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Mujer escribiendo en sillón

15 abril, 2025 por Akelarre 1 comentario

Mujer escribiendo en sillón. Gabriele Münter

Mujer escribiendo en sillón. Gabriele Münter

Gabriele Münter (Berlín, 19 de febrero de 1877 — Murnau am Staffelsee, 19 de mayo de 1962), fue una fotógrafa y pintora alemana.

Comenzó a desarrollar un estilo abstracto propio, con brillantes colores sin mezclar y formas fuertes delineadas por oscuras líneas de separación. Se convirtió en miembro fundadora de la Nueva Unión de Artistas de Múnich, iniciada por Kandinsky, su amante durante muchos años, y que incluía el núcleo de los artistas de El Jinete Azul.

La pintora sumerge al espectador en su mundo privado: amantes, amigos, objetos cotidianos o ella misma.

En el lienzo que ilustra los cuentos de este mes, Münter representa a una mujer independiente, con corte de pelo a lo garçon, vestida a la moda y ejerciendo una profesión cualificada, símbolo de los movimientos de emancipación femenina que tuvieron lugar en Alemania durante la República de Weimar.

Pobre Miguel

Cristina Vázquez

Un mueble acogedor

Malena Teigeiro

Confesión

Liliana Delucchi

Final del curso

Marieta Alonso

Pobre Miguel

Cristina Vázquez

A mi amiga Dorita, que no se parece a la protagonista.

Nunca pensó que tuviera que pasar tantas horas cuidando a Miguel, su amor, el único, el adorado. Eso se lo decía Dorotea ahora, cuando lo veía pálido, con esa sonrisa voluntariosa y encogida que quitaba esplendor a su rostro. ¡Pobre Miguel!

Aunque se empeñara, le costaba encontrar la expresión, la viveza antaño adorada en ese ser demacrado, taciturno y, por cierto, pesadísimo. Un poco de agua, la almohada más arriba, la cortina menos entornada. Estas y otras peticiones que, al principio, Dorotea realizaba con el espíritu de Florence Nightingale, además de con el secreto sentimiento de deuda para este hombre al que había traicionado. No exactamente traicionado, no. Simplemente se había distraído un poco en su ausencia larga y caprichosa. ¿Quién le mandaba hacer esas peripecias deportivas y cinegéticas? De la última había vuelto así, hecho unos zorros, la verdad.

Pasó unos meses terribles, dolorosos. Se sentía como una viuda blanca, sin muerto, pero con un ausente muy presente. Un año largo de búsqueda por vericuetos africanos irrepetibles por su difícil pronunciación. Noticias de esperanza machacadas por realidades de que no le encontraban por ningún sitio. Unos restos humanos… No, eran de simio. Una huella de campamento… No, era de otros cazadores. En fin, que el tiempo pasaba y Dorotea empezó a hartarse de tanto sobresalto. Al fin y al cabo, no era su esposa, solo tenía el anillo de prometida, eso sí, de varios quilates y la promesa de matrimonio a la vuelta. Pero no volvía.

Decidió que era muy joven para sufrir tanto, porque él reunía muy buenas condiciones, pero muchas pesadeces: la temperatura del vino, el tono de voz que a veces la chistaba para que hablara más bajito, las visitas dominicales a su estirada madre y sus continuos proyectos de retos y aventuras. Ahora que él no estaba, y aunque todavía llorara su ausencia, empezó a notar como si le aligeraran un peso de los hombros. Volvió a sus clases de tango, empezó a hacer nuevos amigos y algún que otro amante. No, amante no, relación pasajera. Se empezó a reír, retomó su curso de escritura, de cerámica, hasta se apuntó a uno de Tarot, por si le ayudaba a saber dónde estaba y qué hacía ella con su vida. Tenía tiempo para todo y África y Miguel se iban alejando en un globo aerostático, que fue la aventura anterior en la que casi se queda prendido por siempre jamás de una pagoda perdida.

De repente. ¡La gran noticia! Lo habían encontrado sobreviviendo en una caverna como un hombre primitivo. Desnutrido, desorientado, pero sano y salvo. Y ahí estaba en la cama recuperándose de parásitos y enfermedades varias y ella, sentada en una silla muchas horas, atendiendo sus peticiones de desvalido. En los ratos en los que él dormía, empezó a escribir con nombres, pelos y señales lo que había sido su vida en su ausencia. A medida que avanzaba en el relato, entendía cada vez menos qué narices hacía ahí. No sentía compasión, por más que intentara una piedad más o menos fingida. Su irritación iba en aumento.

Al fin, cuando vio que Miguel ya podía levantarse, aunque seguía exigiendo mimos y cuidados, decidió que lo único que hacía era engañarse y perder el tiempo.

Luego se enteró de que cuando vio el anillo de compromiso sobre unas cuartillas dejadas en la mesilla de noche, tuvo una recaída, pero también supo que, al poco tiempo, ya se había marchado a cruzar el desierto de Gobi.

¡Pobre Miguel!

© Cristina Vázquez

Un mueble acogedor

Malena Teigeiro

Después de pasar la noche casi sin dormir, Manuela se levantó. Vestida con un jersey negro se encaminó hacia el despacho. Abrió un cajón, luego otro, hasta que al fin encontró la pluma estilográfica que él le regaló. Sonrió. Entonces eran novios y ella quería ser escritora. Con un largo y hondo suspiro, recogió unas hojas de papel.

Se fue directamente a sentarse en el sillón que utilizaba desde pequeña. Lo trajo de la casa de sus padres cuando se casó, y sólo se sentaba en él cuando tenía que pensar en algo importante. También cuando la acechaba la tristeza.

Destapó la pluma y puso la fecha. Eso era algo que desde que utilizaba el ordenador no había vuelto a hacer. Bien era verdad que la maligna máquina se encargaba de colocar todas esas cosas sin que nadie le mandara.

Al principio le costó un poco. Ya casi no recordaba cómo se hacían las letras. Luego se le soltó la mano. Satisfecha vio que conservaba la misma letra redonda, infantil, de cuando iba al colegio.

Al finalizar la carta se asombró de que todo lo que tenía que decirle cupiera en una cuartilla. ¿A eso habían llegado?, exclamó en voz alta sin dejar de mirar el papel. Comenzó a releer el escrito. Se dio cuenta de que ni siquiera empezó su carta con una pequeña salutación. Tan solo con un “Jorge:” Luego, continuaba: No se te ocurra ir a casa cuando vuelvas de tu maravilloso fin de semana. Cambié la cerradura y me voy al campo, a la finca de mi abuelo. Mejor será que no te acerques por allí. De sobra conoces su afición a las escopetas. Se removió en su cálido y mullido sillón.

Aquella carta la había meditado durante toda la noche. Él estaba en compañía de Astrid, aquella joven rubia, de piernas largas y boquita gordezuela, con la que ella ni pensaba competir. Además de tener ese nombre tan bonito, Astrid, era bellísima, resuelta y divertida. Vamos, lo contrario a ella que era la modestia personificada y bastante vergonzosa. Era una mujer de las de toda la vida, ni guapa ni fea, ni lista ni torpe. Lo peor de su persona, y eso lo comprendía bien, era su nombre: Manuela. ¡En fin! tampoco tenía la culpa de que su abuela y su madre se llamaran así. Continuó releyendo:

Cambié la cerradura porque la casa es mía. Recuerda que me la dio mi padre como regalo de boda. Por cierto, ni se te ocurra intentar entrar. He dejado una sorpresa que te podría costar un buen disgusto. Ya conoces a los de mi tierra: Somos un poquito brutos. Todo lo tuyo lo he guardado en un baúl. En el grande, el de mi abuela. Ya me lo devolverás, no te preocupes.

Manuela sonrió. Aquello sí que le iba a molestar. A nadie le tenía una manía mayor su marido que a su abuela. Fue la única que lo caló desde el primer momento. Si le hubiera hecho caso se hubiera casado con Antonio, el hijo del dueño del hotel y ahora viviría tan tranquila en el cortijo. Pero todavía tenía tiempo. Antonio continuaba soltero y ella era joven. Incluso podían tener los hijos que Jorge no quiso.

Continuó: Lo he dejado en la portería. Abelardo, se encargará de ayudarte a meterlo en un coche. También te he quitado de mis cuentas, y con respecto a las tuyas en las que estoy autorizada, las he vaciado.

En fin, Jorge. Las Manuelas solemos ser buenas personas, por eso no te deseo ningún mal, pero lo que es mío, es mío y desde luego no lo va a disfrutar esa lindísima muchachita.

Que seas muy feliz. Y por mí no te preocupes, que no te guardo rencor, pero, a cada uno lo suyo.

Y cuando se disponía a firmar se detuvo. Mejor no firmarla, no fuera a ser que la utilizara para el divorcio. Y ahora que lo pensaba, mejor todavía era escribirla en su ordenador y enviarla desde un servidor cualquiera.

© Malena Teigeiro

Confesión

Liliana Delucchi

Querida hermana:

¡Qué agradable ha sido volver a reunirnos las tres en la casa de nuestra infancia! Mamá estaba radiante, como en los viejos tiempos.

Llevo un rato contemplando las dos primeras líneas de esta carta, pero no sé cómo continuar. Las palabras se me escapan, algo inusual en una escritora, pero es así. Siento que, tal vez espantadas por lo que quiero decir, vuelan hacia rincones donde no soy capaz de encontrarlas para hilvanar un texto que me cuesta coser.

No sé muy bien por qué quise que leyeras el manuscrito de mi última novela antes de enviarlo a la editorial, quizás porque en él subyace una realidad que las tres vivimos, quizás porque necesito que me perdones por lo que te arrebaté. El Padre Mario, aquél que nos bautizó, dio la Comunión y Confirmación, me dijo una vez que las confesiones liberan del pecado, pero que había que arrepentirse. Yo no me arrepiento.

Tuvimos una infancia feliz, los cuatro, con mamá y papá, hasta que él dejó de ser el hombre generoso y amable que nos llevaba de la mano. Se transformó en un ser egoísta al que sólo le importaban las juergas con sus amigos y ser atendido como un rey por sus súbditos.

Ella no lo soportó. Fui testigo de cómo su piel se ajaba a causa de las lágrimas contenidas, de la rabia sin manifestar y de los silencios forzados. Demasiado ocupado en mirarse el ombligo, él no se daba cuenta. Hasta que ella se fue. Nos abandonó a todos. La odié por eso. ¿Por qué no nos llevó con ella?, me preguntaba cada noche cuando en vez de rezar mis oraciones me debatía en un bucle de rencores.

Tú no lo sabes, pero la busqué…, y la encontré. Lloramos las dos por el tiempo perdido, por los abrazos no dados, por las palabras no dichas. No volvería a casa mientras él permaneciera en ella.

—Es un vampiro —dijo escondiéndose en los cristales de la ventana de la cafetería—. Cuando él entraba en una habitación, yo no podía respirar, se quedaba con todo el aire.

Acaricié su mano temblorosa que se aferraba a la taza de té. Continuó:

—Decía que me quería porque yo era perfecta. Necesitaba mi perfección para sentirse mejor consigo, que yo alcanzara lo que él no había podido…, y chuparlo, fagocitarme hasta dejarme sin nada. Me transformé en un fantasma.

Sentí su vacío, ya no le quedaba siquiera dolor. Protegerla era mi obligación, como hija, como mujer.

No me quedó más remedio, querida hermana, tuve que hacerlo: para salvarla, para salvarte, para salvarme.

Lo que leerás en mi novela es lo que sucedió. Es mi forma de exorcizar mi pecado, aunque sigo sin sentirlo como tal.

No te culpes por no haberte despertado aquella noche en que a él le dio el ataque. Yo puse un Lorazepan en tu chocolate y también cambié sus pastillas para el corazón por Clozapina. Después salí a dar un paseo. A mi regreso, ya estaban los sanitarios. Fallo cardíaco.

Mamá volvió a casa. Y reanudamos la vida feliz sin las borracheras de ese hombre y sus amigos, sin las miradas libidinosas que algunos de ellos nos destinaban, sin los incómodos silencios durante el desayuno.

Perdóname por haberte dejado sin padre, piensa que así la recuperamos a ella y ella a nosotras. Al menos eso pienso por las noches cuando su fantasma viene a visitarme.

© Liliana Delucchi

Final del curso

Marieta Alonso

Había ido a recoger a mi hija cuando vi a un hombre enorme, tan gordo como alto a la entrada del colegio. Su vozarrón era como un cañonazo y mi niña comenzó a llorar, a temblar.

—No llores, no tengas miedo.

Quien así hablaba era uno de los profesores. El de los ojos grandes, verdes como la pradera, como los aguacates, tan luminosos que se reflejaba en ellos lo que estaba mirando. Me saludó con amabilidad. Se fue hacia aquel hombretón y le plantó cara. El mastodonte, con la cabeza gacha, se alejó. Luego, ojos bellos, nos explicó que aquel individuo era como un viejo león que de vez en cuando quería comprobar que aún era capaz de rugir.

Nos miramos, y no sé lo que sentí. Mi corazón dejó de latir por un segundo. En sus ojos vi el mismo fuego que en los míos. Caminamos hacia nuestras casas sin hablar, de vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos. Vivíamos cerca. Adiós, me dijo; y me puse roja como la grana. Tras la cena, me senté como todas las noches a escribir. Tenía que terminar una novela, el editor ya había dado un ultimátum. Sonó el teléfono. Mi niña contestó, lo trajo y se sentó a mi lado. Era para mí.

La voz al otro lado dijo algo. Aparté del oído el aparato y lo miré con asombro, con emoción. Volví a escuchar para no perder detalle. Me estaba diciendo que desde principio de curso se había enamorado, que había encontrado a esa persona que lo hacía mejor, que iba a ser muy claro conmigo. ¿Sentía yo lo mismo que él? Silencio. Aquel instante fue eterno. Mi hija, al verme tan callada, con los ojos humedecidos tomó el auricular y gritó:

—Sí, sí, sí. Mi mamá está afónica y no puede responder.

La imagen del viejo león me vino a la cabeza. Gracias a su rugido mi querido profesor había tenido el valor de llamar.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Comentarios

  1. Elena dice

    19 abril, 2025 a las 20:22

    Gracias Cristina y demás escritoras.
    Vuestros relatos me hacen meditar.
    Besos mil.
    Elena.

    Responder

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