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Hotel Negresco

15 marzo, 2025 por Akelarre 1 comentario

relatos inspirados en el Hotel Negresco

El Hotel Negresco

La imagen que hemos elegido para la entrega de este mes corresponde al Negresco, el mítico hotel situado en el Paseo de Los Ingleses de Niza. Se llama así en honor al rumano Henri Negresco quien, en 1912, tuvo la idea de construir un lujoso hotel que atrajera a la Costa Azul francesa los clientes más ricos y exigentes.

En 1957 fue vendido a la familia Augier, que lo renovó con lujosas decoraciones y muebles.

Sobre todo es famoso por ser un hotel museo que alberga más de seis mil obras de arte de Niki de Saint Phalle, Victor Vasarely o Salvador Dalí, entre otros muchos artistas, y por haber alojado a un sinnúmero de personalidades y famosos a lo largo de más de cien años.

En este mítico espacio transcurren cuatro historias de ilusiones, fantasías y relaciones familiares que esperamos sean de vuestro agrado.

Hasta el mes que viene.

Clases de lengua

Cristina Vázquez

El sueño roto

Malena Teigeiro

La boda

Liliana Delucchi

Ser vago requiere mucho esfuerzo

Marieta Alonso

Clases de lengua

Cristina Vázquez

Nunca aprendí ruso, eso que vaya por delante, pero no se debe a que el empeño de mi madre flaqueara. Ella era una apasionada de la literatura rusa. Desde muy joven se había leído a Tolstoi, Dostoievski, Turgenev, Pushkin… Y su sueño, me temo que lleno de romanticismo por los ambientes y paisajes de estos autores, era haberlo podido leer en su propia lengua y viajar a Rusia. De ahí su afán de que yo aprendiera el idioma para poder disfrutarlos.

Cuando al cabo de los años por fin fue a Moscú, en plena era soviética, y no consiguió ir a Yasnaia Poliana, la finca de Tolstoi, porque estaba a más de veinticinco kilómetros y necesitaba un visado que nunca le dieron, su decepción fue grande, aunque siguió leyendo con cierta expresión entre irritada y triste a sus amados autores.

En esos años sesenta se hablaba aún del exilio de los rusos blancos, pero como algo lejano. Probablemente yo tenía conocimiento de ello por la cantidad de profesores exiliados que tuve.

Al fin, después de madame Olga, madame Botsaris, y otras cuantas madames, apareció el príncipe Konstantín Aleksándrovich Oblonski. Era un hombre de mediana estatura, delgado, con un mechón rebelde sobre la frente.

   —Madame —saludó a mi madre con una inclinación de casi medio cuerpo.

Yo estaba escondida esperando a ver la pinta del futuro maestro, que a mi madre le había llenado de tierna expectación.

—Pobre gente —se dolía—. Lo que tienen que hacer para ganarse la vida, después de cómo vivían.

Al terminar de aclarar las condiciones de la clase, fui reclamada al salón. El príncipe se levantó con cierta rigidez y también se dobló sobre mi joven mano, faltando solo un taconazo. Pensé que podía hacer un papel secundario en Guerra y Paz y que su traje, bien cortado, tenía muchos brillos. Cada poco se recolocaba el rebelde mechón con su pálida mano, en la que lucía una sortija con sello nobiliario en el dedo pequeño.

Empezaron nuestras clases, haciéndome unas preguntas sobre mi nivel de conocimiento del ruso, y me sorprendió que no me preguntara nada de la gramática ni me hiciera ningún dictado. Yo notaba que la mano le temblaba un poco, aunque mantenía siempre su postura rígida. Había una clara diferencia con mis otros profesores que me enseñaban a conjugar, a declinar, el dativo, acusativo… En cambio, sus clases eran vagas, con poco contenido hasta que empecé a hacerle preguntas sobre su antigua vida. Ahí el príncipe revivía, sus mejillas blancas se cubrían de reflejos púrpuras y sus preciosas manos revoloteaban dando énfasis a los paseos en trineo, su cuadra de caballos, los largos veranos en la finca y los viajes al extranjero. París, Baden Baden, Inglaterra y sobre todo la Costa Azul.

Ya no disimulábamos. En cuánto llegaba, retomábamos la historia donde la hubiese dejado. Aunque su español era deficiente, lo mezclaba con francés, así también lo practicaba yo, decía él. Tenía un libro abierto en el que nos concentrábamos en cuánto oíamos los pasos de mi madre que nos traía una espléndida merienda, de la que el príncipe no dejaba ni una miga.

—¡Pobre!, pasará hambre —se lamentaba ella que iba aumentando la cantidad de comida.

El año de su enseñanza, fue de lo mejor que me ha pasado. Esas tardes mi imaginación se desbocaba con sus historias, en especial con la de su amor por una bella parisina con la que se citaba en el hotel Negresco de Niza todas las primaveras. Por los detalles que me daba, llegué a conocer el hotel de arriba a abajo. Al terminar la clase escribía todo lo que me contaba para no olvidar nada de esa fabulosa vida. Al cabo del curso, se despidió con la misma solemnidad, se tenía que ir a Francia, su hermana le reclamaba. Cuando fui a despedirle, me abracé a él llena de pena. Me raspé la cara contra la insignia de San Vladimir que lucía en la solapa del replanchado traje.

—Mi querida alumna —dijo—, me has ayudado mucho.

Noté en sus ojos, también grisáceos, una cierta acuosidad.

Le perdí de vista durante años y por fin conseguí localizarlo. La persona que me ayudó a conectar con él, fue la misma que se lo había recomendado a mi madre. Cuando me dio nombre y dirección en un pueblecito de Francia, me extrañé.

—¿Su nombre no es Oblonski?

La mujer sonrió. Ése era un personaje de Ana Karenina, él fue el ayuda de cámara del príncipe Manseref.

Hoy, que presento mi libro basado en sus historias, he recibido un amable tarjetón suyo.

Mi querida Элена:

No puedo ir por problemas de salud, pero te agradezco de corazón que hayas salvado mi memoria.

Siempre tuyo.

Príncipe Konstantín Aleksándrovich Oblonski

© Cristina Vázquez

El sueño roto

Malena Teigeiro

Hacía unos años que Manuela había visto una película sobre la vida de La Bella Otero. Como ella, había nacido en Valga, una aldea de Galicia al lado de la suya. Cuando proyectaron la película sobre la lisa y blanca pared de la escuela —en la aldea no había cine y el alcalde solía utilizarla como pantalla—, tenía tan solo doce años. Desde entonces soñaba con poder asomarse al balcón en donde, según la película, vivía la mujer.

Pasaron los años, y su sueño, poco a poco, se fue diluyendo como lo que era, un sueño. Pensar en hacer un viaje desde su aldea hasta aquella ciudad de Francia, era cosa harto difícil. De dónde iba a sacar el dinero. Sus padres, unos humildes labradores, lo más que pudieron pagarle fue un cursillo de Corte y Confección. Se le daba bien aquello y se convirtió en modista. Al principio creyó que podría ahorrar para el viaje. Pronto se dio cuenta de que por muchos años que viviera nunca tendría bastante. Si no fuera por las clientas de la capital…, pensaba dando puntada tras puntada, las mujeres del pueblo rara vez le pagaban.

Sin embargo, nunca olvidó a aquella mujer de la película. Una y otra vez preguntó por ella a los mayores de su aldea; una y otra vez intentó averiguar qué había sido de la bella bailarina y si era cierto que se abrigaba con un bolero de brillantes. Sin embargo, nadie a su alrededor, ni hombre ni mujer, parecía conocer su existencia.

Pasado el tiempo, se casó con Andrés, el mancebo de la farmacia. Luego tuvo tres hijos. Los chicos emigraron a Argentina en cuanto crecieron, y la niña se fue a la capital, de donde, no mucho después, fue reclamada por sus hermanos.

Ella y su marido se quedaron solos en la aldea. Ninguno de los dos comprendió por qué sus hijos quisieron ir a vivir tan lejos. Aunque nunca se pudo decir que fueran ricos, tenían una buena posición. Algunos años más tarde, y sin conocerse el motivo, Andrés apareció muerto en la cama. Ayudada por sus vecinas, Manuela lo enterró. Pocos días después recibió una carta en la que sus tres hijos le pedían que se fuera a vivir a Argentina. ¿Qué tiene usted que hacer sola en esa aldea, madre? Sin pensarlo mucho, vendió la casa. Cuando se encontró con el fajo de billetes en la mano, recordó su antiguo sueño. Y con una aviesa sonrisa, decidió que lo primero en lo que se iba a gastar aquel dinero sería en ir a dormir a aquel hotel, a la misma habitación o a la que estuviera pegada a la de la mujer del bolero de brillantes.

Iba a Pontevedra, a coger el tren que la llevaría a Madrid, desde donde volaría a Buenos Aires, repetía Manuela al despedirse de sus vecinas. Ahora ya no era como antes, y sus hijos le mandaron un billete de avión, que al parecer era mucho más cómodo.

Una vez en Madrid, Manuela alquiló un coche que la llevó a Niza. Y allí estaba, agotada después de tanto viaje delante del hotel de sus sueños. Se bajó del coche. Durante un momento contempló la fachada llena de ventanas que, como ojos vigilantes, la observaban.

Subió las escaleras de la entrada. Al ver a los porteros, recordó la película. Aquellos vestían en blanco y negro y estos llevaban gabanes azules con vueltas rojas. Los dos le hablaron. Ella, que no sabía francés, supuso que le preguntaban a dónde iba. A la habitación de la Bella Otero, dijo.

Dirigida por uno de ellos, llegó a la recepción. Después de decir que quería alojarse en la misma habitación que la Bella Otero, escuchó la voz del recepcionista diciendo que ella utilizaba una suite, madame, que costaba mucho dinero. Manuela abrió el bolso. Solo quería dormir esa noche. Al día siguiente tenía que volver a Madrid para volar a Buenos Aires. Despacio, mostró los billetes de avión. Un momento, dijo el hombre. Directamente se fue a la esquina del mostrador, donde se encontraba el que debía ser su jefe. Parecía estar analizando un libro de cuentas. Después de escucharlo con atención, éste se le acercó. Recogió el dinero de encima del mostrador y lo contó. Le podía mostrar la habitación, sí, pero la cantidad que llevaba no era suficiente para alojarse. Si le parecía, la dejaba estar en la suite unos momentos y después le daban otra que pudiera pagar. Sin acabar de entender que el coste de dormir una noche supusiera más de lo que lo que le habían pagado por su casa, aceptó.

En cuanto abrieron la puerta de la suite, Manuela entró. Recorrió el salón, los dos dormitorios, abrió la ventana y se encontró rodeada por las banderas. Qué le decía aquel hombre. ¿Que la Bella Otero falleció el diez de abril? Si no recordaba mal, hoy era veinte. Después de unos instantes, pidió que la acompañaran de nuevo a recepción. Y fue allí donde preguntó si era cierto que aquella bellísima dama había fallecido. El hombre la invitó a sentarse. Le ofreció una copa de champán del que ella bebía. Luego le contó que hacía mucho que no vivía en el hotel. Le habló de los años de pobreza que la mujer vivió en una humilde habitación de alquiler en la que también falleció. Nunca se supo quién pagaba aquel cuarto, ni quién enviaba el dinero a la dueña de la casa para que le diera de comer. Una lástima, señora, musitó el hombre limpiándose los ojos con un pañuelo. Manuela lo miraba con el ceño fruncido. ¿Qué fue del chaleco de brillantes?, preguntó. Él se encogió de hombros. Debió quedarse encima de alguna mesa de juego, como todas sus joyas. Ella, con el asa del bolso apretada entre los dedos, se mantuvo unos instantes pensativa. De pronto se levantó. Gracias, señor. Luego alargó la mano diciendo que, si no le importaba, prefería que le devolviera el dinero. Mejor se volvía a Madrid.

En cuanto el coche arrancó Manuela giró hacia atrás la cabeza. Toda mi vida envidiando a una muerta de hambre. ¡Seré idiota!, se dijo con la mirada fija en el balcón de las banderas.

© Malena Teigeiro

La boda

Liliana Delucchi

No podía explicarles el motivo.  Luché durante meses para que escogieran otro sitio, pero fue en vano. Mi madre y mi futura suegra eran duras de pelar y estaban decididas. Ése sería el hotel.

—¿Es que se te ocurre otro mejor? —Preguntaron casi al unísono.

No tuve respuesta. Llevaban razón en que era inigualable, además ¿quiénes mejor para organizar mi casamiento?

Desde una semana atrás, nos habíamos instalado: ellas, mi tía Margarita y yo para que todo fuera perfecto. Creo que ni elegí mi vestido. A todo respondía con un sí. Vencida, las dejé hacer.

—Me sentiré un fracaso si no sale publicada en Hola —dijo con un suspiro la madre de mi novio—. Eché mano de todos mis contactos para que así sea.

Estábamos las cuatro en la terraza terminando el desayuno, cuando las organizadoras marcharon a dar instrucciones al director del hotel, mi tía pidió otro café y me espetó:

—Ahora que estamos solas, me lo vas a contar.

Era mi confidente. Desde pequeña acudí a ella cada vez que me metía en un lío, cuando dudaba o cuando el mundo me resultaba difícil de entender. Sin embargo, esta vez era diferente: dudas y recuerdos fluían dando vueltas por mi mente y hasta en mis sueños..., o ¿quizás debería llamarlos pesadillas? Pero Margarita era mucha Margarita y yo estaba convencida de que no iba a dejarme escapar. Bajó las gafas de sol hasta el extremo de su nariz y me miró por encima de ellas:

—Estoy esperando.

Me sentí acorralada. Acorralada y liberada al poder hablar:

—¿Te acuerdas de Ignacio?

—¿Ese noviete tuyo que se fue a Estados Unidos para un master y nunca volvió?

—El mismo.

—¿Cómo no voy a acordarme? Estuve un año secándote las lágrimas.

A veces Margarita no tenía piedad, aunque yo estaba convencida de que era la única con quien podía desahogarme:

—Antes de que se fuera, pasamos unos días en este hotel. Los mejores de mi vida.

El camarero se acercó por si necesitábamos algo y ella pidió un Martini.

—¿No es demasiado temprano para empezar con el alcohol? —Pregunté como para quitar hierro al asunto.

—Querida, no soy un cura. Lo necesito para afrontar tu confesión.

El sol empezaba a darme en la cara, me puse de pie para cambiarme de sitio antes de continuar:

—Fue mi primera vez…, y la última. Bueno, no la última, porque lo hicimos muchas veces antes de volver a la ciudad.

Margarita me clavó la mirada, estupefacta.

—¿Me quieres decir que…, no has probado al estirado con el que vas a casarte?

—Pues…, no.

—¿Es que no te he enseñado nada?

Bebió su Martini casi de un trago a la espera de que yo continuara. Mientras tanto, mis manos doblaban y desdoblaban la servilleta de hilo que había sobre la mesa.

—Tía…, me resulta difícil contártelo, pero en el momento del…

—¿Orgasmo?

—Sí.

—¿Qué pasó? No, espera, creo que necesito otro Martini. ¡Camarero!

Nos quedamos un rato en silencio. Yo no encontraba las palabras y ella me dejó que las buscara. Le di un trago a la bebida que le trajeron antes de continuar:

—En ese momento, me inundó un perfume de rosas, como si toda la habitación fuera un jardín en primavera.

—¡Vaya por Dios! —Casi se atragantó—. El tal Ignacio sí que sabía.

La llegada de mi madre y mi futura suegra interrumpió nuestra conversación y Margarita se puso de pie con una excusa antes de que la reprendieran por estar bebiendo a esas horas.

No volvimos a hablar del tema. Los días se sucedieron entre preparativos, histerias de último momento y recepciones, hasta que llegó la mañana de la boda. Fue tan perfecta como las organizadoras previeron y me sentí bella y admirada.

Cuando esa noche, mi noche de bodas, entré en la habitación que compartiría con mi ya marido, la encontré llena de jarrones con rosas. Su aroma lo inundaba todo, a tal punto que el novio abrió una ventana.

Sobre la mesilla de noche encontré una nota de mi tía Margarita: «Una ayuda nunca está de más».

© Liliana Delucchi

Ser vago requiere mucho esfuerzo

Marieta Alonso

Hay tres clases de animales en el mundo: Los herbívoros, los carnívoros y aquellos que comen todo lo que prepara su madre. Ése soy yo.

Mi padre era un hombre ahorrador. Todo su afán era comprar pisos. El ladrillo es una buena inversión, decía siempre. Mi madre no paraba de hacer cosas. Era una hormiga. Y entre los dos lograron tener cinco pisos. Yo no. Soy de los que ni siquiera buscan excusas para no trabajar. Me levanto sin necesidad de oír el ruido del reloj.

Mi madre me tiene el desayuno preparado, lo ingiero, después doy un paseo para mantenerme en forma y hablar con los amigos. Luego regreso y me pongo a leer. Mamá es una excelente cocinera, así que como, me echo una siesta de unas dos horas y vuelvo a mis libros. Ceno y salgo a la calle para olfatear el aire nocturno y mezclarme con los fantasmas. Mis pasos son ágiles y silenciosos, como si fuera un comanche. Aunque me encanta la madrugada, soy como Cenicienta a las doce en punto regreso y me voy a dormir.

A veces, cuando mi madre se levanta de mal humor, suele repetir que los pájaros aprovechan la luz del día para recoger semillas y yerbas para el nido. Cuando oscurece se recogen para pasar la noche. También los tigres duermen durante el día en algún lugar sombrío, pero rondan durante toda la noche en busca de alimento. Y la pesada termina: «Mal lo pasa quien con un vago se casa».

La tranquilizo. No seré yo quien se case. Requiere mucho esfuerzo.

Y ella llora porque nunca va a conocer un nieto.

Hace quince días a mi madre se le ocurrió morirse. Me quedé de una pieza. Sin saber qué hacer me vino a la mente la oración que rezaba todas las noches: ¡Ayúdale Señor, a andar derecho!

Y ¡vamos!, sí que anduve derecho. Alquilé los pisos y ahora vivo en este hotel a cuerpo de rey.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Comentarios

  1. Elena dice

    20 marzo, 2025 a las 17:41

    Cristina, gracias a ti y a tus compañeras por estos cuentos!,,, Tan bonitos como Niza!,,
    Un cuento nunca está de más .
    Elena.

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