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El Cascanueces

15 diciembre, 2015 por Akelarre 4 comentarios

Sellos rusos el cascanueces

El Cascanueces

Sellos rusos emitidos en 1992, conmemorando el primer centenario del ballet “El Cascanueces”. La primera representación tuvo lugar el 18 de diciembre de 1892, en el  legendario teatro Mariinsky de San Petersburgo.

Es un ballet compuesto por dos actos y cinco escenas y está basado en el cuento de Ernst Theodor Amadeus Hoffman, titulado “El cascanueces y el rey de los ratones”. Adaptado, más tarde, por Alejandro Dumas padre, fue en el que se basaron Ivan Vsevolozhsky y Marius Petipa para hacer el libreto. La coreografía es obra de Petipa y Lev Ivanov. Piotr Ilich Chaikovsky creó la partitura.

La interpretación de este primer ballet fue dirigida por Riccardo Drigo. Cabe destacar que en los papeles infantiles figuraron niños auténticos en lugar de adultos, Stanislava Belinskaya y Vassily Stukolkin eran estudiantes de la Escuela Imperial de Ballet de San Petersburgo.

Desde entonces “El Cascanueces” ha sufrido varias adaptaciones. Hoy en los países occidentales, es quizás el ballet más representado en Navidad.

Por eso, este mes, nuestras brujas han querido rendir un homenaje a la Navidad con sus cuatro cuentos inspirados en esta imagen entrañable.

Exilio

Cristina Vázquez

Cuento de Navidad

Malena Teigeiro

Invitación

Liliana Delucchi

Juegos de Navidad

Marieta Alonso

Exilio

Cristina Vázquez

Este año no pensaba celebrar la Navidad.  Siempre la misma rutina que se vaciaba de contenido al no haber niños ni hijo en torno al árbol de plástico, cada vez más pelado. Estaba decidida a comprar uno nuevo, pero al no venir nadie lo dejó para otra ocasión. En cualquier caso, la falta de celebración navideña no implicaba tristeza ni abandono, o solo abandono circunstancial, se decía, pues su hijo se había ido a San Petersburgo a vivir y le resultaba caro y complicado venir por tan poco tiempo, y a ella le acababan de operar la rodilla y no podía viajar.  Exilio, eso era, una especie de exilio.

 Recibió un Christmas de su hijo y dentro, le había metido unos sellos que conmemoraban la Pascua rusa. Para que practiques, le escribió. Y recordó cuando era pequeño y le recitaba en ese idioma una poesía de un pájaro que se perdía en la nieve y no encontraba el camino de vuelta. También se acordaba de algunas frases: saludar, me duele la cabeza, te quiero mucho, el niño se va a casa, perro y más palabras que iban surgiendo de su memoria, como rescatadas detrás de un telón. Él se divertía oyéndola, era su idioma secreto.

— Háblame en el francés de cuando eras pequeña — le decía.

— No es francés, es ruso.

— Da igual, pues en ruso.

Y esa mañana, en que  amaneció Madrid nevado, con ese aire de renovación que da la nieve sin estrenar, pensó que era una señal que la unía a la lejana ciudad dónde estaba su hijo, y se acordó de Leonidas Manssieref, su profesor de ruso.

 Había sido recomendado por Madame Botsaris, su antigua profesora, otra exiliada gorda y dicharachera, de la que ya estaba harta, pero sus padres se habían empeñados en que sería muy útil hablar ruso cuando los comunistas se hicieran dueños del mundo, y año tras año, con poco resultado, daba sus clases. Él era un príncipe, un hombre muy refinado y al decirlo Madame Botsaris levantaba los ojos como buscando una inspiración desaparecida.  Así que la llegada del profesor nuevo le pareció una bendición.

Se sintió fascinada desde el primer momento por ese hombre menudo, de una palidez transparente, un traje marrón gastado con chaleco del que pendía la cadena de oro del reloj y una sortija con escudo en su dedo meñique. Se movía con ligereza, aunque una leve cojera le obligara a llevar bastón. La empuñadura, de plata, era una cabeza de lobo.

 Pronunciaba el español con un acento fuerte, pero sus palabras sonaban con la misma dulzura que cuando hablaba en ruso, y su francés era fluido. Mi segunda lengua afirmaba.

Aprender, lo que se dice aprender el idioma, no aprendió mucho, pero supo de las inmensas extensiones blancas, del color del musgo bajo el hielo, del accidente que lo dejó cojo, de los paseos en trineo, y en verano, de las playas inquietantes del Báltico y de la pequeña pensión en la que ahora vivía.

— C´est la vie.

 Todo se lo contaba en una mezcla diabólica de francés, español y ruso, mientras comía con delicadeza, pero muy decidido, los sándwiches que les dejaban de merienda. Si sobraba alguno, su madre se lo envolvía con mimo; pobrecillo, si no tendrá que llevarse a la boca.

A veces, pasados lo años, aún miraba su firma imponente en el cursilísimo libro de dedicatorias juveniles, A mi querida alumna, la promesa más dulce de mujer. Príncipe Leonidas Mansieref y una tremenda rúbrica que sostenía su nombre.  Pensó que eso sí  era exilio y no lo de ahora.

© Cristina Vázquez

Cuento de Navidad

Malena Teigeiro

Huye Leyna. Huye entre los grandes copos que caen sobre las solitarias callejuelas. Huye porque la guerra la empuja.

Hierática, bailaba. Veía los ojos negros de Sigfrido clavados en su rostro. Entre sus manos, el cuerpo de Odette trémulo, ligero, volaba sobre la punta de las zapatillas. De pronto, se escuchan disparos, oyen los gritos de horror de los espectadores cuando aquellos hombres entran en el teatro. Escondida entre bambalinas, Leyna esperó hasta que pudo escapar.

Seguía huyendo entre países en guerra, entre campos nevados, sin importarle que la luna estuviera lejos, que el sol calentara poco. Escondidos entre sus ropas, lleva las zapatillas de raso y cuatro sellos. Por el camino le envía una carta, después otra y luego la tercera. El último lo guarda para poder decir dónde se encuentra.

Así llega hasta el fin del mundo. A un país abrazado por el mar. Una tierra en donde las gentes, que le sonríen tranquilas, no saben que existe el baile sobre las puntas de las zapatillas de raso. Un recóndito paraje en el que las nubes derraman una fina lluvia sobre las cabezas de sus paisanos, cubiertas por negros pañuelos; en el que las almas juegan con las sombras de la noche y la luz del amanecer; en el que la gente muere y renace rodeada de misterios. Cuando llega a la playa se detiene asombrada ante la inmensidad del mar. Siente mucho frío. Al final del arenal, en la cima del acantilado, ve una luz. Atraviesa los prados hasta llegar a una casa de piedra. Golpea la madera de la puerta. Un viejo le abre. Después de mirarla, le señala la cuadra. Solo por una noche, dice agradecida. El anciano, sin entender sus palabras, le sonríe. Entra en el establo y arrullada por el mugir de las vacas, Leyna se queda dormida.

El viejo está ordeñando a los animales cuando se despierta. Al verla incorporarse, se le acerca con una jarra de espumeante leche. La joven bebe el cálido líquido agradecida. La callosa mano del anciano le muestra un rastrillo y el modo de ahuecar la paja. Ya es medio día, cuando el hombre vuelve a la cuadra y le ofrece un plato de caldo. Poco a poco, la joven comienza a trabajar en la casa. 

Una noche cuando abría la puerta para irse a dormir, el viejo le señala una habitación vacía. Era la de mi hija, le parece entender. Dándole las gracias, entra en ella. Las arrugas de la piel del hombre se alisaron en un remedo de sonrisa.

Al día siguiente, cuelga las zapatillas de raso a la cabecera de la cama. Después, escribe  una carta diciéndole dónde se encuentra. Saca el último sello y lo pega en el sobre.

Pasaron los días, las semanas y los meses; el verano y el otoño. Leyna, poco a poco, perdía la esperanza.

El día veinticuatro de diciembre el viejo le pide que lo acompañe a la Iglesia. Nunca había entrado en aquel templo de helada piedra; no era como las capillas de su tierra, iluminadas con multitud de velas, pintadas con imágenes de oro y brillantes colores, nubes de incienso que perfumaban las naves, y popes vestidos con valiosos ropajes. Delante del altar, cual centinelas, cuatro cirios protegen un cesto lleno de paja desde donde le sonríe el Niño. Antes de irse, murmurando su ruego, le besa los pies.

Al no saber cómo preparan en la aldea la cena de Navidad, Leyna cocina la de su lejana Rusia. Vino caliente con canela y doce platos de diferentes viandas, uno por cada apóstol. Antes de irse a dormir, se calza las zapatillas de raso y danza para él, acompañada de una música que sólo ella podía escuchar.

Por la mañana la despertaron los villancicos de los niños. Abre la puerta y les da polvorones de nuez. Los miraba marchar cuando escucha ruido en la cuadra. El viejo estará ordeñando, piensa. Al dirigirse hacia allí lo ve salir camino de la casa y al cruzarse con ella, despacio, el anciano le susurra.

—Ve tú. Yo el habla de ese hombre, no la entiendo.

© Malena Teigeiro

Invitación

Liliana Delucchi

Mientras espera a su nieta, Edith permanece sentada, contemplando la niebla que cae sobre Madrid. Como cada semana anterior a Navidad, irán al ballet, la cita obligada para ver Cascanueces. Es una tradición que se remonta a la niñez de la señora, quien desde entonces se emociona con la música que Chaikovski compuso para la guerra de los juguetes. Aunque intenta fijarse en la copa de los árboles, desnudos en esta época del año, no puede obviar la presencia de una caja sobre la mesa, donde guarda sus tesoros, sus recuerdos. Alarga una mano para alcanzar el bastón, se pone de pie y se acerca a ella. El sobre está en el mismo sitio desde que lo recibió hace ya muchos años.

Era 1992, en medio de la algarabía de las olimpíadas, el Quinto Centenario y el annus horribilis de la familia Windsor, recibió una carta desde San Petersburgo que la llevó a otro tiempo, a otra ciudad. Dentro, había unos sellos y una escueta nota: “Mira lo que han impreso para conmemorar los cien años de nuestro Cascanueces.” No llevaba firma. No hacía falta.

Era muy joven cuando viajó a Nueva York para celebrar las navidades con parte de la familia que vivía allí. Como era tradición, fueron a ver Cascanueces y, gracias a lo relacionado que estaba su primo con el mundo de la danza, tuvieron acceso a los camerinos. Al verlo de cerca por primera vez, con la cara pintada, enfundado aun en su maillot, a Edith le temblaron las piernas y casi no pudo decir palabra cuando extendió la mano para saludarlo.

Los paseos por el parque sucedieron a las salidas a patinar, a las compras y a los villancicos, a besos escondidos entre bambalinas en medio de ensayos de pas de deux y las sonrisas cómplices de los miembros de la orquesta. Los bailes y las veladas los encontraban juntos hasta que tuvo que partir. Siguió su trayectoria a través de los periódicos, supo de su accidente por medio de una carta en la que le contó que ya no bailaba, que había sido contratado como coreógrafo en Rusia. Una y otra vez la invitaba a visitarlo,  hasta que con la excusa de una investigación, pudo viajar y continuar con una historia de la que conocía el final.

Un amor por correspondencia salpicado de algún encuentro a escondidas de sus cónyuges, hasta que llegó su primera hija, desde entonces solo les quedó la correspondencia. Y los recuerdos.

La presencia de su nieta la devuelve al salón, a ponerse el abrigo y partir en dirección al teatro. De regreso a casa, con la música sonando todavía en su mente, recuerda que ha leído que esta semana le harán un homenaje en Nueva York. Ve la ciudad nevada, los niños patinando, los Santa Claus por todos los centros comerciales,  a una pareja de jóvenes que desafiaban convenciones que estaban más allá de su alcance, y el temor de decepcionarse mutuamente al no ser capaces de vencerlas.

¿Por qué no?, todavía puedo viajar. Cuando está allí, él siempre se aloja en el mismo hotel. Introduce uno de los sellos en un sobre y escribe: “¿Qué harás en Nochebuena?”

© Liliana Delucchi

Juegos de Navidad

Marieta Alonso

¡Estas familias tan modernas! Eso se lo oí decir a mis abuelos maternos y en cuanto me vieron se callaron. Y es que voy a pasar la Nochebuena y la Navidad con mi primera mamá y mi tercer papá, luego despido el año y recibo al nuevo con mi primer papá y mi cuarta mamá. Creo que tengo un poco de lío familiar. Mi primera mamá, la que siempre está conmigo, me ha dicho que cuando sea mayor lo entenderé.

Entre mi Tata y yo hemos montado un Pesebre y un Árbol de Navidad en mi habitación. A mi tercer papá no le gustan estas Fiestas y ha prohibido ponerlos en el salón. Adoro al Niño Jesús, hablo con él todas las noches, y aunque en la cuna parece chiquitín, debe de tener mi edad porque es mi amigo.

Mi mamá en cuanto anochece entra en mi habitación para contarme un cuento. Hoy sin dejarla terminar me he hecho el dormido, así que me da el beso de buenas noches, me arropa, apaga la luz y cierra la puerta. Y justo en ese momento abro un ojo, luego el otro y me levanto despacito porque el aire se ha vuelto mágico y ruge como en un bosque encantado. Mis juguetes, haciendo lo mismo que yo, saltan del arcón donde los guardo y se cuelgan de las ramas del árbol.

Mickey con su afán de protagonismo, ha empujado a Spiderman que se ha caído encima del buey y del susto, el pobre animal muge; San José le palmea la testuz, mientras la Virgen María mece la cuna del Niño. La mula con sus pezuñas le ha roto a Peter Parker, una de sus lanzatelarañas. Se la he tenido que entablillar con un mondadientes y una tirita. Ya está listo para enfrentarse a los malos. Desde la rama más alta del árbol me llama Piolín para contarme que le ha parecido ver a un lindo gatito, y es que Silvestre está haciendo reír a Jesús al pasarle su roja nariz por la mejilla. Es muy ladino este gato. Está más atento al canario que al Niño. Superman se acerca a la cuna para ofrecer sus habilidades en beneficio de toda la Humanidad. Ya puedo irme a dormir tranquilo. Si el Belén tiene como guardaespaldas a mi superhéroe favorito, a nadie le puede pasar nada malo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Buk

15 noviembre, 2015 por Akelarre 4 comentarios

Norwich terrier Buk

BUK

Nacido el 8 de Agosto de 2014. Hijo de Rita y Gent.

Pertenece a la raza Norwich Terrier, descendiente de los Irish Terrier, originario del Reino Unido y, al menos, desde el siglo XIX fue criado en East Anglia, para la caza de animales de madriguera y pequeños roedores.

Es uno de los Terrier más pequeños, de pelo duro, resistente, sano y de carácter afectuoso.

Este simpático perrito es el que ha inspirado los relatos de este mes.

Revelación

Cristina Vázquez

Tras la puerta

Malena Teigeiro

Italian shoes

Liliana Delucchi

Código canino

Marieta Alonso

Revelación

Cristina Vázquez

Nunca soporté a los perros, desde que una tarde a la altura de mis seis años, me quedé encerrado en un patio de la casa de mis abuelos con siete de ellos. No fui capaz de moverme durante dos horas de la mesa en la que me subí y no he olvidado el odio que sentí hacia mis ancestros, los gritos de desesperación que se perdieron en el vacío, ni el frío que se me quedó en la mojada pernera del pantalón, como indigna señal de mi pánico.  Cuando volvieron de su paseo, los mayores no entendían qué me había pasado, si eran una preciosidad, una monada,  y mientras lo decían les daban besos y arrumacos a los chuchos.  Yo, como un capitán fracasado, cruzaba mis piernas para disimular la mojadura y de un brinco me colgué de la espalda de mi abuelo para no acercarme a ellos.

Pasaron los años y pude mantener con decoro mi desapego hacia los perros que parecían un destino en mi vida,  pero como el destino es terco,  hizo que mi vecina tuviera uno de lanas que me gruñía desde la puerta y cuando por fin caí rendido de amor por una hermosa, hermosísima y adorable mujer, resultó ser veterinaria. Mi condición fue que jamás un perro entraría en nuestra casa, y pese a los ojos de desolación de mi adorada, cumplió la palabra.

Una noche al tirar la basura oí un extraño quejido intermitente que quebraba el corazón más áspero. Entré en casa, cogí unos guantes de goma y salí a investigar qué sonaba en el fondo de ese cubo. Después de varios repugnantes intentos de no mancharme y no vomitar, encontré en el fondo una bola tostada con dos ojos como canicas. Me eché para atrás pensando que era una rata, un hámster o algún otro asqueroso bicho, cuando se alzó en dos patas un perro, peludo, redondo y llorón. Lo sujeté con maestría por el pescuezo y lo deposité en el lavadero a la espera de entregarlo a la Sociedad Protectora de Animales.  Imposible gestión.  Mi mujer y mi hijo cayeron en un éxtasis de felicidad. Los dos me abrazaron dándome gracias, era el mejor, les había dado lo que más querían: un perro. Sus rostros parecían caretas de feria de continua que era su sonrisa. Mis protestas las tomaban a broma entre besos y agradecimientos.

Lleno de ambivalencia pensé que no era casual su aparición, que podía ser una oportunidad de vencer mi rechazo, casi freudiano, a esos animales que parecían estar siempre en mi vida.

Aunque yo me esforzaba con él,  no conseguí ninguna reacción por su parte. Mientras lamía  y jugaba con los demás, a mí me dedicaba una escueta y protocolaria movida de rabo al llegar  a casa.

El sitio que eligió como suyo era un rincón, lugar de paso entre el cuarto de estar y la cocina.  Como yo me levantaba el primero, nunca pude entrar  a desayunar,  pues ejercía de vengativo e inflexible can Cerbero, con su carita de mira que lindo perrito, pero no des un paso más.   En mi voluntad de aproximación, alguna vez que me quedé solo con él, lo llamaba para que se tumbara cerca y verme a mí mismo como hombre  que, superado sus traumas, descansa con su perro en el hogar, pero nunca logré que se moviera del rincón. Cada vez que daba un paso me gruñía, enseñándome los diminutos dientes con una ferocidad de lobo.  En ese momento yo volvía a sentir mi antiguo odio, hasta que un día, me quité la zapatilla para castigarlo y al descubrir mi pie desnudo me lo lamió con devoción, como si hubiera descubierto un bien largo tiempo deseado. Debo reconocer que casi se me caen las lágrimas contenidas desde mi infancia, al notar su cálido cosquilleo y su mirada de entrega. Desde entonces, mi mujer dice que estoy perdiendo la cabeza, que no entiende por qué me quito los zapatos para entrar en la cocina, que además de ser antihigiénico, me voy a resfriar.

© Cristina Vázquez

Tras la puerta

Malena Teigeiro

Mito buscó su esquina. La única por la que pasa un tubo de calefacción que coincide con el reposo de su vientre. Se tumbó. Envuelto en su cuerpo, descansaba. Quería dormir. Pero estaba desvelado.

Desde el momento en que el amo lo llevó a la casa, lo había tratado bien. Además, sin que su mujer lo viera, le da trozos de pollo mientras come. Mito, inquieto, busca una postura más cómoda. Resopla. Sus manos son grandes, suaves, calientes, y como si fueran alas de paloma, le gusta pasárselas por encima de la cabeza para terminar rascándole el entrecejo. A él le encanta dormir la siesta pegado a sus pies. Olían siempre igual. A veces, el amo levanta la punta del zapato y le acaricia el lomo.

Los fines de semana solían ir al campo, donde persigue a las urracas. Allí tiene un amigo, Bolero, el perro del pastor, un can grande, con mucho pelo blanco y gris que cada vez que lo ve llegar, corre a buscarlo contento. El amo goza cuando los ve brincar y retozar por el campo, si bien Mito se percata de que no le atrae esa amistad. Lo cierto es que cuando vuelven a Madrid siempre tiene que arrancarle las garrapatas. Y él, aunque le resulte molesto, se queda quieto mientras, rezongando, lo moja con aceite para ahogar a los sanguinolentos bichos.

A Mito también le encanta  el mar. En el verano, por las noches, su amo lo lleva a la playa y juntos corren por la arena. Solía acompañarlos la nieta mayor, que le tiraba conchas al agua para que fuera a buscarlas. No le gusta mojarse, pero es tan cariñosa la niña que, por darle gusto, finge que está contento y salta entre las olas.

Los nietos eran un poco pesados, pero no se quejaba. Sabía que cuando, envuelto en una manta, lo acostaban en el coche de las muñecas, con un gorrito que le aplasta las orejas, lo hacían sin mala intención. Lo querían todo menos Álvaro, que era maligno. En cuanto se le acerca es para darle una patada. Él podía morderlo, y ganas le daban.

Algo echaba de menos, y la culpa era del ama, que no es que fuera mala, pero era un poco pretenciosa, y aunque lo trata bien y lo lleva a la peluquería para que siempre esté limpio y sin olor a perro, no le gustan los animales, ni las plantas, ni los niños.

La mujer del amo, sin que él se enterara, lo había llevado al veterinario. Ahora no puede tener cachorros. Así que había decidido que si no era posible tener descendencia, tampoco quiere tener una esposa, porque, en el fondo, la compañía de las mujeres, como le decía el amo, era un coñazo. Había tenido suerte con él. Todos los días lo aguarda cuando viene de trabajar. Lo espera y lo saluda contento, pero eso de llevarle las zapatillas, eso no.

Se levanta y Mito se acerca al plato. El agua no está fresca. Aun así, bebe un poco. Despacio, vuelve a su esquina. Se vuelve a tumbar. No puede dormir. El amo había caído enfermo y le preocupa. Él lleva varios días vigilándolo.

De pronto levantó las orejas, cerró los ojos y respiró profundo. Tras la puerta en la que apoya la cabeza, su amo duerme. Mito es el único de la familia que sabe que ya no volverá a despertarse.

© Malena Teigeiro

Italian Shoes

Liliana Delucchi

Desde el principio supe que no lo soportaría. Entró en nuestra vida como una ristra de chorizos de mala calidad; ella no merecía un tunante de esa guisa. La culpa fue de la loca que conoció en el gimnasio. La que llegaba, vestida como una morcilla a punto de explotar, con los pelos largos y teñidos de rubio, hablando sin parar.  Yo me hacía pequeño en mi rincón y cerraba las orejas, pero no dejaba de mirar la expresión de Elena. Conozco la media sonrisa que intenta ser amable; los ojos abiertos incapaces de creer lo que salía de la alcantarilla de esa señora, que iba de nueva amiga.

Ella se lo presentó. Es guapo, le dijo, se va a exhibir en la pasarela de Milán. Já, pensé, no creo que Armani lo acepte. Una  noche la acompañó a casa, y la siguiente. Empezó a quedarse a cenar, a beber el brandy de Elena, a comer su comida. Un día tras otro y así se terminaron las veladas frente a la tele, los dos juntos en nuestro sillón preferido; su mano acariciándome, mi cabeza sobre su falda, su risa con las comedias, sus lágrimas con los dramas. Éramos felices.

El día que el aspirante a modelo llegó con las maletas, me puse enfermo. En realidad no me pasaba nada, pero ella llamaría a Santiago. Santiago es mi doctor. Él sí que me gusta, y a ella también, estoy seguro. Cuando viene a verme, se quedan charlando; hablan de viajes, de libros, de música. Sin embargo, con éste, ella solo escucha una verborrea que no sale de la primera persona del singular: “YO”. Las cantidades de flexiones que hice, los kilómetros que corrí, las mujeres que se dieron la vuelta por la calle para mirarme… A lo que iba, Santiago no me traicionó, le dijo que quizás yo estaba deprimido, le preguntó si había dejado de prestarme atención, después me guiñó un ojo.

Decidí tomar cartas en el asunto cuando Mister Músculos se negó a que me sentara en el sillón con ellos a ver la tele:

-Este saco de pulgas me produce alergia.

¡En mi vida he tenido una pulga! Y me bajó de mi asiento. Ella me miró con tristeza y fuimos en busca de mis golosinas preferidas. Soy rencoroso, así que esa tarde, cuando me encontré con Imperator en el parque, le conté lo que me pasaba. Aunque es grande y lo llevan con bozal, mi amigo tiene un enorme corazón, y más inteligencia, así que entre los dos urdimos un plan.

Días después, mi enemigo partió a Milán. Yo aproveché para simular una tos que hiciera venir a Santiago y pude instalarme entre los dos en nuestro sillón, mientras los escuchaba hablar de la última obra que habían estrenado. Elena estaba contenta.

Beau Brummell volvió sin trabajo, pero con un par de zapatos italianos que eran francamente bonitos, hasta a mí me daba pena utilizarlos de retrete, pero Imperator me había dicho que era una medida eficaz.

Elena detuvo en el aire la mano del intruso cuando la levantó para pegarme, después abrió la puerta y ese señor se fue de nuestra vida, espero que para siempre. 

Ciao.

© Liliana Delucchi

Código canino

Marieta Alonso

Como no tengo hermanos, pedía a gritos un cachorro. Mi padre sentenciaba: “entrando un perro en casa, saliendo yo por la puerta”. Mi madre al abrazarme me susurraba al oído: ¡La paciencia todo lo alcanza!

Hace unos meses pasó algo. No sé qué fue. Oía ruidos extraños y me recosté en la puerta del dormitorio de mis padres. Tenía prohibido entrar sin tocar; antes llamaba y ya dentro decía ¿se puede pasar?  Ahora no me queda más remedio que esperar: mi padre puso un cerrojo.  El caso es que aquí estoy a la espera de que terminen unas risitas de ratón, unos gemidos de gato y unos ladridos roncos. Cansado, aporreé la puerta y cuando abrieron, que demoraron lo suyo, alegué que no había derecho a que ellos se acostaran con todo tipo de animales y a mí me negaran el tener un perro, que fuera solo mío, y me enseñara lo que son las responsabilidades.

Parece que les convencí y mi padre, al día siguiente, me trajo de regalo el perro más lindo del mundo. No entiendo que siendo mío, mi madre se haya adueñado de él. Fue quien lo bautizó con el nombre de Azúcar, cuando yo quería que se llamara Pluto. Lo llevó de compras y regresó con un abrigo, un collar y unas gafas para que, cuando lo lleváramos a la nieve, el sol no le hiciera daño. Se lo probó todo delante de mí. No sé qué mirada le regalé, pero Azúcar se tapó los ojos con una pata y se le cayeron las gafas.  Mi madre ha dicho que les pondrá un cordoncito para que eso no vuelva a suceder. Mi padre, pasándose una mano por la calva, comentó que con ese ropaje parecía un perro bitongo. Ni Azúcar ni yo sabíamos qué era bitongo y nos explicó que era un niño de familia pudiente, criado con privilegios por encima de la media. No comprendo nada. Si el niño soy yo, ¿por qué llama así a mi perro?

Menos mal que Azúcar me quiere, si me ve triste y me acuesto en su rincón favorito, me da cientos de lametazos en la cara hasta que le sonrío. En la calle me mira como si pidiera permiso y yo dejo que huela de lo que pica el pollo. A mi madre le dan los siete males cuando Azúcar olisquea el trasero de otros perros, que a saber si están vacunados y si los bañan con jabones artesanales de hierbas aromáticas.

Azúcar y yo somos cómplices, sabemos guardar secretos, por eso tenemos nuestro propio lenguaje: ¡Guau!, que tiene hambre; ¡Guau, Guau! que vienen mis padres; ¡Guau, Guau, Guau!, que quiere ir a correr. Por mi parte, si le digo muy bajito Pluto, sabe que voy a darle chuches; Pluto, Pluto, se echa a mis pies; Pluto, Pluto, Pluto, salta a mi cama y nos arrebujamos hasta el día siguiente en que me despierta: ¡Guau, Guau!

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Jardín de las Delicias

7 octubre, 2015 por Akelarre 1 comentario

El Jardín de las Delicias. Tríptico abierto. El Bosco
El Jardín de las Delicias. Tríptico abierto. El Bosco

El Jardín de las Delicias de Hieronymus Bosch (el Bosco)

Pintura al óleo sobre tabla de 220 x 389 cm, compuesto de una tabla central de 220 x 195 cm y dos laterales de 220 x 97 cada una (pintadas en sus dos lados) que se pueden cerrar sobre aquella. Año 1500-1505.

El Jardín de las Delicias. El Bosco
El Jardín de las Delicias. Tríptico cerrado.

El tríptico cerrado representa en grisalla el tercer día de la creación del Mundo, con Dios Padre como Creador, según sendas inscripciones en cada tabla.

En el tríptico abierto se incluyen tres escenas: La tabla izquierda está dedicada al Paraíso, mientras que la derecha muestra el Infierno. La tabla central da nombre al conjunto, al representarse en un jardín las delicias o placeres de la vida. 

Entre Paraíso e Infierno, estas delicias no son sino alusiones al Pecado, que muestran a la humanidad entregada a los diversos placeres mundanos. Son evidentes las representaciones de la Lujuria, de fuerte carga erótica, junto a otras de significado más enigmático.

Esta magnífica obra de arte ha inspirado cuatro nuevos relatos de nuestras autoras.

El Elegido

Cristina Vázquez

Una noche en el monte Pindo

Malena Teigeiro

Lilith

Liliana Delucchi

El Cuentista de la Noche

Marieta Alonso

El Elegido

Cristina Vázquez

Yo no había visto nunca a mi abuelo. Cuando  se hablaba de él,  el tono de voz de los mayores era más bajo, como si una corriente helara sus palabras y a la vez, una  actitud reverencial les hiciera quedarse con una expresión embobada. Solo una vez a mi tía Constanza, se le ocurrió decir con voz crispada.

— Es un loco y vosotros unos pusilánimes.

Las miradas de todos convergieron en ella con dureza y se fue de la habitación con la mirada baja. A partir de ese día pareció ir perdiendo lustre, se iba como borrando y en las largas sobremesas familiares, las conversaciones se cruzaban por encima de su cabeza. Vivíamos toda la familia, mi padre y sus tres hermanos con sus respectivas mujeres e hijos en una casa enorme en medio del campo, la cual se iba desconchando poco a poco, pero nadie movía un dedo, como si  todos esperaran que algo externo y repentino lo solucionara, al igual que  el jardín, en el que todavía quedaban trazos de un diseño esmerado, se iba quedando sin flores, lleno de malas hierbas y oscurecido por los árboles que crecían sin control. A veces no se veía el cielo.

Un día, con cierta solemnidad, mis padres y tíos me convocaron para decirme que el abuelo había llamado y deseaba verme. Me vistieron con mis mejores ropas, bien peinado, con las uñas limpias, los zapatos brillantes y me subieron al coche que conducía  el hombre que ayudaba en el establo. Todos en la puerta se despidieron de mí, mientras el corazón me saltaba con una mezcla de temor y curiosidad. Empezamos nuestra marcha muy lentamente por un camino que había en la parte posterior del jardín y por el que teníamos prohibido ir. Al cabo de escasos cinco minutos llegamos a la casa de mi abuelo. Blanca, alta, con las persianas de un verde intenso cerradas.  Al bajarme del coche se abrió la puerta como por ensalmo y entré.

La viejecita que me recibió era como una manzana sonrosada, de pelo canoso, con una cofia torcida, un delantal resplandeciente y una sonrisa socarrona y cogiéndome la cara entre las manos, me susurró que era muy guapo, mucho más que mi padre.

Un delicioso olor impregnaba el aire y mientras la seguía, sin darse la vuelta, me confesó que había hecho una tarta de frutos rojos.  Al llegar delante de una puerta de madera tallada, me dijo que pasara, que ahí estaba el abuelo esperándome. Yo noté un cierto temblor en las piernas y sudor frío en las manos.

—  Anda pasa —y me empujó con suavidad.

La habitación, forrada de madera, era una biblioteca hasta el techo. La chimenea  estaba encendida en una esquina, pese a que era el mes de junio; un enorme ventanal ocupaba casi toda la pared de enfrente, delante del cual había un sillón de respaldo alto de cuero repujado, del que  sobresalían unas manos pálidas apoyadas en los brazos. Temblaba, no sabía qué hacer hasta que oí, muy bajito, la voz del abuelo.

— ¿A qué es un paraíso?

El ventanal se abría a una pradera que bajaba suavemente hasta un riachuelo, bordeado de árboles, unos llenos de frutos, otros de distintos verdes que parecían mecerse acompasadamente. Unos parterres de flores se distribuían ordenadamente y a medida que descendía la colina se veían otras flores salvajes que crecían a su aire. Nunca había visto un paisaje tan hermoso ni un jardín tan cuidado.

El abuelo sin esperar respuesta, me dijo que me acercara, que no tuviera miedo y cerré los ojos antes de ponerme ante él. Cuando los abrí un anciano diminuto, con unos quevedos en la nariz, una manta a cuadros sobre las piernas y la sonrisa amplia, alargó la mano para tocarme el pelo.

— Hola, no tengas miedo. Al fin y al cabo somos familia —y su risilla era menuda y frágil.

— No tengo miedo.

— Pues deberías, después de lo que habrás oído de mí.

Balbuceé algo y me fijé que en la mesa, que estaba a su lado, había un tríptico cerrado, oscuro, con una maravillosa bola de cristal pintada. Mientras la miraba fascinado oí al  abuelo que susurraba, lo sabía, no me he equivocado, es mi elegido y un ataque de tos  le sacudió en el sillón.

— ¿Qué es?

— Es el misterio del mundo, aquí se encierra.

— ¿Puedo abrirlo?

Me escrutó con seriedad, extendió las dos manos y cogió las mías. Su tacto era como dos paquetitos de huesos helados.

— No, cuando yo muera. Solo entonces y según lo que seas capaz de ver dentro, así será tu vida. Oscura o llena de color. Encontrarás todo el misterio de la vida y la muerte.

Yo me quedé sorprendido de la dulzura y la intensidad con que lo dijo. Luego se dio media vuelta para tocar el timbre, murmurando que ya era hora de merendar y me pidió que me sentara junto a él. Sin quitar la vista del ventanal y como si no se dirigiera a nadie, dijo que esperaba que fuera digno de ello, los otros no lo eran y por eso no los trataba. En ese momento se abrió la puerta y entró la viejecilla con la tarta y unos platos.

© Cristina Vázquez

Una Noche en el Monte Pindo

Malena Teigeiro

"El pasado no tiene hogar allí. 

No temas desterrado lo desconocido. 

Buscamos la bóveda en un frío amanecer

o en una sangrienta puesta de sol,

 incluso ser sólo sombras."

César Antonio Molina

Con la promesa de volver rico para casarse con ella, Juan se fue a hacer las Américas. Todos los veintitrés de junio al atardecer, Amada, envuelta en su capa de paño negro, subía las escarpadas laderas del mágico monte Pindo seguida por las azules miradas de los espíritus de las mouras, bellísimas princesas que peinaban sus rubios y largos cabellos en los espejos del agua de la cascada que saltarina y gozosa, bajaba hasta el mar. Al pasar por delante de la Casa cueva da Xana, Amada bajaba la cabeza y se protegía el vientre con las manos. Apresurada, seguía su camino desoyendo las promesas de felicidad de los espíritus que allí vivían.

Al llegar a la cumbre de la Pedra Moa, rodeada por las mismas bañeras de liso granito en las que los antiguos Celtas adoraban al sol y la luna, colocaba su bola de cristal envuelta en seda, para a las doce en punto descubrirla mirando al cielo. Cuando los primeros rayos de luz de luna de la noche de San Juan caían sobre el liso vidrio, aparecía en su interior la misma imagen: agua, sol y campos de café. Amada envolvía la esfera, y ya de pie, contemplaba el horizonte, hasta allá, en donde se ve la tierra curva, y con los dedos enviaba un beso a su hombre.

Y así estuvo, año tras año, hasta que le anunciaron que su prometido había vuelto y que iba por el bosque camino de su casa. Ansiosa por estar con él, corrió a buscarlo, y entre castaños, pinos y avellanos, lo vio llegar. El hombre que andaba hacia ella, recio, cano, poderoso, nada tenía que ver con su Juan. Al encontrarse, la miró, y sin siquiera saludarla le puso las manos sobre los hombros y tanto se los apretó, que la joven sintió que podía romperse. El hombre, sin soltarla, la miraba a los ojos. Le arrancó la ropa con furia y la tiró al suelo.

Abrochándose el pantalón, sin más palabras que las de su cínica mirada, le anunció que contraerían matrimonio días después, el veinticuatro de junio. Dando media vuelta se fue, dejándola, humillada, en el suelo. Ella no pudo entender el porqué de aquella seca, bruta e insólita reacción.

La noche antes de la boda, Amada subió al monte Pindo. A las doce descubrió su bola. Estaba vacía. Contemplando el blanco cristal donde solo relucía la sombra de la luna, pasó la noche. Al amanecer, perseguida por las risas de las mouras, bajó las escarpadas piedras hasta su casa y comenzó a prepararse para la ceremonia. Toda la aldea acudió al banquete invitada por las familias de los jóvenes. El dinero a Juan no le faltaba.

Pasaron unos años sin haber conseguido darle a su esposo el hijo deseado. Una noche, después de yacer sin amor ni complacencia, le escuchó exclamar pellizcándole las mejillas hasta dejárselas rojas: Mujer, ¡para qué tanto trabajo, para qué tantas penurias, para qué tantas riquezas si no tengo a quién dejárselas! ¿Para qué me sirves?

El veintitrés de junio de su séptimo aniversario de bodas, Amada introdujo la bola de cristal en una cesta y se dirigió al monte Pindo.

Subió hasta la Pedra da Moa. Hacía frío. Buscando el calor de la piedra, tumbó su cuerpo en una de las bañeras y colocó la bola encima de su vientre. Al dar las doce, y comenzar el día veinticuatro, retiró la seda y dejó el cristal al aire de la noche. La bola se fue llenando de sombras. Poco a poco se conformó una imagen. Dentro de la esfera no era de noche ni de día. No había campos de café ni agua. Solo grises y turbias formas vegetales clavadas en piedras y arena seca, cubiertas por un cielo sin estrellas, plagado de negras nubes vacías de agua. No lucía la luz, ni del sol ni de la luna. No había simientes ni vida. La mujer dobló el cuerpo hasta tocar con la cabeza las rodillas. Apretó la bola contra su vientre seco. Lloró. Levantó el rostro hacia la luna y gimió, y gritó pidiendo ayuda.

Amanecía cuando comenzó a bajar el monte hacia el mar. Las sombras de los espíritus, las xanas que rápidas corrían a esconderse en la noche, y las caricias de las bellísimas mouras, la acompañaban. La muchacha, sacó la bola de su cesta y la arrojó delante de uno de los gigantes de piedra que defendían la tranquilidad de los espíritus. El globo de cristal, sin romperse, comenzó a rodar saltando y tropezando, entre las piedras. Enloquecida, la vio desaparecer mientras su cuerpo se bamboleaba entre las locas ráfagas del viento plenas de voces, aullidos y risas. De pronto escuchó un cántico dulce, melodioso, que la llamaba. Atraída por la voz, anduvo por senderos de hierbajos y zarzas, en donde las ropas se le quedaban presas; por pedregales, en los que se destrozaba la piel de las manos y los pies, hasta llegar a la Casa cueva da Xana. Entró.

Dos días después, con las ropas desgarradas, protegida por el arco de piedra de la cueva, Juan y los hombres que con él iban, encontraron su cuerpo exangüe.

Y nueve meses más tarde, la noche en que termina el invierno y comienza la primavera, Amada dio a luz un hermoso y pálido niño de ojos azules. Sin siquiera mirarlo, recordó su grito pidiendo ayuda en la Pedra da Moa. Recordó su bajada, entre el viento, por los pedregales del monte Pindo. Los cánticos de las Mouras que la llamaban. Recordó la noche en la Casa cueva da Xana, su ruego, su promesa de una vida por otra vida.

Al sentir sobre su frente la mano helada de la hermosa moura de rubios cabellos, lujosos vestidos y dulces ojos azules, sonrió tranquila y falleció.

© Malena Teigeiro

Lilith

Liliana Delucchi

"Creó, pues, Dios al hombre a su imagen;
a imagen de Dios lo creó;
varón y mujer los creó."

Génesis 2:4-25

Suscitar interés era una de las características de Lilith, por eso a  Pedro no le sorprendió que su compañero de asiento no dejara de mirarla. Esa tarde de principios de otoño, una multitud visitaba la muestra de El Bosco. La joven, sentada frente a El Jardín de las Delicias, mantenía la vista fija en la tabla de la izquierda; el movimiento de sus párpados manifestaba una búsqueda y, por el fruncimiento de sus labios, Pedro pudo entender un repentino disgusto.

Se habían conocido durante el curso del primer año de Antropología, carrera que Lilith dejó para matricularse en Sociología y más tarde en Periodismo. A Pedro le habían llamado la atención los grandes ojos oscuros de esa chica que se sentaba al final de la clase, sus preguntas inteligentes y una especie de ausencia que la mantenía alejada del resto de los alumnos.

Segunda hija de un matrimonio distante, Lilith nunca pudo competir con el amor que su madre sentía por su hermano mayor ni con la devoción de su padre por la pequeña. Solo un primo lejano era su compañero de juegos y cuando él murió a causa de unas fiebres, el jardín de la casa quedó para ella reducido a la sombra de los magnolios, donde refugiaba sus fantasías y lecturas. Con algunos novios esporádicos, cumplía con la premisa de que una joven debe relacionarse con el sexo opuesto, hasta que el aburrimiento de ella o el desinterés de los jóvenes por palabras que estaban lejos de su entendimiento, la llevaban a desistir. Con Pedro fue diferente. Se dio cuenta de que ese muchacho de pelo oscuro y ojos penetrantes, mostraba disposición a escucharla, aunque le hacía preguntas que ella era incapaz de responder.

La exigua luz que escapaba por la rendija de las vidas ajenas la había hecho observadora, como si la contemplación de lo que ocurría a los demás pudiera esclarecer sus circunstancias. Sin embargo, no era así. Cuando se acercaba a la comunión consigo misma, intensos nubarrones bloqueaban su pensamiento para relegarla, una vez más, a la soledad.

Esa tarde en el museo, Pedro concluyó, desde donde la observaba, que algo se estaba transformando en el semblante de Lilith, como si el velo que la separaba del mundo estuviese a punto de desgarrarse. Cuando el hombre que estaba al lado de la joven se levantó, Pedro ocupó su lugar.

-¿Lo ves? –le preguntó ella, sin mirarlo- En la tabla de la izquierda, la del Paraíso. Mi hermano, Adán, está sentado y la pequeña Eva se inclina ante Dios.

-Seguramente tus padres quisieron remedar tu ausencia en el cuadro llamándote Lilith, aunque mucho me temo que fuiste tú quien no quiso aparecer. Habrá que preguntarle a El Bosco.

Ella sonrió y le apretó la mano.

© Liliana Delucchi

El cuentista de la noche

Marieta Alonso

En un mágico país, hubo un pintor llamado Jerónimo, que tenía la mirada aviesa, la frente altiva, la mano ágil para dibujar a quien pasara cerca y luego salir a buscarlo, no se sabe para qué. Lo cierto es que a aquel que sus lápices delineaban, nunca más se le volvía a divisar por los alrededores. Decían las malas lenguas que si a su lado, un demonio sería una dulce alimaña escondida en los estanques y las rocas; que si una lechuza iba anunciando su camino; que si se quedaba inmóvil se convertía en un hombre árbol y cuando alguien pasaba cerca se dejaba caer aplastándole como a un sapo; que si dibujando instrumentos musicales atraía a los infiernos a los que no estaban ojo avizor y que allí había tal calor que se derretían primero los huesos y luego la piel; que si de esa incandescencia solo se salvaba la cabeza que, en un momento dado, caía al suelo como bola de ping-pong y, rebotando, iba ladera abajo hasta llegar a un agujero donde se quedaba girando y girando; que si, más tarde, la patada de un asno la hacía caer en una pradera de estiércol en donde un batallón de hormigas uniformadas se hacía cargo de esa cabeza para que les sirviera de alimento durante la larga noche invernal…

— Venga, niños, es hora de dormir.

— Mami, mami, duerme conmigo. Tengo mucho miedo.

— No cariño, vete con tu padre que es el de los cuentos luminosos.

— No, con papi, no. Dice ser el pintor.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

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