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La Anunciación

15 diciembre, 2023 por Akelarre 1 comentario

cuentos sobre La Anunciación

La Anunciación de Santa Catalina de Alejandría

El ángel anunciando a María la Buena Nueva, se halla en la iglesia de Santa Catalina de Alejandría en la ciudad de Galatina, en la zona sur de la provincia de Lecce en la región italiana de La Puglia.

La basílica de Santa Catalina es uno de los monumentos más destacados de arte románico y gótico de esta comarca. Fue construida entre 1369 y 1390 por Raimondello del Balzo Orsini y posteriormente su hijo añadió el ábside.

Lo más importante es su decoración pictórica que cubre con frescos el interior, pintados a finales del siglo XIV por artesanos locales. A María de Enghien, condesa de Lecce y reina de Nápoles, no le gustaron y se rehicieron a principios del XV con artistas llegados de toda la península.

Esta bella imagen ha inspirado cuentos fantasmales, de inciertos ángeles, de un devoto de la Virgen y el de un frívolo turista.

Revelación

Cristina Vázquez

La vieja casona de las montañas

Malena Teigeiro

Narciso

Liliana Delucchi

Mi preferida

Marieta Alonso

Revelación

Cristina Vázquez

¡Ahí va Caterina!, gritaban los niños y jóvenes del pueblo cuando pasaba la chica. Ella siempre iba mirando al cielo, siempre con una sonrisa.
Después de unos meses de su nacimiento, el médico les aseguró que la niña era completamente normal, pero que había algo en ella que a él se le escapaba: un ligero retraso, una manera diferente de evolucionar…

—Yo, señora —dijo el hombre con dulzura—, no tengo conocimientos para este sutil diagnóstico.

La mujer se quedó preocupada por lo de “sutil”. ¿Qué sería ese mal? El médico le recomendó a un colega en el hospital de la vecina ciudad, la importante de la región. Este, después de examinarla con atención, concluyó lo mismo que el del pueblo. Tenía algo especial esa criatura, pero no podía definir qué.

—No se preocupe, señora —sonrió el doctor—. Es una niña preciosa.

Caterina creció con esa aura especial. Tardó en aprender a escribir, las tablas de multiplicar no llegó a memorizarlas nunca, en cambio, tenía un don para la música y para la oración. Nada le gustaba más que aprenderse oraciones y no perderse ninguna festividad o acto que hubiera en la iglesia de Santa Caterina. Todos se acostumbraron a que la chica preparara los jarrones de flores, o se ocupara de planchar los manteles y a su voz cantando plegarias que nadie sabía dónde las pudo aprender.

—Es mi santa —repetía desde pequeña— y yo su ángel.

Pensaron que esas afirmaciones formaban parte de su singularidad, aunque ella lo aseguraba con absoluta certeza y alegría. Al crecer siguió jugando con niños más pequeños y no parecía importarle que los chicos la señalaran por la calle. ¡Ahí va Caterina! Luego añadían adjetivos peyorativos y hasta obscenos cuando se transformó en una hermosa mujer.

En ese diminuto pueblo del sur de Italia, en el que la pobreza y abandono seguía dejando huellas, solo se destacaba dicha iglesia, la de Santa Caterina, que había atraído turistas en los últimos años. Los locales se sorprendían de las exclamaciones de admiración que despertaba. Ellos estaban acostumbrados a oír misa o ir a los funerales rodeados de esas pinturas que cubrían las paredes.

Un día en que barría la Iglesia mientras cantaba su extraña música, un hombre extranjero —para los de pueblo todos eran ingleses, aunque fueran de otra nacionalidad—, se quedó maravillado de la voz y la belleza de la joven. Sacó fotos de los frescos de las paredes y también de ella. Cuando el hombre las reveló se dio cuenta de que había una de Caterina al lado del ángel de la Anunciación y concluyó que eran idénticos. Si esa pintura fuera reciente no hubiera dudado que había sido la modelo para esa figura. Los mismos rasgos, la misma entrega, exacta cara de inocencia y beatitud. Amplió la imagen y se percató de que en el suelo había unas levísimas plumas que parecían escapadas de la pintura.

Volvió a la iglesia con la intención de comprobar su descubrimiento que le había llenado de un extraño anhelo. Una mezcla de sorpresa y de esperanza lo mantuvo inquieto hasta que llegó. Preguntó por ella y no le contestaron. ¿Quién era ese extraño que preguntaba por la chica? ¿Qué querría? ¿Podrían sacar algo de él?

El hombre se sentó en las escaleras de entrada a la iglesia hasta que oyó la voz de la joven. ¿Por dónde habría entrado? Golpeó la puerta varias veces, pero no cedía y los hombres del pueblo se fueron acercando a él rodeándolo en una silenciosa y compacta amenaza. Comprendía que era absurdo lo que estaba haciendo y trató de enseñarles las fotos y que entendieran lo que él veía, pero sus miradas eran obtusas, airadas. Por un momento sintió un miedo atroz. Empezó a ver algunos brillos de navaja, y supo que sus explicaciones no las entenderían nunca, como él tampoco debió entender el código de esos hombres.

Cuando el filo de un cuchillo brilló en el aire, la puerta se abrió y apareció Caterina.

—Yo soy el ángel de la Santa y este hombre es sagrado.

Su voz sonó con una resonancia arcaica y los miró a todos con su sonriente semblante. Cogió al hombre del brazo y entró con él a la iglesia.

© Cristina Vázquez

La vieja casona de las montañas

Malena Teigeiro

Paola y yo nos conocíamos desde que ella entró en el colegio. Y en cuanto conseguimos nuestro primer trabajo, nos casamos. Justo unos días después de volver del viaje de novios, Paola recibió la carta de un notario italiano. Decía ser el abogado de la familia de su padre, y, por tanto, el encargado de entregarle los bienes que, como única heredera, le correspondían. En la carta le rogaba que se pusiera cuanto antes en contacto con él. Después de comprobar que aquel despacho de abogados existía, Paola, que nunca había sabido que sus padres tuvieran propiedades en Italia, le contestó que aprovecharía los últimos días que nos quedaban de las vacaciones para visitarlo.

Al día siguiente partimos para Bari. Una vez instalados, lo primero que hicimos fue concertar la visita con don Giulio Lombardini. Nos recibió al día siguiente. Su sonriente y acuosa mirada nos sonreía. El hombre, sorprendido ante el desconocimiento que de sus orígenes tenía, le contó a mi mujer su procedencia, así como el motivo por el que su familia se había ido a España, que no fue otro que huir de la Gran Guerra.

Entre una especie de molesta tristeza por la historia que sobre su familia le contó el señor Lombardini, y la alegría por la fortuna con la que de repente se encontraba, firmó la recepción de todos los bienes. Rápida, y sin dejar de signar los documentos, Paola le pidió que pusiera a la venta todos los inmuebles. Don Giulio, después de clavar la mirada en su ayudante, dijo que antes de tomar esa decisión, la llevaría a conocer la casa de sus ancestros. De acuerdo, replicó mi mujer, pero hagámoslo esta misma tarde si no le importa. Apenas podemos quedarnos un par de días.

Después de algo menos de dos horas de viaje por solitarias carreteras, llegamos hasta una antigua y alta muralla. Don Giulio, aparentemente emocionado, esperó en el coche hasta que el conductor abrió el portalón. Al final de un camino rodeado de cuidados jardines, estaba la casa, que sin ser un castillo como los españoles ni un palacio como los italianos, era una especie de mezcla entre los dos. Guardando el más escrupuloso silencio, entramos en un fresco zaguán de piedra. Visitamos salas, dormitorios, subimos y bajamos escaleras, y recorrimos largos pasillos. Todo el mobiliario en aquella casa parecía tener varios siglos. Sin embargo, a ambos nos llamó la atención que estando deshabitada, se encontrara tan cálida y limpia.

—Es evidente, señora, que esta casa no se puede vender. Ella y su servicio viven aquí —rompió el espeso silencio la voz del anciano al entrar en lo que parecía ser la sala principal.

Mi mujer se giró hacia don Giulio y arqueando las cejas preguntó: ¿Quién es ella? Él, a pesar de la oscuridad que ya reinaba en la habitación, señaló un cuadro, no muy grande, de un Ángel, al que la poca luz arrancaba brillantes rayos al oro de las alas.

Paola se dejó caer en un frailuno. Estaba pálida, y sus ojos, siempre alegres y pícaros, miraban el cuadro asustados. Me acerqué y le coloqué las manos sobre los hombros. Cuando dirigí la vista hacia aquella pintura, lo comprendí. El rostro del ángel era el de una joven mujer, y esa joven era igual, exactamente igual, que Paola.

En el automóvil de vuelta los dos hicimos el viaje en silencio, silencio que aprovechó don Giulio para contarnos que en el siglo XVII, el dueño de todo aquello le ofreció a Nuestra Señora de la Anunciación que pintaría un fresco en su honor si conseguía que su esposa le diera un hijo. Nueve meses después repicaron las campanas anunciando el nacimiento de un varón. Aquel niño fue amamantado por una joven cuya pequeña hija, tenía la misión de jugar con él. Pasados unos años el pequeño contrajo una extraña enfermedad. Su padre, recordó la olvidada promesa y se apresuró a poner los medios para cumplirla.

El caballero, que tenía como amante a la madre de la compañera de su hijo, exigió que su manceba posara como modelo de la figura del Ángel anunciador. Entre chanzas y bromas, ésta posó cubriéndose el pecho con los brazos. Lo que no quiso ocultar el pintor fue la mirada pícara de sus ojos negros ni la sensualidad de sus hermosas facciones. Cuando colgaron el cuadro que serviría de muestra para hacer el fresco en la iglesia, mientras su marido admiraba la pintura, su esposa comenzó a temblar. De pronto, se giró y se dirigió a la puerta. Desde allí, castigó la arrogancia de aquella manceba y de su esposo con una maldición: Ni vivos ni muertos, los espíritus de los dos, así como los de sus criados, podrían salir de la casona. Luego recogió a su hijo y a la niña de la manceba, y se fue.

Pasaron los años y aquellos dos niños, de los que usted es la última descendiente, contrajeron matrimonio. Acababa de decir estas últimas palabras cuando llegábamos a la puerta de nuestro hotel. Allí don Giulio le entregó a Paola las viejas llaves y los antiquísimos títulos de propiedad. Y haciendo una leve inclinación de cabeza nos deseó buen viaje de vuelta.

Paola me despertó. Estaba totalmente vestida. Con la voz entrecortada me pidió que la llevara a la casona. Siguiendo su deseo y sin atreverme a preguntar qué era lo que quería hacer allí, conduje hasta la antigua propiedad. Al llegar, ella se dirigió directamente al bargueño que se encontraba debajo del retrato del Ángel. Encima de él dejó las llaves y las escrituras. A continuación, arrancó una cortina. La dejó delante del mueble y le prendió fuego. Luego continuó quemando las otras colgaduras. Todo era tan viejo y estaba tan seco, que rápidamente la habitación se convirtió en una pira.

Ya los dos fuera de la casa contemplábamos las rojas y furiosas llamas mientras horrorizados escuchábamos fuertes alaridos entre su crepitar.

© Malena Teigeiro

Narciso

Liliana Delucchi

—Buenos días, señor.

—¿Ya es de día? ¡Cielo santo! ¿Qué hora es? —Preguntó el joven restregándose los ojos—. ¡Por Dios!, Fermín, no hagas tanto ruido al descorrer las cortinas, me da dolor de cabeza.

—Lo siento, su señoría. Le he traído un café, por si lo necesita antes de tomar el baño —respondió el ayuda de cámara mientras dejaba una bandeja sobre la mesilla—. ¿Qué tal ha sido su viaje por Italia?

—Agotador. Recuérdame la próxima vez que invite a una chica a ir de viaje, que antes me asesore un poco más sobre su personalidad —suspiró con desgana Beltrán mientras se ponía la bata que le alcanzaba su criado. —Dolores es muy bella, pero agotadora.

Ante el silencio de Fermín, con una sonrisa cómplice, continuó:

—No es lo que estás pensando, para eso tengo resuello de sobra —sonrió ante su propia gracia—, es que ésta es de las intelectuales. Viajera, como dijo ella. Me arrastró por todos los museos e iglesias que pudimos encontrar.

Y, de pie ante el espejo, mientras contemplaba con admiración su propia figura, siguió con su monólogo:

—Fíjate que me llevó hasta un pueblo perdido que se llama Gelatina, en la provincia de la pulga. ¡La pulga! —Soltó una sonora carcajada antes de agregar—. Esos italianos están locos, también podrían haberla nombrado mosca o, mejor, garrapata.

—Me temo, señor, que es el pueblo de Galatina, en La Puglia. He estado allí. Hay una pintura muy hermosa sobre La Anunciación en una iglesia cuyo nombre no recuerdo —corrigió Fermín mientras recogía el pijama de su patrón.

—No te preocupes, aunque me lo digas, dentro de cinco minutos lo habré olvidado —respondió el señorito—. Pero es cierto lo que dices, ese ángel era muy bonito y la tal Dolores quedó consternada ante su belleza. Creo que hasta se puso a rezar.

Beltrán pronto se olvidó del ángel, de la joven y de Italia para ordenar que le prepararan la ropa de montar.

Después del baño y ya vestido, volvió al espejo ante el que se detuvo unos instantes, mirándose de frente y de perfil.

—¡Sin cuerpazo que está el niño! —dijo orgulloso.

«Parece Narciso, pensó el criado, solo que no tendré la suerte de que se ahogue. Éste se mira en todos los cristales con los que se cruza, no en un estanque. Bueno, tan imbécil no es.»

Antes de salir de la habitación, Beltrán se acercó a los ventanales para contemplar los extensos prados de su propiedad. «¡Sin finca que está el niño!», caviló arreglándose la corbata.

—Fermín, he cambiado de opinión. En vez de un paseo a caballo iré a visitar a mi hermana al convento. Búscame un traje elegante pero sobrio, no es cuestión de hacer alarde de belleza ante las monjas —ordenó.

«Tú no has sido ni has estado sobrio en tu vida» cruzó por la mente del sirviente, aunque de su boca salió un: «Inmediatamente, señor».

Cuando Beltrán regresó por la tarde, su criado, que lo estaba esperando en el vestidor, le preguntó cómo había sido el encuentro con su hermana.

—Fíjate, cuando llegué al convento y pedí verla, una monja muy amable me dijo que era imposible, ya que en ese momento mi pequeña se estaba casando con Dios.

Se acercó al espejo y, abriendo los brazos ante su propia imagen, repitió: —¡Se estaba casando con Dios! ¿Te das cuenta, Fermín? ¡Sin cuñado que está el niño!

© Liliana Delucchi

Mi preferida

Marieta Alonso

Hay tantas Anunciaciones como días tiene el año. Es un decir, puede que haya muchas más, porque ha sido uno de los temas más frecuentes del arte cristiano. Que si Murillo, Botticelli, da Vinci, Caravaggio… Eso me lo contó don Anselmo, el cura de mi aldea, que se las da de sabio.

Se tuvo que quedar callado cuando le solté que ninguno de esos tíos superaba a Pancho. Sí, ese que nació en nuestra aldea con el don de la creatividad. Con papel y carboncillo te hace lo que le pidas. Me fui a buscarlo.

Y cuando le mostró el cuadro que ya quisieran muchos pintar dejó al cura con la boca abierta. Este sí que destaca el momento en el que el ángel Gabriel anuncia a María que va a ser madre de Jesús.

Y punto en boca que se lo digo yo, amenacé al de la sotana.

La verdad es que no soy de mucho rezo, pero a mi Virgen que no me la toque nadie. ¡Ya tuvo que pasarlo mal la pobre mujer! Se habla de ella en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles… Y ya tiene mérito que sea la única mujer nombrada en el Corán, setenta veces nada menos.

A veces me pregunto si Ella sabía lo que se le avecinaba cuando contestó aquello de: «He aquí la esclava del Señor…».

Toda mi vida he sido pescador, y si a esa palabra se le quita la «s» pues eso también lo soy. Yo no me hablo con los santos, pero con mi Virgen estoy todo el día de parloteo. Y es que mi madre se llamaba María a secas, mis hermanas María de la Vega, María del Carmen, María del Val, María del Rosario… y mis hijas Miryam y Maryam. Y por si no lo han adivinado me llamo Mariano y cada vez que le pido algo a la madre de Jesús me lo concede. Por algo será, ¿no?

¡A callar don Anselmo!

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Comentarios

  1. Elena dice

    20 diciembre, 2023 a las 10:17

    Cristina,
    Me han encantado los cuatro cuentos,se los voy a pasar a mi hija Catalina.
    Feliz navidad para todas vosotras.
    Gracias
    Elena

    Responder

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