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El Juego de la Oca

15 octubre, 2024 por Akelarre 2 comentarios

el juego de la oca

El juego de la Oca

El juego de la oca es un pasatiempo de mesa para dos o más jugadores. Es un tablero con un recorrido en forma de caracol. Dependiendo de la casilla en la que se caiga, se puede avanzar o retroceder. Gana quien llega primero al «jardín de la oca», en la número 63.

Las originarias versiones comerciales aparecieron en la década de 1880 y estaban decoradas con motivos alusivos a la época. Se cree que el primer tablero fue regalado por Francisco I de Medici a Felipe II de España. El ejemplar más antiguo que se conoce data del 1640 y fue realizado en madera de origen veneciano.

Como en el Juego de la Oca, los personajes que se perfilan en los cuentos de este mes se enredan con las oportunidades que les da la vida…, a veces ganan y otras pierden.

Esperamos que disfrutéis con su lectura.

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

Al pasar ante un espejo o un cristal, Ambrosio no podía evitar mirarse. Siempre se llevaba una sorpresa. Le costaba reconocerse en ese hombre tonsurado, vestido de negro y de sonrisa afable. Algo parecido a la amargura le dejaba un sabor ácido en la boca.

Llevaba años siendo abad de una iglesia renombrada con feligresía numerosa y una congregación de mujeres llenas de fervor que, además de hacer el bien, se sofocaban con sus pláticas. Un santo, bisbiseaban. Un santo y un pedazo de hombre. Incluso, alguna osada, después de un oporto, se atrevía a confesar que si no llevara sotana…

Se veía obligado a ir a merendar a sus casas, que procuraba espaciar lo más posible sin que se ofendieran, situación en la que se lucían en una dura competencia de pasteles y delicias. Pero eran un buen soporte de la parroquia para otros menesteres y bondades, sin duda, se decía al alejarse de ese gallinero calentón y pesado. ¡Mujeres a él! Si fueran de otro pelo… Pero no, Ambrosio, todo eso pertenece al pasado y ese pasado, a Dios gracias y a su esfuerzo, había conseguido alejarlo. Casi olvidarlo.

Alguna noche, muy de vez en cuando, iba a la partida de cartas que jugaban en el casino o en la rebotica, pero procuraba no dejarse caer por ahí. Revivía el sabor cálido del alcohol en la garganta, la emoción de la apuesta, el sudor frío en las manos cuando ganaba. Temía perder la compostura, el control. Ya le había costado un puesto, hacía ya años, pero no quería volver a pasar por ahí, con la amenaza de que si volvía a suceder algo parecido sería expulsado de la Iglesia y quién sabe si excomulgado.

Entró en el seminario con los treinta cumplidos y un pasado turbulento a cuestas en el que no habían faltado broncas, deudas de juego, huidas, palizas, mujeres… Una vida muy poco ejemplar y en el fondo muy desdichada.

Una noche se había quedado a dormir la mona en el atrio de una pequeña iglesia. Acababa de huir de un tipejo mal encarado con el que jugó al inocente juego de La Oca, al que el hombre obligaba a apostar.

—El que llegue primero se lleva todo, y el que caiga en prisión o en la horca —se pasaba el dedo por el cuello simulando una degollación.

Le impresionó su rudeza y la seguridad que mostraba, como un matarife forzudo y decidido. Casi siempre ganaba él, tirando los dados con una precisión mágica. Ambrosio, envalentonado por el alcohol y las pérdidas, se atrevió a decirle que hacía trampa. El tipo tiró el tablero por los aires y le agarró por el cuello.

—Nadie se ha atrevido nunca a dudar de mi juego —su voz bronca apestaba a orujo—. Yo te maldigo. En este juego hallarás tu muerte.

Con la luz del día dándole en los ojos, después de la desagradable noche y el frío que pasó en el atrio, le despertaron unos golpes en el hombro y, asustado, dijo que ya se iba. El hombre que le miraba era un viejo de escaso pelo, mirada clara y sotana raída.

—Levanta, chico, que ya cantó el gallo.

Al ponerse en pie se tambaleó un poco, el sacerdote le sostuvo por el codo. Con sonrisa pícara le invitó a pasar y compartir el café. Le preguntó quién era, qué hacía, qué proyectos tenía y sin darse cuenta Ambrosio empezó a contarle su vida, más bien su deshecho de vida, concluyó agarrado a la taza ya fría.

—Pareces un buen chico, pese a lo que me cuentas —golpeó la mesa con suavidad—. Todo, menos la muerte, tiene solución.

Empezó a cuidar el jardín y don Lupercio, que así se llamaba el cura, le convenció que fuera al seminario. Así se apartaba del mal camino, podría devolver con el bien el mal hecho y siempre tendría un buen refugio en la Iglesia.

—¿Y la fe? —preguntó agobiado antes de tomar la decisión.

—La fe, hijo, llega o no llega —le puso las manos sobre los hombros—. Pero la vida sigue.

Y ahí estaba, hecho todo un abad, reconocido, admirado y hasta querido.

Una noche que aceptó la partida propuesta por el boticario en el casino, cuando llevaban ya un rato, oyó el ruido de los dados al ser movidos en el cubilete y sintió una gran aprensión. Se giró y ahí estaba ese horrible hombre, que, aunque envejecido su voz era la misma, así como el estilo de su charla áspera y tonante. Pensó que no le podría reconocer, pero cuando estuvo delante de su mesa con el tablero del juego bajo el brazo, se pasó el dedo por el cuello como la última vez que le vio.

—Esta vez no te librarás.

© Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

Llevaba en la sala de espera del Ayuntamiento desde hacía una hora. En cuanto la secretaria, pronunció su nombre, se levantó de golpe. Con paso feliz, elegante, entró en el despacho de la concejal. Esa mañana era la teniente de alcalde la encargada de recibir las visitas, cosa que a Elena no era lo que más le podía agradar. Aquella mujer tenía fama de ser muy cotilla. Mañana todos sabrán a qué he venido, pensó. ¡Le daba lo mismo! En el fondo estaba segura de que quienes la criticaban le tenían envidia. ¿Qué esperaban? ¿Acaso porque era viuda tenía que llorar una noche tras otra? Pues no. Últimamente las noches las utilizaba para disfrutar. Con una sonrisa, se subió el cuello de la camisa. Esperó a que la concejal, que escribía con verdadera atención en un papelito, levantara la cabeza. Después de unos segundos, se decidió a interrumpirla.

—Marta, no deseo entretenerte. Conozco lo ocupada que estás. Solo quiero que me des día y hora para que me case el alcalde. Quiero irme de viaje de novios antes de junio, por lo que necesito conocer, pero ya, el primer día que tiene libre.

—Bueno…, bueno. Las cosas no son así —la munícipe comenzó a colocarle la tapa a la pluma.

—Pues ya me dirás qué formulario tengo que rellenar —su voz sonó con un deje de retintín.

—No es cuestión de un formulario. Elena, tienes que ponerte a la cola, como todos en el pueblo. Pero ya te voy diciendo que hasta el mes de octubre el señor alcalde no tiene una fecha libre.

Con el bolso de charol negro encima de las piernas, Elena se llevó la mano al flequillo y se recolocó un rubísimo rizo por detrás de la oreja. ¡Qué seca era aquella mujer!, se dijo Recordó la última partida del juego de la Oca con su novio. Fue la noche anterior. Qué risa cuando le tocó la muerte. Menos mal que ella conocía cómo revivirlo. Sin borrar de su mente el resultado del juego, pestañeó con gracia. Cruzó las piernas y, con una sonrisa que la otra entendió como que le estaba tomando el pelo, añadió:

—Pues verás, bonita. No estoy dispuesta a esperar tanto, por lo que, si las obligaciones del alcalde le impiden tener diez minutos para casarme, dime quién de todos vosotros está libre. Por falta de ediles en este ayuntamiento no será. Digo.

—Elena, al alcalde le gusta ser él quien celebre las bodas.

—A mí también me encantaría. Pero si tengo que esperar hasta octubre, me da lo mismo que me case el alcalde, el ujier, o el sargento.

—No entiendo a qué tantas prisas —silabeó.

—¿Que no entiendes las prisas? ¡Ah!, claro. Ahora lo comprendo —suspiró profundo arrellanándose en el sillón.

—¿Qué es lo que comprendes? —inquirió Marta.

—Pues te lo voy a explicar: Tan poca prisa te has dado en la vida, tanta calma tienes, que te has quedado para vestir santos. Lo que tú llamas mis prisas, me hacen ir ya por el segundo marido, y eso porque no cuento a aquellos con los que solo me explayé un poco.

—Tienen que terminar —avisa la secretaria Alicia desde la puerta.

—O sea: me tienes de plantón mientas estás escribiendo algo tan importante que al menos debe ser tu testamento. Luego, cuando le pones el capuchón a esa pluma tan bonita, lo haces diciendo que no tienes fecha para mi boda, y ahora…, ¿te vas a atrever a echarme? ¡Pues sí que estamos bien! Pero no te preocupes —la señaló con el dedo—, que esto lo arreglo yo en un momento. Solo tengo que llamar a Engracia, ya sabes, la mujer del alcalde. Verás lo prontito que su hombre tiene una hora libre. O si no, mejor llamo al redactor del «Adelante Pueblo», y se lo cuento. Sí. Eso será todavía mejor.

—Mujer, no te pongas así. Espera un momento que voy a ver con calma todos los horarios.

Con la vista fija en la que Elena siempre supo era su mayor envidiosa enemiga respiraba agitada.

—¿Y con quien se casa, doña Elena?, si se puede saber —preguntó amable Alicia quien, a su lado, esperaba para acompañarla a la puerta. Ella se apoyó en el respaldo y la miró sonriente.

—Con Luis Gómez.

—Pero ¡qué me dice doña Elena! ¿Que se casa con el hombre más guapo del pueblo? ¡Qué suerte! Dicen que solo tiene un defecto, que no para de jugar a la Oca. ¿Es cierto?

Recordando las noches con el tablero encima de la cama, la mujer movió la cabeza sonriente. Para qué le iba a contar a esa niña lo que hacían cuando caía en la casilla 19, la de la posada, ¡tres noches con sus días encerrados en la casa! Aunque a ella casi le gustaba más caer en la 31, la del pozo. Tampoco estaba mal la del «y tiro porque me toca». ¡Pero qué divertido era jugar a la Oca con Luis! Nunca se lo habría imaginado, pensaba cuando le escuchó decir a la secretaria que hasta ella estaba enamorada de él.

—¡Ay, doña Elena! Cuando se lo cuente a mi madre… ¡Es que no se lo va a creer!

—Es verdad. Es muy guapo.

La teniente de alcalde se pasó la lengua por los labios. Un escalofrío le recorrió la espalda. Vamos, ni que tuviera miel en la boca, se dijo sin querer pensar en el único recuerdo que tenía de un beso.

—¿Pero no es mucho más joven que tú? —espetó la munícipe con los hombros encogidos.

—Mira que estás faltona —replicó Elena echando el cuerpo hacia delante—. Sí. No lo voy a negar, es cierto. Es más joven y mucho más guapo. Y también es un vago —al ver que Marta abría la boca con intención de contestar, levantó la mano—. No me digas nada. Todo lo que puedas decir lo sé: Tengo cuarenta años y él veintiséis. Según todos en este pueblo, estoy loca, y puede que sea así. ¿No lo estarías tú si hubieras estado casada con un borracho durante quince años? Ése del que todos decíais que era encantador y muy simpático. Los frutos de aquellos pesares ahora le servían para su boda. Sí. Sí, para casarme con ese que llamáis el tonto de la Oca y al que ninguna solterona hacéis ascos —la concejal levantó la cabeza y la miró con el ceño fruncido—. Verás que pronto lo entiendes.

La mujer apoyó los codos en la mesa, y con sus hermosos ojos bien abiertos, continuó. «Gracias a mi difunto marido, que el Señor lo tenga en su Gloria, porque a mí buena paz me ha dejado, heredé un perrito de aguas, la fábrica de papel, y el piso donde vivo. Además del chalé en Benidorm, tengo varios pisos alquilados. También poseo buenos y seguros valores en el banco. Conozco que de joven fui francamente guapa, y que a mis cuarenta todavía estoy de buen ver. ¿O no?».

—Sí. Pero la diferencia de edad…

—La diferencia de edad… ¿dices? —Marta asintió— ¿Y no crees que lo que yo aporto vale más que unos pocos años?

—Doña Marta —susurró la secretaria—, el concejal de Obras siempre anda comentando la ilusión que tiene de casar a una parejita enamorada. ¿Le pregunto qué día le viene bien?

—Pregunta, pregunta. Que podría ser que hasta quiera cambiarse por el novio —susurró la munícipe.

—Anda chica. Ese muermo te vendrá bien a ti, aunque antes tendrá que dejar a su mujer —replicó Elena airada.

—Ni de eso es capaz —susurró la secretaria mientras marcaba muy sonriente el número del despacho del concejal de Obras al tiempo que pensaba si sería cierto eso que contaban de la capa de plumas blancas que Luis se colocaba cuando le tocada eso de «de oca a oca y tiro porque me toca».

© Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

—De oca en oca y tiro porque me toca.

Maldito gordo, me va a ganar otra vez, aunque no me importa. Insiste en que juguemos todos los días a modo de terapia. No sé su verdadero nombre, lo llaman Soprano, por el protagonista de aquella serie. No sólo es grandote y fuerte, sino que fue (o sigue siendo) el jefe de una familia mafiosa.

Desde que ingresé, por algún motivo para mí ignoto, me cogió bajo su protección, y ninguno de los reclusos se mete conmigo, a veces hasta me invitan a un cigarrillo.

—Tira, hombre. Tienes que hacerlo con más ganas —ordena con ese tono bajo que lo caracteriza.

—Odio este juego y lo sabes.

—Por eso mismo, tienes que superarlo. Piensa que estás jugando con ella.

—Si por un momento te confundiera con esa puta, te mataría.

Tony esboza una media sonrisa y empuja los dados hacia mí antes de decir:

—No tienes motivos…, y yo te protejo.

—Ella nunca lo hizo.

Echa los hombros hacia atrás para enderezar su columna y golpea la mesa con los dedos, como si tocara el piano. A la espera de mi siguiente movimiento, pregunta:

—¿Fue siempre tan mala?

—Desde que era un niño. Cuando mi hermana mayor y yo enredábamos con las ollas, se acercaba y, después de gritarme que fuera a jugar al fútbol, de un manotazo tiraba todos nuestros cacharros al suelo.

Soprano me mira y menea la cabeza. Le doy lástima. En su mundo tampoco hubieran aceptado a un chico como yo.

No sé cuánto tiempo hace que está aquí ni cuánto le queda para cumplir condena. Tampoco cuáles fueron los cargos. No me interesa, es un buen amigo. Si es que se puede llamar así, pero es el tipo de relación que escasea en este entorno, por eso la valoro.

Se acerca un guardia para avisarle que tiene una visita. Será su hermana que le trae libros.

A Tony le ha dado por la psicología y en la biblioteca de la prisión es difícil encontrar libros de Freud o Jung. Y resulta que yo soy su paciente, practica conmigo. Será por eso que me cogió bajo su tutela.

Cuando regresa con unos volúmenes bajo el brazo, me ordena:

—A las seis. Mientras todos estos descerebrados estén viendo el partido de fútbol, nos encontramos en la sala de lectura.

—Allí nos vemos —respondo sumiso.

No sé cómo se ha agenciado de un par de cafés, no es la hora, pero ¿quién le negaría algo a Soprano? Dispone las tazas y lanza su primera pregunta de la sesión:

—¿Qué hacía tu padre?

—Era constructor.

—¿Y ella?

—Ama de casa, cotilla y chupa cirios.

Me mira expectante a la espera de mis palabras. Creo que sus estudios le están dando resultado.

La sala se inunda con los gritos de ¡goool!, que vienen del local donde está instalada la televisión. Tony enciende un cigarrillo a la espera de que se acallen.

—Continúa.

Obedezco:

—El día que, al regresar del colegio le dije que no iría a la universidad sino a una escuela de cocina, montó en cólera.

—Normal. Quería un hijo abogado o ingeniero, no un cocinero —reflexionó.

—Exacto. Dijo que era como ser bailarín o modisto, profesiones indignas para un hombre.

—Pero no le hiciste caso y terminaste abriendo tu propio restaurante.

—Y encima me casé con una de mis camareras. Una diosa: inteligente, trabajadora y que sabía seducir a los clientes. La hice mi socia —el recuerdo de Lucía me ilumina.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que te dejara por otro?

—Dos años…, tres. Era un cliente —tiro un dado. Tres puntos—. La verdad es que el hombre era guapo, elegante; de esos a los que la empresa les paga la comida. Dejaba buenas propinas.

Soprano mueve ficha. Da unos golpes en su casilla, expectante. Continúo:

—Me vine abajo. Bebía más de la cuenta; tuve algunas citas a ciegas, otras por internet, pero nada. Ninguna de ellas era Lucía. —Vuelvo a tirar—. Me transformé en un alcohólico y un día, uno de esos tipos que conoces en los bares de la noche me ofreció una raya.

—Y perdiste el restaurante.

—Primero pedí una hipoteca sobre el negocio, después otra sobre mi casa.

—Así fue como te quedaste sin nada.

—Exactamente. Y volví a casa de mi madre.

—¿Y tu hermana?

—Ella se había casado con un buen tío. Tenían dos hijos, no podía ir a joderles la vida.

Me da un ataque de rabia. Empujo el tablero y todo cae al suelo. No hay mucho estrépito, de haberlo, lo hubiera tapado los gritos de los futboleros.

Me levanto y recojo. Pongo las fichas donde presumo que estaban. Soprano me mira, creo notar una cierta piedad en sus ojos. Me disculpo:

—Lo siento. Jugábamos a esta mierda cada vez que yo volvía del bar cutre donde preparaba comida rápida —no levanto la vista. Me niego ver su expresión que intuyo de lástima—. Yo, un cocinero que aspiraba a una estrella Michelin, preparando hamburguesas y patatas fritas.

Tony está inmóvil. No interviene. Espera mi relato.

«Mientras jugábamos, repetía continuamente la misma cantinela: eres un inútil, siempre lo fuiste, ni para elegir mujer has servido…, y un montón de lindezas más con las que amenizaba nuestra diversión nocturna.

—Hasta que un día explotaste.

—Me di cuenta de que iba a hacerlo, por eso llamé a la policía —ahora sí levanto la vista. Lo miro a los ojos—. El funcionario que atendió el 112 no creía que iba en serio. ¿Quién llamaría para decir que va a matar a su madre?

Miro hacia la ventana por la que presumo cae la tarde. Los cristales están sucios. Lucía los hubiera limpiado. Nuestra casa siempre estaba impecable, olía a su perfume.

—Y al final, ¿aparecieron los maderos? —Inquiere el mafioso.

—Demasiado tarde, ya le había seccionado la yugular con mi cuchillo de cortar carne. Siempre los tuve bien afilados.

Soprano se echa hacia atrás en la silla, está a punto de lanzar el dado, pero se detiene. Empuja el tablero y apoya sus manazas sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

—Para nada. Estoy mejor aquí que con esa zorra amargada. Además, de no haberlo hecho, no te hubiera conocido.

—No me hagas la pelota, cocinero. Eso ya lo hace el resto de los reclusos.

Tiro el dado y esta vez soy yo quien dice con una sonrisa: «de oca en oca y tiro porque me toca». Él lanza una carcajada.

Me levanto de la silla, siento el cuerpo ligero; antes de llegar a la puerta me doy la vuelta y propongo:

—¿Mañana, después del desayuno?

© Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

Cuenta la leyenda que el juego de La Oca fue creado por los templarios en el siglo XII, inspirándose en el Camino de Santiago. Eso comentan. A mis nietas les encanta y cada tarde le dedicamos un buen rato.

Hoy los recuerdos se me agolpan. Vuelvo a aquella época cuando, muy ufano, me fui a Roncesvalles. Alquilé una bicicleta, sin acordarme el trabajo que cuesta sortear el abismo que media entre las aspiraciones y las aptitudes de uno.

Antes de comenzar el Camino entré a ver a la Virgen. Cuatro hombres y dos mujeres esperaban a que los religiosos terminaran de rezar los «laudes». Estaban sentados, cada uno en un banco, eso demostraba que no se conocían. Al finalizar los rezos, un sacerdote nos dio la Bendición.

—Venga, abuelo, te toca tirar.

Salí de la Iglesia. Cada cual tomó su camino. Me puse la mochila a la espalda, pero en vez de subirme a la bicicleta se me ocurrió que habiendo leído que la Colegiata era el único ejemplar en España del gótico francés, lo menos que debía hacer era visitarla.

Dicen que la edificó el rey Sancho VII El Fuerte, el que medía dos metros y le tuvieron que enterrar con las piernas cruzadas. ¡No cabía en el ataúd! Este rey participó en la batalla de las Navas de Tolosa y de allí se trajo unas cadenas que desde entonces forman parte del escudo de Navarra. No pude ver la famosa esmeralda de Miramamolin, ni el Ajedrez de Carlomagno. No recuerdo el motivo.

Después de saciar mi curiosidad me dirigí a Burguete, es un pueblo con techumbres a cuatro aguas. Así que seguí hasta el Espinal. Las casas son muy parecidas al anterior. Lo dejé atrás.

Ante mis ojos apareció Viscarret y aparqué cerca de una de las señales del camino. Un buen bocadillo de jamón y queso, aderezado con vino era lo que me apetecía. Con la barriga llena y cantando seguí mi rumbo. Llegué a Zubiri, nada más entrar me topé con una señal: Puente medieval y albergue de peregrinos. Lo que buscaba. Me voy a cenar. Mañana será otro día.

−Abuelo, has caído en el puente, tienes que ir a la Posada y pierdes el turno.

−¿Qué?

Siempre he tenido fama de tramposo en los juegos de mesa, pero esta vez estoy alelado recorriendo el Camino a la vez que juego.

Al día siguiente, suena el despertador a las cinco y media de la mañana. Me levanto con agujetas. Esto de pedalear tiene estas consecuencias. Continúo mi camino y encuentro a dos ancianos de unos noventa años que hablan de sus cosas. Presto atención. Uno de ellos es hermano del que fue cura durante cuarenta años en ese pueblo. Hablan de la Guerra Civil y de cómo está la juventud. El otro cuenta que su padre murió en la Guerra de Cuba.

−¡Eh, abuelo! Espabila.

Tiro el dado con desgana y caigo en la casilla de la cárcel. Tendré que dejar pasar dos turnos.

Llego al refugio de Trinidad de Arre. A los peregrinos que iban andando y en bicicleta les he perdido de vista. Yo voy a mi aire. A ver, ¿es culpa mía pararme a contemplar esas buganvillas, ese derroche de colores que encuentro por el camino?

−Abuelo, ¡despierta!

Mi hija, como siempre, mete baza, la escucho aunque habla bajo: Hay que ver lo cargantes que son los hombres. Si no fuera porque debemos perpetuar la especie se podría prescindir perfectamente de ellos.

No me molesto en contestar. Tiro el dado y con tan mala suerte caigo en la casilla de la Calavera: tengo que volver a la casilla número uno.

−Abuelo, ¿qué te pasa, hoy?

−Es que estoy pensando en el cantar de los ríos, en las iglesias románicas donde se escucha el silencio, en la tierra reseca que aguarda la tormenta...

Mi prosa poética ha sido interrumpida por un grito atronador:

—¡He ganado! —y frente a mi deteriorado oído, chilló— ¡Soy la mejor!

Es la mayor de mis nietas que es idéntica a su madre. La pequeña se tiró al suelo y se echó a llorar. Y yo, de pronto, no me explico qué me ha pasado. ¿Cómo es posible que me haya dejado ganar?

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Comentarios

  1. Elena dice

    18 octubre, 2024 a las 17:13

    Cristina,gracias!,,, Me encantaba jugar a la oca y ahora me encanta
    leer vuestras historias,os merecéis un premio!,,,,,,,,,
    Elena.

    Responder
  2. Cristina Vazquez dice

    18 octubre, 2024 a las 22:14

    Gracias Elena. Me encanta lo del premio… Habra que darle una vuelta a ver si nos lo da algún despistado.
    Bss
    Cristina

    Responder

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