El cometa espacial
A lo largo de la historia, y en todas las culturas, se ha considerado el paso de un cometa como un presagio: una señal de algo bueno o malo por venir. Los antiguos griegos creían que auguraban guerras o el brote de enfermedades. En un sentido religioso, se los considera como mensajeros de los dioses que vaticinan el final de un ciclo y el nacimiento de nuevas eras.
Y no podemos olvidar, sobre todo en estas fechas, la estrella que guió a los Reyes Magos hasta el pesebre en el que había nacido Jesús.
Nosotras hemos querido tomar esta imagen tradicional navideña como punto de partida o argumento para cuatro relatos en los que las estrellas son un personaje más.
¡Feliz Navidad!
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
María
Cristina Vázquez
Los habitantes de ese pequeño pueblo eran en su mayoría gente sencilla: labriegos, artesanos y canteros. El farmacéutico, el juez, el señor cura y el médico representaban toda la sabiduría de aquel lugar. Por supuesto, también estaba el caserón de los ricos que daba a la plaza. Había un bar y la casa de citas, pequeña y familiar que, si no era sabiduría lo que tenía, sí conocimiento de muchos chismes de los habitantes y de algunos habituales de pueblos de alrededor.
La dueña, doña Maruja, una mujer entrada en carnes y años, se había vuelto con el paso del tiempo en una referencia fiable de confidencias y consejos, tanto de hombres como de mujeres. Éstas se lo pedían para mejorar sus vidas conyugales con pócimas y truquitos, como a ella le gustaba llamarlos. Las jóvenes pedían consejos para enamorar, huir a la ciudad buscando nuevos horizontes o deshacerse del resultado de un mal paso.
Nunca ayudó a eso, les proponía que trabajaran en un taller de costura, que había montado un ex amante suyo en otro pueblo, y ahí las cuidarían, tendrían un techo donde refugiarse y un dinero para enfrentar la nueva vida.
—Yo no quiero saber lo que vais a decidir —se tapaba la cara con las manos—. Ciega y muda me vuelvo, y hasta sorda si hace falta, pero aquí no volváis, porque no os abriré la puerta.
Esta puerta a la que se refería era una discreta entrada a la espalda del negocio. Se accedía por ella a un cuarto grande que ella llamaba su despacho y ahí aconsejaba, proveía de pócimas y, de vez en cuando, prestaba dinero a un bajo interés.
Se quedó preocupada con la demanda de ayuda de María, la hija de los ricos, una chica de inesperada bondad y belleza viendo los progenitores que tenía. Tuvo que cargar con una madre enferma y malhumorada y un padre bruto, a cuya casa solariega no se acercaba nadie. A esta chica la conocía desde que nació. Aunque doña Maruja, al taparse la cara con las manos, se conjuraba en olvidar a la que tenía enfrente. Sabía que con ella le iba a costar el olvido.
En diciembre, cerca de la Nochebuena, se hacía una gran hoguera en la plaza del pueblo y todo el mundo se juntaba, sin diferencias de clase, sapiencia ni condición. Doña Maruja se sentaba con las matronas, charlaba de igual a igual con el médico y el juez y hasta con el señor cura. Los padres de María se asomaban a la solana, este año sin la hija, y desde allí participaban de la fiesta. Todos cantaban villancicos y acababan con canciones y bailes que nada tenían que ver con la Navidad, dando vueltas a la hoguera como debieron hacer sus ancestros.
De repente, una fulminante estrella iluminó el cielo. Se produjo un silencio inmediato. Después de gritos de asombro unos, y de pánico otros, la estrella fue alejándose muy lentamente. Todas las cabezas miraban hacia arriba y ya solo se oía bisbiseos o un grito de espanto. ¿Qué sería? ¿Por qué tanta luz? La puerta de la solana se cerró con rapidez.
El juez, una vez que pasó la sorpresa inicial y con la aquiescencia del señor cura, se atrevió a decir que podía ser el cometa Halley. El cometa ¿qué? fue el rumor unánime. Entonces don Robustiano, el cura, se subió a un banco.
—Esta puede ser como la estrella que guió a los Magos al Portal de Belén.
Aunque le respetasen, al estar todos juntos se podían oír voces discrepantes, protegidas por el anonimato. ¡Anda ya!, qué sabrá éste de estrellas, cómo iba a ser la misma, hay que ser burro. Bájese del banco, no vaya a ser que le dé la estrella en la cabezota. Un sinfín de carcajadas y bromas empezaron a oírse para contrarrestar el susto pasado. Poco a poco se fueron retirando a sus casas, tras apagar la hoguera con desgana. La luz del cielo seguía iluminando el pueblo de una manera mágica que producía extraños sentimientos.
Puta estrella, nos ha jorobado la fiesta, decía uno. Pero qué bonita era, susurraba una mujer arrebujándose en su mantón. Será que va a pasar algo horrible o algo bueno, seguro que se van a quemar las cosechas. Quita hombre, contestaba otro, a lo mejor es que va a caer un premio. Y así se fueron alejando hasta sus casas, arrastrando predicciones y temores.
Al llegar a la suya, doña Maruja casi tropieza con un bulto en la puerta trasera por donde accedía. No había encendido ninguna luz de la entrada, pues el resplandor de la noche lo hacía innecesario. Se agachó con cierta dificultad y vio que el bulto era un niño recién nacido. Lo cogió llena de temor. En el pecho llevaba un papelito que decía: “Soy de María”.
El Camino de Santiago
Malena Teigeiro
A Marianela le gustaba mirar al cielo. Pero no cualquier cielo. Según ella el de las mañanas estaba siempre desvaído, parecía que lo hubieran lavado con lejía. El de las tardes variaba de un azul intenso a un gris tormentoso, que a veces en vez de estar adornado con nubes blancas aparecía lleno de nubes grises, negras, enfadadas. Sí. De esas que no paraban de descargar agua, viento y tormentas, poniendo en peligro las barquitas de los pescadores. Y luego estaba el cielo del tardecer. El que ella prefería. Ver cómo la bola redonda del sol, amarilla primero, naranja después, y violeta al final, se refrescaba en el mar, la extasiaba. Sin embargo, el cielo que más le gustaba era ése de las noches en que la luz de la luna le permitía recorrer el Camino de Santiago, la Vía Láctea, como en la escuela llamaba su maestro al Camino. Seguramente era ateo. Esas noches Marianela se tumbaba en la arena de la playa, y con los brazos debajo de la cabeza, pasaba las horas con la mirada clavada en el viejo cielo, picado por miles y miles de estrellas. Llegó a tal punto esa costumbre que todos comenzaron a llamarla “la niña con los ojos de otro mundo”. Según decían, parecía que se le hubieran metido las estrellas dentro de sus ojos. Y era cierto. Si uno se fijaba un poquito, podía ver el brillo de la plata detrás del iris azul de sus pupilas.
Marianela era viuda. Casi se podría decir que no lo era pues la barca de su marido se hundió una semana después del casamiento. Él vivía en el cielo, le dijeron uno tras otro para consolarla. No dudó ni un momento de que fuera cierto. Y por eso le gustaba tanto mirar al cielo. Desde allí arriba, a través de una de las picaduras del firmamento, Pedro la miraba con dulzura. Conversaba con ella hasta que la luz del sol aparecía. Incluso a veces la visitaba. Una noche Pedro la sintió tan sola, tan llena de tristeza, que llenándola de besos y caricias la cubrió con su amor.
Todos la tomaron por loca cuando dijo que el hijo que esperaba era de Pedro. Hasta que vieron en la cuna al pequeño bebé, una niña que tenía la piel de pálido nácar como la luz de la luna, el cabello de hilos de plata como los rayos de las estrellas, y los ojos color azul marino, igual al del cielo las noches de luna llena.
Por más que los padres y hermanos de Marianela buscaran algún parecido de aquella niña con los hombres de la aldea, no lo encontraron. Ninguno podría ser el padre de la bellísima criatura. La niña, Luna, la llamó, era de aspecto frágil, pero no. Era fuerte, cariñosa. Su voz, unas veces dulce otras tormentosa, tenía los mismos timbres que el viento.
Ella la crio y cuidó con mimo, y las noches de verano en las que el Camino de Santiago estaba claro, la llevaba a la playa. Allí tumbadas sobre la arena, pegadas una a la otra, le hablaba de su padre, de Pedro.
Pasó el tiempo y Luna se casó con el hijo de un rico comerciante de la capital, enamorado locamente de aquella muchacha que parecía llegada de otro mundo. No había pasado mucho tiempo, el matrimonio volvió a la aldea. Luna, explicaba el marido a quien lo quisiera escuchar, sin el salitre del aire del mar, se marchitaba. A partir de entonces, las noches en las que brillaba la luz de las estrellas, Luna volvió a acompañar a su madre a la playa. Y al igual que antes de contraer matrimonio, pero ahora que Luna estaba embarazada sentadas en la arena, admiraban las estrellas del Camino de Santiago.
Una noche vieron una bola grande, muy grande, que corría por el firmamento dejando tras sí una estela de plata. Marianela no tuvo ninguna duda. Era Pedro que venía a buscarla. Se puso en pie. Alzó los brazos y un pequeño tornado de polvo de estrellas la levantó haciéndola desaparecer. Luna, de pie en la arena, con el brazo en alto y la mirada fija en la bola que fulgurante recorría el firmamento, se despidió de sus padres.
Nunca más volvió por la noche a la playa.
Felices fiestas
Liliana Delucchi
Me llamo Vera y odio la Navidad. Ya está, lo dije.
No es que no disfrute de las luces de la ciudad y los centros comerciales adornados, eso me encanta. Lo que detesto es tanto villancico sonando por todas partes. El otro día fui al supermercado y, aunque tenía el carro lleno, tuve que dejarlo y salí escopetada sin la compra. Mi cerebro estaba a punto de estallar con tantos pececitos en el río.
He salido de la ciudad en dirección al aeropuerto, voy a buscar a mi primo Andrés, quien, no sé en qué estaría pensando, para dejar Londres y venir a pasar las fiestas con toda la familia. Él era de los míos, de los que nos quedábamos en un rincón de la mesa intentando que el soniquete de los conocidos comentarios anuales no nos llegara.
─¿Se puede saber a qué se debe esta visita sorpresa? ─Le solté mientras lo ayudaba con su equipaje─. ¿Qué has traído que abulta tanto?
─Esperaba un «hola cómo estás, ¡qué alegría verte!» ─me contestó con su sonrisa de siempre.
─Tienes razón, lo siento, dame un beso ─dejé las maletas y me encaramé a su estatura para darle un abrazo─. Es que no entiendo cómo pudiendo huir de las comilonas de mamá no lo has hecho.
─¿Sigue cocinando tan bien?
─Ya está mayor, ahora lo encarga todo ─le respondí mientras abría el maletero del coche─. Te he preparado la habitación de invitados, te quedas en mi casa.
─Por supuesto, mi general.
Esa noche nos pusimos al día, o casi. Yo tenía necesidad de que me contara cómo es vivir en el Reino Unido, ya que tengo la posibilidad de que mi empresa me envíe allí. A Inglaterra o a cualquier parte, con tal de huir del clan.
Su experiencia fue y sigue siendo fantástica, tanto a nivel de trabajo, personal y social. Con la única excepción de las navidades.
─¿Qué? ─Por poco se me cae la copa de vino─. Si en las películas y documentales Londres se ve preciosa y la gente parece muy amable.
─Todo eso es cierto ─me miró con un poco de condescendencia, creo─. Pero durante las fiestas nos reunimos un grupo de expatriados, nos llamamos «los huerfanitos». ¿Puedo fumar?
Asentí.
─Y… ¿qué hacéis los huerfanitos?
─Cada uno lleva un plato de su tierra y terminamos borrachos cantando villancicos cada quien en un idioma diferente…
─¿Morriña?
─Y de la buena ─encendió un cigarrillo y expulsó el humo mirando el techo─. Tienes un piso precioso. El mío es un poco más reducido, aunque te gustará cuando vengas a verme.
─Espero que sea pronto ─me apoyé en su hombro y le acaricié la cabeza─. ¿Has venido para huir de «los huerfanitos»?
─Y porque os echaba de menos.
El día siguiente me lo tomé libre. Andrés quería recorrer la ciudad, tomar el vermut en el Madrid antiguo, visitar librerías, ir al teatro…, todo lo que su imaginación había construido en los días previos al viaje. Lo hicimos. Acabamos agotados, pero felices.
─¡Te he extrañado tanto…! ─Lo abracé por la espalda─. Eras mi único aliado y me dejaste.
─Pero ahora estoy aquí.
La mesa de Nochebuena estaba como sólo mamá sabe hacerlo, y ella feliz con toda su prole. En esas ocasiones parece que el tiempo no pasa, tenía la sensación de que todo lo que se decía ya se había dicho el año anterior…, chistes incluidos. Los niños más crecidos, pero tan poco interesantes como siempre. Sus madres, guapas, elegantes y pendientes de que sus cachorros se comportaran. Los maridos, atentos a las bebidas y a la conversación intrascendente. Andrés y yo, en silencio, observando desde un extremo, nuestro lugar de siempre. Por un momento tuve la impresión de que los ojos de mi primo estaban más brillantes de lo habitual. ¿Lágrimas?
Le apreté el brazo antes de preguntarle:
─¿Quieres que vayamos a Misa de Gallo?
Sorprendido, me respondió:
─Antes no querías ir.
─Antes no habías estado tanto tiempo fuera ─y le di un beso
Pasión por los cometas
Marieta Alonso
Me encantan. Cierro los ojos y los imagino como un símbolo de libertad. Los científicos, tan sosos, nos dicen que son cuerpos celestes formados por polvo, rocas y partículas de hielo que orbitan alrededor del Sol.
Y yo me pregunto, si por un casual, los cometas fueran cientos de guerreros uniformados con espadas al viento, con esa luz blanca que es capaz de cegar y que con su sola presencia defendieran al Sol de intrusos no deseados; esos que saben que la raza humana no podría sobrevivir sin el calor de sus rayos. Nunca se sabe dónde puede estar el peligro. Además, necesito ese color dorado tan bonito del verano. Mi piel es tan blanca que mi abuela dice que soy la representante de la leche en la Tierra.
Hay dos cometas que me vuelven loca de amor. El Halley, ése que orbita cada 76 años y que se llama así en honor a quien calculó su órbita en 1705, Edmund Halley. Mi padre vio a ese famoso y estudiado cometa, dos veces: en 1910 y 1986. Yo solo he podido disfrutar de él en el 86. Al otro, que se verá en 2061 no llegaré con vida, pero quizás desde esa otra dimensión a la que iremos todos, pueda verlo hasta más cerca y tal vez, salude al astrónomo inglés y con su ayuda convertirme en un cometa que viaje cada año haciendo «eses» para deleite de los niños. Todo es posible. ¿No creen?
El segundo cometa de mis amores es el de Navidad. La estrella de Belén que guio a los Reyes Magos hasta el Niño Jesús y que simboliza esperanza, guía y eternidad.
Mi madre era una gran repostera y sus hijas le salieron golosas. Nos hacía Flan de leche condensada, Pudin de pan con almendras y pasas, Bocado de la Reina, Brazo gitano, Cometas de Navidad con chocolate negro y estrella incluida. Hay cosas que son imposibles de olvidar. Se te hace la boca agua solo con pensar en ellas.
Ya sé, ya sé, que la Navidad no solo es el tiempo comprendido entre Nochebuena y Reyes Magos, que no está en los regalos, ni en los postres, ni en las vacaciones… Pero, hay que ver lo que ayudan para sentir a Dios y poner en alza el amor y la paz.