir a casa de unos parientes en Galicia, lugar nombrado tantas veces con melancolía por la madre, que adornaba esa tierra con todas las virtudes y bellezas que recordaba de su infancia.

Y allí apareció la chilenita, como la llamaron desde el primer momento, causando curiosidad y sorpresa a los del pueblo. La tía abuela Jacinta la instaló en el mejor cuarto del primer piso de su vivienda. Una habitación aseada y llena de recuerdos, algunos de su madre. Una habitación que Matilde sintió como propia nada más entrar.

Agotada, se acostó en la cama un poco húmeda en el que se mezclaba el olor a espliego y a lejana boñiga de los animales. Una cama blanda, acogedora, en la que esperaba soñar y soñar. Pero al apagar la lámpara, pese al antifaz que siempre se ponía para que no le molestara la luz y los tapones en los oídos, una claridad intermitente e intensa que se colaba bajo las contraventanas, y el ruido de los cascos de los animales por la trocha le impidieron dormir.

A la mañana siguiente, la cara de desolación de la tía Jacinta al ver lo demacrada que estaba la sobrina, era sincera.

—¡Ay! pobre Matildiña, después del viaje tan largo, no dormir —le decía pesarosa—.

Es una faena.

De repente, se le iluminó la expresión a la anciana mujer y afirmó que tenía la solución. Llamó a una vecina y dio unos recados. Le dijo a la chilenita que no se preocupara que todo tenía remedio.

—Ya verás como sí —y una sonrisa algo desdentada iluminó la cara de Jacinta.

Al cabo del rato llamaron a la puerta y apareció un mocetón cumplido. Alto, rubio tirando a rojizo, con una suave pelusilla en los brazos y unos ojos de un azul tan intenso, que parecían haberse bebido el mar.

—Este mozo es Luisiño, el más seguro de la comarca. Te dará un paseo en su barca y dormirás.

Matilde no entendía la relación entre el dormir y la barca, pero se fue encantada con el hombretón que enseguida la enlazó por la cintura guiándola con seguridad hacia el faro. Se pararon un momento a contemplar la increíble torre que aún alumbraba desde los romanos, le dijo él.

—La Torre de Hércules —añadió ella con su encantador aire doctoral y una mirada apreciativa al faro y al hombre

—Tú vas a dormir bien —le aseguró sonriente Luis— y no volverás a irte lejos, porque si no yo tendría que subir a lo alto para llamarte a través de la mar océano y no quiero.

El hablar suave, las cosas sorprendentes que le iba contando y su presencia firme, dulce y próxima, le dieron una flojera a Matilde que ella interpretó como efecto del cansancio y el cambio de horas.

Al llegar al pie del faro, una barquita pintada de verde se balanceaba esperando a su dueño, pero la joven aseguró que se sentía incapaz de subirse a ella pues se marearía.

—No te preocupes, bobita, ese dulce balanceo no marea, pero tengo una cabaña ahí abajo, también de tiempos romanos, donde estaremos tranquilos.

Tranquilos no estuvieron, pues el dulce balanceo fue de otro oleaje y cuando Luis la tocó en el hombro ya era de noche y entraban las ráfagas de luz del faro por debajo de la puerta.

—Ya te dije que dormirías.

La vieja Jacinta en su casa, se acababa un puro sentada cerca del fuego con una comadre.

—Ya lo sabía yo que Luisiño la haría dormir —escupió una hebra de tabaco—. Espero que acepte el dinero pactado, porque son muchas las horas que lleva con la chilenita. Pero es que no hay nada peor que no dormir. Si lo sabré yo.

Y se arrebujó en el chal mirando cómo las llamas se iban consumiendo.

© Cristina Vázquez

La luz del faro

Malena Teigeiro

La noche que en el cementerio de San Amaro enterraron a Marina y a Juan el mar estaba quieto, tranquilo, y la luz de la luna brillaba sobre él. Sin embargo, la bocina de la Torre de Hércules no dejó de sonar y su rayo de luz, brillando más que nunca, a modo de blanco sudario barría la costa del cementerio.

La barquita de Juan se fue de pesca como cada madrugada. A él le agradan aquellas horas en las que la luz y la niebla envuelven a su barca y al horizonte. Le gusta también porque cuando antes de salir de su casa besa a Marina, esos días de niebla la piel del rostro, del cuello de su mujer, es cálida, perfumada. Al abandonar la habitación después de acariciarla, Juan se envuelve en una bufanda. De ese modo, piensa, retiene el calor de Marina en los labios impidiendo que le entre el frío de la mar. A veces ella se despierta y abre los ojos, sonrientes, dormidos, del color de las aguas marinas. Entonces saca los desnudos brazos de debajo de las sábanas y lo abraza, pero no como por la noche. Ese es otro abrazo, sonríe Juan malicioso. Y también le agradan esas horas porque así contempla cómo el sol rompe y atraviesa la niebla, y él, con el recuerdo del color de los ojos de Marina, mira hacia el final de la mar, allí por donde en los atardeceres sale la luna. Y los compara. Los de ella eran todavía más verdes y transparentes. Aquella mañana, cuando como siempre la besa, a ella se le pasa una nube por la frente. Aprieta con fuerza los ojos y él vuelve a besarla. Esta vez no quiso mirarlo. La negrura de su presentimiento no le permite tocarlo, ni tan siquiera con la mirada. Le ruega que no pierda de vista al faro no fuera ser que choque con alguna roca. Él se despide revolviéndole el pelo. Inquieta, la mujer se vuelve a dormir.

De pronto a Marina la despertó el ruido de una puerta al cerrarse con fuerza. Se levantó y se acercó a la ventana. Las olas de la galerna que había comenzado a rugir justo después de la madrugada, justo después de que Juan se fuera, crecidas por la fuerza del viento, desparramaban la espuma por las peñas con la furia de las bestias enfadadas. La bocina del faro de la Torre de Hércules con dificultad se colaba entre el aullar del viento. Marina corrió hacia la dársena. Al atravesar los jardines, los cabellos de las palmeras se revolvían con locura. La joven vio entrar en el puerto a los que saliendo más tarde que su Juan, pudieron volver a su refugio. El de él, no. Hacía ya rato que, saltando las olas, Juan dejó la bocana y cuando lo hizo, la luz de su barco y la del faro se cruzaron formando una blanca cruz sobre el agua. El corazón del marinero se agarrotó. Mala señal, pensó sacudiendo la cabeza como si quisiera echar fuera los malos pensamientos. Bobadas, se dijo abrochándose el chaquetón.

Marina voló por el muelle gritando su nombre. A trompicones se deslizaba entre las olas que luchaban contra el espigón. Eran altas, fuertes, rabiosas. Pasándole por encima, la azotaban sin que nadie se atreviera a seguirla. De pronto la vieron desaparecer envuelta en la espuma de una ola grande, blanca, de triste barriga amarilla. Ella no se asustó. Sonriendo, mecida en el vientre de la ola, la muchacha se dejó ir hasta el final del cielo, hasta allí en donde sobre un rayo de luz sabe que Juan la espera.

Pasó la galerna y los barcos que salieron a buscarlos regresaban al puerto tristes, con la cabeza baja. Hasta que, ya por la noche, al farero le pareció ver algo sobre la fina arena de la playa de las Lapas. Dio aviso.

Y allí, al pie del faro, vestidos de algas, los encontraron abrazados. Sonrientes. Parecían dormir.

© Malena Teigeiro

Eternidad

Liliana Delucchi

Al ver la bruma roja dibujarse en el horizonte supo que era cuestión de horas que llegara a la playa y lo envolviera todo. Por eso abrió la ventana del faro y se dispuso a esperar. Dejaría de ser Pedro Altúnez y una mano invisible le iba a informar a través de un escrito su nuevo nombre, su nueva identidad.

Todo comenzó hace más de dos mil años, cuando una vez retirado del ejército lo destinaron a ese lugar del fin del mundo. A controlar el faro, le dijeron. A los cincuenta años ya tenía que retirarse de la Legión. La XIII, a la que había pertenecido desde que se hizo soldado para defender a Roma. Entonces se llamaba Tito Cornelius. Caminó, construyó y luchó en los confines del Imperio, y al llegar la hora de su licencia le dieron unas tierras allí donde acababa el mundo con el encargo de custodiar el faro. Al principio le supuso un buen descanso para un guerrero, pero transcurrido un tiempo la soledad y la búsqueda en su memoria de algún momento de fama, de reconocimiento por su labor, lo llevó a fantasear con un pasado que no había tenido y deseó volver atrás, recuperar su juventud.

Allí arriba, mientras miraba a esos hombres uniformados dando órdenes en la playa, descubrió el sentimiento de fracaso. Un ex legionario que nadie recordará, se dijo mientras saludaba con la mano a quienes partían una vez más hacia la metrópoli.

—Lo único que quiero es volver atrás, tener veinticinco años y la posibilidad de hacer algo grande —gritó a la ventana abierta al mar, mientras apuraba la última copa de vino antes de desplomar su borrachera sobre la mesa.

El aire fresco lo hizo recuperarse. Fue entonces cuando la vio por primera vez: La bruma roja que avanzaba hacia el faro y, dibujada entre algo que parecían nubes, la figura de una mujer. ¡Venus! Si no era Venus sería otra diosa, porque le habló, le dijo que le otorgaba el deseo, que regresaría a su juventud pero con la condición de que no abandonara el faro, pues simplemente desaparecería.

—¿Qué acto de grandeza puedo hacer aquí? —preguntó mientras se arrodillaba ante la imagen.

—No lo sé. Eso es cosa tuya. Yo solo te concedo la inmortalidad —respondió la diosa antes de desaparecer.

Veinticinco años pasaron y el día que volvió a cumplir los cincuenta la bruma roja retornó a la deidad. Esta vez no habló, solo le dejó un papel con su nuevo nombre. Esto se repetiría siglo tras siglo.

El Imperio Romano cayó, otros pueblos se hicieron con el lugar, pero el faro se mantiene hasta hoy.

El antiguo legionario cambió de fisonomía y de nombre muchas veces, de la misma manera que cambiaron los barcos y los paisajes, sus jefes y sus lenguas, sin embargo no logró llevar a cabo la acción gloriosa por la que pidió volver a la juventud.

Hoy torna la bruma, hoy se inicia un nuevo periodo. Pedro Altúnez baja las escaleras del faro. Duda frente a la puerta, sin embargo, la abre. Un paso, dos. Se encamina hacia las piedras, pero no llega a la orilla.

Ahora todo es silencio.

© Liliana Delucchi

El faro

Marieta Alonso

El viejo Baldomero padecía de un exceso de sensibilidad ante la naturaleza, de pura dicha se le agarrotaba el corazón al mirar el mar y su horizonte. De niño, asía las manos de su madre, y le explicaba que aquella línea oscura, allá a lo lejos, era el fin del mundo. Y su madre simulaba creerle.

Cuando quedó vacante la plaza de farero quiso solicitarla y contra todo pronóstico se la dieron. Sus días y noches las pasaba oteando la lejanía y saliendo a pescar en su barca. Tras perder a su mujer y a su único hijo durante el mayor huracán de ese siglo en que les había tocado vivir, intentaba no pensar, solo resistir el día a día. Sus necesidades eran ínfimas, comía de lo que pescaba, de lo que le ofrecía la huerta y solo iba al pueblo a comprar lo preciso.

La predicción meteorológica para ese día era preocupante. Al salir para dejar a cubierto todo aquello que se pudiera dañar, era tan fuerte el azote del viento que en cuanto hacía intención de alejarse del amparo del muro, se tambaleaba.

Durmió una breve siesta pues la noche se presentaría movida. Y así fue. No hubo ningún aviso de naufragio, solo la potente luz del faro advertía de la proximidad de la costa y el rugir del viento evidenciaba la intensidad de la tormenta.

Unos sollozos y unos golpes en la puerta le alertaron. Al abrir, una niña de unos cinco años, a gatas, aterida de frío, chorreando agua, y abrazada a una muñeca de trapo, le miraba despavorida con unos grandes ojos azules, mientras señalaba hacia el barranco repitiendo: mamá, mamá.

La hizo entrar, puso una toalla entre sus manos para que se secara, que no se le ocurriera asomar la cara por aquella puerta le advirtió con el índice, y colocándose su ajada capa se dispuso a salir sin saber el camino a tomar.

Al cabo de media hora encontró restos de una barca y a una mujer inconsciente con la cabeza en tierra y el cuerpo en la mar. Como pudo la condujo al faro, entre agua, yodo y vendas la mantuvo viva como hicieron su madre y su mujer con él, la vez aquella en que se fue contra las rocas. Dos días con sus noches azotó el vendaval, al amainar se puso en camino, era necesaria la presencia de un médico.

A partir de ese día la soledad se mantuvo lejos de aquel faro antaño silencioso y se transformó en el hogar de una familia donde imperaban las risas de la niña, el olor de los guisos de la madre y las anécdotas de Baldomero.

© Marieta Alonso

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