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Oktoberfest

15 octubre, 2023 por Akelarre 1 comentario

Relatos inspirados en la fiesta de la cerveza alemana. Oktoberfest

La fiesta de la cerveza

Su origen se remonta al 12 de octubre de 1810, día en el que se celebró la boda entre Luis I de Baviera y Teresa de Sajonia-Hildburghausen. Tras el enlace hubo cinco días de celebraciones en las que, aunque se podía disfrutar de muchas actividades, se prohibió el consumo de cerveza. Los ciudadanos repitieron la fiesta, pero no fue hasta la octava edición cuando se introdujo la bebida.

En la actualidad, unos siete millones de personas visitan cada año el Oktoberfest en Múnich, consumiendo hasta siete millones de litros de cerveza. Y en la comida no pueden faltar salchichas y codillos.

Por nuestra parte, quisimos unirnos a la celebración con relatos que pudieron haber tenido lugar allí…, o no.

Romántica confusión

Cristina Vázquez

Los recuerdos de Belinda

Malena Teigeiro

Una lengua difícil

Liliana Delucchi

Países hermanos

Marieta Alonso

Romántica confusión

Cristina Vázquez

Llevaba meses sumida en una desagradable apatía, casi tristeza, después del inesperado abandono de Gerardo. Fue muy feo, muy poco señor, como dijo mi madre. “Mejor que haya sido ahora que si no, hija, días de gloria te hubiera dado el sinvergonzón ese”. Yo la miraba tratando de convencerme del futuro horrendo que me esperaba si, por fin, hubiera oído la marcha nupcial agarrada del brazo del sinvergüenza ese. Ponía cara de convencida mientras recordaba su risa, las caricias apasionadas y los proyectos que compartimos.

Para consolarme, mis padres nos invitaron a mi amiga Margarita y a mí a un crucero por el Mediterráneo. Nos subimos a ese paquebote lujosísimo, llenas de excitación y ganas de divertirnos. Bajo la premisa de que las penas con pan son menos, que nosotras redujimos a las penas con alcohol son menos, nos bebimos con disciplina y alegría parte de la bodega. Estaba todo incluido, nos decíamos en una justificación engañosa.

En el barco viajaban unos alemanes estupendos, un par de vikingazos, para entendernos. En el que yo me fijé era alto, rubio, fuerte y con ese cierto aire militar en sus gestos que a mí me arrebató desde el primer momento. Su español era mediocre, artificioso, pero suficiente para entendernos y ganar el concurso de baile que organizó el crucero justo en la mitad del viaje. Era sorprendente la agilidad de Wilhem Frederick, que así se llamaba, aunque algo mecánico dirigía sus pasos. Había hecho un curso de baile en Múnich, su ciudad natal, y agradecía sobremanera, me confesó con dulzura en la noche de nuestro triunfo, el aprovechamiento de sus clases.

—Así como el curso de español que me permite decirte lindezas a la luz de la luna —remató su romántico discurso.

Margarita trataba de bajar un poco mi entusiasmo. Ella me aclaraba que estos germanotes estaban muy bien para pasar el rato, pero que no le encontraba a Willy, ya le llamábamos así, mucho salero y aguantarle esos parlamentos supuestamente románticos, resultaba un poco ridículo. Que me fijara en las manos, insistía mi amiga, las tenía un poco bastas.

—Ya se te está poniendo cara de besugo enamorado. Calma —me recriminaba cada poco.

Me daba igual, después del abandono de Gerardo, volver a sentir unas manos masculinas, un poco callosas, pero fuertes y amables, me llenó de esperanza en el género humano. Willy me contó las maravillas de la Oktoberfest, el momento más glorioso, precioso y animoso de su bella ciudad, y me miraba expectante para que yo reconociera su sabiduría y amplio vocabulario en español.

—Muy bien, muy bien —aplaudía yo, después de chocar nuestras copas llenas de cerveza.

Él era un cervecero tradicional que amaba su país y su fiesta. Me dio un largo discurso sobre la elaboración y cómo lo hacían en su fábrica. Fue muy detallado en todos los pasos, las diferencias de maduración y tipo de lúpulos que utilizaban.

—Mi fábrica, la mejor del mundo —sus ojos refulgían de orgullo.

Convencí a Margarita de que además de guapo era dueño de una fábrica y amaba lo que hacía. ¿No era ejemplar? Un propietario con ese interés por su producto. Yo empezaba a utilizar términos precisos: alcohol por volumen, bock, enfriador de mosto…

Antes de que terminara el crucero quedamos que iría a la fiesta, él se ocuparía de mí. Y así fue. Fui a Múnich y me situé donde me indicó para verle desfilar. Y le vi, aunque me costó reconocerlo con el traje típico y el sombrerito ayudando a los caballos que arrastraban el carro lleno de barriles. Sentí que mi entusiasmo se resquebrajaba un poco, era difícil encajar al guapo vikingo del lujoso crucero con este personaje insignificante en el desfile.

Cuando después nos reunimos con sus amigos, a los que encontré ruidosos y un tanto vulgares, me dije que no tenía criterio para valorarlos y que era una estirada. Y aunque amablemente se dirigieron a mí en inglés, al cabo del rato y de varias cervezas terminaron hablando alemán. Hicieron un brindis especial por España y la novia española que había conocido en el crucero que le regaló la empresa por ser el mejor empleado.

¿Empleado? ¿Pero no era el dueño?

© Cristina Vázquez

Los recuerdos de Belinda

Malena Teigeiro

Acalorada, se sentó en uno de los sillones de la terraza. Llevaba en la mano un par de botellas de cerveza. Con un pequeño tirón de la anilla, Belinda arrancó la tapa y bebió el botellín casi de un trago. Suspirando miró por encima de los pinos. El bosque estaba tranquilo y ella, después de lo bebido, también. Abrió la segunda botella. Le dio un pequeño sorbo y pensó que si la viera su madre beber así se enfadaría con ella. Cogió un vaso y muy despacio, la vertió. De nuevo en su asiento, miró el líquido al trasluz. ¿Por qué le gustaba tanto aquella bebida amarga? A lo mejor era porque aquella amargura cubría otras más intensas. Humedeció los labios en la espuma. Era suave, fría. Se pasó la lengua intentando saborearla otro poquito. Era como un beso. La imagen de Marcos le llenaba la mente y con el corazón encogido bebió con ansia unos sorbos. Ya un poco mareada, recordó su timidez ante el abrazo de Marcos, y como se desembarazó de él. ¡Qué tonta era entonces! Aunque Marcos no lo percibiera, mientras corría por el bosque escapándose, por el rabillo del ojo lo miraba. De pie, con los brazos colgando a los lados del cuerpo y la boca entreabierta, el joven la miraba correr sin llamarla. ¿Por qué no lo hizo?

Al ir a beber otro trago, percibió que la cerveza estaba caliente, sin espuma. Tiró lo que le quedaba sobre un macizo de margaritas y volvió a la cocina a coger otro botellín bien frío. También recogió otro vaso. Así se podría hacer a la idea de que alguien la había acompañado sentado en otro de los silloncitos.

Ya de nuevo acomodada delante de la inmensidad del valle, sintió calor. Se desabotonó el cuello de la blusa y se pasó la mano por la garganta, por el escote, como si fuera una caricia. Sus dedos se convirtieron en las manos de Marcos. A su madre Marcos no le gustaba, bueno ni él ni nadie. Porque desde que se había quedado viuda solo pensaba en retenerla a su lado. Pero ellos se amaban. Volvió a sentir el amargor de la cerveza. Recordó la tarde que él le pasó el brazo por el hombro y le hizo apoyar la cabeza sobre su pecho. Al rozar con los labios su piel sintió el mismo sabor amargo que ahora. Marcos le besó el cabello. Luego, le acercó una jarra, inmensa, de barro gris, que bebió con gusto y lo hizo por el mismo sitio que él había bebido.

Vio unos pájaros volando a lo lejos. Envidió sus alas anchas, grandes, que les daban una libertad que Belinda nunca tuvo. Sería bonito ser un ave y poder volar entre las nubes. Bebió otro trago.

Mirando hacia la lejanía recordó lo bonitas que eran las fiestas de la cerveza. Sobre todo la del Oktoberfest que se celebraba en la plaza del castillo. ¡Qué alegría! ¡Qué risas, cuántos cantos! Y luego, la vuelta a casa atravesando el bosque, ese mismo bosque que ahora estaba a sus pies. Menos mal que su madre nunca se enteró de que su hija y sus amigas cruzaban entre los árboles tan solo iluminadas por la luz de la luna. Aquellos troncos oscuros, casi negros, en los que las chicas se apoyaban y ellos las abrazaban. Recordó a... ¿Cómo se llamaba? Daba igual decidió bebiendo otro poco. Ésa siempre se internaba entre los árboles hasta que nadie la podía ver. Cierto era que tuvo que casarse de prisa y corriendo. Aunque la boda fue muy divertida y bonita, eso hasta su madre tuvo que reconocerlo.

¡Hacía tantos años ya de aquello!, meditó mientras ya sin ansia, tomaba otro trago. ¡Qué rica! Qué más daba que su madre hubiera conocido que ella cruzaba por aquel bosque. ¿O nunca lo hizo? Ahora lo recordaba bien. Nunca cruzó por el bosque y tampoco dejó que la besara Marcos ni ningún otro hombre.

Su madre siempre se sintió orgullosa de su Belinda. Aunque quizá no tanto de su soltería.

© Malena Teigeiro

Una lengua difícil

Liliana Delucchi

Nunca tuve problemas para aprender idiomas, pero el alemán…, no podía con él. Mi padre se empeñaba en que lo estudiara, «Alemania es la dueña de Europa en la actualidad, olvídate del inglés. Tienes que asimilar su lengua y lograr hablarlo como una nativa». Pero a mí, tantas consonantes seguidas se me atravesaban, me costaba hilvanar una palabra y más aún tejer una frase.

De nada sirvieron los emolumentos que mi familia gastó en las clases de Fräulein Katharina, ni los años en el Goethe-Institut. Seguía sin dar pié con bola. Pero yo sabía que papá no iba a cejar en su empeño.

Es un hombre hecho a sí mismo, para quien el trabajo, la voluntad y, sobre todo la disciplina, son la base para triunfar en la vida. Se le había metido entre ceja y ceja que yo fuera una economista internacional consolidada y para ello tenía que terminar esa carrera y hablar varios idiomas a la perfección.

¿He dicho que mi pasión era la historia del arte? Pues sí. Lo era, pero de nada me sirvió porque quien iba a pagar mis estudios había decidido un camino en otra dirección.

Así fue como terminé en Múnich en un curso intensivo. La belleza de la ciudad y lo agradable de su gente, tiró abajo mis prejuicios. En mi mente, influida por Hollywood, los alemanes en general iban vestidos con uniformes de Hugo Boss, marchando con el paso de la oca y la mano levantada. Nada más lejos de la realidad, eran tanto o más guapos que los de las películas y llevaban prendas tan desenfadadas como las mías.

El curso comenzó en septiembre. Me hice amiga de Francesca, una italiana del norte con tantas ganas de aprender el idioma como yo. Cuando terminábamos las clases íbamos a callejear por la ciudad. Así fue como nos enteramos de la proximidad de la Oktoberfest y, aunque la cerveza no es nuestra bebida preferida, decidimos hacer una excepción y aproximarnos al evento.

El primero en acercarse fue Otto. En España lo llamaríamos un macizo: alto, rubio y con un físico de gimnasio que quitaba el hipo. Le ofreció una jarra de cerveza a Francesca. Debió suponerla alemana ya que, como es de Trieste, tiene el pelo color del oro, imagino debido a algún ancestro austríaco. Cuando mi amiga le respondió en italiano, pude ver al teutón casi desmayarse de placer. Entonces, levantó la mano para llamar a sus amigos, a quienes nos presentó como Franz, Fritz, y Gerd. Uno más guapo que el otro.

Quizás fueran las clases de la Fräulein Katharina o los eternos años en el Goethe, pero de pronto, ante esos representantes de la raza germana, yo estaba hablando alemán. No sabía a cuál elegir, creo que me decanté por Franz por ser quien besaba mejor.

Amanecía cuando regresamos a casa. El trayecto me pareció interminable. Quizás no había tantas curvas, pero el efecto de las cervezas me hizo caminar en zigzag hasta la puerta.

A la mañana siguiente, creo que era domingo, el teléfono sonó sobre las diez. Miré entre sueños la pantalla del móvil. Era mi padre.

—No sé nada de ti desde hace días, hija. ¿Qué haces?

Aparté la cabeza de Franz (¿o era Fritz?) que descansaba entre mis pechos, antes de contestar:

—Lo que tú me aconsejaste, papi, aprender alemán.

© Liliana Delucchi

Países hermanos

Marieta Alonso

Mi marido, como buen alemán, es un forofo del «Oktoberfest», y todos los años abandonamos nuestra cálida Málaga para adentrarnos en esa fiesta tan popular en Múnich. Lo conocí en un viaje de placer con mis amigas, aún recuerdo la emoción al comprobar que entre todas me había elegido a mí. Éramos jóvenes y cuando nuestras miradas se cruzaron sentimos algo que todavía perdura.

Él sostenía una jarra de cerveza entre sus manos y esa imagen es la que sigo viendo al cabo de treinta años. Creo que no pasará de este verano que pongamos en el salón un barril de tan sabrosa bebida. Lleva tiempo intentando convencerme de lo práctico que puede resultar ese adorno.

Es tal su orgullo alemán que le sienta fatal que sean los checos los que más la consuman, y los chinos quienes más la produzcan. Me cuenta una y otra vez, lleno de entusiasmo, que un historiador alemán, Aventinus, escribió que la leyenda de Gambrinus está basada en un rey germánico a quien los dioses habrían enseñado a elaborar cerveza.

—No hagas caso a otras versiones, confía en mí. Alemania es única.

Yo asiento, es bueno mantener la paz del hogar, pero para mis adentros pienso que como Andalucía no hay nada. Y eso que Theresienwiese, ese prado donde se celebra el Festival está muy céntrico y muy cerca de la Estación Central. Además, reconozco que las chicas vistiendo el atuendo típico de Baviera están muy favorecidas, aunque claro al lado del traje de faralaes no tienen nada que hacer.

Los alemanes son muy suyos, hasta el punto que la cerveza de este Festival tiene que ser fabricada dentro de los límites de la ciudad de Múnich.

Menos mal que mi hombre no le hace ascos a nuestro vinito dulce, ni a esa copa de jerez fino o manzanilla mezclado con limonada, sí…, hablo del «Rebujito», ese que se cuela y nos hace revivir sin darnos cuenta.

Durante el primer año de casados llegamos a un acuerdo: todo lo de España y todo lo de Alemania es bueno. Sin comparaciones. Y gracias a ese convenio disfruto a mares del codillo, de las salchichas, del chucrut con tocino y cebollas picantes, del Steckerlfisch plato donde se ensartan en unas finas cañas diferentes tipos de pescados que me recuerdan a los espetos de mi querida Málaga. Mi adorado alemán, en la Feria de Málaga se pone morado de boquerones fritos, berenjenas con miel, ajoblanco, espetos de sardinas…, y antes de que se le ocurra decir nada le miro, sonríe y comenta socarrón:

¡Qué ricos son los Steckerlfisch de sardina!

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Vuelta al cole

15 septiembre, 2023 por Akelarre 1 comentario

Historias de la vuelta al cole

Vuelta al cole en septiembre

La escuela está presente desde las primeras civilizaciones, donde los adultos enseñaban a los jóvenes a desempeñarse en actividades que fomentaran el desarrollo de la comunidad. Pero fue en la antigua Grecia donde surgió la palabra «scholé», que evolucionó a «escuela». Y fueron los siete sabios griegos, quienes, con su sabiduría moral y práctica, marcaron una etapa en la que la civilización progresó moral y políticamente.

Este mes de septiembre, en que la mayoría de los niños inician el curso, queremos homenajear a esos lugares en los que hemos pasado parte de nuestra niñez y adolescencia y donde se han dado historias que marcaron la vida de muchos para siempre. Recuerdos dulces y amargos, encuentros y desencuentros, pero sin duda, el inicio de un camino hacia el conocimiento y la amistad.

La foto

Cristina Vázquez

El estudiante

Malena Teigeiro

Sin lágrimas

Liliana Delucchi

Seré breve

Marieta Alonso

La foto

Cristina Vázquez

La foto presidía la repisa de la chimenea. Un par de floreros a cada lado le daban un aspecto de humilde altarcito. Nines había vuelto a residir al cortijo de sus padres en Extremadura. Seguir viviendo en Barcelona, sin haberse quitado nunca el pelo de la dehesa o de charnega de feo acento, la había hartado.

Recogió el modesto piso que compró con sus ahorros y lo poco que aportó José, su marido. Pidió el despido en la fábrica de montaje en la que había conseguido ser jefa de equipo y tener a casi treinta mujeres bajo su mando y decidió volver a sus orígenes. Habilitó parte del cortijo para vivir allí con José y el resto lo hizo hotel rural. Su marido al principio protestó un poco por el cambio. A él la dehesa…, que sí, Nines, que era una belleza, pero él no tenía tanta vida espiritual para vivir en el campo y la tele no se veía bien y la pifi —siempre bromeaba al pronunciar wifi—, era más inestable que el mar. A lo que se negó fue a tener piara de cochinos. Que vendiera la montonera y le dieran unos buenos jamones a cambio.

 El hotel empezó a funcionar poco a poco y Nines volvió a trabajar sin descanso. Se ocupaba de que todo estuviera cuidado y José con su labia recibía a la gente y cuadraba las cuentas. Poco a poco se acostumbró a esta vida, es más, le encantaba.

—Vivo como un marqués —se ufanaba—. Y además hay una clientela muy interesante. ¡Si hasta vienen extranjeros a ver pájaros!

Estos comentarios los hacía en el bar del cercano pueblo donde todos conocían a la Nines desde pequeña. Y ponderaban lo lista que era, lo lista y lo valiente, porque sin haber ido al colegio, emigró desde jovencita y se hizo un porvenir.

Una tarde apareció un cliente de una edad aproximada a la de Nines. A ella le pareció el colmo de la elegancia y finura. Hablaba con un acento que a ella le resultó exótico y le recordó a un jefe inglés que tuvieron en la fábrica durante unos años. Era un señor muy educado que la distinguió no solo en el trabajo, aumentándole la responsabilidad y el sueldo, sino también un poco en su corazón, le confesó una tarde poco después de cerrar la fábrica. Era la mujer más atractiva e inteligente que había conocido. Nines se derritió cuando se lo confesó con ese acento tan suave, pero enseguida comprendió que con aquel hombre no había porvenir y en cambio sí mucho peligro.

Así que ahora al escuchar a este nuevo cliente, algo en ella que permanecía dormido, más que dormido acorchado, se despertó con la emoción del recuerdo juvenil. ¡Ay Peter! Ella siempre le agradeció a José que la salvara, eso se decía, del inglés aquel. Él era un buen hombre, sin duda, y bien plantado, aunque un tanto cabeza hueca y su conversación la aburría. Pero es que ella era muy exigente, ya se lo decía su madre. El tal Peter también lo fue cuando ella le dijo que o se casaban o no se volvían a ver. Cómo pretendía casarse con él, si ni siquiera había ido a la escuela, le espetó con crueldad. Nunca olvidaría su cara de desprecio y la desolación que sintió. Tardó en comprender el mérito que había tenido estudiando por las noches y sacando, ya mayor, sus cursos para no ser una burra.

El señor que fue al hotel hablando con ese acento y que a Nines la descuadró, estuvo tres días y se despidió cortésmente. Al ir a recoger el cuarto vio que en la mesilla de noche tenía una foto olvidada. Se quedó mirándola un largo rato. Era una foto preciosa de unos niños que salían de la escuela con sus mochilas a la espalda. Se podían intuir sus sonrisas, aunque no se les viera la cara. Guardó con cuidado la foto y la miraba todos los días, hasta que decidió ponerla en el sitio principal y destacarla con los jarroncitos.

—Yo soy la tercera de la derecha —repetía a quien se admirara de la foto—. Para mí es un recuerdo inolvidable de cuando fui al colegio.

© Cristina Vázquez

El estudiante

Malena Teigeiro

Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.

Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.

Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.

Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.

Y así fueron pasando los años.

Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.

Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.

Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.

Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.

Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.

Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.

Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.

© Malena Teigeiro

Sin lágrimas

Liliana Delucchi

Las mañanas de septiembre aún conservan la luz del verano, la calidez de esos días a veces interminables de julio y agosto.  Alma y yo caminamos hacia su colegio bajo la sombra de los árboles.  Ella, aunque ansiosa por llegar, intenta mantener el ritmo de mis pasos de anciano. Hoy es su primer día de clase, está ilusionada y deseosa de volver a ver a sus amigos. La acompaño por primera vez; mi hija me lo pidió, dado que tiene una reunión de trabajo a estas horas. Soy feliz, también mi nieta está muy contenta y lo demuestra con algunas cabriolas que la sueltan de mi mano.

Cuando llegamos a la puerta del edificio, veo una nube de niños con sus uniformes, maletas y balones. ¿Les dejarán llevar pelotas de fútbol? En mis tiempos no estaban autorizadas. De pronto, una imagen se superpone a la de esos escolares. Es una foto en blanco y negro en el fondo de mi memoria: un grupo de chavales de espalda, con sus mochilas y gorras, camino del campo de concentración que suponía para mí la escuela.

—Hagas lo que hagas, ni se te ocurra llorar —dijo mi madre, de cuya mano me cogía como si fuera una tabla de salvación—, es de débiles y de personas sin modales.

Estábamos los dos de pie a la puerta de nuestra casa esperando el bus escolar. El muy cretino llegó a su hora y en cuanto abrió la puerta, mamá, con un suave empujón, me dirigió a las fauces de ese monstruo que me trasladaría a un mundo desconocido.

Apenas pude responder con un susurro cuando el conductor me  preguntó mi nombre. Una palabra más hubiera descubierto mi congoja. Las primeras lágrimas que contuve en mi vida.

El resto fue silencio. Un silencio cortado por llantos de otros niños, las palabras de consuelo de la celadora a nuestro cuidado y el ruido del motor. A través de la ventanilla podía ver hileras de niños que se dirigían a ese lugar al que nunca hubiese deseado ir. Yo estaba muy bien en casa, con mis padres, mi abuela y la niñera, ¿qué necesidad de sacarme de ese lugar tan cálido y confortable? Fue entonces cuando vi al grupo de niños de espaldas, esa foto en blanco y negro que hoy regresa desde el fondo de mi memoria.

Cuando descendimos del bus me quedé quieto, incapaz de dar un paso hacia el edificio blanco y enorme en el cual estaba destinado a  pasar muchos años de mi vida. Seguía conteniendo las lágrimas, inmóvil debajo de un castaño. Alcé los ojos al cielo nublado. Llora tú que puedes, le dije al firmamento encapotado sin abrir la boca. Pero a él también le habrían dado las mismas instrucciones, porque no llovió. Fue entonces cuando sentí una mano en la mía. Pertenecía a un chico de mi edad, con el mismo uniforme y la misma gorra calada hasta las cejas.

—¿Vamos? Soy Alejandro.

No recuerdo si respondí con mi nombre, sólo que le di la mano y juntos entramos en el colegio. Desde ese día fuimos inseparables. Toda una vida compartiendo alegrías y sinsabores hasta que hace un par de años una horrible enfermedad se lo llevó para siempre.

Alma me deja, corre hacia el patio donde están sus compañeros. Cuando logro alcanzarla abraza a un niño de su misma edad. Le pregunto su nombre.

—Alejandro.

Esta vez no hay lágrimas que contener y el sol brilla en el cielo.

© Liliana Delucchi

Seré breve

Marieta Alonso

El más feliz de mis días estaba por llegar. Comenzaba el instituto. Irrumpí en el aula conversando con mis amigas de siempre. El pupitre a fuerza de rayas parecía que tenía dibujos geométricos.

Apareció el maestro, el que nos iba a dar clases de Literatura. Fue como si el cielo se desplomara. Sentí un escalofrío y me vino a la mente esa escritora mejicana, sí la tal Ángeles Mastretta, la que escribió Mujeres de ojos grandes, porque nada más verle me enamoré como siempre se enamoran las mujeres inteligentes: como una idiota.

Había tal belleza en su voz que supe que a mi vida había llegado la primavera a pesar de ser septiembre. Aquellas manos anunciaban caricias, aquellos ojos eran buganvilias asomando en los jardines, aquella boca tenía que saber al alioli que hacía mi madre.

Se lo comenté a mi primera mejor amiga, estábamos juntas desde párvulos y era muy espabilada. Me aconsejó que lo mirase como si estuviera afligida, que la elegancia de la tristeza era insuperable para comenzar una enriquecedora conversación.

Con aquel profesor no me dio resultado, pero con el chico que entró detrás, pidiendo permiso para entregarle la mochila a su hermana, mi amiga, que se la había dejado olvidada en el pasillo, fue espectacular. Tanto que, al pasar los años, me casé con él. Y después de dos hijos y tres nietos, aún hoy, cuando dejo caer esa mirada, él sonríe…, y juntos sentimos las olas rompiendo en aquel espigón donde compartimos nuestro primer beso.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Mercados

15 agosto, 2023 por Akelarre Deja un comentario

Un mercado como excusa para nuestros cuentos

Mercados de abasto

Los romanos llamaban al comercio «mercatus», vocablo derivado del verbo «mercari» (comprar), registrado en castellano con su forma actual desde la primera mitad del siglo XIII. El origen más remoto que se ha podido rastrear de este vocablo latino es la raíz «merk» empleada por los etruscos para formar palabras relativas a la compra venta. Se relaciona con Mercurio, dios del comercio.

 Hoy en día el mercado cumple dos funciones, la primordial sigue siendo el abastecimiento de alimentos y productos, pero la segunda, que tiene cada vez más peso, es la de ser un punto de encuentro para los ciudadanos, un núcleo en el barrio o población lleno de movimiento.

Este espacio ha sido elegido como el lugar en el cual desarrollamos historias que van desde el primer trabajo de un niño, a la confusión de una esposa, la planificación de un cambio de vida o la disyuntiva de una joven ante su pasado y el presente.

El olor

Cristina Vázquez

Cebolla frita

Malena Teigeiro

La nota

Liliana Delucchi

El arte de no robar

Marieta Alonso

El olor

Cristina Vázquez

El olor había sido lo que la decidió. Aunque cuando Eulalia miraba el despliegue de pescado y marisco en el mercado, muy pocas veces y siempre con mascarilla, sonreía satisfecha.

Su padre fue un pescador curtido en mares lejanos. Cuando ella era pequeña su vuelta era festejada con emoción y sincera alegría. Recordaba el momento de su entrada en la casa. Avisaban de la central del puerto que el Lalina estaba fondeando. Entonces, la madre los arreglaba a ella y a su hermano y se ponía un traje estampado, aunque fuera invierno. Después de tanto tiempo en el mar, al menos que cuando entrara en su casa viera alegría y color, afirmaba animosa.

Se sentaban alrededor de la mesa a esperar. Oían su silbido a lo lejos y se ponían nerviosos.

—¿Ya, mamá? —preguntaban los hermanos.

—Aún no, que él también recele un poco y crea que no estamos —sonreía—, así disfrutará más al veros.

Ahora, les decía cuando ya se oían los pasos por el pequeño jardín y su voz llamándoles: Mujer, Lalina, Juanito, nombres que volvía a repetir hasta llegar a la puerta. En ese momento daba tres golpes seguidos. Los chicos se escondían y al abrir, la madre decía con aire compungido que los niños no estaban en casa. Entonces empezaba la ruidosa búsqueda del padre hasta que los encontraba. Su abrazo era fuerte, querido, pero Eulalia no podía evitar que el olor a pescado que desprendía, le repugnara. Se juró que ella nunca olería así.

Y cumplió su juramento. Se fue a estudiar a la ciudad, pese al enfrentamiento que le supuso con la madre. Eran tiempos en los que la obligación de la mujer era estar en casa, encontrar un marido conveniente y, si acaso, echar una mano en la pescadería donde se vendía el pescado que traían en el Lalina. Por cierto, Manolo, el apuesto y amable hijo de los dueños, le miraba con ojos embelesados de futura novia.

—Pareces boba —le recriminaba la madre—, si fueras algún día a ayudar… El chico te mira con arrobo.

—Pero huele a pescado —era su inevitable contestación.

Menudos remangos de señoritinga le salen a la muchacha, se quejaba con el padre. Y a estudiar, se quería ir a estudiar a la ciudad y sola. El desconsuelo de la madre no se calmaba, aunque el padre aceptara que se fuera. El barco iba a ser para el hermano, concluía, y la chica tenía derecho a tener otra vida.

Eulalia se marchó una tarde de septiembre con una exigua maleta, la decisión y el temor a partes iguales en sus ojos y la esperanza instalada en su cabeza.

 Al cabo de unos años sacó una licenciatura en económicas y sus vueltas al pueblo la hacían sentirse cada vez más lejana y extraña con su familia y amigos. Los ojos recriminatorios de la madre se veían compensados por la mirada de orgullo del padre.

—Tienes que aprovechar el conocimiento para mejorar y salir de esta vida tan dura.

Si alguna duda se le cruzaba por la cabeza, volvía al mercado a recordar el olor que le repugnaba y comprender que no había jabón suficiente para quitar su rastro de las manos ni del cuerpo.

© Cristina Vázquez

Cebolla frita

Malena Teigeiro

Un poquito de sal, unas gotas de limón, una cucharada de cebolla bien frita, y otra de vino blanco, recitaba Lidia en voz alta. Y, ahora, espolvorearlas bien con pan rallado, aunque sin pasarse.

—Así es como te gustan, ¿verdad? —gritó mientras introducía la bandeja en el horno.

—¿Que me gusta el qué? —escuchó la voz de Juan que, como si fueran burbujas, flotaba en el ambiente.

Las zamburiñas era el marisco que más apreciaba su Juan. ¿A su Juan? Lidia se limpió los ojos con la puntita del delantal. Sus lágrimas no eran por culpa de la cebolla, eran porque la imagen de Manolita, la dueña del puesto 53 —el de ellos era el 54— del mercado de mariscos, le había venido a la mente.

Manolita lo heredó de su madre, doña Manuela, muerta en un accidente de coche hacía poco. Y desde que la hija lo ocupaba, su Juan no era el mismo. Ni se reía con ella ni jugaban en la cama. Ahora le descubría canas, alguna arruga alrededor de los ojos, y sobre todo le molestaban los niños. Manolita era joven, tenía el pecho prieto y tan alto que sus primeras curvas siempre estaban fuera del escote. Reía con fuerza y, como hacían todos, anunciaba sus mariscos a voz en grito, pero los de ella eran alegres, casquivanos. Tan así era, que desde que Manolita estaba al frente del puesto de su madre, las ventas en el de Juan habían bajado. Y desde que se colocó el delantal con las tiras bordadas bien tiesas, Juan enloqueció por ella. De eso Lidia estaba bien segura.

Sin embargo, desde ayer Juan estaba más hosco que de costumbre. Hasta se había enfadado con los niños durante el desayuno. Y en vez de ir con los amigos a tomar el apetitivo y jugar una partidita, se había quedado en casa tumbado en el sofá. Ni tan siquiera veía el fútbol. Lidia llamó a su madre para que se llevara los niños. Algo iba a pasar y no quería que los críos estuvieran delante.

Desde que su madre cerró la puerta, ella daba vueltas por la casa sin saber qué hacer. Y fue entonces cuando se le ocurrió cocer unos camarones y cocinar las zamburiñas. Era lo que más le podía gustar a Juan. A las dos y media, todo estaba como tenía que estar: la mesa con el mantel bordado, un búcaro azul con margaritas en el centro y una botella de Alvariño refrescándose en la nevera.

Ya sentados a la mesa, Lidia, asustada, percibía la intensa calma con que Juan pelaba los camarones. Después lo vio mojar pan en una zamburiña. De pronto levantó la cabeza. La miró despacio.

—Estás muy guapa esta mañana —susurró.

La capoteaba para darle la puntilla, pensó Lidia mientras lo veía coger el vaso de vino y bebérselo de un trago. ¿La iba a dejar y encima se burlaba de ella? O sea que, además de aguantarle los cuernos que seguro le estaba poniendo con Manolita, cocinaba lo que más le podía gustar, cuidaba a sus hijos, lo amaba desde que era una niña, ¿tenía que escuchar sus falsos piropos? No estaba guapa y lo sabía. ¡Cómo podía estarlo con los ojos rojos de tanto llorar, la delgadez escurriéndosele por las caderas, y ese pelo que nunca sabía qué hacer con él! Por ahí ya no estaba dispuesta a pasar. Se removió en el asiento. Bebió del mismo modo su vino y aclarándose la garganta lo miró de frente.

—¿Te ocurre algo Juan? —preguntó.

—Lidia, tenemos un problema —masculló sin dejar de comer las zamburiñas.

—¿Tenemos o tienes un problema? —inquirió con retintín.

Él levantando la cabeza, la miró sorprendido. Creía que todo lo de la casa les afectaba a los dos, pero si ahora las cosas ya no eran así... Continuó mojando el pan en la zamburiña. Lidia se sintió inquieta. Lo quería tanto que hasta le dio lástima. Pero, ¿era tonta o qué?, se dijo.

—Manolita...

Lidia se levantó de la silla. Que no siguiera, por favor, que no siguiera, se dijo. No estaba dispuesta a escuchar lo que le iba a decir. Cerró los ojos, lo vio saliendo de la casa con la maleta en la mano y comenzó a llorar. ¿Es que no le daban pena sus hijos? ¿Es que no sentía nada por ella después de tantos años de estar juntos?, le espetó. Juan la miraba con los ojos redondos y la boca abierta.

—Escucha Lidia, Manolita se casa con uno de Lérida, por lo que deja el puesto. Como nos está agradecida por lo que la ayudamos manteniéndolo los días que su madre estuvo en el hospital, nos lo ha ofrecido a nosotros. Si ando preocupado es porque es mucho dinero y tendríamos que pedir un préstamo al banco, y ya me conoces, a mí eso de endeudarnos no me va. Ella dice que está dispuesta a alquilárnoslo hasta que se lo podamos pagar. ¿A ti qué te parece que debemos hacer?

—Juan, no seas tan raro. Nos apretaremos un poco el cinturón, y si algún mes va peor, tiramos de los ahorros. Pide el préstamo, como hace cualquiera, y dale las gracias. Y eso sí, no me vuelvas a ocultar ninguna cosa. No sabes lo preocupada que estaba pensando que tenías un problema de salud. ¡Vaya!, que ya me veía viuda —Lidia se secó una lagrimita con a punta de la servilleta—. ¿Y sabes una cosa? —con sus cálidos ojos lo miró satisfecha—. Me alegro de que Manolita se case. Que contenta estaría su madre. Ojalá tenga mucha suerte. A mí siempre me pareció una buena chica. Y quedarse huérfana tan joven... Pero ahora, comamos, que las zamburiñas se están quedando frías. Y eso sí, en cuanto termine voy a llamar a mi madre —Lidia chupó la cabeza de camarón con deleite—. La pobre anda en un sin vivir con lo de tu posible enfermedad.

© Malena Teigeiro

La nota

Liliana Delucchi

La temperatura era cálida para esas horas de la mañana. Sin duda, el sol apretaría según transcurriera la jornada, pero de momento, la suave brisa del mar pegaba el vestido floreado a sus piernas. Eloísa disfrutó con el contacto del algodón contra su piel; caminaba despacio, gozando de ese momento de soledad amenizado por las voces de los pescadores, el vuelo de las gaviotas y el roce de los lánguidos pliegues de la ropa. Se detuvo a contemplar el horizonte, respirar a pleno pulmón el aire marino, disfrutar de ese retiro de un mundo que se le estaba haciendo pesado. Por un momento, frente al paisaje que aparecía ante sus ojos, dudó sobre sus planes. No eran fáciles de consumar, pero la situación la había llevado al límite de sus fuerzas y recurrió a las pocas que le quedaban para desarrollarlo…, al menos en su mente.

Siguió camino del mercado. Un golpe de aire le arrebató el sombrero que un afable caballero le devolvió con una sonrisa. ¡Qué bella sonrisa! ¡Cuánto hacía que nadie le ofrecía una! Hasta llegó a pensar que no las merecía… No es cierto, no tengo que ser desagradecida, Augusta me ofrece una cada vez que me acerco a su puesto. El suyo era uno de los primeros de la lonja, con marisco siempre fresco, delantal impoluto y su eterna amabilidad.

—¿Qué, te has decidido? —preguntó la pescadera con un mohín cómplice.

—¿Te refieres a las zamburiñas o a las nécoras? Llevaré ambas…, y de todo lo demás también —contestó guiñando un ojo—. Será una comida de celebración.

—Ni que lo digas… ¿Ya ha llegado?

—Anoche, con una maleta para dos meses junto con toda su verborrea.

—Para lo que le va a durar—. Sentenció Augusta mientras cerraba la bolsa que contenía el marisco—. El frasquito que me dio la anciana está en el fondo —agregó pasándole el paquete con todo el pedido—. ¡Y buena suerte!

Eloísa desanduvo el camino hasta su casa todavía en silencio, ni su marido ni la hermana de éste se habían levantado. Metió la compra en la nevera y se puso a hacer café. Con una taza caliente y algunas galletas sobre la bandeja, se dirigió al patio, a respirar el aroma de las gardenias que tan bien se le daban. Acarició las flores con la mirada, como despidiéndose de ellas, de ellas y de todas las demás que había cultivado desde hacía años.

La voz de su cuñada la sacó de la ensoñación. Bien, se dijo, manos a la obra. Tras ofrecer un desayuno a su invitada y después de un largo rato de asentir con la cabeza a la catarata de palabras que salían de la boca de esa mujer insufrible, se escabulló con la excusa de preparar el almuerzo. Pedro, su marido, también se había levantado y unido a su querida hermana.

Desde la cocina, Eloísa escuchaba voces solapándose unas a otras, como si todo el tiempo del mundo fuera insuficiente para lo que se tenían que contar. Incontinencia verbal, pensó, padecen de incontinencia verbal. «Quizás los libros de medicina deberían incluir la nueva dolencia que acabo de descubrir», murmuró para sí, mientras preparaba la comida que los hermanos le habían pedido.

Cuando la mesa estuvo terminada: mantel de hilo blanco, adornado con los colores de los mariscos y un jarrón con gardenias, se acercó para decirles que todo estaba listo.

Frotándose las manos, como si hubieran pasado una hambruna, y sin una palabra de agradecimiento o de elogio se sentaron en el comedor, fresco a pesar de la hora. Como dos náufragos que llegan a una isla después de meses sin probar bocado, engulleron las maravillas que había comprado en el puesto de Augusta.

Eloísa no se unió a la comilona, los contemplaba a través de la ventana y cuando vio que, una a una, sus cabezas caían inertes sobre los platos, cogió la maleta que tenía preparada desde el día anterior, y escribió una nota que dejó clavada en la puerta de entrada.

«Señores policías, no prueben el marisco.»

© Liliana Delucchi

El arte de no robar

Marieta Alonso

Aquel año puse el primer cero a mi edad y para ayudar en casa comencé a trabajar en el mercado del barrio. Mi madre era pariente lejana de uno que regentaba el puesto de hortalizas y verduras y le pidió que me hiciera un hombre de bien. Eran tiempos difíciles. Allí se vendía de todo: lechugas, tomates, pepinos… Y yo con hambre a todas horas.

Se me hacía la boca agua con lo que fuera, me daba igual que los tomates fueron rojos, verdes, pequeños o grandes. Aquel lugar olía a abundancia, era el reino de los olores y mis tripas sonaban como si no le hubiera echado nada en veinticuatro horas. Así era.

Mi amigo Pedro estaba empeñado en enseñarme a robar, pero yo me resistía. Mi madre, que para algunas cosas parecía bruja, nos amenazó con que si alguno de sus hijos se apropiaba de lo ajeno le ponía la cabeza del revés. Y ella era capaz de hacerlo.

La primera vez que me dieron una propina me acerqué al pariente y le pregunté qué podía comprar con los céntimos que tenía en la palma de la mano. En ese mismo instante se oyó un gran ruido en mis entrañas. No hizo ningún comentario. Me pidió que cuidara el puesto. Se fue enfrente por una barra de pan, se acercó al que lindaba con el nuestro y compró cien gramos de mortadela. A su regreso, de la chaqueta sacó una navaja, partió por la mitad el pan, cortó en rodajas un tomate, el más rojo, el más bonito de todos, repartió el embutido a todo lo largo y me dijo: desde hoy, a esta hora, tendrás tu almuerzo. Te lo has ganado por honrado.

Fue la mejor lección de mi vida. Hasta Pedro aprendió de ella, pues como se acercaba a que yo le diera un cacho de mi bocadillo, el pescadero le preguntó si servía para hacer recados y muy chulo le contestó:

—Soy capaz de todo.

—Pues aprende de tu amigo y no robes.

El de la pescadería debía ser tan brujo como mi madre.

© Marieta Alonso

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Puertos marinos

15 julio, 2023 por Akelarre Deja un comentario

Puerto marino que inspira nuestras historias

Puertos marineros

Los datos iniciales en torno a la aparición de los puertos datan del periodo comprendido entre los siglos X y V a.C., cuando los fenicios, egipcios y griegos construyeron los primeros refugios en enclaves naturales que aportaban protección ante la meteorología adversa. Pero eso fue solo el inicio. En la actualidad, además de aquellos destinados al comercio, existen los navales, pesqueros o deportivos.

Estos lugares de tránsito siguen siendo el punto de partida en la búsqueda de aventuras y diversión que se extienden a lo largo y ancho de los continentes, e implican el comienzo o el final de sueños y desventuras. En uno de ellos quisimos situar este mes historias que describen cómo un borrachín y un juerguista descubren juntos el sentido de la vida; una mujer que regresa al pueblo del que tuvo que huir; un intruso que pretende formar parte de una familia consolidada o una joven que encuentra la paz en la pintura de esos territorios mágicos.

La vuelta

Cristina Vázquez

Las redes

Malena Teigeiro

El intruso

Liliana Delucchi

Ikigai, palabra japonesa

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Todas las tardes del mes de julio, la oronda mujer se sentaba a la mesa que tenía reservada.

—¿Lo de siempre?, doña Antonia —se afanaba cortés el camarero, conocedor de las buenas propinas que solía dejar.

—Hoy voy a tomar champán —subió la mirada ribeteada de verde—. Es una fecha especial.

Con los ojos cerrados, suspiró con teatralidad e hizo un ligero movimiento de despido al camarero con su enjoyada mano. Enjoyada y regordeta como era toda ella. Tenía el pelo teñido de rojo, sujeto en un alborotado moño, las manos de uñas largas también rojas como los labios que fruncía con desdén o mimo, según la circunstancia.

Al dar las ocho de la tarde la mujer aparecía en el local y se sentaba en la terraza a mirar el puerto. Exigía que le reservaran la misma mesa y ahí se quedaba un buen rato en una contemplación silenciosa.

Había llegado a ese pueblo el verano anterior y se comentó la exorbitante suma pagada por la mejor casa del promontorio. Esta formaba parte del conjunto histórico que se había mantenido casi intacto y que desde el bar Las Olas, donde iba cada tarde, se apreciaba perfectamente.

Llegaba en un Mercedes color guinda, el chófer le abría la puerta y avanzaba hacia su mesa despertando a su alrededor un aura de riqueza y poderío subrayado por las muchas joyas y el traje diferente que lucía cada tarde. El aire de diva en retirada obligaba a todo el mundo a fijarse en ella, aunque fuera una mujer rechoncha, enfajada y con un aire de vulgaridad inapelable. También cierto aire de misterio que elevaba las murmuraciones sobre quién sería esa dama, bueno, esa mujer matizaba Carmelita, la del guardarropa. Las buenas propinas pulían y a la vez exaltaban los comentarios y la curiosidad sobre su persona.

Al hablar tenía un ligero ceceo. Si se tomaba la tercera copa entonces la voz se hacía más aguda y pronunciaba las erres de manera gutural, como si fuera francesa. Ella había vivido en todo el mundo, tout le monde, concedía soñadora, y los ojos verdosos se le iluminaban con un destello de dudosa alegría.

Los camareros y el público se quedaron sorprendidos cuando Manen, el anciano mendigo que rondaba por los locales a lo largo del malecón, se sentó a la mesa de doña Antonia con su aquiescencia. Cuando el camarero fue a echarle, la señora dijo que le trajeran a Manen lo que quisiera. La severidad de su mirada obligó a detener cualquier posible protesta. Charlaban amistosamente y al acabar la comida, se levantaron a la vez y vieron cómo el mendigo se subía al asiento junto al chófer.

—Esa mujer está loca —advirtió el jefe—. Que no se le ocurra volver a sentar a ese tipejo en mi bar.

Al día siguiente, a la hora de siempre, volvió a aparecer doña Antonia acompañada por un hombre menudo que desprendía una elegancia innata, pese a que le quedaran largas las mangas de la chaqueta y su andar fuera un poco encorvado. Después de atenderles, el camarero volvió a la cocina con cara de estupor.

—¡No os lo vais a creer! El que está sentado con la doña es el Manen vestido de señorito.

Se iban turnando para llevar las copas que pedían y alguna croquetita o algo de picar, exigió Manen con desparpajo. Se fueron juntos en el coche igual que la tarde anterior y repitieron esta ceremonia hasta que terminó el mes de julio. Doña Antonia se despidió con una espléndida propina y la orden de que a don Manen se le sirviera lo que él quisiera.

—A final de mes pasará mi chófer —señaló vagamente hacia el coche—, a pagar la cuenta.

Cada tarde, Manen aparecía bien vestido, y se pasaba un buen rato tomando su aperitivo y a veces hasta la cena. Uno de los días, antes de que el local se cerrara por fin de temporada, se acercaron para que Manen les aclarara quienes eran, en verdad, él y la señora. El hombre se resistió un poco, pero al final confesó que antes era un chico rico y señaló una casa al otro lado del puerto.

—Esa era mi casa —apreció con nostalgia—. Ahora es de Antonia y bien ganada la tiene.

Él la ayudó a marcharse en un barco carguero, hacía mucho tiempo de eso, hizo un gesto con la mano como si alejara algo. A la pobre chica, miró a su alrededor, la violaron. Luego supo que su padre fue uno de ellos y nunca le perdonó que le ayudara escapar.

 El silencio a su alrededor era total. Nadie se movía. La ausencia de clientes y el devenir de la noche iba creando un ambiente de confidencia. Trabajó sin descanso, era una buena cocinera, siguió, y tuvo uno de los restaurantes más famosos de Francia. Había ganado mucho dinero, se frotó los dedos. Ahora que estaba viuda y que ya nadie se acordaría de ella, volvió al pueblo y compró la casa de su familia.

—Mientras esté fuera voy a vivir en ella y cuidarla —una sonrisa dulcificó sus facciones—. Es una buena mujer que no olvida.

© Cristina Vázquez

Las redes

Malena Teigeiro

Pintaba puertos, playas o acantilados. Pero, sobre todo, puertos. El color del mar, los inmensos cielos que lo cubrían, la hacían volar sobre él. Le daba lo mismo colorear el verde oscuro de las playas del norte de Francia, el azul grisáceo de las islas del Pacífico, o el turquesa de las playas caribeñas. Incluso pintaba algunos puertos teñidos de rojo con lava del volcán.

Muy pocos comprendían su atracción por los puertos, que olían a aceite, a sal, y a pescado, en donde podías sentarte a charlar con los que remendaban las redes o a tomar un vaso de vino.

A veces acompañaba a Antonio, un patrón amigo de su padre que solo salía al mar en busca de la cena. Si pescaba poco, la invitaba a su casa de encima de la playa, y si habían tenido suerte, le daba los peces para que ella los vendiera. Salían al atardecer. A ella una de las cosas que más le placía era sentir el frío de la arena en los pies desnudos cuando caminaba hacia la barca. Siempre le pareció que estaba igual de fría que su padre cuando se lo trajeron muerto.

Una mañana, Antonio también apareció muerto en su cama. Algún día tenía que ser, escuchó a uno de por allí. Después de aquel comentario, Paco se le acercó. Si quería, él podía llevarla también en su barca. Ella no contestó.

Días después del entierro, Paco se acercó a su casa. Venga mujer, le dijo, que no era bueno que estuviera encerrada. Vente conmigo que voy a echar las redes esta noche. Ese día no fue, pero, al otro, cuando volvió a pedirle lo mismo, pensó que tenía razón, no era bueno estar tan sola. Además, nada le gustaba tanto como estar en el mar. Y fue con él.

Salieron varias noches hasta que una de ellas, mientras esperaban a que se llenaran las redes él, sentado en la borda, la animó a beber un trago de aguardiente. Ella apenas mojó los labios mientras el otro se bebía media botella. Le vio los ojos rojos, los labios violetas y una risa tonta. Ven, ven. Acércate, le decía balanceándose con el ritmo de la mar. Ella se acercó y de un empujón lo tiró al agua. Había aprendido a defenderse de los hombres.

Al día siguiente, al atardecer, unos pescadores encontraron la barca a la deriva. Uno de ellos la acomodó entre los aparejos, el otro recogió las redes. Paco, como un pez, apareció en ella.

Durante el juicio, le declaró al juez que fue ella la que lo empujó. Conocía lo que le pasaba a las mujeres cuando los hombres se ponían en aquel estado, y ella no estaba dispuesta a pasar por eso. El magistrado sentenció que la internaran en un siquiátrico.

Desde entonces, vive allí, y si bien es verdad que no puede mojarse los pies en el mar, ni sentir el frío de la arena en las plantas de los pies, le han dado las pinturas con las que disfruta pintando los puertos.

© Malena Teigeiro

El intruso

Liliana Delucchi

—Has ido a la peluquería —dijo Hortensia mientras servía café a su hermana.

—Estaba harta de llevar moño. Paolo me ha recomendado este corte más juvenil.

—¿Jóvenes nosotras? Te engaña para sacarte dinero —murmuró la mayor al tiempo que untaba una tostada con aceite—, ¡Paolo! Se llamaba Eulogio cuando era pescador, como casi todos los de este pueblo —siguió rezongando— ¡Paolo! Unos años en Italia y vuelve con nuevo nombre y oficio de peluquero. ¿A quién quiere engañar?

Casi tiró la silla cuando se levantó de la mesa para recoger los restos del desayuno. Continuó farfullando que a Azucena la engañaba cualquiera que la mirara un poco.

—Tenemos la edad que tenemos y ningún corte de pelo ni falda nueva como la que llevas va a enmendar eso —soltó airada.

La más joven hizo como que no la oía y salió canturreando al patio con la excusa de regar las plantas.

Hortensia se asomó a la puerta secándose las manos con el delantal, que ya estaba para que lo jubilaran, con intención de hacer las paces.

—¿Te apetece un paseo por el malecón?

—No. Esta mañana pretendo ir al mercadillo. Hay un nuevo puesto que ha traído modelos de la ciudad y quiero verlos —contestó la otra mientras cortaba un capullo de rosa y se lo ponía en el ojal de la blusa.

—¿Vendrás a comer o también lo harás en el pueblo?

—Vendré, cariño. ¿Cómo voy a perderme tu rabo de toro?

Al fin, dejando de lado su ira y casi sonrojada, la mayor de las Gómez hizo, entre silencios, preguntas sobre cotilleos que su hermana habría escuchado en las tiendas y se ofreció a acompañarla.

Habían nacido en lo que entonces era un caserío y que, a causa del turismo, se transformó en una pequeña ciudad donde nacionales y extranjeros iban de vacaciones. Toda una vida allí, entre pescadores que se habían pasado a la construcción o al comercio, y empezaron a dar cierto lustre a lo que ellas recordaban como un villorrio descascarado.

Toda una vida allí, una existencia pacífica sin más colorido que el que aportaba la Semana Santa, los Carnavales o la romería, se decía Hortensia mientras intentaba alcanzar el paso más firme de su hermana a lo largo de esas callejuelas infestadas de turistas. Y ahora, encima, llegaba ése haciéndose el italiano ¡qué va a ser italiano, si nació aquí, como nosotras!

Azucena era distinta. Desde pequeña le gustaba la vida de las ciudades: leía revistas de moda, le pedía a la modista diseños imposibles y fue la primera en hacerse socia de la biblioteca en cuanto la construyeron.

Su hermana la sacó de sus pensamientos preguntándole si le apetecía volver dando un paseo por la playa.

—Mira, allí está. Nuestra barca. Ya no la utilizamos, deberíamos pintarla y volver a navegar, como hacíamos con papá.

Hortensia lanzó una mirada de soslayo ante la propuesta de esa enloquecida, antes de responder:

—Ya no tenemos fuerzas para remar.

—¡Serás tú! Mira mis brazos —levantó la manga de la camisa para que su hermana viera sus músculos—. Además, podemos invitar a Paolo. Él es fuerte, sin duda nos llevará a puerto seguro.

¡Otra vez Paolo! Que no vea mi hermana cómo frunzo la boca, dice que me salen códigos de barra. ¡Maldita sea! ¿De dónde saca esta chica ese tipo de cosas? Hizo un amago de sonrisa antes de sorprender a la más joven con su respuesta.

—Muy bien. Si así lo quieres, saldremos con tu peluquero. Podrías invitarlo a comer, así lo veo.

El comedor estaba resplandeciente y fresco el domingo en que el pseudo italiano entró en él. Llevaba flores para Hortensia y un frasco de perfume para Azucena. Ésta lucía radiante con un vestido floreado recién adquirido en el mercadillo y su melena suelta, tal como él le había recomendado. Hasta la mayor estrenaba un delantal de cocina, pero ni el delantal impoluto ni su moño estirado le daban la seguridad necesaria como para no plantearse que nunca se sabe a quién mete uno en casa.

Desde que ese hombre apuesto y risueño le había lavado no solo el pelo sino el cerebro a su hermana, pensaba que quería apoderarse de la casa y la renta que les había dejado el padre. Era un vividor que en nada se metería en la cama de Azucena. Sus especulaciones iban de un lado al otro, incapaz de centrarse en la conversación.

—¿Cuándo iremos a navegar? —la voz de Paolo sonó varonil—. Podríamos el próximo domingo, después de misa…, si a Hortensia le parece bien.

—Sea —respondió la aludida, levantando el vaso de vino en señal de brindis.

El día indicado, al salir de la iglesia, sintieron el sol del verano en la cara y, estimando que el calor iría en aumento, antes de acercarse a la barca pasaron por la casa para cambiarse y coger sombreros.

Hortensia se sorprendió al ver el atuendo de su hermana. Se había puesto pantalones cortos, una camisa semitransparente y escotada, que permitía ver el canalillo, y los labios pintados de rojo. El italiano silbó al verla.

Ciertamente su hermana tenía razón en cuanto a la fuerza de Paolo. Remó él solo y sin descanso hasta la cala solitaria donde instalaron el picnic. El hombre no paraba de hablar… ni de beber, tanto que a la mayor empezó a dolerle la cabeza.

Pero el alcohol es traicionero: suelta la lengua, escatima fuerza física y libera ideas escondidas. Así fue como, en el viaje de regreso, el presunto Adonis, al contemplar las rodillas al descubierto de su supuesta amada, le dijo que las tenía arrugadas y si quería de verdad quitarse años, él le recomendaría dónde hacerse un lifting. Cuando Hortensia vio lágrimas en los ojos de su hermana, le cogió uno de los remos al italiano y golpeó su cabeza teñida de rubio, que terminó en el agua con el resto de su cuerpo.

Tambaleándose a causa del movimiento del mar, se acercó a Azucena y después de abrazarla le dijo:

—Ya podemos regresar a casa. Solas. No necesitamos un remero. Él se arreglará…, si sabe nadar.

© Liliana Delucchi

Ikigai, palabra japonesa

Marieta Alonso

El borrachín de aquel pueblo era querido por todos. Por las mañanas se levantaba con el deseo de enmendarse, pero al llegar la tarde se olvidaba de sus buenos propósitos. Han pasado muchos veranos desde aquel invierno en que lo conocí. Cada día iba al puerto de madrugada a recordar sus años de estibador. Fue bueno en su trabajo. Prefería aquellas horas cuando la intensa actividad portuaria aumentaba y miraba con atención la llegada de los barcos. Luego volvía a última hora de la tarde a verlos partir.

Tengo que intentar ser prudente, tengo que intentar dejar de beber, tengo que intentar reír. Mi vida no tiene sentido. Así pensaba, aunque sin resultados a la vista.

Regresaba de una fiesta cuando lo vi sentado en el muelle moviendo las piernas arriba y abajo. ¡Hola!, grité. Él con la mano devolvió el saludo. Me senté a su lado, necesitaba ese aire fresco que despeja la mente. Miró de reojo, movió la cabeza como diciendo otro que no tiene remedio. Con desgana, señaló un termo que había conocido mejores épocas al que le quedaba algo de café. Le di las gracias con una palmada en la espalda. Como no teníamos nada que decirnos nos mantuvimos en silencio contemplando el puerto.

Entonces vimos en la cubierta de un yate una pequeña sombra que se agarraba de la barandilla. Era un niño de unos ocho años. Al parecer se había despertado y, ni corto ni perezoso, salió a jugar con su pelota y esta había caído al mar. Asustados abrimos los ojos como platos al ver que el chiquillo pretendía saltar. Y saltó.

Nos miramos como diciendo y ahora ¿qué? Unos bracitos salían del agua y se volvían a hundir. Sin pensarlo nos tiramos al agua. Y uno con la ayuda del otro logramos sacar a tiempo al niño y a su pelota. El puerto se iba animando con la llegada de los trabajadores. Grité con toda mi fuerza: ¡Socorro! ¡Socorro! Alguien llamó a una ambulancia.

Ese día el beodo y el juerguista comprendieron el significado de ese término japonés: «Por lo que merece la pena vivir. Por lo que te levantas cada mañana».

© Marieta Alonso

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La maleta

15 junio, 2023 por Akelarre Deja un comentario

Cuentos inspirados en una maleta de viaje

La maleta

Para conocer cuál es su origen debemos saber cuándo empezó el hombre a viajar por el simple placer de hacerlo. Como en tantas otras cosas, fueron los egipcios los primeros. En sus viajes, no exentos de algún propósito científico, no llevaban maletas sino voluminosos baúles.

El tiempo, lleno de sucesivos hallazgos e innovaciones hizo posible la elaboración de artículos cada vez más prácticos y ligeros. En 1970, a Bernard Sadow, vicepresidente de una fábrica de maletas, se le ocurrió la feliz idea de colocar cuatro ruedas a una, invento que revolucionó y multiplicó sus piezas.

Este equipaje, prólogo de aventuras, desplazamientos y sueños es el elegido por nuestras cuentistas para encontrar en él ficciones esperanzadoras o amargas, cercanas o solitarias, pero siempre con una historia detrás que esperamos sea de vuestro agrado.

Regalo inesperado

Cristina Vázquez

Vicisitudes de una maleta rosa fosforito

Malena Teigeiro

Fragancias del pasado

Liliana Delucchi

El regreso

Marieta Alonso

Regalo inesperado

Cristina Vázquez

Las ausencias de su padre a veces eran largas. Cuando era pequeña Elisa no podía calcular el tiempo que duraban. La medida se la daba sobre todo la expresión de inquietud o alegría de Catalina, su madre.

—Ya vuelve, ya vuelve —comunicaba la mujer llena de ilusión.

Los tres hermanos se sentían inmersos en la bonanza y fiesta que precedía su llegada. Además, siempre regresaba con regalos para ellos, novedades y aventuras que había vivido. Todos sentados a su alrededor, como en una estampa clásica, el hombre contaba y contaba mientras los pequeños le urgían a preguntas. Despertaba en ellos unos sueños que les hacía más fácil el menguado vivir que tenían en ese piso del ensanche de una ciudad industrial. Y olvidaban la expresión de dureza o desaliento de la madre, que salía a trabajar desde muy temprano al puesto de envasadora que tenía en la fábrica de conservas.

Elisa era la mayor y se tenía que ocupar de los dos niños pequeños. Pasados muchos años recordaba con emoción el tacto áspero de la madre sobre su cara antes de irse.

—Ya es la hora —le susurraba para despertarla—. Todo está listo para los chicos y para ti.

Que se portaran bien, cuando volvieran del colegio les estaría esperando, y como un pequeño ensalmo de disculpa, le repetía que todo iba a ser más fácil cuando estuviera de vuelta su padre. Aunque la besara con rapidez, retenía como una especie de escudo protector, su olor a jabón fresco que se escapaba del pecho de esa mujer alegre y dispuesta.

Agustín, el padre, era artista. Trabajaba en una compañía de varietés. Nunca fueron a verlo porque nunca trabajó en esa ciudad, lo suyo era más el ir por los pueblos o ciudades pequeñas. Tampoco sabían muy bien cuál era su arte. Lo que demandara la compañía, afirmaba con su hablar fino y elaborado. A veces tenía un papel principal, sugería ufano. Otras, en cambio, tenía que adaptarse al papel demandado y al decirlo separaba las silabas con énfasis.

—Eso era pertenecer a una compañía —afirmaba rimbombante—. Estar dispuesto a lo que hiciera falta.

 La mirada de la madre era de embeleso. Iba bien trajeado y aunque viniera con ropa para lavar y planchar, a la mujer no parecía importarle el trabajo y ajetreo que provocaba su presencia. Siempre tenía una palabra de agradecimiento, una broma o piropo en la boca. Alguna vez aparecía a la hora de salida de la fábrica a recoger a su mujer, vestido de traje y corbata. La madre reventaba de orgullo de que vieran lo educado y elegante que era su marido.

Cuando volvía, arrastraba una elegante maleta de cuero que un empresario de tronío le había regalado, de la que salían los regalos. Era como un mago. La colocaba encima de la mesa, la abría, y todos se situaban enfrente sin poder ver el contenido. Él, con movimientos exagerados, hacía aparecer los objetos como si se los sacara de la manga. A veces los obligaba con un truco a mirar hacia arriba, mientras deslizaba por debajo de la mesa el tren deseado, el chal para la madre o los guantes para Elisa. Era una fiesta.

Esos días felices, el padre los esperaba a la salida del colegio para ir luego a merendar, alguna tarde al cine y la madre, aunque seguía madrugando para ir a trabajar desde bien temprano, parecía florecer bajo la sonrisa, la amabilidad y la gracia de ese marido que les entretenía con anécdotas e historias.

Cuando llegaba el momento de irse, la casa parecía llenarse de luto. Se despedía Agustín con auténtico dolor y dejaba un sobre con algunos billetes, aunque no siempre, según hubiera ido la temporada, se dolía. Y en sus vidas empezaba otra vez la rutina con un tono más amortiguado, más cansino, recordando lo que les había contado y con la ilusión de que en vacaciones se los llevaría a algún sitio cerca del mar. Iba a ser estupendo.

La última vez pasaron muchas semanas sin tener noticias de él. Entonces las comunicaciones no eran tan buenas. La madre empezó a inquietarse hasta que un día llegó un papel amarillo para que fuera a recoger un objeto a la consigna de la Estación del Este. El hombre que la atendió la hizo pasar a un pequeño almacén para que recogiese el bulto, que resultó ser la maleta. Menos mal que aquel señor la sostuvo por el codo, pues creyó que se iba a caer al suelo. Cogió la valija sin entender lo que estaba ocurriendo y pensó que algo horrible le había pasado a su marido. Después de reponerse, le chocó lo poco que pesaba. Al salir del almacén vio como una mujer, en la que apenas se había fijado, se acercaba a ella con paso rápido y una mirada encendida.

—Así que tú eres la otra —le espetó despectiva—. Menuda decepción.

E hizo el ademán, ante la sorpresa de Catalina, de quitarle la maleta.

—He venido todos los días para ver quién era la que recogía la maldita maleta que le regalé.

© Cristina Vázquez

Vicisitudes de una maleta rosa fosforito

Malena Teigeiro

Sabía que no estaba bien. Sabía que eso podía suceder, pero la prisa, la necesidad de salir corriendo me hizo superar el impulso de abrirla y colocar mejor las cosas. La culpa de que estuviera así la tendrían las botas altas trak o quizá la bolsa de aseo. El bote de laca y el de crema limpiadora eran enormes. Cerré la maleta y salí corriendo.

En la rotonda del aeropuerto, al mirar hacia atrás, me pareció ver que una parte, pequeña, eso sí, de mi falda plisada salía de la maleta. No pasa nada, me reconvine. En cuanto aparque y baje del coche, comprobaré que todo está bien. Si hace falta, antes de embarcar, la abriré para cerrarla y colocar de nuevo todo.

En el parking me di cuenta de que no tenía tiempo para ningún tipo de comprobaciones. Intentando sacarla del maletero —menos mal, que tuve la precaución de colgarme la bandolera del cuello—, sudando copiosamente, rezongaba que por qué sería tan difícil sacar las maletas del coche. Al fin logré sacarla. Lo que no pude impedir fue que con gran estruendo se cayera al suelo. Qué buena compra hice, pensé al comprobar que nada se había roto. Superada esa prueba, después de enderezarla con esfuerzo, no me cupo ninguna duda de que la maleta rosa fosforito, de cuatro ruedas, era de buena calidad. Salí del estacionamiento corriendo.

Aquella mañana me di cuenta de lo grande que era la sala de partidas. ¿Quién habría inventado esa horrible T4? A la carrera comprobé el billete. Sí. Era el mostrador 790. Justo, y como no podía ser de otro modo, entré por la puerta equivocada. Mi mostrador se encontraba al menos a un kilómetro de donde estaba. Seguí corriendo. En aquel momento ya me daba igual tropezar con una u otra persona, atropellar al carrito de un bebé, o matar al perrito, qué mono, que diligentemente andaba al lado de su dueño. Perdón, perdón, decía a cada paso recordando la máxima de mi madre: Nunca se pueden perder las maneras. Nunca.

A punto de que cerraran el mostrador de facturación, al fin, llegué. Aquí. Aquí, grité, agitando la tarjeta de embarque que había sacado por la noche, ya casi de madrugada. Señorita, me dijo la chaqueta roja. Tiene que ir a la máquina, meter sus datos y sacar la cinta de la maleta. Después pásese por el mostrador para facturar el equipaje.

Como siempre, la primera máquina no funcionaba. En la segunda, un señor mayor, amablemente me pidió ayuda. Me encanta la gente educada, recuerdo que pensé. Y me pedía ayuda a mí, que estaba a punto de perder el vuelo. Y ahí sí que perdí las maneras. Lo empujé y corrí hacia la siguiente.

Ya con el pasaporte, la tarjeta de embarque, la cinta de la maleta en la mano, volví al mostrador. El joven que me esperaba con el ceño prieto, lo primero que me dijo fue que no creía que la maleta llegara a tiempo y que como no corriera mucho, tampoco llegará usted al avión. Están llamando para embarcar desde hace un rato.

Gracias, dije, intentando no perder las maneras. Coloqué la maleta en la cinta sobre las cuatro ruedas. Él con la calma propia del que hace ese gesto una y otra vez, pegó el papelito en el asa. Le dio al botón y la cinta arrancó llevándose mi tambaleante equipaje.

Sonreí y suspiré aliviada. De pronto, la maleta se cayó de la cinta y como cabía esperar, se abrió desperdigando toda la ropa.

¡Mi bellísima maleta rosa! Era de tan buena calidad que aguantó hasta estar en la cinta para abrirse. Sin atender a los gritos del muchacho, eché a correr siguiendo las indicaciones: Pasillo J, ascensor para bajar a la plata menos 2...

Ahora, ya solo con la bandolera al hombro, podía volar los kilómetros que me separaban de la puerta de embarque. Eh. Eh, grité a la azafata que se retiraba del mostrador. Me miró con mala cara. Le entregué la tarjeta y aguantando el mal humor de todos aquellos con los que me iban cruzando, que sin duda no tuvieron a una madre como la mía, recorrí el finger y me senté en la fila 12, C.

El runrún del avión al despegar y el recuerdo de la noche anterior en la que Jimmy me había pedido por teléfono que me casara con él, hicieron que mi corazón latiera con rapidez.

Colgué a las dos de la madrugada. Y feliz, decidí que no esperaba ni un solo día para reunirme con mi amado. ¡Qué bueno era lo del internet para estas ocasiones! Busqué un billete. Solo encontré este que, con suerte, me permitiría dormir un par de horas. Después llamé a mi madre, a mi amiga Lucía, con ella hablé ni sé el tiempo, y a mi hermana Jacinta, con la que me tuve que entretener un poco. Le expliqué dónde dejaba las llaves, también le anuncié que le mandaría un mensajito con la plaza del parking. Y luego, hablando muy bajo —no sé por qué si estaba en mi casa y nadie me escuchaba—, le expliqué dónde dejaba dinero para pagar a la señora que me limpiaba el piso. Apenas me quedaba tiempo y rápido, rápido hice el equipaje. Sin haberme acostado, llegué hasta el aeropuerto.

De pronto recordé mi preciosa maleta rosa y toda la ropa desparramada. ¡Qué coño me importaba a mí la maleta y la ropa si estaba volando hacia Londres en donde me esperaba mi amado Jimmy! Me dormí feliz.

Angustiada me desperté. ¿Me esperaba Jimmy? ¡Pero si ni siquiera lo había avisado! Ahora creía recordar que con los nervios, tampoco le había dicho sí a su petición de matrimonio.

© Malena Teigeiro

Fragancias del pasado

Liliana Delucchi

Incapaz de vislumbrar cómo pueden caber treinta años en ese diminuto espacio, Emilia, sentada en el borde de la cama, contempla la maleta vacía. Ya le dijo a él que no quiere nada de la casa, solo su ropa y accesorios. Pero ¿y el resto? ¿Se pueden guardar los recuerdos en una valija? No, porque, además, no quiere llevárselos. Ni siquiera las fotos, no harían más que hacerla dudar sobre su nueva vida. La decisión está tomada, eso fue lo que le dijo antes de encerrarse en su cuarto con los ojos tan vacíos como la maleta.

¿Y Carolina? Ella ya está haciendo su nueva vida. Allá lejos, en la universidad, con nuevos amigos y nuevas experiencias. Su  habitación la echa de menos desde hace meses, y por mucho que Emilia rocíe los cojines con el perfume de su hija, solo azuza su nostalgia.

No fue su partida. No. El silencio se había instalado entre Mario y ella, solo roto por reuniones con amigos, los diálogos de alguna película o por el bullicio de esa adolescente que se fue para seguir con su vida.

Silencio. El mismo del dormitorio que una vez compartieron y que en breve Emilia va a abandonar… ¿para siempre? Ahora sí sus ojos vuelven a llenarse de esa agua salada que sorbe como si fuese una niña pequeña.

A través de los cristales de la ventana, las ramas todavía sin flores del magnolio le recuerdan que probablemente allí, en la playa, donde piensa instalarse, hayan florecido. Mejor clima, arena limpia y paseos a orillas del mar. Por primera vez desde hace días, sonríe ante un futuro más prometedor que ese presente cargado de desasosiego.

Vuelve a la habitación de Carolina, se tumba en la cama y, abrazada a uno de sus peluches, se queda dormida. La despierta el viento que golpea una rama contra el cristal de la ventana, el viento y un pensamiento o quizás una voz que le dijo entre sueños: «No tienes por qué irte. Que se vaya él.»

Con una fuerza que había olvidado poseer, se levanta y corre a su cuarto. Desocupa la mitad del vestidor que pertenece a Mario, coge su ropa que huele a un perfume de mujer que no es el suyo, y la tira por la ventana. En la maleta desierta, esa que horas atrás no alcanzaba a vislumbrar con qué llenaría, vierte todo el contenido de la mesilla de noche de su marido. Todo no. Las pastillas azules las tira por el retrete. ¡A ver cómo te las arreglas ahora con tu amante!

Antes de que Mario regrese, ha hecho cambiar la cerradura y puesto la valija sin recuerdos delante de la puerta.

© Liliana Delucchi

El regreso

Marieta Alonso

Nunca protestaré por haberme precipitado en dar la mano al que desde hace cinco años es mi marido, un amante y solícito hijo de viuda. Nunca. El problema es que cada vez con más fuerza, siento la llamada del Sur y a mi suegra no hay quien le hable de marchar de su tierra. Dice estar en el sur, y es verdad, vivimos en la zona meridional de Estocolmo.

Viajé a este país escandinavo para hacer un trabajo sobre los vikingos… Era verano y aquí me quedé. Ojalá hubiese pasado al menos un invierno en este bonito país para calibrar la decisión.

Necesito convencer a mi hombre de las bondades de Andalucía. Necesito el sol, los chiringuitos, el día con doce o más horas de luz. Necesito que mi marido deje de sonarse la nariz cada vez que su madre y yo discutimos sobre el tema. Estoy hasta dispuesta a que la suegra venga con nosotros. De momento no hay quórum.

Me niego. Me niego a invernar otro año en Escandinavia. A veces pienso que el amor debería ser como las sevillanas: alegres, románticas y con algún que otro provocativo desplante. Decidido. Ahí os quedáis.

Para dar pistas y que espabilaran comencé a hacer las maletas. Nada. Saqué el billete de tren para viajar de Malmö a Copenhague. Lo dejé a la vista de los dos. Nada. Llamé a mis padres a Sevilla delante de ellos y dije el día que llegaba. Uno siguió leyendo y la otra atenta a su programa favorito.

Llegó el día. Me despedí de la casa en silencio. Mi marido y su madre se habían ido a hacer gestiones varias, sin decir ni pío. Arrastré mis dos viejas maletas hasta la estación. Asomada a la ventanilla del vagón noté que echaba a andar el tren. Busqué, busqué y busqué entre la multitud un rostro conocido. A nadie encontré. Para no sentirme tan triste robé adioses que eran para otros. Cerré los ojos. Los pasajeros se fueron sentando. Al abrirlos los tenía enfrente. Me miraban divertidos.

La vida es bella.

© Marieta Alonso

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La cocina

15 mayo, 2023 por Akelarre 2 comentarios

Cuentos inspirados en una cocina amarilla

Una estancia inspiradora

Esta cocina amarilla pertenece a la casa del pintor Claude Monet, figura destacada del impresionismo, en Giverny, un pequeño pueblo de Normandía. La casa se mantiene tal y como estaba cuando él vivía en ella.

Ahí pasó los últimos cuarenta años de su vida donde instaló su residencia y estudio. Llevó a cabo la creación de ese maravilloso jardín al que llamaron Le Clos Normande, lo más famoso del lugar. Buscó en él la luz, la combinación de colores y texturas, obteniendo un resultado de belleza conmovedora que tantas obras inspiró al pintor, como sus cuadros de los nenúfares.

Esta encantadora cocina ha dado motivo a temas diversos: un niño que observa sorprendentes actitudes de los mayores, el hallazgo feliz de una adolescente, la oportuna visita de un marido o vivencias en común con el pintor.

Mademoiselle

Cristina Vázquez

El poder de los colores

Malena Teigeiro

Asuntos de familia

Liliana Delucchi

Almas gemelas

Marieta Alonso

Mademoiselle

Cristina Vázquez

Le horrorizó la propuesta de su madre de ir a pasar el verano a Francia, cerca de Normandía. Una antigua señorita francesa, que la cuidó cuando ella era niña, las invitaba y repetía su proposición al menos tres veces al año. Se estaba haciendo vieja y el tiempo para poder conocer a la petite Irene apremiaba.

—Mamá, por favor —clamaba la hija—. Ve tú a verla, a mí no me fastidies las vacaciones.

Su madre, Claudia, era una mujer dulce y alocada, ociosa y encantadora. Un día prometía una cosa y al siguiente la olvidaba, por lo que Irene confió que su empeño por ir a Francia desaparecería en cuanto surgiera un plan más divertido. Estaba segura de que ese deseo de reencontrarse con su querida madeimoselle Antoinette, de la que se quejaba bastante al recordarla como una mujer severa, nerviosa y extremadamente delgada, se le pasaría. No fue así, o casi.

Se acercaba el momento peligroso de decidir el lugar de las vacaciones. Por fin donde siempre, o quizás mitad del mes a la casa, ideal, que le dejaban en Asturias y el resto al sur, dudaba la madre. Resultaba perfecto mezclar Mediterráneo y Cantábrico. Más divertido y se veía a más gente.

—Así, es imposible aburrirse en ningún sitio —confesaba Claudia con expresión de perrito desolado—. Si te quedas mucho tiempo te aburres y te aburren.

La hija miraba a su pecosa madre, en la que parecía que la madurez no iba a instalarse nunca, pues sus gestos, la naricilla respingona y el afán de felicidad, le resultaban a Irene excesivamente parecido a lo que ella y sus amigas todavía ansiaban. El padre, un guapetón de nuca rizosa y falsa mirada interesante, efecto de sus ojeras un poco abultadas, se había medio largado cuando ella tenía tres años. Medio largado porque luego aparecía y desaparecía a su antojo. Sus padres seguían manteniendo una amistosa relación. Irene calculaba que por parte de su madre más que amistosa, porque cuando él volvía a irse, se quedaba unos días como paralizada, igual que si se metiera en una nube o un sueño del que le costara salir.

Irene le veía cuando él tenía a bien volver de su estancia en Palma o de sus viajes no se sabía muy bien por dónde. Era cariñoso, simpático y entretenido al contar sus historias, hasta que la copa excesiva le volvía reiterativo y sentimental. Pero nunca les faltó nada, y aunque tuviera varias y sucesivas novias, con la mano en el pecho, juraba que los amores de su vida eran ellas dos: su única y auténtica familia.

En la última visita del padre, Claudia le contó con todo lujo de detalles que se iban a ir a Francia. Madeimoselle, tú la conociste, se estaba haciendo vieja y se sentía en la obligación de ir. Además, Irene practicaría un poco su francés y pasarían un saludable verano sin tanta bobada, salidas, copas y carreteras. Cuando hacía la enumeración de los teóricos peligros veraniegos, más que referirse a su hija daba la impresión de que eran aquellos de los que ella misma quería librarse.

—Me parece una idea colosal —apostilló Jaime, su padre.

Adoptó un papel institucional de progenitor responsable y casi exigió que así fuera. La verdad era que cada vez venía más, y se instalaba en la casa temporadas más largas. La humedad de Palma en invierno no le sentaba bien, le dolían las articulaciones, se estaba haciendo viejo, y buscaba el consuelo de su queja en Claudia.

Llegó el mes de junio y la fecha estaba cerrada para irse, pero al llegar al aeropuerto, Claudia, confesó emocionada a su hija que ella no iba a ir.

—Tu padre me ha pedido que volvamos a estar definitivamente juntos —un ligero rubor como de escolar arrebatada inundó sus pecas—. Y, en verdad, ha sido el único hombre de mi vida.

Se sintió traicionada, llena de decepción y hasta desprecio por esa madre que seguía siendo inmadura y pueril.

—Eres patética —le soltó antes de girarse—. Espero que os vaya bien.

En el avión notó como se le estrangulaba la garganta para contener el llanto. Se sintió perfectamente prescindible y utilizada. Cuando llegó a París estaba intranquila por si la reconocería la famosa madeimoselle, por si ella vería el cartelito con su nombre, por si lo mejor sería coger el primer avión de vuelta… Mientras estas ideas cruzaban su cabeza mirando aquí y allá, sintió una mano en su hombro, se giró y encontró a una encantadora mujer, como de cuento de niños: delgada, con el pelo blanco y un gorrito tipo boina, completamente fuera de lugar.

—Al fin te conozco, Irene, querida —su español era correcto, aunque con mucho acento.

En ese momento algo en ella se derrumbó y casi se echa a llorar. Durante el viaje hasta su casa condujo madeimoselle con más pericia de lo que se podía esperar y el tiempo del viaje se hizo ameno, mezclando francés y español. Irene estaba tranquila y encantada de ver ese hermoso y agradecido paisaje verde y frondoso.

—Ya hemos llegado —anunció madeimoselle Antoinette, después de girar por un pequeño camino.

La aparición de la casa conmovió a Irene. No supo decir por qué. Era de piedra con unas flores trepadoras que cubrían parte de la fachada, el tejado muy inclinado como de paja, luego supo que era lino, y un balcón con unas cristaleras en la parte central. Al entrar, un suave aroma a bizcocho o a algún otro dulce inundaba el ambiente. Antoinette le enseñó su cuarto en el primer piso, una habitación con un papel de flores azules en la pared y una cama con cabecero de madera. Le gustó. Al acabar que bajase a la cocina a tomar algo, le dijo antes de cerrar la puerta.

Entró en la cocina pintada de amarillo, con una mesa en el centro, grande, familiar, vajillas en los vasares y ese maravilloso olor. Se sentó a la mesa en la que destacaban el bizcocho, una tarta, frutas, queso… Y se echó a llorar. Madeimoselle alargó el brazo para cogerle una mano.

Este comedor, comenzó a contar en tono confidencial, lo había copiado del de la casa de Monet en Giverny, un pueblito cercano.

—Ya iremos a verlo. Verás qué maravilloso es el jardín.

 En esa casa el pintor fue feliz rodeado por su familia, continuó suavemente. Para ella, sus abuelos, su querida madre, Claudia, habían sido durante unos años su familia, siguió con voz dulce, pero sabía que la chere Claudia siempre sería una niña pequeña. Hizo un amplio gesto abarcando la estancia.

—Pretendo que esto sea un sitio de reunión, como si de otra gran familia se tratara —cruzó los brazos—. Quería conocerte, para que supieras que aquí siempre tendrás un hogar.

Llevaba años organizando cursos de cocina, confesó con orgullo. Venían muy buenos chefs y gente interesante. Pero, suspiró con cierta severidad impostada en su expresión, había que ser metódico y disciplinado. Luego, después de la técnica llegaba la inspiración.

—Te gustará y quién sabe, lo mismo llegas a ser una gran cocinera —le guiñó un ojo.

Se rio con suavidad y la animó a probar los platos del día.

© Cristina Vázquez

El poder de los colores

Malena Teigeiro

Después de romper con Olivier, su marido, con el resto del dinero que todavía le quedaba de la herencia de sus padres, y su perro Bistró sentado a su lado, conducía Ninet desde París hasta la casa que le dejaron sus abuelos. Durante todo el camino iba invadida por la tristeza que le causó tener que abandonar a Olivier, pero ya no aguantaba más sus golpes, ni sus gritos, ni sus borracheras.

Para llegar hasta la casa había que subir la montaña por un largo, estrecho y sinuoso camino de tierra, por el que Ninet condujo tomando primero una curva, luego otra, con sumo cuidado. Al parar su Peugeot rosa delante de la casona se sintió feliz. Contemplaba la fachada complacida. Era de piedra y vigas viejas que, al igual que las ventanas, lucían el mismo color que las vides que la rodeaban. Estaba igual a como era cuando de niña pasaba allí los veranos, pensó mientras abría la puerta.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba en la cocina, decidió que tenía que pintarla. Después de tantos años, las blancas paredes estaban sucias, desconchadas. Primero, pintó de rosa su dormitorio. Y rosa también eran las telas de las cortinas que hizo, aunque estas un poco más oscuras. Siguió con el baño. En el intento de que se pareciera al mar Mediterráneo que veía desde la ventana, lo pintó de azul verdoso con trazas cobalto. El pasillo y la escalera, lo primero que veía todas las mañanas al salir de su habitación, los coloreó de azul cielo.

Se sentía feliz entre aquellos alegres tonos que le permitían soñar y dejar la tristeza.

Al fin le tocó a la cocina comedor. Ésta todavía conservaba el primitivo blanco, sucio de grasa y humo por muchas partes. En su Peugeot rosa se dirigió a la tienda de pinturas. Aparcó con cuidado delante de la puerta. Entró y pidió un bote de pintura amarilla, pero de ese color amarillo que tienen las natillas, aclaró. El hombre que la atendió, levantando las cejas, le entregó un bote. Este le quedará precioso. Es el que todos usamos por aquí. Qué estupendo, pensó Ninet viendo ya las paredes de la cocina pintadas con ese amarillito que tanto le gustaba.

Cuando comenzó a pintar, el color le disgustó bastante. No era como el de las natillas, sino como el de los limones. Sin embargo, y como aún le quedaba pintura, y aunque aquel color le producía cierta irritación, sin detenerse, pintó los muebles, las sillas, las puertas. Luego colgó cuadros, platos y llenó los vasares con las vajillas.

Sin duda, el año que viene cambiaré el color, se dijo satisfecha al cerrar la puerta después de colocar el último adorno.

Una tarde al volver de recoger flores, se encontró a Olivier sentado a la mesa. Otra vez no, gritó su interior. Miró hacia el fondo, y el amarillo de la pared le hizo subir acidez a la boca. Luego, al ver la botella de coñac encima de la mesa y a él con un vaso en la mano, sintió náuseas. Se lo rellenó. Con tranquilidad, se sirvió otro y se sentó enfrente mientras él la insultaba. Un color como aquel amarillo no era bueno para nadie, pensaba sin dejar de mirar las paredes mientras escuchaba que a gritos la amenazaba por haberlo abandonado llevándose el dinero. Cuando terminó la botella de coñac, Ninet buscó por los vasares hasta que encontró otra de aguardiente. Le rellenó de nuevo el vaso una y otra vez. Estaba ya bastante borracho cuando el hombre se levantó rabioso. Ella cerró los ojos y se encogió en la silla. Esperando sus golpes, escuchó el ruido del cuerpo al caer. Giró la cabeza y vio que de la boca de Olivier salía un hilo de babas. De puntillas, se fue de la cocina.

Era ya de noche cuando, poco a poco, arrastró el cuerpo, todavía en coma etílico, hasta el coche de Olivier. Logró sentarlo detrás del volante. Lo encendió, puso la palanca en punto muerto y retiró el freno de mano. Desde fuera del coche, agarrada al volante, lo llevó hasta el comienzo del camino. Después de un empujoncito, lo soltó. Primero se deslizaba despacio, luego, lo vio que tomaba velocidad hasta desaparecer de su vista en la primera curva. Se quedó un momento expectante. No tardó mucho en ver una gran bola de fuego. Ya tranquila, entró en la casa. Como siempre hacía, atrancó la puerta, y mientras subía por aquella escalera pintada de azul cielo, iba pensando que tenía que cambiar, pero ya, el color de la cocina. Aquel amarillo sin duda la irritaba.

© Malena Teigeiro

Asuntos de familia

Liliana Delucchi

Cuando entró en el comedor, Jacinto no pudo menos que sonreír. Tan amarillo y luminoso, tan armónico y ordenado; impasible siempre a las tormentas que estallaban en él, esas tormentas silenciosas y calladas, colmadas de medias sonrisas y bisbiseos.

A pesar de encontrarlo vacío, podía recordar qué lugar ocupaba cada uno a la mesa durante las celebraciones: la abuela y el abuelo en una de las cabeceras, sus padres en la otra y los tíos y tías, a los lados, de acuerdo con su edad. Cuanto mayores, más cerca de los anfitriones, esos dos ancianos de pelo blanco y gesto amable.

Jacinto y sus primos eran relegados al office hasta que tenían los años y los modales adecuados para integrarse con los adultos, lo cual le parecía injusto, ya que los niños de su edad resultaban aburridísimos. Solo hablaban de deportes y de juegos que nuestro protagonista resolvía antes siquiera de que los otros terminaran de plantearlos.

Como ese reducto para infantes solo estaba controlado por una asistenta, Jacinto escapaba al jardín, a su habitación y al comedor principal, donde más le gustaba. Invariablemente detrás de una cortina o cualquier escondite desde donde pudiera escuchar las conversaciones y captar los gestos de sus parientes.

El joven soñaba con ser escritor y había oído que quienes aspiran a ese oficio han de ser, por encima de todo, cotillas. Siempre iba acompañado por un cuaderno donde anotaba frases, expresiones y gestos de los que consideraba llegarían a ser los personajes de sus relatos.

Una tarde de invierno, previa a las celebraciones navideñas, el niño, que contaba ocho años, estaba sentado a una mesa del jardín. Con abrigo, capucha y mitones, escribía lo que consideraba sería su primera novela. Comenzaba así: «Nació en 1870. A los veinte años, Lindor Covas tenía veinte años».

El aspirante a literato no se dio cuenta de que su tío Pancracio estaba a sus espaldas leyendo lo que él escribía, quien no solo lanzó una risotada, sino que durante la cena, con su voz fuerte y vulgar, relató a los demás comensales lo ocurrido.

Jacinto apretó las mandíbulas para no gritar, controló su furia y juró venganza.

No tuvo que esperar mucho tiempo, ya que, durante la cena de Noche Vieja, aburrido y un poco cansado, se escondió debajo de la mesa de los mayores, agradeciendo por primera vez que la naturaleza lo hiciese tan menudo. Cuál no sería su sorpresa, cuando tuvo que apartarse al rincón junto a los pies de los abuelos, dado que por el centro de aquel espacio bajo el largo mantel, los pies de los comensales se movían y acariciaban unos a otros. Pudo ver cómo las uñas pintadas debajo de la media de la tía Maruja, acariciaba la entrepierna del tío Anastasio, su cuñado, mientras que la mano de Pancracio se metía debajo de la falda de la hermana de su esposa.

Jacinto se mantenía inmóvil, contiguo a los juanetes del abuelo, casi sin respirar y rogando al cielo que no lo sorprendiera un estornudo que diera al traste con su escondite. Esos adultos presuntuosos e hipócritas le habían servido en bandeja su futuro desagravio. Nadie se ríe de Jacinto, y menos el patán de Pancracio.

La tía Hildegard, esposa de Pancracio, era una matrona alemana alta, fuerte y con un trasero de grandes proporciones, al que no le cabía el tanga de encaje rojo que encontró entre la ropa de su marido y que pertenecían a su hermana.

Desde su habitación, Jacinto escuchó portazos, insultos de ellos y chillidos de ellas. El «…y tú más» se repetía por los pasillos así como el estruendo de los coches que partieron casi derrapando.

Pasó el tiempo y aquel niño se convirtió en lo que siempre había deseado. Una tarde, mientras firmaba ejemplares de su primera novela, el tío Pancracio, con su sentido del humor habitual, se acercó para preguntarle si recordaba el nombre de aquel que a los veinte años tenía veinte años, a lo que el escritor respondió: «Hildegard».

El hermano de su padre solo atinó a decir: serás cabrón.

© Liliana Delucchi

Almas gemelas

Marieta Alonso

La cocina es un lugar sagrado. No debo entrar en ella. Lo digo alto y claro. No me gusta cocinar. Y estoy segura que a ti, Claude Monet, tampoco te gustaba. Sí, por supuesto que pintaste estancias amplias y bien equipadas donde los cobres colgaban en la pared, y que llevabas en los bolsillos cuadernos de cocina en los que apuntabas recetas e ideas culinarias, pero no creo que pasaras tiempo cortando cebollas, ajos, pimientos… No. No me quieras engañar. Para eso tenías una cocinera con su ayudante, a los que imagino volverías locos rondando cada día en sus dominios. Lo que te gustaba era esa sensación de vida que emanan las cocinas.

Creo que con lo que disfrutabas era comiendo. Como yo. Que sepas que me encanta la tarta Tatin, sí esa que bautizaste en honor de aquellas hermanas amigas tuyas. Yo también llevo cuadernillos en el bolso para apuntar las recetas de mis amigas. Aunque no las haga, me gusta leérselas, saborearlas, cuando otros la hacen. A ti también te fascinaba comentar tus fórmulas en la sobremesa, en esas famosas comilonas que dabas en tu casa de Giverny.

¡Oh, Claude! ¡Cuántas cosas tenemos en común! Dicen que tuviste tres pasiones: la naturaleza, la pintura y la gastronomía. Yo también tengo tres pasiones: el mar, la escritura y la paella del señorito con la que no te manchas los dedos de las manos. No sé si llegaste a probar la tortilla de patata, con o sin cebolla, ¡deliciosa de cualquier manera!, de no ser así busca la manera de incorporarla en tu recetario allí donde estés.

© Marieta Alonso

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La cabina de teléfonos

15 marzo, 2023 por Akelarre 1 comentario

cuentos sobre cabinas de teléfonos

Cabinas telefónicas

El teléfono fue ideado en 1854 por el italiano Antonio Meucci. El propósito era simple: conectar su oficina con el dormitorio para poder hablar con su esposa enferma e inmóvil en la cama. No formalizó su patente por dificultades económicas, presentando solo una breve descripción de su invento en la Oficina de Patentes de Estados Unidos en 1871.

Años después, en 1876, el escocés Alexander Graham Bell fue el primero en patentarlo formalmente, y durante muchos años, junto a Elisha Gray, fueron considerados sus inventores.

El 11 de junio de 2002, el Congreso de los Estados Unidos de América aprobó la resolución 269, en la que se reconoce que el verdadero inventor del teléfono fue Antonio Meucci, que lo llamó teletrófono.

Desde entonces la comunicación ha recorrido un largo camino hasta llegar a nuestros días. Sin embargo, hubo un tiempo en que, si estábamos en la calle, difícilmente podíamos comunicarnos. Y se crearon las cabinas.

Este mes queremos homenajearlas a través de unos relatos en las que son un personaje más.

Esperamos que los disfrutéis.

Ilusión incólume

Cristina Vázquez

La vecina

Malena Teigeiro

La llamada

Liliana Delucchi

Mis sueños

Marieta Alonso

Ilusión incólume

Cristina Vázquez

Todo estaba empezando a resultar una locura. Llegó a Londres con una maleta pequeña, un bolso grande, pocas libras y una ilusión incólume. Esas ilusiones de juventud, serias, convincentes y sin aparentes fisuras a excepción de cuando surge un repentino ataque de pánico. ¿O sería de realismo? ¿Es real esto que estoy viviendo? Sí, claro que era real, lógico que me asuste, se decía Claudia mientras se instalaba en una habitación de la casa que Richard le había recomendado.

Su cuarto, abuhardillado y pequeño, estaba en la tercera planta de una casa alejada del centro, de ladrillos un poco oscurecidos por la humedad y escalera forrada de linóleo. La dueña, Moira, de origen irlandés, sonrisa ladeada por el continuo pitillo en la comisura, tenía la voz ronca, el cutis ajado y unos ojos simpáticos y maliciosos.

—¿Enviada por quién dices? —preguntó al exigirle el pago de una semana por adelantado.

—Richard —contestó Claudia.

—Richard Lester, Galsworthy o Davidson —la mujer extendió un dedo por cada uno de los apellidos.

Se quedó desagradablemente sorprendida de que el simple nombre de él no fuera suficiente. La última vez que se vieron en España, él le aseguró que Moira era una buena amiga y que se ocuparía de todo.

—Davidson —titubeó—. Sí, Davidson.

Señora Davidson, Mrs. Davidson, se había repetido varias veces para saber cómo sonaría su nombre de casada en inglés. Casi como Mrs. Robinson, la de la canción del Graduado. Sí, esa fue otra broma que hicieron alguna que otra vez y él se la cantaba bajito cambiando el nombre Hey, Mrs. Davidson…

Claudia sospechó que Moira la miraba de arriba abajo con cierta compasión. Empezó a temer que su ilusión incólume, indestructible, se pudiera resquebrajar un poquito. Pero no, no lo iba a permitir. Sobre todo, después de cómo se fue de su casa con un portazo en las narices de su desencajada madre, quien muy a la española lloraba augurándole los peores males, incluidas las penas del infierno.

Era lógico que no estuviera esperándola, él era un hombre muy ocupado, su trabajo le obligaba a viajar y a lo mejor no había recibido el telegrama anunciando su llegada. Aunque, creía estar segura que le había dicho por teléfono desde España que llegaría esa semana sin falta, por un momento dudó mientras seguía a la mujer escaleras arriba. La fecha exacta era verdad que estaba en el telegrama, a lo mejor no lo había recibido.

—De qué conoce a Richard —se atrevió Claudia a indagar antes de que abandonara el cuarto.

—¿Y usted? —contestó.

 Lo dijo con expresión curiosa mientras apagaba el pitillo en un pequeño cenicero que llevaba siempre en el bolsillo. Eso lo supo más tarde.

—Yo —balbuceó— he venido para casarme.

¡Ah!, interesante, fue su respuesta antes de cerrar la puerta y decirle que el té a las cinco. Si quería cenar sería por su cuenta o pagando un suplemento. Al momento volvió a abrir y con cierta desfachatez le soltó a bocajarro de cuánto tiempo estaba.

—Tiempo ¿de qué? —su inquietud iba limando la ilusión incólume.

La mujer cerró la puerta y con las manos en la espalda se apoyó. Que no fuera boba y le dijera la verdad. Ella estaba ahí para ayudarla, como a tantas otras que mandaban los Richards, los Jims y los Nicks de turno. Cuando comprendió a qué se refería se sentó en la cama y un temblor la empezó a sacudir. Moira se colocó a su lado, le cogió la mano —la suya era rasposa y húmeda— y con una ternura inesperada afirmó que se alegraba de que no fuera así. Después de encender otro pitillo, la animó a que bajara con ella a preparar el té. Claudia se sentía con un peso desconocido en la espalda, negó con la cabeza, no podía moverse. La mujer le tiró de la mano con suavidad y dijo.

—Vamos, te sentará bien —una especie de gorjeo o risa baja salió de su garganta—. Vamos.

Sentadas una frente a otra en la cocina pequeña y abarrotada, Moira empezó a contarle historias de su Irlanda natal. Quería retirarse ahí, tenía a su familia, empezaba a echar de menos lugares de su infancia. Poco a poco, con el parloteo de la mujer, Claudia fue tranquilizándose, hasta que de manera abrupta y sin cambiar el tono, aseguró que probablemente Richard no vendría, el Davidson era uno de los más simpáticos, pero de poco fiar. No era la primera chica que le mandaba. Claudia sollozaba con la cabeza baja. No merecía la pena llorar por eso. Era una faena, pero en la vida había algunas mucho peores.

Se levantó y a través de la ventana señaló unas cabinas telefónicas que estaban en hilera en la acera de enfrente y la conminó a que cuando terminara el té fuera a llamar, desde su casa también había que pagar y era más caro.

—¿A quién? —levantó los ojos arrasados.

—Depende de qué quieras en tu vida. A Richard, a ver si te lo coge —levantó los hombros—, o a tu casa y vuelves a España.

© Cristina Vázquez

La vecina

Malena Teigeiro

Como todas las mañanas Grace se dirigió a la cabina. Marcó un número, escuchó varios timbrazos, y a la voz que descolgó le pregunto por Henry. Esperó.

Ellos dos se conocían desde niños, y con apenas diez años juraron que se casarían. Sin dejar nunca de verse, continuaron sus estudios y cuando Henry ingresó en la Royal Air Force, la ilusión de su vida era ser piloto, Grace alquiló una pequeña habitación en Londres y se fue detrás de él. Enseguida decidieron contraer matrimonio. Aunque habían pasado ya muchos años de aquello, pensaba sin soltar el auricular, recordaba muy bien el día que estalló la guerra. Los llamaron a todos, por lo que ellos, que tenían preparada la ceremonia de su boda para unos días después, tuvieron que retrasarla. Pero no le importó, porque alquilaron un apartamento al que él siempre que podía venía a verla. En ese tiempo fue cuando se quedó embarazada. La alegría de Henry junto a la de ella por aquel inesperado embarazo fue casi tanta como el malestar de sus padres. Ellos no la entendían. Sin embargo, Grace, ilusionada, les hablaba de lo mucho que se querían y de que en cuanto acabara la guerra se casarían. Esta vez con un nuevo invitado, decía riendo.

Tampoco se le olvidaba la mañana que recibió el telegrama de Henry. Decía que tenía que ir a la base aquella misma tarde, que, por favor, fuera lo más elegante que pudiera, y que el coche de un amigo pasaría a recogerla a las dos de la tarde. Desde la una y media Grace esperaba delante de la puerta de su casa y no fue hasta casi las tres cuando el coche la llegó. Había mucho lío en la base, se disculpó.

El automóvil recorrió la carretera de la base y Grace, aturdida por el ruido de los motores de las avionetas que llegaban y que partían, se tapó con fuerza los oídos. El auto se detuvo delante de la puerta del pabellón, en donde Henry la esperaba con un pequeño ramo de flores en las manos. Vamos, vamos, Grace, le gritó ayudándola a bajar del Austin Seven. Tengo dos sorpresas para ti. Una buena y otra mala, le contaba sonriente llevándola cogida por el codo por los pasillos del edificio. La mala es que... Buenos esto te lo contaré a la vuelta. Y la buena es que cuando le dije al capellán de la base, Mister Murray, que estaba esperando un hijo, él se ofreció a casarnos. Azorada, con la respiración entrecortada, Grace le sonreía. Henry detuvo su carrera ante una puerta pintada de marrón. Antes de llamar, la besó. Pase, escucharon una ronca voz. Entraron. En el centro de la pequeña habitación, había una mesa de pino bastante gastado, llena de libros y documentos. Y justo detrás de ella, pegado a la pared se levantaba un pequeño altar. ¿Había llamado a los testigos?, preguntó el clérigo al sonriente novio. La puerta se abrió casi sin que hubiera terminado de pronunciar estas palabras. Eran ellos, Billy y Martín, los testigos.

Al terminar la ceremonia, ambos, ya solos, se dirigieron a la camarilla de Henry. Alguien les había dejado una botella de vino y unas galletas.

Por la mañana la despertaron unos golpecitos en la puerta. Era el conductor que la había recogido la tarde anterior. Henry se había marchado poco después de amanecer.

Con su nuevo documento en el bolso, Grace recorrió el camino de vuelta a casa. Esta vez entró en su pequeño apartamento feliz. A pesar de lo que diga tu abuela, tu papá nos quiere, le decía a su bebé mientras se quitaba el abrigo. Después de un ligero desayuno, bajó a la cabina y los llamó. A su alegría su madre le puso una pega: Una boda así, tan secreta, a lo peor no era válida. Ella rio para sí.

Después de colgar, qué suerte que la cabina estuviera instalada delante de su casa, marcó el número de la base. Unas veces podía hablar con él, otras no, pero siempre había alguien que le daba noticias de Henry.

Al fin una noche nació su bebé. Él no estaba, pero ya vendrá le dijo a su madre que la miraba llorosa.

Cerró la cabina y de nuevo se dirigió a su casa. Ya está aquí otra vez esa vigilante cotilla, se dijo malhumorada Grace inclinando la cabeza hacia su vecina. Ella no se preocupaba de la vida de nadie y no veía por qué Kate tenía que meterse en la suya. Su vecina levantó la mano con la intención de saludarla.

Era cierto. Kate estaba pendiente de la entrada de Grace en la cabina. Y unas veces cortando flores, otras recogiendo el correo, las más dejando la basura, disimuladamente la vigilaba. Ella conocía que Henry nunca pudo contarle la otra cosa, la mala, porque su avión fue de los primeros que derribaron la noche de la gran batalla. También conocía que la trastornada mente de Grace nunca quiso aceptar aquella muerte, y que cada día, desde aquella cabina, ya sin servicio, le contaba su vida y la de su hijo al que fue el amor de su vida.

© Malena Teigeiro

La llamada

Liliana Delucchi

Es la hora. Don Severo ya está sentado en el sillón frente a la ventana. Con sus gafas de lejos enfoca la cabina de la calle de enfrente, a escasos metros de su casa. Te estás retrasando, chiquilla. ¡Ah!, ya te veo. Tranquila, él esperará.

Como todas las noches, a las once en punto, una joven desconocida, a quien él ha bautizado Beatriz, se acerca a llamar por teléfono. La conversación con quien sea que está al otro lado de la línea suele durar entre quince y veinte minutos. Luego, ella desanda el camino con la mirada fija en las baldosas, como si buscara en ellas el rostro de alguien o una respuesta.

Si el anciano reparó en la chica, no fue por cotilleo de viejo aburrido. No, su pelo rubio ensortijado y esa forma de caminar alada le recordaron a su adorada Griselda. ¡Cuánto te echo de menos, pequeña! Con ese futuro que tu madre y yo habíamos planeado para ti. Pero él te embrujó, dejaste tus estudios con notas de campeonato, como solíamos decir, y lo seguiste para que él cumpliera sus sueños. ¿Y los tuyos, querida?

Gris, te llamaba, y yo me enfurecía porque ése no era tu nombre. Llámala Griselda, que es su nombre completo. Gris es un color triste y ella no lo es.

No se enfade, don Severo, es solo un diminutivo. ¡Diminuto eres tú!, pensé, pero mantuve silencio. Quizás debí haber hablado.

El anciano vuelve al presente para ver, a través de los cristales de la cabina de teléfono, a la lozana Beatriz. Parece enojada. Aunque don Severo no puede ver su rostro, los gestos de la mano derecha denotan indignación. Cuando cuelga el auricular, la chica se apoya sobre el aparato, como si necesitara recuperar fuerzas para regresar a donde sea que regrese.

Consternado, el hombre baja la cabeza. Su mente se llena de recuerdos, algunos amables, otros tristes, todos lejanos. Enciende el televisor. Una comedia, necesito una comedia.

Fue la noche siguiente cuando, al ver a la joven llorar desconsolada, tomó la decisión. Mañana le escribiré una nota. Lo hizo. Cinco minutos antes de las once, bajó hasta la calle y dejó un papel sobre el teléfono. En el mismo le decía que nadie era digno de sus lágrimas, que era muy joven para gastar su vida con quien no la merecía. A continuación, la firmó, agregando su número de móvil. Subió a casa y se limitó a esperar frente a la ventana.

La vio leer la misiva, mirar hacia todos lados hasta descubrirlo sentado junto a la lámpara. Una tenue sonrisa se dibujó en su cara llorosa, pero no lo llamó.

Don Severo se preparaba una sopa cuando escuchó el timbre. Al otro lado de la puerta encontró a Beatriz, con su nota en la mano.

—Estoy haciendo la cena, ¿te apetece acompañarme?

—Encantada, gracias.

© Liliana Delucchi

Mis sueños

Marieta Alonso

La noche cuenta quién soy a través de los sueños. Y me gusta. En cuanto mamá me dice ¡A dormir!, salgo como una flecha, me meto en la cama y con la sábana tapo mi cabeza. Así llega la modorra más rápido. Las imágenes son claras: un día soy astronauta, otro bombero, ayer soñé que era un gran futbolista. Desperté feliz. Hoy no sé en qué me convertiré.

Zzz… zzz… zzz…

Mi nombre es Nube Roja. Nací un día de marzo con la llegada de la primavera, el mes de la siembra. Nuestra tribu vivía en la Gran Pradera e íbamos de un lado para otro llevando el tipi a la espalda.

Allí donde había bisontes, acampábamos. El bonito animal nos daba de comer y también nos proporcionaba su piel para vestirnos, su vejiga nos servía de saco y con sus huesos hacíamos cucharas, martillos, cuchillos. En las fiestas tocábamos los tambores y saltábamos alrededor del fuego gritando «Uuuuuu Uuuuuu».

La mayor hazaña de un guerrero era tocar al enemigo con la mano o con un bastón muy adornado. Así… Toc, Toc. Se le vencía sin necesidad de matar.

Con la llegada del hombre blanco, nuestro mundo se desequilibró. Llegué a ser uno de los mejores jinetes. Los caballos eran grandes aliados para ir de caza y hacer la guerra. Incluso un pájaro debe defender su nido, decía el Gran Jefe.

Y corriendo por la pradera donde el viento baila en libertad y nada puede romper los rayos del sol, encontré una cabina de teléfonos roja que sonaba y sonaba y sonaba... Mi caballo movía la cabeza para que diese la vuelta. ¡Estuve tentado de no coger el auricular! Al final el deber se impuso. Era mi madre que me recordaba que tenía que ir al colegio.

© Marieta Alonso

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Rebajas de enero

15 enero, 2023 por Akelarre 3 comentarios

Rebajas

Las rebajas de enero

Fueron dos los elementos importantes que consolidaron la costumbre de las rebajas: el primero, el regateo, que se efectúa desde tiempos remotos. El segundo, la idea de concentrar en unas fechas determinadas una campaña comercial.

En ese sentido, tuvo mucha importancia el desarrollo de las ferias medievales, las cuales, como las rebajas de la actualidad, tenían lugar con el cambio de estación y los productos de temporada.

Hoy en día, no solo fortalece las ventas de pequeñas tiendas y grandes superficies, sino también la relación entre familia, amigos y otros vínculos, como veremos en los cuentos que este mes nos regalan nuestras escritoras.

Buenas amigas

Cristina Vázquez

Consejo materno

Malena Teigeiro

La venganza de la moda

Liliana Delucchi

Rebajas a porrillo

Marieta Alonso

Buenas amigas

Cristina Vázquez

Habían decidido ir de rebajas. Era casi una tradición salir esos primeros días de enero las cuatro amigas desde el colegio, a comprar alguna cosa. Empezaron a hacerlo desde jovencitas, con la ilusión de poder llevarse esa prenda soñada que no habían podido adquirir. Luego lo hacían con la responsabilidad asociada a sus finanzas personales o familiares.

—Aunque cada vez compremos menos para nosotras —afirmó Ana María—. Esta tradición de ir juntas de rebajas no podemos perderla.

Lo decía delante del café con churros que se tomaban ese domingo para tener fuerzas, se animaban risueñas, igual que si se aprestaran a una batalla. Y se miraban con la esperanza, cada vez más tenue, de encontrar algo que renovara no solo sus vestuarios sino de alguna manera también sus vidas.

—La única que no ha cambiado de talla es Blanca —señaló con cierta dureza Luisa.

Las demás, se estiró el jersey que le quedaba un poco ajustado, iban a tener que pelear por la cuarenta y cuatro o por la cuarenta y seis. Que no fuera ceniza, replicó Clara, al fin y al cabo, los años ensanchaban a todas. Un silencio imprevisto se cuajó en el borde de las tazas.

—Os voy a descubrir una tienda maravillosa que hacen unas rebajas de marcas de primer orden in-cre-í-bles —Ana María separó las sílabas con la precisión de un grabador—. Está muy cerca de aquí y nos la abren, aunque sea domingo, solo para nosotras.

La encargada era amiga suya y un encanto de persona, continuó mientras terminaban de pagar. Salieron las cuatro como un enjambre hablador, forzando un poco la alegría. Era estupendo haber sido capaces de no desfallecer en este pequeño ritual, afirmó Clara emocionada. Al entrar en la tienda se sintieron un poco cohibidas. Demasiado para ellas, se iban a arruinar. ¡Qué locura!, bisbiseaban excitadas mientras Ana María se dirigía con paso firme a la encargada.

—Querida —le dijo con una voz artificiosa—. Te traigo a mis adoradas amigas del colegio.

Hizo un ademán que las abarcaba a todas en una onda amorosa. La encargada, una mujer imperiosa e impresionante, les dedicó una encantadora sonrisa y las tasó de una sola mirada. Sus ojos le hicieron pensar a Blanca en una noche quebrada de sueños que, con seguridad, no se cumplirían, lo que le produjo una inquietud indescifrable. Pasada esa primera impresión, el aroma difuso, la iluminación tenue, el ruido de los cerrojos en la puerta, les dio la sensación de una blanda burbuja en la que todo resultaba posible y amable.

Permanecían un poco amilanadas ante el despliegue de trajes, abrigos, bufandas… Poco a poco, se fueron acercando a admirar su suavidad y a descolgar alguno para apreciarlo mejor. En ese momento, la encargada, que había desaparecido, reapareció. Sostenía una cortina al final de la tienda con elegancia, como si fuera un decorado en el que ella manejara los recursos del mismo.

—Seguro que ha sido modelo —secreteó Clara a Luisa—. Vaya fachón y eso que no cumple los sesenta.

Y con su encantadora, delgada y profesional sonrisa las hizo pasar a un saloncito forrado de tela amarilla con un espejo grande y sillas de respaldo dorado colocadas junto a la pared. Al fondo, se veían dos probadores abiertos como bocas prometedoras de delicias.

—Sentaos, por favor —la encargada indicó las sillas—. Este es el lugar secreto para las escogidas —rio bajito—. Y para mí, Ana María y sus amigas lo son.

Iba a apagar un momento las luces exteriores para que nadie se extrañara, como era domingo y estaban solas en la tienda, dijo en tono confidencial, así estarían más tranquilas. Solo faltó que un discreto aplauso invadiera el lugar, pero no hubo más que unos agradecimientos murmurados con timidez. Blanca, de manera instintiva, metió los pies bajo la silla, sus zapatos estaban un poco estropeados y en ese momento tuvo conciencia de lo impropios que resultaban en ese encantador refugio. La encargada, Juana, que la llamasen por su nombre, volvió a desaparecer un minuto para volver con un perchero lleno de trajes que dejó en el centro. Le pidió a Ana María que la ayudara, por favor, y trajeron un carrito lleno de chales, bolsos, bisutería…

—Adelante, señoras, esto ha sido especialmente seleccionado para vosotras —las miró con la calidez de ese sueño quebrado—. A todos los precios hay que aplicarle el 70%.

Al decirlo, su voz subió a un tono casi de feria o de rifa. Descolgó uno de punto que ofreció a Blanca, la que no había cambiado de talla, otro de chaqueta de lana fría a Clara y así, después de mirarlas a cada una un rato con interés, elegía prendas para que se las probaran.

La más animada y la primera que entró en el probador fue Ana María con un abrigo de corte impecable y un traje de seda que casi la hace parecer otra mujer. Le quedaba genial, estaba elegantísima. Juana cogió las etiquetas y las retó con gracia.

—Y solo le va a costar… —se calló con los ojos cerrados—, trescientos euros. Increíble.

La otra, feliz, sin duda se lo iba a quedar, aseguró mientras se desvestía y empezó a rebuscar más ropa para probarse. La animación entre el resto surgió como un travieso animal que las fuera incitando, pellizcando. Empezaron a probarse animadas por los consejos de Juana, este no le iba, de ninguna manera, y casi le arrebata a Luisa una blusa de las manos para ofrecerle un conjunto mucho más adecuado a su físico y a su personalidad.

—Con todos los años que llevo en esta profesión me he vuelto psicóloga y sé lo que os va a cada una.

Soltó un amable discursito de la necesidad de sentirse bien con uno mismo, cómo la ropa buena no se estropeaba y daba categoría y seguridad a la persona. Ahí se paró en medio del cuartito y como una hechicera elegante, que no olvidaran lo deprisa que corría el tiempo, soltó muy seria. Tenían que aprovechar que aún eran jóvenes y seguro que despertaban miradas de admiración masculinas. Y les guiñó un ojo.

Al cabo de una hora salieron todas cargadas de bolsas, con una mezcla de mala conciencia y alegría por la buena compra hecha, comentando lo increíble de los precios, aunque se hubieran gastado un dineral. Gracias Ana Mari, vaya chollo, iban a ir como reinonas. Cada una, en el fondo, iba pensando de qué gasto se tendría que abstener para compensar este maravilloso dispendio.

Pasados unos días, ya reposada en su casa, después de haber desaparecido esa especie de infantil excitación que les entró en la tienda, Clara comprendió que no iba a usar el traje de gasa azul. Nunca había tenido ni iba a tener un acontecimiento que justificara tanta sofisticación. Fue a cambiarlo a la tienda, preguntó por la encargada y apareció una señorita sonriente.

—Perdón, yo quería ver a Juana —adujo con timidez.

La otra, que comenzaba a agriar su sonrisa, le aseguró que no había existido una encargada con ese nombre. Al mostrarle el traje, también afirmó, en un tono opaco, que esa marca nunca había formado parte de su colección.

—De hecho, hemos inaugurado la tienda ayer —aseguró reticente.

Mientras metía el traje en la bolsa blanca, sin ningún logo impreso, las típicas de rebajas, había asegurado Juana, sintió la desconfiada frialdad en la voz de la encargada.

Llamó a Ana María para que le diera alguna explicación, pero la única respuesta que obtuvo fue la voz metálica que le repitió tantas veces como marcó, que “ese número no corresponde a ningún abonado.”

© Cristina Vázquez

Consejo materno

Malena Teigeiro

Los del gran almacén tendrían que tener un poco de cuidado y no anunciar las rebajas en los envoltorios de esa forma tan alarmante. Y lo digo porque anoche discutí con Antonio. Buscando su ropa de jugar al fútbol mi marido encontró las bolsas vacías de la tienda en de donde compré mi ropa de verano.

Como últimamente en cuestión de dinero Antonio no se fía de mí, las había escondido. Pero, claro, cuando volvió a casa dispuesto a ir a jugar al fútbol, y yo no estaba —había llevado a nuestra hija Lucía a la gimnasia rítmica— él decidió buscar por sí mismo su equipo. Es muy desordenado y nunca encuentra nada. Y claro, se puso a mirar en un sitio y en otro. Encontró el pantalón y la camiseta, pero no las zapatillas ni los calcetines. Con lo que sí se topó fue con las bolsas del gran almacén. Y mira que las escondí con cuidado. Se puso furioso. Según él soy una maquinita de gastar. Este pensamiento tan inútil le hace perder mucho tiempo. Ya lo creo. Siempre anda acechando por los armarios, busca que te busca, con la única intención de conocer en qué desembolso su dinero. ¡Qué pérdida de tiempo, Señor!

Cuando llegué a casa me esperaba en el salón. Estaba sentado en el sofá con una cerveza en la mano y las bolsas vacías del gran almacén descansando sobre sus rodillas. Sin hablarme, golpeó con el dedo el papel. Luego y sin importarle que la niña estuviera delante dijo: ¿Te creías que no las iba a encontrar, que no me iba a enterar? Y yo, que en los grandes momentos razono con tranquilidad, seria, molesta, dije que no. Que si las bolsas estaban bien guardadas era porque soy una persona muy ordenada y me gusta almacenarlas por si alguna vez nos hacen falta.

—¿De verdad te crees que soy gilipollas? —dijo con los ojos cerrados como un chinito.

Y como no me gusta que Lucía vea ciertas cosas, sin contestarle, con la niña de la mano, salí del salón.

Y todo aquel jaleo lo armó porque me compré unos pantalones amarillos, dos blusas, bien sencillas, un vestido más arreglado y una chaqueta por si hace frío. Esta la adquirí porque veraneamos en una casa que tiene su madre en una aldea del norte. ¡Qué quiere! ¿Que coja una pulmonía? Además, ¿es que no comprende que el perfume de un gran almacén en rebajas es inigualable? A mí, la emoción que me produce cruzar esas grandes puertas de cristal hace que hasta las aletas de la nariz me tiemblen.

Lo cierto es que si aquella vez me fui de compras fue por lo pesado que se puso la noche anterior. La causa de su enfado era algo tan simple como que me teñí el pelo de un color dorado, muy propio para el verano. Gritaba que el mío era más bonito, que quería el mismo que tenía cuando me conoció. ¿Pero es que no se da cuenta de que eso ya no se lleva? ¡Anda ya! Qué se cree él que voy a ir a recoger a Lucía al colegio con mi pelo al natural. La otra tarde, Marina, la mujer de Carlos, que también lleva su niña al mismo cole que nosotros, lucía unas mechas color... Bueno, no sé ni de qué color eran, pero preciosas. Le pedí la dirección de su peluquería y nada más ver entrar a mi Lucía en el edificio, para allí que me fui. Me tiñeron con un tinte vegetal, para que no haga daño al medio ambiente, que según el peluquero me levantaba dos o tres tonos el color de la piel. La verdad es que me encuentro monísima. Pues, ¡a Antonio no le gusta! Y eso que no se ha enterado de lo que me costó. Pero el dinero a mí no me importa. ¡La de cosas que me enseñó mi madre a hacer con chorizo y carne de pollo picada!

Por la mañana cuando se fue de casa todavía me seguía chillando por lo de las rebajas. Lo cierto es que aquel mal trato me produjo un nerviosismo tremendo. Y esas situaciones tan drásticas son las que te llevan a un divorcio seguro, cavilaba mientras llevaba a Lucía al colegio.

En la puerta de la escuela, cuando me despedía de mi niña, me di cuenta de que más de una me miraba. Suspiré profundo y sacudí con fuerza la hermosa melena. Y en ese instante percibí que era cierto que esos disgustos te podían llevar a un divorcio. Eso sí, a cualquiera menos a mí. Mi madre me enseñó que nada como ir de compras para levantarte el ánimo. Y como Antonio, aunque es igual a la suya de enrabietado, es un buen hombre, bastante guapo por cierto, y me divierto con él muchísimo, pues decidí seguir el consejo de mi mamá. Hoy vuelvo a ir de compras. Además, siguen las rebajas, con lo que siempre ahorras. Eso sí, esta vez no esconderé las bolsas. Las tiraré directamente al contenedor. Lo que es a mí, ese no me vuelve a pillar.

© Malena Teigeiro

La venganza de la moda

Liliana Delucchi

Como era costumbre, mis amigas y yo montábamos guardia a la puerta del centro comercial el primer día de rebajas. En cuanto abrieron, entramos en medio de esa nube de abrigos, sombreros y bolsos dispuesta a arrebatar aquello que ansiábamos llevar a casa. Estábamos entrenadas para luchar por lo que queríamos…, pero las otras también. La contienda se lleva a cabo sin ceder un centímetro al avance del enemigo; un espacio cedido puede significar una ganga menos en nuestro vestidor, una de esas que más tarde nos preguntamos para qué la compramos y termina en el saco destinado a los más desfavorecidos.

Sin embargo, esa mañana nos depararía una sorpresa. Agotadas de tanto tira y afloja, nos dimos un descanso para un café. Entonces vimos a una de ellas. ¿Es…? Sí, era la de los días impares. Así llamábamos a Lola Morales, una de las amantes del primer ministro. El mote se debía a que la veíamos con él los martes y jueves. Los lunes, miércoles y viernes correspondían a Encarna Ferreiro, y los fines de semana a su legítima, apodada “la señora”, con sus hijos.

Lola era alta, delgada y rubia, con una de esas sonrisas perennes que parecen dibujadas por un experto artista, debido a que no se modifica nunca, ideal para alegrar la segunda y cuarta jornada de la semana, si da la casualidad de amanecer lluvioso.

Encarna, por su parte, era la propietaria de una abundante cabellera cobriza que brillaba al sol y ella sabía mover como nadie. De mayor estatura que su rival y un cuerpo más contundente, se prodigaba menos que la rubia en eventos fuera del ministerio, lo cual era lógico, dado que trabajaba más. Lo que las unía era que sus mentes se movían en un círculo más limitado de lo esperado, aunque sin perder su capacidad para la ordinariez.

“La señora” tenía el pelo castaño, generalmente recogido; un rostro que, pese a no ser poseedor de una belleza clásica, era de lo más atractivo; sus maneras evidenciaban la calma y confianza que se adquiere tras una larga experiencia. En definitiva, era una mujer que mantenía a raya sus fuertes impulsos, lo cual otorgaba serenidad a sus gestos y movimientos.

Nos sorprendió ver a Lola en la cafetería la primera mañana de rebajas. ¿Acaso el ministro no era pródigo con sus amantes? Siempre habíamos pensado que ella compraría en tiendas de grandes marcas donde dan cita para que no te encuentres con otras clientas.

Sin embargo, el material de cotilleo durante nuestras partidas de cartas se vería incrementado ¡y cómo!, con la situación que iba a tener lugar jornadas más tarde en una recepción en la embajada de Suecia.

No recuerdo el motivo del coctel, ni me importa…, sería alguna fiesta nacional de ese país o la visita de un miembro del gobierno o de la Corona. Da igual. Lo importante fue que, quizás por error, o tal vez por maldad, las tres mujeres de la vida del político fueron invitadas.

Recuerdo a “la señora”, con su elegancia habitual, enfundada en un diseño exclusivo, conversando con dos hombres en un idioma desconocido para mí. También atesoro en mi memoria su expresión cuando vio llegar a Lola, no sé si demudada o estoica, y su sonrisa cuando Encarna hizo una entrada triunfal, sacudiendo la melena. El gesto de satisfacción de la legítima se debía a que las dos amantes de su marido lucían el mismo vestido.

© Liliana Delucchi

Rebajas a porrillo

Marieta Alonso

A tres generaciones de mujeres en mi familia nos han chiflado siempre las rebajas. Abuela, hija y nieta íbamos juntas, comíamos y hablábamos de nuestras cosas.

Si el inicio de estos importantes descuentos se remonta a 1930 —tras el crack del 29— he de decir que la abuela inauguró la temporada. En aquel entonces vivía en La Habana. Era joven, guapa y se enamoró de un emigrante español con el que se casó y tuvo una hija. A los diez años de casada se vinieron a vivir a Madrid, justo cuando dos grandes y famosos establecimientos pusieron en práctica la idea de dar salida al género de temporadas anteriores. Pepín Fernández y Ramón Areces pensaron que sería más rentable poner precios más bajos y deshacerse de todo ese material, que aumentar la superficie de la trastienda. La abuela y mi madre alardeaban de haber sido las primeras clientas en hacer cola en la calle Preciados.

Hoy solo quedo yo con esa bonita tradición. Este mes no he faltado a la cita. Después de comprarme un traje de chaqueta rojo vivo muy adecuado para celebrar mis setenta años, me he venido a la terraza de un restaurante a comer sola. No estoy triste. La abuela y mi madre están aquí conmigo.

Una bandada de gorriones picotea a mi alrededor ajenos al trajín de los humanos y no sé por qué me viene a la memoria la vez aquella en que le compramos al abuelo una docena de slips en oferta. Él, acostumbrado a aquellos calzoncillos a media pierna, dijo que esas modernidades no eran de su agrado. Parecían bragas de mujer, añadió. Trabajo nos costó convencerlo, pero a los pocos días el abuelo se convirtió en el gran defensor de esa pieza de ropa por lo cómodos y ajustaditos que le quedaban.

¡Las rebajas! Ahora las hay a tutiplén, pero yo sigo siendo fiel a las de enero y a las de julio.

© Marieta Alonso

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Velas

15 noviembre, 2022 por Akelarre 3 comentarios

Velas nuevo akelarre literario

Las velas

Han pasado muchos años desde que se encendió la primera llama sobre una vela. Su uso se remonta a tiempos antiguos donde no solo era útil para alumbrar los espacios, sino que tenía un significado simbólico. A pesar del tiempo y de las múltiples tecnologías, ha perdurado.

Cuenta la historia que fueron inventadas entre los siglos XIII y XIV a.C. por los egipcios, quienes las hacían con ramas embarradas con sebo de bueyes o corderos. Pero las velas tal y como las conocemos ahora comenzaron a fabricarse en la Edad Media, con sebo y cera de abeja.

Estas candelas han despertado la imaginación de nuestras escritoras, dando lugar a relatos en los que una mujer honra a su marido muerto; abuela y nieta se unen para celebrar su mutuo amor; una joven tiene un regreso desafortunado o la organización de una fiesta da un giro imprevisto. Esperamos que los disfrutéis.

Inoportuna llamada

Cristina Vázquez

El día de Todos los Santos

Malena Teigeiro

La fiesta

Liliana Delucchi

Deben ser los genes

Marieta Alonso

Inoportuna llamada

Cristina Vázquez

El vuelo fue largo y turbulento. Es imposible atravesar Los Andes, América de lado a lado y el Atlántico sin que Eolo y todas las furias que deben acompañarle, te permitan reposar durante las largas horas del viaje. Isabel reflexionó sobre su curso para perder el miedo al avión. No creía que hubiera sido capaz de venir sola desde Santiago de Chile a Madrid sino lo hubiera hecho, aunque tuviera la ayuda proporcionada por los tranquilizantes y los gin tonics que se atizó. Pero cualquier ayuda es poca cuando una se enfrenta sola al pánico. Incluso, consiguió aplicar las pautas aprendidas consistentes en que cuando el avión entraba en turbulencias, era como conducir un coche por un firme mal empedrado. Y la otra era que no estaba suspendida en el vacío, no, estaba sostenida en un soporte fluido.

El momento en que el comandante anunció la aproximación a Madrid, en un cielo encelado de borrones negros y brochazos naranjas, pese a los meneos del descenso, algo en ella se expandió como un globo aerostático ante la esperanza de tocar tierra. Este sentimiento la impulsó a tener fe y confiar en que la llegada a casa de sus tíos fuera el comienzo de su nueva vida. Su frase preferida de los últimos tiempos era “he puesto el contador a cero.” Y mientras trataba de bajar el equipaje de mano, la realidad de ese cero le hizo sentir un repeluco por la espalda.

Venía sin un duro, un poco triste porque su amante chileno, Ernesto, había tenido una malhadada caída del caballo y decidió volver con la legítima que era enfermera para que le cuidara. Además, el curso para el que fue contratada por la Universidad Católica de Santiago para dar micología comparada entre los hemisferios norte y sur, resultó peor pagado de lo convenido y una inundación en su piso terminó de arruinarla.

Estaba convencida de haber comunicado a los tíos su llegada, pero de repente, dudó si había concretado la fecha. Mientras recogía el equipaje les llamó por teléfono sin obtener respuesta. No pasaba nada, estarían desconectados o a lo mejor en la casa del Escorial con mala cobertura. Era temprano y quizás estuvieran dormidos. Esperó un rato tomándose un desayuno de café doble que la entonara y decidió ir a casa de ellos.

Ya en el portal volvió a llamar por teléfono sin obtener respuesta. Pulsó el cuarto C, el piso de sus tíos, y sin que preguntaran quién era le abrieron, lo que le pareció extraño e imprudente. La mañana ya estaba mediada y empezaba a hacer un calor para el que su ropa invernal resultaba insufrible. Menos mal que el equipaje era escaso, pensaba arrastrando su saco dentro del ascensor. Se sorprendió al ver que la puerta estaba entornada y la empujó con timidez. Nadie la recibió. Susurró el nombre de su tía Encarna con cierto apuro, cuando vio que se dirigía hacia ella una mujer entrada en años y carnes que la besaba llorosa en ambas mejillas, le daba las gracias por venir de tan lejos, afirmó señalando el bolso de viaje y la instó a que pasara al salón.

Se quitó la cazadora de cuero y se quedó con los vaqueros y la sudadera azul eléctrico con unas siglas pintadas. No reconoció la decoración, todo le resultaba ajeno y diferente. Al entrar en el salón un coro de miradas oscuras se volvieron hacia ella.

—Hola —atinó a decir— vengo a ver a mi tío Paco.

—Pues ahí lo tienes —contestó una decidida mujer señalando con el pulgar hacia el comedor.

Se desplazó sorprendida a la habitación señalada donde lo primero que vio a través del pasillo fue un resplandor de velas impropio del lugar y la hora. Con paso silencioso y precavido asomó la cara por el dintel y lo que se encontró fue un catafalco en el lugar de la mesa de comer, rodeado de cirios y velas. Espantada, dio un paso atrás. Una de las mujeres enlutadas que llevaban y traían bebidas y algo para sostener la pena, la empujó con firmeza para que volviera a entrar y rezara un poco por el pobre Paco.

—¿Paco? —repitió Isabel aturdida—. No me había enterado de su muerte.

Se apoyó en la pared y con los ojos empañados preguntó dónde estaba su tía Encarna.

—¿Encarna? —le respondió la mujer que sostenía con destreza una bandejita—. No sé quién es. Paco era soltero.

Se fue de la casa a toda prisa y al llegar al portal preguntó al portero por sus tíos. Hacía mucho que se habían traslado al cuarto D, afirmó sabihondo, más amplio, mejores vistas, pero estaban de crucero.

—La verdad —cabeceó pensativo—, que doña Encarna y don Francisco últimamente no paran.

© Cristina Vázquez

El día de Todos los Santos

Malena Teigeiro

Lo primero, poned más velas, razonó mi abuela sin tener en cuenta que en el altarcillo ya no cabía una más. Ella creía que haciendo aquello llamaba poderosamente la atención de los del Mas Allá. Sin embargo, mi tía abuela, su hermana, siempre crítica o quizá un poco envidiosilla del marido de la otra, entre suspiros y miradas a techo, decía que su cuñado había sido el hombre más bueno y cabal que había conocido. Luego, con un brillo especial en la mirada, añadía: fijaos si sería bueno, que hasta tuvo la delicadeza de irse antes de ponerle los cuernos a mi hermana. Luego, acababa rezongando que como se pusiera una vela más, iba a haber un incendio y no precisamente en el infierno.

Todo aquello venía porque era día de Todos los Santos, es decir, el Día de Difuntos. Y en esa fecha mi abuela, como todos los años, además de ir al cementerio a dejar un gran ramo de flores y de llorar una hora delante del hermoso y tétrico panteón familiar, encima de la mesa del comedor montaba un altar con la esperanza de que su difunto esposo viniera a visitarla. En él, alrededor de un gran retrato de su marido, el abuelo Paco, colocaba flores, una caja de cervezas y cuencos con taquitos de queso y jamón, su aperitivo favorito. Ponía también las fotos de todos nosotros. Ella decía que, como cuando se fue, y se persignaba con un pequeño rezo, sus hijos apenas eran unos niños, y claro, tampoco había nacido ningún nieto, no fuera a ser que al ver una familia tan grande, pensara que esta —aquí siempre daba pataditas en el suelo con la punta del zapato— no era su casa y pasara de largo.

Cuando ellos contrajeron matrimonio, según decían, Paco tenía una gran fortuna, y mi abuela, de familia pobre, pero de gran belleza, también tuvo la fortuna de que la viera y se enamorara de ella. Según contaban todos, aunque duró poco fue un matrimonio muy feliz. Ella no tenía ningún reparo ni pereza a la hora de obsequiarlo con cualquier capricho que él pudiera tener, por ejemplo, cuidando con esmero sus comidas, pues al decir de todos, Paco era hombre comilón. Le gustaba sentarse a la mesa y disfrutar con una buena carne y un buen vino rodeado de sus amigos. Y sin duda fue eso lo que lo llevó a la tumba. Sí. Le dio un infarto mientras degustaba un cordero asado, rodeado de cebollas, patatas y pimientos fritos. Según él, lo indigesto de aquellas comidas era la grasa que, decía, él aniquilaba con unas hojas de verdísima lechuga.

Al parecer, en eso de la lechuga no llevaba razón, porque su fallecimiento sucedió justo después de haberle dado a su fiel Raimunda cuatro hijos. Y digo justo, porque mientras mi abuela daba a luz, Paco y sus amigos, se hallaban en la taberna celebrando el nacimiento de mi tío Pepito con un asado de chancho.

A partir de entonces, la abuela Raimunda colocaba aquel altar todos los años, varios días antes del Día de Difuntos. Cada vez era más grande, con más comida y más velas. Y en tanto el altarcito estaba en la casa, ella a diario cambiaba los alimentos, a diario rellenaba los vasos de vino, y al llegar el dos de noviembre, desde bien temprano se sentaba delante del altar. Llorosa, hipaba y rezongaba: Paco, por favor, aunque solo sea una vez, vuelve y dame el abrazo que tu muerte impidió. Ese abrazo de felicitación por nuestro hijo que a mí tanto me gustaba. Ese que a la vez que me apretabas contra tu pecho, me besabas y me mordías la oreja susurrándome palabras de amor. Y de paso, sóplame al oído donde guardaste aquellos doblones de oro que me regalaste cuando nos casamos y que decías eran por si en algún momento tenía yo una necesidad. Y no es que la tenga, que me arreglo bien, pero, por si acaso, ¿no crees que debería conocer el escondite?

© Malena Teigeiro

La fiesta

Liliana Delucchi

—¿Dónde está el muerto?

Si esperaba que mi vecina agradeciera las molestias que me había tomado para decorar el jardín con velas y flores, estaba equivocada. A veces cometo el error de creer que la gente es más amable de lo que su naturaleza le permite. Sin embargo, he de confesar que la fiesta que habíamos urdido (sí, la palabra es urdido) no era más que un complot para quitarnos de encima a Victoria.

Había llegado a la urbanización con su primer marido del que estaba a punto de separarse, mejor dicho, él la iba a abandonar por otra. Cosa que cuando la conocimos y vimos el trato que le daba a ese pobre hombre, no nos sorprendió: hambriento de afecto había agotado sus reservas de cortesía y recurrido a brazos más cálidos. La ausencia de un varón en su vida hizo que ella se acercara a nosotras.

La vida en esta pequeña comunidad de vecinos era apacible, sin demasiados contratiempos ni dramas apocalípticos. Organizábamos reuniones en invierno y fiestas de jardín en verano, en las que el tono general era la cordialidad, esa sana diversión de gente educada que solo quiere pasar un buen rato. Hasta que apareció ella.

Llegaba contoneándose y alzando la voz para contrarrestar su baja estatura en un alarde de llamar la atención. Las demás le sonreíamos, obviando sus comentarios a veces agresivos, como lo de preguntar dónde estaba el muerto. Esa gracia se debió a las velas que habíamos colgado de los árboles.

Tuvimos unos pocos años de tranquilidad cuando consiguió su segundo marido, durante los cuales, como tortolitos, se refugiaron en su casa y no asistían a los eventos. Hasta que el susodicho conoció a otra y, al igual que el primero, partió sin ella.

Desde entonces, aparecía por sorpresa en cualquiera de nuestras casas, se auto-invitaba a comer, cenar o lo que se terciara, hasta intentó incluirse en nuestro club de lectura, aunque allí se encontró con la excusa del numerus clausus.

—Tenemos que encontrarle un novio. Alguno de vuestros maridos tendrá un amigo, conocido, compañero de trabajo. Lo que sea —dijo Carlota.

—Es verdad —contesté—. En cuanto huela testosterona, se encerrará y nos dejará en paz.

Ese fue el origen de la fiesta con velas. Aquella a la que le faltaba el muerto. O quizás, no. El finado sería ese pobre hombre al que ella eligiera, porque moriría, sí, pero de aburrimiento, antes de huir como de la peste.

La víctima se llamaba Fermín. Antiguo compañero de colegio de mi marido de visita en nuestro país para ver a su familia. Desde hacía años su trabajo de arqueólogo lo trasladaba de una excavación a otra en diferentes lugares del mundo.

—¡Genial! —casi gritó Carlota—. Se la llevará lejos.

Pero las cosas no salieron según lo previsto. Fermín, demasiado sensible como para soportar la vulgaridad de Victoria, prefirió el refinamiento de Agustina. Profesora de historia, tímida y de modales contenidos, era de esas personas que escuchan, aprenden y cuyos silencios, más que hacer pensar a su interlocutor que está aburrida, lo convence de una inteligencia madura y receptiva.

No se separaron en toda la noche. Desde lejos, nosotras, las urdidoras del complot, esperábamos que en cualquier momento se dispararan fuegos artificiales. No fue así, ambos eran demasiado discretos, pero cualquier buen observador se daba cuenta de la magia que los envolvía.

Y la come-hombres, indignada por no ser la elegida, ella, una hembra alfa abatida por una insulsa con poco pecho, se marchó con sus pasos cortos y la melena al viento.

No sabemos cuánto durará su ausencia, pero algo es algo.

En realidad, visto a la distancia, la fiesta fue un éxito, aunque no hubiera un muerto. Habíamos emparejado a dos seres encantadores y alejado, al menos por un tiempo, a otro tóxico.

© Liliana Delucchi

Deben ser los genes

Marieta Alonso

Mi nieta es mi vivo retrato. Cuando mi hija, los jueves por la tarde, me llama y me pregunta: ¿Qué piensas hacer el fin de semana?, me entra un cosquilleo por todo el cuerpo, es un síntoma inequívoco de que se quiere ir a la montaña y me trae a la niña.

Manuela va a cumplir seis años. Este año comienza primero de primaria y está muy ilusionada. Al llegar va corriendo a mi dormitorio y todos los collares, pulseras, sortijas… que encuentra en mi tocador se los coloca. Le gustan las gangarrias, como a mí. Y sale como burro en feria tintineando por toda la casa. Se sienta en la mecedora del cuarto de estar y me pregunta qué estoy tejiendo. Una bufanda, le respondo.

−¿Para mí?

−Sí, si la quieres.

−¡Mola!

Esta noche iremos a un restaurante de lujo a cenar: el comedor de mi casa. Entre las dos sacamos del arcón la mantelería de Lagartera, la vajilla de Sargadelos, la cubertería de plata y el candelabro regalo de bodas. Presidimos la mesa, una enfrente de la otra, encendemos las velas, es mucho más misterioso que con la luz eléctrica y entre sombras charlamos sobre los grandes acontecimientos acaecidos durante la semana. Que si su amiga Leonor no le prestó su estuche de manicura, que si Nicolás ya no es su novio, que si Jorge tiró de su trenza y la hizo caer…

Y así nos vamos tomando el puré blanco de calabacín, saboreamos las croquetas hechas con lo que sobró del cocido y el postre de flan de huevo y leche condensada.

Apagamos las velas para volver a la realidad. Ya no somos las dueñas de la casa, somos las asistentas que recogen la mesa y friegan los cacharros. Y cuando la cocina está ordenada, nos sentamos en el columpio del portal y nos mecemos como si estuviésemos en un avión a punto de despegar. Nos vamos a París y allí conocemos a un señor de unos cincuenta años que me invitará a navegar por el Sena y a su nieto, un joven encantador que llevará a Manuela al ballet y por vez primera sabrá que además de El Lago de los Cisnes hay muchos otros, como...

−¡Buenas noches!

Así rompió el vecino de enfrente el hermoso sueño en que estábamos inmersas. Hora de irse a dormir.

Ya bien arropadita la niña me toma las manos y susurra:

—¡Abrázame, abu, apriétame fuerte! ¡Estoy tan a gustito contigo!

© Marieta Alonso

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Cottage

15 septiembre, 2022 por Akelarre 3 comentarios

historias inspiradas en un cottage

Cottage

El origen de las maravillosas casas de estilo cottage se remonta muy atrás en el tiempo, cuando las comunidades agrícolas le dieron vida a la campiña inglesa.

Fue a finales del siglo XIX, en plena época victoriana, cuando los arquitectos retomaron las bases de las antiguas tradiciones de la construcción. Volvió a popularizarse este estilo tan rico conocido como old english, y que tiene como icono el magnífico cottage.

Las historias de este mes transcurren entre los muros de estas idílicas construcciones. En una regresan personajes que la habitaron años atrás; las experiencias de una adolescente que descubre un mundo nuevo; la generosidad de una joven heredera o el desconcierto de una mujer ante la sabiduría de su joven empleado.

Los happy sesenta

Cristina Vázquez

El huerto de hortalizas

Malena Teigeiro

Claroscuros

Liliana Delucchi

Don erre que erre

Marieta Alonso

Los happy sesenta

Cristina Vázquez

No era su primera vez en Inglaterra durante el verano, pero sí la primera en una familia. Sus padres decidieron enviarla a casa de unos amigos de otros amigos que tenían una hija de la misma edad. Mariana miraba por la ventanilla la cercanía del aeropuerto con una mezcla de emoción e inquietud. ¿La reconocerían?, les había enviado una foto suya.

Estuvo un buen rato esperando después de recoger su maleta, hasta que al fin vio a un señora alta y un poco gorda con una chica pálida francamente obesa, que miraban a todos lados. Se acercó a ellas y dijo quién era. Grandes disculpas y alegría, como en la foto, llevaba el pelo suelto y ahora lo tenía recogido en una trenza, no la reconocieron. So, so sorry.

Brillante pensó, brillante deducción, pero le cayeron bien. Eran parlanchinas y sonrientes. Se quedó extrañada de la blancura rosada del cutís de su futura amiga, Lavinia, y de la blanda carnosidad de los muslos que lucía despreocupada. Mariana no había visto en Madrid una minifalda tan corta y que no levantara ninguna mirada atrevida o salaz. Comprobó que esa iba a ser la medida habitual de las minifaldas inglesas en esos años de finales de los sesenta. Mary Quant y Twigy a la cabeza.

Llegaron a la casa de cuatro plantas en la elegante Sloane Square y les recibió un primo que vivía de prestado en la buhardilla y la empleada española que se iba a las siete de la tarde. Desde que llegó, Carmen, así se llamaba, le advirtió de los peligros del primo, un fresco, ojo con él, por la noche ciérrate la puerta. La miró solidaria, esta gente no es como nosotros. Los ingleses son muy distintos y los hombres muy aprovechados. Cuando se sentó en la cama con dosel de florecitas que daba al minúsculo jardín trasero, a Mariana le invadió un regocijado temor. A lo mejor la libertad era eso.

La siguiente sorpresa fue la cena organizada al día siguiente con el novio de la madre —estaba divorciada y el padre iba por la tercera mujer— y unos amigos jóvenes delicadamente snobs de pelos lacios y estudios en Oxford. Después de cenar se fueron repartidos en distintos coches a la discoteca de moda. Tuvo plena conciencia de felicidad al verse esa noche de verano subida en un deportivo descapotable, deslizándose por calles semivacías con un encantador polaco emigrado del telón de acero y sin nadie que la esperara en casa o la fuera a reprochar el horario. En Madrid no podía llegar después de las diez, atemorizada por la mirada de su padre ante el que no cabían disculpas. I´m happy, very happy confesó al amable acompañante. ¡Qué bueno! le contestó en su precario español.

Esa noche quedó en su memoria como la primera conciencia que tuvo de felicidad y la atesoró para el resto de su vida. Su amiga no había llegado a casa y no apareció casi hasta la madrugada. Sorprendentemente, su madre la reconvino no por haber llegado tan tarde sino por haberla dejado sola, las españolas están acostumbradas a llevar chaperona. Tampoco era eso, le aseguró a Lavinia cuando al día siguiente le lo confesó, y se rieron iniciando así una amistad que duró muchos años.

Se empezó a instalar la rutina. Los jueves se iban al cottage que tenían en Hampshire, volvían los lunes; los martes daban una cena y hacían juegos, como pasarse una manzana de uno a otro sostenida solo por la barbilla del contrincante con el que te emparejaban por sorteo. El contrincante dedicado al rescate de la manzana tenía que ser alguien del sexo contrario, y por supuesto, no podía utilizar las manos. Muchas risas y mucho Pimm`s para los jóvenes. Mariana fue la primera vez que bebía algo de alcohol y bajó las escaleras con la certeza de que tenía alas en los pies. Su vida se debatía entre la excitación, el recelo y la sorpresa.

El polaco venía cada martes a la cena y ella pensó que iba a morir de amor por ese hombre dulce, tranquilo y que le aseguró que si a una chica de dieciséis años no la había besado aún, sería porque era muy fea o muy rara. Y Mariana deseó ser besada, inaugurar la vida con él. No fue así, pero él le escribió cuando se marchó asegurándole que las estrellas los unirían alguna vez.

A la semana siguiente recibió la inesperada llamada de su madre.

—Vamos a Londres por trabajo de tu padre y así os vemos a tus hermanos y a ti.

Llegaban al viernes siguiente. No se pudo ir al largo fin de semana en el cottage y se quedó en la casa bajo la admonitora mirada de la española, que permaneció esa noche para que no estuviera sola. Se entristeció por el cambio de planes y la inoportuna visita de sus padres. Esos largos fines de semana en el campo eran estupendos. El sitio era encantador, le gustaba el olor a hierba fresca, ir a recoger fresas, dar largos paseos a caballo y reunirse con amigos que vivían cerca. A veces venía la hermana mayor de su amiga, también gorda, encantadora y blanca, con su novio. Otra sorpresa fue que dormían juntos sin que a la madre le pareciera mal. Eso sí, Mariana no dejó de ir a Misa ni un solo domingo, aunque tuvieran que desplazarse a otro pueblo, momento en el que reflexionaba sobre lo que estaba viviendo. No hacía nada malo, ni nada se lo parecía, solo era distinto.

Su madre llegó el viernes como estaba previsto, y salió a esperarla a la calle. En ese momento también apareció Tim, el temido primo, sonriente, alto, rubio y despreocupado, que volvía de un viaje. Nunca la molestó ni tuvo que echar la llave de su cuarto. A lo más que se atrevió fue hacerle bromas o pedirle que le enseñara un poquito de español, please.

—Hello my darling —la besó en los labios y abrazó con espontanea alegría—. She es so guapa and simpática—se esforzó en español señalándola ante la aterrorizada mirada de su madre.

El gesto de esta se torció y advirtió solemne a Tim que a su daughter no, no kiss. Creyó que el suelo se abría bajo sus pies y cuando pretendió entrar a la casa a la vez que el primo, la madre despidió el taxi y se quedó con ella.

—Tú te vuelves a Madrid conmigo. ¿Qué es eso de vivir en la misma casa con un hombre?

Dicho y hecho. Llamó a su padre al hotel, pese a las lacrimógenas súplicas de Mariana y juramentos de que no había pasado nada, para pedirle que sacara un billete y decirle que volvían con la niña a Madrid.

© Cristina Vázquez

El huerto de hortalizas

Malena Teigeiro

Retrepado en su butaca, pensativo y aun sin desayunar, contemplaba el tallado vaso que tenía entre los dedos. Apenas le quedaban unos sorbos del güisqui Macallan que por tercera vez se había servido.

Hacía un año que había adquirido aquel antiguo cottage con puntiagudos tejados de brezo. Recordaba que entonces, lo único que se encontraba en perfectas condiciones eran los jardines y la huerta. Aunque había sido muy caro, tan solo por el abrazo que le dio Martha cuando la llevó a verlo, le mereció la pena adquirirlo. Era el de sus sueños, le decía mientras correteaba por los pasillos, abriendo y cerrando las negras y viejas puertas de las habitaciones.

—Sin embargo, Harry, así no podemos entrar. Hay que ponerlo al día, modernizar la cocina, los baños, en fin…

De nuevo su voz le sonó a cascabeles. Era la misma de siempre hasta que tuvo la mala fortuna de verlo entrar en el Connaught Hotel con Kate Wilson. Desde entonces, apenas le hablaba, y cuando lo hacía, daba la impresión de que hubiera bebido. Aunque él sabía que no.

Martha y Harry se conocieron de niños. La vio crecer graciosa, pizpireta, y aunque para sus padres fuera la joven perfecta, tenía que reconocer que nunca fue la mujer de sus sueños. A él siempre le molestó el interés de ellos por aquella coqueta y alegre chiquilla. Además del título que ostentaba su familia, y de la gran fortuna que Martha había heredado de un tío soltero, también les hacía gracia su lozana alegría. Sin embargo, a él le gustaban otro tipo de mujeres. Sí. Esas siempre con aire sofisticado, ropa interior de seda, y ademanes sensuales y lánguidos. En cuanto sus padres concertaron el matrimonio, ella, radiante, feliz, le confesó que desde niña soñaba con aquel momento, que siempre fue el hombre con el que quería pasar su vida.

Le resultaba curioso que desde el momento en que abandonó la casa y por consiguiente a él, descubrió que con ella se había marchado una parte de su ser. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta hasta entonces de lo mucho que la quería? Y después de que le confesara a Kate lo confuso que se hallaba en aquel momento, de que sentía la necesidad de separarse, de cortar con ella, se dedicó a encontrar el modo de reconquistar a su mujer. Decidió que para ello nada mejor que adquirir una casa en Escocia, una como la de los cuentos de hadas que les leían de pequeños y de la que Martha siempre le había hablado con una ilusión casi infantil. Se dedicó a buscarla y la encontró. Ni por un momento dudó en comprarla.

En el abrazo que ella le dio estaba su perdón. Y fue tan rápido, tan encantador, que tuvo el sentimiento de que quizá se había excedido, que podría haber comprado algo más sencillo. ¡Pero ya estaba hecho! A partir de ese momento, se consagró a poner la casa al día, decía ella. Entraron albañiles, carpinteros, tapiceros. Tenía que reconocer que el gusto de su mujer era exquisito, quizá un poco presuntuoso, pero aquella exquisitez le estaba costando una fortuna. Aunque fuera la de ella, no dejaba de pensar.

Los primeros que le hablaron de ellos, fueron dos albañiles. Le informaron de que cada vez que intentaban tirar la pared de un pequeño cuartito con el fin de agrandar el dormitorio principal, alguna fuerza que no entendían les impedía hacerlo. Los ruidos, los movimientos que se producían, les hicieron temer que se podría caer la casa, por lo que decidieron dejarlo como estaba. La segunda, fue a través de la cocinera. Según ella, cuando encendía la cocina de carbón para hacer los asados, otro de los caprichos de Martha, a través de la chimenea comenzaba a discurrir una corriente de aire tan fuerte que le apagaba las brasas. La siguiente, fue durante un paseo. Recorriendo los alrededores de la finca, se encontraron a un hombre que los saludó. Después de unas breves palabras, les preguntó si los inquilinos antiguos los molestaban mucho. Pero no fue hasta que renovaron las verduras del huerto cuando vieron que alguien había vuelto a colocar las hortalizas que ellos habían arrancado. Aunque preguntaron por los anteriores propietarios en el pub, en la tienda de comestibles, y hasta en la pequeña oficina de correos, no lograron que nadie les diera alguna razón con la que pudieran desentrañar el misterio.

Una noche, ambos se quedaron escondidos detrás de uno de los ventanucos de la planta alta. Justo cuando la luna cubría el campo, vieron aparecer a una joven doncella. Era delgada, de piel casi transparente, e iba apenas cubierta por una blanca túnica. Colgada del brazo llevaba una cesta de la que sacaba los esquejes que poco a poco, fue plantando.

A la mañana siguiente, su mujer se volvió a su residencia de Londres. Pero antes, se encaró con él. A ella no la engañaba, casi le gritó. Y añadió que se iba porque ahora conocía su verdadera intención al comprar aquel bellísimo cottage. Sí. Estaba segura de que era él el que había contratado a aquel lánguido espíritu con la intención de que del susto le diera un infarto y así quedarse viudo para poder casarse con Kate.

Pero lo que más le dolió fue que justo antes de cerrar la puerta, Martha le gritara que no se olvidaba de que cuando vendiera la casa tenía que devolverle el dinero que ella había gastado en las obras.

¡Qué mezquina! Con la ilusión con que él la compró, pensaba sin dejar de ver la imagen de Kate paseando por los jardines.

© Malena Teigeiro

Claroscuros

Liliana Delucchi

—Como no llegue una buena lluvia, perderemos la cosecha.

—Tuvimos un buen verano, señora, un poco seco, pero incluso de lo malo se puede sacar algo bueno.

Levanto la cabeza para mirar los ojos un poco estrábicos de Tomás quien, hasta en las situaciones más complicadas, encuentra algo positivo.

—Seguimos necesitando lluvia.

—Sí, señora, pero si llueve mucho se retrasarán en la reparación del tejado.

Me fastidia que su simpleza invariablemente tenga razón y lo dejo con la azada en medio del huerto. Hace calor, iré en busca de un poco de limonada. Nos la merecemos.

Dentro de la casa me recibe el frescor que proporcionan los largos techos y la sombra de los árboles; en la cocina revolotean moscas tardías y el zumbido de alguna abeja. Miro por la ventana y veo a Tomás inclinado sobre esa tierra negra que nos da tanta alegría como pesares.

Apareció por nuestra propiedad siendo casi un niño, con la gorra entre sus manos y su caminar un poco renqueante, pidió trabajo. De peón, de jardinero, de lo que quiera, señora. Soy diligente, hablo poco y no cobro mucho. Me conmovió su humildad y aunque en aquellos tiempos no precisaba sus servicios, lo contraté. Necesitamos un chico para todo, le dije a Guillermo, mi marido de entonces. Como de costumbre se opuso, pero la casa, el terreno y el dinero con que pagaría eran míos, así que no hubo más discusión.

Tomás cumplió con su palabra, desarrollaba su actividad en silencio y siempre aceptó su paga sin esperar un céntimo de más. Lo que quería era más trabajo. Una tarde me pidió dinero para comprar pintura y restaurar la caseta de herramientas, a lo que siguió las paredes exteriores o el papel de mi salita. Fue allí donde una tarde lo sorprendí revisando unos libros. Su mirada de cachorro me conmovió y le dije que podía coger el que quisiera siempre que los devolviera al mismo sitio. Así me enteré de que no sabía leer y decidí poner fin a esa carencia. Mi familia lo llamaba mi protegido, aunque dados los acontecimientos posteriores, quizás la cosa fuera al revés.

El cuidado de ese joven y la reflexión sobre sus conjeturas que por simples eran de lo más profundas, llenaba los días que se habían vaciado desde que mis hijos se instalaran en la ciudad y la distancia con mi cónyuge se ampliaba. También me aferré a la vida más allá de los muros del cottage, encontrando cierto alivio pasajero en esa forma de olvido que hace de la sociedad un verdadero anestésico para algunas formas de desgracia. La influencia de esa atareada vida indiferente puede ahuyentar a menudo cuestiones que se aferran al espíritu como la carne al hueso, y si bien no llegué a experimentar una liberación perfecta, al menos sentía la obligación de disimular mi ansiedad. Hasta que llegaba a casa y encontraba a un macho cabrío desahogando sus frustraciones contra lo primero que encontraba, que a veces era yo.

Una noche, después de una violenta discusión con Guillermo, una de esas en que el exceso de alcohol y mujeres que le proporcionaba la taberna del pueblo lo devolviera a mi lado en estado lamentable, mi marido salió de  nuestra habitación dando un portazo. Mi desolación, lágrimas y angustia me produjeron una sed intensa por lo que decidí bajar en busca de agua. Cuál no sería mi sorpresa cuando, al abrir la puerta del dormitorio, encontré a Tomás tendido delante de ella, cubierto con una manta. A pesar de mis ruegos no quiso marcharse y permaneció allí, acostado como un perro guardián, cuidando de mí toda la noche. Esa y las siguientes, hasta que una madrugada escuché tantos golpes y ruidos detrás de la puerta que acudí en defensa de mi protector con un atizador de hierro que partió la cabeza de quien fuera mi esposo.

En medio de las tinieblas Tomás y yo nos dejamos los brazos y la espalda cavando un hoyo profundo en el huerto. A nadie sorprendió la desaparición de mi marido, ya que era conocida su relación con una joven que había partido de la ciudad unas semanas antes.

Cuando después de una primavera lluviosa los frutales y hortalizas convirtieron el pobre huerto en un vergel, Tomás dijo por primera vez aquello de «incluso de lo malo se puede sacar algo bueno».

© Liliana Delucchi

Don erre que erre

Marieta Alonso

A pesar de la paz que se respiraba había algo inquietante. El otoño olía a chamarasca, a setas, a castañas. Hacía tres meses que la casa estaba cerrada a cal y canto tras la muerte de tía Manuela. Ella llegó a aquel pueblo cuando todavía la luz y el agua corriente eran un lujo de la gran ciudad. Tenía veinte años. La enterramos con noventa y ocho.

Soy la sobrina nieta. Su única familia. Y aquí he llegado al anochecer para la lectura del testamento, quitar lo inservible y ponerla a punto para vender. El pasado, como huésped incómodo, se instaló en mi mente. Aquellos veranos entre los árboles, saltando a la comba y jugando al escondite con mis tres amigas. ¿Quedaría alguna en el pueblo? Y como respuesta, la puerta empujada por el viento se abrió bruscamente.

—¿Hay alguien aquí? —esa voz ¡No!, me pilló desprevenida.

El hombre que esperaba en la entrada era todo barriga, con los cabellos grises cortados a la manera de Cristóbal Colón y con un garrote en alto, que no era de roble, sino de nogal, especificó.

—Hola, Gervasio. Soy yo. ¿Cómo estás?

—Ya era hora de que vinieras. Quítate de la mente vender la casa. ¡Me niego!

Era el viejo enamorado de mi tía, que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Ella nunca se casó y aquel hombretón nunca perdió la esperanza. Era así: optimista, tozudo, buena persona.

Estuvimos hablando largo y tendido. Sin embargo, él reiteraba una y otra vez: «No se vende. ¡Me niego!». Era como un disco rayado por lo que dejamos la conversación para el día siguiente, que a la luz de la mañana las cosas se pueden comprender mejor, rematé.

Se marchó con la porra en alto repitiendo bajo y contundente: —No se vende.

En la curva, antes de desaparecer, se volvió a mirar la casa. Dos lágrimas rodaban por sus mejillas. Leí en sus labios: «¡Me niego!».

Al quedarme sola estuve dando vueltas por todos los rincones. Apareció mi caja de tesoros. Abrazada a ella subí al desván y encontré mis disfraces envueltos en papel de china, los mantones de la tía, la jícara para el chocolate. Y pensé que para lo que le quedaba de vida a Gervasio, solo un año más joven que tía Manuela, no merecía la pena darle tamaño disgusto.

© Marieta Alonso

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