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El medallón

15 marzo, 2026 por Akelarre Deja un comentario

El medallón
Anónimo (1490—1500) Palacio Ducal de Urbino

Medallón bajorrelieve en terracota de Battista Sforza

Esta obra se realizó para conmemorar la muerte, el siete de julio de 1472, de la condesa de Urbino, Battista Sforza. Fue la segunda esposa de Federico de Montefeltro la cual no llegó a alcanzar el título de duquesa ya que él no lo obtuvo hasta 1474. Igual que en el famoso díptico de Piero della Francesca, ella también está de perfil, inspirados ambos en las monedas antiguas.

Fue la primera hija legítima de Alessandro Sforza —señor de Pésaro— y su esposa Constanza da Varano, la cual murió en 1447 al dar a luz a su segundo hijo. Después de la muerte de su madre, los dos niños se mudaron a la corte de su tío paterno Francesco Sforza y su esposa Bianca Maria Visconti en Milán, donde se educaron junto a sus primos.

Este tío fue quien arregló su matrimonio con Federico de Montefeltro cuando Battista tenía tan solo catorce años, siendo él veinticuatro años mayor. Fue uno de los condottieri más exitosos del Renacimiento. Construyó el palacio de Urbino, una de las joyas del Renacimiento, con una biblioteca importantísima y creó a su alrededor una corte humanística.

Un ameno jardín

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Un ameno jardín

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A mis compañeros de viaje a Montefiore

Su llegada venía precedida de terribles auspicios. Era un hombre mucho mayor que ella.  Feo, casi monstruoso por esa terrible nariz que le acomplejaba. Lo había visto un par de veces y su recuerdo le resultaba desagradable. Se sentía utilizada por su feroz padre, que necesitaba el dinero de esa persona, antiguo socio, fiable y generoso, que se había ofrecido a sacarle de la ruina a cambio de casarse con su hija.

Ninguna duda hizo temblar la mano del padre a la hora de firmar el contrato matrimonial. Ante su cara de estupor, simplemente le dijo que aceptaba el matrimonio o terminaría en la calle, pues iban a perder hasta la casa.

—En tus manos tienes nuestras vidas —soltó en un tono entre suplicante e impositivo.

Al fin había llegado la hora de partir. La madre no se atrevía a mirarla a los ojos al despedirse. Los suspiros que dio al abrazarla, solo mucho tiempo después, Battista comprendió que eran de auténtica aflicción. También comprendió que era casi imposible negarse a ninguna decisión que su padre imponía con puño de hierro. Su hermana, en cambio, le susurró que la envidiaba. Solo tenía que cerrar los ojos cuando el monstruo la deseara y el resto del tiempo volvería a vivir como siempre, rica, importante y no como se quedaba ella en esa miseria que los iba cercando.

—En cualquier caso, gracias —la apartó para mirarla—. Te quedará el consuelo del bien que nos haces.

Luego se rio en un tono forzado que a Battista le pareció desagradable.

Y ahí iba, desde Milán a Urbino, por carreteras estrechas en un coche que ya renqueaba conducido por el antiguo chofer, al que habían llamado para la ocasión para poder aparecer con un poco más de prestancia. Le habían dicho que la ciudad estaba arriscada sobre un monte y que en invierno las nieblas y la lluvia la oscurecían. Pero era otoño y la dulzura de los colores rojizos iba calmando su ansiedad.

La pequeña sacudida que le dio su padre en el brazo, la despertó del breve sueño en el que había caído.

—Mira, ahí está Urbino.

Echó una ojeada por la ventana y vio una ciudad amurallada que se alzaba orgullosa sobre una colina. Aunque el perfil le pareció severo, casi ascético, los rayos de la tarde le daban un reflejo dorado que lo suavizaba. Entraron por una de las puertas y circularon por calles estrechas, medievales, hasta llegar a la casa de su prometido que estaba en la parte alta de la ciudad.

Era un palacete rodeado de un jardín bien cuidado. Un pequeño murete en uno de los lados prometía una huerta y arboles frutales. La palabra que se le vino a la cabeza fue ameno. Recordaba haberlo leído en un texto antiguo “un ameno lugar era el ordenado jardín del señor.” El señor les esperaba en la puerta bien vestido con su traje gris cruzado, un poco anticuado quizás, pero de un excelente corte, camisa de seda y unos brillantes zapatos de cordones. Battista pensó que compensaba la fealdad de su cara, sobre todo por el gran caballete de la nariz, con la innegable clase de su porte.

Federico, que así se llamaba el prometido, le cogió ambas manos al recibirla y le besó con ternura las palmas.

—Bienvenida a tu casa, querida Battista.

Algo en ella se relajó. Tuvo la impresión de que había llegado a un puerto conocido, como si nada de lo que veía le resultara extraño, sino muy al contrario, todo parecía despertar en ella recuerdos dormidos, bellezas sepultadas. Sonrió.

Al día siguiente, mientras su padre remataba algunos detalles y fechas con Federico, se fue a visitar el Palacio Ducal, muy cercano a la casa. Se quedó deslumbrada por la perfección y grandiosidad, a la vez que prometía lugares secretos e íntimos. Le llamó la atención un bajorrelieve de forma ovalada que enmarcaba el perfil de una mujer. Se llamaba igual que ella, lo que le sorprendió pues no era un nombre muy común. Aún se quedó más asombrada al comprobar que había sido la esposa de Federico de Montefeltro, quien mandó construir ese precioso palacio.

Se compró un libro para conocer más sobre el edificio y los personajes. Y leyó que el duque se había casado con esta mujer veinticuatro años menor que él. ¡Dios mío!, se dijo, otra coincidencia con su situación. Tuvo miedo de seguir leyendo, la sobrecogía una suerte de extraña sensación, igual que si se pudiera replicar tantos años después una situación parecida. Salió al patio a respirar aire y, tras un hondo suspiro, siguió leyendo. Fue un matrimonio feliz, lleno de amor y confianza. El duque la hizo partícipe de sus decisiones y cuando él tenía que irse dejaba a su mujer a la cabeza del gobierno. Admiró siempre en ella su cultura y buen hacer y las cartas que se escribieron durante sus ausencias estaban llenas de deseo y nostalgia por la separación. En una leyó “amada mía espero que disfrutes del ameno jardincillo que diseñamos juntos.” No sabía si seguir leyendo. Tenía miedo a dejarse condicionar, pero la curiosidad pudo más. Tuvieron muchos hijos y a la muerte de… Se tapó los ojos y cerró el libro. Lo tiró en la primera papelera que encontró.

© Cristina Vázquez

Encuentro en la Eternidad

Malena Teigeiro

Su pregunta sobre por qué no me casé habiendo tenidos tantos y tantos adoradores, se la voy a contestar si es que tiene voluntad de escuchar todo el relato. ¿Sí? Pues comencemos.

Verá. Fui una niña flaquita, bastante débil, que nadie creyó que llegara a mayor a la que siempre le gustó ir a los muesos. Sí, me gustó desde muy pequeña. Según mi padre, esa afición estaba bien. Cada vez que mi padre, un hombre enjuto y con cara de pocos amigos, pronunciaba la frase de ‹Eso está bien›, me inducía a ser la mejor en el colegio. Nada podía darme más alegría que darle gusto a aquel que soñó con un hijo varón y que solo me tuvo a mí. Así pues, para complacerlo, me acostumbré a visitar uno y otro museo.

Es posible que usted no lo pueda entender, pero para mí un museo es algo inenarrable. Aunque he de reconocer que siempre me dieron un poco de repelús los arqueológicos. Pensar que los huesos que muestran en las vitrinas eran de personas que, aun viviendo en fechas muy lejanas, en un mundo más o menos parecido al mío, por qué no decirlo, siempre me pareció una falta de respeto. Pero si hay algo que no puedo soportar es la vitrina donde se muestran los restos de una niña metidos en una especie de capullo de barro, toda encogida, a la que han puesto como nombre Juanita.

Y no es que vaya a los museos decidida a no ver esto o aquello. No. A mí me gusta descubrir, por aquí, por allá, a un pintor del que nadie habla, la joya que llevó tal o cual personaje, los jardines italianos hermosamente pintados. Soy algo así como el ratón que por todas partes pasea. Y quizá no lo pueda entender, repito, pero a mí recorrer las salas vacías, esas que nunca nadie visita, me resulta divertido.

También puedo pasarme horas admirando las estatuas, los muebles, los cuadros, aunque aquellos que representan el martirio de los inocentes, ya sea de Lucas Giordano, o de Rubens, o de cualquier otro, porque mira que hay afición a pintar algo tan triste, esos no acababan de agradarme.

Sin embargo, la zona del renacimiento italiano me apasiona. Envidio a esas damas que aparecen en los cuadros vestidas con lujosas telas, con anillos en todos los dedos y collares sobre collares. A veces, en mi casa, intento imitar sus sinuosas sonrisas, sus elegantes posturas recogiendo las flores de los jardines que las rodean. ¡Ay!, delante de estos cuadros puedo estar horas y horas. Últimamente, en una de mis visitas a la zona de las esculturas descubrí un medallón de terracota. En él aparece el perfil de una mujer, joven, sonriente. En la cartela dice que es la duquesa de Urbino. Su deliciosa mirada parece estar despidiendo a algún enamorado. No le podría decir cuántas veces he ido a ver el dichoso medallón. Hasta juego con él. Verá. Una cosa que me divierte es alejarme un poco, quedarme quieta dándole la espalda, y rápidamente girar la cabeza hacia ella. Su inteligente mirada me sigue y su dulce sonrisa me anima. Siento que su perfil es muy parecido al de mi madre a quien también, dicen, le gustaba recogerse el cabello en una coleta. A veces creo que la que me contempla es ella. Tanto me apasiona que he estudiado su vida. Verdaderamente interesante. Al parecer, como le pasó a mi madre, falleció al dar a luz a su único hijo varón. Ya sabe, tener un hijo varón era cosa muy importante por aquellos tiempos. La diferencia con mi parto es que yo fui hija única, y ella tuvo un montón de niñas antes de dar a luz al esperado chico. Leer sobre ella, sobre su familia, un día tras otro me fue acercando a ese niño. Tanto me acercó que llegué a llamar por su nombre, Guidobaldo, al hijo de la mujer del medallón. Me daba lástima. Él, como yo, vivió sin madre. Y, aunque no lo crea, él acudió a mi llamada. Esa noche me acompañó. Charlamos durante muchas horas. Y luego de esa larga conversación, nos hicimos amigos. Como puede suponer, continuaron las visitas y ya, Guidobaldo y yo nos hicimos amantes. Nunca volví a estar sola. Él me acompaña, hora a hora, día a día. Somos almas gemelas que se juraron amor eterno.

Y ahora, que ya se acerca mi hora, está siempre a mi lado. Espera para acompañarme en mi tránsito al Más Allá.

Ahora entiende por qué nunca me casé. ¿Verdad?

© Malena Teigeiro

El último viaje

Liliana Delucchi

─Sus billetes, por favor ─la voz del revisor despertó a Mercedes de la modorra en que la había sumido el traqueteo del tren.

No era la única en ese estado, el resto de los pasajeros parecía inmerso en el letargo producido por la calefacción y los cristales empañados de las ventanillas en ese vagón de segunda clase. A la joven le recordó las películas en blanco y negro de los años sesenta, sólo faltaba el humo del tabaco y los espías disimulados debajo de sus Borsalinos.

Buscó en el bolso y le entregó a ese señor tan educado aquello que solicitaba.

Darío dormía su última borrachera y ni se enteró de que en una hora ya estarían en la frontera. Lo miró de soslayo. ¡Qué guapo era…! Y seductor. Un verdadero demonio capaz de encandilar a cualquiera.

Con mucho cuidado, rebuscó en los bolsillos de la chaqueta de su marido hasta encontrar los últimos francos suizos que se habían salvado de las apuestas en el casino. Quizás sirvieran para empezar una nueva vida. Eso fue lo que él le prometió, sin embargo, lo había hecho tantas veces…

«En Italia todo será diferente. Allí tengo muchos contactos que nos ayudarán». Eso fue lo que dijo antes de subir al tren, aunque Mercedes no estaba segura sobre si quien hablaba era el hombre o la resaca. A pesar de la calefacción, sintió un escalofrío. Siempre le pasaba cuando estaba al límite. Aunque esta vez…, mejor no pensar. Limpió los cristales empañados y fundió su mirada en el paisaje cubierto de nieve que cada vez corría más rápido.

El cansancio se fue transformando en sueño, pero la despertó un cabezazo contra la ventanilla. Sintió la garganta áspera, quizás un caramelo le vendría bien y encontró el último en

el abrigo. Mientras el dulce se disolvía en su boca se acarició el cuello. Sonrió. Debajo de la bufanda escondía el collar de perlas que logró salvar de Darío. A la señora le quedaba tan bien, se lo ponía casi todos los días. ¿Qué habrá hecho al descubrir que todas sus joyas habían desaparecido? Seguro que llamó a la policía, pero entonces ellos ya estaban en el tren, con el dinero de su botín, camino de Italia. ¿Sería el paraíso que su marido le prometió?

Nadie los esperaba en la estación de Milán, los alardeados contactos quizás fueran solo una de las tantas fantasías del hombre con el cual se había unido en matrimonio y delito. Caminaron hasta una oscura pensión en el barrio barato cercano a las vías del tren y allí pudo descalzarse y, dinero mediante, tomar un baño. Recordó su habitación en la casa de la señora, tan pulcra, tan limpia, tan cálida. Pero tuvo que enamorarse de ese lacayo que contrataron. Era elegante…, y hablaba como un caballero. ¡Tonta de  mí! Se repetía mientras el agua de la ducha le resbalaba por el cuerpo. Me buscarán, me detendrán y terminaré mis días en la cárcel. Cuando salió del cuarto de baño, encontró a Darío tumbado en la cama y roncando. ¡Esto es lo que he ganado!

Un profundo suspiro inundó la habitación. La mujer se acercó a la ventana y, después de limpiarla con la mano, pudo atisbar la ciudad que se erguía más allá de esas míseras casuchas. No puedo quedarme aquí. Ahora no.

Se puso un vestido y un abrigo de la señora, así como esos zapatos tan cómodos que también le  había robado. Entonces, arreglada como una dama, abandonó el dormitorio y se dirigió al centro.

Milán era una maravilla, no cabía duda. De pronto, sus ojos se elevaron hacia un edificio que prometía entradas gratis. ¡Un museo! Extasiada por cuanto allí había, se detuvo ante un medallón realizado en mármol, correspondía a una hermosa mujer con un collar de perlas. Mercedes acarició el suyo y se prometió que éste no lo perdería.

Cuando regresó a la pensión, Darío seguía durmiendo. Le quitó el resto del dinero que llevaba encima, así como el reloj, los gemelos y la pluma de oro que había robado al señor. Hizo una maleta con la poca ropa decente que tenía y abandonó la habitación.

En Milano Centrale compró un pasaje para Génova, allí embarcaría al Nuevo Mundo, donde nadie la iba a buscar. Sin embargo, antes pasó por comisaría para denunciar que un ladrón internacional se había refugiado en la pensión Margherita del barrio de San Siro.

Vestida de luto y con un collar de perlas, una elegante mujer se instaló en un vagón de primera clase.

─Su billete, por favor.

© Liliana Delucchi

¿Superstición?

Marieta Alonso

Dentro de muy poco, será Semana Santa y nos saludará la primavera con sus días más largos y soleados, con el regreso de las aves migratorias y las ganas de vivir…

Me gusta esta estación del año. A pesar de lo que sucede en mi familia. Sí, en la rama materna, la línea femenina. Varias de ellas, se han ido para siempre con noventa años y a la misma hora de un Viernes Santo. Parece mentira, pero así es. Todo comenzó con mi tatarabuela. Esta mujer a la que solo conozco a través de un medallón, que hoy tengo entre mis manos y que tiene incrustado un granate precioso, chiquitito, debajo de su foto.

Ella nació allá por 1848 en lo que es hoy es la República Checa. Por avatares de la vida, su tataranieta, yo, vivo en Madrid. El medallón ha ido pasando de mano en mano, de generación en generación, hasta llegar a las mías.

El granate, ese mineral de color rojo intenso, además de ser bello, tiene propiedades mágicas. Se dice que da energía vital, protege el amor, cuida al corazón y la circulación sanguínea…

Lo aprieto muy fuerte entre mis manos a la espera de que no tenga en cuenta el maleficio, porque el próximo tres de abril, cumplo esa bonita edad y es Viernes Santo.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Mujer escribiendo en sillón

15 abril, 2025 por Akelarre 1 comentario

Mujer escribiendo en sillón. Gabriele Münter

Mujer escribiendo en sillón. Gabriele Münter

Gabriele Münter (Berlín, 19 de febrero de 1877 — Murnau am Staffelsee, 19 de mayo de 1962), fue una fotógrafa y pintora alemana.

Comenzó a desarrollar un estilo abstracto propio, con brillantes colores sin mezclar y formas fuertes delineadas por oscuras líneas de separación. Se convirtió en miembro fundadora de la Nueva Unión de Artistas de Múnich, iniciada por Kandinsky, su amante durante muchos años, y que incluía el núcleo de los artistas de El Jinete Azul.

La pintora sumerge al espectador en su mundo privado: amantes, amigos, objetos cotidianos o ella misma.

En el lienzo que ilustra los cuentos de este mes, Münter representa a una mujer independiente, con corte de pelo a lo garçon, vestida a la moda y ejerciendo una profesión cualificada, símbolo de los movimientos de emancipación femenina que tuvieron lugar en Alemania durante la República de Weimar.

Pobre Miguel

Cristina Vázquez

Un mueble acogedor

Malena Teigeiro

Confesión

Liliana Delucchi

Final del curso

Marieta Alonso

Pobre Miguel

Cristina Vázquez

A mi amiga Dorita, que no se parece a la protagonista.

Nunca pensó que tuviera que pasar tantas horas cuidando a Miguel, su amor, el único, el adorado. Eso se lo decía Dorotea ahora, cuando lo veía pálido, con esa sonrisa voluntariosa y encogida que quitaba esplendor a su rostro. ¡Pobre Miguel!

Aunque se empeñara, le costaba encontrar la expresión, la viveza antaño adorada en ese ser demacrado, taciturno y, por cierto, pesadísimo. Un poco de agua, la almohada más arriba, la cortina menos entornada. Estas y otras peticiones que, al principio, Dorotea realizaba con el espíritu de Florence Nightingale, además de con el secreto sentimiento de deuda para este hombre al que había traicionado. No exactamente traicionado, no. Simplemente se había distraído un poco en su ausencia larga y caprichosa. ¿Quién le mandaba hacer esas peripecias deportivas y cinegéticas? De la última había vuelto así, hecho unos zorros, la verdad.

Pasó unos meses terribles, dolorosos. Se sentía como una viuda blanca, sin muerto, pero con un ausente muy presente. Un año largo de búsqueda por vericuetos africanos irrepetibles por su difícil pronunciación. Noticias de esperanza machacadas por realidades de que no le encontraban por ningún sitio. Unos restos humanos… No, eran de simio. Una huella de campamento… No, era de otros cazadores. En fin, que el tiempo pasaba y Dorotea empezó a hartarse de tanto sobresalto. Al fin y al cabo, no era su esposa, solo tenía el anillo de prometida, eso sí, de varios quilates y la promesa de matrimonio a la vuelta. Pero no volvía.

Decidió que era muy joven para sufrir tanto, porque él reunía muy buenas condiciones, pero muchas pesadeces: la temperatura del vino, el tono de voz que a veces la chistaba para que hablara más bajito, las visitas dominicales a su estirada madre y sus continuos proyectos de retos y aventuras. Ahora que él no estaba, y aunque todavía llorara su ausencia, empezó a notar como si le aligeraran un peso de los hombros. Volvió a sus clases de tango, empezó a hacer nuevos amigos y algún que otro amante. No, amante no, relación pasajera. Se empezó a reír, retomó su curso de escritura, de cerámica, hasta se apuntó a uno de Tarot, por si le ayudaba a saber dónde estaba y qué hacía ella con su vida. Tenía tiempo para todo y África y Miguel se iban alejando en un globo aerostático, que fue la aventura anterior en la que casi se queda prendido por siempre jamás de una pagoda perdida.

De repente. ¡La gran noticia! Lo habían encontrado sobreviviendo en una caverna como un hombre primitivo. Desnutrido, desorientado, pero sano y salvo. Y ahí estaba en la cama recuperándose de parásitos y enfermedades varias y ella, sentada en una silla muchas horas, atendiendo sus peticiones de desvalido. En los ratos en los que él dormía, empezó a escribir con nombres, pelos y señales lo que había sido su vida en su ausencia. A medida que avanzaba en el relato, entendía cada vez menos qué narices hacía ahí. No sentía compasión, por más que intentara una piedad más o menos fingida. Su irritación iba en aumento.

Al fin, cuando vio que Miguel ya podía levantarse, aunque seguía exigiendo mimos y cuidados, decidió que lo único que hacía era engañarse y perder el tiempo.

Luego se enteró de que cuando vio el anillo de compromiso sobre unas cuartillas dejadas en la mesilla de noche, tuvo una recaída, pero también supo que, al poco tiempo, ya se había marchado a cruzar el desierto de Gobi.

¡Pobre Miguel!

© Cristina Vázquez

Un mueble acogedor

Malena Teigeiro

Después de pasar la noche casi sin dormir, Manuela se levantó. Vestida con un jersey negro se encaminó hacia el despacho. Abrió un cajón, luego otro, hasta que al fin encontró la pluma estilográfica que él le regaló. Sonrió. Entonces eran novios y ella quería ser escritora. Con un largo y hondo suspiro, recogió unas hojas de papel.

Se fue directamente a sentarse en el sillón que utilizaba desde pequeña. Lo trajo de la casa de sus padres cuando se casó, y sólo se sentaba en él cuando tenía que pensar en algo importante. También cuando la acechaba la tristeza.

Destapó la pluma y puso la fecha. Eso era algo que desde que utilizaba el ordenador no había vuelto a hacer. Bien era verdad que la maligna máquina se encargaba de colocar todas esas cosas sin que nadie le mandara.

Al principio le costó un poco. Ya casi no recordaba cómo se hacían las letras. Luego se le soltó la mano. Satisfecha vio que conservaba la misma letra redonda, infantil, de cuando iba al colegio.

Al finalizar la carta se asombró de que todo lo que tenía que decirle cupiera en una cuartilla. ¿A eso habían llegado?, exclamó en voz alta sin dejar de mirar el papel. Comenzó a releer el escrito. Se dio cuenta de que ni siquiera empezó su carta con una pequeña salutación. Tan solo con un “Jorge:” Luego, continuaba: No se te ocurra ir a casa cuando vuelvas de tu maravilloso fin de semana. Cambié la cerradura y me voy al campo, a la finca de mi abuelo. Mejor será que no te acerques por allí. De sobra conoces su afición a las escopetas. Se removió en su cálido y mullido sillón.

Aquella carta la había meditado durante toda la noche. Él estaba en compañía de Astrid, aquella joven rubia, de piernas largas y boquita gordezuela, con la que ella ni pensaba competir. Además de tener ese nombre tan bonito, Astrid, era bellísima, resuelta y divertida. Vamos, lo contrario a ella que era la modestia personificada y bastante vergonzosa. Era una mujer de las de toda la vida, ni guapa ni fea, ni lista ni torpe. Lo peor de su persona, y eso lo comprendía bien, era su nombre: Manuela. ¡En fin! tampoco tenía la culpa de que su abuela y su madre se llamaran así. Continuó releyendo:

Cambié la cerradura porque la casa es mía. Recuerda que me la dio mi padre como regalo de boda. Por cierto, ni se te ocurra intentar entrar. He dejado una sorpresa que te podría costar un buen disgusto. Ya conoces a los de mi tierra: Somos un poquito brutos. Todo lo tuyo lo he guardado en un baúl. En el grande, el de mi abuela. Ya me lo devolverás, no te preocupes.

Manuela sonrió. Aquello sí que le iba a molestar. A nadie le tenía una manía mayor su marido que a su abuela. Fue la única que lo caló desde el primer momento. Si le hubiera hecho caso se hubiera casado con Antonio, el hijo del dueño del hotel y ahora viviría tan tranquila en el cortijo. Pero todavía tenía tiempo. Antonio continuaba soltero y ella era joven. Incluso podían tener los hijos que Jorge no quiso.

Continuó: Lo he dejado en la portería. Abelardo, se encargará de ayudarte a meterlo en un coche. También te he quitado de mis cuentas, y con respecto a las tuyas en las que estoy autorizada, las he vaciado.

En fin, Jorge. Las Manuelas solemos ser buenas personas, por eso no te deseo ningún mal, pero lo que es mío, es mío y desde luego no lo va a disfrutar esa lindísima muchachita.

Que seas muy feliz. Y por mí no te preocupes, que no te guardo rencor, pero, a cada uno lo suyo.

Y cuando se disponía a firmar se detuvo. Mejor no firmarla, no fuera a ser que la utilizara para el divorcio. Y ahora que lo pensaba, mejor todavía era escribirla en su ordenador y enviarla desde un servidor cualquiera.

© Malena Teigeiro

Confesión

Liliana Delucchi

Querida hermana:

¡Qué agradable ha sido volver a reunirnos las tres en la casa de nuestra infancia! Mamá estaba radiante, como en los viejos tiempos.

Llevo un rato contemplando las dos primeras líneas de esta carta, pero no sé cómo continuar. Las palabras se me escapan, algo inusual en una escritora, pero es así. Siento que, tal vez espantadas por lo que quiero decir, vuelan hacia rincones donde no soy capaz de encontrarlas para hilvanar un texto que me cuesta coser.

No sé muy bien por qué quise que leyeras el manuscrito de mi última novela antes de enviarlo a la editorial, quizás porque en él subyace una realidad que las tres vivimos, quizás porque necesito que me perdones por lo que te arrebaté. El Padre Mario, aquél que nos bautizó, dio la Comunión y Confirmación, me dijo una vez que las confesiones liberan del pecado, pero que había que arrepentirse. Yo no me arrepiento.

Tuvimos una infancia feliz, los cuatro, con mamá y papá, hasta que él dejó de ser el hombre generoso y amable que nos llevaba de la mano. Se transformó en un ser egoísta al que sólo le importaban las juergas con sus amigos y ser atendido como un rey por sus súbditos.

Ella no lo soportó. Fui testigo de cómo su piel se ajaba a causa de las lágrimas contenidas, de la rabia sin manifestar y de los silencios forzados. Demasiado ocupado en mirarse el ombligo, él no se daba cuenta. Hasta que ella se fue. Nos abandonó a todos. La odié por eso. ¿Por qué no nos llevó con ella?, me preguntaba cada noche cuando en vez de rezar mis oraciones me debatía en un bucle de rencores.

Tú no lo sabes, pero la busqué…, y la encontré. Lloramos las dos por el tiempo perdido, por los abrazos no dados, por las palabras no dichas. No volvería a casa mientras él permaneciera en ella.

—Es un vampiro —dijo escondiéndose en los cristales de la ventana de la cafetería—. Cuando él entraba en una habitación, yo no podía respirar, se quedaba con todo el aire.

Acaricié su mano temblorosa que se aferraba a la taza de té. Continuó:

—Decía que me quería porque yo era perfecta. Necesitaba mi perfección para sentirse mejor consigo, que yo alcanzara lo que él no había podido…, y chuparlo, fagocitarme hasta dejarme sin nada. Me transformé en un fantasma.

Sentí su vacío, ya no le quedaba siquiera dolor. Protegerla era mi obligación, como hija, como mujer.

No me quedó más remedio, querida hermana, tuve que hacerlo: para salvarla, para salvarte, para salvarme.

Lo que leerás en mi novela es lo que sucedió. Es mi forma de exorcizar mi pecado, aunque sigo sin sentirlo como tal.

No te culpes por no haberte despertado aquella noche en que a él le dio el ataque. Yo puse un Lorazepan en tu chocolate y también cambié sus pastillas para el corazón por Clozapina. Después salí a dar un paseo. A mi regreso, ya estaban los sanitarios. Fallo cardíaco.

Mamá volvió a casa. Y reanudamos la vida feliz sin las borracheras de ese hombre y sus amigos, sin las miradas libidinosas que algunos de ellos nos destinaban, sin los incómodos silencios durante el desayuno.

Perdóname por haberte dejado sin padre, piensa que así la recuperamos a ella y ella a nosotras. Al menos eso pienso por las noches cuando su fantasma viene a visitarme.

© Liliana Delucchi

Final del curso

Marieta Alonso

Había ido a recoger a mi hija cuando vi a un hombre enorme, tan gordo como alto a la entrada del colegio. Su vozarrón era como un cañonazo y mi niña comenzó a llorar, a temblar.

—No llores, no tengas miedo.

Quien así hablaba era uno de los profesores. El de los ojos grandes, verdes como la pradera, como los aguacates, tan luminosos que se reflejaba en ellos lo que estaba mirando. Me saludó con amabilidad. Se fue hacia aquel hombretón y le plantó cara. El mastodonte, con la cabeza gacha, se alejó. Luego, ojos bellos, nos explicó que aquel individuo era como un viejo león que de vez en cuando quería comprobar que aún era capaz de rugir.

Nos miramos, y no sé lo que sentí. Mi corazón dejó de latir por un segundo. En sus ojos vi el mismo fuego que en los míos. Caminamos hacia nuestras casas sin hablar, de vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos. Vivíamos cerca. Adiós, me dijo; y me puse roja como la grana. Tras la cena, me senté como todas las noches a escribir. Tenía que terminar una novela, el editor ya había dado un ultimátum. Sonó el teléfono. Mi niña contestó, lo trajo y se sentó a mi lado. Era para mí.

La voz al otro lado dijo algo. Aparté del oído el aparato y lo miré con asombro, con emoción. Volví a escuchar para no perder detalle. Me estaba diciendo que desde principio de curso se había enamorado, que había encontrado a esa persona que lo hacía mejor, que iba a ser muy claro conmigo. ¿Sentía yo lo mismo que él? Silencio. Aquel instante fue eterno. Mi hija, al verme tan callada, con los ojos humedecidos tomó el auricular y gritó:

—Sí, sí, sí. Mi mamá está afónica y no puede responder.

La imagen del viejo león me vino a la cabeza. Gracias a su rugido mi querido profesor había tenido el valor de llamar.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

San Juan Evangelista

15 diciembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

San Juan Evangelista

San Juan Evangelista en el Pórtico de la Gloria

Este mes hemos querido celebrar la Navidad orientando nuestra mirada hacia el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. La centramos en uno de los apóstoles, para nosotras el más bello: San Juan Evangelista. Autor del Evangelio de Juan, fue el  más joven de los seguidores de Jesús y el último en morir a una avanzada edad por causas naturales.

Su imagen, acompañada por un águila (símbolo de fuerza y valentía) y de un libro (emblema del conocimiento y la sabiduría) es la viva representación de la pureza que queremos que os acompañe a lo largo de estas fiestas. La misma ha inspirado los relatos de este mes, que esperamos disfrutéis tanto como sus autoras al escribirlos.

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Era una chica corriente, con la lozanía de los pocos años, la inocencia de no haber vivido nada excepcional, y la mente vacía de cultura o conocimientos. La expresión de bondad se colaba en los ojos pardos y la risa fácil. Su belleza, si así podía llamarse, le había valido algún privilegio con los señores, uno de los cuales fue que el menor de los hijos la dejara embarazada

Ella pensó que le serviría para obtener una renta y enseñorearse un poco. No tenía más familia que un hermano que trabajaba lejos y una tía que la había colocado en el pazo. Que cumpliese y no diera la lata, fueron sus consejos. Al despedirse de la sobrina la miró con evaluación de alcahueta. A los amos se les obedece y se calla.

—Qué tonta eres, Brígida —le aseveraba Eulalia, su compañera en la cocina—. Estos te inflan, te prometen y luego…

—Luego ¿qué? —contestaba ansiosa la joven.

Luego, patada y a la calle. A ella no le iba a pasar eso, de ninguna de las maneras, porque Juan, que así se llamaba, le había dicho que la amaba, que siempre querría estar con ella. Eulalia, mujer madura y bondadosa, la miraba con una mezcla de pena y esperanza. El que le había hecho el hijo a la pobre chica era el mejor de la familia, se decía, y quién sabe, a veces las historias más absurdas cumplen los deseos más descabellados.

Y así fue. Juan se dispuso a huir con Brígida. Como el tiempo estaba recio, pues era primeros de diciembre, se sintieron como San José y la Virgen huyendo de la matanza de Herodes. Ella, montada en la mula que habían cogido de la cuadra y él, con un traje de labriego que consiguió a través de un viejo criado.

Esa noche la ventisca soplaba, la luna era esquiva y el jamelgo renqueaba por la dificultad del terreno. Consiguieron avanzar poco y acabaron refugiados en una cueva, pretendiendo que era un buen escondite lo bastante alejado. Los ruidos de palos dando contra suelo y los gritos de los hombres de madrugada les hizo comprender que estaban perdidos. Y así fue. Uno de los aparceros de su padre, el más fuerte y revirado, apareció a contraluz en la entrada donde se habían metido.

—A ver, los del bulto —estaban abrazados cubiertos por una manta—. Se acabó el juego.

Dio un silbido fortísimo y aparecieron tres hombres que, sin dudar, entraron a separarlos. El chico al puerto. Había ordenado el amo que se iba a las Américas, y la Brígida se viene conmigo. No sirvieron lamentos ni súplicas. A Juan se lo llevaron dos forzudos y a la chica él mismo la agarró y le hizo subir con las manos atadas a la mula. La llevó a su casa, y la tuvo trabajando y cebando para luego poder sacar buenos reales con la cría. La mantenía encerrada en la vivienda y la obligaba a salir a un patio, para que tomara el aire y así naciera fuerte lo que llevara en la panza.

Nunca antes, aunque hubiera trabajado como un animal, la habían tratado como si la estuvieran cebando para la feria. A cada pregunta que hacía de dónde estaba Juan, le respondía con un gruñido.

Al fin llegó el parto. El hombre llamó a la comadrona, una vieja aldeana con pinta de bruja, aunque de hablar y manos suaves. Todo iba bien, la tranquilizaba, mientras se oían las pisadas del hombre al otro lado de la puerta. Hasta le llegó a susurrar una especie de nana. Por primera vez recibía algo parecido al cuidado materno. Cuando la criatura llegó al mundo, ella estaba bajo los efectos de un liquido que le hizo oler la comadrona. Al despertarse, le dijeron que el niño estaba muerto. Estuvo una semana sin comer, sin moverse, sollozando como un cachorro herido. La vieja comadrona venía a diario, le dijo al bruto del aparcero que se había encariñado con la chica y después de darle una bolsa de dinero, la dejó ir con ella y aprender el oficio.

Y así fue. Conoció el buen trato, el cariño y una profesión que le permitió ser independiente y alcanzar fama en la zona. Antes de fallecer, la comadrona le confesó que el niño no había muerto. El animal ése lo había vendido a alguna mujer estéril. Le juraba que no sabía dónde estaba ni si el padre había vuelto de las Américas. Por más que buscó, nadie le dio referencia de Juan ni del niño. El pazo se cerró, los amos murieron y el silencio envolvió su pasado.

Decidió peregrinar a Santiago, al que tantas veces le pidió que los encontrara y cuando por fin llegó al atrio, casi se desmaya. Su Juan era uno de los evangelistas, el más joven y bello, el que se apoyaba en un águila para escribir. Se quedó tranquila al saber que ahí quedaban reflejados sus dos hombres, pues no dudaba que el hijo sería igual al padre. ¡Alguno viviría! Seguro que uno de ellos había servido de modelo a ese precioso santo y ella lo iba a encontrar.

© Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

Querida Carol:

No sabes cómo me sorprendió tu carta. “Adelita, Adelita, pero ¿qué has hecho?”, me ponías. Pues nada, Carol. No hice nada.

En efecto, tal y como dices, él me escribió una carta, confusa, profusa y difusa. Nada que ver con la de San Juan que, aunque también larga, lo que escribe está claro como el agua. Escrita como la de los antiguos, con pluma estilográfica, la carta es tan extensa que se nota que tuvo que cambiar el repuesto de la tinta. Además, parecía haber llorado mientras la escribía, porque algunas palabras tenían la tinta corrida. Nadie mejor que yo conoce eso de dejar correr la tinta. ¡Vamos! Que lo he hecho en más de una ocasión: Una gotita de agua, agitas un poquito el papel, y…, listo. La letra aparece como si hubieras derramado litros y litros de lágrimas.  Este truquito a mí siempre me ha dado muy buen resultado. ¡Mira que venirme a mí con cartas regadas de llanto! Es que me da la risa.

Sigo, querida Carol: La misiva tiene quince hojas. Total, treinta páginas. Casi como una novela corta. En ellas, con su letra de niño de preescolar, afirma que en esas líneas dice la verdad y nada más que la verdad. Solo le falta añadir: ¡Señor Juez!

Pero, Carol, ¿qué se cree? ¿Que yo soy una mentirosa compulsiva? Pues no.

Por cierto. He ido a la peluquería que me recomendaste y me han dejado estupenda. Hasta parece que mi melena fuera de seda. Continúo con lo nuestro.

Pues, no, Carol. No soy mentirosa.

Pero lo peor es que después de eso continuó con su análisis. Lo hacía como si yo solamente estuviera contando cuentos de aquí para allá.

Ya casi por la mitad de la carta va y me dice que él había puesto en mí toda su confianza. ¿Alguien, además de esta servidora, habrá visto escrito sobre un papel una tontería más grande? No lo entiendo. Debe ser porque de base tiene una mala educación. Mi madre, y sobre todo mi abuela, siempre me dijeron que no me fiara de ningún hombre. ¿Es que a él no le han enseñado lo mismo? En este caso sería de las mujeres. Pero, en fin. Eso tampoco es que sea lo peor de su carta que más parece una declaración de buenas voluntades. Dice, y esto lo escribe con letras de molde, que él siempre fue, es y será serio y formal. Que él siempre fue, es y será un hombre honrado. Que él siempre fue, es y será un marido serio y ejemplar. En una palabra, Carol, que él no piensa ponerme nunca los cuernos. Y luego, va y me pregunta si yo tendré ese mismo comportamiento con él.

Tan solo pude contestarle lo que tú ya conoces. En una postal con una foto preciosa de La Gran Vía, le escribí: Pues mira, Antoñito, no. Nunca fui, soy, ni seré, esa persona ejemplar que tú buscas. Y va y me contesta con otra carta, ésta vez más corta, eso sí, en la que pone que le da igual, que me querrá toda la vida, y que siempre me será fiel.

Pero ¿es que no se da cuenta que una parte importante de la pareja son los celos? Pues, ¡vaya! Si uno está tan seguro de que el que tienes enfrente siempre te será fiel, de que te amará eternamente… ¡Qué pereza, Señor! ¡Qué pereza!

Y me preguntas por qué me escribió esta carta. ¡Y yo qué sé! Bueno, sí lo sé, pero lo que conozco no da para tanto escrito. Lo que sí sé es que las dudas o los problemas entre una pareja se resuelven de muchas maneras, pero nunca escribiendo quince hojas, es decir, treinta páginas. ¿Quién puede leer con tranquilidad ese mamotreto de continua queja? Las cosas no se solucionan así. Porque, claro, si yo le hubiera contestado seriamente a, ¿cómo lo tenía que hacer? ¿Párrafo a párrafo? ¿Hoja a hoja? ¿Tengo que meterle el dedo en el ojo diciéndole que él es el primero en mentir, porque nunca fue un marido ejemplar?  ¡Si es que nunca se ha casado!

Lo cierto, Carol, es que a mí me cae bien, y lo quiero. Y si no aparece otra cosa, me casaré con él. Pero ¿no podría haber resumido su queja en un solo párrafo?

Y volviendo a tu pregunta del porqué de la carta, a ti no te voy a mentir. Sí lo sé. Sus padres, me vieron besándome con un chico. Con Paquito, mi novio anterior. ¿Recuerdas lo encantador que es? ¡Qué beso tan romántico! Era al atardecer y estábamos justo al borde del mar con el ruido de las olas, el vientecillo de antes de anochecer… ¡En fin!

La mala pata fue que sus padres, que son de esos que nunca están donde deben, les dio por pasear por el andén de la playa y nos vieron. Y como ni por la felicidad de su hijo son capaces de tener la boca cerrada..., pues, ya se sabe.

Ahora que ya te has enterado, nos tenemos que ver. Algo me tendrás que contar, digo yo.

Un beso muy grande de tu amiga que te adora,

Adelita

© Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mi padre tenía un amigo de la infancia, Anastasio, a quien todos llamaban Tasio. Se conocieron en el colegio y,  a pesar de tener personalidades diferentes, su relación duró muchos años.

Lo recuerdo como un señor imponente, y con una voz grave que no paraba de hablar; por si ninguno de los presentes nos dábamos cuenta, sin importar el tema que se estuviera tratando,

su frase introductoria para cualquier conversación era: «yo, con mi 1,97 de estatura».

Durante un tiempo estuvo ausente de nuestras vidas debido a que mi padre y él habían tomado diferentes caminos profesionales, hasta que llamó a la puerta y se reanudó la relación. Cada vez que se presentaba en casa, mi madre me cogía de la mano y nos íbamos de compras, al carrusel o a cualquier espectáculo infantil recién estrenado. Era mi día de suerte, porque como Tasio se quedaba hasta tarde, mamá y yo cenábamos en algún sitio de moda y volvíamos justo para irnos a la cama, después de un breve saludo a los señores.

Cuando pregunté a qué se dedicaba ese hombre tan ostentoso, mi progenitora respondió: Es chatarrero.

—No seas injusta —dijo mi padre con una sonrisa ante la contestación de su mujer—. Se dedica a la compra y venta.

—¡De chatarra! —Insistió ella.

Más tarde me enteré que las aseveraciones de mamá no estaban mal encaminadas. Tasio, hijo de un eminente cirujano, pero sin su cerebro, había buscado camino en la recogida de enseres que otros desdeñaban para vendérselos a quienes lo necesitaban. A pesar de lo simple que pueda parecer, se hizo un nombre entre los chatarreros. «Sesenta y dos años ininterrumpidos dentro de la profesión», solía manifestar, y el respeto de cuantos desempeñaban el mismo oficio. Había escrito varios libros sobre el tema, uno por año, que vendía con bastante éxito entre los suyos. Algunos hasta se tradujeron a otros idiomas. Puedo dar fe de ello, ya que cuando mi padre me llevó a su casa, vi su extensa biblioteca.

Tasio llevaba desde su juventud casado con Inés, una mujer que había sido muy guapa, pero que ahora parecía la madrastra de Blanca Nieves. Tampoco a ella soportaba mi madre, por ese motivo, y para que ni la señora ni su marido vinieran a casa, era papá quien los visitaba. A veces, y como para tener una excusa para regresar pronto y no alargar la velada, me llevaba con él.

He de decir que durante esas entrevistas, que solían prolongarse, Inés nunca nos ofreció ni un vaso de agua. Es más, ni se molestaba en salir a saludar, aunque se la podía oír dando órdenes a su perro o trajinando en el jardín.

Nos sentábamos  en un sillón frente a una puerta que Tasio denominó como de entrada a la sala de lectura de su mujer. El día que necesité ir al baño (que por cierto necesitaba una buena limpieza) empujé la puerta misteriosa con suavidad, pero no pude ver más que un revoltijo de cajas, libros y mucho desorden.

Pasé bastante tiempo sin acompañar a papá y, para  mi sorpresa, cuando volvimos encontré que aquella entrada enigmática había desaparecido. En su lugar había una pared descuadrada. De ella colgaba un marco con la reproducción de la fotografía de un joven muy hermoso con un libro y un águila. Ante mi pregunta sobre su origen, Tasio me contestó que era la imagen de Juan el Evangelista, del Pórtico de la Gloria en la Catedral de Santiago de Compostela.

Cuando nos íbamos, quisimos despedirnos de Inés, pero ella no estaba. Ni ese día ni en nuestras siguientes visitas. Tasio siempre tenía la misma actitud: a voz en grito decía «Inés, nuestros amigos se marchan». Nunca hubo respuesta.

—La ha matado —dije a  mi padre una de esas tardes mientras caminábamos hacia el coche—. La ha matado y emparedado donde antes estaba la puerta.

—Tienes demasiada imaginación —me contestó—. Y lees muchos libros de misterio.

Ante la negativa de mi progenitor a indagar sobre el tema, recurrí a mi amiga Elena, también amante de Sherlock Holmes y Agatha Christie. Compramos una pizarra como las que usan los detectives en las películas y comenzamos a anotar en ella los datos que conocíamos y los que sospechábamos, con tan mala suerte que mamá la descubrió, ordenándonos que dejásemos de «jugar» con la muerte.

—No es un juego, es una investigación —respondió Elena indignada—. Fíjese, la encerró en su habitación de lectura, clausuró la puerta con una pared y, encima, puso la foto de Juan el Evangelista quien, casualmente, lleva un libro en la  mano.

Mi madre lanzó un suspiro y nos dejó, aunque creí entrever una sonrisa en su rostro.

Sin embargo, nos faltaba saber cómo lo había hecho, hasta que, indagando en las enciclopedias, descubrimos que  Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen y, bajo Domiciano, fue echado en una caldera de aceite hirviendo de la cual salió ileso.

—El aceite hirviendo no nos sirve —objeté—. Juan no pereció por eso.

—Porque era un santo —replicó mi amiga—. ¿No dijiste que Inés era una bruja? Ya está…, sobrevivió al aceite y entonces él la mató a hachazos o dejándola encerrada.

Habíamos llegado a un punto desde el que no podíamos seguir, hasta que una tarde papá dijo que iría a ver a su amigo y nosotras le rogamos que nos llevara con él.

Acomodados en el sillón frente a la  puerta clausurada, contemplábamos la reproducción de San Juan, rogando su asistencia en nuestro «trabajo». Y nos ayudó. De pronto, por una ventana abierta entró una paloma que, en su revolotear por encima de la mesa, tiró un libro al suelo y salió volando. ¡Un libro y un ave! Solícitas, Elena y yo fuimos a recoger el volumen. En la portada pudimos leer: Crimen y castigo, esta última palabra subrayada con rojo. Alzamos la vista hacia el santo para darle las gracias.

De camino a casa preguntamos a mi padre si había leído esa novela.

—Sí, claro. Es la obra maestra de Dostoievski.

—¿Nos la deja? —preguntó mi amiga.

—Por supuesto que no —respondió—. Todavía sois muy pequeñas. Cuando seáis mayores…, entonces podremos comentarla.

Al llegar a casa corrimos ante nuestra pizarra de investigación para apuntar las nuevas pistas, estábamos tan nerviosas que apenas pudimos cenar. Pasaron los días sin que nuestros indicios nos llevaran a la solución del caso, hasta que unas semanas después, se anunció una nueva visita de cortesía a Tasio. Y por supuesto, nosotras nos apuntamos.

Pero ¡oh, sorpresa! Llegamos a una edificación para mí desconocida. ¡El asesino había vendido la anterior, dejando el cadáver emparedado en la antigua…! Y yo desconocía la dirección de aquella.

Pero no todo estaba perdido, rebuscamos entre la correspondencia de mi padre hasta encontrar una carta vieja de Anastasio con el remite de su domicilio y convencimos al hermano mayor de Elena para que nos llevara hasta allí.

Al llegar nos encontramos con una tropilla de albañiles, andamios y…, la policía. Cogí la mano de mi amiga con fuerza, nos miramos entre incrédulas y felices. ¿Acaso habíamos tenido razón?

—Aquí hay una bella durmiente que sí se comió las manzanas —dijo un señor vestido con un traje oscuro y una bolsa de plástico en la mano mientras salía de la casa—. Lleven estos restos de fruta a la científica y llamen al juez.

Al vernos nos ordenó que nos alejásemos dado que eso era el «escenario de un crimen». Le pedimos el cuadro de San Juan, pero nos lo negó argumentando que formaba parte de la documentación del caso.

© Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Todos los domingos las hermanas de mi madre me llevaban a misa. Araceli, la mayor, experimentaba una gran devoción por Mateo, Amalia amaba a Marcos, Rosalía adoraba a Lucas y, Gertrudis, sentía una pasión desmedida por Juan. Y las cuatro pretendían que yo me decidiera por alguno de ellos.

Un día, Araceli despertó con un feroz dolor de cabeza y la sensación de haber recibido en sueños una notificación divina de estar viviendo sus últimos atardeceres.

—¡Auxilio! —gritó— ¡No me puedo morir!

Era verdad. No se podía morir. Teníamos programado desde hacía diez años un viaje a Salerno, para visitar los restos del apóstol Mateo, discípulo de Jesús. Yo iba a ir con ella si mi madre, por fin, accedía a financiar esas vacaciones. A mí Mateo no me gustaba mucho, tenía barba y era muy viejo, pero con tal de ir al extranjero...

Como dormía en su misma habitación salté de la cama, segundos antes de que apareciera Amalia que pretendió tranquilizarla. Hablaría con Marcos, discípulo de Pedro, cuyo símbolo es un león. Y ¿quién no teme a un león? La muerte se lo pensaría antes de enfrentarse al rey de la selva, le susurraba.

Detrás, se presentó Rosalía con una estampa de Lucas, el discípulo de Pablo, el que aparece con un toro. Teniendo a esos dos animales de nuestra parte, replicó altanera, no habría ningún problema:

—Araceli, hazme caso, reza a Lucas.

Mientras tanto llegó Gertrudis con un libro, la pluma y un águila, su mascota desde hacía años. Explicó con la mayor tranquilidad del mundo que a quien debía dirigirse era a Juan, apóstol de Jesús.

—¡Era tan dulce! —exclamó mirando hacia el techo—. Además, las águilas poseen una vista penetrante, comparable con el Ojo que todo lo ve. ¡Fíjate cómo nos mira! —Exclamó acercando el águila a su pobre hermana—. Creo que quiere decir que no debemos preocuparnos.

—A ése, tía Araceli, a ése, rézale a ése. Es el que más me gusta. Guapo y poético como mi profesor de literatura.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Los Reyes Magos

15 diciembre, 2022 por Akelarre 2 comentarios

El sueño de los Reyes Magos

El sueño de los Reyes Magos

Es el nombre de esta escultura, realizada por el maestro Gislebertus que se halla en un capitel de la catedral de San Lázaro de Autun (Borgoña). Se trata de un edificio románico de estilo cluniacense construido entre el año 1120-1146, al que luego se fueron añadiendo elementos góticos y barrocos.

Lo más destacable de esta construcción es el tímpano tallado por el maestro Gislebertus entre los años1130-1135, lleno de delicadeza, que lo convierte en una de las obras más importantes de la escultura románica francesa.

Esta obra ha inspirado a nuestras cuenteras con un viaje que lleva a recordar una infancia; la alteración, zozobra y finalmente sorpresa de una mujer durante la reclusión del covid; unas niñas que se enfrentan a una infancia de orfandad y un niño que su preferido es el rey Baltasar quien lo premia en la cabalgata.

¡Feliz Navidad y felices Reyes!

El despertar

Cristina Vázquez

El camionero

Malena Teigeiro

Las trillizas

Liliana Delucchi

Noche de Reyes

Marieta Alonso

El despertar

Cristina Vázquez

El viaje a Francia de Natalia había resultado sorprendente. Era consciente del empeño que puso en organizar un itinerario en el que se combinara arte, gastronomía y naturaleza con el último afán de deslumbrar a Javier, su marido. Este se mostraba cada vez menos dispuesto a hacer viajes “sin ton ni son”, aclaraba con una encantadora sonrisa que no ocultaba su desinterés. Y de ahí su obstinación en procurar que este fuera inolvidable.

Decidió que el destino sería Francia a la que no iban desde muchos años atrás. Antes era un lugar que les encantaba, sobre todo a él que había pasado parte de su infancia ahí, con su abuela materna. Al referirse a ella Javier siempre utilizaba la misma palabra: impresionante.

—Una mujer impresionante —repetía con una expresión que se debatía entre la ternura y cierto temor.

Fueron los años en que sus padres estuvieron destinados en África como investigadores de enfermedades endémicas y consideraron que era más prudente que los niños se quedaran.

Al principio de su relación, cuando Natalia le insistía por qué elegía ese término; a él le resultaba difícil y casi contradictorio definirlo y lanzaba diferentes apreciaciones. Impresionante su presencia: alta, distinguida, con un bastón que le permitía andar con la rigidez que exigía a los demás y con el que daba golpecitos correctores en la espalda a su hermana y a él si los veía encorvados. Impresionante su cultura y la biblioteca que cuidaba como si esos libros fueran sus más apreciados descendientes, pero les obligaba a leer en ella una hora diaria, aunque fuera verano y se oyeran a los chicos jugar y llamarles a voces para que se unieran a ellos. Impresionante sus comidas, que cumplían un estricto régimen y menú, con algún que otro plato de casquería para que se acostumbraran a comer de todo y pudieran ser ciudadanos del mundo. Y así seguía con otras consideraciones subrayadas con diferentes giros de admiración o desánimo.

Después de dar varias vueltas al posible destino e itinerario a seguir, decidió que le sorprendería con la elección final que hizo. Sería Autun, lugar cercano al que vivió con su abuela. Incluso pensó que no le diría a dónde iban, una especie de ruta a ciegas, a ver si conseguía recuperar algo de su antiguo entusiasmo.

—Natalia, quiero que sepas —anunció la noche después de leer el papel “Vale por un viaje a Francia”—, que te agradezco tu esfuerzo, pero este va a ser el último.

A Natalia se le puso un nudo en la garganta a la vez que una incipiente ira la acaloraba.

—¡Qué dramático!, ni que te fueras a morir —contestó acelerada.

—No es por eso —sonrió al decirlo—, es que estoy harto. Ya he ido a todos los sitios que quería conocer.

Ella se removió en el asiento, entonces no le quedaría más remedio que viajar sola, con amigas o en grupo, aseveró desafiante. Le parecía estupendo, contestó él con dulzura, su intención no era ponerle cortapisas.

Empezaron el viaje, ella, con la inquietud de que fuera el último juntos, él, dejándose llevar con la intención de hacérselo lo más amable posible. Cuando llegaron a Autun la inquietud de Javier se hizo patente. Le agradecía mucho que lo hubiera organizado, pero por qué precisamente ahí.

—Como ya no vamos a hacer más, pensé que te gustaría recorrer lugares de tu infancia —se justificó Natalia apenada.

Él la abrazó con ternura, le agradecía su esfuerzo de corazón, pero precisamente aquí fue el lugar donde pasó, quizás, el peor momento de su vida. La cogió de una mano y sin titubear la llevó a la catedral. Cuando estuvieron frente al pórtico, Javier le señaló el relieve de los tres Reyes Magos siendo despertados por el ángel.

—Pese a todo lo que me evoca, adoro esta escena —confesó solemne—. Ninguna otra imagen muestra más inocencia y ternura.

—¿Entonces?

Subió los hombros y suspiró. No podía olvidar el día, era un diciembre ventoso, helador, y se subió el cuello de la chaqueta como si ese frío le atenazara. Su abuela los trajo a la catedral a misa y antes de entrar les hizo fijarse en este relieve.

—Niños queridos —nos susurró muy cerca del oído—. Esta escena no solo representa el despertar de los Reyes, sino el de la inocencia.

Recordaba que la voz le titubeó, mientras los sostenía con firmeza a su hermana y a él cada uno cogido de una mano y que los tres se quedaron muy quietos mirando la obra. Iba vestida de negro, siguió, con un tembloroso velo que aleteaba igual que un indeciso pájaro en el helador día. Vosotros, nos dijo, aún representáis la inocencia y no quería despertaros, pero tenían que empezar a aceptar que a lo mejor sus padres iban a tardar mucho en volver o no lo harían nunca. Y su voz se quebró.

—No me lo habías contado —Natalia le apretó el brazo—. Siempre creí que luego viviste con ellos.

Él negó con la cabeza. Pero ella les había protegido, cuidado y, a su manera, querido con un amor sin fisuras. Nunca la oyó quejarse. Se dio la vuelta y señaló un bistró a su espalda. Antes era una chocolatería y esa mañana después de misa nos trajo ahí a tomar chocolate y todos los pasteles que quisiéramos. Algo en él se descompuso, se alejó de Natalia y vio cómo sus hombros se sacudían sin control. Dejó pasar un buen rato y al volver a su lado tenía los ojos algo enrojecidos.

—Gracias, querida, por haberme traído aquí. Fue una mujer impresionante.

© Cristina Vázquez

El camionero

Malena Teigeiro

El enfado de Carmen era total cuando se dirigió a abrir la puerta. Incluso consigo misma. Estaba harta de limpiar, hacer la comida, llevar los niños al colegio para, luego, como casi siempre, a la carrera, llegar a la oficina tarde. Y después de trabajar durante todo el día, rápido, rápido, volver al colegio a recoger a sus hijos. Luego, tenía que ayudarles con los deberes y preparar la cena mientras sus risueños y adorables peques llenaban el suelo del cuarto de baño de agua, espuma de jabón, y juguetes.

Así de lunes a viernes.

El sábado era diferente. El trote con los niños comenzaba un poco más tarde, pero como no iban al colegio tenía que bajarlos al parque, jugar con ellos, para a eso de la una y media, volver a casa. Después de darles de comer, rodeada por sus hijos se echaba una siesta mientras dormitaba una película. Una de esas que no comprendía cómo sus criaturas podían dormir tranquilas después de verla.

Y también estaba Paco. Él siempre fue un buen marido, un buen hombre. Era camionero. Transportaba frutas y verduras desde la huerta murciana para repartirlas por los distintos países de Europa. Y cuando después de dos semanas arrastrando un trailer de más de doce metros, llegaba a casa, pues claro, no estaba para mucha ayuda. Ella, desde luego, ni tan siquiera se la pedía.

Así iban pasando las semanas, los meses, y normalmente Carmen era feliz. Hasta que llegó una tarde en que el Presidente anunció que había que encerrarse en las casas. Dijo que era para evitar el contagio de un bicho que corría por el país, matando a unos y otros sin distinción. Como todos, Carmen lo aceptó con miedo y una pizca de alegría. Se organizó un despacho en la mesa de la cocina. Colocó tres mesas más, una de ellas hecha con la caja de cartón de la lavadora que acababa de comprar, ¡Menos mal!, se dijo, y se dispuso a pasar aquellas semanas de la mejor manera posible. A Paco aquella orden lo pilló camino de Polonia, con lo que estaría al menos diez días sola. Si sus padres vivieran en Madrid, la podrían ayudar, pero no. Vivían solos en Águilas. Aunque eso en las circunstancias por las que estaban pasando la tranquilizaba. Eran personas conocidas, y seguro que alguien les echaba una mano.

Después de dos meses de encierro, Carmen se levantó con un enfado total. Llevaba tres días sin saber nada de Paco. Porque este, aunque todo el país estuviera encerrado en casa, continuaba llevando su camión de un lado para otro, lo que la preocupada. ¿Habría cogido el bicho? ¿Estaría internado en un hospital de vaya usted a saber qué país? Señor, Señor, que me llame cuanto antes y vuelva bien, rezaba. Y para colmo, aquello de trabajar en casa resultaba una locura. Y no era porque a eso de las ocho de la tarde los niños salieran a aplaudir al balcón con riesgo de caerse a la calle. No. Ni porque mientras ella intentaba trabajar en su ordenador, sus tres hijos corrieran por los pasillos sin atender a sus clases on line. Tampoco. Ni porque la hubiera llamado la directora de la escuela para decirle que no comprendía que no estuviera atenta, que era la educación de sus hijos lo que estaba dejando a un lado. Simplemente, porque ya no tenía ni siquiera el momento de explayarse en la oficina con Encarnita. Tenía su gracia Encarnita. Rio. Le contaba unas cosas que la hacían poner colorada, y eso que ella no era ninguna mojigata, pero es que el marido de Encarnita debía de ser algo así como un toro.

Y ahora llamaban al telefonillo. ¿Pero quien podría ser si nadie andaba por la calle? Cerró el ordenador. Rodeada de sus tres criaturas, que como ella estaban ansiosas por escuchar una voz diferente, contestó al telefonillo.

—Doña Carmen González —le llegó una apresurada y cantarina voz.

—Sí. Soy yo.

—De Amazon. Un paquete para usted.

Pulsó la apertura del portal pensando en lo raro que era. Ella no recordaba tener ningún pedido pendiente. Pero claro, como lo único que podía hacer después de acostar a los niños era ver la televisión o comprar on line, no le cabía duda de que anoche, o quizá la noche anterior cuando miraba los suéteres tan baratos de unos grandes almacenes, hubiera adquirido uno.

Después de que se hubo marchado el joven que le subió el paquete, con la mascarilla puesta y unos guantes de los de la gasolinera, lo roció con agua con lejía, y empujándolo con el pie, lo dejó a un lado del recibidor.

Pasadas las dos horas y media que decían había que tener de seguridad, con otros guantes y otra mascarilla, y los niños, cualquier motivo era válido para dejar las clases, mirando desde la habitación de al lado, abrió la caja. Con esmero, y casi sin tocar los cartones de la sonriente boquita, los guardó en una bolsa de basura que dejó bien atada en el descansillo. No fuera a ser que quedara vivo algún bicho.

Por fin, con reparo, abrió el paquete. Era un ramo de rosas. Leyó la tarjeta y abrazada a las flores lloró. Ni en Reyes había recibido nunca un regalo como aquel. Paco, desde donde estuviera, se acordaba de ella y del día que se conocieron.

© Malena Teigeiro

Las trillizas

Liliana Delucchi

Las sillas del salón de la abuela eran altas. Tanto que nuestros pies no llegaban al suelo. Allí estábamos, mis hermanas y yo, aún vestidas de luto, sentadas una junto a la otra y con las manos enguantadas sobre la falda.

—Déjame a solas con mis nietas —ordenó a la tía Amanda.

Cuando la puerta se hubo cerrado, la anciana nos miró, se detuvo unos segundos en el rostro de esas tres niñas desoladas y temerosas ante la majestuosidad de una señora de negro a la que no habían visto en mucho tiempo.

—Es una buena mujer —dijo señalando con la cabeza el lugar por donde había salido su hija menor—, pero una idiota de la peor especie, con la misma incontinencia que la genialidad. Por eso seré yo quien se haga cargo de vuestra educación. ¿Lo entendéis?

Asentimos con la cabeza mientras ella estiraba un poco su vestido reacomodándose en el sillón. Antes de continuar, se demoró en un silencio que a nosotras nos dio miedo.

—Vuestra madre sí que era inteligente. Con un espíritu libre que ya hubiese querido tener yo, pero vivimos en épocas diferentes.

Haciendo uso de su bastón se puso de pie y caminó hasta el piano, cogió una foto en la que estábamos mis padres y nosotras, la besó y desde su considerable estatura, a pesar de sus años, hizo un amago de sonrisa.

—Vuestro padre también era inteligente. Y culto; con un sentido del humor sutil y perspicaz. Por eso ella se enamoró. No lo dudéis: se amaban profundamente.

La vimos avanzar hacia nosotras. Creo que todas teníamos ganas de llorar, de gritar, de pedir auxilio, pero no lo hicimos. Nos mantuvimos inmóviles y calladas, a la espera de que dictaminara nuestro destino. Un destino que ella dibujaría.

—Un internado no es opción. Allí envié a mis dos hijas y los resultados fueron nefastos, a pesar de la buena reputación del mismo —lanzó un suspiro al aire antes de continuar—, pero como aprenderéis a lo largo de vuestra vida, la reputación es una vana y engañosa impostura que muchas veces se gana sin mérito—, acercándose a una mesa baja, hizo sonar la campanilla.

Por fin pudimos bajar de los aparatosos tronos para acercarnos a la mesa a tomar el té. Las tres en silencio, escuchando lo que la anciana había planificado para un futuro que veíamos incierto.

—Tampoco tendréis institutrices. Ni vuestra madre y tía las tuvieron. Ellas, después del internado fueron a colegios, como lo haréis vosotras —cogió un scon y, mientras lo untaba con mermelada, nos guiñó un ojo—. Es deliciosa, me encanta la de naranja amarga, obra de Serena, la cocinera. Si tenéis alguna preferencia en cuanto a comidas, podéis pedírsela.

¿Decidir? ¿Podíamos decidir lo que queríamos comer? Después de lo vivido y escuchado hasta el momento nos parecía extraño. A través de los años descubriríamos cuán erradas estuvimos con aquella primera impresión de la tarde posterior al funeral.

Esa misma noche, cuando nos habíamos acostado en una habitación colorida y perfumada, todavía con la sensación de estar en un mundo extraño, se abrió la puerta y apareció la abuela. Después de preguntarnos si estábamos cómodas y a gusto, se sentó en una butaca y nos leyó un cuento. Adormilada, sentí su caricia, un beso en mi frente y las palabras que quedarían en mi memoria para siempre: «Mis queridas reinas magas, yo seré vuestro ángel custodio.»

Y lo fue. Cuidar de nosotras, de nuestro desarrollo intelectual y sensitivo, del bienestar físico de unas niñas temerosas y afligidas por su orfandad, había sido la promesa hecha ante el féretro de su hija. Lo cumplió. Nos dedicó el resto de su existencia, que creo estiró todo lo que pudo, para no dejarnos antes de estar preparadas para la vida.

A pesar de lo que dijo aquella aciaga tarde después del velorio, a la tía Amanda le permitió formar parte de nuestra niñez y adolescencia. Con ella íbamos a la peluquería, de compras y bailábamos en su salón los últimos ritmos que llegaban a esa casa que una vez nos pareció sombría y que se transformó en un jardín de rosas.

© Liliana Delucchi

Noche de Reyes

Marieta Alonso

Los Reyes Magos son mis amigos. Uno más que los otros dos. Baltasar es mi preferido. Tenemos el mismo color de piel. Por eso la carta va dirigida a él y se la entrego en mano a los pajes reales, que me preguntan si me he portado bien, si estudio, si no digo palabrotas. Con la cabeza asiento a las dos primeras y a la última digo no.

La lista de juguetes llena dos hojas, más vale pedir mucho que poco. De todo lo que pido ellos van a elegir uno, eso me lo contó mi padre, y desde entonces, para que no se equivoquen repito unas diez veces lo que en verdad quiero que me traigan, lo que más me gustaría tener. Unas veces se enteran, otras se despistan.

Tampoco falto a la Cabalgata que se hace en el pueblo y Baltasar me mira con cariño, sonríe de oreja a oreja y me tira caramelos. Se parece un poquito a mi padre que nunca puede acompañarnos porque trabaja en dos lugares. A lo mejor, dice mi madre, Baltasar nació en África como nosotros.

La tarde de Reyes anunciaba lluvia y mamá decidió llevar su paraguas amarillo, el que tiene una varilla rota. Me dijo que lo abriera y lo pusiera del revés. Recogí caramelos para todo el año. Llegamos a casa empapados porque lo que servía para no mojarnos se utilizó para otra cosa. Lástima que no llueva todos los años.

Nada más llegar a casa, tomo de prisa la sopa que no me gusta, dos albóndigas que quedaron de esta mañana y un vaso de leche. Mi mamá me ayuda a poner pienso y agua para los camellos; una cafetera hasta los bordes de café bien fuerte, tres tazas y tres trocitos de bizcochos para que los Reyes Magos espabilen y no se equivoquen con los regalos. Voy corriendo hacia la cama, me tapo hasta la cabeza y al minuto estoy dormido.

A los Reyes les gustó el bizcocho. No quedó nada. Todito se lo comieron. Esta vez me trajeron lo que quería y un juguete más. Este nuevo año me portaré mejor que nunca, porque estoy seguro de que anoche oí el gruñido del camello de Baltasar en mi oreja, y también sentí un beso que me dio mi rey favorito en la frente.

Mi madre dice que lo que uno cree es la pura verdad.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

El sarcófago de los esposos

15 febrero, 2022 por Akelarre 1 comentario

El sarcófago de los esposos

El sarcófago de los esposos

Urna cineraria etrusca de finales del siglo VI A.C., realizada en terracota pintada, muestra una pareja casada reclinándose en su banquete de la otra vida.

Hallado en unas excavaciones del siglo XIX en la necrópolis de Banditaccia de Cerveteri (la antigua Caere), actualmente se encuentra en el Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia, Roma.

El marcado contraste entre los bustos de alto relieve y las piernas aplastadas, discrepan con los sonrientes rostros de ojos almendrados y el largo cabello trenzado que, al igual que la forma de los pies de la cama, revelan influencias griegas.

Este arte funerario ha inspirado a nuestras cuentistas, dando vida a un anciano escritor; a una mujer quien ante su marido muerto apuesta por los buenos recuerdos en la primavera romana; una joven quien, dado su parecido con la mujer del sarcófago, decide ser su reencarnación o un matrimonio que supera el momento crítico de su relación cuando visita el museo.

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Cristina Vázquez

La adorada

Malena Teigeiro

Renacer

Liliana Delucchi

Una tarde en el museo

Marieta Alonso

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Cristina Vázquez

Y la muerte llegará en abril.

—No digas esas cosas tan tristes —las palabras de Claudia mostraron irritación y temor.

Ernesto se rio. Era un poema, no se lo inventaba él, pero llegará, llegará, siguió con voz lúgubre, como le llegó a este matrimonio, y señaló la vitrina donde se mostraba el sarcófago etrusco.

—No te enfades. Además, mira cómo están de sonrientes. Quizás están mejor allí —y se vieron reflejados en el cristal en una superposición doble de parejas.

Claudia se giró bruscamente. Ya estaba bien, no le hacía ninguna gracia. Vaya manera menos romántica de celebrar su viaje de novios. Él la besó y dándole un abrazo prometió callarse y no hacer más bromas mortuorias. Pero que no olvidara que él la querría siempre en este lado y al otro.

—¡Y dale! Qué pesadito estás —se colocó el bolso y tiró de su marido para salir.

Era una tibia tarde de principios de abril, como aquella de hacía más de veinte, no, ya eran treinta años, en la que estuvo por primera vez en Villa Giulia visitando el Museo Etrusco con Ernesto. Claudia se sentó en un banco cerca del edificio, no sabía muy bien a qué. A contemplar. Se había empeñado en volver, sintió una necesidad imperiosa de regresar a ese lugar y hacerlo sola, pese a las protestas de los hijos. Quería sentir otra vez la amable brisa, el olor de ese jardín y sencillamente mirar, tener conciencia de ella misma y de alguna manera revivir esa tarde, ese momento en el que la vida estaba por estrenar, cargada de ilusiones y deseos. La vida era joven y ellos también.

Solo había vuelto a Roma una vez con sus dos hijos cuando eran pequeños para celebrar sus quince años de casados, pero no fueron a visitarlo. El recorrido por la ciudad fue más pensando en los niños. Ernesto había preparado con mimo el viaje, y aunque su pasión por esa ciudad no había hecho más que crecer, no habían vuelto. Ese viaje de celebración tuvo para ella, pese al entusiasmo infantil y la alegría del padre, un último halo de despedida. Claudia intuyó, como si una tenue gasa envolviera cada gesto, cada descubrimiento, una melancolía inapropiada.

Luego comprendió que así había sido. Fue la ceremonia de su despedida y era el mes de abril. Ernesto no le había dicho nada de su enfermedad. Pese a que ella veía cierto decaimiento, él le aseguraba que no era nada, estaba hecho un roble.

Lo encontró una semana después del viaje, al volver a casa a mediodía. Tumbado en la cama perfectamente vestido, hasta con los zapatos puestos. Le extrañó, no era hombre de tumbarse y menos a esas horas. Era metódico, ordenado, pulcro y previsor. Nunca quería molestar. Educado, prefería ceder antes de que cualquier situación pudiera alcanzar un punto de intolerancia o malas formas. Y por eso se lavó y vistió con pulcritud para morir. Se mató por no molestar, por no dar la lata, lo que le esperaba hubiera sido muy desagradable para todos, escribió en la carta que había a su lado junto al testamento y la postal del sarcófago etrusco.

“Cómo te prometí hace mucho, te querré siempre de este lado y del otro.”

Cuando la leyó no podía parar de llorar, aunque en el fondo le pareció que no era una despedida con todo el peso, la trascendencia de ser un adiós de ultratumba. Le hubiera gustado algo más desgarrado, más acorde al momento terrible de encontrárselo de cuerpo presente, aunque vestido como para ir a la oficina.

Fue un buen hombre, pese a que ese afán de orden y mesura quitaba alegría, espontaneidad, algo de riesgo a la vida, sobre todo cuando eran jóvenes. También recordó, que siempre tuvo un punto lúgubre, como cuando recién casados visitaron este Museo, en cuya cercanía estaba sentada.

Llevaba la postal en el bolsillo y de vez en cuando la acariciaba como una suerte de talismán. Después de un buen rato decidió entrar. Lo encontró peor iluminado de lo que recordaba. Se dirigió lentamente, insegura, a la vitrina del sarcófago y vio a una mujer mayor reflejada en el cristal. Era ella, igual que lo fue cuando se miraron juntos y él susurró que la muerte llegaría por abril. Se enderezó, tuvo un escalofrío y supo que esa muerte solo se refería a él. Ella no pensaba, de momento, morirse, elegía quedarse en este lado.

Salió con tranquilidad, volvió a aspirar la dulzura del aire y decidió que se iría a Via Veneto a tomarse un Martini y a gozar de la vida y de la primavera.

© Cristina Vázquez

La adorada

Malena Teigeiro

Cuando visité el museo Etrusco de Villa Giulia tuve un momento de espanto. Sí, fue delante de la tumba de los esposos. Aquella coqueta señora a la que su hombre parecía haberle ofrecido un regalo en el Mas Allá, era igualita a mi prima Julia. Figúrese el susto. ¡Ella se encontraba allí, a mi lado! Mi temblor se calmó cuando me distraje con la explicación que el guía del museo nos dio sobre aquellas tumbas. Nos habló de cómo era la vida en el tiempo de los que allí fueron enterrados. Al parecer, las gentes etruscas eran presumidas; se maquillaban y peinaban con esmero, vestían con gusto y también se divertían a todas horas. Tanto era así, que hasta la muerte la representaban en una fiesta con su banquete y todo. Viendo a aquella bella dama arropada por su caballero, me dio la impresión de que al menos ellos, iban a continuar con su juerga después.

A partir de aquella visita, mi prima Julia, que también había percibido su parecido con la dama de la tumba, decidió que el espíritu de aquella mujer etrusca se había introducido en ella. Comenzó a vestirse con lánguidas túnicas, a peinarse con trencitas y raya al medio… Por supuesto, decidió que tampoco se perdería ni una fiesta ni un sarao. Tanto la imitó que al igual que la mujer de la tumba de Villa Giulia instaló en su rostro una sonrisa sarcástica, sonrisa que nunca supimos qué significaba. Aunque mi abuela, mujer lista en donde las hubiera, decía que aquel gesto en su nieta no significaba nada, que simplemente Julia era tonta. Yo nunca creí eso. Pensaba que algo más tenía que haber. Y verá por qué lo digo.

Todo hombre que se le pusiera delante a mi prima Julia, y por lo que luego supe también hubo alguna mujer, caía rendido a sus pies. Es decir, la adoraba. Y ella ante aquellos gestos de adoración, decidió que sería una mujer muy mala y egoísta si no les correspondiera. Y con su enigmática sonrisa, añadía que aunque quisiera, no podía amar a uno solo. Al parecer, le daba tanta lástima verlos transidos de amor, que sentía la necesidad de abandonar a aquel que tuviera entre sus brazos para poder consolar a otro.

¿A que nunca conoció nada como esto? Ya suponía yo. Pero todavía hay más.

Lo que me resultó más curioso de la transformación de mi prima Julia fue el comportamiento de los hombres que la rodeaban. Tanto fue así que un día decidí preguntarle a Carlos, mi marido, qué era lo que los de su especie, es decir, los hombres, veían en ella. Él, con una mirada romántica, quizá ingenua, me contestó que su cuerpo y su rostro eran tan hermosos, sus movimientos contenían tal sensual delicadeza, y la estela del perfume que dejaba al pasar era tan embriagadora, que conseguían hacerte soñar con poder abrazarla. Se puede imaginar que la de la sonrisa enigmática en ese momento fui yo. Pero continuemos. Lo que me dijo Carlos era cierto. Solo con tenerla, ellos se sentían satisfechos, por lo que en cuanto se iba a vivir con el que fuera, este, con más orgullo que si de su brazo colgara el de una reina, no dejaba de llevarla a reuniones, a viajes y fiestas.

Mi prima se casó enseguida. Su esposo, de posición muy acomodada, no fue el único. Nadie supo a ciencia cierta cuántas veces contrajo un buen matrimonio. Y era tanta su perfección en el trato y maneras que incluso cuando los abandonaba, conseguía que creyeran que eran ellos los que se iban, con lo que al sentirse culpables siempre le dejaban la cuenta bien arropada.

Entre un marido y otro, Julia nunca abandonó a ninguno de los que tanto la admiraban. Procuraba satisfacer sus deseos, incluso los de aquellos que no eran ricos ni importantes. Como comprenderá la situación de estos últimos no le permitía casarse con ellos, aunque como era tan buena y cariñosa, los cuidaba y trataba como si lo fueran. ¡Ay, los pobres! Cómo la veneraban. Hasta lo poco que tenían se lo gastaban en hacerle los mejores regalos.

Falleció joven. Fue una lástima. Su último esposo se encontraba a su lado. Era un varón nacido en el extranjero, creo que se llamaba algo así como Jürgens. Tengo entendido que apenas pudieron mantener una conversación, pues ninguno conocía el idioma del otro. Quizá por eso fue el marido que más le duró. ¿No cree? Mi prima falleció de repente, por lo que no le dio tiempo a perder su sonrisa. Él se mantuvo sentado al lado del túmulo hasta que se la llevaron. Sin dejar de mirarla, de acariciarla, el rostro de su triste viudo cuadrado, grande como el de un gigante, mostraba la misma sonrisa sarcástica que el de ella.

Y mi abuela, al ver en aquel hombre idéntica sonrisa que en el de la difunta, no dijo que Jürgens fuera tonto. No. Dijo que era porque no se creía su buena suerte. Qué va. Y añadió que esa sonrisa se le había quedado cuando se dio cuenta de que él era el que iba a heredar la fortuna que había conseguido mi prima Julia dejándose adorar por tantos tontos hombres.

© Malena Teigeiro

Renacer

Liliana Delucchi

No era un viaje de turismo. Si habíamos elegido Roma fue porque allí iniciamos nuestra luna de miel y, aunque el tiempo transcurrido desde entonces parece lejano, no lo es. No tanto si nos comparamos con otras parejas que han sobrellevado matrimonios de muchos más años con una hidalguía de la que Carola y yo carecemos. Tenemos personalidades fuertes y nos resulta difícil, por no decir imposible, ceder paso a la opinión del otro. Es así como los límites de cada uno terminan siendo infranqueables. Incluso nos llevan a días sin hablarnos o hasta que uno de nosotros termina durmiendo en la habitación de invitados.

Por eso Roma. Ya dije que no era un viaje igual a los demás, más bien una peregrinación. Como quien busca llegar a un lugar sagrado para acercarse a ese estadio espiritual que lo aleje de una cotidianeidad abrumadoramente vulgar.

Por mi parte, me sentía el receptáculo de todos los lugares comunes y las frases hechas; salir a cenar con amigos y escuchar la incesante palabrería sobre los frigoríficos que se estropean, chicas de servicio ineptas o coches nuevos.

Cuando Carola regresaba de su trabajo, se quitaba los tacones con sensación de alivio y subía a ver cómo estaban los niños; si los encontraba despiertos, les leía un cuento y luego bajaba a beber una copa de vino. Desde el lugar de la casa en que estuviera, yo veía en su expresión que estaba abordando un destino aceptado con tal sumisión, que esa misma conformidad parecía un acto de rebeldía.

La costumbre fue formando una capa protectora para nuestras susceptibilidades, sobre todo pagábamos la tranquilidad de cada día al pequeño precio de nuestras ilusiones. Por eso Roma. Porque buscando algo que no recuerdo, encontré una foto de nuestro viaje de bodas. Porque miré a esa mujer sentada frente al televisor, ausente de lo que ocurría en la pantalla, y supe que tenía que devolverla, devolvernos, al punto de partida.

No quisimos el hotel de entonces. Regresar, sí, pero de una manera diferente. Nos perdimos por las calles, recorrimos museos, iglesias y hasta nos acercamos al Coliseo. Una tarde, de regreso a nuestro albergue, vimos un folleto sobre Villa Giulia. Nos miramos con ilusión; en el recorrido anterior no habíamos ido al Museo Etrusco y decidimos enmendar esa falta.

En medio de tantas piezas maravillosas, lo vimos: El Sarcófago de los Esposos.

—Sonríen —murmuró Carola.

No sé cuánto tiempo permanecimos ante él. Esa pareja feliz aún después de traspasar la puerta de la muerte, el símbolo de la eternidad del amor…

En ese momento sentí lo paradójico de la escena que representábamos junto a la escultura. Una pareja, nosotros, que se había acomodado a vivir en el silencio y la contradicción frente a otra que en apariencia era todo lo contrario. Me pregunté si en ese espejo distorsionado en el que nos mirábamos encontraríamos una salida a nuestra situación.

Un suspiro profundo salió del pecho de Carola, giré la cabeza y pude ver lágrimas que era incapaz de contener. Sus labios temblaban como los de un niño que hace pucheros antes de lanzar el grito que nunca se manifestará. Mi pecho comenzó a cabalgar sin freno y tuve que buscar el asiento más cercano. Unas cuantas respiraciones lograron serenarme, pero permanecí allí, en ese banco de terciopelo rojo, solo e inmóvil. A pocos pasos, en un estado de adoración, mi mujer se mantenía de pie ante el sarcófago. Posiblemente le estuviera diciendo todo aquello que yo no podía expresar.

Era incapaz de moverme. Contemplaba a Carola como si solo viese en ella promesas de felicidad. Si pudiera lograr que esa convicción arraigara en mi mente… Entonces descubrí lo infantil e imprudentes que habíamos sido en los últimos tiempos, entregándonos al desaliento. Sentí que un halo de esperanza emanaba de los esposos etruscos, me puse de pie y me acerqué a mi mujer. Como un adolescente en su primera cita, rocé su mano con timidez y miedo al rechazo, pero no ocurrió. Sus dedos largos y suaves apretaron los míos, sonrió en medio de las lágrimas… Yo también sonreí.

Entonces recordé otra imagen, la de nosotros dos junto al mar; yo un poco detrás de Carola, como el hombre de la escultura, con el brazo derecho sobre su hombro y esa tonta expresión de enamorado. Me atreví a decir:

—Deberíamos intentarlo de nuevo.

—Por supuesto —respondió en un susurro. Y me besó.

Desandamos el camino hacia la salida con una ligereza de la que carecíamos al entrar al museo, como si el gran peso que portábamos al inicio de nuestro recorrido hubiese quedado a los pies del sarcófago.

Ya en el jardín, nos recostamos sobre un muro bajo y copiamos la posición de los esposos, nos hicimos un selfie y se la enviamos a los niños.

© Liliana Delucchi

Una tarde en el museo

Marieta Alonso

Estoy justo en esa edad en que comienzo a remar hacia la orilla. Ayer cumplí noventa y ocho abriles. Como homenaje a mi edad me dirigí al museo y me senté a contemplar un sarcófago que dicen es etrusco. A lo mejor soy uno de sus descendientes, es posible, porque si ellos anduvieron lo suyo, yo no me quedé atrás. Este pensamiento me llevó al día en que vine al mundo.

Según contaba mi madre corría la primavera y en los balcones florecían macizos de geranios, begonias, petunias… No di mucha guerra, al primer dolor me soltó, pero nací gordito y calvo, igualito a Churchill. Mi madre se fue ante la Virgen de la Vega y le pidió una salud de hierro para mí, ya que de belleza escaseaba. Se lo concedió. Nunca he estado enfermo. Ese día también se recuerda porque fue cuando las cigüeñas colonizaron mi aldea y desde entonces los vecinos no cesan de arreglar tejados.

Gracias a mi profesión de marino viajé por muchos países y llegué lejos, hasta Chile, ese país que para no caerse al mar se abraza a los Andes. Visité islas paradisiacas. Me enamoré repetidas veces, y me casé en cuatro ocasiones. No me quedó más remedio me dejaban viudo y un hombre como yo no debía estar solo. Tuve hijos, nietos, biznietos. Cuando llegó la hora de jubilarme me hice escritor y según una de mis nietas, que mucho se me parece, huelo a paquete de folios recién abierto.

Creo que mi futuro se está acercando muy deprisa y me gustaría que alguien, algún día, se sentara a leer mis libros, y se recreara en ellos como yo lo he hecho ante este arte funerario que tan buenos recuerdos me ha traído.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Hércules y la esfera celeste

15 junio, 2020 por Akelarre Deja un comentario

Tapiz Hercules sosteniendo la esfera celeste

Hércules sosteniendo la esfera celeste

Tapiz de 350 por 319 centímetros, primero de la serie Las Esferas.

Tejido en oro, plata, seda y lana, este tapiz de manufactura bruselense está atribuido a un cartón de  Bernard van Orley.

La representación de la esfera celeste de este tapiz, concebida según el sistema de Ptolomeo, indica que fue tejido con anterioridad a 1543, año de la publicación de la obra de Copérnico en la que se daba a conocer al mundo el sistema de la astronomía heliocéntrica.

Este tapiz perteneció a la colección de Juan III de Portugal y después a la de Felipe II.  Actualmente se encuentra en la colección de tapices de Patrimonio Nacional y se expone en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso.

El peso de la bóveda celeste no puede con nuestras escritoras que este mes, inspiradas por Hércules, se lanzan a escribir cuatro historias en donde sus protagonistas nos relatan momentos de amor, inocencia y espíritus.

El impermeable amarillo

Cristina Vázquez

Nico Pérez

Malena Teigeiro

El mundo entre mis brazos

Liliana Delucchi

Hacia un mundo mejor

Marieta Alonso

El impermeable amarillo

Cristina Vázquez

Un aria desconocida de ópera, al menos para mí, sonaba en la lejanía. El ambiente era opresivo en el salón de postigos entornados con pesadas cortinas de terciopelo verde y unos sofás de damasco, algo gastados, en los que me senté con mi impermeable amarillo chillón. La persona que me había abierto la puerta del caserón era un hombre mayor, envuelto en un amplio delantal de rayas grises y negras sobre una impoluta camisa blanca. Su expresión era precisamente la falta de expresión, como si fuese un mecano de tez cerúlea. Me hizo avanzar tras él por una escalera que salía del portón silencioso y oscuro. Al llegar al primer rellano se enfundó los zapatos en bayetas que silenciaba aún más su andar. A paso de tortuga me hizo recorrer unas galerías mal iluminadas hasta que me depositó en este salón, sin decirme palabra, en el que mi futuro profesional podía tener un brillante comienzo. Un caso estrella le había dicho a mi jefe. O eso pensaba yo.

Me puse a mirar cada objeto y a tomar notas en el cuadernito que siempre llevo conmigo, como inapelable ejercicio del buen detective, que había aprendido en la academia. No conseguí ser inspectora de policía y estaba harta del trato basto y algo maleducado de algunos compañeros que se permitían bromas, muchas veces secretas para mí, en las que intuía comentarios soeces. Así que hice un curso de criminología y me formé en una academia internacional de detectives de mucho renombre.

Debo confesar que Hércules Poirot ha sido un referente desde mi adolescencia y he tratado siempre de aplicar la lógica y no dejarme engañar por las apariencias, pues el culpable pretende llamar nuestra atención hacia aspectos obvios, alejándonos así de la auténtica pista del crimen. Y pensé que algo en el hombre que me había recibido no encajaba. Me es inevitable cierta desconfianza y mantenerme en continua observación. No lo puedo remediar. Deformación profesional.

Estas consideraciones me las estaba haciendo para intentar tranquilizarme al haber acudido a la cita con un importante hombre de negocios, el cual quería resolver un caso que solo podía plantear en privado.

No me atreví a quitarme el impermeable, aunque empezaba a sofocarme de calor, pues es de un material de plástico brillante un tanto tieso y no sabía qué hacer con él. Al mirar el reloj de marquetería que daba las medias y las horas con un suave carrillón, me fijé que ya llevaba cuarenta y cinco minutos sin que nadie apareciera. Decidí levantarme y asomarme a la puerta. Nadie.

—Por favor —me oí decir con voz titubeante—. ¿Hay alguien por ahí?

Silencio absoluto. Volví adentro y comencé a caminar de un lado a otro, procurando amortiguar mi taconeo en ese espeso silencio y al oír la siguiente advertencia del reloj decidí marcharme.

Cerré la puerta del salón igual que si fuera una ladrona huyendo sigilosamente, con absurdo cuidado de que mi plasticoso impermeable no sonara al moverme. Cuando al avanzar por un largo pasillo comprendí que me había desorientado, volví sobre mis pasos, pero no conseguía reconocer nada de las galerías que había atravesado. De repente, me fijé que al final de una de ellas colgaba un precioso tapiz de un hombre con una bola del mundo a sus espaldas, bien iluminado casi por la única luz en medio de la semipenumbra reinante.

—Vaya tío mazas —dije en voz alta.

Oír mi propia voz es una técnica de supervivencia que había aprendido para tranquilizarme. Me paré en seco. La figura se movía como si algo con vida lo recorriera y oí un sonido profundo y aniñado a la vez. En ese momento empecé a chillar y a correr sin saber hacia dónde hasta que una atropellada voz gritó a mis espaldas.

—Párate. No seas tonta, es una broma.

Me giré en redondo y vi a un niño de unos diez años, repeinado, vestido de uniforme y con unas gafas exageradas, como las del personaje infantil que esperas ver en un tebeo.

—Eres la campeona, la que más ha aguantado.

Se acercó para saludar con una ceremoniosidad anticuada. Me besó la mano. Sus diminutos labios recordaban a un piquito de pájaro por su dureza. Accionó un interruptor y todo se iluminó.

—Ahora, señorita Peret —en verdad me apellido Rabanera, pero Peret me parecía una humilde manera de homenajear a mi héroe Poirot—. Ahora ya le puede recibir mi padre.

Me acerqué al niño, le sujeté por el cuello y le susurré que o me enseñaba la salida o le aplicaría mi llave de asfixiamiento.

—Y calladito, ¿eh?

El pequeño empalideció sorprendido, pero me llevó como un obediente corderito a la escalera que bajé a trompicones hasta verme en la calle. Di unos pasos acelerados y un resplandor iluminó la puerta de la casa que había abandonado. Bien pegada a la pared vi una figura parecida al viejo criado que me recibió, en la que resaltaba la blancura de la camisa, ya sin delantal, llena de agilidad y tensión que miraba a ambos lados de la calle. Aceleré el paso y agradecí la lluvia que caía. Ahora por fin resultaba útil mi impermeable chillón, aunque tenía que hacerme con una auténtica gabardina de detective.

 

© Cristina Vázquez

Nico Pérez

Malena Teigeiro

Sólo unos brazos como los de Hércules podrían sostener lo que se le había caído encima a Nico Pérez. Eso pensaba nuestro hombre sentado delante del tapiz de Hércules sosteniendo el Atlas que adornaba el palacio.

Uno tras otro, como si fueran las plagas de Egipto, a Nico Pérez le fue dando empujones la vida, empujones que, impertérrito, soporta y resiste. El primero que recordaba era el de la noche que, sin pedir permiso, se fue con el coche de su padre: ¿Cómo podía ser que aquel tractor estuviera allí, parado en la carretera? Siniestro total. Tan total que a su padre la pérdida de aquel automóvil le produjo un ataque del que nunca se recuperó. Curiosamente, le sorprendió la tranquilidad con que su madre le dio sepultura. ¡Ellos sabrían! Sin embargo, le resultó muy duro ver cómo los hombres del cementerio colocaban la lápida de grueso granito sobre el ataúd. Su dolor por no poder volver a hablar con su papá, así como la idea de ser un asesino, era tan grande que hasta su mamá se dio cuenta. Cariñosa, le pasó un brazo por encima y le dijo que no se preocupara, que su papá y él iban a estar en contacto tanto como quisieran, porque como el cielo a su padre le venía grande, pues iba a andar por todas partes. Y era verdad: Los dos conversaban casi a diario.

Luego, vino lo de su profesor de matemáticas. Titina, que era el nombre con que tuvo que llamar a su madre desde que su padre se fue, le dijo que no se preocupara, que la tirria de aquel hombre era porque ella no le hizo caso. Lo que no entendió, porque hasta aquella vez que al despedirse los vio discutir en el jardín de su casa, siempre lo hicieron con mucho apego y, cosa que a él le resultaba curiosa, intentando rodearse de oscuridad. Y su profesor, por alguna razón que nunca supo, lo suspendió. Quizá fue por lo de las tablas. ¡Cómo si fuera el único incapaz de aprenderse las tablas de multiplicar! Aquel suspenso troncó su futura carrera como arquitecto, que era lo que más le gustaba. Adoraba dibujar. Entonces Titina le dijo que después de los griegos, no hubo buenos arquitectos, por lo que mejor se dedicaba a otra cosa. Tampoco lo entendió. A él le gustaban mucho las casas de acero y cristal de La Castellana.

 Dejó el colegio. Titina habló con Paco, un amigo de toda la vida, y entró a trabajar en su taller de motos. A Paco le gustaba cenar en su casa, y al parecer, muchas mañanas se daba prisa y también desayunaba con ellos. ¡Le deleitaba tanto la comida que le preparaba su mamá! No había nada más que ver cómo engordó. Aquella tarde su mamá lo esperaba en la cocina. Lloraba desconsoladamente. Se le acercó, lo abrazó y le dijo que Paco ya se encontraba en una vida mejor. Y entonces la vida le dio otro empujón. Cuando su viuda, doña Antoñita, se hizo cargo del taller, lo primero que hizo fue despedirlo. Tampoco lo entendió. Él trabajaba bien y no le importaba mancharse de grasa. Y no superó aquella plaga hasta que su madre le dijo que era porque a aquella tonta yo le recordaba a su marido y no lo soportaba. Su tristeza fue grande al enterarse de que doña Antoñita estaba tan triste. Siempre le cayó muy simpática.

Pero su mamá, que siempre tuvo muchos amigos, de nuevo le consigue un trabajo. Ese sí que estaba bien. Era en las oficinas de don Ricardo, al que también comenzó a gustarle la cena que preparaba Titina. En ese trabajo era feliz. Le pusieron una mesa al lado de la fotocopiadora. Y hacía todas las fotocopias mejor que nadie, porque colocaba el papel con mucho cuidado dentro de las marcas negras del cristal. Además de que nunca más se manchó de aceite, tampoco pasaba frio en invierno ni calor en verano. Un lujo de trabajo.

A partir de entonces, al parecer a la vida ya no le interesa darle más empujones. Todas las mañanas iba a trabajar con don Ricardo contento, sin grandes disgustos. Hasta que una mañana de sol, aunque estaba lloviendo, entró a trabajar Lupe. Aquella noche llamó al ánima de su padre y se lo contó. Los dos llegaron a la conclusión de que era una mujer muy conveniente para contraer matrimonio. Su carita era como una flor de primavera. Siempre sonriente, rosada y con un olor a manzanas que abría el apetito. Y le pareció que él le gustaba porque siempre le gastaba bromas. Esa mañana, cuando intentando no molestar, como por otra parte siempre haca, entró con las fotocopias en el despacho del director. La encontró sentada sobre sus rodillas. Recordó cuando su padre lo sentaba en las suyas y pensó que don Ricardo la trataba como si fuera su hija. Se quedó un instante mirándolos y no le gustó. Su padre nunca lo besó así, ni tampoco le introdujo la mano por debajo de los pantalones.

––¿Qué miras? ––escuchó la agria voz de la joven.

Ahora sus mejillas no eran sonrosadas, sino rojas. Y Nico Pérez, cerrando la puerta, se fue corriendo a su mesa. Poco tiempo después llegó ella con un sobre en la mano. Era el finiquito, le dijo. A partir de hoy no vuelvas a la oficina. Y con una maligna luz en los ojos, los entrecerró. A mí no me jodes la vida, le escuchó que rezongaba cuando se iba.

Esa plaga no solo le dobló el ánimo sino que se lo tronchó. Dejó la mesa pulcra y ordenada, y se fue de la oficina. Comenzó a caminar y sin saber cómo, llegó hasta el Museo del Prado. Allí, parado en la acera, vio un autobús al que se estaba subiendo mucha gente. Le parecieron simpáticos, aunque algo ruidosos. Luego se enteró que iban de excursión a La Granja de San Ildefonso para ver la colección de tapices. Y como nunca antes estuvo allí, le parece bien la visita y se sube al autobús.

¡Con que dulzura y cariño miran aquellas dos mujeres al asustado Hércules! Se ve que lo quieren bien, se dijo. Aunque… Y Nico Pérez mueve la cabeza. Hércules debe tener cuidado con ellas, porque lo miran igual que lo hacía Lupe cuando le entregó el sobre. Sí. Igualito. Baja la cabeza. Las lágrimas le mojaban las mejillas. Su dolor por haberla perdido era insoportable. Los cristales de sus gafas de miope se empañaron. Los limpia con un pañuelo de papel y levanta de nuevo la mirada hacia el tapiz. Le parece que Hércules no le quita la vista de encima. De pronto, escucha una voz, ronca, esforzada.

––Mira bien. Ésas, ni caso me hacen. Y esto no es el mundo. Es un globo que sostengo porque mi amigo Atlas me ha engañado.

Nico Pérez fija sus miopes ojos en las damas. Era verdad. No le estaban haciendo caso. Y el rostro de Hércules tampoco le parecía feliz. Decidido a volver a su casa, se levanta del banco. Y cuando ya iba a salir de la sala, se vuelve hacia el tapiz.

––Hércules, ten cuidado. El cabrito del niño de la esquina, está intentando pincharte el globo.

Y cuando bajaba las escaleras del palacio camino del autobús de vuelta a Madrid, Nico Pérez se detuvo. Como no se ande con cuidado, a Hércules las mujeres, el niño de la flechita, y todos los que están a su alrededor sin importarles su esfuerzo, le van a joder la vida.

 

© Malena Teigeiro

El mundo entre mis brazos

Liliana Delucchi

Apenas un poco de luz penetra por las cortinas. La habitación está en penumbras y los débiles rayos de sol dibujan listas sobre la sábana. A su derecha, monitores verdes con líneas que suben o bajan, dependiendo de la respiración del enfermo. A la izquierda, más máquinas que determinan, eso cree él, el estado de sus constantes. Ni siquiera puede oler el perfume de las flores. Se las enviaron sus empleados acompañadas por una tarjeta de elogios que nadie cree, menos aún quien la escribió.

¿Dónde está lo conseguido? Tuvo el mundo en sus brazos. Ese sueño de niño que se hizo realidad y que ahora se esfuma entre susurros de médicos y enfermeras.

––Tiene una visita ––anuncia la atenta auxiliar rubia, esa que entra cada tanto para comprobar si tiene suero suficiente, con una voz tan suave que hubiera estado bien para secretaria.

Sonsoles fue una de sus primeras asistentes. Eficiente y solícita, pero la muy tonta decidió ser madre y él la despidió. Como a tantas otras si no le gustaba el color del esmalte de sus uñas o el sonido de su taconeo.

Abre los ojos para ver quién se ha atrevido a acercarse a este último santuario del que sabe que no va a salir y ve a una figura masculina, con un traje vulgar y alzacuellos.

––¿Qué hace aquí? ––pregunta con una voz que no reconoce como la suya, una voz sin autoridad y quebrada por los silbidos que salen de su pecho.

––Ayudarte, hijo ––responde el sacerdote––. Quizás necesites confesar.

––No tengo nada que confesar. Según tengo entendido lo que se confiesan son los pecados y yo no he pecado nunca. Solo hice lo que tenía que hacer.

Ahora sí su tono ha recuperado poderío. «Pero con un triste cura», piensa mientras se le escapa una sonrisa que le duele por la sonda que le sale de la boca.

––Y… ¿qué es lo que tuviste que hacer?

––Para empezar no me tutee. Yo a usted no lo conozco. Si quiere hacer algo por mí, llame a la enfermera y márchese. Necesito más morfina.

El visitante pulsa el botón de llamada y en pocos minutos se abre la puerta para dejar entrar a un hombre con bata blanca.

––Está estable ––susurra el asistente al sacerdote mientras se acerca a la ventana para cerrar las cortinas––. Aunque tendrá trabajo con éste, Padre Mario, según dicen ha sido un verdadero cabrón.

––¡Que tenga que oír esto de un mediocre! Nunca te hubieras atrevido a decirlo si otras fueran las circunstancias ––musita el enfermo desde su cama ––. Dile al clérigo que se acerque, pero que antes coja el libro que está sobre la mesa y me lo traiga.

El enfermero mira al cura que se acerca al escritorio.

––Ábralo por la página que está marcada con un señalador ––ordena el enfermo––. ¿Ve la imagen de ese tapiz? Marcó mi vida desde niño.

Le cuenta que el libro pertenecía a su abuela, quien le dijo una noche de tormenta en que él tenía miedo, que no debía sentir eso, ya que su vida había sido señalada como la de ese hombre musculoso y fuerte que sujeta el mundo entre sus manos. Bendecido por un ángel, admirado por reyes, encandilaría a hombres y mujeres, conquistando todo lo que encontrara a su paso.

––Vencerás en tus propias guerras ––me dijo la anciana mientras me acariciaba la cabeza ––y serás capaz de resistirte al canto de las sirenas, como un Ulises moderno.

El sacerdote se mantiene en silencio y apoya su mano en la del enfermo, que continúa:

–––¿Sabe una cosa, Padre? La vieja tuvo razón. Lo conquisté todo. Los hombres me siguieron hasta en los proyectos más arriesgados. Vencí en todos los frentes.

La habitación se llena de un silencio solo roto por los tenues sonidos de los monitores que iluminan escasamente la cama del enfermo.

El paciente intenta incorporarse sobre sus almohadas pero no lo consigue. Ladea su rostro hacia el hombre que lo escucha y finalmente susurra:

––Solo que yo no tengo Ítaca a la que regresar, ni Penélope o Telémaco que me esperen.

 

© Liliana Delucchi

Hacia un mundo mejor

Marieta Alonso

Mis ancestros fueron colonos de frontera. El tatarabuelo paterno, que según se cuenta fue un destacado pionero, quiso salir de la miseria en que vivía en el este y se apuntó en una caravana que iba hacia el oeste, con su mujer y su hija de dieciséis años.

Esa era la versión oficial.

La otra era que Opal, su preciosa hija, se había fugado con un apuesto mancebo que no encajaba en la familia. No por borracho ni pendenciero. No. El pobre pertenecía a una familia rica y altanera, que no perdió tiempo en salir en su búsqueda y cuando un mes después los encontraron, tomando al hijo por las orejas lo enviaron a estudiar a Europa. A los padres de la chica les ofrecieron una buena cantidad de dinero que mi tatarabuelo les tiró a la cara, pero Abigail, mujer práctica como ninguna, recogió cada billete del suelo y muy despacio lo fue guardando entre el pecho y la blusa. Con la cabeza hizo el gesto de marchar a su Thomas y mirando con desprecio al caballero sentenció: No sabe lo que pierde.

Las vicisitudes que pasaron durante el camino formaban parte de las conversaciones diarias, hasta que llegó el día en que no tuvieron más remedio que establecerse, en un punto ubicado entre el río Missouri y las Montañas Rocosas, una región sin árboles, donde solo había sol, viento, yerba y bisontes. No era el lugar de destino, es que fue allí donde su carreta dijo: «Hasta aquí hemos llegado». La caravana, con sus ansias de oportunidades y progreso, siguió su rumbo deseándoles lo mejor. Y menos mal porque dos días después nacía mi abuela.

No había pasado ni siquiera una semana en aquellas soledades, cuando otra caravana dejó tiradas dos carretas. Sin pérdida de tiempo fueron a socorrerles. No hubo manera de arreglar los maltrechos ejes, por lo que decidieron asentarse y crear una pequeña comunidad de granjeros. Ya eran tres matrimonios, dos jóvenes, cuatro niños, y la bebé.

Thomas, por ser el de mayor edad, decidió que los cuatro hombres levantarían tres viviendas, luego una taberna para que los viajeros al hacer un alto en el camino pudieran comer, pernoctar y asearse. Dos de las mujeres se harían cargo de ella, una en la cocina y la otra sirviendo. Para Abigail y Opal crearían un almacén, y así se podría vender el excedente de las hortalizas que sembrasen. Por último, también decidieron que cada familia intentaría ahorrar los diez dólares necesarios para adquirir ciento sesenta acres de tierra pública.

Aunque cada día era un sin parar, Opal con la niña a cuestas sacó tiempo para hacer galletas de jengibre, que además de estar riquísimas, sirvió para que encontrase un buen padre para su pequeña y para los doce chavales que vinieron después. Había que engrandecer el poblado.

 

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

La estatua

15 noviembre, 2018 por Akelarre 5 comentarios

Estatua griega

La estatua

La estatua de esta mujer sin cabeza y con una niña de la mano pertenece al museo arqueológico de Nicópolis, literalmente ciudad de la victoria. Situada en el istmo de la península que separa el golfo de Ambracia del mar Jónico y a unos seis kilómetros de la actual ciudad de Préveza.

Esta ciudad griega la fundó Octavio Augusto el 2 de septiembre del año 31 antes de Cristo para conmemorar su victoria naval en Accio contra Marco Antonio. Aunque la batalla fue confusa, no se convirtió en auténtica victoria hasta la prematura huida de Marco Antonio y Cleopatra, lo que le permitió volverse en único dueño del imperio.

A diferencia de otras fundaciones romanas contemporáneas, esta no era una simple colonia, sino una ciudad libre y autónoma ligada a Roma por un tratado.

El museo se nutre exclusivamente de los restos arqueológicos que han surgido de las excavaciones de este importante enclave.

Amor pétreo

Cristina Vázquez

Sala de las estatuas griegas

Malena Teigeiro

Mármol de sangre

Liliana Delucchi

Sueños de un novel escultor

Marieta Alonso

Amor pétreo

Cristina Vázquez

En memoria de Eduardo

 

—Me comprendes ahora. ¿verdad?

Los ojos de Aurelio, enrojecidos, casi ciegos, brillaban en la tenue luz con tierna glotonería, mientras los del joven Jacinto se dilataban de asombro al contemplarla.

Hasta llegar al lugar dónde se hallaban tuvieron que atravesar un corredor iluminados por una linterna, al que accedieron a través de unas escaleras de piedra que Aurelio había construido como si reforzara una zona del jardín, en el que se alzaba la casa de sus abuelos. Una adusta casa de piedra que fue recomponiendo y agrandando gracias a la fortuna que había amasado en Sudamérica con un negocio de importación y exportación de granos.

Recompró la casa que se había quedado abandonada en manos de unos parientes y fue el único lugar al que, pese a su vida ajetreada y brillante, volvía como en un ritual de renacimiento. Sentado frente al ventanal repetía que esa montaña era su cuadro favorito.

—No quise a mi familia, excepto a mi abuelo que fue el hombre que me hizo hombre —le confesó a Jacinto esa noche.

Al decirlo abarcó con una mirada rejuvenecida la belleza que había conseguido crear, pues se convirtió, sin ser una persona de gran cultura, en un coleccionista importante. El joven se sentía incómodo por estas confesiones que le estaba haciendo el importante hombre, pese a conocerlo desde que tenía memoria. Sus padres habían sido los caseros de esa casa y aunque Aurelio fue un jefe respetuoso y educado, nunca traspasó unos límites de considerada distancia. Y que esa tarde le llamara y le dijera que se sentara con él en el salón le intimidaba.

—Jacinto —en su voz notó un temblor inesperado—. Me muero.

El otro protestó, pero si se le veía como siempre, fuerte, don Aurelio. Si no era tan mayor. Y se le iban estrangulando las palabras, sentado en el sofá cercano, con la prevención del que no está acostumbrado a unos almohadones tan mullidos ni a una conversación con el dueño, el señor que pagaba el sueldo de sus padres y sus estudios.

No habían cruzado más que conversaciones en las que le informaba cómo iba su carrera de arte, que le había obligado a estudiar, y algunos comentarios de lo rápido que iba creciendo. Recordaba de él alguna caricia cuando niño, y ahora, ahí sentado en el prohibido salón, le hacía esta confesión.

—No tengo hijos ni me he enamorado nunca—siguió mirando la declinante tarde.

Hizo un gesto con la mano como si apartara una desagradable presencia, pero no podía morirse sin confesar su secreto y le miró con una mezcla de súplica y picardía. Que volviera a las diez de la noche le ordenó.

—Y ahora déjame descansar.

Jacinto consternado por todas las confesiones recibidas volvió a la hora fijada. Lo encontró de pie con una linterna en la mano y una expresión de regocijo que sorprendía en el rostro afilado.

—Vamos muchacho.

Abrió una puerta disimulada al fondo de la despensa y empezaron el descenso de las secretas escaleras que llevaban al corredor, al final del cual divisó una puerta blindada que abrió Aurelio, ayudado por el joven. Al entrar le pidió que cerrara los ojos. Oyó el ruido de un interruptor.

—Ábrelos ahora.

Una estatua de mujer sin cabeza, tenuemente iluminada, destacaba sobre unas delicadas colgaduras de terciopelo verde. La belleza de la figura le dejó sin habla. Nunca había visto nada tan delicado y perfecto. Aurelio se acercó a la escultura, la acarició con la morosidad de un experto amante y apoyó la rala cabeza sobre su pecho.

—Este ha sido mi único amor. Me comprendes ahora ¿verdad? —y le suplicó abatido—. Cuídala cuando no esté.

© Cristina Vázquez

Sala de las estatuas griegas

Malena Teigeiro

Que hermosa y satisfecha debía de haber sido la vida de la joven, se dijo Marcela deteniéndose delante de la descabezada estatua. ¿A quién mostraría sus sinuosas caderas?, pensó. ¡Qué hermosos eran sus redondos brazos! ¿Y por qué llevaría a la niña colgada de su mano? Quizá fuera su hija.

Aquella mañana no había sido buena. Cosa que por otra parte tampoco era nada nuevo para Marcela. Pero sí hubo una diferencia: Él la llamó ignorante. En el fondo, reflexionó, tenía razón.

Fijó la mirada en la niña de piedra. Esa era la gran diferencia con la joven griega. La niña debía de ser su única hija. Por eso podía llevarla colgada de su desaparecida mano. Pero ella tenía cuatro. Y, claro, al ser cuatro, como rémoras, los llevaba colgados desde que nacieron. Elevó las cejas y suspiró mientras la admiraba. Después de unos instantes reanudó su conversación con la joven. La culpa no la tenían ellos. ¡Pobres hijos! Había sido de él. Y lo cierto era que además de a sus cuatro hijos, a él también lo arrastraba como si fuera la cola de su traje de novia.

¡Cómo la había engañado! Un día, apenas hacía dos meses que se conocían, le dijo que era feminista, y que quería que ella se realizase. Que no veía por qué tenía que dejar de trabajar una mujer al casarse. Poco le duró el feminismo. A la vuelta de su viaje de novios, justo cuando la puso en el suelo para besarla, acercó la boca a su oreja, y siseando como una serpiente, le dijo que a partir de aquel instante se había acabado eso de ir a trabajar. Que él quería una mujer en casita atendiendo a su marido como cualquier esposa de bien. Y ella, no muy satisfecha, dejó su puesto de administrativa en el banco. Y así fueron pasando los años, él cada vez más amargado y ella teniendo un hijo tras otro. Y ahora el insensato le había gritado. Le dijo que era aburrida, que era una inculta y que no se podía hablar con ella. Y Marcela, que sin que él lo supiera, tenía que andar cosiendo si quería que les llegase el sueldo a fin de mes, tembló cuando dándole la espalda, le escuchó rumiar: Si al menos trabajaras… Pensó que en el fondo tenía razón. Tanta marido, tanto hijo, tanta cocina la habían embrutecido. Miró alrededor y vio un banco en el medio de la sala de las estatuas griegas. Renqueante, cansada, se sentó en el borde.

Hasta que decidió que jamás nadie la llamaría inculta otra vez, aquella noche apenas había podido dormir. Por la mañana, después de que se hubieron ido todos de casa, como por algún lado tenía que comenzar, se apuntó a un curso de arte y ahora, allí estaba, en el museo intentando culturizarse. Le sonrió al desaparecido rostro de la mujer de la estatua. Sí, sí. La había engañado bien, masculló pasándose la mano por la frente. Cuando lo conoció, ella era redondita y de cadera cimbreante, como debías de ser tú. Él, delgado, vibrante, de cabello ondulado y largas pestañas, se le arrimó. Y entornando sus grandes ojos verdes, comenzó a decirle cosas bonitas. Luego, mientras con el pulgar le iba contando las vértebras, le habló del futuro que les esperaba juntos, de los negocios que tenía en mente. Y ella se volvió loca por él. En su casa nunca lo vieron bien. Jamás, jamás te hará feliz ese filibustero, le susurraba su madre con los ojos brillantes. Su padre añadía mordaz, irónico, que con ése guaperas no tendría ni pan ni agua, que lo único que le daría serían disgustos y humillaciones. ¡Y qué razón tenían! ¿Por qué los hijos no hacen caso a los padres? Cruzó los pies y se colocó el bolso encima de las rodillas. De nuevo fijó su mirada en la mujer de la estatua.

Luego fueron llegando los hijos. ¡Ay! ¡Si al menos uno de ellos hubiera sido una niña como esa tuya! Movía la cabeza sin dejar de contemplar el vacío espacio de la testa de la mujer. Quizá ella la habría comprendido y hubiera sido su amiga. Por favor. No te rías, le susurró. Si su hija no le había salido bien habría sido por mala fortuna, porque lo normal era que una madre y una hija… ¡En fin! Al menos eso creía ella. Se encogió de hombros. Pero no, los cuatro fueron chicos. Iguales que su padre. Delgados, zalameros, cimbreantes, sobre todo vagos. Y al igual que la mujer de piedra llevaba colgada a su hija de la mano, ella sentía que cargados sobre sus hombros los remolcaba por la vida. Se estiró la falda y con los ojos bajos, agarró el asa del bolso. De pronto levantó la mirada y se encaró a la estatua.

––A ti te ha sido fácil. Total, solo te han cortado una mano. Pero a mí… Y ahora, ya ves, ni siquiera puedo cortarme los hombros.

Marcela se levantó y arrastrando los pies, buscó la salida del museo.

© Malena Teigeiro

Mármol de sangre

Liliana Delucchi

Desde el último tramo de la escalera Briselda creyó percibir un olor que no era el habitual y cuando abrió la puerta tuvo que buscar un pliegue de su arrugada túnica para taparse la nariz. A punto de descomponerse, pensó que no podía haber tanta basura, solo habían pasado dos días desde la última vez que fue a limpiar el taller.

«Nuevamente habrá vomitado su borrachera», se dijo. Y mientras se encomendaba a Vesta dio los primeros pasos al interior.

«No es que el artista sea muy limpio, sin embargo, esto es demasiado», murmuró al ver la gran mancha de vino curiosamente espesa de una jarra destrozada.

Conteniendo la respiración, se acercó a las ventanas cubiertas con gruesas telas para descorrerlas, fue entonces cuando lanzó un grito y se desmayó.

Los alborotados vecinos de Suburra la rodeaban cuando sus ojos se abrieron para descubrir que parte de su vestido estaba manchado de sangre.

—No es tuya, Briselda, tranquila —le susurró un viejo legionario que vivía en el burdel de la planta baja.

Marco Bertonius era uno de los escultores más reputados de la ciudad, por ello se le encomendó la realización de una estatua que conmemorara a la difunta hija del pretor.

—Tiene que ser la más bella que hayas hecho nunca —ordenó el padre de la joven—. Presidirá la entrada de mi casa como ella ya no podrá hacerlo.

Y el artista se puso a trabajar.

A medida que el mármol iba tomando forma, Marco sentía que el aire que se colaba en su estudio lo rodeaba como si de un espíritu se tratase. Jornada tras jornada y casi sin descanso daba forma a un ser marmóreo bellísimo cuya expresión de dulzura lo acompañaba durante el sueño. Su imagen era lo último que veía antes de cerrar los ojos y lo encandilaba con las luces del alba.

Una ligera túnica cubría las formas de la cadera, mientras que la mano derecha la recogía sobre la rodilla con un gesto femenino. Marco la besó en el cuello antes de taparla con una manta y cerrar el estudio con doble llave. Era un secreto, a punto tal que ni siquiera osaba confesárselo. Era algo recóndito, oscuro.

Cuando en la taberna le preguntaban por su trabajo eludía las respuestas y tragaba rápidamente el vino. Si bien nunca había sido muy habilidoso para conseguir amigos, al menos guardaba ciertas formas, pero desde un tiempo se había vuelto huraño y hasta había dejado de acudir al templo de Baco, como siempre había hecho.

Día tras día y sus noches sin fin lo encontraban en el taller, esculpiendo, dando forma a una idea, a una ilusión que iba más allá de su magín. Por momentos parecía un autómata. El tiempo lo fue transformando en un habitante del averno donde era difícil reconocerse. De pronto y sin saber cuándo, la razón había saltado por la ventana.

Su amor, como gustaba llamarla, le pertenecía solo a él y a nadie más. Nadie podía verla.

Las formas fueron apareciendo cada vez más nítidas desde el fondo del mármol. De un esbozo rugoso, el pulimento dio origen a un ser mágico. A punto tal que comenzó a abrazarla, acariciarla… La eyaculación llegó sin más.

Debía beber, así al menos justificaría su borrachera erótica. La falta de vino le hizo correr escaleras abajo. El burdel, como siempre, estaba concurrido. Sin cruzar palabra con el tabernero, este le puso una jarra, él sacó una bolsa donde las monedas de oro y de plata brillaban como pequeños soles. El hecho no pasó inadvertido a varios hombres del Collegium de Suburra, tatarabuelos de los mafiosos actuales, que lo siguieron en tanto se alejaba en dirección a su taller.

No habló cuando lo golpearon para que les dijera dónde estaba el resto del dinero, ni siquiera cuando le clavaron ambas manos a la mesa.

Prisco, el  jefe de la banda, al advertir que los ojos de Marco se posaban en la estatua cogió su porra y golpeó la mano derecha de la misma, que cayó al suelo. Cuando el jefe iba a descargar otro estacazo contra la cabeza, el escultor habló. Prisco, sonriente, cogió el dinero y volvió a golpear a la estatua, decapitándola. El grito surgió de un fondo profundo, que nadie, ni siquiera Marco, sabía que existía.

La orden fue tajante y se cumplió antes de que los sicarios emprendieran la huida, dejando el cuerpo del artista junto a su obra.

La gran mancha de vino de una jarra destrozada empezó a espesarse.

© Liliana Delucchi

Sueños de un novel escultor

Marieta Alonso

Según Miguel Ángel Buonarroti escultura es: «aquello que se hace quitando».

Siendo adolescente me pasaba el día dando forma a un sinfín de trozos de madera. Con yeso creaba figuras extrañas, con bronce hice un cañón y una campana. Hasta que un atardecer encontré en el sótano de mi abuela un gran trozo de mármol que me inspiró.

No dije nada a nadie para dar una grata sorpresa y me pasé muchas mañanas, tardes y noches trabajando como un loco.

El problema fue que no calculé bien y ya tenía esculpido el cuerpo con el ropaje, el brazo derecho con una mano que recogía las vestiduras con gran delicadeza, cuando caí en la cuenta que se me había acabado el material sin haber hecho la cabeza y a falta de la mitad del otro brazo, desde el codo hasta la mano.

Nada podía hacer pues si el tal Michelangelo tenía razón, todo «aquello que se hace añadiendo» es plástica. Y yo soñaba con ser escultor como él.

Me eché a llorar amargamente, como solo un chico de quince años es capaz de expresar la derrota. Me ovillé a los pies de mi estatua inacabada. Así me encontró la abuela. Casi le dio un síncope por haber utilizado aquel mármol que su bisabuelo había extraído de una famosa cantera italiana, y al que habían destinado para hacer algo muy importante, aunque nunca encontraron la ocasión ni el motivo.

Al verme tan compungido y siendo tan práctica como era, inspeccionó la estatua, le dio la vuelta varias veces, la miró de arriba abajo y decidió que mi maravillosa obra serviría para custodiar su tumba. Que me olvidara de Miguel Ángel, ella movería cielo y tierra para conseguir otro trozo de mármol. Esculpiría su cabeza y su rostro, pero de joven, total si los romanos cambiaban la cabeza a sus estatuas, yo también podría hacerlo. Lo que era el brazo le daba lo mismo. Y así ella se convertiría en la famosa abuela del más grande escultor del pueblo: su nieto.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

La Aurora

15 septiembre, 2017 por Akelarre 2 comentarios

la pesca de atún en Ayamonte Sorolla

La Aurora de Rodin

François Auguste René Rodin (París, 1840 – Meudon, 1917) conocido como Auguste Rodin, está considerado como el padre de la escultura moderna. Tras sus inicios en la "Pequeña Escuela", trabaja en el taller del ornamentista Albert-Ernest Carrier-Belleuse, en París, y posteriormente en Bruselas, donde demuestra una gran habilidad para los temas decorativos de espíritu dieciochesco. El descubrimiento de Miguel Ángel, durante un viaje a Italia en 1875-1876, fue determinante para su trabajo posterior. Rodin abre paso al arte del siglo XX mediante la introducción en su obra de procesos técnicos y opciones que se encuentran en el centro de su estética.

La obra que inspira los relatos de este mes, titulada La Aurora, fue realizada entre 1895 y 1897 y es un buen ejemplo de cómo trabajaba el maestro, dando una dimensión alegórica a los retratos de sus allegados. En este caso utiliza los rasgos de Camille Claudel, también escultora, que fue su alumna, musa y amante. Cuando se conocieron en la escuela de arte, ella tenía diecinueve años y él cuarenta y tres.

El rostro, con una expresión algo lejana, es liso y pulido, mientras el bloque de mármol que lo rodea, marcado por las huellas de las herramientas, se ha dejado voluntariamente en bruto. Este contraste, que no deja de recordar el trabajo de Buonarroti, permite intensificar el brillo del rostro, evocando solo con su título, el sol que emerge al alba.

Este año, centenario de la muerte del artista, el museo Rodin de París ha organizado una exposición para recordarlo.

¿Qué ocultas?

Cristina Vázquez

Sisarga Grande

Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Un relieve con alma

Marieta Alonso

¿Qué ocultas?

Cristina Vázquez

La maldita mujer me había abandonado. Una mañana encontré un pequeño bloque de piedra y una carta. Supe que era de ella, pues su papel, de un inimitable y algo cursi tono rosado resultaba inconfundible. Lo abrí tembloroso. Joven y confiado en ese momento de la vida en el que me encontraba, todo lo que provenía de ella me inundaba de una inquieta emoción.

La cuartilla rosada y con borde ondulado, simplemente decía. “Dentro está el secreto y ahí me encontrarás”. Mi asombro y rabia corrieron parejos, valiente estupidez se le ocurría a esa mujer.
Traté de localizarla, pero todo fue inútil. En el hotel dónde estuvo viviendo no dejó ninguna seña y la amiga común que nos presentó me dijo burlona.

—¿Otro incauto incapaz de retenerla?

Aunque pateé los lugares dónde íbamos, tratando de encontrar algún rastro; nada resultó. Se había volatilizado como una sombra, un sueño pensaba yo entonces lleno de romántica desesperación.

Nuestra historia de amor fue breve e intensa. Se llamaba Magda, unos años mayor que yo y de origen húngaro, afirmaba ella sin mucho convencimiento, con un acento arrastrado y una pícara expresión violeta en los ojos. Nadie pudo aclararme de dónde venía ni a qué se dedicaba, pero estar a su lado me resultaba electrizante, como si de ella emanara algo magnético que me envolvía. Mis palabras cobraban un sentido nuevo; mis ideas de creación, una amplitud y una posibilidad de ser reales, que parecían estar ya acabadas. Quería ser artista, aunque mi carrera de ingeniería y mi tradición familiar parecían estar ya trazadas. Pero Magda, sentada frente a mí, me miraba con esos ojos profundos, inquietantes, igual que un bosque al anochecer o el destello malva de la aurora sobre el hielo y el mundo se volvía ancho, profundo, abarcable y yo era el centro, el capaz. Y ahora me veía con ese papelito y una piedra sin labrar como única respuesta y recuerdo de esa mujer.

Han pasado muchos años, mis aspiraciones artísticas se quedaron en eso, aspiraciones, conformadas por una vida amable, burguesa, hasta interesante diría yo, pues al menos con mi ingeniería fui capaz de inventar unas poleas y unos martillos neumáticos que se pudieron aplicar no sólo a finalidades mecánicas, sino que tuvieron mucho éxito entre escultores para poder mover los bloques de mármol y tallarlos con más facilidad.

Y sí, el pequeño bloque de piedra me acompañó toda mi vida. Exigía que estuviera cerca de mí como una suerte de talismán y de recuerdo de felicidad, pese a las quejas familiares primero de padres, de mi mujer después, y hasta de mis hijos que lo consideraban manías caprichosas. Cuántas veces me pregunté qué quiso decirme Magda con esa críptica cartita “Dentro está el secreto y ahí me encontrarás”.

Mi invento de las poleas me hizo contactar otra vez con el mundo del arte e iba a comprobar como funcionaban en algún taller. Una mañana de diciembre, angustiosa por la bruma y el malestar que el frío ya me producía en los huesos, me empeñé en ir caminando a un taller de las afueras. El viento se colaba por los cristales mal emplomados y una única estufa calentaba el lugar, pero el escultor, un hombre joven, barbudo y sonriente, en la plenitud de la vida, lleno de entusiasmo, con poderosas manos y un ceño vibrante de inteligencia que le salía a raudales por los ojos, ¡Oh Dios mío!, casi me tienen que sostener. Eran malvas, maravillosamente malvas como un bosque al anochecer o el destello malva…

—Señor, ¿se encuentra bien?

Algo en mí se rompió sin control y tuve que esforzarme por no lloriquear en su presencia, pues sentí como si con su punzón de escultor hubiera levantado en mí una losa que sepultaba mis mejores sentimientos. Cuando me recuperé, temblequeando junto a la estufa, acabé una copa que amablemente me ofreció y en ese momento tuve la certeza de que era la persona que debía tallar mi piedra que, ahora comprendí, había sido un peso de desencanto arrastrado a lo largo de mi vida.

Me entró una excitación incontrolable y le supliqué que se instalara a trabajar en mi casa, le pagaría lo que quisiera, pero necesitaba que tallara, que diera vida a ese bloque. Y así fue. Vino conmigo y empezó a trabajar sin descanso. Me puse enfermo. El frío se había apoderado de mis huesos, mis pulmones, mi aliento, y sólo el entusiasmo por ver terminada la obra me obligaba a mantenerme absorto frente a las manos del artista, igual que si fueran las mías. Lo que veía surgir me llenaba de emoción incrédula.

Cuando estuvo terminado, acaricié la cara con delicadeza, con todo el amor que aún podían trasmitir mis helados dedos y en una suerte de adoración, le besé los fríos labios.

—Magda.

El joven me cogió en sus brazos, pues yo desfallecía, y me llevaron a la cama. No pudo explicar qué me había sucedido, le oí decir asustado, él solo intentaba reproducir la cara de su madre. Y sí, su nombre era Magda.

Fue lo último. Un sueño gris, una poderosa nube se apoderó de mí.

© Cristina Vázquez

Sisarga Grande

Malena Teigeiro

Como todas las mañanas, Marta corre por la playa. El humo y el ruido de la sala de bingo en donde durante toda la semana trabaja le queman los pulmones, y al igual que otras personas se toman píldoras de vitaminas, ella había decidido levantarse una hora antes y correr por el borde del mar, inundándose de humedad y olor a sal. Le gusta llevar la mirada fija en el horizonte, y solo la dirige al suelo cuando sus pies descalzos tropiezan con algún objeto que la dañan. Suelen ser conchas de ordinarios mariscos, viejas y podridas maderas o trozos de cristal pulidos por las olas, que la hacen soñar con mensajes lanzados en botellas por antiguos marinos o en restos de copas arrojadas por la borda en amorosos brindis. Siempre acaba guardándoselos en los bolsillos, de hecho, tiene varias lámparas cuyos pies están formados por peceras llenas de estos cristales de colores.

Aquella mañana tropieza con una especie de huevo blanco. ¿Qué hace aquí un huevo de avestruz?, musita con la respiración entrecortada. Agachándose a recogerlo, recuerda una película en la cual unos niños encuentran un huevo, que una vez incubado por los chiquillos, resultó ser algo así como el dinosaurio del lago Ness. Después de desenterrarlo, le parece que es un trozo de mármol. Con la pesada piedra en las manos, se acerca a la orilla, la introduce en el agua y la limpia con cuidado. Poco a poco, tallado en la piedra, fue apareciendo el serio rostro de una mujer, que le pareció que la contemplaba. Sacó la piedra del agua y rozándola con arena, intenta limpiarle las algas. Pero por más que frota, no lo consigue. Volvió a introducirla en el mar. Los sargazos que rodeaban el rostro comenzaron a mecerse como el cabello de la más hermosa de las medusas, enredándose entre sus dedos. Separándolos, acarició la perfecta nariz, la boca y la lisa frente. Siente que la piedra comienza a calentarse, tanto que parece quemarle los dedos. Asustada la soltó, y aunque era un pesado mármol, ve cómo se hunde lentamente. Y ve que el antes hierático y serio rostro de mujer, ahora parece sonreírle. ¿Quieres volver al fondo del mar? ¿Eso es?, murmuró viendo cómo las algas la envolvían, hasta que aferrándose a su rostro con la suavidad de hilo de una crisálida, la hacen desaparecer.

Cuando vuelve del trabajo aquella tarde, a pesar de que casi era de noche, Marta regresa a la playa acompañada por su novio, Antonio, dueño de una motora amarilla, con asientos de madera forrados de plástico negro, no muy nueva. ¿Dónde está ese tesoro de piedra viviente?, le pregunta apoyándole una mano encima del hombro. Ella, extendiendo el brazo, le señala el lugar en donde la dejó por la mañana. Se introdujeron en el mar hasta que la encontró, ahora envuelta en luminosas algas de extraño color violeta. Él sostuvo la cabeza de piedra entre las manos contemplando el hermoso rostro. ¿Y vas a devolver esto al mar? ¿Serás capaz? Ella inclina la cabeza, y Antonio se encoge de hombros. Juntos, se subieron a la barca amarilla y navegaron más allá del centro de la ría, hasta donde se juntan las aguas del Atlántico con las de los ríos que bajan de la montaña, y guiados por la luz de la luna, continuaron navegando no muy lejos de la costa. Sigue, sigue, le decía cada vez que él le indica que tienen que volver. Ya está bien, mujer, escuchó Marta su voz alta, fuerte, través del ruido del motor. Todavía no, le contesta Marta. Y al acercarse a la isla Sisarga Grande, donde estuvo la ermita de Santa Mariña, la que arrasaron los normandos, aquella tan milagrosa y de la que nadie encontró piedra o reliquia alguna, el motor de la barca se paró, quedándose quieta, apenas mecida por el vaivén de la mar. Entre los dos cogieron la piedra, y con cuidado la depositaron sobre la superficie del profundo y negro mar. Agarrados a la borda, la vieron hundirse con el sonriente rostro que parecía mirarles agradecida. Bajaba lenta, regia, rodeada de peces de colores que como si de guardias de corps se tratara, la acompañaban hasta hacerla desaparecer entre la negrura de las aguas del profundo mar.

Y dicen que desde entonces, y no se sabe por qué, los marineros que navegan cerca de aquellas costas, sienten que una suave fuerza abate a los barcos hacia una nueva derrota.

© Malena Teigeiro

Reencuentro

Liliana Delucchi

Por fin había vuelto a ese lugar. La tarde era cálida y dejó a los niños bañarse en río. Sus voces le llegaban junto con el canto de los pájaros y el rumor de las hojas al compás de alguna música en su mente.

A ella le gustaba el lugar, por eso eligieron la casa cuando estaba embarazada de Jacobo, y aquel verano Aurora hundía sus pies hinchados en un codo que hace el torrente antes de bajar hacia las huertas. La recuerda con su vestido de flores en tonos azulados que le levanta la brisa y se transparenta sobre las mimosas, dándole un tono dorado a la cara sonriente de la mujer. Risueña, lo llama para que se acerque mientras chapotea lanzando gotas al aire que, al caer, le humedecen un poco el pelo. La maternidad le sienta bien. Ella espera este segundo hijo con ilusión y la expectativa de que sea una niña. Le pondrá su nombre que significa amanecer. ¿Qué es una nueva vida si no?
Su marido la ayuda a levantarse y juntos caminan hacia las rocas, allí corre un aire que refresca la bochornosa tarde. «Parece que hubieran diseñado este lugar para nosotros; es un verdadero salón, en el que podemos sentarnos a contemplar el paisaje», afirma ella, y ríe como suele hacerlo, mostrando los dientes y achicando los ojos que la hacen parecer una chinita.

Nació un niño en un parto complicado que se llevó a la madre. La desolación del médico, enfermeras y partera ante una circunstancia que no se da en estos tiempos, no era comparable a la del marido, que cogió a su hijo en los brazos y, sin saber por qué, lo llamó Jacobo.

Pasaron algunos años sin volver a la casa de las afueras. No fue fácil llevar su bufete, ser padre y ocupar el lugar de Aurora frente a dos hijos con preguntas que seguramente ella hubiera respondido más directamente. El mayor, que recordaba los alrededores y a los amigos de la casa del pueblo, le pidió que fueran a aquel refugio y él entendió que ya era hora.

Temía abrir la puerta y encontrar, como encontró, que todo estaba exactamente igual, hasta el jardín con sus magnolios y las flores en los jarrones esparcidos por todos los ambientes. Los guardeses eran los mismos de entonces.

Caminaron hasta la orilla y los niños se cambiaron para entrar en el río. Él se sentó al amparo de un sauce con sus pinturas. ¡Tanto tiempo sin dibujar! Fue entonces cuando vio que en aquellas rocallas que su mujer describiera como un salón, algo había cambiado. Se puso de pie con dificultad, sin dejar de mirar una de las piedras, parpadeando ante lo imposible, pero allí estaba: En el borde de lo que ella llamara su sofá, aparecía tallado en el brazo de piedra la forma de un rostro de mujer. La acarició una y otra vez antes de susurrar: «Ya estamos todos juntos».

© Liliana Delucchi

Un relieve con alma

Marieta Alonso

Me gustaba la idea de mi cara incrustada en una piedra, me gustaba que los parisinos vinieran a verme, que alabaran mi belleza. ¡Hay mejor forma de pasar a la posteridad! Lo que nunca se me ocurrió pensar fue que mi mente se quedara atrapada dentro de ese magnífico mármol, sin fisura, por donde poder salir. Reconozco que se está calentito aquí dentro pero no soy libre y de vez en cuando anhelo huir.

Desde niña mi padre —agricultor— comentaba que yo era muy dada a desviarme del surco recto, que no tenía cordura, muy dulce sí, en apariencia, pero algo extravagante.

—¿Para qué necesita ser normal? Con lo bonita que es se puede dar el lujo de ser diferente —respondía mi madre secándose las manos en el delantal.

Y yo me miraba al espejo para comprobar que en verdad era guapa. Lo que no veía en mí eran las palabras de mi padre. Mi espalda estaba derecha como una vela, era sociable, hasta le daba besos a los perros que veía en la calle, distorsionaba mi cara para asustar a los niños —me hacían reír al verles correr despavoridos— y si ahorqué al gato en la viga del desván fue porque me arañó.

Mi manera de ser no era tan disparatada como afirmaban los vecinos. Mi padre se equivocó al pensar que le había amenazado con una faca. Se asustó. Yo solo quería comprobar si estaba afilada cortando el bolsillo de su camisa.

En este edificio blanco donde me han encerrado quieren hacer triunfar la razón por medio de la violencia. Soy más inteligente que ellos, ahora estoy a salvo dentro de esta escultura. Cuando vienen a verme les guiño un ojo. Algunos amantes del arte quedan aterrorizados, pero a otros les divierto.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Cocodrilos de Cartier

15 febrero, 2017 por Akelarre 5 comentarios

cocodrilos cartier

Los cocodrilos de Cartier

Esta joya, encargada a Cartier en 1975 por la actriz mexicana María Félix, está realizada con 1.023 diamantes amarillos de talla brillante, con un peso de 60 quilates y 1.060 esmeraldas con un peso de 66,86 quilates. Los ojos de los cocodrilos son dos cabujones de esmeralda talla navette y dos de rubí.

Están completamente articulados y puede llevarse indistintamente como broches individuales o como collar, en cuyo caso, y para no lastimar el cuello, las patas del lado interno han de ser reemplazadas por motivos que las figuran dobladas.

Cuenta la leyenda que María Félix (1914-2002), actriz y cantante mejicana, entró a la casa Cartier en 1975 y quitándose el abrigo de visón los sorprendió diciendo: “Quiero que me hagan un collar igual que esta belleza”. Como si fuese una estola, llevaba una cría de cocodrilo alrededor del cuello. El encargado, acostumbrado a las excentricidades de la actriz, y siguiendo el lema de la casa de que nada es imposible, aceptó el reto. Al despedirse, ella dijo: “Dense prisa. Crecerá pronto.”

Demasiado tarde

Cristina Vázquez

El amante

Malena Teigeiro

El legado

Liliana Delucchi

Momentos escabrosos

Marieta Alonso

Demasiado tarde

Cristina Vázquez

La caja de madera con las dos iniciales entrelazadas en el centro, le dieron un vuelco al corazón. La había traído un muchacho esa misma tarde al dar las cuatro en la campana de la iglesia. Cuando se recompuso de la impresión, sentado en una butaca la abrió y leyó el papel amarillento. Se vistió de riguroso luto, se caló el sombrero hongo que guardaba en el altillo y que tanta gracia le hacía a ella. Pareces un falso inglesito con ese sombrero ridículo, le soltaba entre burlas y desprecios consabidos. Él bajaba la cabeza y le ofrecía el ala del sombrerete de marras, para que ella con un certero golpe del dedo se lo lanzara hacia atrás.

—Pero con tu aspecto tan morucho, ¿a qué disfrazarte de lo que no eres? —le repetía, y se alejaba dejando tras ella una estela de perfume y decepción.

Iba desgranando medio siglo de recuerdos en esa tarde negruzca y cálida, mientras se dirigía, con pasito corto de hombre apocado, a la casa, hoy venida a menos y en su día espléndida, de la única mujer a la que había amado. Pese a sus siete hijos, cuarenta nietos y una viudedad larga y tan descolorida como fue su matrimonio, su corazón seguía latiendo con solo oír pronunciar su nombre, Analisa.

Cuando la conoció, arrebatada entre las luces de unos fuegos artificiales que su marido, respetado y maduro general de fabulosas patillas y héroe de la guerra de la Independencia, ofrecía a la ciudad de Ocampo, en la que él, Edelmiro, representaba a la rica burguesía, que tanto ayudó al triunfo de las tropas, Analisa le pareció de una belleza extraña. Alta, morena y huesuda, con un moño estirado en lo alto de la cabeza, unos gestos de amazona impertinente y unos brazos y dedos cuajados de joyas. Un ídolo al que había que adorar. Él se quedó embobado, no solo por su imponente presencia, sino porque cuando cesaron los fuegos pudo comprobar que tenía los ojos de diferente color. Uno verde como un lago inesperado y el otro rojizo. Con el tiempo supo que se debía a un accidente jugando con su hermano, pero ella contaba diferentes versiones: una espina que se le clavó al tener que huir al galope de unos atracadores, un padre perverso que la amenazó con un carbón al rojo, y la chispa que se desprendió, le tiznó el ojo del color de la brasa. Pero al mirarla de frente, Edelmiro sufrió una insoportable combustión de todo su ser, que nunca le abandonó.

La siguió por los paseos, dio recepciones para que acudiera a su casa, organizó festejos para que ella fuera la reina y Analisa, apoyada en el brazo y la consideración de su respetado esposo, el héroe, deambulaba por su corazón y los salones con igual soltura y desfachatez.

Un día sus desiguales ojos le prometían el cielo, con tal intensidad, que Edelmiro estaba dispuesto a abandonar esposa y siete hijos y ofrecerle el mundo y el mar solo para ella. Otras, recorría un lugar sin apenas percatarse de su presencia, o parecía no reconocerle cuando le hablaba.

La gente empezó a murmurar de ella, loca, caprichosa, de dudoso origen y arrebatada por las joyas con las que se recubría, dándole un aire vulgar, según las señoras entendidas y apoltronadas en sus prestigiosos apellidos. Pero nada desanimaba al atento y lejano amante, pues ella nunca aceptó ninguna declaración de él. Siempre le respondía con una broma, como la del sombrero hongo, o de otro estilo aún más mordaz.

Pero el tiempo fue pasando. Se quedó viuda del héroe, la gente dejó de llamarla y la otrora espléndida Analisa se fue ajando como el recuerdo del imponente marido.

Pese a seguir cubierta de joyas, Edelmiro supo que el esplendor de las mismas era falso, pues tuvo que vender y empeñar muchas de ellas para seguir subsistiendo, pero nunca hubo una queja, ni una cara de apocamiento. Y una tarde, traspasado como siempre su corazón de inevitable aunque irresoluto amor, se presentó en su casa y le ofreció una joya que había encargado en Paris para ella, hacía mucho tiempo y nunca se atrevió a dársela. Se la entregó en la penumbra de una tarde como la de hoy, negruzca y bochornosa, en la que se podía oír el caer de una hoja y el trino mortecino de algún pájaro.

Cuando ella abrió la caja de madera con sus iniciales grabadas, se quedó sorprendida al ver esos dos animales entrelazados, dos cocodrilos unidos y amenazantes a la vez. Uno con los ojos de rubí y el otro de esmeralda.

— ¿Así me ves? Como un animal peligroso.

— No, así son tus ojos. Uno de pasión, otro de esperanza, y así te amo yo.

Ella guardó la caja y le besó prolongadamente. Edelmiro temblaba y fue tanta la emoción que perdió el sentido. Se despertó entre almohadones, abanicado por Analisa que se reía.

— Mi pobre morucho, eres demasiado sensible.

Le devolvió su sombrero hongo. Él avergonzado bajó la cabeza para que ella se lo empujara con el dedo, pero esta vez se lo caló con las dos manos y volvió a besarle. Que no jugara a lo que no era, ni inglés, ni amante fogoso, le aseguró sonriente.

La frase que acababa de leer en el papel amarillento de la caja, incrustado entre las bocas de los cocodrilos, “A mi manera morucho, yo también te quiero”, le golpeaba de tal manera el corazón, que no pudo llegar a la casa de ella a darle el último adiós.

© Cristina Vázquez

El amante

Malena Teigeiro

Esperaba fuera del umbral, apoyada en la encalada pared, el cigarro entre los labios pintados de rojo y la cara levantada, como un lagarto al sol. De vez en cuando se llevaba la mano a la sien. Quizá buscaba una caricia o intentaba tapar algún golpe. Luego la bajaba hacia la nuca, libre del cabello recogido en un moño debajo del sombrero. Arrogante, mostraba el cuello blanco, largo y esbelto como una columna griega. Hacía años que no llevaba el collar de los cocodrilos. Pero aquella mañana, con la altanería que nunca había perdido, olvidados sus miedos, quería que todos la vieran con las joyas puestas.

Sólo tenía dieciocho años cuando contrajeron matrimonio, ella ya encinta. Después tuvieron otros dos. Los tres fueron para él el medio de asegurar los beneficios esperados. Siempre pensó no los quería, que tuvo los hijos igual que el que compra terneros en la feria para dejarlos engordar en los pastos y venderlos bien.

Cuando lo conoció era alto, moreno, con el pelo negro en suaves ondas y los ojos verdes como las olivas. La esperaba a la salida de la iglesia, primero, después galopaba por los campos hasta encontrarla. Y ella, una calurosa tarde de verano, debajo de los carrascales, se le entregó. A partir de entonces solo deseaba ser la única que recibiera sus besos. Y él, que enseguida lo supo, llevado por el deseo de hacerse dueño de su patrimonio, sabiéndola loca de deseo, enamorada, la besaba, y poseía una y otra vez hasta que colocó la hacienda a sus pies, sin escuchar la voz de su ama, que le avisaba de sus manejos.

Poco a poco fue perdiendo las formas y sin importarle la humillación a la que la sometía, llenó la casa de jóvenes, de sus asistentes, los llamaba, y que, antes o después, igual que llegaron sin saber nadie de dónde, se fueron. Ella callaba, finge que no se entera hasta que una noche al entrar en el dormitorio, se encontró con que el último estaba acostado en su cama, entre los lienzos de su ajuar. Cerró la puerta y no volvió a entrar.

Llegó invitado, pero no se supo nunca por quién, a una velada. Era delgado, de tez clara y pelo castaño, con ojos azules de parpadeo lánguido. Él, en cuanto lo vio, enloqueció de amor. Lo vestía con terciopelos y encajes, como una mujer, sin importarle que los trabajadores de la finca lo vieran. Y lo llenó de joyas, de esas joyas en forma de reptiles que a él tanto le gustaban. Hasta puso encima de la mesilla de noche su fotografía con el collar de cocodrilos que le había regalado a ella en su compromiso. Cuando lo sentó a la mesa, se levantó y no volvió a hablarle.

Y ahora ninguno de los dos estaba. Uno había huido por el terror al contagio del VIH. Y a al otro se lo acababa de llevar la misma miserable enfermedad durante la noche.

Cuando el nuevo administrador la despertó para decirle que había fallecido, ella le dio las gracias y se dio media vuelta. El ama, ya vieja y renqueante, abrió las ventanas y la luz de la lasciva luna cayó sobre las sábanas que la cubrían, como lo hacía su esposo antes de abandonarla. Niña, vélalo, le rogó la anciana, aunque solo sea para que te vean. Pero se negó a hacerlo. Se puso la bata y mientras tomaba un café, le pidió que le dijera al administrador que en media hora lo esperaba en el despacho. Sentada en el sillón de su padre, se reclinó con la mirada fija en la puerta. Al verlo entrar, altanera, sin siquiera saludarlo, se levantó y acercándose, le pidió la llave de la caja fuerte. El hombre la miró. Untuoso, se retorcía las manos. María, hay que esperar a abrir el testamento, dijo. Ella, bastante más alta que él, le colocó la mano en el hombro. Se la entregaba o salía despedido en aquel mismo instante. Levantó la cabeza y la miró como ratón temeroso. Si quería seguir manteniendo a su familia del mismo modo que hasta ese momento, más le valía recordar que ella era y siempre fue la dueña de todo. Y que el testamento habría que abrirlo cuando ella falleciera. Él, chaparro, muy moreno, de nariz aguileña, dobló la nuca, introdujo la mano en el pantalón y sacó un manojo de llaves colgado de una cadena. De la argolla dorada, comenzó a desenroscar una grande, larga.

—¿Te la abro?

Entrecerrando los ojos, lo contempló de arriba abajo. Agarró con fuerza la llave que le entregaba. Él dobló todavía más la nuca. Le vio la raya del pelo. En aquel instante se convirtió en el más servil de los empleados. Lentamente, se sentó a la mesa del despacho. Él continuó de pie, con las manos cruzadas como niño pidiendo perdón. Se acabaron las risas de vino y sexo en la casa, le dijo. Los ninguneos a su persona, las sisas y las cuentas mal hechas, los regalos y las visitas a la ciudad, bien sabía ella a dónde. Él se dio la vuelta.

—Espere. Todavía no le he dicho que se fuera —el hombre trémulo escuchó sus palabras. Era la primera vez que lo trataban de usted—. Cuando salgan los restos de mi esposo por la puerta, quiero que antes se haya ido todo el que vive en esta casa a mi costa. Y que como se hacía antiguamente con los criados, revise usted las maletas y recoja cualquier cosa que no hubieran traído el día que mi esposo les permitió la entrada en esta casa.

—¿También los regalos? —levantó la cabeza asustado.

—Aquí no hubo regalos, hubo finezas, cortesías en metálico y en especie, por lo que me consta, bien cuantiosas. Le recuerdo que todos fueron pagados con mi dinero sin mi permiso. Por tanto, lo que de ellos quede, pertenece a esta casa —el rabioso y amargado puño de María golpeaba la mesa haciendo temblar todo lo que había encima.

—Lo que ordene, doña.

Con un ligero gesto de mano, le indicó que se marchara. Después de cerrarse la puerta, se volvió hacia la caja fuerte. Al abrirla, lo primero que vio fueron los cocodrilos. Los sacó, y también la serpiente que se enroscaba en la muñeca formando una pulsera. Recogió las joyas. Las contemplaba con un leve y triste movimiento de cabeza. Detrás de ellas salieron otras. Recordó la finca del canto, la del prado alto... Cerró la caja con fuerza y con los cocodrilos y la serpiente en la mano, volvió a la habitación en la que dormía. Entró en el baño y frotó con agua y jabón las joyas. Se vistió con una blusa roja, la falda pantalón negra, el chaleco de clavos y el negro sombrero de fieltro de ala ancha, el mismo que llevaba aquella tarde en los carrascales. Después, se puso el collar de cocodrilos y la serpiente en la muñeca. Escuchó que llamaban a la puerta. Entre, dijo imperiosa. Ya se lo llevan, doña María. ¿Y ellos? Ya no queda nadie. Todo lo que era de la casa, como usted me ordenó, lo he dejado en el despacho. Dicen que la van a demandar. Ella se encogió de hombros.

Era la una del mediodía cuando abrió la puerta del zaguán. El sol caía como oro derretido sobre los empleados de la finca que, respetuosos, con los sombreros en la mano, esperaban. Salió. Se apoyó en la pared, encendió un cigarro, y esperó. Oía los cuchicheos. Sentía recorrer sobre los cocodrilos las miradas. Pasó los dedos por encima de la joya en una retadora caricia. Cuando el túmulo desfiló por delante de ella, le dio una calada al cigarro y dirigió la vista al cielo.

Ya no escuchaba las pisadas sobre la tierra, ya no oía el rezar del cura. Entró en la casa y cerró las puertas.

Irrumpió en el dormitorio, en el que había sido de sus padres, en el que ella tanto le amó. Todavía rodeaban el lecho los cuatro cirios, los restos marchitos de las flores. Con un grito, que dicen se escuchó más allá de las montañas, arrancó las sabanas. Abrió la ventana y las arrojó al viento.

Allá a lo lejos, en el pequeño cementerio, creyeron ver palomas blancas revoloteando en cielo.

© Malena Teigeiro

El legado

Liliana Delucchi

Con expresión de aburrimiento, la familia está reunida en el apenas iluminado salón del despacho del Notario Fonseca. El anciano, que lleva los negocios de la familia desde hace años, entra arrastrando los pies y sujetándose los quevedos sobre su arrugada nariz.

Han sido convocados para la lectura del testamento de doña Rebeca Mora, fallecida hace poco tiempo. De luto riguroso, su hija y nietas se sientan en semicírculo en la estancia que huele a humedad y a flores pasadas.

Elena recuerda la última vez que vio a su abuela, antes de partir al extranjero donde permaneció más tiempo del que hubiera querido. Era la fiesta de compromiso de su hermana mayor, Jacinta, y la cabeza de familia quiso agasajar a su nieta con una fiesta por todo lo alto. Con un vestido de seda azul, adornado únicamente por los dos cocodrilos como broches, uno a cada lado del escote, la dama hizo su entrada en el salón. Todos estaban relativamente sosos y aburridos; incluso cuando hubieron bebido mucho champaña y empezado a cortar el aire con ese singular y áspero sonido de voces cultas que suelen alzarse en los torneos de conversación, ni una sola vez se traicionaban con frases que pudiesen alterar la fastidiosa trivialidad con que revestían temas serios, o la  mortal pesadez con que discutían lo trivial. Los huesudos hombros de Jacinta temblaban de gozo por el éxito que todo ello significaba.

Elena se dirigió a los ventanales a tomar un poco de aire. La anciana, viéndola sola se acercó, preguntándole qué podía haber en Francia para que tuviera que marcharse.

-Cosas bonitas, abuela, como esos broches que llevas.

-Aunque podría usarlos como collar, si uniera los cocodrilos, temo que se confabulen contra mí y terminen ahogándome. Recuérdalo cuando sea tuyo.

Y los ojos de la nieta se perdieron en el brillo de los diamantes y las esmeraldas.

Nunca se habían llevado bien las dos hermanas y ni siquiera la separación, que a veces suele suavizar las desavenencias, hizo lo que se esperaba. Mientras Elena acumulaba masters y títulos en Francia que la llevaron a ser una profesional de éxito, Jacinta permaneció en casa ocupando, poco a poco, el espacio que su madre por propia voluntad dejaba en la dirección familiar y acercándose cada vez más a la matriarca. Por eso a la “extranjera” no le llamó la atención escuchar de la voz cascada del Notario Fonseca que los famosos cocodrilos diseñados por Cartier fueran para la mayor.

-Recuerda que la abuela nunca los usaba como collar, por si la asfixiaban –dijo Elena. Con los ojos llenos de triunfo, Jacinta pensó que quien seguramente se había quedado sin respiración era ella, pero de envidia.

La orquesta de Viena, con su habitual Concierto de Año Nuevo, sonaba en el televisor de Elena cuando el timbre del teléfono la sobresaltó. Era su madre, quien entre sollozos le contó que Jacinta había muerto la noche anterior. Cansada de la fiesta de Fin de Año a la que había asistido, se acostó sin quitarse el collar de los cocodrilos y no se sabe cómo ni por qué, a la mañana siguiente su marido la encontró sin vida y con una mano aferrada a la cabeza de los reptiles.

© Liliana Delucchi

Momentos escabrosos

Marieta Alonso

Al abrir el armario un cadáver le cayó encima. El peso la tumbó sobre la cama. Intentó espantarlo como se hace con las gallinas. No fue tan fácil.

Era un joven bien parecido, de cabellos negros y unos ojos grises que la miraban como si ella tuviera la culpa de todo. Sin saber cómo reaccionar, la boca se le quedó igual que pez encerrado en acuario. ¡Qué calamidad! ¡Para una vez que tenía a un hombre encima, estaba helado!

El teléfono comenzó a sonar y ella sin poder moverse. Repiqueteaba el timbre una y otra vez y aquel hombre la aplastaba como una losa de mármol, impidiéndole cualquier movimiento. Iraida, su asistenta de tantos años, al oír las llamadas sin respuesta, levantó el auricular. A continuación, un ligero toque con los nudillos en la puerta de su dormitorio, mientras giraba el pomo.

—¿Se puede pasar?

—¡Ayúdame, por favor!

—¡Señora!

Se turbó como nunca. ¡Qué humillación! Tan bien ordenada tenía su vida de soltera, tanta moral destilaban sus poros que, a sus setenta años, sentía vergüenza de que la viesen en aquella postura con un extraño. Con la vista baja y las mejillas ardiendo explicó lo sucedido.

—Llamaré a la policía, señora.

—¡Por Dios, quítamelo de encima!

—No, no. Es la escena de un crimen y no debo tocar nada.

Ya estaban allí la pareja de policías, el médico forense, el de las huellas dactilares. Solo faltaba el juez. Por fin, cuando la libraron del aquel peso, se alisó el vestido y con la mayor dignidad salió del brazo de Iraida, que la consolaba de haberse visto en aquella bochornosa circunstancia.

El forense dictaminó un fulminante ataque al corazón. Tras un registro exhaustivo del cadáver, la policía halló los bolsillos llenos de alhajas. Las huellas confirmaron que era un ladrón de prestigio y el juez llegó a la conclusión que había sido un robo con final macabro, sin haber mediado sexo.

Le correspondió identificar sus joyas. Cada una tenía su historia, como el collar de cocodrilos, regalo de un pretendiente en sus años mozos, que fascinado con su parecido con María Félix, quiso que luciera en su cuello tan extravagante diseño.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

El Ángel Caído

15 enero, 2017 por Akelarre 10 comentarios

Monumento al Ángel Caído Parque del Retiro Madrid

Monumento al Ángel Caído - Parque del Retiro de Madrid

“Por su orgullo cae arrojado del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes para no volver jamás a él”

El Paraíso Perdido. John Milton

Se encuentra en el parque del Retiro de Madrid, en la glorieta del Ángel Caído sobre el solar que ocupaba La fábrica de Porcelana de la China, fundada por Carlos III en 1760 y destruida en 1813 durante la guerra de la Independencia.

Su autor es Ricardo Bellver (1845-1924) que ganó con esta obra en 1878 la Medalla de Primera Clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes, celebrada en Madrid, la cual se envió ese mismo año a París con motivo de la Exposición Universal que se realizaba en dicha ciudad.

El pedestal sobre el que se apoya la estatua es octogonal, con caretas de diablos en cada uno de sus lados, fue encargado al arquitecto Francisco Jareño en 1880.

Amado mío

Cristina Vázquez

Un nuevo puesto de trabajo

Malena Teigeiro

Treinta años

Liliana Delucchi

Tormenta interior

Marieta Alonso

Amado mío

Cristina Vázquez

Ya había pasado más de media hora y Alastar no llegaba. Su empeño, su desbordado afán por ese hombre parecía reducirse a cenizas amargas, oscuras como la inefable línea de sus cejas.

Lo había conocido muy joven cuando su vida era una pelea entre una apremiante, aunque honrada soledad pobretona, y un decoroso retiro de señorita de compañía de un hombre especial, que Alastar le aseguró resolvería su vida. Con esta promesa de riqueza y bienestar y de compartir en el futuro un amor eterno, ella aceptó, con la voluntad perdida frente a él. Cuando se lo propuso, la sostenía entre sus brazos, susurrándole las condiciones del trato como un áspero secreto. Angélica, desfallecida de deseo por ese hombre de oscuras cejas, mirada de pedernal y tersura de estatua, que la enviaba a otro hombre sin temblarle la voz, supo que siempre haría lo que él le propusiera.

— Alastar, amado mío.

 La acompañó hasta la casa del hombre especial, y los dos se miraron con un tácito acuerdo sobre la asustada cabeza de la chica, que lo vio alejarse con paso vivo, abandonándola en la enorme y desamparada mansión. El hombre especial era un enfermo, taciturno y malhumorado, que le dejó en herencia parte de su dinero y de su enfermedad.

— Alastar, amado mío.

Pasó un tiempo sin verle, años en los que vivía instalada en su modesta riqueza heredada y tratando de disimular las pústulas, también heredadas. Una tarde en la que paseaba por El Retiro, apareció él como salido de la tierra y poniéndole una mano en la espalda, le murmuró el apremio que tenía de ella. Angélica se quedó sobresaltada y sin darse la vuelta, le preguntaba por qué no había venido antes. Él se apretó contra ella, aunque no la viera, la llevaba en su pensamiento, le aseguró. Era su favorita, nunca podría olvidarla. Y sentía su aliento en el cuello igual que una brisa heladora que la paralizaba.

— Nunca, nunca —repetía él.

Y la giró con suavidad hasta tenerla de frente. La expresión de sus ojos bajo las oscuras cejas, mostraban la más perfecta repugnancia, mientras sonreía con una dulzura almibarada.

—Mi pobre niña. ¿Qué ha pasado con tu preciosa cara?

No pudo responder. Le ardían las mejillas y los ojos, y se sintió una vez más perdida, sin voluntad frente a la magnificencia, la perfección de ese hombre que la hacía sentirse una cosa despreciable, repugnante, pero lo único que deseaba era volver a estar con él, ser suya. Sólo fue capaz de pronunciar su nombre.

— ¡Oh! Alastar, amado mío.

Él la llevó, como un atento y endomingado novio, a pasear por la alameda de magnolios hasta una alejada escultura, en la que un ángel se retorcía sobre una columna, de la que salían unas bocas de león manando agua. Le aseguró que ese agua era milagrosa y que se diera en la cara.

— Recuperarás tu belleza.

Y le prometió que aunque tenía que irse, se verían en un mes en ese mismo lugar. La amaba, que no pensara nunca que la iba a abandonar. Le llenaba de orgullo tenerla y que confiara en él.

Al verle alejarse respiró una especial sequedad en el aire que le inundó la boca y los pulmones. Un olor pestilente trataba de abrirse paso en medio de la fragancia de las plantas. Cuando Angélica fue a beber agua de las bocas de los leones, para refrescar ese ardor que la iba poseyendo y lavarse la cara por la promesa de la curación, no pudo, pues el agua eran chorros de sangre y creyó oír unos lamentos cuando salpicaba en el fondo.

No volvió a la fuente más que un par de veces. Una, por si había desaparecido la impresión de la sangre en el agua, pero le pareció que aún era más densa y oscura y que los lamentos eran más suplicantes y agudos. La segunda, fue la de la fecha fijada, para volver a verse pero él no vino. En cambio, había una joven esperando. Al mirarla tuvo un terrible sobresalto. Era una réplica de ella con menos años; la cara tersa, perfecta, sin rastro de pústulas y pensó que era un hechizo. La otra se echó a reír y le espetó que era una necia si esperaba que él viniera. A la que quería era a ella y le había encontrado un trabajo con un hombre especial que la haría rica y luego vivirían su amor juntos.

En ese momento miró hacia arriba de la estatua y vio que la cara del ser que se retorcía era la de su amado. Cayó de rodillas y gritó su nombre con tal fuerza que las copas de los árboles temblaron.

© Cristina Vázquez

Un nuevo puesto de trabajo

Malena Teigeiro

¿Qué cómo prefiero estar aquí a trabajar por la calle? ¡Oh! señor, yo no soy ingeniero, como usted, ni médico, como su amigo. Y ya se sabe, que sin estudios, ni arriba ni abajo, se tienen muchas posibilidades de éxito. En cualquier caso, como ahora tenemos un momentito de descanso, se lo cuento.

La culpa de todo la tuvieron los celos. Desde que él se encaró con el Jefe, Éste, llenito de razón, que no niego que la tuviera, nos puso a todos los protestones en la calle. Fue entonces cuando montamos esta cooperativa, que he de reconocer que a pesar de las crisis, no nos ha ido nunca mal. Pero, ¡en fin! A lo que iba. Le diré que todavía hoy no entiendo por qué me marché. A mí siempre me gustó el estilo de nuestro antiguo Jefe, su temple, su corrección. Y no sé por qué en aquel momento, como hacen tantos otros, sobre todo los que como yo no tenemos estudios, ni formación, ni criterio y por tanto, estamos siempre con el que más alborota, seguí al que más chillaba, o sea, al que rige todo esto. Ahí, en ese instante, comenzó mi desventura.

Verá. Mi nuevo jefe lo tiene claro, él es el único que manda. Además, como es guapo, con buen tipo, cuando sale en busca de clientes, no le va mal. Para ser justos le diré que le va de perlas. Yo siempre intenté emular su estilo, pero, claro, ni soy alto, ni tengo sus ojos color carbón, ni el pelo negro brillante de ese aceite que se pone y cuya marca mantiene en secreto. Por no decir nada del perfume extraño, varonil, que deja estela a macho ahí por donde pasa. Como podrá comprender, cada vez que intentaba ligarme a una muchachita de esas de tez nacarada, elegante, rubia, o a un muchachito esbelto, de piel bronceada, y abdomen de estatua griega, que ahora también los hay muy lanzados, ellos se reían de mí.

Y no crea, que andaba ya muy preocupado cuando el jefe me mandó llamar. Me dijo que me iba a despachar a calderas si no era capaz de encontrar algún cliente. Que ya llevaba muchos años en fundido a negro, que no sé qué quiere decir, ¿usted sí? Tampoco. Da igual. Pues me dijo que si aún no había podido aprender el oficio, sintiéndolo mucho, estaba dispuesto darle mi puesto a otro. Al parecer, han llegado últimamente unos becarios de lo más espabilados, empujando de lo lindo. Además, no crea que yo no me doy cuenta de que todos estos muchachitos de ahora tienen una facha que da gloria, claro, cómo han sido bien alimentados y casi siempre tienen estudios, pues, ¡ya se sabe!

Sigo con lo mío. Una tarde decidí cambiar de plaza de trabajo y me fui a Madrid, una ciudad de alegres y divertidas noches. No andaba aún muy bien ubicado, cuando me tropecé con El Retiro, un parque muy bonito en donde, aún no lo comprendo, me dijeron que le habían colocado una estatua a mi jefe, y decidí acercarme a verla. Más que nada para tener algo que comentar con él cuando lo viera. Siempre está bien poder alabarlo un poco.

Circulaba por los paseos intentando encontrarla, cuando vi venir hacia mí una jovencita, luego me percaté de que no era tan joven. Era muy guapa, delgada, y de aspecto algo triste. Para mi sorpresa, aquella belleza cojeaba. Ésta es la mía, pensé, porque con ese defecto, a lo mejor era una joven sin pretensiones.

Me acerqué a ella y me tiré al suelo fingiendo una torcedura de tobillo. Fue una de mis mejores interpretaciones. La muchacha, con sus inmensos ojos azules espantados, me ayudó a levantarme.

Que si me había hecho daño, me preguntó. Nunca podrá hacerme daño un ángel, contesté con un leve aleteo de pestañas. Eché de menos las del jefe, largas rizadas, espesas, pero parece ser que las que mis ojos lucen, aunque pobres, hicieron su papel, y en el estado emocional de aquella mujer al verme por los suelos, causaron el efecto deseado.

¿Me puede acompañar a tomar un café?, le pregunté. No sé si puedo andar solo. Creo que me he torcido un tobillo. Ella, tiesa, sin mirarme ni contestar, frunció la nariz. ¿Qué le pasa?, pensé yo. Siguió frunciendo la nariz olisqueando el aire, como si fuera un cerdito en busca de su adorada trufa. De pronto sacó del bolso un precioso pañuelito de batista con muchas puntillas. ¡Qué seductor perfume dejó en el aire aquella blanca telita! Con él se tapó la nariz.

¡Lávese!, dijo, mirándome a la cara. ¿No le da vergüenza a un joven tan agraciado como usted ir oliendo a porquería, a azufre? ¡Lávese! Repitió levantando un dedo. Creí que iba a pegarme. Y, renqueante, se fue como alma que lleva el diablo.

Ante mi fracaso, suspiré profundo. Me encogí de hombros ¡Otra vez será! Y me dispuse a contemplar la estatua. Levanté la cara. Mi mirada se quedó clavada en aquel cuerpo de piedra. Nunca podré compararme con el apolíneo joven que luchaba contra las serpientes, pensé. Levanté los brazos y, en barrena, me introduje por la tierra hasta llegar a las oficinas. Abrí la puerta del despacho del jefe y le dije que quería cambiar de puesto.

Y desde entonces, este es mi lugar de trabajo. Y no crea, aquí en calderas, aunque haga un poco de calor, se está mucho más tranquilo que andando por los tugurios en busca de algún alma que arrastrar a los infiernos.

© Malena Teigeiro

Treinta años

Liliana Delucchi

Hasta algún tiempo después, Alejandra no recordaría haber recibido la carta con un remite de Boston. La asistenta la dejó junto a facturas y extractos bancarios y allí quedó hasta que se decidiera a poner en orden los papeles para entregar a la gestoría. No habría vuelto a pensar en ello si no fuese por esa llamada telefónica que la dejó trastornada. Una voz lejana y conocida la citaba en el Parque del Retiro, junto a la fuente del Ángel Caído.

El próximo viernes, a las cuatro de la tarde. Fue todo lo que dijo. Entonces ella pensó que su memoria reconocía la letra de ese sobre, pero no lo abrió.

Se conocieron en la universidad, ante la puerta de un aula destartalada en la que el profesor ya había iniciado la clase. Ninguno de los dos entró y tras mirarse un rato sin saber muy bien qué decir, fueron a la cafetería. Él llevaba un ejemplar de Historia Universal de la Infamia y ella le dijo que no era su obra favorita de Borges. Ésa fue la primera discrepancia que tuvieron. Llegaron otras, cada vez más oscuras, por llamarlas de alguna manera.

Él le rogó que no lo dejara, que era consciente de que su autoritarismo y hoscas actitudes la estaban marchitando. Le prometió que cambiaría. Pero para entonces ella había recuperado su sonrisa y se fue caminando por una acera llena de jacarandás bajo el aire tibio de noviembre.

A lo largo de los años siguientes, solo se enteró de él a través de otras personas, de su matrimonio, una hija, una carrera profesional floreciente y, finalmente, una plaza de profesor en Estados Unidos.

Nunca supo Alejandra cómo él consiguió su dirección de Madrid. Empezaron a llegarle cartas con referencias a una juventud que ella no ansiaba recordar. Nunca le contestó y la correspondencia se fue espaciando hasta desaparecer.

Entonces comenzaron a llegar personas, una compañera del gimnasio que en un determinado momento hizo referencia a un hombre, por la descripción no le cupo dudas y lo peor, quería un encuentro. Alejandra se negó. Como se negó también a otras visitas circunstanciales que aparecían de pronto y por casualidad. Todas con el mismo mensaje y a todas arrancó de su vida.

Esta vez, sin intermediarios, la citaba en El Retiro. No sabía si fue la curiosidad o el deseo de poner fin a una persecución de más de treinta años, el caso es que ese viernes se encaminó a El Retiro. Dio una vuelta a la fuente del Ángel Caído sin encontrar más que pájaros picoteando las migas que alguna anciana les hubiera arrojado. Cuando estaba a punto de regresar a su casa vio un paquete envuelto en papel de estraza, donde se leía: Para Alejandra. Supo quién lo había dejado y lo abrió. Era un ejemplar de la Historia Universal de la Infamia, con una nota que decía: “No has querido volver a verme en este mundo, te espero en el otro”.

A la mujer no le temblaron las manos cuando lo dejó en una papelera, junto con botes vacíos de Coca-Cola y restos de bocadillos.

© Liliana Delucchi

Tormenta interior

Marieta Alonso

Las nubes oscuras en vez de correr se quedaron petrificadas. Desde su altura, Lucifer me observaba con sorna. Imposible. Su cabeza está hacia arriba. Volví a atisbar. Pues sí. Me cambié de lugar. Me siguió con la mirada. Solo a mí. No hacía caso al grupo de la tercera edad que escuchábamos con atención lo que contaba nuestra guía. Una estatua no puede tomarla con uno… ¿Verdad? Ahora sonríe. La examiné de arriba abajo con desprecio y descargó un chaparrón del que fui la única víctima. El resto se había alejado para contemplar el monumento desde otra perspectiva, y no se mojaron.

Carla, la guía, una chica joven y guapa, cariñosa con los vejestorios, en ese momento comentaba que era de bronce y que su autor era un tal Ricardo no sé cuántos. Volví a mirar al ángel caído, ahora estaba con la boca abierta. No podía apartar los ojos de él y me puse a dar vueltas alrededor de la fuente. No vi un clavo en su bordillo y caí de bruces. Los del grupo me ayudaron a levantar. Ningún hueso roto. El bastón había atenuado el golpe. Fue una suerte.

Mejor no fisgo a ese ángel perturbador. Así que pongo atención a lo que la guía nos explica. En ese momento, hablaba del pedestal que fue hecho por un arquitecto del que no pillé el nombre. ¡Qué aburrimiento! Hago estas visitas para no quedarme solo en casa. Casi me dormía de pie cuando la oí comentar que el dichoso clavo, con el que había tropezado, marca en ese punto la altura sobre el nivel del mar: 666. ¡El número de la bestia!

Espabilé. Estaba con la barbilla pegada al pecho y las manos en mi bastón. Debo estar algo teniente del oído porque alguien mencionó los gremlins, esos monstruos, a los pies del pedestal.

Una mano invisible hizo que levantara los ojos hacia el ángel. ¡Santo Dios! Si tiene la cara de mi abuelo, el que llegó hasta los ciento tres años dando guerra, el que día a día me exhibía por la calle de Alfonso XII. Su profesión fue la de ceramista y trabajó en la China, no el país, no, eso queda muy lejos, sino en lo que fue la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, aquí en Madrid. Carla acaba de ilustrarnos que este terreno fue ocupado por la antigua Fábrica.

Abuelo, ¿Qué haces allá arriba? ¿Eres amigo de éste? Haz el favor de no juntarte con gente de mal vivir.

La cara del ángel tiene un gesto que mejor no describo y susurra algo. Las serpientes han comenzado a moverse.

El rostro de mi querido abuelo se hace visible. Me aconseja que vuelva a casa, me acueste en la cama, me tape con la manta de la cabeza a los pies. La tormenta me ha trastornado. Y con voz cascada me advierte:

A Lucifer, bello y sabio a quien la soberbia hizo caer, es mejor no irritarle. ¡Anda vete!

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

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