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Mosaico romano

15 septiembre, 2024 por Akelarre 4 comentarios

mosaico romano

Mosaico romano

Cuando los romanos fueron conquistando las regiones de Asia Menor y Grecia a lo largo del siglo II A.C., la obra de mosaico era ya común en todo ese mundo. Este arte traspasó con facilidad la ciudad de las siete colinas, comenzando así un género artístico-industrial del que hicieron una verdadera especialidad. Se extendió de tal forma que puede decirse que no hubo casa o villa donde no los hubiera.

Al principio se hacían para decorar los techos o las paredes y pocas veces los suelos porque se temía que no ofrecieran suficiente resistencia. Pero más tarde, cuando llegó a la perfección, descubrieron que se podía pisar sin riesgo y comenzó la moda de hacer pavimentos de lujo. Eran para ellos como una alfombra persa.

Hay que destacar los de la ciudad de Rávena del siglo VI, que nos dan una idea de la perfección alcanzada y que han sido considerados Patrimonio de la Humanidad.

Para las escritoras de Nuevo Akelarre han servido de inspiración para situar historias familiares, de amor o de un sueño cumplido.

Herencia

Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Herencia

Cristina Vázquez

En la casa de mi abuelo el misterio se colaba por todos lados. Había una sucesión de amplias estancias, en las que apenas entraba la luz, llenas de muebles tapados con sábanas que nos asustaban por su aspecto fantasmal. A pesar de ello, era uno de los lugares favoritos para jugar a tinieblas o al escondite. En el sótano había un taller en el que durante la semana trabajaban artesanos haciendo copias de vasijas y esculturas clásicas que luego vendían. Nunca pretendió que se consideraran auténticas ya que llevaban la firma con su nombre: Augusto. Eran obras de reconocido prestigio con mucha demanda en el mercado.

Los fines de semana con él o las temporadas de verano que nuestros padres nos aparcaban allí a mis dos hermanos y a los tres primos, éramos felices. Nos sentíamos libres descubriendo sitios nuevos en esa inabarcable casa, casi un palacio, y en el gran jardín que la rodeaba. Todo ofrecía novedad y misterio. Teníamos, eso sí, que cumplir férreamente los horarios impuestos, la misa diaria en la capilla y por las tardes, dos horas dedicadas a manualidades en el taller.

—Tener las manos y la cabeza ocupadas en algo creativo salva de muchas tristezas —nos repetía mientras vigilaba cómo realizábamos las tareas impuestas.

Nos iba probando en los distintos menesteres: modelar barro, cocerlo y pintarlo. Crear pequeñas esculturas, pintar guirnaldas, preparar teselas y componer mosaicos a nuestro gusto. Él se paseaba de un lado a otro observando cómo desarrollábamos el trabajo indicado y nos corregía y enseñaba. Era un hombre alto, delgado y apuesto, vestido con una anticuada corrección y pese a que su aspecto asustaba un poco a los desconocidos, con nosotros era amable y exigente a la vez.

Lo que más me gustaba hacer eran los mosaicos. Ir juntando los colores y ver como de esos montones confusos surgía una escena, un animal, un paisaje me llenaba de excitación y contento. Al ver que tenía una auténtica afición y aptitud para hacerlo me fue mostrando modelos cada vez más complicados, hasta llegar a una maestría que mi abuelo consideró ya se podían vender mis obras.

—Eres una artista, querida niña —vi en sus ojos emoción y orgullo.

Un día, yo tenía ya casi veinte años, me llamó para decirme si no me importaría ir a verle lo antes posible, pero después de las seis que era cuando se marchaban los artesanos. Al día siguiente, llena de curiosidad, me acerqué a su casa que estaba a las afueras. Me resultaba extraño estar entre semana él y yo solos en la casa tan vacía. Me esperaba en su despacho lleno de antigüedades: piezas de cristal, de cerámica, figuras primitivas… Adoraba ese santuario al que habitualmente no nos dejaba entrar. Al verme, se levantó con cierta rigidez y se acercó sonriente.

—Mi nieta preferida —era una antigua broma entre nosotros—. ¿Por qué lo serás?

—Porque soy la única chica, abuelo.

Nos observamos un momento antes de abrazarnos. Noté que algo se había vuelto frágil en él. Estaba más delgado, tuve la certeza de que podía descifrar su imponente osamenta. Observé un ligero temblor en las manos al quitarse las gafas y eso me inquietó. Que me sentara en el sillón frente al suyo, me indicó con cortesía.

—Tengo una importante propuesta que hacerte —su voz era seria—. No estás obligada a aceptarla.

Sentí que las mejillas se me enrojecían, siempre que algo me emociona me pongo del color de la grana. Lo odio, pero no lo puedo remediar. Podía tener consecuencias y no todas buenas, desde luego. Entonces tuve un sobresalto y cierto temor. No podía imaginarme nada peligroso en su vida o que proviniera de él.

—No me asustes, abuelo.

—No lo pretendo, pero tienes que ser consciente de la decisión que puedes o no tomar.

Le adoraba. Para mí representaba el modelo de persona y de hombre que esperaba encontrar alguna vez. Siempre correcto, ingenioso, elegante, un caballero clásico y encantador.

—Adelante —contesté heroica—. Veamos de qué se trata.

Se levantó apoyándose en los brazos del sillón y cuando alcanzó su estatura, estirándose la chaqueta, me dijo solemne que le siguiera. En una de las paredes de su despacho, cubiertas por librerías, apartó un tomo de la Divina Comedia y apretó un resorte que hizo que esta se deslizara hacia un lado. Se abría a un pasadizo estrecho que iluminó con la linterna y después de dar diez pasos, se giró hacia mí, que no lo olvidara son diez pasos exactos. Tocó la pared y se abrió una puerta hacia una estancia cerrada. Enseguida encendió una luz pequeña, como de emergencia y me pidió que abriera las contraventanas. La luz entró y descubrí la maravilla que ahí se encerraba.

—Este es mi museo particular —hizo un amplio gesto con la mano—. Todo es auténtico.

Recorrimos juntos el increíble lugar mientras él explicaba qué y de dónde era cada obra. Todo era legal, aclaró, lo había encontrado aquí y allá en sus viajes de hacía mucho tiempo y antes los Estados eran más libres, no fiscalizaban tanto. Por fin llegamos frente a un mosaico que representaba la cabeza de un joven. Me quedé boquiabierta.

—¡Qué belleza!, abuelo —me acerqué a él—. Y el chico… Es igual a mi hermano Andrea.

No pude contener las lágrimas. Parecía que el tiempo se había detenido en esa hermosa cabeza para revelarse ante nosostros dos mil años después.

—Quiero que lo copies —me sujetó la cara por la barbilla—. Solo puedo confiar en ti.

Se giró lentamente. Todo esto lo iba a donar al Museo, todo menos el mosaico.

—Quiero que sea para ti y entregaré la copia —me miró largamente con los ojos algo desvaídos.

Si descubrían que era falso, podía tener desagradables consecuencias, pero confiaba en la perfección de mi trabajo.

—Es mi deseo y mi herencia, porque estará en las únicas manos que lo merecen.

© Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

La casa donde yo veraneaba pertenecía a la familia de mi abuelo desde siempre. Nadie era capaz de decir desde que siglo la poseían. Era tan antigua que, según él, había sido construida por los romanos. Y también contaba que fue mi abuela Encarna quien la renovó. La señora debió ser un tanto peculiar. Según ella, Encarna, era un nombre de aldeana, viejo, y nada atractivo. Al parecer le molestaba tanto que decidió que todos la llamaran Zelda. Ese apodo que le gustaba tanto había pertenecido a una escritora norteamericana de los años veinte, quien, al parecer, allí por donde pasaba la armaba parda. Y, además de a la escritora, había pertenecido a mujeres guerreras con gran personalidad, como la de ella, decía señalándose el pecho con un dedo. Como puede ver la humildad no era su fuerte. Pues volviendo a lo que le contaba, mi abuela odiaba todo lo que fuera viejo, antiguo. Porque en España, decía, lo antiguo es horroroso, cosa que no sucede en Inglaterra ni en Italia. Algo de razón llevaba, creo yo. Pues bien, ella, huyendo de cualquier cosa antigua, reformó la casa. Lo malo fue que apenas pudo disfrutarla, pues falleció al caer en un estanque de la antigua villa que ella había querido convertir en piscina.

Lo que según mi abuelo era una villa romana, pasó a ser una especie de engendro que quería imitar a las casas que Zelda veía en el cine, en aquellos momentos sin color. Comenzó cubriendo los suelos con un damero de mármol blanco y negro, continuó llenando las paredes de escayolas que formaban figuras geométricas. Por último, intentó cubrir las columnas del porche con gresite, unas piezas cuadradas de cristal que se comenzaban a fabricar entonces. Pero eso no lo consiguió. Sin conocer el motivo, como si las columnas se negaran a que las recubrieran con aquellos horrorosos cristales, a las pocas horas de haber pegado los cristalitos, éstos aparecían en el suelo. Ella nunca supo que fue mi abuelo quien, después de hablar con los albañiles y tras una generosa propina, los animó a que los diversos materiales con que intentaron pegarlos no fraguasen.

Aquel verano mi abuelo cumplía en el mes de agosto cien años. Aunque estaba en plenas condiciones físicas y mentales, ése y no otro fue el motivo por el que mi padre y sus cinco hermanos decidieron pasar el verano en Villa Zelda, nombre con el que la abuela rebautizó la casa.

Fue durante esas vacaciones en que nos reunimos todos los primos, en total dieciséis, cuando el abuelo nos pidió que le ayudáramos a desenterrar al hombre de las melenas. El susto que debió de aparecer en nuestras caras lo hizo reír. Que no nos preocupáramos, no era un muerto, dijo en medio del ataque de tos que le había producido la risa. Nunca había dejado de fumar sus cigarros puros. Cuando serenó la tos nos dijo que debajo de suelo del salón había un mosaico romano. Vuestra abuela Zelda lo odiaba tanto que decidió taparlo. Y yo, a pesar de la barbaridad que iba a acometer, la vi tan feliz con la idea que no fui capaz de negarme.

Con gran secreto esperamos a que nuestros padres subieran a la montaña de San Antón, excursión que no podían dejar de hacer todos los años. Lo cierto es que las vistas del mar desde aquella colina son francamente bonitas.

En cuanto los seis matrimonios desaparecieron por la puerta, y como nada puede agradar más a un niño, ni a un joven, que un cincel y un martillo, dirigidos por mi abuelo, como la más disciplinada de las cuadrillas de albañiles comenzamos a dar golpes en las esquinas de las baldosas de mármol hasta levantarlas. ¿Con cuidado!, gritaba el abuelo, no vaya a ser que lo rompamos.

Todos dormíamos cuando aparecieron los mayores de vuelta de su excursión. Alucinados, vieron que las baldosas de mármol, por colores, es decir, las negras a un lado de la habitación y las blancas al otro aparecían apiladas contra las paredes. Y que en el centro del salón, sin ningún daño aparente, un mosaico de pequeñas teselas de piedras de colores casi cubría todo el suelo de la habitación. El dibujo del centro del mosaico representaba la cabeza de un hombre, con dos pequeñas alas a modo de corona.

Mirad, dijo mi padre. Es la imagen de Júpiter. ¿De Júpiter?, inquirió mi madre volviéndose hacia él con guasa. ¿De verdad crees que es la representación de Júpiter?, apuntilló. Luego de unos segundos continuó: Pues yo creo que es la viva imagen de tu padre, la tuya Alberto, dijo señalando a mi tío, y la de varios de nuestros hijos.

© Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Mi madre es una de esas personas que persiguen la cultura en grupo, como si resultara peligroso encontrársela a solas. Con ese motivo fundó el Ateneo de las Flores, una asociación compuesta por ella misma y otras indómitas cazadoras de erudición. El  nombre de dicha sociedad provenía de sus integrantes, bueno…, de los que habían adoptado, ya que el de mi progenitora era Eulogia y, como lo odiaba,  se hizo llamar Rosa. Las demás, cual fieles corderitos, siguieron el ejemplo de su presidente y adoptaron distintos apodos.

Entiendo que uno de sus fundamentos era alejarse del hogar lo más posible, aunque nos arrastraban a mi hermana y a mí, así como a los vástagos de las Camelias, Hortensias o Gardenias del grupo para que los maridos no les recriminaran nuestro abandono. Para ello nos subían a un bus que alquilaban para cada oportunidad y repartían folletos redactados por ellas sobre el tema que versaba la excursión de ese mes, que teníamos que aprender antes de llegar a destino. Y la mayoría de las veces hacer de apuntador cuando se les olvidaba el argumento.

Pese a su supuesta ilustración, cuando intentaban hablar de algo fuera del cotilleo habitual, se les enredaban las palabras, como si éstas se espantaran del significado que querían darles, huyendo asustadas hacia la seguridad de un diccionario.

La tarde en que mi madre las convocó para presentarles a Mateo, el diseñador y corrector de los cuadernillos, las flores quedaron con la boca abierta. «Es igualito a Tadzio», dijo una de ellas y me apresuré a investigar de quién hablaba. Se refería a un personaje de la novela de Thomas Mann, La muerte en Venecia. Me sorprendió la sapiencia de la señora, hasta que descubrí que no habían leído el libro, aunque sí visto la película de Visconti. Mi curiosidad me llevó a buscarla en YouTube y darles la razón: el joven era muy parecido a ese actor con formas perfectas. No había visto nunca algo tan logrado en la Naturaleza ni en las artes plásticas. Yo también caí bajo su embrujo. Algo en su mirada, por momentos lánguida, por momentos incisiva, me inquietaba.

Tiempo después, él organizó una salida para visitar una antigua villa romana que conservaba cantidad de mosaicos en muy buen estado. Fue un auténtico regocijo disfrutar de aquellas obras. Una me encandiló por encima de las demás: el rostro de un hombre que nos vigilaba desde la eternidad como si quisiera penetrar en lo más profundo de nuestro ser. En la tienda de suvenir que había a la salida, compré una reproducción que colgué en mi cuarto, frente a mi cama. Era lo último que veía antes de cerrar los ojos y lo primero al abrirlos a la mañana siguiente. Más tarde descubrí que esos ojos, aunque fueran de otro color, y esa manera de escudriñar el alma, me recordaban a Mateo. Fue cuando tuve mi primera polución nocturna.

No fui el único en enamorarse de Tadzio; mi hermana le preparaba galletas, mi madre y sus amigas acudieron a un centro de belleza para quitarse años y hasta Yuma, la perra, movía la cola cuando lo oía llegar.

Sin embargo, yo creí ser su preferido. Dábamos largos paseos durante los cuales compartíamos nuestros sueños de futuro; me recomendaba libros y alguna que otra noche nos quedábamos hasta la madrugada viendo películas clásicas. Con él aprendí el valor de los silencios, de los gestos sin palabras, de un horizonte más allá de lo obvio.

Hasta que un día nos informó que había conseguido una beca para estudiar diseño en Boston. La primavera se cubrió de niebla y los gorriones dejaron de cantar, parecía como si el brillo que depositara en nuestras vidas hubiera desaparecido y todos nos moviésemos como fantasmas perdidos.

Yo seguía contemplando el poster, preguntándole qué había hecho mal para que me abandonara sin siquiera haberse enterado de mi amor por él. Constaté que era el único que sufría su ausencia, porque el Ateneo de las Flores reemprendió sus actividades con otro cicerone.

Años más tarde, a punto de ir a la universidad, cuando desarmaba la habitación de mi niñez, me detuve ante el poster del hombre del mosaico romano. Al descolgarlo descubrí una nota al dorso en la que pude leer: «Te quiero. Mateo.»

© Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Antonio, el que fuera albañil de mi pueblo, con el tiempo pasó a ser el artista más apreciado. Todo lo que se le ocurría lo ejecutaba a la perfección. Trabajo no le faltaba.

Desde hacía unos cuantos años, bien temprano en la mañana, iba a la azotea de su casa. Se sabía que estaba allí por el eco de sus pisadas y por el ruido de las herramientas. Con manos temblorosas miraba el papel arrugado y volvía a ponerlo en el bolsillo. Los niños le saludaban desde la acera de enfrente, pero no los oía, se había vuelto medio sordo desde que se le rompieron las gafas.

¿Para qué tanto esfuerzo? Aquella pregunta fue tan repentina que se dejó llevar por los recuerdos.

Desde niño soñaba con ese período de la historia, con esas siete colinas, con el río Tíber… Nada, eso era hablar por hablar. Lo que en verdad le gustaba era su fotografía. La primera y única vez que salió de viaje fue a Italia, en un trayecto en el que cada noche dormía en una ciudad diferente, diez días, diez ciudades. Pero en una de ellas le llevaron a una domus y vio ese mosaico al que hizo una foto. Ya no hubo ni iglesia, ni basílica, ni foro, ni arco, ni circo que llamara su atención. En aquel instante supo que debía reproducirlo. Tallar las teselas le llevó bastante tiempo. Cuando las tuvo, las dispuso como un puzle dependiendo del tamaño y el dibujo. Ya solo le quedaba un esquinazo para terminar.

Pasaría a la posteridad. Tremenda sorpresa se iban a llevar sus vecinos cuando encontraran aquella maravilla el día que Dios quisiera llevarle a su vera.

Y si…, ¿pidiera permiso a San Pedro? Disfrutaría mucho viéndoles las caras.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Comentarios

  1. oscar calffa tellez dice

    15 septiembre, 2024 a las 15:49

    excelentes los relatos deberian trtar de publicarlosen libros

    Responder
    • Cristina Vazquez dice

      19 septiembre, 2024 a las 10:04

      Tenemos un libro hecho con los relatos de cada año. El de este último año está en Amazon si le interesa.
      Gracias

      Responder
  2. Elena dice

    18 septiembre, 2024 a las 17:26

    Cristina gracias,y enhorabuena a las cuatro escritoras!,,,,,
    Que relatos tan increíbles tan buenos!
    Elena

    Responder
  3. Cristina Vazquez dice

    19 septiembre, 2024 a las 10:05

    Gracias siempre a ti, querida Elena.
    Bss

    Responder

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