Medallón bajorrelieve en terracota de Battista Sforza
Esta obra se realizó para conmemorar la muerte, el siete de julio de 1472, de la condesa de Urbino, Battista Sforza. Fue la segunda esposa de Federico de Montefeltro la cual no llegó a alcanzar el título de duquesa ya que él no lo obtuvo hasta 1474. Igual que en el famoso díptico de Piero della Francesca, ella también está de perfil, inspirados ambos en las monedas antiguas.
Fue la primera hija legítima de Alessandro Sforza —señor de Pésaro— y su esposa Constanza da Varano, la cual murió en 1447 al dar a luz a su segundo hijo. Después de la muerte de su madre, los dos niños se mudaron a la corte de su tío paterno Francesco Sforza y su esposa Bianca Maria Visconti en Milán, donde se educaron junto a sus primos.
Este tío fue quien arregló su matrimonio con Federico de Montefeltro cuando Battista tenía tan solo catorce años, siendo él veinticuatro años mayor. Fue uno de los condottieri más exitosos del Renacimiento. Construyó el palacio de Urbino, una de las joyas del Renacimiento, con una biblioteca importantísima y creó a su alrededor una corte humanística.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Un ameno jardín
Cristina Vázquez
A mis compañeros de viaje a Montefiore
Su llegada venía precedida de terribles auspicios. Era un hombre mucho mayor que ella. Feo, casi monstruoso por esa terrible nariz que le acomplejaba. Lo había visto un par de veces y su recuerdo le resultaba desagradable. Se sentía utilizada por su feroz padre, que necesitaba el dinero de esa persona, antiguo socio, fiable y generoso, que se había ofrecido a sacarle de la ruina a cambio de casarse con su hija.
Ninguna duda hizo temblar la mano del padre a la hora de firmar el contrato matrimonial. Ante su cara de estupor, simplemente le dijo que aceptaba el matrimonio o terminaría en la calle, pues iban a perder hasta la casa.
—En tus manos tienes nuestras vidas —soltó en un tono entre suplicante e impositivo.
Al fin había llegado la hora de partir. La madre no se atrevía a mirarla a los ojos al despedirse. Los suspiros que dio al abrazarla, solo mucho tiempo después, Battista comprendió que eran de auténtica aflicción. También comprendió que era casi imposible negarse a ninguna decisión que su padre imponía con puño de hierro. Su hermana, en cambio, le susurró que la envidiaba. Solo tenía que cerrar los ojos cuando el monstruo la deseara y el resto del tiempo volvería a vivir como siempre, rica, importante y no como se quedaba ella en esa miseria que los iba cercando.
—En cualquier caso, gracias —la apartó para mirarla—. Te quedará el consuelo del bien que nos haces.
Luego se rio en un tono forzado que a Battista le pareció desagradable.
Y ahí iba, desde Milán a Urbino, por carreteras estrechas en un coche que ya renqueaba conducido por el antiguo chofer, al que habían llamado para la ocasión para poder aparecer con un poco más de prestancia. Le habían dicho que la ciudad estaba arriscada sobre un monte y que en invierno las nieblas y la lluvia la oscurecían. Pero era otoño y la dulzura de los colores rojizos iba calmando su ansiedad.
La pequeña sacudida que le dio su padre en el brazo, la despertó del breve sueño en el que había caído.
—Mira, ahí está Urbino.
Echó una ojeada por la ventana y vio una ciudad amurallada que se alzaba orgullosa sobre una colina. Aunque el perfil le pareció severo, casi ascético, los rayos de la tarde le daban un reflejo dorado que lo suavizaba. Entraron por una de las puertas y circularon por calles estrechas, medievales, hasta llegar a la casa de su prometido que estaba en la parte alta de la ciudad.
Era un palacete rodeado de un jardín bien cuidado. Un pequeño murete en uno de los lados prometía una huerta y arboles frutales. La palabra que se le vino a la cabeza fue ameno. Recordaba haberlo leído en un texto antiguo “un ameno lugar era el ordenado jardín del señor.” El señor les esperaba en la puerta bien vestido con su traje gris cruzado, un poco anticuado quizás, pero de un excelente corte, camisa de seda y unos brillantes zapatos de cordones. Battista pensó que compensaba la fealdad de su cara, sobre todo por el gran caballete de la nariz, con la innegable clase de su porte.
Federico, que así se llamaba el prometido, le cogió ambas manos al recibirla y le besó con ternura las palmas.
—Bienvenida a tu casa, querida Battista.
Algo en ella se relajó. Tuvo la impresión de que había llegado a un puerto conocido, como si nada de lo que veía le resultara extraño, sino muy al contrario, todo parecía despertar en ella recuerdos dormidos, bellezas sepultadas. Sonrió.
Al día siguiente, mientras su padre remataba algunos detalles y fechas con Federico, se fue a visitar el Palacio Ducal, muy cercano a la casa. Se quedó deslumbrada por la perfección y grandiosidad, a la vez que prometía lugares secretos e íntimos. Le llamó la atención un bajorrelieve de forma ovalada que enmarcaba el perfil de una mujer. Se llamaba igual que ella, lo que le sorprendió pues no era un nombre muy común. Aún se quedó más asombrada al comprobar que había sido la esposa de Federico de Montefeltro, quien mandó construir ese precioso palacio.
Se compró un libro para conocer más sobre el edificio y los personajes. Y leyó que el duque se había casado con esta mujer veinticuatro años menor que él. ¡Dios mío!, se dijo, otra coincidencia con su situación. Tuvo miedo de seguir leyendo, la sobrecogía una suerte de extraña sensación, igual que si se pudiera replicar tantos años después una situación parecida. Salió al patio a respirar aire y, tras un hondo suspiro, siguió leyendo. Fue un matrimonio feliz, lleno de amor y confianza. El duque la hizo partícipe de sus decisiones y cuando él tenía que irse dejaba a su mujer a la cabeza del gobierno. Admiró siempre en ella su cultura y buen hacer y las cartas que se escribieron durante sus ausencias estaban llenas de deseo y nostalgia por la separación. En una leyó “amada mía espero que disfrutes del ameno jardincillo que diseñamos juntos.” No sabía si seguir leyendo. Tenía miedo a dejarse condicionar, pero la curiosidad pudo más. Tuvieron muchos hijos y a la muerte de… Se tapó los ojos y cerró el libro. Lo tiró en la primera papelera que encontró.
Encuentro en la Eternidad
Malena Teigeiro
Su pregunta sobre por qué no me casé habiendo tenidos tantos y tantos adoradores, se la voy a contestar si es que tiene voluntad de escuchar todo el relato. ¿Sí? Pues comencemos.
Verá. Fui una niña flaquita, bastante débil, que nadie creyó que llegara a mayor a la que siempre le gustó ir a los muesos. Sí, me gustó desde muy pequeña. Según mi padre, esa afición estaba bien. Cada vez que mi padre, un hombre enjuto y con cara de pocos amigos, pronunciaba la frase de ‹Eso está bien›, me inducía a ser la mejor en el colegio. Nada podía darme más alegría que darle gusto a aquel que soñó con un hijo varón y que solo me tuvo a mí. Así pues, para complacerlo, me acostumbré a visitar uno y otro museo.
Es posible que usted no lo pueda entender, pero para mí un museo es algo inenarrable. Aunque he de reconocer que siempre me dieron un poco de repelús los arqueológicos. Pensar que los huesos que muestran en las vitrinas eran de personas que, aun viviendo en fechas muy lejanas, en un mundo más o menos parecido al mío, por qué no decirlo, siempre me pareció una falta de respeto. Pero si hay algo que no puedo soportar es la vitrina donde se muestran los restos de una niña metidos en una especie de capullo de barro, toda encogida, a la que han puesto como nombre Juanita.
Y no es que vaya a los museos decidida a no ver esto o aquello. No. A mí me gusta descubrir, por aquí, por allá, a un pintor del que nadie habla, la joya que llevó tal o cual personaje, los jardines italianos hermosamente pintados. Soy algo así como el ratón que por todas partes pasea. Y quizá no lo pueda entender, repito, pero a mí recorrer las salas vacías, esas que nunca nadie visita, me resulta divertido.
También puedo pasarme horas admirando las estatuas, los muebles, los cuadros, aunque aquellos que representan el martirio de los inocentes, ya sea de Lucas Giordano, o de Rubens, o de cualquier otro, porque mira que hay afición a pintar algo tan triste, esos no acababan de agradarme.
Sin embargo, la zona del renacimiento italiano me apasiona. Envidio a esas damas que aparecen en los cuadros vestidas con lujosas telas, con anillos en todos los dedos y collares sobre collares. A veces, en mi casa, intento imitar sus sinuosas sonrisas, sus elegantes posturas recogiendo las flores de los jardines que las rodean. ¡Ay!, delante de estos cuadros puedo estar horas y horas. Últimamente, en una de mis visitas a la zona de las esculturas descubrí un medallón de terracota. En él aparece el perfil de una mujer, joven, sonriente. En la cartela dice que es la duquesa de Urbino. Su deliciosa mirada parece estar despidiendo a algún enamorado. No le podría decir cuántas veces he ido a ver el dichoso medallón. Hasta juego con él. Verá. Una cosa que me divierte es alejarme un poco, quedarme quieta dándole la espalda, y rápidamente girar la cabeza hacia ella. Su inteligente mirada me sigue y su dulce sonrisa me anima. Siento que su perfil es muy parecido al de mi madre a quien también, dicen, le gustaba recogerse el cabello en una coleta. A veces creo que la que me contempla es ella. Tanto me apasiona que he estudiado su vida. Verdaderamente interesante. Al parecer, como le pasó a mi madre, falleció al dar a luz a su único hijo varón. Ya sabe, tener un hijo varón era cosa muy importante por aquellos tiempos. La diferencia con mi parto es que yo fui hija única, y ella tuvo un montón de niñas antes de dar a luz al esperado chico. Leer sobre ella, sobre su familia, un día tras otro me fue acercando a ese niño. Tanto me acercó que llegué a llamar por su nombre, Guidobaldo, al hijo de la mujer del medallón. Me daba lástima. Él, como yo, vivió sin madre. Y, aunque no lo crea, él acudió a mi llamada. Esa noche me acompañó. Charlamos durante muchas horas. Y luego de esa larga conversación, nos hicimos amigos. Como puede suponer, continuaron las visitas y ya, Guidobaldo y yo nos hicimos amantes. Nunca volví a estar sola. Él me acompaña, hora a hora, día a día. Somos almas gemelas que se juraron amor eterno.
Y ahora, que ya se acerca mi hora, está siempre a mi lado. Espera para acompañarme en mi tránsito al Más Allá.
Ahora entiende por qué nunca me casé. ¿Verdad?
El último viaje
Liliana Delucchi
─Sus billetes, por favor ─la voz del revisor despertó a Mercedes de la modorra en que la había sumido el traqueteo del tren.
No era la única en ese estado, el resto de los pasajeros parecía inmerso en el letargo producido por la calefacción y los cristales empañados de las ventanillas en ese vagón de segunda clase. A la joven le recordó las películas en blanco y negro de los años sesenta, sólo faltaba el humo del tabaco y los espías disimulados debajo de sus Borsalinos.
Buscó en el bolso y le entregó a ese señor tan educado aquello que solicitaba.
Darío dormía su última borrachera y ni se enteró de que en una hora ya estarían en la frontera. Lo miró de soslayo. ¡Qué guapo era…! Y seductor. Un verdadero demonio capaz de encandilar a cualquiera.
Con mucho cuidado, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta de su marido hasta encontrar los últimos francos suizos que se habían salvado de las apuestas en el casino. Quizás sirvieran para empezar una nueva vida. Eso fue lo que él le prometió, sin embargo, lo había hecho tantas veces…
«En Italia todo será diferente. Allí tengo muchos contactos que nos ayudarán». Eso fue lo que dijo antes de subir al tren, aunque Mercedes no estaba segura sobre si quien hablaba era el hombre o la resaca. A pesar de la calefacción, sintió un escalofrío. Siempre le pasaba cuando estaba al límite. Aunque esta vez…, mejor no pensar. Limpió los cristales empañados y fundió su mirada en el paisaje cubierto de nieve que cada vez corría más rápido.
El cansancio se fue transformando en sueño, pero la despertó un cabezazo contra la ventanilla. Sintió la garganta áspera, quizás un caramelo le vendría bien y encontró el último en
el abrigo. Mientras el dulce se disolvía en su boca se acarició el cuello. Sonrió. Debajo de la bufanda escondía el collar de perlas que logró salvar de Darío. A la señora le quedaba tan bien, se lo ponía casi todos los días. ¿Qué habrá hecho al descubrir que todas sus joyas habían desaparecido? Seguro que llamó a la policía, pero entonces ellos ya estaban en el tren, con el dinero de su botín, camino de Italia. ¿Sería el paraíso que su marido le prometió?
Nadie los esperaba en la estación de Milán, los alardeados contactos quizás fueran solo una de las tantas fantasías del hombre con el cual se había unido en matrimonio y delito. Caminaron hasta una oscura pensión en el barrio barato cercano a las vías del tren y allí pudo descalzarse y, dinero mediante, tomar un baño. Recordó su habitación en la casa de la señora, tan pulcra, tan limpia, tan cálida. Pero tuvo que enamorarse de ese lacayo que contrataron. Era elegante…, y hablaba como un caballero. ¡Tonta de mí! Se repetía mientras el agua de la ducha le resbalaba por el cuerpo. Me buscarán, me detendrán y terminaré mis días en la cárcel. Cuando salió del cuarto de baño, encontró a Darío tumbado en la cama y roncando. ¡Esto es lo que he ganado!
Un profundo suspiro inundó la habitación. La mujer se acercó a la ventana y, después de limpiarla con la mano, pudo atisbar la ciudad que se erguía más allá de esas míseras casuchas. No puedo quedarme aquí. Ahora no.
Se puso un vestido y un abrigo de la señora, así como esos zapatos tan cómodos que también le había robado. Entonces, arreglada como una dama, abandonó el dormitorio y se dirigió al centro.
Milán era una maravilla, no cabía duda. De pronto, sus ojos se elevaron hacia un edificio que prometía entradas gratis. ¡Un museo! Extasiada por cuanto allí había, se detuvo ante un medallón realizado en mármol, correspondía a una hermosa mujer con un collar de perlas. Mercedes acarició el suyo y se prometió que éste no lo perdería.
Cuando regresó a la pensión, Darío seguía durmiendo. Le quitó el resto del dinero que llevaba encima, así como el reloj, los gemelos y la pluma de oro que había robado al señor. Hizo una maleta con la poca ropa decente que tenía y abandonó la habitación.
En Milano Centrale compró un pasaje para Génova, allí embarcaría al Nuevo Mundo, donde nadie la iba a buscar. Sin embargo, antes pasó por comisaría para denunciar que un ladrón internacional se había refugiado en la pensión Margherita del barrio de San Siro.
Vestida de luto y con un collar de perlas, una elegante mujer se instaló en un vagón de primera clase.
─Su billete, por favor.
¿Superstición?
Marieta Alonso
Dentro de muy poco, será Semana Santa y nos saludará la primavera con sus días más largos y soleados, con el regreso de las aves migratorias y las ganas de vivir…
Me gusta esta estación del año. A pesar de lo que sucede en mi familia. Sí, en la rama materna, la línea femenina. Varias de ellas, se han ido para siempre con noventa años y a la misma hora de un Viernes Santo. Parece mentira, pero así es. Todo comenzó con mi tatarabuela. Esta mujer a la que solo conozco a través de un medallón, que hoy tengo entre mis manos y que tiene incrustado un granate precioso, chiquitito, debajo de su foto.
Ella nació allá por 1848 en lo que es hoy es la República Checa. Por avatares de la vida, su tataranieta, yo, vivo en Madrid. El medallón ha ido pasando de mano en mano, de generación en generación, hasta llegar a las mías.
El granate, ese mineral de color rojo intenso, además de ser bello, tiene propiedades mágicas. Se dice que da energía vital, protege el amor, cuida al corazón y la circulación sanguínea…
Lo aprieto muy fuerte entre mis manos a la espera de que no tenga en cuenta el maleficio, porque el próximo tres de abril, cumplo esa bonita edad y es Viernes Santo.