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La escalera de Bramante

15 agosto, 2016 por Akelarre 2 comentarios

Escalera de Bramante Giuseppe Momo

Escalera de Bramante

Escalera de Bramante de doble hélice que se encuentra en los Museos Vaticanos. Un dosel de cristal situado por encima proporciona la luz necesaria para iluminarla.

Fue construida por Giuseppe Momo, un arquitecto e ingeniero italiano que diseñó numerosos edificios en Turín y todo el Piamonte, pero sobre todo en Roma, donde, por encargo de Pío XI, cambió la Ciudad del Vaticano.

Esta escalera inspiró a Frank Lloyd Wright para el proyecto del Museo Guggenheim de Nueva York.

La silla de manos

Cristina Vázquez

El juego

Malena Teigeiro

Viaje a las nubes

Liliana Delucchi

Escalinatas de ensueño

Marieta Alonso

La silla de manos

Cristina Vázquez

— Deténganse.

Los cuatro hombres que llevaban la silla de manos, vestidos con unas antiguas libreas desgastadas y anacrónicas, se pararon. Los dos de atrás mantuvieron alzada la parte posterior para que no se quedara inclinada. Después de unos breves momentos, un golpecito dado desde dentro, era la señal para seguir subiendo por la enorme escalera del palacio, propiedad del Ayuntamiento. Menos mal que no tenía peldaños, se decía Julio, el más joven, que había sustituido a uno de los porteadores por enfermedad. El siguiente tramo es el último, le susurró su compañero, y siguieron el lento ascenso hasta llegar a la Galería superior, donde acababa la imponente escalera.

Al llegar se bajó de la silla de manos una señora menuda, elegante y desdeñosa, vestida con un anticuado traje de fiesta en tonos malvas, que le llegaba a los tobillos. Apoyada en un bastón de ébano con empuñadura de plata, representando la cabeza de un león, repartió entre los hombres cuatro bolsitas de terciopelo con unas monedas. Ella les agradeció su colaboración y se despidió con amable altivez.

— Hasta el mes que viene.

Se alejó erguida por la Galería, apoyándose levemente en su bastón. La luz de la tarde se colaba por los cristales emplomados, produciendo unos asombrosos juegos de luces sobre el mármol del suelo. Julio decidió quedarse escondido a observar dónde se iba la anciana y qué hacía a esas horas en el Ayuntamiento, cuando ya estaba cerrado.

La mujer se sentó en uno de los bancos debajo de una ventana. Un reflejo ambarino le producía un halo alrededor que a Julio le hizo pensar en una aparición, y se fijó que, pese a su edad, permanecían rastros de belleza en su cara. Con ambas manos descansando sobre la empuñadura, comenzó a hablar sola.

 — Monseñor, sería comprometido que nos vieran juntos —e hizo un coqueto gesto que resultaba ridículo, casi esperpéntico.

— Sí, Excelencia, usted sí puede llamarme Esmeralda. Será nuestro secreto —y parpadeó con exageración.

Sus ojos aún eran de un verde intenso.

— Oh, querido Presidente, cómo siento no poder atender a su súplica —elevó la vara de ébano como si reconviniera al inexistente personaje.

Después de acabar esta pantomima, se recostó contra la pared con un aire fatigado, mientras las sombras empezaban a avanzar por el solitario lugar. Julio no sabía qué hacer. Marcharse o preguntarle a la señora si necesitaba ayuda. Parecía una figura doliente, una Piedad con las manos vacías. De pronto, oyó el ruido de una puerta al cerrarse y unos pasos que se acercaban. Sobresaltado, vio avanzar a un hombre de mediana edad, con el pelo canoso, un andar cansino y el uniforme azul de los guías del Palacio. Todo en él desprendía un aire de vencimiento y resignación.

— Lo siento, madre, me he retrasado un poco.

La mujer se levantó con cierta dificultad y se apoyó en el brazo del hijo. Al pasar por delante, siguió con interés su conversación. Ella le decía que esperaba que esa noche no hubiera cocido coles otra vez para la cena.

— No soporto ese olor —graznó.

Y el hijo, en un tono monocorde le susurraba que no abusara con el numerito de la silla, y que dejara de coger monedas de la colección para dárselas a los hombres que la subían. Bastante suerte habían tenido, continuó abatido, con que les respetaran el pequeño apartamento del servicio para seguir viviendo ahí.

Ella se detuvo, le miró con reprobación y tras un largo suspiro dijo.

— Esa escalera resume mi vida  —y golpeando el suelo alzó la voz—. No olvides nunca que los dueños, durante siglos, hemos sido nosotros.

Y con una mueca de desprecio continuó sola su camino hasta perderse en las sombras.

© Cristina Vázquez

El juego

Malena Teigeiro

Éramos como hermanos, pero mejor. Porque si a mi hermano le contaba algún problema, se reía de mí o lo que era peor, se iba a contárselo a nuestros padres, y él no. Él me miraba atento, dulce, cariñoso, y ante cualquier pena, siempre me consoló.

Nuestras vidas fueron paralelas. Su casa era el número diez y la mía el nueve de la misma calle. Recorrimos juntos el camino del  jardín de infancia, después el del colegio, y luego el del instituto. Como la religión de nuestros padres nos impedía  estudiar en colegios mixtos, esperábamos ansiosos el momento de entrar en la Universidad. Entonces, al fin podríamos  vivir juntos: los dos queríamos ser periodistas. Sin yo saberlo, él siguiendo el consejo de su padre, optó para la facultad de medicina. Y lo admitieron. A mí también, pero en la de periodismo. Aun así, nos veíamos con bastante frecuencia. Cuando cursábamos el último año, me invitó a una fiesta en su facultad. Te tengo una sorpresa, dijo. Vino acompañado de una chica alta, morena, y con unos ojazos verdes que envidié desde el primer momento. Además de ser muy guapa, era simpática. ¡Hasta iba bien vestida! Sentí rabia. Lo vi claro. Iba a robármelo.

Después de darle muchas vueltas, tracé un plan. Les invité al museo Vaticano. Había descubierto unos papiros en donde se relataban las primeras operaciones de cerebro hechas por los egipcios, sonreí cándida.

Les expliqué que iríamos el lunes, pues aunque el museo ese día está cerrado, tenía unos pases para investigadores. Les pareció bien y quedamos para el lunes siguiente a las cuatro, delante de la escalera de los Museos Vaticanos. Mientras subimos nos divertiremos con un juego que me han enseñado unos compañeros de curso, mentí.

Entramos en el museo y al llegar al pie de la escalera, les mostré los dos brazos que, retorciéndose como serpientes, subían paralelas hasta llegar a la cúpula de cristal.

—Tú vete por éste —le indiqué a ella—, y nosotros iremos por el otro.

Comenzamos a subir.

—¿Qué tengo que hacer? — preguntó nervioso.

—Ponte detrás de mí —le dije zalamera.

Cuando lo hizo, le cogí las manos y se las sujeté alrededor de mi cintura.

—Sígueme sin dejar de mirarla —susurré—.  Cuando la veas justo enfrente, avísame.

Muy juntos, casi pegados, yo me giraba hacia él una y otra vez haciendo gestos y bromas que él reía. Íbamos despacio. Logré retrasarnos lo suficiente para que ella nos viera continuamente. Entonces, dándome la vuelta, le coloqué los brazos alrededor del cuello, lo sujeté para que no pudiera dejarme, y comencé a besarlo con furia. Él, sorprendido, devolvía mis besos. Ella se detuvo. Nos miraba. Bajando la cabeza, se dio la vuelta y rápida corrió hasta salir del museo. Al verla huir, él, de un empujón, me tiró al suelo.

—Estás loca —se limpió los labios con  el revés de la mano y escapó detrás de ella.

En aquel instante mi vida fue otra vez como las dos colas de la escalera del Vaticano que suben paralelas y nunca se encuentran. Varias veces lo divisé a lo lejos, pero nunca volvimos a estar juntos. Intenté encontrarlo para disculparme. Lo llamé una, dos, y mil veces. Nunca contestaba. Conoce mi número, pensé. Compré otro teléfono. Fue igual. En cuanto reconocía mi voz, colgaba.

Al terminar el curso, me salió un trabajo en el hotel Venecia de Las Vegas. Desde mi despacho, veo el gran hall atravesado por el canal, las góndolas, el arrullo de las parejas. Una mañana me decidí a escribirle una carta. Le pedí perdón. Esperé intranquila su respuesta. Una tarde del mes de julio me llegó un sobre escrito con su letra. Pero la carta era de ella.

No te vuelvas a preocupar por nosotros. Te hemos perdonado y te recordamos día a día, cada vez con más contento.

Además de ser guapa, y tener buen gusto para vestir, era maligna. No solo me humillaba con sus falsas e hipócritas letras, sino que, en el mismo sobre me envió una foto. Ella y él besándose en una góndola. Estaban en Venecia, disfrutando de su amor en el viaje de bodas.

© Malena Teigeiro

Viaje a las nubes

Liliana Delucchi

Que no era una buena idea, ya me habían advertido mi madre y mi tía. Pero este verano no tengo con quién ir de vacaciones y la abuela insiste en conocer Roma, así que cuando me aseguraban que era muy pesada, pensé que eran exageraciones. Debí hacerles caso.

—Si sabes que soy agnóstica no veo por qué tenemos que visitar el Museo Vaticano.

Cuando decía que ansiaba conocer la Ciudad Eterna se refería a la Fontana de Trevi, de la que el Bello Marcello rescatara a una gorda rubia, protesta mientras sube las escaleras.

—No entiendo qué ves de maravilloso en estos mármoles sin fin.

No contesto, ¿para qué? Quizás si me mantengo callada ella hará lo mismo. Pero no. Sigue con una diatriba que ya no escucho, porque estoy centrada en lo que me cuenta una señorita a través de esta radio que alquilé a la entrada.

—Bueno, ya que tengo que estar aquí, llévame a ver la Capilla Sixtina, quizás pueda presenciar una fumata.

—Abuela, la fumata solo se enciende cuando finaliza el cónclave con la elección de un nuevo Papa.—

—¿Es que no piensan elegir uno ahora?

—No abuela, el actual goza de buena salud.

Está cansada, así que la dejo en el Cortile della Pigna para que tome un poco de aire y sigo mi recorrido. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando regreso con los ojos y el alma llenos de Rafael, Leonardo y tantos otros, y la encuentro conversando con una señora de más o menos su misma edad. Me la presenta como la Signora Rossina Carpelle, que la está invitando a merendar en su casa esta tarde. En un español fluido comenta que vive a escasas calles del Vaticano.

Mi abuela está encantada, durante nuestro almuerzo no hace más que hablar de su nueva amiga que esta tarde le va a presentar a su hermano, el Cardenal.

—¿A qué viene tanto entusiasmo, abuela? Eres agnóstica. No se te ocurrirá emprender una discusión con el Cardenal, ¿verdad?

—¿Eres tonta o qué? Pienso seducirlo, después de todo es un Príncipe de la Iglesia.

¡No puedo creerlo! Pido una grappa.

—Abuela, tienes 84 años, no sé cuántos tendrá él, pero como tú dices, es un Príncipe de la Iglesia y ellos no van ligando por ahí como los simples mortales.

—Querida niña, Rodrigo Borgia era cardenal cuando se acostaba con una mujer con la que tuvo cuatro hijos a los que reconoció. Y terminó siendo Papa.

Necesito otra grappa.

© Liliana Delucchi

Escalinatas de ensueño

Marieta Alonso

Las amaba. Sentía tal frenesí ante cualquier escalera que le era imposible proseguir su camino. Por eso cada vez que se topaba con una, aunque no tuviera necesidad, las subía y las bajaba. Al ascender iba despacio; el esfuerzo y los jadeos la obligaban a sentarse al llegar arriba. Descansaba. Ya con el corazón a su ritmo se ponía en pie, acariciaba con el índice la barandilla, vertía besos al aire y con los ojos cerrados, descendía los peldaños con mesura, al compás de una música imaginaria. Esa cachaza que despilfarraba en cada grada, hacía que le llegasen historias de terror, cuentos amorosos, que la cubrían de los pies a la cabeza.

Estando en Ciudad del Vaticano, al final de su recorrido por el museo, se dispuso a bajar por la mal llamada escalera de Bramante. Ejecutó su ritual y la inundó una paz que fue truncada por dos voces varoniles enzarzadas en una pelea. Miguel Ángel y Julio II estaban de nuevo discutiendo: que si ya tenía que haber terminado, que si aún estoy esperando el pago, que si usted es víctima de su propio carácter, que si no le perdonaré jamás haberme golpeado con el bastón, que si vos no sois quién para contestar así a vuestro Pontífice…

Tan vívidas fueron las imágenes y las palabras, que quiso interceder. Abrió los ojos. Nadie a su alrededor. Las voces se fueron acallando. Eran solo murmullos que se filtraban por los poros del granito. Cerró los ojos.

Unos cuantos escalones más abajo, escuchó unos pasos quedos. Eran Bramante y Rafael que le pasaron por encima como si ella no existiera, y que, amparados en la oscuridad de la noche, iban a espiar el trabajo de la Capilla Sixtina.

Siguió bajando y observó cómo Miguel Ángel gesticulaba ante el Papa, acusando a Bramante de haberle robado las llaves. Se solucionó la crisis y el gran pintor volvió a su bóveda.

De pronto, un grupo de turistas irrumpió en su soledad y a empujones, la llevaron hasta al último estribo. Lástima de barahúnda.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

El intercambiador de la Zona Cero

15 junio, 2016 por Akelarre 3 comentarios

Intercambiador de la zona cero Santiago Calatrava

El Intercambiador de la Zona Cero

El intercambiador de transportes de la Zona Cero de Nueva York, lleva la firma del arquitecto español Santiago Calatrava.

Luminoso recinto inspirado en la histórica estación de Grand Central, tiene una gran cúpula de blancas vigas de acero que asemejan las alas de un ave a punto de emprender el vuelo.

Representa el renacer de la Zona Cero tras los atentados de 2001.

Mademoiselle Rose

Cristina Vázquez

Medusa

Malena Teigeiro

Taconeo

Liliana Delucchi

Con la cabeza a cuestas

Marieta Alonso

Mademoiselle Rose

Cristina Vázquez

Para mi hija

Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle,
Assise auprés du feu, dévidant et filant,
Direz, chantant mes vers, en vous emerveillant:
“Ronsard me célébrait du temps que j´étais belle”
Sonnet a Hélène.

Pierre de Ronsard (1524-1585)

 

¡Tan blanco! Sentí que esa tarde todo menos yo, que iba vestida de negro, resultaba deslumbrantemente blanco, y el recuerdo de la nieve se deslizaba como una cascada fría por mi cabeza. Blancas eran también las sábanas de la cama del hospital y los zapatos. Sí, también los zapatos de la enfermera. No sé por qué me fijé en ese detalle, quizás porque siempre se me ocurren tonterías cuando las situaciones me conmueven.

La llamada que había recibido esa mañana me resultó inoportuna, extraña. Una voz nasal con un punto de trámite administrativo reclamaba mi presencia en un hospital.

— ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

Sin ningún tipo de inflexión, o cambio, o proximidad en el tono,  la voz nasal me aseguró que la señora Rose Hepburn, había dado mi número de teléfono. Era urgente.

— Es más, diría que muy urgente —y colgó el teléfono.

Miré el reloj, tenía una cita de trabajo en una hora, llamé para retrasarla, pues teniendo en cuenta que nevaba, el tráfico sería imposible  e hice un cálculo enrabietado de la pérdida de tiempo que implicaba. ¿Quién sería esa mujer? ¿Por qué a mí?

Los copos blancos ablandaban las duras esquinas de la ciudad, pero el viento, como agudo filo en las calles, hacía difícil avanzar para encontrar un taxi. Ráfagas amarillas y veloces, con la luz de ocupado, salpicaban el barrizal que se iba formando en la calzada. No se produjo ningún milagro. Tuve que ir a coger el tren que llevaba al hospital y meterme en el intercambiador de la Zona Cero, que todavía estaba en uso restringido, apenas lo transitaba nadie, y también era blanco, desoladamente blanco. Podía oír el repiqueteo de mis tacones en esa soledad que en poco tiempo se llenaría de gente, tiendas, vida.

Cuando subí a la planta que me indicaron, pregunté por la señora Rose Hepburn. Una enfermera gorda, de amabilidad intrascendente, me dijo que se alegraba de mi llegada, pensó que no vendría nadie.

—¿Venir?  ¿Para qué? —conseguí articular.

La seguí como un autómata, sin rebelarme, con una aprensión y desasosiego que notaba en el calor que me producía el sarpullido nervioso del que no me libro en momentos así. Sólo miraba los zapatos blancos que me precedían y el vaivén del uniforme que se balanceaba desde sus anchas caderas. Abrió la puerta de la habitación 312 y con un gesto altisonante me hizo pasar, a la vez que gritó.

—Rose, ha venido. ¿Ve cómo ha venido?

Una mujer menuda de pelo blanco, sentada en la butaca de skay, parecía un pajarillo a punto de emprender el vuelo, me miró con desolación.  Sobre sus rodillas exiguas sostenía un maletín de piel de los que ya no existen, como los de los médicos del Oeste. Vestida de blanco, con un pañuelo verde pálido en el cuello, se puso a mirar  hacía  la ventana.

—Adoro la nieve —y se giró con una sonrisa triste—. Gracias por venir. Temía que no pudiera.

Al cerrar la puerta la enfermera, le pregunté quién era y por qué me había hecho llamar.

Con parsimonia abrió su anticuado bolso, sacó una tarjeta ajada con su nombre y su ocupación. Profesora de idiomas.

Yo la miré sin entender el significado y en una voz muy suave empezó a recitar, quand vous serez bien vieille, au soir…. ¿Te acuerdas?

Y como un relámpago me vino a la memoria assise auprés du feu…

—¿Mademoiselle Rose?

Había sido la  profesora de francés de mi adolescencia.

—No tengo a nadie y si no, me mandan al asilo.

© Cristina Vázquez

Medusa

Malena Teigeiro

Desde que mirándola de frente, triste, se fue, Kate vive sola. Él había cerrado la puerta sin saber que una medusa con sus viscosos cabellos la atrapaba en el sofá, tapándole la boca, los ojos. Y ella, deseosa de pedirle que se quedara, despreciativa, le había devuelto la mirada como si no le importase su marcha. Maldito orgullo. Varias veces tuvo el teléfono entre las manos, pero no fue capaz de marcar el número. Se metió en la cama dispuesta a no levantarse nunca más. Al final se durmió. Y dormida y despierta, lloró. Lloró tanto que las lágrimas la rodeaban convirtiéndose en agua del mar y nadó entre ellas. Y así siguió hasta que al cabo de una semana, su madre la forzó a levantarse. Siempre fuiste tonta, y mira que eres inteligente, le decía obligándola a ducharse, a ponerse el abrigo, a salir de casa, a ir a trabajar. Desde entonces vive flotando en un líquido denso, gelatinoso, que no le permite enterarse de casi nada.

Esa mañana, como todas desde aquel día, entró en el intercambiador del metro. Se fundió entre los cientos de personas que corren para meterse en los trenes, siempre empujando. Caminaba por el largo pasillo, la cabeza baja, la mente en blanco, cuando escuchó sus pasos. Al levantar la vista vio diluirse a la gente entre el aire viciado, la vio derretirse como el hielo bajo el sol. Solo quedaba de ellas el hedor de haber pasado por ahí. De todas, menos de él. Su aroma siempre fue distinto, casi imperceptible.

—Él no usa perfume ni colonia. Está aquí.

Angustiada lo busca. Lo vio. Caminaba solo, lejos, casi a punto de doblar la esquina. Echó a correr. Los cabellos de Medusa la empujan, la envuelven. Cerró los ojos. O lo hago así o me convertirá en piedra, pensó. Sentía que se ahogaba. Escuchaba gritos. En su loca carrera logró llegar hasta él. Lo abrazó por la espalda. Él se volvió. La sujetaba por los hombros y la zarandeaba. ¿Por qué no me besa? ¿Por qué no me salva de este monstruo?

—Señorita, ¿se encuentra bien? —escuchó.

Su voz. Le sonó diferente, asustada. Ya no era la voz dulce de los “Te amo, Kate”. No quiso contestar, ni tan siquiera mirarlo. Primero que me bese. ¿Por qué me zarandea? Se sintió desvanecer. Los cientos de cabellos de Medusa la sujetaban, llevándola por el aire. Quiso separarlos, pero no pudo. A ella no la engañaba. Sabe que Medusa se ha enamorado de él y que quiere convertirla en piedra para tener el camino libre. Pero no abrirá los ojos.

A través de los párpados ve la blanca luz con la que la alumbra. Los cabellos de goma, como dedos malditos, intentan forzar aquellas pequeñas cortinas de piel. Le hacen daño. Quiere que abra los ojos y que la mire. Pero ella no lo va a hacer. Unas lágrimas le rozan la piel. “Kate, Kate.” ¿Quién la llama? Le parece escuchar la voz de su madre. ¡Maldita Medusa! Quiere engañarla, pero no, ella no caerá en esa burda trampa.

Después de sentir un pinchazo en el brazo, percibe que poco a poco se desvanece. Suspira profundo. Intenta huir por el inmenso pasillo del intercambiador. Tiene la certeza de que, al fondo, él la estará esperando.

© Malena Teigeiro

Taconeos

Liliana Delucchi

Serían las ocho menos cuarto de la mañana cuando el ruido de los tacones de Meredith sonaba con prisa por el vestíbulo. No era molesto. La soledad del recinto le hacía presentir una densa niebla más allá de la salida. Fuera deambulaban cientos de personas camino de sus trabajos, luchando contra sus reflexiones, a la espera de una jornada más. Un hombre la adelanta y le mira los pies. Ella sigue su andar ligero y contempla sus zapatos, orgullosa de sus Laboutin. Alta y segura, iba a enfrentarse a esa jauría más allá de la Quinta Avenida, a ese mundo del que ya formaba parte. El suelo, brillante como un espejo, le devuelve su sombra y, un poco más atrás, escucha un taconeo idéntico al suyo.

—Meredith, ya me parecía que eras tú.

La mujer se da la vuelta para encontrarse con Caroline, aquella gordita y sabihonda del instituto, la que con su cara llena de granos se hizo con la atención del profesor de música. No había vuelto a verla.

—Me han contado que eres CEO de Atlas Electronics y leí en el tren que estáis a punto de cerrar un acuerdo con los chinos que te elevará por las nubes. Apareces en todas las publicaciones financieras. ¡Meredith, cuánto me alegro!

—Sí, he trabajado mucho. Y a ti ¿cómo te han ido las cosas?

—¿Te acuerdas del señor Hobbes, el profesor de música? Nos hemos casado y tenemos una academia en la que enseñamos a tocar instrumentos de viento a niños autistas.

A Meredith se le transforma la sonrisa. El señor Hobbes fue parte de sus sueños de juventud. Se dormía pensando en él y estaba presente en sus desayunos.

—Caroline, tenemos que apurar el paso, o llegaré tarde a la reunión con los chinos.

—Por supuesto. ¡Vaya!, si llevamos los mismos zapatos.

Meredith mira hacia abajo y siente ganas de gritar. No lo hace. En cambio, coge su móvil y llama a su asistente.

—Sarah, retrasa por lo menos una hora la reunión.

—Imposible, ya están aquí.

—Búscate la vida y retrásala. —y en un susurro, agrega— tengo que pasar por una zapatería.

© Liliana Delucchi

Con la cabeza a cuestas

Marieta Alonso

Cada día lo mismo. Suena el despertador. En pie. Pongo la cafetera. Una ducha rápida, la tacita de café y a la calle a recorrer el largo pasillo del intercambiador que me lleva al tren y al trabajo.

A paso rápido, ni me doy cuenta de lo poco concurrido que está. En lo alto, dos personas parecen hablar por el celular, un niño se aleja, un hombre se acerca y otro vigila. Hoy me espera una mañana ajetreada, una tarde deplorable y una noche de espanto. Nathan y yo hemos vuelto a discutir. Reanudó las amenazas, rompió una lámpara y dando un portazo, se marchó. No hay solución. Al salir debí haber hablado con el encargado del edificio para que me cambiara la cerradura. Al no verle en la puerta ni me volví a acordar. No llevo una hora despierta y tengo la cabeza que echa humo de tanto pensar. Lo mejor sería un traslado laboral, un lugar lejano a miles de millas. No. Es preferible cambiar de empresa, si sigo en la misma me localizará con facilidad. ¡Oh Dios!, tendré que tirar por la borda tantos esfuerzos realizados para llegar donde estoy. Empezar de cero otra vez.

Oigo los pasos cada vez más cerca, aprieto el bolso contra el pecho, no es que lleve mucho dinero pero… es mío. Acelero el paso, miro de reojo y la sombra la tengo a mi izquierda, detrás de mí. Con sigilo saco el spray contra ladrones. Lo que me faltaba.

Menos mal que no tenemos hijos. Fue el destino, porque yo estaba dispuesta a darle todos los que quisiera. Estás totalmente ciega, quítatelo de encima, repetía mi madre. Ese hombre lo tiene todo: vicios, vagancia y violencia. Y siguiendo su costumbre de hablar con la “V”, continuaba:

—Viola tus derechos y vivirás en vilo.

La sombra está casi encima de mí. Con tanto pensar he dejado que ganara distancia. Echo a correr.

Tenía razón mi madre, soy una marioneta en sus manos. A solas tomo decisiones; junto a él, todo es confusión. Sin falta he de ir al banco, debo desautorizar su firma en mi cuenta. Ojalá que no sea demasiado tarde. En estos momentos no puedo quedarme con los bolsillos vueltos.

Siento una mano en el hombro. Sin mirar aprieto el spray. No atiné. Una nube me separa del agresor. Entre toses, escucho:

—¿Qué haces? ¡Estás loca!

Es mi compañero de trabajo que agarrándome, todo sofocado, me pregunta de quién estoy huyendo.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

La Puerta del Perdón

15 febrero, 2016 por Akelarre 4 comentarios

La Puerta del Perdón, catedral de Santiago de Compostela

La Puerta del Perdón - Catedral de Santiago de Compostela

Desde muy antiguo, se conoce como la Puerta de los Perdones y popularmente como la del Perdón. El paso por ella significa la expiación de los pecados.   

Modesta apertura en la cabecera catedralicia que da a la plaza de A Quintana, es el símbolo por excelencia de los años santos compostelanos, al estar abierta únicamente cuando éstos se celebran.

El origen de la Puerta Santa compostelana es incierto. Data previsiblemente de los tiempos del ilustrado arzobispo Alonso Fonseca III, aunque hay una corriente de opinión, próxima a la Iglesia local, que sostiene que la Puerta Santa compostelana es anterior a la tradición romana y que aquella inspiraría a ésta.

El perdón

Cristina Vázquez

La vida de un peregrino

Malena Teigeiro

Retorno

Liliana Delucchi

Iré a Santiago

Marieta Alonso

El perdón

Cristina Vázquez

Tanto tiempo de pecado le pesaba. ¿O más bien serían los años? ¿Quién sabe?, pero desde luego sentía como si una piedra maligna y sólida se le hubiera enquistado en el corazón, como un cuerpo extraño. Aunque tampoco estaba segura de si el corazón estaba a la izquierda o a la derecha,  siempre había sido  poco instruida y algo olvidadiza, pero el dolor,  ¡Ay el dolor!, y ese cuerpo extraño, eso, era tan verdad como que vio caerse una estrella del cielo.

Le habían contado maravillas del Santo, y ella se las creyó todas. ¡Qué carajo! Para eso era Santo y Santo importante con catedral, misas, sombrero y hasta conchas.  Le debían gustar las vieiras a Don Santiago, aunque ella nunca las cató. Prefería la gente que le gustaba lo del mar, le daban más confianza que los que se zampan la carne. Siempre pensó que era más delicado comer los bichos marinos, había que tener educación para saber tomarlos con finura, así que el Santo seguro que era educado y no le parecería mal que llegara un poco estropeada, aunque había sacado sus mejores galas para presentarse ante él.

El trecho que pudo hacer a pie, lo hizo, aunque, ¡Ay!, ese cuerpo maligno que se le había metido en el costado, era un bicho que le roía lento, lento y doloroso como un mal hijo que te chupa las entrañas. Cuando ya le costaba dar pasos, un carretero la dejó subirse en la parte de atrás y entre la paja se adormecía, como si estuviera en un lecho de plumas.  Alguna vez, pocas, lo había hollado, pero nunca en solitario como ahora, sin ningún peso al lado, sin tener que reír a la fuerza, sin soportar manos extrañas ni desprecios. Si no fuera por lo que la roía por dentro, no recordaba poder mirar al cielo tanto tiempo, ni sentir las sombras de los árboles o el sol sobre su cara. ¡Qué feliz era!, como una princesa en un carro de plumas que volaba a visitar al Santo, al que, según decían, con mirarle te perdonaba todo. ¡Ay el dolor! Tan sordo.

En la entrada de la ciudad, el carretero que por caridad había recogido a esa pobre mujer que parecía no tenerse en pie, fue a decirle que bajara y la encontró quieta, con los brazos abiertos y mirando al cielo con una sonrisa petrificada. Si ya lo decía él, no hay buena acción que no tenga su castigo y por apiadarse de la vieja, ahora iba y se moría en su carro. ¡Maldita sea!  Esperó a que llegara la noche, la tapó con  un saco, pesaba como un niño, y la dejó ante la puerta del Perdón.

A la mañana siguiente empezó un alboroto por la ciudad. ¡Milagro, milagro!, gritaban por las calles, otro milagro del Señor Santiago. Habían encontrado una mujer muerta tumbada a sus pies y un rayo de luz que salía de los mismísimos ojos de piedra del Santo, le iluminaba la cara. Parecía una niña.

© Cristina Vázquez

La vida de un peregrino

Malena Teigeiro

Como ese año era Año Santo, y mi vida hasta entonces no había sido muy edificante, decidí poner remedio a mis pecados e irme a por el Jubileo. Tomada ya la decisión, aquella noche dormí tranquilo. Por la mañana, en cuanto desperté, acudí con mi chica a arreglar los papeles para contraer matrimonio. Días más tarde, celebramos la ceremonia. Por lo menos, el pecadillo de amancebamiento, lo llevaba resuelto. Lo hicimos así, casi de puntillas, sin fiestas ni alharacas. Fui un poco egoísta, lo sé, pero a mis años ya estaba yo de vuelta de muchas cosas, y ella, con tal de casarse, se hallaba dispuesta a todo.

Dejé el viaje de novios para otras fechas, e inicié la preparación para hacer el último tramo del Camino de Santiago, eso sí, cara al verano, porque a mí no me gusta mojarme y tampoco las nieblas mañaneras me sientan bien. A mi edad, esas brumas frías se pegan a los huesos y causan bastantes molestias. Dándole vueltas al asunto, y conociendo que los refugios están al principio y fin de cada etapa, llegué a la conclusión de que lo mejor era partir las jornadas. Pero, claro, era de tontos deshacer el camino andado o quedarte a dormir a la intemperie, y como no me han ido mal las cosas en la vida, y tengo un buen coche, contraté a un mecánico, que venía a recogerme a donde yo estuviera y, juntos, nos dirigíamos al mejor hotel de la zona. A la mañana siguiente, después de haber tomado un buen baño y mejor desayuno, el hombre volvía a dejarme en el mismo sitio en donde me había recogido. Luego, se acercaba al hotel, que ya teníamos reservado, y allí lavaba la ropa y limpiaba el segundo par de botas, lo que permitía que llevara la mochila a la espalda como buen peregrino, pero solo portando el peso de un tentempié reparador y un par de termos. Uno, lleno de agua bien fresquita, y el otro, de café bien calentito, que yo sin mis cafelitos no soy nadie. Así hice los kilómetros que eran necesarios para que al mostrar el pasaporte bien firmado, le entreguen a uno eso que dan en nombrar La Compostela.

Llegué a la plaza del Obradoiro un soleado medio día, ya tarde. Sin perder tiempo, me coloqué delante de la Catedral, le hice una gran reverencia al Señor Apóstol, y, rápido, fui a almorzar, no fuera a ser que cerraran el encomiado restaurante en el que tenía reservada mesa desde Madrid.

Comí un magnífico centollo, de aperitivo un cuarto de percebes, empanada de raxo, y de plato base, una merlucita en caldeirada. Todo ello regado por el mejor Albariño. De postre, cañitas de crema, filloas, un par de cucharaditas de tocinillo de cielo, acompañado por una exquisita queimada, y café.

No era ya persona cuando me retiré del yantar, por lo que decidí ir directamente hacia el Hostal de los Reyes Católicos, que hace ángulo recto con la Catedral, así, al día siguiente no tendría que ponerme a andar otra vez para cumplir mi objetivo. Me levanté dispuesto a entrar por la Puerta del Perdón para ganar el jubileo, cosa que hice sin tener que guardar cola, pues había tenido la precaución de mandar al chófer a las seis de la madrugada. Una vez allí, le invité a que pasara conmigo, cosa que agradecido, así hizo. Ya perdonados mis pecados, dirigí mis pasos a buscar el certificado de peregrino; luego, llevando las indulgencias bien dentrito en mi pecho, guardaditas en mi alma, escuché la misa de doce, que es cuando ponen en marcha el botafumeiro. Como pocas veces en la vida, sentí una profunda emoción con el humo del incienso, el abrazo al Santo, la homilía…

Después de haberme puesto a bien con el Señor Apóstol, le di al conductor el día libre, y volví a otro restaurante para almorzar; éste, por lo que me habían dicho, más exquisito. Tomé unos camarones, una enorme nécora, ¡nunca había probado otra igual!, y un plato de langosta con chocolate, que recomiendo a todo el que pueda, no deje de tomar. De segundo, esta vez elegí la carne asada. Estaba tierna, jugosa, ¡y qué patatitas de acompañamiento! Disfruté como un niño aplastándolas sobre la transparente y dorada salsa. De allí fui a dormir la siesta y cuando una hora y media más tarde me levanté, salí decidido a visitar algunos monumentos. Eran tantos y tan  antiguos, que nada más ver el primero creí oportuno dejarlo, y volver en otra ocasión acompañado por la ya mi señora, para recrearnos juntos en tanta belleza. Regresé al Hostal y cómodamente sentado en la acogedora terracita que tienen en una esquina de la plaza, tomé un pincho de tortilla de patata, de ésas que al cortarla se le sale el huevo amarillo, cremoso, y una cañita de fría y espumosa cerveza, que tenía un sabor diferente, a mi juicio no tan bueno como la de Madrid.

Por la mañana, no queriendo añadir a mi cansancio de peregrino el de un viaje de vuelta por carretera, tan largo, ordené al conductor que llevara el coche y mis pertenencias a mi casa. Le di las gracias y le dejé dinero para sus gastos. Luego, tomé el avión y volví a la capital. Cuando mi santa abrió la puerta, caí derrotado en sus brazos. Cielo, le dije arrebujado en su pecho mientras la besaba y me acaloraba con su aroma, ¡qué dura es la vida del peregrino!

© Malena Teigeiro

Retorno

Liliana Delucchi

La manita de su nieta en la suya hace a don Gregorio volver a la realidad. Allí está toda la familia reunida ante la Puerta del Perdón, porque es a lo que viene, a pedirle perdón al Santo.

Con las mejores galas, su esposa, hijos, nueras, yernos y nietos, acompañan al anciano en un viaje de regreso que tardó más de cuarenta años en realizar. Detiene su mirada en la imagen de Santiago, en los santos que lo rodean, el pórtico, la reja y las baldosas del suelo sobre las que durmió tantas noches. Recuerda la lluvia, el frío que no era capaz de detener el papel que se ponía en el pecho debajo de su camisa raída; el viento que se colaba por los agujeros de las botas; la señora elegante que le traía, un día sí y otro también, un poco de caldo y algún bocadillo. Esa señora que le dio un puesto de guarda en su finca, hasta que el nieto decidió que no tenía el aspecto adecuado, y otra vez a la iglesia.

—Reza, hijo mío, el Santo te escuchará, tu suerte ha de cambiar —le susurró la dama al despedirlo.

Pero el Santo no escuchaba y otro invierno llegaría a la plaza. Por eso, al finalizar la misa de un domingo cualquiera, entró en la sacristía. Con lo recaudado en el cepillo y lo que había podido ahorrar mientras trabajaba para la señora, se embarcó en dirección al Nuevo Mundo. Trabajó duro, como todos. Tuvo suerte, como unos pocos, y encontró una criolla que supo acompañarlo y darle cinco hijos.

Don Gregorio entra despacio en la iglesia, aspira el olor a incienso, con una mano en el bastón y la otra cogida de la de su mujer, avanza por el centro. Cuenta los bancos uno a uno, hasta situarse en aquel en que recuerda haberse arrodillado a rezar tantas veces. Se sienta, su esposa le palmea la pierna. Tranquilo, le dice, vas a cumplir con tu sueño. No, contesta, voy a devolver lo que no era mío. Del bolsillo interior del abrigo extrae un talonario de cheques, firma uno con una cantidad de seis cifras, lo guarda dentro de un sobre y cuando un novicio pasa con la cesta de la limosna, lo deposita en ella. La mujer le aprieta la mano. Ya podemos volver a casa.

© Liliana Delucchi

Iré a Santiago

Marieta Alonso

Soy un Renault 4 TL de color blanco y con el número de matrícula M -9774-EU.  Si no estuviera enamorado de quien hasta ahora me ha conducido por esos mundos de Dios, a lo mejor estaría aparcado en un desguace. Supe de siempre que nuestro amor era imposible, pero los sentimientos están ahí. No puedo evitar amarla con todas mis fuerzas por muy canija que sea.

Esa mujer de la que estoy enamorado es preciosa, recogidita, más dulce que el azúcar de caña, sabe de todo: ciencia, arte, historia, geografía… Es verdad que la inteligencia emocional la tiene algo desequilibrada, pero yo… muero por ella.

Ayer me vendió a un concesionario. Ni una lágrima echó al entregar la llave, que es mi corazón, a un desconocido. Tampoco se dio la vuelta para decirme adiós.

Estoy hecho añicos. He llorado tanto que ha quedado reluciente la carrocería. Reacciono. Nunca más seré esclavo del amor. Se acabó sufrir por una mujer que me despreció sin un ápice de sensibilidad, a quien le ofrecía ternura, amor y comprensión. 

Me hago con la llave de la forma más sutil y me largo a Vallecas, al taller del hombre que hizo posible que sea como soy. El que puso su saber a mi servicio. El que me dio alma y voz. Se llama Ricardo y es el mejor mecánico del universo. Se alegró al verme aunque se preocupó cuando le expliqué que ahora soy un coche fugitivo.

Le cuento mi calvario, que mi chica va por el mundo a trompicones, que he soportado todos sus escarceos amorosos con dignidad y que ahora se deshace de mí como si fuera chatarra. Me escucha en silencio. Él también ha sufrido lo suyo con las mujeres. Le está dando vueltas a un tal camino francés que va desde Roncesvalles a Santiago, es una especie de peregrinaje, observa.

—Te llevo—, le digo.

Me miró con ternura. Yo he sido lo mejor que ha hecho en su vida. Así que nos vamos en busca de una Credencial para que nos sellen las etapas. Ya podemos comenzar la andadura pidiendo a gritos dos milagros: mi amigo encontrar esa mujer con la que sueña y yo volverme a enamorar y ser correspondido. Puede que esto sea demasiado para el Apóstol… pero la fe mueve montañas.  

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

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