Nuevo Akelarre Literario

Síguenos

  • Facebook
  • Inicio
  • Autoras
    • Marieta Alonso
    • Liliana Delucchi
    • Malena Teigeiro
    • Cristina Vázquez
  • Relatos
  • Autores invitados

Feliz aniversario

15 octubre, 2016 por Akelarre 10 comentarios

Casi sin darnos cuenta, este mes de octubre hace un año que comenzamos esta andadura literaria, que ha sido posible gracias a vosotros fieles lectores que nos habéis seguido en esta aventura.

GRACIAS

Hemos tenido la fortuna de que nuestras letras, como las olas que navegan hasta ultramar, alcanzaran lectores alejados geográficamente, aunque próximos al compartir la lectura, darnos su opinión y participar en este proyecto. Si hemos conseguido divertiros, emocionaros, haceros pasar un buen rato, nuestro objetivo de modestos escritores está cumplido, pues sin LECTOR no existe escritor.

Sólo deseamos que todos y cada uno de nuestros lectores, y a los que esperamos lleguen a conocernos, sigan leyéndonos para poder cumplir más años juntos.

Como la ocasión lo merece, este mes os traemos cuentos inspirados en dos imágenes que te transportarán inmediatamente a las celebraciones de aniversario.

Pastelería Niza

Pastelería Niza

La centenaria pastelería Niza, con su portada galdosiana, y un espléndido mobiliario de mármol y madera de estilo rococó, ha endulzado con sus deliciosos hojaldres y pasteles rusos a los vecinos de la calle Argensola y Orellana, esquina en la que se encontraba situada. En el año 2011 reabrió sus puertas con el nombre de Sugar Factory.

La Campana - Norman Rockwell

Feliz cumpleaños Norman Rockwell

Norman Rockwell (Nueva York, 1894- Stockbridge, 1978 - EEUU). Ilustrador, fotógrafo y pintor célebre por sus imágenes llenas de ironía y humor, destreza técnica y frescura.
Su infancia fue feliz, viajando y pasando los veranos en Nueva Jersey junto a su familia.
Hizo publicidad para McDonald's, Coca-Cola, Goodyear, Campbell y otras muchas empresas.

¡Qué dulzura!

Cristina Vázquez

15 de octubre

Malena Teigeiro

Feliz cumpleaños

Liliana Delucchi

Toda una vida

Marieta Alonso

¡Qué dulzura!

Cristina Vázquez

Un hombre hermoso, así lo definía doña Amalia aposentada en sus carnes, su riqueza y su nombre, hermoso pero inútil. Y barría el aire con un abanico de una sutileza inadecuada a sus manos amorcilladas por sortijas. Su pequeña corte de amigas, provincianas y deslucidas, se reunían en torno a ella tres veces por semana en la pastelería de la calle Alta. Cuando hacía el inevitable comentario sobre el camarero, todas le miraban al unísono, mientras él, arrastrando los pies, servía delicados dulces en veladores de mármol.

Había sido la última novedad a comentar en la ciudad, que como una Vetusta de tono menor, daba cobijo a una población cansada de mirarse y sin voluntad de abrir sus ojos hacia otros rumbos.

Después de varias consultas con el párroco y extensas charlas sobre la necesidad de ayudar y mejorar al prójimo con sus amigas, doña Amalia tomó la decisión de hacer del camarero un hombre de provecho. Teniendo en cuenta que el nombre del susodicho era Deogracias y que venía de un país de Ultramar, cuyo nombre la Doña no conseguía retener, que le daba un hablar dulce, decidió en un acto de generosidad y arrojo comprar la pastelería, que iba decayendo con languidez y poner al frente al hermoso. Aunque siempre perorara sobre su inutilidad, en su cómputo podía más su belleza, su hablar pausado de lejanos ecos y esa sonrisa que parecía glaseada por una dulzura inalcanzable.

Su vida rutinaria empezó a tomar un aliciente en el arreglo del local y ahí descubrió las cualidades del hombre que, como si le hubiesen puesto un resorte, pintó, arregló y dispuso con gracia unos anaqueles, donde hacer combinaciones de dulces con diferentes colores, que cambiarían cada semana.

Doña Amalia bendecida por su buena obra y excelente resultado, parecía restallar en sus apretados vestidos, que de manera imperceptible escotaba y aligeraba cada vez más. Hasta perdió peso, y eso era difícil teniendo la tentación de las pastas y delicias tan cercanas todo el día. Descubrió que tenía alma de negociante y que el ruido de la caja registradora le resultaba una música celestial y más celestial aún sentarse, al echar el cierre, a hacer cuentas en la trastienda con su encargado, pues ya había pasado a categoría de encargado, el cual sugirió que contrataran a una chica para hacer frente al aumento de trabajo.

— Lo de la pastelería, doña Amalia, siempre tiene un toque más femenino, como el que usted le ha sabido dar.

Los suspiros de la Doña hacían volar polvo de azúcar que le blanqueaba el pelo al hombre, y ella se imaginaba cómo envejecería, y con ese dulce polvito en las sienes su diferencia de edad se acortaba. Esto la hacía sonreír con una blandura de merengue.

Deogracias le agradecía, como corresponde a su nombre, su bondad, e insistía en que otra mano que ayudara se estaba haciendo indispensable. La buena mujer se resistía, pues esa pequeña y dulce soledad compartida, ese decidir los colores de los pasteles al unísono, rosa y verde una semana, otra naranja y chocolate, otra azul cielo y blanco, le producía un cosquilleo desconocido para ella hasta entonces, y que estaba empezando a dar que hablar en la Vetusta tradicional.

Decidió que le haría su socio a cambio de que no entrara ninguna mano femenina más que la suya, pues aunque le llenaba el pelo de polvo de azúcar cada tarde en la trastienda y le acercara golosona a la boca una nueva creación, esperando a qué él le diera el visto bueno, el hermoso, ya para ella hermosísimo y utilísimo Deogracias, nunca respondió a ninguna insinuación de la Doña, hasta que le propuso no solo ser socio sino marido. Él aceptó con respeto y le besó la mano con una delectación que casi se desmaya de hipoglucemia.

Pasaron unos meses y el ya marido empezó a ganar peso, sentado detrás de la caja registradora, mientras doña Amalia subía y bajaba a coger pastas, tartas, daba órdenes en el obrador y soportaba con resignación a la nueva muchachita, de su mismo país de Ultramar, que había llegado por casualidad a la ciudad, y que él confió al generoso corazón de su mujer para que la acogiese.

Una mañana corrió la voz que Doña Amalia había sufrido una repentina parálisis y que estaba grave. Se cerró la pastelería y después de un mes volvieron a abrir. Esta vez el colorido era de chocolate negro intenso con unos pequeños, casi imperceptibles adornos de merengue. Apareció sentada en una mesa que daba a la calle, rígida, sin poder hablar y mirando con ojos asustados y torcidos su pastelería y la gente que entraba. Deogracias, enderezándola cada poco, le daba un pastelito en la boca y seguía sentado en la caja, mientras la nueva chica iba y venía con un andar cadencioso de potranca joven, que hacía desviar las miradas de los clientes.

Al cabo del mes, la pusieron en un sitio alejado de la ventana, pues asustaba un poco a los niños y a alguna clienta quisquillosa. A veces una amiga venía a hacerle compañía en su silencio forzado o en su medio hablar incomprensible. A los dos meses tocó la campana a muerto por toda la ciudad. Doña Amalia se había atragantado con un empiñonado. Una amiga susurraba que le había entendido decir que su marido no era Deogracias, sino su Desgracia. Pero nadie la creyó.

© Cristina Vázquez

15 de octubre

Malena Teigeiro

A todos los que,
a través de los últimos 12 meses,
dedicaron su preciado tiempo
a leer nuestros cuentos.

A Ángel García

Desde hace cincuenta y cuatro años José, después de almorzar, descansa un poco, y a eso de las siete se afeita, se pone una camisa blanca, nada de modernismos, y el traje azul marino.

—¿Te falta mucho, Mercedes?

Apaga la luz y se dirige al cuarto de estar. Busca un cigarro y se sienta en su ajado sillón. Esa noche, como todos los 15 de octubre, cenan en el hotel en el que celebraron sus esponsales. Bueno, todos no. Hubo uno en el que fueron a otro peor. Aquel año no iban las cosas bien y pensó en ahorrar. Nunca más lo hizo. Desde entonces guarda todas las monedas pequeñas que caen en sus manos, y la víspera las cambia en la caja de ahorros, en donde, como siempre, y sobre todo desde que hay ordenadores, lo espera el Director.

—Don José, pero, ¿ha pasado ya otro año? —él le sonríe—. ¡Me da usted una envidia!

Enciende el cigarro. Habían tenido cinco hijos, todas niñas. Desde la segunda sabía que eran muchas, pero quería un chico. ¡Qué emoción la espera en los partos! Ahora todo se sabía, pero entonces… Con qué guasa le interrogaba su amigo el jesuita, cuando iba al colegio a pedir plaza para el deseado hijo cada vez que ella se quedaba en cinta.

—José, ¿ya nació?

—No, aunque esta vez seguro que es un chico. Lo presiento. Y sé que no me equivoco.

Y se equivocaba. Hasta que un día Mercedes dijo que ya estaba bien y que ni una más. La comprendió, aunque le hubiera gustado tener un hijo, un varón. Charlar con él de hombre a hombre; ir juntos al fútbol. No se podía quejar, porque Anita siempre estuvo dispuesta. ¡Ay!, esa Anita, tan díscola. La de lágrimas que hizo llorar a su madre.

Algunos años fueron difíciles. Los colegios, las universidades, dinero para zapatos, comida. Siempre le asombró la manera en que Mercedes disfrazaba la carne. Merecería que la nombraran cocinero de intendencia, pensó.

—Mujer, vamos, si tú estás guapa de cualquier manera.

Ahora todo era distinto. Ella también. En sus ojos ya no brillaba aquel color azul casi transparente, ni su talle era ligero, esbelto. Estiró los brazos y con un gran suspiro la imaginó entre ellos. Todavía cuando la abrazaba, seguía sintiendo la misma angustia, el mismo placer. Quizá ya sin arrebatos, sin locuras, pero sin acabar de acostumbrarse a que fuera suya. Cuánto disfrutamos juntos, y nuestros enfados... Esos, invariablemente acababan siempre igual, ella riendo o llorando y él desnudándola.

Le dio una calada profunda al cigarro. Ya sólo se enfadaba cuando lo abandonaba por los nietos. ¿Era posible que fueran celos? No. Solo le gustaba tener tranquilidad. Dieciocho nietos eran muchos.

—Pero mujer, ¿no ves que nos esperan en el hotel? Se está haciendo muy tarde.

 No le contesta. Se levanta y se pone una copa. El que hiciera como que no le oía, era algo que no podía soportar. Aunque con los años se había ido acostumbrando. Cerró los ojos antes de dar un sorbo de coñac.

Desde la puerta Mercedes le sonríe. Al verlo levantar la cabeza, gira sobre los zapatos de gruesos y bajos tacones. La gasa de la falda se eleva mostrando la piel flácida y celulítica de sus muslos blancos.

—¿No voy un poco ridícula con este vestido tan juvenil? No sé por qué hago caso a las niñas —un mohín se dibuja en sus perfilada y hermosa boca.

El anciano se levanta y la coge por los codos. Acercándose, la besa.

—Estás más linda y más joven que hace cincuenta y cuatro años.

—Mentiroso. Anda, vamos —se le enrojecen las mejillas.

Lo coge del brazo y muy juntos cierran la puerta.

En el ascensor vuelve a besarla. Ella, coqueta, se mira en el espejo. Él cierra los ojos perturbado. La imagen de una joven de ojos azules vestida de blanco, asomándosele los rizos entre pliegues de tul, lo conmueve. El ascensor sube despacio. José vuelve a mirar al espejo y ve a la anciana que trémula, sonríe acariciando en el cristal su mejilla. La abraza. Él, como cincuenta y cuatro años atrás, siente que le invade el deseo.

© Malena Teigeiro

Feliz cumpleaños

Liliana Delucchi

Amodorrada, con la cabeza hundida aun en entre los almohadones, Clarisa escucha las campanas. El sonido llega suave y la niña busca a tientas a su muñeca en medio de las sábanas. Es temprano, la luz que se cuela a través de las persianas pinta rayas sobre el suelo, líneas que van creciendo hasta adueñarse de la cómoda y la estantería. Todavía no se oyen ruidos en el jardín, pero pronto empezarán los empleados que contrató mamá para adornar el parque y que todo esté listo al anochecer.

Serán muchos los invitados, la ocasión lo merece, es el aniversario del matrimonio.

Clarisa se levanta y se acerca al pequeño ropero donde guarda los vestidos de Amanda. Te pondré guapa, un vestido blanco como el mío, y podrás asistir a la fiesta. Te sentarás a mi lado y todos podrán ver lo importante que eres. Con un diminuto peine arregla los rizos de su muñeca y le pone un sombrero. Hoy hará calor y es bueno que te protejas, eso dice mamá, hay que cuidar la piel del sol.

Después de desayunar sale al jardín. Es un hervidero de gente. Unos señores están poniendo luces en los árboles, otros tienden farolillos de un extremo al otro del patio. Llegan personas con cajas muy grandes y casi se llevan por delante a la niña; su hermana mayor le ordena que vaya a su cuarto de juegos, pero Clarisa responde que prefiere ir a visitar a don Mateo, el campanero, aquel que la despierta todas las mañanas.

Cuando llega a la iglesia encuentra a don Mateo sentado a la sombra de un árbol, comiendo una manzana.

—¿Quieres un poco?

—Gracias, don Mateo, ya he desayunado.

—¿Y tu muñeca, no querrá?

—A ella no le gustan las manzanas, prefiere las ciruelas.

Clarisa se acomoda junto al anciano que le cuenta la historia del almendro que los cobija. Lo plantó su padre hace muchos años, y él siempre sabe cómo será la primavera de acuerdo con la cantidad de flores que llenen su copa.

—Esta noche celebramos el aniversario de boda de mis padres y han preferido que me marchara para no molestar. Pero se está cometiendo una injusticia. Verá, en mi casa se festejan todos los cumpleaños, pero nadie se acuerda del de Amanda.

—¿Y tú sabes cuándo es su aniversario?

—Sí, mañana. Desde que me la regalaron duerme conmigo, me abraza cuando tengo miedo y me cuenta historias. Amanda es una gran cuenta cuentos, seguro que de mayor será escritora.

Don Mateo sugiere que si es una injusticia debería remediarla y organizar una celebración, pero Clarisa cree que nadie iría, porque su familia siempre tiene prisa.

— Yo quiero algo más.

—¿Algo más? ¿Cómo qué?

—Que todo el mundo lo sepa, que el pueblo se entere.

—Déjalo de mi cuenta.

Después de una noche de fiesta en que permitieron a Clarisa quedarse hasta más tarde de lo habitual, la niña despierta con el tradicional sonido de las campañas, aunque esta vez es diferente, parece más fuerte y con una melodía distinta.

Se asoma a la ventana. Enganchada a la campana de la iglesia ve una pancarta con una leyenda que la emociona: Feliz cumpleaños, Amanda.

© Liliana Delucchi

Toda una vida

Marieta Alonso

Francisco, así se llamaba el campanero, cumplía sesenta y cinco años y cuando, como todos los días, fue a repicar para que los alumnos formaran fila en el patio del colegio, se encontró abrazada a la campana una cinta que le deseaba un feliz cumpleaños.

Estos chicos no tenían nada mejor que hacer, pensó. Quitarla le costó un gran esfuerzo. Y mientras lo intentaba, se vio con cinco años y a sus padres hablando de dinero, como siempre. Se vio entrando en aquel colegio público donde cursó los seis años de primaria. Se vio en cama pasando la poliomielitis, que le dejó una pierna más corta que otra, y otras dolencias de las que mejor no hablar. Se vio haciendo los cursos de secundaria básica, estudiando Pedagogía, pero lo cierto es que no llegó a graduarse. Todo se fue al garete el día en que el director del colegio entró en el aula y le llamó por su nombre y los dos apellidos y tembló al echar la paletada de tierra en la tumba de sus padres, a los que, literalmente, les partió un rayo.

Su vida se complicó. Había que comer. Había que trabajar. ¿En qué? El director dio con la solución. Sería el guardián del colegio. El río de la vida le fue arrastrando por la corriente de la enseñanza sin participar en ella. Aprendió a arreglar una puerta desvencijada, el tejado no volvió a tener goteras, los suelos de las aulas y de los pasillos servían de espejo. Y aquella campana que por haberse roto el badajo había dejado de funcionar cuando él no había nacido y que sustituyeron por un vulgar silbato, volvió a dejarse oír.

Es el típico solterón, comentaban los alumnos de más edad, pero se equivocaban. Se había casado una vez, con una chica encantadora que murió de parto.

Llegó la jubilación. Hubo un banquete de despedida, una mesa larga, muy larga, que formaba un cuadrilátero, se llenó de vasos, platos y cubiertos de plástico. Allí estaban reunidos el claustro de profesores, los alumnos de ese curso y los antiguos, que no se quisieron perder tan gran ocasión. Estaba a rebosar aquel patio que guardaba tantos recuerdos. Recibió regalos que no le cabían entre los brazos. Se pronunciaron discursos y el último fue el suyo.

Carraspeó y estrujándose las manos confesó, entre otras cosas, que nunca olvidaría sus rostros de niños, de adolescentes, que si Júpiter tuviera a bien devolverle los años pasados, volvería a ser lo que había sido. Terminó con una sorpresa. Traía un regalo para la Biblioteca. Un libro de cuentos escrito en sus horas de ocio. En él cada uno de los alumnos podría sentirse identificado con algún personaje.

Se sentó emocionado mientras una gran ovación rompía el silencio y se escuchó una voz:

 “Larga vida al escritor”.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Naipes del Tarot. La estrella

15 abril, 2016 por Akelarre 3 comentarios

La Carta de la Estrella del Tarot

Naipes del Tarot. La estrella

Tarot. Baraja de naipes que se utiliza para consultar hechos, sueños, o estados emocionales. Las cartas son interpretadas según el orden o disposición en que han sido seleccionadas o repartidas.

La estrella está relacionada con la esperanza y expresa, en  el plano espiritual, la inmortalidad, la vida eterna, la luz interior que alumbra el espíritu. Recuerda al consultante que debe tener el espíritu libre de resentimientos y dudas. Significa: ayuda inesperada, perspicacia y claridad de visión. Inspiración, flexibilidad, un gran amor será dado y recibido. Buena salud.

Si sale invertida: arrogancia, pesimismo, testarudez. Enfermedad, error de juicio, impotencia física, reestructuración, privación y abandono.

Interestelar

Cristina Vázquez

La portera

Malena Teigeiro

Luz interior

Liliana Delucchi

La estrella que me guía

Marieta Alonso

Interestelar

Cristina Vázquez

El ascensor se había parado otra vez entre piso y piso. O venían de una vez a repararlo o me largaba de ese apartamento tan mono y luminoso recién alquilado. No pude evitar empezar a recitar, una y otra vez, frases consabidas de mi madre: Las decisiones importantes hay que tomarlas con sosiego, no hacer mudanza en tiempos de cambio o algo parecido. Lo repetía para tranquilizarme, mientras apretaba compulsivamente la campanita amarilla para pedir auxilio. Ya se oía ruido, vendría el manitas del edificio o el cuerpo entero de bomberos, pero que viniera alguien, por favor. Y al fin se abrió la puerta como por ensalmo, con suavidad, sin intervención de ninguna llave inglesa, ni martillazo ni voces rudas de operarios. Apareció una mujer sonriente con gafas de pasta negra, un moño en lo alto de la cabeza y restos de antiguo acné, muy lejano por su edad, en las mejillas. Llevaba una especie de camisola azul irisada que le hacía parecer una libélula imponente.

— ¡Pobre!  Los hados se han revuelto sobre tu crisma.

Y alargó una mano para que subiera el pequeño escalón de diferencia con el suelo, en el que se había colgado mi ascensor. Agarré esa mano salvadora con agradecimiento y nerviosismo. Su tacto huesudo y fresco como una vara flexible. Cuando por fin estuve frente a ella, me fijé en sus labios pintados con un sorprendente rojo cochinilla.  Un olor a ámbar se esparcía a su alrededor. Agradecí su intervención tratando de que me explicara cómo había conseguido abrir, y caminando hacia  su apartamento la oía rezongar —ta, ta, ta, esas son bobadas, cuando se tiene que abrir, se abre—. Tras ella como un perro pequinés, digo pequinés porque soy chata, menuda y mi peinado, en ese momento, eran dos coletas que remedaban las orejas del animal, llegamos ante su puerta.

Se giró con majestuosidad invitándome a pasar, prepararía una infusión, nos vendrá bien a las dos dijo en tono convincente. Y con su sonrisa brillante y equina afirmó que necesitaba ayuda.  Aturdida entré a un espacio luminoso, de paredes cubiertas de tapices orientales y una mesa camilla en el centro. Con la  infusión humeante sobre la mesa nos sentamos, sacó un mazo de cartas del tarot y mientras las colocaba, me confesó que era farmacéutica, pero que le aburría mucho la botica y esto era una especie de ministerio curativo que ejercía con sus poderes. Y al decirlo,  miraba por encima de sus gafapasta con unos ojos oscuros cubiertos de sombra verde. Tuvo la revelación hacía mucho tiempo, continuó,  cuando se le vino encima un anaquel entero de la rebotica. Comprendió que era una señal, remató con dramatismo tamborileando los dedos sobre una carta. Yo estaba quieta, absorta en el baile de dedos y cartas, sorbiendo a poquitos el té aromático que había preparado.

— Tranquila, ya está localizado el problema. Es el signo de Acuario que no está en conexión contigo.

— Es que yo soy Acuario.

— Por eso, cariño, estáis desalineados.

Empezó a mover las cartas y con los ojos entreabiertos emitía  pequeños gruñidos, hasta que las recogió con parsimonia asegurándome que ya los había ordenado.  Estaban en línea y podía vivir tranquila, nada malo  me iba a suceder. Mi problema había sido el agua vertida por la Estrella. ¡Qué casualidad! si es mi nombre, salté yo con entusiasmo, como si todo coincidiera, el signo, el nombre. En fin, una conjunción interestelar preciosa, decía ella, extraordinaria la coincidencia, señal de que todo está ya resuelto. Nos despedimos, yo con efusión, ella con  magistral complacencia y su sonrisa de caballo amaestrado.

— Nos veremos, vete en paz. Namasté —y juntando las manos me hizo una graciosa reverencia.

Volví a casa decidida a encarar la nueva etapa de mi vida con entusiasmo y decisión. A las dos de la mañana llamaron a la puerta, esta vez sí era el Cuerpo de Bomberos. A un vecino  se le había roto una bajante y estaba inundando toda la casa. Había que evacuar. Cuando nos encontramos los inquilinos en el portal envueltos en las más extrañas ropas, vi a mi salvadora avergonzada en una esquina y al acercarme susurró descompuesta, los labios pálidos, el moño descabalgado de su montura y los ojos diminutos tras unas gafitas transparentes.

— Estoy acabada. Esto es otra señal. La bajante era mía.

© Cristina Vázquez

La portera

Malena Teigeiro

Todo me iba mal. Desde que mi diligente y adorada Fidelia me abandonó, repito, todo me iba mal. No tenía quien planchara mis trajes ni me cocinara, ni quien limpiara la casa, ni tampoco dinero para pagarlo. Y lo peor era ver mi cama, esa cama de tantas horas felices, ahora medio desocupada, arrugadas las sábanas y caídas las mantas. ¡Ay, Señor. Qué tristeza!

Aquella mañana cuando pasé por delante del chiscón, la portera una mujer guapa, morena, algo gordita pero deseable, muy deseable y bastante parecida a mi Fidelia, estaba jugando a las cartas. Y como es natural en mí ser cotilla, con la disculpa de que me recogiera un paquete que me iban a traer, me acerqué al ventanuco. Encima de la mesa vi unos cartones grandes, coloridos y de extrañas figuras.

—Buenos días, Rosa. ¿A qué juega? —me atreví a preguntar, después de darle mi falso recado.

—Buenas, don Eduardo —sonrió aleteando sus negrísimas y largas pestañas llenas de bolitas de rímel—. No es un juego, es una cosa bien seria. Me echo las cartas.

—¿Y para qué vale?

—Para saber cómo tengo que enfocar mi futuro sin equivocarme —su boca regalona me sonrió.

Dulce y coqueta, dos acariciadores dedos, separaron un lado de la blusa dejando al aire esa parte de los senos que muestran el canalillo.

—Hace calor ¿verdad? —dije presa mi mirada en aquellos sonrientes ojos verdes tan parecidos a los de mi Fidelia. ¿Podrán decirme cómo resolver mis dificultades? ¿Querrá usted ayudarme?

—Cómo no. Pero mejor entramos en mi casa. Hay que hacer ciertos preparativos para que todo salga prefecto.   

Descorrió armoniosa el pestillo y salió al portal. La seguí. Caminando detrás de sus redondas y cimbreantes caderas, llamé por teléfono a la oficina diciendo que me encontraba muy mal, que vomitaba una y otra vez, y que me era imposible ir a trabajar. Que si por la tarde estaba mejor, ya iría.

Después de bajar las escaleras, entramos en su apartamento. Era pequeño, oscuro y rodeado de colgaduras azul marino bordadas con estrellas y lunas de plata. Me indicó que me sentara a una mesa camilla. Antes de hacer ella lo mismo, arrastrando su intenso perfume, se movió por el cuartucho prendiendo las velas de penetrante aroma. Ya enfrente de mí, me observó un instante. Su acaramelada sonrisa mostraba unos dientes blanquísimos. Cálida, me sujetó una mano y muy despacio, la arrastró hasta colocarla encima del mazo de cartas. Al sentir el contacto de su piel, mi pecho se encogió a la vez que mi deseo se inflamaba. Pronunciando extrañas palabras, comenzó a extender los cartones sobre el mantel, también bordado, pero éste, en vez de lunas y estrellas, estaba recamado con soles.

—La estrella, don Eduardo. Le ha salido la estrella —mostraba alegre la imagen oprimiendo el cartón su una uña larga, roja.

—¿La estrella? —abrí los ojos sin comprender.

—Sí, sí. La estrella. Váyase a trabajar tranquilo. Siga su vida, que le ha salido la estrella y nada menos que a la derecha.

—Pero es que ya dije que no iba.

—Vaya. Su vida va a cambiar a partir de este momento y lo que no puede pasar es que cuando la suerte lo busque, no lo encuentre en su lugar habitual.

Me fui alegre. Al entrar en la oficina, recordé mis desgracias. La muerte de mi madre, el abandono de mi pareja, los pantalones llenos de manchas y arrugas, y la tristeza me invadió. Satisfecho, disimulé de ese modo mi inquebrantable salud. Por la noche al abrir la puerta, un fuerte olor a lejía me sorprendió. Sin comprender, caminé por el limpio y ordenado pasillo hasta el dormitorio.

En la cama, apenas cubierta por blancas sábanas, estaba ella. Su negrísimo cabello desparramado en la resplandeciente almohada. La boca entreabierta en una sugerente sonrisa. Los verdes ojos me miraban asustados. Sonriente, me desvestí sin dejar un momento de contemplarla. Al introducirme entre tiesas y perfumadas sábanas, se giró hacia mí. La abracé. Ella quiso comenzar a hablarme. Le puse un dedo en los labios y le rogué que no dijera nada. Y en un lacerante murmullo, hundido en bienestar, susurré:

—Te quiero, mi dulce y adorada Fidelia. No vuelvas a abandonarme.

© Malena Teigeiro

Luz interior

Liliana Delucchi

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable…
Jorge Luis Borges
Para una versión del “I King”

Era un sábado por la tarde del mes de mayo. Como de costumbre, Matilde sube  las escaleras que llevan al piso de su tía. Gertrudis aguarda a su sobrina como espera a la primavera, con la paciencia de quien sabe que todo acontece. La hija menor de su hermana la visitaba con la esperanza de encontrar en las cartas del tarot alguna respuesta a su desasosiego, que  no era fruto de un trabajo rutinario por conseguir dinero para viajes, compras y caprichos, ni la búsqueda del hombre soñado y que no existe. Era la desazón de cada mañana cuando bebía su taza de café, la mirada perdida, incapaz de detenerse en los rostros de los viandantes, sus conversaciones a las que no prestaba atención.

Matilde era consciente de que por las siempre abiertas ventanas de su casa no entraba la luz; pese a los miradores amplios, las risas de los niños no eran capaces de llegarle, solo el ruido del camión de la basura. Ni la televisión, los personajes de los libros, o las amigas imaginarias que creara en su niñez, respondían a sus inquietudes.

Gertrudis y su piso eran diferentes. No solo su voz pausada y las manos que se movían como mariposas, sino que en cierto momento de su vida algo se detuvo en ella y quedó allí, en un silencio musical, en una espera paciente.

Viuda desde joven, tenía una única pasión: el tarot. Se tuteaba con las cartas como lo hubiera podido hacer con una persona, y confiaba en ellas desde la última dieta para combatir el estreñimiento hasta si era la fase lunar idónea para ir a la manicura. Su sobrina esperaba encontrar las mismas respuestas, ésas que la dirigieran a un camino sin incertidumbre. Quizás en algún momento podría discernir el lenguaje de las figuras, que tras un corte mágico se presentarían ante ella con la ansiada solución.

—La estrella. Te  ha salido la estrella, pero está invertida.

Matilde se quedó mirando la carta, a esa mujer con un cántaro en cada mano. ¿Por qué para una vez que me sale una buena, sale invertida? Fue un impulso, con un gesto rápido y ante la desaprobación de su tía, Matilde dio vuelta a la imagen. Ya está, ¿ves? La dama me sonríe, no le gusta estar boca abajo.

Abundaban las risas de los jóvenes por la calle y un olor a gardenias la hizo detenerse ante un jardín. Los escaparates exhibían las tendencias para la temporada con los colores del verano y se compró un vestido.

Era noche cuando llegó a su casa. Había luz por debajo de la puerta contigua, llamó al timbre y ante la sorpresa de su vecina, Matilde estiró el brazo con una botella de vino en la mano. ¿Te apetece ver una película?

A la mañana siguiente, el sol entró por los ventanales y tuvo que meter la cabeza debajo de la almohada, porque los cantos de los pájaros no la dejaban dormir.

© Liliana Delucchi

La estrella que me guía

Marieta Alonso

Acabo de cumplir ochenta años sin darme cuenta. Sentado en un banco de madera espero en la puerta del colegio a mi nieto. Sale siempre corriendo y como temo que con ese ímpetu me haga caer, procuro no levantarme hasta que me abraza y me besa. ¡Vaya! Para llevarme la contraria, hoy viene despacio mirando un lagarto que trae en la mano. Con esa cara de pillo es igualito a mí cuando tenía su edad. No duda en lanzarme el saurio a los pies y tengo que agacharme para recogerlo. Él tenía que salir corriendo detrás de las palomas.  

Nos vamos a casa y le doy de merendar. Comienza hacer los deberes y yo me siento en mi sillón preferido a la espera de sus padres. Sin darme cuenta la cabeza se me va a sesenta años antes. Siendo un emigrante sin techo amanecí un día con tal hambre que me abracé a un bolso y salí corriendo. ¡Ay, de mí! Lo único que encontré fue una cartera con unos céntimos que no llegaban a la peseta, una foto con dos niños y unas cartas del Tarot con su libro de instrucciones. Por inercia, barajé los naipes. Saqué una. Resultó ser la de una muchacha desnuda, arrodillada frente a un riachuelo vertiendo agua de dos jarras. En el cielo hay ocho estrellas con ocho rayos cada una, la más grande podría ser la de los Magos, me dije. Busco el significado ¡Caray! El sol brilla en mi camino y yo sin enterarme. Si hasta la esperanza la tengo detrás de mí. Tantas estrellas de ocho puntas debe ser bueno. Pinto un ocho en horizontal en la esquina inferior derecha para que se convierta en el símbolo del infinito. ¿Será mi día de suerte?

Como todo es cuestión de actitud decido devolver el bolso a la propietaria. ¡Total para lo que hay! Solo me guardo esa carta en el bolsillo, junto al corazón. Regreso al parque, la anciana está relatando su pérdida a otros amantes del sol, va muy bien vestida y me recibe con llantos y abrazos. Su mayor tesoro era la foto. Me premia con quinientas pesetas que se sacó de una faltriquera muy bien disimulada. Para mí aquello era una fortuna, y de la alegría me ofrecí para cualquier trabajo, de cuidador, sin ir más lejos.

Se quedó pensativa y preguntó dónde podría hallarme. Su voz tan dulce me desmoronó. Miré a ambos lados, sentí vergüenza al contestar que dormía en una esquina de la Puerta de Alcalá, la más cercana a la calle Alfonso XII. ¡Vamos!, que allí tiene su casa, me pareció educado decirle. No tuve necesidad de seguir hablando. Aquella mujer me llevó al Banco del Comercio, que hoy ya no existe, y preguntó por su hijo. Le habló tan bien de mí que esa misma mañana comencé a trabajar como mozo de limpieza.

Busqué una pensión. Me puse a estudiar por las noches. Ascendí a otra categoría y a otra más. Me casé con la secretaria del director y formé una familia de la que el último vástago es mi nieto al que hoy, por si me muero mañana, le voy a entregar esta carta que tanta suerte me ha dado en la vida.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

El Cascanueces

15 diciembre, 2015 por Akelarre 4 comentarios

Sellos rusos el cascanueces

El Cascanueces

Sellos rusos emitidos en 1992, conmemorando el primer centenario del ballet “El Cascanueces”. La primera representación tuvo lugar el 18 de diciembre de 1892, en el  legendario teatro Mariinsky de San Petersburgo.

Es un ballet compuesto por dos actos y cinco escenas y está basado en el cuento de Ernst Theodor Amadeus Hoffman, titulado “El cascanueces y el rey de los ratones”. Adaptado, más tarde, por Alejandro Dumas padre, fue en el que se basaron Ivan Vsevolozhsky y Marius Petipa para hacer el libreto. La coreografía es obra de Petipa y Lev Ivanov. Piotr Ilich Chaikovsky creó la partitura.

La interpretación de este primer ballet fue dirigida por Riccardo Drigo. Cabe destacar que en los papeles infantiles figuraron niños auténticos en lugar de adultos, Stanislava Belinskaya y Vassily Stukolkin eran estudiantes de la Escuela Imperial de Ballet de San Petersburgo.

Desde entonces “El Cascanueces” ha sufrido varias adaptaciones. Hoy en los países occidentales, es quizás el ballet más representado en Navidad.

Por eso, este mes, nuestras brujas han querido rendir un homenaje a la Navidad con sus cuatro cuentos inspirados en esta imagen entrañable.

Exilio

Cristina Vázquez

Cuento de Navidad

Malena Teigeiro

Invitación

Liliana Delucchi

Juegos de Navidad

Marieta Alonso

Exilio

Cristina Vázquez

Este año no pensaba celebrar la Navidad.  Siempre la misma rutina que se vaciaba de contenido al no haber niños ni hijo en torno al árbol de plástico, cada vez más pelado. Estaba decidida a comprar uno nuevo, pero al no venir nadie lo dejó para otra ocasión. En cualquier caso, la falta de celebración navideña no implicaba tristeza ni abandono, o solo abandono circunstancial, se decía, pues su hijo se había ido a San Petersburgo a vivir y le resultaba caro y complicado venir por tan poco tiempo, y a ella le acababan de operar la rodilla y no podía viajar.  Exilio, eso era, una especie de exilio.

 Recibió un Christmas de su hijo y dentro, le había metido unos sellos que conmemoraban la Pascua rusa. Para que practiques, le escribió. Y recordó cuando era pequeño y le recitaba en ese idioma una poesía de un pájaro que se perdía en la nieve y no encontraba el camino de vuelta. También se acordaba de algunas frases: saludar, me duele la cabeza, te quiero mucho, el niño se va a casa, perro y más palabras que iban surgiendo de su memoria, como rescatadas detrás de un telón. Él se divertía oyéndola, era su idioma secreto.

— Háblame en el francés de cuando eras pequeña — le decía.

— No es francés, es ruso.

— Da igual, pues en ruso.

Y esa mañana, en que  amaneció Madrid nevado, con ese aire de renovación que da la nieve sin estrenar, pensó que era una señal que la unía a la lejana ciudad dónde estaba su hijo, y se acordó de Leonidas Manssieref, su profesor de ruso.

 Había sido recomendado por Madame Botsaris, su antigua profesora, otra exiliada gorda y dicharachera, de la que ya estaba harta, pero sus padres se habían empeñados en que sería muy útil hablar ruso cuando los comunistas se hicieran dueños del mundo, y año tras año, con poco resultado, daba sus clases. Él era un príncipe, un hombre muy refinado y al decirlo Madame Botsaris levantaba los ojos como buscando una inspiración desaparecida.  Así que la llegada del profesor nuevo le pareció una bendición.

Se sintió fascinada desde el primer momento por ese hombre menudo, de una palidez transparente, un traje marrón gastado con chaleco del que pendía la cadena de oro del reloj y una sortija con escudo en su dedo meñique. Se movía con ligereza, aunque una leve cojera le obligara a llevar bastón. La empuñadura, de plata, era una cabeza de lobo.

 Pronunciaba el español con un acento fuerte, pero sus palabras sonaban con la misma dulzura que cuando hablaba en ruso, y su francés era fluido. Mi segunda lengua afirmaba.

Aprender, lo que se dice aprender el idioma, no aprendió mucho, pero supo de las inmensas extensiones blancas, del color del musgo bajo el hielo, del accidente que lo dejó cojo, de los paseos en trineo, y en verano, de las playas inquietantes del Báltico y de la pequeña pensión en la que ahora vivía.

— C´est la vie.

 Todo se lo contaba en una mezcla diabólica de francés, español y ruso, mientras comía con delicadeza, pero muy decidido, los sándwiches que les dejaban de merienda. Si sobraba alguno, su madre se lo envolvía con mimo; pobrecillo, si no tendrá que llevarse a la boca.

A veces, pasados lo años, aún miraba su firma imponente en el cursilísimo libro de dedicatorias juveniles, A mi querida alumna, la promesa más dulce de mujer. Príncipe Leonidas Mansieref y una tremenda rúbrica que sostenía su nombre.  Pensó que eso sí  era exilio y no lo de ahora.

© Cristina Vázquez

Cuento de Navidad

Malena Teigeiro

Huye Leyna. Huye entre los grandes copos que caen sobre las solitarias callejuelas. Huye porque la guerra la empuja.

Hierática, bailaba. Veía los ojos negros de Sigfrido clavados en su rostro. Entre sus manos, el cuerpo de Odette trémulo, ligero, volaba sobre la punta de las zapatillas. De pronto, se escuchan disparos, oyen los gritos de horror de los espectadores cuando aquellos hombres entran en el teatro. Escondida entre bambalinas, Leyna esperó hasta que pudo escapar.

Seguía huyendo entre países en guerra, entre campos nevados, sin importarle que la luna estuviera lejos, que el sol calentara poco. Escondidos entre sus ropas, lleva las zapatillas de raso y cuatro sellos. Por el camino le envía una carta, después otra y luego la tercera. El último lo guarda para poder decir dónde se encuentra.

Así llega hasta el fin del mundo. A un país abrazado por el mar. Una tierra en donde las gentes, que le sonríen tranquilas, no saben que existe el baile sobre las puntas de las zapatillas de raso. Un recóndito paraje en el que las nubes derraman una fina lluvia sobre las cabezas de sus paisanos, cubiertas por negros pañuelos; en el que las almas juegan con las sombras de la noche y la luz del amanecer; en el que la gente muere y renace rodeada de misterios. Cuando llega a la playa se detiene asombrada ante la inmensidad del mar. Siente mucho frío. Al final del arenal, en la cima del acantilado, ve una luz. Atraviesa los prados hasta llegar a una casa de piedra. Golpea la madera de la puerta. Un viejo le abre. Después de mirarla, le señala la cuadra. Solo por una noche, dice agradecida. El anciano, sin entender sus palabras, le sonríe. Entra en el establo y arrullada por el mugir de las vacas, Leyna se queda dormida.

El viejo está ordeñando a los animales cuando se despierta. Al verla incorporarse, se le acerca con una jarra de espumeante leche. La joven bebe el cálido líquido agradecida. La callosa mano del anciano le muestra un rastrillo y el modo de ahuecar la paja. Ya es medio día, cuando el hombre vuelve a la cuadra y le ofrece un plato de caldo. Poco a poco, la joven comienza a trabajar en la casa. 

Una noche cuando abría la puerta para irse a dormir, el viejo le señala una habitación vacía. Era la de mi hija, le parece entender. Dándole las gracias, entra en ella. Las arrugas de la piel del hombre se alisaron en un remedo de sonrisa.

Al día siguiente, cuelga las zapatillas de raso a la cabecera de la cama. Después, escribe  una carta diciéndole dónde se encuentra. Saca el último sello y lo pega en el sobre.

Pasaron los días, las semanas y los meses; el verano y el otoño. Leyna, poco a poco, perdía la esperanza.

El día veinticuatro de diciembre el viejo le pide que lo acompañe a la Iglesia. Nunca había entrado en aquel templo de helada piedra; no era como las capillas de su tierra, iluminadas con multitud de velas, pintadas con imágenes de oro y brillantes colores, nubes de incienso que perfumaban las naves, y popes vestidos con valiosos ropajes. Delante del altar, cual centinelas, cuatro cirios protegen un cesto lleno de paja desde donde le sonríe el Niño. Antes de irse, murmurando su ruego, le besa los pies.

Al no saber cómo preparan en la aldea la cena de Navidad, Leyna cocina la de su lejana Rusia. Vino caliente con canela y doce platos de diferentes viandas, uno por cada apóstol. Antes de irse a dormir, se calza las zapatillas de raso y danza para él, acompañada de una música que sólo ella podía escuchar.

Por la mañana la despertaron los villancicos de los niños. Abre la puerta y les da polvorones de nuez. Los miraba marchar cuando escucha ruido en la cuadra. El viejo estará ordeñando, piensa. Al dirigirse hacia allí lo ve salir camino de la casa y al cruzarse con ella, despacio, el anciano le susurra.

—Ve tú. Yo el habla de ese hombre, no la entiendo.

© Malena Teigeiro

Invitación

Liliana Delucchi

Mientras espera a su nieta, Edith permanece sentada, contemplando la niebla que cae sobre Madrid. Como cada semana anterior a Navidad, irán al ballet, la cita obligada para ver Cascanueces. Es una tradición que se remonta a la niñez de la señora, quien desde entonces se emociona con la música que Chaikovski compuso para la guerra de los juguetes. Aunque intenta fijarse en la copa de los árboles, desnudos en esta época del año, no puede obviar la presencia de una caja sobre la mesa, donde guarda sus tesoros, sus recuerdos. Alarga una mano para alcanzar el bastón, se pone de pie y se acerca a ella. El sobre está en el mismo sitio desde que lo recibió hace ya muchos años.

Era 1992, en medio de la algarabía de las olimpíadas, el Quinto Centenario y el annus horribilis de la familia Windsor, recibió una carta desde San Petersburgo que la llevó a otro tiempo, a otra ciudad. Dentro, había unos sellos y una escueta nota: “Mira lo que han impreso para conmemorar los cien años de nuestro Cascanueces.” No llevaba firma. No hacía falta.

Era muy joven cuando viajó a Nueva York para celebrar las navidades con parte de la familia que vivía allí. Como era tradición, fueron a ver Cascanueces y, gracias a lo relacionado que estaba su primo con el mundo de la danza, tuvieron acceso a los camerinos. Al verlo de cerca por primera vez, con la cara pintada, enfundado aun en su maillot, a Edith le temblaron las piernas y casi no pudo decir palabra cuando extendió la mano para saludarlo.

Los paseos por el parque sucedieron a las salidas a patinar, a las compras y a los villancicos, a besos escondidos entre bambalinas en medio de ensayos de pas de deux y las sonrisas cómplices de los miembros de la orquesta. Los bailes y las veladas los encontraban juntos hasta que tuvo que partir. Siguió su trayectoria a través de los periódicos, supo de su accidente por medio de una carta en la que le contó que ya no bailaba, que había sido contratado como coreógrafo en Rusia. Una y otra vez la invitaba a visitarlo,  hasta que con la excusa de una investigación, pudo viajar y continuar con una historia de la que conocía el final.

Un amor por correspondencia salpicado de algún encuentro a escondidas de sus cónyuges, hasta que llegó su primera hija, desde entonces solo les quedó la correspondencia. Y los recuerdos.

La presencia de su nieta la devuelve al salón, a ponerse el abrigo y partir en dirección al teatro. De regreso a casa, con la música sonando todavía en su mente, recuerda que ha leído que esta semana le harán un homenaje en Nueva York. Ve la ciudad nevada, los niños patinando, los Santa Claus por todos los centros comerciales,  a una pareja de jóvenes que desafiaban convenciones que estaban más allá de su alcance, y el temor de decepcionarse mutuamente al no ser capaces de vencerlas.

¿Por qué no?, todavía puedo viajar. Cuando está allí, él siempre se aloja en el mismo hotel. Introduce uno de los sellos en un sobre y escribe: “¿Qué harás en Nochebuena?”

© Liliana Delucchi

Juegos de Navidad

Marieta Alonso

¡Estas familias tan modernas! Eso se lo oí decir a mis abuelos maternos y en cuanto me vieron se callaron. Y es que voy a pasar la Nochebuena y la Navidad con mi primera mamá y mi tercer papá, luego despido el año y recibo al nuevo con mi primer papá y mi cuarta mamá. Creo que tengo un poco de lío familiar. Mi primera mamá, la que siempre está conmigo, me ha dicho que cuando sea mayor lo entenderé.

Entre mi Tata y yo hemos montado un Pesebre y un Árbol de Navidad en mi habitación. A mi tercer papá no le gustan estas Fiestas y ha prohibido ponerlos en el salón. Adoro al Niño Jesús, hablo con él todas las noches, y aunque en la cuna parece chiquitín, debe de tener mi edad porque es mi amigo.

Mi mamá en cuanto anochece entra en mi habitación para contarme un cuento. Hoy sin dejarla terminar me he hecho el dormido, así que me da el beso de buenas noches, me arropa, apaga la luz y cierra la puerta. Y justo en ese momento abro un ojo, luego el otro y me levanto despacito porque el aire se ha vuelto mágico y ruge como en un bosque encantado. Mis juguetes, haciendo lo mismo que yo, saltan del arcón donde los guardo y se cuelgan de las ramas del árbol.

Mickey con su afán de protagonismo, ha empujado a Spiderman que se ha caído encima del buey y del susto, el pobre animal muge; San José le palmea la testuz, mientras la Virgen María mece la cuna del Niño. La mula con sus pezuñas le ha roto a Peter Parker, una de sus lanzatelarañas. Se la he tenido que entablillar con un mondadientes y una tirita. Ya está listo para enfrentarse a los malos. Desde la rama más alta del árbol me llama Piolín para contarme que le ha parecido ver a un lindo gatito, y es que Silvestre está haciendo reír a Jesús al pasarle su roja nariz por la mejilla. Es muy ladino este gato. Está más atento al canario que al Niño. Superman se acerca a la cuna para ofrecer sus habilidades en beneficio de toda la Humanidad. Ya puedo irme a dormir tranquilo. Si el Belén tiene como guardaespaldas a mi superhéroe favorito, a nadie le puede pasar nada malo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 4
  • 5
  • 6

Copyright © 2026 · Agency Pro Theme On Genesis Framework · WordPress · Acceder