El cochecito de bebé
El primer cochecito fue fabricado en 1733 por el arquitecto inglés William Kent, quien recibió el encargo del duque de Devonshire para sus hijos. El invento consistía en ponerle ruedas a una cesta de mimbre, pensada para ser tirada por un pequeño animal.
A partir de entonces empiezan a surgir artesanos para el mismo empeño, aunque es a la familia estadounidense Crandall a la que se le atribuye la idea, que data de 1830. Y sería Jesse Crandall, el nieto del fundador de la empresa, quien introdujo una serie de patentes de mejoras, como el sistema de freno, la capota, la sombrilla e incluso el primer modelo que se conseguía plegar.
Este singular transporte ha inspirado a nuestras escritoras historias de amor y desamor, de vida y muerte, aunque todas ellas con un brillo de tesón y esperanza.
Cristina Vázquez
Malena Teigeiro
Liliana Delucchi
Marieta Alonso
La dulce campiña inglesa
Cristina Vázquez
A mi querida tía Isabel le gustaba repetir que ella había vivido al borde de la felicidad, más bien al filo. Cuando ya era una vieja dama, afirmaba que siempre había estado ahí, unas veces a un lado, en el filo hiriente y otras… Dejaba que un silencio prometedor nos mantuviera en vilo, después del cual o narraba alguna historia o sonreía igual que si no fuera apropiado contarlo. Nunca olvidaré su pícara expresión, recuerdos perdidos entre finas arrugas que la hacían soñar por un buen rato.
—Si yo hablara, os caeríais al suelo, niños.
Una de las historias que nunca olvidaré fue la de su estancia en Inglaterra durante tres meses. Se alojó en una casa recomendada por la profesora de inglés del colegio. Era una mansión, aseguraba poniendo unos ojos como canicas revueltas tras sus gafas.
En la casa vivía una niña de su misma edad, así practicaría el inglés, le aconsejaron. Ella nos insistía en que su inglés ya entonces era perfecto. Sospechó que la habían mandado allí porque era un momento difícil en su familia. Su madre iba a tener un bebé y posiblemente, según el médico, podían surgir complicaciones. Como ya era época de vacaciones y no podían ir a su lugar habitual a pasar el verano, decidieron que era mejor mandar a la niña fuera.
Contaba, poniendo una cara desolada, que el cambio para ella fue tremendo. Acostumbrada a meses de playa, tiempo libre, helados y risas, aparecer en ese caserón en medio de la campiña en Hampshire, le pareció terrorífico.
—El paisaje bonito sí era, pero la casa daba escalofríos —sostenía arrebujándose en la prenda que llevara.
Era casi un palacio, narraba con indisimulado orgullo, aunque más de la mitad estaba cerrada, no lo vivían. El olor a moho era intenso. Los padres eran unos señores amables, circunspectos y por mucho caserón que tuvieran, comían y cenaban en la cocina. Tampoco nadie iba a ayudar en los quehaceres domésticos, por lo que la higiene resultaba ser más que dudosa. Había un cuarto de estar grande, único lugar donde transcurría la vida, y los dormitorios se hallaban en el primer piso.
La niña, Patricia, era una gordezuela de una blancura tal que las venas se le transparentaban. Aunque tuviera dieciséis años, igual que ella, cuando descubrió ese mapa venoso, pensó en una mujer mayor, asentía con seriedad nuestra tía señalándose las venas de su mano.
—Sí, ya sé que os cuesta creer que yo haya tenido dieciséis años alguna vez —rezongaba mimosa—. Pero los tuve y bien bonitos.
Se hicieron buenas amigas. Era parlanchina, atolondrada y juerguista. Exhibía una especie de necesidad de cariño, a veces de pegajosa proximidad, que la llevaban a extremos que, aunque a ella le parecían exageradamente sensibleros, denotaban una falta de afecto o atención.
En el ambiente de la casa y en las miradas de los padres que repentinamente se cruzaban alarmadas, sobrevolaba algo indescifrable que resultaba incómodo. No salían nunca juntos, siempre permanecía uno en casa. Hay que hacer la guardia, bromeaban.
Patricia y ella iban al pub del pueblo cercano a escondidas de los padres, los cuales consideraban low class ir a aquel antro y mezclarse con esa gente. Les daba igual, aunque supusiera alguna regañina lo pasaban bien, incluso muy bien. Normalmente en ese momento ponía una de esas expresiones picaronas indicadoras de que un silencio se imponía para no dañar nuestros castos oídos.
Pese a estas inocentes, recalcaba inocentes, diversiones, el ambiente en la mansión se iba volviendo cada vez más incómodo, y diría que hasta alarmante. Los padres estaban inquietos. A veces oía unos cuchicheos entre ellos que tapaban ásperas conversaciones y empezó a tener la sensación de que su presencia no era deseada.
Una noche oyó unos crujidos en el piso de arriba. Parecía que algo se deslizara sobre unas ruedas mal engrasadas. Chirriaban. Se sentó de golpe en la cama. A su lado, en la otra, su amiga dormía con la misma despreocupación que vivía. Se quedó un rato despierta y al cabo de un momento el ruido se alejó para terminar desapareciendo. Al día siguiente preguntó a su amiga Patricia por los ruidos, y esta aseguró que no había oído nada.
Transcurrido un tiempo volvió a suceder lo mismo, y además oyó en la lejanía una voz de mujer cantando una dulce canción. Su amiga volvió a negar que hubiera ningún ruido. Cuando sucedió de nuevo la obligó a oír los sonidos que se producían sobre sus cabezas.
—Qué pesada eres —dijo malhumorada.
Y le hizo jurar mantener el secreto, sino sus padres se enfurecerían y se acabó el ir a España con ella.
—Yo lo juré solemnemente—nos aseguró muy sería.
Y mientras oían el chirriante ruido y la cancioncita que se iban alejando, le relató que arriba vivía la dueña de la casa. Era una especie de tía abuela de su padre que, a cambio de que no la metieran en un manicomio, les dejaba en herencia la propiedad. Se estiró tan tranquila. Ellos pensaban hacer un hotel y a la vieja apenas la veían. Patricia siguió contándole que había perdido a su hijo en una reyerta, aunque ella decía que en la guerra. Desde entonces, para consolarse, la anciana paseaba el cochecito de cuando era niño.
Hizo sobre la sien el gesto de que estaba loca.
—¿Quieres que subamos un día? —preguntó con absoluta naturalidad—. Aunque verla da un poco de yuyu, la verdad.
Se dio media vuelta y volvió a dormirse tan tranquila. Mi tía, añadía con voz trémula, se negó. Tuvo un mal presentimiento pensando que podía haberle sucedido algo a su madre o al hermano que esperaba y pidió una conferencia con España. Entonces ni móviles ni gaitas, demoras y mucho grito por el teléfono. El niño había nacido ya y estaban muy bien los dos, le dijo su padre feliz, la iban a llamar hoy mismo para decírselo. Se puso a llorar de la emoción y del miedo que tenía. Le pidió a su padre que necesitaba volver.
Esa misma tarde la recogieron para ir al aeropuerto. Mientras se despedía, observó las caras de satisfacción al verla desaparecer. Miró por el cristal de atrás del coche y vio en una ventana una sombra agarrada a un cochecito de bebé.
Good bye.
El bebé de Martha y James
Malena Teigeiro
A pesar de estar ya al final de su embarazo, se había ido de casa. Apenas llevaba una maleta cargada con la ropa para el bebé que en pocas semanas nacería. De momento tenía que pensar dónde iba a vivir. A aquella casa no pensaba volver. James, su marido, no la entendía. Su suegra tampoco, por lo que no era plan quedarse a vivir con ellos. Sus padres hacía años que habían fallecido, y su hermana Mery… De esa mejor ni hablar.
Al mismo tiempo que ella, llegó un autobús a la parada. Se subió sin importarle el destino. Iba casi vacío. Colocó la pequeña maleta a su lado. Lo primero era decidir dónde ir, se dijo mientras contemplaba las calles que iba recorriendo. En aquel momento el bus pasaba por el barrio de Knightsbridge. ¡Qué casualidad! Seguro que era una señal Divina. Recogió la maleta y se bajó en Brompton Road, justo enfrente de Harrods. Sin soltar su exiguo equipaje, entró en los almacenes.
—¿Tienen alguna consigna donde poder dejar esto? —preguntó al portero levantando apenas la maleta.
El uniformado la miró de arriba abajo y se volvió dándole la espalda. Martha movió la cabeza molesta. ¿Pero quién se había creído ese hombre que era ella?
Decidida y sin mirar atrás, se dirigió directamente a las cabinas de los servicios. Entró en una de ellas, dejó la maleta encima del retrete y salió, no sin antes dejar la puerta cerrada por dentro. Rápida se dirigió a la planta de niños. Con un poco de suerte todavía estaría allí. Cruzó la planta hasta el lugar donde se hallaban los coches para pasear a los recién nacidos. El que había elegido era el Silver Cross azul marino.
Al entrar en el departamento de bebés, la jovencita que la había atendido la otra tarde se encontraba al fondo, doblando ropita. Como si la estuviera esperando, giró la cabeza y le sonrió. ¡Qué suerte! La había reconocido, pensó Martha satisfecha. La joven le acercó una silla. Se sentó despacio, pensando que hasta entonces no había percibido lo cansada que estaba. ¿Ya lo ha enviado?, preguntó colocando la otra mano sobre el hinchado vientre. No, contestó la joven. ¿No recordaba que le había pedido que esperara unas semanas? Era cierto, replicó moviendo la cabeza. No se podía imaginar la alegría que le proporcionaba haber tomado esa precaución. Así lo recogía ella en ese momento. La joven frunció las cejas. ¿Usted? ¿Ahora? Los labios de Martha se expandieron en una alegre sonrisa. Bien. Pero tiene que esperar un rato, porque lo tenemos que montar. No le importaba. Allí estaba muy cómoda, replicó volviendo a poner la mano sobre el vientre. Inquieta se dio cuenta de que desde hacía un rato sentía regulares las contracciones. Recorrió con la mirada la exposición de cochecitos. El que ella había elegido sin duda era el más bonito. Lo peor de todo era que todavía no conocía dónde iba a ir en cuanto lo recogiera. Ya lo pensaría en cuanto estuviera en la calle, se dijo retirándose el cabello del rostro.
Una media hora más tarde vio aparecer a la simpática morenita. Si pusiera una tienda la contrataba, pensó Martha al verla empujando su cochecito con una mano. En la otra llevaba un paquete.
—¡Aquí está! —exclamó deteniéndose delante de ella—. Dentro le dejo este paquete. Es un regalo que le hace el almacén. Son colonias, talco y las cosas más necesarias para el aseo de su bebé. ¿Se encuentra bien? Está usted un poco pálida.
Ella se levantó con esfuerzo. Se apoyó en el manillar al tiempo que decía que quizá estaba un poco cansada. Pero que no se preocupara. Gracias. Luego firmó el recibo y empujando el cochecito se dirigió a los servicios. Después de pedir ayuda para que le abrieran la puerta, recogió la maleta que colocó también dentro del coche azul marino, de ruedas grandes y blancas. Lo empujaba feliz, aunque el tacaño de su marido se hubiera negado a que lo comprara. ¿Tú quién crees que eres?, gritó cuando le dijo que quería aquel coche. Ella siempre lo tuvo claro: aunque le costara el matrimonio, su hijo iría en uno igual al de los nietos de la reina.
Un tibio sol la recibió al salir a la calle. De nuevo sentía una contracción. Miró hacia el cielo. Iba a nacer en un día precioso. Pero, ¿dónde? Recordó que su hospital no estaba lejos. Lo mejor sería dirigirse directamente allí. Y en cuanto llegara llamaría a… ¿A quién?
Intentaba caminar deprisa. De vez en cuando se detenía y jadeaba. Allí estaba, se dijo en cuanto vio al final de la calle el gran edificio de ladrillos rojos. ¿Se encuentra mal, señora? ¿Necesita ayuda? Ella, con los ojos medio cerrados, todavía tuvo ánimo para una sonrisa. No gracias. ¿Va al hospital? Sí, contestó titubeante. Jamás una palabra tan corta se le había hecho tan larga. Deje, que yo le llevo el cochecito. No. No. El cochecito, no, susurró sin soltarlo. La señora se colocó a su lado y la cogió por el codo. Déjeme que la ayude. Ya casi estaban en urgencias cuando escuchó a la señora gritar: Una silla, un médico. Esta mujer está dando a luz.
No sabía después de cuánto tiempo se despertó en una habitación pintada de color verde clarito. No vio el cochecito ni la maleta con la ropita del bebé. Tampoco el camisón que llevaba era suyo. Giró la cabeza. ¿Dónde estaba la cuna? Escuchó un quejido, se incorporó.
Sentado entre la penumbra de una esquina, James lloraba.
Maternidad
Liliana Delucchi
Siempre quise tener hijos, pero mi primer marido era impotente. Por suerte tuvo el buen gusto de morir después de aburrirme durante varios años con su colección de sellos. El segundo, se asustó tanto cuando le dije que quería ser madre que salió para jugar cartas con sus amigos y nunca volvió. Quise adoptar, pero dado mi estado civil y edad, me denegaron la petición. Afortunadamente, el estéril me dejó una considerable cantidad de dinero, por lo que no tuve que trabajar, hasta que un día, leyendo el periódico, vi un anuncio que solicitaba niñera.
Como he dicho, no necesitaba un empleo, sin embargo, la posibilidad de cuidar de unos mellizos de poco menos de un año, me hizo llamar al timbre de los señores Casale, el embajador de Italia y su esposa.
Esos angelotes rubios suplieron durante años mis ansias maternales. Sobre todo me gustaba llevarlos al parque. Mientras eran pequeños montaba a los dos en un cochecito de bebé rojo, recorríamos los senderos arbolados a los que yo ponía música con canciones de cuna hasta que se quedaban dormidos. Cuando fueron un poco más grandes jugábamos, yo les enseñaba español y ellos a mí italiano.
La señora estaba poco tiempo en casa; entre sus obligaciones diplomáticas y recaudar fondos para enviar a su país de origen que había quedado devastado por la guerra, la pobre no tenía tiempo para dedicar a «mis» niños. Fue la época más feliz de mi vida: por fin era mamá, aunque nunca me llamaron así.
Cuando pasado el tiempo el gobierno le dio otro destino al Signore Maurizio, sentí que el mundo se venía abajo. Nos despedimos con lágrimas, aunque con la promesa de escribirnos, así pude enterarme de que mis angelitos se transformaron en hombres y hasta se casaron. El día de nuestra despedida, la Signora Livia me hizo un regalo que conservo: el cochecito rojo con el que paseaba a los niños. Lo situé junto a la cristalera del balcón, a la sombra de los árboles de la calle. El pobre estuvo vacío hasta hace unos días.
Justo debajo de mi piso vive una joven encantadora con la que nos intercambiamos no solo amables saludos sino también algunos recados; nos regamos las plantas mutuamente cuando una de las dos se va de vacaciones y también cuido de su gata, que no sabemos cuándo se ha quedado preñada. Tuvo cuatro pequeños felinos, todos rubios, dos de los cuales fueron para la hermana de mi vecina.
—No puedo con los otros, junto con la madre serían tres —me dijo Julieta.
—De acuerdo, yo me quedo con los mellizos —respondí.
Los bauticé Giorgio y Luciano, como mis pequeños Casale, y desde entonces duermen en el cochecito rojo.
El baúl de los secreto
Marieta Alonso
Al pie de la cama estaba el enorme baúl de caoba de la abuela. Levantó la tapa y del interior se escapó un tenue olor a naftalina. Un papel de seda envolvía una canastilla completa y debajo de todo cubierto por una manta marrón un cochecito antiguo de bebé. En la esquina derecha, casi oculto, un diario de tapa dura.
Lo tomó entre sus manos y sentada lo hojeó con cuidado, curiosa. Lo escrito no abarcaba muchas hojas. La abuela tenía una letra muy clara, frases cortas en las que se podían leer entre líneas la alegría de una espera y el dolor de dos pérdidas.
1941
¿Cuándo planeas tener familia? Eran mi madre, mis tías, las amigas, quienes no dejaban de hacer esa pregunta tan habitual desde el día en que me casé, hace ya de ello dos años. Y yo deseaba que una semillita echara raíces en mí, que creciera y poder gritar al viento: ¡estoy embarazada!
Pero el destino tenía otros planes. Los japoneses bombardearon Pearl Harbor y esa guerra absurda entró de lleno en mi familia. Tom fue llamado a filas. A los quince días de su marcha, me di cuenta de que una nueva vida iba creciendo en mí. Ni siquiera tuve antojos. Cada siete días, los miércoles, escribía a Tom contándole los cambios que ocurrían en mi cuerpo de una semana a otra.
Pasaron los meses y recuerdo tal y como si fuera hoy aquel día en el jardín. ¡Cómo olía el viento esa soleada mañana! Evoco la sensación de hierba mojada bajo mis pies desnudos… Mi mirada se pierde a través de la ventana.
De un jeep se bajaron dos oficiales del ejército. Caminaron hacia mí con las gorras bajo el brazo. Me entregaron un papel que decía: Muerto en combate. Perdí el conocimiento.
Tengo un recuerdo vago de todo lo que pasó, como un ruido de sirenas. Al abrir los ojos vi ante mí el rostro del médico y oí sus palabras amables, luego el de una enfermera que tenía mis manos entre las suyas, y por último el abrazo de mi madre cuando la dejaron entrar en la habitación. Por ella me enteré que fue demasiado tarde cuando se dieron cuenta de que nunca tendría la dilatación suficiente. Hicieron un corte, pero ya mi niño estaba muerto.
En ocasiones logro alejar de mi mente los pensamientos sobre el bebé y me concentro en algo que debo hacer. Estar ocupada es lo mejor para mí.
Hoy, por vez primera, no sentí la necesidad de llorar. Estuve todo el día lijando y barnizando la puerta de la calle. Una vecina me preguntó si mi padre era ebanista, si me había enseñado, porque estaba quedando muy bien. Le dije que no, en todo caso, mi padre siempre hablaba de tener la casa y los muebles en perfecto estado. Su filosofía era: nada roto en el hogar. Daba sensación de pobreza.
A mi amiga Bette le gusta cotillear de los demás y siempre tiene una opinión, un chisme, una anécdota, algo para entretener y hacerme reír, aunque termine llorando. Viene todos los días. Según ella es una persona comprometida con la vida y yo debería hacer lo mismo. Dice que va a tirar el diario un día de estos al cubo de la basura.
---0---
Para Alice encontrar aquellas palabras escritas fueron una verdadera sorpresa. La abuela nunca habló de ese primer matrimonio ni de haber perdido a su único hijo varón.
Ahora, en su honor, la nieta tiene esas hojas unidas y protegidas en un lugar destacado de la librería y como el más preciado de sus muebles en una esquina del cuarto de estar se encuentra, repleto de flores, el antiguo cochecito de bebé.
A todos llama la atención esos ramilletes que cada dos o tres días cambia en honor de aquella mujer fuerte, de sonrisa triste y abrazos alegres que aprendió a vivir con su cruz a cuestas.