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La lluvia

15 abril, 2024 por Akelarre 2 comentarios

cuentos inspirados en la lluvia

Un paraguas para la lluvia

Abril que sale lloviendo, a mayo llega riendo.
Abril mojado, de panes viene cargado
Abril, para ser abril, ha de tener aguas mil.

Como se puede ver, según estos y otros muchos refranes populares, éste es el mes de las lluvias.

Todos recordamos abundantes aguaceros que nos hacían salir cubiertos con gabardinas, gorros y paraguas, saltar charcos y hasta maldecir a algún coche que nos salpicaba a su paso. Por no hablar de los resbalones que dieron con nuestro cuerpo en el suelo.

Y para conmemorar esos momentos y desear que el comienzo de la primavera nos bendiga no solo con chaparrones, sino con aquellas lloviznas persistentes que nos acompañaban desde el amanecer hasta la noche, a través de los paraguas hemos convocado a las meigas con nuestros escritos para que nos devuelva esa agua que acabe con esta sequía.

En los cuentos de este mes encontramos a una mujer cuya pasión por la lluvia la lleva a ser compradora compulsiva de paraguas; una anciana que recuerda los momentos en que la lluvia formó parte de su vida; la primera cita de una adolescente en otros tiempos y el accidente provocado por una carretera mojada que cambió la vida de tres personas.

Otros tiempos

Cristina Vázquez

El café oriental

Malena Teigeiro

Quinto Mandamiento

Liliana Delucchi

Bajo la lluvia

Marieta Alonso

Otros tiempos

Cristina Vázquez

Para mi amiga Oriente, la memoria que queda

El mes de abril era uno de los preferidos de Ángela porque la acercaba al verano. Esa era su estación preferida. La luz infinita alejaba la noche, los límites a su libertad disminuían y los besos robados de Andrés le chispeaban como un audaz recuerdo.

Durante el año, sólo le había vuelto a ver en un par de ocasiones en las que sus familias se reunieron para un cumpleaños y una paella en el jardín de los padres de Andrés. Ellos se miraban con el recelo de su secreto veraniego y Ángela no podía evitar que le irritara la falta de decisión de ese chico tan rubio y alto, tan guapo y soso, la verdad. No hizo ninguna alusión o guiño a su aventura veraniega, ni tampoco una llamada. Eso le partía el corazón, pero como su familia se enterara que había salido con él, le esperaba un castigo eterno.

—No tienes edad.

Le recriminaba siempre su padre ante cualquier intento de libertad que él llamaba subversión.

—Voy a cumplir dieciséis —le gritó la última vez, lo que le valió un mes encerrada en casa.

Maldito ogro, comentaba con Beatriz, su amiga íntima que también disfrutaba de un padre autoritario, aunque superar al suyo era imposible, confesaba entre lágrimas e ira contenida. ¡Imposible!

Al llegar el mes de abril, se produjo el milagro. Andrés la llamó y quedaron para verse ese sábado. Su amiga iría con Iñigo, otro amor secreto. Demasiado jóvenes para esas tonterías. Demasiado jóvenes para todo, se lamentaban ellas.

Por fin se reunieron con el nerviosismo y la ilusión del momento largamente deseado. No sabían qué hacer y decidieron ir a un cine. La película era Candilejas y la gruesa cortina que separaba la sala de cine de la entrada, le dio en el ojo a Ángela y se le cayó una lentilla, pero no dijo nada, no la iba a encontrar y además jamás confesaría su astigmatismo. La película, que Angela vio desenfocada, les aburrió y decidieron ir a merendar, siempre mirando el reloj, pues las nueve era la hora de vuelta. Al salir caía una manta de agua que no les desanimó a recorrer el camino de vuelta para acercarse lo más posible a casa de Beatriz, donde la iban a recoger.

Llegaron calados a la cafetería y mientras esperaban que se quedara una mesa libre ellas dos fueron al cuarto de baño a intentar secarse sus largas, jóvenes, brillantes melenas en el radiador. ¡Bella a toda costa! Ángela se veía a medias en el espejo por la falta de la lentilla que decidió quitarse. Pese a la nebulosa en la que se quedó, todo menos ponerse las gafas, pudo comprobar el decepcionante resultado de su pelo: húmedo, lacio, sin pizca de volumen.

El transcurrir de la tarde no dio cabida a que hubiera un poco de intimidad, algún momento de recuerdos tiernos, un reconocimiento de los prolongados anocheceres y besos de agosto. Andrés era tímido, no conseguía soltarse y el ruido abrumador de la cafetería no hacía fácil la conversación.

Tras la última ojeada al reloj, salieron a toda prisa otra vez a la lluvia, ahora menos furiosa, y se acercaron con paso ligero a la casa de Beatriz. Al entrar al amplio zaguán vieron que los padres de ellas charlaban amigablemente. No les dio tiempo a que los chicos se fueran, eran épocas en que acompañaban hasta el portal, y se quedaron los cuatro como estatuas.

—Mira quienes vienen —dijo su padre con cierta sorna.

—Nuestras hijas muy bien acompañadas —contestó el de Beatriz con irritación contenida.

Iñigo y Andrés, después de saludar educadamente, desaparecieron como almas que lleva el diablo. Castigadas dos meses sin salir, por desobedientes y mentirosas. Las dos chicas se miraron con la desesperación y el desgarro propio de la juventud y el temor a la severa reprimenda que les iba a caer.

Andrés no volvió a llamar nunca y veinte años después Angela lo reconoció de lejos en un concierto, pero no se saludaron.

Menos mal que esos tiempos habían pasado.

© Cristina Vázquez

El café oriental

Malena Teigeiro

Siempre me gustó la lluvia. Y también los paraguas. Sé escogerlos como nadie. Muchas personas no se dan cuenta de que al adquirir uno están comprando algo que les va a iluminar el rostro. Los compran al tuntún: porque son baratos, porque no pesan, porque es igualito al que lleva esa actriz que tanto le gusta… A veces incluso los compran grises, sin percibir que la luz a través de la tela del paraguas les adelanta el color de la muerte. Por eso los míos siempre son azules, verdosos. A veces incluso rosas.

Otra cosa que me sucede es que nunca me canso de comprarlos. Para mí son tan importantes como el bolso. Tienen que hacer juego con los zapatos, con la gabardina o el impermeable. Incluso tengo uno que fue de mi abuela con el puño de plata. Ese lo guardo para las ocasiones importantes. Sí. Para los entierros, las visitas...

Pero, y a fuer de que me repita, siempre tuve claro que me gusta la lluvia. Quizá sea porque en mi tierra esa agua que el Señor nos manda desde el cielo es una constante que se transforma en la compañera de las comidas. Porque claro, ¡qué íbamos a hacer cuando llueve si no es refugiarnos en un café, en un restaurante y comer!

También me enamora de la lluvia el frescor que alimenta la piel del rostro, los brazos, las piernas, en fin, de todo el cuerpo. Ese frescor es algo inimaginable para los que no conocen su poder.

Luego están los colores. No hay verdes más brillantes en el campo, ni cielos más azules, ni perfumes más intensos que los que nos regala la naturaleza después de una buena jarreada.

¿Y qué se puede decir de la música que arrastran las gotas sobre la seda de un paraguas? De esto último nadie habla. Quizá sea porque las personas corren por la calle huyendo de ella sin intentar escucharla, o porque temen que se les estropeen los zapatos, o que les decolore la ropa. Esas personas siempre me dieron lástima. No saben escuchar su son. No conocen que bailar bajo la lluvia es algo que se acerca a la divinidad. Y lo sé bien porque fue una tarde de lluvia cuando conocí a Yago. Ese día caía fuerte, pero no de manera torrencial. Era una de esas lluvias que no dejan entrar al viento, que no permiten que el calor se vaya. Él corría por los cantones con la vista fija en el suelo. Intentaba no pisar los charcos y al no llevar paraguas se agarraba las puntas del cuello de la gabardina. Parecía que quisiera resguardar la garganta. Y claro, correr así te lleva a tropezar con el que viene por delante. Y esa era yo. El tropezón fue tan fuerte que se le rompieron dos varillas a mi precioso paraguas púrpura. Yo, extasiada ante sus hermosos ojos verdes, reía y él no dejaba de disculparse empeñado en comprarme otro. No quise. Si supiera que lo había comprado en Alemania y que me había costado una fortuna, no lo hubiera entendido. Y como estábamos al lado del café Oriental le dije:

—Déjalo, lo llevaré a arreglar. Pero si de verdad quieres congraciarte conmigo, invítame a una cerveza bien helada —guarecido debajo de mi estrellado paraguas, se quedó quieto mirándome sorprendido.

—¿Bien helada? —susurró con un ligero escalofrío.

—Bueno. Pues si no te parece bien una cerveza bien helada, podrías invitarme a un chocolate con churros.

Coloqué las varillas rotas hacia atrás, y resguardados por mi paraguas, caminamos los cuatro pasos que nos separaban de la terraza del café y nos sentamos al aire libre, debajo del toldo. Era muy bonito ver llover desde allí. El agua que bajaba por la lona caía sobre una fila de veladores arrancando un ruido parecido al que deben tener las cataratas. Pasamos el resto de la tarde entre risas y bromas. Al despedirnos, nos cruzamos los teléfonos y quedamos para otro día.

Poco tiempo después nos casamos sin que yo lograra que me contestara a la pregunta de por qué corría aquella tarde si no tenía prisa alguna, como se demostró luego. Quizá fuera porque no llevaba paraguas.

Ahora soy yo la que no lo utilizo. Cuando llueve levanto el rostro y le agradezco a la lluvia que coloque en él las lágrimas que soy incapaz de derramar desde que Yago falleció atropellado por un automóvil.

A pesar de mi insistencia, nunca usó un paraguas los días de lluvia ni perdió la fea costumbre de levantarse el cuello de la gabardina al correr mirando al suelo.

© Malena Teigeiro

Quinto Mandamiento

Liliana Delucchi

Ese martes Juan no llevaba paraguas. Hubiera querido ser más previsor, pero no lo fue. Sin embargo, se disculpó ante sí mismo: ya lo había sido el día anterior. Al menos eso creía, cuando bajo una lluvia similar hundiera su calzado en el barro para llegar hasta el fondo de la hondonada y regresara a la carretera después de haber limpiado sus huellas.

El camino hasta el tanatorio le resultaba largo; se sacudió el cansancio y respiró profundamente. Antes de abrir la puerta pudo escuchar los murmullos de los rezos y sentir el olor de las flores. ¡Malditas viejas!

¿Dónde estaban cuando la querida Sara se marchitaba junto al que en ese momento yacía en el ataúd?

Su pequeña y dulce Sara. La llamaba su pequeña aunque eran mellizos, seguramente porque en el mundo de esa aldea en que se había criado, por ser el hombre se creía más fuerte. ¿Lo era? Posiblemente no.

Rodeada de mujeres de luto y el bisbiseo de los rezos, su hermana contemplaba el féretro con los ojos secos y las manos cruzadas sobre la falda. Una luz apareció en su mirada cuando Juan cruzó la sala en dirección a ella, una luz de amor…, con un destello de rabia. ¿Lo sabría? Ella era capaz de intuirlo.

La historia comenzó años atrás, en el instituto. Vicente, un ser anodino a quien en esos momentos las comadres del pueblo destinaban sus plegarias, llegó a la comarca con su hablar arrastrado y un tic nervioso en el párpado izquierdo, y al muy estúpido no se le ocurrió nada mejor que enamorarse de Sara. A la chica le dio lástima que fuera tan limitado y lo ayudaba con sus estudios, algo que el tonto confundió con amor, sin darse cuenta de que el corazón de la adolescente se derretía por otro, quien, al parecer, le correspondía.

Sara no era muy guapa, pero sí inteligente y rebosaba donaire. Tenía esa elegancia espontánea en las maneras que seducía a quien se acercara a ella, ya fueran profesores, padres o compañeros.

Llovía el día que, bajo los tilos, Vicente se le declaró y la joven confesó sus sentimientos por otro chico. Entonces, el rechazado cogió su bicicleta y se lanzó camino abajo, lloroso y hundido, sin percatarse de que pendiente más aguacero, más velocidad terminarían en lo que terminó: un accidente que lo dejó cuatro meses en coma. Cuatro meses durante los cuales Sara prácticamente no se separó de su cama, cuatro meses de culpa y plegarias que dieron como resultado que el enfermo despertara, aunque con una dicción peor de la que tenía antes de aquel percance, cojo y con una mano prácticamente inútil.

La carga que supuso para la mujer el resultado de su rechazo la llevó a aceptar casarse con él. Esa unión significó el comienzo de su deterioro. Desaparecieron la luz de sus ojos, su risa y aquel donaire que la caracterizaba.

Juan, incapaz de soportar dicho quebranto, dejó el pueblo y se marchó a la ciudad. Fue un tiempo de liberación para él. Sin embargo, distanciarse de la mediocridad en la que había crecido, no lo alejaba de la necesidad de rescatar a aquella con quien lo compartiera todo.

En sus espaciadas visitas para navidades o cumpleaños veía cómo su melliza se iba marchitando sin remedio, ante un marido dependiente y al que ella trataba como a un niño indefenso. Quizás lo fuera. El pelo sedoso de Sara perdió su brillo, sus uñas necesitaban una manicura y los hombros se le caían con la pesadumbre del desconsuelo.

Juan tenía que tomar cartas en el asunto. A pesar de lo difícil que se le hacía mantener una conversación con su cuñado, lo instó a abandonar su butaca junto a la chimenea y salir a dar un paseo. Semanas después lo convenció para que perdiera el miedo a las bicicletas y fueran juntos a dar una vuelta, y así fue como Vicente volvió a montar en ellas y hasta salir solo. Sara lo veía alejarse a través de la ventana y respiraba profundamente, como si el aire pudiera purificar tanto abatimiento.

Cuando el servicio de emergencias y los paramédicos descubrieron el cadáver de Vicente caído en el barranco, no se percataron de que los frenos habían sido manipulados.

Amparados bajo un paraguas, los hermanos se alejan del cementerio con paso lento. Ella aprieta el brazo de Juan y, por primera vez en mucho tiempo, sonríe.

—Estás empapada. ¿Te llevo a tu casa?

—No. A la peluquería.

© Liliana Delucchi

Bajo la lluvia

Marieta Alonso

No es una milonga lo que les voy a contar o quizás sí. No estoy segura.

Una noche de lluvia me cambió la vida y me vi recorriendo las calles de Buenos Aires, cantando Caminito y subiendo al segundo piso de Corrientes 348. Una noche de lluvia sentí que volvía a tener amores con un millar de pingüinos, que me subía a lomos de una ballena y a punto estuve de llegar a la Antártida. Una noche de lluvia me quedé como un témpano al conocer a Perito, el Moreno. La lluvia, las cataratas me hacen soñar, así que en un triángulo imaginario puse mis pies en Argentina, el brazo derecho en Brasil y el izquierdo en Paraguay y caí en la confluencia de los ríos de Iguazú y Paraná. Mas un día soleado me volvió a cambiar la vida y regresé a España con la certeza de haber conquistado América. Allá dejé a mis mejores amigas incubando jacarandas.

Parece que ha dejado de llover. No. Es un paraguas el que me protege. Tampoco. Estoy bajo los soportales de la plaza Mayor de mi pueblo. Un vecino me dice que lo cierre que abierto, bajo techo, trae mala suerte. Le hago caso por si las moscas. Me gusta ver las nubes corretear, ver cómo caen las gotas, cómo riega las plantas, cómo se la traga la tierra. Me gusta tanto que sin darme cuenta voy hacia ella, en cuestión de segundos quedo empapada y eso que el mismo vecino fue en mi busca y me aconsejó prudencia: puedes coger una pulmonía, resbalar y caer. No tienes edad.

¡Qué lástima! Ya no soy la de antes. Aquella que se metía en todos los charcos y nunca enfermaba. Recuerdo con melancolía aquellos tiempos, el rumor de los chorros cayendo desde los tejados y a las cuatro amigas tomadas de las manos saltando para mojarnos mejor.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Mujer asomada a la ventana

15 marzo, 2024 por Akelarre 4 comentarios

Mujer asomada a la ventana

Mujer asomada a la ventana

Este óleo sobre lienzo de 73x 44, se halla en la Antigua Galería Nacional de Berlín y es obra de Caspar David Friedrich, considerado el pintor más representativo de su generación: El Romanticismo.

Tiempos convulsos en los que se produjeron grandes cambios políticos, sociales, espirituales y filosóficos que influyeron en los años posteriores.

Nació en 1774 y murió en Dresde en 1840. Tuvo éxito y reconocimiento temprano.

En este cuadro la modelo representa a su mujer, Caroline Bonner. A lo lejos se ve el río Elba y un mástil de barco. A diferencia de otras obras de la época, en los que la mujer es objeto de observación, aquí la protagonista es un personaje activo que obliga a mirar a través de ella.

Es el único interior que pintó, en cambio, tiene una serie de escenas contemplativas contrapuestas a cielos nocturnos, nubes, viejos árboles o ruinas góticas, temas inspiradores durante el Romanticismo.

Esta pintura ha dado lugar a historias sobre una querida tía, una viuda, una joven curiosa y una mujer enamorada.

Inútil espera

Cristina Vázquez

Berta no quiere ver el cielo

Malena Teigeiro

La mujer del cuadro

Liliana Delucchi

La viuda

Marieta Alonso

Inútil espera

Cristina Vázquez

De mayor, ya casi anciano, Gabriel recordaba la imagen de su tía siempre asomada a la ventana. Se llamaba Lucrecia y era la hermana pequeña de su madre que vivía con su abuela viuda. Gabriel la recordaba ágil, de talle flexible y fino, bromista y en su cara las pecas y un par de hoyuelos le daban una expresión de risa contenida que iba a explotar en cualquier momento. Otras veces, en cambio, su rostro se demudaba en un gesto triste, el tono de su voz se volvía violento y algo en ella daba miedo. Pero él la adoraba.

—Eres y serás siempre mi preferido, Gabriel —le acariciaba la mejilla con un dedo—. Te pusieron ese nombre porque cuando naciste dije que tenías cara de ángel.

A continuación, dándole un pellizco echaba a correr asegurándole que eso se lo decía a todos los sobrinos, así la querrían más. Una tarde que repetían ese juego y Gabriel iba detrás de ella, se giró con brusquedad y cogiéndole la cara entre sus manos, le miró desde la profundidad de sus ojos color miel. A lo mejor dentro de poco se tendría que ir muy lejos, estaba esperando a un hombre, un novio que la llevaría a vivir a un país precioso.

—Dentro de poco, Gabriel, pero… —y en voz baja—, me tienes que guardar el secreto. Solo tú lo sabes.

Recuerda que sintió una mezcla de orgullo y tristeza, ¿por qué se tenía que marchar, por qué era un secreto, quién era ese hombre? Y esa tarde algo en él se quebró, algo a lo que no supo dar nombre.

Pasados unos meses, la inquietud de Gabriel, al ver que su tía se quedaba, fue disminuyendo y cuando le preguntó cuándo se iba a ir, ella, tapándole la boca, le exigió que nunca, nunca lo repitiera o dejarían de ser tía y sobrino. Al poco tiempo de decirle esto, recordaba la punzada que sintió la mañana que su madre se fue precipitada de casa, sin arreglar, con el abrigo echado de cualquier manera sobre los hombros y volvió tarde en la noche con un desconsuelo marcado en la oscuridad de sus ojeras.

No volvió a ver a su tía en mucho tiempo. Si preguntaba dónde estaba, un silencio ominoso, o no eran cosas de niños, que se callara, por favor, era la atribulada, inconclusa respuesta que le daban. Él intuyó que algo terrible o, al menos, incómodo o vergonzante había sucedido. La ausencia de Lucrecia, bajo esas misteriosas condiciones, le hicieron desconfiar del mundo de los mayores. Sintió por primera vez un sabor amargo que no conseguía aliviar con caramelos. Comprendió cuánto la quería, cuánta alegría y cariño le daba esa divertida mujer en comparación a los rígidos modos de padres y otros tíos.

Al fin, después de unos años, le comunicaron que iban a visitar a la tía.

—Como la quieres tanto puedes venir con nosotros —argumentó su padre con una solemnidad amenazante—. Pero he de advertirte que será muy duro verla.

Gabriel acababa de cumplir quince años, su recuerdo era un oasis en el desconcierto adolescente y afirmó que sí, que estaba dispuesto.

Llegaron a un edificio de tres plantas de un color gris desvaído, rodeado de un jardín pobre y mal cuidado. Al entrar, observó unas plantas desanimadas que trataban de aligerar el aspecto lúgubre de aquella casona con rejas en las ventanas. Esperaron un momento en un despacho hasta que un médico de afectuosa sonrisa les pidió que le siguieran. Nunca olvidaría el ruido de las tres vueltas de llave que dio para abrir, el olor a cerrado del cuarto y la figura de espaldas que se inclinaba sobre la ventana. Solo un atisbo de su frágil cintura le pudo recordar la agilidad, la gracia de antaño.

Se quedó horrorizado, quiso salir, pero en ese momento ella se dio la vuelta y sonrió. ¡Gabriel! Se había transformado en una desconocida. Seca, triste, casi una anciana, solo pudo reconocer el color miel de sus ojos, aunque sin brillo. Se acercó y le puso una mano en la nuca para arrimarse a su cara.

—Dentro de poco me iré —susurró con torpeza—, guárdame el secreto y te llevaré conmigo. Después se giró y volvió a asomarse a la ventana.

Cuando salieron, arrastrando los pies pasillo adelante, acompañados por el amable doctor, éste les iba diciendo que estaba mejorando, aunque les costara creerlo. Además, continuó, había sido una bendición poder evitar la cárcel.

—Fue un asesinato terrible el de aquel desconocido.

© Cristina Vázquez

Berta no quiere ver el cielo

Malena Teigeiro

En cuanto llega la tarde y acaba con sus quehaceres, Berta se asoma a la ventana. Siempre a la pequeña. Allí lo espera con la mente en blanco. Bueno, en blanco no, porque de su cabeza no desaparece nunca la imagen.

Martín tiene los ojos transparentes, de color verde, de ese que es como el agua del mar. Adora esos ojos que la miran de arriba abajo y que le hacen bajar los párpados avergonzada. Una de las cosas que más le gustan de él es la sonrisa. Cada vez que le baila en sus gruesos y húmedos labios, se enamora un poco más.

Berta saca medio cuerpo hacia afuera. Quiere mirar lejos, muy lejos. No. Todavía no vuelve. De nuevo se acomoda en el alfeizar de la ventana pequeña. Siempre en la pequeña. Espera. Siente frío y se arrebuja en su chal.

Ahora recuerda sus juegos de niños. Porque él y ella están juntos casi desde que nacieron. Qué día tan feliz el de su matrimonio. Todo fue perfecto. Hasta el sol fue espléndido. Sonríe. Martín era pícaro. Sí. Siempre tuvo una inocente y osada picardía que todavía la mantiene enamorada. Por eso lo espera en la ventana pequeña. Esa que le deja ver los campos y los barcos que atraviesan el canal. A ella no le gustaba mirar por la grande. Escucha el rasgar de la quilla de un barco y cierra los ojos. No. No era el de él. Porque Martín patronea con dulzura, casi mimando las aguas. Aspiró el perfume a hierba. Aunque sus ojos fueran del color del agua, él no olía a mar. Él olía a leche y a bollos, a bebé y a hogar. A veces también a vino. Y ese olor fuerte, agrio le repelía. Una ráfaga de viento le hizo sujetarse unos rizos.

Una de las cosas que más le gustaban a Berta, era sentir su calor al despertar, y todavía muchísimo más aspirar el perfume de su piel. De día, sola en la casa, echaba de menos su risa y su voz, incluso cuando protestaba por cualquier cosa. Porque, tenía que reconocerlo, su hombre, además de alto y delgado, era un poco pendenciero. Aunque ella le riñera cada vez que le contaban una de sus peleas, entendía que no había que darle importancia, que eran cosas que hacían los maridos al salir de la taberna. ¡Ya se corregirá con el tiempo! Últimamente está bastante preocupada. Son muchas las noches que llega tarde y en un estado lamentable. Recordó aquella de no hacía tanto tiempo, que lo tuvo que ayudar a subir a la habitación. Vomitó por las escaleras. Pero era un buen hombre. Aún en aquel estado Martín le pidió perdón por el trabajo que le estaba dando y le juró que no volvería a emborracharse. Ella sonrió. Era casi imposible que pudiera cumplir con su promesa.

Berta se acarició el vientre. Su bebé ya no estaba allí. Y no entendía por qué. Ahora lo recordaba. El bebé salió de su vientre el mismo día que le dijeron que Martín se había ido al cielo, que no volvería nunca más. Que la noche anterior le clavaron una faca en el pecho. Pero sabe que no es cierto, que como tantas otras veces, y aunque esté borracho, llegará a casa y la abrazará y la besará.

Y por eso Berta nunca mira por la otra ventana, la que está alta, la que solo deja ver el cielo. Teme que Martín aparezca entre las nubes con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro

La mujer del cuadro

Liliana Delucchi

Nada más despertarse, Amanda se había sentado frente al ordenador. Transcurridas dos horas, la pantalla continuaba en blanco. Durante ese tiempo se levantó a prepararse el tercer café de la mañana, regó las plantas y ordenó los jerséis por colores. Nada. Ni una sola idea para el artículo que le encargaran en la redacción. ¿Y si voy al mercado a comprar algo para comer y de paso me despejo un poco? Despejarme…, ¿de qué? Quizás del vodka que bebí anoche mientras veía seis capítulos de una miniserie. Cualquier cosa para no pensar en esta vida carente de estímulos. Mejor no rumiar sobre ello, mi terapeuta dijo que debía ser más positiva, ver las cosas bajo un prisma más provechoso. ¡Como si fuera fácil!

El sonido de la llegada de un mail le dio la oportunidad para abandonar una vez más la página en blanco. Se lo enviaba Mayte invitándola a una exposición de pintura junto con la foto de uno de los cuadros: mujer mirando a través de una ventana. Preciosa la pintura. ¿Qué estará viendo esa señora? ¿Despide a alguien o lo espera? Mejor voy a comprar el almuerzo.

Erró por los puestos del mercado sin detenerse en ninguno. De pronto se dirigió al de la carne, no porque le apeteciera o supiera qué cocinar, sino porque allí estaba él, en la cola de la carnicería, el vecino que se había mudado hacía poco a los nuevos pisos frente a su casa.

No sólo era guapo, tenía un halo de misterio de esos que a ella gustaban tanto, una especie de mirada perdida. ¿O será miope? No entendió muy bien qué era lo que él estaba pidiendo a la carnicera, pero se acercó para preguntarle cómo lo prepararía.

El joven la miró desde el fondo de unos ojos verdes brillantes como hojas de castaño humedecidas y le dio una receta que Amanda fue incapaz de recordar.

—Gracias… —dijo ella—, por cierto, soy Amanda.

—Alfonso. De nada, ya me dirás cómo te ha salido.

Y allí terminó el encuentro romántico, porque cuando se le ocurrió cómo continuar la conversación, el vecino pagó su cuenta y con un escueto «hasta pronto», abandonó el local.

Al regresar a casa, no había ocurrido milagro alguno: ningún alma, genio o lo que fuera, escribió su artículo y en la pantalla del ordenador solo encontró la foto del cuadro que le enviara su amiga.

¡La ventana!, eso es.

Entonces recordó que en la buhardilla, junto a un montón de cosas viejas había un telescopio que perteneciera a su abuelo. «No sé qué miraba la mujer de la pintura, pero sé lo que investigaré yo.»

Instaló el aparato frente a la cristalera en dirección al piso del vecino y al más puro estilo de La ventana indiscreta, se dispuso a espiar. Estoy loca, se repetía mientras direccionaba el foco hacia la casa de Alfonso. Y entonces lo vio, sentado en un salón minimalista, frente al escritorio aporreaba las teclas del ordenador. ¿Cómo puede escribir tanto y tan rápido? ¿A qué se dedica?

El segundo encuentro se produjo una tarde en que Amanda corrió escaleras abajo al ver, a través del telescopio, que él salía. Amablemente, Alfonso le preguntó cómo le había salido la comida, a lo que ella contestó que dada su mala memoria y escaso conocimiento culinario, cuando se dispuso a prepararla ya había olvidado la receta.

—Eso tiene solución —respondió el joven— te invito a cenar esta noche y así ves cómo lo hago.

Prácticamente vació su armario buscando qué ponerse para la cita. Finalmente, cuando hubo encontrado algo tan discreto como adecuado, compró una botella de vino y cruzó la calle.

Durante la velada supo que no sólo era soltero (¡bien!) sino profesor de literatura y escritor.

—¡No puedo creerlo! Eres mi salvador.

Y entonces contó que le encargaron un artículo sobre la teoría acerca de que Christopher Marlowe pudiera ser el autor de gran parte de la producción literaria de Shakespeare y…, ella no tenía idea por dónde empezar.

Regresó a su casa con una gran cantidad de libros y estuvo escribiendo hasta el amanecer. Al día siguiente revisó el texto y finalmente pulsó «enviar». Después de una ducha, compró cruasanes. Antes de llamar a Alfonso para invitarlo a desayunar, puso la mesa digna de una cita de película, y fue entonces cuando vio que su «máquina de observar» aún estaba en el salón.

A toda velocidad subió al altillo con el aparato que ahora pesaba mucho, y cuando lo hubo escondido entre un montón cosas inútiles, se detuvo un momento en la puerta, esbozó una sonrisa y murmuró: «Gracias, abuelo».

© Liliana Delucchi

La viuda

Marieta Alonso

En el pueblo se la tachaba de insensible, que sus ojos verdes tan bellos no sabían llorar. Callada y serena ante imágenes que hacían verter chorros de agua al más rudo de los hombres, ella se mantenía imperturbable.

Despidió a sus padres, marido, amigos, sin que aflorara ni una sola lágrima. Iba al cine eligiendo películas tristes y tampoco era capaz de llorar; veía el telediario, los documentales no aptos para la sensibilidad de los espectadores y seguía con el maquillaje intacto.

Solo ante aquella ventana, la que estaba libre de miradas indiscretas, lloraba sin cesar recordando su engañosa vida de casada. Nunca, salvo continuas excepciones, pensó mal de su marido. Ahora, vestida de negro con el pelo recogido en un moño, hasta de espaldas se veían las huellas de su tragedia.

¡Ay, su marido! Era un hombre de cabeza pecadora y cuerpo casto.  Ante ella discurseaba sobre la moral, la necesidad de apaciguar las furias pasionales impuestas por la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los placeres consumados para acabar con que no había que dar rienda suelta a los instintos. ¡Hasta se daba duchas de agua fría para limpiar su mente de pensamientos obscenos!

Así fueron pasando los años: Ella deseando tener hijos y el practicando la castidad. Hoy ante esa ventana maldice la educación que recibió de su madre. Su marido vivió demasiado. Y, a ella, no se le ocurrió poner remedio cuando aún tenía edad de merecer.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El pavo real

15 febrero, 2024 por Akelarre 3 comentarios

relatos cortos inspirados en un pavo real
proud peacock revealing his beauty

El pavo real

La simbología del pavo real es larga, ya que su majestuosidad llamó la atención del hombre desde antaño. Aunque se lo asocie con el concepto de vanidad es, en casi todas las culturas, un símbolo solar relacionado con la gloria, la belleza, la sabiduría y la inmortalidad.

Originario de la India, donde es su ave nacional, fue Alejandro Magno quien lo llevó a Occidente junto a su significado simbólico, relacionado con su larga cola de colores y dibujos en forma de ojos que, debido a ese perfil circular y a su brillo, conectan también con el ciclo vital y eterno de la naturaleza.

Los sonidos que produce consisten en graznidos que pueden relacionarse con el maullido de un gato y trompeteos asombrosamente graves.

El engreimiento que se le supone a esta ave ha sido llevado por nuestras cuentistas a un hombre que se vale de su belleza para vivir; a una mujer cuya afectación padece su familia; a una joven que educó a estos pájaros y a un niño a quien salva de la soledad.

Célebre espectáculo

Cristina Vázquez

La cerveza

Malena Teigeiro

El regalo

Liliana Delucchi

Chifladuras de mi abuela

Marieta Alonso

Célebre espectáculo

Cristina Vázquez

A medida que el barco se iba acercando a su destino, el temor por su nueva vida se instaló en Amandina como un pesado collar. Hacía meses que no veía a su marido, con quien se había casado por poderes, y le inquietaba qué podría encontrarse en este alejado país. La dulzura del aire y la pureza de la luz, a medida que se acercaban, le ayudó a aliviar sus temores.

Cuando por fin arribaron, lo buscó entre la muchedumbre. Llevaba años viviendo en ese país tropical, del que le escribía maravillas: su exuberancia, la amabilidad de la gente, la bondad del clima. También le describía animales exóticos y frutas nunca saboreadas en la península. Al no verlo al bajar a tierra, sintió que el imaginario collar que la abrumaba, volvió a colgarse con la fuerza de la desilusión y la incertidumbre. ¿Y si no aparecía? ¿Qué iba a ser de ella?

Mientras esperaba llena de zozobra y baúles a su alrededor, vio acercarse a un hombre delgado, vestido de oscuro que sostenía contra su pecho un sombrero Panamá. Su paso era lento y su mirada baja. Al llegar junto a ella, en voz doliente le preguntó si era la señorita Amandina, la esposa de don Fernando. Ella afirmó que sí y él se presentó como Aurelio Bastarrechea, su socio y hombre de confianza. Amandina, asustada, quiso saber por qué no estaba esperándola. ¿Había sucedido algo? Creía que no, seguro que no, y movió el sombrero para dar énfasis a su respuesta. En una llamada de días atrás, continuó Aurelio, le había pedido que, si no volvía a tiempo, por favor, se ocupara de recogerla e instalarla en la casa.

—Lo siento, señorita —bajó aún más la voz—. Pero hace días que no sabemos nada de él.

Amandina se sentó, más bien se cayó sobre uno de sus baúles, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no romper a llorar. Sin noticias, repitió la joven, como si con la repetición de esa horrible realidad, la pudiera alejar de ella. Sí, sin noticias, afirmó el delgado hombre, además, carraspeó, el lugar donde se encontraba era muy peligroso.

—Lo mejor será que vayamos a casa y así podrá descansar.

Con un inesperado gesto autoritario, Aurelio llamó a unos porteadores para que llevaran su equipaje al coche. Pese a su aturdimiento, Amandina se fijó que tenía unas bonitas manos y unos ojos profundos. Hicieron el trayecto que, aunque a ella se le hizo largo, pudo observar hermosos palmerales y playas de arena blanquísima bañadas por un mar transparente. Como iba en un coche de caballos descubierto disfrutó de los diferentes aromas dulces, penetrantes y el piar de unas aves de brillante y desconocido plumaje. Una cierta calma, gracias a la belleza de lo que le rodeaba, se fue apoderando de ella. Seguro que en poco tiempo estaría de vuelta ¿verdad?, y Aurelio amablemente afirmaba con la cabeza.

Al llegar a la casa, Amandina, pese a su inquietud, no pudo dejar de deslumbrarse ante el inmenso jardín, que luego supo acababa en la ribera de un caudaloso río. Todo estaba en perfecto orden, lleno de flores exóticas de maravillosa fragancia. Oyó un ruido, como si alguien arrastrara con suavidad algo por el suelo, y aparecieron unos hermosos y desconocidos animales que extendían una cola de inigualable belleza.

—¿Qué aves son esas? —preguntó asombrada.

—Pavos reales.

—¿Pavos? No pueden llamarse así, parecen salidos del Paraíso.

Cuenta la leyenda, no sabemos si fue cierta o no, que desde entonces les dieron ese sobrenombre. Fernando no volvió y Amandina se quedó dueña y señora de esa propiedad y otras muchas que recibió en herencia de su fallecido esposo. Con el tiempo y dado el amor que tomó a esos pájaros, los educó para que bailaran desplegando en sucesivo orden, y hasta con gracia, sus hermosas colas. El espectáculo adquirió tal fama que venían de todo el continente a verlos.

Aurelio siguió hasta su muerte siendo su socio, su hombre de confianza y el padre de su larga prole.

© Cristina Vázquez

La cerveza

Malena Teigeiro

Se apretó la pajarita y sin trastocar la perfecta raya, pasó los dedos por el cabello. Aunque se pusiera gomina, sus rizos eran indomables. Con cuidado se quitó una pelusa de la solapa y se miró detenidamente en el espejo. Como si fuera un pavo real hinchó el pecho. ¡Qué lástima que no tengo cola de plumas para abrir!, se dijo sonriente. Se gustaba. Carlos conocía bien su buena planta. Y hoy debía lucirse más que nadie. Hacía ya tres días que Rita lo había dejado. La mujer, que en su tiempo debió haber sido una belleza, estaba ya muy pasadita, por lo que a Carlos hacerle arrumacos y acostarse con ella le daba bastante cosilla. Pero, gracias a Dios, ya se acabó, pensó al separarse del espejo.

Apagó la luz del vestidor, recogió las llaves y se echó una última mirada. Contempló su figura con satisfacción. Por algo le llamaban El Pavo Real, dijo en voz alta al tiempo que colocaba una sonrisa en la boca. Bajó directamente al garaje. Allá al fondo vio su coche, un deportivo regalo de María del Sol, una mejicana anterior a Rita, y del que ya se encontraba un poco harto.

El teatro de la ópera y el casino, fueron buenos sitios para encontrar mujeres adineradas que vivían solas, sobre todo los días en que, como aquel, se inauguraba la temporada. Aunque tenía que reconocer que desde hacía un tiempo ya no era lo mismo. A la ópera, con tal de tener un poco de dinero, iba cualquiera. Y el casino apenas lo pisaban unos ancianos. Otro sitio que le había dado buenos resultados era las barras de los bares de los hoteles de súper lujo. Sin embargo, allí ya solo iban los matrimonios ricachones, las estrellas de cine y gente por el estilo. Madrid, ya no era lo mismo. Incómodo, frunció la frente. Aún así, él no conocía sitio mejor que El Real al que poder ir a trabajar.

Ya en el coche, sin abandonar la sonrisa y con la cabeza bien alta, Carlos iba pensando en que tenía que tener más cuidado. Rita no había resultado lo que parecía. Si bien era cierto que tenía muchísimo dinero, era tacaña como nadie. Le resultaba casi imposible sacarle un paquete de euros, aunque esto en el fondo le hacía gracia. Sí. Le agradaba tener que trabajar con mucha cabeza. Cada noche la hacía disfrutar con técnicas desconocidas para ella, aunque eso era bastante difícil, pues como Rita decía, era una mujer de mucho mundo.

Ahora todo se había acabado, pensó al dejar el coche en el parquin. Eso sí, le cabía el honor de haber sido él quien finalizó esa relación. Sí. Fue él. Le había molestado que le negara el Porsche 911 que tanto deseaba.

—Ya estoy harto de ir en un descapotable. En Madrid, no es nada práctico. En invierno te mueres de frio y en verano el sol te machaca las neuronas —dijo haciéndole una de esas caricias que a ella obnubilaban.

—Lo del frio lo entiendo, lo de las neuronas... Será al que las tenga, cosa que no es tu caso —dijo Rita firmando un cheque por diez mil euros—. Toma Carlos. Cuida bien este dinero, porque en un tiempo no habrá más. Me voy unos meses a Nueva York invitada por mi ex.

Carlos cogió el cheque malhumorado. Esa cantidad a él no le llegaba ni para pasar el mes.

Entró en el Real. Como siempre, con los hombros hacia atrás, y el pecho hinchado como el pavo real que decían que era buscando hembra. Se estrenaba la temporada. El mejor momento para encontrar lo que buscaba. Echó una mirada alrededor. La butaca 6 de la fila 4 estaba ocupada por una morenita y su lado no había ningún caballero.

Carlos sacudió la cabeza. Se sentó en su butaca y esperó al entreacto. En cuanto la vio pasar por su lado, la empujó. Perdona, dijo engolando la voz. Ella se volvió hacia él. No te preocupes, añadió la sonriente mujer mientras sacudía la melena. Ese gesto era como el de Rita.

Pero, ¡cómo se le podía haber olvidado!, se dijo llevándose la mano a la frente. En cuanto entrara en casa tenía que decidir qué iba a hacer con su cadáver. Llevaba ya tres días en el frigorífico, lo que le estaba resultando bastante molesto. Desde entonces no había podido beber esa cerveza que tanto le gustaba tomar con el aperitivo a media mañana.

© Malena Teigeiro

El regalo

Liliana Delucchi

—Tu novia es un poco presumida.

Fueron las palabras de mi madre cuando la conoció. Tiempo después, el día de la pedida, agregó: «Sus padres son agradables, aunque equivocaron el nombre, en vez de Paloma debieron ponerle Pavo Real.»

Hice caso omiso. Su belleza, elegancia y excelente dicción me cautivaron desde la primera vez que la vi…, y me casé con ella.

Si bien me llamaba la atención la cantidad de tiempo que dedicaba a su persona en gimnasios, salones de belleza y compras, mi embeleso cuando aparecía con un nuevo atuendo me hacía sentir el más orgulloso de los hombres.

Con el tiempo descubrí que no solo quería destacar con su físico, sino también con su conversación. ¡Santo Dios! ¿Cómo se puede hablar tanto? La pobre no soportaba dejar de ser un instante el centro de interés y era capaz de interrumpir la disertación sobre filosofía de cualquier erudito para relatar su última tabla de entrenamiento. Por momentos yo sentía vergüenza ajena, pero el día que me armé de coraje para llamar su atención sobre lo inapropiado de esa conducta, terminé durmiendo en la habitación de invitados.

Pensé que las cosas cambiarían cuando quedó embarazada. Y volví a equivocarme. Dijo que sería el primer y último hijo. No pensaba volver a estar gorda tantos meses y, además, afirmó: «La ropa de futura mamá la diseñan monjas de clausura.»

Ni se molestó en elegir el nombre de nuestra hija. La llamé Clara, el nombre de una chica dulce y afable que conocí en mi época de estudiante. La niña no me defraudó, era tal como aquella joven.

Paloma no es lo que se dice maternal. Creo que se sentía humillada ante sus amigas porque nuestra hija no es un bellezón. A veces la veía gorda, otras demasiado flaca; con piernas muy largas o demasiado cortas y el pelo hoy encrespado y mañana lacio.

En cambio yo la veía perfecta. Al regresar del trabajo siempre la encontraba en su habitación, haciendo deberes o leyendo y me encerraba con ella para contarle cuentos o ayudarla con sus estudios. Es muy inteligente. Al cine también íbamos juntos, para Paloma las películas infantiles carecen de glamour.

Por mi parte, me negaba a ver la distancia cada vez mayor entre madre e hija…, aunque quizás decir distancia es quedarse corto. Lo supe el día que llevé a Clara a la casa de mis padres. Cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba del campo, la niña respondió: «Estar lejos de mamá.»

Así fue como empezaron nuestros viajes de fin de semana, los dos solos. Ella adoraba cuando había algún puente, porque nos permitía permanecer más tiempo alejados de nuestro hogar, hasta que una noche, cuando regresábamos de una excursión, me abrazó y dijo que no quería entrar en casa.

—Vámonos, papi, a ella no le va a importar. Cómprale un regalo y ya está.

Entonces recordé el comentario de mi madre y supe qué sería del agrado de mi mujer.

La tarde en que Clara y yo partimos, el pavo real se enseñoreaba por el jardín, con sus hermosas plumas desplegadas y sus sonoros y continuos graznidos.

—Se llevarán de maravilla —dijo mi hija mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Arranca, papá. Ya es hora de irnos.

© Liliana Delucchi

Chifladuras de mi abuela

Marieta Alonso

¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto;
pero el viento sopla y
hace que tiemblen las hojas.
Carson McCullers.

Hoy las puertas cerradas de mi imaginación se abrieron de golpe. Me llegó un recuerdo. Tenía cinco años cuando vi por vez primera una foto de mi abuela con Beltrán, su pavo real, al lado.  Parecía una bruja, una bruja buena, claro; porque en ese mismo instante el viento había deshecho el moño de su larga cabellera entrecana. Fue la persona más querida, la más alegre, la más buena del mundo. Para mí.

Estaba enamorada del viento, de la sensación que deja la brisa al acariciarnos, por eso le gustaba tanto el otoño. Cada día, camino del colegio, recogíamos las hojas caídas, mientras nuestra mascota desplegaba su abanico policromado para hacerse notar. Tan presumido como siempre. Era el momento que la abuela elegía para dar saltitos a su alrededor, cantar y dar gracias a Dios por lo bien que había hecho el mundo, por lo hermoso de la vida, y hasta por los disgustos que nos hacían más fuertes. Yo iba detrás de ella esparciendo al viento las hojas recogidas.

El encanto de esos momentos acababa cuando se oía a alguien decir: ¡Buenos días, doña Edelmira! Y mi abuela volvía a ser esa mujer de cierta edad, fina, atenta y educada.

Durante veinte años estuve a su lado, juntitos los dos, sintiendo su amor y su mano en la mía. Beltrán nos abandonó, se fue a otra dimensión un día de Acción de Gracias. Eso fue lo que contó la abuela.

Me costó empezar a buscar mi nuevo lugar en el mundo sin ella. Pero un día, al abrir la puerta de nuestra casa la brisa penetró de golpe. Fuera, un pavo real abarcaba la acera, el dintel, las jambas con su cola desdoblada y me miraba con esos ojos que van del verde al azul marino, tan parecidos a los de mi querida abuela. Me quedé paralizado hasta que chilló, graznó, y trompeteó, parecía estar pidiendo compañía. Sin darme cuenta, de forma impulsiva, abrí los brazos y la alegría volvió a gobernar en aquella casa.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

La ópera

15 enero, 2024 por Akelarre 5 comentarios

Cuentos sobre ópera

Un centenario de lujo

Hoy, Nuevo Akelarre Literario lanza sus campanas al vuelo. Y no es para menos, queridos lectores, porque esta es la entrega número 100 de nuestra revista. Durante todo este tiempo hemos intentado (y esperamos haberlo logrado) llevaros a ese mundo mágico que crean las palabras. Y queremos celebrar nuestro centenario con vosotros por todo lo alto con un gran espectáculo: La Ópera.

Si bien sus raíces se encuentran en el teatro griego, la ópera propiamente dicha nació en 1597 en la corte de Florencia como iniciativa de un grupo de eruditos y músicos conocidos como Camerata Fiorentina, y alcanzó su consolidación en la Venecia del XVII, convirtiéndose en una forma de entretenimiento popular que se presentaba en teatros públicos. Se considera que la primera ópera es La Dafne, de Jacopo Peri.

Dicho estilo operístico se extendió por toda Europa. Desde entonces se ha desarrollado de forma paralela a las diversas corrientes musicales que se han sucedido a lo largo del tiempo hasta nuestros días.

Este mes se ha colado en la imaginación de nuestras escritoras con la historia de un tenor cuya pasión por cantar en Alla Scala lo lleva a negociaciones increíbles; un indigente que recuerda su paso por el escenario; una mujer que encuentra la esperanza en un aria y un niño que ama la música por encima de todo.

La foto que ilustra la serie de cuentos de este mes, corresponde a la puesta en escena de Aída en la Arena de Verona.

Y se cayó la luna

Cristina Vázquez

El juramento

Malena Teigeiro

Un epílogo italiano

Liliana Delucchi

Quién es tu hermano

Marieta Alonso

Y se cayó la luna

Cristina Vázquez

A mi amigo Juan, por siempre la música.

Yo vivía cerca del Teatro Real. Madrid era entonces una ciudad más bien pequeña y los chicos jugábamos en la Plaza de Oriente o en las orillas del Manzanares. Casi no había coches y todos los del barrio nos conocíamos.

El señor Anselmo trabajaba de tramoyista en el teatro y como sabía que me gustaba mucho la ópera, cuando no estaba el jefe y tenía ocasión, me avisaba para que fuera a los ensayos. Sobre todo, cuando venía algún tenor conocido como Gayarre o una diva como la Patti. Me acurrucaba tras el escenario desde un sitio en el que podía observar el ir y venir de los del coro, de las bailarinas, de los que ponían el decorado. No llamaba la atención porque como no abultaba mucho, casi podía quedarme disimulado entre los bártulos y las cuerdas con las que subían y bajaban objetos al escenario. Verlos descender volando daba un poco de miedo.

—Cierra la boca, Manuel, que se te van a saltar las muelas —me decía el señor Anselmo cuando pasaba cerca de mí.

Lo que me hacía más feliz era cuando llegaban los artistas. Verlos de cerca, oír sus pruebas de voz antes de entrar en el escenario, observar sus nervios, cómo se transformaban con los trajes, las pelucas, las caras pintadas, los focos del último ensayo… Así iba a ser el estreno, pero con el patio lleno de gente en vez de esa oscuridad que recordaba a una cueva oscura en la que rebotaban sus voces con un eco estremecedor. Esos personajes, para mí inalcanzables, se transformaban en seres humanos con sus manías, a veces discusiones, celos y malos humores.

Volvía a mi casa tarareando algún aria que ya conocía. Iba por la calle alelado, como caminando a varios centímetros del suelo. Si me cruzaba con mi pandilla, me tomaban el pelo. “Ahí viene el angelito cantante, cursi, eres una nena, juega más a la peonza y menos música” me gritaban esas y otras lindezas que, metido en mi mundo, no escuchaba. Como luego era buen alumno, sabía dar puñetazos y ganar competiciones, adquirí un cierto prestigio que impidió me tomaran más el pelo. Además, tenía buena voz, y en el coro del colegio me encargaban los solos y el cura de la parroquia me pagaba un dinero si cantaba en una misa de postín.

Conseguí que un vecino solitario y un poco sordo, don Edelmiro, que tocaba el violín en un bar por las noches, me diera clases de solfeo y música a cambio de que mi madre le lavara y planchara la ropa. No había dinero para más, y eso de la música era muy de señoritos y de capricho, rezongaba mi padre que no llevaba bien esa afición. Nada bueno podía salir de ahí.

Una tarde, el señor Anselmo me dijo que podía ir a la ópera, pero de verdad.

—Nada de ensayos, hoy estrenan Pagliacci y canta Aureliano Pertile —me confesó emocionado—. A mi me gusta mucho, y tú te vienes conmigo.

Él tampoco tenía derecho a ir, pero había encontrado un sitio desde el que podíamos ver lo que pasaba delante y detrás del escenario. Eso sí, continuó con gravedad, no puedes moverte ni chistar. Si nos pillan, se pasó el dedo por el cuello, estaba en la calle.

Entramos por una puerta de empleados y esperamos hasta que llegara el momento en que sonara el aviso de que empezaba el espectáculo De lejos se oía el revuelo de conversaciones y risas. Nos colocamos sigilosos en el lugar designado. Mi emoción me hizo pensar que se me iba a saltar algún botón de la chaqueta o que oirían mis latidos. Todo era parecido, pero diferente. Ver el patio de butacas iluminado, lleno de vida, en el que se notaba el rebullir de la gente, se oía algún carraspeo o unas palabras hasta que salía el director y empezaba a sonar la música. Tuve que cerrar los ojos para que nada me distrajese, para vivir ese momento como algo exclusivo e irrepetible.

Notaba la respiración del señor Anselmo. Ninguno de los dos nos movíamos. Durante el descanso salimos sigilosos para estirar un poco las piernas. En el segundo acto descolgaban una luna iluminada, la luna que todos deseamos contemplar en el cielo. En medio de una sentida aria, se oyó un grito por encima de música y cantante “¡Cuidado! la luna”. El tenor se quedó paralizado y tuvo tiempo de mirar hacia arriba y dar un salto La luna le hubiera hecho papilla o por lo menos un buen descalabro. Hubo gritos, el estruendo del astro sobre el escenario enmudeció la orquesta, la gente se puso en pie. Pasados unos minutos del susto y de la sorpresa, se reanudó la obra.

Al acabar, el artista quiso saber quién había gritado. Nadie aparecía. Los dos estábamos escondidos sin atrevernos a dar un paso, hasta que Anselmo me animó:

—Vete ahora mismo al camerino. Es tu oportunidad. Si me echan que me echen.

Y así fue, llamé a la puerta, salió un ayudante y me invitó con rudeza a que me fuera, pero tuve el ánimo de decir.

—El que ha gritado soy yo.

El tenor dio un alarido, que pasara por favor, era su salvador . Al ver que era un mocoso se quedó sorprendido y me abrazó. Olí una mezcla de sudor, maquillaje y otros olores inclasificables contra el orondo pecho del hombre.

—Caro, pídeme lo que quieras —me dijo en un español suave—. Te debo la vida.

—Aprender música, señor.

© Cristina Vázquez

El juramento

Malena Teigeiro

Cuando estaba entonando el último Vincerò, la ópera de Puccini que tanto admiraba, vio que en el lateral del escenario lo esperaba su amigo. Ya es el día, se dijo sin dejar de advertir la sonrisa en el rostro del otro. En ese instante sintió que algo le subía a la boca interrumpiendo su canto. Era un vómito de sangre. Según caía al suelo, Marcello escuchaba el grito de horror del público puesto en pie. Apenas dos horas más tarde, el tenor había fallecido. Solo tenía cincuenta años.

Al niño que cuidaba el ganado de sus padres por las colinas de La Puglia le gustaba cantar. Según decían, su voz, dulce y melodiosa, enamoraba a las ovejas que se arremolinaban a su alrededor. Cuando escuchan sus gorgoritos, están tranquilas, afirmaban los dueños de la borregada. Pasaron los años, y en contra a lo que el párroco de su aldea creyó, la voz del joven era cada día más fuerte, más dulce, más hermosa, por lo que don Giulio decidió que, a cambio de darle clases de música, Marcello cantaría en su iglesia.

Una tarde retransmitieron por televisión Turandot. Era el estreno de la temporada de ópera en el teatro alla Scalla de Milán. El chico se quedó pasmado delante del viejo aparato. Eso era lo que él deseaba. Quería ser como aquel que en el escenario interpretaba al príncipe Calaf. Él quería cantar aquel Vincerò como ese de la televisión. Después de hablarlo con sus padres, y aunque estos no estuvieran de acuerdo, Marcello se dirigió a Milán. Él creía que en cuanto entrara en el teatro y lo escucharan, casi le rogarían que cantara para ellos.

Al encontrarse en aquella inmensa ciudad, sin montañas ni campos, Marcello entendió que lo primero que tenía que hacer era buscar un trabajo. En la misma estación, vio un cartel pidiendo barrenderos. En cuanto el jefe de esto lo vio, le gritó: Tú, ven aquí. Servirá seguro, comentó volviéndose hacia su compañero.

Esa mañana, ayudado por Luigi, otro joven barrendero que le explicaba dónde y cómo tenía que hacerlo, Marcello comenzó a trabajar en aquella estación que siempre se encontraba llena de gente. En sus ratos libres intentaba acercarse alla Scalla. Pero, quizá por su aspecto de campesino o tal vez su torpeza al dirigirse a la gente, el caso fue que en aquella grande y hermosa ciudad, a él no lo escuchaba nadie, ni siquiera para indicarle el camino hacia el teatro de la ópera. Después, volvía a la estación, en donde pasaba la noche durmiendo en un banco.

 En cuanto cobró el primer sueldo el joven le alquiló una habitación a la madre de Luigi. En aquella casa el muchacho volvió a ser casi feliz, y si no lo era del todo fue porque no podía cantar, cosa que necesitaba para vivir.

En la estación hacía un frio helador. La niebla, espesa, húmeda y sucia, lo envolvía todo. Marcelo barría los andenes pensando que lo mejor era volver a La Puglia, y olvidarse de su deseo de entonar sus óperas. Una noche más, sentado en un banco de la plaza frente al teatro, arropado por las sombras, admiraba la iluminada fachada, la entrada de los hombres de etiqueta y las hermosísimas mujeres vestidas de seda, a las que escuchaba reír. A partir de aquella, una noche tras otras, hiciera frío o calor, Marcello esperaba allí sentado hasta verlas salir. Entonces su sentimiento comenzó a ser diferente: Ya no los veía reír, sino que le parecían emocionados por lo que acababan de escuchar.

La noche que acudió a la plaza para despedirse de sus sueños, un joven, casi de su edad, se sentó a su lado. Después de presentarse, el muchacho de ojos enfebrecidos, le susurró que si le prometía quedarse para siempre con él, le ayudaría a triunfar con su voz allí, y señaló con el dedo el edificio de alla Scalla. Marcello cerró los ojos y recordó el interior del teatro que había visto en la televisión. Vio las escalinatas, los dorados palcos y las butacas de terciopelo rojo. Se vio allí, sobre el escenario, recibiendo los aplausos de un público puesto en pie. Se volvió hacia el joven. ¿Qué tenía que hacer?, preguntó ansioso. Nada, solo jurarme que a los cincuenta años te vendrás para siempre conmigo. Marcello se levantó. Estiró el brazo y le dio la mano al tiempo que decía: «Hecho.»

© Malena Teigeiro

Un epílogo italiano

Liliana Delucchi

Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.

No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.

Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.

Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.

No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.

Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.

Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.

Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.

La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.

Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.

Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.

—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

© Liliana Delucchi

Quién es tu hermano

Marieta Alonso

El mendigo de nuestro barrio lee a Kant en alemán. Desde hace seis meses se sienta cada día en la acera, en la misma esquina en la que está nuestro pequeño local en el que se puede encontrar de todo: frutas, latas, productos latinos...

Al final del día, cuando el crepúsculo se hace notar, mi marido y yo le damos algún plátano muy maduro con un vaso de leche. No podemos hacer grandes despilfarros, pero el que da lo que tiene… Entonces, ese hombre, tan educado que no habla español, que aparenta unos setenta años inclina su cabeza, pone la mano en el corazón y dice: «Gracias», con un acento atroz que cuesta entender.

Un día le pedimos que ayudara a descargar la camioneta, y a pesar de la barrera del idioma, nos entendió. A la semana barría desde la puerta de la tienda hasta la calzada, tan minucioso que sacaba las colillas de las grietas; luego comenzó a colocarnos la mercancía en forma de figuras geométricas, como si fuera un supermercado de alta alcurnia.

Decidimos llevar una tartera también para él, a ver si perdía la palidez… Y comía con nosotros arroz, frijoles, carne ripiada; también le dimos ropa limpia de mi marido, eran más o menos de la misma talla. Se hicieron buenos amigos, tanto que una mañana, antes de abrir el local, se cortaron el pelo uno al otro con una tijera algo oxidada. Hablaban por señas hasta que, poco a poco, al principio, y luego a una velocidad abrumadora, fue aprendiendo nuestro idioma.

La mirada de desolación se fue borrando de sus ojos. No pasó mucho tiempo para que le llamásemos Gabriel, lo más parecido al nombre que pronunciaba. Y llegaron las confidencias.

Resultó ser tenor allá en Ljubljana, ese nombre tan difícil de escribir que significa algo tan bonito como «Amada», la ciudad más poblada de Eslovenia. A través de sus recuerdos paseamos por la Plaza Presernov, fuimos a la ciudad vieja a través del Puente Triple llamado Tromostovje. Tromo ¿qué? Y nos lo tuvo que escribir en un papel algo grasiento. Subimos al Castillo, que tiene forma pentagonal, desde cuyos bastiones se contempla una bonita panorámica de la ciudad y de Los Alpes. Rezamos en la Catedral de San Nicolás donde en sus muros laterales hay lápidas funerarias romanas, medievales y barrocas, así como una Piedad. Y cuando nos iba a hablar del edificio de la Filarmónica y del Teatro Nacional de Ópera y Ballet, se echó a llorar.

© Marieta Alonso

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La Anunciación

15 diciembre, 2023 por Akelarre 1 comentario

cuentos sobre La Anunciación

La Anunciación de Santa Catalina de Alejandría

El ángel anunciando a María la Buena Nueva, se halla en la iglesia de Santa Catalina de Alejandría en la ciudad de Galatina, en la zona sur de la provincia de Lecce en la región italiana de La Puglia.

La basílica de Santa Catalina es uno de los monumentos más destacados de arte románico y gótico de esta comarca. Fue construida entre 1369 y 1390 por Raimondello del Balzo Orsini y posteriormente su hijo añadió el ábside.

Lo más importante es su decoración pictórica que cubre con frescos el interior, pintados a finales del siglo XIV por artesanos locales. A María de Enghien, condesa de Lecce y reina de Nápoles, no le gustaron y se rehicieron a principios del XV con artistas llegados de toda la península.

Esta bella imagen ha inspirado cuentos fantasmales, de inciertos ángeles, de un devoto de la Virgen y el de un frívolo turista.

Revelación

Cristina Vázquez

La vieja casona de las montañas

Malena Teigeiro

Narciso

Liliana Delucchi

Mi preferida

Marieta Alonso

Revelación

Cristina Vázquez

¡Ahí va Caterina!, gritaban los niños y jóvenes del pueblo cuando pasaba la chica. Ella siempre iba mirando al cielo, siempre con una sonrisa.
Después de unos meses de su nacimiento, el médico les aseguró que la niña era completamente normal, pero que había algo en ella que a él se le escapaba: un ligero retraso, una manera diferente de evolucionar…

—Yo, señora —dijo el hombre con dulzura—, no tengo conocimientos para este sutil diagnóstico.

La mujer se quedó preocupada por lo de “sutil”. ¿Qué sería ese mal? El médico le recomendó a un colega en el hospital de la vecina ciudad, la importante de la región. Este, después de examinarla con atención, concluyó lo mismo que el del pueblo. Tenía algo especial esa criatura, pero no podía definir qué.

—No se preocupe, señora —sonrió el doctor—. Es una niña preciosa.

Caterina creció con esa aura especial. Tardó en aprender a escribir, las tablas de multiplicar no llegó a memorizarlas nunca, en cambio, tenía un don para la música y para la oración. Nada le gustaba más que aprenderse oraciones y no perderse ninguna festividad o acto que hubiera en la iglesia de Santa Caterina. Todos se acostumbraron a que la chica preparara los jarrones de flores, o se ocupara de planchar los manteles y a su voz cantando plegarias que nadie sabía dónde las pudo aprender.

—Es mi santa —repetía desde pequeña— y yo su ángel.

Pensaron que esas afirmaciones formaban parte de su singularidad, aunque ella lo aseguraba con absoluta certeza y alegría. Al crecer siguió jugando con niños más pequeños y no parecía importarle que los chicos la señalaran por la calle. ¡Ahí va Caterina! Luego añadían adjetivos peyorativos y hasta obscenos cuando se transformó en una hermosa mujer.

En ese diminuto pueblo del sur de Italia, en el que la pobreza y abandono seguía dejando huellas, solo se destacaba dicha iglesia, la de Santa Caterina, que había atraído turistas en los últimos años. Los locales se sorprendían de las exclamaciones de admiración que despertaba. Ellos estaban acostumbrados a oír misa o ir a los funerales rodeados de esas pinturas que cubrían las paredes.

Un día en que barría la Iglesia mientras cantaba su extraña música, un hombre extranjero —para los de pueblo todos eran ingleses, aunque fueran de otra nacionalidad—, se quedó maravillado de la voz y la belleza de la joven. Sacó fotos de los frescos de las paredes y también de ella. Cuando el hombre las reveló se dio cuenta de que había una de Caterina al lado del ángel de la Anunciación y concluyó que eran idénticos. Si esa pintura fuera reciente no hubiera dudado que había sido la modelo para esa figura. Los mismos rasgos, la misma entrega, exacta cara de inocencia y beatitud. Amplió la imagen y se percató de que en el suelo había unas levísimas plumas que parecían escapadas de la pintura.

Volvió a la iglesia con la intención de comprobar su descubrimiento que le había llenado de un extraño anhelo. Una mezcla de sorpresa y de esperanza lo mantuvo inquieto hasta que llegó. Preguntó por ella y no le contestaron. ¿Quién era ese extraño que preguntaba por la chica? ¿Qué querría? ¿Podrían sacar algo de él?

El hombre se sentó en las escaleras de entrada a la iglesia hasta que oyó la voz de la joven. ¿Por dónde habría entrado? Golpeó la puerta varias veces, pero no cedía y los hombres del pueblo se fueron acercando a él rodeándolo en una silenciosa y compacta amenaza. Comprendía que era absurdo lo que estaba haciendo y trató de enseñarles las fotos y que entendieran lo que él veía, pero sus miradas eran obtusas, airadas. Por un momento sintió un miedo atroz. Empezó a ver algunos brillos de navaja, y supo que sus explicaciones no las entenderían nunca, como él tampoco debió entender el código de esos hombres.

Cuando el filo de un cuchillo brilló en el aire, la puerta se abrió y apareció Caterina.

—Yo soy el ángel de la Santa y este hombre es sagrado.

Su voz sonó con una resonancia arcaica y los miró a todos con su sonriente semblante. Cogió al hombre del brazo y entró con él a la iglesia.

© Cristina Vázquez

La vieja casona de las montañas

Malena Teigeiro

Paola y yo nos conocíamos desde que ella entró en el colegio. Y en cuanto conseguimos nuestro primer trabajo, nos casamos. Justo unos días después de volver del viaje de novios, Paola recibió la carta de un notario italiano. Decía ser el abogado de la familia de su padre, y, por tanto, el encargado de entregarle los bienes que, como única heredera, le correspondían. En la carta le rogaba que se pusiera cuanto antes en contacto con él. Después de comprobar que aquel despacho de abogados existía, Paola, que nunca había sabido que sus padres tuvieran propiedades en Italia, le contestó que aprovecharía los últimos días que nos quedaban de las vacaciones para visitarlo.

Al día siguiente partimos para Bari. Una vez instalados, lo primero que hicimos fue concertar la visita con don Giulio Lombardini. Nos recibió al día siguiente. Su sonriente y acuosa mirada nos sonreía. El hombre, sorprendido ante el desconocimiento que de sus orígenes tenía, le contó a mi mujer su procedencia, así como el motivo por el que su familia se había ido a España, que no fue otro que huir de la Gran Guerra.

Entre una especie de molesta tristeza por la historia que sobre su familia le contó el señor Lombardini, y la alegría por la fortuna con la que de repente se encontraba, firmó la recepción de todos los bienes. Rápida, y sin dejar de signar los documentos, Paola le pidió que pusiera a la venta todos los inmuebles. Don Giulio, después de clavar la mirada en su ayudante, dijo que antes de tomar esa decisión, la llevaría a conocer la casa de sus ancestros. De acuerdo, replicó mi mujer, pero hagámoslo esta misma tarde si no le importa. Apenas podemos quedarnos un par de días.

Después de algo menos de dos horas de viaje por solitarias carreteras, llegamos hasta una antigua y alta muralla. Don Giulio, aparentemente emocionado, esperó en el coche hasta que el conductor abrió el portalón. Al final de un camino rodeado de cuidados jardines, estaba la casa, que sin ser un castillo como los españoles ni un palacio como los italianos, era una especie de mezcla entre los dos. Guardando el más escrupuloso silencio, entramos en un fresco zaguán de piedra. Visitamos salas, dormitorios, subimos y bajamos escaleras, y recorrimos largos pasillos. Todo el mobiliario en aquella casa parecía tener varios siglos. Sin embargo, a ambos nos llamó la atención que estando deshabitada, se encontrara tan cálida y limpia.

—Es evidente, señora, que esta casa no se puede vender. Ella y su servicio viven aquí —rompió el espeso silencio la voz del anciano al entrar en lo que parecía ser la sala principal.

Mi mujer se giró hacia don Giulio y arqueando las cejas preguntó: ¿Quién es ella? Él, a pesar de la oscuridad que ya reinaba en la habitación, señaló un cuadro, no muy grande, de un Ángel, al que la poca luz arrancaba brillantes rayos al oro de las alas.

Paola se dejó caer en un frailuno. Estaba pálida, y sus ojos, siempre alegres y pícaros, miraban el cuadro asustados. Me acerqué y le coloqué las manos sobre los hombros. Cuando dirigí la vista hacia aquella pintura, lo comprendí. El rostro del ángel era el de una joven mujer, y esa joven era igual, exactamente igual, que Paola.

En el automóvil de vuelta los dos hicimos el viaje en silencio, silencio que aprovechó don Giulio para contarnos que en el siglo XVII, el dueño de todo aquello le ofreció a Nuestra Señora de la Anunciación que pintaría un fresco en su honor si conseguía que su esposa le diera un hijo. Nueve meses después repicaron las campanas anunciando el nacimiento de un varón. Aquel niño fue amamantado por una joven cuya pequeña hija, tenía la misión de jugar con él. Pasados unos años el pequeño contrajo una extraña enfermedad. Su padre, recordó la olvidada promesa y se apresuró a poner los medios para cumplirla.

El caballero, que tenía como amante a la madre de la compañera de su hijo, exigió que su manceba posara como modelo de la figura del Ángel anunciador. Entre chanzas y bromas, ésta posó cubriéndose el pecho con los brazos. Lo que no quiso ocultar el pintor fue la mirada pícara de sus ojos negros ni la sensualidad de sus hermosas facciones. Cuando colgaron el cuadro que serviría de muestra para hacer el fresco en la iglesia, mientras su marido admiraba la pintura, su esposa comenzó a temblar. De pronto, se giró y se dirigió a la puerta. Desde allí, castigó la arrogancia de aquella manceba y de su esposo con una maldición: Ni vivos ni muertos, los espíritus de los dos, así como los de sus criados, podrían salir de la casona. Luego recogió a su hijo y a la niña de la manceba, y se fue.

Pasaron los años y aquellos dos niños, de los que usted es la última descendiente, contrajeron matrimonio. Acababa de decir estas últimas palabras cuando llegábamos a la puerta de nuestro hotel. Allí don Giulio le entregó a Paola las viejas llaves y los antiquísimos títulos de propiedad. Y haciendo una leve inclinación de cabeza nos deseó buen viaje de vuelta.

Paola me despertó. Estaba totalmente vestida. Con la voz entrecortada me pidió que la llevara a la casona. Siguiendo su deseo y sin atreverme a preguntar qué era lo que quería hacer allí, conduje hasta la antigua propiedad. Al llegar, ella se dirigió directamente al bargueño que se encontraba debajo del retrato del Ángel. Encima de él dejó las llaves y las escrituras. A continuación, arrancó una cortina. La dejó delante del mueble y le prendió fuego. Luego continuó quemando las otras colgaduras. Todo era tan viejo y estaba tan seco, que rápidamente la habitación se convirtió en una pira.

Ya los dos fuera de la casa contemplábamos las rojas y furiosas llamas mientras horrorizados escuchábamos fuertes alaridos entre su crepitar.

© Malena Teigeiro

Narciso

Liliana Delucchi

—Buenos días, señor.

—¿Ya es de día? ¡Cielo santo! ¿Qué hora es? —Preguntó el joven restregándose los ojos—. ¡Por Dios!, Fermín, no hagas tanto ruido al descorrer las cortinas, me da dolor de cabeza.

—Lo siento, su señoría. Le he traído un café, por si lo necesita antes de tomar el baño —respondió el ayuda de cámara mientras dejaba una bandeja sobre la mesilla—. ¿Qué tal ha sido su viaje por Italia?

—Agotador. Recuérdame la próxima vez que invite a una chica a ir de viaje, que antes me asesore un poco más sobre su personalidad —suspiró con desgana Beltrán mientras se ponía la bata que le alcanzaba su criado. —Dolores es muy bella, pero agotadora.

Ante el silencio de Fermín, con una sonrisa cómplice, continuó:

—No es lo que estás pensando, para eso tengo resuello de sobra —sonrió ante su propia gracia—, es que ésta es de las intelectuales. Viajera, como dijo ella. Me arrastró por todos los museos e iglesias que pudimos encontrar.

Y, de pie ante el espejo, mientras contemplaba con admiración su propia figura, siguió con su monólogo:

—Fíjate que me llevó hasta un pueblo perdido que se llama Gelatina, en la provincia de la pulga. ¡La pulga! —Soltó una sonora carcajada antes de agregar—. Esos italianos están locos, también podrían haberla nombrado mosca o, mejor, garrapata.

—Me temo, señor, que es el pueblo de Galatina, en La Puglia. He estado allí. Hay una pintura muy hermosa sobre La Anunciación en una iglesia cuyo nombre no recuerdo —corrigió Fermín mientras recogía el pijama de su patrón.

—No te preocupes, aunque me lo digas, dentro de cinco minutos lo habré olvidado —respondió el señorito—. Pero es cierto lo que dices, ese ángel era muy bonito y la tal Dolores quedó consternada ante su belleza. Creo que hasta se puso a rezar.

Beltrán pronto se olvidó del ángel, de la joven y de Italia para ordenar que le prepararan la ropa de montar.

Después del baño y ya vestido, volvió al espejo ante el que se detuvo unos instantes, mirándose de frente y de perfil.

—¡Sin cuerpazo que está el niño! —dijo orgulloso.

«Parece Narciso, pensó el criado, solo que no tendré la suerte de que se ahogue. Éste se mira en todos los cristales con los que se cruza, no en un estanque. Bueno, tan imbécil no es.»

Antes de salir de la habitación, Beltrán se acercó a los ventanales para contemplar los extensos prados de su propiedad. «¡Sin finca que está el niño!», caviló arreglándose la corbata.

—Fermín, he cambiado de opinión. En vez de un paseo a caballo iré a visitar a mi hermana al convento. Búscame un traje elegante pero sobrio, no es cuestión de hacer alarde de belleza ante las monjas —ordenó.

«Tú no has sido ni has estado sobrio en tu vida» cruzó por la mente del sirviente, aunque de su boca salió un: «Inmediatamente, señor».

Cuando Beltrán regresó por la tarde, su criado, que lo estaba esperando en el vestidor, le preguntó cómo había sido el encuentro con su hermana.

—Fíjate, cuando llegué al convento y pedí verla, una monja muy amable me dijo que era imposible, ya que en ese momento mi pequeña se estaba casando con Dios.

Se acercó al espejo y, abriendo los brazos ante su propia imagen, repitió: —¡Se estaba casando con Dios! ¿Te das cuenta, Fermín? ¡Sin cuñado que está el niño!

© Liliana Delucchi

Mi preferida

Marieta Alonso

Hay tantas Anunciaciones como días tiene el año. Es un decir, puede que haya muchas más, porque ha sido uno de los temas más frecuentes del arte cristiano. Que si Murillo, Botticelli, da Vinci, Caravaggio… Eso me lo contó don Anselmo, el cura de mi aldea, que se las da de sabio.

Se tuvo que quedar callado cuando le solté que ninguno de esos tíos superaba a Pancho. Sí, ese que nació en nuestra aldea con el don de la creatividad. Con papel y carboncillo te hace lo que le pidas. Me fui a buscarlo.

Y cuando le mostró el cuadro que ya quisieran muchos pintar dejó al cura con la boca abierta. Este sí que destaca el momento en el que el ángel Gabriel anuncia a María que va a ser madre de Jesús.

Y punto en boca que se lo digo yo, amenacé al de la sotana.

La verdad es que no soy de mucho rezo, pero a mi Virgen que no me la toque nadie. ¡Ya tuvo que pasarlo mal la pobre mujer! Se habla de ella en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles… Y ya tiene mérito que sea la única mujer nombrada en el Corán, setenta veces nada menos.

A veces me pregunto si Ella sabía lo que se le avecinaba cuando contestó aquello de: «He aquí la esclava del Señor…».

Toda mi vida he sido pescador, y si a esa palabra se le quita la «s» pues eso también lo soy. Yo no me hablo con los santos, pero con mi Virgen estoy todo el día de parloteo. Y es que mi madre se llamaba María a secas, mis hermanas María de la Vega, María del Carmen, María del Val, María del Rosario… y mis hijas Miryam y Maryam. Y por si no lo han adivinado me llamo Mariano y cada vez que le pido algo a la madre de Jesús me lo concede. Por algo será, ¿no?

¡A callar don Anselmo!

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

Setas

15 noviembre, 2023 por Akelarre 2 comentarios

cuentos sobre setas

Setas

Robert Graves concluyó a través de sus estudios sobre mitología y hábitos culturales que había países micófilos (amantes de los hongos) y micófóbos (enemigos de los hongos). Esta filiación o aversión, surgía, en la mayoría de los casos, por el uso religioso que de ellos se hacía.

En la Península Ibérica la búsqueda de hongos es una actividad muy popular. Los recolectores a menudo ocultan el lugar de recogida para evitar que otros saqueen la zona con el fin de obtener beneficios económicos.

Al igual que los secretos sobre los lugares de pesca, las áreas de recogida de hongos solo pueden ser compartidas entre amigos cercanos que esperan que todos sean discretos.

Las setas han alucinado a nuestras cuentistas. En el primer cuento se utiliza el poder de los hongos para proteger a quien se ama, en otro, éstas consiguen trastornar a todo un pueblo. El tercero narra las peripecias de una mujer que detesta cocinar, y el último advierte del peligro de un piscolabis.

La casucha

Cristina Vázquez

El bosque de los níscalos

Malena Teigeiro

El concurso de tapas

Liliana Delucchi

Devorado por un seta

Marieta Alonso

La casucha

Cristina Vázquez

El tiempo que pasábamos en la casa de la sierra fue haciéndose cada vez más frecuente. En cuanto había un puente como el de octubre, los de mayo o el de los difuntos en noviembre, para allá que nos mandaban. También íbamos en cuanto acababa el colegio. Ese mes nos instalábamos con nuestra madre que iba y venía a Madrid.

La casa se llamaba La Casucha y era una pequeña construcción de piedra con un mirador cerrado por largas ventanas y un jardín medio salvaje. La mujer que había cuidado a nuestra madre cuando era pequeña era de ese pueblo y luego se quedó de guardesa. Se llamaba Valentina y a mis dos hermanos y a mí nos daba miedo.

—Es una bruja que se ha escapado de un cuento —aseguraba mi hermano José en un tono atemorizado.

Era una mujer encorvada, pero no porque fuera gibosa sino como si le costara enderezarse de la cintura para arriba. Luego entendí que había sido por cargar más peso del debido a lo largo de su vida. Siempre iba vestida de negro con un delantal de rayas grises, el escaso pelo, también negro, recogido en un minúsculo moño y le faltaban dos dedos y varios dientes.

A mi madre le decía ternezas que solo le oíamos con ella. Cuando llegaba a la casa se fundían en un cálido y prolongado abrazo. A nosotros nos daba un exiguo beso en la cabeza, gesto que agradecíamos, pues ninguno de los tres hermanos conseguimos evitar la repugnancia que nos producía esa adusta mujer.

—Mamá, por favor, no nos dejes solos con Valentina, nos da miedo —le suplicábamos indefectiblemente cuando se preparaba para marcharse.

—No os dejaría nunca con nadie que no fuera de mi total confianza —nos contestaba con una lejana sonrisa.

Nuestro padre se había muerto hacía un par de años y los tres íbamos olvidando sus rasgos, su voz y su presencia, aunque estuviera poco en casa. También olvidábamos las agrías discusiones que tenían, que habitualmente terminaban con un portazo. Pasaban varios días, incluso a veces un mes en el que él no aparecía lo que generaba una agradable tranquilidad. A veces, en estos casos nos íbamos a La Casucha, propiedad de mi madre, donde ella se renovaba y salía de esa oscura tristeza en la que se encerraba. En esos días era cuando yo oía a Valentina susurrarle palabras de ánimo, que no se preocupara, pobrecita mía, se merecía una vida mejor. Todo tenía solución. Cuando quisiera su Valentina se ocuparía.

Nos gustaba ir a pasear al bosque al que se accedía por una puerta herrumbrosa al fondo del jardín. Ese era un momento feliz, imaginábamos aventuras, el olor intenso de la tierra mojada, el ruido de los animalitos que se alejaban… Para mí fue siempre un lugar al que volver, aunque fuera en mi mente, cuando quería recuperar el bienestar y una sensación de orden, de que todo está bien.

Al ir después de las primeras lluvias buscábamos níscalos debajo de los pinares, conscientes de la prohibición de que no tocáramos ningún otro tipo de seta.

—Las hay muy venenosas —nos aseguraba Valentina—. Y no os separéis de mí, que por aquí anda la raposa.

Era el único mal recuerdo que tengo de ese bosque. Una mañana encontramos cerca de un grupo precioso de setas que parecían de caramelo, un animalito muerto.

—¿No os lo decía yo?, ese bicho se ha muerto por comer estas setas —nos las señaló con su mano sin dedos—. Andaros con ojo, no se os ocurra ni acercaros.

Cuando volvimos a los dos días no quedaba ni una seta y el caldo que hervía en la cocina despedía un olor agrío e intenso. Valentina nos echó de la cocina, no era sitio para niños, y jugueteó con una escoba como si nos echara a escobazos. Casi fue la única vez que recuerdo reírme con ella. Nos prohibió entrar durante toda la tarde, hasta que apagó el fuego.

A los pocos días de marcharse, nuestra volvió a buscarnos vestida de luto y con una cara rara; yo nunca se la había visto así antes, hinchada, ojerosa y una leve sonrisa en los labios.

—Siento deciros que vuestro padre ha muerto —nos abrazó con una ternura que yo tenía olvidada.

© Cristina Vázquez

El bosque de los níscalos

Malena Teigeiro

En nuestro bosque nunca crecieron los níscalos. Nunca, decía Berta con el dedo en alto. Sin embargo, aquel año en medio de la hojarasca y sin la protección de árbol alguno, apareció una especie de ramillete de preciosas setas naranjas. Sí. Sólo uno. Y allí sigue. Fresco, altivo, como si la luna por la noche lo hiciera renacer. Llegaron a tener una altura rara, porque ¿era o no muy raro que unas setas crecieran algo más de medio metro? Y lo más curioso fue que no parecía que pensaran dejar de hacerlo. Y claro, la noticia comenzó a correr. Como nadie quería quedarse sin verlos, los vecinos se acercaban al bosque. Ante tantas visitas el alcalde tuvo que poner un guardia para que nadie arrancara aquellos altivos níscalos. Luego llegaron los comentarios, las preguntas, el interés por conocer el motivo de lo que estaba ocurriendo. ¿Es que nadie se acordaba de que hacía años había desaparecido la hija de… ¿De quién?, interrumpió Daniela a Berta. Sí. Sí, corroboró Julieta. Ahora lo recordaba. Había desaparecido una jovencita, casi una niña. Pero, ¿de qué familia era? El guardia la miró. Su voz sonó muy ronca, más bien aguardentosa cuando dijo que no fue una niña. Era una señorita. Y no era la hija de nadie del pueblo, al menos que él supiera.

Aquella tarde hubo junta en el Ayuntamiento. Si los níscalos seguían creciendo en aquella medida, pronto serían mucho más altos que los árboles, dijo el alcalde. El secretario lo miró y rascándose el cogote susurró que si eso sucedía tendrían un problema. O no, añadió el concejal de Agricultura. Dénse cuenta que seremos el único pueblo de España, que digo de España, de Europa, del mundo, con un bosque de níscalos gigantes. El alcalde lo miraba soñoliento. Esa noche no había podido dormir con el dichoso problema rondándole la cabeza.

Mientras tanto, en el bosque, el guardia seguía hablando de aquella señorita que nunca nadie vio y como nunca nadie la vio nadie supo quién era ni de donde había llegado. Pues si nadie la vio, ni se supo que hubiera llegado, ni nadie la echó en falta, gritó Outilio, no sé por qué hablamos de ella. Conchita lo miró de arriba abajo. Luego, añadió que si no recordaba que desde que aquella mujer, a la que nadie vio, anduvo por allí sucedían cosas raras. Cierto. Cierto, aseveró Maruja. Se acercó al guardia y con los brazos en jarra le gritó que la vaca de su sobrina por aquel entonces parió una ternera con dos cabezas, y que al hijo de la Ramona las gallinas le ponían los huevos con la yema verde. Por no hablar del marido de la Antonia, al que en vez de pelo le estaban creciendo algas por las orejas.

Y mientras sus munícipes en el salón de plenos del Ayuntamiento continuaban llenando imaginarias arcas con el dinero que iban a obtener mostrando el bosque de níscalos, los curiosos vecinos que se acercaban para verlos, se iban quedando encerrados en medio de sus tallos altos, dorados, fríos, húmedos.

Ya apenas conseguían traspasar los rayos de sol la frondosidad de setas, cuando Luis, mirando hacia arriba, gritó que lo que estaba ocurriendo era como consecuencia de la magia de la joven que nunca nadie vio. Cierto, susurró Ramón. Y esa magia nos va a llevar a la ruina. Y de pronto, Conchita, alzando los brazos al cielo, dijo que si ellos opinaban como ella, que el fenómeno de las setas era porque crecían sobre la tumba de la desaparecida que nunca nadie vio, ¿por qué no enterraban también junto a ella, allí mismo, entre los níscalos, y señalaba vehementemente el suelo, a la vaca envenenada? Los cansados vecinos que en ese momento se encontraban sentados en el suelo junto al guardia y rodeados por los altísimos tallos, la miraron sorprendidos. ¿De qué vaca envenenada hablaba? De la que traía consigo la joven que nunca nadie vio. ¡Ah, esa! ¿Pero quién dijo que la joven tiraba de una vaca envenenada? Porque si era así, volvió a decir Ramón, y nadie vio a la vaca ni a la muchacha, tendrían que comenzar a pensar que no era una joven ni una bruja, sino el espíritu de cualquier maldad.

Y sin más, se levantaron. Agarrados de la mano, fueron formando un corro que iba encerrando los troncos de las setas. Conchita comenzó a tararear una canción y como si estuvieran en la alameda la noche del santo patrón, todos comenzaron a bailar alrededor de los troncos abriendo entre la raíces de las setas agujeros negros, malolientes, hasta conseguir excavar un profundo y húmedo pozo. Cuando juzgaron que era lo suficientemente hondo, se pusieron de rodillas. Elevando las manos por encima de sus cabezas como si fueran coronas, hicieron un conjuro invocando a la vaca envenenada. Poco a poco, entre una nube de humo, se fue dibujando la figura de una vaca negra, alta, de gruesa barriga y ubres llenas de leche que, como si fueran surtidores, la derramaban. Y aquel líquido amarillo, casi verde, al mezclarse con la tierra se volvió azufre, que al acercarse a los troncos de las setas los convertía en negras lajas de carbón. Aterrados, algunos con quemaduras importantes, los vecinos, dirigidos por el guardia, treparon por las paredes del pozo hasta conseguir salir. Luego, perseguidos por el fuego, corrieron hasta dejar atrás al último árbol. Desde allí, vieron acercarse a la comitiva municipal que, precedida por la banda de trompetas y tambores, anunciaba que habían encontrado la manera de hacerse ricos con las visitas al bosque de níscalos, único de su especie en el mundo. La Corporación municipal iba pertrechada de sierras y hachas. En la última reunión de la Casa Consistorial, habían decidido talar todos los árboles para que pudiera crecer a gusto el nuevo bosque de Níscalos.

Los munícipes tan solo pudieron ver el fuego fatuo que quemaba los troncos que crecían sobre la tumba de la joven que nunca nadie vio así como escuchar entre el crepitar de las llamas el triste mugido de la vaca de la leche envenenada y que, al arder, las hojas de los antiguos castaños se iban convirtiendo en finas capas de negras lajas de pizarra, que poco a poco iban cubriendo la montaña, los campos, los bosques y los espíritus de los que habían habitado aquella aldea de la que nunca nadie supo ni tampoco nadie vio.

© Malena Teigeiro

El concurso de tapas

Liliana Delucchi

A mis amigos de San Lorenzo

El coche avanza por el camino arbolado con una lentitud que permite a Elisa disfrutar de los colores del otoño. El verde que se desvanece, transformándose en amarillos y ocres, los charcos originados por la lluvia del día anterior y, a lo lejos, recortándose contra esa mágica naturaleza, la silueta de las casas del pueblo. Ama ese lugar en el que transcurrió buena parte de su vida, no así la «fiesta» que le espera.

No recuerda cuándo empezó la tradición ni de quién fue la idea, solo que teme la llegada del mes de noviembre. Cuando empieza la época de las setas, el grupo de amigos se vuelca en el recorrido por el bosque en busca de hongos. Ella saborea del paseo, del ruido silencioso de los árboles, de las risas y de alguna voz alegre que ha encontrado un buen ejemplar. Lo que detesta es el regreso a casa para prepararlos.

Hace tiempo a alguien se le ocurrió organizar un concurso de tapas. Todos los vecinos deben participar y preparar algo original, sabroso y con buena presentación. Un jurado dictamina quién es el ganador, al que se le entrega un cucharón de madera que va pasando de uno a otro, año tras año.

A Elisa no le gusta cocinar y detesta las competiciones. Ni siquiera practica deporte alguno y se aburre terriblemente cuando una conservación versa sobre ellos. Durante años hizo trampa: Virginia, su fiel cocinera, las creaba y ella las presentaba, pero la noble mujer se jubiló el pasado verano y ya no confía en nadie que no sólo las prepare, sino que mantenga la boca cerrada. Ese secreto ni se lo confió a Jesús, su marido.

Pobre Jesús, desde su retiro del banco parece distraído, ni siquiera se anima con la pintura que antes le gustaba tanto. Lo recuerda en la casa del pueblo, ataviado con un delantal y sombrero frente a un lienzo, captando los colores y las formas de ese paisaje maravilloso que se extiende frente a él. Ya no es el de antes.

Fue en ese mismo coche, cuando ella se dio cuenta de que empezaba una nueva etapa. Se habían detenido ante el hotel donde se celebraría la junta de accionistas, esa en la que su marido pasaría el testigo a otro en calidad de presidente. Lo vio descender con paso lento y pesado. Elisa cerró los ojos y se quedó en el vehículo unos minutos en tanto se enfundaba los guantes y arreglaba el pañuelo alrededor del cuello.

Mientras siguen adelante por el camino de los nogales, ella le aprieta la mano. Él sonríe. Ya han llegado a la casa y el hombre pregunta:

—¿Cuándo vamos a ir a recoger setas?

—Han quedado pasado mañana, nos levantaremos temprano.

No sabe cómo librarse del concurso posterior. ¿Me pongo enferma? ¿Tengo que volver a la ciudad por un tema importante? Nadie lo creería.

El día del concurso se levanta a las siete. De pronto, oye ruido en la cocina…, no puede ser la asistenta, es demasiado temprano. Incrédula, ve a Jesús enfundado en un mandil rodeado de setas, hortalizas, masa de hojaldre y un montón de cosas más.

Él se da la vuelta, con mirada pícara se acerca a su mujer y le dice:

—Hace años que lo sé. Descubrí a Virginia preparando tus tapas y no tuvo más remedio que contármelo. —Revuelve la cebolla para que no se queme, —y ahora, como tengo tiempo de sobra, investigo sobre cocina para liberarte de esto que sé que para ti es una tortura.

—Pensé que pasarías el día pintando —contesta ella abrazándolo por detrás.

—Eso más tarde. De momento tengo que mantener tu secreto —arregla un mechón de pelo de la mujer—. Ya eres demasiado perfecta, no necesitas también saber cocinar. Además, he leído en alguna parte que la familia es la esencia del deber ante Dios.

No ganaron el concurso, pero eso ¿a quién le importa?

© Liliana Delucchi

Devorado por un seta

Marieta Alonso

Un hongo, como diría mi abuela.

Aquella mañana de noviembre amaneció lluviosa y a cada rato miraba por la ventana esperando la hora de salida para ir a mi rutina de siempre.

La hora del aperitivo debería ser sagrada. Sería buena idea, me dije, recoger firmas, llevarlas al Congreso, y presentarlas como un proyecto de Ley: La Importancia del Piscolabis.

Me acerqué a la tasca de la esquina donde el camarero, amigo mío, sin preguntar siquiera, me trajo mi ración de champiñones al ajillo, una cesta de pan y una cervecita helada.

Cerré los ojos, y al llevarme el tenedor a la boca sentí un cosquilleo en los párpados. Mi abuela, que lleva años criando malvas, apareció con su sonrisa de siempre y me recordó que las setas son apocalípticas, que unas son comestibles y otras venenosas… Incluso existían varias —y me señalaba con el índice— con efectos psicoactivos.

Decía que otras estaban cargadas de un poder sobrenatural, y en las noches de luna llena, las hadas, brujas, duendes y elfos acostumbraban a reunirse en silencio, danzando en círculos y entonando cánticos para atraer a los sapos de las charcas.

Y poniendo una voz misteriosa añadía que, al amanecer, allí donde estuviera sentado un sapo nacería una seta. Si el sapo era maligno brotaría una venenosa y si era bondadoso, comestible.

A lo lejos oí la voz de mi amigo el camarero que preguntaba si me sentía bien. No pude contestar. Mi boca había desaparecido, pero mi abuela seguía diciendo que estos pequeños seres vivos, de formas y colores llamativos, generaban sentimientos de miedo, respeto y admiración. Podían ser una peligrosa vía hacia la muerte o cura de enfermedades.

Yo no entro ni salgo en esas teorías, lo que sí sé es que de pronto me vi en un hospital asaeteado como un san Sebastián de sueros, tubos por boca y nariz, jeringuillas, vías…, y no sé si logré terminarme el aperitivo.

© Marieta Alonso

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Oktoberfest

15 octubre, 2023 por Akelarre 1 comentario

Relatos inspirados en la fiesta de la cerveza alemana. Oktoberfest

La fiesta de la cerveza

Su origen se remonta al 12 de octubre de 1810, día en el que se celebró la boda entre Luis I de Baviera y Teresa de Sajonia-Hildburghausen. Tras el enlace hubo cinco días de celebraciones en las que, aunque se podía disfrutar de muchas actividades, se prohibió el consumo de cerveza. Los ciudadanos repitieron la fiesta, pero no fue hasta la octava edición cuando se introdujo la bebida.

En la actualidad, unos siete millones de personas visitan cada año el Oktoberfest en Múnich, consumiendo hasta siete millones de litros de cerveza. Y en la comida no pueden faltar salchichas y codillos.

Por nuestra parte, quisimos unirnos a la celebración con relatos que pudieron haber tenido lugar allí…, o no.

Romántica confusión

Cristina Vázquez

Los recuerdos de Belinda

Malena Teigeiro

Una lengua difícil

Liliana Delucchi

Países hermanos

Marieta Alonso

Romántica confusión

Cristina Vázquez

Llevaba meses sumida en una desagradable apatía, casi tristeza, después del inesperado abandono de Gerardo. Fue muy feo, muy poco señor, como dijo mi madre. “Mejor que haya sido ahora que si no, hija, días de gloria te hubiera dado el sinvergonzón ese”. Yo la miraba tratando de convencerme del futuro horrendo que me esperaba si, por fin, hubiera oído la marcha nupcial agarrada del brazo del sinvergüenza ese. Ponía cara de convencida mientras recordaba su risa, las caricias apasionadas y los proyectos que compartimos.

Para consolarme, mis padres nos invitaron a mi amiga Margarita y a mí a un crucero por el Mediterráneo. Nos subimos a ese paquebote lujosísimo, llenas de excitación y ganas de divertirnos. Bajo la premisa de que las penas con pan son menos, que nosotras redujimos a las penas con alcohol son menos, nos bebimos con disciplina y alegría parte de la bodega. Estaba todo incluido, nos decíamos en una justificación engañosa.

En el barco viajaban unos alemanes estupendos, un par de vikingazos, para entendernos. En el que yo me fijé era alto, rubio, fuerte y con ese cierto aire militar en sus gestos que a mí me arrebató desde el primer momento. Su español era mediocre, artificioso, pero suficiente para entendernos y ganar el concurso de baile que organizó el crucero justo en la mitad del viaje. Era sorprendente la agilidad de Wilhem Frederick, que así se llamaba, aunque algo mecánico dirigía sus pasos. Había hecho un curso de baile en Múnich, su ciudad natal, y agradecía sobremanera, me confesó con dulzura en la noche de nuestro triunfo, el aprovechamiento de sus clases.

—Así como el curso de español que me permite decirte lindezas a la luz de la luna —remató su romántico discurso.

Margarita trataba de bajar un poco mi entusiasmo. Ella me aclaraba que estos germanotes estaban muy bien para pasar el rato, pero que no le encontraba a Willy, ya le llamábamos así, mucho salero y aguantarle esos parlamentos supuestamente románticos, resultaba un poco ridículo. Que me fijara en las manos, insistía mi amiga, las tenía un poco bastas.

—Ya se te está poniendo cara de besugo enamorado. Calma —me recriminaba cada poco.

Me daba igual, después del abandono de Gerardo, volver a sentir unas manos masculinas, un poco callosas, pero fuertes y amables, me llenó de esperanza en el género humano. Willy me contó las maravillas de la Oktoberfest, el momento más glorioso, precioso y animoso de su bella ciudad, y me miraba expectante para que yo reconociera su sabiduría y amplio vocabulario en español.

—Muy bien, muy bien —aplaudía yo, después de chocar nuestras copas llenas de cerveza.

Él era un cervecero tradicional que amaba su país y su fiesta. Me dio un largo discurso sobre la elaboración y cómo lo hacían en su fábrica. Fue muy detallado en todos los pasos, las diferencias de maduración y tipo de lúpulos que utilizaban.

—Mi fábrica, la mejor del mundo —sus ojos refulgían de orgullo.

Convencí a Margarita de que además de guapo era dueño de una fábrica y amaba lo que hacía. ¿No era ejemplar? Un propietario con ese interés por su producto. Yo empezaba a utilizar términos precisos: alcohol por volumen, bock, enfriador de mosto…

Antes de que terminara el crucero quedamos que iría a la fiesta, él se ocuparía de mí. Y así fue. Fui a Múnich y me situé donde me indicó para verle desfilar. Y le vi, aunque me costó reconocerlo con el traje típico y el sombrerito ayudando a los caballos que arrastraban el carro lleno de barriles. Sentí que mi entusiasmo se resquebrajaba un poco, era difícil encajar al guapo vikingo del lujoso crucero con este personaje insignificante en el desfile.

Cuando después nos reunimos con sus amigos, a los que encontré ruidosos y un tanto vulgares, me dije que no tenía criterio para valorarlos y que era una estirada. Y aunque amablemente se dirigieron a mí en inglés, al cabo del rato y de varias cervezas terminaron hablando alemán. Hicieron un brindis especial por España y la novia española que había conocido en el crucero que le regaló la empresa por ser el mejor empleado.

¿Empleado? ¿Pero no era el dueño?

© Cristina Vázquez

Los recuerdos de Belinda

Malena Teigeiro

Acalorada, se sentó en uno de los sillones de la terraza. Llevaba en la mano un par de botellas de cerveza. Con un pequeño tirón de la anilla, Belinda arrancó la tapa y bebió el botellín casi de un trago. Suspirando miró por encima de los pinos. El bosque estaba tranquilo y ella, después de lo bebido, también. Abrió la segunda botella. Le dio un pequeño sorbo y pensó que si la viera su madre beber así se enfadaría con ella. Cogió un vaso y muy despacio, la vertió. De nuevo en su asiento, miró el líquido al trasluz. ¿Por qué le gustaba tanto aquella bebida amarga? A lo mejor era porque aquella amargura cubría otras más intensas. Humedeció los labios en la espuma. Era suave, fría. Se pasó la lengua intentando saborearla otro poquito. Era como un beso. La imagen de Marcos le llenaba la mente y con el corazón encogido bebió con ansia unos sorbos. Ya un poco mareada, recordó su timidez ante el abrazo de Marcos, y como se desembarazó de él. ¡Qué tonta era entonces! Aunque Marcos no lo percibiera, mientras corría por el bosque escapándose, por el rabillo del ojo lo miraba. De pie, con los brazos colgando a los lados del cuerpo y la boca entreabierta, el joven la miraba correr sin llamarla. ¿Por qué no lo hizo?

Al ir a beber otro trago, percibió que la cerveza estaba caliente, sin espuma. Tiró lo que le quedaba sobre un macizo de margaritas y volvió a la cocina a coger otro botellín bien frío. También recogió otro vaso. Así se podría hacer a la idea de que alguien la había acompañado sentado en otro de los silloncitos.

Ya de nuevo acomodada delante de la inmensidad del valle, sintió calor. Se desabotonó el cuello de la blusa y se pasó la mano por la garganta, por el escote, como si fuera una caricia. Sus dedos se convirtieron en las manos de Marcos. A su madre Marcos no le gustaba, bueno ni él ni nadie. Porque desde que se había quedado viuda solo pensaba en retenerla a su lado. Pero ellos se amaban. Volvió a sentir el amargor de la cerveza. Recordó la tarde que él le pasó el brazo por el hombro y le hizo apoyar la cabeza sobre su pecho. Al rozar con los labios su piel sintió el mismo sabor amargo que ahora. Marcos le besó el cabello. Luego, le acercó una jarra, inmensa, de barro gris, que bebió con gusto y lo hizo por el mismo sitio que él había bebido.

Vio unos pájaros volando a lo lejos. Envidió sus alas anchas, grandes, que les daban una libertad que Belinda nunca tuvo. Sería bonito ser un ave y poder volar entre las nubes. Bebió otro trago.

Mirando hacia la lejanía recordó lo bonitas que eran las fiestas de la cerveza. Sobre todo la del Oktoberfest que se celebraba en la plaza del castillo. ¡Qué alegría! ¡Qué risas, cuántos cantos! Y luego, la vuelta a casa atravesando el bosque, ese mismo bosque que ahora estaba a sus pies. Menos mal que su madre nunca se enteró de que su hija y sus amigas cruzaban entre los árboles tan solo iluminadas por la luz de la luna. Aquellos troncos oscuros, casi negros, en los que las chicas se apoyaban y ellos las abrazaban. Recordó a... ¿Cómo se llamaba? Daba igual decidió bebiendo otro poco. Ésa siempre se internaba entre los árboles hasta que nadie la podía ver. Cierto era que tuvo que casarse de prisa y corriendo. Aunque la boda fue muy divertida y bonita, eso hasta su madre tuvo que reconocerlo.

¡Hacía tantos años ya de aquello!, meditó mientras ya sin ansia, tomaba otro trago. ¡Qué rica! Qué más daba que su madre hubiera conocido que ella cruzaba por aquel bosque. ¿O nunca lo hizo? Ahora lo recordaba bien. Nunca cruzó por el bosque y tampoco dejó que la besara Marcos ni ningún otro hombre.

Su madre siempre se sintió orgullosa de su Belinda. Aunque quizá no tanto de su soltería.

© Malena Teigeiro

Una lengua difícil

Liliana Delucchi

Nunca tuve problemas para aprender idiomas, pero el alemán…, no podía con él. Mi padre se empeñaba en que lo estudiara, «Alemania es la dueña de Europa en la actualidad, olvídate del inglés. Tienes que asimilar su lengua y lograr hablarlo como una nativa». Pero a mí, tantas consonantes seguidas se me atravesaban, me costaba hilvanar una palabra y más aún tejer una frase.

De nada sirvieron los emolumentos que mi familia gastó en las clases de Fräulein Katharina, ni los años en el Goethe-Institut. Seguía sin dar pié con bola. Pero yo sabía que papá no iba a cejar en su empeño.

Es un hombre hecho a sí mismo, para quien el trabajo, la voluntad y, sobre todo la disciplina, son la base para triunfar en la vida. Se le había metido entre ceja y ceja que yo fuera una economista internacional consolidada y para ello tenía que terminar esa carrera y hablar varios idiomas a la perfección.

¿He dicho que mi pasión era la historia del arte? Pues sí. Lo era, pero de nada me sirvió porque quien iba a pagar mis estudios había decidido un camino en otra dirección.

Así fue como terminé en Múnich en un curso intensivo. La belleza de la ciudad y lo agradable de su gente, tiró abajo mis prejuicios. En mi mente, influida por Hollywood, los alemanes en general iban vestidos con uniformes de Hugo Boss, marchando con el paso de la oca y la mano levantada. Nada más lejos de la realidad, eran tanto o más guapos que los de las películas y llevaban prendas tan desenfadadas como las mías.

El curso comenzó en septiembre. Me hice amiga de Francesca, una italiana del norte con tantas ganas de aprender el idioma como yo. Cuando terminábamos las clases íbamos a callejear por la ciudad. Así fue como nos enteramos de la proximidad de la Oktoberfest y, aunque la cerveza no es nuestra bebida preferida, decidimos hacer una excepción y aproximarnos al evento.

El primero en acercarse fue Otto. En España lo llamaríamos un macizo: alto, rubio y con un físico de gimnasio que quitaba el hipo. Le ofreció una jarra de cerveza a Francesca. Debió suponerla alemana ya que, como es de Trieste, tiene el pelo color del oro, imagino debido a algún ancestro austríaco. Cuando mi amiga le respondió en italiano, pude ver al teutón casi desmayarse de placer. Entonces, levantó la mano para llamar a sus amigos, a quienes nos presentó como Franz, Fritz, y Gerd. Uno más guapo que el otro.

Quizás fueran las clases de la Fräulein Katharina o los eternos años en el Goethe, pero de pronto, ante esos representantes de la raza germana, yo estaba hablando alemán. No sabía a cuál elegir, creo que me decanté por Franz por ser quien besaba mejor.

Amanecía cuando regresamos a casa. El trayecto me pareció interminable. Quizás no había tantas curvas, pero el efecto de las cervezas me hizo caminar en zigzag hasta la puerta.

A la mañana siguiente, creo que era domingo, el teléfono sonó sobre las diez. Miré entre sueños la pantalla del móvil. Era mi padre.

—No sé nada de ti desde hace días, hija. ¿Qué haces?

Aparté la cabeza de Franz (¿o era Fritz?) que descansaba entre mis pechos, antes de contestar:

—Lo que tú me aconsejaste, papi, aprender alemán.

© Liliana Delucchi

Países hermanos

Marieta Alonso

Mi marido, como buen alemán, es un forofo del «Oktoberfest», y todos los años abandonamos nuestra cálida Málaga para adentrarnos en esa fiesta tan popular en Múnich. Lo conocí en un viaje de placer con mis amigas, aún recuerdo la emoción al comprobar que entre todas me había elegido a mí. Éramos jóvenes y cuando nuestras miradas se cruzaron sentimos algo que todavía perdura.

Él sostenía una jarra de cerveza entre sus manos y esa imagen es la que sigo viendo al cabo de treinta años. Creo que no pasará de este verano que pongamos en el salón un barril de tan sabrosa bebida. Lleva tiempo intentando convencerme de lo práctico que puede resultar ese adorno.

Es tal su orgullo alemán que le sienta fatal que sean los checos los que más la consuman, y los chinos quienes más la produzcan. Me cuenta una y otra vez, lleno de entusiasmo, que un historiador alemán, Aventinus, escribió que la leyenda de Gambrinus está basada en un rey germánico a quien los dioses habrían enseñado a elaborar cerveza.

—No hagas caso a otras versiones, confía en mí. Alemania es única.

Yo asiento, es bueno mantener la paz del hogar, pero para mis adentros pienso que como Andalucía no hay nada. Y eso que Theresienwiese, ese prado donde se celebra el Festival está muy céntrico y muy cerca de la Estación Central. Además, reconozco que las chicas vistiendo el atuendo típico de Baviera están muy favorecidas, aunque claro al lado del traje de faralaes no tienen nada que hacer.

Los alemanes son muy suyos, hasta el punto que la cerveza de este Festival tiene que ser fabricada dentro de los límites de la ciudad de Múnich.

Menos mal que mi hombre no le hace ascos a nuestro vinito dulce, ni a esa copa de jerez fino o manzanilla mezclado con limonada, sí…, hablo del «Rebujito», ese que se cuela y nos hace revivir sin darnos cuenta.

Durante el primer año de casados llegamos a un acuerdo: todo lo de España y todo lo de Alemania es bueno. Sin comparaciones. Y gracias a ese convenio disfruto a mares del codillo, de las salchichas, del chucrut con tocino y cebollas picantes, del Steckerlfisch plato donde se ensartan en unas finas cañas diferentes tipos de pescados que me recuerdan a los espetos de mi querida Málaga. Mi adorado alemán, en la Feria de Málaga se pone morado de boquerones fritos, berenjenas con miel, ajoblanco, espetos de sardinas…, y antes de que se le ocurra decir nada le miro, sonríe y comenta socarrón:

¡Qué ricos son los Steckerlfisch de sardina!

© Marieta Alonso

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Vuelta al cole

15 septiembre, 2023 por Akelarre 1 comentario

Historias de la vuelta al cole

Vuelta al cole en septiembre

La escuela está presente desde las primeras civilizaciones, donde los adultos enseñaban a los jóvenes a desempeñarse en actividades que fomentaran el desarrollo de la comunidad. Pero fue en la antigua Grecia donde surgió la palabra «scholé», que evolucionó a «escuela». Y fueron los siete sabios griegos, quienes, con su sabiduría moral y práctica, marcaron una etapa en la que la civilización progresó moral y políticamente.

Este mes de septiembre, en que la mayoría de los niños inician el curso, queremos homenajear a esos lugares en los que hemos pasado parte de nuestra niñez y adolescencia y donde se han dado historias que marcaron la vida de muchos para siempre. Recuerdos dulces y amargos, encuentros y desencuentros, pero sin duda, el inicio de un camino hacia el conocimiento y la amistad.

La foto

Cristina Vázquez

El estudiante

Malena Teigeiro

Sin lágrimas

Liliana Delucchi

Seré breve

Marieta Alonso

La foto

Cristina Vázquez

La foto presidía la repisa de la chimenea. Un par de floreros a cada lado le daban un aspecto de humilde altarcito. Nines había vuelto a residir al cortijo de sus padres en Extremadura. Seguir viviendo en Barcelona, sin haberse quitado nunca el pelo de la dehesa o de charnega de feo acento, la había hartado.

Recogió el modesto piso que compró con sus ahorros y lo poco que aportó José, su marido. Pidió el despido en la fábrica de montaje en la que había conseguido ser jefa de equipo y tener a casi treinta mujeres bajo su mando y decidió volver a sus orígenes. Habilitó parte del cortijo para vivir allí con José y el resto lo hizo hotel rural. Su marido al principio protestó un poco por el cambio. A él la dehesa…, que sí, Nines, que era una belleza, pero él no tenía tanta vida espiritual para vivir en el campo y la tele no se veía bien y la pifi —siempre bromeaba al pronunciar wifi—, era más inestable que el mar. A lo que se negó fue a tener piara de cochinos. Que vendiera la montonera y le dieran unos buenos jamones a cambio.

 El hotel empezó a funcionar poco a poco y Nines volvió a trabajar sin descanso. Se ocupaba de que todo estuviera cuidado y José con su labia recibía a la gente y cuadraba las cuentas. Poco a poco se acostumbró a esta vida, es más, le encantaba.

—Vivo como un marqués —se ufanaba—. Y además hay una clientela muy interesante. ¡Si hasta vienen extranjeros a ver pájaros!

Estos comentarios los hacía en el bar del cercano pueblo donde todos conocían a la Nines desde pequeña. Y ponderaban lo lista que era, lo lista y lo valiente, porque sin haber ido al colegio, emigró desde jovencita y se hizo un porvenir.

Una tarde apareció un cliente de una edad aproximada a la de Nines. A ella le pareció el colmo de la elegancia y finura. Hablaba con un acento que a ella le resultó exótico y le recordó a un jefe inglés que tuvieron en la fábrica durante unos años. Era un señor muy educado que la distinguió no solo en el trabajo, aumentándole la responsabilidad y el sueldo, sino también un poco en su corazón, le confesó una tarde poco después de cerrar la fábrica. Era la mujer más atractiva e inteligente que había conocido. Nines se derritió cuando se lo confesó con ese acento tan suave, pero enseguida comprendió que con aquel hombre no había porvenir y en cambio sí mucho peligro.

Así que ahora al escuchar a este nuevo cliente, algo en ella que permanecía dormido, más que dormido acorchado, se despertó con la emoción del recuerdo juvenil. ¡Ay Peter! Ella siempre le agradeció a José que la salvara, eso se decía, del inglés aquel. Él era un buen hombre, sin duda, y bien plantado, aunque un tanto cabeza hueca y su conversación la aburría. Pero es que ella era muy exigente, ya se lo decía su madre. El tal Peter también lo fue cuando ella le dijo que o se casaban o no se volvían a ver. Cómo pretendía casarse con él, si ni siquiera había ido a la escuela, le espetó con crueldad. Nunca olvidaría su cara de desprecio y la desolación que sintió. Tardó en comprender el mérito que había tenido estudiando por las noches y sacando, ya mayor, sus cursos para no ser una burra.

El señor que fue al hotel hablando con ese acento y que a Nines la descuadró, estuvo tres días y se despidió cortésmente. Al ir a recoger el cuarto vio que en la mesilla de noche tenía una foto olvidada. Se quedó mirándola un largo rato. Era una foto preciosa de unos niños que salían de la escuela con sus mochilas a la espalda. Se podían intuir sus sonrisas, aunque no se les viera la cara. Guardó con cuidado la foto y la miraba todos los días, hasta que decidió ponerla en el sitio principal y destacarla con los jarroncitos.

—Yo soy la tercera de la derecha —repetía a quien se admirara de la foto—. Para mí es un recuerdo inolvidable de cuando fui al colegio.

© Cristina Vázquez

El estudiante

Malena Teigeiro

Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.

Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.

Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.

Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.

Y así fueron pasando los años.

Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.

Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.

Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.

Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.

Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.

Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.

Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.

© Malena Teigeiro

Sin lágrimas

Liliana Delucchi

Las mañanas de septiembre aún conservan la luz del verano, la calidez de esos días a veces interminables de julio y agosto.  Alma y yo caminamos hacia su colegio bajo la sombra de los árboles.  Ella, aunque ansiosa por llegar, intenta mantener el ritmo de mis pasos de anciano. Hoy es su primer día de clase, está ilusionada y deseosa de volver a ver a sus amigos. La acompaño por primera vez; mi hija me lo pidió, dado que tiene una reunión de trabajo a estas horas. Soy feliz, también mi nieta está muy contenta y lo demuestra con algunas cabriolas que la sueltan de mi mano.

Cuando llegamos a la puerta del edificio, veo una nube de niños con sus uniformes, maletas y balones. ¿Les dejarán llevar pelotas de fútbol? En mis tiempos no estaban autorizadas. De pronto, una imagen se superpone a la de esos escolares. Es una foto en blanco y negro en el fondo de mi memoria: un grupo de chavales de espalda, con sus mochilas y gorras, camino del campo de concentración que suponía para mí la escuela.

—Hagas lo que hagas, ni se te ocurra llorar —dijo mi madre, de cuya mano me cogía como si fuera una tabla de salvación—, es de débiles y de personas sin modales.

Estábamos los dos de pie a la puerta de nuestra casa esperando el bus escolar. El muy cretino llegó a su hora y en cuanto abrió la puerta, mamá, con un suave empujón, me dirigió a las fauces de ese monstruo que me trasladaría a un mundo desconocido.

Apenas pude responder con un susurro cuando el conductor me  preguntó mi nombre. Una palabra más hubiera descubierto mi congoja. Las primeras lágrimas que contuve en mi vida.

El resto fue silencio. Un silencio cortado por llantos de otros niños, las palabras de consuelo de la celadora a nuestro cuidado y el ruido del motor. A través de la ventanilla podía ver hileras de niños que se dirigían a ese lugar al que nunca hubiese deseado ir. Yo estaba muy bien en casa, con mis padres, mi abuela y la niñera, ¿qué necesidad de sacarme de ese lugar tan cálido y confortable? Fue entonces cuando vi al grupo de niños de espaldas, esa foto en blanco y negro que hoy regresa desde el fondo de mi memoria.

Cuando descendimos del bus me quedé quieto, incapaz de dar un paso hacia el edificio blanco y enorme en el cual estaba destinado a  pasar muchos años de mi vida. Seguía conteniendo las lágrimas, inmóvil debajo de un castaño. Alcé los ojos al cielo nublado. Llora tú que puedes, le dije al firmamento encapotado sin abrir la boca. Pero a él también le habrían dado las mismas instrucciones, porque no llovió. Fue entonces cuando sentí una mano en la mía. Pertenecía a un chico de mi edad, con el mismo uniforme y la misma gorra calada hasta las cejas.

—¿Vamos? Soy Alejandro.

No recuerdo si respondí con mi nombre, sólo que le di la mano y juntos entramos en el colegio. Desde ese día fuimos inseparables. Toda una vida compartiendo alegrías y sinsabores hasta que hace un par de años una horrible enfermedad se lo llevó para siempre.

Alma me deja, corre hacia el patio donde están sus compañeros. Cuando logro alcanzarla abraza a un niño de su misma edad. Le pregunto su nombre.

—Alejandro.

Esta vez no hay lágrimas que contener y el sol brilla en el cielo.

© Liliana Delucchi

Seré breve

Marieta Alonso

El más feliz de mis días estaba por llegar. Comenzaba el instituto. Irrumpí en el aula conversando con mis amigas de siempre. El pupitre a fuerza de rayas parecía que tenía dibujos geométricos.

Apareció el maestro, el que nos iba a dar clases de Literatura. Fue como si el cielo se desplomara. Sentí un escalofrío y me vino a la mente esa escritora mejicana, sí la tal Ángeles Mastretta, la que escribió Mujeres de ojos grandes, porque nada más verle me enamoré como siempre se enamoran las mujeres inteligentes: como una idiota.

Había tal belleza en su voz que supe que a mi vida había llegado la primavera a pesar de ser septiembre. Aquellas manos anunciaban caricias, aquellos ojos eran buganvilias asomando en los jardines, aquella boca tenía que saber al alioli que hacía mi madre.

Se lo comenté a mi primera mejor amiga, estábamos juntas desde párvulos y era muy espabilada. Me aconsejó que lo mirase como si estuviera afligida, que la elegancia de la tristeza era insuperable para comenzar una enriquecedora conversación.

Con aquel profesor no me dio resultado, pero con el chico que entró detrás, pidiendo permiso para entregarle la mochila a su hermana, mi amiga, que se la había dejado olvidada en el pasillo, fue espectacular. Tanto que, al pasar los años, me casé con él. Y después de dos hijos y tres nietos, aún hoy, cuando dejo caer esa mirada, él sonríe…, y juntos sentimos las olas rompiendo en aquel espigón donde compartimos nuestro primer beso.

© Marieta Alonso

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Mercados

15 agosto, 2023 por Akelarre Deja un comentario

Un mercado como excusa para nuestros cuentos

Mercados de abasto

Los romanos llamaban al comercio «mercatus», vocablo derivado del verbo «mercari» (comprar), registrado en castellano con su forma actual desde la primera mitad del siglo XIII. El origen más remoto que se ha podido rastrear de este vocablo latino es la raíz «merk» empleada por los etruscos para formar palabras relativas a la compra venta. Se relaciona con Mercurio, dios del comercio.

 Hoy en día el mercado cumple dos funciones, la primordial sigue siendo el abastecimiento de alimentos y productos, pero la segunda, que tiene cada vez más peso, es la de ser un punto de encuentro para los ciudadanos, un núcleo en el barrio o población lleno de movimiento.

Este espacio ha sido elegido como el lugar en el cual desarrollamos historias que van desde el primer trabajo de un niño, a la confusión de una esposa, la planificación de un cambio de vida o la disyuntiva de una joven ante su pasado y el presente.

El olor

Cristina Vázquez

Cebolla frita

Malena Teigeiro

La nota

Liliana Delucchi

El arte de no robar

Marieta Alonso

El olor

Cristina Vázquez

El olor había sido lo que la decidió. Aunque cuando Eulalia miraba el despliegue de pescado y marisco en el mercado, muy pocas veces y siempre con mascarilla, sonreía satisfecha.

Su padre fue un pescador curtido en mares lejanos. Cuando ella era pequeña su vuelta era festejada con emoción y sincera alegría. Recordaba el momento de su entrada en la casa. Avisaban de la central del puerto que el Lalina estaba fondeando. Entonces, la madre los arreglaba a ella y a su hermano y se ponía un traje estampado, aunque fuera invierno. Después de tanto tiempo en el mar, al menos que cuando entrara en su casa viera alegría y color, afirmaba animosa.

Se sentaban alrededor de la mesa a esperar. Oían su silbido a lo lejos y se ponían nerviosos.

—¿Ya, mamá? —preguntaban los hermanos.

—Aún no, que él también recele un poco y crea que no estamos —sonreía—, así disfrutará más al veros.

Ahora, les decía cuando ya se oían los pasos por el pequeño jardín y su voz llamándoles: Mujer, Lalina, Juanito, nombres que volvía a repetir hasta llegar a la puerta. En ese momento daba tres golpes seguidos. Los chicos se escondían y al abrir, la madre decía con aire compungido que los niños no estaban en casa. Entonces empezaba la ruidosa búsqueda del padre hasta que los encontraba. Su abrazo era fuerte, querido, pero Eulalia no podía evitar que el olor a pescado que desprendía, le repugnara. Se juró que ella nunca olería así.

Y cumplió su juramento. Se fue a estudiar a la ciudad, pese al enfrentamiento que le supuso con la madre. Eran tiempos en los que la obligación de la mujer era estar en casa, encontrar un marido conveniente y, si acaso, echar una mano en la pescadería donde se vendía el pescado que traían en el Lalina. Por cierto, Manolo, el apuesto y amable hijo de los dueños, le miraba con ojos embelesados de futura novia.

—Pareces boba —le recriminaba la madre—, si fueras algún día a ayudar… El chico te mira con arrobo.

—Pero huele a pescado —era su inevitable contestación.

Menudos remangos de señoritinga le salen a la muchacha, se quejaba con el padre. Y a estudiar, se quería ir a estudiar a la ciudad y sola. El desconsuelo de la madre no se calmaba, aunque el padre aceptara que se fuera. El barco iba a ser para el hermano, concluía, y la chica tenía derecho a tener otra vida.

Eulalia se marchó una tarde de septiembre con una exigua maleta, la decisión y el temor a partes iguales en sus ojos y la esperanza instalada en su cabeza.

 Al cabo de unos años sacó una licenciatura en económicas y sus vueltas al pueblo la hacían sentirse cada vez más lejana y extraña con su familia y amigos. Los ojos recriminatorios de la madre se veían compensados por la mirada de orgullo del padre.

—Tienes que aprovechar el conocimiento para mejorar y salir de esta vida tan dura.

Si alguna duda se le cruzaba por la cabeza, volvía al mercado a recordar el olor que le repugnaba y comprender que no había jabón suficiente para quitar su rastro de las manos ni del cuerpo.

© Cristina Vázquez

Cebolla frita

Malena Teigeiro

Un poquito de sal, unas gotas de limón, una cucharada de cebolla bien frita, y otra de vino blanco, recitaba Lidia en voz alta. Y, ahora, espolvorearlas bien con pan rallado, aunque sin pasarse.

—Así es como te gustan, ¿verdad? —gritó mientras introducía la bandeja en el horno.

—¿Que me gusta el qué? —escuchó la voz de Juan que, como si fueran burbujas, flotaba en el ambiente.

Las zamburiñas era el marisco que más apreciaba su Juan. ¿A su Juan? Lidia se limpió los ojos con la puntita del delantal. Sus lágrimas no eran por culpa de la cebolla, eran porque la imagen de Manolita, la dueña del puesto 53 —el de ellos era el 54— del mercado de mariscos, le había venido a la mente.

Manolita lo heredó de su madre, doña Manuela, muerta en un accidente de coche hacía poco. Y desde que la hija lo ocupaba, su Juan no era el mismo. Ni se reía con ella ni jugaban en la cama. Ahora le descubría canas, alguna arruga alrededor de los ojos, y sobre todo le molestaban los niños. Manolita era joven, tenía el pecho prieto y tan alto que sus primeras curvas siempre estaban fuera del escote. Reía con fuerza y, como hacían todos, anunciaba sus mariscos a voz en grito, pero los de ella eran alegres, casquivanos. Tan así era, que desde que Manolita estaba al frente del puesto de su madre, las ventas en el de Juan habían bajado. Y desde que se colocó el delantal con las tiras bordadas bien tiesas, Juan enloqueció por ella. De eso Lidia estaba bien segura.

Sin embargo, desde ayer Juan estaba más hosco que de costumbre. Hasta se había enfadado con los niños durante el desayuno. Y en vez de ir con los amigos a tomar el apetitivo y jugar una partidita, se había quedado en casa tumbado en el sofá. Ni tan siquiera veía el fútbol. Lidia llamó a su madre para que se llevara los niños. Algo iba a pasar y no quería que los críos estuvieran delante.

Desde que su madre cerró la puerta, ella daba vueltas por la casa sin saber qué hacer. Y fue entonces cuando se le ocurrió cocer unos camarones y cocinar las zamburiñas. Era lo que más le podía gustar a Juan. A las dos y media, todo estaba como tenía que estar: la mesa con el mantel bordado, un búcaro azul con margaritas en el centro y una botella de Alvariño refrescándose en la nevera.

Ya sentados a la mesa, Lidia, asustada, percibía la intensa calma con que Juan pelaba los camarones. Después lo vio mojar pan en una zamburiña. De pronto levantó la cabeza. La miró despacio.

—Estás muy guapa esta mañana —susurró.

La capoteaba para darle la puntilla, pensó Lidia mientras lo veía coger el vaso de vino y bebérselo de un trago. ¿La iba a dejar y encima se burlaba de ella? O sea que, además de aguantarle los cuernos que seguro le estaba poniendo con Manolita, cocinaba lo que más le podía gustar, cuidaba a sus hijos, lo amaba desde que era una niña, ¿tenía que escuchar sus falsos piropos? No estaba guapa y lo sabía. ¡Cómo podía estarlo con los ojos rojos de tanto llorar, la delgadez escurriéndosele por las caderas, y ese pelo que nunca sabía qué hacer con él! Por ahí ya no estaba dispuesta a pasar. Se removió en el asiento. Bebió del mismo modo su vino y aclarándose la garganta lo miró de frente.

—¿Te ocurre algo Juan? —preguntó.

—Lidia, tenemos un problema —masculló sin dejar de comer las zamburiñas.

—¿Tenemos o tienes un problema? —inquirió con retintín.

Él levantando la cabeza, la miró sorprendido. Creía que todo lo de la casa les afectaba a los dos, pero si ahora las cosas ya no eran así... Continuó mojando el pan en la zamburiña. Lidia se sintió inquieta. Lo quería tanto que hasta le dio lástima. Pero, ¿era tonta o qué?, se dijo.

—Manolita...

Lidia se levantó de la silla. Que no siguiera, por favor, que no siguiera, se dijo. No estaba dispuesta a escuchar lo que le iba a decir. Cerró los ojos, lo vio saliendo de la casa con la maleta en la mano y comenzó a llorar. ¿Es que no le daban pena sus hijos? ¿Es que no sentía nada por ella después de tantos años de estar juntos?, le espetó. Juan la miraba con los ojos redondos y la boca abierta.

—Escucha Lidia, Manolita se casa con uno de Lérida, por lo que deja el puesto. Como nos está agradecida por lo que la ayudamos manteniéndolo los días que su madre estuvo en el hospital, nos lo ha ofrecido a nosotros. Si ando preocupado es porque es mucho dinero y tendríamos que pedir un préstamo al banco, y ya me conoces, a mí eso de endeudarnos no me va. Ella dice que está dispuesta a alquilárnoslo hasta que se lo podamos pagar. ¿A ti qué te parece que debemos hacer?

—Juan, no seas tan raro. Nos apretaremos un poco el cinturón, y si algún mes va peor, tiramos de los ahorros. Pide el préstamo, como hace cualquiera, y dale las gracias. Y eso sí, no me vuelvas a ocultar ninguna cosa. No sabes lo preocupada que estaba pensando que tenías un problema de salud. ¡Vaya!, que ya me veía viuda —Lidia se secó una lagrimita con a punta de la servilleta—. ¿Y sabes una cosa? —con sus cálidos ojos lo miró satisfecha—. Me alegro de que Manolita se case. Que contenta estaría su madre. Ojalá tenga mucha suerte. A mí siempre me pareció una buena chica. Y quedarse huérfana tan joven... Pero ahora, comamos, que las zamburiñas se están quedando frías. Y eso sí, en cuanto termine voy a llamar a mi madre —Lidia chupó la cabeza de camarón con deleite—. La pobre anda en un sin vivir con lo de tu posible enfermedad.

© Malena Teigeiro

La nota

Liliana Delucchi

La temperatura era cálida para esas horas de la mañana. Sin duda, el sol apretaría según transcurriera la jornada, pero de momento, la suave brisa del mar pegaba el vestido floreado a sus piernas. Eloísa disfrutó con el contacto del algodón contra su piel; caminaba despacio, gozando de ese momento de soledad amenizado por las voces de los pescadores, el vuelo de las gaviotas y el roce de los lánguidos pliegues de la ropa. Se detuvo a contemplar el horizonte, respirar a pleno pulmón el aire marino, disfrutar de ese retiro de un mundo que se le estaba haciendo pesado. Por un momento, frente al paisaje que aparecía ante sus ojos, dudó sobre sus planes. No eran fáciles de consumar, pero la situación la había llevado al límite de sus fuerzas y recurrió a las pocas que le quedaban para desarrollarlo…, al menos en su mente.

Siguió camino del mercado. Un golpe de aire le arrebató el sombrero que un afable caballero le devolvió con una sonrisa. ¡Qué bella sonrisa! ¡Cuánto hacía que nadie le ofrecía una! Hasta llegó a pensar que no las merecía… No es cierto, no tengo que ser desagradecida, Augusta me ofrece una cada vez que me acerco a su puesto. El suyo era uno de los primeros de la lonja, con marisco siempre fresco, delantal impoluto y su eterna amabilidad.

—¿Qué, te has decidido? —preguntó la pescadera con un mohín cómplice.

—¿Te refieres a las zamburiñas o a las nécoras? Llevaré ambas…, y de todo lo demás también —contestó guiñando un ojo—. Será una comida de celebración.

—Ni que lo digas… ¿Ya ha llegado?

—Anoche, con una maleta para dos meses junto con toda su verborrea.

—Para lo que le va a durar—. Sentenció Augusta mientras cerraba la bolsa que contenía el marisco—. El frasquito que me dio la anciana está en el fondo —agregó pasándole el paquete con todo el pedido—. ¡Y buena suerte!

Eloísa desanduvo el camino hasta su casa todavía en silencio, ni su marido ni la hermana de éste se habían levantado. Metió la compra en la nevera y se puso a hacer café. Con una taza caliente y algunas galletas sobre la bandeja, se dirigió al patio, a respirar el aroma de las gardenias que tan bien se le daban. Acarició las flores con la mirada, como despidiéndose de ellas, de ellas y de todas las demás que había cultivado desde hacía años.

La voz de su cuñada la sacó de la ensoñación. Bien, se dijo, manos a la obra. Tras ofrecer un desayuno a su invitada y después de un largo rato de asentir con la cabeza a la catarata de palabras que salían de la boca de esa mujer insufrible, se escabulló con la excusa de preparar el almuerzo. Pedro, su marido, también se había levantado y unido a su querida hermana.

Desde la cocina, Eloísa escuchaba voces solapándose unas a otras, como si todo el tiempo del mundo fuera insuficiente para lo que se tenían que contar. Incontinencia verbal, pensó, padecen de incontinencia verbal. «Quizás los libros de medicina deberían incluir la nueva dolencia que acabo de descubrir», murmuró para sí, mientras preparaba la comida que los hermanos le habían pedido.

Cuando la mesa estuvo terminada: mantel de hilo blanco, adornado con los colores de los mariscos y un jarrón con gardenias, se acercó para decirles que todo estaba listo.

Frotándose las manos, como si hubieran pasado una hambruna, y sin una palabra de agradecimiento o de elogio se sentaron en el comedor, fresco a pesar de la hora. Como dos náufragos que llegan a una isla después de meses sin probar bocado, engulleron las maravillas que había comprado en el puesto de Augusta.

Eloísa no se unió a la comilona, los contemplaba a través de la ventana y cuando vio que, una a una, sus cabezas caían inertes sobre los platos, cogió la maleta que tenía preparada desde el día anterior, y escribió una nota que dejó clavada en la puerta de entrada.

«Señores policías, no prueben el marisco.»

© Liliana Delucchi

El arte de no robar

Marieta Alonso

Aquel año puse el primer cero a mi edad y para ayudar en casa comencé a trabajar en el mercado del barrio. Mi madre era pariente lejana de uno que regentaba el puesto de hortalizas y verduras y le pidió que me hiciera un hombre de bien. Eran tiempos difíciles. Allí se vendía de todo: lechugas, tomates, pepinos… Y yo con hambre a todas horas.

Se me hacía la boca agua con lo que fuera, me daba igual que los tomates fueron rojos, verdes, pequeños o grandes. Aquel lugar olía a abundancia, era el reino de los olores y mis tripas sonaban como si no le hubiera echado nada en veinticuatro horas. Así era.

Mi amigo Pedro estaba empeñado en enseñarme a robar, pero yo me resistía. Mi madre, que para algunas cosas parecía bruja, nos amenazó con que si alguno de sus hijos se apropiaba de lo ajeno le ponía la cabeza del revés. Y ella era capaz de hacerlo.

La primera vez que me dieron una propina me acerqué al pariente y le pregunté qué podía comprar con los céntimos que tenía en la palma de la mano. En ese mismo instante se oyó un gran ruido en mis entrañas. No hizo ningún comentario. Me pidió que cuidara el puesto. Se fue enfrente por una barra de pan, se acercó al que lindaba con el nuestro y compró cien gramos de mortadela. A su regreso, de la chaqueta sacó una navaja, partió por la mitad el pan, cortó en rodajas un tomate, el más rojo, el más bonito de todos, repartió el embutido a todo lo largo y me dijo: desde hoy, a esta hora, tendrás tu almuerzo. Te lo has ganado por honrado.

Fue la mejor lección de mi vida. Hasta Pedro aprendió de ella, pues como se acercaba a que yo le diera un cacho de mi bocadillo, el pescadero le preguntó si servía para hacer recados y muy chulo le contestó:

—Soy capaz de todo.

—Pues aprende de tu amigo y no robes.

El de la pescadería debía ser tan brujo como mi madre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Puertos marinos

15 julio, 2023 por Akelarre Deja un comentario

Puerto marino que inspira nuestras historias

Puertos marineros

Los datos iniciales en torno a la aparición de los puertos datan del periodo comprendido entre los siglos X y V a.C., cuando los fenicios, egipcios y griegos construyeron los primeros refugios en enclaves naturales que aportaban protección ante la meteorología adversa. Pero eso fue solo el inicio. En la actualidad, además de aquellos destinados al comercio, existen los navales, pesqueros o deportivos.

Estos lugares de tránsito siguen siendo el punto de partida en la búsqueda de aventuras y diversión que se extienden a lo largo y ancho de los continentes, e implican el comienzo o el final de sueños y desventuras. En uno de ellos quisimos situar este mes historias que describen cómo un borrachín y un juerguista descubren juntos el sentido de la vida; una mujer que regresa al pueblo del que tuvo que huir; un intruso que pretende formar parte de una familia consolidada o una joven que encuentra la paz en la pintura de esos territorios mágicos.

La vuelta

Cristina Vázquez

Las redes

Malena Teigeiro

El intruso

Liliana Delucchi

Ikigai, palabra japonesa

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Todas las tardes del mes de julio, la oronda mujer se sentaba a la mesa que tenía reservada.

—¿Lo de siempre?, doña Antonia —se afanaba cortés el camarero, conocedor de las buenas propinas que solía dejar.

—Hoy voy a tomar champán —subió la mirada ribeteada de verde—. Es una fecha especial.

Con los ojos cerrados, suspiró con teatralidad e hizo un ligero movimiento de despido al camarero con su enjoyada mano. Enjoyada y regordeta como era toda ella. Tenía el pelo teñido de rojo, sujeto en un alborotado moño, las manos de uñas largas también rojas como los labios que fruncía con desdén o mimo, según la circunstancia.

Al dar las ocho de la tarde la mujer aparecía en el local y se sentaba en la terraza a mirar el puerto. Exigía que le reservaran la misma mesa y ahí se quedaba un buen rato en una contemplación silenciosa.

Había llegado a ese pueblo el verano anterior y se comentó la exorbitante suma pagada por la mejor casa del promontorio. Esta formaba parte del conjunto histórico que se había mantenido casi intacto y que desde el bar Las Olas, donde iba cada tarde, se apreciaba perfectamente.

Llegaba en un Mercedes color guinda, el chófer le abría la puerta y avanzaba hacia su mesa despertando a su alrededor un aura de riqueza y poderío subrayado por las muchas joyas y el traje diferente que lucía cada tarde. El aire de diva en retirada obligaba a todo el mundo a fijarse en ella, aunque fuera una mujer rechoncha, enfajada y con un aire de vulgaridad inapelable. También cierto aire de misterio que elevaba las murmuraciones sobre quién sería esa dama, bueno, esa mujer matizaba Carmelita, la del guardarropa. Las buenas propinas pulían y a la vez exaltaban los comentarios y la curiosidad sobre su persona.

Al hablar tenía un ligero ceceo. Si se tomaba la tercera copa entonces la voz se hacía más aguda y pronunciaba las erres de manera gutural, como si fuera francesa. Ella había vivido en todo el mundo, tout le monde, concedía soñadora, y los ojos verdosos se le iluminaban con un destello de dudosa alegría.

Los camareros y el público se quedaron sorprendidos cuando Manen, el anciano mendigo que rondaba por los locales a lo largo del malecón, se sentó a la mesa de doña Antonia con su aquiescencia. Cuando el camarero fue a echarle, la señora dijo que le trajeran a Manen lo que quisiera. La severidad de su mirada obligó a detener cualquier posible protesta. Charlaban amistosamente y al acabar la comida, se levantaron a la vez y vieron cómo el mendigo se subía al asiento junto al chófer.

—Esa mujer está loca —advirtió el jefe—. Que no se le ocurra volver a sentar a ese tipejo en mi bar.

Al día siguiente, a la hora de siempre, volvió a aparecer doña Antonia acompañada por un hombre menudo que desprendía una elegancia innata, pese a que le quedaran largas las mangas de la chaqueta y su andar fuera un poco encorvado. Después de atenderles, el camarero volvió a la cocina con cara de estupor.

—¡No os lo vais a creer! El que está sentado con la doña es el Manen vestido de señorito.

Se iban turnando para llevar las copas que pedían y alguna croquetita o algo de picar, exigió Manen con desparpajo. Se fueron juntos en el coche igual que la tarde anterior y repitieron esta ceremonia hasta que terminó el mes de julio. Doña Antonia se despidió con una espléndida propina y la orden de que a don Manen se le sirviera lo que él quisiera.

—A final de mes pasará mi chófer —señaló vagamente hacia el coche—, a pagar la cuenta.

Cada tarde, Manen aparecía bien vestido, y se pasaba un buen rato tomando su aperitivo y a veces hasta la cena. Uno de los días, antes de que el local se cerrara por fin de temporada, se acercaron para que Manen les aclarara quienes eran, en verdad, él y la señora. El hombre se resistió un poco, pero al final confesó que antes era un chico rico y señaló una casa al otro lado del puerto.

—Esa era mi casa —apreció con nostalgia—. Ahora es de Antonia y bien ganada la tiene.

Él la ayudó a marcharse en un barco carguero, hacía mucho tiempo de eso, hizo un gesto con la mano como si alejara algo. A la pobre chica, miró a su alrededor, la violaron. Luego supo que su padre fue uno de ellos y nunca le perdonó que le ayudara escapar.

 El silencio a su alrededor era total. Nadie se movía. La ausencia de clientes y el devenir de la noche iba creando un ambiente de confidencia. Trabajó sin descanso, era una buena cocinera, siguió, y tuvo uno de los restaurantes más famosos de Francia. Había ganado mucho dinero, se frotó los dedos. Ahora que estaba viuda y que ya nadie se acordaría de ella, volvió al pueblo y compró la casa de su familia.

—Mientras esté fuera voy a vivir en ella y cuidarla —una sonrisa dulcificó sus facciones—. Es una buena mujer que no olvida.

© Cristina Vázquez

Las redes

Malena Teigeiro

Pintaba puertos, playas o acantilados. Pero, sobre todo, puertos. El color del mar, los inmensos cielos que lo cubrían, la hacían volar sobre él. Le daba lo mismo colorear el verde oscuro de las playas del norte de Francia, el azul grisáceo de las islas del Pacífico, o el turquesa de las playas caribeñas. Incluso pintaba algunos puertos teñidos de rojo con lava del volcán.

Muy pocos comprendían su atracción por los puertos, que olían a aceite, a sal, y a pescado, en donde podías sentarte a charlar con los que remendaban las redes o a tomar un vaso de vino.

A veces acompañaba a Antonio, un patrón amigo de su padre que solo salía al mar en busca de la cena. Si pescaba poco, la invitaba a su casa de encima de la playa, y si habían tenido suerte, le daba los peces para que ella los vendiera. Salían al atardecer. A ella una de las cosas que más le placía era sentir el frío de la arena en los pies desnudos cuando caminaba hacia la barca. Siempre le pareció que estaba igual de fría que su padre cuando se lo trajeron muerto.

Una mañana, Antonio también apareció muerto en su cama. Algún día tenía que ser, escuchó a uno de por allí. Después de aquel comentario, Paco se le acercó. Si quería, él podía llevarla también en su barca. Ella no contestó.

Días después del entierro, Paco se acercó a su casa. Venga mujer, le dijo, que no era bueno que estuviera encerrada. Vente conmigo que voy a echar las redes esta noche. Ese día no fue, pero, al otro, cuando volvió a pedirle lo mismo, pensó que tenía razón, no era bueno estar tan sola. Además, nada le gustaba tanto como estar en el mar. Y fue con él.

Salieron varias noches hasta que una de ellas, mientras esperaban a que se llenaran las redes él, sentado en la borda, la animó a beber un trago de aguardiente. Ella apenas mojó los labios mientras el otro se bebía media botella. Le vio los ojos rojos, los labios violetas y una risa tonta. Ven, ven. Acércate, le decía balanceándose con el ritmo de la mar. Ella se acercó y de un empujón lo tiró al agua. Había aprendido a defenderse de los hombres.

Al día siguiente, al atardecer, unos pescadores encontraron la barca a la deriva. Uno de ellos la acomodó entre los aparejos, el otro recogió las redes. Paco, como un pez, apareció en ella.

Durante el juicio, le declaró al juez que fue ella la que lo empujó. Conocía lo que le pasaba a las mujeres cuando los hombres se ponían en aquel estado, y ella no estaba dispuesta a pasar por eso. El magistrado sentenció que la internaran en un siquiátrico.

Desde entonces, vive allí, y si bien es verdad que no puede mojarse los pies en el mar, ni sentir el frío de la arena en las plantas de los pies, le han dado las pinturas con las que disfruta pintando los puertos.

© Malena Teigeiro

El intruso

Liliana Delucchi

—Has ido a la peluquería —dijo Hortensia mientras servía café a su hermana.

—Estaba harta de llevar moño. Paolo me ha recomendado este corte más juvenil.

—¿Jóvenes nosotras? Te engaña para sacarte dinero —murmuró la mayor al tiempo que untaba una tostada con aceite—, ¡Paolo! Se llamaba Eulogio cuando era pescador, como casi todos los de este pueblo —siguió rezongando— ¡Paolo! Unos años en Italia y vuelve con nuevo nombre y oficio de peluquero. ¿A quién quiere engañar?

Casi tiró la silla cuando se levantó de la mesa para recoger los restos del desayuno. Continuó farfullando que a Azucena la engañaba cualquiera que la mirara un poco.

—Tenemos la edad que tenemos y ningún corte de pelo ni falda nueva como la que llevas va a enmendar eso —soltó airada.

La más joven hizo como que no la oía y salió canturreando al patio con la excusa de regar las plantas.

Hortensia se asomó a la puerta secándose las manos con el delantal, que ya estaba para que lo jubilaran, con intención de hacer las paces.

—¿Te apetece un paseo por el malecón?

—No. Esta mañana pretendo ir al mercadillo. Hay un nuevo puesto que ha traído modelos de la ciudad y quiero verlos —contestó la otra mientras cortaba un capullo de rosa y se lo ponía en el ojal de la blusa.

—¿Vendrás a comer o también lo harás en el pueblo?

—Vendré, cariño. ¿Cómo voy a perderme tu rabo de toro?

Al fin, dejando de lado su ira y casi sonrojada, la mayor de las Gómez hizo, entre silencios, preguntas sobre cotilleos que su hermana habría escuchado en las tiendas y se ofreció a acompañarla.

Habían nacido en lo que entonces era un caserío y que, a causa del turismo, se transformó en una pequeña ciudad donde nacionales y extranjeros iban de vacaciones. Toda una vida allí, entre pescadores que se habían pasado a la construcción o al comercio, y empezaron a dar cierto lustre a lo que ellas recordaban como un villorrio descascarado.

Toda una vida allí, una existencia pacífica sin más colorido que el que aportaba la Semana Santa, los Carnavales o la romería, se decía Hortensia mientras intentaba alcanzar el paso más firme de su hermana a lo largo de esas callejuelas infestadas de turistas. Y ahora, encima, llegaba ése haciéndose el italiano ¡qué va a ser italiano, si nació aquí, como nosotras!

Azucena era distinta. Desde pequeña le gustaba la vida de las ciudades: leía revistas de moda, le pedía a la modista diseños imposibles y fue la primera en hacerse socia de la biblioteca en cuanto la construyeron.

Su hermana la sacó de sus pensamientos preguntándole si le apetecía volver dando un paseo por la playa.

—Mira, allí está. Nuestra barca. Ya no la utilizamos, deberíamos pintarla y volver a navegar, como hacíamos con papá.

Hortensia lanzó una mirada de soslayo ante la propuesta de esa enloquecida, antes de responder:

—Ya no tenemos fuerzas para remar.

—¡Serás tú! Mira mis brazos —levantó la manga de la camisa para que su hermana viera sus músculos—. Además, podemos invitar a Paolo. Él es fuerte, sin duda nos llevará a puerto seguro.

¡Otra vez Paolo! Que no vea mi hermana cómo frunzo la boca, dice que me salen códigos de barra. ¡Maldita sea! ¿De dónde saca esta chica ese tipo de cosas? Hizo un amago de sonrisa antes de sorprender a la más joven con su respuesta.

—Muy bien. Si así lo quieres, saldremos con tu peluquero. Podrías invitarlo a comer, así lo veo.

El comedor estaba resplandeciente y fresco el domingo en que el pseudo italiano entró en él. Llevaba flores para Hortensia y un frasco de perfume para Azucena. Ésta lucía radiante con un vestido floreado recién adquirido en el mercadillo y su melena suelta, tal como él le había recomendado. Hasta la mayor estrenaba un delantal de cocina, pero ni el delantal impoluto ni su moño estirado le daban la seguridad necesaria como para no plantearse que nunca se sabe a quién mete uno en casa.

Desde que ese hombre apuesto y risueño le había lavado no solo el pelo sino el cerebro a su hermana, pensaba que quería apoderarse de la casa y la renta que les había dejado el padre. Era un vividor que en nada se metería en la cama de Azucena. Sus especulaciones iban de un lado al otro, incapaz de centrarse en la conversación.

—¿Cuándo iremos a navegar? —la voz de Paolo sonó varonil—. Podríamos el próximo domingo, después de misa…, si a Hortensia le parece bien.

—Sea —respondió la aludida, levantando el vaso de vino en señal de brindis.

El día indicado, al salir de la iglesia, sintieron el sol del verano en la cara y, estimando que el calor iría en aumento, antes de acercarse a la barca pasaron por la casa para cambiarse y coger sombreros.

Hortensia se sorprendió al ver el atuendo de su hermana. Se había puesto pantalones cortos, una camisa semitransparente y escotada, que permitía ver el canalillo, y los labios pintados de rojo. El italiano silbó al verla.

Ciertamente su hermana tenía razón en cuanto a la fuerza de Paolo. Remó él solo y sin descanso hasta la cala solitaria donde instalaron el picnic. El hombre no paraba de hablar… ni de beber, tanto que a la mayor empezó a dolerle la cabeza.

Pero el alcohol es traicionero: suelta la lengua, escatima fuerza física y libera ideas escondidas. Así fue como, en el viaje de regreso, el presunto Adonis, al contemplar las rodillas al descubierto de su supuesta amada, le dijo que las tenía arrugadas y si quería de verdad quitarse años, él le recomendaría dónde hacerse un lifting. Cuando Hortensia vio lágrimas en los ojos de su hermana, le cogió uno de los remos al italiano y golpeó su cabeza teñida de rubio, que terminó en el agua con el resto de su cuerpo.

Tambaleándose a causa del movimiento del mar, se acercó a Azucena y después de abrazarla le dijo:

—Ya podemos regresar a casa. Solas. No necesitamos un remero. Él se arreglará…, si sabe nadar.

© Liliana Delucchi

Ikigai, palabra japonesa

Marieta Alonso

El borrachín de aquel pueblo era querido por todos. Por las mañanas se levantaba con el deseo de enmendarse, pero al llegar la tarde se olvidaba de sus buenos propósitos. Han pasado muchos veranos desde aquel invierno en que lo conocí. Cada día iba al puerto de madrugada a recordar sus años de estibador. Fue bueno en su trabajo. Prefería aquellas horas cuando la intensa actividad portuaria aumentaba y miraba con atención la llegada de los barcos. Luego volvía a última hora de la tarde a verlos partir.

Tengo que intentar ser prudente, tengo que intentar dejar de beber, tengo que intentar reír. Mi vida no tiene sentido. Así pensaba, aunque sin resultados a la vista.

Regresaba de una fiesta cuando lo vi sentado en el muelle moviendo las piernas arriba y abajo. ¡Hola!, grité. Él con la mano devolvió el saludo. Me senté a su lado, necesitaba ese aire fresco que despeja la mente. Miró de reojo, movió la cabeza como diciendo otro que no tiene remedio. Con desgana, señaló un termo que había conocido mejores épocas al que le quedaba algo de café. Le di las gracias con una palmada en la espalda. Como no teníamos nada que decirnos nos mantuvimos en silencio contemplando el puerto.

Entonces vimos en la cubierta de un yate una pequeña sombra que se agarraba de la barandilla. Era un niño de unos ocho años. Al parecer se había despertado y, ni corto ni perezoso, salió a jugar con su pelota y esta había caído al mar. Asustados abrimos los ojos como platos al ver que el chiquillo pretendía saltar. Y saltó.

Nos miramos como diciendo y ahora ¿qué? Unos bracitos salían del agua y se volvían a hundir. Sin pensarlo nos tiramos al agua. Y uno con la ayuda del otro logramos sacar a tiempo al niño y a su pelota. El puerto se iba animando con la llegada de los trabajadores. Grité con toda mi fuerza: ¡Socorro! ¡Socorro! Alguien llamó a una ambulancia.

Ese día el beodo y el juerguista comprendieron el significado de ese término japonés: «Por lo que merece la pena vivir. Por lo que te levantas cada mañana».

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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