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El patito feo

15 octubre, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Relatos inspirados en el patito feo

El patito feo - Hans Christian Andersen

Escrito por Hans Christian Andersen, escritor y poeta danés, versa sobre un patito grande, torpe y feo al que sus hermanos rechazan. Sin embargo, con el paso del tiempo se convierte en un bello cisne.

El cuento fue publicado por primera vez el 11 de noviembre de 1843 con gran éxito. Más tarde, fue incluido en la colección de Cuentos nuevos (Nye Eventyr en 1844).

El relato ha tenido diversas adaptaciones y versiones tanto en ópera, como en ballet y musicales. Del mismo modo, se ha versionado en diversas películas animadas.

«Patito feo» se ha convertido en una expresión que se aplica a cualquier situación o persona, que en principio es rechazada o mal vista y después, sorprendentemente, se convierte en algo inesperado y mucho mejor.

Este relato ha sido extrapolado por nuestras cuentistas para encontrar en él situaciones que, sin desmedro de la historia del gran danés, se trasladan a otros espacios. Desde un niño que encuentra un patito feo en una granja, a una joven con una inteligencia superior; la vida del cisne en que se transformó el personaje del cuento original o el relato de quien, tras superar sus complejos infantiles, llega a ser una mujer de éxito.

La letra jota

Cristina Vázquez

El cuento roto

Malena Teigeiro

La bella

Liliana Delucchi

¡Qué frustración!

Marieta Alonso

La letra jota

Cristina Vázquez

El ruido de la máquina de coser de su madre, a Manuela le daba dolor de cabeza. Muchas noches seguía oyéndola desde su cuarto, pues esa mujer no parecía tener horas para acabar su trabajo.

—No te quejes, Manuelita —replicaba con cara cansada.

Miraba a la hija con unos ojos que parecían refugiarse detrás de unos lentes cada vez más gruesos, dándole un mirar desvaído, como de agua sucia. No soportaba la actitud de resistencia de la madre, agarrada a piezas de tela que cortaba en la mesa de la cocina. Nunca pudo llegar a tener su propio taller, pero habilidad y ganas no le faltaban para que su niña fuera la mejor vestida.

Estas afirmaciones de entrega y voluntad descorazonaban a Manuela. No podía olvidar el día de la fiesta de graduación. Había conseguido, gracias a una beca, educarse en un colegio privado al que acudía lo más distinguido de la ciudad. A su madre le gustaba repetir a familiares y escasos amigos, que esa hija era su orgullo. Pero Manuela no podía trasmitirle lo que era sentirse un ridículo patito feo en medio del esplendor intelectual y económico de sus compañeras.

Era imposible que comprendiera la mirada displicente al traje que ella había copiado con esmero de una revista de moda. Manuela cogía esas publicaciones y dibujaba, con apremiante gesto, todo lo que modificaría sobre los vestidos elegidos por la madre. Esta le recriminaba que las estropeara, con lo caras que eran esas revistas. Ella subía los hombros y despectiva aseguraba que eran cursiladas.

Tampoco podía imaginar su madre lo que significó el tener que mentir cuando hablaban del veraneo o de los viajes de esquí. Ella se iba con su abuela al pueblo, muy fresquito para que no pasara calor, intentaba convencerla cuando subía al autocar de línea. Nunca olvidaría la mirada de desasosiego que observaba en sus alejados ojos por las dioptrías, al despedirla. Su abuela era una buena mujer llamada Jacinta. La única vez que dijo cuál era su nombre, la carcajada fue tan general que afirmó era broma, se llamaba Elena. ¿De verdad se lo habían creído? Y Jacinta fue la que comprendió el sufrimiento de esa niña a la que habían sacado de su charco para embarcarla en unas aguas que no por más bonitas resultaran más claras.

—Mi niña querida. No te apures, ya encontrarás tu lugar.

Le dijo una noche en la que una luna redonda bailoteaba en el cielo. Sentadas en dos mecedoras miraban la noche, pues la anciana conocía muchos nombres de estrellas y constelaciones. Las vidas son como las estrellas, unas veces se ven luminosas, otras no se ven y si se miran en el otro hemisferio aparecerán algunas diferentes.

—Así que busca bien tu estrella para que te lleve donde desees —se volvió hacia su nieta.

Ella tenía la fuerza y la inteligencia para llevar a cabo lo que deseara, aunque aún no lo supiera, continuó cogiéndole las manos. Ese colegio que ahora le hacía sufrir le daba los medios para poder lograrlo.

—Ya lo verás —remató—. Seguro que te acordarás de esta noche algún día. Solo te falta tiempo para saberlo.

Manuela terminó el colegio con un suspiro liberador, el orgullo de haber conseguido magníficas notas y la esperanza de encontrar su sitio, como le predijo su abuela. Al cabo de los años y después de haber creado una industria textil, basada en sus diseños, volvió al pueblo a comprar la casa familiar que estaba abandonada. Sí, este era su sitio. Después de volar muy alto y muy lejos, quería volver al lugar donde recordaba una maravillosa noche de luna poblada de estrellas que se cuajaron en una brillante realidad. Y el ruido de la máquina de su madre no lo olvidó nunca, pero no como algo insoportable, sino como el sonido apaciguador de la tenacidad.

A la empresa que montó le puso el nombre de su abuela. Sonreía al notar la dificultad que algunos extranjeros tenían al pronunciar la Jota.

© Cristina Vázquez

El cuento roto

Malena Teigeiro

Una noche era el de Blancanieves, otra el de la Cenicienta, y siempre el cuento que mi madre me leía antes de darme el beso de buenas noches, era el de El Patito Feo. A mí, como a casi todas las niñas, me gustaban mucho más los de príncipes y princesas.

Nunca fui al colegio. Sin embargo, sí veía cómo todas las mañanas, Martita, mi vecina del quinto, bajaba las escaleras con su uniforme azul y un sombrerito muy gracioso que dejaba ver su cabello que parecían fibras de oro. Más de una vez pensé en que si consiguiera tener alguna de ellas, podría estudiar la aleación de aquel material que tanto envidiaba.

Mi padre prefería que yo estudiara con profesores particulares. Según él, era demasiado inteligente para asistir a un colegio con niñas corrientes. Tampoco iba al parque a jugar, ni tenía amigas. En una palabra, jamás salía de mi casa. Eso sí, siempre me encontraba rodeada de personas mayores. Al principio, eran mi madre y mi abuela, luego comenzaron los profesores a los que mi padre llamaba tutores. El primero fue una mujer, la señorita Carmelina Delgado. Llegó a la casa sonriente, y no recuerdo que aquella primera sonrisa se le borrara de rostro jamás. Era divertida, cariñosa y conocía todo tipo de juegos. Enseguida se trasladó a vivir con nosotros. Además de enseñarme a leer, construíamos juguetes, entre ellos una casa de muñecas. También hacíamos los dibujos para nuestros propios puzles. Lo que más me gustaba de ella era el delicioso perfume a fresas que utilizaba. Cada vez que movía la melena al reírse, inundaba con él toda la habitación.

Y mi madre continuaba con su costumbre nocturna de leerme algún cuento antes de que me durmiera. El último, como siempre, El Patito Feo.

No mucho después, llegó don Roberto, un hombre mayor, ya jubilado, que bajo la vigilante mirada de la señorita Carmelina, se encargaba de enseñarme todo lo relativo a las ciencias y matemáticas. Me encantaba hacer raíces cuadradas, aunque según él tenía una especial habilidad para formular. Yo prefería el álgebra. Era capaz de resolver con facilidad, a veces en menos tiempo que el propio profesor, cualquier problema que me pusieran delante. Detrás de él, llegó don Justo, que me enseñó a tocar el piano. Y luego fueron apareciendo otros que iban ampliando las materias bajo la estricta vigilancia de don Roberto. Creo que con los años, llegó a ser algo así como el mejor amigo de mi padre.

Y mi madre seguía leyéndome el cuento de El Patito Feo.

Cuando cumplí los quince, acompañada por mi padre y por don Roberto, fui a un centro en donde me examinaron de todo el bachillerato a la vez. Días después, ya en un edificio de la universidad, durante tres días cursé Matemáticas, Física, Química y varias asignaturas de Medicina, que aprobé con matrículas de honor. Y aunque mi madre insistía en que también me examinara de las disciplinas de filosofía e historia, mi padre no lo permitió. Él dictaminaba que aquello eran tonterías en las que no debía perder el tiempo. Y casi sin que se enterara, un sábado por la mañana la señorita Carmelina me acompañó al conservatorio en donde me examiné directamente del último curso de la carrera de piano y de varios de violín. A partir del último examen de Harmonía y Coral, nunca volví al conservatorio.

De esos días en el conservatorio, guardo el recuerdo de una de las personas que me examinó. Era una señora de edad parecida a la de mi madre, que tenía los ojos negros. Y eso yo no lo había visto nunca. Me llamaron tanto la atención, que no fui capaz de separar mi mirada de esa negrura. Ella, que quizá se dio cuenta, me sonreía. Sin embargo, aquella sonrisa no era como la de la señorita Carmelina, era triste, más bien angustiada.

Al llegar de vuelta a casa le pregunté a la señorita Delgado qué había que hacer para tener aquellos ojos tan negros y brillantes. Me explicó que el color negro era por la cantidad de eumelanina. Decidí investigar y estudiar algo tan curioso. También recuerdo que le pregunté si se había dado cuenta de la angustia que presentaba el rostro de aquella mujer. Debía sentir algún gran dolor, me contestó pellizcándome la mejilla.

Y mi madre, seguía leyéndome por las noches el cuento de El Patito Feo.

Después de aquellos exámenes, nos trasladamos a vivir a una finca que mi padre compró en las afueras de la ciudad. Era un sitio muy bonito, rodeado de montes y bosques. Muy cerca de la casa, oculto por árboles y enredaderas, había un edificio con el tejado de pizarra y las paredes blancas. Enseguida me di cuenta de que sus proporciones eran armoniosas, perfectas.

Poco después de instalarnos en aquella casa, llegó a mister Whitaker, quien me familiarizó con la botánica y su utilización en la medicina.

Una tarde llegaron unos hombres en unas furgonetas en cuya carrocería aparecía el nombre de una farmacéutica muy importante. Aquella empresa me había contratado para que les ayudara a encontrar la fórmula de un medicamento. Dirigidos por mister Whitaker, instalaron un moderno laboratorio en la nave del jardín. Trajeron jaulas llenas de ratoncitos blancos, y forraron las paredes de enormes pizarras. Apenas un par de días después, llegaron unos físicos, casi todos ya de edad avanzada, quienes me ayudarían a buscar las fórmulas que se necesitaban. Tiempo después, don Roberto, mister Whitaker y mi padre, me felicitaron. Al parecer, habíamos dado con lo que se buscaba.

Y mi madre, continuaba con su costumbre de leerme el cuento de El Patito Feo.

Una noche ocurrió algo diferente. Al abrir el viejo libro, las hojas, ya sueltas, se desperdigaron por el suelo. Entre ella y yo las recogimos. Habrá que comprar otro ejemplar, recuerdo que dije al advertir su apenado rostro. De pronto ella se detuvo. ¿Para qué?, exclamó. Sorprendida vi el brillo de las lágrimas en sus pupilas. Luego añadió que siempre había creído que poniendo ella tanto empeño, conseguiría que a mí me pasara lo mismo, que me convirtiera en un precioso cisne. Pero no. Eso solo era un cuento, decía rasgando las hojas que habíamos recogido.

—Madre, no hay solución para mi monstruosidad. Nunca me convertiré en cisne.

© Malena Teigeiro

La bella

Liliana Delucchi

Si bien en los primeros años la capacidad para pasar desapercibida había sido un rasgo fundamental de su personalidad, ahora necesitaba recuperarla, aunque por diferentes motivos. El largo itinerario que hubo de pasar desde la granja en que salió del huevo y fue rechazada por todos sus miembros, hasta que se vio reflejada en el estanque y descubrió su belleza, se le hacía lejano. Por todos los medios buscaba en su interior la fuerza que la llevó a atravesar aquella etapa y eludir el destino que le estaban dibujando.

Haber sido adoptada por la cisne reina de la bandada y recibir toda su atención y elogios por ser la propietaria de las plumas más sedosas y brillantes, no era, como se podría pensar, lo que satisfacía a Camila. Ella seguía siendo sencilla, confiada y tierna, con una inmensa necesidad de aceptación por parte de sus hermanas, lo cual no era posible.

Otra vez la exclusión, si bien ahora era por su hermosura. Y no solo eso, su madre estaba planeando su boda, y nada menos que con su preferido, un patoso capaz de destruir el bosque solo tropezando con él. Siempre había pronosticado que la reina le pediría algún día que hiciera algo que realmente le disgustara y ese momento había llegado. Quizás debería marcharse, pero… ¿A dónde?

Plegó sus alas e inició un paseo por las alamedas que daban sombra al cálido verano. Sin darse cuenta llegó hasta una valla y reconoció, a pesar del tiempo transcurrido, las construcciones que formaban parte de la granja en la que había pasado sus primeros tiempos. Escondida tras unos arbustos, contempló el movimiento: La mujer que llevaba grano al gallinero, risas de niños persiguiendo a los patos y, más lejos, los gruñidos que llegaban desde los chiqueros.

—¿Quieres pasar? —La sorprendió una voz a su espalda.

Era un gallo de gran tamaño con una cresta majestuosa y voz de barítono. Camila se quedó mirándolo y se preguntó si en sus comienzos él también habría sido feo.

—Perteneces a la bandada de cisnes que hay en la laguna grande, ¿verdad?

Ella asintió con un movimiento de pestañas, incapaz de pronunciar palabra, entonces él, agachándose, pasó por debajo de la valla y se sentó a su lado. Se presentó como Tomás y le confesó que unos días antes había dejado la granja para acercarse hasta el lago y la había visto de lejos.

—Gracias por devolverme la visita —dijo levantando su cresta.

Quizás fue por su entonación, tal vez por la forma de sonreír, que antiguos recuerdos volvieron a la mente de Camila. Un pollito redondo y amarillo, con plumaje tan suave como el pañuelo de seda que envolvía el cuello de la dueña de la granja. Un pollito con quien compartió su desdicha de niña, la quería por ser quien era, aunque ella aún no lo supiera. Un pollito que la siguió el día que decidió partir, que le rogó que no lo hiciera, todo se solucionaría. Hizo más, le suplicó que se quedara a jugar con él y cuando no lo consiguió, ella sabía, a pesar de que no se dio la vuelta, que él se había mantenido expectante a que cambiara su decisión.

Al volver a casa, Camila no recordaba cuánto tiempo había permanecido con Tomás. En esos momentos las dificultades parecían haber desaparecido, los problemas le resultaban triviales. Quería posponer el momento de volver a enfrentarse con ellos, pero era inútil, la esperaban allí, con un velo nupcial y una corona de flores. Fue entonces cuando vio a Cecilia, la enamorada del que iba a ser su marido. Con el cuello bajo y mirando la hierba, la pobre cisne negaba con la cabeza como si quisiera alejar su infortunio. Camila no lo pensó dos veces, cogió su ajuar de novia y se lo entregó.

—Es todo tuyo —susurró al tiempo que acariciaba sus plumas–. No volverás a verme.

—¿Por qué? Tú eres la princesa.

—Sí, lo sé. Ahora sé quién soy y, por tanto, no lo necesito.

Y dando media vuelta encaminó sus pasos hacia la granja.

© Liliana Delucchi

¡Qué frustración!

Marieta Alonso

Como vivo en la ciudad me encantan los animales. Según mi madre si viviera en el campo otro gallo cantaría. La primera vez que fui de excursión con el colegio a una granja, era un lindo día de verano bañado por el sol. Me levanté exultante, repleto de expectativas, sin pereza.

El primer gran disgusto me lo llevé en el autobús. El profesor que nos iba contando el modo de vida y preferencias de algunos animales, dijo que los conejos no se pirran por las zanahorias. Eso no es cierto, le contesté. Mi mascota, Puppy, que es el conejo más listo de este mundo, a la hora de comer se pone debajo de mi silla y cuando después de saludarlo con un: ¿Qué hay de nuevo, viejo?, le doy zanahorias crudas, y hasta cocidas, se las come. Y todo esto lo hacemos bajo la mirada regañona de mi madre.

El profe vino hacia mí y me revolvió el pelo con cierto aire de benevolencia. Explicó que algunos animales, como podría ser el caso de Puppy, se convertían en urbanitas, en supervivientes, tras licenciarse en la Universidad de la Vida. Como no le entendí, me callé.

Llegamos a la granja y pronto se me pasó el disgusto viendo pacer al ganado junto a los terneritos. No me acerqué mucho porque según mi abuelo las vacas tienen buena leche, pero muy mala intención. Si las molestas te dan una patada y luego te cagan encima. Después nos subieron a unos borriquitos y nunca me he sentido tan grande. Una ovejita no se separaba de mi lado como queriendo que la llevase conmigo. Todo iba bien, hasta que llegamos a la charca donde nadaban los patos con una placidez como si no tuviesen que ir al colegio, solo nadar, comer y disfrutar.

Me entretuve en contarlos uno a uno. Había más de veinte, de todos los tamaños y colores: blancos, amarillos, casi negros con alguna pluma en azul, la cabeza verde y el pico amarillo, otros tenían un mechón marrón oscuro. Estaba tan ensimismado con ellos que no me percaté que una mamá pata con siete patitos se acercaba peligrosamente a mí.

Iba a espantarlos cuando los ojos se me fueron hacia el último de la fila. Era el patito más feo que había visto en mi vida. Me costó cerrar la boca de lo asombrado que estaba. El pobre patito me miraba como si yo le pudiera dar un hálito de esperanza. Me dio tanta pena que me senté sobre la hierba, crucé las piernas y lo tomé entre mis brazos. Para que no se llevara a engaño, le expliqué concienzudamente que no esperara convertirse en un bello cisne. Eso solo ocurre en un cuento de un tal Hans Christian Andersen, le dije, un excelente escritor según mi padre, a mí, en cambio, me resultaba un poco mentirosillo, porque si bien era verdad que mi abuelo afirmaba que todo estaba en la literatura, mi madre, en cambio, aseguraba que los cuentos, cuentos son.

© Marieta Alonso

Publicado en: Literatura

La Licorera

15 septiembre, 2021 por Akelarre 5 comentarios

Cuentos inspirados en un mueble licorera

Tántalus (siglo XIX)

Pequeño armario de madera, bronce y cristal que suele contener dos o tres licoreras y varios vasos. Su característica principal es que tiene candado y llave. El nombre es una referencia a las tentaciones insatisfechas del personaje mitológico griego Tántalo.

Ahora que los licores se venden en botellas con preciosos diseños y llamativas etiquetas, se ha perdido algo que no hace muchos años unía de vez en cuando a las personas. Todos aquellos que ya tenemos una edad, hemos escuchado… «Me ha llegado este licor embotellado por un amigo…» mientras el que nos lo ofrecía destapaba una hermosa licorera, la mayoría de las veces de cristal tallado y cuello de plata, sacada de una maravillosa caja en donde también se guardaban las copas.

Este mes con nuestros cuentos deseamos haceros recordar un objeto ya perdido en nuestras casas, la licorera, que nos acompañó en los brindis de momentos entrañables, como los que os relatamos: Un hombre que reflexiona sobre el camino que ha tomado en la vida, una mujer que recuerda el momento decisivo de su pasado, una pareja que recibe una noticia que puede alterar sus vidas, o la excusa para que dos amigas den rienda suelta a sus recuerdos y confidencias.

El regalo

Cristina Vázquez

Un hombre de mundo

Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

Barullo

Marieta Alonso

El regalo

Cristina Vázquez

La llegada del paquete sorprendió a Amalia. La caja reposaba en medio de la mesa de la cocina, envuelta en papel de estraza. Pesaba. Le había costado depositarla ahí y ahora miraba el remite para tratar de averiguar de dónde vendría y de quién podía ser.

No reconoció el nombre del remitente y el lugar de origen era Lisboa. No entendía nada. Un incierto temor le impidió desgarrar el papel. Lisboa. Recordó un inolvidable viaje, en esa edad en el que el mundo está aún por descubrir y las emociones te empujan a esperar maravillas de la vida. Se preparó una bebida y recostada en la silla siguió mirando el paquete. Una cascada de recuerdos empezaron a inundarla, recuerdos que había encerrado durante años con una voluntad feroz y un resultado aceptable.

Tras un largo suspiro, se dejó llevar con cierta dulzura por ese camino de la memoria que había decido ignorar durante mucho tiempo. Las imágenes de las jacarandas en flor de esa primavera pintaban de malva las calles de la ciudad. Subir y bajar las cuestas para ella era casi una diversión, aunque no tanto para Perico, que la seguía con el embeleso del enamorado. Y la brisa de olor marino impregnaba la ciudad. Lisboa.

—Eres un regalo inesperado—recuerda que le dijo él—. Nunca confié en que los dioses pudieran ser tan generosos conmigo.

Se sintió como una deidad ingenua y caprichosa bajo su devota mirada. En ese momento la diferencia de edad, más que una dificultad era un acicate. La vieja historia de Pigmalión. A ella, su cultura, el saber hacer y la seguridad que mostraba, la llenaron de una confianza en la que parecía que nada podía quebrarse.

Una tarde, estaban viendo anticuarios apareció en un escaparate una preciosa licorera que a Amalia le entusiasmó. Él confesó que su madre, a la que él adoraba, tenía una muy parecida y que le haría mucha ilusión que ella tuviera esta casi idéntica. Sería una bonita manera de unir extremos y momentos de la vida. Una especie de puente, afirmó, mientras daba las señas del hotel.

Al llegar, había en el hall un señor de la oficina de Perico en Lisboa. Su mujer había tenido un accidente y estaba en coma, le comunicó con seriedad y la mirada baja. Ella notó al alejarse los ojos curiosos de aquel hombre clavados en su espalda. Ese momento devolvió a Amalia a la realidad. Tuvo conciencia del engaño en el que se había instalado arrastrada por dulces promesas de futuro y bondades del presente. Pero la realidad era que él estaba casado y tenía dos hijos. Fin de la historia. Perico se quedó trastornado y pidió billetes para volver lo antes posible. Ella decidió que se quedaría unos días más.

Cuando le vio marcharse, en una madrugada grisácea en la que todo el esplendor de esa primavera parecía haberse concentrado en negarlo, supo que ese iba a ser un adiós definitivo. A lo largo de la mañana llegó el paquete con el regalo, envuelto en una caja más sofisticada que esa que tenía delante, pero de unas proporciones parecidas. Ordenó que la devolvieran.

No quiso saber más de él. Nunca respondió a sus llamadas y evitó los posibles lugares de encuentro. Se enteró que al cabo de unos años se había casado con una joven y se alegró, aunque un velo de decepción tiñó la noticia. Amalia siguió con su vida, se casó, tuvo hijos, trabajo y todos esos dones que conforman una vida normal. Aprendió a aplastar los deslumbramientos vividos como una etapa concluida de su juventud. También aprendió que el tiempo es buen compañero para aplacarlos y fue una mujer razonablemente feliz.

¡Y ahora este paquete! Con mano insegura empezó a quitar el papel y cada tira que arrancaba le devolvía un ardor olvidado, una sonrisa que se iba llenando de imágenes alegres, igual que cromos conservados en un antiguo álbum. Efectivamente, apareció la licorera. La abrió con cuidado y surgieron las copas y las botellas como un dorado jardín de la memoria. En el sobre que había dentro, un protocolario tarjetón, le comunicaban que la voluntad de don Pedro era que ese objeto fuera para ella.

Llamó a su hija y le ofreció un regalo muy querido.

© Cristina Vázquez

Un hombre de mundo

Malena Teigeiro

Por la noche, cuando Juan entró en su piso, se encontraba muy cansado. Cada día tenía más trabajo y esto comenzaba a pasarle factura. En el momento en que comenzó a trabajar en aquella gran compañía se suponía que él, premio extraordinario en la carrera, tenía asegurado un futuro brillante. Y así fue. Pero aquel futuro brillante se había convertido en un presente maldito que apenas le había permitido tener vida familiar. Se casó con Marta, su novia de toda la vida. Siete años y tres hijos después de la boda se divorciaron. Ella, una chica tranquila y poco dada a la vida social, se hartó de él y de las mujeres que lo acompañaban a diario. Por más deshonesto que fuera, comprendía que ella se sintiera disminuida ante aquellas mujeres brillantes, resolutivas, a las que aburría cualquier comentario sobre la vida familiar. Tenía que esforzarse, le decía al principio de casados cada vez que después de una de aquellas reuniones volvían a casa. Tenía que darse cuenta del lugar al que había llegado, le repetía ya tiempo después en las mismas ocasiones. Que no olvidara su posición en la empresa, insistía una y otra vez. Pero Marta no solo no respondía sino que, bajando la cabeza, solía guardar silencio mientras introducía la llave en la cerradura. Estaba convencido de que, en el fondo, envidiaba su vida. Pero ella tampoco tenía derecho a quejarse. Era economista, pero no había querido trabajar. Solo se dedicaba a los niños y a él. Y lo cierto era que a él le agradaba llegar a la casa y encontrarla siempre acogedora, que todas sus cosas estuvieran arregladas, y que fuera o no a cenar, siempre lo estuviera esperando. También era cierto que muchos días habría podido llegar antes, pero necesitaba, al menos eso creía, solazarse un poco. Otras tardes, aunque no tuviera cenas de trabajo, se quedaba con alguna de las directivas y solía irse a tomar una copa o a picar algo.

 Y la dejó ir.

De eso hacía solo unas semanas. Pensaba que pronto volvería. De hecho, le extrañaba que no lo hubiera hecho ya. Una cosa era quejarse y, otra, acostumbrarse a vivir con menos medios, porque no pensaría ella que la iba a mantener con el mismo lujo.

Se quitó el abrigo y lo dejó encima de una silla. Sintió frío y volvió a echárselo sobre los hombros. Recorrió el pasillo a oscuras. No le hacía falta encender la luz. Ya no podía tropezar con los cochecitos de su hijo Juanito. Entró en la cocina con ánimo de preparase un bocadillo. Tenía que contratar a alguien que le preparara la cena, pensó. Marta se había llevado con ella a la cocinera y a la niñera y solo le había dejado a una señora que iba por las mañanas a limpiar. Se detuvo un instante. Algo a lo que no se acostumbraría nunca era a que nadie lo esperara en casa. Le inquietaba el silencio. Echó de menos su cálida sonrisa, su beso aniñado. En fin, si tardaba mucho en volver, tendría que cambiarse de piso, decidió, porque si algo tenía claro era que allí, donde había vivido con sus hijos y con Marta, nunca llevaría a ninguna mujer.

Recogió de la nevera una caja con queso y jamón y un paquete de pan de molde. Agarró una botella de cerveza por el cuello y se dirigió al office. Al encender la luz descubrió que encima de la mesa la asistenta le había dejado un paquete, grande, cuadrado, con un deteriorado y sucio envoltorio. Con asco, cortó los cordeles que aseguraban los cartones. El que hubiera hecho ese paquete, no tenía ni idea, pensó ante las capas de papel de estraza y periódicos con los que estaba envuelto. De entre todo ello, sacó un sobre blanco, que dejó a un lado y una caja grande, de brillante laca negra. Empujó los papeles y cartones que cayeron al suelo y despacio, casi con mimo, la colocó encima de la mesa. Sin soltarla, se sentó. Sintió la humedad de las lágrimas al acariciar la licorera de su abuelo. ¿Cuánto hacía que no lo visitaba? ¡Maldito trabajo! Ahora se daba cuenta de que tampoco le había dejado tiempo para visitarlo. Al abrirla, un antiguo juego de engranajes sacaba unas licoreras y un juego de vasos de cristal dorado. Destapó una de las botellas. Al aspirar el perfume del viejo brandi, los recuerdos le inundaron la memoria. Colocó el pesado tapón de cristal en su sitio y destapó la otra. Olía a moscatel. Volvió a la cocina y rellenó una jarra con agua. De nuevo en el office, vertió agua en uno de los vasos dorados. Después, echó unas gotas de moscatel. Con el cuidado de quien tiene la más fina porcelana entre los dedos, se lo llevó a los labios y bebió un sorbo. No hay mayor placer que el de una vida tranquila, le decía su abuelo vertiendo el licor en el agua, lo mismo que había hecho él ahora. Y Juan, sentado en una pequeña butaquita para que le llegaran los pies al suelo, lo miraba extasiado mientras recogía de aquella mano, trémula, de piel blanda, y siempre caliente, el vaso de oro. Luego esperaba a que su abuelo se sirviera el brandi. Placer de dioses, murmuraba el anciano mientras paladeaba aquel fuerte licor. Hay que beber muy poco a poco, para que el trago nos dure, decía sonriente. Y mientras tomaban sus licores, el abuelo solía charlar con él. Le hablaba de la vida de los pájaros, siempre de un lado para otro, abandonando a sus crías en cuanto tenían ocasión, lo mismo que había hecho su abuela. Era muy bella, mascullaba. Y muy alegre. Lo único malo que había hecho durante el tiempo que vivieron juntos, fue irse en cuanto nació tu padre. Lo mismo que hacen los pájaros, añadía. Después, ya no podía hablar. Y le contaba el tiempo pasado con aquella alegre joven a la que su orgullo, decía, le impidió ir a buscar. A veces también le mostraba un cartón en donde estaba pegado el retrato de una joven, que apoyada en una columna rebosante de flores, sonreía a quien la mirara.

Se secó las lágrimas con la mano. Dejó su vaso y se sirvió un poco de brandi en otro. Le dio un pequeño sorbo y un ataque de tos sacudió su cuerpo. ¡Cómo podría su abuelo beber aquello y quedarse tan tranquilo! Al dejar el vaso en la mesa, vio el sobre. Dentro tan solo había una cuartilla doblada en cuatro. La desdobló y con letra inglesa, grande, temblona, habían escrito:

El orgullo es mal consejero.

© Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

—¿No es temprano para una copa?

Augusto se sobresaltó al escuchar la voz de su esposa. Con un gesto rápido abandonó el vaso sobre la encimera donde se encontraban las bebidas, no antes de poner debajo de la licorera el papel que llevaba en la mano.

—La necesitaba. Ha sido un día duro —respondió intentando controlar su voz—. ¿A qué hora es la cena?

La mujer sonrió desde el rellano de la escalera y le pidió que se diera prisa, ella se cambiaría enseguida. Él contempló su figura elegante subiendo los escalones y un escalofrío recorrió su cuerpo ante la visión de la espalda alejándose. La amaba. No podía perderla. Pero esa carta…

Estuvo ausente durante la velada, avergonzado ante las frases hechas y su discurso plagado de lugares comunes que despertaron en más de un momento la curiosidad de algunos de los comensales. Son demasiado educados como para hacer preguntas, se dijo mientras al finalizar la cena retiraba la silla de la desconocida que habían sentado a su lado.

Cuando algunos se reunieron en la terraza para fumar, no pudo evitar la pregunta de Carlos, su mejor amigo, ante su actitud. Augusto movió la cabeza negativamente aludiendo al resto de los presentes y le contestó que ya hablarían.

Durante el viaje de regreso, el silencio se había instalado en el coche, aunque ello no le impidió descubrir una muda interrogación en el rostro de su esposa. Ese rostro adorado al que él había impuesto un dejo sombrío y que deseaba borrar, pero, ¿cómo?

Sintió una especie de alivio cuando vio a lo lejos su casa; los criados habían dejado las luces del salón encendidas y, por un instante, creyó que la iluminación llegaría también a sus pensamientos, que encontraría una solución.

Irene estaba cansada y prefirió acostarse.

—Enseguida subo —le dijo mientras besaba su pelo— antes quiero ver unos papeles.

No mentía. Tenía que ver un papel, pero no de trabajo.

Se arrellanó en su sillón favorito. Con las manos sobre las rodillas y la cabeza contra el respaldo, fijó la mirada en la licorera. Allí estaba, debajo de una de las botellas, una carta doblada en cuatro, releída, arrugada y fatídica.

 

«Querido mío: ¿Puedo seguir llamándote querido mío?

Ojalá no fuera tan tonta cuando escribo. Las palabras se asustan y se me escurren al intentar atraparlas, aunque puede que haya una que no se me escape. Arrepentimiento. Sé que fui injusta o desleal, si lo prefieres, al huir de aquella manera, pero no pude contenerme. Viví momentos felices y de los otros, pero siempre, en algún instante tuve un recuerdo para ti.

¿Hay un lugar en tu vida para esta mujer a la que amaste y que te amó?

Prometo enmendar el pasado.»

 

No ha cambiado, pensó Augusto, hasta el garabato de la firma sigue siendo el mismo, entonces pudo contemplar en la transparencia de las cortinas del salón movidas por el aire, la imagen deslucida de una mujer que había sido la suya. Recordó aquella otra nota, con una sola palabra: Adiós.

Había salido a la calle, a buscarla entre un viento otoñal que ululaba con voz de pérdida y separación. No la encontró. Ni él, ni la policía, ni los detectives a los que contrató. Diez largos años de pesquisas, imaginándola por senderos furtivos, preguntándose qué había hecho mal, dónde estaría y con quién.

Diez largos años de soledad, de manos que apretaban su hombro con intención de consuelo, de noches a solas junto a la licorera que se vaciaba más rápido que de costumbre.

Y entonces apareció Irene, con su dulzura, su sonrisa, sus manos aladas… Y el dolor de la pérdida se esfumó.

«Ausencia con presunción de fallecimiento». Fue lo que dictaminaron los jueces, una sentencia que lo inscribió como viudo y le permitió casarse con Irene.

Esa tarde el pasado había vuelto, con los dientes largos de un dragón que intenta rasgar los sueños para transformarlos en pesadilla. El hombre sentía esa mordedura en las entrañas, el veneno de la incertidumbre, el desmoronamiento de su felicidad.

Augusto se acercó al piano para contemplar la foto de su segunda boda. Ella estaba tan hermosa, él tan contento.

Otra copa y subo. Una más ¿Cuántas llevo?

Sintió el sorbo de alcohol deslizarse por su garganta como un fuego que transformaba su perplejidad en ira. Ira por diez años de dolor, de inseguridad y vacilaciones. Ira ante ese temor que le hacía tamborilear los dedos sobre el brazo del sillón, con la cabeza gacha y la respiración agitada. Ira ante un futuro que temía despedazara su presente impecable.

En ese momento escuchó una puerta que se abría en el piso de arriba, levantó la cabeza hacia la balconada y vio a Irene, sonriente, esperándolo.

Subió los escalones con la pesadumbre de quien se acerca al cadalso y su mano insegura tendió el papel maldito a su mujer. No vio gesto alguno en su rostro mientras lo leía, solo le preguntó qué pensaba hacer.

—Está muerta. —Respondió airado— Lo dijeron los jueces.

Ella esbozó una sonrisa y rompió la misiva en pedazos antes de contestar:

—Los muertos no escriben cartas.

© Liliana Delucchi

Barullo

Marieta Alonso

Cuando era niña, en mi aldea vivía una mujer, Gertrudis, que no tenía marido. El hombre había fallecido de un ataque de mal humor. Era madre de dos niños idénticos, a los que yo siempre confundía y ellos me ayudaban a que el embrollo perdurara. Era tan alta que todos los hombres resultaban pequeños a su lado, y tan robusta que al verla con el hacha cortando leña hasta el más valiente se alejaba. Menos yo que la admiraba.

Todo el tiempo usaba pantalones de pana y una camisa a cuadros, salvo los domingos cuando iba a misa escoltada por sus gemelos. Era curioso. A pesar de su estatura y fortaleza, aquel vestido gris con cinturón negro y cuello bordado en blanco, conseguían hacerla parecer frágil.

Solo tenía una amiga, la Paca, las demás dejaron de visitarla tras el funeral de su marido. Les pareció mal que lo despidiera con estas palabras: «Gracias por haberte muerto». Luego, también fue motivo de murmuraciones el epitafio que grabó en la lápida: «En memoria de los escasos buenos tiempos que pasamos juntos».

¡Hipócritas! Comentaban la Paca y ella, refiriéndose a las otras, cuando se sentaban a tomar el rico limoncello, hecho con una receta traída de la Costa Amalfitana, región de la que procedía la abuela de Gertrudis. Cada noche, después de cenar, se sentaban las dos amigas en el porche frente a una mesa pequeña con un mantelito bordado, una preciosa licorera y dos vasos. De allí no se levantaban hasta que del licor no quedaba ni miajita, y el escaso trajín de la calle alertaba de que ya era hora de irse a dormir.

Fue una buena mujer. Lo sé porque con el tiempo me casé con uno de los gemelos, o con los dos. Aún hoy sigo trastocándolos.

© Marieta Alonso

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Carrusel

15 agosto, 2021 por Akelarre 2 comentarios

carrusel infantil

Carrusel

El origen de la palabra carrusel proviene del italiano Garosello y del español Carosella que significa pequeña batalla y describe un ejercicio de entrenamiento de combate. Era un modo de adiestramiento de la caballería que los Cruzados descubrieron, trajeron a Europa y se mantuvo como tal dentro de los castillos sin mostrarlo al público. Con el paso de los años se instalaron en jardines privados de la realeza.

A principios de siglo XIX en Europa se empezaron a colocar en ferias y otras reuniones públicas. Los primitivos no tenían plataforma, sino que colgaban los animales de postes o cadenas, propulsados por bestias de tiro caminando en círculo. Hacia la mitad de ese siglo se desarrolló el carrusel con plataforma de propulsión a vapor. Más tarde se construyeron con cigüeñales y engranajes.

La primera noticia de un carrusel aparece en un bajo relieve del Imperio Bizantino en el 550 de nuestra era. El más antiguo que se construyó, ya con el concepto actual, está en Praga y el más grande en Copenhague.

Un carrusel siempre hace soñar o devolvernos a otros momentos vividos. A nuestras cuenteras las ha llevado a recordar un viejo amor, el vuelo imaginario de unos niños, una cita de muchos años o la saga de unos titiriteros. Esperamos que os gusten.

La cita

Cristina Vázquez

No era tan extraordinario

Malena Teigeiro

Los tres L

Liliana Delucchi

Titiriterios y trapecistas

Marieta Alonso

La cita

Cristina Vázquez

Estaba feliz con su niño, pero reconocía mientras empujaba la sillita que llevarle al parque resultaba un aburrimiento. Era un tiempo muerto en el que su atención solo podía concentrarse en si el pequeño se metía tierra en la boca, empujaba a otro niño y al final se dedicaba a subirlo al tobogán. Las charlas con las otras madres o abuelas le resultaban insulsas, sin interés.

Elizabeth se lo planteaba como una de las muchas obligaciones derivadas de la maternidad, quizás en su caso un poco tardía, creándole mala conciencia por no disfrutar todas y cada una de las actividades a las que se veía abocada. ¡Con lo que les había costado conseguir tener ese precioso niño! Lo adoraba. Había sido su máxima felicidad.

Una mañana de esa primavera aún incierta, cambió su recorrido habitual para llegar al parque infantil y vio que habían montado en la Plaza de la Concordia un precioso carrusel. Se paró a mirarlo. ¡Qué increíble coincidencia! Cómo pudo olvidar que ahí ponían al que la llevaba siempre su abuelo. Era un hombre erguido, flaco, de pocas palabras que sujetaba su mano con determinación y le hablaba con gran ternura. Elizabeth recordó cuánto le gustaba ese carrusel y la emoción de su abuelo cuando llegaba la fecha en que lo colocaban. Aparecían a las once en punto los dos, nieta y abuelo, hiciera el tiempo que hiciera, excepto si llovía. Y a las doce se marchaban. Él se sentaba en un banco y ella podía dar tantas vueltas como quisiera. Antes de irse, el abuelo le compraba el algodón de azúcar que a ella le fascinaba y se lo ofrecía con una pequeña reverencia.

—Elizabeth, son nubes de colores que endulzarán tus sueños.

Al verlo ahora, casi sintió el pegajoso dulce en su boca. Una mezcla de alegría y nostalgia se apoderó de ella y le divirtió la excitación que vio en el niño. Aplaudía riendo y daba grititos de satisfacción. Como parecía tan entretenido, ella se sentó en un banco y se quedaron madre e hijo contemplando cómo daban vueltas y vueltas los caballitos y otros animales. Subían y bajaban hipnóticos, acompañados de una música repetitiva y ruidosa. Fue la primera mañana que se sintió tranquila y sin remordimientos, la primera vez que pudo compartir con su hijo la misma fascinación por algo, o eso pensó. Además, le devolvía el recuerdo por ese abuelo al que terminó valorando como el mejor regalo que había tenido en su vida. El regalo de su amor incondicional. Al recordarlo una incipiente ternura la llenó de agradecimiento y hubiera deseado verlo sentado ahí enfrente. Lanzó con disimulo un beso al aire.

Después de un rato, en el que el niño no parecía cansarse de mirar el carrusel, Elizabeth se fijó que había una anciana en otro banco desde hacía un buen rato. Era una mujer muy mayor, que se mantenía recta con un bastón apoyado a su lado. Daba la impresión de no ceder un centímetro a la debilidad. Su mirada iba de uno a otro lado de la plaza, controlando cada poco la hora del reloj. Tenía un cierto aire de pajarillo que se acabara de escapar de una jaula. En ella se mezclaban la vulnerabilidad con una apariencia de irreductible tenacidad de ¿qué? se preguntó Elizabeth, pues parecía que una determinación por algo concreto la mantenía en su erguida vigilancia. Cuando dieron las doce, se levantó con dificultad apoyándose en el bastón y toda la estructura que la mantenía se vino abajo desarticulando su figura.

Sintió una enorme zozobra al ver a esa anciana elegante caminar vencida hacia el paso de peatones y se acercó a no sabía qué, como si un impulso la llevara hacia ella. Cuando hizo el gesto de ayudarla a cruzar, la mujer la miró largamente para luego sonreír.

—Gracias.

Cruzaron los tres: la señora mayor, el niño y ella como la representación de las edades de la vida. Al llegar al otro lado, la anciana se volvió. Había algo en ella que le recordaba a otro tiempo, a otras personas, dijo con dulzura y se fue despacito hasta desaparecer en un portal de altas puertas labradas.

Al día siguiente Elizabeth volvió al mismo lugar, a la misma hora y encontró a la señora sentada como el día anterior en el mismo banco. Erguida, atenta, mirando a uno y otro lado y controlando la hora, hasta que dieron las doce y como una inapropiada Cenicienta se levantó con esfuerzo, como si algo en ella se apagara irremediablemente. Volvió a acercarse a ella para cruzar y le preguntó si venía todos los días a ver el carrusel. La señora la miró con extrañeza.

—No vengo a ver el carrusel —miró su reloj—. Es por una cita que tengo desde hace mucho tiempo que se acaba a las doce.

© Cristina Vázquez

No era tan extraordinario

Malena Teigeiro

Al despertarse, la música que le daba vueltas y más vueltas en la cabeza, le hizo recordar la noche pasada. Sintió un leve mareo. Sin moverse, continuó sentado en el borde de la cama agarrado al colchón. Se dio cuenta de que tenía puesto el pantalón del pijama, sin embargo, la camisa era la misma que llevaba en la casa de Jacinta. Una arcada le subió a la boca. Apretó los ojos. Sentía unos golpes en la sien, como si un pájaro carpintero le estuviera picoteando el hueso. Giros y giros. Vueltas y vueltas. Parecía que estuviera montado en un carrusel. ¡Qué mareo! Ahora lo recordaba. Anoche la música en la casa de Adela era agobiante. Y el humo, quizá incienso, junto con el intenso perfume a almizcle, y sin duda las bebidas, en algún momento le hicieron perder el sentido. De pronto recordó que tenía que ir al despacho. Había convocado una reunión importante para esa mañana y se le estaba haciendo tarde. Quizá después de una buena ducha estaría más recuperado, pensó. Al entrar en el cuarto de baño, inmediatamente, abrió el grifo. Sin esperar a que saliera el agua caliente metió la cabeza debajo. Al ir a enjabonarse, vio que todavía llevaba puestos el pijama y la camisa. Sin salir de debajo del agua, con dificultad se los quitó.

Aunque él siguiera viviendo todavía en la misma casa de sus padres, en los trescientos metros del palaciego piso de techos altos, hizo que le construyeran un apartamento de soltero. Grandes y espaciosos salones, una moderna cocina, y dos habitaciones. Para la suya, con un balcón a la esquina de la plaza de la Marina, pidió que le hicieran un baño inmenso. Era digno de un alto ejecutivo como él. Ahora el agua caliente le caía encima de la cabeza, y los chorros laterales le golpeaban la espalda. Después de varios minutos del húmedo masaje, comenzó a encontrarse mejor. Un buen desayuno y a la oficina, decidió mientras cerraba los grifos. Aunque poco iba a poder hacer en aquel estado, pensó. Envuelto en la toalla, tomó un café cargado y un jugo de naranja con un calmante efervescente que siempre le daba buen resultado. Mordisqueó unas galletas. Después comenzó a vestirse.

Hacía mucho frío cuando pisó la calle. Aquella música de nuevo le daba vueltas en la cabeza. ¿De dónde venía ahora? Miró a su alrededor. Nada. Decidió ir caminando hasta la oficina. Así aquel aire helado terminaría con la resaca. Dio la vuelta a la esquina y salió a la Plaza de Oriente. Ahora el sonido era nítido, fuerte, repetitivo. Se detuvo. Sí. Era la música del carrusel. Recordó a Amelia saltando a su lado. Apenas eran unos niños cuando corrían hacia él. Ella siempre sentada entre las alas de un cisne, como las princesas, decía, y él en un caballito a su lado. Recordó la vez que al volver de la universidad coincidieron en el portal. Era una presumida jovencilla, que altanera caminaba abrazando los libros.

—Amelia.

Ella se volvió. ¿Vamos? Lo han vuelto a instalar. No tuvo que decir nada más. Amelia le sonrió cerrando los ojos como las chinitas. ¿De verdad me estás invitando a dar una vuelta en mi carroza de cisne? Jorge le recogió los libros y los dejó en la portería junto a los suyos. Quedaron de nuevo para volver al día siguiente, y continuaron reuniéndose hasta que terminaron sus carreras. Y fue entonces cuando ella, seria, le habló de casarse, quería ser una madre joven, añadió. De pronto recordó el brillo de sus ojos cuando le dijo que él no era para ella. ¡Qué verdes eran en aquel momento! Nunca volvió a ver otros del mismo color. Al escuchar que no pensaba contraer ningún compromiso que no fuera el de su trabajo Amelia aleteó las pestañas. Y sin más, bajó del carrusel. La vio caminar con la cabeza inclinada.

Pasaron los años y el trabajo, el éxito, los compromisos y viajes, no le permitieron mantener ninguna relación de manera estable, duradera. Eso era algo para los currantes, decía riendo a las mujeres que lo acompañaban. Era algo para lo que ya tendría tiempo. Ahora no. Ahora quería triunfar y divertirse. Esa música, y se llevó la mano a la sien. Esa música le seguía girando y girando en la cabeza. Alguien le dijo que Amelia contrajo matrimonio con Alberto, un chico de lo más común, lo recordaba bien. Que tenía varios hijos, y que había abierto una farmacia. Quizá, como le solía pasar a la gente corriente, hasta era feliz, sonrió despectivo. Ahora la música sonaba nítida, repetitiva. Delante de él estaba el carrusel.

Comenzó a molestarle la humedad en los ojos y se los restregó. Quizá fuera el frío.

El tiovivo comenzó a girar.

© Malena Teigeiro

Los tres L

Liliana Delucchi

—Uno, dos, tres, cuatro.

Así todas las tardes. Cuando el carrusel de las cinco y media se ponía en marcha, Leonardo contaba los caballos que pasaban y decidía, fuera cual fuese, que montaría en el cuarto.

Lucía, su gemela, no tenía ese problema, como era una princesa, siempre subía a la carroza. A mí me daba igual, solo quería jugar con ellos y participar de sus ensueños. Para nosotros la calesita no era solo un entretenimiento, sino un vehículo que nos llevaba lejos. Viajábamos en el tiempo y en el espacio. Recorríamos lugares con praderas infinitas que se fundían en las más altas montañas y conversábamos con los personajes que habíamos encontrado en las páginas de algún cuento.

Conocí a los hermanos una tarde en que me precedían en la cola para montar en el tiovivo. Eran más altos que la media. Rubios y con los ojos azules, iban vestidos siempre de punta en blanco. Jamás sus zapatos tenían una pizca de barro; la trenza de Lucía, que le llegaba hasta mitad de la espalda, brillaba como un sol de verano, rematada con un lazo de color a juego con su vestido. Un flequillo dorado caía sobre la frente de Leonardo, contra el que luchaba su mano derecha en un gesto repetido.

Llegaban a la pradera donde estaban instalados los juegos de la mano de su abuela, una señora de pelo blanco y modales contenidos que, instalada a la sombra de una higuera, hacía ganchillo mientras sus nietos jugaban. Los pequeños parecían pertenecer a otro mundo, en voz baja, como si quisieran ocultar algún secreto, solo hablaban entre ellos. El resto de los niños no se atrevía a acercárseles, como si ese halo de misterio que los envolvía impidiera cualquier tipo de aproximación.

En ese entonces tendríamos seis años y era tal la curiosidad que despertaban en mí que quise unirme a ellos. Para mi sorpresa me aceptaron y desde entonces fuimos inseparables, tanto que en el barrio empezaron a llamarnos los tres L, por las iniciales de nuestros nombres.

—Me dan pena mis amigos —dije un día a mi madre mientras merendábamos—. No tienen padres. Leonardo me contó que murieron en un accidente.

—No se puede tener todo en la vida, Luis —contestó— tú careces de hermanos y ellos de padres.

Me pareció desacertada su afirmación, pensé que uno puede encontrar algo parecido a un hermano en un amigo, pero… ¿Padres? Sin embargo el tiempo le dio la razón, porque de la misma forma que yo buscaba un lazo fraternal con los gemelos, ellos hacían lo mismo con sus progenitores solo que, hasta ese momento, sin resultados aparentes.

Una tarde que amenazaba lluvia llamaron a mi puerta, los dos con impermeables y sus rubios cabellos cubiertos con capucha. En voz baja, para que solo los escuchara yo, me dijeron que era el día ideal, que si queríamos viajar en el tiempo, la tormenta sería nuestra aliada; nos transportaría al lugar que ellos buscaban desde hacía mucho tiempo y que deseaban compartir conmigo. El temporal empezaba a rugir a lo lejos, por tanto, cogí mi chubasquero y, ansioso por introducirme en el misterio que me proponían, salimos de casa a escondidas.

El tiovivo estaba vacío, ningún otro niño se había atrevido a salir con ese temporal, lo que nos hizo sentir valientes, distintos y decididos a vivir la mayor de las aventuras. Unas monedas sirvieron para que el guarda pusiera en marcha la calesita y el lamento de la madera vieja bajo nuestros pies fue acallado por la música que daba vueltas con nosotros. Esta vez todos montábamos caballos; nuestros «arre, arre» se perdían entre los truenos mientras sentíamos que el aire nos enfriaba la cara.

Dos, tres, cuatro vueltas y el paisaje a empezó a cambiar. Las copas de los árboles se estiraban como si fueran a diluirse entre las nubes; aparecieron personas desconocidas en medio de una niebla que difuminaba sus facciones y su vestimenta pertenecían a otra época.

—No es aquí —gritó Leonardo para que lo oyéramos—. Tenemos que alejarnos un poco más.

—Dirijamos los caballos hacia la derecha —intervino Lucía.

Los seguí. Nuestros corceles no cabalgaban, volaban. De pronto estábamos entre algo parecido al algodón deshilachado y conteníamos la respiración para que no nos entrara por las narices. No sé cuánto tardamos en atravesar esas nubes compactas y encontrarnos sobrevolando una pradera verde, sembrada de pequeñas flores amarillas. A lo lejos, algunas casas bajas y el campanario de la iglesia. Una carretera sinuosa se perdía camino arriba.

—Es por allí… Por allí —susurró mi amigo al tiempo que ralentizaba su cabalgadura.

—Desmontemos y arreglemos el guarda raíl —ordenó Lucía.

No sé de dónde sacamos fuerzas para reparar un amasijo de hierro roto que bordeaba la carretera, pero lo hicimos a tiempo. Minutos más tarde, un coche descapotable rojo, conducido por un hombre acompañado de una mujer rubia pasó a nuestro lado camino del río. La dama nos miró con desconcierto y alzó su mano enguantada para saludarnos.

Cubiertos de polvo, con arañazos en las manos y el corazón a punto de escapar de nuestro pecho, volvimos a los caballos que pastaban tranquilos, esperándonos.

Cuando el carrusel se detuvo nos sorprendió ver que la tormenta había desaparecido y lucía el sol del atardecer. La ropa, que habíamos ensuciado en aquella carretera, estaba impecable, al igual que nuestras manos y el corazón nos latía con la parsimonia de siempre.

Junto a la abuela de los gemelos, invariablemente bajo la higuera, había una pareja más joven, la misma que vimos pasar en el deportivo y que abrazó a los hermanos.

—Ya estamos de vuelta, queridos —dijo la mujer.

Los pequeños los estrecharon antes de presentarme como «nuestro mejor amigo».

Todavía temblaba cuando llegué a casa y me senté en una butaca frente a mis padres quienes, sonrientes, me anunciaron que en unos meses tendría un hermano. Ante tal situación de felicidad obvié decirle a mi madre que se había equivocado, que sí se puede tener todo en la vida… Aunque será necesario un poco de magia, un carrusel y compañeros como los míos.

© Liliana Delucchi

Titiriterios y trapecistas

Marieta Alonso

Desde el lejano siglo XVIII mi familia ha tenido fama de ser algo peculiar. Comenzaré por el principio. Creo que todo viene de cuando la bisabuela de mi tatarabuela, en plena Revolución Francesa, poco antes de que le cortaran la cabeza al rey y luego a la reina, se le ocurrió traer al mundo a su único hijo al mismo tiempo que la duquesa para la que trabajaba.

Esa noche la alcoba principal estaba iluminada con la luz de cientos de velas, vibraba con las idas y venidas de doncellas que llevaban y traían el agua caliente y la figura de la matrona a la espera de los acontecimientos. En el cuchitril de Amélie tan solo se movían las sombras de un cabo de vela que apenas alumbraba. En toda la casa solo se oían los alaridos de la duquesa y la fuerte respiración de la criada.

Por fin nacieron los dos niños. Uno rubio, el otro moreno. Lloraban con tanta fuerza que nadie dudó de que llegarían a ser cantores. Amélie se dio prisa en arreglar a su hijo y componerse, tenía que ir a la habitación de la duquesa. Estaba todo previsto. Ella amamantaría a los dos chiquillos.

Bajaba por las escaleras con Maximilien, su bebé, cuando una multitud enardecida comenzó a derrumbar la puerta de entrada. Rauda, se introdujo en la habitación de la duquesa, que despavorida, le suplicó que salvara a su niño.

―¿Qué nombre le pongo, señora?

―Louis ―pronunció con voz temblorosa.

Amelie no era de las que perdía tiempo. Se puso a la espalda un canasto con ropa y con los dos niños en brazos corrió por los largos pasillos, bajó majestuosas escaleras, cruzó puertas labradas, pasó por la cocina y arrampló con todo el pan y el embutido que había sobre la mesa. Al llegar al sótano se introdujo en el túnel oculto para los extraños, pero no para ella. Después de mucho caminar entre sombras salió al límite más apartado del parque, junto al sendero de los álamos. Se detuvo y con el corazón en la boca contempló el imponente palacio que se deshacía en llamas.

Tomó aliento y siguió andando hasta encontrar una casa medio derruida en las afueras de una aldea lejana. Se sentó en un camastro, les dio de mamar y con los niños a ambos lados, se durmieron los tres.

Despertó con el llanto de los bebés y al alzar la vista se encontró rodeada de seis adultos, dos adolescentes y cuatro pequeñajos que los miraban con estupor. Era una troupe de saltimbanquis que estaban de paso. Contó lo ocurrido al palacio sin dar muchos detalles y se apiadaron de ella, siempre y cuando hiciera algo para ganarse la pitanza de cada día. Siendo niña se le daba bien caminar, saltar, hacer piruetas subida en zancos y pensó que era el momento para sacar provecho de aquellas habilidades.

Hoy, al cabo de tantos años, sus descendientes continúan la tradición. Uno se fue a Suecia para formar parte del Cirkus cirkor, le gustaba ese juego de palabras comparando circo y corazón. Otro no salió de Francia y trabajó en el Cirque Plume, revolucionando el arte de la pista al combinar fiestas, sueños, y poesía. Algunos trabajan en el Cirque du Soleil, recorriendo el mundo; yo voy de pueblo en pueblo montando atracciones de feria y haciendo las delicias de los pequeños.

Nunca se habló en nuestra gran familia quién era de sangre azul y quién no. Todos la tenemos roja.

© Marieta Alonso

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Bodegón

15 julio, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Bodegón de frutas

La dulzura de la fruta

Frescas, sensuales y apetecibles, las frutas de verano alimentan no solo nuestro cuerpo sino los sentidos en la búsqueda de un poco de alivio a las tórridas temperaturas. Sus colores nos incitan a degustarlas, así como la tentación por percibir la pulpa deshaciéndose en la boca con el lento disfrute de sus sabores. Recordemos también que el deleite de una deliciosa y simple manzana fue el comienzo de todos nuestros males. Su influencia en el arte, ya sea el de la pintura, como la poesía o la escritura es muy importante. A ellas se han referido escritores como Boris Vian, Marguerite Yourcenar… Y tantos otros.

Las frutas también hacen volar la fantasía de nuestras cuentistas a situaciones tal vez inimaginables. A partir del bodegón de colores que abre este mes nuestro camino a las letras, ellas han encontrado una mujer que espera a que su esposo regrese de la mar, una anciana que comparte su amor por la pintura, un abuelo que cuida un peral o una joven que ansía la libertad.

Deseamos que el mismo gozo que produce una fruta lo encontréis leyendo nuestros cuentos.

El capitán

Cristina Vázquez

Las almas del peral

Malena Teigeiro

Manzanas verdes

Liliana Delucchi

Acuarelista de sueños

Marieta Alonso

El capitán

Cristina Vázquez

—Magnifico el bodegón —rugió Aurelio.

A María Elvira las visitas de ese gigante con aire de bravucón, barba pelirroja y manos que resultaban finas para haber estado embarcado, le empezaban a incomodar.

Era un antiguo compañero de su marido, pescador de los mares del Norte. Pregonaba que venía a confortar a las semiviudas que dejaba la tripulación del Nemo en la ciudad. Por problemas inexplicables de salud —no daban con ello—, no podía embarcarse. Poner un pie en el barco, y zas, se caía al suelo como una pelota, contaba avergonzado tapándose los ojos de tupidas cejas, también rojizas. Para Aurelio era una amargura saber que su tripulación estaba faenando por imperiosos mares, otra de sus frases, y él en tierra como un muñeco inútil. En ese momento se producía un silencio estudiado y María Elvira lo consolaba.

—Por Dios, ya volverás a la mar —afirmaba animosa—. La salud es lo primero.

Sus visitas se justificaban por traer noticias de los maridos. Una vez a la semana recibía nuevas de ellos y mensajes personales para sus mujeres que les entregaba por escrito y de palabra. Lo único que pedía a cambio a todas las que visitaba, era un poco de fruta o verdura. En ese momento con los ojos cerrados daba un suspiro de ballenato que apiadaba a las mujeres.

—El escorbuto, querida, sigue siendo un espantoso recuerdo —remataba abatido.

Mientras María Elvira leía el mensaje, él, como música de fondo, hablaba de la soledad de los mares, la tristeza de los grises amaneceres, de las furiosas olas y sobre todo, confesaba apenado, la falta de frutas y verdura. Ella se ruborizaba con lo que leía, pues nunca el marido le había dicho esas ternezas ni descrito con tanta poesía intimidades de su cuerpo.

Por eso preparaba esos bodegones con la pretensión de que algo de esa frescura pudiera llegar al lejano esposo que a lo mejor sufría en ese momento la terrible dolencia. Aurelio lo agradecía con auténtica devoción.

Su marido la echaba de menos, María Elvira. La extrañaba mucho, repetía cada vez, y luego, casi siempre lo animaba con un mensaje subido de tono. Al decirlo se mesaba la barba con la desidia de un pachá.

—Sí, así me dijo textual. Perdóname —se retorcía la punta del bigote—, dice que cuenta los días para clavarte en el colchón.

Ese día abrió los brazos como disculpa y se golpeó la panza satisfecho. Otra vez le contó el deseo inapelable del marido por abrazarla desnuda en la pileta o que deseaba que el día de su llegada no se pusiera ropa interior. Tantos meses sin mujer eran muy duros para los muchachos. Siempre se producía un silencio después de estos comentarios. A María Elvira le producían una mezcla de excitación y vergüenza, tanto tiempo sola tampoco era bueno para ella, se dijo sin levantar la cabeza. Luego recordó que no tenía pileta.

Aurelio se deshacía en alabanzas al arte que tenía en preparar esos deliciosos cestos cuajados de frescas bendiciones. Comprendía que su marido estuviera deseando volver. Con esas manos sus caricias debían ser dulce bendito. Antes de marcharse, cogía con agilidad de perista el contenido del cesto, disculpándose por la osadía. Tanta había sido su necesidad de fruta fresca a lo largo de su vida de marino, rezongaba, que nunca se saciaba. Ella era un ángel y se iba entre reverencias y besos al aire.

En cuanto comunicara con la tripulación, le daría noticias de ella y de su bondad, afirmaba con aire marcial. Para esos valerosos hombres era la felicidad saber que sus mujeres estaban atendidas por él y que les esperaban llenas de deseo.

Cuando salía por la puerta habiendo dejado el bodegón vacío, María Elvira miraba el mensaje con una enorme desazón. Qué pena que fuera imposible hablar con ellos cuando estaban en alta mar. Y empezaba a pensar cómo prepararía el bodegón, así lo llamaba Aurelio, para la siguiente semana con la curiosidad de cuál sería el mensaje sabroso del marido.

Una mañana se encontró en el mercado a Rita, otra de las semiviudas que era visitada por el hombretón, comprando en la frutería. Al charlar, comprobaron que el numerito de Aurelio se repetía con todas, casi quince mujeres, con asiduidad semanal. Repetía las mismas terroríficas historias, lamentos del escorbuto y picantes mensajes de los esposos. ¿También lo de la pileta y clavada en el colchón? Eran idiotas o qué, se preguntaron las dos. Por qué aceptaban entregarle esas delicias, solo a cambio de la promesa de que hablaría con sus maridos y darles noticias de ellos. No se confesaron el ambiguo placer de escuchar aquellos lamentos de deseo que nunca habían oído en boca de ellos.

Localizaron a las otras y se pusieron de acuerdo en no darle más fruta ni tiempo de sus días. Parecía que las hubiera hechizado con su charlatanería y aspecto de capitán de película. Algunas miraron hacia abajo sonrojadas, lo que hizo pensar a las otras que a lo mejor le habían entregado algo más que verdura. Cuando se acercaba la vuelta de la tripulación, Aurelio desapareció. Vieron que uno de los locales cercanos al mercado estaba en alquiler. De su vidriera colgaba un pequeño cartel ladeado: Frutas y Verduras Aurelio. Los maridos afirmaron que no conocían a ese hombre y ellas hicieron un pacto de silencio. ¿Quién sería ese que las había timado? Una cierta tristeza pareció embargarlas.

© Cristina Vázquez

Las almas del peral

Malena Teigeiro

En la huerta de la casa de mi abuelo, un hombre fuerte, alto, y con gran dignidad de mando, había un peral. El árbol delgado, pequeño y más bien enclenque, cada año daba cuatro maravillosas y decían que riquísimas peras. Los frutos eran grandes, verdes en principio, y amarillos, casi como el oro, después. Nadie comprendía cómo aquellas ramas que más parecían los retorcidos sarmientos de una vid seca, podían sostener peras de aquel tamaño. Tanto era así, que todos los años tenían que colocar alrededor del árbol unos palos clavados en el suelo para impedir que aquel frágil peral se tronchara.

La simbiosis entre mi abuelo y el peral era tanta, que todos los días leía el periódico sentado debajo del árbol. Era muy curioso ver la imagen de aquel venerable anciano. Allí sentado, las veía crecer igual que si fueran seres de su propia familia. Un día me dijo que aquel peral era el hijo de uno que había en la casa de sus padres, en el bellísimo pueblecito marinero de Ceé. Al parecer había recogido el esqueje, y después de hacerlo crecer en un tiesto, lo había plantado en el jardín. Según me contó, la razón de que el árbol solo diera cuatro peras, era porque cuatro eran las almas de su desaparecida familia. O sea, el de sus padres y sus dos hermanos. ¡Hace tanto que han fallecido! Y sin dejar de mirarlas, un suspiro muy profundo le salía de su pecho.

Cuando ya estaban muy maduras e iban a caerse de las ramas, él no permitía que su último lugar fuera el suelo. No. A modo de copa, ponía sus manos para recogerlas en su caída. Después, con el mimo del que lleva al bebé a la cuna, las dejaba en una bandeja. Día a día, las adoraba. Al comenzar a pudrirse, entonces iba a cementerio para dejarlas en el suelo, delante del panteón familiar.

Un año, y sin que nadie supiera la razón, primero desapareció una, a los pocos días otra, y así hasta las cuatro. Hubo quien habló de que a los espíritus de su familia les aburría aquel trasiego que don José se traía con las peras. Otros dijeron que esos mismos espíritus, recordando el sabor de tan delicioso fruto, venían a llevárselos por las noches. Sin embargo, él no creía ni lo uno ni lo otro. Tenía la certeza de que alguien se las había robado.

En la siguiente primavera, cuando aparecieron las primeras flores, blancas como la nieve y con sus preciosos pistilos muy amarillos, el abuelo reunió a la familia y a todo el personal de la finca al pie del escuchimizado peral.

—Al primero que arranque una pera, lo pongo en la calle —aquella voz resonó en el jardín como un trueno. Al menos a mí, así me lo pareció.

Y después de dejarnos, sobre todo a mis hermanos y a mí, temblando con aquellas once palabras, pidió a don Tomás, su secretario, que le trajeran la butaca de mimbre y el sombrero de paja. Luego, como siempre, se sentó debajo del canijo árbol a leer el periódico. Y como siempre también, las escasas ramas parecían acariciarle el sombrero.

Así fueron pasando los días, en los que mientras las peras iban creciendo con la dignidad de princesas herederas, él continuaba leyendo debajo de las ramas que las sostenían. Y cuando ya al caer la tarde iba a retirarse, una a una, las cogía entre los dedos y parecía acariciarlas.

Una mañana me despertaron los gritos de don Tomás. Más que gritos, eran alaridos de dolor y pena. Desde una silla colocada debajo del árbol, alguien se había comido dos peras. Eso sí, había dejado los carozos colgando de sus rabitos en las ramas.

Se reunió el cónclave familiar y de empleados de la finca. Nosotros, sus nietos, estábamos en primera fila, casi dormidos. Mi hermano, el tercero de los ocho, parecía más despierto que nadie. Y eso era raro en él, quizá el más dormilón de todos. Cuando el abuelo llegó al pie del árbol, que era donde nos habían reunido, mi hermano levantó la mano. Sin esperar a que le dieran permiso, con su entonces voz de pito dijo: Antes de que comiences a hablar, abuelo, debo decirte algo. Todos lo miraban expectantes. Él, con la tranquilidad del justo, continuó. Que se quedara tranquilo. No era cierto que en las peras vivieran las almas de sus antepasados. Se había pasado tres noches escondido cerca del peral. Ni tan siquiera en esa hora crepuscular en la que las almas de los difuntos se retiran a pasar el día en sus tumbas, había visto una. Y eso que él las había llamado por su nombre: Doña Mariana, había gritado colocando la mano a modo de bocina, don Jacinto, continuó. Luego llamó a Luisito y a Pepín, que tampoco aparecieron. La última vez que estuvo de guardián fue anoche. Y nada. Cuando ya hambriento decidió ir a dormir un poco, recordó que él nunca había dicho que estuviera prohibido comerse las peras. Acercó la silla, y poniendo buen cuidado en no arrancarlas, se había tragado dos.

—Por cierto, abuelo. Habría que plantar más perales como ese. Nunca he comido nada tan rico.

© Malena Teigeiro

Manzanas verdes

Liliana Delucchi

Era solo un rumor, si bien todo el mundo sabe lo que eso significa en una isla. Nunca se pudo comprobar, pero los pasos del pobre Fermín eran, como poco, inseguros. La pierna izquierda tropezaba con piedras, ramas y hasta algún sapo, si se le cruzaba en el camino. Su voz grave de bajo que alguna vez cantó en la iglesia durante las festividades, se había transformado en un hilo inconsistente que no le permitía siquiera leer una epístola. De todo me culpaban a mí. Si tuve algo que ver, fue sin intención.

Como hija mayor de familia numerosa tenía que casarme. A mi padre no se le ocurrió nada mejor que prometer mi mano a un vecino que lindaba con nuestras tierras y era buena gente. No voy a negar que lo fuera, pero me aburría a rabiar. Sus temas de conversación pasaban de la mies a la fecha de parición del ganado, sus jornadas de caza o las partiditas de mus en el único bar del pueblo. Intenté enseñarle a jugar al ajedrez, con tan poca suerte como cuando probé con el póker. Cuando nos sentábamos bajo el gran manzano y le leía alguna novela, cambiando la voz en cada personaje para hacérsela más entretenida, a los pocos minutos escuchaba sus ronquidos. Al despertar, Fermín cogía una manzana y, con la boca llena, decía que eran las mejores de la comarca.

Una tarde de verano lo convencí para que comiera las más maduras, unas cuantas.

—Son buenas para la memoria —le tendí la primera— ya que dices carecer de ella…

Tan solo pretendía un poco de indigestión para mantenerlo alejado unos días. Pero el pobrecillo no solo era débil de mente, también de estómago. Al poco rato de consumir una cantidad considerable, se levantó y corrió ladera abajo, tropezó con una rama caída, rodó hasta la playa, se golpeó la cabeza contra una piedra y permaneció en coma dos meses. Las malas lenguas dijeron que yo lo había envenenado. Si bien no hubo pruebas, el cuchicheo se extendió por la isla y me quedé sin novio. Sin ése y sin ningún otro. Por fin era libre.

A la muerte de mis padres heredé la casa; las tierras, ganado, acciones y demás se repartieron entre mis hermanos. Estuve de acuerdo. Este lugar en lo alto de la montaña desde donde puedo ver el mar ha sido y es mi refugio, con música, los personajes de mis relatos, los de mis acuarelas y animales.

Al principio, algunas de las que fueran mis amigas antes del suceso de Fermín, venían a visitarme, traían pasteles y me aconsejaban. Creo que fui borde cuando les solté:

—Con tanto consejo no sé qué hacer, ni cuál elegir… Tengo tantos y no utilizo ninguno…

—Tienes que integrarte —me amonestó Mercedes, uno de los pilares de la comunidad— salir de aquí y confraternizar. En el pueblo hay gente muy válida.

«Gente muy válida» repetí para mis adentros y recordé a la mujer del boticario, sentada en un banco mientras su marido despachaba jarabes. Era algo así como la gaceta, al corriente de todo acontecimiento social, familiar y estado financiero de los miembros de la comunidad. Decidí no ser yo quien le diera material para su chismorreo.

Me ausenté mentalmente de la tertulia en el jardín y de los dulces que mis compañeras devoraban, admirando mi casa, cuyas paredes absorbían el color del atardecer.

Me llevó tiempo, trabajo y dinero restaurarla; pero no solo me entretuvo, hice de ella el hogar de mis sueños, con puertas y ventanas azules, como en las islas griegas; árboles que han crecido y a cuya sombra me deleito con el periódico, un libro o mis pensamientos, aunque no he vuelto al viejo manzano… Por si acaso.

La paz se rompe los domingos, cuando mi familia, sobrinos con mocos incluidos, vienen a visitar a quien consideran la pobre solterona. Es entonces cuando los decibelios suben, los cojines terminan por los suelos y la cocina llena de platos sucios con los restos de la comida que con tanta ilusión les preparé.

Pongo la mesa con el mimo con que lo hago para mí todos los días; me gusta la decoración, no faltan detalles, flores y velas. Sin embargo, a ellos les da igual, obvian cualquier pormenor delicado como si no existiera y, encima, mis cuñadas llenan el aire hilvanando palabras sobre temas tan interesantes como sus hijos o las actividades del servicio doméstico.

Ante semejante panorama de indigencia intelectual decidí tomar riendas en el asunto.

El domingo pasado, aprovechando el buen tiempo, puse la mesa debajo de la parra. La luz se colaba entre sus hojas dibujando bordados en el mantel de hilo; la vajilla de porcelana de la abuela, agradecida de abandonar el aparador, ocupaba su puesto con orgullo, como las copas de cristal y la cubertería de plata. El remate fue un centro de mesa con muchas manzanas verdes.

—Probadlas, queridos —dije a mis sobrinos cuando se acercaron a ver mi bodegón— son de nuestro árbol.

Rauda, la mano de una de mis cuñadas cogió la de su hijo antes de que se acercara a la fruta. Me dirigió una mirada de odio y ordenó a su vástago que subiera al coche. Los demás la siguieron.

Espero haber recuperado la paz.

© Liliana Delucchi

Acuarelista de sueños

Marieta Alonso

Os contaré la historia de mi vida. Soy una mujer sin edad, la tía solterona que cuidó a sus seis sobrinos. Mi rostro según refleja el maldito espejo, está surcado por serpenteantes meandros, de estatura tiro hacia abajo y de tipo, flaca como un güin.

No necesité que me arrumbaran como si fuera un trasto viejo. Con lo que heredé de mis padres me compré una pequeña casa con un gran sótano, cerca de mi familia, pero lo suficientemente lejos para no molestar, ni ser molestada.

Llevo un mes en cama y Guillermo, el pequeño de mis sobrinos que tiene cincuenta años, a pesar de mis protestas, vino a vivir a mi casa. No podía permitir que fuera a pasar en solitario una gripe tan fuerte. Es el único que está pendiente de mí. Aprender a aceptar la indiferencia de los otros no fue fácil, tampoco tan difícil. Yo me distraigo sola.

Se sienta en una mecedora al lado de la cama y me pide que le hable de mi niñez. Le he prometido que, si encuentra un tibor chino escondido por algún lugar, se lo regalo. Y me dejó para ir en su busca, no sin antes alcanzarme un libro que me entretuviera.

Se llevó una sorpresa al abrir la puerta que da acceso a la cueva y descubrir mi secreto. Tanto que oí sus exclamaciones de asombro. Seguro que también abrió esos ojos azules, idénticos a los míos, que parecen dos bolas de billar saltando hacia la tronera. Al encontrarse rodeado de cientos de cuadros, se quedó pasmado ante mi creatividad. Después de contemplar unos cuantos subió a mi cuarto. Jadeaba de emoción.

―¡Cómo has podido guardar ese gran secreto! Tú bien sabes lo que me gusta el arte, y lo que odio la abogacía ―exclamó dándome tal abrazo que casi me quiebra un hueso.

―Pinto para ti. ―Acaricié su mejilla―. Todo tuyo.

―Te haré famosa, mi querida segunda mamá.

Y me besó.

―Como lo hagas… te crujo.

Con su simpatía habitual comenzó a hacer planes, y accedí siempre y cuando, mi nombre no apareciera. Es más, le animé a que si quería ponerlos a la venta los firmara él. Se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación:

―No. Buscaremos un seudónimo ―decidió.

Como por arte de magia la fiebre y la tos se precipitaron por la ventana. Y nos pusimos a trabajar, él catalogando y yo pintando frutas, verduras y flores. He hecho rico a mi sobrino. Los otros cinco están que rabian.

© Marieta Alonso

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El sueño de volar

15 junio, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos basados en aviones

El sueño de volar

Esta ilusión se vislumbra desde el primer hombre. La visión de los pájaros y el infinito inalcanzable abriría la imaginación de quienes poblaron la tierra hace millones de años. Muchas leyendas y mitos de la antigüedad cuentan historias de vuelos, como el de Ícaro. El genio de Leonardo da Vinci diseñó un avión en el siglo XV. Años de investigaciones y trabajo de tantos otros, han hecho que en la actualidad solo unas horas nos acerquen a lugares, personas y circunstancias, que en otro momento hubiera sido imposible.

Eso que pudo haber sido una quimera y hoy es una realidad, han devuelto al mundo de la fantasía a nuestras cuentistas, que este mes suben a un avión para relatarnos historias como la de un hombre cuya vida transcurre entre las cabinas de esas aeronaves; otro para quien volar no es un sueño, sino una pesadilla; un anciano campesino que cada vez que ve pasar uno lo señala porque allí va su nieto; una joven con billete de ida y vuela a un pasado que la atormentaba.

Allá arriba

Cristina Vázquez

El viajante

Malena Teigeiro

Billete de ida y vuelta

Liliana Delucchi

Batiburrillo

Marieta Alonso

Allá arriba

Cristina Vázquez

Para Lucía T. que le gustan los finales felices

Curro era un hombre viejo. Había sido pastor de cabras y después modesto campesino de un pequeño terreno que entró a formar parte de una finca más grande en una renovación agraria. El nuevo propietario fue mi abuelo que dejó a Curro su cultivo y le contrató para que vigilara la finca y la casa cuando no estuviéramos ahí.

Era un hombre sin edad. Recordaba a un pedazo de cuero de lo curtido que le habían vuelto tantas décadas al sol y al aire. A lo mejor no llegaba a los sesenta cuando entró en nuestras vidas, pero siempre me pareció muy viejo. De pequeña estatura, flaco como una rama seca, desprendía una agilidad de felino. Daba la impresión de que no desperdiciaba ni un gramo de energía en una acción inútil.

Mi abuelo Jerónimo no sería mucho mayor que él, pero a mí me parecía distinto, como si en él se fraguara el tiempo y le viera envejecer, mientras que Curro hubiera alcanzado un fragmento de eternidad que lo volvía inmutable. Al menos tres veces por semana se sentaban los dos a la caída de la tarde en el porche que daba a norte en verano y en invierno en la galería del sur. Con una mesa y una limonada por medio empezaba un diálogo que me resultaba fascinante, aunque no entendiera de lo que hablaban, pues el hombre muchas veces emitía pequeños sonidos de afirmación o gruñidos desaprobatorios sin pronunciar palabra. También inmutable en su vestimenta: El sombrero en la mano que no soltaba nunca, un pantalón de pana marrón y una chaqueta de la que le asomaban tímidamente las manos de larga que le quedaban las mangas.

El contraste era enorme, de hecho, en muchos de mis cuadros he reproducido esta escena que guardé en mi retina infantil como una de las situaciones fascinantes. El abuelo era un hombre de carácter fuerte, al que no le gustaba que le contrariasen. Un hombre importante al que todos le trataban con una mezcla de temor y respeto. Aunque con sus nietos se ablandó, una mirada suya podía dejarte pinchado como una mariposa de la colección que tenía. Pero con Curro algo en él se calmaba y podía pasar el tiempo sin impacientarse ni tener ningún signo de irritación. Siempre afirmaba que aprendía mucho de él. Era un hombre sabio, declaraba con admiración.

La familia estaba pasmada y feliz de que pasara ese tiempo entretenido y relajado. Esas entrevistas no dejaba presenciarlas a nadie, excepto a mí que, al ser un niño silencioso y quizás su nieto preferido, me dejaba pulular alrededor de ellos. Muchas veces me sentaba entre los dos mirándolos alternativamente sin comprender mucho de qué hablaban ni interpretar los ruidos guturales de Curro.

Un verano en la que los destellos morados del atardecer tenían ya el presentimiento del otoño, Curro apareció vestido de negro, como para una boda, afirmó muy serio. Se sentó con parsimonia y señaló el cielo.

—Ahí va mi nieto, don Jerónimo —anunció a mi abuelo con la mano alzada.

—¿A dónde? —inquirió.

Pues de aquí para allá, contestó agarrado al ala del sombrero. Y como si le hubieran dado cuerda empezó a relatar que su chico se estaba haciendo piloto. Se metió en el ejército y ahí estaba para arriba, y la mano trepaba por el espacio, para abajo, y casi tocaba el suelo. El orgullo y la animación con que ese hombre contaba el hacer de su nieto no lo he olvidado nunca.

—Yo nunca me subiré en esos bichos —afirmó Curro rotundo—. Nunca.

Bastante difícil era la vida en la tierra, dio un sorbo a la limonada, como para liarla allá arriba. Y el mareo, y ver las cosas de tan lejos con todo ese aire por debajo. Nunca. Pero el chico, subió los hombros, el chico era un valiente y va volando como vuelan los ángeles. Eso, bajó la voz, eso, don Jerónimo hay que celebrarlo. Por eso hoy me he vestido así. Luego entendí el valor del rito, de dar un sentido sagrado a las cosas.

Mi abuelo le dio la enhorabuena y a partir de ese momento cada vez que un avión cruzaba el cielo, él con absoluta naturalidad y certeza señalaba con el dedo hacia arriba.

—No para de ir y venir —sentenciaba con los ojos cerrados—. Ojalá no esté muy cansado porque son muchos los aviones que conduce.

© Cristina Vázquez

El viajante

Malena Teigeiro

Esa mañana como una de cada siete, Marcial cerró la puerta de casa y se fue al aeropuerto. Después de mostrar el billete, dejó el maletín en la cinta del scaner, y luego de pasar por el arco, la recogió. Caminó durante varios minutos por la T4 y al llegar a su puerta, se sentó a esperar la salida del avión. Cuando la señorita se colocó en la puerta de salida, al lado del mostrador, él, como siempre hacía, le entregó el billete. Después, atravesó el finger hasta entrar en la aeronave. También como siempre, cada siete días, una amable azafata con voz de cinta mecánica, le dio los buenos días, miró su billete y le indicó: Al fondo a la derecha, en la penúltima fila.

Esa era su vida. Eso sucedía cada siete días. Daba igual que se hubiera casado la víspera, que su mujer estuviera a punto de dar a luz, que su hijo se encontrara enfermo... Daba igual.

Sin ningún tipo de expresión, colocó el maletín en el portamaletas que parecía esperarlo con la boca abierta, como si quisiera tragárselo. Acomodado en el sillón, por primera vez, pensó en que ya llevaba veinte años trabajando en aquella empresa como técnico encargado en países extranjeros. Recordó las palabras de su hermano golpeándole la espalda: Claro, cómo no te iban a dar ese trabajo. ¡Si hablas seis idiomas! Al parecer él le daba más importancia a que supiera seis idiomas que al hecho de aprenderlos. ¿No querrías que también te dieran un empleo de ingeniero?, continuó con una sonrisa sarcástica. Pero es que él era casi ingeniero, hubiera querido contestarle, pero no se atrevió a hacerlo.

Por aquel entonces eran malos tiempos para su familia. Su padre había fallecido en un accidente de coche, y su madre sólo sabía llevar la casa. Todo esto le obligó a buscar un trabajo sin haber terminado los estudios. La empresa era buena y grande, le dijo el amigo de la familia que se lo facilitó, y cuando termines la carrera podrás cambiar de puesto.

Y él entró a trabajar contento. Al principio, conocer otros países, gentes de manera de ser diferente, con otras costumbres, otras culturas, le emocionó. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenía tiempo para nada. No podía salir con sus compañeros de universidad, los estudios se fueron quedando atrás y su carrera sin terminar. Qué envidia sintió cuando vio a su hermano recoger su diploma de médico. Ahora era su momento, decidió. Su hermano podía ayudar a su madre y él continuar con sus estudios. Pero el país seguía mal y su hermano se fue a trabajar a Inglaterra donde le pagaban muy bien. Te ayudaré, le dijo golpeándole de nuevo la espalda. Pero al principio con los gastos de instalarse no pudo hacerlo, y después se enamoró de una linda enfermera inglesa con la que pudo tener la nacionalidad y optar a puestos mejores. Nunca volvió a hablar de ayudarlo.

Una noche al entrar en casa, su madre lo esperaba en el comedor con la cena preparada. Como siempre, su horrorosa sopa de verduras, la exquisita merluza hervida con mahonesa, y el jugoso flan. Sin embargo, ese día además de ella, sentada a la mesa estaba una joven que al verlo bajó los ojos avergonzada. Conchita, así se llamaba, era maestra. También era muy guapa, algo apocada y preparaba oposiciones para trabajar en un colegio. Te conviene, le susurró su madre. Pronto tendrá un puesto fijo. Es educada, y no está acostumbrada a lujos ni a zascandilear por ahí. Tampoco tendrías que buscar casa, porque si os quedáis a vivir conmigo, yo podría echaros una mano cuando tengáis hijos. Así los dos podréis ir a trabajar tranquilos. Y por lo poco que habló con ella durante la cena, le pareció simpática.

Casi no se conocían cuando, aprovechando unas vacaciones, se casó con ella. Eso sí, tuvo que suspender el viaje de novios y salir al día siguiente para la India. Había que resolver un problema de manera urgente. Su matrimonio transcurría tranquilo, sin problemas ni emociones. Él de viaje y ella estudiando. Al fin Conchita sacó partido a sus soledades y no mucho después, aprobó las oposiciones. El día que juró su cargo, él había tenido que viajar con urgencia a Brasil. Y eso que había avisado que quería quedarse con su mujer. Daba igual. Tuvieron un hijo, luego otro, y más tarde el tercero. Y tal como ella predijo, su madre los cuidaba con esmero y cariño. Cuando llegaron los dos primeros, él se encontraba en Colombia, y con el tercero estuvo de milagro: del paritorio tuvo que salir para Canadá. No muchos años más tarde falleció su madre. De un infarto. Se enteró cuando llegó cuatro días después de haberla enterrado. Conchita, siempre tan servicial, sabiendo de su imposibilidad de llegar a tiempo desde China, no le dijo nada. Tampoco sabía dónde buscarte, le comentó llorando a lágrima viva. A partir de entonces, el papel de su madre lo ocupó la de Conchita, que hacía poco también se había quedado viuda. Era una mujer amable, cariñosa. Él apenas notó la diferencia.

Los ruidos de los motores le hicieron volver a la realidad. Giró la cabeza hacia la ventanilla. Vio pasar los edificios del aeropuerto, después los campos. Percibió que se elevaba, que dejaba el cielo azul y que entraba en la oscuridad de la noche. Ya daba igual, pensó. Apoyó la cabeza en el respaldo e intentó dormir.

© Malena Teigeiro

Billete de ida y vuelta

Liliana Delucchi

Casilda dijo no. La excusa era su temor a los aviones, aunque en realidad el miedo radicaba en otro tipo de vuelo, uno que la iba a llevar a recuerdos escondidos y que no deseaba rescatar. Pero Elías insistió. Tenía una necesidad casi física de recorrer las calles, oler cada rincón y abrazar a todas las personas que formaron parte de su infancia. La ausencia se agrandaba y por momentos se sentía perdido.

Ella reconoció los síntomas, también eran los suyos, si bien años de entrenamiento lograron ocultarlos. Todo cambió esa noche a causa de un sueño. Era como una película: Un hombre, debido a una guerra, había escondido algo que ella no llegaba a distinguir. Lo ocultó en una construcción semejante a una montaña redonda, edificada por tubos con una tapa. Cuando, pasada la contienda quiso recuperarlo, empezó a destapar los caños, comenzando por abajo. No lo encontraba; iba subiendo tubo a tubo, pero sin suerte. Llegó hasta la cima, y nada. Despertó.

Con la respiración entrecortada, se puso las zapatillas y salió sigilosamente del dormitorio en busca de un vaso de agua. Lo bebió de un trago y encendió un cigarrillo. Amparada por la oscuridad apenas rota por la luz de la calle, anduvo por el salón, deteniéndose en las estanterías repletas de recuerdos. Esculturas de lugares lejanos, libros gastados de tanto leerlos, pinturas o porcelanas heredadas… A todas ellas, testigos de su existencia hasta entonces, les preguntaba por el sentido de las imágenes que se repetían en su mente y a las que no encontraba sentido.

En su butaca preferida intentó relajarse. Lentas respiraciones la sumieron en un sopor y luego en un sueño profundo. A la mañana siguiente, Elías la encontró dormida con su gato Luciano sobre el regazo. Los cubrió con una manta y fue a preparar el desayuno.

A pesar del ruido del exprimidor de zumos, el hombre pudo escuchar a su mujer:

—Llamaremos a tu hermana para cuidar a nuestro hijito peludo.

—Mi chica valiente —contestó él con una sonrisa mientras le servía un plato con tostadas—. Los monstruos son más fuertes en nuestra imaginación que en la realidad.

Cuando ella le relató los pormenores de su pesadilla, él, con la misma suavidad con que depositó la taza de café sobre la mesa, dijo:

—Yo me preguntaría qué tienes escondido, tan escondido que no puedes destapar.

—Lo averiguaré. De momento me voy a duchar, vestir y al coche.

Las semanas siguientes, Casilda, convencida de que la actividad es el mejor remedio contra las insidias de la mente, con una vorágine de preparativos dejó en suspenso las negras nubes que habitaban sus pensamientos. Si la vida interior se concentraba en la futura reunión familiar tantos años pospuesta, la externa seguía el curso habitual.

Cuando, en el avión y acomodados en las confortables butacas, Casilda y Elías advirtieron el despegue de la nave, se cogieron de la mano, sonrieron y dijeron a la vez «alea iacta est».

A pesar de la diversidad de alcoholes ofrecidos por la azafata, el Lorazepan y la lectura, la joven era incapaz de conciliar el sueño; si lograba una duermevela, volvía a su memoria la pesadilla de la búsqueda entre los tubos. Lo mejor era ver una película, algo insustancial. Sonrió cuando entre la oferta encontró El Mago de Oz. Recordó haberla visto de niña, cuánto le gustaba la canción y, sobre todo, los mágicos zapatos rojos que le permitían a Dorothy regresar a casa en busca de su perro Totó.

Anunciaron el pronto aterrizaje; al abrocharse el cinturón, Casilda pensó en sus hermanos. Si el mayor habría encontrado un cerebro, el segundo un corazón y el menor, coraje, como el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león.

Mientras empujaba el carro con su equipaje pudo ver a los tres detrás de la puerta acristalada; una de sus cuñadas llevaba un bebé en brazos, una niña cuya existencia desconocía. Apretó la boca y rogó que sus piernas se mantuvieran firmes. Si esos primeros abrazos fueron sentidos o fingidos, nunca lo sabría.

El trayecto hasta el que fuera el hogar de sus padres lo hizo sumida en las tonalidades ocres de un otoño incipiente, respirando olores olvidados y con la garganta seca. Por la ventanilla del coche se sucedían aceras, terrazas de cafés, niños a su regreso de la escuela. Todo con la semblanza de un pasado que podía tocar con solo estirar el brazo y sin embargo le era esquivo.

Al doblar una calle reconoció la casa, solo la fachada. El salón había cambiado, los sillones de cretona estampada de su madre se reemplazaron por otros de cuero blanco, los muebles tradicionales por minimalistas. A través de las ventanas pudo reconocer los árboles del jardín de su niñez. Más altos, tan frondosos que impedían ver la tapia, sus ramas maduras y fuertes le dieron seguridad. Enderezó la espalda y contuvo un suspiro antes de coger en brazos a su nueva sobrina.

Fue Cristóbal, su hermano del medio, quien, después de los aperitivos le tendió un sobre. Un sobre grande, con manchas de tiempo y humedad.

—Lo dejaste en tu habitación —dijo con dulzura en los ojos.

Fotos de infancia, su título universitario y hasta el original de una historia escrita durante su adolescencia. Entonces pensó si el cerebro, corazón y coraje que echaba en falta en sus hermanos no le faltarían realmente a ella… Y abrazó a los tres.

—Tal vez no era necesario destapar un tubo, sino abrir un sobre —susurró Elías.

A la mente de la mujer regresaron las palabras de Glinda, el hada del norte, «Si no puedes encontrar el deseo de tu corazón en tu propio patio, entonces nunca lo perdiste realmente».

© Liliana Delucchi

Batiburrillo

Marieta Alonso

Nací con el don de lenguas. Mi madre era francesa, mi padre español, un abuelo inglés, una abuela alemana, otro abuelo ruso, otra abuela griega. A eso habría que sumar dos bisabuelas italianas, dos judías, dos bisabuelos suecos, dos nigerianos. No quise entretenerme con los tatarabuelos ya que muchos rumores indicaban que habían sido piratas, vikingos o bárbaros.

El caso es que siendo un bebé ya surcaba los cielos en aviones, avionetas, helicópteros…, visitando a la familia. Y confieso que siento terror a las alturas. En lo único que quizás podría sentirme cómodo es en los globos, pero no he tenido el coraje de comprobarlo.

Además, por mi trabajo viajo constantemente. El último vuelo fue demencial. Con tantas turbulencias pensé que eran mis últimas horas de vida. Me tapé la cabeza con esa manta que te ofrecen los aviones que no llega a cubrirte por completo y le pedí a Jesús, en arameo, para que no perdiera tiempo en traducir, que tuviera misericordia de mí, que la muerte fuera instantánea, que no la viera venir, que no sufriera. Os lo ruego.

Un ruido de espanto tronó en mis oídos. Noté que unas manos toqueteaban mi tersa barriga, no eran insinuantes, no te hagas ilusiones, me dije; pretendían quitarme el cinturón de seguridad. Me destapé el rostro y una preciosa mujer me incitaba a salir rápido de allí, teníamos la suerte de estar al lado de la salida de emergencia. No tuvo necesidad de repetírmelo. Abrió la puerta. Allí estaban los equipos de rescate. Venían con un colchón y nos gritaban que nos tirásemos sobre él. Ella me empujó y los dos caímos uno encima del otro. Nunca me había visto en esa deliciosa postura, pero duró poco. Nos animaban a ponernos en pie a toda prisa. Detrás venían cayendo otros pasajeros.

Fue mi día de suerte. No morí. ¡Ni siquiera un rasguño! Solo me dejé atrapar por esa valiente mujer que me salvó la vida, a la que nunca más he vuelto a ver, y sin embargo, sigue presente en mis sueños.

© Marieta Alonso

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Sí, no, tal vez…

15 mayo, 2021 por Akelarre 5 comentarios

Sí, no, tal vez… Alex Kirschner
Sí, no, tal vez… Acrílico sobre tabla (1994) - Álex Kirschner

Sí, no, tal vez… de Alex Kirschner

Por aquel entonces andaba yo dedicado a observar lo fugaz, esos momentos en los que atrapamos o nos dejamos atrapar, o no, por un acontecimiento mínimo, casi imperceptible, rápido, así como a observar esos gestos cotidianos, aparentemente repetidos, que, dependiendo del momento y el lugar donde se producen, propician, o no, en el infinito mundo de lo posible, una vivencia singular.

Alex Kirschner

Álex Kirschner es un pintor y escultor español que transmite a su obra limpieza en un inquietante cruce de lenguajes. En ambos campos, el artista alude siempre a la intimidad en su más amplio concepto, proporcionando una seducción tranquila y serena.

Esta pintura ha encendido la imaginación de nuestras cuentistas al indagar en recuerdos escondidos tras la dulzura de un abrazo al compás de un vals, juegos furtivos con encajes de colores, encuentros clandestinos a través del tiempo o la metamorfosis acaecida en un joven a causa del amor. Un mundo de sutiles alusiones al impulso generado por la pasión que, presente o pasada, forma parte de nosotros.

La primera noche

Cristina Vázquez

Siempre hay un lugar para soñar

Malena Teigeiro

Metamorfosis

Liliana Delucchi

El baile de ayer

Marieta Alonso

La primera noche

Cristina Vázquez

A mi querida amiga Carmen M.

Sí, o no. Sí, o no. Clara dudaba qué hacer. La luz del crepúsculo entraba a través de las cortinas entrecerradas. Se hacía tarde. Miró la hora en el reloj digital que estaba sobre la mesilla de noche. Tarde para qué, se dijo, si ya no la esperaba nadie. Era casi como un movimiento reflejo el mirar el reloj y sentir un picotazo en el estómago. No quería que su marido se impacientara.

La habitación resultaba pasada de moda con las cortinas de terciopelo, las alfombras a los lados de la cama un poco deslucidas y los muebles de caoba barnizada. Habían elegido ese hotel porque fue el primero al que se atrevieron a ir. Eran dos jóvenes transgresores de la moralidad de la época, o eso creían, zafándose del control de recepción.

Un ronquido suave y continuo era el telón de fondo de sus pensamientos. Eduardo dormía. Se sentó en la butaca recibiendo los últimos estertores de luz y rememoró de una manera amable y algo confusa, las veces que había estado con él en este sitio. Muchas. Tantas que por más que quisiera celebrar todas en su memoria, estaba convencida de que era un ejercicio condenado al fracaso.

La primera, inolvidable. Jóvenes, creyéndose audaces, con una emoción en las manos que hizo imposible que Eduardo le desabrochara el sujetador, ni la falda. Fue el primer conocimiento que tuvieron el uno del otro. Conocimiento que fue aumentando con el paso de los años.

Él, al terminar la carrera, se tuvo, más bien se quiso ir a estudiar fuera y Clara esperó que le propusiera irse con él. Pero no lo hizo. Estaba lleno de ilusión y ambiciones personales, y ella se quedó. No pudo evitar pensar que había sido la chica fácil que arrinconaba el brillante y atractivo arquitecto en que se había convertido. Nunca olvidaría las palabras ni la cara de airada cobardía con que le confirmó.

—Clara. Somos demasiado jóvenes para un compromiso tan serio.

En su voz surgió el mismo temblor que en sus manos la primera vez que fueron al hotel, pero en sus ojos apareció una expresión de premura por irse. La luz de poniente a su espalda, igual a la de ahora, le daba unos reflejos sobre el pelo rubio que le recordó un cuadro que tenía su madre del Ángel de la Guarda. Dos años pasaban rápido, claro que podía visitarle, aunque no sería fácil. Al despedirse le recomendó desde la plenitud de su licenciatura que se esforzara en terminar sus estudios. No era el fin del mundo, Clarita.

—Te queda mucho por vivir todavía —le pasó una mano por la cabeza como si la infundiera de un casco de sabiduría.

Él se fue. Clara estuvo tres meses sin querer ir a ningún sitio, bajo la preocupada mirada de sus padres y el cuidado de un conocido psiquiatra. A los tres meses renació como el Ave Fénix, le aseguraba su madre, una mujer culta, amable y que no quería profundizar en ningún tema excesivamente personal. Siempre se arrepentía uno de escarbar demasiado en el otro, afirmaba con una sonrisa afectada. En los siguientes cinco años no supo nada de Eduardo. El océano que les separaba pareció difuminarlo en una sombra azul.

Ella acabó su carrera, empezó a trabajar y se casó con Gabriel. El mejor marido y una buena boda, sentenció la madre que temía que esa hija volviera a recaer, o a descarriarse. Una tarde lluviosa la oyó decir a una amiga que Clara era demasiado emocional, muy frágil y Gabriel lo más adecuado para atemperarla. Menos mal que el otro está lejos, que si no…

El otro volvió casado con una americana decidida y rubia que hablaba el español con voluntad marcial. No dejaba pasar una palabra que no entendiera y pretendía hacer chistes a los pocos meses y a los pocos meses fue su reencuentro. Igual que si el tiempo de ausencia de Eduardo se hubiera quedado congelado en una nube, volvieron a verse con la naturalidad de antaño. Las confusas disculpas de él, de cómo pudo marcharse sin ella, cuánto la había echado de menos, era el auténtico amor de su vida, a Clara le resbalaban en un dulce abandono. Durante años se siguieron reuniendo, normalmente en este hotel.

—Bienvenidos señores de Ceballos. Es siempre una alegría verlos —decía zalamero el recepcionista.

Las primeras veces a Clara le molestaba el tono burlón que creía descubrir en sus palabras. Luego, ya ni lo oía. Y ahora, mientras la luz declinaba marcando en sus pies desnudos unas sombras equívocas, pensó que después de veinte años, ella viuda y él divorciado, habían decidido no vivir en la misma casa. Demasiado peso en las mochilas de sus vidas.

Por fin decidió quedarse. Se abrochó el sujetador y en vez de vestirse se puso el albornoz y se tumbó en la cama junto a él que seguía medio dormido. Ya no tenía el pelo rubio sino escaso y entrecano, su figura se había vuelto más lenta, aunque aún guardaba el entusiasmo por su profesión y por ella.

—Nunca hemos dormido juntos una noche entera—le susurró Eduardo abrazándola.

Ella afirmó con la cabeza. Nunca. Clara pensó qué raro le resultaba no sentir el picotazo en el estómago al llegar a una hora. Ya no importaba. Nadie la esperaba en casa y sintió una antigua ternura que había enterrado mucho tiempo atrás.

© Cristina Vázquez

Siempre hay un lugar para soñar

Malena Teigeiro

Ya nada era como antes. Los años pasaron para todos y para ella también. Y aun viviendo casi feliz, nada era lo mismo. ¿Me comprende? Revoloteó una mano. A su edad ¿a quién no le llegó la incontinencia? Y cerró los ojos elevando ligeramente los hombros. Al menos ella gozaba con el recuerdo de las noches de risas, bailes y baños en la playa a la luz de la luna. ¡Qué noches! Y repitió el gesto, pero esta vez sonriente. Siempre terminaban detrás de las barcas. Entonces la vida era fácil. Buscaban el sol, la sal, y todo lo demás llegaba sin que se dieran cuenta. Amó a Carlos, a Vicente. Quizá también a Juan, aunque de este no estaba segura. ¡Bebió tanto en aquel tiempo! En cambio, sí recordaba el desprecio infringido por Paco. A pesar de causarle dolor, estaba satisfecha de no haber caído. Ciertas cosas nunca le parecieron bien y no estaba dispuesta a hacerlas por mucho que estuviera enamorada. Sin embargo, el muy sinvergüenza desde esa noche se dedicaba a criticarla, y según le contaron incluso se mofaba de ella. Eso, la verdad, sí que le dolió. No estuvo bien.

Y ahora… ¡En fin, qué le iba a contar que no supiera! Algunas dificultades por su manera de ser, pasaba. Eso no lo iba a negar. Por ejemplo: estaba lo del sujetador. Nunca lo he utilizado. Eso fue lo que le dijo a su compañera de habitación que con asombro contemplaba su dificultad al abrochárselo. Claro está que ella no tenía por qué conocer que era la primera vez. Siempre tuvo los senos fuertes. Y aunque seguían sin gustarle, allí la obligaban. Eso sí, se negó a ponerse los de cuerpo entero. Su cuerpo encorsetado como en la edad media. No. Por ahí no pasaba.

Un día entró a trabajar una nueva cuidadora, Antonia, una morenita muy graciosa y bastante pícara. Poco a poco se hizo su amiga y fue entonces cuando consiguió que le comprara unos de colores con puntillas y encajes. El último Fin de Año le llevó uno rojo con las braguitas a juego. ¡Cómo se rieron las dos! Y se lo puso para la cena. ¡Qué horror de cena! Ni tan siquiera en la de Fin de Año cambiaban el menú: Sopa de fideos y merluza hervida. La única fiesta para los que esperaron hasta las 12 campanadas, fue brindar con sidra. Los otros, casi todos, la mayoría mujeres, aburridos, se fueron a la cama.

Su compañera de habitación, bruja envidiosa, fue contando a unas y otras que llevaba ropa interior de colores. Como las de las furcias, y me dicen que al pronunciar estas palabras arruga la nariz como si oliera mal. Y que la noche de Fin de Año la llevaba roja con puntillas bordadas con lentejuelas. Desde entonces, cada vez que su silla de ruedas pasaba al lado de alguna de sus compañeras, estas, turbadas, bajaban la cabeza. ¡Pobres! Le daban lástima. Aunque en el fondo le importan bien poco sus sentimientos. Si la envidiaban, ¡qué le iba a hacer! Esta vez su compañera de habitación, Solita, el nombre le iba perfecto: hija única, soltera, pacata… Pues bien, Solita nunca supo el favor que le hizo. Enseguida le cuento. Verá. Gaspare, uno de los nuevos, bien plantado con barba de dos o tres día, y mirada de las que te hacen llevar la mano al corazón, se le acercó. Comenzaron a charlar y congeniaron tanto y tan bien, que ahora todos los miraban con envidia. Ya me dirá usted, si no es por envidia, por qué nos iban a criticar tanto. A ellos no les importó.

Uno a otro, se contaron la vida, y si bien no coincidieron en las mismas playas ni en las mismas ciudades, vivieron algo parecido. Él desde luego, fue mucho más… Digamos que valiente. Sin embargo a ella nunca le gustaron las mujeres. Su único vicio fueron los hombres, rio divertida. Desde el instante en que se le acercó, se alegraban jugando a jóvenes. Me comprende, ¿verdad? Y la mirada de la anciana se alejó, quizá soñando pícara. De pronto se dio una palmada en el muslo. Nada era ya lo mismo. Y levantó la mano haciendo sonar los múltiples aros plateados que le adornaban la muñeca. Además, sus regocijos tienen el punto divertido de la clandestinidad. ¿Qué por qué? Pues porque les daba miedo que los descubrieran. No se puede hacer idea de cómo eran los directivos de la residencia en esos casos. Pero ellos tienen mucho cuidado en no demostrar nada en público. Y desde que consiguieron la ayuda de Antonia, quien les deja sin llave la puerta de la sala de lencería, se lo pasaban bien. Lo único que empañaba su goce era un temor: Si se enteraban los mandamases de la residencia, con tal de salir en los periódicos los casan, y ninguno de los dos estaba dispuesto a perder una de las pensiones. ¡Faltaría más!

© Malena Teigeiro

Metamorfosis

Liliana Delucchi

A nadie le importa un joven desgarbado tomando su almuerzo en el banco de una plaza. La gente camina como si no estuviera, como si formara parte del mobiliario urbano. Durante el descanso, antes de regresar a mi puesto de trabajo en la oficina de correos, contemplaba la vida alrededor: Mujeres con su carro de la compra, abuelos y nietos en los columpios, estudiantes haciendo novillos...

Hasta hace un tiempo fui transparente. Para los clientes que se acercaban al mostrador a dejar una carta o recoger un paquete, para los carteros al depositar correspondencia o amontonar sacos en sus vehículos y, sobre todo para mi jefe, un presuntuoso para quien dirigir esa estafeta era comparable a ser el CEO de una multinacional.

La agencia se encuentra en una esquina y, gracias a que el mostrador da a la calle principal, por sus ventanales habitualmente sucios, entra un poco de claridad sobre los montones de papeles acumulados. El resto de la estancia sucumbe a las sombras de carpetas con facturas, notificaciones o algún aviso de recogida de un paquete cubierto de polvo, en espera de un dueño que nunca aparece.

Todo cambió una mañana oscura cuando la niebla llegaba hasta los anaqueles del cubículo. Se abrió la puerta y se hizo la luz. Entró en la oficina una sonrisa seguida de una mujer con todo el sol ausente en el lugar. El verano llegó con ella, aunque el termómetro asegurara otra cosa. Sentí calor.

Se dirigió a mí mostrando una dentadura perfecta y con voz suave preguntó por su marido. ¡No era posible! Era el fofo de don Miguel, ese de los bigotitos años cuarenta con calva incipiente que ocupaba el despacho en cuya placa, siempre pulida, se leía: Director.

No sentí envidia, solo pena por aquel ángel de suavidad y modales dignos de una reina. Me agradeció que la acompañara hasta el escritorio de la rana que nunca se convertiría en príncipe. Volví a mi puesto reafirmado sobre la injusticia de la vida. De nada sirvió salir a correr, telefonear a los amigos ni enfrascarme en una novela. Ella se colaba entre los pinos, las voces de compañeros o los personajes del libro.

Nuestro encuentro fortuito se produjo unas semanas después. Un atardecer cuando decidí regalarme alguna exquisitez para cenar, como los personajes de una serie de la que no me pierdo capítulo. Era la necesidad de sentirme especial, dejar de ser por un momento el joven celofán cuenta-monedas.

Aunque estaba de espaldas, la reconocí. ¡Cómo no hacerlo! Esa melena cobriza que inundó con su fragancia el cuchitril con moho en las paredes por donde mi vida transcurría de ocho a tres. Contemplé su porte elegante y suaves movimientos a través del cristal de la tienda de delicatesen. Abrí la puerta y con la voz más varonil que supieron lanzar mis cuerdas vocales dije «Buenas tardes». Se dio la vuelta para contestar el saludo, en vez de ello me sorprendió con un «¡Es usted!».

Recorrimos juntos el local en busca de productos y terminé gastando más de lo previsto. Pero valió la pena. Estar a su lado, hablar de combinaciones posibles para degustar, del tiempo o del resultado del euromillón… Fue como ingresar a un paraíso sin billete de entrada.

A ese encuentro casual siguieron otros, algunos accidentales y otros no. Estos últimos forjaron una amistad que terminó en mi apartamento una tarde de primavera. Verla por primera vez en ropa interior, como la de los anuncios de las marquesinas, me hizo sentir que los sueños pueden hacerse realidad. Sin embargo, para mí no era comparable, era ella quien llevaba los encajes, trasluces adivinatorios de formas de diosa que yo, humilde mortal, podía disfrutar. Un mundo de sutilezas, ondulaciones y temblores inundaban la estancia habitualmente anodina. Nos acercábamos al balcón; a través de las cortinas un paisaje de árboles y tejados vestían nuestra desnudez. Las risas y los juegos se alternaban en una sucesión interminable.

Dejé de ser transparente. Los clientes habituales de la estafeta empezaron a llamarme por mi nombre, los carteros me pedían las cosas por favor o daban las gracias, y hasta don Miguel me trataba con amabilidad. Una mañana, frente a la máquina del café, el jefe habló de su felicidad, pues su esposa, atribulada durante años, había encontrado su verdadera afición: Todas las tardes iba a clase de cerámica. Sonreí pensando en lo bien que moldeaba la señora.

Cada atardecer, cuando desde la cama la veía abrocharse el sujetador, prolegómeno de su partida, solo pensaba en retener esa imagen, seguro de volver a contemplarla. Aun hoy, cuando el sapo ha desaparecido de nuestras vidas y ocupo su despacho, al ver su espalda y sus manos lidiando con esa prenda, sonrío porque sé que mañana ocurrirá lo mismo.

© Liliana Delucchi

El baile de ayer

Marieta Alonso

El cielo amaneció llorando. No podremos ir al parque, pronosticó la abuela. Los chicos se miraron entre ellos con picardía, y la convencieron que entre los chubasqueros, las botas de agua y las mascarillas no se mojarían. Ya veremos, respondió y se fue a vestir.

En la calle charcos de distintos tamaños soñaban con llegar a ser lagunas, las lagunas con ser ríos, y los ríos con la mar. Nunca se está contento con lo que se es. Eso lo aprendió de la vida.

Ella, por la acera con su bastón, y los niños chapoteando por la calzada llegaron a su destino. Se entretuvo en buscar al mendigo, que tocaba la flauta, resguardado en los soportales de la plaza Mayor. Su tonadilla era alegre, invitaba a bailar.

Cada vez que lo oía, se le iban los pies tras las notas. Su cuerpo ya no era el de antes, en cambio, su mente parecía tener veinte lustrosos años, con las mismas ansias de vivir, de soñar, de juguetear con el amor. Recordó aquella vez que sintió una mano ligeramente ahuecada en la espalda y voló por los aires en una floritura que hizo que la falda se desplegara. Enseñó algo más de lo debido. Solo duró un instante, menos mal, si hubiese durado una eternidad las habladurías seguirían sonando. Nunca olvidó aquel vals del Emperador, ¡Ay, Strauss! ¡Qué cosquilleo!

Eran tiempos en que no tenía necesidad de usar sujetador. Los escotes de sus vestidos se mantenían firmes, insinuantes, seductores, mientras atraían todas las miradas.

Un grito infantil la sacó del ensueño:

¡Abuela! ¡Despierta! Mi hermano no para de saltar en los charcos y me salpica con el agua sucia.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Margaritas

15 abril, 2021 por Akelarre 3 comentarios

margaritas

Margarita Cimarrón o Erigeron Karvinstianus

Esta humilde planta de la que os daremos información ha sido la disculpa que ha servido este mes de abril para que nuestras escritoras dejen correr su imaginación: Un marido jugador, una niña atemorizada, una joven sometida a la perversa vigilancia de unas tutoras y un ramo de novia mágico.

Su nombre genérico Erigeron, deriva de las palabras griegas eri que significa temprano y geron, hombre viejo, por lo que significa anciano en primavera.

Es una especie trepadora o amacollada que pertenece a la familia Asteraceae. Resulta muy útil como tapizante informal y en climas suaves florece todo el año.

Las pequeñas flores de dos centímetros y medio de ancho, son blancas al abrirse para luego adoptar diversos tonos rosados y rojo burdeos. Crece hasta treinta y ocho centímetros y puede ser bastante invasiva. Sus tallos son laxos y sus estrechas hojas velludas.

Originaria de México y América Central, se utiliza en infusiones para combatir la disentería y el dolor corporal.

La maceta

Cristina Vázquez

El collar de Chiquitita

Malena Teigeiro

Desconcierto

Liliana Delucchi

La magia en cada rincón

Marieta Alonso

La maceta

Cristina Vázquez

A Elena I. para celebrar con ella el mes de abril

Adela se quedó sorprendida de que aún florecieran esas humildes margaritas cuyo auténtico nombre no conseguía recordar. Los rosales que había plantado ¿treinta y cinco, cuarenta años atrás?, se habían secado la mayoría y los que sobrevivieron adquirían un carácter salvaje, casi amenazador.

Se sentó en el escalón del porche y contempló lo que quedaba de ese jardín, dando la espalda a la casa que encontró, cómo diría, pretenciosa, de mal gusto, descuidada. Todo cabía para calificar lo que habían hecho con ella. Recordaba el mimo con el que había cuidado cada detalle cuando la decoró.

Ella tuvo la voluntad de construir allí un refugio, un lugar de encuentro familiar. Ernesto, su marido, se negó. Era un hombre que negaba mucho, negaba todo por principio, casi como un tic para luego, si salía bien lo propuesto, hacer suya la idea. Al comienzo de su matrimonio Adela se desesperaba, pero luego comprendió que para Ernesto era una manera de sobrevivir, casi de afirmar su existencia.

—Querido ¿a qué me estás diciendo no? —le preguntó una mañana hacía también treinta y muchos o cuarenta y pocos años.

Cuando vio la cara de sorpresa que puso ante su pregunta, comprendió que el “No” suyo no implicaba negación, era una simple respuesta, quizás una manera de oír su voz. Porque Ernesto era poca cosa de aspecto. No era alto, sin llegar a bajito, enjuto de carnes, de ojos soñadores y voz de barítono, bellísima, sorprendente en ese físico que tiraba a enclenque. Y como espíritu, quitando su amor a la poesía y su habilidad en el juego de cartas, tampoco sobresalía gran cosa. Aunque su carácter bondadoso, apacible y romántico hacía muy llevadero el yugo matrimonial. La casita de marras la hizo suya mostrando a quien quisiera verlo la belleza del jardín, las margaritas que había plantado, los rosales trepadores encargados a Inglaterra, las piezas de cerámica antigua…

Sin embargo, Ernesto tenía un pero. Inevitable se decía Adela, todos los hombres tienen uno. El suyo era el peligro de su habilidad con las cartas. Se lo jugaba todo. Esa casa la pudieron comprar después de una buena racha.

Una mañana del mes de abril apareció un señor muy correcto, vestido con traje negro, seguido dos alguaciles en cortejo fúnebre, que le comunicó en un tono procesal.

—Señora, lo siento —bajó la cara y Adela se fijó en lo estrecha que era su frente—. Esta casa está desahuciada.

—No puedes ser. Es un error —clamó ella sosteniéndose en el dintel de la puerta—. Voy a llamar a mi marido.

El hombre de negro, correcto, con una lúgubre a la vez que tierna firmeza, le aseguró que era inútil. Su marido, señora, se halla en busca y captura por deudas de juego. Adela notó un leve apoyo en el codo antes de derrumbarse. Era la mano del hombrecillo que la sostenía, acostumbrado como debía de estar a que las mujeres se le desmoronaran con estas nefastas noticias de las que era portador.

Y así fue. De un golpe sin casa ni marido. Pasaron los años y aquel lugar, enseguida en otras manos, se había transformado en un hotelito de fin de semana para parejas románticas. Gracias a su trabajo como profesora de idiomas que le permitió montar una academia de lenguas, más una escueta herencia que recibió, tuvo el dinero para recomprarla.

Cada año, por su cumpleaños, recibía una planta de margaritas. Siempre con un poema de amor, siempre sin firma. Los primeros años oía lejana la voz de Ernesto recitando la poesía, pero poco a poco la fue olvidando, como fue olvidando su cara, su menguada estatura y sus noes. Al principio de su ausencia cada vez que oía no o alguien le negaba algo, se removía en ella un fuego como una pequeña mordedura de rabia entre la tráquea y el esternón. Pero también olvidó la negación como algo irritante.

En ese momento, sentada en el escalón contemplando lo que había sido el proyecto que se esfumó en una mañana del mes de abril, pensó que en el fondo había sido una mujer afortunada. Luchó por recuperar esa casa y lo había conseguido. Aunque le dolió la desaparición de Ernesto, a la larga se había librado de vivir con un jugador. Pudo ser libre y tener sus amores más o menos largos.

Era la primera visita que realizaba para ver en qué estado se encontraba la casa y acordar el precio. Los dueños, prudentes, al ver la emoción de Adela la habían dejado sola. De repente vio con espanto que una maceta con las inevitables margaritas resaltaba en el alfeizar de una ventana. Un frío le recorrió el espinazo. Preguntó a los dueños quién podía haberla dejado ahí. Ellos negaron con sinceridad que no tenían idea y para sorpresa de ellos les dijo.

—Lo siento, pero no voy a comprar la casa —una mezcla de determinación y prisa envolvía sus palabras.

Ya en el coche intentó recuperar la serenidad a la vez que se alejaba a toda velocidad. Al llegar a la ciudad se fue directa a una agencia de viajes que estaba debajo de su academia y pidió al dueño, del que era buena amiga, que le preparara la más lujosa vuelta al mundo.

La que se largaba ahora era ella.

© Cristina Vázquez

El collar de Chiquitita

Malena Teigeiro

Se dio cuenta de que al esconderse entre los rosales de su tía María Antonia, las espinas le pinchaban los brazos. Y como tenía que seguir haciéndolo, buscó otro sitio. Un gran macizo de hortensias rosas y azules se extendía al fondo del jardín, justo al lado de la muralla que lo guardaba. Corrió y se metió entre ellas. Aquellas flores eran tan tupidas y tan altas que allí no la encontraría nadie. De pronto, el mal olor que expelían las flores le hizo pensar que tenía que buscar otro escondite. Con cuidado para no romperlas ni estropearlas, se alejó de las hortensias. A su tía aquellas flores le gustaban tanto que las colocaba por toda la casa en cualquier jarrón. A ella le parecían más bonitas las rosas, además su perfume era variado, a veces un poco fuerte, eso sí, pero elegante. Se parecía mucho al de su madre, recordó inhalando con fuerza el aire con la pretensión de encontrar aquel delicioso aroma. Echó un vistazo y percibió que los macizos de las dalias estaban demasiado cerca de la casa y era fácil que la encontraran. Decidió acercarse a la verja. Era posible que fuera de aquellas tapias encontrara un buen lugar. Al llegar abrió la cancela y, como siempre, el hierro cantó un desagradable chirrido. Salió y cerró despacio.

Detrás del camino estaban los campos de hierba en donde pastaban las vacas. Además de darle miedo aquellos bichos tan grandes, el suelo era liso como una sábana y no vio ninguna planta alta en la que esconderse. Un poco más allá de los prados, justo en donde comenzaba el monte, divisó un lugar tan lleno de flores que desde lejos parecía que hubieran pintado el campo de blanco y violeta.

Unas veces a la pata coja, otras dando saltos, pasó por delante de las vacas poniendo buen cuidado de no acercarse demasiado. Tumbadas en el suelo, la miraban aburridas moviendo la mandíbula de un lado a otro, una y otra vez. A lo mejor no les gustaba la hierba, pensó. Lo cierto era que a ella tampoco.

Cuando llegó al campo de flores vio que sus tallos eran bajitos, apenas un poco más alto que la hierba que tenían alrededor. Sintió que el cansancio le impedía seguir y se tumbó encima de la alfombra de margaritas. Olían bien. Quizá un poco amargo, se dijo arrugando la nariz. Por otra parte, como su vestido era blanco, quizá la confundieran con ellas. Comenzó a cortar flores hasta hacer un ramillete. Cuando creyó tener bastantes, las dejó a un lado y se sentó. Recogió de nuevo el ramillete y lo colocó sobre la falda. Susurraba la canción que le cantaba su tía María Antonia mientras, una a una, las iba ensartando hasta hacer una especie de cuerda larga, muy larga, que se enrolló al cuello.

Era casi de noche cuando comenzó a sentir frío. Adornada con el collar de margaritas corrió por el prado. Se sorprendió al no ver las vacas. Quizá era más tarde de lo que creía. Entró en el jardín. Pasó por delante de los macizos de rosas y hortensias hasta llegar a la casa. En la puerta, mirando de un lado a otro, la tía María Antonia la buscaba. Con una sonrisa que le recordó a un sollozo, la agarró por la cintura y la alzó. ¿Dónde había estado toda la tarde, Chiquitita? Ella se colgó del cuello de la mujer. ¿De quién quería esconderse? La niña le cogió la cara con las manos. Ya no se acordaba, mintió a sabiendas de que al día siguiente volvería a esconderse. A ella no la guardarían en una caja los señores de negro, decidió arrancándose el collar de margaritas.

© Malena Teigeiro

Desconcierto

Liliana Delucchi

Cuando llegó, quedó asombrada ante esa construcción con pretensiones. Alguna vez habría sido una casa solariega, pero en ese momento estaba un poco venida abajo. No importa, se dijo Margarita, con el dinero que me han dejado mis padres podremos restaurarla. Las propietarias eran unas mellizas solteronas, primas lejanas de su madre, que a partir de ese momento se convertían en sus tutoras hasta los veintiún años.

Casi no había visto a esas mujeres altas, flacas y arrugadas que a la joven le recordaban troncos a punto de secarse; sus narices ganchudas caían sobre un rictus con ansias de sonrisa de bienvenida. Es probable que en alguna ocasión les hicieran una visita. Sin embargo, por mucho que buscara, la memoria de Margarita no podía recordar a esos personajes junto al árbol de navidad ni sentadas a la mesa del que fuera su hogar. ¿Quién sabe por qué mamá las eligió? ¿No había nadie más?

Las obras comenzaron en cuanto llegó el dinero y lo que más entusiasmó a la heredera fue el diseño del jardín. Siempre había vivido rodeada de flores y las mellizas tuvieron a bien dejarle elegir un jardinero y entretenerse con los parterres.

Si Margarita hubiese sabido el significado de la palabra condescendencia, es probable que la hubiera visto en las miradas de sus tías, pero su orfandad se extendía a cualquier conocimiento fuera de los límites de su casa, manifestándose en un exiguo vocabulario carente de matices.

El vergel alrededor de esa nueva residencia la animaba a largos paseos. Se detenía siempre en los canteros con las flores que llevaban su nombre. Allí se sentaba en un banco a contemplar la tarde con ese aire de lejana inocencia que da la estupidez.

Todo cambió durante un almuerzo. Sus tutoras habían invitado a comer a una joven pariente que la deslumbró. Catalina no solo era hermosa, su voz tenía el ritmo del aleteo de los ángeles. Cuando quería acentuar alguna parte de su discurso, parpadeaba como si en vez de pestañas tuviese abanicos. A partir de esa comida, Margarita solo tuvo un sueño: Ser como ella. Sin embargo, cuando quiso organizar otro encuentro con Catalina, uno de los cuervos le respondió que no era buena idea, ya que no solo era bastante ajena a la familia, sino que no hacía más que mirarse el ombligo.

Frustrada y conteniendo las lágrimas, la joven se retiró a su cuarto y se negó a cenar. A pesar de sus lloriqueos, no consiguió que las madrastras de Blancanieves cambiaran de actitud y reanudó sus paseos por el parque.

El sol empezaba a esconderse detrás de los cipreses cuando una de las tías salió en su busca. La hora de cenar estaba cerca y la joven no aparecía por ningún sitio. La encontró sentada en el banco junto a las margaritas. Con las piernas abiertas, el vestido de algodón floreado subido hasta debajo del corpiño, la joven miraba su vientre y… ¡Se lo tocaba!

El cuervo número uno llamó al número dos y no solo aparecieron ellas sino que llevaron consigo a la caballería, la servidumbre en pleno.

El desconcierto embargó a Margarita cuando la encerraron en su habitación y días más tarde la subieron a un coche para depositarla, junto con su equipaje, en un convento.

Las monjas eran amables y ella, de momento, solo tenía que cumplir con los rezos y ocuparse del jardín. Su vida tampoco había cambiado tanto…

Las mellizas no iban a verla, así que el día que le dijeron que tenía una visita, se sorprendió al ver a Catalina.

—¡Dios mío, querida! ¿Por qué te han traído aquí? —Preguntó una atribulada Catalina cogiendo las manos de Margarita.

—No te preocupes, estoy bien —contestó la joven emocionada—, las hermanas son muy buenas y todas las noches, cuando me encierran en mi celda puedo hacer lo que tú sin que nadie me regañe.

Catalina enarcó las cejas sin lograr comprender, interrogándola sobre a qué se refería. Dejó caer su bolso cuando escuchó la respuesta:

—Mirarme el ombligo.

© Liliana Delucchi

La magia en cada rincón

Marieta Alonso

La prima Gisel sentía pasión por las flores. A sus veintitrés años, yendo del brazo de su padre hacia el altar, la felicidad le brotaba por los ojos y enseñaba a sus amigas el precioso buqué de margaritas que le habían regalado. Ya habían dicho el sí quiero, y ¡de pronto! se oyeron gritos y detonaciones.

Sintió que su desconcertado marido la tiraba al suelo y se le echaba encima para protegerla. Fue la única superviviente de aquella masacre. Cuando todo se volvió silencio, y antes de que llegara la policía, desanduvo el pasillo con el vestido blanco manchado de sangre, abrazada al ramo de novia.

Llegó a la solitaria casa de su niñez, puso el ramillete en un búcaro de cerámica achaparrado, partió una pastilla de aspirina por la mitad y echándola en el agua, se sentó a esperar no sabía qué.

Los años fueron pasando uno detrás de otro hasta diez y cada mañana al despertar sonreía a sus margaritas, asombro de todos por seguir tan frescas y lozanas. Les daba los buenos días, las salpicaba con agua y comenzaba la rutina.

Hasta que una mañana, al entrar por la puerta del instituto donde impartía clases, tropezó con un hombre de aire despistado, un nuevo profesor. Poco a poco la fue camelando con flores, agasajándola con chocolate, otra de sus debilidades, y así fue calando en su corazón.

La boda se celebró en la intimidad y tras el banquete regresaron al hogar. A pesar de la quietud había algo extraño en el ambiente. Se dirigió al dormitorio. Las margaritas habían huido y solo un pétalo esperaba sobre la mesa, que al verla voló hacia ella. Se le posó en los labios y desapareció.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Monasterio de Santa María la Real de Osera

15 marzo, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos sobre el Monasterio de Santa María la Real de Osera

Imagen anónima - Monasterio Santa María la Real de Osera

Este Monasterio se ubica en una zona abrupta en la Sierra Martiñá, que se conocía como “Ursaria” por la abundancia de osos, en la margen derecha del río Osera, en San Cristóbal de Cea (Orense).

Aunque el primer documento donde se le menciona es de 1137, sus orígenes todavía no han sido aclarados. Tampoco existe unanimidad en cuanto a la fecha en la que su primera comunidad de eremitas se incorpora a la Orden del Císter.

Después del incendio sufrido en 1552, entra en la Congregación Cisterciense de Castilla, que trajo un periodo de renovación artística. En el siglo XIX, la exclaustración provocada por la Desamortización de Mendizábal produjo que el monasterio fuera abandonado. En el siglo XX vuelven monjes a Osera y se emprende la titánica y exitosa labor de restauración.

La imagen que hoy inspira a nuestras cuentistas no sabemos de quien es, quizás del maestro Mateo del Prado, ni a qué santa o virgen representa, pero sin duda su conmovedora belleza ha llegado a inspirar historias de muerte por amor, del ruego de una madre para que el marido de su hija sea como debe ser, de la súplica de una joven para que sus amigas no caigan bajo el embrujo de un seductor o de la pasión imposible de un pastor.

El bordado

Cristina Vázquez

También le llamaron Gerardo

Malena Teigeiro

La santa

Liliana Delucchi

El pretendiente

Marieta Alonso

El bordado

Cristina Vázquez

Su llegada al pueblo creó cierto estupor. De dónde habría salido ese hombre que decía ser artista. ¿Artista? Eso cómo se comía, mascullaban las comadres y los prohombres del lugar en la rebotica o el casino.

Se llamaba Andrés, estaría en la cincuentena y aunque su aspecto era diferente, la pulcritud y elegancia un tanto raída era lo que lo definía.

Se instaló en una casa modesta con jardín y un altillo luminoso que transformó en su estudio. Salía poco, daba largos paseos a primera y última hora de la tarde y saludaba amable, hasta sonriente, a quien se cruzara en su camino. Al poco tiempo dejó de ser novedad y como era educado y tranquilo, pasaron a otro tema que mereciera sus desconfiados comentarios. Aunque no parecía ni carne ni pescado, concluyeron.

Al cabo de unos días preguntó en la tienda en la que se vendía un poco de todo si habría alguna mujer en el pueblo que pudiera atender su casa. A la tarde siguiente apareció la Modesta, mujer fuerte, viuda y deslenguada.

—Aquí le traigo a mi sobrina —propuso mirando ávidamente la habitación en la que estaban—. Es limpia, necesita el dinero y estar ocupada.

 Andrés las hizo pasar ofreciéndoles un café recién hecho. Les enseñó el resto de la casa para que valorara el trabajo, a sabiendas de que era lo que deseaba la mujer, que pareció satisfecha con el reconocimiento del sitio. La sobrina, que iba tras ella igual que una sombra, apenas levantaba la cabeza, lo que hizo dudar a Andrés de sus capacidades.

—Esta se llama Amaranta —soltó señalándola con un despectivo dedo—. Aunque le parezca medio boba es trabajadora y buena. Además, borda muy bien. ¡Manos de ángel tiene!

Sentándose con aires de gran señora frente al humeante café, ni padre, ni madre, ni perro que la ladre tenía esta, dio un largo trago a su bebida. Gracias a ella había podido vivir la pobrecilla, confesó orgullosa Modesta, lo del nombre raro cosas de su madre —Dios la tenga en su gloria—, porque la pobre… Se señaló la sien como explicación de locura. Amaranta por fin levantó la cabeza en silencio y él pudo descubrir una cara de huesos finos, un cabello castaño que se escapaba del pañuelo que lo cubría y unos misteriosos ojos violetas.

—Lo único, señor, es que es muda —alzó un dedo doctrinal la tía—, que no sorda.

Se arrellanó en la silla y bajando la voz como si la chica no estuviera delante, aunque eso tiene sus ventajas, murmuró y le guiñó un ojo con aire de complicidad. Andrés se sintió conmovido por la chiquilla tratada con tanto desprecio y no dudó en contratarla, tras una negociación con Modesta de la que salió ufana. Quedaron en que comenzaría al día siguiente.

Andrés, que siempre fue un solitario sin trato con mujeres, le empezó a confortar el saber que esa joven estaba en el piso de abajo trasteando con suavidad de mariposa. Igual que no hablaba parecía no hacer ruido, pero desplazaba una ligereza, un aroma especial que le llenaba de paz.

Le pidió que se sentara a comer con él, a lo que tardó en acceder. Aunque no hablara, sonreía con confiada dulzura mirándole con una fijeza que a veces le hacía sentir incómodo. Al terminar la tarea se sentaba cerca de la ventana y hacía labores de bordado, retardando la hora de volver a casa. Parecía que se iba desprendiendo de unas escamas duras que la volvían invisible cuando estaba con su tía. Empezó a echarla de menos cada vez que se iba. Quería tener su presencia continua, él al que las mujeres nunca le habían atraído.

Un día la encontró completamente desnuda, ofreciéndose con una expresión de perrillo confiado. Él la tapó con severa suavidad.

—No Amaranta, querida. Yo no —la besó en la frente y acarició su perfecto óvalo—. No puedo amarte de esta manera.

Al día siguiente no apareció y fue a preguntar por ella a Modesta, la cual con malos modos le dijo que la moza había desaparecido. Loca como la madre. Eso de no querer hablar era tontería o locura, afirmó cruzando las manos con determinación sobre el voluminoso vientre. Esa misma tarde corrió la voz de espanto por el pueblo. Amaranta había aparecido en la iglesia muerta a los pies de la Santa. Parecía dormida, ni una gota de sangre. Era un misterio ¿Quién?, ¿cómo?

Andrés se sintió culpable, con la amargura sin consuelo de no haber protegido a ese ser angelical. Pero a los pocos días, sin que se hubiera dado solución a la muerte de la joven, el pueblo empezó a señalarlo. Una noche apedrearon su ventana, otro día vio que la gente volvía la cara al cruzarse en la calle, hasta que antes de que transcurriera la semana quemaron su casa. No llegó el fuego al altillo donde lo encontraron asfixiado sin haber intentado escapar. El estudio estaba lleno de dibujos con la cara de Amaranta y un bordado infantil le cubría el rostro. En él un corazón vulgar de punto de cruz encerraba el siguiente mensaje: “Sin ti no hay vida”.

© Cristina Vázquez

También le llamaron Gerardo

Malena Teigeiro

Siempre me había gustado pasear con mi padre por los bosques de robles y castaños que rodean el monasterio. También subir a la cima de ellos y ver desde arriba los fuertes y robustos muros de piedra que lo cercaban, aunque desde lejos parecieran pequeños y frágiles. Siempre tenía la impresión de que si los empujaba con la punta del dedo los podía tirar. Eso al menos era lo que quería hacer mi padre, según decía cada noche delante de su vaso de vino. Mi madre al oírlo se santiguaba, quizá pidiendo a la Santiña que lo perdonara. Luego me agarraba por el cuello de la chaqueta y me llevaba a la cama. No quería que lo oyera. Pero lo que no sabía mamá era que cuando mi padre me llevaba de caza, me subía a lo alto del monte, y estirando la mano la convertía en una misteriosa pistola que disparaba sobre los paredones del monasterio. Eran tan fuertes sus disparos que yo los veía desmoronarse una y otra vez como si en vez de estar construidos con fuertes piedras fueran hechos con arena de la playa.

Mi padre y mi madre se conocían desde niños y siempre habían estado juntos. Y aunque mis abuelos habían advertido a su hija sobre el extraño carácter de aquel hombre, como siempre suele ocurrir, mamá, enamorada, no hizo caso. Yo nací, según decían por la aldea, antes de tiempo, y eso al parecer obligó a mis abuelos a permitir que mis padres contrajeran matrimonio. Y lo hicieron allí, en el Monasterio de Osera, delante de la joven Santiña de piedra de la que la familia de mi abuela era muy devota. Y delante de Ella también me bautizaron. Me llamaron Gerardo.

Como decía, mi abuela era muy devota de la Joven Santa, y desde que comenzó la guerra y mi padre fue llamado a filas, ella y su hija acudían a rezarle. Iban siempre juntas. Unos crespones negros les cubrían los cabellos mientras musitaban sus oraciones. Yo solía estar sentado a su lado jugando con mi tirachinas. A veces estiraba la goma y me imaginaba en el monte disparando a los pajaritos mientras escuchaba a mi madre pedir para que el iluminado de mi padre, como le llamaba mi abuela, sorteara todos los peligros de aquella guerra y volviera pronto a la aldea. Yo entonces no entendía por qué mi querida abuela le nombraba como el Iluminado, cuando se llamaba Gerardo como su padre y como yo.

Era un día de fina lluvia, como la que caía casi siempre por aquellos montes, que más que lluvia parecía niebla, cuando de la mano de mi abuela subimos hasta el monasterio. Y como siempre también, mi abuela iba a hacer sus súplicas. Esa mañana caminamos solos y en silencio, pues mi madre había acudido a la ciudad. Quería recoger directamente las cartas a ver si había alguna de mi padre. Y como era la costumbre de la abuela, entramos en el santuario y nos dirigimos directamente a la capilla de la Santiña. Ella se arrodilló en el banco y yo me senté a su lado. El frío era tanto y tan intenso que hacía que mis rodillas chocaran una contra la otra. Estaba entretenido con el ruido que hacían mis huesos al chocar cuando me quedé tieso. Ella que siempre rezaba en voz alta, como si exigiera que se cumplieran sus súplicas, esa vez lo hacía tímida, zalamera. ¿Qué era lo que estaba diciendo? Sí. Hablaba de mi padre. Decía que ella no le deseaba nada malo al Iluminado, pero que si se perdía un tiro y esa bala en el camino hacia el que iba dirigida se encontrara, por ejemplo, con la cabeza de Gerardo, pues que no lo privara de ella. Y la vi encoger los hombros. ¿Qué mejor oportunidad de prestar un servicio a su patria iba a encontrar aquel muchacho, que andaba siempre borracho, y en malas artes, que la de salvar la vida de aquel al que iba dirigida? Levantó la cabeza y el velo se le escurrió hacia atrás. Mientras le sonreía a la santa, la abuela con sus retorcidos dedos tiró del velo y lo dejó en su sitio. Volvió a cruzar las manos y continuó. ¡Qué otra cosa mejor podía desearle a Gerardo que se encontrara cuanto antes en los brazos del Señor!

Elevé la mirada hacia la Santiña. Muy contenta no se la veía, la verdad. Sentí el peso de su mirada de piedra sobre mi cabeza y, como era bajito, me pareció que me aplastaba. El aire comenzó a faltarme y sentí un ligero mareo. Creí morir. ¿Pero qué era lo que estaba pidiendo mi abuela? Como pude, pálido y desencajado, me levanté del duro asiento de madera. Y señalando a mi abuela grité:

––Ese del que habla no soy yo. Es mi padre.

© Malena Teigeiro

La santa

Liliana Delucchi

Desde la puerta entreabierta de la sacristía, don Paulino observa al hombre que a diario, haga frío o calor, se postra ante la santa. Se pregunta si ha de intentarlo una vez más, si conseguirá hoy que ese personaje, con indumentaria de campesino y un cayado como único acompañante, responda a sus palabras. Su sufrimiento es evidente, piensa el sacerdote, pero mis intentos no logran abrir su corazón.

Destinado hacía apenas unos meses a esa parroquia, don Paulino supo ganarse la confianza y las confesiones de los feligreses. Sin embargo, a pesar de tantos años de sacerdocio era incapaz de acercarse al hombre.

El cura había hecho los deberes. Ante el silencio y distancia de esa criatura que con la boina entre las manos miraba devotamente la escultura de la inmaculada, preguntó por el pueblo.

Su nombre, Simón, de profesión pastor, trabajo heredado de su padre y abuelo, quizás de algún otro antepasado, pero aquellos a quienes interrogó no supieron decirle más. Solo que tenía un chozo de piedra en lo alto del monte, rodeado de un cercado donde guardaba las cabras en verano. En invierno las recogía en un establo cercano a la vivienda. La información recabada por don Paulino se vio enriquecida por Sagrario, la cotilla de la aldea, quien se sintió ofendida al no haber sido consultada.

—Es muy raro el Simón —declaró la señora.

Mientras se expresaba con su aguda voz, mordía uno de los mantecados que había llevado de regalo como excusa para la confidencia.

—Vive solo desde la muerte de su padre. Nunca se le conoció mujer, y por aquí no faltan algunas ligeras de cascos a quienes les hubiera venido bien esa casucha… Aunque esté tan alta en la montaña—. La mujer miró de reojo al párroco en busca de beneplácito a su testimonio, antes de seguir:

—Baja al pueblo en ocasiones para aprovisionarse de vino y alguna charcutería, pues el queso se lo hace él —dijo Sagrario mientras sacudía las migas caídas sobre su falda—. Es hombre de pocas palabras y solo habla del tiempo o de sus cabras.

Cuando el sacerdote le señaló que lo veía todos los días rezando ante la santa, la mujer abrió la boca para decir algo, pero como no se le ocurrió nada, volvió a cerrarla. El cura aprovechó para mirar el reloj, soltar un «Huy, ¡qué tarde!» y dar por finalizada la conversación.

Al día siguiente, al ver a Simón nuevamente ante el altar, don Paulino pensó: Si tú eres pastor de cabras, yo lo soy de almas y se prometió hacerle una visita.

El camino hasta la cumbre es bastante largo y empinado, el calor del mediodía de esa incipiente primavera da de pleno en la espalda del cura, tanto que tiene que quitarse la pelliza, pero ello no le impide llegar a destino a pesar de sus resuellos.

A la casa de Simón le falta no solo una mano de cal sino bastantes arreglos, sin embargo, cuando entra y sus ojos se han acostumbrado a la penumbra, don Paulino constata la limpieza y el orden de la estancia. Sentado en una de las dos sillas instaladas junto a la mesa, se sirve un vaso de vino a la espera del propietario de la vivienda.

—No sabía cuándo, pero sí que vendría —escucha don Paulino una voz ronca a sus espaldas—, por eso dejé la bebida junto con los dos vasos.

El sacerdote se pone de pie para estrechar la mano de ese hombre a la puerta de la cabaña, en su rostro en sombras adivina una sonrisa.

Simón se sienta al otro lado de la mesa y apura de un trago el jarro que tiene ante sí.

—No es como el de misa, pero a mí me sirve para refrescar el gaznate —comenta sin dejar de mirar a su interlocutor.

Un silencio se instala entre los hombres. El visitante lanza un suspiro y cuando va a comenzar a hablar, el otro le dice que no se preocupe, está bien y si va al templo a diario es para ver a la santa.

—Solo me enamoré una vez —continúa, mirando sus nudosas manos apoyadas sobre la madera—. Tenía doce años cuando mi padre me llevó a la iglesia, y entonces la vi.

»Tan dulce, tan hermosa y me miraba con tanto cariño que a partir de entonces solo pude pensar en ella. Pero nunca me perteneció. Estaba demasiado alta para mí. En realidad, ella era de todos.

El pastor saca un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se suena la nariz.

»Como acabo de decir, demasiado para mí, por eso voy al santuario, a pedir que me lleve junto a ella, y así poder estar juntos.

El cura se pasa la mano por la frente como si buscara la frase exacta, quiere aportar ayuda a esa confesión. No está seguro sobre si sus palabras serán las adecuadas, pero se aventura a replicar:

—No debe desear su propia muerte, esta llegará cuando el Señor lo disponga, pero puede estar seguro de que su enamorada está con Él.

—Claro que está con Dios, padre. Es la santa, por eso está allí y la gente va a rezarle.

© Liliana Delucchi

El pretendiente

Marieta Alonso

Parecía sensato e inteligente… como los hombres acostumbran aparentar. Cuando llegó a nuestro pueblo fue la novedad. Y no precisamente por ser un Adonis. Era tan delgado como el bacalao seco y se le podían contar uno a uno los doscientos seis huesos que tiene toda persona adulta. Si llamaba la atención era por conducir un coche que quitaba el hipo. A mí su automóvil me era indiferente, yo tenía una bicicleta con un timbre rojo amapola, tan estrepitoso que todos me cedían el paso.

Durante seis meses cada domingo sacó de paseo a una chica distinta, hasta que en una verbena tocó el turno de que se fijara en mí. Me sacó a bailar. Lo rechacé. Me dan asco los mariposones, le dije con voz alta y clara.

Nunca fui de muchas amigas, solo tenía tres y las tres tuvieron la desgracia de enamorarse de aquel mamarracho. Yo a la amistad le doy gran importancia, por lo que les aconsejé que averiguaran de dónde había salido aquel tipo. No me hicieron caso. Así que empecé a indagar.

Las pesquisas delataron que aquel donjuán iba dejando hijos en cada aldea, pueblo o ciudad por donde pasaba. Al marcharse del lugar donde estuviera destinado, zapateaba para quitarse el polvo y si te he visto no me acuerdo.

Mis amigas pretendieron tapar los hechos con el silencio. Me negué. Pero, ¿qué hacer? Y me fui al monasterio de Oseira a pedir consejo a mi santa preferida. Al salir de allí sentía la fuerza necesaria para dar a conocer tal comportamiento a la policía, al cura y al alcalde, lo que dio lugar a que el tenorio saliera por pies una hermosa tarde de domingo, no sin antes soplarles un beso a cada chica. Menos a mí, que lo amenacé con un conjuro para que la niebla devorase su imagen.

Perdí el afecto de mis amigas. A ellas no les hubiese importado tener un hijo suyo, pero las madres me hicieron un homenaje por evitar que aquel hombre dejara su simiente en nuestra aldea.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Falenas

15 febrero, 2021 por Akelarre 4 comentarios

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Falenas de Carlos Verguer Fioretti

El pintor y grabador español formado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que realizó esta sugerente, evocadora y provocativa pintura, la nombró Falenas, como las pequeñas mariposas nocturnas, irremediablemente atraídas por la luz y el fuego. El pintor asocia estas humildes mariposas con las mujeres que, como ellas, viven bajo los haces de la luz nocturna.

Y persiguiendo el vuelo de estos pequeños y humildes lepidópteros, los cuentos que este mes hilvanan nuestras escritoras, describen la desesperación de una esposa hastiada, la consecuencia de unos zapatos pequeños, la rápida reacción de una madre y  el camino de un ramito de violetas que, como las falenas, recorren la noche ofreciéndose como acompañantes tanto debajo de la luz de una farola como en lujosos salones de moda.

Paquita

Cristina Vázquez

Bañeras perfumadas con sales de rosas

Malena Teigeiro

Cuestión de pies

Liliana Delucchi

Su tormento

Marieta Alonso

Paquita

Cristina Vázquez

—Paquita, eres Paquita ¿verdad? —los ojos de la mujer que lo decía parecían canicas incendiadas.

A la que llamaba por este nombre, se giró despectiva y en un francés embravecido de erres, le contestó que estaba equivocada, su nombre era Francine, y que hiciera el favor de no molestarla. La música de fondo un tanto ruidosa obligaba a las dos mujeres a hablar en un tono alto. La primera insistía con torpeza que ya podía decir lo que quisiera, pero que a ella no le engañaba que era la famosa Paquita de la que hablaban en el pueblo. Francine miraba a otro lugar como si no entendiera lo que le estaba diciendo. Se acercó al oído del hombre sentado a su lado en la mesa.

—Qué horror estos españoles —le susurró en su exótico francés—. En seguida te confunden.

Francine afirmaba que era hija de un diplomático egipcio y por eso tenía ese peculiar acento que hacía difícil reconocer su origen. Mucho tiempo y ensayos con un profesor de lengua, al cual, en vez de cobrarle sus desahogos, le pedía que le enseñara a disimular su terrible pronunciación. El profesor, un joven de poca experiencia amatoria pero buen criterio de enseñante, le sugirió que en vez de disimular su crudo deje español lo marcara con más ahínco. Y así había conseguido hablar de una manera sencillamente exótica.

La aparición de esta compatriota en el cabaret Burlesque, lugar de moda en Lyon, con la osadía de llamarla por su nombre de pila con esa desfachatez, la dejó desarmada. ¡Paquita!, con el tiempo y el esfuerzo que le había costado hundir ese nombre y esos recuerdos. La mujer que la había llamado así permanecía un poco apartada de ella comentando con otra chica y sin quitarle la mirada de encima. Un doble sentimiento de rabia y piedad la empezó a invadir.

Monsieur Lascagne, el hombre con el que compartía mesa y otros quehaceres, era uno de sus acompañantes más antiguos y habituales. En ese momento le hablaba de cómo iba la bolsa y del bolso de cocodrilo que le iba a regalar a su mujer y a ella. Ya sabía, ma cherie, que él por encima de todo era justo. Bolso en casa, bolso aquí y cambiaba la mano de sitio para señalar dos lugares precisos sobre la mesa. Aunque el suyo iba a ser un poco más lujoso con un cierre de piedras semipreciosas.

—De ágatas, como tus ojos —le confesaba bien repantigado en su silla atufándola con su puro.

Francine le miraba con sonrisa beatifica y la sorpresa prendida en los ojos. Esta combinación no fallaba nunca. A los hombres les encantaba sorprenderte y que te entusiasmaras con sus afirmaciones por necias que fueran. Llevaba ya muchos años de profesión, pero la aparición de esa desvergonzada, que permanecía con la otra chica a su espalda, a las que podía oír su chismorreo sobre ella, la estaba empezando a inquietar. Se vio reflejada en esa golfilla con pretensiones. Monsieur Lascagne se giró para mirarla y le preguntó quién era esa chica tan joven y tan guapa que parecía conocerla.

—Tiene un aire a ti cuando eras joven —Francine sonrió con toda la falsedad de la que era capaz—. ¿Por qué no me la presentas?

—No la conozco y no sé quién es —pero una duda desalentadora empezó a cuajar en ella.

Imposible. No podía ser, demasiada casualidad, se decía mientras dejaba de atender a la charla del orondo caballero, y se iba a estos pensamientos que la empezaban a sacudir. Imposible, ella mandaba el dinero para que la niña estuviera en las monjas educándose. Hacía menos de un mes que le mandaron noticias de ella asegurándole que estaba bien y que era estudiosa. La última foto era del año anterior, pero la idea como una serpiente insidiosa se iba enroscando en ella, con la sensación de que acabaría estrangulándola. Se dio la vuelta con brusquedad para verla y entonces tuvo la certeza. El mismo gesto desafiante, la misma sonrisa ladeada e igual forma de apoyarse en la cadera. Mientras oía al baboso acompañante insistiendo en conocer a la niña esa, tan parecida a ti, que sería como un sueño revivir esos primeros años juntos.

La mujer se levantó, le dio un beso en la frente al hombre y se acercó a la joven a la que cogió de un brazo.

—Además de Paquita, soy tu madre y te vienes conmigo ahora mismo. Mañana tú y yo cogeremos el tren de vuelta.

© Cristina Vázquez

Bañeras perfumadas con sales de rosas

Malena Teigeiro

Con la juventud acabada entre las aguas perfumadas con sales de rosas de las bañeras de los hoteles más lujosos, Babette vio amanecer. La lechosa luz se colaba entre las rendijas de las cortinas, mezclándose con la de las velas rojas que adornaban la mesa. Siente que hace ya horas que el humo del cigarrillo que le enrojece los ojos, se le queda pegado al paladar.

Desde muy pequeña Babette se llevaba del puesto de su madre en el mercado de las flores, los ramilletes de violetas para luego venderlos a los elegantes caballeros que salen del teatro de la ópera. Y fue uno el que, al dejarle las monedas en la palma de la mano, fijó en ella sus negros, brillantes y emocionados ojos, haciéndola estremecer. Sus apenas quince años fueron incapaces de ver la sordidez del oscuro deseo de lo que Babette entendió como pasión.

Durante varias noches se buscaron y cuando los últimos asistentes a la función desaparecían, escondidos entre las columnas, ellos se llenaban las manos de caricias. Luego, al amanecer, después de un largo y apasionado beso, se despedían.

Aquella noche, y aunque ella percibió que la luz despejaba el cielo, él continuaba besándola sin parecer importarle el tiempo. De pronto, se separó y peinándose con los dedos los descabalados rizos, la invitó a desayunar. Cogidos de la mano corrieron hasta un café que no cerraba en toda la noche. Sin soltarla, André se dirigió directamente al fondo de la sala. A un velador de mármol blanco, con una copa de coñac entre los dedos, estaba sentado un caballero de cierta edad. Se lo presentó como un amigo de su padre que visitaba París.

A la mañana siguiente, a Babette la despertó una jovencita uniformada de negro. Era la camarera de piso del hotel. Buenos días, señorita, la voz que pronunció aquellas palabras le taladró el cerebro. La muchacha dejó la bandeja con un copioso desayuno sobre una mesita al lado de la ventana. Después descorrió con fuerza las gruesas cortinas de brocado azul. La brillante luz le hizo darse cuenta a Babette que debía de estar muy avanzada la mañana. Antes de retirarse, la doncella se acercó a la cama, sacó del bolsillo del tieso delantal un sobre que le entregó, no sin antes dedicarle una lánguida y despectiva sonrisa. Con la emoción del que abre una carta por primera vez, rasgó el sobre. El que ella creía su enamorado, decía que un asunto urgente le obligaba a dejarla sola en la habitación, y que, tranquila, esperara allí su vuelta.

Babette saltó de la cama. Su desnudez se reflejaba en el espejo del armario y cruzó los brazos sobre el pecho. Se acercó de nuevo a la cama y con la colcha, del mismo azul que las cortinas, aunque esta era de liviana seda, se la colocó sobre los hombros como si fuera una capa. Lenta, se llevó la mano al cuello. Era el mismo y elegante gesto, que tantas veces vio hacer a las damas al salir de la ópera para protegerse la garganta del frío, y que ella contemplaba con envidia. Envuelta en la lujosa tela, pensaba que era una reina cuando se sentó a la mesa. Mientras mordisqueaba un brioche atisbaba por la rendija de la puerta del cuarto de baño. Dejando caer la colcha al suelo, cruzó la habitación y entró en él. Una bañera de hierro con garras pintadas de negro como patas, parecía estar esperándola. Abrió los grifos y echó al agua el contenido de un frasco de sales. El baño se inundó con un fuerte perfume a rosas. Nunca había utilizado una bañera y, temerosa, se introdujo en ella. El perfume y las caricias del agua la adormecieron. Cerró los ojos y se mantuvo quieta hasta que sintió frío.

Entró de nuevo en la habitación. Sin que ella se hubiera dado cuenta alguien la había ordenado. La colcha que dejó tirada, lisa y resplandeciente, estaba sobre la cama. Y fue en ese instante cuando percibió un fajo de billetes sobre la mesilla. Calculaba las noches que tendría que estar vendiendo violetas cuando la puerta se abrió. André y el caballero que reconoció como el que la noche anterior estaba sentado delante del velador de mármol, se quedaron contemplando su desnudez. Mientras su adorado André se acercaba a ella quitándose la camisa, el hombre de grueso vientre, flácidas mejillas y febriles ojos, se sentó al lado de la ventana. Casi parecía que quisiera esconderse entre los pliegues de las cortinas.

A partir de ese instante la vida de Babette cambió, y la de su madre también.

Pasados unos meses, tanto André como el caballero, desaparecieron de su vida, no sin antes haber contado entre sus amigos la docilidad de la muchacha. Y ellas, ya buenas conocedoras de aquellas artes, pronto encontraron a otras parejas que la desearan, solo que, ahora, era su madre la que ponía precio a sus servicios.

Sentada a la mesa del cabaret de moda, Babette dejó la copa de champán sobre la mesa. Ahora, no solo el humo del cigarrillo que le enrojecía los ojos se le pegaba al paladar, sino que también sintió en la boca la acidez del licor que antes la hizo reír. Cansada, percibió de pronto el peso de los surcos que durante años fueron dejando las diferentes manos en su piel, que ya flácida, casi no podía sostener el maquillaje.

El ruido de las risas, cánticos y gemidos de las parejas a su alrededor le borraron la sonrisa. Recordó con amargura la obscena mirada del caballero sentado entre las cortinas de la habitación del lujoso hotel, del que ni tan siquiera llegó a conocer el nombre. Se llevó la punta de un dedo al lagrimal. Creyó que el humo del cigarrillo le hacía llorar los ojos.

© Malena Teigeiro

Cuestión de pies

Liliana Delucchi

Cuando le conté a Raquel, mi compañera de pensión, que el dinero que ganaba en la mercería apenas alcanzaba para pagar ese mísero cuartucho, me habló sobre otras formas de incrementar los ingresos. Ella practicaba cierta profesión desde hacía un tiempo y nunca le habían pedido referencias.

No estaba mal bailar y dar conversación un par de noches a la semana. La charla tampoco tiene que ser muy interesante, acotó, basta con que sepas escuchar. Esos señores quieren sobre todo una oreja dispuesta a atender extensos monólogos que versan sobre su éxito personal. Es cierto que también están los que abusan un poco del alcohol y se ponen melancólicos, con esos tienes que tener la paciencia de una maestra de parvulario cuando el niño se pone caprichoso.

Así que, un martes, al regresar del trabajo me lavé y fui a golpear la puerta de la habitación de Raquel. Ella ya había preparado un vestido, collar, chal y pulseras para adecentar mi indumentaria. La verdad es que tenemos la misma talla, a excepción de los zapatos, ya que calza un número menos que yo. Resistiré, me dije, y partimos hacia nuestro destino.

El local estaba abarrotado de hombres trajeados y mujeres que lucían sus mejores galas. En mi pueblo no sé de la existencia de locales como ese, es probable que los haya, pero seguro que la concurrencia no va así de acicalada.

Después de bailar un par de piezas, me senté a una mesa que compartía con un señor un poco entrado en carnes que movió la cabeza en señal de saludo. Era agradable, aunque no muy conversador. Como vi que movía los pies, le pregunté si quería bailar. Se negó con una disculpa que imagino elegante, porque no llegué a oír, y se puso de pie. Al verlo caminar en dirección a la salida me sentí realmente mal. Mi primer día iba a ser un fracaso.

Esperé un rato más para ver si mi suerte cambiaba, pero entre el cansancio de tantas horas en la tienda y el calzado de Raquel una talla más pequeña, resolví volver a casa. Esa noche mi salario no se incrementaría.

Una constante llovizna me recibió al salir y, temerosa de arruinar los zapatos prestados, me los quité y pude sentir el frescor de un charco de agua que me llegaba casi hasta los tobillos. Cuál sería mi sorpresa cuando vi, sentado en las escaleras que iban desde la puerta del local hasta la acera, a mi compañero de mesa.

—¿A ti también te duelen los pies? —preguntó al ver que llevaba los tacones en la mano. El pobre hombre se había descalzado y movía los dedos como si fueran un abanico.

Me senté a su lado bajo la tenue luz de una farola que mostraba los hilos de agua que poco a poco nos iban calando.

—Por cierto, soy Pedro y mi problema son los juanetes.

—Inmaculada —respondí.— Estos zapatos son de una amiga y me están pequeños.

Reímos. También para él era la primera vez en un local como ese y se sentía tan fuera de lugar como yo. Así que decidimos celebrar nuestro fiasco en el cabaret con unas botellas de champán que pidió al portero.

Descalzos, jugábamos a tocar el piano con los dedos de los pies sobre las baldosas, en tanto la lluvia había cesado y nos abrigaba una niebla espesa. Me contó su vida, yo la mía y un poco borrachos nos pusimos a cantar.

Clareaba cuando su coche se detuvo ante la puerta de mi pensión. No volvimos a vernos. Cuando años más tarde descubrí la foto de su boda en la sección de sociedad del periódico, no pude dejar de pensar en esos juanetes camino del altar.

© Liliana Delucchi

Su tormento

Marieta Alonso

Allí estaba, pensando, pensando… Si esto fuera un cuento no se sentiría tan rabiosa. Sus ojos parecían estar envueltos en oscuros resentimientos. Siendo de una aldea perdida de la meseta castellana poseía una elegancia que recordaba a la mujer francesa o a la italiana.

Todos los días lo mismo. Ni siquiera después de la discusión de anoche cambió sus hábitos y eso que le disparó al rostro el anillo de casada.

¿Cómo se podría quitar uno de encima a este ser sin agallas que ante los ojos de todos se presentaba como el marido perfecto, el eterno enamorado, el mejor de los hombres?

Desde hacía mucho tiempo cualquier sentimiento que hubiese habitado en ella, ya no existía, se lo había llevado el viento, roto en finas tiras.

Su madre decía que el tiempo todo lo cambiaba, que cada día era diferente, que los seres humanos evolucionaban. Sí. Todos. Menos él.

Ideó varios métodos para mandarle a freír espárragos, para que se fuera a paseo con viento fresco, para que se pusiera a trabajar, para que no estuviera todo el día detrás de ella. Fracasó.

De nada sirvió el diálogo, ni ponerle a dieta de sexo, ni dejarle solo con mujeres despampanantes, ni decirle que hacía el amor con muchos otros. Siempre encontraba la frase adecuada, la palabra idónea para redimirla de culpa.

«Hasta que la muerte nos separe» fue dicho por ella sin pensar. Pero él se lo tomó muy en serio.

Ojalá que después de lo de anoche estuviera enfadado, que le hablara de divorcio, que la insultara, que amagara una bofetada. Así podría ella corresponderle con toda su furia contenida.

Nada. Lo que le dijo fue que una taza de té podría animarla para bailar la siguiente pieza con los cachetes juntos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Ermita de San Lorenzo. Los Ancares

15 enero, 2021 por Akelarre 4 comentarios

La gran nevada - Los Ancares

Nevada en Los Ancares

Este mes sirve de inspiración para nuestros cuentos La ermita de San Lorenzo.

El pequeño templo se encuentra en lo alto de la aldea de Piornedo, en plena sierra de Los Ancares. Estos montes y sus aldeas, que estuvieron prácticamente aislados hasta finales del Siglo XX, conforman un gran espacio natural, Reserva de la Biosfera, que se extiende entre Galicia, Castilla y León y una pequeña parte de Asturias. Debido a su prolongado aislamiento, la sierra es conocida porque sus pobladores han conservado unas costumbres ancestrales y una arquitectura tradicional: la Palloza. Este tipo de vivienda circular con techo de paja, está considerada como la más antigua de todo el noroeste peninsular y una de las más antiguas de Europa.

En ese paraje solitario tienen lugar cuatro historias que, amparadas en la magia del paisaje y confundidas con la nieve y la bruma, discurren por senderos angustiosos o esperanzadores, tejiendo a su alrededor relatos que pudieron haberse escuchado en las largas noches de invierno.

Venganza

Cristina Vázquez

El árbol de la ermita

Malena Teigeiro

La gran nevada

Liliana Delucchi

Su refugio

Marieta Alonso

Venganza

Cristina Vázquez

Le costó soltarse de la mano esquelética de su abuelo. Esa mano inerte se agarraba a la suya como una pata de ave y con una mezcla de repugnancia y dolor consiguió librarse de ella. En ese momento un pájaro se cruzó por la ventana y lanzó un grito. A Pablo le pareció que se llevaba volando el alma del anciano. El sol ya empezaba a ser potente, un rayo se inmiscuyó a los pies de la cama y el nieto miró desde ese resplandor la inerte figura.

—Adiós —susurró—. Cumpliré la promesa.

Las mujeres esperaban en la puerta y cuando salió el chico, llorosas, le abrazaron. Ya era el único hombre que quedaba en la familia. Y como hadas oscuras y diligentes entraron en el cuarto a hacerse cargo del cadáver.

La humedad empezaba a cuajarse en los cuerpos. La densidad de ese aire tropical le hacía difícil moverse, aturdido por lo que acababa de vivir y por los ruidos de los pájaros en el jardín. Encontró refugio en su dormitorio mientras las carreras, los llantos y los bisbiseos de las mujeres cruzaban la planta baja. Puso el ventilador en marcha y se dejó adormecer después de la larga noche insomne, con el firme propósito de cumplir la promesa hecha.

Su abuelo Jacinto hizo las veces de padre, pues este desapareció siendo él un niño. Fueron unos años de espera, hasta que un buen día, el abuelo decidió que el yerno no iba a volver y que no había mayor tontería que hacer un luto sin muerto. Y tú, hija mía, conminó a la madre de Pablo, puedes elegir entre vestirte de negro o vivir la vida. Pusieron mirando a la pared las fotos en que salía el ausente y a otra cosa. La casa se volvió a llenar de actividad, canciones y alegría.

—Yo seré como un padre —le confesó sosteniendo por los brazos al chiquillo—. Y haré de ti un hombre de bien que cumpla su palabra.

Mientras el ventilador sonaba con ritmo parejo adormeciendo al muchacho, le vino a la cabeza la promesa hecha al abuelo. Fue lo último que le pidió antes de entrar en la inconsciencia, que volviera a su pueblo y entregara en la ermita el dinero que había guardado para este fin. Un hombre de bien cumple su palabra.

Pablo recordó las innumerables veces que don Jacinto rememoraba su patria y en especial donde había nacido. No era grande y sin ser rico, el pueblo tenía todas las casas de piedra. La suya era la solariega, la más grande desde la que se veía la altiva ermita en la cima de la colina. Pero no había terreno para repartir entre tantos hermanos y él se vino a esta tierra llena de dulzura y de dificultad, donde consiguió fortuna y familia.

El chico se sabía casi de memoria las descripciones de la alameda del rio en verano, el señorío de la gente, las romerías a la ermita de San Lorenzo… Y cada vez, el abuelo aumentaba en sus descripciones el tamaño del pueblo, la belleza del retablo que podía ser de Juan de Juanes, la perfección del empedrado, la elegancia de la galería del casino con la luz del atardecer…

A los pocos días del entierro y de formalizar documentos, Pablo decidió que iba a cumplir lo antes posible la promesa tantas veces exigida. Además, pensó que en ese pequeño paraíso podría encontrar trazas de sus antepasados y reconocer ese lugar de ensueño.

Se embarcó a principios del cálido mes de enero lleno de ilusión y satisfecho al ir a cumplir lo prometido a la persona que más bondades le había otorgado en esta vida. Llegó a España bajo una nevada que le mantuvo encerrado con un fuerte catarro unos días. Le apenó que los árboles se mostraran pelados de hojas, él nunca lo había visto, y cuando se repuso se acercó al pueblo, a la Ítaca soñada.

Cuando llegó le resultó imposible acoplar la imagen que tenía con la vulgar y semiderruida aldea en la que vivían unas escasas veinte personas. Preguntó por la casa solariega y un viejo con sorna le contestó que de solariega poco y de solar menos. Le señaló unas ruinas que estaban un poco en alto. Se sintió traicionado. Como el frío era intenso en el desolado paraje, pidió un coche para llegar a la ermita, el suyo lo había despedido pensando en permanecer un tiempo en el lugar. Los hombres que se iban acercando se rieron concluyendo que llevaba años cerrada y era imposible en invierno subir a ella. El camino se quedaba intransitable.

Refugiado en el oscuro bar, que era lo único que quedaba del Casino, le aclararon que ese había sido el nombre de la taberna, pero que casino como tal, le explicaron entre risotadas, nunca había existido. Y el párroco, ¿dónde podría encontrarlo? Venía a cumplir una promesa de Jacinto Valverde. Quería entregar ese dinero —se señaló el abultado bolsillo— para la ermita de San Lorenzo en su nombre. Él era su nieto. Los viejos que charlaban con él se miraron desde el fondo de sus escurridizos ojos y escupiendo en el suelo hicieron una señal de conjuro con los dedos.

—Ese donde mejor ha estado es lejos de este pueblo —concluyó el que parecía capitanearlos—. Aquí poco hubiera podido vivir después de lo que le hizo a la Antonia.

Y el párroco, como dice el señorito, continuó malicioso Florencio, era un pobre cura que iba de pueblo en pueblo intentando santificarlos. Las risotadas de los otros se hicieron más fuertes y empezaron a acercarse otros parroquianos aburridos y desocupados, al vocear el jefecillo, señalándole, que aquí estaba el nieto del Jacinto, ni más ni menos. Le fueron rodeando, un maldito coro de bocas enrojecidas y desdentadas. Dice que viene a cumplir una promesa del abuelo, que le ha dado un dinero para reparar la ermita.

Se miraron entre ellos con un codicioso brillo y se acercaron a palparle. Pablo sintió que una nausea se apoderaba de él y empezó a temblar no solo de frío. Le arrebataron la bolsa sin que él casi se diera cuenta. Lo único que sintió fue un pinchazo frío y seco en la ingle.

—La venganza se sirve fría—aseguró el cabecilla mientras limpiaba el cuchillo con parsimonia.

© Cristina Vázquez

El árbol de la ermita

Malena Teigeiro

Tomás subía todos los días, casi de madrugada, hasta lo alto de monte. Le gustaba cazar. Aquella tarde en que la niebla casi le impedía ver el camino, bajaba la montaña, hambriento y malhumorado. Además de haber discutido con Rita antes de salir de casa, el día le había resultado un fiasco: Ni un solo conejo se le colocó delante de la mira. Y no es que le molestara no haber cazado ni una pieza, eso le daba lo mismo, porque lo que de verdad le placía era caminar por la sierra de Los Ancares, de donde procedía su familia.

Su abuelo, el último que vivió en la aldea, una mañana recibió la carta en la que lo llamaban a filas y cuando acabó la guerra se quedó a vivir en la ciudad en donde se casó y tuvo un hijo, el padre de Tomás, que tampoco demostró ningún interés por aquella aldea perdida entre los montes. Cuando al fallecer su padre, Tomás heredó una abandonada palloza en el Piornedo, intrigado, y con la idea de venderla por lo que le dieran, se fue a ver qué era aquello que habían conservado durante todas sus vidas su padre y su abuelo.

Algo le atrajo en el momento en que empujó las cuatro tablas que todavía quedaban de la puerta de la palloza, de la que había desaparecido el tejado de paja. Ya había anochecido cuando terminó de examinar con mimo cada piedra de la pared medio hundida en la tierra. Luego de meditar un momento, decidió que era mejor pasar la noche en la aldea, que conducir de vuelta por aquellas carreteras de tierra y con altos precipicios a un lado.

Se alojó en una pequeña fonda, cercana a su palloza, en la que también servían comidas. Mientras cenaba un abundante plato de huevos fritos con patatas y chorizo, el dueño de la fonda le comentó la buena caza de rebecos y cabras montesas que había por aquellos montes. Y como era la caza su deporte favorito, también quizá enamorado por la fragancia y el sabor de los huevos que estaba degustando, sin pensarlo demasiado, decidió contratar unos albañiles y reconstruir la palloza.

 Aquella casa redonda se había convertido en una vivienda moderna en donde ahora lo estaba esperando Rita, su mujer, que como siempre que llegaba con los zurrones vacíos, lo miraría con una risita parda que él aguantaba muy malamente. Por no pensar en lo que le molestaba el retintín de su voz: Pobre. Habrás pasado mucho frío. ¡Total, para nada! Y luego, como hacía siempre, bajará la cabeza compungida. Después, mimosa, se le colgaría del cuello escondiendo el rostro en su hombro. ¡Hipócrita! Como si no supiera que lo hace para que no vea la alegre luz de sus ojos. ¡Si hasta habría pasado el día rezando para que no tuviera éxito en su día de caza! Cualquier cosa con tal de que me deshaga de la casa. O al menos, le dijo una vez, consérvala como lo hicieron tu abuelo tu padre, pero sin tener que venir nosotros hasta el fin del mundo. Al acercarse a la pequeña ermita, contempló el árbol que crecía solo, gallardo, arropado por la nieve enfrente del pequeño templo. Tomás suspiró. Pero lo que más le molestaba de Rita, era que siempre, como si fuera la más abnegada de las esposas, se empeñara en acompañarlo cada vez que decidía volver a cazar en Los Ancares.

—Si es que ya no tienes edad para estos esfuerzos —le humillaba dándole un beso cuando sin levantarse de la cama, lo despedía hasta la noche.

Tomás, con las botas casi hundidas en la nieve, se detuvo. Admiraba el árbol arropado por la escarcha y el hielo. Quizá le gustaba más que en verano cuando aquellas ramas, ahora secas, lucían el limpio verdor de las hojas. Lo cierto era que más que un árbol parecía el guerrero protector de la ermita de piedra, se dijo.

Algo se movió entre las sombras del atardecer alrededor de la capilla. Quizá fuera un oso de los que, decían, pululaban por la sierra. Aunque él nunca vio ni se tropezó con ninguno. Y creía que tampoco nadie en la aldea los había visto. Era uno de tantos cuentos y leyendas que se contaban alrededor de fuego. Subió el arma, apuntó y disparó mientras pensaba en que, si fuera un oso, no sabría cómo arrastrarlo hasta su casa. Lo mejor sería dejarlo al pie del árbol y recogerlo al día siguiente. Sí, y le pedirá a los hijos del de la bodega que le ayuden. Seguro que esta vez Rita estará contenta. Con la piel haría una alfombra para colocar delante de la chimenea al lado del sillón. Era el único sitio en donde le gustaba estar. Allí leía esas estúpidas novelitas de amor que casi siempre se desarrollaban en Inglaterra, como si en ningún otro lugar se supiera amar de forma romántica.

Después del disparo Tomás esperó. Nada se movía. Se fue acercando al árbol poco a poco, muy despacio, hasta que de pronto un intenso dolor le sacudió el brazo, el pecho. El cuerpo de Tomás se dobló. Aquello a lo que había disparado se le acercaba lentamente. Antes de que Tomás se derrumbara sobre la nieve al pie del solitario árbol, sintió que unos brazos lo envolvían. Debía de ser la niña vaquera que había sido violada y asesinada cerca de la ermita y que, según murmuraban los viejos de Los Ancares, vagaba por los montes recogiendo a los que se perdían.

Tomás cerró los ojos y enredado en la niebla húmeda, fría, voló con ella.

© Malena Teigeiro

La gran nevada

Liliana Delucchi

Ha llegado el invierno, pero desde esta butaca por mucho que me esfuerce no veo caer copos blancos. Aquí la habitación está caldeada, y hasta las flores parecen de verano. Entonces las estaciones se diferenciaban, te morías de frío o te asabas con el calor. Ahora todo transcurre en una constante placidez que se soluciona con una chaqueta más ligera o más abrigada.

Matilde coge una galleta de la bandeja y el dulce sabor se deshace entre su renovada dentadura. Mira el reloj de la pared. Ya son las cinco y media. Hortensia se está retrasando, hoy vendrá con Julieta. ¡Julieta! Esa niña vivaracha y sonriente, todo lo mira y todo lo pregunta. No se parece a su madre, ella no se interesaba por nada más que por lo obvio, nunca se pareció a mí, pero Julieta… La pequeña me interroga sobre el pasado, quiere saber… Ciertas cosas es mejor ignorar.

—¿Tienes algún secreto, abuela? —preguntó hace unas tardes cuando me vio con mi caja de fotos.

—Muchos, cariño —le respondí.

Y le conté algunos de esos conocidos por cualquiera que haya vivido en la Sierra de Los Ancares. El nuestro, querido, ese no se lo conté. Ese está guardado en las tumbas del pueblo, con aquellos que lo vivieron y que ya no están. Fue un escándalo, un escándalo de amor y muerte.

Como la Capuleto que llevaba tu nombre, yo me enamoré de la persona equivocada. Equivocada para los demás, porque para los personajes de esa tragedia, es decir, nosotros, fue la gran pasión. Un inmenso fuego apagado por una enorme nevada.

Matilde mira la foto remitida por quien fuera su gran amiga y confidente, esa mujer menuda que aún vive en la Sierra al cuidado de sus nietos. La imagen muestra la iglesia a lo lejos, a través de una cortina de niebla… Como aquella mañana. En esta falta algo. La escena final, esa en espera de la caída del telón para que el auditorio libere sus lágrimas.

Mi hermano tenía otros proyectos para mí: El buen Teodosio, un hacendado viudo, con dos hijos y un patrimonio para cubrir las deudas de la familia. El día de autos me ayudó a levantarme del suelo helado en el que estaba tendido mi Montesco y en cuya sangre pretendí ahogarme. Mi hermano continuaba con la escopeta en la mano, gritando que se había merecido el disparo, que nadie se llevaba a una joven de su familia sin pedir permiso. Después, el mortal silencio se instaló en el paisaje, y en esa calma triste se veía a lo lejos la vidriera encendida de la iglesia que salpicaba la gélida oscuridad, resaltando la blancura de la nieve. Pero la quietud se rompió con la repetición de tu nombre, que mi voz lanzaba a los lugares más remotos para devolverlo con ecos prolongados.

Durante mucho tiempo recordaría cómo el hijo mayor de mi madre me arrebató del abrazo de quien más tarde iba a ser mi marido, Teodosio, para llevarme a la iglesia y hundir mi cabeza en la pila «puede que el agua bendita limpie tus pecados», me dijo. Aún conservo la cicatriz del canto del mármol en la mejilla. Teodosio me llevó a su casa, me convirtió en su esposa y tanto él como sus hijos dieron calor a mi cuerpo y a mi alma.

Bajo el efecto hipnótico de la rutina empecé a encontrar mi espacio en ese hogar. Después llegó tu madre. Hortensia fue sietemesina, eso es lo que dijimos en el pueblo, lo que aceptaron sus hermanos y lo que figura en el álbum familiar.

La anciana vuelve a mirar la foto. Acaricia la fachada de la iglesia y se levanta de la butaca en busca de su esmalte de uñas. Desenrosca el tapón y con el pequeño pincel dibuja un reguero rojo en la colina que baja hacia la cañada.

© Liliana Delucchi

Su refugio

Marieta Alonso

Tras leer aquel mensaje amoroso fue como si la ira, el dolor, la decepción no la dejaran pensar. Sintió que debía poner tierra por medio. Y se fue a ese lugar de ensueño donde vivía su abuela, donde había pasado su niñez. De pequeña disfrutaba jugando al escondite en el bosque que lindaba con la casa familiar, de joven daba largos paseos bordeando sus límites. Allí encontraba siempre respuesta a sus preguntas, la tranquilidad para sus nervios, esa paz que no hallaba en ningún otro lugar.

Iba recorriendo los trescientos kilómetros que la separaban del paraíso y antes de llegar hizo recuento de todo lo que se había traído. Unos tejanos, ropa de abrigo, su instrumento de trabajo: el portátil, bien seguro en el asiento del acompañante. Allí donde acostumbraba a sentarse Guillermo, que a pesar de tener carnet de conducir no se ponía frente al volante. Era el que daba las órdenes: Gira a la derecha, ahora a la izquierda, cambia de marcha, levanta el pie del acelerador que en autovía hay que ir a ciento veinte y vas a ciento veintidós… Casi se lo oía decir.

A don Perfecto nunca se le escapaba nada. Salvo haber borrado aquel correo y pedirle, justo cuando preparaba una cena romántica, que entrara en su ordenador y le enviase un documento que había olvidado.

Parecía imposible que fuera un picaflor con la cara de bueno que tenía, pero allí estaba la prueba del delito, una nota apasionada de una chica con una foto abrazada a un perro. ¿Cómo era posible que le hiciera eso a ella, cuando susurraba a todas horas cuánto la quería? ¡Mentiroso!

Ya era noche cerrada cuando aparcó y llamó a la puerta. La estaba esperando. Una llamada telefónica la había puesto sobre aviso de su llegada.

La madrugada les pilló hablando del tema. La abuela estuvo muy interesada en todo lo relacionado con la tercera en discordia.

—En resumen: Lo único que tienes es una nota y la foto de una chica con juventud, belleza y sex appeal.

—Abuela ¿de dónde has sacado ese vocabulario?

—De las telenovelas, hija —y quitando del búcaro una hoja seca se arrebujó en la toquilla—. Hay algo que no me cuadra.

Miró hacia las vigas del techo donde una telaraña parecía a punto de caérsele encima. Su marido era un hombre serio, formal, inteligente, y cariñoso hasta con ella, se llevó la mano al pecho. No, esa no sería su forma de actuar. Ha sido poco sensato de tu parte salir corriendo. Durante un corto espacio de tiempo la nieta se quedó rumiando sus palabras.

—¿Por qué?, preguntó la joven.

—Porque no. Además, Guillermo no tiene un pelo de tonto y nunca cambiaría la vaca por una chiva.

—Abuela, ¿me estás llamando vaca?

Fue como si no la oyera. O quizás no la oyó debido al viento que silbaba buscando colarse entre las rendijas.

—Debe haber un error, hija. Por lo que deduzco: Una joven le ha enviado una carta de amor a tu marido, pero no encontraste ninguna respuesta. No te ha dado motivos de celos. Y sin concederle la oportunidad de defenderse, tomas el portante y te presentas aquí.

Fue hacia la cocina, preparó leche caliente y a paso corto trajo las dos jarras de aluminio. Durante un buen rato estuvo removiendo despacio el terrón de azúcar.

—¿Sabes, cariño? El castaño en el que tanto te gustaba esconderte de pequeña, se dejó secar. Sufrió un ataque de orgullo arbóreo. El de al lado comenzó a hacerse cada vez más frondoso y todo el que pasaba cerca tenía algo que decirle. No pudo soportar tanto agravio.

La nieta la miró como si no estuviera en sus cabales. Imposible. Si nadie le podía hacer sombra al castaño más bonito de este mundo, dijo convencida.

—No fue razonable. Se dejó llevar por los sentimientos heridos.

Asombrada, la joven volvió a observar a su abuela.

—¿Qué estás queriendo decirme?

—Nada hija. ¡Venga! A dormir que ya es hora. Mañana hablarás con tu marido. Deja que se explique y, de paso, cuéntale que estás esperando un hijo.

—¡Cómo lo has sabido!

—A mis años es difícil no ver lo evidente.

A la mañana siguiente, bien temprano, se despertó con la sensación de haber dormido toda una vida. El teléfono no paraba de sonar. Era Guillermo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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