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La ópera

15 enero, 2024 por Akelarre 5 comentarios

Cuentos sobre ópera

Un centenario de lujo

Hoy, Nuevo Akelarre Literario lanza sus campanas al vuelo. Y no es para menos, queridos lectores, porque esta es la entrega número 100 de nuestra revista. Durante todo este tiempo hemos intentado (y esperamos haberlo logrado) llevaros a ese mundo mágico que crean las palabras. Y queremos celebrar nuestro centenario con vosotros por todo lo alto con un gran espectáculo: La Ópera.

Si bien sus raíces se encuentran en el teatro griego, la ópera propiamente dicha nació en 1597 en la corte de Florencia como iniciativa de un grupo de eruditos y músicos conocidos como Camerata Fiorentina, y alcanzó su consolidación en la Venecia del XVII, convirtiéndose en una forma de entretenimiento popular que se presentaba en teatros públicos. Se considera que la primera ópera es La Dafne, de Jacopo Peri.

Dicho estilo operístico se extendió por toda Europa. Desde entonces se ha desarrollado de forma paralela a las diversas corrientes musicales que se han sucedido a lo largo del tiempo hasta nuestros días.

Este mes se ha colado en la imaginación de nuestras escritoras con la historia de un tenor cuya pasión por cantar en Alla Scala lo lleva a negociaciones increíbles; un indigente que recuerda su paso por el escenario; una mujer que encuentra la esperanza en un aria y un niño que ama la música por encima de todo.

La foto que ilustra la serie de cuentos de este mes, corresponde a la puesta en escena de Aída en la Arena de Verona.

Y se cayó la luna

Cristina Vázquez

El juramento

Malena Teigeiro

Un epílogo italiano

Liliana Delucchi

Quién es tu hermano

Marieta Alonso

Y se cayó la luna

Cristina Vázquez

A mi amigo Juan, por siempre la música.

Yo vivía cerca del Teatro Real. Madrid era entonces una ciudad más bien pequeña y los chicos jugábamos en la Plaza de Oriente o en las orillas del Manzanares. Casi no había coches y todos los del barrio nos conocíamos.

El señor Anselmo trabajaba de tramoyista en el teatro y como sabía que me gustaba mucho la ópera, cuando no estaba el jefe y tenía ocasión, me avisaba para que fuera a los ensayos. Sobre todo, cuando venía algún tenor conocido como Gayarre o una diva como la Patti. Me acurrucaba tras el escenario desde un sitio en el que podía observar el ir y venir de los del coro, de las bailarinas, de los que ponían el decorado. No llamaba la atención porque como no abultaba mucho, casi podía quedarme disimulado entre los bártulos y las cuerdas con las que subían y bajaban objetos al escenario. Verlos descender volando daba un poco de miedo.

—Cierra la boca, Manuel, que se te van a saltar las muelas —me decía el señor Anselmo cuando pasaba cerca de mí.

Lo que me hacía más feliz era cuando llegaban los artistas. Verlos de cerca, oír sus pruebas de voz antes de entrar en el escenario, observar sus nervios, cómo se transformaban con los trajes, las pelucas, las caras pintadas, los focos del último ensayo… Así iba a ser el estreno, pero con el patio lleno de gente en vez de esa oscuridad que recordaba a una cueva oscura en la que rebotaban sus voces con un eco estremecedor. Esos personajes, para mí inalcanzables, se transformaban en seres humanos con sus manías, a veces discusiones, celos y malos humores.

Volvía a mi casa tarareando algún aria que ya conocía. Iba por la calle alelado, como caminando a varios centímetros del suelo. Si me cruzaba con mi pandilla, me tomaban el pelo. “Ahí viene el angelito cantante, cursi, eres una nena, juega más a la peonza y menos música” me gritaban esas y otras lindezas que, metido en mi mundo, no escuchaba. Como luego era buen alumno, sabía dar puñetazos y ganar competiciones, adquirí un cierto prestigio que impidió me tomaran más el pelo. Además, tenía buena voz, y en el coro del colegio me encargaban los solos y el cura de la parroquia me pagaba un dinero si cantaba en una misa de postín.

Conseguí que un vecino solitario y un poco sordo, don Edelmiro, que tocaba el violín en un bar por las noches, me diera clases de solfeo y música a cambio de que mi madre le lavara y planchara la ropa. No había dinero para más, y eso de la música era muy de señoritos y de capricho, rezongaba mi padre que no llevaba bien esa afición. Nada bueno podía salir de ahí.

Una tarde, el señor Anselmo me dijo que podía ir a la ópera, pero de verdad.

—Nada de ensayos, hoy estrenan Pagliacci y canta Aureliano Pertile —me confesó emocionado—. A mi me gusta mucho, y tú te vienes conmigo.

Él tampoco tenía derecho a ir, pero había encontrado un sitio desde el que podíamos ver lo que pasaba delante y detrás del escenario. Eso sí, continuó con gravedad, no puedes moverte ni chistar. Si nos pillan, se pasó el dedo por el cuello, estaba en la calle.

Entramos por una puerta de empleados y esperamos hasta que llegara el momento en que sonara el aviso de que empezaba el espectáculo De lejos se oía el revuelo de conversaciones y risas. Nos colocamos sigilosos en el lugar designado. Mi emoción me hizo pensar que se me iba a saltar algún botón de la chaqueta o que oirían mis latidos. Todo era parecido, pero diferente. Ver el patio de butacas iluminado, lleno de vida, en el que se notaba el rebullir de la gente, se oía algún carraspeo o unas palabras hasta que salía el director y empezaba a sonar la música. Tuve que cerrar los ojos para que nada me distrajese, para vivir ese momento como algo exclusivo e irrepetible.

Notaba la respiración del señor Anselmo. Ninguno de los dos nos movíamos. Durante el descanso salimos sigilosos para estirar un poco las piernas. En el segundo acto descolgaban una luna iluminada, la luna que todos deseamos contemplar en el cielo. En medio de una sentida aria, se oyó un grito por encima de música y cantante “¡Cuidado! la luna”. El tenor se quedó paralizado y tuvo tiempo de mirar hacia arriba y dar un salto La luna le hubiera hecho papilla o por lo menos un buen descalabro. Hubo gritos, el estruendo del astro sobre el escenario enmudeció la orquesta, la gente se puso en pie. Pasados unos minutos del susto y de la sorpresa, se reanudó la obra.

Al acabar, el artista quiso saber quién había gritado. Nadie aparecía. Los dos estábamos escondidos sin atrevernos a dar un paso, hasta que Anselmo me animó:

—Vete ahora mismo al camerino. Es tu oportunidad. Si me echan que me echen.

Y así fue, llamé a la puerta, salió un ayudante y me invitó con rudeza a que me fuera, pero tuve el ánimo de decir.

—El que ha gritado soy yo.

El tenor dio un alarido, que pasara por favor, era su salvador . Al ver que era un mocoso se quedó sorprendido y me abrazó. Olí una mezcla de sudor, maquillaje y otros olores inclasificables contra el orondo pecho del hombre.

—Caro, pídeme lo que quieras —me dijo en un español suave—. Te debo la vida.

—Aprender música, señor.

© Cristina Vázquez

El juramento

Malena Teigeiro

Cuando estaba entonando el último Vincerò, la ópera de Puccini que tanto admiraba, vio que en el lateral del escenario lo esperaba su amigo. Ya es el día, se dijo sin dejar de advertir la sonrisa en el rostro del otro. En ese instante sintió que algo le subía a la boca interrumpiendo su canto. Era un vómito de sangre. Según caía al suelo, Marcello escuchaba el grito de horror del público puesto en pie. Apenas dos horas más tarde, el tenor había fallecido. Solo tenía cincuenta años.

Al niño que cuidaba el ganado de sus padres por las colinas de La Puglia le gustaba cantar. Según decían, su voz, dulce y melodiosa, enamoraba a las ovejas que se arremolinaban a su alrededor. Cuando escuchan sus gorgoritos, están tranquilas, afirmaban los dueños de la borregada. Pasaron los años, y en contra a lo que el párroco de su aldea creyó, la voz del joven era cada día más fuerte, más dulce, más hermosa, por lo que don Giulio decidió que, a cambio de darle clases de música, Marcello cantaría en su iglesia.

Una tarde retransmitieron por televisión Turandot. Era el estreno de la temporada de ópera en el teatro alla Scalla de Milán. El chico se quedó pasmado delante del viejo aparato. Eso era lo que él deseaba. Quería ser como aquel que en el escenario interpretaba al príncipe Calaf. Él quería cantar aquel Vincerò como ese de la televisión. Después de hablarlo con sus padres, y aunque estos no estuvieran de acuerdo, Marcello se dirigió a Milán. Él creía que en cuanto entrara en el teatro y lo escucharan, casi le rogarían que cantara para ellos.

Al encontrarse en aquella inmensa ciudad, sin montañas ni campos, Marcello entendió que lo primero que tenía que hacer era buscar un trabajo. En la misma estación, vio un cartel pidiendo barrenderos. En cuanto el jefe de esto lo vio, le gritó: Tú, ven aquí. Servirá seguro, comentó volviéndose hacia su compañero.

Esa mañana, ayudado por Luigi, otro joven barrendero que le explicaba dónde y cómo tenía que hacerlo, Marcello comenzó a trabajar en aquella estación que siempre se encontraba llena de gente. En sus ratos libres intentaba acercarse alla Scalla. Pero, quizá por su aspecto de campesino o tal vez su torpeza al dirigirse a la gente, el caso fue que en aquella grande y hermosa ciudad, a él no lo escuchaba nadie, ni siquiera para indicarle el camino hacia el teatro de la ópera. Después, volvía a la estación, en donde pasaba la noche durmiendo en un banco.

 En cuanto cobró el primer sueldo el joven le alquiló una habitación a la madre de Luigi. En aquella casa el muchacho volvió a ser casi feliz, y si no lo era del todo fue porque no podía cantar, cosa que necesitaba para vivir.

En la estación hacía un frio helador. La niebla, espesa, húmeda y sucia, lo envolvía todo. Marcelo barría los andenes pensando que lo mejor era volver a La Puglia, y olvidarse de su deseo de entonar sus óperas. Una noche más, sentado en un banco de la plaza frente al teatro, arropado por las sombras, admiraba la iluminada fachada, la entrada de los hombres de etiqueta y las hermosísimas mujeres vestidas de seda, a las que escuchaba reír. A partir de aquella, una noche tras otras, hiciera frío o calor, Marcello esperaba allí sentado hasta verlas salir. Entonces su sentimiento comenzó a ser diferente: Ya no los veía reír, sino que le parecían emocionados por lo que acababan de escuchar.

La noche que acudió a la plaza para despedirse de sus sueños, un joven, casi de su edad, se sentó a su lado. Después de presentarse, el muchacho de ojos enfebrecidos, le susurró que si le prometía quedarse para siempre con él, le ayudaría a triunfar con su voz allí, y señaló con el dedo el edificio de alla Scalla. Marcello cerró los ojos y recordó el interior del teatro que había visto en la televisión. Vio las escalinatas, los dorados palcos y las butacas de terciopelo rojo. Se vio allí, sobre el escenario, recibiendo los aplausos de un público puesto en pie. Se volvió hacia el joven. ¿Qué tenía que hacer?, preguntó ansioso. Nada, solo jurarme que a los cincuenta años te vendrás para siempre conmigo. Marcello se levantó. Estiró el brazo y le dio la mano al tiempo que decía: «Hecho.»

© Malena Teigeiro

Un epílogo italiano

Liliana Delucchi

Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.

No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.

Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.

Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.

No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.

Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.

Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.

Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.

La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.

Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.

Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.

—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

© Liliana Delucchi

Quién es tu hermano

Marieta Alonso

El mendigo de nuestro barrio lee a Kant en alemán. Desde hace seis meses se sienta cada día en la acera, en la misma esquina en la que está nuestro pequeño local en el que se puede encontrar de todo: frutas, latas, productos latinos...

Al final del día, cuando el crepúsculo se hace notar, mi marido y yo le damos algún plátano muy maduro con un vaso de leche. No podemos hacer grandes despilfarros, pero el que da lo que tiene… Entonces, ese hombre, tan educado que no habla español, que aparenta unos setenta años inclina su cabeza, pone la mano en el corazón y dice: «Gracias», con un acento atroz que cuesta entender.

Un día le pedimos que ayudara a descargar la camioneta, y a pesar de la barrera del idioma, nos entendió. A la semana barría desde la puerta de la tienda hasta la calzada, tan minucioso que sacaba las colillas de las grietas; luego comenzó a colocarnos la mercancía en forma de figuras geométricas, como si fuera un supermercado de alta alcurnia.

Decidimos llevar una tartera también para él, a ver si perdía la palidez… Y comía con nosotros arroz, frijoles, carne ripiada; también le dimos ropa limpia de mi marido, eran más o menos de la misma talla. Se hicieron buenos amigos, tanto que una mañana, antes de abrir el local, se cortaron el pelo uno al otro con una tijera algo oxidada. Hablaban por señas hasta que, poco a poco, al principio, y luego a una velocidad abrumadora, fue aprendiendo nuestro idioma.

La mirada de desolación se fue borrando de sus ojos. No pasó mucho tiempo para que le llamásemos Gabriel, lo más parecido al nombre que pronunciaba. Y llegaron las confidencias.

Resultó ser tenor allá en Ljubljana, ese nombre tan difícil de escribir que significa algo tan bonito como «Amada», la ciudad más poblada de Eslovenia. A través de sus recuerdos paseamos por la Plaza Presernov, fuimos a la ciudad vieja a través del Puente Triple llamado Tromostovje. Tromo ¿qué? Y nos lo tuvo que escribir en un papel algo grasiento. Subimos al Castillo, que tiene forma pentagonal, desde cuyos bastiones se contempla una bonita panorámica de la ciudad y de Los Alpes. Rezamos en la Catedral de San Nicolás donde en sus muros laterales hay lápidas funerarias romanas, medievales y barrocas, así como una Piedad. Y cuando nos iba a hablar del edificio de la Filarmónica y del Teatro Nacional de Ópera y Ballet, se echó a llorar.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Comentarios

  1. Carmen Muguiro dice

    15 enero, 2024 a las 11:25

    Cristina. Una vez más, me he emocionado con tu relato. Gracias.

    Responder
    • cristina vazquez salinero dice

      15 enero, 2024 a las 12:04

      Me alegro Carmen. Gracias a ti por llernos. besos

      Responder
  2. Angeles Alén dice

    15 enero, 2024 a las 13:53

    Enhorabuena por ese centenario, Cristina. Cien regalos maravillosos que recibimos de vosotras.Gracias

    Responder
  3. Elena dice

    18 enero, 2024 a las 19:19

    Cristina,cien mil gracias!
    Relatos que disfruto leyendo!
    Besos a las cuatro.
    Elena

    Responder
  4. Cristina dice

    19 enero, 2024 a las 8:20

    Felicidades por esos 100 relatos. Muchas gracias por hacerme más llevadero mi viaje en tren todos los días. 🤩

    Responder

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