El camino
Desde que dimos el primer paso y tuvimos autonomía para andar, emprendimos el impulso humano de seguir moviéndonos, sin importar las circunstancias. Quizás, el camino es esa metáfora universal para referirnos a nuestra existencia, obligados a caminar, a veces incluso a nuestro pesar.
Con certeza por momentos, incertidumbre en otros, las sendas pueden abrirse en innumerables ramales que nos obligan a decidir.
En cada camino elegido ocurren acontecimientos, encuentros, desencuentros y hasta accidentes. Todo ello tiene lugar en los cuentos de este mes que esperamos disfrutéis.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
Indomable
Cristina Vázquez
Me costó reconocer el camino. Hacía diez años que me había alejado de este lugar en el que por un tiempo fui feliz. Volvía conduciendo sola desde el aeropuerto, aunque creí atisbar a algún pariente, preferí no verlos hasta llegar a la casa. En el fondo ninguno me importaba. El viejo había muerto y nos convocaba a la reunión el notario de la familia para la lectura del testamento. Mi única satisfacción era que el legado no iba a ser tan cuantioso como esperaba la pandilla de cuervos.
Al entrar en la finca no pude evitar un sentimiento agridulce. Alegría por ver tan verdes y crecidas las viñas que plantó Manuel, con el entusiasmo de la juventud y la promesa de un futuro feliz.
—Los primeros años serán duros —me decía con entusiasmo contenido—. Pero si estás aquí conmigo podremos con las dificultades.
Estábamos recién casados y yo recién licenciada en Historia del Arte. El lugar me pareció precioso y en la casa, aunque demasiado grande para nosotros, pudimos independizar dentro de ella un apartamento y dejar el resto para cuando vinieran mis suegros o los otros hermanos. Los primeros meses fueron idílicos: enamorada, joven, en una casa a mi gusto y el proyecto de hacer una importante bodega de la que se iba a ocupar mi marido. El primer año el granizo destrozó las viñas recién plantadas. Trabajamos codo con codo para intentar salvarlas. El éxito fue notable.
Recuerdo la fatiga y, a la vez, el bienestar de esos días. Rendidos, por la noche nos abrazábamos igual que si estuviéramos salvándonos de un naufragio. Este bienestar se acabó cuando apareció mi suegro.
—No olvides que a este capricho tuyo le doy un tiempo razonable. Si no funciona, clac —se pasó el índice por el cuello como dándose un tajo.
Tampoco olvidaré su mirada. Parecía que yo formaba parte del capricho del hijo. No podía olvidar cuando Manuel les comunicó que se casaba conmigo. El padre le dijo que yo era una yegua de remos finos, pero en el fondo, ¿de dónde venía? Ya que había fastidiado su boda con Elenita que les hubiera permitido unir las fincas y era una chica buena y conocida, esperaba que supiera manejar a esa potra. Estas lindezas las escuché sin quererlo. Mientras avanzaba por entre las viñas, me volvió a la memoria la risotada que soltó.
—Aunque te comprendo. Es una buena hembra.
También recordaba el contento de Manuel. A su padre le había gustado, me confesó emocionado, sin saber que yo lo había oído, o a lo mejor es que estaba de acuerdo con las palabras del viejo. No le habíamos vuelto a ver desde la boda hasta que apareció en la finca. La madre de Manuel, una mujer débil y bondadosa, nunca se atrevió a oponerse a ese hombre, dominante y mujeriego, al que, pese a todo, había que reconocerle un cierto encanto cuando él quería.
Fueron unos días inquietos e inquietantes. La voz del amo lo atronaba todo, dando órdenes, gritos, carcajadas y exigiendo nuestra presencia cada momento. No me gustaba estar con él, me miraba con una mezcla de aprecio y posesión que me hacía sentir incómoda. Me agarraba de los hombros cuando íbamos a ver las viñas y si intentaba zafarme notaba el peso de su mano como una garra posesiva. Manuel no parecía notarlo o le parecía normal el comportamiento de su padre, que se volvió más atento y comprensivo con él.
Cuando desapareció respiré tranquila, pero no se lo dije a Manuel, que parecía encantado con la confianza del padre que le dio dinero y esperanza para que siguiera el proyecto.
—A la bodega le pondremos Amaranta, el nombre de tu mujer —afirmó una noche en que el vino le soltaba la lengua y su mirada se volvía turbia.
Lo agradecí con una sonrisa esquiva y me retiré a mi cuarto, no me encontraba bien, me excusé. Él me dio un prolongado beso de buenas noches, que me lavé nada más llegar al cuarto y me acosté temblando. Al despertar al día siguiente, él ya se había marchado y aunque sentí una enorme liberación, el silencio de la casa se volvió enervante.
A los pocos meses volvió. Manuel estaba encantado pues prosperaban las viñas, había hecho contactos para futuras cosechas y su padre le daba todo el dinero que necesitaba. Yo me recluí lo más posible con la disculpa de que estaba estudiando unas oposiciones para la Universidad.
—Qué Universidad ni qué pitos —dijo cuando me disculpé—. Tu sitio está en la familia, al lado de tu marido y mío cuando esté aquí.
Yo no le obedecí y oía por las noches su deambular por el piso de arriba como un animal enjaulado. Al día siguiente se oían sus gritos y exigía a Manuel que me obligara a estar con ellos. Ya le había dicho que no era una potra fácil de domar. Manuel empezó a estar cabizbajo, su padre le retiraba el dinero para la plantación, se quejaba. ¡Si había estado de acuerdo en hacerlo! Al fin y al cabo, no le daba más que a otros hermanos.
—No entiendo qué está pasando —me confesó una noche mientras oíamos los pasos de su padre sobre nuestras cabezas.
Me suplicó que cediera, que estuviera con su padre y con él, tenía obligaciones de hija y la llave del dinero. De eso se había dado cuenta, cuando estaba yo, el viejo se ponía contento. No era para tanto, eran manías, siempre fue muy maniático. Que hiciera un esfuerzo.
Lo hice. El padre decidió que iba a pasar más tiempo en el campo. Le supliqué a mi marido que no me obligara a su compañía, pero no tenía ni la fuerza ni el hábito de oponerse, así que cuando saqué las oposiciones y me destinaron a la capital, me fui. Al cabo de un tiempo Manuel tuvo un extraño accidente. Mi dolor fue intenso y cuando volví para el entierro, la figura enhiesta y desolada del padre no me conmovió. Me pidió que volviera, sin mí esa casa era una tumba. Ya me lo había pedido muchas veces antes y lo que nunca supo es que Manuel y yo habíamos seguido viéndonos. Yo nunca dejé de quererle.
La bodega finalmente fue un buen negocio. Cuando entré al salón donde iban a leer el testamento, recordé los años que viví allí con lo bueno y lo malo. Los ojos de la familia de mi marido me miraron con suspicacia y, al irme, con auténtico odio. El viejo les había dejado la legitima y a mí todo lo que pudo.
Fuiste una potra indomable, pero la mejor, escribió en un tarjetón que me entregó el notario.
El marido de Berta
Malena Teigeiro
Era por la mañana temprano. Hacía frio. El peor día que uno podía escoger para hacer un viaje en coche. Cosme conducía como si lo estuviera siguiendo el diablo. Berta, a su lado, iba con los ojos cerrados. A ella siempre le daba miedo aquella forma de conducir. Quizá si pudiera dormir un poco. Pero no. Después de la última discusión con su marido, sus nervios apenas la habían dejado descansar. Estaba agotada.
La noche anterior había llegado tarde. Como siempre últimamente. Y esa misma tarde su hermana pequeña le había dicho que espabilara, que era la risa de todo el mundo. ¿Es que no se daba cuenta de que Cosme tenía una amante? Así, sin más, se lo había gritado. ¡Como si ella no lo supiera! En el fondo le daba la risa que Marta, su hermana, se asustara tanto por una amante. O sea, ¿que ahora se enteraba de que su marido la engañaba con otra? Vaya. Vaya. Y de las anteriores, ¿de esas no conocían nada? Lo cierto es que esta última era diferente. Le estaba durando mucho. A lo mejor iba más en serio, pensó.
Una pronunciada curva hizo que la cabeza de Berta se bamboleara. Abrió los ojos. Cosme iba adelantando a uno y otro coche. Echó un vistazo al cuentakilómetros. ¿A ciento noventa?
—¿No crees que vas un poco rápido? Como te paren los de tráfico te vas a la cárcel directamente —masculló como si no le importara.
—Eso querrías tú, ¿verdad? —gritó volviendo la cabeza hacia ella.
—¡Hombre! Sería una manera tan buena como otra cualquiera de terminar. ¿No te parece? —replicó volviendo a cerrar los ojos.
Escuchó aullar el motor. Sin duda había apretado aún más el acelerador. Con la cabeza apoyada en el respaldo, Berta entreabrió los ojos. El deportivo parecía querer comerse la cinta de la carretera. Volvió a cerrarlos.
Sus discusiones eran continuas, tantas que Berta se sentía anulada. Ella no era capaz de ponerse a su altura, por lo que él creía que la tenía dominada. En el fondo estaba en lo cierto. Era incapaz de contestar. Y no lo comprendía. Las palabras le venían a la mente, pero su boca se empeñaba en cerrarse, en callar. Lo que más le molestaba era que parecía ser que todos conocían a la amante de su marido, y seguro que ella era la comidilla de cualquier reunión. No le quedaba otro remedio que ponerse digna. ¿Por qué ese afán de meterse en su vida? Siempre creyó que pasados unos años se calmaría, y volvería a ella. Sin embargo, las palabras de Marta: ¿Es que todavía no te has enterado de que se casó contigo porque esperaba quedarse con el dinero de nuestro padre? Eso le había dolido. Tenía que reconocer que ella misma siempre pensó lo mismo. Nunca entendió cómo un hombre como aquel, guapo, triunfador, se había fijado en una muchacha tan insignificante. Y por qué no decirlo: francamente fea. Sin embargo, su padre desde el primer momento se negó a entregarle el adelanto de herencia que Cosme pedía. Incluso se negó a comprar el piso en la calle Serrano que le reclamaba. Tampoco le dio nada para el deportivo en el que ahora viajaban. Y eso que se lo pidió directamente. Y ahora decía que se lo iban a embargar. Al parecer debía un montón de letras. Sí. Bien mirado, ya no le quedaba otro remedio que divorciarse. Además, para ello no tendría problemas. Seguro que su padre tomaba cartas en el asunto. Nada le podía gustar más a sus padres que enviar a Cosme de vuelta a su casa. Cualquier cosa con tal de que desapareciera de sus vidas.
De nuevo sintió un acelerón. Luego un frenazo. El coche se iba de lado. Algo pasaba. Abrió los ojos. Agarrado al volante con fuerza, su marido asomaba el auto a un precipicio. Ella cerró los ojos con fuerza. El automóvil comenzó a dar vueltas, y su cabeza se golpeaba una y otra vez contra algo. ¿Era él quien gritaba? ¿Por qué lo hacía? Abrió los ojos.
El coche se deslizaba por una carretera bordeada de árboles. Era recta, no muy ancha. Al final de aquel bonito camino, una luz blanca, brillante, muy brillante, la reclamaba. Salió del deportivo. Se sentía volar. Atrás quedaban los gritos de Cosme.
En paz, tranquila, Berta se dejó absorber por aquella luz.
El viaje
Liliana Delucchi
Lo inicié hace años. Aunque el de hoy me parezca igual, tiene grandes diferencias, quizás es el mismo y no lo sé. Tal vez porque se ocultaba dentro de sí, como un espejo cuando lo enfrentamos a otro.
Es probable que fuera durante mi infancia, cuando todo parece nuevo y la mano, todavía gordezuela de mi compañero de pupitre, me encaminara hacia un aula que me atemorizaba a la vez que me atraía, por aquello del misterio de lo desconocido. Fueron muchos quienes estuvieron a mi lado durante el trayecto. Dependiendo de nuestra edad y situación los llamé de diferente forma: camarada, colega, compinche, cómplice… Algunos dejaron la piel y la vida en sus fatigas. Hubo amores y desamores, carreras de obstáculos y líneas rectas de fácil acceso; árboles que protegían con una sombra soberbia y altiva, o escuálidos como la rama de una parra seca. Alguien dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río, yo agregaría: ni deja sus huellas en las mismas piedras.
A medida que avanzaba por una senda que me parecía incierta, descubría que allí ya había estado, con otra edad, con distintos pensamientos, con diferente espejismo, pero el trayecto era el de siempre, con más o menos luz, con más o menos cansancio, con más o menos ilusión.
Los recuerdos son pocos, a veces se superponen, como fotogramas que aparecen en el éter…, y yo estoy en todos. En algunos con personas que se repiten. Sin embargo, otros personajes sólo aparecen por un instante, a veces sonriendo, otras con el ceño fruncido. Sin duda fueron importantes. Estoy seguro de que dejaron su impronta, como las manchas que aparecen en la piel según pasan los años. Mis sentimientos son contradictorios, a veces me siento perdido, otras intuyo que quienes se perdieron fueron ellos.
Miro al infinito y veo que el camino se alarga. Entre la maleza aparecen lugares conocidos y otros que intuyo conoceré. De pronto huelo a gardenias, y mi alma se escapa, ¿dónde? No lo sé, creo que tampoco quiero saberlo. Es como un gran vacío que me arropa y a la vez aturde.
Esta calzada, como una autopista al infinito, es una vieja conocida que, si bien ausente, está ahí, esperándome…, un día más. Es lo único que pido: un poco más, pues en ello me va la vida.
Andar el camino
Marieta Alonso
Era una mañana nubosa, de esas que amenazan tormenta. Me sentía triste, con ganas de llorar. El camino solitario daba esa sensación de libertad que a veces se necesita para que las ataduras no aprieten tanto.
A lo lejos, una mujer venía andando despacio, apoyada en su bastón, atenta a todo lo que la rodeaba: los colores del cielo, la hierba rala, verde, los árboles frondosos, las estacas, algunas inclinadas como si se fueran a caer. Oyó mis pasos, miró de frente con extrañeza. No me conocía. Fue a saludarme y, justo en ese preciso instante, tropezó con una piedra.
Menos mal que mis reflejos actuaron a tiempo y no cayó. Me pagó con una sonrisa. Y continuamos juntas.
Noventa y cinco años cumplidos. Una prótesis en la rodilla y otra en la cadera. Venía de estar con su amiga, veintidós días más joven que ella, pero más achacosa. Cada mañana, desde que se quedaron viudas, se encontraban en el bar de Juan, el de la Eusebia, después de El Angelus. Se tomaban una cerveza, a veces dos, tiradas, no de botellín, junto con un bocadillo de calamares o de jamón o de chorizo. Lo que les apeteciera. Juan les obsequiaba con una ración de queso de cabra o de torreznos. Ellas se lo agradecían dejándole una pequeña propina, no mucha, para que no se acostumbrara mal. Este buen hombre había sido el mejor amigo de sus hijos antes del accidente.
Por las tardes no salía, en invierno la noche caía muy pronto y en verano el calor quitaba las ganas de pasear. Le gustaba tejer, a ganchillo y a dos agujas. Coser menos, pero si había que hacerlo, lo hacía.
Venía pensando que al llegar a casa haría unas torrijas, al estilo de su madre, con el pan duro que guardaba en la bolsa blanca bordada en rojo y con la palabra Bread. Su bisnieta, que estudiaba en Londres, se la había traído de regalo. Solo con pensar en las torrijas se le hacía la boca agua.
Por un resquicio de su charla me colé y pregunté si se las iba a comer en Semana Santa, faltaban dos días para el viernes de Dolores.
—No, hija, esta misma noche para la cena me como una. Nada se debe dejar para mañana.
Una sonrisa pícara inundó su cara. Y tomando mi mano sugirió con ternura: Alegra esa mirada.