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Juego de té

15 febrero, 2025 por Akelarre 1 comentario

El juego de té
Foto cedida por el Zarzo Dorado A Coruña

Un juego de té de porcelana inglesa

Según una leyenda, al emperador chino Shennong se le cayó una hoja seca en su taza y comprobó que aquella hoja le daba al agua caliente un sabor mejor.

A partir de ese instante se comenzaron a necesitar utensilios especiales para preparar tan rica bebida. Y fueron ellos, los chinos, los primeros en elaborar teteras y tazas de cerámica y barro con forma de cuenquitos. Más tarde, la aparición del caolín dio paso a la creación de finísimas tazas de porcelana, que llegarán a Europa a finales del siglo XVII. En Gran Bretaña, se incorporaron el platillo y el asa.

Hoy, un precioso juego de té de porcelana inglesa Mason’s es el motivo que inspira nuestros relatos. Esperamos que los disfrutéis bebiendo esta deliciosa infusión.

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

Al abrir el paquete que había llegado a Correos, tuve que vencer el mal humor que me invadía. Tenía trabajo pendiente: en la Universidad terminar unas evaluaciones, en casa lo de siempre, y además desmontar los adornos de Navidad. Ya era principios de febrero y el abeto artificial seguía intacto con unas brillantes bolas que pedían un rescate. O eso pensaba, cada vez que pasaba delante tratando de desviar la mirada. Lo juro, de este fin de semana no pasa, soltaba en voz alta sin mirar al árbol.

Y ahora el paquetito de Correos, cuya fecha límite de recogida era precisamente esa tarde lluviosa y desapacible. Al abrirlo, en un momento de soledad que pude rescatar de deberes familiares, me quedé muy sorprendida. Un juego de té que me enviaba una señora por expreso deseo de mi tía Enriqueta. ¡Dios mío!

Tuve que hacer un esfuerzo para recordar la última vez que la había visto. Nunca tuvieron mucha relación, pues además de ser dieciséis años mayor que mi madre, vivió mucho tiempo fuera. De lo que sí era consciente es de que nunca se hablaba abiertamente de ella. Había un velo de misterio.

Ahora, viendo la delicadeza de las piezas de aquel juego de té, se me removieron lejanos recuerdos de alguna merienda en casa de la abuela con esa misteriosa tía y la extraña sensación que sobrevolaban aquellas situaciones. Aunque fuera una niña, notaba la inquietud de mi madre que no paraba de echar ojeadas al reloj y me hacía prometer que no le dijera a papá ni a los hermanos donde habíamos estado. Era un secreto entre chicas, sonreía nerviosa cuando volvíamos.

También ahora, mientras desenvolvía las piezas, me acordé que ese era el juego de té con el que merendábamos. La abuela decía que tenía que ser para mí, le tocara a la que le tocara,  era un recuerdo de familia. Después de un rato de besos, arrumacos y regalitos que me hacían la abuela y mi tía, las tres se enfrascaban en largas conversaciones en las que se intuían desacuerdos y disgustos, dichos en voz más baja para que no me enterara. Si la conversación subía de tono, se interrumpía por algunos chs, chs, de mi madre para que bajaran la voz y la abuela, con mucha dulzura, me indicaba:

—Carola, preciosa, vete al planchero un ratito o dile a Jacinta que te enseñe a hacer galletas.

Era perfectamente consciente de que en ese momento empezaba lo bueno. Dejaban de hablar en voz baja y hasta mí llegaba algún que otro tono destemplado y alguna vez hasta un portazo. Jacinta y yo nos mirábamos.

—En cuanto llega la señorita Enriqueta, el follón está asegurado —me confesó una tarde.

—¿Por qué? —Le pregunté.

Porque sí. Era una lianta, y se puso un dedo sobre los labios. Las niñas buenas se quedaban calladitas y ella no había dicho nada. ¿Estaba claro? Yo afirmaba envuelta en una mezcla de miedo y curiosidad. ¿Qué sería una lianta?

Esas meriendas no se repitieron. Mi abuela murió y la vi en el entierro, como un fantasma vestido de negro y un tanto alejada. Mi madre la miraba con disimulo, pero mi padre la cogió del brazo, le murmuró algo y se dirigieron a paso rápido al coche. Cuando pregunté si era la tía Enriqueta, se miraron y balbucearon, que sí, que era ella. Luego cuando insistí por qué no venía con nosotros y estaba tan lejos, con cierto enervamiento me aconsejaron que no preguntara cosas que solo incumbían a los mayores. No sabía lo que significaba incumbir, pero me callé.

Pasaron los años y no la volví a ver. Cuando le preguntaba a mi madre por ella, con ternura unas veces, otras con melancolía, me confesaba que no sabía por dónde andaba. Una tarde de invierno me dijo que la echaba de menos, que a lo mejor tenía que haber intentado verla más, pero que mi padre se negaba. Había hecho cosas tremendas. Recuerdo su expresión de desvalimiento. Pero era tan simpática, tenía tanta imaginación que hasta se hizo un traje con una cortina. Estar con ella siempre era divertido y, además, cuando tenía dinero, era muy generosa.

—Ha tenido una vida muy diferente y tu padre la ha sacado de muchos apuros.

—Es una lianta —le dije yo a modo de consuelo.

—Sí, eso era —sonrió con dulzura.

Luego supe que ese juego de té fue casi lo único que consiguió conservar de los innumerables embrollos que había sido su vida.

© Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Separó el visillo. El jardín aparecía envuelto en la triste niebla del atardecer, lo que la alegró. Esas tardes a Carmen Guijarro le gustaba invitar a sus amigas a tomar un té. Sus risas, charlas y cotilleos le levantaban el ánimo. Porque Carmen Guijarro se quedó viuda a los dos años de casarse, y su única hija, Carmencita, tuvo la idea de casarse con uno de Nueva York, por lo que la veía poco. Tenía que reconocer que se encontraba muy sola. Aunque la casa en la que vivía, heredada de sus padres, era preciosa. Y el jardín… Esos árboles casi centenarios envueltos en niebla, esos parterres de flores… ¡Cómo lo envidiaban todos los vecinos! Demasiado antigua, eso sí, y muy grande para vivir en ella una sola persona. Eso también.

Dejó caer la cortina y le echó el último vistazo a la mesa. Las flores, como siempre en los jarrones chiquititos de Christofle. Su criada, Juliana, había colocado el juego de té de porcelana inglesa Mason’s, y la cubertería de plata inglesa. Estiró una imaginaria arruga del mantel de hilo blanco bordado. Todo perfecto. En cuanto las oyó entrar en el jardín, se acercó de nuevo a la ventana. Lo hacían con el jaleo de siempre, sobre todo la alegre Ana, que a pesar de sus años continuaba riéndose a carcajadas. Si no fuera por su edad parecería que volvían del colegio. Menos mal que Juliana llevaba trabajando para ella años y años, y ya todo lo encontraba natural. Entró como niñera de su hija, luego, cuando Carmencita creció, se quedó en la casa para hacer lo que fuera.

Después de besarse, las amigas se sentaron a la mesa. Inclinando la tetera, Juliana dejaba caer el rubio líquido en las tazas. Adela, como siempre, tenía que diferenciarse. Pensando que nadie la escuchaba, pidió una copa de oporto. Debía tener cuidado. Más de una vez entre ella y su criada tuvieron que subirla a su coche y llevarla a casa. Con lo que incordiaba eso. Y no era por el hecho de tener que salir, sino porque al día siguiente tendría que llevarle el suyo, y para eso debía pedirle a Domingo, su vecino, que la acompañara. Si no, cómo iba a volver. ¿Andando? No. Prefería aguantar al pesado de su vecino.  Si Gerardo, el marido de Adela, se enteraba de que había vuelto borracha… No lo quería ni pensar. El hombre era muy mal educado y la hubiera liado. Podre Adela, ¡lo mal que le iban las cosas matrimoniales! Después Juliana sirvió el té a Elena. Continuó con Berta y, por último, llenó la de Antonia. Quizá, si Adela comiera un poco… Era cierto que estaba extremadamente delgada. Y claro, enseguida el oporto se le subía a la cabeza. Con especial elegancia, Elena se sirvió un pequeño sándwich de pepino. ¡Por favor! Tienes que decirme cómo los hacéis. Están buenísimos. Berta, cuéntame, cómo está tu hijo, preguntó animosa. Ya sabes. Está en la peor edad, y sus amigos… En fin, qué os voy a contar. No te preocupes, ya verás cómo consigues enderezarlo. Y si se fue de casa…, volverá. Ya sé que la culpable de todo fue esa jovencita con la que se quiere casar. Lo cierto, Berta, es que tú y tu marido tendrías que pensar dos veces antes de hablar de esa joven. Total, al parecer, el único defecto que le veis es que no es de familia importante. Ya sé, ya sé, que os merecíais una nuera mejor, pero la niña, a la que vi el otro día en el mercado, parece educada. Desde luego, es muy dulce y cariñosa. Y a tu hijo se le veía tan feliz. Por cierto, me dio recuerdos para todas vosotras. No, Berta, para ti no. Solo para ellas. Elena, no seas tan indiscreta. Todas conocemos a qué se dedica la madre de esta niña. Esa tiendecita que regenta tiene cosas muy monas. Sin ir más lejos, el otro día me compré el bolso que llevaba el domingo. Y a todas os gustó. Sí, es cierto que fue la novia de Enriquito la que me invitó a entrar en la tienda de su madre, “Cosas bonitas”, se llama, y a tu hijo, repito, se le veía muy feliz. Ya sé que te gustaría celebrar una boda como las de los otros, pero ¡chica!, no se puede tener todo en la vida. Lo que tú digas. Si fuera hijo mío, no dejaría de hablar con él. Si alguna posibilidad hubiera de que la parejita se deshaga, con vuestra oposición tan solo conseguiréis anularla.

Por favor, tomad algo. El dedo de Carmen Guijarro señalaba las bandejas llenas de pastelitos y bocadillos. ¡Ya me veo comiendo todo esto durante días y días! Pero no hablemos más de ellos, que nuestra conversación te está amargando la tarde.

 

Después de cerrar la puerta de la última interna, Mari se dirigió hacia el despacho de la directora.

—¿Se puede? —asomó la cabeza por la rendija.

—Pasa, pasa. ¿Necesitas algo?

—No. Tan solo quería decirte que ya las hemos levantado a todas. La de la habitación 38, doña Carmen Guijarro, me preocupa. Esta mañana está muy agitada, diría que incluso un poco febril. Creo que habría que darle algo que la serenara.

—Gracias, Mari. Ahora mismo llamo al doctor para que le eche un vistazo.

© Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

A su regreso de Londres, Maricarmen (ahora Mamen) organizó un té para sus amigas. El motivo era hacer partícipes a sus vecinas del nuevo juego de porcelana y demostrar que ella sí era conocedora de las reglas del saber estar y cortesía a las que todas querían acceder.

El complejo se construyó unos treinta años antes, cuando cierta cantidad de parcelas fueron declaradas urbanizables y un grupo de jóvenes parejas invirtieron todos sus ahorros en las casas de sus sueños. A medida que los propietarios ascendían en la escala económica, el barrio creció. Las construcciones (en un principio básicas) se fueron transformando en caserones como las que sus dueños descubrieron en las revistas de arquitectura y cotilleos. Llegó el momento en que la urbanización se cerró con vallas y hasta pusieron una garita de seguridad. Allí no iba a entrar nadie más, sólo los fundadores, como en las películas estadounidenses llaman a los peregrinos del Mayflower.

A medida que tenían hijos, estos iban a la misma escuela, practicaban deportes en el mismo club que sus padres y vecinos, y celebraban cumpleaños, bautizos y comuniones juntos. Una verdadera comunidad de amigos.

Las mujeres, por su parte, una vez liberadas de los trabajos que en su momento las encumbraran económicamente, se dedicaron a la vida social. Por supuesto, sólo entre las que vivían dentro de la verja protectora, transformando el complejo en una sociedad endogámica donde las rivalidades, infidelidades y rencores parecían no tener fecha de caducidad.

Las primeras comenzaron con los estilismos: quién se había hecho el mejor lifting, el corte o color de pelo más elegante o los atuendos más fashion. Siguieron con la seducción al marido de otra o con el profesor de tenis, salvo en el caso de Piluca (ahora Pilar), quien, dada su condición de hipocondríaca, se decantaba por los médicos del ambulatorio, además de por el marido de Constanza, con quien mantenía una relación por todas conocida.

Luego siguieron las competencias sobre quién era la más refinada y por ello Mamen había organizado el té del jueves por la tarde. Como ya se dijo, necesitaba lucir la porcelana comprada en Reino Unido para que las demás pudieran ser conscientes de hasta dónde llegaba su exquisitez.

La primera en llegar fue Pilar. Se desplomó sobre un tresillo y sacó el abanico para dar aire a un rostro rubicundo causado por el malestar que le produjo la visita al doctor Fernández, un verdadero adonis y su último amor, sin olvidar al cónyuge de Constanza, por ignorar sus síntomas.

—Insiste en que no tengo nada, que son obsesiones  mías, pero me encuentro cada día peor —casi gritó mientras se acomodaba entre los cojines—. Estoy a punto de ponerle una denuncia por mala praxis.

El resto de las ami-vecinas se mantuvo en silencio, acostumbradas a las angustias de Pilar sobre sus posibles enfermedades.

La última en llegar fue Constanza.

—Lo siento —se excusó—, he tenido que pasar por la casa de mi padre quien, como sabéis, ha fallecido, para recoger algunas cosas antes de venderla.

Lo que no dijo fue que en el garaje, entre las herramientas del jardín de su desaparecido progenitor, encontró un frasco de estricnina que el anciano utilizaba para exterminar animales dañinos, en una época en que la venta de dicho veneno era legal. Y…, que lo llevaba en su bolso.

De pronto, la puerta se abrió para dejar paso a un hombre bastante guapo.

—¡Sorpresa! —Gritó el recién llegado—. He pensado que vuestro té necesitaba una tarta—. Dijo depositando una caja sobre la mesa.

Asombradas, las allí reunidas levantaron los ojos hacia el intruso. Su esposa, Constanza, lo miró con odio.

—Tu  marido no tiene buen gusto — susurró la dueña de casa a la reciente huérfana.

—Desde luego que no—. Respondió ésta mirando sucesivamente a su marido y a Pilar.

—Bueno, me marcho, —continuó Tomás— aunque  me gustaría probar esta exquisitez—. Y dio un sorbo a una de las tazas.

Finalmente, y para la tranquilidad de todas, el entrometido se fue tras una reverencia fuera de lugar.

Cuando Pilar bebió su último trago de té, empezó a manifestar rigidez en la mejilla izquierda y a respirar con dificultad. Acostumbradas como estaban a sus numeritos de enferma imaginaria ninguna de las presentes le hizo caso. Eso cambió cuando extendió las piernas por debajo de la mesa, pataleando como si intentara nadar y, cogida del mantel, tiró el juego de porcelana. La tumbaron sobre la alfombra y llamaron a emergencias.

—Me marcho —dijo Constanza—, tengo demasiadas cosas que hacer como para soportar el show de esta histérica.

Subió al coche, pero antes de dirigirse a la clase de yoga, se detuvo un momento ante el despacho de su marido y dejó caer el frasco de veneno vacío en el cubo de basura.

—Dos por el precio de uno —murmuró.

Se ajustó el cinturón de seguridad y arrancó.

© Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Por la puerta siempre abierta se asomaba la cara de un niño. Sus ojos, negro azabache, brillaban repletos de risas. En el establo que estaba a pocos metros, una vaca pateaba el suelo y otra estaba acostada sobre la hierba. Hasta él llegaba un penetrante olor: la mezcla de paja y estiércol.

Se oyó la voz de la abuela llamando a desayunar. Era el día de su cumpleaños. A mediodía irían a celebrarlo a casa de la tita Ofelia. Le encantaba comer en casa ajena. La abuela siempre hacía cocido, pero su tita, no. Al primero le llamaba aperitivos: queso, jamón, lomo, aceitunas, ensaladilla rusa… Todo le gustaba. Luego le ponía en el plato un inmenso filete de ternera que el abuelo cortaba a cachitos. De vez en cuando, el anciano le robaba uno y él hacía como si no lo hubiera visto. Por fin el postre: arroz con leche. Y el primer regalo. No sabía cómo se las ingeniaba, pero tita Ofelia siempre acertaba con lo que él más deseaba y eso que estaba en una silla de ruedas. El regalo de los abuelos era muy barato, cientos de besos. Lo demás eran malcriadeces, comentaban.

Luego volvían a la finca para recibir la visita de su tío Ramón y su tía Hortensia, las dos cuñadas se toleraban. Y lo mejor de todo, la llegada de sus cinco primos. Recibía más regalos y a jugar. Era feliz entre tanta gente, entre tantas emociones.

Pero aquel cumpleaños terminó en desastre. Uno de los primos corriendo tropezó con la mesa y el juego de té, la joya de la familia, se hizo añicos.

Han pasado muchos años. Y todavía recuerda la expresión de terror de la tía Hortensia y el grito de la abuela ¡Dios mío! Desde entonces detesta el té. Bebe café.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Comentarios

  1. Elena dice

    19 febrero, 2025 a las 17:50

    Cristina, disfruto leyendo vuestras historias!
    Como disfruto pintando porcelana todas las semanas.
    Gracias a las cuatro por hacerme disfrutar leyendo.
    Elena

    Responder

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