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El patito feo

15 octubre, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Relatos inspirados en el patito feo

El patito feo - Hans Christian Andersen

Escrito por Hans Christian Andersen, escritor y poeta danés, versa sobre un patito grande, torpe y feo al que sus hermanos rechazan. Sin embargo, con el paso del tiempo se convierte en un bello cisne.

El cuento fue publicado por primera vez el 11 de noviembre de 1843 con gran éxito. Más tarde, fue incluido en la colección de Cuentos nuevos (Nye Eventyr en 1844).

El relato ha tenido diversas adaptaciones y versiones tanto en ópera, como en ballet y musicales. Del mismo modo, se ha versionado en diversas películas animadas.

«Patito feo» se ha convertido en una expresión que se aplica a cualquier situación o persona, que en principio es rechazada o mal vista y después, sorprendentemente, se convierte en algo inesperado y mucho mejor.

Este relato ha sido extrapolado por nuestras cuentistas para encontrar en él situaciones que, sin desmedro de la historia del gran danés, se trasladan a otros espacios. Desde un niño que encuentra un patito feo en una granja, a una joven con una inteligencia superior; la vida del cisne en que se transformó el personaje del cuento original o el relato de quien, tras superar sus complejos infantiles, llega a ser una mujer de éxito.

La letra jota

Cristina Vázquez

El cuento roto

Malena Teigeiro

La bella

Liliana Delucchi

¡Qué frustración!

Marieta Alonso

La letra jota

Cristina Vázquez

El ruido de la máquina de coser de su madre, a Manuela le daba dolor de cabeza. Muchas noches seguía oyéndola desde su cuarto, pues esa mujer no parecía tener horas para acabar su trabajo.

—No te quejes, Manuelita —replicaba con cara cansada.

Miraba a la hija con unos ojos que parecían refugiarse detrás de unos lentes cada vez más gruesos, dándole un mirar desvaído, como de agua sucia. No soportaba la actitud de resistencia de la madre, agarrada a piezas de tela que cortaba en la mesa de la cocina. Nunca pudo llegar a tener su propio taller, pero habilidad y ganas no le faltaban para que su niña fuera la mejor vestida.

Estas afirmaciones de entrega y voluntad descorazonaban a Manuela. No podía olvidar el día de la fiesta de graduación. Había conseguido, gracias a una beca, educarse en un colegio privado al que acudía lo más distinguido de la ciudad. A su madre le gustaba repetir a familiares y escasos amigos, que esa hija era su orgullo. Pero Manuela no podía trasmitirle lo que era sentirse un ridículo patito feo en medio del esplendor intelectual y económico de sus compañeras.

Era imposible que comprendiera la mirada displicente al traje que ella había copiado con esmero de una revista de moda. Manuela cogía esas publicaciones y dibujaba, con apremiante gesto, todo lo que modificaría sobre los vestidos elegidos por la madre. Esta le recriminaba que las estropeara, con lo caras que eran esas revistas. Ella subía los hombros y despectiva aseguraba que eran cursiladas.

Tampoco podía imaginar su madre lo que significó el tener que mentir cuando hablaban del veraneo o de los viajes de esquí. Ella se iba con su abuela al pueblo, muy fresquito para que no pasara calor, intentaba convencerla cuando subía al autocar de línea. Nunca olvidaría la mirada de desasosiego que observaba en sus alejados ojos por las dioptrías, al despedirla. Su abuela era una buena mujer llamada Jacinta. La única vez que dijo cuál era su nombre, la carcajada fue tan general que afirmó era broma, se llamaba Elena. ¿De verdad se lo habían creído? Y Jacinta fue la que comprendió el sufrimiento de esa niña a la que habían sacado de su charco para embarcarla en unas aguas que no por más bonitas resultaran más claras.

—Mi niña querida. No te apures, ya encontrarás tu lugar.

Le dijo una noche en la que una luna redonda bailoteaba en el cielo. Sentadas en dos mecedoras miraban la noche, pues la anciana conocía muchos nombres de estrellas y constelaciones. Las vidas son como las estrellas, unas veces se ven luminosas, otras no se ven y si se miran en el otro hemisferio aparecerán algunas diferentes.

—Así que busca bien tu estrella para que te lleve donde desees —se volvió hacia su nieta.

Ella tenía la fuerza y la inteligencia para llevar a cabo lo que deseara, aunque aún no lo supiera, continuó cogiéndole las manos. Ese colegio que ahora le hacía sufrir le daba los medios para poder lograrlo.

—Ya lo verás —remató—. Seguro que te acordarás de esta noche algún día. Solo te falta tiempo para saberlo.

Manuela terminó el colegio con un suspiro liberador, el orgullo de haber conseguido magníficas notas y la esperanza de encontrar su sitio, como le predijo su abuela. Al cabo de los años y después de haber creado una industria textil, basada en sus diseños, volvió al pueblo a comprar la casa familiar que estaba abandonada. Sí, este era su sitio. Después de volar muy alto y muy lejos, quería volver al lugar donde recordaba una maravillosa noche de luna poblada de estrellas que se cuajaron en una brillante realidad. Y el ruido de la máquina de su madre no lo olvidó nunca, pero no como algo insoportable, sino como el sonido apaciguador de la tenacidad.

A la empresa que montó le puso el nombre de su abuela. Sonreía al notar la dificultad que algunos extranjeros tenían al pronunciar la Jota.

© Cristina Vázquez

El cuento roto

Malena Teigeiro

Una noche era el de Blancanieves, otra el de la Cenicienta, y siempre el cuento que mi madre me leía antes de darme el beso de buenas noches, era el de El Patito Feo. A mí, como a casi todas las niñas, me gustaban mucho más los de príncipes y princesas.

Nunca fui al colegio. Sin embargo, sí veía cómo todas las mañanas, Martita, mi vecina del quinto, bajaba las escaleras con su uniforme azul y un sombrerito muy gracioso que dejaba ver su cabello que parecían fibras de oro. Más de una vez pensé en que si consiguiera tener alguna de ellas, podría estudiar la aleación de aquel material que tanto envidiaba.

Mi padre prefería que yo estudiara con profesores particulares. Según él, era demasiado inteligente para asistir a un colegio con niñas corrientes. Tampoco iba al parque a jugar, ni tenía amigas. En una palabra, jamás salía de mi casa. Eso sí, siempre me encontraba rodeada de personas mayores. Al principio, eran mi madre y mi abuela, luego comenzaron los profesores a los que mi padre llamaba tutores. El primero fue una mujer, la señorita Carmelina Delgado. Llegó a la casa sonriente, y no recuerdo que aquella primera sonrisa se le borrara de rostro jamás. Era divertida, cariñosa y conocía todo tipo de juegos. Enseguida se trasladó a vivir con nosotros. Además de enseñarme a leer, construíamos juguetes, entre ellos una casa de muñecas. También hacíamos los dibujos para nuestros propios puzles. Lo que más me gustaba de ella era el delicioso perfume a fresas que utilizaba. Cada vez que movía la melena al reírse, inundaba con él toda la habitación.

Y mi madre continuaba con su costumbre nocturna de leerme algún cuento antes de que me durmiera. El último, como siempre, El Patito Feo.

No mucho después, llegó don Roberto, un hombre mayor, ya jubilado, que bajo la vigilante mirada de la señorita Carmelina, se encargaba de enseñarme todo lo relativo a las ciencias y matemáticas. Me encantaba hacer raíces cuadradas, aunque según él tenía una especial habilidad para formular. Yo prefería el álgebra. Era capaz de resolver con facilidad, a veces en menos tiempo que el propio profesor, cualquier problema que me pusieran delante. Detrás de él, llegó don Justo, que me enseñó a tocar el piano. Y luego fueron apareciendo otros que iban ampliando las materias bajo la estricta vigilancia de don Roberto. Creo que con los años, llegó a ser algo así como el mejor amigo de mi padre.

Y mi madre seguía leyéndome el cuento de El Patito Feo.

Cuando cumplí los quince, acompañada por mi padre y por don Roberto, fui a un centro en donde me examinaron de todo el bachillerato a la vez. Días después, ya en un edificio de la universidad, durante tres días cursé Matemáticas, Física, Química y varias asignaturas de Medicina, que aprobé con matrículas de honor. Y aunque mi madre insistía en que también me examinara de las disciplinas de filosofía e historia, mi padre no lo permitió. Él dictaminaba que aquello eran tonterías en las que no debía perder el tiempo. Y casi sin que se enterara, un sábado por la mañana la señorita Carmelina me acompañó al conservatorio en donde me examiné directamente del último curso de la carrera de piano y de varios de violín. A partir del último examen de Harmonía y Coral, nunca volví al conservatorio.

De esos días en el conservatorio, guardo el recuerdo de una de las personas que me examinó. Era una señora de edad parecida a la de mi madre, que tenía los ojos negros. Y eso yo no lo había visto nunca. Me llamaron tanto la atención, que no fui capaz de separar mi mirada de esa negrura. Ella, que quizá se dio cuenta, me sonreía. Sin embargo, aquella sonrisa no era como la de la señorita Carmelina, era triste, más bien angustiada.

Al llegar de vuelta a casa le pregunté a la señorita Delgado qué había que hacer para tener aquellos ojos tan negros y brillantes. Me explicó que el color negro era por la cantidad de eumelanina. Decidí investigar y estudiar algo tan curioso. También recuerdo que le pregunté si se había dado cuenta de la angustia que presentaba el rostro de aquella mujer. Debía sentir algún gran dolor, me contestó pellizcándome la mejilla.

Y mi madre, seguía leyéndome por las noches el cuento de El Patito Feo.

Después de aquellos exámenes, nos trasladamos a vivir a una finca que mi padre compró en las afueras de la ciudad. Era un sitio muy bonito, rodeado de montes y bosques. Muy cerca de la casa, oculto por árboles y enredaderas, había un edificio con el tejado de pizarra y las paredes blancas. Enseguida me di cuenta de que sus proporciones eran armoniosas, perfectas.

Poco después de instalarnos en aquella casa, llegó a mister Whitaker, quien me familiarizó con la botánica y su utilización en la medicina.

Una tarde llegaron unos hombres en unas furgonetas en cuya carrocería aparecía el nombre de una farmacéutica muy importante. Aquella empresa me había contratado para que les ayudara a encontrar la fórmula de un medicamento. Dirigidos por mister Whitaker, instalaron un moderno laboratorio en la nave del jardín. Trajeron jaulas llenas de ratoncitos blancos, y forraron las paredes de enormes pizarras. Apenas un par de días después, llegaron unos físicos, casi todos ya de edad avanzada, quienes me ayudarían a buscar las fórmulas que se necesitaban. Tiempo después, don Roberto, mister Whitaker y mi padre, me felicitaron. Al parecer, habíamos dado con lo que se buscaba.

Y mi madre, continuaba con su costumbre de leerme el cuento de El Patito Feo.

Una noche ocurrió algo diferente. Al abrir el viejo libro, las hojas, ya sueltas, se desperdigaron por el suelo. Entre ella y yo las recogimos. Habrá que comprar otro ejemplar, recuerdo que dije al advertir su apenado rostro. De pronto ella se detuvo. ¿Para qué?, exclamó. Sorprendida vi el brillo de las lágrimas en sus pupilas. Luego añadió que siempre había creído que poniendo ella tanto empeño, conseguiría que a mí me pasara lo mismo, que me convirtiera en un precioso cisne. Pero no. Eso solo era un cuento, decía rasgando las hojas que habíamos recogido.

—Madre, no hay solución para mi monstruosidad. Nunca me convertiré en cisne.

© Malena Teigeiro

La bella

Liliana Delucchi

Si bien en los primeros años la capacidad para pasar desapercibida había sido un rasgo fundamental de su personalidad, ahora necesitaba recuperarla, aunque por diferentes motivos. El largo itinerario que hubo de pasar desde la granja en que salió del huevo y fue rechazada por todos sus miembros, hasta que se vio reflejada en el estanque y descubrió su belleza, se le hacía lejano. Por todos los medios buscaba en su interior la fuerza que la llevó a atravesar aquella etapa y eludir el destino que le estaban dibujando.

Haber sido adoptada por la cisne reina de la bandada y recibir toda su atención y elogios por ser la propietaria de las plumas más sedosas y brillantes, no era, como se podría pensar, lo que satisfacía a Camila. Ella seguía siendo sencilla, confiada y tierna, con una inmensa necesidad de aceptación por parte de sus hermanas, lo cual no era posible.

Otra vez la exclusión, si bien ahora era por su hermosura. Y no solo eso, su madre estaba planeando su boda, y nada menos que con su preferido, un patoso capaz de destruir el bosque solo tropezando con él. Siempre había pronosticado que la reina le pediría algún día que hiciera algo que realmente le disgustara y ese momento había llegado. Quizás debería marcharse, pero… ¿A dónde?

Plegó sus alas e inició un paseo por las alamedas que daban sombra al cálido verano. Sin darse cuenta llegó hasta una valla y reconoció, a pesar del tiempo transcurrido, las construcciones que formaban parte de la granja en la que había pasado sus primeros tiempos. Escondida tras unos arbustos, contempló el movimiento: La mujer que llevaba grano al gallinero, risas de niños persiguiendo a los patos y, más lejos, los gruñidos que llegaban desde los chiqueros.

—¿Quieres pasar? —La sorprendió una voz a su espalda.

Era un gallo de gran tamaño con una cresta majestuosa y voz de barítono. Camila se quedó mirándolo y se preguntó si en sus comienzos él también habría sido feo.

—Perteneces a la bandada de cisnes que hay en la laguna grande, ¿verdad?

Ella asintió con un movimiento de pestañas, incapaz de pronunciar palabra, entonces él, agachándose, pasó por debajo de la valla y se sentó a su lado. Se presentó como Tomás y le confesó que unos días antes había dejado la granja para acercarse hasta el lago y la había visto de lejos.

—Gracias por devolverme la visita —dijo levantando su cresta.

Quizás fue por su entonación, tal vez por la forma de sonreír, que antiguos recuerdos volvieron a la mente de Camila. Un pollito redondo y amarillo, con plumaje tan suave como el pañuelo de seda que envolvía el cuello de la dueña de la granja. Un pollito con quien compartió su desdicha de niña, la quería por ser quien era, aunque ella aún no lo supiera. Un pollito que la siguió el día que decidió partir, que le rogó que no lo hiciera, todo se solucionaría. Hizo más, le suplicó que se quedara a jugar con él y cuando no lo consiguió, ella sabía, a pesar de que no se dio la vuelta, que él se había mantenido expectante a que cambiara su decisión.

Al volver a casa, Camila no recordaba cuánto tiempo había permanecido con Tomás. En esos momentos las dificultades parecían haber desaparecido, los problemas le resultaban triviales. Quería posponer el momento de volver a enfrentarse con ellos, pero era inútil, la esperaban allí, con un velo nupcial y una corona de flores. Fue entonces cuando vio a Cecilia, la enamorada del que iba a ser su marido. Con el cuello bajo y mirando la hierba, la pobre cisne negaba con la cabeza como si quisiera alejar su infortunio. Camila no lo pensó dos veces, cogió su ajuar de novia y se lo entregó.

—Es todo tuyo —susurró al tiempo que acariciaba sus plumas–. No volverás a verme.

—¿Por qué? Tú eres la princesa.

—Sí, lo sé. Ahora sé quién soy y, por tanto, no lo necesito.

Y dando media vuelta encaminó sus pasos hacia la granja.

© Liliana Delucchi

¡Qué frustración!

Marieta Alonso

Como vivo en la ciudad me encantan los animales. Según mi madre si viviera en el campo otro gallo cantaría. La primera vez que fui de excursión con el colegio a una granja, era un lindo día de verano bañado por el sol. Me levanté exultante, repleto de expectativas, sin pereza.

El primer gran disgusto me lo llevé en el autobús. El profesor que nos iba contando el modo de vida y preferencias de algunos animales, dijo que los conejos no se pirran por las zanahorias. Eso no es cierto, le contesté. Mi mascota, Puppy, que es el conejo más listo de este mundo, a la hora de comer se pone debajo de mi silla y cuando después de saludarlo con un: ¿Qué hay de nuevo, viejo?, le doy zanahorias crudas, y hasta cocidas, se las come. Y todo esto lo hacemos bajo la mirada regañona de mi madre.

El profe vino hacia mí y me revolvió el pelo con cierto aire de benevolencia. Explicó que algunos animales, como podría ser el caso de Puppy, se convertían en urbanitas, en supervivientes, tras licenciarse en la Universidad de la Vida. Como no le entendí, me callé.

Llegamos a la granja y pronto se me pasó el disgusto viendo pacer al ganado junto a los terneritos. No me acerqué mucho porque según mi abuelo las vacas tienen buena leche, pero muy mala intención. Si las molestas te dan una patada y luego te cagan encima. Después nos subieron a unos borriquitos y nunca me he sentido tan grande. Una ovejita no se separaba de mi lado como queriendo que la llevase conmigo. Todo iba bien, hasta que llegamos a la charca donde nadaban los patos con una placidez como si no tuviesen que ir al colegio, solo nadar, comer y disfrutar.

Me entretuve en contarlos uno a uno. Había más de veinte, de todos los tamaños y colores: blancos, amarillos, casi negros con alguna pluma en azul, la cabeza verde y el pico amarillo, otros tenían un mechón marrón oscuro. Estaba tan ensimismado con ellos que no me percaté que una mamá pata con siete patitos se acercaba peligrosamente a mí.

Iba a espantarlos cuando los ojos se me fueron hacia el último de la fila. Era el patito más feo que había visto en mi vida. Me costó cerrar la boca de lo asombrado que estaba. El pobre patito me miraba como si yo le pudiera dar un hálito de esperanza. Me dio tanta pena que me senté sobre la hierba, crucé las piernas y lo tomé entre mis brazos. Para que no se llevara a engaño, le expliqué concienzudamente que no esperara convertirse en un bello cisne. Eso solo ocurre en un cuento de un tal Hans Christian Andersen, le dije, un excelente escritor según mi padre, a mí, en cambio, me resultaba un poco mentirosillo, porque si bien era verdad que mi abuelo afirmaba que todo estaba en la literatura, mi madre, en cambio, aseguraba que los cuentos, cuentos son.

© Marieta Alonso

Publicado en: Literatura

La edad de la inocencia

15 octubre, 2020 por Akelarre 3 comentarios

La edad de la inocencia - Edith Wharton

La edad de la inocencia de Edith Wharton

Edith Wharton. Novelista estadounidense nacida en Nueva York en 1862, fue una gran escritora que tuvo el reconocimiento en vida.

Perteneciente a una familia adinerada conoce a la perfección la alta sociedad americana a la que analiza con fino estilete. Su escritura sutil y elegante relata con aparente ligereza pasiones, destrucciones personales y cómo los grilletes sociales dan lugar a trágicas situaciones.

Amiga de Henry James siempre trató de defenderse de la influencia de este autor en su obra.

En 1907 se instaló en Paris. Años después recibió La Legión de Honor por sus servicios rendidos durante la guerra de 1914. Fue la primera mujer doctorada en Letras por la Universidad de Yale y en 1930 la hicieron miembro de la Academia Americana de Artes y Letras.

“La edad de la inocencia” es para muchos su mejor novela e inspiradas por una frase de esta, nuestras cuentistas han dejado volar su imaginación hacia el Paraíso, traiciones económicas y amorosas y ¿por qué no?, hasta el asesinato.

Esperamos que disfrutéis de la lectura.

Joven prometedor

Cristina Vázquez

La casa del bosque

Malena Teigeiro

Tarde de lluvia

Liliana Delucchi

En el principio de los tiempos

Marieta Alonso

Joven prometedor

Cristina Vázquez

Un joven prometedor, comentaban con seriedad los consejeros del banco después de aprobar el ascenso a director general de Alfredo Cárdenas. Prometedor y meritorio apuntaló el señor Arribas, el cual iba a trabajar codo con codo con él. Un chico lleno de valores, insistió su futuro jefe en un afán de apropiarse el mérito.

Alfredo esperaba con una inquietud controlada el resultado de la reunión. Bromeó con la secretaria por las botellas de agua que se había bebido y se tuvo que secar disimuladamente las manos varias veces. Odiaba este defecto suyo. Le quitaba mucha seguridad la humedad en sus palmas cuando se ponía nervioso. Estaba intentando encontrar algún producto que se lo cortara. Era un hombre que, sin ser perfecto, su físico era muy masculino, bien equilibrado entre fuerza y elasticidad, con una buena osamenta y estatura. Sabía que las mujeres se ponían nerviosas con él lo que le daba seguridad en sí mismo. Excepto por las manos. No poder dar una mano seca y firme le debilitaba.

Progresar, ese era el verbo que le apasionaba declamar al referirse a sí mismo. Las miradas de admiración que levantaba al volver a su ciudad de provincia y contemplar a sus antiguos compañeros, le servía, aparte de para reforzarse en las decisiones tomadas, para percibir todo aquello que aún tenía que limar. Y aunque la ruptura con Encarnita, su novia desde la adolescencia, tuvo alguna consecuencia de reprobación e incluso algún amigo le negó el saludo, comprendió que había sido una decisión acertada. A dónde iba a ir él con esa paleta, que aunque estaba buena se le hubiera quedado más corta que una tarde de invierno.

—Enhorabuena muchacho —el señor Arribas irrumpió en su pequeño cubículo con la algarabía del vencedor—. Mañana te cambias al despacho grande y empezamos a trabajar.

Llevaba un mes en su nuevo puesto y el jefe le invitó a su casa para que conociera a su familia. Un pobre muchacho que vivía de pensión, pero muy inteligente y prometedor, declaró convencido ante las protestas de sus hijas y mujer de traerse el trabajo a casa. Alfredo envió un centro de flores a la señora, se puso su primer traje confeccionado en un buen sastre, y se restregó las manos con piedra de alumbre que le estaba dando buenos resultados con su problema.

Salió de la cena entusiasmado por la amabilidad de la familia, achispado en el recuerdo de la belleza de la mesa adornada con flores y candelabros, de la simpatía de la mujer y el intenso interés de la hija menor, Sonsoles, que sin ser guapa, la envolvía un aire de distinción, un aura perfumada y una atención a sus palabras que intuyó se le abría un mundo esplendoroso.

Empezó a salir con ella, con la aquiescencia del padre y el entusiasmo de la joven que lo encontraba exótico, diferente, divertido. La empezó a llamar Sunny, a ella le gustaba y sus íntimos era el apodo que utilizaban. Conoció el club de golf, su jefe le regaló los palos. Viajó con ella a la estación de esquí donde tomó clases. Y además en el banco solo recibía felicitaciones. Parecía que todo su futuro se desplegaba súbitamente ante él. Un futuro maravilloso.

Poco antes de concertarse el matrimonio con Sunny, una mañana le llamó su futuro suegro al despacho y cariacontecido le pidió un enorme favor.

—Casi de padre a hijo, como lo seremos en breve —suspiró mirándole con los ojos abatidos—. Confío en ti Alfredo.

Se removió en su sillón y le alargó unos papeles sobre un tema inmobiliario en el que se había producido una falta de dinero, que aunque él no había tenido nada que ver, aseguraba el señor Arribas, le habían endilgado el problema. Lo que le pedía para él era muy importante y a ti Alfredo ni te va ni te viene. Se echó hacia atrás y en un tono melifluo le aseguró que solo tenía que firmar. No corría ningún peligro, si no ni se le ocurriría planteárselo a quien iba a ser su futuro hijo. Todo era perfectamente legal.

Alfredo firmó y el casi suegro le palmeó la espalda con efusión y auténtico cariño.

—Gracias, hijo, nunca olvidaré este gesto tuyo.

Una duda corría pareja a la emoción que tuvo de ser útil a su futura familia, de haber sacado de un aprieto a este hombre que solo le había demostrado cariño y reconocimiento. Al día siguiente llegó al trabajo y al preguntar por él le dijeron que estaba enfermo y que no iría a trabajar. Le llamó al móvil, pero daba desconectado, como el de su novia que tampoco respondió. Al mediodía se acercó a la casa a interesarse por él, extrañado de que no le hubieran contestado sus llamadas. El portero al verle entrar le dijo que no se molestara en subir, la familia se había ido para un largo viaje. No. No sabía cuándo iban a volver. Trataba apresuradamente de ordenar sus pensamientos mientras la sangre se agolpaba en sus sienes. Se sentó en el último escalón de la alfombrada escalera bajo la desaprobatoria mirada del portero.

Cuando se miró el resto de tinta en las yemas de sus dedos a la endeble luz de la celda, se vio a sí mismo como la menguada figura de un hombre al que jamás le sucedería nada. Las manos ya no le sudaban, pero un sudor frío le recorría el cuerpo. Cuando salió esa misma noche a declarar, le dijeron que se limpiara las manchas de tinta que tenía en la frente.

© Cristina Vázquez

La casa del bosque

Malena Teigeiro

Se levantó del sofá, y, tambaleante, sin soltar a botella, se dirigió a darse una ducha. Bajo el agua fría Trataba apresuradamente de ordenar sus pensamientos. Parecía que todo su futuro se desplegaba súbitamente ante él. Y recorriendo su interminable vacío, vio la menguada figura de un hombre al que jamás le sucedería nada.

No era cierto. Desde que lo había abandonado May, retumbaban en su cerebro las palabras de tía Mingot cuando le dijo que se casaba con una mujer educada que, además de ordenarle la vida, lo haría feliz. Él era un hombre con suerte, que sin tener en cuenta sus actos se deslizaba por la vida sin que nada le ocurriera. Se rio de lo que le parecieron excéntricas palabras de una anciana. Sin embargo, hoy sí creía que fueron certeras. Todo en la vida le había ido bien hasta la noche en que al llegar a casa, no la encontró.

May sintió frío y salió a recoger unos troncos. El viento helado anunciaba tormenta. Al entrar en la cabaña que había heredado de su padre, dejó la madera en la estufa. Recogió un periódico, y antes de arrancarle las hojas, miró la fecha. Sonrió. Tenía más de cinco años. Debía de ser el último que llevó su padre. Sin dejar de contemplar la amarillenta fecha, recordó que desde su entierro no había vuelto a la casa del bosque. Él no quería ir y ella por no discutir… Arrugó una serie de hojas y encendió la chimenea.

Cuando por la mañana se había ido de su casa no se lo dijo a nadie. Quería estar sola y en aquella cabaña se sentía segura. Mirando las llamas se quedó dormida. Ya rompía la luz cuando la despertó su voz.

––Buenos días, May––la voz de Archer sonaba dulce, amigable.

Sin moverse, y mientras un terrible frío le recorría la espalda, se preguntó cómo había entrado. De pronto recordó que de recién casados él había hecho una copia de la llave. Con los párpados muy apretados esperó a que se acercara. Las lágrimas le caían cuando sintió sus dedos sobre los hombros.

De nada le servía a Archer llevarse las manos a la cabeza. De nada le servía tumbarse en la cama de la cabaña, hasta con los zapatos puestos, y pasar las horas agarrado a una botella. De nada le servía ahora emborracharse hasta caer dormido con el rostro lleno de lágrimas. Porque aquella cabaña era ella. Y él no se sentía capaz de abandonarla. Tenía la boca pastosa cuando sintió sus labios sanos, frescos, sobre los suyos, la dulce dejadez, la ternura de su cuerpo entre los brazos. Siempre le pareció que May tenía la ingravidez de los ángeles.

Con qué orgullo jugaba con ella. Adoraba la oscura luz que aparecía en sus ojos. Al principio ella era remisa a realizar ciertos juegos, aunque siempre lograba que venciera sus miedos cuando le susurraba que lo quisiera a su manera. Continuó bebiendo hasta acabar el licor de la botella. Y al sentir la niebla del mareo, comprendió que su adoración por May siempre le había producido atroces celos que le obligaban a mirar con negro ardor a cualquiera que se le acercara. A veces, cuando llegaba a casa y no la encontraba se volvía loco. Reconocía que su actitud cuando ella entraba por la puerta no era la correcta.

Se levantó y se acercó a su esposa. Le sujetó los dedos fríos e intentó calentárselos con su aliento. Contempló sus ojos, de mirada fija, vacía. Después de volver a besarle los dedos, dejó caer la inerte mano sobre la alfombra empapada en sangre.

© Malena Teigeiro

Tarde de lluvia

Liliana Delucchi

Trataba apresuradamente de ordenar sus pensamientos. Parecía que todo su futuro se desplegaba súbitamente ante él; y recorriendo su interminable vacío, vio la menguada figura de un hombre al que jamás le sucedería nada.

Lleva esperando un cenicero lleno y dos tazas de café vacías. No vendrá. Vuelve a marcar el número del móvil y otra vez el mensaje que le anuncia que está apagado o fuera de cobertura. Levanta la mano hacia el camarero para que le traiga la cuenta, mientras observa a través de la ventana: Una nube de paraguas oculta la cara de personas apresuradas bajo la llovizna de esa tarde de invierno. El hombre empuja la puerta acristalada para perderse en la calle donde se mezcla el sonido del agua con los villancicos. Él parece no oírlos, solo una triste canción da vueltas por su mente.

Le había dicho que se encontrarían en ese bar. Lejos de la oficina y en medio de comercios, pasarían inadvertidos. «No te preocupes, con las fiestas navideñas todo se paraliza, no habrá investigaciones hasta pasado Reyes y para entonces todo estará solucionado.» Pero nada está solucionado. Se muerde los labios recordando la vergüenza que sintió cuando su tarjeta no le facultó la entrada al edificio, y el guarda de seguridad lo miró con suspicacia antes de decirle que no estaba autorizado a ingresar.

Intenta otra llamada con el mismo resultado. Seré imbécil. ¿Cómo pude creer que mi padrino, como decía que era, me iba a dejar en la estacada? Es cierto que recomendé las inversiones, que las firmé, que las envié a Hacienda y al Banco de España, pero fue él quien me dijo que lo hiciera, que era todo legal, que solo nos saltaríamos algunos impedimentos burocráticos. Están blindados, eso fue lo que me aseguró, solo tú y yo lo sabemos, ya verás cómo en pocos meses estaremos en la cumbre. Seremos la mayor entidad financiera y tú habrás sido el artífice de la operación. Se te compensará. Sí, ya veo cómo me han compensado. Clara me mandó un mensaje diciendo que la policía de Delitos Económicos estaba en mi despacho.

Vuelve a llamar, aunque sabe que es en vano. Está solo.

—No, no estoy solo… ¡Clara!

Fue su secretaria durante los años que estuvo en el banco. Tantas horas juntos, sin apenas vida social, dedicándolo todo a ese trabajo que ahora se había esfumado, al menos para él, los llevaron a compartir algo más. Pero ahora…

Ella acudió al encuentro; su rostro, generalmente relajado dibujaba algo que pretendía ser una sonrisa, pero era solo una línea tensa sobre una mandíbula temblorosa.

—Necesito tu ayuda. No te pido nada ilícito, solo recuperar cierta documentación —solicitó el hombre intentando mantener la calma.

«Sería inadecuado. Deja que me vaya.» Fueron sus últimas palabras, sin embargo Jacinto le pidió otra cita, una vez más, por favor. Ella lo miró desde el fondo de su tristeza y entonces él pudo ver que sus ojos estaban llenos de ayer. Bajó los suyos y le tomó la mano. Estaba fría.

Llegaban a la parada del autobús cuando ella aceleró el paso para cogerlo. Contempló la espalda de la mujer entregando su billete al revisor, después su costado avanzando por el pasillo hasta sentarse junto a una ventanilla. Su mano enguantada llevaba un programa de cine. La última película que vieron juntos. Lo que no pudo ver fue que ella rompió el papel en varios trozos antes de guardarlo en su bolso.

© Liliana Delucchi

En el principio de los tiempos

Marieta Alonso

Cuando Eva tuvo su primer hijo pensó que era el momento adecuado para hacerle saber a su marido cuál era el sitio que ocupaba en el nuevo hogar. Dadas las circunstancias tenía que ponerse a trabajar, nada de zanganear, ni de estar sentado viendo a lo lejos el paraíso, le dijo compasiva. Y es que Adán no se daba cuenta que había que hacer de la necesidad, virtud. Se pasaba el día ordenando sus pensamientos, le pesaba no haber cumplido con el mandato de fidelidad y obediencia, y por supuesto, hubiese preferido no haber llegado al conocimiento del bien y del mal. Se prometió no volver a comer manzanas, nunca más. Parecía que todo su futuro se desplegaba súbitamente ante él.

Pero la serpiente no dejó de importunar. El primogénito se dedicó a la agricultura, era un joven fuerte y bien nutrido que nació para ser salvaje y asesinó a su hermano por pura envidia. El segundo pastoreaba ovejas, un santo, que ofreció a Dios lo más selecto de su rebaño por generosidad y no por obligación. Tras su muerte tuvieron al tercero. Y así fue transcurriendo la existencia.

Después de la expulsión del Edén, el reloj de la vida de Adán se desbocó, en un santiamén llegó a los novecientos treinta años. Y recorriendo su interminable vacío, vio a lo lejos la menguada figura de un hombre bueno, al que le rogó que lo alejara de las tentaciones para que jamás le sucediera nada malo.

Y supo que todo iría bien. Porque si el mal no cejaba en el empeño, el bien tampoco.

© Marieta Alonso

Publicado en: Literatura

Madame Bovary

15 junio, 2017 por Akelarre 9 comentarios

Madame Bovary Gustave Flaubert

Madame Bovary

Madame Bovary escrita por Gustave Flaubert es una de las mejores novelas de todos los tiempos. Narra la oscura tragedia de Emma, infelizmente casada con el Doctor Charles Bovary, que, aunque la ama, es incapaz de comprenderla, y sus amores y sueños chocaran cruelmente con la realidad.

Se publicó por entregas en la Revue de Paris de Octubre a Diciembre de 1856 y al año siguiente apareció como libro. Constituye uno de los puntos de referencia del movimiento realista, además de tener elementos del llamado romanticismo tardío y ser una crítica a la burguesía francesa del siglo XIX. Su publicación provocó tal escándalo que su autor fue llevado a juicio en el que afirmó “Je suis Madame Bovary.”

Puré de verduras

Cristina Vázquez

La niebla

Malena Teigeiro

La exasperante cotidianidad

Liliana Delucchi

A discusión diaria

Marieta Alonso

Puré de Verduras

Cristina Vázquez

Selecciona con titubeo qué frascos dejar y cuáles llevarse. Los que contuvieran más cantidad de crema o perfume, hay que ser práctica, se dice a sí misma y se mira en el espejo con recelo, como si no quisiera verse. Los hombres no entienden la importancia de esas necesidades, enseguida les parecen frivolidades y quería coger lo imprescindible. La tarde anterior dejó una maleta en la consigna, y en tres horas tenía que estar en la estación. Ése era el plan.

Da un tirón al embozo de su cama para dejarlo recogido, es la costumbre, y los ojos se le nublan. ¿Qué más necesitaría? La incertidumbre, siempre la incertidumbre, pero ahora era el momento de la decisión. ¿Qué abrigo?, ¿las botas negras o marrones? Se sube en una silla para bajar del altillo la caja con los camisones y batas que su madre le encargó para la boda. Quizás ahora fuese el momento de rescatar alguno. Todos prácticamente nuevos, con unos encajes imposibles de planchar y hasta con plumas. ¿En qué estaría pensando su madre? No olvidaba esa noche que quiso sorprender a Edouard, su marido, con la bata turquesa con borde de marabú, maquillada, expectante, y él la miró perplejo. ¿A dónde se creía que iba así? Afable, le aseguró que hacía frío para ir disfrazada, y le puso con mimo una chaqueta de punto suya sobre los hombros. Una chaqueta enorme y rasposa.

— No te vayas a enfriar —le aseveró con aire paternal—. Guárdalo para verano o carnaval —y rió sin malicia.

La guardó, pero para siempre. No se le olvidaba cómo él, a continuación, se calentó el puré de la cena; todas las noches su puré de verduras. Era tan saludable, comentaba invariablemente dándose golpecitos en el estómago, y empezó a tomarlo con la lentitud habitual. Esa noche, callada frente a él, fue consciente de lo lento que comía. Cada cucharada era una ceremonia absorta y desesperante y la chaqueta de lana le picaba en los hombros.

Mira con nostalgia su maletín de aseo. De piel marrón con asas, sus iniciales pequeñitas grabadas en oro desgastado, que la lleva a recordar sus escasos viajes. ¡Tantos sueños al empezarlos! En cada ciudad suspiraba por compartirla con un amor, una presencia romántica. ¿Cómo sentarse en una terraza en Roma sin la mirada abrasadora de un amante, o mirar el Sena en soledad? La vida así perdía mucho sentido y esperaba con terca ilusión que un día se cumpliera su deseo. Al cabo de un tiempo desesperante apareció Edouard, amable, tranquilo, loco por ella y con dinero suficiente para una vida sin sobresaltos, pero en esos viajes soñados se fatigaba viendo monumentos. Que siguiera sola, él se iba a echar un sueñecito al hotel. Le soltaba unos billetes para sus caprichos, pero que no se lo gastara todo le decía sonriéndole con aire de propietario satisfecho.

Frota la piel del maletín con ahínco, chupa la punta de la gamuza y un regusto amargo se le instala en el paladar. ¿Le parecería correcto el maletín a él que era tan distinguido? A lo mejor encontraba que las maletas estaban gastadas, pero eso era elegante, le aseguró una vez cuando ella escondía con disimulo una rozadura en unos zapatos de campo. Lo que sí tenía claro es que se llevaría la bata turquesa con marabú, si no se iba despeluchar, aunque mientras la dobla teme su miradita de sorna. A veces le decía que hablaba muy alto, que se moderara. Le molestaba, pero aprendía mucho de su refinamiento, sus maneras delicadas, su clase, tan diferente de la vulgaridad de Edouard.

En ciertos momentos temía no estar a la altura, pero todas sus dudas desaparecían al pensar en sus manos suaves, sus estertores de amor, sus promesas endulzadas con vinos fríos y el futuro, abierto, ancho como su risa, y la hermosa avenida con álamos de la casita donde se refugiaban. Y ahora, por fin, le llegaba el mundo, el amor eterno, los viajes compartidos para ellos dos, las promesas cumplidas. Solo faltaban tres horas para partir.

Un olor lejano a cocina la revuelve y cierra el maletín. Termina de guardar la ropa y se toma un trago del licor rojo, el del dibujito de una flor en la etiqueta con el que Edouard se premiaba los fines de semana. Arrastra la maleta y sale precipitada.

Ya en la estación, las manecillas del inmenso reloj discurren agónicas, imparables por la esfera brillante, mientras espera verle aparecer por la puerta, que se abrió veinticinco veces, las contó, dejando entrar un aire helador. Él no apareció.

Al volver a casa, con el maletín sobre su regazo como un objeto inapropiado, ya recogería al día siguiente las maletas en la consigna, la lluvia azota los cristales del taxi con furia. Pasa el dedo por la pintura desigual del portal y el ascensor dio el pequeño crujido de siempre al arrancar. Tarda en dar la luz del descansillo de su piso y al abrir la puerta el olor del puré de verduras inundaba la casa. El sonido de la radio y una luz mortecina indican el camino de la cocina, dónde se oye trastear a su marido.

Estaba preocupado, dijo Edouard con una expresión dolida. Se levanta animoso para ayudarla a quitarse el abrigo mojado, enseguida le calentaba un poquito de puré afirma, la reconfortaría en esa noche tan desapacible. Ella se sostiene agarrada al borde de la mesa, inmóvil, sin decir una palabra. Se sienta y mientras toma la primera cucharada, le parece que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.

© Cristina Vázquez

La niebla

Malena Teigeiro

Con la maleta en la mano, baja las escaleras saltando los escalones de dos en dos hasta llegar al zaguán. Cierra la casa y comienza a correr hacia la cochera. El rojo automóvil seguía allí con las llaves tiradas sobre el salpicadero. Al abrir la puerta del deportivo su aroma la turba, y grita sacudiendo la cabeza como si quisiera arrancar de ella su presencia. Separándose las lágrimas de un manotazo, conduce despacio por el camino de tierra bordeado de cipreses. Al llegar a la verja se detiene, y antes de bajarse, se pone los guantes. Abre las grandes hojas de hierro. Después de sacar el coche, coloca la cadena, el candado, y agarrada a los barrotes, hunde la cara entre ellos. Dos años hace ya llegué feliz, con la ilusión de sentirme adorada, piensa con la vista clavada en el cortijo difuminado entre la niebla, que ahora ve gris, vulgar, sin ningún encanto.

Desde que lo conoció le llena las manos de regalos, y los oídos de lisonjeras palabras. Te quiero, le repetía una y otra vez mientras la besaba, y le promete que en cuanto se separe de su mujer formarán una familia, y ella, entonces casi una niña, lo escucha con la emoción del amor aterciopelándole las pupilas. Cuando ya solo sabe vivir entre sus brazos, sumisa, rendida, subyugada por su presencia, la invita a pasar unos días en el campo, y ella acepta ilusionada. Sin embargo, cuando recorren el camino de dorado albero que los llevaba hasta lo que le pareció un romántico edificio, las sombras de los cipreses que lo enfilan, grises, turbias, como un mal presagio, iban cayendo sobre ella como si fueran los barrotes de la cárcel.

Después de unos días, le pidió que se quedara a vivir allí, en aquel cortijo abandonado, sin que nadie sepa dónde están, le decía, así su esposa no podría estropear su felicidad, y la convence susurrándole palabras de amor, hablándole del poco tiempo que falta para contraer matrimonio, para llenar la casa de niños. Y se quedó. De eso hacía ya dos años.

Al principio solo la acaricia con la yema de los dedos, y ella estremeciéndose de placer, no entiende por qué la desea de esa manera. Luego, le deja el cuerpo lleno de marcas que trémula, con mimo, palpa, una a una, para después esconderlas. Más tarde, comenzó a mostrarle fotografías de otras mujeres, obligándola a imitarlas mientras él, lascivo, la mira y se manosea. Siguió obligándola a realizar juegos en los que ahora se sentía humillada. Luego, sin decir nada, una noche no apareció. Cuando después de unos días escucha las ruedas del coche sobre la tierra, asustada corre a sus brazos, y él, como el que juega con el plumaje de una paloma, le sonríe pasándole un dedo por la mejilla. Y así fue espaciando sus noches y sus días, hasta que casi desapareció de su lado, y aunque aquel angustioso abandono muchas veces le hizo desear la muerte, seguía esperándolo en aquella destartalada casona a donde nunca iba nadie.

Una noche volvió con otra. Los escuchó reírse a carcajadas. Venimos hambrientos, masculló, que, rápido, muy rápido, les preparara algo para cenar y que luego se fuera, que no quería verla. Y ella, ya completamente sometida, le dejó una bandeja encima de la mesa de la cocina. Iba apareciendo el sol entre los retazos de niebla, cuando por una rendija de las contraventanas de su dormitorio, los vio marcharse.

Al día siguiente vuelve solo. Entra, y como si fuera su criada, le ordena altanero qué le dé de cenar. Se sienta a la mesa y ella, enfrente, lo ve comer en silencio. Le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento. De pronto levantando la cabeza la mira con odio. ¿Es que no se da cuenta de que no quiere volver a verla? ¿Es que no tiene dignidad? ¿Qué es lo que tiene que hacer para que lo entienda? La mujer dobló la nuca. El hombre se levanta y clavándole las uñas en los hombros, le ordena que se largue por la mañana. Después, arrollando las sillas que encuentra a su paso, sale del comedor. Y ella, como una muñeca autómata, se queda recogiendo los platos.

Por la noche la despiertan sus gritos llamándola. Cuando entra en la habitación en la que tantas veces durmieron juntos, lo ve de pie al lado de la ventana. Tambaleante se le acerca. Percibe sus ojos vidriosos y el olor a alcohol. Quiere huir. Da un paso hacia atrás y tropieza con una mesita. Escucha el ruido del jarrón que se rompe al caer al suelo. Torpe. Mira lo que has hecho, le grita cruzándole la cara con la palma de una mano que le parece de piedra. Sus dedos ceñidos a la nuca, la arrastran hasta la cama.

Cuando lo vio dormido a su lado, por primera vez lo odió.

Se queda mirando manar la sangre de su cuello hasta que aquella piel que tanto había adorado, se vuelve azul. Le asombra que sus dedos, que aún sostienen un trozo del grueso cristal azul del jarrón, no tiemblen. Tengo que irme. Tengo que huir. Rebusca en los bolsillos de su chaqueta, de los pantalones tirados en el suelo, coge de la cartera todo el dinero que encuentra. Luego las joyas, los regalos y minuciosa, cuidando de no dejar nada suyo, hace la maleta. Con la rapidez del que pierde el tren hacia un soñado viaje, limpia el baño, lava las sábanas y vuelve a hacer la cama. Después, como si fuera un trabajo de orfebrería, pasa minuciosamente un paño por todos los muebles que había tocado, revisa los estantes, los cajones... Nunca nadie podría decir que estuvo allí. Cerró la puerta y salió de la silenciosa casa.

Agarrada a los fríos barrotes comienza a gritar golpeando la frente contra ellos. Ya serena, levanta la vista y observa el camino de tierra, los cipreses, y allá, al final, el cortijo, que ahora no le parece el mismo edificio pintado de resplandeciente blanco que admirara la tarde que llegó, ahora lo ve siniestro, lóbrego, umbrío. Suspira profundo, y dándose la vuelta, vuelve a subir al coche.

Conduce limpiándose las lágrimas con la mano. Olvidando el dolor de los golpes, comienza a reírse y sus risas se van mezclando con las lágrimas hasta que las carcajadas retumban como truenos en el techo del vehículo. Baja la ventanilla y grita al viento que no hacía falta que él hiciera nada. Solo tenía que decirle que de fuera.

© Malena Teigeiro

La exasperante cotidianidad

Liliana Delucchi

—Volveremos antes de haber salido —dice Esteban desde la puerta. Lleva un niño de cada mano y está exultante ante la proximidad de la jornada de caza. Mirándolos con displicencia, Raquel piensa que son tan feos como su padre. Patizambos, con los dientes torcidos y ese pelo que parecen cepillos viejos. Como si me importara. Ojalá no volvieran. Su marido pide un beso de despedida, ella tose y dice que no quiere contagiarlos.

—Tómate el jarabe que le receté a Florián la semana pasada, está sobre la repisa de la cocina.

La mujer no contesta, agita la mano y se va camino de su dormitorio. Tiene todo el día para leer, dar un paseo e intentar una conversación con alguna vecina. Hablar, pero ¿De qué? Los discursos de la gente del pueblo la aburren, siempre alrededor de los niños, los huertos y los animales.

Él le había dicho que buscara una actividad, un curso de enfermería, por ejemplo, ya que el invierno estaba siendo duro y los niños vuelven con catarros un día sí y el otro también.

—Aunque tienes la suerte de que haya un médico en casa, me vendría bien cierta ayuda. —Repetía con suficiencia.

¿Estaba loco? No, es que nunca se había detenido en pensar en las necesidades de su esposa. Ella odia los mocos, las varicelas y las fiebres. Le contestó que lo hiciera la criada, que para eso le pagaban.

—Es que si se diploma como enfermera, buscará un trabajo como tal y la perderemos. Y ¿hay algo más desagradable que instruir al personal doméstico?

Ella bajó la vista hacia su labor y no le contestó.

Ya en el vestidor, busca algo que ponerse, el traje nuevo que compró ayer en la ciudad. Toca la tela, tan suave como su piel, se la pasa por la mejilla y observa su imagen en el espejo. Necesito un cambio de peinado. En realidad, lo que necesito es un cambio de vida. Pone los frascos de perfume en fila, los olfatea y elige uno. Huele a jazmines, ese olor de la casa de su madre. Entonces, recuerda lo que le dijo cuando se resistía a casarse con Esteban: «Es un buen hombre, y los hombres buenos no son como los autobuses, no pasa uno cada veinte minutos.» Y ella aceptó la boda.

En la calle la gente endomingada pasea con aire de satisfacción. Raquel camina despacio, dándoles tiempo a que la observen, a que la admiren. ¡Son tan vulgares! Se detiene unos instantes a hablar con la mujer del boticario y regresa a su casa, a salvo de la mediocridad. Se sienta ante la chimenea, aun con el abrigo puesto y con las manos enguantadas sobre el regazo. La mirada se pierde en el fuego, recordando aquel breve romance que endulzó su vida por un tiempo.

Temeraria, no tuvo necesidad de vencer obstáculos morales. Se merecía una historia de amor, el destino estaba en deuda con ella al haberla condenado a esa aburrida cotidianeidad. Lo suyo no era adulterio.

Recibió la carta de despedida de su amante poco antes de la cena. También era domingo y al igual que hoy, su marido e hijos habían salido de caza y cuando regresaron y la instaron a que cenara con ellos, se sentó a la mesa. Le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.

Llaman a la puerta. Es Teobaldo, el librero, que le trae el ejemplar que había encargado. Con la sonrisa que oculta un bostezo de hastío, lo hace pasar. Al cruzarse con ella, su olor a hombre y a tabaco la excitan. Cierra la puerta sin dejar de contemplarle la espalda. No está mal, piensa, es joven, lee, y como ha viajado quizás pueda ser un amante entretenido y, sin más, lo invita a tomar el té.

© Liliana Delucchi

A discusión diaria

Marieta Alonso

No soporto a mi madre, no soporto a mi suegra, no soporto al bobalicón de mi marido. ¡Y todos vivimos juntos en la misma casa! Somos hijos únicos por ambas partes, y a las dos madres se les ocurrió quedarse viudas a la vez.

Si le digo a mi marido: Ayúdame a recoger la mesa, mi suegra se levanta como un rayo sentenciando: Quédate sentado hijo, ya lo hago yo. A mi madre ni se le ocurre manifestar lo mismo a su hija, que soy yo, ella sigue con su labor de punto. ¿Y qué puedo esperar de mi Carlos, si besa a su madre enormemente agradecido y se pasa los fines de semana frente al televisor viendo el fútbol? Juro que ese deporte le tiene atrofiado el cerebro. Ni siquiera es forofo de un club, a él lo que le entusiasma es que el balón traspase la portería.

A veces pienso que no tuve buen ojo al elegirle, claro que lo que tenía en la aldea era para echarles de comer aparte. Mi madre siempre ha sido una mujer callada y dicen que lo único que se le escuchó comentar cuando nací fue: Es tan bonita que nos traerá problemas.

Hoy las dos han comido antes, decidieron ir a ver juntas una película en la sesión de tarde. Aprovecho que estamos los dos solos ante la mesa para hablar seriamente con mi marido.

 —Estoy harta de trabajar. No me siento querida —le confío con voz entrecortada.

Me pone esa cara de buena persona que me altera hasta el infinito.

—¿Qué te pasa? —replicó levantando las cejas, confundido, algo molesto.

Por la ventana se escuchaba la voz de un hombre anuncio, vociferando, mientras le aclaraba:

—Me pasa que tu madre lo vuelve todo oscuro.

Y al levantar el vaso un destello de luz creó un reflejo en el cristal.

—Y ¿qué me dices de la tuya?

No sé qué cara le pondría pero la voz me salió bastante suave para lo que estaba sintiendo.

—Querido, reconoce que vivimos en la casa de mi madre y la tuya ha declarado que no piensa dejarnos ningún recuerdo.

Se aleja la voz del hombre anuncio dejando un silencio agotador.

Haciendo gala de una gran lucidez, Carlos comentó con voz pausada:

—Querida, ¿merece la pena ésta conversación? Creo que mientras nuestras madres continúen respirando, discutiremos.

Le dio un beso para calmarla, cosa que no consiguió porque a ella, le parecía que toda la amargura de la vida estaba servida en su plato y, junto con el humo del hervido, de lo más hondo del alma le subían otras bocanadas de desabrimiento.

© Marieta Alonso

Publicado en: Literatura

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