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El camino

15 septiembre, 2025 por Akelarre 3 comentarios

elcamino

El camino

Desde que dimos el primer paso y tuvimos autonomía para andar, emprendimos el impulso humano de seguir moviéndonos, sin importar las circunstancias. Quizás, el camino es esa metáfora universal para referirnos a nuestra existencia, obligados a caminar, a veces incluso a nuestro pesar.

Con certeza por momentos, incertidumbre en otros, las sendas pueden abrirse en innumerables ramales que nos obligan a decidir.

En cada camino elegido ocurren acontecimientos, encuentros, desencuentros y hasta accidentes. Todo ello tiene lugar en los cuentos de este mes que esperamos disfrutéis.

Indomable

Cristina Vázquez

El marido de Berta

Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

Andar el camino

Marieta Alonso

Indomable

Cristina Vázquez

Me costó reconocer el camino. Hacía diez años que me había alejado de este lugar en el que por un tiempo fui feliz. Volvía conduciendo sola desde el aeropuerto, aunque creí atisbar a algún pariente, preferí no verlos hasta llegar a la casa. En el fondo ninguno me importaba. El viejo había muerto y nos convocaba a la reunión el notario de la familia para la lectura del testamento. Mi única satisfacción era que el legado no iba a ser tan cuantioso como esperaba la pandilla de cuervos.

Al entrar en la finca no pude evitar un sentimiento agridulce. Alegría por ver tan verdes y crecidas las viñas que plantó Manuel, con el entusiasmo de la juventud y la promesa de un futuro feliz.

—Los primeros años serán duros —me decía con entusiasmo contenido—. Pero si estás aquí conmigo podremos con las dificultades.

Estábamos recién casados y yo recién licenciada en Historia del Arte. El lugar me pareció precioso y en la casa, aunque demasiado grande para nosotros, pudimos independizar dentro de ella un apartamento y dejar el resto para cuando vinieran mis suegros o los otros hermanos. Los primeros meses fueron idílicos: enamorada, joven, en una casa a mi gusto y el proyecto de hacer una importante bodega de la que se iba a ocupar mi marido. El primer año el granizo destrozó las viñas recién plantadas. Trabajamos codo con codo para intentar salvarlas. El éxito fue notable.

Recuerdo la fatiga y, a la vez, el bienestar de esos días. Rendidos, por la noche nos abrazábamos igual que si estuviéramos salvándonos de un naufragio. Este bienestar se acabó cuando apareció mi suegro.

—No olvides que a este capricho tuyo le doy un tiempo razonable. Si no funciona, clac —se pasó el índice por el cuello como dándose un tajo.

Tampoco olvidaré su mirada. Parecía que yo formaba parte del capricho del hijo. No podía olvidar cuando Manuel les comunicó que se casaba conmigo. El padre le dijo que yo era una yegua de remos finos, pero en el fondo, ¿de dónde venía? Ya que había fastidiado su boda con Elenita que les hubiera permitido unir las fincas y era una chica buena y conocida, esperaba que supiera manejar a esa potra. Estas lindezas las escuché sin quererlo. Mientras avanzaba por entre las viñas, me volvió a la memoria la risotada que soltó.

—Aunque te comprendo. Es una buena hembra.

También recordaba el contento de Manuel. A su padre le había gustado, me confesó emocionado, sin saber que yo lo había oído, o a lo mejor es que estaba de acuerdo con las palabras del viejo. No le habíamos vuelto a ver desde la boda hasta que apareció en la finca. La madre de Manuel, una mujer débil y bondadosa, nunca se atrevió a oponerse a ese hombre, dominante y mujeriego, al que, pese a todo, había que reconocerle un cierto encanto cuando él quería.

Fueron unos días inquietos e inquietantes. La voz del amo lo atronaba todo, dando órdenes, gritos, carcajadas y exigiendo nuestra presencia cada momento. No me gustaba estar con él, me miraba con una mezcla de aprecio y posesión que me hacía sentir incómoda. Me agarraba de los hombros cuando íbamos a ver las viñas y si intentaba zafarme notaba el peso de su mano como una garra posesiva. Manuel no parecía notarlo o le parecía normal el comportamiento de su padre, que se volvió más atento y comprensivo con él.

Cuando desapareció respiré tranquila, pero no se lo dije a Manuel, que parecía encantado con la confianza del padre que le dio dinero y esperanza para que siguiera el proyecto.

—A la bodega le pondremos Amaranta, el nombre de tu mujer —afirmó una noche en que el vino le soltaba la lengua y su mirada se volvía turbia.

Lo agradecí con una sonrisa esquiva y me retiré a mi cuarto, no me encontraba bien, me excusé. Él me dio un prolongado beso de buenas noches, que me lavé nada más llegar al cuarto y me acosté temblando. Al despertar al día siguiente, él ya se había marchado y aunque sentí una enorme liberación, el silencio de la casa se volvió enervante.

A los pocos meses volvió. Manuel estaba encantado pues prosperaban las viñas, había hecho contactos para futuras cosechas y su padre le daba todo el dinero que necesitaba. Yo me recluí lo más posible con la disculpa de que estaba estudiando unas oposiciones para la Universidad.

—Qué Universidad ni qué pitos —dijo cuando me disculpé—. Tu sitio está en la familia, al lado de tu marido y mío cuando esté aquí.

Yo no le obedecí y oía por las noches su deambular por el piso de arriba como un animal enjaulado. Al día siguiente se oían sus gritos y exigía a Manuel que me obligara a estar con ellos. Ya le había dicho que no era una potra fácil de domar. Manuel empezó a estar cabizbajo, su padre le retiraba el dinero para la plantación, se quejaba. ¡Si había estado de acuerdo en hacerlo! Al fin y al cabo, no le daba más que a otros hermanos.

—No entiendo qué está pasando —me confesó una noche mientras oíamos los pasos de su padre sobre nuestras cabezas.

Me suplicó que cediera, que estuviera con su padre y con él, tenía obligaciones de hija y la llave del dinero. De eso se había dado cuenta, cuando estaba yo, el viejo se ponía contento. No era para tanto, eran manías, siempre fue muy maniático. Que hiciera un esfuerzo.

Lo hice. El padre decidió que iba a pasar más tiempo en el campo. Le supliqué a mi marido que no me obligara a su compañía, pero no tenía ni la fuerza ni el hábito de oponerse, así que cuando saqué las oposiciones y me destinaron a la capital, me fui. Al cabo de un tiempo Manuel tuvo un extraño accidente. Mi dolor fue intenso y cuando volví para el entierro, la figura enhiesta y desolada del padre no me conmovió. Me pidió que volviera, sin mí esa casa era una tumba. Ya me lo había pedido muchas veces antes y lo que nunca supo es que Manuel y yo habíamos seguido viéndonos. Yo nunca dejé de quererle.

La bodega finalmente fue un buen negocio. Cuando entré al salón donde iban a leer el testamento, recordé los años que viví allí con lo bueno y lo malo. Los ojos de la familia de mi marido me miraron con suspicacia y, al irme, con auténtico odio. El viejo les había dejado la legitima y a mí todo lo que pudo.

Fuiste una potra indomable, pero la mejor, escribió en un tarjetón que me entregó el notario.

© Cristina Vázquez

El marido de Berta

Malena Teigeiro

Era por la mañana temprano. Hacía frio. El peor día que uno podía escoger para hacer un viaje en coche. Cosme conducía como si lo estuviera siguiendo el diablo. Berta, a su lado, iba con los ojos cerrados. A ella siempre le daba miedo aquella forma de conducir. Quizá si pudiera dormir un poco. Pero no. Después de la última discusión con su marido, sus nervios apenas la habían dejado descansar. Estaba agotada.

La noche anterior había llegado tarde. Como siempre últimamente. Y esa misma tarde su hermana pequeña le había dicho que espabilara, que era la risa de todo el mundo. ¿Es que no se daba cuenta de que Cosme tenía una amante? Así, sin más, se lo había gritado. ¡Como si ella no lo supiera! En el fondo le daba la risa que Marta, su hermana, se asustara tanto por una amante. O sea, ¿que ahora se enteraba de que su marido la engañaba con otra? Vaya. Vaya. Y de las anteriores, ¿de esas no conocían nada? Lo cierto es que esta última era diferente. Le estaba durando mucho. A lo mejor iba más en serio, pensó.

Una pronunciada curva hizo que la cabeza de Berta se bamboleara. Abrió los ojos. Cosme iba adelantando a uno y otro coche. Echó un vistazo al cuentakilómetros. ¿A ciento noventa?

—¿No crees que vas un poco rápido? Como te paren los de tráfico te vas a la cárcel directamente —masculló como si no le importara.

—Eso querrías tú, ¿verdad? —gritó volviendo la cabeza hacia ella.

—¡Hombre! Sería una manera tan buena como otra cualquiera de terminar. ¿No te parece? —replicó volviendo a cerrar los ojos.

Escuchó aullar el motor. Sin duda había apretado aún más el acelerador. Con la cabeza apoyada en el respaldo, Berta entreabrió los ojos. El deportivo parecía querer comerse la cinta de la carretera. Volvió a cerrarlos.

Sus discusiones eran continuas, tantas que Berta se sentía anulada. Ella no era capaz de ponerse a su altura, por lo que él creía que la tenía dominada. En el fondo estaba en lo cierto. Era incapaz de contestar. Y no lo comprendía. Las palabras le venían a la mente, pero su boca se empeñaba en cerrarse, en callar. Lo que más le molestaba era que parecía ser que todos conocían a la amante de su marido, y seguro que ella era la comidilla de cualquier reunión. No le quedaba otro remedio que ponerse digna. ¿Por qué ese afán de meterse en su vida? Siempre creyó que pasados unos años se calmaría, y volvería a ella. Sin embargo, las palabras de Marta: ¿Es que todavía no te has enterado de que se casó contigo porque esperaba quedarse con el dinero de nuestro padre? Eso le había dolido. Tenía que reconocer que ella misma siempre pensó lo mismo. Nunca entendió cómo un hombre como aquel, guapo, triunfador, se había fijado en una muchacha tan insignificante. Y por qué no decirlo: francamente fea. Sin embargo, su padre desde el primer momento se negó a entregarle el adelanto de herencia que Cosme pedía. Incluso se negó a comprar el piso en la calle Serrano que le reclamaba. Tampoco le dio nada para el deportivo en el que ahora viajaban. Y eso que se lo pidió directamente. Y ahora decía que se lo iban a embargar. Al parecer debía un montón de letras. Sí. Bien mirado, ya no le quedaba otro remedio que divorciarse. Además, para ello no tendría problemas. Seguro que su padre tomaba cartas en el asunto. Nada le podía gustar más a sus padres que enviar a Cosme de vuelta a su casa. Cualquier cosa con tal de que desapareciera de sus vidas.

De nuevo sintió un acelerón. Luego un frenazo. El coche se iba de lado. Algo pasaba. Abrió los ojos. Agarrado al volante con fuerza, su marido asomaba el auto a un precipicio. Ella cerró los ojos con fuerza. El automóvil comenzó a dar vueltas, y su cabeza se golpeaba una y otra vez contra algo. ¿Era él quien gritaba? ¿Por qué lo hacía? Abrió los ojos.

El coche se deslizaba por una carretera bordeada de árboles. Era recta, no muy ancha. Al final de aquel bonito camino, una luz blanca, brillante, muy brillante, la reclamaba. Salió del deportivo. Se sentía volar. Atrás quedaban los gritos de Cosme.

En paz, tranquila, Berta se dejó absorber por aquella luz.

© Malena Teigeiro

El viaje

Liliana Delucchi

Lo inicié hace años. Aunque el de hoy me parezca igual, tiene grandes diferencias, quizás es el mismo y no lo sé. Tal vez porque se ocultaba dentro de sí, como un espejo cuando lo enfrentamos a otro.

Es probable que fuera durante mi infancia, cuando todo parece nuevo y la mano, todavía gordezuela de mi compañero de pupitre, me encaminara hacia un aula que me atemorizaba a la vez que me atraía, por aquello del misterio de lo desconocido. Fueron muchos quienes estuvieron a mi lado durante el trayecto. Dependiendo de nuestra edad y situación los llamé de diferente forma: camarada, colega, compinche, cómplice… Algunos dejaron la piel y la vida en sus fatigas. Hubo amores y desamores, carreras de obstáculos y líneas rectas de fácil acceso; árboles que protegían con una sombra soberbia y altiva, o escuálidos como la rama de una parra seca. Alguien dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río, yo agregaría: ni deja sus huellas en las mismas piedras.

A medida que avanzaba por una senda que me parecía incierta, descubría que allí ya había estado, con otra edad, con distintos pensamientos, con diferente espejismo, pero el trayecto era el de siempre, con más o menos luz, con más o menos cansancio, con más o menos ilusión.

Los recuerdos son pocos, a veces se superponen, como fotogramas que aparecen en el éter…, y yo estoy en todos. En algunos con personas que se repiten. Sin embargo, otros personajes sólo aparecen por un instante, a veces sonriendo, otras con el ceño fruncido. Sin duda fueron importantes. Estoy seguro de que dejaron su impronta, como las manchas que aparecen en la piel según pasan los años. Mis sentimientos son contradictorios, a veces me siento perdido, otras intuyo que quienes se perdieron fueron ellos.

Miro al infinito y veo que el camino se alarga. Entre la maleza aparecen lugares conocidos y otros que intuyo conoceré. De pronto huelo a gardenias, y mi alma se escapa, ¿dónde? No lo sé, creo que tampoco quiero saberlo. Es como un gran vacío que me arropa y a la vez aturde.

Esta calzada, como una autopista al infinito, es una vieja conocida que, si bien ausente, está ahí, esperándome…, un día más. Es lo único que pido: un poco más, pues en ello me va la vida.

© Liliana Delucchi

Andar el camino

Marieta Alonso

Era una mañana nubosa, de esas que amenazan tormenta. Me sentía triste, con ganas de llorar. El camino solitario daba esa sensación de libertad que a veces se necesita para que las ataduras no aprieten tanto.

A lo lejos, una mujer venía andando despacio, apoyada en su bastón, atenta a todo lo que la rodeaba: los colores del cielo, la hierba rala, verde, los árboles frondosos, las estacas, algunas inclinadas como si se fueran a caer. Oyó mis pasos, miró de frente con extrañeza. No me conocía. Fue a saludarme y, justo en ese preciso instante, tropezó con una piedra.

Menos mal que mis reflejos actuaron a tiempo y no cayó. Me pagó con una sonrisa. Y continuamos juntas.

Noventa y cinco años cumplidos. Una prótesis en la rodilla y otra en la cadera. Venía de estar con su amiga, veintidós días más joven que ella, pero más achacosa. Cada mañana, desde que se quedaron viudas, se encontraban en el bar de Juan, el de la Eusebia, después de El Angelus. Se tomaban una cerveza, a veces dos, tiradas, no de botellín, junto con un bocadillo de calamares o de jamón o de chorizo. Lo que les apeteciera. Juan les obsequiaba con una ración de queso de cabra o de torreznos. Ellas se lo agradecían dejándole una pequeña propina, no mucha, para que no se acostumbrara mal. Este buen hombre había sido el mejor amigo de sus hijos antes del accidente.

Por las tardes no salía, en invierno la noche caía muy pronto y en verano el calor quitaba las ganas de pasear. Le gustaba tejer, a ganchillo y a dos agujas. Coser menos, pero si había que hacerlo, lo hacía.

Venía pensando que al llegar a casa haría unas torrijas, al estilo de su madre, con el pan duro que guardaba en la bolsa blanca bordada en rojo y con la palabra Bread. Su bisnieta, que estudiaba en Londres, se la había traído de regalo. Solo con pensar en las torrijas se le hacía la boca agua.

Por un resquicio de su charla me colé y pregunté si se las iba a comer en Semana Santa, faltaban dos días para el viernes de Dolores.

—No, hija, esta misma noche para la cena me como una. Nada se debe dejar para mañana.

Una sonrisa pícara inundó su cara. Y tomando mi mano sugirió con ternura: Alegra esa mirada.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Después del baño

15 agosto, 2025 por Akelarre 4 comentarios

Después del baño Sorolla
Lienzo de 103x163 centímetros pintado al óleo en 1902

Después del baño - Joaquín Sorolla

Este cuadro de Joaquín Sorolla, nos muestra dos mujeres volcadas sobre un niño. Es una escena en la que se plasma la luz que el pintor supo captar con maestría, especialmente en estas obras de playa y mar.

Dos mujeres en una barca contemplando a un niño al atardecer. Aun sin verles las caras, la actitud de ambas, atentas, volcadas sobre la criatura, es una hermosa manera de representar la maternidad. Transmite una gran ternura que, bajo esa perfecta luz, es una revelación de amor.

Esta bella imagen ha dado motivo a nuestras autoras a unos cuentos muy diferentes, con familias unas perfectas y otras más complicadas de lo que parecen.

Familia numerosa

Cristina Vázquez

El marido de Berta

Malena Teigeiro

Cambio de planes

Liliana Delucchi

Abrir los ojos a un mundo nuevo

Marieta Alonso

Familia numerosa

Cristina Vázquez

La mujer, además de a médicos, había ido a santos, santeras, vírgenes… Hizo promesas y donaciones para que su vientre estéril diera algún fruto.

—Estoy maldita —confesaba a Neus.

—No digas tonterías, Margarita, no te obsesiones —le recriminaba la amiga—. Cuando menos te lo esperes te quedas embarazada.

Pero como siguiera dándole vueltas al tema iba a enfadar a los santos y sobre todo al marido, que aunque fuera buen hombre y quisiera tener hijos, tenía una paciencia limitada.

Esto lo decía Neus con conocimiento de causa. Antes de que se casara con la buena de Margarita, ella lo había disfrutado, pero Joaquín era muy mirado para el matrimonio y consciente de que no era bastante para el señor. No tenía ni un duro. Había que fastidiarse, así es como acabó con la sin sal de Margarita. Reconocía que buena era, muy fina, eso sí, muy mañosa y con perras, pero sin sal, ¡jolines! Esto se lo decía mientras se soltaba el moño frente al espejo y como si los ojos de Joaquín le estuvieran recorriendo, se desnudaba con morosidad.

Lo que más deseaba él era un hijo. Aunque fuera un hombre simple y tierno, a veces tenía arrebatos de rabia o de tristeza, hasta pensamientos crueles. Al fin y al cabo, era un hijo único mimado, aburrido y con la única tarea de administrar sus dineros y tierras.

Después de dos años de matrimonio, el desanimado vientre de Margarita le dio solo una pobre criatura, mujer para más Inri que vivió cuarenta y ocho horas. El médico afirmó que no podría concebir más. El desaliento de ella fue grande, pues grande había sido su dolor, no solo por la pérdida sino por el terrible sufrimiento de horas y muerte que tuvo que pasar. Así que, en medio de esa tristeza, al poco tiempo una cierta sensación de alivio se instaló en ella y recuperó color y hechuras.

El que no tenía consuelo era él, que volvió a refugiarse en los brazos acogedores y en el oído paciente de su querida Neus.

—Estoy tan triste de no haberme casado contigo —se quejaba Joaquín entre sus sábanas.

Neus callaba, pensando que se habría aburrido mucho con ese buen hombre, aunque su vida hubiera sido más fácil y le daba pena ver su infantil desamparo.

Le propuso un trato. Si ella le daba un hijo se lo cedería a él y a Margarita, con la condición de que fuese la madrina del niño, pudiera verle cuanto quisiera y la instalara en una buena casa con una pensión generosa.

—Juro no reclamar nunca nada, salvo que no se cumpla alguna de estas condiciones.

Le hizo firmar un papel ante el notario, que balbuceaba que nunca había dado fe de tamaño disparate, pero que si era lo que querían, él era solo un servidor público.

Al año, lejos del pueblo desde hacía unos meses, Neus parió un hermoso niño. Se tuvo que ir a cuidar a una tía enferma, proclamaba a diestro y siniestro. Dejaba caer que, además del cariño que le tenía, era una mujer muy rica y si fallecía, todo su dinero iba para ella. Se frotaba los dedos despertando duda y admiración a partes iguales.

Joaquín confesó a Margarita lo firmado. La mujer lloró, no se lo creía, pero si Neus era su amiga, se desesperaba. Se sintió despreciada y amenazó con irse.

—Está bien visto lo de irte, querida —afirmó él muy tranquilo—. Diremos que te vas al extranjero a hacerte un tratamiento y volvemos con el niño a casa.

Él iría y vendría para comunicar el éxito. Margarita estaba embarazada, pero el doctor extranjero no la dejaba moverse hasta que naciera el bebé, diría a todo el mundo. Al expresarlo miraba a su mujer con una determinación entre dulce y amenazante, mientras manejaba el abrecartas afilado con destreza de matarife.

Sin ser un hombre de grandes luces, lo que se le metía en la cabeza lo conseguía sin dudar, con una tenacidad y argumentos que nunca le habían fallado y no iba a ser esta la primera vez.

La inicial sorpresa y disgusto se fue transformando para Margarita en una posibilidad agradable. Unos meses viajando por el mundo y luego un hijo sin dolor, no estaba mal. Estos fueron los racionamientos con los que Joaquín consiguió convencerla. Eso sí, siempre con el abrecartas o un frasquito sin etiqueta que manoseaba con lúgubre sonrisa. La inicial resistencia de la mujer se fue desarmando.

—Además, no tienes donde ir —remató una tarde mientras se limpiaba las uñas con el precioso abrecartas—. ¿Qué ibas a contar? Tu padre no te aceptaría bajo su techo.

Y le enseñaba fotos y guías de Venecia, de Baviera, Inglaterra también si le apetecía…

Juró que él por la tal Neus, lo sabía de sobra puesto que eran amigas, no sentía nada. Era un mero trámite que cumplir, levantaba la mano en señal de juramento tratando de contener la expresión salaz que le venía al rostro.

—Es una mujer sana y conocemos sus buenas costumbres —mintió con convencimiento.

Lo que no esperó nunca Joaquín, situación que le llenó de alegría, es que las dos mujeres se llevaran tan bien y compartieran el niño con generosidad y ternura. Las tardes de verano se las veía al borde del mar disfrutando las gracias de la criatura y como buenas comadres paseaban al niño con orgullo. De las habladurías nunca quisieron oír nada.

Le pareció a Joaquín que todo había salido tan bien, que podían repetir, llegar a familia numerosa era complicado, pero un par de hijos, hasta de hijas, ¿por qué no? Las mujeres estarían entretenidas.

 A él nunca le había gustado ser hijo único.

© Cristina Vázquez

El marido de Berta

Malena Teigeiro

Era por la mañana temprano. Hacía frio. El peor día que uno podía escoger para hacer un viaje en coche. Cosme conducía como si lo estuviera siguiendo el diablo. Berta, a su lado, iba con los ojos cerrados. A ella siempre le daba miedo aquella forma de conducir. Quizá si pudiera dormir un poco. Pero no. Después de la última discusión con su marido, sus nervios apenas la habían dejado descansar. Estaba agotada.

La noche anterior había llegado tarde. Como siempre últimamente. Y esa misma tarde su hermana pequeña le había dicho que espabilara, que era la risa de todo el mundo. ¿Es que no se daba cuenta de que Cosme tenía una amante? Así, sin más, se lo había gritado. ¡Como si ella no lo supiera! En el fondo le daba la risa que Marta, su hermana, se asustara tanto por una amante. O sea, ¿que ahora se enteraba de que su marido la engañaba con otra? Vaya. Vaya. Y de las anteriores, ¿de esas no conocían nada? Lo cierto es que esta última era diferente. Le estaba durando mucho. A lo mejor iba más en serio, pensó.

Una pronunciada curva hizo que la cabeza de Berta se bamboleara. Abrió los ojos. Cosme iba adelantando a uno y otro coche. Echó un vistazo al cuentakilómetros. ¿A ciento noventa?

—¿No crees que vas un poco rápido? Como te paren los de tráfico te vas a la cárcel directamente —masculló como si no le importara.

—Eso querrías tú, ¿verdad? —gritó volviendo la cabeza hacia ella.

—¡Hombre! Sería una manera tan buena como otra cualquiera de terminar. ¿No te parece? —replicó volviendo a cerrar los ojos.

Escuchó aullar el motor. Sin duda había apretado aún más el acelerador. Con la cabeza apoyada en el respaldo, Berta entreabrió los ojos. El deportivo parecía querer comerse la cinta de la carretera. Volvió a cerrarlos.

Sus discusiones eran continuas, tantas que Berta se sentía anulada. Ella no era capaz de ponerse a su altura, por lo que él creía que la tenía dominada. En el fondo estaba en lo cierto. Era incapaz de contestar. Y no lo comprendía. Las palabras le venían a la mente, pero su boca se empeñaba en cerrarse, en callar. Lo que más le molestaba era que parecía ser que todos conocían a la amante de su marido, y seguro que ella era la comidilla de cualquier reunión. No le quedaba otro remedio que ponerse digna. ¿Por qué ese afán de meterse en su vida? Siempre creyó que pasados unos años se calmaría, y volvería a ella. Sin embargo, las palabras de Marta: ¿Es que todavía no te has enterado de que se casó contigo porque esperaba quedarse con el dinero de nuestro padre? Eso le había dolido. Tenía que reconocer que ella misma siempre pensó lo mismo. Nunca entendió cómo un hombre como aquel, guapo, triunfador, se había fijado en una muchacha tan insignificante. Y por qué no decirlo: francamente fea. Sin embargo, su padre desde el primer momento se negó a entregarle el adelanto de herencia que Cosme pedía. Incluso se negó a comprar el piso en la calle Serrano que le reclamaba. Tampoco le dio nada para el deportivo en el que ahora viajaban. Y eso que se lo pidió directamente. Y ahora decía que se lo iban a embargar. Al parecer debía un montón de letras. Sí. Bien mirado, ya no le quedaba otro remedio que divorciarse. Además, para ello no tendría problemas. Seguro que su padre tomaba cartas en el asunto. Nada le podía gustar más a sus padres que enviar a Cosme de vuelta a su casa. Cualquier cosa con tal de que desapareciera de sus vidas.

De nuevo sintió un acelerón. Luego un frenazo. El coche se iba de lado. Algo pasaba. Abrió los ojos. Agarrado al volante con fuerza, su marido asomaba el auto a un precipicio. Ella cerró los ojos con fuerza. El automóvil comenzó a dar vueltas, y su cabeza se golpeaba una y otra vez contra algo. ¿Era él quien gritaba? ¿Por qué lo hacía? Abrió los ojos.

El coche se deslizaba por una carretera bordeada de árboles. Era recta, no muy ancha. Al final de aquel bonito camino, una luz blanca, brillante, muy brillante, la reclamaba. Salió del deportivo. Se sentía volar. Atrás quedaban los gritos de Cosme.

En paz, tranquila, Berta se dejó absorber por aquella luz.

© Malena Teigeiro

Cambio de planes

Liliana Delucchi

Huérfana de glamur y convencida de que jamás sería el cisne, Clara González recorrió los primeros años de su vida con la conciencia de ser el patito feo. Desde que tiene recuerdos, compraba todos los meses revistas de moda. Comenzando por la portada hasta la publicidad del final, estrujaba cada página en busca de alguna idea o elixir que la hiciera parecerse, aunque fuera de lejos y con gafas grandes y oscuras, a las mujeres que iluminaban sus horas más sombrías.

Esa mañana prometía ser armoniosa, como armoniosa se sentía con su nuevo bolso. La tarde anterior había cobrado una suma que le permitía ese lujo. Horas y horas ante el ordenador cuadrando lo imposible hasta que llegó al final del informe que le regalaría no sólo un Chanel, sino unos días en Venecia, en el Danieli, y con un viaje en preferente. Quizás, aunque eso ya estaría fuera de presupuesto, se cruzara con algún Giancarlo que le hiciera su estancia tan romántica como la ciudad.

Cuando apagó el ordenador, decidió regalarse más belleza. Acababan de inaugurar una exposición sobre Sorolla, su pintor favorito. Extasiada ante el cuadro de esas dos mujeres contemplando un bebé, recordó la reciente maternidad de su hermana. Por un momento se sintió frívola: tantas cosas materiales quizás fueran insustanciales ante la opción elegida por Carola. Anuló su reserva a Italia y cogió la carretera en dirección a la costa.

Su sobrina era una monada. Por unos días sintió que había tomado la iniciativa correcta…, hasta que una noche la despertaron los llantos del bebé. Fue esa noche, la siguiente y la otra. La joven madre ya no parecía tan lozana: ojeras, pelo que desde hacía tiempo no visitaba la peluquería, la manicura rezagada. ¿Qué ha sido de mi hermana? Era la guapa, la que no tenía que recurrir a potingues para realzar su belleza. La vio cansada, deslucida y con la blusa sin botones de tanto dar de mamar.

Es hora de llamar a la caballería, se dijo, es decir, a su madre. La señora llegó tan pronto como pudo dejar arreglados sus asuntos en Madrid y no sólo ella, la acompañaba una niñera.

—¡Fuera de aquí las dos! —ordenó con un tono que no admitía réplica—. Clara, lleva a tu hermana a que la adecenten, cogéis un avión y os vais lejos.

Obedecieron. Ya en el vuelo, cuando les dieron sus asientos, tomaron conciencia de que una joven con un bebé se había sentado en la fila de al lado. Llamaron a la azafata y pidieron que las cambiaran de sitio.

© Liliana Delucchi

Abrir los ojos a un mundo nuevo

Marieta Alonso

Mi madre siempre contaba que el día que nací soplaba un viento sin demasiada convicción y empujaba la barca hacia el sureste, hacia la orilla. Creyó que le daría tiempo a llegar. Pero no, la que escribe estas líneas tenía prisa por ver el sol, oler el mar, sentir la arena. Y asomé la cabecita.

Menos mal que mi tía, mujer espabilada como pocas, no se arredró. Me ayudó a salir y con una pequeña tijera para uñas, que llevaba en el delantal, cortó el cordón. Luego atendió a su hermana.

La energía del viento subió de tono y en la superficie del agua se formó una ola, solo una, pero de tal tamaño y fuerza que lo cubrió todo, bañó al bebé, a las mujeres, a la barca… Limpiando todo de impurezas. Los peces aquel día se dieron un festín.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

La cascada

15 julio, 2025 por Akelarre Deja un comentario

Cascada Fervere da Graña

Fervenzas

Galicia es la puerta de entrada a frentes con abundantes lluvias. Estos, además de regar umbríos bosques, forman multitud de torrentes y manantiales que horadan piedras y no dudan en saltar de una altura a otra, formando cascadas, allí denominadas fervenzas. Esta palabra, procedente de la latina fervere, que además de hirviente, en sentido figurado, significa violento e impetuoso, sin duda, corresponde a la espuma que levanta la fuerza del agua al caer, espectáculo que dio paso a multitud de leyendas.

Las mágicas fervenzas son, este mes, la puerta de entrada a la imaginación de nuestras escritoras.

El Salto del Ángel

Cristina Vázquez

La damita de agua

Malena Teigeiro

Cristina

Liliana Delucchi

Una cascada para nosotros

Marieta Alonso

El Salto del Ángel

Cristina Vázquez

Era un chico silencioso, reservado. Su mirada tenía una cualidad de ausencia. Si conseguías mantenerla por un breve espacio, te atrapaba en una profundidad acuosa, insólita, en la que resplandecía cierto humor alejado de la broma o la alegría. Era un humor particular, ajeno a lo que sucedía alrededor, igual que si tuviera una revelación de realidades inalcanzables.

Su madre lo contemplaba con una zozobra que le hacía mantener la boca un poco abierta cuando se quedaba pensando. La cerraba de golpe y afirmaba:

—Nunca pensé que el nombre que le puse le iba a ir tan bien.

Esa afirmación de haberle llamado Ángel, le resultaba un pequeño ensalmo que le calmaba la inquietud de ver a ese niño que crecía tan bello y ajeno a lo que le rodeaba. Un príncipe. No entendía cómo había echado al mundo ese ser tan especial, cómo dio a luz esa perfección de criatura. Pero, bien es verdad, que el chico no jugaba al futbol, ni tenía muchos amigos. Le gustaba dibujar. Iba a ser ingeniero, a construir puentes y presas de agua. Colgaba en su cuarto fotos y posters de cascadas, de lagos inmensos. Veía reportajes de lejanos países en los que no se apreciaba las dos riberas del rio, inmensos como mares, el Madalena, el de la Plata, el Misisipi.

Su amiga era Clara, una chica que vivía en la planta baja de su edificio y desde pequeños, cuando jugaban en el patio, se comprendieron y quisieron. Ella también era silenciosa, diferente. Las madres comentaban, pinzadas siempre por la inquietud de tener esos hijos especiales, que cuando estaban juntos parecían alcanzar una fortaleza extraordinaria. Esa amistad cuando crecieron siguió inalterable y cada vez más definida.

Al llegar el buen tiempo les gustaba escaparse al río cercano. Descubrieron una cascada que consideraron como suya. Al comentarlo en su casa, la mirada de los padres fue inquieta.

—No se te ocurra acercarte a ella —le exigió el padre a Ángel—. Está maldita.

Fue tan violenta la aseveración que el chico se quedó pensativo. Su padre era un bruto, no había más que ver la rudeza de sus gestos y palabras. Nunca en sus dieciséis años le había oído nada que le resultara interesante. Todo eran quejas y advertencias de peligros por doquier. No comprendió cómo su madre se había podido casar con ese hombre tan basto e intransigente. Así que la advertencia del peligro de la cascada no fue más que un estímulo para volver a acercarse.

Le contó a su amiga Clara lo dicho por el padre, tontería de rústico, leyendas de ignorantes y acordaron acercarse a verla la siguiente tarde. Al llegar se sintieron fascinados una vez más por su belleza y el esplendor de la misma. Mientras paseaban por el borde, Clara tropezó, y de manera inesperada fue arrastrada por el agua. Ángel dudó si tirarse, pero decidió bajar hasta el lecho del río y ahí la vio agarrada a una rama, sonriente, tranquila.

—Es maravilloso, tienes que hacerlo —él la ayudaba a salir—. Te olvidas de todo y es una sensación como si te envolviera lo más dulce, lo más agradable que nunca hayas vivido.

Guardaron el secreto y a los pocos días fueron decididos a repetir la experiencia. Emocionados, subieron no sin dificultad al borde superior de la cascada. Se dieron la mano y saltaron.

Cuentan que ella volvió a surgir feliz de entre las aguas y buscó a Ángel sin descanso. Gritó su nombre con desesperación hasta el amanecer. Nunca volvió a verlo. Unos dicen que lo llevó el agua a otro pueblo, otros que vivía bajo la cascada y desataba con furia las crecidas del río. Otros que se había matado. Nunca encontraron el cuerpo ni rastro del chico.

Cuando hacía un año de su desaparición, alguien dijo que había visto una hermosísima figura azulada, igual que Ángel, saltando desde la cascada. Este hecho se repitió y cada vez venía más gente en esa fecha.

Clara se quedó a vivir junto al río y en la fecha señalada, con los ojos llenos de culpable nostalgia, anunciaba el salto de su amado.

Dese entonces esa catarata se llama el Salto del Ángel.

© Cristina Vázquez

La damita de agua

Malena Teigeiro

Le gustaba el ruido de la cascada. Le emocionaba la humedad que se le pegaba a la piel como si fuera un calabobos. Los líquenes y musgos de las piedras en las que se solía sentar eran para ella más suaves que el mejor almohadón.

Esa tarde, Bárbara, como tantas otras, corrió a verse con Pedro, quien, aunque nadie lo sospechara, era su novio. Se querían desde siempre. Apenas unos meses después de que él viniera al mundo en Forcarei, había llegado ella. Se habían criado juntos, y juntos se enamoraron. Él le juraba que la amaba sin condiciones, que la iba a querer día tras día, noche tras noche hasta que, sin soltarse de la mano, los dos llegaran al cielo.

Aquella tarde, Bárbara caminaba nerviosa. Habían quedado allí arriba, justo donde entre laureles, robles, castaños y nogales, comenzaba a caer el agua de la fervenza Da Graña. Llegó temprano y esperó nerviosa. Cuando lo vio aparecer entre los rayos de sol que se colaban entre las ramas del bosque, se emocionó. Le parecía tan apuesto, tan guapo que no llegaba a entender que se hubiera enamorado de ella. Cruzó las manos, frías, temblorosas, y se acercó a la boca los mismos dedos que él besaba. Pedro, como siempre, cruzaba el rio saltando de una losa a otra. Lo hacía sin miedo a resbalar por las húmedas piedras llenas de musgo. Ella lo vio atravesar la bruma de la cascada como si fuera el sol formando con su luz un arco iris. En medio de aquellos colores, Pedro le pareció un ángel llegado del cielo. En cuanto Bárbara lo tuvo delante, lo abrazó. Lentamente, le susurró al oído que se tenían que casar, porque estaban esperando un hijo. Sintió entonces que los dedos del joven la agarraban con fuerza los hombros separándola. Vio en sus ojos la furia, el deprecio, la inquietud. Luego lo escuchó reírse. ¿Casarnos? ¿Tú y yo?, reía. Él tenía que ir a la universidad, vivir la vida que le correspondía a sus años. No. Mejor sería que se hiciera a la idea de que nunca lo harían. Bárbara intentó soltarse, pero él continuaba agarrándola ahora por el cuello, con más fuerza. Sujetándose a su cintura, la muchacha lo sacudió. Ambos resbalaron y cayeron arrastrados por la furia del agua. Durante su caída, él gritaba mientras ella rezaba por la vida de su hijo. Era tan ansioso su ruego, que Nuestra Señora la escuchó.

Por más que los buscaron, nunca nadie encontró sus cuerpos.

Un día alguien comenzó a hablar del espíritu de una damita que vivía entre las aguas de la fervenza. De que cuando el sol al atravesar la bruma formaba un arco iris, se escuchaba el desesperado llanto de un hombre. También se decía que se podían oír los cánticos de la damita. Y que desde que los cuerpos de ambos fueron tragados por las aguas, hacía tanto tiempo que ya nadie recordaba si fue en verano o en primavera, ella en aquella canción agradecía a Nuestra Señora de las Aguas Santas que no hubiera permitido que su hijo muriera. También se cuenta que desde entonces el espíritu de la Bárbara vive feliz entre los musgos y las flores, entre los carballos y los nogales. Y también se dice que Nuestra Señora jamás le permitió a Pedro acercarse a aquella bellísima mujer que se pasea entre las aguas con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro

Cristina

Liliana Delucchi

Mi prima siempre tuvo un toque de magia. Es sólo mucha imaginación, debería centrarse más en sus estudios, decían los mayores. Es verdad que no era muy buena alumna, sus notas no eran para enmarcar, pero lograba pasar de curso, aunque fuera por los pelos.

Era la mayor de nuestra generación y, aunque yo fuera la pequeña, me hacía caso. La admiraba. Su belleza, grandiosa y a la vez etérea, me llevaba a verla como a un hada que se paseaba por del jardín. Su eterna sonrisa, como si nada le importara demasiado, nos hacía sentir lo más transcendental del mundo.

Pasábamos los veranos en la casa familiar de la playa. Compartíamos habitación y por las noches, cuando estábamos seguras de que todos dormían, salíamos al patio y a veces nos escapábamos hasta la orilla del mar para «cazar estrellas». Sentadas sobre la arena húmeda y fría, elegíamos la que más nos gustara. Con las manos extendidas y movimientos circulares, las acercábamos a nuestro pecho. Entonces, con los ojos cerrados, yo sentía la luz de Venus (era mi favorita) expandirse dentro de mí y llenarme de un aire azul que me duraba hasta regresar a casa.

Con el tiempo, Cristina me enseñó a pintarme las uñas, escribir cartas a mis posibles novietes y enjugarme las lágrimas cuando éstas no eran respondidas. No se hartaba de mis preguntas ni de que la siguiera a todas partes. Lo que nunca logró fue que montase en bicicleta ni perdiera el miedo al agua. Por esto último es por lo que aún no comprendo cómo le dije que sí cuando, ya casi ancianas las dos, propuso que hiciéramos una excursión a las cascadas.

—Lo he visto en internet —dijo cuando me llamó por teléfono—. Es una ruta maravillosa, en medio de bosques magníficos y el ruido de manantiales casi tapa los cantos de los pájaros.

Fue como volver a los viejos tiempos, ella dirigía y yo iba detrás.

Con un andar un poco más lento del que llevábamos cuando nos escapábamos a la playa, llegamos hasta un salto que permitía entrever las rocas del fondo.

—Mira —susurró a mi oído—, después de la cascada hay una especie de cueva. Podemos bordear el chorro y sentarnos para verla desde el otro lado.

Le recordé mi temor al agua, pero Cristina me cogió de la mano, como cuando yo era pequeña y ella la adolescente que me guiaba por la vida, y tiró de mí.

No sin esfuerzo, atravesamos las ramas de los árboles y plantas de un verde incomparable hasta pasar por detrás del chorro. Allí no sentamos, miramos a través de la nube que se formaba ante nosotras y estiramos la mano.

Esta vez no eran estrellas, eran gotas que brillaban tanto como aquellas que atrapábamos durante nuestras escapadas nocturnas. Con el movimiento circular tantas veces repetido para atrapar luceros, cogimos esas gotas de arcoíris que llevamos a nuestro pecho. Las camisetas terminaron empapadas, pero nuestras risas se podían escuchar a través del tiempo, a ese espacio en el que teníamos que volver en silencio para no despertar a la familia que nos creía durmiendo.

© Liliana Delucchi

Una cascada para nosotros

Marieta Alonso

Mis padres eran tan excéntricos que les gustaba más la naturaleza que el asfalto. Cuando se casaron fueron a vivir muy cerca de este salto de agua, el más recóndito, el más alejado, el más hermoso lugar que ojos humanos vieron. Pasaba inadvertido hasta para las autoridades por su difícil acceso. Allí decidieron vivir a lo Robinson Crusoe. Taparrabos en verano y vestidos de cuero para los días de frío.

Cuando tomaron aquella decisión, mi padre, tan pragmático como siempre, ni maleta se llevó. Mi madre, soñadora, llevó consigo todos sus libros, zapatos de tacón, collar de perlas y los regalos de boda, hasta aquellos que estaban repetidos, por si se presentaban tiempos de vacas flacas. Aprendió a hacer conservas con todo lo que sobraba de la época de cosecha.

Al principio se alojaron en una cueva hasta que con sus manos levantaron su casa a base de piedras, troncos y tejas para el techo. Lucharon contra la vegetación, contra algunos animales salvajes y crearon una forma de vida autosuficiente, como cazadores-recolectores. La agricultura, la pesca, la caza, el ganado no tenían secretos para ellos. Trabajaban sin descanso.

Los hijos fuimos naciendo. Una o dos veces al año íbamos a la civilización, y allí se vendía a la vez que se compraba todo lo necesario.

Soy la número veinte de los hijos que tuvieron.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La misión

15 junio, 2025 por Akelarre 1 comentario

relatos inspirados en una misión española
Misión de Nuestra Señora de la Purísima Concepción.
San Antonio, Texas. Siglo XVIII. Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 2015.

Misión de Nuestra Señora de la Purísima Concepción

Fundadas por sacerdotes católicos de la orden franciscana, las misiones de la Alta California se construyeron sobre concesiones de tierras hechas por la Corona Española con el propósito de asimilar totalmente las poblaciones indígenas a la cultura europea y a la religión católica, según la doctrina establecida en 1531, basada en el derecho del Estado español sobre la tierra y las personas de las Indias.

Para facilitar los viajes por tierra, los asentamientos misioneros estaban situados a unos 48 kilómetros de distancia unos de otros, aproximadamente un día de viaje a caballo o tres días a pie. La tradición dice que los frailes plantaron granos de mostaza a lo largo del camino para marcarlo con brillantes flores amarillas.

En estas antiguas construcciones se sitúan los cuatros relatos que traemos este mes, en una especie de homenaje a quienes dejaron su impronta en la Historia.

¿Qué pasa con los sueños?

Cristina Vázquez

La últimas horas de Mrs. Emily

Malena Teigeiro

Encuentro

Liliana Delucchi

Un pariente de valía

Marieta Alonso

¿Qué pasa con los sueños?

Cristina Vázquez

Ya vieja, se sentaba con las manos apoyadas en las rodillas entreabiertas y contemplaba la plazuela de la Misión, igual que lo hacía en la de su pueblo cuando era joven. Recordó cómo se colocaba a los pies de la estatua del conquistador, del gran hombre que se fue a las Américas e hizo proezas. Un hombre valiente cuya gallardía y arrojo estaban plasmadas en el hierro de su estatua. Rosario se mantenía erguida, prieta, a la espera de no sabía qué, pero con la seguridad de que ella no había nacido para quedarse a trabajar la tierra, cocer potajes y parir hijos de algún patán que la rondara.

—Te crees una princesa —le retaban sus amigas.

 No se creía nada, simplemente al mirarlas, vulgares y ansiosas de cerrar una boda malquerida, se sentía ajena. Esto sucedía durante las infinitas tardes de domingo en las que daban vueltas, engalanadas con sus mejores prendas y lanzando miradas pícaras a cualquier labriego. Ellos se ponían alrededor de la plaza y cuando pasaban las jóvenes hacían comentarios subidos de tono.

¿No quedará ninguno como él?, se preguntaba Rosario a la sombra del gran hombre.

Decidió que ahí no iba a aparecer nadie y sería ella quien marcharía de ese insidioso pueblo, en el que un día era igual al siguiente. No. Su vida no se iba a desperdiciar así. Se confesó con don Marcelino, el cura que la había bautizado y dado la comunión.

—Don Marcelino, como esto es confesión, no puede decir ni una palabra.

El jadeo del sacerdote —estaba gordo y respiraba mal— se hizo más fuerte. Hija, por Dios, alcanzó a decir, qué barbaridad se le habría ocurrido ahora.

—Me voy al Nuevo Mundo, a las Misiones.

El bueno de don Marcelino casi tira el confesionario del rebote que dio.

—Siempre has estado un poco chiflada, Rosarito, pero esto ya es demasiado.

Salió del confesionario haciendo crujir las maderas y le cogió de un brazo. Ya no estaban en confesión, así que iba a ir con ella a su casa a decírselo a su madre. Y así fue. Agarró a la chica como una pluma y por más que se revolviera, en tres patadas llegaron.

Se sorprendieron ambos de lo iluminado que estaba el patio y la casa. Oían carreras y voces de alegría. Los hachones temblaban en la entrada y al pasar vieron que hasta la lámpara del zaguán estaba con las velas prendidas. Parecía como si se estuviera celebrando algo, y así era. Don Marcelino apareció en la puerta con la chica sujeta como un corderito y surgió su hermano invitándolos a entrar.

—Una sorpresa, Rosario. Acaba de llegar de ultramar el primo Diego —su cara de entusiasmo era conmovedora.

El cura soltó a la chiquilla que se atusó el alborotado pelo. Las velas chisporroteaban. Al entrar en el salón estaba toda la familia, con copas de vino y dulces en una alegre celebración y en medio, el primo Diego, del que ella ni se acordaba.

En ese momento pensó que era una señal. Su deseo de irse a las Misiones y este enviado de allá. El destino. El susodicho pariente se mantenía erguido, aunque un poco desaliñado. El pelo largo, las botas embarradas, la batista del cuello y los puños un tanto amarillenta y cierto temblor en las manos. Unas manos curtidas. Pese al aspecto abandonado, probablemente por el viaje, Rosarito lo encontró apuesto, sobre todo por venir de correr aventuras en el Nuevo Mundo. Su entusiasmo quedó rematado al descubrir la cicatriz bajo el pómulo, un poco más rosada que el resto de su atezada cara.

La saludó con respeto y una mirada intensa que la dejó embelesada.

—Mi querida prima —agachó la cabeza—. No esperaba encontrar tanta guapura en tan apartado lugar.

Se volvió hacia su madre.

—Nunca hubiera reconocido a esta belleza. La recuerdo como una mocosa flacucha.

La cara de la madre, que era viuda, mantenía una expresión de esfinge, mientras el primo contaba aventuras, alegrías y desdichas sin fin. Las manos le temblaban por unas fiebres, la cicatriz de la cara a punto estuvo de dejarle birojo, y eso que no mostraba, por decoro, las otras que le atravesaban el cuerpo. Pese a la cara de entusiasmo de la chica y su hermano, la madre iba perdiendo el ánimo con que lo habían recibido. Luego diría que empezó a desconfiar de él al hablar tanto, pero era difícil reconocer al mozo taciturno que se había ido hacía al menos quince años, en este hombre desenvuelto y parlanchín.

—Lo que más, casi lo único que fue maravilloso para mí —afirmó con la mano en el corazón y mirando al techo—, fueron las Misiones.

Y se largó un largo párrafo sobre sus construcciones, su régimen comunitario, su respeto. A él le salvaron la vida cuando llegó con una herida que casi le atravesó el vientre. Rosario miró a don Marcelino como buscando su confirmación.

Al día siguiente, cuando fueron a avisarle para el desayuno, Diego había desaparecido, junto a unos candelabros de plata y Rosarito.

De cómo llegó Rosarito al Otro Mundo es otra historia muy larga.

© Cristina Vázquez

Las últimas horas de Mrs. Emily

Malena Teigeiro

Como era natural en el mes de junio a las once de la mañana el sol calentaba fuerte. Sin embargo, la habitación de Mrs. Emily estaba completamente a oscuras.

Un fuerte olor a medicina, a sudor y muerte azotó a Margaret al abrir la puerta del cuarto de su abuela. Tapándose la nariz, sorteando los muebles negros, inmensos, que llenaban la habitación, la joven se acercó a uno de los balcones. Lo abrió de par en par. Desde la cama, Mrs. Emily giró hacia ella su descarnada cabeza. Parecía sonreír. Su nieta se dirigió al otro balcón e hizo lo mismo. Luego se acercó al lecho de la anciana. Se sentó en el borde y la besó.

—Abuela, acabo de llegar de la Misión. Don Francisco, tal como le pediste, ha rogado en misa por ti. Se había corrido la voz de que iba a rezar por tu recuperación y la iglesia estaba llena. Hasta los indios bajaron de su aldea. Qué pena que no pudieras verlos. Todos rogaban. Todos pedían. Algunos hasta lloraban.

Los labios sin color de la anciana parecieron estirarse en lo que Margaret creyó una sonrisa. Luego, mientras decía algo que ella no entendió, su madre entró en la habitación. Llevaba una bandeja con una taza de humante café y un trozo de bizcocho.

—Buenos días, mamá. La misa ha sido todo un éxito. Estaba la iglesia llena a rebosar. Incluso bajaron de la montaña los pajalates. Si los rezos valen para algo, no hay duda de que estarás en la primera fila del cielo —rezongó.

La anciana agitó la cabeza. Algo decía que ni la madre ni la hija entendían. Intentaron darle un poco de café que la anciana escupió. Cada vez más nerviosa susurraba voces, pequeños gritos, sin que ellas la comprendieran.

—Tranquila, abuela, que todo está bien —la muchacha se acercó a besarle la frente—. Madre, parece que dice algo así como cuachi.

—¡Ah!, sí. También estaba el indio Cuahtli, apuntó su madre. Lo vi en un rincón. Con la cabeza baja rezaba más que nadie.

Unas lágrimas corrieron por el rostro de Mrs. Emily. Él no podía estar rezando por su salvación. No. Le volvió a la mente la noche en que su marido y ella entraron en el poblado de los pajalates. Esa noche mataron a Nochipa, la hija del indio Cuahtli. Siempre pensó que aquello fue un poco duro. Seguro que a nada que se hubieran esforzado habrían encontrado otro medio de separar a la chica de su hijo. Pero Alfred, su marido, aquel violento y elegante hombre, no dudó ni un segundo en lo que debía hacer. Todavía le resonaban en el cerebro sus palabras cuando se enteró de que los muchachos pretendían casarse. Dónde se había visto cosa igual. Un inglés casado con una india. ¡Ni que ellos fueran españoles!

© Malena Teigeiro

Encuentro

Liliana Delucchi

El trayecto desde la Sierra de Guadarrama hasta el Puerto de Sevilla había sido largo y tortuoso. Vientos, nevadas, por momentos el hambre, fueron los compañeros de Fernando durante la travesía de tantos kilómetros. Sin embargo, la promesa de una nueva vida en los territorios de más allá del océano, lo hacía despertar cada mañana con fuerzas que no era consciente de poseer. Lo acompañaban sus mulas, ésas que fueran su medio de vida durante más tiempo del que recordaba. Las iba vendiendo o comprando otras, según la ocasión, a medida que se acercaba a su destino. El negocio daba para mantenerse durante el viaje y tener un remanente para cuando llegara a las Américas.

—Aquí pone Fernando Díaz —la voz ronca y aguardentosa del alguacil de reclutamiento le sonó a presagio de las que encontraría en adelante—. ¿Segundo apellido?

—Mulero.

Sin padres, nunca supo el origen de su primer y único apellido y escogió su profesión para el segundo. Deseaba que esas nobles bestias que lo habían acompañado durante toda la vida formaran parte de su identidad.

En el Nuevo Mundo, su primer destino se lo encomendó Alonso de León, quien le ordenó formar parte de la escolta a varios misioneros hasta el este de Texas, donde establecerían la primera misión española. Dentro de las actividades de los entonces conquistadores, aquel trabajo le pareció fácil, pero no fue así. Ante la oposición de los nativos, tuvieron que retornar a México sin poder volver hasta veinte años después. Así se sumergió en el mundo de la conquista, donde pocos placeres y algunos disgustos le sucederían en dicho lapso.

 

 

 

—¿Lo llevas todo?

—Sí, mamá. Además de la ropa que, dado el clima de mi destino no me hace falta mucha, material de trabajo y algún libro para soportar el viaje, no necesito más.

Adelaida daba vueltas alrededor de la cama de su hija intentando doblar las prendas que la joven descartaba.

—¿Sabes cuánto tiempo estarás fuera?

—Supongo que alrededor de un mes —contestó Jane mientras comprobaba la carga de su ordenador y del teléfono—. Me encargaron un reportaje sobre las misiones desde San Diego hasta Texas. Adoro este trabajo.

Desde que empezara a colaborar con National Geographic experimentaba una sensación de libertad, entretenimiento y trascendencia.

Había dejado de nevar, sin embargo, los árboles de Central Park aún mostraban sus vestidos blancos. Jane adoraba Nueva York, la ciudad que la había visto nacer, pero disfrutaba tanto viajar, recorrer su país y reconocer las huellas de la historia… Una que la unía más a esas tierras de lo que hubiese podido pensar. Cerró la maleta, se colgó el bolso con el equipo del hombro y dio un beso a su madre.

 

 

 

De mulero a constructor, se dijo Fernando mientras apilaba piedras. Vio a lo lejos al padre Francisco que le traía un poco de agua. En breve, darían buena cuenta de unas gachas como todo pago por el trabajo. Claro está que el verdadero vendría con los años y en el otro mundo, pues ayudar en la construcción de una misión tendría su relevancia, o al menos así lo pensaba.

—Con este calor la vas a necesitar —dijo el sacerdote sentándose a su lado—. Os agradecemos vuestra ayuda, sin ella no podríamos levantar estos muros.

—Creo, padre, que es lo más importante que he hecho en mi vida. No sólo por vuestra labor —dio un trago al botijo—, sino porque estas paredes seguirán aquí cuando usted y yo hayamos muerto. De alguna manera este trabajo nos ofrece una perspectiva de eternidad.

 

 

 

Ya en la habitación del hotel Coronado, Jane buscó en Google el trayecto que emprendería la mañana siguiente. Los puntos rojos marcaban las misiones que habría de visitar. Sonrió. Después de llamar a su madre y a su amiga Teresa, se estiró cuan larga era en la cama y cerró los ojos.

Una construcción apareció en su sueño: de piedra, rodeada por un denso bosque que algunos hombres intentaban limpiar. El sol inclemente hacía brillar el sudor en sus espaldas; hablaban, pero Jane no lograba entender lo que decían. Un individuo en particular la miraba, movía los labios, pero las palabras no llegaban.

El viaje fue tan largo como interesante, desde la costa californiana se internó hacia Texas. Un cartel indicaba «Misión de San Antonio». Giró el coche en esa dirección y mientras se acercaba a su destino, sintió un leve temblor.

Caminó despacio hasta encontrarse con dos torres de piedra, con palmeras a su alrededor y algo parecido a un baptisterio al fondo.

¡Era el edificio que apareció en su sueño mientras estaba en San Diego!

El frío que reinaba dentro del recinto le subió por la espalda. Cogió su cámara de fotos como si fuera un talismán y empezó a transitar por la nave. Era la más hermosa de las que había visto. De pronto, se detuvo ante unas parcas tumbas de piedra. Las recorrió, una a una, fotografiándolas. Una de ellas llamó su atención, era de las más antiguas. Grabado en el granito, pudo leer: Fernando Díaz Mulero, constructor. Acarició cada una de las letras mientras lágrimas de alegría se deslizaban por sus mejillas. «Así que era verdad» se dijo sin dejar de disparar la cámara.

Agotada, después de tantas emociones, regresó al hotel. Un amable joven, rubicundo y sonriente, le pidió su pasaporte para comprobar la reserva.

—Jane Díaz-Mulero —leyó el empleado en voz alta— ¿Es usted mejicana?

—Thomas Ryan —, respondió leyendo la acreditación del conserje—, soy más estadounidense que tú.

© Liliana Delucchi

Un pariente de valía

Marieta Alonso

El abuelo de mi abuelo, Agustín, mi tatarabuelo según mi madre, un día con quince años se levantó temprano, desayunó y se despidió con estas palabras: Me voy de misionero jesuita.

—Qué dices, zoquete —y recibió un coscorrón de su padre.

Pero se fue.

Nunca llegó a vestir sotana. Para eso había que estudiar y él no estaba para perder tiempo. Según decía, con saber leer, escribir y las cuatro reglas era suficiente. Entró como lego en la Misión y comenzó limpiando el recinto, sembrando la huerta, de pinche de cocina… Una vez a la semana llevaba los productos al mercado y traía del pueblo lo que hiciera falta en la comunidad. Enseguida se convirtió en alguien imprescindible.

Iba y volvía en una carreta con tres mulas —las acémilas tampoco vestían sotana—, dos iban delante y otra detrás, de repuesto. Si se le hacía muy tarde vendiendo y comprando, dormía debajo del carro en el punto del camino en que le entrara sueño. Las bestias de carga lo custodiaban y cuando a las pobres les salían mataduras por culpa del aparejo, se las limpiaba y les hablaba con cariño especial.

Lo mismo hacía con niños, ancianos, con todo bicho viviente. Tenía tal maña para curar enfermedades físicas y emocionales, que pronto se convirtió en curandero. La sapiencia no le bajó del cielo en forma de chaparrón, no, es que otro misionero, éste sí jesuita, tuvo el gran talento de confiar en él. De vez en cuando le prestaba un códice precolombino y otros libros de la biblioteca. Aquello al tatarabuelo Agustín le abrió las puertas del Paraíso.

Venían de lejos a consultarle, decía mi madre. Siempre estuvo dispuesto a ayudar. Imposible impedir que fuera un hombre bueno. Sería lo mismo que tratar de contener la impetuosa corriente del río en primavera.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Una ventana abierta

15 mayo, 2025 por Akelarre 1 comentario

La ventana de Akelarre

Una ventana abierta

En pleno mes de mayo, es hora de abrir las ventanas y dejar que la primavera entre en nuestras casas.

Abrir una ventana no es sólo permitir que la morada se ventile, sino que recuerda la necesidad de ir más allá, a un espacio para el recuerdo y la ausencia. Sirve como símbolo de la curiosidad, quizás de indiscreción, una manera de asomarnos a otras vidas que en principio no nos importan, pero a través de las cuales finalmente vivimos nuestras propias existencias.

Abrir una ventana es también abrir la mente, la imaginación y quizás la perspicacia.

Es lo que hemos hecho este mes, al colarnos en las historias de personajes quienes, con tan sólo asomarse al otro lado, han cambiado sus vidas o descubierto aquello que hasta entonces había permanecido oculto.

¡Revelación!

Cristina Vázquez

Tarta de limón

Malena Teigeiro

La risa

Liliana Delucchi

La musa enamorada

Marieta Alonso

¡Revelación!

Cristina Vázquez

A mí los pueblos con su aura de tranquilidad nunca me gustaron. Y el paisaje verde tan defendido y valorado lo encuentro, como decía mi madre, apropiado para que se lo coman los burros. Debo ser muy bruta, pero no he conseguido extasiarme con las puestas de sol tras una colina, ni con los arcoíris, ni con los riachuelos regando floridos pastos. A mí me emociona el reflejo del sol en un edificio de acero, ver las terrazas llenas de gente con su cerveza e ir al cine. Incluso algún ruido lejano de claxon.

Pero la vida es muy traicionera. Mi marido, que empezaba a diseñar una jubilación de manual, le entró la neura por una casita en las afueras de un pueblo, cerca de Madrid. Le miraba con extrañeza, como si un ser nuevo estuviera surgiendo en él. Algún fin de semana íbamos a casa de amigos, pues ya pasado el primer tirón de juventud, asentaban cabeza y familia en esas adorables segundas viviendas. Siempre volvíamos haciendo el mismo comentario.

—Será muy bonito, pero menudo tostón —decía él indefectiblemente.

—Además no paran de poner lavavajillas y cocinar —remataba yo.

Es un hombre estupendo, pero cabezota como una mula. Si se le mete algo entre ceja y ceja, sálvese quien pueda, porque es mejor la rendición. Así que terminó comprando la casita en el adorable pueblito, aburriéndome con argumentos de lo buena que había sido la compra y lo felices que íbamos a ser.

Llegó la pandemia y el argumentario se multiplicó por mil.

—Menos mal que tenemos esta casa —afirmaba cada poco.

Sí, menos mal, replicaba yo comprendiendo que era una ventaja tener ese refugio. Él empezó entusiasmado a hacer bricolaje, a colgar cuadros y también a quejarse de que el wifi no era bueno: no podía ver bien la televisión, internet se le cortaba cada poco. Nadie venía a repararlo.

Yo, en cambio, descubrí que me entretenía hacer un semillero y ver cómo iban brotando unas plantas que ponía en macetas, regarlas y pasarme horas leyendo. Empecé a probar nuevas recetas, engordé un poco y me dejé el pelo blanco, pues cuando intenté un tinte casero, eso fue una invasión de toallas y churretes para acabar de un color zanahoria francamente inapropiado.

Mi marido bufaba, yo veía que aún sin reconocerlo, echaba de menos a los hijos, su aperitivo, ir al despacho, mientras que yo descubrí una dulce pasividad que me llenaba de gozo. Decidió que nos volvíamos a Madrid, que era insoportable tanto silencio y los pájaros manchaban todo y los del pueblo desconfiaban y que eso había sido un error. Le dije que se fuera, si quería, yo me quedaba ahí. Y me quedé.

Tenía una ventana en la cocina que daba al patio. Cuando llegué había un macetón con un esqueleto de árbol que, además, pinchaba. Me enteré que era un limonero y que estaba a punto de morirse. Para mí fue como una revelación. ¿Habría sido mi vida así y no me había dado cuenta?

No echaba de menos a nadie, ni el ajetreo de la ciudad, los cines ni los bares. Descubrí que adoraba el silencio y la soledad. Es más, le pedí a mi marido que no volviera en un tiempo y le agradecí la oportunidad que me había dado de este tardío descubrimiento.

—No es por nada en concreto—le aseguré cuando pasó de la recriminación al angustioso silencio—. Por nada.

 Necesitaba espacio y tranquilidad y estaba harta de ir de acá para allá, según sus deseos. Sí, le quería mucho. Sí, pero que me dejaran un rato en paz, TODOS, ahí pespunteé la palabra y elevé el tono. Su cara me conmovió, aunque cuando oí el coche alejarse suspiré aliviada.

Me concentré en ese arbolillo maltrecho como un símbolo. Si era capaz de sacarlo adelante significaría que mi vida había tenido algún sentido. El árbol floreció y dio frutos. Lo miraba mientras desayunaba con amorosa tranquilidad y todo volvió a ser como antes, aunque no exactamente. Adelgacé, me teñí el pelo y volví a Madrid, sin embargo, todo en mi vida adquirió un matiz diferente.

Me negué a que se vendiera la casita y reservé unos días al mes para ir yo sola, sin hijos, marido ni nietos.

Siempre le doy las gracias al limonero.

© Cristina Vázquez

Tarta de limón

Malena Teigeiro

Lo único que María cocinaba era la tarta de limón. Y también era lo único que atraía de su casa a toda su familia.

Ella y Marco tan solo habían tenido dos hijos. Un niño y una niña. Le hubiera gustado tener más, pero Marco dijo no. Y cuando Marco decía no, era eso: No. En todo lo demás…, su marido era un bendito.

Con su hijo mayor no tuvo mucha suerte, la verdad. Un muchacho espléndido. Listo, guapo, simpático. Lo tenía todo. Pero un día se presentó voluntario a una de esas guerras de hoy día. Una de esas que no era de las de verdad, de las que defiendes a los tuyos. Una de esas que se inventan en países extraños y que los gobiernos, para quedar bien, envían a los jóvenes. “Total, solo estarás allí unos meses, además vosotros vais a sitios seguros”, le dijeron. Al parecer nadie había pensado que pudiera caer una bomba en el pabellón donde dormían los soldados.

Al abrir la ventana vio que el limonero ya estaba cuajado de frutos amarillos, grandes. Estaban en el momento justo para hacer su tarta.  Recogió unos cuantos, todavía calientes por el sol y los acercó a la nariz. Nada olía tan bien como aquellos frutos.

Se dirigió a la cocina. A su hija Mariana le gustaba más que a nadie su tarta de limón.

No quería recordar el día que le devolvieron a su hijo. Qué tristeza de entierro. Ella y su marido iban al cementerio a visitarlo todos los meses. Suponía que era quien estaba allí. ¡Ni tan siquiera pudo ver su cuerpo! En el fondo, qué más daba. Si no era él, ella continuaría llorando al hijo de otra madre que lo haría por el suyo.

Ya en la cocina, exprimió el zumo de tres limones, ralló la cáscara amarilla de otros dos, cien gramos de azúcar y junto a cuatro yemas, lo echó en una olla al baño María.  Revolvió despacio hasta conseguir una traslúcida crema.

Mariana, la niña, que se llamaba como su abuela, tampoco tuvo mucha suerte. Se casó joven. Y tuvo tres hijos. Dos niñas y un niño. Eran esos nietos preciosos que cuando les anunciaba que iba a hacer una tarta de limón la visitaban. Al nacer el último, algo que llamaron fiebres puerperales se la llevó junto a su hermano. Su marido, claro, se volvió a casar. No es que le importara, más bien lo comprendía, pero se ve a que a él le daba vergüenza venir a visitarla con su mujer, una jovencita adorable que quería mucho a sus nietos.

La crema comenzaba a aparecer transparente. María la probó. Estaba un poquitín ácida, pero al mezclarla con el merengue se desharía en la boca, algo así como la nieve con el sol. Apagó el fuego y le añadió cincuenta gramos de mantequilla. Así, bien incorporado, pensaba mientras revolvía la crema todavía caliente. Era el momento de hacer el almíbar. Y continuó con la receta.

En ese instante entró en la cocina Micaelita, su linda y pizpireta nieta. Era igual que su madre, un torbellino de rizos negros y sedosos, con los ojos verdes casi como las aceitunas. Llegaba con su marido y los gemelos. Unos trastos.

—Deja abuela, que ya bato yo. Tu ve haciendo la base.

—Recuerda, que no puedes añadirles el almíbar hasta que las claras estén duras, blancas y brillantes —despacio le acercó el cazo con el almíbar.

De una caja de lata, María sacó un puñado de galletas hojaldradas. Al verter sobre ellas la crema de limón, miró a su nieta que en ese instante añadía el almíbar sin dejar de batir. Sus ojos se humedecieron. Era igual a su madre.

—Ya está —Micaelita chupaba divertida el batidor.

Con cuidado, María colocó el merengue encima de la crema de limón. Encendió la parte alta del horno. Ahora, tan solo quedaba dorar un poco el merengue. Apenas unos minutos después, la sacó del horno.

Llevando la bandeja en la mano, ella y Micaelita se dirigieron al jardín. Allí, debajo del limonero, sus hermanos y sus hijos que ya habían puesto la mesa aplaudieron su entrada. Detrás de aquellos jóvenes, sentados debajo la sombra del viejo limonero, las ánimas de los ausentes también la saludaban.

© Malena Teigeiro

La risa

Liliana Delucchi

Era una tradición. Desde que tengo recuerdos, cada mes de mayo, el día veintiuno, los abuelos celebraban su aniversario de boda. Nos reuníamos todos: hijos, nietos, sobrinos y cualquier amigo que estuviera cerca. La disposición de la mesa era siempre la misma, el patriarca a la cabecera, su esposa a la derecha y los vástagos, de mayor a menor, a los lados. Era la única ocasión en que a los niños nos permitían participar, sin relegarnos al comedor de diario.

Estaban terminantemente prohibidas las discusiones, parecíamos una de esas familias de las películas de Doris Day, en las que todos estaban guapos, felices y encantadores los unos con los otros. Cada uno guardaba para sí celos, rencores y cualquier otro sentimiento malsano. Hasta los cuñados sonreían y se pasaban la panera sin que se la pidieran.

Otra de las características de esos encuentros era que la ventana estaba siempre abierta. «Para que entre la primavera, y aquellos que se fueron hace tiempo», decía la abuela.

A mí eso de los que se habían ido me daba un poco de yuyu. ¿Se refería a fantasmas? ¿Qué tipo de ánimas eran si necesitaban que dejara la ventana abierta? En las películas que veía a escondidas, los espectros atraviesan las paredes…

A pesar de estar concentrado en los manjares que nos iban sirviendo, y de parecer atento a la parte de la conversación en la que podía participar, yo no dejaba de mirar la ventana, aunque sólo veía las hojas de los árboles iluminadas por el sol.

Nunca me atreví a preguntar a mi hermano mayor ni a los primos si sentían lo mismo, era de los más pequeños y no quería ser objeto de burlas. Podría haberlo hecho con un tío, pero me daba no sé qué.

Lo que más recuerdo de aquellas celebraciones, además de la susodicha ventana, era la risa de los abuelos. No sé si se contaban chistes el uno a la otra y viceversa, pero mantenían una complicidad en la que no había sitio para nadie más. Era como si, a pesar de estar en medio de un montón de gente, ellos mantuvieran un secreto.

Lo descubrí años después, cuando les pregunté cómo se habían conocido.

—Fue durante una fiesta aburridísima a la que ambos fuimos invitados —dijo ella—. Vi a un joven muy bien parecido frente a una pintura que parecía sacada de una sala de los horrores. Le pregunté si sabía quién era el retratado.

—No —me respondió—. Supongo que un antepasado de los dueños de la casa. Si quieres, dado lo soporífera de esta reunión, podemos buscar a sus descendientes.

—Eso hicimos. Desde distintos escondites íbamos rescatando uno a uno los rasgos característicos de los presentes que se parecieran al del cuadro —la abuela miró hacia la ventana abierta y con una amplia sonrisa, continuó:

—Con una verruga por aquí, un bocio por allá y unos ojos vacíos por acullá reconstruimos al hombre del cuadro. Nos escondíamos detrás de las cortinas para reírnos de nuestra hazaña —se arregló el pañuelo que llevaba al cuello, y me confesó:

—Fueron nuestras primeras risas. Creo que nos enamoramos de tanto reírnos —me acarició la mejilla—. Te doy un consejo, querido Carlitos, nunca renuncies a una buena carcajada, son la sal de la vida.

Los años pasaron y el abuelo se fue a ese sitio del que no se vuelve. Ella, daba igual que hiciera frío o calor, dejaba siempre una ventana un poco abierta y todas las noches encendía una vela. «Para que encuentre el camino a casa», decía. Nunca dejamos de celebrar su aniversario de casados, y esa mujer extraordinaria acariciaba la servilleta del sitio vacío en la  mesa como si la mano de su amado permaneciera allí. Fue un veintiuno de mayo, en que estábamos todos reunidos, cuando una ráfaga de aire movió las hojas del árbol que veíamos a través de la ventana.

—¡Has venido a buscarme! —Dijo la anciana con su voz cantarina. Vimos una sonrisa en su rostro y expiró.

© Liliana Delucchi

La musa enamorada

Marieta Alonso

A veces, en primavera, cuando la luz de la tarde se filtra por la ventana, se le escapaban suspiros.

Un olor a pimienta y canela hizo que levantara la cabeza y husmeara el aire. Se preguntó atónita si no sería cierto aquello de que el dueño del cortijo y la lavandera hablaban de amores. Pero, eso a ella… ¿Qué le importaba? Su pensamiento voló muy lejos.

Sus padres tenían una cabaña de troncos al pie de la sierra del Rosario, en Cuba. En ella nunca Robert Redford le lavó el pelo. Lástima. Un paisaje tropical como aquél era un recreo para la vista, y a lo mejor, ese hombre que levantaba pasiones se hubiese olvidado de que ella no era Meryl Streep. Por ese detalle insignificante, su querido actor nunca podría oír el murmullo del riachuelo, ni el canto del sinsonte, ni el ulular del viento entre los árboles.

Regresó del ensueño y posó sus pies en su nueva tierra. No se podía ser tan soñadora. ¡Era tan dada a mecerse entre las nubes! De pronto, percibió un leve olor a gasolina. Oyó el ruido de un motor. Giró la cabeza, un Land Rover aparcaba enfrente de su ventana. Se bajó un hombre. Más feo, imposible.

Pero no fue hacia su casa, sino a la que lindaba con la de ella que siempre había estado cerrada. ¡Si hasta las telarañas se habían adueñado de aquella preciosa vivienda! Oyó el ruido de una puerta al cerrarse. Luego, el silencio. Al rato el sonido de las teclas de un piano inundó la plaza.

Despacio se levantó, siguiendo las notas musicales. Subió a un árbol a fisgonear y vio unas manos deslizándose por el teclado. Unas manos de dedos largos, finos, ágiles… Unos dedos capaces de crear no solo sonidos, también profundos sentimientos. Y quizás, incluso, podrían lavarle el pelo…

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Mujer escribiendo en sillón

15 abril, 2025 por Akelarre 1 comentario

Mujer escribiendo en sillón. Gabriele Münter

Mujer escribiendo en sillón. Gabriele Münter

Gabriele Münter (Berlín, 19 de febrero de 1877 — Murnau am Staffelsee, 19 de mayo de 1962), fue una fotógrafa y pintora alemana.

Comenzó a desarrollar un estilo abstracto propio, con brillantes colores sin mezclar y formas fuertes delineadas por oscuras líneas de separación. Se convirtió en miembro fundadora de la Nueva Unión de Artistas de Múnich, iniciada por Kandinsky, su amante durante muchos años, y que incluía el núcleo de los artistas de El Jinete Azul.

La pintora sumerge al espectador en su mundo privado: amantes, amigos, objetos cotidianos o ella misma.

En el lienzo que ilustra los cuentos de este mes, Münter representa a una mujer independiente, con corte de pelo a lo garçon, vestida a la moda y ejerciendo una profesión cualificada, símbolo de los movimientos de emancipación femenina que tuvieron lugar en Alemania durante la República de Weimar.

Pobre Miguel

Cristina Vázquez

Un mueble acogedor

Malena Teigeiro

Confesión

Liliana Delucchi

Final del curso

Marieta Alonso

Pobre Miguel

Cristina Vázquez

A mi amiga Dorita, que no se parece a la protagonista.

Nunca pensó que tuviera que pasar tantas horas cuidando a Miguel, su amor, el único, el adorado. Eso se lo decía Dorotea ahora, cuando lo veía pálido, con esa sonrisa voluntariosa y encogida que quitaba esplendor a su rostro. ¡Pobre Miguel!

Aunque se empeñara, le costaba encontrar la expresión, la viveza antaño adorada en ese ser demacrado, taciturno y, por cierto, pesadísimo. Un poco de agua, la almohada más arriba, la cortina menos entornada. Estas y otras peticiones que, al principio, Dorotea realizaba con el espíritu de Florence Nightingale, además de con el secreto sentimiento de deuda para este hombre al que había traicionado. No exactamente traicionado, no. Simplemente se había distraído un poco en su ausencia larga y caprichosa. ¿Quién le mandaba hacer esas peripecias deportivas y cinegéticas? De la última había vuelto así, hecho unos zorros, la verdad.

Pasó unos meses terribles, dolorosos. Se sentía como una viuda blanca, sin muerto, pero con un ausente muy presente. Un año largo de búsqueda por vericuetos africanos irrepetibles por su difícil pronunciación. Noticias de esperanza machacadas por realidades de que no le encontraban por ningún sitio. Unos restos humanos… No, eran de simio. Una huella de campamento… No, era de otros cazadores. En fin, que el tiempo pasaba y Dorotea empezó a hartarse de tanto sobresalto. Al fin y al cabo, no era su esposa, solo tenía el anillo de prometida, eso sí, de varios quilates y la promesa de matrimonio a la vuelta. Pero no volvía.

Decidió que era muy joven para sufrir tanto, porque él reunía muy buenas condiciones, pero muchas pesadeces: la temperatura del vino, el tono de voz que a veces la chistaba para que hablara más bajito, las visitas dominicales a su estirada madre y sus continuos proyectos de retos y aventuras. Ahora que él no estaba, y aunque todavía llorara su ausencia, empezó a notar como si le aligeraran un peso de los hombros. Volvió a sus clases de tango, empezó a hacer nuevos amigos y algún que otro amante. No, amante no, relación pasajera. Se empezó a reír, retomó su curso de escritura, de cerámica, hasta se apuntó a uno de Tarot, por si le ayudaba a saber dónde estaba y qué hacía ella con su vida. Tenía tiempo para todo y África y Miguel se iban alejando en un globo aerostático, que fue la aventura anterior en la que casi se queda prendido por siempre jamás de una pagoda perdida.

De repente. ¡La gran noticia! Lo habían encontrado sobreviviendo en una caverna como un hombre primitivo. Desnutrido, desorientado, pero sano y salvo. Y ahí estaba en la cama recuperándose de parásitos y enfermedades varias y ella, sentada en una silla muchas horas, atendiendo sus peticiones de desvalido. En los ratos en los que él dormía, empezó a escribir con nombres, pelos y señales lo que había sido su vida en su ausencia. A medida que avanzaba en el relato, entendía cada vez menos qué narices hacía ahí. No sentía compasión, por más que intentara una piedad más o menos fingida. Su irritación iba en aumento.

Al fin, cuando vio que Miguel ya podía levantarse, aunque seguía exigiendo mimos y cuidados, decidió que lo único que hacía era engañarse y perder el tiempo.

Luego se enteró de que cuando vio el anillo de compromiso sobre unas cuartillas dejadas en la mesilla de noche, tuvo una recaída, pero también supo que, al poco tiempo, ya se había marchado a cruzar el desierto de Gobi.

¡Pobre Miguel!

© Cristina Vázquez

Un mueble acogedor

Malena Teigeiro

Después de pasar la noche casi sin dormir, Manuela se levantó. Vestida con un jersey negro se encaminó hacia el despacho. Abrió un cajón, luego otro, hasta que al fin encontró la pluma estilográfica que él le regaló. Sonrió. Entonces eran novios y ella quería ser escritora. Con un largo y hondo suspiro, recogió unas hojas de papel.

Se fue directamente a sentarse en el sillón que utilizaba desde pequeña. Lo trajo de la casa de sus padres cuando se casó, y sólo se sentaba en él cuando tenía que pensar en algo importante. También cuando la acechaba la tristeza.

Destapó la pluma y puso la fecha. Eso era algo que desde que utilizaba el ordenador no había vuelto a hacer. Bien era verdad que la maligna máquina se encargaba de colocar todas esas cosas sin que nadie le mandara.

Al principio le costó un poco. Ya casi no recordaba cómo se hacían las letras. Luego se le soltó la mano. Satisfecha vio que conservaba la misma letra redonda, infantil, de cuando iba al colegio.

Al finalizar la carta se asombró de que todo lo que tenía que decirle cupiera en una cuartilla. ¿A eso habían llegado?, exclamó en voz alta sin dejar de mirar el papel. Comenzó a releer el escrito. Se dio cuenta de que ni siquiera empezó su carta con una pequeña salutación. Tan solo con un “Jorge:” Luego, continuaba: No se te ocurra ir a casa cuando vuelvas de tu maravilloso fin de semana. Cambié la cerradura y me voy al campo, a la finca de mi abuelo. Mejor será que no te acerques por allí. De sobra conoces su afición a las escopetas. Se removió en su cálido y mullido sillón.

Aquella carta la había meditado durante toda la noche. Él estaba en compañía de Astrid, aquella joven rubia, de piernas largas y boquita gordezuela, con la que ella ni pensaba competir. Además de tener ese nombre tan bonito, Astrid, era bellísima, resuelta y divertida. Vamos, lo contrario a ella que era la modestia personificada y bastante vergonzosa. Era una mujer de las de toda la vida, ni guapa ni fea, ni lista ni torpe. Lo peor de su persona, y eso lo comprendía bien, era su nombre: Manuela. ¡En fin! tampoco tenía la culpa de que su abuela y su madre se llamaran así. Continuó releyendo:

Cambié la cerradura porque la casa es mía. Recuerda que me la dio mi padre como regalo de boda. Por cierto, ni se te ocurra intentar entrar. He dejado una sorpresa que te podría costar un buen disgusto. Ya conoces a los de mi tierra: Somos un poquito brutos. Todo lo tuyo lo he guardado en un baúl. En el grande, el de mi abuela. Ya me lo devolverás, no te preocupes.

Manuela sonrió. Aquello sí que le iba a molestar. A nadie le tenía una manía mayor su marido que a su abuela. Fue la única que lo caló desde el primer momento. Si le hubiera hecho caso se hubiera casado con Antonio, el hijo del dueño del hotel y ahora viviría tan tranquila en el cortijo. Pero todavía tenía tiempo. Antonio continuaba soltero y ella era joven. Incluso podían tener los hijos que Jorge no quiso.

Continuó: Lo he dejado en la portería. Abelardo, se encargará de ayudarte a meterlo en un coche. También te he quitado de mis cuentas, y con respecto a las tuyas en las que estoy autorizada, las he vaciado.

En fin, Jorge. Las Manuelas solemos ser buenas personas, por eso no te deseo ningún mal, pero lo que es mío, es mío y desde luego no lo va a disfrutar esa lindísima muchachita.

Que seas muy feliz. Y por mí no te preocupes, que no te guardo rencor, pero, a cada uno lo suyo.

Y cuando se disponía a firmar se detuvo. Mejor no firmarla, no fuera a ser que la utilizara para el divorcio. Y ahora que lo pensaba, mejor todavía era escribirla en su ordenador y enviarla desde un servidor cualquiera.

© Malena Teigeiro

Confesión

Liliana Delucchi

Querida hermana:

¡Qué agradable ha sido volver a reunirnos las tres en la casa de nuestra infancia! Mamá estaba radiante, como en los viejos tiempos.

Llevo un rato contemplando las dos primeras líneas de esta carta, pero no sé cómo continuar. Las palabras se me escapan, algo inusual en una escritora, pero es así. Siento que, tal vez espantadas por lo que quiero decir, vuelan hacia rincones donde no soy capaz de encontrarlas para hilvanar un texto que me cuesta coser.

No sé muy bien por qué quise que leyeras el manuscrito de mi última novela antes de enviarlo a la editorial, quizás porque en él subyace una realidad que las tres vivimos, quizás porque necesito que me perdones por lo que te arrebaté. El Padre Mario, aquél que nos bautizó, dio la Comunión y Confirmación, me dijo una vez que las confesiones liberan del pecado, pero que había que arrepentirse. Yo no me arrepiento.

Tuvimos una infancia feliz, los cuatro, con mamá y papá, hasta que él dejó de ser el hombre generoso y amable que nos llevaba de la mano. Se transformó en un ser egoísta al que sólo le importaban las juergas con sus amigos y ser atendido como un rey por sus súbditos.

Ella no lo soportó. Fui testigo de cómo su piel se ajaba a causa de las lágrimas contenidas, de la rabia sin manifestar y de los silencios forzados. Demasiado ocupado en mirarse el ombligo, él no se daba cuenta. Hasta que ella se fue. Nos abandonó a todos. La odié por eso. ¿Por qué no nos llevó con ella?, me preguntaba cada noche cuando en vez de rezar mis oraciones me debatía en un bucle de rencores.

Tú no lo sabes, pero la busqué…, y la encontré. Lloramos las dos por el tiempo perdido, por los abrazos no dados, por las palabras no dichas. No volvería a casa mientras él permaneciera en ella.

—Es un vampiro —dijo escondiéndose en los cristales de la ventana de la cafetería—. Cuando él entraba en una habitación, yo no podía respirar, se quedaba con todo el aire.

Acaricié su mano temblorosa que se aferraba a la taza de té. Continuó:

—Decía que me quería porque yo era perfecta. Necesitaba mi perfección para sentirse mejor consigo, que yo alcanzara lo que él no había podido…, y chuparlo, fagocitarme hasta dejarme sin nada. Me transformé en un fantasma.

Sentí su vacío, ya no le quedaba siquiera dolor. Protegerla era mi obligación, como hija, como mujer.

No me quedó más remedio, querida hermana, tuve que hacerlo: para salvarla, para salvarte, para salvarme.

Lo que leerás en mi novela es lo que sucedió. Es mi forma de exorcizar mi pecado, aunque sigo sin sentirlo como tal.

No te culpes por no haberte despertado aquella noche en que a él le dio el ataque. Yo puse un Lorazepan en tu chocolate y también cambié sus pastillas para el corazón por Clozapina. Después salí a dar un paseo. A mi regreso, ya estaban los sanitarios. Fallo cardíaco.

Mamá volvió a casa. Y reanudamos la vida feliz sin las borracheras de ese hombre y sus amigos, sin las miradas libidinosas que algunos de ellos nos destinaban, sin los incómodos silencios durante el desayuno.

Perdóname por haberte dejado sin padre, piensa que así la recuperamos a ella y ella a nosotras. Al menos eso pienso por las noches cuando su fantasma viene a visitarme.

© Liliana Delucchi

Final del curso

Marieta Alonso

Había ido a recoger a mi hija cuando vi a un hombre enorme, tan gordo como alto a la entrada del colegio. Su vozarrón era como un cañonazo y mi niña comenzó a llorar, a temblar.

—No llores, no tengas miedo.

Quien así hablaba era uno de los profesores. El de los ojos grandes, verdes como la pradera, como los aguacates, tan luminosos que se reflejaba en ellos lo que estaba mirando. Me saludó con amabilidad. Se fue hacia aquel hombretón y le plantó cara. El mastodonte, con la cabeza gacha, se alejó. Luego, ojos bellos, nos explicó que aquel individuo era como un viejo león que de vez en cuando quería comprobar que aún era capaz de rugir.

Nos miramos, y no sé lo que sentí. Mi corazón dejó de latir por un segundo. En sus ojos vi el mismo fuego que en los míos. Caminamos hacia nuestras casas sin hablar, de vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos. Vivíamos cerca. Adiós, me dijo; y me puse roja como la grana. Tras la cena, me senté como todas las noches a escribir. Tenía que terminar una novela, el editor ya había dado un ultimátum. Sonó el teléfono. Mi niña contestó, lo trajo y se sentó a mi lado. Era para mí.

La voz al otro lado dijo algo. Aparté del oído el aparato y lo miré con asombro, con emoción. Volví a escuchar para no perder detalle. Me estaba diciendo que desde principio de curso se había enamorado, que había encontrado a esa persona que lo hacía mejor, que iba a ser muy claro conmigo. ¿Sentía yo lo mismo que él? Silencio. Aquel instante fue eterno. Mi hija, al verme tan callada, con los ojos humedecidos tomó el auricular y gritó:

—Sí, sí, sí. Mi mamá está afónica y no puede responder.

La imagen del viejo león me vino a la cabeza. Gracias a su rugido mi querido profesor había tenido el valor de llamar.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

Hotel Negresco

15 marzo, 2025 por Akelarre 1 comentario

relatos inspirados en el Hotel Negresco

El Hotel Negresco

La imagen que hemos elegido para la entrega de este mes corresponde al Negresco, el mítico hotel situado en el Paseo de Los Ingleses de Niza. Se llama así en honor al rumano Henri Negresco quien, en 1912, tuvo la idea de construir un lujoso hotel que atrajera a la Costa Azul francesa los clientes más ricos y exigentes.

En 1957 fue vendido a la familia Augier, que lo renovó con lujosas decoraciones y muebles.

Sobre todo es famoso por ser un hotel museo que alberga más de seis mil obras de arte de Niki de Saint Phalle, Victor Vasarely o Salvador Dalí, entre otros muchos artistas, y por haber alojado a un sinnúmero de personalidades y famosos a lo largo de más de cien años.

En este mítico espacio transcurren cuatro historias de ilusiones, fantasías y relaciones familiares que esperamos sean de vuestro agrado.

Hasta el mes que viene.

Clases de lengua

Cristina Vázquez

El sueño roto

Malena Teigeiro

La boda

Liliana Delucchi

Ser vago requiere mucho esfuerzo

Marieta Alonso

Clases de lengua

Cristina Vázquez

Nunca aprendí ruso, eso que vaya por delante, pero no se debe a que el empeño de mi madre flaqueara. Ella era una apasionada de la literatura rusa. Desde muy joven se había leído a Tolstoi, Dostoievski, Turgenev, Pushkin… Y su sueño, me temo que lleno de romanticismo por los ambientes y paisajes de estos autores, era haberlo podido leer en su propia lengua y viajar a Rusia. De ahí su afán de que yo aprendiera el idioma para poder disfrutarlos.

Cuando al cabo de los años por fin fue a Moscú, en plena era soviética, y no consiguió ir a Yasnaia Poliana, la finca de Tolstoi, porque estaba a más de veinticinco kilómetros y necesitaba un visado que nunca le dieron, su decepción fue grande, aunque siguió leyendo con cierta expresión entre irritada y triste a sus amados autores.

En esos años sesenta se hablaba aún del exilio de los rusos blancos, pero como algo lejano. Probablemente yo tenía conocimiento de ello por la cantidad de profesores exiliados que tuve.

Al fin, después de madame Olga, madame Botsaris, y otras cuantas madames, apareció el príncipe Konstantín Aleksándrovich Oblonski. Era un hombre de mediana estatura, delgado, con un mechón rebelde sobre la frente.

   —Madame —saludó a mi madre con una inclinación de casi medio cuerpo.

Yo estaba escondida esperando a ver la pinta del futuro maestro, que a mi madre le había llenado de tierna expectación.

—Pobre gente —se dolía—. Lo que tienen que hacer para ganarse la vida, después de cómo vivían.

Al terminar de aclarar las condiciones de la clase, fui reclamada al salón. El príncipe se levantó con cierta rigidez y también se dobló sobre mi joven mano, faltando solo un taconazo. Pensé que podía hacer un papel secundario en Guerra y Paz y que su traje, bien cortado, tenía muchos brillos. Cada poco se recolocaba el rebelde mechón con su pálida mano, en la que lucía una sortija con sello nobiliario en el dedo pequeño.

Empezaron nuestras clases, haciéndome unas preguntas sobre mi nivel de conocimiento del ruso, y me sorprendió que no me preguntara nada de la gramática ni me hiciera ningún dictado. Yo notaba que la mano le temblaba un poco, aunque mantenía siempre su postura rígida. Había una clara diferencia con mis otros profesores que me enseñaban a conjugar, a declinar, el dativo, acusativo… En cambio, sus clases eran vagas, con poco contenido hasta que empecé a hacerle preguntas sobre su antigua vida. Ahí el príncipe revivía, sus mejillas blancas se cubrían de reflejos púrpuras y sus preciosas manos revoloteaban dando énfasis a los paseos en trineo, su cuadra de caballos, los largos veranos en la finca y los viajes al extranjero. París, Baden Baden, Inglaterra y sobre todo la Costa Azul.

Ya no disimulábamos. En cuánto llegaba, retomábamos la historia donde la hubiese dejado. Aunque su español era deficiente, lo mezclaba con francés, así también lo practicaba yo, decía él. Tenía un libro abierto en el que nos concentrábamos en cuánto oíamos los pasos de mi madre que nos traía una espléndida merienda, de la que el príncipe no dejaba ni una miga.

—¡Pobre!, pasará hambre —se lamentaba ella que iba aumentando la cantidad de comida.

El año de su enseñanza, fue de lo mejor que me ha pasado. Esas tardes mi imaginación se desbocaba con sus historias, en especial con la de su amor por una bella parisina con la que se citaba en el hotel Negresco de Niza todas las primaveras. Por los detalles que me daba, llegué a conocer el hotel de arriba a abajo. Al terminar la clase escribía todo lo que me contaba para no olvidar nada de esa fabulosa vida. Al cabo del curso, se despidió con la misma solemnidad, se tenía que ir a Francia, su hermana le reclamaba. Cuando fui a despedirle, me abracé a él llena de pena. Me raspé la cara contra la insignia de San Vladimir que lucía en la solapa del replanchado traje.

—Mi querida alumna —dijo—, me has ayudado mucho.

Noté en sus ojos, también grisáceos, una cierta acuosidad.

Le perdí de vista durante años y por fin conseguí localizarlo. La persona que me ayudó a conectar con él, fue la misma que se lo había recomendado a mi madre. Cuando me dio nombre y dirección en un pueblecito de Francia, me extrañé.

—¿Su nombre no es Oblonski?

La mujer sonrió. Ése era un personaje de Ana Karenina, él fue el ayuda de cámara del príncipe Manseref.

Hoy, que presento mi libro basado en sus historias, he recibido un amable tarjetón suyo.

Mi querida Элена:

No puedo ir por problemas de salud, pero te agradezco de corazón que hayas salvado mi memoria.

Siempre tuyo.

Príncipe Konstantín Aleksándrovich Oblonski

© Cristina Vázquez

El sueño roto

Malena Teigeiro

Hacía unos años que Manuela había visto una película sobre la vida de La Bella Otero. Como ella, había nacido en Valga, una aldea de Galicia al lado de la suya. Cuando proyectaron la película sobre la lisa y blanca pared de la escuela —en la aldea no había cine y el alcalde solía utilizarla como pantalla—, tenía tan solo doce años. Desde entonces soñaba con poder asomarse al balcón en donde, según la película, vivía la mujer.

Pasaron los años, y su sueño, poco a poco, se fue diluyendo como lo que era, un sueño. Pensar en hacer un viaje desde su aldea hasta aquella ciudad de Francia, era cosa harto difícil. De dónde iba a sacar el dinero. Sus padres, unos humildes labradores, lo más que pudieron pagarle fue un cursillo de Corte y Confección. Se le daba bien aquello y se convirtió en modista. Al principio creyó que podría ahorrar para el viaje. Pronto se dio cuenta de que por muchos años que viviera nunca tendría bastante. Si no fuera por las clientas de la capital…, pensaba dando puntada tras puntada, las mujeres del pueblo rara vez le pagaban.

Sin embargo, nunca olvidó a aquella mujer de la película. Una y otra vez preguntó por ella a los mayores de su aldea; una y otra vez intentó averiguar qué había sido de la bella bailarina y si era cierto que se abrigaba con un bolero de brillantes. Sin embargo, nadie a su alrededor, ni hombre ni mujer, parecía conocer su existencia.

Pasado el tiempo, se casó con Andrés, el mancebo de la farmacia. Luego tuvo tres hijos. Los chicos emigraron a Argentina en cuanto crecieron, y la niña se fue a la capital, de donde, no mucho después, fue reclamada por sus hermanos.

Ella y su marido se quedaron solos en la aldea. Ninguno de los dos comprendió por qué sus hijos quisieron ir a vivir tan lejos. Aunque nunca se pudo decir que fueran ricos, tenían una buena posición. Algunos años más tarde, y sin conocerse el motivo, Andrés apareció muerto en la cama. Ayudada por sus vecinas, Manuela lo enterró. Pocos días después recibió una carta en la que sus tres hijos le pedían que se fuera a vivir a Argentina. ¿Qué tiene usted que hacer sola en esa aldea, madre? Sin pensarlo mucho, vendió la casa. Cuando se encontró con el fajo de billetes en la mano, recordó su antiguo sueño. Y con una aviesa sonrisa, decidió que lo primero en lo que se iba a gastar aquel dinero sería en ir a dormir a aquel hotel, a la misma habitación o a la que estuviera pegada a la de la mujer del bolero de brillantes.

Iba a Pontevedra, a coger el tren que la llevaría a Madrid, desde donde volaría a Buenos Aires, repetía Manuela al despedirse de sus vecinas. Ahora ya no era como antes, y sus hijos le mandaron un billete de avión, que al parecer era mucho más cómodo.

Una vez en Madrid, Manuela alquiló un coche que la llevó a Niza. Y allí estaba, agotada después de tanto viaje delante del hotel de sus sueños. Se bajó del coche. Durante un momento contempló la fachada llena de ventanas que, como ojos vigilantes, la observaban.

Subió las escaleras de la entrada. Al ver a los porteros, recordó la película. Aquellos vestían en blanco y negro y estos llevaban gabanes azules con vueltas rojas. Los dos le hablaron. Ella, que no sabía francés, supuso que le preguntaban a dónde iba. A la habitación de la Bella Otero, dijo.

Dirigida por uno de ellos, llegó a la recepción. Después de decir que quería alojarse en la misma habitación que la Bella Otero, escuchó la voz del recepcionista diciendo que ella utilizaba una suite, madame, que costaba mucho dinero. Manuela abrió el bolso. Solo quería dormir esa noche. Al día siguiente tenía que volver a Madrid para volar a Buenos Aires. Despacio, mostró los billetes de avión. Un momento, dijo el hombre. Directamente se fue a la esquina del mostrador, donde se encontraba el que debía ser su jefe. Parecía estar analizando un libro de cuentas. Después de escucharlo con atención, éste se le acercó. Recogió el dinero de encima del mostrador y lo contó. Le podía mostrar la habitación, sí, pero la cantidad que llevaba no era suficiente para alojarse. Si le parecía, la dejaba estar en la suite unos momentos y después le daban otra que pudiera pagar. Sin acabar de entender que el coste de dormir una noche supusiera más de lo que lo que le habían pagado por su casa, aceptó.

En cuanto abrieron la puerta de la suite, Manuela entró. Recorrió el salón, los dos dormitorios, abrió la ventana y se encontró rodeada por las banderas. Qué le decía aquel hombre. ¿Que la Bella Otero falleció el diez de abril? Si no recordaba mal, hoy era veinte. Después de unos instantes, pidió que la acompañaran de nuevo a recepción. Y fue allí donde preguntó si era cierto que aquella bellísima dama había fallecido. El hombre la invitó a sentarse. Le ofreció una copa de champán del que ella bebía. Luego le contó que hacía mucho que no vivía en el hotel. Le habló de los años de pobreza que la mujer vivió en una humilde habitación de alquiler en la que también falleció. Nunca se supo quién pagaba aquel cuarto, ni quién enviaba el dinero a la dueña de la casa para que le diera de comer. Una lástima, señora, musitó el hombre limpiándose los ojos con un pañuelo. Manuela lo miraba con el ceño fruncido. ¿Qué fue del chaleco de brillantes?, preguntó. Él se encogió de hombros. Debió quedarse encima de alguna mesa de juego, como todas sus joyas. Ella, con el asa del bolso apretada entre los dedos, se mantuvo unos instantes pensativa. De pronto se levantó. Gracias, señor. Luego alargó la mano diciendo que, si no le importaba, prefería que le devolviera el dinero. Mejor se volvía a Madrid.

En cuanto el coche arrancó Manuela giró hacia atrás la cabeza. Toda mi vida envidiando a una muerta de hambre. ¡Seré idiota!, se dijo con la mirada fija en el balcón de las banderas.

© Malena Teigeiro

La boda

Liliana Delucchi

No podía explicarles el motivo.  Luché durante meses para que escogieran otro sitio, pero fue en vano. Mi madre y mi futura suegra eran duras de pelar y estaban decididas. Ése sería el hotel.

—¿Es que se te ocurre otro mejor? —Preguntaron casi al unísono.

No tuve respuesta. Llevaban razón en que era inigualable, además ¿quiénes mejor para organizar mi casamiento?

Desde una semana atrás, nos habíamos instalado: ellas, mi tía Margarita y yo para que todo fuera perfecto. Creo que ni elegí mi vestido. A todo respondía con un sí. Vencida, las dejé hacer.

—Me sentiré un fracaso si no sale publicada en Hola —dijo con un suspiro la madre de mi novio—. Eché mano de todos mis contactos para que así sea.

Estábamos las cuatro en la terraza terminando el desayuno, cuando las organizadoras marcharon a dar instrucciones al director del hotel, mi tía pidió otro café y me espetó:

—Ahora que estamos solas, me lo vas a contar.

Era mi confidente. Desde pequeña acudí a ella cada vez que me metía en un lío, cuando dudaba o cuando el mundo me resultaba difícil de entender. Sin embargo, esta vez era diferente: dudas y recuerdos fluían dando vueltas por mi mente y hasta en mis sueños..., o ¿quizás debería llamarlos pesadillas? Pero Margarita era mucha Margarita y yo estaba convencida de que no iba a dejarme escapar. Bajó las gafas de sol hasta el extremo de su nariz y me miró por encima de ellas:

—Estoy esperando.

Me sentí acorralada. Acorralada y liberada al poder hablar:

—¿Te acuerdas de Ignacio?

—¿Ese noviete tuyo que se fue a Estados Unidos para un master y nunca volvió?

—El mismo.

—¿Cómo no voy a acordarme? Estuve un año secándote las lágrimas.

A veces Margarita no tenía piedad, aunque yo estaba convencida de que era la única con quien podía desahogarme:

—Antes de que se fuera, pasamos unos días en este hotel. Los mejores de mi vida.

El camarero se acercó por si necesitábamos algo y ella pidió un Martini.

—¿No es demasiado temprano para empezar con el alcohol? —Pregunté como para quitar hierro al asunto.

—Querida, no soy un cura. Lo necesito para afrontar tu confesión.

El sol empezaba a darme en la cara, me puse de pie para cambiarme de sitio antes de continuar:

—Fue mi primera vez…, y la última. Bueno, no la última, porque lo hicimos muchas veces antes de volver a la ciudad.

Margarita me clavó la mirada, estupefacta.

—¿Me quieres decir que…, no has probado al estirado con el que vas a casarte?

—Pues…, no.

—¿Es que no te he enseñado nada?

Bebió su Martini casi de un trago a la espera de que yo continuara. Mientras tanto, mis manos doblaban y desdoblaban la servilleta de hilo que había sobre la mesa.

—Tía…, me resulta difícil contártelo, pero en el momento del…

—¿Orgasmo?

—Sí.

—¿Qué pasó? No, espera, creo que necesito otro Martini. ¡Camarero!

Nos quedamos un rato en silencio. Yo no encontraba las palabras y ella me dejó que las buscara. Le di un trago a la bebida que le trajeron antes de continuar:

—En ese momento, me inundó un perfume de rosas, como si toda la habitación fuera un jardín en primavera.

—¡Vaya por Dios! —Casi se atragantó—. El tal Ignacio sí que sabía.

La llegada de mi madre y mi futura suegra interrumpió nuestra conversación y Margarita se puso de pie con una excusa antes de que la reprendieran por estar bebiendo a esas horas.

No volvimos a hablar del tema. Los días se sucedieron entre preparativos, histerias de último momento y recepciones, hasta que llegó la mañana de la boda. Fue tan perfecta como las organizadoras previeron y me sentí bella y admirada.

Cuando esa noche, mi noche de bodas, entré en la habitación que compartiría con mi ya marido, la encontré llena de jarrones con rosas. Su aroma lo inundaba todo, a tal punto que el novio abrió una ventana.

Sobre la mesilla de noche encontré una nota de mi tía Margarita: «Una ayuda nunca está de más».

© Liliana Delucchi

Ser vago requiere mucho esfuerzo

Marieta Alonso

Hay tres clases de animales en el mundo: Los herbívoros, los carnívoros y aquellos que comen todo lo que prepara su madre. Ése soy yo.

Mi padre era un hombre ahorrador. Todo su afán era comprar pisos. El ladrillo es una buena inversión, decía siempre. Mi madre no paraba de hacer cosas. Era una hormiga. Y entre los dos lograron tener cinco pisos. Yo no. Soy de los que ni siquiera buscan excusas para no trabajar. Me levanto sin necesidad de oír el ruido del reloj.

Mi madre me tiene el desayuno preparado, lo ingiero, después doy un paseo para mantenerme en forma y hablar con los amigos. Luego regreso y me pongo a leer. Mamá es una excelente cocinera, así que como, me echo una siesta de unas dos horas y vuelvo a mis libros. Ceno y salgo a la calle para olfatear el aire nocturno y mezclarme con los fantasmas. Mis pasos son ágiles y silenciosos, como si fuera un comanche. Aunque me encanta la madrugada, soy como Cenicienta a las doce en punto regreso y me voy a dormir.

A veces, cuando mi madre se levanta de mal humor, suele repetir que los pájaros aprovechan la luz del día para recoger semillas y yerbas para el nido. Cuando oscurece se recogen para pasar la noche. También los tigres duermen durante el día en algún lugar sombrío, pero rondan durante toda la noche en busca de alimento. Y la pesada termina: «Mal lo pasa quien con un vago se casa».

La tranquilizo. No seré yo quien se case. Requiere mucho esfuerzo.

Y ella llora porque nunca va a conocer un nieto.

Hace quince días a mi madre se le ocurrió morirse. Me quedé de una pieza. Sin saber qué hacer me vino a la mente la oración que rezaba todas las noches: ¡Ayúdale Señor, a andar derecho!

Y ¡vamos!, sí que anduve derecho. Alquilé los pisos y ahora vivo en este hotel a cuerpo de rey.

© Marieta Alonso

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Juego de té

15 febrero, 2025 por Akelarre 1 comentario

El juego de té
Foto cedida por el Zarzo Dorado A Coruña

Un juego de té de porcelana inglesa

Según una leyenda, al emperador chino Shennong se le cayó una hoja seca en su taza y comprobó que aquella hoja le daba al agua caliente un sabor mejor.

A partir de ese instante se comenzaron a necesitar utensilios especiales para preparar tan rica bebida. Y fueron ellos, los chinos, los primeros en elaborar teteras y tazas de cerámica y barro con forma de cuenquitos. Más tarde, la aparición del caolín dio paso a la creación de finísimas tazas de porcelana, que llegarán a Europa a finales del siglo XVII. En Gran Bretaña, se incorporaron el platillo y el asa.

Hoy, un precioso juego de té de porcelana inglesa Mason’s es el motivo que inspira nuestros relatos. Esperamos que los disfrutéis bebiendo esta deliciosa infusión.

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

Al abrir el paquete que había llegado a Correos, tuve que vencer el mal humor que me invadía. Tenía trabajo pendiente: en la Universidad terminar unas evaluaciones, en casa lo de siempre, y además desmontar los adornos de Navidad. Ya era principios de febrero y el abeto artificial seguía intacto con unas brillantes bolas que pedían un rescate. O eso pensaba, cada vez que pasaba delante tratando de desviar la mirada. Lo juro, de este fin de semana no pasa, soltaba en voz alta sin mirar al árbol.

Y ahora el paquetito de Correos, cuya fecha límite de recogida era precisamente esa tarde lluviosa y desapacible. Al abrirlo, en un momento de soledad que pude rescatar de deberes familiares, me quedé muy sorprendida. Un juego de té que me enviaba una señora por expreso deseo de mi tía Enriqueta. ¡Dios mío!

Tuve que hacer un esfuerzo para recordar la última vez que la había visto. Nunca tuvieron mucha relación, pues además de ser dieciséis años mayor que mi madre, vivió mucho tiempo fuera. De lo que sí era consciente es de que nunca se hablaba abiertamente de ella. Había un velo de misterio.

Ahora, viendo la delicadeza de las piezas de aquel juego de té, se me removieron lejanos recuerdos de alguna merienda en casa de la abuela con esa misteriosa tía y la extraña sensación que sobrevolaban aquellas situaciones. Aunque fuera una niña, notaba la inquietud de mi madre que no paraba de echar ojeadas al reloj y me hacía prometer que no le dijera a papá ni a los hermanos donde habíamos estado. Era un secreto entre chicas, sonreía nerviosa cuando volvíamos.

También ahora, mientras desenvolvía las piezas, me acordé que ese era el juego de té con el que merendábamos. La abuela decía que tenía que ser para mí, le tocara a la que le tocara,  era un recuerdo de familia. Después de un rato de besos, arrumacos y regalitos que me hacían la abuela y mi tía, las tres se enfrascaban en largas conversaciones en las que se intuían desacuerdos y disgustos, dichos en voz más baja para que no me enterara. Si la conversación subía de tono, se interrumpía por algunos chs, chs, de mi madre para que bajaran la voz y la abuela, con mucha dulzura, me indicaba:

—Carola, preciosa, vete al planchero un ratito o dile a Jacinta que te enseñe a hacer galletas.

Era perfectamente consciente de que en ese momento empezaba lo bueno. Dejaban de hablar en voz baja y hasta mí llegaba algún que otro tono destemplado y alguna vez hasta un portazo. Jacinta y yo nos mirábamos.

—En cuanto llega la señorita Enriqueta, el follón está asegurado —me confesó una tarde.

—¿Por qué? —Le pregunté.

Porque sí. Era una lianta, y se puso un dedo sobre los labios. Las niñas buenas se quedaban calladitas y ella no había dicho nada. ¿Estaba claro? Yo afirmaba envuelta en una mezcla de miedo y curiosidad. ¿Qué sería una lianta?

Esas meriendas no se repitieron. Mi abuela murió y la vi en el entierro, como un fantasma vestido de negro y un tanto alejada. Mi madre la miraba con disimulo, pero mi padre la cogió del brazo, le murmuró algo y se dirigieron a paso rápido al coche. Cuando pregunté si era la tía Enriqueta, se miraron y balbucearon, que sí, que era ella. Luego cuando insistí por qué no venía con nosotros y estaba tan lejos, con cierto enervamiento me aconsejaron que no preguntara cosas que solo incumbían a los mayores. No sabía lo que significaba incumbir, pero me callé.

Pasaron los años y no la volví a ver. Cuando le preguntaba a mi madre por ella, con ternura unas veces, otras con melancolía, me confesaba que no sabía por dónde andaba. Una tarde de invierno me dijo que la echaba de menos, que a lo mejor tenía que haber intentado verla más, pero que mi padre se negaba. Había hecho cosas tremendas. Recuerdo su expresión de desvalimiento. Pero era tan simpática, tenía tanta imaginación que hasta se hizo un traje con una cortina. Estar con ella siempre era divertido y, además, cuando tenía dinero, era muy generosa.

—Ha tenido una vida muy diferente y tu padre la ha sacado de muchos apuros.

—Es una lianta —le dije yo a modo de consuelo.

—Sí, eso era —sonrió con dulzura.

Luego supe que ese juego de té fue casi lo único que consiguió conservar de los innumerables embrollos que había sido su vida.

© Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Separó el visillo. El jardín aparecía envuelto en la triste niebla del atardecer, lo que la alegró. Esas tardes a Carmen Guijarro le gustaba invitar a sus amigas a tomar un té. Sus risas, charlas y cotilleos le levantaban el ánimo. Porque Carmen Guijarro se quedó viuda a los dos años de casarse, y su única hija, Carmencita, tuvo la idea de casarse con uno de Nueva York, por lo que la veía poco. Tenía que reconocer que se encontraba muy sola. Aunque la casa en la que vivía, heredada de sus padres, era preciosa. Y el jardín… Esos árboles casi centenarios envueltos en niebla, esos parterres de flores… ¡Cómo lo envidiaban todos los vecinos! Demasiado antigua, eso sí, y muy grande para vivir en ella una sola persona. Eso también.

Dejó caer la cortina y le echó el último vistazo a la mesa. Las flores, como siempre en los jarrones chiquititos de Christofle. Su criada, Juliana, había colocado el juego de té de porcelana inglesa Mason’s, y la cubertería de plata inglesa. Estiró una imaginaria arruga del mantel de hilo blanco bordado. Todo perfecto. En cuanto las oyó entrar en el jardín, se acercó de nuevo a la ventana. Lo hacían con el jaleo de siempre, sobre todo la alegre Ana, que a pesar de sus años continuaba riéndose a carcajadas. Si no fuera por su edad parecería que volvían del colegio. Menos mal que Juliana llevaba trabajando para ella años y años, y ya todo lo encontraba natural. Entró como niñera de su hija, luego, cuando Carmencita creció, se quedó en la casa para hacer lo que fuera.

Después de besarse, las amigas se sentaron a la mesa. Inclinando la tetera, Juliana dejaba caer el rubio líquido en las tazas. Adela, como siempre, tenía que diferenciarse. Pensando que nadie la escuchaba, pidió una copa de oporto. Debía tener cuidado. Más de una vez entre ella y su criada tuvieron que subirla a su coche y llevarla a casa. Con lo que incordiaba eso. Y no era por el hecho de tener que salir, sino porque al día siguiente tendría que llevarle el suyo, y para eso debía pedirle a Domingo, su vecino, que la acompañara. Si no, cómo iba a volver. ¿Andando? No. Prefería aguantar al pesado de su vecino.  Si Gerardo, el marido de Adela, se enteraba de que había vuelto borracha… No lo quería ni pensar. El hombre era muy mal educado y la hubiera liado. Podre Adela, ¡lo mal que le iban las cosas matrimoniales! Después Juliana sirvió el té a Elena. Continuó con Berta y, por último, llenó la de Antonia. Quizá, si Adela comiera un poco… Era cierto que estaba extremadamente delgada. Y claro, enseguida el oporto se le subía a la cabeza. Con especial elegancia, Elena se sirvió un pequeño sándwich de pepino. ¡Por favor! Tienes que decirme cómo los hacéis. Están buenísimos. Berta, cuéntame, cómo está tu hijo, preguntó animosa. Ya sabes. Está en la peor edad, y sus amigos… En fin, qué os voy a contar. No te preocupes, ya verás cómo consigues enderezarlo. Y si se fue de casa…, volverá. Ya sé que la culpable de todo fue esa jovencita con la que se quiere casar. Lo cierto, Berta, es que tú y tu marido tendrías que pensar dos veces antes de hablar de esa joven. Total, al parecer, el único defecto que le veis es que no es de familia importante. Ya sé, ya sé, que os merecíais una nuera mejor, pero la niña, a la que vi el otro día en el mercado, parece educada. Desde luego, es muy dulce y cariñosa. Y a tu hijo se le veía tan feliz. Por cierto, me dio recuerdos para todas vosotras. No, Berta, para ti no. Solo para ellas. Elena, no seas tan indiscreta. Todas conocemos a qué se dedica la madre de esta niña. Esa tiendecita que regenta tiene cosas muy monas. Sin ir más lejos, el otro día me compré el bolso que llevaba el domingo. Y a todas os gustó. Sí, es cierto que fue la novia de Enriquito la que me invitó a entrar en la tienda de su madre, “Cosas bonitas”, se llama, y a tu hijo, repito, se le veía muy feliz. Ya sé que te gustaría celebrar una boda como las de los otros, pero ¡chica!, no se puede tener todo en la vida. Lo que tú digas. Si fuera hijo mío, no dejaría de hablar con él. Si alguna posibilidad hubiera de que la parejita se deshaga, con vuestra oposición tan solo conseguiréis anularla.

Por favor, tomad algo. El dedo de Carmen Guijarro señalaba las bandejas llenas de pastelitos y bocadillos. ¡Ya me veo comiendo todo esto durante días y días! Pero no hablemos más de ellos, que nuestra conversación te está amargando la tarde.

 

Después de cerrar la puerta de la última interna, Mari se dirigió hacia el despacho de la directora.

—¿Se puede? —asomó la cabeza por la rendija.

—Pasa, pasa. ¿Necesitas algo?

—No. Tan solo quería decirte que ya las hemos levantado a todas. La de la habitación 38, doña Carmen Guijarro, me preocupa. Esta mañana está muy agitada, diría que incluso un poco febril. Creo que habría que darle algo que la serenara.

—Gracias, Mari. Ahora mismo llamo al doctor para que le eche un vistazo.

© Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

A su regreso de Londres, Maricarmen (ahora Mamen) organizó un té para sus amigas. El motivo era hacer partícipes a sus vecinas del nuevo juego de porcelana y demostrar que ella sí era conocedora de las reglas del saber estar y cortesía a las que todas querían acceder.

El complejo se construyó unos treinta años antes, cuando cierta cantidad de parcelas fueron declaradas urbanizables y un grupo de jóvenes parejas invirtieron todos sus ahorros en las casas de sus sueños. A medida que los propietarios ascendían en la escala económica, el barrio creció. Las construcciones (en un principio básicas) se fueron transformando en caserones como las que sus dueños descubrieron en las revistas de arquitectura y cotilleos. Llegó el momento en que la urbanización se cerró con vallas y hasta pusieron una garita de seguridad. Allí no iba a entrar nadie más, sólo los fundadores, como en las películas estadounidenses llaman a los peregrinos del Mayflower.

A medida que tenían hijos, estos iban a la misma escuela, practicaban deportes en el mismo club que sus padres y vecinos, y celebraban cumpleaños, bautizos y comuniones juntos. Una verdadera comunidad de amigos.

Las mujeres, por su parte, una vez liberadas de los trabajos que en su momento las encumbraran económicamente, se dedicaron a la vida social. Por supuesto, sólo entre las que vivían dentro de la verja protectora, transformando el complejo en una sociedad endogámica donde las rivalidades, infidelidades y rencores parecían no tener fecha de caducidad.

Las primeras comenzaron con los estilismos: quién se había hecho el mejor lifting, el corte o color de pelo más elegante o los atuendos más fashion. Siguieron con la seducción al marido de otra o con el profesor de tenis, salvo en el caso de Piluca (ahora Pilar), quien, dada su condición de hipocondríaca, se decantaba por los médicos del ambulatorio, además de por el marido de Constanza, con quien mantenía una relación por todas conocida.

Luego siguieron las competencias sobre quién era la más refinada y por ello Mamen había organizado el té del jueves por la tarde. Como ya se dijo, necesitaba lucir la porcelana comprada en Reino Unido para que las demás pudieran ser conscientes de hasta dónde llegaba su exquisitez.

La primera en llegar fue Pilar. Se desplomó sobre un tresillo y sacó el abanico para dar aire a un rostro rubicundo causado por el malestar que le produjo la visita al doctor Fernández, un verdadero adonis y su último amor, sin olvidar al cónyuge de Constanza, por ignorar sus síntomas.

—Insiste en que no tengo nada, que son obsesiones  mías, pero me encuentro cada día peor —casi gritó mientras se acomodaba entre los cojines—. Estoy a punto de ponerle una denuncia por mala praxis.

El resto de las ami-vecinas se mantuvo en silencio, acostumbradas a las angustias de Pilar sobre sus posibles enfermedades.

La última en llegar fue Constanza.

—Lo siento —se excusó—, he tenido que pasar por la casa de mi padre quien, como sabéis, ha fallecido, para recoger algunas cosas antes de venderla.

Lo que no dijo fue que en el garaje, entre las herramientas del jardín de su desaparecido progenitor, encontró un frasco de estricnina que el anciano utilizaba para exterminar animales dañinos, en una época en que la venta de dicho veneno era legal. Y…, que lo llevaba en su bolso.

De pronto, la puerta se abrió para dejar paso a un hombre bastante guapo.

—¡Sorpresa! —Gritó el recién llegado—. He pensado que vuestro té necesitaba una tarta—. Dijo depositando una caja sobre la mesa.

Asombradas, las allí reunidas levantaron los ojos hacia el intruso. Su esposa, Constanza, lo miró con odio.

—Tu  marido no tiene buen gusto — susurró la dueña de casa a la reciente huérfana.

—Desde luego que no—. Respondió ésta mirando sucesivamente a su marido y a Pilar.

—Bueno, me marcho, —continuó Tomás— aunque  me gustaría probar esta exquisitez—. Y dio un sorbo a una de las tazas.

Finalmente, y para la tranquilidad de todas, el entrometido se fue tras una reverencia fuera de lugar.

Cuando Pilar bebió su último trago de té, empezó a manifestar rigidez en la mejilla izquierda y a respirar con dificultad. Acostumbradas como estaban a sus numeritos de enferma imaginaria ninguna de las presentes le hizo caso. Eso cambió cuando extendió las piernas por debajo de la mesa, pataleando como si intentara nadar y, cogida del mantel, tiró el juego de porcelana. La tumbaron sobre la alfombra y llamaron a emergencias.

—Me marcho —dijo Constanza—, tengo demasiadas cosas que hacer como para soportar el show de esta histérica.

Subió al coche, pero antes de dirigirse a la clase de yoga, se detuvo un momento ante el despacho de su marido y dejó caer el frasco de veneno vacío en el cubo de basura.

—Dos por el precio de uno —murmuró.

Se ajustó el cinturón de seguridad y arrancó.

© Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Por la puerta siempre abierta se asomaba la cara de un niño. Sus ojos, negro azabache, brillaban repletos de risas. En el establo que estaba a pocos metros, una vaca pateaba el suelo y otra estaba acostada sobre la hierba. Hasta él llegaba un penetrante olor: la mezcla de paja y estiércol.

Se oyó la voz de la abuela llamando a desayunar. Era el día de su cumpleaños. A mediodía irían a celebrarlo a casa de la tita Ofelia. Le encantaba comer en casa ajena. La abuela siempre hacía cocido, pero su tita, no. Al primero le llamaba aperitivos: queso, jamón, lomo, aceitunas, ensaladilla rusa… Todo le gustaba. Luego le ponía en el plato un inmenso filete de ternera que el abuelo cortaba a cachitos. De vez en cuando, el anciano le robaba uno y él hacía como si no lo hubiera visto. Por fin el postre: arroz con leche. Y el primer regalo. No sabía cómo se las ingeniaba, pero tita Ofelia siempre acertaba con lo que él más deseaba y eso que estaba en una silla de ruedas. El regalo de los abuelos era muy barato, cientos de besos. Lo demás eran malcriadeces, comentaban.

Luego volvían a la finca para recibir la visita de su tío Ramón y su tía Hortensia, las dos cuñadas se toleraban. Y lo mejor de todo, la llegada de sus cinco primos. Recibía más regalos y a jugar. Era feliz entre tanta gente, entre tantas emociones.

Pero aquel cumpleaños terminó en desastre. Uno de los primos corriendo tropezó con la mesa y el juego de té, la joya de la familia, se hizo añicos.

Han pasado muchos años. Y todavía recuerda la expresión de terror de la tía Hortensia y el grito de la abuela ¡Dios mío! Desde entonces detesta el té. Bebe café.

© Marieta Alonso

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Las gafas

15 enero, 2025 por Akelarre 1 comentario

gafas de sol

Gafas de sol

La historia de las gafas de sol (ese accesorio que todos amamos y que sirve para complementar nuestros outfits y proteger nuestros ojos) es muy interesante y curioso.

Su origen se sitúa en las regiones árticas de América del Norte y parte de Siberia, donde los esquimales crearon este utensilio para protegerse. Posteriormente, en China, desarrollaron una tecnología para ahumar los cristales y así oscurecerlos. A mediados del siglo XVIII se utilizaron lentes tintadas para tratar problemas de visión, pero no sería hasta el XX cuando se popularizó su uso gracias a los actores y actrices de cine.

Este complemento es el punto de partida de cuatro historias ocultas entre secretos y caminos andados. Los personajes pretenden esconder su mirada, aunque a veces no lo logran… ¿o sí?

La vuelta

Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Yo he llevado gafas desde pequeña. Las odio. Nunca se me olvidará la carcajada de la clase cuando me las puse. Entonces no había lenguajes correctos de visión deficiente, complemento visual o cualquier otro término que alejara la realidad de lo que en verdad era: cegata, biroja, cuatro ojos. Entonces te lo decían sin paños calientes que lo dulcificaran.

Mi hermano Alejandro, en cambio, suspiraba porque se las pusieran y yo por llevar aparato para los dientes, que él tenía. Un artefacto estrepitoso que le sacaba unos hierros más allá de los labios y le hacía hablar con un ceceo.

Cuando llegábamos a casa, después del baño y los deberes, teníamos un rato libre en el que él se ponía mis gafas y yo su aparato. Nos agarrábamos del brazo como una pareja formal y paseábamos pasillo arriba y abajo, él con mala visión conducido por mí y yo parloteando sin que me entendiera y haciéndome llagas en la boca. Era un momento feliz, solo nos faltaba cumplir el deseo de tener algo escayolado, a poder ser un brazo para llenarlo de firmas, pero eso presentaba mayor complicación.

Pasaron los años. Yo me quité, por fin, las gafas, pues resultó que solo las necesitaba para leer o ver cine. Mi hermano acabó con una dentadura ordenada y una vida, en cambio, a salto de mata. No terminó la carrera, las broncas con mi padre se oían en el vecindario y muchas noches no aparecía por casa.

Recuerdo una mañana, al volver de la facultad, a mi madre sentada hierática en el salón, acompañada de un hombrecillo vestido con un traje mal cortado y un sombrerito en la mano. Su cara estaba demudada, pálida, con una expresión de Virgen Dolorosa que me impresionó. Al verme en el umbral con cara de extrañeza me dijo con serenidad.

—Este señor —le señaló con la barbilla—, está aquí por una deuda de tu hermano.

El hombrecillo se giró cauteloso y pude observar su cara cetrina, de ojos hundidos y un bigotillo que le daba un aire de anticuado funcionario. Lo sentía mucho, acertó a decir, pero él solo cumplía la Ley y tenía que embargar bienes por el valor de la deuda.

—Es el juzgado el que me envía.

Si no le daban el dinero, tenía que incautar objetos por ese valor. La cantidad era elevada, aclaró, y él era un mero instrumento de la justicia. Mi madre se desprendió de una pulsera de oro que llevaba siempre y se la entregó. Estaba segura de que su valor era suficiente para cubrir la cantidad. El hombrecillo extendió un recibo y con un aire entre confuso y acelerado guardó la pulsera en una bolsita. Le acompañé hasta la puerta, sin entender muy bien lo que sucedía y el hombre, con el sombrero en la mano, se despidió entre disculpas apresuradas. Lo sentía, se daba cuenta del disgusto que estaba dando a la señora, pero…

Cuando volví al salón mi madre permanecía en la misma postura hierática, quizás con algo más de color.

—No digas nada a tu padre —dijo con voz grave—. Júramelo.

Y me cogió la muñeca, por favor, me suplicaba. Me senté a su lado y permanecimos en silencio con las manos entrelazadas. Esto le mataría, alcanzó a susurrar.

—Tu hermano es un desastre.

Sacó un pañuelo de la manga y se sonó conteniendo las lágrimas. No sabía en qué estaba metido, pero temía cómo iba a acabar si no cambiaba de vida. No cambió.

Se fue a vivir a Sudamérica y perdimos el contacto con él. Fue una mezcla de temor, tristeza y liberación. ¡Ojos que no ven! Pero una especie de amenaza invisible se instaló en la familia. Pasaron unos años. Mis padres envejecían a ojos vista, como si una culpa los fuera achicando y una incomprensión les dejara paralizados. A veces se producían extrañas llamadas preguntando por él. Algún amigo me contó que le pareció verlo en el aeropuerto de Buenos Aires o de Chile. Todo era difuso, inconcreto.

Un día que celebrábamos San Alejandro, mi padre y hermano se llamaban igual, sonó inesperadamente la puerta. Nos sobresaltamos. Nunca perdimos esa sensación de expectativa de que en cualquier momento podíamos tener una noticia de él, probablemente terrible. Era lo más parecido a esperar el final de una película que no llegaba.

Abrí la puerta y encontré a una mujer delgada, morena, con el pelo recogido en una coleta y unas facciones finas y cansadas. De la mano llevaba a un niño con gafas y aparato.

—Me llamo Ale —balbuceó con dificultad por los hierros.

Le abracé y les hice pasar. Después vinieron las explicaciones.

© Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Delante del espejo, algo empañado por el calor del agua de la ducha, Belén se miraba la barbilla. Desde que Paco falleció, ella se había abandonado. Y aunque era cierto que necesitaba una depilación la imagen que reflejaba el espejo no la encontró tan mal. Sin embargo, tenía que reconocer que su compañera de colegio, Merce, iba a tener razón. “Dos años llorando y pasando necesidades, ya es bastante como para que la gente sepa lo que querías a tu maridito, chica.” La última palabra la decía de un modo tan despreciativo que llegaba a dolerle. Recogió las gafas de sol grandes de cristales color caramelo. Unas gafas regalo de Paco allá por los ochenta. Cerró la maleta y salió a la calle. Al aeropuerto de Barajas, dijo arrellanándose en el asiento de un taxi que olía a fresa.

Aunque no la hubiera visto nunca, a Belén le hizo mucha ilusión la carta de la nueva directora de su colegio. Se quedó enajenada al leer que su curso iba a celebrar las bodas de plata del fin de bachillerato. En el fondo, le hacía ilusión ver qué había pasado con sus compañeras. Con alguna había coincidido en la facultad, ella se especializó Historia Antigua. ¿Qué habría sido de las otras? Recordó a la bellísima Micaela, sus ojos de un verde tan especial que a veces hasta soltaban chispitas doradas, su melena brillante, negrísima, con destellos azules. Se decía que su madre se lo lavaba con coceduras de nueces. Podía ser. El padre de Micaela trabajaba con un asentador de pescado. Y su hija odiaba su olor. Lo mismo le sucedía con su madre. Odiaba sus mandiles y los restos de escamas entre las uñas. Sobre todo, odiaba el puesto del mercado, aunque fuera de su propiedad. Recordó la tarde en la que mientras tomaban la merienda en el patio del colegio, Micaela colocándose unas gafas de pasta blanca, iguales a las de Marilyn Monroe, elevó la cara al cielo y dijo: “Tengo escrito un guion para mi vida.” Luego de un profundo suspiro, añadió que, si lo seguía al pie de la letra, conseguiría jubilarse a los cuarenta años siendo millonaria. Aunque pronto Belén olvidó sus palabras, nunca consiguió dejar atrás la envidia que le produjo verla sacar un cigarrillo, darle vueltas entre los dedos y colocárselo en la boca como si estuviera fumando.

Al llegar al hotel de Florencia todas estaban cansadas. Aun así, decidieron tomar unas copas antes de acostarse. El primer comentario fue sobre Alicia, quien se había hecho monja y se encontraba en un país de África como misionera. Nelita tampoco estaba. Junto con Paquito, su novio, había fallecido en accidente de coche. Ambos iban ya en tercero de Medicina. También faltaba Antonia. Fue Dorita, sin duda la más simpática del grupo, quien contó la razón de su ausencia. En cuanto terminó el Bachillerato, la habían casado con un amigo de su padre, un multimillonario recién llegado de Méjico. Tenía dos o tres hijos y al parecer siempre se encontraba de viaje o enferma. De Micaela nadie sabía nada. Escribió para que se contara con ella, pero no había aparecido. Y ya, cuando estaban a punto de ir a dormir, como si fuera un vendaval, la vieron entrar en el hotel.

—Chicas, chicas —gritó después de ordenar al botones que llevara el equipaje a su habitación.

Se quedaron mirando su colección de maletas color mantequilla con herrajes dorados.

—Tenéis que perdonarme por no haber volado desde Madrid con vosotras.  Cuando recibí la carta estaba en Florida —como si fuera una actriz, dejó caer el abrigo, blanco, de pelo muy largo, sobre el sofá. Luego se quitó las maravillosas gafas con brillantitos en forma de gaviotas, y alegre gritó: “Pero…, ¡aquí estoy!”

A pesar de la hora, Micaela se volvió hacia el botones y le pidió un güisqui. Sin hielo, por favor. Luego, dejando la estela de su carísimo perfume, se sentó al lado de la dulce Pilita, madre de cinco hijos y tranquilamente casada, que la miraba sin disimulo.

—Fíjate, Belén, fíjate. Cómo viste, qué maravilloso cutis tiene—susurró Marta, sentada a mi lado—.  Yo, trabajando como una negra, no gano ni para vivir, y ésta, según dicen vendiendo su cuerpo, ¡mira cómo le va!

—¡Qué dices! ¿Vendiendo su cuerpo? —escuchó la voz de alguna, no sabía quién.  Y fue entonces cuando templada, hasta risueña, Micaela, sin duda reconociendo a aquella que había hablado, replicó:

—Marta, cariño. No debe preocuparte si vendo o no mi cuerpo, porque eso de vender lo hacemos todas. Si puedes, contéstame a esta pregunta: ¿acaso no te vendes tú al entregar los conocimientos que tú padre pagó, trabajando ocho horas o más, por un mísero sueldo de funcionaria y con el que ni siquiera conseguirás tener una buena jubilación?

Micaela se detuvo un instante. Nos miró una por una y al percibir que nadie tenía intención de contestarle, continuó:

—¡Ah!, ya sé que esa venta está bien vista. La mía, a mi juicio bastante más inteligente, es que sean otros los que trabajen para que, con su dinero, me regalen casas, joyas, coches, y viajes como éste. En fin… Yo sí conseguiré tener ahorros para pasar una buena vejez. Pero hay algo que también os voy a decir para que no os preocupe mi vida. Ya no trabajo. Ahora solo me divierto con mis rumbosos amigos. Aunque claro, para llegar esto hay que ser más que inteligente, lista.

Seria, Micaela giró la cabeza volviéndonos a mirar. Luego se levantó. Recogió el vaso de güisqui que el asombrado botones mantenía en una bandeja, y como si hasta entonces nada hubieran hablado, gritó:

—¡Chicas! dejemos estas cosas tan prosaicas, y vamos a divertirnos, que es a lo que hemos venido. Contadme, ¿cómo os ha ido en la vida?

Sacó un cigarrillo del bolso y comenzó a buscar el mechero. Entre nosotras, nadie fumaba. Aun hombre al que nadie conocía, alto, delgado, de mediana edad, se le acercó. Rápidamente le ofreció fuego.

—Gracias —susurró Micaela aleteando las pestañas.

© Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Una llovizna inclemente me acompaña durante todo el viaje al tanatorio. Triste y gris como la despedida a la que voy a enfrentarme. Encima, el aparcamiento está abarrotado. Dejo el coche y, cómo no, meto el pie en un charco. Nada puede salir bien en una tarde como ésta. Al entrar al recinto, me rodea una nube de gente compungida o fingiendo estarlo. Camino despacio, como si mi lentitud pudiera retrasar el momento de verla en el ataúd. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! ¡Cuántas confidencias quedaron en el aire!

La primera vez que la vi después de varios años fue en un centro comercial, ella entraba en una óptica. Me quedé mirando el escaparate, sin atreverme a cruzar esa puerta acristalada. Tenía mis motivos: apenas dos meses atrás había dado a luz a mi segundo hijo y mi aspecto no era el adecuado para encontrarme con una antigua compañera del bachillerato. Yo estaba usando una talla L y, como iba camino de la peluquería, mi pelo parecía más una escoba vieja que la melena que pretendía lucir a la salida del centro de estética. Además, las ojeras del mal dormir a causa de los llantos nocturnos de mi vástago, ocultas bajo las gafas de sol, me hacían sentir en inferioridad de condiciones.

Ella estaba radiante: esbelta, con un andar elegante para mí desconocido y unos modales de princesa que yo escudriñaba a través de los cristales. Escapé.

En el colegio, yo era de las populares, aunque con notas no muy sobresalientes, mientras ella huía de nosotras y durante los recreos mordisqueaba una manzana leyendo quién sabe qué. Cuando nos graduamos, desapareció de nuestra vida. Las chicas guay seguimos reuniéndonos para cotillear. Con el tiempo, a raíz de las nuevas tecnologías, formamos el grupo de WhatsApp de los antiguos alumnos. No la incluimos.

La segunda vez que pude verla fue de lejos. Yo acompañaba a mi marido al juicio que le habían incoado por malversación y estafa. ¡El muy imbécil no valía ni para eso! Ella era la fiscal. Tampoco esta vez me acerqué, seguro que fue consciente de quién era la mujer del detenido.

Tiempo después, cuando yo salía de una de mis visitas a la cárcel, iba tan furiosa por la situación en que nos dejara a mis hijos y a mí el incompetente, que me llevé por delante a una mujer. Era ella. Lloraba. Pude reconocerla porque, con mi empujón, se le cayeron las gafas de sol. Estaba tan compungida que ni se dio cuenta de su pérdida ni de mi presencia. Las recogí del suelo y las guardé. Eran de diseño, de una marca que yo en esos momentos no podía permitirme.

Por un tiempo no pude dejar de pensar en ella. ¿Qué le pasaría a esa mujer elegante y exitosa para salir de la prisión en ese estado? Transcurrieron las semanas y dejé de preocuparme por el tema, aunque usaba sus anteojos a diario, ansiosa por recuperar mi antiguo estilo, convencida de que si fingimos ser alguien durante un tiempo, nos convertimos en ello.

El verano siguiente mis padres nos invitaron a mis hijos y a mí a la playa. Fue allí donde ocurrió el encuentro. Mientras me entretenía con los niños en la arena, vi a una mujer leyendo debajo de una sombrilla. Yo estaba fabulosa. Esa vez sí me acerqué.

—Son tuyas —le extendí las gafas—, se te cayeron hace un tiempo. Y le relaté nuestro encontronazo.

—Quédatelas —cerró el libro y se incorporó—. Siento lo ocurrido. Entiéndelo, era mi trabajo.

—No es tu culpa —esbocé algo parecido a una sonrisa—. No era muy listo, pero tan guapo…

Entonces fue ella quien sonrió antes de decir:

—Sí, en el colegio todas estábamos enamoradas de él.

—¿Tú también?

—Claro. Era empollona, no ciega.

Reímos la dos. Después hablamos de muchas cosas y durante ese verano nos reconciliamos de una separación iniciada muchos años atrás. Nos descubrimos: ella no era la triunfadora que parecía ser, o al menos no se sentía como tal, ni yo la perdedora que mucha gente creía. Nos hicimos inseparables, tan diferentes y tan cercanas a la vez.

Despacio, como si me pesaran los pies,  me acerco a la sala donde yace desde que, esta mañana, un imbécil se saltó un semáforo y estampó su coche contra una columna. Murió en el acto.

Serena, rodeada de flores y del bisbiseo de los presentes, es la imagen de la Bella Durmiente a punto de ser despertada por el príncipe. Me acerco, abro el bolso, busco aquellas gafas que me regaló y las pongo sobre su cuerpo: «Por si allá arriba hace mucho sol. Ya me las devolverás cuando nos veamos.»

© Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

Es uno de esos días de invierno en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Como cada vez que es el cumpleaños del abuelo, ya tiene noventa y ocho, y repite: «Esta será la última fiesta familiar a la que podré asistir». Nunca sé qué contestar, bien pudiera ser verdad. La abuela lo manda a callar y pregunta: ¿Dónde están tus gafas? Siempre están perdidas.

Es uno de esos días de primavera en que la Villa de Madrid está especialmente bella... La familia al completo va de paseo para disfrutar de la floración, el despertar de los animales, el regreso de las aves migratorias. Es la renovación de la vida. En esos días la música calma los ánimos. Me encanta Vivaldi y aunque mi marido prefiera a Tristán e Isolda, no lo puedo evitar, Wagner me espanta. A mis suegros les gusta Mozart y Strauss. Los niños se pelean por el Reguetón.

Es uno de esos días de verano en que la Villa de Madrid está especialmente bella… Sin tanto tráfico, con mucho calor, los días más largos y las noches más cortas. Solo echo en falta el mar y unas gafas de sol. Para darme ánimo, mi marido me da un beso. Yo me siento violenta si lo hace delante de los niños. El pequeño corre a abrazarnos, quiere también un beso, pero la niña que está en plena adolescencia mira hacia otro lado como avergonzada de esa ridiculez a nuestra edad.

Es uno de esos días de otoño en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Las hojas de color verde cambian a tonos amarillos, rojos, ocres. Luego se secan y caen ayudadas por el viento. Hoy regreso pronto del trabajo. Cuando llega mi marido con los niños del colegio nos vamos al oftalmólogo. De allí a la óptica. Al llegar a casa nos hacemos una foto. Ya está. Todos con gafas, menos yo, que uso lentillas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

San Juan Evangelista

15 diciembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

San Juan Evangelista

San Juan Evangelista en el Pórtico de la Gloria

Este mes hemos querido celebrar la Navidad orientando nuestra mirada hacia el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. La centramos en uno de los apóstoles, para nosotras el más bello: San Juan Evangelista. Autor del Evangelio de Juan, fue el  más joven de los seguidores de Jesús y el último en morir a una avanzada edad por causas naturales.

Su imagen, acompañada por un águila (símbolo de fuerza y valentía) y de un libro (emblema del conocimiento y la sabiduría) es la viva representación de la pureza que queremos que os acompañe a lo largo de estas fiestas. La misma ha inspirado los relatos de este mes, que esperamos disfrutéis tanto como sus autoras al escribirlos.

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Era una chica corriente, con la lozanía de los pocos años, la inocencia de no haber vivido nada excepcional, y la mente vacía de cultura o conocimientos. La expresión de bondad se colaba en los ojos pardos y la risa fácil. Su belleza, si así podía llamarse, le había valido algún privilegio con los señores, uno de los cuales fue que el menor de los hijos la dejara embarazada

Ella pensó que le serviría para obtener una renta y enseñorearse un poco. No tenía más familia que un hermano que trabajaba lejos y una tía que la había colocado en el pazo. Que cumpliese y no diera la lata, fueron sus consejos. Al despedirse de la sobrina la miró con evaluación de alcahueta. A los amos se les obedece y se calla.

—Qué tonta eres, Brígida —le aseveraba Eulalia, su compañera en la cocina—. Estos te inflan, te prometen y luego…

—Luego ¿qué? —contestaba ansiosa la joven.

Luego, patada y a la calle. A ella no le iba a pasar eso, de ninguna de las maneras, porque Juan, que así se llamaba, le había dicho que la amaba, que siempre querría estar con ella. Eulalia, mujer madura y bondadosa, la miraba con una mezcla de pena y esperanza. El que le había hecho el hijo a la pobre chica era el mejor de la familia, se decía, y quién sabe, a veces las historias más absurdas cumplen los deseos más descabellados.

Y así fue. Juan se dispuso a huir con Brígida. Como el tiempo estaba recio, pues era primeros de diciembre, se sintieron como San José y la Virgen huyendo de la matanza de Herodes. Ella, montada en la mula que habían cogido de la cuadra y él, con un traje de labriego que consiguió a través de un viejo criado.

Esa noche la ventisca soplaba, la luna era esquiva y el jamelgo renqueaba por la dificultad del terreno. Consiguieron avanzar poco y acabaron refugiados en una cueva, pretendiendo que era un buen escondite lo bastante alejado. Los ruidos de palos dando contra suelo y los gritos de los hombres de madrugada les hizo comprender que estaban perdidos. Y así fue. Uno de los aparceros de su padre, el más fuerte y revirado, apareció a contraluz en la entrada donde se habían metido.

—A ver, los del bulto —estaban abrazados cubiertos por una manta—. Se acabó el juego.

Dio un silbido fortísimo y aparecieron tres hombres que, sin dudar, entraron a separarlos. El chico al puerto. Había ordenado el amo que se iba a las Américas, y la Brígida se viene conmigo. No sirvieron lamentos ni súplicas. A Juan se lo llevaron dos forzudos y a la chica él mismo la agarró y le hizo subir con las manos atadas a la mula. La llevó a su casa, y la tuvo trabajando y cebando para luego poder sacar buenos reales con la cría. La mantenía encerrada en la vivienda y la obligaba a salir a un patio, para que tomara el aire y así naciera fuerte lo que llevara en la panza.

Nunca antes, aunque hubiera trabajado como un animal, la habían tratado como si la estuvieran cebando para la feria. A cada pregunta que hacía de dónde estaba Juan, le respondía con un gruñido.

Al fin llegó el parto. El hombre llamó a la comadrona, una vieja aldeana con pinta de bruja, aunque de hablar y manos suaves. Todo iba bien, la tranquilizaba, mientras se oían las pisadas del hombre al otro lado de la puerta. Hasta le llegó a susurrar una especie de nana. Por primera vez recibía algo parecido al cuidado materno. Cuando la criatura llegó al mundo, ella estaba bajo los efectos de un liquido que le hizo oler la comadrona. Al despertarse, le dijeron que el niño estaba muerto. Estuvo una semana sin comer, sin moverse, sollozando como un cachorro herido. La vieja comadrona venía a diario, le dijo al bruto del aparcero que se había encariñado con la chica y después de darle una bolsa de dinero, la dejó ir con ella y aprender el oficio.

Y así fue. Conoció el buen trato, el cariño y una profesión que le permitió ser independiente y alcanzar fama en la zona. Antes de fallecer, la comadrona le confesó que el niño no había muerto. El animal ése lo había vendido a alguna mujer estéril. Le juraba que no sabía dónde estaba ni si el padre había vuelto de las Américas. Por más que buscó, nadie le dio referencia de Juan ni del niño. El pazo se cerró, los amos murieron y el silencio envolvió su pasado.

Decidió peregrinar a Santiago, al que tantas veces le pidió que los encontrara y cuando por fin llegó al atrio, casi se desmaya. Su Juan era uno de los evangelistas, el más joven y bello, el que se apoyaba en un águila para escribir. Se quedó tranquila al saber que ahí quedaban reflejados sus dos hombres, pues no dudaba que el hijo sería igual al padre. ¡Alguno viviría! Seguro que uno de ellos había servido de modelo a ese precioso santo y ella lo iba a encontrar.

© Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

Querida Carol:

No sabes cómo me sorprendió tu carta. “Adelita, Adelita, pero ¿qué has hecho?”, me ponías. Pues nada, Carol. No hice nada.

En efecto, tal y como dices, él me escribió una carta, confusa, profusa y difusa. Nada que ver con la de San Juan que, aunque también larga, lo que escribe está claro como el agua. Escrita como la de los antiguos, con pluma estilográfica, la carta es tan extensa que se nota que tuvo que cambiar el repuesto de la tinta. Además, parecía haber llorado mientras la escribía, porque algunas palabras tenían la tinta corrida. Nadie mejor que yo conoce eso de dejar correr la tinta. ¡Vamos! Que lo he hecho en más de una ocasión: Una gotita de agua, agitas un poquito el papel, y…, listo. La letra aparece como si hubieras derramado litros y litros de lágrimas.  Este truquito a mí siempre me ha dado muy buen resultado. ¡Mira que venirme a mí con cartas regadas de llanto! Es que me da la risa.

Sigo, querida Carol: La misiva tiene quince hojas. Total, treinta páginas. Casi como una novela corta. En ellas, con su letra de niño de preescolar, afirma que en esas líneas dice la verdad y nada más que la verdad. Solo le falta añadir: ¡Señor Juez!

Pero, Carol, ¿qué se cree? ¿Que yo soy una mentirosa compulsiva? Pues no.

Por cierto. He ido a la peluquería que me recomendaste y me han dejado estupenda. Hasta parece que mi melena fuera de seda. Continúo con lo nuestro.

Pues, no, Carol. No soy mentirosa.

Pero lo peor es que después de eso continuó con su análisis. Lo hacía como si yo solamente estuviera contando cuentos de aquí para allá.

Ya casi por la mitad de la carta va y me dice que él había puesto en mí toda su confianza. ¿Alguien, además de esta servidora, habrá visto escrito sobre un papel una tontería más grande? No lo entiendo. Debe ser porque de base tiene una mala educación. Mi madre, y sobre todo mi abuela, siempre me dijeron que no me fiara de ningún hombre. ¿Es que a él no le han enseñado lo mismo? En este caso sería de las mujeres. Pero, en fin. Eso tampoco es que sea lo peor de su carta que más parece una declaración de buenas voluntades. Dice, y esto lo escribe con letras de molde, que él siempre fue, es y será serio y formal. Que él siempre fue, es y será un hombre honrado. Que él siempre fue, es y será un marido serio y ejemplar. En una palabra, Carol, que él no piensa ponerme nunca los cuernos. Y luego, va y me pregunta si yo tendré ese mismo comportamiento con él.

Tan solo pude contestarle lo que tú ya conoces. En una postal con una foto preciosa de La Gran Vía, le escribí: Pues mira, Antoñito, no. Nunca fui, soy, ni seré, esa persona ejemplar que tú buscas. Y va y me contesta con otra carta, ésta vez más corta, eso sí, en la que pone que le da igual, que me querrá toda la vida, y que siempre me será fiel.

Pero ¿es que no se da cuenta que una parte importante de la pareja son los celos? Pues, ¡vaya! Si uno está tan seguro de que el que tienes enfrente siempre te será fiel, de que te amará eternamente… ¡Qué pereza, Señor! ¡Qué pereza!

Y me preguntas por qué me escribió esta carta. ¡Y yo qué sé! Bueno, sí lo sé, pero lo que conozco no da para tanto escrito. Lo que sí sé es que las dudas o los problemas entre una pareja se resuelven de muchas maneras, pero nunca escribiendo quince hojas, es decir, treinta páginas. ¿Quién puede leer con tranquilidad ese mamotreto de continua queja? Las cosas no se solucionan así. Porque, claro, si yo le hubiera contestado seriamente a, ¿cómo lo tenía que hacer? ¿Párrafo a párrafo? ¿Hoja a hoja? ¿Tengo que meterle el dedo en el ojo diciéndole que él es el primero en mentir, porque nunca fue un marido ejemplar?  ¡Si es que nunca se ha casado!

Lo cierto, Carol, es que a mí me cae bien, y lo quiero. Y si no aparece otra cosa, me casaré con él. Pero ¿no podría haber resumido su queja en un solo párrafo?

Y volviendo a tu pregunta del porqué de la carta, a ti no te voy a mentir. Sí lo sé. Sus padres, me vieron besándome con un chico. Con Paquito, mi novio anterior. ¿Recuerdas lo encantador que es? ¡Qué beso tan romántico! Era al atardecer y estábamos justo al borde del mar con el ruido de las olas, el vientecillo de antes de anochecer… ¡En fin!

La mala pata fue que sus padres, que son de esos que nunca están donde deben, les dio por pasear por el andén de la playa y nos vieron. Y como ni por la felicidad de su hijo son capaces de tener la boca cerrada..., pues, ya se sabe.

Ahora que ya te has enterado, nos tenemos que ver. Algo me tendrás que contar, digo yo.

Un beso muy grande de tu amiga que te adora,

Adelita

© Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mi padre tenía un amigo de la infancia, Anastasio, a quien todos llamaban Tasio. Se conocieron en el colegio y,  a pesar de tener personalidades diferentes, su relación duró muchos años.

Lo recuerdo como un señor imponente, y con una voz grave que no paraba de hablar; por si ninguno de los presentes nos dábamos cuenta, sin importar el tema que se estuviera tratando,

su frase introductoria para cualquier conversación era: «yo, con mi 1,97 de estatura».

Durante un tiempo estuvo ausente de nuestras vidas debido a que mi padre y él habían tomado diferentes caminos profesionales, hasta que llamó a la puerta y se reanudó la relación. Cada vez que se presentaba en casa, mi madre me cogía de la mano y nos íbamos de compras, al carrusel o a cualquier espectáculo infantil recién estrenado. Era mi día de suerte, porque como Tasio se quedaba hasta tarde, mamá y yo cenábamos en algún sitio de moda y volvíamos justo para irnos a la cama, después de un breve saludo a los señores.

Cuando pregunté a qué se dedicaba ese hombre tan ostentoso, mi progenitora respondió: Es chatarrero.

—No seas injusta —dijo mi padre con una sonrisa ante la contestación de su mujer—. Se dedica a la compra y venta.

—¡De chatarra! —Insistió ella.

Más tarde me enteré que las aseveraciones de mamá no estaban mal encaminadas. Tasio, hijo de un eminente cirujano, pero sin su cerebro, había buscado camino en la recogida de enseres que otros desdeñaban para vendérselos a quienes lo necesitaban. A pesar de lo simple que pueda parecer, se hizo un nombre entre los chatarreros. «Sesenta y dos años ininterrumpidos dentro de la profesión», solía manifestar, y el respeto de cuantos desempeñaban el mismo oficio. Había escrito varios libros sobre el tema, uno por año, que vendía con bastante éxito entre los suyos. Algunos hasta se tradujeron a otros idiomas. Puedo dar fe de ello, ya que cuando mi padre me llevó a su casa, vi su extensa biblioteca.

Tasio llevaba desde su juventud casado con Inés, una mujer que había sido muy guapa, pero que ahora parecía la madrastra de Blanca Nieves. Tampoco a ella soportaba mi madre, por ese motivo, y para que ni la señora ni su marido vinieran a casa, era papá quien los visitaba. A veces, y como para tener una excusa para regresar pronto y no alargar la velada, me llevaba con él.

He de decir que durante esas entrevistas, que solían prolongarse, Inés nunca nos ofreció ni un vaso de agua. Es más, ni se molestaba en salir a saludar, aunque se la podía oír dando órdenes a su perro o trajinando en el jardín.

Nos sentábamos  en un sillón frente a una puerta que Tasio denominó como de entrada a la sala de lectura de su mujer. El día que necesité ir al baño (que por cierto necesitaba una buena limpieza) empujé la puerta misteriosa con suavidad, pero no pude ver más que un revoltijo de cajas, libros y mucho desorden.

Pasé bastante tiempo sin acompañar a papá y, para  mi sorpresa, cuando volvimos encontré que aquella entrada enigmática había desaparecido. En su lugar había una pared descuadrada. De ella colgaba un marco con la reproducción de la fotografía de un joven muy hermoso con un libro y un águila. Ante mi pregunta sobre su origen, Tasio me contestó que era la imagen de Juan el Evangelista, del Pórtico de la Gloria en la Catedral de Santiago de Compostela.

Cuando nos íbamos, quisimos despedirnos de Inés, pero ella no estaba. Ni ese día ni en nuestras siguientes visitas. Tasio siempre tenía la misma actitud: a voz en grito decía «Inés, nuestros amigos se marchan». Nunca hubo respuesta.

—La ha matado —dije a  mi padre una de esas tardes mientras caminábamos hacia el coche—. La ha matado y emparedado donde antes estaba la puerta.

—Tienes demasiada imaginación —me contestó—. Y lees muchos libros de misterio.

Ante la negativa de mi progenitor a indagar sobre el tema, recurrí a mi amiga Elena, también amante de Sherlock Holmes y Agatha Christie. Compramos una pizarra como las que usan los detectives en las películas y comenzamos a anotar en ella los datos que conocíamos y los que sospechábamos, con tan mala suerte que mamá la descubrió, ordenándonos que dejásemos de «jugar» con la muerte.

—No es un juego, es una investigación —respondió Elena indignada—. Fíjese, la encerró en su habitación de lectura, clausuró la puerta con una pared y, encima, puso la foto de Juan el Evangelista quien, casualmente, lleva un libro en la  mano.

Mi madre lanzó un suspiro y nos dejó, aunque creí entrever una sonrisa en su rostro.

Sin embargo, nos faltaba saber cómo lo había hecho, hasta que, indagando en las enciclopedias, descubrimos que  Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen y, bajo Domiciano, fue echado en una caldera de aceite hirviendo de la cual salió ileso.

—El aceite hirviendo no nos sirve —objeté—. Juan no pereció por eso.

—Porque era un santo —replicó mi amiga—. ¿No dijiste que Inés era una bruja? Ya está…, sobrevivió al aceite y entonces él la mató a hachazos o dejándola encerrada.

Habíamos llegado a un punto desde el que no podíamos seguir, hasta que una tarde papá dijo que iría a ver a su amigo y nosotras le rogamos que nos llevara con él.

Acomodados en el sillón frente a la  puerta clausurada, contemplábamos la reproducción de San Juan, rogando su asistencia en nuestro «trabajo». Y nos ayudó. De pronto, por una ventana abierta entró una paloma que, en su revolotear por encima de la mesa, tiró un libro al suelo y salió volando. ¡Un libro y un ave! Solícitas, Elena y yo fuimos a recoger el volumen. En la portada pudimos leer: Crimen y castigo, esta última palabra subrayada con rojo. Alzamos la vista hacia el santo para darle las gracias.

De camino a casa preguntamos a mi padre si había leído esa novela.

—Sí, claro. Es la obra maestra de Dostoievski.

—¿Nos la deja? —preguntó mi amiga.

—Por supuesto que no —respondió—. Todavía sois muy pequeñas. Cuando seáis mayores…, entonces podremos comentarla.

Al llegar a casa corrimos ante nuestra pizarra de investigación para apuntar las nuevas pistas, estábamos tan nerviosas que apenas pudimos cenar. Pasaron los días sin que nuestros indicios nos llevaran a la solución del caso, hasta que unas semanas después, se anunció una nueva visita de cortesía a Tasio. Y por supuesto, nosotras nos apuntamos.

Pero ¡oh, sorpresa! Llegamos a una edificación para mí desconocida. ¡El asesino había vendido la anterior, dejando el cadáver emparedado en la antigua…! Y yo desconocía la dirección de aquella.

Pero no todo estaba perdido, rebuscamos entre la correspondencia de mi padre hasta encontrar una carta vieja de Anastasio con el remite de su domicilio y convencimos al hermano mayor de Elena para que nos llevara hasta allí.

Al llegar nos encontramos con una tropilla de albañiles, andamios y…, la policía. Cogí la mano de mi amiga con fuerza, nos miramos entre incrédulas y felices. ¿Acaso habíamos tenido razón?

—Aquí hay una bella durmiente que sí se comió las manzanas —dijo un señor vestido con un traje oscuro y una bolsa de plástico en la mano mientras salía de la casa—. Lleven estos restos de fruta a la científica y llamen al juez.

Al vernos nos ordenó que nos alejásemos dado que eso era el «escenario de un crimen». Le pedimos el cuadro de San Juan, pero nos lo negó argumentando que formaba parte de la documentación del caso.

© Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Todos los domingos las hermanas de mi madre me llevaban a misa. Araceli, la mayor, experimentaba una gran devoción por Mateo, Amalia amaba a Marcos, Rosalía adoraba a Lucas y, Gertrudis, sentía una pasión desmedida por Juan. Y las cuatro pretendían que yo me decidiera por alguno de ellos.

Un día, Araceli despertó con un feroz dolor de cabeza y la sensación de haber recibido en sueños una notificación divina de estar viviendo sus últimos atardeceres.

—¡Auxilio! —gritó— ¡No me puedo morir!

Era verdad. No se podía morir. Teníamos programado desde hacía diez años un viaje a Salerno, para visitar los restos del apóstol Mateo, discípulo de Jesús. Yo iba a ir con ella si mi madre, por fin, accedía a financiar esas vacaciones. A mí Mateo no me gustaba mucho, tenía barba y era muy viejo, pero con tal de ir al extranjero...

Como dormía en su misma habitación salté de la cama, segundos antes de que apareciera Amalia que pretendió tranquilizarla. Hablaría con Marcos, discípulo de Pedro, cuyo símbolo es un león. Y ¿quién no teme a un león? La muerte se lo pensaría antes de enfrentarse al rey de la selva, le susurraba.

Detrás, se presentó Rosalía con una estampa de Lucas, el discípulo de Pablo, el que aparece con un toro. Teniendo a esos dos animales de nuestra parte, replicó altanera, no habría ningún problema:

—Araceli, hazme caso, reza a Lucas.

Mientras tanto llegó Gertrudis con un libro, la pluma y un águila, su mascota desde hacía años. Explicó con la mayor tranquilidad del mundo que a quien debía dirigirse era a Juan, apóstol de Jesús.

—¡Era tan dulce! —exclamó mirando hacia el techo—. Además, las águilas poseen una vista penetrante, comparable con el Ojo que todo lo ve. ¡Fíjate cómo nos mira! —Exclamó acercando el águila a su pobre hermana—. Creo que quiere decir que no debemos preocuparnos.

—A ése, tía Araceli, a ése, rézale a ése. Es el que más me gusta. Guapo y poético como mi profesor de literatura.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

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