Después del baño - Joaquín Sorolla
Este cuadro de Joaquín Sorolla, nos muestra dos mujeres volcadas sobre un niño. Es una escena en la que se plasma la luz que el pintor supo captar con maestría, especialmente en estas obras de playa y mar.
Dos mujeres en una barca contemplando a un niño al atardecer. Aun sin verles las caras, la actitud de ambas, atentas, volcadas sobre la criatura, es una hermosa manera de representar la maternidad. Transmite una gran ternura que, bajo esa perfecta luz, es una revelación de amor.
Esta bella imagen ha dado motivo a nuestras autoras a unos cuentos muy diferentes, con familias unas perfectas y otras más complicadas de lo que parecen.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Familia numerosa
Cristina Vázquez
La mujer, además de a médicos, había ido a santos, santeras, vírgenes… Hizo promesas y donaciones para que su vientre estéril diera algún fruto.
—Estoy maldita —confesaba a Neus.
—No digas tonterías, Margarita, no te obsesiones —le recriminaba la amiga—. Cuando menos te lo esperes te quedas embarazada.
Pero como siguiera dándole vueltas al tema iba a enfadar a los santos y sobre todo al marido, que aunque fuera buen hombre y quisiera tener hijos, tenía una paciencia limitada.
Esto lo decía Neus con conocimiento de causa. Antes de que se casara con la buena de Margarita, ella lo había disfrutado, pero Joaquín era muy mirado para el matrimonio y consciente de que no era bastante para el señor. No tenía ni un duro. Había que fastidiarse, así es como acabó con la sin sal de Margarita. Reconocía que buena era, muy fina, eso sí, muy mañosa y con perras, pero sin sal, ¡jolines! Esto se lo decía mientras se soltaba el moño frente al espejo y como si los ojos de Joaquín le estuvieran recorriendo, se desnudaba con morosidad.
Lo que más deseaba él era un hijo. Aunque fuera un hombre simple y tierno, a veces tenía arrebatos de rabia o de tristeza, hasta pensamientos crueles. Al fin y al cabo, era un hijo único mimado, aburrido y con la única tarea de administrar sus dineros y tierras.
Después de dos años de matrimonio, el desanimado vientre de Margarita le dio solo una pobre criatura, mujer para más Inri que vivió cuarenta y ocho horas. El médico afirmó que no podría concebir más. El desaliento de ella fue grande, pues grande había sido su dolor, no solo por la pérdida sino por el terrible sufrimiento de horas y muerte que tuvo que pasar. Así que, en medio de esa tristeza, al poco tiempo una cierta sensación de alivio se instaló en ella y recuperó color y hechuras.
El que no tenía consuelo era él, que volvió a refugiarse en los brazos acogedores y en el oído paciente de su querida Neus.
—Estoy tan triste de no haberme casado contigo —se quejaba Joaquín entre sus sábanas.
Neus callaba, pensando que se habría aburrido mucho con ese buen hombre, aunque su vida hubiera sido más fácil y le daba pena ver su infantil desamparo.
Le propuso un trato. Si ella le daba un hijo se lo cedería a él y a Margarita, con la condición de que fuese la madrina del niño, pudiera verle cuanto quisiera y la instalara en una buena casa con una pensión generosa.
—Juro no reclamar nunca nada, salvo que no se cumpla alguna de estas condiciones.
Le hizo firmar un papel ante el notario, que balbuceaba que nunca había dado fe de tamaño disparate, pero que si era lo que querían, él era solo un servidor público.
Al año, lejos del pueblo desde hacía unos meses, Neus parió un hermoso niño. Se tuvo que ir a cuidar a una tía enferma, proclamaba a diestro y siniestro. Dejaba caer que, además del cariño que le tenía, era una mujer muy rica y si fallecía, todo su dinero iba para ella. Se frotaba los dedos despertando duda y admiración a partes iguales.
Joaquín confesó a Margarita lo firmado. La mujer lloró, no se lo creía, pero si Neus era su amiga, se desesperaba. Se sintió despreciada y amenazó con irse.
—Está bien visto lo de irte, querida —afirmó él muy tranquilo—. Diremos que te vas al extranjero a hacerte un tratamiento y volvemos con el niño a casa.
Él iría y vendría para comunicar el éxito. Margarita estaba embarazada, pero el doctor extranjero no la dejaba moverse hasta que naciera el bebé, diría a todo el mundo. Al expresarlo miraba a su mujer con una determinación entre dulce y amenazante, mientras manejaba el abrecartas afilado con destreza de matarife.
Sin ser un hombre de grandes luces, lo que se le metía en la cabeza lo conseguía sin dudar, con una tenacidad y argumentos que nunca le habían fallado y no iba a ser esta la primera vez.
La inicial sorpresa y disgusto se fue transformando para Margarita en una posibilidad agradable. Unos meses viajando por el mundo y luego un hijo sin dolor, no estaba mal. Estos fueron los racionamientos con los que Joaquín consiguió convencerla. Eso sí, siempre con el abrecartas o un frasquito sin etiqueta que manoseaba con lúgubre sonrisa. La inicial resistencia de la mujer se fue desarmando.
—Además, no tienes donde ir —remató una tarde mientras se limpiaba las uñas con el precioso abrecartas—. ¿Qué ibas a contar? Tu padre no te aceptaría bajo su techo.
Y le enseñaba fotos y guías de Venecia, de Baviera, Inglaterra también si le apetecía…
Juró que él por la tal Neus, lo sabía de sobra puesto que eran amigas, no sentía nada. Era un mero trámite que cumplir, levantaba la mano en señal de juramento tratando de contener la expresión salaz que le venía al rostro.
—Es una mujer sana y conocemos sus buenas costumbres —mintió con convencimiento.
Lo que no esperó nunca Joaquín, situación que le llenó de alegría, es que las dos mujeres se llevaran tan bien y compartieran el niño con generosidad y ternura. Las tardes de verano se las veía al borde del mar disfrutando las gracias de la criatura y como buenas comadres paseaban al niño con orgullo. De las habladurías nunca quisieron oír nada.
Le pareció a Joaquín que todo había salido tan bien, que podían repetir, llegar a familia numerosa era complicado, pero un par de hijos, hasta de hijas, ¿por qué no? Las mujeres estarían entretenidas.
A él nunca le había gustado ser hijo único.
El marido de Berta
Malena Teigeiro
Era por la mañana temprano. Hacía frio. El peor día que uno podía escoger para hacer un viaje en coche. Cosme conducía como si lo estuviera siguiendo el diablo. Berta, a su lado, iba con los ojos cerrados. A ella siempre le daba miedo aquella forma de conducir. Quizá si pudiera dormir un poco. Pero no. Después de la última discusión con su marido, sus nervios apenas la habían dejado descansar. Estaba agotada.
La noche anterior había llegado tarde. Como siempre últimamente. Y esa misma tarde su hermana pequeña le había dicho que espabilara, que era la risa de todo el mundo. ¿Es que no se daba cuenta de que Cosme tenía una amante? Así, sin más, se lo había gritado. ¡Como si ella no lo supiera! En el fondo le daba la risa que Marta, su hermana, se asustara tanto por una amante. O sea, ¿que ahora se enteraba de que su marido la engañaba con otra? Vaya. Vaya. Y de las anteriores, ¿de esas no conocían nada? Lo cierto es que esta última era diferente. Le estaba durando mucho. A lo mejor iba más en serio, pensó.
Una pronunciada curva hizo que la cabeza de Berta se bamboleara. Abrió los ojos. Cosme iba adelantando a uno y otro coche. Echó un vistazo al cuentakilómetros. ¿A ciento noventa?
—¿No crees que vas un poco rápido? Como te paren los de tráfico te vas a la cárcel directamente —masculló como si no le importara.
—Eso querrías tú, ¿verdad? —gritó volviendo la cabeza hacia ella.
—¡Hombre! Sería una manera tan buena como otra cualquiera de terminar. ¿No te parece? —replicó volviendo a cerrar los ojos.
Escuchó aullar el motor. Sin duda había apretado aún más el acelerador. Con la cabeza apoyada en el respaldo, Berta entreabrió los ojos. El deportivo parecía querer comerse la cinta de la carretera. Volvió a cerrarlos.
Sus discusiones eran continuas, tantas que Berta se sentía anulada. Ella no era capaz de ponerse a su altura, por lo que él creía que la tenía dominada. En el fondo estaba en lo cierto. Era incapaz de contestar. Y no lo comprendía. Las palabras le venían a la mente, pero su boca se empeñaba en cerrarse, en callar. Lo que más le molestaba era que parecía ser que todos conocían a la amante de su marido, y seguro que ella era la comidilla de cualquier reunión. No le quedaba otro remedio que ponerse digna. ¿Por qué ese afán de meterse en su vida? Siempre creyó que pasados unos años se calmaría, y volvería a ella. Sin embargo, las palabras de Marta: ¿Es que todavía no te has enterado de que se casó contigo porque esperaba quedarse con el dinero de nuestro padre? Eso le había dolido. Tenía que reconocer que ella misma siempre pensó lo mismo. Nunca entendió cómo un hombre como aquel, guapo, triunfador, se había fijado en una muchacha tan insignificante. Y por qué no decirlo: francamente fea. Sin embargo, su padre desde el primer momento se negó a entregarle el adelanto de herencia que Cosme pedía. Incluso se negó a comprar el piso en la calle Serrano que le reclamaba. Tampoco le dio nada para el deportivo en el que ahora viajaban. Y eso que se lo pidió directamente. Y ahora decía que se lo iban a embargar. Al parecer debía un montón de letras. Sí. Bien mirado, ya no le quedaba otro remedio que divorciarse. Además, para ello no tendría problemas. Seguro que su padre tomaba cartas en el asunto. Nada le podía gustar más a sus padres que enviar a Cosme de vuelta a su casa. Cualquier cosa con tal de que desapareciera de sus vidas.
De nuevo sintió un acelerón. Luego un frenazo. El coche se iba de lado. Algo pasaba. Abrió los ojos. Agarrado al volante con fuerza, su marido asomaba el auto a un precipicio. Ella cerró los ojos con fuerza. El automóvil comenzó a dar vueltas, y su cabeza se golpeaba una y otra vez contra algo. ¿Era él quien gritaba? ¿Por qué lo hacía? Abrió los ojos.
El coche se deslizaba por una carretera bordeada de árboles. Era recta, no muy ancha. Al final de aquel bonito camino, una luz blanca, brillante, muy brillante, la reclamaba. Salió del deportivo. Se sentía volar. Atrás quedaban los gritos de Cosme.
En paz, tranquila, Berta se dejó absorber por aquella luz.
Cambio de planes
Liliana Delucchi
Huérfana de glamur y convencida de que jamás sería el cisne, Clara González recorrió los primeros años de su vida con la conciencia de ser el patito feo. Desde que tiene recuerdos, compraba todos los meses revistas de moda. Comenzando por la portada hasta la publicidad del final, estrujaba cada página en busca de alguna idea o elixir que la hiciera parecerse, aunque fuera de lejos y con gafas grandes y oscuras, a las mujeres que iluminaban sus horas más sombrías.
Esa mañana prometía ser armoniosa, como armoniosa se sentía con su nuevo bolso. La tarde anterior había cobrado una suma que le permitía ese lujo. Horas y horas ante el ordenador cuadrando lo imposible hasta que llegó al final del informe que le regalaría no sólo un Chanel, sino unos días en Venecia, en el Danieli, y con un viaje en preferente. Quizás, aunque eso ya estaría fuera de presupuesto, se cruzara con algún Giancarlo que le hiciera su estancia tan romántica como la ciudad.
Cuando apagó el ordenador, decidió regalarse más belleza. Acababan de inaugurar una exposición sobre Sorolla, su pintor favorito. Extasiada ante el cuadro de esas dos mujeres contemplando un bebé, recordó la reciente maternidad de su hermana. Por un momento se sintió frívola: tantas cosas materiales quizás fueran insustanciales ante la opción elegida por Carola. Anuló su reserva a Italia y cogió la carretera en dirección a la costa.
Su sobrina era una monada. Por unos días sintió que había tomado la iniciativa correcta…, hasta que una noche la despertaron los llantos del bebé. Fue esa noche, la siguiente y la otra. La joven madre ya no parecía tan lozana: ojeras, pelo que desde hacía tiempo no visitaba la peluquería, la manicura rezagada. ¿Qué ha sido de mi hermana? Era la guapa, la que no tenía que recurrir a potingues para realzar su belleza. La vio cansada, deslucida y con la blusa sin botones de tanto dar de mamar.
Es hora de llamar a la caballería, se dijo, es decir, a su madre. La señora llegó tan pronto como pudo dejar arreglados sus asuntos en Madrid y no sólo ella, la acompañaba una niñera.
—¡Fuera de aquí las dos! —ordenó con un tono que no admitía réplica—. Clara, lleva a tu hermana a que la adecenten, cogéis un avión y os vais lejos.
Obedecieron. Ya en el vuelo, cuando les dieron sus asientos, tomaron conciencia de que una joven con un bebé se había sentado en la fila de al lado. Llamaron a la azafata y pidieron que las cambiaran de sitio.
Abrir los ojos a un mundo nuevo
Marieta Alonso
Mi madre siempre contaba que el día que nací soplaba un viento sin demasiada convicción y empujaba la barca hacia el sureste, hacia la orilla. Creyó que le daría tiempo a llegar. Pero no, la que escribe estas líneas tenía prisa por ver el sol, oler el mar, sentir la arena. Y asomé la cabecita.
Menos mal que mi tía, mujer espabilada como pocas, no se arredró. Me ayudó a salir y con una pequeña tijera para uñas, que llevaba en el delantal, cortó el cordón. Luego atendió a su hermana.
La energía del viento subió de tono y en la superficie del agua se formó una ola, solo una, pero de tal tamaño y fuerza que lo cubrió todo, bañó al bebé, a las mujeres, a la barca… Limpiando todo de impurezas. Los peces aquel día se dieron un festín.