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San Juan Evangelista

15 diciembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

San Juan Evangelista

San Juan Evangelista en el Pórtico de la Gloria

Este mes hemos querido celebrar la Navidad orientando nuestra mirada hacia el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. La centramos en uno de los apóstoles, para nosotras el más bello: San Juan Evangelista. Autor del Evangelio de Juan, fue el  más joven de los seguidores de Jesús y el último en morir a una avanzada edad por causas naturales.

Su imagen, acompañada por un águila (símbolo de fuerza y valentía) y de un libro (emblema del conocimiento y la sabiduría) es la viva representación de la pureza que queremos que os acompañe a lo largo de estas fiestas. La misma ha inspirado los relatos de este mes, que esperamos disfrutéis tanto como sus autoras al escribirlos.

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Era una chica corriente, con la lozanía de los pocos años, la inocencia de no haber vivido nada excepcional, y la mente vacía de cultura o conocimientos. La expresión de bondad se colaba en los ojos pardos y la risa fácil. Su belleza, si así podía llamarse, le había valido algún privilegio con los señores, uno de los cuales fue que el menor de los hijos la dejara embarazada

Ella pensó que le serviría para obtener una renta y enseñorearse un poco. No tenía más familia que un hermano que trabajaba lejos y una tía que la había colocado en el pazo. Que cumpliese y no diera la lata, fueron sus consejos. Al despedirse de la sobrina la miró con evaluación de alcahueta. A los amos se les obedece y se calla.

—Qué tonta eres, Brígida —le aseveraba Eulalia, su compañera en la cocina—. Estos te inflan, te prometen y luego…

—Luego ¿qué? —contestaba ansiosa la joven.

Luego, patada y a la calle. A ella no le iba a pasar eso, de ninguna de las maneras, porque Juan, que así se llamaba, le había dicho que la amaba, que siempre querría estar con ella. Eulalia, mujer madura y bondadosa, la miraba con una mezcla de pena y esperanza. El que le había hecho el hijo a la pobre chica era el mejor de la familia, se decía, y quién sabe, a veces las historias más absurdas cumplen los deseos más descabellados.

Y así fue. Juan se dispuso a huir con Brígida. Como el tiempo estaba recio, pues era primeros de diciembre, se sintieron como San José y la Virgen huyendo de la matanza de Herodes. Ella, montada en la mula que habían cogido de la cuadra y él, con un traje de labriego que consiguió a través de un viejo criado.

Esa noche la ventisca soplaba, la luna era esquiva y el jamelgo renqueaba por la dificultad del terreno. Consiguieron avanzar poco y acabaron refugiados en una cueva, pretendiendo que era un buen escondite lo bastante alejado. Los ruidos de palos dando contra suelo y los gritos de los hombres de madrugada les hizo comprender que estaban perdidos. Y así fue. Uno de los aparceros de su padre, el más fuerte y revirado, apareció a contraluz en la entrada donde se habían metido.

—A ver, los del bulto —estaban abrazados cubiertos por una manta—. Se acabó el juego.

Dio un silbido fortísimo y aparecieron tres hombres que, sin dudar, entraron a separarlos. El chico al puerto. Había ordenado el amo que se iba a las Américas, y la Brígida se viene conmigo. No sirvieron lamentos ni súplicas. A Juan se lo llevaron dos forzudos y a la chica él mismo la agarró y le hizo subir con las manos atadas a la mula. La llevó a su casa, y la tuvo trabajando y cebando para luego poder sacar buenos reales con la cría. La mantenía encerrada en la vivienda y la obligaba a salir a un patio, para que tomara el aire y así naciera fuerte lo que llevara en la panza.

Nunca antes, aunque hubiera trabajado como un animal, la habían tratado como si la estuvieran cebando para la feria. A cada pregunta que hacía de dónde estaba Juan, le respondía con un gruñido.

Al fin llegó el parto. El hombre llamó a la comadrona, una vieja aldeana con pinta de bruja, aunque de hablar y manos suaves. Todo iba bien, la tranquilizaba, mientras se oían las pisadas del hombre al otro lado de la puerta. Hasta le llegó a susurrar una especie de nana. Por primera vez recibía algo parecido al cuidado materno. Cuando la criatura llegó al mundo, ella estaba bajo los efectos de un liquido que le hizo oler la comadrona. Al despertarse, le dijeron que el niño estaba muerto. Estuvo una semana sin comer, sin moverse, sollozando como un cachorro herido. La vieja comadrona venía a diario, le dijo al bruto del aparcero que se había encariñado con la chica y después de darle una bolsa de dinero, la dejó ir con ella y aprender el oficio.

Y así fue. Conoció el buen trato, el cariño y una profesión que le permitió ser independiente y alcanzar fama en la zona. Antes de fallecer, la comadrona le confesó que el niño no había muerto. El animal ése lo había vendido a alguna mujer estéril. Le juraba que no sabía dónde estaba ni si el padre había vuelto de las Américas. Por más que buscó, nadie le dio referencia de Juan ni del niño. El pazo se cerró, los amos murieron y el silencio envolvió su pasado.

Decidió peregrinar a Santiago, al que tantas veces le pidió que los encontrara y cuando por fin llegó al atrio, casi se desmaya. Su Juan era uno de los evangelistas, el más joven y bello, el que se apoyaba en un águila para escribir. Se quedó tranquila al saber que ahí quedaban reflejados sus dos hombres, pues no dudaba que el hijo sería igual al padre. ¡Alguno viviría! Seguro que uno de ellos había servido de modelo a ese precioso santo y ella lo iba a encontrar.

© Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

Querida Carol:

No sabes cómo me sorprendió tu carta. “Adelita, Adelita, pero ¿qué has hecho?”, me ponías. Pues nada, Carol. No hice nada.

En efecto, tal y como dices, él me escribió una carta, confusa, profusa y difusa. Nada que ver con la de San Juan que, aunque también larga, lo que escribe está claro como el agua. Escrita como la de los antiguos, con pluma estilográfica, la carta es tan extensa que se nota que tuvo que cambiar el repuesto de la tinta. Además, parecía haber llorado mientras la escribía, porque algunas palabras tenían la tinta corrida. Nadie mejor que yo conoce eso de dejar correr la tinta. ¡Vamos! Que lo he hecho en más de una ocasión: Una gotita de agua, agitas un poquito el papel, y…, listo. La letra aparece como si hubieras derramado litros y litros de lágrimas.  Este truquito a mí siempre me ha dado muy buen resultado. ¡Mira que venirme a mí con cartas regadas de llanto! Es que me da la risa.

Sigo, querida Carol: La misiva tiene quince hojas. Total, treinta páginas. Casi como una novela corta. En ellas, con su letra de niño de preescolar, afirma que en esas líneas dice la verdad y nada más que la verdad. Solo le falta añadir: ¡Señor Juez!

Pero, Carol, ¿qué se cree? ¿Que yo soy una mentirosa compulsiva? Pues no.

Por cierto. He ido a la peluquería que me recomendaste y me han dejado estupenda. Hasta parece que mi melena fuera de seda. Continúo con lo nuestro.

Pues, no, Carol. No soy mentirosa.

Pero lo peor es que después de eso continuó con su análisis. Lo hacía como si yo solamente estuviera contando cuentos de aquí para allá.

Ya casi por la mitad de la carta va y me dice que él había puesto en mí toda su confianza. ¿Alguien, además de esta servidora, habrá visto escrito sobre un papel una tontería más grande? No lo entiendo. Debe ser porque de base tiene una mala educación. Mi madre, y sobre todo mi abuela, siempre me dijeron que no me fiara de ningún hombre. ¿Es que a él no le han enseñado lo mismo? En este caso sería de las mujeres. Pero, en fin. Eso tampoco es que sea lo peor de su carta que más parece una declaración de buenas voluntades. Dice, y esto lo escribe con letras de molde, que él siempre fue, es y será serio y formal. Que él siempre fue, es y será un hombre honrado. Que él siempre fue, es y será un marido serio y ejemplar. En una palabra, Carol, que él no piensa ponerme nunca los cuernos. Y luego, va y me pregunta si yo tendré ese mismo comportamiento con él.

Tan solo pude contestarle lo que tú ya conoces. En una postal con una foto preciosa de La Gran Vía, le escribí: Pues mira, Antoñito, no. Nunca fui, soy, ni seré, esa persona ejemplar que tú buscas. Y va y me contesta con otra carta, ésta vez más corta, eso sí, en la que pone que le da igual, que me querrá toda la vida, y que siempre me será fiel.

Pero ¿es que no se da cuenta que una parte importante de la pareja son los celos? Pues, ¡vaya! Si uno está tan seguro de que el que tienes enfrente siempre te será fiel, de que te amará eternamente… ¡Qué pereza, Señor! ¡Qué pereza!

Y me preguntas por qué me escribió esta carta. ¡Y yo qué sé! Bueno, sí lo sé, pero lo que conozco no da para tanto escrito. Lo que sí sé es que las dudas o los problemas entre una pareja se resuelven de muchas maneras, pero nunca escribiendo quince hojas, es decir, treinta páginas. ¿Quién puede leer con tranquilidad ese mamotreto de continua queja? Las cosas no se solucionan así. Porque, claro, si yo le hubiera contestado seriamente a, ¿cómo lo tenía que hacer? ¿Párrafo a párrafo? ¿Hoja a hoja? ¿Tengo que meterle el dedo en el ojo diciéndole que él es el primero en mentir, porque nunca fue un marido ejemplar?  ¡Si es que nunca se ha casado!

Lo cierto, Carol, es que a mí me cae bien, y lo quiero. Y si no aparece otra cosa, me casaré con él. Pero ¿no podría haber resumido su queja en un solo párrafo?

Y volviendo a tu pregunta del porqué de la carta, a ti no te voy a mentir. Sí lo sé. Sus padres, me vieron besándome con un chico. Con Paquito, mi novio anterior. ¿Recuerdas lo encantador que es? ¡Qué beso tan romántico! Era al atardecer y estábamos justo al borde del mar con el ruido de las olas, el vientecillo de antes de anochecer… ¡En fin!

La mala pata fue que sus padres, que son de esos que nunca están donde deben, les dio por pasear por el andén de la playa y nos vieron. Y como ni por la felicidad de su hijo son capaces de tener la boca cerrada..., pues, ya se sabe.

Ahora que ya te has enterado, nos tenemos que ver. Algo me tendrás que contar, digo yo.

Un beso muy grande de tu amiga que te adora,

Adelita

© Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mi padre tenía un amigo de la infancia, Anastasio, a quien todos llamaban Tasio. Se conocieron en el colegio y,  a pesar de tener personalidades diferentes, su relación duró muchos años.

Lo recuerdo como un señor imponente, y con una voz grave que no paraba de hablar; por si ninguno de los presentes nos dábamos cuenta, sin importar el tema que se estuviera tratando,

su frase introductoria para cualquier conversación era: «yo, con mi 1,97 de estatura».

Durante un tiempo estuvo ausente de nuestras vidas debido a que mi padre y él habían tomado diferentes caminos profesionales, hasta que llamó a la puerta y se reanudó la relación. Cada vez que se presentaba en casa, mi madre me cogía de la mano y nos íbamos de compras, al carrusel o a cualquier espectáculo infantil recién estrenado. Era mi día de suerte, porque como Tasio se quedaba hasta tarde, mamá y yo cenábamos en algún sitio de moda y volvíamos justo para irnos a la cama, después de un breve saludo a los señores.

Cuando pregunté a qué se dedicaba ese hombre tan ostentoso, mi progenitora respondió: Es chatarrero.

—No seas injusta —dijo mi padre con una sonrisa ante la contestación de su mujer—. Se dedica a la compra y venta.

—¡De chatarra! —Insistió ella.

Más tarde me enteré que las aseveraciones de mamá no estaban mal encaminadas. Tasio, hijo de un eminente cirujano, pero sin su cerebro, había buscado camino en la recogida de enseres que otros desdeñaban para vendérselos a quienes lo necesitaban. A pesar de lo simple que pueda parecer, se hizo un nombre entre los chatarreros. «Sesenta y dos años ininterrumpidos dentro de la profesión», solía manifestar, y el respeto de cuantos desempeñaban el mismo oficio. Había escrito varios libros sobre el tema, uno por año, que vendía con bastante éxito entre los suyos. Algunos hasta se tradujeron a otros idiomas. Puedo dar fe de ello, ya que cuando mi padre me llevó a su casa, vi su extensa biblioteca.

Tasio llevaba desde su juventud casado con Inés, una mujer que había sido muy guapa, pero que ahora parecía la madrastra de Blanca Nieves. Tampoco a ella soportaba mi madre, por ese motivo, y para que ni la señora ni su marido vinieran a casa, era papá quien los visitaba. A veces, y como para tener una excusa para regresar pronto y no alargar la velada, me llevaba con él.

He de decir que durante esas entrevistas, que solían prolongarse, Inés nunca nos ofreció ni un vaso de agua. Es más, ni se molestaba en salir a saludar, aunque se la podía oír dando órdenes a su perro o trajinando en el jardín.

Nos sentábamos  en un sillón frente a una puerta que Tasio denominó como de entrada a la sala de lectura de su mujer. El día que necesité ir al baño (que por cierto necesitaba una buena limpieza) empujé la puerta misteriosa con suavidad, pero no pude ver más que un revoltijo de cajas, libros y mucho desorden.

Pasé bastante tiempo sin acompañar a papá y, para  mi sorpresa, cuando volvimos encontré que aquella entrada enigmática había desaparecido. En su lugar había una pared descuadrada. De ella colgaba un marco con la reproducción de la fotografía de un joven muy hermoso con un libro y un águila. Ante mi pregunta sobre su origen, Tasio me contestó que era la imagen de Juan el Evangelista, del Pórtico de la Gloria en la Catedral de Santiago de Compostela.

Cuando nos íbamos, quisimos despedirnos de Inés, pero ella no estaba. Ni ese día ni en nuestras siguientes visitas. Tasio siempre tenía la misma actitud: a voz en grito decía «Inés, nuestros amigos se marchan». Nunca hubo respuesta.

—La ha matado —dije a  mi padre una de esas tardes mientras caminábamos hacia el coche—. La ha matado y emparedado donde antes estaba la puerta.

—Tienes demasiada imaginación —me contestó—. Y lees muchos libros de misterio.

Ante la negativa de mi progenitor a indagar sobre el tema, recurrí a mi amiga Elena, también amante de Sherlock Holmes y Agatha Christie. Compramos una pizarra como las que usan los detectives en las películas y comenzamos a anotar en ella los datos que conocíamos y los que sospechábamos, con tan mala suerte que mamá la descubrió, ordenándonos que dejásemos de «jugar» con la muerte.

—No es un juego, es una investigación —respondió Elena indignada—. Fíjese, la encerró en su habitación de lectura, clausuró la puerta con una pared y, encima, puso la foto de Juan el Evangelista quien, casualmente, lleva un libro en la  mano.

Mi madre lanzó un suspiro y nos dejó, aunque creí entrever una sonrisa en su rostro.

Sin embargo, nos faltaba saber cómo lo había hecho, hasta que, indagando en las enciclopedias, descubrimos que  Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen y, bajo Domiciano, fue echado en una caldera de aceite hirviendo de la cual salió ileso.

—El aceite hirviendo no nos sirve —objeté—. Juan no pereció por eso.

—Porque era un santo —replicó mi amiga—. ¿No dijiste que Inés era una bruja? Ya está…, sobrevivió al aceite y entonces él la mató a hachazos o dejándola encerrada.

Habíamos llegado a un punto desde el que no podíamos seguir, hasta que una tarde papá dijo que iría a ver a su amigo y nosotras le rogamos que nos llevara con él.

Acomodados en el sillón frente a la  puerta clausurada, contemplábamos la reproducción de San Juan, rogando su asistencia en nuestro «trabajo». Y nos ayudó. De pronto, por una ventana abierta entró una paloma que, en su revolotear por encima de la mesa, tiró un libro al suelo y salió volando. ¡Un libro y un ave! Solícitas, Elena y yo fuimos a recoger el volumen. En la portada pudimos leer: Crimen y castigo, esta última palabra subrayada con rojo. Alzamos la vista hacia el santo para darle las gracias.

De camino a casa preguntamos a mi padre si había leído esa novela.

—Sí, claro. Es la obra maestra de Dostoievski.

—¿Nos la deja? —preguntó mi amiga.

—Por supuesto que no —respondió—. Todavía sois muy pequeñas. Cuando seáis mayores…, entonces podremos comentarla.

Al llegar a casa corrimos ante nuestra pizarra de investigación para apuntar las nuevas pistas, estábamos tan nerviosas que apenas pudimos cenar. Pasaron los días sin que nuestros indicios nos llevaran a la solución del caso, hasta que unas semanas después, se anunció una nueva visita de cortesía a Tasio. Y por supuesto, nosotras nos apuntamos.

Pero ¡oh, sorpresa! Llegamos a una edificación para mí desconocida. ¡El asesino había vendido la anterior, dejando el cadáver emparedado en la antigua…! Y yo desconocía la dirección de aquella.

Pero no todo estaba perdido, rebuscamos entre la correspondencia de mi padre hasta encontrar una carta vieja de Anastasio con el remite de su domicilio y convencimos al hermano mayor de Elena para que nos llevara hasta allí.

Al llegar nos encontramos con una tropilla de albañiles, andamios y…, la policía. Cogí la mano de mi amiga con fuerza, nos miramos entre incrédulas y felices. ¿Acaso habíamos tenido razón?

—Aquí hay una bella durmiente que sí se comió las manzanas —dijo un señor vestido con un traje oscuro y una bolsa de plástico en la mano mientras salía de la casa—. Lleven estos restos de fruta a la científica y llamen al juez.

Al vernos nos ordenó que nos alejásemos dado que eso era el «escenario de un crimen». Le pedimos el cuadro de San Juan, pero nos lo negó argumentando que formaba parte de la documentación del caso.

© Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Todos los domingos las hermanas de mi madre me llevaban a misa. Araceli, la mayor, experimentaba una gran devoción por Mateo, Amalia amaba a Marcos, Rosalía adoraba a Lucas y, Gertrudis, sentía una pasión desmedida por Juan. Y las cuatro pretendían que yo me decidiera por alguno de ellos.

Un día, Araceli despertó con un feroz dolor de cabeza y la sensación de haber recibido en sueños una notificación divina de estar viviendo sus últimos atardeceres.

—¡Auxilio! —gritó— ¡No me puedo morir!

Era verdad. No se podía morir. Teníamos programado desde hacía diez años un viaje a Salerno, para visitar los restos del apóstol Mateo, discípulo de Jesús. Yo iba a ir con ella si mi madre, por fin, accedía a financiar esas vacaciones. A mí Mateo no me gustaba mucho, tenía barba y era muy viejo, pero con tal de ir al extranjero...

Como dormía en su misma habitación salté de la cama, segundos antes de que apareciera Amalia que pretendió tranquilizarla. Hablaría con Marcos, discípulo de Pedro, cuyo símbolo es un león. Y ¿quién no teme a un león? La muerte se lo pensaría antes de enfrentarse al rey de la selva, le susurraba.

Detrás, se presentó Rosalía con una estampa de Lucas, el discípulo de Pablo, el que aparece con un toro. Teniendo a esos dos animales de nuestra parte, replicó altanera, no habría ningún problema:

—Araceli, hazme caso, reza a Lucas.

Mientras tanto llegó Gertrudis con un libro, la pluma y un águila, su mascota desde hacía años. Explicó con la mayor tranquilidad del mundo que a quien debía dirigirse era a Juan, apóstol de Jesús.

—¡Era tan dulce! —exclamó mirando hacia el techo—. Además, las águilas poseen una vista penetrante, comparable con el Ojo que todo lo ve. ¡Fíjate cómo nos mira! —Exclamó acercando el águila a su pobre hermana—. Creo que quiere decir que no debemos preocuparnos.

—A ése, tía Araceli, a ése, rézale a ése. Es el que más me gusta. Guapo y poético como mi profesor de literatura.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Comentarios

  1. Elena dice

    18 diciembre, 2024 a las 16:23

    Cristina,
    Ya no digo cuatro autoras,si no cuatro reyes magos.
    Mil gracias y un muy feliz año nuevo para todas!,,
    Besos
    Elena

    Responder

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