Nuevo Akelarre Literario

Síguenos

  • Facebook
  • Inicio
  • Autoras
    • Marieta Alonso
    • Liliana Delucchi
    • Malena Teigeiro
    • Cristina Vázquez
  • Relatos
  • Autores invitados

Espejos

15 marzo, 2019 por Akelarre 4 comentarios

Cuentos sobre espejos

ESPEJOS

El espejo como lo conocemos se originó hace aproximadamente 200 años en Alemania. En 1853 el químico Justus von Liebig desarrolló un proceso en el que aplicaba una delgada capa de plata a un lado de un panel de vidrio. Esta técnica fue adaptada y mejorada, permitiendo la producción masiva de espejos alrededor del mundo.

Si bien el espejo moderno se originó en el siglo XIX, superficies que emitían reflejos han existido desde mucho antes. Se cree que los habitantes de Anatolia, actualmente Turquía, crearon los primeros espejos a partir de obsidiana pulida hace 8.000 años.

Espejos fabricados a partir de cobre pulido aparecieron más tarde en Mesopotamia y Egipto, entre los años 4.000 y 3000 AC. Un milenio después, los pobladores de América Central y del Sur comenzaron a hacer espejos a partir de piedra pulida. En China y en India se fabricaban a partir de bronce.

La caída

Cristina Vázquez

La Doña Sol

Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

La piedra de la verdad

Marieta Alonso

La caída

Cristina Vázquez

Cuando el hombre vestido de gris fue a dar con el mazo para rematar la subasta, una tímida mano de mujer se levantó al final de la sala, y el subastador se quedó con él suspendido en el aire.

—Cien euros más —dijo con voz perezosa señalando hacia el lugar—. A la una, a las dos, a las tres.

Sonó el mazazo y un silencio breve seguido de inmediatos murmullos dio fin al acontecimiento. Unas cuantas personas, cercanas a la mujer vestida de azul que había pujado, la miraron con sorpresa, pues pasaba inadvertida tanto por su físico como por su discreta presencia que resultaba casi imperceptible. Al alzar la mano a Elena le pareció que era un autómata el que se la movía.

Se acercó insegura a la tribuna del subastador para realizar el pago. Amablemente la desviaron hacia la oficina, lo que le produjo una incómoda sensación de torpeza. Nunca había comprado nada en una subasta, confesó ruborizada. Al finalizar los trámites pidió que le enviaran los espejos a una dirección.

Al cabo de tres días llegó el paquete de Subastas Alhambra. Elena lo abrió con una emoción que no recordaba haber tenido desde que en el internado de Suiza, las noches de invierno, las cuatro que compartían el dormitorio se sentaban desnudas en el alfeizar de la ventana a tomar baños de luna. Hacían apuestas de quién aguantaría más el frío y cuál se atrevería a acercarse más al borde. Debajo, un vacío de tres pisos con la única iluminación de la luna llena. El miedo de tener los pies colgando en la nada, pues no se veía el suelo y una difusa excitación las llevaba a risas contenidas, temblores helados y a provocar cada vez una mayor osadía.

La noche del catorce de enero las montañas diluían su blancura en la iluminada noche, y las adolescentes decidieron practicar su secreto juego. Diana, la más osada de las cuatro, se abrazó a su compañera con una risa nerviosa tratando de paliar el frío e intentó besarla. Otra proeza, otro desafío. La chica, sorprendida, perdió el equilibrio y cayó en una inesperada voltereta rasgada por un aterrador grito. El ruido que hizo al tocar el suelo nunca lo olvidarían. Era sordo, ajeno, con un eco breve y contundente.

Las expulsaron del colegio. La joven no murió, estuvo en coma dos meses y se despertó con una mirada de extrañeza, como si se le hubiera fijado en la cara el pánico que vivió esa noche. Desde entonces, Elena nunca quiso volver a sentir intensas emociones ni transgredir ninguna norma. Así que creció apocada, frágil, se casó con un hombre mayor y no quiso tener hijos. Significaba un reto que no podía encarar.

Estaba ya en la tardía cuarentena cuando entró a esa subasta, más por protegerse de la destemplada tarde de otoño que por un interés específico. Pero al ver la pareja de espejos sintió aquella emoción que permanecía embotada, sumergida en una oscuridad que no conseguía movilizar.

Ya en su casa, cuando los tuvo frente a ella, se sorprendió de la humedad de sus ojos y de la calidez que la embargaba. Los colgó en su cuarto, y al mirarse en ellos tuvo un terrible sobresalto. En uno, se reflejaba su imagen actual, desvaída, con el pelo recogido en un insustancial moño y una expresión perpleja. En el otro, aparecía una mujer igual que ella, pero desbordante de sensualidad, con el pelo rizado, los ojos pícaros y una sonrisa provocadora. Se tumbó en la cama desconcertada y tras un rato volvió a mirarse y se repitió lo mismo, pero esta vez volvía a ser ella con un niño en los brazos en una amable plenitud. Tras unos días de desasosiego volvió a hacerlo; vio a una niña caída sobre la nieve en una postura dislocada bajo el esplendor de la luna. La cara permanecía oculta.

Recorrida por el espeluznante recuerdo de sus días de internado, dejó de mirarse unas semanas y trató de paliar la emoción, el descontrol que le producían esas imágenes siguiendo la rutina insustancial de su vida. Pequeños encargos, paseos, comidas familiares en un tono bajo, como si nadie quisiera molestarla, visitas al médico, hasta que volvió a atreverse a mirar en los espejos, como si repitiera, en solitario, los prohibidos juegos nocturnos con la luna llena. Se vio, como siempre, en uno en la actualidad y en el otro, la niña caída estaba desnuda dada la vuelta y la cara que la miraba con expresión de sorpresa aterrorizada era la suya.

© Cristina Vázquez

La Doña Sol

Malena Teigeiro

La adormilada Catalina oía sin atender la tediosa lectura del testamento. ¿Pero de qué doña Sol habla?, escuchó sorprendida la voz de su madre, única hija del difunto. ¿De una finca que se llama como yo? ¿Y dice que se la deja a su nieta, a mi hija? La señora se propinó pequeños golpecitos con el dedo en el pecho.

––¿No conoce la propiedad? ––inquiere el flaco notario contemplándola por encima de sus pequeñísimas gafas.

La mujer movió la cabeza. El hombre, de rostro amarillento y amable, se giró hacia la joven. Ella arqueó los labios. Empujando los anteojos sobre su achaparrada nariz el notario continuó con la lectura.

Al salir de la notaría, Catalina, que por entonces vivía en un pequeño apartamento de la calle Ayala, se despide de su madre y comienza a bajar por la acera.

––Ya hablaremos. No me creo que no supieras nada ––escuchó a su espalda la atiplada voz de la mujer.

Sin volverse, la muchacha levantó la mano y la agitó. Ya en su apartamento, se preparó un sándwich. Lo mordisqueaba recordando la matutina llamada. ¿Cómo iba a imaginar que era para escuchar el testamento de su abuelo, que según siempre le habían contado había fallecido antes de nacer su madre? Sin poderlo evitar, soltó una carcajada. Ahora, resulta que no había muerto, si no que todos esos años había vivido tan tranquilo en La Doña Sol.

Después de ponerse en contacto con el administrador de su recién heredada dehesa al pie de la sierra de Gata, ya casi anochecía cuando montada en su Morris verde, enfiló la carretera de Extremadura hacia La Doña Sol. Era noche cerrada cuando el hombre, que adormilado la había esperado en un antiguo y sucio todoterreno, le abrió la cancela. Luego, con un cansino y renqueante gesto le indicó que lo siguiera. Rodaron entre encinas por un camino de tierra hasta llegar a un bien cuidado edificio con ansias de palacete. El caserón, solo iluminado por la luz azul de la luna, la intimidó. Detuvieron los coches y él, con la gorra en la mano, se acercó a abrirle la puerta de su vehículo.

––Siento mucho la pérdida de su abuelo, señorita Catalina ––ella bajó la cabeza.

Se colocó la gorra y alumbrados por un farol de gas cruzaron el patio de cantos rodados. La última orden que le había dado don Juan fue que la atendiera y la ayudara en todo lo que fuera menester, murmuró mientras caminaban. Se detuvieron delante del portalón. Él abrió una pequeña puerta y al tiempo que encendía candelas, fue guiándola hasta llegar al comedor. Encima de la enorme mesa había una vajilla de plata peruana con queso, fiambres, y rojos tomates empapados de aceite. Al verlos Catalina sintió hambre y se sentó a la mesa. El hombre antes de sentarse a su lado, le sirvió una copa de vino rojo. Mientras comían, Catalina quiso saber cuántas personas trabajaban allí, si había agricultura o ganadería, preguntas a las que le contestaba sin mucha gana. De pronto ella se detuvo. Se volvió hacia él y le preguntó por qué ni su madre ni ella, sabían de la existencia de La Doña Sol, finca que por su tamaño era difícil de ocultar. Luego de retorcerse las manos, el hombre se rascó la coronilla.

––Por los espejos, señorita. Todo es culpa de los espejos.

El primer Juan de Alcántara llegó a Perú acompañando al Virrey Francisco de Toledo, quien como premio a su arrojo y ayuda, le regaló una princesa india a la que Juan llamó Sol. Ella, como presente para su nuevo señor, llevaba consigo dos espejos.

Siglos más tarde, cuando ya anochecido el abuelo de Catalina llegó a Cuzco, se fue directamente a la casa de su anciano tío, descendiente de aquel Juan de Alcántara. El antiguo caserón, de techos altos y puertas de pulida madera, estaba situado en la Plaza de Armas, enfrente del hermoso y chaparro edificio de la catedral. Después de emocionados abrazos, pasaron a tomar una ligera cena durante la cual solo hablaron de la familia española. Más tarde, el recién llegado fue alojado en la mejor cámara de la casa, en una de cuyas paredes, la que estaba frente a los pies de la cama, colgaban dos espejos que, como si fueran una pareja de enamorados, aparecían colgados muy juntos, uno al lado del otro.

––Era la mía. Pero ahora te toca a ti recibir las mejores atenciones ––pronunció emocionado el anciano.

Cansado, nervioso, Juan se quedó dormido nada más meterse entre aquellas sábanas de fino lienzo. Cuando bajó a desayunar su tío ya se encontraba sentado a la mesa. ¿Había dormido bien?, masculló el anciano sin levantar la mirada.

––Sí, tío. Y aquí estoy para comenzar con lo que me encomiende ––la inquietud y el deseo brillaban en sus profundos ojos negros.

No le quiso decir que de madrugada alguien se le había metido en la cama. Que unas sedosa manos le habían acariciado, igual que hacían las de Jacinta allá en España. El anciano, escondiendo sus deslavadas pupilas entre los viejos párpados, parecía sonreír.

Poco a poco, Juan se fue adaptando a la vida en su nuevo país, y de la mano de su tío aprendió a explotar las minas y las tierras y al fallecimiento de este, no solo supo conservar aquel vasto patrimonio sino que lo agrandó. Y cada noche aquella dama de ojos de chocolate y largo cabello negro, volvía a acostarse con él. Una vez tras otra intentó Juan mantener una conversación con la mujer de dorada piel, pero de ella solo salían palabras que no entendía. Decide Juan aprender la lengua de los indios, cosa que a su tío le parece bien. Era bueno entender en su propio lenguaje a los que trabajaban para ellos, dijo con una pícara mirada.

Y así fueron pasando los años. Ya casi tenía cuarenta, cuando recibe una carta de su hermano en la que le pide permiso para enviarle a su hijo Juan. Quiere que le enseñase tal y como habían hecho con él. Y es en ese instante cuando resuelve ser el último Juan Alcántara en Perú. Luego de deshacerse de sus inmensos bienes, ordenó a su hermano que le comprara la mejor y más grande dehesa que pudieran encontrar, adquiriendo de esa manera la finca a los pies de la Sierra de Gata. Y regresó a Extremadura. Con él llegaron los ricos muebles coloniales y los espejos dorados, que al igual que estaban en Cuzco, colgó muy juntos, frente a los pies de la cama.

No mucho más tarde, Juan contrajo matrimonio con una joven, bella y de buenas maneras. Y cuando después de varios meses volvieron de su viaje de novios ––ella embarazada de la que fue su única hija y años más tarde madre de Catalina––, él la llevó a la finca.

––Mariana, a partir de ahora, este será nuestro hogar –––triste, la miraba acariciándole con el pulgar la mejilla.

La primera noche, Mariana apenas pudo descansar. Se sentía incómoda y desconcertada. Él, que durante todo el tiempo había sido un esposo divertido, pendiente de ella y de sus menores deseos, desde que entraron en la casa apenas le había dirigido la palabra. Extrañada de su comportamiento, se acostó en la habitación que le tenían preparada. Luego de esperar en vano su visita, Mariana se levantó temprano. Mientras desayunaba, la criada le comunicó que don Juan había dejado recado de que no volvería hasta la noche. Así, sin casi verse, fueron sucediéndose los días. La joven quiso entender que su estado era el causante del aquel desapego y esperó tranquila. Pero cuando Mariana da a luz una niña, a la que Juan pone de nombre Sol, tampoco se acercó a dormir con ella. Una mañana nada más finalizar su desayuno, la joven decide visitar el dormitorio de su esposo. Totalmente a oscuras entró por primera vez en el cuarto. Descorrió las cortinas y la tibia luz del sol de invierno llenó de sombras la alta cama de madera negra, cubierta con doseles de brocada seda color vino que ocupaba el centro de la habitación. Colgados en la pared frente a los pies, dos antiguos espejos dorados, uno mayor que el otro. Se acercó y vio su imagen ahogándose en el lago del verdoso azogue. Trémula, Mariana bajó la mirada. Dándose la vuelta, sale de la habitación.

Después de cenar aparentemente tranquila, se fue a su alcoba. Allí espera hasta que la noche invade todos y cada uno de los rincones de la casa. Y fue entonces cuando, a oscuras, se dirige hacia la estancia de su esposo. Abre con cuidado la puerta y sin hacer ruido se introduce en la cama. Él, al sentir su tibio calor, se le acerca abrazándola. Mientras la acaricia, murmura a su oído dulces palabras en un idioma extraño. Ella en silencio respondía a sus caricias. Sorprendida, descubre a una bellísima dama de ojos color chocolate, lacio y largo cabello, apoyada en los pies de la cama, que con voz exquisita y susurrante, contesta a aquellas palabras de amor en el mismo idioma que él. De pronto, como si fuera una sinuosa serpiente, comienza a introducirse entre los dos hasta lograr separarlos. Mariana saltó de la cama y ahora era ella la que arrimada a la pared fijaba su espanto en aquella mujer. Cuando ya comenzaban los primeros rayos de la madrugada, y la luna se iba escondiendo, la mujer, de nuevo como una serpiente, se deslizó por la cama hasta hundirse en el espejo.

A la mañana siguiente, ella y la niña desaparecieron de La Doña Sol sin que él fuera nunca a buscarlas.

© Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

Era un lunes de invierno como cualquier otro. En la calle lo esperaba el autobús del colegio y la mochila contenía los deberes hechos. Se detuvo, como cada día, delante del espejo del pasillo para ponerse la gorra del uniforme. Nunca le había gustado ese casquete granate con rayas verdes que le obligaban a llevar, y mientras se lo ajustaba a la cabeza escondiendo sus rizos castaños, escuchó el silencio que llegaba desde el comedor. Entonces supo que sus padres estaban desayunando. Desde hacía tiempo, los mejores momentos entre ellos se sintetizaban al pedirse algo que estuviera sobre la mesa. Los otros eran gritos e insultos. Por suerte, cuando esos vendavales atravesaban la casa, Anastasia dejaba lo que estuviera haciendo para correr a abrazarlo.

––Date prisa, Alejandro. ––La voz de su querida Anastasia era clara, como un susurro, tan lejos de las órdenes de mamá.

Fue entonces cuando descubrió que habían puesto otro espejo en la pared, justo enfrente del que tenía delante y su imagen se repetía una y otra vez hasta el infinito. Corrió escaleras abajo, y tras un rápido beso a su cuidadora, se acomodó en el segundo asiento del vehículo que lo llevaría a clase. «Hoy toca ciencias, ¡bien!» Le dijo a su amigo, a quien conocía desde el parvulario. Alfredo no le contestó, sumido en el juego de la Nintendo.

––¿Sabes? Hoy he descubierto una cosa ––continuó como si su compañero lo estuviese escuchando–– Si pones un espejo frente a otro, tu cuerpo se multiplica tantas veces que no puedes contarlos. Pero si soy capaz de llegar hasta el último reflejo, quizás me encuentre cuando era un bebé… O tal vez cuando fui pirata, explorador o lo que quiera que haya sido en otra vida.

––En álgebra nos enseñan que si bien más por más es más, también lo es menos por menos. –Susurró Alfredo.

––No te entiendo.

––No sé, pero si saturas algo con su propia esencia, quizás por aquello del menos por menos…, ocurra lo contrario.

Esta última idea que le sugirió su amigo no lo abandonó durante la jornada y al regresar a su casa sintió alivio cuando Anastasia le dijo que su madre había salido. Podría detenerse a bucear dentro del laberinto de los espejos enfrentados. Papá no era problema porque nunca lo veía antes de acostarse.

A pesar de la hora que estuvo buscando, fue incapaz de encontrar nada más que su reflejo con uniforme del colegio, ninguno de soldado, de indio o de rey. El problema es que solo me veo de frente y de espaldas, se dijo, tengo que construir un cubo para verme por todos los lados.

––Es para un trabajo de ciencias –explicó a su padre cuando lo encontró en la biblioteca leyendo informes––. Necesito cuatro espejos tan altos como yo y dos que midan como el ancho de estos. Bueno, las medidas, si te parece, se las doy al de la cristalería.

El hombre lo miró un instante por encima de sus gafas, antes de contestarle que enviaría a su chofer a comprarlos y de preguntar dónde haría el experimento.

––En el desván. Hay un arcón que me servirá para encajarlos.

––Mientras sea allí arriba, no hay problema, pero intenta no ensuciar y, sobre todo, no romper ningún espejo, ya sabes que son siete años de mala suerte. ¡Cómo si necesitáramos más! –Y el hombre volvió a su lectura.

Para el sábado ya tenía todo el material, solo precisaba estar solo, aunque eso no era un inconveniente, ya que sus padres saldrían, cada uno por su lado como siempre, dejando a Alejandro a cargo de Anastasia. Ni a ella permitió que se acercara. «Los inventores y los genios necesitan soledad», le gritó desde las escaleras cuando la mujer lo llamó para el almuerzo. Con una sonrisa ella volvió a la cocina pensando que cuando tuviera hambre ya iría a reclamar su comida.

De a poco fue montando el hexaedro irregular, colocó las superficies reflejantes hacia adentro. Con unos ángulos de metacrilato y pegamento fijó los tres lados. En el suelo puso uno de los dos espejos pequeños y terminó de ajustar los lados ya puestos. Esperó a que el pegamento se endureciera. Verificó que la estructura tuviese la solidez necesaria. Al que haría las veces de techo del cubo lo apoyó en la parte superior de los tres espejos.

Rápidamente, al verse reflejado en la luna opuesta, tomó conciencia de lo que ocurriría. Tuvo miedo de asomarse al interior. Esperó… La tarde iba cayendo acompañada de las sombras del jardín que se estiraban, hasta que todo desapareció envuelto en noche.

Encendió una lámpara y la bombilla se multiplicó al infinito dentro del hexaedro inacabado, creando un vórtice de luz. El efecto era mágico. Pensó en el momento previo al Big Bang, cuando todo se contraía en un solo punto. Aún no había ocurrido.

Entró con los ojos cerrados y con sus manos lo corrió hasta taponar la caja de lunas. La luz que penetraba por las rendijas de los lados aumentó el torbellino. Abrió sus ojos y pudo advertir el prodigio: las imágenes, repetidas ad infinitum no se multiplicaban; contrariamente, se dividían. Sus manos, que estaban más próximas a una de las lunas, fueron las primeras en difuminarse.

Años más tarde solo Anastasia lloraría su desaparición.

© Liliana Delucchi

La piedra de la verdad

Marieta Alonso

En el dormitorio de Gertrudis había un espejo de cuerpo entero, y otro de medio cuerpo colgados frente a frente en la pared. Decía que esas lunas que reflejaban toda la luz y chocaban contra su superficie, tenían una secreta relación. Cuando su amante venía a visitarla jugaban a hablarse a través de ellos, con frases amorosas, besos soplados, sonrisas cómplices, simpáticas habladurías, graves enfados. Según fuera de agradable o tenso el tema de conversación, reían o…

Había una porfía que tarde o temprano salía a relucir. Se manifestaba cuando ella, toda amorosa, le preguntaba cuando se iba a divorciar de su encantadora mujercita. Él poniéndose los pantalones se daba la vuelta, subía la cremallera, se abrochaba la camisa, se hacía el nudo de la corbata y tras estirar las mangas de la chaqueta, sacaba el pañuelo bordado con su inicial y con un vibrante y rotundo estornudo se limpiaba la nariz. A continuación, le daba un beso en la mejilla y se marchaba.

Gertrudis, rabiosa, se miraba en el espejo de cuerpo entero, y al ver que la naturaleza se había volcado en ella, se animaba un poco. Luego se iba al pequeño donde la imagen reflejaba su rostro perfecto, y el ánimo subía mucho más, para después sentarse ante el tocador y tomar un espejo pequeño y redondo que por un lado era de aumento y, con ira controlada, se retocaba las cejas.

Un día su asistenta mexicana le trajo de regalo un trozo de obsidiana pulida. Al verse reflejada en él, con otro tono de piel y mucho más guapa, decidió enmarcarlo y subirlo a su habitación. Ya eran cuatro los espejos. Lo que ella desconocía eran los poderes de adivinación de esta piedra de abismal negrura, en la que se podía ver el pasado, el presente, el futuro…

Tras una temporada de relativa normalidad, volvió a salir a la luz su obsesión, la discusión inacabada. De pronto, se oyó un ruido como si temblaran cielos y tierra y en aquel espejo de bruja elegancia apareció la imagen de una mujer: La de la legítima esposa, que recorrió el recinto con la mirada. La posó en Gertrudis que estaba vestida con un deshabillé malva sobre la cama. Luego en su marido que, desnudo y petrificado, la oyó decir: «Ni se te ocurra volver».

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La casa de muñecas

15 diciembre, 2018 por Akelarre Deja un comentario

Casa de muñecas

Casa de muñecas

Casa de muñecas de estilo Tudor, construida en la primera mitad del siglo XX.

Los primeros datos que se tienen de estas casas son del norte de Europa, cuando en el año 1512, la Electora de Sajonia, regaló a sus tres hijas una casa de muñecas por Navidad. Su difusión tuvo lugar en Alemania, Holanda e Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII, siendo durante este último cuando también aparecen en Norteamérica. Sin embargo, en el entorno de los países mediterráneos, prácticamente no existe constancia de su uso.

Al principio, las casas de muñecas no eran para los niños, sino únicamente objetos decorativos que mostraban el prestigio del propietario. En Alemania, se utilizaban para enseñar a las niñas a ser buenas amas de casa, dándoles para ello gran importancia al contenido. En Holanda se construyeron auténticas obras de arte, que llenaban de muebles, porcelanas y cuadros, muy valiosos, por lo que las situaban en los lugares más predominantes de los domicilios. Para los ingleses, una casa de muñecas era una réplica en miniatura de sus propios hogares.

¡Sorpresa!

Cristina Vázquez

Un cuento para mis nietos

Malena Teigeiro

Un regalo

Liliana Delucchi

Mi primera mejor amiga

Marieta Alonso

¡Sorpresa!

Cristina Vázquez

No daba crédito a lo que apareció al levantar la parte delantera de ese inesperado juguete y el dulce olor a ámbar que se esparció. Había llegado de vacaciones y al abrir la puerta de mi casa la correspondencia me recibió con desvergonzada abundancia, desparramada por el hall como un inesperado collage. Solo pensar en recogerla hizo que aumentara el malestar de la vuelta. Al pasar sobre ellas con despectiva majestad, me llamó la atención un papel amarillo, un poco arrugado y muy fino que resultó ser un recibo de correos. Tenía, casi desde que me había marchado, un paquete esperando. Fue el único signo que me alentó en medio del aburrimiento de cartas de banco y propaganda. No había remite. Decidí que iría en seguida pues las sorpresas deberían ser siempre agradables ¿o no?, me decía mientras me disponía a acercarme a la oficina indicada.

Al llegar, el joven granujiento y de sonrisa torcida, señaló una caja que me resultaba imposible llevarme por su tamaño y que, previo pago, conseguí que me la enviaran al día siguiente. Tenía por delante el fin de semana antes de reincorporarme, la dulce abulia del recuerdo soleado y un motivo, la caja, para distraer mi cabeza del regreso.

Cuando apareció el repartidor con el gran paquete, malhumorado por el peso, lo soltó con un suspiro. ¡Menuda mercancía señorita, ni que fuera de plomo! Le di una propina y abrí, más bien desgarré el papel de estraza que lo envolvía. No podía creer lo que apareció. Una casa de muñecas que casi ocupaba mi exiguo hall. Al abrirla mi extrañeza fue en aumento al ver la perfección de cada mueble, de cada pequeño detalle que de alguna manera me resultaban conocidos.

Al fondo del diminuto salón sobresalía desproporcionado un sobre dentro del cual encontré una tarjeta escrita con tinta verde y una letra redondeada, casi infantil: “Esta fue la casa de mis sueños. Con todo mi amor. Tu madre”

Vaya bromita, recibirme con esta barbaridad. Ya era lo suficientemente adulta a mis treinta años, como para saber que mi creencia de que las sorpresas debían ser agradables era un pensamiento más voluntarioso que real.

¡Qué carajo iba yo a hacer con eso! Las madres no dan una, siempre una ocurrencia inoportuna. La cerré con desasosiego. Además, la mía no tenía tales dulzuras ni le gustaban esos jueguecitos, y esa no me pareció su letra. Releí la tarjeta. No, definitivamente no era su letra.

Empecé a sentir intranquilidad cuando mi madre me negó que hubiera sido ella la de la broma.

––Si es que eso se puede considerar como tal ––afirmó con esa rotundidad imperiosa que yo detestaba.

Miré con más atención la anticuada casita que empezaba a apoderarse de la mía propia y como en una nebulosa aparecieron lejanos recuerdos de la tela estampada, de un cabecero de madera, el espejo. Mientras decidía qué hacer con ese inesperado monumento sonó el timbre y apareció mi padre.

––Vengo a hablar contigo ––me dijo con seriedad.

Erguido, moreno, elegante como siempre, me sorprendió en él la inusual apatía de sus hombros. Le encontré desmejorado, igual que si en vez de un mes nos hubiéramos separado un lustro.

Apenas miró el voluminoso juguete, aunque tuviera que pasar pegado a la pared para poder traspasar el hall. Se sentó en el sofá de mi pequeño salón y tras un profundo suspiro palmeó un lugar a su lado para que lo hiciera yo. Luego comprendí que no quería mirarme a los ojos. Cruzó las manos con solemnidad y me soltó que quién me había mandado esa casa de muñecas era, en verdad, mi auténtica madre. Hizo un gesto con la cabeza hacia dónde estaba el inesperado regalo igual que un inoportuno esqueleto, y en un tono tembloroso, para mi desconocido, me confesó con la cabeza baja.

––Esa fue la casa donde vivimos antes de que se marchara. Antes de que nos abandonara.

La rabia con la que lo dijo se ahogó en un sollozo y sin mirarme me apretó la mano. Se levantó con sorprendente velocidad y se fue hacia la salida murmurando: Mañana, mañana te cuento todo.

© Cristina Vázquez

Un cuento para mis nietos

Malena Teigeiro

Además de ser hija única del señor Evans, Mathilda era la dueña de la casa de muñecas. Me contó que su abuela se la dejó en herencia y que era de estilo Tudor. Quizá fuera verdad. Lo que sí era cierto es que estaba bastante destartalada, aunque eso sí, todo en ella era muy  rico, decrépito y elegante. Y en cuanto a eso del estilo, pues… ¡Lo sería! En ella, rodeados de plata, porcelanas y encajes, vivía un matrimonio con tres hijos, un niño que siempre iba vestido de marinero, una niña linda como una flor, un precioso y gordito bebé,  y dos criadas. Con todos ellos jugábamos a diario Mathilda y yo.

De pronto nos dimos cuenta de que en la casa moraba un okupa. Era un ratón blanco, pequeño, con el hocico rosado.

––Quizá se escapó del laboratorio de mi padre ––exclamó Mathilda.

El padre de Mathilda, un señor con gafas y físico de profesión, era un hombre muy serio e importante que trabajaba con animalitos. Nosotras, durante unos días, estuvimos muy atentas a ver si preguntaba por él, pero como no lo hizo, decidimos quedarnos con ratón.

Y así, como Perico por su casa, iba el ratón por las habitaciones y pasillos de la casa de muñecas estilo Tudor. El problema vino cuando una noche la dueña se fue a meter en la cama y se la encontró ocupada por Pepe, que era el nombre con el que bautizamos al blanco ratoncito. La señora de porcelana, muy delicada de maneras, pelirroja y con la piel muy blanca, comenzó a gritar, y a gritar. No contenta con eso, se subió encima de un sillón del que no encontrábamos la manera de hacerla bajar. Todos los muñecos, como locos, comenzaron a correr por pasillos y escaleras, pues de los gritos de la señora dedujeron que alguien la estaba atacando. Cuando entraron en el dormitorio y vieron al pequeño y blanco ratón que comparado con aquellas personitas de porcelana parecía un enorme monstruo, también comenzaron a gritar, incluso el padre, cosa que nos pareció bastante cobarde por su parte. La niñera, que era de una aldea chiquitita rodeada de granjas y animales, fue la única que al verlo se quedó tan tranquila. Sonriente, se dirigió a la cuna, cogió al asustado bebé y salió del cuarto entonando una nana. Nosotras intentábamos calmar al resto de los muñecos diciéndoles que aquel ratoncito era bueno, limpio y que estábamos seguras de que también era generoso. Pero ellos, cerriles, obstinados, señalándonos con el dedo, nos dijeron que o aquel monstruo se iba de la casa o llamaban a la policía. Ante esa tremenda amenaza, sin saber qué hacer, nos mirábamos una a la otra con desespero.

––Lo cierto es que este ratón tiene el rostro un poco duro ––rumió Mathilda sentada en el suelo apretando la falda de su vestido.

––Cierto ––añadí yo––. Una cosa es andar por la casa, y otra, muy diferente,  meterse a dormir entre las sábanas de fina batista.

Después de pensarlo mucho, le hicimos a Pepe una cama dentro de una caja de laca china. Era muy linda. Pensamos que le iba a gustar porque en la tapa la caja tenía una muñequita que cuando le dabas vueltas a una llave pequeña y dorada, seguía los compases de un vals. Cuando quisimos recoger a Pepe para colocarlo en su nuevo dormitorio, el ratón se abrazó a los laterales de la cama. Y no contento con eso, al parecer furioso porque le molestábamos, amenazante, nos mostró sus dientecillos. Comprendimos que su disposición a irse era nula, y pronto supimos por qué: A su lado, mamaban de sus tetillas cuatro pequeños ratoncitos. Eran rosados, sin pelo, con dos rallas chiquititas por ojos. Nos quedamos quietas. Realmente, no podíamos sacar de allí a aquella  pobre madre.

Luego de mucho pensar, colocando cajas de zapatos, unas encima de otras, hicimos otra casa de muñecas. Con cuidado de no molestar a aquella mamá, fuimos sacando los muebles, todos excepto la cama, colocándolos en las nuevas habitaciones. Y cuando ya tuvimos la casa dispuesta, trasladamos a la familia de porcelana. Parece que les gustó su nueva morada, incluso le escuchamos decir a una de las criadas que su dormitorio era más amplio que el de la casa vieja.

La preciosísima casa de muñecas de estilo Tudor de Mathilda, fue llenándose con las cosas que cada día llevaba Pepa ––por cierto, desde que lo encontramos en la cama de la señora de porcelana, como no podía ser de otra manera, comenzamos a llamarle Pepa––. Y como lo que llevaba eran en su mayoría restos de comida robados en la cocina de la madre de Mathilda, la casa, además de destartalada, ahora estaba siempre sucia y maloliente. Pero a ellos parecía no importarles.

Y así fue pasando el tiempo, y los bebés ratones crecieron sanos y guapos, encantados de poder patinar sobre el rallado suelo de ricas maderas. Y cuando después de ir a la universidad, convertidos ya en jóvenes ratones de bien, contrajeron matrimonio formando nuevas familias,  la casa de muñecas de estilo Tudor que Mathilda heredó de su abuela, se convirtió en una ratonil comuna, no muy limpia ni ordenada, en donde Pepa, rodeada por todos sus hijos y nietos vivió feliz y contenta.

.

© Malena Teigeiro

Un regalo

Liliana Delucchi

Estaba un poco triste. Nos despedimos en el aeropuerto… En medio de unos abrazos de los que no podíamos separarnos me dio las llaves de su piso y me dijo que dejaba unos cuantos libros y algunas cosas que eran importantes para mí.

––Pasado mañana los nuevos dueños tomarán posesión así que ve y recoge todo lo que no nos hemos llevado ––susurró apretándome la mano.

A su marido lo destinaban a Australia, me separaban de ella y de mis sobrinos. ¡Australia! Eso está en las antípodas, más de treinta horas de vuelo, le dije cuando me dio la noticia antes de servirme una copa de brandy para digerir la novedad.

A pesar de las estancias vacías, queda el olor del que ha sido su hogar y, en medio del salón, junto a un montón de cajas con carteles donde se lee «Para Tomás» está la casa de muñecas: Lustrosa, con las cortinas limpias y todos los enseres bien colocados. Mi padre la había desterrado al desván el día en que nos vio jugando con ella.

––¿Qué haces? ––me gritó. –– Es para Elena, los varones no enredan con esas cosas.

Al día siguiente me apuntó a clases de boxeo y me hizo socio de su club de rugby. También me ordenó que me alejara de mi hermana, que juntos solo podíamos jugar al ajedrez. Ni siquiera a las damas, que era cosa de mujeres.

Ella, a la que le daba miedo el desván, lloró tanto que mi madre intercedió para que le bajaran la casa de muñecas a su habitación. Allí era donde nos reuníamos cuando el jefe de la familia estaba de viaje.

Me gustaba peinar a Elena y darle mi opinión sobre lo que ponerse cuando iba a alguna fiesta. Yo la esperaba despierto en su cama para que me contase sobre los modelos de las demás. Siempre estuvimos muy unidos y cuando me fui a la universidad nos escribíamos largas cartas o hablábamos por teléfono. En la actualidad las cosas serán más fáciles con el correo electrónico y los WhatsApps, aunque Australia sigue estando lejos.

Ahora estoy sentado en el suelo del que fuera su salón, frente a la casa de muñecas. Con un dedo hago balancear la mecedora que está en la entrada, me acerco para mirar por la ventana de la cocina. Todo está en orden. ¡Querida Elena!

Suena el timbre. Es Juan. Se sienta a mi lado. Su mano blanca y delicada acaricia el tejado. Me mira y sonreímos.

© Liliana Delucchi

Mi primera mejor amiga

Marieta Alonso

Tengo una amiga invisible, Irene, que juega conmigo. En cuanto termino las clases subo corriendo a verla. Abro la puerta de la habitación donde están todos mis juguetes, y grito:

––¡Hola! Ya estoy aquí.

Y oigo su voz invitándome a merendar en su casita, que es un chalet moderno con un portal enorme rodeando la estructura, y una terraza en la azotea con muchas flores. Está situada en la pared que da al norte.

Le digo que me dé cinco minutos para dejar los libros y que me voy con ella enseguida. Mi tata trae la merienda y mueve la cabeza cuando oye las risas que echo con mi amiga.

Ella es rubia, yo soy morena. Tiene los ojos verdes tan grandes como las hojas de la malanga, los míos son brillantes y negros como el azabache. Su pelo es tan lacio como el de los chinos, el mío ondulado como la pendiente de la montaña que vemos cuando nos asomamos al balcón.

Siempre me espera recostada en un diván. Me siento en el suelo y le cuento cómo me ha ido el día, con esos profesores particulares, sabios y sosos que solo saben enseñar números y letras; que mi madre me lanzó un beso mañanero desde la puerta, se iba a jugar squash con un nuevo profesor; que mi padre me animó a estudiar mucho para ser «alguien» el día de mañana. ¡Pobre! Pasa las horas en aburridas reuniones laborales a la espera de que crezca y le reemplace en el negocio familiar.

Solo cuento con cinco minutos para relatar mis cuitas, me recuerda Irene. Así tendremos más tiempo para jugar.

Hoy toca pasar la tarde en mi casita que está en la pared sur. Su estilo es victoriano, de dos plantas. La cocina está en la planta baja y allí nos hemos metido para hacer tocinillo de cielo que a las dos nos gusta a rabiar. Nos quedamos pensativas y bajé corriendo a la cocina de mi casa de verdad. Cogí con disimulo una docena de huevos y un paquete de azúcar blanca. Con tan mala suerte subiendo las escaleras me caí y las claras y las yemas me envolvieron de la cabeza a los pies.

Corriendo vino mi tata al oír tal estruendo. ¡Adiós tocinillo de cielo! Seguro que me va a castigar toda la tarde frente a la pared. Para mi asombro, me dio un beso, me llevó al cuarto de baño, y tras lavarme me puso unos pantalones vaqueros. Me tomó de la mano para llevarme al pueblo donde tiene una sobrina de mi edad, Elsa.

He prometido que mi nueva amiga de carne y hueso, será nuestro secreto hasta que ella hable con mis padres, que son un poco frikis con eso de la escala social.

Estoy muy contenta, pues Elsa le ha comprado el chalet a Irene, que se despidió de mí con lágrimas en los ojos, yéndose a viajar que es lo que siempre había deseado.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Perlas

15 agosto, 2018 por Akelarre 10 comentarios

cuentos sobre perlas

Perlas

A lo largo del tiempo, las perlas han sido una de las gemas más preciadas y codiciadas. Se pueden hallar innumerables referencias a ellas en la religión y la mitología de muchas culturas desde tiempos remotos.
Hace más de 2.000 años, los chinos creyeron que tenían el poder de la juventud eterna. Los egipcios las apreciaban tanto que se hacían enterrar con ellas. Los griegos las asociaban con el amor y el matrimonio.

En la antigua Roma, las perlas eran consideradas el más alto símbolo de riqueza y de posición social. Durante los inicios de la Edad Media, mientras que las doncellas de la nobleza atesoraban collares, los caballeros las llevaban consigo al campo de batalla.

Hasta principios del siglo XX, las perlas naturales estaban al alcance sólo de ricos y famosos.

En 1916, el famoso joyero francés Jacques Cartier compró su histórico establecimiento en la Quinta Avenida de Nueva York al intercambiar dos collares de perlas por la valiosa propiedad.

El símbolo

Cristina Vázquez

El coleccionista

Malena Teigeiro

Día de la madre

Liliana Delucchi

Regalo cautivo

Marieta Alonso

El símbolo

Cristina Vázquez

—Silencio, por favor, silencio.

Al decir estas palabras doña Eulalia consigue que cese el aplauso que le dedican sus empleados en el día de su despedida. Está emocionada y agradecida antes de ceder la palabra al nuevo director general.

Al oírse decir, silencio, por favor, silencio, no puede evitar recordar la primera comida en casa de su tío cuando él dijo: Silencio, he dicho, silencio. Y todos los comensales enmudecieron ante estas palabras. Luego comprobó que era una situación que se repetía con frecuencia y siempre con la misma entonación crispada, sin resonancia, que caía igual que un mazo. Nadie osaba a abrir el pico hasta que él volviera graciosamente a dar el turno de palabra.

—Ahora puedes contar lo que estabas diciendo, pero con un poco más de soltura o de gracia o de precisión —decía señalando al aludido con su dedo índice.

Lo único que modificaba don Alberto era el sustantivo que calificaba la frase anteriormente cortada en seco.

El aludido podía ser un hijo, un invitado, o una nuera y en ciertas ocasiones la conversación no se retomaba y el silencio se imponía en el comedor, roto sólo por los ruidos de los cubiertos. En esos momentos su mirada no se desviaba del plato y una sonrisa asomaba a su cuarteada cara de lagarto. Eulalia, su sobrina, esperaba que sacara una lengua bífida para atrapar alguna víctima inocente.

Era la hija de su único hermano, muerto según él, por inútil, una de sus palabras preferidas. Vivía desde entonces en su casa pues su madre, una hermosa señora ausente y avispada, envuelta en velos muy negros y lacrimosos, la dejó en las acaudaladas aunque ásperas manos de su tío Alberto. Al fin y al cabo era su padrino y tenía un deber con la tierna, adorable huérfana. Y ahí se quedó plantada en el agrío caserón, con tres primos mayores ya casados, sometidos al ritual tiránico del padre a cambio de sustanciosas pensiones y caprichos.

Después de la primera y dura impresión empezó a pensar cómo sobrevivir y sacar tajada de la situación en que le había puesto la vida. No echaba de menos a su madre, y de su padre le quedaban lejanos recuerdos de ternura, de risas y juegos ruidosos. Luego se fue esfumando en una figura alcoholizada y triste. Empezó a fijarse bien en el hombre que ahora ejercía funciones paternales, pese a la incomodidad que le había producido la llegada de la parienta huérfana.

Un ruido del micrófono la saca por un momento de sus recuerdos y mira con orgullo el símbolo que brilla en la pared, el símbolo de su triunfo y sacrificio.

Todas las tardes después de volver de su oficina el viejo don Alberto se encerraba un rato en su despacho, y ella le veía sacar un pequeño llavín. Le intrigaba mucho qué abriría, aunque nunca osó preguntárselo. A medida que pasaba el tiempo Eulalia se iba quitando el pelo de la dehesa, como decía él con desprecio, y aprendió matemáticas, a bailar, a arreglarse con gusto y a demostrar afán de conocimiento y tenacidad en las tareas emprendidas. El tono del tío se fue modificando y en la soledad del caserón empezó a contarle recuerdos, a quejarse de la pésima educación de sus inútiles hijos, su madre les consintió todo, confesaba con acritud, a demostrar una torpe ternura y un orgullo de Pigmalión frente a los demás, por haber conseguido con su dinero y el esfuerzo de ella una hermosa señorita educada, la hija que nunca tuvo.

Se sorprende del final del discurso y del sonido de los aplausos otra vez, pero no le interesa demasiado lo que sucede ahora, los inevitables agradecimientos, las palabras huecas y vuelve al momento en que su tío, en una especie de ritual le abrió el cajón de su mesa con el llavín que tanto le intrigaba y apareció, sobre un terciopelo verde oscuro, una ostra semicerrada con una perla en la abertura. Los ojos se le iluminaron al mirarla y la cogió en sus gruesas manos con mimo de aprendiz.

—Esta perla me la regaló una gran mujer y fue el principio de mi fortuna —levantó los estrechos y amarillentos ojos—. Quiero que sea tuya y que mantengas lo que he creado antes de que se lo merienden los inútiles de mis hijos.

Y ese era el símbolo de la empresa, la ostra con la perla que hoy brillaba en todo el mundo y que era su pequeño homenaje a ese hombre tosco y generoso, inteligente y suspicaz que permitió que sus solitarias vidas se complementaran en un fin común.

© Cristina Vázquez

El coleccionista

Malena Teigeiro

Mis amigas y yo no llevábamos mucho tiempo en la playa cuando vimos que se acercaba un velero. Manejaba el timón un hombre alto, delgado, con las rastas de su cabello pardas por la sal. Al parecer, él también se había fijado en nosotras. Y he de admitir que desde que lo descubrí, no dejé un instante de contemplarlo.

Nosotras, entre risas y bromas, pasamos la mañana entrando y saliendo del agua hasta la hora de volver a nuestras casas. Después de comer me eché una siesta, y por primera vez soñé con él. Soñé que era el hijo de Neptuno y de la Nereida Anfrítite. Una y otra vez se me aparecía surcando los mares en su precioso velero de madera. Aquella noche lo encontré sentado en una terraza del paseo marítimo. Dijo que me estaba esperando.

Salimos un día y otro, por la mañana y por la tarde hasta que me llevó a dar una vuelta en el velero. Allí, en el medio del mar, me confesó que me quiso desde el momento en que me vio. He de decir que a mí me arrebató la mirada de sus ojos azules, sus galantes maneras, y el perfume medio a mar, medio a madera, que me mareaba mientras me juraba su eterno amor. Recuerdo todavía la dulce caricia de su voz, ronca, grave, al decirme que mis besos le sabían a mar. Y sobre mis movimientos, dijo que le recordaban a las sinuosas oscilaciones de las algas. También me habló de mi piel, que era como el nácar, dijo. Y entonces, justo a continuación de esas palabras, sacó un estuche del bolsillo —eran dos preciosas perlas, iridiscentes, redondas como canicas— y me pidió que me casara con él. Arrebatada por tanto amor y tanta galanura, así como por la belleza de su costosísimo regalo, dije que sí y que teníamos que hacerlo cuanto antes. Lo cierto era que no me apetecía nada volver a la universidad.

Habló con mi padre, a quien no acababa de gustarle que un hombre de su edad —casi veinte años mayor que yo— anduviera conmigo, y torciendo el gesto le expuso que todavía era menor de edad. Y dando media vuelta, se fue dejándolo plantado. Pero tantos fueron mis llantos y tanta la insistencia de mi madre, quien feliz presumía con sus amigas de que su niña era la primera que se casaba de la pandilla y de la buena boda que hacía, que al final cedió.

He de reconocer que mi marido me adoraba. Le gustaba regalarme perlas. Las australianas me llegaron en un estuche de piel rojo; las tahitianas, en una cajita de terciopelo verde; las chinas, esas… ¡ya ni me acuerdo! También me las regaló de agua dulce, cultivadas o de cualquier nacionalidad o diferencia. Todas valían para aquel loco que se satisfacía poniendo precio al sufrimiento de unos pobres animalitos. Y comenzó a llamarme mi perla, y lo que en un principio me sonaba bien, no tardó mucho tiempo en que comenzara a sentir vergüenza cuando lo hacía delante de cualquiera. Me pareció que esa forma de nombrarme era una cursilería inaguantable. Luego ya fue peor. Llegó un momento en que decidió que era de verdad una de esas bolas blancas que tanto adoraba, y como tal me encerró en la casa. Mandó construir una cama en forma de ostra gigante. Me adornaba con ristras de aljófares de todos los tamaños y colores, me obligaba a vestirme con telas nacaradas. Mi perla, decía arrebolado. Aquella obsesión me hizo sentir como si en vez de ser su mujer, fuera esa especie de quiste que tienen las pobres ostras. Más bien pronto que tarde comencé a hartarme de tanto nombre, tanta concha, y tanto nácar, pero poco podía hacer. Y caí en lo que se podría llamar una profunda tristeza. En cuanto percibió que yo andaba hundida, cabizbaja, y quizá algo furiosa, decidió hacer un viaje. Para que te distraigas un poco y salgas de esa apatía, me dijo. Y, ¡cómo no!, decidió llevarme a visitar granjas de ostras. Y fuimos a Japón. Allí me enseñaron a bucear con una bombona a la espalda. Me espantó la experiencia. Sin embargo, él confundió mi mueca de horror con una tímida sonrisa de agradecimiento. Cuando creyó que estaba preparada, me hizo bajar sola a ver las conchas en sus bateas. Luego, fuimos a Filipinas, a China, a Tahití. Y así llegamos a Méjico.

Aquella noche en el hotel se celebraba una fiesta. Cantaban los mariachis, bailaban las alegres y bellísimas niñas con sus lazos de cintas de colores entre los mechones de sus negras trenzas. Me fui a la cama pensando que aquello sí que era vida, aquello sí que era alegría.

A la mañana siguiente, me sumergí para ver la granja. En el fondo del mar, entre las nasas y las cuerdas de las bateas, plagados sus velos de conchas, una bella virgencita me contemplaba con dulzura. Ella me indicó el camino y yo lo seguí. Nadé pegada a la arena hasta que se le acabó el aire a la bombona. Me desprendía de ella y la dejé, allí mismo, tirada en el fondo del mar. Subí a la superficie y seguí nadando.

Ahora vivo en el centro de Méjico, casi en la selva, y no quiero volver a saber nada más de bateas, de playas ni del agua del mar. Creo que me han dado por muerta, creo que anda llorando por mí. Quizá algún día le diga que no se preocupe, que estoy bien, que ahora me adorno con piedras de colores, y que cualquier cosa me hace feliz. Excepto una perla.

© Malena Teigeiro

Día de la madre

Liliana Delucchi

Se la dio Sor Catalina el día en que abandonó el orfanato.

—La traías en tu manita, los dedos aferrados a ella, tanto que solo cuando te dimos ese baño que necesitabas pudimos verla —dijo la religiosa al entregarle una perla.

Detuvo sus ojos ante esa esfera perfecta, blanca y brillante. Era todo lo que poseía. La perla y el libro de oraciones que lo acompañaba cada noche. El camino que se iniciaba ante la gran reja que separaba el edificio de las afueras del pueblo le pareció largo. No lo es tanto, se dijo Constantino entornando los ojos. He ido muchas veces a hacer recados que me encargaban las hermanas y no tardaba más de diez minutos. Ahora era diferente. Al final de ese sendero se abría un mundo que otros llamarían libertad, pero el joven sentía una presión en el estómago y un temblor en los labios que reconocía como los síntomas de cuando se enfrentaba a lo desconocido.

—Ve derecho a la tienda de ultramarinos. Su dueña, doña Jacinta, te espera con un puesto de dependiente, también te dará alojamiento —la voz de la hermana, tan suave, tan cálida, como siempre.

Constantino apretó la mano de quien lo consolara las noches de tormenta, de esa mujer de cuerpo tan generoso como su alma, el único pecho que conoció en que apoyar su cabeza y enjugar sus lágrimas. No vio las de ella cuando inició su andar hacia el futuro.
El negocio de doña Jacinta, una viuda de mediana edad y sin hijos, se erigía en la mitad de la calle principal. Un edificio de dos plantas, la de abajo para la tienda y la de arriba era la vivienda de la señora. Le mostró su habitación, un cuarto pequeño pero limpio y con lo estrictamente necesario.

No le costó al joven aprender a despachar, conocer los productos y sus precios y asimiló de su jefa el buen trato, preguntar a los clientes por sus hijos, sus enfermedades o los resultados de la última cosecha. Por las noches, una vez hecha la caja, subían los dos y mientras la mujer preparaba la cena, el aprendiz barría o se dedicaba a lo que fuera necesario para una vida sin lujos pero sin necesidades.

Antes de dormir, jugaban a las cartas o miraban la televisión. Las conversaciones se hicieron cada vez más personales, el cariño no tardó en aparecer entre esos dos seres necesitados de afecto. Los domingos iban a misa a la iglesia del orfanato y entonces Sor Catalina respiraba tranquila al ver que su protegido había encontrado algo parecido a una madre.

La tarde en que fue a llevarle el pedido semanal a don Fermín, el único relojero del pueblo, el joven lo vio trabajando con una piedra azul.

—Es un topacio —dijo el anciano al ver la mirada sorprendida de Constantino.

—¿Y qué va a hacer con ella?

—Engarzarla en una sortija —respondió el joyero mirándolo por encima de sus gafas—. Será un anillo de pedida. ¿Sabes lo que es un compromiso matrimonial?

—Claro, he servido como monaguillo en algunas bodas cuando estaba en el convento.

Al volver a su habitación sacó de una pequeña caja la perla que le había entregado la monja antes de iniciar su nueva vida. Ahora sé cuál va a ser tu destino, le dijo a la gema mientras la acariciaba. A la mañana siguiente volvió a casa del joyero.

—¿Podría engarzarla para un colgante y tenerlo antes de quince días?

—Preguntó a don Fermín con la voz entrecortada. —No la he robado —y le contó la historia.

El primer domingo de mayo, Día de la Madre, Sor Catalina se secó las lágrimas al ver a su protegido junto a doña Jacinta y a esta con la perla colgada del cuello.

© Liliana Delucchi

Regalo cautivo

Marieta Alonso

Yendo hacia el exilio logró camuflar dentro de un sencillo moño bajo aquel collar de perlas, regalo de su abuela cuando cumplió los dieciocho años. Al entregárselo hizo aquel comentario tan inquietante.

—No lo luzcas nunca, querida niña. Es la joya de la familia. Trae mala suerte ponerla al cuello, pero te dará de comer en caso de necesidad.
Guardó el estuche entre la ropa blanca, esas sábanas de hilo bordadas que también le regaló y que tampoco usó por el trabajo que daba plancharlas.

En el momento de partir, simulando entereza, aunque tenía un pavor que se le debía notar, fue hacia el cubículo donde hacían los registros personales. La revisaron de arriba a abajo, pero en su cabeza de anciana ni se fijaron.

Mientras tanto, hizo un repaso de su vida. Después de cumplir la mayoría de edad, su día de nacimiento se desbocó y en un santiamén llegó a los ochenta y cinco años con tres matrimonios, dos divorcios, una viudedad, tres hijos y seis nietos, a los que animó —más bien empujó— a marchar en una balsa y que llegaron sanos y salvos al país adonde ella ahora se dirigía.

Si lograba pasar indemne de aquel registro la vida les sonreiría. Hubo un momento de tensión en el que se le encogió el ombligo. Falsa alarma. La mandaron salir y vio cómo registraban su maleta. Los tacones, aunque bajos, hacían que se balanceara al no poder controlar las rodillas.

Ya en el avión un suspiro de alivio la envolvió. Todo iba bien. Acababa de esquivar algo muy grave que mejor no describir con palabras.

A insensata, testaruda, chiflada y muy valiente no te gana nadie, mamá. Eso le dirían sus hijos cuando ella, a su llegada, con un gesto teatral deshiciera aquel rodete y las perlas ensartadas se fueran deslizando, despacio, por su curva espalda. Ya estaría al tanto para que no cayeran al suelo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Veleros

15 julio, 2018 por Akelarre 14 comentarios

Cuentos sobre veleros

Veleros

Un velero es una embarcación en la cual la acción del viento sobre su aparejo constituye su forma principal de propulsión.

Los egipcios fueron los primeros constructores de barcos de vela de los que se tiene noticia. Hace al menos cinco mil años que los fabricaban para navegar por el Nilo y más tarde por el Mediterráneo.

Las embarcaciones de vela fueron los primeros medios de transporte a través de largas distancias de agua (ríos, lagos, mares). Actualmente tienen un uso de carácter recreativo, deportivo o educativo. Sin embargo, en algunas zonas del Océano Índico siguen utilizándose con un sentido comercial.

Las embarcaciones de vela también tuvieron un uso militar, especialmente en naciones con un fuerte desarrollo colonial transoceánico (Inglaterra, España, Holanda, Francia), hasta el siglo XIX.

Hay muchos tipos pero todas tienen ciertas cosas básicas en común. Todas las embarcaciones de vela tienen un casco protegido por la quilla, aparejo, al menos un mástil para soportar las velas y una orza para no derivar y compensar la fuerza lateral del viento.

Adelante campeón

Cristina Vázquez

Los difuntos de la familia de Carmiña

Malena Teigeiro

La princesa y el santo

Liliana Delucchi

Una isla para la esperanza

Marieta Alonso

Adelante campeón

Cristina Vázquez

Adelante, campeón, adelante. En el intranquilo sueño del vuelo estas palabras se me repiten casi como una pesadilla. Me veo en la proa del velero con el viento en la cara cumpliendo alguna misión que me habías encomendado con seriedad de capitán, y que yo obedecía con la misma seriedad de grumete. Adelante, campeón, adelante. Cuánto tiempo, tantos años que ya los dedos no sirven para contarlos.

Al bajar del avión un sofocante y húmedo calor me embarga recordándome esos veranos cálidos, llenos de arena, amores y proyectos, acompañados siempre del deseo inmediato de subirnos al barco.

––Esto es plan de hombres, campeón.

Te recuerdo en la plenitud de tu fuerza, moreno, con el pelo frondoso aclarado por el sol, las manos de ciudad con tiritas hasta que se endurecían con los trasiegos, y la felicidad de los dos manejando el Avalon igual que si fuéramos a una aventura de resonancias artúricas, aunque en realidad solo navegáramos unas cuantas millas hasta alejarnos de las hermanas y la madre que dejábamos en la apacible playa.

Y el invierno de mis doce años una madre descompuesta entre la sorpresa y el dolor, nos comunicó a los tres hijos que nuestro padre había decidido marcharse.

––¿Cuánto tiempo? ––preguntamos al unísono.

––No lo sé. A lo mejor no vuelve, o sí, quién sabe.

Y unas profundas ojeras, unos cercos de oscura desesperanza se le grabaron para siempre en su pálida y doliente cara. Ahora tú eres el hombre de la casa, me dijo mi madre al poco tiempo con una titubeante esperanza en la voz. Yo la abracé con el convencimiento de que a quien quería abrazar con todo mi corazón era a ti, al ausente. ¿Por qué? Qué habíamos hecho para dejarnos en esa inaudita soledad, sin una palabra, sin un gesto previo que me permitiera adivinar tu marcha.

Ya han pasado treinta años y vivo al otro lado del mundo cerca del mar, pero sin volver a subirme a un velero. Cuando lo intenté la intensidad de mi pena revivió con tanta fuerza que decidí no arriesgarme otra vez, convencido de que los barcos de motor son una magnifica solución para navegar.

Me acerco al pueblo donde me han dicho que te van a enterrar. Mis hermanas han insistido en que viniera y por verlas, creo que solo por eso he vuelto, aunque la emoción que empieza a apoderarse de mí me molesta igual que un animal tenaz e invisible. El paisaje lento empieza a surgir, los olivos, la tierra rojiza, los algarrobos. Me miro las manos fuertes aunque ya con algunas manchas y me parece estar viendo las tuyas al tirar de las escotas, enganchar la escalerilla o revolviéndome el pelo después del baño. Somos un buen equipo, hijo. Y me mirabas con una risueña complicidad; yo pensaba que era una suerte de pacto indestructible entre compañeros, como “Los Caballeros de la Mesa Redonda” que te gustaba leerme. ¿Por qué?

Al llegar al pueblo me cuesta encontrar la dirección. Es una casa modesta cerca del puerto, blanca, con tejas, unos cercos de color añil en las ventanas y un jardincillo mimado con esmero de profesional. Me extraña no ver a nadie y entro en el pequeño hall con suelo de barro y suena una suave música de Bach, que reconozco de inmediato, “Los Conciertos de Brandenburgo”, tu preferida. Oigo unos pasos que se acercan y aparece un hombre mayor, alto, enjuto y distinguido que se dirige a mí con familiaridad.

––Soy Peter Aldwin, amigo de tu padre ––y me estrecha la mano con las dos suyas.

Nos miramos por un instante. Yo con sorpresa y él con un reconocimiento afligido.

––Tu padre siempre hablaba de ti ––me indica un lugar donde sentarme––. Siempre siguió tu vida, aunque fuera a la distancia.

El saloncito es proporcionado y de un gusto exquisito. Peter me ofrece algo de beber que rechazo tratando de recomponer la situación y pregunto por mis hermanas. El hombre sube las cejas y con un suspiro afirma que me esperaban en el hotel, no habían querido quedarse. Junta las manos entre las rodillas con una silenciosa palmada, lo comprendía, pero mi padre nunca quiso que lo supiéramos, así que llevaba treinta años viviendo en el anonimato respecto a nosotros.

No puedo responder. Una mezcla de tranquilidad y desesperación me inunda. Era esto. El motivo de su ausencia era este hombre amable, elegante y dolido que me mira desde el fondo de una butaca con resignación y aplomo.

––Si te quieres ir lo comprendo ––le oigo decir.

––No, quiero verlo.

Se levanta con lentitud y me precede por el pasillo hasta el cuarto donde mi padre reposa aún sobre la cama. Me cuesta mirarlo y reconocer en ese hombre demacrado con el cráneo pelado al ser fuerte, amable, de pelo frondoso. Mi padre. Adelante, campeón, adelante. Y oigo la voz de Peter doliente, había sufrido mucho, pero lo llevó como un campeón. Y en ese momento los treinta años de ausencia se derriten en una amarga desesperación. Volvemos a la sala y veo que hay fotos de nosotros desde pequeños hasta épocas recientes. Nunca había dejado de seguiros aunque fuera desde lejos y se pasa la mano por el abundante pelo blanco, pero…

––Tu madre le prohibió veros ––dijo con amargura––. No quería que supierais de esta repugnante situación, palabras textuales ––apostilla con rencor.

Le pregunto si el Avalon seguía existiendo, y el otro con una sonrisa cansina me confiesa que por supuesto, hasta el final iba a subirse a él, aunque ya no pudiera navegar.

––Me contaba vuestras aventuras.

En ese momento tomo una decisión que intuyo Peter puede entender y le propongo llevarle al anochecer al Avalon, salir de puerto e incendiar el barco.

––Como el rey Arturo ––afirma Peter.

––Como el rey Arturo ––le replico.

A la mañana siguiente los periódicos locales comentaron el extraño incendio de un barco en altamar.

© Cristina Vázquez

Los difuntos de la familia de Carmiña

Malena Teigeiro

Custodiadas por las gaviotas, salían a la mar casi todas las barcas al mismo tiempo. Eran rojas, verdes, azules. La de Pancho, azul como el agua al atardecer, siempre llevaba los cristales de la cabina abiertos. Le gustaba navegar con el aire dándole en la cara, haciéndole volar el cabello. El barco era casi nuevo. Lo habían comprado con lo que les dio el seguro por el naufragio del de su padre. Navegaban él y su único hermano, Juanciño, un muchacho enclenque al que le resultaba muy dificultoso arrastrar las redes.

––Este, solo vale para estudiar –––le decía su madre dándole con los nudillos en la cabeza.

Cada vez que los veía salir a la mar, la mujer, con las manos en los bolsillos de su delantal de rayas grises y negras, movía la cabeza. Mientras amarraba la barca al muelle, Pancho rumiaba las palabras de su madre. Era verdad. Y no es que Juanciño no le pusiera interés, que sí le echaba, pero esas manitas, esos hombros… Y aquella noche, ya en la cama, justo antes de dormirse, decidió que tenía que hablar con don Tomás.

El maestro, un hombre serio, amable, de chaqueta raída y pantalones de pana, era respetado por todos en el pueblo, y hasta le regalaban aquella parte de la pesca, de las patatas, o de las verduras que no conseguían vender. Si no, con aquellas tres chicas estudiando en Santiago, don Tomás pasaría más hambre que Dionisio, el pobre faltoso que pedía limosna.

––Buenas, don Tomás. ¿Tendría un momento para que le invite a tomar un vino? ––con la gorra todavía en la mano le inquirió Pancho a la salida de misa.

Y juntos fueron hasta la taberna de Roque en donde estuvieron charlando hasta la hora de comer. Después de aquella conversación, Pancho y su madre enviaron al chico al seminario de Santiago. Allí podría estudiar, y luego, si no quería ser cura, con los estudios adquiridos, ya se las podría valer bien. Y así fue. Cuando terminó el bachillerado, al mismo tiempo que trabajaba de auxiliar en un banco, Juanciño comenzó sus estudios de derecho. Pasados unos años, se licenció, y con un préstamo se estableció por su cuenta en una calle de las afueras de Santiago.

Y desde que abrió su despacho todos los domingos al salir de misa, Pancho y don Tomás se miraban satisfechos, luego bajaban juntos a la tabarna. Hasta que un tiempo después mientras bebían su taza de vino escuchó don Tomás:

––¿Sabe que ya cambió su despacho a la Rua Nova? –––satisfecho Pancho sefrotaba las calludas manos.

––¡Bien lista que era tu madre! El enclenque muchachito se nos está haciendo rico como picapleitos ––levantó la taza el maestro.

Y Juanciño, que ya era don Juan siguió visitando la aldea. Primero lo hizo solo, después del brazo de una señorita, hija de un médico importante, que sin esperar demasiado se convirtió en su esposa. Y así, domingo tras domingo, mientras tuvo vida su madre, siguieron viéndose los dos hermanos. Sin embargo, desde que había fallecido, apenas había vuelto a la aldea.

––Otro ahogado ––escuchó Juanciño a través del teléfono la voz don Tomás.

Los barcos habían salido con buena mar, le dijo, pero, ya se sabía lo caprichosa que era. Y aquella noche cambió de pronto. Decían los que habían podido regresar que las olas tenían más de diez metros, y que las barcas caían desde lo alto como si fueran pelotas arrojadas en el frontón. A Pancho lo habían encontrado dos días después. Regresó con prisa y ahora estaba delante del ataúd de su hermano. Se le veía nervioso, triste. Y los que por allí pasaron dijeron que lo vieron llorar.

De vuelta del cementerio, se abrazó a Carmiña, su cuñada. Le aseguró que ella y su hijo nunca pasarían apuros. Los ojos verdes de la mujer, duros como piedras, lo contemplaron.

––Yo no sé de cuentas ni de leyes para discutir con el seguro. Solo te pido que nos representes a mi hijo y a mí, y que nos consigas lo más que puedas. Y con ese dinero le pagas los estudios a este.

Colocó Carmiña la mano encima del hombro del chico, quien, trémulo, con los dedos dentro de los bolsillos, se clavaba las uñas en las palmas. Y continuó diciendo que si no le llegaba, pues que entonces tenía ocasión de hacer valer eso que pensaba que le debía a su hermano.

––Pero te lo llevas ahora.

También le dijo que Pancho siempre hablaba de que el chico salía a él, y que aunque era fuerte, tenía la misma cabeza.

Cuando vio que subían al automóvil, miró al hijo. El mismo pelo color del color de las mazorcas de su padre, los mismos ojos verdes muy abiertos, brillantes. Se acercó a la ventanilla.

––Escucha, dirígelo bien. Y trátalo mejor que si fuera tuyo.

Don Juan tembló al ver que su cuñada apoyaba la figa de azabache en la ventanilla. A ella le pareció que la vidriosa mirada de su hijo le sonreía.

––Déjalo, Carmiña. Esto no hacía falta ––y le separó la mano.

Cuando el automóvil pasó la curva, y ya desde la aldea no se los podía ver, Carmiña bajó al puerto. A ninguno más de los nuestros se lo volverá a tragar la mar, grito al viento. Se limpió las lágrimas y contempló el horizonte. Y lo vio navegar. Y mientras hacía sonar la sirena su barca iba custodiada por cientos de gaviotas. Lo vio alejarse y fundirse con el cielo, como siempre, con el cabello revuelto por el viento.

© Malena Teigeiro

La princesa y el santo

Liliana Delucchi

Desde que se trasladó a esa ciudad costera iba casi a diario al puerto. Los barcos tenían para ella la magia de las lecturas de su niñez: navíos atravesando tormentas, marineros subyugados por los cantos de las sirenas y la visión promisoria de la costa más allá de los mástiles. Sin embargo, nunca se atrevió a navegar.

––Son cárceles en las que, además, te puedes ahogar.

Eso había dicho el tío Florencio, un anciano que en su vida solo había pisado la tierra, cuando Natalia le contestó que surcar mares era la mayor idea de libertad que se le pudiera ocurrir. A él también le gustaban los barcos, le dijo, y nada le hacía más ilusión que formar parte de ese grupo de gente dispuesta a atravesar el Atlántico.

Aquel otoño de 1927, le explicó a su sobrina, él apenas contaba cinco años cuando la familia decidió emprender una nueva vida en un buque que tenía el nombre de la hija del Rey Víctor Manuel III y de la Reina Elena, el Principessa Mafalda. Cada mañana, desde que se habían instalado en Génova, el niño iba al puerto a ver esa gran mole que lo trasladaría a Buenos Aires en solo catorce días, junto con sus padres y hermana mayor.

Todo estaba preparado, billetes, equipaje y las ilusiones, cuando a falta de tres jornadas para iniciar la travesía, Rosa, su hermana, enfermó y Florencio vio partir la nave enarbolando un pañuelo a modo de despedida. Envidiaba a aquellos que desde la cubierta alzaban los brazos saludando a quienes quedaban en tierra. La familia decidió esperar a que la niña mejorara para tomar el próximo barco.

Fue su padre quien, mientras desayunaba la mañana del 26 de octubre, leyó en el periódico la terrible noticia: El Principessa Mafalda se había hundido frente a las costas de Brasil. Su madre se negó a esperar a otro trasatlántico: «Dios nos ha salvado esta vez, no lo pongamos a prueba de nuevo». Y volvieron todos a casa. Allí pasó Florencio su juventud y cuando llegó la hora de los estudios superiores se trasladó a la gran ciudad. El puerto seguía manteniendo su magnetismo y el joven iba cada tanto a las tabernas que rodeaban las dársenas, pero si bien algunos de sus amigos emprendieron viajes, las palabras de su madre habían quedado en su memoria.

––Pero esa es mi historia, jovencita, quizás la vida tenga otros designios para ti ––dijo a Natalia una tarde en que estaban sentados frente a un bosque de mástiles.

Poco antes de morir de extrema vejez, el anciano pidió ver a la joven y le entregó una medalla con la imagen de San Telmo.

––Es el protector de los navegantes ––susurró con la poca voz que le quedaba- Mi madre me la prendió de la chaqueta cuando íbamos a viajar y aunque nunca subimos a ese barco, jamás me he separado de ella.

Cuando años más tarde Natalia ojeaba un folleto de viajes, vio el anuncio de una naviera que botaba un nuevo trasatlántico, su nombre era San Telmo. En ese momento supo que iba a emprender la travesía a la que tanto había temido.

© Liliana Delucchi

Una isla para la esperanza

Marieta Alonso

El rápido velero con las negras lonas al viento vino a carenar a la hermosa bahía. No había nadie en las inmediaciones. Silencio y soledad. Bajaron unos diez hombres atentos al rumor de pisadas, al roce de las hojas, por fin se convencieron de que estaban solos y eso, de momento, era bueno.

Se hicieron las señales convenidas y cada uno se dispuso a efectuar su trabajo. La quilla necesitaba de algunos arreglos. Había que taponar las juntas con algodón o estopa impregnados en alquitrán y como último recurso cambiar una de las grandes vigas de madera. El pinar cercano ofrecía tranquilidad al respecto. Había que conservar en perfecto estado las velas y aparejos, que unidos a un diestro manejo incrementaba la velocidad. Otros tendrían que dedicarse a la caza y a la recogida de frutos.

El capitán observaba desde el puente de mando. Uno de ellos fuerte, robusto, de andar recto como una columna, escudriñaba los alrededores centrándose en el bosque. Con paso lento y seguro se fue alejando. Era Patrick, su mejor rastreador. Al día siguiente saldrían a la caza de hombres que con engaños o a la fuerza se convertirían en esclavos. Comenzó a llover. Con la caída del sol hubo vítores, cada grupo había hecho lo que tenía que hacer. El velero estaba listo para zarpar.

El explorador regresó con buenas noticias, y a la amanecida fue coser y cantar hacerse con una docena de hombres sanos y fuertes. Salieron de allí antes de que se diera la voz de alarma. No estuvo mal la redada.

Solo cuando la noche les cubrió se dieron cuenta de que Patrick, el adusto y eficaz irlandés, no estaba en el barco. ¿Se habría caído al mar?, preguntaban sus compañeros escudriñando las aguas. Era un magnífico nadador, imposible. Mientras, el capitán se mesaba la barba, casi seguro de que aquel hombre al que tanto ayudó y admiraba se la había jugado. Traidor. Eso era, un traidor.

––Volveré y te mataré ––juró para sí mismo.

Patrick salió de su escondite cuando oyó alejarse el barco. Debía largarse de inmediato de aquella zona de dolor. Y su mirada se dirigió hacia las numerosas cuevas de aquella lejana montaña que allá en lo alto parecían llamarle. Era el comienzo de una nueva vida

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

El vino

15 mayo, 2018 por Akelarre 20 comentarios

cuentos sobre vino y viñedos

Viñedos de España

Algunos arqueólogos creen que las uvas fueron cultivadas por primera vez en España cuatro mil años antes de Cristo. Lo que sí se conoce es que durante el dominio romano el vino español fue comercializado y exportado por todo el Imperio. Años después, Hispania fue invadida por hordas germánicas que destruyeron muchas plantaciones. Durante la dominación árabe, el cultivo de la vid permaneció, e incluso mejoró, continuándose con el cultivo de los viñedos y la elaboración del vino, principalmente en los monasterios. En tiempos de la Reconquista, se volvió a exportar vino español al resto de Europa.

Con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, al mismo tiempo que se abría un nuevo mercado para el vino producido en España, los misioneros y conquistadores llevaron las vides españolas, vides que todavía dan sus frutos en toda Hispanoamérica.

Hoy día, con los nuevos métodos de transformación de la uva, las bodegas españolas producen unos caldos reconocidos como los mejores en todo el mundo.

Tiempos dulces

Cristina Vázquez

Doña Matilde y Don Alarico

Malena Teigeiro

El sabor de la tierra

Liliana Delucchi

Mancebía en el viñedo

Marieta Alonso

Tiempos dulces

Cristina Vázquez

Fueron tiempos dulces, tiempos de esperanza en los que las luces de septiembre se dilataban en atardeceres rojizos. Saboreábamos las horas sin prisa, mirando la plenitud de las viñas como un reflejo de nuestros sentimientos. Sólo presentíamos futuros luminosos.

¿Quién nos lo iba a decir?, querido mío, que casi medio siglo después estaría sentada en la misma veranda con otras sillas más confortables y feas, acordándome de ti con igual emoción y una nueva nostalgia.

Te escribo a sabiendas de que esta carta probablemente no llegará nunca a su destino, pues ni siquiera sé si aún vives. Pero necesito recordar, compartir contigo la plenitud, el brillo de esos días para descargarlos del horror del que luego se llenaron.

Mi recuerdo empieza en esos veranos de niña solitaria en casa de mi abuelo, solos los dos con la mujer que me cuidaba. Fue un tiempo único con sus luces y sombras, imborrables para mí. Mi madre me llevaba en tren hasta la estación anterior al pueblo donde él vivía, ella nunca iba pues su padre le había prohibido volver. Jamás me dijo el porqué.

—Manías del abuelo, ya sabes cómo es —me confesaba con risueño pesar.

En esa pequeña estación me esperaba Isidro, antiguo militar que era el chofer y acompañante de mi abuelo y me llevaba, entre bromas repetidas, a la casona señorial que dominaba el valle de los viñedos. Se llamaba el Dominio de Adaraja —luego supe que esa palabra significa grieta—, y en el pueblo, en voz baja, lo llamaban el del viejo cabrón. Y ése era mi abuelo, un adusto campesino enriquecido en las Américas que se hizo con los mejores viñedos de la zona, caserón incluido, que pertenecieron a la familia de la Torre, antiguos señores arruinados por malbaratar durante años su fortuna. Hoy, él podía pisotearlos después de haber sufrido sus desaires.

—Los que malgastan que lo paguen —repetía a quién quisiera oírle con los ojos encendidos de autosatisfacción y desprecio—. Malditos inútiles los de esa familia, no sirven para nada. Que se mueran.

Como única nieta, era con la sola persona que pareció enternecerse. Recuerdo con cariño la blandura que demostraba conmigo. Que la niña haga lo que quiera, que disfrute, para eso había trabajado él. Y me llevaba subida en su caballo a recorrer caminos señalándome sus posesiones con un amor verdadero.

—Todo será para ti. Tú serás la reina de este lugar.

Al ir creciendo los veranos se me eternizaban en esa soledad y a veces, después de algún gesto mío le sorprendía una mirada angustiada. Me reprendía con brusquedad, que no hiciera eso, que no lo repitiera.

El único momento en que cobraba vida ese campo era al comienzo de la vendimia. La finca se llenaba de gente, de risas, de movimiento y desde bien chica yo participaba. Ese año de mis dieciséis, cuando te vi llegar comprendí que eras el hombre mejor plantado del contorno, fuerte, amable y con una sonrisa que iluminaba con picardía tu cara bruñida. Venías a vendimiar un poco por diversión, un poco por necesidad y porque esas cepas las había plantado tu familia. Lo contabas con gracia, sin un ápice de amargura. Y bajo esas uvas, entre risas y carreras nos confesamos amor. Fueron nuestros primeros besos y creímos que podía ser por siempre y para siempre.

La tarde que le dije al abuelo que quería presentarle a mi novio, se quedó conmovido, casi lloriqueando al pensar lo mayor que era y cómo se había escapado el tiempo entre verano y verano. Cuando se enteró de nuestras pretensiones, y de quién eras, no comprendí el arrebato de sus ojos, la indignación, los gritos y cómo juró ante la imagen de la Virgen Negra, que trasladaba con él allá dónde fuera, que quemaría todo antes de que tú o cualquiera de los tuyos pusiera un pie en sus tierras.

Al día siguiente, pese a mis lloros y protestas, me subieron al coche y sin siquiera despedirme me mandó a casa con la expresa orden de que cursara el siguiente año en el extranjero. Y así fue, me mandaron a Francia tres años, sin volver en verano. Por más que intenté saber de ti, te esfumaste. Luego me enteré de que también tu familia, previo pago de una sustanciosa cantidad, y bajo la amenaza de que quemaría lo poco que les quedaba si volvía el chico, te mandó lejos, muy lejos.

Mi abuelo murió sin que le volviera a ver, sin perdonarle su desproporcionada e incomprensible reacción. Mi amor. Me arrebató el primer amor con crueldad, pero al cabo de los años y tras la muerte de mi madre, comprendí el horror de ese hombre de que yo pudiera enamorarme de ti, pues un alma caritativa me contó el pecado, el escándalo de mi madre cuando se quedó embarazada de quien fue tu padre. Pobre hombre, qué espanto debió sentir. Hoy, vieja yo como él, reina de este lugar como era su deseo, contemplo estos viñedos que me despiertan la dulzura olvidada de esos días. Una cierta congoja se apodera de mí al recordar, pero justifico esta soledad en la que he vivido casi con alegría.

© Cristina Vázquez

Doña Matilde y Don Alarico

Malena Teigeiro

La nube a la que el espíritu de doña Matilde se asomaba, le permitía divisar al completo el esplendor de aquellas que fueron sus tierras, plantadas de viejas y cuidadas cepas.

—Mira Alarico. Mira cómo tiene el chico las viñas. Nunca han estado así, secas, sin espurgar, llenas de sarmientos —le decía a su adorado esposo quien sesteaba en una nube cercana.

Sintió doña Matilde que se le encogía el corazón. Nunca, desde que los romanos se las habían entregado a su familia, habían estado tan abandonadas. Y ella tenía conocimiento cierto de todo lo referente a sus vides, porque, desde que había memoria escrita en los archivos del pueblo, aquellas viñas habían pertenecieron a sus ancestros. En los nuevos tiempos, ya utilizando las ventajas de la civilización, su abuelo, su padre y luego ella, las trabajaron y mimaron con el mismo celo con que cuidaron a sus descendientes. Y su hijo ––¿por dónde andará ahora?––, aunque no tan bien como ellos, también lo hizo. Sin embargo, al cumplir los sesenta y cinco años al chico ––para ella siempre sería su pequeño––como un remusguillo, le había entrado un enorme deseo de viajar, de divertirse, de gozar de la vida. Como consecuencia de ello, le legó la bodega y las vides a su hijo, a la sazón nieto de doña Matilde. Y ahora Alariquito, el nieto… Ése era otro cantar.

––A mí, lo que de verdad me priva es la noche ––repetía el joven acariciándose las flacas y amarillas mejillas.

 Y esas pálidas, ojerosas y verdilunas mejillas, eran la muestra de que en cuanto llegaba la oscuridad Alariquito, iría de un lado para otro, y no siempre con un buen fin. Sin embargo, doña Matilde creía, y siempre de buena fe, que la culpa no era suya sino de aquella, la madre del chico, que desde que entrara en la familia solo se preocupó por los lujos y las fiestas

––Menos mal que tuvo a bien morirse pronto, sino… ––rumiaba siempre que tenía ocasión.

Y ahora, cuando con las obligaciones de la finca estaba un poco más reposado, el joven descubrió internet, con lo que se pasaba el tiempo conectado. Una noche Alariquito se dio de bruces con un casino virtual. Al abrir la página, el sonido, tan real, de las máquinas, el verde color de los tapetes, le atrajeron más que cualquier cosa de las que había disfrutado hasta el momento. Trasegando con el ratón, y sin saber cómo ni por qué, vio que le ofrecían gratis doscientos euros. Sin pensarlo dos veces, decidió probar y gastárselos en unas manitas de póker. Y a pesar de que lo único que conocía sobre este arte era a través de las películas de vaqueros, tuvo suerte y dobló la cantidad en poco tiempo. Entendiendo que aquello era sencillo y que a él se le daba bien, decidió comprar otros doscientos euros en fichas. Volvió a ganar. Puso otros doscientos, y otros, y sin que se diera cuenta comenzó a entrarle el gusanillo y ahora, allí se encontraba, sentado delante del notario, marcadas todavía más las ojeras, entregándole las viñas a su compañero de cartas. ¡Ay, Señor! Si se enteraran sus abuelos allá en el cielo, pensaba para sí compungido mientras estampaba la firma.

Y fueron pasando los días hasta que doña Matilde, que como siempre que había un cielo claro no dejaba con preocupación y tristeza de contemplar sus abandonadas fincas, de pronto pegó un respingo.

––¿Quiénes eran aquellos que andaban entre sus viñedos?

Vuelta hacia su esposo, quien a aquellas horas se encontraba ya acostado entre nubes de blanco algodón tal y como había hecho en vida, gritó: Alarico, mira, ven. Él, como si no la oyera, intentó seguir descansando. Que vengas, ¡hombre! Y don Alarico conociendo a su señora, calmoso, casi sin abrir los ojos, se incorporó y remando su nube, se colocó a su lado.

—Pero ¿qué hacen esos tractores entre las hiladas de vides arrancando las ramas con sus pinzas de metal?

Sintió la dama en su espíritu el dolor, el daño que aquellos hierros les causaban a sus retorcidas y hermosas cepas. De pronto vio que allá, a lo lejos, otro tractor iba arrancando los viejos y añosos troncos. ¿Pero qué sucedía? Aun siendo difunto, el rostro de su esposo, palideció. Ella, transida, cruzó las manos. Decidieron que, por la noche, único momento en que los espíritus pueden entablar conversaciones con los humanos, visitarían a su nieto. Intranquilos esperaron. Y al llegar esa hora en la que ya casi iba a amanecer bajaron hasta su viejo caserón, hogar de sus ancestros. Cuando entraron en la habitación de su nieto, lo encontraron plácidamente dormido con un arrugado documento entre las manos. ¿Qué será? Sin despertarlo, con mucho cuidado se lo quitaron y lo leyeron. Compungidos, volvieron a su lugar en la Eternidad.

Y como pasearse entre sus viñas había sido el goce mayor que doña Matilde había tenido en su larga y próspera vida, su esposo que preocupado veía cómo se agostaba su relamido espíritu, la animó a volver a hacerlo. Y ella, al principio con desgana, luego ya contenta, colgada del brazo de su amado Alarico, se paseaba entre los restos del viñedo hasta esa hora de la madrugada en la que la luz del sol amenaza con apagar la luna.

Y dicen quienes han visto sus incorpóreos cuerpos garbeando entre las hiladas de cepas, que al cruzarse con ellos, los ancianos al igual que siempre habían hecho en vida, saludan amablemente a unos, preguntan por sus familias a otros y se interesan por los hechos del lugar si se da la casualidad de que son el cura o el alcalde.

Y también se habla de que el nuevo dueño llora su precipitación al arrancar las antiguas cepas, pues el vino que sale de esas entre las que doña Matilde y don Alarico pasean, tiene un duende especial, al decir de los entendidos, único en el mercado, mientras que de las nuevas apenas son capaces de obtener un mal vinagre.

© Malena Teigeiro

El sabor de la tierra

Liliana Delucchi

Cuando inició su andar por el camino entre las vides dijo que no volvería. Se equivocó.

Años de vendimia bajo el sol que a veces continuaba inclemente en septiembre, con un mendrugo a la sombra de cualquier mediodía y un trago del vino que quedara de la cosecha anterior. Siempre mirando hacia la casa, aquel porche donde ella se sentaba junto a los suyos, mordisqueando un racimo que hubiese caído de la cesta, con unos ojos que parecían los del retrato del salón, aquella abuela (o bisabuela) que pintara algún artista de renombre. Oscuros, con un marco de pestañas que caía a veces como si cerrara una persiana, escapando de tanta luz.

Parece infinito el camino de pedruscos, seco y polvoriento, como si no hubiera final, como si la tierra se redondeara más para que él no pudiese ver su última etapa. ¿Cuál es? Se pregunta mientras descansa bajo una mísera sombra. Con las piernas estiradas y la cabeza contra un tronco deja el macuto a un lado y rasca la tierra, la araña, coge un poco y lo lleva a la boca. El sabor de la tierra que lo vio nacer, a la que no volverá. «El sabor de tu pelo, el de tu piel o el de tus manos. Ese que nunca probé».

Largo fue el trayecto hasta la ciudad y más aún hasta el puerto. No sabía que los barcos fueran tan grandes ni que hubiera tantos desesperados por partir. Durante las jornadas atravesando el océano el olor del mar inundaba sus pulmones y cada vez que echaban el ancla pensaba en quedarse allí. Pero no. Cuanto más lejos, mejor. Habría algún lugar más allá del horizonte con uvas esperando una vendimia. Y lo encontró.

—No te asustés por el frío ni por las montañas, gallego, el vino de acá es muy bueno. Lo vendemos en todo el país y el tano (*) está pensando en exportar. Don Giuseppe también es un inmigrante, como vos, —le dijo Remigio, uno de los capataces de aquella vasta extensión de cepas.

La comida era abundante, como la bebida y al final de la jornada, mientras el resto de los peones se reunía en torno a una fogata entonando chacareras, él intentaba escribir una carta a aquella joven de ojos oscuros y pestañas abundantes que estaría sentada en el porche de su casa. Nunca pasó del “Querida Alicia”. ¿Cómo contarle con su escaso vocabulario lo que estaba viviendo ni lo que echaba de menos contemplarla a lo lejos?

Con los años pudo comprarle al tano un trozo de tierra y tiempo después asociarse con él. Fue el mismo don Giuseppe quien con la cara demacrada y un periódico en la mano le dio la noticia. “Tu país está en guerra. Civil, unos contra otros. Porca miseria. ¿Es que nunca vamos a aprender los europeos a controlar nuestra ira? Ese viaje que pensabas hacer tendrá que esperar.”

Y esperó. Tres largos años de conflicto y uno más para dejar sus cosas en orden.

—Andá tranquilo que yo me ocupo de todo. Pero prométeme que vas a volver. Con tu mujer o sin ella; este país es ahora tan tuyo, como mío. —Le dijo su socio— Te lo has ganado porque la tierra no regala nada. —Y chocaron las copas de vino antes de abrazarse y partir Guillermo hacia la capital.

El viaje en barco fue más cómodo que el de ida, ahora viajaba en primera. Pero llegar hasta la finca tomó tiempo… que su mente llenaba con lo que le diría al encontrarla.

Todo había cambiado.

Los estragos de la guerra muestran miseria y desesperación. El hambre se ha hecho dueña de las personas y las construcciones descubren las heridas de las batallas. Sin embargo, la casa de Alicia sigue en pie. Como ella, con uniforme de enfermera y una enorme barriga que le ha dejado su marido antes de caer en combate.

—El edificio fue convertido en hospital para la convalecencia de oficiales –dice ella al reconocerlo— y yo trabajo aquí. Es una forma de quedarme.

Guillermo entra en el salón donde el cuadro de la abuela (o bisabuela) continúa, no se sabe si dando la bienvenida o mostrando su desacuerdo con los nuevos ocupantes y llama a gritos a un médico cuando se da cuenta de que la joven ya está de parto.

—Un niño precioso. Sano y fuerte —dice el doctor mientras se lo entrega a su madre.

—Os llevaré conmigo —murmura Guillermo contemplando la cara del bebé. Al besar el pequeño pie que asoma bajo la manta, no puede evitar sentir el sabor de la tierra.

(*)Tano: forma coloquial de llamar a los italianos en Argentina.

© Liliana Delucchi

Mancebía en el viñedo

Marieta Alonso

Era un pequeño pueblo similar a tantos otros salvo por aquel encanto especial que parecía único a los que habían nacido en él. Tenía una calle real que comenzaba con una hermosa iglesia y terminaba en una ermita acogedora. Y pare usted de contar si busca otra calle asfaltada, lo demás eran senderos que hacían soñar y pecar. Adentrándose por uno de ellos se llegaba a la casa escondida, de la que poco se hablaba en público y mucho en secreto.

La regentaba una mujer muy bella a pesar de sus años, famosa por su bondad y por ser la mejor empresaria de todo el condado. Era el alma del lupanar. Amiga íntima de los prohombres más ancianos, de los imberbes estudiantes y de los labradores de todas las edades.

Fue ella quien dio la idea a los viticultores de poner a sus vinos una denominación de origen. Al panadero le propuso concursar en la capital y por ello se ganó el premio al mejor de aquel año. Enseñó al boticario a preparar unos mejunjes que quitaban los dolores lumbares, a un jovencito que hacía novillos con tal de estar con sus chicas, le introdujo en el mundo de la confitería y comprendió que había nacido para ello. Y así con todos.

Lástima que entre sus amistades brillaran por su ausencia las llamadas mujeres serias, que ni siquiera se dignaban a pronunciar su nombre. En cambio, sus cinco empleadas que eran alegres y de risa fácil, la adoraban. Además de haber sido la mejor en su profesión, no se guardaba sus conocimientos, al contrario, les daba consejos teóricos para que los pusieran en práctica y se habían licenciado con matrículas de honor.

Como era tan activa y al comprobar tan buenos resultados entre sus chicas, pensó que debía poner una academia. Si hasta Platón había tenido una, comentaba para darse ánimos. Claro que esta obviaría lo filosófico y se adentraría más en lo humano, para que la vida tuviese sentido, que no solo de pan y trabajo vive el hombre.

Por otra parte, los conocimientos se revitalizaban al compartirlos. Era vergonzoso que esas mujeres jóvenes, guapas y serias, no supieran mantener a los maridos en casa.

Aunque parezca una insensatez teniendo el negocio que tenía, la idea prosperó y las clases clandestinas comenzaron primero con unas pocas y luego con exceso de reservas. Las chicas se convirtieron en profesoras. Los resultados fueron asombrosos. Su popularidad creció tanto, tanto, que aquella casa de ensueño escondida entre las vides fue degenerando en una cafetería de postín donde las señoras que nunca se dignaron saludarla, ahora eran sus mejores amigas. Todas las tardes venían a merendar junto a sus maridos que estaban la mar de satisfechos.

Si es que las personas tienen la obligación de reinventarse, comentaban en las tertulias bebiendo el exquisito vino y degustando unos pasteles que hacían las delicias de todos.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Agua

15 abril, 2018 por Akelarre 12 comentarios

gotas de agua

El Agua

El agua, definida en el diccionario de la Real Academia como "cuerpo formado por la combinación de un volumen de oxígeno y dos de hidrógeno, líquido, inodoro, insípido en pequeña cantidad…” Es elemento indispensable para la vida de todos los seres vivos. No solo es fuente de vida, sino que también, y a lo largo de los siglos, ha sido fuente de inspiración para poetas, dichos y refranes. Ya está presente en el Génesis y dijo Dios:

“¡Que haya un firmamento

que separe las aguas en dos partes!”

Así que Dios creó el firmamento

y separó las aguas;

unas quedaron arriba del firmamento

y otras debajo.

Dios llamó al firmamento cielo.

Llegó la tarde y después la mañana.

Ese fue el segundo día.

Y vio Dios que era bueno.

Poetas.

Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos/que dan a la mar/que es el morir;

Gustavo Adolfo Bécquer: ¡Olas gigantes que os rompéis bramando!

Antonio Machado: La vida hoy tiene el ritmo de los ríos, la risa de las aguas.

Y tantos otros…

O en refranes, dichos agudos y sentenciosos de uso común:

Bendita sea el agua, por sana y por barata.

El agua, ni empobrece ni envejece.

Dios te dé salud y gozo, y una casa con corral y pozo.

Agua de manantial no hay otra igual.

Agua corriente no daña el diente.

Después del silencio

Cristina Vázquez

El agua clara

Malena Teigeiro

Bendita lluvia

Liliana Delucchi

¡A trabajar!

Marieta Alonso

Después del silencio

Cristina Vázquez

Ahora todo era silencio. Un silencio espeso, contundente, que le resultaba extraño como si todo a su alrededor hubiera desaparecido en una realidad opaca.

Intentó parpadear pero no podía. Los ojos le quemaban y una venda le impedía moverlos. Gritó con todas sus fuerzas preguntando dónde estaba, qué sucedía y no hubo respuesta. Unas manos frescas le dieron golpes tranquilizadores y notó el frío de un líquido que entraba por su brazo. Tuvo la sensación de un tiempo largo e indefinido repartido entre sueños intermitentes y cuidados continuos, hasta que por fin oyó un ruido metálico que le pareció una bendición. Algo del mundo algodonoso que la rodeaba se rompía y empezó a agitarse gritando.

—¿Dónde estoy?

Poco a poco recuperó el oído y pudo entender que estaba en un hospital víctima de un atentado y había perdido por un tiempo el oído debido a la terrible explosión. Era una magnífica noticia que ya pudiera oír.

—Sé fuerte, Andrea —le susurraron voces expertas—. Has sido muy afortunada al sobrevivir.

Y empezó su nueva rutina. Ir moviéndose, hacer ejercicios cada vez más difíciles, caminar por el pasillo sostenida por muletas y amables palabras de admiración y ánimo. Es la niña del atentado oía que susurraban al pasar. Los ojos le seguían quemando y todos los días le curaban con delicadeza, pero no conseguía abrirlos del dolor que aún tenía. Cada vez que preguntaba si volvería a ver un ominoso silencio junto a palabras de exagerado ánimo la dejaban desconsolada.

Pidió a su madre que le describiera todo lo que veía. Ella le contaba cómo al árbol frente a la ventana le empezaban a nacer unos diminutos brotes, y aunque fuera febrero ya se veía despuntar flores rosas en los ciruelos del paseo. Que cada mañana los cristales aún se llenaban de vaho y ella le pedía que escribiera su nombre en ellos, Andrea. También le definía cómo se le iban oscureciendo las manchas de color castaño al cachorro.

—Te está esperando en casa.

Y así pasaban el tiempo y las semanas, describiendo todo lo que había visto. La cara del médico, el color del cuarto, el verde tierno de las hojas del árbol, cómo la luz era más intensa y las tardes se prolongaban en tonos rosas y morados.

— ¿Y cuándo volveré a ver?

Le quitaron la venda de los ojos y al abrirlos, insegura, empezó a gritar con desconsuelo y volvió a cerrarlos en un ataque de nervios.

—No quiero. No puedo ver —gritaba histérica.

Los médicos dijeron que felizmente no había quedado ninguna lesión que le impidiera recuperar la vista, pero ella se negaba a abrirlos y cada vez que lo intentaban su llanto y desesperación lo impedía.

Volvieron a su casa y aprendió a subir las escaleras, a encontrar el baño, manejarse en la cocina, todo con los ojos cerrados. Cuando le suplicaba la madre que intentara abrirlos volvía a ponerse descontrolada. Seguía pidiéndole que le contara lo que veía y así siguieron un tiempo, hasta que una preciosa mañana de principios del verano, la madre la llevó al jardín y le rogó que sintiera la humedad del césped en los pies, que oliera las rosas, que escuchara cómo cantaban los pájaros y para agradecer el estar viva que abriera los ojos de una vez.

—Por favor, si no es como si tú también hubieras muerto un poco.

La abrazó con ternura y le dijo que le esperaba un regalo, pero tenía que espabilar, si no desaparecería. La niña lloraba desconsolada agarrada a la madre.

—Es que solo veo sangre.

—La sangre se ha ido, te lo prometo.

Temblorosa empezó a parpadear y por fin los abrió. Delante había una brizna de hierba de un verde brillante, de la que colgaban gotas de rocío como un arco festivo que le daban la bienvenida a la luz.

© Cristina Vázquez

El agua clara

Malena Teigeiro

Su madre le dijo que los que se lavaban continuamente las manos era porque su conciencia estaba sucia. Pero ella nunca la creyó. ¿Qué placer era mayor que el de las gotas de agua, tibia a veces, fría otras, discurriendo entre los dedos? Y aunque ella lo hace continuamente, nunca sintió que fuera por tener la conciencia sucia o por albergar malos pensamientos, sino al revés. Cada vez que dejaba gotear el agua clara por su piel, sentía que tras ella se iba todo lo malo y que la tranquilidad, la placidez, se instalaba en su conciencia. Era una suerte tener aquel lavabo al lado de su cama para poder hacerlo incluso por la noche. Así, bien caliente, mis dedos tibios, igual que los suyos, mascullaba mientras levanta la mano para reflejarla en el espejo. Y esa mañana lo hizo con más mimo y cuidado que nunca. No quiso que le quedara ni el más leve olor. Ni una sensación de polvo en sus yemas. Por eso usaba lejía. Para dejarlas lisas, limpias, brillantes. Lo cierto era que luego ha de ponerse crema, y a veces mucha, pero no le importaba. A veces se las impregna en aceite, que casi se las dejaba mejor.

Se conocieron de niños. Él era casi siete años mayor. Y ella, admirada de que aquel chico le hablase, lo seguía como perrito faldero. Así, el agua bien caliente, y más jabón de sosa, mascullaba frotando entre las rojas palmas la verde pastilla de jabón.

Enseguida él quiso hacer cosas de las que al decir de sus padres no se debían hacer. Él le advirtió que eso eran paparruchadas de personas que no tenían con quien gozar. Al principio a ella no le gustaba. Hasta que perdió el miedo, la vergüenza, y comenzó a disfrutar. Se sintió tan bien que comprendió que él estaba en lo cierto. Que algo con lo que gozaban tanto no podía ser malo. Y ahora agua caliente. Tengo que quitarme bien la espuma, y se pasaba los índices a modo de rasquetas por encima. Entonces, él se fue a la Universidad. Y aunque muy triste, ella lo esperaba paciente. Al volver para pasar las vacaciones, era igual que antes, cariñoso, atento. Siempre le llevaba regalos. Luego, al atardecer, hiciera frío o calor, se iban al campo buscando sus oscuros placeres.

Fueron pasando los años y cuando ya terminó su flamante carrera y tuvo trabajo la llamó, y sin pensarlo dos veces se fue con él. En su casa le llamaron loca por marcharse así, sin casarse. Le dijeron que estaba destrozando su vida. Que cuando se cansara la iba a abandonar. ¡Qué bien huele el agua al mezclarse con la espuma del jabón! Cavilaba moviendo las manos debajo del chorro de agua. Ellos qué sabrán. Lo cierto fue que los dos eran uno y nunca supieron vivir separados.

Luego vino la guerra. Y un país extraño los invadió.

Una noche, al volver de la fábrica le dijo que se iba a luchar por ella y por su país. Por mí no lo hagas, no vaya a ser que te ocurra algo, le respondió con candidez. Por ti y por nuestro país, le contestó sonriente. Me gusta separar los dedos para que el agua entre por todos los caminos de mi piel, sonreía al moverlos como varillas de abanico. Y él se fue. Apenas tuvieron tiempo de despedirse. Le prometió que iba a volver. Fue la única vez que le mintió. No volvió nunca más.

Aquellos señores vestidos de militar que aparecieron en su casa le llevaron una bandera. Fue un valiente, le dijo el mayor de los dos sentado frente a ella en la sala. Habían asesinado a todo el escuadrón. Tan solo su esposo y yo pudimos huir. Y fue porque en ese momento estábamos inspeccionando el campo, farfullaba con la cabeza baja, pálido, desencajado. No pudimos ni enterrarlos. Me gusta verla correr hacia el desagüe, envuelta en la espuma del jabón. Corrieron a esconderse. Luego se separaron. Así tendrían más oportunidad de escapar. A él lo cogieron dos días después, le dijo con lágrimas en la mirada. Lo mataron a traición.

Y desde entonces, odiaba a todos los de aquel país.

Por fin acabó la lucha. Ella recogió su casa y se fue al país asesino. Quiso pisar la tierra en donde él dejó de respirar. Como equipaje llevaba una maleta pequeña y una caja con su bandera. Y allí, trabajando como limpiadora, fue envenenando a los señores para los que laboraba, uno a uno. Al ver llorar a la viuda, a la madre, a los hijos, ella los acariciaba satisfecha. Y la misma noche del día que se celebraba el entierro, estiraba la bandera sobre su cama y dormía plácida, tranquila. Luego, se iba a otra ciudad de aquel maldito país. Así, dejando caer el agua, ahora caliente, luego fría, jugaba a romper el chorro. Y cuando envenenó a doce, los mismos que los del escuadrón, volvió al pueblo. Volaba hacia su tierra, hacia él. Al llegar a su pequeña ciudad fue directa al cementerio. Se acostó sobre su tumba y cubierta con su bandera se durmió.

Y ahora al despertar por las mañanas en aquella casa grande, con barrotes en las ventanas, en la que los que mandaban iban vestidos de blanco, mirando al cielo piensa: Misión cumplida.

© Malena Teigeiro

Bendita lluvia

Liliana Delucchi

Tumbado boca arriba, Felipe contempla esas gotas de agua en las que se reflejan las margaritas que siembran todo el campo, como si el universo se hubiese detenido en los restos de la lluvia. Da igual lo húmedo del suelo, siente a través de la camisa un calor atemporal que atraviesa su espalda.

Toda la región había esperado el aguacero. Semanas que se transformaron en meses de sequía, de tierra abrasada, cuarteada por el sol inclemente y el calor. Lo vio descender del autobús mientras tomaba un helado en la cafetería del pueblo, un local de los pocos con aire acondicionado.

Pantalón azul y camisa a rayas, como los estudiantes ricos que iban cada tanto a pasar las vacaciones, y un mechón rubio que casi le llegaba al ojo izquierdo. Cuando el joven bajó del vehículo se sentó en un banco a la sombra de una higuera. No tardó mucho en pasar a buscarlo uno de esos coches largos y brillantes que conducían los turistas. Una señora, sentada al volante, lo recibió con un beso y partieron con ruido de motores. Felipe  no había vuelto a verlo hasta que se cruzaron en el cementerio un jueves, el día que iba a visitar la tumba de su padre. Lo encontró frente a la verja del panteón de la familia Robles, con la mirada fija en el ángel que custodia la puerta.

—¿Crees que nos escuchan? —preguntó el joven sin darse la vuelta.

Sorprendido, Felipe miró a su alrededor y al encontrarse solo, supo que las palabras iban dirigidas a él.

—Espero que sí. Son muchas las cosas que no nos dijimos en vida.

—¿Por miedo? —el joven se giró para mirar a Felipe directamente a los ojos. — Soy un maleducado, me llamo Alberto.

Felipe dio unos pasos hacia el muchacho y extendió su mano al tiempo que pronunciaba su nombre, después caminaron despacio bajo la sombra de la alameda.

Con voz baja, Alberto fue desgranando la historia que lo había llevado hasta el cementerio. Un antiguo amigo de su padre dormía su sueño eterno allí. «Fue mucho más que eso. Alguien con quien podía compartir vivencias tan alejadas de mis conocidos como de mi familia. Yo lo admiraba, amé sus conocimientos y su falta de prejuicios, su decisión para caminar por una vida que le era adversa nada más que por ser diferente».

—Yo vine a ver a mi padre, lo hago todos los jueves porque era el día que teníamos reservado para nosotros: salir al campo, una partida de naipes o compartir el silencio.

—¡Qué bonito! Compartir el silencio con tu padre… Aunque yo también compartí silencios con el mío, solo que esa ausencia de palabras se debía a que no teníamos nada que decirnos. —Alberto se sacude unas piedrecitas que se le han metido dentro del zapato y levanta los ojos azules hasta su compañero ocasional.

—¿Tampoco hablabais sobre su amigo, el que descansa aquí?

—Tema tabú. Todo lo que yo admiraba en Pedro mi padre lo despreciaba. Hasta dejó de venir aquí de vacaciones para no encontrárselo. Yo venía con mi madre, que es pintora como lo era él.  —Con suavidad Alberto se retira el mechón de pelo rubio que le cae sobre la frente.

El camino los ha llevado a la salida y se despiden con un «hasta pronto». A partir de ese momento, y sin haberlo programado, se veían todos los jueves. Y entonces, ocurrió: uno de esos días el cielo empezó a cubrirse de nubarrones oscuros y los truenos sonaban a lo lejos.

—¡Ya llega! Por fin, la lluvia —y corrieron hasta la iglesia para guarecerse.

Se sentaron en el último banco, el frescor de las piedras de la capilla les devolvió el aliento. Se miraron y, arrodillados, rezaron.

—Salgamos a mojarnos —dijo Alberto al tiempo que le cogía la mano a su amigo. Fuera, bajo ese chaparrón bendecido por todo el pueblo, se besaron. Los ojos azules de Alberto se hundieron en los oscuros del otro. Frente a frente y cogidos de las manos comenzaron a reír bajo la lluvia.

Corre Felipe hacia su casa, es casi la hora de comer. Cuando atraviesa la portezuela del jardín encuentra al señor cura despidiéndose de su madre.

—Estás empapado, hijo, ve a secarte —ordena el sacerdote mientras se acomoda el sombrero de paja.

En vez de eso, Felipe se sienta en el porche y mira el césped del jardín que brilla bajo las últimas gotas, eleva los ojos al cielo, todavía encapotado, y da gracias por el verano, por la lluvia y por el beso. Sonríe a su madre cuando aparece con un vaso de té helado y se sienta en la hamaca de enfrente.

—Ha estado a visitarme don Mario —dice a su hijo al tiempo que le extiende la bebida.

—Lo he visto, acabo de cruzármelo.

La señora estira su falda, se pasa la mano por el pelo y respira profundo antes de decir:

—Por lo visto tienes encuentros en el cementerio con una persona no grata.

—No grata ¿para quién?

—Para todos, por supuesto. Con una madre artista y un amigo como el finado Pedro Robles, no es un amigo deseable para un chico decente. Ya he llamado a tu tío para que venga a buscarte. —Dice su madre— Una temporada en el norte te hará bien y podrás conocer gente apropiada.

Felipe se levanta, camina unos pasos y se tiende sobre la hierba del jardín, en medio de esas margaritas que, agradecidas al agua, han abierto sus pétalos. No siente la espalda aún mojada por la lluvia. Le quema, como le quema la garganta y el aire que entra a sus pulmones.

© Liliana Delucchi

¡A trabajar!

Marieta Alonso

Sentado en su sitio de pensar, a la orilla del río, aguardó a que salieran esas grandes ranas llamadas «rana-toro» y que esta mañana no se dejaban sentir. Sus ancas eran muy apreciadas en el restaurante de lujo que había a la salida del pueblo. A él también le gustaban, pero no las comía por placer sino por necesidad.

Levantó la vista y contempló algo insólito, una rama a punto de caer cargada de gotas de rocío. Parecían ser las lágrimas que nunca había derramado, y se estremeció al ver reflejadas tantas margaritas que desde la tierra coqueteaban con ese espejo que era el agua.

Una gota y otra gota, una fila de gotas que le miraban directamente a los ojos, le pedían que tomara una decisión, que así no podía continuar. Debía salir en busca de un porvenir antes de que en el pueblo comenzaran las murmuraciones. Los vecinos no se andaban con miramientos.

Como siga así voy a dar en loco, pensó. Y se entretuvo haciendo cabrillas, ese pasatiempo sobre el que hasta Homero escribió.

La cabeza le echaba humo de tanto pensar. ¡Qué hacer! Si no tenía oficio ni beneficio. Le gustaba escalar montañas, pescar, leer. Quizás podría pedir trabajo en el restaurante de lujo, era amigo del jefe de compras, pero ¿para qué? Para fregar. No. Era preferible seguir cazando patos, ranas, lagartos…

Al ser hijo de un matrimonio distante que no llegaron al divorcio por no tomarse la molestia de solicitarlo, y que se largaron a vivir su vida sin comentarlo con nadie, quedó solo en su cuna. Su llanto alertó a la vecina, una solterona de vientre retumbante y hermosos sentimientos que, echando peste de sus padres, se hizo cargo del crío.

Al cumplir dieciocho años, a punto de entrar en la Universidad, murió quién siempre le animaba a instruirse, a trabajar… y le aconsejaba que fuera un hombre de bien. Pero tras el entierro, dejó los estudios y se escondió en aquella choza que le había dejado en herencia. De eso pasaron cinco años.

Ayer escuchó a una moza del pueblo decirle a otra: Me gusta mucho. Es ancho de espaldas, resuelto, firme de andares, de buena talla y si se da la vuelta es guapo a rabiar, hasta sueño con él, pero dice mi madre que mucho se teme que sea un vago redomado.

Que pensara eso de él la chica más bonita de toda la comarca, le hizo vibrar, pero que la madre, con lo que influyen en las hijas dijera eso, no lo podía consentir. Tendría que ponerle remedio.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Princesa Jacinta

15 marzo, 2018 por Akelarre 8 comentarios

Princess Hyacintha Alphonse Mucha
Alphonse Mucha. 1911 Litografía a color de 125,5 x 83,5 cm

Princess Hyacintha. Alphonse Mucha

Pintor y artista decorativo checo de Art Nouveau. En 1879 se trasladó a Viena para trabajar en una importante empresa de diseño teatral. El conde Karl Khuen de Mikulov lo contrató para decorar el Hrušovany Emmahof Castle con murales. Quedó tan impresionado que aceptó patrocinar la formación de Mucha en la Academia de Bellas Artes de Munich.

Su estilo fue conocido internacionalmente a través de la decoración en el Pabellón de Bosnia y Herzegovina de la Exposición Universal de 1900 en París. Intentó desvincularse a lo largo de su vida del estilo Art Nouveau. Insistía en que, en lugar de mantener cualquier forma estilística de moda, sus pinturas eran totalmente un producto de sí mismo y del arte checo.

El cartel que hemos elegido para inspirar nuestros cuentos se realizó para la pantomima de ballet de Oskar Nedbal, Princess Hyacinth que se estrenó en 1911 en el National Theatre de Praga, con libreto de Ladislav Novák. En él aparece el retrato de la actriz Andula SedláÄ ková, que protagonizó el papel principal.

Romanticismo

Cristina Vázquez

Don Armando Mateo Casas Itubarrire, caballero

Malena Teigeiro

La verdad

Liliana Delucchi

La magia de las palabras

Marieta Alonso

Romanticismo

Cristina Vázquez

Vocación, lo que se dice vocación no tenía más que por leer novelitas románticas en las que se embebía identificándose con la protagonista. La opulencia de su vida, una enseñanza básica, modales impecables y una adorable frivolidad fueron forjando su carácter. Se entiende que no tenía necesidad de aprender profesión alguna, pues su padre viudo no esperaba de su belleza rubia y refinadas maneras, más que un conveniente matrimonio que diera lustre al apellido, y que el especial equilibrio de Jacintha, entre fragilidad y caprichosa tozudez no significara un obstáculo.

—Tú puedes aspirar hasta a un príncipe, mi niña —le concedía amoroso el padre, acariciándole con su tosca mano la mejilla.

El buen hombre no daba crédito a que la vida le hubiera premiado con esa belleza de hija, siendo él tan rechoncho y vulgar, que ni el excelente sastre ni las abotonaduras de brillantes o los guantes de finísima piel, conseguían rebajar ni un ápice su rusticidad.

El interés de la joven por actos culturales, ópera, teatro, exposiciones, era escaso sino se inspiraban en leyendas románticas de amor sincero. Había decidido que la única verdad que merecía ser vivida era aquella que contuviera esta hermosa sustancia. La preocupación del padre es que perdiera vista y hubiera que ponerle gafas, o que la brillantez de su azulada mirada se apagara de tanto leer, pues era una fruta en sazón para ser colocada al mejor postor. Ella, en la que la imaginación se imponía con creces a la inteligencia se dejaba llevar, exigiendo con determinación que fuera un hombre amable y romántico para alcanzar en la realidad algo de lo que se escondía en los libros.

—Es mi única demanda —repetía con un tono impostado de heroína frustrada.

Y al final apareció el anhelado protagonista. Un desterrado aristócrata húngaro, exiliado de su país por motivos políticos, en esos años de soterrada convulsión de Europa anteriores a la Gran Guerra y que pocos parecían percibir.

El húngaro de nombre Andrei representaba a la perfección la estampa de cualquier héroe de sus novelas. Alto, delgado, se retiraba el frondoso pelo negro de la frente con una mano delicada y firme a la vez, en la que lucía el anillo familiar con desenvoltura. Su paso era elástico y aunque tuviera algún puño desgastado o los zapatos con arrugas ya marcadas, el impecable corte de sus trajes y la gracia de sus gestos, fascinaron no solo a Jacintha sino al padre, que veía realizado en el joven su sueño de elegancia.

Comenzó su larga luna de miel en tren con un lento recorrido desde Viena hasta París, parando en todas las grandes ciudades y en los recónditos pueblos que Andrei descubría, sin olvidar nunca los lugares con Casino dónde él jugaba apasionado, mientras ella seguía impaciente el nervioso movimiento de sus dedos golpeando las fichas con el anillo.

—Otra vez hemos perdido —le confesaba con ojos abrumados— pero la próxima será la definitiva, mi amor.

El dinero llegaba a cada lugar enviado por el enternecido padre que, dejando atrás pensamientos vulgares de inversiones y huelgas de sus minas, pretendía, señalando en un mapa los lugares del viaje, participar en la romántica historia que estaría viviendo su preciosa, única y adorada hija.

Y así fue hasta que al llegar a París empezaron a cortarse las comunicaciones. La mina se cerró por orden gubernamental y al anciano le requisaron su palacio. Su única preocupación era reunirse con su hija y poder informarla de dónde quedaba dinero y llevarle las joyas que rescató de la madre. Tras una larga y peligrosa peregrinación consiguió localizar el modesto piso dónde vivía Jachinta. Al llamar le abrió la puerta el yerno y encontró la casa atestada de gente, risas y humo, instalados alrededor de una mesa de juego. Andrei le apartó un poco exigiéndole que le tratara de príncipe, pues ése era el nuevo título que ostentaban en la ciudad.

—Y mi hija, ¿dónde está? —preguntó desolado.

Su aspecto ahora sí le encajaba a la perfección con su ropa arrugada, sin corbata y un tembloroso sombrero entre las manos. El aún elegante yerno le dio con prisas un papel con un nombre de un local y unas señas.

—Ahí la encontrarás, no me puedo entretener —sin mirarle le empujó hacía la puerta—Ha sido ella la que ha querido, ya sabes lo cabezota que es —y le sacudió las ajadas solapas.

 El local deslumbraba de luces chillonas en una calle céntrica. El gentío embrutecido, tras previo pago, entraba entre risotadas. Al fondo, sobre el pequeño escenario con telón estrellado una mujer envuelta en una túnica y con corona brillante, también de estrellas, sostenía un aro con corazones en una inmovilidad cansina. Encima de ella parpadeaba un arco en el que se leía; Princesa Jachinta. Le costó reconocer a su hija en esa estática figura llena de brillos. Creyó que se iba a desmayar, el pulso acelerado, los ojos turbios y un ahogo insoportable le forzaron a salir y entre las risotadas, un hombre parecido a él, rechoncho y vulgar, confesaba con grosería a otro.

—A ver si esta noche hay suerte y la princesa se desnuda.

© Cristina Vázquez

Don Armando Mateo Casas Itubarrire, caballero

Malena Teigeiro

Había llegado al hermoso y vetusto edificio de piedra con el cordón umbilical aún sin cortar. Y cuando años más tarde salió de él, llevaba consigo la hermosura de la juventud, el desarraigo de haber crecido en un orfanato, y la astucia de tener que contar mentiras desde su nacimiento. También arrastraba Marcela las habilidades de ser buena cocinera y planchadora, así como las de bruñir la plata y encerar los muebles mejor que nadie. Y como a decir de sus celadores era muy inteligente, le habían enseñado a leer y escribir.

Al cerrar el portón del hospicio, Marcela levantó la mirada. Sonrió. Este sol tiene que darme suerte, pensó para sí alegre. Se colgó del hombro el bolso en donde llevaba la carta con los informes y la dirección de la casa en donde entraría a trabajar. Era una buena familia, y la tratarían bien, le aseveró la directora pellizcándole la mejilla justo antes de darle su bendición. Apretando el asa de la maleta de cartón que le habían entregado con dos mudas de recios y oscuros paños, saltó las escaleras de dos en dos y comenzó a caminar por su nueva vida.

Cuando llegó al número 27 de la calle Gurtubay, un portero uniformado con librea de pulidos botones, que impertinentes le devolvían su rostro, la contempló de arriba abajo. Luego de clavar los ojos en la maleta, sin decir palabra, levantando el brazo le mostró la puerta de servicio. Y ella, a quien esa mirada además de no gustarle nada la humilla, se fue de allí. Callejeó sin rumbo hasta que al pasar por delante de un escaparate vio su imagen reflejada en el cristal. Su aspecto y el del heredado traje no le parecieron mal. ¡Pero la maleta! Giró la cabeza y con el desprecio del que deja a un marido que no le es fiel, se fue dejándola abandonada...

Don Armando Mateo R. Casas Itubarrire, anciano caballero desde hacía ya unos años, habitaba solo en la calle Duque de Alba, número 15 —único resto de las grandezas heredadas—.De la venta de algún cuadro o porcelana, porque las joyas, ésas, primero una, luego otra, hacía tiempo que habían desaparecido, iba subsistiendo. Y como su soledad le molestaba, entendió el anciano que lo mejor para consolarla era salir a pasear, cosa que hace al atardecer, eso sí, sin meterse en ningún espectáculo ni café a no ser que fueran gratuitos.

… Siguió Marcela deambulando calle arriba, calle abajo, hasta que se hizo de noche. Cansada y aburrida, quizá algo temerosa, caminando siempre arrimada a las paredes, chocó con un hombre que con una gran llave de hierro entre sus viejos dedos intentaba abrir el portal. Él, entrecerrando los ojos, la contempló. Y ella, cariñosa y solícita recogió la llave del suelo. Al entregársela, el hombre admiró los grandes y dulces ojos azules que le sonreían en el hambriento rostro. Introdujo de nuevo la llave en la cerradura. Dio una vuelta, dos, y cuando Marcela vio su débil y escuálida mano sobre la pesada puerta de forja y cristal, adelantándose, la empujó. Entró detrás de él y, rápida, encendió la luz. El anciano, rebuscando en los bolsillos, encontró una moneda que le colocó en la palma de la mano. Con los ojos brillantes, Marcela se la devolvió.

––Gracias. Pero si de verdad me lo quiere agradecer, permítame pasar la noche en algún lugar del edificio.

 Dubitativo, el hombre entrecerró los párpados.

 ––Señor, por favor, solo quiero pasar la noche bajo techo. No soy ninguna ladrona. Se lo juro ––juntó las manos––. Mire.

Al mostrarle la carta, de una funda de cuero muy gastado, don Armando extrajo unas gafas de metal a las que les faltaba una patilla. Se las colocó con calma y leyó el escrito.

—¿Y por qué no está usted en la casa a la que la enviaron?

Con el rostro rojo y el desparpajo de la necesidad, Marcela le relató la vergüenza, la indignación que le produjo el desprecio de aquel portero. Por lo menos se creía capitán general, soltó arrebolada. Sonriente, don Armando le indicó que lo siguiera. Y juntos subieron hasta el principal. Al entrar en el piso a Marcela se le abrieron mucho los ojos. Nunca había visto tantas alfombras, ni tan grandes y pesadas cortinas, ni tal profusión de adornos de plata y porcelana. ¡Ni tanto polvo! Sin murmurar palabra, atravesaron un pasillo hasta llegar a la habitación del servicio en donde la joven se recogió.

Por la mañana al levantarse, el anciano se encontró con que, aunque un poco parco, su desayuno estaba preparado.

––Sin duda ha abierto usted los armarios —expuso encogiéndose de hombros.

Ella, tímida, sonriente, con el cabello recogido sobre la nuca, inclinó la cabeza. Arrimó una silla y se sentó frente a él. Solícita se levantaba cada vez que era menester para acercarle el pan, un cubierto o el azúcar. Y mientras don Armando bañado por el sol mañanero bebía tranquilamente su café, la muchacha le fue desgranando su vida, la situación en la que se encontraba, y sus muchas habilidades como ama de casa. Atentamente la escuchaba el anciano sin dejar de llevarse a la boca el pan con aceite. Cuando al fin guardó silencio, durante unos segundos que a Marcela le parecieron siglos, don Armando la observó con las manos desmayadas sobre el mantel.

––Quiero que sepa que no tengo dinero para pagar una criada ni para darle de comer. Aunque si quiere, y hasta que resuelva su situación, puede quedarse.

Con lo que a Marcela le pareció una tímida sonrisa de simpatía, el hombre le susurró que en cualquier caso, tampoco creía que durara mucho como criada. Es usted demasiado bonita, dijo señalándola con el dedo.

Desde aquella mañana don Armando vivía satisfecho, sin apreturas. Su comida era de buena calidad y estaba bien condimentada. Se volvió a acostar entre sábanas limpias. Volvieron a aparecer flores en los jarrones, a brillar la plata y a oler en el baño a lejía y jabón. Y si bien era verdad que nunca tuvo el menor interés por conocer de dónde provenía el dinero, lo cierto era que todo ello sucedía sin tener que vender sus recuerdos.

Y así fueron pasando los días, él con la alegría de saberse cuidado y ella manteniendo la casa limpia, la ropa planchada, los alimentos a punto, y el periódico sobre el velador del desayuno.

No habían pasado muchos meses cuando la joven se le acercó zalamera. Le preguntó si la podría ayudar a resolver un problema.

––Verá don Armando, llamándome Marcela y habiendo salido de un hospicio, nada puede salirme bien.

El anciano luego de doblar el periódico, se quitó las gafas y expandió una media sonrisa en su ajada boca.

––Por favor, señorita, tráigame usted una hoja en blanco. De esas que tienen impreso mi nombre y mi escudo de armas.

Con los pliegos sobre la mesa, se caló de nuevo las gafas, eran unas de pasta imitando carey, regalo de la joven del día de Reyes, y escribió:

A quien pueda interesar:

Yo, Armando Mateo R. Casas Itubarrire, marqués de Casas Solariegas, comunico que la portadora de esta carta, pupila bajo mi protección, responde a los siguientes datos:

Nombre: Hyacinth Novak.

Hija de András y Anasztázia Novák, condes de Harsányi.

Lugar y país de nacimiento: Buda, Hungría.

Familia, inexistente. Toda ella fue asesinada en la guerra…

Y siguió el anciano garabateando palabras sobre el papel hasta completar una hermosa y rutilante vida. Luego de firmar y rubricar el pliego, poniéndose como primo lejano de su abuela, se la entregó. Ella la leyó con cuidado. Al terminar, lo contempló risueña.

––Don Armando, por el mismo esfuerzo, ¿no podría ser princesa?

Y don Armando, más sonriente todavía, repitió el documento.

Rápido se habituó la joven a su nuevo nombre. Rápido tornó sus bastas maneras por movimientos elegantes, y su peinado por uno a la moda. Del mismo modo, apareció de pronto en su acento un ligero y encantador sonido germánico. Y más rápido aún, abrió los armarios de la difunta esposa de don Armando para confeccionarse trajes con aquellas maravillosas telas. Halló también en ellos los adornos de la difunta, que se puso sin ningún pudor, incluso adornó su cabello en la cena de Navidad con una pequeña diadema de brillantes. Y don Armando, sorprendido de que tan solo un bello nombre produjera tan radical cambio, la admiraba feliz de haber sido el artífice de tal transformación. Y así siguieron hasta que una noche Jacinta le mostró su contrato para trabajar como vedet.

––Justo en el teatro que está aquí al lado, don Armando, en La Latina.

Y como su trabajo era por las noches, continuó cadenciosa, y deseaba seguir ocupándose de él, le rogaba su permiso para aceptarlo, pues no pensaba en abandonar la casa en donde era tan feliz.

––Lo cierto es que no me gusta la idea de volver a quedarme solo –sentenció casi con llanto el anciano.

Y sin levantar la mirada de su humeante tazón, continuó el hombre leyendo el periódico.

Pasados varios meses, la ahora triunfadora y rutilante princesa Jacinta, le expuso a don Armando que sus muchos compromisos le impedían atenderlo con el cariño y la complacencia que ella deseaba. Siguió diciendo que a una compañera del coro le gustaba la idea de vivir con ellos. Y que si no tenía inconveniente, le dejaba su habitación en la zona de servicio y ella se mudaba a una de las de la zona noble.

––O si no, mejor, a la que está al lado de la suya. Así podré atenderlo por las noches ––le susurró zalamera.

Encogiéndose de hombros, don Armando serio, circunspecto le contestó que bien, pero que ella era la responsable. Y de esa manera entró en la casa Terele, una morenita pequeña y regordeta, viciosa de los naipes. Y don Armando, al que la joven le recordaba a su difunta madre, comenzó a echar con ella la partidita. Enseguida se animó Jacinta que rauda cogió mañas con los naipes.

––Don Armando, una partida de cartas de tres, no es partida ni es nada. Necesitamos la cuarta.

Y añadió que una compañera del teatro, nacida en Valladolid ––ya sabe usted lo bien educados que son los castellanos––, aún andaba sin habitación y como bien conocía él, con lo poco que ellas ganaban… Él de nuevo alzó los hombros. Y así, entró en la casa Anita, pizpireta de grandes y relucientes ojos negros rodeados de abundantes pestañas. Sin saberse el porqué, detrás de Anita, volvieron las visitas de los ancianos amigos de don Armando. Todos ellos solían llegar con presentes para las chicas, no en vano, tarde tras tarde, eran cubiertos de atenciones por las jóvenes, y más de una noche, invitados de honor en las funciones del teatro.

Desde hacía muchos años don Armando no era tan feliz. Las cuatro muchachas se desvivían por él. Solo queremos a nuestro papi, le decían. Y él comenzó a soñar con la hija que no tuvo. Y así, sin problemas, siguieron otra temporadita.

—Con su permiso, don Armando ––sentada a su lado Jacinta colocó su ya enjoyada mano arropando la del anciano.

Le expuso que ahora que gracias a él todas trabajaban tanto, era necesario que en la casa hubiera alguien que supiera planchar y almidonar. Como usted se merece, don Armando. A ninguna nos gusta verle con las pecheras arrugadas. Mimosa, le besó en la frente, cosa que, desde tiempo atrás, la joven repetía con encantadora regularidad. Don Armando abrió los ojos asustado. Que no se preocupara, que solo deseaban que estuviera lo mejor cuidado posible. Y como ellas por las noches tenían tantas obligaciones… Y mientras le rascaba la oreja, Jacinta le manifestó que había pensado en una de las del coro, que además de estar un poco gruesa valía poco para enseñar las piernas. Y entró en la casa Angelita, a quien Jacinta uniforma de negro al atardecer, y de rayas rosas por las mañanas.

Aquella día, todas vestidas de luto, lloraban alrededor del cuerpo de don Armando que ataviado con su mejor traje yacía en su cama esperando comenzar su último viaje. Cuando llegaron los uniformados hombres de la funeraria, Jacinta le dio un último beso en la frente. Mi papaíto, pronunció emocionada mientras pensaba en cómo hacer para explicarles a las chicas que o pagaban por las habitaciones o se iban. Ella no iba a ser tan generosa como aquel que una vez convenientemente convencido de que ella era su hija, en secreto la había adoptado para hacerla heredera de su título y de sus escasos bienes.

© Malena Teigeiro

La verdad

Liliana Delucchi

Había lanzado las palabras velozmente y sin reflexión, dejándose llevar por sus impulsos, como un paciente febril que se arranca el vendaje de una herida. Porque eso era, una herida escondida durante muchos años, una llaga oculta a los ojos de todos, hasta de ella misma. Al ver la cara de su madre, Jacinta se arrepintió. No quería hacerle daño, simplemente saber la verdad.

—¿Saber la verdad te parece algo simple? —respondió la señora mientras se quitaba el velo del sombrero.

El funeral había sido largo y tedioso, con dos oficiantes, el católico y el ortodoxo y largos discursos sobre las muchas virtudes de la abuela: bondadosa, de inmensa piedad, gran filántropa... Y excéntrica. Lo que me gustaba de ella, pensó Jacinta.

—Huir de Praga fue una odisea, solo posible gracias a las relaciones de tu bisabuela con los ocupantes —confesó la madre—. Partimos las tres, los hombres se quedaron.
Ludmila se acercó a la chimenea sobre la cual encontró una fotografía enmarcada en la que se veía a dos mujeres y una niña. Jacinta siguió a su madre y se detuvo ante el retrato.

—Tu abuela era muy guapa, mamá.

—Demasiado.

—¿Qué quieres decir? —inquirió la joven

—Su belleza le abrió muchas puertas, sobre todo las del teatro. No es que fuera buena bailarina, pero sabía cómo llegar a los hombres. Tuvo muchos amantes, y mi abuelo miraba para otro lado, centrado en su trabajo (era profesor universitario) y en sus actividades políticas.

Con los ojos bajos, Ludmila mira sus manos enguantadas, en busca de las palabras para continuar con su relato. Jacinta se sienta junto a su madre y le pasa la mano por el pelo, a la espera de escuchar el resto de la historia.

—¿La querías?

—Es difícil decirlo —respondió. No era una abuela al uso. Cuando no se miraba en el espejo me ponía frente a él para decirme de qué manera parpadear, mover la cabeza cuando sonreía, aunque no tuviese ganas de hacerlo. En realidad, me estaba educando para ser lo que entonces se llamaba cortesana. Creo que lo de bailar era un subterfugio, que su trabajo (digámoslo de una forma cortés) era otro.

La mujer, pensativa, se alisa la falda y Jacinta puede comprobar que no hay arrugas en la tela. Ludmila se pone de pie y recorre la estancia con pasos lentos, mirándose los zapatos que empiezan a hacerle daño.

—Obligó a mi madre a separarse de su amado, mi padre, y cuando llegamos aquí le buscó un comerciante griego con dinero.

El peso de los recuerdos hace mella en Ludmila que acerca una silla a la mesa sobre la que hay una caja con fotos y recortes de periódicos. Coge una fotografía amarillenta y se la tiende a su hija.
—Aquí estamos todas, tú eres el bebé. Cualquiera diría al vernos que éramos una familia feliz, pero las corrientes de rencor circulaban entre nosotras. Tu bisabuela me minó lo que hoy llamáis autoestima. Por eso no quise que tuvieras mucha relación con ella.

Se sienta y se quita los zapatos. Con delicadeza estira la punta de la media y mueve los dedos de los pies.

—¡Cómo me duelen! Éste es el último regalo de mi madre. Quería un funeral que recordáramos para siempre —suspira mientras se masajea los empeines.

—¿Por qué me pusiste Jacinta? Hubiese preferido un nombre más actual. Cuando me llamaban en el colegio sentía que era la rara.

—Fue la condición de tu bisabuela para que pudiera darte a luz. Quería perpetuarse, aunque su verdadero nombre no era ése, sino Andula. Princess Hyacinth era el personaje de un ballet que ella interpretó en 1911 en el National Theatre de Praga y el apodo que ella adoptó profesionalmente.

—Ven aquí —llama a su gato. El felino salta al regazo de la mujer que acaricia al animal mientras ronronea.

La tarde cae de a poco a través de la ventana, con una niebla densa atrapada entre los árboles, dibujando rostros que atraviesan los cristales para instalarse en el salón en semipenumbra. Ludmila sacude la mano delante de sus ojos, los cierra, los aprieta.

—Querías la verdad —le dice a su hija— pero te advierto que no siempre es bueno saberla. La mayoría de las veces es preferible una historia adornada, como tiene gran cantidad de gente y que con el paso del tiempo se recrea con más y más detalles que nunca existieron.

La mujer va hacia la mesa y se sirve una taza de té, acercándole otra a Jacinta y con la mirada perdida en algún lugar que solo ella ve, continúa:

—Los dejamos allí, tu bisabuela solo pidió visados para nosotras, dejando a su marido y a su yerno, mi padre, en manos de los ocupantes. Son unos revolucionarios, decía, no tenemos por qué cargar con ellos donde vayamos y esbozó un sonrisa diabólica que nunca olvidaré. Por fin seremos libres, afirmó. Pero ¿sabes una cosa? Nunca lo fuimos. Mi madre se trajo el odio y yo crecí entre silencios y medias verdades, hasta que quise, al igual que tú, saber la realidad. Craso error.

La taza de té se ha enfriado en manos de Jacinta. La devuelve a la mesa y se acerca a la ventana. La niebla, al igual que sus pensamientos, se ha hecho más densa. Vuelve junto a su madre, que sigue descalza, le masajea los pies y le pregunta:

—¿Quieres que ponga una película de amor y lujo?

© Liliana Delucchi

La magia de las palabras

Marieta Alonso

En aquellas tardes, siendo niña, cuando la bruma ocultaba el cielo, la lluvia caía a borbotones, y estallaban los relámpagos iluminando la habitación, cuando era imposible salir a pasear por el parque, ni escuchar la trepidante melodía de las hojas de los árboles, ni la confusa conversación de las hormigas… Me echaba a temblar.

Pero ella, mi cálida niñera, ahuyentaba el miedo acurrucándome en sus brazos. Era más alta de lo normal, fuerte como un ogro, sin carne en los huesos, desgarbada, con el pelo pajizo y un ojo a la virulé, pero con tanta imaginación que conseguía que me viese como una altiva princesa, una despiadada pirata, una bella mendiga.

Iba apagando luces y encendiendo velas por aquí y por allá, las sombras acudían a mi alcoba, y atrapándome en sus brazos como una muñeca de trapo me acomodaba en la silla de ruedas, y enredaba mis cabellos elaborando extraños peinados mientras en voz muy baja comenzaba: Érase una vez...

Y todo peligro desaparecía al vislumbrar en el espejo a una joven bonita, elegante, famosa, sentada indolentemente y con una corona de estrellas. Era tan vívida la imagen que ni siquiera advertía las luces de los rayos.

Tras el relato, el susurro de una canción popular y mi cabeza entonces principiaba a oscilar de arriba a abajo. Momentos después era por la mañana, y amanecía en mi cama bien arropadita, el sol dando en mi ventana y sin rastro de tormenta. Ella a mi lado tapando mi cara con la almohada y llamándome perezosa pretendía que espabilara. Todo era un juego: la hora del baño, vestir el uniforme, el trayecto hasta la escuela…

La pre-adolescencia trajo nuevos aires y aquel carácter alegre y sumiso se tornó en enojo contra el mundo, y fue cuando por vez primera se puso seria mi tata, y prohibió tajantemente que me dejase llevar por la ira. Mi respuesta fue un amago de bofetada, pero como no se andaba por las ramas, me asió de los brazos con fuerza y amenazó con tal voz salida de las cavernas, que por un momento me quedé más paralizada, si cabe.

No iba a permitir que acarrease con esa amargura, por el simple hecho de ser diferente, me dejaría sin dientes del trompón que me iba a dar, aseveró. Y era capaz de hacerlo. El miedo a las tormentas no fue nada ante esta amenaza.

Hoy, siendo una mujer adulta, la he acompañado a enterrar, y sentí que volvía a ser aquella pequeña princesa que era ante sus ojos, y me encontré agradeciéndole haberme enseñado que son los sentimientos y no el físico, los que nos hacen crecer en bondad, estatura y saber.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

El Tren

15 febrero, 2018 por Akelarre 4 comentarios

tren de vapor en la Estación del Norte de Madrid

El tren de la Estación del Norte

El transporte por vía férrea tiene esa pizca de romanticismo donde el ferrocarril, la literatura y el cine crean un triángulo amoroso irresistible. Todo puede suceder viajando por los carriles de hierro.

A finales del siglo XIX desde la antigua Estación del Norte iban y venían los trenes haciendo el recorrido de Madrid a Irún. Durante la Guerra Civil Española recibió numerosos impactos de artillería y la quiebra de la Empresa «Caminos de Hierro del Norte» provocó que el Estado tuviera que rescatar la red ferroviaria surgiendo un ente público y estatal, RENFE.

Ya no existe la Estación del Norte. En 1993 dejó de funcionar ––como tal–– para convertirse en la de Príncipe Pío, en la que confluyen trenes de cercanías, autobuses urbanos e interurbanos, metro de Madrid, además de un centro comercial y de ocio.

Este mes nos hacemos eco de historias que pudieron haber sucedido en esos vagones…

Secreto de Vapor

Cristina Vázquez

Niebla de Vapor

Malena Teigeiro

La fotografía

Liliana Delucchi

El Tren de las Diez de la Noche

Marieta Alonso

Secreto de Vapor

Cristina Vázquez

La familia se sentaba alrededor de la mesa con ceremonia; el abuelo en una cabecera y su cuñada la tía Juana a la derecha, cuchicheando los dos en voz baja. A la izquierda su nuera Ignacia, una joven frágil y silenciosa, recién casada y que aún no conocía los hábitos de esa importante familia. La otra cabecera la presidía el hijo mayor, el marido de Ignacia, un hombre jovial de rasgos un poco achinados y brillante pelo oscuro, heredados de la madre filipina, muerta hacía años, junto a una sustanciosa fortuna que su padre, con gran habilidad, había multiplicado en inversiones textiles. El resto de la mesa se iba llenando aleatoriamente de hermanos, parientes y amigos, que también aleatoriamente vivían o pernoctaban allí.

Sorprendida, Ignacia no acertaba a comprender el aparente caos de esa mansión en la que ella no tenía ningún cometido, ni el trato correspondiente a la señora de la casa. Las disposiciones las tomaban entre la tía Juana, de sonrisa enigmática tras sus estrechos ojos, pocas palabras, pero dichas con autoridad de hielo y una recua de mujeres de servicio instaladas ahí desde antes de que muriera “la señora”, la auténtica, que hacían y deshacían a su antojo.

La casona, enorme, insolente, despuntaba en un cerro algo alejado del pueblo, pero cerca de las fábricas textiles donde acudía a trabajar toda la parentela presidida por el abuelo. Sola en la casa, iba descubriendo con curiosidad habitaciones, el desván, el sótano, pero siempre surgía alguna de las mujeres de servicio o la tía, que con el gesto torcido le recriminaban que esas habitaciones no se abrían. Si necesitaba algo que no dudara en pedirlo. Se fue recluyendo en su cuarto de estar lleno de cretonas y comodidades, pero en el que cambiar un mueble de sitio o un almohadón era un auténtico desafío al sistema establecido. Cuando se lo contaba a su marido, adorable, sonriente, le pedía extrañado, hasta incómodo que no le diera importancia, ella era su diosa y también de la casa. Desde que murió su madre siempre fue así y todo tenía su orden, que no se empeñara en hacer cambios, afirmaba contrariado.

— Cuando lleguen los hijos, la felicidad será completa, mi amor — le susurraba tras unos sinceros besos.

Para regular su día empezó a asomarse puntualmente a ver desde su balcón la llegada del tren. El imponente sonido del pitido y la nube de vapor que cada tarde surgía al entrar en la estación le seducían. A la hora en punto estaba atenta para verlo y empezó a pensar que le gustaría subirse, ir de viaje. El ruido de la locomotora al alejarse le producía un gran desconsuelo y le pidió a su amable marido que se fueran lejos, solos.

— ¿Para qué?, si acabamos de volver —le decía amoroso—. Y si el niño ya está en camino, no debería moverse.

El niño nació y unas experimentadas manos enseguida lo tomaron bajo su cuidado. Si ella había criado al padre cómo no iba a ocuparse del pequeño, rezongaba Aurelia, con manos firmes y oscura sonrisa desdentada.

— Usted a descansar, que no tiene experiencia.

En cuanto se repuso decidió bajar a la estación a una hora en que la casa dormía la siesta para presenciar de cerca la llegada del tren. El vapor la inundó de un olor intenso a carbonilla y pensó que el momento tenía la magia de hacer desaparecer los contornos en una densa nube. Sentada en uno de los bancos observaba a la gente con bultos, maletas, gallinas en cajas, niños, y volvió a su casa animada de ver un mundo diferente al que se encerraba en su preciosa mansión. Cada tarde se iba, nadie parecía echarla de menos. Empezó a estar más contenta participando en las conversaciones, a decir si algo no le gustaba de la comida y un día decidió sentarse en la cabecera frente al abuelo.

— ¿No soy la señora de la casa? Pues el sitio que me corresponde es este —afirmó severa bajo la mirada de fuego de la tía Juana.

La sorpresa del abuelo y de su marido, que le cedió graciosamente la silla, les dejó sin palabras.

…Después de que se deshiciera la nube de vapor y las personas emergieran igual que apariciones, se acercaba a charlar con ellos por si tenían necesidad de alguna indicación o ayuda con los niños. Al cabo de un tiempo reconoció a una mujer que venía todas las semanas y la miraba con cierto desafío y una inclinación de cabeza, hasta que una tarde acercándosele le preguntó en un tono adusto si la china, esa mala mujer, seguía en la casa, y le hizo una confesión que la dejó envarada. No volvió nunca a verla.

Una tarde, el jefe de estación estaba hablando con su suegro en el despacho, y una vez que se hubo marchado el hombre la llamó con toda la severidad institucional que le definía.

—Tú eres la señora de esta casa, la más importante y rica de la comarca—afirmó con una terrible expresión en las cejas—. No puedes ir y menos hablar con desconocidos en la estación —tras un prolongado silencio continuó con tono enfático—. Te debes al nombre de tu marido y a la dignidad de esta familia.

Con una voz muy suave le confesó que ella no era nadie allí, y se iba a la estación porque era el único lugar dónde había vida. Le extendió una cartita escrita con su letra aguda de colegio de monjas, en la que exponía sus condiciones y un escabroso secreto de la falsa filiación de su “cuñada” Juana y de la muerte de su mujer.

—Si no, querido suegro, no bajaré más a ver cómo llegan los trenes —suspiró con melancolía—. Me iré con mi hijo en el primero que salga.

Y torciendo un poco su adorable cara, éste no sería un buen ambiente para su nieto y heredero, aseguró.

A la mañana siguiente desfilaron entre lamentos y caras agrías, la tía Juana, la recua de mujeres e Ignacia abrió ventanas y cuartos, despachando a parientes gorrones y con tranquilidad esperaba ver crecer a sus hijos siendo la diosa, la señora de la casa, como le prometía su sonriente, amable e inútil marido.

© Cristina Vázquez

Niebla de Vapor

Malena Teigeiro

Lo vio marcharse de espaldas. Recorrer, ligero, el largo andén de la estación con la pesada maleta de cuero alargándole el brazo, la gabardina colgada del hombro y el sombrero calado hasta las cejas. Ella siempre creyó que le quedaba grande, pero no. Me gusta calármelo bien. Como si fuera una boina, le dijo una mañana mientras la acariciaba jovial, sonriente. Y no es que tuviera extraños caprichos, guiñó un ojo provocativo, es que en su tierra el aire es tan fuerte, que o bien te colocas una mano encima de la copa o te lo metes hasta las cejas. De lo contrario, a tu sombrero se lo lleva el viento. Divertido, juntó los dedos frotándose las yemas con fuerza. Y su dinero no era para tirarlo al aire.

Al escuchar el renqueante sonido de los ejes, detuvo la mirada sobre el cemento del frío y sucio andén. Sorprendida, ve el polvo ensuciando la piel de sus brillantes zapatos de tacón. Pestañea. Con el índice se limpia una ligera humedad en los ojos. Se me ha debido meter algo de carbonilla, se dice a sabiendas de que sus lágrimas nada tienen que ver con el humo de la achacosa caldera. Y levanta la cabeza en el instante en que el tren, envuelto en una espesa niebla de vapor y humo, entra bajo el sol. Acariciándose la frente, se cubrió los ojos.

Con un abrazo traicionero se despidió. Que no llorara, que no estropeara esas pestañas tan bellas, le susurraba acariciándole la mejilla. Y sin haberla siquiera besado, quizá algo pálido y nervioso, se dio la vuelta. Al subir el segundo escalón de los tres que tiene la escalerilla, se detuvo. Volviéndose hacia ella, levantó el brazo. Luego, bajó la cabeza esfumándose dentro del vagón. Ella, en ese instante, cierra los párpados y se lo imagina, con la sonrisa del que está cumpliendo un sueño, recorriendo el pasillo. Al llegar a la puerta de su compartimento, se detiene unos segundos y, luego, la abrirá. Y antes de subir la maleta a la rejilla, lo ve saludando con dos dedos en el ala del sombrero. Comprobará otra vez el billete. Y una vez sentado en su butaca, displicente, comenzar a leer el periódico.

Ya nada queda del tren cuando de nuevo contempla los carriles de hierro que en la lejanía se cruzan y descruzan unos con otros. Lo mismo que me sucede a mí, murmura sin dejar de observar el horizonte. Se acerca una mano a la cara y suspira. Apenas le queda nada de su perfume, del calor que le dieron sus brazos, del frescor de sus besos.

Lo había conocido en un guateque. Al acercarse a saludarla, ahora lo recuerda, le pareció percibir un ligero olor a alcohol.

––Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca ––la examinaba turbio, taimado––. ¿Bailas?

Sujeta por el codo y sin esperar respuesta, muy juntos se dirigieron a la habitación en donde la aguja del tocadiscos arañaba un bolero. Mientras la aprieta algo más de lo recomendable, él no deja de susurrarle lo bonita que es. Y ella, con la cabeza levantada, él era mucho más alto, mareada entre sus cálidos dedos, siente que se enamora.

Comenzaron a salir por las tardes. Durante sus paseos, entre arrumacos y caricias, le habla de sus sueños, de su deseo de irse, de emigrar, de hacer mucho dinero antes de volver. Cuando se lo presenta a sus padres, ellos torcieron el gesto. Sobre todo su madre. Es demasiado simpático. Es demasiado guapo. Es demasiado soñador, le dijeron una y otra vez. Cuando les anunció que se iba con él a Alemania, una gris sombra, como si fuera el humo del despiadado tren que la deja olvidada en aquella heladora y ventosas estación, les cubrió el rostro. Y ella, hija única, temerosa, comienza a darle largas. Y él, apretándola contra sí, le suplica una y otra vez que acceda, que tienen que irse juntos, que quiere formar una familia en aquel país en donde era tanta la riqueza que los árboles manaban leche y miel. Y así sigue una tarde tras otra, hasta que, poco a poco, ahora se da cuenta, él ya no le habla del nuevo lugar de sus sueños. Sin embargo, la amaba, la seguía queriendo de la misma manera de siempre. Al menos, eso creía.

¿Cuándo comenzaron a separarse? Quizá, cuando al pedirle que esperara un poco, le razona la necesidad de tener más tiempo para convencer a sus padres, o luego, cuando le dijo que comprendiera que no podía dejar a medias sus estudios, o quizá fue aquella tarde que entre besos y abrazos le dijo que no se iba con él. En aquel momento la contempló muy despacio. Luego, sujetándole con una mano las mejillas. Le hincó los dedos hasta hacerle daño. Después, inclinándose, la abrazó hundiéndole el rostro en el cuello.

Todavía tiembla al recordar su gemido mientras la abrazaba besándola con desespero, una y otra vez. Le pareció ver lágrimas en su mirada o quizá eran el reflejo de las suyas. Y entonces, ahora lo sabe, en contra de lo que había esperado, él continúa su noviazgo como si su negativa le hubiera quitado un peso de encima. Aquella tarde cuando se despidieron, ahora está segura, ya no era suyo.

Desde aquel día, como si nada se hubieran dicho, siguieron saliendo, ella cada vez más triste y él cada vez más contento. Llegó a pensar que quizá lo hacía para que no sufriera. ¡Qué ingenua! Poco a poco le fue ayudando a preparar el largo viaje. ¡Hasta sus padres le llenaron de regalos! El ya nunca le volvió a pedir que se vaya con él.

Exhalando un profundo suspiro, comienza a caminar hasta salir de la estación. ¿Cómo era posible que la tarde que la abandonaba para siempre pensara con tanta ternura en él? Sobre todo, sabiendo que, en ese instante, alegre, quizá un poco nervioso, está sentado junto a la otra que le sigue en sus sueños.

© Malena Teigeiro

La Fotografía

Liliana Delucchi

Esta tarde no tiene que planchar, así que enciende la radio y, acompañando a la voz que sale del aparato, estira las sábanas. Sin haber acudido nunca a clases de idiomas, es capaz de seguir las canciones en inglés o italiano y en algunos casos hasta conocer su significado.

––En cinco minutos llegan las noticias, a ver qué dicen.

Es entonces cuando el locutor anuncia que a las diecinueve horas llegará a la Estación del Norte el cantante Vittorio Storaro. El corazón de Margarita se paraliza, la taza de té se le cae al suelo y ella corre en busca de los vinilos. Se sienta junto al tocadiscos, estira la falda y cruza las manos sobre su regazo. Un aria tras otra, la cabeza de la mujer descansa sobre su mano derecha y una media sonrisa no se atreve a extenderse. Sus ojos buscan una foto enmarcada que permanece en la repisa desde que ella tenía diecisiete años. Él veintisiete. La sacó de una revista la primera vez que el artista visitó España y ella fue a su concierto.

––Pienso en ti más que nunca. Hoy está lloviendo. Los domingos de lluvia me siento confusa. Si llueve no puedo lavar la ropa y, en consecuencia, no puedo planchar. Tampoco puedo pasear, ni tumbarme en la terraza, lo único que puedo hacer es mirarte y escucharte, ––dice al hombre del retrato.

Pasó la adolescencia buscándolo entre los chicos de su edad, pero ninguno estaba a su nivel. Nadie con su acento y su dulzura. La juventud tampoco trajo ningún regalo masculino. En la administración de loterías le entregaban los boletos a través de la ventanilla y se iban, felices o amargados, pero sin retorno. Y ella, de vuelta a ese piso heredado de sus padres, donde nació y probablemente morirá sin más proyectos que hacer la comida o quizás recoger del colegio a los hijos de su inquilina, una amiga que intenta sin éxito presentarle caballeros a su altura.

Estira las piernas. Son las cinco de la tarde, tengo tiempo. Busca en su armario el traje que se puso para la comunión de la vecinita, se lava la cabeza y recoge el pelo en un moño. Se pone el collar de perlas de su madre y los zapatos de tacón.

Lo más importante: buscar en el álbum su foto, aquella de cuando tenía diecisiete años, cuando se enamoró de él. De un cajón coge un sobre color azul.

––A la Estación del Norte ––dice al taxista.

Hay un mundo de gente, entre periodistas y curiosos, pero Margarita logra acercarse al andén. Llegan las palpitaciones cuando el vagón se acerca y se desbocan cuando lo ve descender. A codazos y empujones logra llegar hasta su amado. Saca el sobre de su bolso, marca en él un beso con su boca pintada de granate y se lo da.

El hombre mira a esa mujer con ojos de lluvia, le sonríe, recoge la carta y la guarda en el interior de su chaqueta.

––Ya estamos en paz ––le grita ella por encima del vocerío ––. Tú también tienes mi foto.

© Liliana Delucchi

El Tren de las Diez de la Noche

Marieta Alonso

Era tan impaciente, tan nervioso, que no fue capaz de esperar a su día de nacimiento y un mes antes de lo previsto vino a este mundo al ritmo del chacachá del tren, en una noche tenebrosa.

Su madre, tras varias horas de viaje, se quedó dormida con un libro sobre su voluminoso vientre. Iba sola, y de vuelta a casa de sus padres se preguntaba cómo reaccionarían al verla. Era incapaz de hablar sobre aquella noche que, regresando del trabajo, cinco jóvenes le salieron al encuentro.

Al sentir unas pequeñas molestias, comenzó a desperezarse y vio a través de la ventanilla un grupo de nubes desplazándose hacia una gran luna de sangre, que se iba levantando tras las montañas. La temperatura había descendido y se arrebujó en una manta. Pensó viendo correr el paisaje que la soledad no tenía fronteras.

No se esperaba esa primera contracción, y cuando rompió aguas decidió hablar con el revisor. Gervasio, así se llamaba, cerró los ojos y se quedó breves instantes pensando qué hacer. El hombre jamás se había encontrado en tales circunstancias, y fue por todos los vagones preguntando por un médico. Halló a uno en el último coche y lo puso al corriente de lo que estaba por pasar. Entre los dos acomodaron lo mejor que supieron a la joven. Hasta dentro de tres horas no habría ninguna estación donde pudiesen parar, le dijeron.

Mientras el doctor la asistía, Gervasio fue a comentar con Agustín, el maquinista, y Anselmo, el ayudante, lo que estaba pasando y entre chistes subidos de tono le desearon que disfrutara con su nuevo empleo. Los tres eran del mismo pueblo, los tres solteros y cuarentones, los tres vivían bajo el mismo techo.

Con evidente enfado por esas bromas pesadas, regresó tomando con cariño la mano de la joven. Entre dolores, risas y llantos, habló la chica por vez primera de lo sucedido, de sus miedos, de cuál era su nombre, el de sus padres, de cómo querría llamar a su bebé… Tan solo olvidó mencionar el pueblo donde vivían los abuelos.

Por un cuarto de hora, no dio tiempo a arribar a aquella estación perdida, con tres casas desperdigadas. Lo que tenía que llegar, llegó: Un niño precioso que llorando despidió a su madre.

¿Y ahora? Se preguntaron Agustín y Anselmo cuando llegó Gervasio con el crío en brazos y la angustia reflejada en sus ojos. Los tres se quedaron sin saber qué decir. Al ver la carita del chiquillo se dio por zanjada cualquier duda.

A partir de entonces, en cada trayecto del tren fueron desgastando sus vidas, en cada pueblo, en cada ciudad, preguntaban por aquellos abuelos de los que solo sabían el nombre.

El niño fue creciendo con el ruido de la locomotora, con el fluido de los vapores, jugando al escondite entre los furgones y embelesado al creer ver a los indios a través de las ventanas…

Tan diligente que tenía tiempo para todo, tan cariñoso que les abrazaba sin motivo aparente y cuando decidió hacerse ferroviario no tuvo que explicar el porqué.

Y un buen día, bebiendo cerveza en el bar de una estación, justo cuando se echaba a la boca un cacho de torrezno, les pidió:

––No busquéis más a mis abuelos. Soy feliz yendo y viniendo, rodando por los caminos de hierro… ¡No necesito a nadie más que a vosotros!

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Balenciaga

15 mayo, 2017 por Akelarre Deja un comentario

Traje rojo largo de Balenciaga con lazo atrás

El traje rojo de Balenciaga

Cristóbal Balenciaga nació en Guetaria, quinto hijo de un pescador y una costurera de la que aprendió el oficio. Pese a sus humildes orígenes a los 22 años ya era el diseñador de la aristocracia española y vestía a la realeza.

Este año hace un siglo que Cristóbal Balenciaga inauguraba una pequeña tienda en la calle Vergara en San Sebastián. En 1937 desembarcó en París estableciéndose en la Avenida Georges V y marcó un nuevo rumbo en la moda. Las dos efemérides han servido de “excusa” para inaugurar en París en el Museo Bourdelle una exposición en la que se reúnen, diseños, croquis, maquetas, trajes, sombreros y tejidos.

Coco Chanel decía que era “El único auténtico couturier, capaz de diseñar, cortar, montar y coser un vestido de principio a fin.” Christian Dior afirmó que “La alta costura es como una orquesta cuyo director es Balenciaga: los modistos somos los músicos que seguimos las indicaciones que él nos da”. Se ha dicho que era “el arquitecto de la moda” creador de un fenómeno cultural.

Venganza

Cristina Vázquez

Mister Townsend

Malena Teigeiro

Baile nocturno

Liliana Delucchi

La modista

Marieta Alonso

Venganza

Cristina Vázquez

Aunque sabía que no volvería a verla en su silla, sentada de espaldas a la ventana, al volver del hospital a casa de mi madre, tuve la certeza descarnada de su presencia. Me preparé algo de beber para quitarme el sabor amargo en la boca, la mano me temblaba y una estrechez en la garganta me impidió tragar.

Se acabó. Ya está. Todo esto va a desaparecer y cuánto antes mejor. En ese momento, mientras me lo repetía, esperando a que llegase mi hermana para empezar a recoger la casa, me eché a llorar con un antiguo desconsuelo.

Empecé a recorrer el dormitorio que fue de mis padres, mamá dormía en otro más pequeño desde que murió papá, y abrí los armarios del vestidor. Los trajes cubiertos con fundas, bolsitas de lavanda, plásticos protectores, toda una vida resumida en vestidos, chaquetas, jerseys que no usaba, y en medio de este recorrido moroso, melancólico, apareció el traje rojo.

¿Cuánto hacía, treinta, veintitantos años? Iba a ser el baile de mi consagración, decía mi madre ilusionada, insistente, mientras yo pensaba en lo ridículo de ese empeño adolescente que no le correspondía. En esa época odiaba las fiestas, esa estupidez social a la que me obligaban mis padres, y lo aborrecía doblemente porque tenía la convicción de que pretendía vivir a través de mí lo que ella no pudo.

Además, el temor a que esos tan elegantes con los que me codeaba entonces, se dieran cuenta de que era una impostora entre ellos, que yo no tenía apellidos ni familia a la que referirme, y menos mi madre, me volvían suspicaz y defensiva. La fortuna de mi padre y mi belleza facilitaban mucho las cosas, aunque las preguntas intencionadas o inocentes, referidas a personas y lugares para mí desconocidos, y aún más para mi familia, me colocaban en situaciones incómodas en las que sólo una oportuna risotada me permitía disimular. Me van a descubrir, me van a descubrir, era mi angustioso y estúpido pensamiento adolescente.

— Podías esforzarte un poco, hija —me suplicaba recelosa— ¡Con lo que le ha costado a tu padre llegar hasta aquí!

Y señalaba un punto indefinido que abarcaba todo el cuarto, la casa, los salones, la plata, la vida.

—Yo no he pedido estar en ningún sitio —e imitando su gesto señalaba el mismo punto indefinido.

Su cara de desolada preocupación, se me viene ahora con tristeza. ¡Qué inútil manera de herir!

Tras largas discusiones por el baile dichoso, intervino mi padre: no quería ni una palabra más, iba a ir a ese baile y punto.

— Basta ya de tonterías —remató indignado.

Mi madre encargó el traje a Balenciaga, modisto al que empezó a frecuentar. Recuerdo las pruebas en un riguroso silencio, impecables las oficialas con una bata blanca y yo veía armarse ese maravilloso traje sobre mi cuerpo y aunque iba como cordero degollado, la perfección de lo que iba surgiendo, el hechizo del tejido que se transformaba, el ruido del forro al ponérmelo, el roce de la tela en mis hombros, me iba despertando una voluptuosidad sorprendida. Un día, esperando en el probador a que me trajeran el vestido, oí decir a unas señoras que no sabían de mi presencia, qué se creía la parvenue esa, gruñó una de ellas, de la que nunca olvidé su nombre ni su cara, y soltó el nombre de mi madre como si le quemara en la boca. Aunque tuviera mucho dinero cómo osaba vestirse en Balenciaga, y bajando la voz dijo.

—Nadie sabe de dónde ha salido.

Creí que me iba a derretir de vergüenza.

Y en medio de estos recuerdos, levanté el plástico que lo envolvía. El lazo de la espalda seguía firme como una llamarada de juventud y los pliegues de la cola me recordaron unos ríos de lava inocente. Al acariciar la tela, reviví como si fuese el mismo día del baile, la tensión que se mascaba en casa. Mi madre, un revuelo de nerviosismo y emoción, trotaba a mi alrededor con pasitos cortos, enfebrecidos, y contemplaba con lágrimas contenidas cómo me iba transformando. ¡Qué preciosa estás! Al llegar el momento de salir, con fingida aceptación, tropecé inocentemente con un jarrón previamente colocado en un lugar estratégico y me lo tiré sobre el traje. La cara de desolación de mi madre era una máscara rígida y yo di un grito desesperado, afirmando que no podría ir al baile.

Mi padre, que me miraba salir con cara embobada, se acercó y cogiéndome del brazo me acercó a la puerta y dijo con gran suavidad y determinación, que era una pena lo sucedido, pero que iría al baile mojada o seca. Yo intenté soltarme y él agarrándome con más fuerza, avanzó hacia la puerta y subió conmigo al coche que me esperaba.

— Tu madre no se merece esto —y la tristeza de su expresión me conmovió hasta las lágrimas.

— Ahora no toca llorar, aprende a valorar el esfuerzo de los demás —y acarició la tela empapada— mucha gente ha trabajado en esta maravilla. No desprecies lo que la vida te otorga.

Al llegar a la entrada del baile, me despidió con un beso riguroso y breve en la frente, mirándome con seriedad me pidió que dejara en buen lugar el nombre de la familia, me empujó con suave determinación para que bajara y mandó arrancar el coche.

Suena el timbre y aliviada voy a abrir a mi hermana.

© Cristina Vázquez

Mister Townsend

Malena Teigeiro

—Señora, no se pueden tocar los vestidos —los dedos de la celadora le golpeaban el hombro cuando acariciaba el rojo tafetán. Ella, con los ojos brillantes, le sonreía. Echó una mirada al reloj. Qué tarde se le había hecho contemplando aquel maniquí. Se dio la vuelta y salió del museo. Se fue directamente a su hotel, y sentada sobre el borde de la cama, marca el número de Berta. Le dijo que estaba cansada y que para cenar, pediría algo en la habitación.

—¿Estás bien abuela?

—Sí, sí. Tú diviértete y no te preocupes.

Era una joven encantadora, musitó. Después de pedir un sándwich, se acomoda delante de la ventana, e igual que entonces, descorre la brocada tela de las cortinas y contempla los tejados de París.

En la merienda familiar del día de su ochenta cumpleaños, su nieta le dijo que había leído en el periódico que iban a celebrar el centenario de la tienda de la calle Vergara, número 2, y que como homenaje a su trabajo le hacían al señor Balenciaga una exposición en París.

—Estarás contenta —le acariciaba la mejilla—. Si quieres te llevo. Es más, te invito.

—De acuerdo. Te tomo la palabra, pero yo corro con los gastos del hotel. Porque no pienso ir a uno de esos a los que vais vosotros.

Aquella noche abre la gaveta de su cómoda y rebuscando entre sus recuerdos, encuentra el pañuelo con sus iniciales, la rosa, ya seca, que estruja hasta hacerla polvo, luego revuelve entre las fotografías y cartas hasta que sus dedos la reconocen. Seguía allí, tal y como la había recibido, en su antiguo sobre, envuelta entre las dobleces del fino pliego de papel. Con la carta entre los dedos, recuesta la cabeza en el respaldo de su butaca y cierra los ojos.

Lo conoció un atardecer en el que desfilaban para un matrimonio americano, más tarde supo que se llamaban Mr. y Mrs. Townsend. Al separar con la enguantada mano la liviana y transparente cortina, esbelta, hierática, desciende los dos escalones que la separaban del salón. Nada más verla aparecer envuelta en la seda roja, él alza el cuerpo y turbado abre los ojos. Su mujer, lo contempla de reojo y tacha el número de la tarjeta que ella sostenía entre los dedos. ¿Por qué desconfiará de él?, recuerda que caviló entonces.

A la mañana siguiente un botones del Hotel de Londres y de la Inglaterra, llega a la tienda con un sobre. En su interior había un cheque firmado por Mr. Townsend, por el importe del traje de seda rojo y una nota diciendo que a la vuelta de su viaje les avisaría para que se lo enviaran.

No entendía por qué, le había dicho, meses después, la encargada alzando mucho las cejas, pero tenía que desfilar de nuevo con el traje adquirido por un cliente. Sí, el de fiesta, el que estaba guardado en el almacén. Cuando bajaba los escalones, lo volvió a ver. Esta vez, solo. Él, sentado en la liviana silla dorada, con la pierna cruzada, le insinúa que se acerque. Ladeando la cabeza, y sin dejar de mirarla, acaricia la suave tela de la falda. El calor de la cuadrada palma de la mano en la cadera, la hizo palidecer.

Le ordenaron que entregara el vestido en el Hotel de Londres y de la Inglaterra, y aunque no era ése su trabajo, acompañada por un botones que llevaba el primoroso estuche de madera colgado del hombro, llama a la puerta de la suite.

—Pase, y espere un momento.

Después de abrir, el botones deja la caja encima del sofá y se va cerrando la puerta. Acercándose al balcón, ella separa el visillo. Contemplaba el mar, la hermosa playa de La Concha cubierta de niebla cuando reconoce el calor de la mano que se detiene sobre su hombro.

—¿Le apetece una copa? —en su rostro serio, sonreían los ojos grises.

Aquella misma tarde se marcharon juntos a París. Pasean por parques y bulevares, almuerzan en coquetas brasseries, y cenan casi todas las noches en Maxim´s, y con el traje de seda rojo, lo acompaña a la ópera para ver Madame Butterfly. La anciana entreabre los ojos y después de un profundo suspiro, se pasa la mano por la frente, como intentando retener un sueño. Siempre supo que aquellos habían sido los días más felices de su vida.

Volvió sola a San Sebastián y tal y como le había prometido, recibe su pasaje. Y días después, inquieta, anhelante, enamorada, en un lujoso buque atraviesa el mar hasta llegar a Nueva York, en donde el secretario de Mr. Townsend la instala en un apartamento cerca de la empresa en donde él trabajaba. Así se facilitan mis visitas, le había dicho cuando la abrazaba por la noche. Hasta que, una mañana, apenas sin equipaje, ella desembarca de nuevo en San Sebastián, con su preciosa hija en brazos y el recuerdo de un juicio interminable. Apenas unos días después de su llegada, vuelve a trabajar en la tienda, pero esta vez como encargada.

Años más tarde, recibió una carta. Al mirar el remite de aquel sobre amarillo, grande, de basto papel, reconoce el nombre del entonces joven secretario, el que la había ido a ver con un billete y los datos de la cuenta en donde le ingresarían el dinero, el que le ordena, de parte de Mr. Townsend, que no vuelva a verlo y que regresara con la niña a España. Cumpliendo su deseo se embarca apenas sin equipaje, incluso deja el vestido rojo en el armario y con la angustia en el pecho, apoyada en la baranda, vio alejarse la ciudad entre la niebla. ¡Qué sería de él!

Dentro del sobre amarillo había uno más pequeño y un pliego escrito a máquina. En él, le informaba del fallecimiento de Mr. Townsend, de que su hija era la heredera, y de todas las cuestiones legales para afectaban a la niña. Le decía también que al recoger sus efectos personales, había encontrado la carta que le adjuntaba, y como iba dirigida a ella, se la enviaba por si fuera de su interés.

Con un profundo suspiro había rasgado el pequeño sobre blanco con su nombre escrito a máquina y al desenvolver la hoja de papel, reconoció la letra de Mr. Townsend, quizá nerviosa. Le decía cuánto la amaba y que estaba preparando todo para poder vivir, por fin, juntos. Se irían a un país lejano en donde serían felices sin que nadie supiera quienes eran. Seguía hablándole del orgullo que sentía cada vez que la tenía entre sus brazos… La fecha, era de unas semanas antes de que lo hubieran venido a buscar. ¿Por qué nunca se la había entregado? Recordó de pronto aquel impetuoso viaje que hizo de la noche a la mañana. La terrible tragedia. Después de leerla una y otra vez, ya casi estaba sin luz cuando la dobla y la vuelve a guardar. Luego observa la fotografía que acompaña al escrito. Estaban, muy juntos, sentados en uno de aquellos bancos de tablitas de maderas de la barca que los llevaba por el río Hudson. Se les veía sonrientes, él con el pelo levantado, revuelto, y ella cubierta con un pañuelo de colores sin que se le notara el embarazo.

Nada le hacía presagiar el día que se hicieron aquella foto lo que más tarde sucedería. Se incorpora. ¿Nada? ¿Por qué no quiso ver que estaba inquieto, a veces excitado, a veces excesivamente fogoso? Secándose las lágrimas con la yema de los dedos, se vuelve a recostar.

Estaban cenando cuando llamaron a la puerta de su apartamento. Él se levantó de la mesa y después de darle un beso, con los ojos brillantes, le ruega que no se preocupe, que todo se arreglaría. Y se fue sin protestar con aquellos dos señores que lo llevaron detenido. Parecía haberlos estado esperando. Ella asistió al juicio día tras día, tratando de encontrar su mirada para darle ánimo, pero su luz, aquella luz feliz que la había enamorado, iba hundiéndose día a día, hasta borrarse del todo la mañana que el presidente del jurado pronunció la palabra: «Culpable». En ese instante él, perdido, se vuelve a mirarla y quizá buscando su tranquilidad, intenta una sonrisa.

Nunca pudo olvidar la triste mirada de aquellos ojos dulces, llenos de amor, que todavía la despertaban por las noches. Dobla el papel y suspira profundo. Sí al menos hubiera podido besarlo, abrazarlo durante aquellos años.

De nuevo escucha su voz, quizá más grave, en la sala de visitas, la única vez que le permitió visitarlo: Solo así podía irme contigo. Fue entonces, solo entonces, cuando ella se convenció de que él había sido el asesino de Mrs. Townsend.

© Malena Teigeiro

Baile nocturno

Liliana Delucchi

—No, no y no —dijo doña Adelaida, con su atemperado avinagramiento, característico de ciertas ocasiones en que se le objetaba alguna opinión. El rojo no le parecía bien para una joven de la edad de su nieta, y menos para una presentación en sociedad. Ese color, y subrayó el término, no era propio de un miembro de su familia, ni moral ni políticamente.

Repantigada sobre el sofá situado frente al espejo de la habitación de su hija, la anciana esperaba sin inquietud una respuesta a su negativa, pues su paciencia era tan grande como la seguridad en sí misma. El notable incremento de carnes que la arrollara en la edad madura la había convertido, de una mujer fuerte y activa, en algo vasto como un fenómeno natural, y aceptaba esta circunstancia tan filosóficamente como todas las restantes pruebas de la vida, incluida la mala relación con su heredera. Sin embargo, estaba feliz con que su nieta fuera presentada, ya que abría paso a un compromiso organizado desde hacía tiempo por la familia.

Si se había tenido en cuenta su opinión para elegir al futuro consorte y sus argucias para convencer a su nieta, no era éste el momento en que se dejaran de lado sus consideraciones sobre moda.

Esther no miraba a su abuela, sus ojos se perdían en las imágenes que se repetían en los espejos, cuidadosamente colocados uno frente al otro, para que se pudiera apreciar la parte delantera y trasera del vestido que llevaba puesto.

Tímida por naturaleza y bastante desgarbada, la joven era lo opuesto a la mole de carne que no se cansaba de susurrarle “camina derecha”, “no escondas los pechos” y ahora, que había conseguido que su madre accediera a que se probara el traje soñado, doña Adelaida les hacía una visita para trastocarlo todo.

Lo vio por primera vez cuando fue con su tía a un desfile de Balenciaga, quedó extasiada ante esa modelo tan alta y que tan bien llevaba la ropa. Los pliegues que caían a partir de la cintura y que daban la sensación de una cascada de seda, le hizo desear que pronto desapareciera el resto de su acné y retraimiento. Estaban en primera fila. Privilegios de ser una clienta VIP, susurró la hermana de su madre, y al otro lado de la pasarela encontró un par de ojos negros que la miraban con descaro. Su nombre era Mauricio Vargas, pariente de una conocida de alguien. Esa noche soñó con él, y las siguientes, mientras se imaginaba en sus brazos arrastrando la cola escarlata.

—Siento decirlo, querida, pero la abuela tiene razón. Puedes quedarte con el vestido, pero no te lo vas a poner para la presentación. Ya encontraremos algo más apropiado.

La modista, mientras le alcanza a Esther un pañuelo para que se seque las lágrimas, la ayuda a desvestirse y le presenta otro traje en un tono rosa. Todas están de acuerdo en que es el adecuado. Todas menos ella.

La anciana murmura algo relacionado con la palidez de su nieta y el color del traje y, una vez apurada su copa de licor, pide ayuda para ponerse de pie y marcharse.

La ceremonia y fiesta posterior a la presentación en sociedad fue todo un éxito, eso dijeron los invitados, incluido el futuro prometido, tan tímido y desgarbado como la desangelada novia. Un éxito para todos menos para Esther, que cuando regresó a su habitación, se quitó el atuendo y se puso el vestido rojo. Bailó con Mauricio Vargas hasta el amanecer en la soledad de su cuarto. Su imagen, repetida en los espejos, le devolvía a una joven feliz, sonriendo a un hombre de ojos oscuros muy diferente al que la familia le eligiera.

© Liliana Delucchi

La modista

Marieta Alonso

La mañana en que Carmen se bajó de aquel tembloroso tranvía, se dio de bruces con un buen chaparrón: «Estoy en San Sebastián» y sintió un temblor en las rodillas. Era la primera vez que a sus catorce años viajaba tan lejos del caserío. En el pecho guardaba una carta de recomendación con la dirección de una casa. Su madre, Miren, llevaba años trabajando de cocinera durante el verano para una marquesa, que un día se fijó en la cofia y el delantal que usaba y preguntó de dónde los había sacado. Me los ha hecho mi hija, fue la respuesta. ¿Me permite? Solicitó la marquesa alargando el brazo.

Sin saber si aquello era bueno o malo se despojó despacio de las dos prendas que fueron examinadas con gran detenimiento. ¡Vaya, vaya! ¿Quién ha enseñado a su hija? Nadie, señora, le sale de muy dentro coser así. Paño que cae en sus manos se convierte en algo útil.

—Qué venga a verme— ordenó la marquesa.

«Camina, hija, hacia tu futuro» le había dicho su madre cuando le entregó una faltriquera con los pocos ahorros familiares.

Subió despacio los escalones y tocó a la puerta. Una joven preciosa, con cuerpo escultural, le franqueó la entrada. Con voz inaudible dijo que quería ver al señor Cristóbal. ¿Para qué? No sé. Traigo una carta de la marquesa y ahuecando el escote del vestido la sacó y se la entregó. Con ella en la mano, pidió que la siguiera a una sala y la instó a que se sentara y esperase.

Ante ella, una muñeca de su tamaño la miraba fijamente. Regresó la joven y comenzó a vestir aquella figura que tenía unas ruedas o tornillos, no alcazaba a ver bien, que estaban medio hundidos en los laterales. Al verla con ojos de asombro, la joven la miró de reojo: «Esto es un maniquí, que sirve para hacer vestidos con la talla exacta de las clientas. Si engordan o adelgazan, aunque solo sea cincuenta gramos, pues con darle una vuelta de tuerca, ya está».

Carmen apretó el hatillo sobre sus muslos. Intentó decir algo pero había perdido el habla.

La joven trasteaba entre unas telas a las que llamó retor. ¿Sabes qué es? Con la cabeza asintió. «Es un buen algodón, mi madre la llama lienzo moreno o glasilla», se la oyó balbucear sin que su voluntad hubiese querido hablar.

—¡Vaya, sabes de tejidos!

Y declamó como si fuera una actriz, que dicha tela se usaba para la confección de enaguas, para los trajes regionales, para tapizar las partes que no están a la vista en los sofás, para forrar cortinas…

—También como trapo de limpieza— esa era Carmen interrumpiendo.

—Pues sí…— y la joven se dignó a mirarla de arriba abajo. El silencio se volvía engorroso.

—¿Eres la nueva chica de la limpieza?

—No sé… Me dijeron que viniese.

—Pues, estás en un taller de costura. En francés es «atelier».

—¡Ah!

En ese momento entró un hombre con su carta en la mano. La miró con minuciosidad.

—¿Qué sabes hacer?

—Nada.

Con esa simple respuesta sintió que él la miraba con sorpresa y simpatía.

—Tengo entendido que sabes coser.

—Eso sí.

—A ver, aquí tienes un maniquí, esta tela y este diseño. Enséñame lo que haces.

—Yo nunca he cosido sobre una muñeca, yo a la Bernarda le coloco la tela encima y con el metro al cuello, dando un poquito de aquí y otro de allá, voy cortando.

El hombre hizo un gesto a la joven para que se quedara estática ante Carmen y pudiera trabajar sobre ella.

Con la tijera en mano, los alfileres en la boca, aguja, y hebra engarzadas, se sintió en su ambiente, se olvidó de todo y demostró su saber. Con los años aprendió a enriquecer con bordados a mano, lentejuelas y pedrerías, los vestidos que debía confeccionar. Viajó a Madrid, Barcelona, París. Conoció una larga lista de mujeres de la alta sociedad y de la nobleza, siempre a la sombra de aquél, que en una mañana lluviosa, se quedó con la boca abierta al verla trabajar.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Carta de Santa Claus – Mark Twain

15 diciembre, 2016 por Akelarre 7 comentarios

Biblioteca Mark Twain

Carta de Santa Claus - Mark Twain

Mark Twain, cuyo nombre real era Samuel Clemens, nació en 1835, año en el que el Cometa Halley pasó cerca de la Tierra. En 1870 se casó con Olivia Langdon. Tuvo un hijo, Langdon, y tres hijas: Susy, Clara y Jane. Mark Twain hacía que las Navidades en su casa se celebraran de forma especial. Una de ellas, le escribió a su hija Susy, una niña de apenas 3 años, una carta haciéndose pasar por Papá Noel, misiva llena de encanto, que quizá fue escrita en la biblioteca que hoy sirve de inspiración a nuestros cuentos. Murió en 1910.
Sus obras más conocidas son El príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn.


Palacio de Santa Claus - En la Luna.

Mañana de Navidad

Mi querida Susie Clemens:

He recibido y leído todas las cartas que tú y tu hermana pequeña me habéis escrito de mano de tu madre y de tus niñeras; también he leído aquellas que vosotras pequeñas personitas habéis escrito con vuestras propias manos –incluso aunque no uséis los caracteres que aparecen en los alfabetos de los adultos, usáis los caracteres que todos los niños en todas partes del mundo y en las estrellas brillantes usan, y como todos mis súbditos en la Luna son niños y no usan caracteres sino eso, entenderás rápidamente lo fácil que es para mí leer tus fantásticas marcas y las de tu hermana sin problema. Pero he tenido problemas con aquellas que le dictabais a tu madre y niñeras, porque soy extranjero y no puedo leer el inglés escrito muy bien. Verás que no he cometido errores en las cosas que tú y tu hermana pequeña pedíais en vuestras propias cartas–, he bajado por vuestra chimenea a medianoche cuando estabais dormidas y las he entregado yo mismo, y os he dado un beso a cada una, también, porque sois buenas niñas, bien educadas, con buenos modales y las más obedientes pequeñas que he visto jamás. Pero en la cartas que dictaste había algunas palabras que no pude entender con certeza y uno o dos pedidos no los he podido cumplir por falta de stock. Nuestro último lote de muebles de cocina para muñecas se acaba justo de ir para una niña pequeña muy pobre en la Estrella Polar, en el frío país más allá de la Osa Mayor. Tu mamá te puede enseñar qué estrella es y podrás decirle: “Pequeño Copo de Nieve (ese el nombre de la niña), estoy encantada con que tengas esos muebles, porque lo necesitas más que yo”. Eso es, debes escribir eso, de tu puño y letra, y Pequeño Copo de Nieve te escribirá una respuesta. Si solo se lo dices no podrá oírte. Haz tu letra clara y pequeña, porque la distancia es grande y el franqueo muy caro.

Había una palabra o dos en la carta de tu mamá que no pude entender. Pasó con “un camión lleno de ropa de muñecas”. ¿Qué es eso? Llamé a la puerta de tu cocina hoy a las nueve en punto de la mañana para preguntar. Pero no vi a nadie y no podía hablar con nadie sino era contigo. Cuando suena el timbre de la cocina, George debe ser cegado y enviado a abrir la puerta. Luego debe volver al comedor o al armario de la vajilla y llevarse a la cocinera con él. Debes decirle a George que debe andar de puntillas y no hablar, sino morirá algún día. Entonces tienes que ir a la habitación de los niños y quedarte en la silla de la cama de la niñera y poner tu oído en el tubo para hablar que lleva a la cocina y cuando te silbe por ahí debes hablar por el tubo y decir “¡bienvenido, Santa Claus!”. Entonces te preguntaré si es o no un camión lo que pediste. Si me dices que sí, te preguntaré de qué color quieres que sea el camión. Tu mamá te ayudará a escoger un bonito color y luego me dirás todas las cosas en detalle que quieres que tenga tu camión. Luego cuando te diga “adiós y Feliz Navidad a mi pequeña Susie Clemens”, tú dirás “adiós, buen viejo Santa Claus, te lo agradeceré mucho y por favor di a esa Pequeño Copo de Nieve que la visitaré en su estrella esta noche y que debe mirar hacia aquí abajo. Estaré justo en la ventana de la bahía este y cada noche despejada miraré a su estrella y diré ‘conozco a alguien ahí arriba y me gusta ella, también”. Después tienes que ir a la biblioteca y hacer que George cierre todas las puertas que dan al recibidor principal y todo el mundo tiene que guardar silencio durante un poco de tiempo. Iré a la luna y cogeré esas cosas y volveré por la chimenea del recibidor – si es que quieres un camión – porque no podría meter una cosa como un camión por la chimenea de la habitación de los niños, sabes.

La gente podrá hablar si quiere, hasta que oigan mis pisadas en el recibidor. Entonces diles que se callen un poco hasta que vuelva a la chimenea. Quizás no oigas mis pisadas en absoluto –así que puedes ir de vez en cuando y espiar desde las puertas del comedor, y poco a poco irás viendo que hay una cosa que quieres, justo debajo del piano en la salita porque ahí lo pondré. Si dejo alguna nieve en el recibidor, tendrás que decirle a George que la barra hacia la chimenea, porque yo no tengo tiempo para hacer esas cosas. George no debe usar una escoba, sino un trapo – si no morirá algún día. Debes vigilar a George y no dejar que corra ningún peligro. Si mi bota deja una huella en el mármol, George no debe rascarla hasta que desaparezca. Dejadla ahí siempre en recuerdo de mi visita, y siempre que la mires o se la enseñes a cualquiera debes recordar que tienes que ser una niña Buena. Siempre que seas traviesa y alguien te muestre la marca que la bota de tu viejo buen Santa Claus dejó en el mármol, ¿qué les dirás, pequeño encanto?

Adiós por unos pocos minutos, hasta que vuelva a bajar al mundo y llame a la puerta de la cocina.

Tu querido, Santa Claus

Laberinto entre las flores

Cristina Vázquez

La biblioteca de la abuela Olivia

Malena Teigeiro

A través de la letra

Liliana Delucchi

El mudo

Marieta Alonso

Laberinto entre las flores

Cristina Vázquez

Para Carmen y Maria, apolíneas jardineras

Adoro estas tardes de finales de verano, le iba diciendo Hortensia a su perrita Gipsy. Saltaba con precaución de anciana cualquier dificultad del terreno, aunque fuera por un camino de arena fina bordeado de arbustos. Tocaba las flores frotando entre los dedos algunas hojas, y trataba de recordar sus nombres latinos: onoclea sensibilis, lavandula angustifolia. Hum… Asaltada por la duda la invadía una triste inseguridad, laurus nobilis. Ves Gipsy, aún recuerdo y seguía alegremente su paseo hasta llegar a su imponente casa.

Sin darse cuenta, Hortensia había envejecido con su aire de niña permanente. Resultaba sorprendente que se le fueran descolgando las mejillas y que su frente perdiera la tersura de alabastro que tanto habían admirado los poetas que rodeaban a su marido, el gran escritor, el indiscutible hombre de letras, que les abandonó para subir al altar de la inmortalidad hacía seis meses.

Ella se quedó tan sorprendida por su muerte como de verse ajada y tener que reforzar sus tirabuzones naturales con alguno postizo, y ponerse el abanico delante de la boca al sonreír, para disimular el color amarillento de su vacilante dentadura. No podía comprender cómo su amado marido le había hecho la faena de irse así, sin más. Él que siempre fue tan atento, tan considerado... La protegió de cualquier problema, tratándola como a una pequeña musa, un querido bibelot, y mimándola con la condescendencia de la hija que no tuvieron. Ella concentró su no muy despejada aunque activa inteligencia, en aprenderse los nombres de las plantas en latín por orden alfabético, como él le suplicó, y algunas noches en las reuniones de adoradores de su esposo, repetía como un monito amaestrado los interminables latinajos con la letra que decidían al azar. Parahebe catarractae, parthenocissus henryana, pasiflora caerulea…

Él la miraba con orgullo paternal y ella se recogía satisfecha, aunque un poco contrariada a veces. Algunos nombres eran difíciles de retener y se los inventaba. Ninguno de los genios que aplaudían a su marido se daba cuenta, ni se hubiera atrevido a corregirla en el caso de que lo notara. Otra de sus aficiones fue decorar la preciosa casa con esmero de bordadora.

Al entrar en el salón biblioteca, donde habitualmente se hacían estas reuniones y en el que ahora pesaba un silencio reverencial, se sorprendió de encontrar a una mujer sentada en una de las butacas. Joven, vestida con modestia, elegante en los movimientos, con una determinación en sus mandíbulas firmes y en el perfil altivo que no le resultaron extrañas.

En cuanto la vio aparecer, la chica se levantó con prontitud, disculpándose en un tono moderado y conciso por haber irrumpido sin previo aviso en su casa, pero la importancia del asunto la había impulsado a hacerlo, afirmó. Su nombre era Iris. Ella la miraba con la boca abierta y el corazón acelerado, mientras la querida Gipsy gruñía, protegida en las faldas de su ama, tan amenazante como daba de sí su diminuta garganta.

—Usted dirá —contestó en el tono más controlado que pudo, ofreciéndole que se sentara.

Así lo hizo la joven y puso sobre sus rodillas un voluminoso tomo.

—Este manuscrito me lo dio mi padre antes de morir y dijo que aquí se guardaba mi futuro.

La perrita mordisqueaba el borde de la alfombra interpretando el nerviosismo que sentía la dulce Hortensia.

—¿Y? ¿En qué me atañe a mí?

Su voz sonaba artificialmente severa y firme.

—Pues —titubeó Iris—, que su marido era mi padre.

El grito espeluznante que dio hizo huir a Gipsy y cayendo como un peso muerto sobre el respaldo, empezó a llamarla ladrona, embustera, sinvergüenza. Un par de bucles se desprendieron con inusitada violencia de su cofia. Iris se mantenía serena con las dos manos extendidas sobre los papeles donde reposaba su futuro, otra obra inmortal cuyos derechos de autor serían para ella, además de la casa cuando Hortensia tuviera a bien acompañar a su esposo en la gloria, le susurró con un soniquete de canción de cuna o de oración benéfica. Mientras Hortensia se reponía respirando trabajosamente, Iris señaló las plantas que se veían en la veranda al fondo del salón, y en una dulce melopea empezó a recitar fasthedera lizei, onoclea sensibilis, polystichum setiferum…

La pobre mujer se iba derrumbando como un pelele y un hipo incontenible la mantenía en una patética vulnerabilidad, sin poder responder nada.

El libro se llama “El laberinto de amor entre las flores”.

© Cristina Vázquez

La biblioteca de la abuela Olivia

Malena Teigeiro

La casa en la que nuestra abuela Olivia vivía, acompañada por una absurda y antipática ama, estaba en el campo. La heredó de sus padres, que a su vez lo habían hecho de sus abuelos y éstos de los suyos. Era grande, de madera marrón con muchas ventanas, tan cálida y acogedora, que el que entraba en ella no deseaba irse nunca. Estaba llena de habitaciones, salones y recovecos por los que nos permitía jugar al escondite, pero lo que más nos gustaba a todos sus nietos era que nos invitara a merendar. Nos recibía siempre en la biblioteca, tumbada en una otomana sobre almohadas y cojines iluminados con estampas de extraños paisajes, al lado de un balcón con tantas plantas, que más que una galería parecía un invernadero.

Decían que entre aquellas paredes sucedieron, antes y ahora, hechos extraños. Sin embargo, al verla tan pequeñita, como si fuera una antigua muñeca de porcelana, con su dulce rostro redondo del color del pan, nadie podría pensar que la anciana abuela Olivia fuera partícipe en ellos.

Ya éramos mayores, aunque no mucho, cuando unas Navidades la abuela invitó a toda la familia a cenar. Los niños llegamos temprano y después de jugar por la casa, nos dispusimos a tomar la merienda en la luminosa habitación llena de libros. Detrás de nosotros, arrastrando un carrito con los bollos y el chocolate, entró el ama Brígida, una mujer regordeta como la abuela, todavía más bajita, pero con la piel amarillenta, nariz afilada y un pequeño moño gris cubierto por una blanquísima cofia. Acercó el carrito a la ventana llena de plantas, se volvió y dijo:

—Señora, ya han venido.

Mis primos y yo nos miramos con esa sonrisa tonta y cómplice de los pequeños. ¿Es que no nos veía? Con sus elegantes dedos, frunciendo las cejas, la abuela le indicó que se marchara. ¿Quién ha venido? Le pregunté a Brígida cuando pasaba por delante de mí. La curiosidad no es buena, me espetó mirándome con sus ojos saltones.

—Brígida —apuntilló la abuela después de beber un sorbo de chocolate—, los que vienen no siempre son buena compañía, y, además, ya sabe, sus padres me tienen prohibido que los juntemos.

¿Pero quién viene? ¿Dónde están? Queremos conocerlos, gritábamos muertos de curiosidad y risa. Y ante nuestras protestas, el ama se dio la vuelta y atravesando la biblioteca se sentó a los pies de la otomana.

—¿Se los va a presentar? —preguntó la abuela sin mirarla, calentándose los dedos con su humeante jícara de porcelana azul.

—Ellos saben muy bien quiénes son los que están aquí y a éstos —dijo señalándonos— les da lo mismo.

Continuó diciendo que no era bueno estropearles la tarde a los otros, porque, al fin y al cabo, ellos eran los que definitivamente moraban en la casa.

La abuela se encogió de hombros y Brígida se levantó, nos miró de soslayo y acercándose a las ventanas, corrió los pesados cortinajes de terciopelo verde, casi negro. La biblioteca se quedó con la sola luz de la lámpara del techo, cuyas candelas comenzaron a titilar hasta que casi se apagaron. En aquella penumbra en la que apenas nos veíamos, despacio, mis primos y yo nos fuimos acercando hasta formar una piña. El ama volvió a sentarse en el mismo sitio.

Nos encontrábamos a la espera, en el más absoluto de los silencios, cuando comenzamos a escuchar un quejido que salía de la boca abierta, oscura como un pozo, de Brígida, que agitaba la cabeza con fuertes movimientos. La abuela Olivia, con la más inocente de las expresiones, daba besos al aire moviendo las manos, blancas, cálidas, como alas de paloma, acariciando algo que solo ella lograba ver. La habitación se inundó de risas, de imperceptibles voces y del frufrú de sedas. Una corriente de aire helado, quizá producido por los movimientos de aquellos que no veíamos, nos hizo temblar. Más temblábamos aún, cuando los libros comenzaron a salir de los estantes, y llevados por invisibles dedos, se desplazaban por la habitación. Como si estuviera sostenido por alguien, uno de ellos se colocó sobre la butaquita tapizada en capitoné. Los otros se quedaron quietos, parecían descansar sobre ausentes regazos aposentados por el suelo. Y ese alguien, una vez acomodado, emitió un leve carraspeo. Después, la voz dulce, amistosa, de un invisible joven, comenzó a leer en alto las páginas del libro que sostenía entre las etéreas manos.

Aterrados y sudorosos, pegados unos a otros, mis primos y yo escuchamos el relato de aquella voz que desgranaba las vicisitudes de un indio, cuyo triste final fue la muerte en una cueva, abrazando su tesoro, un cofre lleno de joyas.

Cuando los invisibles dedos pasaron la última hoja, escuchamos el ruido de las tapas de cartón al cerrarse. Lentamente, los libros en el más profundo de los silencios, volvieron a flotar a través de la biblioteca para colocarse cada uno en su sitio.

Y como si nada hubiera ocurrido, Brígida se levantó y abrió las cortinas. Nos miró con los turbios ojos entrecerrados y torció el gesto en algo que parecía una sonrisa. Volviéndose hacia la abuela dijo que iba a encender las luces del jardín, señora. Se estaba haciendo tarde y en cualquier momento vendrían nuestros padres a celebrar la Nochebuena.

© Malena Teigeiro

A través de la letra

Liliana Delucchi

Con sumo cuidado Daisy ingresa en la biblioteca, esta mañana tiene que quitar el polvo de los libros. ¡Hay tantos y están tan bien cuidados! Es un día soleado y la luz entra por las ventanas, se detiene en los cojines, avanza por los tapices e ilumina las plantas.

La joven se desliza por la alfombra como si no la pisara, con la respiración contenida. El señor ama esa estancia, es donde pasa la mayor parte del tiempo, lee, escribe o dormita en el sofá con algún texto entre las manos. Ella estira el mantel que hay sobre la mesa, con cuidado de dejar los volúmenes tal como estaban, el tintero, las flores. Pasea su mirada por los cuadros y se detiene ante uno en el que se ve a un hombre maduro junto a un niño, le parece que el pequeño la mira con sorna. Las voces que vienen del pasillo le recuerdan para qué ha entrado y se dirige a una de las estanterías para empezar su tarea. Un libro le llama la atención, está descolocado y eso la abruma, al señor no le gustaría. No puede contenerse y lo coge.

En la primera página ve el dibujo de un joven sentado junto a un río con unos pantalones a cuadros, chaqueta raída y está descalzo. Lleva en la mano algo que parece una rama o quizás una caña de pescar. La mira con la misma sonrisa sarcástica que el del cuadro. De pie, junto al ventanal que da al jardín, empieza a leer. De pronto, las letras parecen moverse, estirarse, como abriendo pasillos entre ellas. Se detiene ante una palabra, en realidad un nombre: Tom. Espanta una mosca que se ha posado en esa palabra de tres letras, exactamente en la mitad. No sabe si por el efecto de un rayo de sol que atraviesa el cristal o si es por las pocas horas de sueño que le ha dispensado la noche anterior, pero Daisy ve que esa “o” se agranda, se extiende a lo ancho y alto de la página y la cubre por completo. El agujero se amplifica hasta llegar al sillón, a la cristalera… Ella lo atraviesa y de pronto está a orillas de un río, junto a un árbol donde ve a un niño pescando.

—¿Tom?

Al no obtener respuesta, la joven empieza a caminar a lo largo de la ribera. Hace calor y una nube de insectos revolotea entre las ramas de los árboles; un arroyo se encamina hacia el interior y Daisy lo sigue. Termina en una charca profunda y, descalza, sumerge los pies. Es refrescante. Recostada a la sombra, se queda dormida. La despierta una sapillo sobre su empeine y venciendo el asco que le produce el animal, se desviste y se mete en el agua. Su cuerpo reacciona al contacto con el frío. De pronto, una corriente la arrastra hacia el centro y luego hacia abajo. Daisy no sabe nadar. Una masa oscura la cubre. Es el final, morir aquí, en un lugar desconocido, sin despedirme de nadie. Miedo. Silencio.

El libro se le cae de las manos, la biblioteca sigue tan luminosa como cuando entró esta mañana. Se toca el vestido, está seco, como su pelo y sus pies. ¿Tuve un sueño? Termina rápido sus tareas y cuando cierra la puerta de la casa para dirigirse a la suya, ve un niño sentado en los escalones de la entrada. Viste un pantalón a cuadros, una chaqueta raída y está descalzo. En la mano una rama o una caña de pescar. Levanta los ojos hacia la joven.

—¿Daisy?

© Liliana Delucchi

El mudo

Marieta Alonso

A mis años recuerdo haber sido feliz por un instante. Hubo un chico dentro de mi cabeza al que parecía que yo le gustaba. Nunca lo supe a ciencia cierta. Miraditas, leves rozamientos, préstamos de libros, siempre a mi vera, pero palabras de amor o algo relacionado con ese verbo, ni por asomo. En cambio, yo lo amaba. Sé que parece cursi, pero es la verdad.

Una tarde de primavera, era víspera de exámenes, nos encontrábamos el grupo de clase sentados en la hierba, cuando alguien preguntó si sabíamos lo que se prometían uno al otro en la ceremonia matrimonial. Yo sí, yo también, dijimos al unísono los dos panolis. Y mirándonos a los ojos repetimos aquello de: Yo fulanita, yo menganito me entrego a ti…, para amarte y honrarte hasta que la muerte nos separe.

La emoción que nos embargó fue de tal calibre que nuestras miradas se eternizaron por dos minutos. Cerré los ojos y me vi ante el altar, vestida de blanco y recibiendo el beso tras “Os declaro marido y mujer”.

Pasaron los años y terminamos los estudios. Se marchó a otro país. Yo seguí soltera. Nunca encontré a nadie, ni juez ni párroco, que me eximiera de aquella promesa que no fue refrendada por una firma.

Ayer, al cabo de cincuenta años, nos encontramos en la misma biblioteca, entre los paneles de marquetería. Se me cayeron los libros. El bibliotecario vino en mi ayuda, ninguno de los dos estábamos para agacharnos. Él me miraba con unos ojos desgastados por el tiempo sin musitar palabra. Sonreímos. Y fue como si nuestra promesa de amor se renovara.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

  • « Página anterior
  • 1
  • …
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • Página siguiente »

Copyright © 2026 · Agency Pro Theme On Genesis Framework · WordPress · Acceder