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La maleta

15 junio, 2023 por Akelarre Deja un comentario

Cuentos inspirados en una maleta de viaje

La maleta

Para conocer cuál es su origen debemos saber cuándo empezó el hombre a viajar por el simple placer de hacerlo. Como en tantas otras cosas, fueron los egipcios los primeros. En sus viajes, no exentos de algún propósito científico, no llevaban maletas sino voluminosos baúles.

El tiempo, lleno de sucesivos hallazgos e innovaciones hizo posible la elaboración de artículos cada vez más prácticos y ligeros. En 1970, a Bernard Sadow, vicepresidente de una fábrica de maletas, se le ocurrió la feliz idea de colocar cuatro ruedas a una, invento que revolucionó y multiplicó sus piezas.

Este equipaje, prólogo de aventuras, desplazamientos y sueños es el elegido por nuestras cuentistas para encontrar en él ficciones esperanzadoras o amargas, cercanas o solitarias, pero siempre con una historia detrás que esperamos sea de vuestro agrado.

Regalo inesperado

Cristina Vázquez

Vicisitudes de una maleta rosa fosforito

Malena Teigeiro

Fragancias del pasado

Liliana Delucchi

El regreso

Marieta Alonso

Regalo inesperado

Cristina Vázquez

Las ausencias de su padre a veces eran largas. Cuando era pequeña Elisa no podía calcular el tiempo que duraban. La medida se la daba sobre todo la expresión de inquietud o alegría de Catalina, su madre.

—Ya vuelve, ya vuelve —comunicaba la mujer llena de ilusión.

Los tres hermanos se sentían inmersos en la bonanza y fiesta que precedía su llegada. Además, siempre regresaba con regalos para ellos, novedades y aventuras que había vivido. Todos sentados a su alrededor, como en una estampa clásica, el hombre contaba y contaba mientras los pequeños le urgían a preguntas. Despertaba en ellos unos sueños que les hacía más fácil el menguado vivir que tenían en ese piso del ensanche de una ciudad industrial. Y olvidaban la expresión de dureza o desaliento de la madre, que salía a trabajar desde muy temprano al puesto de envasadora que tenía en la fábrica de conservas.

Elisa era la mayor y se tenía que ocupar de los dos niños pequeños. Pasados muchos años recordaba con emoción el tacto áspero de la madre sobre su cara antes de irse.

—Ya es la hora —le susurraba para despertarla—. Todo está listo para los chicos y para ti.

Que se portaran bien, cuando volvieran del colegio les estaría esperando, y como un pequeño ensalmo de disculpa, le repetía que todo iba a ser más fácil cuando estuviera de vuelta su padre. Aunque la besara con rapidez, retenía como una especie de escudo protector, su olor a jabón fresco que se escapaba del pecho de esa mujer alegre y dispuesta.

Agustín, el padre, era artista. Trabajaba en una compañía de varietés. Nunca fueron a verlo porque nunca trabajó en esa ciudad, lo suyo era más el ir por los pueblos o ciudades pequeñas. Tampoco sabían muy bien cuál era su arte. Lo que demandara la compañía, afirmaba con su hablar fino y elaborado. A veces tenía un papel principal, sugería ufano. Otras, en cambio, tenía que adaptarse al papel demandado y al decirlo separaba las silabas con énfasis.

—Eso era pertenecer a una compañía —afirmaba rimbombante—. Estar dispuesto a lo que hiciera falta.

 La mirada de la madre era de embeleso. Iba bien trajeado y aunque viniera con ropa para lavar y planchar, a la mujer no parecía importarle el trabajo y ajetreo que provocaba su presencia. Siempre tenía una palabra de agradecimiento, una broma o piropo en la boca. Alguna vez aparecía a la hora de salida de la fábrica a recoger a su mujer, vestido de traje y corbata. La madre reventaba de orgullo de que vieran lo educado y elegante que era su marido.

Cuando volvía, arrastraba una elegante maleta de cuero que un empresario de tronío le había regalado, de la que salían los regalos. Era como un mago. La colocaba encima de la mesa, la abría, y todos se situaban enfrente sin poder ver el contenido. Él, con movimientos exagerados, hacía aparecer los objetos como si se los sacara de la manga. A veces los obligaba con un truco a mirar hacia arriba, mientras deslizaba por debajo de la mesa el tren deseado, el chal para la madre o los guantes para Elisa. Era una fiesta.

Esos días felices, el padre los esperaba a la salida del colegio para ir luego a merendar, alguna tarde al cine y la madre, aunque seguía madrugando para ir a trabajar desde bien temprano, parecía florecer bajo la sonrisa, la amabilidad y la gracia de ese marido que les entretenía con anécdotas e historias.

Cuando llegaba el momento de irse, la casa parecía llenarse de luto. Se despedía Agustín con auténtico dolor y dejaba un sobre con algunos billetes, aunque no siempre, según hubiera ido la temporada, se dolía. Y en sus vidas empezaba otra vez la rutina con un tono más amortiguado, más cansino, recordando lo que les había contado y con la ilusión de que en vacaciones se los llevaría a algún sitio cerca del mar. Iba a ser estupendo.

La última vez pasaron muchas semanas sin tener noticias de él. Entonces las comunicaciones no eran tan buenas. La madre empezó a inquietarse hasta que un día llegó un papel amarillo para que fuera a recoger un objeto a la consigna de la Estación del Este. El hombre que la atendió la hizo pasar a un pequeño almacén para que recogiese el bulto, que resultó ser la maleta. Menos mal que aquel señor la sostuvo por el codo, pues creyó que se iba a caer al suelo. Cogió la valija sin entender lo que estaba ocurriendo y pensó que algo horrible le había pasado a su marido. Después de reponerse, le chocó lo poco que pesaba. Al salir del almacén vio como una mujer, en la que apenas se había fijado, se acercaba a ella con paso rápido y una mirada encendida.

—Así que tú eres la otra —le espetó despectiva—. Menuda decepción.

E hizo el ademán, ante la sorpresa de Catalina, de quitarle la maleta.

—He venido todos los días para ver quién era la que recogía la maldita maleta que le regalé.

© Cristina Vázquez

Vicisitudes de una maleta rosa fosforito

Malena Teigeiro

Sabía que no estaba bien. Sabía que eso podía suceder, pero la prisa, la necesidad de salir corriendo me hizo superar el impulso de abrirla y colocar mejor las cosas. La culpa de que estuviera así la tendrían las botas altas trak o quizá la bolsa de aseo. El bote de laca y el de crema limpiadora eran enormes. Cerré la maleta y salí corriendo.

En la rotonda del aeropuerto, al mirar hacia atrás, me pareció ver que una parte, pequeña, eso sí, de mi falda plisada salía de la maleta. No pasa nada, me reconvine. En cuanto aparque y baje del coche, comprobaré que todo está bien. Si hace falta, antes de embarcar, la abriré para cerrarla y colocar de nuevo todo.

En el parking me di cuenta de que no tenía tiempo para ningún tipo de comprobaciones. Intentando sacarla del maletero —menos mal, que tuve la precaución de colgarme la bandolera del cuello—, sudando copiosamente, rezongaba que por qué sería tan difícil sacar las maletas del coche. Al fin logré sacarla. Lo que no pude impedir fue que con gran estruendo se cayera al suelo. Qué buena compra hice, pensé al comprobar que nada se había roto. Superada esa prueba, después de enderezarla con esfuerzo, no me cupo ninguna duda de que la maleta rosa fosforito, de cuatro ruedas, era de buena calidad. Salí del estacionamiento corriendo.

Aquella mañana me di cuenta de lo grande que era la sala de partidas. ¿Quién habría inventado esa horrible T4? A la carrera comprobé el billete. Sí. Era el mostrador 790. Justo, y como no podía ser de otro modo, entré por la puerta equivocada. Mi mostrador se encontraba al menos a un kilómetro de donde estaba. Seguí corriendo. En aquel momento ya me daba igual tropezar con una u otra persona, atropellar al carrito de un bebé, o matar al perrito, qué mono, que diligentemente andaba al lado de su dueño. Perdón, perdón, decía a cada paso recordando la máxima de mi madre: Nunca se pueden perder las maneras. Nunca.

A punto de que cerraran el mostrador de facturación, al fin, llegué. Aquí. Aquí, grité, agitando la tarjeta de embarque que había sacado por la noche, ya casi de madrugada. Señorita, me dijo la chaqueta roja. Tiene que ir a la máquina, meter sus datos y sacar la cinta de la maleta. Después pásese por el mostrador para facturar el equipaje.

Como siempre, la primera máquina no funcionaba. En la segunda, un señor mayor, amablemente me pidió ayuda. Me encanta la gente educada, recuerdo que pensé. Y me pedía ayuda a mí, que estaba a punto de perder el vuelo. Y ahí sí que perdí las maneras. Lo empujé y corrí hacia la siguiente.

Ya con el pasaporte, la tarjeta de embarque, la cinta de la maleta en la mano, volví al mostrador. El joven que me esperaba con el ceño prieto, lo primero que me dijo fue que no creía que la maleta llegara a tiempo y que como no corriera mucho, tampoco llegará usted al avión. Están llamando para embarcar desde hace un rato.

Gracias, dije, intentando no perder las maneras. Coloqué la maleta en la cinta sobre las cuatro ruedas. Él con la calma propia del que hace ese gesto una y otra vez, pegó el papelito en el asa. Le dio al botón y la cinta arrancó llevándose mi tambaleante equipaje.

Sonreí y suspiré aliviada. De pronto, la maleta se cayó de la cinta y como cabía esperar, se abrió desperdigando toda la ropa.

¡Mi bellísima maleta rosa! Era de tan buena calidad que aguantó hasta estar en la cinta para abrirse. Sin atender a los gritos del muchacho, eché a correr siguiendo las indicaciones: Pasillo J, ascensor para bajar a la plata menos 2...

Ahora, ya solo con la bandolera al hombro, podía volar los kilómetros que me separaban de la puerta de embarque. Eh. Eh, grité a la azafata que se retiraba del mostrador. Me miró con mala cara. Le entregué la tarjeta y aguantando el mal humor de todos aquellos con los que me iban cruzando, que sin duda no tuvieron a una madre como la mía, recorrí el finger y me senté en la fila 12, C.

El runrún del avión al despegar y el recuerdo de la noche anterior en la que Jimmy me había pedido por teléfono que me casara con él, hicieron que mi corazón latiera con rapidez.

Colgué a las dos de la madrugada. Y feliz, decidí que no esperaba ni un solo día para reunirme con mi amado. ¡Qué bueno era lo del internet para estas ocasiones! Busqué un billete. Solo encontré este que, con suerte, me permitiría dormir un par de horas. Después llamé a mi madre, a mi amiga Lucía, con ella hablé ni sé el tiempo, y a mi hermana Jacinta, con la que me tuve que entretener un poco. Le expliqué dónde dejaba las llaves, también le anuncié que le mandaría un mensajito con la plaza del parking. Y luego, hablando muy bajo —no sé por qué si estaba en mi casa y nadie me escuchaba—, le expliqué dónde dejaba dinero para pagar a la señora que me limpiaba el piso. Apenas me quedaba tiempo y rápido, rápido hice el equipaje. Sin haberme acostado, llegué hasta el aeropuerto.

De pronto recordé mi preciosa maleta rosa y toda la ropa desparramada. ¡Qué coño me importaba a mí la maleta y la ropa si estaba volando hacia Londres en donde me esperaba mi amado Jimmy! Me dormí feliz.

Angustiada me desperté. ¿Me esperaba Jimmy? ¡Pero si ni siquiera lo había avisado! Ahora creía recordar que con los nervios, tampoco le había dicho sí a su petición de matrimonio.

© Malena Teigeiro

Fragancias del pasado

Liliana Delucchi

Incapaz de vislumbrar cómo pueden caber treinta años en ese diminuto espacio, Emilia, sentada en el borde de la cama, contempla la maleta vacía. Ya le dijo a él que no quiere nada de la casa, solo su ropa y accesorios. Pero ¿y el resto? ¿Se pueden guardar los recuerdos en una valija? No, porque, además, no quiere llevárselos. Ni siquiera las fotos, no harían más que hacerla dudar sobre su nueva vida. La decisión está tomada, eso fue lo que le dijo antes de encerrarse en su cuarto con los ojos tan vacíos como la maleta.

¿Y Carolina? Ella ya está haciendo su nueva vida. Allá lejos, en la universidad, con nuevos amigos y nuevas experiencias. Su  habitación la echa de menos desde hace meses, y por mucho que Emilia rocíe los cojines con el perfume de su hija, solo azuza su nostalgia.

No fue su partida. No. El silencio se había instalado entre Mario y ella, solo roto por reuniones con amigos, los diálogos de alguna película o por el bullicio de esa adolescente que se fue para seguir con su vida.

Silencio. El mismo del dormitorio que una vez compartieron y que en breve Emilia va a abandonar… ¿para siempre? Ahora sí sus ojos vuelven a llenarse de esa agua salada que sorbe como si fuese una niña pequeña.

A través de los cristales de la ventana, las ramas todavía sin flores del magnolio le recuerdan que probablemente allí, en la playa, donde piensa instalarse, hayan florecido. Mejor clima, arena limpia y paseos a orillas del mar. Por primera vez desde hace días, sonríe ante un futuro más prometedor que ese presente cargado de desasosiego.

Vuelve a la habitación de Carolina, se tumba en la cama y, abrazada a uno de sus peluches, se queda dormida. La despierta el viento que golpea una rama contra el cristal de la ventana, el viento y un pensamiento o quizás una voz que le dijo entre sueños: «No tienes por qué irte. Que se vaya él.»

Con una fuerza que había olvidado poseer, se levanta y corre a su cuarto. Desocupa la mitad del vestidor que pertenece a Mario, coge su ropa que huele a un perfume de mujer que no es el suyo, y la tira por la ventana. En la maleta desierta, esa que horas atrás no alcanzaba a vislumbrar con qué llenaría, vierte todo el contenido de la mesilla de noche de su marido. Todo no. Las pastillas azules las tira por el retrete. ¡A ver cómo te las arreglas ahora con tu amante!

Antes de que Mario regrese, ha hecho cambiar la cerradura y puesto la valija sin recuerdos delante de la puerta.

© Liliana Delucchi

El regreso

Marieta Alonso

Nunca protestaré por haberme precipitado en dar la mano al que desde hace cinco años es mi marido, un amante y solícito hijo de viuda. Nunca. El problema es que cada vez con más fuerza, siento la llamada del Sur y a mi suegra no hay quien le hable de marchar de su tierra. Dice estar en el sur, y es verdad, vivimos en la zona meridional de Estocolmo.

Viajé a este país escandinavo para hacer un trabajo sobre los vikingos… Era verano y aquí me quedé. Ojalá hubiese pasado al menos un invierno en este bonito país para calibrar la decisión.

Necesito convencer a mi hombre de las bondades de Andalucía. Necesito el sol, los chiringuitos, el día con doce o más horas de luz. Necesito que mi marido deje de sonarse la nariz cada vez que su madre y yo discutimos sobre el tema. Estoy hasta dispuesta a que la suegra venga con nosotros. De momento no hay quórum.

Me niego. Me niego a invernar otro año en Escandinavia. A veces pienso que el amor debería ser como las sevillanas: alegres, románticas y con algún que otro provocativo desplante. Decidido. Ahí os quedáis.

Para dar pistas y que espabilaran comencé a hacer las maletas. Nada. Saqué el billete de tren para viajar de Malmö a Copenhague. Lo dejé a la vista de los dos. Nada. Llamé a mis padres a Sevilla delante de ellos y dije el día que llegaba. Uno siguió leyendo y la otra atenta a su programa favorito.

Llegó el día. Me despedí de la casa en silencio. Mi marido y su madre se habían ido a hacer gestiones varias, sin decir ni pío. Arrastré mis dos viejas maletas hasta la estación. Asomada a la ventanilla del vagón noté que echaba a andar el tren. Busqué, busqué y busqué entre la multitud un rostro conocido. A nadie encontré. Para no sentirme tan triste robé adioses que eran para otros. Cerré los ojos. Los pasajeros se fueron sentando. Al abrirlos los tenía enfrente. Me miraban divertidos.

La vida es bella.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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