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Cometa

15 diciembre, 2025 por Akelarre 3 comentarios

cometa espacial

El cometa espacial

A lo largo de la historia, y en todas las culturas, se ha considerado el paso de un cometa como un presagio: una señal de algo bueno o malo por venir. Los antiguos griegos creían que auguraban guerras o el brote de enfermedades. En un sentido religioso, se los considera como mensajeros de los dioses que vaticinan el final de un ciclo y el nacimiento de nuevas eras.

Y no podemos olvidar, sobre todo en estas fechas, la estrella que guió a los Reyes Magos hasta el pesebre en el que había nacido Jesús.

Nosotras hemos querido tomar esta imagen tradicional navideña como punto de partida o argumento para cuatro relatos en los que las estrellas son un personaje más.

¡Feliz Navidad!

María

Cristina Vázquez

El Camino de Santiago

Malena Teigeiro

Felices fiestas

Liliana Delucchi

Pasión por los cometas

Marieta Alonso

María

Cristina Vázquez

Los habitantes de ese pequeño pueblo eran en su mayoría gente sencilla: labriegos, artesanos y canteros. El farmacéutico, el juez, el señor cura y el médico representaban toda la sabiduría de aquel lugar. Por supuesto, también estaba el caserón de los ricos que daba a la plaza. Había un bar y la casa de citas, pequeña y familiar que, si no era sabiduría lo que tenía, sí conocimiento de muchos chismes de los habitantes y de algunos habituales de pueblos de alrededor.

La dueña, doña Maruja, una mujer entrada en carnes y años, se había vuelto con el paso del tiempo en una referencia fiable de confidencias y consejos, tanto de hombres como de mujeres. Éstas se lo pedían para mejorar sus vidas conyugales con pócimas y truquitos, como a ella le gustaba llamarlos. Las jóvenes pedían consejos para enamorar, huir a la ciudad buscando nuevos horizontes o deshacerse del resultado de un mal paso.

Nunca ayudó a eso, les proponía que trabajaran en un taller de costura, que había montado un ex amante suyo en otro pueblo, y ahí las cuidarían, tendrían un techo donde refugiarse y un dinero para enfrentar la nueva vida.

—Yo no quiero saber lo que vais a decidir —se tapaba la cara con las manos—. Ciega y muda me vuelvo, y hasta sorda si hace falta, pero aquí no volváis, porque no os abriré la puerta.

Esta puerta a la que se refería era una discreta entrada a la espalda del negocio. Se accedía por ella a un cuarto grande que ella llamaba su despacho y ahí aconsejaba, proveía de pócimas y, de vez en cuando, prestaba dinero a un bajo interés.

Se quedó preocupada con la demanda de ayuda de María, la hija de los ricos, una chica de inesperada bondad y belleza viendo los progenitores que tenía. Tuvo que cargar con una madre enferma y malhumorada y un padre bruto, a cuya casa solariega no se acercaba nadie. A esta chica la conocía desde que nació. Aunque doña Maruja, al taparse la cara con las manos, se conjuraba en olvidar a la que tenía enfrente. Sabía que con ella le iba a costar el olvido.

En diciembre, cerca de la Nochebuena, se hacía una gran hoguera en la plaza del pueblo y todo el mundo se juntaba, sin diferencias de clase, sapiencia ni condición. Doña Maruja se sentaba con las matronas, charlaba de igual a igual con el médico y el juez y hasta con el señor cura. Los padres de María se asomaban a la solana, este año sin la hija, y desde allí participaban de la fiesta. Todos cantaban villancicos y acababan con canciones y bailes que nada tenían que ver con la Navidad, dando vueltas a la hoguera como debieron hacer sus ancestros.

De repente, una fulminante estrella iluminó el cielo. Se produjo un silencio inmediato. Después de gritos de asombro unos, y de pánico otros, la estrella fue alejándose muy lentamente. Todas las cabezas miraban hacia arriba y ya solo se oía bisbiseos o un grito de espanto. ¿Qué sería? ¿Por qué tanta luz? La puerta de la solana se cerró con rapidez.

El juez, una vez que pasó la sorpresa inicial y con la aquiescencia del señor cura, se atrevió a decir que podía ser el cometa Halley. El cometa ¿qué? fue el rumor unánime. Entonces don Robustiano, el cura, se subió a un banco.

—Esta puede ser como la estrella que guió a los Magos al Portal de Belén.

Aunque le respetasen, al estar todos juntos se podían oír voces discrepantes, protegidas por el anonimato. ¡Anda ya!, qué sabrá éste de estrellas, cómo iba a ser la misma, hay que ser burro. Bájese del banco, no vaya a ser que le dé la estrella en la cabezota. Un sinfín de carcajadas y bromas empezaron a oírse para contrarrestar el susto pasado. Poco a poco se fueron retirando a sus casas, tras apagar la hoguera con desgana. La luz del cielo seguía iluminando el pueblo de una manera mágica que producía extraños sentimientos.

Puta estrella, nos ha jorobado la fiesta, decía uno. Pero qué bonita era, susurraba una mujer arrebujándose en su mantón. Será que va a pasar algo horrible o algo bueno, seguro que se van a quemar las cosechas. Quita hombre, contestaba otro, a lo mejor es que va a caer un premio. Y así se fueron alejando hasta sus casas, arrastrando predicciones y temores.

Al llegar a la suya, doña Maruja casi tropieza con un bulto en la puerta trasera por donde accedía. No había encendido ninguna luz de la entrada, pues el resplandor de la noche lo hacía innecesario. Se agachó con cierta dificultad y vio que el bulto era un niño recién nacido. Lo cogió llena de temor. En el pecho llevaba un papelito que decía: “Soy de María”.

© Cristina Vázquez

El Camino de Santiago

Malena Teigeiro

A Marianela le gustaba mirar al cielo. Pero no cualquier cielo. Según ella el de las mañanas estaba siempre desvaído, parecía que lo hubieran lavado con lejía. El de las tardes variaba de un azul intenso a un gris tormentoso, que a veces en vez de estar adornado con nubes blancas aparecía lleno de nubes grises, negras, enfadadas. Sí. De esas que no paraban de descargar agua, viento y tormentas, poniendo en peligro las barquitas de los pescadores. Y luego estaba el cielo del tardecer. El que ella prefería. Ver cómo la bola redonda del sol, amarilla primero, naranja después, y violeta al final, se refrescaba en el mar, la extasiaba. Sin embargo, el cielo que más le gustaba era ése de las noches en que la luz de la luna le permitía recorrer el Camino de Santiago, la Vía Láctea, como en la escuela llamaba su maestro al Camino. Seguramente era ateo. Esas noches Marianela se tumbaba en la arena de la playa, y con los brazos debajo de la cabeza, pasaba las horas con la mirada clavada en el viejo cielo, picado por miles y miles de estrellas. Llegó a tal punto esa costumbre que todos comenzaron a llamarla “la niña con los ojos de otro mundo”. Según decían, parecía que se le hubieran metido las estrellas dentro de sus ojos. Y era cierto. Si uno se fijaba un poquito, podía ver el brillo de la plata detrás del iris azul de sus pupilas.

Marianela era viuda. Casi se podría decir que no lo era pues la barca de su marido se hundió una semana después del casamiento. Él vivía en el cielo, le dijeron uno tras otro para consolarla. No dudó ni un momento de que fuera cierto. Y por eso le gustaba tanto mirar al cielo. Desde allí arriba, a través de una de las picaduras del firmamento, Pedro la miraba con dulzura. Conversaba con ella hasta que la luz del sol aparecía. Incluso a veces la visitaba. Una noche Pedro la sintió tan sola, tan llena de tristeza, que llenándola de besos y caricias la cubrió con su amor.

Todos la tomaron por loca cuando dijo que el hijo que esperaba era de Pedro. Hasta que vieron en la cuna al pequeño bebé, una niña que tenía la piel de pálido nácar como la luz de la luna, el cabello de hilos de plata como los rayos de las estrellas, y los ojos color azul marino, igual al del cielo las noches de luna llena.

Por más que los padres y hermanos de Marianela buscaran algún parecido de aquella niña con los hombres de la aldea, no lo encontraron. Ninguno podría ser el padre de la bellísima criatura. La niña, Luna, la llamó, era de aspecto frágil, pero no. Era fuerte, cariñosa. Su voz, unas veces dulce otras tormentosa, tenía los mismos timbres que el viento.

Ella la crio y cuidó con mimo, y las noches de verano en las que el Camino de Santiago estaba claro, la llevaba a la playa. Allí tumbadas sobre la arena, pegadas una a la otra, le hablaba de su padre, de Pedro.

Pasó el tiempo y Luna se casó con el hijo de un rico comerciante de la capital, enamorado locamente de aquella muchacha que parecía llegada de otro mundo. No había pasado mucho tiempo, el matrimonio volvió a la aldea. Luna, explicaba el marido a quien lo quisiera escuchar, sin el salitre del aire del mar, se marchitaba. A partir de entonces, las noches en las que brillaba la luz de las estrellas, Luna volvió a acompañar a su madre a la playa. Y al igual que antes de contraer matrimonio, pero ahora que Luna estaba embarazada sentadas en la arena, admiraban las estrellas del Camino de Santiago.

Una noche vieron una bola grande, muy grande, que corría por el firmamento dejando tras sí una estela de plata. Marianela no tuvo ninguna duda. Era Pedro que venía a buscarla. Se puso en pie. Alzó los brazos y un pequeño tornado de polvo de estrellas la levantó haciéndola desaparecer. Luna, de pie en la arena, con el brazo en alto y la mirada fija en la bola que fulgurante recorría el firmamento, se despidió de sus padres.

Nunca más volvió por la noche a la playa.

© Malena Teigeiro

Felices fiestas

Liliana Delucchi

Me llamo Vera y odio la Navidad. Ya está, lo dije.

No es que no disfrute de las luces de la ciudad y los centros comerciales adornados, eso me encanta. Lo que detesto es tanto villancico sonando por todas partes. El otro día fui al supermercado y, aunque tenía el carro lleno, tuve que dejarlo y salí escopetada sin la compra. Mi cerebro estaba a punto de estallar con tantos pececitos en el río.

He salido de la ciudad en dirección al aeropuerto, voy a buscar a mi primo Andrés, quien, no sé en qué estaría pensando, para dejar Londres y venir a pasar las fiestas con toda la familia. Él era de los míos, de los que nos quedábamos en un rincón de la mesa intentando que el soniquete de los conocidos comentarios anuales no nos llegara.

─¿Se puede saber a qué se debe esta visita sorpresa? ─Le solté mientras lo ayudaba con su equipaje─. ¿Qué has traído que abulta tanto?

─Esperaba un «hola cómo estás, ¡qué alegría verte!» ─me contestó con su sonrisa de siempre.

─Tienes razón, lo siento, dame un beso ─dejé las maletas y me encaramé a su estatura para darle un abrazo─. Es que no entiendo cómo pudiendo huir de las comilonas de mamá no lo has hecho.

─¿Sigue cocinando tan bien?

─Ya está mayor, ahora lo encarga todo ─le respondí mientras abría el maletero del coche─. Te he preparado la habitación de invitados, te quedas en mi casa.

─Por supuesto, mi general.

Esa noche nos pusimos al día, o casi. Yo tenía necesidad de que me contara cómo es vivir en el Reino Unido, ya que tengo la posibilidad de que mi empresa me envíe allí. A Inglaterra o a cualquier parte, con tal de huir del clan.

Su experiencia fue y sigue siendo fantástica, tanto a nivel de trabajo, personal y social. Con la única excepción de las navidades.

─¿Qué? ─Por poco se me cae la copa de vino─. Si en las películas y documentales Londres se ve preciosa y la gente parece muy amable.

─Todo eso es cierto ─me miró con un poco de condescendencia, creo─. Pero durante las fiestas nos reunimos un grupo de expatriados, nos llamamos «los huerfanitos». ¿Puedo fumar?

Asentí.

─Y… ¿qué hacéis los huerfanitos?

─Cada uno lleva un plato de su tierra y terminamos borrachos cantando villancicos cada quien en un idioma diferente…

─¿Morriña?

─Y de la buena ─encendió un cigarrillo y expulsó el humo mirando el techo─. Tienes un piso precioso. El mío es un poco más reducido, aunque te gustará cuando vengas a verme.

─Espero que sea pronto ─me apoyé en su hombro y le acaricié la cabeza─. ¿Has venido para huir de «los huerfanitos»?

─Y porque os echaba de menos.

El día siguiente me lo tomé libre. Andrés quería recorrer la ciudad, tomar el vermut en el Madrid antiguo, visitar librerías, ir al teatro…, todo lo que su imaginación había construido en los días previos al viaje. Lo hicimos. Acabamos agotados, pero felices.

─¡Te he extrañado tanto…! ─Lo abracé por la espalda─. Eras mi único aliado y me dejaste.

─Pero ahora estoy aquí.

La mesa de Nochebuena estaba como sólo mamá sabe hacerlo, y ella feliz con toda su prole. En esas ocasiones parece que el tiempo no pasa, tenía la sensación de que todo lo que se decía ya se había dicho el año anterior…, chistes incluidos. Los niños más crecidos, pero tan poco interesantes como siempre. Sus madres, guapas, elegantes y pendientes de que sus cachorros se comportaran. Los maridos, atentos a las bebidas y a la conversación intrascendente. Andrés y yo, en silencio, observando desde un extremo, nuestro lugar de siempre. Por un momento tuve la impresión de que los ojos de mi primo estaban más brillantes de lo habitual. ¿Lágrimas?

Le apreté el brazo antes de preguntarle:

─¿Quieres que vayamos a Misa de Gallo?

Sorprendido, me respondió:

─Antes no querías ir.

─Antes no habías estado tanto tiempo fuera ─y le di un beso

© Liliana Delucchi

Pasión por los cometas

Marieta Alonso

Me encantan. Cierro los ojos y los imagino como un símbolo de libertad. Los científicos, tan sosos, nos dicen que son cuerpos celestes formados por polvo, rocas y partículas de hielo que orbitan alrededor del Sol.

Y yo me pregunto, si por un casual, los cometas fueran cientos de guerreros uniformados con espadas al viento, con esa luz blanca que es capaz de cegar y que con su sola presencia defendieran al Sol de intrusos no deseados; esos que saben que la raza humana no podría sobrevivir sin el calor de sus rayos. Nunca se sabe dónde puede estar el peligro. Además, necesito ese color dorado tan bonito del verano. Mi piel es tan blanca que mi abuela dice que soy la representante de la leche en la Tierra.

Hay dos cometas que me vuelven loca de amor. El Halley, ése que orbita cada 76 años y que se llama así en honor a quien calculó su órbita en 1705, Edmund Halley. Mi padre vio a ese famoso y estudiado cometa, dos veces: en 1910 y 1986. Yo solo he podido disfrutar de él en el 86. Al otro, que se verá en 2061 no llegaré con vida, pero quizás desde esa otra dimensión a la que iremos todos, pueda verlo hasta más cerca y tal vez, salude al astrónomo inglés y con su ayuda convertirme en un cometa que viaje cada año haciendo «eses» para deleite de los niños. Todo es posible. ¿No creen?

El segundo cometa de mis amores es el de Navidad. La estrella de Belén que guio a los Reyes Magos hasta el Niño Jesús y que simboliza esperanza, guía y eternidad.

Mi madre era una gran repostera y sus hijas le salieron golosas. Nos hacía Flan de leche condensada, Pudin de pan con almendras y pasas, Bocado de la Reina, Brazo gitano, Cometas de Navidad con chocolate negro y estrella incluida. Hay cosas que son imposibles de olvidar. Se te hace la boca agua solo con pensar en ellas.

Ya sé, ya sé, que la Navidad no solo es el tiempo comprendido entre Nochebuena y Reyes Magos, que no está en los regalos, ni en los postres, ni en las vacaciones… Pero, hay que ver lo que ayudan para sentir a Dios y poner en alza el amor y la paz.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La cascada

15 julio, 2025 por Akelarre Deja un comentario

Cascada Fervere da Graña

Fervenzas

Galicia es la puerta de entrada a frentes con abundantes lluvias. Estos, además de regar umbríos bosques, forman multitud de torrentes y manantiales que horadan piedras y no dudan en saltar de una altura a otra, formando cascadas, allí denominadas fervenzas. Esta palabra, procedente de la latina fervere, que además de hirviente, en sentido figurado, significa violento e impetuoso, sin duda, corresponde a la espuma que levanta la fuerza del agua al caer, espectáculo que dio paso a multitud de leyendas.

Las mágicas fervenzas son, este mes, la puerta de entrada a la imaginación de nuestras escritoras.

El Salto del Ángel

Cristina Vázquez

La damita de agua

Malena Teigeiro

Cristina

Liliana Delucchi

Una cascada para nosotros

Marieta Alonso

El Salto del Ángel

Cristina Vázquez

Era un chico silencioso, reservado. Su mirada tenía una cualidad de ausencia. Si conseguías mantenerla por un breve espacio, te atrapaba en una profundidad acuosa, insólita, en la que resplandecía cierto humor alejado de la broma o la alegría. Era un humor particular, ajeno a lo que sucedía alrededor, igual que si tuviera una revelación de realidades inalcanzables.

Su madre lo contemplaba con una zozobra que le hacía mantener la boca un poco abierta cuando se quedaba pensando. La cerraba de golpe y afirmaba:

—Nunca pensé que el nombre que le puse le iba a ir tan bien.

Esa afirmación de haberle llamado Ángel, le resultaba un pequeño ensalmo que le calmaba la inquietud de ver a ese niño que crecía tan bello y ajeno a lo que le rodeaba. Un príncipe. No entendía cómo había echado al mundo ese ser tan especial, cómo dio a luz esa perfección de criatura. Pero, bien es verdad, que el chico no jugaba al futbol, ni tenía muchos amigos. Le gustaba dibujar. Iba a ser ingeniero, a construir puentes y presas de agua. Colgaba en su cuarto fotos y posters de cascadas, de lagos inmensos. Veía reportajes de lejanos países en los que no se apreciaba las dos riberas del rio, inmensos como mares, el Madalena, el de la Plata, el Misisipi.

Su amiga era Clara, una chica que vivía en la planta baja de su edificio y desde pequeños, cuando jugaban en el patio, se comprendieron y quisieron. Ella también era silenciosa, diferente. Las madres comentaban, pinzadas siempre por la inquietud de tener esos hijos especiales, que cuando estaban juntos parecían alcanzar una fortaleza extraordinaria. Esa amistad cuando crecieron siguió inalterable y cada vez más definida.

Al llegar el buen tiempo les gustaba escaparse al río cercano. Descubrieron una cascada que consideraron como suya. Al comentarlo en su casa, la mirada de los padres fue inquieta.

—No se te ocurra acercarte a ella —le exigió el padre a Ángel—. Está maldita.

Fue tan violenta la aseveración que el chico se quedó pensativo. Su padre era un bruto, no había más que ver la rudeza de sus gestos y palabras. Nunca en sus dieciséis años le había oído nada que le resultara interesante. Todo eran quejas y advertencias de peligros por doquier. No comprendió cómo su madre se había podido casar con ese hombre tan basto e intransigente. Así que la advertencia del peligro de la cascada no fue más que un estímulo para volver a acercarse.

Le contó a su amiga Clara lo dicho por el padre, tontería de rústico, leyendas de ignorantes y acordaron acercarse a verla la siguiente tarde. Al llegar se sintieron fascinados una vez más por su belleza y el esplendor de la misma. Mientras paseaban por el borde, Clara tropezó, y de manera inesperada fue arrastrada por el agua. Ángel dudó si tirarse, pero decidió bajar hasta el lecho del río y ahí la vio agarrada a una rama, sonriente, tranquila.

—Es maravilloso, tienes que hacerlo —él la ayudaba a salir—. Te olvidas de todo y es una sensación como si te envolviera lo más dulce, lo más agradable que nunca hayas vivido.

Guardaron el secreto y a los pocos días fueron decididos a repetir la experiencia. Emocionados, subieron no sin dificultad al borde superior de la cascada. Se dieron la mano y saltaron.

Cuentan que ella volvió a surgir feliz de entre las aguas y buscó a Ángel sin descanso. Gritó su nombre con desesperación hasta el amanecer. Nunca volvió a verlo. Unos dicen que lo llevó el agua a otro pueblo, otros que vivía bajo la cascada y desataba con furia las crecidas del río. Otros que se había matado. Nunca encontraron el cuerpo ni rastro del chico.

Cuando hacía un año de su desaparición, alguien dijo que había visto una hermosísima figura azulada, igual que Ángel, saltando desde la cascada. Este hecho se repitió y cada vez venía más gente en esa fecha.

Clara se quedó a vivir junto al río y en la fecha señalada, con los ojos llenos de culpable nostalgia, anunciaba el salto de su amado.

Dese entonces esa catarata se llama el Salto del Ángel.

© Cristina Vázquez

La damita de agua

Malena Teigeiro

Le gustaba el ruido de la cascada. Le emocionaba la humedad que se le pegaba a la piel como si fuera un calabobos. Los líquenes y musgos de las piedras en las que se solía sentar eran para ella más suaves que el mejor almohadón.

Esa tarde, Bárbara, como tantas otras, corrió a verse con Pedro, quien, aunque nadie lo sospechara, era su novio. Se querían desde siempre. Apenas unos meses después de que él viniera al mundo en Forcarei, había llegado ella. Se habían criado juntos, y juntos se enamoraron. Él le juraba que la amaba sin condiciones, que la iba a querer día tras día, noche tras noche hasta que, sin soltarse de la mano, los dos llegaran al cielo.

Aquella tarde, Bárbara caminaba nerviosa. Habían quedado allí arriba, justo donde entre laureles, robles, castaños y nogales, comenzaba a caer el agua de la fervenza Da Graña. Llegó temprano y esperó nerviosa. Cuando lo vio aparecer entre los rayos de sol que se colaban entre las ramas del bosque, se emocionó. Le parecía tan apuesto, tan guapo que no llegaba a entender que se hubiera enamorado de ella. Cruzó las manos, frías, temblorosas, y se acercó a la boca los mismos dedos que él besaba. Pedro, como siempre, cruzaba el rio saltando de una losa a otra. Lo hacía sin miedo a resbalar por las húmedas piedras llenas de musgo. Ella lo vio atravesar la bruma de la cascada como si fuera el sol formando con su luz un arco iris. En medio de aquellos colores, Pedro le pareció un ángel llegado del cielo. En cuanto Bárbara lo tuvo delante, lo abrazó. Lentamente, le susurró al oído que se tenían que casar, porque estaban esperando un hijo. Sintió entonces que los dedos del joven la agarraban con fuerza los hombros separándola. Vio en sus ojos la furia, el deprecio, la inquietud. Luego lo escuchó reírse. ¿Casarnos? ¿Tú y yo?, reía. Él tenía que ir a la universidad, vivir la vida que le correspondía a sus años. No. Mejor sería que se hiciera a la idea de que nunca lo harían. Bárbara intentó soltarse, pero él continuaba agarrándola ahora por el cuello, con más fuerza. Sujetándose a su cintura, la muchacha lo sacudió. Ambos resbalaron y cayeron arrastrados por la furia del agua. Durante su caída, él gritaba mientras ella rezaba por la vida de su hijo. Era tan ansioso su ruego, que Nuestra Señora la escuchó.

Por más que los buscaron, nunca nadie encontró sus cuerpos.

Un día alguien comenzó a hablar del espíritu de una damita que vivía entre las aguas de la fervenza. De que cuando el sol al atravesar la bruma formaba un arco iris, se escuchaba el desesperado llanto de un hombre. También se decía que se podían oír los cánticos de la damita. Y que desde que los cuerpos de ambos fueron tragados por las aguas, hacía tanto tiempo que ya nadie recordaba si fue en verano o en primavera, ella en aquella canción agradecía a Nuestra Señora de las Aguas Santas que no hubiera permitido que su hijo muriera. También se cuenta que desde entonces el espíritu de la Bárbara vive feliz entre los musgos y las flores, entre los carballos y los nogales. Y también se dice que Nuestra Señora jamás le permitió a Pedro acercarse a aquella bellísima mujer que se pasea entre las aguas con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro

Cristina

Liliana Delucchi

Mi prima siempre tuvo un toque de magia. Es sólo mucha imaginación, debería centrarse más en sus estudios, decían los mayores. Es verdad que no era muy buena alumna, sus notas no eran para enmarcar, pero lograba pasar de curso, aunque fuera por los pelos.

Era la mayor de nuestra generación y, aunque yo fuera la pequeña, me hacía caso. La admiraba. Su belleza, grandiosa y a la vez etérea, me llevaba a verla como a un hada que se paseaba por del jardín. Su eterna sonrisa, como si nada le importara demasiado, nos hacía sentir lo más transcendental del mundo.

Pasábamos los veranos en la casa familiar de la playa. Compartíamos habitación y por las noches, cuando estábamos seguras de que todos dormían, salíamos al patio y a veces nos escapábamos hasta la orilla del mar para «cazar estrellas». Sentadas sobre la arena húmeda y fría, elegíamos la que más nos gustara. Con las manos extendidas y movimientos circulares, las acercábamos a nuestro pecho. Entonces, con los ojos cerrados, yo sentía la luz de Venus (era mi favorita) expandirse dentro de mí y llenarme de un aire azul que me duraba hasta regresar a casa.

Con el tiempo, Cristina me enseñó a pintarme las uñas, escribir cartas a mis posibles novietes y enjugarme las lágrimas cuando éstas no eran respondidas. No se hartaba de mis preguntas ni de que la siguiera a todas partes. Lo que nunca logró fue que montase en bicicleta ni perdiera el miedo al agua. Por esto último es por lo que aún no comprendo cómo le dije que sí cuando, ya casi ancianas las dos, propuso que hiciéramos una excursión a las cascadas.

—Lo he visto en internet —dijo cuando me llamó por teléfono—. Es una ruta maravillosa, en medio de bosques magníficos y el ruido de manantiales casi tapa los cantos de los pájaros.

Fue como volver a los viejos tiempos, ella dirigía y yo iba detrás.

Con un andar un poco más lento del que llevábamos cuando nos escapábamos a la playa, llegamos hasta un salto que permitía entrever las rocas del fondo.

—Mira —susurró a mi oído—, después de la cascada hay una especie de cueva. Podemos bordear el chorro y sentarnos para verla desde el otro lado.

Le recordé mi temor al agua, pero Cristina me cogió de la mano, como cuando yo era pequeña y ella la adolescente que me guiaba por la vida, y tiró de mí.

No sin esfuerzo, atravesamos las ramas de los árboles y plantas de un verde incomparable hasta pasar por detrás del chorro. Allí no sentamos, miramos a través de la nube que se formaba ante nosotras y estiramos la mano.

Esta vez no eran estrellas, eran gotas que brillaban tanto como aquellas que atrapábamos durante nuestras escapadas nocturnas. Con el movimiento circular tantas veces repetido para atrapar luceros, cogimos esas gotas de arcoíris que llevamos a nuestro pecho. Las camisetas terminaron empapadas, pero nuestras risas se podían escuchar a través del tiempo, a ese espacio en el que teníamos que volver en silencio para no despertar a la familia que nos creía durmiendo.

© Liliana Delucchi

Una cascada para nosotros

Marieta Alonso

Mis padres eran tan excéntricos que les gustaba más la naturaleza que el asfalto. Cuando se casaron fueron a vivir muy cerca de este salto de agua, el más recóndito, el más alejado, el más hermoso lugar que ojos humanos vieron. Pasaba inadvertido hasta para las autoridades por su difícil acceso. Allí decidieron vivir a lo Robinson Crusoe. Taparrabos en verano y vestidos de cuero para los días de frío.

Cuando tomaron aquella decisión, mi padre, tan pragmático como siempre, ni maleta se llevó. Mi madre, soñadora, llevó consigo todos sus libros, zapatos de tacón, collar de perlas y los regalos de boda, hasta aquellos que estaban repetidos, por si se presentaban tiempos de vacas flacas. Aprendió a hacer conservas con todo lo que sobraba de la época de cosecha.

Al principio se alojaron en una cueva hasta que con sus manos levantaron su casa a base de piedras, troncos y tejas para el techo. Lucharon contra la vegetación, contra algunos animales salvajes y crearon una forma de vida autosuficiente, como cazadores-recolectores. La agricultura, la pesca, la caza, el ganado no tenían secretos para ellos. Trabajaban sin descanso.

Los hijos fuimos naciendo. Una o dos veces al año íbamos a la civilización, y allí se vendía a la vez que se compraba todo lo necesario.

Soy la número veinte de los hijos que tuvieron.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Hotel Negresco

15 marzo, 2025 por Akelarre 1 comentario

relatos inspirados en el Hotel Negresco

El Hotel Negresco

La imagen que hemos elegido para la entrega de este mes corresponde al Negresco, el mítico hotel situado en el Paseo de Los Ingleses de Niza. Se llama así en honor al rumano Henri Negresco quien, en 1912, tuvo la idea de construir un lujoso hotel que atrajera a la Costa Azul francesa los clientes más ricos y exigentes.

En 1957 fue vendido a la familia Augier, que lo renovó con lujosas decoraciones y muebles.

Sobre todo es famoso por ser un hotel museo que alberga más de seis mil obras de arte de Niki de Saint Phalle, Victor Vasarely o Salvador Dalí, entre otros muchos artistas, y por haber alojado a un sinnúmero de personalidades y famosos a lo largo de más de cien años.

En este mítico espacio transcurren cuatro historias de ilusiones, fantasías y relaciones familiares que esperamos sean de vuestro agrado.

Hasta el mes que viene.

Clases de lengua

Cristina Vázquez

El sueño roto

Malena Teigeiro

La boda

Liliana Delucchi

Ser vago requiere mucho esfuerzo

Marieta Alonso

Clases de lengua

Cristina Vázquez

Nunca aprendí ruso, eso que vaya por delante, pero no se debe a que el empeño de mi madre flaqueara. Ella era una apasionada de la literatura rusa. Desde muy joven se había leído a Tolstoi, Dostoievski, Turgenev, Pushkin… Y su sueño, me temo que lleno de romanticismo por los ambientes y paisajes de estos autores, era haberlo podido leer en su propia lengua y viajar a Rusia. De ahí su afán de que yo aprendiera el idioma para poder disfrutarlos.

Cuando al cabo de los años por fin fue a Moscú, en plena era soviética, y no consiguió ir a Yasnaia Poliana, la finca de Tolstoi, porque estaba a más de veinticinco kilómetros y necesitaba un visado que nunca le dieron, su decepción fue grande, aunque siguió leyendo con cierta expresión entre irritada y triste a sus amados autores.

En esos años sesenta se hablaba aún del exilio de los rusos blancos, pero como algo lejano. Probablemente yo tenía conocimiento de ello por la cantidad de profesores exiliados que tuve.

Al fin, después de madame Olga, madame Botsaris, y otras cuantas madames, apareció el príncipe Konstantín Aleksándrovich Oblonski. Era un hombre de mediana estatura, delgado, con un mechón rebelde sobre la frente.

   —Madame —saludó a mi madre con una inclinación de casi medio cuerpo.

Yo estaba escondida esperando a ver la pinta del futuro maestro, que a mi madre le había llenado de tierna expectación.

—Pobre gente —se dolía—. Lo que tienen que hacer para ganarse la vida, después de cómo vivían.

Al terminar de aclarar las condiciones de la clase, fui reclamada al salón. El príncipe se levantó con cierta rigidez y también se dobló sobre mi joven mano, faltando solo un taconazo. Pensé que podía hacer un papel secundario en Guerra y Paz y que su traje, bien cortado, tenía muchos brillos. Cada poco se recolocaba el rebelde mechón con su pálida mano, en la que lucía una sortija con sello nobiliario en el dedo pequeño.

Empezaron nuestras clases, haciéndome unas preguntas sobre mi nivel de conocimiento del ruso, y me sorprendió que no me preguntara nada de la gramática ni me hiciera ningún dictado. Yo notaba que la mano le temblaba un poco, aunque mantenía siempre su postura rígida. Había una clara diferencia con mis otros profesores que me enseñaban a conjugar, a declinar, el dativo, acusativo… En cambio, sus clases eran vagas, con poco contenido hasta que empecé a hacerle preguntas sobre su antigua vida. Ahí el príncipe revivía, sus mejillas blancas se cubrían de reflejos púrpuras y sus preciosas manos revoloteaban dando énfasis a los paseos en trineo, su cuadra de caballos, los largos veranos en la finca y los viajes al extranjero. París, Baden Baden, Inglaterra y sobre todo la Costa Azul.

Ya no disimulábamos. En cuánto llegaba, retomábamos la historia donde la hubiese dejado. Aunque su español era deficiente, lo mezclaba con francés, así también lo practicaba yo, decía él. Tenía un libro abierto en el que nos concentrábamos en cuánto oíamos los pasos de mi madre que nos traía una espléndida merienda, de la que el príncipe no dejaba ni una miga.

—¡Pobre!, pasará hambre —se lamentaba ella que iba aumentando la cantidad de comida.

El año de su enseñanza, fue de lo mejor que me ha pasado. Esas tardes mi imaginación se desbocaba con sus historias, en especial con la de su amor por una bella parisina con la que se citaba en el hotel Negresco de Niza todas las primaveras. Por los detalles que me daba, llegué a conocer el hotel de arriba a abajo. Al terminar la clase escribía todo lo que me contaba para no olvidar nada de esa fabulosa vida. Al cabo del curso, se despidió con la misma solemnidad, se tenía que ir a Francia, su hermana le reclamaba. Cuando fui a despedirle, me abracé a él llena de pena. Me raspé la cara contra la insignia de San Vladimir que lucía en la solapa del replanchado traje.

—Mi querida alumna —dijo—, me has ayudado mucho.

Noté en sus ojos, también grisáceos, una cierta acuosidad.

Le perdí de vista durante años y por fin conseguí localizarlo. La persona que me ayudó a conectar con él, fue la misma que se lo había recomendado a mi madre. Cuando me dio nombre y dirección en un pueblecito de Francia, me extrañé.

—¿Su nombre no es Oblonski?

La mujer sonrió. Ése era un personaje de Ana Karenina, él fue el ayuda de cámara del príncipe Manseref.

Hoy, que presento mi libro basado en sus historias, he recibido un amable tarjetón suyo.

Mi querida Элена:

No puedo ir por problemas de salud, pero te agradezco de corazón que hayas salvado mi memoria.

Siempre tuyo.

Príncipe Konstantín Aleksándrovich Oblonski

© Cristina Vázquez

El sueño roto

Malena Teigeiro

Hacía unos años que Manuela había visto una película sobre la vida de La Bella Otero. Como ella, había nacido en Valga, una aldea de Galicia al lado de la suya. Cuando proyectaron la película sobre la lisa y blanca pared de la escuela —en la aldea no había cine y el alcalde solía utilizarla como pantalla—, tenía tan solo doce años. Desde entonces soñaba con poder asomarse al balcón en donde, según la película, vivía la mujer.

Pasaron los años, y su sueño, poco a poco, se fue diluyendo como lo que era, un sueño. Pensar en hacer un viaje desde su aldea hasta aquella ciudad de Francia, era cosa harto difícil. De dónde iba a sacar el dinero. Sus padres, unos humildes labradores, lo más que pudieron pagarle fue un cursillo de Corte y Confección. Se le daba bien aquello y se convirtió en modista. Al principio creyó que podría ahorrar para el viaje. Pronto se dio cuenta de que por muchos años que viviera nunca tendría bastante. Si no fuera por las clientas de la capital…, pensaba dando puntada tras puntada, las mujeres del pueblo rara vez le pagaban.

Sin embargo, nunca olvidó a aquella mujer de la película. Una y otra vez preguntó por ella a los mayores de su aldea; una y otra vez intentó averiguar qué había sido de la bella bailarina y si era cierto que se abrigaba con un bolero de brillantes. Sin embargo, nadie a su alrededor, ni hombre ni mujer, parecía conocer su existencia.

Pasado el tiempo, se casó con Andrés, el mancebo de la farmacia. Luego tuvo tres hijos. Los chicos emigraron a Argentina en cuanto crecieron, y la niña se fue a la capital, de donde, no mucho después, fue reclamada por sus hermanos.

Ella y su marido se quedaron solos en la aldea. Ninguno de los dos comprendió por qué sus hijos quisieron ir a vivir tan lejos. Aunque nunca se pudo decir que fueran ricos, tenían una buena posición. Algunos años más tarde, y sin conocerse el motivo, Andrés apareció muerto en la cama. Ayudada por sus vecinas, Manuela lo enterró. Pocos días después recibió una carta en la que sus tres hijos le pedían que se fuera a vivir a Argentina. ¿Qué tiene usted que hacer sola en esa aldea, madre? Sin pensarlo mucho, vendió la casa. Cuando se encontró con el fajo de billetes en la mano, recordó su antiguo sueño. Y con una aviesa sonrisa, decidió que lo primero en lo que se iba a gastar aquel dinero sería en ir a dormir a aquel hotel, a la misma habitación o a la que estuviera pegada a la de la mujer del bolero de brillantes.

Iba a Pontevedra, a coger el tren que la llevaría a Madrid, desde donde volaría a Buenos Aires, repetía Manuela al despedirse de sus vecinas. Ahora ya no era como antes, y sus hijos le mandaron un billete de avión, que al parecer era mucho más cómodo.

Una vez en Madrid, Manuela alquiló un coche que la llevó a Niza. Y allí estaba, agotada después de tanto viaje delante del hotel de sus sueños. Se bajó del coche. Durante un momento contempló la fachada llena de ventanas que, como ojos vigilantes, la observaban.

Subió las escaleras de la entrada. Al ver a los porteros, recordó la película. Aquellos vestían en blanco y negro y estos llevaban gabanes azules con vueltas rojas. Los dos le hablaron. Ella, que no sabía francés, supuso que le preguntaban a dónde iba. A la habitación de la Bella Otero, dijo.

Dirigida por uno de ellos, llegó a la recepción. Después de decir que quería alojarse en la misma habitación que la Bella Otero, escuchó la voz del recepcionista diciendo que ella utilizaba una suite, madame, que costaba mucho dinero. Manuela abrió el bolso. Solo quería dormir esa noche. Al día siguiente tenía que volver a Madrid para volar a Buenos Aires. Despacio, mostró los billetes de avión. Un momento, dijo el hombre. Directamente se fue a la esquina del mostrador, donde se encontraba el que debía ser su jefe. Parecía estar analizando un libro de cuentas. Después de escucharlo con atención, éste se le acercó. Recogió el dinero de encima del mostrador y lo contó. Le podía mostrar la habitación, sí, pero la cantidad que llevaba no era suficiente para alojarse. Si le parecía, la dejaba estar en la suite unos momentos y después le daban otra que pudiera pagar. Sin acabar de entender que el coste de dormir una noche supusiera más de lo que lo que le habían pagado por su casa, aceptó.

En cuanto abrieron la puerta de la suite, Manuela entró. Recorrió el salón, los dos dormitorios, abrió la ventana y se encontró rodeada por las banderas. Qué le decía aquel hombre. ¿Que la Bella Otero falleció el diez de abril? Si no recordaba mal, hoy era veinte. Después de unos instantes, pidió que la acompañaran de nuevo a recepción. Y fue allí donde preguntó si era cierto que aquella bellísima dama había fallecido. El hombre la invitó a sentarse. Le ofreció una copa de champán del que ella bebía. Luego le contó que hacía mucho que no vivía en el hotel. Le habló de los años de pobreza que la mujer vivió en una humilde habitación de alquiler en la que también falleció. Nunca se supo quién pagaba aquel cuarto, ni quién enviaba el dinero a la dueña de la casa para que le diera de comer. Una lástima, señora, musitó el hombre limpiándose los ojos con un pañuelo. Manuela lo miraba con el ceño fruncido. ¿Qué fue del chaleco de brillantes?, preguntó. Él se encogió de hombros. Debió quedarse encima de alguna mesa de juego, como todas sus joyas. Ella, con el asa del bolso apretada entre los dedos, se mantuvo unos instantes pensativa. De pronto se levantó. Gracias, señor. Luego alargó la mano diciendo que, si no le importaba, prefería que le devolviera el dinero. Mejor se volvía a Madrid.

En cuanto el coche arrancó Manuela giró hacia atrás la cabeza. Toda mi vida envidiando a una muerta de hambre. ¡Seré idiota!, se dijo con la mirada fija en el balcón de las banderas.

© Malena Teigeiro

La boda

Liliana Delucchi

No podía explicarles el motivo.  Luché durante meses para que escogieran otro sitio, pero fue en vano. Mi madre y mi futura suegra eran duras de pelar y estaban decididas. Ése sería el hotel.

—¿Es que se te ocurre otro mejor? —Preguntaron casi al unísono.

No tuve respuesta. Llevaban razón en que era inigualable, además ¿quiénes mejor para organizar mi casamiento?

Desde una semana atrás, nos habíamos instalado: ellas, mi tía Margarita y yo para que todo fuera perfecto. Creo que ni elegí mi vestido. A todo respondía con un sí. Vencida, las dejé hacer.

—Me sentiré un fracaso si no sale publicada en Hola —dijo con un suspiro la madre de mi novio—. Eché mano de todos mis contactos para que así sea.

Estábamos las cuatro en la terraza terminando el desayuno, cuando las organizadoras marcharon a dar instrucciones al director del hotel, mi tía pidió otro café y me espetó:

—Ahora que estamos solas, me lo vas a contar.

Era mi confidente. Desde pequeña acudí a ella cada vez que me metía en un lío, cuando dudaba o cuando el mundo me resultaba difícil de entender. Sin embargo, esta vez era diferente: dudas y recuerdos fluían dando vueltas por mi mente y hasta en mis sueños..., o ¿quizás debería llamarlos pesadillas? Pero Margarita era mucha Margarita y yo estaba convencida de que no iba a dejarme escapar. Bajó las gafas de sol hasta el extremo de su nariz y me miró por encima de ellas:

—Estoy esperando.

Me sentí acorralada. Acorralada y liberada al poder hablar:

—¿Te acuerdas de Ignacio?

—¿Ese noviete tuyo que se fue a Estados Unidos para un master y nunca volvió?

—El mismo.

—¿Cómo no voy a acordarme? Estuve un año secándote las lágrimas.

A veces Margarita no tenía piedad, aunque yo estaba convencida de que era la única con quien podía desahogarme:

—Antes de que se fuera, pasamos unos días en este hotel. Los mejores de mi vida.

El camarero se acercó por si necesitábamos algo y ella pidió un Martini.

—¿No es demasiado temprano para empezar con el alcohol? —Pregunté como para quitar hierro al asunto.

—Querida, no soy un cura. Lo necesito para afrontar tu confesión.

El sol empezaba a darme en la cara, me puse de pie para cambiarme de sitio antes de continuar:

—Fue mi primera vez…, y la última. Bueno, no la última, porque lo hicimos muchas veces antes de volver a la ciudad.

Margarita me clavó la mirada, estupefacta.

—¿Me quieres decir que…, no has probado al estirado con el que vas a casarte?

—Pues…, no.

—¿Es que no te he enseñado nada?

Bebió su Martini casi de un trago a la espera de que yo continuara. Mientras tanto, mis manos doblaban y desdoblaban la servilleta de hilo que había sobre la mesa.

—Tía…, me resulta difícil contártelo, pero en el momento del…

—¿Orgasmo?

—Sí.

—¿Qué pasó? No, espera, creo que necesito otro Martini. ¡Camarero!

Nos quedamos un rato en silencio. Yo no encontraba las palabras y ella me dejó que las buscara. Le di un trago a la bebida que le trajeron antes de continuar:

—En ese momento, me inundó un perfume de rosas, como si toda la habitación fuera un jardín en primavera.

—¡Vaya por Dios! —Casi se atragantó—. El tal Ignacio sí que sabía.

La llegada de mi madre y mi futura suegra interrumpió nuestra conversación y Margarita se puso de pie con una excusa antes de que la reprendieran por estar bebiendo a esas horas.

No volvimos a hablar del tema. Los días se sucedieron entre preparativos, histerias de último momento y recepciones, hasta que llegó la mañana de la boda. Fue tan perfecta como las organizadoras previeron y me sentí bella y admirada.

Cuando esa noche, mi noche de bodas, entré en la habitación que compartiría con mi ya marido, la encontré llena de jarrones con rosas. Su aroma lo inundaba todo, a tal punto que el novio abrió una ventana.

Sobre la mesilla de noche encontré una nota de mi tía Margarita: «Una ayuda nunca está de más».

© Liliana Delucchi

Ser vago requiere mucho esfuerzo

Marieta Alonso

Hay tres clases de animales en el mundo: Los herbívoros, los carnívoros y aquellos que comen todo lo que prepara su madre. Ése soy yo.

Mi padre era un hombre ahorrador. Todo su afán era comprar pisos. El ladrillo es una buena inversión, decía siempre. Mi madre no paraba de hacer cosas. Era una hormiga. Y entre los dos lograron tener cinco pisos. Yo no. Soy de los que ni siquiera buscan excusas para no trabajar. Me levanto sin necesidad de oír el ruido del reloj.

Mi madre me tiene el desayuno preparado, lo ingiero, después doy un paseo para mantenerme en forma y hablar con los amigos. Luego regreso y me pongo a leer. Mamá es una excelente cocinera, así que como, me echo una siesta de unas dos horas y vuelvo a mis libros. Ceno y salgo a la calle para olfatear el aire nocturno y mezclarme con los fantasmas. Mis pasos son ágiles y silenciosos, como si fuera un comanche. Aunque me encanta la madrugada, soy como Cenicienta a las doce en punto regreso y me voy a dormir.

A veces, cuando mi madre se levanta de mal humor, suele repetir que los pájaros aprovechan la luz del día para recoger semillas y yerbas para el nido. Cuando oscurece se recogen para pasar la noche. También los tigres duermen durante el día en algún lugar sombrío, pero rondan durante toda la noche en busca de alimento. Y la pesada termina: «Mal lo pasa quien con un vago se casa».

La tranquilizo. No seré yo quien se case. Requiere mucho esfuerzo.

Y ella llora porque nunca va a conocer un nieto.

Hace quince días a mi madre se le ocurrió morirse. Me quedé de una pieza. Sin saber qué hacer me vino a la mente la oración que rezaba todas las noches: ¡Ayúdale Señor, a andar derecho!

Y ¡vamos!, sí que anduve derecho. Alquilé los pisos y ahora vivo en este hotel a cuerpo de rey.

© Marieta Alonso

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Juego de té

15 febrero, 2025 por Akelarre 1 comentario

El juego de té
Foto cedida por el Zarzo Dorado A Coruña

Un juego de té de porcelana inglesa

Según una leyenda, al emperador chino Shennong se le cayó una hoja seca en su taza y comprobó que aquella hoja le daba al agua caliente un sabor mejor.

A partir de ese instante se comenzaron a necesitar utensilios especiales para preparar tan rica bebida. Y fueron ellos, los chinos, los primeros en elaborar teteras y tazas de cerámica y barro con forma de cuenquitos. Más tarde, la aparición del caolín dio paso a la creación de finísimas tazas de porcelana, que llegarán a Europa a finales del siglo XVII. En Gran Bretaña, se incorporaron el platillo y el asa.

Hoy, un precioso juego de té de porcelana inglesa Mason’s es el motivo que inspira nuestros relatos. Esperamos que los disfrutéis bebiendo esta deliciosa infusión.

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

Al abrir el paquete que había llegado a Correos, tuve que vencer el mal humor que me invadía. Tenía trabajo pendiente: en la Universidad terminar unas evaluaciones, en casa lo de siempre, y además desmontar los adornos de Navidad. Ya era principios de febrero y el abeto artificial seguía intacto con unas brillantes bolas que pedían un rescate. O eso pensaba, cada vez que pasaba delante tratando de desviar la mirada. Lo juro, de este fin de semana no pasa, soltaba en voz alta sin mirar al árbol.

Y ahora el paquetito de Correos, cuya fecha límite de recogida era precisamente esa tarde lluviosa y desapacible. Al abrirlo, en un momento de soledad que pude rescatar de deberes familiares, me quedé muy sorprendida. Un juego de té que me enviaba una señora por expreso deseo de mi tía Enriqueta. ¡Dios mío!

Tuve que hacer un esfuerzo para recordar la última vez que la había visto. Nunca tuvieron mucha relación, pues además de ser dieciséis años mayor que mi madre, vivió mucho tiempo fuera. De lo que sí era consciente es de que nunca se hablaba abiertamente de ella. Había un velo de misterio.

Ahora, viendo la delicadeza de las piezas de aquel juego de té, se me removieron lejanos recuerdos de alguna merienda en casa de la abuela con esa misteriosa tía y la extraña sensación que sobrevolaban aquellas situaciones. Aunque fuera una niña, notaba la inquietud de mi madre que no paraba de echar ojeadas al reloj y me hacía prometer que no le dijera a papá ni a los hermanos donde habíamos estado. Era un secreto entre chicas, sonreía nerviosa cuando volvíamos.

También ahora, mientras desenvolvía las piezas, me acordé que ese era el juego de té con el que merendábamos. La abuela decía que tenía que ser para mí, le tocara a la que le tocara,  era un recuerdo de familia. Después de un rato de besos, arrumacos y regalitos que me hacían la abuela y mi tía, las tres se enfrascaban en largas conversaciones en las que se intuían desacuerdos y disgustos, dichos en voz más baja para que no me enterara. Si la conversación subía de tono, se interrumpía por algunos chs, chs, de mi madre para que bajaran la voz y la abuela, con mucha dulzura, me indicaba:

—Carola, preciosa, vete al planchero un ratito o dile a Jacinta que te enseñe a hacer galletas.

Era perfectamente consciente de que en ese momento empezaba lo bueno. Dejaban de hablar en voz baja y hasta mí llegaba algún que otro tono destemplado y alguna vez hasta un portazo. Jacinta y yo nos mirábamos.

—En cuanto llega la señorita Enriqueta, el follón está asegurado —me confesó una tarde.

—¿Por qué? —Le pregunté.

Porque sí. Era una lianta, y se puso un dedo sobre los labios. Las niñas buenas se quedaban calladitas y ella no había dicho nada. ¿Estaba claro? Yo afirmaba envuelta en una mezcla de miedo y curiosidad. ¿Qué sería una lianta?

Esas meriendas no se repitieron. Mi abuela murió y la vi en el entierro, como un fantasma vestido de negro y un tanto alejada. Mi madre la miraba con disimulo, pero mi padre la cogió del brazo, le murmuró algo y se dirigieron a paso rápido al coche. Cuando pregunté si era la tía Enriqueta, se miraron y balbucearon, que sí, que era ella. Luego cuando insistí por qué no venía con nosotros y estaba tan lejos, con cierto enervamiento me aconsejaron que no preguntara cosas que solo incumbían a los mayores. No sabía lo que significaba incumbir, pero me callé.

Pasaron los años y no la volví a ver. Cuando le preguntaba a mi madre por ella, con ternura unas veces, otras con melancolía, me confesaba que no sabía por dónde andaba. Una tarde de invierno me dijo que la echaba de menos, que a lo mejor tenía que haber intentado verla más, pero que mi padre se negaba. Había hecho cosas tremendas. Recuerdo su expresión de desvalimiento. Pero era tan simpática, tenía tanta imaginación que hasta se hizo un traje con una cortina. Estar con ella siempre era divertido y, además, cuando tenía dinero, era muy generosa.

—Ha tenido una vida muy diferente y tu padre la ha sacado de muchos apuros.

—Es una lianta —le dije yo a modo de consuelo.

—Sí, eso era —sonrió con dulzura.

Luego supe que ese juego de té fue casi lo único que consiguió conservar de los innumerables embrollos que había sido su vida.

© Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Separó el visillo. El jardín aparecía envuelto en la triste niebla del atardecer, lo que la alegró. Esas tardes a Carmen Guijarro le gustaba invitar a sus amigas a tomar un té. Sus risas, charlas y cotilleos le levantaban el ánimo. Porque Carmen Guijarro se quedó viuda a los dos años de casarse, y su única hija, Carmencita, tuvo la idea de casarse con uno de Nueva York, por lo que la veía poco. Tenía que reconocer que se encontraba muy sola. Aunque la casa en la que vivía, heredada de sus padres, era preciosa. Y el jardín… Esos árboles casi centenarios envueltos en niebla, esos parterres de flores… ¡Cómo lo envidiaban todos los vecinos! Demasiado antigua, eso sí, y muy grande para vivir en ella una sola persona. Eso también.

Dejó caer la cortina y le echó el último vistazo a la mesa. Las flores, como siempre en los jarrones chiquititos de Christofle. Su criada, Juliana, había colocado el juego de té de porcelana inglesa Mason’s, y la cubertería de plata inglesa. Estiró una imaginaria arruga del mantel de hilo blanco bordado. Todo perfecto. En cuanto las oyó entrar en el jardín, se acercó de nuevo a la ventana. Lo hacían con el jaleo de siempre, sobre todo la alegre Ana, que a pesar de sus años continuaba riéndose a carcajadas. Si no fuera por su edad parecería que volvían del colegio. Menos mal que Juliana llevaba trabajando para ella años y años, y ya todo lo encontraba natural. Entró como niñera de su hija, luego, cuando Carmencita creció, se quedó en la casa para hacer lo que fuera.

Después de besarse, las amigas se sentaron a la mesa. Inclinando la tetera, Juliana dejaba caer el rubio líquido en las tazas. Adela, como siempre, tenía que diferenciarse. Pensando que nadie la escuchaba, pidió una copa de oporto. Debía tener cuidado. Más de una vez entre ella y su criada tuvieron que subirla a su coche y llevarla a casa. Con lo que incordiaba eso. Y no era por el hecho de tener que salir, sino porque al día siguiente tendría que llevarle el suyo, y para eso debía pedirle a Domingo, su vecino, que la acompañara. Si no, cómo iba a volver. ¿Andando? No. Prefería aguantar al pesado de su vecino.  Si Gerardo, el marido de Adela, se enteraba de que había vuelto borracha… No lo quería ni pensar. El hombre era muy mal educado y la hubiera liado. Podre Adela, ¡lo mal que le iban las cosas matrimoniales! Después Juliana sirvió el té a Elena. Continuó con Berta y, por último, llenó la de Antonia. Quizá, si Adela comiera un poco… Era cierto que estaba extremadamente delgada. Y claro, enseguida el oporto se le subía a la cabeza. Con especial elegancia, Elena se sirvió un pequeño sándwich de pepino. ¡Por favor! Tienes que decirme cómo los hacéis. Están buenísimos. Berta, cuéntame, cómo está tu hijo, preguntó animosa. Ya sabes. Está en la peor edad, y sus amigos… En fin, qué os voy a contar. No te preocupes, ya verás cómo consigues enderezarlo. Y si se fue de casa…, volverá. Ya sé que la culpable de todo fue esa jovencita con la que se quiere casar. Lo cierto, Berta, es que tú y tu marido tendrías que pensar dos veces antes de hablar de esa joven. Total, al parecer, el único defecto que le veis es que no es de familia importante. Ya sé, ya sé, que os merecíais una nuera mejor, pero la niña, a la que vi el otro día en el mercado, parece educada. Desde luego, es muy dulce y cariñosa. Y a tu hijo se le veía tan feliz. Por cierto, me dio recuerdos para todas vosotras. No, Berta, para ti no. Solo para ellas. Elena, no seas tan indiscreta. Todas conocemos a qué se dedica la madre de esta niña. Esa tiendecita que regenta tiene cosas muy monas. Sin ir más lejos, el otro día me compré el bolso que llevaba el domingo. Y a todas os gustó. Sí, es cierto que fue la novia de Enriquito la que me invitó a entrar en la tienda de su madre, “Cosas bonitas”, se llama, y a tu hijo, repito, se le veía muy feliz. Ya sé que te gustaría celebrar una boda como las de los otros, pero ¡chica!, no se puede tener todo en la vida. Lo que tú digas. Si fuera hijo mío, no dejaría de hablar con él. Si alguna posibilidad hubiera de que la parejita se deshaga, con vuestra oposición tan solo conseguiréis anularla.

Por favor, tomad algo. El dedo de Carmen Guijarro señalaba las bandejas llenas de pastelitos y bocadillos. ¡Ya me veo comiendo todo esto durante días y días! Pero no hablemos más de ellos, que nuestra conversación te está amargando la tarde.

 

Después de cerrar la puerta de la última interna, Mari se dirigió hacia el despacho de la directora.

—¿Se puede? —asomó la cabeza por la rendija.

—Pasa, pasa. ¿Necesitas algo?

—No. Tan solo quería decirte que ya las hemos levantado a todas. La de la habitación 38, doña Carmen Guijarro, me preocupa. Esta mañana está muy agitada, diría que incluso un poco febril. Creo que habría que darle algo que la serenara.

—Gracias, Mari. Ahora mismo llamo al doctor para que le eche un vistazo.

© Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

A su regreso de Londres, Maricarmen (ahora Mamen) organizó un té para sus amigas. El motivo era hacer partícipes a sus vecinas del nuevo juego de porcelana y demostrar que ella sí era conocedora de las reglas del saber estar y cortesía a las que todas querían acceder.

El complejo se construyó unos treinta años antes, cuando cierta cantidad de parcelas fueron declaradas urbanizables y un grupo de jóvenes parejas invirtieron todos sus ahorros en las casas de sus sueños. A medida que los propietarios ascendían en la escala económica, el barrio creció. Las construcciones (en un principio básicas) se fueron transformando en caserones como las que sus dueños descubrieron en las revistas de arquitectura y cotilleos. Llegó el momento en que la urbanización se cerró con vallas y hasta pusieron una garita de seguridad. Allí no iba a entrar nadie más, sólo los fundadores, como en las películas estadounidenses llaman a los peregrinos del Mayflower.

A medida que tenían hijos, estos iban a la misma escuela, practicaban deportes en el mismo club que sus padres y vecinos, y celebraban cumpleaños, bautizos y comuniones juntos. Una verdadera comunidad de amigos.

Las mujeres, por su parte, una vez liberadas de los trabajos que en su momento las encumbraran económicamente, se dedicaron a la vida social. Por supuesto, sólo entre las que vivían dentro de la verja protectora, transformando el complejo en una sociedad endogámica donde las rivalidades, infidelidades y rencores parecían no tener fecha de caducidad.

Las primeras comenzaron con los estilismos: quién se había hecho el mejor lifting, el corte o color de pelo más elegante o los atuendos más fashion. Siguieron con la seducción al marido de otra o con el profesor de tenis, salvo en el caso de Piluca (ahora Pilar), quien, dada su condición de hipocondríaca, se decantaba por los médicos del ambulatorio, además de por el marido de Constanza, con quien mantenía una relación por todas conocida.

Luego siguieron las competencias sobre quién era la más refinada y por ello Mamen había organizado el té del jueves por la tarde. Como ya se dijo, necesitaba lucir la porcelana comprada en Reino Unido para que las demás pudieran ser conscientes de hasta dónde llegaba su exquisitez.

La primera en llegar fue Pilar. Se desplomó sobre un tresillo y sacó el abanico para dar aire a un rostro rubicundo causado por el malestar que le produjo la visita al doctor Fernández, un verdadero adonis y su último amor, sin olvidar al cónyuge de Constanza, por ignorar sus síntomas.

—Insiste en que no tengo nada, que son obsesiones  mías, pero me encuentro cada día peor —casi gritó mientras se acomodaba entre los cojines—. Estoy a punto de ponerle una denuncia por mala praxis.

El resto de las ami-vecinas se mantuvo en silencio, acostumbradas a las angustias de Pilar sobre sus posibles enfermedades.

La última en llegar fue Constanza.

—Lo siento —se excusó—, he tenido que pasar por la casa de mi padre quien, como sabéis, ha fallecido, para recoger algunas cosas antes de venderla.

Lo que no dijo fue que en el garaje, entre las herramientas del jardín de su desaparecido progenitor, encontró un frasco de estricnina que el anciano utilizaba para exterminar animales dañinos, en una época en que la venta de dicho veneno era legal. Y…, que lo llevaba en su bolso.

De pronto, la puerta se abrió para dejar paso a un hombre bastante guapo.

—¡Sorpresa! —Gritó el recién llegado—. He pensado que vuestro té necesitaba una tarta—. Dijo depositando una caja sobre la mesa.

Asombradas, las allí reunidas levantaron los ojos hacia el intruso. Su esposa, Constanza, lo miró con odio.

—Tu  marido no tiene buen gusto — susurró la dueña de casa a la reciente huérfana.

—Desde luego que no—. Respondió ésta mirando sucesivamente a su marido y a Pilar.

—Bueno, me marcho, —continuó Tomás— aunque  me gustaría probar esta exquisitez—. Y dio un sorbo a una de las tazas.

Finalmente, y para la tranquilidad de todas, el entrometido se fue tras una reverencia fuera de lugar.

Cuando Pilar bebió su último trago de té, empezó a manifestar rigidez en la mejilla izquierda y a respirar con dificultad. Acostumbradas como estaban a sus numeritos de enferma imaginaria ninguna de las presentes le hizo caso. Eso cambió cuando extendió las piernas por debajo de la mesa, pataleando como si intentara nadar y, cogida del mantel, tiró el juego de porcelana. La tumbaron sobre la alfombra y llamaron a emergencias.

—Me marcho —dijo Constanza—, tengo demasiadas cosas que hacer como para soportar el show de esta histérica.

Subió al coche, pero antes de dirigirse a la clase de yoga, se detuvo un momento ante el despacho de su marido y dejó caer el frasco de veneno vacío en el cubo de basura.

—Dos por el precio de uno —murmuró.

Se ajustó el cinturón de seguridad y arrancó.

© Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Por la puerta siempre abierta se asomaba la cara de un niño. Sus ojos, negro azabache, brillaban repletos de risas. En el establo que estaba a pocos metros, una vaca pateaba el suelo y otra estaba acostada sobre la hierba. Hasta él llegaba un penetrante olor: la mezcla de paja y estiércol.

Se oyó la voz de la abuela llamando a desayunar. Era el día de su cumpleaños. A mediodía irían a celebrarlo a casa de la tita Ofelia. Le encantaba comer en casa ajena. La abuela siempre hacía cocido, pero su tita, no. Al primero le llamaba aperitivos: queso, jamón, lomo, aceitunas, ensaladilla rusa… Todo le gustaba. Luego le ponía en el plato un inmenso filete de ternera que el abuelo cortaba a cachitos. De vez en cuando, el anciano le robaba uno y él hacía como si no lo hubiera visto. Por fin el postre: arroz con leche. Y el primer regalo. No sabía cómo se las ingeniaba, pero tita Ofelia siempre acertaba con lo que él más deseaba y eso que estaba en una silla de ruedas. El regalo de los abuelos era muy barato, cientos de besos. Lo demás eran malcriadeces, comentaban.

Luego volvían a la finca para recibir la visita de su tío Ramón y su tía Hortensia, las dos cuñadas se toleraban. Y lo mejor de todo, la llegada de sus cinco primos. Recibía más regalos y a jugar. Era feliz entre tanta gente, entre tantas emociones.

Pero aquel cumpleaños terminó en desastre. Uno de los primos corriendo tropezó con la mesa y el juego de té, la joya de la familia, se hizo añicos.

Han pasado muchos años. Y todavía recuerda la expresión de terror de la tía Hortensia y el grito de la abuela ¡Dios mío! Desde entonces detesta el té. Bebe café.

© Marieta Alonso

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El Juego de la Oca

15 octubre, 2024 por Akelarre 2 comentarios

el juego de la oca

El juego de la Oca

El juego de la oca es un pasatiempo de mesa para dos o más jugadores. Es un tablero con un recorrido en forma de caracol. Dependiendo de la casilla en la que se caiga, se puede avanzar o retroceder. Gana quien llega primero al «jardín de la oca», en la número 63.

Las originarias versiones comerciales aparecieron en la década de 1880 y estaban decoradas con motivos alusivos a la época. Se cree que el primer tablero fue regalado por Francisco I de Medici a Felipe II de España. El ejemplar más antiguo que se conoce data del 1640 y fue realizado en madera de origen veneciano.

Como en el Juego de la Oca, los personajes que se perfilan en los cuentos de este mes se enredan con las oportunidades que les da la vida…, a veces ganan y otras pierden.

Esperamos que disfrutéis con su lectura.

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

Al pasar ante un espejo o un cristal, Ambrosio no podía evitar mirarse. Siempre se llevaba una sorpresa. Le costaba reconocerse en ese hombre tonsurado, vestido de negro y de sonrisa afable. Algo parecido a la amargura le dejaba un sabor ácido en la boca.

Llevaba años siendo abad de una iglesia renombrada con feligresía numerosa y una congregación de mujeres llenas de fervor que, además de hacer el bien, se sofocaban con sus pláticas. Un santo, bisbiseaban. Un santo y un pedazo de hombre. Incluso, alguna osada, después de un oporto, se atrevía a confesar que si no llevara sotana…

Se veía obligado a ir a merendar a sus casas, que procuraba espaciar lo más posible sin que se ofendieran, situación en la que se lucían en una dura competencia de pasteles y delicias. Pero eran un buen soporte de la parroquia para otros menesteres y bondades, sin duda, se decía al alejarse de ese gallinero calentón y pesado. ¡Mujeres a él! Si fueran de otro pelo… Pero no, Ambrosio, todo eso pertenece al pasado y ese pasado, a Dios gracias y a su esfuerzo, había conseguido alejarlo. Casi olvidarlo.

Alguna noche, muy de vez en cuando, iba a la partida de cartas que jugaban en el casino o en la rebotica, pero procuraba no dejarse caer por ahí. Revivía el sabor cálido del alcohol en la garganta, la emoción de la apuesta, el sudor frío en las manos cuando ganaba. Temía perder la compostura, el control. Ya le había costado un puesto, hacía ya años, pero no quería volver a pasar por ahí, con la amenaza de que si volvía a suceder algo parecido sería expulsado de la Iglesia y quién sabe si excomulgado.

Entró en el seminario con los treinta cumplidos y un pasado turbulento a cuestas en el que no habían faltado broncas, deudas de juego, huidas, palizas, mujeres… Una vida muy poco ejemplar y en el fondo muy desdichada.

Una noche se había quedado a dormir la mona en el atrio de una pequeña iglesia. Acababa de huir de un tipejo mal encarado con el que jugó al inocente juego de La Oca, al que el hombre obligaba a apostar.

—El que llegue primero se lleva todo, y el que caiga en prisión o en la horca —se pasaba el dedo por el cuello simulando una degollación.

Le impresionó su rudeza y la seguridad que mostraba, como un matarife forzudo y decidido. Casi siempre ganaba él, tirando los dados con una precisión mágica. Ambrosio, envalentonado por el alcohol y las pérdidas, se atrevió a decirle que hacía trampa. El tipo tiró el tablero por los aires y le agarró por el cuello.

—Nadie se ha atrevido nunca a dudar de mi juego —su voz bronca apestaba a orujo—. Yo te maldigo. En este juego hallarás tu muerte.

Con la luz del día dándole en los ojos, después de la desagradable noche y el frío que pasó en el atrio, le despertaron unos golpes en el hombro y, asustado, dijo que ya se iba. El hombre que le miraba era un viejo de escaso pelo, mirada clara y sotana raída.

—Levanta, chico, que ya cantó el gallo.

Al ponerse en pie se tambaleó un poco, el sacerdote le sostuvo por el codo. Con sonrisa pícara le invitó a pasar y compartir el café. Le preguntó quién era, qué hacía, qué proyectos tenía y sin darse cuenta Ambrosio empezó a contarle su vida, más bien su deshecho de vida, concluyó agarrado a la taza ya fría.

—Pareces un buen chico, pese a lo que me cuentas —golpeó la mesa con suavidad—. Todo, menos la muerte, tiene solución.

Empezó a cuidar el jardín y don Lupercio, que así se llamaba el cura, le convenció que fuera al seminario. Así se apartaba del mal camino, podría devolver con el bien el mal hecho y siempre tendría un buen refugio en la Iglesia.

—¿Y la fe? —preguntó agobiado antes de tomar la decisión.

—La fe, hijo, llega o no llega —le puso las manos sobre los hombros—. Pero la vida sigue.

Y ahí estaba, hecho todo un abad, reconocido, admirado y hasta querido.

Una noche que aceptó la partida propuesta por el boticario en el casino, cuando llevaban ya un rato, oyó el ruido de los dados al ser movidos en el cubilete y sintió una gran aprensión. Se giró y ahí estaba ese horrible hombre, que, aunque envejecido su voz era la misma, así como el estilo de su charla áspera y tonante. Pensó que no le podría reconocer, pero cuando estuvo delante de su mesa con el tablero del juego bajo el brazo, se pasó el dedo por el cuello como la última vez que le vio.

—Esta vez no te librarás.

© Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

Llevaba en la sala de espera del Ayuntamiento desde hacía una hora. En cuanto la secretaria, pronunció su nombre, se levantó de golpe. Con paso feliz, elegante, entró en el despacho de la concejal. Esa mañana era la teniente de alcalde la encargada de recibir las visitas, cosa que a Elena no era lo que más le podía agradar. Aquella mujer tenía fama de ser muy cotilla. Mañana todos sabrán a qué he venido, pensó. ¡Le daba lo mismo! En el fondo estaba segura de que quienes la criticaban le tenían envidia. ¿Qué esperaban? ¿Acaso porque era viuda tenía que llorar una noche tras otra? Pues no. Últimamente las noches las utilizaba para disfrutar. Con una sonrisa, se subió el cuello de la camisa. Esperó a que la concejal, que escribía con verdadera atención en un papelito, levantara la cabeza. Después de unos segundos, se decidió a interrumpirla.

—Marta, no deseo entretenerte. Conozco lo ocupada que estás. Solo quiero que me des día y hora para que me case el alcalde. Quiero irme de viaje de novios antes de junio, por lo que necesito conocer, pero ya, el primer día que tiene libre.

—Bueno…, bueno. Las cosas no son así —la munícipe comenzó a colocarle la tapa a la pluma.

—Pues ya me dirás qué formulario tengo que rellenar —su voz sonó con un deje de retintín.

—No es cuestión de un formulario. Elena, tienes que ponerte a la cola, como todos en el pueblo. Pero ya te voy diciendo que hasta el mes de octubre el señor alcalde no tiene una fecha libre.

Con el bolso de charol negro encima de las piernas, Elena se llevó la mano al flequillo y se recolocó un rubísimo rizo por detrás de la oreja. ¡Qué seca era aquella mujer!, se dijo Recordó la última partida del juego de la Oca con su novio. Fue la noche anterior. Qué risa cuando le tocó la muerte. Menos mal que ella conocía cómo revivirlo. Sin borrar de su mente el resultado del juego, pestañeó con gracia. Cruzó las piernas y, con una sonrisa que la otra entendió como que le estaba tomando el pelo, añadió:

—Pues verás, bonita. No estoy dispuesta a esperar tanto, por lo que, si las obligaciones del alcalde le impiden tener diez minutos para casarme, dime quién de todos vosotros está libre. Por falta de ediles en este ayuntamiento no será. Digo.

—Elena, al alcalde le gusta ser él quien celebre las bodas.

—A mí también me encantaría. Pero si tengo que esperar hasta octubre, me da lo mismo que me case el alcalde, el ujier, o el sargento.

—No entiendo a qué tantas prisas —silabeó.

—¿Que no entiendes las prisas? ¡Ah!, claro. Ahora lo comprendo —suspiró profundo arrellanándose en el sillón.

—¿Qué es lo que comprendes? —inquirió Marta.

—Pues te lo voy a explicar: Tan poca prisa te has dado en la vida, tanta calma tienes, que te has quedado para vestir santos. Lo que tú llamas mis prisas, me hacen ir ya por el segundo marido, y eso porque no cuento a aquellos con los que solo me explayé un poco.

—Tienen que terminar —avisa la secretaria Alicia desde la puerta.

—O sea: me tienes de plantón mientas estás escribiendo algo tan importante que al menos debe ser tu testamento. Luego, cuando le pones el capuchón a esa pluma tan bonita, lo haces diciendo que no tienes fecha para mi boda, y ahora…, ¿te vas a atrever a echarme? ¡Pues sí que estamos bien! Pero no te preocupes —la señaló con el dedo—, que esto lo arreglo yo en un momento. Solo tengo que llamar a Engracia, ya sabes, la mujer del alcalde. Verás lo prontito que su hombre tiene una hora libre. O si no, mejor llamo al redactor del «Adelante Pueblo», y se lo cuento. Sí. Eso será todavía mejor.

—Mujer, no te pongas así. Espera un momento que voy a ver con calma todos los horarios.

Con la vista fija en la que Elena siempre supo era su mayor envidiosa enemiga respiraba agitada.

—¿Y con quien se casa, doña Elena?, si se puede saber —preguntó amable Alicia quien, a su lado, esperaba para acompañarla a la puerta. Ella se apoyó en el respaldo y la miró sonriente.

—Con Luis Gómez.

—Pero ¡qué me dice doña Elena! ¿Que se casa con el hombre más guapo del pueblo? ¡Qué suerte! Dicen que solo tiene un defecto, que no para de jugar a la Oca. ¿Es cierto?

Recordando las noches con el tablero encima de la cama, la mujer movió la cabeza sonriente. Para qué le iba a contar a esa niña lo que hacían cuando caía en la casilla 19, la de la posada, ¡tres noches con sus días encerrados en la casa! Aunque a ella casi le gustaba más caer en la 31, la del pozo. Tampoco estaba mal la del «y tiro porque me toca». ¡Pero qué divertido era jugar a la Oca con Luis! Nunca se lo habría imaginado, pensaba cuando le escuchó decir a la secretaria que hasta ella estaba enamorada de él.

—¡Ay, doña Elena! Cuando se lo cuente a mi madre… ¡Es que no se lo va a creer!

—Es verdad. Es muy guapo.

La teniente de alcalde se pasó la lengua por los labios. Un escalofrío le recorrió la espalda. Vamos, ni que tuviera miel en la boca, se dijo sin querer pensar en el único recuerdo que tenía de un beso.

—¿Pero no es mucho más joven que tú? —espetó la munícipe con los hombros encogidos.

—Mira que estás faltona —replicó Elena echando el cuerpo hacia delante—. Sí. No lo voy a negar, es cierto. Es más joven y mucho más guapo. Y también es un vago —al ver que Marta abría la boca con intención de contestar, levantó la mano—. No me digas nada. Todo lo que puedas decir lo sé: Tengo cuarenta años y él veintiséis. Según todos en este pueblo, estoy loca, y puede que sea así. ¿No lo estarías tú si hubieras estado casada con un borracho durante quince años? Ése del que todos decíais que era encantador y muy simpático. Los frutos de aquellos pesares ahora le servían para su boda. Sí. Sí, para casarme con ese que llamáis el tonto de la Oca y al que ninguna solterona hacéis ascos —la concejal levantó la cabeza y la miró con el ceño fruncido—. Verás que pronto lo entiendes.

La mujer apoyó los codos en la mesa, y con sus hermosos ojos bien abiertos, continuó. «Gracias a mi difunto marido, que el Señor lo tenga en su Gloria, porque a mí buena paz me ha dejado, heredé un perrito de aguas, la fábrica de papel, y el piso donde vivo. Además del chalé en Benidorm, tengo varios pisos alquilados. También poseo buenos y seguros valores en el banco. Conozco que de joven fui francamente guapa, y que a mis cuarenta todavía estoy de buen ver. ¿O no?».

—Sí. Pero la diferencia de edad…

—La diferencia de edad… ¿dices? —Marta asintió— ¿Y no crees que lo que yo aporto vale más que unos pocos años?

—Doña Marta —susurró la secretaria—, el concejal de Obras siempre anda comentando la ilusión que tiene de casar a una parejita enamorada. ¿Le pregunto qué día le viene bien?

—Pregunta, pregunta. Que podría ser que hasta quiera cambiarse por el novio —susurró la munícipe.

—Anda chica. Ese muermo te vendrá bien a ti, aunque antes tendrá que dejar a su mujer —replicó Elena airada.

—Ni de eso es capaz —susurró la secretaria mientras marcaba muy sonriente el número del despacho del concejal de Obras al tiempo que pensaba si sería cierto eso que contaban de la capa de plumas blancas que Luis se colocaba cuando le tocada eso de «de oca a oca y tiro porque me toca».

© Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

—De oca en oca y tiro porque me toca.

Maldito gordo, me va a ganar otra vez, aunque no me importa. Insiste en que juguemos todos los días a modo de terapia. No sé su verdadero nombre, lo llaman Soprano, por el protagonista de aquella serie. No sólo es grandote y fuerte, sino que fue (o sigue siendo) el jefe de una familia mafiosa.

Desde que ingresé, por algún motivo para mí ignoto, me cogió bajo su protección, y ninguno de los reclusos se mete conmigo, a veces hasta me invitan a un cigarrillo.

—Tira, hombre. Tienes que hacerlo con más ganas —ordena con ese tono bajo que lo caracteriza.

—Odio este juego y lo sabes.

—Por eso mismo, tienes que superarlo. Piensa que estás jugando con ella.

—Si por un momento te confundiera con esa puta, te mataría.

Tony esboza una media sonrisa y empuja los dados hacia mí antes de decir:

—No tienes motivos…, y yo te protejo.

—Ella nunca lo hizo.

Echa los hombros hacia atrás para enderezar su columna y golpea la mesa con los dedos, como si tocara el piano. A la espera de mi siguiente movimiento, pregunta:

—¿Fue siempre tan mala?

—Desde que era un niño. Cuando mi hermana mayor y yo enredábamos con las ollas, se acercaba y, después de gritarme que fuera a jugar al fútbol, de un manotazo tiraba todos nuestros cacharros al suelo.

Soprano me mira y menea la cabeza. Le doy lástima. En su mundo tampoco hubieran aceptado a un chico como yo.

No sé cuánto tiempo hace que está aquí ni cuánto le queda para cumplir condena. Tampoco cuáles fueron los cargos. No me interesa, es un buen amigo. Si es que se puede llamar así, pero es el tipo de relación que escasea en este entorno, por eso la valoro.

Se acerca un guardia para avisarle que tiene una visita. Será su hermana que le trae libros.

A Tony le ha dado por la psicología y en la biblioteca de la prisión es difícil encontrar libros de Freud o Jung. Y resulta que yo soy su paciente, practica conmigo. Será por eso que me cogió bajo su tutela.

Cuando regresa con unos volúmenes bajo el brazo, me ordena:

—A las seis. Mientras todos estos descerebrados estén viendo el partido de fútbol, nos encontramos en la sala de lectura.

—Allí nos vemos —respondo sumiso.

No sé cómo se ha agenciado de un par de cafés, no es la hora, pero ¿quién le negaría algo a Soprano? Dispone las tazas y lanza su primera pregunta de la sesión:

—¿Qué hacía tu padre?

—Era constructor.

—¿Y ella?

—Ama de casa, cotilla y chupa cirios.

Me mira expectante a la espera de mis palabras. Creo que sus estudios le están dando resultado.

La sala se inunda con los gritos de ¡goool!, que vienen del local donde está instalada la televisión. Tony enciende un cigarrillo a la espera de que se acallen.

—Continúa.

Obedezco:

—El día que, al regresar del colegio le dije que no iría a la universidad sino a una escuela de cocina, montó en cólera.

—Normal. Quería un hijo abogado o ingeniero, no un cocinero —reflexionó.

—Exacto. Dijo que era como ser bailarín o modisto, profesiones indignas para un hombre.

—Pero no le hiciste caso y terminaste abriendo tu propio restaurante.

—Y encima me casé con una de mis camareras. Una diosa: inteligente, trabajadora y que sabía seducir a los clientes. La hice mi socia —el recuerdo de Lucía me ilumina.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que te dejara por otro?

—Dos años…, tres. Era un cliente —tiro un dado. Tres puntos—. La verdad es que el hombre era guapo, elegante; de esos a los que la empresa les paga la comida. Dejaba buenas propinas.

Soprano mueve ficha. Da unos golpes en su casilla, expectante. Continúo:

—Me vine abajo. Bebía más de la cuenta; tuve algunas citas a ciegas, otras por internet, pero nada. Ninguna de ellas era Lucía. —Vuelvo a tirar—. Me transformé en un alcohólico y un día, uno de esos tipos que conoces en los bares de la noche me ofreció una raya.

—Y perdiste el restaurante.

—Primero pedí una hipoteca sobre el negocio, después otra sobre mi casa.

—Así fue como te quedaste sin nada.

—Exactamente. Y volví a casa de mi madre.

—¿Y tu hermana?

—Ella se había casado con un buen tío. Tenían dos hijos, no podía ir a joderles la vida.

Me da un ataque de rabia. Empujo el tablero y todo cae al suelo. No hay mucho estrépito, de haberlo, lo hubiera tapado los gritos de los futboleros.

Me levanto y recojo. Pongo las fichas donde presumo que estaban. Soprano me mira, creo notar una cierta piedad en sus ojos. Me disculpo:

—Lo siento. Jugábamos a esta mierda cada vez que yo volvía del bar cutre donde preparaba comida rápida —no levanto la vista. Me niego ver su expresión que intuyo de lástima—. Yo, un cocinero que aspiraba a una estrella Michelin, preparando hamburguesas y patatas fritas.

Tony está inmóvil. No interviene. Espera mi relato.

«Mientras jugábamos, repetía continuamente la misma cantinela: eres un inútil, siempre lo fuiste, ni para elegir mujer has servido…, y un montón de lindezas más con las que amenizaba nuestra diversión nocturna.

—Hasta que un día explotaste.

—Me di cuenta de que iba a hacerlo, por eso llamé a la policía —ahora sí levanto la vista. Lo miro a los ojos—. El funcionario que atendió el 112 no creía que iba en serio. ¿Quién llamaría para decir que va a matar a su madre?

Miro hacia la ventana por la que presumo cae la tarde. Los cristales están sucios. Lucía los hubiera limpiado. Nuestra casa siempre estaba impecable, olía a su perfume.

—Y al final, ¿aparecieron los maderos? —Inquiere el mafioso.

—Demasiado tarde, ya le había seccionado la yugular con mi cuchillo de cortar carne. Siempre los tuve bien afilados.

Soprano se echa hacia atrás en la silla, está a punto de lanzar el dado, pero se detiene. Empuja el tablero y apoya sus manazas sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

—Para nada. Estoy mejor aquí que con esa zorra amargada. Además, de no haberlo hecho, no te hubiera conocido.

—No me hagas la pelota, cocinero. Eso ya lo hace el resto de los reclusos.

Tiro el dado y esta vez soy yo quien dice con una sonrisa: «de oca en oca y tiro porque me toca». Él lanza una carcajada.

Me levanto de la silla, siento el cuerpo ligero; antes de llegar a la puerta me doy la vuelta y propongo:

—¿Mañana, después del desayuno?

© Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

Cuenta la leyenda que el juego de La Oca fue creado por los templarios en el siglo XII, inspirándose en el Camino de Santiago. Eso comentan. A mis nietas les encanta y cada tarde le dedicamos un buen rato.

Hoy los recuerdos se me agolpan. Vuelvo a aquella época cuando, muy ufano, me fui a Roncesvalles. Alquilé una bicicleta, sin acordarme el trabajo que cuesta sortear el abismo que media entre las aspiraciones y las aptitudes de uno.

Antes de comenzar el Camino entré a ver a la Virgen. Cuatro hombres y dos mujeres esperaban a que los religiosos terminaran de rezar los «laudes». Estaban sentados, cada uno en un banco, eso demostraba que no se conocían. Al finalizar los rezos, un sacerdote nos dio la Bendición.

—Venga, abuelo, te toca tirar.

Salí de la Iglesia. Cada cual tomó su camino. Me puse la mochila a la espalda, pero en vez de subirme a la bicicleta se me ocurrió que habiendo leído que la Colegiata era el único ejemplar en España del gótico francés, lo menos que debía hacer era visitarla.

Dicen que la edificó el rey Sancho VII El Fuerte, el que medía dos metros y le tuvieron que enterrar con las piernas cruzadas. ¡No cabía en el ataúd! Este rey participó en la batalla de las Navas de Tolosa y de allí se trajo unas cadenas que desde entonces forman parte del escudo de Navarra. No pude ver la famosa esmeralda de Miramamolin, ni el Ajedrez de Carlomagno. No recuerdo el motivo.

Después de saciar mi curiosidad me dirigí a Burguete, es un pueblo con techumbres a cuatro aguas. Así que seguí hasta el Espinal. Las casas son muy parecidas al anterior. Lo dejé atrás.

Ante mis ojos apareció Viscarret y aparqué cerca de una de las señales del camino. Un buen bocadillo de jamón y queso, aderezado con vino era lo que me apetecía. Con la barriga llena y cantando seguí mi rumbo. Llegué a Zubiri, nada más entrar me topé con una señal: Puente medieval y albergue de peregrinos. Lo que buscaba. Me voy a cenar. Mañana será otro día.

−Abuelo, has caído en el puente, tienes que ir a la Posada y pierdes el turno.

−¿Qué?

Siempre he tenido fama de tramposo en los juegos de mesa, pero esta vez estoy alelado recorriendo el Camino a la vez que juego.

Al día siguiente, suena el despertador a las cinco y media de la mañana. Me levanto con agujetas. Esto de pedalear tiene estas consecuencias. Continúo mi camino y encuentro a dos ancianos de unos noventa años que hablan de sus cosas. Presto atención. Uno de ellos es hermano del que fue cura durante cuarenta años en ese pueblo. Hablan de la Guerra Civil y de cómo está la juventud. El otro cuenta que su padre murió en la Guerra de Cuba.

−¡Eh, abuelo! Espabila.

Tiro el dado con desgana y caigo en la casilla de la cárcel. Tendré que dejar pasar dos turnos.

Llego al refugio de Trinidad de Arre. A los peregrinos que iban andando y en bicicleta les he perdido de vista. Yo voy a mi aire. A ver, ¿es culpa mía pararme a contemplar esas buganvillas, ese derroche de colores que encuentro por el camino?

−Abuelo, ¡despierta!

Mi hija, como siempre, mete baza, la escucho aunque habla bajo: Hay que ver lo cargantes que son los hombres. Si no fuera porque debemos perpetuar la especie se podría prescindir perfectamente de ellos.

No me molesto en contestar. Tiro el dado y con tan mala suerte caigo en la casilla de la Calavera: tengo que volver a la casilla número uno.

−Abuelo, ¿qué te pasa, hoy?

−Es que estoy pensando en el cantar de los ríos, en las iglesias románicas donde se escucha el silencio, en la tierra reseca que aguarda la tormenta...

Mi prosa poética ha sido interrumpida por un grito atronador:

—¡He ganado! —y frente a mi deteriorado oído, chilló— ¡Soy la mejor!

Es la mayor de mis nietas que es idéntica a su madre. La pequeña se tiró al suelo y se echó a llorar. Y yo, de pronto, no me explico qué me ha pasado. ¿Cómo es posible que me haya dejado ganar?

© Marieta Alonso

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Mosaico romano

15 septiembre, 2024 por Akelarre 4 comentarios

mosaico romano

Mosaico romano

Cuando los romanos fueron conquistando las regiones de Asia Menor y Grecia a lo largo del siglo II A.C., la obra de mosaico era ya común en todo ese mundo. Este arte traspasó con facilidad la ciudad de las siete colinas, comenzando así un género artístico-industrial del que hicieron una verdadera especialidad. Se extendió de tal forma que puede decirse que no hubo casa o villa donde no los hubiera.

Al principio se hacían para decorar los techos o las paredes y pocas veces los suelos porque se temía que no ofrecieran suficiente resistencia. Pero más tarde, cuando llegó a la perfección, descubrieron que se podía pisar sin riesgo y comenzó la moda de hacer pavimentos de lujo. Eran para ellos como una alfombra persa.

Hay que destacar los de la ciudad de Rávena del siglo VI, que nos dan una idea de la perfección alcanzada y que han sido considerados Patrimonio de la Humanidad.

Para las escritoras de Nuevo Akelarre han servido de inspiración para situar historias familiares, de amor o de un sueño cumplido.

Herencia

Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Herencia

Cristina Vázquez

En la casa de mi abuelo el misterio se colaba por todos lados. Había una sucesión de amplias estancias, en las que apenas entraba la luz, llenas de muebles tapados con sábanas que nos asustaban por su aspecto fantasmal. A pesar de ello, era uno de los lugares favoritos para jugar a tinieblas o al escondite. En el sótano había un taller en el que durante la semana trabajaban artesanos haciendo copias de vasijas y esculturas clásicas que luego vendían. Nunca pretendió que se consideraran auténticas ya que llevaban la firma con su nombre: Augusto. Eran obras de reconocido prestigio con mucha demanda en el mercado.

Los fines de semana con él o las temporadas de verano que nuestros padres nos aparcaban allí a mis dos hermanos y a los tres primos, éramos felices. Nos sentíamos libres descubriendo sitios nuevos en esa inabarcable casa, casi un palacio, y en el gran jardín que la rodeaba. Todo ofrecía novedad y misterio. Teníamos, eso sí, que cumplir férreamente los horarios impuestos, la misa diaria en la capilla y por las tardes, dos horas dedicadas a manualidades en el taller.

—Tener las manos y la cabeza ocupadas en algo creativo salva de muchas tristezas —nos repetía mientras vigilaba cómo realizábamos las tareas impuestas.

Nos iba probando en los distintos menesteres: modelar barro, cocerlo y pintarlo. Crear pequeñas esculturas, pintar guirnaldas, preparar teselas y componer mosaicos a nuestro gusto. Él se paseaba de un lado a otro observando cómo desarrollábamos el trabajo indicado y nos corregía y enseñaba. Era un hombre alto, delgado y apuesto, vestido con una anticuada corrección y pese a que su aspecto asustaba un poco a los desconocidos, con nosotros era amable y exigente a la vez.

Lo que más me gustaba hacer eran los mosaicos. Ir juntando los colores y ver como de esos montones confusos surgía una escena, un animal, un paisaje me llenaba de excitación y contento. Al ver que tenía una auténtica afición y aptitud para hacerlo me fue mostrando modelos cada vez más complicados, hasta llegar a una maestría que mi abuelo consideró ya se podían vender mis obras.

—Eres una artista, querida niña —vi en sus ojos emoción y orgullo.

Un día, yo tenía ya casi veinte años, me llamó para decirme si no me importaría ir a verle lo antes posible, pero después de las seis que era cuando se marchaban los artesanos. Al día siguiente, llena de curiosidad, me acerqué a su casa que estaba a las afueras. Me resultaba extraño estar entre semana él y yo solos en la casa tan vacía. Me esperaba en su despacho lleno de antigüedades: piezas de cristal, de cerámica, figuras primitivas… Adoraba ese santuario al que habitualmente no nos dejaba entrar. Al verme, se levantó con cierta rigidez y se acercó sonriente.

—Mi nieta preferida —era una antigua broma entre nosotros—. ¿Por qué lo serás?

—Porque soy la única chica, abuelo.

Nos observamos un momento antes de abrazarnos. Noté que algo se había vuelto frágil en él. Estaba más delgado, tuve la certeza de que podía descifrar su imponente osamenta. Observé un ligero temblor en las manos al quitarse las gafas y eso me inquietó. Que me sentara en el sillón frente al suyo, me indicó con cortesía.

—Tengo una importante propuesta que hacerte —su voz era seria—. No estás obligada a aceptarla.

Sentí que las mejillas se me enrojecían, siempre que algo me emociona me pongo del color de la grana. Lo odio, pero no lo puedo remediar. Podía tener consecuencias y no todas buenas, desde luego. Entonces tuve un sobresalto y cierto temor. No podía imaginarme nada peligroso en su vida o que proviniera de él.

—No me asustes, abuelo.

—No lo pretendo, pero tienes que ser consciente de la decisión que puedes o no tomar.

Le adoraba. Para mí representaba el modelo de persona y de hombre que esperaba encontrar alguna vez. Siempre correcto, ingenioso, elegante, un caballero clásico y encantador.

—Adelante —contesté heroica—. Veamos de qué se trata.

Se levantó apoyándose en los brazos del sillón y cuando alcanzó su estatura, estirándose la chaqueta, me dijo solemne que le siguiera. En una de las paredes de su despacho, cubiertas por librerías, apartó un tomo de la Divina Comedia y apretó un resorte que hizo que esta se deslizara hacia un lado. Se abría a un pasadizo estrecho que iluminó con la linterna y después de dar diez pasos, se giró hacia mí, que no lo olvidara son diez pasos exactos. Tocó la pared y se abrió una puerta hacia una estancia cerrada. Enseguida encendió una luz pequeña, como de emergencia y me pidió que abriera las contraventanas. La luz entró y descubrí la maravilla que ahí se encerraba.

—Este es mi museo particular —hizo un amplio gesto con la mano—. Todo es auténtico.

Recorrimos juntos el increíble lugar mientras él explicaba qué y de dónde era cada obra. Todo era legal, aclaró, lo había encontrado aquí y allá en sus viajes de hacía mucho tiempo y antes los Estados eran más libres, no fiscalizaban tanto. Por fin llegamos frente a un mosaico que representaba la cabeza de un joven. Me quedé boquiabierta.

—¡Qué belleza!, abuelo —me acerqué a él—. Y el chico… Es igual a mi hermano Andrea.

No pude contener las lágrimas. Parecía que el tiempo se había detenido en esa hermosa cabeza para revelarse ante nosostros dos mil años después.

—Quiero que lo copies —me sujetó la cara por la barbilla—. Solo puedo confiar en ti.

Se giró lentamente. Todo esto lo iba a donar al Museo, todo menos el mosaico.

—Quiero que sea para ti y entregaré la copia —me miró largamente con los ojos algo desvaídos.

Si descubrían que era falso, podía tener desagradables consecuencias, pero confiaba en la perfección de mi trabajo.

—Es mi deseo y mi herencia, porque estará en las únicas manos que lo merecen.

© Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

La casa donde yo veraneaba pertenecía a la familia de mi abuelo desde siempre. Nadie era capaz de decir desde que siglo la poseían. Era tan antigua que, según él, había sido construida por los romanos. Y también contaba que fue mi abuela Encarna quien la renovó. La señora debió ser un tanto peculiar. Según ella, Encarna, era un nombre de aldeana, viejo, y nada atractivo. Al parecer le molestaba tanto que decidió que todos la llamaran Zelda. Ese apodo que le gustaba tanto había pertenecido a una escritora norteamericana de los años veinte, quien, al parecer, allí por donde pasaba la armaba parda. Y, además de a la escritora, había pertenecido a mujeres guerreras con gran personalidad, como la de ella, decía señalándose el pecho con un dedo. Como puede ver la humildad no era su fuerte. Pues volviendo a lo que le contaba, mi abuela odiaba todo lo que fuera viejo, antiguo. Porque en España, decía, lo antiguo es horroroso, cosa que no sucede en Inglaterra ni en Italia. Algo de razón llevaba, creo yo. Pues bien, ella, huyendo de cualquier cosa antigua, reformó la casa. Lo malo fue que apenas pudo disfrutarla, pues falleció al caer en un estanque de la antigua villa que ella había querido convertir en piscina.

Lo que según mi abuelo era una villa romana, pasó a ser una especie de engendro que quería imitar a las casas que Zelda veía en el cine, en aquellos momentos sin color. Comenzó cubriendo los suelos con un damero de mármol blanco y negro, continuó llenando las paredes de escayolas que formaban figuras geométricas. Por último, intentó cubrir las columnas del porche con gresite, unas piezas cuadradas de cristal que se comenzaban a fabricar entonces. Pero eso no lo consiguió. Sin conocer el motivo, como si las columnas se negaran a que las recubrieran con aquellos horrorosos cristales, a las pocas horas de haber pegado los cristalitos, éstos aparecían en el suelo. Ella nunca supo que fue mi abuelo quien, después de hablar con los albañiles y tras una generosa propina, los animó a que los diversos materiales con que intentaron pegarlos no fraguasen.

Aquel verano mi abuelo cumplía en el mes de agosto cien años. Aunque estaba en plenas condiciones físicas y mentales, ése y no otro fue el motivo por el que mi padre y sus cinco hermanos decidieron pasar el verano en Villa Zelda, nombre con el que la abuela rebautizó la casa.

Fue durante esas vacaciones en que nos reunimos todos los primos, en total dieciséis, cuando el abuelo nos pidió que le ayudáramos a desenterrar al hombre de las melenas. El susto que debió de aparecer en nuestras caras lo hizo reír. Que no nos preocupáramos, no era un muerto, dijo en medio del ataque de tos que le había producido la risa. Nunca había dejado de fumar sus cigarros puros. Cuando serenó la tos nos dijo que debajo de suelo del salón había un mosaico romano. Vuestra abuela Zelda lo odiaba tanto que decidió taparlo. Y yo, a pesar de la barbaridad que iba a acometer, la vi tan feliz con la idea que no fui capaz de negarme.

Con gran secreto esperamos a que nuestros padres subieran a la montaña de San Antón, excursión que no podían dejar de hacer todos los años. Lo cierto es que las vistas del mar desde aquella colina son francamente bonitas.

En cuanto los seis matrimonios desaparecieron por la puerta, y como nada puede agradar más a un niño, ni a un joven, que un cincel y un martillo, dirigidos por mi abuelo, como la más disciplinada de las cuadrillas de albañiles comenzamos a dar golpes en las esquinas de las baldosas de mármol hasta levantarlas. ¿Con cuidado!, gritaba el abuelo, no vaya a ser que lo rompamos.

Todos dormíamos cuando aparecieron los mayores de vuelta de su excursión. Alucinados, vieron que las baldosas de mármol, por colores, es decir, las negras a un lado de la habitación y las blancas al otro aparecían apiladas contra las paredes. Y que en el centro del salón, sin ningún daño aparente, un mosaico de pequeñas teselas de piedras de colores casi cubría todo el suelo de la habitación. El dibujo del centro del mosaico representaba la cabeza de un hombre, con dos pequeñas alas a modo de corona.

Mirad, dijo mi padre. Es la imagen de Júpiter. ¿De Júpiter?, inquirió mi madre volviéndose hacia él con guasa. ¿De verdad crees que es la representación de Júpiter?, apuntilló. Luego de unos segundos continuó: Pues yo creo que es la viva imagen de tu padre, la tuya Alberto, dijo señalando a mi tío, y la de varios de nuestros hijos.

© Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Mi madre es una de esas personas que persiguen la cultura en grupo, como si resultara peligroso encontrársela a solas. Con ese motivo fundó el Ateneo de las Flores, una asociación compuesta por ella misma y otras indómitas cazadoras de erudición. El  nombre de dicha sociedad provenía de sus integrantes, bueno…, de los que habían adoptado, ya que el de mi progenitora era Eulogia y, como lo odiaba,  se hizo llamar Rosa. Las demás, cual fieles corderitos, siguieron el ejemplo de su presidente y adoptaron distintos apodos.

Entiendo que uno de sus fundamentos era alejarse del hogar lo más posible, aunque nos arrastraban a mi hermana y a mí, así como a los vástagos de las Camelias, Hortensias o Gardenias del grupo para que los maridos no les recriminaran nuestro abandono. Para ello nos subían a un bus que alquilaban para cada oportunidad y repartían folletos redactados por ellas sobre el tema que versaba la excursión de ese mes, que teníamos que aprender antes de llegar a destino. Y la mayoría de las veces hacer de apuntador cuando se les olvidaba el argumento.

Pese a su supuesta ilustración, cuando intentaban hablar de algo fuera del cotilleo habitual, se les enredaban las palabras, como si éstas se espantaran del significado que querían darles, huyendo asustadas hacia la seguridad de un diccionario.

La tarde en que mi madre las convocó para presentarles a Mateo, el diseñador y corrector de los cuadernillos, las flores quedaron con la boca abierta. «Es igualito a Tadzio», dijo una de ellas y me apresuré a investigar de quién hablaba. Se refería a un personaje de la novela de Thomas Mann, La muerte en Venecia. Me sorprendió la sapiencia de la señora, hasta que descubrí que no habían leído el libro, aunque sí visto la película de Visconti. Mi curiosidad me llevó a buscarla en YouTube y darles la razón: el joven era muy parecido a ese actor con formas perfectas. No había visto nunca algo tan logrado en la Naturaleza ni en las artes plásticas. Yo también caí bajo su embrujo. Algo en su mirada, por momentos lánguida, por momentos incisiva, me inquietaba.

Tiempo después, él organizó una salida para visitar una antigua villa romana que conservaba cantidad de mosaicos en muy buen estado. Fue un auténtico regocijo disfrutar de aquellas obras. Una me encandiló por encima de las demás: el rostro de un hombre que nos vigilaba desde la eternidad como si quisiera penetrar en lo más profundo de nuestro ser. En la tienda de suvenir que había a la salida, compré una reproducción que colgué en mi cuarto, frente a mi cama. Era lo último que veía antes de cerrar los ojos y lo primero al abrirlos a la mañana siguiente. Más tarde descubrí que esos ojos, aunque fueran de otro color, y esa manera de escudriñar el alma, me recordaban a Mateo. Fue cuando tuve mi primera polución nocturna.

No fui el único en enamorarse de Tadzio; mi hermana le preparaba galletas, mi madre y sus amigas acudieron a un centro de belleza para quitarse años y hasta Yuma, la perra, movía la cola cuando lo oía llegar.

Sin embargo, yo creí ser su preferido. Dábamos largos paseos durante los cuales compartíamos nuestros sueños de futuro; me recomendaba libros y alguna que otra noche nos quedábamos hasta la madrugada viendo películas clásicas. Con él aprendí el valor de los silencios, de los gestos sin palabras, de un horizonte más allá de lo obvio.

Hasta que un día nos informó que había conseguido una beca para estudiar diseño en Boston. La primavera se cubrió de niebla y los gorriones dejaron de cantar, parecía como si el brillo que depositara en nuestras vidas hubiera desaparecido y todos nos moviésemos como fantasmas perdidos.

Yo seguía contemplando el poster, preguntándole qué había hecho mal para que me abandonara sin siquiera haberse enterado de mi amor por él. Constaté que era el único que sufría su ausencia, porque el Ateneo de las Flores reemprendió sus actividades con otro cicerone.

Años más tarde, a punto de ir a la universidad, cuando desarmaba la habitación de mi niñez, me detuve ante el poster del hombre del mosaico romano. Al descolgarlo descubrí una nota al dorso en la que pude leer: «Te quiero. Mateo.»

© Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Antonio, el que fuera albañil de mi pueblo, con el tiempo pasó a ser el artista más apreciado. Todo lo que se le ocurría lo ejecutaba a la perfección. Trabajo no le faltaba.

Desde hacía unos cuantos años, bien temprano en la mañana, iba a la azotea de su casa. Se sabía que estaba allí por el eco de sus pisadas y por el ruido de las herramientas. Con manos temblorosas miraba el papel arrugado y volvía a ponerlo en el bolsillo. Los niños le saludaban desde la acera de enfrente, pero no los oía, se había vuelto medio sordo desde que se le rompieron las gafas.

¿Para qué tanto esfuerzo? Aquella pregunta fue tan repentina que se dejó llevar por los recuerdos.

Desde niño soñaba con ese período de la historia, con esas siete colinas, con el río Tíber… Nada, eso era hablar por hablar. Lo que en verdad le gustaba era su fotografía. La primera y única vez que salió de viaje fue a Italia, en un trayecto en el que cada noche dormía en una ciudad diferente, diez días, diez ciudades. Pero en una de ellas le llevaron a una domus y vio ese mosaico al que hizo una foto. Ya no hubo ni iglesia, ni basílica, ni foro, ni arco, ni circo que llamara su atención. En aquel instante supo que debía reproducirlo. Tallar las teselas le llevó bastante tiempo. Cuando las tuvo, las dispuso como un puzle dependiendo del tamaño y el dibujo. Ya solo le quedaba un esquinazo para terminar.

Pasaría a la posteridad. Tremenda sorpresa se iban a llevar sus vecinos cuando encontraran aquella maravilla el día que Dios quisiera llevarle a su vera.

Y si…, ¿pidiera permiso a San Pedro? Disfrutaría mucho viéndoles las caras.

© Marieta Alonso

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La lluvia

15 abril, 2024 por Akelarre 2 comentarios

cuentos inspirados en la lluvia

Un paraguas para la lluvia

Abril que sale lloviendo, a mayo llega riendo.
Abril mojado, de panes viene cargado
Abril, para ser abril, ha de tener aguas mil.

Como se puede ver, según estos y otros muchos refranes populares, éste es el mes de las lluvias.

Todos recordamos abundantes aguaceros que nos hacían salir cubiertos con gabardinas, gorros y paraguas, saltar charcos y hasta maldecir a algún coche que nos salpicaba a su paso. Por no hablar de los resbalones que dieron con nuestro cuerpo en el suelo.

Y para conmemorar esos momentos y desear que el comienzo de la primavera nos bendiga no solo con chaparrones, sino con aquellas lloviznas persistentes que nos acompañaban desde el amanecer hasta la noche, a través de los paraguas hemos convocado a las meigas con nuestros escritos para que nos devuelva esa agua que acabe con esta sequía.

En los cuentos de este mes encontramos a una mujer cuya pasión por la lluvia la lleva a ser compradora compulsiva de paraguas; una anciana que recuerda los momentos en que la lluvia formó parte de su vida; la primera cita de una adolescente en otros tiempos y el accidente provocado por una carretera mojada que cambió la vida de tres personas.

Otros tiempos

Cristina Vázquez

El café oriental

Malena Teigeiro

Quinto Mandamiento

Liliana Delucchi

Bajo la lluvia

Marieta Alonso

Otros tiempos

Cristina Vázquez

Para mi amiga Oriente, la memoria que queda

El mes de abril era uno de los preferidos de Ángela porque la acercaba al verano. Esa era su estación preferida. La luz infinita alejaba la noche, los límites a su libertad disminuían y los besos robados de Andrés le chispeaban como un audaz recuerdo.

Durante el año, sólo le había vuelto a ver en un par de ocasiones en las que sus familias se reunieron para un cumpleaños y una paella en el jardín de los padres de Andrés. Ellos se miraban con el recelo de su secreto veraniego y Ángela no podía evitar que le irritara la falta de decisión de ese chico tan rubio y alto, tan guapo y soso, la verdad. No hizo ninguna alusión o guiño a su aventura veraniega, ni tampoco una llamada. Eso le partía el corazón, pero como su familia se enterara que había salido con él, le esperaba un castigo eterno.

—No tienes edad.

Le recriminaba siempre su padre ante cualquier intento de libertad que él llamaba subversión.

—Voy a cumplir dieciséis —le gritó la última vez, lo que le valió un mes encerrada en casa.

Maldito ogro, comentaba con Beatriz, su amiga íntima que también disfrutaba de un padre autoritario, aunque superar al suyo era imposible, confesaba entre lágrimas e ira contenida. ¡Imposible!

Al llegar el mes de abril, se produjo el milagro. Andrés la llamó y quedaron para verse ese sábado. Su amiga iría con Iñigo, otro amor secreto. Demasiado jóvenes para esas tonterías. Demasiado jóvenes para todo, se lamentaban ellas.

Por fin se reunieron con el nerviosismo y la ilusión del momento largamente deseado. No sabían qué hacer y decidieron ir a un cine. La película era Candilejas y la gruesa cortina que separaba la sala de cine de la entrada, le dio en el ojo a Ángela y se le cayó una lentilla, pero no dijo nada, no la iba a encontrar y además jamás confesaría su astigmatismo. La película, que Angela vio desenfocada, les aburrió y decidieron ir a merendar, siempre mirando el reloj, pues las nueve era la hora de vuelta. Al salir caía una manta de agua que no les desanimó a recorrer el camino de vuelta para acercarse lo más posible a casa de Beatriz, donde la iban a recoger.

Llegaron calados a la cafetería y mientras esperaban que se quedara una mesa libre ellas dos fueron al cuarto de baño a intentar secarse sus largas, jóvenes, brillantes melenas en el radiador. ¡Bella a toda costa! Ángela se veía a medias en el espejo por la falta de la lentilla que decidió quitarse. Pese a la nebulosa en la que se quedó, todo menos ponerse las gafas, pudo comprobar el decepcionante resultado de su pelo: húmedo, lacio, sin pizca de volumen.

El transcurrir de la tarde no dio cabida a que hubiera un poco de intimidad, algún momento de recuerdos tiernos, un reconocimiento de los prolongados anocheceres y besos de agosto. Andrés era tímido, no conseguía soltarse y el ruido abrumador de la cafetería no hacía fácil la conversación.

Tras la última ojeada al reloj, salieron a toda prisa otra vez a la lluvia, ahora menos furiosa, y se acercaron con paso ligero a la casa de Beatriz. Al entrar al amplio zaguán vieron que los padres de ellas charlaban amigablemente. No les dio tiempo a que los chicos se fueran, eran épocas en que acompañaban hasta el portal, y se quedaron los cuatro como estatuas.

—Mira quienes vienen —dijo su padre con cierta sorna.

—Nuestras hijas muy bien acompañadas —contestó el de Beatriz con irritación contenida.

Iñigo y Andrés, después de saludar educadamente, desaparecieron como almas que lleva el diablo. Castigadas dos meses sin salir, por desobedientes y mentirosas. Las dos chicas se miraron con la desesperación y el desgarro propio de la juventud y el temor a la severa reprimenda que les iba a caer.

Andrés no volvió a llamar nunca y veinte años después Angela lo reconoció de lejos en un concierto, pero no se saludaron.

Menos mal que esos tiempos habían pasado.

© Cristina Vázquez

El café oriental

Malena Teigeiro

Siempre me gustó la lluvia. Y también los paraguas. Sé escogerlos como nadie. Muchas personas no se dan cuenta de que al adquirir uno están comprando algo que les va a iluminar el rostro. Los compran al tuntún: porque son baratos, porque no pesan, porque es igualito al que lleva esa actriz que tanto le gusta… A veces incluso los compran grises, sin percibir que la luz a través de la tela del paraguas les adelanta el color de la muerte. Por eso los míos siempre son azules, verdosos. A veces incluso rosas.

Otra cosa que me sucede es que nunca me canso de comprarlos. Para mí son tan importantes como el bolso. Tienen que hacer juego con los zapatos, con la gabardina o el impermeable. Incluso tengo uno que fue de mi abuela con el puño de plata. Ese lo guardo para las ocasiones importantes. Sí. Para los entierros, las visitas...

Pero, y a fuer de que me repita, siempre tuve claro que me gusta la lluvia. Quizá sea porque en mi tierra esa agua que el Señor nos manda desde el cielo es una constante que se transforma en la compañera de las comidas. Porque claro, ¡qué íbamos a hacer cuando llueve si no es refugiarnos en un café, en un restaurante y comer!

También me enamora de la lluvia el frescor que alimenta la piel del rostro, los brazos, las piernas, en fin, de todo el cuerpo. Ese frescor es algo inimaginable para los que no conocen su poder.

Luego están los colores. No hay verdes más brillantes en el campo, ni cielos más azules, ni perfumes más intensos que los que nos regala la naturaleza después de una buena jarreada.

¿Y qué se puede decir de la música que arrastran las gotas sobre la seda de un paraguas? De esto último nadie habla. Quizá sea porque las personas corren por la calle huyendo de ella sin intentar escucharla, o porque temen que se les estropeen los zapatos, o que les decolore la ropa. Esas personas siempre me dieron lástima. No saben escuchar su son. No conocen que bailar bajo la lluvia es algo que se acerca a la divinidad. Y lo sé bien porque fue una tarde de lluvia cuando conocí a Yago. Ese día caía fuerte, pero no de manera torrencial. Era una de esas lluvias que no dejan entrar al viento, que no permiten que el calor se vaya. Él corría por los cantones con la vista fija en el suelo. Intentaba no pisar los charcos y al no llevar paraguas se agarraba las puntas del cuello de la gabardina. Parecía que quisiera resguardar la garganta. Y claro, correr así te lleva a tropezar con el que viene por delante. Y esa era yo. El tropezón fue tan fuerte que se le rompieron dos varillas a mi precioso paraguas púrpura. Yo, extasiada ante sus hermosos ojos verdes, reía y él no dejaba de disculparse empeñado en comprarme otro. No quise. Si supiera que lo había comprado en Alemania y que me había costado una fortuna, no lo hubiera entendido. Y como estábamos al lado del café Oriental le dije:

—Déjalo, lo llevaré a arreglar. Pero si de verdad quieres congraciarte conmigo, invítame a una cerveza bien helada —guarecido debajo de mi estrellado paraguas, se quedó quieto mirándome sorprendido.

—¿Bien helada? —susurró con un ligero escalofrío.

—Bueno. Pues si no te parece bien una cerveza bien helada, podrías invitarme a un chocolate con churros.

Coloqué las varillas rotas hacia atrás, y resguardados por mi paraguas, caminamos los cuatro pasos que nos separaban de la terraza del café y nos sentamos al aire libre, debajo del toldo. Era muy bonito ver llover desde allí. El agua que bajaba por la lona caía sobre una fila de veladores arrancando un ruido parecido al que deben tener las cataratas. Pasamos el resto de la tarde entre risas y bromas. Al despedirnos, nos cruzamos los teléfonos y quedamos para otro día.

Poco tiempo después nos casamos sin que yo lograra que me contestara a la pregunta de por qué corría aquella tarde si no tenía prisa alguna, como se demostró luego. Quizá fuera porque no llevaba paraguas.

Ahora soy yo la que no lo utilizo. Cuando llueve levanto el rostro y le agradezco a la lluvia que coloque en él las lágrimas que soy incapaz de derramar desde que Yago falleció atropellado por un automóvil.

A pesar de mi insistencia, nunca usó un paraguas los días de lluvia ni perdió la fea costumbre de levantarse el cuello de la gabardina al correr mirando al suelo.

© Malena Teigeiro

Quinto Mandamiento

Liliana Delucchi

Ese martes Juan no llevaba paraguas. Hubiera querido ser más previsor, pero no lo fue. Sin embargo, se disculpó ante sí mismo: ya lo había sido el día anterior. Al menos eso creía, cuando bajo una lluvia similar hundiera su calzado en el barro para llegar hasta el fondo de la hondonada y regresara a la carretera después de haber limpiado sus huellas.

El camino hasta el tanatorio le resultaba largo; se sacudió el cansancio y respiró profundamente. Antes de abrir la puerta pudo escuchar los murmullos de los rezos y sentir el olor de las flores. ¡Malditas viejas!

¿Dónde estaban cuando la querida Sara se marchitaba junto al que en ese momento yacía en el ataúd?

Su pequeña y dulce Sara. La llamaba su pequeña aunque eran mellizos, seguramente porque en el mundo de esa aldea en que se había criado, por ser el hombre se creía más fuerte. ¿Lo era? Posiblemente no.

Rodeada de mujeres de luto y el bisbiseo de los rezos, su hermana contemplaba el féretro con los ojos secos y las manos cruzadas sobre la falda. Una luz apareció en su mirada cuando Juan cruzó la sala en dirección a ella, una luz de amor…, con un destello de rabia. ¿Lo sabría? Ella era capaz de intuirlo.

La historia comenzó años atrás, en el instituto. Vicente, un ser anodino a quien en esos momentos las comadres del pueblo destinaban sus plegarias, llegó a la comarca con su hablar arrastrado y un tic nervioso en el párpado izquierdo, y al muy estúpido no se le ocurrió nada mejor que enamorarse de Sara. A la chica le dio lástima que fuera tan limitado y lo ayudaba con sus estudios, algo que el tonto confundió con amor, sin darse cuenta de que el corazón de la adolescente se derretía por otro, quien, al parecer, le correspondía.

Sara no era muy guapa, pero sí inteligente y rebosaba donaire. Tenía esa elegancia espontánea en las maneras que seducía a quien se acercara a ella, ya fueran profesores, padres o compañeros.

Llovía el día que, bajo los tilos, Vicente se le declaró y la joven confesó sus sentimientos por otro chico. Entonces, el rechazado cogió su bicicleta y se lanzó camino abajo, lloroso y hundido, sin percatarse de que pendiente más aguacero, más velocidad terminarían en lo que terminó: un accidente que lo dejó cuatro meses en coma. Cuatro meses durante los cuales Sara prácticamente no se separó de su cama, cuatro meses de culpa y plegarias que dieron como resultado que el enfermo despertara, aunque con una dicción peor de la que tenía antes de aquel percance, cojo y con una mano prácticamente inútil.

La carga que supuso para la mujer el resultado de su rechazo la llevó a aceptar casarse con él. Esa unión significó el comienzo de su deterioro. Desaparecieron la luz de sus ojos, su risa y aquel donaire que la caracterizaba.

Juan, incapaz de soportar dicho quebranto, dejó el pueblo y se marchó a la ciudad. Fue un tiempo de liberación para él. Sin embargo, distanciarse de la mediocridad en la que había crecido, no lo alejaba de la necesidad de rescatar a aquella con quien lo compartiera todo.

En sus espaciadas visitas para navidades o cumpleaños veía cómo su melliza se iba marchitando sin remedio, ante un marido dependiente y al que ella trataba como a un niño indefenso. Quizás lo fuera. El pelo sedoso de Sara perdió su brillo, sus uñas necesitaban una manicura y los hombros se le caían con la pesadumbre del desconsuelo.

Juan tenía que tomar cartas en el asunto. A pesar de lo difícil que se le hacía mantener una conversación con su cuñado, lo instó a abandonar su butaca junto a la chimenea y salir a dar un paseo. Semanas después lo convenció para que perdiera el miedo a las bicicletas y fueran juntos a dar una vuelta, y así fue como Vicente volvió a montar en ellas y hasta salir solo. Sara lo veía alejarse a través de la ventana y respiraba profundamente, como si el aire pudiera purificar tanto abatimiento.

Cuando el servicio de emergencias y los paramédicos descubrieron el cadáver de Vicente caído en el barranco, no se percataron de que los frenos habían sido manipulados.

Amparados bajo un paraguas, los hermanos se alejan del cementerio con paso lento. Ella aprieta el brazo de Juan y, por primera vez en mucho tiempo, sonríe.

—Estás empapada. ¿Te llevo a tu casa?

—No. A la peluquería.

© Liliana Delucchi

Bajo la lluvia

Marieta Alonso

No es una milonga lo que les voy a contar o quizás sí. No estoy segura.

Una noche de lluvia me cambió la vida y me vi recorriendo las calles de Buenos Aires, cantando Caminito y subiendo al segundo piso de Corrientes 348. Una noche de lluvia sentí que volvía a tener amores con un millar de pingüinos, que me subía a lomos de una ballena y a punto estuve de llegar a la Antártida. Una noche de lluvia me quedé como un témpano al conocer a Perito, el Moreno. La lluvia, las cataratas me hacen soñar, así que en un triángulo imaginario puse mis pies en Argentina, el brazo derecho en Brasil y el izquierdo en Paraguay y caí en la confluencia de los ríos de Iguazú y Paraná. Mas un día soleado me volvió a cambiar la vida y regresé a España con la certeza de haber conquistado América. Allá dejé a mis mejores amigas incubando jacarandas.

Parece que ha dejado de llover. No. Es un paraguas el que me protege. Tampoco. Estoy bajo los soportales de la plaza Mayor de mi pueblo. Un vecino me dice que lo cierre que abierto, bajo techo, trae mala suerte. Le hago caso por si las moscas. Me gusta ver las nubes corretear, ver cómo caen las gotas, cómo riega las plantas, cómo se la traga la tierra. Me gusta tanto que sin darme cuenta voy hacia ella, en cuestión de segundos quedo empapada y eso que el mismo vecino fue en mi busca y me aconsejó prudencia: puedes coger una pulmonía, resbalar y caer. No tienes edad.

¡Qué lástima! Ya no soy la de antes. Aquella que se metía en todos los charcos y nunca enfermaba. Recuerdo con melancolía aquellos tiempos, el rumor de los chorros cayendo desde los tejados y a las cuatro amigas tomadas de las manos saltando para mojarnos mejor.

© Marieta Alonso

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El pavo real

15 febrero, 2024 por Akelarre 3 comentarios

relatos cortos inspirados en un pavo real
proud peacock revealing his beauty

El pavo real

La simbología del pavo real es larga, ya que su majestuosidad llamó la atención del hombre desde antaño. Aunque se lo asocie con el concepto de vanidad es, en casi todas las culturas, un símbolo solar relacionado con la gloria, la belleza, la sabiduría y la inmortalidad.

Originario de la India, donde es su ave nacional, fue Alejandro Magno quien lo llevó a Occidente junto a su significado simbólico, relacionado con su larga cola de colores y dibujos en forma de ojos que, debido a ese perfil circular y a su brillo, conectan también con el ciclo vital y eterno de la naturaleza.

Los sonidos que produce consisten en graznidos que pueden relacionarse con el maullido de un gato y trompeteos asombrosamente graves.

El engreimiento que se le supone a esta ave ha sido llevado por nuestras cuentistas a un hombre que se vale de su belleza para vivir; a una mujer cuya afectación padece su familia; a una joven que educó a estos pájaros y a un niño a quien salva de la soledad.

Célebre espectáculo

Cristina Vázquez

La cerveza

Malena Teigeiro

El regalo

Liliana Delucchi

Chifladuras de mi abuela

Marieta Alonso

Célebre espectáculo

Cristina Vázquez

A medida que el barco se iba acercando a su destino, el temor por su nueva vida se instaló en Amandina como un pesado collar. Hacía meses que no veía a su marido, con quien se había casado por poderes, y le inquietaba qué podría encontrarse en este alejado país. La dulzura del aire y la pureza de la luz, a medida que se acercaban, le ayudó a aliviar sus temores.

Cuando por fin arribaron, lo buscó entre la muchedumbre. Llevaba años viviendo en ese país tropical, del que le escribía maravillas: su exuberancia, la amabilidad de la gente, la bondad del clima. También le describía animales exóticos y frutas nunca saboreadas en la península. Al no verlo al bajar a tierra, sintió que el imaginario collar que la abrumaba, volvió a colgarse con la fuerza de la desilusión y la incertidumbre. ¿Y si no aparecía? ¿Qué iba a ser de ella?

Mientras esperaba llena de zozobra y baúles a su alrededor, vio acercarse a un hombre delgado, vestido de oscuro que sostenía contra su pecho un sombrero Panamá. Su paso era lento y su mirada baja. Al llegar junto a ella, en voz doliente le preguntó si era la señorita Amandina, la esposa de don Fernando. Ella afirmó que sí y él se presentó como Aurelio Bastarrechea, su socio y hombre de confianza. Amandina, asustada, quiso saber por qué no estaba esperándola. ¿Había sucedido algo? Creía que no, seguro que no, y movió el sombrero para dar énfasis a su respuesta. En una llamada de días atrás, continuó Aurelio, le había pedido que, si no volvía a tiempo, por favor, se ocupara de recogerla e instalarla en la casa.

—Lo siento, señorita —bajó aún más la voz—. Pero hace días que no sabemos nada de él.

Amandina se sentó, más bien se cayó sobre uno de sus baúles, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no romper a llorar. Sin noticias, repitió la joven, como si con la repetición de esa horrible realidad, la pudiera alejar de ella. Sí, sin noticias, afirmó el delgado hombre, además, carraspeó, el lugar donde se encontraba era muy peligroso.

—Lo mejor será que vayamos a casa y así podrá descansar.

Con un inesperado gesto autoritario, Aurelio llamó a unos porteadores para que llevaran su equipaje al coche. Pese a su aturdimiento, Amandina se fijó que tenía unas bonitas manos y unos ojos profundos. Hicieron el trayecto que, aunque a ella se le hizo largo, pudo observar hermosos palmerales y playas de arena blanquísima bañadas por un mar transparente. Como iba en un coche de caballos descubierto disfrutó de los diferentes aromas dulces, penetrantes y el piar de unas aves de brillante y desconocido plumaje. Una cierta calma, gracias a la belleza de lo que le rodeaba, se fue apoderando de ella. Seguro que en poco tiempo estaría de vuelta ¿verdad?, y Aurelio amablemente afirmaba con la cabeza.

Al llegar a la casa, Amandina, pese a su inquietud, no pudo dejar de deslumbrarse ante el inmenso jardín, que luego supo acababa en la ribera de un caudaloso río. Todo estaba en perfecto orden, lleno de flores exóticas de maravillosa fragancia. Oyó un ruido, como si alguien arrastrara con suavidad algo por el suelo, y aparecieron unos hermosos y desconocidos animales que extendían una cola de inigualable belleza.

—¿Qué aves son esas? —preguntó asombrada.

—Pavos reales.

—¿Pavos? No pueden llamarse así, parecen salidos del Paraíso.

Cuenta la leyenda, no sabemos si fue cierta o no, que desde entonces les dieron ese sobrenombre. Fernando no volvió y Amandina se quedó dueña y señora de esa propiedad y otras muchas que recibió en herencia de su fallecido esposo. Con el tiempo y dado el amor que tomó a esos pájaros, los educó para que bailaran desplegando en sucesivo orden, y hasta con gracia, sus hermosas colas. El espectáculo adquirió tal fama que venían de todo el continente a verlos.

Aurelio siguió hasta su muerte siendo su socio, su hombre de confianza y el padre de su larga prole.

© Cristina Vázquez

La cerveza

Malena Teigeiro

Se apretó la pajarita y sin trastocar la perfecta raya, pasó los dedos por el cabello. Aunque se pusiera gomina, sus rizos eran indomables. Con cuidado se quitó una pelusa de la solapa y se miró detenidamente en el espejo. Como si fuera un pavo real hinchó el pecho. ¡Qué lástima que no tengo cola de plumas para abrir!, se dijo sonriente. Se gustaba. Carlos conocía bien su buena planta. Y hoy debía lucirse más que nadie. Hacía ya tres días que Rita lo había dejado. La mujer, que en su tiempo debió haber sido una belleza, estaba ya muy pasadita, por lo que a Carlos hacerle arrumacos y acostarse con ella le daba bastante cosilla. Pero, gracias a Dios, ya se acabó, pensó al separarse del espejo.

Apagó la luz del vestidor, recogió las llaves y se echó una última mirada. Contempló su figura con satisfacción. Por algo le llamaban El Pavo Real, dijo en voz alta al tiempo que colocaba una sonrisa en la boca. Bajó directamente al garaje. Allá al fondo vio su coche, un deportivo regalo de María del Sol, una mejicana anterior a Rita, y del que ya se encontraba un poco harto.

El teatro de la ópera y el casino, fueron buenos sitios para encontrar mujeres adineradas que vivían solas, sobre todo los días en que, como aquel, se inauguraba la temporada. Aunque tenía que reconocer que desde hacía un tiempo ya no era lo mismo. A la ópera, con tal de tener un poco de dinero, iba cualquiera. Y el casino apenas lo pisaban unos ancianos. Otro sitio que le había dado buenos resultados era las barras de los bares de los hoteles de súper lujo. Sin embargo, allí ya solo iban los matrimonios ricachones, las estrellas de cine y gente por el estilo. Madrid, ya no era lo mismo. Incómodo, frunció la frente. Aún así, él no conocía sitio mejor que El Real al que poder ir a trabajar.

Ya en el coche, sin abandonar la sonrisa y con la cabeza bien alta, Carlos iba pensando en que tenía que tener más cuidado. Rita no había resultado lo que parecía. Si bien era cierto que tenía muchísimo dinero, era tacaña como nadie. Le resultaba casi imposible sacarle un paquete de euros, aunque esto en el fondo le hacía gracia. Sí. Le agradaba tener que trabajar con mucha cabeza. Cada noche la hacía disfrutar con técnicas desconocidas para ella, aunque eso era bastante difícil, pues como Rita decía, era una mujer de mucho mundo.

Ahora todo se había acabado, pensó al dejar el coche en el parquin. Eso sí, le cabía el honor de haber sido él quien finalizó esa relación. Sí. Fue él. Le había molestado que le negara el Porsche 911 que tanto deseaba.

—Ya estoy harto de ir en un descapotable. En Madrid, no es nada práctico. En invierno te mueres de frio y en verano el sol te machaca las neuronas —dijo haciéndole una de esas caricias que a ella obnubilaban.

—Lo del frio lo entiendo, lo de las neuronas... Será al que las tenga, cosa que no es tu caso —dijo Rita firmando un cheque por diez mil euros—. Toma Carlos. Cuida bien este dinero, porque en un tiempo no habrá más. Me voy unos meses a Nueva York invitada por mi ex.

Carlos cogió el cheque malhumorado. Esa cantidad a él no le llegaba ni para pasar el mes.

Entró en el Real. Como siempre, con los hombros hacia atrás, y el pecho hinchado como el pavo real que decían que era buscando hembra. Se estrenaba la temporada. El mejor momento para encontrar lo que buscaba. Echó una mirada alrededor. La butaca 6 de la fila 4 estaba ocupada por una morenita y su lado no había ningún caballero.

Carlos sacudió la cabeza. Se sentó en su butaca y esperó al entreacto. En cuanto la vio pasar por su lado, la empujó. Perdona, dijo engolando la voz. Ella se volvió hacia él. No te preocupes, añadió la sonriente mujer mientras sacudía la melena. Ese gesto era como el de Rita.

Pero, ¡cómo se le podía haber olvidado!, se dijo llevándose la mano a la frente. En cuanto entrara en casa tenía que decidir qué iba a hacer con su cadáver. Llevaba ya tres días en el frigorífico, lo que le estaba resultando bastante molesto. Desde entonces no había podido beber esa cerveza que tanto le gustaba tomar con el aperitivo a media mañana.

© Malena Teigeiro

El regalo

Liliana Delucchi

—Tu novia es un poco presumida.

Fueron las palabras de mi madre cuando la conoció. Tiempo después, el día de la pedida, agregó: «Sus padres son agradables, aunque equivocaron el nombre, en vez de Paloma debieron ponerle Pavo Real.»

Hice caso omiso. Su belleza, elegancia y excelente dicción me cautivaron desde la primera vez que la vi…, y me casé con ella.

Si bien me llamaba la atención la cantidad de tiempo que dedicaba a su persona en gimnasios, salones de belleza y compras, mi embeleso cuando aparecía con un nuevo atuendo me hacía sentir el más orgulloso de los hombres.

Con el tiempo descubrí que no solo quería destacar con su físico, sino también con su conversación. ¡Santo Dios! ¿Cómo se puede hablar tanto? La pobre no soportaba dejar de ser un instante el centro de interés y era capaz de interrumpir la disertación sobre filosofía de cualquier erudito para relatar su última tabla de entrenamiento. Por momentos yo sentía vergüenza ajena, pero el día que me armé de coraje para llamar su atención sobre lo inapropiado de esa conducta, terminé durmiendo en la habitación de invitados.

Pensé que las cosas cambiarían cuando quedó embarazada. Y volví a equivocarme. Dijo que sería el primer y último hijo. No pensaba volver a estar gorda tantos meses y, además, afirmó: «La ropa de futura mamá la diseñan monjas de clausura.»

Ni se molestó en elegir el nombre de nuestra hija. La llamé Clara, el nombre de una chica dulce y afable que conocí en mi época de estudiante. La niña no me defraudó, era tal como aquella joven.

Paloma no es lo que se dice maternal. Creo que se sentía humillada ante sus amigas porque nuestra hija no es un bellezón. A veces la veía gorda, otras demasiado flaca; con piernas muy largas o demasiado cortas y el pelo hoy encrespado y mañana lacio.

En cambio yo la veía perfecta. Al regresar del trabajo siempre la encontraba en su habitación, haciendo deberes o leyendo y me encerraba con ella para contarle cuentos o ayudarla con sus estudios. Es muy inteligente. Al cine también íbamos juntos, para Paloma las películas infantiles carecen de glamour.

Por mi parte, me negaba a ver la distancia cada vez mayor entre madre e hija…, aunque quizás decir distancia es quedarse corto. Lo supe el día que llevé a Clara a la casa de mis padres. Cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba del campo, la niña respondió: «Estar lejos de mamá.»

Así fue como empezaron nuestros viajes de fin de semana, los dos solos. Ella adoraba cuando había algún puente, porque nos permitía permanecer más tiempo alejados de nuestro hogar, hasta que una noche, cuando regresábamos de una excursión, me abrazó y dijo que no quería entrar en casa.

—Vámonos, papi, a ella no le va a importar. Cómprale un regalo y ya está.

Entonces recordé el comentario de mi madre y supe qué sería del agrado de mi mujer.

La tarde en que Clara y yo partimos, el pavo real se enseñoreaba por el jardín, con sus hermosas plumas desplegadas y sus sonoros y continuos graznidos.

—Se llevarán de maravilla —dijo mi hija mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Arranca, papá. Ya es hora de irnos.

© Liliana Delucchi

Chifladuras de mi abuela

Marieta Alonso

¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto;
pero el viento sopla y
hace que tiemblen las hojas.
Carson McCullers.

Hoy las puertas cerradas de mi imaginación se abrieron de golpe. Me llegó un recuerdo. Tenía cinco años cuando vi por vez primera una foto de mi abuela con Beltrán, su pavo real, al lado.  Parecía una bruja, una bruja buena, claro; porque en ese mismo instante el viento había deshecho el moño de su larga cabellera entrecana. Fue la persona más querida, la más alegre, la más buena del mundo. Para mí.

Estaba enamorada del viento, de la sensación que deja la brisa al acariciarnos, por eso le gustaba tanto el otoño. Cada día, camino del colegio, recogíamos las hojas caídas, mientras nuestra mascota desplegaba su abanico policromado para hacerse notar. Tan presumido como siempre. Era el momento que la abuela elegía para dar saltitos a su alrededor, cantar y dar gracias a Dios por lo bien que había hecho el mundo, por lo hermoso de la vida, y hasta por los disgustos que nos hacían más fuertes. Yo iba detrás de ella esparciendo al viento las hojas recogidas.

El encanto de esos momentos acababa cuando se oía a alguien decir: ¡Buenos días, doña Edelmira! Y mi abuela volvía a ser esa mujer de cierta edad, fina, atenta y educada.

Durante veinte años estuve a su lado, juntitos los dos, sintiendo su amor y su mano en la mía. Beltrán nos abandonó, se fue a otra dimensión un día de Acción de Gracias. Eso fue lo que contó la abuela.

Me costó empezar a buscar mi nuevo lugar en el mundo sin ella. Pero un día, al abrir la puerta de nuestra casa la brisa penetró de golpe. Fuera, un pavo real abarcaba la acera, el dintel, las jambas con su cola desdoblada y me miraba con esos ojos que van del verde al azul marino, tan parecidos a los de mi querida abuela. Me quedé paralizado hasta que chilló, graznó, y trompeteó, parecía estar pidiendo compañía. Sin darme cuenta, de forma impulsiva, abrí los brazos y la alegría volvió a gobernar en aquella casa.

© Marieta Alonso

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La ópera

15 enero, 2024 por Akelarre 5 comentarios

Cuentos sobre ópera

Un centenario de lujo

Hoy, Nuevo Akelarre Literario lanza sus campanas al vuelo. Y no es para menos, queridos lectores, porque esta es la entrega número 100 de nuestra revista. Durante todo este tiempo hemos intentado (y esperamos haberlo logrado) llevaros a ese mundo mágico que crean las palabras. Y queremos celebrar nuestro centenario con vosotros por todo lo alto con un gran espectáculo: La Ópera.

Si bien sus raíces se encuentran en el teatro griego, la ópera propiamente dicha nació en 1597 en la corte de Florencia como iniciativa de un grupo de eruditos y músicos conocidos como Camerata Fiorentina, y alcanzó su consolidación en la Venecia del XVII, convirtiéndose en una forma de entretenimiento popular que se presentaba en teatros públicos. Se considera que la primera ópera es La Dafne, de Jacopo Peri.

Dicho estilo operístico se extendió por toda Europa. Desde entonces se ha desarrollado de forma paralela a las diversas corrientes musicales que se han sucedido a lo largo del tiempo hasta nuestros días.

Este mes se ha colado en la imaginación de nuestras escritoras con la historia de un tenor cuya pasión por cantar en Alla Scala lo lleva a negociaciones increíbles; un indigente que recuerda su paso por el escenario; una mujer que encuentra la esperanza en un aria y un niño que ama la música por encima de todo.

La foto que ilustra la serie de cuentos de este mes, corresponde a la puesta en escena de Aída en la Arena de Verona.

Y se cayó la luna

Cristina Vázquez

El juramento

Malena Teigeiro

Un epílogo italiano

Liliana Delucchi

Quién es tu hermano

Marieta Alonso

Y se cayó la luna

Cristina Vázquez

A mi amigo Juan, por siempre la música.

Yo vivía cerca del Teatro Real. Madrid era entonces una ciudad más bien pequeña y los chicos jugábamos en la Plaza de Oriente o en las orillas del Manzanares. Casi no había coches y todos los del barrio nos conocíamos.

El señor Anselmo trabajaba de tramoyista en el teatro y como sabía que me gustaba mucho la ópera, cuando no estaba el jefe y tenía ocasión, me avisaba para que fuera a los ensayos. Sobre todo, cuando venía algún tenor conocido como Gayarre o una diva como la Patti. Me acurrucaba tras el escenario desde un sitio en el que podía observar el ir y venir de los del coro, de las bailarinas, de los que ponían el decorado. No llamaba la atención porque como no abultaba mucho, casi podía quedarme disimulado entre los bártulos y las cuerdas con las que subían y bajaban objetos al escenario. Verlos descender volando daba un poco de miedo.

—Cierra la boca, Manuel, que se te van a saltar las muelas —me decía el señor Anselmo cuando pasaba cerca de mí.

Lo que me hacía más feliz era cuando llegaban los artistas. Verlos de cerca, oír sus pruebas de voz antes de entrar en el escenario, observar sus nervios, cómo se transformaban con los trajes, las pelucas, las caras pintadas, los focos del último ensayo… Así iba a ser el estreno, pero con el patio lleno de gente en vez de esa oscuridad que recordaba a una cueva oscura en la que rebotaban sus voces con un eco estremecedor. Esos personajes, para mí inalcanzables, se transformaban en seres humanos con sus manías, a veces discusiones, celos y malos humores.

Volvía a mi casa tarareando algún aria que ya conocía. Iba por la calle alelado, como caminando a varios centímetros del suelo. Si me cruzaba con mi pandilla, me tomaban el pelo. “Ahí viene el angelito cantante, cursi, eres una nena, juega más a la peonza y menos música” me gritaban esas y otras lindezas que, metido en mi mundo, no escuchaba. Como luego era buen alumno, sabía dar puñetazos y ganar competiciones, adquirí un cierto prestigio que impidió me tomaran más el pelo. Además, tenía buena voz, y en el coro del colegio me encargaban los solos y el cura de la parroquia me pagaba un dinero si cantaba en una misa de postín.

Conseguí que un vecino solitario y un poco sordo, don Edelmiro, que tocaba el violín en un bar por las noches, me diera clases de solfeo y música a cambio de que mi madre le lavara y planchara la ropa. No había dinero para más, y eso de la música era muy de señoritos y de capricho, rezongaba mi padre que no llevaba bien esa afición. Nada bueno podía salir de ahí.

Una tarde, el señor Anselmo me dijo que podía ir a la ópera, pero de verdad.

—Nada de ensayos, hoy estrenan Pagliacci y canta Aureliano Pertile —me confesó emocionado—. A mi me gusta mucho, y tú te vienes conmigo.

Él tampoco tenía derecho a ir, pero había encontrado un sitio desde el que podíamos ver lo que pasaba delante y detrás del escenario. Eso sí, continuó con gravedad, no puedes moverte ni chistar. Si nos pillan, se pasó el dedo por el cuello, estaba en la calle.

Entramos por una puerta de empleados y esperamos hasta que llegara el momento en que sonara el aviso de que empezaba el espectáculo De lejos se oía el revuelo de conversaciones y risas. Nos colocamos sigilosos en el lugar designado. Mi emoción me hizo pensar que se me iba a saltar algún botón de la chaqueta o que oirían mis latidos. Todo era parecido, pero diferente. Ver el patio de butacas iluminado, lleno de vida, en el que se notaba el rebullir de la gente, se oía algún carraspeo o unas palabras hasta que salía el director y empezaba a sonar la música. Tuve que cerrar los ojos para que nada me distrajese, para vivir ese momento como algo exclusivo e irrepetible.

Notaba la respiración del señor Anselmo. Ninguno de los dos nos movíamos. Durante el descanso salimos sigilosos para estirar un poco las piernas. En el segundo acto descolgaban una luna iluminada, la luna que todos deseamos contemplar en el cielo. En medio de una sentida aria, se oyó un grito por encima de música y cantante “¡Cuidado! la luna”. El tenor se quedó paralizado y tuvo tiempo de mirar hacia arriba y dar un salto La luna le hubiera hecho papilla o por lo menos un buen descalabro. Hubo gritos, el estruendo del astro sobre el escenario enmudeció la orquesta, la gente se puso en pie. Pasados unos minutos del susto y de la sorpresa, se reanudó la obra.

Al acabar, el artista quiso saber quién había gritado. Nadie aparecía. Los dos estábamos escondidos sin atrevernos a dar un paso, hasta que Anselmo me animó:

—Vete ahora mismo al camerino. Es tu oportunidad. Si me echan que me echen.

Y así fue, llamé a la puerta, salió un ayudante y me invitó con rudeza a que me fuera, pero tuve el ánimo de decir.

—El que ha gritado soy yo.

El tenor dio un alarido, que pasara por favor, era su salvador . Al ver que era un mocoso se quedó sorprendido y me abrazó. Olí una mezcla de sudor, maquillaje y otros olores inclasificables contra el orondo pecho del hombre.

—Caro, pídeme lo que quieras —me dijo en un español suave—. Te debo la vida.

—Aprender música, señor.

© Cristina Vázquez

El juramento

Malena Teigeiro

Cuando estaba entonando el último Vincerò, la ópera de Puccini que tanto admiraba, vio que en el lateral del escenario lo esperaba su amigo. Ya es el día, se dijo sin dejar de advertir la sonrisa en el rostro del otro. En ese instante sintió que algo le subía a la boca interrumpiendo su canto. Era un vómito de sangre. Según caía al suelo, Marcello escuchaba el grito de horror del público puesto en pie. Apenas dos horas más tarde, el tenor había fallecido. Solo tenía cincuenta años.

Al niño que cuidaba el ganado de sus padres por las colinas de La Puglia le gustaba cantar. Según decían, su voz, dulce y melodiosa, enamoraba a las ovejas que se arremolinaban a su alrededor. Cuando escuchan sus gorgoritos, están tranquilas, afirmaban los dueños de la borregada. Pasaron los años, y en contra a lo que el párroco de su aldea creyó, la voz del joven era cada día más fuerte, más dulce, más hermosa, por lo que don Giulio decidió que, a cambio de darle clases de música, Marcello cantaría en su iglesia.

Una tarde retransmitieron por televisión Turandot. Era el estreno de la temporada de ópera en el teatro alla Scalla de Milán. El chico se quedó pasmado delante del viejo aparato. Eso era lo que él deseaba. Quería ser como aquel que en el escenario interpretaba al príncipe Calaf. Él quería cantar aquel Vincerò como ese de la televisión. Después de hablarlo con sus padres, y aunque estos no estuvieran de acuerdo, Marcello se dirigió a Milán. Él creía que en cuanto entrara en el teatro y lo escucharan, casi le rogarían que cantara para ellos.

Al encontrarse en aquella inmensa ciudad, sin montañas ni campos, Marcello entendió que lo primero que tenía que hacer era buscar un trabajo. En la misma estación, vio un cartel pidiendo barrenderos. En cuanto el jefe de esto lo vio, le gritó: Tú, ven aquí. Servirá seguro, comentó volviéndose hacia su compañero.

Esa mañana, ayudado por Luigi, otro joven barrendero que le explicaba dónde y cómo tenía que hacerlo, Marcello comenzó a trabajar en aquella estación que siempre se encontraba llena de gente. En sus ratos libres intentaba acercarse alla Scalla. Pero, quizá por su aspecto de campesino o tal vez su torpeza al dirigirse a la gente, el caso fue que en aquella grande y hermosa ciudad, a él no lo escuchaba nadie, ni siquiera para indicarle el camino hacia el teatro de la ópera. Después, volvía a la estación, en donde pasaba la noche durmiendo en un banco.

 En cuanto cobró el primer sueldo el joven le alquiló una habitación a la madre de Luigi. En aquella casa el muchacho volvió a ser casi feliz, y si no lo era del todo fue porque no podía cantar, cosa que necesitaba para vivir.

En la estación hacía un frio helador. La niebla, espesa, húmeda y sucia, lo envolvía todo. Marcelo barría los andenes pensando que lo mejor era volver a La Puglia, y olvidarse de su deseo de entonar sus óperas. Una noche más, sentado en un banco de la plaza frente al teatro, arropado por las sombras, admiraba la iluminada fachada, la entrada de los hombres de etiqueta y las hermosísimas mujeres vestidas de seda, a las que escuchaba reír. A partir de aquella, una noche tras otras, hiciera frío o calor, Marcello esperaba allí sentado hasta verlas salir. Entonces su sentimiento comenzó a ser diferente: Ya no los veía reír, sino que le parecían emocionados por lo que acababan de escuchar.

La noche que acudió a la plaza para despedirse de sus sueños, un joven, casi de su edad, se sentó a su lado. Después de presentarse, el muchacho de ojos enfebrecidos, le susurró que si le prometía quedarse para siempre con él, le ayudaría a triunfar con su voz allí, y señaló con el dedo el edificio de alla Scalla. Marcello cerró los ojos y recordó el interior del teatro que había visto en la televisión. Vio las escalinatas, los dorados palcos y las butacas de terciopelo rojo. Se vio allí, sobre el escenario, recibiendo los aplausos de un público puesto en pie. Se volvió hacia el joven. ¿Qué tenía que hacer?, preguntó ansioso. Nada, solo jurarme que a los cincuenta años te vendrás para siempre conmigo. Marcello se levantó. Estiró el brazo y le dio la mano al tiempo que decía: «Hecho.»

© Malena Teigeiro

Un epílogo italiano

Liliana Delucchi

Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.

No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.

Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.

Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.

No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.

Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.

Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.

Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.

La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.

Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.

Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.

—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

© Liliana Delucchi

Quién es tu hermano

Marieta Alonso

El mendigo de nuestro barrio lee a Kant en alemán. Desde hace seis meses se sienta cada día en la acera, en la misma esquina en la que está nuestro pequeño local en el que se puede encontrar de todo: frutas, latas, productos latinos...

Al final del día, cuando el crepúsculo se hace notar, mi marido y yo le damos algún plátano muy maduro con un vaso de leche. No podemos hacer grandes despilfarros, pero el que da lo que tiene… Entonces, ese hombre, tan educado que no habla español, que aparenta unos setenta años inclina su cabeza, pone la mano en el corazón y dice: «Gracias», con un acento atroz que cuesta entender.

Un día le pedimos que ayudara a descargar la camioneta, y a pesar de la barrera del idioma, nos entendió. A la semana barría desde la puerta de la tienda hasta la calzada, tan minucioso que sacaba las colillas de las grietas; luego comenzó a colocarnos la mercancía en forma de figuras geométricas, como si fuera un supermercado de alta alcurnia.

Decidimos llevar una tartera también para él, a ver si perdía la palidez… Y comía con nosotros arroz, frijoles, carne ripiada; también le dimos ropa limpia de mi marido, eran más o menos de la misma talla. Se hicieron buenos amigos, tanto que una mañana, antes de abrir el local, se cortaron el pelo uno al otro con una tijera algo oxidada. Hablaban por señas hasta que, poco a poco, al principio, y luego a una velocidad abrumadora, fue aprendiendo nuestro idioma.

La mirada de desolación se fue borrando de sus ojos. No pasó mucho tiempo para que le llamásemos Gabriel, lo más parecido al nombre que pronunciaba. Y llegaron las confidencias.

Resultó ser tenor allá en Ljubljana, ese nombre tan difícil de escribir que significa algo tan bonito como «Amada», la ciudad más poblada de Eslovenia. A través de sus recuerdos paseamos por la Plaza Presernov, fuimos a la ciudad vieja a través del Puente Triple llamado Tromostovje. Tromo ¿qué? Y nos lo tuvo que escribir en un papel algo grasiento. Subimos al Castillo, que tiene forma pentagonal, desde cuyos bastiones se contempla una bonita panorámica de la ciudad y de Los Alpes. Rezamos en la Catedral de San Nicolás donde en sus muros laterales hay lápidas funerarias romanas, medievales y barrocas, así como una Piedad. Y cuando nos iba a hablar del edificio de la Filarmónica y del Teatro Nacional de Ópera y Ballet, se echó a llorar.

© Marieta Alonso

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Setas

15 noviembre, 2023 por Akelarre 2 comentarios

cuentos sobre setas

Setas

Robert Graves concluyó a través de sus estudios sobre mitología y hábitos culturales que había países micófilos (amantes de los hongos) y micófóbos (enemigos de los hongos). Esta filiación o aversión, surgía, en la mayoría de los casos, por el uso religioso que de ellos se hacía.

En la Península Ibérica la búsqueda de hongos es una actividad muy popular. Los recolectores a menudo ocultan el lugar de recogida para evitar que otros saqueen la zona con el fin de obtener beneficios económicos.

Al igual que los secretos sobre los lugares de pesca, las áreas de recogida de hongos solo pueden ser compartidas entre amigos cercanos que esperan que todos sean discretos.

Las setas han alucinado a nuestras cuentistas. En el primer cuento se utiliza el poder de los hongos para proteger a quien se ama, en otro, éstas consiguen trastornar a todo un pueblo. El tercero narra las peripecias de una mujer que detesta cocinar, y el último advierte del peligro de un piscolabis.

La casucha

Cristina Vázquez

El bosque de los níscalos

Malena Teigeiro

El concurso de tapas

Liliana Delucchi

Devorado por un seta

Marieta Alonso

La casucha

Cristina Vázquez

El tiempo que pasábamos en la casa de la sierra fue haciéndose cada vez más frecuente. En cuanto había un puente como el de octubre, los de mayo o el de los difuntos en noviembre, para allá que nos mandaban. También íbamos en cuanto acababa el colegio. Ese mes nos instalábamos con nuestra madre que iba y venía a Madrid.

La casa se llamaba La Casucha y era una pequeña construcción de piedra con un mirador cerrado por largas ventanas y un jardín medio salvaje. La mujer que había cuidado a nuestra madre cuando era pequeña era de ese pueblo y luego se quedó de guardesa. Se llamaba Valentina y a mis dos hermanos y a mí nos daba miedo.

—Es una bruja que se ha escapado de un cuento —aseguraba mi hermano José en un tono atemorizado.

Era una mujer encorvada, pero no porque fuera gibosa sino como si le costara enderezarse de la cintura para arriba. Luego entendí que había sido por cargar más peso del debido a lo largo de su vida. Siempre iba vestida de negro con un delantal de rayas grises, el escaso pelo, también negro, recogido en un minúsculo moño y le faltaban dos dedos y varios dientes.

A mi madre le decía ternezas que solo le oíamos con ella. Cuando llegaba a la casa se fundían en un cálido y prolongado abrazo. A nosotros nos daba un exiguo beso en la cabeza, gesto que agradecíamos, pues ninguno de los tres hermanos conseguimos evitar la repugnancia que nos producía esa adusta mujer.

—Mamá, por favor, no nos dejes solos con Valentina, nos da miedo —le suplicábamos indefectiblemente cuando se preparaba para marcharse.

—No os dejaría nunca con nadie que no fuera de mi total confianza —nos contestaba con una lejana sonrisa.

Nuestro padre se había muerto hacía un par de años y los tres íbamos olvidando sus rasgos, su voz y su presencia, aunque estuviera poco en casa. También olvidábamos las agrías discusiones que tenían, que habitualmente terminaban con un portazo. Pasaban varios días, incluso a veces un mes en el que él no aparecía lo que generaba una agradable tranquilidad. A veces, en estos casos nos íbamos a La Casucha, propiedad de mi madre, donde ella se renovaba y salía de esa oscura tristeza en la que se encerraba. En esos días era cuando yo oía a Valentina susurrarle palabras de ánimo, que no se preocupara, pobrecita mía, se merecía una vida mejor. Todo tenía solución. Cuando quisiera su Valentina se ocuparía.

Nos gustaba ir a pasear al bosque al que se accedía por una puerta herrumbrosa al fondo del jardín. Ese era un momento feliz, imaginábamos aventuras, el olor intenso de la tierra mojada, el ruido de los animalitos que se alejaban… Para mí fue siempre un lugar al que volver, aunque fuera en mi mente, cuando quería recuperar el bienestar y una sensación de orden, de que todo está bien.

Al ir después de las primeras lluvias buscábamos níscalos debajo de los pinares, conscientes de la prohibición de que no tocáramos ningún otro tipo de seta.

—Las hay muy venenosas —nos aseguraba Valentina—. Y no os separéis de mí, que por aquí anda la raposa.

Era el único mal recuerdo que tengo de ese bosque. Una mañana encontramos cerca de un grupo precioso de setas que parecían de caramelo, un animalito muerto.

—¿No os lo decía yo?, ese bicho se ha muerto por comer estas setas —nos las señaló con su mano sin dedos—. Andaros con ojo, no se os ocurra ni acercaros.

Cuando volvimos a los dos días no quedaba ni una seta y el caldo que hervía en la cocina despedía un olor agrío e intenso. Valentina nos echó de la cocina, no era sitio para niños, y jugueteó con una escoba como si nos echara a escobazos. Casi fue la única vez que recuerdo reírme con ella. Nos prohibió entrar durante toda la tarde, hasta que apagó el fuego.

A los pocos días de marcharse, nuestra volvió a buscarnos vestida de luto y con una cara rara; yo nunca se la había visto así antes, hinchada, ojerosa y una leve sonrisa en los labios.

—Siento deciros que vuestro padre ha muerto —nos abrazó con una ternura que yo tenía olvidada.

© Cristina Vázquez

El bosque de los níscalos

Malena Teigeiro

En nuestro bosque nunca crecieron los níscalos. Nunca, decía Berta con el dedo en alto. Sin embargo, aquel año en medio de la hojarasca y sin la protección de árbol alguno, apareció una especie de ramillete de preciosas setas naranjas. Sí. Sólo uno. Y allí sigue. Fresco, altivo, como si la luna por la noche lo hiciera renacer. Llegaron a tener una altura rara, porque ¿era o no muy raro que unas setas crecieran algo más de medio metro? Y lo más curioso fue que no parecía que pensaran dejar de hacerlo. Y claro, la noticia comenzó a correr. Como nadie quería quedarse sin verlos, los vecinos se acercaban al bosque. Ante tantas visitas el alcalde tuvo que poner un guardia para que nadie arrancara aquellos altivos níscalos. Luego llegaron los comentarios, las preguntas, el interés por conocer el motivo de lo que estaba ocurriendo. ¿Es que nadie se acordaba de que hacía años había desaparecido la hija de… ¿De quién?, interrumpió Daniela a Berta. Sí. Sí, corroboró Julieta. Ahora lo recordaba. Había desaparecido una jovencita, casi una niña. Pero, ¿de qué familia era? El guardia la miró. Su voz sonó muy ronca, más bien aguardentosa cuando dijo que no fue una niña. Era una señorita. Y no era la hija de nadie del pueblo, al menos que él supiera.

Aquella tarde hubo junta en el Ayuntamiento. Si los níscalos seguían creciendo en aquella medida, pronto serían mucho más altos que los árboles, dijo el alcalde. El secretario lo miró y rascándose el cogote susurró que si eso sucedía tendrían un problema. O no, añadió el concejal de Agricultura. Dénse cuenta que seremos el único pueblo de España, que digo de España, de Europa, del mundo, con un bosque de níscalos gigantes. El alcalde lo miraba soñoliento. Esa noche no había podido dormir con el dichoso problema rondándole la cabeza.

Mientras tanto, en el bosque, el guardia seguía hablando de aquella señorita que nunca nadie vio y como nunca nadie la vio nadie supo quién era ni de donde había llegado. Pues si nadie la vio, ni se supo que hubiera llegado, ni nadie la echó en falta, gritó Outilio, no sé por qué hablamos de ella. Conchita lo miró de arriba abajo. Luego, añadió que si no recordaba que desde que aquella mujer, a la que nadie vio, anduvo por allí sucedían cosas raras. Cierto. Cierto, aseveró Maruja. Se acercó al guardia y con los brazos en jarra le gritó que la vaca de su sobrina por aquel entonces parió una ternera con dos cabezas, y que al hijo de la Ramona las gallinas le ponían los huevos con la yema verde. Por no hablar del marido de la Antonia, al que en vez de pelo le estaban creciendo algas por las orejas.

Y mientras sus munícipes en el salón de plenos del Ayuntamiento continuaban llenando imaginarias arcas con el dinero que iban a obtener mostrando el bosque de níscalos, los curiosos vecinos que se acercaban para verlos, se iban quedando encerrados en medio de sus tallos altos, dorados, fríos, húmedos.

Ya apenas conseguían traspasar los rayos de sol la frondosidad de setas, cuando Luis, mirando hacia arriba, gritó que lo que estaba ocurriendo era como consecuencia de la magia de la joven que nunca nadie vio. Cierto, susurró Ramón. Y esa magia nos va a llevar a la ruina. Y de pronto, Conchita, alzando los brazos al cielo, dijo que si ellos opinaban como ella, que el fenómeno de las setas era porque crecían sobre la tumba de la desaparecida que nunca nadie vio, ¿por qué no enterraban también junto a ella, allí mismo, entre los níscalos, y señalaba vehementemente el suelo, a la vaca envenenada? Los cansados vecinos que en ese momento se encontraban sentados en el suelo junto al guardia y rodeados por los altísimos tallos, la miraron sorprendidos. ¿De qué vaca envenenada hablaba? De la que traía consigo la joven que nunca nadie vio. ¡Ah, esa! ¿Pero quién dijo que la joven tiraba de una vaca envenenada? Porque si era así, volvió a decir Ramón, y nadie vio a la vaca ni a la muchacha, tendrían que comenzar a pensar que no era una joven ni una bruja, sino el espíritu de cualquier maldad.

Y sin más, se levantaron. Agarrados de la mano, fueron formando un corro que iba encerrando los troncos de las setas. Conchita comenzó a tararear una canción y como si estuvieran en la alameda la noche del santo patrón, todos comenzaron a bailar alrededor de los troncos abriendo entre la raíces de las setas agujeros negros, malolientes, hasta conseguir excavar un profundo y húmedo pozo. Cuando juzgaron que era lo suficientemente hondo, se pusieron de rodillas. Elevando las manos por encima de sus cabezas como si fueran coronas, hicieron un conjuro invocando a la vaca envenenada. Poco a poco, entre una nube de humo, se fue dibujando la figura de una vaca negra, alta, de gruesa barriga y ubres llenas de leche que, como si fueran surtidores, la derramaban. Y aquel líquido amarillo, casi verde, al mezclarse con la tierra se volvió azufre, que al acercarse a los troncos de las setas los convertía en negras lajas de carbón. Aterrados, algunos con quemaduras importantes, los vecinos, dirigidos por el guardia, treparon por las paredes del pozo hasta conseguir salir. Luego, perseguidos por el fuego, corrieron hasta dejar atrás al último árbol. Desde allí, vieron acercarse a la comitiva municipal que, precedida por la banda de trompetas y tambores, anunciaba que habían encontrado la manera de hacerse ricos con las visitas al bosque de níscalos, único de su especie en el mundo. La Corporación municipal iba pertrechada de sierras y hachas. En la última reunión de la Casa Consistorial, habían decidido talar todos los árboles para que pudiera crecer a gusto el nuevo bosque de Níscalos.

Los munícipes tan solo pudieron ver el fuego fatuo que quemaba los troncos que crecían sobre la tumba de la joven que nunca nadie vio así como escuchar entre el crepitar de las llamas el triste mugido de la vaca de la leche envenenada y que, al arder, las hojas de los antiguos castaños se iban convirtiendo en finas capas de negras lajas de pizarra, que poco a poco iban cubriendo la montaña, los campos, los bosques y los espíritus de los que habían habitado aquella aldea de la que nunca nadie supo ni tampoco nadie vio.

© Malena Teigeiro

El concurso de tapas

Liliana Delucchi

A mis amigos de San Lorenzo

El coche avanza por el camino arbolado con una lentitud que permite a Elisa disfrutar de los colores del otoño. El verde que se desvanece, transformándose en amarillos y ocres, los charcos originados por la lluvia del día anterior y, a lo lejos, recortándose contra esa mágica naturaleza, la silueta de las casas del pueblo. Ama ese lugar en el que transcurrió buena parte de su vida, no así la «fiesta» que le espera.

No recuerda cuándo empezó la tradición ni de quién fue la idea, solo que teme la llegada del mes de noviembre. Cuando empieza la época de las setas, el grupo de amigos se vuelca en el recorrido por el bosque en busca de hongos. Ella saborea del paseo, del ruido silencioso de los árboles, de las risas y de alguna voz alegre que ha encontrado un buen ejemplar. Lo que detesta es el regreso a casa para prepararlos.

Hace tiempo a alguien se le ocurrió organizar un concurso de tapas. Todos los vecinos deben participar y preparar algo original, sabroso y con buena presentación. Un jurado dictamina quién es el ganador, al que se le entrega un cucharón de madera que va pasando de uno a otro, año tras año.

A Elisa no le gusta cocinar y detesta las competiciones. Ni siquiera practica deporte alguno y se aburre terriblemente cuando una conservación versa sobre ellos. Durante años hizo trampa: Virginia, su fiel cocinera, las creaba y ella las presentaba, pero la noble mujer se jubiló el pasado verano y ya no confía en nadie que no sólo las prepare, sino que mantenga la boca cerrada. Ese secreto ni se lo confió a Jesús, su marido.

Pobre Jesús, desde su retiro del banco parece distraído, ni siquiera se anima con la pintura que antes le gustaba tanto. Lo recuerda en la casa del pueblo, ataviado con un delantal y sombrero frente a un lienzo, captando los colores y las formas de ese paisaje maravilloso que se extiende frente a él. Ya no es el de antes.

Fue en ese mismo coche, cuando ella se dio cuenta de que empezaba una nueva etapa. Se habían detenido ante el hotel donde se celebraría la junta de accionistas, esa en la que su marido pasaría el testigo a otro en calidad de presidente. Lo vio descender con paso lento y pesado. Elisa cerró los ojos y se quedó en el vehículo unos minutos en tanto se enfundaba los guantes y arreglaba el pañuelo alrededor del cuello.

Mientras siguen adelante por el camino de los nogales, ella le aprieta la mano. Él sonríe. Ya han llegado a la casa y el hombre pregunta:

—¿Cuándo vamos a ir a recoger setas?

—Han quedado pasado mañana, nos levantaremos temprano.

No sabe cómo librarse del concurso posterior. ¿Me pongo enferma? ¿Tengo que volver a la ciudad por un tema importante? Nadie lo creería.

El día del concurso se levanta a las siete. De pronto, oye ruido en la cocina…, no puede ser la asistenta, es demasiado temprano. Incrédula, ve a Jesús enfundado en un mandil rodeado de setas, hortalizas, masa de hojaldre y un montón de cosas más.

Él se da la vuelta, con mirada pícara se acerca a su mujer y le dice:

—Hace años que lo sé. Descubrí a Virginia preparando tus tapas y no tuvo más remedio que contármelo. —Revuelve la cebolla para que no se queme, —y ahora, como tengo tiempo de sobra, investigo sobre cocina para liberarte de esto que sé que para ti es una tortura.

—Pensé que pasarías el día pintando —contesta ella abrazándolo por detrás.

—Eso más tarde. De momento tengo que mantener tu secreto —arregla un mechón de pelo de la mujer—. Ya eres demasiado perfecta, no necesitas también saber cocinar. Además, he leído en alguna parte que la familia es la esencia del deber ante Dios.

No ganaron el concurso, pero eso ¿a quién le importa?

© Liliana Delucchi

Devorado por un seta

Marieta Alonso

Un hongo, como diría mi abuela.

Aquella mañana de noviembre amaneció lluviosa y a cada rato miraba por la ventana esperando la hora de salida para ir a mi rutina de siempre.

La hora del aperitivo debería ser sagrada. Sería buena idea, me dije, recoger firmas, llevarlas al Congreso, y presentarlas como un proyecto de Ley: La Importancia del Piscolabis.

Me acerqué a la tasca de la esquina donde el camarero, amigo mío, sin preguntar siquiera, me trajo mi ración de champiñones al ajillo, una cesta de pan y una cervecita helada.

Cerré los ojos, y al llevarme el tenedor a la boca sentí un cosquilleo en los párpados. Mi abuela, que lleva años criando malvas, apareció con su sonrisa de siempre y me recordó que las setas son apocalípticas, que unas son comestibles y otras venenosas… Incluso existían varias —y me señalaba con el índice— con efectos psicoactivos.

Decía que otras estaban cargadas de un poder sobrenatural, y en las noches de luna llena, las hadas, brujas, duendes y elfos acostumbraban a reunirse en silencio, danzando en círculos y entonando cánticos para atraer a los sapos de las charcas.

Y poniendo una voz misteriosa añadía que, al amanecer, allí donde estuviera sentado un sapo nacería una seta. Si el sapo era maligno brotaría una venenosa y si era bondadoso, comestible.

A lo lejos oí la voz de mi amigo el camarero que preguntaba si me sentía bien. No pude contestar. Mi boca había desaparecido, pero mi abuela seguía diciendo que estos pequeños seres vivos, de formas y colores llamativos, generaban sentimientos de miedo, respeto y admiración. Podían ser una peligrosa vía hacia la muerte o cura de enfermedades.

Yo no entro ni salgo en esas teorías, lo que sí sé es que de pronto me vi en un hospital asaeteado como un san Sebastián de sueros, tubos por boca y nariz, jeringuillas, vías…, y no sé si logré terminarme el aperitivo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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