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El cochecito de bebé

15 noviembre, 2024 por Akelarre 1 comentario

el cochecito de bebé

El cochecito de bebé

El primer cochecito fue fabricado en 1733 por el arquitecto inglés William Kent, quien recibió el encargo del duque de Devonshire para sus hijos. El invento consistía en ponerle ruedas a una cesta de mimbre, pensada para ser tirada por un pequeño animal.

A partir de entonces empiezan a surgir artesanos para el mismo empeño, aunque es a la familia estadounidense Crandall a la que se le atribuye la idea, que data de 1830. Y sería Jesse Crandall, el nieto del fundador de la empresa, quien introdujo una serie de patentes de mejoras, como el sistema de freno, la capota, la sombrilla e incluso el primer modelo que se conseguía plegar.

Este singular transporte ha inspirado a nuestras escritoras historias de amor y desamor, de vida y muerte, aunque todas ellas con un brillo de tesón y esperanza.

La dulce campiña inglesa

Cristina Vázquez

El bebé de Martha y James

Malena Teigeiro

Maternidad

Liliana Delucchi

El baúl de los secreto

Marieta Alonso

La dulce campiña inglesa

Cristina Vázquez

A mi querida tía Isabel le gustaba repetir que ella había vivido al borde de la felicidad, más bien al filo. Cuando ya era una vieja dama, afirmaba que siempre había estado ahí, unas veces a un lado, en el filo hiriente y otras… Dejaba que un silencio prometedor nos mantuviera en vilo, después del cual o narraba alguna historia o sonreía igual que si no fuera apropiado contarlo.  Nunca olvidaré su pícara expresión, recuerdos perdidos entre finas arrugas que la hacían soñar por un buen rato.

—Si yo hablara, os caeríais al suelo, niños.

Una de las historias que nunca olvidaré fue la de su estancia en Inglaterra durante tres meses. Se alojó en una casa recomendada por la profesora de inglés del colegio. Era una mansión, aseguraba poniendo unos ojos como canicas revueltas tras sus gafas.

 En la casa vivía una niña de su misma edad, así practicaría el inglés, le aconsejaron. Ella nos insistía en que su inglés ya entonces era perfecto. Sospechó que la habían mandado allí porque era un momento difícil en su familia. Su madre iba a tener un bebé y posiblemente, según el médico, podían surgir complicaciones. Como ya era época de vacaciones y no podían ir a su lugar habitual a pasar el verano, decidieron que era mejor mandar a la niña fuera.

Contaba, poniendo una cara desolada, que el cambio para ella fue tremendo. Acostumbrada a meses de playa, tiempo libre, helados y risas, aparecer en ese caserón en medio de la campiña en Hampshire, le pareció terrorífico.

—El paisaje bonito sí era, pero la casa daba escalofríos —sostenía arrebujándose en la prenda que llevara.

Era casi un palacio, narraba con indisimulado orgullo, aunque más de la mitad estaba cerrada, no lo vivían. El olor a moho era intenso. Los padres eran unos señores amables, circunspectos y por mucho caserón que tuvieran, comían y cenaban en la cocina. Tampoco nadie iba a ayudar en los quehaceres domésticos, por lo que la higiene resultaba ser más que dudosa. Había un cuarto de estar grande, único lugar donde transcurría la vida, y los dormitorios se hallaban en el primer piso.

La niña, Patricia, era una gordezuela de una blancura tal que las venas se le transparentaban. Aunque tuviera dieciséis años, igual que ella, cuando descubrió ese mapa venoso, pensó en una mujer mayor, asentía con seriedad nuestra tía señalándose las venas de su mano.

—Sí, ya sé que os cuesta creer que yo haya tenido dieciséis años alguna vez —rezongaba mimosa—. Pero los tuve y bien bonitos.

Se hicieron buenas amigas. Era parlanchina, atolondrada y juerguista. Exhibía una especie de necesidad de cariño, a veces de pegajosa proximidad, que la llevaban a extremos que, aunque a ella le parecían exageradamente sensibleros, denotaban una falta de afecto o atención.

En el ambiente de la casa y en las miradas de los padres que repentinamente se cruzaban alarmadas, sobrevolaba algo indescifrable que resultaba incómodo. No salían nunca juntos, siempre permanecía uno en casa. Hay que hacer la guardia, bromeaban.

Patricia y ella iban al pub del pueblo cercano a escondidas de los padres, los cuales consideraban low class ir a aquel antro y mezclarse con esa gente. Les daba igual, aunque supusiera alguna regañina lo pasaban bien, incluso muy bien. Normalmente en ese momento ponía una de esas expresiones picaronas indicadoras de que un silencio se imponía para no dañar nuestros castos oídos.

Pese a estas inocentes, recalcaba inocentes, diversiones, el ambiente en la mansión se iba volviendo cada vez más incómodo, y diría que hasta alarmante. Los padres estaban inquietos. A veces oía unos cuchicheos entre ellos que tapaban ásperas conversaciones y empezó a tener la sensación de que su presencia no era deseada.

Una noche oyó unos crujidos en el piso de arriba.  Parecía que algo se deslizara sobre unas ruedas mal engrasadas. Chirriaban. Se sentó de golpe en la cama. A su lado, en la otra, su amiga dormía con la misma despreocupación que vivía. Se quedó un rato despierta y al cabo de un momento el ruido se alejó para terminar desapareciendo. Al día siguiente preguntó a su amiga Patricia por los ruidos,  y esta aseguró que no había oído nada.

Transcurrido un tiempo volvió a suceder lo mismo, y además oyó en la lejanía una voz de mujer cantando una dulce canción. Su amiga volvió a negar que hubiera ningún ruido. Cuando sucedió de nuevo la obligó a oír los sonidos que se producían sobre sus cabezas.

—Qué pesada eres —dijo malhumorada.

Y le hizo jurar mantener el secreto, sino sus padres se enfurecerían y se acabó el ir a España con ella.

—Yo lo juré solemnemente—nos aseguró muy sería.

Y mientras oían el chirriante ruido y la cancioncita que se iban alejando, le relató que arriba vivía la dueña de la casa. Era una especie de tía abuela de su padre que, a cambio de que no la metieran en un manicomio, les dejaba en herencia la propiedad. Se estiró tan tranquila. Ellos pensaban hacer un hotel y a la vieja apenas la veían. Patricia siguió contándole que había perdido a su hijo en una reyerta, aunque ella decía que en la guerra. Desde entonces, para consolarse, la anciana paseaba el cochecito de cuando era niño.

Hizo sobre la sien el gesto de que estaba loca.

—¿Quieres que subamos un día? —preguntó con absoluta naturalidad—. Aunque verla da un poco de yuyu, la verdad.

Se dio media vuelta y volvió a dormirse tan tranquila. Mi tía, añadía con voz trémula, se negó. Tuvo un mal presentimiento pensando que podía haberle sucedido algo a su madre o al hermano que esperaba y pidió una conferencia con España. Entonces ni móviles ni gaitas, demoras y mucho grito por el teléfono. El niño había nacido ya y estaban muy bien los dos, le dijo su padre feliz, la iban a llamar hoy mismo para decírselo. Se puso a llorar de la emoción y del miedo que tenía. Le pidió a su padre que necesitaba volver.

Esa misma tarde la recogieron para ir al aeropuerto. Mientras se despedía, observó las caras de satisfacción al verla desaparecer. Miró por el cristal de atrás del coche y vio en una ventana una sombra agarrada a un cochecito de bebé.

Good bye.

© Cristina Vázquez

El bebé de Martha y James

Malena Teigeiro

A pesar de estar ya al final de su embarazo, se había ido de casa. Apenas llevaba una maleta cargada con la ropa para el bebé que en pocas semanas nacería. De momento tenía que pensar dónde iba a vivir. A aquella casa no pensaba volver. James, su marido, no la entendía. Su suegra tampoco, por lo que no era plan quedarse a vivir con ellos. Sus padres hacía años que habían fallecido, y su hermana Mery… De esa mejor ni hablar.

Al mismo tiempo que ella, llegó un autobús a la parada. Se subió sin importarle el destino. Iba casi vacío. Colocó la pequeña maleta a su lado. Lo primero era decidir dónde ir, se dijo mientras contemplaba las calles que iba recorriendo. En aquel momento el bus pasaba por el barrio de Knightsbridge. ¡Qué casualidad! Seguro que era una señal Divina. Recogió la maleta y se bajó en Brompton Road, justo enfrente de Harrods. Sin soltar su exiguo equipaje, entró en los almacenes.

—¿Tienen alguna consigna donde poder dejar esto? —preguntó al portero levantando apenas la maleta.

El uniformado la miró de arriba abajo y se volvió dándole la espalda. Martha movió la cabeza molesta. ¿Pero quién se había creído ese hombre que era ella?

Decidida y sin mirar atrás, se dirigió directamente a las cabinas de los servicios. Entró en una de ellas, dejó la maleta encima del retrete y salió, no sin antes dejar la puerta cerrada por dentro. Rápida se dirigió a la planta de niños. Con un poco de suerte todavía estaría allí. Cruzó la planta hasta el lugar donde se hallaban los coches para pasear a los recién nacidos. El que había elegido era el Silver Cross azul marino.

Al entrar en el departamento de bebés, la jovencita que la había atendido la otra tarde se encontraba al fondo, doblando ropita. Como si la estuviera esperando, giró la cabeza y le sonrió. ¡Qué suerte! La había reconocido, pensó Martha satisfecha. La joven le acercó una silla.  Se sentó despacio, pensando que hasta entonces no había percibido lo cansada que estaba. ¿Ya lo ha enviado?, preguntó colocando la otra mano sobre el hinchado vientre. No, contestó la joven. ¿No recordaba que le había pedido que esperara unas semanas? Era cierto, replicó moviendo la cabeza. No se podía imaginar la alegría que le proporcionaba haber tomado esa precaución. Así lo recogía ella en ese momento. La joven frunció las cejas. ¿Usted? ¿Ahora? Los labios de Martha se expandieron en una alegre sonrisa. Bien. Pero tiene que esperar un rato, porque lo tenemos que montar. No le importaba. Allí estaba muy cómoda, replicó volviendo a poner la mano sobre el vientre. Inquieta se dio cuenta de que desde hacía un rato sentía regulares las contracciones. Recorrió con la mirada la exposición de cochecitos. El que ella había elegido sin duda era el más bonito. Lo peor de todo era que todavía no conocía dónde iba a ir en cuanto lo recogiera. Ya lo pensaría en cuanto estuviera en la calle, se dijo retirándose el cabello del rostro.

Una media hora más tarde vio aparecer a la simpática morenita. Si pusiera una tienda la contrataba, pensó Martha al verla empujando su cochecito con una mano. En la otra llevaba un paquete.

—¡Aquí está! —exclamó deteniéndose delante de ella—. Dentro le dejo este paquete. Es un regalo que le hace el almacén. Son colonias, talco y las cosas más necesarias para el aseo de su bebé. ¿Se encuentra bien? Está usted un poco pálida.

Ella se levantó con esfuerzo. Se apoyó en el manillar al tiempo que decía que quizá estaba un poco cansada. Pero que no se preocupara. Gracias. Luego firmó el recibo y empujando el cochecito se dirigió a los servicios. Después de pedir ayuda para que le abrieran la puerta, recogió la maleta que colocó también dentro del coche azul marino, de ruedas grandes y blancas. Lo empujaba feliz, aunque el tacaño de su marido se hubiera negado a que lo comprara.  ¿Tú quién crees que eres?, gritó cuando le dijo que quería aquel coche. Ella siempre lo tuvo claro: aunque le costara el matrimonio, su hijo iría en uno igual al de los nietos de la reina.

Un tibio sol la recibió al salir a la calle. De nuevo sentía una contracción. Miró hacia el cielo. Iba a nacer en un día precioso. Pero, ¿dónde? Recordó que su hospital no estaba lejos. Lo mejor sería dirigirse directamente allí. Y en cuanto llegara llamaría a… ¿A quién?

Intentaba caminar deprisa. De vez en cuando se detenía y jadeaba. Allí estaba, se dijo en cuanto vio al final de la calle el gran edificio de ladrillos rojos. ¿Se encuentra mal, señora? ¿Necesita ayuda? Ella, con los ojos medio cerrados, todavía tuvo ánimo para una sonrisa. No gracias. ¿Va al hospital? Sí, contestó titubeante. Jamás una palabra tan corta se le había hecho tan larga. Deje, que yo le llevo el cochecito. No. No. El cochecito, no, susurró sin soltarlo. La señora se colocó a su lado y la cogió por el codo. Déjeme que la ayude. Ya casi estaban en urgencias cuando escuchó a la señora gritar: Una silla, un médico. Esta mujer está dando a luz.

No sabía después de cuánto tiempo se despertó en una habitación pintada de color verde clarito. No vio el cochecito ni la maleta con la ropita del bebé. Tampoco el camisón que llevaba era suyo. Giró la cabeza. ¿Dónde estaba la cuna? Escuchó un quejido, se incorporó.

Sentado entre la penumbra de una esquina, James lloraba.

© Malena Teigeiro

Maternidad

Liliana Delucchi

Siempre quise tener hijos, pero mi primer marido era impotente. Por suerte tuvo el buen gusto de morir después de aburrirme durante varios años con su colección de sellos. El segundo, se asustó tanto cuando le dije que quería ser madre que salió para jugar cartas con sus amigos y nunca volvió. Quise adoptar, pero dado mi estado civil y edad, me denegaron la petición. Afortunadamente, el estéril me dejó una considerable cantidad de dinero, por lo que no tuve que trabajar, hasta que un día, leyendo el periódico, vi un anuncio que solicitaba niñera.

Como he dicho, no necesitaba un empleo, sin embargo, la posibilidad de cuidar de unos mellizos de poco menos de un año, me hizo llamar al timbre de los señores Casale, el embajador de Italia y su esposa.

Esos angelotes rubios suplieron durante años mis ansias maternales. Sobre todo me gustaba llevarlos al parque. Mientras eran pequeños montaba a los dos en un cochecito de bebé rojo, recorríamos los senderos arbolados a los que yo ponía música con canciones de cuna hasta que se quedaban dormidos. Cuando fueron un poco más grandes jugábamos, yo les enseñaba español y ellos a mí italiano.

La señora estaba poco tiempo en casa; entre sus obligaciones diplomáticas y recaudar fondos para enviar a su país de origen que había quedado devastado por la guerra, la pobre no tenía tiempo para dedicar a «mis» niños. Fue la época más feliz de mi vida: por fin era mamá, aunque nunca me llamaron así.

Cuando pasado el tiempo el gobierno le dio otro destino al Signore Maurizio, sentí que el mundo se venía abajo. Nos despedimos con lágrimas, aunque con la promesa de escribirnos, así pude enterarme de que mis angelitos se transformaron en hombres y hasta se casaron. El día de nuestra despedida, la Signora Livia me hizo un regalo que conservo: el cochecito rojo con el que paseaba a los niños. Lo situé junto a la cristalera del balcón, a la sombra de los árboles de la calle. El pobre estuvo vacío hasta hace unos días.

Justo debajo de mi piso vive una joven encantadora con la que nos intercambiamos no solo amables saludos sino también algunos recados; nos regamos las plantas mutuamente cuando una de las dos se va de vacaciones y también cuido de su gata, que no sabemos cuándo se ha quedado preñada. Tuvo cuatro pequeños felinos, todos rubios, dos de los cuales fueron para la hermana de mi vecina.

—No puedo con los otros, junto con la madre serían tres —me dijo Julieta.

—De acuerdo, yo me quedo con los mellizos —respondí.

Los bauticé Giorgio y Luciano, como mis pequeños Casale, y desde entonces duermen en el cochecito  rojo.

© Liliana Delucchi

El baúl de los secreto

Marieta Alonso

Al pie de la cama estaba el enorme baúl de caoba de la abuela.  Levantó la tapa y del interior se escapó un tenue olor a naftalina. Un papel de seda envolvía una canastilla completa y debajo de todo cubierto por una manta marrón un cochecito antiguo de bebé. En la esquina derecha, casi oculto, un diario de tapa dura.

Lo tomó entre sus manos y sentada lo hojeó con cuidado, curiosa. Lo escrito no abarcaba muchas hojas. La abuela tenía una letra muy clara, frases cortas en las que se podían leer entre líneas la alegría de una espera y el dolor de dos pérdidas.

1941

¿Cuándo planeas tener familia? Eran mi madre, mis tías, las amigas, quienes no dejaban de hacer esa pregunta tan habitual desde el día en que me casé, hace ya de ello dos años. Y yo deseaba que una semillita echara raíces en mí, que creciera y poder gritar al viento: ¡estoy embarazada!

Pero el destino tenía otros planes. Los japoneses bombardearon Pearl Harbor y esa guerra absurda entró de lleno en mi familia. Tom fue llamado a filas. A los quince días de su marcha, me di cuenta de que una nueva vida iba creciendo en mí. Ni siquiera tuve antojos. Cada siete días, los miércoles, escribía a Tom contándole los cambios que ocurrían en mi cuerpo de una semana a otra.

Pasaron los meses y recuerdo tal y como si fuera hoy aquel día en el jardín. ¡Cómo olía el viento esa soleada mañana! Evoco la sensación de hierba mojada bajo mis pies desnudos… Mi mirada se pierde a través de la ventana.

De un jeep se bajaron dos oficiales del ejército. Caminaron hacia mí con las gorras bajo el brazo. Me entregaron un papel que decía: Muerto en combate. Perdí el conocimiento.

Tengo un recuerdo vago de todo lo que pasó, como un ruido de sirenas. Al abrir los ojos vi ante mí el rostro del médico y oí sus palabras amables, luego el de una enfermera que tenía mis manos entre las suyas, y por último el abrazo de mi madre cuando la dejaron entrar en la habitación. Por ella me enteré que fue demasiado tarde cuando se dieron cuenta de que nunca tendría la dilatación suficiente. Hicieron un corte, pero ya mi niño estaba muerto.

En ocasiones logro alejar de mi mente los pensamientos sobre el bebé y me concentro en algo que debo hacer. Estar ocupada es lo mejor para mí.

Hoy, por vez primera, no sentí la necesidad de llorar. Estuve todo el día lijando y barnizando la puerta de la calle. Una vecina me preguntó si mi padre era ebanista, si me había enseñado, porque estaba quedando muy bien. Le dije que no, en todo caso, mi padre siempre hablaba de tener la casa y los muebles en perfecto estado. Su filosofía era: nada roto en el hogar. Daba sensación de pobreza.

A mi amiga Bette le gusta cotillear de los demás y siempre tiene una opinión, un chisme, una anécdota, algo para entretener y hacerme reír, aunque termine llorando. Viene todos los días. Según ella es una persona comprometida con la vida y yo debería hacer lo mismo. Dice que va a tirar el diario un día de estos al cubo de la basura.

---0---

Para Alice encontrar aquellas palabras escritas fueron una verdadera sorpresa. La abuela nunca habló de ese primer matrimonio ni de haber perdido a su único hijo varón.

Ahora, en su honor, la nieta tiene esas hojas unidas y protegidas en un lugar destacado de la librería y como el más preciado de sus muebles en una esquina del cuarto de estar se encuentra, repleto de flores, el antiguo cochecito de bebé.

A todos llama la atención esos ramilletes que cada dos o tres días cambia en honor de aquella mujer fuerte, de sonrisa triste y abrazos alegres que aprendió a vivir con su cruz a cuestas.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Juego de la Oca

15 octubre, 2024 por Akelarre 2 comentarios

el juego de la oca

El juego de la Oca

El juego de la oca es un pasatiempo de mesa para dos o más jugadores. Es un tablero con un recorrido en forma de caracol. Dependiendo de la casilla en la que se caiga, se puede avanzar o retroceder. Gana quien llega primero al «jardín de la oca», en la número 63.

Las originarias versiones comerciales aparecieron en la década de 1880 y estaban decoradas con motivos alusivos a la época. Se cree que el primer tablero fue regalado por Francisco I de Medici a Felipe II de España. El ejemplar más antiguo que se conoce data del 1640 y fue realizado en madera de origen veneciano.

Como en el Juego de la Oca, los personajes que se perfilan en los cuentos de este mes se enredan con las oportunidades que les da la vida…, a veces ganan y otras pierden.

Esperamos que disfrutéis con su lectura.

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

¡Maldito juego!

Cristina Vázquez

Al pasar ante un espejo o un cristal, Ambrosio no podía evitar mirarse. Siempre se llevaba una sorpresa. Le costaba reconocerse en ese hombre tonsurado, vestido de negro y de sonrisa afable. Algo parecido a la amargura le dejaba un sabor ácido en la boca.

Llevaba años siendo abad de una iglesia renombrada con feligresía numerosa y una congregación de mujeres llenas de fervor que, además de hacer el bien, se sofocaban con sus pláticas. Un santo, bisbiseaban. Un santo y un pedazo de hombre. Incluso, alguna osada, después de un oporto, se atrevía a confesar que si no llevara sotana…

Se veía obligado a ir a merendar a sus casas, que procuraba espaciar lo más posible sin que se ofendieran, situación en la que se lucían en una dura competencia de pasteles y delicias. Pero eran un buen soporte de la parroquia para otros menesteres y bondades, sin duda, se decía al alejarse de ese gallinero calentón y pesado. ¡Mujeres a él! Si fueran de otro pelo… Pero no, Ambrosio, todo eso pertenece al pasado y ese pasado, a Dios gracias y a su esfuerzo, había conseguido alejarlo. Casi olvidarlo.

Alguna noche, muy de vez en cuando, iba a la partida de cartas que jugaban en el casino o en la rebotica, pero procuraba no dejarse caer por ahí. Revivía el sabor cálido del alcohol en la garganta, la emoción de la apuesta, el sudor frío en las manos cuando ganaba. Temía perder la compostura, el control. Ya le había costado un puesto, hacía ya años, pero no quería volver a pasar por ahí, con la amenaza de que si volvía a suceder algo parecido sería expulsado de la Iglesia y quién sabe si excomulgado.

Entró en el seminario con los treinta cumplidos y un pasado turbulento a cuestas en el que no habían faltado broncas, deudas de juego, huidas, palizas, mujeres… Una vida muy poco ejemplar y en el fondo muy desdichada.

Una noche se había quedado a dormir la mona en el atrio de una pequeña iglesia. Acababa de huir de un tipejo mal encarado con el que jugó al inocente juego de La Oca, al que el hombre obligaba a apostar.

—El que llegue primero se lleva todo, y el que caiga en prisión o en la horca —se pasaba el dedo por el cuello simulando una degollación.

Le impresionó su rudeza y la seguridad que mostraba, como un matarife forzudo y decidido. Casi siempre ganaba él, tirando los dados con una precisión mágica. Ambrosio, envalentonado por el alcohol y las pérdidas, se atrevió a decirle que hacía trampa. El tipo tiró el tablero por los aires y le agarró por el cuello.

—Nadie se ha atrevido nunca a dudar de mi juego —su voz bronca apestaba a orujo—. Yo te maldigo. En este juego hallarás tu muerte.

Con la luz del día dándole en los ojos, después de la desagradable noche y el frío que pasó en el atrio, le despertaron unos golpes en el hombro y, asustado, dijo que ya se iba. El hombre que le miraba era un viejo de escaso pelo, mirada clara y sotana raída.

—Levanta, chico, que ya cantó el gallo.

Al ponerse en pie se tambaleó un poco, el sacerdote le sostuvo por el codo. Con sonrisa pícara le invitó a pasar y compartir el café. Le preguntó quién era, qué hacía, qué proyectos tenía y sin darse cuenta Ambrosio empezó a contarle su vida, más bien su deshecho de vida, concluyó agarrado a la taza ya fría.

—Pareces un buen chico, pese a lo que me cuentas —golpeó la mesa con suavidad—. Todo, menos la muerte, tiene solución.

Empezó a cuidar el jardín y don Lupercio, que así se llamaba el cura, le convenció que fuera al seminario. Así se apartaba del mal camino, podría devolver con el bien el mal hecho y siempre tendría un buen refugio en la Iglesia.

—¿Y la fe? —preguntó agobiado antes de tomar la decisión.

—La fe, hijo, llega o no llega —le puso las manos sobre los hombros—. Pero la vida sigue.

Y ahí estaba, hecho todo un abad, reconocido, admirado y hasta querido.

Una noche que aceptó la partida propuesta por el boticario en el casino, cuando llevaban ya un rato, oyó el ruido de los dados al ser movidos en el cubilete y sintió una gran aprensión. Se giró y ahí estaba ese horrible hombre, que, aunque envejecido su voz era la misma, así como el estilo de su charla áspera y tonante. Pensó que no le podría reconocer, pero cuando estuvo delante de su mesa con el tablero del juego bajo el brazo, se pasó el dedo por el cuello como la última vez que le vio.

—Esta vez no te librarás.

© Cristina Vázquez

El novio de la viuda

Malena Teigeiro

Llevaba en la sala de espera del Ayuntamiento desde hacía una hora. En cuanto la secretaria, pronunció su nombre, se levantó de golpe. Con paso feliz, elegante, entró en el despacho de la concejal. Esa mañana era la teniente de alcalde la encargada de recibir las visitas, cosa que a Elena no era lo que más le podía agradar. Aquella mujer tenía fama de ser muy cotilla. Mañana todos sabrán a qué he venido, pensó. ¡Le daba lo mismo! En el fondo estaba segura de que quienes la criticaban le tenían envidia. ¿Qué esperaban? ¿Acaso porque era viuda tenía que llorar una noche tras otra? Pues no. Últimamente las noches las utilizaba para disfrutar. Con una sonrisa, se subió el cuello de la camisa. Esperó a que la concejal, que escribía con verdadera atención en un papelito, levantara la cabeza. Después de unos segundos, se decidió a interrumpirla.

—Marta, no deseo entretenerte. Conozco lo ocupada que estás. Solo quiero que me des día y hora para que me case el alcalde. Quiero irme de viaje de novios antes de junio, por lo que necesito conocer, pero ya, el primer día que tiene libre.

—Bueno…, bueno. Las cosas no son así —la munícipe comenzó a colocarle la tapa a la pluma.

—Pues ya me dirás qué formulario tengo que rellenar —su voz sonó con un deje de retintín.

—No es cuestión de un formulario. Elena, tienes que ponerte a la cola, como todos en el pueblo. Pero ya te voy diciendo que hasta el mes de octubre el señor alcalde no tiene una fecha libre.

Con el bolso de charol negro encima de las piernas, Elena se llevó la mano al flequillo y se recolocó un rubísimo rizo por detrás de la oreja. ¡Qué seca era aquella mujer!, se dijo Recordó la última partida del juego de la Oca con su novio. Fue la noche anterior. Qué risa cuando le tocó la muerte. Menos mal que ella conocía cómo revivirlo. Sin borrar de su mente el resultado del juego, pestañeó con gracia. Cruzó las piernas y, con una sonrisa que la otra entendió como que le estaba tomando el pelo, añadió:

—Pues verás, bonita. No estoy dispuesta a esperar tanto, por lo que, si las obligaciones del alcalde le impiden tener diez minutos para casarme, dime quién de todos vosotros está libre. Por falta de ediles en este ayuntamiento no será. Digo.

—Elena, al alcalde le gusta ser él quien celebre las bodas.

—A mí también me encantaría. Pero si tengo que esperar hasta octubre, me da lo mismo que me case el alcalde, el ujier, o el sargento.

—No entiendo a qué tantas prisas —silabeó.

—¿Que no entiendes las prisas? ¡Ah!, claro. Ahora lo comprendo —suspiró profundo arrellanándose en el sillón.

—¿Qué es lo que comprendes? —inquirió Marta.

—Pues te lo voy a explicar: Tan poca prisa te has dado en la vida, tanta calma tienes, que te has quedado para vestir santos. Lo que tú llamas mis prisas, me hacen ir ya por el segundo marido, y eso porque no cuento a aquellos con los que solo me explayé un poco.

—Tienen que terminar —avisa la secretaria Alicia desde la puerta.

—O sea: me tienes de plantón mientas estás escribiendo algo tan importante que al menos debe ser tu testamento. Luego, cuando le pones el capuchón a esa pluma tan bonita, lo haces diciendo que no tienes fecha para mi boda, y ahora…, ¿te vas a atrever a echarme? ¡Pues sí que estamos bien! Pero no te preocupes —la señaló con el dedo—, que esto lo arreglo yo en un momento. Solo tengo que llamar a Engracia, ya sabes, la mujer del alcalde. Verás lo prontito que su hombre tiene una hora libre. O si no, mejor llamo al redactor del «Adelante Pueblo», y se lo cuento. Sí. Eso será todavía mejor.

—Mujer, no te pongas así. Espera un momento que voy a ver con calma todos los horarios.

Con la vista fija en la que Elena siempre supo era su mayor envidiosa enemiga respiraba agitada.

—¿Y con quien se casa, doña Elena?, si se puede saber —preguntó amable Alicia quien, a su lado, esperaba para acompañarla a la puerta. Ella se apoyó en el respaldo y la miró sonriente.

—Con Luis Gómez.

—Pero ¡qué me dice doña Elena! ¿Que se casa con el hombre más guapo del pueblo? ¡Qué suerte! Dicen que solo tiene un defecto, que no para de jugar a la Oca. ¿Es cierto?

Recordando las noches con el tablero encima de la cama, la mujer movió la cabeza sonriente. Para qué le iba a contar a esa niña lo que hacían cuando caía en la casilla 19, la de la posada, ¡tres noches con sus días encerrados en la casa! Aunque a ella casi le gustaba más caer en la 31, la del pozo. Tampoco estaba mal la del «y tiro porque me toca». ¡Pero qué divertido era jugar a la Oca con Luis! Nunca se lo habría imaginado, pensaba cuando le escuchó decir a la secretaria que hasta ella estaba enamorada de él.

—¡Ay, doña Elena! Cuando se lo cuente a mi madre… ¡Es que no se lo va a creer!

—Es verdad. Es muy guapo.

La teniente de alcalde se pasó la lengua por los labios. Un escalofrío le recorrió la espalda. Vamos, ni que tuviera miel en la boca, se dijo sin querer pensar en el único recuerdo que tenía de un beso.

—¿Pero no es mucho más joven que tú? —espetó la munícipe con los hombros encogidos.

—Mira que estás faltona —replicó Elena echando el cuerpo hacia delante—. Sí. No lo voy a negar, es cierto. Es más joven y mucho más guapo. Y también es un vago —al ver que Marta abría la boca con intención de contestar, levantó la mano—. No me digas nada. Todo lo que puedas decir lo sé: Tengo cuarenta años y él veintiséis. Según todos en este pueblo, estoy loca, y puede que sea así. ¿No lo estarías tú si hubieras estado casada con un borracho durante quince años? Ése del que todos decíais que era encantador y muy simpático. Los frutos de aquellos pesares ahora le servían para su boda. Sí. Sí, para casarme con ese que llamáis el tonto de la Oca y al que ninguna solterona hacéis ascos —la concejal levantó la cabeza y la miró con el ceño fruncido—. Verás que pronto lo entiendes.

La mujer apoyó los codos en la mesa, y con sus hermosos ojos bien abiertos, continuó. «Gracias a mi difunto marido, que el Señor lo tenga en su Gloria, porque a mí buena paz me ha dejado, heredé un perrito de aguas, la fábrica de papel, y el piso donde vivo. Además del chalé en Benidorm, tengo varios pisos alquilados. También poseo buenos y seguros valores en el banco. Conozco que de joven fui francamente guapa, y que a mis cuarenta todavía estoy de buen ver. ¿O no?».

—Sí. Pero la diferencia de edad…

—La diferencia de edad… ¿dices? —Marta asintió— ¿Y no crees que lo que yo aporto vale más que unos pocos años?

—Doña Marta —susurró la secretaria—, el concejal de Obras siempre anda comentando la ilusión que tiene de casar a una parejita enamorada. ¿Le pregunto qué día le viene bien?

—Pregunta, pregunta. Que podría ser que hasta quiera cambiarse por el novio —susurró la munícipe.

—Anda chica. Ese muermo te vendrá bien a ti, aunque antes tendrá que dejar a su mujer —replicó Elena airada.

—Ni de eso es capaz —susurró la secretaria mientras marcaba muy sonriente el número del despacho del concejal de Obras al tiempo que pensaba si sería cierto eso que contaban de la capa de plumas blancas que Luis se colocaba cuando le tocada eso de «de oca a oca y tiro porque me toca».

© Malena Teigeiro

El recreo

Liliana Delucchi

—De oca en oca y tiro porque me toca.

Maldito gordo, me va a ganar otra vez, aunque no me importa. Insiste en que juguemos todos los días a modo de terapia. No sé su verdadero nombre, lo llaman Soprano, por el protagonista de aquella serie. No sólo es grandote y fuerte, sino que fue (o sigue siendo) el jefe de una familia mafiosa.

Desde que ingresé, por algún motivo para mí ignoto, me cogió bajo su protección, y ninguno de los reclusos se mete conmigo, a veces hasta me invitan a un cigarrillo.

—Tira, hombre. Tienes que hacerlo con más ganas —ordena con ese tono bajo que lo caracteriza.

—Odio este juego y lo sabes.

—Por eso mismo, tienes que superarlo. Piensa que estás jugando con ella.

—Si por un momento te confundiera con esa puta, te mataría.

Tony esboza una media sonrisa y empuja los dados hacia mí antes de decir:

—No tienes motivos…, y yo te protejo.

—Ella nunca lo hizo.

Echa los hombros hacia atrás para enderezar su columna y golpea la mesa con los dedos, como si tocara el piano. A la espera de mi siguiente movimiento, pregunta:

—¿Fue siempre tan mala?

—Desde que era un niño. Cuando mi hermana mayor y yo enredábamos con las ollas, se acercaba y, después de gritarme que fuera a jugar al fútbol, de un manotazo tiraba todos nuestros cacharros al suelo.

Soprano me mira y menea la cabeza. Le doy lástima. En su mundo tampoco hubieran aceptado a un chico como yo.

No sé cuánto tiempo hace que está aquí ni cuánto le queda para cumplir condena. Tampoco cuáles fueron los cargos. No me interesa, es un buen amigo. Si es que se puede llamar así, pero es el tipo de relación que escasea en este entorno, por eso la valoro.

Se acerca un guardia para avisarle que tiene una visita. Será su hermana que le trae libros.

A Tony le ha dado por la psicología y en la biblioteca de la prisión es difícil encontrar libros de Freud o Jung. Y resulta que yo soy su paciente, practica conmigo. Será por eso que me cogió bajo su tutela.

Cuando regresa con unos volúmenes bajo el brazo, me ordena:

—A las seis. Mientras todos estos descerebrados estén viendo el partido de fútbol, nos encontramos en la sala de lectura.

—Allí nos vemos —respondo sumiso.

No sé cómo se ha agenciado de un par de cafés, no es la hora, pero ¿quién le negaría algo a Soprano? Dispone las tazas y lanza su primera pregunta de la sesión:

—¿Qué hacía tu padre?

—Era constructor.

—¿Y ella?

—Ama de casa, cotilla y chupa cirios.

Me mira expectante a la espera de mis palabras. Creo que sus estudios le están dando resultado.

La sala se inunda con los gritos de ¡goool!, que vienen del local donde está instalada la televisión. Tony enciende un cigarrillo a la espera de que se acallen.

—Continúa.

Obedezco:

—El día que, al regresar del colegio le dije que no iría a la universidad sino a una escuela de cocina, montó en cólera.

—Normal. Quería un hijo abogado o ingeniero, no un cocinero —reflexionó.

—Exacto. Dijo que era como ser bailarín o modisto, profesiones indignas para un hombre.

—Pero no le hiciste caso y terminaste abriendo tu propio restaurante.

—Y encima me casé con una de mis camareras. Una diosa: inteligente, trabajadora y que sabía seducir a los clientes. La hice mi socia —el recuerdo de Lucía me ilumina.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que te dejara por otro?

—Dos años…, tres. Era un cliente —tiro un dado. Tres puntos—. La verdad es que el hombre era guapo, elegante; de esos a los que la empresa les paga la comida. Dejaba buenas propinas.

Soprano mueve ficha. Da unos golpes en su casilla, expectante. Continúo:

—Me vine abajo. Bebía más de la cuenta; tuve algunas citas a ciegas, otras por internet, pero nada. Ninguna de ellas era Lucía. —Vuelvo a tirar—. Me transformé en un alcohólico y un día, uno de esos tipos que conoces en los bares de la noche me ofreció una raya.

—Y perdiste el restaurante.

—Primero pedí una hipoteca sobre el negocio, después otra sobre mi casa.

—Así fue como te quedaste sin nada.

—Exactamente. Y volví a casa de mi madre.

—¿Y tu hermana?

—Ella se había casado con un buen tío. Tenían dos hijos, no podía ir a joderles la vida.

Me da un ataque de rabia. Empujo el tablero y todo cae al suelo. No hay mucho estrépito, de haberlo, lo hubiera tapado los gritos de los futboleros.

Me levanto y recojo. Pongo las fichas donde presumo que estaban. Soprano me mira, creo notar una cierta piedad en sus ojos. Me disculpo:

—Lo siento. Jugábamos a esta mierda cada vez que yo volvía del bar cutre donde preparaba comida rápida —no levanto la vista. Me niego ver su expresión que intuyo de lástima—. Yo, un cocinero que aspiraba a una estrella Michelin, preparando hamburguesas y patatas fritas.

Tony está inmóvil. No interviene. Espera mi relato.

«Mientras jugábamos, repetía continuamente la misma cantinela: eres un inútil, siempre lo fuiste, ni para elegir mujer has servido…, y un montón de lindezas más con las que amenizaba nuestra diversión nocturna.

—Hasta que un día explotaste.

—Me di cuenta de que iba a hacerlo, por eso llamé a la policía —ahora sí levanto la vista. Lo miro a los ojos—. El funcionario que atendió el 112 no creía que iba en serio. ¿Quién llamaría para decir que va a matar a su madre?

Miro hacia la ventana por la que presumo cae la tarde. Los cristales están sucios. Lucía los hubiera limpiado. Nuestra casa siempre estaba impecable, olía a su perfume.

—Y al final, ¿aparecieron los maderos? —Inquiere el mafioso.

—Demasiado tarde, ya le había seccionado la yugular con mi cuchillo de cortar carne. Siempre los tuve bien afilados.

Soprano se echa hacia atrás en la silla, está a punto de lanzar el dado, pero se detiene. Empuja el tablero y apoya sus manazas sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

—Para nada. Estoy mejor aquí que con esa zorra amargada. Además, de no haberlo hecho, no te hubiera conocido.

—No me hagas la pelota, cocinero. Eso ya lo hace el resto de los reclusos.

Tiro el dado y esta vez soy yo quien dice con una sonrisa: «de oca en oca y tiro porque me toca». Él lanza una carcajada.

Me levanto de la silla, siento el cuerpo ligero; antes de llegar a la puerta me doy la vuelta y propongo:

—¿Mañana, después del desayuno?

© Liliana Delucchi

Huellas del Camino

Marieta Alonso

Cuenta la leyenda que el juego de La Oca fue creado por los templarios en el siglo XII, inspirándose en el Camino de Santiago. Eso comentan. A mis nietas les encanta y cada tarde le dedicamos un buen rato.

Hoy los recuerdos se me agolpan. Vuelvo a aquella época cuando, muy ufano, me fui a Roncesvalles. Alquilé una bicicleta, sin acordarme el trabajo que cuesta sortear el abismo que media entre las aspiraciones y las aptitudes de uno.

Antes de comenzar el Camino entré a ver a la Virgen. Cuatro hombres y dos mujeres esperaban a que los religiosos terminaran de rezar los «laudes». Estaban sentados, cada uno en un banco, eso demostraba que no se conocían. Al finalizar los rezos, un sacerdote nos dio la Bendición.

—Venga, abuelo, te toca tirar.

Salí de la Iglesia. Cada cual tomó su camino. Me puse la mochila a la espalda, pero en vez de subirme a la bicicleta se me ocurrió que habiendo leído que la Colegiata era el único ejemplar en España del gótico francés, lo menos que debía hacer era visitarla.

Dicen que la edificó el rey Sancho VII El Fuerte, el que medía dos metros y le tuvieron que enterrar con las piernas cruzadas. ¡No cabía en el ataúd! Este rey participó en la batalla de las Navas de Tolosa y de allí se trajo unas cadenas que desde entonces forman parte del escudo de Navarra. No pude ver la famosa esmeralda de Miramamolin, ni el Ajedrez de Carlomagno. No recuerdo el motivo.

Después de saciar mi curiosidad me dirigí a Burguete, es un pueblo con techumbres a cuatro aguas. Así que seguí hasta el Espinal. Las casas son muy parecidas al anterior. Lo dejé atrás.

Ante mis ojos apareció Viscarret y aparqué cerca de una de las señales del camino. Un buen bocadillo de jamón y queso, aderezado con vino era lo que me apetecía. Con la barriga llena y cantando seguí mi rumbo. Llegué a Zubiri, nada más entrar me topé con una señal: Puente medieval y albergue de peregrinos. Lo que buscaba. Me voy a cenar. Mañana será otro día.

−Abuelo, has caído en el puente, tienes que ir a la Posada y pierdes el turno.

−¿Qué?

Siempre he tenido fama de tramposo en los juegos de mesa, pero esta vez estoy alelado recorriendo el Camino a la vez que juego.

Al día siguiente, suena el despertador a las cinco y media de la mañana. Me levanto con agujetas. Esto de pedalear tiene estas consecuencias. Continúo mi camino y encuentro a dos ancianos de unos noventa años que hablan de sus cosas. Presto atención. Uno de ellos es hermano del que fue cura durante cuarenta años en ese pueblo. Hablan de la Guerra Civil y de cómo está la juventud. El otro cuenta que su padre murió en la Guerra de Cuba.

−¡Eh, abuelo! Espabila.

Tiro el dado con desgana y caigo en la casilla de la cárcel. Tendré que dejar pasar dos turnos.

Llego al refugio de Trinidad de Arre. A los peregrinos que iban andando y en bicicleta les he perdido de vista. Yo voy a mi aire. A ver, ¿es culpa mía pararme a contemplar esas buganvillas, ese derroche de colores que encuentro por el camino?

−Abuelo, ¡despierta!

Mi hija, como siempre, mete baza, la escucho aunque habla bajo: Hay que ver lo cargantes que son los hombres. Si no fuera porque debemos perpetuar la especie se podría prescindir perfectamente de ellos.

No me molesto en contestar. Tiro el dado y con tan mala suerte caigo en la casilla de la Calavera: tengo que volver a la casilla número uno.

−Abuelo, ¿qué te pasa, hoy?

−Es que estoy pensando en el cantar de los ríos, en las iglesias románicas donde se escucha el silencio, en la tierra reseca que aguarda la tormenta...

Mi prosa poética ha sido interrumpida por un grito atronador:

—¡He ganado! —y frente a mi deteriorado oído, chilló— ¡Soy la mejor!

Es la mayor de mis nietas que es idéntica a su madre. La pequeña se tiró al suelo y se echó a llorar. Y yo, de pronto, no me explico qué me ha pasado. ¿Cómo es posible que me haya dejado ganar?

© Marieta Alonso

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Mosaico romano

15 septiembre, 2024 por Akelarre 4 comentarios

mosaico romano

Mosaico romano

Cuando los romanos fueron conquistando las regiones de Asia Menor y Grecia a lo largo del siglo II A.C., la obra de mosaico era ya común en todo ese mundo. Este arte traspasó con facilidad la ciudad de las siete colinas, comenzando así un género artístico-industrial del que hicieron una verdadera especialidad. Se extendió de tal forma que puede decirse que no hubo casa o villa donde no los hubiera.

Al principio se hacían para decorar los techos o las paredes y pocas veces los suelos porque se temía que no ofrecieran suficiente resistencia. Pero más tarde, cuando llegó a la perfección, descubrieron que se podía pisar sin riesgo y comenzó la moda de hacer pavimentos de lujo. Eran para ellos como una alfombra persa.

Hay que destacar los de la ciudad de Rávena del siglo VI, que nos dan una idea de la perfección alcanzada y que han sido considerados Patrimonio de la Humanidad.

Para las escritoras de Nuevo Akelarre han servido de inspiración para situar historias familiares, de amor o de un sueño cumplido.

Herencia

Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Herencia

Cristina Vázquez

En la casa de mi abuelo el misterio se colaba por todos lados. Había una sucesión de amplias estancias, en las que apenas entraba la luz, llenas de muebles tapados con sábanas que nos asustaban por su aspecto fantasmal. A pesar de ello, era uno de los lugares favoritos para jugar a tinieblas o al escondite. En el sótano había un taller en el que durante la semana trabajaban artesanos haciendo copias de vasijas y esculturas clásicas que luego vendían. Nunca pretendió que se consideraran auténticas ya que llevaban la firma con su nombre: Augusto. Eran obras de reconocido prestigio con mucha demanda en el mercado.

Los fines de semana con él o las temporadas de verano que nuestros padres nos aparcaban allí a mis dos hermanos y a los tres primos, éramos felices. Nos sentíamos libres descubriendo sitios nuevos en esa inabarcable casa, casi un palacio, y en el gran jardín que la rodeaba. Todo ofrecía novedad y misterio. Teníamos, eso sí, que cumplir férreamente los horarios impuestos, la misa diaria en la capilla y por las tardes, dos horas dedicadas a manualidades en el taller.

—Tener las manos y la cabeza ocupadas en algo creativo salva de muchas tristezas —nos repetía mientras vigilaba cómo realizábamos las tareas impuestas.

Nos iba probando en los distintos menesteres: modelar barro, cocerlo y pintarlo. Crear pequeñas esculturas, pintar guirnaldas, preparar teselas y componer mosaicos a nuestro gusto. Él se paseaba de un lado a otro observando cómo desarrollábamos el trabajo indicado y nos corregía y enseñaba. Era un hombre alto, delgado y apuesto, vestido con una anticuada corrección y pese a que su aspecto asustaba un poco a los desconocidos, con nosotros era amable y exigente a la vez.

Lo que más me gustaba hacer eran los mosaicos. Ir juntando los colores y ver como de esos montones confusos surgía una escena, un animal, un paisaje me llenaba de excitación y contento. Al ver que tenía una auténtica afición y aptitud para hacerlo me fue mostrando modelos cada vez más complicados, hasta llegar a una maestría que mi abuelo consideró ya se podían vender mis obras.

—Eres una artista, querida niña —vi en sus ojos emoción y orgullo.

Un día, yo tenía ya casi veinte años, me llamó para decirme si no me importaría ir a verle lo antes posible, pero después de las seis que era cuando se marchaban los artesanos. Al día siguiente, llena de curiosidad, me acerqué a su casa que estaba a las afueras. Me resultaba extraño estar entre semana él y yo solos en la casa tan vacía. Me esperaba en su despacho lleno de antigüedades: piezas de cristal, de cerámica, figuras primitivas… Adoraba ese santuario al que habitualmente no nos dejaba entrar. Al verme, se levantó con cierta rigidez y se acercó sonriente.

—Mi nieta preferida —era una antigua broma entre nosotros—. ¿Por qué lo serás?

—Porque soy la única chica, abuelo.

Nos observamos un momento antes de abrazarnos. Noté que algo se había vuelto frágil en él. Estaba más delgado, tuve la certeza de que podía descifrar su imponente osamenta. Observé un ligero temblor en las manos al quitarse las gafas y eso me inquietó. Que me sentara en el sillón frente al suyo, me indicó con cortesía.

—Tengo una importante propuesta que hacerte —su voz era seria—. No estás obligada a aceptarla.

Sentí que las mejillas se me enrojecían, siempre que algo me emociona me pongo del color de la grana. Lo odio, pero no lo puedo remediar. Podía tener consecuencias y no todas buenas, desde luego. Entonces tuve un sobresalto y cierto temor. No podía imaginarme nada peligroso en su vida o que proviniera de él.

—No me asustes, abuelo.

—No lo pretendo, pero tienes que ser consciente de la decisión que puedes o no tomar.

Le adoraba. Para mí representaba el modelo de persona y de hombre que esperaba encontrar alguna vez. Siempre correcto, ingenioso, elegante, un caballero clásico y encantador.

—Adelante —contesté heroica—. Veamos de qué se trata.

Se levantó apoyándose en los brazos del sillón y cuando alcanzó su estatura, estirándose la chaqueta, me dijo solemne que le siguiera. En una de las paredes de su despacho, cubiertas por librerías, apartó un tomo de la Divina Comedia y apretó un resorte que hizo que esta se deslizara hacia un lado. Se abría a un pasadizo estrecho que iluminó con la linterna y después de dar diez pasos, se giró hacia mí, que no lo olvidara son diez pasos exactos. Tocó la pared y se abrió una puerta hacia una estancia cerrada. Enseguida encendió una luz pequeña, como de emergencia y me pidió que abriera las contraventanas. La luz entró y descubrí la maravilla que ahí se encerraba.

—Este es mi museo particular —hizo un amplio gesto con la mano—. Todo es auténtico.

Recorrimos juntos el increíble lugar mientras él explicaba qué y de dónde era cada obra. Todo era legal, aclaró, lo había encontrado aquí y allá en sus viajes de hacía mucho tiempo y antes los Estados eran más libres, no fiscalizaban tanto. Por fin llegamos frente a un mosaico que representaba la cabeza de un joven. Me quedé boquiabierta.

—¡Qué belleza!, abuelo —me acerqué a él—. Y el chico… Es igual a mi hermano Andrea.

No pude contener las lágrimas. Parecía que el tiempo se había detenido en esa hermosa cabeza para revelarse ante nosostros dos mil años después.

—Quiero que lo copies —me sujetó la cara por la barbilla—. Solo puedo confiar en ti.

Se giró lentamente. Todo esto lo iba a donar al Museo, todo menos el mosaico.

—Quiero que sea para ti y entregaré la copia —me miró largamente con los ojos algo desvaídos.

Si descubrían que era falso, podía tener desagradables consecuencias, pero confiaba en la perfección de mi trabajo.

—Es mi deseo y mi herencia, porque estará en las únicas manos que lo merecen.

© Cristina Vázquez

El secreto de Villa Zelda

Malena Teigeiro

La casa donde yo veraneaba pertenecía a la familia de mi abuelo desde siempre. Nadie era capaz de decir desde que siglo la poseían. Era tan antigua que, según él, había sido construida por los romanos. Y también contaba que fue mi abuela Encarna quien la renovó. La señora debió ser un tanto peculiar. Según ella, Encarna, era un nombre de aldeana, viejo, y nada atractivo. Al parecer le molestaba tanto que decidió que todos la llamaran Zelda. Ese apodo que le gustaba tanto había pertenecido a una escritora norteamericana de los años veinte, quien, al parecer, allí por donde pasaba la armaba parda. Y, además de a la escritora, había pertenecido a mujeres guerreras con gran personalidad, como la de ella, decía señalándose el pecho con un dedo. Como puede ver la humildad no era su fuerte. Pues volviendo a lo que le contaba, mi abuela odiaba todo lo que fuera viejo, antiguo. Porque en España, decía, lo antiguo es horroroso, cosa que no sucede en Inglaterra ni en Italia. Algo de razón llevaba, creo yo. Pues bien, ella, huyendo de cualquier cosa antigua, reformó la casa. Lo malo fue que apenas pudo disfrutarla, pues falleció al caer en un estanque de la antigua villa que ella había querido convertir en piscina.

Lo que según mi abuelo era una villa romana, pasó a ser una especie de engendro que quería imitar a las casas que Zelda veía en el cine, en aquellos momentos sin color. Comenzó cubriendo los suelos con un damero de mármol blanco y negro, continuó llenando las paredes de escayolas que formaban figuras geométricas. Por último, intentó cubrir las columnas del porche con gresite, unas piezas cuadradas de cristal que se comenzaban a fabricar entonces. Pero eso no lo consiguió. Sin conocer el motivo, como si las columnas se negaran a que las recubrieran con aquellos horrorosos cristales, a las pocas horas de haber pegado los cristalitos, éstos aparecían en el suelo. Ella nunca supo que fue mi abuelo quien, después de hablar con los albañiles y tras una generosa propina, los animó a que los diversos materiales con que intentaron pegarlos no fraguasen.

Aquel verano mi abuelo cumplía en el mes de agosto cien años. Aunque estaba en plenas condiciones físicas y mentales, ése y no otro fue el motivo por el que mi padre y sus cinco hermanos decidieron pasar el verano en Villa Zelda, nombre con el que la abuela rebautizó la casa.

Fue durante esas vacaciones en que nos reunimos todos los primos, en total dieciséis, cuando el abuelo nos pidió que le ayudáramos a desenterrar al hombre de las melenas. El susto que debió de aparecer en nuestras caras lo hizo reír. Que no nos preocupáramos, no era un muerto, dijo en medio del ataque de tos que le había producido la risa. Nunca había dejado de fumar sus cigarros puros. Cuando serenó la tos nos dijo que debajo de suelo del salón había un mosaico romano. Vuestra abuela Zelda lo odiaba tanto que decidió taparlo. Y yo, a pesar de la barbaridad que iba a acometer, la vi tan feliz con la idea que no fui capaz de negarme.

Con gran secreto esperamos a que nuestros padres subieran a la montaña de San Antón, excursión que no podían dejar de hacer todos los años. Lo cierto es que las vistas del mar desde aquella colina son francamente bonitas.

En cuanto los seis matrimonios desaparecieron por la puerta, y como nada puede agradar más a un niño, ni a un joven, que un cincel y un martillo, dirigidos por mi abuelo, como la más disciplinada de las cuadrillas de albañiles comenzamos a dar golpes en las esquinas de las baldosas de mármol hasta levantarlas. ¿Con cuidado!, gritaba el abuelo, no vaya a ser que lo rompamos.

Todos dormíamos cuando aparecieron los mayores de vuelta de su excursión. Alucinados, vieron que las baldosas de mármol, por colores, es decir, las negras a un lado de la habitación y las blancas al otro aparecían apiladas contra las paredes. Y que en el centro del salón, sin ningún daño aparente, un mosaico de pequeñas teselas de piedras de colores casi cubría todo el suelo de la habitación. El dibujo del centro del mosaico representaba la cabeza de un hombre, con dos pequeñas alas a modo de corona.

Mirad, dijo mi padre. Es la imagen de Júpiter. ¿De Júpiter?, inquirió mi madre volviéndose hacia él con guasa. ¿De verdad crees que es la representación de Júpiter?, apuntilló. Luego de unos segundos continuó: Pues yo creo que es la viva imagen de tu padre, la tuya Alberto, dijo señalando a mi tío, y la de varios de nuestros hijos.

© Malena Teigeiro

A destiempo

Liliana Delucchi

Mi madre es una de esas personas que persiguen la cultura en grupo, como si resultara peligroso encontrársela a solas. Con ese motivo fundó el Ateneo de las Flores, una asociación compuesta por ella misma y otras indómitas cazadoras de erudición. El  nombre de dicha sociedad provenía de sus integrantes, bueno…, de los que habían adoptado, ya que el de mi progenitora era Eulogia y, como lo odiaba,  se hizo llamar Rosa. Las demás, cual fieles corderitos, siguieron el ejemplo de su presidente y adoptaron distintos apodos.

Entiendo que uno de sus fundamentos era alejarse del hogar lo más posible, aunque nos arrastraban a mi hermana y a mí, así como a los vástagos de las Camelias, Hortensias o Gardenias del grupo para que los maridos no les recriminaran nuestro abandono. Para ello nos subían a un bus que alquilaban para cada oportunidad y repartían folletos redactados por ellas sobre el tema que versaba la excursión de ese mes, que teníamos que aprender antes de llegar a destino. Y la mayoría de las veces hacer de apuntador cuando se les olvidaba el argumento.

Pese a su supuesta ilustración, cuando intentaban hablar de algo fuera del cotilleo habitual, se les enredaban las palabras, como si éstas se espantaran del significado que querían darles, huyendo asustadas hacia la seguridad de un diccionario.

La tarde en que mi madre las convocó para presentarles a Mateo, el diseñador y corrector de los cuadernillos, las flores quedaron con la boca abierta. «Es igualito a Tadzio», dijo una de ellas y me apresuré a investigar de quién hablaba. Se refería a un personaje de la novela de Thomas Mann, La muerte en Venecia. Me sorprendió la sapiencia de la señora, hasta que descubrí que no habían leído el libro, aunque sí visto la película de Visconti. Mi curiosidad me llevó a buscarla en YouTube y darles la razón: el joven era muy parecido a ese actor con formas perfectas. No había visto nunca algo tan logrado en la Naturaleza ni en las artes plásticas. Yo también caí bajo su embrujo. Algo en su mirada, por momentos lánguida, por momentos incisiva, me inquietaba.

Tiempo después, él organizó una salida para visitar una antigua villa romana que conservaba cantidad de mosaicos en muy buen estado. Fue un auténtico regocijo disfrutar de aquellas obras. Una me encandiló por encima de las demás: el rostro de un hombre que nos vigilaba desde la eternidad como si quisiera penetrar en lo más profundo de nuestro ser. En la tienda de suvenir que había a la salida, compré una reproducción que colgué en mi cuarto, frente a mi cama. Era lo último que veía antes de cerrar los ojos y lo primero al abrirlos a la mañana siguiente. Más tarde descubrí que esos ojos, aunque fueran de otro color, y esa manera de escudriñar el alma, me recordaban a Mateo. Fue cuando tuve mi primera polución nocturna.

No fui el único en enamorarse de Tadzio; mi hermana le preparaba galletas, mi madre y sus amigas acudieron a un centro de belleza para quitarse años y hasta Yuma, la perra, movía la cola cuando lo oía llegar.

Sin embargo, yo creí ser su preferido. Dábamos largos paseos durante los cuales compartíamos nuestros sueños de futuro; me recomendaba libros y alguna que otra noche nos quedábamos hasta la madrugada viendo películas clásicas. Con él aprendí el valor de los silencios, de los gestos sin palabras, de un horizonte más allá de lo obvio.

Hasta que un día nos informó que había conseguido una beca para estudiar diseño en Boston. La primavera se cubrió de niebla y los gorriones dejaron de cantar, parecía como si el brillo que depositara en nuestras vidas hubiera desaparecido y todos nos moviésemos como fantasmas perdidos.

Yo seguía contemplando el poster, preguntándole qué había hecho mal para que me abandonara sin siquiera haberse enterado de mi amor por él. Constaté que era el único que sufría su ausencia, porque el Ateneo de las Flores reemprendió sus actividades con otro cicerone.

Años más tarde, a punto de ir a la universidad, cuando desarmaba la habitación de mi niñez, me detuve ante el poster del hombre del mosaico romano. Al descolgarlo descubrí una nota al dorso en la que pude leer: «Te quiero. Mateo.»

© Liliana Delucchi

Lograr un sueño

Marieta Alonso

Antonio, el que fuera albañil de mi pueblo, con el tiempo pasó a ser el artista más apreciado. Todo lo que se le ocurría lo ejecutaba a la perfección. Trabajo no le faltaba.

Desde hacía unos cuantos años, bien temprano en la mañana, iba a la azotea de su casa. Se sabía que estaba allí por el eco de sus pisadas y por el ruido de las herramientas. Con manos temblorosas miraba el papel arrugado y volvía a ponerlo en el bolsillo. Los niños le saludaban desde la acera de enfrente, pero no los oía, se había vuelto medio sordo desde que se le rompieron las gafas.

¿Para qué tanto esfuerzo? Aquella pregunta fue tan repentina que se dejó llevar por los recuerdos.

Desde niño soñaba con ese período de la historia, con esas siete colinas, con el río Tíber… Nada, eso era hablar por hablar. Lo que en verdad le gustaba era su fotografía. La primera y única vez que salió de viaje fue a Italia, en un trayecto en el que cada noche dormía en una ciudad diferente, diez días, diez ciudades. Pero en una de ellas le llevaron a una domus y vio ese mosaico al que hizo una foto. Ya no hubo ni iglesia, ni basílica, ni foro, ni arco, ni circo que llamara su atención. En aquel instante supo que debía reproducirlo. Tallar las teselas le llevó bastante tiempo. Cuando las tuvo, las dispuso como un puzle dependiendo del tamaño y el dibujo. Ya solo le quedaba un esquinazo para terminar.

Pasaría a la posteridad. Tremenda sorpresa se iban a llevar sus vecinos cuando encontraran aquella maravilla el día que Dios quisiera llevarle a su vera.

Y si…, ¿pidiera permiso a San Pedro? Disfrutaría mucho viéndoles las caras.

© Marieta Alonso

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El acantilado

15 agosto, 2024 por Akelarre 2 comentarios

acantilado

El acantilado

Un acantilado es un accidente geográfico que consiste en una pendiente o una vertical abrupta. Solemos llamar así a los de la costa, pero también pueden considerarse como tales los que están en montañas, fallas y orillas de los ríos. Se forman, en general, al estar compuestos por rocas resistentes a la erosión y al desgaste de la acción atmosférica.

Tienen ese punto majestuoso e inquietante que ha despertado la imaginación de nuestras autoras en la extraña desaparición de un amigo; el temor que originan en una niña; un encuentro tan mágico como inoportuno y la búsqueda de un ser amado en el arcoíris.

Noche incierta

Cristina Vázquez

La familia Barrientos

Malena Teigeiro

Encuentros inesperados

Liliana Delucchi

Más allá de los ojos

Marieta Alonso

Noche incierta

Cristina Vázquez

Pasear por el acantilado era uno de los planes de verano preferidos, entre otros motivos por ser un lugar prohibido para los niños. Roger regresaba de nuevo a pasar el descanso estival, después de un largo periodo en el que se había negado a volver.

Muy en contra de su deseo, las súplicas de sus hijos por reabrir la casa familiar le decidieron a hacerlo. Aunque exigió que cumplieran a raja tabla la prohibición oficial de acercarse al borde del acantilado, bajo pena de multa cuantiosa y control con cámaras de los lugares de peligro.

Instalarse después de tantos años, resultaba incómodo al tener que airear, reponer y restaurar lo que había permanecido abandonado. El recuerdo de su marcha, casi una huida, le trajo al presente la cantidad de cosas que permanecían igual que las dejó, como si el tiempo se hubiera paralizado.

El entusiasmo de sus hijos y la paciencia de su mujer, fue lo único que lo animó a seguir adelante y, poco a poco, tranquilizó su espíritu y se sintió satisfecho de haber sido capaz, como se decía tantas veces, de haberse enfrentado a esa realidad. Sabía que dándoles cara era la única manera de solucionar los problemas. Y ahora, por fin, lo estaba haciendo. Reconoció que contemplar la grandiosidad de este litoral volvía a enardecer sus sentidos y a elevarle al agradecimiento por la belleza otorgada. Sintió una emoción largo tiempo adormecida por la parte de sufrimiento que implicaba. Ahora todo era diferente y pudo rescatar, tras largo tiempo, los momentos felices que pasó en ese lugar.

La primera noche que pudieron cenar en la casa, tras pasar unos días en el hotelito del cercano pueblo, advirtió severo a sus hijos.

—Podéis hacer lo que os guste, pero… —levantó un dedo patriarcal—, la única prohibición es la que, por fin, marca la ley, y es no acercarse a los lugares de peligro que están indicados.

Su mujer le miró extrañada.

—Caramba, Roger, pareces un policía de teleserie —exageró su tono—. Así que, cumplid el mandato paterno y el de la ley.

Se echó a reír hasta que la severa mirada de su marido la detuvo en seco. Exactamente es eso lo que tenían que hacer, si no se iban en ese mismo momento y no volverían nunca más. Dio un palmetazo sobre la mesa y se levantó con brusquedad. Salió y el ruido al cerrar la puerta atronó el silencio que se había producido. La mujer y los dos chicos se miraron con extrañeza. Roger era un hombre que siempre mantenía la calma y aunque sus exigencias hubiera que cumplirlas, en general, eran razonables y aplicaba más un castigo justo que una regañina a destiempo.

Esperaron un rato mientras acababan de cenar, pero Roger no aparecía. Pasadas un par de horas, Susan, inquieta mandó a los hijos a la cama y se sentó a esperar con una novela de misterio que no le implicaba gran atención. La primera llamada que hizo al móvil sonó en el dormitorio. Inútil. Se quedó medio dormida hasta que la espabiló el ruido de la puerta. Ahí estaba Roger, al fin. Se levantó precipitada y se abrazó a él. ¿Qué había pasado?, ¿por qué se marchó?, no tenía derecho a hacerle eso. Y mientras entremezclaba sus críticas y preguntas se percató de que Roger, impasible, olía a alcohol. Se fue tambaleando a la cama y susurró

—Mañana. Te lo contaré mañana.

Al día siguiente amaneció con jaqueca, ojos irritados y una expresión cansina. Los niños estaban en una clase de tenis y Susan en la cocina con un café bien cargado.

—Espero tu explicación —soltó con tono irritado.

Él se sentó pesadamente a su lado y le puso una mano sobre la suya. Lo primero era disculparse, se había comportado como un imbécil. Se frotó la cara.  Se levantó de la mesa y frente a la ventana, dando la espalda a su mujer, empezó.

—No he querido volver porque aquí se mató, creo —se giró un poco—, Mat, mi mejor amigo.

Susan puso cara de extrañeza. Roger volvió a mirar de frente. Jugábamos de niños a pasear por ahí a escondidas de nuestros padres. Éramos cuatro amigos inseparables, Mick, Edward, Mat y yo. Esa noche, siendo ya todos universitarios, nos fuimos a beber a la taberna del pueblo y a celebrar nuestro reencuentro estival. Volvió a la mesa y siguió mirando por la ventana. Decidimos ir al acantilado como hacíamos de pequeños. Mat no quería, dijo que era una noche desapacible y que ya tendríamos tiempo de ir.

—Todos insistimos —bajó la cabeza—. Yo el que más.

Le llamé cobardica, nenaza. Aunque había sido el más débil de los cuatro, nos superaba a todos en ingenio y brillantez. Al final accedió y hacia ya fuimos entre bromas, empujones y gritos de borrachillos. Empezamos a correr por el borde. Gallina el que no se acerque más. Mat, siempre prudente y al que el plan le parecía estúpido, permanecía retrasado. Tanto lo abucheamos que al final dio una carrera hasta el borde, abrió los brazos y saltó. Se tapó la cara con las manos.

—Desapareció. Oímos un terrible grito.

Los tres nos asomamos, pero no veíamos nada. Pensamos que era inútil acercarnos a la policía. Era imposible sobrevivir, nos dijimos. Al día siguiente nos fuimos, huimos. Esta casa ya era solo mía pues mis padres se fueron a vivir a Francia por esa época. Nunca más nos volvimos a ver ninguno de los tres.

—Lo que me descompone es que tampoco vi una esquela de Mat, ni nadie comentó su desaparición.

Pidió a su mujer que le diera un vaso de agua. El otro día, continuó con voz ronca, vio en el metro a alguien que hubiera podido ser él de adulto. Me miraba fijamente.

A lo mejor aparecía por aquí.

© Cristina Vázquez

La familia Barrientos

Malena Teigeiro

Nunca me gustó la caleta que recogía la mole del acantilado. Era como estar en una prisión. Sin embargo, a mi familia le encantaba. Según mi madre era el sitio ideal para pasar el día. Allí, decía, sin desatender a mi padre ni a mi abuelo, podía vigilar a sus hijos. Éramos siete. Yo, simplemente, era la cuarta. Era esa clase de hija que uno nunca sabe qué hacer con ella. En el caso de que a la familia le interesase tener hijos mayores, ahí me encontraba yo. Pero si se trataba de ahorrar en ropa o de cualquier cosa por el estilo, era de los pequeños. ¡Siempre aprovechando los vestidos de mis hermanas mayores!

Pero continuemos con el acantilado. Aquella mole de piedra rubia no me gustó nunca, me agobiaba. Y por si fuera poco esa angustia, la orientación de aquellas paredes de piedra no le permitían al sol calentar la arena más allá de un par de horas. Y eso, susurraba mi madre, era una suerte. Así, decía con las cejas elevadas, aunque pasásemos un poco de frío, ninguno de sus hijos tendría cáncer de piel. Ella se sentía orgullosa de su sapiencia. Y continuaba señalándonos con un dedo: Además, como hay bastantes olas, vosotros los varones mayores, aprenderéis a surfear.

Todos aquellos razonamientos no me convencían, por lo que siempre estaba mirando hacia arriba. Si aquella pared se derrumbaba y caía sobre nosotros ni siquiera se iban a molestar en buscarnos, barruntaba mi mente infantil. Aún más. Aunque alguien supiera que estábamos allí abajo, sería imposible retirar la cantidad de piedras que se habrían desprendido, sobre todo porque el alcalde de ese pueblo era muy tacaño. Estaba segura de que no se iba a gastar el dinero en una familia como la mía, sin importancia. ¡Qué triste!, razonaba derramando litros de lágrimas mientras llenaba mi cubo con arena para hacer un castillo. Y veía aquella caleta cubierta por los pedruscos de un acantilado que, aburrido de tanta soledad, había decidido desaparecer convirtiéndose en la tumba de una familia completa. Y era tal mi tristeza al pensar que nunca nadie sacaría de allí abajo el cuerpo de una niña, el mío, entre otras cosas porque nadie tendría conocimiento de ello, que decidí dejar unas señales. Así, si nos pasaba algo, alguien podría llegar a encontrarnos. Y quizá alguno de nosotros todavía estuviera con vida. Por ejemplo, yo. A partir de entonces cada vez que íbamos a pasar el día a la caleta, iba atando lazos de colores en las plantas, justo hasta que comenzaba el caminito de bajada.

Como era lógico nunca se desplomó el acantilado sobre la familia de Juan y Lucía Barrientos. Pero lo que sí sucedió fue que una tarde que mis hermanos, mamá, papá y el abuelo dormían la siesta, como la dormían ellos siempre, con un sueño que más parecía el de la muerte, llegó una gran ola. Una de esas que, sin que nadie supiera por qué, aparecían todos los veranos. Y yo, siguiendo mi costumbre de vigilar la muralla de piedra, era la única que se encontraba despierta. Jugaba en la orilla con mi cubo cuando, sin que nadie lo percibiera, fui envuelta por aquella manta de agua.

Tardé varios días en aparecer, y cuando lo hice casi me enterraron directamente. Estaban agotados después de una búsqueda tan larga, escuché que decían. Ellos nunca lo sabrán, pero a mi esa actitud me molestó bastante. Me hubiera gustado ver llorar alrededor de mi féretro a mis profesores, escuchar decir a mis padres lo buena hija que era, y a mis compañeros de clase que era una amiga generosa y simpática. ¡Hasta me hubiera hecho feliz sentir llorar a aquellos a los que nunca caí bien!

A partir de entonces, mi familia dejó de ir a la caleta que estaba debajo del acantilado. Les traía malos recuerdos. Ahora van a otra playa. A una de esas que no protege ningún acantilado, de las que tienen casas muy altas a un lado de la arena y al otro el mar, de esas que están tan llenas de gente en las que hasta hay un señor en una torrecita vigilando que ninguna ola se lleve a un niño.

Y aunque veo que mi madre se ríe, y mi padre y mi abuelo también, noto en ellos como una cierta tristeza. Posiblemente sea porque no me despidieron como debían.

Aunque quizá sea porque me echan de menos, pienso mientras los vigilo.

© Malena Teigeiro

Encuentros inesperados

Liliana Delucchi

Olivia levantó la vista del teclado y miró por encima de la pantalla. A través del ventanal, el cielo brillaba azul y nubes algodonosas jugaban con el viento. Más lejos, el mar. Fijó la vista en un grupo de personas con palas y herramientas excavando dentro de un cercado. ¿Qué estarán buscando?

Había alquilado esa confortable casa a un par de kilómetros del acantilado con el único objetivo de terminar su novela, sin más compañía que su perro y el móvil, aunque afortunadamente este último sonaba poco.  Sólo las llamadas crepusculares de Samanta, su mejor amiga.

Se quitó las gafas de cerca para enfocar mejor lo que estaba ocurriendo en el barranco. Ya lo averiguaría por la tarde, durante el obligado paseo con Rex. Era una mujer de cuarenta años, estatura media y complexión esbelta. Sus ojos eran inquietos y brillantes, de un tono pardo, casi del mismo color que su pelo. Tenía un modo peculiar de fijarlos sobre un objeto y sostenerlos allí, como si estuviera perdida en un laberinto interior de contemplación o pensamiento. En ese instante estaban detenidos en una cuadrilla de trabajadores que, de pronto, habían cambiado la fisonomía del paisaje. Sintió que la intriga podía más que el desarrollo del escrito y llamó a su perro.

—Vamos, cariño. Hoy adelantaremos nuestra excursión.

Con una gabardina sobre el gastado jersey, botas de goma por encima de los vaqueros y un pañuelo cubriéndole la abundante cabellera, bajaron la escalinata y fueron paseando en dirección a los nuevos vecinos. Cuando llegó, permaneció de pie, fisgoneando los trabajos que realizaban en ese cuadrilátero cercado por vallas y cuerdas. Se le acercó un hombre con un enorme y tosco sombrero. Era alto, bien parecido, rondaría los treinta años. Se presentó como Robert Murray, arqueólogo jefe de la excavación.

—Soy Olivia, vivo en el cottage de arriba. ¿Qué hacen?

—Sabemos por el dron y su sistema LiDAR que debajo de la superficie hay unas construcciones de perímetro circular —dijo mientras con sus manos y brazos trataba de abarcar toda la extensión.

—¿Construcciones romanas?

—No, evidentemente son prerromanas. Lo romanos construían edificios con ángulos rectos. Para explicarme mejor, éstas se parecen más a chozas subsaharianas. En síntesis, aparentan tener origen celta o anterior.

—Interesante. Lo dejo seguir trabajando. Buenos días.

Satisfecha su curiosidad, la mujer continuó su paseo.

Esa tarde, durante la diaria conversación telefónica con Samanta, le relató el encuentro.

—¿Un arqueólogo y una escritora? —Casi chilló su amiga— ¡Es la historia de Agatha Christie y Max Mallowan!

—Es verdad y no sólo por la diferencia de edad, sino porque a ella también su primer marido la dejó por otra —respondió después de un suspiro—. Pero recuerda que si me he alejado de la civilización es para escribir.

La conversación se extendió durante casi una hora, tras la cual Olivia volvió a su ordenador.

A la mañana siguiente, estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta de que Rex había escapado por la puerta que dejara entreabierta. El can regresó con algo entre los dientes.

—¡Vaya! Me has traído un regalo.

«¡Dios mío! No es una rama, sino un hueso humano. Lo habrá sacado de la excavación.»

Asumiendo la culpa de su perro, se puso un abrigo y caminó de prisa hasta el grupo de trabajadores. Robert Murray se acercó con una sonrisa que se congeló al ver lo que la vecina llevaba en la mano.

—¿De dónde lo ha sacado?

—Ni idea. Rex lo trajo hace unos minutos.

—Gracias —exclamó sorprendido. Sin más, se dio la vuelta para dirigirse a su equipo— ¡John, Christopher! Hay que enviar a Londres un importante hallazgo para ser examinado en el laboratorio.

Esa misma tarde el arqueólogo se acercó a casa de la escritora para pedirle que no llevara al perro suelto durante sus paseos. Será prepotente, pensó ella, ¿no ha dicho que mi peludo encontró un «importante hallazgo»?  Y decidió que sus caminatas se limitarían a las vespertinas, cuando ya no hubiese forasteros.

Unos días después, el sol se escondía entre las ramas del bosquecillo cercano cuando escuchó ladridos. ¿Qué habrá descubierto ahora? Siguió las huellas del can en el suelo húmedo, llamándolo sin resultado. De pronto, le pareció ver una silueta detrás de un tronco. Imposible. Por aquí no viene nadie. Continuó por el sendero que llevaba hasta un grupo de pinos. Otra vez una forma humana. Entre la bruma que levantaba la cercanía del mar, divisó un perfil de mujer. A pesar del desasosiego, continuó andando.

Una joven, casi adolescente, vestida con una larga túnica rústica y largos cabellos rubios, sonreía, extendiendo el brazo. Olivia sintió la llamada de aquello que estaba más cerca de un fantasma que de una persona. La chica extendió la mano, la mujer la suya y ambas se encontraron, palma contra palma en un contacto mágico. El encuentro sólo duró un instante. Olivia sintió como si una fuerza sobrenatural recorriera su cuerpo. Cerró los ojos.  Al abrirlos, la visión había desaparecido.

Cuando regresó a casa, se sirvió una copa de vino y llamó a Samanta, prefirió obviar el encuentro misterioso en el bosque. «Ya sabe que estoy un poco loca, no es necesario corroborarlo». A pesar de la ironía, su pensamiento volvía una y otra vez a la frondosidad de los árboles, a los ojos azules de la jovencita y la unión de sus manos. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, el sol empezaba a despuntar detrás del acantilado.

Un cielo aborregado se arremolinaba con el viento y las olas batían contra las rocas la mañana siguiente en que fue en busca de Robert Murray.

—¿Han recibido las pruebas del laboratorio sobre el hueso que descubrió mi perro?

—Sí, ayer por la tarde.

—¿Pueden saber por el ADN si era hombre o mujer?

—Por supuesto.

Olivia esperó unos minutos a que el parco arqueólogo ampliara la información. Éste no lo hizo, pero se excusó por sus rudos modales cuando la visitó para recomendarle que atara al perro.

—Disculpas aceptadas —dijo ella con una sonrisa—. Me gustaría saber, si no es información confidencial, a quién encontró Rex.

—El hueso perteneció a una mujer, con una edad entre los catorce y los dieciséis años.

—¿Delgada, rubia y con los ojos azules? —Preguntó la mujer con ansiedad.

—¿Cómo lo sabe?

—Soy escritora —respondió con una jovial carcajada—. Tengo mucha imaginación.

© Liliana Delucchi

Más allá de los ojos

Marieta Alonso

A los árboles, como a mí, nos gusta acercarnos a ese mar increíblemente azul o verde, aunque a veces tiene el color de mi estado de ánimo, casi negro. Lo miro y, como por arte de magia, se alejan mis penas. Me atrae el perfume yodado, sus profundidades, los atardeceres. A pesar de ser sus aguas indiferentes a las desgracias de los hombres, las amo.

Cuando llega la primavera, mi pueblo pierde su aspecto deprimente. El suave aroma de las rosas, el zumbido de las abejas que alertan de su presencia y el aleteo de las mariposas con sus vivos colores llenan los jardines, pero yo… No pierdo tiempo. Me voy corriendo a mi acantilado.

La abuela lo sabía. De niña me contaba historias que nunca me aclaraba si eran verdad o mentira. Debía averiguarlo por mí misma, decía sonriendo y añadía que no hay nada más hermoso que contemplar un arcoíris desde nuestro precipicio. Cada vez que veo uno me acuerdo de ella y gozo al contar desde el rojo en la parte exterior hasta el violeta, esos siete colores que me hacen soñar.

Una tarde mientras paseábamos por ese despeñadero surgió el arcoíris. Emocionada, la abuela me prometió que cuando ella muriera haría todo lo posible para que la viese en algún punto del color malva, el que está en la parte interior. De regreso a casa me dio a leer el Antiguo Testamento, y aprendí que el arcoíris fue creado por Dios tras el Diluvio Universal para recordar a los hombres que jamás volvería a destruir la tierra.

Desde entonces han pasado muchos años. Ahora no corro, voy a paso lento hasta mi lugar preferido y busco a la abuela en la franja violeta. Y allí está.

© Marieta Alonso

Publicado en: Paisajes

El laberinto

15 julio, 2024 por Akelarre 2 comentarios

Laberinto

Un laberinto mágico

El laberinto es un espacio para ser recorrido que se encuentra en el límite entre el paisaje y la arquitectura. Se caracteriza por permitir experimentar una cierta iniciación o prueba a través de sus diferentes rutas, mientras se busca el centro o la escapatoria de este. Quizás el más recordado sea el de Creta, con el mito del Minotauro.

Sevilla tiene a gala ser poseedora del más antiguo de España y es el que ilustra la entrega de este mes. Escondido dentro de un lugar tan emblemático como el Real Alcázar, lo mandó plantar el Rey Carlos V, si bien el actual emplazamiento data de 1910, con setos de mirto, tuya y cipreses.

En este lugar mágico nuestras escritoras sitúan diferentes historias: la de una joven indecisa; una mujer que ha de tomar una resolución; alguien que inicia una nueva carrera y un niño que intenta emular a un héroe.

Leyenda

Cristina Vázquez

Indecisión

Malena Teigeiro

De mitos y leyendas

Liliana Delucchi

Mi vida: un laberinto

Marieta Alonso

Leyenda

Cristina Vázquez

Si quería ascender en su carrera, y quería, a Elena no le quedó más remedio que aceptar el puesto de trabajo que le ofrecían en esa ciudad. Aunque más que un ofrecimiento, lo interpretó como una obligación. Muchas veces dudaba de que su elección profesional fuera la correcta. Inspectora de policía. En la duda se mezclaba si había sido por la influencia paterna o por haberse tragado tantos telefilms de misterio, en los que cada vez abundaban más investigadoras, en general raritas o piradas. Esto, obviamente era una bobada, ya que desde pequeña sintió el pálpito detectivesco como propio, pero en ciertos momentos perdía el impulso, la ilusión. Era muy duro el mundo que acechaba ahí fuera. Su padre fue policía investigador, bueno en su profesión, pero nunca ascendió. Algún malentendido en el cuerpo, independencia de criterio, falta de sumisión o por haber sido testigo de algún trapicheo, se quejaba. Su sueño era ver a su hija de inspectora jefe, tan lista, con tan buenas dotes de mando y perspicaz. Muy perspicaz y eso era herencia suya, sin duda. Al decirlo un gesto de orgullo inundaba su cara.

—A mí me hubiera hecho feliz tener un jefe como tú —repetía incansablemente.

Otra de sus frases favoritas era que cada caso se trataba de un laberinto que había que aprender a recorrer con ingenio y cabeza.

La ciudad era de tamaño mediano, lo que hizo pensar a Elena que no sería tan complicada. A esta idea de tranquilidad ayudaba su diseño medieval del centro, bien conservado, y un ritmo parsimonioso de la gente, sin ruidos ni estridencias. Al poco tiempo de estar instalada e ir conociendo a sus colaboradores, Aurelio, el investigador más antiguo, ya cercano a la jubilación, fue quien le iba informando de todo, hasta de la sorpresa que había producido en el personal su juventud y, con todo respeto, lo guapa que era.

—Que conste que, con todo respeto, Elena —insistía—, usted podría ser mi hija.

Le pareció inoportuno, pero no podía evitar hacer una comparación con su padre. Quizás él también tuviera esas torpezas o amabilidades innecesarias. No lo creía. En cualquier caso, aceptó ese aire de paternidad subrogada y de guía de los pormenores de la ciudad, los restaurantes donde se podía o no ir. En fin, una especie de folleto con patas, amable y servicial.  A lo que más la animó fue a ir a visitar el laberinto que estaba en las afueras. Por eso también era famosa esta ciudad.

—Es el más hermoso y mejor cuidado del país —afirmó con sincero orgullo provinciano —. Y además tiene su leyenda.

—Con su permiso, como estamos al aire libre, voy a encender un pitillo.

No pareció fijarse en la cara de asco de ella. Le sorprendió el tabaco tan raro que fumaba, unos cigarritos finos de colores diferentes y filtro dorado. ¡Qué sofisticado!, pensó mientras él seguía con su narración. Hace muchos siglos, una pareja se amaba como siempre sucede ahora y entonces, aclaró, al estilo Romeo y Julieta, los padres no querían y los chicos por encima de todo.

—Ya sabe —y tiró la colilla lanzándola con el dedo  índice contra el pulgar con enorme puntería.

La noche de su huida quedaron en el laberinto, sitio complicado para encontrarse, aseveró Aurelio haciendo un gesto despectivo con la mano. La Juventud… Subió una ceja, ya se sabe lo tontos que pueden llegar a ser. Empezaron a dar vueltas por aquí y por allá, se llamaban, se perdían una y otra vez volviendo sobre sus pasos.

—En fin, un desastre —Elena no terminaba de entender por qué no le cortaba la historia.

Al final, el chico consiguió llegar al centro y ahí, encima de una especie de altar se encontró a su amada muerta. Un silencio se fraguó entre ellos.

—Si va al museo verá cuadros de los torpes amantes —la miró de frente—. Ella recuerda mucho a usted.

A Elena un escalofrío le recorrió la espalda, y dijo que ya estaba bien de cháchara, que entraran.

—Esto no es cháchara, esto es verdad. Le dejaré en su mesa los expedientes sin resolver que hay —una medio sonrisa se instaló en su cara—. Cada cinco años aparece una mujer muerta en el mismo lugar.

Elena se quedó parada al pie de la escalera que subía a su despacho. ¿Qué estaba diciendo? La verdad, respondió con gesto amargo. Dicen que es la venganza del amante.

—Me gustaría resolver los crímenes antes de jubilarme —apostilló alejándose—. La única pista son unas colillas de un extraño tabaco.

Y se alejó con aire entre resignado y torpe. Antes de desaparecer por la puerta se giró.

—A ver si con usted se consigue llegar a buen fin.

Elena se acordó de lo que su padre siempre le decía. “Cada caso es un laberinto” y ahora tenía uno auténtico ante ella.

© Cristina Vázquez

Indecisión

Malena Teigeiro

Un laberinto es algo que va y viene, girando sobre sí sin que sepas hacia dónde va. Y cuando, por casualidad, encuentras un hueco, llegas al centro. Pues mi vida es eso: un auténtico laberinto que va de un hombre a otro.

Desde niña tuve dos enamorados. Ambos me adoran, me miman y me quieren con locura. Tanto uno como el otro son “el marido perfecto para mi hija”, diría de ellos cualquier madre. Pero…, porque claro, hay un pero, y éste es que a mí no me gusta ninguno.

Tito, diminutivo de Alberto, como amigo era pasable, pero cuando imaginaba mi vida a su lado… ¡Dios mío! No. Como marido era imposible. Incluso diría que hace honor a su nombre. Él, como un monito, repite una y otra vez cualquiera de mis palabras. Es que, a Julita, esa soy yo, le gusta esto o lo otro. Soy su motivo en la vida y tan solo piensa en hacer lo que a mí me gusta, aunque sea lo mismo durante días y días.

El otro, Sebastián, sí que es perfecto. Es tan perfecto que nadie puede estar a su lado sin ser corregido más de una vez. Y da lo mismo lo que le diga, porque como yo no suelo callarme, aguanta impertérrito cualquier tipo de banderilla que le clave. Además, sabe de todo. Y lo malo es que es cierto. Lo que más me molesta de él, es verlo torcer su morrito desdeñoso cuando a su juicio no voy a la moda. Recuerdo una vez que le pedí a mi peluquera que me pusiera mechas. Estaba monísima. Sin embargo, en cuanto me vio, acariciándome la melena, dijo que, a su juicio, nada era mejor que la naturalidad, sobre todo cuando se tiene un cabello tan bonito como el tuyo. Pero lo peor es estar con él en un restaurante. Cuando yo pido huevos fritos con patatas —lo hago porque sé que le molesta, y mucho— dice que elegir eso es tirar el dinero. Ese tipo de platos hay que hacerlos en las casas. En cuanto calla le noto un enfado silencioso. De esos que en cualquier pareja hacen saltar truenos y rayos. Pero no es nuestro caso, porque después de soltarme la soflama sobre las bondades de una buena lubina o de un chuletón de Ávila, da cuenta de su plato con la misma calma que debe tener un forense al hacer las autopsias: diseccionando la comida. Sí. Sí. Mientras toma lo que haya pedido, te lo comenta. Te cuenta qué tipo de especias lleva, la forma en que ha sido cocinado, si la lubina o la merluza son de granja o están pescadas con pincho o arrastre. Vamos, cada comida ¡un latazo! En fin. A no ser que se encuentre delante del cuadro de Las Meninas, nada está bien.

Y luego está Andrés. Al que a nadie gusta ni tan siquiera valora. No tiene dinero, ni pertenece a una familia de esas de las de toda la vida, ni es uno de los que, según mi madre, “por su modo de ser llegará a algo importante”. Y es cierto. Todo lo que ella dice es totalmente cierto. Pero yo estoy enamorada y él me corresponde.

Así que, cuando decidí que me iría con él en cuanto terminara mis estudios, mi vida se convirtió en un laberinto. Salgo con Tito. A los pocos días me voy con Sebastián. Es que no acabo de decidirme, le explico con auténtica hipocresía a mi madre. Cuando estoy con Tito creo que es él quien más me gusta, pero cuando voy con Sebastián me siento tan segura, que no sé, no sé, repito una y otra vez poniendo los ojos en blanco. Pues decídete de una vez niña, me dice ella, que te vas a quedar sin ninguno. Lo sé, lo sé, digo frotándome las manos con auténtica desesperación.

Y luego, mintiendo como una bellaca, salgo con Andrés. Una vez dije que me iba a Valencia invitada por una amiga. Y si decía Valencia era porque en mi casa no conocen a nadie por aquellos lugares. Otra, que, si mi curso se iba a visitar las ruinas de Mérida —yo estudiaba arqueología—. Otra, que si hacía el Camino… Total que siempre andaba de aquí para allá, cuando la verdad era que me quedaba en un apartamentito que Andrés había heredado de su abuela en la calle Huertas.

Así voy haciendo tiempo hasta acabar la carrera, que ya me queda poco. He de decir que ahora ando un poco asustada. No sé por qué, pero me parece que tanto Tito, como Sebastián, al igual que mis padres, sospechan algo. Quizá alguien les ha dicho que me ha visto por uno de los garitos del Barrio de Las Letras.

No sé qué es lo que sospecharán, lo que sí sé es que este laberintico ir y venir de uno a otro, me hace vivir muy incómoda.

© Malena Teigeiro

De mitos y leyendas

Liliana Delucchi

Hasta aquel Domingo de Ramos, Sebastián no había querido adentrarse en el laberinto. Pero esa mañana de sol, la casa estaba abarrotada por la familia de su padre y el niño no tenía la menor intención de jugar con sus primos. A su juicio eran unos gandules gritones y brutos que se burlaban de su voz porque, si bien destacaba en el coro de la iglesia, era incapaz de soltar improperios. Escapó de la parentela nada más terminar la misa y cuando se dio cuenta, después de haber sorteado la muchedumbre que abarrotaba Sevilla por Semana Santa, estaba frente al Real Alcázar.

Siguiendo los pasos de una señora de mediana edad, con un vestido color burdeos, un misal y una mantilla en la mano, poco a poco se adentró en los jardines. El movimiento de los cipreses, impelidos por el aire de esa temprana primavera, le producía una cierta inquietud. Aun así, siguió adelante y cuando se dio cuenta, estaba pisando la grava del laberinto.

Se movía despacio entre la madeja de reflejos y sombras de los mirtos, intentando registrar en su memoria cada uno de los recovecos por los que se desplazaba, empujado por una mezcla de temor y arrojo, con la esperanza de culminar el recorrido.

Al llegar a una de las esquinas, dudó por un instante si girar a derecha o a izquierda, fue entonces cuando divisó la espalda de la mujer que había visto a la entrada. Decidió seguirla, posiblemente ella conocería el camino. Aunque ¿era hacer trampa? Probablemente sí. ¿Acaso Teseo no se valió del hilo de oro para encontrar la salida después de matar al Minotauro?

Resolvió que, si bien no era tan valiente como el héroe griego, deseaba enfrentarse a lo insondable del misterio, pero manteniéndose conectado con el exterior.

El sol ya estaba alto y emanaba el calor propio del mediodía. ¡Tenía que estar en casa para el almuerzo! A esa hora la familia estaría preocupada por su ausencia. «Lo lograré» dijo para sí, cuando se dio cuenta de que  estaba dando vueltas en círculos. Secó el sudor de su frente y apuró el paso. Otra vez en el centro del dédalo. No lograba acercarse a la periferia.

Sentado en el suelo para quitarse una china del zapato, recibió una ráfaga de aire que trajo volando una pieza de encaje. ¡La mantilla de la señora! Aspiró el denso perfume que desprendía el trozo de tela mirando en derredor. ¡Por allí! Giró en redondo y pudo divisar la silueta de la mujer entre ramas confusas, enredadas, abstrusas. La siguió un buen trecho, medio escondido entre las pocas sombras que a esa hora dibujaban los setos. Todo el cuerpo le temblaba por la emoción: se sentía como un detective de película persiguiendo a un sospechoso. Llegó a la conclusión de que hasta entonces su vida había sido gris, por temperamento más que por circunstancias, y ahora tenía la oportunidad de vivir una gran aventura.

Lo distrajeron unos niños que pasaron corriendo, lanzando chillidos y…, volvió a perderla. Aunque pretendía encontrarla por el rastro de perfume que pudiera dejar, la silueta color burdeos había desaparecido. Regresó sobre sus pasos, olisqueando como un chucho en busca de un trozo de comida y casi se dio de bruces contra el suelo al tropezar con algo. ¡El misal de la dama! Lo recogió y envolvió en la mantilla. Continuó andando con paso inseguro, miró hacia el cielo y calculó la hora. Sintió  vergüenza al pensar en su familia enviando un equipo de rescate…, un final poco airoso.

Respiró hondo. Adujo que también Teseo habría pasado miedo. Entonces, una sensación de coraje acudió en su ayuda. Al recordar todo el trayecto, desde que lo iniciara hasta ese momento, dejó que su memoria lo condujera hasta el principio, que quizás fuera el final.

En una de las curvas volvió a ver a la señora y esta vez no permitió que nada lo distrajera. La siguió hasta el final del trayecto. La dama estaba a punto de cruzar la calle cuando la llamó.

—Esto es suyo, se le cayeron dentro del laberinto —dijo extendiéndole la mantilla y el misal.

—Gracias, querido. ¿Cómo te llamas?

—Sebastián. ¿Y usted?

—Ariadna.

© Liliana Delucchi

Mi vida: un laberinto

Marieta Alonso

No sé por dónde salir. Quiero a mi marido, aunque cueste creerlo. El mundo sabe que es un cantamañanas. No necesita fingir, se le nota, pero lo quiero, aunque hace una semana le fui infiel y no siento ningún remordimiento. Tampoco ansío repetir la faena. Lo único que recuerdo de ese desconocido es que tenía el pelo gris haciendo juego con su bigote. Como soy discreta, no contaré lo ocurrido, solo se lo comenté a la tía Maite.

Ella había dejado al novio a la puerta de la iglesia por un tipo veinte años mayor: calvo, aburrido e impertinente. Lo mejor que tenía el elegido era su abultado monedero producto de sus sustanciosas cuentas de ahorro. Aunque hay que reconocerle que tuvo una cosa verdaderamente buena, morirse a tiempo, dejando a su viuda todos sus bienes. Cosa que ella agradeció.

La tía Maite ayudó a toda la familia, a sus padres les compró un piso, a la abuela una tumba, a sus hermanos la entrada para montar un negocio y a todos los sobrinos bicicletas y patines. Hasta el exnovio salió beneficiado, le compró un billete de avión para que se fuera a Australia, lo más lejos posible para no caer en tentaciones.

Anoche, sin venir a cuento, tía Maite murió dejándome heredera. En una nota escrita con letra de molde, me instaba a viajar a Creta, sin marido, a que caminara por el circuito de los siete meandros.

«Utiliza la cabeza para salir de tu laberinto, espabila y toma buenas decisiones, que la vida es corta.»

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

Coche

15 junio, 2024 por Akelarre 2 comentarios

Relatos sobre coches

El coche

La historia de la automoción, en sentido estricto, comienza en el siglo xvii. La palabra deriva del griego αὐτός autós, «a sí mismo», y del latín mobilis, «que se mueve», sobre todo para distinguir entre los vehículos a motor y los de tracción animal.

Los primeros prototipos se crearon a finales del xix pero no fue hasta la primera década del xx en que el público empezó a mirarlos como algo útil.

Aunque el primero con motor de combustión interna se atribuye a Karl Friedrich Benz en 1886, no fue hasta 1908 cuando Henry Ford, aprovechando el empuje de la Revolución Industrial, comenzó a producir en serie el Ford modelo T, lo cual le permitió alcanzar cifras de fabricación hasta entonces impensables.

Esta maravilla de la ingeniería ha dado lugar a los cuentos de este mes: relatos de amor, desamor, soledad y curiosidad adolescente.

Sorpresa en el coche

Cristina Vázquez

Un Morgan en el garaje

Malena Teigeiro

El cumpleaños

Liliana Delucchi

Cuestión de gusto

Marieta Alonso

Sorpresa en el coche

Cristina Vázquez

Para Carlos, experto conductor.

Después de la clase de matemáticas del viernes, Darío y Elena, al salir del Instituto, se iban en direcciones opuestas para luego reencontrarse en un lugar cercano y discreto del bosque. No querían que su incipiente romance fuera comentado por sus compañeros, que les tomarían el pelo haciendo más difícil ese amor tan exclusivo y único para ellos. El primer amor: Siempre es único y exclusivo.

Elena llegó unos minutos más tarde. Darío no estaba sentado bajo el castaño, el lugar preferido para besarse y acariciarse. Habían grabado sus nombres en la corteza. Este será siempre nuestro árbol, Elenita, le prometió él mientras se esforzaba con la navaja en eternizar las letras. Se sintió decepcionada, ¿qué le habría pasado si salió antes que ella? Esperó un rato hasta que oyó un silbido de admiración que se colaba entre los árboles. Se dirigió hacia el lugar de dónde venía y al llegar al claro del bosque, vio un fantástico deportivo rojo y a Darío que lo acariciaba con una ternura y cuidado que no recordaba hubiese tenido con ella.

—¿Has visto esta maravilla? —apenas la miró—. Esto es una joya de los años cincuenta. Acércate y disfruta.

Pasaba la mano con amoroso cuidado por las puertas, el dedo por los retrovisores, intentaba subir la capota mientras emitía gruñiditos de admiración. La estaba esperando para entrar juntos, como si se fueran de viaje y abrió ceremonioso la puerta del pasajero. Él, instalado en el lado del conductor se puso a buscar las llaves abrió la guantera  y rebuscó por debajo de asientos y alfombrillas. Nada, no aparecieron.

—¡Qué pena! Me gustaría tanto oír el ruido del motor —dijo entristecido.

Y empezó una retahíla de sabiduría mecánica, cilindros en línea, carburadores dobles, diferencial autoblocante. Miraba a Elena que sonreía con expresión ausente.

—Deberíamos bajarnos —apretó la carpeta contra su pecho—. El dueño estará cerca y menudo lío vamos a tener.

Solo un momentito más, suplicaba Darío, era un regalo inesperado haberlo encontrado ahí. No podía imaginarse lo difícil que era ver un coche de estos y tener la oportunidad de tocarlo, de subirse a él. Una maravilla, sí, una preciosidad. Así pasaron un rato en el que él, agarrado al volante, hacía giros y ruidos de velocidad y cambios de marcha, incluso de doble marcha, hasta que Elena se bajó.

—Ya basta. Me voy.

A regañadientes se bajó él. Se fueron de vuelta a sus casas porque estaba anocheciendo. Darío iba taciturno. Al pasar por delante del castaño, Elena le sugirió que podía grabar el nombre del coche debajo del suyo. Que no fuera tan suspicaz, refunfuñó, si la adoraba, pero es que…, si pudiera probarlo. Y una vaga ilusión le cruzó el rostro.

Al día siguiente, Darío fue reclamado al despacho del director donde un detective quería hablar con él. No le llegaba la camisa al cuerpo y mentalmente empezó a hacer una lista de posibles infracciones. No encontraba ninguna.

—Darío Castro ¿verdad? —su voz le sonó a doblaje de Humphrey Bogart en el Halcón Maltés.

—Sí, el mismo —alcanzó a responder.

La mirada oscura del detective le traspasaba. Pues bien, jovencito, ayer le vieron rondando ese coche abandonado en un claro del bosque. Darío tragó saliva, la tarde anterior lo había visto y tocado, afirmó. Sí, también se subió a él, porque era una preciosidad y a él los coches , elevó los ojos, era lo que más le gustaba. Eso estaba muy bien, susurró el hombre, pero ahora le tenía que acompañar a comisaría para tomar sus huellas dactilares. Al chico se le doblaron las rodillas.

—Yo, ¿por qué?

Daba la casualidad, el supuesto Bogart hizo crujir los dedos, que en el maletero habían encontrado un cadáver.

—Y si las huellas coinciden…, de momento, eres el único sospechoso.

© Cristina Vázquez

Un Morgan en el garaje

Malena Teigeiro

Cuando Helen anunció que se casaba con un veterinario, su abuela como regalo de boda le entregó las escrituras de propiedad de una antigua casa en el campo. La residencia había pertenecido a su tía Amanda, de la que tantas historias habrás escuchado contar, dijo la anciana. Enseguida Helen y Bill, su prometido, se dispusieron a conocer el que sin duda iba a ser su hogar.

Un hermoso y abandonado jardín rodeaba el edificio de piedra por el que trepaban viejos rosales. Al entrar, y aunque una espesa capa de polvo gris cubriera los muebles, la calidez del ambiente, la disposición y arreglo de los enseres, les hizo pensar que alguien lo había habitado hasta el día anterior. Emocionados por la suerte que tenían, recorrieron una y otra habitación abriendo las ventanas para que el aire y el sol penetraran en las estancias. Al llegar a la cochera se sorprendieron al ver que una funda de tela gris cubría un coche. Era un antiguo y maravilloso descapotable de dos plazas.

—¿También nos lo regalan? —exclamó Bill al tiempo que de un salto se sentaba detrás del volante.

—Sí. Y además tiene una preciosa historia de amor —repicó Helen acariciando el morro del coche mientras pensaba en cómo serían sus tíos ahora. Sintió un ligero escalofrío y con los torpes dedos de una mano se abrochó el botón del cuello. Seguro que ahora serían igual que aquel coche: antiguos, pero no viejos, se dijo.

El Morgan verde regalo de boda de sus padres, limpio, cuidado, era el reflejo de Amanda, quien se peinaba, maquillaba y vestía con esmero para encontrarse con Walter, un piloto de la RAF. Walter lo estrenó durante el viaje de novios y pocas veces más lo utilizó. Un año después de la boda estalló la Guerra. Una tarde, como siempre, Walter enfiló su avión hacia el cielo. Volaba sobre el Atlántico.

No volvió.

—Ni siquiera recuperaron su cuerpo —aseveró con los ojos brillantes Helen. Unos segundos después, continuó.

Ella que lo esperaba en la casa de campo, en cuanto recibió aquel telegrama amarillo se fue al garaje y retiró la funda gris que cubría el Morgan verde. Dentro de su cabeza resonaba la voz de Walter gritándole desde la ventanilla del tren ya en marcha: No dejes que nadie lo toque, por favor.

—¡Menuda historia! —exclamó Bill acariciando el coche.

Dicen que al llegar de vuelta de despedirlo en la estación, Amanda se sentó en el asiento del conductor, y abrió la guantera. Allí, tirados de cualquier manera, estaban los guantes de dedos recortados de su marido. Se los acercó a la nariz. Le gustaba el aroma de la piel de su esposo y los guantes todavía lo guardaban. Era un olor joven, a sol, a lluvia. Se los puso con calma. Agarró el volante y acarició la tira de cuero que cubría el volante. A partir de entonces, un día tras otro, Amanda pasó las tardes sentadas en el asiento del conductor del Morgan Verde.

Fueron pasando los años hasta que, una tarde, agarró con tanta ira el volante que si no hubiera llevado los guantes habría visto que sus nudillos se volvieron blancos. Amanda levantó la cabeza. A través de las lágrimas vio que en el jardín las ramas de los árboles se movían con la tranquilidad del incipiente verano. Le gustaba la placidez de aquella hora. Giró la llave y el runrún del motor le erizó el vello. Suspiró profundo. Con los ojos brillantes enfiló la salida del garaje. Se dirigió hacia la carretera de la costa. Era un poco tarde y quería llegar a tiempo para ver desde los acantilados, desde el mismo lugar donde él la llevaba, la bola del sol hundiéndose en el mar. Sonreía. Algo como una extraña placidez la inundó.

La mujer circuló alegre por la estrecha y mal asfaltada carretera. Dirigió la vista al cielo. Las nubes blancas, redondas y tiesas como almidonadas faldas, recorrían el firmamento empujadas por la brisa. Ya llegaba. El camino, ahora solamente de tierra, terminaba en un prado. No se detuvo. Con la vista en el firmamento pisó con fuerza el acelerador.

El Morgan verde enfiló el camino hacia la carretera que partía desde el borde del acantilado hasta el cielo. Walter allí, entre las nubes, la esperaba. A ella y a su adorado deportivo. Y como hacía siempre cuando lo veía entrar en casa, Amanda soltando el volante, levantó el brazo y lo saludó alegre.

Cuando al día siguiente los encontraron, milagrosamente, el Morgan verde, como si alguien con sumo cuidado lo hubiera depositado allí, en la arena de la playa, descansaba intacto sobre las cuatro ruedas. Y ella, exánime, sonriente, sin soltar el volante miraba al cielo.

© Malena Teigeiro

El cumpleaños

Liliana Delucchi

Fue el día en que papá cumplía cuarenta. Mamá, la abuela y sus dos hijos, lo estábamos esperando sentados a la mesa del jardín para celebrarlo, cuando escuchamos el rugido de un motor que avanzaba por el camino del parque. Ante la puerta se detuvo un magnífico coche con mi padre al volante.

—No falla —murmuró la abuela— en cuanto llegan a esta edad, se compran un bólido y una amante.

Mi madre miró a la suya con temor. Las sentencias de la señora solían ir bien encaminadas; a pesar de ello, se puso de pie, estiró la falda y con el grácil andar que la caracterizaba, se acercó a saludar a su marido.

Él estaba eufórico, dando vueltas alrededor del auto, acariciándolo como a una frágil porcelana. Ignoró a su familia y hasta la tarta que, junto con las tazas de té, lo esperaban para festejar su onomástica. Sonó su teléfono. Después de una breve conversación entre murmullos, subió al coche y nos gritó que no lo esperásemos a cenar.

Nunca supe a qué hora volvió porque a los niños nos enviaron a dormir temprano. Tampoco estuvo con nosotros durante el desayuno, que transcurrió en un silencio poco habitual. Si bien estaba concentrado en untar mis tostadas con mantequilla, me di cuenta de que el color de las flores del vestido de mi madre acentuaba su palidez, pero supo mantener la compostura, a pesar del abatimiento que mostraban sus ojos enrojecidos.

Más tarde, y como siempre antes de la comida, dábamos un paseo por el parque dejándonos arrullar por el suave canto que produce el movimiento de las ramas. En unos instantes, esa apacible melodía fue rota por el estruendo de un motor que se acercaba. Sentí que la mano de mi madre apretaba la mía y pude ver que su pecho subía y bajaba como si le costara respirar. La abuela la cogió del codo y le susurró que recordara las palabras de Aristóteles: «El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.»

No sé muy bien qué aconteció durante las semanas siguientes; a instancias de la matriarca nos enviaron a mi hermano y a mí a la casa de nuestro tío, junto al lago, con la excusa de que se avecinaban grandes calores. Tampoco recuerdo cuánto tiempo pasamos allí, solo que cuando regresamos, las hojas de los árboles empezaban a cambiar de color, así como la fachada de la casa, cuyo tradicional blanco unos pintores estaban dejando rosa. También dentro se habían producido modificaciones: el despacho de papá ya no existía, ese espacio se había incorporado al salón, y faltaban algunos retratos. Sin embargo, en un rincón de la biblioteca se instaló un escritorio con su correspondiente silla giratoria. La ocupaba casi a diario un individuo con traje oscuro que despachaba con las señoras de la casa. Era el señor Tellez, un hombre adusto, muy serio, pero amable.

Cuando preguntamos por nuestro progenitor, nos respondieron que si bien estuvo de viaje durante todo el verano, nos había enviado postales de lugares tan remotos como bellísimos. Ninguna foto de él.

El sábado que escuchamos el rugir del descapotable y vimos descender a papá, casi se podía oler el otoño. Bronceado y con muchos regalos, nos levantó por los aires y llenó de besos. «¡Os he echado tanto de menos, mis queridos muchachos!»

Apenas hubo bajado el equipaje, el viajero fue conducido a la biblioteca, donde lo esperaban mi madre y su suegra, junto al señor Tellez. No sé qué aconteció en esa estancia, solo que mi padre salió de ella demudado.

—¿También el coche? —preguntó mientras se ponía el abrigo.

—Por supuesto, forma parte de los honorarios del gentil abogado que te ha dejado en la ruina —le aclaró la abuela con una sonrisa.

© Liliana Delucchi

Cuestión de gusto

Marieta Alonso

Toda la vida he sido muy reflexiva. Y no es que lo piense, es que es la verdad. Si dedico una tarde a meditar, sé lo importante que es la lluvia, en lo generosa que son las nubes al dejar caer esas gotas de agua sin hacer distinciones, en lo delicioso que para algunos resulta bailar bajo una fría llovizna, pero… No me gusta mojarme, no me gustan los chaparrones y no me explico por qué tiene que llover de día cuando lo puede hacer por la noche, a esas horas en que la mayoría de los seres humanos duerme. Odio los paraguas, los odio.

Lo que, en verdad, adoro son los coches. Y si es un modelo antiguo mejor. ¡Ay, si tuviera dinero! ¡Qué colección tendría! ¡Qué bonito es andar sobre cuatro ruedas! Si llueve no te mojas, si cae granizo no te golpea la cabeza y si tienes prisa llegas antes. Cada vez que veo un clásico aparcado, me acerco con disimulo y me hago un selfie, un autorretrato como lo llama mi madre.

Se me van los ojos hacia el Benz Patent-Motorwagen, que aseguran fue el primer automóvil de la historia; hacia el Ford Modelo T que se popularizó entre la clase media; hacia el Rolls-Royce Silver Ghost que se consideró como el de mayor calidad. A todos los amo con locura. Si los coches fueran hombres, no me hubiese importado haber sido la amante de todos ellos. Pero, el único coche que hubo en mi familia fue un Seat 600, de segunda mano, al que llamaban Pelotilla.

Pasaron los años y no dejé de anhelar un hermoso automóvil. La falta de novios sin dinero para comprarlos fue la causa principal de mi sempiterna soltería. Cuando mi madre, a sus noventa años, me ve con la vista perdida detrás de uno de ellos, me pellizca y me hace ver lo desagradecida que soy. Dice que no he madurado, que no valoro la suerte que tengo. Y añade que, desde hace muchísimo tiempo, por ilusa, novelera, romanticona, mi familia decidió, sin consultarme, ser mi paraguas…, a falta de un coche.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

El Rastro

15 mayo, 2024 por Akelarre 4 comentarios

El rastro de Madrid

El Rastro de Madrid

El Rastro es un mercado al aire libre que se celebra los domingos y festivos en el popular barrio de La Latina de Madrid.  Con más de 400 años de historia, en el mismo se pueden encontrar tanto objetos cotidianos como curiosos artilugios antiguos, todo ello envuelto en un ambiente de lo más animado.

Se sitúa en torno a la Ribera de Curtidores, una cuesta pronunciada a lo largo de la cual se extienden cientos de puestos.

La zona que ocupa es el antiguo lugar donde se encontraban las curtidurías, muy próximas al matadero. Su denominación proviene del hecho de que durante el traslado de las reses se dejaba un rastro de sangre que fue el que dio origen a su nombre.

En este escenario se sitúan la historia de una mujer obsesionada con la búsqueda de un objeto en particular; la de una viuda que encuentra en este mercado su forma de vida; una joven que descubre un secreto familiar y otra que tiene un encuentro inesperado.

El chamarilero cauteloso

Cristina Vázquez

Tornillos de todas clases

Malena Teigeiro

El camino de regreso

Liliana Delucchi

Al aire libre

Marieta Alonso

El chamarilero cauteloso

Cristina Vázquez

Sacaba la lengua para lamer los cristales de sus gafas. Luego las limpiaba con esmero y se las ponía antes de hacer las cuentas. Protestaba por lo bajo y repetía la operación si la claridad conseguida no era la deseada.

—Y ahora a sumar —finalizaba Edelmiro—. Para eso se necesita buena vista.

Cuando era pequeña su hija observaba fascinada la operación de limpieza, y aunque le recordara a un camaleón, le parecía que era una acción importante, un momento casi sagrado. El padre la miraba sonriente por encima de los cristales con una expresión desvaída, perezosa. La buena administración ha de ser diaria, aseguraba con seriedad, si no, el negocio se va de las manos. Vivían justo encima del local y allí se iba con su madre una vez que se cerraba la tienda. En ese momento, el padre recibía a gente importante y no había que molestarle, le amonestaba la madre si trataba de oír la conversación.

—Son cosas de negocios…, de hombres —un cierto orgullo brillaba en sus ojos oscuros y vivarachos.

Cuando fueron pasando los años, Rosaura, la hija, ya no le miraba en el momento de las cuentas, porque además de parecerle una pantomima, el dinero que había que sumar era escaso. Lo que sí veía con claridad es que esa chamarilería a la que su padre dedicó su vida, como habían hecho su abuelo y su bisabuelo, resultaba cutre, mugrienta, de poco interés. Ni siquiera los domingos bullangeros se llenaba de gente.

Se dedicó a estudiar arte y decoración por las tardes. Si el negocio iba a ser para ella, argumentó al padre, tenía derecho a renovarlo y darle un aire actual.

—Allá tú —le contestó esa tarde de mayo en que los árboles ofrecían verdor y sombra en la calle principal de El Rastro—. Haz lo que quieras con esto y con tu vida.

Al decírselo, una expresión entre pícara y desganada se instaló en la cara de Edelmiro. Allá tú, pero aunque no lo creas, esto, señaló a su alrededor abarcando el abarrotado lugar, siempre fue un buen negocio.

Mientras estudiaba, Rosaura pasó un tiempo mohína y malhumorada. Había conocido gente de otra categoría, afirmaba al llegar, gente que vivía por el barrio de Salamanca y Argüelles, gente a la que no se atrevería a confesarles dónde estaba su casa y cuál era el negocio de la familia. El padre la miraba con desconsuelo, sentía mucho no haberle podido ofrecer otra cosa, Rosaurita, pero que no se preocupara por nada. Ella que aprendiera todo lo que tenía que aprender y luego, ya se lo había repetido, con su vida que hiciera lo que quisiera. No le iba a faltar dinero ni apoyo.

—Esto, cariño —le dijo una noche en que la chica estaba apenada—. Esto es un buen negocio.

La hija le miró con desesperación y la nueva altanería que estaba adquiriendo. Si él no había visto mundo, ni salido de esa chamarilería y de ese barrio, qué iba a saber de negocios. Edelmiro bajó los labios con cierta amargura.

—Si tú lo dices, así será.

Antes de terminar sus estudios el padre murió repentinamente mientras dormía la siesta en su sillón. Murió como había vivido, sin hacer ruido, sin molestar a nadie. La mujer se dio cuenta porque era más tarde de la hora en la que se solía despertar y por un abandono en las manos que la sobresaltó.

Pasados los días de duelo, apareció un señor bien trajeado, con un leve acento extranjero y una pequeña cicatriz en la mejilla, preguntando por la señorita Rosaura. Tras la sorpresa le hizo pasar al pequeño espacio al que su padre denominaba despacho, donde se reunía con los señores que acudían después de cerrar la tienda.

—Esto es para usted —le alargó un sobre-.

—¿Qué es?—preguntó la chica sin entender lo que esos documentos significaban.

El hombre se inclinó un poco hacia delante, eran las cuentas que su padre le había dejado en Suiza a su nombre, confesó con ese suave acento que le hacía arrastrar las palabras.

—Era un hombre muy rico, don Edelmiro —declaró con respeto —y el mejor traficante de arte.

Ante su cara de estupor, el señor le dio unos breves golpecitos en la muñeca. Comprendía su sorpresa. Él estaba a su disposición para lo que necesitase.

—¿Querría seguir con el negocio? —se puso muy serio—. Su padre era un hombre muy respetado en este mundo y las puertas estarían abiertas para usted.

Rosaura era incapaz de reaccionar. No tenía que contestar inmediatamente, prosiguió con dulzura. En estas circunstancias necesitaba un tiempo de reflexión, lo comprendía. Dejó una tarjeta sobre la mesa.

—Espero su llamada. Sería una pena perder esta oportunidad.

© Cristina Vázquez

Tornillos de todas clases

Malena Teigeiro

Llevo meses visitando El Rastro. De arriba abajo y de abajo arriba recorro la cuesta de La Ribera de Curtidores sin cansarme. Nunca compro otra cosa que no sean tornillos. Los tengo largos, cortos, anchos, antiguos y modernos. De acero, hierro y metal dorado. ¡En fin!, de todas clases. Busco tan solo eso: Un tornillo. Al llegar a casa los pruebo. Pero hasta ahora no he tenido suerte. Todavía no he encontrado el que me valga.

Cada domingo vengo a El Rastro sola. Antes solía acompañarme Juan, sin embargo, últimamente dice que prefiere quedarse en casa, metidito en la cama. Siempre le gustó la cama, pero lo de ahora ya es comparable a la vagancia. Ni tan siquiera se levanta para comer. Ni para lavarse. Y he de decir que olor en la habitación es bastante molesto. Pero yo…, como si nada, porque no quiero ofenderlo. Sé muy bien el genio tan rápido que tiene. Con un pañuelito mojado en colonia que de vez en cuando me llevo a la nariz como si estuviese acatarrada, me siento en una silla para hacerle compañía. A él parece que le gusta verme allí, a su lado. De vez en cuando me pregunta alguna cosa, y suele sonreír si lo que le cuento es gracioso. Al menos eso me parece a mí. Aunque es posible que sea tanto mi deseo de tenerlo contento que hasta lo imagine.

Nadie entiende mi relación con él. Ni tan siquiera los vecinos. Y no es que yo sea una persona de las que piensa que todo el mundo las persigue. No es eso. Lo que sucede es que cuando me cruzo con Maruja, la del quinto o con Antonia, la del cuarto derecha, bajan la cabeza al pasar por mi lado. Incluso hay alguna que rumia cosas muy desagradables con la intención de que las escuche. Pero van de lado si piensan que me van a ofender. Cada uno vive como quiere. Cierto, me pareció escuchar a Juan cuando se lo conté.

Ayer han venido unos que parecían enfermeros y se han llevado a Juan. Al parecer, un vecino se ha quejado del olor. Me despedí de él diciéndole que ya se lo había advertido, que no se puede estar sin comer y sin asearse tanto tiempo. Pero claro, como siempre, no me hizo caso. Pues, Juan, mira ahora. Ya ves. Ha ocurrido que, vete a saber quién, se ha quejado en el Ayuntamiento y te han llevado tapadito en una camilla.  Lo cierto es que los vecinos tenían razón. No se podía aguantar ni un solo día más ese olor tan nauseabundo.

Maruja, que en el fondo es una buena vecina, me ha acompañado mientras se lo llevaban. Me susurró que ahora debía pensar en mí. Que no podía vivir de esa manera. Cuando cerramos la puerta, me volví hacia ella. Tienes toda la razón, le dije. Ni un día más así. Lo primero que hicimos, ella no me dejó hasta que acabamos, fue abrir las ventanas. Lavamos las sábanas y fregamos los suelos. Cuando íbamos por la mitad de la limpieza, bajó también Antonia y otra vecina, una más jovencita que ni siquiera sé cómo se llama. ¡Mira que le gusta a la gente meterse en casa ajena! Pero como venía a ayudar, pues no dije nada. Cuando terminamos también la invité a un café. El piso quedó precioso y oliendo, según Antonia, a brisa marina. Lo que no me extrañó. Ella fue la que trajo de su casa la botella de detergente con una ola azul pintada en la etiqueta. Creo recordar que incluso lavamos con ese detergente las cortinas.

Y desde aquel día, y ahora que él ya no me necesita, ando La Ribera de Curtidores para arriba, La Ribera de Curtidores para abajo, buscando ese tornillo que Juan siempre me dijo que me falta en la cabeza. ¡Qué hartura de hombre! Un día tanto y tanto lo repitió que la ira me llevó a golpearlo hasta dejarlo tumbado en el suelo. Pero fui buena y lo metí en la cama, y él, quizá para vengarse, allí se quedó sin querer volver a hablarme.

Sin embargo, he de reconocer que en lo del tornillo algo de razón lleva, y que, de una vez por todas, he de colocar uno en el hueco que, según él, dejó el que me falta. Lo que sucede es que no encuentro uno que encaje ni el hueco en donde debo meterlo.

© Malena Teigeiro

El camino de regreso

Liliana Delucchi

Cuando el empleado de la empresa de mudanzas le dijo a Micaela que estaba todo descargado, firmó el albarán de entrega y cerró la puerta. A su alrededor todo eran cajas, burros con ropa colgada, algunos muebles y mucho espacio libre. Era lo que ansiaba desde tiempo atrás: espacio, mucho espacio y mucha luz.

Le había costado convencer al propietario que sería la mejor inquilina; muchas personas ansiaban ese loft en un barrio tan arbolado de Madrid que alguna vez estuvo descascarado y en la actualidad brillaba con escaparates, mesas en las calles y tiendas de diseño.

Se sentó en la única butaca que trajo de su antigua vivienda y aspiró casi todo el aire de la habitación. En alguna de las cajas estaría la cafetera, pero ¿en cuál? Estaba segura de haber etiquetado una en la que ponía «cocina», sin embargo, no tuvo fuerzas ni ganas de buscarla.

Estoy en una de las zonas más animadas de la ciudad, así que más vale que la aproveche y salga en busca de alguna cafetería mona. Desde la banqueta en la que se instaló, frente a una taza humeante y un cruasán crocante, se dispuso a observar al resto de los parroquianos. Un mundo de colores, donde jóvenes y  mayores, atildados o vestidos con ropa deportiva, componían grupos de voces en distintos tonos y diferentes idiomas. Se dio cuenta de que estaba sonriendo.

Recorrió el barrio y en algunas tiendas se entretuvo inspeccionando lo que podría necesitar (o no) e hizo algunas compras. Cuando las plantas de los pies le anunciaron que ya era hora de regresar y poner las piernas en alto, se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ni idea de cómo volver. Siempre tuve un pésimo sentido de la orientación. Bendito Google Maps.

Ya en casa, encontró sábanas y una manta con las que pudo estrenar su cama y descansar hasta que el ruido del estómago y la escasez de luz le hicieron tomar conciencia de que era hora de pedir una cena a domicilio. Aunque no muy grande, la mesilla de noche le sirvió para instalar la comida y una copa de vino. A partir del lunes, con los muebles nuevos, estaré aún más cómoda. Y cuando se dio cuenta de que, a pesar de la buena película que daban en la tele, se le cerraban los ojos, volvió al austero lecho que le parecía el de una princesa de cuentos.

La escasa luz de las farolas que se colaba a través de las ventanas, dibujaba sombras sobre el joven cuerpo de Micaela que se revolvía entre embozos arrugados y almohadas. Unos tímidos lamentos escapaban de su garganta cuando, de pronto, se incorporó, secándose el sudor de la frente. Otra vez el mismo sueño: entre guijarros y rodeada de viviendas desconchadas, caminaba descalza. Perdida, desconocía el lugar y era incapaz de encontrar el camino a casa. No había persona alguna a quien preguntar. Intentaba pedir auxilio, gritar, pero era como si no tuviera cuerdas vocales. Nadie. Silencio, oscuridad y niebla.

Después de unos cuantos vasos de agua, volvió a acostarse. Cuando el sol de la mañana la despertó, ya era domingo. Un paseo por El Rastro me vendrá bien y podré encontrar algún adorno.

Caminó entre el gentío que por momentos la agobiaba hasta que se detuvo ante un puesto regentado por un anciano. Sobre la mesa, cantidad de objetos que jamás había visto, ni siquiera en sus viajes a países remotos. Sin embargo, algo en ellos le despertó cierta inquietud. El hombre le sonrió desde su mirada acuosa.

—¿Te has perdido, querida?

—Creo que sí.

Él le hizo un gesto, invitándola a sentarse a su lado. Permanecieron un largo rato en silencio, un silencio que lo abarcaba todo, ni siquiera se oían las voces de los que abarrotaban la calle.

A poco rato, como en un susurro, Micaela le relató su mudanza, la felicidad por su nuevo apartamento y el sueño que cada tanto la atormentaba.

—¿Por qué tanta angustia, querida? ¿De verdad crees que ansías regresar a ese lugar que te es tan esquivo? —El hombre puso una mano sobre la suya, antes de continuar con sus preguntas.

—¿Quién o quiénes están en ese lugar al que no puedes llegar?

—No lo sé.

Apoyándose en un bastón, el anciano se puso de pie y rebuscó debajo de una manta de colores. Volvió con una piedra blanca del tamaño de un puño y la puso en la mano de la joven.

—Te ayudará a llegar a ese lugar al que, creo, no quieres ir y no volverás a tener ese sueño.

Micaela acarició la piedra y cuando hizo ademán de buscar su cartera, el tendero levantó la mano: «Es un regalo. Te estaba esperando.»

Ella se puso de pie, acarició los dedos callosos del anciano y le dio las gracias.

—Por cierto, me llamo Miguel.

—¿Como el Arcángel?

—Como el Arcángel— sonrió el anciano.

Cuando regresó al loft, Micaela puso la piedra sobre la mesita de luz. Antes de dormirse, la acarició.

Otra vez caminando descalza entre guijarros, otra vez pidiendo auxilio para llegar. Pero esa noche logró alcanzar una construcción algo derruida, con ramas secas lloviendo del techo y luces en el interior. Dentro, alrededor de la mesa, en posición de firmes, estaban su madrastra, la tía Rosa que nunca la quiso, la prima envidiosa y el noviecito del instituto que se burlaba de su acné. El lejano temblor que sintiera ante ellos cuando deseaba imperiosamente su aprobación, apareció en su boca, junto con un sabor agrio que subía desde el estómago. Buscando una salida a tanto desasosiego, dirigió la mirada hacia la única ventana de aquel siniestro lugar. Detrás de un cristal nebuloso estaba él, el anciano del mercado, con una sonrisa de amor de la que los otros carecían. Miró a su pasado con displicencia. ¡Cuánto tiempo perdido buscando vuestro cariño, un gesto de aceptación, una caricia! Salió y cerró con un portazo. «Ahí os quedáis».

Cuando despertó se dio cuenta de que estaba sonriendo. Acarició el amuleto y volvió a dormirse.

El domingo siguiente regresó al Rastro. Lo buscó por todos los puestos, preguntó a todos los expositores y de cada uno recibió la misma respuesta: «Aquí nunca hubo un viejo trapero llamado Miguel».

© Liliana Delucchi

Al aire libre

Marieta Alonso

Amalia apretó el paso. Ya estaba cerca de La Ribera de Curtidores y, como siempre, solo con oír el bullicio se le pasaron todos los males. Era para ella una cuestión vital no faltar ni un solo domingo al Rastro. El trapicheo de ropa, zapatos, quincalla y cualquier objeto de segunda mano era su debilidad y, en cierto modo, su medio de vida.

A media calle divisó a Fermín que daba los últimos toques al tinglado, justo enfrente al monumento de Eloy Gonzalo. Allí estaba con la espalda encorvada, el pelo cano, y sus dedos artríticos. Ya no eran unos chavales. Él, trece días exactos mayor que ella, le bastaba para que se creyera con derecho a protegerla. Discutían cada dos por tres, pero como todo entre ellos se desenredaba con palabras, siempre terminaban riendo.

De niños iban juntos al colegio, cada uno se casó con el mejor amigo del otro, incluso enviudaron con un mes de diferencia. Y cuando un día él se enteró de su precaria situación, la animó a que le ayudara en el puesto. Lo único que tenía que hacer era vender, vender hasta su alma si fuera preciso. Resultó ser una gran idea para ambas partes.

Desde la calle Juanelo vio venir a dos de sus clientas habituales. Se sacudió el cansancio y se dio prisa para llegar antes que ellas. La mañana comenzaba bien. Estaba segura de que la sábana encimera y la funda que para su ajuar bordó su madre hacía cincuenta años, les iba a gustar y no pensaba rebajar ni un céntimo.

No es fácil ser viuda y pobre.

© Marieta Alonso

Publicado en: Fotos

La lluvia

15 abril, 2024 por Akelarre 2 comentarios

cuentos inspirados en la lluvia

Un paraguas para la lluvia

Abril que sale lloviendo, a mayo llega riendo.
Abril mojado, de panes viene cargado
Abril, para ser abril, ha de tener aguas mil.

Como se puede ver, según estos y otros muchos refranes populares, éste es el mes de las lluvias.

Todos recordamos abundantes aguaceros que nos hacían salir cubiertos con gabardinas, gorros y paraguas, saltar charcos y hasta maldecir a algún coche que nos salpicaba a su paso. Por no hablar de los resbalones que dieron con nuestro cuerpo en el suelo.

Y para conmemorar esos momentos y desear que el comienzo de la primavera nos bendiga no solo con chaparrones, sino con aquellas lloviznas persistentes que nos acompañaban desde el amanecer hasta la noche, a través de los paraguas hemos convocado a las meigas con nuestros escritos para que nos devuelva esa agua que acabe con esta sequía.

En los cuentos de este mes encontramos a una mujer cuya pasión por la lluvia la lleva a ser compradora compulsiva de paraguas; una anciana que recuerda los momentos en que la lluvia formó parte de su vida; la primera cita de una adolescente en otros tiempos y el accidente provocado por una carretera mojada que cambió la vida de tres personas.

Otros tiempos

Cristina Vázquez

El café oriental

Malena Teigeiro

Quinto Mandamiento

Liliana Delucchi

Bajo la lluvia

Marieta Alonso

Otros tiempos

Cristina Vázquez

Para mi amiga Oriente, la memoria que queda

El mes de abril era uno de los preferidos de Ángela porque la acercaba al verano. Esa era su estación preferida. La luz infinita alejaba la noche, los límites a su libertad disminuían y los besos robados de Andrés le chispeaban como un audaz recuerdo.

Durante el año, sólo le había vuelto a ver en un par de ocasiones en las que sus familias se reunieron para un cumpleaños y una paella en el jardín de los padres de Andrés. Ellos se miraban con el recelo de su secreto veraniego y Ángela no podía evitar que le irritara la falta de decisión de ese chico tan rubio y alto, tan guapo y soso, la verdad. No hizo ninguna alusión o guiño a su aventura veraniega, ni tampoco una llamada. Eso le partía el corazón, pero como su familia se enterara que había salido con él, le esperaba un castigo eterno.

—No tienes edad.

Le recriminaba siempre su padre ante cualquier intento de libertad que él llamaba subversión.

—Voy a cumplir dieciséis —le gritó la última vez, lo que le valió un mes encerrada en casa.

Maldito ogro, comentaba con Beatriz, su amiga íntima que también disfrutaba de un padre autoritario, aunque superar al suyo era imposible, confesaba entre lágrimas e ira contenida. ¡Imposible!

Al llegar el mes de abril, se produjo el milagro. Andrés la llamó y quedaron para verse ese sábado. Su amiga iría con Iñigo, otro amor secreto. Demasiado jóvenes para esas tonterías. Demasiado jóvenes para todo, se lamentaban ellas.

Por fin se reunieron con el nerviosismo y la ilusión del momento largamente deseado. No sabían qué hacer y decidieron ir a un cine. La película era Candilejas y la gruesa cortina que separaba la sala de cine de la entrada, le dio en el ojo a Ángela y se le cayó una lentilla, pero no dijo nada, no la iba a encontrar y además jamás confesaría su astigmatismo. La película, que Angela vio desenfocada, les aburrió y decidieron ir a merendar, siempre mirando el reloj, pues las nueve era la hora de vuelta. Al salir caía una manta de agua que no les desanimó a recorrer el camino de vuelta para acercarse lo más posible a casa de Beatriz, donde la iban a recoger.

Llegaron calados a la cafetería y mientras esperaban que se quedara una mesa libre ellas dos fueron al cuarto de baño a intentar secarse sus largas, jóvenes, brillantes melenas en el radiador. ¡Bella a toda costa! Ángela se veía a medias en el espejo por la falta de la lentilla que decidió quitarse. Pese a la nebulosa en la que se quedó, todo menos ponerse las gafas, pudo comprobar el decepcionante resultado de su pelo: húmedo, lacio, sin pizca de volumen.

El transcurrir de la tarde no dio cabida a que hubiera un poco de intimidad, algún momento de recuerdos tiernos, un reconocimiento de los prolongados anocheceres y besos de agosto. Andrés era tímido, no conseguía soltarse y el ruido abrumador de la cafetería no hacía fácil la conversación.

Tras la última ojeada al reloj, salieron a toda prisa otra vez a la lluvia, ahora menos furiosa, y se acercaron con paso ligero a la casa de Beatriz. Al entrar al amplio zaguán vieron que los padres de ellas charlaban amigablemente. No les dio tiempo a que los chicos se fueran, eran épocas en que acompañaban hasta el portal, y se quedaron los cuatro como estatuas.

—Mira quienes vienen —dijo su padre con cierta sorna.

—Nuestras hijas muy bien acompañadas —contestó el de Beatriz con irritación contenida.

Iñigo y Andrés, después de saludar educadamente, desaparecieron como almas que lleva el diablo. Castigadas dos meses sin salir, por desobedientes y mentirosas. Las dos chicas se miraron con la desesperación y el desgarro propio de la juventud y el temor a la severa reprimenda que les iba a caer.

Andrés no volvió a llamar nunca y veinte años después Angela lo reconoció de lejos en un concierto, pero no se saludaron.

Menos mal que esos tiempos habían pasado.

© Cristina Vázquez

El café oriental

Malena Teigeiro

Siempre me gustó la lluvia. Y también los paraguas. Sé escogerlos como nadie. Muchas personas no se dan cuenta de que al adquirir uno están comprando algo que les va a iluminar el rostro. Los compran al tuntún: porque son baratos, porque no pesan, porque es igualito al que lleva esa actriz que tanto le gusta… A veces incluso los compran grises, sin percibir que la luz a través de la tela del paraguas les adelanta el color de la muerte. Por eso los míos siempre son azules, verdosos. A veces incluso rosas.

Otra cosa que me sucede es que nunca me canso de comprarlos. Para mí son tan importantes como el bolso. Tienen que hacer juego con los zapatos, con la gabardina o el impermeable. Incluso tengo uno que fue de mi abuela con el puño de plata. Ese lo guardo para las ocasiones importantes. Sí. Para los entierros, las visitas...

Pero, y a fuer de que me repita, siempre tuve claro que me gusta la lluvia. Quizá sea porque en mi tierra esa agua que el Señor nos manda desde el cielo es una constante que se transforma en la compañera de las comidas. Porque claro, ¡qué íbamos a hacer cuando llueve si no es refugiarnos en un café, en un restaurante y comer!

También me enamora de la lluvia el frescor que alimenta la piel del rostro, los brazos, las piernas, en fin, de todo el cuerpo. Ese frescor es algo inimaginable para los que no conocen su poder.

Luego están los colores. No hay verdes más brillantes en el campo, ni cielos más azules, ni perfumes más intensos que los que nos regala la naturaleza después de una buena jarreada.

¿Y qué se puede decir de la música que arrastran las gotas sobre la seda de un paraguas? De esto último nadie habla. Quizá sea porque las personas corren por la calle huyendo de ella sin intentar escucharla, o porque temen que se les estropeen los zapatos, o que les decolore la ropa. Esas personas siempre me dieron lástima. No saben escuchar su son. No conocen que bailar bajo la lluvia es algo que se acerca a la divinidad. Y lo sé bien porque fue una tarde de lluvia cuando conocí a Yago. Ese día caía fuerte, pero no de manera torrencial. Era una de esas lluvias que no dejan entrar al viento, que no permiten que el calor se vaya. Él corría por los cantones con la vista fija en el suelo. Intentaba no pisar los charcos y al no llevar paraguas se agarraba las puntas del cuello de la gabardina. Parecía que quisiera resguardar la garganta. Y claro, correr así te lleva a tropezar con el que viene por delante. Y esa era yo. El tropezón fue tan fuerte que se le rompieron dos varillas a mi precioso paraguas púrpura. Yo, extasiada ante sus hermosos ojos verdes, reía y él no dejaba de disculparse empeñado en comprarme otro. No quise. Si supiera que lo había comprado en Alemania y que me había costado una fortuna, no lo hubiera entendido. Y como estábamos al lado del café Oriental le dije:

—Déjalo, lo llevaré a arreglar. Pero si de verdad quieres congraciarte conmigo, invítame a una cerveza bien helada —guarecido debajo de mi estrellado paraguas, se quedó quieto mirándome sorprendido.

—¿Bien helada? —susurró con un ligero escalofrío.

—Bueno. Pues si no te parece bien una cerveza bien helada, podrías invitarme a un chocolate con churros.

Coloqué las varillas rotas hacia atrás, y resguardados por mi paraguas, caminamos los cuatro pasos que nos separaban de la terraza del café y nos sentamos al aire libre, debajo del toldo. Era muy bonito ver llover desde allí. El agua que bajaba por la lona caía sobre una fila de veladores arrancando un ruido parecido al que deben tener las cataratas. Pasamos el resto de la tarde entre risas y bromas. Al despedirnos, nos cruzamos los teléfonos y quedamos para otro día.

Poco tiempo después nos casamos sin que yo lograra que me contestara a la pregunta de por qué corría aquella tarde si no tenía prisa alguna, como se demostró luego. Quizá fuera porque no llevaba paraguas.

Ahora soy yo la que no lo utilizo. Cuando llueve levanto el rostro y le agradezco a la lluvia que coloque en él las lágrimas que soy incapaz de derramar desde que Yago falleció atropellado por un automóvil.

A pesar de mi insistencia, nunca usó un paraguas los días de lluvia ni perdió la fea costumbre de levantarse el cuello de la gabardina al correr mirando al suelo.

© Malena Teigeiro

Quinto Mandamiento

Liliana Delucchi

Ese martes Juan no llevaba paraguas. Hubiera querido ser más previsor, pero no lo fue. Sin embargo, se disculpó ante sí mismo: ya lo había sido el día anterior. Al menos eso creía, cuando bajo una lluvia similar hundiera su calzado en el barro para llegar hasta el fondo de la hondonada y regresara a la carretera después de haber limpiado sus huellas.

El camino hasta el tanatorio le resultaba largo; se sacudió el cansancio y respiró profundamente. Antes de abrir la puerta pudo escuchar los murmullos de los rezos y sentir el olor de las flores. ¡Malditas viejas!

¿Dónde estaban cuando la querida Sara se marchitaba junto al que en ese momento yacía en el ataúd?

Su pequeña y dulce Sara. La llamaba su pequeña aunque eran mellizos, seguramente porque en el mundo de esa aldea en que se había criado, por ser el hombre se creía más fuerte. ¿Lo era? Posiblemente no.

Rodeada de mujeres de luto y el bisbiseo de los rezos, su hermana contemplaba el féretro con los ojos secos y las manos cruzadas sobre la falda. Una luz apareció en su mirada cuando Juan cruzó la sala en dirección a ella, una luz de amor…, con un destello de rabia. ¿Lo sabría? Ella era capaz de intuirlo.

La historia comenzó años atrás, en el instituto. Vicente, un ser anodino a quien en esos momentos las comadres del pueblo destinaban sus plegarias, llegó a la comarca con su hablar arrastrado y un tic nervioso en el párpado izquierdo, y al muy estúpido no se le ocurrió nada mejor que enamorarse de Sara. A la chica le dio lástima que fuera tan limitado y lo ayudaba con sus estudios, algo que el tonto confundió con amor, sin darse cuenta de que el corazón de la adolescente se derretía por otro, quien, al parecer, le correspondía.

Sara no era muy guapa, pero sí inteligente y rebosaba donaire. Tenía esa elegancia espontánea en las maneras que seducía a quien se acercara a ella, ya fueran profesores, padres o compañeros.

Llovía el día que, bajo los tilos, Vicente se le declaró y la joven confesó sus sentimientos por otro chico. Entonces, el rechazado cogió su bicicleta y se lanzó camino abajo, lloroso y hundido, sin percatarse de que pendiente más aguacero, más velocidad terminarían en lo que terminó: un accidente que lo dejó cuatro meses en coma. Cuatro meses durante los cuales Sara prácticamente no se separó de su cama, cuatro meses de culpa y plegarias que dieron como resultado que el enfermo despertara, aunque con una dicción peor de la que tenía antes de aquel percance, cojo y con una mano prácticamente inútil.

La carga que supuso para la mujer el resultado de su rechazo la llevó a aceptar casarse con él. Esa unión significó el comienzo de su deterioro. Desaparecieron la luz de sus ojos, su risa y aquel donaire que la caracterizaba.

Juan, incapaz de soportar dicho quebranto, dejó el pueblo y se marchó a la ciudad. Fue un tiempo de liberación para él. Sin embargo, distanciarse de la mediocridad en la que había crecido, no lo alejaba de la necesidad de rescatar a aquella con quien lo compartiera todo.

En sus espaciadas visitas para navidades o cumpleaños veía cómo su melliza se iba marchitando sin remedio, ante un marido dependiente y al que ella trataba como a un niño indefenso. Quizás lo fuera. El pelo sedoso de Sara perdió su brillo, sus uñas necesitaban una manicura y los hombros se le caían con la pesadumbre del desconsuelo.

Juan tenía que tomar cartas en el asunto. A pesar de lo difícil que se le hacía mantener una conversación con su cuñado, lo instó a abandonar su butaca junto a la chimenea y salir a dar un paseo. Semanas después lo convenció para que perdiera el miedo a las bicicletas y fueran juntos a dar una vuelta, y así fue como Vicente volvió a montar en ellas y hasta salir solo. Sara lo veía alejarse a través de la ventana y respiraba profundamente, como si el aire pudiera purificar tanto abatimiento.

Cuando el servicio de emergencias y los paramédicos descubrieron el cadáver de Vicente caído en el barranco, no se percataron de que los frenos habían sido manipulados.

Amparados bajo un paraguas, los hermanos se alejan del cementerio con paso lento. Ella aprieta el brazo de Juan y, por primera vez en mucho tiempo, sonríe.

—Estás empapada. ¿Te llevo a tu casa?

—No. A la peluquería.

© Liliana Delucchi

Bajo la lluvia

Marieta Alonso

No es una milonga lo que les voy a contar o quizás sí. No estoy segura.

Una noche de lluvia me cambió la vida y me vi recorriendo las calles de Buenos Aires, cantando Caminito y subiendo al segundo piso de Corrientes 348. Una noche de lluvia sentí que volvía a tener amores con un millar de pingüinos, que me subía a lomos de una ballena y a punto estuve de llegar a la Antártida. Una noche de lluvia me quedé como un témpano al conocer a Perito, el Moreno. La lluvia, las cataratas me hacen soñar, así que en un triángulo imaginario puse mis pies en Argentina, el brazo derecho en Brasil y el izquierdo en Paraguay y caí en la confluencia de los ríos de Iguazú y Paraná. Mas un día soleado me volvió a cambiar la vida y regresé a España con la certeza de haber conquistado América. Allá dejé a mis mejores amigas incubando jacarandas.

Parece que ha dejado de llover. No. Es un paraguas el que me protege. Tampoco. Estoy bajo los soportales de la plaza Mayor de mi pueblo. Un vecino me dice que lo cierre que abierto, bajo techo, trae mala suerte. Le hago caso por si las moscas. Me gusta ver las nubes corretear, ver cómo caen las gotas, cómo riega las plantas, cómo se la traga la tierra. Me gusta tanto que sin darme cuenta voy hacia ella, en cuestión de segundos quedo empapada y eso que el mismo vecino fue en mi busca y me aconsejó prudencia: puedes coger una pulmonía, resbalar y caer. No tienes edad.

¡Qué lástima! Ya no soy la de antes. Aquella que se metía en todos los charcos y nunca enfermaba. Recuerdo con melancolía aquellos tiempos, el rumor de los chorros cayendo desde los tejados y a las cuatro amigas tomadas de las manos saltando para mojarnos mejor.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

Mujer asomada a la ventana

15 marzo, 2024 por Akelarre 4 comentarios

Mujer asomada a la ventana

Mujer asomada a la ventana

Este óleo sobre lienzo de 73x 44, se halla en la Antigua Galería Nacional de Berlín y es obra de Caspar David Friedrich, considerado el pintor más representativo de su generación: El Romanticismo.

Tiempos convulsos en los que se produjeron grandes cambios políticos, sociales, espirituales y filosóficos que influyeron en los años posteriores.

Nació en 1774 y murió en Dresde en 1840. Tuvo éxito y reconocimiento temprano.

En este cuadro la modelo representa a su mujer, Caroline Bonner. A lo lejos se ve el río Elba y un mástil de barco. A diferencia de otras obras de la época, en los que la mujer es objeto de observación, aquí la protagonista es un personaje activo que obliga a mirar a través de ella.

Es el único interior que pintó, en cambio, tiene una serie de escenas contemplativas contrapuestas a cielos nocturnos, nubes, viejos árboles o ruinas góticas, temas inspiradores durante el Romanticismo.

Esta pintura ha dado lugar a historias sobre una querida tía, una viuda, una joven curiosa y una mujer enamorada.

Inútil espera

Cristina Vázquez

Berta no quiere ver el cielo

Malena Teigeiro

La mujer del cuadro

Liliana Delucchi

La viuda

Marieta Alonso

Inútil espera

Cristina Vázquez

De mayor, ya casi anciano, Gabriel recordaba la imagen de su tía siempre asomada a la ventana. Se llamaba Lucrecia y era la hermana pequeña de su madre que vivía con su abuela viuda. Gabriel la recordaba ágil, de talle flexible y fino, bromista y en su cara las pecas y un par de hoyuelos le daban una expresión de risa contenida que iba a explotar en cualquier momento. Otras veces, en cambio, su rostro se demudaba en un gesto triste, el tono de su voz se volvía violento y algo en ella daba miedo. Pero él la adoraba.

—Eres y serás siempre mi preferido, Gabriel —le acariciaba la mejilla con un dedo—. Te pusieron ese nombre porque cuando naciste dije que tenías cara de ángel.

A continuación, dándole un pellizco echaba a correr asegurándole que eso se lo decía a todos los sobrinos, así la querrían más. Una tarde que repetían ese juego y Gabriel iba detrás de ella, se giró con brusquedad y cogiéndole la cara entre sus manos, le miró desde la profundidad de sus ojos color miel. A lo mejor dentro de poco se tendría que ir muy lejos, estaba esperando a un hombre, un novio que la llevaría a vivir a un país precioso.

—Dentro de poco, Gabriel, pero… —y en voz baja—, me tienes que guardar el secreto. Solo tú lo sabes.

Recuerda que sintió una mezcla de orgullo y tristeza, ¿por qué se tenía que marchar, por qué era un secreto, quién era ese hombre? Y esa tarde algo en él se quebró, algo a lo que no supo dar nombre.

Pasados unos meses, la inquietud de Gabriel, al ver que su tía se quedaba, fue disminuyendo y cuando le preguntó cuándo se iba a ir, ella, tapándole la boca, le exigió que nunca, nunca lo repitiera o dejarían de ser tía y sobrino. Al poco tiempo de decirle esto, recordaba la punzada que sintió la mañana que su madre se fue precipitada de casa, sin arreglar, con el abrigo echado de cualquier manera sobre los hombros y volvió tarde en la noche con un desconsuelo marcado en la oscuridad de sus ojeras.

No volvió a ver a su tía en mucho tiempo. Si preguntaba dónde estaba, un silencio ominoso, o no eran cosas de niños, que se callara, por favor, era la atribulada, inconclusa respuesta que le daban. Él intuyó que algo terrible o, al menos, incómodo o vergonzante había sucedido. La ausencia de Lucrecia, bajo esas misteriosas condiciones, le hicieron desconfiar del mundo de los mayores. Sintió por primera vez un sabor amargo que no conseguía aliviar con caramelos. Comprendió cuánto la quería, cuánta alegría y cariño le daba esa divertida mujer en comparación a los rígidos modos de padres y otros tíos.

Al fin, después de unos años, le comunicaron que iban a visitar a la tía.

—Como la quieres tanto puedes venir con nosotros —argumentó su padre con una solemnidad amenazante—. Pero he de advertirte que será muy duro verla.

Gabriel acababa de cumplir quince años, su recuerdo era un oasis en el desconcierto adolescente y afirmó que sí, que estaba dispuesto.

Llegaron a un edificio de tres plantas de un color gris desvaído, rodeado de un jardín pobre y mal cuidado. Al entrar, observó unas plantas desanimadas que trataban de aligerar el aspecto lúgubre de aquella casona con rejas en las ventanas. Esperaron un momento en un despacho hasta que un médico de afectuosa sonrisa les pidió que le siguieran. Nunca olvidaría el ruido de las tres vueltas de llave que dio para abrir, el olor a cerrado del cuarto y la figura de espaldas que se inclinaba sobre la ventana. Solo un atisbo de su frágil cintura le pudo recordar la agilidad, la gracia de antaño.

Se quedó horrorizado, quiso salir, pero en ese momento ella se dio la vuelta y sonrió. ¡Gabriel! Se había transformado en una desconocida. Seca, triste, casi una anciana, solo pudo reconocer el color miel de sus ojos, aunque sin brillo. Se acercó y le puso una mano en la nuca para arrimarse a su cara.

—Dentro de poco me iré —susurró con torpeza—, guárdame el secreto y te llevaré conmigo. Después se giró y volvió a asomarse a la ventana.

Cuando salieron, arrastrando los pies pasillo adelante, acompañados por el amable doctor, éste les iba diciendo que estaba mejorando, aunque les costara creerlo. Además, continuó, había sido una bendición poder evitar la cárcel.

—Fue un asesinato terrible el de aquel desconocido.

© Cristina Vázquez

Berta no quiere ver el cielo

Malena Teigeiro

En cuanto llega la tarde y acaba con sus quehaceres, Berta se asoma a la ventana. Siempre a la pequeña. Allí lo espera con la mente en blanco. Bueno, en blanco no, porque de su cabeza no desaparece nunca la imagen.

Martín tiene los ojos transparentes, de color verde, de ese que es como el agua del mar. Adora esos ojos que la miran de arriba abajo y que le hacen bajar los párpados avergonzada. Una de las cosas que más le gustan de él es la sonrisa. Cada vez que le baila en sus gruesos y húmedos labios, se enamora un poco más.

Berta saca medio cuerpo hacia afuera. Quiere mirar lejos, muy lejos. No. Todavía no vuelve. De nuevo se acomoda en el alfeizar de la ventana pequeña. Siempre en la pequeña. Espera. Siente frío y se arrebuja en su chal.

Ahora recuerda sus juegos de niños. Porque él y ella están juntos casi desde que nacieron. Qué día tan feliz el de su matrimonio. Todo fue perfecto. Hasta el sol fue espléndido. Sonríe. Martín era pícaro. Sí. Siempre tuvo una inocente y osada picardía que todavía la mantiene enamorada. Por eso lo espera en la ventana pequeña. Esa que le deja ver los campos y los barcos que atraviesan el canal. A ella no le gustaba mirar por la grande. Escucha el rasgar de la quilla de un barco y cierra los ojos. No. No era el de él. Porque Martín patronea con dulzura, casi mimando las aguas. Aspiró el perfume a hierba. Aunque sus ojos fueran del color del agua, él no olía a mar. Él olía a leche y a bollos, a bebé y a hogar. A veces también a vino. Y ese olor fuerte, agrio le repelía. Una ráfaga de viento le hizo sujetarse unos rizos.

Una de las cosas que más le gustaban a Berta, era sentir su calor al despertar, y todavía muchísimo más aspirar el perfume de su piel. De día, sola en la casa, echaba de menos su risa y su voz, incluso cuando protestaba por cualquier cosa. Porque, tenía que reconocerlo, su hombre, además de alto y delgado, era un poco pendenciero. Aunque ella le riñera cada vez que le contaban una de sus peleas, entendía que no había que darle importancia, que eran cosas que hacían los maridos al salir de la taberna. ¡Ya se corregirá con el tiempo! Últimamente está bastante preocupada. Son muchas las noches que llega tarde y en un estado lamentable. Recordó aquella de no hacía tanto tiempo, que lo tuvo que ayudar a subir a la habitación. Vomitó por las escaleras. Pero era un buen hombre. Aún en aquel estado Martín le pidió perdón por el trabajo que le estaba dando y le juró que no volvería a emborracharse. Ella sonrió. Era casi imposible que pudiera cumplir con su promesa.

Berta se acarició el vientre. Su bebé ya no estaba allí. Y no entendía por qué. Ahora lo recordaba. El bebé salió de su vientre el mismo día que le dijeron que Martín se había ido al cielo, que no volvería nunca más. Que la noche anterior le clavaron una faca en el pecho. Pero sabe que no es cierto, que como tantas otras veces, y aunque esté borracho, llegará a casa y la abrazará y la besará.

Y por eso Berta nunca mira por la otra ventana, la que está alta, la que solo deja ver el cielo. Teme que Martín aparezca entre las nubes con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro

La mujer del cuadro

Liliana Delucchi

Nada más despertarse, Amanda se había sentado frente al ordenador. Transcurridas dos horas, la pantalla continuaba en blanco. Durante ese tiempo se levantó a prepararse el tercer café de la mañana, regó las plantas y ordenó los jerséis por colores. Nada. Ni una sola idea para el artículo que le encargaran en la redacción. ¿Y si voy al mercado a comprar algo para comer y de paso me despejo un poco? Despejarme…, ¿de qué? Quizás del vodka que bebí anoche mientras veía seis capítulos de una miniserie. Cualquier cosa para no pensar en esta vida carente de estímulos. Mejor no rumiar sobre ello, mi terapeuta dijo que debía ser más positiva, ver las cosas bajo un prisma más provechoso. ¡Como si fuera fácil!

El sonido de la llegada de un mail le dio la oportunidad para abandonar una vez más la página en blanco. Se lo enviaba Mayte invitándola a una exposición de pintura junto con la foto de uno de los cuadros: mujer mirando a través de una ventana. Preciosa la pintura. ¿Qué estará viendo esa señora? ¿Despide a alguien o lo espera? Mejor voy a comprar el almuerzo.

Erró por los puestos del mercado sin detenerse en ninguno. De pronto se dirigió al de la carne, no porque le apeteciera o supiera qué cocinar, sino porque allí estaba él, en la cola de la carnicería, el vecino que se había mudado hacía poco a los nuevos pisos frente a su casa.

No sólo era guapo, tenía un halo de misterio de esos que a ella gustaban tanto, una especie de mirada perdida. ¿O será miope? No entendió muy bien qué era lo que él estaba pidiendo a la carnicera, pero se acercó para preguntarle cómo lo prepararía.

El joven la miró desde el fondo de unos ojos verdes brillantes como hojas de castaño humedecidas y le dio una receta que Amanda fue incapaz de recordar.

—Gracias… —dijo ella—, por cierto, soy Amanda.

—Alfonso. De nada, ya me dirás cómo te ha salido.

Y allí terminó el encuentro romántico, porque cuando se le ocurrió cómo continuar la conversación, el vecino pagó su cuenta y con un escueto «hasta pronto», abandonó el local.

Al regresar a casa, no había ocurrido milagro alguno: ningún alma, genio o lo que fuera, escribió su artículo y en la pantalla del ordenador solo encontró la foto del cuadro que le enviara su amiga.

¡La ventana!, eso es.

Entonces recordó que en la buhardilla, junto a un montón de cosas viejas había un telescopio que perteneciera a su abuelo. «No sé qué miraba la mujer de la pintura, pero sé lo que investigaré yo.»

Instaló el aparato frente a la cristalera en dirección al piso del vecino y al más puro estilo de La ventana indiscreta, se dispuso a espiar. Estoy loca, se repetía mientras direccionaba el foco hacia la casa de Alfonso. Y entonces lo vio, sentado en un salón minimalista, frente al escritorio aporreaba las teclas del ordenador. ¿Cómo puede escribir tanto y tan rápido? ¿A qué se dedica?

El segundo encuentro se produjo una tarde en que Amanda corrió escaleras abajo al ver, a través del telescopio, que él salía. Amablemente, Alfonso le preguntó cómo le había salido la comida, a lo que ella contestó que dada su mala memoria y escaso conocimiento culinario, cuando se dispuso a prepararla ya había olvidado la receta.

—Eso tiene solución —respondió el joven— te invito a cenar esta noche y así ves cómo lo hago.

Prácticamente vació su armario buscando qué ponerse para la cita. Finalmente, cuando hubo encontrado algo tan discreto como adecuado, compró una botella de vino y cruzó la calle.

Durante la velada supo que no sólo era soltero (¡bien!) sino profesor de literatura y escritor.

—¡No puedo creerlo! Eres mi salvador.

Y entonces contó que le encargaron un artículo sobre la teoría acerca de que Christopher Marlowe pudiera ser el autor de gran parte de la producción literaria de Shakespeare y…, ella no tenía idea por dónde empezar.

Regresó a su casa con una gran cantidad de libros y estuvo escribiendo hasta el amanecer. Al día siguiente revisó el texto y finalmente pulsó «enviar». Después de una ducha, compró cruasanes. Antes de llamar a Alfonso para invitarlo a desayunar, puso la mesa digna de una cita de película, y fue entonces cuando vio que su «máquina de observar» aún estaba en el salón.

A toda velocidad subió al altillo con el aparato que ahora pesaba mucho, y cuando lo hubo escondido entre un montón cosas inútiles, se detuvo un momento en la puerta, esbozó una sonrisa y murmuró: «Gracias, abuelo».

© Liliana Delucchi

La viuda

Marieta Alonso

En el pueblo se la tachaba de insensible, que sus ojos verdes tan bellos no sabían llorar. Callada y serena ante imágenes que hacían verter chorros de agua al más rudo de los hombres, ella se mantenía imperturbable.

Despidió a sus padres, marido, amigos, sin que aflorara ni una sola lágrima. Iba al cine eligiendo películas tristes y tampoco era capaz de llorar; veía el telediario, los documentales no aptos para la sensibilidad de los espectadores y seguía con el maquillaje intacto.

Solo ante aquella ventana, la que estaba libre de miradas indiscretas, lloraba sin cesar recordando su engañosa vida de casada. Nunca, salvo continuas excepciones, pensó mal de su marido. Ahora, vestida de negro con el pelo recogido en un moño, hasta de espaldas se veían las huellas de su tragedia.

¡Ay, su marido! Era un hombre de cabeza pecadora y cuerpo casto.  Ante ella discurseaba sobre la moral, la necesidad de apaciguar las furias pasionales impuestas por la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los placeres consumados para acabar con que no había que dar rienda suelta a los instintos. ¡Hasta se daba duchas de agua fría para limpiar su mente de pensamientos obscenos!

Así fueron pasando los años: Ella deseando tener hijos y el practicando la castidad. Hoy ante esa ventana maldice la educación que recibió de su madre. Su marido vivió demasiado. Y, a ella, no se le ocurrió poner remedio cuando aún tenía edad de merecer.

© Marieta Alonso

Publicado en: Pintura

El pavo real

15 febrero, 2024 por Akelarre 3 comentarios

relatos cortos inspirados en un pavo real
proud peacock revealing his beauty

El pavo real

La simbología del pavo real es larga, ya que su majestuosidad llamó la atención del hombre desde antaño. Aunque se lo asocie con el concepto de vanidad es, en casi todas las culturas, un símbolo solar relacionado con la gloria, la belleza, la sabiduría y la inmortalidad.

Originario de la India, donde es su ave nacional, fue Alejandro Magno quien lo llevó a Occidente junto a su significado simbólico, relacionado con su larga cola de colores y dibujos en forma de ojos que, debido a ese perfil circular y a su brillo, conectan también con el ciclo vital y eterno de la naturaleza.

Los sonidos que produce consisten en graznidos que pueden relacionarse con el maullido de un gato y trompeteos asombrosamente graves.

El engreimiento que se le supone a esta ave ha sido llevado por nuestras cuentistas a un hombre que se vale de su belleza para vivir; a una mujer cuya afectación padece su familia; a una joven que educó a estos pájaros y a un niño a quien salva de la soledad.

Célebre espectáculo

Cristina Vázquez

La cerveza

Malena Teigeiro

El regalo

Liliana Delucchi

Chifladuras de mi abuela

Marieta Alonso

Célebre espectáculo

Cristina Vázquez

A medida que el barco se iba acercando a su destino, el temor por su nueva vida se instaló en Amandina como un pesado collar. Hacía meses que no veía a su marido, con quien se había casado por poderes, y le inquietaba qué podría encontrarse en este alejado país. La dulzura del aire y la pureza de la luz, a medida que se acercaban, le ayudó a aliviar sus temores.

Cuando por fin arribaron, lo buscó entre la muchedumbre. Llevaba años viviendo en ese país tropical, del que le escribía maravillas: su exuberancia, la amabilidad de la gente, la bondad del clima. También le describía animales exóticos y frutas nunca saboreadas en la península. Al no verlo al bajar a tierra, sintió que el imaginario collar que la abrumaba, volvió a colgarse con la fuerza de la desilusión y la incertidumbre. ¿Y si no aparecía? ¿Qué iba a ser de ella?

Mientras esperaba llena de zozobra y baúles a su alrededor, vio acercarse a un hombre delgado, vestido de oscuro que sostenía contra su pecho un sombrero Panamá. Su paso era lento y su mirada baja. Al llegar junto a ella, en voz doliente le preguntó si era la señorita Amandina, la esposa de don Fernando. Ella afirmó que sí y él se presentó como Aurelio Bastarrechea, su socio y hombre de confianza. Amandina, asustada, quiso saber por qué no estaba esperándola. ¿Había sucedido algo? Creía que no, seguro que no, y movió el sombrero para dar énfasis a su respuesta. En una llamada de días atrás, continuó Aurelio, le había pedido que, si no volvía a tiempo, por favor, se ocupara de recogerla e instalarla en la casa.

—Lo siento, señorita —bajó aún más la voz—. Pero hace días que no sabemos nada de él.

Amandina se sentó, más bien se cayó sobre uno de sus baúles, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no romper a llorar. Sin noticias, repitió la joven, como si con la repetición de esa horrible realidad, la pudiera alejar de ella. Sí, sin noticias, afirmó el delgado hombre, además, carraspeó, el lugar donde se encontraba era muy peligroso.

—Lo mejor será que vayamos a casa y así podrá descansar.

Con un inesperado gesto autoritario, Aurelio llamó a unos porteadores para que llevaran su equipaje al coche. Pese a su aturdimiento, Amandina se fijó que tenía unas bonitas manos y unos ojos profundos. Hicieron el trayecto que, aunque a ella se le hizo largo, pudo observar hermosos palmerales y playas de arena blanquísima bañadas por un mar transparente. Como iba en un coche de caballos descubierto disfrutó de los diferentes aromas dulces, penetrantes y el piar de unas aves de brillante y desconocido plumaje. Una cierta calma, gracias a la belleza de lo que le rodeaba, se fue apoderando de ella. Seguro que en poco tiempo estaría de vuelta ¿verdad?, y Aurelio amablemente afirmaba con la cabeza.

Al llegar a la casa, Amandina, pese a su inquietud, no pudo dejar de deslumbrarse ante el inmenso jardín, que luego supo acababa en la ribera de un caudaloso río. Todo estaba en perfecto orden, lleno de flores exóticas de maravillosa fragancia. Oyó un ruido, como si alguien arrastrara con suavidad algo por el suelo, y aparecieron unos hermosos y desconocidos animales que extendían una cola de inigualable belleza.

—¿Qué aves son esas? —preguntó asombrada.

—Pavos reales.

—¿Pavos? No pueden llamarse así, parecen salidos del Paraíso.

Cuenta la leyenda, no sabemos si fue cierta o no, que desde entonces les dieron ese sobrenombre. Fernando no volvió y Amandina se quedó dueña y señora de esa propiedad y otras muchas que recibió en herencia de su fallecido esposo. Con el tiempo y dado el amor que tomó a esos pájaros, los educó para que bailaran desplegando en sucesivo orden, y hasta con gracia, sus hermosas colas. El espectáculo adquirió tal fama que venían de todo el continente a verlos.

Aurelio siguió hasta su muerte siendo su socio, su hombre de confianza y el padre de su larga prole.

© Cristina Vázquez

La cerveza

Malena Teigeiro

Se apretó la pajarita y sin trastocar la perfecta raya, pasó los dedos por el cabello. Aunque se pusiera gomina, sus rizos eran indomables. Con cuidado se quitó una pelusa de la solapa y se miró detenidamente en el espejo. Como si fuera un pavo real hinchó el pecho. ¡Qué lástima que no tengo cola de plumas para abrir!, se dijo sonriente. Se gustaba. Carlos conocía bien su buena planta. Y hoy debía lucirse más que nadie. Hacía ya tres días que Rita lo había dejado. La mujer, que en su tiempo debió haber sido una belleza, estaba ya muy pasadita, por lo que a Carlos hacerle arrumacos y acostarse con ella le daba bastante cosilla. Pero, gracias a Dios, ya se acabó, pensó al separarse del espejo.

Apagó la luz del vestidor, recogió las llaves y se echó una última mirada. Contempló su figura con satisfacción. Por algo le llamaban El Pavo Real, dijo en voz alta al tiempo que colocaba una sonrisa en la boca. Bajó directamente al garaje. Allá al fondo vio su coche, un deportivo regalo de María del Sol, una mejicana anterior a Rita, y del que ya se encontraba un poco harto.

El teatro de la ópera y el casino, fueron buenos sitios para encontrar mujeres adineradas que vivían solas, sobre todo los días en que, como aquel, se inauguraba la temporada. Aunque tenía que reconocer que desde hacía un tiempo ya no era lo mismo. A la ópera, con tal de tener un poco de dinero, iba cualquiera. Y el casino apenas lo pisaban unos ancianos. Otro sitio que le había dado buenos resultados era las barras de los bares de los hoteles de súper lujo. Sin embargo, allí ya solo iban los matrimonios ricachones, las estrellas de cine y gente por el estilo. Madrid, ya no era lo mismo. Incómodo, frunció la frente. Aún así, él no conocía sitio mejor que El Real al que poder ir a trabajar.

Ya en el coche, sin abandonar la sonrisa y con la cabeza bien alta, Carlos iba pensando en que tenía que tener más cuidado. Rita no había resultado lo que parecía. Si bien era cierto que tenía muchísimo dinero, era tacaña como nadie. Le resultaba casi imposible sacarle un paquete de euros, aunque esto en el fondo le hacía gracia. Sí. Le agradaba tener que trabajar con mucha cabeza. Cada noche la hacía disfrutar con técnicas desconocidas para ella, aunque eso era bastante difícil, pues como Rita decía, era una mujer de mucho mundo.

Ahora todo se había acabado, pensó al dejar el coche en el parquin. Eso sí, le cabía el honor de haber sido él quien finalizó esa relación. Sí. Fue él. Le había molestado que le negara el Porsche 911 que tanto deseaba.

—Ya estoy harto de ir en un descapotable. En Madrid, no es nada práctico. En invierno te mueres de frio y en verano el sol te machaca las neuronas —dijo haciéndole una de esas caricias que a ella obnubilaban.

—Lo del frio lo entiendo, lo de las neuronas... Será al que las tenga, cosa que no es tu caso —dijo Rita firmando un cheque por diez mil euros—. Toma Carlos. Cuida bien este dinero, porque en un tiempo no habrá más. Me voy unos meses a Nueva York invitada por mi ex.

Carlos cogió el cheque malhumorado. Esa cantidad a él no le llegaba ni para pasar el mes.

Entró en el Real. Como siempre, con los hombros hacia atrás, y el pecho hinchado como el pavo real que decían que era buscando hembra. Se estrenaba la temporada. El mejor momento para encontrar lo que buscaba. Echó una mirada alrededor. La butaca 6 de la fila 4 estaba ocupada por una morenita y su lado no había ningún caballero.

Carlos sacudió la cabeza. Se sentó en su butaca y esperó al entreacto. En cuanto la vio pasar por su lado, la empujó. Perdona, dijo engolando la voz. Ella se volvió hacia él. No te preocupes, añadió la sonriente mujer mientras sacudía la melena. Ese gesto era como el de Rita.

Pero, ¡cómo se le podía haber olvidado!, se dijo llevándose la mano a la frente. En cuanto entrara en casa tenía que decidir qué iba a hacer con su cadáver. Llevaba ya tres días en el frigorífico, lo que le estaba resultando bastante molesto. Desde entonces no había podido beber esa cerveza que tanto le gustaba tomar con el aperitivo a media mañana.

© Malena Teigeiro

El regalo

Liliana Delucchi

—Tu novia es un poco presumida.

Fueron las palabras de mi madre cuando la conoció. Tiempo después, el día de la pedida, agregó: «Sus padres son agradables, aunque equivocaron el nombre, en vez de Paloma debieron ponerle Pavo Real.»

Hice caso omiso. Su belleza, elegancia y excelente dicción me cautivaron desde la primera vez que la vi…, y me casé con ella.

Si bien me llamaba la atención la cantidad de tiempo que dedicaba a su persona en gimnasios, salones de belleza y compras, mi embeleso cuando aparecía con un nuevo atuendo me hacía sentir el más orgulloso de los hombres.

Con el tiempo descubrí que no solo quería destacar con su físico, sino también con su conversación. ¡Santo Dios! ¿Cómo se puede hablar tanto? La pobre no soportaba dejar de ser un instante el centro de interés y era capaz de interrumpir la disertación sobre filosofía de cualquier erudito para relatar su última tabla de entrenamiento. Por momentos yo sentía vergüenza ajena, pero el día que me armé de coraje para llamar su atención sobre lo inapropiado de esa conducta, terminé durmiendo en la habitación de invitados.

Pensé que las cosas cambiarían cuando quedó embarazada. Y volví a equivocarme. Dijo que sería el primer y último hijo. No pensaba volver a estar gorda tantos meses y, además, afirmó: «La ropa de futura mamá la diseñan monjas de clausura.»

Ni se molestó en elegir el nombre de nuestra hija. La llamé Clara, el nombre de una chica dulce y afable que conocí en mi época de estudiante. La niña no me defraudó, era tal como aquella joven.

Paloma no es lo que se dice maternal. Creo que se sentía humillada ante sus amigas porque nuestra hija no es un bellezón. A veces la veía gorda, otras demasiado flaca; con piernas muy largas o demasiado cortas y el pelo hoy encrespado y mañana lacio.

En cambio yo la veía perfecta. Al regresar del trabajo siempre la encontraba en su habitación, haciendo deberes o leyendo y me encerraba con ella para contarle cuentos o ayudarla con sus estudios. Es muy inteligente. Al cine también íbamos juntos, para Paloma las películas infantiles carecen de glamour.

Por mi parte, me negaba a ver la distancia cada vez mayor entre madre e hija…, aunque quizás decir distancia es quedarse corto. Lo supe el día que llevé a Clara a la casa de mis padres. Cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba del campo, la niña respondió: «Estar lejos de mamá.»

Así fue como empezaron nuestros viajes de fin de semana, los dos solos. Ella adoraba cuando había algún puente, porque nos permitía permanecer más tiempo alejados de nuestro hogar, hasta que una noche, cuando regresábamos de una excursión, me abrazó y dijo que no quería entrar en casa.

—Vámonos, papi, a ella no le va a importar. Cómprale un regalo y ya está.

Entonces recordé el comentario de mi madre y supe qué sería del agrado de mi mujer.

La tarde en que Clara y yo partimos, el pavo real se enseñoreaba por el jardín, con sus hermosas plumas desplegadas y sus sonoros y continuos graznidos.

—Se llevarán de maravilla —dijo mi hija mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Arranca, papá. Ya es hora de irnos.

© Liliana Delucchi

Chifladuras de mi abuela

Marieta Alonso

¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto;
pero el viento sopla y
hace que tiemblen las hojas.
Carson McCullers.

Hoy las puertas cerradas de mi imaginación se abrieron de golpe. Me llegó un recuerdo. Tenía cinco años cuando vi por vez primera una foto de mi abuela con Beltrán, su pavo real, al lado.  Parecía una bruja, una bruja buena, claro; porque en ese mismo instante el viento había deshecho el moño de su larga cabellera entrecana. Fue la persona más querida, la más alegre, la más buena del mundo. Para mí.

Estaba enamorada del viento, de la sensación que deja la brisa al acariciarnos, por eso le gustaba tanto el otoño. Cada día, camino del colegio, recogíamos las hojas caídas, mientras nuestra mascota desplegaba su abanico policromado para hacerse notar. Tan presumido como siempre. Era el momento que la abuela elegía para dar saltitos a su alrededor, cantar y dar gracias a Dios por lo bien que había hecho el mundo, por lo hermoso de la vida, y hasta por los disgustos que nos hacían más fuertes. Yo iba detrás de ella esparciendo al viento las hojas recogidas.

El encanto de esos momentos acababa cuando se oía a alguien decir: ¡Buenos días, doña Edelmira! Y mi abuela volvía a ser esa mujer de cierta edad, fina, atenta y educada.

Durante veinte años estuve a su lado, juntitos los dos, sintiendo su amor y su mano en la mía. Beltrán nos abandonó, se fue a otra dimensión un día de Acción de Gracias. Eso fue lo que contó la abuela.

Me costó empezar a buscar mi nuevo lugar en el mundo sin ella. Pero un día, al abrir la puerta de nuestra casa la brisa penetró de golpe. Fuera, un pavo real abarcaba la acera, el dintel, las jambas con su cola desdoblada y me miraba con esos ojos que van del verde al azul marino, tan parecidos a los de mi querida abuela. Me quedé paralizado hasta que chilló, graznó, y trompeteó, parecía estar pidiendo compañía. Sin darme cuenta, de forma impulsiva, abrí los brazos y la alegría volvió a gobernar en aquella casa.

© Marieta Alonso

Publicado en: Imagenes

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