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Juego de té

15 febrero, 2025 por Akelarre 1 comentario

El juego de té
Foto cedida por el Zarzo Dorado A Coruña

Un juego de té de porcelana inglesa

Según una leyenda, al emperador chino Shennong se le cayó una hoja seca en su taza y comprobó que aquella hoja le daba al agua caliente un sabor mejor.

A partir de ese instante se comenzaron a necesitar utensilios especiales para preparar tan rica bebida. Y fueron ellos, los chinos, los primeros en elaborar teteras y tazas de cerámica y barro con forma de cuenquitos. Más tarde, la aparición del caolín dio paso a la creación de finísimas tazas de porcelana, que llegarán a Europa a finales del siglo XVII. En Gran Bretaña, se incorporaron el platillo y el asa.

Hoy, un precioso juego de té de porcelana inglesa Mason’s es el motivo que inspira nuestros relatos. Esperamos que los disfrutéis bebiendo esta deliciosa infusión.

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Meriendas de antaño

Cristina Vázquez

Al abrir el paquete que había llegado a Correos, tuve que vencer el mal humor que me invadía. Tenía trabajo pendiente: en la Universidad terminar unas evaluaciones, en casa lo de siempre, y además desmontar los adornos de Navidad. Ya era principios de febrero y el abeto artificial seguía intacto con unas brillantes bolas que pedían un rescate. O eso pensaba, cada vez que pasaba delante tratando de desviar la mirada. Lo juro, de este fin de semana no pasa, soltaba en voz alta sin mirar al árbol.

Y ahora el paquetito de Correos, cuya fecha límite de recogida era precisamente esa tarde lluviosa y desapacible. Al abrirlo, en un momento de soledad que pude rescatar de deberes familiares, me quedé muy sorprendida. Un juego de té que me enviaba una señora por expreso deseo de mi tía Enriqueta. ¡Dios mío!

Tuve que hacer un esfuerzo para recordar la última vez que la había visto. Nunca tuvieron mucha relación, pues además de ser dieciséis años mayor que mi madre, vivió mucho tiempo fuera. De lo que sí era consciente es de que nunca se hablaba abiertamente de ella. Había un velo de misterio.

Ahora, viendo la delicadeza de las piezas de aquel juego de té, se me removieron lejanos recuerdos de alguna merienda en casa de la abuela con esa misteriosa tía y la extraña sensación que sobrevolaban aquellas situaciones. Aunque fuera una niña, notaba la inquietud de mi madre que no paraba de echar ojeadas al reloj y me hacía prometer que no le dijera a papá ni a los hermanos donde habíamos estado. Era un secreto entre chicas, sonreía nerviosa cuando volvíamos.

También ahora, mientras desenvolvía las piezas, me acordé que ese era el juego de té con el que merendábamos. La abuela decía que tenía que ser para mí, le tocara a la que le tocara,  era un recuerdo de familia. Después de un rato de besos, arrumacos y regalitos que me hacían la abuela y mi tía, las tres se enfrascaban en largas conversaciones en las que se intuían desacuerdos y disgustos, dichos en voz más baja para que no me enterara. Si la conversación subía de tono, se interrumpía por algunos chs, chs, de mi madre para que bajaran la voz y la abuela, con mucha dulzura, me indicaba:

—Carola, preciosa, vete al planchero un ratito o dile a Jacinta que te enseñe a hacer galletas.

Era perfectamente consciente de que en ese momento empezaba lo bueno. Dejaban de hablar en voz baja y hasta mí llegaba algún que otro tono destemplado y alguna vez hasta un portazo. Jacinta y yo nos mirábamos.

—En cuanto llega la señorita Enriqueta, el follón está asegurado —me confesó una tarde.

—¿Por qué? —Le pregunté.

Porque sí. Era una lianta, y se puso un dedo sobre los labios. Las niñas buenas se quedaban calladitas y ella no había dicho nada. ¿Estaba claro? Yo afirmaba envuelta en una mezcla de miedo y curiosidad. ¿Qué sería una lianta?

Esas meriendas no se repitieron. Mi abuela murió y la vi en el entierro, como un fantasma vestido de negro y un tanto alejada. Mi madre la miraba con disimulo, pero mi padre la cogió del brazo, le murmuró algo y se dirigieron a paso rápido al coche. Cuando pregunté si era la tía Enriqueta, se miraron y balbucearon, que sí, que era ella. Luego cuando insistí por qué no venía con nosotros y estaba tan lejos, con cierto enervamiento me aconsejaron que no preguntara cosas que solo incumbían a los mayores. No sabía lo que significaba incumbir, pero me callé.

Pasaron los años y no la volví a ver. Cuando le preguntaba a mi madre por ella, con ternura unas veces, otras con melancolía, me confesaba que no sabía por dónde andaba. Una tarde de invierno me dijo que la echaba de menos, que a lo mejor tenía que haber intentado verla más, pero que mi padre se negaba. Había hecho cosas tremendas. Recuerdo su expresión de desvalimiento. Pero era tan simpática, tenía tanta imaginación que hasta se hizo un traje con una cortina. Estar con ella siempre era divertido y, además, cuando tenía dinero, era muy generosa.

—Ha tenido una vida muy diferente y tu padre la ha sacado de muchos apuros.

—Es una lianta —le dije yo a modo de consuelo.

—Sí, eso era —sonrió con dulzura.

Luego supe que ese juego de té fue casi lo único que consiguió conservar de los innumerables embrollos que había sido su vida.

© Cristina Vázquez

La otra vida

Malena Teigeiro

Separó el visillo. El jardín aparecía envuelto en la triste niebla del atardecer, lo que la alegró. Esas tardes a Carmen Guijarro le gustaba invitar a sus amigas a tomar un té. Sus risas, charlas y cotilleos le levantaban el ánimo. Porque Carmen Guijarro se quedó viuda a los dos años de casarse, y su única hija, Carmencita, tuvo la idea de casarse con uno de Nueva York, por lo que la veía poco. Tenía que reconocer que se encontraba muy sola. Aunque la casa en la que vivía, heredada de sus padres, era preciosa. Y el jardín… Esos árboles casi centenarios envueltos en niebla, esos parterres de flores… ¡Cómo lo envidiaban todos los vecinos! Demasiado antigua, eso sí, y muy grande para vivir en ella una sola persona. Eso también.

Dejó caer la cortina y le echó el último vistazo a la mesa. Las flores, como siempre en los jarrones chiquititos de Christofle. Su criada, Juliana, había colocado el juego de té de porcelana inglesa Mason’s, y la cubertería de plata inglesa. Estiró una imaginaria arruga del mantel de hilo blanco bordado. Todo perfecto. En cuanto las oyó entrar en el jardín, se acercó de nuevo a la ventana. Lo hacían con el jaleo de siempre, sobre todo la alegre Ana, que a pesar de sus años continuaba riéndose a carcajadas. Si no fuera por su edad parecería que volvían del colegio. Menos mal que Juliana llevaba trabajando para ella años y años, y ya todo lo encontraba natural. Entró como niñera de su hija, luego, cuando Carmencita creció, se quedó en la casa para hacer lo que fuera.

Después de besarse, las amigas se sentaron a la mesa. Inclinando la tetera, Juliana dejaba caer el rubio líquido en las tazas. Adela, como siempre, tenía que diferenciarse. Pensando que nadie la escuchaba, pidió una copa de oporto. Debía tener cuidado. Más de una vez entre ella y su criada tuvieron que subirla a su coche y llevarla a casa. Con lo que incordiaba eso. Y no era por el hecho de tener que salir, sino porque al día siguiente tendría que llevarle el suyo, y para eso debía pedirle a Domingo, su vecino, que la acompañara. Si no, cómo iba a volver. ¿Andando? No. Prefería aguantar al pesado de su vecino.  Si Gerardo, el marido de Adela, se enteraba de que había vuelto borracha… No lo quería ni pensar. El hombre era muy mal educado y la hubiera liado. Podre Adela, ¡lo mal que le iban las cosas matrimoniales! Después Juliana sirvió el té a Elena. Continuó con Berta y, por último, llenó la de Antonia. Quizá, si Adela comiera un poco… Era cierto que estaba extremadamente delgada. Y claro, enseguida el oporto se le subía a la cabeza. Con especial elegancia, Elena se sirvió un pequeño sándwich de pepino. ¡Por favor! Tienes que decirme cómo los hacéis. Están buenísimos. Berta, cuéntame, cómo está tu hijo, preguntó animosa. Ya sabes. Está en la peor edad, y sus amigos… En fin, qué os voy a contar. No te preocupes, ya verás cómo consigues enderezarlo. Y si se fue de casa…, volverá. Ya sé que la culpable de todo fue esa jovencita con la que se quiere casar. Lo cierto, Berta, es que tú y tu marido tendrías que pensar dos veces antes de hablar de esa joven. Total, al parecer, el único defecto que le veis es que no es de familia importante. Ya sé, ya sé, que os merecíais una nuera mejor, pero la niña, a la que vi el otro día en el mercado, parece educada. Desde luego, es muy dulce y cariñosa. Y a tu hijo se le veía tan feliz. Por cierto, me dio recuerdos para todas vosotras. No, Berta, para ti no. Solo para ellas. Elena, no seas tan indiscreta. Todas conocemos a qué se dedica la madre de esta niña. Esa tiendecita que regenta tiene cosas muy monas. Sin ir más lejos, el otro día me compré el bolso que llevaba el domingo. Y a todas os gustó. Sí, es cierto que fue la novia de Enriquito la que me invitó a entrar en la tienda de su madre, “Cosas bonitas”, se llama, y a tu hijo, repito, se le veía muy feliz. Ya sé que te gustaría celebrar una boda como las de los otros, pero ¡chica!, no se puede tener todo en la vida. Lo que tú digas. Si fuera hijo mío, no dejaría de hablar con él. Si alguna posibilidad hubiera de que la parejita se deshaga, con vuestra oposición tan solo conseguiréis anularla.

Por favor, tomad algo. El dedo de Carmen Guijarro señalaba las bandejas llenas de pastelitos y bocadillos. ¡Ya me veo comiendo todo esto durante días y días! Pero no hablemos más de ellos, que nuestra conversación te está amargando la tarde.

 

Después de cerrar la puerta de la última interna, Mari se dirigió hacia el despacho de la directora.

—¿Se puede? —asomó la cabeza por la rendija.

—Pasa, pasa. ¿Necesitas algo?

—No. Tan solo quería decirte que ya las hemos levantado a todas. La de la habitación 38, doña Carmen Guijarro, me preocupa. Esta mañana está muy agitada, diría que incluso un poco febril. Creo que habría que darle algo que la serenara.

—Gracias, Mari. Ahora mismo llamo al doctor para que le eche un vistazo.

© Malena Teigeiro

Un hallazgo fortuito

Liliana Delucchi

A su regreso de Londres, Maricarmen (ahora Mamen) organizó un té para sus amigas. El motivo era hacer partícipes a sus vecinas del nuevo juego de porcelana y demostrar que ella sí era conocedora de las reglas del saber estar y cortesía a las que todas querían acceder.

El complejo se construyó unos treinta años antes, cuando cierta cantidad de parcelas fueron declaradas urbanizables y un grupo de jóvenes parejas invirtieron todos sus ahorros en las casas de sus sueños. A medida que los propietarios ascendían en la escala económica, el barrio creció. Las construcciones (en un principio básicas) se fueron transformando en caserones como las que sus dueños descubrieron en las revistas de arquitectura y cotilleos. Llegó el momento en que la urbanización se cerró con vallas y hasta pusieron una garita de seguridad. Allí no iba a entrar nadie más, sólo los fundadores, como en las películas estadounidenses llaman a los peregrinos del Mayflower.

A medida que tenían hijos, estos iban a la misma escuela, practicaban deportes en el mismo club que sus padres y vecinos, y celebraban cumpleaños, bautizos y comuniones juntos. Una verdadera comunidad de amigos.

Las mujeres, por su parte, una vez liberadas de los trabajos que en su momento las encumbraran económicamente, se dedicaron a la vida social. Por supuesto, sólo entre las que vivían dentro de la verja protectora, transformando el complejo en una sociedad endogámica donde las rivalidades, infidelidades y rencores parecían no tener fecha de caducidad.

Las primeras comenzaron con los estilismos: quién se había hecho el mejor lifting, el corte o color de pelo más elegante o los atuendos más fashion. Siguieron con la seducción al marido de otra o con el profesor de tenis, salvo en el caso de Piluca (ahora Pilar), quien, dada su condición de hipocondríaca, se decantaba por los médicos del ambulatorio, además de por el marido de Constanza, con quien mantenía una relación por todas conocida.

Luego siguieron las competencias sobre quién era la más refinada y por ello Mamen había organizado el té del jueves por la tarde. Como ya se dijo, necesitaba lucir la porcelana comprada en Reino Unido para que las demás pudieran ser conscientes de hasta dónde llegaba su exquisitez.

La primera en llegar fue Pilar. Se desplomó sobre un tresillo y sacó el abanico para dar aire a un rostro rubicundo causado por el malestar que le produjo la visita al doctor Fernández, un verdadero adonis y su último amor, sin olvidar al cónyuge de Constanza, por ignorar sus síntomas.

—Insiste en que no tengo nada, que son obsesiones  mías, pero me encuentro cada día peor —casi gritó mientras se acomodaba entre los cojines—. Estoy a punto de ponerle una denuncia por mala praxis.

El resto de las ami-vecinas se mantuvo en silencio, acostumbradas a las angustias de Pilar sobre sus posibles enfermedades.

La última en llegar fue Constanza.

—Lo siento —se excusó—, he tenido que pasar por la casa de mi padre quien, como sabéis, ha fallecido, para recoger algunas cosas antes de venderla.

Lo que no dijo fue que en el garaje, entre las herramientas del jardín de su desaparecido progenitor, encontró un frasco de estricnina que el anciano utilizaba para exterminar animales dañinos, en una época en que la venta de dicho veneno era legal. Y…, que lo llevaba en su bolso.

De pronto, la puerta se abrió para dejar paso a un hombre bastante guapo.

—¡Sorpresa! —Gritó el recién llegado—. He pensado que vuestro té necesitaba una tarta—. Dijo depositando una caja sobre la mesa.

Asombradas, las allí reunidas levantaron los ojos hacia el intruso. Su esposa, Constanza, lo miró con odio.

—Tu  marido no tiene buen gusto — susurró la dueña de casa a la reciente huérfana.

—Desde luego que no—. Respondió ésta mirando sucesivamente a su marido y a Pilar.

—Bueno, me marcho, —continuó Tomás— aunque  me gustaría probar esta exquisitez—. Y dio un sorbo a una de las tazas.

Finalmente, y para la tranquilidad de todas, el entrometido se fue tras una reverencia fuera de lugar.

Cuando Pilar bebió su último trago de té, empezó a manifestar rigidez en la mejilla izquierda y a respirar con dificultad. Acostumbradas como estaban a sus numeritos de enferma imaginaria ninguna de las presentes le hizo caso. Eso cambió cuando extendió las piernas por debajo de la mesa, pataleando como si intentara nadar y, cogida del mantel, tiró el juego de porcelana. La tumbaron sobre la alfombra y llamaron a emergencias.

—Me marcho —dijo Constanza—, tengo demasiadas cosas que hacer como para soportar el show de esta histérica.

Subió al coche, pero antes de dirigirse a la clase de yoga, se detuvo un momento ante el despacho de su marido y dejó caer el frasco de veneno vacío en el cubo de basura.

—Dos por el precio de uno —murmuró.

Se ajustó el cinturón de seguridad y arrancó.

© Liliana Delucchi

Séptimo cumpleaños

Marieta Alonso

Por la puerta siempre abierta se asomaba la cara de un niño. Sus ojos, negro azabache, brillaban repletos de risas. En el establo que estaba a pocos metros, una vaca pateaba el suelo y otra estaba acostada sobre la hierba. Hasta él llegaba un penetrante olor: la mezcla de paja y estiércol.

Se oyó la voz de la abuela llamando a desayunar. Era el día de su cumpleaños. A mediodía irían a celebrarlo a casa de la tita Ofelia. Le encantaba comer en casa ajena. La abuela siempre hacía cocido, pero su tita, no. Al primero le llamaba aperitivos: queso, jamón, lomo, aceitunas, ensaladilla rusa… Todo le gustaba. Luego le ponía en el plato un inmenso filete de ternera que el abuelo cortaba a cachitos. De vez en cuando, el anciano le robaba uno y él hacía como si no lo hubiera visto. Por fin el postre: arroz con leche. Y el primer regalo. No sabía cómo se las ingeniaba, pero tita Ofelia siempre acertaba con lo que él más deseaba y eso que estaba en una silla de ruedas. El regalo de los abuelos era muy barato, cientos de besos. Lo demás eran malcriadeces, comentaban.

Luego volvían a la finca para recibir la visita de su tío Ramón y su tía Hortensia, las dos cuñadas se toleraban. Y lo mejor de todo, la llegada de sus cinco primos. Recibía más regalos y a jugar. Era feliz entre tanta gente, entre tantas emociones.

Pero aquel cumpleaños terminó en desastre. Uno de los primos corriendo tropezó con la mesa y el juego de té, la joya de la familia, se hizo añicos.

Han pasado muchos años. Y todavía recuerda la expresión de terror de la tía Hortensia y el grito de la abuela ¡Dios mío! Desde entonces detesta el té. Bebe café.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Las gafas

15 enero, 2025 por Akelarre 1 comentario

gafas de sol

Gafas de sol

La historia de las gafas de sol (ese accesorio que todos amamos y que sirve para complementar nuestros outfits y proteger nuestros ojos) es muy interesante y curioso.

Su origen se sitúa en las regiones árticas de América del Norte y parte de Siberia, donde los esquimales crearon este utensilio para protegerse. Posteriormente, en China, desarrollaron una tecnología para ahumar los cristales y así oscurecerlos. A mediados del siglo XVIII se utilizaron lentes tintadas para tratar problemas de visión, pero no sería hasta el XX cuando se popularizó su uso gracias a los actores y actrices de cine.

Este complemento es el punto de partida de cuatro historias ocultas entre secretos y caminos andados. Los personajes pretenden esconder su mirada, aunque a veces no lo logran… ¿o sí?

La vuelta

Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

La vuelta

Cristina Vázquez

Yo he llevado gafas desde pequeña. Las odio. Nunca se me olvidará la carcajada de la clase cuando me las puse. Entonces no había lenguajes correctos de visión deficiente, complemento visual o cualquier otro término que alejara la realidad de lo que en verdad era: cegata, biroja, cuatro ojos. Entonces te lo decían sin paños calientes que lo dulcificaran.

Mi hermano Alejandro, en cambio, suspiraba porque se las pusieran y yo por llevar aparato para los dientes, que él tenía. Un artefacto estrepitoso que le sacaba unos hierros más allá de los labios y le hacía hablar con un ceceo.

Cuando llegábamos a casa, después del baño y los deberes, teníamos un rato libre en el que él se ponía mis gafas y yo su aparato. Nos agarrábamos del brazo como una pareja formal y paseábamos pasillo arriba y abajo, él con mala visión conducido por mí y yo parloteando sin que me entendiera y haciéndome llagas en la boca. Era un momento feliz, solo nos faltaba cumplir el deseo de tener algo escayolado, a poder ser un brazo para llenarlo de firmas, pero eso presentaba mayor complicación.

Pasaron los años. Yo me quité, por fin, las gafas, pues resultó que solo las necesitaba para leer o ver cine. Mi hermano acabó con una dentadura ordenada y una vida, en cambio, a salto de mata. No terminó la carrera, las broncas con mi padre se oían en el vecindario y muchas noches no aparecía por casa.

Recuerdo una mañana, al volver de la facultad, a mi madre sentada hierática en el salón, acompañada de un hombrecillo vestido con un traje mal cortado y un sombrerito en la mano. Su cara estaba demudada, pálida, con una expresión de Virgen Dolorosa que me impresionó. Al verme en el umbral con cara de extrañeza me dijo con serenidad.

—Este señor —le señaló con la barbilla—, está aquí por una deuda de tu hermano.

El hombrecillo se giró cauteloso y pude observar su cara cetrina, de ojos hundidos y un bigotillo que le daba un aire de anticuado funcionario. Lo sentía mucho, acertó a decir, pero él solo cumplía la Ley y tenía que embargar bienes por el valor de la deuda.

—Es el juzgado el que me envía.

Si no le daban el dinero, tenía que incautar objetos por ese valor. La cantidad era elevada, aclaró, y él era un mero instrumento de la justicia. Mi madre se desprendió de una pulsera de oro que llevaba siempre y se la entregó. Estaba segura de que su valor era suficiente para cubrir la cantidad. El hombrecillo extendió un recibo y con un aire entre confuso y acelerado guardó la pulsera en una bolsita. Le acompañé hasta la puerta, sin entender muy bien lo que sucedía y el hombre, con el sombrero en la mano, se despidió entre disculpas apresuradas. Lo sentía, se daba cuenta del disgusto que estaba dando a la señora, pero…

Cuando volví al salón mi madre permanecía en la misma postura hierática, quizás con algo más de color.

—No digas nada a tu padre —dijo con voz grave—. Júramelo.

Y me cogió la muñeca, por favor, me suplicaba. Me senté a su lado y permanecimos en silencio con las manos entrelazadas. Esto le mataría, alcanzó a susurrar.

—Tu hermano es un desastre.

Sacó un pañuelo de la manga y se sonó conteniendo las lágrimas. No sabía en qué estaba metido, pero temía cómo iba a acabar si no cambiaba de vida. No cambió.

Se fue a vivir a Sudamérica y perdimos el contacto con él. Fue una mezcla de temor, tristeza y liberación. ¡Ojos que no ven! Pero una especie de amenaza invisible se instaló en la familia. Pasaron unos años. Mis padres envejecían a ojos vista, como si una culpa los fuera achicando y una incomprensión les dejara paralizados. A veces se producían extrañas llamadas preguntando por él. Algún amigo me contó que le pareció verlo en el aeropuerto de Buenos Aires o de Chile. Todo era difuso, inconcreto.

Un día que celebrábamos San Alejandro, mi padre y hermano se llamaban igual, sonó inesperadamente la puerta. Nos sobresaltamos. Nunca perdimos esa sensación de expectativa de que en cualquier momento podíamos tener una noticia de él, probablemente terrible. Era lo más parecido a esperar el final de una película que no llegaba.

Abrí la puerta y encontré a una mujer delgada, morena, con el pelo recogido en una coleta y unas facciones finas y cansadas. De la mano llevaba a un niño con gafas y aparato.

—Me llamo Ale —balbuceó con dificultad por los hierros.

Le abracé y les hice pasar. Después vinieron las explicaciones.

© Cristina Vázquez

Una vida resuelta

Malena Teigeiro

Delante del espejo, algo empañado por el calor del agua de la ducha, Belén se miraba la barbilla. Desde que Paco falleció, ella se había abandonado. Y aunque era cierto que necesitaba una depilación la imagen que reflejaba el espejo no la encontró tan mal. Sin embargo, tenía que reconocer que su compañera de colegio, Merce, iba a tener razón. “Dos años llorando y pasando necesidades, ya es bastante como para que la gente sepa lo que querías a tu maridito, chica.” La última palabra la decía de un modo tan despreciativo que llegaba a dolerle. Recogió las gafas de sol grandes de cristales color caramelo. Unas gafas regalo de Paco allá por los ochenta. Cerró la maleta y salió a la calle. Al aeropuerto de Barajas, dijo arrellanándose en el asiento de un taxi que olía a fresa.

Aunque no la hubiera visto nunca, a Belén le hizo mucha ilusión la carta de la nueva directora de su colegio. Se quedó enajenada al leer que su curso iba a celebrar las bodas de plata del fin de bachillerato. En el fondo, le hacía ilusión ver qué había pasado con sus compañeras. Con alguna había coincidido en la facultad, ella se especializó Historia Antigua. ¿Qué habría sido de las otras? Recordó a la bellísima Micaela, sus ojos de un verde tan especial que a veces hasta soltaban chispitas doradas, su melena brillante, negrísima, con destellos azules. Se decía que su madre se lo lavaba con coceduras de nueces. Podía ser. El padre de Micaela trabajaba con un asentador de pescado. Y su hija odiaba su olor. Lo mismo le sucedía con su madre. Odiaba sus mandiles y los restos de escamas entre las uñas. Sobre todo, odiaba el puesto del mercado, aunque fuera de su propiedad. Recordó la tarde en la que mientras tomaban la merienda en el patio del colegio, Micaela colocándose unas gafas de pasta blanca, iguales a las de Marilyn Monroe, elevó la cara al cielo y dijo: “Tengo escrito un guion para mi vida.” Luego de un profundo suspiro, añadió que, si lo seguía al pie de la letra, conseguiría jubilarse a los cuarenta años siendo millonaria. Aunque pronto Belén olvidó sus palabras, nunca consiguió dejar atrás la envidia que le produjo verla sacar un cigarrillo, darle vueltas entre los dedos y colocárselo en la boca como si estuviera fumando.

Al llegar al hotel de Florencia todas estaban cansadas. Aun así, decidieron tomar unas copas antes de acostarse. El primer comentario fue sobre Alicia, quien se había hecho monja y se encontraba en un país de África como misionera. Nelita tampoco estaba. Junto con Paquito, su novio, había fallecido en accidente de coche. Ambos iban ya en tercero de Medicina. También faltaba Antonia. Fue Dorita, sin duda la más simpática del grupo, quien contó la razón de su ausencia. En cuanto terminó el Bachillerato, la habían casado con un amigo de su padre, un multimillonario recién llegado de Méjico. Tenía dos o tres hijos y al parecer siempre se encontraba de viaje o enferma. De Micaela nadie sabía nada. Escribió para que se contara con ella, pero no había aparecido. Y ya, cuando estaban a punto de ir a dormir, como si fuera un vendaval, la vieron entrar en el hotel.

—Chicas, chicas —gritó después de ordenar al botones que llevara el equipaje a su habitación.

Se quedaron mirando su colección de maletas color mantequilla con herrajes dorados.

—Tenéis que perdonarme por no haber volado desde Madrid con vosotras.  Cuando recibí la carta estaba en Florida —como si fuera una actriz, dejó caer el abrigo, blanco, de pelo muy largo, sobre el sofá. Luego se quitó las maravillosas gafas con brillantitos en forma de gaviotas, y alegre gritó: “Pero…, ¡aquí estoy!”

A pesar de la hora, Micaela se volvió hacia el botones y le pidió un güisqui. Sin hielo, por favor. Luego, dejando la estela de su carísimo perfume, se sentó al lado de la dulce Pilita, madre de cinco hijos y tranquilamente casada, que la miraba sin disimulo.

—Fíjate, Belén, fíjate. Cómo viste, qué maravilloso cutis tiene—susurró Marta, sentada a mi lado—.  Yo, trabajando como una negra, no gano ni para vivir, y ésta, según dicen vendiendo su cuerpo, ¡mira cómo le va!

—¡Qué dices! ¿Vendiendo su cuerpo? —escuchó la voz de alguna, no sabía quién.  Y fue entonces cuando templada, hasta risueña, Micaela, sin duda reconociendo a aquella que había hablado, replicó:

—Marta, cariño. No debe preocuparte si vendo o no mi cuerpo, porque eso de vender lo hacemos todas. Si puedes, contéstame a esta pregunta: ¿acaso no te vendes tú al entregar los conocimientos que tú padre pagó, trabajando ocho horas o más, por un mísero sueldo de funcionaria y con el que ni siquiera conseguirás tener una buena jubilación?

Micaela se detuvo un instante. Nos miró una por una y al percibir que nadie tenía intención de contestarle, continuó:

—¡Ah!, ya sé que esa venta está bien vista. La mía, a mi juicio bastante más inteligente, es que sean otros los que trabajen para que, con su dinero, me regalen casas, joyas, coches, y viajes como éste. En fin… Yo sí conseguiré tener ahorros para pasar una buena vejez. Pero hay algo que también os voy a decir para que no os preocupe mi vida. Ya no trabajo. Ahora solo me divierto con mis rumbosos amigos. Aunque claro, para llegar esto hay que ser más que inteligente, lista.

Seria, Micaela giró la cabeza volviéndonos a mirar. Luego se levantó. Recogió el vaso de güisqui que el asombrado botones mantenía en una bandeja, y como si hasta entonces nada hubieran hablado, gritó:

—¡Chicas! dejemos estas cosas tan prosaicas, y vamos a divertirnos, que es a lo que hemos venido. Contadme, ¿cómo os ha ido en la vida?

Sacó un cigarrillo del bolso y comenzó a buscar el mechero. Entre nosotras, nadie fumaba. Aun hombre al que nadie conocía, alto, delgado, de mediana edad, se le acercó. Rápidamente le ofreció fuego.

—Gracias —susurró Micaela aleteando las pestañas.

© Malena Teigeiro

Encuentros y desencuentros

Liliana Delucchi

Una llovizna inclemente me acompaña durante todo el viaje al tanatorio. Triste y gris como la despedida a la que voy a enfrentarme. Encima, el aparcamiento está abarrotado. Dejo el coche y, cómo no, meto el pie en un charco. Nada puede salir bien en una tarde como ésta. Al entrar al recinto, me rodea una nube de gente compungida o fingiendo estarlo. Camino despacio, como si mi lentitud pudiera retrasar el momento de verla en el ataúd. ¡Cuánto tiempo desperdiciado! ¡Cuántas confidencias quedaron en el aire!

La primera vez que la vi después de varios años fue en un centro comercial, ella entraba en una óptica. Me quedé mirando el escaparate, sin atreverme a cruzar esa puerta acristalada. Tenía mis motivos: apenas dos meses atrás había dado a luz a mi segundo hijo y mi aspecto no era el adecuado para encontrarme con una antigua compañera del bachillerato. Yo estaba usando una talla L y, como iba camino de la peluquería, mi pelo parecía más una escoba vieja que la melena que pretendía lucir a la salida del centro de estética. Además, las ojeras del mal dormir a causa de los llantos nocturnos de mi vástago, ocultas bajo las gafas de sol, me hacían sentir en inferioridad de condiciones.

Ella estaba radiante: esbelta, con un andar elegante para mí desconocido y unos modales de princesa que yo escudriñaba a través de los cristales. Escapé.

En el colegio, yo era de las populares, aunque con notas no muy sobresalientes, mientras ella huía de nosotras y durante los recreos mordisqueaba una manzana leyendo quién sabe qué. Cuando nos graduamos, desapareció de nuestra vida. Las chicas guay seguimos reuniéndonos para cotillear. Con el tiempo, a raíz de las nuevas tecnologías, formamos el grupo de WhatsApp de los antiguos alumnos. No la incluimos.

La segunda vez que pude verla fue de lejos. Yo acompañaba a mi marido al juicio que le habían incoado por malversación y estafa. ¡El muy imbécil no valía ni para eso! Ella era la fiscal. Tampoco esta vez me acerqué, seguro que fue consciente de quién era la mujer del detenido.

Tiempo después, cuando yo salía de una de mis visitas a la cárcel, iba tan furiosa por la situación en que nos dejara a mis hijos y a mí el incompetente, que me llevé por delante a una mujer. Era ella. Lloraba. Pude reconocerla porque, con mi empujón, se le cayeron las gafas de sol. Estaba tan compungida que ni se dio cuenta de su pérdida ni de mi presencia. Las recogí del suelo y las guardé. Eran de diseño, de una marca que yo en esos momentos no podía permitirme.

Por un tiempo no pude dejar de pensar en ella. ¿Qué le pasaría a esa mujer elegante y exitosa para salir de la prisión en ese estado? Transcurrieron las semanas y dejé de preocuparme por el tema, aunque usaba sus anteojos a diario, ansiosa por recuperar mi antiguo estilo, convencida de que si fingimos ser alguien durante un tiempo, nos convertimos en ello.

El verano siguiente mis padres nos invitaron a mis hijos y a mí a la playa. Fue allí donde ocurrió el encuentro. Mientras me entretenía con los niños en la arena, vi a una mujer leyendo debajo de una sombrilla. Yo estaba fabulosa. Esa vez sí me acerqué.

—Son tuyas —le extendí las gafas—, se te cayeron hace un tiempo. Y le relaté nuestro encontronazo.

—Quédatelas —cerró el libro y se incorporó—. Siento lo ocurrido. Entiéndelo, era mi trabajo.

—No es tu culpa —esbocé algo parecido a una sonrisa—. No era muy listo, pero tan guapo…

Entonces fue ella quien sonrió antes de decir:

—Sí, en el colegio todas estábamos enamoradas de él.

—¿Tú también?

—Claro. Era empollona, no ciega.

Reímos la dos. Después hablamos de muchas cosas y durante ese verano nos reconciliamos de una separación iniciada muchos años atrás. Nos descubrimos: ella no era la triunfadora que parecía ser, o al menos no se sentía como tal, ni yo la perdedora que mucha gente creía. Nos hicimos inseparables, tan diferentes y tan cercanas a la vez.

Despacio, como si me pesaran los pies,  me acerco a la sala donde yace desde que, esta mañana, un imbécil se saltó un semáforo y estampó su coche contra una columna. Murió en el acto.

Serena, rodeada de flores y del bisbiseo de los presentes, es la imagen de la Bella Durmiente a punto de ser despertada por el príncipe. Me acerco, abro el bolso, busco aquellas gafas que me regaló y las pongo sobre su cuerpo: «Por si allá arriba hace mucho sol. Ya me las devolverás cuando nos veamos.»

© Liliana Delucchi

Cuatro Estaciones

Marieta Alonso

Es uno de esos días de invierno en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Como cada vez que es el cumpleaños del abuelo, ya tiene noventa y ocho, y repite: «Esta será la última fiesta familiar a la que podré asistir». Nunca sé qué contestar, bien pudiera ser verdad. La abuela lo manda a callar y pregunta: ¿Dónde están tus gafas? Siempre están perdidas.

Es uno de esos días de primavera en que la Villa de Madrid está especialmente bella... La familia al completo va de paseo para disfrutar de la floración, el despertar de los animales, el regreso de las aves migratorias. Es la renovación de la vida. En esos días la música calma los ánimos. Me encanta Vivaldi y aunque mi marido prefiera a Tristán e Isolda, no lo puedo evitar, Wagner me espanta. A mis suegros les gusta Mozart y Strauss. Los niños se pelean por el Reguetón.

Es uno de esos días de verano en que la Villa de Madrid está especialmente bella… Sin tanto tráfico, con mucho calor, los días más largos y las noches más cortas. Solo echo en falta el mar y unas gafas de sol. Para darme ánimo, mi marido me da un beso. Yo me siento violenta si lo hace delante de los niños. El pequeño corre a abrazarnos, quiere también un beso, pero la niña que está en plena adolescencia mira hacia otro lado como avergonzada de esa ridiculez a nuestra edad.

Es uno de esos días de otoño en que la Villa de Madrid está especialmente bella... Las hojas de color verde cambian a tonos amarillos, rojos, ocres. Luego se secan y caen ayudadas por el viento. Hoy regreso pronto del trabajo. Cuando llega mi marido con los niños del colegio nos vamos al oftalmólogo. De allí a la óptica. Al llegar a casa nos hacemos una foto. Ya está. Todos con gafas, menos yo, que uso lentillas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

San Juan Evangelista

15 diciembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

San Juan Evangelista

San Juan Evangelista en el Pórtico de la Gloria

Este mes hemos querido celebrar la Navidad orientando nuestra mirada hacia el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. La centramos en uno de los apóstoles, para nosotras el más bello: San Juan Evangelista. Autor del Evangelio de Juan, fue el  más joven de los seguidores de Jesús y el último en morir a una avanzada edad por causas naturales.

Su imagen, acompañada por un águila (símbolo de fuerza y valentía) y de un libro (emblema del conocimiento y la sabiduría) es la viva representación de la pureza que queremos que os acompañe a lo largo de estas fiestas. La misma ha inspirado los relatos de este mes, que esperamos disfrutéis tanto como sus autoras al escribirlos.

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Peregrinatio

Cristina Vázquez

Era una chica corriente, con la lozanía de los pocos años, la inocencia de no haber vivido nada excepcional, y la mente vacía de cultura o conocimientos. La expresión de bondad se colaba en los ojos pardos y la risa fácil. Su belleza, si así podía llamarse, le había valido algún privilegio con los señores, uno de los cuales fue que el menor de los hijos la dejara embarazada

Ella pensó que le serviría para obtener una renta y enseñorearse un poco. No tenía más familia que un hermano que trabajaba lejos y una tía que la había colocado en el pazo. Que cumpliese y no diera la lata, fueron sus consejos. Al despedirse de la sobrina la miró con evaluación de alcahueta. A los amos se les obedece y se calla.

—Qué tonta eres, Brígida —le aseveraba Eulalia, su compañera en la cocina—. Estos te inflan, te prometen y luego…

—Luego ¿qué? —contestaba ansiosa la joven.

Luego, patada y a la calle. A ella no le iba a pasar eso, de ninguna de las maneras, porque Juan, que así se llamaba, le había dicho que la amaba, que siempre querría estar con ella. Eulalia, mujer madura y bondadosa, la miraba con una mezcla de pena y esperanza. El que le había hecho el hijo a la pobre chica era el mejor de la familia, se decía, y quién sabe, a veces las historias más absurdas cumplen los deseos más descabellados.

Y así fue. Juan se dispuso a huir con Brígida. Como el tiempo estaba recio, pues era primeros de diciembre, se sintieron como San José y la Virgen huyendo de la matanza de Herodes. Ella, montada en la mula que habían cogido de la cuadra y él, con un traje de labriego que consiguió a través de un viejo criado.

Esa noche la ventisca soplaba, la luna era esquiva y el jamelgo renqueaba por la dificultad del terreno. Consiguieron avanzar poco y acabaron refugiados en una cueva, pretendiendo que era un buen escondite lo bastante alejado. Los ruidos de palos dando contra suelo y los gritos de los hombres de madrugada les hizo comprender que estaban perdidos. Y así fue. Uno de los aparceros de su padre, el más fuerte y revirado, apareció a contraluz en la entrada donde se habían metido.

—A ver, los del bulto —estaban abrazados cubiertos por una manta—. Se acabó el juego.

Dio un silbido fortísimo y aparecieron tres hombres que, sin dudar, entraron a separarlos. El chico al puerto. Había ordenado el amo que se iba a las Américas, y la Brígida se viene conmigo. No sirvieron lamentos ni súplicas. A Juan se lo llevaron dos forzudos y a la chica él mismo la agarró y le hizo subir con las manos atadas a la mula. La llevó a su casa, y la tuvo trabajando y cebando para luego poder sacar buenos reales con la cría. La mantenía encerrada en la vivienda y la obligaba a salir a un patio, para que tomara el aire y así naciera fuerte lo que llevara en la panza.

Nunca antes, aunque hubiera trabajado como un animal, la habían tratado como si la estuvieran cebando para la feria. A cada pregunta que hacía de dónde estaba Juan, le respondía con un gruñido.

Al fin llegó el parto. El hombre llamó a la comadrona, una vieja aldeana con pinta de bruja, aunque de hablar y manos suaves. Todo iba bien, la tranquilizaba, mientras se oían las pisadas del hombre al otro lado de la puerta. Hasta le llegó a susurrar una especie de nana. Por primera vez recibía algo parecido al cuidado materno. Cuando la criatura llegó al mundo, ella estaba bajo los efectos de un liquido que le hizo oler la comadrona. Al despertarse, le dijeron que el niño estaba muerto. Estuvo una semana sin comer, sin moverse, sollozando como un cachorro herido. La vieja comadrona venía a diario, le dijo al bruto del aparcero que se había encariñado con la chica y después de darle una bolsa de dinero, la dejó ir con ella y aprender el oficio.

Y así fue. Conoció el buen trato, el cariño y una profesión que le permitió ser independiente y alcanzar fama en la zona. Antes de fallecer, la comadrona le confesó que el niño no había muerto. El animal ése lo había vendido a alguna mujer estéril. Le juraba que no sabía dónde estaba ni si el padre había vuelto de las Américas. Por más que buscó, nadie le dio referencia de Juan ni del niño. El pazo se cerró, los amos murieron y el silencio envolvió su pasado.

Decidió peregrinar a Santiago, al que tantas veces le pidió que los encontrara y cuando por fin llegó al atrio, casi se desmaya. Su Juan era uno de los evangelistas, el más joven y bello, el que se apoyaba en un águila para escribir. Se quedó tranquila al saber que ahí quedaban reflejados sus dos hombres, pues no dudaba que el hijo sería igual al padre. ¡Alguno viviría! Seguro que uno de ellos había servido de modelo a ese precioso santo y ella lo iba a encontrar.

© Cristina Vázquez

Una novia ejemplar

Malena Teigeiro

Querida Carol:

No sabes cómo me sorprendió tu carta. “Adelita, Adelita, pero ¿qué has hecho?”, me ponías. Pues nada, Carol. No hice nada.

En efecto, tal y como dices, él me escribió una carta, confusa, profusa y difusa. Nada que ver con la de San Juan que, aunque también larga, lo que escribe está claro como el agua. Escrita como la de los antiguos, con pluma estilográfica, la carta es tan extensa que se nota que tuvo que cambiar el repuesto de la tinta. Además, parecía haber llorado mientras la escribía, porque algunas palabras tenían la tinta corrida. Nadie mejor que yo conoce eso de dejar correr la tinta. ¡Vamos! Que lo he hecho en más de una ocasión: Una gotita de agua, agitas un poquito el papel, y…, listo. La letra aparece como si hubieras derramado litros y litros de lágrimas.  Este truquito a mí siempre me ha dado muy buen resultado. ¡Mira que venirme a mí con cartas regadas de llanto! Es que me da la risa.

Sigo, querida Carol: La misiva tiene quince hojas. Total, treinta páginas. Casi como una novela corta. En ellas, con su letra de niño de preescolar, afirma que en esas líneas dice la verdad y nada más que la verdad. Solo le falta añadir: ¡Señor Juez!

Pero, Carol, ¿qué se cree? ¿Que yo soy una mentirosa compulsiva? Pues no.

Por cierto. He ido a la peluquería que me recomendaste y me han dejado estupenda. Hasta parece que mi melena fuera de seda. Continúo con lo nuestro.

Pues, no, Carol. No soy mentirosa.

Pero lo peor es que después de eso continuó con su análisis. Lo hacía como si yo solamente estuviera contando cuentos de aquí para allá.

Ya casi por la mitad de la carta va y me dice que él había puesto en mí toda su confianza. ¿Alguien, además de esta servidora, habrá visto escrito sobre un papel una tontería más grande? No lo entiendo. Debe ser porque de base tiene una mala educación. Mi madre, y sobre todo mi abuela, siempre me dijeron que no me fiara de ningún hombre. ¿Es que a él no le han enseñado lo mismo? En este caso sería de las mujeres. Pero, en fin. Eso tampoco es que sea lo peor de su carta que más parece una declaración de buenas voluntades. Dice, y esto lo escribe con letras de molde, que él siempre fue, es y será serio y formal. Que él siempre fue, es y será un hombre honrado. Que él siempre fue, es y será un marido serio y ejemplar. En una palabra, Carol, que él no piensa ponerme nunca los cuernos. Y luego, va y me pregunta si yo tendré ese mismo comportamiento con él.

Tan solo pude contestarle lo que tú ya conoces. En una postal con una foto preciosa de La Gran Vía, le escribí: Pues mira, Antoñito, no. Nunca fui, soy, ni seré, esa persona ejemplar que tú buscas. Y va y me contesta con otra carta, ésta vez más corta, eso sí, en la que pone que le da igual, que me querrá toda la vida, y que siempre me será fiel.

Pero ¿es que no se da cuenta que una parte importante de la pareja son los celos? Pues, ¡vaya! Si uno está tan seguro de que el que tienes enfrente siempre te será fiel, de que te amará eternamente… ¡Qué pereza, Señor! ¡Qué pereza!

Y me preguntas por qué me escribió esta carta. ¡Y yo qué sé! Bueno, sí lo sé, pero lo que conozco no da para tanto escrito. Lo que sí sé es que las dudas o los problemas entre una pareja se resuelven de muchas maneras, pero nunca escribiendo quince hojas, es decir, treinta páginas. ¿Quién puede leer con tranquilidad ese mamotreto de continua queja? Las cosas no se solucionan así. Porque, claro, si yo le hubiera contestado seriamente a, ¿cómo lo tenía que hacer? ¿Párrafo a párrafo? ¿Hoja a hoja? ¿Tengo que meterle el dedo en el ojo diciéndole que él es el primero en mentir, porque nunca fue un marido ejemplar?  ¡Si es que nunca se ha casado!

Lo cierto, Carol, es que a mí me cae bien, y lo quiero. Y si no aparece otra cosa, me casaré con él. Pero ¿no podría haber resumido su queja en un solo párrafo?

Y volviendo a tu pregunta del porqué de la carta, a ti no te voy a mentir. Sí lo sé. Sus padres, me vieron besándome con un chico. Con Paquito, mi novio anterior. ¿Recuerdas lo encantador que es? ¡Qué beso tan romántico! Era al atardecer y estábamos justo al borde del mar con el ruido de las olas, el vientecillo de antes de anochecer… ¡En fin!

La mala pata fue que sus padres, que son de esos que nunca están donde deben, les dio por pasear por el andén de la playa y nos vieron. Y como ni por la felicidad de su hijo son capaces de tener la boca cerrada..., pues, ya se sabe.

Ahora que ya te has enterado, nos tenemos que ver. Algo me tendrás que contar, digo yo.

Un beso muy grande de tu amiga que te adora,

Adelita

© Malena Teigeiro

El chatarrero

Liliana Delucchi

Mi padre tenía un amigo de la infancia, Anastasio, a quien todos llamaban Tasio. Se conocieron en el colegio y,  a pesar de tener personalidades diferentes, su relación duró muchos años.

Lo recuerdo como un señor imponente, y con una voz grave que no paraba de hablar; por si ninguno de los presentes nos dábamos cuenta, sin importar el tema que se estuviera tratando,

su frase introductoria para cualquier conversación era: «yo, con mi 1,97 de estatura».

Durante un tiempo estuvo ausente de nuestras vidas debido a que mi padre y él habían tomado diferentes caminos profesionales, hasta que llamó a la puerta y se reanudó la relación. Cada vez que se presentaba en casa, mi madre me cogía de la mano y nos íbamos de compras, al carrusel o a cualquier espectáculo infantil recién estrenado. Era mi día de suerte, porque como Tasio se quedaba hasta tarde, mamá y yo cenábamos en algún sitio de moda y volvíamos justo para irnos a la cama, después de un breve saludo a los señores.

Cuando pregunté a qué se dedicaba ese hombre tan ostentoso, mi progenitora respondió: Es chatarrero.

—No seas injusta —dijo mi padre con una sonrisa ante la contestación de su mujer—. Se dedica a la compra y venta.

—¡De chatarra! —Insistió ella.

Más tarde me enteré que las aseveraciones de mamá no estaban mal encaminadas. Tasio, hijo de un eminente cirujano, pero sin su cerebro, había buscado camino en la recogida de enseres que otros desdeñaban para vendérselos a quienes lo necesitaban. A pesar de lo simple que pueda parecer, se hizo un nombre entre los chatarreros. «Sesenta y dos años ininterrumpidos dentro de la profesión», solía manifestar, y el respeto de cuantos desempeñaban el mismo oficio. Había escrito varios libros sobre el tema, uno por año, que vendía con bastante éxito entre los suyos. Algunos hasta se tradujeron a otros idiomas. Puedo dar fe de ello, ya que cuando mi padre me llevó a su casa, vi su extensa biblioteca.

Tasio llevaba desde su juventud casado con Inés, una mujer que había sido muy guapa, pero que ahora parecía la madrastra de Blanca Nieves. Tampoco a ella soportaba mi madre, por ese motivo, y para que ni la señora ni su marido vinieran a casa, era papá quien los visitaba. A veces, y como para tener una excusa para regresar pronto y no alargar la velada, me llevaba con él.

He de decir que durante esas entrevistas, que solían prolongarse, Inés nunca nos ofreció ni un vaso de agua. Es más, ni se molestaba en salir a saludar, aunque se la podía oír dando órdenes a su perro o trajinando en el jardín.

Nos sentábamos  en un sillón frente a una puerta que Tasio denominó como de entrada a la sala de lectura de su mujer. El día que necesité ir al baño (que por cierto necesitaba una buena limpieza) empujé la puerta misteriosa con suavidad, pero no pude ver más que un revoltijo de cajas, libros y mucho desorden.

Pasé bastante tiempo sin acompañar a papá y, para  mi sorpresa, cuando volvimos encontré que aquella entrada enigmática había desaparecido. En su lugar había una pared descuadrada. De ella colgaba un marco con la reproducción de la fotografía de un joven muy hermoso con un libro y un águila. Ante mi pregunta sobre su origen, Tasio me contestó que era la imagen de Juan el Evangelista, del Pórtico de la Gloria en la Catedral de Santiago de Compostela.

Cuando nos íbamos, quisimos despedirnos de Inés, pero ella no estaba. Ni ese día ni en nuestras siguientes visitas. Tasio siempre tenía la misma actitud: a voz en grito decía «Inés, nuestros amigos se marchan». Nunca hubo respuesta.

—La ha matado —dije a  mi padre una de esas tardes mientras caminábamos hacia el coche—. La ha matado y emparedado donde antes estaba la puerta.

—Tienes demasiada imaginación —me contestó—. Y lees muchos libros de misterio.

Ante la negativa de mi progenitor a indagar sobre el tema, recurrí a mi amiga Elena, también amante de Sherlock Holmes y Agatha Christie. Compramos una pizarra como las que usan los detectives en las películas y comenzamos a anotar en ella los datos que conocíamos y los que sospechábamos, con tan mala suerte que mamá la descubrió, ordenándonos que dejásemos de «jugar» con la muerte.

—No es un juego, es una investigación —respondió Elena indignada—. Fíjese, la encerró en su habitación de lectura, clausuró la puerta con una pared y, encima, puso la foto de Juan el Evangelista quien, casualmente, lleva un libro en la  mano.

Mi madre lanzó un suspiro y nos dejó, aunque creí entrever una sonrisa en su rostro.

Sin embargo, nos faltaba saber cómo lo había hecho, hasta que, indagando en las enciclopedias, descubrimos que  Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen y, bajo Domiciano, fue echado en una caldera de aceite hirviendo de la cual salió ileso.

—El aceite hirviendo no nos sirve —objeté—. Juan no pereció por eso.

—Porque era un santo —replicó mi amiga—. ¿No dijiste que Inés era una bruja? Ya está…, sobrevivió al aceite y entonces él la mató a hachazos o dejándola encerrada.

Habíamos llegado a un punto desde el que no podíamos seguir, hasta que una tarde papá dijo que iría a ver a su amigo y nosotras le rogamos que nos llevara con él.

Acomodados en el sillón frente a la  puerta clausurada, contemplábamos la reproducción de San Juan, rogando su asistencia en nuestro «trabajo». Y nos ayudó. De pronto, por una ventana abierta entró una paloma que, en su revolotear por encima de la mesa, tiró un libro al suelo y salió volando. ¡Un libro y un ave! Solícitas, Elena y yo fuimos a recoger el volumen. En la portada pudimos leer: Crimen y castigo, esta última palabra subrayada con rojo. Alzamos la vista hacia el santo para darle las gracias.

De camino a casa preguntamos a mi padre si había leído esa novela.

—Sí, claro. Es la obra maestra de Dostoievski.

—¿Nos la deja? —preguntó mi amiga.

—Por supuesto que no —respondió—. Todavía sois muy pequeñas. Cuando seáis mayores…, entonces podremos comentarla.

Al llegar a casa corrimos ante nuestra pizarra de investigación para apuntar las nuevas pistas, estábamos tan nerviosas que apenas pudimos cenar. Pasaron los días sin que nuestros indicios nos llevaran a la solución del caso, hasta que unas semanas después, se anunció una nueva visita de cortesía a Tasio. Y por supuesto, nosotras nos apuntamos.

Pero ¡oh, sorpresa! Llegamos a una edificación para mí desconocida. ¡El asesino había vendido la anterior, dejando el cadáver emparedado en la antigua…! Y yo desconocía la dirección de aquella.

Pero no todo estaba perdido, rebuscamos entre la correspondencia de mi padre hasta encontrar una carta vieja de Anastasio con el remite de su domicilio y convencimos al hermano mayor de Elena para que nos llevara hasta allí.

Al llegar nos encontramos con una tropilla de albañiles, andamios y…, la policía. Cogí la mano de mi amiga con fuerza, nos miramos entre incrédulas y felices. ¿Acaso habíamos tenido razón?

—Aquí hay una bella durmiente que sí se comió las manzanas —dijo un señor vestido con un traje oscuro y una bolsa de plástico en la mano mientras salía de la casa—. Lleven estos restos de fruta a la científica y llamen al juez.

Al vernos nos ordenó que nos alejásemos dado que eso era el «escenario de un crimen». Le pedimos el cuadro de San Juan, pero nos lo negó argumentando que formaba parte de la documentación del caso.

© Liliana Delucchi

Mis tías maternas

Marieta Alonso

Todos los domingos las hermanas de mi madre me llevaban a misa. Araceli, la mayor, experimentaba una gran devoción por Mateo, Amalia amaba a Marcos, Rosalía adoraba a Lucas y, Gertrudis, sentía una pasión desmedida por Juan. Y las cuatro pretendían que yo me decidiera por alguno de ellos.

Un día, Araceli despertó con un feroz dolor de cabeza y la sensación de haber recibido en sueños una notificación divina de estar viviendo sus últimos atardeceres.

—¡Auxilio! —gritó— ¡No me puedo morir!

Era verdad. No se podía morir. Teníamos programado desde hacía diez años un viaje a Salerno, para visitar los restos del apóstol Mateo, discípulo de Jesús. Yo iba a ir con ella si mi madre, por fin, accedía a financiar esas vacaciones. A mí Mateo no me gustaba mucho, tenía barba y era muy viejo, pero con tal de ir al extranjero...

Como dormía en su misma habitación salté de la cama, segundos antes de que apareciera Amalia que pretendió tranquilizarla. Hablaría con Marcos, discípulo de Pedro, cuyo símbolo es un león. Y ¿quién no teme a un león? La muerte se lo pensaría antes de enfrentarse al rey de la selva, le susurraba.

Detrás, se presentó Rosalía con una estampa de Lucas, el discípulo de Pablo, el que aparece con un toro. Teniendo a esos dos animales de nuestra parte, replicó altanera, no habría ningún problema:

—Araceli, hazme caso, reza a Lucas.

Mientras tanto llegó Gertrudis con un libro, la pluma y un águila, su mascota desde hacía años. Explicó con la mayor tranquilidad del mundo que a quien debía dirigirse era a Juan, apóstol de Jesús.

—¡Era tan dulce! —exclamó mirando hacia el techo—. Además, las águilas poseen una vista penetrante, comparable con el Ojo que todo lo ve. ¡Fíjate cómo nos mira! —Exclamó acercando el águila a su pobre hermana—. Creo que quiere decir que no debemos preocuparnos.

—A ése, tía Araceli, a ése, rézale a ése. Es el que más me gusta. Guapo y poético como mi profesor de literatura.

© Marieta Alonso

Publicado en: Arte

El cochecito de bebé

15 noviembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

el cochecito de bebé

El cochecito de bebé

El primer cochecito fue fabricado en 1733 por el arquitecto inglés William Kent, quien recibió el encargo del duque de Devonshire para sus hijos. El invento consistía en ponerle ruedas a una cesta de mimbre, pensada para ser tirada por un pequeño animal.

A partir de entonces empiezan a surgir artesanos para el mismo empeño, aunque es a la familia estadounidense Crandall a la que se le atribuye la idea, que data de 1830. Y sería Jesse Crandall, el nieto del fundador de la empresa, quien introdujo una serie de patentes de mejoras, como el sistema de freno, la capota, la sombrilla e incluso el primer modelo que se conseguía plegar.

Este singular transporte ha inspirado a nuestras escritoras historias de amor y desamor, de vida y muerte, aunque todas ellas con un brillo de tesón y esperanza.

La dulce campiña inglesa

Cristina Vázquez

El bebé de Martha y James

Malena Teigeiro

Maternidad

Liliana Delucchi

El baúl de los secreto

Marieta Alonso

La dulce campiña inglesa

Cristina Vázquez

A mi querida tía Isabel le gustaba repetir que ella había vivido al borde de la felicidad, más bien al filo. Cuando ya era una vieja dama, afirmaba que siempre había estado ahí, unas veces a un lado, en el filo hiriente y otras… Dejaba que un silencio prometedor nos mantuviera en vilo, después del cual o narraba alguna historia o sonreía igual que si no fuera apropiado contarlo.  Nunca olvidaré su pícara expresión, recuerdos perdidos entre finas arrugas que la hacían soñar por un buen rato.

—Si yo hablara, os caeríais al suelo, niños.

Una de las historias que nunca olvidaré fue la de su estancia en Inglaterra durante tres meses. Se alojó en una casa recomendada por la profesora de inglés del colegio. Era una mansión, aseguraba poniendo unos ojos como canicas revueltas tras sus gafas.

 En la casa vivía una niña de su misma edad, así practicaría el inglés, le aconsejaron. Ella nos insistía en que su inglés ya entonces era perfecto. Sospechó que la habían mandado allí porque era un momento difícil en su familia. Su madre iba a tener un bebé y posiblemente, según el médico, podían surgir complicaciones. Como ya era época de vacaciones y no podían ir a su lugar habitual a pasar el verano, decidieron que era mejor mandar a la niña fuera.

Contaba, poniendo una cara desolada, que el cambio para ella fue tremendo. Acostumbrada a meses de playa, tiempo libre, helados y risas, aparecer en ese caserón en medio de la campiña en Hampshire, le pareció terrorífico.

—El paisaje bonito sí era, pero la casa daba escalofríos —sostenía arrebujándose en la prenda que llevara.

Era casi un palacio, narraba con indisimulado orgullo, aunque más de la mitad estaba cerrada, no lo vivían. El olor a moho era intenso. Los padres eran unos señores amables, circunspectos y por mucho caserón que tuvieran, comían y cenaban en la cocina. Tampoco nadie iba a ayudar en los quehaceres domésticos, por lo que la higiene resultaba ser más que dudosa. Había un cuarto de estar grande, único lugar donde transcurría la vida, y los dormitorios se hallaban en el primer piso.

La niña, Patricia, era una gordezuela de una blancura tal que las venas se le transparentaban. Aunque tuviera dieciséis años, igual que ella, cuando descubrió ese mapa venoso, pensó en una mujer mayor, asentía con seriedad nuestra tía señalándose las venas de su mano.

—Sí, ya sé que os cuesta creer que yo haya tenido dieciséis años alguna vez —rezongaba mimosa—. Pero los tuve y bien bonitos.

Se hicieron buenas amigas. Era parlanchina, atolondrada y juerguista. Exhibía una especie de necesidad de cariño, a veces de pegajosa proximidad, que la llevaban a extremos que, aunque a ella le parecían exageradamente sensibleros, denotaban una falta de afecto o atención.

En el ambiente de la casa y en las miradas de los padres que repentinamente se cruzaban alarmadas, sobrevolaba algo indescifrable que resultaba incómodo. No salían nunca juntos, siempre permanecía uno en casa. Hay que hacer la guardia, bromeaban.

Patricia y ella iban al pub del pueblo cercano a escondidas de los padres, los cuales consideraban low class ir a aquel antro y mezclarse con esa gente. Les daba igual, aunque supusiera alguna regañina lo pasaban bien, incluso muy bien. Normalmente en ese momento ponía una de esas expresiones picaronas indicadoras de que un silencio se imponía para no dañar nuestros castos oídos.

Pese a estas inocentes, recalcaba inocentes, diversiones, el ambiente en la mansión se iba volviendo cada vez más incómodo, y diría que hasta alarmante. Los padres estaban inquietos. A veces oía unos cuchicheos entre ellos que tapaban ásperas conversaciones y empezó a tener la sensación de que su presencia no era deseada.

Una noche oyó unos crujidos en el piso de arriba.  Parecía que algo se deslizara sobre unas ruedas mal engrasadas. Chirriaban. Se sentó de golpe en la cama. A su lado, en la otra, su amiga dormía con la misma despreocupación que vivía. Se quedó un rato despierta y al cabo de un momento el ruido se alejó para terminar desapareciendo. Al día siguiente preguntó a su amiga Patricia por los ruidos,  y esta aseguró que no había oído nada.

Transcurrido un tiempo volvió a suceder lo mismo, y además oyó en la lejanía una voz de mujer cantando una dulce canción. Su amiga volvió a negar que hubiera ningún ruido. Cuando sucedió de nuevo la obligó a oír los sonidos que se producían sobre sus cabezas.

—Qué pesada eres —dijo malhumorada.

Y le hizo jurar mantener el secreto, sino sus padres se enfurecerían y se acabó el ir a España con ella.

—Yo lo juré solemnemente—nos aseguró muy sería.

Y mientras oían el chirriante ruido y la cancioncita que se iban alejando, le relató que arriba vivía la dueña de la casa. Era una especie de tía abuela de su padre que, a cambio de que no la metieran en un manicomio, les dejaba en herencia la propiedad. Se estiró tan tranquila. Ellos pensaban hacer un hotel y a la vieja apenas la veían. Patricia siguió contándole que había perdido a su hijo en una reyerta, aunque ella decía que en la guerra. Desde entonces, para consolarse, la anciana paseaba el cochecito de cuando era niño.

Hizo sobre la sien el gesto de que estaba loca.

—¿Quieres que subamos un día? —preguntó con absoluta naturalidad—. Aunque verla da un poco de yuyu, la verdad.

Se dio media vuelta y volvió a dormirse tan tranquila. Mi tía, añadía con voz trémula, se negó. Tuvo un mal presentimiento pensando que podía haberle sucedido algo a su madre o al hermano que esperaba y pidió una conferencia con España. Entonces ni móviles ni gaitas, demoras y mucho grito por el teléfono. El niño había nacido ya y estaban muy bien los dos, le dijo su padre feliz, la iban a llamar hoy mismo para decírselo. Se puso a llorar de la emoción y del miedo que tenía. Le pidió a su padre que necesitaba volver.

Esa misma tarde la recogieron para ir al aeropuerto. Mientras se despedía, observó las caras de satisfacción al verla desaparecer. Miró por el cristal de atrás del coche y vio en una ventana una sombra agarrada a un cochecito de bebé.

Good bye.

© Cristina Vázquez

El bebé de Martha y James

Malena Teigeiro

A pesar de estar ya al final de su embarazo, se había ido de casa. Apenas llevaba una maleta cargada con la ropa para el bebé que en pocas semanas nacería. De momento tenía que pensar dónde iba a vivir. A aquella casa no pensaba volver. James, su marido, no la entendía. Su suegra tampoco, por lo que no era plan quedarse a vivir con ellos. Sus padres hacía años que habían fallecido, y su hermana Mery… De esa mejor ni hablar.

Al mismo tiempo que ella, llegó un autobús a la parada. Se subió sin importarle el destino. Iba casi vacío. Colocó la pequeña maleta a su lado. Lo primero era decidir dónde ir, se dijo mientras contemplaba las calles que iba recorriendo. En aquel momento el bus pasaba por el barrio de Knightsbridge. ¡Qué casualidad! Seguro que era una señal Divina. Recogió la maleta y se bajó en Brompton Road, justo enfrente de Harrods. Sin soltar su exiguo equipaje, entró en los almacenes.

—¿Tienen alguna consigna donde poder dejar esto? —preguntó al portero levantando apenas la maleta.

El uniformado la miró de arriba abajo y se volvió dándole la espalda. Martha movió la cabeza molesta. ¿Pero quién se había creído ese hombre que era ella?

Decidida y sin mirar atrás, se dirigió directamente a las cabinas de los servicios. Entró en una de ellas, dejó la maleta encima del retrete y salió, no sin antes dejar la puerta cerrada por dentro. Rápida se dirigió a la planta de niños. Con un poco de suerte todavía estaría allí. Cruzó la planta hasta el lugar donde se hallaban los coches para pasear a los recién nacidos. El que había elegido era el Silver Cross azul marino.

Al entrar en el departamento de bebés, la jovencita que la había atendido la otra tarde se encontraba al fondo, doblando ropita. Como si la estuviera esperando, giró la cabeza y le sonrió. ¡Qué suerte! La había reconocido, pensó Martha satisfecha. La joven le acercó una silla.  Se sentó despacio, pensando que hasta entonces no había percibido lo cansada que estaba. ¿Ya lo ha enviado?, preguntó colocando la otra mano sobre el hinchado vientre. No, contestó la joven. ¿No recordaba que le había pedido que esperara unas semanas? Era cierto, replicó moviendo la cabeza. No se podía imaginar la alegría que le proporcionaba haber tomado esa precaución. Así lo recogía ella en ese momento. La joven frunció las cejas. ¿Usted? ¿Ahora? Los labios de Martha se expandieron en una alegre sonrisa. Bien. Pero tiene que esperar un rato, porque lo tenemos que montar. No le importaba. Allí estaba muy cómoda, replicó volviendo a poner la mano sobre el vientre. Inquieta se dio cuenta de que desde hacía un rato sentía regulares las contracciones. Recorrió con la mirada la exposición de cochecitos. El que ella había elegido sin duda era el más bonito. Lo peor de todo era que todavía no conocía dónde iba a ir en cuanto lo recogiera. Ya lo pensaría en cuanto estuviera en la calle, se dijo retirándose el cabello del rostro.

Una media hora más tarde vio aparecer a la simpática morenita. Si pusiera una tienda la contrataba, pensó Martha al verla empujando su cochecito con una mano. En la otra llevaba un paquete.

—¡Aquí está! —exclamó deteniéndose delante de ella—. Dentro le dejo este paquete. Es un regalo que le hace el almacén. Son colonias, talco y las cosas más necesarias para el aseo de su bebé. ¿Se encuentra bien? Está usted un poco pálida.

Ella se levantó con esfuerzo. Se apoyó en el manillar al tiempo que decía que quizá estaba un poco cansada. Pero que no se preocupara. Gracias. Luego firmó el recibo y empujando el cochecito se dirigió a los servicios. Después de pedir ayuda para que le abrieran la puerta, recogió la maleta que colocó también dentro del coche azul marino, de ruedas grandes y blancas. Lo empujaba feliz, aunque el tacaño de su marido se hubiera negado a que lo comprara.  ¿Tú quién crees que eres?, gritó cuando le dijo que quería aquel coche. Ella siempre lo tuvo claro: aunque le costara el matrimonio, su hijo iría en uno igual al de los nietos de la reina.

Un tibio sol la recibió al salir a la calle. De nuevo sentía una contracción. Miró hacia el cielo. Iba a nacer en un día precioso. Pero, ¿dónde? Recordó que su hospital no estaba lejos. Lo mejor sería dirigirse directamente allí. Y en cuanto llegara llamaría a… ¿A quién?

Intentaba caminar deprisa. De vez en cuando se detenía y jadeaba. Allí estaba, se dijo en cuanto vio al final de la calle el gran edificio de ladrillos rojos. ¿Se encuentra mal, señora? ¿Necesita ayuda? Ella, con los ojos medio cerrados, todavía tuvo ánimo para una sonrisa. No gracias. ¿Va al hospital? Sí, contestó titubeante. Jamás una palabra tan corta se le había hecho tan larga. Deje, que yo le llevo el cochecito. No. No. El cochecito, no, susurró sin soltarlo. La señora se colocó a su lado y la cogió por el codo. Déjeme que la ayude. Ya casi estaban en urgencias cuando escuchó a la señora gritar: Una silla, un médico. Esta mujer está dando a luz.

No sabía después de cuánto tiempo se despertó en una habitación pintada de color verde clarito. No vio el cochecito ni la maleta con la ropita del bebé. Tampoco el camisón que llevaba era suyo. Giró la cabeza. ¿Dónde estaba la cuna? Escuchó un quejido, se incorporó.

Sentado entre la penumbra de una esquina, James lloraba.

© Malena Teigeiro

Maternidad

Liliana Delucchi

Siempre quise tener hijos, pero mi primer marido era impotente. Por suerte tuvo el buen gusto de morir después de aburrirme durante varios años con su colección de sellos. El segundo, se asustó tanto cuando le dije que quería ser madre que salió para jugar cartas con sus amigos y nunca volvió. Quise adoptar, pero dado mi estado civil y edad, me denegaron la petición. Afortunadamente, el estéril me dejó una considerable cantidad de dinero, por lo que no tuve que trabajar, hasta que un día, leyendo el periódico, vi un anuncio que solicitaba niñera.

Como he dicho, no necesitaba un empleo, sin embargo, la posibilidad de cuidar de unos mellizos de poco menos de un año, me hizo llamar al timbre de los señores Casale, el embajador de Italia y su esposa.

Esos angelotes rubios suplieron durante años mis ansias maternales. Sobre todo me gustaba llevarlos al parque. Mientras eran pequeños montaba a los dos en un cochecito de bebé rojo, recorríamos los senderos arbolados a los que yo ponía música con canciones de cuna hasta que se quedaban dormidos. Cuando fueron un poco más grandes jugábamos, yo les enseñaba español y ellos a mí italiano.

La señora estaba poco tiempo en casa; entre sus obligaciones diplomáticas y recaudar fondos para enviar a su país de origen que había quedado devastado por la guerra, la pobre no tenía tiempo para dedicar a «mis» niños. Fue la época más feliz de mi vida: por fin era mamá, aunque nunca me llamaron así.

Cuando pasado el tiempo el gobierno le dio otro destino al Signore Maurizio, sentí que el mundo se venía abajo. Nos despedimos con lágrimas, aunque con la promesa de escribirnos, así pude enterarme de que mis angelitos se transformaron en hombres y hasta se casaron. El día de nuestra despedida, la Signora Livia me hizo un regalo que conservo: el cochecito rojo con el que paseaba a los niños. Lo situé junto a la cristalera del balcón, a la sombra de los árboles de la calle. El pobre estuvo vacío hasta hace unos días.

Justo debajo de mi piso vive una joven encantadora con la que nos intercambiamos no solo amables saludos sino también algunos recados; nos regamos las plantas mutuamente cuando una de las dos se va de vacaciones y también cuido de su gata, que no sabemos cuándo se ha quedado preñada. Tuvo cuatro pequeños felinos, todos rubios, dos de los cuales fueron para la hermana de mi vecina.

—No puedo con los otros, junto con la madre serían tres —me dijo Julieta.

—De acuerdo, yo me quedo con los mellizos —respondí.

Los bauticé Giorgio y Luciano, como mis pequeños Casale, y desde entonces duermen en el cochecito  rojo.

© Liliana Delucchi

El baúl de los secreto

Marieta Alonso

Al pie de la cama estaba el enorme baúl de caoba de la abuela.  Levantó la tapa y del interior se escapó un tenue olor a naftalina. Un papel de seda envolvía una canastilla completa y debajo de todo cubierto por una manta marrón un cochecito antiguo de bebé. En la esquina derecha, casi oculto, un diario de tapa dura.

Lo tomó entre sus manos y sentada lo hojeó con cuidado, curiosa. Lo escrito no abarcaba muchas hojas. La abuela tenía una letra muy clara, frases cortas en las que se podían leer entre líneas la alegría de una espera y el dolor de dos pérdidas.

1941

¿Cuándo planeas tener familia? Eran mi madre, mis tías, las amigas, quienes no dejaban de hacer esa pregunta tan habitual desde el día en que me casé, hace ya de ello dos años. Y yo deseaba que una semillita echara raíces en mí, que creciera y poder gritar al viento: ¡estoy embarazada!

Pero el destino tenía otros planes. Los japoneses bombardearon Pearl Harbor y esa guerra absurda entró de lleno en mi familia. Tom fue llamado a filas. A los quince días de su marcha, me di cuenta de que una nueva vida iba creciendo en mí. Ni siquiera tuve antojos. Cada siete días, los miércoles, escribía a Tom contándole los cambios que ocurrían en mi cuerpo de una semana a otra.

Pasaron los meses y recuerdo tal y como si fuera hoy aquel día en el jardín. ¡Cómo olía el viento esa soleada mañana! Evoco la sensación de hierba mojada bajo mis pies desnudos… Mi mirada se pierde a través de la ventana.

De un jeep se bajaron dos oficiales del ejército. Caminaron hacia mí con las gorras bajo el brazo. Me entregaron un papel que decía: Muerto en combate. Perdí el conocimiento.

Tengo un recuerdo vago de todo lo que pasó, como un ruido de sirenas. Al abrir los ojos vi ante mí el rostro del médico y oí sus palabras amables, luego el de una enfermera que tenía mis manos entre las suyas, y por último el abrazo de mi madre cuando la dejaron entrar en la habitación. Por ella me enteré que fue demasiado tarde cuando se dieron cuenta de que nunca tendría la dilatación suficiente. Hicieron un corte, pero ya mi niño estaba muerto.

En ocasiones logro alejar de mi mente los pensamientos sobre el bebé y me concentro en algo que debo hacer. Estar ocupada es lo mejor para mí.

Hoy, por vez primera, no sentí la necesidad de llorar. Estuve todo el día lijando y barnizando la puerta de la calle. Una vecina me preguntó si mi padre era ebanista, si me había enseñado, porque estaba quedando muy bien. Le dije que no, en todo caso, mi padre siempre hablaba de tener la casa y los muebles en perfecto estado. Su filosofía era: nada roto en el hogar. Daba sensación de pobreza.

A mi amiga Bette le gusta cotillear de los demás y siempre tiene una opinión, un chisme, una anécdota, algo para entretener y hacerme reír, aunque termine llorando. Viene todos los días. Según ella es una persona comprometida con la vida y yo debería hacer lo mismo. Dice que va a tirar el diario un día de estos al cubo de la basura.

---0---

Para Alice encontrar aquellas palabras escritas fueron una verdadera sorpresa. La abuela nunca habló de ese primer matrimonio ni de haber perdido a su único hijo varón.

Ahora, en su honor, la nieta tiene esas hojas unidas y protegidas en un lugar destacado de la librería y como el más preciado de sus muebles en una esquina del cuarto de estar se encuentra, repleto de flores, el antiguo cochecito de bebé.

A todos llama la atención esos ramilletes que cada dos o tres días cambia en honor de aquella mujer fuerte, de sonrisa triste y abrazos alegres que aprendió a vivir con su cruz a cuestas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Juego de la Oca

15 octubre, 2024 por Akelarre 2 comentarios

el juego de la oca

El juego de la Oca

El juego de la oca es un pasatiempo de mesa para dos o más jugadores. Es un tablero con un recorrido en forma de caracol. Dependiendo de la casilla en la que se caiga, se puede avanzar o retroceder. Gana quien llega primero al «jardín de la oca», en la número 63.

Las originarias versiones comerciales aparecieron en la década de 1880 y estaban decoradas con motivos alusivos a la época. Se cree que el primer tablero fue regalado por Francisco I de Medici a Felipe II de España. El ejemplar más antiguo que se conoce data del 1640 y fue realizado en madera de origen veneciano.

Como en el Juego de la Oca, los personajes que se perfilan en los cuentos de este mes se enredan con las oportunidades que les da la vida…, a veces ganan y otras pierden.

Esperamos que disfrutéis con su lectura.

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

Al pasar ante un espejo o un cristal, Ambrosio no podía evitar mirarse. Siempre se llevaba una sorpresa. Le costaba reconocerse en ese hombre tonsurado, vestido de negro y de sonrisa afable. Algo parecido a la amargura le dejaba un sabor ácido en la boca.

Llevaba años siendo abad de una iglesia renombrada con feligresía numerosa y una congregación de mujeres llenas de fervor que, además de hacer el bien, se sofocaban con sus pláticas. Un santo, bisbiseaban. Un santo y un pedazo de hombre. Incluso, alguna osada, después de un oporto, se atrevía a confesar que si no llevara sotana…

Se veía obligado a ir a merendar a sus casas, que procuraba espaciar lo más posible sin que se ofendieran, situación en la que se lucían en una dura competencia de pasteles y delicias. Pero eran un buen soporte de la parroquia para otros menesteres y bondades, sin duda, se decía al alejarse de ese gallinero calentón y pesado. ¡Mujeres a él! Si fueran de otro pelo… Pero no, Ambrosio, todo eso pertenece al pasado y ese pasado, a Dios gracias y a su esfuerzo, había conseguido alejarlo. Casi olvidarlo.

Alguna noche, muy de vez en cuando, iba a la partida de cartas que jugaban en el casino o en la rebotica, pero procuraba no dejarse caer por ahí. Revivía el sabor cálido del alcohol en la garganta, la emoción de la apuesta, el sudor frío en las manos cuando ganaba. Temía perder la compostura, el control. Ya le había costado un puesto, hacía ya años, pero no quería volver a pasar por ahí, con la amenaza de que si volvía a suceder algo parecido sería expulsado de la Iglesia y quién sabe si excomulgado.

Entró en el seminario con los treinta cumplidos y un pasado turbulento a cuestas en el que no habían faltado broncas, deudas de juego, huidas, palizas, mujeres… Una vida muy poco ejemplar y en el fondo muy desdichada.

Una noche se había quedado a dormir la mona en el atrio de una pequeña iglesia. Acababa de huir de un tipejo mal encarado con el que jugó al inocente juego de La Oca, al que el hombre obligaba a apostar.

—El que llegue primero se lleva todo, y el que caiga en prisión o en la horca —se pasaba el dedo por el cuello simulando una degollación.

Le impresionó su rudeza y la seguridad que mostraba, como un matarife forzudo y decidido. Casi siempre ganaba él, tirando los dados con una precisión mágica. Ambrosio, envalentonado por el alcohol y las pérdidas, se atrevió a decirle que hacía trampa. El tipo tiró el tablero por los aires y le agarró por el cuello.

—Nadie se ha atrevido nunca a dudar de mi juego —su voz bronca apestaba a orujo—. Yo te maldigo. En este juego hallarás tu muerte.

Con la luz del día dándole en los ojos, después de la desagradable noche y el frío que pasó en el atrio, le despertaron unos golpes en el hombro y, asustado, dijo que ya se iba. El hombre que le miraba era un viejo de escaso pelo, mirada clara y sotana raída.

—Levanta, chico, que ya cantó el gallo.

Al ponerse en pie se tambaleó un poco, el sacerdote le sostuvo por el codo. Con sonrisa pícara le invitó a pasar y compartir el café. Le preguntó quién era, qué hacía, qué proyectos tenía y sin darse cuenta Ambrosio empezó a contarle su vida, más bien su deshecho de vida, concluyó agarrado a la taza ya fría.

—Pareces un buen chico, pese a lo que me cuentas —golpeó la mesa con suavidad—. Todo, menos la muerte, tiene solución.

Empezó a cuidar el jardín y don Lupercio, que así se llamaba el cura, le convenció que fuera al seminario. Así se apartaba del mal camino, podría devolver con el bien el mal hecho y siempre tendría un buen refugio en la Iglesia.

—¿Y la fe? —preguntó agobiado antes de tomar la decisión.

—La fe, hijo, llega o no llega —le puso las manos sobre los hombros—. Pero la vida sigue.

Y ahí estaba, hecho todo un abad, reconocido, admirado y hasta querido.

Una noche que aceptó la partida propuesta por el boticario en el casino, cuando llevaban ya un rato, oyó el ruido de los dados al ser movidos en el cubilete y sintió una gran aprensión. Se giró y ahí estaba ese horrible hombre, que, aunque envejecido su voz era la misma, así como el estilo de su charla áspera y tonante. Pensó que no le podría reconocer, pero cuando estuvo delante de su mesa con el tablero del juego bajo el brazo, se pasó el dedo por el cuello como la última vez que le vio.

—Esta vez no te librarás.

© Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

Llevaba en la sala de espera del Ayuntamiento desde hacía una hora. En cuanto la secretaria, pronunció su nombre, se levantó de golpe. Con paso feliz, elegante, entró en el despacho de la concejal. Esa mañana era la teniente de alcalde la encargada de recibir las visitas, cosa que a Elena no era lo que más le podía agradar. Aquella mujer tenía fama de ser muy cotilla. Mañana todos sabrán a qué he venido, pensó. ¡Le daba lo mismo! En el fondo estaba segura de que quienes la criticaban le tenían envidia. ¿Qué esperaban? ¿Acaso porque era viuda tenía que llorar una noche tras otra? Pues no. Últimamente las noches las utilizaba para disfrutar. Con una sonrisa, se subió el cuello de la camisa. Esperó a que la concejal, que escribía con verdadera atención en un papelito, levantara la cabeza. Después de unos segundos, se decidió a interrumpirla.

—Marta, no deseo entretenerte. Conozco lo ocupada que estás. Solo quiero que me des día y hora para que me case el alcalde. Quiero irme de viaje de novios antes de junio, por lo que necesito conocer, pero ya, el primer día que tiene libre.

—Bueno…, bueno. Las cosas no son así —la munícipe comenzó a colocarle la tapa a la pluma.

—Pues ya me dirás qué formulario tengo que rellenar —su voz sonó con un deje de retintín.

—No es cuestión de un formulario. Elena, tienes que ponerte a la cola, como todos en el pueblo. Pero ya te voy diciendo que hasta el mes de octubre el señor alcalde no tiene una fecha libre.

Con el bolso de charol negro encima de las piernas, Elena se llevó la mano al flequillo y se recolocó un rubísimo rizo por detrás de la oreja. ¡Qué seca era aquella mujer!, se dijo Recordó la última partida del juego de la Oca con su novio. Fue la noche anterior. Qué risa cuando le tocó la muerte. Menos mal que ella conocía cómo revivirlo. Sin borrar de su mente el resultado del juego, pestañeó con gracia. Cruzó las piernas y, con una sonrisa que la otra entendió como que le estaba tomando el pelo, añadió:

—Pues verás, bonita. No estoy dispuesta a esperar tanto, por lo que, si las obligaciones del alcalde le impiden tener diez minutos para casarme, dime quién de todos vosotros está libre. Por falta de ediles en este ayuntamiento no será. Digo.

—Elena, al alcalde le gusta ser él quien celebre las bodas.

—A mí también me encantaría. Pero si tengo que esperar hasta octubre, me da lo mismo que me case el alcalde, el ujier, o el sargento.

—No entiendo a qué tantas prisas —silabeó.

—¿Que no entiendes las prisas? ¡Ah!, claro. Ahora lo comprendo —suspiró profundo arrellanándose en el sillón.

—¿Qué es lo que comprendes? —inquirió Marta.

—Pues te lo voy a explicar: Tan poca prisa te has dado en la vida, tanta calma tienes, que te has quedado para vestir santos. Lo que tú llamas mis prisas, me hacen ir ya por el segundo marido, y eso porque no cuento a aquellos con los que solo me explayé un poco.

—Tienen que terminar —avisa la secretaria Alicia desde la puerta.

—O sea: me tienes de plantón mientas estás escribiendo algo tan importante que al menos debe ser tu testamento. Luego, cuando le pones el capuchón a esa pluma tan bonita, lo haces diciendo que no tienes fecha para mi boda, y ahora…, ¿te vas a atrever a echarme? ¡Pues sí que estamos bien! Pero no te preocupes —la señaló con el dedo—, que esto lo arreglo yo en un momento. Solo tengo que llamar a Engracia, ya sabes, la mujer del alcalde. Verás lo prontito que su hombre tiene una hora libre. O si no, mejor llamo al redactor del «Adelante Pueblo», y se lo cuento. Sí. Eso será todavía mejor.

—Mujer, no te pongas así. Espera un momento que voy a ver con calma todos los horarios.

Con la vista fija en la que Elena siempre supo era su mayor envidiosa enemiga respiraba agitada.

—¿Y con quien se casa, doña Elena?, si se puede saber —preguntó amable Alicia quien, a su lado, esperaba para acompañarla a la puerta. Ella se apoyó en el respaldo y la miró sonriente.

—Con Luis Gómez.

—Pero ¡qué me dice doña Elena! ¿Que se casa con el hombre más guapo del pueblo? ¡Qué suerte! Dicen que solo tiene un defecto, que no para de jugar a la Oca. ¿Es cierto?

Recordando las noches con el tablero encima de la cama, la mujer movió la cabeza sonriente. Para qué le iba a contar a esa niña lo que hacían cuando caía en la casilla 19, la de la posada, ¡tres noches con sus días encerrados en la casa! Aunque a ella casi le gustaba más caer en la 31, la del pozo. Tampoco estaba mal la del «y tiro porque me toca». ¡Pero qué divertido era jugar a la Oca con Luis! Nunca se lo habría imaginado, pensaba cuando le escuchó decir a la secretaria que hasta ella estaba enamorada de él.

—¡Ay, doña Elena! Cuando se lo cuente a mi madre… ¡Es que no se lo va a creer!

—Es verdad. Es muy guapo.

La teniente de alcalde se pasó la lengua por los labios. Un escalofrío le recorrió la espalda. Vamos, ni que tuviera miel en la boca, se dijo sin querer pensar en el único recuerdo que tenía de un beso.

—¿Pero no es mucho más joven que tú? —espetó la munícipe con los hombros encogidos.

—Mira que estás faltona —replicó Elena echando el cuerpo hacia delante—. Sí. No lo voy a negar, es cierto. Es más joven y mucho más guapo. Y también es un vago —al ver que Marta abría la boca con intención de contestar, levantó la mano—. No me digas nada. Todo lo que puedas decir lo sé: Tengo cuarenta años y él veintiséis. Según todos en este pueblo, estoy loca, y puede que sea así. ¿No lo estarías tú si hubieras estado casada con un borracho durante quince años? Ése del que todos decíais que era encantador y muy simpático. Los frutos de aquellos pesares ahora le servían para su boda. Sí. Sí, para casarme con ese que llamáis el tonto de la Oca y al que ninguna solterona hacéis ascos —la concejal levantó la cabeza y la miró con el ceño fruncido—. Verás que pronto lo entiendes.

La mujer apoyó los codos en la mesa, y con sus hermosos ojos bien abiertos, continuó. «Gracias a mi difunto marido, que el Señor lo tenga en su Gloria, porque a mí buena paz me ha dejado, heredé un perrito de aguas, la fábrica de papel, y el piso donde vivo. Además del chalé en Benidorm, tengo varios pisos alquilados. También poseo buenos y seguros valores en el banco. Conozco que de joven fui francamente guapa, y que a mis cuarenta todavía estoy de buen ver. ¿O no?».

—Sí. Pero la diferencia de edad…

—La diferencia de edad… ¿dices? —Marta asintió— ¿Y no crees que lo que yo aporto vale más que unos pocos años?

—Doña Marta —susurró la secretaria—, el concejal de Obras siempre anda comentando la ilusión que tiene de casar a una parejita enamorada. ¿Le pregunto qué día le viene bien?

—Pregunta, pregunta. Que podría ser que hasta quiera cambiarse por el novio —susurró la munícipe.

—Anda chica. Ese muermo te vendrá bien a ti, aunque antes tendrá que dejar a su mujer —replicó Elena airada.

—Ni de eso es capaz —susurró la secretaria mientras marcaba muy sonriente el número del despacho del concejal de Obras al tiempo que pensaba si sería cierto eso que contaban de la capa de plumas blancas que Luis se colocaba cuando le tocada eso de «de oca a oca y tiro porque me toca».

© Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

—De oca en oca y tiro porque me toca.

Maldito gordo, me va a ganar otra vez, aunque no me importa. Insiste en que juguemos todos los días a modo de terapia. No sé su verdadero nombre, lo llaman Soprano, por el protagonista de aquella serie. No sólo es grandote y fuerte, sino que fue (o sigue siendo) el jefe de una familia mafiosa.

Desde que ingresé, por algún motivo para mí ignoto, me cogió bajo su protección, y ninguno de los reclusos se mete conmigo, a veces hasta me invitan a un cigarrillo.

—Tira, hombre. Tienes que hacerlo con más ganas —ordena con ese tono bajo que lo caracteriza.

—Odio este juego y lo sabes.

—Por eso mismo, tienes que superarlo. Piensa que estás jugando con ella.

—Si por un momento te confundiera con esa puta, te mataría.

Tony esboza una media sonrisa y empuja los dados hacia mí antes de decir:

—No tienes motivos…, y yo te protejo.

—Ella nunca lo hizo.

Echa los hombros hacia atrás para enderezar su columna y golpea la mesa con los dedos, como si tocara el piano. A la espera de mi siguiente movimiento, pregunta:

—¿Fue siempre tan mala?

—Desde que era un niño. Cuando mi hermana mayor y yo enredábamos con las ollas, se acercaba y, después de gritarme que fuera a jugar al fútbol, de un manotazo tiraba todos nuestros cacharros al suelo.

Soprano me mira y menea la cabeza. Le doy lástima. En su mundo tampoco hubieran aceptado a un chico como yo.

No sé cuánto tiempo hace que está aquí ni cuánto le queda para cumplir condena. Tampoco cuáles fueron los cargos. No me interesa, es un buen amigo. Si es que se puede llamar así, pero es el tipo de relación que escasea en este entorno, por eso la valoro.

Se acerca un guardia para avisarle que tiene una visita. Será su hermana que le trae libros.

A Tony le ha dado por la psicología y en la biblioteca de la prisión es difícil encontrar libros de Freud o Jung. Y resulta que yo soy su paciente, practica conmigo. Será por eso que me cogió bajo su tutela.

Cuando regresa con unos volúmenes bajo el brazo, me ordena:

—A las seis. Mientras todos estos descerebrados estén viendo el partido de fútbol, nos encontramos en la sala de lectura.

—Allí nos vemos —respondo sumiso.

No sé cómo se ha agenciado de un par de cafés, no es la hora, pero ¿quién le negaría algo a Soprano? Dispone las tazas y lanza su primera pregunta de la sesión:

—¿Qué hacía tu padre?

—Era constructor.

—¿Y ella?

—Ama de casa, cotilla y chupa cirios.

Me mira expectante a la espera de mis palabras. Creo que sus estudios le están dando resultado.

La sala se inunda con los gritos de ¡goool!, que vienen del local donde está instalada la televisión. Tony enciende un cigarrillo a la espera de que se acallen.

—Continúa.

Obedezco:

—El día que, al regresar del colegio le dije que no iría a la universidad sino a una escuela de cocina, montó en cólera.

—Normal. Quería un hijo abogado o ingeniero, no un cocinero —reflexionó.

—Exacto. Dijo que era como ser bailarín o modisto, profesiones indignas para un hombre.

—Pero no le hiciste caso y terminaste abriendo tu propio restaurante.

—Y encima me casé con una de mis camareras. Una diosa: inteligente, trabajadora y que sabía seducir a los clientes. La hice mi socia —el recuerdo de Lucía me ilumina.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que te dejara por otro?

—Dos años…, tres. Era un cliente —tiro un dado. Tres puntos—. La verdad es que el hombre era guapo, elegante; de esos a los que la empresa les paga la comida. Dejaba buenas propinas.

Soprano mueve ficha. Da unos golpes en su casilla, expectante. Continúo:

—Me vine abajo. Bebía más de la cuenta; tuve algunas citas a ciegas, otras por internet, pero nada. Ninguna de ellas era Lucía. —Vuelvo a tirar—. Me transformé en un alcohólico y un día, uno de esos tipos que conoces en los bares de la noche me ofreció una raya.

—Y perdiste el restaurante.

—Primero pedí una hipoteca sobre el negocio, después otra sobre mi casa.

—Así fue como te quedaste sin nada.

—Exactamente. Y volví a casa de mi madre.

—¿Y tu hermana?

—Ella se había casado con un buen tío. Tenían dos hijos, no podía ir a joderles la vida.

Me da un ataque de rabia. Empujo el tablero y todo cae al suelo. No hay mucho estrépito, de haberlo, lo hubiera tapado los gritos de los futboleros.

Me levanto y recojo. Pongo las fichas donde presumo que estaban. Soprano me mira, creo notar una cierta piedad en sus ojos. Me disculpo:

—Lo siento. Jugábamos a esta mierda cada vez que yo volvía del bar cutre donde preparaba comida rápida —no levanto la vista. Me niego ver su expresión que intuyo de lástima—. Yo, un cocinero que aspiraba a una estrella Michelin, preparando hamburguesas y patatas fritas.

Tony está inmóvil. No interviene. Espera mi relato.

«Mientras jugábamos, repetía continuamente la misma cantinela: eres un inútil, siempre lo fuiste, ni para elegir mujer has servido…, y un montón de lindezas más con las que amenizaba nuestra diversión nocturna.

—Hasta que un día explotaste.

—Me di cuenta de que iba a hacerlo, por eso llamé a la policía —ahora sí levanto la vista. Lo miro a los ojos—. El funcionario que atendió el 112 no creía que iba en serio. ¿Quién llamaría para decir que va a matar a su madre?

Miro hacia la ventana por la que presumo cae la tarde. Los cristales están sucios. Lucía los hubiera limpiado. Nuestra casa siempre estaba impecable, olía a su perfume.

—Y al final, ¿aparecieron los maderos? —Inquiere el mafioso.

—Demasiado tarde, ya le había seccionado la yugular con mi cuchillo de cortar carne. Siempre los tuve bien afilados.

Soprano se echa hacia atrás en la silla, está a punto de lanzar el dado, pero se detiene. Empuja el tablero y apoya sus manazas sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

—Para nada. Estoy mejor aquí que con esa zorra amargada. Además, de no haberlo hecho, no te hubiera conocido.

—No me hagas la pelota, cocinero. Eso ya lo hace el resto de los reclusos.

Tiro el dado y esta vez soy yo quien dice con una sonrisa: «de oca en oca y tiro porque me toca». Él lanza una carcajada.

Me levanto de la silla, siento el cuerpo ligero; antes de llegar a la puerta me doy la vuelta y propongo:

—¿Mañana, después del desayuno?

© Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

Cuenta la leyenda que el juego de La Oca fue creado por los templarios en el siglo XII, inspirándose en el Camino de Santiago. Eso comentan. A mis nietas les encanta y cada tarde le dedicamos un buen rato.

Hoy los recuerdos se me agolpan. Vuelvo a aquella época cuando, muy ufano, me fui a Roncesvalles. Alquilé una bicicleta, sin acordarme el trabajo que cuesta sortear el abismo que media entre las aspiraciones y las aptitudes de uno.

Antes de comenzar el Camino entré a ver a la Virgen. Cuatro hombres y dos mujeres esperaban a que los religiosos terminaran de rezar los «laudes». Estaban sentados, cada uno en un banco, eso demostraba que no se conocían. Al finalizar los rezos, un sacerdote nos dio la Bendición.

—Venga, abuelo, te toca tirar.

Salí de la Iglesia. Cada cual tomó su camino. Me puse la mochila a la espalda, pero en vez de subirme a la bicicleta se me ocurrió que habiendo leído que la Colegiata era el único ejemplar en España del gótico francés, lo menos que debía hacer era visitarla.

Dicen que la edificó el rey Sancho VII El Fuerte, el que medía dos metros y le tuvieron que enterrar con las piernas cruzadas. ¡No cabía en el ataúd! Este rey participó en la batalla de las Navas de Tolosa y de allí se trajo unas cadenas que desde entonces forman parte del escudo de Navarra. No pude ver la famosa esmeralda de Miramamolin, ni el Ajedrez de Carlomagno. No recuerdo el motivo.

Después de saciar mi curiosidad me dirigí a Burguete, es un pueblo con techumbres a cuatro aguas. Así que seguí hasta el Espinal. Las casas son muy parecidas al anterior. Lo dejé atrás.

Ante mis ojos apareció Viscarret y aparqué cerca de una de las señales del camino. Un buen bocadillo de jamón y queso, aderezado con vino era lo que me apetecía. Con la barriga llena y cantando seguí mi rumbo. Llegué a Zubiri, nada más entrar me topé con una señal: Puente medieval y albergue de peregrinos. Lo que buscaba. Me voy a cenar. Mañana será otro día.

−Abuelo, has caído en el puente, tienes que ir a la Posada y pierdes el turno.

−¿Qué?

Siempre he tenido fama de tramposo en los juegos de mesa, pero esta vez estoy alelado recorriendo el Camino a la vez que juego.

Al día siguiente, suena el despertador a las cinco y media de la mañana. Me levanto con agujetas. Esto de pedalear tiene estas consecuencias. Continúo mi camino y encuentro a dos ancianos de unos noventa años que hablan de sus cosas. Presto atención. Uno de ellos es hermano del que fue cura durante cuarenta años en ese pueblo. Hablan de la Guerra Civil y de cómo está la juventud. El otro cuenta que su padre murió en la Guerra de Cuba.

−¡Eh, abuelo! Espabila.

Tiro el dado con desgana y caigo en la casilla de la cárcel. Tendré que dejar pasar dos turnos.

Llego al refugio de Trinidad de Arre. A los peregrinos que iban andando y en bicicleta les he perdido de vista. Yo voy a mi aire. A ver, ¿es culpa mía pararme a contemplar esas buganvillas, ese derroche de colores que encuentro por el camino?

−Abuelo, ¡despierta!

Mi hija, como siempre, mete baza, la escucho aunque habla bajo: Hay que ver lo cargantes que son los hombres. Si no fuera porque debemos perpetuar la especie se podría prescindir perfectamente de ellos.

No me molesto en contestar. Tiro el dado y con tan mala suerte caigo en la casilla de la Calavera: tengo que volver a la casilla número uno.

−Abuelo, ¿qué te pasa, hoy?

−Es que estoy pensando en el cantar de los ríos, en las iglesias románicas donde se escucha el silencio, en la tierra reseca que aguarda la tormenta...

Mi prosa poética ha sido interrumpida por un grito atronador:

—¡He ganado! —y frente a mi deteriorado oído, chilló— ¡Soy la mejor!

Es la mayor de mis nietas que es idéntica a su madre. La pequeña se tiró al suelo y se echó a llorar. Y yo, de pronto, no me explico qué me ha pasado. ¿Cómo es posible que me haya dejado ganar?

© Marieta Alonso

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Mosaico romano

15 septiembre, 2024 por Akelarre 4 comentarios

mosaico romano

Mosaico romano

Cuando los romanos fueron conquistando las regiones de Asia Menor y Grecia a lo largo del siglo II A.C., la obra de mosaico era ya común en todo ese mundo. Este arte traspasó con facilidad la ciudad de las siete colinas, comenzando así un género artístico-industrial del que hicieron una verdadera especialidad. Se extendió de tal forma que puede decirse que no hubo casa o villa donde no los hubiera.

Al principio se hacían para decorar los techos o las paredes y pocas veces los suelos porque se temía que no ofrecieran suficiente resistencia. Pero más tarde, cuando llegó a la perfección, descubrieron que se podía pisar sin riesgo y comenzó la moda de hacer pavimentos de lujo. Eran para ellos como una alfombra persa.

Hay que destacar los de la ciudad de Rávena del siglo VI, que nos dan una idea de la perfección alcanzada y que han sido considerados Patrimonio de la Humanidad.

Para las escritoras de Nuevo Akelarre han servido de inspiración para situar historias familiares, de amor o de un sueño cumplido.

Herencia

Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Herencia

Cristina Vázquez

En la casa de mi abuelo el misterio se colaba por todos lados. Había una sucesión de amplias estancias, en las que apenas entraba la luz, llenas de muebles tapados con sábanas que nos asustaban por su aspecto fantasmal. A pesar de ello, era uno de los lugares favoritos para jugar a tinieblas o al escondite. En el sótano había un taller en el que durante la semana trabajaban artesanos haciendo copias de vasijas y esculturas clásicas que luego vendían. Nunca pretendió que se consideraran auténticas ya que llevaban la firma con su nombre: Augusto. Eran obras de reconocido prestigio con mucha demanda en el mercado.

Los fines de semana con él o las temporadas de verano que nuestros padres nos aparcaban allí a mis dos hermanos y a los tres primos, éramos felices. Nos sentíamos libres descubriendo sitios nuevos en esa inabarcable casa, casi un palacio, y en el gran jardín que la rodeaba. Todo ofrecía novedad y misterio. Teníamos, eso sí, que cumplir férreamente los horarios impuestos, la misa diaria en la capilla y por las tardes, dos horas dedicadas a manualidades en el taller.

—Tener las manos y la cabeza ocupadas en algo creativo salva de muchas tristezas —nos repetía mientras vigilaba cómo realizábamos las tareas impuestas.

Nos iba probando en los distintos menesteres: modelar barro, cocerlo y pintarlo. Crear pequeñas esculturas, pintar guirnaldas, preparar teselas y componer mosaicos a nuestro gusto. Él se paseaba de un lado a otro observando cómo desarrollábamos el trabajo indicado y nos corregía y enseñaba. Era un hombre alto, delgado y apuesto, vestido con una anticuada corrección y pese a que su aspecto asustaba un poco a los desconocidos, con nosotros era amable y exigente a la vez.

Lo que más me gustaba hacer eran los mosaicos. Ir juntando los colores y ver como de esos montones confusos surgía una escena, un animal, un paisaje me llenaba de excitación y contento. Al ver que tenía una auténtica afición y aptitud para hacerlo me fue mostrando modelos cada vez más complicados, hasta llegar a una maestría que mi abuelo consideró ya se podían vender mis obras.

—Eres una artista, querida niña —vi en sus ojos emoción y orgullo.

Un día, yo tenía ya casi veinte años, me llamó para decirme si no me importaría ir a verle lo antes posible, pero después de las seis que era cuando se marchaban los artesanos. Al día siguiente, llena de curiosidad, me acerqué a su casa que estaba a las afueras. Me resultaba extraño estar entre semana él y yo solos en la casa tan vacía. Me esperaba en su despacho lleno de antigüedades: piezas de cristal, de cerámica, figuras primitivas… Adoraba ese santuario al que habitualmente no nos dejaba entrar. Al verme, se levantó con cierta rigidez y se acercó sonriente.

—Mi nieta preferida —era una antigua broma entre nosotros—. ¿Por qué lo serás?

—Porque soy la única chica, abuelo.

Nos observamos un momento antes de abrazarnos. Noté que algo se había vuelto frágil en él. Estaba más delgado, tuve la certeza de que podía descifrar su imponente osamenta. Observé un ligero temblor en las manos al quitarse las gafas y eso me inquietó. Que me sentara en el sillón frente al suyo, me indicó con cortesía.

—Tengo una importante propuesta que hacerte —su voz era seria—. No estás obligada a aceptarla.

Sentí que las mejillas se me enrojecían, siempre que algo me emociona me pongo del color de la grana. Lo odio, pero no lo puedo remediar. Podía tener consecuencias y no todas buenas, desde luego. Entonces tuve un sobresalto y cierto temor. No podía imaginarme nada peligroso en su vida o que proviniera de él.

—No me asustes, abuelo.

—No lo pretendo, pero tienes que ser consciente de la decisión que puedes o no tomar.

Le adoraba. Para mí representaba el modelo de persona y de hombre que esperaba encontrar alguna vez. Siempre correcto, ingenioso, elegante, un caballero clásico y encantador.

—Adelante —contesté heroica—. Veamos de qué se trata.

Se levantó apoyándose en los brazos del sillón y cuando alcanzó su estatura, estirándose la chaqueta, me dijo solemne que le siguiera. En una de las paredes de su despacho, cubiertas por librerías, apartó un tomo de la Divina Comedia y apretó un resorte que hizo que esta se deslizara hacia un lado. Se abría a un pasadizo estrecho que iluminó con la linterna y después de dar diez pasos, se giró hacia mí, que no lo olvidara son diez pasos exactos. Tocó la pared y se abrió una puerta hacia una estancia cerrada. Enseguida encendió una luz pequeña, como de emergencia y me pidió que abriera las contraventanas. La luz entró y descubrí la maravilla que ahí se encerraba.

—Este es mi museo particular —hizo un amplio gesto con la mano—. Todo es auténtico.

Recorrimos juntos el increíble lugar mientras él explicaba qué y de dónde era cada obra. Todo era legal, aclaró, lo había encontrado aquí y allá en sus viajes de hacía mucho tiempo y antes los Estados eran más libres, no fiscalizaban tanto. Por fin llegamos frente a un mosaico que representaba la cabeza de un joven. Me quedé boquiabierta.

—¡Qué belleza!, abuelo —me acerqué a él—. Y el chico… Es igual a mi hermano Andrea.

No pude contener las lágrimas. Parecía que el tiempo se había detenido en esa hermosa cabeza para revelarse ante nosostros dos mil años después.

—Quiero que lo copies —me sujetó la cara por la barbilla—. Solo puedo confiar en ti.

Se giró lentamente. Todo esto lo iba a donar al Museo, todo menos el mosaico.

—Quiero que sea para ti y entregaré la copia —me miró largamente con los ojos algo desvaídos.

Si descubrían que era falso, podía tener desagradables consecuencias, pero confiaba en la perfección de mi trabajo.

—Es mi deseo y mi herencia, porque estará en las únicas manos que lo merecen.

© Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

La casa donde yo veraneaba pertenecía a la familia de mi abuelo desde siempre. Nadie era capaz de decir desde que siglo la poseían. Era tan antigua que, según él, había sido construida por los romanos. Y también contaba que fue mi abuela Encarna quien la renovó. La señora debió ser un tanto peculiar. Según ella, Encarna, era un nombre de aldeana, viejo, y nada atractivo. Al parecer le molestaba tanto que decidió que todos la llamaran Zelda. Ese apodo que le gustaba tanto había pertenecido a una escritora norteamericana de los años veinte, quien, al parecer, allí por donde pasaba la armaba parda. Y, además de a la escritora, había pertenecido a mujeres guerreras con gran personalidad, como la de ella, decía señalándose el pecho con un dedo. Como puede ver la humildad no era su fuerte. Pues volviendo a lo que le contaba, mi abuela odiaba todo lo que fuera viejo, antiguo. Porque en España, decía, lo antiguo es horroroso, cosa que no sucede en Inglaterra ni en Italia. Algo de razón llevaba, creo yo. Pues bien, ella, huyendo de cualquier cosa antigua, reformó la casa. Lo malo fue que apenas pudo disfrutarla, pues falleció al caer en un estanque de la antigua villa que ella había querido convertir en piscina.

Lo que según mi abuelo era una villa romana, pasó a ser una especie de engendro que quería imitar a las casas que Zelda veía en el cine, en aquellos momentos sin color. Comenzó cubriendo los suelos con un damero de mármol blanco y negro, continuó llenando las paredes de escayolas que formaban figuras geométricas. Por último, intentó cubrir las columnas del porche con gresite, unas piezas cuadradas de cristal que se comenzaban a fabricar entonces. Pero eso no lo consiguió. Sin conocer el motivo, como si las columnas se negaran a que las recubrieran con aquellos horrorosos cristales, a las pocas horas de haber pegado los cristalitos, éstos aparecían en el suelo. Ella nunca supo que fue mi abuelo quien, después de hablar con los albañiles y tras una generosa propina, los animó a que los diversos materiales con que intentaron pegarlos no fraguasen.

Aquel verano mi abuelo cumplía en el mes de agosto cien años. Aunque estaba en plenas condiciones físicas y mentales, ése y no otro fue el motivo por el que mi padre y sus cinco hermanos decidieron pasar el verano en Villa Zelda, nombre con el que la abuela rebautizó la casa.

Fue durante esas vacaciones en que nos reunimos todos los primos, en total dieciséis, cuando el abuelo nos pidió que le ayudáramos a desenterrar al hombre de las melenas. El susto que debió de aparecer en nuestras caras lo hizo reír. Que no nos preocupáramos, no era un muerto, dijo en medio del ataque de tos que le había producido la risa. Nunca había dejado de fumar sus cigarros puros. Cuando serenó la tos nos dijo que debajo de suelo del salón había un mosaico romano. Vuestra abuela Zelda lo odiaba tanto que decidió taparlo. Y yo, a pesar de la barbaridad que iba a acometer, la vi tan feliz con la idea que no fui capaz de negarme.

Con gran secreto esperamos a que nuestros padres subieran a la montaña de San Antón, excursión que no podían dejar de hacer todos los años. Lo cierto es que las vistas del mar desde aquella colina son francamente bonitas.

En cuanto los seis matrimonios desaparecieron por la puerta, y como nada puede agradar más a un niño, ni a un joven, que un cincel y un martillo, dirigidos por mi abuelo, como la más disciplinada de las cuadrillas de albañiles comenzamos a dar golpes en las esquinas de las baldosas de mármol hasta levantarlas. ¿Con cuidado!, gritaba el abuelo, no vaya a ser que lo rompamos.

Todos dormíamos cuando aparecieron los mayores de vuelta de su excursión. Alucinados, vieron que las baldosas de mármol, por colores, es decir, las negras a un lado de la habitación y las blancas al otro aparecían apiladas contra las paredes. Y que en el centro del salón, sin ningún daño aparente, un mosaico de pequeñas teselas de piedras de colores casi cubría todo el suelo de la habitación. El dibujo del centro del mosaico representaba la cabeza de un hombre, con dos pequeñas alas a modo de corona.

Mirad, dijo mi padre. Es la imagen de Júpiter. ¿De Júpiter?, inquirió mi madre volviéndose hacia él con guasa. ¿De verdad crees que es la representación de Júpiter?, apuntilló. Luego de unos segundos continuó: Pues yo creo que es la viva imagen de tu padre, la tuya Alberto, dijo señalando a mi tío, y la de varios de nuestros hijos.

© Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Mi madre es una de esas personas que persiguen la cultura en grupo, como si resultara peligroso encontrársela a solas. Con ese motivo fundó el Ateneo de las Flores, una asociación compuesta por ella misma y otras indómitas cazadoras de erudición. El  nombre de dicha sociedad provenía de sus integrantes, bueno…, de los que habían adoptado, ya que el de mi progenitora era Eulogia y, como lo odiaba,  se hizo llamar Rosa. Las demás, cual fieles corderitos, siguieron el ejemplo de su presidente y adoptaron distintos apodos.

Entiendo que uno de sus fundamentos era alejarse del hogar lo más posible, aunque nos arrastraban a mi hermana y a mí, así como a los vástagos de las Camelias, Hortensias o Gardenias del grupo para que los maridos no les recriminaran nuestro abandono. Para ello nos subían a un bus que alquilaban para cada oportunidad y repartían folletos redactados por ellas sobre el tema que versaba la excursión de ese mes, que teníamos que aprender antes de llegar a destino. Y la mayoría de las veces hacer de apuntador cuando se les olvidaba el argumento.

Pese a su supuesta ilustración, cuando intentaban hablar de algo fuera del cotilleo habitual, se les enredaban las palabras, como si éstas se espantaran del significado que querían darles, huyendo asustadas hacia la seguridad de un diccionario.

La tarde en que mi madre las convocó para presentarles a Mateo, el diseñador y corrector de los cuadernillos, las flores quedaron con la boca abierta. «Es igualito a Tadzio», dijo una de ellas y me apresuré a investigar de quién hablaba. Se refería a un personaje de la novela de Thomas Mann, La muerte en Venecia. Me sorprendió la sapiencia de la señora, hasta que descubrí que no habían leído el libro, aunque sí visto la película de Visconti. Mi curiosidad me llevó a buscarla en YouTube y darles la razón: el joven era muy parecido a ese actor con formas perfectas. No había visto nunca algo tan logrado en la Naturaleza ni en las artes plásticas. Yo también caí bajo su embrujo. Algo en su mirada, por momentos lánguida, por momentos incisiva, me inquietaba.

Tiempo después, él organizó una salida para visitar una antigua villa romana que conservaba cantidad de mosaicos en muy buen estado. Fue un auténtico regocijo disfrutar de aquellas obras. Una me encandiló por encima de las demás: el rostro de un hombre que nos vigilaba desde la eternidad como si quisiera penetrar en lo más profundo de nuestro ser. En la tienda de suvenir que había a la salida, compré una reproducción que colgué en mi cuarto, frente a mi cama. Era lo último que veía antes de cerrar los ojos y lo primero al abrirlos a la mañana siguiente. Más tarde descubrí que esos ojos, aunque fueran de otro color, y esa manera de escudriñar el alma, me recordaban a Mateo. Fue cuando tuve mi primera polución nocturna.

No fui el único en enamorarse de Tadzio; mi hermana le preparaba galletas, mi madre y sus amigas acudieron a un centro de belleza para quitarse años y hasta Yuma, la perra, movía la cola cuando lo oía llegar.

Sin embargo, yo creí ser su preferido. Dábamos largos paseos durante los cuales compartíamos nuestros sueños de futuro; me recomendaba libros y alguna que otra noche nos quedábamos hasta la madrugada viendo películas clásicas. Con él aprendí el valor de los silencios, de los gestos sin palabras, de un horizonte más allá de lo obvio.

Hasta que un día nos informó que había conseguido una beca para estudiar diseño en Boston. La primavera se cubrió de niebla y los gorriones dejaron de cantar, parecía como si el brillo que depositara en nuestras vidas hubiera desaparecido y todos nos moviésemos como fantasmas perdidos.

Yo seguía contemplando el poster, preguntándole qué había hecho mal para que me abandonara sin siquiera haberse enterado de mi amor por él. Constaté que era el único que sufría su ausencia, porque el Ateneo de las Flores reemprendió sus actividades con otro cicerone.

Años más tarde, a punto de ir a la universidad, cuando desarmaba la habitación de mi niñez, me detuve ante el poster del hombre del mosaico romano. Al descolgarlo descubrí una nota al dorso en la que pude leer: «Te quiero. Mateo.»

© Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Antonio, el que fuera albañil de mi pueblo, con el tiempo pasó a ser el artista más apreciado. Todo lo que se le ocurría lo ejecutaba a la perfección. Trabajo no le faltaba.

Desde hacía unos cuantos años, bien temprano en la mañana, iba a la azotea de su casa. Se sabía que estaba allí por el eco de sus pisadas y por el ruido de las herramientas. Con manos temblorosas miraba el papel arrugado y volvía a ponerlo en el bolsillo. Los niños le saludaban desde la acera de enfrente, pero no los oía, se había vuelto medio sordo desde que se le rompieron las gafas.

¿Para qué tanto esfuerzo? Aquella pregunta fue tan repentina que se dejó llevar por los recuerdos.

Desde niño soñaba con ese período de la historia, con esas siete colinas, con el río Tíber… Nada, eso era hablar por hablar. Lo que en verdad le gustaba era su fotografía. La primera y única vez que salió de viaje fue a Italia, en un trayecto en el que cada noche dormía en una ciudad diferente, diez días, diez ciudades. Pero en una de ellas le llevaron a una domus y vio ese mosaico al que hizo una foto. Ya no hubo ni iglesia, ni basílica, ni foro, ni arco, ni circo que llamara su atención. En aquel instante supo que debía reproducirlo. Tallar las teselas le llevó bastante tiempo. Cuando las tuvo, las dispuso como un puzle dependiendo del tamaño y el dibujo. Ya solo le quedaba un esquinazo para terminar.

Pasaría a la posteridad. Tremenda sorpresa se iban a llevar sus vecinos cuando encontraran aquella maravilla el día que Dios quisiera llevarle a su vera.

Y si…, ¿pidiera permiso a San Pedro? Disfrutaría mucho viéndoles las caras.

© Marieta Alonso

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El acantilado

15 agosto, 2024 por Akelarre 2 comentarios

acantilado

El acantilado

Un acantilado es un accidente geográfico que consiste en una pendiente o una vertical abrupta. Solemos llamar así a los de la costa, pero también pueden considerarse como tales los que están en montañas, fallas y orillas de los ríos. Se forman, en general, al estar compuestos por rocas resistentes a la erosión y al desgaste de la acción atmosférica.

Tienen ese punto majestuoso e inquietante que ha despertado la imaginación de nuestras autoras en la extraña desaparición de un amigo; el temor que originan en una niña; un encuentro tan mágico como inoportuno y la búsqueda de un ser amado en el arcoíris.

Noche incierta

Cristina Vázquez

La familia Barrientos

Malena Teigeiro

Encuentros inesperados

Liliana Delucchi

Más allá de los ojos

Marieta Alonso

Noche incierta

Cristina Vázquez

Pasear por el acantilado era uno de los planes de verano preferidos, entre otros motivos por ser un lugar prohibido para los niños. Roger regresaba de nuevo a pasar el descanso estival, después de un largo periodo en el que se había negado a volver.

Muy en contra de su deseo, las súplicas de sus hijos por reabrir la casa familiar le decidieron a hacerlo. Aunque exigió que cumplieran a raja tabla la prohibición oficial de acercarse al borde del acantilado, bajo pena de multa cuantiosa y control con cámaras de los lugares de peligro.

Instalarse después de tantos años, resultaba incómodo al tener que airear, reponer y restaurar lo que había permanecido abandonado. El recuerdo de su marcha, casi una huida, le trajo al presente la cantidad de cosas que permanecían igual que las dejó, como si el tiempo se hubiera paralizado.

El entusiasmo de sus hijos y la paciencia de su mujer, fue lo único que lo animó a seguir adelante y, poco a poco, tranquilizó su espíritu y se sintió satisfecho de haber sido capaz, como se decía tantas veces, de haberse enfrentado a esa realidad. Sabía que dándoles cara era la única manera de solucionar los problemas. Y ahora, por fin, lo estaba haciendo. Reconoció que contemplar la grandiosidad de este litoral volvía a enardecer sus sentidos y a elevarle al agradecimiento por la belleza otorgada. Sintió una emoción largo tiempo adormecida por la parte de sufrimiento que implicaba. Ahora todo era diferente y pudo rescatar, tras largo tiempo, los momentos felices que pasó en ese lugar.

La primera noche que pudieron cenar en la casa, tras pasar unos días en el hotelito del cercano pueblo, advirtió severo a sus hijos.

—Podéis hacer lo que os guste, pero… —levantó un dedo patriarcal—, la única prohibición es la que, por fin, marca la ley, y es no acercarse a los lugares de peligro que están indicados.

Su mujer le miró extrañada.

—Caramba, Roger, pareces un policía de teleserie —exageró su tono—. Así que, cumplid el mandato paterno y el de la ley.

Se echó a reír hasta que la severa mirada de su marido la detuvo en seco. Exactamente es eso lo que tenían que hacer, si no se iban en ese mismo momento y no volverían nunca más. Dio un palmetazo sobre la mesa y se levantó con brusquedad. Salió y el ruido al cerrar la puerta atronó el silencio que se había producido. La mujer y los dos chicos se miraron con extrañeza. Roger era un hombre que siempre mantenía la calma y aunque sus exigencias hubiera que cumplirlas, en general, eran razonables y aplicaba más un castigo justo que una regañina a destiempo.

Esperaron un rato mientras acababan de cenar, pero Roger no aparecía. Pasadas un par de horas, Susan, inquieta mandó a los hijos a la cama y se sentó a esperar con una novela de misterio que no le implicaba gran atención. La primera llamada que hizo al móvil sonó en el dormitorio. Inútil. Se quedó medio dormida hasta que la espabiló el ruido de la puerta. Ahí estaba Roger, al fin. Se levantó precipitada y se abrazó a él. ¿Qué había pasado?, ¿por qué se marchó?, no tenía derecho a hacerle eso. Y mientras entremezclaba sus críticas y preguntas se percató de que Roger, impasible, olía a alcohol. Se fue tambaleando a la cama y susurró

—Mañana. Te lo contaré mañana.

Al día siguiente amaneció con jaqueca, ojos irritados y una expresión cansina. Los niños estaban en una clase de tenis y Susan en la cocina con un café bien cargado.

—Espero tu explicación —soltó con tono irritado.

Él se sentó pesadamente a su lado y le puso una mano sobre la suya. Lo primero era disculparse, se había comportado como un imbécil. Se frotó la cara.  Se levantó de la mesa y frente a la ventana, dando la espalda a su mujer, empezó.

—No he querido volver porque aquí se mató, creo —se giró un poco—, Mat, mi mejor amigo.

Susan puso cara de extrañeza. Roger volvió a mirar de frente. Jugábamos de niños a pasear por ahí a escondidas de nuestros padres. Éramos cuatro amigos inseparables, Mick, Edward, Mat y yo. Esa noche, siendo ya todos universitarios, nos fuimos a beber a la taberna del pueblo y a celebrar nuestro reencuentro estival. Volvió a la mesa y siguió mirando por la ventana. Decidimos ir al acantilado como hacíamos de pequeños. Mat no quería, dijo que era una noche desapacible y que ya tendríamos tiempo de ir.

—Todos insistimos —bajó la cabeza—. Yo el que más.

Le llamé cobardica, nenaza. Aunque había sido el más débil de los cuatro, nos superaba a todos en ingenio y brillantez. Al final accedió y hacia ya fuimos entre bromas, empujones y gritos de borrachillos. Empezamos a correr por el borde. Gallina el que no se acerque más. Mat, siempre prudente y al que el plan le parecía estúpido, permanecía retrasado. Tanto lo abucheamos que al final dio una carrera hasta el borde, abrió los brazos y saltó. Se tapó la cara con las manos.

—Desapareció. Oímos un terrible grito.

Los tres nos asomamos, pero no veíamos nada. Pensamos que era inútil acercarnos a la policía. Era imposible sobrevivir, nos dijimos. Al día siguiente nos fuimos, huimos. Esta casa ya era solo mía pues mis padres se fueron a vivir a Francia por esa época. Nunca más nos volvimos a ver ninguno de los tres.

—Lo que me descompone es que tampoco vi una esquela de Mat, ni nadie comentó su desaparición.

Pidió a su mujer que le diera un vaso de agua. El otro día, continuó con voz ronca, vio en el metro a alguien que hubiera podido ser él de adulto. Me miraba fijamente.

A lo mejor aparecía por aquí.

© Cristina Vázquez

La familia Barrientos

Malena Teigeiro

Nunca me gustó la caleta que recogía la mole del acantilado. Era como estar en una prisión. Sin embargo, a mi familia le encantaba. Según mi madre era el sitio ideal para pasar el día. Allí, decía, sin desatender a mi padre ni a mi abuelo, podía vigilar a sus hijos. Éramos siete. Yo, simplemente, era la cuarta. Era esa clase de hija que uno nunca sabe qué hacer con ella. En el caso de que a la familia le interesase tener hijos mayores, ahí me encontraba yo. Pero si se trataba de ahorrar en ropa o de cualquier cosa por el estilo, era de los pequeños. ¡Siempre aprovechando los vestidos de mis hermanas mayores!

Pero continuemos con el acantilado. Aquella mole de piedra rubia no me gustó nunca, me agobiaba. Y por si fuera poco esa angustia, la orientación de aquellas paredes de piedra no le permitían al sol calentar la arena más allá de un par de horas. Y eso, susurraba mi madre, era una suerte. Así, decía con las cejas elevadas, aunque pasásemos un poco de frío, ninguno de sus hijos tendría cáncer de piel. Ella se sentía orgullosa de su sapiencia. Y continuaba señalándonos con un dedo: Además, como hay bastantes olas, vosotros los varones mayores, aprenderéis a surfear.

Todos aquellos razonamientos no me convencían, por lo que siempre estaba mirando hacia arriba. Si aquella pared se derrumbaba y caía sobre nosotros ni siquiera se iban a molestar en buscarnos, barruntaba mi mente infantil. Aún más. Aunque alguien supiera que estábamos allí abajo, sería imposible retirar la cantidad de piedras que se habrían desprendido, sobre todo porque el alcalde de ese pueblo era muy tacaño. Estaba segura de que no se iba a gastar el dinero en una familia como la mía, sin importancia. ¡Qué triste!, razonaba derramando litros de lágrimas mientras llenaba mi cubo con arena para hacer un castillo. Y veía aquella caleta cubierta por los pedruscos de un acantilado que, aburrido de tanta soledad, había decidido desaparecer convirtiéndose en la tumba de una familia completa. Y era tal mi tristeza al pensar que nunca nadie sacaría de allí abajo el cuerpo de una niña, el mío, entre otras cosas porque nadie tendría conocimiento de ello, que decidí dejar unas señales. Así, si nos pasaba algo, alguien podría llegar a encontrarnos. Y quizá alguno de nosotros todavía estuviera con vida. Por ejemplo, yo. A partir de entonces cada vez que íbamos a pasar el día a la caleta, iba atando lazos de colores en las plantas, justo hasta que comenzaba el caminito de bajada.

Como era lógico nunca se desplomó el acantilado sobre la familia de Juan y Lucía Barrientos. Pero lo que sí sucedió fue que una tarde que mis hermanos, mamá, papá y el abuelo dormían la siesta, como la dormían ellos siempre, con un sueño que más parecía el de la muerte, llegó una gran ola. Una de esas que, sin que nadie supiera por qué, aparecían todos los veranos. Y yo, siguiendo mi costumbre de vigilar la muralla de piedra, era la única que se encontraba despierta. Jugaba en la orilla con mi cubo cuando, sin que nadie lo percibiera, fui envuelta por aquella manta de agua.

Tardé varios días en aparecer, y cuando lo hice casi me enterraron directamente. Estaban agotados después de una búsqueda tan larga, escuché que decían. Ellos nunca lo sabrán, pero a mi esa actitud me molestó bastante. Me hubiera gustado ver llorar alrededor de mi féretro a mis profesores, escuchar decir a mis padres lo buena hija que era, y a mis compañeros de clase que era una amiga generosa y simpática. ¡Hasta me hubiera hecho feliz sentir llorar a aquellos a los que nunca caí bien!

A partir de entonces, mi familia dejó de ir a la caleta que estaba debajo del acantilado. Les traía malos recuerdos. Ahora van a otra playa. A una de esas que no protege ningún acantilado, de las que tienen casas muy altas a un lado de la arena y al otro el mar, de esas que están tan llenas de gente en las que hasta hay un señor en una torrecita vigilando que ninguna ola se lleve a un niño.

Y aunque veo que mi madre se ríe, y mi padre y mi abuelo también, noto en ellos como una cierta tristeza. Posiblemente sea porque no me despidieron como debían.

Aunque quizá sea porque me echan de menos, pienso mientras los vigilo.

© Malena Teigeiro

Encuentros inesperados

Liliana Delucchi

Olivia levantó la vista del teclado y miró por encima de la pantalla. A través del ventanal, el cielo brillaba azul y nubes algodonosas jugaban con el viento. Más lejos, el mar. Fijó la vista en un grupo de personas con palas y herramientas excavando dentro de un cercado. ¿Qué estarán buscando?

Había alquilado esa confortable casa a un par de kilómetros del acantilado con el único objetivo de terminar su novela, sin más compañía que su perro y el móvil, aunque afortunadamente este último sonaba poco.  Sólo las llamadas crepusculares de Samanta, su mejor amiga.

Se quitó las gafas de cerca para enfocar mejor lo que estaba ocurriendo en el barranco. Ya lo averiguaría por la tarde, durante el obligado paseo con Rex. Era una mujer de cuarenta años, estatura media y complexión esbelta. Sus ojos eran inquietos y brillantes, de un tono pardo, casi del mismo color que su pelo. Tenía un modo peculiar de fijarlos sobre un objeto y sostenerlos allí, como si estuviera perdida en un laberinto interior de contemplación o pensamiento. En ese instante estaban detenidos en una cuadrilla de trabajadores que, de pronto, habían cambiado la fisonomía del paisaje. Sintió que la intriga podía más que el desarrollo del escrito y llamó a su perro.

—Vamos, cariño. Hoy adelantaremos nuestra excursión.

Con una gabardina sobre el gastado jersey, botas de goma por encima de los vaqueros y un pañuelo cubriéndole la abundante cabellera, bajaron la escalinata y fueron paseando en dirección a los nuevos vecinos. Cuando llegó, permaneció de pie, fisgoneando los trabajos que realizaban en ese cuadrilátero cercado por vallas y cuerdas. Se le acercó un hombre con un enorme y tosco sombrero. Era alto, bien parecido, rondaría los treinta años. Se presentó como Robert Murray, arqueólogo jefe de la excavación.

—Soy Olivia, vivo en el cottage de arriba. ¿Qué hacen?

—Sabemos por el dron y su sistema LiDAR que debajo de la superficie hay unas construcciones de perímetro circular —dijo mientras con sus manos y brazos trataba de abarcar toda la extensión.

—¿Construcciones romanas?

—No, evidentemente son prerromanas. Lo romanos construían edificios con ángulos rectos. Para explicarme mejor, éstas se parecen más a chozas subsaharianas. En síntesis, aparentan tener origen celta o anterior.

—Interesante. Lo dejo seguir trabajando. Buenos días.

Satisfecha su curiosidad, la mujer continuó su paseo.

Esa tarde, durante la diaria conversación telefónica con Samanta, le relató el encuentro.

—¿Un arqueólogo y una escritora? —Casi chilló su amiga— ¡Es la historia de Agatha Christie y Max Mallowan!

—Es verdad y no sólo por la diferencia de edad, sino porque a ella también su primer marido la dejó por otra —respondió después de un suspiro—. Pero recuerda que si me he alejado de la civilización es para escribir.

La conversación se extendió durante casi una hora, tras la cual Olivia volvió a su ordenador.

A la mañana siguiente, estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta de que Rex había escapado por la puerta que dejara entreabierta. El can regresó con algo entre los dientes.

—¡Vaya! Me has traído un regalo.

«¡Dios mío! No es una rama, sino un hueso humano. Lo habrá sacado de la excavación.»

Asumiendo la culpa de su perro, se puso un abrigo y caminó de prisa hasta el grupo de trabajadores. Robert Murray se acercó con una sonrisa que se congeló al ver lo que la vecina llevaba en la mano.

—¿De dónde lo ha sacado?

—Ni idea. Rex lo trajo hace unos minutos.

—Gracias —exclamó sorprendido. Sin más, se dio la vuelta para dirigirse a su equipo— ¡John, Christopher! Hay que enviar a Londres un importante hallazgo para ser examinado en el laboratorio.

Esa misma tarde el arqueólogo se acercó a casa de la escritora para pedirle que no llevara al perro suelto durante sus paseos. Será prepotente, pensó ella, ¿no ha dicho que mi peludo encontró un «importante hallazgo»?  Y decidió que sus caminatas se limitarían a las vespertinas, cuando ya no hubiese forasteros.

Unos días después, el sol se escondía entre las ramas del bosquecillo cercano cuando escuchó ladridos. ¿Qué habrá descubierto ahora? Siguió las huellas del can en el suelo húmedo, llamándolo sin resultado. De pronto, le pareció ver una silueta detrás de un tronco. Imposible. Por aquí no viene nadie. Continuó por el sendero que llevaba hasta un grupo de pinos. Otra vez una forma humana. Entre la bruma que levantaba la cercanía del mar, divisó un perfil de mujer. A pesar del desasosiego, continuó andando.

Una joven, casi adolescente, vestida con una larga túnica rústica y largos cabellos rubios, sonreía, extendiendo el brazo. Olivia sintió la llamada de aquello que estaba más cerca de un fantasma que de una persona. La chica extendió la mano, la mujer la suya y ambas se encontraron, palma contra palma en un contacto mágico. El encuentro sólo duró un instante. Olivia sintió como si una fuerza sobrenatural recorriera su cuerpo. Cerró los ojos.  Al abrirlos, la visión había desaparecido.

Cuando regresó a casa, se sirvió una copa de vino y llamó a Samanta, prefirió obviar el encuentro misterioso en el bosque. «Ya sabe que estoy un poco loca, no es necesario corroborarlo». A pesar de la ironía, su pensamiento volvía una y otra vez a la frondosidad de los árboles, a los ojos azules de la jovencita y la unión de sus manos. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, el sol empezaba a despuntar detrás del acantilado.

Un cielo aborregado se arremolinaba con el viento y las olas batían contra las rocas la mañana siguiente en que fue en busca de Robert Murray.

—¿Han recibido las pruebas del laboratorio sobre el hueso que descubrió mi perro?

—Sí, ayer por la tarde.

—¿Pueden saber por el ADN si era hombre o mujer?

—Por supuesto.

Olivia esperó unos minutos a que el parco arqueólogo ampliara la información. Éste no lo hizo, pero se excusó por sus rudos modales cuando la visitó para recomendarle que atara al perro.

—Disculpas aceptadas —dijo ella con una sonrisa—. Me gustaría saber, si no es información confidencial, a quién encontró Rex.

—El hueso perteneció a una mujer, con una edad entre los catorce y los dieciséis años.

—¿Delgada, rubia y con los ojos azules? —Preguntó la mujer con ansiedad.

—¿Cómo lo sabe?

—Soy escritora —respondió con una jovial carcajada—. Tengo mucha imaginación.

© Liliana Delucchi

Más allá de los ojos

Marieta Alonso

A los árboles, como a mí, nos gusta acercarnos a ese mar increíblemente azul o verde, aunque a veces tiene el color de mi estado de ánimo, casi negro. Lo miro y, como por arte de magia, se alejan mis penas. Me atrae el perfume yodado, sus profundidades, los atardeceres. A pesar de ser sus aguas indiferentes a las desgracias de los hombres, las amo.

Cuando llega la primavera, mi pueblo pierde su aspecto deprimente. El suave aroma de las rosas, el zumbido de las abejas que alertan de su presencia y el aleteo de las mariposas con sus vivos colores llenan los jardines, pero yo… No pierdo tiempo. Me voy corriendo a mi acantilado.

La abuela lo sabía. De niña me contaba historias que nunca me aclaraba si eran verdad o mentira. Debía averiguarlo por mí misma, decía sonriendo y añadía que no hay nada más hermoso que contemplar un arcoíris desde nuestro precipicio. Cada vez que veo uno me acuerdo de ella y gozo al contar desde el rojo en la parte exterior hasta el violeta, esos siete colores que me hacen soñar.

Una tarde mientras paseábamos por ese despeñadero surgió el arcoíris. Emocionada, la abuela me prometió que cuando ella muriera haría todo lo posible para que la viese en algún punto del color malva, el que está en la parte interior. De regreso a casa me dio a leer el Antiguo Testamento, y aprendí que el arcoíris fue creado por Dios tras el Diluvio Universal para recordar a los hombres que jamás volvería a destruir la tierra.

Desde entonces han pasado muchos años. Ahora no corro, voy a paso lento hasta mi lugar preferido y busco a la abuela en la franja violeta. Y allí está.

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

El laberinto

15 julio, 2024 por Akelarre 2 comentarios

Laberinto

Un laberinto mágico

El laberinto es un espacio para ser recorrido que se encuentra en el límite entre el paisaje y la arquitectura. Se caracteriza por permitir experimentar una cierta iniciación o prueba a través de sus diferentes rutas, mientras se busca el centro o la escapatoria de este. Quizás el más recordado sea el de Creta, con el mito del Minotauro.

Sevilla tiene a gala ser poseedora del más antiguo de España y es el que ilustra la entrega de este mes. Escondido dentro de un lugar tan emblemático como el Real Alcázar, lo mandó plantar el Rey Carlos V, si bien el actual emplazamiento data de 1910, con setos de mirto, tuya y cipreses.

En este lugar mágico nuestras escritoras sitúan diferentes historias: la de una joven indecisa; una mujer que ha de tomar una resolución; alguien que inicia una nueva carrera y un niño que intenta emular a un héroe.

Leyenda

Cristina Vázquez

Indecisión

Malena Teigeiro

De mitos y leyendas

Liliana Delucchi

Mi vida: un laberinto

Marieta Alonso

Leyenda

Cristina Vázquez

Si quería ascender en su carrera, y quería, a Elena no le quedó más remedio que aceptar el puesto de trabajo que le ofrecían en esa ciudad. Aunque más que un ofrecimiento, lo interpretó como una obligación. Muchas veces dudaba de que su elección profesional fuera la correcta. Inspectora de policía. En la duda se mezclaba si había sido por la influencia paterna o por haberse tragado tantos telefilms de misterio, en los que cada vez abundaban más investigadoras, en general raritas o piradas. Esto, obviamente era una bobada, ya que desde pequeña sintió el pálpito detectivesco como propio, pero en ciertos momentos perdía el impulso, la ilusión. Era muy duro el mundo que acechaba ahí fuera. Su padre fue policía investigador, bueno en su profesión, pero nunca ascendió. Algún malentendido en el cuerpo, independencia de criterio, falta de sumisión o por haber sido testigo de algún trapicheo, se quejaba. Su sueño era ver a su hija de inspectora jefe, tan lista, con tan buenas dotes de mando y perspicaz. Muy perspicaz y eso era herencia suya, sin duda. Al decirlo un gesto de orgullo inundaba su cara.

—A mí me hubiera hecho feliz tener un jefe como tú —repetía incansablemente.

Otra de sus frases favoritas era que cada caso se trataba de un laberinto que había que aprender a recorrer con ingenio y cabeza.

La ciudad era de tamaño mediano, lo que hizo pensar a Elena que no sería tan complicada. A esta idea de tranquilidad ayudaba su diseño medieval del centro, bien conservado, y un ritmo parsimonioso de la gente, sin ruidos ni estridencias. Al poco tiempo de estar instalada e ir conociendo a sus colaboradores, Aurelio, el investigador más antiguo, ya cercano a la jubilación, fue quien le iba informando de todo, hasta de la sorpresa que había producido en el personal su juventud y, con todo respeto, lo guapa que era.

—Que conste que, con todo respeto, Elena —insistía—, usted podría ser mi hija.

Le pareció inoportuno, pero no podía evitar hacer una comparación con su padre. Quizás él también tuviera esas torpezas o amabilidades innecesarias. No lo creía. En cualquier caso, aceptó ese aire de paternidad subrogada y de guía de los pormenores de la ciudad, los restaurantes donde se podía o no ir. En fin, una especie de folleto con patas, amable y servicial.  A lo que más la animó fue a ir a visitar el laberinto que estaba en las afueras. Por eso también era famosa esta ciudad.

—Es el más hermoso y mejor cuidado del país —afirmó con sincero orgullo provinciano —. Y además tiene su leyenda.

—Con su permiso, como estamos al aire libre, voy a encender un pitillo.

No pareció fijarse en la cara de asco de ella. Le sorprendió el tabaco tan raro que fumaba, unos cigarritos finos de colores diferentes y filtro dorado. ¡Qué sofisticado!, pensó mientras él seguía con su narración. Hace muchos siglos, una pareja se amaba como siempre sucede ahora y entonces, aclaró, al estilo Romeo y Julieta, los padres no querían y los chicos por encima de todo.

—Ya sabe —y tiró la colilla lanzándola con el dedo  índice contra el pulgar con enorme puntería.

La noche de su huida quedaron en el laberinto, sitio complicado para encontrarse, aseveró Aurelio haciendo un gesto despectivo con la mano. La Juventud… Subió una ceja, ya se sabe lo tontos que pueden llegar a ser. Empezaron a dar vueltas por aquí y por allá, se llamaban, se perdían una y otra vez volviendo sobre sus pasos.

—En fin, un desastre —Elena no terminaba de entender por qué no le cortaba la historia.

Al final, el chico consiguió llegar al centro y ahí, encima de una especie de altar se encontró a su amada muerta. Un silencio se fraguó entre ellos.

—Si va al museo verá cuadros de los torpes amantes —la miró de frente—. Ella recuerda mucho a usted.

A Elena un escalofrío le recorrió la espalda, y dijo que ya estaba bien de cháchara, que entraran.

—Esto no es cháchara, esto es verdad. Le dejaré en su mesa los expedientes sin resolver que hay —una medio sonrisa se instaló en su cara—. Cada cinco años aparece una mujer muerta en el mismo lugar.

Elena se quedó parada al pie de la escalera que subía a su despacho. ¿Qué estaba diciendo? La verdad, respondió con gesto amargo. Dicen que es la venganza del amante.

—Me gustaría resolver los crímenes antes de jubilarme —apostilló alejándose—. La única pista son unas colillas de un extraño tabaco.

Y se alejó con aire entre resignado y torpe. Antes de desaparecer por la puerta se giró.

—A ver si con usted se consigue llegar a buen fin.

Elena se acordó de lo que su padre siempre le decía. “Cada caso es un laberinto” y ahora tenía uno auténtico ante ella.

© Cristina Vázquez

Indecisión

Malena Teigeiro

Un laberinto es algo que va y viene, girando sobre sí sin que sepas hacia dónde va. Y cuando, por casualidad, encuentras un hueco, llegas al centro. Pues mi vida es eso: un auténtico laberinto que va de un hombre a otro.

Desde niña tuve dos enamorados. Ambos me adoran, me miman y me quieren con locura. Tanto uno como el otro son “el marido perfecto para mi hija”, diría de ellos cualquier madre. Pero…, porque claro, hay un pero, y éste es que a mí no me gusta ninguno.

Tito, diminutivo de Alberto, como amigo era pasable, pero cuando imaginaba mi vida a su lado… ¡Dios mío! No. Como marido era imposible. Incluso diría que hace honor a su nombre. Él, como un monito, repite una y otra vez cualquiera de mis palabras. Es que, a Julita, esa soy yo, le gusta esto o lo otro. Soy su motivo en la vida y tan solo piensa en hacer lo que a mí me gusta, aunque sea lo mismo durante días y días.

El otro, Sebastián, sí que es perfecto. Es tan perfecto que nadie puede estar a su lado sin ser corregido más de una vez. Y da lo mismo lo que le diga, porque como yo no suelo callarme, aguanta impertérrito cualquier tipo de banderilla que le clave. Además, sabe de todo. Y lo malo es que es cierto. Lo que más me molesta de él, es verlo torcer su morrito desdeñoso cuando a su juicio no voy a la moda. Recuerdo una vez que le pedí a mi peluquera que me pusiera mechas. Estaba monísima. Sin embargo, en cuanto me vio, acariciándome la melena, dijo que, a su juicio, nada era mejor que la naturalidad, sobre todo cuando se tiene un cabello tan bonito como el tuyo. Pero lo peor es estar con él en un restaurante. Cuando yo pido huevos fritos con patatas —lo hago porque sé que le molesta, y mucho— dice que elegir eso es tirar el dinero. Ese tipo de platos hay que hacerlos en las casas. En cuanto calla le noto un enfado silencioso. De esos que en cualquier pareja hacen saltar truenos y rayos. Pero no es nuestro caso, porque después de soltarme la soflama sobre las bondades de una buena lubina o de un chuletón de Ávila, da cuenta de su plato con la misma calma que debe tener un forense al hacer las autopsias: diseccionando la comida. Sí. Sí. Mientras toma lo que haya pedido, te lo comenta. Te cuenta qué tipo de especias lleva, la forma en que ha sido cocinado, si la lubina o la merluza son de granja o están pescadas con pincho o arrastre. Vamos, cada comida ¡un latazo! En fin. A no ser que se encuentre delante del cuadro de Las Meninas, nada está bien.

Y luego está Andrés. Al que a nadie gusta ni tan siquiera valora. No tiene dinero, ni pertenece a una familia de esas de las de toda la vida, ni es uno de los que, según mi madre, “por su modo de ser llegará a algo importante”. Y es cierto. Todo lo que ella dice es totalmente cierto. Pero yo estoy enamorada y él me corresponde.

Así que, cuando decidí que me iría con él en cuanto terminara mis estudios, mi vida se convirtió en un laberinto. Salgo con Tito. A los pocos días me voy con Sebastián. Es que no acabo de decidirme, le explico con auténtica hipocresía a mi madre. Cuando estoy con Tito creo que es él quien más me gusta, pero cuando voy con Sebastián me siento tan segura, que no sé, no sé, repito una y otra vez poniendo los ojos en blanco. Pues decídete de una vez niña, me dice ella, que te vas a quedar sin ninguno. Lo sé, lo sé, digo frotándome las manos con auténtica desesperación.

Y luego, mintiendo como una bellaca, salgo con Andrés. Una vez dije que me iba a Valencia invitada por una amiga. Y si decía Valencia era porque en mi casa no conocen a nadie por aquellos lugares. Otra, que, si mi curso se iba a visitar las ruinas de Mérida —yo estudiaba arqueología—. Otra, que si hacía el Camino… Total que siempre andaba de aquí para allá, cuando la verdad era que me quedaba en un apartamentito que Andrés había heredado de su abuela en la calle Huertas.

Así voy haciendo tiempo hasta acabar la carrera, que ya me queda poco. He de decir que ahora ando un poco asustada. No sé por qué, pero me parece que tanto Tito, como Sebastián, al igual que mis padres, sospechan algo. Quizá alguien les ha dicho que me ha visto por uno de los garitos del Barrio de Las Letras.

No sé qué es lo que sospecharán, lo que sí sé es que este laberintico ir y venir de uno a otro, me hace vivir muy incómoda.

© Malena Teigeiro

De mitos y leyendas

Liliana Delucchi

Hasta aquel Domingo de Ramos, Sebastián no había querido adentrarse en el laberinto. Pero esa mañana de sol, la casa estaba abarrotada por la familia de su padre y el niño no tenía la menor intención de jugar con sus primos. A su juicio eran unos gandules gritones y brutos que se burlaban de su voz porque, si bien destacaba en el coro de la iglesia, era incapaz de soltar improperios. Escapó de la parentela nada más terminar la misa y cuando se dio cuenta, después de haber sorteado la muchedumbre que abarrotaba Sevilla por Semana Santa, estaba frente al Real Alcázar.

Siguiendo los pasos de una señora de mediana edad, con un vestido color burdeos, un misal y una mantilla en la mano, poco a poco se adentró en los jardines. El movimiento de los cipreses, impelidos por el aire de esa temprana primavera, le producía una cierta inquietud. Aun así, siguió adelante y cuando se dio cuenta, estaba pisando la grava del laberinto.

Se movía despacio entre la madeja de reflejos y sombras de los mirtos, intentando registrar en su memoria cada uno de los recovecos por los que se desplazaba, empujado por una mezcla de temor y arrojo, con la esperanza de culminar el recorrido.

Al llegar a una de las esquinas, dudó por un instante si girar a derecha o a izquierda, fue entonces cuando divisó la espalda de la mujer que había visto a la entrada. Decidió seguirla, posiblemente ella conocería el camino. Aunque ¿era hacer trampa? Probablemente sí. ¿Acaso Teseo no se valió del hilo de oro para encontrar la salida después de matar al Minotauro?

Resolvió que, si bien no era tan valiente como el héroe griego, deseaba enfrentarse a lo insondable del misterio, pero manteniéndose conectado con el exterior.

El sol ya estaba alto y emanaba el calor propio del mediodía. ¡Tenía que estar en casa para el almuerzo! A esa hora la familia estaría preocupada por su ausencia. «Lo lograré» dijo para sí, cuando se dio cuenta de que  estaba dando vueltas en círculos. Secó el sudor de su frente y apuró el paso. Otra vez en el centro del dédalo. No lograba acercarse a la periferia.

Sentado en el suelo para quitarse una china del zapato, recibió una ráfaga de aire que trajo volando una pieza de encaje. ¡La mantilla de la señora! Aspiró el denso perfume que desprendía el trozo de tela mirando en derredor. ¡Por allí! Giró en redondo y pudo divisar la silueta de la mujer entre ramas confusas, enredadas, abstrusas. La siguió un buen trecho, medio escondido entre las pocas sombras que a esa hora dibujaban los setos. Todo el cuerpo le temblaba por la emoción: se sentía como un detective de película persiguiendo a un sospechoso. Llegó a la conclusión de que hasta entonces su vida había sido gris, por temperamento más que por circunstancias, y ahora tenía la oportunidad de vivir una gran aventura.

Lo distrajeron unos niños que pasaron corriendo, lanzando chillidos y…, volvió a perderla. Aunque pretendía encontrarla por el rastro de perfume que pudiera dejar, la silueta color burdeos había desaparecido. Regresó sobre sus pasos, olisqueando como un chucho en busca de un trozo de comida y casi se dio de bruces contra el suelo al tropezar con algo. ¡El misal de la dama! Lo recogió y envolvió en la mantilla. Continuó andando con paso inseguro, miró hacia el cielo y calculó la hora. Sintió  vergüenza al pensar en su familia enviando un equipo de rescate…, un final poco airoso.

Respiró hondo. Adujo que también Teseo habría pasado miedo. Entonces, una sensación de coraje acudió en su ayuda. Al recordar todo el trayecto, desde que lo iniciara hasta ese momento, dejó que su memoria lo condujera hasta el principio, que quizás fuera el final.

En una de las curvas volvió a ver a la señora y esta vez no permitió que nada lo distrajera. La siguió hasta el final del trayecto. La dama estaba a punto de cruzar la calle cuando la llamó.

—Esto es suyo, se le cayeron dentro del laberinto —dijo extendiéndole la mantilla y el misal.

—Gracias, querido. ¿Cómo te llamas?

—Sebastián. ¿Y usted?

—Ariadna.

© Liliana Delucchi

Mi vida: un laberinto

Marieta Alonso

No sé por dónde salir. Quiero a mi marido, aunque cueste creerlo. El mundo sabe que es un cantamañanas. No necesita fingir, se le nota, pero lo quiero, aunque hace una semana le fui infiel y no siento ningún remordimiento. Tampoco ansío repetir la faena. Lo único que recuerdo de ese desconocido es que tenía el pelo gris haciendo juego con su bigote. Como soy discreta, no contaré lo ocurrido, solo se lo comenté a la tía Maite.

Ella había dejado al novio a la puerta de la iglesia por un tipo veinte años mayor: calvo, aburrido e impertinente. Lo mejor que tenía el elegido era su abultado monedero producto de sus sustanciosas cuentas de ahorro. Aunque hay que reconocerle que tuvo una cosa verdaderamente buena, morirse a tiempo, dejando a su viuda todos sus bienes. Cosa que ella agradeció.

La tía Maite ayudó a toda la familia, a sus padres les compró un piso, a la abuela una tumba, a sus hermanos la entrada para montar un negocio y a todos los sobrinos bicicletas y patines. Hasta el exnovio salió beneficiado, le compró un billete de avión para que se fuera a Australia, lo más lejos posible para no caer en tentaciones.

Anoche, sin venir a cuento, tía Maite murió dejándome heredera. En una nota escrita con letra de molde, me instaba a viajar a Creta, sin marido, a que caminara por el circuito de los siete meandros.

«Utiliza la cabeza para salir de tu laberinto, espabila y toma buenas decisiones, que la vida es corta.»

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Coche

15 junio, 2024 por Akelarre 2 comentarios

Relatos sobre coches

El coche

La historia de la automoción, en sentido estricto, comienza en el siglo xvii. La palabra deriva del griego αὐτός autós, «a sí mismo», y del latín mobilis, «que se mueve», sobre todo para distinguir entre los vehículos a motor y los de tracción animal.

Los primeros prototipos se crearon a finales del xix pero no fue hasta la primera década del xx en que el público empezó a mirarlos como algo útil.

Aunque el primero con motor de combustión interna se atribuye a Karl Friedrich Benz en 1886, no fue hasta 1908 cuando Henry Ford, aprovechando el empuje de la Revolución Industrial, comenzó a producir en serie el Ford modelo T, lo cual le permitió alcanzar cifras de fabricación hasta entonces impensables.

Esta maravilla de la ingeniería ha dado lugar a los cuentos de este mes: relatos de amor, desamor, soledad y curiosidad adolescente.

Sorpresa en el coche

Cristina Vázquez

Un Morgan en el garaje

Malena Teigeiro

El cumpleaños

Liliana Delucchi

Cuestión de gusto

Marieta Alonso

Sorpresa en el coche

Cristina Vázquez

Para Carlos, experto conductor.

Después de la clase de matemáticas del viernes, Darío y Elena, al salir del Instituto, se iban en direcciones opuestas para luego reencontrarse en un lugar cercano y discreto del bosque. No querían que su incipiente romance fuera comentado por sus compañeros, que les tomarían el pelo haciendo más difícil ese amor tan exclusivo y único para ellos. El primer amor: Siempre es único y exclusivo.

Elena llegó unos minutos más tarde. Darío no estaba sentado bajo el castaño, el lugar preferido para besarse y acariciarse. Habían grabado sus nombres en la corteza. Este será siempre nuestro árbol, Elenita, le prometió él mientras se esforzaba con la navaja en eternizar las letras. Se sintió decepcionada, ¿qué le habría pasado si salió antes que ella? Esperó un rato hasta que oyó un silbido de admiración que se colaba entre los árboles. Se dirigió hacia el lugar de dónde venía y al llegar al claro del bosque, vio un fantástico deportivo rojo y a Darío que lo acariciaba con una ternura y cuidado que no recordaba hubiese tenido con ella.

—¿Has visto esta maravilla? —apenas la miró—. Esto es una joya de los años cincuenta. Acércate y disfruta.

Pasaba la mano con amoroso cuidado por las puertas, el dedo por los retrovisores, intentaba subir la capota mientras emitía gruñiditos de admiración. La estaba esperando para entrar juntos, como si se fueran de viaje y abrió ceremonioso la puerta del pasajero. Él, instalado en el lado del conductor se puso a buscar las llaves abrió la guantera  y rebuscó por debajo de asientos y alfombrillas. Nada, no aparecieron.

—¡Qué pena! Me gustaría tanto oír el ruido del motor —dijo entristecido.

Y empezó una retahíla de sabiduría mecánica, cilindros en línea, carburadores dobles, diferencial autoblocante. Miraba a Elena que sonreía con expresión ausente.

—Deberíamos bajarnos —apretó la carpeta contra su pecho—. El dueño estará cerca y menudo lío vamos a tener.

Solo un momentito más, suplicaba Darío, era un regalo inesperado haberlo encontrado ahí. No podía imaginarse lo difícil que era ver un coche de estos y tener la oportunidad de tocarlo, de subirse a él. Una maravilla, sí, una preciosidad. Así pasaron un rato en el que él, agarrado al volante, hacía giros y ruidos de velocidad y cambios de marcha, incluso de doble marcha, hasta que Elena se bajó.

—Ya basta. Me voy.

A regañadientes se bajó él. Se fueron de vuelta a sus casas porque estaba anocheciendo. Darío iba taciturno. Al pasar por delante del castaño, Elena le sugirió que podía grabar el nombre del coche debajo del suyo. Que no fuera tan suspicaz, refunfuñó, si la adoraba, pero es que…, si pudiera probarlo. Y una vaga ilusión le cruzó el rostro.

Al día siguiente, Darío fue reclamado al despacho del director donde un detective quería hablar con él. No le llegaba la camisa al cuerpo y mentalmente empezó a hacer una lista de posibles infracciones. No encontraba ninguna.

—Darío Castro ¿verdad? —su voz le sonó a doblaje de Humphrey Bogart en el Halcón Maltés.

—Sí, el mismo —alcanzó a responder.

La mirada oscura del detective le traspasaba. Pues bien, jovencito, ayer le vieron rondando ese coche abandonado en un claro del bosque. Darío tragó saliva, la tarde anterior lo había visto y tocado, afirmó. Sí, también se subió a él, porque era una preciosidad y a él los coches , elevó los ojos, era lo que más le gustaba. Eso estaba muy bien, susurró el hombre, pero ahora le tenía que acompañar a comisaría para tomar sus huellas dactilares. Al chico se le doblaron las rodillas.

—Yo, ¿por qué?

Daba la casualidad, el supuesto Bogart hizo crujir los dedos, que en el maletero habían encontrado un cadáver.

—Y si las huellas coinciden…, de momento, eres el único sospechoso.

© Cristina Vázquez

Un Morgan en el garaje

Malena Teigeiro

Cuando Helen anunció que se casaba con un veterinario, su abuela como regalo de boda le entregó las escrituras de propiedad de una antigua casa en el campo. La residencia había pertenecido a su tía Amanda, de la que tantas historias habrás escuchado contar, dijo la anciana. Enseguida Helen y Bill, su prometido, se dispusieron a conocer el que sin duda iba a ser su hogar.

Un hermoso y abandonado jardín rodeaba el edificio de piedra por el que trepaban viejos rosales. Al entrar, y aunque una espesa capa de polvo gris cubriera los muebles, la calidez del ambiente, la disposición y arreglo de los enseres, les hizo pensar que alguien lo había habitado hasta el día anterior. Emocionados por la suerte que tenían, recorrieron una y otra habitación abriendo las ventanas para que el aire y el sol penetraran en las estancias. Al llegar a la cochera se sorprendieron al ver que una funda de tela gris cubría un coche. Era un antiguo y maravilloso descapotable de dos plazas.

—¿También nos lo regalan? —exclamó Bill al tiempo que de un salto se sentaba detrás del volante.

—Sí. Y además tiene una preciosa historia de amor —repicó Helen acariciando el morro del coche mientras pensaba en cómo serían sus tíos ahora. Sintió un ligero escalofrío y con los torpes dedos de una mano se abrochó el botón del cuello. Seguro que ahora serían igual que aquel coche: antiguos, pero no viejos, se dijo.

El Morgan verde regalo de boda de sus padres, limpio, cuidado, era el reflejo de Amanda, quien se peinaba, maquillaba y vestía con esmero para encontrarse con Walter, un piloto de la RAF. Walter lo estrenó durante el viaje de novios y pocas veces más lo utilizó. Un año después de la boda estalló la Guerra. Una tarde, como siempre, Walter enfiló su avión hacia el cielo. Volaba sobre el Atlántico.

No volvió.

—Ni siquiera recuperaron su cuerpo —aseveró con los ojos brillantes Helen. Unos segundos después, continuó.

Ella que lo esperaba en la casa de campo, en cuanto recibió aquel telegrama amarillo se fue al garaje y retiró la funda gris que cubría el Morgan verde. Dentro de su cabeza resonaba la voz de Walter gritándole desde la ventanilla del tren ya en marcha: No dejes que nadie lo toque, por favor.

—¡Menuda historia! —exclamó Bill acariciando el coche.

Dicen que al llegar de vuelta de despedirlo en la estación, Amanda se sentó en el asiento del conductor, y abrió la guantera. Allí, tirados de cualquier manera, estaban los guantes de dedos recortados de su marido. Se los acercó a la nariz. Le gustaba el aroma de la piel de su esposo y los guantes todavía lo guardaban. Era un olor joven, a sol, a lluvia. Se los puso con calma. Agarró el volante y acarició la tira de cuero que cubría el volante. A partir de entonces, un día tras otro, Amanda pasó las tardes sentadas en el asiento del conductor del Morgan Verde.

Fueron pasando los años hasta que, una tarde, agarró con tanta ira el volante que si no hubiera llevado los guantes habría visto que sus nudillos se volvieron blancos. Amanda levantó la cabeza. A través de las lágrimas vio que en el jardín las ramas de los árboles se movían con la tranquilidad del incipiente verano. Le gustaba la placidez de aquella hora. Giró la llave y el runrún del motor le erizó el vello. Suspiró profundo. Con los ojos brillantes enfiló la salida del garaje. Se dirigió hacia la carretera de la costa. Era un poco tarde y quería llegar a tiempo para ver desde los acantilados, desde el mismo lugar donde él la llevaba, la bola del sol hundiéndose en el mar. Sonreía. Algo como una extraña placidez la inundó.

La mujer circuló alegre por la estrecha y mal asfaltada carretera. Dirigió la vista al cielo. Las nubes blancas, redondas y tiesas como almidonadas faldas, recorrían el firmamento empujadas por la brisa. Ya llegaba. El camino, ahora solamente de tierra, terminaba en un prado. No se detuvo. Con la vista en el firmamento pisó con fuerza el acelerador.

El Morgan verde enfiló el camino hacia la carretera que partía desde el borde del acantilado hasta el cielo. Walter allí, entre las nubes, la esperaba. A ella y a su adorado deportivo. Y como hacía siempre cuando lo veía entrar en casa, Amanda soltando el volante, levantó el brazo y lo saludó alegre.

Cuando al día siguiente los encontraron, milagrosamente, el Morgan verde, como si alguien con sumo cuidado lo hubiera depositado allí, en la arena de la playa, descansaba intacto sobre las cuatro ruedas. Y ella, exánime, sonriente, sin soltar el volante miraba al cielo.

© Malena Teigeiro

El cumpleaños

Liliana Delucchi

Fue el día en que papá cumplía cuarenta. Mamá, la abuela y sus dos hijos, lo estábamos esperando sentados a la mesa del jardín para celebrarlo, cuando escuchamos el rugido de un motor que avanzaba por el camino del parque. Ante la puerta se detuvo un magnífico coche con mi padre al volante.

—No falla —murmuró la abuela— en cuanto llegan a esta edad, se compran un bólido y una amante.

Mi madre miró a la suya con temor. Las sentencias de la señora solían ir bien encaminadas; a pesar de ello, se puso de pie, estiró la falda y con el grácil andar que la caracterizaba, se acercó a saludar a su marido.

Él estaba eufórico, dando vueltas alrededor del auto, acariciándolo como a una frágil porcelana. Ignoró a su familia y hasta la tarta que, junto con las tazas de té, lo esperaban para festejar su onomástica. Sonó su teléfono. Después de una breve conversación entre murmullos, subió al coche y nos gritó que no lo esperásemos a cenar.

Nunca supe a qué hora volvió porque a los niños nos enviaron a dormir temprano. Tampoco estuvo con nosotros durante el desayuno, que transcurrió en un silencio poco habitual. Si bien estaba concentrado en untar mis tostadas con mantequilla, me di cuenta de que el color de las flores del vestido de mi madre acentuaba su palidez, pero supo mantener la compostura, a pesar del abatimiento que mostraban sus ojos enrojecidos.

Más tarde, y como siempre antes de la comida, dábamos un paseo por el parque dejándonos arrullar por el suave canto que produce el movimiento de las ramas. En unos instantes, esa apacible melodía fue rota por el estruendo de un motor que se acercaba. Sentí que la mano de mi madre apretaba la mía y pude ver que su pecho subía y bajaba como si le costara respirar. La abuela la cogió del codo y le susurró que recordara las palabras de Aristóteles: «El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.»

No sé muy bien qué aconteció durante las semanas siguientes; a instancias de la matriarca nos enviaron a mi hermano y a mí a la casa de nuestro tío, junto al lago, con la excusa de que se avecinaban grandes calores. Tampoco recuerdo cuánto tiempo pasamos allí, solo que cuando regresamos, las hojas de los árboles empezaban a cambiar de color, así como la fachada de la casa, cuyo tradicional blanco unos pintores estaban dejando rosa. También dentro se habían producido modificaciones: el despacho de papá ya no existía, ese espacio se había incorporado al salón, y faltaban algunos retratos. Sin embargo, en un rincón de la biblioteca se instaló un escritorio con su correspondiente silla giratoria. La ocupaba casi a diario un individuo con traje oscuro que despachaba con las señoras de la casa. Era el señor Tellez, un hombre adusto, muy serio, pero amable.

Cuando preguntamos por nuestro progenitor, nos respondieron que si bien estuvo de viaje durante todo el verano, nos había enviado postales de lugares tan remotos como bellísimos. Ninguna foto de él.

El sábado que escuchamos el rugir del descapotable y vimos descender a papá, casi se podía oler el otoño. Bronceado y con muchos regalos, nos levantó por los aires y llenó de besos. «¡Os he echado tanto de menos, mis queridos muchachos!»

Apenas hubo bajado el equipaje, el viajero fue conducido a la biblioteca, donde lo esperaban mi madre y su suegra, junto al señor Tellez. No sé qué aconteció en esa estancia, solo que mi padre salió de ella demudado.

—¿También el coche? —preguntó mientras se ponía el abrigo.

—Por supuesto, forma parte de los honorarios del gentil abogado que te ha dejado en la ruina —le aclaró la abuela con una sonrisa.

© Liliana Delucchi

Cuestión de gusto

Marieta Alonso

Toda la vida he sido muy reflexiva. Y no es que lo piense, es que es la verdad. Si dedico una tarde a meditar, sé lo importante que es la lluvia, en lo generosa que son las nubes al dejar caer esas gotas de agua sin hacer distinciones, en lo delicioso que para algunos resulta bailar bajo una fría llovizna, pero… No me gusta mojarme, no me gustan los chaparrones y no me explico por qué tiene que llover de día cuando lo puede hacer por la noche, a esas horas en que la mayoría de los seres humanos duerme. Odio los paraguas, los odio.

Lo que, en verdad, adoro son los coches. Y si es un modelo antiguo mejor. ¡Ay, si tuviera dinero! ¡Qué colección tendría! ¡Qué bonito es andar sobre cuatro ruedas! Si llueve no te mojas, si cae granizo no te golpea la cabeza y si tienes prisa llegas antes. Cada vez que veo un clásico aparcado, me acerco con disimulo y me hago un selfie, un autorretrato como lo llama mi madre.

Se me van los ojos hacia el Benz Patent-Motorwagen, que aseguran fue el primer automóvil de la historia; hacia el Ford Modelo T que se popularizó entre la clase media; hacia el Rolls-Royce Silver Ghost que se consideró como el de mayor calidad. A todos los amo con locura. Si los coches fueran hombres, no me hubiese importado haber sido la amante de todos ellos. Pero, el único coche que hubo en mi familia fue un Seat 600, de segunda mano, al que llamaban Pelotilla.

Pasaron los años y no dejé de anhelar un hermoso automóvil. La falta de novios sin dinero para comprarlos fue la causa principal de mi sempiterna soltería. Cuando mi madre, a sus noventa años, me ve con la vista perdida detrás de uno de ellos, me pellizca y me hace ver lo desagradecida que soy. Dice que no he madurado, que no valoro la suerte que tengo. Y añade que, desde hace muchísimo tiempo, por ilusa, novelera, romanticona, mi familia decidió, sin consultarme, ser mi paraguas…, a falta de un coche.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Rastro

15 mayo, 2024 por Akelarre 4 comentarios

El rastro de Madrid

El Rastro de Madrid

El Rastro es un mercado al aire libre que se celebra los domingos y festivos en el popular barrio de La Latina de Madrid.  Con más de 400 años de historia, en el mismo se pueden encontrar tanto objetos cotidianos como curiosos artilugios antiguos, todo ello envuelto en un ambiente de lo más animado.

Se sitúa en torno a la Ribera de Curtidores, una cuesta pronunciada a lo largo de la cual se extienden cientos de puestos.

La zona que ocupa es el antiguo lugar donde se encontraban las curtidurías, muy próximas al matadero. Su denominación proviene del hecho de que durante el traslado de las reses se dejaba un rastro de sangre que fue el que dio origen a su nombre.

En este escenario se sitúan la historia de una mujer obsesionada con la búsqueda de un objeto en particular; la de una viuda que encuentra en este mercado su forma de vida; una joven que descubre un secreto familiar y otra que tiene un encuentro inesperado.

El chamarilero cauteloso

Cristina Vázquez

Tornillos de todas clases

Malena Teigeiro

El camino de regreso

Liliana Delucchi

Al aire libre

Marieta Alonso

El chamarilero cauteloso

Cristina Vázquez

Sacaba la lengua para lamer los cristales de sus gafas. Luego las limpiaba con esmero y se las ponía antes de hacer las cuentas. Protestaba por lo bajo y repetía la operación si la claridad conseguida no era la deseada.

—Y ahora a sumar —finalizaba Edelmiro—. Para eso se necesita buena vista.

Cuando era pequeña su hija observaba fascinada la operación de limpieza, y aunque le recordara a un camaleón, le parecía que era una acción importante, un momento casi sagrado. El padre la miraba sonriente por encima de los cristales con una expresión desvaída, perezosa. La buena administración ha de ser diaria, aseguraba con seriedad, si no, el negocio se va de las manos. Vivían justo encima del local y allí se iba con su madre una vez que se cerraba la tienda. En ese momento, el padre recibía a gente importante y no había que molestarle, le amonestaba la madre si trataba de oír la conversación.

—Son cosas de negocios…, de hombres —un cierto orgullo brillaba en sus ojos oscuros y vivarachos.

Cuando fueron pasando los años, Rosaura, la hija, ya no le miraba en el momento de las cuentas, porque además de parecerle una pantomima, el dinero que había que sumar era escaso. Lo que sí veía con claridad es que esa chamarilería a la que su padre dedicó su vida, como habían hecho su abuelo y su bisabuelo, resultaba cutre, mugrienta, de poco interés. Ni siquiera los domingos bullangeros se llenaba de gente.

Se dedicó a estudiar arte y decoración por las tardes. Si el negocio iba a ser para ella, argumentó al padre, tenía derecho a renovarlo y darle un aire actual.

—Allá tú —le contestó esa tarde de mayo en que los árboles ofrecían verdor y sombra en la calle principal de El Rastro—. Haz lo que quieras con esto y con tu vida.

Al decírselo, una expresión entre pícara y desganada se instaló en la cara de Edelmiro. Allá tú, pero aunque no lo creas, esto, señaló a su alrededor abarcando el abarrotado lugar, siempre fue un buen negocio.

Mientras estudiaba, Rosaura pasó un tiempo mohína y malhumorada. Había conocido gente de otra categoría, afirmaba al llegar, gente que vivía por el barrio de Salamanca y Argüelles, gente a la que no se atrevería a confesarles dónde estaba su casa y cuál era el negocio de la familia. El padre la miraba con desconsuelo, sentía mucho no haberle podido ofrecer otra cosa, Rosaurita, pero que no se preocupara por nada. Ella que aprendiera todo lo que tenía que aprender y luego, ya se lo había repetido, con su vida que hiciera lo que quisiera. No le iba a faltar dinero ni apoyo.

—Esto, cariño —le dijo una noche en que la chica estaba apenada—. Esto es un buen negocio.

La hija le miró con desesperación y la nueva altanería que estaba adquiriendo. Si él no había visto mundo, ni salido de esa chamarilería y de ese barrio, qué iba a saber de negocios. Edelmiro bajó los labios con cierta amargura.

—Si tú lo dices, así será.

Antes de terminar sus estudios el padre murió repentinamente mientras dormía la siesta en su sillón. Murió como había vivido, sin hacer ruido, sin molestar a nadie. La mujer se dio cuenta porque era más tarde de la hora en la que se solía despertar y por un abandono en las manos que la sobresaltó.

Pasados los días de duelo, apareció un señor bien trajeado, con un leve acento extranjero y una pequeña cicatriz en la mejilla, preguntando por la señorita Rosaura. Tras la sorpresa le hizo pasar al pequeño espacio al que su padre denominaba despacho, donde se reunía con los señores que acudían después de cerrar la tienda.

—Esto es para usted —le alargó un sobre-.

—¿Qué es?—preguntó la chica sin entender lo que esos documentos significaban.

El hombre se inclinó un poco hacia delante, eran las cuentas que su padre le había dejado en Suiza a su nombre, confesó con ese suave acento que le hacía arrastrar las palabras.

—Era un hombre muy rico, don Edelmiro —declaró con respeto —y el mejor traficante de arte.

Ante su cara de estupor, el señor le dio unos breves golpecitos en la muñeca. Comprendía su sorpresa. Él estaba a su disposición para lo que necesitase.

—¿Querría seguir con el negocio? —se puso muy serio—. Su padre era un hombre muy respetado en este mundo y las puertas estarían abiertas para usted.

Rosaura era incapaz de reaccionar. No tenía que contestar inmediatamente, prosiguió con dulzura. En estas circunstancias necesitaba un tiempo de reflexión, lo comprendía. Dejó una tarjeta sobre la mesa.

—Espero su llamada. Sería una pena perder esta oportunidad.

© Cristina Vázquez

Tornillos de todas clases

Malena Teigeiro

Llevo meses visitando El Rastro. De arriba abajo y de abajo arriba recorro la cuesta de La Ribera de Curtidores sin cansarme. Nunca compro otra cosa que no sean tornillos. Los tengo largos, cortos, anchos, antiguos y modernos. De acero, hierro y metal dorado. ¡En fin!, de todas clases. Busco tan solo eso: Un tornillo. Al llegar a casa los pruebo. Pero hasta ahora no he tenido suerte. Todavía no he encontrado el que me valga.

Cada domingo vengo a El Rastro sola. Antes solía acompañarme Juan, sin embargo, últimamente dice que prefiere quedarse en casa, metidito en la cama. Siempre le gustó la cama, pero lo de ahora ya es comparable a la vagancia. Ni tan siquiera se levanta para comer. Ni para lavarse. Y he de decir que olor en la habitación es bastante molesto. Pero yo…, como si nada, porque no quiero ofenderlo. Sé muy bien el genio tan rápido que tiene. Con un pañuelito mojado en colonia que de vez en cuando me llevo a la nariz como si estuviese acatarrada, me siento en una silla para hacerle compañía. A él parece que le gusta verme allí, a su lado. De vez en cuando me pregunta alguna cosa, y suele sonreír si lo que le cuento es gracioso. Al menos eso me parece a mí. Aunque es posible que sea tanto mi deseo de tenerlo contento que hasta lo imagine.

Nadie entiende mi relación con él. Ni tan siquiera los vecinos. Y no es que yo sea una persona de las que piensa que todo el mundo las persigue. No es eso. Lo que sucede es que cuando me cruzo con Maruja, la del quinto o con Antonia, la del cuarto derecha, bajan la cabeza al pasar por mi lado. Incluso hay alguna que rumia cosas muy desagradables con la intención de que las escuche. Pero van de lado si piensan que me van a ofender. Cada uno vive como quiere. Cierto, me pareció escuchar a Juan cuando se lo conté.

Ayer han venido unos que parecían enfermeros y se han llevado a Juan. Al parecer, un vecino se ha quejado del olor. Me despedí de él diciéndole que ya se lo había advertido, que no se puede estar sin comer y sin asearse tanto tiempo. Pero claro, como siempre, no me hizo caso. Pues, Juan, mira ahora. Ya ves. Ha ocurrido que, vete a saber quién, se ha quejado en el Ayuntamiento y te han llevado tapadito en una camilla.  Lo cierto es que los vecinos tenían razón. No se podía aguantar ni un solo día más ese olor tan nauseabundo.

Maruja, que en el fondo es una buena vecina, me ha acompañado mientras se lo llevaban. Me susurró que ahora debía pensar en mí. Que no podía vivir de esa manera. Cuando cerramos la puerta, me volví hacia ella. Tienes toda la razón, le dije. Ni un día más así. Lo primero que hicimos, ella no me dejó hasta que acabamos, fue abrir las ventanas. Lavamos las sábanas y fregamos los suelos. Cuando íbamos por la mitad de la limpieza, bajó también Antonia y otra vecina, una más jovencita que ni siquiera sé cómo se llama. ¡Mira que le gusta a la gente meterse en casa ajena! Pero como venía a ayudar, pues no dije nada. Cuando terminamos también la invité a un café. El piso quedó precioso y oliendo, según Antonia, a brisa marina. Lo que no me extrañó. Ella fue la que trajo de su casa la botella de detergente con una ola azul pintada en la etiqueta. Creo recordar que incluso lavamos con ese detergente las cortinas.

Y desde aquel día, y ahora que él ya no me necesita, ando La Ribera de Curtidores para arriba, La Ribera de Curtidores para abajo, buscando ese tornillo que Juan siempre me dijo que me falta en la cabeza. ¡Qué hartura de hombre! Un día tanto y tanto lo repitió que la ira me llevó a golpearlo hasta dejarlo tumbado en el suelo. Pero fui buena y lo metí en la cama, y él, quizá para vengarse, allí se quedó sin querer volver a hablarme.

Sin embargo, he de reconocer que en lo del tornillo algo de razón lleva, y que, de una vez por todas, he de colocar uno en el hueco que, según él, dejó el que me falta. Lo que sucede es que no encuentro uno que encaje ni el hueco en donde debo meterlo.

© Malena Teigeiro

El camino de regreso

Liliana Delucchi

Cuando el empleado de la empresa de mudanzas le dijo a Micaela que estaba todo descargado, firmó el albarán de entrega y cerró la puerta. A su alrededor todo eran cajas, burros con ropa colgada, algunos muebles y mucho espacio libre. Era lo que ansiaba desde tiempo atrás: espacio, mucho espacio y mucha luz.

Le había costado convencer al propietario que sería la mejor inquilina; muchas personas ansiaban ese loft en un barrio tan arbolado de Madrid que alguna vez estuvo descascarado y en la actualidad brillaba con escaparates, mesas en las calles y tiendas de diseño.

Se sentó en la única butaca que trajo de su antigua vivienda y aspiró casi todo el aire de la habitación. En alguna de las cajas estaría la cafetera, pero ¿en cuál? Estaba segura de haber etiquetado una en la que ponía «cocina», sin embargo, no tuvo fuerzas ni ganas de buscarla.

Estoy en una de las zonas más animadas de la ciudad, así que más vale que la aproveche y salga en busca de alguna cafetería mona. Desde la banqueta en la que se instaló, frente a una taza humeante y un cruasán crocante, se dispuso a observar al resto de los parroquianos. Un mundo de colores, donde jóvenes y  mayores, atildados o vestidos con ropa deportiva, componían grupos de voces en distintos tonos y diferentes idiomas. Se dio cuenta de que estaba sonriendo.

Recorrió el barrio y en algunas tiendas se entretuvo inspeccionando lo que podría necesitar (o no) e hizo algunas compras. Cuando las plantas de los pies le anunciaron que ya era hora de regresar y poner las piernas en alto, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ni idea de cómo volver. Siempre tuve un pésimo sentido de la orientación. Bendito Google Maps.

Ya en casa, encontró sábanas y una manta con las que pudo estrenar su cama y descansar hasta que el ruido del estómago y la escasez de luz le hicieron tomar conciencia de que era hora de pedir una cena a domicilio. Aunque no muy grande, la mesilla de noche le sirvió para instalar la comida y una copa de vino. A partir del lunes, con los muebles nuevos, estaré aún más cómoda. Y cuando se dio cuenta de que, a pesar de la buena película que daban en la tele, se le cerraban los ojos, volvió al austero lecho que le parecía el de una princesa de cuentos.

La escasa luz de las farolas que se colaba a través de las ventanas, dibujaba sombras sobre el joven cuerpo de Micaela que se revolvía entre embozos arrugados y almohadas. Unos tímidos lamentos escapaban de su garganta cuando, de pronto, se incorporó, secándose el sudor de la frente. Otra vez el mismo sueño: entre guijarros y rodeada de viviendas desconchadas, caminaba descalza. Perdida, desconocía el lugar y era incapaz de encontrar el camino a casa. No había persona alguna a quien preguntar. Intentaba pedir auxilio, gritar, pero era como si no tuviera cuerdas vocales. Nadie. Silencio, oscuridad y niebla.

Después de unos cuantos vasos de agua, volvió a acostarse. Cuando el sol de la mañana la despertó, ya era domingo. Un paseo por El Rastro me vendrá bien y podré encontrar algún adorno.

Caminó entre el gentío que por momentos la agobiaba hasta que se detuvo ante un puesto regentado por un anciano. Sobre la mesa, cantidad de objetos que jamás había visto, ni siquiera en sus viajes a países remotos. Sin embargo, algo en ellos le despertó cierta inquietud. El hombre le sonrió desde su mirada acuosa.

—¿Te has perdido, querida?

—Creo que sí.

Él le hizo un gesto, invitándola a sentarse a su lado. Permanecieron un largo rato en silencio, un silencio que lo abarcaba todo, ni siquiera se oían las voces de los que abarrotaban la calle.

A poco rato, como en un susurro, Micaela le relató su mudanza, la felicidad por su nuevo apartamento y el sueño que cada tanto la atormentaba.

—¿Por qué tanta angustia, querida? ¿De verdad crees que ansías regresar a ese lugar que te es tan esquivo? —El hombre puso una mano sobre la suya, antes de continuar con sus preguntas.

—¿Quién o quiénes están en ese lugar al que no puedes llegar?

—No lo sé.

Apoyándose en un bastón, el anciano se puso de pie y rebuscó debajo de una manta de colores. Volvió con una piedra blanca del tamaño de un puño y la puso en la mano de la joven.

—Te ayudará a llegar a ese lugar al que, creo, no quieres ir y no volverás a tener ese sueño.

Micaela acarició la piedra y cuando hizo ademán de buscar su cartera, el tendero levantó la mano: «Es un regalo. Te estaba esperando.»

Ella se puso de pie, acarició los dedos callosos del anciano y le dio las gracias.

—Por cierto, me llamo Miguel.

—¿Como el Arcángel?

—Como el Arcángel— sonrió el anciano.

Cuando regresó al loft, Micaela puso la piedra sobre la mesita de luz. Antes de dormirse, la acarició.

Otra vez caminando descalza entre guijarros, otra vez pidiendo auxilio para llegar. Pero esa noche logró alcanzar una construcción algo derruida, con ramas secas lloviendo del techo y luces en el interior. Dentro, alrededor de la mesa, en posición de firmes, estaban su madrastra, la tía Rosa que nunca la quiso, la prima envidiosa y el noviecito del instituto que se burlaba de su acné. El lejano temblor que sintiera ante ellos cuando deseaba imperiosamente su aprobación, apareció en su boca, junto con un sabor agrio que subía desde el estómago. Buscando una salida a tanto desasosiego, dirigió la mirada hacia la única ventana de aquel siniestro lugar. Detrás de un cristal nebuloso estaba él, el anciano del mercado, con una sonrisa de amor de la que los otros carecían. Miró a su pasado con displicencia. ¡Cuánto tiempo perdido buscando vuestro cariño, un gesto de aceptación, una caricia! Salió y cerró con un portazo. «Ahí os quedáis».

Cuando despertó se dio cuenta de que estaba sonriendo. Acarició el amuleto y volvió a dormirse.

El domingo siguiente regresó al Rastro. Lo buscó por todos los puestos, preguntó a todos los expositores y de cada uno recibió la misma respuesta: «Aquí nunca hubo un viejo trapero llamado Miguel».

© Liliana Delucchi

Al aire libre

Marieta Alonso

Amalia apretó el paso. Ya estaba cerca de La Ribera de Curtidores y, como siempre, solo con oír el bullicio se le pasaron todos los males. Era para ella una cuestión vital no faltar ni un solo domingo al Rastro. El trapicheo de ropa, zapatos, quincalla y cualquier objeto de segunda mano era su debilidad y, en cierto modo, su medio de vida.

A media calle divisó a Fermín que daba los últimos toques al tinglado, justo enfrente al monumento de Eloy Gonzalo. Allí estaba con la espalda encorvada, el pelo cano, y sus dedos artríticos. Ya no eran unos chavales. Él, trece días exactos mayor que ella, le bastaba para que se creyera con derecho a protegerla. Discutían cada dos por tres, pero como todo entre ellos se desenredaba con palabras, siempre terminaban riendo.

De niños iban juntos al colegio, cada uno se casó con el mejor amigo del otro, incluso enviudaron con un mes de diferencia. Y cuando un día él se enteró de su precaria situación, la animó a que le ayudara en el puesto. Lo único que tenía que hacer era vender, vender hasta su alma si fuera preciso. Resultó ser una gran idea para ambas partes.

Desde la calle Juanelo vio venir a dos de sus clientas habituales. Se sacudió el cansancio y se dio prisa para llegar antes que ellas. La mañana comenzaba bien. Estaba segura de que la sábana encimera y la funda que para su ajuar bordó su madre hacía cincuenta años, les iba a gustar y no pensaba rebajar ni un céntimo.

No es fácil ser viuda y pobre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

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