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El Olivo

15 enero, 2018 por Akelarre 5 comentarios

El olivo Carlos Franco Rubio
Papel pintado con tinta china de barra rematado el verde con acrílico en Roquissart, Mallorca. Año 2012.

El Olivo - Carlos Franco Rubio

Papel pintado con tinta china de barra rematado el verde con acrílico en Roquissart, Mallorca. Año 2012.

Nacido en Madrid en 1951 es una figura emblemática de la Nueva Generación Madrileña, movimiento que irrumpe en los años 70 regresando a la expresión figurativa. La inquietud creativa de este gran autodidacta rompe con las barreras convencionales.

Su pintura desprende voluptuosidad y gran gusto por los mitos, la magia, el inconsciente, así como referencias clásicas a maestros decimonónicos libremente interpretados.

Autor de una de las obras más singulares de arte en Madrid, las pinturas murales de la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor concurso que ganó en 1989.

Está presente en todas las grandes ferias de Arte del mundo, Basilea, Arco, Colonia… En 2015 un rotundo éxito en Pekín, así como en el año 2004 en una exposición itinerante en Panamá, Colombia, Brasil, Costa Rica y otros países de Latinoamérica, le definen como un autor consagrado en el panorama artístico internacional.

Viaje a París

Cristina Vázquez

Madera de olivo

Malena Teigeiro

Desdicha

Liliana Delucchi

Mi casa es...

Marieta Alonso

Viaje a París

Cristina Vázquez

Para mi querido amigo y fiel lector José Pedro

La lluvia fina y persistente me decidió a entrar en una galería de arte. Mi viaje a París fue precipitado, pues a mi marido le surgió un inesperado tema de trabajo y nos fuimos. Esa ciudad tenía para mí una resonancia especial, al haber estudiado unos años allí después de acabar el bachillerato. Fue un tiempo de descubrimientos, sorpresas y amor, como no puede ser de otra manera cuando eres joven. Lejos de tu casa, el mundo se abre con la esperanza cuajada de proyectos inasequibles a la realidad, y con un rumor de felicidad que acompaña cualquier momento vivido y por vivir.

Volver. A la primera oportunidad me escapaba, aunque cada vez me sentía más extraña a mí y a la ciudad, y de repente, al ver mi reflejo en un escaparate, me sorprendía la mujer que me miraba. Una mujer aún de buen ver, ordenada y con la apariencia de una vida conseguida en vez de la joven apretando unos libros contra el pecho, con una melena desbocada o una imperiosa cola de caballo. Y esa tarde, en la que me perdí a propósito por unas callejuelas del barrio latino, sin afán de búsqueda ni memoria, sino con el ansia de poder escribir en mi mente un plano nuevo de la ciudad, la lluvia fina y persistente me hizo buscar con cierto malhumor refugio. Y lo que más me atrajo fue esa galería de arte.
Me di una vuelta sacudiéndome el agua como un perrillo mojado y en una sala más pequeña encontré un cuadro en el que reconozco unos trazos. Pero no. Era imposible. Con las gafas puestas veo en la cartela que el autor es quien creía y la fecha de ejecución reciente.

––Señorita, ¿este autor no ha muerto? ––le pregunté a la joven galerista.

––¿Muerto? ––se rio con toda la amplitud de su perfecta dentadura––. Si la oyera, la mataría. Es mi padre.

Me quedé con las gafas colgadas de la punta de la nariz y con el aire más profesional que conseguí, le aseguré que había seguido su carrera artística durante muchos años y alguien me había informado de su muerte.

––Lo sentí mucho. Durante un tiempo fuimos buenos amigos.

Ella puso una expresión divertida. ¿Cuál era mi nombre, por si le sonaba? Y yo le di uno falso.

––No, no lo recuerdo ––contestó con cara de rebuscar en su memoria.

Siempre tan teatrero con sus amores, afirmaba entre risas. Y girándose hacia el cuadro, éste lo pintó a la memoria de una española y del viaje que hicieron por el sur perdidos entre olivares.

––Siempre decía que fue el amor de su vida ––remató con incrédula expresión.

––¿Podrías darle recuerdos de una vieja amiga de paso por París y entregarle esto? ––le pregunté con un nerviosismo cada vez más apremiante, al tiempo que le ofrecía el pequeño, diminuto colgante, guardado en el bolso como un querido amuleto.

––Si quiere, déselo usted misma ––y me señaló un café enfrente––. Es ése que está ahí sentado, aunque hace tiempo que no reconoce a nadie. Pero si quiere intentarlo…

En medio de la calle, sin importarme la lluvia, lo observé largamente por el cristal. Aún pervivía en él algo de su intensa mirada, de su ceño concentrado. Dudé si entrar. Me temblaban las manos. Con los pies mojados y una emoción olvidada me acerqué a su mesa. Lo llamé suavemente por su nombre y le puse en las manos el pequeño, diminuto colgante. Él me contempló fijamente, como si hiciera un enorme esfuerzo por recordar y sonrió. Luego se puso a canturrear en voz bajita la vie en rose, nuestra canción, y a mirar por la ventana.
En ese momento tuve la certeza de que nunca volvería a esa ciudad y de que compraría el cuadro del olivo que hoy cuelga en mi cuarto de estar.

© Cristina Vázquez

Madera de olivo

Malena Teigeiro

Negras y jugosas brillan en el plato de la ensalada las aceitunas. Una a una, separándolas de los dulces y carnosos trozos de tomate, la mujer las coge con la cuchara de madera para llevárselas a la boca. Cierra los ojos. Luego, lentamente, como el que se deleita con un palote de caramelo, revolotea con la lengua las olivas.

La familia de Acacia vive en la capital. Y todos los años, en el mes de junio, en cuanto terminan el colegio, al igual que hacen las aves en primavera, viajan al sur. Allí, en el cortijo de sus abuelos, entre olivos, acebuches y sabinas, pasan el verano. Y como todos los años, cuando ya casi han finalizado las vacaciones, ella y sus hermanos asisten al vareo de la aceituna.

Aquel mes de septiembre, por primera vez, y como siempre al lado de su madre y de su tía, Acacia tuvo entre sus manos una vara grande, larga, como la de los mayores. Sujetaba el palo, como si de una caña de pescar se tratara, intentando así llegar con su golpe a las ramas. Más veces se perdió la vara en al aire que entre los tentáculos del añoso olivo. Ilusionada, airosa, tenaz, sin cejar en su trabajo ni atender a las risas que resonaban a su alrededor, sus bracitos sudorosos y flexibles, seguían agitando la pica.

Y fue entonces, cuando sintió que unas manos la sujetaban por la cintura, levantándola del suelo.

––Agárrala fuerte. Pero por el medio ––dijo la voz de las manos.

La niña giró la cabeza y vio un rostro moreno, de ojos negros y dientes muy blancos que reían. Vareó así, entre aquellos brazos que le apretaban tanto las costillas y las caderas que casi no le permitían respirar. Soltó la vara y aferrada a los dedos del joven vio los suyos, frágiles, más blancos que nunca sobre las morenas garras que como hierros candentes la sostenían. Él, despacio, muy despacio, la fue bajando apretada contra su pecho, y besándola en la nuca, la dejó en el suelo. La niña sintió que sus alpargatas se hundían en la tierra y que el olivo daba vueltas y más vueltas a su alrededor. Con los ojos redondos y los bracitos en cruz, miró al cielo. Vio caer la niebla y entornó los párpados. Y fue entonces cuando sintió que entre aquella niebla blanca, las añosas y retorcidas ramas del olivo la envolvían como a una crisálida.

A partir de ese momento lo busca. Cuando lo encuentra lo sigue. Si lo ve trasegar en el campo, se esconde detrás del olivo más cercano. Y allí permanece, quieta, como si fuera un nudo más en el viejo tronco, sin dejar de contemplarlo. Da igual lo cerca o lejos que el joven moreno esté. Da igual que sea por la mañana o al atardecer. Da igual que se rían de ella los olivareros. La niña sintiendo en la cintura aquellas manos grandes y morenas que la incendiaron, no deja de contemplarlo. Él, ajeno a su sufrimiento, en cuanto la ve la saluda con una sonrisa. Entonces, y solo entonces, Acacia corre a los brazos del joven que en cuclillas la espera. Y que después de prestarle su vara, le coloca las manos en la cintura, fuertes, recias, con las que la mantiene elevada mientras ella sacude las ramas cargadas de aceitunas negras. Ahora es Acacia la que cuando la va a bajar al suelo, se cuelga de su cuello para, trémula, besarlo. Instantes después, pizpireta, con la mano levantada, le dice adiós y corre a esconderse debajo de las mesas para el almuerzo. Allí se queda, agazapada entre los largos manteles, hasta que al verlo sentado en el banco de madera, se encarama a su lado. Él, aparentando siempre una sorpresa, la abraza. Luego con sus romas y duras uñas, le revuelve el pelo para enseguida separar con su cuchara de madera de olivo las negras aceitunas de la ensalada. Entre risas y aspavientos, se las da una a una, y ella, como si fuera la más dulce de las golosinas, temerosa de romperlas, las deja pegadas al cielo de la boca.

La noche que escuchó su risa, hacía mucho calor y Acacia tenía la ventana abierta. ¿A dónde iría? La pequeña se levantó y se asomó a la ventana. Cubiertos por retazos de luna, lo vio caminar hacia el olivar. Él iba agarrado a la cintura de su tía, con el rostro pegado al cuello de la mujer. Los siguió con la mirada hasta que los viejos árboles los cubrieron con sus ramas. Apoyada en el marco de la ventana, como Wendy esperando a Peter Pan, Acacia se mantuvo levantada hasta que cuajado ya el amanecer entraron en casa. Luego se volvió a acostar. Y sintiendo que su pecho era muy pequeño, se durmió entre lágrimas y sueños.

Aquel 20 de diciembre, como todos los años por Navidad, un automóvil salió del cortijo para no regresar.

A la mañana siguiente, su divertida tía no ocupó su sitio en la mesa del desayuno. Ya nunca la volvió a ver. Más tarde se enteró de que poco después de fallecer sus abuelos en aquel trágico accidente, la hermana de su madre contrajo matrimonio. Y que ella cuando supo con quién lo había hecho, otra vez sintió hundirse el suelo y girar el olivo a su alrededor. Y de nuevo, cubierta por la cegadora niebla blanca, las añosas y retorcidas ramas la envolvieron.

Nunca volvió a veranear en el cortijo del sur ni a ver a aquel joven de rostro moreno, ojos negros y dientes muy blancos que siempre reían, ni tampoco pudo curar la desazón que le dejaron en su piel aquellas manos, grandes, morenas, de dedos fuertes, cuando la elevaba para varear.

Tampoco encontró Acacia otros dedos, que acariciándole las inexistentes quemaduras, le sirvieran de bálsamo, de sosiego, o que colmaran de placer su zozobra.

© Malena Teigeiro

Desdicha

Liliana Delucchi

No había podido llorarlos. Ahora se encontraba frente a ese olivo siniestro pensando en ellos y sin derramar una lágrima. Debí haberlo barruntado, se dijo con la mirada sobre las piedras donde ellos pasaron sus últimos momentos.

Felisa y él tuvieron una buena vida, sin estridencias, ni grandes momentos de bienestar o dolor. Un tiempo tranquilo de días que se sucedían entre el trabajo, algún paseo, una comida con los vecinos... Hasta que ella quiso un hijo. Un vástago que no llegaba, una espera que hacía a la mujer enterrar su desesperanza entre los rosales.

Les gustaba el teatro, no solo asistían a las obras, también iban a librerías en busca de los clásicos; los griegos eran sus favoritos: Eurípides, Esquilo y Sófocles. Solos en casa, representaban alguna escena distribuyendo las sillas como si fueran el coro. Diseñaban máscaras y vestuario. Si la nieve caía detrás de la ventana o los rayos iluminaban el salón, les daba igual, estaban absortos en los personajes que creaban con sus voces y gestos.

El atardecer en que entraron en la tienda de libros, la cajera estaba con la cara hinchada por el llanto y las manos temblando.

––Me ha dejado embarazada y no quiere hacerse responsable. Me enteré de que el muy cretino está casado.

Felisa pasó por detrás del mostrador en busca de un poco de agua, mientras él intentaba consolar a la joven.

––Sé que ustedes no pueden tener hijos. ¿No quieren el mío? Yo no puedo ir a mi casa con él, mi padre me matará.

Ambos se miraron y, sin más, fingieron el embarazo de Felisa. Cuando llegó la hora del nacimiento se trasladaron los tres a un pueblo lejano donde tuvo lugar el parto. El de verdad y el fingido. Y volvieron a casa con un niño sano y hermoso.

––¿Te das cuenta? Como en las obras griegas, ha funcionado el deus ex machina. Un Dios ha bajado a nuestro escenario y ha resuelto todo. ––dijo el marido mientras preparaba un biberón.

––Si la vida fuera un teatro, ahora la gente aplaudiría porque la obra ha finalizado. ––contestó ella.

Jugaba Felisa con su hijo debajo del olivo la primera vez que la vio aparecer. Sintió temblar el alma, el silencio era tal que creyó oír respirar a la tierra, pero la voz de la visitante lo rompió.

––Necesito dinero. Si no me lo das, me llevo al niño y les cuento a todos que eres una farsante.

Al día siguiente la pareja fue al banco y le dio la cantidad solicitada. Hubo una segunda visita, y una tercera. En la última, la antigua cajera se acercó al niño que trasteaba con las piedras debajo del olivo.

––Es muy guapo, se parece a su padre, pero sin la cicatriz en la cara. Podríamos hacerle una. ––y soltó una risa que a Felisa de dio escalofríos.

Muda y temblando, cogió a su hijo y lo llevó dentro. El trayecto parecía extenderse kilómetros, la puerta estaba cada vez más lejos y los brazos le dolían, sacudidos por el llanto.

––No sirve que lo escondas, volveré y quizás me lo lleve.

Una semana después, cumplió con su promesa. Los encontró en el jardín, la mujer podando los rosales y el niño en su hamaca. Lloraba el pequeño cuando unas garras lo arrancaron del balancín, los gritos de la madre se enredaron en las nubes de la tarde mientras la intrusa corría en dirección al olivo, con el bebé bajo el brazo izquierdo y un cuchillo en la mano derecha.

Cuando el marido regresó, al no encontrar a su familia en casa la buscó en el invernadero, en el parque, por el cenador, hasta que divisó a lo lejos unas figuras bajo el olivo. Allí, bajo aquel árbol centenario encontró a Felisa desangrada y al niño con un corte en la cara, inerte en brazos de la mujer que lo había dado a luz y acunaba con voz entrecortada.

––¡Desgraciada! ––Profirió el hombre a la vez que levantaba una de las grandes piedras que dejó caer sobre la cabeza de aquella que una vez le vendiera libros… y hasta un hijo.

Alzó la vista hacia las ramas y sintió que dibujaban un telón final sobre ese baile de muerte. Murmuró: «deus ex machina».

© Liliana Delucchi

Mi casa es...

Marieta Alonso

Hace ya muchos, muchos años, cerca de sesenta, mi hogar era la cama de mis padres, me colaba en medio y era el niño más feliz acurrucándome entre ellos. Me dormía tras recibir un apretado beso de mi madre y un tirón de orejas de mi padre. Más tarde fueron los brazos de mi mujer, hasta que ella me apartó con desdén y se fue con otro. Yo no era fértil y ella anhelaba ser madre, comentó. Entonces me solacé con la almohada pensando que gracias a mi trabajo tenía un techo donde guarecerme… Hasta que la crisis me lo quitó.

Un buen amigo, dueño de un taxi amarillo, me dio una oportunidad y desde hace quince días deambulo por calles y carreteras durante el día y justo en el momento en que la luna me hace un guiño, sé que es la hora de ir a dormir, por lo que tomo dirección a la Plaza Mayor de un escondido pueblo. Aparco junto al olivo milenario -que no acebuche-, el que está frente a la fuente del ciervo, y a los pies del árbol, entre sus raíces, extiendo mi saco de dormir, me introduzco en él, coloco a mi vera el osito de peluche que un niño se dejó en el taxi y me abandono.

Alguna que otra vez una aceituna cae y hace que hunda mis pensamientos en esa fuente de riqueza y alimento, de sabiduría y paz. Me distraigo en la búsqueda de sus orígenes y pienso en los fenicios, judíos, griegos, romanos, y tantos otros… ¿Quién plantaría la sombra que ahora me da albergue?

De madrugada para que nadie me vea, me acerco a la fuente, miro a derecha e izquierda, y haga frío o calor, me quito la ropa, me aseo y hago la colada, luego me visto con ropa limpia.

Soy el primer cliente del único café de la plaza. La dueña me permite que tienda mi ropa en la cuerda de su patio, y por un módico precio me la plancha. Bien doblada, la guardo en una canasta pequeña de mimbre que llevo en el maletero.

Regreso y allí, en una mesa cuadrada, cubierta con mantel de papel, al arrullo de la voz de la amable mesonera, desayuno opíparamente, por si se tuerce el día. Como y ceno en cualquier fonda si ha lugar.

A fin de mes guardo las propinas y las sobras del salario en la caja de ahorros que está en esta misma plaza, y recostado en el olivo, sueño con un cuarto y una cama donde quepan todos mis recuerdos. Así transcurre mi vida. De momento.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Madras rouge – Henri Matisse

15 octubre, 2017 por Akelarre 6 comentarios

Madras Rouge Henri Mattisse cuentos nuevo akelarre literario

Madras Rouge - Henri Matisse

Henri Matisse, junto a Pablo Picasso, es reconocido como uno de los grandes artistas del siglo XX. Nació en Francia, destacando por su simplicidad, su fuerza, su energía y, sin duda alguna, su gran expresividad en el lenguaje del color y del dibujo que no dejan indiferente al espectador. Una frase suya nos muestra su sentir:

«… no se puede hacer arte sin pasión.»

El pintor tuvo la suerte de ser valorado en vida, llegando a recibir la Legión de Honor en el año 1925, además de otros numerosos premios.

Lo importante para Matisse no era el motivo en sí, sino la manera de pintar; el fondo como el retrato forma un conjunto indivisible del que resulta toda la obra. El parecido físico le resultaba intrascendente.

Estando vivo nunca soñó que cuatro escritoras le fueran a rendir este homenaje con sus letras, este canto a la belleza que surge de papel, plumas y pinceles, ante el cuadro de «Madras Rouge», de 1907, cuya modelo fue su esposa Amélie Noellie Parayre Matisse.

Desde donde estés, Henri, esperamos que sonrías y disfrutes con nuestros cuentos.

Alfonsina

Cristina Vázquez

Lavandas y alhelíes

Malena Teigeiro

Monólogo para dos

Liliana Delucchi

Semblanza de mujer

Marieta Alonso

Alfonsina

Cristina Vázquez

Este cuadro está frente a mi cama y lo miro con detenimiento cada mañana y cada noche. Es mi madre, Alfonsina, una mujer singular. Y recordaba con agradecimiento y sorpresa cómo había llegado a mis manos.

El viejo pintor, del que todos decían que le dominaba un genio impredecible, a mis nueve años me inspiraba terror. La primera vez que le vi me admiró lo menudo que era, pues yo pensaba que un hombre de su fama tenía que ser imponente, grandioso. Iba envuelto en un batín con dibujos de cachemir y un sombrero oriental rojo intenso que le daba un aspecto extraño. Gruñía, hablaba solo, enfadado, como un oso diminuto y rabioso después de hibernar. Tenía una manera destemplada de pedir la comida o los pinceles y a veces tiraba todo al suelo, paleta, frascos y hasta fui testigo de cómo destruía una tela a patadas. Mi madre, con las manos entrecruzadas igual que una abadesa y mucha dulzura, se estaba quedando sordo le disculpaba, y los dedos le dolían por la artrosis y eso, al pobre hombre le malhumora. Y con un mohín de disgusto y la voz más baja, peor aún, había perdido la inspiración remataba en tono confesional, pero en el fondo era un buen hombre y que tuviera paciencia.

Cuando iba a recogerla después de salir de la escuela, le espiaba por los ventanales desde un lugar en el que no podía verme, y a veces lo observé delante de un lienzo en blanco, sostenerse la cabeza con un gesto de desesperanza.

Desde hacía dos años, cuando murió mi padre, ella se ocupaba de limpiarle el estudio, hacerle la compra y de que se mantuviera un cierto orden en la casa, en la que aparecían de forma intempestiva mujeres, artistas jóvenes buscando el consejo del gran hombre, modelos y amigos que acababan con las reservas de bodega y despensa.

Al día siguiente, el viejo, de peor humor y con quejas de dolores por todo el cuerpo, se lamentaba de ya no aguantar nada, ni el vino, ni el cotorreo, ni a las mujeres.

—Me queda poco tiempo y menos inspiración, y la poca que me queda me la arrebatan estos gorrones —le espetaba a mi madre.

Sin inmutarse, ella recogía el desbarajuste dejado y alguna prenda femenina de lasciva huella, que iba metiendo en una bolsa de recuerdos, le aseguraba al maestro con una picardía correosa, y poco a poco se reinstalaba el buen hacer y el orden.

Nos fuimos a vivir a su casa, las noches eran muy tristes sin su Alfonsina, la única que le había comprendido gimoteaba el artista, y con una expresión angustiada, que el chico estuviera solo y ella yendo y viniendo, no era prudente. Mi madre, desde su robustez morena y pacifica, le observaba con tal intensidad que él, con la cabeza gacha como un niño desvalido, le pedía dócilmente que le diera masaje en los dedos con el aceite de árnica, o en la espalda. Sus manos eran benéficas, susurraba con dulzura. Ella, paciente, en una silla frente a él, apoyada en las rodillas entreabiertas, un dedo tras otro, despacito, conseguía que el viejo en vez de gruñir gorjeara como un pajarillo feliz.

No volvieron amigos ni modelos.

Un día que llegué antes de lo previsto, me asomé sin hacer ruido por el ventanal y sorprendí a mi madre tumbada sobre el diván en una perfecta desnudez, plácida, sonriente. El maestro la pintaba extasiado, en un silencio en el que solo se oía el ruido de los pinceles. Eché a correr. Al volver por la noche mi madre, sombría, me dijo que eso era solo arte y que de ese arte viviríamos los dos. Así que: ¡chico, a callar!

Y se le oía llamarla de lejos.

—No puedo vivir sin ti, Alfonsina, eres mi inspiración, mi luz.

Igual que un niño que ha encontrado un tesoro escondido, no paraba de repetir que el arte había vuelto a su sangre solo por ella, y la miraba con adoración agradecida. Él dejó de gruñir y pintaba sin descanso a mi madre con trajes orientales, como una diosa, una libélula, y al tenue calor del brasero del estudio el maestro resucitaba y se encogía a la vez, como una pavesa en su último esplendor. Otra tarde, la última, me la encontré disfrazada con un turbante rojo, un traje ribeteado de armiño, apoyada en el respaldo de una silla y una mirada serena y lejana. Al oírme entrar el artista se giró, lo que sentía de morirse, era no haber conocido antes a una mujer como ella y no tener un hijo fuerte y moreno como yo, me aseguró con feroz intensidad.

—Sí, como tú —y su mirada brillaba con resignada y sabia entrega.

Esa noche, mientras mi madre le ponía los polvos calmantes que le daba a diario para sus dolores de artrosis en la leche caliente, le quedaba muy poquita vida me confesó con expresión tranquila. Nos miramos apenados. Luego con paso firme y voz arrulladora le llevó la bebida a la cama, donde se quedaba con él hasta que se dormía.

Cuando murió, nos quedamos a vivir en su casa y heredamos sus obras. En el cuadro del turbante que pintó esa última tarde, y que yo tengo frente a mi cama, al darle la vuelta pude leer escrito por él con trazo firme. “No me importa que me estés matando porque también me has dado la vida”

© Cristina Vázquez

Lavandas y alhelíes

Malena Teigeiro

Desde pequeñita lo admiraba. Acompañado por sus esposas —fueron tres y con ninguna tuvo descendencia—, lo veía entrar en la Iglesia del brazo de aquellas damas elegantes, hieráticas, siempre envueltas en sedas, encajes y plumas de colores.

—¿Cómo han pasado la semana la pequeña Cécile y su vestidito rojo? —guiñaba un ojo divertido.

Ella casi no se atrevía a mirarlo. ¡Era tan señor el señor! A los seis meses de haber fallecido su última esposa comenzó a percibir que no la saludaba de la misma manera, ahora lo hacía entornando los ojos, igual que ojeaba su padre a los terneros en la feria. Una noche al volver de encerrar las vacas, la muchacha lo encontró en casa. Se levantó al verla, recogió el capote, y llevándose la mano al sombrero, se fue. Al pasar por su lado, como siempre, le guiñó un ojo.

—Hasta pronto, Cécile.

Su padre y su madre estaban revolucionados. Su abuela no tanto. Valía para más, murmuraba sentada en su rincón la aún bella anciana. Le dijeron que fue a verlos para pedirla en matrimonio, aunque tenía que saber que él les había dicho y recalcado que lo haría siempre y cuando ella no tuviera inconveniente. La joven divisó en la mirada de su padre la misma luz que cuando obtenía en el mercado un buen precio por una vaca. Y aunque su abuela movía casi imperceptiblemente la cabeza, sus padres, sabedores de la fortuna que aquel matrimonio podía traerles, estaban decididos a entregarla. Comprendió la pequeña Cécile que no tenía otra opción. ¡A dónde vas a ir que mejor estés! Decía su arrebolada madre pellizcándole la mejilla.

Después de tres días la vino a buscar en un cabriolé pintado de negro. Ella lo esperaba en la puerta con su vestido más lujoso, el rojo, el mismo que se ponía para ir a las fiestas, el mismo que lucía los días de precepto para ir a Misa. La llevó a los bosques de su casona de piedra, que a Cècile le pareció un castillo, y sentados sobre la hierba fresca de un claro, arrullados por el rumor de las hojas de los árboles, abrazándola, la besó, llegando en sus caricias a levantarle las faldas. Aquellas manos de dedos largos, blancos, sin cayos ni rozaduras, le gustaron. ¡Era tan elegante y cariñoso el señor! Y además a la niña le gustaban aquellos amorosos escarceos sobre su piel, que hacían que le subiera un calor al pecho que la excitaba. Y así siguieron una tarde tras otra hasta que terminó el luto por la última esposa y pudieron contraer matrimonio. La boda fue tranquila. Solo asistieron sus padres, su abuela y algunos familiares que de él llegaron de París y que la miraban con descaro.

La misma tarde que contrajeron matrimonio, cuando después de despedirse de los invitados ella trémula lo esperaba, su esposo le acarició con el pulgar la mejilla, y como si se tratara de un padre aleccionando a su adorada niña, le manifestó que ahora tenía que aprender a comportarse como la perfecta esposa de un caballero, y que su pariente Adèle se había ofrecido a instruirla. Después, cálido, la besó en la oreja, le sujetó el rostro entre las manos y le rogó que se esforzara y que aprendiera rápido. Y sin más, sin permitirle recoger ni una sola prenda de su ajuar, como el que devuelve una mercancía defectuosa, la envió con su prima a la capital.

—Te espero anhelante —le susurró al oído antes de cerrar la puerta del coche.

Ya en la ciudad, madame Adèle, que estaba soltera y encogía la nariz cada vez que se equivocaba de cubierto, la llevó al atelier y la vistió de sedas, encajes y lazos. Le compró medias de seda fina y sombreros adornados con flores, frutas y hermosas plumas de colores. Le enseñó a perfumarse. Así, le decía vaporizando el aire con una nube de la delicada fragancia, que luego, como gotas de lluvia fina, le caía encima. A ella eso le parecía un despilfarro, y además dejaba poco aroma en la piel, pero si era así, así lo haría. Le enseñó a comer todo tipo de manjares con unos cubiertos raros. Habituarse a eso, le había costado un poco más, sobre todo porque muchas veces la comida no le gustaba. ¡De dónde se iban a comparar aquellos elaborados platos con las rebanadas del pan recién hecho por su madre, untadas con queso fresco o foie! Y le enseñó a escribir y a leer con soltura. Hasta que un día, altiva, colocándole una mano sobre el hombro, le espetó: «Ya no puedo sacar más de ti.» Y en un coche que llegó a buscarla desde la casa de su esposo, cargada de baúles y maletas, la devolvieron a la aldea.

Cuando entró en su hogar de piedra que seguía pareciéndole un castillo, con impostada elegancia, se desprendió el alfiler del sombrero y se quitó los guantes. Él la miraba admirado. Ella inclinó la cabeza y le ofreció una blanca y perfumada mejilla que él besó. Estarás cansada, dijo, poniéndole la mano en la cabeza. Se volvió hacia uno de los criados, y le ordenó que la acompañara a su habitación. Siguiendo las indicaciones de Adèle, se vistió para cenar y cuando iba a salir de su cuarto, escuchó que unos nudillos golpeaban la puerta. Ha venido a buscarme, pensó inquieta pellizcándose las mejillas. Pase, pronunció con un tono de voz impersonal, tal y como le enseñó la prima de París. Entró el criado llevando una bandeja que dejó sobre un velador al lado de la ventana. En ella, además de unos apetitosos alimentos, al lado de una botellita de vino tinto, había una tarjeta doblada por la mitad. Que descanses querida, decían los rasgos de aquella elaborada escritura, y debajo de las tres palabras, aparecía el nombre de su esposo. La leyó una y otra vez sintiéndose como si fuera una invitada. Ya anochecido, se cambió sus ropas por un bonito camisón y lo esperó hasta que el sueño terminó venciéndola.

A partir de aquella noche almorzaban y cenaban juntos, aunque apenas hablaban. Él la miraba y con la más triste de las sonrisas, movía la cabeza. Luego, después de besarla en la mano o en la frente, se iba cabizbajo. No volvieron a pasear, ni la volvió a abrazar como antes hacía debajo de los árboles del parque, ni volvió a encontrar en sus pupilas la tunante luz de los días en que la cortejaba, ni tampoco le volvió a levantar la falda aquella mano cálida y suave, que tanto extrañaba y que su solo recuerdo le encogía el pecho.

Por las tardes, Cècile solía ir de visita a la casa de sus padres. Al menos entre aquellas pobres y humildes paredes se sentía querida. Y mientras se bebía un tazón de leche recién ordeñada y mordisqueaba rebanadas de pan todavía caliente, mentía al contarles lo bien que estaba y lo feliz que era. Y ellos le hablaban de la buena boda que había hecho, y de la suerte que tuvo cuando se fijó en ella el terrateniente más rico de la aldea y sus alrededores, quien además de ser hombre bueno y educado, la quería tanto. Y contemplándola arrobados le contaban que sus amigas envidiaban sus criados, sus lujosos vestidos, y que tomara los alimentos con cubiertos de plata y en mantelería fina. Y, luego, cuando se despedían, su madre, aduladora, le susurraba al oído poniendo los ojos en blanco: «Un hijo. Ahora tienes que darle un hijo. Si no, vendrán los de la capital y...»

Una tarde en que al encontrarse sus padres en el campo se hallaba a solas con su abuela, Cècile bajó la cabeza y rompió a llorar. La anciana frunció el entrecejo. Y sin esperar que la mujer le hiciera pregunta alguna, comenzó a hablar.

—Abuela, desde que me casé, mi hombre no me toca. Ni tan siquiera yació conmigo antes de enviarme a la capital. Nunca ocurrió nada de eso que usted me dijo que iba a pasar —clamó entre sollozos—. Intento ser como ellos quieren, y casi nunca me equivoco al usar los cubiertos. Abuela, hasta leo todas las noches a su lado.

Alisando la falda de seda lila, bajó la mirada. Sacó de su coqueto bolso un pañuelo de batista y encaje y ayudada por el pulido dedito, se limpió las lágrimas. Con voz ronca continuó diciendo que la prima Adele le enseñó a ser discreta, amable, a no levantar demasiado la vista delante de los hombres, no fuera a ser que la tomaran por lo que no era, y que ella…

—Ven —la interrumpió la anciana pidiéndole que la ayudara a levantarse.

Juntas, fueron hasta el dormitorio en donde la anciana abrió un cajón de la cómoda de pino pintada de negro, y sacó dos fotos, amarillas ya por los muchos años transcurridos sobre ellas. Incrédula, Cècile miraba una, luego otra. Y volvía hacerlo una y otra vez. Después de un rato, tumbadas en la cama las mujeres mantuvieron una larga conversación.

Era ya de noche cuando llevando un atado en la mano, volvió a la casona de piedra. Fue directamente a su habitación y se encerró con llave. Desnuda, se frota con hojas de lavanda los hombros, las piernas y el cuello, y luego de untarse el sexo con aceite árabe, de pintarse los ojos con kohl, y las mejillas con carmín, se viste con su traje rojo, aquel que se ponía para ir a la iglesia y pasear con él por los bosques. Así arreglada, baja al zaguán y cómodamente recostada en una silla lo espera. Lo ve entrar, y maliciosa, desvergonzada, le sonríe. Y cuando el hombre serio, solemne, trémulo, ya está junto a ella, Cècile, envuelta en una nube de fragancia, se levanta y le recoge el sombrero y el capote. Después, gatuna, le acaricia la mejilla tan cerca, que le hizo sentir su aliento refrescado con menta. Sin soltarlo, apoya la cabeza en su hombro regalona, y se cuelga de su brazo.

—Hueles a prado y a vacas —turbado, le acaricia la mejilla.

Y ella, abrazándolo, le roza la nuca, le echa los brazos al cuello y después de besarlo ardorosa, lo empuja hasta el dormitorio.

Tenía que volver a hablar con su abuela, pensaba contemplando las pinturas de ángeles y nubes del techo. Había puesto en práctica sus enseñanzas y lo había conseguido, pero ahora quería saber más. Ahora era a ella a la que no le bastaban los placeres de los que había disfrutado aquella noche. Tenía que haber más, se repetía. Y quién si no su astuta y pícara abuela podía enseñarle cómo divertirse. Quizá si hubiera nacido en la ciudad sabría tanto como ella, y quizá también, sería bailarina en un cabaret de París. Volvió la cabeza y contempló el rostro del hombre que sonriente, plácido, dormía a su lado. Entrecerrando los ojos, levantó los desnudos brazos por encima de la cabeza y se recostó en la almohada. Suspiró profundo recordando a su abuela. Cómo se apreciaba su arte cuando le mostró cómo comportarse para hacer a su hombre feliz. Y mientras le revelaba el arte de la utilización de las manos, de la composición de las posturas, con qué dulzura le hablaba sobre el placer, que… Abrió los ojos de golpe. ¿A qué se referiría cuando le dijo que tenía la obligación ser feliz «dentro o fuera de tu casa»? Sí. Tenía que volver a hablar con ella.

© Malena Teigeiro

Monólogo para dos

Liliana Delucchi

Hubiera querido decirle que no me interesaba, que su discurso ya lo había escuchado muchas veces, de sus labios y de otros. Pero ser educada es una desventaja y allí estaba yo, sentada de lado en una silla incómoda y cambiando de posición cuando ella no me veía.

Sé que puedo mirar de frente y engañar a mi interlocutor que creerá que, con la mirada fija en su rostro, estoy pendiente de cada una de sus palabras, pero no es así. Mis ojos están viendo otros paisajes y otras personas, y con un «¿de verdad?» cada tanto, ella cree que sigo su relato. Es un truco que aprendí de pequeña, cuando me obligaban a asistir a las interminables tertulias de mi madre o cuando me regañaban porque en vez de hacer los deberes estaba leyendo.

Lo que está ocurriendo, en realidad, es culpa mía. Llamé a Clarisa porque el terapeuta me recomendó que hable, que desahogue la angustia que me produce la alopecia que se hizo dueña de mi cabeza a causa del estrés. Parece ser que las tres razones que más lo causan son un divorcio, una mudanza o la pérdida de un empleo y, lamentablemente, cumplo con las tres premisas.

—La soledad no es buena compañía —afirmaba mi psicoanalista repantigado en su sillón de cuero desde donde cree que va a curarme.

Marqué el teléfono de mi amiga y la invité a tomar café.

—Bonito turbante. Muy acorde con las esculturas —dijo Clarisa recorriendo con la mirada mi pequeño salón que unas horas antes yo había decorado.

Traté de relatarle lo que me pasaba, pero el diseño del pañuelo que llevo puesto le recordó sus viajes por África y, por enésima vez desde que la conozco, empezó a hablar de ellos. Claro que como tiene mala memoria, cada acontecimiento iba aderezado con nuevas aventuras donde ella era la protagonista.

Serví el café y su olor le recordó un bar brasileño y la conversación que mantuvo con su hermana cuando degustaban una taza.

—Estás un poco pálida —susurró mientras cogía una pasta con mermelada.

Era mi momento y le dije que estaba visitando a un psicólogo.

—Genial, mi sobrina lleva a los niños porque tienen una conducta que en el colegio consideran inapropiada.

A partir de allí me contó cómo es el sistema educativo actual del que estoy alejada desde que mis hijos terminaron la universidad.

Me disculpé para ir al baño y ante el espejo le pregunté a esa mujer que me devolvía, cómo puedo elegir tan mal a la gente. Si hiciera una lista de mis equivocaciones, ocuparía páginas y páginas, pero me había propuesto pedir ayuda, algo que me resulta muy difícil, e iba a intentar conseguirla.

Cuando regresé al salón, mi invitada estaba hojeando una revista de moda y eso le dio pie a un nuevo discurso sobre los colores de la temporada.

Tres horas después, sin que yo hubiera tenido oportunidad de llevar a cabo mi misión, se fue. Hilario la esperaba para ir a recoger no sé qué cosas. «Y ya sabes lo furioso que se pone si llego tarde». Desde el ascensor, después de recomendarme un maquillaje para mi palidez, me lanzó un beso con los dedos y partió.

Creo que el lunes no voy a ir a terapia.

© Liliana Delucchi

Semblanza de mujer

Marieta Alonso

Hoy, como todos los miércoles, he ido de visita a un museo. Llevo horas sentada ante este cuadro, embrujada por esa mirada inescrutable. Sonrío. Sus ojos hablan de una mujer romántica pero los labios denotan fortaleza. Lo mismo que yo, que me cuesta actuar pero si me hacen daño no me dejo poner un pie encima.

Un hombre bien plantado se sienta a mi lado y se pregunta en voz alta qué secretos guardará esa imagen. Sonrío.

—Todos tenemos algo que ocultar —afirmo en un murmullo.

—Por supuesto —responde el desconocido.

No tengo por qué contarle mi vida a nadie, ¿qué podría decirle?, pero y ¿si me desahogo achacándole a esta mujer lo que a nadie se me ocurriría contar? ¿Por qué no ahora?

—Mire usted sus ojos —señalo— no es tristeza lo que reflejan. Es determinación. La imagen de su marido la persigue en sueños, cada noche se esconde entre las sombras, sin hablar, con su mirada fija en ella, esperando. Cada mañana despierta como si estuviera acompañada. Cada tarde oye los sones de aquella canción que bailaron muy apretados el día en que se conocieron. Tenía quince años. La embaucó con su lisonja, su presencia, susurrándole amor al oído. Tonta de ella que le creyó.

—La edad —razonó el hombre— propicia locuras.

—Pues sí —asentí.

—Continúe, por favor.

—Le hizo dos hijos y sin venir a cuento, una noche estrellada regresando de una fiesta, le comentó con pelos y señales que tenía relaciones con una docena de mujeres. No se lo podía creer. Vanagloriándose apretó el pedal y aceleró para darle mayor ímpetu a sus palabras, que no fueron otras que ofrecerle… Sintió que la sangre se le iba a los pies. Como si fuera un chiste: podía marcharse con los niños —soltó con su mejor sonrisa— o trabajar de lavandera, o ser complaciente con los amigos que él podría traer cada noche.

Pedazo de cerdo, pensó. Miró hacia la carretera, los árboles pasaban vertiginosamente. Tan violento fue el volantazo, que el automóvil —ese con el que tanto presumía—, derrapó primero para volcar después. Ella tuvo tiempo de salvarse al saltar con la agilidad de su juventud. Se le daba bien medir los tiempos.

Tras el féretro lo práctico se impuso. De acuerdo con las otras amantes, ahora se dedica a regentar el negocio tan bien montado por su marido.

Que aparezca cada noche en sus sueños, debe ser que está impaciente por vengarse de ella. ¡Infeliz! Tiene para rato.

—Y usted ¿Cómo lo sabe?

—Intuición, caballero, intuición.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

La pesca del atún en Ayamonte

15 agosto, 2017 por Akelarre Deja un comentario

la pesca de atún en Ayamonte Sorolla

La pesca del atún en Ayamonte - Joaquín Sorolla

La pesca del atún, cuadro que inspira este mes nuestros cuentos, fue realizado en el año 1919 por el pintor español Joaquín Sorolla Bastida (1863–1923).

Esta pintura de grandes dimensiones, forma parte de la serie Visión de España, compuesta por catorce grandes paneles para la Hispanic Society of America de Nueva York, fruto del encargo hecho por el hispanista Archer Milton Huntington (1870-1955) por el cual Sorolla se comprometía a realizar una serie de lienzos de gran tamaño con destino a decorar la biblioteca de la sede de la fundación. Huntington, con el que el pintor trabó una gran amistad, fundó esta institución para divulgar la cultura española en los Estados Unidos.

La pesca del Atún, uno de los cuadros más conocidos del pintor valenciano, muestra la tradición pesquera de la almadraba, arte que ya fue utilizado por fenicios, griegos y cartagineses en las costas españolas, cuando en la primavera, época de celo, los atunes nadan desde el Círculo Polar Ártico hasta el mar Mediterráneo, buscando sus aguas calientes para el desove.

Hasta septiembre de 2017 se pueden ver en el museo de El Prado de Madrid, las pinturas cedidas por la Hispanic Society of America.

Cada verano

Cristina Vázquez

El atún de aleta azul

Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

Luz del amanecer

Marieta Alonso

Cada verano

Cristina Vázquez

La brusca sacudida del autobús despertó a Paloma. Tuvo que cerrar los ojos pues creyó que no podría soportar el resplandor de tan deslumbrante luz. La había ido a recoger al pueblo su tía Casilda, una mujer viuda hermana de su madre, para que pasara una temporada larga en un clima más benigno y fortalecer su salud. Dejó con desasosiego y toses la casona de piedra, rodeada de verdes montañas y días de bruma. Al despedirse, desde la parte de atrás del autocar de línea, creyó que el corazón se le iba a partir.

El viaje largo con incómodas paradas, la mano huesuda y desconocida de su tía como único soporte, la llevaron a refugiarse en un duermevela que se transformó en sueño del que despertó con la sacudida de la llegada. La casa encalada daba al puerto. El olor intenso del mar, el reflejo como un cuchillo plateado del sol sobre el agua y el azul del cielo, la hicieron sentir un estallido de vida y fuerzas que enseguida le dieron ganas de jugar y reír. Una mañana encontró a un chico sentado en el mirador de casa de la tía mojando un bizcocho.

—Este niño es el hijo de mi vecina y se llama Martín.

Rubio, con un flequillo de estopa, no levantó la cara de su tazón hasta que lo acabó y sin más preámbulo, dijo.

—Anda niña, vamos a la calle.

Un ritual que se repetía todos los años en que siguió yendo a pasar el verano, era ir a ver con Martín cómo sacaban los atunes. De niños miraban fascinados con un punto de repugnancia y excitación a los hombres que arrastraban los animales plateados, alguno aún coleando en medio de la sangre y los gritos. Eran como monstruos que los habían limado con piedra pómez, por eso no tenían escamas, aseguraba Martín con una sabiduría que a ella le pareció innegable. Pero nunca los arrastraría, juraba, ese olor le revolvía el estómago, y con un gesto despectivo remataba que eso era trabajo de gente pobre. También le enseñó a coger higos chumbos sin clavarse las espinas, a hacer cabañas al lado del río, a robar sandías y a correr sin parar por una playa blanca, infinita.

—El que cuente más lomos gana.

Al pasar los atunes a veces se les veía brillar en el agua. Y el que ganara, premio. Siempre triunfaba él y las recompensas pasaron de pedirle que le buscara conchas negras, o le trajera chicles a que le diera un beso y luego una caricia. Cuando crecieron, los chicos que antes miraban sacarlos de las barcas, con apuestas de cual se atrevería a tocar el ojo o la aleta que tenía poderes, eran los que se esforzaban en tirar de los peces. Y entre ellos Martín.

La noche antes de volver Paloma a su pueblo de brumas y obligaciones, Martín, recién duchado, aunque con cara de asco, no conseguía quitarse el rastro de olor a pescado, protestaba rabioso. Nunca más volvería a oler así, porfiaba al abrazarla en las dunas con la impaciencia de la despedida.

—Yo me marcho, Paloma, no aguanto más este pueblo y esos peces.

Y con desesperación le pedía que se fuera con él. En cuanto encontrara un trabajo le escribiría y podrían estar juntos. La luna colgaba del cielo con desvergüenza naranja, y el rumor del mar y los cañaverales cercanos fue una música que a ella la acompañó su vida entera.

Las cartas no llegaron y no supo nada de él durante muchos veranos. El esplendor de la luz se marchitaba igual que ella. Dejó de ir al pueblo y los atunes le resultaron horrendos y malolientes, el olor que él odiaba. Cuando murió la tía fue a recoger la casa y se acercó al puerto a despedirse de su juventud, de su tiempo dorado, y vio unos marineros apoyados entre los peces en actitud despectiva, como si estar ahí sin ayudar ni mirar a los hombres que faenaban les diera una categoría superior. Y en la figura que estaba de espaldas creyó reconocer a Martín, que charlaba descuidado con los otros hombres. Se acercó a él y cuando se dio la vuelta casi no le reconoce de lo estropeado que estaba del mar, el sol, del aire. Su pelo rubio estaba ralo, y sus manos, recuerdo de dulzuras insondables, llenas de callos que le rasparon al estrechársela en un saludo convencional, sin emoción. Él tardó en reconocerla, la sobrina de Doña Casilda, quién lo diría.

—Una amiga de la infancia—la presentó a los otros.

Y en su voz no encontró el eco deseado, ni en su mirada un destello. Y el recuerdo atesorado con reverencia de los cañaverales moviendo la noche, el mar en las dunas, sus ardientes abrazos, se diluyó como el rastro rojizo de la sangre de los peces en el suelo.

—Hasta otro rato Paloma.

Y se giró para seguir con su charla.

© Cristina Vázquez

El atún de aleta azul

Malena Teigeiro

Sabe bien que esa forma de pescar ya la hacía su abuelo y el abuelo de su abuelo, pero a él, ahora que es mayor y la conoce bien, no le gusta el arte de la almadraba. Todo ocurrió el día que los vio atravesar el Estrecho, buscando el agua caliente. Eran listos los condenados. Nadaban agrupados por tamaños, por especies, como las camisas en los estantes de la mercería de la Lola. Iban en inmensos cardúmenes, sin comer, sin dormir, solo arrastrados por el río de agua que los empujaba, con la mente fija en llegar pronto a unas aguas más calientes que las del océano que dejaban atrás. Los vio caer en la trampa de la almadraba y le dieron lástima aquellos hermosos peces con barrigas de plata, tiesos como jureles gigantes, golpeándose unos a otros en el vano intento de escapar de las redes que los cercaban. ¡Inocentes! Pero lo que ya no pudo soportar era aquella figura del Antonio, ése sí que hacía bien aquel trabajo maldito, joven, fuerte, con las mangas de la blanca camisa, ahora manchada de sangre, remangadas sobre los codos. Todavía se despertaba viendo cómo, con una puntería mortal, los enganchaba en el ojo y ellos, arrasados de dolor, daban tal salto que subían solos al barco. Movió ligeramente la cabeza, había que ser joven y fuerte, y él ya no lo era.

Y desde el día en que tomó la decisión de no volver a echar la almadraba, cuando aún alumbra la luna, Paco sale solo en su barca, en la Rocío, a pescar los atunes. Lo que haces es peligroso, le decían en la aldea, cualquier día de estos te arrastrarán hasta el fondo del mar. Pero él, al que esos comentarios le dan lo mismo, rellena con calma su cachaba, luego con ella entre los dientes, coloca los cebos en la línea, y espera. A veces, hasta se queda dormido, pero cuando comienza a sentir el calor del sol, y un tirón de la línea lo despierta, entonces coloca los pies, todavía fuertes, apoyados en la borda, se echa hacia atrás, y le da caña, y como si fuera un matador en el coso, siente que mide su fuerza con la del animal. ¡A ver quién de los dos gana!

Esa mañana lo despertaron los fuertes tirones de su caña. Vio salir la cabeza del agua, sus ojos grandes, redondos, como los de una joven Manga japonesa, lo miraron amenazadores. Nunca había visto un atún tan grande. El pez, intentando desprenderse del anzuelo que llevaba en la boca, a veces da saltos que levantan las aguas formando olas grandes como las de las tormentas; otras, tira de la línea hacia el fondo y al ver capotar a su débil barca, Paco siente en su alma el deseo de seguirlo para descansar entre las algas del fondo del mar. Otras, lo ve correr hacia el infinito arrastrando su barquita como si en vez de un pez fuera una mula. Era tan bravo y tan grande que temió que aquel fuera su último día, pero su Rocío, sin miedo, alegre, convencida de salir airosa, lo seguía dando botes en el agua, y aunque le crujieran las maderas, igual que le sonaban a él lo huesos, aguantó las embestidas. Cuando ya agotado el pez se rindió, y comenzó a subirlo enganchado en la pequeña grúa, tan grande y pesado era que la barca se escoró, se escoró tanto que hasta llegó a entrarle agua. Virgencita del Carmen, había rezado, ayúdame a conservar el pan para el invierno. Y el pez, quizá porque lo cegó el sol, quizá porque no entendía lo que le pasaba, quizá porque la Señora había atendido a su ruego, se quedó quieto, momento que aprovechó para bajarlo y cubrirlo con la lona. Miedo le daba que saltara otra vez a la mar. Entró en la cabina y sacándose la gorra, acarició la imagen de la estampa de la Señora con los dedos. Gracias, farfulló santiguándose. Se volvió a calar su visera azul, arrancó el motor y puso rumbo de vuelta al puerto con la barca casi hundida por el peso del grandísimo atún, que de vez en cuando todavía coleaba. Sudoroso, lo miraba con tristeza, y no porque el pez, todavía vivo, hubiera fijado sus orgullosos y retadores ojos en él, sino porque el hermoso animal de aleta azul le dijo que se había hecho viejo. Aunque se pasó la mano por la frente en el intento de olvidar sus últimas horas, sabía que lo había arrastrado durante varias millas sin que él pudiera hacer nada y lo había hecho con tanta fuerza, que casi lo tira al mar, pero él, pescador viejo y avezado, aguantó el envite y le dio caña hasta que su hermoso enemigo no pudo más. Hasta que se cansó. El atún, como si reconociera sus pensamientos, cimbreó el lomo y golpeó con fuerza el suelo de la barca. Con la pipa ya sin fuego en una mano, no dejaba de contemplarlo. Le daba lástima, él solo había abandonado los océanos para ansioso, anhelante, ir en busca de una novia sobre la que desovar, igual que hacía él cuando ponía rumbo al puerto desde que, hacía ya muchos años, se llevó a su casa a la más bonita moza de la aldea, a la Rocío.

© Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

Promediaba mayo cuando, una vez más y siguiendo la tradición que me impuse desde que mi padre partió, fui al puerto a ver los barcos que regresan con los atunes. Don Gervasio suele prestarme su barca para ver la almadraba con pescadores y rederos, envueltos en sus labores entre enormes peces vencidos. Sus trabajos y ajetreos me permiten imaginar a otro personaje entre ellos, aquel que un día embarcó con rumbo desconocido en busca de otros mares y del que solo recibo cartas cada tanto. Sé que está en el norte, en un país donde se habla otro idioma y que la gente es alta y rubia.

Ayer llegó una esquela más corta de lo habitual. Dice que nos echa de menos, a nosotros y al clima, y que mira el horizonte en busca de la desembocadura del Guadiana, pero no encuentra la calidez del hogar. Uno de los marineros hace señas para que me aleje y retire mi barca, ése no es lugar para niños, vocifera. Le grito, desde donde estoy, que mi padre también es pescador y lleva años lejos. Se quita la gorra y la agita para que abandone el lugar. No importa, volveré a casa para ver en el Atlas, regalo de mi tío, dónde está papá.

En casa no hay nadie. Madre debe haber ido a la compra y mis hermanas al lavadero. La habitación está en penumbras, con el olor del mar colándose por las persianas entreabiertas, donde el sol intenta entrar formando rayas en la butaca que usaba él. Me siento en ella para descansar y cierro los ojos tratando de recordar sus facciones. Tenía bigote y era negro como su pelo; la piel de las manos parecía papel de lija. «Me haces daño», le decía, y él contestaba: «Son las manos de un pescador y tú eres demasiado delicado». Miro su foto enmarcada sobre una repisa, ¿seguirá así de guapo? El otro día, Serena, la mayor de mis hermanas, la escupió. Le pregunté por qué lo hacía y respondió que yo no me enteraba de nada, como los demás. La menor, le sonrió con un «al menos manda dinero», mientras limpiaba el cristal y le daba un beso antes de depositarlo de nuevo en su sitio.

Mis libros están en una estantería que hizo mi tío. Son pocos, pero los cuido mucho. Como todavía no tengo la estatura suficiente para alcanzar lo que busco, abro un cajón, solo a medias, para usarlo de escalera. Es entonces cuando todo se desmorona. Con un ruido infernal, el cajón se cae, desparramando todo su contenido. Recojo una a una las cosas que madre guarda en él: dedales, hilos de coser, bordados a medio terminar y cartas, muchas cartas. Son las de él, las que ella me lee cuando llegan y muestra a las vecinas. Quito todo para volver a acomodarlo y no me regañe y entonces lo veo. Es un sobre amarillento, dentro hay un papel ajado y una foto. En ella se puede ver a una familia compuesta por una mujer alta y rubia, dos niños y un hombre. ¡Es mi padre! La nota dice: «Esta es mi nueva familia. No me olvidaré de vosotros. Os enviaré dinero.»

Pero no es la letra de las cartas que mamá me muestra cada tanto.

© Liliana Delucchi

Luz del amanecer

Marieta Alonso

El brillo de la aurora viste de plata los lomos de los atunes. Luz blanca y azul en las aguas, dorada en la toldilla. Intuyo que lo sabe. Hoy la pesca ha sido abundante. Desde niños trabajamos codo con codo en la captura del atún. La almadraba, al igual que antaño para los romanos, no tiene secreto para nosotros. Los pescadores más experimentados los seleccionan, uno de ellos pesa doscientos kilos. Ríen los rostros.

Tras el despiece hablaré con él. Dominamos el ronqueo, que así se le llama por el ruido que el machete produce al entrar en contacto con la espina dorsal. Con el bichero en alto me mira fijamente. Bajo los ojos. Alguien le ha ido con el cuento.

Se dice que de éste nómada pez, al igual que del cerdo, se aprovecha todo: el cogote, el tarantelo, la cola blanca, las huevas de grano, las de leche, los lomos, y el corazón. Sobre el banco mi amigo coloca el mormo, el contramormo, situado justo entre la cabeza y la aleta. Junto a ellos el morrillo, sabemos los dos lo rico que los prepara su mujer. Me vuelve a mirar y afila el puñal. No hay nadie entre nosotros. Tira con rabia a un contenedor la piel y las espinas.

¿Cómo hacerle comprender que desde niños amamos a la misma mujer, la suya, que quise poner tierra por medio y él mismo me disuadió? Fue anoche la única vez. Lo juro y lo siento, pero no puedo engañarlo. Nunca fui tan feliz como esas horas junto a ella. ¿Cómo decirle que no volverá a suceder? Que me marcho para siempre. Que fue un momento de debilidad.

No me da lugar. Con la misma furia que tiró los restos al contenedor deja el cuchillo, toma el gancho, me pincha y me arroja a ese mar que hoy parecía sereno.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

La Playa de Almería

15 marzo, 2017 por Akelarre 11 comentarios

Playa de Almería Darío Regoyos y Valdés
La playa de Almería. Óleo sobre lienzo, 90x120, pintado el año 1882.

La Playa de Almería - Darío Regoyos y Valdés

El pintor español Darío de Regoyos y Valdés, nació en Ribadesella, Asturias, el 1 de noviembre de 1857. Se trasladó en su juventud a vivir a Madrid, donde entró en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo alumno del belga Carlos Haes.

Invitado por sus amigos Enrique Fernández Arbós e Isaac Albéniz y siguiendo el consejo de su profesor, visitó Bruselas en 1879, en donde se matriculó en la École Royale des Beaux-Arts. Allí, recibirá clases del que se convierte en su verdadero maestro, el pintor belga Joseph Quinaux.

Compaginó sus viajes por Bélgica y los Países Bajos con sus visitas a España, en donde, en el año 1884, se instaló de nuevo. De estos viajes, se destaca su creciente relación con artistas vascos de formación francesa, como Ignacio Zuloaga, Paco Durrio y Pablo Uranga.

Su pintura evolucionó del naturalismo al pre-simbolismo, y finalmente, ya en su madurez, se mueve en un estilo próximo al impresionismo y al puntillismo, siendo, en cierta manera, más atrevida que Zuloaga y Joaquín Sorolla.

Su dibujo, un tanto primario, casi se puede decir que naif, contrasta con un colorido vivo de gusto internacional, que entonces era mayoritariamente denostado en España. En su pintura lo primordial es la luz y el color, advirtiéndose también un creciente simbolismo, pudiendo entenderse en ocasiones como íntima.

Pío Baroja dijo de él "que la espiritualidad estaba por encima de la técnica, como ocurre con los buenos pintores impresionistas, en contraste con otros paisajistas de su tiempo, que resultaban vulgares y fotográficos". Y Gustavo Cochet que "Regoyos es el poeta sensible y su pintura, exenta de toda literatura, es la expresión pura de la verdadera alma en su íntima y profunda realidad".

Sirena

Cristina Vázquez

El farero

Malena Teigeiro

Amigos

Liliana Delucchi

La ausencia

Marieta Alonso

Sirena

Cristina Vázquez

El rastro de la luna, cada vez más lejano, Magdalena lo seguía atenta porque significaba que la noche se iba desgastando sin que hubiera vuelto Juan. Desde su cabaña veía con la precisión de los ojos y de la memoria cada destello sobre el agua, el del faro, el de la luna y las luces de colores de los barquitos de pesca al volver. Pero esa noche no había ninguna y le dolían los huesos, y el dolor era el aviso de algo y Juan no estaba.

Desde muy pequeña, cuando el mar la echó en la playa como única superviviente de un naufragio, le empezaron a doler los huesos cada vez que iba a suceder algo. La encontraron medio muerta sobre las rocas, con las piernas entumecidas por el dolor. Apiadados, la llevaban a la orilla pues ahí parecía revivir, y poco a poco empezó a caminar y a nadar. Al ir haciéndose mayor, las noches de luna se bañaba en el mar persiguiendo su rastro en el agua y los hombres la llamaban la sirena, unos con desprecio, muchos con deseo y otros por costumbre.

El único que la seguía con su barquita por el camino de luz donde ella se sumergía, solitaria y desnuda, hasta perderse en las profundidades, era Juan. Decían que era bruja y que nadie la vio nunca entrar ni salir del agua. Incluso cuando tardaba en aparecer por el pueblo, murmuraban que esta vez sí se había ahogado y que merecido se lo tenía, pero a los pocos días aparecía reluciente y extraña.

Hablaba poco y con dulzura, pero si algún hombre la ofendía, un cuchillo afilado despuntaba gotas de sangre en cualquier cuello. Les daba miedo esa hermosa mujer y nunca se dejó tocar ni amar por nadie. Desde la primera vez que la conoció, Juan la quiso, y un amor de sabor salado, de frescura de algas le inundaba al verla. Una noche en que él estaba en su barca mar adentro siguiéndola, apareció inesperadamente en la proa y le invitó a tirarse con ella al mar. Fue la primera vez que se amaron en el agua profunda y fría, y lo hicieron otras lunas y muchas más.

Al volver Juan de pescar llamaba a la puerta de su cabaña.

— Ya estoy, sirenita, ya he vuelto.

Unas veces abría y otras le mandaba una señal con su lámpara de petróleo que significaba, márchate.

Y así pasaron los años. Ahora la llamaban la vieja sirena, pues aunque su cuerpo aún fuera espigado y los ojos mantuvieran ese insondable color, su aire reluciente se había apagado. Ya no perseguía el rastro de la luna en el agua.

Esa noche que tanto le dolían los huesos, los barcos no habían vuelto, ni Juan llamado a su puerta. Una angustia que nunca antes había sentido la decidió a coger un farol para buscarlo y si no, dejarse mecer en las olas hasta desaparecer.

Al salir tropezó con un bulto.

— ¿A dónde vas?, ¿no ves que soy yo? —le espetó una voz soñolienta.

— ¿Por qué no has llamado? Creí que mis huesos me hablaban y que algo te había sucedido —le respondió con voz alterada.

Él se levantó con pesadez y pasándole una mano por los hombros le dijo con seriedad.

— No he llamado porque nunca más voy a hacerlo —le sonrió—. Déjate de huesos y vamos para dentro que ya estamos mayores para estos juegos.

Ella le miró con el último reflejo de la luna y de su farol. Y por primera vez supo a qué sabían sus lágrimas. No creí que fueran tan saladas le confesó sorprendida.

— Será por tanto mar que llevas dentro —le susurró él mientras cerraba la puerta.

© Cristina Vázquez

El farero

Malena Teigeiro

Cuando le escuchó que la culpa era de la luna llena, alarmada, le dijo que esa noche no había. Él, inquieto, perturbado, moviéndose de un lado a otro, murmura que si no sabe que la niebla que la cubre trae mala suerte, que hay que bañarse en el agua del mar para huir de sus oscuras sombras. Sin mirarla, se viste exaltado. Confunde los botones al abrocharse la camisa, quedándosele una punta más larga que la otra, pero no le importa. “Tengo que hacerlo.” Le susurra al oído mientras la besa. Quería huir de las malas almas. De la parca. De los lobos que aúllan reclamando a la luna su sombra. Se despidió con un leve movimiento de la mano. Impaciente, cerró la puerta. Ella se llevó los dedos a los labios en el vano intento de retener el beso. Se acercó a la ventana, pequeña, verde, con seis cristales. Lo vio bajar, saltando sobre las rocas cubiertas de algas, que como palmas marchitas lo agarraban. Iba alegre. Iba a bañarse en la playa, a purificarse en el agua del mar teñido por la cola de plata. Al principio corría tras él, pero ahora no. Y dejó de hacerlo porque le asustaba la música que derramaba el mar al batir en la arena. Era turbia, extraña. Al menos ella nunca la había escuchado antes. Cerró la ventana llorando.

Era un hombre simpático. Y buen mozo. Alto, moreno, fatuo; de pelo ondulado largo y brillante que velaba sus ojos negros y acariciadores, a veces de mirar torcido. Nada más conocerlo se enamoró y desde entonces vivían juntos en la casita blanca del faro, justo al borde de las rocas que bajan hasta el mar. Cuando le preguntó por qué no se casaban, le contestó que más valía vivir en pecado que dejar pistas de la felicidad a las malas almas. Y la abrazó sin más.

Pasado el tiempo se sentía yerma, triste, y decidió volver a trabajar, pero su suegra, hierática, insolente, le indicó que no podía hacerlo, que a su hijo no le sentaba bien que lo dejaran solo. Que no se preocupara, que nunca le iba a faltar el dinero. “Nietos, eso es lo único que te pido. Nietos”, repetía con el dedo amenazante. Con la misma mirada torcida, abrió el bolso y le puso en la mano un puñado de billetes.

Y aquella noche, como siempre desde que dejó de seguirlo hasta el mar cuando la niebla velaba la luna, subió hasta la linterna del faro. Asomada al balcón de hierro, anhelante, vigila la playa. Lo vio arrancarse la ropa y caminar desnudo por la arena hacia el agua helada, negra. Lo vio dejarse llevar por la corriente, nadar entre las ondas de blanca cresta. Él cree que cuando la ola del mar bate sobre la arena derramando su espuma, es que quiere perderse en el vientre de las conchas. Y que él, al meterse entre las olas, se enardecerá de pasión y podrá volver a derramar su amor en ella.

Entró en el faro y dejó fija la linterna, para que, al dejar caer su haz de luz sobre sobre el negro mar, le mostrara otra vez el camino de vuelta.

© Malena Teigeiro

Amigos

Liliana Delucchi

Para Marcello

La curiosidad mantuvo despierto a Miguel hasta más allá de las once. Con la casa en silencio, únicamente el ruido de las olas atravesaba los postigos abiertos de esa noche de verano. Se calzó las zapatillas y, evitando los escalones más viejos, descendió hasta la cocina y luego a la playa.

Sus compañeros de juego ya habían partido. Con los libros a cuesta y la eternidad del curso en mente, se despidieron del “niño de las piedras”, como llamaban a Miguel por su obsesión de coleccionar desde cantos rodados a caracolas. Ninguno de ellos fue capaz de penetrar en su secreto, no es que lo escondiera por hacerse el misterioso, le parecía tan simple su afición que le daba vergüenza confesarla. ¡Las recogía para hacer dibujos sobre la arena húmeda cuando la marea bajaba!

“Ya estamos solos”, le dijo a la luna mientras empezaba a quitarse el pijama y cavar un foso. Desnudo, se introdujo en su cama amarilla y se quedó mirando las olas. En cuanto empiece a dormirme, vendrá. A él también le gusta la noche, es cuando ve mejor. A pesar de sus esfuerzos, el sueño no llegaba y sus piernas se iban enfriando. Un ruido de ramas lo puso alerta y a los pocos minutos sintió la presencia de un cuerpo caliente a su lado y casi al instante el ronroneo que cada noche era su canción de cuna.

Lo había descubierto en los médanos unos días atrás, pequeño y peludo, con unas rayas grises y negras alrededor del pecho blanco, emitía un maullido casi imperceptible. En casa no lo quisieron, ya tenían bastante con dos perros como para adoptar un gato. Pero Miguel no podía dejarlo, robaba comida y leche de la cocina y le construyó una cuna a partir de un cesto que habían olvidado en el trastero. El cojín lo sacó de su propia habitación, no lo echarían en falta.

Nunca había tenido una mascota, ni a nadie a quien cuidar. Último vástago de una familia numerosa con hermanos que le llevaban más de diez años, había recorrido la infancia sin más amigos que los que iban a pasar las vacaciones a esa aldea de pescadores y que, a pesar de sus promesas de escribirle, nunca lo hacían.

Desde septiembre hasta junio las piedras eran sus únicas compañeras y cuando empezaba el buen tiempo, cada noche de luna se acercaba a la playa para formar con ellas dibujos a los que ponía nombres de constelaciones. Hasta ahora, que esa bola de pelo lo acompaña donde sea y se sienta junto a él para mirar cómo forma estrellas con los guijarros. Una madrugada lo acompañó hasta su casa, el niño lo hizo pasar y juntos se metieron en la habitación. ¡Maldita Virtudes! En su afán de limpiar encontró al gatito y dio la voz de alerta. El resultado fue que tuvo que devolverlo a los médanos. Y así, durante un tiempo siguieron los encuentros secretos con la luna, las piedras y el felino, hasta que el arrullo del mar los dormía.

Pero el invierno no perdona y una mañana despertó con tanta fiebre que no pudo ir al colegio, ni ese día ni el siguiente. En sus delirios llamaba a su compañero peludo y lloraba la soledad de los dos. Cuando despertó al tercer día, su madre, sentada en una silla junto a la cama, sonrió y le entregó una bolsa con piedras, entonces el niño estiró la mano y encontró el cojín que había llevado a los médanos y allí, ronroneando, un ser lanudo que le daba calor.

— Te traje a tus amigos. Ya no tendrás que bajar a la playa.

© Liliana Delucchi

La ausencia

Marieta Alonso

¡Querido hijo!

Hace seis meses que me hablaron de una balsa que no llegó a su destino. Hace seis meses que en mi locura me arrojé ante un camión. Y desde entonces me senté a esperar tu llamada, tal como me dijiste que harías al llegar. Hoy cumplirías treinta años. Parece que fue ayer cuando te asomaste entre mis piernas.

Esta mañana me detuve largo rato ante tu foto. Tenías cinco años. La alcancía cayó desde lo alto del aparador de la cocina y no nos quedó más remedio que hacernos un regalo. Para ti compré una ambulancia blanca con una cruz roja. ¿La recuerdas? Tenía una sirena tan estridente que hasta en el parque resultaba molesta. Para mí, una máquina de fotos con su peculiar click. Aún la conservo.

La vecina viene todas las mañanas, ha colocado un cordel desde mi cama pasando por la terraza hasta su casa. Cuando la necesito tiro de él y a ella le suena una campanilla. Claro que podría llamarla a gritos, pero así tiene mayor encanto, me explicó. Tu tía llega del trabajo al caer la tarde. Ha venido a vivir conmigo. Cada día que pasa me voy defendiendo mejor con esta silla que se ha convertido en mis piernas.

Por las noches oigo las olas que se deslizan a través de las grietas de aquellas rocas quebradas de la bahía, que tanto te gustaba alcanzar nadando. Su rumor me recuerda a ti. ¡Añoro tantas cosas! De pequeño sentado en mi regazo, con el vaivén de la mecedora te quedabas adormilado. Ahora estoy, como toda una señora, con una manta y un vacío sobre las rodillas.

He pensado que tú y yo deberíamos tener un secreto. Escribiré dos cartas, dos veces por semana. Una por la mañana que irá dirigida a ti y otra al atardecer que será para mí.

En la tuya iré contando lo que ocurre en el barrio, cómo les va a tus amigos y te haré miles de preguntas. En la otra vendrán las respuestas. No te preocupes por el qué dirán, pues nadie se va a enterar. Este es el plan: escribo, pego los sellos, abro la que viene a mi nombre y luego junto las dos y las rasgo en cachitos muy pequeños.

Te echo tanto de menos, hijo mío. Entre una carta y otra, piensa en mí con fuerza y sentirás los besos que te envío.

Mamá.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El tramposo con el as de tréboles – George de La Tour

15 julio, 2016 por Akelarre Deja un comentario

El tramposo del As de Tréboles George Latour
Tramposo con As de Trébol. Kimbell Art Museum. Fort Worth. Texas. Óleo sobre lienzo de 124 x 183.

El tramposo del as de tréboles - George Latour

George de la Tour. Nace el 13 de marzo de 1593 en Vic sur Seille, Lorena, y muere el 30 de enero de 1652.

Poco se sabe de su primera formación en Lorena, aunque posterior documentación lo muestra desabrido en lo personal y reconocido en lo profesional. Trabajó para el Duque de Lorena y fue nombrado pintor de Luis XIII. Fue un pintor olvidado y redescubierto a finales del siglo XIX.

Su influencia de Caravaggio hace pensar en un viaje a Italia y quizás también a los Países Bajos. Es el más famoso de los tenebristas franceses y su pintura sorprende por su lirismo, sobre todo en las escenas nocturnas.

El tema del cuadro que os presentamos este mes es el engaño, influenciado por dos obras de Caravaggio. La escena la componen un lechuguino, el tramposo y dos mujeres, una prostituta y su criada que tientan al joven con sus encantos, a la vez que lo emborrachan para que no se percate del engaño.

La última partida

Cristina Vázquez

El Gaviota

Malena Teigeiro

Trío de engaños

Liliana Delucchi

Gen de naipes

Marieta Alonso

La última partida

Cristina Vázquez

Para  Ximena, conocedora de arcanos.

Se había jurado y perjurado que nunca más caería en las manos de ningún tahúr, pero Giacomo… ¡Era tan exigente! Exigencia adecuada a su belleza, a su gracia, que la obligaba a derrochar dinero para que estuviera feliz, para que no se esfumara de su lado, para no perder la ilusión de su amor. Aunque había algo tenebroso en él que Apolonia no era capaz de explicar. Un misterio que parecía precederle y luego envolverlo, una oscuridad que perfilaba más su apostura y a ella la hacía tambalearse en una incertidumbre, que por fin la había despertado a la vida encadenándole a él.

Llevaba siete años viuda de un hombre mayor, quisquilloso y vulgar con el que la habían casado por su dinero, pero al morir, la herencia que dejó no fue tan abundante como soñaba su familia, y aunque tenía para vivir holgadamente, los pequeños caprichos a los que siempre estuvo acostumbrada, se le hacían más difíciles de conseguir. Su dama de compañía, otra viuda, en este caso ciertamente empobrecida, era una mujer entendida en engaños y placeres que tuvo que abandonar por reveses de la fortuna, la fue conduciendo a partidas de cartas que la permitieron ganancias inesperadas. Nunca sospechó que pudiera embargarla emoción tan fuerte, al tener entre sus dedos una buena jugada, al vivir el placer de lo prohibido y el delicioso secreto de los doblones escondidos. Tampoco imaginó el desasosiego por las pérdidas o por tener que empeñar joyas para pagar. Jamás antes había sentido pasión alguna. Siempre creyó que era una mujer que podía vivir en la indiferencia.

En una de las partidas de cartas apareció Giacomo, elegante, altivo. Jugaba con desdén sin importarle si ganaba o perdía y tras haber dejado sobre el tapete una gran cantidad de dinero que ella ganó, se acercó por detrás y le pasó el puño de su daga por la espalda, como una caricia heladora y llena de promesas.

— El ardor con que juegas será mío.

En ese momento descubrió algo que la aterró. Tuvo la certeza de que no sería dueña de sí misma nunca más. Se hicieron amantes. Él aparecía y desaparecía. Nunca consiguió saber a qué dedicaba el tiempo de su ausencia. A veces volvía con las manos llenas de oro, otras como un perro apaleado, y algunas, herido. Jamás dijo nada, ni quién era, ni de dónde venía y Apolonia fue encontrando en la dureza de sus abrazos y sus exigencias, una cadena irrompible que la iba hundiendo.

Cuando necesitaba dinero la obligaba a jugar y luego repartía con ella las ganancias, en el caso que las hubiera, y si no la abandonaba una temporada en señal de castigo. Mientras jugaba siempre se ponía tras ella con el puño de la daga acariciándole la espalda. Al sentir el zigzag que iba trazando entre sus omoplatos, un frío ardiente  la enloquecía

Llevaba Giacomo unos días fuera, porque la partida anterior había sido desastrosa, y pidió a su doncella que le organizara otra para resarcirse. La última, se prometía con desolación.

Y en esa última partida, con un tahúr de los que ocasionalmente frecuentaba, al abrir con temblor las cartas, los cuatro reyes se desplegaron seguidos en sus manos, enlazados en una suerte de danza. Y se percató súbitamente de que todas las figuras tenían dos manos, excepto el rey de corazones que tenía cuatro. Se sobresaltó al comprobar que dos de ellas descansaban sobre la deforme panza, y las otras dos surgían a su espalda con un puñal. Al rey de corazones lo estaban matando o el rey de corazones mataba.

Soltó las cartas ganadoras sobre la mesa y huyó despavorida.

© Cristina Vázquez

El Gaviota

Malena Teigeiro

A Marga Cancela

Cuando desapareció su esposo, Rosa tenía cuatro hijos. Un fuerte temporal se llevó la barquita en la que iba de marinero. Aún hoy lo llora y no sabe muy bien por qué.

—¡Era tan buen mozo!, pero he de reconocer que no me trató bien —pensaba pasándose la mano por la frente, como queriendo ahuyentar sus negros pensamientos,  apoyada en el mostrador del colmado abierto en el zaguán de su casa.

Ahora estaba muerto y era mejor olvidarse de sus otras mujeres. —No puedo, suspira.— La primera en amargarle la vida fue su suegra. Una mujer de las de mete mete. Cada vez que se compraba un trozo de tela para hacerse un vestido, la escuchaba: “Tú gastando y mi hijo dejándose la vida entre las olas.” Ahora que lo pensaba, ¿sería meiga la vieja? En fin, qué le importaba ya. Era ella la que tenía que sacar a sus hijos adelante sin saber cómo. El colmado apenas le daba para comer. Echó un vistazo al reloj. Era ya tarde. Salió de detrás del mostrador y cerró las puertas.

Se fue a arreglar preocupada. El domingo a la salida de la iglesia, don José se le acercó. Después de un leve galanteo, le dijo que el martes la iba a visitar al anochecer, pero con mucha discreción. Ella se imagina para lo que es. Le gustaban las mujeres, o al menos de eso hablaban los vecinos, y era lo suficientemente lista como para saber a lo que iba. Aunque no le gusta la idea de ser la querida de nadie, bastante sufrimiento tuvo con las de su marido, necesitaba el dinero. ¡Ay, Dioni, con lo que yo te quise siempre! Era tan guapo, tan apuesto, que ninguna mujer se le resistía. Cada vez que la veía llorar, su madre le decía que no se quejara, que mucha era su suerte, porque ella era la legítima, la de la Iglesia. ¡Qué buena y sacrificada ha sido siempre su madre! Cuando el domingo después de comer le cuenta que don José le pidió visitarla, la anima. “Dile que sí. Estás sola. Qué daño haces. Ni siquiera a su mujer, que ya ni se entera de nada.” Y el martes su madre se fue a recoger a los niños a la escuela para llevarlos a su casa a cenar y dormir.

—Si puede ser, al menos de momento, que los niños no vean al viejo— le había dicho sonriente.

Se puso el vestido con flores rojas, el que tanto le gustaba al Dioni, a ver si la ayudaba un poquito, y luego de soltarse la coleta, se cepilló la melena.

Cuando don José entra en su casa por la puerta de atrás, la que da al gallinero, le acaricia la cara. Rosa, dijo, cada día que pasa estás más buena. Sin soltar el puro, la abraza por la cintura y restriega su barrigudo cuerpo al suyo.

—Pase, pase. Que le tengo una copita preparada en el comedor —lo separa zalamera.

—No me ofrezcas copitas que hoy tengo que estar claro.

Entraron en el comedor y Rosa se sienta enfrente, al otro lado de la mesa. Él acerca su silla hasta pegarla a la suya. Las gruesas piernas abiertas. La bragueta abultada. Los ojos vidriosos. Le levanta la falda y coloca una mano sobre la rodilla.

—Rosa, Rosa —murmura dándole palmadas en el desnudo muslo—. Vamos a dejarlo, que me pierdes.

Vuelve a sentarse enfrente y, suspirando, con los dedos cortos, orondos, de uñas amarillentas, sacude el cigarro en el cenicero. Aquel redondo y grueso cigarro, la estremece.

—Desde la noche en que el mar se llevó al Gaviota, no he dejado de pensar en ti. ¿Te acuerdas de la terrible galerna? —la vio bajar la cabeza. Sus ojos la acarician—. Cómo no ibas a hacerlo si con él se fue tu Dioni. Y mira que era marinero el barquito. Qué lástima de hombres —con la vista fija en ella, frunce las cejas. Suspira y le da una calada al cigarro—. Pues vamos a lo que he venido. Tú Rosa, te has quedado muy mal de dinero, que ya me lo dijo tu madre. Y como en tu casa con eso del colmado hay un trasegar de gente, a nadie le puede extrañar que entre yo, o algún otro. ¿Verdad? —¡Anda que ahora mi madre ahora se mete a alcahueta!— ¿Qué te parecería recibir a tres o cuatro de nosotros algunas noches?

La mujer da un salto en su asiento. Se retuerce las manos nerviosa.

—Don José, yo… Tenga en cuenta que solo lo hice con un hombre y era mi marido.

Las lágrimas aparecieron en sus mejillas al tiempo que una sonora carcajada retumba entre los muros de la casita. El hombre saca un pañuelo y se suena ruidosamente.

—¿En qué estás pensando, mujer? Con el Gaviota, Rosa, además de tu marido, también se nos fue el Santi, el de la taberna. Y la Encarna, su madre, que ya anda mayor la pobre, como bien sabes, la cerró. Bueno, pues, al cerrarla, nos ha dejado sin casino. Si nos prestas tu comedor y guardas el secreto, te daríamos el diez por ciento del dinero que se mueva. Tan solo vendremos dos o tres tardes a la semana.

© Malena Teigeiro

Trío de engaños

Liliana Delucchi

Medio oculto tras la silueta de su doncella personal, la Sra. Dubois descubre la imagen de su marido en el espejo. Ya listo para salir, con los guantes en la mano, preguntó a su esposa qué planes tenía para esa noche. Jugar a las cartas, fue su escueta respuesta, y continuó dando instrucciones a su doncella sobre el recogido del su cabello y la colocación de las plumas en el tocado. Perlas en el cuello y las orejas, y un broche en el sombrero, completarían el atuendo. Su compañera de entretenimiento sería su hermana pequeña, a quien iba a escoltar un actor que conociera quién sabe dónde. No es que la señora tuviese demasiados remilgos a la hora de juzgar a los amigos de Natalie, sobre todo porque, independientemente de los orígenes de los mismos, la divertían. Pero le llamaba la atención  que, aún después de haberse negado a seguir financiando la forma de vida de su hermana Natalie la semana pasada, ésta volviera para jugar y, además, acompañada. Como no había conseguido otros jugadores, aceptó la oferta y los invitó a cenar. Suspiró tranquila. Apostar era una de las aficiones favoritas de la Sra. Dubois que, noche tras noche, arriesgaba unos cuantos luises.

La mesa para tres ya estaba preparada cuando entraron en el comedor. Después de una cena ligera, disfrutaron de un copioso postre acompañado por unos buenos espirituosos, compañeros ideales para una noche de juego.

La partida no pudo empezar mejor. La Sra. Dubois acumulaba monedas y copas. Decidió suspender estas últimas porque su vista había empezado a nublarse, aunque no tanto como para no ver que iba perdiendo.

Diestra en hacer trampas, despegó el naipe adherido debajo de la mesa para situaciones de emergencia y, tranquila, lo jugó.

—No quiero más bebida —indicó con voz grave y un ligero revoloteo de mano a su obsequiosa criada.

A pesar de su tono, la doncella insiste. Levanta los ojos hacia la joven, cuya mirada le señala al invitado.

El joven actor tiene la mano izquierda escondida tras su espalda, pero de momento no ha ganado ni una moneda. La señora se encogió de hombros y siguió jugando. Cerca de la madrugada había mermado tanto su dinero, que hasta tuvo que darle la sortija de rubíes al actor. Se despidió de ellos molesta.

Al recontar la criada los naipes, se encontró con tres ases, que rápida mostró a la señora Dubois. Ella, al verlos, frunciendo el ceño los arrojó al suelo. ¡Tramposa!, pensó, comprendiendo que su hermana pequeña se había servido de un cómico para llevarse el dinero que se había negado a darle para renovar su guardarropa.

© Liliana Delucchi

Gen de naipes

Marieta Alonso

Mi abuela era una empedernida jugadora. Con los adultos jugaba por las tarde al bridge, la canasta y el póker, pero conmigo todas las noches del año se entretenía con el Chúpate dos, el Julepe, las Siete y media, el Chinchón y un sinfín de juegos más. Me obligaba a sentarme en la mesa camilla al lado de la lumbre para que me distrajera un rato, me decía. Eso te calmará los nervios antes de ir a la cama. Así tendrás dulces sueños.

El caso es que tanta carta hizo que llegara a odiarlas. Y juré que de mayor nunca más tendría entre las manos las cuarenta y ocho de una baraja española, ni las cincuenta y dos de la inglesa.

Además de hacer juegos malabares con las cartas, mi abuela no paraba de darle a la sin hueso. Y cada noche se explayaba con que había que ver lo listos que eran los hijos de la Gran Bretaña, sus cartas tenían el origen en la baraja francesa, pero las inglesas eran las más conocidas. Claro que los alemanes se atribuían que sus naipes habían dado origen a la francesa, y lo decían con palabras tan contundentes que era mejor asentir no se fueran a enfadar. A la chita callando los chinos proclamaron que fueron ellos los creadores, hay que ver lo que son esos hombres de ojos rasgados, levantas una piedra, asoma uno y te sonríe. El caso fue que los ejemplares más antiguos aparecieron en Italia, pero no te equivoques, susurraba en mi oído, se puede apreciar perfectamente en ellas la influencia de las españolas. Mi abuela, como siempre, tirando de la sardina para su lata.

¡Ay abuela! Tantos disgustos que te di de niña no queriendo jugar contigo a las cartas, tantos juramentos estériles para que ahora esté en Las Vegas, viviendo a todo tren, gracias a los trucos que me enseñaste. Y esto pica y se extiende porque tu bisnieta, ha salido clavadita a ti. ¡Hay que ver la destreza que despliega barajando cartas!  

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

François-Marius Granet, de Ingres

15 marzo, 2016 por Akelarre 10 comentarios

Francois Marius Granet - Jean-Auguste-Dominique Ingres
Año 1807 - Óleo sobre tela. Museo Granet. Aix-en-Provence-. Francia

François-Marius Granet, Jean-Auguste-Dominique Ingres

Francois Marius Granet, pintado en 1807 por Jean-Auguste-Dominique Ingres.
El retratado era también artista y amigo del pintor, y fue su modelo en una serie de pinturas de su época romana, lo que se evidencia en esta obra, que lo encontramos delante del Quirinal de Roma.
Después de haber pertenecido siempre al modelo, la tabla forma parte de las colecciones del Musée Granet

Vocación

Cristina Vázquez

Un pintor en París

Malena Teigeiro

Semper fidelis

Liliana Delucchi

Siempre te querré

Marieta Alonso

Vocación

Cristina Vázquez

La primera noche que durmió en el seminario, sintió una congoja que se materializaba en la humedad de la estrecha cama y en el recuerdo del olor de su madre al abrazarle entre lágrimas, mientras le convencía de que  lo hacía para que se formara, comiese y fuera un hombre de bien. Estudió, se formó y creció en sabiduría y belleza. A la altura de sus veinte años, cuando paseaba por la alameda de la ciudad, a paso ligero para aplacar el exceso de juventud, Norberto levantaba miradas de admiración en las jóvenes y no tan jóvenes con las que se cruzaba.

Destacó en gramática latina y recitaba versos con fluidez, modelados por una voz profunda y bien timbrada. Aunque no había tomado aún los hábitos, le encargaron en la misa dominical la lectura de salmos y algunos cánticos, que él realizaba con encendida pasión, levantando un cuchicheo emocionado entre las mujeres.

Una tarde apareció una dama preguntando al prior si ese joven seminarista podría dar clases de latín a su sobrina. Al proponerlo sonreía con la misma contundencia con la que sonaba su bolsa de doblones. Modesto óbolo para el seminario, padre prior, decía en un susurro mientras la deslizaba en sus cuidadas manos.

Así, una vez a la semana, el joven Norberto iba a dar sus lecciones y al atravesar la alameda,  se desviaba un poco por la ribera para escuchar el canto de los pájaros y apreciar el olor de los trigales. Una onda de satisfacción contenida parecía estallarle en el pecho y en las sienes. A veces se retrasaba un poco, pues perdía  la medida del tiempo oyendo el arrullo del agua. El esplendor de la Naturaleza parecía embargarle y ese algo indefinido y admirable se apoderaba de él.

La joven alumna era canija y renegrida, con unos dientes un tanto esquinados y una languidez difícil de animar. La tía, en cambio,  resultó ser una viuda cuarentona bien plantada, un poco entrada en carnes y con una disposición de ánimo y deseo de aprender, que conseguía que las clases de latín no se quebraran en una repetición monótona de declinaciones y se fueran transformando en momentos musicales, ella al piano, la sobrina en una sillita moviendo la cabeza al compás y el gentil Norberto cantando para embeleso de las damas y satisfacción suya.

— Su vocación querido hijo, ¿es decidida? ¿Siente la llamada como verdadera? —le preguntó una tarde la jovial tía mientras merendaban unos deliciosos pastelillos.

— No lo sé, señora —confesaba mesándose los cabellos.

Y continuó diciendo que cuando oía el canto de los pájaros, el arrullo del agua o tomaba esos pasteles y cantaba en tan grata compañía, en esos momentos, querida señora, dudo, y con teatralidad se tapó la cara con unas manos blancas y finas.

La tía escribió una carta al prior en la que le insinuaba si podría trasladarse el seminarista a su palacete, para administrar su dinero y ser tutor de la sobrina, a lo que el prior puso muy poca, pero onerosa objeción.

El día que llegó, la buena señora le enfundó en la capa de terciopelo que su difunto marido no pudo estrenar y le pidió al más prestigioso pintor de Montauban, que lo inmortalizara por lo que pudiera suceder.  La única condición que puso Norberto fue que pintaran al fondo del cuadro el seminario  que había abandonado, y así se hizo. Y durante los veinticinco años que vivió como marido de la sobrina y dueño del lugar, lo miraba desde la terraza de su palacete, dando sinceras gracias al Señor por haberle encaminado en la correcta vocación.

© Cristina Vázquez

Un pintor en París

Malena Teigeiro

François quería ser pintor. Busca por los campos tierra de colores que mezcla con aceite y manteca, y a pesar del hondo disgusto de su madre, fija de esa manera sus sueños en la tela de las blancas servilletas. Asombrado, se rasca la cabeza para mitigar el dolor de las collejas que la bendita mujer le propina al ver el estropicio causado. ¡Mujeres!, cavilaba mientras corría a laborar como mozo en el comedor de la fonda. Una noche, repartía un sopicaldo a los huéspedes, cuando vio que un cliente la dibujaba. No le extrañó, ella era rubia, joven, coqueta, y nunca había tenido esposo. Le gustó el aire del bosquejo, las regordetas manos apoyadas en la barra, el cuello estirado como las columnas de la iglesia. La imagen de las botellas de colores a su espalda, a su juicio, le daba aire de dama. Soltó la sopera sobre una mesa vacía y se plantó delante del comensal. Yo también soy pintor, dijo mostrándole su carpeta. Pues, a París, replicó el cliente sin levantar la cabeza. Aquí nunca podrás hacer nada. Las últimas cinco palabras rebotaron una y otra vez en su cerebro. Por la noche, tumbado en su camastro sin poder conciliar el sueño, tomó la más importante decisión de su vida. Ya tranquilo, se durmió.

De madrugada bajó a la taberna y después de forzar la caja, pedir perdón al Señor por el acto que iba a cometer, y jurar que devolvería ciento por una las monedas que se llevaba, guardó el dinero robado en el bolsillo, cogió la carpeta de las pinturas bajo el brazo,  y se fue a París.

Al bajar del tren, intuyó que vestido de aldeano, nada podía hacer. Buscó un sastre y cambió sus ropas de aldeano, por un bonito traje marrón y una capa con gran esclavina forrada de terciopelo, en la que envolvió sus ilusiones y pesares. De tal guisa, se fue en busca de ese París que según había oído, era la cuna de la pintura. Paseó por una y otra orilla del Sena, sin acercarse a la gente pobre y mal vestida, de la que nada bueno se podía esperar, según decía su progenitora, pero lo cierto era que la rica tampoco se relacionaba con  él.

Una mañana de sol, extinguida casi su robada fortuna, cansado de buscar y rebuscar, no sabía muy bien qué, se apoyó en la balaustrada del Sacre Coeur, y mientras contemplaba París y se despedía de él, no hacía más que meditar en la manera de no parecer derrotado al volver a la fonda de su madre. Un joven, con una capa como la suya, aunque vieja y raída, apenas a un metro de distancia, sentado el suelo comenzó a dibujar.

—¿Es usted pintor o solo dibujante? 

—No se mueva —le gritó el hombre sin levantar la cabeza.

Quieto, sonriente, bien erguido, François le veía trazar líneas y sombras sobre la hoja de papel. Cuando le mostró el dibujo, pensó que la fortuna le sonreía, que aquel hombre podía ser su amigo. No se le ocurrió mejor manera de trabar amistad que la de invitarlo a cenar. Para ello se gastó el dinero del billete de vuelta a casa.

En un pequeño restaurante de la Place du Tertre, los nuevos camaradas, engulleron los alimentos departiendo sobre sus ansias y anhelos. Después, se fueron a un café en donde se unieron a la tertulia formada por camaradas del pintor. Al mostrarles el reciente dibujo, François les escucha hablar sobre la expresión de sus ojos, el temple de su figura, el áurea que emitía. Se sintió feliz en medio de aquel grupo de divertidos bebedores y hombres amargados.

Aquella noche, llevó sus exiguas pertenencias a la casa de su nuevo amigo y comenzó a trabajar. Cuando ahorró la cantidad robada, escribió:

Querida Madre:

Le envío el dinero que de la caja saqué la noche que me fui. Aunque hoy no pueda hacerlo, tal como le prometí al Señor en el momento de cometer mi horrible pecado, le enviaré esta misma cantidad cien veces. Quizá así pueda paliar su disgusto.

Soy feliz, madre. Vivo, como siempre soñé, inmerso en el mundo de la pintura. Mis cuadros aparecen en casi todas las exposiciones, y se venden bien. Le diría que son los más vendidos.

Pintar, pintar, no pinto. Pero hago de modelo, que no deja de ser otro modo de hacer pintura. ¿No cree?

Su hijo,

            François

© Malena Teigeiro

Semper fidelis

Liliana Delucchi

Tras dejar la mesa en la que había estado almorzando, Marius emprendió camino hacia el otro lado de la ciudad. La tarde, aunque apacible, empezaba a cubrir el cielo de nubarrones y al joven se le antojó que su travesía no iba a ser lo rápida que imaginara.

En medio del puente le pareció escuchar unos pasos que se acercaban; giró la cabeza en busca del dueño, pero la densidad de peatones le hizo imposible detectar si lo seguían. Sostenía el libro con su mano temblorosa, mientras unas gotas de sudor le mojaban el cuello.

El monasterio parecía cada vez más lejano, su caminar más lento y el volumen más pesado. Un banco a orillas del parque lo invitó a calmarse. Una niñera con un carrito de bebé le hizo compañía, mientras él ojeaba los dibujos que cubrían, una a una, las páginas que con tanto celo acariciaba.

Charles Lauzun era su amigo. Habían crecido juntos en medio de las olas de pálido morado que cubrían las colinas de Aix-en-Provence; el olor a lavanda y a heno formaban parte de su infancia, junto con los sueños de llegar a ser grandes en la pintura.

Charles fue el primero en partir y su talento encontró el eco que esperaba entre los artistas. Le escribía largas cartas en las que relataba su vida entre novelistas y poetas; tertulias con sabor a vino y discusiones hasta el amanecer. Cada tanto le enviaba un dibujo nacido de su mano firme y su perspicacia para atrapar hasta lo más nimio. Deja el pueblo, le decía, tu lugar está aquí, con los nuestros. Pero, cuando finalmente se decidió, Marius pudo comprobar que el sitio no era tan grande como para albergarlos a todos. El camino hacia la gloria se estrechaba, solo unos pocos podían seguir por esa senda y comprendió que sus pasos no lo llevarían a compartir la cumbre con su antiguo compañero de infancia. 

Vivir en la gran ciudad era cada vez más caro y un anochecer que se encontraba apurando una copa de vino, un hombrecillo con un abrigo raído se le acercó. Solo tenía que conseguir el libro con los primeros bocetos de Lauzun y sus apuros financieros tocarían a su fin. Agotados los argumentos en pro de la fidelidad, decidió que la relación con su amigo se enfrentaba irremisiblemente a un erial de incomprensión. Y cedió.

Faltaban solo unos minutos para la cita: el monasterio seguía lejano y la respiración de Marius agitada. La niñera se puso de pie y se alejó empujando el carrito del bebé; un par de ancianos paseaban conversando, y una joven daba de comer a las palomas. Entonces, la muchacha se dio la vuelta y Marius pudo ver que llevaba un ramito de lavanda prendido en la chaqueta. Cuando el perfume de la Provenza llegó hasta él, acarició las tapas del libro que descansaba sobre sus rodillas, se levantó y emprendió el camino de regreso a su casa.

© Liliana Delucchi

Siempre te querré

Marieta Alonso

Su silencio era lo más triste de todo. Antes de cruzar el río y atravesar el puente, se dio la vuelta. El adiós de esa mirada me acuchilló. No podía apartarme de la ventana. Tarde o temprano tendría que suceder. Se marchó.  

Nació pintor con una capacidad rayana en la genialidad, según mi modesto entender, mas no fue famoso como otros. Solo yo, aquella niña a la cual ignoraba, que limpiaba el taller, que le preparaba los colores, los pinceles, la paleta, supe de su valía. Trabajó con los mejores de su tiempo. En su bondad compartía ideas y siempre eran otros los que mejor las captaban, los que sacaban más provecho de ellas. Se desanimaba. Vivir en la sombra cuando su único anhelo era ser luz, le causaba un dolor indescriptible. Quería dar pasos de gigante, pero siempre se encontraba por detrás, por debajo, nunca al lado ni mucho menos por delante de los otros. La impaciencia lo devoraba. No quería pensar que en la cima del éxito, el espacio es pequeño, que no hay cabida para tantos. 

Partió en busca de un porvenir y me dejó solo una mirada, sin imaginar ser el culpable de las tormentas que me agitaron, sin llegar a saber lo mucho que le amaba.

Se fueron deslizando los días, meses, años. Hoy contemplo extasiada su rostro, en ese retrato que ocupa un lugar privilegiado en el salón de mi casa.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Inger bajo el sol

15 enero, 2016 por Akelarre 6 comentarios

Inger bajo el sol - Edvard Munch
Edvard Munch. Inger bajo el sol, 1888. Óleo sobre cartón, 73 x 46 cm. Bergen Kunstmuseum (Rasmus Meyers Samlinger), Bergen

Inger bajo el sol de Edvard Munch

El sol juega un papel particularmente importante, y es que el atardecer es el ambiente que marca la escena en muchas de las obras. 

Crepúsculo: el sol se pone, el manto de la noche
desciende, el crepúsculo transforma a los mortales en
espectros y cadáveres en el preciso instante en que
regresan a casa para envolverse en las mortajas de sus
camas y abandonarse al sueño. El sueño, esa apariencia
de la muerte que regenera la vida, esa capacidad para
sufrir creada en el cielo y en el infierno

Munch representa en sus atardeceres ‘retratos’ donde las mejores pinceladas expresivas las consigue en el paisaje. Así, por ejemplo, los rasgos psíquicos de la hermana del artista en Noche de verano (Inger en la playa, 1889) se pueden apreciar mejor en los elementos que rodean a la figura, que en sus gestos o expresiones físicas.

Inger aparece sentada sobre unas rocas junto al mar, en actitud pensativa, vestida de blanco y con un sombrero en la mano. En el cuadro aparece la hermana de Munch en el lateral izquierdo, dejando el espacio central vacío de objetos para acentuar la soledad y el aislamiento de la figura.

Su mirada atraviesa toda la superficie del cuadro, pasando de un extremo a otro, fija en un punto que queda al otro lado, y que no vemos. Se trata del mar, que ‘absorbe’ su mente y actúa sobre ella con un poder sobrenatural.

Inger

Cristina Vázquez

El camino de plata

Malena Teigeiro

¿Quién eres?

Liliana Delucchi

La mitad de una moneda

Marieta Alonso

Inger

Cristina Vázquez

— Inger. ¡Oh Inger!.

El hombre pronunciaba desolado este nombre, frente a la ventana de la casa de vacaciones, blanca y con tejado de pizarra. A sus pies un bolso de viaje y en las manos un sombrero; su coche no tardaría en llegar para llevarle a la estación. Tenía una estatura mediana y bien proporcionada, el pelo rojizo y una barba recortada en la que comenzaba a aparecer las primeras canas.

Estaba pasando unos días de descanso en casa de sus amigos, los Olaffsen, empeñados en que recuperara energías físicas y espirituales para el resto del año. Le aseguraron que la belleza del lugar, la calma del mar en esa época en que la luz inundaba la noche y los paseos por el campo, le devolverían la salud y confianza en sí mismo.

Un tropiezo con un feligrés influyente, que malinterpretó sus palabras, le obligó a visitar al Obispo, escuchar una dura reprimenda, soportar su injusta y severa mirada y ser retirado por una temporada de su ministerio. Esta fue la gota que colmó su alterado ánimo y tuvo que retirarse unos meses a una casa de reposo, pues la angustia y el nerviosismo le resultaron insoportables y ahora, más recuperado, fue acogido por sus amigos.

Desde los primeros días notó la bondad del lugar. Su efecto calmante, el ruido del mar continuo, pero sin agitación, el verdor de los prados y la buena compañía, eran más eficaces que los días en el hospital.

Una mañana descubrió a una mujer vestida de blanco, con un sombrero de paja y una prolongada y oscura mirada que, siempre a la misma hora, se sentaba plácida en unas rocas a mirar el mar.

Es Inger, nuestra vecina, le confirmó Editha Olaffsen, cuando se interesó por ella.

Pensó que el Señor, en su Misericordia, le estaba compensando de los sufrimientos pasados, y que esa mujer, con su resplandor, podría significar la paz que anhelaba y la compañera deseada, tras muchos  intentos por encontrar pareja. Desdeñó a unas por frívolas, otras por insensibles, algunas por interesadas y muchas por displicentes. Al fin y al cabo él era un buen partido. Y al mirar a Inger, su desconfianza pareció derretirse y rezaba con devoción para que resultara, por fin, la mujer perfecta.

El nerviosismo y la angustia volvían a paralizarle y no se atrevía a dirigirse a ella. Se asomaba cada día a la ventana a mirarla y en esa contemplación recuperaba la paz.

Un día por fin decidió que había llegado el momento de hablarle y así lo hizo. Aprovechando el rato en que la hermosa figura, siempre de blanco como indudable señal de su pureza, contemplaba el mar desde las rocas, se acercó  por detrás y la saludó, pero no obtuvo respuesta. Sentía que el suelo se resquebrajaba a sus pies, y que era incapaz de sobreponerse, pero avanzó hasta situarse más cerca y repetir el saludo. Tampoco esta vez obtuvo contestación ni gesto alguno por parte de la mujer. En ese momento creía que le iba a estallar la cabeza y caería redondo. Hizo un tercer intento frente a ella y  balbuceó que el día era muy tibio, que a él también le gustaba el mar y, señalando la casa, se presentó como amigo de los Olaffsen.

La mujer lo miró con sorpresa y sonrió sin soltar palabra, hecho que le hizo perder su relativo aplomo y, tras una inclinación de cabeza, se retiró a paso vivo dando algún que otro traspié. Se iba quitando la corbata y se abría la camisa con la seguridad de que iba a ahogarse. Al llegar a casa de sus amigos se metió en su cuarto a esperar que, la tormenta que le  arrasaba el ánimo, se calmara. Por nada del mundo quería que vieran signos de una posible recaída que lo llevara, otra vez, a la casa de reposo. Se tomó unas gotas tranquilizadoras y con el tono más neutro que pudo les preguntó por la vecina.

—Se llama Inger, muy guapa, pero sordomuda —afirmó Editha Olaffsen con una mezcla de satisfacción y falso dolor.

© Cristina Vázquez

El camino de plata

Malena Teigeiro

No le gustaba sentir la suciedad de la arena en los zapatos. Agneta prefería sentarse en las rocas mientras contemplaba cómo el mar llegaba hasta ella pausado, tranquilo. Otras veces, las encrespadas olas arañaban con rabia el desespero que sentía en su interior.

Desde las peñas, de vez en cuando, dirige la mirada hacia el suelo para ver entrar y salir las olas entre los huecos de las piedras, arrastrando algas y conchas. Allí espera sentada, casi sin levantar la vista del horizonte, hasta que al caer la tarde agita la pamela de paja al viento, igual que hizo con el pañuelo de seda al despedir a Svend en el puerto. Luego, se va saltando de una piedra a otra. Lo hace despacio, sin importarle el tiempo.

Aquel día le costó mucho salir de casa. Sus padres le dijeron que persistir en su conducta le causaría una enfermedad. A la joven no le importaron ni los ruegos ni las amenazas. Sabía que la gente murmuraba, que desaprobaban su actitud, incluso que lo hacía su familia, sus amigos. A ella le daba igual que no la entendieran, le daba igual que dijeran que Svend no iba a volver. Ellos no sabían que la noche antes de embarcar, había puesto en su dormitorio jarrones con margaritas y rosas, palos de canela y vainilla en la cera de las velas y que, igual que en su noche de bodas, arropados sus cuerpos con sábanas de luna, Svend y ella se habían amado. Después, hasta que llegó la hora de partir, en sus horas de desmayo escucharon muy juntos el suave batir de las olas. Ellos tampoco sabían que esa noche Svend le juró que tornaría.

Por eso, la joven, vestida de blanco, una tarde tras otra, volvía a las rocas de verdes líquenes. Cuando decidiera regresar, Svend la encontraría como vela al viento, como el haz de luz de un faro alumbrándole el camino de vuelta

El mar estaba en calma cuando Agneta caminaba feliz hacia la playa respirando la brisa cálida. Atravesó la arena y saltó entre las peñas buscando la más alta, la más blanca, aquella que le servía de asiento. Sobre ella y con la pamela en las manos, aguardaba tranquila a que se fundiera la luz del sol con la de la noche, hasta que el firmamento se llenó de estrellas, hasta que vio aparecer una redonda y brillante luna. Ella, anhelante, la contemplaba. Poco a poco, su luz se fue volviendo blanca, tan brillante, que al elevarse por el firmamento dejó sobre el mar un camino de plata.

Sonriente, trémula, Agneta caminó por él.

© Malena Teigeiro

Quién eres

Liliana Delucchi

Sin ruido y con mucho cuidado, Lucía se quita los zapatos y comienza a descender las escaleras. Su habitación está en la planta alta y, desde que recuerda, los escalones emiten ronquidos cada vez que los pisa. Es la hora. Aprovecha que su madre y sus tías toman el té para escapar a la playa. Ella debe de estar en aquel lugar.

La primera vez que la vio, la señorita Clara salía de su casa; vestida de blanco, se cubría del sol con una sombrilla y caminaba lentamente, como flotando. Creyó que era un hada y esa noche soñó que bailaban en Nunca Jamás.

Días después la vio en el mercado de la plaza; las manos se extendían hacia las manzanas y Lucía quiso decirle “cuidado, pueden estar envenenadas”, pero su madre tiró de ella y se perdieron entre la multitud.

Un miércoles, al volver de la clase de pintura, decidió dar un paseo por el arenal y allí tuvo lugar un tercer encuentro. La señorita Clara, sentada en las rocas, miraba un punto en el horizonte. La niña trató de distinguir a dónde se dirigían sus ojos, pero solo vio un espacio infinito, sin una nube y más a lo lejos, rompiendo el cielo…, la silueta de un barco pirata. La mano de la mujer se alzó en un saludo, y el buque desapareció.

Con disimulo, Lucía entra en la cocina, coge una cesta y la llena de las galletas recién horneadas que hay sobre la encimera. Descalza, sale a la playa y camina por la arena hasta llegar a las rocas. Se detiene, apoya la canasta sobre las piedras, la abre y le ofrece una pasta a la señorita Clara. Comen en silencio.

— ¿Quién eres? — pregunta la niña.

La dama se quita el sombrero, sonríe y le responde.

— Quien tú quieras.

© Liliana Delucchi

La mitad de una moneda

Marieta Alonso

Desde niña fue su hombre. Se hicieron novios en la adolescencia. Él abandonó la aldea gallega donde vivían y se marchó hacer las Américas. Ella quedó a la espera. Todas las tardes al anochecer, se sentaba sobre las rocas junto al mar a soñar con su regreso.

Los años fueron pasando, las cartas vienen y van, hasta que se casaron por poderes. Ya esperaba el barco para marcharse junto a él cuando la guerra hizo que quedara atrapada en su aldea. Era tanto su dolor, sus ansias de él que comenzó a frecuentar a una hechicera famosa por su buen hacer.

Le hablaba de su temor a morir sin haber sido suya y tanto, tanto lloraba, que la adivina se apiadó de ella. La noche de San Juan, con la luna llena allá en lo alto, le dio a ingerir un amargo brebaje. Corriendo se fue hacia las rocas, se quitó y dobló el vestido con delicadeza, se acostó en la arena y con la mirada en el mar, lo esperó.

Él vino puntual, regalándole la mitad de una moneda de plata, le contó su vida por aquellos lares, acarició su pelo, yacieron juntos y se fue con un ¡Hasta pronto!

A los nueve meses nació su retoño. Las murmuraciones se hicieron eco por la tierra, por la ría, por el océano. Los suegros la despreciaron, las amigas le hicieron el vacío, no por haberse quedado embarazada sino por no ser sincera con ellas, ni siquiera sus padres podían creer lo que contaba. Enseñaba el regalo, su media moneda. Daba igual, no le creyeron. Y ella le pedía a la maga que deshiciera ese entuerto, que silenciara dichas calumnias. ¿Quién sino ella sabía la verdad de todo? Mas la hechicera sonreía susurrando: Los hechos las acallarán.

Siguió yendo a las rocas, a la mar, con su barriga, con su hijo en brazos, de la mano, corriendo detrás de él.

Cinco años más tarde, una mañana de primavera, un barco arribó con su amado. La meiga vino a contárselo. Se puso aquel vestido, testigo de su noche de amor, una diadema de flores silvestres adornaba sus cabellos, al niño lo peinó con la raya al lado y juntos se fueron al centro de la plaza, frente a la iglesia, con su media moneda plateada colgada al cuello. Lo vio venir a lo lejos, serena lo esperó, él con su media moneda en alto, llegó, y a la vista de todos unieron las dos mitades.  

© Marieta Alonso

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El Jardín de las Delicias

7 octubre, 2015 por Akelarre 1 comentario

El Jardín de las Delicias. Tríptico abierto. El Bosco
El Jardín de las Delicias. Tríptico abierto. El Bosco

El Jardín de las Delicias de Hieronymus Bosch (el Bosco)

Pintura al óleo sobre tabla de 220 x 389 cm, compuesto de una tabla central de 220 x 195 cm y dos laterales de 220 x 97 cada una (pintadas en sus dos lados) que se pueden cerrar sobre aquella. Año 1500-1505.

El Jardín de las Delicias. El Bosco
El Jardín de las Delicias. Tríptico cerrado.

El tríptico cerrado representa en grisalla el tercer día de la creación del Mundo, con Dios Padre como Creador, según sendas inscripciones en cada tabla.

En el tríptico abierto se incluyen tres escenas: La tabla izquierda está dedicada al Paraíso, mientras que la derecha muestra el Infierno. La tabla central da nombre al conjunto, al representarse en un jardín las delicias o placeres de la vida. 

Entre Paraíso e Infierno, estas delicias no son sino alusiones al Pecado, que muestran a la humanidad entregada a los diversos placeres mundanos. Son evidentes las representaciones de la Lujuria, de fuerte carga erótica, junto a otras de significado más enigmático.

Esta magnífica obra de arte ha inspirado cuatro nuevos relatos de nuestras autoras.

El Elegido

Cristina Vázquez

Una noche en el monte Pindo

Malena Teigeiro

Lilith

Liliana Delucchi

El Cuentista de la Noche

Marieta Alonso

El Elegido

Cristina Vázquez

Yo no había visto nunca a mi abuelo. Cuando  se hablaba de él,  el tono de voz de los mayores era más bajo, como si una corriente helara sus palabras y a la vez, una  actitud reverencial les hiciera quedarse con una expresión embobada. Solo una vez a mi tía Constanza, se le ocurrió decir con voz crispada.

— Es un loco y vosotros unos pusilánimes.

Las miradas de todos convergieron en ella con dureza y se fue de la habitación con la mirada baja. A partir de ese día pareció ir perdiendo lustre, se iba como borrando y en las largas sobremesas familiares, las conversaciones se cruzaban por encima de su cabeza. Vivíamos toda la familia, mi padre y sus tres hermanos con sus respectivas mujeres e hijos en una casa enorme en medio del campo, la cual se iba desconchando poco a poco, pero nadie movía un dedo, como si  todos esperaran que algo externo y repentino lo solucionara, al igual que  el jardín, en el que todavía quedaban trazos de un diseño esmerado, se iba quedando sin flores, lleno de malas hierbas y oscurecido por los árboles que crecían sin control. A veces no se veía el cielo.

Un día, con cierta solemnidad, mis padres y tíos me convocaron para decirme que el abuelo había llamado y deseaba verme. Me vistieron con mis mejores ropas, bien peinado, con las uñas limpias, los zapatos brillantes y me subieron al coche que conducía  el hombre que ayudaba en el establo. Todos en la puerta se despidieron de mí, mientras el corazón me saltaba con una mezcla de temor y curiosidad. Empezamos nuestra marcha muy lentamente por un camino que había en la parte posterior del jardín y por el que teníamos prohibido ir. Al cabo de escasos cinco minutos llegamos a la casa de mi abuelo. Blanca, alta, con las persianas de un verde intenso cerradas.  Al bajarme del coche se abrió la puerta como por ensalmo y entré.

La viejecita que me recibió era como una manzana sonrosada, de pelo canoso, con una cofia torcida, un delantal resplandeciente y una sonrisa socarrona y cogiéndome la cara entre las manos, me susurró que era muy guapo, mucho más que mi padre.

Un delicioso olor impregnaba el aire y mientras la seguía, sin darse la vuelta, me confesó que había hecho una tarta de frutos rojos.  Al llegar delante de una puerta de madera tallada, me dijo que pasara, que ahí estaba el abuelo esperándome. Yo noté un cierto temblor en las piernas y sudor frío en las manos.

—  Anda pasa —y me empujó con suavidad.

La habitación, forrada de madera, era una biblioteca hasta el techo. La chimenea  estaba encendida en una esquina, pese a que era el mes de junio; un enorme ventanal ocupaba casi toda la pared de enfrente, delante del cual había un sillón de respaldo alto de cuero repujado, del que  sobresalían unas manos pálidas apoyadas en los brazos. Temblaba, no sabía qué hacer hasta que oí, muy bajito, la voz del abuelo.

— ¿A qué es un paraíso?

El ventanal se abría a una pradera que bajaba suavemente hasta un riachuelo, bordeado de árboles, unos llenos de frutos, otros de distintos verdes que parecían mecerse acompasadamente. Unos parterres de flores se distribuían ordenadamente y a medida que descendía la colina se veían otras flores salvajes que crecían a su aire. Nunca había visto un paisaje tan hermoso ni un jardín tan cuidado.

El abuelo sin esperar respuesta, me dijo que me acercara, que no tuviera miedo y cerré los ojos antes de ponerme ante él. Cuando los abrí un anciano diminuto, con unos quevedos en la nariz, una manta a cuadros sobre las piernas y la sonrisa amplia, alargó la mano para tocarme el pelo.

— Hola, no tengas miedo. Al fin y al cabo somos familia —y su risilla era menuda y frágil.

— No tengo miedo.

— Pues deberías, después de lo que habrás oído de mí.

Balbuceé algo y me fijé que en la mesa, que estaba a su lado, había un tríptico cerrado, oscuro, con una maravillosa bola de cristal pintada. Mientras la miraba fascinado oí al  abuelo que susurraba, lo sabía, no me he equivocado, es mi elegido y un ataque de tos  le sacudió en el sillón.

— ¿Qué es?

— Es el misterio del mundo, aquí se encierra.

— ¿Puedo abrirlo?

Me escrutó con seriedad, extendió las dos manos y cogió las mías. Su tacto era como dos paquetitos de huesos helados.

— No, cuando yo muera. Solo entonces y según lo que seas capaz de ver dentro, así será tu vida. Oscura o llena de color. Encontrarás todo el misterio de la vida y la muerte.

Yo me quedé sorprendido de la dulzura y la intensidad con que lo dijo. Luego se dio media vuelta para tocar el timbre, murmurando que ya era hora de merendar y me pidió que me sentara junto a él. Sin quitar la vista del ventanal y como si no se dirigiera a nadie, dijo que esperaba que fuera digno de ello, los otros no lo eran y por eso no los trataba. En ese momento se abrió la puerta y entró la viejecilla con la tarta y unos platos.

© Cristina Vázquez

Una Noche en el Monte Pindo

Malena Teigeiro

"El pasado no tiene hogar allí. 

No temas desterrado lo desconocido. 

Buscamos la bóveda en un frío amanecer

o en una sangrienta puesta de sol,

 incluso ser sólo sombras."

César Antonio Molina

Con la promesa de volver rico para casarse con ella, Juan se fue a hacer las Américas. Todos los veintitrés de junio al atardecer, Amada, envuelta en su capa de paño negro, subía las escarpadas laderas del mágico monte Pindo seguida por las azules miradas de los espíritus de las mouras, bellísimas princesas que peinaban sus rubios y largos cabellos en los espejos del agua de la cascada que saltarina y gozosa, bajaba hasta el mar. Al pasar por delante de la Casa cueva da Xana, Amada bajaba la cabeza y se protegía el vientre con las manos. Apresurada, seguía su camino desoyendo las promesas de felicidad de los espíritus que allí vivían.

Al llegar a la cumbre de la Pedra Moa, rodeada por las mismas bañeras de liso granito en las que los antiguos Celtas adoraban al sol y la luna, colocaba su bola de cristal envuelta en seda, para a las doce en punto descubrirla mirando al cielo. Cuando los primeros rayos de luz de luna de la noche de San Juan caían sobre el liso vidrio, aparecía en su interior la misma imagen: agua, sol y campos de café. Amada envolvía la esfera, y ya de pie, contemplaba el horizonte, hasta allá, en donde se ve la tierra curva, y con los dedos enviaba un beso a su hombre.

Y así estuvo, año tras año, hasta que le anunciaron que su prometido había vuelto y que iba por el bosque camino de su casa. Ansiosa por estar con él, corrió a buscarlo, y entre castaños, pinos y avellanos, lo vio llegar. El hombre que andaba hacia ella, recio, cano, poderoso, nada tenía que ver con su Juan. Al encontrarse, la miró, y sin siquiera saludarla le puso las manos sobre los hombros y tanto se los apretó, que la joven sintió que podía romperse. El hombre, sin soltarla, la miraba a los ojos. Le arrancó la ropa con furia y la tiró al suelo.

Abrochándose el pantalón, sin más palabras que las de su cínica mirada, le anunció que contraerían matrimonio días después, el veinticuatro de junio. Dando media vuelta se fue, dejándola, humillada, en el suelo. Ella no pudo entender el porqué de aquella seca, bruta e insólita reacción.

La noche antes de la boda, Amada subió al monte Pindo. A las doce descubrió su bola. Estaba vacía. Contemplando el blanco cristal donde solo relucía la sombra de la luna, pasó la noche. Al amanecer, perseguida por las risas de las mouras, bajó las escarpadas piedras hasta su casa y comenzó a prepararse para la ceremonia. Toda la aldea acudió al banquete invitada por las familias de los jóvenes. El dinero a Juan no le faltaba.

Pasaron unos años sin haber conseguido darle a su esposo el hijo deseado. Una noche, después de yacer sin amor ni complacencia, le escuchó exclamar pellizcándole las mejillas hasta dejárselas rojas: Mujer, ¡para qué tanto trabajo, para qué tantas penurias, para qué tantas riquezas si no tengo a quién dejárselas! ¿Para qué me sirves?

El veintitrés de junio de su séptimo aniversario de bodas, Amada introdujo la bola de cristal en una cesta y se dirigió al monte Pindo.

Subió hasta la Pedra da Moa. Hacía frío. Buscando el calor de la piedra, tumbó su cuerpo en una de las bañeras y colocó la bola encima de su vientre. Al dar las doce, y comenzar el día veinticuatro, retiró la seda y dejó el cristal al aire de la noche. La bola se fue llenando de sombras. Poco a poco se conformó una imagen. Dentro de la esfera no era de noche ni de día. No había campos de café ni agua. Solo grises y turbias formas vegetales clavadas en piedras y arena seca, cubiertas por un cielo sin estrellas, plagado de negras nubes vacías de agua. No lucía la luz, ni del sol ni de la luna. No había simientes ni vida. La mujer dobló el cuerpo hasta tocar con la cabeza las rodillas. Apretó la bola contra su vientre seco. Lloró. Levantó el rostro hacia la luna y gimió, y gritó pidiendo ayuda.

Amanecía cuando comenzó a bajar el monte hacia el mar. Las sombras de los espíritus, las xanas que rápidas corrían a esconderse en la noche, y las caricias de las bellísimas mouras, la acompañaban. La muchacha, sacó la bola de su cesta y la arrojó delante de uno de los gigantes de piedra que defendían la tranquilidad de los espíritus. El globo de cristal, sin romperse, comenzó a rodar saltando y tropezando, entre las piedras. Enloquecida, la vio desaparecer mientras su cuerpo se bamboleaba entre las locas ráfagas del viento plenas de voces, aullidos y risas. De pronto escuchó un cántico dulce, melodioso, que la llamaba. Atraída por la voz, anduvo por senderos de hierbajos y zarzas, en donde las ropas se le quedaban presas; por pedregales, en los que se destrozaba la piel de las manos y los pies, hasta llegar a la Casa cueva da Xana. Entró.

Dos días después, con las ropas desgarradas, protegida por el arco de piedra de la cueva, Juan y los hombres que con él iban, encontraron su cuerpo exangüe.

Y nueve meses más tarde, la noche en que termina el invierno y comienza la primavera, Amada dio a luz un hermoso y pálido niño de ojos azules. Sin siquiera mirarlo, recordó su grito pidiendo ayuda en la Pedra da Moa. Recordó su bajada, entre el viento, por los pedregales del monte Pindo. Los cánticos de las Mouras que la llamaban. Recordó la noche en la Casa cueva da Xana, su ruego, su promesa de una vida por otra vida.

Al sentir sobre su frente la mano helada de la hermosa moura de rubios cabellos, lujosos vestidos y dulces ojos azules, sonrió tranquila y falleció.

© Malena Teigeiro

Lilith

Liliana Delucchi

"Creó, pues, Dios al hombre a su imagen;
a imagen de Dios lo creó;
varón y mujer los creó."

Génesis 2:4-25

Suscitar interés era una de las características de Lilith, por eso a  Pedro no le sorprendió que su compañero de asiento no dejara de mirarla. Esa tarde de principios de otoño, una multitud visitaba la muestra de El Bosco. La joven, sentada frente a El Jardín de las Delicias, mantenía la vista fija en la tabla de la izquierda; el movimiento de sus párpados manifestaba una búsqueda y, por el fruncimiento de sus labios, Pedro pudo entender un repentino disgusto.

Se habían conocido durante el curso del primer año de Antropología, carrera que Lilith dejó para matricularse en Sociología y más tarde en Periodismo. A Pedro le habían llamado la atención los grandes ojos oscuros de esa chica que se sentaba al final de la clase, sus preguntas inteligentes y una especie de ausencia que la mantenía alejada del resto de los alumnos.

Segunda hija de un matrimonio distante, Lilith nunca pudo competir con el amor que su madre sentía por su hermano mayor ni con la devoción de su padre por la pequeña. Solo un primo lejano era su compañero de juegos y cuando él murió a causa de unas fiebres, el jardín de la casa quedó para ella reducido a la sombra de los magnolios, donde refugiaba sus fantasías y lecturas. Con algunos novios esporádicos, cumplía con la premisa de que una joven debe relacionarse con el sexo opuesto, hasta que el aburrimiento de ella o el desinterés de los jóvenes por palabras que estaban lejos de su entendimiento, la llevaban a desistir. Con Pedro fue diferente. Se dio cuenta de que ese muchacho de pelo oscuro y ojos penetrantes, mostraba disposición a escucharla, aunque le hacía preguntas que ella era incapaz de responder.

La exigua luz que escapaba por la rendija de las vidas ajenas la había hecho observadora, como si la contemplación de lo que ocurría a los demás pudiera esclarecer sus circunstancias. Sin embargo, no era así. Cuando se acercaba a la comunión consigo misma, intensos nubarrones bloqueaban su pensamiento para relegarla, una vez más, a la soledad.

Esa tarde en el museo, Pedro concluyó, desde donde la observaba, que algo se estaba transformando en el semblante de Lilith, como si el velo que la separaba del mundo estuviese a punto de desgarrarse. Cuando el hombre que estaba al lado de la joven se levantó, Pedro ocupó su lugar.

-¿Lo ves? –le preguntó ella, sin mirarlo- En la tabla de la izquierda, la del Paraíso. Mi hermano, Adán, está sentado y la pequeña Eva se inclina ante Dios.

-Seguramente tus padres quisieron remedar tu ausencia en el cuadro llamándote Lilith, aunque mucho me temo que fuiste tú quien no quiso aparecer. Habrá que preguntarle a El Bosco.

Ella sonrió y le apretó la mano.

© Liliana Delucchi

El cuentista de la noche

Marieta Alonso

En un mágico país, hubo un pintor llamado Jerónimo, que tenía la mirada aviesa, la frente altiva, la mano ágil para dibujar a quien pasara cerca y luego salir a buscarlo, no se sabe para qué. Lo cierto es que a aquel que sus lápices delineaban, nunca más se le volvía a divisar por los alrededores. Decían las malas lenguas que si a su lado, un demonio sería una dulce alimaña escondida en los estanques y las rocas; que si una lechuza iba anunciando su camino; que si se quedaba inmóvil se convertía en un hombre árbol y cuando alguien pasaba cerca se dejaba caer aplastándole como a un sapo; que si dibujando instrumentos musicales atraía a los infiernos a los que no estaban ojo avizor y que allí había tal calor que se derretían primero los huesos y luego la piel; que si de esa incandescencia solo se salvaba la cabeza que, en un momento dado, caía al suelo como bola de ping-pong y, rebotando, iba ladera abajo hasta llegar a un agujero donde se quedaba girando y girando; que si, más tarde, la patada de un asno la hacía caer en una pradera de estiércol en donde un batallón de hormigas uniformadas se hacía cargo de esa cabeza para que les sirviera de alimento durante la larga noche invernal…

— Venga, niños, es hora de dormir.

— Mami, mami, duerme conmigo. Tengo mucho miedo.

— No cariño, vete con tu padre que es el de los cuentos luminosos.

— No, con papi, no. Dice ser el pintor.

© Marieta Alonso

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