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Después del baño

15 agosto, 2025 por Akelarre 4 comentarios

Después del baño Sorolla
Lienzo de 103x163 centímetros pintado al óleo en 1902

Después del baño - Joaquín Sorolla

Este cuadro de Joaquín Sorolla, nos muestra dos mujeres volcadas sobre un niño. Es una escena en la que se plasma la luz que el pintor supo captar con maestría, especialmente en estas obras de playa y mar.

Dos mujeres en una barca contemplando a un niño al atardecer. Aun sin verles las caras, la actitud de ambas, atentas, volcadas sobre la criatura, es una hermosa manera de representar la maternidad. Transmite una gran ternura que, bajo esa perfecta luz, es una revelación de amor.

Esta bella imagen ha dado motivo a nuestras autoras a unos cuentos muy diferentes, con familias unas perfectas y otras más complicadas de lo que parecen.

Familia numerosa

Cristina Vázquez

El marido de Berta

Malena Teigeiro

Cambio de planes

Liliana Delucchi

Abrir los ojos a un mundo nuevo

Marieta Alonso

Familia numerosa

Cristina Vázquez

La mujer, además de a médicos, había ido a santos, santeras, vírgenes… Hizo promesas y donaciones para que su vientre estéril diera algún fruto.

—Estoy maldita —confesaba a Neus.

—No digas tonterías, Margarita, no te obsesiones —le recriminaba la amiga—. Cuando menos te lo esperes te quedas embarazada.

Pero como siguiera dándole vueltas al tema iba a enfadar a los santos y sobre todo al marido, que aunque fuera buen hombre y quisiera tener hijos, tenía una paciencia limitada.

Esto lo decía Neus con conocimiento de causa. Antes de que se casara con la buena de Margarita, ella lo había disfrutado, pero Joaquín era muy mirado para el matrimonio y consciente de que no era bastante para el señor. No tenía ni un duro. Había que fastidiarse, así es como acabó con la sin sal de Margarita. Reconocía que buena era, muy fina, eso sí, muy mañosa y con perras, pero sin sal, ¡jolines! Esto se lo decía mientras se soltaba el moño frente al espejo y como si los ojos de Joaquín le estuvieran recorriendo, se desnudaba con morosidad.

Lo que más deseaba él era un hijo. Aunque fuera un hombre simple y tierno, a veces tenía arrebatos de rabia o de tristeza, hasta pensamientos crueles. Al fin y al cabo, era un hijo único mimado, aburrido y con la única tarea de administrar sus dineros y tierras.

Después de dos años de matrimonio, el desanimado vientre de Margarita le dio solo una pobre criatura, mujer para más Inri que vivió cuarenta y ocho horas. El médico afirmó que no podría concebir más. El desaliento de ella fue grande, pues grande había sido su dolor, no solo por la pérdida sino por el terrible sufrimiento de horas y muerte que tuvo que pasar. Así que, en medio de esa tristeza, al poco tiempo una cierta sensación de alivio se instaló en ella y recuperó color y hechuras.

El que no tenía consuelo era él, que volvió a refugiarse en los brazos acogedores y en el oído paciente de su querida Neus.

—Estoy tan triste de no haberme casado contigo —se quejaba Joaquín entre sus sábanas.

Neus callaba, pensando que se habría aburrido mucho con ese buen hombre, aunque su vida hubiera sido más fácil y le daba pena ver su infantil desamparo.

Le propuso un trato. Si ella le daba un hijo se lo cedería a él y a Margarita, con la condición de que fuese la madrina del niño, pudiera verle cuanto quisiera y la instalara en una buena casa con una pensión generosa.

—Juro no reclamar nunca nada, salvo que no se cumpla alguna de estas condiciones.

Le hizo firmar un papel ante el notario, que balbuceaba que nunca había dado fe de tamaño disparate, pero que si era lo que querían, él era solo un servidor público.

Al año, lejos del pueblo desde hacía unos meses, Neus parió un hermoso niño. Se tuvo que ir a cuidar a una tía enferma, proclamaba a diestro y siniestro. Dejaba caer que, además del cariño que le tenía, era una mujer muy rica y si fallecía, todo su dinero iba para ella. Se frotaba los dedos despertando duda y admiración a partes iguales.

Joaquín confesó a Margarita lo firmado. La mujer lloró, no se lo creía, pero si Neus era su amiga, se desesperaba. Se sintió despreciada y amenazó con irse.

—Está bien visto lo de irte, querida —afirmó él muy tranquilo—. Diremos que te vas al extranjero a hacerte un tratamiento y volvemos con el niño a casa.

Él iría y vendría para comunicar el éxito. Margarita estaba embarazada, pero el doctor extranjero no la dejaba moverse hasta que naciera el bebé, diría a todo el mundo. Al expresarlo miraba a su mujer con una determinación entre dulce y amenazante, mientras manejaba el abrecartas afilado con destreza de matarife.

Sin ser un hombre de grandes luces, lo que se le metía en la cabeza lo conseguía sin dudar, con una tenacidad y argumentos que nunca le habían fallado y no iba a ser esta la primera vez.

La inicial sorpresa y disgusto se fue transformando para Margarita en una posibilidad agradable. Unos meses viajando por el mundo y luego un hijo sin dolor, no estaba mal. Estos fueron los racionamientos con los que Joaquín consiguió convencerla. Eso sí, siempre con el abrecartas o un frasquito sin etiqueta que manoseaba con lúgubre sonrisa. La inicial resistencia de la mujer se fue desarmando.

—Además, no tienes donde ir —remató una tarde mientras se limpiaba las uñas con el precioso abrecartas—. ¿Qué ibas a contar? Tu padre no te aceptaría bajo su techo.

Y le enseñaba fotos y guías de Venecia, de Baviera, Inglaterra también si le apetecía…

Juró que él por la tal Neus, lo sabía de sobra puesto que eran amigas, no sentía nada. Era un mero trámite que cumplir, levantaba la mano en señal de juramento tratando de contener la expresión salaz que le venía al rostro.

—Es una mujer sana y conocemos sus buenas costumbres —mintió con convencimiento.

Lo que no esperó nunca Joaquín, situación que le llenó de alegría, es que las dos mujeres se llevaran tan bien y compartieran el niño con generosidad y ternura. Las tardes de verano se las veía al borde del mar disfrutando las gracias de la criatura y como buenas comadres paseaban al niño con orgullo. De las habladurías nunca quisieron oír nada.

Le pareció a Joaquín que todo había salido tan bien, que podían repetir, llegar a familia numerosa era complicado, pero un par de hijos, hasta de hijas, ¿por qué no? Las mujeres estarían entretenidas.

 A él nunca le había gustado ser hijo único.

© Cristina Vázquez

El marido de Berta

Malena Teigeiro

Era por la mañana temprano. Hacía frio. El peor día que uno podía escoger para hacer un viaje en coche. Cosme conducía como si lo estuviera siguiendo el diablo. Berta, a su lado, iba con los ojos cerrados. A ella siempre le daba miedo aquella forma de conducir. Quizá si pudiera dormir un poco. Pero no. Después de la última discusión con su marido, sus nervios apenas la habían dejado descansar. Estaba agotada.

La noche anterior había llegado tarde. Como siempre últimamente. Y esa misma tarde su hermana pequeña le había dicho que espabilara, que era la risa de todo el mundo. ¿Es que no se daba cuenta de que Cosme tenía una amante? Así, sin más, se lo había gritado. ¡Como si ella no lo supiera! En el fondo le daba la risa que Marta, su hermana, se asustara tanto por una amante. O sea, ¿que ahora se enteraba de que su marido la engañaba con otra? Vaya. Vaya. Y de las anteriores, ¿de esas no conocían nada? Lo cierto es que esta última era diferente. Le estaba durando mucho. A lo mejor iba más en serio, pensó.

Una pronunciada curva hizo que la cabeza de Berta se bamboleara. Abrió los ojos. Cosme iba adelantando a uno y otro coche. Echó un vistazo al cuentakilómetros. ¿A ciento noventa?

—¿No crees que vas un poco rápido? Como te paren los de tráfico te vas a la cárcel directamente —masculló como si no le importara.

—Eso querrías tú, ¿verdad? —gritó volviendo la cabeza hacia ella.

—¡Hombre! Sería una manera tan buena como otra cualquiera de terminar. ¿No te parece? —replicó volviendo a cerrar los ojos.

Escuchó aullar el motor. Sin duda había apretado aún más el acelerador. Con la cabeza apoyada en el respaldo, Berta entreabrió los ojos. El deportivo parecía querer comerse la cinta de la carretera. Volvió a cerrarlos.

Sus discusiones eran continuas, tantas que Berta se sentía anulada. Ella no era capaz de ponerse a su altura, por lo que él creía que la tenía dominada. En el fondo estaba en lo cierto. Era incapaz de contestar. Y no lo comprendía. Las palabras le venían a la mente, pero su boca se empeñaba en cerrarse, en callar. Lo que más le molestaba era que parecía ser que todos conocían a la amante de su marido, y seguro que ella era la comidilla de cualquier reunión. No le quedaba otro remedio que ponerse digna. ¿Por qué ese afán de meterse en su vida? Siempre creyó que pasados unos años se calmaría, y volvería a ella. Sin embargo, las palabras de Marta: ¿Es que todavía no te has enterado de que se casó contigo porque esperaba quedarse con el dinero de nuestro padre? Eso le había dolido. Tenía que reconocer que ella misma siempre pensó lo mismo. Nunca entendió cómo un hombre como aquel, guapo, triunfador, se había fijado en una muchacha tan insignificante. Y por qué no decirlo: francamente fea. Sin embargo, su padre desde el primer momento se negó a entregarle el adelanto de herencia que Cosme pedía. Incluso se negó a comprar el piso en la calle Serrano que le reclamaba. Tampoco le dio nada para el deportivo en el que ahora viajaban. Y eso que se lo pidió directamente. Y ahora decía que se lo iban a embargar. Al parecer debía un montón de letras. Sí. Bien mirado, ya no le quedaba otro remedio que divorciarse. Además, para ello no tendría problemas. Seguro que su padre tomaba cartas en el asunto. Nada le podía gustar más a sus padres que enviar a Cosme de vuelta a su casa. Cualquier cosa con tal de que desapareciera de sus vidas.

De nuevo sintió un acelerón. Luego un frenazo. El coche se iba de lado. Algo pasaba. Abrió los ojos. Agarrado al volante con fuerza, su marido asomaba el auto a un precipicio. Ella cerró los ojos con fuerza. El automóvil comenzó a dar vueltas, y su cabeza se golpeaba una y otra vez contra algo. ¿Era él quien gritaba? ¿Por qué lo hacía? Abrió los ojos.

El coche se deslizaba por una carretera bordeada de árboles. Era recta, no muy ancha. Al final de aquel bonito camino, una luz blanca, brillante, muy brillante, la reclamaba. Salió del deportivo. Se sentía volar. Atrás quedaban los gritos de Cosme.

En paz, tranquila, Berta se dejó absorber por aquella luz.

© Malena Teigeiro

Cambio de planes

Liliana Delucchi

Huérfana de glamur y convencida de que jamás sería el cisne, Clara González recorrió los primeros años de su vida con la conciencia de ser el patito feo. Desde que tiene recuerdos, compraba todos los meses revistas de moda. Comenzando por la portada hasta la publicidad del final, estrujaba cada página en busca de alguna idea o elixir que la hiciera parecerse, aunque fuera de lejos y con gafas grandes y oscuras, a las mujeres que iluminaban sus horas más sombrías.

Esa mañana prometía ser armoniosa, como armoniosa se sentía con su nuevo bolso. La tarde anterior había cobrado una suma que le permitía ese lujo. Horas y horas ante el ordenador cuadrando lo imposible hasta que llegó al final del informe que le regalaría no sólo un Chanel, sino unos días en Venecia, en el Danieli, y con un viaje en preferente. Quizás, aunque eso ya estaría fuera de presupuesto, se cruzara con algún Giancarlo que le hiciera su estancia tan romántica como la ciudad.

Cuando apagó el ordenador, decidió regalarse más belleza. Acababan de inaugurar una exposición sobre Sorolla, su pintor favorito. Extasiada ante el cuadro de esas dos mujeres contemplando un bebé, recordó la reciente maternidad de su hermana. Por un momento se sintió frívola: tantas cosas materiales quizás fueran insustanciales ante la opción elegida por Carola. Anuló su reserva a Italia y cogió la carretera en dirección a la costa.

Su sobrina era una monada. Por unos días sintió que había tomado la iniciativa correcta…, hasta que una noche la despertaron los llantos del bebé. Fue esa noche, la siguiente y la otra. La joven madre ya no parecía tan lozana: ojeras, pelo que desde hacía tiempo no visitaba la peluquería, la manicura rezagada. ¿Qué ha sido de mi hermana? Era la guapa, la que no tenía que recurrir a potingues para realzar su belleza. La vio cansada, deslucida y con la blusa sin botones de tanto dar de mamar.

Es hora de llamar a la caballería, se dijo, es decir, a su madre. La señora llegó tan pronto como pudo dejar arreglados sus asuntos en Madrid y no sólo ella, la acompañaba una niñera.

—¡Fuera de aquí las dos! —ordenó con un tono que no admitía réplica—. Clara, lleva a tu hermana a que la adecenten, cogéis un avión y os vais lejos.

Obedecieron. Ya en el vuelo, cuando les dieron sus asientos, tomaron conciencia de que una joven con un bebé se había sentado en la fila de al lado. Llamaron a la azafata y pidieron que las cambiaran de sitio.

© Liliana Delucchi

Abrir los ojos a un mundo nuevo

Marieta Alonso

Mi madre siempre contaba que el día que nací soplaba un viento sin demasiada convicción y empujaba la barca hacia el sureste, hacia la orilla. Creyó que le daría tiempo a llegar. Pero no, la que escribe estas líneas tenía prisa por ver el sol, oler el mar, sentir la arena. Y asomé la cabecita.

Menos mal que mi tía, mujer espabilada como pocas, no se arredró. Me ayudó a salir y con una pequeña tijera para uñas, que llevaba en el delantal, cortó el cordón. Luego atendió a su hermana.

La energía del viento subió de tono y en la superficie del agua se formó una ola, solo una, pero de tal tamaño y fuerza que lo cubrió todo, bañó al bebé, a las mujeres, a la barca… Limpiando todo de impurezas. Los peces aquel día se dieron un festín.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Mujer asomada a la ventana

15 marzo, 2024 por Akelarre 4 comentarios

Mujer asomada a la ventana

Mujer asomada a la ventana

Este óleo sobre lienzo de 73x 44, se halla en la Antigua Galería Nacional de Berlín y es obra de Caspar David Friedrich, considerado el pintor más representativo de su generación: El Romanticismo.

Tiempos convulsos en los que se produjeron grandes cambios políticos, sociales, espirituales y filosóficos que influyeron en los años posteriores.

Nació en 1774 y murió en Dresde en 1840. Tuvo éxito y reconocimiento temprano.

En este cuadro la modelo representa a su mujer, Caroline Bonner. A lo lejos se ve el río Elba y un mástil de barco. A diferencia de otras obras de la época, en los que la mujer es objeto de observación, aquí la protagonista es un personaje activo que obliga a mirar a través de ella.

Es el único interior que pintó, en cambio, tiene una serie de escenas contemplativas contrapuestas a cielos nocturnos, nubes, viejos árboles o ruinas góticas, temas inspiradores durante el Romanticismo.

Esta pintura ha dado lugar a historias sobre una querida tía, una viuda, una joven curiosa y una mujer enamorada.

Inútil espera

Cristina Vázquez

Berta no quiere ver el cielo

Malena Teigeiro

La mujer del cuadro

Liliana Delucchi

La viuda

Marieta Alonso

Inútil espera

Cristina Vázquez

De mayor, ya casi anciano, Gabriel recordaba la imagen de su tía siempre asomada a la ventana. Se llamaba Lucrecia y era la hermana pequeña de su madre que vivía con su abuela viuda. Gabriel la recordaba ágil, de talle flexible y fino, bromista y en su cara las pecas y un par de hoyuelos le daban una expresión de risa contenida que iba a explotar en cualquier momento. Otras veces, en cambio, su rostro se demudaba en un gesto triste, el tono de su voz se volvía violento y algo en ella daba miedo. Pero él la adoraba.

—Eres y serás siempre mi preferido, Gabriel —le acariciaba la mejilla con un dedo—. Te pusieron ese nombre porque cuando naciste dije que tenías cara de ángel.

A continuación, dándole un pellizco echaba a correr asegurándole que eso se lo decía a todos los sobrinos, así la querrían más. Una tarde que repetían ese juego y Gabriel iba detrás de ella, se giró con brusquedad y cogiéndole la cara entre sus manos, le miró desde la profundidad de sus ojos color miel. A lo mejor dentro de poco se tendría que ir muy lejos, estaba esperando a un hombre, un novio que la llevaría a vivir a un país precioso.

—Dentro de poco, Gabriel, pero… —y en voz baja—, me tienes que guardar el secreto. Solo tú lo sabes.

Recuerda que sintió una mezcla de orgullo y tristeza, ¿por qué se tenía que marchar, por qué era un secreto, quién era ese hombre? Y esa tarde algo en él se quebró, algo a lo que no supo dar nombre.

Pasados unos meses, la inquietud de Gabriel, al ver que su tía se quedaba, fue disminuyendo y cuando le preguntó cuándo se iba a ir, ella, tapándole la boca, le exigió que nunca, nunca lo repitiera o dejarían de ser tía y sobrino. Al poco tiempo de decirle esto, recordaba la punzada que sintió la mañana que su madre se fue precipitada de casa, sin arreglar, con el abrigo echado de cualquier manera sobre los hombros y volvió tarde en la noche con un desconsuelo marcado en la oscuridad de sus ojeras.

No volvió a ver a su tía en mucho tiempo. Si preguntaba dónde estaba, un silencio ominoso, o no eran cosas de niños, que se callara, por favor, era la atribulada, inconclusa respuesta que le daban. Él intuyó que algo terrible o, al menos, incómodo o vergonzante había sucedido. La ausencia de Lucrecia, bajo esas misteriosas condiciones, le hicieron desconfiar del mundo de los mayores. Sintió por primera vez un sabor amargo que no conseguía aliviar con caramelos. Comprendió cuánto la quería, cuánta alegría y cariño le daba esa divertida mujer en comparación a los rígidos modos de padres y otros tíos.

Al fin, después de unos años, le comunicaron que iban a visitar a la tía.

—Como la quieres tanto puedes venir con nosotros —argumentó su padre con una solemnidad amenazante—. Pero he de advertirte que será muy duro verla.

Gabriel acababa de cumplir quince años, su recuerdo era un oasis en el desconcierto adolescente y afirmó que sí, que estaba dispuesto.

Llegaron a un edificio de tres plantas de un color gris desvaído, rodeado de un jardín pobre y mal cuidado. Al entrar, observó unas plantas desanimadas que trataban de aligerar el aspecto lúgubre de aquella casona con rejas en las ventanas. Esperaron un momento en un despacho hasta que un médico de afectuosa sonrisa les pidió que le siguieran. Nunca olvidaría el ruido de las tres vueltas de llave que dio para abrir, el olor a cerrado del cuarto y la figura de espaldas que se inclinaba sobre la ventana. Solo un atisbo de su frágil cintura le pudo recordar la agilidad, la gracia de antaño.

Se quedó horrorizado, quiso salir, pero en ese momento ella se dio la vuelta y sonrió. ¡Gabriel! Se había transformado en una desconocida. Seca, triste, casi una anciana, solo pudo reconocer el color miel de sus ojos, aunque sin brillo. Se acercó y le puso una mano en la nuca para arrimarse a su cara.

—Dentro de poco me iré —susurró con torpeza—, guárdame el secreto y te llevaré conmigo. Después se giró y volvió a asomarse a la ventana.

Cuando salieron, arrastrando los pies pasillo adelante, acompañados por el amable doctor, éste les iba diciendo que estaba mejorando, aunque les costara creerlo. Además, continuó, había sido una bendición poder evitar la cárcel.

—Fue un asesinato terrible el de aquel desconocido.

© Cristina Vázquez

Berta no quiere ver el cielo

Malena Teigeiro

En cuanto llega la tarde y acaba con sus quehaceres, Berta se asoma a la ventana. Siempre a la pequeña. Allí lo espera con la mente en blanco. Bueno, en blanco no, porque de su cabeza no desaparece nunca la imagen.

Martín tiene los ojos transparentes, de color verde, de ese que es como el agua del mar. Adora esos ojos que la miran de arriba abajo y que le hacen bajar los párpados avergonzada. Una de las cosas que más le gustan de él es la sonrisa. Cada vez que le baila en sus gruesos y húmedos labios, se enamora un poco más.

Berta saca medio cuerpo hacia afuera. Quiere mirar lejos, muy lejos. No. Todavía no vuelve. De nuevo se acomoda en el alfeizar de la ventana pequeña. Siempre en la pequeña. Espera. Siente frío y se arrebuja en su chal.

Ahora recuerda sus juegos de niños. Porque él y ella están juntos casi desde que nacieron. Qué día tan feliz el de su matrimonio. Todo fue perfecto. Hasta el sol fue espléndido. Sonríe. Martín era pícaro. Sí. Siempre tuvo una inocente y osada picardía que todavía la mantiene enamorada. Por eso lo espera en la ventana pequeña. Esa que le deja ver los campos y los barcos que atraviesan el canal. A ella no le gustaba mirar por la grande. Escucha el rasgar de la quilla de un barco y cierra los ojos. No. No era el de él. Porque Martín patronea con dulzura, casi mimando las aguas. Aspiró el perfume a hierba. Aunque sus ojos fueran del color del agua, él no olía a mar. Él olía a leche y a bollos, a bebé y a hogar. A veces también a vino. Y ese olor fuerte, agrio le repelía. Una ráfaga de viento le hizo sujetarse unos rizos.

Una de las cosas que más le gustaban a Berta, era sentir su calor al despertar, y todavía muchísimo más aspirar el perfume de su piel. De día, sola en la casa, echaba de menos su risa y su voz, incluso cuando protestaba por cualquier cosa. Porque, tenía que reconocerlo, su hombre, además de alto y delgado, era un poco pendenciero. Aunque ella le riñera cada vez que le contaban una de sus peleas, entendía que no había que darle importancia, que eran cosas que hacían los maridos al salir de la taberna. ¡Ya se corregirá con el tiempo! Últimamente está bastante preocupada. Son muchas las noches que llega tarde y en un estado lamentable. Recordó aquella de no hacía tanto tiempo, que lo tuvo que ayudar a subir a la habitación. Vomitó por las escaleras. Pero era un buen hombre. Aún en aquel estado Martín le pidió perdón por el trabajo que le estaba dando y le juró que no volvería a emborracharse. Ella sonrió. Era casi imposible que pudiera cumplir con su promesa.

Berta se acarició el vientre. Su bebé ya no estaba allí. Y no entendía por qué. Ahora lo recordaba. El bebé salió de su vientre el mismo día que le dijeron que Martín se había ido al cielo, que no volvería nunca más. Que la noche anterior le clavaron una faca en el pecho. Pero sabe que no es cierto, que como tantas otras veces, y aunque esté borracho, llegará a casa y la abrazará y la besará.

Y por eso Berta nunca mira por la otra ventana, la que está alta, la que solo deja ver el cielo. Teme que Martín aparezca entre las nubes con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro

La mujer del cuadro

Liliana Delucchi

Nada más despertarse, Amanda se había sentado frente al ordenador. Transcurridas dos horas, la pantalla continuaba en blanco. Durante ese tiempo se levantó a prepararse el tercer café de la mañana, regó las plantas y ordenó los jerséis por colores. Nada. Ni una sola idea para el artículo que le encargaran en la redacción. ¿Y si voy al mercado a comprar algo para comer y de paso me despejo un poco? Despejarme…, ¿de qué? Quizás del vodka que bebí anoche mientras veía seis capítulos de una miniserie. Cualquier cosa para no pensar en esta vida carente de estímulos. Mejor no rumiar sobre ello, mi terapeuta dijo que debía ser más positiva, ver las cosas bajo un prisma más provechoso. ¡Como si fuera fácil!

El sonido de la llegada de un mail le dio la oportunidad para abandonar una vez más la página en blanco. Se lo enviaba Mayte invitándola a una exposición de pintura junto con la foto de uno de los cuadros: mujer mirando a través de una ventana. Preciosa la pintura. ¿Qué estará viendo esa señora? ¿Despide a alguien o lo espera? Mejor voy a comprar el almuerzo.

Erró por los puestos del mercado sin detenerse en ninguno. De pronto se dirigió al de la carne, no porque le apeteciera o supiera qué cocinar, sino porque allí estaba él, en la cola de la carnicería, el vecino que se había mudado hacía poco a los nuevos pisos frente a su casa.

No sólo era guapo, tenía un halo de misterio de esos que a ella gustaban tanto, una especie de mirada perdida. ¿O será miope? No entendió muy bien qué era lo que él estaba pidiendo a la carnicera, pero se acercó para preguntarle cómo lo prepararía.

El joven la miró desde el fondo de unos ojos verdes brillantes como hojas de castaño humedecidas y le dio una receta que Amanda fue incapaz de recordar.

—Gracias… —dijo ella—, por cierto, soy Amanda.

—Alfonso. De nada, ya me dirás cómo te ha salido.

Y allí terminó el encuentro romántico, porque cuando se le ocurrió cómo continuar la conversación, el vecino pagó su cuenta y con un escueto «hasta pronto», abandonó el local.

Al regresar a casa, no había ocurrido milagro alguno: ningún alma, genio o lo que fuera, escribió su artículo y en la pantalla del ordenador solo encontró la foto del cuadro que le enviara su amiga.

¡La ventana!, eso es.

Entonces recordó que en la buhardilla, junto a un montón de cosas viejas había un telescopio que perteneciera a su abuelo. «No sé qué miraba la mujer de la pintura, pero sé lo que investigaré yo.»

Instaló el aparato frente a la cristalera en dirección al piso del vecino y al más puro estilo de La ventana indiscreta, se dispuso a espiar. Estoy loca, se repetía mientras direccionaba el foco hacia la casa de Alfonso. Y entonces lo vio, sentado en un salón minimalista, frente al escritorio aporreaba las teclas del ordenador. ¿Cómo puede escribir tanto y tan rápido? ¿A qué se dedica?

El segundo encuentro se produjo una tarde en que Amanda corrió escaleras abajo al ver, a través del telescopio, que él salía. Amablemente, Alfonso le preguntó cómo le había salido la comida, a lo que ella contestó que dada su mala memoria y escaso conocimiento culinario, cuando se dispuso a prepararla ya había olvidado la receta.

—Eso tiene solución —respondió el joven— te invito a cenar esta noche y así ves cómo lo hago.

Prácticamente vació su armario buscando qué ponerse para la cita. Finalmente, cuando hubo encontrado algo tan discreto como adecuado, compró una botella de vino y cruzó la calle.

Durante la velada supo que no sólo era soltero (¡bien!) sino profesor de literatura y escritor.

—¡No puedo creerlo! Eres mi salvador.

Y entonces contó que le encargaron un artículo sobre la teoría acerca de que Christopher Marlowe pudiera ser el autor de gran parte de la producción literaria de Shakespeare y…, ella no tenía idea por dónde empezar.

Regresó a su casa con una gran cantidad de libros y estuvo escribiendo hasta el amanecer. Al día siguiente revisó el texto y finalmente pulsó «enviar». Después de una ducha, compró cruasanes. Antes de llamar a Alfonso para invitarlo a desayunar, puso la mesa digna de una cita de película, y fue entonces cuando vio que su «máquina de observar» aún estaba en el salón.

A toda velocidad subió al altillo con el aparato que ahora pesaba mucho, y cuando lo hubo escondido entre un montón cosas inútiles, se detuvo un momento en la puerta, esbozó una sonrisa y murmuró: «Gracias, abuelo».

© Liliana Delucchi

La viuda

Marieta Alonso

En el pueblo se la tachaba de insensible, que sus ojos verdes tan bellos no sabían llorar. Callada y serena ante imágenes que hacían verter chorros de agua al más rudo de los hombres, ella se mantenía imperturbable.

Despidió a sus padres, marido, amigos, sin que aflorara ni una sola lágrima. Iba al cine eligiendo películas tristes y tampoco era capaz de llorar; veía el telediario, los documentales no aptos para la sensibilidad de los espectadores y seguía con el maquillaje intacto.

Solo ante aquella ventana, la que estaba libre de miradas indiscretas, lloraba sin cesar recordando su engañosa vida de casada. Nunca, salvo continuas excepciones, pensó mal de su marido. Ahora, vestida de negro con el pelo recogido en un moño, hasta de espaldas se veían las huellas de su tragedia.

¡Ay, su marido! Era un hombre de cabeza pecadora y cuerpo casto.  Ante ella discurseaba sobre la moral, la necesidad de apaciguar las furias pasionales impuestas por la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los placeres consumados para acabar con que no había que dar rienda suelta a los instintos. ¡Hasta se daba duchas de agua fría para limpiar su mente de pensamientos obscenos!

Así fueron pasando los años: Ella deseando tener hijos y el practicando la castidad. Hoy ante esa ventana maldice la educación que recibió de su madre. Su marido vivió demasiado. Y, a ella, no se le ocurrió poner remedio cuando aún tenía edad de merecer.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

La Anunciación

15 diciembre, 2023 por Akelarre 1 comentario

cuentos sobre La Anunciación

La Anunciación de Santa Catalina de Alejandría

El ángel anunciando a María la Buena Nueva, se halla en la iglesia de Santa Catalina de Alejandría en la ciudad de Galatina, en la zona sur de la provincia de Lecce en la región italiana de La Puglia.

La basílica de Santa Catalina es uno de los monumentos más destacados de arte románico y gótico de esta comarca. Fue construida entre 1369 y 1390 por Raimondello del Balzo Orsini y posteriormente su hijo añadió el ábside.

Lo más importante es su decoración pictórica que cubre con frescos el interior, pintados a finales del siglo XIV por artesanos locales. A María de Enghien, condesa de Lecce y reina de Nápoles, no le gustaron y se rehicieron a principios del XV con artistas llegados de toda la península.

Esta bella imagen ha inspirado cuentos fantasmales, de inciertos ángeles, de un devoto de la Virgen y el de un frívolo turista.

Revelación

Cristina Vázquez

La vieja casona de las montañas

Malena Teigeiro

Narciso

Liliana Delucchi

Mi preferida

Marieta Alonso

Revelación

Cristina Vázquez

¡Ahí va Caterina!, gritaban los niños y jóvenes del pueblo cuando pasaba la chica. Ella siempre iba mirando al cielo, siempre con una sonrisa.
Después de unos meses de su nacimiento, el médico les aseguró que la niña era completamente normal, pero que había algo en ella que a él se le escapaba: un ligero retraso, una manera diferente de evolucionar…

—Yo, señora —dijo el hombre con dulzura—, no tengo conocimientos para este sutil diagnóstico.

La mujer se quedó preocupada por lo de “sutil”. ¿Qué sería ese mal? El médico le recomendó a un colega en el hospital de la vecina ciudad, la importante de la región. Este, después de examinarla con atención, concluyó lo mismo que el del pueblo. Tenía algo especial esa criatura, pero no podía definir qué.

—No se preocupe, señora —sonrió el doctor—. Es una niña preciosa.

Caterina creció con esa aura especial. Tardó en aprender a escribir, las tablas de multiplicar no llegó a memorizarlas nunca, en cambio, tenía un don para la música y para la oración. Nada le gustaba más que aprenderse oraciones y no perderse ninguna festividad o acto que hubiera en la iglesia de Santa Caterina. Todos se acostumbraron a que la chica preparara los jarrones de flores, o se ocupara de planchar los manteles y a su voz cantando plegarias que nadie sabía dónde las pudo aprender.

—Es mi santa —repetía desde pequeña— y yo su ángel.

Pensaron que esas afirmaciones formaban parte de su singularidad, aunque ella lo aseguraba con absoluta certeza y alegría. Al crecer siguió jugando con niños más pequeños y no parecía importarle que los chicos la señalaran por la calle. ¡Ahí va Caterina! Luego añadían adjetivos peyorativos y hasta obscenos cuando se transformó en una hermosa mujer.

En ese diminuto pueblo del sur de Italia, en el que la pobreza y abandono seguía dejando huellas, solo se destacaba dicha iglesia, la de Santa Caterina, que había atraído turistas en los últimos años. Los locales se sorprendían de las exclamaciones de admiración que despertaba. Ellos estaban acostumbrados a oír misa o ir a los funerales rodeados de esas pinturas que cubrían las paredes.

Un día en que barría la Iglesia mientras cantaba su extraña música, un hombre extranjero —para los de pueblo todos eran ingleses, aunque fueran de otra nacionalidad—, se quedó maravillado de la voz y la belleza de la joven. Sacó fotos de los frescos de las paredes y también de ella. Cuando el hombre las reveló se dio cuenta de que había una de Caterina al lado del ángel de la Anunciación y concluyó que eran idénticos. Si esa pintura fuera reciente no hubiera dudado que había sido la modelo para esa figura. Los mismos rasgos, la misma entrega, exacta cara de inocencia y beatitud. Amplió la imagen y se percató de que en el suelo había unas levísimas plumas que parecían escapadas de la pintura.

Volvió a la iglesia con la intención de comprobar su descubrimiento que le había llenado de un extraño anhelo. Una mezcla de sorpresa y de esperanza lo mantuvo inquieto hasta que llegó. Preguntó por ella y no le contestaron. ¿Quién era ese extraño que preguntaba por la chica? ¿Qué querría? ¿Podrían sacar algo de él?

El hombre se sentó en las escaleras de entrada a la iglesia hasta que oyó la voz de la joven. ¿Por dónde habría entrado? Golpeó la puerta varias veces, pero no cedía y los hombres del pueblo se fueron acercando a él rodeándolo en una silenciosa y compacta amenaza. Comprendía que era absurdo lo que estaba haciendo y trató de enseñarles las fotos y que entendieran lo que él veía, pero sus miradas eran obtusas, airadas. Por un momento sintió un miedo atroz. Empezó a ver algunos brillos de navaja, y supo que sus explicaciones no las entenderían nunca, como él tampoco debió entender el código de esos hombres.

Cuando el filo de un cuchillo brilló en el aire, la puerta se abrió y apareció Caterina.

—Yo soy el ángel de la Santa y este hombre es sagrado.

Su voz sonó con una resonancia arcaica y los miró a todos con su sonriente semblante. Cogió al hombre del brazo y entró con él a la iglesia.

© Cristina Vázquez

La vieja casona de las montañas

Malena Teigeiro

Paola y yo nos conocíamos desde que ella entró en el colegio. Y en cuanto conseguimos nuestro primer trabajo, nos casamos. Justo unos días después de volver del viaje de novios, Paola recibió la carta de un notario italiano. Decía ser el abogado de la familia de su padre, y, por tanto, el encargado de entregarle los bienes que, como única heredera, le correspondían. En la carta le rogaba que se pusiera cuanto antes en contacto con él. Después de comprobar que aquel despacho de abogados existía, Paola, que nunca había sabido que sus padres tuvieran propiedades en Italia, le contestó que aprovecharía los últimos días que nos quedaban de las vacaciones para visitarlo.

Al día siguiente partimos para Bari. Una vez instalados, lo primero que hicimos fue concertar la visita con don Giulio Lombardini. Nos recibió al día siguiente. Su sonriente y acuosa mirada nos sonreía. El hombre, sorprendido ante el desconocimiento que de sus orígenes tenía, le contó a mi mujer su procedencia, así como el motivo por el que su familia se había ido a España, que no fue otro que huir de la Gran Guerra.

Entre una especie de molesta tristeza por la historia que sobre su familia le contó el señor Lombardini, y la alegría por la fortuna con la que de repente se encontraba, firmó la recepción de todos los bienes. Rápida, y sin dejar de signar los documentos, Paola le pidió que pusiera a la venta todos los inmuebles. Don Giulio, después de clavar la mirada en su ayudante, dijo que antes de tomar esa decisión, la llevaría a conocer la casa de sus ancestros. De acuerdo, replicó mi mujer, pero hagámoslo esta misma tarde si no le importa. Apenas podemos quedarnos un par de días.

Después de algo menos de dos horas de viaje por solitarias carreteras, llegamos hasta una antigua y alta muralla. Don Giulio, aparentemente emocionado, esperó en el coche hasta que el conductor abrió el portalón. Al final de un camino rodeado de cuidados jardines, estaba la casa, que sin ser un castillo como los españoles ni un palacio como los italianos, era una especie de mezcla entre los dos. Guardando el más escrupuloso silencio, entramos en un fresco zaguán de piedra. Visitamos salas, dormitorios, subimos y bajamos escaleras, y recorrimos largos pasillos. Todo el mobiliario en aquella casa parecía tener varios siglos. Sin embargo, a ambos nos llamó la atención que estando deshabitada, se encontrara tan cálida y limpia.

—Es evidente, señora, que esta casa no se puede vender. Ella y su servicio viven aquí —rompió el espeso silencio la voz del anciano al entrar en lo que parecía ser la sala principal.

Mi mujer se giró hacia don Giulio y arqueando las cejas preguntó: ¿Quién es ella? Él, a pesar de la oscuridad que ya reinaba en la habitación, señaló un cuadro, no muy grande, de un Ángel, al que la poca luz arrancaba brillantes rayos al oro de las alas.

Paola se dejó caer en un frailuno. Estaba pálida, y sus ojos, siempre alegres y pícaros, miraban el cuadro asustados. Me acerqué y le coloqué las manos sobre los hombros. Cuando dirigí la vista hacia aquella pintura, lo comprendí. El rostro del ángel era el de una joven mujer, y esa joven era igual, exactamente igual, que Paola.

En el automóvil de vuelta los dos hicimos el viaje en silencio, silencio que aprovechó don Giulio para contarnos que en el siglo XVII, el dueño de todo aquello le ofreció a Nuestra Señora de la Anunciación que pintaría un fresco en su honor si conseguía que su esposa le diera un hijo. Nueve meses después repicaron las campanas anunciando el nacimiento de un varón. Aquel niño fue amamantado por una joven cuya pequeña hija, tenía la misión de jugar con él. Pasados unos años el pequeño contrajo una extraña enfermedad. Su padre, recordó la olvidada promesa y se apresuró a poner los medios para cumplirla.

El caballero, que tenía como amante a la madre de la compañera de su hijo, exigió que su manceba posara como modelo de la figura del Ángel anunciador. Entre chanzas y bromas, ésta posó cubriéndose el pecho con los brazos. Lo que no quiso ocultar el pintor fue la mirada pícara de sus ojos negros ni la sensualidad de sus hermosas facciones. Cuando colgaron el cuadro que serviría de muestra para hacer el fresco en la iglesia, mientras su marido admiraba la pintura, su esposa comenzó a temblar. De pronto, se giró y se dirigió a la puerta. Desde allí, castigó la arrogancia de aquella manceba y de su esposo con una maldición: Ni vivos ni muertos, los espíritus de los dos, así como los de sus criados, podrían salir de la casona. Luego recogió a su hijo y a la niña de la manceba, y se fue.

Pasaron los años y aquellos dos niños, de los que usted es la última descendiente, contrajeron matrimonio. Acababa de decir estas últimas palabras cuando llegábamos a la puerta de nuestro hotel. Allí don Giulio le entregó a Paola las viejas llaves y los antiquísimos títulos de propiedad. Y haciendo una leve inclinación de cabeza nos deseó buen viaje de vuelta.

Paola me despertó. Estaba totalmente vestida. Con la voz entrecortada me pidió que la llevara a la casona. Siguiendo su deseo y sin atreverme a preguntar qué era lo que quería hacer allí, conduje hasta la antigua propiedad. Al llegar, ella se dirigió directamente al bargueño que se encontraba debajo del retrato del Ángel. Encima de él dejó las llaves y las escrituras. A continuación, arrancó una cortina. La dejó delante del mueble y le prendió fuego. Luego continuó quemando las otras colgaduras. Todo era tan viejo y estaba tan seco, que rápidamente la habitación se convirtió en una pira.

Ya los dos fuera de la casa contemplábamos las rojas y furiosas llamas mientras horrorizados escuchábamos fuertes alaridos entre su crepitar.

© Malena Teigeiro

Narciso

Liliana Delucchi

—Buenos días, señor.

—¿Ya es de día? ¡Cielo santo! ¿Qué hora es? —Preguntó el joven restregándose los ojos—. ¡Por Dios!, Fermín, no hagas tanto ruido al descorrer las cortinas, me da dolor de cabeza.

—Lo siento, su señoría. Le he traído un café, por si lo necesita antes de tomar el baño —respondió el ayuda de cámara mientras dejaba una bandeja sobre la mesilla—. ¿Qué tal ha sido su viaje por Italia?

—Agotador. Recuérdame la próxima vez que invite a una chica a ir de viaje, que antes me asesore un poco más sobre su personalidad —suspiró con desgana Beltrán mientras se ponía la bata que le alcanzaba su criado. —Dolores es muy bella, pero agotadora.

Ante el silencio de Fermín, con una sonrisa cómplice, continuó:

—No es lo que estás pensando, para eso tengo resuello de sobra —sonrió ante su propia gracia—, es que ésta es de las intelectuales. Viajera, como dijo ella. Me arrastró por todos los museos e iglesias que pudimos encontrar.

Y, de pie ante el espejo, mientras contemplaba con admiración su propia figura, siguió con su monólogo:

—Fíjate que me llevó hasta un pueblo perdido que se llama Gelatina, en la provincia de la pulga. ¡La pulga! —Soltó una sonora carcajada antes de agregar—. Esos italianos están locos, también podrían haberla nombrado mosca o, mejor, garrapata.

—Me temo, señor, que es el pueblo de Galatina, en La Puglia. He estado allí. Hay una pintura muy hermosa sobre La Anunciación en una iglesia cuyo nombre no recuerdo —corrigió Fermín mientras recogía el pijama de su patrón.

—No te preocupes, aunque me lo digas, dentro de cinco minutos lo habré olvidado —respondió el señorito—. Pero es cierto lo que dices, ese ángel era muy bonito y la tal Dolores quedó consternada ante su belleza. Creo que hasta se puso a rezar.

Beltrán pronto se olvidó del ángel, de la joven y de Italia para ordenar que le prepararan la ropa de montar.

Después del baño y ya vestido, volvió al espejo ante el que se detuvo unos instantes, mirándose de frente y de perfil.

—¡Sin cuerpazo que está el niño! —dijo orgulloso.

«Parece Narciso, pensó el criado, solo que no tendré la suerte de que se ahogue. Éste se mira en todos los cristales con los que se cruza, no en un estanque. Bueno, tan imbécil no es.»

Antes de salir de la habitación, Beltrán se acercó a los ventanales para contemplar los extensos prados de su propiedad. «¡Sin finca que está el niño!», caviló arreglándose la corbata.

—Fermín, he cambiado de opinión. En vez de un paseo a caballo iré a visitar a mi hermana al convento. Búscame un traje elegante pero sobrio, no es cuestión de hacer alarde de belleza ante las monjas —ordenó.

«Tú no has sido ni has estado sobrio en tu vida» cruzó por la mente del sirviente, aunque de su boca salió un: «Inmediatamente, señor».

Cuando Beltrán regresó por la tarde, su criado, que lo estaba esperando en el vestidor, le preguntó cómo había sido el encuentro con su hermana.

—Fíjate, cuando llegué al convento y pedí verla, una monja muy amable me dijo que era imposible, ya que en ese momento mi pequeña se estaba casando con Dios.

Se acercó al espejo y, abriendo los brazos ante su propia imagen, repitió: —¡Se estaba casando con Dios! ¿Te das cuenta, Fermín? ¡Sin cuñado que está el niño!

© Liliana Delucchi

Mi preferida

Marieta Alonso

Hay tantas Anunciaciones como días tiene el año. Es un decir, puede que haya muchas más, porque ha sido uno de los temas más frecuentes del arte cristiano. Que si Murillo, Botticelli, da Vinci, Caravaggio… Eso me lo contó don Anselmo, el cura de mi aldea, que se las da de sabio.

Se tuvo que quedar callado cuando le solté que ninguno de esos tíos superaba a Pancho. Sí, ese que nació en nuestra aldea con el don de la creatividad. Con papel y carboncillo te hace lo que le pidas. Me fui a buscarlo.

Y cuando le mostró el cuadro que ya quisieran muchos pintar dejó al cura con la boca abierta. Este sí que destaca el momento en el que el ángel Gabriel anuncia a María que va a ser madre de Jesús.

Y punto en boca que se lo digo yo, amenacé al de la sotana.

La verdad es que no soy de mucho rezo, pero a mi Virgen que no me la toque nadie. ¡Ya tuvo que pasarlo mal la pobre mujer! Se habla de ella en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles… Y ya tiene mérito que sea la única mujer nombrada en el Corán, setenta veces nada menos.

A veces me pregunto si Ella sabía lo que se le avecinaba cuando contestó aquello de: «He aquí la esclava del Señor…».

Toda mi vida he sido pescador, y si a esa palabra se le quita la «s» pues eso también lo soy. Yo no me hablo con los santos, pero con mi Virgen estoy todo el día de parloteo. Y es que mi madre se llamaba María a secas, mis hermanas María de la Vega, María del Carmen, María del Val, María del Rosario… y mis hijas Miryam y Maryam. Y por si no lo han adivinado me llamo Mariano y cada vez que le pido algo a la madre de Jesús me lo concede. Por algo será, ¿no?

¡A callar don Anselmo!

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Sí, no, tal vez…

15 mayo, 2021 por Akelarre 5 comentarios

Sí, no, tal vez… Alex Kirschner
Sí, no, tal vez… Acrílico sobre tabla (1994) - Álex Kirschner

Sí, no, tal vez… de Alex Kirschner

Por aquel entonces andaba yo dedicado a observar lo fugaz, esos momentos en los que atrapamos o nos dejamos atrapar, o no, por un acontecimiento mínimo, casi imperceptible, rápido, así como a observar esos gestos cotidianos, aparentemente repetidos, que, dependiendo del momento y el lugar donde se producen, propician, o no, en el infinito mundo de lo posible, una vivencia singular.

Alex Kirschner

Álex Kirschner es un pintor y escultor español que transmite a su obra limpieza en un inquietante cruce de lenguajes. En ambos campos, el artista alude siempre a la intimidad en su más amplio concepto, proporcionando una seducción tranquila y serena.

Esta pintura ha encendido la imaginación de nuestras cuentistas al indagar en recuerdos escondidos tras la dulzura de un abrazo al compás de un vals, juegos furtivos con encajes de colores, encuentros clandestinos a través del tiempo o la metamorfosis acaecida en un joven a causa del amor. Un mundo de sutiles alusiones al impulso generado por la pasión que, presente o pasada, forma parte de nosotros.

La primera noche

Cristina Vázquez

Siempre hay un lugar para soñar

Malena Teigeiro

Metamorfosis

Liliana Delucchi

El baile de ayer

Marieta Alonso

La primera noche

Cristina Vázquez

A mi querida amiga Carmen M.

Sí, o no. Sí, o no. Clara dudaba qué hacer. La luz del crepúsculo entraba a través de las cortinas entrecerradas. Se hacía tarde. Miró la hora en el reloj digital que estaba sobre la mesilla de noche. Tarde para qué, se dijo, si ya no la esperaba nadie. Era casi como un movimiento reflejo el mirar el reloj y sentir un picotazo en el estómago. No quería que su marido se impacientara.

La habitación resultaba pasada de moda con las cortinas de terciopelo, las alfombras a los lados de la cama un poco deslucidas y los muebles de caoba barnizada. Habían elegido ese hotel porque fue el primero al que se atrevieron a ir. Eran dos jóvenes transgresores de la moralidad de la época, o eso creían, zafándose del control de recepción.

Un ronquido suave y continuo era el telón de fondo de sus pensamientos. Eduardo dormía. Se sentó en la butaca recibiendo los últimos estertores de luz y rememoró de una manera amable y algo confusa, las veces que había estado con él en este sitio. Muchas. Tantas que por más que quisiera celebrar todas en su memoria, estaba convencida de que era un ejercicio condenado al fracaso.

La primera, inolvidable. Jóvenes, creyéndose audaces, con una emoción en las manos que hizo imposible que Eduardo le desabrochara el sujetador, ni la falda. Fue el primer conocimiento que tuvieron el uno del otro. Conocimiento que fue aumentando con el paso de los años.

Él, al terminar la carrera, se tuvo, más bien se quiso ir a estudiar fuera y Clara esperó que le propusiera irse con él. Pero no lo hizo. Estaba lleno de ilusión y ambiciones personales, y ella se quedó. No pudo evitar pensar que había sido la chica fácil que arrinconaba el brillante y atractivo arquitecto en que se había convertido. Nunca olvidaría las palabras ni la cara de airada cobardía con que le confirmó.

—Clara. Somos demasiado jóvenes para un compromiso tan serio.

En su voz surgió el mismo temblor que en sus manos la primera vez que fueron al hotel, pero en sus ojos apareció una expresión de premura por irse. La luz de poniente a su espalda, igual a la de ahora, le daba unos reflejos sobre el pelo rubio que le recordó un cuadro que tenía su madre del Ángel de la Guarda. Dos años pasaban rápido, claro que podía visitarle, aunque no sería fácil. Al despedirse le recomendó desde la plenitud de su licenciatura que se esforzara en terminar sus estudios. No era el fin del mundo, Clarita.

—Te queda mucho por vivir todavía —le pasó una mano por la cabeza como si la infundiera de un casco de sabiduría.

Él se fue. Clara estuvo tres meses sin querer ir a ningún sitio, bajo la preocupada mirada de sus padres y el cuidado de un conocido psiquiatra. A los tres meses renació como el Ave Fénix, le aseguraba su madre, una mujer culta, amable y que no quería profundizar en ningún tema excesivamente personal. Siempre se arrepentía uno de escarbar demasiado en el otro, afirmaba con una sonrisa afectada. En los siguientes cinco años no supo nada de Eduardo. El océano que les separaba pareció difuminarlo en una sombra azul.

Ella acabó su carrera, empezó a trabajar y se casó con Gabriel. El mejor marido y una buena boda, sentenció la madre que temía que esa hija volviera a recaer, o a descarriarse. Una tarde lluviosa la oyó decir a una amiga que Clara era demasiado emocional, muy frágil y Gabriel lo más adecuado para atemperarla. Menos mal que el otro está lejos, que si no…

El otro volvió casado con una americana decidida y rubia que hablaba el español con voluntad marcial. No dejaba pasar una palabra que no entendiera y pretendía hacer chistes a los pocos meses y a los pocos meses fue su reencuentro. Igual que si el tiempo de ausencia de Eduardo se hubiera quedado congelado en una nube, volvieron a verse con la naturalidad de antaño. Las confusas disculpas de él, de cómo pudo marcharse sin ella, cuánto la había echado de menos, era el auténtico amor de su vida, a Clara le resbalaban en un dulce abandono. Durante años se siguieron reuniendo, normalmente en este hotel.

—Bienvenidos señores de Ceballos. Es siempre una alegría verlos —decía zalamero el recepcionista.

Las primeras veces a Clara le molestaba el tono burlón que creía descubrir en sus palabras. Luego, ya ni lo oía. Y ahora, mientras la luz declinaba marcando en sus pies desnudos unas sombras equívocas, pensó que después de veinte años, ella viuda y él divorciado, habían decidido no vivir en la misma casa. Demasiado peso en las mochilas de sus vidas.

Por fin decidió quedarse. Se abrochó el sujetador y en vez de vestirse se puso el albornoz y se tumbó en la cama junto a él que seguía medio dormido. Ya no tenía el pelo rubio sino escaso y entrecano, su figura se había vuelto más lenta, aunque aún guardaba el entusiasmo por su profesión y por ella.

—Nunca hemos dormido juntos una noche entera—le susurró Eduardo abrazándola.

Ella afirmó con la cabeza. Nunca. Clara pensó qué raro le resultaba no sentir el picotazo en el estómago al llegar a una hora. Ya no importaba. Nadie la esperaba en casa y sintió una antigua ternura que había enterrado mucho tiempo atrás.

© Cristina Vázquez

Siempre hay un lugar para soñar

Malena Teigeiro

Ya nada era como antes. Los años pasaron para todos y para ella también. Y aun viviendo casi feliz, nada era lo mismo. ¿Me comprende? Revoloteó una mano. A su edad ¿a quién no le llegó la incontinencia? Y cerró los ojos elevando ligeramente los hombros. Al menos ella gozaba con el recuerdo de las noches de risas, bailes y baños en la playa a la luz de la luna. ¡Qué noches! Y repitió el gesto, pero esta vez sonriente. Siempre terminaban detrás de las barcas. Entonces la vida era fácil. Buscaban el sol, la sal, y todo lo demás llegaba sin que se dieran cuenta. Amó a Carlos, a Vicente. Quizá también a Juan, aunque de este no estaba segura. ¡Bebió tanto en aquel tiempo! En cambio, sí recordaba el desprecio infringido por Paco. A pesar de causarle dolor, estaba satisfecha de no haber caído. Ciertas cosas nunca le parecieron bien y no estaba dispuesta a hacerlas por mucho que estuviera enamorada. Sin embargo, el muy sinvergüenza desde esa noche se dedicaba a criticarla, y según le contaron incluso se mofaba de ella. Eso, la verdad, sí que le dolió. No estuvo bien.

Y ahora… ¡En fin, qué le iba a contar que no supiera! Algunas dificultades por su manera de ser, pasaba. Eso no lo iba a negar. Por ejemplo: estaba lo del sujetador. Nunca lo he utilizado. Eso fue lo que le dijo a su compañera de habitación que con asombro contemplaba su dificultad al abrochárselo. Claro está que ella no tenía por qué conocer que era la primera vez. Siempre tuvo los senos fuertes. Y aunque seguían sin gustarle, allí la obligaban. Eso sí, se negó a ponerse los de cuerpo entero. Su cuerpo encorsetado como en la edad media. No. Por ahí no pasaba.

Un día entró a trabajar una nueva cuidadora, Antonia, una morenita muy graciosa y bastante pícara. Poco a poco se hizo su amiga y fue entonces cuando consiguió que le comprara unos de colores con puntillas y encajes. El último Fin de Año le llevó uno rojo con las braguitas a juego. ¡Cómo se rieron las dos! Y se lo puso para la cena. ¡Qué horror de cena! Ni tan siquiera en la de Fin de Año cambiaban el menú: Sopa de fideos y merluza hervida. La única fiesta para los que esperaron hasta las 12 campanadas, fue brindar con sidra. Los otros, casi todos, la mayoría mujeres, aburridos, se fueron a la cama.

Su compañera de habitación, bruja envidiosa, fue contando a unas y otras que llevaba ropa interior de colores. Como las de las furcias, y me dicen que al pronunciar estas palabras arruga la nariz como si oliera mal. Y que la noche de Fin de Año la llevaba roja con puntillas bordadas con lentejuelas. Desde entonces, cada vez que su silla de ruedas pasaba al lado de alguna de sus compañeras, estas, turbadas, bajaban la cabeza. ¡Pobres! Le daban lástima. Aunque en el fondo le importan bien poco sus sentimientos. Si la envidiaban, ¡qué le iba a hacer! Esta vez su compañera de habitación, Solita, el nombre le iba perfecto: hija única, soltera, pacata… Pues bien, Solita nunca supo el favor que le hizo. Enseguida le cuento. Verá. Gaspare, uno de los nuevos, bien plantado con barba de dos o tres día, y mirada de las que te hacen llevar la mano al corazón, se le acercó. Comenzaron a charlar y congeniaron tanto y tan bien, que ahora todos los miraban con envidia. Ya me dirá usted, si no es por envidia, por qué nos iban a criticar tanto. A ellos no les importó.

Uno a otro, se contaron la vida, y si bien no coincidieron en las mismas playas ni en las mismas ciudades, vivieron algo parecido. Él desde luego, fue mucho más… Digamos que valiente. Sin embargo a ella nunca le gustaron las mujeres. Su único vicio fueron los hombres, rio divertida. Desde el instante en que se le acercó, se alegraban jugando a jóvenes. Me comprende, ¿verdad? Y la mirada de la anciana se alejó, quizá soñando pícara. De pronto se dio una palmada en el muslo. Nada era ya lo mismo. Y levantó la mano haciendo sonar los múltiples aros plateados que le adornaban la muñeca. Además, sus regocijos tienen el punto divertido de la clandestinidad. ¿Qué por qué? Pues porque les daba miedo que los descubrieran. No se puede hacer idea de cómo eran los directivos de la residencia en esos casos. Pero ellos tienen mucho cuidado en no demostrar nada en público. Y desde que consiguieron la ayuda de Antonia, quien les deja sin llave la puerta de la sala de lencería, se lo pasaban bien. Lo único que empañaba su goce era un temor: Si se enteraban los mandamases de la residencia, con tal de salir en los periódicos los casan, y ninguno de los dos estaba dispuesto a perder una de las pensiones. ¡Faltaría más!

© Malena Teigeiro

Metamorfosis

Liliana Delucchi

A nadie le importa un joven desgarbado tomando su almuerzo en el banco de una plaza. La gente camina como si no estuviera, como si formara parte del mobiliario urbano. Durante el descanso, antes de regresar a mi puesto de trabajo en la oficina de correos, contemplaba la vida alrededor: Mujeres con su carro de la compra, abuelos y nietos en los columpios, estudiantes haciendo novillos...

Hasta hace un tiempo fui transparente. Para los clientes que se acercaban al mostrador a dejar una carta o recoger un paquete, para los carteros al depositar correspondencia o amontonar sacos en sus vehículos y, sobre todo para mi jefe, un presuntuoso para quien dirigir esa estafeta era comparable a ser el CEO de una multinacional.

La agencia se encuentra en una esquina y, gracias a que el mostrador da a la calle principal, por sus ventanales habitualmente sucios, entra un poco de claridad sobre los montones de papeles acumulados. El resto de la estancia sucumbe a las sombras de carpetas con facturas, notificaciones o algún aviso de recogida de un paquete cubierto de polvo, en espera de un dueño que nunca aparece.

Todo cambió una mañana oscura cuando la niebla llegaba hasta los anaqueles del cubículo. Se abrió la puerta y se hizo la luz. Entró en la oficina una sonrisa seguida de una mujer con todo el sol ausente en el lugar. El verano llegó con ella, aunque el termómetro asegurara otra cosa. Sentí calor.

Se dirigió a mí mostrando una dentadura perfecta y con voz suave preguntó por su marido. ¡No era posible! Era el fofo de don Miguel, ese de los bigotitos años cuarenta con calva incipiente que ocupaba el despacho en cuya placa, siempre pulida, se leía: Director.

No sentí envidia, solo pena por aquel ángel de suavidad y modales dignos de una reina. Me agradeció que la acompañara hasta el escritorio de la rana que nunca se convertiría en príncipe. Volví a mi puesto reafirmado sobre la injusticia de la vida. De nada sirvió salir a correr, telefonear a los amigos ni enfrascarme en una novela. Ella se colaba entre los pinos, las voces de compañeros o los personajes del libro.

Nuestro encuentro fortuito se produjo unas semanas después. Un atardecer cuando decidí regalarme alguna exquisitez para cenar, como los personajes de una serie de la que no me pierdo capítulo. Era la necesidad de sentirme especial, dejar de ser por un momento el joven celofán cuenta-monedas.

Aunque estaba de espaldas, la reconocí. ¡Cómo no hacerlo! Esa melena cobriza que inundó con su fragancia el cuchitril con moho en las paredes por donde mi vida transcurría de ocho a tres. Contemplé su porte elegante y suaves movimientos a través del cristal de la tienda de delicatesen. Abrí la puerta y con la voz más varonil que supieron lanzar mis cuerdas vocales dije «Buenas tardes». Se dio la vuelta para contestar el saludo, en vez de ello me sorprendió con un «¡Es usted!».

Recorrimos juntos el local en busca de productos y terminé gastando más de lo previsto. Pero valió la pena. Estar a su lado, hablar de combinaciones posibles para degustar, del tiempo o del resultado del euromillón… Fue como ingresar a un paraíso sin billete de entrada.

A ese encuentro casual siguieron otros, algunos accidentales y otros no. Estos últimos forjaron una amistad que terminó en mi apartamento una tarde de primavera. Verla por primera vez en ropa interior, como la de los anuncios de las marquesinas, me hizo sentir que los sueños pueden hacerse realidad. Sin embargo, para mí no era comparable, era ella quien llevaba los encajes, trasluces adivinatorios de formas de diosa que yo, humilde mortal, podía disfrutar. Un mundo de sutilezas, ondulaciones y temblores inundaban la estancia habitualmente anodina. Nos acercábamos al balcón; a través de las cortinas un paisaje de árboles y tejados vestían nuestra desnudez. Las risas y los juegos se alternaban en una sucesión interminable.

Dejé de ser transparente. Los clientes habituales de la estafeta empezaron a llamarme por mi nombre, los carteros me pedían las cosas por favor o daban las gracias, y hasta don Miguel me trataba con amabilidad. Una mañana, frente a la máquina del café, el jefe habló de su felicidad, pues su esposa, atribulada durante años, había encontrado su verdadera afición: Todas las tardes iba a clase de cerámica. Sonreí pensando en lo bien que moldeaba la señora.

Cada atardecer, cuando desde la cama la veía abrocharse el sujetador, prolegómeno de su partida, solo pensaba en retener esa imagen, seguro de volver a contemplarla. Aun hoy, cuando el sapo ha desaparecido de nuestras vidas y ocupo su despacho, al ver su espalda y sus manos lidiando con esa prenda, sonrío porque sé que mañana ocurrirá lo mismo.

© Liliana Delucchi

El baile de ayer

Marieta Alonso

El cielo amaneció llorando. No podremos ir al parque, pronosticó la abuela. Los chicos se miraron entre ellos con picardía, y la convencieron que entre los chubasqueros, las botas de agua y las mascarillas no se mojarían. Ya veremos, respondió y se fue a vestir.

En la calle charcos de distintos tamaños soñaban con llegar a ser lagunas, las lagunas con ser ríos, y los ríos con la mar. Nunca se está contento con lo que se es. Eso lo aprendió de la vida.

Ella, por la acera con su bastón, y los niños chapoteando por la calzada llegaron a su destino. Se entretuvo en buscar al mendigo, que tocaba la flauta, resguardado en los soportales de la plaza Mayor. Su tonadilla era alegre, invitaba a bailar.

Cada vez que lo oía, se le iban los pies tras las notas. Su cuerpo ya no era el de antes, en cambio, su mente parecía tener veinte lustrosos años, con las mismas ansias de vivir, de soñar, de juguetear con el amor. Recordó aquella vez que sintió una mano ligeramente ahuecada en la espalda y voló por los aires en una floritura que hizo que la falda se desplegara. Enseñó algo más de lo debido. Solo duró un instante, menos mal, si hubiese durado una eternidad las habladurías seguirían sonando. Nunca olvidó aquel vals del Emperador, ¡Ay, Strauss! ¡Qué cosquilleo!

Eran tiempos en que no tenía necesidad de usar sujetador. Los escotes de sus vestidos se mantenían firmes, insinuantes, seductores, mientras atraían todas las miradas.

Un grito infantil la sacó del ensueño:

¡Abuela! ¡Despierta! Mi hermano no para de saltar en los charcos y me salpica con el agua sucia.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Falenas

15 febrero, 2021 por Akelarre 4 comentarios

Invitadas-Museo-del-Prado-SLIDEok

Falenas de Carlos Verguer Fioretti

El pintor y grabador español formado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que realizó esta sugerente, evocadora y provocativa pintura, la nombró Falenas, como las pequeñas mariposas nocturnas, irremediablemente atraídas por la luz y el fuego. El pintor asocia estas humildes mariposas con las mujeres que, como ellas, viven bajo los haces de la luz nocturna.

Y persiguiendo el vuelo de estos pequeños y humildes lepidópteros, los cuentos que este mes hilvanan nuestras escritoras, describen la desesperación de una esposa hastiada, la consecuencia de unos zapatos pequeños, la rápida reacción de una madre y  el camino de un ramito de violetas que, como las falenas, recorren la noche ofreciéndose como acompañantes tanto debajo de la luz de una farola como en lujosos salones de moda.

Paquita

Cristina Vázquez

Bañeras perfumadas con sales de rosas

Malena Teigeiro

Cuestión de pies

Liliana Delucchi

Su tormento

Marieta Alonso

Paquita

Cristina Vázquez

—Paquita, eres Paquita ¿verdad? —los ojos de la mujer que lo decía parecían canicas incendiadas.

A la que llamaba por este nombre, se giró despectiva y en un francés embravecido de erres, le contestó que estaba equivocada, su nombre era Francine, y que hiciera el favor de no molestarla. La música de fondo un tanto ruidosa obligaba a las dos mujeres a hablar en un tono alto. La primera insistía con torpeza que ya podía decir lo que quisiera, pero que a ella no le engañaba que era la famosa Paquita de la que hablaban en el pueblo. Francine miraba a otro lugar como si no entendiera lo que le estaba diciendo. Se acercó al oído del hombre sentado a su lado en la mesa.

—Qué horror estos españoles —le susurró en su exótico francés—. En seguida te confunden.

Francine afirmaba que era hija de un diplomático egipcio y por eso tenía ese peculiar acento que hacía difícil reconocer su origen. Mucho tiempo y ensayos con un profesor de lengua, al cual, en vez de cobrarle sus desahogos, le pedía que le enseñara a disimular su terrible pronunciación. El profesor, un joven de poca experiencia amatoria pero buen criterio de enseñante, le sugirió que en vez de disimular su crudo deje español lo marcara con más ahínco. Y así había conseguido hablar de una manera sencillamente exótica.

La aparición de esta compatriota en el cabaret Burlesque, lugar de moda en Lyon, con la osadía de llamarla por su nombre de pila con esa desfachatez, la dejó desarmada. ¡Paquita!, con el tiempo y el esfuerzo que le había costado hundir ese nombre y esos recuerdos. La mujer que la había llamado así permanecía un poco apartada de ella comentando con otra chica y sin quitarle la mirada de encima. Un doble sentimiento de rabia y piedad la empezó a invadir.

Monsieur Lascagne, el hombre con el que compartía mesa y otros quehaceres, era uno de sus acompañantes más antiguos y habituales. En ese momento le hablaba de cómo iba la bolsa y del bolso de cocodrilo que le iba a regalar a su mujer y a ella. Ya sabía, ma cherie, que él por encima de todo era justo. Bolso en casa, bolso aquí y cambiaba la mano de sitio para señalar dos lugares precisos sobre la mesa. Aunque el suyo iba a ser un poco más lujoso con un cierre de piedras semipreciosas.

—De ágatas, como tus ojos —le confesaba bien repantigado en su silla atufándola con su puro.

Francine le miraba con sonrisa beatifica y la sorpresa prendida en los ojos. Esta combinación no fallaba nunca. A los hombres les encantaba sorprenderte y que te entusiasmaras con sus afirmaciones por necias que fueran. Llevaba ya muchos años de profesión, pero la aparición de esa desvergonzada, que permanecía con la otra chica a su espalda, a las que podía oír su chismorreo sobre ella, la estaba empezando a inquietar. Se vio reflejada en esa golfilla con pretensiones. Monsieur Lascagne se giró para mirarla y le preguntó quién era esa chica tan joven y tan guapa que parecía conocerla.

—Tiene un aire a ti cuando eras joven —Francine sonrió con toda la falsedad de la que era capaz—. ¿Por qué no me la presentas?

—No la conozco y no sé quién es —pero una duda desalentadora empezó a cuajar en ella.

Imposible. No podía ser, demasiada casualidad, se decía mientras dejaba de atender a la charla del orondo caballero, y se iba a estos pensamientos que la empezaban a sacudir. Imposible, ella mandaba el dinero para que la niña estuviera en las monjas educándose. Hacía menos de un mes que le mandaron noticias de ella asegurándole que estaba bien y que era estudiosa. La última foto era del año anterior, pero la idea como una serpiente insidiosa se iba enroscando en ella, con la sensación de que acabaría estrangulándola. Se dio la vuelta con brusquedad para verla y entonces tuvo la certeza. El mismo gesto desafiante, la misma sonrisa ladeada e igual forma de apoyarse en la cadera. Mientras oía al baboso acompañante insistiendo en conocer a la niña esa, tan parecida a ti, que sería como un sueño revivir esos primeros años juntos.

La mujer se levantó, le dio un beso en la frente al hombre y se acercó a la joven a la que cogió de un brazo.

—Además de Paquita, soy tu madre y te vienes conmigo ahora mismo. Mañana tú y yo cogeremos el tren de vuelta.

© Cristina Vázquez

Bañeras perfumadas con sales de rosas

Malena Teigeiro

Con la juventud acabada entre las aguas perfumadas con sales de rosas de las bañeras de los hoteles más lujosos, Babette vio amanecer. La lechosa luz se colaba entre las rendijas de las cortinas, mezclándose con la de las velas rojas que adornaban la mesa. Siente que hace ya horas que el humo del cigarrillo que le enrojece los ojos, se le queda pegado al paladar.

Desde muy pequeña Babette se llevaba del puesto de su madre en el mercado de las flores, los ramilletes de violetas para luego venderlos a los elegantes caballeros que salen del teatro de la ópera. Y fue uno el que, al dejarle las monedas en la palma de la mano, fijó en ella sus negros, brillantes y emocionados ojos, haciéndola estremecer. Sus apenas quince años fueron incapaces de ver la sordidez del oscuro deseo de lo que Babette entendió como pasión.

Durante varias noches se buscaron y cuando los últimos asistentes a la función desaparecían, escondidos entre las columnas, ellos se llenaban las manos de caricias. Luego, al amanecer, después de un largo y apasionado beso, se despedían.

Aquella noche, y aunque ella percibió que la luz despejaba el cielo, él continuaba besándola sin parecer importarle el tiempo. De pronto, se separó y peinándose con los dedos los descabalados rizos, la invitó a desayunar. Cogidos de la mano corrieron hasta un café que no cerraba en toda la noche. Sin soltarla, André se dirigió directamente al fondo de la sala. A un velador de mármol blanco, con una copa de coñac entre los dedos, estaba sentado un caballero de cierta edad. Se lo presentó como un amigo de su padre que visitaba París.

A la mañana siguiente, a Babette la despertó una jovencita uniformada de negro. Era la camarera de piso del hotel. Buenos días, señorita, la voz que pronunció aquellas palabras le taladró el cerebro. La muchacha dejó la bandeja con un copioso desayuno sobre una mesita al lado de la ventana. Después descorrió con fuerza las gruesas cortinas de brocado azul. La brillante luz le hizo darse cuenta a Babette que debía de estar muy avanzada la mañana. Antes de retirarse, la doncella se acercó a la cama, sacó del bolsillo del tieso delantal un sobre que le entregó, no sin antes dedicarle una lánguida y despectiva sonrisa. Con la emoción del que abre una carta por primera vez, rasgó el sobre. El que ella creía su enamorado, decía que un asunto urgente le obligaba a dejarla sola en la habitación, y que, tranquila, esperara allí su vuelta.

Babette saltó de la cama. Su desnudez se reflejaba en el espejo del armario y cruzó los brazos sobre el pecho. Se acercó de nuevo a la cama y con la colcha, del mismo azul que las cortinas, aunque esta era de liviana seda, se la colocó sobre los hombros como si fuera una capa. Lenta, se llevó la mano al cuello. Era el mismo y elegante gesto, que tantas veces vio hacer a las damas al salir de la ópera para protegerse la garganta del frío, y que ella contemplaba con envidia. Envuelta en la lujosa tela, pensaba que era una reina cuando se sentó a la mesa. Mientras mordisqueaba un brioche atisbaba por la rendija de la puerta del cuarto de baño. Dejando caer la colcha al suelo, cruzó la habitación y entró en él. Una bañera de hierro con garras pintadas de negro como patas, parecía estar esperándola. Abrió los grifos y echó al agua el contenido de un frasco de sales. El baño se inundó con un fuerte perfume a rosas. Nunca había utilizado una bañera y, temerosa, se introdujo en ella. El perfume y las caricias del agua la adormecieron. Cerró los ojos y se mantuvo quieta hasta que sintió frío.

Entró de nuevo en la habitación. Sin que ella se hubiera dado cuenta alguien la había ordenado. La colcha que dejó tirada, lisa y resplandeciente, estaba sobre la cama. Y fue en ese instante cuando percibió un fajo de billetes sobre la mesilla. Calculaba las noches que tendría que estar vendiendo violetas cuando la puerta se abrió. André y el caballero que reconoció como el que la noche anterior estaba sentado delante del velador de mármol, se quedaron contemplando su desnudez. Mientras su adorado André se acercaba a ella quitándose la camisa, el hombre de grueso vientre, flácidas mejillas y febriles ojos, se sentó al lado de la ventana. Casi parecía que quisiera esconderse entre los pliegues de las cortinas.

A partir de ese instante la vida de Babette cambió, y la de su madre también.

Pasados unos meses, tanto André como el caballero, desaparecieron de su vida, no sin antes haber contado entre sus amigos la docilidad de la muchacha. Y ellas, ya buenas conocedoras de aquellas artes, pronto encontraron a otras parejas que la desearan, solo que, ahora, era su madre la que ponía precio a sus servicios.

Sentada a la mesa del cabaret de moda, Babette dejó la copa de champán sobre la mesa. Ahora, no solo el humo del cigarrillo que le enrojecía los ojos se le pegaba al paladar, sino que también sintió en la boca la acidez del licor que antes la hizo reír. Cansada, percibió de pronto el peso de los surcos que durante años fueron dejando las diferentes manos en su piel, que ya flácida, casi no podía sostener el maquillaje.

El ruido de las risas, cánticos y gemidos de las parejas a su alrededor le borraron la sonrisa. Recordó con amargura la obscena mirada del caballero sentado entre las cortinas de la habitación del lujoso hotel, del que ni tan siquiera llegó a conocer el nombre. Se llevó la punta de un dedo al lagrimal. Creyó que el humo del cigarrillo le hacía llorar los ojos.

© Malena Teigeiro

Cuestión de pies

Liliana Delucchi

Cuando le conté a Raquel, mi compañera de pensión, que el dinero que ganaba en la mercería apenas alcanzaba para pagar ese mísero cuartucho, me habló sobre otras formas de incrementar los ingresos. Ella practicaba cierta profesión desde hacía un tiempo y nunca le habían pedido referencias.

No estaba mal bailar y dar conversación un par de noches a la semana. La charla tampoco tiene que ser muy interesante, acotó, basta con que sepas escuchar. Esos señores quieren sobre todo una oreja dispuesta a atender extensos monólogos que versan sobre su éxito personal. Es cierto que también están los que abusan un poco del alcohol y se ponen melancólicos, con esos tienes que tener la paciencia de una maestra de parvulario cuando el niño se pone caprichoso.

Así que, un martes, al regresar del trabajo me lavé y fui a golpear la puerta de la habitación de Raquel. Ella ya había preparado un vestido, collar, chal y pulseras para adecentar mi indumentaria. La verdad es que tenemos la misma talla, a excepción de los zapatos, ya que calza un número menos que yo. Resistiré, me dije, y partimos hacia nuestro destino.

El local estaba abarrotado de hombres trajeados y mujeres que lucían sus mejores galas. En mi pueblo no sé de la existencia de locales como ese, es probable que los haya, pero seguro que la concurrencia no va así de acicalada.

Después de bailar un par de piezas, me senté a una mesa que compartía con un señor un poco entrado en carnes que movió la cabeza en señal de saludo. Era agradable, aunque no muy conversador. Como vi que movía los pies, le pregunté si quería bailar. Se negó con una disculpa que imagino elegante, porque no llegué a oír, y se puso de pie. Al verlo caminar en dirección a la salida me sentí realmente mal. Mi primer día iba a ser un fracaso.

Esperé un rato más para ver si mi suerte cambiaba, pero entre el cansancio de tantas horas en la tienda y el calzado de Raquel una talla más pequeña, resolví volver a casa. Esa noche mi salario no se incrementaría.

Una constante llovizna me recibió al salir y, temerosa de arruinar los zapatos prestados, me los quité y pude sentir el frescor de un charco de agua que me llegaba casi hasta los tobillos. Cuál sería mi sorpresa cuando vi, sentado en las escaleras que iban desde la puerta del local hasta la acera, a mi compañero de mesa.

—¿A ti también te duelen los pies? —preguntó al ver que llevaba los tacones en la mano. El pobre hombre se había descalzado y movía los dedos como si fueran un abanico.

Me senté a su lado bajo la tenue luz de una farola que mostraba los hilos de agua que poco a poco nos iban calando.

—Por cierto, soy Pedro y mi problema son los juanetes.

—Inmaculada —respondí.— Estos zapatos son de una amiga y me están pequeños.

Reímos. También para él era la primera vez en un local como ese y se sentía tan fuera de lugar como yo. Así que decidimos celebrar nuestro fiasco en el cabaret con unas botellas de champán que pidió al portero.

Descalzos, jugábamos a tocar el piano con los dedos de los pies sobre las baldosas, en tanto la lluvia había cesado y nos abrigaba una niebla espesa. Me contó su vida, yo la mía y un poco borrachos nos pusimos a cantar.

Clareaba cuando su coche se detuvo ante la puerta de mi pensión. No volvimos a vernos. Cuando años más tarde descubrí la foto de su boda en la sección de sociedad del periódico, no pude dejar de pensar en esos juanetes camino del altar.

© Liliana Delucchi

Su tormento

Marieta Alonso

Allí estaba, pensando, pensando… Si esto fuera un cuento no se sentiría tan rabiosa. Sus ojos parecían estar envueltos en oscuros resentimientos. Siendo de una aldea perdida de la meseta castellana poseía una elegancia que recordaba a la mujer francesa o a la italiana.

Todos los días lo mismo. Ni siquiera después de la discusión de anoche cambió sus hábitos y eso que le disparó al rostro el anillo de casada.

¿Cómo se podría quitar uno de encima a este ser sin agallas que ante los ojos de todos se presentaba como el marido perfecto, el eterno enamorado, el mejor de los hombres?

Desde hacía mucho tiempo cualquier sentimiento que hubiese habitado en ella, ya no existía, se lo había llevado el viento, roto en finas tiras.

Su madre decía que el tiempo todo lo cambiaba, que cada día era diferente, que los seres humanos evolucionaban. Sí. Todos. Menos él.

Ideó varios métodos para mandarle a freír espárragos, para que se fuera a paseo con viento fresco, para que se pusiera a trabajar, para que no estuviera todo el día detrás de ella. Fracasó.

De nada sirvió el diálogo, ni ponerle a dieta de sexo, ni dejarle solo con mujeres despampanantes, ni decirle que hacía el amor con muchos otros. Siempre encontraba la frase adecuada, la palabra idónea para redimirla de culpa.

«Hasta que la muerte nos separe» fue dicho por ella sin pensar. Pero él se lo tomó muy en serio.

Ojalá que después de lo de anoche estuviera enfadado, que le hablara de divorcio, que la insultara, que amagara una bofetada. Así podría ella corresponderle con toda su furia contenida.

Nada. Lo que le dijo fue que una taza de té podría animarla para bailar la siguiente pieza con los cachetes juntos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Mujer con Abanico

15 agosto, 2020 por Akelarre 4 comentarios

Mujer con abanico - Gustav Klimt cuentos

Mujer con abanico - Gustav Klimt

Este pintor austriaco es uno de los más importantes pintores modernistas de la Secesión Vienesa, grupo fundado en 1897 del que fue presidente.

Sus pinturas tienen una intensa aportación sensual de un estilo muy ornamentado. Después de su viaje a Venecia y Rávena, influido por lo que ve, comienza su “etapa dorada” en la que utiliza pan de oro, que le atrajo el acercamiento de la crítica y éxito comercial.

El abanico forma parte de nuestros recuerdos y de la historia. Ha sido un adorno útil y femenino que ha permitido a las mujeres refrescarse, dialogar con él, ocultarse de miradas indiscretas…

A nuestras cuentistas les ha inspirado historias como la de una chica humilde que se propone y está segura de conseguir el novio que no le corresponde o un hombre que recuerda los consejos amorosos de su abuela; un joven inocente que cae rendido de amor por una artista; una inexperta y adinerada señorita que se transforma bajo la impenitente mirada del pintor.

Esperamos que esta mujer con su abanico os haga volar en el aire que desprenderá al moverlo.

Una chica inocente

Cristina Vázquez

El aire de un abanico

Malena Teigeiro

La mujer inalcanzable

Liliana Delucchi

Susurros al aire

Marieta Alonso

Una chica inocente

Cristina Vázquez

Siempre fue una mujer dócil. Las circunstancias y su educación fomentaban esta actitud tan cómoda para los demás y tranquilizadora para ella. No necesitaba tomar decisiones. Ya las tomaban otros.

Creció Adele en medio de riqueza, buena educación y cierto aburrimiento consentido. Aunque pocas veces declarado en voz alta, el lema familiar impuesto a rajatabla era: Hacer lo que había que hacer en el lugar apropiado y con las personas convenientes.

Ernest, el padre de la chica, llevaba con precisión minuciosa el cumplimiento de las obligaciones sociales según la temporada. Ópera, balneario, deportes de invierno, un viaje preceptivo al extranjero al lugar de moda… El buen señor había trabajado duro para amasar una importante fortuna en la minería. Y Adele igual que un cervatillo sorprendido y amable, era llevada de aquí para allá en miras a realizar un buen matrimonio. Ella sonreía mientras sus ojos se quedaban prendidos del interlocutor de turno como si le interesara lo que le estaba diciendo, o como si guardara un secreto en exclusiva para serle desvelado solo a él. Esto le dio fama de mujer atenta y probablemente inteligente.

Con una educación exquisita, vestida a la moda sin estridencias, su padre la paseaba con devoción hasta que finalmente apareció un partido adecuado, que con más don que din, confesaba Ernest en la intimidad, resultó el elegido. Adele sonreía pues el novio era amable y de ideas conservadoras expresadas sin exageración. Título de conde desde hacía varias generaciones y un castillo casi en ruinas que el padre ya soñaba en reconstruir. Montaba muy bien a caballo y su fama de buen cazador le precedía. Perfecto. Era el marido perfecto, remachaba el hombre frotándose las manos. ¿Verdad Dedé?, pues él siempre la llamó así: Mi querida Dedé.

Al convenirse la boda, el amable progenitor quiso sorprender al futuro marido con un retrato de la novia hecho por el pintor de moda. Un sujeto un poco atrabiliario, exclamaba en la tertulia del café, pero ya se sabía cómo eran los artistas. Aunque había pintado a gente importante y se hablara de él con admiración, para su gusto el tal Gustav Klimt resultaba demasiado moderno y extravagante, peroraba el buen hombre en esa Viena adormecida antes del terrible cataclismo que se avecinaba.

Al llegar Adele a su estudio desordenado, casi caótico, en el que escuchó unas risas femeninas antes de cerrar la puerta, se quedó sorprendida y asustada. El pintor, un hombre voluminoso pero ágil, fumaba un puro y llevaba una especie de bata o ropón como única vestimenta. Exigió que se marchara la acompañante de la joven pues tenía que estar solo para poder crear. La sentó en un taburete y empezó a dar vueltas a su alrededor, moviéndole un brazo, elevando la barbilla, hasta le colocó el pelo de distinta manera. Ella se sintió por primera vez en su vida percibida como un ser único, alguien irrepetible, con unas dimensiones físicas que no estaban siendo juzgadas sino apreciadas por ser exclusivas

—Eres muy hermosa —oyó aturdida al artista que se acercó hasta rozarla.

Olía diferente a todos los olores masculinos que había olfateado hasta entonces. Una mezcla de pintura, tabaco, animal ¿cuál? No conseguía descifrarlo, a algo cerrado, a resina a… Daba vueltas a estas definiciones para contener la turbación que sentía por la proximidad de ese hombre que la paralizaba.

—¿Puedo coger mi abanico? —preguntó en un susurro.

Él le levanto la cara para mirarla con una intensidad que la hizo parpadear y hasta llenarle los ojos de una acuosa emoción.

—Por supuesto. Este mes está siendo muy caluroso.

Volvió al taburete y se empezó a abanicar con rapidez primero, luego con morosa lentitud.

—Perfecta, así estás maravillosa. Única —y la abrazó con tal intensidad que notó todas y cada una de las partes del cuerpo del pintor.

Cuando el cuadro estuvo terminado fueron el padre y el futuro marido a verlo. El mayor torció el gesto. Le parecía exagerado, pero el conde señaló todas las características de pincelada y osadía que se comentaban del pintor en los salones.

Ya a solas con su querida Dedé, Ernest refunfuñaba en el coche que no le convencía, no le había sacado un auténtico parecido. Ella le escuchaba con esa atención de la que tenía fama. Es que había algo en su mirada muy diferente, se quejaba el padre, algo desconocido y muy poco, levantó un dedo frente a la cara de su hija, muy poco conveniente. Bajó la voz y en un susurro casi para sus adentros, yo diría que desvergonzado. Dedé pasó la mano bajo el brazo de su progenitor y en un tono lleno de inocencia le murmuró que a lo mejor ella era así y él no se había dado cuenta.

 

 

© Cristina Vázquez

El aire de un abanico

Malena Teigeiro

Golpeándose sin piedad el pecho con su abanico de madera de peral, se daba aire doña Rosa. Se encontraba en la cocina revisando las vituallas que para el banquete de bodas de su hijo acababan de llegar. Marcelita, la ayudante de la cocinera, estaba poniendo las almendras en agua caliente. Qué chica, siempre tan dispuesta y ordenada. Lástima que no fuera de buena familia. Si al menos tuviera algún dinero ésta sí que sería buena mujer para el atontolinado de Paquito, su niño, pensó doña Rosa con la mirada clavada en la joven.

Cerró el abanico y acercó la mano libre a la pila de gallinas para hacer la pepitoria que se encontraban dentro un barreño. Arrugó la nariz. Había muchas blancas, y esas daban menos sabor al guiso. A ella le gustaban las de plumaje marrón, las que, como si llevaran un collar al cuello, lucían con gracia el corte en la garganta casi sin mancharse las plumas con la sangre. Marcelita metió sus dedos en el humeante barreño y como si estuviera pellizcando la carne de un amante, comenzó a apretar una tras otra las almendras soltándoles la piel. Doña Rosa admiró los desnudos brazos que se asomaban por las remangadas mangas del uniforme. Era hermosa la muchacha. ¡Lástima! Y no es que no le gustara Adelina, porque venía de familia antigua y muy bien acomodada. Además, no tenía hermanos, con lo que su hijo disfrutaría de todo el patrimonio de la familia de su mujer. Y tenía que reconocer que la niña estaba muy educada. ¡Si hasta tenía ese halo de hermosa bondad de los poco inteligentes!

En casa de la novia todo era furor y alegría. Cuando ya pensaban que la niña se iba a quedar para vestir santos, Adelina se había enamorado y se les casaba. ¡Quién nos lo iba a decir!, pensaba su abuela colgándose el abanico de una larga cadena de oro al cuello. No quería que se le olvidara. En la iglesia hacía mucho calor y tampoco quería llevarlo en la mano. Bajó la cabeza y le pasó un dedo por encima. Era el de su boda, el que tenía el varillaje de plata, y no había que olvidar los muchos chorizos que rondaban por las iglesias. La señora torció la boca en una extraña sonrisa. Qué sería de aquella casa cuando ella faltara. Miró a su nieta y aunque seria, la vio feliz. La rodeaban su madre y sus primas que intentaban abrocharle el traje blanco, el mismo con el que se habían casado su abuela y su madre, y que a ella, bajita y regordeta, parecía quedarle estrecho. Tenía suerte, le decía una. No solo se iba a casar con el rico del pueblo, sino que, además del patrimonio de sus padres, su padrino estaba a punto de irse para el otro mundo dejándola como única heredera. Si ya lo decía el refrán: La suerte de la fea la bella la desea, pensaba Dulce, una de sus primas sin dejar de sentir un pellizco de envidia.

El abanico de doña Rosa no dejaba de moverse. El rostro de su dueña estaba acalorado. En la cocina las cosas iban lentas y a ese paso jamás llegarían a tiempo. La cocinera y su joven ayudante, desplumaban con rapidez una gallina tras otra. Ahora ya no podía distinguir las blancas de las morenas. En la vida todo era igual. En cuanto le quitabas los adornos, todo era lo mismo. Volvió a mirar a Marcelita que sentada en una pequeña banqueta desplumaba una gallina entre las piernas. Tenía gracia la chiquilla. Cerró los ojos y vio la imagen de su futura nuera. No. No todo era lo mismo, porque en su caso no era igual. Ni desnudas ni vestidas, ni tan siquiera a oscuras, el hombre que las tuviera entre sus manos podría confundirlas. ¡Qué calor, Dios mío! ¡Que calor! Y volvió a fijarse en ella. Había que ver lo que era la juventud. Estaba tan fresca, vamos, que ni el calor de los fogones le afectaba. Doña Rosa, sin dejar de abanicarse, se giró y salió de la cocina cerrando la puerta.

La joven levantó la mirada. Una maligna luz apareció en sus pupilas. Aquella vieja no conocía que desde hacía seis meses casi todas las noches subía a la habitación de Paquito. Y si doña Rosa se pensaba que iba a dejar de hacerlo porque lo casara con lo boba de Adelina, iba lista. Lo tenía más que pensado. En cuanto falleciese el padrino de Adelina y heredase, con un poco de matarratas en el café del desayuno, rápida la despacharía. Y después, ya se encargaría ella de ocupar su puesto. Y se pasó la mano por la frente secándose el sudor. Ni tan siquiera pensaba dejarla disfrutar de aquella noche. A Paquito hacía tiempo que le daba infusiones de hierba angélica, hojas de damiana y de girasol. Si no, al pobre, ni se le espabilaba. Y ahora en la mesilla de noche, le dejaría a Adelina una infusión de hierba luisa, lúpulo y amapolas, que unidas a sus nervios y al cansancio del extenuante día la ayudarían a dormir. Paquito, pensó Marcelita mordiéndose el labio inferior, vas a tener la mejor y más divertida noche de bodas, y se vio en brazos de su galán con Adelina plácidamente dormida a su lado. Y mientras metía la mano en el interior de la gallina para arrancarle los menudillos, soñaba que el aire del abanico de boda de Adelina, haría volar la acariciante pluma blanca que tenía escondida en el pecho sobre la tímida y delgada espalda de su amante. Ella sí que conocía como hacerlo sentir.

Dándose la vuelta, Marcelita le entregó la última de las gallinas a la cocinera. Luego, agarró una vasija, separó las claras de las yemas de dos docenas de huevos, y comenzó a batirlas a punto de nieve. Les iba a hacer a los invitados una hermosa tarta de siete pisos que les haría recordar la boda durante toda su vida, decidió mientras añadía a la harina polvo de damiana y de girasol.

 

 

© Malena Teigeiro

La mujer inalcanzable

Liliana Delucchi

Tomás, con un cigarrillo entre los dedos, duda si encenderlo o no. Le quedan pocos y no quiere malgastar uno mientras espera a Gonzalo, ya que le harán falta todos cuando ingrese al salón. Mira el reloj que parece no avanzar cuando entre la llovizna, que amenaza dejar su frac hecho un asco, ve llegar a su amigo. ¡Menos mal! Es él quien trae el dinero para las consumiciones de esa noche, Tomás ya ha gastado su asignación la semana anterior.

El local vibra con los sonidos de los cristales de las copas que se chocan y las voces de la concurrencia. El humo difumina los gestos de los asistentes, que se rompe con los focos que alumbran el escenario. El espectáculo ya ha empezado. Sin embargo aún falta para el número de Ivette. Es el último, el que cierra la función. Ella, la única, la inigualable. Aquella a quienes todos adoran, de quien pretenden una sonrisa o, los más afortunados, una caricia con el dorso de su mano por la mejilla.

La noche que Tomás conoció el establecimiento se quedó anonadado. Sus diecinueve años recién cumplidos, aunque debido a su estatura y sus modales aparentaba más, descubrieron un mundo cuya existencia desconocía. Seguramente su padre y tíos acudirían a lugares como aquel, pero no era un tema que se tratara en casa ni en su presencia.

Su escasa cultura alcohólica le estaba pasando factura con las dos copas de champagne que había bebido cuando un estruendo de luces, como si de rayos se tratara encendió el escenario. Unas señoritas con faldas muy cortas comenzaron a atravesarlo en una coreografía atrevida. La orquesta que acompañaba la danza de las jóvenes de pronto hizo un silencio solo roto por el descorrer de un telón que dejó a la vista de todos a ella: La diosa.

Ataviada con una túnica estampada sobre un fondo negro que dejaba al descubierto su hombro izquierdo, una mujer con formas de estatua griega, el cabello oscuro recogido que resaltaba su largo cuello y un abanico, avanzaba en dirección al público. Su voz, grave y cadenciosa, inició una balada cuya letra Tomás fue incapaz de comprender. No le hacía falta, la melodía despertaba en él una conmoción hasta entonces desconocida. Su incipiente borrachera desapareció al instante para dar lugar a otra, una que embotaba sus sentidos y le aceleraba el pulso.

Se pasó el pañuelo por la frente, sin saber si el calor que lo embargaba tenía su origen en lo claustrofóbico del local o en su ser. Contrariamente al resto del público que aplaudía y gritaba bravos, el joven se mantuvo inmóvil, en silencio, con la mirada fija en la imagen que llenaba el cabaret, como si nada más existiera. Solo ella, moviendo el abanico y sus caderas, con los ojos negros perdidos en un mundo más allá de un horizonte inexistente.

Desde entonces, cada noche después de cenar y con la excusa de que se retiraba a estudiar, Tomás solicitaba un coche para llegar a tiempo al espectáculo. Acabó con su asignación, sus ahorros y hasta le pidió dinero prestado a su tío Antonio a quien, por cierto, encontró una noche en el mismo lugar rodeado de amigos. Fue precisamente su tío quien se ofreció a presentarle a la dama por la que suspiraba.

Tomás se pone de pie, y casi escondido detrás de la figura algo gruesa del hermano de su padre, lo sigue hasta una mesa donde ella descansa después de su función. Está sola. Al joven le tiemblan las piernas, teme que la sequedad que siente en su boca le impida hablar, alcanza a secarse las palmas en el pantalón del frac antes de llegar hasta la silla donde está la mujer más hermosa que ha visto en su vida.

Ella le extiende una mano indolente que él simula besar y cuando levanta los ojos encuentra los de ella fijos en los suyos. Una mirada que guardará para siempre. La mano de su tío le aprisiona el hombro en un gesto de confianza antes de retirarse y dejarlos a solas. Sentados frente a frente, Tomás recordará el resto de su vida que ante semejante oportunidad solo se le ocurrió decir: «Bonito abanico».

 

© Liliana Delucchi

Susurros al airte

Marieta Alonso

A la abuela Catalina le gustaban los ventalles y sabía hacer muy buen uso de ellos. Me instruía acerca de su lenguaje. A la sombra de un abanico se pueden decir muchísimas cosas, hasta se puede servir al amor, confesaba. A través de él la abuela me contaba cuentos. De niño no me gustaban las tormentas. Veía el relámpago y corría hacia ella escondiendo mi cabeza en su cuello, contando los segundos que tardaba en sonar el trueno. Entonces me cubría con su pericón, mientras rezaba una Salve para que no me ocurriese nada malo.

A cada nieto le dejó uno en herencia. Pero, el mío, en vez de usarlo como ventilador o instrumento de conquista, lo coloqué bien abierto y enmarcado en mi despacho.

Siempre disfruté de la compañía y conversación de mi Nana. Fue mi maestra preferida. Mi gran consejera.

Que espabilara, decía, que los jóvenes cada vez teníamos más años, y que sin darse uno cuenta, llegaría a esa edad que no tiene vuelta de hoja, esa en la que el aire carente de esqueleto se cuela entre la ropa y hace tiritar para luego llegar a la neumonía, esa enfermedad que había sido la causante de tantas muertes de nuestra familia.

Que me alejara de los cabecillas, líderes, adalides, que ninguno era de origen trabajador, ni habían pasado necesidades, que me iban a utilizar de escalera para trepar en busca de poder y dinero. Y es que yo, a mis diecisiete años, creía que podía cambiar el mundo. Me sentía una especie de Hércules por lo musculoso y alto que era. Con pasión le hablaba de mis derechos, y ella me recordaba que también existían los deberes.

Que no fuera a imitar a esos que se pasaban las mañanas durmiendo, las tardes en bares y las noches haciendo hijos. Que debía trabajar, hacer deporte, que no me acercara a los alucinógenos.

—No quiero que seas tu mejor enemigo —y enarbolando la aguja de tejer como si fuera una espada, me amenazaba.

De su boca solo salían palabras serias con alegres sonrisas. Recuerdo aquellos largos días de estío en que se abanicaba con ímpetu sentada en su mecedora y con un libro de recetas de cocina en su regazo. Tuvo dieciocho nietos a los que alineaba por orden de estatura y les pasaba revista como soldados ante la reina. Luego comprobaba si se habían lavado detrás de las orejas. Durante muchos, muchos años he vivido conforme a sus consejos.

Hoy estoy en la cama de este hospital, con todos los síntomas habidos y por haber de un virus del que no quiero saber el nombre. Sé que estoy agonizando, pero me voy tranquilo. He inculcado a mi familia su Ley de vida. Y aunque no pueda despedirme de ellos, no hace falta, buscarán mi amado abanico y podrán airear todo el amor que les dejo.

 

 

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Chica con vestido rojo

15 julio, 2020 por Akelarre 3 comentarios

Mujer leyendo de John Lavery

Chica con vestido rojo leyendo en la piscina - Sir John Lavery

El nivel de curiosidad que nos provoca la portada de ese libro que hemos elegido y que estamos a punto de empezar a leer, solo es semejante al desasosiego de comprobar que faltan unas páginas para terminarlo. De alguna manera, nos dejará huérfanos de los personajes que nos acompañaron durante un tiempo.

En los relatos que ofrecemos este mes hemos querido hacer honor a la pasión que despierta la palabra escrita. Ese amor que, por defenderlo, es capaz de llevar a una mujer hasta su inmolación; la desesperanza que reencuentra el camino a la luz a través de la poesía; la disciplina que quieren imponer a una joven que nació libre o la diferencia entre la vida externa que asiente y la interior que cuestiona en busca de respuestas en las páginas de un libro.

Las cuatro historias se inspiraron en la imagen que ilustra esta entrega de Nuevo Akelarre Literario, titulada Chica con vestido rojo leyendo en la piscina, pintura perteneciente a Sir John Lavery (Belfast, 20 de marzo de 1856 / Condado de Kilkenny 10 de enero de 1941).

El método

Cristina Vázquez

Rimas de Bécquer

Malena Teigeiro

La decisión

Liliana Delucchi

Placer de dioses

Marieta Alonso

El método

Cristina Vázquez

Estaba aburrida. Los veranos de antaño, los de su niñez mimada y salvaje seguían vivos en su memoria. Se veía corriendo casi desnuda por playas solitarias batidas por vientos que, al levantar la arena, esta se clavaba igual que pequeños alfileres. O deslizándose con sus hermanos por unas dunas cambiantes, o extasiarse frente a una enorme y gelatinosa medusa que el mar había dejado como un titubeante regalo.

Ahora vigilaba a sus hijos. Le gustaba verlos bañarse en la orilla, aunque sentía por ellos que no tuvieran el mismo esplendor de la libertad de sus años de infancia. Pero en su nueva familia, la de su marido, todo era formal y medido. Tiempo de baño, tiempo de estudio, tiempo de paseo y él, su marido, Antoine, un hombre apuesto, trabajador y rico se volvía inflexible con la aplicación de estos tiempos.

—Sin disciplina, querida Charlotte, no se fragua la vida —le repetía convencido.

No tenía más que fijarse lo bien que le había ido a él, continuaba, cómo había mantenido y aumentado el patrimonio familiar. Y no solo en temas económicos, le reconoció esa noche en que el otoño ya se colaba al final de agosto como una premonición. Él tenía la costumbre del soliloquio, qué le iba a hacer ella. Cuando terminaba sus cumplidos argumentos, Antoine, se callaba; parecía querer revivir en su interior lo que había dicho. A lo mejor escuchaba una cerrada y admirativa ovación, pues afirmaba con la cabeza como si rubricase sus ideas expuestas. Tantas veces repetidas, pensaba su mujer.

—Por ejemplo, querida, a ti que tanto te gusta leer, lo haces sin método.

Se puso la servilleta en el cuello para evitar que la salsa de la pularda le manchara la almidonada camisa. Un día un autor, otro día saltaba de época y de tema. Se secó los labios con parsimonia. Claro, finalizó condescendiente, este desorden en las lecturas era el resultado de la educación tan liberal, diría libertaria, casi salvaje, que había recibido.

Ella le miraba desde la lejanía en que se había instalado para sobrellevar las peroratas conyugales y el verano familiar, al que, en breve, se iban a añadir tías, hermanas y parientes, siempre del lado de él, claro. Charlotte le rebatía con tranquilo convencimiento que para ella leer era un placer y que el placer estaba reñido con el método. También resultaba un poco enojoso que se pusiera tanto ese llamativo traje naranja, respondió él como si no la hubiera escuchado, tan acostumbrado estaba al soliloquio. Resultaba inapropiado para estar sentada a la orilla del mar, casi metida en el agua y distraída con el inevitable libro. Hizo una pausa. No lo podía comprender. Se quitó la servilleta del cuello de un tirón.

—No será por falta de vestidos —remató con suficiencia.

La brisa, en ese adelanto otoñal, golpeó una de las ventanas lo que les obligó a mirar en la misma dirección. Charlotte bebió de su vino rosado que estaba deliciosamente frío y le sonrió igual que una gata que se relamiera tras un buen sorbo de leche.

—Tú sabes de método, yo sé de libertad. Al menos me la permito en las lecturas, ya que no en otras cosas.

Sabía que a él, en el fondo un buen hombre prisionero de sus principios y formalidades, le inquietaban sus afirmaciones de este tipo. No debía olvidar que lo que siempre le atrajo de ella fue precisamente eso, su falta de método. Antoine carraspeó.

—Tienes razón, pero con el tiempo, querida, hay que evolucionar. Lo que hace gracia al principio luego cansa.

—Ese es tu problema, no el mío.

Se levantaron para tomar el café en la terraza a la que llegaba el ruido del mar y el olor un poco putrefacto de las algas. La mujer le abrazó por la espalda y le susurró que no se equivocara con ella o la perdería. Notó la rigidez del cuerpo de él.

—Voy a entrar, tengo frío —anunció ella.

Él la siguió y antes de subir Charlotte para ir a acostarse por la escalera de pasamano oscuro y labrado, le oyó preguntarle cuándo se había comprado ese llamativo vestido. No era en absoluto su estilo. Ella notaba la irritación en su voz. Desde el rellano en el que se había detenido le inquirió con mucha dulzura.

—¿Pero no fuiste tú el que me lo regaló? —se rio abiertamente—. Qué mala cabeza tengo.

 

© Cristina Vázquez

Rimas de Bécquer

Malena Teigeiro

Nina era bajita, romántica y dulce. Sus hermosos ojos azules buscaban enamorados al hombre de sus sueños. Y se fijaron en Andrés. Después de unos leves escarceos, Nina le confesaba a su hermana que ya tenía novio. Era Andrés, un joven alto, esbelto y pálido, que cada vez que sonreía mostraba unos dientes blancos y fuertes. ¿Andrés? Pero, Nina, si en vez de reír relincha, exclamó su hermana. A ella sus comentarios no le importaron. Eran de envidia. Pues, a su juicio, ella no entendía de belleza ni tampoco encontraba un hombre que la quisiera.

Nina vivía en una constante exaltación amorosa. La mirada febril de Andrés y el rizo que como a Bécquer, le caía por la frente le hacían vibrar. Esperaba ansiosa el paseo que daban todas las tardes recitando versos de Pedro Salinas y de Juan Ramón Jiménez. Incluso de Espronceda. Y cuando llegaban al paseo marítimo, abrían sus sillas de madera y se sentaban frente al mar. Allí, él, mientras le acariciaba la mejilla, le recitaba

Tu pupila es azul y cuando ríes
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.

Hasta que un día, aquel hombre siempre vestido de negro, tallado en un junco seco, se tronchó y Nina se quedó sin novio que le recitara poesías al borde del mar. Aquella noche agarrada a la almohada lloró rememorando su voz

Tu pupila es azul y cuando lloras
las trasparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.

 Al día siguiente, contemplaba el cuerpo de Andrés en su caja de madera, abrazada a la que iba a ser su suegra. Su negro y elegante rizo, le caía sobre la frente, ya de color de cera. Y volviéndose hacia la doliente madre le pidió que le entregara aquel trozo de cabello. ¿Ese?, le preguntó con los ojos brillantes la transida mujer. Nina movió la cabeza y ella, acercándose al túmulo emocionada, lo cortó. La doliente novia se lo guardó al lado de su corazón envuelto en su pañuelo blanco.

Durante el entierro, no dejó de acariciarse el pecho, gesto que muchos interpretaron mal. Cuando al finalizar las honras fúnebres volvió a casa, después de recibir los abrazos de su madre y hermana, entró en el dormitorio, y guardó unos cuantos cabellos en el relicario de plata que se colgó del cuello. El resto lo dejó en una cajita forrada de terciopelo junto a una foto de su amado, un dibujo de una ola del mar, y el final de la rima de Bécquer que él le recitaba cuando se despedían en el portal.

Tu pupila es azul y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

Nina continuó paseando al borde del mar mientras rememoraba algunos versos, luego se sentaba al lado de la silla vacía de Andrés y extendía la falda para que nadie tuviera tentación de hacerlo a su lado. Y allí, la enamorada, releía un poema tras otro. Poco a poco, todos, excepto ella, fueron olvidando a aquel apuesto joven que había sido su prometido.

Pasaron los años, los días, las mañanas, sin que Nina al atardecer, hiciera frío o calor, dejara de sentarse a leer poesía en las dos sillas, de tal modo que su figura, al igual que las sombrillas, las farolas y los bancos, comenzó a formar parte del paisaje

Una tarde escuchó una voz que le preguntaba si aquella silla estaba vacía. Ella por primera vez desde que Andrés se había ido, sintió que el perfume que emanaba deaquel caballero le encogía el sentido. Dejó el libro sobre su falda, levantó la mirada, y estirando los labios en una tímida sonrisa, dijo: Está libre. Es que como la veía ocupada con su vestido, murmuró el caballero. Habrá sido el viento, contestó Nina retirando la falda del asiento. ¿Le gusta la poesía?, le preguntó el caballero ya cómodamente instalado en la silla de Andrés. Y ella le mostró la tapa del libro que estaba leyendo.

Continuaron charlando sobre los versos, los cuentos y los amores que el mar había inspirado, hasta que cuando ya casi caía la noche y Nina se levantó para marcharse, él le preguntó si podía acompañarla hasta su casa. Delante del portal, ceremonioso, el caballero le besó la punta de los dedos y quedó con ella para el día siguiente.

Aquella noche Nina dormía tranquila cuando escuchó la voz de Andrés:

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar, ...
como yo te he querido...; desengáñate,
¡así... no te querrán!

Quizá no, le contestó entre sueños. Pero sentiré el calor de sus dedos en el pecho. Porque lo que es el rizo de tu cabello ya hace tiempo que no me produce sentido alguno.

Y desabrochándose la cadena de la que pendía el relicario del cuello, la guardó en el cajón de la mesilla. Sintió que al alejarlo, también se despedía de Andrés. Aquella noche en sus sueños solo aparecía el caballero de mediana edad que al sujetarla por el codo para cruzar la calzada, le acarició el pecho.

 

© Malena Teigeiro

La decisión

Liliana Delucchi

Desde niña Victoria había sido reservada. Muy pronto aprendió la diferencia entre la vida externa que asiente y la interior que cuestiona. Por eso está aquí, como si formara parte del grupo, pero sin hacerlo. Consintió en acompañar a su madre y tías al balneario como una excursión más de esas que llenan el tiempo de quienes conocen la mejor manera de perderlo.

Desde su silla, un poco retirada, oye a lo lejos comentarios y risas de sus familiares. No quiso ponerse el bañador y meterse en el agua. Prefiero leer, les dijo. Y ellas asintieron. Estaban acostumbradas a los silencios de esa joven que, a decir de su madre, mientras tuviera un libro no molestaría.

Con la cabeza apoyada sobre su mano, los ojos se pierden en un texto que la lleva lejos, a un mundo que nunca ha visto, a situaciones desconocidas y personajes desconcertantes. Quisiera fundirse en ellos, tener esas respuestas rápidas que el escritor pone en boca de protagonistas y secundarios, que parecen tener la palabra exacta para cada momento. ¿Dónde están las mías? ¿Cómo decir lo que de verdad siento y me inquieta? ¿Cuál es la forma de mirar en mi interior para descubrirlo?

Levanta los ojos y la sorprende la escena de las bañistas que parecen estar disfrutando del momento. Sonríe a su madre que le hace señas para que se acerque. Niega con la cabeza y vuelve a la lectura. Sabe que según los códigos de comportamiento de la sociedad en la que se mueve, la suya no es una actitud muy apropiada. Devana sus pensamientos entre aquello que se espera de ella y las cosas sin nombre que reclaman su atención, como si en los últimos tiempos algo hubiese cambiado y su actual yo fuera de alguna manera distinto de su yo anterior.

El aire que siente en su pecho se exhala en un largo suspiro. Cierra el libro y los ojos en un intento de escuchar las animadas voces que le llegan desde la piscina. El experimento no funciona y su mente vagabundea intentando descubrir en qué había sido diferente ese verano a todos y cada uno de los anteriores. Quizás fuera su compromiso con Felipe. Se pregunta cuáles serán los gustos literarios de ese hombre amable y cordial que todos admiten como una buena elección y que seguramente será un buen marido.

Un camarero se acerca con una bandeja en la cual lleva un sobre.

—Para usted, señorita —le dice a la espera de que ella coja la carta.

Victoria reconoce la caligrafía pulcra y ordenada de su novio que le informa que por la tarde pasará a merendar con ella. «Aunque el trayecto hasta el balneario será un poco largo, tengo ganas de verte y de que ultimemos los detalles de la boda.» Así es Felipe: Claro, directo y escueto. Como papá, piensa la joven, como el tío Rigoberto, y creo que como todos los hombres que conozco.

Una fuerte opresión a la vez que una somnolencia la invaden. Le empieza a doler la cabeza y las luces que se reflejan en el agua bailan ante sus ojos. Quiere recobrar la compostura, pero su único deseo es huir, abandonar la sofocante atmósfera y salir al aire libre. No lo hace. En vez de ello, se estira la falda, mueve los pies admirando sus zapatos nuevos, relee la carta, la dobla y la mete dentro del libro que deja a un lado en la silla. Mira una vez más hacia la piscina antes de dirigirse a los vestuarios a cambiar su vestido naranja por un traje de baño.

 

© Liliana Delucchi

Placer de dioses

Marieta Alonso

Era evidente que su trabajo —el de sumisa esposa y ama de casa— le restaba tiempo para disfrutar de su gran afición: La lectura contumaz. Se olvidaba de hacer las camas, barrer, cocinar… Lo que dio lugar a que Bernardo la amenazara con quemar todos los libros que había en aquella casa.

Su padre le daba la razón a su marido, y le avisó de forma contundente que si no dejaba el vicio de leer, la desheredaría, cosa que conturbó mucho más a Bernardo que a ella.

No podía evitarlo. El olor del papel la estremecía con unas ansias que no alcanzaba a descifrar. Su tacto era como si pudiera acariciar el musculoso cuerpo del David de Miguel Ángel. El leve rumor del papel, al pasar las hojas con las yemas del pulgar e índice, la transportaba a aquel vestido de seda que vio en el escaparate de una tienda de lujo.

Su amigo, el librero, cada semana le aconsejaba un autor diferente, y ella se dejaba guiar por aquel sabio de la literatura. De niña le recomendó que leyera a Julio Verne, y viajó en un submarino al centro de la tierra con los hijos del Capitán Grant. En su adolescencia se identificó con Meg, Jo, Beth, Amy, y hasta con la autora comprometiéndose con el movimiento abolicionista y con el sufragismo. Siendo joven fue en busca del tiempo perdido, mientras tomaba una magdalena mojada en el té, y se veía a sí misma en las peripecias sentimentales de Swann. Le faltaba vida para leer.

Los suyos no eran capaces de comprender lo que significaba para ella tener un libro entre las manos. Los amaba. Más que a ellos, tal vez. Tendría que tomar una decisión. Era una lucha diaria cada vez que la veían leyendo sentada en su rincón favorito. Por lo que hizo cinco círculos concéntricos en el suelo a su alrededor con todos los libros de las estanterías. Vestida con una túnica como una diosa romana y una lata de gasolina a sus pies, esperó a que marido y padre hicieran su aparición.

Al verla dispuesta a todo, se llevaron un susto de muerte. Y como otra cosa no tenían, pero amor, nobleza y comprensión les sobraba, aceptaron esa loca pasión. Se miraron. No podían entender que un libro, un ser tan inanimado por fuera, y tan abarrotado de palabras por dentro, pudiera llevarla a semejante sacrificio.

Y buscaron a una señora para las faenas del hogar.

 

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El Entierro de la Sardina

15 febrero, 2020 por Akelarre 6 comentarios

El Entierro de la Sardina - Goya

El Entierro de la Sardina - Francisco de Goya

En carnaval parece que todo es posible. El disfraz nos lleva a poder adquirir otras personalidades y tener una cierta impunidad en nuestros actos. La máscara nos protege y esta libertad es la que lleva a imaginar a nuestras cuentistas situaciones que rompen la rutina.

El carnaval es una celebración pagana que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana. Tradicionalmente comienza un jueves, conocido como Jueves Lardero, y se acaba el martes siguiente, llamado Martes de Carnaval. En España el carnaval finaliza el Miércoles de Ceniza, con la celebración de El Entierro de la Sardina. Su origen está en las fiestas paganas romanas como las Saturnales, las Lupercales y las que se hacían en honor al dios del vino Baco. Según algunos historiadores su origen se remonta a Sumeria y al Antiguo Egipto hace más de cinco mil años. Su característica común es que se considera un periodo de permisividad y cierto descontrol.

Este cuadro es un óleo sobre tabla de 82,5 por 62 centímetros que se expone en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. En su origen tuvo un carácter subversivo con la religión católica, pues en el estandarte ponía la palabra Mortus, haciendo eco de lo que aparecía en los estandartes de Viernes Santo. Estas alusiones desaparecieron, en parte, al sustituirla por una máscara grotesca y muestra la alegría de la gente bailando y bebiendo a orillas del río Manzanares.

También expresaría una crítica y rechazo a la política absolutista de Fernando VI que prohibió el carnaval, pues coincide con la época de su ejecución entre 1815—1819.

Magdalena ¡amor mío!

Cristina Vázquez

Cotilleos en Carnaval

Malena Teigeiro

Baile de máscaras

Liliana Delucchi

Un imborrable disfraz

Marieta Alonso

Magdalena ¡amor mío!

Cristina Vázquez

Miraba y remiraba el escueto billete que le había entregado su doncella Josefa el día anterior con expresión pícara. El papelillo olía a su propio perfume de bergamota de tanto guardarlo y volver a sacárselo del pecho. No es que fuera un texto original: Era escueto y de inabarcable significado. “Amor mío, amor mío.” Más bien resultaba vulgar, pensó Magdalena, poco imaginativo, pero era el único estimulo o aliciente que le había surgido en los últimos años. Un billete de amor. ¿De quién será? La doncella levantaba los hombros enigmática cuando se lo preguntó. Se lo había dado un señor bien elegante y le pidió que fuera al día siguiente a un lugar que le había indicado. Mientras lo decía se balanceaba de un pie a otro sin mirarle a la cara. Como era carnaval nadie la reconocería, terminó Josefa convincente.

Vestida de luto, la blancura de la cara, cuello y manos de Magdalena resaltaba con ferocidad de luna llena. Se daba pellizcos con disimulo para hacer brotar alguna lágrima o algún apenado hipido y poder componer, de una vez, la imagen de la viuda doliente pero digna.

Mientras recibía los pésames y desconsolados saludos, piensa en el billetito: “Amor mío, amor mío” ¿Quién se lo podía haber mandado? De tanto en tanto lanzaba acuosas miradas al solemne catafalco de su importante, orondo y rijoso marido que Dios tuvo a bien llevárselo a los tres años de su matrimonio.

Esta había sido la repetida historia de salvar a una familia de la ruina y a una hermana de la deshonra, entregando a la otra como codiciada mercancía a un próspero y viejo esposo. Ruina debida a la estupidez paterna y al despilfarro materno. Y el deshonor, por la huida de su hermana con un capitán de dragones polaco de paso por Madrid. La muy tonta ahora escribía, desde guarniciones de difícil pronunciamiento, que la dejaran volver. Al menos, ella supo lo que era tener un hombre entre sus brazos y sus piernas. En cambio, su suerte había sido cargar con la panza de rana, las piernas cortas y la halitosis de don Onésimo Olastegui de las Frondas, primer marqués de las mismas Frondas.

Por fin. Por fin, él reposaba tranquilo. Pues se ponía muy inquieto e irritable cuando llevaba a su hermosa mujer del brazo. Los comentarios malintencionados y los cuchicheos envidiosos que levantaban a su paso, don Onésimo lo soportaba mal, muy mal. Envidiosos, decía por lo bajo. Malsanos envidiosos. Pero por la ciudad corría el chisme de que el orondo caballero no conseguía rematar faena con su hermosa mujer.

—Montar a la potra —confesaba irritado a su médico.

Un hombre de tan declarada sensibilidad al referirse a su esposa, reclamaba al galeno pócimas de ala de mosca española o cuerno de unicornio. En sus fallidos intentos optó por tapar los ojos a la hermosa Magdalena para no tener que aguantar la mirada burlona de ella, hasta que la mujer decidió no seguir soportando la torpeza marital. Le exigió que la dejara en paz o sería el escándalo de la ciudad, pues lo propagaría a los cuatro vientos.

Llegó el matrimonio a un conveniente acuerdo: él no lo intentaría más, solo le pedía acariciarla y su silencio. A cambio, le prometió que tendría las sedas más finas de oriente, los collares de chatones y las perlas de la Conchinchina prendidas de su talle. Cada uno cumplió su parte del trato con honestidad y hasta sentido del humor. Encontraron una complicidad equilibrada en sus mutuas demandas. Recordar esto le ayudaba a soltar alguna lágrima. Aunque pensaba vivir la viudedad con el esplendor y la pasión que le había sido negada.

Magdalena. Amor mío.

La batahola de risas y música del carnaval se colaba por las ventanas entreabiertas para aliviar el olor dulzón a podredumbre y flores. El ruido se sobreponía a veces al bisbiseo de los rezos y la brisa que entraba hacía temblequear la llamita de las velas. A Magdalena se le iban los pies y cada poco notaba la apremiante mirada de su doncella Josefa.

En un momento dado adujo un gran cansancio. Se iba a retirar para reponerse un poco. Cerró la puerta de su cuarto, se vistió con un disfraz de Colombina y salió con la máscara puesta acompañada de la doncella. Tenían cuarenta minutos para llegar al punto indicado por el misterioso caballero del billete y volver. Llegaron a paso vivo al lugar donde un grupo manteaba a un pelele con forma de mujer. Súbitamente tuvo la certeza de que la cara del pelele era una burda imitación de la suya. Se quedó paralizada. Cantaban una soez canción. Reían haciendo gestos obscenos y oyó estupefacta el ofensivo estribillo: “Magdalena, amor mío, nueva y sin catar estás para pecar.”

Las risotadas alcohólicas y los empujones de la gente le dificultaron la vuelta a su casa. Se arrancó el disfraz con vergüenza y repugnancia. Vio una satisfecha expresión de sorna en la cara de su doncella y entonces sí lloró con vehemencia a los pies del difunto.

© Cristina Vázquez

Cotilleos en Carnaval

Malena Teigeiro

Lo cierto era que su familia estaba en la más absoluta ruina. Que si en la ciudad se conocía el estado de sus finanzas, dejarían de tener la importancia que les correspondía. Y esto, entre otras muchas cosas, conllevaba que no volverían a ser los invitados de honor de ninguna fiesta. Algo que para algunos no tendría demasiada importancia, para la familia de Ernesto era primordial. ¿Con quién si no se podrían casar convenientemente a las que nacían mujeres?

Y sin encontrar solución a aquellos negros pensamientos, Ernesto permanecía tumbado entre los doseles de su cama el día que se celebraba el baile de carnaval. Echó un vistazo al reloj de oro, al que cada vez le quedaba menos tiempo para pasar a manos del usurero, y se levantó. Comenzó a ponerse el traje de caballero de la corte de Luis XIV. Por lo menos aquel baile le daba la oportunidad de afanar algunos billetes en los bolsos y carteras de las descuidadas damas, pensó. De pronto se le ocurrió una idea y cambió su disfraz de caballero por el de dama del mismo Rey. Divertida por la ocurrencia, su hermana Micaela lo maquilló y le colocó una alta y blanca peluca. Luego de pintarle un negro y redondo lunar cerca de la boca, los hermanos se fueron al baile.

Al entrar en el ya atiborrado salón, Ernesto buscó a Dorita, su fea, millonaria y adorada Dorita, a quien cortejaba como solución a sus problemas. Ella estaba sentada al lado de Jaime al que contemplaba con ojos de embobada cordera. A Ernesto le molestó la presencia de aquel apuesto joven, y todavía más le enrabietaba la estúpida y almibarada expresión de la que ya consideraba como su Dorita. Al girar la cabeza divisó a doña Dora, que, no lejos de su niña, permanecía sentada al lado de su entrañable amiga doña Angustias, mujer soltera y conocedora de cualquier hecho de la ciudad. Ernesto, después de pensar un momento, le pidió a Micaela que se acercara a la madre de su futura economía y la entretuviera, a lo que ella se prestó rauda

Y mientras Micaela charlaba con la madre de su futuro, él, como si fuera la más entrañable de sus amigas, se sentó al lado de doña Angustias. Acercándose mucho a ella, componiendo su voz en un compungido disgusto de dama de la alta sociedad, murmuró que Dora debía de tener cuidado ese tal Jaime a quien Dorita contemplaba en ese instante tan embobada. Levantó las decoradas cejas y frunció los maquillados labios. Percibiendo la expectación de la mujer, continuó. El pollo andaba por ahí vanagloriándose de que en cuanto tuviera a sus pies a la inocente niña, la dejaría plantada. ¡Ya ves las artes del caballerete! Ernesto contempló a doña Angustias con una cínica sonrisa y ella, que no acababa de saber a quién pertenecía la voz de la mujer que le contaba tan interesantes cuitas, asintió atribulada. Y para más INRI, la ahora sibilante y atiplada voz de Ernesto se acercó a la oreja de la dama, Jaime también decía que, a su juicio, además de fea era bastante tonta. Se detuvo un instante y levantó el dedo. Pero eso no era todo, también afirma que, en el caso de llegar a contraer matrimonio con Dorita, sería porque le habían dado una dote que le compensara el sacrificio.

Doña Angustias, con la vista fija en la inmensa araña de cristal que cubría gran parte del techo de la sala de baile, se abanicaba con nerviosismo. A ella tampoco le gustaba el joven, musitó dándose golpes en el pecho con el abanico a riesgo de romperlo. Entrecerró los ojos y después de un profundo y quejoso suspiro, la mujer prosiguió. Estos de arribada que últimamente pululan alrededor de las jóvenes de la ciudad, a su juicio, no eran de fiar. Y que no creyera, que ella ya había avisado a su querida Dora de los pormenores y andanzas de aquel atildado Jaime. Y encogió su opulento pecho en un profundo y largo lamento.

Al mismo tiempo que Ernesto le hablaba a la dama de todos aquellos males, sus dedos de jugador de cartas trajinaban las carteras de las señoras. Sorprendido vio que la de doña Dora, como la de cualquier nueva rica, estaba llena de billetes. Bendito dinero que le iba a dar la posibilidad de invitar a Dorita.

A partir de entonces, Ernesto se dedicó, con una sonrisa a veces, otras con despreciativas miradas, a encelar a la tímida niña. Al mismo tiempo, con el dinero que poco a poco iba afanando del bolso de la madre de su amada, Ernesto, con una esplendidez que rallaba el despilfarro, invitaba tanto a la madre como a la hija.

Rápidamente, toda la ciudad percibió que la relación de Dorita y Ernesto iba progresando ante la complacencia de doña Dora. Pero su esposo, el pujante constructor don Eustaquio, nunca se fio demasiado del joven. Al parecer, el hombre intentaba convencer a su hija para que finalizara tal relación. Búscate a otro que se sepa ganar la vida, decían que le gritaba con acritud.

Y cuentan que en una de aquellas discusiones entre padre e hija, la pequeña Dorita, tuvo un momento de lucidez. Llevando a su padre de la mano, lo colocó delante de un espejo.

––Mírame, padre. Pero hazlo de la misma manera que lo haría cualquier hombre que se cruzara conmigo por la calle ––colocó las manos en sus ruborosas mejillas––. ¡Si no fuera por mi dinero, que otro de su posición iba a cargar conmigo!

No había terminado el invierno cuando en una hermosa ceremonia en la iglesia principal de la antigua y noble ciudad, Dorita y Ernesto se disponían a jurarse amor eterno cuando, él, hombre serio y cabal con sus obligaciones, se detuvo. La miró como se mira un carísimo objeto y se juró a sí mismo que la llenaría de hijos, que le reiría sus tontas gracias, y que jamás se olvidaría de hacerle un buen regalo en su cumpleaños y Navidad. ¡Vamos! Que la haría feliz. Y después de su íntimo juramento, entornando los párpados, pronunció un trémulo Si quiero. Luego, y con aparente emoción, el elegante joven paseó lascivo su mirada por el cuerpo de la que ya era su esposa. Como alcancía de monedas y vientre para alojar al descendiente de su estirpe, no estaba tan mal, decidió. Su vida íntima, ya vería él cómo la arreglaba. Y recordando la alegre noche que había pasado con Martita Hontanares, inclinó la cabeza, y besó a Dorita con aparente emoción.

© Malena Teigeiro

Baile de máscaras

Liliana Delucchi

Con un nuevo color de pelo y el lifting que le muestra una piel tersa y joven, Gloria se mira al espejo que está en la salita de entrada. Se ve feliz. Ya no se me marcan las arrugas alrededor de la boca, puedo sonreír cuando quiera. Se acabó la tristeza. Deja el bolso sobre la mesa donde encuentra una considerable cantidad de correo. He estado en la clínica más de lo que había pensado, pero valió la pena.

Mientras espera que el café se enfríe un poco, empieza a abrir los sobres: cartas del banco, ofertas de viajes, reparaciones varias y…, una invitación.

Claro, si ya estamos a finales de enero, la fiesta de carnaval de Mayte. A ver cuál es la temática de este año. Personajes históricos. Muy bien, ya pensaré en mi disfraz.

Este año Gloria irá sin pareja, por primera vez en veinte años entrará sola en el salón y ya sabe que las miradas convergerán en ella, como antes les ocurrió a otras, cuando todavía estaba del otro lado. Se acerca a la ventana. Mientras mira las ramas de los árboles mojadas y sin hojas se pregunta cuántos de esos dúos a cuyo grupo pertenecía estaban en su misma situación. Cuántos llevaban tiempo hablando solo en reuniones sociales y evitando la soledad que se instala en cuanto se apaga el televisor. No lo sé, ni me importa. Suelta un taco y vuelve al espejo. A ver si recupero la felicidad con que entré a casa y esa maldita invitación me quitó.

Se pregunta si la llevará a ella. Claro que sí, semejante trofeo a su edad es para mostrarlo. Por qué no le habría hecho caso a su intuición, a la que a la primera mirada descubre que está ante una lagarta robamaridos. ¿De qué me hubiera servido? Se habría ido con ella de todos modos.

Gloria se sienta en el sofá y hunde sus pies descalzos en la alfombra. La compraron en uno de los viajes a Egipto y decidieron que quedaría estupenda ante la chimenea.

Sonríe ante el desfile de disfraces que pasan por su memoria, algunos más afortunados que otros, pero todos divertidos. Se reían probándose pelucas y ropas imposibles, ensayando maquillajes que nunca llegaron a lucir, haciendo reverencias que les cortaba la respiración. No sabe cuándo dejaron de reír. Da igual. Ahora tengo que pensar en mi atuendo. Primero definir el personaje. Enciende el televisor y busca películas históricas. Cabecita, cabecita, ilumina alguna idea.

¿De qué irá disfrazada ella? Deja de pensar en eso, pedazo de tonta, habías dicho que con cara nueva empezaba nueva vida.

Se le está durmiendo el pulgar derecho de tanto mover la tecla de avanzar del mando a distancia y cuando está a punto de pulsar el botón rojo e irse a la cama, aparece un título que llama su atención: Elizabeth.

Sí, señor. Isabel I de Inglaterra, el personaje ideal para llegar sin acompañante. Una mujer fuerte que supo vivir sin un hombre al lado. Además, el estilo de esa ropa me encanta.

Al día siguiente le pide a su hermana que la acompañe a Cornejo. Allí visten a actores y figurantes, seguro que tiene lo que busco.

—Se lo enviamos a su domicilio en dos días, señora, con los arreglos y cambios que ha pedido —le informa el empleado de la empresa, solícito, ante la suma que Gloria ha depositado sobre el mostrador sin pedir rebaja.

—No sabía qué personaje ibas a elegir —le dice él cuando en la fiesta se acerca con dos copas en la mano— aunque siempre sentiste admiración por la reina inglesa.

Sí —contesta Gloria mientras contempla a su ex vestido de Marco Antonio —me identifico con esa gobernante que mandó cortarle la cabeza a la que pretendía usurparle el trono.

© Liliana Delucchi

Un imborrable disfraz

Marieta Alonso

Cuando llegó la casa estaba silenciosa, y ahora reina un total alboroto.

—Mamá, hoy es carnaval. ¿Lo recuerdas?

He de reconocer que mi hija ha sacado los genes de la abuela. Sin siquiera darme un beso tiró el bolso en una butaca y corrió hacia el desván. Un agudo chirrido me confirma que está abriendo el viejo arcón familiar. Al poco rato sus pasos resuenan bajando de dos en dos los maltrechos escalones. Un día tendremos un disgusto.

—Todo resuelto —gritaste con los brazos abarrotados de ropa.

Cierro los ojos y me veo de niña vestida de dado, de china poblana, de pingüino, de oso polar… ¡Cosas de la abuela!, que con su habilidad para coser nada se le resistía. Era una mujer de pueblo, que cansaba solo con verla trabajar. Tenía un gran tacto para la convivencia, para la organización, para las fiestas… Los bailes de disfraces eran su especialidad. A veces bastaba solo con escuchar su voz para aligerar un ambiente tenso.

Sus antepasados fueron gente sencilla, del campo, que habían emigrado a la ciudad, y ella misma se preguntaba de quién había aprendido a sacar la belleza escondida en una solitaria amapola a punto de marchitarse.

Vuelvo a la realidad. Mi hija despliega sobre mi regazo la ropa elegida y explica emocionada:

—El vestido negro de boda de la abuela con el velo sobre la cara, y el traje del abuelo, con un crisantemo blanco en el ojal, nos lo pondremos para el entierro de la sardina y para el espectacular baile de Carnaval iremos caracterizados de Vilma y Pedro Picapiedra.

Se me agolparon los recuerdos, esa feroz tortura que a veces nos ataca por tener buena memoria.

El disfraz de Pedro era una corta túnica naranja terminada en picos que tapaba escasamente el trasero, con pequeños trozos de tela negra simulando la piel de algún animal prehistórico y como complemento una corbata azul.

Por aquel entonces salía con mi único novio, un chico del pueblo de al lado, muy tímido, al que no pude convencer para que se presentara en la plaza vestido de aquella guisa. Felipe se marchó sin despedirse.

El disfraz de Vilma, una vieja camiseta blanca de un solo tirante también terminada en picos y un collar de grandes perlas, que era reliquia de familia. Una peluca de un rojo chillón y los labios del mismo color hicieron que mi padre levantara la vista del periódico y observara: Muy guapa, sí señor, pero sin novio.

La abuela, a la que no se le ponía nada por delante, llamó a varias de sus amigas y consiguió que el hijo de una de ellas, sin siquiera conocerme, accediera a ir al baile así disfrazado. Ya no haría el ridículo yendo sola. Bailamos hasta el amanecer bajo la atenta mirada de Felipe que, con los brazos cruzados sobre el pecho, se mantuvo toda la noche recostado en una de las farolas de la plaza sin apartar los ojos de mi cara.

Vuelvo al presente. Parece que mi hija me ha estado contando algo. No me he enterado. Aprovecho para preguntarle si su pareja había visto el traje y si daba su consentimiento.

—Por supuesto, mamá —soltó una carcajada— no todo el mundo es tan tonto como mi padre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Paisaje de Higinio Mallebrera

15 agosto, 2019 por Akelarre 4 comentarios

Paisaje de Higinio Mallebrera
Óleo sobre lienzo. 71 x 87 cm.

Paisaje

El estilo inocente de esta bella pintura da pie a los cuentos de este mes, relatos inquietantes, en donde la magia, las artes ocultas y el terror aparecen en medio de sus sencillos personajes.

Higinio Mallebrera, pintor de estilo naif, autodidacta y de vocación muy tardía, que trabajó en los oficios de jardinero y marmolista rotulador de lápidas, no expuso su obra pictórica hasta los 72 años. Es al final de su vida cuando obtendrá el reconocimiento de su valía.

Su sinceridad e ingenuidad encuentra en la pintura una manera de imitar lo sublime «por el amor que siento a esta divinidad de arte». Convencido de que su trabajo está por encima de Picasso o Miró, cuya pintura tacha de «birrias», llega a tener un concepto de su trabajo «superior a todo lo hecho de Goya a esta fecha. Según Vallejo Nájera «Los cuadros de Mallebrera son pintura, naif o lo que se quiera, pero siempre Pintura, con mayúscula.»

La vuelta

Cristina Vázquez

Tatá

Malena Teigeiro

Una casa en la montaña

Liliana Delucchi

Mi casa

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Se empeñó en volver a la aldea donde había nacido. Por más que los hijos, después de tantos años vividos en un pueblo al pie de los Alpes suizos, trataban de convencer a Edelmira de que no pintaba nada en ese apartado lugar del mundo. Ella, cabezota como era aseguró que vivir a lo mejor no pudo vivir donde quiso, ni con quien quiso, susurraba muy bajito, pero que morir iba a ser donde a ella le diera la real gana. Y con una brusca palmada terminaba la conversación.

Los tres hijos, hombres hechos y derechos, se miraban desolados conscientes de la voluntad imbatible de la madre. Desde que lo dijo se sentó en el pequeño mirador del apartamento que se había hecho en el hotel y afirmó que si no la devolvían rápido a su aldea se moriría. Miró a los tres con esos ojos incendiarios que tan bien conocían y tanto temían y con voz atronadora les amenazó.

—Si me muero sentada en esta silla mirando a ningún sitio, en vez de a mis queridas montañas —y les señaló uno a uno—, os perseguiré desde el otro mundo.

Acostumbrados a sus amenazas, que en general cumplía, el poder de Edelmira sobre sus hijos era enorme y se tomaron muy en serio sus deseos. Fue una mujer echada “pa lante”, como le gustaba repetir a ella, a la que en el pueblo pusieron el sobrenombre de faldas de acero.

Agarró a los tres mocosos y al tonto de su padre, al que ninguno se parecía, como también le gustaba repetir, y se vino a hacer de ellos unos hombres de bien y a buscar un sitio donde ganarse la vida. Y así fue. Le buscó al marido, el Juanón, un puesto de camarero en el restaurante del mejor hotel del pueblo y como el hombre era bien mandado enseguida se hizo con el trabajo, mientras ella consiguió estar en la recepción. Cómo convenció al dueño, un hombre soso y barrigón, nadie lo supo, pero a los tres meses de llegar a Suiza chapurreando el francés, Edelmira adornaba con su buena planta, sonrisa, decisión y bien hacer la administración del hotel. El dueño se iba a hacer montañismo en invierno y a pescar en verano. Ella amplió el negocio consiguiendo ponerlo de moda.

Algunas noches, cada vez más, se quedaba a dormir en el hotel y cuando el dueño murió pasó a sus manos. Al marido lo envió a España, pues no hacía más que anhelar su patria y ella no podía más de lamentos y suspiros.

Al cabo de quince días los hijos tenían organizado el viaje y habían hablado con unos parientes para que a la llegada les acogieran unos días en su casa. Al llegar todo le pareció raro a Edelmira. ¿Dónde estaba la herrería y por qué no estaba la casa del tío Eustaquio? ¡Que se había muerto Rosina! nadie se lo dijo. También habían tirado el mercado cubierto. Nada. Nada era igual, se lamentaba la anciana con gesto desabrido.

—Y ese edificio tan alto —preguntó en voz áspera—. Vaya mamarrachada aquí en medio.

—Ese edificio es un hotel parecido al nuestro —le aseguraron los hijos.

Y así estuvo rezongando unos cuantos días, obsesionada por esa construcción que ella no veía claro qué pintaba ahí. Los hijos se fueron despidiendo uno tras otro de ella.

—Madre no podemos dejar tanto tiempo el negocio sin ninguno de nosotros para controlar —le decían con gesto compungido—. Usted nos enseñó que el trabajo es lo primero.

Antes de marcharse el último, el pequeño, el que a ella más gracia le hacía, le sugirió que dieran un paseo de despedida y fueran a ver el edificio nuevo.

—Ese hotel que tanto te preocupa —le dijo con dulzura—. No te quedes con ganas de conocerlo.

Se acercaron en el coche del pariente, pese a las protestas de Edelmira, de que no hacía falta, si estaba muy cerca y ella aún tenía buenas piernas. Al llegar el hijo le conminó a que se fuera adelantando que él iba a aparcar. Entró y vio una recepción con unas mujeres uniformadas y sonrientes que enseguida quisieron llevarla a su habitación, pese las protestas de que ella solo estaba de visita.

—Mi hijo está aparcando. Enseguida vendrá y daremos una vuelta para conocer el lugar.

Después de dos horas sentada esperando. La amable joven uniformada, la cogió del brazo y se la llevó susurrando dulces palabras a un cuarto amplio que daba al rio.

—Aquí estará muy contenta doña Edelmira —le iba murmurando pasillo adelante.

© Cristina Vázquez

Tatá

Malena Teigeiro

La exposición del pintor paraguayo Zeus Ugarte estaba siendo muy aplaudida. Amalia, crítica de arte, acudió a verla. El director del periódico en el que trabajaba, la había enviado a la muestra para escribir una crítica sobre uno de los cuadros. Cualquiera, el que tú elijas, murmuró el hombre un poco cargado de hombros, empujando la montura de las gafas sobre su pequeña nariz. Amalia, a la que no acababan de gustarle los ramos de flores, las familias y niños felices del estilo naif de las pinturas, pasó por delante de ellas sin decidir sobre cuál iba a hacer la crítica. De aquella exposición lo único que le hacía gracia era el apellido del pintor. De pronto, se detuvo ante uno diferente. La pintura, una casona norteña con un río y un rebaño de vacas, la hizo detenerse. ¿De dónde habría sacado el pintor aquella imagen?

—¿Le interesa esta pintura? —escuchó detrás de ella una voz con dulce acento suramericano.

Con el rostro fruncido, Amalia se volvió hacia él. Los ojos negros del hombre, viva imagen de su tío Antonio, le quemaban la piel como si aquellas pupilas fueran brasas. Salió corriendo de la sala de exposiciones. Pálida, sudorosa, pronta a desmayarse, llegó a la casa de sus padres, donde recordaron de nuevo la historia del tío Antonio.

Al lado del riachuelo alguien había construido la casa de los abuelos. Era grande, no sabía si bonita, porque las diferentes generaciones que vivieron en ella le habían añadido nuevas estancias: Un despacho con biblioteca, una hermosa antecocina en donde descansaban los empleados, salón para poder recibir a los políticos que llegaban de la capital… Lo último fue el comedor. Construyeron aquel cubículo para colocar la gran mesa de cuatro metros importada de Inglaterra. Era oscura, brillante, nada bonita, pero sus dueños se sentían orgullosos, tanto que con el único motivo de demostrar que en aquella casa cabían todos sentados a la mesa, propiciaban tres cenas: La del santo del bisabuelo, la fiesta del Patrón y la de Navidad.

Antonio, el mayor de todos los hijos, fue el que heredó la casona. Y lo hizo poco antes de casarse. Como también heredó las fincas que tenían en Paraguay, fuente de la riqueza de la familia. En uno de los viajes se trajo a una mujer con la que había contraído matrimonio. Era una india bellísima. Con unos ojos negros que, según quienes la conocieron, ardían como carbones. Se llama Tatá, la presentó orgulloso. Su nombre en guaraní significa fuego.

A ella nunca le gustó aquella casa. Aseguraba que hacía frío, lo que era verdad, pues esas casonas tan antiguas eran difíciles de calentar. Que había humedad, lo que también era cierto, ya que sus paredes se levantaban al lado del rio. Que por ella vagaban espíritus que no la querían. Y ahí era en donde unos, muy serios, mostraban estar de acuerdo mientras que otros se reían de ella. La hermana de Antonio, Carmen, fue la única que le dijo a Tatá que una casa tan antigua en la que habían vivido decenas de personas durante tantas generaciones, tenía debajo de sus tejados muchas historias, alguna de las cuales, y ahí levantó los ojos al cielo, ella sabía que no terminaron bien. Y le contó la de una tía abuela, viuda blanca, que se dedicaba a hablar con el que había sido su esposo, fallecido durante el convite de boda.

Apenas cinco años después de que la bellísima Tatá llegara a la vieja casona, expresó con firmeza el deseo de volver a su tierra. Mas su esposo se lo prohibió. Entonces ella comenzó a pasearse por la casa susurrando lo que creyeron eran simples cánticos, cubierta con un mantón de lana negro que se ponía sobre la cabeza. Decía la cocinera, y puede que fuera cierto, que debajo escondía hierbas, extraños huesecillos y estampas al revés. Al mismo tiempo que eso ocurría, Antonio, comenzó a tener mal aspecto. Su carácter alegre y cariñoso se volvió taciturno, enrabietado. Hasta que un día echó a todos sus hermanos y sobrinos de la casona. A partir de entonces, según la cocinera, comenzaron a verse luces que, como si fueran llamas de fuego, se paseaban por los grandes salones y se acercaban a las ventanas de los dormitorios. Asustados, uno a uno, se fueron despidiendo todos los trabajadores, excepto el ama, Chelo, quien al considerar a Antonio como si fuera su hijo, se negó a separarse de él. Nadie de aquella familia volvió a la casona, excepto Carmen, que solía regresar a la aldea de vez en cuando. Y lo hizo hasta que un día Tatá la agarró por el brazo diciéndole que no quería volver a verla. Aquella noche, al quitarse el vestido, allí, en donde Tatá le había tocado, tenía cinco pequeñas quemaduras en la piel. Aquellas marcas, como si del Ave Fénix se tratara, renacían cada noche.

Y Carmen tampoco volvió a la casa.

Varios meses después de aquella última visita, la familia recibió la llamada de don Francisco, el capellán de la casa. Estaba preocupado porque hacía varias semanas que el ama Chelo no iba por la iglesia. Tampoco lo llamaban para que dijera misa en la capilla de la finca. Añadió que se había acercado a la casa y que no encontró ningún signo de vida. Que ni tan siquiera, el perro guardián, había salido a recibirle. Le había llamado la atención que la ventana del dormitorio principal estuviera abierta y el visillo, como si fuera una paloma, bailara movido por el aire.

Cuando Carmen y sus hermanos, acompañados por la Guardia Civil llamaron a la puerta de la cocina, esta se abrió sin que ningún cerrojo la protegiera. Dentro, sentada a la mesa, con un cuenco de guisantes sobre las rodillas, estaba al ama Chelo. El perro parecía dormir a sus pies. Sus cuerpos sin vida estaban tiesos como varas, como si un aire, dijeron, les hubiera arrebatado la vida. Al entrar en el comedor vieron que en las paredes, pintados con ceniza, había extraños signos. Los crucifijos de los dormitorios se encontraban, uno tras otro, apoyados de espaldas contra la pared y sobre la gran mesa de madera oscura, yacía alguien cubierto por unas blanquísimas sábanas bordadas. Al descubrir la cabeza, vieron que Antonio parecía dormir feliz, plácidamente. Sin embargo, al seguir destapándolo, descubrieron el almidonado cuello de su camisa pegado a un cuerpo completamente carbonizado.

De Tatá, la familia Ugarte nunca más volvió a saber.

© Malena Teigeiro

Una casa en la montaña

Liliana Delucchi

Con los pies hinchados y una llaga en el talón, Rosa por fin logra sentarse frente a un cuadro. El museo está casi vacío, apenas unas pocas personas deambulan por las salas; el aire es fresco y la joven se desabrocha los primeros botones de la blusa. Utilizando el folleto que le han dado a la entrada a modo de abanico, hace unas cuantas respiraciones para relajarse. Detiene su mirada en una pintura. Contempla las vacas, el prado, las casas y, al fondo, las montañas.

—Montañas no, por favor —se da cuenta que lo ha dicho en voz alta y recorre el ambiente con los ojos. Afortunadamente, nadie la ha escuchado.

Habían alquilado una casa en la serranía. Para descansar los fines de semana, había dicho él. Para alejarnos del bullicio de la ciudad y dedicarnos a leer, escuchar música y dar paseos. Si bien a ella le encantaba perderse por las callejuelas de la capital, ver gente y tratar de imaginarse sus vidas, aceptó la idea. No le vendría mal un cambio de ambiente, aunque los bares llenos le recordaran que todavía era joven.

La vivienda estaba un poco desvencijada, pero el alquiler era accesible y había posibilidades de arreglarla.

—¿No te gusta la idea de diseñar un jardín en medio de esta maleza? —le preguntó Jacinto cuando vio que ella sorteaba como podía los restos de cacas secas que había por doquier.

Rosa odiaba trabajar la tierra, ni siquiera con guantes, pero dijo que sí. Estaba enamorada. Después de mucho tiempo de soledad había encontrado al hombre perfecto.

Para el verano la casa estaba terminada y pasaron allí el mes de agosto. La verdad es que el clima era agradable y los libros ayudaron a la joven a superar el vacío que le inspiraba tanto campo. El otoño cubrió los árboles con unos colores maravillosos, pero cuando llegó el invierno empezó a poner excusas para quedarse en el centro. Que tenía trabajo, el cumpleaños de una amiga, una despedida de soltera o la visita a una galería de arte. Sin embargo, Jacinto continuaba yendo los fines de semana a la casa de la montaña.

Aunque no vayas, considero que debes poner el dinero de la mitad de la renta, dado que estuviste de acuerdo cuando decidimos alquilarla —le dijo su novio un sábado por la mañana antes de partir.

¡Vaya por Dios!, pensó Rosa. Con eso podría renovar su fondo de armario, de todos modos, le entregó lo que pedía. Cuando se dio cuenta de que pasaban demasiado tiempo separados, le dijo que le haría una visita el domingo siguiente, entonces descubrió una expresión en la cara de Jacinto que no supo si era de sorpresa o de disgusto. Sin embargo, fue y cuando encontró en el cuarto de baño un frasco de perfume que no era suyo, él dijo que se lo había comprado para ella, una nueva marca que anunciaban por televisión.

A la verdadera propietaria de la esencia la conoció el día que se le ocurrió ir a la casita sin avisar. La mujer se comportaba como la señora de la casa y Jacinto como un marido complaciente. Después de mirarla con burla, la intrusa arrojó a la cara de Rosa una considerable cantidad de improperios y la afirmación de que debía abandonar el lugar, entre otras cosas, porque se consideraba propietaria dado que pagaba la mitad del alquiler. La desalojada no quiso que la llevaran a la estación, volvió a pie para coger el primer tren que la devolviera a la capital. Y caminó hasta que sus piernas le dijeron que ya era suficiente. Por eso entró en el museo.

Mira el canal que hay en el cuadro y siente que se sumerge en él hasta las rodillas. Camina sin hacer caso al ganado ni a las flores de la pradera. Sigue adelante, solo puede ver la montaña, una casa reformada, una pareja preparando la comida del domingo, a Jacinto con un rastrillo, a la mujer del perfume que sale al jardín, coge una pala y la levanta por el aire para dejarla caer sobre la cabeza de Rosa. Un golpe, dos. ¡Qué horror! Piensa la agredida ¡Morir en este sitio!

En la penumbra del museo una voz anuncia que van a cerrar. Cuando el guardia de seguridad hace su ronda por las salas, descubre a una joven sentada frente a una pintura de Mallebrera con el cráneo partido.

© Liliana Delucchi

Mi casa

Marieta Alonso

No puedo dormir. Tengo pesadillas. Y todo por culpa de un préstamo. Me veo sin trabajo, mendigando por las calles en busca del dinero de la letra para que el banco no se quede con mi nueva casa. Lo de nueva es un decir, es de segunda mano.

Su búsqueda me ha llevado tres años de mi vida, pero en cuanto puse el pie en ella supe que sería mi hogar. Todo en ella es acogedor, la iluminación que da el ventanal, los arcos que separan los ambientes, la amplitud al no tener muebles.

—Usarás bastón cuando acabes de pagarla —repite mi padre a todas horas.

El primer día que accedí a mi casa, salí doce veces para volver a entrar y no perder esa sensación de fuerza que me daba cruzar el umbral de mi puerta. De día todo lo veo color de rosa a pesar de tener que cenar y dormir en el suelo por no tener cama, mesa, sillas… Pensé cerrar las contraventanas para evitar que los vecinos fisgonearan mi salida de la ducha tal como vine al mundo, pero ¿para qué? Estoy segura que se cansarán de mirar, si es que lo hacen, antes de poder comprar unas cortinas.

La noche es la que me conturba. Me la paso haciendo cuentas. He llegado a un acuerdo con mis padres, que sufren al no poder prestarme dinero. Me ayudan llenándome el pico con una comida contundente en su casa y con la cena que traigo en la fiambrera que me prepara mi madre. Así puedo pagar la luz y la calefacción.

A veces sueño que la policía me invita a salir de mi propia casa, porque es del banco —me explican— y me despierto con el corazón desbocado.

Llevo así seis meses. He tenido que ir al médico de cabecera, el que me ha atendido desde niña. La consulta estaba a rebosar. No había pedido cita por lo que me atendió la última. Me escuchó con mucha atención y con cara de cansancio me aconsejó:

—Mira hija. Déjate de tanta pejiguera, búscate un chico majo, trabajador y que te ayude a pagar el préstamo.

Y eso hice. Pero no vayan a pensar que me busqué un marido de conveniencia. No. Alquilé a unos compañeros de trabajo los dos dormitorios que tiene mi casa. Ellos se trajeron sus propias camas y yo me he ido a dormir a la despensa que es muy amplia y me cabe el colchón.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Mujeres cargando flores

15 octubre, 2018 por Akelarre 16 comentarios

Mujeres cargando flores - Alfredo Ramos Martínez

Mujeres cargando flores - Alfredo Ramos Martínez

Obra del autor mexicano Alfredo Ramos Martínez (Monterrey 1871-Los Ángeles 1946)

Considerado como el «Padre del Arte Moderno» de México, es uno de los artistas más importantes del siglo XX. Dio esplendor al pastel, hizo murales muy importantes y fue calificado como pintor de mujeres y flores.

En 1899 viajó a Francia, país en el que continuó sus estudios y coincidió con el desarrollo de la pintura post-impresionista, participando en los salones de otoño de 1905 y 1907.

Regresó a México en 1909 y en el año 1913 quedó al frente de la dirección de la Academia Nacional de Bellas Artes. En estos años fundó las Escuelas de Pintura al Aire Libre en la ciudad de México, teniendo como alumnos, entre otros, a Federico Siqueiros.

En 1930, por motivos de salud, se mudó con su familia a Los Ángeles, ciudad en la que desarrolló imágenes de fuerte carácter nacional en las que el universo indígena fue protagonista.

Este notable artista es un icono del arte moderno, que le valió el sobrenombre de «Pintor de las melancolías», por parte del escritor Rubén Darío. Junto con Diego Rivera, se le considera el precursor y máximo exponente de este género pictórico, aunque hoy en día muchos le consideran a él el verdadero impulsor de la pintura mexicana contemporánea.

El perdón

Cristina Vázquez

La ofrenda

Malena Teigeiro

El ramo de flores

Liliana Delucchi

La fuerza del destino

Marieta Alonso

El perdón

Cristina Vázquez

Se sentó igual que un fardo pesado que se dejara caer con descuido y la humanidad imponente de Francisco tembló como una medusa.

—Piedad, don Rogelio, piedad —gurgutó mirando al suelo.

Los dos hombres estaban en las mecedoras del porche en la hacienda Santísima Trinidad, bajo un frondoso emparrado en el que se divertían las avispas con un zumbido que atenuaba los suspiros del doliente hombre.

—Soy culpable y nada me podrá consolar de esta pérdida.

La persona a la que se dirigía era el cura del pueblo, distante a media hora de camino y que el sacerdote había recorrido con la sotana recogida a la cintura, el sombrero de paja calado hasta las cejas y el andar de apresurada obediencia. Le debía su sacerdocio al señor Francisco, así como el tejado nuevo de la iglesia y el sostenimiento del hospicio. Achinado y de tez cobriza le costó mucho que le tomaran en serio y le dejaran de llamar el indio Rogelio.

Al encontrar al gran hombre dueño de las tierras y casi de las vidas de todo lo que podía alcanzar la vista, en ese estado de lamentación, de sincero abatimiento, se descompuso. Era más fuerte el recuerdo de sumisión que el poder espiritual que ahora tenía sobre él. Le pedía perdón por su pecado mientras le invitaba a que bebiera de la limonada que les dejó una triste joven sobre la mesa. Ella es la hermana gemela, reconoció el señor en cuanto desapareció la mujer igual que una sombra casi irreal.

—Ya sabe —por primera vez le miró a los ojos—, esta gente nunca llora.

Y levantó los hombros con la extrañeza de un animal acorralado.

Gracias a la suavidad aprendida en los años de seminario y sacerdocio, le conminó en tono de firme consuelo que descargara su corazón y su culpa, porque el Señor tenía perdón para todos sus hijos. Y dio un largo y tembloroso sorbo a la limonada.

Francisco juntó las poderosas manos sobre su amplia y blanda panza y dijo que la chica y su hermana, la que acababa de ver, habían nacido en esta casa y pisoteó rabioso el suelo con el polvoriento botín.

—Aquí, Rogelio, aquí—resopló pateando.

El cura mantenía impávida su oblicua mirada y una sonrisa de aliento un tanto forzada animando al hombre a seguir. Pero había cosas que él no estaba dispuesto a permitir. Bajó las desoladas manos a los lados de la mecedora y con la cara alzada hacía el cielo gimoteó, como princesas había criado a las mestizas, y al final, una de ellas le traicionó como una cualquiera. Se produjo un momento de silencio en el que el zumbido de las avispas y algún ruido sordo en la casa era lo único que se oía.

—Continué, por favor —dijo don Rogelio suavemente.

—Se fue con un mal hombre —contestó con gravedad—. Yo les perseguí para traerla de vuelta a su casa, a su padre —se golpeó el pecho.

Se tapó la cara con las manos sollozando. Cuando fui a la cabaña donde estaba refugiada con el cochambroso ese al que iba a matar…

— Me encontré a la niña colgada —confesó en un lamento—. Y al maldito arrodillado ante ella.

Al destaparse la cara su expresión se había vuelto cruel como la de una esfinge impía.

—Lo atravesé sin piedad y cayó como un saco huero.

Una mueca de repugnancia atravesó su cuarteado rostro y a continuación, en un tono lastimero, luego la trajo a esta casa y ahí reposa, dijo señalando un lugar impreciso. El temblor de sus hombros hizo estremecer la mecedora y por lo bajo baboseba, mis niñas, eran mis niñas preciosas, dos gemelas que fueron el regalo de su vida, cuando llevaban flores a la Virgen, cuando le obedecían como dulces perrillos.

Se irguió, y con los ojos enrojecidos y la papada temblorosa le exigió que enterrara a su hija en sagrado, curita, en sagrado. Le prometía un ala nueva en el hospicio y con voz trémula le ordenó.

—Ahora, dame la bendición padre Rogelio.

Y agachó la cabeza.

© Cristina Vázquez

La ofrenda

Malena Teigeiro

Itzel, así se llama la madre de Mayalen, se dedicaba con su hija a vender las flores de su jardín por las calles. Desde que se había casado, la joven siempre elegía las más bonitas para hacer su ofrenda. Las llevaba a la catedral y como si fueran sus más preciadas joyas, las colocaba a los pies del altar de Ella. Luego, de rodillas, pedía porque el amor que se tenían no se acabara nunca, porque la enfermedad y la muerte no se enamoraran de él, porque volviera cada noche a su casa. Lo hacía alegre, en el convencimiento de que Ella no podría dejar de escuchar sus plegarias. Casi siempre la acompañaba su madre, una mujer seria, adusta, que también recogía flores, las cuales, además de ser bastante más pequeñas, no eran tan bonitas y quizá por eso, pensaba Mayalen, nunca las llevaba a la catedral.

Itzel había hecho lo mismo que su hija durante mucho tiempo. Hasta que una noche él no volvió. Era verdad que su hombre era un poco pendenciero y que bebía bastante, y que le gustaba entretenerse con las mujeres bonitas, pero era su hombre. Y él siempre, siempre, sin importar donde hubiera estado ni con quién, cuando volvía a casa por la noche la amaba haciéndola llegar hasta el cielo.

Hasta que no regresó.

Una noche tras otra, siguió esperándolo. La primera noche como siempre, entre las tiesas y blancas sábanas. Luego sentada en la mecedora. Veía salir las estrellas, primero. Luego, contemplaba la luz del sol y era entonces, solo entonces, cuando comenzaba a trajinar como lo había hecho cada día.

Después de algo más de cuatro semanas de haber desaparecido, le trajeron su cuerpo envuelto en una manta de colores. Parecía un libro desvencijado. Ante la sorpresa de todos, no permitió que lo entraran en la casa y allí mismo, en la calle, delante de la puerta y de todos sus vecinos lo rodeó de flores, las más grandes y bonitas que encontró, y celebró su duelo.

Nadie comprendía por qué no lo lloraba, por qué no hablaba nunca de él, ni adornaba con flores su tumba. Ellos, sin conocer su anhelo, la criticaban. Se reían de ella, la llamaban loca. No le importaba. Y aunque el dolor de su ausencia le rompía el alma, noche tras noche, seguía acunándose con el vaivén de la mecedora. Ellos qué sabrían.

Lo cierto era que la noche en que desapareció él había vuelto a la misma hora de siempre, casi cuando salía el sol. Itzel dormía profundo cuando la despertó una fría corriente. Y al abrir los ojos, lo vio de pie al lado de la cama. Con su mano helada le acarició la frente y su voz, como si viniera de un eco lejano le susurró que lo perdonara. Que no lo abandonara. Que no quería irse. Ella lo miraba hechizada, sin miedo, sorprendida de que de la herida que tenía en la frente, larga, grande, tan profunda que se le veía el hueso, no manara ni una gota de sangre.

—No dejes que me entierren. No quiero que mi cuerpo me lleve —le decía una y otra vez apretándole las mejillas con sus dedos hueros.

Al ver que no le contestaba, levantó las sábanas y se acostó a su lado. Su cuerpo le dio amor, le dio frío. La noche siguiente se sentó en la mecedora, justo al lado de la puerta. Allí lo esperaba. Y desde entonces, nada más comenzar a caer la tarde, cual perro cancerbero, se aposentaba en el mismo sitio, en la misma mecedora, acunada por la brisa del mar. Y él seguía volviendo a su casa todas las noches y allí se quedaba, acostado entre las sábanas de lienzo que ella almidonaba cada tarde hasta que rompía el amanecer. Y dormía tranquilo porque sabía que Itzel cuando llegaba la Chingada para llevárselo al Mas Allá, le engalanaba la túnica y el mango de la guadaña con sus más preciadas flores, y la Chingada, al fin y al cabo mujer coqueta, se marchaba para volver de nuevo el próximo amanecer.

Delante del altar Itzel miró a su hija Mayalen. La contempló mientras se agachaba a para dejar su cesta de flores. Luego, como si las dos fueran una sola, implorante, elevó la vista hacia Ella.

© Malena Teigeiro

El ramo de flores

Liliana Delucchi

Mayte era la preferida de papá. Nunca supe por qué, dado que yo era la mayor y la guapa. Quizás porque mi madre me hacía los mejores vestidos. Igual que a una muñeca me llevaba a todas las meriendas con sus amigas. Es cierto que mi hermana era inteligente, uno de esos cerebritos que traen buenas notas y que por la noche, cuando nuestro padre se retiraba a la biblioteca a fumar y beber una copa, se reunía con él para hablar de historia.

Creo que le daba lástima que su esposa la escondiera como si formara parte del servicio. La pobre, tan desgarbada y tímida no tenía ni uno solo de los rasgos europeos que a mi madre la hacían sentirse tan orgullosa. «Ha heredado la fisonomía india de tu abuela paterna» susurraba. Sin embargo, creo que Maite la debe de haber escuchado alguna vez, porque siempre miraba para abajo, con los párpados caídos, como si no hubiese cielo que contemplar.

El matrimonio de mis progenitores era como muchos de mi país: Hacendado criollo, más moreno que lo habitual, con la nariz chata y gruesa como los primigenios habitantes, que se había enriquecido con sus plantaciones de caucho, busca joven con genética de los colonizadores para que sus vástagos tengan la piel más blanca. La encontró, una joven con buenos modales y mal carácter que supo poner flores en los jarrones y alfombras en el suelo.

No es que el romance no haya durado, es que nunca existió. Al poco tiempo de celebrado el enlace llegó a la ciudad una compañía de teatro y el hacendado se enamoró de la primera actriz. ¿Quién no iba a preferir a una señora que lo llamaba «mi amor» y «mi cielo» a otra que si le dirigía la palabra era para decirle lo basto que era o para pedirle dinero?

Cuando mi madre se enteró ya era tarde, pero se limitó a afirmar que era cosa de mestizos eso de no saber diferenciar entre una señora y una mujer vulgar. Hasta que un día descubrió la habitación de mi padre vacía y la vida de la actriz con un nuevo hombre. Pero eso no fue lo peor, al menos para mí, sino que el cuarto de mi hermana también estaba vacante. No me sirvió que mamá me dijera que podía hacer de él mi salón privado, como tienen las señoritas de bien. Me sentía indignada porque papá se había llevado a mi hermana, dejándome en medio de muebles de caoba y fuentes en el jardín. Pero la vida me tenía reservada una humillación más: Iba de paseo con mis amigas por los jardines de la catedral, cuando me di de bruces con mi padre, su nueva esposa y ¡mi hermana! Como si fuesen una familia feliz, como si aquel a quien tanto quería se hubiese olvidado de mí. El helado que estaba tomando cayó por los suelos y Maite, con una sonrisa, me ofreció el suyo. No lloré. Me puse roja, sentí un calor tremendo que me subía desde los hombros hasta el cuero cabelludo.

Nuestras vidas, la de mi hermana y la mía, fueron por caminos distintos: Yo me casé con un hombre de mi condición y ella se fue a estudiar a Europa sin que el matrimonio formase parte de su vida.

Esta tarde, después de tantos años vamos a encontrarnos en el funeral de papá. Ella ha llegado desde la capital y le he dicho que de las flores me encargo yo, lo que no sabe es que mientras su ramo es pequeño, el mío lo triplica en tamaño, con las preferidas de nuestro padre. Quizás, al finalizar la ceremonia, la invite a un helado.

© Liliana Delucchi

La fuerza del destino

Marieta Alonso

Nací en el lago Titicaca. El mejor lugar del mundo. Mis papás se conocieron en una fiesta y bebiendo chicha y bailando la cueca se les calentó el cuerpo. Lo contaba mi madre riéndose. Y cuando más embriagados de pasión se encontraban apareció el abuelo. Ni corto ni perezoso, se acercó a su cholita y enfrió el ambiente. La sacó del baile tirando de ella y la subió a las ancas de su caballo que relinchó como para hacerle ver que aquellas no eran maneras.

Como mi padre les había seguido sin chistar, recogió del suelo el bombín que se le había caído y se lo entregó. El abuelo le miró muy serio. Y le instó a que se marchara, que si no había tenido bastante con el baile.

Ya fuera por timidez o por miedo no se atrevió a responderle. Un mudo es poca cosa para mi hija, oyó decir. No soy mudo, farfulló. Ah, pues lo parecías. ¿Qué pretendes? Casarme. Y entonces mi abuelo le propuso, que demostrase que valía para marido de su hija trayéndole una anaconda viva, el huevo de un cóndor, y un leque-leque, ‒el ave andina que es pequeñita, con patas largas y muy lista‒. Cuando lo tuviera todo que viniese a su casa y entonces hablarían.

Mi padre pidió ayuda al chamán, a la familia, a la tribu, estos le aconsejaron que se buscara otra novia que fuera más fácil de obtener. Pero, ¡Él no podía dejar de pensar en ella! Se había enamorado. Un día que de lejos intentaba verla, el abuelo con la escopeta le salió por detrás y con la cabeza le indicó que se marchara de allí. Ya no se atrevía ni a acercarse.

Una mañana de lluvia pertinaz, mientras trabajaba la tierra, se encontró una ollita de barro que contenía objetos de oro, y se emocionó al pensar que había sido enterrada por sus ancestros, sabía Dios por qué, al pie de una higuera.

Como era un hombre honrado la llevó al jefe de la tribu, que conocedor de su amor desesperado, le aconsejó que fueran juntos a la casa de su amada, con la olla, el oro y una alpaca. Y con tan grande aval el futuro suegro se avino a concertar la boda.

Pasado el tiempo, tanto que hasta yo había nacido y era la pequeña de cinco hermanos, mi padre y mi abuelo encontraron a un cóndor herido a punto de ser atrapado por una anaconda. Lo vieron gracias a un leque-leque que lanzó su canto de alarma para hacer el bien y se posó con tal ímpetu, que la cabeza de mi padre se inclinó y pudo ver lo que iba a pasar.

Para mi abuelo aquello fue una señal inequívoca de los dioses. Ya podía morir tranquilo, su familia estaba en buenas manos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

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