Nuevo Akelarre Literario

Síguenos

  • Facebook
  • Inicio
  • Autoras
    • Marieta Alonso
    • Liliana Delucchi
    • Malena Teigeiro
    • Cristina Vázquez
  • Relatos
  • Autores invitados

Monasterio de Santa María la Real de Osera

15 marzo, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos sobre el Monasterio de Santa María la Real de Osera

Imagen anónima - Monasterio Santa María la Real de Osera

Este Monasterio se ubica en una zona abrupta en la Sierra Martiñá, que se conocía como “Ursaria” por la abundancia de osos, en la margen derecha del río Osera, en San Cristóbal de Cea (Orense).

Aunque el primer documento donde se le menciona es de 1137, sus orígenes todavía no han sido aclarados. Tampoco existe unanimidad en cuanto a la fecha en la que su primera comunidad de eremitas se incorpora a la Orden del Císter.

Después del incendio sufrido en 1552, entra en la Congregación Cisterciense de Castilla, que trajo un periodo de renovación artística. En el siglo XIX, la exclaustración provocada por la Desamortización de Mendizábal produjo que el monasterio fuera abandonado. En el siglo XX vuelven monjes a Osera y se emprende la titánica y exitosa labor de restauración.

La imagen que hoy inspira a nuestras cuentistas no sabemos de quien es, quizás del maestro Mateo del Prado, ni a qué santa o virgen representa, pero sin duda su conmovedora belleza ha llegado a inspirar historias de muerte por amor, del ruego de una madre para que el marido de su hija sea como debe ser, de la súplica de una joven para que sus amigas no caigan bajo el embrujo de un seductor o de la pasión imposible de un pastor.

El bordado

Cristina Vázquez

También le llamaron Gerardo

Malena Teigeiro

La santa

Liliana Delucchi

El pretendiente

Marieta Alonso

El bordado

Cristina Vázquez

Su llegada al pueblo creó cierto estupor. De dónde habría salido ese hombre que decía ser artista. ¿Artista? Eso cómo se comía, mascullaban las comadres y los prohombres del lugar en la rebotica o el casino.

Se llamaba Andrés, estaría en la cincuentena y aunque su aspecto era diferente, la pulcritud y elegancia un tanto raída era lo que lo definía.

Se instaló en una casa modesta con jardín y un altillo luminoso que transformó en su estudio. Salía poco, daba largos paseos a primera y última hora de la tarde y saludaba amable, hasta sonriente, a quien se cruzara en su camino. Al poco tiempo dejó de ser novedad y como era educado y tranquilo, pasaron a otro tema que mereciera sus desconfiados comentarios. Aunque no parecía ni carne ni pescado, concluyeron.

Al cabo de unos días preguntó en la tienda en la que se vendía un poco de todo si habría alguna mujer en el pueblo que pudiera atender su casa. A la tarde siguiente apareció la Modesta, mujer fuerte, viuda y deslenguada.

—Aquí le traigo a mi sobrina —propuso mirando ávidamente la habitación en la que estaban—. Es limpia, necesita el dinero y estar ocupada.

 Andrés las hizo pasar ofreciéndoles un café recién hecho. Les enseñó el resto de la casa para que valorara el trabajo, a sabiendas de que era lo que deseaba la mujer, que pareció satisfecha con el reconocimiento del sitio. La sobrina, que iba tras ella igual que una sombra, apenas levantaba la cabeza, lo que hizo dudar a Andrés de sus capacidades.

—Esta se llama Amaranta —soltó señalándola con un despectivo dedo—. Aunque le parezca medio boba es trabajadora y buena. Además, borda muy bien. ¡Manos de ángel tiene!

Sentándose con aires de gran señora frente al humeante café, ni padre, ni madre, ni perro que la ladre tenía esta, dio un largo trago a su bebida. Gracias a ella había podido vivir la pobrecilla, confesó orgullosa Modesta, lo del nombre raro cosas de su madre —Dios la tenga en su gloria—, porque la pobre… Se señaló la sien como explicación de locura. Amaranta por fin levantó la cabeza en silencio y él pudo descubrir una cara de huesos finos, un cabello castaño que se escapaba del pañuelo que lo cubría y unos misteriosos ojos violetas.

—Lo único, señor, es que es muda —alzó un dedo doctrinal la tía—, que no sorda.

Se arrellanó en la silla y bajando la voz como si la chica no estuviera delante, aunque eso tiene sus ventajas, murmuró y le guiñó un ojo con aire de complicidad. Andrés se sintió conmovido por la chiquilla tratada con tanto desprecio y no dudó en contratarla, tras una negociación con Modesta de la que salió ufana. Quedaron en que comenzaría al día siguiente.

Andrés, que siempre fue un solitario sin trato con mujeres, le empezó a confortar el saber que esa joven estaba en el piso de abajo trasteando con suavidad de mariposa. Igual que no hablaba parecía no hacer ruido, pero desplazaba una ligereza, un aroma especial que le llenaba de paz.

Le pidió que se sentara a comer con él, a lo que tardó en acceder. Aunque no hablara, sonreía con confiada dulzura mirándole con una fijeza que a veces le hacía sentir incómodo. Al terminar la tarea se sentaba cerca de la ventana y hacía labores de bordado, retardando la hora de volver a casa. Parecía que se iba desprendiendo de unas escamas duras que la volvían invisible cuando estaba con su tía. Empezó a echarla de menos cada vez que se iba. Quería tener su presencia continua, él al que las mujeres nunca le habían atraído.

Un día la encontró completamente desnuda, ofreciéndose con una expresión de perrillo confiado. Él la tapó con severa suavidad.

—No Amaranta, querida. Yo no —la besó en la frente y acarició su perfecto óvalo—. No puedo amarte de esta manera.

Al día siguiente no apareció y fue a preguntar por ella a Modesta, la cual con malos modos le dijo que la moza había desaparecido. Loca como la madre. Eso de no querer hablar era tontería o locura, afirmó cruzando las manos con determinación sobre el voluminoso vientre. Esa misma tarde corrió la voz de espanto por el pueblo. Amaranta había aparecido en la iglesia muerta a los pies de la Santa. Parecía dormida, ni una gota de sangre. Era un misterio ¿Quién?, ¿cómo?

Andrés se sintió culpable, con la amargura sin consuelo de no haber protegido a ese ser angelical. Pero a los pocos días, sin que se hubiera dado solución a la muerte de la joven, el pueblo empezó a señalarlo. Una noche apedrearon su ventana, otro día vio que la gente volvía la cara al cruzarse en la calle, hasta que antes de que transcurriera la semana quemaron su casa. No llegó el fuego al altillo donde lo encontraron asfixiado sin haber intentado escapar. El estudio estaba lleno de dibujos con la cara de Amaranta y un bordado infantil le cubría el rostro. En él un corazón vulgar de punto de cruz encerraba el siguiente mensaje: “Sin ti no hay vida”.

© Cristina Vázquez

También le llamaron Gerardo

Malena Teigeiro

Siempre me había gustado pasear con mi padre por los bosques de robles y castaños que rodean el monasterio. También subir a la cima de ellos y ver desde arriba los fuertes y robustos muros de piedra que lo cercaban, aunque desde lejos parecieran pequeños y frágiles. Siempre tenía la impresión de que si los empujaba con la punta del dedo los podía tirar. Eso al menos era lo que quería hacer mi padre, según decía cada noche delante de su vaso de vino. Mi madre al oírlo se santiguaba, quizá pidiendo a la Santiña que lo perdonara. Luego me agarraba por el cuello de la chaqueta y me llevaba a la cama. No quería que lo oyera. Pero lo que no sabía mamá era que cuando mi padre me llevaba de caza, me subía a lo alto del monte, y estirando la mano la convertía en una misteriosa pistola que disparaba sobre los paredones del monasterio. Eran tan fuertes sus disparos que yo los veía desmoronarse una y otra vez como si en vez de estar construidos con fuertes piedras fueran hechos con arena de la playa.

Mi padre y mi madre se conocían desde niños y siempre habían estado juntos. Y aunque mis abuelos habían advertido a su hija sobre el extraño carácter de aquel hombre, como siempre suele ocurrir, mamá, enamorada, no hizo caso. Yo nací, según decían por la aldea, antes de tiempo, y eso al parecer obligó a mis abuelos a permitir que mis padres contrajeran matrimonio. Y lo hicieron allí, en el Monasterio de Osera, delante de la joven Santiña de piedra de la que la familia de mi abuela era muy devota. Y delante de Ella también me bautizaron. Me llamaron Gerardo.

Como decía, mi abuela era muy devota de la Joven Santa, y desde que comenzó la guerra y mi padre fue llamado a filas, ella y su hija acudían a rezarle. Iban siempre juntas. Unos crespones negros les cubrían los cabellos mientras musitaban sus oraciones. Yo solía estar sentado a su lado jugando con mi tirachinas. A veces estiraba la goma y me imaginaba en el monte disparando a los pajaritos mientras escuchaba a mi madre pedir para que el iluminado de mi padre, como le llamaba mi abuela, sorteara todos los peligros de aquella guerra y volviera pronto a la aldea. Yo entonces no entendía por qué mi querida abuela le nombraba como el Iluminado, cuando se llamaba Gerardo como su padre y como yo.

Era un día de fina lluvia, como la que caía casi siempre por aquellos montes, que más que lluvia parecía niebla, cuando de la mano de mi abuela subimos hasta el monasterio. Y como siempre también, mi abuela iba a hacer sus súplicas. Esa mañana caminamos solos y en silencio, pues mi madre había acudido a la ciudad. Quería recoger directamente las cartas a ver si había alguna de mi padre. Y como era la costumbre de la abuela, entramos en el santuario y nos dirigimos directamente a la capilla de la Santiña. Ella se arrodilló en el banco y yo me senté a su lado. El frío era tanto y tan intenso que hacía que mis rodillas chocaran una contra la otra. Estaba entretenido con el ruido que hacían mis huesos al chocar cuando me quedé tieso. Ella que siempre rezaba en voz alta, como si exigiera que se cumplieran sus súplicas, esa vez lo hacía tímida, zalamera. ¿Qué era lo que estaba diciendo? Sí. Hablaba de mi padre. Decía que ella no le deseaba nada malo al Iluminado, pero que si se perdía un tiro y esa bala en el camino hacia el que iba dirigida se encontrara, por ejemplo, con la cabeza de Gerardo, pues que no lo privara de ella. Y la vi encoger los hombros. ¿Qué mejor oportunidad de prestar un servicio a su patria iba a encontrar aquel muchacho, que andaba siempre borracho, y en malas artes, que la de salvar la vida de aquel al que iba dirigida? Levantó la cabeza y el velo se le escurrió hacia atrás. Mientras le sonreía a la santa, la abuela con sus retorcidos dedos tiró del velo y lo dejó en su sitio. Volvió a cruzar las manos y continuó. ¡Qué otra cosa mejor podía desearle a Gerardo que se encontrara cuanto antes en los brazos del Señor!

Elevé la mirada hacia la Santiña. Muy contenta no se la veía, la verdad. Sentí el peso de su mirada de piedra sobre mi cabeza y, como era bajito, me pareció que me aplastaba. El aire comenzó a faltarme y sentí un ligero mareo. Creí morir. ¿Pero qué era lo que estaba pidiendo mi abuela? Como pude, pálido y desencajado, me levanté del duro asiento de madera. Y señalando a mi abuela grité:

––Ese del que habla no soy yo. Es mi padre.

© Malena Teigeiro

La santa

Liliana Delucchi

Desde la puerta entreabierta de la sacristía, don Paulino observa al hombre que a diario, haga frío o calor, se postra ante la santa. Se pregunta si ha de intentarlo una vez más, si conseguirá hoy que ese personaje, con indumentaria de campesino y un cayado como único acompañante, responda a sus palabras. Su sufrimiento es evidente, piensa el sacerdote, pero mis intentos no logran abrir su corazón.

Destinado hacía apenas unos meses a esa parroquia, don Paulino supo ganarse la confianza y las confesiones de los feligreses. Sin embargo, a pesar de tantos años de sacerdocio era incapaz de acercarse al hombre.

El cura había hecho los deberes. Ante el silencio y distancia de esa criatura que con la boina entre las manos miraba devotamente la escultura de la inmaculada, preguntó por el pueblo.

Su nombre, Simón, de profesión pastor, trabajo heredado de su padre y abuelo, quizás de algún otro antepasado, pero aquellos a quienes interrogó no supieron decirle más. Solo que tenía un chozo de piedra en lo alto del monte, rodeado de un cercado donde guardaba las cabras en verano. En invierno las recogía en un establo cercano a la vivienda. La información recabada por don Paulino se vio enriquecida por Sagrario, la cotilla de la aldea, quien se sintió ofendida al no haber sido consultada.

—Es muy raro el Simón —declaró la señora.

Mientras se expresaba con su aguda voz, mordía uno de los mantecados que había llevado de regalo como excusa para la confidencia.

—Vive solo desde la muerte de su padre. Nunca se le conoció mujer, y por aquí no faltan algunas ligeras de cascos a quienes les hubiera venido bien esa casucha… Aunque esté tan alta en la montaña—. La mujer miró de reojo al párroco en busca de beneplácito a su testimonio, antes de seguir:

—Baja al pueblo en ocasiones para aprovisionarse de vino y alguna charcutería, pues el queso se lo hace él —dijo Sagrario mientras sacudía las migas caídas sobre su falda—. Es hombre de pocas palabras y solo habla del tiempo o de sus cabras.

Cuando el sacerdote le señaló que lo veía todos los días rezando ante la santa, la mujer abrió la boca para decir algo, pero como no se le ocurrió nada, volvió a cerrarla. El cura aprovechó para mirar el reloj, soltar un «Huy, ¡qué tarde!» y dar por finalizada la conversación.

Al día siguiente, al ver a Simón nuevamente ante el altar, don Paulino pensó: Si tú eres pastor de cabras, yo lo soy de almas y se prometió hacerle una visita.

El camino hasta la cumbre es bastante largo y empinado, el calor del mediodía de esa incipiente primavera da de pleno en la espalda del cura, tanto que tiene que quitarse la pelliza, pero ello no le impide llegar a destino a pesar de sus resuellos.

A la casa de Simón le falta no solo una mano de cal sino bastantes arreglos, sin embargo, cuando entra y sus ojos se han acostumbrado a la penumbra, don Paulino constata la limpieza y el orden de la estancia. Sentado en una de las dos sillas instaladas junto a la mesa, se sirve un vaso de vino a la espera del propietario de la vivienda.

—No sabía cuándo, pero sí que vendría —escucha don Paulino una voz ronca a sus espaldas—, por eso dejé la bebida junto con los dos vasos.

El sacerdote se pone de pie para estrechar la mano de ese hombre a la puerta de la cabaña, en su rostro en sombras adivina una sonrisa.

Simón se sienta al otro lado de la mesa y apura de un trago el jarro que tiene ante sí.

—No es como el de misa, pero a mí me sirve para refrescar el gaznate —comenta sin dejar de mirar a su interlocutor.

Un silencio se instala entre los hombres. El visitante lanza un suspiro y cuando va a comenzar a hablar, el otro le dice que no se preocupe, está bien y si va al templo a diario es para ver a la santa.

—Solo me enamoré una vez —continúa, mirando sus nudosas manos apoyadas sobre la madera—. Tenía doce años cuando mi padre me llevó a la iglesia, y entonces la vi.

»Tan dulce, tan hermosa y me miraba con tanto cariño que a partir de entonces solo pude pensar en ella. Pero nunca me perteneció. Estaba demasiado alta para mí. En realidad, ella era de todos.

El pastor saca un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se suena la nariz.

»Como acabo de decir, demasiado para mí, por eso voy al santuario, a pedir que me lleve junto a ella, y así poder estar juntos.

El cura se pasa la mano por la frente como si buscara la frase exacta, quiere aportar ayuda a esa confesión. No está seguro sobre si sus palabras serán las adecuadas, pero se aventura a replicar:

—No debe desear su propia muerte, esta llegará cuando el Señor lo disponga, pero puede estar seguro de que su enamorada está con Él.

—Claro que está con Dios, padre. Es la santa, por eso está allí y la gente va a rezarle.

© Liliana Delucchi

El pretendiente

Marieta Alonso

Parecía sensato e inteligente… como los hombres acostumbran aparentar. Cuando llegó a nuestro pueblo fue la novedad. Y no precisamente por ser un Adonis. Era tan delgado como el bacalao seco y se le podían contar uno a uno los doscientos seis huesos que tiene toda persona adulta. Si llamaba la atención era por conducir un coche que quitaba el hipo. A mí su automóvil me era indiferente, yo tenía una bicicleta con un timbre rojo amapola, tan estrepitoso que todos me cedían el paso.

Durante seis meses cada domingo sacó de paseo a una chica distinta, hasta que en una verbena tocó el turno de que se fijara en mí. Me sacó a bailar. Lo rechacé. Me dan asco los mariposones, le dije con voz alta y clara.

Nunca fui de muchas amigas, solo tenía tres y las tres tuvieron la desgracia de enamorarse de aquel mamarracho. Yo a la amistad le doy gran importancia, por lo que les aconsejé que averiguaran de dónde había salido aquel tipo. No me hicieron caso. Así que empecé a indagar.

Las pesquisas delataron que aquel donjuán iba dejando hijos en cada aldea, pueblo o ciudad por donde pasaba. Al marcharse del lugar donde estuviera destinado, zapateaba para quitarse el polvo y si te he visto no me acuerdo.

Mis amigas pretendieron tapar los hechos con el silencio. Me negué. Pero, ¿qué hacer? Y me fui al monasterio de Oseira a pedir consejo a mi santa preferida. Al salir de allí sentía la fuerza necesaria para dar a conocer tal comportamiento a la policía, al cura y al alcalde, lo que dio lugar a que el tenorio saliera por pies una hermosa tarde de domingo, no sin antes soplarles un beso a cada chica. Menos a mí, que lo amenacé con un conjuro para que la niebla devorase su imagen.

Perdí el afecto de mis amigas. A ellas no les hubiese importado tener un hijo suyo, pero las madres me hicieron un homenaje por evitar que aquel hombre dejara su simiente en nuestra aldea.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Ermita de San Lorenzo. Los Ancares

15 enero, 2021 por Akelarre 4 comentarios

La gran nevada - Los Ancares

Nevada en Los Ancares

Este mes sirve de inspiración para nuestros cuentos La ermita de San Lorenzo.

El pequeño templo se encuentra en lo alto de la aldea de Piornedo, en plena sierra de Los Ancares. Estos montes y sus aldeas, que estuvieron prácticamente aislados hasta finales del Siglo XX, conforman un gran espacio natural, Reserva de la Biosfera, que se extiende entre Galicia, Castilla y León y una pequeña parte de Asturias. Debido a su prolongado aislamiento, la sierra es conocida porque sus pobladores han conservado unas costumbres ancestrales y una arquitectura tradicional: la Palloza. Este tipo de vivienda circular con techo de paja, está considerada como la más antigua de todo el noroeste peninsular y una de las más antiguas de Europa.

En ese paraje solitario tienen lugar cuatro historias que, amparadas en la magia del paisaje y confundidas con la nieve y la bruma, discurren por senderos angustiosos o esperanzadores, tejiendo a su alrededor relatos que pudieron haberse escuchado en las largas noches de invierno.

Venganza

Cristina Vázquez

El árbol de la ermita

Malena Teigeiro

La gran nevada

Liliana Delucchi

Su refugio

Marieta Alonso

Venganza

Cristina Vázquez

Le costó soltarse de la mano esquelética de su abuelo. Esa mano inerte se agarraba a la suya como una pata de ave y con una mezcla de repugnancia y dolor consiguió librarse de ella. En ese momento un pájaro se cruzó por la ventana y lanzó un grito. A Pablo le pareció que se llevaba volando el alma del anciano. El sol ya empezaba a ser potente, un rayo se inmiscuyó a los pies de la cama y el nieto miró desde ese resplandor la inerte figura.

—Adiós —susurró—. Cumpliré la promesa.

Las mujeres esperaban en la puerta y cuando salió el chico, llorosas, le abrazaron. Ya era el único hombre que quedaba en la familia. Y como hadas oscuras y diligentes entraron en el cuarto a hacerse cargo del cadáver.

La humedad empezaba a cuajarse en los cuerpos. La densidad de ese aire tropical le hacía difícil moverse, aturdido por lo que acababa de vivir y por los ruidos de los pájaros en el jardín. Encontró refugio en su dormitorio mientras las carreras, los llantos y los bisbiseos de las mujeres cruzaban la planta baja. Puso el ventilador en marcha y se dejó adormecer después de la larga noche insomne, con el firme propósito de cumplir la promesa hecha.

Su abuelo Jacinto hizo las veces de padre, pues este desapareció siendo él un niño. Fueron unos años de espera, hasta que un buen día, el abuelo decidió que el yerno no iba a volver y que no había mayor tontería que hacer un luto sin muerto. Y tú, hija mía, conminó a la madre de Pablo, puedes elegir entre vestirte de negro o vivir la vida. Pusieron mirando a la pared las fotos en que salía el ausente y a otra cosa. La casa se volvió a llenar de actividad, canciones y alegría.

—Yo seré como un padre —le confesó sosteniendo por los brazos al chiquillo—. Y haré de ti un hombre de bien que cumpla su palabra.

Mientras el ventilador sonaba con ritmo parejo adormeciendo al muchacho, le vino a la cabeza la promesa hecha al abuelo. Fue lo último que le pidió antes de entrar en la inconsciencia, que volviera a su pueblo y entregara en la ermita el dinero que había guardado para este fin. Un hombre de bien cumple su palabra.

Pablo recordó las innumerables veces que don Jacinto rememoraba su patria y en especial donde había nacido. No era grande y sin ser rico, el pueblo tenía todas las casas de piedra. La suya era la solariega, la más grande desde la que se veía la altiva ermita en la cima de la colina. Pero no había terreno para repartir entre tantos hermanos y él se vino a esta tierra llena de dulzura y de dificultad, donde consiguió fortuna y familia.

El chico se sabía casi de memoria las descripciones de la alameda del rio en verano, el señorío de la gente, las romerías a la ermita de San Lorenzo… Y cada vez, el abuelo aumentaba en sus descripciones el tamaño del pueblo, la belleza del retablo que podía ser de Juan de Juanes, la perfección del empedrado, la elegancia de la galería del casino con la luz del atardecer…

A los pocos días del entierro y de formalizar documentos, Pablo decidió que iba a cumplir lo antes posible la promesa tantas veces exigida. Además, pensó que en ese pequeño paraíso podría encontrar trazas de sus antepasados y reconocer ese lugar de ensueño.

Se embarcó a principios del cálido mes de enero lleno de ilusión y satisfecho al ir a cumplir lo prometido a la persona que más bondades le había otorgado en esta vida. Llegó a España bajo una nevada que le mantuvo encerrado con un fuerte catarro unos días. Le apenó que los árboles se mostraran pelados de hojas, él nunca lo había visto, y cuando se repuso se acercó al pueblo, a la Ítaca soñada.

Cuando llegó le resultó imposible acoplar la imagen que tenía con la vulgar y semiderruida aldea en la que vivían unas escasas veinte personas. Preguntó por la casa solariega y un viejo con sorna le contestó que de solariega poco y de solar menos. Le señaló unas ruinas que estaban un poco en alto. Se sintió traicionado. Como el frío era intenso en el desolado paraje, pidió un coche para llegar a la ermita, el suyo lo había despedido pensando en permanecer un tiempo en el lugar. Los hombres que se iban acercando se rieron concluyendo que llevaba años cerrada y era imposible en invierno subir a ella. El camino se quedaba intransitable.

Refugiado en el oscuro bar, que era lo único que quedaba del Casino, le aclararon que ese había sido el nombre de la taberna, pero que casino como tal, le explicaron entre risotadas, nunca había existido. Y el párroco, ¿dónde podría encontrarlo? Venía a cumplir una promesa de Jacinto Valverde. Quería entregar ese dinero —se señaló el abultado bolsillo— para la ermita de San Lorenzo en su nombre. Él era su nieto. Los viejos que charlaban con él se miraron desde el fondo de sus escurridizos ojos y escupiendo en el suelo hicieron una señal de conjuro con los dedos.

—Ese donde mejor ha estado es lejos de este pueblo —concluyó el que parecía capitanearlos—. Aquí poco hubiera podido vivir después de lo que le hizo a la Antonia.

Y el párroco, como dice el señorito, continuó malicioso Florencio, era un pobre cura que iba de pueblo en pueblo intentando santificarlos. Las risotadas de los otros se hicieron más fuertes y empezaron a acercarse otros parroquianos aburridos y desocupados, al vocear el jefecillo, señalándole, que aquí estaba el nieto del Jacinto, ni más ni menos. Le fueron rodeando, un maldito coro de bocas enrojecidas y desdentadas. Dice que viene a cumplir una promesa del abuelo, que le ha dado un dinero para reparar la ermita.

Se miraron entre ellos con un codicioso brillo y se acercaron a palparle. Pablo sintió que una nausea se apoderaba de él y empezó a temblar no solo de frío. Le arrebataron la bolsa sin que él casi se diera cuenta. Lo único que sintió fue un pinchazo frío y seco en la ingle.

—La venganza se sirve fría—aseguró el cabecilla mientras limpiaba el cuchillo con parsimonia.

© Cristina Vázquez

El árbol de la ermita

Malena Teigeiro

Tomás subía todos los días, casi de madrugada, hasta lo alto de monte. Le gustaba cazar. Aquella tarde en que la niebla casi le impedía ver el camino, bajaba la montaña, hambriento y malhumorado. Además de haber discutido con Rita antes de salir de casa, el día le había resultado un fiasco: Ni un solo conejo se le colocó delante de la mira. Y no es que le molestara no haber cazado ni una pieza, eso le daba lo mismo, porque lo que de verdad le placía era caminar por la sierra de Los Ancares, de donde procedía su familia.

Su abuelo, el último que vivió en la aldea, una mañana recibió la carta en la que lo llamaban a filas y cuando acabó la guerra se quedó a vivir en la ciudad en donde se casó y tuvo un hijo, el padre de Tomás, que tampoco demostró ningún interés por aquella aldea perdida entre los montes. Cuando al fallecer su padre, Tomás heredó una abandonada palloza en el Piornedo, intrigado, y con la idea de venderla por lo que le dieran, se fue a ver qué era aquello que habían conservado durante todas sus vidas su padre y su abuelo.

Algo le atrajo en el momento en que empujó las cuatro tablas que todavía quedaban de la puerta de la palloza, de la que había desaparecido el tejado de paja. Ya había anochecido cuando terminó de examinar con mimo cada piedra de la pared medio hundida en la tierra. Luego de meditar un momento, decidió que era mejor pasar la noche en la aldea, que conducir de vuelta por aquellas carreteras de tierra y con altos precipicios a un lado.

Se alojó en una pequeña fonda, cercana a su palloza, en la que también servían comidas. Mientras cenaba un abundante plato de huevos fritos con patatas y chorizo, el dueño de la fonda le comentó la buena caza de rebecos y cabras montesas que había por aquellos montes. Y como era la caza su deporte favorito, también quizá enamorado por la fragancia y el sabor de los huevos que estaba degustando, sin pensarlo demasiado, decidió contratar unos albañiles y reconstruir la palloza.

 Aquella casa redonda se había convertido en una vivienda moderna en donde ahora lo estaba esperando Rita, su mujer, que como siempre que llegaba con los zurrones vacíos, lo miraría con una risita parda que él aguantaba muy malamente. Por no pensar en lo que le molestaba el retintín de su voz: Pobre. Habrás pasado mucho frío. ¡Total, para nada! Y luego, como hacía siempre, bajará la cabeza compungida. Después, mimosa, se le colgaría del cuello escondiendo el rostro en su hombro. ¡Hipócrita! Como si no supiera que lo hace para que no vea la alegre luz de sus ojos. ¡Si hasta habría pasado el día rezando para que no tuviera éxito en su día de caza! Cualquier cosa con tal de que me deshaga de la casa. O al menos, le dijo una vez, consérvala como lo hicieron tu abuelo tu padre, pero sin tener que venir nosotros hasta el fin del mundo. Al acercarse a la pequeña ermita, contempló el árbol que crecía solo, gallardo, arropado por la nieve enfrente del pequeño templo. Tomás suspiró. Pero lo que más le molestaba de Rita, era que siempre, como si fuera la más abnegada de las esposas, se empeñara en acompañarlo cada vez que decidía volver a cazar en Los Ancares.

—Si es que ya no tienes edad para estos esfuerzos —le humillaba dándole un beso cuando sin levantarse de la cama, lo despedía hasta la noche.

Tomás, con las botas casi hundidas en la nieve, se detuvo. Admiraba el árbol arropado por la escarcha y el hielo. Quizá le gustaba más que en verano cuando aquellas ramas, ahora secas, lucían el limpio verdor de las hojas. Lo cierto era que más que un árbol parecía el guerrero protector de la ermita de piedra, se dijo.

Algo se movió entre las sombras del atardecer alrededor de la capilla. Quizá fuera un oso de los que, decían, pululaban por la sierra. Aunque él nunca vio ni se tropezó con ninguno. Y creía que tampoco nadie en la aldea los había visto. Era uno de tantos cuentos y leyendas que se contaban alrededor de fuego. Subió el arma, apuntó y disparó mientras pensaba en que, si fuera un oso, no sabría cómo arrastrarlo hasta su casa. Lo mejor sería dejarlo al pie del árbol y recogerlo al día siguiente. Sí, y le pedirá a los hijos del de la bodega que le ayuden. Seguro que esta vez Rita estará contenta. Con la piel haría una alfombra para colocar delante de la chimenea al lado del sillón. Era el único sitio en donde le gustaba estar. Allí leía esas estúpidas novelitas de amor que casi siempre se desarrollaban en Inglaterra, como si en ningún otro lugar se supiera amar de forma romántica.

Después del disparo Tomás esperó. Nada se movía. Se fue acercando al árbol poco a poco, muy despacio, hasta que de pronto un intenso dolor le sacudió el brazo, el pecho. El cuerpo de Tomás se dobló. Aquello a lo que había disparado se le acercaba lentamente. Antes de que Tomás se derrumbara sobre la nieve al pie del solitario árbol, sintió que unos brazos lo envolvían. Debía de ser la niña vaquera que había sido violada y asesinada cerca de la ermita y que, según murmuraban los viejos de Los Ancares, vagaba por los montes recogiendo a los que se perdían.

Tomás cerró los ojos y enredado en la niebla húmeda, fría, voló con ella.

© Malena Teigeiro

La gran nevada

Liliana Delucchi

Ha llegado el invierno, pero desde esta butaca por mucho que me esfuerce no veo caer copos blancos. Aquí la habitación está caldeada, y hasta las flores parecen de verano. Entonces las estaciones se diferenciaban, te morías de frío o te asabas con el calor. Ahora todo transcurre en una constante placidez que se soluciona con una chaqueta más ligera o más abrigada.

Matilde coge una galleta de la bandeja y el dulce sabor se deshace entre su renovada dentadura. Mira el reloj de la pared. Ya son las cinco y media. Hortensia se está retrasando, hoy vendrá con Julieta. ¡Julieta! Esa niña vivaracha y sonriente, todo lo mira y todo lo pregunta. No se parece a su madre, ella no se interesaba por nada más que por lo obvio, nunca se pareció a mí, pero Julieta… La pequeña me interroga sobre el pasado, quiere saber… Ciertas cosas es mejor ignorar.

—¿Tienes algún secreto, abuela? —preguntó hace unas tardes cuando me vio con mi caja de fotos.

—Muchos, cariño —le respondí.

Y le conté algunos de esos conocidos por cualquiera que haya vivido en la Sierra de Los Ancares. El nuestro, querido, ese no se lo conté. Ese está guardado en las tumbas del pueblo, con aquellos que lo vivieron y que ya no están. Fue un escándalo, un escándalo de amor y muerte.

Como la Capuleto que llevaba tu nombre, yo me enamoré de la persona equivocada. Equivocada para los demás, porque para los personajes de esa tragedia, es decir, nosotros, fue la gran pasión. Un inmenso fuego apagado por una enorme nevada.

Matilde mira la foto remitida por quien fuera su gran amiga y confidente, esa mujer menuda que aún vive en la Sierra al cuidado de sus nietos. La imagen muestra la iglesia a lo lejos, a través de una cortina de niebla… Como aquella mañana. En esta falta algo. La escena final, esa en espera de la caída del telón para que el auditorio libere sus lágrimas.

Mi hermano tenía otros proyectos para mí: El buen Teodosio, un hacendado viudo, con dos hijos y un patrimonio para cubrir las deudas de la familia. El día de autos me ayudó a levantarme del suelo helado en el que estaba tendido mi Montesco y en cuya sangre pretendí ahogarme. Mi hermano continuaba con la escopeta en la mano, gritando que se había merecido el disparo, que nadie se llevaba a una joven de su familia sin pedir permiso. Después, el mortal silencio se instaló en el paisaje, y en esa calma triste se veía a lo lejos la vidriera encendida de la iglesia que salpicaba la gélida oscuridad, resaltando la blancura de la nieve. Pero la quietud se rompió con la repetición de tu nombre, que mi voz lanzaba a los lugares más remotos para devolverlo con ecos prolongados.

Durante mucho tiempo recordaría cómo el hijo mayor de mi madre me arrebató del abrazo de quien más tarde iba a ser mi marido, Teodosio, para llevarme a la iglesia y hundir mi cabeza en la pila «puede que el agua bendita limpie tus pecados», me dijo. Aún conservo la cicatriz del canto del mármol en la mejilla. Teodosio me llevó a su casa, me convirtió en su esposa y tanto él como sus hijos dieron calor a mi cuerpo y a mi alma.

Bajo el efecto hipnótico de la rutina empecé a encontrar mi espacio en ese hogar. Después llegó tu madre. Hortensia fue sietemesina, eso es lo que dijimos en el pueblo, lo que aceptaron sus hermanos y lo que figura en el álbum familiar.

La anciana vuelve a mirar la foto. Acaricia la fachada de la iglesia y se levanta de la butaca en busca de su esmalte de uñas. Desenrosca el tapón y con el pequeño pincel dibuja un reguero rojo en la colina que baja hacia la cañada.

© Liliana Delucchi

Su refugio

Marieta Alonso

Tras leer aquel mensaje amoroso fue como si la ira, el dolor, la decepción no la dejaran pensar. Sintió que debía poner tierra por medio. Y se fue a ese lugar de ensueño donde vivía su abuela, donde había pasado su niñez. De pequeña disfrutaba jugando al escondite en el bosque que lindaba con la casa familiar, de joven daba largos paseos bordeando sus límites. Allí encontraba siempre respuesta a sus preguntas, la tranquilidad para sus nervios, esa paz que no hallaba en ningún otro lugar.

Iba recorriendo los trescientos kilómetros que la separaban del paraíso y antes de llegar hizo recuento de todo lo que se había traído. Unos tejanos, ropa de abrigo, su instrumento de trabajo: el portátil, bien seguro en el asiento del acompañante. Allí donde acostumbraba a sentarse Guillermo, que a pesar de tener carnet de conducir no se ponía frente al volante. Era el que daba las órdenes: Gira a la derecha, ahora a la izquierda, cambia de marcha, levanta el pie del acelerador que en autovía hay que ir a ciento veinte y vas a ciento veintidós… Casi se lo oía decir.

A don Perfecto nunca se le escapaba nada. Salvo haber borrado aquel correo y pedirle, justo cuando preparaba una cena romántica, que entrara en su ordenador y le enviase un documento que había olvidado.

Parecía imposible que fuera un picaflor con la cara de bueno que tenía, pero allí estaba la prueba del delito, una nota apasionada de una chica con una foto abrazada a un perro. ¿Cómo era posible que le hiciera eso a ella, cuando susurraba a todas horas cuánto la quería? ¡Mentiroso!

Ya era noche cerrada cuando aparcó y llamó a la puerta. La estaba esperando. Una llamada telefónica la había puesto sobre aviso de su llegada.

La madrugada les pilló hablando del tema. La abuela estuvo muy interesada en todo lo relacionado con la tercera en discordia.

—En resumen: Lo único que tienes es una nota y la foto de una chica con juventud, belleza y sex appeal.

—Abuela ¿de dónde has sacado ese vocabulario?

—De las telenovelas, hija —y quitando del búcaro una hoja seca se arrebujó en la toquilla—. Hay algo que no me cuadra.

Miró hacia las vigas del techo donde una telaraña parecía a punto de caérsele encima. Su marido era un hombre serio, formal, inteligente, y cariñoso hasta con ella, se llevó la mano al pecho. No, esa no sería su forma de actuar. Ha sido poco sensato de tu parte salir corriendo. Durante un corto espacio de tiempo la nieta se quedó rumiando sus palabras.

—¿Por qué?, preguntó la joven.

—Porque no. Además, Guillermo no tiene un pelo de tonto y nunca cambiaría la vaca por una chiva.

—Abuela, ¿me estás llamando vaca?

Fue como si no la oyera. O quizás no la oyó debido al viento que silbaba buscando colarse entre las rendijas.

—Debe haber un error, hija. Por lo que deduzco: Una joven le ha enviado una carta de amor a tu marido, pero no encontraste ninguna respuesta. No te ha dado motivos de celos. Y sin concederle la oportunidad de defenderse, tomas el portante y te presentas aquí.

Fue hacia la cocina, preparó leche caliente y a paso corto trajo las dos jarras de aluminio. Durante un buen rato estuvo removiendo despacio el terrón de azúcar.

—¿Sabes, cariño? El castaño en el que tanto te gustaba esconderte de pequeña, se dejó secar. Sufrió un ataque de orgullo arbóreo. El de al lado comenzó a hacerse cada vez más frondoso y todo el que pasaba cerca tenía algo que decirle. No pudo soportar tanto agravio.

La nieta la miró como si no estuviera en sus cabales. Imposible. Si nadie le podía hacer sombra al castaño más bonito de este mundo, dijo convencida.

—No fue razonable. Se dejó llevar por los sentimientos heridos.

Asombrada, la joven volvió a observar a su abuela.

—¿Qué estás queriendo decirme?

—Nada hija. ¡Venga! A dormir que ya es hora. Mañana hablarás con tu marido. Deja que se explique y, de paso, cuéntale que estás esperando un hijo.

—¡Cómo lo has sabido!

—A mis años es difícil no ver lo evidente.

A la mañana siguiente, bien temprano, se despertó con la sensación de haber dormido toda una vida. El teléfono no paraba de sonar. Era Guillermo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Cementerios

15 noviembre, 2020 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos sobre cementerios

Cementerios

Cementerio: La Real Academia Española define la palabra como proveniente del latín tardío coemeterĭum, y este del griego bizantino koimētḗrion, propiamente dormitorio. La palabra fue introducida por los cristianos porque creían que los difuntos solo dormían esperando la resurrección.

Los cementerios, tal y como hoy los comprendemos, comienzan en los atrium situados alrededor de las iglesias. En estos lugares se reunía la gente tras la misa, se realizaban procesiones o movilizaciones militares, jugaban los niños y se celebraban los más diversos actos sociales. El cementerio era, por tanto, un espacio de convivencia alrededor de las parroquias.

El auge del cristianismo llevó a la mentalidad colectiva que solo la cercanía en el enterramiento a catedrales, iglesias o monasterios garantizaba la salvación de las almas. Y fue a partir de la Edad Media cuando el crecimiento de las ciudades hizo que estos santos lugares quedaran en el interior de las mismas. En la actualidad, su culto, embellecimiento y emplazamiento hacen que muchos de ellos se hayan convertido en lugares de visita turística.

En este mes de noviembre en que recordamos a los que se han ido, nuestras cuentistas han encontrado en estos sitios de culto la inspiración para sus relatos.

Deseamos que disfrutéis con ellos.

Fiel jardinero

Cristina Vázquez

Los paseos de Carmelita

Malena Teigeiro

Alicia

Liliana Delucchi

Un buen acicate

Marieta Alonso

Fiel jardinero

Cristina Vázquez

Felipe era un buen hombre. Correcto y cabal, al menos así le calificaban en el colegio de Marianistas en el que estudió. Además de los amigos, sus jefes también opinaron que era amable y sensato, aunque con un peculiar sentido del humor. Lo que sorprendía a todos era el gran éxito que tenía con las mujeres, aunque tuviese un físico corriente y un interés moderado en la conversación. A medida que fueron pasando los años sus conocidos y familiares empezaron a mirarle desde otra perspectiva. No solo triunfaba con el sexo opuesto, sino que enviudaba con cierta regularidad. Hasta cuatro veces.

Él sufría con resignación las pérdidas. La primera fue dramática pues solo llevaban seis meses casados cuando la joven Ofelia desapareció de la mañana a la noche de una pleuresía fulminante. Los lamentos del cortejo que acompañó a la chica se oían más allá de las tapias del cementerio. Los deudos que rodeaban la tumba se quedaron extrañados de lo apartado y amplio del lugar, rodeado de una valla con el nombre de él forjado a la entrada. Felipe sufría con una dignidad y entereza encomiable esa terrible desventura.

A los dos años volvió a casarse, esta vez con una robusta Helena de ascendencia suiza, que lucía el aspecto más saludable que se pudiera esperar de una mujer. Felipe parecía más hablador y alegre de lo habitual con esta nueva esposa. Su familia rebosaba confianza en que pudiera olvidar, y así lo parecía, su desventurado y breve matrimonio. La pobre Ofelia, susurraba la madre mirando con admiración a la sonrosada nuera, ya se la veía que era muy poquita cosa. Robusta o no, Helena, al año se precipitó por un acantilado mientras paseaban por la sierra, afición que ella había introducido en sus hábitos matrimoniales, por aquello de la ascendencia helvética.

En este segundo sepelio los lamentos eran más exiguos y la pena por la mala suerte del pobre Felipe se diluía en miradas de extrañeza. La tumba estaba al lado de la de Ofelia —de la que crecía un hermoso rosal— en el mismo lugar apartado, ahora ya menos amplio a causa de la nueva ocupante.

A los tres años se casó con una vecina de toda la vida, María Angustias, una mujer gris y resignada que por lo visto había suspirado toda la vida por este inalcanzable vecino que por fin hacía suyo. La boda apenas se celebró con una breve comida familiar y la novia, vestida también de un gris que entonaba con su personalidad, lucía una emoción inquieta. La fama de hombre de mal fario, de gafe, empezaba a sobreponerse a la de cabal, correcto, sensato… Durante este matrimonio uno de los planes que Felipe prefería era ir a pasear al cementerio y arreglar los rosales de la parcela, así la llamaba, donde reposaban sus anteriores mujeres. Tan tranquilo, tan lleno de paz y serenidad le objetaba a María Angustias cuando le decía que a ella le daba mucho malestar pasearse en medio de tanta tumba.

—Felipe si nos queda toda la eternidad para disfrutar el lugar.

—Tienes razón, pero no es mala cosa acostumbrarse y conocer el sitio al que vendrás —le replicaba con lúgubre sonrisa—. Así te vas haciendo a la idea.

Poco tiempo le dio a acostumbrarse, pues a los dos años de matrimonio la pobre se electrocutó haciendo un apaño a la plancha que siempre se le estropeaba. Felipe contaba que la encontró como si fuera un dibujo animado de tiesa que estaba y que los pelos parecían alambres. Pobrecita, suspiraba el viudo, pobrecita. Ahora se va a hartar de cementerio con lo poco que le gustaba. Ya se lo advertía él que era mejor acostumbrarse. Pero por lo menos no iba a estar sola y una sonrisa melancólica le iluminó la cara.

A este entierro solo fueron un hermano, un subalterno del viudo, dos sobrinas y una hermana de la muerta. En el breve responso un aire de desconcierto sobrevolaba al cura y a los escasos presentes. La cuñada, María Remedios, no era capaz de darle el pésame ni mirarle a los ojos, pues le veía envuelto en una gran beatitud, como si, al igual que un mártir, aceptara su destino. Aunque no quería fijarse en el viudo, el brillo pálido de sus pupilas la emocionó. Ella, viuda también, comprendía la soledad del superviviente y le pareció que las tres tumbas seguidas, con los parterres bien cuidados y un rosal plantado en cada una de ellas, daba al lugar un aspecto acogedor, casero. Desterró estos pensamientos y salió a paso vivo en cuanto acabó la ceremonia.

Al año y medio, y sin que nadie se enterara, María Remedios se casó con Felipe. Una mezcla de transgresión y desafío la invadió, pues no se le iba de la cabeza el lugar que quedaba libre al lado del de su hermana. Y dados los antecedentes del cuñado, hoy marido, había momentos que se sentía como una amazona desafiando el destino y otras, como una futura víctima del mal fario de su esposo. Pero duró muchos años y le parecía bien acompañarle en el paseo por el cementerio al que él iba todas las tardes. Decía que le resultaba vivificante y saludable comprobar cuantos le habían precedido. Hacía bromas sobre el esmero con que cuidaba su harén de muertitas. Ya que no se podía tenerlo en vida…

© Cristina Vázquez

Los paseos de Carmelita

Malena Teigeiro

Desde que tiene recuerdos, le gusta pasear por el cementerio. Siente un delicioso gozo con la paz y tranquilidad que, impávidas, emanan las filas de panteones y el perfume de las flores. Pero lo que más le fascina son los entierros. La unidad, el recogimiento de las llorosas familias, todo ello la sobrecoge. En cuanto Carmelita se percata de que hay un enterramiento, se entremezcla con los deudos. Compungida, igual que si el difunto tuviera que ver con ella, participa en sus rezos, sobre todo en aquellos casos en que los muertos apenas llevan acompañantes. Lo hace con gusto, quizá porque como niña de la inclusa que fue no tiene familia a la que llorar. Y suspira satisfecha cuando, al final, todos los integrantes de la comitiva le dan la mano agradeciéndole su presencia. Por otra parte, a Carmelita le parece que los entierros son como las representaciones de una obra de teatro. Sobre todo cuando el atrezo de la lluvia o la niebla se mezcla con las lágrimas de los dolientes familiares. Entonces, era todo tan perfecto que hasta se le encogía el corazón. En fin, se dijo separándose unos cabellos que le tapaban la frente, para ella los entierros eran como la misma vida. Le vino a la memoria el de un difunto, casi vecino suyo, un hombre canijo y malhumorado que compensaba su pequeño tamaño con los gritos que daba a su mujer y a sus hijos. Ahora que lo recordaba, nunca los vio juntos por la calle. Pobre mujer. Carmelita suspiró apenada. Sin embargo, aquella mañana de esplendoroso sol estaban dándole sepultura su viuda y sus cuatro hijos, bien acompañados por sus cónyuges. Durante toda la ceremonia guardaron un escrupuloso silencio que mantuvieron hasta salir del cementerio. Ya en la calle, los vio tranquilos, hasta le pareció que se iban satisfechos después de comprobar que el nicho se quedaba bien cerrado. Porque los cementerios también tienen de bueno eso que a ella tanto le gusta comprobar: Las diferentes clases de amor que las gentes sienten por el que allí dejan.

Miró hacia un lado y otro, nada. No lo entendía. Era como si el día anterior no hubiera fallecido nadie. Incomprensible. Y continuó paseando acompañada por sus pensamientos. El de don Floro sí que había estado bien. Él era un hombre importante, el dueño del banco. Llegó al cementerio en una carroza tirada por dos caballos negros. La debieron sacar de un museo, meditó, porque por allí nunca vio cosa igual. La caravana que lo escoltaba daba gloria. Coches y coches negros, brillantes como el charol. Un desperdicio de gasolina, pensó. Al entierro de don Floro casi no asistieron señoras. Pensándolo bien, y ahora que recordaba, ninguna. Pero por todos era conocido que los hombres importantes solían ir acompañados por caballeros que deseaban que los vieran allí, no fueran a quedar mal. Y don Floro, lo mismo que le pasó en vida, llegó a su última morada rodeado por hombres con gabanes negros. Era gracioso verlos pasar. Parecían una bandada de pájaros huyendo hacia el sur. Ella solo coincidió con él dos veces, y las dos en el patio del banco mientras de pie delante de la caja, esperaba a que la atendieran. Todavía lo recordaba. Pasó por delante de ella seguido por sus secuaces. Impávido, con la mirada puesta en el horizonte, caminaba hacia la puerta. Y las dos veces aquella figura delgada, tiesa, le recordó a Moisés. También a su paso, como si fuera el agua del Mar Rojo abriéndose ante el pueblo de Israel, las gentes se separaban para que don Floro pudiera pasar sin que nadie le molestara. ¡En fin! Lo cierto era que por importantes que seamos, a todos nos llega la hora. Y se persignó.

El entierro de Lola fue en el que más disfrutó. Era una mujer alegre, que cantaba y bailaba en cuanto tenía ocasión y que siempre reía. Y al parecer dejó escrito a sus acompañantes que al entrar en el cementerio comenzaran a cantar sus canciones. En aquella especie de carta que la mujer escribió con sus últimas voluntades, puso que se iba contenta porque su intención era seguir cantando y bailando alegrándole así la vida a los de arriba. ¡Qué mujer! Y cuando siguiendo sus instrucciones las alegres voces de sus deudos comenzaron a entonar sus canciones, los pies de los que allí estaban se animaron a bailar. Lo malo fue que esa tarde se celebraba otro entierro, y que a aquella triste y enlutada familia les parecieron una falta de respeto los alegres y jocosos cánticos y bailes. Y claro, unos que si estaban cumpliendo el deseo de su amiga, y los otros, cerriles, sin comprenderlo, comenzaron a soltar palabras gruesas. Eso al principio, porque siguieron con que si este no es lugar, luego que yo hago lo que quiero, que esto es lo que me pidió la Lola, los otros que si no se callan llamamos a la policía… Lo peor llegó cuando, nunca se supo quién, a alguien se le ocurrió arrojarles a los tristes una flor. Alguno más se animó e hizo lo mismo. Los otros, que apenas llevaban encima del ataúd un ramito, y que no iban a destrozarlo por ese motivo, recogieron chinas del suelo y comenzaron a arrojárselas a los de las flores. Total, que, al final, abandonando los ataúdes, armaron una pelea de la que aún hoy se habla. Avisada por los guardas del cementerio llegó la policía. Entonces, los amigos de Lola, alguno de los cuales no les gustaba que la pasma los encontrara, comenzaron a correr por los caminos saltando por encima de las tumbas y hasta dicen que más de uno llegó a esconderse en algún panteón. Otros, los más tranquilos, como el cuerpo de su amiga continuaba sin haber sido introducido en el nicho, no dejaban de elevar sus hermosas voces al cielo. Al fin, uno de ellos, un hombre mayor, de talante serio y muy educado de maneras, consiguió explicar a los guardias por qué se comportaban así. Cosa que como en el cuartelillo también era bastante conocida la Lola, la policía comprendió. Mediando los guardias entre unos y otros, se llegó al acuerdo de que mientras el cura le rezaba un responso a su amiga, la otra familia cumplimentara el entierro de su deudo y se fuera rapidito.

Todo ocurrió tal y como se había pactado y cuando los guardias después de darles el pésame, se retiraban, Que Dios la tenga en su Gloria. Era tan buena. Y tan lianta. Eso sí, para qué lo vamos a negar. En fin, la recordaremos siempre, los acompañantes al entierro de Lola como setas, fueron saliendo de los rincones. Ya reunidos de nuevo, el triste y alegre cortejo, entonó sus cantos a la vez que introducían a su amiga en su última casita. A Carmelita le dio mucha lástima verlos cómo se retiraban del cementerio con los rostros cubierto de lágrimas.

Y pensando lo cierto era que los entierros eran casi siempre tristes, solitarios, sin glamur alguno, Carmelita se fue del cementerio. Como siempre entró en el bar que estaba al final de la tapia, a la izquierda, a tomar una copita.

Contenta, Carmelita bajaba por encima del desigual camino de adoquines del paseo principal sin que se le metiera ni una sola vez el tacón en las ranuras. Había llegado a la conclusión de que la gente que acudía a los entierros era amable, y también educada. Quizá debido a la tristeza que les producía quedarse solos o bien a la satisfacción que a veces acompañaba a esa soledad. Eso, al menos ella, nunca consiguió aclararlo. Pero lo que nunca supuso fue que aquellas familias a las que acompañó, y que apenas la conocían, estuvieran tan agradecidas como para transportarla a hombros hasta su último hogar. Si pudiera se hubiera removido entre las sedas de su ataúd para darles las gracias personalmente. Pero daba igual, porque, sonriente, revoloteaba por encima de sus cabezas animándolos a vivir.

Al fin, cuando ya sintió que su cuerpo estaba recogido, Carmelita se agarró a las alas de su Ángel que la esperaba. Durante el camino, le pidió que como no tenía amigos ni familia, por favor, la llevara junto a la gitana Lola.

© Malena Teigeiro

Alicia

Liliana Delucchi

Era una tradición. Cada dos de noviembre íbamos al cementerio. Con un ramo de crisantemos, mi marido y yo visitábamos a quienes ya no recibían visitas. Tumbas arañadas por el tiempo, donde casi no se leía el nombre de quien allí descansaba y que desde hacía mucho no escuchaban los rezos de algún familiar o amigo.

Años atrás habíamos cambiado de país y nuestros antepasados quedaron en un camposanto allende los mares, sin nadie que les llevara flores ese día. Esa orfandad fue la que nos hizo tomar la decisión de rendir homenaje en nuestra nueva patria a aquellos sepulcros abandonados que seguramente escondían sus historias. Nadie desatiende una sepultura porque sí. No nos importaba el motivo, ni quisimos investigarlos, simplemente acompañar durante un rato a quien reposaba en soledad.

Caminábamos en silencio y cada uno elegía al destinatario de sus flores y sus plegarias. Todos los años una tumba diferente, hasta que un día descubrí una que me atrajo como si de ella emanara una fuerza especial.

La mañana era gris y una niebla densa caía sobre los cipreses. En una lápida de mármol que alguna vez fue blanco, leí:

Alicia Guiraldes Fonseca
12 de enero 1919-17 de junio 1925

Pobrecilla, pensé, solo tenía seis años. Dejé mi ramo y me senté en el suelo. Con el dedo índice acaricié las letras de su nombre y fue entonces cuando me pareció escuchar una voz infantil que me pedía que le contara un cuento. Un frío helador me recorrió la espalda mientras me ponía de pie con la promesa de volver.

El lunes siguiente fui a una librería. A través del cristal del escaparate, la luz de la mañana iluminaba un estante donde pude ver varias ediciones de Alicia en el País de las Maravillas. Tu nombre, pequeña, es probable que lo conocieras, ya que Lewis Carroll lo publicó en noviembre de 1865. Compré un ejemplar y volví al cementerio.

Sentada sobre la tumba, con voz baja, casi entre susurros, empecé a leer. Mi marido arqueó las cejas cuando, de regreso a casa, le dije que mientras me perdía en las aventuras de aquella niña del relato, vi un conejo blanco con chaleco pasar corriendo hasta desaparecer dentro del agujero de un árbol.

Todas las semanas acudía a mi cita con Alicia; unos libros sucedieron a otros y hasta llegué a inventar historias, también a contarle lo que ocurría en el mundo y en mi vida.

Mi marido, mis hijos y más tarde mis nietos me acompañaron en alguna ocasión, siempre manteniendo la distancia, algo que agradecí por ese respeto que tenían a mi relación con aquella chiquilla fallecida tantos años atrás.

Mi familia acaba de irse. También la enfermera. Estoy a solas con las flores que me han traído y los monitores que tengo a derecha e izquierda. Cierro los ojos y veo el discurrir de mi vida en imágenes. ¡Queridos todos! Al abrirlos descubro a una nena sentada a mi lado. Lleva un vestido blanco con lazos rosas, los mismos que le adornan sus bucles rubios. Levanta un pie para mostrar sus botines y preguntarme si me gustan. Sonrío, entonces ella abre el libro que lleva sobre la falda y con su dulce voz empieza a leer:

«Alicia empezaba a cansarse de estar allí sentada con su hermana a orillas del río sin tener nada que hacer. De vez en cuando se asomaba al libro que estaba leyendo su hermana, pero era un libro sin ilustraciones ni diálogos…»

© Liliana Delucchi

Un buen acicate

Marieta Alonso

En misa el sacerdote se había pasado toda la homilía hablando de la muerte. ¡Dichoso tema! La ponía nerviosa. Ni siquiera le gustaba ir al cementerio. El olor a hierba recién cortada y a jazmín le devolvía la voz de su madre quejándose por estar allí. A ella tampoco le gustaba esa soledad. Suponía que Dios la amaba, pero de momento cada noche le rogaba que pospusiera lo de estar en Su presencia. La vida era hermosa.

Unos días antes había comenzado a tejer un chaleco con el punto de arroz. Y esa tarde después de fregar los platos y pensar qué pondría de cena, volvió a su tejido y de paso se sentó a ver la novela de todos los días. Le gustaba comentarla con sus vecinas. Se ufanaba de poder hacer tres cosas a la vez: Oír, ver la televisión y tejer con sus manos. No necesitaba seguir con la vista las agujas. Palabra a palabra se iba adentrando en la trama de aquel matrimonio de ficción tan parecido al suyo. No se querían.

Mientras ella se dejaba ir hacia las imágenes, su marido se entretenía leyendo el periódico y de vez en cuando la miraba preguntándose para quién sería aquel chaleco. ¿Para el chico o la chica? Desde que fue madre, para ella sus dos hijos eran lo único importante, él se quedó como un cero a la izquierda. En una ocasión le dijo que algún día se marcharían y solo le quedaría él. Su respuesta fue: No digas bobadas. A veces le venían pensamientos que era mejor desechar.

En la telenovela, la protagonista tenía un amante y el último en enterarse fue el marido, que ahora aparecía en la pantalla con un afilado cuchillo que pondría punto final a aquella sórdida historia.

Empezaba a anochecer. El hombre dobló el periódico por la mitad. ¡Qué hartura de mujer! Si pudiera rehacer su vida… Las luces del crepúsculo enrojecían las paredes del salón. Lo recorrió con la mirada y yendo hacia la ventana tropezó con el maldito perro, una leve brisa movía los fantasmales visillos, escuchaba el sonido de las agujas por encima del murmullo del receptor. Sobre la mesa unas relucientes tijeras. Su esposa estaba inclinada hacia delante pendiente de lo que ocurría en aquel culebrón. Su nuca desnuda resplandecía…

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La puerta

15 mayo, 2020 por Akelarre 6 comentarios

Puerta abierta por donde entran los sueños y salen las miserias

La puerta

Con la primavera brotando a través de las ventanas y la esperanza del final del confinamiento al que nos hemos visto reducidos, este mes hemos elegido una puerta como idea para nuestros cuentos. Una puerta abierta. Por ella queremos dejar entrar la luz, la ilusión y que puedan salir el miedo y la soledad.

En estos relatos hemos recuperado de la memoria aquellas puertas con los colores de una infancia lejana, un portón que sirvió de huida hacia la libertad, las que encierran historias que sus habitantes esconden o la entrada a un mundo desconocido y lleno de magia. Con el sortilegio que da la palabra, es nuestra intención llevaros, aunque sea por un momento, a ese mundo imaginario que nos aleje de esta realidad.

Como nos maravillaba la voz de la cantante Susana Rinaldi: «A pesar de todo, dejándola abierta, verás que se cuela el sol por tu puerta.»

Cuidaos mucho y esperamos que para el próximo mes nos encontremos al otro lado del umbral.

La fuga

Cristina Vázquez

La Señora Viuda de Dávila

Malena Teigeiro

La partida

Liliana Delucchi

Aquellas puertas de mi niñez

Marieta Alonso

La fuga

Cristina Vázquez

Ahora casi le parecía una bendición atravesar esa puerta por la que tantas veces había pasado y tantas había escupido en ella. Sentada en su celda oía el cántico de las monjas. Luego supo que era a vísperas.

Se sujetaba la cabeza por verse ahí alejada, quizás para siempre, del mundo. Una tenaz desesperación intentaba apoderarse de ella. No. No dejaría que la venciese ni el desaliento ni la desesperanza; de peores situaciones había salido airosa. Aunque esta era enredada e injusta, se dijo mientras se erguía desafiante. Dio una patada al catre y caminó de un lado a otro los siete pasos de largo que tenía el cubículo. Como una fiera, así se sentía, porque encerrar a alguien en un espacio tan pequeño era como enjaular a un animal. El animal había sido el Tirso que quiso ahogarla, y a ella no le quedó más remedio que clavarle un poco el cuchillito de plata que siempre llevaba. Había que defenderse. Pero la encerraron, aunque el tonto de él ¡Ni muerto se había quedado! Medio muerto solo, pero dio tanto alarido que llegó la guardia y la cogieron intentando saltar por la ventana. Maldita sea su suerte.

¡Ay Hortensia, se decía, cómo te han pillado en esta! Estaría perdiendo condiciones y le empezaba a fallar la cintura para evitar los golpes y la agilidad para salir de naja. La suerte fue que el señor juez, al que ella conocía bien, mientras se aclaraba si el Tirso se moría o no, la mandó al convento en vez de a la cárcel. Pero con lo indeciso que era... Gracias señoría, muchas gracias.

Al acabar las vísperas oyó unos pasos presurosos que se acercaban y descorrían el cerrojo. Una monja rechoncha, con bigotillo y falsa expresión de autoridad se enmarcó en la puerta y le pasó una saya negra ordenándole que se la pusiera.

—Eso es lo que tiene que llevar mientras esté aquí.

Hortensia le cogió las manos y arrodillada pedía ver al juez. Ella no había hecho nada. Todo era una confusión. Un malentendido, le aseguraba derramando unas lágrimas gordas como perillas de cristal de las que cuelgan de las lámparas buenas. La hermana se apartó con cierta brusquedad mientras ella le suplicaba caridad cristiana, perdón por los pecados.

—Soy inocente madre, lo juro.

Y se persignó siete veces. Siete era el número sagrado y diabólico también. Se puso la saya cuando se fue la monja, pero lo hizo sin prisa. Se demoró en irse desnudando con la gracia de una profesional. Prenda a prenda, se desenrollaba las tupidas medias sujetas en los muslos, se quitó las enaguas como quien descubre un paraíso y el justillo como si ofreciera unas frutas maduras. Completamente desnuda, se giró con lentitud a tiempo de atisbar un rápido aleteo a través de la trampilla de la puerta. Su carcajada resonó como una premonición por el atrio persiguiendo a la monja igual que si una bola de fuego quisiera quemarle sus hábitos.

Hortensia sentada en su catre envuelta en la rasposa saya que le habían dado, meditaba. Simplemente tenía que planear una estrategia bien elaborada y esta monjita iba a ser su pase a la libertad. Porque del Tirso no se sabía aún en qué lado se había quedado, si en el más acá o en el Más Allá. Ya se sabe que es mejor prevenir que curar y escapar a esperar.

Al cabo de un mes de tener un comportamiento ejemplar, consiguió que la monja, sor Tránsito, le fuera contando su vida, de su pueblo lejano, de cómo la metieron de niña en el convento. Y aunque al principio se mostraba reticente, Hortensia tenía mundo y tablas para ablandar hasta el bacalao más duro y la monjita se fue animando. Un día Hortensia le cogía la mano que ella retiraba escandalizada; otro, le oprimía una rodilla escondida bajo los hábitos. Ella le contaba su pena de estar injustamente encerrada poniendo la mano de sor Tránsito sobre su palpitante seno. Una noche apareció la sor a traerle una tisana y ella se lo agradeció con un beso prolongado en la mejilla.

En la soledad de su celda sabía que la inexperta religiosa se estaba derritiendo con sus mimos y las historias del mundo que le contaba. Su plan podía tener éxito. Supo que era la encargada de salir los jueves a llevar el correo y le dio unas cartas para que le enviara.

El jueves de Pentecostés, sorprendida la comunidad de la ausencia de sor Tránsito, la empezaron a buscar por el convento hasta que al pasar por delante de la celda de la rea oyeron unas voces apagadas, unos lastimeros ayes. Al entrar se encontraron a la susodicha monja desnuda sobre el catre, con las manos y los pies atados con un girón de la destrozada saya y la boca tapada con otro trozo de la misma tela.

Encima de la temblorosa mujer había un papel escrito con letra irregular.

Adiós. Que el diablo os lleve subido en su escoba que yo me largo para no volver nunca.

Recordando aquel momento Hortensia se reía. Al salir volvió a escupir en la puerta del convento como siempre había hecho desde que tenía memoria.

 

© Cristina Vázquez

La Señora Viuda de Dávila

Malena Teigeiro

En la villa todos envidiaban el palacio de los Dávila, que a juicio de algunos no era más que una pretenciosa casona de labradores ricos, rodeada de tierras de labranza y campos de ganado. Cualquiera que asomara la cabeza al abierto portalón, admiraba los bien cuidados jardines, las paredes de brillante pintura, y los lujosos coches aparcados que nunca se movían. No hacía mucho que por aquella puerta, siempre entreabierta, había entrado a trabajar Marcita. En principio, el trabajo era bueno. En la casa solo habitaban la anciana viuda y sus dos criadas, ya viejas. Una de ellas, la cocinera Lucila, le había pedido al hijo de la señora que la contratara. Era su sobrina, una joven de toda confianza.

A la muchacha no le satisfacía mucho entrar al servicio de la casa, pues no lo permitía ver todas las tardes a Antonio, el joven con el que algún día contraería matrimonio. Pero pensó que si ella también ahorraba, podrían hacerlo antes.

Al mismo tiempo que le entregaron un uniforme, su tía Lucila le dijo que su sitio estaba en el sótano, allí era donde se encontraba la cocina, la lavandería, las bodegas y despensas. Y su tía, levantando un dedo, continuó. Tu habitación está en el fallado al que subirás por la escalera de servicio. Que escuchara bien, tenía prohibido salir de esas dependencias.

Al poner los pies en aquellas estancias, la joven se percató de que las paredes, los muebles y las cocinas, demostraban sin ninguna duda los tres siglos de antigüedad que pesaban sobre ellos. ¡Hasta los ratones que corrían por los estantes tenían canas!, le contó divertida a su novio Antonio. Y así, sintiéndose un poco enclaustrada, la joven inició su aprendizaje como cocinera.

Muchos días, mientras picaba carne, cebolla o pelaba las patatas Marcita sentía sobre su cabeza el sonido de pies descalzos corriendo por lo que debían ser los pasillos de viejas maderas. Cuando los escuchaba, siempre dirigía la mirada hacia su tía y su compañera, una mujer casi tan vieja como la casa. Como si nada ocurriera, ellas seguían trabajando. Había algo en aquellas carreras que no entendía. La señora viuda de Dávila, a la que desde hacía años nadie veía, tenía que ser una anciana. No había nada más que ver la edad de su hijo, el mayor de los cuatro. El señorito Dávila todos los días veintiocho entraba en la casa por la cocina. Se sentaba a la mesa, y mientras desayunaba un café con un trozo del bollo recién hecho por la cada vez más seca y delgada Lucila, entraban los otros trabajadores de la finca. Poniendo buen cuidado de que nada en la casa sufriera deterioro alguno, uno por uno, cotejaba los trabajos, las cuentas y les ordenaba sus cometidos para el siguiente mes. Y después de pagarles el salario, sin haber subido a ver a su madre ni preguntar por ella, se iba.

Aquella noche al finalizar el trabajo la joven, como siempre, subió por la escalera de servicio hasta su habitación. Era pequeña, cuadrada, y como única ventana, tenía una claraboya. Al abrir la puerta la luz de la luna que entraba recta se desparramaba sobre su camastro. Era fría, azulada, igual a la que caía sobre las tumbas del cementerio. Cerró la puerta y con la boca torcida se sentó en la cama.

Al atardecer, no solo había escuchado correr por los pasillos los pies descalzos de todos los días, sino que también se le había puesto la nuca rígida al oír el ulular de lo que le pareció la voz de una mujer seguida de un triste llanto. Nunca había escuchado un grito de angustia tan fuerte como aquel. ¿Quién sería la que aullaba de esa manera?, inquirió a su tía mientras preparaban la cena. Y Lucila, sujetando con fuerza la medialuna con que estaba picando el perejil, musitó que ella no había escuchado nada. Marcita se limpió las manos muy despacio. ¿Estaba sorda? La vieja continuó trajinando su cuchillo. Pues ella iba a subir. A lo mejor necesitaban ayuda. Y en cualquier caso, quería enterarse de lo que pasaba en el piso de la señora. Lucila golpeó con tanta fuerza la medialuna en la mesa que clavó el filo en la madera. La miró con dureza y exclamó: Nunca. ¿La había escuchado bien? Nunca. Se volvió y arrancó el cuchillo de la tabla. Blandiéndolo en la mano, continuó. Que escuchara bien, no le permitía subir al piso de los señores. Y en el caso de que lo hiciera —acercándose a ella le colocó el curvado filo delante del rostro—, que se atuviera a las consecuencias.

Trémula, decidió que no iba a acostarse allí. Mejor dormiría sobre el suelo de la cocina. Salió de la habitación y se dirigió a la escalera de servicio. Al pasar por el piso principal, escuchó de nuevo los quejidos. Se detuvo. Ahora eran dulces, trémulos. También le pareció oír la voz de doña Gertrudis, la cuidadora de la viuda. Sin más, abrió la puerta que daba entrada a las habitaciones. Ante ella apareció un pasillo grande, largo, con retratos de regios y pálidos personajes colgados a ambos lados. Pisando sobre la gruesa alfombra caminó a oscuras guiada por los enervantes sonidos, hasta la que supuso era la habitación de la anciana. Estaba abierta. Sin hacer ruido, se asomó. Una mujer de largos y escasos cabellos blancos, que como lánguidas guedejas le caían sobre la desnuda espalda, se encontraba arrodillada sobre la cama. Parecía estar buscando el abrazo de un transparente joven, de ojos y rizado cabello negro, que tumbado delante de ella se retorcía sobre la blanca sábana cual sinuosa serpiente. Ella, como si fuera un chorro de amenazante viento, ululaba levantando la cabeza hacia el techo mientras que, sentada en una mecedora, doña Gertrudis con la mirada fija en ellos, rumiaba: Dejadlo ya, que pronto va a amanecer. Marcita dio un paso hacia atrás. Tropezó con la alfombra y se cayó al suelo. Al escuchar el ruido la ardiente mirada del joven se volvió hacia ella. Con un gesto de la mano le indicó que se acercara. Ella se levantó y corrió por el pasillo hasta alcanzar la escalera. Bajó los escalones de dos en dos y sin dejar de correr salió al jardín y atravesó la puerta. Nadie la seguía. Tan solo iban detrás de ella las carcajadas turbias, vidriosas, malignas de la viuda de Dávila que asomada a la ventana la vio atravesar el oscuro portalón de hierro.

 

© Malena Teigeiro

La partida

Liliana Delucchi

Decían que había fantasmas en la casa del portón de madera. Era la construcción más importante del pueblo, con muros de piedra cubiertos por enredaderas. En verano el olor fresco de las madreselvas se extendía por toda la calle.

Afirmaban que estaba encerrada una princesa blanca, bella y seductora, pero cuando espiaba desde la esquina solo veía salir a una niña bastante fea: Bajita, con la cara redonda salpicada de acné y cuello corto. Iba vestida con uno de esos uniformes azules de falda tableada que le llegaba por debajo de las rodillas. O sea, que de princesa, nada.

Una tarde de finales de verano vi mi oportunidad. Alguien dejó la puerta abierta y las arcadas que se elevaban más allá del patio mostraban una galería donde pensé refugiarme del calor. Me quité los zapatos para no hacer ruido y aunque el suelo estaba caliente, tanto que casi quemaba, mi curiosidad pudo más y llegué corriendo a refugiarme junto a un banco. Allí me quedé sentado un rato, intentando observar a través de los visillos que se movían a pesar del escaso aire que entraba por la ventana. Todo era silencio. Quizás fuera cierto que allí habitaban espíritus. De pronto vislumbré una sombra deslizándose hacia la escalera. Empujé el cristal y puse mis pies en un suelo que de tan brillante reflejaba mi cuerpo.

No era largo el trayecto hasta la escalera. Cogido al pasamanos, fui subiendo los escalones uno a uno. Un gran pasillo con puertas cerradas y cuadros de señores muy serios acababa en un rosetón de colores por el que se colaba la luz. Justo debajo, una mesa con cuadrados de madera en dos tonos diferentes y estatuillas. Parecían un ejército a punto de enfrentarse al enemigo que estaba al otro lado. Me quedé contemplando esas figuras que se miraban unas a otras. Cogí una de ellas con forma de torre.

—Es una mesa de ajedrez —dijo una voz a mis espaldas.

Al darme la vuelta descubrí a la niña del uniforme. Ahora llevaba un vestido blanco con guardas celestes.

—¿Quieres jugar? —continuó con una sonrisa que invitaba a ello.

Le pregunté si salíamos al patio. Yo podía ir hasta casa en busca de un balón.

Volvió a sonreír y me contestó que lo que me ofrecía era jugar al ajedrez.

—¿Esto es un juego? —pregunté señalando el tablero.

—Claro. Ven, coge esa silla y siéntate frente a mí.

Era fascinante. He de confesar que me costó bastante aprender las reglas para mover las piezas, pero la niña prometió que si lograba ganarle la partida me presentaría a la princesa fantasma. Así que, cada noche, antes de dormirme repasaba mentalmente todos los movimientos y estrategias posibles para hacerle cumplir su promesa.

Pero Fernanda, como supe que se llamaba mi contrincante, era muy astuta. Me daba la impresión de que sabía, antes que yo, la jugada que mis torpes dedos iban a emprender. Los suyos, delgados y con un anillo con una piedra azul en el anular izquierdo, hacían avanzar las piezas hacia mi territorio y cada tanto su voz susurraba la palabra maldita: Jaque. Después aprendí otra peor: Jaque Mate.

Una tarde en que estábamos merendando antes de la partida, me contó que solo había visto a la princesa fantasma una vez y que, a pesar de sus preguntas no logró que le hablara. Tal vez sea muda, le dije mientras saboreaba una magdalena. O muy tímida, me contestó.

No quise saber más, quería descubrir por mí mismo los misterios de aquel espíritu.

Llovía la tarde de otoño en que pude comerme su rey y pronunciar esos dos vocablos que dejaron de ser malditos: Jaque Mate.

—Mañana —dijo Fernanda— a la hora de siempre. Ella estará sentada en mi sitio y jugará contigo. Has de ser sagaz, porque es muy buena.

Puntual y con mi mejor ropa, volé más que caminé, por aquel pasillo hasta llegar a la mesa situada bajo el rosetón. Allí estaba mi princesa. Sentada, con la espalda erguida, un vestido blanco la cubría hasta los pies y un velo del mismo color le tapaba el rostro.

Con un gesto me indicó que me sentara frente a ella y entonces lo vi. El anillo con la piedra azul en el anular izquierdo.

 

© Liliana Delucchi

Aquellas puertas de mi niñez

Marieta Alonso

Hay que ir cruzando cancelas y si son de colores mucho mejor, decía mi padre mientras me enseñaba cómo dejar caer las semillas para que pasado un tiempo las espigas llenaran nuestros campos.

Pintó de azul la puerta de entrada de nuestra casa para que recordásemos el lejano mar, y me enseñó a nadar en el río para que aprendiera a solventar naufragios. Aquella puerta azulada tenía un ventanuco al que me asomaba para mirar la calle y decir adiós a todo el que pasaba. La de mi habitación la pintó de verde, el color de la esperanza, para que mis sueños se cumplieran. El cuarto de ellos lo pintó de malva, a mi madre le gustaban las orquídeas; la del comedor a tres colores: rojo, verde y amarillo, como los colores de los pimientos que sembraba en la huerta. La que daba al patio, como un preludio del barro cuando llovía, de marrón oscuro.

Añoro aquellas puertas, los muebles, los libros, el canto de las chicharras, el tañido de las campanas llamando a misa de doce. Y también aquella iguana verde que entró un día en el baño y yo, encaramado en la mesa de la cocina gritaba a mi padre que se la llevara muy lejos antes de que me comiera. Y él, con paciencia, me explicó que no comían carne, solo plantas.

En mi juventud me marché muy lejos. Con las maletas en el portal, cerré la puerta de mi dormitorio. En su interior permanecían silenciosos mi scalextric, mi patinete, mis cromos… Entorné la del baño. Detrás de ella se quedó el albornoz de mi padre bailando. No fui capaz de cerrar la del comedor. El reloj anunciaba las seis de la mañana, pero faltaban cinco minutos. ¡Qué raro! Si era muy preciso. A lo mejor mi amigo cantor, el muy cuco, quiso despedirse a tiempo.

Pasaron los años. Me hice mayor. Nunca regresé a la casa de mi infancia. Este mediodía tomando el sol en el parque, en mi banco preferido, el pintado de verde, vi a un pequeño con su mochila de colores. Su madre le decía adiós desde el umbral y comencé a recordar aquel sueño que aún me despierta sobresaltado. Voy en busca de algo o de alguien, por un valle rodeado de palmeras y allí en medio de ellas hay una puerta azul que intento abrir. Pero no se deja.

 

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Cartas

15 enero, 2020 por Akelarre 8 comentarios

Correspondencia por carta

Las cartas

En los tiempos que vivimos en los que nos comunicamos por mensajes de texto, WhatsApps o nos deseamos Feliz Año con emoticonos y videos que circulan por Internet, hemos querido rescatar aquella maravillosa costumbre de la correspondencia.

Un paquete de cartas antiguas, atadas con un cordel, es la inspiración para los cuatro cuentos que traemos este mes. Misivas que dan origen a historias que nos llegan de un pasado a veces alegre, otras circunspecto y en ocasiones hasta mágico, que desvelan secretos que solo pudieron guardarse en el papel escrito, en el fondo de un cajón, olvidado en una estafeta de correos o en cualquier escondrijo en que lo dejaron sus autores. Y la curiosidad de quien las descubre y pretende investigar, como si de un detective se tratara, lo que escondían aquellos trazos sobre un papel, en muchas ocasiones amorosamente perfumado, escritos en firme o temblorosa tinta negra, a veces azul, en muchas ocasiones corrida por las lágrimas del que escribía.

Esperamos que disfrutéis de lo que ha dado nuestra imaginación y que esta nueva década que iniciamos se llene de fantasías y sueños cumplidos.

Acuse de recibo

Cristina Vázquez

La herencia

Malena Teigeiro

La obra escondida

Liliana Delucchi

Cartas de ayer

Marieta Alonso

Acuse de recibo

Cristina Vázquez

Recibí un acuse de recibo de Correos. Torcí el gesto pues odio hacer esas gestiones que yo llamo pierdetiempo. Al llegar a la oficina indicada te enteras de que hay que coger un número ya ha pasado un buen rato. Luego acertar con lo que te ofrece la máquina: reclamaciones, extranjero, devoluciones, giros, envíos…Yo quería que pusiera desesperación, aburrimiento, ira y cuando por fin te decides, observas a dos que te empujaban al entrar ya saliendo.

Cuando mi número parpadea me enfrento a ser recibido por un adusto funcionario, pero me encuentro a una joven nerviosa y sonriente.

—Es mi primer día —me confiesa con carita de ardilla espabilada.

Me conmueve. Soy un hombre maduro, digo maduro porque me parece literario, porque soy más bien viejo. Un sesentón solitario y gruñón, pero esta joven casi niña, me despierta una nostalgia de una posible paternidad que nunca fue.

Le entrego mi acuse de recibo con la sonrisa lo menos lobuna que alcanzo a componer. Sé que mis grandes y oscurecidos dientes a veces asustan. La joven ardilla parpadea con un temblor de mañana sin estrenar, tan tierna. Desaparece y vuelve con un paquete voluminoso que le   obligada a estirar el cuello para poder ver. Pobres vertebras, esos frágiles huesecillos.

—Pesa mucho —resopla a modo de disculpa.

El paquete, envuelto en un plástico que deja entrever un viejo envoltorio de papel de estraza, está ennegrecido. Paso un dedo por la superficie y dejo un rastro polvoriento. Diminuto baboseo de gusano. Oigo decir a la joven ardilla que estos eran paquetes perdidos en diferentes centros y que el servicio de Correos, en un esfuerzo de modernización, los ha recuperado para sus destinatarios o descendientes.

—Respira guapa, respira —le digo con mi sonrisa abierta, descuidada, y ella se pasma en una expresión asustada.

Me despacha con prontitud y un cierto nerviosismo en sus inseguras y rosadas manos que no puedo dejar de mirar, igual que delicadas rosas, tiernas, apetitosas… ¿saladas o dulces?

—Gracias señorita

¡Otra vez!, me digo para mis adentros y compongo un gesto neutro que me permita deslizarme entre la gente con disimulo. Sé que parezco un ladrón con un juguete robado bajo el brazo. Me acompaña la duda del sabor de sus infantiles manos.

En el piso interior, un poco oscuro, en el que vivo desde que mi madre tuvo a bien morirse me preparo una tajada de carne roja y un vaso de vino agrio bien repleto. Me gusta el vino agrío. Y abro el paquete.

Son cartas amarillentas atadas con una soga. Parece más una soga que una cuerda y una cuartilla estropeada escrita con mala letra. “Para aquel descendiente al que llegue, que sepa que no tiene culpa ni salvación. Lo escribo yo, Jacinto Gracián El Estrangulador del Ferrocarril, a instancias de mi compañero de celda Francisco El Piernas.”

Me río por lo bajo. Esto iba a ser mejor que cualquier película de terror de esas en blanco y negro o de las de ahora, que, aunque son más difíciles de entender, con los colores se ve todo más real.

Empiezo a leer las cartas que había escrito el pariente ese antes de que le colgaran, que ni sé quién es ni me importa, y que, arrepentido o no, quería contar sus crímenes. No tienen ningún interés y encima le pillaron. Valiente mamarracho.

No se me va de la cabeza las manitas rosadas, tan tiernas, apetitosas, de la ardillita lista de Correos. Mira el reloj y chasquea la lengua. Hoy ya se me ha hecho tarde.

© Cristina Vázquez

La herencia

Malena Teigeiro

Nada sabía Lucrecia del pueblo de su madre, y mucho menos de Antonia, su tía, hasta que un domingo por la mañana recibió la llamada de don Servando. Era para anunciarle el fallecimiento de su desconocida tía, y para comunicarle la hora y el día del funeral que se iba a celebrar. Así mismo, le dijo que ella era su única heredera.

En aquella iglesia, pequeña, lúgubre como una catacumba, además de don Servando, el párroco, que oficiaba el funeral, solo estaban ella y su esposo Carlos. Era ya noche cerrada cuando finalizada la ceremonia, se dirigieron a la fonda en donde se alojaron. Allí, y mientras cenaban, el hombre que les atendió, miraba a Lucrecia con bastante insistencia. De pronto le dijo que era igual a la fallecida doña Antonia. Con desparpajo, se sentó a la mesa del matrimonio y sin ningún pudor les contó que la señora había vivido sus últimos años en una residencia y que su casa, situada en la plaza Mayor, llevaba cerrada muchos años. También les dijo que su patrimonio había estado bien vigilado por don Servando, y que él era el que tenía la única llave de la casa.

A la mañana siguiente, el párroco se acercó a la fonda. Al entregarle la carta que le había dejado en custodia la difunta, le anunció que heredaba tierras, casas, bonos y dinero en corrientes. La joven la abrió sin esperar. En ella doña Antonia le ordenaba que fuera ella, y solo ella, quien levantara la casa, y que cuando se encontrara a solas en su dormitorio, abriera la puerta central del armario. Volvió a meter el pliego en el sobre sin mucho interés. Lo sentía, dijo, pero al día siguiente los dos tenían que trabajar. Que en cuanto terminaran el desayuno, volverían a su casa y que cuando tuvieran un fin de semana libre volverían. Don Servando, elevando las cejas, sacó un papel del pecho. En él estaban los datos de los albaceas de su tía abuela Antonia, dijo calándose la teja.

Pasaron casi seis meses cuando, a requerimiento del albacea, el matrimonio aparcaba delante del negro y tétrico portalón de la casona. Allí, paseando por delante del chaparro caserón de piedra y ladrillo viejo, sin apenas ventanas, les esperaban el abogado y don Servando. Él era el único que podía entrar en la casa, dijo mostrando la llave.

Entre risas nerviosas la joven introdujo la llave de hierro, más larga que su mano en el careado agujero. Al abrir la puerta, una nube de polvo y telarañas los recibieron. Sorprendidos, advirtieron que los escasos muebles que había, viejos, grandes, pintados casi todos de negro, no se correspondía con la riqueza de aquella mujer.

––Imagino que están pensando que han robado en esta casa –el párroco le colocó a la joven la mano encima del hombro.

––Si parece que un ladrón haya espulgado cada rincón, llevándose cualquier cosa que pudiera tener un poco de valor ––respondió Lucrecia.

––Pues no. Ella era así. Antes de irse a la residencia llenó cajones, baúles y maletas que están depositados en un guardamuebles. Aquí está la relación de bultos y los recibos.

––De eso en el despacho no se tiene conocimiento ––exclamó sorprendido el abogado.

El cura abrió una cartera y sacó un abultado sobre, que, rápido, Carlos recogió antes de que lo hiciera el albacea, y que frunciendo las cejas, entregó a su mujer. Siguieron recorriendo la casa hasta llegar a una puerta cerrada con llave. Era su habitación, musitó don Servando al tiempo que se persignaba. De ella nadie tiene llave, susurró. Carlos se volvió hacia él. Luego se giró, y de una patada, la abrió. Cuando después de descorrer las cortinas la luz entró en el cuarto, aparecieron ante ellos limpias tapicerías de floreadas cretonas y papeles infantilmente pintados. Entre los muebles lacados en blanco y dorado, una lujosa casa de muñecas se mostraba orgullosa encima de la estantería llena de cuentos. Lucrecia se acercó, y sonriente, se asomó a una de las ventanas. Pequeños muñecos de pálida y hierática porcelana, la miraron con fijeza. Se giró y siguió a Carlos que entraba en un gabinete en donde un lavabo de craquelada porcelana, mostraba en sus laterales unas toallas. La otra pared estaba cubierta por el armario. Todas sus puertas eran espejos al que los años habían marcado el azogue como si moscas y arañas se hubieran entretenido paseando por su lago. Lucrecia sintió que algo la empujaba hacia aquellos profundos espejos. En el sobre está la llave, escuchó la voz del párroco. Inquieta, lo apretó. A través de los papeles sentía la dureza del pequeño hierro. Con las manos sudorosas, giró la pequeña y dorada llave y abrió la puerta. Un fuerte perfume a jazmín invadió la estancia. Vestidos de seda y terciopelo de pálidos colores lo llenaban. La joven que los hubiera usado debió de haber asistido a muchas fiestas, murmuró a su esposo mientras acariciante, pasaba los dedos sobre aquellas telas. En el fondo del armario, perfectamente colocadas, cajas de sombreros y zapatos. Sobre una de ellas se encontraban unas sandalias doradas. A su lado, atadas con un cordel, había un lote de cartas, viejas, amarillas. Aquello era lo que su tía quería que viera, pensó.

Con el paquete en la mano se dirigió hacia una mesita redonda en donde sin duda había jugado algún niño. Sin limpiar la silla, se sentó. Colocó el paquete de cartas encima de la mesa, y desató la cinta, en otro tiempo roja. Una a una las fue separando. Algunas se deshicieron convirtiéndose en polvo que se mezclaba con el que iluminaba el sol. Otras, parecían estar regadas por lágrimas que casi habían borrado la tinta. Todas eran las cartas de un amante. La última, permanecía en un sobre sin abrir con la dirección escrita en tinta roja. Al cogerla, sintió como si una descarga eléctrica le recorriera la espalda. Con ella en las manos, pidió que todos salieran de la habitación. Cuando escuchó el sonido del resbalón, cerró los ojos. Cada vez era mayor el peso de aquella carta que no se atrevía a abrir. Unas turbias carcajadas invadieron sus oídos. Abrió los párpados y las risas se detuvieron. Había algo diferente en la habitación. Ya no entraba el sol y le pareció que ráfagas de noche recorrían las paredes. De pronto, las risas, más fuertes que antes, como un tornado, la empujaron hasta la cama. En un lado todavía se encontraba la liviana huella de un cuerpo, y en el otro un sonriente y bellísimo joven la animaba a tumbarse. Lucrecia sintió que casi no podía sostener el sobre que todavía llevaba entre las manos. Bajó la mirada hacia él. La tinta roja, como si fueran las gotas de sangre de una herida, resbalaba de los rasgos que en ese instante tenían escrito su nombre.

Pálida, desencajada, luchando contra la fuerza que la empujaba hacia la cama, la muchacha abrió la puerta. Aire, aire limpio. Necesito aire limpio y sol. Lucrecia como si fuera una marioneta a la que dejaran de tirar de los hilos, cayó al suelo. Carlos sacó de la casona el exangüe cuerpo de su esposa, mientras las risas y aullidos los perseguían. Empujado por don Servando, Carlos entró en la casa parroquial, en donde entre rezos y bendiciones, la acostaron en una cama de tiesas y frescas sábanas. Al pie de la cama, Carlos y don Servando la vigilaban. De pronto, como si solo hablara para sí, el párroco comenzó a hablar de las artes nigrománticas que doña Antonia había adquirido de un joven que llegó de la capital y que se había quedado a vivir con ella. “El diablo, hijo mío. Era el mismo diablo.” Aquella noche los dos se quedaron a dormir en la casa del párroco.

La luz de las llamas se mezclaba con la blanquecina del amanecer cuando los despertaron. Al llegar delante de la casona, se encontraron a los vecinos contemplado silenciosos el incendio. Nadie intentara sofocar las llamas. Apoyada en la pared de la iglesia, Lucrecia miraba cómo las llamas hacían explotar los cristales, mientras una larga y estrecha sombra se retorcía entre las nubes de humo.

Años más tarde Carlos le confesó que mientras ella descansaba en la rectoría, don Servando le había convencido para que le prendiera fuego al caserón. Solo así conseguirás que el maligno no se lleve a tu mujer, le dijo entre brumas de alcohol.

© Malena Teigeiro

© Malena Teigeiro

La obra escondida

Liliana Delucchi

—Este era el escritorio de su bisabuelo.

Sabrina se sienta ante la mesa de nogal y contempla en la pared de enfrente el retrato del fundador de la editorial. Cuatro generaciones de la misma familia al frente de una empresa que, al decir de su padre, se dedicaba a manchar papel. Aunque en realidad eso lo decía con la boca pequeña, bien orgulloso que estaba de una saga que había repartido cultura. Y recogido beneficios, apostillaba su hija con sorna. Y él le respondía que sí, que si no de qué otra forma se hubieran mantenido durante tanto tiempo.

Ahora es mi turno, piensa la joven mientras recorre con la mirada esa oficina que será su centro de operaciones. ¿Tengo miedo? Más bien vértigo, pero eso queda entre tú y yo, seguro que en algún momento te temblaron las piernas, por muy Don Eduardo que fueras. Le parece que la pintura que está en la pared de enfrente le sonríe y ella responde de la misma manera.

Se pone de pie y recorre las estanterías repleta de primeras ediciones. Acaricia los lomos de esos volúmenes a los que no podía acceder de pequeña cuando visitaba la estancia que entonces le parecía un santuario y que ahora puede recorrer con pocos pasos. El ventanal deja entrar el aire que viene de la plaza y se confunde con el olor del suelo y los muebles encerados. Vuelve al escritorio y enciende el ordenador en tanto huele el café recién hecho que le acaban de traer. Abre los cajones de la derecha: Dos pequeños superiores y uno más grande y profundo abajo. El último está duro… Tira de él y casi se cae. Es entonces cuando ve un cajetín al fondo, con llave. Está oxidada y no gira. Un destornillador, necesito un destornillador. Y sus ojos se iluminan como los de una niña a punto de descubrir un tesoro. A falta herramientas, con un abrecartas hace saltar la tapa de ese arcón de piratas. Contratos, escrituras y algún que otro manuscrito, todos ellos con ese color que da al papel el paso del tiempo y debajo…. ¡un manojo de cartas atado con un cordel!

“Querido Eduardo: he de agradecerle sinceramente los consejos que me dio durante nuestro paseo por el parque…”

¡Santo Cielo! La letra es ciertamente femenina, el tono también. ¡El bisabuelo tenía una amante! Cuando llaman a la puerta, Sabrina guarda el paquete de misivas dentro de su bolso. Este no es el lugar para leerlas. Más tarde, en casa. Se le acelera el corazón de solo pensar que esa noche, en su sillón y junto a una copa de vino, desentrañará un misterio familiar.

El salón está frío, Esperanza ha dejado la ventana abierta, no tiene conciencia de que ha llegado el otoño. Encenderé la chimenea un rato. Mientras pone unos troncos sus ojos miran el bolso que ha dejado sobre la alfombra… Allí están esas letras ordenadas y meticulosas que le contarán una historia. Pone el teléfono en silencio y apaga la televisión. Tú y yo solas, querida señora, quienquiera que seas. Cuéntame lo que ocurrió.

Se salta el texto de la primera carta en busca de la firma. Necesito ponerte nombre. Y la encuentra: Simona B. Ahora que nos hemos presentado, empezaré por el principio. Pero no hay principio. Lo que parece la primera esquela de esa línea de correspondencia por el orden cronológico no tiene sentido. Entre comentarios sobre el tiempo y la salud de sus hijos encuentra textos muy bien escritos que relatan un viaje que comienza en un vapor que parte de Southampton. Pero, ¿quiénes son estas personas a las que alude? Y ¿qué tienen que ver con Simona? La primera carta termina con un “salude de mi parte a su familia”.

La segunda se inicia con un viaje de la remitente a Extremadura, a visitar la finca y disfrutar de unos días en el campo. Dos párrafos más abajo continúa la historia del viaje, donde hay una disputa entre los marineros del barco y el asesinato del capitán. Los personajes se suceden a lo largo del texto entre cenas en primera clase y bailes en tercera. Al igual que la anterior, las últimas líneas corresponden a la despedida de una carta tradicional.

La alfombra del salón se cubre de cuartillas. Sentada entre esos papeles, Sabrina intenta poner orden no solo entre los escritos, sino en su mente. Todas las cartas empiezan y terminan de la misma manera, con frases amables de cortesía, pero a partir del segundo párrafo y antes del último se desarrolla la historia que empezó con la partida de un barco del puerto británico. Sabrina se pone de pie, se sirve una copa de vino y observa el movimiento de las llamas en la chimenea. Algo se le escapa, pero no sabe qué. Coge su bolso para buscar una pluma y se da cuenta que dentro queda un papel que no ha visto. Otra carta dirigida a su bisabuelo.

“Estimado D. Eduardo:

He recibido el volumen que me ha enviado y que le agradezco, no solo que lo haya editado sino su discreción al ocultar mi identidad. Me gustaría pensar que mis nietas y sus hijas no tengan que recurrir a estos subterfugios si deciden ser escritoras. Asimismo, me ha conmovido que haya mantenido mis iniciales en el nombre del autor. Algo es algo.

Atentamente, Simona B.”

Cuando a la mañana siguiente Sabrina baja al archivo de la editorial, encuentra una novela titulada Viaje al paraíso, de Samuel Bermúdez. Editada en 1862, la historia comienza con un buque que zarpa del puerto de Southampton.

© Liliana Delucchi

Cartas de ayer

Marieta Alonso

La fuerte brisa que habría recorrido miles de kilómetros hizo que la falda de Grizel se acampanara y luego se alzara enseñando más de lo debido. Miró a los lados, volvió la cabeza hacia atrás, y respiró tranquila. Aunque no habría podido hacer nada, tenía los brazos ocupados en sostener una ristra de cartas encontradas en el desván de la casa de los abuelos, en el fondo de un viejo baúl cubierto de polvo, le alegró que su diminuto tanga malva no fuera del dominio público.

Al llegar a su apartamento, desparramó las cartas sobre la mesa de la cocina, y se preparó un café con leche bien caliente. Poniéndose cómoda en su sillón favorito, se dispuso a transgredir una de las tantas leyes maternas: No leer cartas ni diarios ajenos.

Tomó una al azar. Miró las otras. Le llamó la atención que en todas hubieran estampado un sello con letras rojas: Devolver al remitente. Destinario desconocido.

¡Pero qué chambona eres, hija mía!, hubiese dicho su madre si viviera. Y fue colocando los sobres por fechas como si se lo hubiese ordenado. Luego con un estilete los abrió, cada uno contenía una sola hoja.

La primera, firmada por Gloria, una hermana de su abuela, iba dirigida a Rodrigo; la segunda, también, lo mismo la tercera. Así hasta llegar a una treintena. Todas con la misma letra y el mismo encabezamiento: Una apasionada declaración de amor.

Lo conoció con dieciocho años en las fiestas patronales y después del primer baile ya no hubo más hombre que él. Los festejos duraron tres días, tres maravillosos días.

Grizel se quedó patidifusa. No te aturdas sigue leyendo, se animó:

«No sé lo que ha podido suceder. Tus cartas me son devueltas. Me duele que no haya llegado a ti la maravillosa noticia que debo darte, que no es otra que llegando a la sazón del embarazo solo me quedará alumbrar a esa deliciosa criatura, fruto de nuestro amor.»

La releyó en voz alta y sin querer, al hacerlo se le trababa la lengua, porque ahora tenía plena conciencia de la razón de aquella triste historia que su madre le contaba: Siendo niña, la obligaron a posar un beso en la frente de su tía Gloria que le supo a hielo… Y fue cuando comprendió que estaba muerta, que ya no volverían a pasear por el parque tomada de su mano, ni irían a recoger moras para hacer mermelada, ni jugarían con las mariquitas que encontraban en el jardín.

Se quedó pensativa. Su madre nunca más se acercó a un ataúd. No era de extrañar. Y mirando hacia el cielo preguntó:

¿Hubo alguna otra razón, mamá?

Y Grizel volvió a colocar cada carta en su sobre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La mercería

15 diciembre, 2019 por Akelarre 6 comentarios

Relatos sobre una mercería

La mercería

Como tejedoras de relatos, este mes quisimos adentrarnos en esos locales llenos de historias para hilvanar nuestras palabras con hilos de colores. Desde un ayudante de boticario que mira la mercería de la calle de enfrente, a una aguja que tiene el honor de haber cosido el vestido de novia más bonito del mundo, pasando por una joven solitaria que encuentra el amor entre cajones que huelen a madera antigua o un trabajo de costura que se eterniza cotilleando al vecino de enfrente.

Son cuentos que podrían haber tenido lugar en esas alegres y vetustas mercerías a las que hemos recurrido nosotras, nuestras madres y abuelas.

La foto de portada es la fachada de la Mercería Comercial Amparo, un local de bordados y pasamanería abierto en 1916. Situada en la calle Pontejos, de Madrid, es una de las tiendas más bellas del centro. La fachada fue decorada por la Espejería Pereantón, y el mueblista Carrillo se ocupó del interior, presidido por una escalera monumental, y con unas bellas yeserías alhambristas en el piso superior.

Tras una etapa de creciente deterioro de su valioso mobiliario, el local ha cerrado sus puertas a comienzos de 2018.

Inocencia

Cristina Vázquez

Lazos, calcetines y etiquetas

Malena Teigeiro

Lilas

Liliana Delucchi

Una fiel aguja

Marieta Alonso

Inocencia

Cristina Vázquez

La ciudad le pareció a Hermenegildo San Juan una pequeña Vetusta con pretensiones. Al apearse del coche de línea le esperaba un primo segundo de su madre que le había conseguido el trabajo de ayudante de boticario.

—Hijo, siento que te marches, pero es un buen arreglo —le había despedido la madre viuda con sincera pena e inconfesada liberación.

El hijo había tenido muchos tropiezos se justificaba la mujer ante parientes y amigas. Huérfano desde pequeño, con mucha imaginación e inquietudes, y ella, declaraba solemne, no había podido sujetarlo mejor. Pobre muchacho, contestaba con falsa piedad la buena gente que la escuchaba, cada vez menos, pues la señora había dejado de tener importancia y fortuna, a causa de las inquietudes e imaginación de su vástago. Gracias a este primo y a un par de años que estudió química, había conseguido el trabajo de ayudante en la pequeña ciudad.

El chico era de buen parecer. Alto, bien vestido con prendas de calidad un poco raídas, pero con la desenvoltura del que ha viajado y conocido un buen vivir. La desolación que le entró a Hermenegildo al verse en la botica, eso sí la más principal y mejor situada, fue inconmensurable. El farmacéutico era un hombre gordinflón y soso, con unas lentes que permanentemente perdía, sordo y sin destreza en las fórmulas que preparaba. Quería un sustituto para largarse lo más temprano posible al casino.

El único panorama que tenía enfrente era la Mercería Amparo a la que entraban mujeres que le entretenían la vista. Muchas de ellas, luego iban a la farmacia para conocer y disfrutar del novedoso ayudante, lo que hizo que aumentara la clientela.

Una tarde pasó él a la mercería, pues veía abrir y cerrar los postigos a una hermosa mujer. Joven, bien entrada en carnes, un pelo rizado que sujetaba con gracia en un rebelde moño y un andar oscilante que le volvía loco. Al verla más de cerca comprobó que tenía unos ojos verdes rasgados y la boca carnosa que sonreía con facilidad, mostrando unos dientes blancos un poco mellado en una de las paletas que le daba una gracia especial. Pasó algunas veces más y se percató de que, además de la hermosura, aparecía por la trastienda una joven magra, con gafitas de maestra aplicada, sonrisilla tímida, pelo ralo y un delantal lleno de bolsillos. A Hermenegildo le pareció la representación humana, no muy favorecida, del cuento de La Ratita Presumida, o en este caso de la rata, pues hasta su voz aguda y desagradable encajaba con el personaje. Era como una sombra intermitente que aparecía y desaparecía. Cuando le preguntó a la belleza quién era, le dijo despectiva que era una ayudanta, una meritoria que se empeñaba la dueña, doña Amparo, en tener.

Al poco tiempo se hicieron confidencias cuando había algún momento de esparcimiento, incluso en el fondo del café El Ambigú que no estaba lejos de ahí. Instalados en los pretenciosos asientos de terciopelo desgastado, se veían en el espejo veneciano que presidía el saloncito, y sus imágenes reflejadas les confirmaban lo inapropiado que era para ellos ese ambiente provinciano. Ella también había vivido en grandes ciudades. Era la ahijada y futura heredera de doña Amparo, una vieja resabiada y desagradable que, aunque padeciera todo tipo de enfermedades, seguía recia y latosa. Amparín, que así se llamaba la belleza, se quejaba de por qué había que esperar tanto.

—La vida no ha sido justa conmigo, Herme, ni contigo —le susurraba con unas perfectas lágrimas que no terminaban de derramarse, pero daban un brillo irresistible a sus almendrados ojos.

Ella no merecía eso, después de la vida estupenda que había tenido y por mala, muy mala suerte, se encontraba ahí. Y un suspiro sentido le hacía subir su perfecto pecho, obligándola a desabrocharse con pudor los primeros botones de la ajamonada blusa.

—La vida nos ha puesto aquí por algo Amparín.

Le sostenía con decisión las manos. Él tampoco tenía que estar en esa botica con ese viejales, que por más contento que estuviera con su ayuda y por más juramentos de que la iba a heredar, no aguantaba el olor a potingues ni la vulgaridad del boticario.

—Menuda mierda de vida estamos llevando. Nosotros que conocemos el mundo… —remataba lleno de amargura con el asentimiento cálido y cada vez más cercano de ella.

Una mañana a primera hora cruzó Amparín a la farmacia en la que no había nadie. Le llevó a la rebotica y después de un apasionado beso, le confesó que estaba muy preocupada por su madrina. Cada vez respiraba peor, pasaba unas noches de sufrimiento que le partía el corazón, y le puso la mano a Hermenegildo en el lugar dónde palpitaba desbocado.

—No es justo prolongar su sufrimiento, ¿no crees? —lanzó una triste mirada a su alrededor.

 No habría algo que la aliviara esa agonía, algo que… Bueno él sabía más de esas cosas. Doña Amparo, la madrina, falleció de madrugada. Cerraron tres días la mercería por luto en los que Hermenegildo no la vio, pues daría que hablar que en esos días aparecieran juntos.

Pero la mercería tardó una semana en abrir y Hermenegildo no conseguía ver a Amparín. Lleno de culpa e inquietud, con las manos bien lavadas para que no apareciera ningún rastro, empezó a angustiarse. No le servía de consuelo las promesas de que se irían juntos al liquidar la mercería, ni recordar los lugares que iban a visitar: París, el lago di Como, Portofino, la Riviera y tantos otros.

Al octavo día vio el cierre de la tienda subido antes de llegar a la botica y cruzó veloz para verla, pero a quien se encontró fue a la ayudanta con sus rizos descoloridos y el aire ratonil.

—Buenos días Hermenegildo. Te esperaba —le dijo con su vocecita aguda y desagradable, aunque llena de decisión. La sorpresa de él iba pareja a su desencanto.

— ¿Y Amparín?

—Amparín soy yo —contestó resuelta—. La ahijada de doña Amparo. La mercería es mía. Voy a hacerme cargo de la tienda y a casarme.

El hombre se sentó en una silla que ella le acercó con presteza.

—No entiendo nada, pero la ahijada, la heredera —tartamudeó confuso—, no es la otra que también se llama Amparín.

La resuelta mujercilla se puso ante él y con suavidad le explicó que la otra, bueno, era una pelandusca a la que había pagado un buen dinero por ejecutar, así dijo, ejecutar la faena.

—Me he enamorado de ti desde el primer día —le confesó balanceándose con timidez—, y tenía que trazar un plan para poder conseguirte.

Y ahora, metió las manos en uno de los grandes bolsillos de su delantal. Él era un poquito su prisionero, porque ella había guardado una chispita, e hizo un gesto como si contuviera una pequeña cantidad entre el dedo índice y pulgar, del arsénico que le había facilitado a la otra.

Esperó un momento a que Hermenegildo se repusiera de la impresión y recuperara un poco el color.

—Pero no te preocupes. Fijamos una fecha para la boda —le puso, mimosa, las manos sobre los hombros —. Después, a lo mejor, también podemos quedarnos con la farmacia y tendríamos los mejores locales de la ciudad.

Le revolvió el pelo, se puso tras el mostrador y se estiró su primoroso delantal lleno de bolsillos. Mientras afilaba unas tijeras grandes para cortar telas, le miró arrobada.

—Piénsalo. Hay poco tiempo.

© Cristina Vázquez

Lazos, calcetines y etiquetas

Malena Teigeiro

Con sus pequeños y apurados pasitos, Rosa llega a la cafetería donde tiene costumbre de merendar con sus amigas. El regocijo de tener algo que contar, le alegran sus desvaídos ojos, antaño de un azul intenso. Carmen, Mercedes y Rita, aburridas, le muestran su asiento. Mi vecino ha regresado, dice dejándose caer en la silla. Carmen, Mercedes y Rita elevan las cejas. Se ve que él tenía que trabajar y ha dejado a su mujer y a sus cuatro hijos, verdaderos demonios, en la playa. ¡Pobres abuelos! Un café con leche y una tostada, pide al camarero desabrochándose los botones de la chaqueta de su traje. Sí. Sí, chicas. A mí me parece lo mismo. Según me cuchicheó el portero pasan las vacaciones en la casa familiar de los padres de ella. Aunque eso no lo sé a ciencia cierta y como el portero es tan cotilla, pues a lo mejor no es verdad. Dándole las gracias al camarero, recoge la tostada y le da un mordisquito. Nada me gusta más que el olor a mantequilla, rumia sin dejar de masticar. Pues veréis, y para haceros en cuento corto, como ya comienzan los peques el colegio, fui a la mercería de Pontejos a comprar cintas para los lazos del pelo de mis nietas, etiquetas para marcar la ropa, y calcetines. Eso fue el sábado. Pues el domingo, nada más levantarme, me senté en el balcón con mis cintas y mi costurero. ¡Ay!, cada día hacen peor el café. ¿No os parece? Yo creo que tendríamos que decir algo. Lo cierto es que tenías razón Rita, desde que todo lo hacen las máquinas, ya nada es lo mismo. Bueno, pues sigo, estaba formando las lazadas, cuando vi al vecino. Vive en la casa de al lado, en un primer piso con una terraza, bastante grande, la verdad. Debe pensar que en vez de una terraza tiene un jardín en el Caribe. Si no, no se entiende. Veréis. Además de un tresillo y un comedor, ha colocado en un macetón una palmera alta, grande. Es bonita. No hay por qué decir otra cosa. Luego en otras más pequeñas, a juego con la grande, ha plantado otras palmeras pequeñitas, que cuando le crezcan a ver dónde las coloca. ¿No os parece? Carmen, Mercedes y Rita, suspiran, cómo no van a entenderla. Pues animada por los gestos, Rosa continúa. También tiene tiestos con caléndulas, petunias, begonias, y hiedras. Salvo la palmera, las flores, como podían ver, eran normalitas. También ha colocado dos sombrillas, una chimenea abierta para poder charlar calentitos por las noches, y una fuente de varios caños, de esas que reciclan el agua y están siempre funcionando. ¡Ah!, y varios sofás. Lo cierto es que varias veces he estado tentada a denunciarlo al Ayuntamiento, porque como duermo bastante mal, el ruidito de los chorros me pone nerviosa. En fin, que solo le faltan los guacamayos.

Yo no quería entretenerme mirándolo, porque tenía que estar todo terminado para que las niñas fueran al colegio el lunes. Pero no me pude contener, y volví a mirar hacia la terraza del vecino.

De pronto lo vi aparecer. Iba en pijama, era de rayas rojas azules y blancas. ¡Vamos!, de los de toda la vida. Veréis: Llevaba el pelo revuelto, quizá un poco largo, y una taza de café en la mano, de esas que se usan ahora que nunca recuerdo como se llaman. Un mug, oye a Rita. Pues eso, un mug. Como decía, salió a su terraza y se la encontró como la encontraríamos cualquiera después de veinte días de estar cerrada. Todos los pájaros de los árboles de alrededor habían ido a beber a su fuente, y las hojas de la última tormenta del verano habían decidido que aquel era el más hermoso lugar para enterrarse. Él miró al suelo y algo dijo que no entendí. Pero por las maneras parecía que no estar muy contento. Entró en la casa y volvió a salir ya sin pijama y sin café en la mano. No mujer, no iba desnudo. Eso no. Las carcajadas de las amigas hicieron que algunos clientes volvieran la cabeza hacia su mesa. Ahora se había puesto un pantalón corto y una camiseta de algodón azul. Parecía un limpia piscinas de película americana. Porque él es guapo. Muy, muy guapo. Y ese moreno dorado tan bonito que se le pone a uno en la playa, le sienta genial. Aunque la camiseta que llevaba no era como las de los americanos, la de él tenía un poquito de manga. A mí estas me parecen bastante más elegantes. Me di cuenta de que si seguía mirando no iba a terminar los lazos a tiempo. Dejé el que tenía terminado en una cajita y corté otro trozo de cinta de grogren azul marino. De pronto escuché un ruido que me obligó a volver a mirar. El hombre comenzó a arrastrar muebles, macetas y sombrillas, colocándolas todas juntas a un lado. Luego sacó la manguera y regó las blancas losas. Después, de forma incomprensible, porque cualquiera de nosotras lo hubiera hecho al revés, comenzó a barrer, con lo que el polvo y la tierra mojados empezaron a dibujar hermosas líneas marrones. ¡Fue tal cual lo cuento! En fin, que cuando recogió todas las hojas y papeles que habían volado a su terraza, lo vi que miraba el suelo rascándose la cabeza. Al levantar el brazo se le marcaron todos los músculos. Sin darme cuenta me pinché. Dejé el lazo y mientras me chupaba el dedo, como no podía hacer otra cosa, volví a mirar. He de decir que el hombre tiene una buena figura. Y las piernas muy largas. Guiñó un ojo con picardía. Sí, muy largas. Él echó una mirada alrededor y volvió a entrar en casa.

Poco después apareció llevando un cubo y una fregona. Esta vez se había calzado unas sandalias de esas que llevan los alemanes. ¡Qué horror!, exclamó Carmen. Pues te digo que en sus pies no quedaban tan mal. Y comenzó a pasar la fregona. Con aire, no diré que no. Debe de haberlo hecho muchas veces. Nosotras nunca se lo hubiéramos consentido a nuestros maridos, pero se veía que a él sí, porque de vez en cuando cambiaba el agua del cubo. Pues como os decía, el hombre pasó con esmero la fregona. Y cuando entendió que había llegado al final, se quitó las sandalias, y con el cubo en la mano se iba de puntillas hasta la puerta de lo que debe ser la cocina. Por ahí veo yo muchas veces a una señorita con un uniforme blanco. ¡Ya nada es como antes! Antiguamente las cocineras llevaban otro tipo de batas, pero ahora con eso de los pantalones, nada es lo mismo. Pues como iba diciendo, se puso de puntillas y comenzó a atravesar la terraza, hasta que, como no podía ser de otra manera, resbaló y se cayó. El agua sucia se desparramó de nuevo por las blancas baldosas. El hombre, agarrándose la cadera se levantó. Echó una mirada al suelo y llevándose las manos a la cabeza, a esa cabeza que parece tallada por Miguel Ángel, gritó: JODER. Cualquiera de nosotras nunca hubiera dicho eso. Otra cosa como ¡Vaya por Dios! ¡Qué rabia! ¡Parezco tonta!, sí. Pero joder… Nunca. Y entonces, hizo algo que tampoco hubiera hecho ninguna mujer que se precie. Recogió la fregona, el cubo, se puso las sandalias, colocó todo lo que había arrumbado en su sitio y entró en la casa.

No había pasado ni media hora cuando volvió a salir. Se tumbó bajo la sombrilla e imagino, porque ya no le veía más que los pies. Se debió poner a leer o quedarse dormido. Eso no lo sé. Puede que hablara por teléfono. El caso es que el agua sucia se secó sobre las hermosas baldosas de su caribeña terraza.

Me molestó tanto esa dejadez, que cerré la ventana y seguí haciendo lazos. La verdad es que cuando me fui a almorzar, no me había cundido nada la mañana. Esto de hacer lazos es algo de lo más lento y delicado. Y todavía me quedaba por coser todas las etiquetas. No sé. Estoy últimamente demasiado lenta. Se ve que me he hecho mayor, porque antes, todo esto lo hacía yo en un periquete.

© Malena Teigeiro

Lilas

Liliana Delucchi

Se detenía en ese escaparate todos los días cuando regresaba de comprar el pan. Le fascinaban los colores, sobre todo los de los hilos, imaginando lo que haría con ellos. Sin embargo, los comentarios que había escuchado sobre la anciana, sentada en una silla de enea detrás de un mostrador, la mantenían delante de la puerta acristalada sin atreverse a entrar. Cotilleos de barrio, pero uno nunca sabe…

Cuando llegaba a su casa, antes de meter la llave en la puerta, pensaba que debería haber entrado. Si la señora era bruja quizás podría beneficiarla, pronosticarle un futuro con tonos primaverales, como los de los cordones de la vidriera. Entonces volvía a recorrer el camino hasta la tienda... Y vuelta a casa.

Era martes por la tarde cuando, de regreso de la consulta del médico para el chequeo anual, algo la impulsó a entrar. El olor a madera encerada mezclado con un perfume desconocido y la penumbra del local matizado con las luces del techo, le hicieron sentir que estaba en un lugar mágico. Entonces la vio. No era tan mayor como la pintaban los vecinos, quizás algo delgada, pero su pelo encanecido estaba bien peinado. Seguro que hoy fue a la peluquería. La señora levantó la vista de su bordado y le regaló una sonrisa de bienvenida que invitaba a acercarse.

—¿Puedo ayudarla? —su voz sonó cálida, tal vez un poco ronca y a la joven le recordó a una cantante mexicana que había muerto tiempo atrás.

—Hilos de colores —fue su respuesta.

La anciana, dejando su labor sobre el mostrador, abrió un cajón donde se desplegaban todos los matices del universo y extendió su mano sobre ellos en un gesto de invitación.

—Nunca he hecho un bordado —murmuró Clotilde y sin saber por qué sintió calor en sus mejillas.

La mujer le respondió que posiblemente era su momento de empezar y le extendió unas páginas con dibujos de ramos de flores, añadiendo que debería iniciarse por lo más fácil, quizás el punto de cruz.

Con una bolsa llena de hilos, cañamazo y un bastidor, Clotilde anduvo la calle que la separaba de su casa como si volara. Ya en el salón, se sentó en su sillón orejero, junto a la lámpara e intentó recordar las instrucciones de la ochentona Antonieta. No es difícil, la escuchó decir en medio del tintineo de las campanas de la puerta cuando dejaba el local. Eso será para ella, porque lo que es para mí…

Encendió la luz y miró el retrato que había sobre la mesa camilla. Su querida hermana le sonreía desde un paraje lejano y por un instante sintió no haberla acompañado. Nunca tuve su osadía. Donde ella veía grandes oportunidades y una vida nueva, yo solo imaginaba rostros desconocidos que hablaban en lenguas que nunca llegaría a aprender. Se la imaginó vagando por sitios ignotos junto a ese hombre al que la familia no aceptaba y al que la pequeña María siguió sin dudar. ¿Encontraré alguien igual? ¿Un mozo que me envíe flores por mi cumpleaños?

Son las cinco de la tarde, buena hora para la infusión con un trozo de tarta. Se levanta del sillón y con la parsimonia de quien quiere retrasar una tarea se dirige a la cocina a prepararse un té. Cualquier cosa con tal de demorar la faena de enhebrar la aguja.

Con ansiedad y un poco de vergüenza, el jueves volvió a la mercería.

—¿Ya? —la interrogó la mujer— Sí que te has dado prisa.

Clotilde buscó en su bolso y le mostró lo que había hecho hasta entonces: La base de un jarrón que esperaba ser completado con flores.

Antonieta le preguntó cuáles eran sus preferidas.

—Las lilas —contestó la joven—. Siempre he esperado que algún caballero me regalara un ramo, pero como eso no ha sucedido, me las regalo yo.

—Deberías saber que tejer o bordar no es solo un pasatiempo, es un arte. Más que eso, creo que si cada vez que enhebras una aguja puedes ver más allá del hilo quizás tu diseño adquiera la magia que pones en él.

Absorta como estaba con las palabras de la anciana, casi tropieza con un señor al salir de la mercería. El hombre se disculpa y Clotilde le dice que no, que ha sido ella y levanta la vista hacia unos ojos oscuros que le sonríen. Ella devuelve la sonrisa y vuela, más que camina, hacia su casa.

Le dieron las once de la noche entre puntadas. El estómago le recordó que no había cenado y tras prepararse algo rápido encendió la televisión.

A la semana siguiente, con el pan y unos bollos en la bolsa, volvió a la tienda a mostrar a la anciana sus progresos… Y allí estaba él, comprando botones.

—Lleva una semana viniendo por aquí —le susurró Antonieta señalando hacia donde estaba el caballero—. Hoy son botones, ayer una cremallera, el día anterior unos hilos. Creo que está intentando un encuentro.

Clotilde siente una presencia a su espalda y una voz grave que dice “¡Qué bonito!” Cuando ella le extiende su bordado, le oye mannifestar que también las lilas son sus flores preferidas.

© Liliana Delucchi

Una fiel aguja

Marieta Alonso

Mis sueños se desplomaron aquella fría mañana en que, de repente, averigüé, que en vez de ser una guapa estudiante de astrofísica era un simple filamento de metal. En un extremo afilado y en el otro, un agujerito para insertar un hilo que servía para coser. Y también para mirar el mundo a través de los finos trabajos que una dulce joven iba haciendo muy despacio.

La curiosidad innata en mí por las vidas ajenas y la certeza de que no estaba en mis manos convertirme en lo que no era, me ayudó durante muchos años a escuchar a Lucrecia, hoy anciana, que en cada puntada recordaba sus vivencias.

—Mi madre me enseñó todo lo que sé —decía justo en aquel momento en que la aldaba de bronce sacudió la puerta de madera.

Se puso en pie enderezándose poco a poco. Ya derechita, fue a abrir a quien al parecer tenía mucha prisa. Se encontró frente a una mujer muy elegante, que entró preguntando por la dueña del establecimiento. Esa señora que tiene fama de hacer maravillas con sus manos y una aguja.

Que me mencionara hizo que sintiera simpatía hacia ella. No todo el mundo se acuerda de alguien tan insignificante como yo, y oí a los hilos condolerse: De nosotros no ha hecho mención y también somos importantes. Los mandé a callar.

Explicó que la mayor de sus hijas iba a contraer matrimonio y quería un ajuar digno de una princesa. Las referencias que tenía sobre la dueña de aquella mercería le habían hecho recorrer muchos kilómetros. Sacó del bolso fotografías, dibujos y una lista astronómica de todo lo que quería. No iba a reparar en gastos.

−¿En qué fecha se efectuará el enlace?

−Dentro de diez meses.

Lucrecia tocó un timbre que estaba debajo del mostrador y apareció su sobrina Emilia a la que puso al tanto de todo y comenzó la búsqueda de telas apropiadas, mientras ella volvía a su mecedora conmigo, con el bastidor, el dedal y sus memorias.

«Me enamoré muy joven y los dos soñábamos con grandes y divertidas aventuras, pero llegó la guerra y lo destrozó todo».

La verdad era que yo estaba más atenta a lo que hablaban Emilia y la señora elegante que a Lucrecia con las repetitivas historias de su triste vida.

Como el invierno había llegado antes de lo previsto todo estaba en silencio, pero a pesar de la quietud, los caprichos de aquella clienta estaban poniendo nerviosa a Emilia. No daba pie con bola con lo que realmente quería.

—Tiene que ser —le explicaba como si fuera tonta— el traje de novia jamás soñado.

Pero ninguno de los diseños era el adecuado. Así que pinché con delicadeza el dedo de Lucrecia para que pusiera atención. Iba asintiendo con la cabeza cuando, de nuevo, se puso en pie enderezándose poco a poco y fue hacia la trastienda, a su dormitorio. Allí abrió el armario y desde lo más profundo sacó una caja larga, rectangular. Pidió ayuda a su sobrina que, solícita, llegó de inmediato. Que viniera también la señora, rogó. Cuando entraron en la habitación pidió a Emilia:

—Abre la caja, por favor y extiéndelo sobre la cama.

Fue en ese instante cuando reconocí aquel maravilloso vestido de novia que habíamos hecho Lucrecia y yo tantos años atrás. Con la boca abierta se quedó la clienta. No era para menos.

—Maravilloso —bisbiseaba con un brillo en la mirada y una lágrima a punto de caer—, es justo lo que buscaba para mi hija.

Y en aquel preciso instante me sentí orgullosa de ser lo que era. Pequeña, recta, afilada y con ese agujerito llamado hondón por el que a veces ya no logra, mi querida amiga Lucrecia, enhebrar los hilos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La partitura

15 septiembre, 2019 por Akelarre 7 comentarios

Partitura musical cuentos

La partitura

Conscientes del lenguaje universal de la música y de lo que la misma incide en nuestras vidas, nos hemos inspirado en una partitura antigua para desgranar con palabras las notas que no sabemos interpretar en un pentagrama. De ese modo pretendemos hacer llegar a nuestros lectores las distintas melodías de la existencia de personajes que transitan por unos relatos que esperamos sean de vuestro agrado.

La palabra «partitura» proviene del término italiano partitura, que quiere decir literalmente insieme di parti (conjunto de piezas o partes).

Es un documento manuscrito o impreso que indica cómo debe interpretarse una composición musical. Mediante un lenguaje propio y el llamado sistema de notación, utilizado para representar gráficamente una pieza, permite que el intérprete la ejecute de la manera deseada por el compositor.

Durante muchos siglos el canto cristiano se conservó únicamente por tradición oral.

En torno al año 800 empieza la notación musical en el Imperio Carolingio.

La primera música impresa apareció alrededor de 1473, aproximadamente veinte años después de que Gutenberg presentase la imprenta. En 1501 Ottaviano Petrucci publicó Harmonice Musices Odhecaton, que contiene 96 piezas de música impresa.

En la actualidad se utiliza también el ordenador.

Genética musical

Cristina Vázquez

La sinfonía incompleta

Malena Teigeiro

Canción de cuna

Liliana Delucchi

Tómalo con calma

Marieta Alonso

Genética musical

Cristina Vázquez

No soportaba la falta de interés y cualidades que tenía el coro de la parroquia, formado por un grupo de zafios muchachotes que acudían a vociferar obligados por los curas del colegio adyacente. El padre Romualdez afirmaba presuntuoso que ese pequeño orfeón traería fama a l pueblo y fe a los parroquianos de la ciudad.

Habían contratado para dirigir el coro a Diego, el joven profesor de música del colegio, recién llegado de Austria de estudiar con una beca. Sus ilusiones de encontrar reconocimiento para sus composiciones y obtener fama y dinero se fueron desvaneciendo a la misma velocidad que sus escasos recursos. Aceptó el trabajo como mal menor para subsistir y tener tiempo para su arte. Se convencía a sí mismo mientras trataba de acabar el motete que se le había ocurrido y que cantaba para sus adentros, sin conseguir plasmarlos con la energía y el virtuosismo que él deseaba.

No en vano, era descendiente de un afamado músico cuyas composiciones se tocaban en teatros importantes y su nombre salía en la Historia de la Música. Sentía que la genética se apoderaba de él con voluntad propia y se propuso dar brillo al nombre y continuar la saga musical de la familia. Y ese era el empeño de su vida.

Su físico un poco desmañado, resultaba interesante por sus profundos ojos llenos de melancolía, sus andares elásticos y la dulzura de su voz. Él los potenciaba dándose un aire bohemio, un poco de opereta. Se dejaba crecer la melena, que sí tenía lustrosa con bucles envidiados por alguna osada profesora, como María de los Remedios, la de arte. Trataba de componer una expresión entre doliente y elevada para convencerse y convencer de su inevitable genio.

—Mi apellido me condiciona musicalmente —confesaba en cuanto tenía una oportunidad. Y muchas mujeres suspiraban.

Pero, aunque trabajaba con bastante ahínco, las clases de música, el tontear con la profesora de arte y para colmo los ensayos del coro, le alejaban de la tonalidad deseada del motete, y de otra melodía que podría desembocar en sinfonía y que se le iba metiendo en la cabeza.

Diego se casó con María de los Remedios, la esbelta profesora de arte que al poco tiempo comprendió que la obra soñada no avanzaba a la velocidad de los gastos, y que su recién estrenado marido necesitaba un poco de energía. Energía que a ella, mujer decidida y luchadora, le sobraba.

Así que le puso un plan de trabajo para que cumpliera y fuera orquestando lo que quisiera. Además, debería hacer la pelota al padre Romualdez y dar fuste al desmañado coro, le sugirió con autoridad.

Una vez que terminó el motete con entusiasmo, gracias a la vigilante y aprobatoria actitud de ella, y comenzó la sinfonía que se quedó en un adagio facilón y sensiblero, María de los Remedios recurrió a un buen amigo que conseguía envejecer obras de arte.

—No es falsificador, Diego, cariño —le confesaba mimosa—. Es otro artista, como tú, que necesita vivir.

Le llevó un par de partituras y consiguió echarle doscientos años encima y las presentó como un gran hallazgo del antepasado compositor. El entusiasmo del padre Romualdez fue enorme y lo mostraba como un descubrimiento único patrocinado por su orden. Obligó a que se cantara en el coro pagando una sustanciosa cantidad para quedarse con la partitura. Sus sueños empezaron a crecer: la expondría en la Catedral y se podría hacer una gira con ese coro o con otro, y quizás, con unos arreglos Diego conseguría hacer una música moderna y a lo mejor…

A lo mejor, le dijo su mujer al volver a casa después de cobrar el dinero. A lo mejor, mi amor, nos pillan, así que andando para otro sitio que quedan muchas partituras por descubrir.

© Cristina Vázquez

La sinfonía incompleta

Malena Teigeiro

En la vida de Ena todo funciona con el orden y la métrica de las notas escritas en un pentagrama, lo que le hacían sentir como si en vez de una mujer fuera una partitura. Así, en la casa de sus abuelos y padres, el almuerzo se sirve a las dos en punto, el té a las cinco y la cena a las ocho y media. Las comidas y desayunos son medidas en proteínas, grasas y vitaminas. Las visitas se hacen y reciben a las horas y días programados a primeros de mes. Y los vestidos, hiciera frío o calor, son acordes con las temporadas, de oscuras lanas en invierno y livianos algodones en verano. En aquella casa se cumple a raja tabla con el orden de las pulcras listas que, como si fuera una directora de orquesta, la madre de Ena elabora para dirigir la casa. Todo ha de hacerse con ritmo, sin que nada sea discordante, repite una y otra vez con una redonda boquita que a Ena se le asemeja a uno de los agujeros del corcho con el que, piensa, está hecho el cerebro de su madre.

Con respecto a la educación de sus hijos, para aquella familia lo más importante era el profundo conocimiento de la música en sus distintas vertientes. Como paso principal, y nada más nacer, se decide el instrumento de cuerda que cada uno debe tocar con perfección. La mujer era feliz sentada delante de sus retoños escuchando aquellas canciones que, con más arte que gracia, entonaban los dúos, tríos o cuartetos formados por su hijos.

Así, rodeados de orden, partituras y sonrisas, van pasando las semanas en aquella casa en la que todos sus habitantes parecen pertenecer a una Arcadia feliz. Todos menos Ena. A ella en el reparto de instrumentos, le correspondió el chelo. ¡Dios mío!, se dice una y otra vez a sí misma. ¡Cómo odio esta inmensa cosa entre mis piernas! La única música que le gusta es la que entra por las noches en su habitación a través de la ventana. La que una orquestina toca en el palco del kiosco. Sin que sus padres lo sepan, ella se asoma a la ventana. Envidia a aquellas felices jóvenes que giran aferradas a sus parejas. Y cuando divisa a alguna que se detiene para besarse, la cierra ruborizada.

Últimamente, Ena vive de forma díscola y desobediente. Entre otras cosas se despierta tarde. Ha descubierto la felicidad que produce quedarse un ratito más entre sus blancas sábanas. Pero lo que desde hace tiempo ya no soporta, es la voz de su madre, que impecablemente vestida, con su sempiterno broche en forma de piano cerrándole el cuello, le insiste: Ena, por prisa que lleves, los movimientos del cuerpo tienen que ir acordes, acompasados, unidos unos con otros, como si llevaran el compás de una feliz canción. Y mueve la mano marcando los tiempos de la clave de sol. Y su abuela, que las contempla emocionada, la acompaña golpeando rítmicamente con la patilla de las gafas encima de la mesa. Y ese toc, toc, de la madera producido por su madre, unido al tic, tic, de las monedas que le cuelgan de la pulsera a su abuela, la ponen frenética.

Aquella mañana, una vez más, se levanta tarde. Recogiéndose el cabello se dirige al comedor. Con los dedos en la manilla, decide que está cansada de tanta música, que no aguanta más a aquella familia que observa con sorna al que no sabe cómo pulsar a la perfección las cuerdas de un instrumento. Y como se considera inútil como violonchelista, sin pensárselo dos veces, no entra en el comedor.

Se fue de madrugada, no sin antes haber recogido las joyas de su madre y de su abuela. Lo que primero que hizo fue vender el broche con forma de piano. ¿No le da pena deshacerse de algo tan original?, le preguntó el prestamista. Ella movió la cabeza. Lo haría aunque no tuviera necesidad de lo que puedan darme por él, se dijo para sí. Cuando salió de la tienda con el dinero de las teclas de brillantes, comenzó a sentirse liberada del ritmo, de la perfección de las composiciones, y aunque no sentía ningún daño, sin saber por qué, con gusto comenzó a arrastrar una pierna. Le alegró comprobar que a causa de ello su cuerpo comenzó a moverse sin orden ni concierto camino de la estación del tren. De pronto, se detuvo delante del espejo de un escaparate. Sonriente, sin dejar de contemplarse, introdujo los dedos entre el cabello deshaciéndose el peinado. Luego se desabotonó el cuello de la blusa. Esta es la sinfonía incompleta, se dijo. Y rompiendo todas las enseñanzas, por primera vez corrió libre.

© Malena Teigeiro

Canción de cuna

Liliana Delucchi

Para Marcello

Aurora conocía la excepcional importancia de aquella partitura. Amarilla y ajada por el tiempo, la encontró en el fondo de una caja donde se guardaban los recuerdos de familia, desde fotos a entradas de teatro, billetes de tranvía de alguna ciudad o sellos de correo en desuso. Al igual que la porcelana, la caja pasaba de generación en generación en aquella familia dirigida por mujeres, incrementando su contenido con pertenencias o recuerdos de la nueva propietaria.

El piano era otra de las posesiones que heredaba la hija mayor, el piano y la obligación de tocarlo. Era impensable decir que no. Negarse a acariciar ese teclado, a sacarle su música era como afirmar que no se pertenecía a la estirpe. Y Aurora, como su madre y su abuela antes que ella, tocaba el instrumento. Lo disfrutaba, y lo disfrutaba mucho. De hecho, lo habían colocado en el salón más iluminado de la casa, el mejor decorado, el más cálido en invierno y fresco en verano. Compartía la estancia con Ángel, su marido, quien sumido en las páginas de los libros que leía o escribía, gozaba de las notas que su mujer lograba hacer subir por cortinas y estanterías, como si caminasen por los rincones.

Pero esta partitura era diferente. Era la canción de cuna con la que generaciones iban a dormir. Cuando sonaban esas notas los niños se ponían los pijamas, lavaban los dientes y besaban a su madre con un “hasta mañana”. Aurora y Ángel no tenían niños, por eso ella se negaba a acariciar las teclas para sacarles la melodía de la nana. Pero esa tarde de finales de verano era distinto, algo había en el aire y no era el perfume de las flores del jardín ni el rumor de las hojas. Las cortinas del salón se movieron y la mujer tuvo la sensación de que alguien o algo había entrado. Se equivocaba, la estancia estaba tan vacía como unos momentos antes. No tuvo miedo, su estremecimiento era curiosidad. En silencio, casi de puntillas, se coló por las cristaleras hasta el patio y en el cantero de las hortensias lo vio. Era gris, con rayas blancas y negras, el morro y las patas claras y saltaba atacando a una víbora.

—Te ayudaré —le dijo Aurora al gatito.

Fue en busca de una antigua espada india y entre los dos se hicieron con el reptil.

La mujer se quedó de pie, con el arma en la mano contemplando lo que habían hecho y el felino restregándose contra sus piernas. Fue entonces cuando ella lo invitó a pasar para premiarlo con un paté que tenía guardado y buscar la partitura en la antigua caja.

Ángel escuchó la melodía desde el coche y mientras caminaba hacia el salón, supo que su familia acababa de crecer.

© Liliana Delucchi

Tómalo con calma

Marieta Alonso

Con un portazo y un tajante exabrupto había puesto fin a muchos años de estresante vida familiar. Ocurrió el mismo día en que la empresa quebró y le pusieron de patitas en la calle.

—Las cosas se hacen bien o no se hacen —pensó cerrando los ojos con fuerza. Si quería comenzar una nueva vida debía cortar por lo sano. Era hora.

Al salir de su casa llevaba el documento nacional de identidad, cincuenta euros, un pentagrama y el abrigo. Su mujer había muerto veinte años atrás, dejándole cinco hijos pequeños que ahora, cumplidos los treinta y cuatro el mayor y veinticinco el más joven, debían aprender que la vida no era una juerga perenne. Algo había hecho mal. Aunque eran buenas personas se pasaban el día haraganeando en casa y viviendo a su costa. No quisieron estudiar por no ser genios, ni trabajar por no gustarles el capitalismo.

Decidió dejarles casa, coche y la nevera llena. Para empezar, iban a tener más que él. Por ellos había abandonado sus sueños de juventud. Y se marchó sin mirar atrás para no caer en la tentación de volver.

Todo esto lo piensa mientras se inclina para agradecer los aplausos que resuenan en aquel teatro de sus sueños juveniles, tras haber ejecutado como solista al piano, sonatas, mazurcas, nocturnos… Sonríe al recordar la cara de aquel agente de talentos, al que se presentó con una partitura de su creación. Estaba tan nervioso que cuando le pidió que se sentara al piano para verificar si lo que decía era cierto, sin pensarlo se quitó el abrigo revelando que lo único que llevaba puesto era un minúsculo slip. Aún no sabe si aquel hombre se quedó con la boca abierta por su ejecución o por su indumentaria.

Recorre con la vista las relucientes arañas de cristal de bohemia, los palcos, las butacas y se queda paralizado. Sus cinco hijos en primera fila, de pie aplaudiendo a rabiar, le lanzan besos al aire, gritando: Vuelve a casa papá. Te echamos de menos. La vida es muy dura sin ti.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Teatro Colón de Buenos Aires

15 julio, 2019 por Akelarre 3 comentarios

Teatro Colón

El Teatro Colón

Este templo de la música ha sido elegido este mes para los relatos que ofrecemos. Historias que se desarrollan en el escenario, detrás de él o en el patio de butacas y que hablan de encuentros y desencuentros, amores perdidos y reencontrados, vida y muerte y hasta lo que imaginamos que hay después de ella…

El Colón es un teatro de ópera de la ciudad de Buenos Aires. Por su tamaño, acústica​ y trayectoria, está considerado uno de los mejores del mundo, comparable con las salas líricas más importantes, como la Scala de Milán, el Metropolitan Opera House de Nueva York, la Ópera Estatal de Viena, el Covent Garden de Londres y la Ópera de París. Es índice inequívoco de consagración para quienes se presentan en él y lugar ineludible para los amantes de la música.

La sala principal ––una de las mayores del mundo–– tiene siete niveles de estilo ecléctico, que combina el neorrenacentismo italiano y el barroco francés, con una rica decoración en dorado y escarlata.

El escenario tiene 35 metros de profundidad por 34 de ancho y la boca de escena es una de las más grandes en los teatros con forma de herradura a la italiana

¡Oh mi papá!

Cristina Vázquez

Entre bambalinas

Malena Teigeiro

El cisne negro

Liliana Delucchi

Una noche en el teatro

Marieta Alonso

¡Oh mi papá!

Cristina Vázquez

A mi amigo Juan Cambreleng. ¡Maestro!

—Otra vez. Repítelo —la voz atronadora de mi padre me paralizaba.

Con una fina fusta que tenía como preciosa herencia de los tiempos que arreaba ganado su abuelo, daba unos golpecitos nerviosos al atril de la partitura o al piano. Más brío, menos grito, más suavidad, menos falsete. Y otro fustazo a cualquier objeto.

Yo le miraba con el temor real de que un día fuera yo la depositaria de esos golpes, pero nunca fue así. Su imponente figura, gordo, alto, con unos ojos que se llenaban de biliosa ira y sus dedos gruesos, con un anillo en cada mano, que cruzaba sobre su orondo vientre cubierto con un chaleco de seda de colores brillantes, me persiguió hasta en sueños.

Atesoraba algún recuerdo plácido de ver a mi padre repantigado oyéndome cantar sin interrumpirme y marcando el ritmo con la fusta. Si recibía la felicitación de mis maestros o ganaba una audición, inmediatamente aparecía él como un ángel protector a recibir los parabienes. Yo lo veía como un ángel nocturno, casi maléfico.

Mis abuelos habían emigrado de Odessa y se sentían a duras penas integrados en la sociedad americana. Aunque su comercio de abarrotes les había proporcionado una suculenta fortuna, permanecían atados a sus tradiciones y lengua. Se casaban entre la comunidad rusa que había en Nueva York y miraron siempre con cierto desprecio a la nueva sociedad que les acogió.

Y nací yo, hija única del grueso Mijail y la dulce Irina con un don: mi voz. Mi madre vivió siempre con ojos de angustiada preocupación por cualquier pequeño contratiempo y por el grande de no haber dado más que una hija a su imponente marido.

Mis primeros recuerdos están asociados al solfeo, a un piano y al innegable esfuerzo de compaginar una infancia normal con la de futura cantante. Mi padre se erigió como conductor de esta vida sin dejar apenas espacio a mis deseos.

—Olga, Olgiushka querida, serás la reina de los escenarios y tendrás la fama que te mereces —al decirlo, una sonrisa de ávido propietario le deformaba el rostro.

Empecé a hacer giras y a intervenir en modestos papeles siempre acompañada por el hombre que, con la gabardina en la mano, igual que si fuera un manto real, me hacía deambular de un lugar a otro bajo un estricto control. Yo me sentía igual que una mercancía por la que obtenía un beneficio más suculento que por unas arrobas de legumbre.

No cojas frío, tápate la garganta, no bebas alcohol, no salgas de noche, no, no, no.

Acabé ingresada con una crisis nerviosa. Me quedé muda. No podía hablar ni cantar. El médico dio la recomendación de que mi padre no entrara a verme, pues notaba que mi afección y aflicción aumentaban. Mijail pareció adelgazar del disgusto y se volvió más suave, inundado de sincero pesar. Sentí una enorme liberación y estuve sin hablar más de dos meses comunicándome, y poco, a través de notitas escritas. En la última le pedí a mi madre que quería ir a Italia a estudiar con el maestro ciego Verruti que tenía fama de haber recuperado voces fatigadas y artistas en crisis.

Mi única condición era irme sola. Ya tenía veintidós años. Fue tal mi silencioso desafío que nadie se opuso y partí en un barco grande mirando la estela blanca, llena de recuerdos que esperaba se hundieran a la misma velocidad que avanzaba hacia el futuro. Al cabo de seis meses volví a cantar con un esplendor, una delicadeza de la que yo mismo y mi maestro estábamos sorprendidos. Sin duda, la férrea voluntad impuesta por mi progenitor me ayudó, pero descubrí una dimensión desconocida de mi propia capacidad al relacionarme con otros, a compartir la alegría de la música y a triunfar. Fue el típico, tópico caso de sustituir a la diva en la Norma y el teatro se vino abajo con mi interpretación.

Recibía continuas cartas de mi padre, iba a venir, no podía seguir sola, pero como encontré un representante recomendado por Verruti que empezó a gestionar mi agenda, nunca le comuniqué donde iba a estar. Solo a mi madre, bajo la promesa de no volver a verla si se lo decía a él. Y a ella le contaba de mi vida y mi felicidad.

Uno de los momentos más esperados fue el de ir a cantar al teatro Colón de Buenos Aires. Majestuoso, templo de los mejores artistas, lugar de cita mundial y yo Olga, la pequeña Olgiushka, la que esperaba recibir un fustazo al menor desliz, iba a interpretar Norma, la ópera que me había hecho saltar a la fama.

La noche del estreno me asomé nerviosa a ver el patio de butacas lleno de gente bien vestida. Un murmullo recorría los dorados palcos, el aroma de diferentes perfumes envolvía el ambiente único de los momentos anteriores a que suene la música, y me aparté para prepararme.

La ópera discurría a la perfección con el reconocimiento del público, efusivos aplausos, gritos de “Brava” y cuando empecé el segundo acto miré hacia un palco y vi la imponente, aunque más menguada figura de mi padre de pie, mirándome intensamente.

En ese momento perdí la voz y no pude seguir cantando. No recuerdo nada más, solo que al día siguiente los periódicos no hablaban de otra cosa.

© Cristina Vázquez

Entre bambalinas

Malena Teigeiro

Emma había acudido muy temprano al teatro. Su intención era maquillarse y vestirse antes de que comenzara la representación para luego, en lugar de esperar su llamada al escenario en el camerino, esconderse entre bambalinas. No quería perder ni un instante de lo que ocurriría en escena.

El abuelo de Emma había sido carpintero. Noble y antigua profesión la de los hombres que tallan la madera, decía el anciano cuando les hablaba de su trabajo. Luego, pillo, añadía: Y junto con la de las mujeres, una de las más antiguas del mundo. Invariablemente, después de estas palabras, profería un gran suspiro.

El recuerdo de su querido abuelo hizo iluminar en el rostro de Emma una ligera sonrisa. Con los enjoyados dedos se colocó la seda del escote de su vestido de Desdémona y se dispuso a salir del camerino. Con el pomo de la puerta entre los dedos, se detuvo. Recogió de encima de la mesa el programa y lo volvió a leer.

«El decorado de la ópera que se representa esta noche, considerado como una obra de arte, es propiedad del Teatro Colón. Construido por sus carpinteros en los talleres del teatro para la representación de Othello, fue cedido en diversas ocasiones por esta institución a teatros de Europa y otros países de América. Luego, como sucede a veces con las más bellas e importantes obras de arte, se quedó olvidado en uno de los almacenes, del que fue rescatado para la función que hoy se estrena.»

Representaban Othello. Los decorados eran los más hermosos que se habían hecho en sus talleres, decía su abuelo, Benedetto, que en aquel trabajo había puesto todo el amor de su querida y lejana Italia. Así, siempre con las mismas palabras, comenzaba a relatarle la trágica noche. Y luego de un instante de pausa que aprovechaba para limpiarse con un gran pañuelo el inexistente sudor de la frente, proseguía: El día del estreno se encontraban en el teatro los tramoyistas Enzo, un hombre mayor al que le gustaba demasiado el vino, y Antonio, joven inexperto que era la primera vez que atendía aquel menester. Nadie supo qué fue lo que le ocurrió a Enzo cuando al tirar de las cuerdas para cambiar el decorado de la calle por el de la sala del Consejo Veneciano de la tercera escena, se enrolló una soga al cuello ahorcándose con ella. Antonio, agarrado a sus cuerdas, al verlo subir tan rápido como el decorado, se quedó mirando estupefacto el balanceo del hombre. Nadie más vio ni escuchó nada. Luego se habló de que, confundido entre el sonido de la orquesta, el director escuchó un grito, que después de barrer con la mirada a sus músicos, continuó su trabajo tranquilo.

Cuando Benedetto se dio cuenta de que Enzo no se encontraba en su puesto, lo cubrió él mismo. Tenía que hablar muy seriamente con su compatriota, pensaba enfadado. Si volvía a verlo bebido nunca jamás trabajaría para el Colón. Menos mal que él, siempre al acecho, se había dado cuenta, barruntaba, si no… ¡No quería ni pensarlo! Y precisamente lo hacía aquella noche que entre los invitados a la representación, junto a sus esposas, estaba un mandatario europeo acompañado por el Presidente de Gobierno.

––Este pájaro va a ser el causante de que nos despidan a todos ––razonaba molesto el carpintero sin percibir que el cuerpo de Enzo, cada vez más azul, colgaba de una cuerda entre los peines.

En el escenario siguió desgranándose un acto tras otro hasta llegar al último. Y fue entonces, cuando Desdémona, una joven soprano que por primera vez cantaba en el teatro Colón, al comenzar a entonar su Ave María elevó la mirada al cielo y al ver colgando la gruesa lengua y la mirada de Enzo fija en ella, cayó al suelo. Hubo un revuelo entre los asistentes. Todos percibieron que la antes brillante y cálida voz de la soprano, apenas era audible. Othello acudió presto a recogerla. Llevándola entre sus brazos, y sin dejar de entonar su canto, la colocó encima del medieval lecho que cubierto de sedas y coloridos damascos, ocupaba gran parte del escenario. Othello continuó entonando sus palabras de celos y cuando arrebatado por la ira, sostenía entre sus dedos el cuello de Desdémona, percibió su cuerpo inánime.

Comienza el acto cuarto. Desdémona y su criada Emilia están preparadas en el escenario. Las manos de Emma están frías cuando comienza a cantar. En su cabeza resuenan una y otra vez las palabras de su abuelo:

––Y desde entonces, cada vez que se representa Othello con nuestros decorados, el alma de la joven soprano se pasea por el escenario del teatro –se persignaba a la vez que murmuraba una jaculatoria–. Quiere volver a cantar el Ave María, con fuerza, como lo hubiera hecho aquel día si no llega a ser por la mirada del ahorcado.

Luego añadía que, desde aquella noche, cada vez que las sopranos entonaban el Ave María, sufrían diversos tipos de desmayos y desvaríos.

Brillante, entona su parte del diálogo con su criada Emilia. Y cuando la orquesta ataca las primeras notas del Ave María, Emma de espaldas al público, camina hacia el fondo del escenario. Sin volverse, la dulcísima voz de la soprano desgrana con fuerza y emoción las notas del Ave María. Al finalizar, el público puesto en pie rompe en aplausos. Es entonces cuando Emma, todavía en el fondo del escenario, se gira hacia el auditorio. Inclina la rodilla, la cabeza, en una gran reverencia. Luego, ya en pie, en un gesto que nadie comprende, eleva las manos y con la mirada fija en el infinito, es ella la que aplaude.

© Malena Teigeiro

El cisne negro

Liliana Delucchi

A través de la ventanilla del coche, Clemencia contempla la calle Libertad húmeda por la llovizna que cae desde la tarde. Allí está, imponente, hermoso, el templo de la música al que no había vuelto desde hace tantos años. El culpable de sus desgracias.

La primera de ellas la descubrió una semana antes del estreno del ballet. Era su primera interpretación de Odile, la que iba a ser su consagración como bailarina.

––Ocurrió en la Plaza Lavalle, el día que fui a recoger las entradas para La Bohème. Él estaba en un banco mirando el edificio del teatro y yo me senté a su lado. ––Dijo Félix cuando su esposa lo interrogó sobre algo que todos sabían menos ella. ––Empezamos a hablar de ópera, luego de nuestras vidas. El resto ya lo sabes.

Su marido dejó el hogar esa misma noche. Se iba a la casa de la playa, le explicó, aunque ella más tarde supo que se había trasladado al apartamento de su amante.

El segundo de sus infortunios ocurrió el día del estreno de El Lago de los Cisnes, durante el tercer acto. Clemencia hizo su aparición como Odile, dispuesta a engañar al príncipe y en el segundo fouetté en tournant perdió el equilibrio y cayó en escena. Un tobillo roto. El final de su carrera.

A Manuel, el hoy marido de su ex esposo, lo conoció el día en que nació su nieta.

––Una niña preciosa ––le dijo intentando ser amable. –– Se parece a su abuela y seguramente será una excelente bailarina.

No se equivocó el roba maridos. Por eso hoy Clemencia ha vuelto al Colón. Aquel bebé que contemplaron en el hospital hace veinte años, esta noche debutará en el mismo papel que puso fin a la carrera de su abuela. La anciana tiembla con solo pensarlo. Abre la puerta del coche y se recoge el vestido para no mojar el bajo. El teatro brilla entre la bruma, los asistentes suben su elegancia por las escaleras de mármol bajo los paraguas. Ella intenta controlar su mandíbula que no deja de temblar. Va con una mano cogida del brazo de su yerno y con la otra aprieta el bolso de pedrería. El foyer está lleno de caras sonrientes que la saludan con una inclinación de cabeza. ¿Me reconocen? No, Clemencia, ha pasado demasiado tiempo.

La llevan hasta su asiento para descubrir que le han asignado uno junto a Félix y Manuel. ¿A quién se le habrá ocurrido?, murmura. A tu nieta, mamá, le contesta su hija, quiere a toda la familia junta.

Llega el tercer acto. Allí está su pequeña, su cisne negro, que hace una interpretación magnífica. La función es un éxito. De pie, en medio de los aplausos, la anciana abraza a los dos hombres y llora la felicidad que tanto tiempo tardó en llegarle.

© Liliana Delucchi

Una noche en el teatro

Marieta Alonso

Creo que estoy muerta. Lo último que recuerdo es el chisporroteo de las llamas, cortinas convertidas en ceniza, lámparas que caen al suelo estrepitosamente, esqueletos de butacas, gritos, gritos, y gritos.

Hasta hace unos instantes yo era joven, guapa, con una maravillosa voz de soprano, y sentía que la última nota se había ahogado en mi garganta, mientras en el piano continuaba sonando un do sostenido, hasta que, de pronto, cesó la música.

Ahora estoy tiznada y recelosa haciendo una fila frente a una mesa con un gran cartel en el que está escrito: «Reencarnaciones» en letra gótica y de color malva, mi color preferido. Veo salir a seis cucarachas. Pregunto a los de mi alrededor. No saben. No contestan.

Un grupo de pulgas aparecen por la puerta. Una docena de cigarras esperan la orden de salida. Me preocupa que Kafka esté al frente de este departamento. Me preocupa que me conviertan en una hormiga. Y no es que no me gusten, las tengo en gran estima por lo bien que programan su trabajo, por cómo se comunican entre ellas y por la gran capacidad de resolver problemas complejos, pero no… Me preocupa porque ser una hormiga conlleva grandes peligros, puedo quedar aplastada por el zapato de un desaprensivo, caer en la boca de un snob en un restaurante de lujo o ahogarme en una inundación.

No me seduce la idea de volver a morir tan pronto, quiero llegar a vieja, a estar rodeada de nietos. Ruego en voz alta: ¡Dadme el placer de una larga vida! ¡No es mucho pedir!, exclamo sin ninguna convicción de ser escuchada.

Al que estaba delante de mí le han convertido en una avispa con un formidable aguijón venenoso. Está feliz, cree que le ayudará a sobrevivir. No tengo tiempo de hablar con él. Me llaman, me toca el turno.

Sobre la mesa colocados de mayor a menor hay un escarabajo, una mariposa, una mosca, un mosquito, una chinche. Y lo único que se me ocurrió decirle con voz entrecortada, emoción contenida, y ojos llorosos a aquel ser lleno de bondad que me miraba complaciente, desde su asiento, era que me devolviese a la tierra tal como había sido: una mujer.

––¿Por qué, hija mía?

––Pues, mire usted, siempre he anhelado ser una empollona, una erudita, una especialista de… los insectos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La bañera

15 junio, 2019 por Akelarre 8 comentarios

Bañera que inspira relatos cortos

La bañera

La relativa abundancia de restos arqueológicos e iconografía artística, permiten especular que la bañera fue un objeto de uso tanto en el lejano y medio oriente como en la Grecia clásica. Así, aparecen restos en palacios micénicos que revelan estancias reconocibles como “cuartos de baño”.
En los palacios egipcios, hacia el año 1500 AC contaban con tuberías de cobre para agua fría y caliente, formando parte el baño de ceremonias religiosas.
Los judíos dieron aún más importancia al aspecto ritual del baño y entre los años 1000 al 930 AC, según normas de los reyes David y Salomón se construyeron complejas obras públicas de suministro de agua.
Fueron los romanos los que en el siglo II AC convirtieron el baño en un acto social, construyendo grandes baños públicos dotados de jardines, biblioteca gimnasios…
Tras la "noche medieval”, durante la cual lo opinión ortodoxa cristiana suponía que la exposición total del cuerpo en el baño era pecaminosa, hizo que se perdiera la tecnología del baño.
Aparecen en el Occidente del Siglo de las Luces modelos precursores de las bañeras modernas. No obstante, su uso no se extenderá hasta bien avanzado dicho siglo con la aparición del tub (bañera) a la inglesa y las primeras móviles de hierro denominadas como tales.

Olor a jazmín

Cristina Vázquez

Una bañera con patas

Malena Teigeiro

Entre la espuma

Liliana Delucchi

Una bañera

Marieta Alonso

Olor a jazmín

Cristina Vázquez

Inspirado en la leyenda del hada Melusina

La mirada aviesa de sor Melinda, pese a su dulce nombre, fue la primera impresión desagradable que recibió Atina al entrar en el colegio. Erguida en lo alto de la escalera de granito, bajo una marquesina herrumbrosa, miraba a las recién llegadas con el ojo frío del ganadero que evalúa las reses válidas o inútiles.

La toca almidonada avanzaba a los lados de su cara de monito avispado igual que unas alas desproporcionadas de un insecto lisérgico, lo cual producía un extraño contraste. La visión desagradable de la monja, la dejó desanimada, pues tenía por delante dos meses en esa institución para mejorar su francés y aprobar el suspenso de junio.

Una vez realizadas las despedidas más o menos llorosas o liberadoras de los familiares que entregaban a las docentes, una campana marcó el momento de subir a las habitaciones. En fila de dos se oyó el estrépito controlado de los pasos por las escaleras de las recién llegadas, cuyos nombres estaban marcados en cada puerta del dormitorio correspondiente. A Atina le tocó con Domenica, una milanesa deslumbrante y sabia para sus trece años, y con Julia, una alemana morena y expresiva que miraba con recelo a la desenvuelta italiana.

Había un baño en cada extremo del pasillo, con las habitaciones asignadas a cada uno de ellos. Le pareció correcto el que le tocó en suerte. Un poco antiguo pero limpio y sintió que no hubiera duchas en vez de esa gran bañera por la que tendrían que pasar muchas personas, lo que le producía cierto reparo. Pero todo le resultó adecuado: el dormitorio, la sala de estudios, el comedor, y en el ambiente flotaba un cierto aroma entre bizcocho y desinfectante que le daba confianza.

Empezaron las clases y sor Melinda se distinguía del resto de las monjas por su edad, rigor y por la extraña toca que encajaba su cara como un mosaico inamovible. El resto eran unas hermanas alegres, jóvenes, y con afán de enseñar y divertir a las alumnas. Aunque la sola presencia de la anciana monja producía una especie de corriente helada que paralizaba los juegos o las risas. Se susurraba que nadie conocía su edad y que era la última representante de un antiguo linaje francés, del que provenían reyes y santos. Desprendía un extraño olor indefinible y mohoso. La vieja, a veces, trataba de sonreír, pero su intento no era más que una escalofriante mueca amarillenta que parecía abrir una insondable y putrefacta fosa.

Las dos compañeras de cuarto, Julia y Domenica, entraron en franca rivalidad y como Atina era la única que entendía el italiano y algo de alemán, las noches en el dormitorio empezaron a ser la ONU a tres bandas. Cada una se quejaba de la otra en su propio idioma a sabiendas de que no la entendería y a ella la terminaban abrumando con sus pesadeces.

Una noche, harta de sus quejas, decidió darse un baño como lo hacía en su casa: con espuma, sin prisas y en silencio. Los horarios de los baños estaban pautados, al igual que los días en que se podían realizar. Dos a la semana y otro el domingo, lo que le resultaba incómodo acostumbrada como estaba a su ducha diaria. Se levantó sigilosamente y avanzó por el pasillo con su pequeña linterna. Mientras se desnudaba detrás del biombo que había en una esquina para dejar la ropa, una iluminación tenue surgió y entre las rendijas vio a sor Melinda. Las piernas le empezaron a temblar y se quedó petrificada al ver como la anciana echaba unas sales en la bañera y soltaba con sigilo el agua. Atina pensó que la expulsarían y querría tener alas para poder huir de esa trampa en la que se había metido.

Oyó como se quitaba los hábitos pues tenía los ojos cerrados con la falsa ilusión de que si no veía no la verían a ella, pero al fin los abrió y pudo atisbar a la vieja desnuda, con una carne pellejuda y fláccida y la toca puesta. Se miró absorta en el espejo para quitarse la cofia y apareció una cabeza calva, diminuta. Atina creyó que iba a vomitar, pero la monja sonreía frente al espejo y se metió con agilidad sorprendente en el baño.

Apoyó su espeluznante cabeza en un extremo de la bañera. Al momento siguiente un aroma envolvente de jazmín, rosas, nardos, empezó a inundar la habitación y una brisa suave abrió la ventana. La repugnante sor Melinda se iba convirtiendo en una hermosa mujer cuya melena rubia y abundante caía fuera del baño y unos susurros masculinos mezclados con los dulces y ahogados de la mujer inundaron el cuarto. Atina se puso en cuclillas pues comprendió que se iba a caer. Al cabo de un rato todo cesó. El aroma, los susurros, la brisa y salió del baño la mujer más hermosa que ella hubiera visto nunca. Se miró en el espejo con altanería y cerró los ojos. En breves minutos volvió a ser la vieja fláccida y calva, se envolvió con desgana en su hábito y arrastrando la toca desapareció.

Cuando pudo reaccionar volvió temblando a su cuarto donde sus dos compañeras seguían, ya en directo, insultándose cada una en su idioma y al verla entrar se callaron. La cara de Atina era de una palidez extrema y por más que le preguntaron fue incapaz de contar lo que había presenciado.

Al día siguiente sor Melinda dirigía con la misma mano firme y rugosa la institución y al pasar al lado de ella notó un lejano olor a jazmín, diferente del habitual que exhalaba y sintió su mirada de una manera especialmente intensa durante el estudio.

Llamó a su casa para que vinieran a recogerla. Estaba en peligro le aseguró a su madre.

© Cristina Vázquez

Una bañera con patas

Malena Teigeiro

Al salir del cine Imperial Paquita tenía una sensación particular. La película, La tentación vive arriba, era buena y divertida, pero los fotogramas que no olvidaba eran los de Marilyn Monroe, entre burbujas de blanca espuma, alzando las piernas en una hermosa y gran bañera.

La casa de su familia en el pueblo no tenía cuarto de baño ni ducha. Y eso que sitio para hacerlo había, porque aunque destartalada, era grande. Utilizaban para unos menesteres la cuadra y para el aseo los barreños que en el patio colocaba su madre. Luego se trasladaron a Madrid en donde, dijo su padre, vivirían mejor. Al principio se alojaron en dos habitaciones de una pensión en la calle Tribulete. El único cuarto de baño de la pensión se encontraba al final del pasillo. Y como era el único, por estricto turno que marcaba la patrona, se utilizaba por todos los inquilinos, excepto la sucia y desconchada bañera. La dueña prohibía tajantemente su uso. Frunciendo su ajada y pintada boca, casi siempre adornada con un repelente vello negro, decía que gastaba mucha agua y si querían bañarse en ella, y ahí juntaba los dedos de la mano frotando uno con otro, tendrían que pagar más. Por lo que sus inquilinos, entre en bidet y el lavabo, tenían que asearse como podían.

Después de dos años, ¡Al fin!, gritaba su madre con las manos juntas como dando gracias al cielo, lograron un piso de sesenta metros en una nueva barriada. El apartamento tenía dos habitaciones, cuarto de estar, cocina y un baño con polibán. Aquella especie de cubeta cuadrada con asiento a un lado y por la que su padre tuvo que pagar un suplemento, para la familia fue el mayor de los lujos. Pero para Paquita el polibán no era suficiente. Desde que cobró su primer sueldo, comenzó a ahorrar para pagar la entrada de un piso en donde instalaría una bañera grande, con patas, y azulejos verde clarito. Su sueño era levantar, brillantes de agua y jabón, las piernas en su bañera llena de blanca espuma. Porque aunque no fueran como las de Marilyn, a diferencia de las demás chicas de su pueblo, las suyas eran largas, delgadas y de tobillos finos. Quizá con los gemelos un poco provocados, pero bonitas.

Pasó el tiempo y Paquita contrajo matrimonio y tuvo hijos. Cada vez se le hacía más difícil comprar aquel piso en donde pudiera instalar la bañera de sus sueños. Pensó en ayudar a la suerte y comenzó a jugar a los ciegos. Su cupón fue premiado varias veces, pero era tan poca la cantidad que le tocaba que decidió pasarse a la primitiva. Siempre antes de adquirir el boleto rezaba y con él en la cartera seguía rezando. Y a pesar del tiempo transcurrido, ella sin cejar en su intento de llamar a la suerte, siguió comprando su boleto con inmensa fe. Y por fin llegó la mañana en la que, al comprobar los números de su papeleta, la máquina dijo que el boleto tenía que cobrarse a través de una oficina bancaria. ¡Por fin podría tener su bañera de patas!, suspiró con los puños cerrados debajo de la barbilla.

Después de adquirir un piso en el centro de la ciudad, en una calle habitada por personas elegantes, lo reformó de arriba abajo e hizo un cuarto de baño pegado a su dormitorio. Para mí sola, repetía con ilusión a quien quisiera escucharla.

Se sintió la mujer más feliz del mundo cuando el maestro de obras le entregó la llave de su recién reformada casa. Acariciando aquellas llaves, se dijo que sería divertido tomar un baño, sin que nadie la viera ni se pudieran reír de su capricho. Al día siguiente, antes de ir a su piso, compró unas suaves y grandes toallas. Alfombrilla y albornoz haciendo juego, cepillo para frotarse la espalda y el mejor gel de baño que había en el mercado, según dijo la señorita que se lo vendió. Polvos de talco y crema hidratante. Con todas sus compras en la bolsa que le colgaba del brazo, giró la llave de su nuevo domicilio. Al abrir la puerta del cuarto de baño se detuvo un momento para admirar la blanquecina claridad que traspasaba los cristales al ácido. Aquel capricho de los cristales había sido muy caro, pero era tan suave la luz que había merecido la pena el gasto, se dijo emocionada.

Con intensa ilusión, Paquita fue colgando la toalla de una percha y el albornoz de otra. Luego colocó la alfombrilla en el suelo. Y mientras iba dejando su ropa perfectamente doblada sobre la banqueta, miraba cómo cubierta por una gruesa capa de espuma blanca, la bañera, poco a poco, se llenaba de perfumada agua caliente. Cuando entendió que estaba suficientemente llena, se recogió el cabello y trémula, se dispuso a entrar.

Al salir de su nueva casa Paquita se fue directamente a una oficina de compra venta de pisos y puso el suyo a la venta. Ya había cumplido su deseo de tener una bañera de patas de hierro. Lo que ella no había previsto fue que sus casi noventa años no le iban a permitir levantar la delgada pierna lo suficiente como para poder introducirse entre aquella gloria de blancas burbujas.

© Malena Teigeiro

Entre la espuma

Liliana Delucchi

Lo que sucedía siempre volvió a suceder, como todas las noches: Las protestas de los chiquillos antes de irse a la cama, la insistencia de la niñera para que se lavasen los dientes y Clarisa en su sillón a la espera de la llamada telefónica de su marido que va a decirle que tampoco esta vez irá a cenar.

Se sirve una copa de vino y mira a su alrededor. Sus ojos se detienen ante el cuadro que acaba de colgar. No está muy segura de haber hecho una buena compra, pero esa tarde no tenía ganas de volver a su casa y el local de subastas era una buena opción. Tiene la sensación de que el martillero la miraba con insistencia. Era elegante, con una voz grave y tan clara como un actor de teatro. ¿De verdad retuvo su mano más de lo debido o eran solo imaginaciones suyas? Sonríe al silencio y se cubre las piernas con una manta. No es frío, piensa, solo necesidad de que alguien me arrebuje. El sonido del móvil la devuelve a su salón y la voz de Luis le confirma lo que ya sabía. Es hora de un buen baño.

El cuarto de baño es una de sus zonas preferidas de la casa. Lo diseñaron entre los dos, cuando todavía hacían cosas juntos, cuando se metían en esa bañera a susurrar lo felices que eran y lo que les quedaba por hacer. Ahora es territorio de Clarisa. Luis prefiere una ducha rápida por la mañana.

Mientras rellena la tina con agua caliente se queda mirando por la ventana las luces de la ciudad. ¿Qué ocurrirá en aquellas casas que están más allá de la colina? Se imagina familias felices, alguna anciana solitaria y la consabida joven fundida en su tablet. Ya entre la espuma, respira profundamente con la mirada fija en sus dedos del pie. Magnífica pedicura, Sabrina. ¿Qué estará haciendo el hombre de esta tarde? Tengo su tarjeta, puedo llamarlo o pasar por la casa de subastas. Pero ¿Qué estoy pensando? Eso lo haría Carmen, que es una lanzada, yo terminaría balbuceando incoherencias. Mejor me olvido.

Cierra los ojos y siente que la acarician por debajo del agua. Es el subastero que desliza su pie a lo largo del vientre de Clarisa. La mujer se estremece, coge el tobillo del hombre y empieza a masajearle la planta. Respira hondo antes de sumergirse y de pronto… Ya no está en su bañera. Es un mar color esmeralda, hay peces y alguien le hace señas para que se dirija a una cueva subterránea. Aprieta los párpados para recordar cada detalle de la cara de ese desconocido hasta hace solo unas horas, pero no lo logra. Se da cuenta de que es Luis quien la llama desde las rocas, quien le tira besos que se transforman en pompas. Sale a la superficie. Desde el cuarto de baño en penumbra ve que se enciende la luz del vestidor y por el pasillo a su marido que avanza desnudo hacia ella.
—Sabía que estabas aquí, por eso me di prisa —le dice antes de introducirse en medio de la espuma.

© Liliana Delucchi

Una bañera

Marieta Alonso

Hace muchos, muchos años, en una alejada aldea vivía un pobre loco. No era hablador. Todo lo contrario. Y por absurdo que pareciera se le veía dolorosamente feliz.

Cuando murieron sus padres vendió la pequeña casa de adobe y compró un terreno poblado de árboles. Dialogaba con ellos como si intentara que aprendieran a caminar y formaran una cerca marcando la linde de su parcela. No consiguió convencerles, por lo que fue pidiendo permiso uno a uno para que se dejaran talar y el viento trajo la autorización.

Marcó con su inicial una serie de ellos que comenzó a cortar a unas pulgadas de la base. Otro del poblado, que también tenía fama de faltarle un hervor, se acercó y sin decir palabra se puso a ayudarle, talando a ras de tierra a los que tenían una gruesa raya en rojo. Luego, entre los dos partieron los troncos, todos del mismo tamaño, y comenzaron a apilarlos a pocos pasos de los tocones que formaban un rectángulo.

Unos troncos se convirtieron en una espaciosa choza, con el tejado a dos aguas y muchos vanos para que entrara la luz y el aire, mas no la lluvia que para eso pusieron unas hojas abatibles que se abrían hacia el exterior. Otros se fueron transformando en una mesa alargada, en seis taburetes, tres bancos alrededor de las paredes, dos camas… Todo tallado con esmero y de gran belleza.

Cavaron un profundo hoyo en el patio algo alejado de la casa, que milagrosamente se convirtió en un pozo. Se rascaron la cabeza sin dejar de contemplar el borboteo del agua, y sin decir palabra se marcharon rumbo a la capital. Regresaron a la semana con una tina enorme y espectacular que, en vez de colocarla dentro de la casa, la pusieron al lado del pozo. Todo un día y toda una noche estuvieron sentados dentro del desmesurado recipiente pensando, pensando… Y al día siguiente se fueron a ver al herrero, que escuchó con atención lo que le pedían.

A la semana, aquel que tenía por oficio trabajar el hierro, seguido por los hombres del pueblo, colocó un artilugio que iba del pozo a la bañera y echaba agua al subir y bajar una palanca. Con agua cristalina la llenaron. Y sin percatarse de la multitud, los dos orates, uno primero y otro después se desnudaron y por turnos se dieron su primer baño. Al ver aquello los demás pensaron que estaban embriagados de alcohol, pero no. Era puro placer.

Con el calor del sol y tanta agua derramada por el desagüe comenzó a brotar la fina hierba. Se volvieron a rascar la cabeza y fueron sembrando a una distancia prudencial alrededor del baño, un haya para consagrarla a Júpiter, un ciprés para Cibeles, un laurel para Apolo, y una palmera para las Musas…

La muchedumbre venía cada día a ver el espectáculo del baño, pobres lunáticos pensaban al principio, hasta que pidieron hacer lo mismo que ellos, pero no se lo permitieron, salvo previo pago de una tarifa.

Y el negocio prosperó.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La Torre de Hércules

15 mayo, 2019 por Akelarre 7 comentarios

Torre de Hércules La Coruña Galicia

La Torre de Hércules

La imagen austera y potente del faro impacta al que lo ve. Pero todavía impresiona más si pensamos que bajo sus fachadas se encuentra el original romano, el más antiguo del mundo y el único que se conserva en servicio, desde el que los romanos contemplaban el «Finis terrae».

Construida  en la segunda mitad del siglo I por un arquitecto de Coimbra, de nombre Gaio Sevio Lupo, su luz ha sido desde siempre un punto de referencia para los navegantes.

Una de sus leyendas cuenta que hubo un gigante llamado Gerión, rey de Brigantium, que obligaba a sus súbditos a entregarle la mitad de sus bienes, incluyendo sus hijos. Los súbditos decidieron pedir ayuda a Hércules, quien retó a Gerión. Después de derrotarlo, Hércules lo enterró y sobre su cabeza levantó un túmulo que coronó con una gran antorcha.

Hoy día el faro está reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

El buen dormir

Cristina Vázquez

La luz del faro

Malena Teigeiro

Eternidad

Liliana Delucchi

El faro

Marieta Alonso

El buen dormir

Cristina Vázquez

Siempre fue nerviosa. Ya lo decía su madre que desde niña siempre durmió mal.

A Matilde le alteraban el sueño la luz de las farolas, o el ruido de los transeúntes al pisar la alcantarilla, o los maullidos de Pandolfo, que la niña afirmaba doctoral eran almitas del purgatorio.

—Delicadezas de princesa tiene mi hija —afirmaba contundente la madre a sus compañeras de costura en el taller donde trabajaba.

Y sin duda, delicada resultó Matildita para el dormir. En cambio, aunque nunca perdió su aire doctoral, al crecer, este se fue suavizando en una cara de simpáticos hoyuelos, nariz respingona y una expresión de pícara inteligencia en los ojos. Además, fue una estudiante aplicada que le permitió licenciarse en Geografía y con tal motivo pretendía recorrer mundo para conocer los accidentes geográficos en su esencia, aseguraba pomposa.

Consiguió una beca para venir de su Chile natal a estudiar a la madre patria. Antes de empezar el curso se fue a vivir a casa de unos parientes en Galicia, lugar nombrado tantas veces con melancolía por la madre, que adornaba esa tierra con todas las virtudes y bellezas que recordaba de su infancia.

Y allí apareció la chilenita, como la llamaron desde el primer momento, causando curiosidad y sorpresa a los del pueblo. La tía abuela Jacinta la instaló en el mejor cuarto del primer piso de su vivienda. Una habitación aseada y llena de recuerdos, algunos de su madre. Una habitación que Matilde sintió como propia nada más entrar.

Agotada, se acostó en la cama un poco húmeda en el que se mezclaba el olor a espliego y a lejana boñiga de los animales. Una cama blanda, acogedora, en la que esperaba soñar y soñar. Pero al apagar la lámpara, pese al antifaz que siempre se ponía para que no le molestara la luz y los tapones en los oídos, una claridad intermitente e intensa que se colaba bajo las contraventanas, y el ruido de los cascos de los animales por la trocha le impidieron dormir.

A la mañana siguiente, la cara de desolación de la tía Jacinta al ver lo demacrada que estaba la sobrina, era sincera.

—¡Ay! pobre Matildiña, después del viaje tan largo, no dormir —le decía pesarosa—.

Es una faena.

De repente, se le iluminó la expresión a la anciana mujer y afirmó que tenía la solución. Llamó a una vecina y dio unos recados. Le dijo a la chilenita que no se preocupara que todo tenía remedio.

—Ya verás como sí —y una sonrisa algo desdentada iluminó la cara de Jacinta.

Al cabo del rato llamaron a la puerta y apareció un mocetón cumplido. Alto, rubio tirando a rojizo, con una suave pelusilla en los brazos y unos ojos de un azul tan intenso, que parecían haberse bebido el mar.

—Este mozo es Luisiño, el más seguro de la comarca. Te dará un paseo en su barca y dormirás.

Matilde no entendía la relación entre el dormir y la barca, pero se fue encantada con el hombretón que enseguida la enlazó por la cintura guiándola con seguridad hacia el faro. Se pararon un momento a contemplar la increíble torre que aún alumbraba desde los romanos, le dijo él.

—La Torre de Hércules —añadió ella con su encantador aire doctoral y una mirada apreciativa al faro y al hombre

—Tú vas a dormir bien —le aseguró sonriente Luis— y no volverás a irte lejos, porque si no yo tendría que subir a lo alto para llamarte a través de la mar océano y no quiero.

El hablar suave, las cosas sorprendentes que le iba contando y su presencia firme, dulce y próxima, le dieron una flojera a Matilde que ella interpretó como efecto del cansancio y el cambio de horas.

Al llegar al pie del faro, una barquita pintada de verde se balanceaba esperando a su dueño, pero la joven aseguró que se sentía incapaz de subirse a ella pues se marearía.

—No te preocupes, bobita, ese dulce balanceo no marea, pero tengo una cabaña ahí abajo, también de tiempos romanos, donde estaremos tranquilos.

Tranquilos no estuvieron, pues el dulce balanceo fue de otro oleaje y cuando Luis la tocó en el hombro ya era de noche y entraban las ráfagas de luz del faro por debajo de la puerta.

—Ya te dije que dormirías.

La vieja Jacinta en su casa, se acababa un puro sentada cerca del fuego con una comadre.

—Ya lo sabía yo que Luisiño la haría dormir —escupió una hebra de tabaco—. Espero que acepte el dinero pactado, porque son muchas las horas que lleva con la chilenita. Pero es que no hay nada peor que no dormir. Si lo sabré yo.

Y se arrebujó en el chal mirando cómo las llamas se iban consumiendo.

© Cristina Vázquez

La luz del faro

Malena Teigeiro

La noche que en el cementerio de San Amaro enterraron a Marina y a Juan el mar estaba quieto, tranquilo, y la luz de la luna brillaba sobre él. Sin embargo, la bocina de la Torre de Hércules no dejó de sonar y su rayo de luz, brillando más que nunca, a modo de blanco sudario barría la costa del cementerio.

La barquita de Juan se fue de pesca como cada madrugada. A él le agradan aquellas horas en las que la luz y la niebla envuelven a su barca y al horizonte. Le gusta también porque cuando antes de salir de su casa besa a Marina, esos días de niebla la piel del rostro, del cuello de su mujer, es cálida, perfumada. Al abandonar la habitación después de acariciarla, Juan se envuelve en una bufanda. De ese modo, piensa, retiene el calor de Marina en los labios impidiendo que le entre el frío de la mar. A veces ella se despierta y abre los ojos, sonrientes, dormidos, del color de las aguas marinas. Entonces saca los desnudos brazos de debajo de las sábanas y lo abraza, pero no como por la noche. Ese es otro abrazo, sonríe Juan malicioso. Y también le agradan esas horas porque así contempla cómo el sol rompe y atraviesa la niebla, y él, con el recuerdo del color de los ojos de Marina, mira hacia el final de la mar, allí por donde en los atardeceres sale la luna. Y los compara. Los de ella eran todavía más verdes y transparentes. Aquella mañana, cuando como siempre la besa, a ella se le pasa una nube por la frente. Aprieta con fuerza los ojos y él vuelve a besarla. Esta vez no quiso mirarlo. La negrura de su presentimiento no le permite tocarlo, ni tan siquiera con la mirada. Le ruega que no pierda de vista al faro no fuera ser que choque con alguna roca. Él se despide revolviéndole el pelo. Inquieta, la mujer se vuelve a dormir.

De pronto a Marina la despertó el ruido de una puerta al cerrarse con fuerza. Se levantó y se acercó a la ventana. Las olas de la galerna que había comenzado a rugir justo después de la madrugada, justo después de que Juan se fuera, crecidas por la fuerza del viento, desparramaban la espuma por las peñas con la furia de las bestias enfadadas. La bocina del faro de la Torre de Hércules con dificultad se colaba entre el aullar del viento. Marina corrió hacia la dársena. Al atravesar los jardines, los cabellos de las palmeras se revolvían con locura. La joven vio entrar en el puerto a los que saliendo más tarde que su Juan, pudieron volver a su refugio. El de él, no. Hacía ya rato que, saltando las olas, Juan dejó la bocana y cuando lo hizo, la luz de su barco y la del faro se cruzaron formando una blanca cruz sobre el agua. El corazón del marinero se agarrotó. Mala señal, pensó sacudiendo la cabeza como si quisiera echar fuera los malos pensamientos. Bobadas, se dijo abrochándose el chaquetón.

Marina voló por el muelle gritando su nombre. A trompicones se deslizaba entre las olas que luchaban contra el espigón. Eran altas, fuertes, rabiosas. Pasándole por encima, la azotaban sin que nadie se atreviera a seguirla. De pronto la vieron desaparecer envuelta en la espuma de una ola grande, blanca, de triste barriga amarilla. Ella no se asustó. Sonriendo, mecida en el vientre de la ola, la muchacha se dejó ir hasta el final del cielo, hasta allí en donde sobre un rayo de luz sabe que Juan la espera.

Pasó la galerna y los barcos que salieron a buscarlos regresaban al puerto tristes, con la cabeza baja. Hasta que, ya por la noche, al farero le pareció ver algo sobre la fina arena de la playa de las Lapas. Dio aviso.

Y allí, al pie del faro, vestidos de algas, los encontraron abrazados. Sonrientes. Parecían dormir.

© Malena Teigeiro

Eternidad

Liliana Delucchi

Al ver la bruma roja dibujarse en el horizonte supo que era cuestión de horas que llegara a la playa y lo envolviera todo. Por eso abrió la ventana del faro y se dispuso a esperar. Dejaría de ser Pedro Altúnez y una mano invisible le iba a informar a través de un escrito su nuevo nombre, su nueva identidad.

Todo comenzó hace más de dos mil años, cuando una vez retirado del ejército lo destinaron a ese lugar del fin del mundo. A controlar el faro, le dijeron. A los cincuenta años ya tenía que retirarse de la Legión. La XIII, a la que había pertenecido desde que se hizo soldado para defender a Roma. Entonces se llamaba Tito Cornelius. Caminó, construyó y luchó en los confines del Imperio, y al llegar la hora de su licencia le dieron unas tierras allí donde acababa el mundo con el encargo de custodiar el faro. Al principio le supuso un buen descanso para un guerrero, pero transcurrido un tiempo la soledad y la búsqueda en su memoria de algún momento de fama, de reconocimiento por su labor, lo llevó a fantasear con un pasado que no había tenido y deseó volver atrás, recuperar su juventud.

Allí arriba, mientras miraba a esos hombres uniformados dando órdenes en la playa, descubrió el sentimiento de fracaso. Un ex legionario que nadie recordará, se dijo mientras saludaba con la mano a quienes partían una vez más hacia la metrópoli.

—Lo único que quiero es volver atrás, tener veinticinco años y la posibilidad de hacer algo grande —gritó a la ventana abierta al mar, mientras apuraba la última copa de vino antes de desplomar su borrachera sobre la mesa.

El aire fresco lo hizo recuperarse. Fue entonces cuando la vio por primera vez: La bruma roja que avanzaba hacia el faro y, dibujada entre algo que parecían nubes, la figura de una mujer. ¡Venus! Si no era Venus sería otra diosa, porque le habló, le dijo que le otorgaba el deseo, que regresaría a su juventud pero con la condición de que no abandonara el faro, pues simplemente desaparecería.

—¿Qué acto de grandeza puedo hacer aquí? —preguntó mientras se arrodillaba ante la imagen.

—No lo sé. Eso es cosa tuya. Yo solo te concedo la inmortalidad —respondió la diosa antes de desaparecer.

Veinticinco años pasaron y el día que volvió a cumplir los cincuenta la bruma roja retornó a la deidad. Esta vez no habló, solo le dejó un papel con su nuevo nombre. Esto se repetiría siglo tras siglo.

El Imperio Romano cayó, otros pueblos se hicieron con el lugar, pero el faro se mantiene hasta hoy.

El antiguo legionario cambió de fisonomía y de nombre muchas veces, de la misma manera que cambiaron los barcos y los paisajes, sus jefes y sus lenguas, sin embargo no logró llevar a cabo la acción gloriosa por la que pidió volver a la juventud.

Hoy torna la bruma, hoy se inicia un nuevo periodo. Pedro Altúnez baja las escaleras del faro. Duda frente a la puerta, sin embargo, la abre. Un paso, dos. Se encamina hacia las piedras, pero no llega a la orilla.

Ahora todo es silencio.

© Liliana Delucchi

El faro

Marieta Alonso

El viejo Baldomero padecía de un exceso de sensibilidad ante la naturaleza, de pura dicha se le agarrotaba el corazón al mirar el mar y su horizonte. De niño, asía las manos de su madre, y le explicaba que aquella línea oscura, allá a lo lejos, era el fin del mundo. Y su madre simulaba creerle.

Cuando quedó vacante la plaza de farero quiso solicitarla y contra todo pronóstico se la dieron. Sus días y noches las pasaba oteando la lejanía y saliendo a pescar en su barca. Tras perder a su mujer y a su único hijo durante el mayor huracán de ese siglo en que les había tocado vivir, intentaba no pensar, solo resistir el día a día. Sus necesidades eran ínfimas, comía de lo que pescaba, de lo que le ofrecía la huerta y solo iba al pueblo a comprar lo preciso.

La predicción meteorológica para ese día era preocupante. Al salir para dejar a cubierto todo aquello que se pudiera dañar, era tan fuerte el azote del viento que en cuanto hacía intención de alejarse del amparo del muro, se tambaleaba.

Durmió una breve siesta pues la noche se presentaría movida. Y así fue. No hubo ningún aviso de naufragio, solo la potente luz del faro advertía de la proximidad de la costa y el rugir del viento evidenciaba la intensidad de la tormenta.

Unos sollozos y unos golpes en la puerta le alertaron. Al abrir, una niña de unos cinco años, a gatas, aterida de frío, chorreando agua, y abrazada a una muñeca de trapo, le miraba despavorida con unos grandes ojos azules, mientras señalaba hacia el barranco repitiendo: mamá, mamá.

La hizo entrar, puso una toalla entre sus manos para que se secara, que no se le ocurriera asomar la cara por aquella puerta le advirtió con el índice, y colocándose su ajada capa se dispuso a salir sin saber el camino a tomar.

Al cabo de media hora encontró restos de una barca y a una mujer inconsciente con la cabeza en tierra y el cuerpo en la mar. Como pudo la condujo al faro, entre agua, yodo y vendas la mantuvo viva como hicieron su madre y su mujer con él, la vez aquella en que se fue contra las rocas. Dos días con sus noches azotó el vendaval, al amainar se puso en camino, era necesaria la presencia de un médico.

A partir de ese día la soledad se mantuvo lejos de aquel faro antaño silencioso y se transformó en el hogar de una familia donde imperaban las risas de la niña, el olor de los guisos de la madre y las anécdotas de Baldomero.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

  • « Página anterior
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • Página siguiente »

Copyright © 2026 · Agency Pro Theme On Genesis Framework · WordPress · Acceder