El pavo real
La simbología del pavo real es larga, ya que su majestuosidad llamó la atención del hombre desde antaño. Aunque se lo asocie con el concepto de vanidad es, en casi todas las culturas, un símbolo solar relacionado con la gloria, la belleza, la sabiduría y la inmortalidad.
Originario de la India, donde es su ave nacional, fue Alejandro Magno quien lo llevó a Occidente junto a su significado simbólico, relacionado con su larga cola de colores y dibujos en forma de ojos que, debido a ese perfil circular y a su brillo, conectan también con el ciclo vital y eterno de la naturaleza.
Los sonidos que produce consisten en graznidos que pueden relacionarse con el maullido de un gato y trompeteos asombrosamente graves.
El engreimiento que se le supone a esta ave ha sido llevado por nuestras cuentistas a un hombre que se vale de su belleza para vivir; a una mujer cuya afectación padece su familia; a una joven que educó a estos pájaros y a un niño a quien salva de la soledad.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Célebre espectáculo
Cristina Vázquez
A medida que el barco se iba acercando a su destino, el temor por su nueva vida se instaló en Amandina como un pesado collar. Hacía meses que no veía a su marido, con quien se había casado por poderes, y le inquietaba qué podría encontrarse en este alejado país. La dulzura del aire y la pureza de la luz, a medida que se acercaban, le ayudó a aliviar sus temores.
Cuando por fin arribaron, lo buscó entre la muchedumbre. Llevaba años viviendo en ese país tropical, del que le escribía maravillas: su exuberancia, la amabilidad de la gente, la bondad del clima. También le describía animales exóticos y frutas nunca saboreadas en la península. Al no verlo al bajar a tierra, sintió que el imaginario collar que la abrumaba, volvió a colgarse con la fuerza de la desilusión y la incertidumbre. ¿Y si no aparecía? ¿Qué iba a ser de ella?
Mientras esperaba llena de zozobra y baúles a su alrededor, vio acercarse a un hombre delgado, vestido de oscuro que sostenía contra su pecho un sombrero Panamá. Su paso era lento y su mirada baja. Al llegar junto a ella, en voz doliente le preguntó si era la señorita Amandina, la esposa de don Fernando. Ella afirmó que sí y él se presentó como Aurelio Bastarrechea, su socio y hombre de confianza. Amandina, asustada, quiso saber por qué no estaba esperándola. ¿Había sucedido algo? Creía que no, seguro que no, y movió el sombrero para dar énfasis a su respuesta. En una llamada de días atrás, continuó Aurelio, le había pedido que, si no volvía a tiempo, por favor, se ocupara de recogerla e instalarla en la casa.
—Lo siento, señorita —bajó aún más la voz—. Pero hace días que no sabemos nada de él.
Amandina se sentó, más bien se cayó sobre uno de sus baúles, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no romper a llorar. Sin noticias, repitió la joven, como si con la repetición de esa horrible realidad, la pudiera alejar de ella. Sí, sin noticias, afirmó el delgado hombre, además, carraspeó, el lugar donde se encontraba era muy peligroso.
—Lo mejor será que vayamos a casa y así podrá descansar.
Con un inesperado gesto autoritario, Aurelio llamó a unos porteadores para que llevaran su equipaje al coche. Pese a su aturdimiento, Amandina se fijó que tenía unas bonitas manos y unos ojos profundos. Hicieron el trayecto que, aunque a ella se le hizo largo, pudo observar hermosos palmerales y playas de arena blanquísima bañadas por un mar transparente. Como iba en un coche de caballos descubierto disfrutó de los diferentes aromas dulces, penetrantes y el piar de unas aves de brillante y desconocido plumaje. Una cierta calma, gracias a la belleza de lo que le rodeaba, se fue apoderando de ella. Seguro que en poco tiempo estaría de vuelta ¿verdad?, y Aurelio amablemente afirmaba con la cabeza.
Al llegar a la casa, Amandina, pese a su inquietud, no pudo dejar de deslumbrarse ante el inmenso jardín, que luego supo acababa en la ribera de un caudaloso río. Todo estaba en perfecto orden, lleno de flores exóticas de maravillosa fragancia. Oyó un ruido, como si alguien arrastrara con suavidad algo por el suelo, y aparecieron unos hermosos y desconocidos animales que extendían una cola de inigualable belleza.
—¿Qué aves son esas? —preguntó asombrada.
—Pavos reales.
—¿Pavos? No pueden llamarse así, parecen salidos del Paraíso.
Cuenta la leyenda, no sabemos si fue cierta o no, que desde entonces les dieron ese sobrenombre. Fernando no volvió y Amandina se quedó dueña y señora de esa propiedad y otras muchas que recibió en herencia de su fallecido esposo. Con el tiempo y dado el amor que tomó a esos pájaros, los educó para que bailaran desplegando en sucesivo orden, y hasta con gracia, sus hermosas colas. El espectáculo adquirió tal fama que venían de todo el continente a verlos.
Aurelio siguió hasta su muerte siendo su socio, su hombre de confianza y el padre de su larga prole.
La cerveza
Malena Teigeiro
Se apretó la pajarita y sin trastocar la perfecta raya, pasó los dedos por el cabello. Aunque se pusiera gomina, sus rizos eran indomables. Con cuidado se quitó una pelusa de la solapa y se miró detenidamente en el espejo. Como si fuera un pavo real hinchó el pecho. ¡Qué lástima que no tengo cola de plumas para abrir!, se dijo sonriente. Se gustaba. Carlos conocía bien su buena planta. Y hoy debía lucirse más que nadie. Hacía ya tres días que Rita lo había dejado. La mujer, que en su tiempo debió haber sido una belleza, estaba ya muy pasadita, por lo que a Carlos hacerle arrumacos y acostarse con ella le daba bastante cosilla. Pero, gracias a Dios, ya se acabó, pensó al separarse del espejo.
Apagó la luz del vestidor, recogió las llaves y se echó una última mirada. Contempló su figura con satisfacción. Por algo le llamaban El Pavo Real, dijo en voz alta al tiempo que colocaba una sonrisa en la boca. Bajó directamente al garaje. Allá al fondo vio su coche, un deportivo regalo de María del Sol, una mejicana anterior a Rita, y del que ya se encontraba un poco harto.
El teatro de la ópera y el casino, fueron buenos sitios para encontrar mujeres adineradas que vivían solas, sobre todo los días en que, como aquel, se inauguraba la temporada. Aunque tenía que reconocer que desde hacía un tiempo ya no era lo mismo. A la ópera, con tal de tener un poco de dinero, iba cualquiera. Y el casino apenas lo pisaban unos ancianos. Otro sitio que le había dado buenos resultados era las barras de los bares de los hoteles de súper lujo. Sin embargo, allí ya solo iban los matrimonios ricachones, las estrellas de cine y gente por el estilo. Madrid, ya no era lo mismo. Incómodo, frunció la frente. Aún así, él no conocía sitio mejor que El Real al que poder ir a trabajar.
Ya en el coche, sin abandonar la sonrisa y con la cabeza bien alta, Carlos iba pensando en que tenía que tener más cuidado. Rita no había resultado lo que parecía. Si bien era cierto que tenía muchísimo dinero, era tacaña como nadie. Le resultaba casi imposible sacarle un paquete de euros, aunque esto en el fondo le hacía gracia. Sí. Le agradaba tener que trabajar con mucha cabeza. Cada noche la hacía disfrutar con técnicas desconocidas para ella, aunque eso era bastante difícil, pues como Rita decía, era una mujer de mucho mundo.
Ahora todo se había acabado, pensó al dejar el coche en el parquin. Eso sí, le cabía el honor de haber sido él quien finalizó esa relación. Sí. Fue él. Le había molestado que le negara el Porsche 911 que tanto deseaba.
—Ya estoy harto de ir en un descapotable. En Madrid, no es nada práctico. En invierno te mueres de frio y en verano el sol te machaca las neuronas —dijo haciéndole una de esas caricias que a ella obnubilaban.
—Lo del frio lo entiendo, lo de las neuronas... Será al que las tenga, cosa que no es tu caso —dijo Rita firmando un cheque por diez mil euros—. Toma Carlos. Cuida bien este dinero, porque en un tiempo no habrá más. Me voy unos meses a Nueva York invitada por mi ex.
Carlos cogió el cheque malhumorado. Esa cantidad a él no le llegaba ni para pasar el mes.
Entró en el Real. Como siempre, con los hombros hacia atrás, y el pecho hinchado como el pavo real que decían que era buscando hembra. Se estrenaba la temporada. El mejor momento para encontrar lo que buscaba. Echó una mirada alrededor. La butaca 6 de la fila 4 estaba ocupada por una morenita y su lado no había ningún caballero.
Carlos sacudió la cabeza. Se sentó en su butaca y esperó al entreacto. En cuanto la vio pasar por su lado, la empujó. Perdona, dijo engolando la voz. Ella se volvió hacia él. No te preocupes, añadió la sonriente mujer mientras sacudía la melena. Ese gesto era como el de Rita.
Pero, ¡cómo se le podía haber olvidado!, se dijo llevándose la mano a la frente. En cuanto entrara en casa tenía que decidir qué iba a hacer con su cadáver. Llevaba ya tres días en el frigorífico, lo que le estaba resultando bastante molesto. Desde entonces no había podido beber esa cerveza que tanto le gustaba tomar con el aperitivo a media mañana.
El regalo
Liliana Delucchi
—Tu novia es un poco presumida.
Fueron las palabras de mi madre cuando la conoció. Tiempo después, el día de la pedida, agregó: «Sus padres son agradables, aunque equivocaron el nombre, en vez de Paloma debieron ponerle Pavo Real.»
Hice caso omiso. Su belleza, elegancia y excelente dicción me cautivaron desde la primera vez que la vi…, y me casé con ella.
Si bien me llamaba la atención la cantidad de tiempo que dedicaba a su persona en gimnasios, salones de belleza y compras, mi embeleso cuando aparecía con un nuevo atuendo me hacía sentir el más orgulloso de los hombres.
Con el tiempo descubrí que no solo quería destacar con su físico, sino también con su conversación. ¡Santo Dios! ¿Cómo se puede hablar tanto? La pobre no soportaba dejar de ser un instante el centro de interés y era capaz de interrumpir la disertación sobre filosofía de cualquier erudito para relatar su última tabla de entrenamiento. Por momentos yo sentía vergüenza ajena, pero el día que me armé de coraje para llamar su atención sobre lo inapropiado de esa conducta, terminé durmiendo en la habitación de invitados.
Pensé que las cosas cambiarían cuando quedó embarazada. Y volví a equivocarme. Dijo que sería el primer y último hijo. No pensaba volver a estar gorda tantos meses y, además, afirmó: «La ropa de futura mamá la diseñan monjas de clausura.»
Ni se molestó en elegir el nombre de nuestra hija. La llamé Clara, el nombre de una chica dulce y afable que conocí en mi época de estudiante. La niña no me defraudó, era tal como aquella joven.
Paloma no es lo que se dice maternal. Creo que se sentía humillada ante sus amigas porque nuestra hija no es un bellezón. A veces la veía gorda, otras demasiado flaca; con piernas muy largas o demasiado cortas y el pelo hoy encrespado y mañana lacio.
En cambio yo la veía perfecta. Al regresar del trabajo siempre la encontraba en su habitación, haciendo deberes o leyendo y me encerraba con ella para contarle cuentos o ayudarla con sus estudios. Es muy inteligente. Al cine también íbamos juntos, para Paloma las películas infantiles carecen de glamour.
Por mi parte, me negaba a ver la distancia cada vez mayor entre madre e hija…, aunque quizás decir distancia es quedarse corto. Lo supe el día que llevé a Clara a la casa de mis padres. Cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba del campo, la niña respondió: «Estar lejos de mamá.»
Así fue como empezaron nuestros viajes de fin de semana, los dos solos. Ella adoraba cuando había algún puente, porque nos permitía permanecer más tiempo alejados de nuestro hogar, hasta que una noche, cuando regresábamos de una excursión, me abrazó y dijo que no quería entrar en casa.
—Vámonos, papi, a ella no le va a importar. Cómprale un regalo y ya está.
Entonces recordé el comentario de mi madre y supe qué sería del agrado de mi mujer.
La tarde en que Clara y yo partimos, el pavo real se enseñoreaba por el jardín, con sus hermosas plumas desplegadas y sus sonoros y continuos graznidos.
—Se llevarán de maravilla —dijo mi hija mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Arranca, papá. Ya es hora de irnos.
Chifladuras de mi abuela
Marieta Alonso
¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto;
pero el viento sopla y
hace que tiemblen las hojas.
Carson McCullers.
Hoy las puertas cerradas de mi imaginación se abrieron de golpe. Me llegó un recuerdo. Tenía cinco años cuando vi por vez primera una foto de mi abuela con Beltrán, su pavo real, al lado. Parecía una bruja, una bruja buena, claro; porque en ese mismo instante el viento había deshecho el moño de su larga cabellera entrecana. Fue la persona más querida, la más alegre, la más buena del mundo. Para mí.
Estaba enamorada del viento, de la sensación que deja la brisa al acariciarnos, por eso le gustaba tanto el otoño. Cada día, camino del colegio, recogíamos las hojas caídas, mientras nuestra mascota desplegaba su abanico policromado para hacerse notar. Tan presumido como siempre. Era el momento que la abuela elegía para dar saltitos a su alrededor, cantar y dar gracias a Dios por lo bien que había hecho el mundo, por lo hermoso de la vida, y hasta por los disgustos que nos hacían más fuertes. Yo iba detrás de ella esparciendo al viento las hojas recogidas.
El encanto de esos momentos acababa cuando se oía a alguien decir: ¡Buenos días, doña Edelmira! Y mi abuela volvía a ser esa mujer de cierta edad, fina, atenta y educada.
Durante veinte años estuve a su lado, juntitos los dos, sintiendo su amor y su mano en la mía. Beltrán nos abandonó, se fue a otra dimensión un día de Acción de Gracias. Eso fue lo que contó la abuela.
Me costó empezar a buscar mi nuevo lugar en el mundo sin ella. Pero un día, al abrir la puerta de nuestra casa la brisa penetró de golpe. Fuera, un pavo real abarcaba la acera, el dintel, las jambas con su cola desdoblada y me miraba con esos ojos que van del verde al azul marino, tan parecidos a los de mi querida abuela. Me quedé paralizado hasta que chilló, graznó, y trompeteó, parecía estar pidiendo compañía. Sin darme cuenta, de forma impulsiva, abrí los brazos y la alegría volvió a gobernar en aquella casa.
Preciosos los cuentos. Me han encantado
Gracias Cristina,cuentos tan distintos,
Alegres,tristes,preciosos……
Elena.
Que preciosos los cuentos que contáis!
Muchas gracias por ello!!!!