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La romería

15 mayo, 2022 por Akelarre 4 comentarios

Cuentos sobre las romerías

La romería

La palabra romería viene de romero, nombre que designa a los peregrinos que se dirigen a Roma, y por extensión, a cualquier santuario.

Es un viaje o procesión en carros engalanados, a caballo o a pie. Los católicos van a un santuario o ermita a honrar a su virgen o santo patrón y suelen terminar con una fiesta en algún campo cercano a la que se unen quienes no son religiosos para disfrutar de la misma.

Desde el tercer siglo de nuestra era los cristianos participaron en romerías para visitar los sepulcros de los mártires. Tierra Santa fue por mucho tiempo el objeto piadoso de estos viajes los cuales, sin duda, se originaron durante las Cruzadas. La peregrinación a Santiago de Compostela ha sido, y sigue siendo, una de las más importantes, cuyos romeros proceden de todos los lugares del mundo.

Estas fiestas han despertado la imaginación de nuestras escritoras, dando lugar a la historia de una tormenta que puso fin a los planes de una enamorada; el hombre que quiere recuperar la vitalidad de su pueblo; la mujer que durante mucho tiempo logró esconder un recuerdo que le hacía daño y la madre que venga el dolor que infligieron a su hija.

Raíces

Cristina Vázquez

La tormenta

Malena Teigeiro

Desagravio

Liliana Delucchi

Romería a la ermita de la Virgen de la Soledad

Marieta Alonso

Raíces

Cristina Vázquez

Demasiado tiempo sin recordar, sin sentir. El hábito del desapego, la frialdad y la falta de deseo se habían instalado en su vida con la exactitud de una corteza de olmo. De tanto en tanto se hacía consciente de ello y en ese momento una chispa, una gota amarga se le deslizaba por alguna parte de su cuerpo. Marga lo notaba sobre todo en la garganta o como un medallón incómodo que le golpeara durante unas horas en el centro del pecho. A veces permanecía enquistado unos días. Le resultaba imposible expulsarlo, apartarlo de sí. Sabía que eso era el recuerdo que durante tanto tiempo había empujado hasta lo más hondo, hasta las entrañas, se repetía orgullosa durante los años que consiguió tenerlo escondido, dominado.

Esa noche venía a cenar un amigo de su hija que vivía en España y estaba de paso en Buenos Aires. Ella no sabía quién era ni le importaba, como tantos otros que de vez en cuando aparecían trayendo noticias de su país, al que no había vuelto desde hacía más de treinta años. Había echado el cerrojo a esa época de su vida y no tenía la menor voluntad de abrirlo.

Se lo encontró sentado en el porche de la casa. Su hija no había aparecido todavía y al ir a ofrecerle una copa mientras llegaba, casi pierde el aliento.

—Buenas noches —el chico, tras levantarse, se inclinó con cierta afectación—. Estaba deseando conocerla. He oído tanto hablar de ti.

Una sonrisa blanca iluminó la expresión de sus ojos azules mientras se pasaba la mano por el abundante pelo rubio. Se llamaba Manel. Con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, tardó en saludarle con amabilidad formal y preguntarle si quería beber algo.

—No creo que mi hija tarde en llegar —concluyó mientras de espaldas al chico ponía hielos en un vaso—. A estas horas el tráfico es tremendo.

Notaba detrás de ella la presencia, la sombra envolvente del joven y un tenue olor a canela. La edad coincidía. No podía pensar. El vaso se le resbaló de las manos produciendo un estrépito inadecuado a la quietud de la noche. Al ir a buscar algo para recoger observó a Manel que tiraba los hielos al césped. En ese momento supo que era él y un temblor incontenible la sacudió.

—No la encontraba —se disculpó enarbolando la fregona como una lanza.

El chico se la quitó de las manos y terminó de recoger los cristales y el líquido con habilidad. La instrucción en el barco, sonrió. Por fin se sentaron cada uno con una copa que ella bebió demasiado deprisa. Necesitaba calmar sus nervios.

El barco en el que estaba haciendo las prácticas había llegado al puerto bonaerense hacía dos días, afirmó Manel, y al siguiente ya se iban a seguir su recorrido. La manera de torcer la cabeza al hablar y la risa fácil y bronca, hicieron que sintiera como esa corteza se iba resquebrajando.

—Me costó localizar a tu hija —al retirarse el pelo de la frente, vio la pequeña e indeleble marca en la muñeca de Manel.

Se bajó la manga casi con violencia para ocultar la suya, mientras oía al chico contarle que ella era un mito en el pueblo. Cómo había conseguido crear su empresa y hacerse un nombre en América.

—Todo un ejemplo, el triunfo del emigrante —alzó su vaso.

Le escuchaba buscando el matiz, el parecido, lo diferente y dejaba que la inundara una savia escondida, una emoción oxidada. Preguntó por sus padres, los recordaba con cariño, argumentó con elegante lejanía.

—Mi padre hace años que murió y mi madre va a hacer ocho meses —sus ojos se ensombrecieron—. Pobre, sufrió bastante, pero al menos pude pasar un tiempo con ella y cuidarla.

Subió la cara, fue una madre maravillosa, esa suerte había tenido y pidió permiso para rellenar los vasos.

—No sé de cuánto te acuerdas del pueblo, pero ha cambiado mucho —aseguró con cierto orgullo—. Aunque ya no vivo ahí, vuelvo siempre para la romería.

Le encantaba esa fiesta y no perder las raíces. Además, iban a restaurar el viejo caserón de don Mauricio que lo abandonó al poco de marcharse ella y nunca había vuelto.

—O eso me contó mi madre.

Marga afirmaba a todo con la cabeza. La referencia a don Mauricio, como le llamaba el chico, la devolvió a una mezcla de melancolía y desespero. Malditos tiempos aquellos, maldito hombre que la obligó a irse con amenazas casi de muerte y de hundir a su familia. Maldita juventud suya que bebía los vientos por quien no debía. Sentía una terrible contradicción. ¿Hubiera preferido no volver nunca a verle o tenerlo ahí delante hecho un hombre era un inesperado regalo de la vida? Manel. Pidió a su familia que le llamaran con ese nombre y solo años después supo a quién lo habían entregado. También supo que eran buena gente y siempre les mando dinero de forma anónima.

Se oyó el ruido de la puerta y los pasos de la hija que se disculpaba por su retraso. Abrazó al joven.

—Qué ilusión conocerte por fin —sonrió ampliamente—. No desmereces los elogios de tu enamorada.

Se giró hacia su madre. Había contactado con Clara, la hija de Mauricio y futura mujer de Manel. Se estaban escribiendo desde hacía tiempo y era la que le informaba de lo que ocurría.

—Como en esta casa está prohibido hablar del pueblo y de tu familia —hizo un guiño a su madre—. Pues a escondidas me he enterado de lo que pasa por ahí.

Con la encantadora frivolidad de la trasgresión, la frescura de sus palabras denotaba una inocencia pícara. Se giró hacia Manel.

—No sabes cómo se pone cuando me empeño en que quiero ir a la romería, conocer mis raíces —puso el brazo sobre los hombros de su madre—. Ya se ha puesto pálida ¿lo ves?

Inmóvil, Marga negaba imperceptiblemente con la cabeza, al tiempo que susurraba imposible, imposible.

Los titubeantes ruidos del jardín envolvieron el silencio.

© Cristina Vázquez

La tormenta

Malena Teigeiro

El aire de la montaña le había dejado la piel del rostro roja. ¿O quizá había sido el sol? Cualquier cosa antes de reconocer delante de su madre el porqué de sus calores.

Los habitantes de Touriño, decían ellos, estaban orgullosos de vivir en una pequeña ciudad, y cuando lo hacían ponían los ojos en blanco contando que hasta el Rey, de vez en cuando, visitaba su castillo. También hablaban con regocijo de la esplendorosa boda de la hija de los dueños de aquella mole de piedra con un joven príncipe llegado de un país lejano. Sin embargo, Marta no era de la misma opinión. Ella odiaba aquel pueblucho en donde la única diversión eran las Fiestas de la Santa Patrona. Y como no estaba dispuesta a que su vida fuera dibujada por una serie de aburridas grandezas, había decidido que se iría a vivir a Coruña. Quizá a Vigo. Le daba igual. Y si no, en cuanto pudiera ahorrar un poco se iría en el primer barco que atracara en uno de esos puertos. Con todo esto bien decidido y algunos dineros en un sobre que guardaba debajo de un ladrillo, vivía más o menos tranquila.

Su relativa tranquilidad le fue arrebatada por la presencia de Juan. Era alto, moreno, y de fácil hablar, habla que acompañaba con el movimientos de las manos. A ella aquellas manos de dedos largos, limpios, sin arañazos, y que movía con tanta elegancia, le recordaban las alas de las palomas. En cuanto lo vio, pensó que quizá fuera La Patrona quien se lo enviaba. Que quizá no tuviera que irse a vivir a Vigo ni a Coruña, ni mucho menos emigrar a La Habana. Sin duda, él era quien la podría sacar de aquella aldea.

El joven había venido a pasar el verano con su anciano abuelo, dueño del viejo castillo que levantado sobre un pequeño monte, en vez de guardar la aldea, la cubría con su tenebrosa sombra. Desde que llegó, el muchacho solía salir del castillo todas las mañanas acompañando al anciano señor. Ambos daban largos paseos a caballo por los bosques que cercaban la aldea. Ella, después de mucho pensar, decidió que la forma de poder entablar una conversación con él, era hacerse la encontradiza. Escondida entre los árboles, estudió el camino, los horarios. Y cuando ya lo tuvo todo claro, un día sí, otro no, luego uno sí y otro también, se cruzaba en su camino por los montes. Y cuando eso sucedía, el abuelo de Juan bajaba la cabeza llevándose dos dedos al sombrero, lo que a la joven la hacía feliz. Aquel caballero que apenas se veía por la aldea, la saludaba como si fuera una elegante dama. Su acompañante, del que Marta estaba cada vez más enamorada, imitaba aquel gesto con una alegre sonrisa.

Una de las mañanas en que escondida entre las matas esperaba la aparición de la pareja, lo vio cabalgar solo. Al cruzarse con ella el muchacho, luego de saludarla, se detuvo dispuesto a acompañarla. No recordaba cómo, pero comenzaron una divertida conversación. Al día siguiente, además de saludarla, le contó de sus estudios y de su vida en el país extranjero. Y así, el amor de Marta por él creció y creció con una profundidad inesperada. Y fue todavía mayor cuando tres días después la besó.

En la soledad de su casa, Marta comenzó a pergeñar un plan. El día de la Romería de la Santa, cuando hubieran bailado y bebido unos vasos de vino ¾quizá mejor agua ardiente¾, y cuando ya casi hubiera oscurecido, se lo llevaría al bosque que se encontraba justo detrás del campo de la feria. Estaba segura de que cuando la tuviera entre sus brazos, ella conseguiría que le hiciera el amor. Su plan era perfecto.

La mañana de la Fiesta de la Santa Patrona amaneció radiante. Acompañada por sus padres Marta entró en la fría iglesia. Sin embargo, sintió que una ola de calor la inundaba cuando Juan, sentado junto a su abuelo en el banco principal, le sonrió. Sonrisas que continuaron durante la comida en las mesas del campo de la feria. Tal y como había pensado, Juan la sacó a bailar, y animado por ella, se bebió varios vasos de agua ardiente. Ya se estaba retirando el sol cuando percibieron que la niebla, espesa, oscura, acompañada de una ligera lluvia cubría el campo. Los músicos dejaron de tocar y con rapidez recogieron sus instrumentos. Cualquiera que hubiera nacido en la aldea conocía que detrás de aquello la tormenta llegaría. Sin despedirse, Juan corrió junto a su abuelo que ya se encaminaba hacia el automóvil.

Con las lágrimas mezcladas con la lluvia, Marta lo vio desaparecer. Lloró con airada congoja hasta su casa. Al llegar se secó los ojos. No quería que sus padres la vieran tan descompuesta.

¿Cómo iba a decirles que no le quedaba otro remedio que emigrar a La Habana?

© Malena Teigeiro

Desagravio

Liliana Delucchi

Sin más compañía que la sombra que dibuja a su espalda el sol de la mañana, Angustias atraviesa las calles en dirección al prado donde se celebrará la romería. El pueblo está vacío, con la única presencia de la ropa que se balancea en las sogas que cruzan de balcón a balcón.

Un gato cruza por delante y la hace mirar hacia abajo para descubrir que no ha sido lo pulcra que había pretendido. Se sienta sobre el escalón de una de las casas y con un poco de saliva limpia el rastro de sangre que ha quedado en una de sus zapatillas.

Como dijo una vez mi madre, un escupitajo a tiempo lo salva todo. Espero que no haya quedado mancha. De todos modos, en medio de la algarabía de los bailes y los comienzos de lo que acabará en estruendosas borracheras, ninguna de esas brujas se fijará, y si lo hacen siempre puedo decir que estuve matando una gallina en casa de la señora. Porque en la casa en la que sirvo, sí que se come, no como en las que ellas friegan, donde ni los mendrugos son del día.

El aire que se cuela por debajo del sayo le produce un repentino temblor. Apura el paso, las campanas anuncian el comienzo de la misa. No llegas tarde, Angustias, nadie sospechará de ti.

Terminado el rezo y con la bendición del párroco, dará comienzo la fiesta. Las carretas ya están en formación, los jóvenes alardean de sus atuendos y empiezan a entonar canciones; las ancianas se dirigen a la plaza y forman un corro para iniciar la primera sesión de cotilleos. Se quitan la palabra la una a la otra; sus miradas suspicaces recorren el semicírculo para corroborar que sus sospechas sobre la conducta de alguna de ellas son ciertas: un hijo acusado de robo, una nuera descubierta en situación dudosa… Hasta una sopa con poca sal es motivo de deshonra.

En medio del grupo, Angustias mira hacia la calle. Teme la aparición del Guardia Civil, ese gordo con la nariz colorada por el orujo, la chaqueta lustrosa a causa de manchones y el pelo ralo, que anda husmeando por donde no debe. Ella ha dejado la puerta bien cerrada, incluso ha puesto una frazada a los pies de los cadáveres para que la sangre no salga por debajo de la tranquera.

Ya verás, Sagrario, lo que les pasa a las jóvenes presumidas que van por ahí quitando el novio a las otras. Sí, tu Adela es rubia y tiene buen tipo, pero iba por el pueblo con la nariz para arriba y nadie la quería, solo mi Bernarda, que la ayudaba con el huerto, que le enseñó a sacar lustre a los cacharros y ¿qué recibió en pago? Que le quitara el novio.

Días sin comer estuvo la pobre, hasta que sus caderas redondas quedaron como estacas. Pero mi hija tiene madre, una madre ha de velar por el honor de su hija y esa malnacida de Adela va a pagar por su traición.

Ahí estaban los dos tortolitos, en la casa de la colina, ella bordando, él mirándola con arrobo. ¿Cómo está doña Angustias?, tuvo el coraje de preguntarme el muy mierda. ¿Cómo iba a estar? Furiosa.

No se lo esperaban. No fue difícil. No para alguien acostumbrada a degollar terneros. Ahora sí que van a estar juntos para siempre.

Angustias retoma el camino. Se acerca con paso seguro a la pradera sembrada con los colores de los trajes, tibia por el sol de esa primavera recién estrenada, con las montañas aún con nieve a lo lejos. Allí están sus vecinas, marcando el ritmo del baile con el pie, batiendo palmas, riendo. Angustias las sorprende con una sonrisa que desde hace tiempo no luce y se dirige a una de ellas:

—Bueno, Sagrario, ¿cómo está tu Adela?

—Muy contenta, preparando su ajuar.

© Liliana Delucchi

Romería a la ermita de la Virgen de la Soledad

Marieta Alonso

Mi pueblo, que está a los pies de un macizo, tiene una calle bien ancha, cinco callejuelas estrechas en pendiente y el doble de pasadizos siempre hacia arriba. En la principal está la iglesia de San Antonio, sin cura fijo, la bodega del Emiliano que solo vende vino, y la botica de don Facundo con más hierbas que medicamentos.

Hubo un tiempo en que teníamos Ayuntamiento, luego vino a menos. Hoy moramos en él un niño de ocho años, los padres del chaval y tres jóvenes solteras que según mi vecina como no aparezca algún forastero se quedan para vestir santos. Luego estamos los viejos, doce, mayoría absoluta. Según el último censo éramos veinte, pero dos se fueron este invierno.

Dicho así podría parecer deprimente, pero no, mi pueblo tiene solera. De las treinta casas que hay en pie, solo nueve están ocupadas, y cinco conservan un escudo en la fachada principal. Hay una ermita a dos kilómetros de distancia que es la envidia de todo el valle, dedicada a la Virgen de la Soledad a la que vamos cada año en romería.

A pesar de haber cumplido dos veces cuarenta abriles, no paro de trabajar. Tengo una vieja mula, la Jacinta, que es el ser más vago de este mundo, pero remedia. Me sirve para trabajar como transportista, ya que de lunes a viernes llevo al chico al colegio más cercano que está a unos tres kilómetros casi cuatro, compro el pan para mis paisanos, puntillas y cintas para la Antonia, el aguardiente de don Tomás... Regreso y hago el reparto. Trabajo la huerta. Luego comemos el animalico y yo. Me tumbo a la siesta y otra vez al camino para traer al niño.

Yendo al ritmo de mi Jacinta he recordado que yo de joven generaba antojos, que si hubiese sido un poco sinvergüenza lo mismo habría engendrado dos docenas de hijos y hoy mi pueblo bulliría de gente. Pero no fue así. Demasiado tímido.

Aquí se necesita savia joven, pienso. Hablaré con don Facundo por si tiene algún elixir del amor. Mientras lo encuentra voy a correr la voz, de que sería del agrado de la Virgen de la Soledad que en la romería de este año por cada chupito de vino que los mozos bebiesen se besara a una joven casadera. Y si luego la relación fuera a más, sería de obligado cumplimiento venir a vivir aquí, el lugar donde nací, donde se facilitaría vivienda con escudo a muy buen precio.

Y contra todo pronóstico… Surtió efecto.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

El reloj

15 abril, 2022 por Akelarre 1 comentario

Relatos cortos sobre el tiempo y el reloj

El reloj

El reloj más antiguo conocido fue encontrado en Egipto. En el siglo XIII se introdujo la idea de hacer todas las horas del mismo largo y no fue hasta el XV en que estas estuvieron en uso general.

«Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.» Julio Cortázar.

Venganza

Cristina Vázquez

Tic, tac. Tic, tac

Malena Teigeiro

Las horas muertas

Liliana Delucchi

Ante todo: un caballero

Marieta Alonso

Venganza

Cristina Vázquez

Comenzó a tener el hábito de la displicencia y al escuchar a las personas aplicaba el preciso juicio del ejecutor. ¡Condenado! En general esa era su conclusión, lo que le producía una incómoda inquietud.

Nadie satisfacía su exigencia y las conversaciones empezaban a carecer de interés. Palabrería. Simple palabrería inculta y poco edificante, se decía desencantado. Y su boca apiñonada tras el estrecho bigote se descolgaba en un gesto que contenía el desprecio por lo que acababa de oír. Aunque él sabía que esa inquietud la causaba otro motivo.

Solo su educación y fortuna hacían posible que la gente le siguiera tratando. Sobre cómo había conseguido ser tan rico corrían muchas historias: negrero en su juventud o haber destripado a una esposa que nadie conoció, eran las más frecuentes que se contaban. Pero su soledad era un hecho, como sus buenas maneras que tampoco nadie supo dónde y cómo las había adquirido.

Tenía la costumbre don Ramiro de caminar al anochecer por el paseo marítimo, a esa hora incierta en que el sol se recoge. A la gente ya no le extrañaba ver su oscura y erguida figura desplazarse con la exactitud y rigidez de un autómata. Una de esas tardes llamó su atención un brillo pequeño pero intenso en medio de la arena cercana al murete del paseo. Bajó los escalones y se acercó a ver qué era. Los finos botines se le llenaron de arena, pero algo en ese brillo le dominaba y, pese a la incomodidad de andar sobre ese incierto suelo, aceleró el paso igual que si temiera que algo pudiera arrebatarle lo que intuía.

—Dios mío —murmuró desolado al cogerlo.

Se puso en pie con dificultad y sacudió el reloj que acababa de sacar de entre la arena. Eso era lo que brillaba y sintió las sienes sacudidas por un imparable galope. Las manos le temblaban. No era posible. Después de tantos años.

Se sentó en el escalón y respiró hondo para tranquilizarse. Concentrado en el objeto que tenía entre sus manos, lo limpió con el pañuelo y al abrir la tapa, temeroso, confirmó que era el temido reloj. Le vino a la cabeza la cara de aquel hombre al que dio por muerto antes de arrojarlo al mar, después de robarle su fortuna. No consiguió quitarle el reloj, con las prisas la cadenilla se quedó enredada en su chaleco. Muchas noches se le aparecía la cara del hombre flotando en el agua.

Creía que se iba a desmayar. Al rato, ya repuesto, se levantó con torpeza igual que si le hubieran echado encima un fardo de veinte años. Se guardó el reloj en el bolsillo y volvió a su casa con paso lento e irregular. No contestó al saludo de nadie. Quería llegar cuanto antes.

Ya en el escritorio y bajo la luz intensa de la lampara lo volvió a limpiar con mimo. Lo sacudió, y con la tapa abierta pasó las yemas de sus dedos por las iniciales grabadas. Igual que un furtivo que no quisiera ser visto apagó la luz y soltó un alarido que acabó en incontenible llanto. Sus brazos colgaban sin fuerza a los lados de su cuerpo. Se tomó un coñac de la licorera tallada que tenía en su despacho, dijo que no quería cenar y se sentó en la veranda del jardín.

La noche caía lenta, casi somnolienta y don Ramiro no encendió ninguna luz. Permanecía en una tensa inmovilidad. Giraba la cabeza cada vez que oía algún ruido y así pasaron cuatro horas que fue comprobando en el reloj que sostenía en las manos. Al cabo de ese tiempo decidió que no iba a suceder nada. Eran elucubraciones suyas. Estaba perdiendo la cabeza y permitía que sus recuerdos tomaran una presencia inadecuada. Él, que era un hombre que siempre había dominado sus sentimientos, que se consideraba superior por haber conseguido en la vida lo que se propuso, de ahí su displicencia por el resto, no podía ahora dejarse arrastrar por esos estúpidos y ya casi irreales recuerdos.

—Basta, Ramiro —dijo en voz alta para sí mismo—. Basta.

En el momento que iba a levantarse notó una mano en su hombro y algo frio y cortante en la garganta. Tembló. Le sujetaron el pelo con fuerza y no opuso resistencia.

—Demasiados años has disfrutado de lo mío —oyó a su espalda—. Pero la venganza se acaba cumpliendo.

A la mañana siguiente se oyeron gritos en la casa. Encontraron a don Ramiro con el cuello cortado y un reloj colgando de la mano.

 

© Cristina Vázquez

Tic, tac. Tic, tac

Malena Teigeiro

La hora en punto. Mirarlo le fascinaba. Aquel reloj no era como los demás. Su esfera dejaba ver la maquinaria, lo que le permitía observar las ruedecitas girando para engranarse entre los dientes de las otras. Tenía una campanilla que le anunciaba el cambio de hora. Él, cuando estaba ya próximo ese momento, cerraba los ojos con satisfacción: una hora más, se decía exhalando un profundo suspiro. Poco a poco comenzó a pensar que con ese reloj sí podría realizar su sueño. Convencido, una tarde abrió la vitrina y se lo llevó.

Según se dirigía a su casa, sin soltarlo de la leontina lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Temblaba de emoción al sentir el tic tac en su pecho. Hasta creyó que su corazón se acompasaba a él.

Después de cenar se vistió con la camisa blanca de cuello duro y el traje de alpaca azul. Luego, se calzó sus mejores zapatos, que antes había limpiado con auténtico esmero. Se repasó el peinado y se echó sobre la cama. Con el reloj entre los dedos se dispuso a esperar. Era tanta su ilusión por conocer la hora concreta de su muerte que no se dio cuenta de que el tiempo pasaba. Para él no era lo mismo si ocurría a una hora en punto, o si bien lo hacía a la media, o entre un intervalo de minutos. Le costaba mucho esfuerzo mantenerse despierto. Quizá hubiera sido mejor elegir otro método distinto al del frasco de pastillas, pensó. Si se quedaba dormido, fallecería sin conocer la hora. Tan entretenido estaba y tantos esfuerzos hizo para no cerrar los ojos, que no percibió el ruido de los zapatones por las escaleras. Tampoco escuchó los golpes que tiraron la puerta.

Eran unos hombres uniformados quienes entraron en su habitación. Al verlo en la cama, se sorprendieron. La campanita dio las seis. Todavía no, se dijo. Con un leve movimiento de mano les indicó que lo dejaran solo. Uno de ellos se le acercó y le colocó el pulgar en el cuello. Él no se inmutó. Eran las seis y cuarto cuando entraron dos hombres y una mujer con chalecos amarillos y una camilla. Por más que rogaba que lo dejaran tranquilo, lo llevaron al hospital. Allí le quitaron el reloj. Y como ya no podía conocer la hora exacta de su fallecimiento, pensó en que no había motivo para morir. Y se salvó.

Cuando salió del hospital en donde siempre estuvo acompañado por unos guardias muy agradables, lo trasladaron a un edificio de ladrillo rojo. Pronto comprendió que aquello era un manicomio. No entendía muy bien por qué lo habían llevado allí. Al parecer tenían miedo de que volviera a tomar las pastillas. ¡Qué tontería! Mientras no tuviera su reloj, ¿para qué las iba a tomar si no podía conocer la hora?

Meses después cuando le preguntó al Juez si le podía informar de por qué lo iba a juzgar, este, de muy buenas maneras, le informó de que el juicio era por «Robo en el Museo de la Ciudad».

Intentó explicarle que él no había tenido intención de robar nada. Que si lo había cogido era solo porque aquel reloj de bolsillo daba las horas y los cuartos y las medias, lo que le permitiría conocer exactamente la hora de su muerte. Le resultó imposible hacerse comprender. Nadie, ni siquiera el Magistrado entendió su motivo. Lo condenaron a ocho años, de los cuales ya llevaba cuatro.

En la cárcel se encontraba a gusto, pero echaba de menos su reloj. El que tenía era de esos de pila, no hacía tic tac, ni tenía números romanos y tampoco campanita. Era uno como cualquier otro. No como el que había cogido de la vitrina del museo. Recordaba que sonaron las alarmas, que la gente corría. Él no. Entre todo aquel bullicio caminó muy despacio, por lo que nadie lo siguió. Sin embargo, al visionar las cintas sospecharon de él. Uno de los ujieres le contó al juez que el acusado –ese era él– iba todas las tardes al museo y que siempre se detenía delante de la vitrina del objeto robado. El empleado del museo no mentía, aseveró. La diferencia entre lo que el hombre le había relatado al señor Juez y lo que él hizo se encontraba en que él se había llevado el reloj prestado. Sí, prestado. Solo tenía la intención de utilizarlo durante unas horas. Por más que insistió en que lo único que quería era conocer la hora exacta de su fallecimiento, nadie lo comprendió.

¿Para qué iba a querer aquel reloj después de haber muerto, señor Juez?

 

© Malena Teigeiro

Las horas muertas

Liliana Delucchi

—Mira lo que descubrí, abuela. ¿Me lo puedo quedar?

Laura levanta la vista de su bordado y se baja los anteojos para mirar por encima de ellos. Tarda unos segundos en enfocar a su nieta quien, de pie junto a una mesilla, parece tener algo que cuelga de sus dedos.

Sabe lo que es.

—¿Dónde lo has encontrado?

—En uno de los cajones del escritorio del abuelo.

—Déjalo en su sitio, no me gusta que revuelvas entre sus cosas. Y no. No te lo puedes quedar.

La anciana regresa a sus hilos a la espera de que esa preadolescente curiosa abandone la estancia. Cuando escucha la puerta cerrarse se da cuenta de que una mancha roja ha salpicado su punto de cruz. Se chupa el dedo. No es nada, solo un pinchazo. Esta niña me ha distraído.

Sin embargo, no puede concentrarse en el bordado. Mira hacia los ventanales y le parece verlo en el jardín. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? ¡Qué más da! Ya pasó.

Esa noche un torbellino de recuerdos no la deja conciliar el sueño. Vuelve a su mente una madrugada de invierno, cuando la despertó su doncella para decirle que la policía estaba en el salón. Bajó las escaleras envuelta en su bata de seda y encontró a unos hombres uniformados junto a sus hijos. Alberto y Pablo con caras de consternación. Los visitantes con expresión de malas noticias.

—Han encontrado a papá sentado en el banco de una plaza. Muerto. Un ataque al corazón.

No recuerda quién de los dos lo dijo, solo que se cogió al respaldo de una silla para mantenerse en pie. ¿Muerto? ¿En una plaza? Pero si él odiaba los paseos bajo los árboles, a los críos con sus niñeras y hasta a los perros que se le acercaban a olisquearlo.

Los días siguientes están envueltos en la bruma de la morgue, visitas de pésame y abogados. El entierro se mantiene nítido en su mente, como la mañana de sol en que tuvo lugar. Y aquella mujer, alejada de los parientes y amigos, apoyada contra el mausoleo de los Álzaga, vestida de luto y con la cara hinchada por el llanto. Nadie supo decirle quién era. O nadie quiso.

Hay cosas que es mejor no saber, Laura, repetía su hermana una y otra vez. Y aunque ella hubiese preferido mantenerse en la ignorancia, siempre alguien opina lo contrario.

Así fue como se enteró de que a José María el ataque al corazón no le sobrevino mientras paseaba por el parque, sino en un burdel al que era asiduo. Sus amigos lo sacaron de la cama de su amante, lo vistieron y sentaron en aquel banco para dar cierta dignidad a su muerte. Hasta le colgaron del chaleco el reloj del que nunca se separaba. Se había detenido en las ocho menos veinte, la hora exacta de su muerte.

¿Cuántos momentos pasó con ese objeto en las manos, intentando discernir lo ocurrido? Le hacía preguntas que ningún tic tac contestaba, acariciando el cristal y la cadena, hasta que un día lo escondió en el fondo de un cajón del escritorio. Hoy su nieta lo había encontrado.

Su matrimonio fue como muchos de aquella época: Joven guapa y de buena familia, sin más pretensiones que ser esposa y madre, se casa con apuesto y acaudalado hombre, un poco mayor, pero bien situado. Una relación tranquila, sin una palabra más alta que la otra, con vacaciones a orillas del mar y cenas con muchos invitados. ¿Tranquila? Para Laura sí, pero parece que para su marido no. Recuerda que le solicitaba un poco de creatividad en sus relaciones sexuales, ella se persignaba y escondía la cara en la almohada hasta que él abandonaba el dormitorio.

¡Pobre José María! Yo lo empujé a los brazos de otras mujeres, hasta que encontró en el burdel una especial. Alicia Garmendia. Con el tiempo supo su nombre, fue cuando leyeron el testamento. ¿Lo habría amado? Él a ella sí, estaba segura.

Laura se cubre la cabeza con el edredón, pero no logra tapar sus pensamientos. Se levanta, se pone las zapatillas y atraviesa el silencio de la casa hasta el despacho que fuera de José María. Sabe exactamente dónde encontrarlo. Abre el cajón con suavidad, intentando no hacer ruido. Allí está, mudo como desde hace tantos años. Sus manos lo cogen con mimo, lo acaricia y lo esconde entre los pliegues de su bata. Mañana, se dice, mañana lo haré.

Al día siguiente llama a la oficina del notario de la familia. Él sabrá su dirección, ya que todos los meses le envía dinero.

Cuando Alicia Garmendia abre la puerta, Laura extiende su mano con el reloj.

—Él hubiese querido que se lo quedara.

 

© Liliana Delucchi

Ante todo: un caballero

Marieta Alonso

Comenzaron las campanadas. Cuatro en total. Busqué el reloj de pared que emitía aquel fuerte sonido, y lo hallé al lado de la puerta. Un rayo de luna alumbraba el cadáver que no mostró síntomas de impaciencia. A su alrededor dormitaban la viuda y dos criadas. No había nadie más en aquella casa solitaria, salvo yo, que nunca he tenido buenas intenciones y vigilaba a través de la ventana. Mañana sería otra cosa, el pueblo entero vendría a rendirle homenaje al que fuera primero empresario con mucha suerte y luego alcalde con muchas obras.

Tenía que actuar esa noche. La tapa de la caja era fácil de abrir y con mi pericia en un santiamén podría librar al difunto de cualquier peso. Luego le daría dos palmaditas en la cara agradeciéndole el detalle de no interponerse en mi camino. No lograba comprender esa manía de enterrar a los muertos con sus cosas más preciadas. ¡Si los cementerios solo son un campo de calcio!

Déjate de elucubrar y aligera, pensé. ¿Quién en su sano juicio me podría asegurar que algún sobrino surgido de las tinieblas, no decidiera quitarle el reloj, el anillo que lucía en el dedo y la cadena enganchada al cuello? Recordé que me corroboró un día que se los celebré que todo era de oro de dieciocho quilates. A la viuda no había que tenerla en cuenta, tenía ratoncitos en la cabeza. Espabila que se hace tarde. Profanar tumbas daba mucho trabajo, que si la pala, que si… Nada, ¡Venga ahora!

De niño mi madre me susurraba al oído que no había nadie que careciera de valor. Creo que soy la excepción. Me dedico al arte de robar y hasta ahora he tenido suerte, pero tiendo a ser un cobarde congénito.

Basta ya de palabrería barata. Vamos, entra por la ventana sin hacer ruido. Ante el féretro me quité el sombrero en señal de respeto. Todo iba bien, ya tenía el reloj de pulsera y el anillo. Pero al levantarle un poco la cabeza para sacar la cadena sin hacerle daño, el muerto abrió los ojos. La dejé caer sobre la almohada fúnebre y los ojos se cerraron, volví a levantarla y los ojos se abrieron. A la tercera le susurré: Vale, quédate con la cadena si tanta ilusión te hace.

A veces los muertos tienen unas reacciones muy extrañas y debo reconocer que yo soy muy cumplido. Me largué de allí, no sin antes arramplar con todo lo que pude y también con el enorme reloj que se hizo notar al dar una campanada. ¡Parece mentira lo rápido que pasan treinta minutos!

 

© Marieta Alonso

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Pecios

15 marzo, 2022 por Akelarre 7 comentarios

Historias de pecios

Historias de pecios

Palabra procedente de la latina pecium, y definida por la RAE en las siguientes tres acepciones:

«Pedazo o fragmento de la nave que ha naufragado. Porción de lo que contiene una nave que ha naufragado. Derechos que el señor del puerto de mar exigía de las naves que naufragaban en sus costas.»

Hundidos en el fondo de cualquier océano, los pecios cuentan sus historias a través de los años. Distintos orígenes dan cabida a leyendas o verdades que tuvieron lugar hace mucho tiempo y que dejaron su rastro oculto en los mares. Desde viajeros en búsqueda de su propio El Dorado, a conflictos armados o cruceros de placer, sufrieron un inesperado final que los mantiene hundidos en las arenas del fondo marino y han despertado la imaginación de nuestras escritoras con historias de piratas, pesadillas asfixiantes, la vida de un marino que sufre la maledicencia de su pueblo o una joven que imagina su propia muerte.

Maledicencia

Cristina Vázquez

La caja fuerte

Malena Teigeiro

Entre dos aguas

Liliana Delucchi

El delicioso sabor de la fantasía

Marieta Alonso

Maledicencia

Cristina Vázquez

Volvía a sentir siempre la misma emoción al llegar a un puerto. La chimenea del barco soltando sus aullidos, las voces de los marineros, las amarras deslizándose... Le llenaban de una conocida adrenalina.

Cuando por fin el atraque estaba terminado y el segundo de a bordo venía a dar cumplida cuenta de la maniobra, a Fabián le inundaba una satisfacción que no sentía en ningún otro momento. Ni con las mujeres con las que tuvo amoríos, ni en ceremonias militares, ni siquiera en la boda de su querida sobrina María Rosa. No. Nunca. Era un hombre de mar y solo en ese mar sombrío a veces, ameno otras y siempre infinito encontraba la paz, el porqué de su vida.

Lo que le llenaba de zozobra era que un día tendría que dejarlo y aunque todavía no hubiera cumplido los sesenta, sabía que los años se apilan con desventurada velocidad. Y en ese continuo ir y venir de un sitio a otro transportando mercancías era en el único lugar que podía esconder, atemperar su vergüenza. Aunque precisamente la vez en que por primera vez la vivió había sido por un barco. Una preciosa reliquia que siendo él niño le mostró ese hombre.

Cada vez que lo recordaba un rubor enardecía su cara y su corazón. Él lo llamaba rubor, pero sabía que era otra cosa. Cada vez que rememoraba el momento en que acusaron a don Augusto de pervertido, sentía un terrible ahogo en su pecho, pese a los años transcurridos. La vergüenza fue lo peor. Desde entonces él se había quedado inútil, disminuido, nunca supo qué apelativo aplicarse.

Don Augusto era un aristócrata maduro y desilusionado que se había retirado a la preciosa villa que dominaba la ensenada donde se levantaba el pueblo. Su familia iba de visita en verano, aparecían dos coches grandes, como de película, que levantaban polvareda al atravesarlo y a los que todos miraban con envidia fascinada. ¡Bah! Gente rara, era el comentario de los lugareños, aunque él fuera un hombre generoso y educado. Cumplía con la misa dominical, dejaba buenos dineros a la iglesia y para las fiestas anuales de las que participaba con lejana complacencia. Tenía su rutina, el aperitivo con el alcalde, largos paseos con algún amigo y salir a navegar en su pequeño velero que él mismo tripulaba.

A Fabián siempre le gustó el mar: bañarse, ir con su padre a pescar en la pequeña barca, coger cangrejos y rondar por el puerto admirando barcos. Era entonces un joven de doce años, alto y espigado, con la inocencia propia de un niño más pequeño. Saludaba a don Augusto cuando le veía en su velero, pequeño, pero de diseño exquisito. Al reconocer el entusiasmo del chico por los barcos le invitaba a subir para inspeccionarlo.

Cuando llegó el verano don Augusto animó a Fabián a que fuesen a navegar y salieron varias veces. El padre no entendía por qué se iba con ese señor si ni siquiera le pagaba como grumete, y torció el gesto con una expresión de repugnancia.

—Ojo con los viejos y ricachones —advirtió—. O sacas algo a cambio o si no a ver cómo justifico las habladurías.

El chico no entendió a qué se refería el padre.

—Don Augusto me enseña a navegar —argumentó compungido—, y he visto un tesoro escondido.

Miró de frente al padre, un barco en el fondo del mar. Este afirmó que eso eran tonterías, nunca se encontró un barco hundido en esa costa. Él lo había visto con sus propios ojos, juró Fabián. El velero tenía en el suelo una lupa grande para poder ver el fondo. Y ahí estaba el barco. El padre, con el gesto torcido, exigió al hijo que si salía con el viejo que este le pagara.

Empezó a salir a escondidas, le avergonzaba pedirle dinero, además él era generoso, le regalaba mapas, instrumentos de navegación, libros de aventuras. Tenía la seguridad de que sería un gran marino y que algún día conseguiría rescatar ese pecio, que así se llamaban los barcos que guardaban tesoros escondidos en sus tripas, afirmaba don Augusto.

Una mañana transparente del mes de julio estaban cerca de una gruta con el velero anclado. Fabián tomaba el sol en traje de baño en la cubierta y don Augusto se protegía de la brillante luz en la popa, cuando un ruido de motores alteró la paz de la mañana. Aparecieron dos lanchas de la Policía a llevarse al señor. Tenían una denuncia contra él por ser corruptor de menores.

Nunca olvidaría Fabián su sumisión. El hombre no opuso ninguna resistencia, le miró largamente y se subió a la lancha. Un policía pidió al chico que se vistiera y puso rumbo a puerto. Preguntó qué era lo que pasaba, no entendía nada, don Augusto siempre fue bueno con él, por qué se lo llevaban como a un ladrón. El policía solo contestó que estuviera tranquilo, ya había pasado el peligro. Se quedó anonadado, hecho un ovillo durante toda la travesía de vuelta. Tampoco olvidaría cuando llegó a puerto el círculo de personas, con su padre al frente, que estaban esperando. Y la vergüenza cayó sobre él como una invisible capa.

—Aquí le traigo el chico a salvo—anunció orgulloso el policía.

Pasados muchos años comprendió la expresión de secreto regocijo de los que ahí se reunieron. Unos mostraban conmiseración y otros burla. Siempre tuvo la duda de si hubiera cobrado dinero a don Augusto, quizás no habría sucedido. Todo fue un montaje de envidia y maledicencia. Él sabía que nunca había pasado nada, y que el único sitio donde estaría a salvo sería en el mar, lejos de esa gente y de esa tierra torva y aprovechada.

© Cristina Vázquez

La caja fuerte

Malena Teigeiro

Lo que vio no era un buque de galeotes. Aunque tenía varios palos que debieron mantener muchas velas, estaba nuevo, y si llevara mucho tiempo en el fondo no podría conservarse tan bien. Al acercarse más, corroboró que todo era moderno en su interior. Se coló por una escotilla y nadó por los pasillos. Sorprendido, advirtió que todas las puertas, además de encontrarse abiertas, estaban sujetas por topes. Era como si alguien lo hubiera hundido con alguna intención. Entró en uno de los camarotes, luego en otro, recorrió los bares y salones, en ningún sitio percibió signos de vida ni de muerte. Todo estaba recogido, las camas, aunque revueltas por el oleaje, estaban hechas. Las vajillas de finísima porcelana y las talladas cristalerías, perfectamente alineadas en los muebles del office. Las sartenes, moldes y ollas, cubiertos sus metales por pequeñas algas, como viejos cadáveres en los cementerios, yacían en los vasares de la moderna cocina. Cuando ya comenzaba a subir, vio que en uno de los camarotes, quizá el más grande, había una caja fuerte. Estaba cerrada. Le echó una ojeada al manómetro. Se le acababa el aire. Volvería otra vez, se dijo impulsándose para salir.

Aquel día no comentó nada a sus compañeros de velero. Ni tan siquiera a Betina, su mujer, quien conociéndolo bien le preguntó qué era lo que tanto le abstraía.

A la mañana siguiente se preparó de nuevo. Metió en la bolsa algunas llaves y un fonendo. Al llegar al varado barco percibió que Betina lo seguía. Si pudiera le daría un grito, pensó. Lo que más odiaba de este mundo es que no lo dejaran en paz. Giró la cabeza y le pareció ver sus siempre sonrientes ojos. Aunque molesto por su presencia, decidió esperarla y mientras lo hacía admiró la belleza de su rubia melena que como si fuera el de una medusa de oro, era mecida por el agua.

Juntos entraron en el barco y mientras ella se entretenía recogiendo unas piezas de porcelana, y algún que otro vaso, él fue directamente al camarote de primera. Al acercarse a la caja fuerte vio que en lo que sin duda era la puerta, habían colocado unas piezas de metal que formaban flores superpuestas. De un pequeño gancho que había en uno de los laterales de la caja, grande, cuadrada, en la que el hierro apenas tenía manchas de óxido, había un manojo con cuatro llaves. Con los dedos limpió las algas pegadas al brillante acero. Todas eran diferentes, aunque tenían un punto en común: una letra grabada hacia la mitad del vástago. Pasó las manos por la los adornos de la puerta. En ningún lado encontró agujero por el que introducir las llaves. Tampoco había ninguna rueda de numeración. Al volverse vio que Betina lo miraba. Sorprendido, advirtió que cargaba una bolsa llena de pequeños objetos. Él levantando las manos se hizo a un lado. Ella dejó la bolsa en el suelo del camarote alfombrado de algas y conchas, y se acercó a la caja. Muy despacio, como si buscara algún extraño cierre, Betina pasó el dedo por los bordes. De pronto se volvió hacia él. Sin separar el dedo del lugar, con la otra mano le indicó que se acercara. Cuando llegó a su lado, apretó aquel pequeño punto. Las piezas que adornaban la puerta comenzaron a moverse lentamente hasta formar la estrella de los vientos. En cada uno de los puntos cardinales, se encontraba un agujero. Miró las llaves y comprendió el significado de las letras. Las fue introduciendo, una a una. Norte, sur, este oeste. El nerviosismo ante el tesoro que sin duda se mantendría dentro, produjo que su corazón latiera con tal fuerza que sintió un leve mareo. Cuando iba a girarlas, Betina le golpeó la espalda. Apenas les quedaba oxígeno, indicó señalando el manómetro. Él, aunque ya le faltaba el aire, intentó girar la llave del norte. Sentía que su pecho iba a reventar, miró hacia arriba y vio que Betina cargada con su bolsa, se alejaba. Una niebla blanca se introdujo en su mente. Intentó arrancar las llaves antes de irse, pero no pudo. El pecho le explotaba. Se dejó ir. Al entreabrir los ojos percibió que recorría un túnel de densa y blanca niebla en el que retumbaba una dulce voz llamándolo. Al acercarse a aquella magnética luz, le pareció vislumbrar que un ángel, con cabellos de oro y alba túnica, se inclinaba hacia él.

De pronto sintió unos golpes en la espalda y el olor del perfume de su esposa le llenó los pulmones.

—José, José —escuchó extrañado la voz de su mujer inclinada sobre él. Al abrir del todo los ojos, y aunque su dorada melena casi le cubría el rostro, percibió su gesto de malhumor—. Despierta. ¿Otra vez con esa horrible pesadilla?

© Malena Teigeiro

Entre dos aguas

Liliana Delucchi

¡Pobre Sofía! Es lo que veo en las miradas de mis amigos, esos que no me dejan ni un minuto a solas, los que organizan circuitos por la sierra, comidas o conciertos. Todos los que se quedaron conmigo, los que cerraron la puerta al mal nacido que no solo me dejó viuda, sino que en el coche con el que tuvo el accidente también iba su secretaria. La de toda la vida… ¿Acaso no era yo la mujer de su vida? Me lo dijo muchas veces.

Esta tarde me han traído a una exposición de fotos sobre pecios.

Quien organiza la muestra es Martín: Divorciado hace años, oceanógrafo y que está buenísimo. ¿Cómo se les ocurre que ese Adonis de pelo oscuro y ensortijado que parece un modelo de anuncio vaya a fijarse en mí, en la pobre Sofía? Menos mal que Marcela me llevó de compras y el vestido que llevo no me queda grande como los que dormitan en mi vestidor. La partida del innombrable me dejó sin apetito y bajé diez kilos. No es que me viniera mal; de hecho, estaba un poco rellenita, pero hubiera preferido mantenerme en ese peso y no sufrir.

Deambulo por la sala y en una de las fotos me parece ver una forma entre las aguas. No entiendo nada de barcos, pero eso no se asemeja a la zona de una nave, más bien parece un rostro. El mío. ¡Estoy muerta! Allí, durmiendo en la eternidad de vaya uno a saber qué océano. Las palabras de mis amigos que están en la sala de exposiciones, si es que las dicen, no me llegan. Ver mi muerte en sus ojos me quitaría la fuerza con la que quisiera decirles que siento su amor. Me gusta pensar que irán juntos a un buen restaurante a brindar por mí. Cada uno se acordará de las cosas que nos unieron, de momentos que compartimos.

Pedro, mi querido hermano, ¿volverá a entrar en mi habitación para tirar esa ropa que ya no sale en las revistas? ¿A quién acompañará en sus largos paseos por las tiendas, regañando a las dependientas porque no se dan cuenta de que lo que me ofrecen no es de mi estilo? Pobrecito mío, tragándose las lágrimas y guardando mis perfumes en su bolso de Gucci, se dejará caer poco a poco en el sueño de esa casa a oscuras.

¡Muerta! Estoy en un cajón, en medio de flores, huelo el humo de las velas y me distraigo con los colores de las vidrieras. La iglesia está llena; rostros amigos, otros no tanto y algunos que no reconozco.

¡Qué bonito! Escucho a Pavarotti cantando Lucevan le stelle. Mi adorado Pedrito, pendiente hasta del último detalle en el último adiós. Si pudiera lloraría, pero parece que no puedo. ¿Me habrán maquillado? Seguro. Mis queridos amigos no querrían que emprendiera desaliñada este viaje.

Estoy otra vez en la sala de exposiciones. Hay alguien a mi lado, es Martín, el oceanógrafo guapo. Desde su sonrisa de anuncio me pregunta dónde estaba, parecía muy triste y perdida. Lejana.

—Allí mismo, en el fondo de esas aguas —señalo una de las fotografías,— flotando en un mar de muertos, mirándome desde otro lugar.

—A veces uno olvida que hay muchas formas de morir —le oigo decir. Siento su brazo rodeando mis hombros y su aliento cerca de mi mejilla que adivino ha recuperado el color.

—Y también de vivir. —Me arreglo el pelo y le ofrezco un mohín seductor.

Es entonces cuando escucho a lo lejos la voz de Pedrito «¡Vaya con Sofía!»

© Liliana Delucchi

El delicioso sabor de la fantasía

Marieta Alonso

Estaba segura de que nació un día que no era precisamente su cumpleaños, pues en vez de regalos, su madre la abrigó bien, le dio un beso y la acomodó en el mascarón de proa de uno de los barcos más temidos de los siete mares. El único que estaba atracado en aquel arrecife.

El más viejo de los bucaneros fue a darle una patada a aquel bulto que se interponía en su camino cuando oyó unos gorjeos. Salió corriendo en busca del capitán Salgari quien, al ver un bebé a bordo, gritó, juramentó y quiso echarlo por la borda. Por fortuna cambió de opinión y ante aquel rebujo de telas dijo: Todo tuyo, Howard Pyle.

Pyle era la mano derecha del capitán y, aunque, por longevo, no ocupara el puesto de contramaestre estaba al tanto de todo. Lo que no podía hacer por culpa de los años lo suplía la experiencia. No perdió tiempo. Llevó al bebé hasta la cocina para hablar con Tim Severin, el más glotón de los corsarios y allí hubo un conciliábulo para ver qué se le podía dar de comer a aquella criatura. Por fin optaron por una cucharadita de leche bautizada con agua. No tenían mucha práctica y empaparon todo el ropaje. Poco a poco fueron desnudándolo hasta descubrir que era una niña. ¡Lo que les faltaba!

―Debemos echarla a los tiburones y que ellos decidan.

―No seas bestia, Severin ―rugió el viejo pirata.

Pensativos, se quedaron elucubrando qué nombre ponerle. Y llegaron a un acuerdo: se llamaría Little Lux.

Pasaron los días, las semanas, los meses y cada mañana Pyle la despertaba con una caricia para que se levantara a cumplir con sus obligaciones. A los demás con una patada. Un día la niña le pidió que no tuvieran con ella las consideraciones debidas a su sexo, y aprendió a usar dagas, hachas de abordaje, alabardas… Así armada ya no le asustaban los muertos que la miraban con ojos de alacrán herido.

La vida cotidiana no era moco de pavo. Aquellos ladrones del mar atacaban a diestro y siniestro a todos los barcos con los que se topaban. Los españoles eran los más codiciados. A bordo estaban convencidos de que tomaban prestado el botín, aunque no tuvieran intención de devolverlo. Hasta en las noches de luna llena declaraban, con un vaso de ron en la mano, que restituirían una pequeña parte a sus verdaderos propietarios. No. Era muy arriesgado y a la tripulación no había que ponerla en peligro, objetaba el más sobrio. Llevaban años anunciando el deseo de reintegrar una joya encontrada con la inscripción «1592» que jurarían era para Felipe II. Nunca lo hicieron.

A la edad reglamentaria Little Lux fue al colegio. Allí sucedió algo mágico: Aprendió a leer. Y pudo adentrarse, letra a letra, en aquellas historias que tanto la hacían soñar. Rodeada de libros iba devorándolos, uno a uno, ella solita. Cuando fuera mayor, se dijo, no pararía de viajar, Mar Índico por aquí, Pacífico por allá, Atlántico por acullá y como mejor guarida: el Mediterráneo. Puso la mano en el corazón y ante el espejo juró que, en un tiempo no muy lejano, saldría en busca de aquel pecio, donde aprendió el bello arte de manejar la espada y de este modo reivindicar que su mundo de ficción bien podría haber sido real.

© Marieta Alonso

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El Belén de Navidad

15 diciembre, 2021 por Akelarre 4 comentarios

Cuentos sobre el Belén de Navidad
Belén de 150 metros situado en el edificio de la Real Casa de Correos, en la Puerta del Sol de Madrid.

El Belén de Navidad

Con este pesebre la Comunidad de Madrid conmemoró el III Centenario del nacimiento del Rey Carlos III. En honor a este monarca intentó representar en él los principales monumentos construidos durante su reinado en la ciudad, de la que, según el dicho popular: «El mejor Alcalde, el Rey».

Se dice que la primera celebración navideña en la que se montó un belén fue en la Nochebuena de 1223. Lo hizo San Francisco de Asís, en una cueva próxima a la ermita de Greccio (Italia).

La tradición de poner uno en las casas llegó de manos de la reina Amalia, esposa del Rey Carlos III de España, que antes lo había sido de Nápoles. En la Navidad de 1659, con las figuras que trajo desde Nápoles, la Reina montó un Belén en el palacio del Buen Retiro.

 Las clases altas, la burguesía y la nobleza no queriendo ser menos, lo copiaron. Con el paso de los años, esta costumbre se extendió a todas las clases sociales tanto en la España peninsular como en las provincias de ultramar.

Han pasado casi 800 años y esta bella tradición se mantiene durante la Navidad, tradición a la que se han querido sumar los personajes de los relatos que escribimos para este mes de diciembre. Desde una anciana que mantiene su hábito de visitar a su amor platónico que destaca entre las figuras del Belén; una niña que descubre la realidad entre tanta fantasía; un encuentro inesperado o un artesano que discurre qué hacer con la obra de su vida. Esperamos que os gusten. Y… ¡Feliz Navidad!

Postal Navideña

Cristina Vázquez

Un penacho de plumas rojas

Malena Teigeiro

Encuentro inesperado

Liliana Delucchi

Filantropía

Marieta Alonso

Postal Navideña

Cristina Vázquez

—¿Cuándo iremos a Madrid?

Preguntaba una y otra vez Guillermina acariciando la postal que había mandado su padre del Belén de la Casa de Correos. Se sabía de memoria dónde estaba la puerta de Alcalá, el Palacio Real, el puente de Toledo... Y como veía tan cerca una cosa de otra se convencía de que en cualquier momento ella podría ir y no perderse.

—Deja ya de dar la tabarra, iremos cuando podamos.

Era la siempre insatisfecha y cansada respuesta de Asun, la madre. Otra pregunta en la que insistía era la de cuándo iba a volver su padre. Cuando pudiera, ni antes ni después, le aseguraba la mujer. Estaba ahorrando para que ella pudiera ser una señorita de verdad, con trajes finos, llevar puntillas y guantes, prometía la madre mientras se miraba las manos enrojecidas de tanto lavar.

Guillermina empezó a trazar planos en su cabeza para cuando llegara el momento de ir a Madrid poder dejar al padre sorprendido de sus conocimientos y habilidad para desplazarse por la ciudad. Era mucho más grande de lo que veía ahí, advertía severa Asun. Y sentadas las dos a la luz de una lamparita marcaban con una regla los centímetros de distancia entre los edificios. Pero luego, esto había que multiplicarlo por cientos o miles.

—Ya lo sabrás cuando aprendas a multiplicar bien —era la conclusión materna acompañada de una áspera sonrisa.

Recibían del padre seis o siete postales al año, casi todas de Madrid, y nunca faltaba la del Belén de la Casa de Correos. A veces también, alguna de Valencia o del Espolón de Burgos o hasta de San Sebastián. Tenía que viajar por trabajo e invariablemente prometía el regreso lo antes posible para ver a sus dos amores. La madre leía con dificultad la letra enrevesada de ese hombre y aguantaba con entereza los comentarios malignos de las otras mujeres del pueblo.

Para poder recorrer antes de dormirse todos los lugares a los que iba el padre, clavó las postales con chinchetas en la pared al lado de su cama. Pero su preferida era la del Belén de Madrid. Esa Navidad tampoco pudo volver, le había pillado una nevada en el Norte y estaban las carreteras cerradas. La niña se empeñó en poner en el Pesebre que montaron en casa, en vez del Niño Jesús, la postal rodeada de ángeles y pastores.

Madre e hija pasaron una Navidad fría y solitaria. Por primera vez, la pequeña percibió en la expresión de desaliento de la madre una chispa de rebeldía. Y por primera vez, también, la vio con la espalda erguida. Tras la palmada que se dio en los muslos aseguró decidida:

—Mañana tú y yo nos vamos a Madrid.

Dicho y hecho. Pocas cosas tenían que meter en la maleta y así dejaron el pueblo. No miró atrás, cerró la casa, y con el dinero ahorrado bien sujeto a su cuerpo subieron al tren. Ella llevaba las postales apretadas en su bolsillo, como los tesoros que la ayudarían a manejarse por la ciudad. Y la madre la dirección de la pensión del marido como último punto del camino.

Cuando llegaron a la estación se sintieron abrumadas por el ruido, la prisa, los empujones. Agarradas de la mano en medio de ese torbellino dudaron qué hacer. La madre volvió a erguir la espalda y resuelta aseguró:

—Lo primero es lo primero —pidió a la hija que le diera la postal del Belén.

Fueron a la parada y se la enseñó al taxista.

—Llévenos aquí, por favor.

Mientras el coche avanzaba entre pitidos y frenazos, las dos se quedaron absortas, admiradas de las luces navideñas. Tanta era la emoción de Guillermina que no soltó palabra. Cuando después de esperar en la cola entraron a ver el Belén, la niña quería comparar la realidad con la foto y empezó a aturdirse. Su madre se paró frente a ella, cogió la postal y la rompió.

—Esta es la realidad. Hay que vivirla como toca. Disfrútala, es maravillosa y este —señaló con un amplio gesto las figuras y el Portal—, es mi regalo de Navidad.

Luego, sofocada, se quitó, el pañuelo que llevaba al cuello y agachándose hacia su hija, ese señor bajito vestido con una bata gris, le susurró, era el portero.

—Ve a verle —la empujó suavemente hacia él.

Se quedó quieta, no se atrevía a acercarse a ese hombre que con una bata gris y las manos a la espalda caminaba de aquí para allá pidiendo silencio y orden en la fila. Algo se le estranguló por dentro. No podía ser, ella lo recordaba más alto, menos encanecido, más vigoroso. Se volvió hacia su madre que hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Sí, es él y esta es la otra realidad que tienes que aceptar.

© Cristina Vázquez

Un penacho de plumas rojas

Malena Teigeiro

A sus 86 años Lola camina apurando el paso hacia la Puerta de Sol. Sin fijarse en su amiga, quien a pequeños saltitos intentaba seguirla, le echa una ojeada al reloj. Aunque Aurora era mucho más joven que ella, ya que solo tenía 81, ambas se habían caído bien desde el momento en que se vieron en la casa de la tercera edad. Y estas Navidades, como siempre hacían, juntas iban a visitar el belén de la Casa de Correos, que según leyó en la revista del club de Mayores, este año estaba dedicado al rey Carlos III. O sea, que tenía que ser espectacular, le comentaba a Aurora.

Durante aquella carrera en la que Aurora intentaba no perderla colgándose de su brazo, ambas no dejaban de mirar los escaparates, todos adornados con bolas doradas y luces de colores. Aquellas vitrinas trajeron a la mente de Lola recuerdos de su niñez. El belén que ponían sus padres sí que era bonito, decía soñadora. Hasta tenía un río con agua que por cierto siempre causaba algún estropicio. Fantaseando romántica, recordó el papel de Arabia con el que su madre encendía la hoguera, que además de dar humo, llenaba la habitación de un dulce y denso perfume a pachulí.

—Aunque, claro, reconozco que no tiene color con el que vamos a ver.

Y sin escuchar la voz de su amiga que medio ahogada le recriminaba que fuera tan deprisa, ella, cada vez más rápido, le contaba el alarde de casitas, ovejas, lagos y castillos, desparramadas a lo largo del pasillo de la casa de sus padres.

De pronto Aurora se paró en seco. Lola la miró. No podía comprender cómo aquella mujer tan joven, se dijo para sí, se conservaba tan mal. Quizá fuera porque no tenía ninguna ilusión. Desde luego, siempre fue una persona muy correcta, cumplidora, y desde el fallecimiento de su esposo, su única dedicación era ser viuda. Eso, sí. Era la perfecta viuda: ni una risa, ni una broma, todo en ella tenía una especie de trance. Tampoco la vio derramar una lágrima. Porque aquella que durante el funeral se secó con el pañuelito, era falsa. ¡Ay, Señor! Cuánta hipocresía. ¡Como si los demás no supieran la mala vida que su hombre le daba!

Sin embargo ella que seguía soltera, no tenía que fingir ningún duelo. Y eso, lo de quedarse soltera, en principio le dolió, pero después, viendo lo visto, entendía que el Señor la había bendecido. ¡Vaya si fue una suerte su soltería! Tuvo sus apaños… Decentes, eso sí, siempre uno después de otro. Y como desde niña le había llamado la atención el mar, al terminar el bachillerato hizo unas oposiciones de funcionaria al ministerio de Marina, que aprobó con el número dos, lo que le proporcionó un bonito sueldo. Y aunque no llegaran a nada, desde su puesto coqueteó durante años con Julito, que trabajaba también de funcionario en una mesa cerca de la suya. Tenía que reconocer que le molestó que se hiciera novio de la chica nueva con la que poco después se casó. Y claro, el no tener obligaciones le había permitido viajar, comprar sus joyitas, en fin, lo que se dice vivir sin preocupaciones.

—Lola, no corras tanto, que me voy a ahogar —la sollozante voz de su amiga rompió sus pensamientos.

Durante unos segundos aminoró el paso. De pronto pensó: Si se ahoga, peor para ella, que no se hubiera entretenido tanto con tonterías antes de salir de casa. Porque tenía que conocer de sobra que ella iba todos los años, el mismo día, a la misma hora, a visitar el Belén de la Casa de Correos. Suspiró para sí recordando al ujier encargado de vigilar a los visitantes, el que salía en el cambio de guardia de las 12. Su rostro sonrió al recordar la imagen del hombre, ya de una edad, quizá próximo a jubilarse, tan guapo, tan elegante, y con aquel penacho de plumas rojas sobre la cabeza… No. Ella no estaba dispuesta a perderse aquella visión de la que solo podía disfrutar una vez al año. Y Lola después de echarle una miradita al reloj, de nuevo apretó el paso sin preocuparle que su amiga se quedara atrás, perdida entre la barahúnda que cargada con bolsas de regalos, llenaba la plaza de La Puerta del Sol.

© Malena Teigeiro

Encuentro inesperado

Liliana Delucchi

A mi primer abuelo no lo conocí. Me dijeron, o al menos eso entendí, que había partido a Golfa. Sin embargo, por mucho que busqué en los Atlas y pregunté en la clase de geografía no encontraba ningún país con ese nombre. Más tarde supe que golfa era la vecina rubia con pecho exuberante por la que había dejado a mi abuela Catalina. Harta de las miradas de lástima y la condescendencia de los habitantes del pueblo,  la mujer abandonada cogió a su hija y partió a Madrid.

Hubo finales peores que esa localidad conocía. Finales mezquinos, miserables, inconfesados; otras vidas que continuaban tristemente, sin cambios visibles, en el mismo estrecho escenario de hipocresía. Pero ella no quiso actuar en esa obra, ni mirar la vida de los demás desde las bambalinas… Por eso partió.

Mi madre nunca se acostumbró a la vida capitalina, por tanto, concluida su carrera de maestra, hizo oposiciones y consiguió una plaza en una ciudad de tamaño medio donde conoció a mi padre y nací yo.

Catalina, por su parte, sí que se hizo con la vida en el centro. Después de lo acontecido en el pueblo, lo que más le gustaba era pasar inadvertida. Sin embargo, sociable como era, no tardó en hacer amigos, unos más que otros, claro. Entre los segundos estaba Eustaquio, el propietario de una tienda de ultramarinos que acabó siendo mi segundo abuelo, aunque nunca vivieron juntos. Parece ser que ella aún sentía el dolor que le produjo aquel abandono, tanto es así, que cuando le pregunté por qué no compartía casa con Eustaquio, me respondió: «Querido mío, si uno se quema con leche, cuando ve la vaca sale corriendo.» No sé si en ese momento entendí el refrán, aunque a lo largo de mi vida lo he aplicado en distintas circunstancias.

Durante muchos años, llegadas las vacaciones de Navidad, me subían a un autobús en dirección a la capital, donde pasaba las fiestas con mi abuela. Era la mejor época del año. Recorríamos todos los mercadillos y centros comerciales donde yo, cuaderno en mano, elegía los regalos que incluía en una extensa lista para los Reyes.  Lo que más me gustaba eran nuestras visitas a los belenes. Acostumbrado como estaba a que en mi barrio solo existía el de la Iglesia Mayor, no daba crédito a la cantidad que encontrábamos en cada plaza, hipermercado o templo.  Mi travesura preferida era cambiar de sitio a los pastores o a los corderos, en aquellos en los que se podía, claro. Sin embargo, con el que más disfrutaba era con el del Palacio de la Casa de Correos, aunque en él no pudiera llevar a cabo mi chiquillada. Era tan grande que le rogaba a la abuela que me llevara varias veces. Sentía que esa gran ciudad estaba a mi alcance, luego le pedía que fuésemos a visitar  todos y cada uno de los monumentos allí representados.

La tarde que visitábamos el Palacio Real, después de un merecido chocolate con churros en el Café de Oriente, dimos un paseo por la plaza. En un banco, y abanicándose como si estuviésemos en agosto, una mujer rubia de pechos exuberantes lanzaba gestos con los ojos y la boca a todo caballero que pasara. Sentí la presión de la mano de mi abuela en la mía y, a pesar de los villancicos que llenaban el lugar, me pareció escuchar los latidos acelerados de su corazón. Nos detuvimos a unos metros de esa señora, parapetados detrás de un hombre gordo que no paraba de hacer fotos al palacio. Descubrí en el rostro de Catalina  una expresión que hasta entonces no había visto. Miraba a esa matrona de manos cortas y regordetas que sostenían un cigarrillo y no paraba de hablar a su vecina de banco. Contemplé sus pies, tan rechonchos como sus manos y apretados en unas deportivas que, evidentemente, eran de un número menos, al igual que el resto de su ropa.

Mi abuela se quedó mirándola un largo rato, mientras yo, pegado a su costado movía mis ojos de una mujer a otra sin entender qué estaba pasando.

—¡Qué niño tan guapo! —dijo la señora con un acento cuyo origen no logré descifrar– ¿Quieres un caramelo?

Inclinó la cabeza para rebuscar en un bolso ajado en el que intuí que guardaba algo más que dulces y en vez de una golosina sacó un pintalabios de un color intermedio entre coral y rojo. Sin mirarse a un  espejo se lo pasó por la boca. Me dio asco ver sus dientes negros y mellados. Miré a mi abuela con el ruego de que nos marcháramos, fue entonces cuando ella cogió unas monedas y se las dio a la desconocida, al tiempo que le decía:

—Toma, Golfa, y cómprate un carmín que ya no estás para robar maridos.

© Liliana Delucchi

Filantropía

Marieta Alonso

Mi abuela murió y me dejó heredero de su bien más preciado: Un Belén. Bueno, solo el Misterio, que llevaba en la familia más de cien años. Como se me dan bien las manualidades comencé a hacer figuras de barro en los ratos libres. Una al día. Luego dos. Más tarde tres. Y ahora he perdido la cuenta, entre burritos, cabras, casas, cuevas, herreros, pastores y mil cosas más. Y no exagero al decir mil cosas más, porque ya tengo más de diez mil figuras.

Entre mi trabajo y mi bonita afición no tuve tiempo de casarme. Me cambié cinco veces de casa, todas de mi propiedad, porque a medida que iba creciendo mi belén necesitaba más espacio. Soy de aquellos a quienes que no les gusta desprenderse de nada. Lo mío es mío.

Ahora estoy en un gran dilema. ¿Qué será de mi obra de arte cuando muera? Quizás debería hablar con el cura para que mi belén tenga el marco apropiado, pero tengo la sensación de que traicionaría a la abuela que nunca pisó una iglesia. Había grandes rumores de que era «la sobrina» de don Servando. También podría hablar con el Ayuntamiento. No es buena idea. El alcalde de hoy es el biznieto de Cheo, su primer marido, el que la abandonó por otra.

Hoy ha venido mi vecina a verme, la única que desinteresadamente se preocupa por mí, es de una generosidad asombrosa, y le he contado mis penas. Durante diez segundos se ha quedado en silencio, y luego rompió a hablar.

Me ha aconsejado crear una Fundación a mi nombre y haga de mi última casa, la más grande, un museo donde resplandezca mi belén gigante. Que venda dos casas, mis tierras y el lagar, y con ese dinero edifique en nuestro barrio una escuela, un hospital, y un taller de belenistas. Ella, como publicista, haría tal campaña que todo ser humano suspiraría por estudiar en la mejor escuela del condado, curarse en el hospital de investigación más famoso del país, visitar el más genuino museo de belenes o llegar a ser el más increíble artesano de todos los tiempos. Y, yo, pasaría a la historia como la persona más humanitaria, desprendida y altruista que haya existido.

Además, sería conveniente evitar desembolsos a mi despegada familia. Hacienda está al acecho, y los gastos de transmisión solo traen complicaciones. Eso es verdad. Sabe que me gusta la idea de quedar como un buen hombre, un modelo de generosidad ante el vecindario, por lo que me propuso vender, simbólicamente hablando, el resto de mis propiedades a sus tres hijos. Ellos podrían dirigir la Fundación con honestidad y mano firme, concluyó.

Hay algo que no me huele bien. Esta noche lo consultaré con las figuras del Misterio.

© Marieta Alonso

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La librería de Limoges

15 noviembre, 2021 por Akelarre 5 comentarios

Fachada de una librería de la ciudad de Limoges

La fachada de una librería de Limoges

Alrededor del año X antes de Cristo, la ciudad de Limoges fue fundada como Augustoritum por los Romanos. Perteneciente al antiguo Lemosin, hoy Nueva Aquitania, basó su economía en la fabricación de la famosa porcelana hecha a partir del caolín de Saint-Yrieix- la Perche, así como en su industria textil, ambas muy activas hasta la crisis de las últimas décadas.

Cruzada por el rio Vienne fue, y sigue siendo desde la Edad Media, uno de los lugares franceses más pintorescos, con barrios interesantes como el de la Boucherie. En su calle principal y en las callejuelas adyacentes, se encuentran casas con entramado de madera, cuyos bajos están ocupados por tiendas como la de la foto.

Esta evocadora librería ha dado alas a nuestras cuentistas para relatarnos historias: Cómo un librero inicia a un niño en la lectura, su regreso nostálgico a la ciudad y a ese local que le hace recordar la posibilidad frustrada de un amor; una sabia niña que aprende las historias de los libros; la librería como un refugio seguro para una huida o un anciano que logró perpetuar la pasión por los libros con la que su primer propietario llenó su alma.

La huida

Cristina Vázquez

Las mujeres de la familia de Camille

Malena Teigeiro

Limoges

Liliana Delucchi

Mi vida entre libros

Marieta Alonso

La huida

Cristina Vázquez

La mañana que Aurora abrió la puerta del cuarto de su hija y comprobó que los armarios estaban medio vacíos y la cama sin deshacer, se sentó echando una mirada alrededor y con los dedos cruzados, murmuró. “Suerte, hija”. Y dio un suspiro.

Al salir de la habitación, simuló un gesto compungido, casi horrorizado, al comunicar a esos dos la desaparición de Elena. Se había llevado la ropa, el pasaporte no estaba. Ni el cepillo de dientes. Después de gritarle que no dijera tonterías, el padre seguido del hijo, que cada vez imitaba con más precisión los modos violentos y antipáticos de su progenitor, aseguraron que ella debería saber dónde estaba.

—No se te ocurra engañarme si tienes alguna idea de lo que ha podido pasar —gruñó su marido con los ojos inyectados.

Aurora se levantó del sofá y dijo que iba a preparar café. ¿Cómo podía creer ni por un momento que era capaz de ocultarle algo a él?

—Por Dios, Germán, no pierdas la cabeza esta vez —suplicó llorosa.

Padre e hijo organizaron un terrible revuelo. Con las caras descompuestas llamaron a hospitales, policía, al trabajo de Elena, amenazándoles, como si tuvieran la culpa de su desaparición.

 —Y tú, mujer, haz algo —bramó el marido—. Parece que te ha dado un aire. No seas tan inútil, carajo.

Su padre tenía razón, por qué no iba a preguntar a las vecinas o a las amigas, a lo mejor podían tener alguna idea de su paradero. Demasiado tranquila la veía, aseveró el hijo poniendo un gesto de despectiva duda tan parecido al que exhibía Germán. Alguien tendrá que conservar la calma, contestó Aurora en tono reflexivo. Y el hijo se calló. No era mal chico, pero le faltaba caletre para desprenderse de los aires de matón aprendidos en casa. Y por un momento Aurora vio una luz de desconcierto en sus ojos.

—Ahora voy, en cuanto haga el café empiezo a preguntar —le apretó el antebrazo—. Tranquilízate, que con uno disparado ya tenemos bastante.

Y mientras ponía los filtros de la cafetera rezó en voz baja por su hija. Por su querida y rebelde Elena. Le tembló la mano al echar el café. Hoy seguro que le saldría mal, y el otro, seguro, que protestaría por su torpeza. Mi querida Elena, que San Cristóbal te proteja, que encuentres bien las conexiones, que la Virgen del Camino te acompañe…

—Pero qué carajo resoplas, en vez de estar ya llamando —la presencia de Germán en la cocina apagó la suave luz de la mañana de abril que se colaba entre los visillos—. Vamos, qué lenta eres, ya está llegando la policía.

Sirvió el café al sargento, al que conocía desde hacía años y este prometió que haría todo lo posible. Ya sabía del cariño que tenía a su familia y la miró con ternura.

—Son muchos años de conocernos, Aurora.

El padre interrumpió exigiendo que se pusieran en marcha ya, las cuarenta y ocho primeras horas eran básicas. Y a la mujer, que se fuera a preguntar, a intentar saber algo. Aurora se puso un pañuelo a la cabeza, una gabardina y salió. Fue a la estación de trenes a mirar los horarios y calculó que podía haber sido en el de las veintiuna treinta, el nocturno. Se llenó, ahora sí, de angustia, al pensar si se habría encontrado con Paul, un viejo y buen amigo. Dio un paseo por la alameda para tranquilizarse y retrasar el regreso a casa.

Al entrar en ella, vio el dispositivo que había organizado Germán. Ante un mapa desplegado sobre la mesa del comedor, daba gritos por el teléfono, calculaba posibles rutas, preguntaba si habían soltado a alguien de la cárcel. El hijo iba y venía obedeciendo a sus demandas, una cerveza, otra para el cabo de la Guardia Civil, no, que estaba de servicio. Que no fuera flojo y él también se marchara a preguntar en la discoteca del pueblo y a los chicos que podían conocerla. Vamos, que no fuera tan ineficaz como su madre. Arrea y trae algo consistente. Algo que nos sirva.

Aurora confirmó que nadie sabía nada. Las amigas se quedaron horrorizadas cuando se lo preguntó, en el trabajo estaban sorprendidos, y nadie la había visto la noche anterior.

¡Qué inutilidad de mujer!, resopló Germán. ¿Al banco no se le había ocurrido ir?, preguntó de mal modo. No, claro, a la señora no se le ocurría. Pues que supiera que había desaparecido dinero de la cuenta. ¿De verdad?, la cara de sorpresa de Aurora era convincente. Y una sonrisa se instaló en sus ojos.

Los días pasaron entre gritos, esperanza y desesperanza, noticias confusas y vio cómo su marido se iba achicando, igual que si un peso invisible le fuera bajando los hombros. Por primera vez sintió cierta piedad por ese hombre.

Cada dos días Aurora iba a Correos. Había abierto un cajetín, el 356, fecha del nacimiento de Elena, el tres de mayo del 2006. Y al cabo de diez días, por fin apareció la postal en la que salía la librería de Paul en Limoges. Su hija ya estaba a salvo.

© Cristina Vázquez

Las mujeres de la familia de Camille

Malena Teigeiro

Su madre, Adelle, le había contado que durante muchos años aquella librería fue el lugar de reunión de su bisabuelo y de su abuelo. Según ella, iban a leer todo lo nuevo que se publicaba sobre ciencia, política, arte, así como también las novelas de heroínas, como Juan de Arco o de atribuladas damas de la alta sociedad, como Anna Karenina. Y siempre, al finalizar la cena, le manifestó, ellos les relataban sus lecturas a la luz de la lumbre. Recordaba Camille que su madre, después contarle aquello, suspiró profundo cerrando los ojos, como si aquel recuerdo de alguna manera le doliera.

En cambio, Antoine, el padre de Camille era diferente. Nada tenía que ver aquel que había sido el joven más apuesto y conquistador de Limoges con el padre y el abuelo de su madre. A él solo le gustaba trabajar la tierra, criar vacas y, sobre todo, hacer queso. También le placía jugar a las cartas en la taberna y bailar con su mujer en las ferias. En su honor había que decir que sus quesos eran conocidos como unos de los mejores de la comarca, lo que a su madre le hacía sentir un orgullo parecido al que tenía por sus hijos.

Y recordando lo feliz que se sentía al escuchar las historias que sus mayores les narraban delante del hogar, Adelle comenzó a hacer lo mismo con sus hijos. Una noche, respondiendo a la pregunta de uno de sus hermanos, Camille se enteró de que sus abuelos conocían todas aquellas historias a través de los libros que adquirían en la antigua librería. En ese mismo instante decidió que ella haría lo mismo, y dirigió sus pasos hacia la vieja tienda.

El librero, un hombre de edad avanzada, cuando escuchó su nombre la saludó cariñoso. Quizá recordaba a sus mayores. Ella le explicó que no tenía dinero para comprar los libros, por lo que le pedía el favor de que se los dejara para leer allí, en cualquier rincón de su librería. A cambio, le llevaría un queso de los que hacía su padre.

—Bien. Pero solo una vez cada quince días —percibió Camille una divertida luz en los viejos ojos del hombre, ya del color del agua vieja—. No quiero que tu padre piense que me como sus quesos gratis.

Así, sin que sus padres lo supieran, comenzó a ir, tal y como habían decidido, cada quince días a leer. Entre el olor a papel, a lápiz, a tinta de las páginas y más páginas que leía, Camille se sentía bien, por lo que fue acortando el tiempo de sus visitas hasta ir casi a diario. Nada más entrar, le pedía al anciano los libros en donde se narraban las historias que le había escuchado a su madre. El hombre se los entregaba y ella, sentada en el suelo de piedra, entre dos viejas vigas pintadas de verdiazul, pasaba las hojas a la vez que casi imperceptiblemente movía los labios. Al llegar la hora de volver a su casa, sonriente, quizá un poco arrebolada, dando las gracias dejaba el libro encima del mostrador.

Pasó el tiempo, y no sin sorpresa, el hombre se dio cuenta de que Camille tardaba exactamente el mismo tiempo en leer cualquier hoja, ya fuera el texto largo, corto o denso. Luego de pensarlo mucho, una tarde decidió introducir dentro de las tapas de la novela que le había pedido la niña, otra diferente. Y vio que arrebujada entre las vigas, Camille leía con el mismo interés.

Al siguiente día el hombre se le acercó. Se acomodó a su lado y le habló de una novela, ya un poco antigua, pero que le iba a divertir: Los tres Mosqueteros.

—Ya la conozco —le replicó risueña. Y para no malgastar luego el tiempo buscando la hoja, dejó un dedo entre las páginas del libro—. Pero me gusta más leer las novelas que cuentan tragedias románticas que las de peleas entre caballeros.

—Sin embargo, el otro día, cuando me pediste Mujercitas, te lo entregué sin darme cuenta de que dentro de aquellas tapas se encontraba la novela de Los tres Mosqueteros, que como siempre leíste con mucho interés —el hombre le cogió la barbilla mirándola con ternura—. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de la confusión?

Ella, con expresión avergonzada, le separó la mano. Bajó la cabeza y olvidando la señal que hacía con el dedo entre las páginas del libro, lo cerró. Luego lo apretó contra su pecho. Sus ojos claros llenos de lágrimas lo miraron con tristeza.

—Señor, cuando miro las hojas de los libros que le pido, dentro de mi cabeza escucho la voz de mi madre y yo, siguiendo las líneas, repito una por una sus palabras. Mi padre no permite que las mujeres de su familia aprendan a leer.

© Malena Teigeiro

Limoges

Liliana Delucchi

A pesar del aire de otoño que dobla la esquina, cuando Adrien enfila la calle de la librería, aspira un suave olor a verano. Allí sigue, tantos años después, con su estructura de madera azul-verdoso medio desvencijada y la magia de un interior donde todo es posible, hasta creerse en agosto a mediados de noviembre.

La puerta entreabierta permite que un remolino de hojas secas busque cobijo, como si supieran que serán bienvenidas. Cuando Adrien la empuja para entrar, el gemido de la madera hace que el hombre que está detrás del mostrador alce la mirada por encima de la montura de sus gafas. Se las quita, limpia los cristales y enarca las cejas antes de abrir los brazos y acercarse al visitante, sonriendo.

—¡Eres tú!

Adrien responde emocionado al saludo. Está allí, otra vez, solo que ahora él es el alto, fuerte y el señor Deauville ha encogido y casi no tiene pelo.

—¿Una limonada? —los ojos inteligentes del librero brillan entre surcos. Con pasos ligeros para su edad se encamina a la puerta, la cierra porque a esa hora ya no vendrá cliente alguno y además, dice, tendremos que celebrar este encuentro. Mejor dejar de lado la limonada, que en la trastienda tengo un buen pastis.

—Prefiero invitarlo a comer. Las bebidas las dejamos para más tarde.

El anciano pide unos momentos para ir a buscar su chaqueta, tiempo que el joven aprovecha para reencontrarse con ese lugar sagrado en el que ha pasado los mejores veranos de su infancia.

A pocas calles de la librería sus padres conservaban una casa familiar donde transcurrían las vacaciones y se reencontraban con parientes y amigos, pero ninguno de ellos tenía hijos de su edad, por lo que el niño deambulaba por las calles o las páginas de algún libro. Los de la biblioteca de su abuelo no le interesaban. Una mañana en que salió de expedición por el barrio viejo encontró la librería. Paseaba sus ojos por los anaqueles cuando una voz lo sorprendió a sus espaldas.

—No creo que lo que buscas lo encuentres ahí.

—¿Cómo sabe lo que busco?

—Porque tengo muchos años de librero y reconozco las miradas inquietas —y con un gesto le indicó unos estantes con ejemplares encuadernados en azul. Cogió uno y se lo entregó—. Empieza por este. Cuando lo termines, lo traes y te daré otro.

—No llevo dinero. ¿Se lo puedo pagar cuando vuelva por el siguiente?

—Mejor me lo pagas con uno escrito por ti.

Adrien sonríe ante el recuerdo y aspira ese olor que embarga la estancia, una mezcla de papel, humedad y madera vieja que un ramo de gardenias frescas intenta disimular. Se acerca a las flores y, al olerlas, una imagen se superpone sobre el cristal del escaparate.

—¿Has vuelto a verla?

Las palabras del anciano no lo sorprenden. Al igual que el perfume de esos pétalos, forma parte del lugar, como el rostro que acaba de vislumbrar en los vidrios, incluso la voz que no escucha desde hace tiempo.

—No desde que se fue a Nueva York. ¿Ha vuelto por aquí?

—Cada verano —responde el anciano al tiempo que se arregla las solapas de la chaqueta—. Este año me trajo un ejemplar de su última novela. ¿La has leído?

—Es maravillosa —responde Adrien intentando que su voz no denote emoción, aunque sabe que el señor Deauville la percibe.

La torpeza del niño al empujar la puerta de la librería, no solo tiró al suelo el ejemplar que llevaba en sus manos, sino que hizo lo mismo con la niña de melena cobriza y vestido de tirantes. Ella no se enfadó, sino que le tendió la mano para que la ayudara a levantarse, sonrió y le preguntó qué estaba leyendo.

—Veinte mil leguas de viaje submarino —contestó el chico con un tartamudeo que lo hizo enrojecer.

—Mujercitas —dijo la niña mostrándole el libro que había caído con ella—. Al igual que Joe, seré escritora.

—Yo, científico, como Pierre Aronnax.

—¡Qué tontería! Si decides ser científico, solo serás científico. En cambio si escribes, puedes ser lo que quieras cuando quieras. Hoy científico, mañana astronauta, pasado actor…

A pocos pasos, el señor Deauville los miraba complacido.

Ese primer encuentro dio lugar a otros y entre narraciones, comentarios y las limonadas que les servía el librero, terminó el verano. Prometieron escribirse y lo hicieron. Para cuando se vieron el siguiente agosto, ambos habían escrito algunos relatos que corregían a la sombra de un viejo roble siguiendo los consejos del señor Deauville. Tuvieron que esperar hasta la universidad para estar todo el año juntos, pero a pesar de la fascinación que les producía París, en cuanto tenían unos días de vacaciones volvían a Limoges, a la casa solariega de él, y a la vieja librería.

Sin embargo, París logró abducirlos con sus múltiples posibilidades; pero las cosas que están a punto de suceder no suceden y acontecimientos no previstos se presentan con los brillos de los sueños. Era difícil resistirse. Él no lo hizo. Ella tampoco. Y las expectativas insensatas, condenadas por su propio exceso al desengaño, los llevaron a un punto que creyeron sin retorno. Por eso, nada más verla sentada a la mesa de siempre en el café de siempre, supo lo que Madeleine iba a decirle. Caminó unos pasos hacia ella pero a medio trayecto se arrepintió. No quería oírla. Prefería guardar su imagen mirándose al espejo que recordar eternamente unas palabras que no quería escuchar.

Y así, el mes de junio siguiente se instaló solo en la casa de Limoges y transcurrió el verano en un silencio acobardado y huraño apenas roto por escasas visitas a la librería. A veces hablaba en voz alta para escuchar una voz en la estancia vacía. Borraba en el ordenador capítulos de esa novela que no lo convencía y redactaba cartas a Madeleine que no sabía dónde enviar y que a veces ni llegaba a escribir. No podía calcular cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vio, que tocó su piel. Miró por la ventana y sintió la ausencia entre sus brazos. Todo conspiraba contra su felicidad y, a pesar de ello y sin saber muy bien cómo, logró terminar la novela.

Adrien se acerca a los estantes donde están los libros encuadernados en azul. Recorre sus lomos con una mano cargada de nostalgia, la detiene en el título de Julio Verne que llevaba aquella tarde en que conoció a Madeleine. Lo coge, y entre sus páginas encuentra la flor seca. La gardenia que ella le había dejado para que la recordara. ¡Como si hubiera podido olvidarla!

—¿Nos vamos? —La voz del señor Deauville lo devuelve al presente.

—Deme un momento, por favor.

Se acerca al ramo de flores que está sobre la mesa, coge una y la mete dentro de las páginas del ejemplar de su última obra.

—Para ella, por si vuelve.

© Liliana Delucchi

Mi vida entre libros

Marieta Alonso

Era una librería vieja, revieja, como yo ahora, donde las obras que no estaban en las estanterías se amontonaban en las esquinas. Siempre olía a jazmines. Me entretenía en buscar el búcaro, que nunca estaba en su sitio, y las encontraba agonizantes como si hubiesen pasado toda la noche leyendo y el cansancio las dejara mustias.

Su propietario, Paco el de Euqueria, era un joven alto, delgado, con gafas redondas con las que intentaba tapar sus grandes ojos azules. Un intelectual, decían en el barrio. Yo era un niño que ante los humanos me sentía violento, me atragantaba cuando me rodeaban más de tres personas, daba igual que fueran adultos como niños. Con él me sentía a mis anchas porque me recomendaba libros que leía con avaricia, sentado sobre una torre de tomos contrapuestos.

Mi primera lectura fue «El principito». Paco me dijo que su autor, un tal Antoine, había nacido un 29 de junio, como nosotros dos. Me prometí leerlo cada año en ese día, promesa que cumplí a rajatabla. ¡Y eso que ya tengo noventa años!

El librero se echó una novia en invierno, Laura, era preciosa. Fui el primero en conocerla y lo celebré leyendo «Corazón». Se casó el otoño siguiente mientras descubría las aventuras de «Sandokan».

Al nacer su primer hijo, ¡cuánto alboroto!, me encontraba inmerso en «La vuelta al mundo en 80 días». Gracias a él en mi juventud leí todos «Los episodios nacionales» y me enamoré de Galdós, perdón, de la forma de escribir de ese gran escritor.

La muerte de Paco, por un maldito accidente, me pilló con «Los miserables». Cruzaba la calle cuando le arrolló un coche. Como yo no tenía oficio ni beneficio, y Laura, su mujer, quedó con cuatro hijos pequeños, me pidió que regentara el negocio.

Así fue como obtuve mi primer empleo. Imagino que mi edad o Paco desde arriba me ayudaron a vencer la timidez. Con los adultos seguí siendo algo borde, en cambio, con los niños me llevaba muy bien. Eran ellos los que tiraban de sus madres para entrar en la librería. Pedían que les recomendara cuentos y novelas y les hablara de personajes literarios que les hiciesen soñar.

En memoria de aquel librero que tanto bien me hizo ponía jazmines en el escaparate, y regalaba el día de nuestro cumpleaños «El principito» al primer niño que entrara por la puerta.

Hoy, al cabo de los años, el mayor de los hijos de Paco sigue la tradición.

© Marieta Alonso

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La Licorera

15 septiembre, 2021 por Akelarre 5 comentarios

Cuentos inspirados en un mueble licorera

Tántalus (siglo XIX)

Pequeño armario de madera, bronce y cristal que suele contener dos o tres licoreras y varios vasos. Su característica principal es que tiene candado y llave. El nombre es una referencia a las tentaciones insatisfechas del personaje mitológico griego Tántalo.

Ahora que los licores se venden en botellas con preciosos diseños y llamativas etiquetas, se ha perdido algo que no hace muchos años unía de vez en cuando a las personas. Todos aquellos que ya tenemos una edad, hemos escuchado… «Me ha llegado este licor embotellado por un amigo…» mientras el que nos lo ofrecía destapaba una hermosa licorera, la mayoría de las veces de cristal tallado y cuello de plata, sacada de una maravillosa caja en donde también se guardaban las copas.

Este mes con nuestros cuentos deseamos haceros recordar un objeto ya perdido en nuestras casas, la licorera, que nos acompañó en los brindis de momentos entrañables, como los que os relatamos: Un hombre que reflexiona sobre el camino que ha tomado en la vida, una mujer que recuerda el momento decisivo de su pasado, una pareja que recibe una noticia que puede alterar sus vidas, o la excusa para que dos amigas den rienda suelta a sus recuerdos y confidencias.

El regalo

Cristina Vázquez

Un hombre de mundo

Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

Barullo

Marieta Alonso

El regalo

Cristina Vázquez

La llegada del paquete sorprendió a Amalia. La caja reposaba en medio de la mesa de la cocina, envuelta en papel de estraza. Pesaba. Le había costado depositarla ahí y ahora miraba el remite para tratar de averiguar de dónde vendría y de quién podía ser.

No reconoció el nombre del remitente y el lugar de origen era Lisboa. No entendía nada. Un incierto temor le impidió desgarrar el papel. Lisboa. Recordó un inolvidable viaje, en esa edad en el que el mundo está aún por descubrir y las emociones te empujan a esperar maravillas de la vida. Se preparó una bebida y recostada en la silla siguió mirando el paquete. Una cascada de recuerdos empezaron a inundarla, recuerdos que había encerrado durante años con una voluntad feroz y un resultado aceptable.

Tras un largo suspiro, se dejó llevar con cierta dulzura por ese camino de la memoria que había decido ignorar durante mucho tiempo. Las imágenes de las jacarandas en flor de esa primavera pintaban de malva las calles de la ciudad. Subir y bajar las cuestas para ella era casi una diversión, aunque no tanto para Perico, que la seguía con el embeleso del enamorado. Y la brisa de olor marino impregnaba la ciudad. Lisboa.

—Eres un regalo inesperado—recuerda que le dijo él—. Nunca confié en que los dioses pudieran ser tan generosos conmigo.

Se sintió como una deidad ingenua y caprichosa bajo su devota mirada. En ese momento la diferencia de edad, más que una dificultad era un acicate. La vieja historia de Pigmalión. A ella, su cultura, el saber hacer y la seguridad que mostraba, la llenaron de una confianza en la que parecía que nada podía quebrarse.

Una tarde, estaban viendo anticuarios apareció en un escaparate una preciosa licorera que a Amalia le entusiasmó. Él confesó que su madre, a la que él adoraba, tenía una muy parecida y que le haría mucha ilusión que ella tuviera esta casi idéntica. Sería una bonita manera de unir extremos y momentos de la vida. Una especie de puente, afirmó, mientras daba las señas del hotel.

Al llegar, había en el hall un señor de la oficina de Perico en Lisboa. Su mujer había tenido un accidente y estaba en coma, le comunicó con seriedad y la mirada baja. Ella notó al alejarse los ojos curiosos de aquel hombre clavados en su espalda. Ese momento devolvió a Amalia a la realidad. Tuvo conciencia del engaño en el que se había instalado arrastrada por dulces promesas de futuro y bondades del presente. Pero la realidad era que él estaba casado y tenía dos hijos. Fin de la historia. Perico se quedó trastornado y pidió billetes para volver lo antes posible. Ella decidió que se quedaría unos días más.

Cuando le vio marcharse, en una madrugada grisácea en la que todo el esplendor de esa primavera parecía haberse concentrado en negarlo, supo que ese iba a ser un adiós definitivo. A lo largo de la mañana llegó el paquete con el regalo, envuelto en una caja más sofisticada que esa que tenía delante, pero de unas proporciones parecidas. Ordenó que la devolvieran.

No quiso saber más de él. Nunca respondió a sus llamadas y evitó los posibles lugares de encuentro. Se enteró que al cabo de unos años se había casado con una joven y se alegró, aunque un velo de decepción tiñó la noticia. Amalia siguió con su vida, se casó, tuvo hijos, trabajo y todos esos dones que conforman una vida normal. Aprendió a aplastar los deslumbramientos vividos como una etapa concluida de su juventud. También aprendió que el tiempo es buen compañero para aplacarlos y fue una mujer razonablemente feliz.

¡Y ahora este paquete! Con mano insegura empezó a quitar el papel y cada tira que arrancaba le devolvía un ardor olvidado, una sonrisa que se iba llenando de imágenes alegres, igual que cromos conservados en un antiguo álbum. Efectivamente, apareció la licorera. La abrió con cuidado y surgieron las copas y las botellas como un dorado jardín de la memoria. En el sobre que había dentro, un protocolario tarjetón, le comunicaban que la voluntad de don Pedro era que ese objeto fuera para ella.

Llamó a su hija y le ofreció un regalo muy querido.

© Cristina Vázquez

Un hombre de mundo

Malena Teigeiro

Por la noche, cuando Juan entró en su piso, se encontraba muy cansado. Cada día tenía más trabajo y esto comenzaba a pasarle factura. En el momento en que comenzó a trabajar en aquella gran compañía se suponía que él, premio extraordinario en la carrera, tenía asegurado un futuro brillante. Y así fue. Pero aquel futuro brillante se había convertido en un presente maldito que apenas le había permitido tener vida familiar. Se casó con Marta, su novia de toda la vida. Siete años y tres hijos después de la boda se divorciaron. Ella, una chica tranquila y poco dada a la vida social, se hartó de él y de las mujeres que lo acompañaban a diario. Por más deshonesto que fuera, comprendía que ella se sintiera disminuida ante aquellas mujeres brillantes, resolutivas, a las que aburría cualquier comentario sobre la vida familiar. Tenía que esforzarse, le decía al principio de casados cada vez que después de una de aquellas reuniones volvían a casa. Tenía que darse cuenta del lugar al que había llegado, le repetía ya tiempo después en las mismas ocasiones. Que no olvidara su posición en la empresa, insistía una y otra vez. Pero Marta no solo no respondía sino que, bajando la cabeza, solía guardar silencio mientras introducía la llave en la cerradura. Estaba convencido de que, en el fondo, envidiaba su vida. Pero ella tampoco tenía derecho a quejarse. Era economista, pero no había querido trabajar. Solo se dedicaba a los niños y a él. Y lo cierto era que a él le agradaba llegar a la casa y encontrarla siempre acogedora, que todas sus cosas estuvieran arregladas, y que fuera o no a cenar, siempre lo estuviera esperando. También era cierto que muchos días habría podido llegar antes, pero necesitaba, al menos eso creía, solazarse un poco. Otras tardes, aunque no tuviera cenas de trabajo, se quedaba con alguna de las directivas y solía irse a tomar una copa o a picar algo.

 Y la dejó ir.

De eso hacía solo unas semanas. Pensaba que pronto volvería. De hecho, le extrañaba que no lo hubiera hecho ya. Una cosa era quejarse y, otra, acostumbrarse a vivir con menos medios, porque no pensaría ella que la iba a mantener con el mismo lujo.

Se quitó el abrigo y lo dejó encima de una silla. Sintió frío y volvió a echárselo sobre los hombros. Recorrió el pasillo a oscuras. No le hacía falta encender la luz. Ya no podía tropezar con los cochecitos de su hijo Juanito. Entró en la cocina con ánimo de preparase un bocadillo. Tenía que contratar a alguien que le preparara la cena, pensó. Marta se había llevado con ella a la cocinera y a la niñera y solo le había dejado a una señora que iba por las mañanas a limpiar. Se detuvo un instante. Algo a lo que no se acostumbraría nunca era a que nadie lo esperara en casa. Le inquietaba el silencio. Echó de menos su cálida sonrisa, su beso aniñado. En fin, si tardaba mucho en volver, tendría que cambiarse de piso, decidió, porque si algo tenía claro era que allí, donde había vivido con sus hijos y con Marta, nunca llevaría a ninguna mujer.

Recogió de la nevera una caja con queso y jamón y un paquete de pan de molde. Agarró una botella de cerveza por el cuello y se dirigió al office. Al encender la luz descubrió que encima de la mesa la asistenta le había dejado un paquete, grande, cuadrado, con un deteriorado y sucio envoltorio. Con asco, cortó los cordeles que aseguraban los cartones. El que hubiera hecho ese paquete, no tenía ni idea, pensó ante las capas de papel de estraza y periódicos con los que estaba envuelto. De entre todo ello, sacó un sobre blanco, que dejó a un lado y una caja grande, de brillante laca negra. Empujó los papeles y cartones que cayeron al suelo y despacio, casi con mimo, la colocó encima de la mesa. Sin soltarla, se sentó. Sintió la humedad de las lágrimas al acariciar la licorera de su abuelo. ¿Cuánto hacía que no lo visitaba? ¡Maldito trabajo! Ahora se daba cuenta de que tampoco le había dejado tiempo para visitarlo. Al abrirla, un antiguo juego de engranajes sacaba unas licoreras y un juego de vasos de cristal dorado. Destapó una de las botellas. Al aspirar el perfume del viejo brandi, los recuerdos le inundaron la memoria. Colocó el pesado tapón de cristal en su sitio y destapó la otra. Olía a moscatel. Volvió a la cocina y rellenó una jarra con agua. De nuevo en el office, vertió agua en uno de los vasos dorados. Después, echó unas gotas de moscatel. Con el cuidado de quien tiene la más fina porcelana entre los dedos, se lo llevó a los labios y bebió un sorbo. No hay mayor placer que el de una vida tranquila, le decía su abuelo vertiendo el licor en el agua, lo mismo que había hecho él ahora. Y Juan, sentado en una pequeña butaquita para que le llegaran los pies al suelo, lo miraba extasiado mientras recogía de aquella mano, trémula, de piel blanda, y siempre caliente, el vaso de oro. Luego esperaba a que su abuelo se sirviera el brandi. Placer de dioses, murmuraba el anciano mientras paladeaba aquel fuerte licor. Hay que beber muy poco a poco, para que el trago nos dure, decía sonriente. Y mientras tomaban sus licores, el abuelo solía charlar con él. Le hablaba de la vida de los pájaros, siempre de un lado para otro, abandonando a sus crías en cuanto tenían ocasión, lo mismo que había hecho su abuela. Era muy bella, mascullaba. Y muy alegre. Lo único malo que había hecho durante el tiempo que vivieron juntos, fue irse en cuanto nació tu padre. Lo mismo que hacen los pájaros, añadía. Después, ya no podía hablar. Y le contaba el tiempo pasado con aquella alegre joven a la que su orgullo, decía, le impidió ir a buscar. A veces también le mostraba un cartón en donde estaba pegado el retrato de una joven, que apoyada en una columna rebosante de flores, sonreía a quien la mirara.

Se secó las lágrimas con la mano. Dejó su vaso y se sirvió un poco de brandi en otro. Le dio un pequeño sorbo y un ataque de tos sacudió su cuerpo. ¡Cómo podría su abuelo beber aquello y quedarse tan tranquilo! Al dejar el vaso en la mesa, vio el sobre. Dentro tan solo había una cuartilla doblada en cuatro. La desdobló y con letra inglesa, grande, temblona, habían escrito:

El orgullo es mal consejero.

© Malena Teigeiro

La carta

Liliana Delucchi

—¿No es temprano para una copa?

Augusto se sobresaltó al escuchar la voz de su esposa. Con un gesto rápido abandonó el vaso sobre la encimera donde se encontraban las bebidas, no antes de poner debajo de la licorera el papel que llevaba en la mano.

—La necesitaba. Ha sido un día duro —respondió intentando controlar su voz—. ¿A qué hora es la cena?

La mujer sonrió desde el rellano de la escalera y le pidió que se diera prisa, ella se cambiaría enseguida. Él contempló su figura elegante subiendo los escalones y un escalofrío recorrió su cuerpo ante la visión de la espalda alejándose. La amaba. No podía perderla. Pero esa carta…

Estuvo ausente durante la velada, avergonzado ante las frases hechas y su discurso plagado de lugares comunes que despertaron en más de un momento la curiosidad de algunos de los comensales. Son demasiado educados como para hacer preguntas, se dijo mientras al finalizar la cena retiraba la silla de la desconocida que habían sentado a su lado.

Cuando algunos se reunieron en la terraza para fumar, no pudo evitar la pregunta de Carlos, su mejor amigo, ante su actitud. Augusto movió la cabeza negativamente aludiendo al resto de los presentes y le contestó que ya hablarían.

Durante el viaje de regreso, el silencio se había instalado en el coche, aunque ello no le impidió descubrir una muda interrogación en el rostro de su esposa. Ese rostro adorado al que él había impuesto un dejo sombrío y que deseaba borrar, pero, ¿cómo?

Sintió una especie de alivio cuando vio a lo lejos su casa; los criados habían dejado las luces del salón encendidas y, por un instante, creyó que la iluminación llegaría también a sus pensamientos, que encontraría una solución.

Irene estaba cansada y prefirió acostarse.

—Enseguida subo —le dijo mientras besaba su pelo— antes quiero ver unos papeles.

No mentía. Tenía que ver un papel, pero no de trabajo.

Se arrellanó en su sillón favorito. Con las manos sobre las rodillas y la cabeza contra el respaldo, fijó la mirada en la licorera. Allí estaba, debajo de una de las botellas, una carta doblada en cuatro, releída, arrugada y fatídica.

 

«Querido mío: ¿Puedo seguir llamándote querido mío?

Ojalá no fuera tan tonta cuando escribo. Las palabras se asustan y se me escurren al intentar atraparlas, aunque puede que haya una que no se me escape. Arrepentimiento. Sé que fui injusta o desleal, si lo prefieres, al huir de aquella manera, pero no pude contenerme. Viví momentos felices y de los otros, pero siempre, en algún instante tuve un recuerdo para ti.

¿Hay un lugar en tu vida para esta mujer a la que amaste y que te amó?

Prometo enmendar el pasado.»

 

No ha cambiado, pensó Augusto, hasta el garabato de la firma sigue siendo el mismo, entonces pudo contemplar en la transparencia de las cortinas del salón movidas por el aire, la imagen deslucida de una mujer que había sido la suya. Recordó aquella otra nota, con una sola palabra: Adiós.

Había salido a la calle, a buscarla entre un viento otoñal que ululaba con voz de pérdida y separación. No la encontró. Ni él, ni la policía, ni los detectives a los que contrató. Diez largos años de pesquisas, imaginándola por senderos furtivos, preguntándose qué había hecho mal, dónde estaría y con quién.

Diez largos años de soledad, de manos que apretaban su hombro con intención de consuelo, de noches a solas junto a la licorera que se vaciaba más rápido que de costumbre.

Y entonces apareció Irene, con su dulzura, su sonrisa, sus manos aladas… Y el dolor de la pérdida se esfumó.

«Ausencia con presunción de fallecimiento». Fue lo que dictaminaron los jueces, una sentencia que lo inscribió como viudo y le permitió casarse con Irene.

Esa tarde el pasado había vuelto, con los dientes largos de un dragón que intenta rasgar los sueños para transformarlos en pesadilla. El hombre sentía esa mordedura en las entrañas, el veneno de la incertidumbre, el desmoronamiento de su felicidad.

Augusto se acercó al piano para contemplar la foto de su segunda boda. Ella estaba tan hermosa, él tan contento.

Otra copa y subo. Una más ¿Cuántas llevo?

Sintió el sorbo de alcohol deslizarse por su garganta como un fuego que transformaba su perplejidad en ira. Ira por diez años de dolor, de inseguridad y vacilaciones. Ira ante ese temor que le hacía tamborilear los dedos sobre el brazo del sillón, con la cabeza gacha y la respiración agitada. Ira ante un futuro que temía despedazara su presente impecable.

En ese momento escuchó una puerta que se abría en el piso de arriba, levantó la cabeza hacia la balconada y vio a Irene, sonriente, esperándolo.

Subió los escalones con la pesadumbre de quien se acerca al cadalso y su mano insegura tendió el papel maldito a su mujer. No vio gesto alguno en su rostro mientras lo leía, solo le preguntó qué pensaba hacer.

—Está muerta. —Respondió airado— Lo dijeron los jueces.

Ella esbozó una sonrisa y rompió la misiva en pedazos antes de contestar:

—Los muertos no escriben cartas.

© Liliana Delucchi

Barullo

Marieta Alonso

Cuando era niña, en mi aldea vivía una mujer, Gertrudis, que no tenía marido. El hombre había fallecido de un ataque de mal humor. Era madre de dos niños idénticos, a los que yo siempre confundía y ellos me ayudaban a que el embrollo perdurara. Era tan alta que todos los hombres resultaban pequeños a su lado, y tan robusta que al verla con el hacha cortando leña hasta el más valiente se alejaba. Menos yo que la admiraba.

Todo el tiempo usaba pantalones de pana y una camisa a cuadros, salvo los domingos cuando iba a misa escoltada por sus gemelos. Era curioso. A pesar de su estatura y fortaleza, aquel vestido gris con cinturón negro y cuello bordado en blanco, conseguían hacerla parecer frágil.

Solo tenía una amiga, la Paca, las demás dejaron de visitarla tras el funeral de su marido. Les pareció mal que lo despidiera con estas palabras: «Gracias por haberte muerto». Luego, también fue motivo de murmuraciones el epitafio que grabó en la lápida: «En memoria de los escasos buenos tiempos que pasamos juntos».

¡Hipócritas! Comentaban la Paca y ella, refiriéndose a las otras, cuando se sentaban a tomar el rico limoncello, hecho con una receta traída de la Costa Amalfitana, región de la que procedía la abuela de Gertrudis. Cada noche, después de cenar, se sentaban las dos amigas en el porche frente a una mesa pequeña con un mantelito bordado, una preciosa licorera y dos vasos. De allí no se levantaban hasta que del licor no quedaba ni miajita, y el escaso trajín de la calle alertaba de que ya era hora de irse a dormir.

Fue una buena mujer. Lo sé porque con el tiempo me casé con uno de los gemelos, o con los dos. Aún hoy sigo trastocándolos.

© Marieta Alonso

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Carrusel

15 agosto, 2021 por Akelarre 2 comentarios

carrusel infantil

Carrusel

El origen de la palabra carrusel proviene del italiano Garosello y del español Carosella que significa pequeña batalla y describe un ejercicio de entrenamiento de combate. Era un modo de adiestramiento de la caballería que los Cruzados descubrieron, trajeron a Europa y se mantuvo como tal dentro de los castillos sin mostrarlo al público. Con el paso de los años se instalaron en jardines privados de la realeza.

A principios de siglo XIX en Europa se empezaron a colocar en ferias y otras reuniones públicas. Los primitivos no tenían plataforma, sino que colgaban los animales de postes o cadenas, propulsados por bestias de tiro caminando en círculo. Hacia la mitad de ese siglo se desarrolló el carrusel con plataforma de propulsión a vapor. Más tarde se construyeron con cigüeñales y engranajes.

La primera noticia de un carrusel aparece en un bajo relieve del Imperio Bizantino en el 550 de nuestra era. El más antiguo que se construyó, ya con el concepto actual, está en Praga y el más grande en Copenhague.

Un carrusel siempre hace soñar o devolvernos a otros momentos vividos. A nuestras cuenteras las ha llevado a recordar un viejo amor, el vuelo imaginario de unos niños, una cita de muchos años o la saga de unos titiriteros. Esperamos que os gusten.

La cita

Cristina Vázquez

No era tan extraordinario

Malena Teigeiro

Los tres L

Liliana Delucchi

Titiriterios y trapecistas

Marieta Alonso

La cita

Cristina Vázquez

Estaba feliz con su niño, pero reconocía mientras empujaba la sillita que llevarle al parque resultaba un aburrimiento. Era un tiempo muerto en el que su atención solo podía concentrarse en si el pequeño se metía tierra en la boca, empujaba a otro niño y al final se dedicaba a subirlo al tobogán. Las charlas con las otras madres o abuelas le resultaban insulsas, sin interés.

Elizabeth se lo planteaba como una de las muchas obligaciones derivadas de la maternidad, quizás en su caso un poco tardía, creándole mala conciencia por no disfrutar todas y cada una de las actividades a las que se veía abocada. ¡Con lo que les había costado conseguir tener ese precioso niño! Lo adoraba. Había sido su máxima felicidad.

Una mañana de esa primavera aún incierta, cambió su recorrido habitual para llegar al parque infantil y vio que habían montado en la Plaza de la Concordia un precioso carrusel. Se paró a mirarlo. ¡Qué increíble coincidencia! Cómo pudo olvidar que ahí ponían al que la llevaba siempre su abuelo. Era un hombre erguido, flaco, de pocas palabras que sujetaba su mano con determinación y le hablaba con gran ternura. Elizabeth recordó cuánto le gustaba ese carrusel y la emoción de su abuelo cuando llegaba la fecha en que lo colocaban. Aparecían a las once en punto los dos, nieta y abuelo, hiciera el tiempo que hiciera, excepto si llovía. Y a las doce se marchaban. Él se sentaba en un banco y ella podía dar tantas vueltas como quisiera. Antes de irse, el abuelo le compraba el algodón de azúcar que a ella le fascinaba y se lo ofrecía con una pequeña reverencia.

—Elizabeth, son nubes de colores que endulzarán tus sueños.

Al verlo ahora, casi sintió el pegajoso dulce en su boca. Una mezcla de alegría y nostalgia se apoderó de ella y le divirtió la excitación que vio en el niño. Aplaudía riendo y daba grititos de satisfacción. Como parecía tan entretenido, ella se sentó en un banco y se quedaron madre e hijo contemplando cómo daban vueltas y vueltas los caballitos y otros animales. Subían y bajaban hipnóticos, acompañados de una música repetitiva y ruidosa. Fue la primera mañana que se sintió tranquila y sin remordimientos, la primera vez que pudo compartir con su hijo la misma fascinación por algo, o eso pensó. Además, le devolvía el recuerdo por ese abuelo al que terminó valorando como el mejor regalo que había tenido en su vida. El regalo de su amor incondicional. Al recordarlo una incipiente ternura la llenó de agradecimiento y hubiera deseado verlo sentado ahí enfrente. Lanzó con disimulo un beso al aire.

Después de un rato, en el que el niño no parecía cansarse de mirar el carrusel, Elizabeth se fijó que había una anciana en otro banco desde hacía un buen rato. Era una mujer muy mayor, que se mantenía recta con un bastón apoyado a su lado. Daba la impresión de no ceder un centímetro a la debilidad. Su mirada iba de uno a otro lado de la plaza, controlando cada poco la hora del reloj. Tenía un cierto aire de pajarillo que se acabara de escapar de una jaula. En ella se mezclaban la vulnerabilidad con una apariencia de irreductible tenacidad de ¿qué? se preguntó Elizabeth, pues parecía que una determinación por algo concreto la mantenía en su erguida vigilancia. Cuando dieron las doce, se levantó con dificultad apoyándose en el bastón y toda la estructura que la mantenía se vino abajo desarticulando su figura.

Sintió una enorme zozobra al ver a esa anciana elegante caminar vencida hacia el paso de peatones y se acercó a no sabía qué, como si un impulso la llevara hacia ella. Cuando hizo el gesto de ayudarla a cruzar, la mujer la miró largamente para luego sonreír.

—Gracias.

Cruzaron los tres: la señora mayor, el niño y ella como la representación de las edades de la vida. Al llegar al otro lado, la anciana se volvió. Había algo en ella que le recordaba a otro tiempo, a otras personas, dijo con dulzura y se fue despacito hasta desaparecer en un portal de altas puertas labradas.

Al día siguiente Elizabeth volvió al mismo lugar, a la misma hora y encontró a la señora sentada como el día anterior en el mismo banco. Erguida, atenta, mirando a uno y otro lado y controlando la hora, hasta que dieron las doce y como una inapropiada Cenicienta se levantó con esfuerzo, como si algo en ella se apagara irremediablemente. Volvió a acercarse a ella para cruzar y le preguntó si venía todos los días a ver el carrusel. La señora la miró con extrañeza.

—No vengo a ver el carrusel —miró su reloj—. Es por una cita que tengo desde hace mucho tiempo que se acaba a las doce.

© Cristina Vázquez

No era tan extraordinario

Malena Teigeiro

Al despertarse, la música que le daba vueltas y más vueltas en la cabeza, le hizo recordar la noche pasada. Sintió un leve mareo. Sin moverse, continuó sentado en el borde de la cama agarrado al colchón. Se dio cuenta de que tenía puesto el pantalón del pijama, sin embargo, la camisa era la misma que llevaba en la casa de Jacinta. Una arcada le subió a la boca. Apretó los ojos. Sentía unos golpes en la sien, como si un pájaro carpintero le estuviera picoteando el hueso. Giros y giros. Vueltas y vueltas. Parecía que estuviera montado en un carrusel. ¡Qué mareo! Ahora lo recordaba. Anoche la música en la casa de Adela era agobiante. Y el humo, quizá incienso, junto con el intenso perfume a almizcle, y sin duda las bebidas, en algún momento le hicieron perder el sentido. De pronto recordó que tenía que ir al despacho. Había convocado una reunión importante para esa mañana y se le estaba haciendo tarde. Quizá después de una buena ducha estaría más recuperado, pensó. Al entrar en el cuarto de baño, inmediatamente, abrió el grifo. Sin esperar a que saliera el agua caliente metió la cabeza debajo. Al ir a enjabonarse, vio que todavía llevaba puestos el pijama y la camisa. Sin salir de debajo del agua, con dificultad se los quitó.

Aunque él siguiera viviendo todavía en la misma casa de sus padres, en los trescientos metros del palaciego piso de techos altos, hizo que le construyeran un apartamento de soltero. Grandes y espaciosos salones, una moderna cocina, y dos habitaciones. Para la suya, con un balcón a la esquina de la plaza de la Marina, pidió que le hicieran un baño inmenso. Era digno de un alto ejecutivo como él. Ahora el agua caliente le caía encima de la cabeza, y los chorros laterales le golpeaban la espalda. Después de varios minutos del húmedo masaje, comenzó a encontrarse mejor. Un buen desayuno y a la oficina, decidió mientras cerraba los grifos. Aunque poco iba a poder hacer en aquel estado, pensó. Envuelto en la toalla, tomó un café cargado y un jugo de naranja con un calmante efervescente que siempre le daba buen resultado. Mordisqueó unas galletas. Después comenzó a vestirse.

Hacía mucho frío cuando pisó la calle. Aquella música de nuevo le daba vueltas en la cabeza. ¿De dónde venía ahora? Miró a su alrededor. Nada. Decidió ir caminando hasta la oficina. Así aquel aire helado terminaría con la resaca. Dio la vuelta a la esquina y salió a la Plaza de Oriente. Ahora el sonido era nítido, fuerte, repetitivo. Se detuvo. Sí. Era la música del carrusel. Recordó a Amelia saltando a su lado. Apenas eran unos niños cuando corrían hacia él. Ella siempre sentada entre las alas de un cisne, como las princesas, decía, y él en un caballito a su lado. Recordó la vez que al volver de la universidad coincidieron en el portal. Era una presumida jovencilla, que altanera caminaba abrazando los libros.

—Amelia.

Ella se volvió. ¿Vamos? Lo han vuelto a instalar. No tuvo que decir nada más. Amelia le sonrió cerrando los ojos como las chinitas. ¿De verdad me estás invitando a dar una vuelta en mi carroza de cisne? Jorge le recogió los libros y los dejó en la portería junto a los suyos. Quedaron de nuevo para volver al día siguiente, y continuaron reuniéndose hasta que terminaron sus carreras. Y fue entonces cuando ella, seria, le habló de casarse, quería ser una madre joven, añadió. De pronto recordó el brillo de sus ojos cuando le dijo que él no era para ella. ¡Qué verdes eran en aquel momento! Nunca volvió a ver otros del mismo color. Al escuchar que no pensaba contraer ningún compromiso que no fuera el de su trabajo Amelia aleteó las pestañas. Y sin más, bajó del carrusel. La vio caminar con la cabeza inclinada.

Pasaron los años y el trabajo, el éxito, los compromisos y viajes, no le permitieron mantener ninguna relación de manera estable, duradera. Eso era algo para los currantes, decía riendo a las mujeres que lo acompañaban. Era algo para lo que ya tendría tiempo. Ahora no. Ahora quería triunfar y divertirse. Esa música, y se llevó la mano a la sien. Esa música le seguía girando y girando en la cabeza. Alguien le dijo que Amelia contrajo matrimonio con Alberto, un chico de lo más común, lo recordaba bien. Que tenía varios hijos, y que había abierto una farmacia. Quizá, como le solía pasar a la gente corriente, hasta era feliz, sonrió despectivo. Ahora la música sonaba nítida, repetitiva. Delante de él estaba el carrusel.

Comenzó a molestarle la humedad en los ojos y se los restregó. Quizá fuera el frío.

El tiovivo comenzó a girar.

© Malena Teigeiro

Los tres L

Liliana Delucchi

—Uno, dos, tres, cuatro.

Así todas las tardes. Cuando el carrusel de las cinco y media se ponía en marcha, Leonardo contaba los caballos que pasaban y decidía, fuera cual fuese, que montaría en el cuarto.

Lucía, su gemela, no tenía ese problema, como era una princesa, siempre subía a la carroza. A mí me daba igual, solo quería jugar con ellos y participar de sus ensueños. Para nosotros la calesita no era solo un entretenimiento, sino un vehículo que nos llevaba lejos. Viajábamos en el tiempo y en el espacio. Recorríamos lugares con praderas infinitas que se fundían en las más altas montañas y conversábamos con los personajes que habíamos encontrado en las páginas de algún cuento.

Conocí a los hermanos una tarde en que me precedían en la cola para montar en el tiovivo. Eran más altos que la media. Rubios y con los ojos azules, iban vestidos siempre de punta en blanco. Jamás sus zapatos tenían una pizca de barro; la trenza de Lucía, que le llegaba hasta mitad de la espalda, brillaba como un sol de verano, rematada con un lazo de color a juego con su vestido. Un flequillo dorado caía sobre la frente de Leonardo, contra el que luchaba su mano derecha en un gesto repetido.

Llegaban a la pradera donde estaban instalados los juegos de la mano de su abuela, una señora de pelo blanco y modales contenidos que, instalada a la sombra de una higuera, hacía ganchillo mientras sus nietos jugaban. Los pequeños parecían pertenecer a otro mundo, en voz baja, como si quisieran ocultar algún secreto, solo hablaban entre ellos. El resto de los niños no se atrevía a acercárseles, como si ese halo de misterio que los envolvía impidiera cualquier tipo de aproximación.

En ese entonces tendríamos seis años y era tal la curiosidad que despertaban en mí que quise unirme a ellos. Para mi sorpresa me aceptaron y desde entonces fuimos inseparables, tanto que en el barrio empezaron a llamarnos los tres L, por las iniciales de nuestros nombres.

—Me dan pena mis amigos —dije un día a mi madre mientras merendábamos—. No tienen padres. Leonardo me contó que murieron en un accidente.

—No se puede tener todo en la vida, Luis —contestó— tú careces de hermanos y ellos de padres.

Me pareció desacertada su afirmación, pensé que uno puede encontrar algo parecido a un hermano en un amigo, pero… ¿Padres? Sin embargo el tiempo le dio la razón, porque de la misma forma que yo buscaba un lazo fraternal con los gemelos, ellos hacían lo mismo con sus progenitores solo que, hasta ese momento, sin resultados aparentes.

Una tarde que amenazaba lluvia llamaron a mi puerta, los dos con impermeables y sus rubios cabellos cubiertos con capucha. En voz baja, para que solo los escuchara yo, me dijeron que era el día ideal, que si queríamos viajar en el tiempo, la tormenta sería nuestra aliada; nos transportaría al lugar que ellos buscaban desde hacía mucho tiempo y que deseaban compartir conmigo. El temporal empezaba a rugir a lo lejos, por tanto, cogí mi chubasquero y, ansioso por introducirme en el misterio que me proponían, salimos de casa a escondidas.

El tiovivo estaba vacío, ningún otro niño se había atrevido a salir con ese temporal, lo que nos hizo sentir valientes, distintos y decididos a vivir la mayor de las aventuras. Unas monedas sirvieron para que el guarda pusiera en marcha la calesita y el lamento de la madera vieja bajo nuestros pies fue acallado por la música que daba vueltas con nosotros. Esta vez todos montábamos caballos; nuestros «arre, arre» se perdían entre los truenos mientras sentíamos que el aire nos enfriaba la cara.

Dos, tres, cuatro vueltas y el paisaje a empezó a cambiar. Las copas de los árboles se estiraban como si fueran a diluirse entre las nubes; aparecieron personas desconocidas en medio de una niebla que difuminaba sus facciones y su vestimenta pertenecían a otra época.

—No es aquí —gritó Leonardo para que lo oyéramos—. Tenemos que alejarnos un poco más.

—Dirijamos los caballos hacia la derecha —intervino Lucía.

Los seguí. Nuestros corceles no cabalgaban, volaban. De pronto estábamos entre algo parecido al algodón deshilachado y conteníamos la respiración para que no nos entrara por las narices. No sé cuánto tardamos en atravesar esas nubes compactas y encontrarnos sobrevolando una pradera verde, sembrada de pequeñas flores amarillas. A lo lejos, algunas casas bajas y el campanario de la iglesia. Una carretera sinuosa se perdía camino arriba.

—Es por allí… Por allí —susurró mi amigo al tiempo que ralentizaba su cabalgadura.

—Desmontemos y arreglemos el guarda raíl —ordenó Lucía.

No sé de dónde sacamos fuerzas para reparar un amasijo de hierro roto que bordeaba la carretera, pero lo hicimos a tiempo. Minutos más tarde, un coche descapotable rojo, conducido por un hombre acompañado de una mujer rubia pasó a nuestro lado camino del río. La dama nos miró con desconcierto y alzó su mano enguantada para saludarnos.

Cubiertos de polvo, con arañazos en las manos y el corazón a punto de escapar de nuestro pecho, volvimos a los caballos que pastaban tranquilos, esperándonos.

Cuando el carrusel se detuvo nos sorprendió ver que la tormenta había desaparecido y lucía el sol del atardecer. La ropa, que habíamos ensuciado en aquella carretera, estaba impecable, al igual que nuestras manos y el corazón nos latía con la parsimonia de siempre.

Junto a la abuela de los gemelos, invariablemente bajo la higuera, había una pareja más joven, la misma que vimos pasar en el deportivo y que abrazó a los hermanos.

—Ya estamos de vuelta, queridos —dijo la mujer.

Los pequeños los estrecharon antes de presentarme como «nuestro mejor amigo».

Todavía temblaba cuando llegué a casa y me senté en una butaca frente a mis padres quienes, sonrientes, me anunciaron que en unos meses tendría un hermano. Ante tal situación de felicidad obvié decirle a mi madre que se había equivocado, que sí se puede tener todo en la vida… Aunque será necesario un poco de magia, un carrusel y compañeros como los míos.

© Liliana Delucchi

Titiriterios y trapecistas

Marieta Alonso

Desde el lejano siglo XVIII mi familia ha tenido fama de ser algo peculiar. Comenzaré por el principio. Creo que todo viene de cuando la bisabuela de mi tatarabuela, en plena Revolución Francesa, poco antes de que le cortaran la cabeza al rey y luego a la reina, se le ocurrió traer al mundo a su único hijo al mismo tiempo que la duquesa para la que trabajaba.

Esa noche la alcoba principal estaba iluminada con la luz de cientos de velas, vibraba con las idas y venidas de doncellas que llevaban y traían el agua caliente y la figura de la matrona a la espera de los acontecimientos. En el cuchitril de Amélie tan solo se movían las sombras de un cabo de vela que apenas alumbraba. En toda la casa solo se oían los alaridos de la duquesa y la fuerte respiración de la criada.

Por fin nacieron los dos niños. Uno rubio, el otro moreno. Lloraban con tanta fuerza que nadie dudó de que llegarían a ser cantores. Amélie se dio prisa en arreglar a su hijo y componerse, tenía que ir a la habitación de la duquesa. Estaba todo previsto. Ella amamantaría a los dos chiquillos.

Bajaba por las escaleras con Maximilien, su bebé, cuando una multitud enardecida comenzó a derrumbar la puerta de entrada. Rauda, se introdujo en la habitación de la duquesa, que despavorida, le suplicó que salvara a su niño.

―¿Qué nombre le pongo, señora?

―Louis ―pronunció con voz temblorosa.

Amelie no era de las que perdía tiempo. Se puso a la espalda un canasto con ropa y con los dos niños en brazos corrió por los largos pasillos, bajó majestuosas escaleras, cruzó puertas labradas, pasó por la cocina y arrampló con todo el pan y el embutido que había sobre la mesa. Al llegar al sótano se introdujo en el túnel oculto para los extraños, pero no para ella. Después de mucho caminar entre sombras salió al límite más apartado del parque, junto al sendero de los álamos. Se detuvo y con el corazón en la boca contempló el imponente palacio que se deshacía en llamas.

Tomó aliento y siguió andando hasta encontrar una casa medio derruida en las afueras de una aldea lejana. Se sentó en un camastro, les dio de mamar y con los niños a ambos lados, se durmieron los tres.

Despertó con el llanto de los bebés y al alzar la vista se encontró rodeada de seis adultos, dos adolescentes y cuatro pequeñajos que los miraban con estupor. Era una troupe de saltimbanquis que estaban de paso. Contó lo ocurrido al palacio sin dar muchos detalles y se apiadaron de ella, siempre y cuando hiciera algo para ganarse la pitanza de cada día. Siendo niña se le daba bien caminar, saltar, hacer piruetas subida en zancos y pensó que era el momento para sacar provecho de aquellas habilidades.

Hoy, al cabo de tantos años, sus descendientes continúan la tradición. Uno se fue a Suecia para formar parte del Cirkus cirkor, le gustaba ese juego de palabras comparando circo y corazón. Otro no salió de Francia y trabajó en el Cirque Plume, revolucionando el arte de la pista al combinar fiestas, sueños, y poesía. Algunos trabajan en el Cirque du Soleil, recorriendo el mundo; yo voy de pueblo en pueblo montando atracciones de feria y haciendo las delicias de los pequeños.

Nunca se habló en nuestra gran familia quién era de sangre azul y quién no. Todos la tenemos roja.

© Marieta Alonso

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Bodegón

15 julio, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Bodegón de frutas

La dulzura de la fruta

Frescas, sensuales y apetecibles, las frutas de verano alimentan no solo nuestro cuerpo sino los sentidos en la búsqueda de un poco de alivio a las tórridas temperaturas. Sus colores nos incitan a degustarlas, así como la tentación por percibir la pulpa deshaciéndose en la boca con el lento disfrute de sus sabores. Recordemos también que el deleite de una deliciosa y simple manzana fue el comienzo de todos nuestros males. Su influencia en el arte, ya sea el de la pintura, como la poesía o la escritura es muy importante. A ellas se han referido escritores como Boris Vian, Marguerite Yourcenar… Y tantos otros.

Las frutas también hacen volar la fantasía de nuestras cuentistas a situaciones tal vez inimaginables. A partir del bodegón de colores que abre este mes nuestro camino a las letras, ellas han encontrado una mujer que espera a que su esposo regrese de la mar, una anciana que comparte su amor por la pintura, un abuelo que cuida un peral o una joven que ansía la libertad.

Deseamos que el mismo gozo que produce una fruta lo encontréis leyendo nuestros cuentos.

El capitán

Cristina Vázquez

Las almas del peral

Malena Teigeiro

Manzanas verdes

Liliana Delucchi

Acuarelista de sueños

Marieta Alonso

El capitán

Cristina Vázquez

—Magnifico el bodegón —rugió Aurelio.

A María Elvira las visitas de ese gigante con aire de bravucón, barba pelirroja y manos que resultaban finas para haber estado embarcado, le empezaban a incomodar.

Era un antiguo compañero de su marido, pescador de los mares del Norte. Pregonaba que venía a confortar a las semiviudas que dejaba la tripulación del Nemo en la ciudad. Por problemas inexplicables de salud —no daban con ello—, no podía embarcarse. Poner un pie en el barco, y zas, se caía al suelo como una pelota, contaba avergonzado tapándose los ojos de tupidas cejas, también rojizas. Para Aurelio era una amargura saber que su tripulación estaba faenando por imperiosos mares, otra de sus frases, y él en tierra como un muñeco inútil. En ese momento se producía un silencio estudiado y María Elvira lo consolaba.

—Por Dios, ya volverás a la mar —afirmaba animosa—. La salud es lo primero.

Sus visitas se justificaban por traer noticias de los maridos. Una vez a la semana recibía nuevas de ellos y mensajes personales para sus mujeres que les entregaba por escrito y de palabra. Lo único que pedía a cambio a todas las que visitaba, era un poco de fruta o verdura. En ese momento con los ojos cerrados daba un suspiro de ballenato que apiadaba a las mujeres.

—El escorbuto, querida, sigue siendo un espantoso recuerdo —remataba abatido.

Mientras María Elvira leía el mensaje, él, como música de fondo, hablaba de la soledad de los mares, la tristeza de los grises amaneceres, de las furiosas olas y sobre todo, confesaba apenado, la falta de frutas y verdura. Ella se ruborizaba con lo que leía, pues nunca el marido le había dicho esas ternezas ni descrito con tanta poesía intimidades de su cuerpo.

Por eso preparaba esos bodegones con la pretensión de que algo de esa frescura pudiera llegar al lejano esposo que a lo mejor sufría en ese momento la terrible dolencia. Aurelio lo agradecía con auténtica devoción.

Su marido la echaba de menos, María Elvira. La extrañaba mucho, repetía cada vez, y luego, casi siempre lo animaba con un mensaje subido de tono. Al decirlo se mesaba la barba con la desidia de un pachá.

—Sí, así me dijo textual. Perdóname —se retorcía la punta del bigote—, dice que cuenta los días para clavarte en el colchón.

Ese día abrió los brazos como disculpa y se golpeó la panza satisfecho. Otra vez le contó el deseo inapelable del marido por abrazarla desnuda en la pileta o que deseaba que el día de su llegada no se pusiera ropa interior. Tantos meses sin mujer eran muy duros para los muchachos. Siempre se producía un silencio después de estos comentarios. A María Elvira le producían una mezcla de excitación y vergüenza, tanto tiempo sola tampoco era bueno para ella, se dijo sin levantar la cabeza. Luego recordó que no tenía pileta.

Aurelio se deshacía en alabanzas al arte que tenía en preparar esos deliciosos cestos cuajados de frescas bendiciones. Comprendía que su marido estuviera deseando volver. Con esas manos sus caricias debían ser dulce bendito. Antes de marcharse, cogía con agilidad de perista el contenido del cesto, disculpándose por la osadía. Tanta había sido su necesidad de fruta fresca a lo largo de su vida de marino, rezongaba, que nunca se saciaba. Ella era un ángel y se iba entre reverencias y besos al aire.

En cuanto comunicara con la tripulación, le daría noticias de ella y de su bondad, afirmaba con aire marcial. Para esos valerosos hombres era la felicidad saber que sus mujeres estaban atendidas por él y que les esperaban llenas de deseo.

Cuando salía por la puerta habiendo dejado el bodegón vacío, María Elvira miraba el mensaje con una enorme desazón. Qué pena que fuera imposible hablar con ellos cuando estaban en alta mar. Y empezaba a pensar cómo prepararía el bodegón, así lo llamaba Aurelio, para la siguiente semana con la curiosidad de cuál sería el mensaje sabroso del marido.

Una mañana se encontró en el mercado a Rita, otra de las semiviudas que era visitada por el hombretón, comprando en la frutería. Al charlar, comprobaron que el numerito de Aurelio se repetía con todas, casi quince mujeres, con asiduidad semanal. Repetía las mismas terroríficas historias, lamentos del escorbuto y picantes mensajes de los esposos. ¿También lo de la pileta y clavada en el colchón? Eran idiotas o qué, se preguntaron las dos. Por qué aceptaban entregarle esas delicias, solo a cambio de la promesa de que hablaría con sus maridos y darles noticias de ellos. No se confesaron el ambiguo placer de escuchar aquellos lamentos de deseo que nunca habían oído en boca de ellos.

Localizaron a las otras y se pusieron de acuerdo en no darle más fruta ni tiempo de sus días. Parecía que las hubiera hechizado con su charlatanería y aspecto de capitán de película. Algunas miraron hacia abajo sonrojadas, lo que hizo pensar a las otras que a lo mejor le habían entregado algo más que verdura. Cuando se acercaba la vuelta de la tripulación, Aurelio desapareció. Vieron que uno de los locales cercanos al mercado estaba en alquiler. De su vidriera colgaba un pequeño cartel ladeado: Frutas y Verduras Aurelio. Los maridos afirmaron que no conocían a ese hombre y ellas hicieron un pacto de silencio. ¿Quién sería ese que las había timado? Una cierta tristeza pareció embargarlas.

© Cristina Vázquez

Las almas del peral

Malena Teigeiro

En la huerta de la casa de mi abuelo, un hombre fuerte, alto, y con gran dignidad de mando, había un peral. El árbol delgado, pequeño y más bien enclenque, cada año daba cuatro maravillosas y decían que riquísimas peras. Los frutos eran grandes, verdes en principio, y amarillos, casi como el oro, después. Nadie comprendía cómo aquellas ramas que más parecían los retorcidos sarmientos de una vid seca, podían sostener peras de aquel tamaño. Tanto era así, que todos los años tenían que colocar alrededor del árbol unos palos clavados en el suelo para impedir que aquel frágil peral se tronchara.

La simbiosis entre mi abuelo y el peral era tanta, que todos los días leía el periódico sentado debajo del árbol. Era muy curioso ver la imagen de aquel venerable anciano. Allí sentado, las veía crecer igual que si fueran seres de su propia familia. Un día me dijo que aquel peral era el hijo de uno que había en la casa de sus padres, en el bellísimo pueblecito marinero de Ceé. Al parecer había recogido el esqueje, y después de hacerlo crecer en un tiesto, lo había plantado en el jardín. Según me contó, la razón de que el árbol solo diera cuatro peras, era porque cuatro eran las almas de su desaparecida familia. O sea, el de sus padres y sus dos hermanos. ¡Hace tanto que han fallecido! Y sin dejar de mirarlas, un suspiro muy profundo le salía de su pecho.

Cuando ya estaban muy maduras e iban a caerse de las ramas, él no permitía que su último lugar fuera el suelo. No. A modo de copa, ponía sus manos para recogerlas en su caída. Después, con el mimo del que lleva al bebé a la cuna, las dejaba en una bandeja. Día a día, las adoraba. Al comenzar a pudrirse, entonces iba a cementerio para dejarlas en el suelo, delante del panteón familiar.

Un año, y sin que nadie supiera la razón, primero desapareció una, a los pocos días otra, y así hasta las cuatro. Hubo quien habló de que a los espíritus de su familia les aburría aquel trasiego que don José se traía con las peras. Otros dijeron que esos mismos espíritus, recordando el sabor de tan delicioso fruto, venían a llevárselos por las noches. Sin embargo, él no creía ni lo uno ni lo otro. Tenía la certeza de que alguien se las había robado.

En la siguiente primavera, cuando aparecieron las primeras flores, blancas como la nieve y con sus preciosos pistilos muy amarillos, el abuelo reunió a la familia y a todo el personal de la finca al pie del escuchimizado peral.

—Al primero que arranque una pera, lo pongo en la calle —aquella voz resonó en el jardín como un trueno. Al menos a mí, así me lo pareció.

Y después de dejarnos, sobre todo a mis hermanos y a mí, temblando con aquellas once palabras, pidió a don Tomás, su secretario, que le trajeran la butaca de mimbre y el sombrero de paja. Luego, como siempre, se sentó debajo del canijo árbol a leer el periódico. Y como siempre también, las escasas ramas parecían acariciarle el sombrero.

Así fueron pasando los días, en los que mientras las peras iban creciendo con la dignidad de princesas herederas, él continuaba leyendo debajo de las ramas que las sostenían. Y cuando ya al caer la tarde iba a retirarse, una a una, las cogía entre los dedos y parecía acariciarlas.

Una mañana me despertaron los gritos de don Tomás. Más que gritos, eran alaridos de dolor y pena. Desde una silla colocada debajo del árbol, alguien se había comido dos peras. Eso sí, había dejado los carozos colgando de sus rabitos en las ramas.

Se reunió el cónclave familiar y de empleados de la finca. Nosotros, sus nietos, estábamos en primera fila, casi dormidos. Mi hermano, el tercero de los ocho, parecía más despierto que nadie. Y eso era raro en él, quizá el más dormilón de todos. Cuando el abuelo llegó al pie del árbol, que era donde nos habían reunido, mi hermano levantó la mano. Sin esperar a que le dieran permiso, con su entonces voz de pito dijo: Antes de que comiences a hablar, abuelo, debo decirte algo. Todos lo miraban expectantes. Él, con la tranquilidad del justo, continuó. Que se quedara tranquilo. No era cierto que en las peras vivieran las almas de sus antepasados. Se había pasado tres noches escondido cerca del peral. Ni tan siquiera en esa hora crepuscular en la que las almas de los difuntos se retiran a pasar el día en sus tumbas, había visto una. Y eso que él las había llamado por su nombre: Doña Mariana, había gritado colocando la mano a modo de bocina, don Jacinto, continuó. Luego llamó a Luisito y a Pepín, que tampoco aparecieron. La última vez que estuvo de guardián fue anoche. Y nada. Cuando ya hambriento decidió ir a dormir un poco, recordó que él nunca había dicho que estuviera prohibido comerse las peras. Acercó la silla, y poniendo buen cuidado en no arrancarlas, se había tragado dos.

—Por cierto, abuelo. Habría que plantar más perales como ese. Nunca he comido nada tan rico.

© Malena Teigeiro

Manzanas verdes

Liliana Delucchi

Era solo un rumor, si bien todo el mundo sabe lo que eso significa en una isla. Nunca se pudo comprobar, pero los pasos del pobre Fermín eran, como poco, inseguros. La pierna izquierda tropezaba con piedras, ramas y hasta algún sapo, si se le cruzaba en el camino. Su voz grave de bajo que alguna vez cantó en la iglesia durante las festividades, se había transformado en un hilo inconsistente que no le permitía siquiera leer una epístola. De todo me culpaban a mí. Si tuve algo que ver, fue sin intención.

Como hija mayor de familia numerosa tenía que casarme. A mi padre no se le ocurrió nada mejor que prometer mi mano a un vecino que lindaba con nuestras tierras y era buena gente. No voy a negar que lo fuera, pero me aburría a rabiar. Sus temas de conversación pasaban de la mies a la fecha de parición del ganado, sus jornadas de caza o las partiditas de mus en el único bar del pueblo. Intenté enseñarle a jugar al ajedrez, con tan poca suerte como cuando probé con el póker. Cuando nos sentábamos bajo el gran manzano y le leía alguna novela, cambiando la voz en cada personaje para hacérsela más entretenida, a los pocos minutos escuchaba sus ronquidos. Al despertar, Fermín cogía una manzana y, con la boca llena, decía que eran las mejores de la comarca.

Una tarde de verano lo convencí para que comiera las más maduras, unas cuantas.

—Son buenas para la memoria —le tendí la primera— ya que dices carecer de ella…

Tan solo pretendía un poco de indigestión para mantenerlo alejado unos días. Pero el pobrecillo no solo era débil de mente, también de estómago. Al poco rato de consumir una cantidad considerable, se levantó y corrió ladera abajo, tropezó con una rama caída, rodó hasta la playa, se golpeó la cabeza contra una piedra y permaneció en coma dos meses. Las malas lenguas dijeron que yo lo había envenenado. Si bien no hubo pruebas, el cuchicheo se extendió por la isla y me quedé sin novio. Sin ése y sin ningún otro. Por fin era libre.

A la muerte de mis padres heredé la casa; las tierras, ganado, acciones y demás se repartieron entre mis hermanos. Estuve de acuerdo. Este lugar en lo alto de la montaña desde donde puedo ver el mar ha sido y es mi refugio, con música, los personajes de mis relatos, los de mis acuarelas y animales.

Al principio, algunas de las que fueran mis amigas antes del suceso de Fermín, venían a visitarme, traían pasteles y me aconsejaban. Creo que fui borde cuando les solté:

—Con tanto consejo no sé qué hacer, ni cuál elegir… Tengo tantos y no utilizo ninguno…

—Tienes que integrarte —me amonestó Mercedes, uno de los pilares de la comunidad— salir de aquí y confraternizar. En el pueblo hay gente muy válida.

«Gente muy válida» repetí para mis adentros y recordé a la mujer del boticario, sentada en un banco mientras su marido despachaba jarabes. Era algo así como la gaceta, al corriente de todo acontecimiento social, familiar y estado financiero de los miembros de la comunidad. Decidí no ser yo quien le diera material para su chismorreo.

Me ausenté mentalmente de la tertulia en el jardín y de los dulces que mis compañeras devoraban, admirando mi casa, cuyas paredes absorbían el color del atardecer.

Me llevó tiempo, trabajo y dinero restaurarla; pero no solo me entretuvo, hice de ella el hogar de mis sueños, con puertas y ventanas azules, como en las islas griegas; árboles que han crecido y a cuya sombra me deleito con el periódico, un libro o mis pensamientos, aunque no he vuelto al viejo manzano… Por si acaso.

La paz se rompe los domingos, cuando mi familia, sobrinos con mocos incluidos, vienen a visitar a quien consideran la pobre solterona. Es entonces cuando los decibelios suben, los cojines terminan por los suelos y la cocina llena de platos sucios con los restos de la comida que con tanta ilusión les preparé.

Pongo la mesa con el mimo con que lo hago para mí todos los días; me gusta la decoración, no faltan detalles, flores y velas. Sin embargo, a ellos les da igual, obvian cualquier pormenor delicado como si no existiera y, encima, mis cuñadas llenan el aire hilvanando palabras sobre temas tan interesantes como sus hijos o las actividades del servicio doméstico.

Ante semejante panorama de indigencia intelectual decidí tomar riendas en el asunto.

El domingo pasado, aprovechando el buen tiempo, puse la mesa debajo de la parra. La luz se colaba entre sus hojas dibujando bordados en el mantel de hilo; la vajilla de porcelana de la abuela, agradecida de abandonar el aparador, ocupaba su puesto con orgullo, como las copas de cristal y la cubertería de plata. El remate fue un centro de mesa con muchas manzanas verdes.

—Probadlas, queridos —dije a mis sobrinos cuando se acercaron a ver mi bodegón— son de nuestro árbol.

Rauda, la mano de una de mis cuñadas cogió la de su hijo antes de que se acercara a la fruta. Me dirigió una mirada de odio y ordenó a su vástago que subiera al coche. Los demás la siguieron.

Espero haber recuperado la paz.

© Liliana Delucchi

Acuarelista de sueños

Marieta Alonso

Os contaré la historia de mi vida. Soy una mujer sin edad, la tía solterona que cuidó a sus seis sobrinos. Mi rostro según refleja el maldito espejo, está surcado por serpenteantes meandros, de estatura tiro hacia abajo y de tipo, flaca como un güin.

No necesité que me arrumbaran como si fuera un trasto viejo. Con lo que heredé de mis padres me compré una pequeña casa con un gran sótano, cerca de mi familia, pero lo suficientemente lejos para no molestar, ni ser molestada.

Llevo un mes en cama y Guillermo, el pequeño de mis sobrinos que tiene cincuenta años, a pesar de mis protestas, vino a vivir a mi casa. No podía permitir que fuera a pasar en solitario una gripe tan fuerte. Es el único que está pendiente de mí. Aprender a aceptar la indiferencia de los otros no fue fácil, tampoco tan difícil. Yo me distraigo sola.

Se sienta en una mecedora al lado de la cama y me pide que le hable de mi niñez. Le he prometido que, si encuentra un tibor chino escondido por algún lugar, se lo regalo. Y me dejó para ir en su busca, no sin antes alcanzarme un libro que me entretuviera.

Se llevó una sorpresa al abrir la puerta que da acceso a la cueva y descubrir mi secreto. Tanto que oí sus exclamaciones de asombro. Seguro que también abrió esos ojos azules, idénticos a los míos, que parecen dos bolas de billar saltando hacia la tronera. Al encontrarse rodeado de cientos de cuadros, se quedó pasmado ante mi creatividad. Después de contemplar unos cuantos subió a mi cuarto. Jadeaba de emoción.

―¡Cómo has podido guardar ese gran secreto! Tú bien sabes lo que me gusta el arte, y lo que odio la abogacía ―exclamó dándome tal abrazo que casi me quiebra un hueso.

―Pinto para ti. ―Acaricié su mejilla―. Todo tuyo.

―Te haré famosa, mi querida segunda mamá.

Y me besó.

―Como lo hagas… te crujo.

Con su simpatía habitual comenzó a hacer planes, y accedí siempre y cuando, mi nombre no apareciera. Es más, le animé a que si quería ponerlos a la venta los firmara él. Se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación:

―No. Buscaremos un seudónimo ―decidió.

Como por arte de magia la fiebre y la tos se precipitaron por la ventana. Y nos pusimos a trabajar, él catalogando y yo pintando frutas, verduras y flores. He hecho rico a mi sobrino. Los otros cinco están que rabian.

© Marieta Alonso

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El sueño de volar

15 junio, 2021 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos basados en aviones

El sueño de volar

Esta ilusión se vislumbra desde el primer hombre. La visión de los pájaros y el infinito inalcanzable abriría la imaginación de quienes poblaron la tierra hace millones de años. Muchas leyendas y mitos de la antigüedad cuentan historias de vuelos, como el de Ícaro. El genio de Leonardo da Vinci diseñó un avión en el siglo XV. Años de investigaciones y trabajo de tantos otros, han hecho que en la actualidad solo unas horas nos acerquen a lugares, personas y circunstancias, que en otro momento hubiera sido imposible.

Eso que pudo haber sido una quimera y hoy es una realidad, han devuelto al mundo de la fantasía a nuestras cuentistas, que este mes suben a un avión para relatarnos historias como la de un hombre cuya vida transcurre entre las cabinas de esas aeronaves; otro para quien volar no es un sueño, sino una pesadilla; un anciano campesino que cada vez que ve pasar uno lo señala porque allí va su nieto; una joven con billete de ida y vuela a un pasado que la atormentaba.

Allá arriba

Cristina Vázquez

El viajante

Malena Teigeiro

Billete de ida y vuelta

Liliana Delucchi

Batiburrillo

Marieta Alonso

Allá arriba

Cristina Vázquez

Para Lucía T. que le gustan los finales felices

Curro era un hombre viejo. Había sido pastor de cabras y después modesto campesino de un pequeño terreno que entró a formar parte de una finca más grande en una renovación agraria. El nuevo propietario fue mi abuelo que dejó a Curro su cultivo y le contrató para que vigilara la finca y la casa cuando no estuviéramos ahí.

Era un hombre sin edad. Recordaba a un pedazo de cuero de lo curtido que le habían vuelto tantas décadas al sol y al aire. A lo mejor no llegaba a los sesenta cuando entró en nuestras vidas, pero siempre me pareció muy viejo. De pequeña estatura, flaco como una rama seca, desprendía una agilidad de felino. Daba la impresión de que no desperdiciaba ni un gramo de energía en una acción inútil.

Mi abuelo Jerónimo no sería mucho mayor que él, pero a mí me parecía distinto, como si en él se fraguara el tiempo y le viera envejecer, mientras que Curro hubiera alcanzado un fragmento de eternidad que lo volvía inmutable. Al menos tres veces por semana se sentaban los dos a la caída de la tarde en el porche que daba a norte en verano y en invierno en la galería del sur. Con una mesa y una limonada por medio empezaba un diálogo que me resultaba fascinante, aunque no entendiera de lo que hablaban, pues el hombre muchas veces emitía pequeños sonidos de afirmación o gruñidos desaprobatorios sin pronunciar palabra. También inmutable en su vestimenta: El sombrero en la mano que no soltaba nunca, un pantalón de pana marrón y una chaqueta de la que le asomaban tímidamente las manos de larga que le quedaban las mangas.

El contraste era enorme, de hecho, en muchos de mis cuadros he reproducido esta escena que guardé en mi retina infantil como una de las situaciones fascinantes. El abuelo era un hombre de carácter fuerte, al que no le gustaba que le contrariasen. Un hombre importante al que todos le trataban con una mezcla de temor y respeto. Aunque con sus nietos se ablandó, una mirada suya podía dejarte pinchado como una mariposa de la colección que tenía. Pero con Curro algo en él se calmaba y podía pasar el tiempo sin impacientarse ni tener ningún signo de irritación. Siempre afirmaba que aprendía mucho de él. Era un hombre sabio, declaraba con admiración.

La familia estaba pasmada y feliz de que pasara ese tiempo entretenido y relajado. Esas entrevistas no dejaba presenciarlas a nadie, excepto a mí que, al ser un niño silencioso y quizás su nieto preferido, me dejaba pulular alrededor de ellos. Muchas veces me sentaba entre los dos mirándolos alternativamente sin comprender mucho de qué hablaban ni interpretar los ruidos guturales de Curro.

Un verano en la que los destellos morados del atardecer tenían ya el presentimiento del otoño, Curro apareció vestido de negro, como para una boda, afirmó muy serio. Se sentó con parsimonia y señaló el cielo.

—Ahí va mi nieto, don Jerónimo —anunció a mi abuelo con la mano alzada.

—¿A dónde? —inquirió.

Pues de aquí para allá, contestó agarrado al ala del sombrero. Y como si le hubieran dado cuerda empezó a relatar que su chico se estaba haciendo piloto. Se metió en el ejército y ahí estaba para arriba, y la mano trepaba por el espacio, para abajo, y casi tocaba el suelo. El orgullo y la animación con que ese hombre contaba el hacer de su nieto no lo he olvidado nunca.

—Yo nunca me subiré en esos bichos —afirmó Curro rotundo—. Nunca.

Bastante difícil era la vida en la tierra, dio un sorbo a la limonada, como para liarla allá arriba. Y el mareo, y ver las cosas de tan lejos con todo ese aire por debajo. Nunca. Pero el chico, subió los hombros, el chico era un valiente y va volando como vuelan los ángeles. Eso, bajó la voz, eso, don Jerónimo hay que celebrarlo. Por eso hoy me he vestido así. Luego entendí el valor del rito, de dar un sentido sagrado a las cosas.

Mi abuelo le dio la enhorabuena y a partir de ese momento cada vez que un avión cruzaba el cielo, él con absoluta naturalidad y certeza señalaba con el dedo hacia arriba.

—No para de ir y venir —sentenciaba con los ojos cerrados—. Ojalá no esté muy cansado porque son muchos los aviones que conduce.

© Cristina Vázquez

El viajante

Malena Teigeiro

Esa mañana como una de cada siete, Marcial cerró la puerta de casa y se fue al aeropuerto. Después de mostrar el billete, dejó el maletín en la cinta del scaner, y luego de pasar por el arco, la recogió. Caminó durante varios minutos por la T4 y al llegar a su puerta, se sentó a esperar la salida del avión. Cuando la señorita se colocó en la puerta de salida, al lado del mostrador, él, como siempre hacía, le entregó el billete. Después, atravesó el finger hasta entrar en la aeronave. También como siempre, cada siete días, una amable azafata con voz de cinta mecánica, le dio los buenos días, miró su billete y le indicó: Al fondo a la derecha, en la penúltima fila.

Esa era su vida. Eso sucedía cada siete días. Daba igual que se hubiera casado la víspera, que su mujer estuviera a punto de dar a luz, que su hijo se encontrara enfermo... Daba igual.

Sin ningún tipo de expresión, colocó el maletín en el portamaletas que parecía esperarlo con la boca abierta, como si quisiera tragárselo. Acomodado en el sillón, por primera vez, pensó en que ya llevaba veinte años trabajando en aquella empresa como técnico encargado en países extranjeros. Recordó las palabras de su hermano golpeándole la espalda: Claro, cómo no te iban a dar ese trabajo. ¡Si hablas seis idiomas! Al parecer él le daba más importancia a que supiera seis idiomas que al hecho de aprenderlos. ¿No querrías que también te dieran un empleo de ingeniero?, continuó con una sonrisa sarcástica. Pero es que él era casi ingeniero, hubiera querido contestarle, pero no se atrevió a hacerlo.

Por aquel entonces eran malos tiempos para su familia. Su padre había fallecido en un accidente de coche, y su madre sólo sabía llevar la casa. Todo esto le obligó a buscar un trabajo sin haber terminado los estudios. La empresa era buena y grande, le dijo el amigo de la familia que se lo facilitó, y cuando termines la carrera podrás cambiar de puesto.

Y él entró a trabajar contento. Al principio, conocer otros países, gentes de manera de ser diferente, con otras costumbres, otras culturas, le emocionó. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no tenía tiempo para nada. No podía salir con sus compañeros de universidad, los estudios se fueron quedando atrás y su carrera sin terminar. Qué envidia sintió cuando vio a su hermano recoger su diploma de médico. Ahora era su momento, decidió. Su hermano podía ayudar a su madre y él continuar con sus estudios. Pero el país seguía mal y su hermano se fue a trabajar a Inglaterra donde le pagaban muy bien. Te ayudaré, le dijo golpeándole de nuevo la espalda. Pero al principio con los gastos de instalarse no pudo hacerlo, y después se enamoró de una linda enfermera inglesa con la que pudo tener la nacionalidad y optar a puestos mejores. Nunca volvió a hablar de ayudarlo.

Una noche al entrar en casa, su madre lo esperaba en el comedor con la cena preparada. Como siempre, su horrorosa sopa de verduras, la exquisita merluza hervida con mahonesa, y el jugoso flan. Sin embargo, ese día además de ella, sentada a la mesa estaba una joven que al verlo bajó los ojos avergonzada. Conchita, así se llamaba, era maestra. También era muy guapa, algo apocada y preparaba oposiciones para trabajar en un colegio. Te conviene, le susurró su madre. Pronto tendrá un puesto fijo. Es educada, y no está acostumbrada a lujos ni a zascandilear por ahí. Tampoco tendrías que buscar casa, porque si os quedáis a vivir conmigo, yo podría echaros una mano cuando tengáis hijos. Así los dos podréis ir a trabajar tranquilos. Y por lo poco que habló con ella durante la cena, le pareció simpática.

Casi no se conocían cuando, aprovechando unas vacaciones, se casó con ella. Eso sí, tuvo que suspender el viaje de novios y salir al día siguiente para la India. Había que resolver un problema de manera urgente. Su matrimonio transcurría tranquilo, sin problemas ni emociones. Él de viaje y ella estudiando. Al fin Conchita sacó partido a sus soledades y no mucho después, aprobó las oposiciones. El día que juró su cargo, él había tenido que viajar con urgencia a Brasil. Y eso que había avisado que quería quedarse con su mujer. Daba igual. Tuvieron un hijo, luego otro, y más tarde el tercero. Y tal como ella predijo, su madre los cuidaba con esmero y cariño. Cuando llegaron los dos primeros, él se encontraba en Colombia, y con el tercero estuvo de milagro: del paritorio tuvo que salir para Canadá. No muchos años más tarde falleció su madre. De un infarto. Se enteró cuando llegó cuatro días después de haberla enterrado. Conchita, siempre tan servicial, sabiendo de su imposibilidad de llegar a tiempo desde China, no le dijo nada. Tampoco sabía dónde buscarte, le comentó llorando a lágrima viva. A partir de entonces, el papel de su madre lo ocupó la de Conchita, que hacía poco también se había quedado viuda. Era una mujer amable, cariñosa. Él apenas notó la diferencia.

Los ruidos de los motores le hicieron volver a la realidad. Giró la cabeza hacia la ventanilla. Vio pasar los edificios del aeropuerto, después los campos. Percibió que se elevaba, que dejaba el cielo azul y que entraba en la oscuridad de la noche. Ya daba igual, pensó. Apoyó la cabeza en el respaldo e intentó dormir.

© Malena Teigeiro

Billete de ida y vuelta

Liliana Delucchi

Casilda dijo no. La excusa era su temor a los aviones, aunque en realidad el miedo radicaba en otro tipo de vuelo, uno que la iba a llevar a recuerdos escondidos y que no deseaba rescatar. Pero Elías insistió. Tenía una necesidad casi física de recorrer las calles, oler cada rincón y abrazar a todas las personas que formaron parte de su infancia. La ausencia se agrandaba y por momentos se sentía perdido.

Ella reconoció los síntomas, también eran los suyos, si bien años de entrenamiento lograron ocultarlos. Todo cambió esa noche a causa de un sueño. Era como una película: Un hombre, debido a una guerra, había escondido algo que ella no llegaba a distinguir. Lo ocultó en una construcción semejante a una montaña redonda, edificada por tubos con una tapa. Cuando, pasada la contienda quiso recuperarlo, empezó a destapar los caños, comenzando por abajo. No lo encontraba; iba subiendo tubo a tubo, pero sin suerte. Llegó hasta la cima, y nada. Despertó.

Con la respiración entrecortada, se puso las zapatillas y salió sigilosamente del dormitorio en busca de un vaso de agua. Lo bebió de un trago y encendió un cigarrillo. Amparada por la oscuridad apenas rota por la luz de la calle, anduvo por el salón, deteniéndose en las estanterías repletas de recuerdos. Esculturas de lugares lejanos, libros gastados de tanto leerlos, pinturas o porcelanas heredadas… A todas ellas, testigos de su existencia hasta entonces, les preguntaba por el sentido de las imágenes que se repetían en su mente y a las que no encontraba sentido.

En su butaca preferida intentó relajarse. Lentas respiraciones la sumieron en un sopor y luego en un sueño profundo. A la mañana siguiente, Elías la encontró dormida con su gato Luciano sobre el regazo. Los cubrió con una manta y fue a preparar el desayuno.

A pesar del ruido del exprimidor de zumos, el hombre pudo escuchar a su mujer:

—Llamaremos a tu hermana para cuidar a nuestro hijito peludo.

—Mi chica valiente —contestó él con una sonrisa mientras le servía un plato con tostadas—. Los monstruos son más fuertes en nuestra imaginación que en la realidad.

Cuando ella le relató los pormenores de su pesadilla, él, con la misma suavidad con que depositó la taza de café sobre la mesa, dijo:

—Yo me preguntaría qué tienes escondido, tan escondido que no puedes destapar.

—Lo averiguaré. De momento me voy a duchar, vestir y al coche.

Las semanas siguientes, Casilda, convencida de que la actividad es el mejor remedio contra las insidias de la mente, con una vorágine de preparativos dejó en suspenso las negras nubes que habitaban sus pensamientos. Si la vida interior se concentraba en la futura reunión familiar tantos años pospuesta, la externa seguía el curso habitual.

Cuando, en el avión y acomodados en las confortables butacas, Casilda y Elías advirtieron el despegue de la nave, se cogieron de la mano, sonrieron y dijeron a la vez «alea iacta est».

A pesar de la diversidad de alcoholes ofrecidos por la azafata, el Lorazepan y la lectura, la joven era incapaz de conciliar el sueño; si lograba una duermevela, volvía a su memoria la pesadilla de la búsqueda entre los tubos. Lo mejor era ver una película, algo insustancial. Sonrió cuando entre la oferta encontró El Mago de Oz. Recordó haberla visto de niña, cuánto le gustaba la canción y, sobre todo, los mágicos zapatos rojos que le permitían a Dorothy regresar a casa en busca de su perro Totó.

Anunciaron el pronto aterrizaje; al abrocharse el cinturón, Casilda pensó en sus hermanos. Si el mayor habría encontrado un cerebro, el segundo un corazón y el menor, coraje, como el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león.

Mientras empujaba el carro con su equipaje pudo ver a los tres detrás de la puerta acristalada; una de sus cuñadas llevaba un bebé en brazos, una niña cuya existencia desconocía. Apretó la boca y rogó que sus piernas se mantuvieran firmes. Si esos primeros abrazos fueron sentidos o fingidos, nunca lo sabría.

El trayecto hasta el que fuera el hogar de sus padres lo hizo sumida en las tonalidades ocres de un otoño incipiente, respirando olores olvidados y con la garganta seca. Por la ventanilla del coche se sucedían aceras, terrazas de cafés, niños a su regreso de la escuela. Todo con la semblanza de un pasado que podía tocar con solo estirar el brazo y sin embargo le era esquivo.

Al doblar una calle reconoció la casa, solo la fachada. El salón había cambiado, los sillones de cretona estampada de su madre se reemplazaron por otros de cuero blanco, los muebles tradicionales por minimalistas. A través de las ventanas pudo reconocer los árboles del jardín de su niñez. Más altos, tan frondosos que impedían ver la tapia, sus ramas maduras y fuertes le dieron seguridad. Enderezó la espalda y contuvo un suspiro antes de coger en brazos a su nueva sobrina.

Fue Cristóbal, su hermano del medio, quien, después de los aperitivos le tendió un sobre. Un sobre grande, con manchas de tiempo y humedad.

—Lo dejaste en tu habitación —dijo con dulzura en los ojos.

Fotos de infancia, su título universitario y hasta el original de una historia escrita durante su adolescencia. Entonces pensó si el cerebro, corazón y coraje que echaba en falta en sus hermanos no le faltarían realmente a ella… Y abrazó a los tres.

—Tal vez no era necesario destapar un tubo, sino abrir un sobre —susurró Elías.

A la mente de la mujer regresaron las palabras de Glinda, el hada del norte, «Si no puedes encontrar el deseo de tu corazón en tu propio patio, entonces nunca lo perdiste realmente».

© Liliana Delucchi

Batiburrillo

Marieta Alonso

Nací con el don de lenguas. Mi madre era francesa, mi padre español, un abuelo inglés, una abuela alemana, otro abuelo ruso, otra abuela griega. A eso habría que sumar dos bisabuelas italianas, dos judías, dos bisabuelos suecos, dos nigerianos. No quise entretenerme con los tatarabuelos ya que muchos rumores indicaban que habían sido piratas, vikingos o bárbaros.

El caso es que siendo un bebé ya surcaba los cielos en aviones, avionetas, helicópteros…, visitando a la familia. Y confieso que siento terror a las alturas. En lo único que quizás podría sentirme cómodo es en los globos, pero no he tenido el coraje de comprobarlo.

Además, por mi trabajo viajo constantemente. El último vuelo fue demencial. Con tantas turbulencias pensé que eran mis últimas horas de vida. Me tapé la cabeza con esa manta que te ofrecen los aviones que no llega a cubrirte por completo y le pedí a Jesús, en arameo, para que no perdiera tiempo en traducir, que tuviera misericordia de mí, que la muerte fuera instantánea, que no la viera venir, que no sufriera. Os lo ruego.

Un ruido de espanto tronó en mis oídos. Noté que unas manos toqueteaban mi tersa barriga, no eran insinuantes, no te hagas ilusiones, me dije; pretendían quitarme el cinturón de seguridad. Me destapé el rostro y una preciosa mujer me incitaba a salir rápido de allí, teníamos la suerte de estar al lado de la salida de emergencia. No tuvo necesidad de repetírmelo. Abrió la puerta. Allí estaban los equipos de rescate. Venían con un colchón y nos gritaban que nos tirásemos sobre él. Ella me empujó y los dos caímos uno encima del otro. Nunca me había visto en esa deliciosa postura, pero duró poco. Nos animaban a ponernos en pie a toda prisa. Detrás venían cayendo otros pasajeros.

Fue mi día de suerte. No morí. ¡Ni siquiera un rasguño! Solo me dejé atrapar por esa valiente mujer que me salvó la vida, a la que nunca más he vuelto a ver, y sin embargo, sigue presente en mis sueños.

© Marieta Alonso

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Margaritas

15 abril, 2021 por Akelarre 3 comentarios

margaritas

Margarita Cimarrón o Erigeron Karvinstianus

Esta humilde planta de la que os daremos información ha sido la disculpa que ha servido este mes de abril para que nuestras escritoras dejen correr su imaginación: Un marido jugador, una niña atemorizada, una joven sometida a la perversa vigilancia de unas tutoras y un ramo de novia mágico.

Su nombre genérico Erigeron, deriva de las palabras griegas eri que significa temprano y geron, hombre viejo, por lo que significa anciano en primavera.

Es una especie trepadora o amacollada que pertenece a la familia Asteraceae. Resulta muy útil como tapizante informal y en climas suaves florece todo el año.

Las pequeñas flores de dos centímetros y medio de ancho, son blancas al abrirse para luego adoptar diversos tonos rosados y rojo burdeos. Crece hasta treinta y ocho centímetros y puede ser bastante invasiva. Sus tallos son laxos y sus estrechas hojas velludas.

Originaria de México y América Central, se utiliza en infusiones para combatir la disentería y el dolor corporal.

La maceta

Cristina Vázquez

El collar de Chiquitita

Malena Teigeiro

Desconcierto

Liliana Delucchi

La magia en cada rincón

Marieta Alonso

La maceta

Cristina Vázquez

A Elena I. para celebrar con ella el mes de abril

Adela se quedó sorprendida de que aún florecieran esas humildes margaritas cuyo auténtico nombre no conseguía recordar. Los rosales que había plantado ¿treinta y cinco, cuarenta años atrás?, se habían secado la mayoría y los que sobrevivieron adquirían un carácter salvaje, casi amenazador.

Se sentó en el escalón del porche y contempló lo que quedaba de ese jardín, dando la espalda a la casa que encontró, cómo diría, pretenciosa, de mal gusto, descuidada. Todo cabía para calificar lo que habían hecho con ella. Recordaba el mimo con el que había cuidado cada detalle cuando la decoró.

Ella tuvo la voluntad de construir allí un refugio, un lugar de encuentro familiar. Ernesto, su marido, se negó. Era un hombre que negaba mucho, negaba todo por principio, casi como un tic para luego, si salía bien lo propuesto, hacer suya la idea. Al comienzo de su matrimonio Adela se desesperaba, pero luego comprendió que para Ernesto era una manera de sobrevivir, casi de afirmar su existencia.

—Querido ¿a qué me estás diciendo no? —le preguntó una mañana hacía también treinta y muchos o cuarenta y pocos años.

Cuando vio la cara de sorpresa que puso ante su pregunta, comprendió que el “No” suyo no implicaba negación, era una simple respuesta, quizás una manera de oír su voz. Porque Ernesto era poca cosa de aspecto. No era alto, sin llegar a bajito, enjuto de carnes, de ojos soñadores y voz de barítono, bellísima, sorprendente en ese físico que tiraba a enclenque. Y como espíritu, quitando su amor a la poesía y su habilidad en el juego de cartas, tampoco sobresalía gran cosa. Aunque su carácter bondadoso, apacible y romántico hacía muy llevadero el yugo matrimonial. La casita de marras la hizo suya mostrando a quien quisiera verlo la belleza del jardín, las margaritas que había plantado, los rosales trepadores encargados a Inglaterra, las piezas de cerámica antigua…

Sin embargo, Ernesto tenía un pero. Inevitable se decía Adela, todos los hombres tienen uno. El suyo era el peligro de su habilidad con las cartas. Se lo jugaba todo. Esa casa la pudieron comprar después de una buena racha.

Una mañana del mes de abril apareció un señor muy correcto, vestido con traje negro, seguido dos alguaciles en cortejo fúnebre, que le comunicó en un tono procesal.

—Señora, lo siento —bajó la cara y Adela se fijó en lo estrecha que era su frente—. Esta casa está desahuciada.

—No puedes ser. Es un error —clamó ella sosteniéndose en el dintel de la puerta—. Voy a llamar a mi marido.

El hombre de negro, correcto, con una lúgubre a la vez que tierna firmeza, le aseguró que era inútil. Su marido, señora, se halla en busca y captura por deudas de juego. Adela notó un leve apoyo en el codo antes de derrumbarse. Era la mano del hombrecillo que la sostenía, acostumbrado como debía de estar a que las mujeres se le desmoronaran con estas nefastas noticias de las que era portador.

Y así fue. De un golpe sin casa ni marido. Pasaron los años y aquel lugar, enseguida en otras manos, se había transformado en un hotelito de fin de semana para parejas románticas. Gracias a su trabajo como profesora de idiomas que le permitió montar una academia de lenguas, más una escueta herencia que recibió, tuvo el dinero para recomprarla.

Cada año, por su cumpleaños, recibía una planta de margaritas. Siempre con un poema de amor, siempre sin firma. Los primeros años oía lejana la voz de Ernesto recitando la poesía, pero poco a poco la fue olvidando, como fue olvidando su cara, su menguada estatura y sus noes. Al principio de su ausencia cada vez que oía no o alguien le negaba algo, se removía en ella un fuego como una pequeña mordedura de rabia entre la tráquea y el esternón. Pero también olvidó la negación como algo irritante.

En ese momento, sentada en el escalón contemplando lo que había sido el proyecto que se esfumó en una mañana del mes de abril, pensó que en el fondo había sido una mujer afortunada. Luchó por recuperar esa casa y lo había conseguido. Aunque le dolió la desaparición de Ernesto, a la larga se había librado de vivir con un jugador. Pudo ser libre y tener sus amores más o menos largos.

Era la primera visita que realizaba para ver en qué estado se encontraba la casa y acordar el precio. Los dueños, prudentes, al ver la emoción de Adela la habían dejado sola. De repente vio con espanto que una maceta con las inevitables margaritas resaltaba en el alfeizar de una ventana. Un frío le recorrió el espinazo. Preguntó a los dueños quién podía haberla dejado ahí. Ellos negaron con sinceridad que no tenían idea y para sorpresa de ellos les dijo.

—Lo siento, pero no voy a comprar la casa —una mezcla de determinación y prisa envolvía sus palabras.

Ya en el coche intentó recuperar la serenidad a la vez que se alejaba a toda velocidad. Al llegar a la ciudad se fue directa a una agencia de viajes que estaba debajo de su academia y pidió al dueño, del que era buena amiga, que le preparara la más lujosa vuelta al mundo.

La que se largaba ahora era ella.

© Cristina Vázquez

El collar de Chiquitita

Malena Teigeiro

Se dio cuenta de que al esconderse entre los rosales de su tía María Antonia, las espinas le pinchaban los brazos. Y como tenía que seguir haciéndolo, buscó otro sitio. Un gran macizo de hortensias rosas y azules se extendía al fondo del jardín, justo al lado de la muralla que lo guardaba. Corrió y se metió entre ellas. Aquellas flores eran tan tupidas y tan altas que allí no la encontraría nadie. De pronto, el mal olor que expelían las flores le hizo pensar que tenía que buscar otro escondite. Con cuidado para no romperlas ni estropearlas, se alejó de las hortensias. A su tía aquellas flores le gustaban tanto que las colocaba por toda la casa en cualquier jarrón. A ella le parecían más bonitas las rosas, además su perfume era variado, a veces un poco fuerte, eso sí, pero elegante. Se parecía mucho al de su madre, recordó inhalando con fuerza el aire con la pretensión de encontrar aquel delicioso aroma. Echó un vistazo y percibió que los macizos de las dalias estaban demasiado cerca de la casa y era fácil que la encontraran. Decidió acercarse a la verja. Era posible que fuera de aquellas tapias encontrara un buen lugar. Al llegar abrió la cancela y, como siempre, el hierro cantó un desagradable chirrido. Salió y cerró despacio.

Detrás del camino estaban los campos de hierba en donde pastaban las vacas. Además de darle miedo aquellos bichos tan grandes, el suelo era liso como una sábana y no vio ninguna planta alta en la que esconderse. Un poco más allá de los prados, justo en donde comenzaba el monte, divisó un lugar tan lleno de flores que desde lejos parecía que hubieran pintado el campo de blanco y violeta.

Unas veces a la pata coja, otras dando saltos, pasó por delante de las vacas poniendo buen cuidado de no acercarse demasiado. Tumbadas en el suelo, la miraban aburridas moviendo la mandíbula de un lado a otro, una y otra vez. A lo mejor no les gustaba la hierba, pensó. Lo cierto era que a ella tampoco.

Cuando llegó al campo de flores vio que sus tallos eran bajitos, apenas un poco más alto que la hierba que tenían alrededor. Sintió que el cansancio le impedía seguir y se tumbó encima de la alfombra de margaritas. Olían bien. Quizá un poco amargo, se dijo arrugando la nariz. Por otra parte, como su vestido era blanco, quizá la confundieran con ellas. Comenzó a cortar flores hasta hacer un ramillete. Cuando creyó tener bastantes, las dejó a un lado y se sentó. Recogió de nuevo el ramillete y lo colocó sobre la falda. Susurraba la canción que le cantaba su tía María Antonia mientras, una a una, las iba ensartando hasta hacer una especie de cuerda larga, muy larga, que se enrolló al cuello.

Era casi de noche cuando comenzó a sentir frío. Adornada con el collar de margaritas corrió por el prado. Se sorprendió al no ver las vacas. Quizá era más tarde de lo que creía. Entró en el jardín. Pasó por delante de los macizos de rosas y hortensias hasta llegar a la casa. En la puerta, mirando de un lado a otro, la tía María Antonia la buscaba. Con una sonrisa que le recordó a un sollozo, la agarró por la cintura y la alzó. ¿Dónde había estado toda la tarde, Chiquitita? Ella se colgó del cuello de la mujer. ¿De quién quería esconderse? La niña le cogió la cara con las manos. Ya no se acordaba, mintió a sabiendas de que al día siguiente volvería a esconderse. A ella no la guardarían en una caja los señores de negro, decidió arrancándose el collar de margaritas.

© Malena Teigeiro

Desconcierto

Liliana Delucchi

Cuando llegó, quedó asombrada ante esa construcción con pretensiones. Alguna vez habría sido una casa solariega, pero en ese momento estaba un poco venida abajo. No importa, se dijo Margarita, con el dinero que me han dejado mis padres podremos restaurarla. Las propietarias eran unas mellizas solteronas, primas lejanas de su madre, que a partir de ese momento se convertían en sus tutoras hasta los veintiún años.

Casi no había visto a esas mujeres altas, flacas y arrugadas que a la joven le recordaban troncos a punto de secarse; sus narices ganchudas caían sobre un rictus con ansias de sonrisa de bienvenida. Es probable que en alguna ocasión les hicieran una visita. Sin embargo, por mucho que buscara, la memoria de Margarita no podía recordar a esos personajes junto al árbol de navidad ni sentadas a la mesa del que fuera su hogar. ¿Quién sabe por qué mamá las eligió? ¿No había nadie más?

Las obras comenzaron en cuanto llegó el dinero y lo que más entusiasmó a la heredera fue el diseño del jardín. Siempre había vivido rodeada de flores y las mellizas tuvieron a bien dejarle elegir un jardinero y entretenerse con los parterres.

Si Margarita hubiese sabido el significado de la palabra condescendencia, es probable que la hubiera visto en las miradas de sus tías, pero su orfandad se extendía a cualquier conocimiento fuera de los límites de su casa, manifestándose en un exiguo vocabulario carente de matices.

El vergel alrededor de esa nueva residencia la animaba a largos paseos. Se detenía siempre en los canteros con las flores que llevaban su nombre. Allí se sentaba en un banco a contemplar la tarde con ese aire de lejana inocencia que da la estupidez.

Todo cambió durante un almuerzo. Sus tutoras habían invitado a comer a una joven pariente que la deslumbró. Catalina no solo era hermosa, su voz tenía el ritmo del aleteo de los ángeles. Cuando quería acentuar alguna parte de su discurso, parpadeaba como si en vez de pestañas tuviese abanicos. A partir de esa comida, Margarita solo tuvo un sueño: Ser como ella. Sin embargo, cuando quiso organizar otro encuentro con Catalina, uno de los cuervos le respondió que no era buena idea, ya que no solo era bastante ajena a la familia, sino que no hacía más que mirarse el ombligo.

Frustrada y conteniendo las lágrimas, la joven se retiró a su cuarto y se negó a cenar. A pesar de sus lloriqueos, no consiguió que las madrastras de Blancanieves cambiaran de actitud y reanudó sus paseos por el parque.

El sol empezaba a esconderse detrás de los cipreses cuando una de las tías salió en su busca. La hora de cenar estaba cerca y la joven no aparecía por ningún sitio. La encontró sentada en el banco junto a las margaritas. Con las piernas abiertas, el vestido de algodón floreado subido hasta debajo del corpiño, la joven miraba su vientre y… ¡Se lo tocaba!

El cuervo número uno llamó al número dos y no solo aparecieron ellas sino que llevaron consigo a la caballería, la servidumbre en pleno.

El desconcierto embargó a Margarita cuando la encerraron en su habitación y días más tarde la subieron a un coche para depositarla, junto con su equipaje, en un convento.

Las monjas eran amables y ella, de momento, solo tenía que cumplir con los rezos y ocuparse del jardín. Su vida tampoco había cambiado tanto…

Las mellizas no iban a verla, así que el día que le dijeron que tenía una visita, se sorprendió al ver a Catalina.

—¡Dios mío, querida! ¿Por qué te han traído aquí? —Preguntó una atribulada Catalina cogiendo las manos de Margarita.

—No te preocupes, estoy bien —contestó la joven emocionada—, las hermanas son muy buenas y todas las noches, cuando me encierran en mi celda puedo hacer lo que tú sin que nadie me regañe.

Catalina enarcó las cejas sin lograr comprender, interrogándola sobre a qué se refería. Dejó caer su bolso cuando escuchó la respuesta:

—Mirarme el ombligo.

© Liliana Delucchi

La magia en cada rincón

Marieta Alonso

La prima Gisel sentía pasión por las flores. A sus veintitrés años, yendo del brazo de su padre hacia el altar, la felicidad le brotaba por los ojos y enseñaba a sus amigas el precioso buqué de margaritas que le habían regalado. Ya habían dicho el sí quiero, y ¡de pronto! se oyeron gritos y detonaciones.

Sintió que su desconcertado marido la tiraba al suelo y se le echaba encima para protegerla. Fue la única superviviente de aquella masacre. Cuando todo se volvió silencio, y antes de que llegara la policía, desanduvo el pasillo con el vestido blanco manchado de sangre, abrazada al ramo de novia.

Llegó a la solitaria casa de su niñez, puso el ramillete en un búcaro de cerámica achaparrado, partió una pastilla de aspirina por la mitad y echándola en el agua, se sentó a esperar no sabía qué.

Los años fueron pasando uno detrás de otro hasta diez y cada mañana al despertar sonreía a sus margaritas, asombro de todos por seguir tan frescas y lozanas. Les daba los buenos días, las salpicaba con agua y comenzaba la rutina.

Hasta que una mañana, al entrar por la puerta del instituto donde impartía clases, tropezó con un hombre de aire despistado, un nuevo profesor. Poco a poco la fue camelando con flores, agasajándola con chocolate, otra de sus debilidades, y así fue calando en su corazón.

La boda se celebró en la intimidad y tras el banquete regresaron al hogar. A pesar de la quietud había algo extraño en el ambiente. Se dirigió al dormitorio. Las margaritas habían huido y solo un pétalo esperaba sobre la mesa, que al verla voló hacia ella. Se le posó en los labios y desapareció.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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