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La cascada

15 julio, 2025 por Akelarre Deja un comentario

Cascada Fervere da Graña

Fervenzas

Galicia es la puerta de entrada a frentes con abundantes lluvias. Estos, además de regar umbríos bosques, forman multitud de torrentes y manantiales que horadan piedras y no dudan en saltar de una altura a otra, formando cascadas, allí denominadas fervenzas. Esta palabra, procedente de la latina fervere, que además de hirviente, en sentido figurado, significa violento e impetuoso, sin duda, corresponde a la espuma que levanta la fuerza del agua al caer, espectáculo que dio paso a multitud de leyendas.

Las mágicas fervenzas son, este mes, la puerta de entrada a la imaginación de nuestras escritoras.

El Salto del Ángel

Cristina Vázquez

La damita de agua

Malena Teigeiro

Cristina

Liliana Delucchi

Una cascada para nosotros

Marieta Alonso

El Salto del Ángel

Cristina Vázquez

Era un chico silencioso, reservado. Su mirada tenía una cualidad de ausencia. Si conseguías mantenerla por un breve espacio, te atrapaba en una profundidad acuosa, insólita, en la que resplandecía cierto humor alejado de la broma o la alegría. Era un humor particular, ajeno a lo que sucedía alrededor, igual que si tuviera una revelación de realidades inalcanzables.

Su madre lo contemplaba con una zozobra que le hacía mantener la boca un poco abierta cuando se quedaba pensando. La cerraba de golpe y afirmaba:

—Nunca pensé que el nombre que le puse le iba a ir tan bien.

Esa afirmación de haberle llamado Ángel, le resultaba un pequeño ensalmo que le calmaba la inquietud de ver a ese niño que crecía tan bello y ajeno a lo que le rodeaba. Un príncipe. No entendía cómo había echado al mundo ese ser tan especial, cómo dio a luz esa perfección de criatura. Pero, bien es verdad, que el chico no jugaba al futbol, ni tenía muchos amigos. Le gustaba dibujar. Iba a ser ingeniero, a construir puentes y presas de agua. Colgaba en su cuarto fotos y posters de cascadas, de lagos inmensos. Veía reportajes de lejanos países en los que no se apreciaba las dos riberas del rio, inmensos como mares, el Madalena, el de la Plata, el Misisipi.

Su amiga era Clara, una chica que vivía en la planta baja de su edificio y desde pequeños, cuando jugaban en el patio, se comprendieron y quisieron. Ella también era silenciosa, diferente. Las madres comentaban, pinzadas siempre por la inquietud de tener esos hijos especiales, que cuando estaban juntos parecían alcanzar una fortaleza extraordinaria. Esa amistad cuando crecieron siguió inalterable y cada vez más definida.

Al llegar el buen tiempo les gustaba escaparse al río cercano. Descubrieron una cascada que consideraron como suya. Al comentarlo en su casa, la mirada de los padres fue inquieta.

—No se te ocurra acercarte a ella —le exigió el padre a Ángel—. Está maldita.

Fue tan violenta la aseveración que el chico se quedó pensativo. Su padre era un bruto, no había más que ver la rudeza de sus gestos y palabras. Nunca en sus dieciséis años le había oído nada que le resultara interesante. Todo eran quejas y advertencias de peligros por doquier. No comprendió cómo su madre se había podido casar con ese hombre tan basto e intransigente. Así que la advertencia del peligro de la cascada no fue más que un estímulo para volver a acercarse.

Le contó a su amiga Clara lo dicho por el padre, tontería de rústico, leyendas de ignorantes y acordaron acercarse a verla la siguiente tarde. Al llegar se sintieron fascinados una vez más por su belleza y el esplendor de la misma. Mientras paseaban por el borde, Clara tropezó, y de manera inesperada fue arrastrada por el agua. Ángel dudó si tirarse, pero decidió bajar hasta el lecho del río y ahí la vio agarrada a una rama, sonriente, tranquila.

—Es maravilloso, tienes que hacerlo —él la ayudaba a salir—. Te olvidas de todo y es una sensación como si te envolviera lo más dulce, lo más agradable que nunca hayas vivido.

Guardaron el secreto y a los pocos días fueron decididos a repetir la experiencia. Emocionados, subieron no sin dificultad al borde superior de la cascada. Se dieron la mano y saltaron.

Cuentan que ella volvió a surgir feliz de entre las aguas y buscó a Ángel sin descanso. Gritó su nombre con desesperación hasta el amanecer. Nunca volvió a verlo. Unos dicen que lo llevó el agua a otro pueblo, otros que vivía bajo la cascada y desataba con furia las crecidas del río. Otros que se había matado. Nunca encontraron el cuerpo ni rastro del chico.

Cuando hacía un año de su desaparición, alguien dijo que había visto una hermosísima figura azulada, igual que Ángel, saltando desde la cascada. Este hecho se repitió y cada vez venía más gente en esa fecha.

Clara se quedó a vivir junto al río y en la fecha señalada, con los ojos llenos de culpable nostalgia, anunciaba el salto de su amado.

Dese entonces esa catarata se llama el Salto del Ángel.

© Cristina Vázquez

La damita de agua

Malena Teigeiro

Le gustaba el ruido de la cascada. Le emocionaba la humedad que se le pegaba a la piel como si fuera un calabobos. Los líquenes y musgos de las piedras en las que se solía sentar eran para ella más suaves que el mejor almohadón.

Esa tarde, Bárbara, como tantas otras, corrió a verse con Pedro, quien, aunque nadie lo sospechara, era su novio. Se querían desde siempre. Apenas unos meses después de que él viniera al mundo en Forcarei, había llegado ella. Se habían criado juntos, y juntos se enamoraron. Él le juraba que la amaba sin condiciones, que la iba a querer día tras día, noche tras noche hasta que, sin soltarse de la mano, los dos llegaran al cielo.

Aquella tarde, Bárbara caminaba nerviosa. Habían quedado allí arriba, justo donde entre laureles, robles, castaños y nogales, comenzaba a caer el agua de la fervenza Da Graña. Llegó temprano y esperó nerviosa. Cuando lo vio aparecer entre los rayos de sol que se colaban entre las ramas del bosque, se emocionó. Le parecía tan apuesto, tan guapo que no llegaba a entender que se hubiera enamorado de ella. Cruzó las manos, frías, temblorosas, y se acercó a la boca los mismos dedos que él besaba. Pedro, como siempre, cruzaba el rio saltando de una losa a otra. Lo hacía sin miedo a resbalar por las húmedas piedras llenas de musgo. Ella lo vio atravesar la bruma de la cascada como si fuera el sol formando con su luz un arco iris. En medio de aquellos colores, Pedro le pareció un ángel llegado del cielo. En cuanto Bárbara lo tuvo delante, lo abrazó. Lentamente, le susurró al oído que se tenían que casar, porque estaban esperando un hijo. Sintió entonces que los dedos del joven la agarraban con fuerza los hombros separándola. Vio en sus ojos la furia, el deprecio, la inquietud. Luego lo escuchó reírse. ¿Casarnos? ¿Tú y yo?, reía. Él tenía que ir a la universidad, vivir la vida que le correspondía a sus años. No. Mejor sería que se hiciera a la idea de que nunca lo harían. Bárbara intentó soltarse, pero él continuaba agarrándola ahora por el cuello, con más fuerza. Sujetándose a su cintura, la muchacha lo sacudió. Ambos resbalaron y cayeron arrastrados por la furia del agua. Durante su caída, él gritaba mientras ella rezaba por la vida de su hijo. Era tan ansioso su ruego, que Nuestra Señora la escuchó.

Por más que los buscaron, nunca nadie encontró sus cuerpos.

Un día alguien comenzó a hablar del espíritu de una damita que vivía entre las aguas de la fervenza. De que cuando el sol al atravesar la bruma formaba un arco iris, se escuchaba el desesperado llanto de un hombre. También se decía que se podían oír los cánticos de la damita. Y que desde que los cuerpos de ambos fueron tragados por las aguas, hacía tanto tiempo que ya nadie recordaba si fue en verano o en primavera, ella en aquella canción agradecía a Nuestra Señora de las Aguas Santas que no hubiera permitido que su hijo muriera. También se cuenta que desde entonces el espíritu de la Bárbara vive feliz entre los musgos y las flores, entre los carballos y los nogales. Y también se dice que Nuestra Señora jamás le permitió a Pedro acercarse a aquella bellísima mujer que se pasea entre las aguas con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro

Cristina

Liliana Delucchi

Mi prima siempre tuvo un toque de magia. Es sólo mucha imaginación, debería centrarse más en sus estudios, decían los mayores. Es verdad que no era muy buena alumna, sus notas no eran para enmarcar, pero lograba pasar de curso, aunque fuera por los pelos.

Era la mayor de nuestra generación y, aunque yo fuera la pequeña, me hacía caso. La admiraba. Su belleza, grandiosa y a la vez etérea, me llevaba a verla como a un hada que se paseaba por del jardín. Su eterna sonrisa, como si nada le importara demasiado, nos hacía sentir lo más transcendental del mundo.

Pasábamos los veranos en la casa familiar de la playa. Compartíamos habitación y por las noches, cuando estábamos seguras de que todos dormían, salíamos al patio y a veces nos escapábamos hasta la orilla del mar para «cazar estrellas». Sentadas sobre la arena húmeda y fría, elegíamos la que más nos gustara. Con las manos extendidas y movimientos circulares, las acercábamos a nuestro pecho. Entonces, con los ojos cerrados, yo sentía la luz de Venus (era mi favorita) expandirse dentro de mí y llenarme de un aire azul que me duraba hasta regresar a casa.

Con el tiempo, Cristina me enseñó a pintarme las uñas, escribir cartas a mis posibles novietes y enjugarme las lágrimas cuando éstas no eran respondidas. No se hartaba de mis preguntas ni de que la siguiera a todas partes. Lo que nunca logró fue que montase en bicicleta ni perdiera el miedo al agua. Por esto último es por lo que aún no comprendo cómo le dije que sí cuando, ya casi ancianas las dos, propuso que hiciéramos una excursión a las cascadas.

—Lo he visto en internet —dijo cuando me llamó por teléfono—. Es una ruta maravillosa, en medio de bosques magníficos y el ruido de manantiales casi tapa los cantos de los pájaros.

Fue como volver a los viejos tiempos, ella dirigía y yo iba detrás.

Con un andar un poco más lento del que llevábamos cuando nos escapábamos a la playa, llegamos hasta un salto que permitía entrever las rocas del fondo.

—Mira —susurró a mi oído—, después de la cascada hay una especie de cueva. Podemos bordear el chorro y sentarnos para verla desde el otro lado.

Le recordé mi temor al agua, pero Cristina me cogió de la mano, como cuando yo era pequeña y ella la adolescente que me guiaba por la vida, y tiró de mí.

No sin esfuerzo, atravesamos las ramas de los árboles y plantas de un verde incomparable hasta pasar por detrás del chorro. Allí no sentamos, miramos a través de la nube que se formaba ante nosotras y estiramos la mano.

Esta vez no eran estrellas, eran gotas que brillaban tanto como aquellas que atrapábamos durante nuestras escapadas nocturnas. Con el movimiento circular tantas veces repetido para atrapar luceros, cogimos esas gotas de arcoíris que llevamos a nuestro pecho. Las camisetas terminaron empapadas, pero nuestras risas se podían escuchar a través del tiempo, a ese espacio en el que teníamos que volver en silencio para no despertar a la familia que nos creía durmiendo.

© Liliana Delucchi

Una cascada para nosotros

Marieta Alonso

Mis padres eran tan excéntricos que les gustaba más la naturaleza que el asfalto. Cuando se casaron fueron a vivir muy cerca de este salto de agua, el más recóndito, el más alejado, el más hermoso lugar que ojos humanos vieron. Pasaba inadvertido hasta para las autoridades por su difícil acceso. Allí decidieron vivir a lo Robinson Crusoe. Taparrabos en verano y vestidos de cuero para los días de frío.

Cuando tomaron aquella decisión, mi padre, tan pragmático como siempre, ni maleta se llevó. Mi madre, soñadora, llevó consigo todos sus libros, zapatos de tacón, collar de perlas y los regalos de boda, hasta aquellos que estaban repetidos, por si se presentaban tiempos de vacas flacas. Aprendió a hacer conservas con todo lo que sobraba de la época de cosecha.

Al principio se alojaron en una cueva hasta que con sus manos levantaron su casa a base de piedras, troncos y tejas para el techo. Lucharon contra la vegetación, contra algunos animales salvajes y crearon una forma de vida autosuficiente, como cazadores-recolectores. La agricultura, la pesca, la caza, el ganado no tenían secretos para ellos. Trabajaban sin descanso.

Los hijos fuimos naciendo. Una o dos veces al año íbamos a la civilización, y allí se vendía a la vez que se compraba todo lo necesario.

Soy la número veinte de los hijos que tuvieron.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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